Sólo quiero estar con vos.
Siento al tomar tu mano
Que nada puede hacer mejor.
Y no encuentro un solo motivo
Para no sentirme así.
Me hacés bien todo el tiempo.
El sol brilla suave en el cielo, perdido entre el mar azul que éste es, con esas nubes blancas que parecen hechas de algodón salpicadas por todas partes, los sonidos y el perfume de California recordándoles a sus habitantes una vez más por qué es la ciudad más hermosa del mundo, acarician tus sentidos al entrar por la pequeña ventana que abriste para inundar el ambiente con un poco de aire fresco. Sobre la mesita un posavasos tejido a mano por tu abuela hace años evita que el tazón lleno de humeante café con leche deje marcas sobre la superficie de madera. El silencio es una música repetitiva pero relajante, como un murmullo arrullador que quiere hacer que sucumbas al sueño acumulado que cargás sobre tus cansados y pesados párpados. La esencia a limón y vainilla mezclados del pedacito de budín que te falta por comer y que yace olvidado en un platito de porcelana con ornamentos orientales en sus bordes todavía puede sentirse en tus dedos y en tus labios. Vos sos la figura pequeñita que, hecha un ovillo en una de las sillas, completa el cuadro, el brillo en tus ojos y el rubor en tus mejillas resaltando más que cualquier otra cosa en la habitación.
En la puerta blanca como la nieve de la siempre semivacía heladera un calendario imanado muestra treintaiún cuadrados grandes, cada uno de ellos representando un día correspondiente al mes de octubre. Dos finos arcos que se espejan el uno al otro, dibujados con pulso delicado utilizando un marcador rojo, encierran al pequeño 7 de color azul claro formando un corazón o, como te gusta pensar a vos, las dos mitades de dos corazones que forman una misma pieza: la mitad de tu corazón y la mitad del de él. Debajo, tu letra prolija, minúscula y perfecta llena el espacio en blanco del cuadrado con un puñado de palabras que encierran un significado demasiado profundo para ser verdadero, pero tan real como el aire que respirás.
Primer mes. Nos quedan 839 meses más.
El lunes te dijo que quiere pasar al menos setenta años con vos. 840 meses es el equivalente a setenta años. Doce meses multiplicado por setenta años, el resultado es 840. No te importa, realmente, lo ilógico que suena (después de todo, realizando los cálculos se llega a que, para ese entonces, vos tendrías noventa y cuatro y él ciento cuatro años; ¿cuántas personas son lo suficientemente afortunadas para vivir tanto tiempo?): ¿setenta años dijo? Entonces vas a ir contando mes a mes, día a día. Porque si él te prometió que iban a pasar setenta años juntos, entonces estás segura de que va a desvivirse asegurándose de que esa promesa se cumpla. Y también vos: vas a desvivirte queriendo llegar a ese 7 de septiembre en el que llenos de arruguitas y ya muy viejitos puedan sentarse a recordar los setenta años que pasaron juntos, día por día.
Setenta años. 840 meses. Aproximadamente, 25550 días. Y no te importa qué tan ilógico, imposible o irreal suene: vas a llegar a los noventa y cuatro años recordando al menos un pedacito de cada uno de ellos.
Compraste ese almanaque el otro día durante la hora del almuerzo junto con varias cosas necesarias para terminar de preparar su sorpresa (podías ver la curiosidad en sus ojos, quemándolo, cuando le dijiste que tenías que ir a hacer un 'trámite' del que no podías contarle nada). Estabas yéndote de la tienda, con dos bolsas llenas de diversos materiales, cuando lo viste y se te ocurrió la idea. Una sonrisa afloró en tu rostro, y ese millón de mariposas que ya conocés demasiado bien invadió tu estómago, haciéndote cosquillas. Con ojitos ilusionados y tarareando una melodía sin nombre conocido te sentaste en el suelo de tu cuarto y llenaste los espacios en blanco desde el 4 de septiembre en adelante con frases que él susurró en tus oídos, promesas que él te hizo, momentos sencillos pero dulces que pasaron juntos. Y en los días que sigan, vas a elegir una frase, un instante, algo para anotar, para que quede en ese almanaque para siempre, y cuando hayan pasado muchos años y los dos estén viejitos puedan sentarse y repasar esos primeros meses juntos.
Para que dentro de setenta años puedan repasar cada día juntos.
Hoy es sábado, y desde hace varias noches que no dormís bien, porque durante ese tiempo libre entre que salís del trabajo hasta que es hora de regresar a la CTU no hiciste otra cosa que terminar de preparar el regalo que vas a darle mañana. Cualquiera pensaría – por el esfuerzo y dedicación que pusiste en esto – que van a cumplir un año juntos y no un mes. Querés hacer este pequeño aniversario tan especial como él hace especial tu vida, por eso te propusiste que tu regalo para él quedara perfecto, por eso fue necesario que pasaras tres noches seguidas en vela y sobrevivieras a los días de trabajo siguientes a ellas tomando taza de café tras taza de café para mantenerte activa. A Tony no le hizo mucha gracia que tanto miércoles como jueves y viernes regresaras a tu departamento en vez de ir a dormir al de él, pero dejó de insistir con sus ojitos de cachorrito abandonado bajo la lluvia y sus caritas de nene necesitado de afecto cuando comprendió que la sorpresa que estás preparando para él es realmente importante.
El reloj de pared (amás los relojes de pared, por eso tenés uno en la cocina, otro en tu habitación y un tercero en la pequeña sala de estar que hace las veces de comedor improvisado cuando te acurrucás en el sillón y depositás la cena en la baja mesa ratona) anuncia las ocho de la mañana con quince minutos. No hay palabras para describir lo exhausta que estás y lo mucho que necesitás ir hasta tu cama, refugiarte bajo las sábanas y dormir nueve horas de un tirón, pero aunque tus párpados prácticamente ya no puedan aguantar ni dos segundos más levantados, no podés dejar de sonreír, no podés dejar de esforzarte para que permanezcan abiertos, admirando el resultado de tu trabajo.
Tenés cierta facilidad para algunas manualidades, y te gusta mucho cómo quedó decorado el cuaderno. Forraste ambas tapas – antes grises con letras japonesas impresas en negro – con papel corrugado azul (su color favorito), y escribiste en la portada utilizando letras grandes recortadas en cartulina rosa Prólogo y Capitulo Uno. Tus habilidades con la geometría permitieron que cada letra quedara exactamente del mismo tamaño que la anterior. Numeraste cada página usando un bolígrafo dorado, al pie de cada una de ellas anotaste una frase romántica (buscaste en todas partes hasta encontrar las más dulces, resultando en un compilado de palabras hermosas rescatadas de libros, películas, canciones, ensayos filosóficos y series de televisión), y en los márgenes superiores dibujaste larguísimas guardas de corazoncitos de todos los colores con crayones de cera. Resaltaste las palabras más importantes repasándolas con rotuladores brillantes, en algunas esquinas pegaste cuadraditos amarillos en los cuales enlistaste las cosas que más amás de él, en total, doscientas trece, desde sus manos, su voz, sus besos y sus abrazos pasando por el don que tiene para tranquilizarte, su paciencia, su dulzura y hasta llegar a sus uñas tan prolijas, el espacio entre sus dedos donde los tuyos encajan perfectamente como si hubieran sido hechos a medida, su taza de Chicago Cubs y que duerma con la cabeza reposando en el hueco entre tu cuello y tu hombro para dejarte a vos toda la almohada. Con cinta adhesiva de colores (no sabías que existía hasta que la viste en la tienda) pegaste pequeñas cosas que no querés perder nunca, por muy tontas que puedan parecer bajo la mirada de cualquier otro: la entrada de cine de la función que fueron a ver en su primera cita, la rosa de papel que hizo para vos (él podrá decir que es horrible, pero a vos te encanta), los pétalos ya secos de todas las flores que te regaló hasta ahora (no se lo dijiste porque te daría vergüenza, pero nunca te habían regalado flores, jamás, no hasta que él llegó a tu vida) y la tarjeta que venía alrededor de la manito de peluche de Osito. Y claro, por supuesto, llenaste los renglones con tu letra prolija, describiendo este primer mes juntos en perfecto detalle, cada momento, cada instante, cada conversación íntima, cada sensación, cada segundo de amor y magia, cada promesa.
Ahora que repasás carilla por carilla, no podés evitar sonreír. Realmente te gusta mucho el resultado, y creés que a él va a gustarle también.
Querés ser vos quien lea a él cada palabra, renglón por renglón, en susurros, mientras su cabeza descansa sobre tu panza y tus dedos se pierden en su pelo negro. Es verdad que a veces lo llamás osito solamente para molestarlo, que es tu manera cariñosa de hacerle saber lo mucho que te encanta ser conciente de cuánto cambia su personalidad cuando está con vos, de cuánto cambió él desde que te conoció a vos; pero lo cierto es que a veces, muy frecuentemente, te referís a él con ese apodo tierno simplemente porque te gusta, porque hace aún más real esa certeza de que por muy distinto que haya sido alguna vez, por muy diferente que sea en el trabajo o en cualquier otro ámbito de su vida, cuando está bajo tu tacto se transforma por completo. Cuando está bajo tu tacto, cuando tus manos se mueven sobre su piel, cuando tus besos sellan sus labios, cuando lo mirás a los ojos, cuando vos reís, cuando él dibuja sonrisas en tus labios con sus dedos, cuando él te mira y vos le decís que lo amás, se transforma en ese osito. En tu osito. Es un apodo tonto, pero te encanta. Y así querés tenerlo mientras le leas esas palabras, como ya estuvo muchas veces mientras conversaban en vos baja o intercambiaban secretos: totalmente rendido bajo tus caricias, con tus dedos perdiéndose entre sus rulitos cortos de color negro azabache, el que para tus ojos es el hombre más fuerte del mundo reducido a tu voluntad.
Bostezás. Estás exhausta. Necesitás descansar. Lo necesitás a él. Después de varios días de verse sólo en el trabajo e irse cada uno a su casa luego de terminada la jornada porque vos debías ocuparte de su sorpresa, prácticamente te duele el cuerpo: tenés síndrome de abstinencia. O algo parecido. No sabés cómo llamarlo, pero sí sabés que es una necesidad enorme de quedarte en sus brazos por horas y horas. Hoy por la noche van a ir a cenar a un sitio del cual no te develó detalle alguno, y mañana te prometió llevarte a 'un lugar que va a encantarte, pero no te puede decir a dónde porque quiere ver la sonrisa que va a aparecer en tu cara cuando lleguen'. Así que va a ser mejor que te vayas a dormir, que descanses, que recuperes el sueño perdido.
Echás una última mirada al cuaderno antes de guardarlo. Quedó precioso.
En los meses que vienen, querés seguir regalándole cuadernos que tengan en detalle su historia de amor. Querés seguir llenando cuadraditos en los almanaques con frases, momentos, promesas o con cositas tan sencillas. Querés llegar a la vejez junto a él y tener un armario lleno de cuaderno, 849 para ser exactos, uno por cada mes, escritos de tu puño y letra. Quizá no todos tan elaborados y decorados con tanto esmero, pero vas a escribirlos, sabés que vas a escribirlos. Probablemente en el futuro – un futuro inmediato – empieces a agregar fotos de los dos. Todavía no tienen ninguna juntos, pero esperás que eso cambie pronto, porque te morís por llenar tu casa con portarretratos que tengan dentro imágenes de ambos.
Cinco minutos después te dejás caer en la cama y abrazás a Osito, cerrás los ojos e inhalás su perfume en la manga del sweater que tenés puesto. Eso te lleva a pensar en sus otros regalos: un sweater nuevo, una camisa y una campera de cuero. Sí, te excediste un poco, y te salió carísimo porque fuiste a la mejor tienda de ropa de Los Angeles, pero no te importa en lo absoluto. Tu intención inicial era la de comprarle un sweater (dado que ya le robaste tres que ahora son oficialmente tus pijamas), pero cuando viste todas esas camisas y camperas alineadas en las interminables filas de perchas simplemente no pudiste contenerte. Él te mima tanto, demasiado, y te da todos los gustos posibles, por lo cual no querías escatimar en nada con este segundo regalo.
Sonreís con el rostro enterrado en la almohada. Programaste el despertador para que sonara a las cuatro de la tarde, con el tiempo justo para prepararte antes de que él te pase a buscar. Eso significa que tenés varias horas para soñarlo tanto como quieras e imaginar qué sorpresas serán las que va a darte esta noche y mañana hasta que llegue la hora de verlo.
Son las seis de la tarde con diez minutos, y aunque tu horrible autoestima se empecine en querer decirte lo contrario, no podés dejar de sonreír ante la perspectiva de que estás a escasos pisos de distancia de la planta baja, y que cuando llegues y salgas del ascensor vas a estar solamente a metros de distancia de alcanzar la puerta, y que cuando cruces la puerta él va a estar ahí, esperándote, y va a decirte que estás hermosa, aún si tu tendencia es la de pensar que seguís siendo un patito feo al que le dicen que es lindo solamente por compasión.
Tu abuela solía consolarte diciéndote que eras bonita, pero no le creías. A nadie le creerías, solamente le creés a él cuando te mira a los ojos y trata de convencerte de que sos preciosa, y luego al ser cruzado tu rostro por la más mínima expresión de incredulidad te levanta del suelo y te hace girar en sus brazos para lograr que esa mueca se convierta en una sonrisa, una sonrisa como la que tenés ahora, mientras finalmente abrís la puerta del edificio y lo encontrás a él esperándote en el pórtico, con los ojitos demasiado brillantes.
Sus manos tibias acunan tu rostro sin que ninguno de los dos diga una palabra, y no tardás ni medio segundo en depositar suavemente en el suelo la bolsa de papel madera en la que llevás sus regalos y empezar a besarlo, usando tus propias manos para acariciar su rostro.
No te importa si algún vecino o el encargado pasa y los ve. Para empezar, son besos inocentes, no es la clase de besos que le darías si estuvieran los dos solos y en una situación un poco más privada; son más las veces que sus labios terminan en la punta de tu nariz o en tus mejillas o párpados en lugar de en los tuyos propios. Además, las pocas personas del edificio que te conocen ya saben que estás enamorada: el encargado ha visto a Tony varias veces cuando te llevó hasta la puerta o te pasó a buscar, dos vecinas en diferentes ocasiones se encontraron con vos y te felicitaron por 'haber encontrado a un muchacho tan bonito para que te cuide' y una tercera te comentó que los vio abrazándose en la vereda y lo primero en lo que pensó fue que 'ese chico debe adorarte por la forma en que te agarra como si nunca quisiera dejarte ir'. Todas esas veces, sonreíste como loca, te pusiste colorada como nunca antes, y no pudiste más que esbozar un par de palabritas tontas que sintetizaban lo feliz que estás y lo muy enamorada que te tiene, mientras por dentro te morías de incomodidad, de vergüenza y de un ataque de mariposas en la panza.
"Feliz primer mes" suspira despacio, arrancándote de tus pensamientos y recuerdos, enredando dos de sus dedos en tus rulos – que llevás sueltos – mientras uno de sus brazos rodea tu cintura.
"No es nuestro primer mes hasta mañana" comentás en voz baja "En todo caso, feliz vigésimo noveno día" lo corregís con una risita tonta.
"Feliz vigésima noveno día" se corrige, poniendo énfasis en cada palabra, mientras volvés a tomar la bolsa que habías dejado en el suelo y entrelazás tus dedos con los suyos.
Comienzan a caminar hacia el auto, despacio, sin apurarse. Amás ir tomada de su mano. En momentos como este, te parece el gesto más dulce del mundo. Es la manera más dulce de mostrarle al resto de las personas que él y vos son dos partes de una misma pieza, que se completan el uno al otro.
"Te extrañé mucho durante toda la semana" confiesa, presionando su frente contra tu sien.
Notás que está observando la bolsa con interés. Sabe que ahí está su regalo, su sorpresa, ésa en la que estuviste trabajando tanto y que impidió que pudieras pasar las noches anteriores con él, en su departamento. También sabés que tampoco va a preguntar o comentar nada sobre la bolsa: tiene en claro que el regalo es para el día siguiente, no para ahora.
"Yo te extrañé más"
Cuando están frente a su coche, te detenés, tomás su rostro entre tus manos, y lo atraés hacia el tuyo para besarlo. Tus labio inferior queda inmediatamente capturado entre sus labios, su respuesta al beso un poco más apasionada, causando que automáticamente quieras que una boca se pegue a la otra tan humanamente como posible. Te encanta sentir su piel tibia bajo tus dedos, pero cuando para profundizar aún más el beso tus manos bajan despacio hasta cerrarse alrededor de su cuello, la piel ahí prácticamente quema.
Es entonces cuando te das cuenta.
Es entonces cuando te percatás.
Puede que tu piel tenga cierta tendencia a enfriarse con facilidad, puede que su piel siempre esté tibia (lo cual te encanta, especialmente cuando frotás uno de tus pies contra uno de los suyos antes de quedarme dormida), pero esta vez es distinto. Este caso es distinto. Tiene el cuello hirviendo, la nuca hirviendo.
Tu boca y su boca se separan despacio. Tu frente reposa sobre su frente. Está caliente, bastante, pero su cuello hierve más. Quizá es de esas personas que suben la temperatura corporal cuando tienen fiebre, pero mantienen una temperatura normal en sus frentes. Lo que sí sabés con certeza es que Tony Almeida - quien ahora está rodeando tu cintura con sus brazos, atrayéndote hacia sí y meciéndote despacito de un lado al otro – está volando de fiebre.
Sus ojos miran los tuyos con la misma ternura que siempre encontrás en ellos, y cuando los ves más brillantes que de costumbre y vidriosos, tus sospechas cobran más sentido y se vuelven más reales.
Tiene fiebre, estás segura.
"Tony, ¿te sentís bien?" preguntás, preocupada, acariciando su espalda y sintiendo bajo la tela de la camisa celeste que lleva puesta que también está ardiendo.
"Sí" responde.
"Estás mintiendo" lo acusás.
Podés leerlo tan bien, tan bien aprendiste a leerlo que te das cuenta en cuanto te dice una mentira, incluso si es una mentira blanca.
"No estoy mintiendo" se defiende, pero obviamente su defensa no hace más que hundirlo como si acabara de ponerse un chaleco de plomo. Esa media sonrisa en la que se curvan sus labios, ese algo que aparece en la comisura de su boca, la forma en que sus ojos cambian, la forma en que sus manos acarician tu pelo… Está mintiendo.
Dios, es adorable hasta cuando miente.
"Amor, tenés fiebre, no me mientas" le pedís, con tono dulce pero firme.
Pasás una mano por su frente, luego por su cabello, su cuello, su espalda, sin dejar de mirarlo, sin que él deje de mirarte o de mecerte despacito. Siguen de pie en la acerca, frente a su auto, pero a ninguno de los dos parece importarle. Es como si el mundo no existiera, como si el resto del mundo se hubiera desdibujado alrededor de ustedes. Y es que es así: siempre que están juntos no existe ninguna otra cosa que no sea el otro.
"Quizá tenga algo de temperatura" asume finalmente, tratando de restarle importancia.
"¿Algo de temperatura? Tony, estás hirviendo"
"No exageres, Michelle…" se queja, y una mueca aún más adorable desfigura su rostro, causando que se parezca al de un nene pequeñito que está luchando para que un adulto le dé la razón.
"No estoy exagerando" de pronto tu aspecto es de seriedad, y él se da cuenta, por lo cual de su rostro se apodera la seriedad también.
No vas a decírselo en este momento porque no es el adecuado, pero todavía recordás el día en que tu abuela murió. Volaba de fiebre. Todavía recordás las veces que tu mamá tenía fiebre y deliraba, llamando a tu papá. Todavía recordás cuando Danny tenía fiebre, y estaba histérico y te trataba peor que de costumbre, aliviando su propio malestar molestándote a vos, llamándote "china", "adoptada", "bebé no deseado", "huérfana" o "cabeza de resortes" (por tus rulos) para hacerte enfadar. Recordás cuando vos tenías fiebre, y nadie estaba ahí para cuidarte o hacerte mimos hasta que te sintieras mejor: tu abuela tenía que trabajar, Danny nunca estaba en la casa más de lo estricta y mínimamente necesario, y durante los años que tu mamá vivió con ustedes antes de que se fuera con la boca llena de mentiras y promesas que no cumpliría generalmente no se levantaba de la cama o no hacía otra cosa que no fuera beber sin cesar. Si Tony tiene fiebre, no querés que pase todo lo que queda del sábado fingiendo sentirse bien para evitar mostrar debilidad delante de vos o para no arruinar los planes que tenían. Si tiene fiebre, querés cuidarlo y mimarlo como nunca te cuidaron o mimaron a vos cuando estabas enferma. Querés cantarle al oído para que se duerma, frotarle la panza, obligarlo a tomar aspirinas, llevarle té o jugo de naranja… Querés cuidarlo, como nunca te cuidaron a vos. No estás exagerando: estás tratando de atenderlo como él se merece.
"Tony, tenés fiebre" volvés a repetir "Si tenés fiebre, entonces no deberíamos estar acá" gesticulás con los brazos y la cabeza ": deberías estar en cama, y un médico debería verte"
"Michelle, tengo fiebre por el tema de la muela" trata de tranquilizarte, otra vez intentando restarle importancia a la situación.
La muela estuvo molestándolo desde el domingo pasado, cada vez con más frecuencia. Prácticamente le rogaste que fuera al área médica de la CTU para que le recetaran un calmante o algo para aliviar la inflamación, o quizá hasta le consiguieran a un dentista que se ocupara del tema, pero es tan terriblemente (y adorablemente) caprichoso que por mucho que hizo caso omiso.
Se lo pediste a los besos, pero no cedió.
Se lo pediste en medio de una guerra de cosquillas en la que acabaron en el suelo de su cocina, pero no cedió.
Se lo pediste en medio de uno de esos abrazos larguísimos que duran minutos enteros, pero no cedió.
Se lo pediste con carita de compungida, y casi cedió, pero no del todo.
¿La razón por la cual se niega con tanta rotundez?: el dentista le da miedo. Un poquito dijo, pero sabés que ese poquito en realidad es un mucho, y si va a ver al médico de la CTU, entonces vos no vas a poder acompañarlo y tomar su mano entre las tuyas para hacer que se sienta mejor, porque sería lo mismo que empezar a gritar a voces ese secreto que llevan casi un mes guardando. Le prometiste acompañarlo a un consultorio privado cuanto antes, pero ahora que tiene fiebre, obviamente la infección de la muela es mucho más grave de lo que pensaban. No puede darse el lujo de no ir al dentista inmediatamente.
"Dame las llaves del auto, Tony" le pedís con voz segura, firme, decidida pero a la vez suave y afectuosa, extendiendo una de tus manos con la palma hacia arriba.
"¿Para qué?" pregunta sorprendido, frunciendo el entrecejo.
Antes de seguir hablando, te tomás unos segundos para examinar su rostro con muchísimos cuidado. Sí, lo que pensabas: es difícil notarlo, pero el lado derecho de su rostro está levemente hinchado.
"¿En este momento te duelen la muela y el oído?" inquirís, ignorando su pregunta.
"Sí" admite "¿Cómo sabías que ahora también me duele el oído?"
"Porque es común: cuando la muela está infectada, el dolor sube hasta el oído. Y la garganta. Y el cuello. Y te agarra una fiebre altísima"
"Michelle, no tengo fiebre tan alta… Por favor, dejemos esto atrás, vayamos a cenar y…"
"No" lo interrumpís con resolución, y luego decidís apelar a sus capacidades para entenderte "Amor, estás enfermo…"
"Una infección de muela y oído no es una enfermedad" se queja, chasqueando la lengua en señal de exasperación, a la vez que intenta disuadirte, distraerte besándote alrededor de los ojos, causando que los cierres, pero no por eso tu cerebro se apaga y se te quita de la cabeza la idea de obligarlo a ir a ver un médico de urgencia. De hecho, cuando al sentir sus labios en tu piel instintivamente llevás tus manos a su cuello, tu preocupación aumenta: en menos de cinco minutos pareciera haber levantado aún más temperatura.
"Almeida, no vas a convencerme" le advertís "Dame las llaves del auto" volvés a extender la mano con la palma hacia arriba.
"Pero si vos conducís, ¿entonces cómo voy a llevarte al lugar sorpresa?" protesta.
"No vamos a ir al lugar sorpresa, amor" anunciás, con un dejo de tristeza: sabés cuánto él quería hacer este primer aniversario completamente especial "Al menos no hoy. Vamos a ir a una guardia para que te vea un dentista y pueda recetarte un antibiótico, un analgésico y te dé un turno para que te arreglen la muela" le explicás con suavidad, queriendo atenuar tus palabras con caricias y besos esquimales inmediatamente después de haberlas dicho.
"Michelle, detesto el dentista, odio ir al dentista" sigue protestando, pero no por eso te aparte de él. Es más: acerca tu cuerpo al suyo hasta que están abrazándose de nuevo, y entierra su rostro en el hueco que hay entre tu hombro y tu cuello. Sentís sus labios dejando su marca ahí "Te prometí que iba a ir a un dentista esta semana, ¿te acordás? Voy a ir, la promesa sigue en pie" te asegura "Pero hoy no, porque hoy es nuestro día especial" ¿es acaso eso chantaje emocional? "Y es el primer día en muchos en que te tengo para mi solo" sí, eso es chantaje emocional "y puedo actuar como el tonto enamorado que soy en lugar de tener que fingir ser tu jefe y hacer de cuenta que sos solamente una empleada más" sí, chantaje emocional en su máxima expresión "Además, dejar pasar la oportunidad de sorprenderte con todas las cosas que planeé por una simple fiebre y un dolor de muela me parece muy tonto" levanta la cabeza hasta que sus ojos y los tuyos quedan nivelados, y con sus manos recorre los bordes de tu cara, para luego acunar tus mejillas con las palmas "Michelle, cualquier dolor, cualquier dolor que exista yo puedo soportarlo si estoy con vos haciéndote feliz. Por favor, este día es importante para mí"
Y casi cedés. Casi. Estás a punto de ceder. Por un segundo, por una milésima de segundo. Pero luego volvés a tus sentidos y rápidamente respondés:
"Anthony Almeida, sos el hombre más dulce del mundo y amo que me ames tanto, pero voy a tener que declinar tu oferta, mi vida. Vamos a ir a la guardia odontológica quieras o no, porque si esa infección se pone peor, entonces no solamente van a aumentar el dolor y la fiebre, si no que acabarías internado" no estás tratando de asustarlo o algo por el estilo, más bien es la pura verdad "Además, ¿qué clase de mujer sería si ignorara que estás mal y dejara que me llevaras a pasear de todos modos, sabiendo que estás esforzándote para mantenerte en pie cuando deberías estar descansando, ocupándote de tu salud? Te amo demasiado como para no hacer esto, así que Tony, va a ser mejor que me des las llaves del auto, te subas al coche, cierres los ojos y trates de mentalizarte con la idea de que tu novia va a llevarte a que te vea un dentista"
Lo oís suspirar resignado, vencido, cansado de luchar contra lo invencible. Las llaves de metal frío de su coche acaban finalmente en tus manos.
"Gracias, Tony" decís con voz suave, acariciando su mejilla con las yemas de tus dedos.
"Te considero principal responsable de haber arruinado trágica y drásticamente nuestro primer aniversario" te acusa en tono melodramático, pero sabés que no lo dice en serio, o que al menos no lo dice con resentimiento.
"Hoy no es nuestro primer aniversario" respondés, al tiempo que los dos se acomodan en sus respectivos asientos.
Dejás la bolsa escondida en el asiento trasero, cuidando de que su contenido no se caiga. Notás cómo él se reclina sobre el respaldo y cierra los ojos por un momento. Te alegra haberte dado cuenta de que tenía fiebre: caso contrario, hubiera pasado todo el sábado fingiendo sentirse bien, cuando en realidad no es así.
Estás a punto de poner el motor en marcha, pero te detenés.
"No te molesta que maneje tu auto, ¿no?" verbalizás una preocupación que recién ahora cruza tu cabeza.
Muchos hombres se ponen histéricos cuando se trata de sus autos, y lo entendés. No te imaginás a Tony siendo un histérico en cuanto a los autos, pero puede que tal vez no le guste que cualquiera lo maneje. Tal vez deberías haber ofrecido que usaran tu auto y dejaran el suyo estacionado ahí.
"Porque si preferís, podríamos…" empezás, pero él te interrumpe.
"Michelle, estoy dejando que me lleves al dentista" remarca las últimas dos palabras con especial énfasis ", un sábado" más énfasis "Es decir, en palabras más simples: si confío tanto en vos y estoy tan loco de amor por vos como para permitir que me lleves al dentista" sonreís, te sonrojás, todo al mismo tiempo, sin dejar de mirarlo ", entonces creo que se sobreentiende que la misma confianza se aplica a todos los otros ámbitos de mi vida. Podés usar mi auto, mis tarjetas de crédito, mis cuentas bancarias, convertir mi departamento en una biblioteca, pintar las paredes del cuarto de baño de rosa… Podés hacer lo que quieras, Michelle, yo nunca voy a decirte que no. Dios, estoy aceptando que me lleves al dentista" ríe, y vos también reís "Nunca pensé que existiera persona capaz de eso, pero aparentemente sí existe" el dorso de una de sus manos, ahora también hirviendo debido a la fiebre, acaricia tu frente repetidas veces.
"Es que en el fondo sabés que tengo razón"
"No" niega levemente con la cabeza, se muerde el labio, se rasca el costado derecho de su rostro, desvía la mirada hacia abajo y luego sus ojos vuelven a encontrarse con los tuyos. Vidriosos y brillantes a causa de la fiebre, están, pero eso no impide que veas todo el amor que siente por vos, en su más puro e intenso estado "Cuando se trata de estas cosas, generalmente no hay quién me persuada, Michelle. Solamente vos" ahí está otra vez, el color rojo apoderándose de tus mejillas, haciendo que se enciendan furiosamente "Estuviste toda la semana preocupada por mi muela, insistiendo para que aceptara ir al dentista, y ahora que tengo fiebre y dolor de oído y las cosas parecen estar poniéndose peor, tenés esa carita de consternación a la que simplemente no puedo negarme" respira hondo, suelta el aire "Incluso si eso significa ir a un lugar al que odio. Incluso si eso significa tener que ir a la guardia de un hospital. Incluso si eso significa tener que tragarme el orgullo y el ego masculino y pedirte que me acompañes y me agarres de la mano para que sienta menos miedo. Incluso si significa que dentro de cincuenta años cuando tengamos nietos y les contemos nuestra historia parte de ella implique decir 'en nuestro vigésimo noveno día juntos la abuela me llevó de urgencia a la guardia odontológica de un hospital porque tenía fiebre y una infección molar'"
Te conmocionan sus palabras, la forma en que las dijo, la forma en que su mano sigue acariciando tu frente, la forma en que sus ojos se pierden en tus ojos y viceversa, la emoción y la suavidad de su voz haciendo que tiembles de pies a cabeza cuando alcanza tus oídos, esa confesión tan tierna que acaba de hacer, esa seguridad que te hace sentir y a la vez ese miedo que se mezcla en tu panza junto con las mariposas que te hacen cosquillas porque con cada paso que dan juntos cada día te recuerda y demuestra más y más que su existencia entera pende de tus manos, que tenés el poder de hacer con él lo que quieras, el mismo poder que él tiene sobre vos, porque también lo dejarías hacer absolutamente cualquier cosa que quisiera.
"También podemos contarle a nuestros nietos que me dejaste sentar tras el volante de tu auto" agregás con una sonrisa y con voz suave y dulce, pero llena de emoción, porque todavía no se va el efecto de lo que te dijo. De hecho, no creés que el efecto de las cosas que te dice, de cualquiera de las cosas que te dice, pueda irse alguna vez.
"Esperemos no tener que contarles que chocaste contra un poste de luz" comenta en son de broma, riendo.
Chasqueás la lengua, mordés tu labio, negás levemente con la cabeza y reprimís una carcajada que pugna por escaparse de tu garganta mientras hacés girar la llave y finalmente ponés el motor en marcha.
Nunca te imaginaste que un sábado a las seis de la tarde con cuarenta y muchos minutos la guardia odontológica de un hospital podría estar tan repleta al punto de que apenas hay lugar para sentarse, al punto de que hay al menos treinta personas de pie apoyadas contra las paredes esperando, o algunas más informales sentadas en el suelo, la mayoría de ellas con caras de dolor absoluto, algunos llorando a causa de la molestia en los dientes, otros en silencio pero con expresiones de enojo e impaciencia, otros sosteniendo compresas frías para aliviar la inflamación.
Son casi las ocho de la noche, y desde las siete menos diez de la tarde que están esperando. Les dijeron que la demora era de por lo menos tres horas porque había poco personal, demasiados pacientes sin turno a los que atender y otras disculpas de ese estilo.
Preferís esperar, y la mirada que le echaste a Tony cuando sugirió ir a otra clínica dejó en claro que eso está fuera de discusión. Podrían haber ido a otro hospital, pero esta es la mejor guardia odontológica de la ciudad de Los Angeles. No conocés ninguna otra en realidad, y no querés arriesgarte a ir a un lugar donde quizá los atienden más rápido pero no igual de bien.
Una señora bastante mayor que se cansó de esperar les dejó el asiento que había estado ocupando, así que mientras tu reloj de pulsera señala que pasan diez minutos de las ocho él se encuentra en una de esas sillas de plástico que están empotradas contra la pared sostenidas por un caño negro sobre el cual hay muchas otras sillas del mismo plástico color verde agua, mientras vos estás sentada sobre sus rodillas, inclinada hacia atrás. Sus brazos rodean tu cintura y sus manos están entrelazadas sobre tu panza. Su cabeza reposa sobre tu espalda, y juzgando por su respiración pausada y elaborada deducís que la fiebre lo redujo a un tramo de inconsciencia previo al sueño, pero que no está del todo dormido.
Deberías haberlo llevado al dentista antes, durante la semana, en lugar de posponerlo. Si lo hubieras hecho, la infección no hubiera llegado al punto de causarle fiebre y otitis. La próxima vez, vas a arrastrarlo enseguida si hace falta, pero no vas a dejar que pase más tiempo. La próxima vez vas a llevarlo a la fuerza, aunque después de esa conversación que tuvieron en su auto no creés que sea necesario: dejó bien en claro que por vos hace lo que sea, y que a tu 'carita de preocupación' no va a negarse nunca más.
"Michelle" de pronto lo escuchás murmurar, con sus labios presionando contra tu cuello ", creo que estoy volando de fiebre" comenta con la voz ahogada.
"Ya sé, osito" contestás, girando un poco para quedar de costado. Levantás su cabeza hasta que sus ojos quedan a tu altura y sentís su frente. Te das cuenta que debe tener unos cuarenta grados de temperatura.
Está empezando a preocuparte de verdad.
"Voy a ir a hablar con una enfermera, ver si pueden atendernos un poco más rápido…"
"No, no vayas a ningún lado" protesta en voz baja, en un susurro, en apenas un suspiro, agarrándote con más fuerza y cerrando sus brazos aún más firmemente alrededor de tu cintura, enterrando su cara en tu cuello otra vez "Quería llevarte a cenar a la playa, y que miráramos las estrellas… Ahora todo lo que podemos mirar es a las enfermeras ir y venir con cara de querer tirarse de un balcón para acabar sus vidas de sufrimiento"
El hecho de que conserve el sentido del humor es bueno.
"Podemos mirar las estrellas cualquier otro día. Ahora me preocupa tu fiebre" susurrás.
"Michelle, quizá deberíamos ir a casa" sugiere "Ya esperamos, ¿cuánto?, ¿una hora y media?" notás que está cansado, exhausto "Vayamos a casa, cenemos algo…"
"No" decidís mantenerte firme "Quiero que un doctor te vea y que te recete antibióticos" insistís.
"Quiero ir a casa, Michelle" vuelve a protestar, en una especie de ruego mezclado con un lamento.
Parece un nene de cinco años, lo cual en este estado de vulnerabilidad suyo te resulta completamente adorable.
"Es un ratito más, ¿sí?"
Tomás su rostro y lográs que quede a la altura del tuyo. Buscás sus labios y los capturás en un beso inocente, apenas una mordida.
"Un ratito más" repetís "y después vamos a casa"
Casa. Es su departamento, en realidad, pero para vos también se convirtió en tu casa, a pesar de que solamente pasó un mes. Tu departamento es el lugar donde vos vivís, a donde te llegan las facturas para pagar, nada más. Tu hogar es su departamento. Así de simple. Ahí te sentís a salvo y segura, adorada y cuidada, siempre querida, nunca como si sobraras. Nunca antes en ningún otro lugar te sentiste así: sólo en su casa.
"Mmmh, está bien" accede.
Vuelve a enterrar su cara en tu cuello otra vez, y sentís sus besos en tu hombro, apenas perceptibles.
"El oído está matándome, Michelle" susurra.
"Shhh, está bien" frotás su espalda repetidas veces para reconfortarlo "Está bien, amor, ya va a pasar"
No puedo creer lo mal que se siente. E iba a fingir estar bien solamente por mi.
Seguís con tu mano recorriendo su espalda de arriba abajo un rato más. A través de la tela de la camisa podés sentir que está hirviendo. Él se queda en silencio, con los ojos cerrados, y esta vez sos vos la que le habla al oído para hacer que se relaje. Sin embargo, media hora y una aspirina después, parece estar sintiéndose mejor.
"No sé qué hice para merecerte, pero por lo que sea que haya hecho estoy eternamente agradecido"
Acaba de hablar en Español, lo cual sabés suele hacer cuando está demasiado cansado o demasiado molesto. Acaba de hablar en Español, y si bien no entendiste lo que dijo, su voz sonó demasiado dulce, demasiado tierna. Estás segura de que fue una de esas frases románticas capaces de deshacerte por dentro como si tu alma estuviera hecha de azúcar.
"En Inglés, ¿puede ser?" le pedís con un risita, y cuando repite las mismas palabras en el idioma que comprendes, besás su mejilla y sonreís como una criatura de cinco años, totalmente ajena al hecho de que están en la sala de espera de la guardia de un hospital y no en la playa, en un parque o en alguno de esos lugares especiales típicos de una cita romántica.
En realidad, cuando estás con él no necesitás demasiado: el romanticismo aparece solo. La forma en que te mira, cómo te besa y acaricia, las cosas que dice, eso es lo que hace cada momento que pasan juntos romántico, no el lugar. De hecho, más allá de que está volando de fiebre y se siente mal y están en un hospital esperando desde hace casi dos horas para que lo atienda un dentista, no estás pasándolo mal para nada. El hecho de estar con él, un cuerpo próximo al otro, hablar en voz baja, mirarse inocentemente, tomarse de la mano incluso cuando no están caminando…, todo eso contribuye a que el momento sea perfecto, más allá de las circunstancias, más allá del lugar, más allá de todo. Y que te haya dicho eso…, simplemente lo hace incluso mucho más romántico. Lo hace mil millones de veces más romántico.
"Si no te tuviera acá conmigo, me sentiría mucho peor. El solo tenerte ayuda" te dice "Sólo con abrazarte me siento mejor" cierra sus brazos alrededor tuyo con mayor fuerza.
"Tony, te sentís mejor gracias a la aspirina que prácticamente tuve que forzarte a tragar" comentás con una risita suave, pero en realidad por dentro estás sintiendo lo que provocan sus palabras, ese algo tibio que te invade de punta a punta y te enamora aún más.
"No, sos vos, no es la aspirina" insiste "Tomé muchas aspirinas durante esta semana para sentirme mejor, pero no surtieron grandes cambios"
"¿Así que yo vendría a ser tu medicina?" le seguís el juego.
"Sí"
"¿Algo así como una cura para todos tus males?" continuás animándolo a que siga hablándote con esa dulzura que sólo él tiene, con una sonrisa cada vez más grande en tu rostro, y una adoración profunda cada vez más intensa brillando con locura en sus ojos, que a pesar de estar vidriosos y rojos por la fiebre siguen siendo los más hermosos del mundo, porque son tuyos, porque son tus espejos favoritos, porque sabés que él quiere que seas la única que se mire en ellos, porque sabés que sos la única a la que esos ojos miran, incluso si a veces no entendés qué encuentran en vos que sea tan atrayente.
"Sos como un milagrito. Bueno, en realidad sos un milagrito"
"Vas a hacer que me emocione, y voy a empezar a llorar" le advertís, sintiendo ya las lágrimas acumulándose en tus ojos, naciendo directamente desde el fondo de tu alma y empapándolos. No vas a dejarlas caer. Están en un lugar público, hay otras personas. Cuando él te mira y te abraza el Universo alrededor tuyo se desdibuja, es verdad, pero no te sentirías cómoda emocionándote en medio de la guardia de un hospital "No me gusta llorar en público" le avisás, frunciendo los labios y presionándolos para evitar que esas gotitas de agua que inundan tus ojos comiencen a deslizarse libres por tus mejillas.
"¿Nunca nadie te lo dijo?" pregunta en voz tan baja que prácticamente tenés que adivinar palabra por palabra.
Sabe que nunca nadie te amó como él. Que nunca nadie te trató como él. Que nunca nadie te cuidó, apreció, adoró y mimó como él. Y no le dijiste abiertamente que sos virgen (¿cómo se mete un tema así de delicado en una conversación? No es como si pudieras simplemente tomar aire y soltar durante el desayuno algo como 'ah, a propósito, no te lo comenté antes, pero cuando se trata de sexo en el campo de la práctica soy totalmente inexperta'), pero intuís que de algún modo él lo sabe. Él sabe que no hubo nadie antes que él, aunque no haya sido dicho explícitamente. Él sabe que va a ser el primero, y el último y el único, aunque no se lo hayas dicho con palabras. Sencillamente sabés que lo presiente, por la forma en que te mira, la delicadeza con la que te abraza y besa, como si temiera romperte, como si quisiera cuidarte de todo porque intuye lo frágil que realmente sos.
"Sabés que estas cosas lindas para decirme a mí se te ocurren solamente a vos" das por toda respuesta, sonrojándote y esquivando su mirada "Nunca nadie antes me dijo eso" suspirás.
"Tengo una teoría sobre eso" antes de que puedas agregar algo, él sigue, con su cabeza descansando en tu hombro, mientras tus manos siguen trazando círculos en su espalda y acariciando su pelo "Nunca nadie te dijo cosas lindas y los hombres no se mataron los unos a los otros para tenerte encerrada en una cajita de cristal rosa porque Dios te hizo solamente para mí, Dios te hizo sólo para mis ojos. Me dio a mí la capacidad de apreciar tu belleza, y a los demás les concedió la estupidez necesaria para no ver lo especial que sos, lo bonita, dulce, inteligente, cariñosa, mimosa, adorable y divertida que sos. Así Dios se aseguró de que llegaras nada más a mis brazos…"
Tenés que interrumpirlo, antes de que sus palabras te hagan llorar. Es increíble, la facilidad que tiene para mover todas las emociones que existen dentro tuyo. Y más ahora, todo alicaído y con aspecto vulnerable, con los ojitos brillantes y esa necesidad física de que lo cuides a flor de piel.
"La fiebre hace que delires, amor" detrás de la risita que escapa tus labios, se esconde una cadena interminable de sentimientos indescriptibles, desde las ganas de besarlo apasionadamente ahí mismo sin importar el marco en el que se encuentran, pasando por la terrible necesidad de escaparse, irse al lugar más tranquilo del mundo para poder abrazarlo hasta fundirse los dos en uno (realmente fundirse los dos en uno, aunque eso signifique perder la virginidad antes de casarte), y hasta llegar a las ganas de romper en lágrimas.
Hace a un lado tu comentario con un chasquido de la lengua.
"No es la fiebre, Michelle" declara muy serio "Es algo que nace de mi corazón. Algo que antes de conocerte nunca hubiera podido brotar de mí, porque para que el corazón se estremezca así por una persona, tiene que estar profunda y perdidamente enamorado. Y yo entendí lo que es eso la primera vez que nos miramos y me dijeron tu nombre y automáticamente dejé de prestar atención a cualquier cosa que no fueran tus ojitos"
Sí, reconocelo, Michelle: acabás de ponerte a llorar. Ya no aguantaron esas lágrimas acumuladas. Ya no pudiste contenerlas. Y sin que te dieras cuenta, comenzaron a caer. Pero antes de que su recorrido llegara al final y murieran en las comisuras de tus labios, sus brazos se desenredaron de tu cintura y sus pulgares limpian tu rostro, deshaciéndose de esas gotitas de agua dulce.
"Espero que el maquillaje no se haya corrido" comentás minutos luego con la voz tomada, sólo porque necesitás decir algo, necesitás romper ese silencio cargado que se estableció entre ustedes, entre sus cuerpos que apenas están uno distanciado del otro, romper con la intimidad del momento para recordarte que, aunque el resto del mundo bien podría no existir para ustedes y es evidente que ustedes no son muy importantes para el resto del mundo, están en un lugar público.
"No necesitás el maquillaje" susurra "En realidad, preferiría que no te maquillaras nunca, y algún día voy a lograr que entiendas que no necesitás ni el rímel, ni el brillo labial ni la sombra de ojos ni el delineador para verte hermosa, porque sos naturalmente linda"
"De acuerdo con tu teoría, Dios también te dio la capacidad de acariciar mi autoestima y sanarlo"
"Dios nos dio a los dos muchas capacidades para hacernos felices el uno al otro"
Una voz que no es la de él acariciando tus oídos llama tu atención y te arranca de tu línea de pensamientos, haciendo que por un momento apartes tus ojos de los de Tony.
"Es lindo ver a una pareja joven enamorada"
Tus ojos siguen la voz – delicada, femenina, casi frágil – hasta encontrar a su dueña: una señora mayor, de unos setenta y pocos años, en excelente forma, con cabello entrecano, corto y enrulado, un rostro redondo y relleno, agujas de tejer en sus manos y un ovillo de lana color rosa medio escondido dentro de su bolso. La señora estuvo todo el tiempo en el asiento plástico de al lado, a la derecha de ustedes, pero no te habías percatado en detalle porque estabas demasiado absorta consolándolo a él y mimándolo para que se sintiera mejor.
Los dos dirigen sus ojos a la mujer para observarla con más detenimiento, incluso Tony, a quien mantener los párpados levantados le cuesta bastante debido al dolor de cabeza producto de la fiebre alta. Es una señora de aspecto agradable, bien vestida, con alguna que otra arruga allí y aquí en su rostro, una sonrisa franca que no sólo está en su boca de labios finos y sonrosados sino también en sus enormes ojos azules.
"Mi nombre es Blythe" se presenta, sonriendo aún más.
No sos de conversar con extraños, mucho menos en lugares públicos. Sos demasiado tímida. Te lastimaron muchísimo durante tu vida cada vez que quisiste iniciar conversaciones o acercarte a las personas, por lo cual llegó un punto en el que luego de tantas malas experiencias en el jardín de infantes, la escuela primera y la secundaria simplemente dejaste de tratar. Los intentos esporádicos que siguieron después fueron desastrosos, el de Carrie coronando la larga lista de amistades que en realidad no eran amistades si no más bien relaciones por conveniencia (como Lucille, una chica de la universidad que solía charlar con vos nada más porque quería ayuda en Ciencias para aprobar la asignatura, no porque realmente deseara ser tu amiga). Por eso charlar con extraños no se te da naturalmente, no es algo que puedas hacer con simpleza. Sos amable con todo el mundo, pero más allá de las típicas frases y gestos de cortesía no te creés capaz de llegar. El único con el que te sentís segura y contenta y sos vos misma sin miedo es el hombre que está abrazándote, rodeando tu cintura con sus brazos y dibujando círculos en tu panza con sus dedos para hacerte sentir las mariposas ahí incluso cuando está volando de fiebre y tiene un dolor de muela y oído terrible, por mucho que insista con eso de que tenerte a vos es una propiedad milagrosa que lo cura todo.
Sin embargo, esta mujer tiene en ella algo que sí te inspira confianza, un aura agradable… No sabés cómo describirlo. Con ella creés que sí te sentirías cómoda conversando.
Pero antes de que puedas abrir la boca y contestar, Tony intercede, sonriendo a la señora.
"Mi nombre es Tony. Y ella es el amor de mi vida" agrega, mirándote con dulzura.
Acaba de hacer que me sonroje en frente de una extraña. Dios, si no lo adorara lo mataría.
"Soy Michelle" decís, rogando que tu cara no se haya puesto roja como una frutilla, aunque sabés que sí lo está.
"Hacen una pareja preciosa" comenta "¿Llevan mucho tiempo casados?"
La pregunta hace que los dos sonrían aun más abiertamente a la señora. Los dedos de Tony se entrelazan con los tuyos, y sentís su pulgar frotando tu dedo anular.
Te causa ternura, que esa señora mayor les pregunte cuánto tiempo llevan casados, cuando la realidad es que son novios hace veintinueve días y se aman desde hace diez meses.
"No estamos casados…" comenzás, pero Tony te interrumpe.
Y las palabras que dice, hacen que tu corazón se detenga dentro de tu pecho por un segundo y luego comience a latir otra vez, desaforadamente:
"Pero en cualquier momento voy a pedirle que sea mi mujer"
En cualquier momento voy a pedirle que sea mi mujer.
Resuena en tus oídos, el significado de esas palabras te envuelve por dentro, y la dulzura con la que las dijo hace que tiembles un poco en sus brazos, que siguen manteniéndote segura y dándote la sensación de estar siendo siempre protegida por él, incluso en sus mayores momentos de debilidad, cansancio y dolor físico.
No podés decir nada, porque cuando finalmente recuperás tus capacidades para hablar, Blythe lo hace primero, con los ojitos azules brillantes y mirándolos tiernamente a ambos.
"Entonces deben llevar bastante tiempo juntos…"
"En realidad mañana cumplimos nuestro primer mes" Tony explica "Treinta días juntos, pero nos amábamos desde mucho antes"
"Nos conocimos hace casi un año" elaborás.
"Pero yo la amo desde antes de conocerla" él interviene, causando que Blythe sonría más y los mire con ternura "La amo desde el día en que nací, aunque ella todavía no hubiera nacido"
Si hace que te pongas a llorar otra vez en frente de la pobre mujer, vas a matarlo.
"Y la amé en todas mis vidas anteriores a ésta, y voy a seguir amándola en las vidas que vengan después de ésta, y voy a seguir tomándole la mano para caminar por la calle siempre, incluso cuando seamos viejitos, y voy a decirle que es hermosa incluso cuando sea viejita, porque sé que nunca va a dejar de serlo"
"Mi marido y yo llevamos casados casi cincuenta y ocho años. Tengo setenta y seis años, y él tiene noventa" les cuenta, con la mirada reluciente "Superamos absolutamente todo juntos. Y después de casi seis décadas, a pesar de todo, cada mañana me repite las mismas palabras que dijo el día que nos casamos"
La conversación con Blythe se extiende durante otros diez minutos, la mayor parte siendo entre Tony y ella, porque estás demasiado embelesada mirándolo a él y amándolo con una fuerza diez mil millones de veces más potente con cada segundo que pasa. Las cosas que dice, y cómo las dice, y cómo sus ojos buscan los tuyos, y cómo sus manos son ahora las que acarician tu espalda, y cómo le afirma a esa mujer que acaban de conocer sin cansarse que sos su persona favorita en el mundo y que lo único que necesita para ser feliz es cuidar de vos.
"Ahí viene mi nieta" Blythe señala a una joven que, con aspecto adolorido y con la boca un poco hinchada debido a lo que probablemente será un pedazo de algodón, acaba de salir del consultorio "Bueno, fue un placer charlar con ustedes" se pone de pie, bolso en mano y los mira una vez más, casi con cariño "Van a envejecer juntos" afirma con sabiduría, entrecerrando un poco los ojos, como si estuviera examinándolos una vez más y sonriendo complacida al verlos así: perdidamente enamorados "Un mes es una fracción ínfima del tiempo que van a pasar juntos, se los digo por experiencia propia. Pero vivan cada mes como si fuera el último"
"¿Querés vivir cada mes de tu vida conmigo como si fuera el último?" te pregunta en voz baja, enterrando la cara en tu cuello otra vez, luego de que Blythe y su nieta se hayan ido.
"Siempre" respondés en un susurro.
Y justo entonces una enfermera se acerca y les avisa que son los siguientes.
Finalmente la espera se acabó, y dentro de poco van a poder irse.
El odontólogo – un hombre alto, delgado y canoso - prácticamente tuvo que morderse el labio para no reírse cuando le dijo que vos habías entrado para acompañarlo y que la única forma en que iba a soportar sentarse en 'la silla de la muerte' era si te quedabas a su lado tomándolo de la mano. Las cosas fueron dichas en un tono de broma, pero lo cierto es que podía verse claramente que tenía miedo de verdad. Si el médico supiera que se gana la vida interrogando y combatiendo terroristas pero que la perspectiva de tener que ir al odontólogo lo aterra, probablemente no podría aguantarse las carcajadas, o tal vez incluso no les creería.
Su mano estuvo aferrada a la tuya como si el destino del Universo dependiera de qué tan fuertemente entrelazados estuvieran sus dedos y los tuyos. El médico revisó y curó la infección en veinte minutos, durante los cuales los ojos de Tony estuvieron clavados en tus ojos, buscando algo de consuelo y de tranquilidad. No sabés bien por qué algunas personas nacen con esa predisposición genética a temer al dentista, pero es evidente que Tony no estaba exagerando para nada cuando te dijo que aborrecía lugares como esos con toda su alma (y si te quedaban dudas, luego de esta noche todas ellas fueron evacuadas).
"Tiene que tomar este antibiótico durante dos semanas, señor Almeida" explica una vez que terminó de curar la muela. Le extiende una caja de cartón rectangular dentro de la cual se encuentran los comprimidos "Una por la mañana, una por la tarde y otra por la noche. Eso va a hacer que la infección se vaya. Para bajar la fiebre y la inflamación, tiene que tomar éstas cada ocho horas: va a sentirse excelentemente bien enseguida" le da otra caja, un poco más grande.
"Gracias, doctor"
"No hay por qué" se dirige a vos "Señora Almeida, asegúrese de que la próxima vez su marido venza el miedo y venga antes de levantar fiebre y tener dolor de oído. Esto podría haberse evitado si hubiera acudido al médico enseguida"
Señora Almeida, qué lindo suena.
Ni se molestaron en explicarle que no están casados, que recién mañana cumplen un mes juntos. Simplemente abandonaron el consultorio, tomados de la mano, vos mucho más tranquila sabiendo que pronto a él le bajaría la fiebre y se sentiría mejor, totalmente feliz mientras en tu cabeza resonaban una y otra y otra vez las palabras más hermosas del mundo, esas que te dijo mientras estaban acurrucados en la silla de plástico minúscula, esas que le dijo a la señora Blythe durante el tiempo que conversaron. Esas que te dice sin parar al oído mientras dejan el hospital y van camino al auto, su boca sin dejar de besar tu cuello despacio ni un solo momento, haciendo difícil que puedas dejar de reír como una tonta enamorada.
Desde que entraron al consultorio hasta que llegaron al auto, su mano y la tuya no se soltaron ni siquiera medio segundo. ¿Hay algo más lindo que la simpleza de poder tomar su mano e ir caminando los dos, caminando hacia el mismo lado, con los mismos objetivos? Uno pensaría que treinta días no son suficientes y que hay que esperar más para discutir ciertos temas, y sin embargo hoy él dijo que en cualquier momento va a pedirte que seas su mujer. Y sabés que si te lo pidiera ahora, mientras manejás camino a su departamento, le dirías que sí, que te casarías con él ahora mismo. Muchos podrán pensar que sería una decisión apresurada, pero ustedes no. ¿Sabés por qué?: porque la respuesta está en el simple y sencillo hecho de que cuando se toman de la mano, nada puede hacerles mejor; cuando se toman de la mano, la sensación que los invade es demasiado hermosa y les dice con cada aleteo de las mariposas que se forman en sus estómagos que los dos nacieron para estar juntos, para ir tomados de la mano en la misma dirección.
Él insistió en que fueran a comer al menos a uno de esos cafés sencillos y pintorescos cerca del puerto, pero vos te negaste rotundamente y preferiste comprar comida para llevar en un McDonald's; no será igual de sofisticado que un plato de pastas, pero es algo que pueden comer rápidamente en cuanto lleguen a su departamento. Además, que le hayan dado un antibiótico no significa que la fiebre vaya a bajar enseguida, o que el dolor de muela y oído desaparezcan en un dos por tres, incluso si ya está sintiéndose mejor. Querés que se acueste, que descanse, que duerma, asegurarte de que esté bien, que se recupera después de esas horas de fiebre altísima.
Así que la cena romántica que él había planeado acabó convirtiéndose en dos hamburguesas con papas fritas y Coca-Cola y la idea de mirar las estrellas en la playa en acurrucarse en el sillón y conversar en voz baja.
"Seguís teniendo fiebre" comentás cerca de las once de la noche, apoyando el dorso de tu mano en su frente y observando el termómetro ", pero no pasa de los treinta y ocho grados, lo cual es una mejoría considerando que antes tenías cuarenta. Supongo que va a ir bajando de a poco a medida que el antibiótico haga efecto"
"Para mañana temprano voy a estar en perfecta forma, y voy a poder llevarte de paseo al lugar sorpresa" asegura.
"No" negás con la cabeza de un lado al otro, frunciendo los labios, y cuando una mueca digna de una criaturita de tres años se forma en su rostro, soltás una risita y le explicás con dulzura pero con firmeza ": Un domingo en cama, tomando mucho líquido y descansando no va a venirte mal, especialmente después de los cuarenta grados de fiebre que tuviste hoy. Debés tener las defensas bajas por la infección, así que voy a encargarme de que no pongas un pie fuera de este departamento hasta el lunes por la mañana" ves que abre la boca para protestar, y como te imaginás lo que va a decir, lo interrumpís antes de que sonido alguno se escape de ella "Podés llevarme al 'lugar sorpresa' cualquier otro día"
"Tiene que ser mañana" insiste "No puede ser cualquier otro día, tenemos que ir mañana"
"No, Tony, basta. En mi escala de prioridades, en este momento tu salud viene primero"
"En mi escala de prioridades lo primero es tu felicidad. Y creéme: vas a ser muy feliz y a sonreír mucho durante mucho tiempo si dejás que mañana te lleve a ese lugar"
La curiosidad te invade, la ternura te invade, las ganas de comerlo a besos te invaden, y por un momento se te nubla la cabeza y casi cedés, pero no.
"Fin de la discusión, Tony. Mañana vamos a pasar un hermoso domingo viendo películas, escuchando música y, si te comportás bien" aclarás ", quizá hasta deje que te levantes para jugar un ratito con la computadora"
Y voy a llevarte el desayuno antes de que te despiertes. No será el desayuno perfecto, como esos que vos me preparás a mí, pero tampoco va a estar tan mal, estoy segura de que con una cocina tan llena de ingredientes no voy a tener problemas en encontrar algo que no necesita que prenda el horno pensás en un rapto de optimismo puro. Aunque no sepa cocinar, voy a hacer el intento, y tengo un poquitito de confianza en que lo poco que sé hacer va a salirme bien. Y después quiero leerte lo que escribí. Quiero hacer que sientas todo lo que yo siento cuando me decís esas cosas tan lindas.
Si tuvieras idea del desastre que vas a hacer mañana en esa cocina intentando lograr un desayuno medianamente comestible… Pero como es imposible que sepas el futuro, por el momento sos optimista.
"¿Querés ver una película hasta que nos quedemos dormidos?" ofrece luego de un ratito de silencio, aparentemente habiendo aceptado que por muy importante que sea 'el lugar sorpresa' al que quería llevarte el domingo no van a ir.
"No, está bien" te acurrucás a su lado, recostándote. Quedás hecha un ovillo enseguida "Tony, creo que de estos casi treinta días juntos" todavía no son las doce, así que no llegaron al trigésimo día "el que más me gustó fue el de hoy" suspirás "Me dijiste cosas demasiado hermosas como para que alguna vez me olvide un solo segundo de los que pasamos ahí en ese hospital"
"Igualmente sigo sintiéndome culpable: este fin de semana debería haber sido mucho más especial que esto" dice después de besar tu frente, con una nota de decepción en la voz.
"Tony, ¿te acordás lo que me dijiste justo antes de que cruzáramos la puerta del consultorio del dentista?" le preguntás.
"Que esa habitación era peor que una cámara de tortura" contesta.
"No, después de eso"
Ahora sí responde correctamente:
"Que lo único que podía hacerme aguantar eso iba a ser que vos me tomaras de la mano todo el tiempo"
"¿Importa de algo que hayamos pasado horas en la sala de espera de una guardia y no mirando las estrellas en la playa cuando aún sin necesidad de estar en un contexto romántico somos capaces de mostrarnos el uno al otro cuánto nos amamos?"
"Supongo que no" suspira "Pero de todos modos, Michelle: te merecés más que palabras dulces" insiste.
"No, Tony. Y aunque pienses que lo merezco, en todo caso no es lo que necesito" te incorporás, sosteniéndote con los codos, hasta quedar en una posición que te permite mirarlo a los ojos "Lo que necesito es a vos. En cualquier lugar. En cualquier sitio" sabés lo angustiado y disgustado que está porque el fin de semana se arruinó, así que querés dejarle bien en claro que aunque él piense lo contrario, no podría haber sido más perfecto o mágico "Bajo cualquier circunstancia. Todos los días de mi vida. Sin excepción alguna. Sin importar absolutamente nada. Para ser feliz, te necesito a vos. Y a nadie más o a ninguna otra cosa" buscás su mano para entrelazar tus dedos con los suyos, y en los rostros de ambos se forman sendas sonrisas "No hay nada en el mundo que me haga mejor que ir tomada de la mano con vos, me alcanza y me sobra con esto. Nunca voy a encontrar un solo motivo que me haga necesitar algo más: por el resto de mi vida te necesito solamente a vos, porque me hacés bien todo el tiempo, me hacés todo el bien que nunca nadie me hizo en veinticuatro años"
El silencio cae entre los dos por unos minutos, durante los cuales no hacen más que quedarse quietos, mirándose a los ojos, tomados de la mano, suspirando. Finalmente él es el primero en hablar, mientras acomoda un par de rulos detrás de tus orejas.
"Lo que hoy dije, que en cualquier momento voy a pedirte que te cases conmigo… es verdad" comienza en voz baja, suave y profunda, logrando que dentro tuyo se extienda una oleada de amor impresionante, tan fuerte que no pudiste hacer más que volver a recostarte a su lado: es tan abrumadora, tan potente, que por poco te mareó "Quiero que la próxima vez que vayamos al dentista y el doctor te llame 'Señora Almeida', o la próxima vez que alguien nos pregunte cuánto tiempo llevamos casados, no tengamos que corregirlos" sentís sus labios en tu hombro, luego en tu cuello, otra vez en tu hombro, y también sentís las lágrimas deslizándose por tus mejillas, imposibles de contener "El día que menos lo esperes" sigue ", el día que menos lo pienses, voy a pedirte que seas mi mujer"
"Te diría que sí ahora mismo" suspirás.
"Ya lo sé. Pero si te lo pidiera ahora, no sería romántico. No sería sorpresa. Sé que un día vas a casarte conmigo. Y sé que vas a ser la madre de mis hijos, y la abuela de mis nietos. Pero cuando formalmente te lo pida, va a ser como en un cuento de hadas. Tiene que ser mágico, tan mágico como posible"
"Me gusta la magia" le das un último beso antes de cerrar los ojos y prepararte para dormir ", pero te repito: solamente te necesito a vos, y a nada más" son las últimas palabras que decís esta noche.
"Ya lo sé. Y me siento igual"
Y esas son las últimas palabras que él te dice esta noche.
Los dos se quedan profundamente rendidos en los brazos del cansancio minutos después, envueltos tiernamente el uno en el otro, acurrucados en el sofá y con sus dos respiraciones acompasadas como música ideal para relajarse.
Este no fue el sábado que esperabas, pero fue un sábado hermoso. Demasiado hermoso. Demasiado lleno de planes a futuro. Demasiado lleno de cosas lindas dichas al oído. Demasiado especial. Demasiado mágico. Momentos como esos, aunque sean en una guardia odontológica, definitivamente son mágicos.
El reloj da las doce pero nadie lo escucha, pues ambos están profundamente adentrados en sus sueños. Ya pasó un mes. Quedan otros 839 meses de amor.
