El aroma a césped recién regado inundaba sus pulmones, una fresca mañana de otoño acompañaba ese aroma con suaves vientos.

Hace ya casi una semana recibió la llamada de ese albino, ese albino de sonrisa angelical que le decía que ya tenía en su poder a su hija, que fuera a buscar el dinero y se desapareciera de la faz de la tierra como se había planeado hace años.

Ahora… él, Obito Uchiha, caminaba por el cementerio. El lugar al que iría en algún momento, quizá antes de lo que piensa… o mucho después.

Vestía completamente de negro, una chaqueta de cuero negro, pantalones de vestir negros igual, zapatos y camisa.

No iba a visitar la tumba de algún colega que haya muerto, ni siquiera la tumba de su amada Rin… sino, de su esposa. Oh, esa pobre mujer que le amaba, aun siendo el monstruo que era, ella lo amaba con toda la suma de sus fuerzas.

Seguía sin comprender por qué ella le amaba, porque ella le eligió… porque dejo una buena vida para unirse a él, un demonio que nunca hizo nada más que lastimarla de las peores maneras.

Desde el constante maltrato, la violación, las infidelidades, los golpes… todo el daño que le hizo… y ella murió con una sonrisa, diciendo que aun a pesar de todo eso, le amaba. ¿Estaba loca esa mujer? ¿O estaba obsesionada con él?

Preguntas que no podrían responder, preguntas de las cuales no estaba seguro si quería una respuesta realmente.

Observo la rosa escarlata que llevaba en su mano, ese día… era el día de su aniversario y por cociente el día de su cumpleaños. El día en que aquella hermosa y bondadosa mujer le acepto como esposo.

Casi podría recordar ese día, casi recordaría cada detalle sobre cómo fue. Por poco y reía, tan solo recordarse en esos días, le hacía reír. Su buena actuación, su encanto, todo fue perfecto ese día que le juro amor eterno. Si la pobrecilla hubiera sabido antes lo que le esperaba a su lado, ella misma se abría opuesto a su unión.

Sin embargo aquella sonrisa se borró, al momento en que sintió un amargo sentimiento viniendo de ese órgano que trasmite sangre. Esa mujer… esa mujer fue capaz de hacerlo sentirse vulnerable más de una vez, fue capaz de hacerlo sonreír, de mostrarle otro lado de la vida.

Ella le hizo feliz en su momento.

Pero, él era un monstruo que no pudo controlarse y termino por ahogar a esa mujer que le siguió, esa mujer que respeto con su vida ese juramento de estar con a su lado en buenas y malas… al final de todo, la hundió en la misma porquería de la él salió, corrompió y asesino a ese ángel.

Sus pasos se detuvieron al momento de ver la tumba de su difunta esposa. Se inclinó con la rosa en la mano y la coloco sobre el césped húmedo delante de la lápida.

Las letras del epitafio desgastadas por los años y la naturaleza misma. Se quedó en silencio, mirando la lápida, con el nombre de su mujer, su apellido y el epitafio.

"Un ángel que regresa al cielo"

Leyó parte de lo que decía. Cada año… era lo mismo, salía de casa sin decirle nada a Naemi, y llevaba una rosa escarlata a la tumba de su mujer, se quedaba de pie pensando en muchas cosas, con la ilusión de poder hablar con ella una sola vez más.

Unos pasos se escucharon cerca suyo, por la forma en la que caminaba sabía que no era alguien de peligro, y la gran mayoría de sus enemigos conocían la historia que él contaba a su hija… todos sabía que la niña de Obito Uchiha era el error con una prostituta que murió por sobredosis tras dar a luz a la pequeña.

Por lo tanto, la única persona además de él que sabía dónde estaba enterrada, era Kakashi.

El peli-gris paso de él, con un ramo de doce rosas rojas, perfectamente florecidas que desprendían un aroma único y relajante. Kakashi se inclinó a dejar las rosas junto a la que Obito había dejado, y retrocedió hasta quedar a la altura del pelinegro.

-Ni un solo año has faltado con esas odiosas rosas rojas… ¿cierto?—Hablo Obito.

-Igual que tú—Ninguno se miraba, solo se limitaban a hablarse como siempre. Era curioso que solo estando en ese lugar, el odio mutuo que se juraban era controlado de la forma más sorprendente que existía.

-Era una idiota—Hablo nuevamente el Uchiha. —Debió dejarme en cuanto la viole—

-Eso hace el amor… nos vuelve idiotas a todos—Más que enemigos declarados, parecían dos amigos que se unían por la misma razón. —Una guerra se aproxima, Obito—

-Todos contra todos—El pelinegro respondió mirando de reojo a su acompañante. —Nadie ganara… y la ciudad se hundirá en las llamas del infierno del que salimos—

-Lo se… nuestro juicio está por llegar—

Obito afirmo, con un apenas notorio movimiento de su cabeza. Un aire suave soplo, llevando hasta ellos el aroma de las rosas y el césped. Obito cerró los ojos unos segundos, donde pudo ver la sonrisa cálida de Rin, misma que mientas más respiraba esa mezcla de aromas se deformaba al grado de ver esa sonrisa llena de bondad y cariño de su mujer.

De todas las cosas malas que había hecho, la única cosa de la que se podría decir que se arrepentía o sentía culpa, era de haberla dejado morir. Ella era perfecta… una perfecta idiota que le amaba sin restricciones.

-¿Valió la pena?—Las palabras de Kakashi le hicieron salir de sus pensamientos. Lo observo, para toparse con aquel semblante serio que siempre pudo caracterizarlo. Sabía a qué se refería. Y no, no iba a responder aunque la respuesta fuera evidente.

-Si buscas a mi hija… preguntaré a tu escorpión rojo de qué lado de oculta el sol. Observen el ultimo edificio que se baña de la luz del atardecer—Obito metió ambas manos dentro de sus bolsillos y se dio media vuelta para irse.

-No me has respondido—Hablo Kakashi, una vez que ambos estaban de espaldas el uno del otro.

-Si… lo valió—

El silencio le dio permiso al Uchiha de retirarse, dejando al Hatake solo. Mirando la tumba de esa mujer.

-Feliz cumpleaños… ángel mío— Tomo una rosa al azar, a la par que retiraba su máscara. Beso con suavidad aquella rosa y la dejo donde estaba, reacomodando su máscara otra vez.

Procedió a retirarse, sabiendo que para Obito, ella siempre valió la pena.


Daba vueltas como un león enjaulado, dentro de la oficina llena de cables y monitores que solo trasmitían letras verdes sobre un fondo negro, mismas que le podrían recordar a las de las películas de Matrix, otras más que eran usadas por otros colegas de la banda que ayudaban al famoso y conocido "Escorpión Rojo".

Uno de los mejores hackers, ciber-ladrones y todo aquello a lo que se le podía abarcar con la tecnología, era un experto.

Mismo que comenzaba a desesperarse por escuchar los pasos de aquí para allá del rubio hiperactivo de su organización. Entendía que su "hermano" estuviera desesperado por encontrar a esa chica de cabellos rubios. Pero eso no justificaba que tuviera que estar ahí a cada segundo de la búsqueda.

Gracias al desastre que causaron en la mansión Hyuga, más el otro que ocasionaron los de la Arena y otro que hicieron Hidan y Kakuzu, lograron saturar el sistema de la policía de Konoha con llamadas. Mismo sistema que al estar tan saturado le dio a Sasori oportunidad de infiltrarse sin ser detectado.

Pero no solo a la nueva y mejorada red de la ciudad que se fue instalando mientras ellos estaban fuera, sino que también a los archivos, las cámaras de las patrullas, e incluso a las cámaras dentro de la comisaria.

Instalo un virus en caso de que alguien lo detectara y colapsar todo el sistema. Como un escorpión al momento de clavar su veneno en su presa.

Sin embargo, Konoha era una ciudad bastante grande, lo suficiente como para tener a cinco y cinco ayudantes que le ayudaran a controlar todo.

-¿Aun nada?—Hablo el Uzumaki, acercándose por detrás de la silla, apoyando su cara sobre la silla donde Sasori estaba sentado.

-Te dije que cuando encuentre algo, te aviso—Despego los ojos de la pantalla unos segundos que le permitieron ver el rostro de su "hermano", llevaba unas ojeras bastante marcadas, la piel se le notaba sucia al igual que el cabello y su aroma "masculino" se mezclaba con el perfume que usaba para encubrir su mala higiene de esos días. Tras verlo, regreso su atención a la pantalla. —Deberías ir a darte una ducha, si yo fuera tu novia no me gustaría que me rescataras así todo mugroso—

Naruto torció sus labios, y suspiro. Sabía que aquello se lo decía para que se fuera, y estaba por replicar, pero el recuerdo de su último baño estaba borroso en sus memorias.

Levanto su brazo para oler su axila y de inmediatamente hizo una mueca de asco. Odiaba que Sasori tuviera razón. Procedió a salir de la habitación, dando largas zanjadas para llegar a su alcoba y ducharse hasta quedar rechinante de limpio.

Más sin embargo sus pasos se vieron detenidos al momento de escuchar el nombre de Naemi salir de la habitación conjunta, misma donde Hinata y Sasuke dormían. La puerta estaba entre abierta y sus buenas habilidades de ladrón le permitieron echar un vistazo rápido.

Ino, Sakura y claramente Hinata, estaban sentadas en la amplia cama, con un bote de helado cada una misma que comían con una simple cuchara. Sabía que estaba muy mal escuchar conversaciones ajenas, sobre todo si son de mujeres… pero eso le importo muy poco, así que pegando oreja, se quedó escuchando lo que hablaban.

-Realmente no tengo idea de que decirte, Hinata—Hablo Ino.—Esta vez creo que con todo lo que está pasando, más todo lo que ya he vivido, me he vuelto… más directa—

-Es más que obvio que no podemos ponernos en tus zapatos, pero… sé que no estás loca, quizá sea tu subconsciente el cree que estás loca por querer seguir a su lado—Hablo Sakura. —Las cosas han pasado muy rápido, hemos cambiado de una vida a otra en un corto periodo de tiempo, que es normal que… que lleguemos a pensar que esta vida nueva es una locura—

Hinata mantenía la mirada sobre su helado, enterrando la cuchara sobre el contenido.

-Ninguna de nosotras se llegó a ingeniar que todo esto nos pasaría—Continuo la chica de cabellos rosas. —Digo… Ino se unió a una banda, yo soy la novia del líder de esta banda y tu… te has enamorado de un chico que lo único que tiene es que esta herido, que se refugió en el lugar incorrecto, que es…—

-Es un hijo de perra, pero un hijo de perra que te quiere mucho—Interrumpió Ino. Siendo fulminada con la mirada de la chica de ojos esmeralda.

-¿Decirle que es un hijo de perra la ayudara a superar lo que tiene?—Frunció el entrecejo con una sonrisa muy torcida.

-No me regañes, ¡Ese bastardo la violo!... no es ningún santo y decirle hijo de perra es lo menos que se merece—Ino metió la cuchara en su helado, llenando la misma con el dicho helado y después lo comió.

Sakura suspiro. Mientras que Hinata solo se dedicaba a mirarlas. Extrañaba mucho esas charlas, pero… aun así, no encontraba la respuesta que ella buscaba.

-No debió violarte… es un hecho—Sakura se aclaró la garganta antes de continuar. —No estás loca, Hinata… es normal que sientas que lo estas por la forma en la que todas hemos vivido. Hemos tenido vidas normales, respetando las reglas, viviendo de la forma como la sociedad lo imparte. El hecho de que nos enamoremos de personas así, claramente sacaran de balance todo en nosotras, al grado de hacernos pensar que quizá estamos locas, pero no es así—

Aquellas palabras le empezaron por llenar de alivio, Ino le apoyaba a lo que decía con sonrisas hacia la Hyuga.

-El amor no es encontrar a la persona perfecta. Es ver perfectamente a una persona imperfecta—Sakura sonrió al momento de expresar esas palabras.

-Siempre hay algo de locura en el amor. Pero también hay siempre una cierta razón en la locura. —Contribuyo Ino. — ¡Oh mira que chulas frases nos han salido!—Festejo la rubia.

-Bueno… mi frase me la dijo Kakashi… Dijo que era un filósofo y escritor llamado, Sean Keen—Se rasco la nuca algo sonrojada al recordar cuando el líder le dijo aquella frase. Una frase que le sirvió de ayuda cuando ella se comenzaba a enamorar de ese hombre de cabellos grises.

-Si… la mía también me la dijo Sai—Soltó Ino. —Dijo que era de un tal, Friedrich Nietzsche—

Las tres se intercambiaron miradas antes de reírse entre ellas. No se equivocó cuando pidió ayuda a sus amigas para dejar de sentirse enferma con respecto a esa situación que su mente libraba, y ellas como buenas amigas, sirvieron como un poderoso medicamento que le ayudo a combatir la enfermedad que tenía. Ya no se sentía tan enferma o loca.

Ahora sabía que sus amigas también sufrieron eso, y que cada una pudo recuperarse. Todas tenían razón, haber vivido dentro de las reglas todo el tiempo, vivir de forma honesta y digna, causarían un caos completo al momento de abandonar cada principio y norma a las que estaba tan bien arraigada.

Eso le llevaría a pensar que estaba más loca que una cabra, cuando realmente no era nada de otro mundo, solo era quizá la última advertencia de su subconsciente de que recapacitara, que pensara mejor las cosas y volviera a su vida normal.

Pero claramente después de todo lo que había vivido, aquella vida normal, le resultaba de lo más extraña. Aun así, no estaba dispuesta a cantar victoria… sabía que aún le quedaba más cosas que resolver, y más cosas que superar mientras continuara viviendo con Sasuke.


Por su lado, Naruto escucho toda la plática, y vaya que más de una vez quiso gritar algo o alegarles algo, pero, no lo hizo… en lugar de eso, solo se puso a pensar si a su novia le pasaba lo mismo o si en algún momento se llegó a sentir así. Aquello distrajo tanto que ni no se dio cuenta de la presencia de alguien más, hasta que ese alguien le susurró al oído.

-¿Te diviertes?—Aquello hizo saltar al rubio en su lugar, de no ser por sus nervios de acero, habría soltado un fuerte grito.

-¡Maldición Sasuke, no asustes así!—Regaño el Uzumaki.

-¿Qué haces aquí?—La mirada del Uchiha menor no expresaba otra cosa que no fuera una incontenible rabia que amenazaba salir a penas decir la primer estupidez de su amigo.

-Eh… ohm… Yo… solo—Y claramente el contrario trago saliva pausadamente por miedo a lo que Sasuke fuera hacerle.

-Si… a nosotras también nos gustaría saber que hacías aquí—Hablo Ino, quien junto a Sakura y Hinata miraban desde el marco de la puerta.

Ya ahora no solo estaba siendo fulminado por aquellas implacables dagas negras sino también por aquellas dagas de color azul celeste y verde.

-¡N-No es lo que piensan!—Levanto las manos en defensa y retrocedió un poco.

Claramente ninguno de los presentes, a excepción de Hinata, no le creerían nada de lo que fuera a decirles. Esas miradas lo matarían en cuestión de segundos y claramente Naruto sabía que no importara lo que fuera a decir, de todos modos no se salvaría. Para ser alguien que tiene sangre fría para matar, en ese momento solo podía sentirse como un joven tonto al que descubrieron espiando.

-Tsk… No creí que la mansión de Hatake fuera tan ruidosa—La profunda voz que le hizo a Ino palidecer, fue la de Gaara quien cruzaba por ese pasillo.

Las miradas dejaron de estar sobre el Uzumaki, quien respiro con mayor tranquilidad al dejar ser el centro de todos.

-Yo creí que los de la Arena no salían de sus hoyos a menos que fuera para comer—Hablo el altanero Uchiha como siempre, sin ningún miedo.

Desde la primera vez que se habían conocido, nunca pudieron llevarse bien. Pareciera que eran dos imanes que se repelían a base de un odio irracional. Un odio irracional llamado celos.

-¡Gaara!—Hablo alegre el Uzumaki, tras poder recuperarse de esa sofocación a la que le sometieron momentos antes.

Y si… esos celos que sentía Sasuke eran por la buena relación que llevaban el pelirrojo y el rubio. Todos los buenos amigos la conocen, cuando vez a tu mejor amigo llevarse bien con alguien que no eres tú te sientes celoso, de alguna manera lo haces, y no entiendes bien el por qué, por eso mismo eran irracionales, o al menos así era la lógica que Sasuke pensaba.

Naruto se alejó de ellos, para saludar el pelirrojo con un choque de puños. Gaara sonrió sutilmente al ver al Uzumaki.

Ino abrió la boca de par en par, al ver esa reacción en el que era su líder. Casi,-por no decir nunca-, había visto esa sonrisa surcando sus labios. No se habría imaginado que ese rubio fuera amigo de él. De hecho nadie lo llegaría a pensar.

Pero si, lo eran. Incluso se podría decir que gracias a Naruto fue que se llegó el acuerdo entre ellos y el clan de la Arena en Suna. Gaara consideraba a Naruto un amigo, y viceversa.

-Necesitaba hablar contigo, Naruto—Hablo el pelirrojo.

-¡Claro!—respondió sonriente.—Solo… permíteme darme una ducha, te veo en la sala este de la mansión en una media hora—El ojos aguamarina afirmo, permitiendo así salir al rubio bien librado de ese momento, hasta que volviera a verse con Sasuke y este le regañara como novia celosa.

Al irse el rubio, todo se sumió en un silencio incómodo y asfixiante. Percibido por las chicas, puesto que Sasuke y Gaara estaban demasiado ocupados tratando de matarse con la mirada. Además del asunto de los celos entre amigos, también habían estado en desacuerdo con otras cosas. Desde el hecho de que el pelinegro odiaba recibir órdenes que no fueran de Kakashi, hasta Gaara que odiaba la altanería del contrario.

Agua y aceite, hielo y fuego.

Ino, Sakura y Hinata salteaban sus miradas de uno a otro, esperando cualquier cosa que pudiera pasar si aquellos dos continuaban mirándose de esa forma, teniendo miedo de que fueran a saltarse el uno encima del otro y liarse a golpes como si no existiera un mañana. Pero lo que sin duda preocupaba más a Sakura era, ¿a quién apoyar?

Claramente Ino se pondría del lado de su líder, y Hinata del lado de Sasuke. ¿Y ella? Ahora mismo, lo que deseaba con todas fuerzas, era que nada de eso llegara a suceder. Y como si Kakashi la escuchara,-dado que el peli-gris cumplía capricho y orden suya-, un subordinado entro en escena, distrayendo a todos.

-¡La encontramos!—Hablo alegre el chico al llevar esa buenas noticias para Naruto y las amigas de la chica desaperciba, pero al mismo tiempo que interrumpió, casi se sintió tragado por esas miradas que aquellos dos demonios se tiraban a matar.

-¡E-Encontraron a Naemi!—Hablo Sakura, rompiendo aún más la tensión.-¡Hinata, Ino, vamos!—Eludiendo la mirada de Sasuke quien le fulmino por llevarse a Hinata, se fueron hacia la sala donde el muchacho les indico que le siguieran.

En parte daba gracias de que se fueran, pero en otra parte no. Sasuke regreso su atención hacia donde estaba Gaara, mismo que aún le miraba.

Apenas sentir la soledad en la que ambos estaban inmersos, el Uchiha hablo.

-¿Qué es lo que quieres hablar con Naruto?—

-¿Quieres volver al papel de novia celosa?... No es nada que te incumba, Uchiha—Escupió aquellas palabras.

-Me incumbe porque ese idiota es mi amigo—Frunció el entrecejo. Gaara torció sus labios frustrado por el moreno. No iba a quedarse a continuar hablando con él, o terminaría por matarlo o matarse mutuamente, lo que ocurriera primero.

-Ocúpate de tus cosas, y yo me ocupo de las mías— Dicho eso, giro sobre sus talones y prosiguió a retirarse tal cual por donde había venido. Ignorando aquella mirada de penetrantes ojos negros que le siguió hasta que lo perdió de vista.

Bufo enfadado. Negó con la cabeza, ante la idea de perseguirlo y sacarle la verdad a golpes, tenía que concentrarse en mantenerse seguros, en el plan y en que las cosas no se saliesen de control.

Emprendió su camino hasta la sala de computo donde estaban las chicas, Sasori y algunos más, mirando la pantalla de plasta de unas 32 pulgadas situada en la pared detrás de la computadora principal de Sasori.

-¿Cómo la han encontrado?—Cuestiono una vez que entro completamente a la sala.

-Kakashi me mandó un mensaje, dijo que un pajarito le conto donde estaba viviendo nuestro amigo albino… y en efecto—La imagen de su computadora se reflejó en la pantalla. Usando una de las cámaras de seguridad de la ciudad, se podía ver la imagen de la joven Naemi mirando por la ventana. Luciendo bastante tranquila. —Ve y dile a…—

-No—Respondió Sasuke abruptamente, captando la atención de todos. —Debemos seguir el plan… si las cosas salen como Kakashi lo ha predicho, no será necesario que vayamos por ella ahora—

Las chicas quedaron con la incógnita de "¿Por qué?", sin embargo Sasori lo sabía. Si el rubio se enteraba de esto, se lanzaría de cabeza por ella, y no tomarían precauciones como lo hicieron cuando fueron a "salvar" a Hinata.

Las chicas se intercambiaron miradas entre ellas, sabiendo que ahora ellas guardarían ese secreto como ellos lo harían.

No sería fácil para ninguno tener que guardar ese secreto, y menos para Sasuke.

Pero… así era el plan.


Por su parte, Naemi continuaba mirando por la ventana, recibiendo el fresco aire que soplaba esos días.

Ese aire era lo mejor que había sentido en días, días llenos de dolor, de lágrimas que solo dejaba salir al estar sola, y gritos que habían tratado de hacer pedazos su garganta. En medio de la confusión, en medio del caos que era su cabeza, en medio de todo. Donde ya no podía distinguir nada. No había un bien, no había mal… solo contratos y negocios donde ella era la moneda.

Vendida a Naruto por Kakashi, y después, saber que ella ya estaba vendida desde hacía años a Kuro por su Padre.

De alguna u otra forma no evitaba sentirse mercancía. Al menos, lo único que le quedaba, tras todos esos sentimientos y pensamientos que consumían más su vitalidad, recordaba esa sonrisa brillante de cierto rubio alegre.

Esperando a que cumpliera su promesa…

-Oh, querida, ¿Qué haces en la ventana? Podrías caerte—Por esos momentos olvido que ese albino de sonrisa inquietante y misteriosa, más alegre, estaba en casa ese día.

Kuro se acercó hasta ella, para apartarla de la ventana. No era precisamente la caída lo que le preocupaba, sino, el hecho de alguien pudiera verla. No sería el criminal más temido sino fuera precavido y claramente los escándalos que ocurrieron en Konoha días antes, eran solamente el anuncio de que Kakashi y su gente habían regresado, y eso le traería problemas.

Solamente estaba en Konoha por haber regresado a esa chica Hyuga y esperaba pagarle el dinero a Obito por su hija, y con ello, largarse con su nueva mujer lejos.

-Tengo una sorpresa para ti—Con una sonrisa, y sin soltar su mano, la llevo con él hasta el piano. Donde amablemente le pidió que tomara asiento junto a él en el banquillo. —Tocare cualquier canción que me pidas, ¿Qué te gustaría?—Amplio aún más su sonrisa, misma que mostraba sus dientes tan blancos como su cabello.

Sabía que lo único que le quedaba hacer, era poner su mejor cara, y esperar de todo corazón con que no quisiera hacerle daño. Si algo aprendió de vivir con su Padre, fue esa misma lección.

Abrió sus labios, dispuesta a pedir amablemente esa canción, pero, alguien llamo a la puerta. Misma persona que hizo borrar aquella sonrisa que Kuro poseía en sus labios.

-Discúlpame un momento querido—Se puso de pie del banquillo, y se encamino a la puerta. Naemi toco algunas teclas al azar, para entretenerse, y no pensar en quien pudo llamar.

Sea quien sea, debía ser amigo del albino.

-Tanto sin vernos, mi pequeña—Santo el detener de su corazón durante un segundo exacto que le tomo a su cerebro y al resto de su cuerpo reaccionar ante la voz de ese hombre. Clavo sus ojos en él, sintiendo el miedo correr por sus venas, como si la misma muerte le fuera hacer una visita.

De pie, su Padre, mirándola con ese semblante serio de siempre. Sin mostrar nada hacia ella.

-Padre—Logro articular al cabo de unos segundos. Por un momento su voz no quería salir, prefería quedarse encerrada en su garganta, con el miedo de que fuera hacerle algo.

-No te asustes, querida—La suave voz de Kuro atrajo su atención, quien correspondió a eso con una sonrisa. —Solo viene por algo—

El albino con largas zanjadas, emprendió su camino hacia el interior de su habitación, dejando a Padre e Hija solos.

Naemi lo miraba, con miedo, con odio, con tantos sentimientos que le provocaban un revoltijo horrible en el estómago, y un caos mental. Pero Obito, no decía nada, solo se quedó mirándola en completo silencio.

¿Qué podrían decirse?

-Al final… me vendiste—Dijo aquello como un susurro de agonía que luchaba por no soltarse a llorar. —Al final… lo has hecho—

Obito frunció el entrecejo.

-No esperes que me arrepienta de lo que estoy haciendo… solo has sido el error que—

-¡EL MALDITO ERROR CON UNA PUTA! ¡LO SE!—grito en medio de las pocas lagrimas que ya estaban recorriendo sus mejillas.-¡PERO ELLA NO ERA NINGUNA PUTA! ¡ERA UNA MUJER QUE TE AMABA! ¡UNA MUJER QUE AMABA A LA BASURA QUE ERES!—

Sus gritos dejaban salir todo el veneno que llevaba en sus venas, todo el odio, todo el dolor que durante veinte años Obito infundo en ella.

-Mamá te amaba… y tú… fuiste un egoísta que solo la uso para sus propios fines—La voz se ahogaba de un momento a otro, o se quebraba antes poder completar bien las palabras. —Ella no merecía lo que hiciste… ella merecía una vida feliz… un hombre que la amara como ella amaba… no, una basura como tú—

Obito fruncía más su entrecejo, dispuesto a darle una buena bofetada como en años atrás lo hacía cuando su hija se volvía una insolente. Más sin embargo, no podía hacerlo, no podía golpearla, y no era porque estaba en casa de Kuro…

-No espero que te arrepientas de lo nos has hecho a ambas… solo… solo—Levanto su vista a él, misma que antes había permanecido oculta por su cabello, ahora lo encaraba, clavando sus ojos sobre los suyos. —Solo espero que ya estés satisfecho… y… nunca más tener que verte en mi vida otra vez—.Las lágrimas continuaban cayendo como cascadas, que recorrían sus mejillas hasta caer por la barbilla y perderse en algún punto del suelo.

Obito solo se quedó escuchándola, sin decir nada más. Naemi volvió a agachar su cabeza, mirando el suelo dando pequeños hipitos de por medio.

Kuro regreso a la estancia, mirando las cosas. Sus tripas pudieron revolverse al ver llorar a su pequeño ángel, pero al ver a Obito tan rígido y quieto en su lugar, supuso que no le hizo nada… y por su bien más le valía no haberle hecho nada.

Camino, y entrego el maletín con el dinero.

-Listo… tu dinero—Entrego el maletín. Obito lo tomo y se quedó mirándolo uno segundos antes de tomar su camino hasta la salida. Kuro le acompaño.

Mismo que al momento de verlo salir, cerró la puerta.

Dejando a Obito solo en el pasillo, con el maletín lleno de dinero. Lo observo y apretó con fuerza.

Ya tenía el dinero que necesitaba para huir, para comprarse su libertad. Pero aun así, no dejaba de sentirse como una basura, desde que fue a ver a su esposa al cementerio, hasta ese momento en que su hija le grito que era basura.

Cuando te obligan a ser malo, es difícil dejar atrás aquella conciencia, el sentimiento de culpa, dejar atrás cada cosa que alguna vez te hizo sentir "humano", tarde o temprano, gracias a algún detonante, regresan esos sentimientos. Para él… su amada Rin, su esposa y ahora, su hija, eran el detonante a esos sentimientos.

Porque, por primera vez en tantos años… se sentía el malo.


Lamento haberme tardado tanto en actualizar. Mil perdones u.u

¡Gracias por leer! :D