Amo lo que seas y lo que puedas
Odiás dormir sin ella. De hecho, puede que estés llegando al punto en el que su mera ausencia es suficiente para provocarte el insomnio más profundo y severo. Odiás lo que la falta de ella provoca, especialmente cuando el cansancio es demoledor pero de todos modos no lográs ceder a él.
Es condición puramente esencial para que puedas caer en un sueño tranquilo que ella esté completamente envuelta en tus brazos, con su perfume intoxicándote, tu cabeza reposando en su hombro para que a ella le quede toda la almohada, tu rostro a escaso milímetro del suyo, la respiración acompasada de los dos mezclándose dulcemente, los labios rozándose accidentalmente de tanto en tanto sin que ustedes se percaten de ello, provocando besos cortos, inocentes y suaves, muestras de afecto puras que no pueden dejar de darse ni cuando están dormidos.
Te acostumbraste a sus manos jugando con tu pelo y las yemas de sus dedos masajeando tu cuello, a la sonrisa que se dibuja en sus labios mientras tarareas en su oído melodías sin sentido inventadas en el momento, a los latidos de su corazón bajo tu palma mientras acariciás su espalda repetidas veces hasta lograr que se relaje, a que te hable al oído pidiéndote que la abraces.
Te acostumbraste a dormir en el sillón, los dos acurrucados como cucharitas, a levantarte dos o tres veces durante el transcurso de la noche para observarla un ratito y asegurarte de que está bien, a acunarla porque sabés que eso hace que se sienta contenida y cuidada.
Te acostumbraste al calor de su cuerpo, a su forma amoldándose tan perfectamente a la tuya, a que su carita de muñeca de porcelana sea aquello que ves cuando abrís los ojos.
Te acostumbraste a todo eso, inmediatamente. Apenas días habían pasado, y ya te habías vuelto completamente dependiente de ella. Solamente un mes ha pasado, y ya tenés certeza de que esta es una dependencia tan honda que jamás vas a poder superarla, que esta es una dependencia que solamente se acrecentará, que nunca más vas a poder dormir si no es con ella mimándote.
Por eso te despertás un tanto sobresaltado la mañana del domingo, con la sensación de que algo está mal, que estás incompleto. Falta su cuerpo en tus brazos, su calor envolviendo tu cuerpo, su perfume reemplazando al oxígeno. Estás solo en el sillón, muy bien arropado con una manta gruesa y abrigada, con la almohada acomodada debajo de la cabeza, pero ni signos de Michelle, lo cual te resulta muy raro: siempre sos vos el primero en despertar, no ella, y en las raras ocasiones en las que sucedió lo contrario nunca abandonó tus brazos, se quedó acurrucada, anidada en tu pecho, muy quieta, viéndote dormir.
Te incorporás, desperezás y restregás los ojos a la par que reprimís un bostezo. Te sentís muchísimo mejor, ya que la fiebre se ha ido y los antibióticos disminuyeron el dolor de muela y de oído. Todavía adormecido y un tanto entumecido, con el ceño fruncido tratás de pensar dónde puede estar Michelle. Luego, a medida que tu mente va descomprimiéndose, se te ocurre que tal vez está dándose un baño, o probablemente en la cocina preparando el desayuno.
Se supone que yo tengo que prepararle el desayuno. Yo siempre le preparo el desayuno, y dejo que duerma hasta más tarde. Es parte de cuidarla y consentirla. Es una de las cosas que más me gustan.
Examinás con cuidado el reloj: son las nueve de la mañana. Se suponía que a esa hora estarían en 'el lugar sorpresa', ella riendo y sonriendo como nunca, vos feliz de verla tan contenta y con los ojitos brillándole. Se suponía que iba a ser un día especial, un día perfecto suspirás sin darte cuenta, sentado en el sofá con la cabeza entre las manos y aún un poquito adormecido, con tus pensamientos dando vueltas alrededor de lo lindo que aquel fin de semana hubiera sido si esa infección molar no te hubiera atacado a tal punto que tuviste que ir al dentista. Al dentista. Dejaste que te lleve al dentista, simplemente porque no soportabas verla preocupada y triste. Para algunos resultara una estupidez, pero para vos es uno de los actos de amor más grandes que jamás hayas cometido, sin exagerar.
Sin embargo, se te ocurrió, incluso si tus planes fueron arruinados el domingo no sería tan malo. Básicamente, lo que más te importa es estar con ella. Después de la conversación que tuvieron la noche anterior, más que nunca estás seguro de que sin importar el lugar o las circunstancias ella es absolutamente todo lo que necesitás para ser feliz. Además pensás en un arranque de optimismo todavía tengo que darle todos los regalos que le compré; estoy seguro de que van a arrancarle las sonrisas más hermosas.
Ya completamente despierto y con el entusiasmo renovado a pesar de que es obvio que el domingo que habías planeado no va a ser posible (eso no significa que no pueda ser hermoso y especial de todos modos), decidís ir a la cocina a corregir el terrible error que Michelle cometió cuando se le ocurrió levantarse antes de que vos tuvieras oportunidad de hacerlo y llevarle su café con leche y panqueques recién hechos al sillón. Elaborás el plan: tomarla en brazos sin decir nada, sorprendiéndola, llevarla de nuevo al sofá, arroparla, besarla, pedirle que espere, ir y terminar de preparar el desayuno. O quizá empezar a preparar el desayuno. Tal vez acabe de despertarse recién. Probablemente acabe de levantarse escasos minutos atrás. No escuchás muchos ruidos en la cocina que indiquen que se encuentra enfrascada en la tarea, y además creés que no sos capaz de durar más de cinco minutos sin despertarte si ella no está ahí, en el exacto lugar donde estuve durante toda la noche anterior.
En muchos años de casada, tu mamá nunca tuvo que preparar el desayuno los fines de semana: tu papá se encargaba de eso, y sigue haciéndolo incluso hoy en día. Es un detalle menor, pero a vos te parece muy dulce y muy importante: es otra forma de hacer que se sienta bien, de hacer que sonría, de mostrarle que estás para cuidarla en cada aspecto de su vida, incluso en los más sencillos, incluso en algo tan simple como prepararle la primer comida del día. En realidad, hay muchas cosas simples con las cuales te gusta sorprenderla o consentirla, porque sabés que careció de ellas siempre. Hasta lo más pequeño, lo más insignificante, lo más sencillo y ordinario puede arrancarle la sonrisa más grande y hacer que le brillen los ojos, porque no está acostumbrada a ello.
Teniendo en cuenta las pequeñas piezas de la historia de Michelle que venís juntando de a poco con cada cosa que te dice o te cuenta, la imagen que va formándose da a entender que nunca tuvo nadie que la cuidara o mimara en exceso, que siempre tuvo que esforzarse por todo, que siempre tuvo que estar ella ocupándose de los demás. Con una madre alcohólica y depresiva que la abandonó, un hermano que primero la rechazaba y le tenía bronca y que luego se volvió dependiente de ella cuando las cosas se pusieron difíciles, un padre fallecido cuando era una beba del cual no guarda ningún recuerdo, una abuela que dio lo mejor de sí para criarla pero que siempre fue estricta y más fría que afectuosa, y una personalidad tan tímida y reservada, probablemente no haya recibido muchos mimos siendo chica.
Dicen que el autoestima se construye principalmente cuando uno es chiquito, a partir de abrazos, palabras lindas, guerras de almohada, besos en la frente, tener un cachorro que se acurruque con vos y te lama la nariz cuando estás triste, tardes jugando a las escondidas con amigos. No creés que Michelle haya tenido ninguna de esas cosas. Padre fallecido, madre poco presente, una abuela estricta que trabajaba de sol a sombra para darle todo lo mejor… Probablemente no le hayan prestado mucha atención. Probablemente haya tenido que aprender desde chica a cuidar de sí misma. Probablemente su abuela y sus costumbres japonesas la volvieron tan autoexigente. Y vos querés compensar todo eso, todos esos años en los cuales tuvo que levantarse y preparar ella sola el desayuno, todos esos años sin abrazos dados solamente por el gusto de abrazarla, todos esos años sin que le presten desmesurada atención a ella y sólo a ella, todos esos años de tristeza y angustia embotelladas dentro del alma y canalizadas dibujando mariposas o escondiéndose detrás de libros.
No te sorprende que no esté habituada a recibir cumplidos que vayan más allá de sus capacidades como analista, de su inteligencia o de la forma en que se desenvuelve en el trabajo. Son los cumplidos respecto a su cuerpo, su belleza y su carácter los que hacen que se sonroje terriblemente, porque es demasiado tímida. Quizá si alguien se hubiera esforzado por ayudarla a entender que lo que sus compañeros decían no era cierto, que ella no era el patito feo… Su abuela la crió lo mejor que pudo, hizo lo mejor que pudo, pero quizá las costumbres de su país de origen, tan rígidas y con poca tendencia al afecto, hicieron sus esfuerzos insuficientes en algunos aspectos. A veces el diálogo no alcanza. Hacerle entender a una nena de seis años que sus compañeros están equivocados no alcanza, no sirven las palabras en algunos casos, o al menos las palabras no son todo. A veces se necesita más para convencer a una nena tímida e insegura que es mentira eso que le dicen, que ella no es un patito feo.
No te sorprende que se exija tanto a sí misma, en medidas que estás comenzando a pensar no son muy saludables para ella y que te gustaría corregir, o ayudarla a corregir, en todo caso. Adora a su abuela y a la memoria de la mujer le agradecés profundamente que no se haya rendido, que no haya bajado los brazos cuando las cosas se pusieron difíciles y que haya seguido criando a Michelle y haciendo lo posible por cuidarla y darle una buena vida hasta el final, pero hay cosas que ella te cuenta que te hacen pensar que parte de sus problemas para aceptarse a sí misma y estar conforme consigo misma nacen del hecho de que su abuela – conscientemente, inconscientemente, a quién le importa – transmitió mucho de su auto exigencia, obsesión por el orden, la limpieza, la prolijidad y el perfeccionismo a Michelle, generando en ella la sensación de que siempre falta algo para que todo esté absolutamente hecho de la manera correcta, que siempre hay que trabajar muy duro, demasiado duro, hasta quedar exhausto y agotado, y que incluso quedando exhausto y agotado uno no hizo suficiente y debe seguir intentando. Eso, ese perfeccionismo, esa tendencia a exigirse demasiado, eso podés ver que la lastima, que la presione, que genera un peso enorme sobre sus hombros. Es un peso que querés aliviar cada vez que la abrazás y besás, y esperás con tiempo y paciencia poder enseñarle que no tiene que ser absolutamente perfecta e inmaculada en todo, y que establecer niveles sanos de exigencia es bueno para su autoestima. Querés empezar a dejar que se relaje, a hacer cosas por ella, como el desayuno, por más simple y corriente que parezca, solamente para consentirla, mimarla y lograr que entienda que ya no tiene que hacer todo sola porque ahora en su vida estás vos.
Después está el tema de los cumplidos y las frases cariñosas. No te sorprende que se emocione tan seguido cuando le decís cosas tiernas. Te duele pensar lo triste que debe ser para una mujer pasar los primeros veinticuatro años de su vida sin muestras de afecto, especialmente alguien como ella, con una tendencia natural y evidente a necesitar y querer dar y recibir afecto. A veces te preguntás cómo fue qué terminaste convirtiéndote en una máquina de dar abrazos, pero la respuesta ya se ha vuelto bastante obvia: de ella emana la necesidad de recibir cariño, y de poder dar amor. A veces la sentís tan cruda y tan en carne propia que te abruma y tus ojos se llenan de lágrimas que te negás a dejar caer, porque no podés entender cómo alguien puede pasar tantos años acumulando la necesidad de recibir y dar afecto. Te alegra que ahora esa necesidad ya no tenga que seguir apilándose dentro suyo, cargándola, angustiándola. Te alegra saber que nunca más va a sentir que no tiene a quién darle y de quién recibir cariño.
No te sorprende que prácticamente no haya reaccionado cuando le mencionaste el libro "El Principito", porque posiblemente cuando era una nena nadie se lo leyó. ¿Cómo te diste cuenta de esto? Porque la observás hasta en lo más mínimo, porque la conocés de memoria, porque podés leerla de punta a punta: cuando se trata de libros, Michelle habla y habla y habla y no puede parar de hablar (no te molesta en lo absoluto, te encanta escucharla), le brillan los ojos, se entusiasma, comenta cada pequeña cosa sobre la trama y los personajes. Pasó un fin de semana entero en tu estudio revisando libro tras libro, perdida entre los estantes, sentada en el suelo, hablando y hablando y hablando de todos los que había leído y todos los que quería leer. Sin embargo, cuando le mencionaste "El Principito" en alguna que otra ocasión, apenas se inmutó, y eso hizo que te dieras cuenta que seguramente nunca lo leyó: de haberlo leído, si alguien se hubiera tomado la molestia de leerle ese libro cuando era una nena (tratás de imaginarte a Michelle a los cinco años, pero por mucho que lo intentes no creés llegar a formar en tu cabeza algo tan tierno como es ella. Nunca vas a poder saber cómo lucía: su madre se llevó todas sus fotos, dejándola desprovista de recuerdos de los primeros diez años de su vida, recuerdos de su papá, recuerdos de sus épocas de bebé, de sus primeros pasos, sus primeras sonrisas, sus primeras travesuras), si alguien se lo hubiera leído ella se habría lanzado a hablar enseguida sin parar, hubiera compartido con vos sus teorías, pensamientos, opiniones y frases favoritas. Es obvio que no leyó ese libro. ¿Es infancia la infancia si alguien no te lee 'El Principito'? No sos generalmente muy emocional con ese tipo de cosas, pero considerás que a cualquier criatura deberían leerle ese libro, que muchos de sus mensajes y enseñanzas realmente valen la pena, que parte de entender la vida desde chiquito y tener una buena autoestima se resumen en leer ese libro.
Michelle hubiera sufrido menos en muchos aspectos si su familia hubiera sido distinta, si su abuela hubiera sabido ayudarla a construir un autoestima más sano, si le hubieran enseñado a quererse a sí misma en lugar de ser tan terriblemente exigente y tan perfeccionista, si la hubieran abrazado más seguido, si alguna vez le hubieran regalado flores, si alguna vez le hubieran preparado el desayuno en lugar de esperar que haga todo sola, que se ocupe de sí misma sola, que sea independiente desde tan chiquitita. Ahora querés que dependa un poco de vos. Es decir, te gusta que sea una mujer independiente que puede valerse por sí misma y sabés que a ella le gusta mucho también ser así, pero a la vez te morís por consentirla y hacer que se sienta segura, adorada, cuidada.
Salís de tu ensimismamiento, preguntándote cuándo fue que de pronto tus primeros pensamientos de la mañana se volvieron tan terriblemente profundos, tan reales, tan palpables, tan hondos. Toda esa madeja de pensamientos, teorías, reflexiones y suposiciones surgió de tu deseo de ir a buscarla a la cocina, llevarla de regreso al sillón y terminar de preparar el desayuno, y todavía ni siquiera te moviste del susodicho sofá.
Con un suspiro, recorres el espacio que te separa de la puerta blanca cerrada, asís el picaporte y entrás.
Y es en un segundo, un segundo es lo que tardás, un segundo te lleva quedarte de pie en silencio, contemplando el cuadro como si fueras ajeno a él, como si hubieras entrado a una habitación que no es tu cocina porque en tu mente la idea que tenías de lo que encontrarías era distinta, como si hubieras interrumpido en otra realidad o estuvieras contemplando una foto, un dibujo o una pintura.
Ella está muy quieta, de pie frente al fregadero, con los ojos fijos en la reluciente y aparentemente recién lavada superficie, con una de sus manos cerrada en forma de puño alrededor de un repasador blanco húmedo. La mirada de aspecto perdido, nublado hace a uno pensar que se encuentra concentrada – más que concentrada, como en un trance – observando hacia adentro y no hacia afuera, ajena del mundo que la rodea, perdida en su mundo interior.
Está muy quieta y un aire triste la envuelve, y si no fuera porque la evidente angustia desgarradora que emana de su cuerpo es lo suficientemente fuerte y palpable para agrietar tu alma, te quedarías también vos quieto y silencioso, observándola, absorbiendo cada pequeño detalle, de lejos y tratando de pasar desapercibido, viendo a esa casi muñeca de porcelana – a tu muñeca de porcelana – respirar imperceptiblemente, encerrada en sí misma, encerrada en sus pensamientos, absorta. Te quedarías para siempre quieto y en silencio mirándola con ternura, como si ella perteneciera a un plano y vos a otro, como si en lugar de metros los separaran mundos de distancia, como si ella fuera un ángel ahí de pie en tu cocina y vos un simple mortal alucinando, un náufrago que encuentra el más hermoso oasis en el cruel desierto. Te quedarías una eternidad en el rellano de la puerta, con los ojos fijos en ella y en nada más, en esa figura esbelta que es fuerte y frágil a la vez, esa que se irgue eficiente y de acero en el trabajo pero que se vuelve chiquitita e indefensa en tus brazos. Te quedarías una eternidad viéndola existir, solamente viéndola existir, si no fuera porque podés sentir en cada fibra de tu ser, latiendo en tu corazón, llenándote las venas y martillando en tu cabeza que algo pasa, que algo anda mal, que ella no está bien.
Y si hay algo en el mundo que no podés soportar es eso: que ella no esté bien. Todo en el mundo podés aguantar, cualquier peso en tus hombros podés llevar, caminarías sobre el agua y tocarías el fuego con las manos sin que te importen las consecuencias que aquello tendría sobre tu cuerpo de carne y hueso, harías lo que fuera, atravesarías el infierno ida y vuelta mil millones de veces, todo eso soportarías y ni una queja escaparía tus labios, todo eso harías si es condición para que ella esté bien. Cada hueso del cuerpo te quebrarías con tal de verla bien a ella.
Y lo que ves hoy, la personita que ves hoy de pie en tu cocina, con la vista fija sobre el fregadero, repasando una y otra vez la mesada de mármol con movimientos circulares automáticos de la mano que sostiene el repasador, es una Michelle triste, una Michelle angustiada.
"Michelle…" susurrás despacio, temiendo quebrar el momento, pensando que tal vez deberías haber esperado, pensando que quizá no deberías haber roto ese momento tan íntimo, ese momento de conexión consigo misma, interrumpido por el sonido de tu voz.
Cuando desvía la mirada y sus ojos encuentran a los tuyos, algo se quiebra dentro de vos, y lo primero que pensás es que sucedió algo grave con su hermano o con sus sobrinos.
"¿Qué pasa, Michelle?" preguntás, acabando con la distancia entre ambos al aproximarte a ella hasta quedar a escasos centímetros su cuerpo del tuyo, hasta poder tomar su rostro entre tus manos y examinarlo detenidamente, dándote cuenta que el brillo en sus ojitos negros no es tristeza.
No, no es tristeza, es algo más. Es… No sabés cómo describirlo, pero aprendiste a leerla bastante bien, aprendiste a leerla en absoluta profundidad, e intuís que ese brillito opaco, su cuerpo quieto, su anatomía de aspecto frágil, todo en ella grita que la angustia que siente y te transmite tiene origen en otro lado, en un lugar que no es el de los confines de la tristeza.
"Amor, ¿qué pasa?" volvés a preguntar ante su falta de respuesta, asustándote, muriéndote de curiosidad, queriendo saber qué es lo que la hace doler para poder calmarlo, para poder quitárselo, para ser el antídoto perfecto, el que la cure y la sane y le limpie las heridas, el que le quite a su mente las preocupaciones, el que haga que sonría otra vez con esa sonrisa hermosa a la que te volviste adicto.
Escuchás el suspiro que pugna por salir de su garganta pero que se pierde a mitad de camino. La ves fruncir sus labios. Sentís sus manos instintivamente abrazando tu cuello, lo cual te trae una oleada de alivio instantáneo que desaparece segundos más tarde cuando regresa con más fuerza y más cruda que nunca la preocupación. Cuando luego de lo que parece la eternidad más larga de la historia de tu vida habla, no sabés muy bien qué sentís, porque sentís de todo al mismo tiempo.
"Tony, hay algo que tengo que decirte…" empieza tímidamente y con la voz cargada de gravedad.
Tu corazón empieza a latir desaforado.
Tu pulso se acelera.
Tus pulgares acarician sus mejillas, queriendo sentir su piel debajo de tu piel.
Hay algo que tengo que decirte. Podría significar cualquier cosa. Podría significar algo grave. Podría significar problemas. Podría significar algo serio. Dios, que no sea nada malo. Dios, por favor, querés pasar un domingo tranquilo con ella. Ella se merece un domingo tranquilo. Ella se merece una vida libre de problemas, y en el último tiempo – en los últimos años – dificultades, problemas, sacrificios y obstáculos es todo lo que la vida le arrojó. Dios, que esto no sea algo grave.
"¿Qué pasa, amor?" preguntás, rogando que no te tiemblen las palabras y que no se note que se te formo un nudo en la garganta, rogando que en tus ojos no pueda verse transparente y cristalina la preocupación que te carcome en este mismísimo instante.
Sin embargo, ella sigue guardando silencio. Y sus ojos caen hasta fijarse en las baldosas de cerámica del cuelo.
"Michelle, sabés que podés decirme lo que sea" insistís "Sea lo que sea, podés compartirlo conmigo, Michelle" prácticamente estás rogando ahora "Nada que digas o hagas va a hacer que deje de amarte, nunca"
No sabés por qué dijiste eso, pero sentiste que era importante decírselo. Es algo que querés decirle siempre, es algo que querés que sepa siempre, que lo tenga presente siempre: nunca nada va a hacer que dejes de amarla, no existe fuerza humana o natural capaz de hacer que dejes de amarla, y mucho menos sería posible que te enojaras o disgustaras con ella por un error suyo o por algo que suceda en su familia o por cualquier cosa. Sencillamente no hay manera de que tu amor desaparezca o se merme, más bien todo lo contrario: es un amor que solamente crece.
"¿Qué pasa, Michelle?" repetís nuevamente.
"Tony, yo" comienza dubitativa, y sin darte cuenta contenés la respiración y la sangre se congela en tus venas "… Me desperté y pensé" tus manos bajan a sus hombros y sentís que su espalda se tensa antes de relajarse bajo tu tacto suave "… Quería prepararte el desayuno" empieza a explicar, con las ideas más acomodadas, pero los ojos aún sin querer encontrar a los tuyos "Entonces me desperté hace dos horas…"
Estuviste a punto de interrumpirla preguntándole si llevaba dos horas despierta, completamente sorprendido de haber podido pasar ciento veinte minutos durmiendo sin despertarte luego de que ella dejara tus brazos. Definitivamente la fiebre y los dolores de oído de ayer te dejaron lo suficientemente exhausto como para que quedaras así de noqueado. O quizá fue el jarabe y el antibiótico que tomaste lo que hizo que cayeras tan profundamente dormido que la falta de su cuerpo junto al tuyo pasó desapercibida.
"… y vine acá, y empecé a tratar de hacer panqueques" con cada palabra que dice se pone más y más nerviosa, más y más alterada "… y" está al borde de las lágrimas, y vos cada vez entendés menos, cada vez estás más desconcertado, tu ceño se frunce automáticamente y de tu boca hay mil preguntas que quieren salir una detrás de la otra producto de tu desconcierto "… y traté… Tony, traté y fue un desastre" concluye su serie de pensamientos y reflexiones desordenados e inentendibles.
"Michelle" decís despacio, levantando su cabeza hasta que su mirada y la tuya quedan en el mismo nivel. Ves las lágrimas acumulándose, la furia, la decepción consigo misma… Estás empezando a entender de que se trata "¿Quisiste prepararme el desayuno pero te salió mal?" preguntás anonadado, sin terminar de convencerte, sin terminar de entender por qué algo como eso puede causarle tremenda angustia, por qué algo tan simple como eso tiene este efecto en ella.
"Sí" responde, con la misma timidez y la misma vergüenza "Pero ya limpié todo" se apresura a agregar.
Sí, me doy cuenta. Esta cocina está reluciente, nunca estuvo tan limpia. Hasta podría comerse directo del piso. Los azulejos parecen espejos.
"Michelle, no entiendo" repetís, mirando a tu alrededor, barriendo el cuarto de un lado al otro con los ojos "Quisiste hacer el desayuno" reconstruís su pequeño relate "y no resultó… ¿Por eso estás con esa carita triste?" preguntás, sin poder creerlo.
"Tony, deberías haber visto cómo dejé la cocina" resopla acongojada "Un desastre" resume "La ensucié en media hora, y tardé cincuenta minutos en limpiarla. Desastroso" vuelve a decir, resoplando otra vez "Yo" vuelve a trabarse, vuelven a faltarle las palabras, mientras vos – aún anonadado, aún sorprendido, aún sin entender bien, aún con dudas, aún sin terminar de asemejar por qué un accidente en la cocina tuvo este efecto terrible en ella – seguís recorriendo con tus manos alternativamente su rostro manchado con restos de lágrimas, su espalda tensa, sus hombros rígidos que se relajan cada vez que quedan bajo tu tacto "… Tony" respira hondo de nuevo, como si estuviera buscando por dónde empezar "… Hay algo que tengo que decirte…"
"Michelle" la interrumpís "… Podés decirme lo que sea" repetís.
"Tony, yo no sé cocinar" suelta de golpe, evidentemente queriendo confesar lo más rápidamente posible y de la manera menos penosa. Se lanza a hablar, y sigue sin darte tiempo a acotar nada, poniéndose cada vez más y más disgustada consigo misma, con sus ojos llenándose de lágrimas otra vez "Traté de aprender, traté cientos de veces, y todas las veces fallé. No puedo, es algo que sencillamente no puedo hacer, por mucho que me esfuerce" apenas está haciendo pausas de medio segundo para respirar, por lo cual te da la sensación de que empieza a ahogarse "Mi abuela quiso enseñarme en miles de oportunidades y yo siempre fui una decepción. Siempre que lo intento me decepciono. Soy una tonta, no sé por qué pensé que esta vez iba a salirme bien" dejás que hable, dejás que se descargue, que saque todo afuera, mientras tus pulgares capturan sus lágrimas y las hacen a un lado a medida que nacen "Pero quería prepararte una sorpresa, entonces supuse que si me esforzaba" levanta los brazos, los deja caer a los costados, carente de palabras otra vez "… Soy una tonta, ni siquiera debería haberlo intentando. Era obvio que no iba a salirme nada bien"
"Michelle" finalmente su mirada encuentra la tuya y te deja hablar a vos "¿Estás hablándome en serio?" preguntás.
Y no, no es una pregunta retórica.
No podés creer que algo así la angustie tanto, que le haga tanto mal. Es decir, nadie es perfecto. Todos tienen defectos. Todos tienen fortalezas y debilidades. Ella no sabe cocinar, o dice no saber cocinar. ¿Pero es ese motivo para angustiarse tanto, para sufrir así? ¿Por eso está llorando y temblando y luce tan profundamente triste?
No sabe cocinar. ¿Cuál es el problema? Muchas personas no saben.
"Si, Tony, es en serio" se escapa de sus labios la frase en forma de protesta "Quise hacer panqueques y chocolate fundido y pan tostado y… Fue todo un desastre" repite incansablemente "Yo soy un desastre" vuelve a bajar la cabeza "Pero ya limpié todo" asegura "Hice tanto silencio como posible para no despertarte, y limpié todo"
"Michelle, si no me desperté cuando vos te despertaste, entonces ni siquiera un huracán o un terremoto podrían haberme levantado. Esos remedios que tomé ayer deben haber tenido un efecto bastante fuerte" reflexionás en voz alta, pero luego volvés a concentrarte en el asunto en cuestión "Así que no sabés cocinar" comentás, sonriendo dulcemente.
"A mi no me causa gracia" te reta, más entristecida que nunca, al notar de reojo esa sonrisa que ha aparecido en tu rostro "Siempre me frustró ser una falla…"
"No" la interrumpís "No sos una falla" guías su rostro despacio hacia arriba para nivelar sus ojos y los tuyos "Hay algo que no sabés hacer, que te causa dificultades o que te resulta más complicado que otras cosas para las que sí sos buena, cosas para las que sos brillante. Eso te convierte en un ser humano: el hecho de que haya cosas que podés hacer y cosas que no" guarda silencio, esperando a que continúes, con lágrimas aún formándose y cayendo por sus mejillas "Michelle, buscando el perfeccionismo constantemente sólo vas a hacerte daño" susurrás "No tenés que ser perfecta en todo, no tenés por qué saber hacer todo"
"Tony, yo no…" empieza a quejarse lastimosamente otra vez.
Pero vos no dejás que acabe.
Besás su frente, demorando tus labios un poco más de lo habitual, presionándolos cerrados sobre la piel tibia, con tus manos sosteniendo su cabeza desde la base del cuello para mantenerla cerca de vos y evitar que se aparte y se aleje, silenciándola con tu tacto para que no siga hablando así, para que no se atreva a seguir diciendo cosas que no debería decir, cosas que cuando toman forma de pensamientos en su mente y luego cobran vida al apoderarse su voz de ellas y hacerlas nacer de su boca no logran más que mermar ese autoestima herido que tan desesperadamente querés curar y fortalecer. Cueste lo que cueste, querés convencerla de que piense lo que piense, le hayan dicho lo que le hayan dicho, haya sufrido lo que haya sufrido, es tan hermosa y especial que vas a pasar el resto de tu vida agradeciéndole a Dios por haberla hecho para vos y rogándole que te deje estar con ella para siempre. Cualquiera que no vea o no haya visto lo maravillosa que es, entonces ellos son los idiotas. Todos los que la humillaron, hicieron sentir fea o sin valor o se burlaron de ella… Bueno, son unos estúpidos a tu parecer, porque se perdieron la oportunidad de conocer a la persona más linda del mundo (linda por fuera, y muchísimo más por dentro, porque dudás que exista otro ser con un corazón y un alma tan buenos como los suyos, incluso si esos dos ojos han visto tanto dolor y tanto sufrimiento).
Cuando sentís que se relaja un poco más (sólo un poco, pero algo es algo) tus labios se deslizan por el resto de su cara: el puente de su nariz, la punta de su nariz llena de pequitas, la frente otra vez antes de besar sus párpados cerrados, las mejillas y finalmente la boca, tan despacio que no es más que un roce, tan tiernamente que se siente como el recuerdo de un beso y no como un beso real.
"Que no sepas hacer algo, que tengas dificultades para hacer algo" hablás despacio, con suavidad, y el sonido tranquilizador de tu voz causa que sus ojos se abran otra vez, esos dos ojos enormes de rasgos orientales en los que tu mundo entero se resume. Sus ojos miran dentro de tus ojos, tan distintos a los de ella, buscando ahogarse en las mismas emociones que están embebiendo tus palabras, esas emociones que dentro tuyo están envolviendo a tu alma mientras pensás exactamente qué debés decir y cómo decirlo, qué es lo que ella necesita escuchar "no te convierte en una inútil ni en una fracasada ni en nada de eso, Michelle. Sos demasiado brillante como para angustiarte por esto, y lo sabés. Muchas personas no pueden cocinar, muchas no pueden hacer otras cosas… Es totalmente normal. No saber hacer algo es totalmente humano"
"No pasa por ahí" suspira, y en el suspiro se mezcla lo que podría ser descripto como un quejido mientras la angustia se apodera de sus facciones mitad orientales mitad europeas otra vez.
Tiene los ojos enrojecidos e irritados, lágrimas silenciosas cayendo por su rostro de muñequita de porcelana, y aunque más que nada en el mundo quieras verla sonreír no podés contener el pensamiento de que así, llorando, en medio de tu cocina, vistiendo un sweater y un jogging tuyos que le quedan enormes a modo de pijama, luce mucho más hermosa que nunca, tan hermosa que ahora mismo podrías abrazarla y literalmente no soltarla jamás.
"Para mi abuela siempre fue una frustración que yo no tuviera habilidad para aprender a cocinar. Trató durante años y años. Empezó a enseñarme cuando yo era muy chiquitita" la sonrisa que se forma en tus labios, dulce como ninguna otra, es producto de la imagen mental que se te cruzó: Michelle, pequeñita y flacucha, con cientos de rulitos en su cabeza y un delantal de cocinerita rosa "Nunca fui más que un terrible fracaso y una máquina de cometer errores hasta en las cosas más básicas. Llegó un punto en el que simplemente mi abuela se cansó y desistió" exhala, resignada "y aunque seguí tratando y tratando por mi cuenta para demostrarle que podía hacerlo y sorprenderla, no lo logré, y pasado un tiempo yo también desistí. No sé por qué hoy tuve un súbito rapto de optimismo y creí que lo que nunca me salió iba a salirme bien después de tantos intentos fallidos"
"Michelle…"
Intentás interrumpirla, porque está alterándose otra vez, pero se te ocurre que probablemente necesito descargarte, por lo cual no completás la oración que ibas a decir, y simplemente la atraes más hacia vos hasta que queda acunada en tus brazos, de puntitas de pie para que su cabeza repose en tu hombro y su boca esté cerca de tu oído para que puedas descifrar las palabras que dice entre sollozos ahogados por la tela de tu remera.
Sentís sus labios presionando sobre la piel de tu hombro mientras se mueven.
"Tal vez estaba demasiado ilusionada con preparar algo para vos, algo lindo y especial, y eso nubló mi juicio y pensé que si lo hacía con amor y las mejores intenciones iba a salir bien, pero lo único que obtuve como resultado fueron panqueques quemados, toda la sartén pegoteada, no sé cómo fue que el chocolate que traté de derretir se quemó también… ¡Tony, no me causa gracia!" te reta cuando escucha tu risa, enterrando su cara completamente en tu pecho para que no puedas verla, pero sentís las lágrimas tibias, por lo cual sabés que se largó a llorar con fuerza otra vez.
"Michelle, debería causarte gracia a vos también" le decís, tomando su cara entre tus manos otra vez para que su mirada y tu mirada queden al mismo nivel, aunque ella se resiste un poco, como si estuviera avergonzada de la situación.
Sabés que está avergonzada de la situación.
"Me parece que estás exagerando. Esto no es tan grave, Michelle: no sabés cocinar, hiciste un esfuerzo hoy y no resultó bien… Ya está, dejalo ir. No tenés que ser perfecta en todo. Sos perfecta en el trabajo, sos la mejor persona que conozco, algún defecto tenés que tener, y me parece que tu principal" y único agregás mentalmente "defecto es tu perfeccionismo, y también que tengas tan bajo autoestima. Ya sé que tuviste una infancia difícil" otra vez las lágrimas empapan tus pulgares mientras dejás que tu piel acaricie su piel justo debajo de sus ojos ", sin una mamá y sin un papá, y que en la escuela lo único que escuchaste fueron cosas crueles porque eras distinta. No te das una idea de cómo me parte el alma saber que pasaste por todo eso y que nunca nadie te abrazó cuando más lo necesitabas, pero creo que además de los abrazos necesitás aprender a quererte a vos misma y a aceptar que no podés ser perfecta porque la realidad es que nadie puede, que equivocándote con estas cosas no decepcionás a nadie, y que la mujer fuerte y decidida que sos en el trabajo y lo segura que te sentís en ese papel puede complementarse con la nena dulce e inocente que seguís siendo por dentro"
"Mi abuela siempre decía: 'si vas a hacer algo, tiene que salir perfecto. Si no va a estar perfecto, entonces mejor no lo hagas'" susurra "No debería haber tratado de cocinar, ya sabía de antemano que iba a ser un desastre"
Bueno, Michelle, tu abuela estaba muy equivocada pensás, pero lo que decís es:
"No estoy de acuerdo con eso"
A decir verdad, tu mamá es bastante parecida a la abuela de Michelle en eso de 'si vas a hacer algo tiene que salir perfecto, si no va a estar perfecto entonces mejor no lo hagas', pero nunca creíste que tuviera razón. De hecho, seguís sin creer que eso sea verdad. No te gusta el perfeccionismo. No te gusta que las personas sean tan terriblemente autoexigentes. En tu familia todos son autoexigentes y perfeccionistas, y vos muchas veces te sentiste obligado a tomar esa postura, pero hace años que decidiste que no ibas a seguir ese camino. No querés que Michelle viva bajo la necesidad de ser perfecta tampoco porque eso no ha hecho más que lastimarla seguidamente durante años y años.
"Hoy te levantaste temprano y trataste de hacer algo lindo por mí. ¿Sabés cuánto vale eso para mí?" es una pregunta retórica, por supuesto "Todos tus intentos para hacerme feliz me hacen feliz, resulten o no"
"Pero vos sos tan perfecto y yo soy tan imperfecta..."
Sí, claro, perfecto. Con un ego más grande que vos mismo. Y mal carácter. Y un temperamento aún peor que tu ego. Sí, claro, perfecto. Si hay algo que no sos, eso es perfecto.
"Nunca voy a ser tan perfecta como vos, nunca voy a ser suficiente para vos en ningún aspecto…" susurra, esquivando tu mirada de nuevo, y eso te rompe el corazón. Te agrieta el alma, su tendencia a pensar que no te merece, que sos mejor que ella, que podrías tener a alguien mejor que ella, cuando la realidad es que vos solamente la querés a ella y a nadie más. Con defectos y todo: es ella tu mujer perfecta, no cualquier otra, simplemente ella.
Si las palabras no sirven para hacer que entre en razón, si las palabras no son más que una pérdida de tiempo porque no surten efecto alguno, entonces quizá en lugar de escuchar necesite sentir.
"¿Confías en mí?" preguntás de golpe, sorprendiéndola.
"Sí" responde sin dudar ni un segundo.
"Dame tu mano"
Viste esto en una película de Disney, ni más ni menos, con tus sobrinitas en una de esas visitas a casa de tu hermana durante la cual de pronto acabaste envuelto en una situación que implicaba sentarse frente al televisor mientras las nenas comían pochoclo y pasar con ellas pacientemente los siguientes ciento veinte minutos con la pantalla de la televisión invadida por caricaturas. Sin embargo, esa película te gustó un poco más que las otras, y por algún motivo en tu cabeza acaba de aparecerse el recuerdo lejano de una escena entre los protagonistas que pensás es indicada para este momento que estás viviendo con Michelle.
"Dame tu mano" repetís suavemente, y ella sin dudarlo hace lo que le pedís.
Su mano es mucho más chiquita y delicada que tu mano, mucho más femenina, sencillamente perfecta.
Si hay algo en lo que Michelle es absolutamente perfecta – dejando de lado su buen corazón – son las pequeñas partes de su anatomía: su nariz, sus pequitas, sus uñas, sus manos, el sonido de su respiración, las pintitas doradas que aparecen en el color oscuro de sus ojos, sus lunares microscópicos, sus pestañas larguísimas, sus labios en forma de corazón, sus pómulos sonrosados.
Con la palma de su mano pegada a la palma de tu mano, su mano casi cubriendo a la tuya completamente, sus dedos encontrándose con los tuyos, le preguntás:
"Nuestras manos son casi iguales, ¿sabés por qué?" no esperás a que conteste "Porque somos seres humanos, los dos. Ningún ser humano es perfecto. Ni vos ni yo somos perfectos. Los dos tenemos errores y defectos y dificultades para hacer algunas cosas, y también tenemos virtudes, muchas virtudes, muchas cosas buenas para dar, mucha gente a la que ayudar, muchas cosas buenas para hacer. Los dos somos seres humanos, y los seres humanos tenemos imperfecciones. Yo sé cocinar, y vos no, y está bien; honestamente me gusta que sea así, porque eso significa que tengo el resto de mi vida para mimar a la mujer que amo preparándole el desayuno todas las mañanas, y la cena todas las noches" continuás "Los dos somos humanos e imperfectos, pero somos perfectos el uno para el otro porque nos complementamos, con nuestros defectos y dificultades. Somos dos pedacitos de la misma pieza. ¿Y sabés qué más nos hace humanos además de nuestros defectos?"
Llevás su mano a que repose sobre tu corazón para que a través de la tela de la camiseta que tenés puesta sienta los latidos.
"Los dos tenemos un corazón. Y a diferencia del de otros animales, los corazones de los humanos pueden amar" hacés silencio por breves segundos antes de continuar, para que pueda seguir sintiendo tus latidos, sus ojos empapados en lágrimas ahora negándose a dejar de hundirse en el océano oscuro que son los tuyos "Sos hermosa y brillante en muchísimos aspectos, pero lo más importante de todos es que sos hermosa y brillante por dentro. Por dentro, más allá de cualquier defecto o dificultad que tengas, sos perfecta, y más allá de las cosas que puedas hacer o no – como cocinar – hay algo que sabés hacer mejor que nadie: me hacés feliz, más feliz de lo que fui en treinta y cuatro años, me curaste cuando estaba destrozado y me devolviste a la vida. Si eso no te hace absolutamente perfecta para mí, entonces no sé qué decir para convencerte que no hay en este mundo nadie mejor que vos, en ningún aspecto"
Cuando sus manos se enredan en tu cuello y te atraen hacia ella para que puedas besarla, y sus lágrimas ahora humedecen tu rostro, y la escuchás suspirar contenta cuando tus brazos rodean su cintura, y tu corazón y su corazón laten sincronizados y al ritmo de los besos ininterrumpidos que están dándose, sabés que dijiste lo correcto, lo que ella necesitaba escuchar, lo que ella quería escuchar, las únicas palabras capaces de aliviarla, de hacerla cambiar de opinión, de hacer que vea las cosas desde otra perspectiva, la perspectiva de alguien que la ama por lo que es, tal cual es. Incluso, si no supieras que le hace mal, amarías su perfeccionismo con la misma locura con la que amás el resto de ella.
"Decímelo de nuevo" te pide en voz baja, sin moverse ni un centímetro "Todo lo que me dijiste, decímelo otra vez"
"¿Si te lo digo de nuevo" susurrás en su oído "vas a dejar de amargarte por esto y vas a darme permiso para hacerte el desayuno todas las mañanas por el resto de mi vida?"
"Sí" ríe, y ese sonido es el más maravilloso que existe en la Tierra para vos, especialmente después de haber pasado los últimos veinte minutos luchando por calmar su angustia.
"¿Es una promesa?" insistís, causando que sonría más.
"Te lo prometo"
"¿Antes de repetirlo todo otra vez puedo hacer un pequeño resumen general como prólogo?" espejás su sonrisa cada vez más ancha.
"Sí"
"Amo lo que seas y lo que puedas" murmurás, dejando que tus labios se pierdan jugando con los suyos "Nunca pienses que no sos suficiente, porque sos exactamente lo que necesito y lo que voy a necesitar hasta el día en que me muera"
Cumplís tu parte del trato, a medias, sin embargo. No usás palabras esta vez, simplemente besos, y creés que entendió mejor el significado de tus sentimientos de este modo. Después de todo, hay sensaciones que son tan especiales que el lenguaje hablando no sirve para describirlas o transmitirlas, aunque intentemos. El lenguaje de la piel es mucho mejor. El latido de un corazón que va al compás de otro es mucho más mejor.
Un cuarto de hora después la llevás en brazos hasta el sillón y le pedís que duerma un ratito más. Tu idea es ir, preparar café y toda clase de cosas especiales que no pueden faltar para que la primer comida del día esté completa (panqueques, frutas, tostadas, yogurt, jugo de naranja, cereal), y llevarlo todo junto antes de darle los regalos que le compraste.
Sí, regalos, en plural. Porque no pudiste contenerte. Porque ese día cuando fuiste al centro comercial no sabías qué elegir. ¿Un libro?, ¿una película?, ¿un disco?, ¿una joya? Tenés ese dinero extra de la bonificación por el ascenso, más la bonificación por haber ayudado a impedir una tercer guerra mundial (¿puede ponerse un precio a eso?) y querés gastar cada centavo en ella.
En verla feliz.
Le darías el mundo si pudieras.
No es una persona materialista en lo absoluto, pero te diste cuenta que le toma cariño a las cosas, cosas como libros o películas o discos. Una noche te preguntó si podías regalarle el disco de Phil Collins que pusiste la primera vez que fue a tu casa; no sólo se lo diste, si no que con un marcador indeleble le escribiste una mini carta de amor en la tapa de plástico, un resumen de apenas veinte palabras en letra lo más chiquitita posible que básicamente explicaba – o trataba de explicar – la locura con la que la amás y lo contento que estás desde que es parte de tu vida.
Quisiste comprarle regalos con significado, regalos para hacerle sonreír, regalos que demuestren lo mucho que la adorás y que ella es de verdad tu princesa, que no es simplemente un apodo cariñoso ése, si no que realmente la considerás una princesa. Tuya y de nadie más.
No pudiste aguantar las ganas de mimarla en exceso, entonces le compraste varios regalos, por el puro placer de ver sus ojos brillar y sus facciones iluminarse y recibir en agradecimiento besos cuya duración son proporcionales al tiempo que podés pasar privado de oxígeno. Elegiste un libro que recopila varias historias románticas (clásicas, viejas, nuevas, conocidas, desconocidas, de autores famosos, de autores anónimos, de autores extranjeros, de autores americanos) y un lápiz color rosa para que marque sus líneas favoritas; conseguiste un álbum de Shakira en español (luego de buscar y buscar y buscar y buscar) con canciones muy dulces que van a ser la excusa perfecta para hacerla sonrojar mientras le enseñás a hablar tu lengua madre. Y como sabés que ama el cine de los años cuarenta, también le compraste la versión en DVD de Lili; no sabés si la vio, pero a tu abuela le gusta mucho esa película así que – juzgando por su impecable gusto para la mayoría de las cosas – debe ser linda.
Y para terminar cediste a la tentación y fuiste a una joyería. Estuviste a punto de comprar un anillo de compromiso con un diamante del tamaño de una nuez (gastando así hasta tu último centavo disponible, literalmente), pero te contuviste por dos motivos: cuando le des tu futuro entero materializado en la forma de un anillo querés que la situación sea ideal y tan romántica como en un cuento de hadas, y además te pareció demasiado pronto para formalizar. Los dos saben que algún día van a casarse (de hecho, creés que en menos de un año ya van a estar casados, y al que eso le parezca precipitarse, que se tire a un pozo porque no te interesa su opinión), pero por el momento la relación que tienen guarda cierta inocencia que no querés romper… todavía. Entonces simplemente elegiste un par de pendientes de perlitas blancas brillantes.
También le escribiste una carta, y jurarías que en un costado hay una manchita, un poquitito de tinta corrida, porque mientras estabas enfrascado volcando hasta el último pedacito de tu corazón en papel los ojos se te llenaron de lágrimas, y puede que una o dos hayan caído sin querer cuando por un instante bajaste la guardia y dejaste de luchar para no derramarlas.
¿Demasiados regalos para un aniversario de un mes? No te interesa. Lo único que querés es verla a ella feliz.
Cuando le contaste a Martina por teléfono todo lo que habías planeado para este domingo te preguntó con un dejo de ironía y sarcasmo si pensabas comprarle un poni cuando llegaran al año juntos. Rascándote automáticamente el costado derecho de la cara le contestaste que nunca nada es suficiente cuando se trata del amor de tu vida, y le recordaste cómo Kiefer prácticamente se desvive con tal de satisfacer todos sus caprichos y deseos, y ahí se las ingenió – como buena abogada – para cambiar de tema y evadir tu comentario magistralmente.
De todos modos, tu idea del día de hoy era absolutamente distinta, porque no sólo incluía regalos si no que también incluía un paseo. Si no hubieras tenido fiebre ayer, si tu maldita muela no hubiera elegido el momento menos ideal para darte problemas, hubieran pasado el domingo en una finca a unas pocas horas de Los Angeles, donde tienen bebés recién nacidos de distintos animalitos. Sabés que a Michelle le encantan los animales, especialmente los bebés, y pensaste que sería lindo llevarla y verla jugar con ellos, abrazarlos, darles besos, mimarlos, darles de comer. Conseguiste hablar con el dueño y que les concedieran pases de acceso exclusivo, pero al parecer vas a tener que intentar cambiarlos para algún otro fin de semana, porque debido al pequeño inconveniente con tu muela, tu oído y la infección vas a pasar todo el domingo con ella en tu casa, descansando y recobrándote para el lunes, porque Michelle ya dejó bien en claro que quiere verte reposando.
No vas a poder verle la carita sonriente e iluminada mientras le da de comer a un chanchito, pero al menos vas a poder disfrutar de su reacción cuando vea los regalos que le compraste. Y vas a poder abrazarla tanto como quieras. Y vas a poder cocinarle el almuerzo. Y van a poder pasar todo el día conversando. ¿De qué?: no te interesa. Con ella podés hablar de todo. El tópico no importa mucho, en realidad, simplemente te importa escuchar el sonido de su voz, ver sus expresiones, ver sus ojitos brillando.
Quizá hasta la convezcas para que te deje darle lecciones de cocina. No pueden ser tan terribles sus habilidades, algo básico va a poder aprender si le enseñás con paciencia y amor, y paciencia y amor para ella es lo que más te sobra.
Estás a punto de cortar más pan cuando un pensamiento para nada agradable se materializa en tu cabeza, un pensamiento que curiosamente suena como tu hermana Martina (muchas veces cuando tenés discusiones con vos mismo, tu cerebro adopta la voz de tu hermana, quizá porque muchas veces Martina es y ha sido como una conciencia parlante), o más precisamente lo que ella te diría si le contaras que Michelle no sabe cocinar y que cuando trató de prepararte panqueques y salsa de chocolate hizo un desastre que tardó una hora en limpiar.
¿Te acordás lo que mamá siempre dice? Una buena mujer debe saber cocinar. Una buena esposa debe saber cocinar. Le enseñó a todas sus hijas, y todas tenemos dotes culinarios bastante bien desarrollados para 'alimentar a nuestros maridos e hijos como corresponde'. La esposa de Christian es una excelente cocinera y ama de casa. Nuestras hermanas son profesionales, pero no por eso menos amas de casa. Michelle podrá ser una obsesiva de la limpieza, pero no sabe cocinar. Es un desastre, ella misma lo dijo, un frustrante desastre. Y realmente, Tony, no importa que la adores con locura y no te interesa que no sepa poner agua a hervir para hacer arroz: es un punto en su contra para cuando conozca a mamá. Estuviste pensando en llamarlos y contarles sobre Michelle y decirles que vas a invitarla a la cena de Acción de Gracias, ¿no? ¿Estás seguro de que seguís estando igual de entusiasmado respecto a que nuestra familia y Michelle se conozcan? Cuando mamá vea que no es latina, va a pegar el grito en el cielo. Cuando vea que es japonesa, va a gritar más fuerte. Cuando se entere que trabaja con vos, que no habla español, que no sabe cocinar, directamente va a darle un ataque. ¿Sabe lo que es un buen asado?, ¿alguna vez probó dulce de leche?, ¿sabe la receta perfecta para hacer tamales?, ¿sabe sobre comida mexicana?, ¿sabe algo sobre tango o sobre mariachis? No. Y encima de todo esto, tenés que agregar a la lista de puntos en contra que no sabe cocinar. A mamá no va a gustarle esto, Tony. La mujer que elegiste es exactamente todo lo contrario a lo que mamá espera. Y puede que vos ames a Michelle como a nada, pero a mamá eso no le va a importar. Cree lo que quieras creer, pero a mamá esto no va a gustarle en lo más mínimo. Hermanito, vas a tener problemas.
¿Son verdades todas esas cosas que acaban de cruzar tu cabeza en un flash? Un año atrás no habrías estado tan seguro, pero en este último tiempo al parecer varias vendas que te tapaban los ojos se cayeron y te dejaron ver cosas que antes no habrías sido capaz de juzgar ciertas. Tu mamá luchó por el hombre que amaba y abandonó absolutamente todo para estar con él y ser feliz, pero a la vez es una mujer terriblemente protectora de su familia hasta el extremo de – sólo pudiste comprenderlo cuando Martina te lo señaló con tan poco tacto ese fin de semana que pasó en tu casa cuando creyó que estaba embarazada y necesitaba de tu contención – convertirse en una de esas personas que por defender ideas, principios, ideales o convicciones demasiado tradicionalistas caen en las mismas faltas que alguna vez fueron cometidas contra ellos y de las que tan valientemente se defendieron.
Tu sonrisa desaparece un poco hasta transformarse en una mueca mezcla de angustia y preocupación cuando esos pensamientos ocupan súbitamente tu cabeza, aplastándola. Tus manos siguen moviéndose automáticamente, cortando rebanadas de pan sin prestar atención, como si tuviera voluntad propia, ajenas por completo a lo que sucede dentro de vos.
Sí, es cierto que estuviste pensando en llamar a tus padres y contarles sobre Michelle.
Es cierto que te gustaría llevarla a Chicago para Acción de Gracias, así tienen la oportunidad de conocerla y ella tiene la oportunidad de conocerlos a ellos. Llevaste a Nina una vez para la misma fecha porque tu mamá te obligó (sí, literalmente te obligó), y las cosas fueron... Bueno, decir que todo salió mal sería subestimarlo, por supuesto. Fue un caos total. Un desastre. Si llevaras a Michelle, todo saldría bien. O al menos eso te empecinás en seguir creyendo a pies juntillas.
Es cierto que te morís de ganas de tomar su mano, entrar a la casa de tus padres y presentarles a la que va a ser la mamá de tus hijos, decirles que encontraste a la persona que le da sentido a tu existencia y hace que cada respiro valga la pena, la mujer en cuyos brazos te querés morir contento después de haber pasado años enteros haciéndola sonreír.
Pero, más allá de que quieras compartir tu felicidad con tu familia, ¿te interesa a vos lo que ellos piensen?
Ni hace falta que medites mucho. La respuesta es y por siempre será: no.
Que digan lo que quieran, que opinen lo que quieran. Hasta ahora tenías el presentimiento de que cuando conocieran a Michelle, cuando vieran lo feliz que te hace y lo bien que estás con ella, cuando vieran la influencia positiva que tiene en vos, cuando vieran cómo te derretís a su alrededor y te convertís en el hombre más cariñoso y mimoso del mundo, cuando vieran cómo te transformó en una mejor persona, acabarían adorándola más allá de que no cumpliera con el estereotipo de tu mamá en cuanto a las esposas de sus hijos. Sin embargo, ahora ya no sabés qué esperar, pero sea lo que sea aquello que te aguarde en el futuro, sí sabés cómo van a ser tus reacciones.
¿Cambiarían en algo tus sentimientos si tu familia fuera lo suficientemente estúpida y no aceptara a Michelle por ser distinta a ellos? En lo absoluto. Te dolería, sí, te sentirías decepcionado (muy decepcionado), pero no dejarías de amarla, no te alejarías de ella… Te alejarías de ellos, por mucho que te destrozara. Ahora en tu mente lo que ronda es la posibilidad de que – en caso de rechazarla, en caso de considerarla poco para vos, indigna de vos o simplemente insuficiente, en caso de considerarla menos de a lo que deberías aspirar, en caso de considerar que no tendría que formar parte de la familia por no ser de origen latino o hispano – ella quedaría destrozada, ella se sentiría mal, ella se sentiría menos, ella se sentiría triste, a ella se le haría añicos el autoestima, ella sufriría, ella tendrías las heridas más graves y más profundas. Después de lo que pasó esta mañana, te das cuenta de la magnitud que tendría el rechazo de tu familia en caso de ser reales tus múltiples conjeturas, te das cuenta del mal que le haría. Y si hay algo que no vas a permitir que suceda otra vez es que ella sufra.
Es increíble cuán humano te volviste, que hasta las cosas más simples te disparan la cabeza y te hacen reflexionar, pensar, analizar, una y otra y otra vez hasta el hartazgo. Es increíble cuán humano te volviste el día en que viste esos dos ojos por primera vez, el día en que empezaste a enamorarte de ella.
Tu mamá tal vez (bueno, más que un tal vez es un probablemente, un rotundo probablemente) se disguste cuando conozca a Michelle y se pregunte por qué no pudiste elegir a una chica mexicana, argentina o española, o al menos una chica latina. Ya aceptarse lo que antes pasaba por desapercibido: tu mamá sí tiene formado un fuerte estereotipo, cada vez que pensás en eso más y más sentido toma. Que a vos no te interese seguir el camino que la haría feliz, ese es otro tema: después de todo, es tu vida, y tiene que reducirse a buscar tu felicidad, y esa felicidad ya la encontraste. Pero no creés que Michelle sea capaz de lidiar con más rechazo y discriminación (casi te dan arcadas con sólo saber que mentalmente usaste las palabras 'rechazo' y 'discriminación' en un contexto que envuelve a tu familia y a la mujer que adorás).
Hay algo que dijo Martina que sigue dando vueltas dentro tuyo, y el cuchillo no deja de moverse dentro de la herida aún fresca y en momentos como éste letalmente sangrante: tu mamá es una buena cristiana y una buena persona, respetuosa de todas las religiones, culturas y razas pero siempre y cuando nada quiera entrometerse en el perfecto, armónico y coordinado mundo latino y católico que ha creado alrededor suyo y alrededor de los que ama.
Bueno – se te ocurre en un arrebato – va a tener que aprender a aceptar un poco de diversidad. Va a tener que aceptar que el único hijo varón que le queda (saber que tus padres perdieron dos hijos siempre causa que tu corazón se estruje dolorosamente dentro de tu pecho y se retuerza de pena, especialmente porque ambos fueron arrancados de sus vidas tan cruel y súbitamente… Pero no querés pensar en eso a hora) se haya enamorado loca y perdidamente de una mujer diez años menor, que no es latina, que lleva en sus genes una herencia abismalmente distinta a la de ustedes, que no sabe cocinar, que como vos trabaja para el gobierno, y que un día no muy lejano vas a casarte con ella. Si no le parece bien – seguís pensando en tu arrebato -, si no lo acepta, si hace alguna clase de comentario, entonces lamentablemente (y se te forma un nudo en la garganta ahora) va a perder a su tercer hijo.
Nunca creíste que existiera sobre la Tierra el ser capaz de hacerte renunciar a absolutamente todo, pero al parecer el destino te probó equivocado, porque esa persona es real, de carne y hueso, y está ovillada en tu sillón esperado el desayuno.
Esperándote a vos.
Ese ser por el que dejarías todo sin necesidad de que te lo pidiera, por el que dejarías tu credo, tu religión, tu familia, hasta tu propia libertad si hiciera falta llegar a ese extremo, con tal de tenerla en tus brazos por el resto de tu vida, hasta el momento en que respires por última vez, llevaba años esperándote. Y vos llevabas años esperándola a ella. Vos llevabas años esperando que Dios hiciera un milagro – lo reconocieras conscientemente o no –, y no sólo hizo un milagro: le dio forma de ángel y lo envió directo a tus brazos. En el trayecto del cielo a la Tierra se hizo un par de rasguños profundos, pero aparentemente Dios te dio también el don de curarla.
Nunca fuiste muy creyente de este tipo de cosas a decir verdad y siempre las consideraste material de telenovelas baratas o libros ridículos, pero vivirlo en carne propia hace que no te queden dudas de que existe una fuerza mayor – Dios, el destino, la suerte, el sino, la naturaleza, lo que sea – moviendo los hilos, escribiendo el guión. Si puede existir un amor tan grande y tan hermoso como el que vos sentís, entonces tiene que existir Dios.
Fuiste criado dentro de una familia católica, y educado para creer en un Dios, pero no de esta manera. Sin embargo, tu abuela solía decirte que amar a otra persona es lo más cerca de Dios que se puede estar, y ahora entendés perfectamente a qué se refería: tratás de entender cómo es que Michelle y vos encajan tan perfectamente, cómo es que llegaste al punto en que sacrificarías todo por ella, darías la vida por ella, morirías de dolor si es necesario para defenderla y ahorrarle a ella sufrimiento, y la única explicación que hallás es que tiene que existir un Dios mucho más poderoso y magnífico de lo que te imaginabas y que él los creó al uno para el otro.
Esos antibióticos que tomé anoche deben haber tenido un efecto bastante fuerte en mí pensás, soltando una risita y mordiéndote el labio, negando con la cabeza suavemente de un lado al otro. Pero en el fondo sabés que no se trata de eso, que no estás con todas estas cosas dándote vueltas y moviéndote por dentro simplemente porque tomaste unos antibióticos que te dieran vuelta la cabeza. Estos son pensamientos profundos que tenés todos los días, son reflexiones que nunca se te hubiera ocurrido un día surgirían desde lo más hondo de tu interior. Son todas cosas que ella causa, que ella despierta. Tus sentimientos, tu ser, tu alma, tu corazón, se volvieron más complejos cuando empezaste a amar de verdad.
Y si supieras lo complejo que todo va a volverse…
Aún si lo supieras, no renunciarías a amarla.
Si supieras lo complejo que todo va a volverse, la amarías mil veces más.
La observás con detenimiento mientras desayunan, con detenimiento y con una adoración cruda que es conmovedora.
Le hiciste una pregunta sobre un libro que viste en su cartera el otro día, y después de echarte la culpa a vos porque ahora tiene mucho menos tiempo para dedicarle a la lectura, empezó a contarte la trama y los detalles con precisión y entusiasmo dignos de una nena de cinco años que está esperando ansiosa sus regalos la víspera de Navidad. Le brillan los ojitos, las palabras salen a borbotones de su boca, ríe como si hubieran sido una pesadilla o un recuerdo triste muy lejano y ya borroso las lágrimas que derramó hace un rato en la cocina, cuya única evidencia son las manchas húmedas que distintas partes de la camisa que tenés puesta.
La observás y escuchás con ternura y atención desmesuradas, a tal punto que en tu cabeza sólo caben un par de pensamientos desordenados, mezclados, por momentos confusos, la mayoría de ellos encerrados entre enormes signos de interrogación.
¿Cómo puede ser tan hermosa para vos mientras que otros alguna vez la consideraron el patito feo?
¿Cómo pudo su madre haber abandonado a una criaturita tan tierna que aún en su temprana adultez y después de haber visto con sus ojos todo el mal del que el mundo es capaz todavía conserva destellos de la más pura inocencia?
¿Cómo pudo una abuela que la quería de verdad y se esforzó hasta su muerte para criarla bien y darle un buen futuro no ver que muchos de sus mensajes, actitudes o lecciones aunque no pensados con ese propósito estaban causándole a su nieta un daño que sería a largo plazo?
¿Cómo pudo tu hermana alguna vez decirte que 'tiene facciones exóticas pero no es hermosa', si todo lo que vos ves es a la mujer más linda del mundo?
¿Cómo puede ser que hayan sido cavados en tu alma agujeros profundos por la idea de que existe la posibilidad real y concreta de que tu propia familia, tu propia sangre, no acepte a Michelle por ser 'de otra raza', por ser distinta, por no ser lo que ellos quieren que sea?
Porque más allá de que sea el amor de tu vida, más allá de que estés loco por ella, más allá de que la adores sin límite alguno, antes que cualquiera de esas cosas, es un ser humano. Hoy le dijiste que los seres humanos son lo que son precisamente por sus imperfecciones, por su incapacidad para ser absolutamente perfectos en todo, pero que lo que los hace absolutamente humanos más allá de los defectos es la capacidad para amar. Y si dos seres humanos se aman tanto, ¿entonces hay algo que importe más allá de eso? ¿Importan los defectos? ¿Importan las heridas viejas? ¿Importan las cicatrices? ¿Importa la ascendencia? ¿Importa lo que otros esperen o pretendan? ¿Importa que su mamá haya sido europea y su papá asiático y que tus padres sean latinos' ¿Importan los pensamientos que se te metan en la cabeza?
La respuesta a todo es no.
Lo que importa es que se aman. Defectos y virtudes incluidos. Con tu ego, temperamento, mal carácter y dificultades para expresarte incluidos. Con su bajo autoestima (que esperás sanar pronto), su falta de talento para cocinar, su necesidad de afecto constante y sus inseguridades incluidos. Con lo que algunos llaman 'tu raza' y otros llaman 'su raza' incluidas. Lo que importa es que vos tenés un corazón perfecto para amarla a ella, y ella tiene un corazón perfecto para amarte a vos, y ambos forman un mismo todo.
El resto del mundo, del Universo, el resto de la gente, el resto de las cosas que surjan producto de los engranajes de la máquina que tenés en la cabeza, sencillamente deberías considerarlos ruido de fondo.
El único ruido que debería importarles a los dos es el de sus corazones latiendo al mismo tiempo, porque lo único eterno, perfecto e indiscutible es lo que siente el corazón.
Si supieras que a ella le dijeron lo mismo, que el resto no interesa, que el resto es ruido de fondo, no lo creerías coincidencia.
Seguís escuchándola hablar mientras desayunan, y el simple hecho de que esta sonriendo hace que el Universo alrededor tuyo se desdibuje y todo pierda sentido, todo menos ella. No te molesta tener la muela un poquito inflamada, no te molesta que te haya obligado a tomar los remedios que te recetó el médico para la mañana siguiente, los regalos podés dárselos más tarde, lo único que te interesa es saber que lograste que sonriera, que las lágrimas desaparecieran y fueran reemplazadas por risas. Saber que más de sus heridas, más de sus marquitas cicatrizaron cuando le dijiste que la amás por lo que es y por lo que puede ser, sin importar sus errores o sus defectos.
Porque por dentro es hermosa, perfecta y brillante, mucho más hermosa, perfecta y brillante que por fuera. Y cometer equivocaciones no es lo único que los hace humanos: también los hace humanos tener un corazón con el que pueden amar. Y cuando se trata de amarte, no hay nadie mejor que ella.
De todo lo que implica ser humano, amarla es lo que más te gusta.
Nota de la autora: ¡Me enteré que se mudaron! Ojalá puedan acomodarse pronto. Sé mejor que nadie lo traumático que puede ser mudarse, a mi siempre me afecta mucho (ahora probablemente venga una gran mudanza en mi vida, ya que existe la posibilidad de que me mude a otro país por un tiempo, pero estoy contenta), así que comprendo el ajetreo y problemas que ello implica. Espero que se acomoden pronto :) Estoy segura de que en unos días ya van a estar acomodadas y sin problemas.
Por otro lado, no sé si les gusta todo esto del Campeonato Mundial. A mi particularmente sí. Entre Bruna y ustedes contribuyeron a que me vuelva fan de Brasil, así que en caso de que no gane el país al que yo sigo, espero de verdad que Brasil salga campeón por sexta vez :) En serio (vivo en el país que es enemigo número 1 de Brasil cuando se trata de fútbol, ¡así que podrán imaginarse la influencia que todas ustedes tuvieron en mí para que esté diciendo que espero que Brasil gane!).
Respecto a la historia: pareciera que estoy dando vuelta en círculos, pero la realidad es que no. Les aviso anticipadamente que el capítulo siguiente va a ser un poquito (bastante, en realidad) más fuerte que estos que escribí hasta ahora, va a tocar algunos temas bastante más profundos, y las cosas van a ponerse un poco más físicas que hasta ahora, pero con un desenlace bastante dramático. No voy a decir más :) Voy a empezar a escribirlo ahora mismo porque estoy muy entusiasmada. Ah, otro adelanto: en el capítulo 59 va a suceder algo importante, por ende en el capítulo 60 finalmente Michelle va a conocer al resto de la familia de Tony, incluyendo a su suegra.
En cuanto a Isa, me puso muy triste escuchar que se había ido, de verdad. Me encantan sus comentarios, siempre escribía cosas que me hacían sonreír. Lo que no puedo creer es que vayan a imprimirle MI historia para mandársela. Cuando empecé a escribir esta historia, la leía solamente una amiga mía, hasta que aparecieron ustedes. Saber que lo que escribo les gusta tanto es el MEJOR halago que podría existir para mí, en serio. Diganle a Isa que le mando un beso muy grande.
Bru ya se ofreció a traducir otras de mis historias en Inglés. No es difícil el Inglés, yo estoy aprendiendo Portugués sola leyendo las cosas que Bru escribe, y si bien todavía no lo puedo escribir bien, lo leo de corrido sin problemas. Quiero empezar a aprender más y poder llegar a escribir en Portugués sola. Por ahora, voy a escribir historias que Bru va a traducir cuando pueda y las voy a ir posteando de a poquitito.
Creo que ya no me queda nada más para decir. Les mando un beso enorme a todas y ojalá tengan muy lindo fin de semana.
Dai.
