AVISO: En este capítulo se mencionan temas controversiales tales como anorexia, desórdenes alimenticios, sexo, anticonceptivos, trastorno bipolar, etcétera, lo cuales voy a seguir desarrollando a lo largo de la historia (especialmente todo el perfil psicológico de Michelle).
NOTA DE LA AUTORA: No se dan una idea de lo mucho que ODIO el resultado de mi escritura en este caso. Ni yo entiendo lo que escribí para tratar de plasmar los pensamientos e ideas que se formaron en mi cabeza, por lo cual no voy a culparlas si lo odian tanto como lo odio yo, o si no lo entienden por ser demasiado confuso, porque ni yo lo entiendo. No volví a releer el capítulo antes de postearlo porque ya las hice esperar demasiado y porque honestamente es tan terriblemente largo que no las culparía si no lo leyeran, creo que ni yo puedo volver a leerlo una segunda vez, así que perdón por todos los errores de gramática y de coherencia que van a encontrar.
Suaves telas en el piso,
Una parte de la euforia.
Estás con el hombre que amás, el hombre con el que querés pasar el resto de tu vida, en tu habitación, en tu cama,semidesnuda, temblando como una hoja, besándolo - tan profundamente que estás asfixiándote y asfixiándolo, tan violentamente que sentís dolor en los labios, tan furiosamente que hace rato los besos se confunden con mordidas -, a punto de perder la virginidad, pero ni la situación ni el escenario son como alguna vez los imaginaste.
La inocencia es algo tan frágil y tan fácil de romper, tan terriblemente frágil… Los ojos ven cosas, el corazón siente cosas que hacen que esa inocencia vaya desmenuzándose, desapareciendo, consumiéndose, siendo reemplazada por sensaciones amargas, por un enorme vacío, grande y profundo como un océano. La vida se encarga de arrancar la inocencia poco a poco, golpe tras golpe, caída tras caída, y no hay nada pueda hacerse al respecto, porque los hechos suceden, llegan inesperadamente barriéndolo todo como un huracán y se encargan de dejar inmensos destrozos con los que lidiar. Destrozos con los que a veces no puede lidiarse.
Tu mamá perdió la inocencia demasiado pronto, de un modo demasiado cruel. Y también la dignidad. Hicieron añicos tantas cosas dentro de ella que nunca más volvió a ser la misma. La dañaron de por vida. La marcaron para siempre. Y de ese momento en adelante su existencia se transformó en una montaña rusa que culminó en tragedia.
Nadie debería perder la inocencia de ese modo.
Nadie debería cargar con ese peso dentro, nadie debería sufrir en carne propia el dolor de esas marcas.
Al abandono, la muerte, la desilusión, la tristeza, el miedo, el rechazo, vos no pudiste escaparles. Vivís en un planeta plagado de maldad y crueldad, lleno de odio y rencor, y se ve en las grandes cosas. Te tocó una vida difícil prácticamente desde que eras una beba, y eso puede verse en las pequeñas cosas, en lo que te formó, en las marcas que llevás en el alma, las heridas que no sanaron, las cicatrices. Todas las preguntas sin respuesta. Los momentos de impotencia. La desilusión. La falsedad. Viste de cerca esas cosas. El sufrimiento lo sentiste de cerca, lo sentiste en vos y a través de otros, lo mismo con las injusticias y las desigualdades, lo sentís cada día con las vidas que se pierden porque no pueden salvarlas, con las que quedan destrozadas, con las que se reducen a ruinas.
Desde chica supiste, desde chica entendiste, que la inocencia es algo tan fácil de destruir… Es algo tan lindo, pero es tan terriblemente frágil, tan fácil de romper, tan fácil de lastimar. Y cuando la inocencia se hace añicos, es entonces cuando el alma y el corazón se astillan un poco, y de ahí en adelante hacerlos pedazos se vuelve sencillo, mucho más sencillo, porque con cada pequeño pedazo de inocencia que va resquebrajándose, el corazón y el alma se vuelven más débiles.
En algún momento entre los trece y los catorce años decidiste que había una partecita de tu inocencia que ni la vida ni el destino iban a arrancarte a la fuerza, una partecita de tu inocencia a la que ibas a abrazarte hasta que llegara el indicado, el único, el hombre correcto.
Decidiste que tu primera vez debía ser especial, decidiste que debía ser la noche más hermosa de tu vida. Simple, sencilla, pero mágica e inolvidable. La idea de pertenecer total, completa, legítima, pura, absoluta, entera y honestamente a un solo ser caló hondo en tu alma, en tu corazón y en tus pensamientos hasta llegar al punto en que estabas dispuesta a esperar el tiempo que fuera necesario.
Decidiste esperar al amor de tu vida. Aquél que siempre te cuidaría. El que moriría por vos. El que daría la vida por vos. El que jamás te haría daño. El que te protegería de todo. El que te daría el mundo si pudiera. El que te regalaría todas las estrellas del firmamento sólo para verte sonreír. El que te abrazaría muy fuerte sin motivo alguno, sólo porque sí. El que susurraría canciones en tu oído para ayudarte a conciliar el sueño. El que te diría las cosas más lindas. El que te escucharía siempre. El que te aceptaría por lo que sos, sin exigir más. El que tendría como única misión hacer que te sientas amada.
Decidiste esperar a tu otra mitad, la otra mitad de tu alma. Creías firmemente en que un día llegarías finalmente a sus brazos, donde te quedarías para siempre.
Un día, tu otra mitad y vos se fundirían en un solo ser. Dos corazones sincronizados latiendo al mismo tiempo. Dos cuerpos hechos uno solo. Dos miradas comunicándose sin necesidad de usar palabras. Así imaginabas tu primera vez cuando eras adolescente: dulce, romántica, especial, una expresión de amor demasiado profunda para describir.
Con el tiempo, a medida que fueron pasando los años y dejaste de ser una quinceañera para convertirte en una joven adulta, muchas veces tus deseos de esperar hicieron que te sintieras fuera de lugar, tonta, ridícula, rara. Sin embargo nunca se te ocurrió cambiar de opinión. Cuanto más veías a unas y otras andando con unos y otros despreocupadamente, más te convencías de la importancia de mantener fuertes tus ideales a pesar de que para el resto de la sociedad estuvieran casi extintos, a pesar de que bajo la mirada de otros vos fueras la rara, la tonta, la ridícula.
Carrie siempre te hablaba de todos los tipos con los que se acostaba (amigos, gente de la oficina, gente de otras agencias, gente que conocía en bares los fines de semana, fueran estos casados, solteros, con o sin compromisos) y a vos no te quedaba otra opción que morderte la punta de la lengua para no expresar lo que pensabas, lo que opinabas, porque aunque en ese entonces creías que Carrie era tu amiga, sabías que se burlaría o te consideraría 'rara', 'tonta', 'ingenua', 'naïve', como muchas veces habías sido llamada. Cuando finalmente se dio cuenta que tu experiencia era nula y prácticamente te increpó al respecto hasta que confesaste, fingió comprender y entender de dónde nacía tu necesidad de querer esperar a un príncipe que por momentos – cuando el pesimismo te derribaba y te sentías profundamente sola – dudabas llegaría alguna vez.
Y vos te pusiste contenta, porque tenías una amiga que te entendía (qué ilusa). Esa misma que considerabas tu amiga terminó metiéndose con tu hermano y arruinando su vida, haciendo tus días en el trabajo absolutamente miserables y usando muchas cosas que le contaste sobre tu vida en tu contra, para hacerte sentir rechazada, abandonado, para hacer que tu autoestima ya de por sí bastante bajo se mermara aún más. No tenías una amiga que te entendía, en realidad: tenías una enemiga en potencia, alguien que solamente estaba aprovechándose de vos, burlándose de vos.
Luego como consecuencia de tus problemas en División (¿problemas? Dios, llamarlos problemas es desmerecerlos, más bien era como si sobre tu cabeza hubieran empezado a llover piedras, pero ésa es otra historia) Chappelle tuvo la amabilidad de acomodar las cosas para que te trasladaran a la CTU y tuvieras la oportunidad de ocupar un cargo bajo el mando de Mason.
Y ahí lo conociste a él.
Y fue amor a primera vista.
De esos amores que impactan y te dejan sin palabras, y hacen que el corazón lata inconteniblemente rápido.
De esos amores que te invaden y lo absorben todo, y se apoderan de todo.
De esos amores que se sienten en cada palmo de piel, esos amores que no tienen explicación, esos amores que muchos nunca conocen, esos amores que parecen sacados de cuentos de hadas.
Lo conociste a él, y te enamoraste a primera vista. Quedaste encantada, fascinada, enloquecida; incluso si te costó un poquitito reconocerlo y admitirlo, desde el primer segundo muy dentro tuyo sabías que esas mariposas que sentiste en la panza cuando tus ojos y sus ojos se encontraron no podían ser otra cosa que los primeros síntomas de un amor profundo.
Tu primer amor.
A partir de ese momento la fantasía acerca de cómo sería tu tan esperada primera vez comenzó a cambiar, porque además de dulce, mágica, romántica y sencilla, una partecita de vos que con el transcurso del tiempo fue volviéndose más y más grande empezó a soñar – inocentemente, primero, inconscientemente – con la posibilidad de que fueran sus labios besándote, sus manos acariciándote, su voz susurrando en tu oído para relajarte, su cuerpo conectándose con el tuyo hasta convertirse los dos en uno, sus ojos perdiéndose dentro de tus ojos, su respiración acompasada con tu respiración, su corazón latiendo contra tu corazón, su piel moviéndose contra tu piel.
A partir de ese momento la fantasía acerca de cómo sería tu tan esperada primera vez comenzó a cambiar, porque además de dulce, mágica, romántica y sencilla, una partecita de vos que con el transcurso del tiempo fue volviéndose más y más grande acabó soñando - inconscientemente, al principio, inocentemente – con la posibilidad de que fuera él el primer y único hombre en tu vida.
Él: Tony Almeida, tu jefe, diez años mayor, emocionalmente inalcanzable, marcado de por vida, con problemas para abrirse y confiar en otros, con una gran carga sobre sus hombros, obviamente muchísimo más experimentado en todos los aspectos, con la cabeza llena de memorias y recuerdos demasiado dolorosos, con un ego más grande del que cualquier humano debería tener y un temperamento fuertísimo, además de mucho carácter.
Ridículo, ¿no? Ridículo pensar que algún día él se fijaría en vos, que algún día él repararía en vos, que algún día él llegara a amarte al menos una milésima de lo que vos lo amás a él, que él llegaría a sentir una milésima de ese amor que por entonces vos sufrías en silencio, desde lejos.
Pero a pesar de tener esa sombra sobre vos, esos pensamientos pesimistas comiéndote la cabeza, a pesar de todo eso, no perdiste las esperanzas o la ilusión. Te decidiste a conquistarlo, o al menos a tratar de que notara tu existencia, que se diera cuenta que estabas ahí, que te dejara acercarte al menos como su amiga, que te dejara ser – de algún modo – parte de su existencia, incluso si al final tenías que conformarte con sólo ser una compañera de trabajo y nada más.
Pero tantas vueltas da la vida y tan extraño e inexplicable es el destino, que después de nueve meses sucedieron cosas, se dieron sucesos que formaron las circunstancias que los llevaron a entender que no había que perder más tiempo, que la vida es demasiado corta y que mientras lo que no importa debe ser ignorado hay que concentrarse en buscar algo que traiga felicidad, hacerlo, y bloquear el ruido de fondo.
Y te diste cuenta, sin lugar a dudas, que él te adora con la misma locura. Que para él también fue amor a primera vista, que para él también sos lo más importante, que él sin vos tampoco puede vivir y que cada minuto que le quede quiere pasarlo en tus brazos, que para él también es un desperdicio cada minuto que no está con vos, que él lo único que quiere es hacerte feliz, mimarte, cuidarte y curarte de todo.
Desde ese día en adelante (ya casi dos meses han pasado desde el primer beso en un pasillo oscuro de la CTU en la madrugada de un día terrible y trágico), estás segura, más segura que nunca, de que no existe ni existirá ninguna otra opción: tu primera vez va a ser con él. Esa inocencia que guardaste para dársela al indicado, le pertenece enteramente. El hombre al que esperaste durante años – más allá de la angustia, el dolor, la frustración, la soledad – es él. Él y ningún otro.
Sabés que todo lo que imaginaste va a ser mil veces más hermoso cuando finalmente suceda, y eso es algo en lo que pensás frecuentemente.
Es imposible no pensar en ello cada vez que te besa, o cuando te abraza demasiado fuerte, o cuando el oxígeno se esfuma y todo lo que respirás es una mezcla de tu perfume y el suyo. Es imposible no pensar en ello cuando te acaricia la espalda ya no tan inocentemente, como si supiera la clase de cosquillas que despiertan en tu estómago los movimientos de sus dedos sobre tu columna vertebral. Es imposible no pensar en ello cada vez que mientras recorre tu cuello de arriba a abajo con sus labios llega a ese punto que causa que se doblen tus rodillas y te tiemblen las piernas, o cuando sentís su piel rozando tu piel, incluso con las ropas de ambos como barreras de tela.
Es imposible no pensar en ello cada vez más frecuentemente, no cuando tus ganas de hacer el amor con él van in crescendo con cada día que pasa, no cuando esas ganas están volviéndose más fuertes que tu autocontrol, no cuando esas ganas están dominándote de tal manera que dejan en un segundo plano a tus miedos y a tus nervios.
Porque obviamente, naturalmente, tenés miedos y estás nerviosa.
Podrás saber mucho en teoría, podrás saber todo sobre el funcionamiento biológico del cuerpo, podrás tener la edad suficiente (algunos considerarían que esperaste demasiado, en realidad), podrás estar perdida y absolutamente enamorada de él, podrás tener la certeza indiscutible de que él va a cuidarte todo el tiempo y que ningún otro te cuidaría tanto como él o mejor que él, pero (siempre existe un pero) eso no quita que tengas miedos y estés nerviosa.
Por supuesto que tenés miedo, por supuesto que estás nerviosa. Es lo más natural del mundo, ¿no?
Pero tus ganas de finalmente desprenderte de esa inocencia que llevás años guardando para él – incluso antes de saber su nombre, incluso antes de conocerlo y enamorarte a primera vista, incluso antes de entregarle tu alma y tu corazón con el primer apasionado y desesperado beso - están volviéndose muchísimo más fuertes y resistentes que tus miedos y tus nervios, mucho más fuertes y resistentes que tus pensamientos acerca de lo poco que te gusta tu cuerpo, mucho más fuertes y resistentes que tu pánico a no poder complacerlo, mucho más fuertes y resistentes que tu terror a no ser suficiente.
Por eso cada vez más frecuentemente pensás, imaginás, soñás despierta con el día en que los besos y las caricias no frenen (él es siempre el que se detiene y, por expresarlo de algún modo, te deja queriendo un poco más, como si temiera no ser capaz de parar a tiempo, de descontrolarse, de lastimarte, aunque vos sabés muy bien que nunca lo haría).
Cada vez más frecuentemente pensás, imaginás, soñás despierta con el momento en que finalmente tu cuerpo y su cuerpo se vuelvan uno solo y esa sensación de mariposas en el estómago se multiplique por un millón y las sensaciones sean tan inmensas que tu cabeza se desconecte en el punto crítico de éxtasis.
Más allá de tus miedos y tus nervios, no ves la hora de que llegue esa noche mágica, romántica y dulce en la que le pertenezcas por completo.
Más allá de tus miedos y tus nervios, sabés que para vos él es el hombre perfecto, hecho a tu medida exacta, y que jamás te lastimaría de ningún modo. Sabés que no existe nadie en quien puedas confiar más que él.
Sabés que él antepondría tu bienestar a cualquiera otra cosa. Sabés que él va a tratarte con la suavidad y ternura necesarias para que te deshagas por dentro y te quedes sin respiración. Sabés que él va a mirarte a los ojos y a dejar que te pierdas en los suyos, que va a tomarse su tiempo, como si tuviera cada minuto disponible en el mundo para estar con vos. Sabés que va a decirte las cosas más lindas al oído. Sabés que va a hacer que la espera valga la pena. Sabés que va a hacer que tu primera vez sea muchísimo más placentera de lo que podrías haber llegado a imaginar.
Esos eran tus pensamientos anoche mientras sonreías como una tonta al sentir sus labios en tu panza, mientras enredabas sus rulitos azabache con tus dedos y acariciabas su cabeza, mientras con tu otra mano rascabas detrás de su oreja sólo por el puro y simple placer de escucharlo ronronear.
Esos eran tus pensamientos esta mañana cuando te despertaste en sus brazos, relajada y feliz.
Esos eran tus pensamientos esta mañana cuando el habitual beso de los buenos días acabó convirtiéndose en una sucesión de interminables besos que se extendió lo suficiente para causar que casi llegaran tarde al trabajo.
Sin embargo, algo sucedió esta tarde que te dio vuelta la cabeza, y todos esos pensamientos fueron aplastados por otra mezcla de emociones difíciles de analizar, las mismas emociones que te llevaron a hacer lo que estás haciendo ahora, las mismas emociones que tomaron todo el control y te condujeron a la situación en la que estás ahora.
Nunca imaginaste, jamás, que tu primera vez podría acabar siendo algo como esto.
Nunca, jamás, cruzó tu mente la posibilidad de que tu primera vez acabara siendo así.
Y es que definitivamente esto no es romántico.
No es dulce.
No es especial.
No es lo que llevás meses soñando, no es lo que venís soñando desde que lo conocés a él.
Esta mañana, cuando amaneciste envuelta en sus brazos en esta misma cama, con sus labios en tu cuello y sus manos acariciándote con cuidado, ni en un millón de años se hubiera cruzado tu cabeza que esta noche los dos estarían así, como están ahora.
Estás con el hombre que amás, el hombre con el que querés pasar el resto de tu vida, en tu habitación, en tu cama,semidesnuda, temblando como una hoja, besándolo tan profundamente que estás asfixiándote, tan violentamente que sentís dolor en los labios, tan furiosamente que hace rato los besos se confunden con mordidas, a punto de perder la virginidad, pero ni la situación ni el escenario son como alguna vez los imaginaste.
Pero hoy, durante el transcurso del día, algo pasó.
Algo te dio vuelta la cabeza.
Algo disparó dentro tuyo emociones demasiado complejas, demasiado hondas, demasiado sensibles, y perdiste el control de tu cuerpo, de tus acciones y de tus sentimientos, hasta caer en el círculo vicioso de besos y caricias desesperados en el que estás ahora, con tu piel y tu cuerpo expuestos por primera vez, muerta de frío, en la oscuridad, buscando una forma de tranquilizarte y simplemente hacerlo cuando en realidad sabés que no la hay, muriéndote de ganas de llorar pero conteniendo las lágrimas, negándote a calmarte aunque él te pide repetidamente que desistas, que te relajes, que lo escuches, negándote a desacelerarte aunque el esté tratando de que te detengas, forcejeando los dos, vos en completa frustración porque ya te deshiciste de casi toda la ropa que tenías puesta pero él no deja que lo desnudes. Absolutamente obnubilada estás, cegada, rayando la histeria por dentro, descolocada por dentro, con un ataque de taquicardia, la vista nublada, y la inmensa, cruda e incontenible necesidad de convencerlo para que deje de comportarse como un caballero y ceda de una buena vez por todas, tumbarte en la cama, hacer el sobrehumano esfuerzo de relajarte (¡ja!, ¡como si eso fuera posible! Tenés cada nervio del cuerpo tensado de tal manera que estás rígida como una tabla) y finalmente quitar a tu virginidad del medio, rápida y efectivamente, sin pensarlo dos veces.
Para entender este cuadro, primero hay que entender qué te sucedió hoy.
Para entender este cuadro, primero hay que entender muchas de las cosas que te sucedieron en este último mes, muchas de las cosas que les sucedieron a los dos en este último mes.
7 horas antes.
Si el primer mes fue hermoso y mucho más de lo que alguna vez te hubieras atrevido a soñar merecer, ¿cómo describir entonces el segundo?
Nunca fuiste tan inmensamente feliz en tu vida. Nunca, no tanto como lo sos con él.
Comparando el primer mes – que fue hermoso – con este segundo mes que casi termina, las cosas no hicieron más que mejorar sin parar. Si eras feliz antes, ahora sinceramente no sabrías qué palabra usar para explicar este amor que te desborda, que crece cada día con cada segundo con cada cosa que él hace o dice para verte bien.
Tus ojos se posan despreocupadamente sobre la fecha, escrita en letra chiquitita en el borde inferior derecho de la pantalla de uno de los múltiples ordenadores con los que estás trabajando.
26 de octubre. Viernes. Dos de la tarde con treinta y nueve minutos.
Antes no te gustaban mucho los viernes, ahora sencillamente no podés esperar a que lleguen, a que la semana pase y se acabe tan rápido como posible. Antes el trabajo era tu refugio, esas paredes oscuras, tristes y sombrías que forman la CTU, donde tantos han muertos y tantos otros han sido dañados de por vida, donde de un hilo penden millones de destino. Antes el trabajo era el lugar en el que te gusta estar, porque la alternativa a eso era tu departamento, pequeño y vacío, donde en un sillón te acurrucabas y fría por dentro buscabas mitigar esa sensación helada que te envolvía el alma con una manta y un par de libros cuyos personajes te hacían compañía. Antes te gustaba estar en el trabajo tantas horas como se te permitiera, porque ahí podías verlo a él, acercarte y respirar su perfume sin que se diera cuenta, quedarte observándolo por horas, notar los pequeños detalles y morderte el labio en señal de placer puro cada vez que automáticamente se llevaba una mano al rostro y se rascaba el costado, drogarte con el sonido suave y profundo de su voz. Antes irte a tu casa cada fin de semana significaba estar lejos de él, y en tu obsesión eso era algo insoportable. Antes irte a tu casa cada fin de semana significaba contar los minutos restantes para regresar a la CTU y poder calmar tu locura.
Ahora el fin de semana ha cobrado otro significado para vos. El fin de semana está formado por los dos días que más te gustan, llámeselos sábado y domingo, llámeselos como sea, para vos podrían tener cualquier nombre y no habría diferencia en lo absoluto, porque seguirían siendo tus dos días favoritos: son esos dos días en los cuales lo tenés a él sólo para vos, pura y exclusivamente para vos, prestándote atención cada minuto de cada hora sin nada que se lo impida, sin nada relacionado al trabajo que lo distraiga, totalmente concentrado en cada cosa que hacés y en cada cosa que decís, totalmente dedicado a consentirte (sos una persona adulta, responsable y capaz de valerte por vos misma sin problemas, y lo has sido siempre, pero no podés dejar de reconocer que es agradable tener a alguien que se preocupe por vos y quiere hacerte feliz a través de pequeños actos).
Amás los fines de semana porque durante esas cuarenta y ocho horas nada puede separarte de él, no hay fuerza humana capaz de hacer eso. Amás los fines de semana porque podés besarlo tanto como quieras sin tener que estar escondiéndote en su oficina pensando que alguien podría descubrirlos, podés abrazarlos y no soltarlo durante la cantidad de tiempo que se te ocurra, podés usar su ropa, leer sus libros, ver sus películas, escuchar su música favorita, conversar con él, relajarte y ser vos misma sin necesidad de armarte de esa caparazón que te envuelve cuando estás metida bajo la piel de una agente del gobierno que debe mantenerse con la cabeza fría y tomando decisiones constantemente.
Luego de la semana ajetreada que tuvieron, no ves la hora de darte un respiro y disfrutar el fin de semana. Querés ir a la playa bien temprano, sentir los primeros rayos del sol sobre tu piel, reemplazar el aire viciado y cargado por aire puro, escuchar las olas rompiendo contra la orilla, ver las nubes formándose sobre el cielo azul, conversar con él toda la mañana y descansar, quitarte el stress, calmarte.
Los procesos de selección acabaron ayer (finalmente, una vocecita en tu cabeza agregaría con un suspiro de alivio) y la mayoría de los contratados van a comenzar sus cursos de entrenamiento en los próximos días, durante la primer semana de Noviembre, y eso significa que cuando se incorporen al equipo de técnicos, analistas y agentes de la CTU las cosas van a volver a ponerse difíciles, los días van a hacerse largos y tediosos, al menos hasta que cada quien se acostumbre y caigan todos bajo los efectos de la rutina. El llamado 'período de adaptación' del cual vas a tener que hacerte cargo más pronto que después no es algo que realmente te entusiasme mucho, y esperás que pueda pasar tan rápido como posible.
Después de considerar seriamente varias opciones, Tony y vos tomaron la decisión de darle a Chloe un período de seis meses como analista asistente de la jefa de personal, es decir, tu analista asistente. Las expectativas que tienen es que ese tiempo y tu ayuda se combinen adecuadamente para que Chloe acabe 'encajando' en el ambiente general de la agencia y con el resto de los empleados, y una vez que se sienta más suelta, más confiada y tenga menos problemas para relacionarse con otros y trabajar en equipo transferirla al departamento de operaciones de campo, donde sus habilidades seguramente serán de una utilidad increíble para monitorear misiones, almacenar datos y conseguir información. Pero por el momento vas a tenerla ocupando un escritorio como analista del sector de Inteligencia, dándole tareas avanzadas para no desaprovechar su talento. Creés que con paciencia y dedicación vas a lograr que se adapte (o al menos eso es lo que vos pensás en tus raptos de optimismo).
Otro motivo por el que estás contenta es que a Carrie le quedan pocos días en la CTU antes de regresar a su puesto habitual en División. Los comentarios mordaces e hirientes siguieron durante estas semanas pasadas, obviamente, aunque debés reconocer que en una medida mucho menor. Las palabras y miradas crueles… bueno, estás aprendiendo a lidiar con ello, con el efecto que te causa cada vez que usa en tu contra las cosas que alguna vez le confiaste cuando pensaste que eran amigas, minimizándolo lo suficiente para que acabe desapareciendo después, para que no se convierta en un peso terrible, te amargue o te quite la energía. Pronto va a volver a División, y con suerte no vas a volver a verla otra vez, al menos no frecuentemente. Pronto va a volver a División y no va a molestarlos ni a vos ni a Tony otra vez con sus miradas sugestivas y sus frases irónicas y cargadas de doble sentido.
Tu hermano está mucho mejor, y ese es otro motivo que influye en tu buen humor. Está buscando trabajo, va a todas sus citas con el psiquiatra, toma la medicación, se mantiene sobrio, te llama regularmente y hablan como dos personas normales en lugar de simplemente discutir y dar vueltas en círculos sobre los mismos temas. Volvió a reanudar el diálogo con su ex esposa para llevar el divorcio de la mejor manera posible - si es que existe una buena manera de llevar un divorcio - , e incluso (lo cual te puso muy feliz) Haylie le dio permiso para ver a sus hijos dos veces por semana, en su casa, una hora y media por las tardes después de que ella los recoja de la guardería. Esa oportunidad de pasar tiempo con Nicholas, Allison y la bebé es el mayor incentivo que podrían haberle dado a tu hermano para querer mejorar, para recuperarse, para ponerse bien, para volver a mantenerse en pie sin caer. Todos los errores que él haya cometido alguna vez, todas las equivocaciones en las que haya incurrido, ninguna de ellas va a volver a cometerlas, estás segura, porque ahora sabe que su máxima prioridad tiene que ser sus hijos, y nadie más, ni siquiera él mismo. Danny te lo dijo, con sus propias palabras y un brillo en la mirada que no daba lugar a dudas, y le creíste.
Sin embargo, tu cuñada sigue negándose a saber sobre vos. Sigue negándose a hablar con vos. Sigue negándose a escuchar tu costado de la historia. Sigue negándose a dejar que veas a tus sobrinitos. Sigue convencida de que hiciste que Danny y Carrie se conocieran a propósito, para arruinar su matrimonio. Sigue empecinada en considerarte principal responsable de las cosas que salieron mal. Haylie sigue enojada con vos a tal punto que amenaza con no dejar que veas a tus sobrinos nunca más. Cuando Danny te dijo eso y el resto de las cosas que Haylie piensa sobre vos… fue como si se te rompiera el corazón. Te dolió muchísimo, y la angustia que sentiste fue tan grande que por un minuto perdiste la capacidad de hablar y respirar.
Llevás meses sin ver a tus sobrinos, prácticamente ya pasó casi un año desde la última vez que los viste. Y te da bronca. Muchísima bronca. Porque los amás, porque querés tener un papel en sus vidas, porque te encanta ser tía y te gustaría pasar tiempo con ellos, compartir cosas con ellos, llevarlos de paseo, leerles cuentos a la hora de dormir, ver películas y dibujitos animados como solían hacer antes cuando tu hermano y Haylie estaban casados y vos ibas de visita a su casa, cantarle a Nicholas, hacerle cosquillas a Allison, acunar a Krissy.
Esa noche, cuando Danny te llamó por teléfono luego de su sesión con el psiquiatra para contarte cómo había ido todo y te dijo las cosas que Haylie le había dicho sobre vos cuando él mencionó que le gustaría que visitaras a los nenes alguna tarde para pasar tiempo con ellos, te dieron ganas de llorar. Unas ganas terribles de llorar, eso sentiste, junto con la bronca, la angustia y una pelota hecha de otros sentimientos que se formó en tu garganta y bajo hasta tu estómago, provocándote un dolor que soportaste en silencio. Aguantaste sin dejar caer las lágrimas y fingiste con todas tus fuerzas para que no se notara cuán afectada estabas, mientras tu hermano te prometía que convencería a Haylie, que se arreglarían las cosas, que necesitaba tiempo para volver a tener una relación más normal con ella antes de hacerla entrar en razón y discutir acerca del derecho que tenés a ver a tus sobrinos. Aguantaste sin dejar que las lágrimas cayeran durante los diez minutos que duró el resto de la conversación, pero cuando finalmente colgaste no dudaste ni medio segundo en descargarte.
Con las mejillas empapadas, jadeando debido a los sollozos, el cuerpo cansado y los músculos tensos, sin darle mucha cabida a cualquiera fugaz pensamiento sobre que ir a acostarte, abrazar a tu osito y tratar de dormirte para dejar de sentirte mal fuera una mejor opción, llamaste a Tony.
Esa noche cada uno había ido a su respectivo departamento porque vos necesitabas encargarte de hacer una limpieza general de cada cuarto, lavar toda la ropa acumulada en el canasto del baño, ordenar cualquier objeto fuera de lugar y escribir varias cosas en el nuevo cuaderno que compraste para documentar cada pequeño detalle del segundo mes. Él, por otro lado, tenía que ir al supermercado, recoger su ropa en la lavandería y hacer algunos otros mandados. Sin embargo, te sentías tan mal luego de hablar con Danny que no pudiste contenerte: tuviste que llamarlo a él, al único que puede aliviarte cuando estás triste, el único que puede hacer cualquier problema parecer menor y sencillo con su sonrisa y sus palabras.
Le explicaste brevemente qué sucedía y le pediste que fuera a verte. Apareció cuarenta minutos después, con un ramo de rosas rojas y una jirafa bebé de peluche. Con sólo ver al muñeco empezaste a reírte, y sentiste un peso siendo sacado de tus hombros, una oleada de aliviado recorriéndote.
"Fue lo más lindo que pude conseguir a esta hora en una estación de servicio" se disculpó él, sonrojándose un poco.
"Es muy bonito" confesaste, extendiendo una de tus manos para que la tomara y dejara que lo guiaras hacia el interior del edificio, hacia el ascensor, invitándolo a pasar por primera vez, invitándolo a subir a tu departamento.
Esa noche no querías ir a su casa, como de costumbre.
Esa noche necesitabas compartir un poco de tu intimidad con él.
Esa noche necesitabas que su perfume quedara impregnado en tus sábanas, en tu almohada, que esté en todas partes y no sólo en la ropa que él te regaló para que uses como pijama.
Esa noche necesitabas abrirte al medio y dejar que, una vez más, viera todas las cicatrices – las viejas y las nuevas – que tenés en el alma y el corazón y te prometiera curarlas.
Esa noche necesitabas mostrarle ese otro rincón de tu pequeño mundo, el lugar donde vivís, ese lugar que no es un hogar, porque tu único hogar está donde él está.
Esa noche necesitabas que tu departamento se sintiera, por primera vez, como un hogar.
Con lágrimas silenciosas rodando por tus mejillas, sin decir palabra alguna los dos entendieron que esa noche iban a quedarse ahí.
Esa noche, por primera vez, él conoció tu departamento.
El edifico en el que vivís es muy grande y muy bonito, mezcla de pintoresco y moderno pero sin caer en extravagancias. Es un edificio normal, agradable. Tu departamento se encuentra entre los más pequeñitos, por lo cual pudiste mostrarle todo en general en menos de diez minutos (es que tampoco había mucho para mostrar).
Te hizo bien y te distrajo caminar con él por la sala de estar, reír en la cocina cuando bromeaste acerca de lo poco que usás esa habitación y lo muy inútil que son tu horno y tu heladera.
Te hizo bien ver la preocupación brillando dulcemente en sus ojos cuando chequeó el refrigerador y frunció el ceño en señal de desaprobación al ver la poca comida que había en él.
Te hizo bien que te prometiera llevarte de compras pronto y ocuparse de que comieras alimentos más sanos cuando vio que tus alacenas estaban llenas de latas y conservados, todos ellos con poco valor nutricional, y el frigorífico repleto de pizzas y otros platos para descongelar en el microondas, el cual tampoco miró con mucha aprobación.
Te hizo bien que no te presionara para que hablaras enseguida acerca del motivo por el cual lo habías llamado, dándote espacio para que te relajaras y decidieras vos cuándo sacar el tema resultaría propicio.
Te hizo bien abrazarlo mientras preparaba café, esta vez en tu cocina, moviéndose tan naturalmente como si estuviera en su casa, como si no fuera su primera visita a tu departamento, y que no le importara que tus lágrimas incesantes estuvieran empapando la tela de su camisa.
Te hizo bien que entrelazara sus dedos con los tuyos y se quedara con vos sin decir nada, sentados en el pequeño sofá de la sala de estar, simplemente absorbiendo la presencia del otro.
"Me gusta este lugar" dijo de pronto, con voz suave y tierna.
"Es mucho más chiquito que tu departamento" fue tu respuesta, señalando la obviedad: su departamento es por lo menos tres veces más grande y más lujoso que el tuyo, no hace falta mucha observación para darse cuenta de ello.
"Pero refleja como sos vos. Es prolijo, lindo, sencillo, está excesivamente ordenado" agregó con una risita "y en cada rincón hay algo que evidencia que vos vivís acá, lo cual me gusta, porque le da personalidad. Hay estantes llenos de libros por todas partes, lo cual llevaría a pensar que sos una profesora de Literatura y no una agente federal del gobierno e ingeniera en sistemas"
"Paso bastante tiempo con la computadora, sin embargo"
"Sí, practicando para no perder patéticamente la próxima vez que juguemos al Tetrix"
Dejaste la taza de café a un lado y buscaste otra vez su mano para que sus dedos y los suyos se entrelazaran, encajando perfecto una mano dentro de la otra, como si tu cuerpo hubiera sido hecho a medida para complementarse con su cuerpo.
"Necesito descargarme" confesaste en voz baja y tímida, dejando que tu mirada se clavara en su mirada para que pudiera ver realmente en qué estado te encontrabas por dentro, indicándole que el momento propicio para hablar de las cosas que estaban haciéndote mal había llegado, por mucho que hubieras preferido simplemente pasar el resto de la noche en sus brazos sin decir nada, dejando que él te distrajera para no pensar ni en Haylie, ni en Danny, ni en tus sobrinos, ni en ninguna otra cosa "Voy a tener que hablar un largo rato…" lo previniste.
"Estoy para escucharte" te aseguró, acariciando tu mejilla con sus nudillos.
"Mi sillón es más chiquito que el tuyo, no entramos los dos" comentaste de pronto, tratando de sonar tan natural y tan casual como fuera posible, tratando de que tu voz no temblara y delatara los nervios que habían empezado a formar pequeños nudos en tu estómago y a hacerte cosquillas en la garganta.
Adivinaste, intuiste las palabras antes de que salieran de su boca, porque lo conocés probablemente más de lo que te conocés a vos misma, porque podés leer lo que piensa que sus ojos antes de que su voz lo convierta en sonido y lo exprese, porque sabés que le gusta tratarte como si fueras una muñeca de porcelana frágil y fácil de dañar.
Te dijo que vos podías recostarte en el sofá, que él iba a recostarse en el suelo, que no iba a molestarle, que podía quedarse ahí en el piso durante horas tomándote de la mano y escuchándote hablar y que nunca se cansaría. Con un tinte color rojo brillante iluminando tu rostro, pasaste tus dedos por su cabello varias veces antes de contestar, hasta que finalmente decidiste no decir nada y dejar que las acciones hablaran por vos. Después de todo, las acciones hablan mucho más claro y fuerte que cualquier cosa que el lenguaje pueda decir.
Mordiéndote el labio al tiempo que una media sonrisa curvaba tus labios, con el ambiente envuelto en una quietud palpable, con la tensión y la expectativa materializadas en el aire, hiciste que se levantara y sin comentarios por tu parte ni objeciones por la suya lo llevaste por el pequeño corredor tenuemente iluminado hacia el final del pasillo, donde está tu habitación.
Esa noche por primera vez los dos se recostaron en tu cama, uno junto al otro, en esa cama enorme que siempre sentiste fría y vacía en su inmensidad, esa cama en la que nunca antes un hombre había estado, esa cama en la que tantas veces te echaste para llorar hasta quedarte seca por dentro, abrazando la almohada y clavando las uñas en ella y mordiendo la funda que cubre el algodón para no gritar en medio de tu agonía causada por la frustración y la soledad, esa cama en la que durante meses soñaste con él, con la clase de relación dulce que tienen ahora pero que por momentos pensaba nunca se haría realidad fuera de tus fantasías.
La calidez emanando de los cuerpos de ambos hizo innecesario que se abrigaran con el cobertor color blanco. Simplemente se acomodaron sobre él, en una punta, con las paredes como testigos mudos de las caricias profundas e inocentes que las yemas de sus dedos dejaban en tu espalda, provocando que temblaras bajo su tacto y que se erizara tu piel.
"No podía esperar hasta mañana a la noche para estar a solas con vos, necesitaba verte hoy" susurraste, con total simpleza y honestidad.
"Me alegra que hayas llamado. No me gusta la idea de que estés toda una noche llorando sola cuando yo podría hacer que te sientas mejor"
"Cuando te vi en la puerta con una jirafa de peluche me sentí mejor automáticamente"
"Ojalá la resolución para todos tus problemas y angustias fuera una jirafita de felpa" suspiró, enredando algunos de tus rulos entre sus dedos.
"Esa clase de regalitos me hacen sonreír"
"Entonces voy a hacerte regalos mucho más seguido"
"Algunos pensarían que estás mimándome demasiado…"
"Y yo sigo pensando que es poco" te interrumpió, zanjando así el asunto.
Pasaron toda la noche hablando. Él te escuchaba con atención y paciencia, vos hablabas, sintiendo como el nudo en el pecho se aflojaba, sintiendo como el peso sobre tus hombros desaparecía poco a poco. Algunas lágrimas cayeron de tus ojos, porque al parecer aún no habías acabado de llorar, y sus pulgares ya expertos en eso las secaron todas. Te tranquilizó con sus palabras cuando hizo falta, con sus frases dulces y relajantes. Te prometió ayudarte a solucionar las cosas, y le creíste, como creés en todas las promesas que te hace. Te ayudó a entender muchos de tus sentimientos cargados de angustia y bronca, te ayudó a ver las cosas desde otra perspectiva, te ayudó a expresar tu odio contra Carrie por haberte traído tantos problemas y seguir trayéndotelos aún meses más tarde. Nunca te sentiste tan calmada y tan aliviada como cuando sellaste la conversación con un beso en sus labios.
Cerca del amanecer el cuarto estaba en silencio, pero cuando el sol salió sobre la ciudad de Los Angeles tus oídos podían escuchar en medio de la quietud tu corazón latiendo más rápido que nunca, podías sentir las palpitaciones en cada palmo de tu cuerpo, y con tu pecho pegado al suyo sobre tu piel sentís sus propias palpitaciones, las de su corazón, tan desaforadas como las tuyas, en sincronía con las tuyas.
Cuando el sol salió sobre la ciudad de Los Angeles vos estabas viviendo lo que podría considerarse por mucho el primer momento de dulzura, romance e intimidad física de toda tu vida.
Lo que había empezado como un roce de labios apenas perceptible acabó convirtiéndose en un sinfín de besos apasionados, largos y lentos a un ritmo indefinido. Los mismos brazos en los que incontables veces te quedaste dormida, los mismos brazos en los que incontables veces buscaste refugio, los mismos brazos que incontables veces te acunaron, estaban envolviéndote posesivamente. Su boca cubría tu boca por completo, y distraída como estabas sumergida en las sensaciones despertadas por sus caricias no te importaba asfixiarse, no te importaba sofocarte, no te importaba no poder respirar, porque el aire se había convertido definitivamente en una prioridad menor si se lo comparaba con tu necesidad de sentir su cuerpo cubriendo el tuyo (con el peso proporcionalmente distribuido para no aplastarte o lastimarte), o las cosquillas y descargas eléctricas que sentías en la panza y en la columna vertebral.
Al día siguiente los dos pasaron toda la jornada tomando una taza de café tras otra para mantenerse en funcionamiento y no caer rendidos sobre el teclado de la computadora, pero valió la pena y no te arrepentiste ni por un segundo. Estabas feliz, tus ojos brillaban notablemente, no pudiste dejar de tararear ni un segundo, y gran parte del tiempo estuviste soñando despierta, dirigiendo la vista hacia su despacho disimuladamente y sonriendo como una tonta cada vez que tu mirada se tropezaba con la suya.
Esa noche que había empezado con lágrimas en tus ojos y un agujero gigante en tu corazón luego de que tu hermano te dijera las cosas horribles que habían salido de la boca de tu ex cuñada, terminó convirtiéndose en aquella que marcó un antes y un después en tu relación con Tony. Luego de esa vez, los besos y las caricias se volvieron mucho más profundos, mucho más urgentes, una mezcla de crudeza y ternura.
El que antes era un departamento vacío y frío en el que tratabas de abrigarte buscando confort en los libros y en mantas viejas tejidas a mano por tu abuela se transformó en algo más parecido a un hogar porque él lo inundó con su presencia. Tu cocina cobró vida porque se convirtió en el lugar donde él te prepara la cena casi todas las noches, tus alacenas y heladera se llenaron de comida (ir juntos al supermercado fue definitivamente una de las experiencias más lindas de tu vida, por muy tonto que suene que algo tan normal, común y corriente te haya traído tanta felicidad). Ahora en tu baño hay un cepillo de dientes color celeste que le pertenece a él, todas tus almohadas tienen el perfume de su champú, los imanes de distintos locales de comida rápida desaparecieron de la puerta de la heladera (él hizo que los tiraras a la basura y te aseguró que iba a encargarse de que nunca más tuvieras que usarlos), sus zapatos ahora descansan junto a los tuyos en la entrada porque lo acostumbraste a andar descalzo, y todas las mañanas mientras desayunan en algún momento u otro se te escapa una sonrisa cuando ves su taza de Chicago Cubs dando vueltas por tu cocina. Ya ni te acordás porque te daba vergüenza la idea de que él conociera tu departamento, o porque preferías ir al suyo. Sí, es verdad, el lugar donde vos vivís no es tan grande y espacioso, pero a él evidentemente eso no le molesta en lo absoluto. Te das cuenta que le gusta estar entre tus cosas, hojear tus libros y tu enorme colección de revistas, ocupar uno de los lados de tu cama, distraerte mientras lavás los platos o reírse a carcajadas cuando surgen momentos como aquél en el que le dijiste que no tenés un colador para pasta porque la verdad es que si hubieras comprado uno probablemente jamás habrías aprendido a utilizarlo.
Las cosas cambiaron mucho en veinte días, demasiado, y no podrías sentirte mejor. De algún modo te sentís mucho más mujer, y hasta te ves un poquito más bonita, hasta estás empezando a creer que sos bonita, porque él te lo repite todo el tiempo, y te resulta difícil no creer las cosas que te dice: todo lo que él dice, automáticamente vos lo creés. Podría decirte que el cielo es de color verde, y le creerías. Podría decirte que la Tierra es plana, y le creerías también. ¿Cómo no creerle entonces cuando te asegura que sos hermosa?
Desde que estás con él no odiás tanto tu cuerpo, y tu antigua obsesión por contar calorías y registrar tu peso en la balanza dos o tres veces a diario, como solías hacer antes, enferma por ver tu peso disminuir y enojada con vos misma por no poder adelgazar más, odiando la imagen que el reflejo devolvía porque te veías y sentías gorda y horrible, va desapareciendo. Es verdad que estás comiendo muchísimo mejor y que ya no pensás en qué repercusiones va a tener en tu cuerpo cada bocado que pinches con el tenedor.
Vivís mucho más relajada, sonreís mucho más, podés lidiar con tus emociones más fácilmente, y no te sentís sola. Ya nunca te sentís sola, y eso es muy agradable. Además, gracias a él encontraste una forma de canalizar tus sentimientos escribiendo sobre los dos y sobre lo feliz que te hace; agregás al cuaderno al menos un buen puñado de renglones cada día (el hecho de que le haya encantado el primer cuaderno que hiciste, el que le regalaste a él, te incita aún más a continuar), y también anotás una frase o una palabra en los cuadraditos del almanaque (cuyos márgenes están repletos con frases y palabras que él anote cuando vos no lo ves, solamente para sorprenderte y hacerte sonreír).
Pero lo que más te gusta es el hecho de que ya no sos tan tímida, al menos no con él, ya no sos tan reservada ni se te arquea la espalda por los nervios cuando el contacto físico se vuelve un poquito más íntimo. Te gusta lo natural que se siente quedarte dormida en sus brazos, en tu cama, acurrucados bajo la frazada entre las muchas almohadas (siempre te gustó dormir rodeada de almohadas; una de las pocas fotos que recordás haber visto alguna vez de cuando eras bebé – antes de que tu mamá se las llevara todas consigo –te mostraba a vos a los dos años, vestida con un enterito color verde pastel, toda tu cabeza llena de ricitos negros, con tu manito pequeña hecha un puño metida en la boca, durmiendo en la cama de tu abuela, con muchas almohadas a tu alrededor. Quisieras tener esa foto para poder mostrársela a él, sabés que la encontraría tierna), te gusta escuchar su respiración cuando está tranquilo y relajado, te gusta repasar el contorno de su rostro con la yema de tus dedos, te gusta despertarte en medio de la noche y verlo hecho un ovillo con su cabeza reposando sobre tu estómago, te gusta caer en un sueño profundo escuchando su voz en tus oídos mientras te lee algunas de las historias del libro de cuentos románticos que te regaló, te gusta besarlo hasta quedarte sin aire y sofocarte, te gusta que él sea una parte de tu vida.
Sabés que tu abuela no aprobaría que haya un hombre en tu cama si ese hombre no es tu marido ante los ojos de la ley y ante los ojos de Dios, y que si estuviera viva no haría otra cosa que sacudir lentamente la cabeza en señal de desaprobación y darte un sermón acerca de lo mucho que la desilusionarías si perdieras la virginidad antes del matrimonio, traicionando así los valores que ella te inculcó, las costumbres japonesas sobre las que tanto te enseñó, y esas convicciones propias que defendiste siempre durante toda tu adolescencia y luego en los primeros años de tu adultez, pero te cuesta sentir la culpa que 'deberías' sentir por varios motivos: para empezar, seguís siendo tan virgen como siempre, porque no hiciste el amor con él (todavía, hay una voz que sisea en tu cabeza, recordándote lo segura que te sentís en sus brazos y lo nublado que se vuelve tu juicio a medida que la pasión crece y tus ganas de estar unida a él te desbordan), y porque los dos tienen el suficiente autocontrol para detenerse antes de pasar el límite en besos y caricias. Tony te respeta demasiado como para intentar ir más lejos, y de hecho muchas veces es él quien frena antes de que las cosas pasen al siguiente nivel, separándose de vos despacio y acunándote en sus brazos con ternura, indicando que ya es tiempo de calmarse, relajarse, acurrucarse uno contra el otro y hablar en voz baja hasta quedarse dormidos mientras te mece despacio.
Algunas veces, no sabés qué tan lejos llegarías si él no te lo impidiera. Después de todo, sos un ser humano, no sos de piedra, y el hecho de que los contengas no quiere decir que no te asalten de tanto en tanto ciertos impulsos. Pero aunque ya hayas encontrado al hombre perfecto y cada vez te sea más difícil contenerte, esperar un poco más no te preocupa, y tenés el agradable presentimiento de que él también quiere esperar. Es mucho más dulce ver cómo la relación que tienen va volviéndose más y más íntima de a poco en lugar de dejar que las cosas sigan su curso y todo pase de golpe, de repente.
El punto en el que se encuentran ahora te parece perfecto, te sentís mejor que nunca, más linda que nunca, apreciada como nunca antes, y con muchas expectativas para el futuro en todos los ámbitos de tu vida. Tenés una posición nueva en tu trabajo que te exige mucho no sólo intelectualmente si no también en otros aspectos, pero él está a tu lado ayudándote y recordándote lo capaz que sos y lo bien que van a marchar las cosas, lo muy fructífera que puede ser tu carrera en el futuro si sabés aprovechar cada oportunidad. Estás perdidamente enamorada de un hombre que repite incansablemente que quiere pasar el resto de su vida con vos, y en dos meses te consintió y cuidó más que el resto de las personas que cruzaron tu camino en veinticuatro años.
"Michelle, ¿Distrito necesita que envíe el informe que revisamos ayer durante el día de hoy, o creés que pueda revisarlo una vez más y enviarlo el lunes?" la pregunta viene de Jocelyn, una de las analistas más jóvenes y brillantes de la unidad, con quien estuviste corrigiendo algunas cosas sobre unos datos que deben mandar a Distrito.
"No creo que haya inconvenientes si esperás hasta el lunes" respondés.
"Gracias"
Estás a punto de ir a hacer otra ronda por el piso general para verificar que todos estén trabajando sin problemas cuando suena el teléfono de tu estación. Siempre que suena el teléfono y ves en el identificador de llamados el número de su interno la panza se te llena de mariposas. Incluso si quizá el único motivo por el que tiene que comunicarse con vos es para pedirte un código, una contraseña o hacerte una consulta, siempre dice algo que te arranca una sonrisa.
"Dessler"
"¿Estás ocupada?"
Ya se volvió una costumbre girar la silla lo más disimuladamente posible para mirarlo a través de las paredes de vidrio de su oficina cuando hablan por teléfono. Lo hiciste por primera vez durante esa madrugada terrible y estresante, cuando después del primer beso te llamó para preguntarte cómo estabas, y cuando vos quisiste disculparte porque se te había metido en la cabeza la estúpida idea de que él iba a enojarse con vos y a resentirte si el 'pequeño incidente' terminaba causándole problemas en su carrera o en su nuevo puesto como director de la CTU. Cuando le pediste perdón y él te dijo 'No lo sientas, yo no lo siento'… Siempre que girás un poco para poder verlo mientras hablan por teléfono recordás ese momento, recordás cómo te sentiste, lo bien que te sentiste, y recordás lo que pasó después, cuando te pidió que subieras a su oficina porque necesitaba verte y estar con vos al menos unos minutos antes de que las cosas se complicaran más.
Involuntariamente suspirás antes de contestar. Es uno de esos suspiros dignos de una escena romántica de una telenovela, pero mientras sólo él los escuche no te molesta que se escapen de tus labios de vez en cuando.
"Sólo haciendo lo usual"
Obviamente 'hacer lo usual' en la CTU – especialmente con tu nuevo cargo – significa ir de un lado al otro, controlar todo, responder preguntas, dar órdenes, responder más preguntas, dar más órdenes, revisar cosas, actualizar programas, iniciar búsquedas, supervisar, dar más órdenes, contestar más preguntas, seguir supervisando, seguir actualizando programas, rellenar bases de datos, contestar más preguntas, atender llamados, enviar informes, leer informes… Sí, eso es lo usual cuando sos segunda en comando en una unidad antiterrorista del gobierno. Dejando de lado todas esas cosas que tenés que hacer, no, no estás ocupada.
"Pero para vos siempre tengo dos minutos de tiempo" agregás en voz baja. No hay nadie que pueda estar escuchándote porque el piso está lleno de ruidos (gente tecleando, gente hablando, teléfonos sonando, máquinas funcionando, etcétera), pero no querés arriesgarte.
"Bueno, tengo noticias para darte" comienza, haciéndose el misterioso y usando ese tono suave que reserva solamente para vos "… Lo que sea que Ryan Chappelle esté tomando para que le crezca el cabello – o mejor dicho para impedir que siga cayéndosele el cabello" no podés evitar una risita "-, definitivamente está afectándole el cerebro"
Te preguntás qué habrá hecho o dicho Chappelle ahora…
"¿Por qué?" verbalizás tu curiosidad.
"Acaba de llamarme para ofrecernos dos semanas libres como compensación por la carga de trabajo extra que estamos teniendo desde" percibís la duda en su voz, esa duda que dura sólo una fracción de segundo pero que se hace presente de todos modos, como siempre que tienen que referirse a ese día, a ese 4 de septiembre en el que tantas cosas salieron mal y tantas otras podrían haber salido peor "…, bueno, desde que pasó lo que pasó" completa rápidamente, como queriendo seguir con el tema sin detenerse mucho en eso ", y por toda la carga de trabajo extra que vamos a tener cuando se incorpore el personal nuevo y nos dividamos oficialmente en dos sectores y tengamos que lidiar con la restructuración jerárquica…"
Lo interrumpís.
"¿Dos semanas de vacaciones?" repetís con incredulidad, pensando que quizá entendiste mal, que quizá tus oídos escucharon mal o que vos interpretaste mal algo.
"Sí" afirma, y la sonrisa seductora que cruza su rostro – esa que podés ver a lo lejos mientras disimuladamente lo observás desde tu estación de trabajo en el piso principal – envuelve ese monosílabo.
Si es una broma, entonces es una broma de muy mal gusto. ¡Dos semanas libres! Suena demasiado bueno para ser verdad. Si la noticia viniera de cualquier otro, realmente te lo tomarías como una broma, pero no viene de cualquiera, la noticia está dándotela él… Y sabés que él nunca bromearía con algo así, por lo que tiene que ser verdad. Sin embargo, no podés evitar preguntarle otra vez, solamente para confirmar:
"¿Estás hablando en serio?"
"Muy en serio" afirma.
Sí, está hablando en serio. Te das cuenta que tu incredulidad y sorpresa lo divierten, que le resulta tierno y adorable, pero no puede culparte por estar sorprendida.
¡Dos semanas libres! ¡Son dos semanas libres! Ambos se las merecen, obviamente, pero ni Ryan Chappelle, ni División ni Distrito van por ahí repartiendo semanas libres como si fueran caramelos.
"¿Quién va a hacerse cargo de la CTU?" es la primera pregunta que se te viene a la cabeza.
Tony es el director. Vos sos la segunda en comando. Cuando él tiene reuniones con alguna otra agencia o se ausenta por algún motivo, vos quedás a cargo. Cuando vos tenés que ir a una reunión o te ausentás por algún motivo, él queda a cargo de todo, porque no hay a quien más delegar. Si los dos no están, ¿entonces quién queda a cargo? No te gusta considerarte indispensable, porque la realidad es que en un trabajo como éste nadie lo es (los riesgos de vida son elevados, y cuando ocurren las tragedias los reemplazos no tardan ni un poquito en llegar), pero no podés evitar cuestionarte quién va a dirigir la unidad si ustedes dos se toman dos semanas.
"Van a cerrar la CTU durante esas dos semanas" comienza a explicar "para que los obreros y arquitectos puedan avanzar con las refacciones y arreglos sin tanta gente dando vueltas y estorbando. Chappelle no lo dijo abiertamente, pero dio a entender que Washington aumentó el presupuesto y autorizó una remodelación completa, así que tienen que tirar algunas paredes, hacer instalaciones… No pueden tenernos a todos nosotros en el medio para hacer eso, necesitan que el edificio esté vacío. Van a mandar a gran parte de nuestra gente a División o Distrito para que sigan operando desde ahí, y algunos otros van a ser invitados a seminarios y cursos de entrenamiento en Langley. Se pronostica que vamos a poder regresar el tercer lunes de Noviembre, cuando las instalaciones estén óptimas para que la unidad pueda volver a funcionar"
"¿Entonces tenemos libres las dos primeras semanas de Noviembre?"
Todavía no lo podés creer. Lo preguntás otra vez porque sencillamente te parece asombroso que División tenga la consideración de darles dos semanas libres como compensación por todo el trabajo que vienen haciendo, las horas extras, los esfuerzos, sin mencionar la participación de ambos en la operación paralela que evitó una nueva guerra mundial… Te parece demasiado bueno para ser real, honestamente. Lo natural hubiera sido que los enviaran a cursos o seminarios, o que les pidieran asistencia en alguna agencia del país que esté momentáneamente con poco personal. No salís de tu sorpresa: dos semanas libres, los dos al mismo tiempo, para estar juntos.
"Sí, tenemos libres las dos primeras semanas de Noviembre" confirma una vez más "Y automáticamente después de eso tenemos cuatro días de vacaciones por Acción de Gracias. Chappelle sabe que mi familia vive en Chicago. Su familia vive en Los Angeles y la familia de su esposa viene de visita desde Connecticut, así que él no va a salir de la ciudad, por lo cual me ofreció hacerse cargo de la unidad para que pueda viajar a casa de mis padres. Le pregunté casualmente" hace hincapié en esa palabra "si era necesario que vos vinieras durante esos días. Le dije que en caso de que hiciera falta, quería avisarte con tiempo porque me parecía lo correcto" sonreís ante la forma en que manejó la situación, intuyendo lo que va a decir a continuación "y me dijo que podías tomarte esos cuatro días también"
Tony compartió con vos su deseo de hablar con sus padres y decirles que está enamorado y que la relación que tiene con vos va muy en serio y avisarles que va a llevarte a la cena de Acción de Gracias (un evento importante en la familia Almeida, aparentemente) para que los conozcas a ellos, a su abuela, al resto de sus hermanas, a sus cuñados y a sus sobrinitos.
Te preguntó si estabas de acuerdo, insistió en que lo pensaras porque no quería hacer que te sintieras incómoda o ponerte en una situación que tu timidez no pudiera soportar, pero a pesar de que una partecita tuya quería esconderse en sus brazos y confesarle que preferirías que te tragara la Tierra antes de enfrentarte a su familia entera de golpe y al mismo tiempo y en un mismo fin de semana, una parte mucho más grande hizo el peso suficiente para que dijeras que sí. Estás tan enamorada de ese hombre que no podés negarle nada, y sabés lo mucho que significaría para él que tus padres te conocieran y que vos empezaras a relacionarte con ellos. No hay nada que no harías por él, así que vas a tener que esforzarte enormemente, vencer la timidez y la vergüenza y tratar de encajar lo mejor posible.
Estás aterrorizada, sí, pero no querés pensar en eso ahora. Ya habrá tiempo de lidiar con ello y mentalizarte cuando el momento llegue.
Ahora tenés otras prioridades, y una de ellas es asegurarte de que tanta buena suerte repentina no se deba a que de algún modo Ryan Chappelle se enteró de lo de ustedes dos y – por algún motivo que escapa a todos tus conocimientos – reaccionó del modo contrario al esperado, y en lugar de sermonearlos durante horas y luego transferir a uno de los dos a la unidad antiterrorista de la Alaska decidió premiarlos y bendecirlos con tiempo libre.
"¿Estás seguro que no sospecha…?"
"No" te interrumpe antes de que puedas terminar de formar la oración, y lo escuchás tan seguro y tan determinado que suspirás de alivio inconscientemente "En lo absoluto. Está comportándose más amablemente que de costumbre porque le salvamos el cuello ese día con el asunto del audio de Chipre y lo hicimos quedar bastante bien cuando en realidad él había estado equivocado todo el tiempo. Honestamente, esas dos semanas nos las merecemos más que nadie. Tengo la cabeza a punto de explotar con tanto trabajo, si no fuera por vos creo que ya habría explotado" sonreís "Esos cuatro días son un plus y realmente lo aprecio. No te preocupes: no tiene ni la más mínima idea de que vas a venir a Chicago conmigo"
Tiene razón. Obviamente Chappelle piensa que Tony va a pasar las dos semanas por su cuenta y que vos vas a pasar tus dos semanas por tu cuenta, y que para Acción de Gracias él va a ir a casa de su familia y vos a casa de tu familia (en el caso de que tuvieras una familia más bien funcional, lo cual no tenés, porque tu único familiar es tu hermano, quien siempre pasa Acción de Gracias mirando partidos de futbol americano por televisión). Ryan Chappelle dista de sospechar que ustedes mantienen una relación fuera del trabajo, así que esto solamente puede ser considerado un golpe de muy buena suerte.
"¿Así que lo de Chicago todavía sigue en pie?" preguntás en voz bajita, en un susurro, casi.
"¿Hablar con mi familia sobre vos y llevarte a casa de mis padres para que vean lo hermosa, inteligente, brillante y adorable que es mi futura mujer? Sí, sigue en pie"
Aunque todavía no te lo haya pedido formalmente, aunque todavía no tengas un anillo que lo materialice, son incontables las ocasiones en las cuales te aseguró que el día que menos lo esperes va a pedirte que te cases con él. No tenés ningún apuro ni intención de que suceda ya mismo, pero sí te ilusiona pensar que puede suceder en el futuro cercano, y siempre tus mejillas se ponen de un rojo brillante cuando se refiere a vos como a su futura esposa o la madre de sus hijos. Quizá algunas personas necesitan cinco o seis años para darse cuenta que quieren comprometerse de por vida con el otro, pero ustedes dos lo saben desde el principio; hay quienes lo llamarían apresurado o suicida, pero las opiniones de los demás sencillamente te tienen sin cuidado en lo más mínimo.
Acabás de sonrojarte tanto que literalmente sentís las mejillas ardiendo. Odiás cuando eso pasa y estás en un lugar público, con otras personas, especialmente si esas personas son tus empleados. Puede que nadie esté fijándose en vos, pero te sentís incómoda igual, incómoda y hasta un poco vulnerable. No te molesta sentirte vulnerable cuando están solos, pero en estos momentos se supone que sos 'Michelle Dessler, agente del gobierno, segunda en comando de la Unidad Antiterrorista de la Ciudad de Los Angeles', no 'Michelle Dessler, futura esposa de Tony Almeida'.
"Todavía no almorzaste" comenta en tono suave para romper el silencio cómodo y dulce que se formó "Son casi las tres de la tarde" agrega luego, casi en forma de reprimenda.
"Tuve una mañana bastante ajetreada" te disculpás.
Estás diciéndole la verdad.
Hubo una época, cuando eras adolescente y también durante los primeros años de tu adultez y cuando estabas en camino a convertirte en la trabajadora compulsiva que sos (después de todo, no muchas jóvenes antes de egresar consiguen un puesto como analistas en una agencia del gobierno, y estabas tan enfrascada y decidida a probar que tus excelentes notas en la universidad y cartas de recomendaciones de múltiples profesores te hacían justicia que no paraste hasta ascender, ascender y ascender, y eso desfasó un poco tus prioridades) salteabas algunas comidas.
Hubo una época en la que estabas obsesionada con tu cuerpo y contabas cada caloría que ingerías.
Hubo una época en la que vivías a base de café y alguna que otra fruta a la tarde, hubo una época en la que te mirabas al espejo todo el tiempo y te sentías gorda.
Hubo una época en la que vivías pendiente de la balanza.
Hubo una época en la que estabas obsesionada con ser tan flaca como tu abuela (que era así naturalmente), tan perfecta, tan bien proporcionada y tan esbelta que mentías acerca de la comida.
Hubo una época en la que te sentías tan exigida que te torturabas con dietas estrictas.
Hubo una época, cuando eras chica, en la que tu abuela te enseñó a servirte porciones chicas y a comer a horario, y terminaste obsesionándote con ello.
Hubo una época en la que te sentías fea y pensabas que eso se debía a que eras más rellenita que las otras chicas, y llorabas y sufrías y hacías comparaciones silenciosas entre sus cuerpos y el tuyo, solamente para terminar con un agujero en el corazón cada vez más grande que se compensaba con el agujero en tu estómago cuando lo privabas de comida a propósito.
Pero eso es parte del pasado.
Sí, es verdad: hubo una época en la que mentís y decías que no habías comido por falta de tiempo, o que no tenías hambre, o que ya habías comido, hubo una época en la que apenas comías, hubo otra época en la que estabas demasiado angustiada cada segundo como para comer, hubo otra época en la que te atracabas y después involuntariamente vomitabas, hubo una época en la que en tu necesidad de controlar todo empezaste a controlar cada bocado que pinchabas con el tenedor.
Lo máximo que te sucedió como consecuencia de estos hábitos para nada sanos fue desmayarte, sentirte mareada o tener problemas para dormir, además de algún que otro calambre en el estómago. Gracias a Dios nunca llegaste a ese otro extremo conocido como aquel en el que se encuentran las personas que tienen un desorden alimenticio grave, pero sos lo suficientemente inteligente como para no mentirte a vos misma al respecto, y si bien jamás lo admitirías ante un ser humano, sos consciente de que en tu juventud tuviste un desorden alimenticio menor.
Pero eso es parte del pasado.
Cuando lograste entrar a trabajar en División luego de tu paso por otras agencias de menor nivel, tuviste que hacer un cambio en tus prioridades. La carrera de tus sueños se habría paso frente a vos, dándote posibilidades que no muchos tienen, a una edad en que no muchos las tienen. Demasiado joven pero demasiado brillante, no podías permitirte perder la chance de comenzar a avanzar hasta quizá llegar a cumplir tu sueño de trabajar en el área de inteligencia de la CIA, no podías valorar más bajar de peso y verte flaca, no podías valorar más tu obsesión con la balanza, no podías valorar más la pequeña sensación de control que te invadía cuando pasabas uno o dos días a base de café y manzanas.
Amás tu trabajo, es el único trabajo que conocés (si no se tiene en cuenta tu breve período en la biblioteca de la universidad para poder ayudar a Danny a pagar las cuentas) y estás avanzando a niveles aceleradísimos para tu edad (desde que comenzaste tu inteligencia y capacidades te sirvieron para avanzar más rápido que otros), por lo cual te sentís satisfecha, motivada y valorada (sí, en una época fuiste la chica nueva y nadie te prestaba atención y eso te angustiaba, pero basta con mirar dónde estás ahora, basta con mirar dónde puede ser que estés dentro de unos años), y eso te lleva a querer cuidar tu cuerpo y alimentarte como corresponde, porque el gobierno quiere agentes en forma y sin problemas de nutrición, no modelos altas y delgadas que tienen veinte kilos menos de lo que deberían.
Pero si se deja de lado el factor laboral, también estás muchísimo mejor porque ahora estás en un peso saludable (aunque a veces te sentís un poco gorda) y tenés un hombre que te ama, que te repite constantemente que sos bonita, y que se encarga de que te alimentes bien, se encarga de que te sientas cuidada.
Si no almorzaste todavía es porque estuviste enfrascada trabajando y no encontraste un segundo libre, no por otro motivo, pero el hecho de que él – sin conocer esa otra parte de tu historia – se encargue de recordarte que es importante que te mantengas con el estómago lleno, hace que comas aún con más gusto.
"Michelle, no me gusta que estés todo el tiempo yendo de un lado al otro y no te tomes media hora para comer"
"Ya lo sé. Voy a ir a comer ahora mismo" le prometes "De hecho, estoy bastante hambrienta y necesito tomarme un descanso. Cierro los ojos y veo gráficos" reís suavemente "La sala de descanso debe estar vacía a esta ahora, voy a ir antes de que se llene otra vez"
"Okay"
Cuando depositás el auricular en su sitio, estás esforzándote terriblemente para no sonreír de oreja a oreja.
Dos semanas libres, es tan increíble que parece irreal. Dos semanas libres para estar con él todo el día, sin la CTU en el medio, sin terroristas ni computadoras ni servidores que fallan ni bases de datos ni programas ni actualizaciones ni llamados ni operaciones de campo… Dos semanas completamente libres. No recordás la última vez que tuviste tanto tiempo libre. Y lo mejor de todo es que vas a pasar cada segundo con él.
Te cruzás con dos o tres personas que te saludan en tu camino hacia la sala de descanso, y rogás silenciosamente que no se hayan dado cuenta de tu aspecto de felicidad absoluta, porque probablemente el resto del personal no se entere de estos cambios planeados para las dos primeras semanas de Noviembre si no hasta el lunes entrante cuando Chappelle haga una visita para comunicárselo a todos.
Te sentás sola en una punta de la mesa, y disfrutás del silencio que reina en el ambiente mientras das un pequeño mordisco a tu sándwich de pollo y jamón. Antes tu almuerzo consistía de comida comprada en la panadería o de las sobras de lo que hubieras pedido a algún restaurante con entrega a domicilio la noche anterior. Ahora tu almuerzo lo prepara él, y si bien no es nada muy elaborado, la diferencia entre comida casera (aún si no es más que un sándwich) y comida rápida recalentada en el microondas es enorme.
Pasados unos minutos escuchás la puerta abrirse y levantás la cabeza del artículo que estabas leyendo del periódico para encontrarte con la persona más detestable de todas, quien seguramente viene lista para intentar arruinarte el buen humor, el almuerzo y el resto del día.
Carrie.
"Qué casualidad, Michelle" inicia la conversación sentándose en la silla más cercana a la tuya al tiempo que sus manos de uñas perfectamente esculpidas abren el envoltorio de su ensalada verde ": las dos decidimos tomar el descanso más tarde que lo habitual"
Dios, justo lo que necesitás: a Carrie molestándote en la hora del almuerzo.
Suspirás, queriendo tranquilizarte, y una vocecita dentro de tu cabeza te recuerda mentalmente que tenés que mostrar que estás en control de la situación, que Carrie ya no puede manejarte, aterrorizarte, deprimirte y tirarte abajo, porque ahora vos sos su jefa, porque el hecho de que sepa cosas que le contaste cuando eran amigas no le da derecho a usarlas en tu contra para hacer que te sientas mal y porque sus métodos de hostigamiento sólo dan resultado si vos te tomás en serio las idioteces que dice.
Decidís actuar con total normalidad, evitando mostrar que te incomoda que esté ahí o que preferirías que se fuera y te dejara sola. Decidís actuar como si fuera cualquier empleada, como si entre ustedes nunca hubiera existido una amistad (y es que en realidad nunca existió una amistad, porque ella estaba usándote y burlándose de vos todo el tiempo), como si nunca te hubiera herido, como si nunca les hubiera causado problemas a vos y a tu hermano.
"Tuve una mañana ajetreada" repetís las mismas palabras que le dijiste a Tony, pero en un tono neutral.
"Sí, yo también" coincide, sonriendo y pinchando con su tenedor de plástico una hoja de lechuga y un trozo de salmón.
La situación te recuerda a la época en la que trabajabas en División y almorzaban juntas, la época en la que nunca hubieras pensado que Carrie, tu amiga, tu única amiga podría traicionarte o tratarte mal o hacerte algo a propósito para verte sufrir.
Qué tonta e ingenua que eras en ese entonces, ¿no? Muy inteligente y brillante para algunas cosas, absolutamente idiota para otras.
"Ya envié al director de CTU New York el informe que necesitaban, también hice una copia para Pensilvania" te avisa.
"Qué bien" asentís con la cabeza.
¿A qué quiere llegar haciéndose la buenita?
Y la pregunta que te hiciste mentalmente es contestada casi al instante cuando, como quien no quiere la cosa, saca el tema que le interesa:
"¿Cómo van las cosas con Tony?"
Sonríe con amabilidad falsa y un brillo malicioso en los ojos, y su tono de voz meloso está cargado de veneno que quiere pero no logra disimularse.
Te limitás a devolverle la sonrisa y contestás:
"No es de tu incumbencia"
Pero ella lo ignora totalmente y sigue insistiendo:
"Vamos, Michelle, no podés negármelo… Los vi besándose"
Tenés que decir algo, no te podés quedar callada. El que calla otorga.
"Eso tampoco es de tu incumbencia" repetís, más firmemente, pero con la sonrisa fija en tu rostro.
Y Carrie te ignora. Porque cuando a Carrie Turner se le mete algo en la cabeza, no hay modo de que le saquen las ganas de hablar sobre ello, de hostigar a quien sea que le caiga mal o de insistir e insistir hasta ganar por cansancio. Porque cuando a Carrie Turner le entra el deseo de lastimar, incomodar o mortificar a alguien, no hay barrera capaz de detenerla. Porque es obvio, es casi como una ley universal: estabas teniendo un buen día, estabas de buen humor, estabas contenta, estabas feliz por las dos semanas de descanso que literalmente te llovieron del cielo, estabas lista para seguir trabajando una vez concluido el que pensaste sería un solitario y tranquilo almuerzo, y con todo eso basta para que a la vida se le ocurra complicarte el viernes enviando a Carrie Turner a molestarte.
Como si no hubiera escuchado lo que dijiste, dispara un nuevo comentario filoso con su lengua de víbora y su tono endulzado que se parece más al siseo de una serpiente que a cualquier otro sonido.
"¿Ya se te fue de la cabeza tu idea ridícula estilo siglo XIV de esperar hasta el matrimonio para perder la virginidad o ahora que conociste al príncipe azul estás todavía más convencida de que aún quedan hombres dispuestos a esperar tanto por algo tan básico y tan natural como el sexo?"
Si hay algo que debés reconocerle a Carrie es su don (que para otros es maldición) de poder leer a las personas con tanta facilidad. Tony también puede leerte con facilidad, con la misma naturalidad con que vos lo leés a él, pero eso es porque entre ustedes dos existe una conexión íntima y profunda que nunca compartiste con nadie más. Carrie puede ver a través de cualquiera y es tan fría y tan cínica que analizar a los seres humanos con sentimientos se le hace la mar de divertido, siempre buscando la manera apropiada de hundirlos y mermar la autoestima de los otros, de humillarlos o de ponerlos en una posición incómoda.
Por eso sabe qué decir, cómo decirlo y cuándo decirlo.
Por eso dio en el clavo cuando sacó ese tema. Sabe que es algo importante para vos, que es un asunto delicado, que es algo a lo que le das mucho peso. Cuando eran amigas decía admirarte por ello, pero viéndolo a la distancia es bastante evidente que se estaba riendo a tus espaldas mientras fingía entenderte y entender a tus principios 'propios del siglo XIV' como acaba de llamarlos hace dos segundos.
"Punto número uno" comenzás, con tono grave pero moderado, sin embargo con más firmeza que ates ": puede que para vos el sexo sea algo básico y natural, para otros es una demostración de amor demasiado desvalorizada. Punto número dos: mi vida íntima no es un asunto que te competa" finalizás, esperando poder dar por terminado el asunto.
Ella vuelve a pinchar una hoja de lechuga, sigue comiendo como si nada, mientras que vos sin embargo dejaste la mitad de tu sándwich abandonada.
"Punto número uno" imita tu voz ": tu respuesta vuelve aún más terriblemente obvio el patético hecho de que sos lo suficientemente idiota y naïve para creer que cuando los hombres 'aman de verdad' pueden aguantar con besitos y mimitos. Punto número dos: sí es de mi incumbencia"
Tenés el presentimiento de que deberías levantarte e irte, pero no querés darle el gusto de ganar el argumento. Sabés que deberías levantarte e irte, pero tu orgullo te lo impide.
"¿Por qué es eso?" inquirís arqueando una ceja e inclinándote hacia adelante levemente, casi desafiándola a que conteste lo que acabás de preguntarle.
"Tu hermano" se te forma un nudo en la garganta cuando nombra a Danny "cedió a mis encantos tan rápido porque tenía una larga lista de complicaciones sin resolver en su matrimonio que no hacían más que agravarse. Complicaciones maritales por aquí, complicaciones maritales por allá" chasquea los dedos, y el sonido nunca te resultó tan desagradable "y de repente Danny estaba en mi cama. Danny, un perdedor, padre de dos hijos, esperando un tercero" sentís la garganta seca, la boca seca, querés decir algo para defender a tu hermano pero no te sale nada, simplemente te quedás sentada ahí, escuchando a Carrie mientras enrostra las maldades que ha hecho ", atrapado en un matrimonio disfuncional sin retorno, vendiendo electrodomésticos de lunes a viernes, completamente desmotivado"
Hace una pequeña pausa, un breve silencio se forma en el ambiente, como si quisiera provocarte para que dijeras algo, para que reaccionaras, para que le contestaras. Sin embargo no podés reaccionar. Por algún motivo simplemente te quedás quieta, esperando a que vuelva a hablar.
"Por algún motivo que escapa a mis conocimientos me gustó, lo quise" qué asco, que hablen de alguien que te importa como si fuera un objeto. Pero peor aún es el hecho de que estás buscando las palabras para frenarla y ponerla en su lugar y no las encontrás. ¿O será acaso que hay una partecita tuya que quiere escuchar lo que esta arpía tenga para decir? ", lo tuve, lo usé a mi antojo, y cuando se volvió aburrido lo despeché. No quiere decir que con todo y a pesar de todo no lo considere un tipo dulce" te repugna su aclaración, pero seguís sin poder reaccionar ", hasta atractivo si se esfuerza"
"¿Adónde estás yendo con todo esto, Carrie?" lográs preguntar entre dientes apretados.
Sonríe con malicia.
"Por otro lado está Tony Almeida" el estómago te da una vuelta completa cuando su nombre se cae de sus labios "Es un hombre de verdad, no es ningún perdedor. Es la clase de hombre con el que toda mujer fantasea con estar al menos una vez en la vida. Es la clase de hombre que tiene acceso a cualquier mujer que le venga en gana"
Es verdad, es verdad, es verdad una vocecita masoquista canta en tu cabeza, la misma vocecita masoquista cuya canción en un tiempo decía que él jamás se fijaría en vos, que no sos suficiente, que sos poca cosa, que se merece algo mejor, que puede tener algo mejor, que los príncipes azules no terminan con los patitos feos.
Es verdad, es verdad, es verdad, sigue tarareando la vocecita en la parte de atrás de tu cabeza, y darías todo porque él estuviera ahí, para calmarte, para decirte que en realidad es mentira, que él te quiere a vos, que para él vos sos perfecta y hecha a medida, que no necesita nada más porque vos sos suficiente.
"Sin embargo" continúa Carrie, como si fuera una profesora dando una lección a una clase "ahora está obsesionado con la tonta, ingenua, inocente y virginal Michelle Dessler"
Tenés en la punta de la lengua un 'prefiero ser tonta, ingenua, inocente y virginal antes que ser una víbora como vos', pero no sabés qué es lo que sucede que no lo decís: quizá ella empieza a hablar antes de que reacciones, quizá tu capacidad de reaccionar está demasiado lenta, o quizá es una combinación de las dos cosas.
"Es común, ¿sabías?" se da aires de entendida "Bueno, por supuesto que no tenés por qué saber" te disculpa ": cuando se trata de hombres de verdad y sexo vos sos una completa ignorante. Dejá que te instruya: ¿viste lo que a Tony le pasó con Nina?"
La mención de Nina es suficiente para que tu rostro se desfigure un poco, y en lugar de una expresión laxa y pálida aparezca una que denote la curiosidad repentina y extrañeza súbita despertadas por los conocimientos que Carrie aparentemente tiene sobre la anterior relación de Tony.
Te devuelve una mirada que claramente dice 'todos a esta altura ya sabemos sobre Nina y Tony'.
"Generalmente luego de experiencias como esa a los hombres les surge cierta necesidad de poseer algo que nunca haya tenido ningún otro"
¿Por qué demonios estás teniendo esta conversación con Carrie? ¿Por qué no te levantás y te vas? ¿Por qué no le contestás con algo para ubicarla? ¿Por qué no la ponés en su lugar?
Porque la verdad es que, en el fondo, hay una partecita tuya que quiere que te quedes. Hay una partecita tuya que quiere escuchar lo que tiene para decir.
Hay una partecita tuya que quiere escuchar lo que sea que tenga para lanzar con su lengua de serpiente venenosa, porque aunque te lo esté diciendo con maldad y para perjudicarte, un porcentaje de las cosas que dice sí son verdad, y no tenés a nadie más que te las diga. Hay ciertas cosas que tus ojos no pueden ver, o ciertas cosas que se te escapan, y a veces es necesario que una arpía como ésta te arranque la venda violentamente. A veces la única manera de aprender es la manera difícil.
"Por lo que escuché Nina anduvo bajo las sábanas de unos cuantos"
Ahí está: la descarga eléctrica que necesitabas para que tu cerebro y lengua entren en contacto y salgan de tu boca sonidos audibles.
"¿Y eso la hace más mujer que yo?, ¿la hace más interesante que yo?, ¿la hace mejor que yo?" escupís de pronto, con una mezcla de bronca e indignación envolviendo tu tono de voz, formando lo que es una seguidilla de preguntas retóricas.
Literalmente estás desafiando a Carrie Turner a que te diga eso que muchas veces te planteaste, eso que muchas veces se te cruza por la mente y te da vueltas y vueltas martillándote en los oídos desde adentro, estás desafiándola a que te diga que uno de los miedos más comunes contra los que venís peleando (y ganando, a decir verdad, porque gracias a él fuiste cobrando más confianza en vos misma) últimamente es real: que sos poca cosa, que no sos suficiente, y que con tu falta de experiencia vas a arruinar todo, que tu relación con él hasta ahora tan dulce y tan especial va a estropearse cuando llegue el momento del sexo y vos al principio no puedas hacer nada que no sea recostarte, abrazarlo y acariciarlo mientras soportás estoicamente esa primera dosis de placer mezclada con un poco de dolor.
Estás ofreciéndole a Carrie servida en bandeja de plata y decorada con un moño de seda rosa la oportunidad de darse el gusto de humillarte, desmoralizarte, llenarte de veneno, angustiarte y mortificarte diciéndote abiertamente y a la cara con ese tonito de víbora disfrazada de corderito dulce diciéndote que nunca vas a ser capaz de hacerlo feliz en ese aspecto, que nunca vas a ser tan buena como cualquier mujer con la que él haya estado antes, que la experiencia es mucho más atractiva sexualmente que la inocencia, que nunca vas a ser suficiente, que sos muy poca cosa para un hombre demasiado perfecto.
Son pensamientos que están en tu inconsciente, son pensamientos que tenés dentro, muy dentro, escondidos muy en lo profundo, y evidentemente necesitás que alguien que te odia, aborrece y disfruta haciéndote la vida imposible te los escupa en la cara para que puedas aceptar que esos miedos, dudas e inseguridades existen y son mucho más reales de lo que te animás a admitir. Existen, y son mucho más fuertes de lo que pensás: el problema es que no han tomado control absoluto todavía porque cuando estás en sus brazos se disipan, cuando te besa o abraza se disipan, cuando te dice cosas lindas se disipan, cuando te repite mil veces que solamente te necesita a vos para estar bien se disipan. Pero existen.
Y sos tan masoquista que querés que Carrie meta el dedo en las yagas para hacerlas arder y reaccionar en lugar de dejar que su amor entumezca tus miedos, tus dudas y tus inseguridades.
Sí, en el fondo sos un poquitito emocionalmente masoquista. En el fondo sos bastante emocionalmente masoquista, Michelle.
"Ser o no virgen a tu edad no te hace menos mujer, pero definitivamente te hace idiota, te hace ingenua, te hace estúpida, te hace tonta y sin lugar a dudas sí te hace menos útil porque a hombres como él las vírgenes no les sirven por mucho tiempo"
Que te hubiera pegado una cachetada hubiera tenido el mismo efecto.
O quizá una cachetada se hubiera sentido mejor.
Sí, una cachetada se hubiera sentido mejor.
Eso necesitabas, ¿no? Una cachetada que te despertara, que te hiciera ver qué grandes y qué corpóreos son en realidad los miedos, nervios e inseguridades que cargás dentro.
Sigue hablando, y las palabras te llegan, como si vinieran desde lejos, pero te llegan.
"Ahora al parecer Tony quiere reparar su ego herido usándote"
No, Tony no está usándote. No está usándote porque quiera reparar su ego herido… Te ama, está con vos porque te ama, eso lo sabés y lo sentís más y mejor que nadie, y no hay fuerza humana sobre la Tierra que pueda convencerte de lo contrario. Jamás. Nunca.
"Puede verse en sus ojos, Michelle: está obsesionado con vos"
Sí, es verdad. Tony Almeida está obsesionado con vos. Es verdad, la obsesión se le ve clara como el agua en los ojos. Vos ves su obsesión clara como el agua en los ojos, y la sentís cuando te besa, cuando te abraza, cuando te habla, cuando te enreda en sus brazos como si quisiera tenerte ahí para siempre. Y vos estás obsesionada con él. Muy obsesionada con él, con cada parte de él, con todo lo que tenga que ver con él. Los dos están terriblemente obsesionados el uno con el otro, a niveles que van más allá de cualquier cosa que pudieras haber imaginado antes. Pero, además de obsesionados están enamorados. Es un amor obsesivo, sí, pero ¿a quién le importa? Es asunto de ustedes y de nadie más. No le hacen mal a nadie amándose tan obsesivamente, y lo que piense Carrie al respecto debería tenerte sin cuidado. ¿Ella qué entiende de amor, si en lugar de corazón tiene una piedra negra?
"Esa obsesión desmedida que tiene con vos, esa obsesión que bordea la locura… No es normal, Michelle"
En todo caso ése es problema mío, ¿no? Si él está tan obsesionado conmigo que raya la locura, es mi problema.
Pero no vas a decírselo. No vas a darle el gusto de decírselo.
"Conozco esa clase de mirada, Michelle: es la que tienen los hombres cuando miran a su presa"
Él no te ve como una presa. No te considera una presa. Es ridículo lo que está diciendo, y lo está diciendo sólo para molestarte. Está tratando de sembrar dudas o cuestionamientos que nunca van a germinar, porque nadie conoce su mirada mejor que vos, nadie sabe mejor que vos cómo brillan sus ojos cuando se pierden en los tuyos. Cada vez que lo ves, lo que ves es amor.
Amor y deseo agrega una vocecita en tu cabeza, esa vocecita que pertenece a la parte de tu mente que es masoquista y quiere seguir escuchando lo que Carrie tiene para decir, esa parte de tu mente que contradice feroz y furiosamente al resto y quiere hacerte creer que no vales nada, que sos poca cosa, que él se merece algo más, algo mejor, que sos una tonta por esperar y contener tus impulsos en lugar de darles rienda suelta y dejar que las cosas sucedan.
Amor y deseo ves en sus ojos repite la vocecita. No solo amor, también deseo. Pero como él te respeta demasiado, nunca va a ir lejos. Si a vos te frustra tener que controlarte porque no querés traicionar las cosas en las que te enseñaron a creer, las cosas en las que aprendiste a creer, sólo podés imaginarte lo frustrado que él debe sentirse.
"Es la mirada que tienen los hombres cuando se proponen cazar a la más indefensa, usarla, e irse dejándola rota y dañada"
Mentira. Todo eso es mentira. Sabés lo que es estar rota y dañada, sabés lo que es sentirte inferior e indefensa, y él no ha hecho más que esforzarse por curar todas esas cicatrices que tenés dentro, todas esas marquitas dolorosas con las que durante tanto tiempo lidiaste sola.
"¿Acaso no te diste cuenta que es por eso que está con vos?" Carrie sigue hablando dándose aires, obviamente sin esperar que le contestes o espetes algo "Después de que le entregues tu virginidad, a la cual tan ridículamente te aferraste más de lo necesario…,"
¿Estás aferrándote a tu virginidad más de lo necesario? Ya encontraste al hombre perfecto, al hombre ideal, el hombre que sin lugar a dudas Dios puso en tu camino para que pases el resto de tu vida con él, el hombre por el cual siempre esperaste, el hombre que te hace feliz, el que te cuida, el que sabe cómo arrancarte una sonrisa, el que nunca te fallaría, el que te daría el mundo si pudiera, el que siempre va a protegerte, el que quiere verte bien a toda costa, el que moriría por vos, el que no soporta verte triste, el que seca todas tus lágrimas. Ya encontraste al amor de tu vida, el príncipe azul que por momentos pensaste no iba a llegar, pero seguiste aguardando por él de todos modos, nunca perdiste la fe en que existía.
Se cruzaron tu camino y el de él, fue amor a primera vista, fue una obsesión que brotó dentro tuyo el segundo en que escuchaste su voz, te enloqueció a primera vista, y ahora luego de muchas noches soñando, luego de muchas miradas cómplice, luego de muchas lágrimas que derramaste mientras abrazabas a la almohada, están juntos. Estar con él, saber que te adora más que a nada en el mundo, es suficiente para que seas feliz. Saber que van a estar juntos para siempre es la mejor sensación. Él nunca te dejaría, él nunca te haría daño, nunca te lastimaría, nunca te abandonaría, estás segura de eso. Él quiere estar con vos para siempre, hasta ser muy viejito.
No fuiste su primera mujer, pero eso no te importa, porque vas a ser la última y la más importante. Y él va a ser el primero, el más importante, el único. ¿Importa realmente si cuando suceda están casados? Le creés cuando te dice que va a pasar con vos cada segundo que le quede de vida, le creés cuando te dice que va a cumplir cien años sin haber dejado de amarte siquiera un segundo, le creés cuando te dice que van a tener hijos y nietos a los cuales contarles sobre su historia de amor parecida a un cuento de hadas en el mundo real. Él es el hombre de tu vida, tu gran amor, con él vas a envejecer, él va a ser el padre de tus hijos, él va a dormirse abrazándote todas las noches, a él vas a entregarle cada parte de tu ser, cada parte de tu cuerpo, de tu alma y de tu corazón.
Entonces, ¿importa realmente si cuando eso sucede están casados?
Antes pensabas que sí. Tu abuela te enseñó a pensar que sí, que conservar la pureza hasta el matrimonio es algo de lo que una mujer debe sentirse muy orgullosa, porque significa que está dándole a su marido sólo lo mejor de ella, no menos, que eso es lo que un marido se merece. Y estás de acuerdo, coincide con tus principios, coincide con tus ideas, coincide con la decisión que tomaste cuando eras apenas una adolescente. Pero ahora ya encontraste al hombre que significa todo para vos, el hombre cuyo universo se resuelve a tu alrededor, el hombre que te hace sentir la personita más importante sobre la faz de la Tierra. ¿Hace falta que sigas esperando, entonces? Es decir, ¿hace falta que aguardes hasta después de casados? ¿Hace falta que lo hagas esperar?
"… va a dejarte enseguida. Va a aburrirse" perdida como estás en tus reflexiones, sumergida en ellas, las idioteces que dice Carrie te llegan de lejos "No vas a poder satisfacerlo mucho" pero esa última frase te agita la cabeza como si te hubieran golpeado repetidas veces en las sienes con un martillo.
No vas a poder satisfacerlo mucho.
Es un hombre diez años mayor.
Muy experimentado.
¿Cuántas mujeres habrán pasado por su cama?
¿Cuántas mujeres lo habrán dejado sin respiración?
¿Cuántas mujeres lo habrán dejado mucho más satisfecho de lo que vos podrías?
¿Cuántas mujeres lo habrán hecho temblar?
¿Cuántas mujeres lo habrán desnudado?
¿Cuántas mujeres lo habrán tenido a sus pies?
Es un hombre diez años mayor que vos, pero dejando de lado la diferencia de edad, es mucho más experimentado.
¿Con cuántas, entonces, habrá construido esa experiencia?
Sabés que la respuesta es 'muchas', siempre lo supiste, pero nunca antes tu cerebro había sido atacado tan bruta y abruptamente por las preguntas, nunca antes tu cerebro se había hundido tanto en ellas.
Todo es culpa de Carrie, es culpa suya y de las idioteces que dice.
¿Es todo culpa de Carrie, o Carrie simplemente con lo que dice para lastimarte está trayendo a la superficie los miedos, dudas, preocupaciones e incertidumbres que habitan en una parte de tu mente y que son constantemente echados abajo por esa otra parte de tu mente que no quiere dejarlos alzarse y tomar control y dominarte?
Quizá no todo lo que dice Carrie son estupideces. Sí son cosas dichas con maldad, con crueldad, con la intención de lastimarte, mortificarte, humillarte… podés denominarlo del modo que quieras. Pero no todas ellas son mentiras. ¿Tenés miedo de no ser suficiente? Sí, por supuesto. Y Carrie aprendió a conocerte tan bien durante el período en el que fueron amigas que sabe exactamente cuáles son las cuerdas que tiene que jalar si quiere molestarte, entonces con su vocecita de víbora y su lengua venenosa y su tonito de arpía te taladra los oídos haciendo aún más hondo ese hueco que tenés dentro, ese hueco que no está vacío sino lleno con dudas.
Dudas en las que no querés pensar.
Dudas que no querés contemplar o analizar.
Dudas que quisieras poder arrancarte.
Dudas que luchás por ignorar.
Dudas que acaban de acentuarse dolorosamente recién cuando ella te dijo que no vas a ser capaz de satisfacerlo.
"Cuando tenga el ego hinchado de vuelta va a irse a buscar una mujer de verdad, no una tonta que cree que el sexo es un 'acto de intimidad y amor'"
Eso también es mentira.
Él no te está usando para agrandar su ego herido. Lo que menos necesita es usar a alguien para agrandar su ego herido, y jamás se le cruzaría por la cabeza la idea de usarte a vos. Él nunca te usaría, bajo ningún contexto o pretexto. Él nunca dejaría de respetarte, porque te ama. Que Carrie diga lo que se le antoje: no vas a cambiar de opinión respecto a eso, jamás. No sos un instrumento, un objeto, una herramienta que él está utilizando para sanar su ego herido, y él tampoco es la clase de hombre que piensa que el sexo es simplemente algo físico, algo básico, algo carente de emociones, algo que no tiene conexión más allá de la de dos cuerpos. No te gusta pensar en el hecho de que hubo otras mujeres con las que tuvo esa conexión física íntima, pero sí le creés cuando te dice que sos la única de la que se enamoró y que sos la única con la que tiene una conexión íntima emocional.
Sin embargo, ese pensamiento, esa reflexión que contradice la mentira que sale de la boca de Carrie, es un peso que se suma a la balanza y da aún más valor a tu repentino miedo de estar esperando demasiado, de que quizá estabas en lo cierto en cuanto a la importancia de aguardar al indicado pero que tal vez la idea de tu abuela de aguantar (sí, honestamente hay momentos en los que sentís eso, que estás aguantando) hasta después de casarte es exagerada y que no está haciéndole bien a ninguno de los dos: vos te morís por hacer el amor con él, el deseo contenido brillando en sus ojos es la evidencia más clara de que él se muere por hacer el amo con vos, el control es algo que cada vez se les escapa más y más de las manos.
¿Por qué habría una demostración amor tan íntima y tan especial hacerte mal? Esa es otra pregunta que cuelga sobre tu cabeza: ¿ahora que encontraste al hombre ideal estás esperando porque tu abuela te crió para comportarte de ese modo y respetar las tradiciones de la cultura japonesa?, ¿o todavía no cediste a tu necesidad de conectarte con él tanto como humanamente es posible, todavía no cediste a la necesidad de los dos de fundirse en uno porque tenés miedos deteniéndote y levantando barreras visibles y efectivas? Honestamente, en este momento, te inclinaría por la segunda opción. Son los miedos los que te frenan, los que hacen que te escondas detrás de tus creencias y sigas esperando. Porque tenés miedo a no ser suficiente, miedo a no satisfacerlo, miedo a ser poco, miedo a ser frustrante, miedo a que no le guste tu cuerpo (ni siquiera vos te sentís cómoda en él), miedo a que todas tus fantasías y expectativas – todas tan dulces, tan románticas – acaben arruinadas por tu torpeza e inexperiencia.
Dios, en momentos como estos quisieras poder quitarte el cerebro, dejarlo escurriéndose, secarlo, volver a meterlo dentro de tu cráneo y ver las cosas con claridad, con otra luz, con otra perspectiva después de haber estado con la mente en blanco, libre, flotando en la nada, sin preocupaciones ni angustias ni presiones martillando.
Pero no se puede hacer eso.
Dios, estabas teniendo un día perfectamente normal, tranquilo, estabas contenta porque vas a tener dos semanas de vacaciones, estabas relajada y entusiasmada ante la perspectiva de un merecido fin de semana de descanso, hasta que Carrie se cruzó en el medio y empezó a hablar de estas cosas que no le corresponden, y vos perdiste tu capacidad para reaccionar y simplemente estás sentada ahí escuchándola, porque hay una partecita tuya que es masoquista y que en el fondo está disfrutando todo esto, porque tener el corazón pesado y cargado de dudas al parecer a esa partecita masoquista le encanta, porque esa misma partecita estaba buscando que alguien le dijera alto, claro, fuerte y a la cara un montón de cosas que vienen creciendo dentro tuyo desde hace bastante tiempo pero que hasta el momento no habías realmente admitido, porque a veces hay verdades demasiado duras que solamente otros con crueldad pueden hacernos entender mejor.
Dios, qué lástima que no podés sacarte el cerebro, desconectarlo, apagarlo, suspenderlo, desenchufarlo, pausarlo, como si fuera una de las computadoras con las que trabajás. Qué lástima, porque en este instante te sería realmente muy útil. Qué lástima que no puedas hacer eso, porque en este mismísimo minuto lo sentís a punto de estallar, sobrecargado de información, mientras la voz de Carrie sigue llenándote los oídos.
"Quizá no estés tan equivocada al querer seguir esperando…"
Eso es otra cosa que te da vueltas y vueltas y vueltas y vueltas. ¿Estás equivocada al seguir esperando? Lo que vos querías era entregarte completamente al amor de tu vida. El amor de tu vida resultó ser un hombre muchísimo más maravilloso de lo que te habrías atrevido a soñar o imaginar, un hombre que te pone por encima de todas las cosas y que te esperaría una eternidad si hiciera falta, si eso fuera lo que vos querés. ¿Pero es eso lo que vos querés?, ¿seguir esperando? Y al mismo tiempo, la idea de que suceda en el corto plazo hace que tus nervios se crispen…
Dios, odiás estar de repente tan confundida, con toda la cabeza dada vuelta.
Por un lado ya no querés esperar, porque no querés seguir privándolo de nada, porque no querés seguir privándote de nada, pero principalmente porque querés tener esa conexión íntima con él que sabés ninguna otra cosa podría superar, esa conexión íntima que llevas años esperando poder tener con alguien, esa conexión íntima que querés tener sólo con él. Querés vencer tus miedos y tus nervios y entregarte por completo. Querés que tu relación con él pase al siguiente nivel, querés desprenderte finalmente de tu inocencia, querés que él sienta que lo amás tanto que serías capaz de entregarle absolutamente todo, y es por eso – porque lo amás tanto – que querés complacerlo en todo, incluso si él no dijo una palabra al respecto, incluso cuando tenés la certeza de que no le importaría esperar el tiempo que hiciera falta para agregar al sexo en el contexto de la relación.
Por otro lado, tenés nervios y dudas, y complejos, y te aterroriza la idea de no ser suficiente, nunca. Te aterroriza la idea de que tu inexperiencia te juegue en contra y arruine las cosas. Te aterroriza la idea de que tu primera vez no sea tan especial y mágica como lo imaginabas, pero más te aterroriza la posibilidad de que las veces que sigan a ésa sean malas por tu culpa. No te importa cuántas veces él te repita que los dos son seres humanos con defectos y con el derecho a equivocarse y a errar: él para vos es el hombre perfecto, y un hombre así no merece menos que lo mejor. No te importa cuántas veces te repita que te quiere a vos y solamente a vos – con defectos y todo -: vos deseás, y siempre vas a seguir deseándolo, ser absolutamente perfecta para él. Y te aterroriza saber que eso no es posible, porque la perfección – en tu caso – no existe, porque la perfección es algo que vos nunca más a alcanzar.
Dejando de lado tu falta total de experiencia, tus nervios prendidos fuego y la voz de tu abuela enterrada en algún hueco recóndito de tu cabeza diciéndote una y otra vez que vas a deshonrar su memoria si no respetás la cultura de la que provenís y la cual ella se esforzó tanto en enseñarte, otro motivo que te retiene es el hecho de que no te gusta tu cuerpo, en lo absoluto. La razón por la cual dejaste de torturarte con dietas para lograr lo que en tu mente es el físico perfecto que desearías tener fue porque al ingresar en una pasantía a una oficina del gobierno y ver todas las posibilidades que se te abrirían si las cosas salían bien, te obsesionaste más con la idea de una carrera como agente federal y técnica en sistemas de lo que estabas obsesionada con tu peso, y entendiste que tener buena salud era condición fundamental para alcanzar el éxito: no ibas a llegar lejos si te desmayabas, tenías calambres estomacales o se te nublaba la vista y te mareabas por tener el estómago vacío durante catorce horas en las cuales sólo ingerías café con edulcorante. La cura para tu (leve) desorden alimenticio resultó ser la obsesión con tu profesión, por lo cual tuviste que esforzarte por dejar de contar calorías, subirte a la balanza tres veces por día y vivir mortificada; eso no significa que estés conforme con tu cuerpo, con tu peso, con como lucís desnuda, eso no quiere decir que no te cause angustia contemplarte en el espejo, eso sólo quiere decir que vivís con todo ello dentro y te aguantás la necesidad enfermiza de exteriorizarlo porque no querés perder todos los logros que alcanzaste en el ámbito profesional. Y si bien desde que estás con él tu autoestima mejoró bastante y ya no te morís de dolor pensando en lo fea que sos, hay heridas tan profundas que son difíciles de curar, hay heridas tan profundas que no se van solas, hay marcas tan hondas que no se borran en un abrir y cerrar de ojos. Tu cuerpo, aunque sepas que él va a insistir en que es perfecto, te parece absolutamente horrible, y ese es un punto que suma a favor en la lista de 'por qué deberías seguir postergándolo'.
De pronto te duele tanto la cabeza.
De pronto tenés tantos nudos en la cabeza.
Es como si tu cerebro estuviera dividido en dos, como si vos toda estuvieras dividida en dos: está la parte tímida e insegura, llena de complejos y miedos, la parte nerviosa, la parte que sigue atada a las tradiciones que tu abuela te inculcó, la parte que teme no ser suficiente, la parte que teme decepcionarlo, la parte que teme no ser perfecta, la parte que sabe que es imposible ser perfecta; y por otro lado está esa otra parte, esa otra parte que se muere de ganas, esa otra parte que no quiere esperar, esa otra parte que insiste en que le demuestre con cuánta locura lo amás entregándole ese último pedacito de vos que está ligado a tu corazón y a tu alma, esa otra parte que necesita de la conexión física para complementar la conexión espiritual, esa otra parte que tiene – obviamente, porque sos un ser humano de carne y hueso, no sos de acero ni tenés las venas llenas de agua en lugar de sangre – necesidad biológicas.
Ah, y en el medio hay una tercera parte donde las otras dos partes se juntan y se mezclan y fusionan y se enredan y los cables se cruzan y hacen cortocircuito y todo está cargado de electricidad en la que tus pensamientos son un menjunje inentendible e incomprensible que nadie podría interpretar, y sumado a todo eso está el hecho de que esa antes mencionada electricidad está manándote descargas que provocan impulsos que no entendés, que no sabés cómo controlar, que hacen que tiembles por dentro convulsivamente, impulsos que te marean y confunden aún más, impulsos que están causando la formación de ideas extrañas en tu cabeza, ideas repentinas que jamás hubieras pensado tendrías.
Ah, y a eso sumémosle la vocecita de arpía de Carrie, que sigue y sigue diciendo estupideces que alcanzan tus oídos como si vinieran desde lejos, pero que no por sonar aturdidas por tu conmoción cerebral y emocional interna se escuchan menos: seguís entendiéndolas todas, siguen llegando todas al epicentro del volcán que tenés en tu mente preparándose para hacer erupción y arruinar lo que hasta el momento venía siendo un lindo, tranquilo y optimista día cargado del trabajo que amás.
"…, porque una vez que cedas tenés los minutos contados" concluye su anterior reflexión antes de agregar, como si se tratara de una experta midiendo la situación y balanceando opciones ": Pero por otro lado, si no te entregás pronto… Bueno, va a buscar a alguien más que lo satisfaga"
La mentira que Carrie está diciendo con intención de sembrar cizaña ayuda a que veas con aún mayor claridad su opuesto: la verdad. Y la verdad es: él te ama a vos, te quiere a vos, está loco por vos, te desea a vos, y te respeta lo suficiente para dejar a un lado ese deseo y ejercer todo el autocontrol posible para no forzar nada y permitir que las cosas fluyan a tu tiempo, al compás que vos marques, tomando todo despacio, para que vos elijas la velocidad a la que querés ir. Él no quiere estar con ninguna otra mujer que no seas vos, y su disposición para esperarte lo que haga falta hace que te enamores de él mil millones de veces más, y eso desemboca en el miedo a que la espera no valga la pena, el miedo a que con su experiencia tenga que conformarse con una tonta como vos porque tuvo la desgracia de enamorarse…
"Vírgenes estúpidas hay en todos lados" sigue Carrie, como si tuviera la molesta habilidad de leer tu mente "Lo que él quiere es sentirse el hombre todopoderoso que sedujo a una chica diez años menor hablándole al oído y prometiéndole el mundo entero, quitarse las ganas y después seguir con lo suyo"
Otra mentira. Si Carrie en lugar de estudiar análisis de sistema se hubiera dedicado a escribir telenovelas, le hubiera ido bastante mejor, porque realmente tiene con qué crear el material apropiado para historias de ésas que les gustan a las mujeres que viven pegadas al televisor y son fanáticas de la pasión, el drama y los enredos de alcoba.
Estás a punto de interrumpirla, creyendo que si recuperás la capacidad de reaccionar, la capacidad de decir algo, se va a aflojar el nudo en tu cabeza, se van a calmar las cosquillas para nada placenteras que tenés en el estómago, se va a ir la sensación de ardor que te sube y baja por la garganta quemándote. Estás a punto de interrumpirla, queriendo que se calle, porque entre las estupideces que inventa para llenarte la cabeza, las dudas que surgen, los miedos, los nervios, las contradicciones que te asaltan y te agarran desprevenidas, y tu fraccionado cerebro trabajando a mil por hora, vas a estallar.
Olvidado quedó el sándwich que estabas disfrutando tranquila, el sándwich que no vas a poder terminar de comer porque tenés la garganta cerrada ahora.
"Y creéme, Michelle, los hombres como él no son de los que se casan y tienen una familia. Podrá parecerte que sí, él podrá decirte que sí, pero los hombres como él no compran un anillo y se ponen de rodillas: solamente dicen que van a hacerlo para que estúpidas como vos les crean"
Todo eso es mentira. Pero perder el tiempo en un intento de explicárselo a Carrie no es realmente lo que necesitás hacer ahora. Ahora mismo lo que necesitás es irte de esa habitación porque el ambiente está demasiado cargado. Lo que necesitás es tomar algo de agua, respirar profundo, y volver a trabajar. Lo que necesitás es silencio. Lo que necesitás es la relajación que fluye dentro tuyo cuando escribís en las computadoras, subís bases de datos, armás y desarmás sistemas y escuchás los pitidos de las máquinas alrededor tuyo. Lo que necesitás es aclararte las ideas y los pensamientos antes de que se desborden. Lo que necesitás es un minuto a solas. Lo que necesitás es que Carrie se calle, no porque algo de lo que esté diciendo sea cierto, si no porque las cosas que dice te llevan a meditar sobre otros temas, a reflexionar sobre otros temas y tus miedos se hinchan e hinchan y tus nervios no hacen más que engrosarse y…
Dios, cómo un día que venía desarrollándose tan bien puede haberse volcado al punto que una partecita tuya quiere aflojarse, dejar de resistir y largarse a llorar en pura frustración. Dios, una partecita tuya quiere subir a su oficina, ir a verlo y abrazarlo para que te asegure que vos siempre vas a ser suficiente para él aunque no seas perfecta, mientras que otra parte mucho más salvaje, desatada y desenfrenada quiere acorralarlo contra una pared, besarlo hasta sentir dolor, olvidarte de cualquier expectativa o escena digna de una historia romántica y simplemente dejar que las cosas sucedan, que pase lo que tiene que pasar, como si de pronto tu virginidad ya no fuera algo de lo que sentirte orgullosa si no una molestia que debe ser sacada del medio.
Definitivamente te va a explotar la cabeza.
Ni vos entendés lo que estás pensando.
Ni vos entendés lo que está pasando dentro de vos.
Ni vos entendés la súbita, repentina, inesperada confusión que te devora.
Sin darte cuenta, víctima de un impulso más bien físico y no resultado de una acción-decisión pensante, te ponés de pie, tan de pronto que Carrie se queda con las palabras a medio decir en la boca ante la sorpresa de verte saltar del asiento como un resorte.
"Me cansé de escuchar esta sarta de comentarios fuera de lugar" estallaste de repente.
Por estallido entiéndase: la voz te temblaba un poco debido a la mezcla de sensaciones que tenías dentro sacudiéndote, pero sonaba mucho más potente y calmada de lo que hubiera cabido esperar en esa situación de nervios, caos y descontrol interno que no debía dejarse ver en el exterior primero porque estabas en el lugar de trabajo, en la CTU, donde sos la segunda en comando y todos son tus empleados y donde mostrar debilidad es un lujo que no puede afrontarse, y segundo porque hubiera significado admitir ante el enemigo (léase: Carrie) que todas las idioteces que había estado escupiendo cual llama enojada en zoológico causaron un efecto en vos (es verdad, lo causaron. Probablemente no el exacto efecto que Carrie esperaba causar, pero sí causaron un efecto, y no es un efecto realmente agradable, así que la arpía puede dar su misión por concretada, pero no vas a otorgarle el gusto de mostrarle abiertamente cuán hondo calaron sus frases teñidas de veneno).
"Punto número uno: a nivel personal no tengo por qué estar escuchándote. Punto número dos: a nivel profesional podría hacerte un agujero, porque definitivamente ésta no es forma de dirigirte a un superior" concluís, decidida a dejar la sala de descanso.
"Sabés que tengo razón, Michelle" insiste Carrie, pero vos ya no le estás prestando atención.
Ya tu parte sadomasoquista ha quedado bastante conforme con todo lo que te dijo, y ya con eso tiene suficiente para torturarse un largo rato, revolviendo en heridas viejas y sintiendo el dolor creciente de las heridas nuevas. La parte sadomasoquista ahora da paso a la parte que se hincha de culpa, la parte que empieza a atormentarte con preguntitas retóricas del estilo '¿por qué la dejaste llenarte la cabeza así?', '¿por qué no la frenaste antes?', '¿por qué no mostraste más autoridad?', '¿por qué dejás que te afecte tanto?', '¿acaso lo hacés a propósito?'.
"No tenés razón" espetás, con mayor firmeza aún, lo cual provoca una súbita oleada de alivio que lamentablemente desaparece rápido "En absolutamente nada"
Sin embargo no te das una idea del desastre que tengo ahora mismo en la cabeza, pero no te voy a dar la satisfacción de saber eso, no te voy a dar la satisfacción de saber que con todas las mentiras que soltaste me armaste un nudo terrible en el cerebro.
"Eso decís porque…" comienza otra vez a destilar veneno.
Pero sos mucho más rápida en reflejos ahora que parece que tu parte sadomasoquista ha quedado saciada y conforme con el enredo que tenés dentro y las sensaciones que te recorren haciendo que lo sientas casi como una experiencia extracorpórea mientras la mente te maquina a diez mil por hora, porque enseguida la cortás antes de que pueda seguir:
"Carrie, no me interesa en lo absoluto lo que sea que tengas para agregar. No me interesa en lo absoluto nada que pueda salir" estás a punto de decir 'nido de ratas que tenés en donde debería ir la materia gris' pero te contuviste porque después de todo sos su jefa y rebajarte a su nivel hubiera sido inapropiado, y en lugar de ello completaste la oración con un "de tu boca".
"Sin embargo te quedaste bien calladita mientras te decía todo lo demás, porque sabés que tengo ra…"
"Basta Carrie" volvés a interrumpirla.
Y antes de que pueda decir algo, con el cuerpo temblando ligeramente, te vas, dejándola sola en la sala de descanso.
Sentís las rodillas de gelatina, un cosquilleo desagradable en el estómago, una mezcla de náuseas horrible y estás mareada. Siempre te pasa cuando te ponés nerviosa por algo personal. Podés aguantar bajo presión por cuestiones laborales cantidades de tiempo que a otros les parecerían inhumanas, sin embargo en el plano emocional basta con presionar algunos botones para que te vengas abajo.
Carrie, al parecer, tiene dominio excelente de cómo presionar esos botones que hacen que se te derrumbe todo por dentro, así como Tony siempre sabe exactamente qué decir y cómo decirlo para hacer que te sientas mejor y parar cualquier dolor que te aflija.
Sin embargo, la única medicina a la que podrías recurrir ahora mismo para calmar tus miedos, dudas, nervios, contradicciones y conflictos internos no podés usarla. No podés ir corriendo a sus brazos – aunque te mueras de ganas y lo necesites – y largarte a llorar diciéndole todas las cosas que Carrie lanzó en tu dirección y explicarle que lo que te angustian no son sus mentiras sino el hecho de que el impacto que tuvieron sus palabras hizo que te dieras cuenta de la guerra que existe dentro tuyo entre esa parte de vos que quiere entregarse a él y esa otra parte cargada de energías negativas que lo impiden.
No podés decirle que tenés miedo a no ser suficiente, a no ser tan perfecta como él es, que tenés miedo a decepcionarlo o a no poder satisfacerlo, que tenés miedo a que tenga que conformarse con una 'virgen estúpida' como vos simplemente porque tuvo la mala suerte de enamorarse de una, tenés miedo de que en tu intento por volver la relación íntima y profunda que tienen aún mucho más íntima y profunda rompás el hechizo en el que vivís desde hace casi dos meses.
Entonces vas a tener que calmarte sola, para lo cual nunca fuiste muy buena. Ahora, además, te acostumbraste a que él te proteja de todo y te consienta cada vez que estás mal, y te acaba reír cuando querés llorar y se ofrezca a caminar sobre agua y cruzar el infierno con tal de conseguir lo que sea que necesites para estar bien otra vez, cuando en realidad todo lo que necesitás es a él. Sos una mujer fuerte en el sector laboral, pero sos también un humano lleno de contradicciones que tiene una pobre estabilidad emocional para los asuntos personales y afectivos. Te volviste tan adicta a él, tan dependiente de él para calmarte, como si él fuera una droga, que tranquilizarte sola va a resultarte difícil.
Te dirigís al baño, y agradecés en silencio que nadie se cruce en tu camino para interrumpir tu trayecto hacia allí. En cuanto abrís la puerta, volvés a agradecer en silencio que esté absolutamente vacío porque – aunque el baño sea un lugar pública – te otorga cierta privacidad: no es lo mismo que darte acurrucarte en una esquina en la ducha de tu casa en posición fetal mientras el agua hirviendo cae sobre tu espalda y se mezcla con tus lágrimas frías que encerrarte en uno de los cubículos y sentarte agazapada sobre la tapa baja del váter, haciendo un esfuerzo sobrehumano por no largarte a llorar en expresión de tu frustración y repentinos pánico y ansiedad.
El ambiente silencioso se siente pesado, tan pesado es el silencio que no sabés si está fuera de vos o dentro de vos. Y es entonces que, en medio de una quietud parecida a la calma que precede la tormenta, se abre en tu cabeza una batalla entre esas dos partes que forman tu ser en este momento: aquella que luego de la ¿conversación? (¿puede llamarse a eso conversación?) con Carrie está desatada y fuera de sí y te pide a los gritos que dejes de poner frenos y te entregues de una vez, y esa otra que quedó aún más asustada, mortificada y con el autoestima abollado y sangrando luego de tu encuentro ¿casual? (¿o fue ahí a molestarte a propósito, con toda la intención?) en la sala de descanso con la persona más cargada de veneno que conocés.
Tenés veinticuatro años, Michelle, vivís en el siglo XXI. ¿Esperar hasta el matrimonio para perder una virginidad a la que ya te aferraste demasiado por decisión propia? Que tu abuela fuera una japonesa fanática de su cultura no significa que vos también tengas que serlo, no tenés por qué dejar que sus creencias condicionen tus acciones.
Pero te hace sentir tan orgullosa haber esperado a la persona indicada, ¿cuán orgullosa te sentirías si cumplieras también con las tradiciones que te enseñaron? Las tradiciones en las que vos aprendiste a creer, porque vos creés en ellas, creés en esas tradiciones.
Tradiciones anticuadas. En realidad, lo que vos querías era ser completa, total y puramente de un solo hombre, el hombre indicado. Eso fue lo que vos decidiste, esa fue la convicción que defendiste siempre, eso era lo que te enorgullecía. Tu abuela influenció en que defendieras tanto eso, pero principalmente la decisión fue tomada por vos, no fue influenciada por ella. Ahora ya tenés a este hombre, y es perfecto, y te ama como a nada en el mundo, y va a cuidarte como a nadie en el mundo. ¿Por qué seguís esperando? Dejás que el miedo te domine y eso va a terminar jugando en tu contra.
Por las cosas que dice sobre cómo nunca había amado hasta que te cruzaste en tu camino, esas cosas que dice sobre cómo aprendió lo que es amar gracias a vos, es evidente que todas sus anteriores relaciones estuvieron basadas principalmente en sexo. Puede tener a la mujer que quiera, pero a diferencia de la 'teoría' de Carrie, él a vos te va a ser fiel, porque te quiere a vos. No quiere a ninguna otra mujer, te quiere a vos y a nadie más, y va a esperarte hasta que estés lista emocionalmente. Nadie dijo que existe una edad para eso. Obviamente no vas a hacerlo esperar por años, pero tampoco tenés porque arrojarte a sus brazos ahora. Él te va a esperar. No está con vos porque le interese el sexo, en lo absoluto: está con vos porque te ama más que a nada, y nunca va a querer estar con otra que no seas vos.
Él es perfecto. Tan perfecto. No sos ninguna tonta: sabés que debe haber tenido muchas mujeres, estás segurísima. Un hombre así es exactamente como Carrie lo describió: puede tener a la mujer que quiera. El problema es que quiere tenerte a vos. Podría estar con una modelo hermosa y de cuerpo espectacular, con una mujer tan experimentada como él, y sin embargo te eligió a vos. Porque se enamoró de vos. Porque estaba destinado a ser el gran amor de tu vida, y a que vos fueras su gran amor. Y todo suena a cuento de hadas, pero por favor, enfrentá la realidad un poquito: a los hombres les gusta el sexo, y lo necesitan. Es algo biológico, es natural, es algo básico. Él no va a engañarte, jamás, porque te adora con locura y te respeta demasiado y nunca se le cruzaría por la cabeza hacer algo así porque está tan loco con vos que ya no tiene ojos para ninguna otra y no le interesa nadie más. Y vos lo estás haciendo esperar. Lo estás haciendo sufrir, porque tenés miedos y dudas e inseguridades sobre tu cuerpo y sobre tu capacidad de satisfacerlo, y porque tenés al fantasma de tu abuela dando vueltas en tu inconsciente haciéndote pensar que vas a poner en riesgo tu honra o tu decencia o alguna de esas cosas ridículas a las que tanta importancia le dan en la cultura oriental si no esperás hasta casarte con él para hacer el amor. Él, mientras tanto, tiene que controlarse cada vez que te besa y te abraza, tiene que aguantarse las ganas, tiene que mirarte con deseo y aguardar (vos también, por supuesto, tenés que hacer todas esas cosas, pero en todo caso las hacés por elección propia). Él aguarda feliz y con gusto, obviamente, porque quiere verte bien y hacerte feliz y demostrarte que sos lo más importante en su vida; no tiene problema en esperar, por mucho que se muera por hacer el amor con vos (se muere tanto como te estás muriendo vos, creélo, si no más). Evidentemente te ama más de lo que vos a él: si lo amaras tanto como él te ama a vos, querrías verlo feliz, y harías cualquier cosa con tal de complacerlo, incluso si para eso tenés que tragarte tus complejos con tu cuerpo y tu imagen y tus nervios y tus estúpidas inseguridades dignas de una adolescente de quince años. Así como él te considera a vos antes que a todo, vos deberías hacer lo mismo, pero estás demasiado ocupada sumergida en todos los problemas de autoestima que venís arrastrando desde que sos chica y ahogándote en tu inexperiencia…
No tiene por qué suceder ya. Llevan menos de dos meses juntos. Tienen una relación demasiado intensa y quizá ya demasiado formal a comparación de otras relaciones que tardan muchísimo más tiempo en convertirse en una tan profunda y entregada, pero eso es porque llevaban casi un año perdidamente enamorados antes de confesarlo todo precipitadamente después de lo que pasó ese día. No sos una experta en relaciones, pero por lógica y sentido común podés deducir que la mayoría de las parejas espera un poco más para intimar. Vos sola estás presionándote, porque de parte suya no recibiste ningún tipo de presión. Todas estas ideas te surgen de golpe por una sarta de idioteces que Carrie dijo para molestarte y angustiarte y tenerte precisamente así: temblando y al borde de las lágrimas convencida de que nunca vas a ser suficiente, de que no lo hacés feliz, de que no estás poniendo sus necesidades antes que las tuyas… Él puede seguir esperándote, y va a seguir esperándote. No tenés por qué arruinar algo que idealizaste tanto, algo por lo que esperaste tanto, algo en lo que tenés puestas tantas expectativas arrojándote a sus brazos esta misma noche simplemente porque estás teniendo un arranque de ansiedad y se te cruzaron un par de cables. Él está contento con poder sólo abrazarte, por el momento no necesita nada más.
Bueno, en realidad sí: necesita que vos dejes de ser arrastrada de un lado a otro por tu baja autoestima, necesita que aprendas a controlar tus nervios, miedos e inseguridades, necesita que dejes de vivir arañando recuerdos de la época en la que te decían patito feo y nadie te quería y te sentías sola y abandonada, presionada y discriminada. Está enamorado de vos y va a quedarse con vos para siempre bajo cualquier circunstancia, pero eso no significa que no haya cosas que podrías cambiar para hacerlo más feliz. Podrías convertirte fuera del trabajo en la mujer fuerte, confidente y decidida que sos dentro de los límites de la CTU. Podrías mostrar más seguridad en vos misma cuando no estás metida en la piel de agente de gobierno y sos solamente Michelle Dessler. Podrías dejar de torturarte negándote las cosas que querés porque tenés demasiado miedo o porque tenés la autoestima en el subsuelo y no soportás tu propio cuerpo. Podrías dejar, finalmente, de comportarte como una estúpida que en el siglo XXI sigue siendo virgen a los veinticuatro años. Son trabas que te ponés a vos misma como producto de tus nervios: primero querías esperar a encontrar al indicado, ahora que ya encontraste al indicado querés seguir esperando hasta después de casarte. Ni vos creés eso. Quizá en una época sí pensaste en cumplir con la tradición de la cultura de la familia de tu papá, pero eso fue antes de conocerlo a él y saber lo que puede hacerte sentir simplemente besándote o acariciándote. Ahora lo único que te impide dar el siguiente paso son tus estúpidas miedos e inseguridades. Tenés veinticuatro años, ya no sos una nena. Si estás con un hombre tenés que comportarte como una mujer.
Querés gritar. Definitivamente necesitás descargarte de alguna forma, pero no podés gritar. La cantidad de pensamientos que tenés en la cabeza, dos voces mezclándose y contradiciéndose la una a la otra, hace que te sientas a punto de estallar, terriblemente presionada por dos puntos de vista sobre un mismo tema que conviven dentro de una misma mente en un mismo espacio y en un mismo tiempo, nublándote el juicio y haciendo que por tus venas corra algo así como una euforia incontenible que hace hervir tu sangre.
Tenés que volver a tu estación y seguir trabajando, no podés quedarte encerrada en un cubículo en el cuarto de baño teniendo un ataque de nervios o algo por el estilo. Además, si no regresás pronto, Tony va a preocuparse, y Carrie va a tener el terrible placer de saber que todo lo que te dijo hizo los estragos suficientes para arruinarte el día y darte vuelta todo.
Respirás hondo varias veces, intentando ignorar las voces que suenan en tu cabeza, aún peleándose, una diciéndote que deberías dejar de comportarte como una estúpida y aceptar que el sexo es algo básico y natural, que no hay mejor forma que ésa para expresar un amor tan grande como el que sentís y que deberías dejar de esperar y de mantener tus deseos a raya a causa de miedos e inseguridades que disfrazás vendiéndote a vos misma la mentira de que va a ser mucho mejor si esperás al matrimonio, mientras que la otra vos insiste en que mantengas las cosas como están: dulces e inocentes. Sin embargo, hay algo en lo que las dos partes coinciden rotundamente: él te ama con locura e incondicionalmente, va a quedarse con vos hasta dar su último respiro en tus brazos, va a vivir cada segundo de su existencia haciéndote feliz, preocupándose por vos, anteponiéndote siempre a sus necesidades. Sin embargo, una parte cree que estás siendo egoísta e injusta al dejar que tus miedos, inseguridades, nervios, complejos y bajo autoestima te impidan satisfacerlo, mientras que la otra parte está tan asustada de no poder complacerlo que se esconde tras excusas e insiste en que a él no le importaría esperar una eternidad y que las cosas están bien así como están.
Sí, te va a explotar la cabeza en cualquier momento.
Es como una experiencia extracorpórea lo que vivís cuando regresás a tu estación de trabajo. Tu apariencia está tan compuesta como siempre y cuando dos o tres analistas te detienen en el camino para preguntarte un par de cosas, te sorprende escuchar tu voz tan firme y tan… natural, como si no sucediera nada dentro tuyo, como si no estuvieras con una conmoción interna, como si no estuvieras con tus emociones totalmente destrozadas y temblando por dentro, descontroladas, eufóricas por momentos y totalmente destrozadas al segundo siguiente, y luego eufóricas otra vez, como si se tratara de un subibaja desequilibrado.
Te dejás caer sobre la cómoda silla giratoria de tu estación, justo frente a las múltiples computadoras que se hallan realizando varios procesos. Quisieras derrumbarte ahí mismo sobre el escritorio y largarte a llorar en señal de la frustración tremenda que está devorándote, pero obviamente no podés, porque cuando estás metida dentro de la piel de la agente especial del gobierno no podés permitirte mostrar debilidad alguna. En un arrebato súbito de furia se te ocurre que sería divertido torturar a Carrie el resto del día de alguna forma para mitigar un poco ese especie de fuego interno que tenés dentro, pero te das cuenta que eso sería rebajarse a su nivel, y tu orgullo nunca te permitiría caer tan bajo.
Entonces simplemente continuás con lo que estabas haciendo antes de ir a la sala de descanso a tener lo que pensabas sería un tranquilo almuerzo que acabó convirtiéndose en un 'evento' que te cambió el día por completo y se deshizo de tu buen humor. Tratás de no escuchar el debate que sigue abriéndose paso cual manada de búfalos en tu cabeza, intentás ignorarlo, intentás pensar en otra cosa, intentás practicar la técnica de disociación, pero no da resultado. Estás con los dedos sobre el teclado, con la vista fija en la pantalla, contestás llamados telefónicos cuando el aparato suena, respondés correos electrónicos con consultas de otras agencias cuando éstos llegan, tu rostro permanece inmutable y tan normal como siempre, te movés con tanta naturalidad como posible, pero por dentro estás yendo a través de una procesión, de un proceso, que cuando te levantaste esta mañana jamás imaginaste tendrías que atravesar.
Las agujas del reloj van moviéndose, a veces demasiado rápido y otras veces simplemente se deslizan demasiado lento, pero realmente no estás prestándoles tanta atención. Hablás con él en unas cuatro o cinco ocasiones por motivos estrictamente profesionales, todo el tiempo pensando que va a darse cuenta que algo anda mal y va a preguntarte sobre ello, pero sin embargo te sorprende que no mencione nada (quizá fingiste demasiado bien, quizá va a tratar de averiguar qué te sucede más tarde, cuando estén solos y pueda permitirse abrazarte y consolarte sin miedo a que alguien los descubra).
Cuando se vean más tarde. Esa frase suena y resuena en los confines de tu cerebro y te martilla los oídos con fuerza desde adentro.
Hace un par de horas querías que llegara el momento de irse a casa y pasar el fin semana completamente relajada, pero ahora debido a estos sentimientos, esta euforia súbita, repentina, inexplicable que te recorre dándote descargas eléctricas no sabés qué va a pasar cuando lleguen a tu departamento o al suyo (no decidieron todavía dónde se quedarían el sábado y el domingo) y estén completamente a solas.
Podrías pasar todo el fin de semana practicando para deshacerte de tu inexperiencia.
Tu discusión interna ya te tiene harta. Harta.
Podrías olvidarte la conversación que tuviste con Carrie, calmarte y volver a disfrutar del viernes, en lugar de quedarte colgada pensando en cosas para nada fructíferas que solamente te hacen mal y te llenan de ideas raras y ridículas.
Desearías tener una amiga de verdad con quien hablar de esto. Desearías haber tenido una mamá con quien hablar de esto cuando eras adolescente, una persona a quien preguntarle, alguien de tu confianza, que pueda aconsejarte, que pueda escucharte, que pueda darte su opinión. La única persona que te escuche, la única persona que te consuela, tu mejor amigo, el que está con vos para todo, también es tu novio. Por mucho que confíes en él y por muy cómoda que te sientas hablando con él de absolutamente todo, no podés decirle que estás de pronto dividida en una parte que de pronto quiere deshacerse de tu virginidad como si fuera una carga que ya no soportás, como si fuera un estorbo, y otra parte que tiene miedo de no gustarle, de que tu cuerpo no sea perfecto, de que vos no seas perfecta, de que tu inexperiencia le resulte aburrida y que tenga que conformarse con una vida sexual mucho menos interesante y excitante simplemente porque tuvo la mala suerte de enamorarse de una estúpida que tiene veinticuatro años y sigue siendo virgen (pensar que antes eso te hacía sentir especial; pensar que esta mañana cuando despertaste jamás se te hubiera ocurrido cuestionar si hacías bien en seguir esperando o no).
Tenés una jaqueca demasiado punzante. Y estás nerviosa y alterada, pero tenés que disimular y aparentar que estás bien. Pero lo que querés es que esas dos voces que te taladran la cabeza se callen. Lo que querés es que esas dos contradicciones que pelean la una contra la otra se apaguen y te dejen en paz. Lo que querés es tener la capacidad de volver en el tiempo y evitar a Carrie a toda costa, no encontrarte con ella, no tener esa conversación que hizo que saliera tu costado más sadomasoquista y te consumieras con esas dudas y esos nervios y esas preguntas cuya respuesta no podés pedir a nadie porque no tenés con quién hablar. Desearías seguir estando en esa dulce nube de inocencia en la que estabas esta mañana cuando te despertaste en sus brazos y mientras te besaba y hablaba al oído sonreías como una tonta pensando en lo hermosa, perfecta y mágica que sería esa primera vez que casi ocho horas atrás parecía por el momento lejana.
Ahora lo que tenés es euforia pura corriendo en las venas (además de la jaqueca que te parte la cabeza al medio en dos). Y tenés todas las ideas mezcladas. Y tenés un poco de taquicardia. Y tenés la cara laxa e inexpresiva mientras continuás trabajando. Y tenés el pulso un poquitito acelerado. Y el buen humor que tenía antes desapareció. Y quisieras poder callar esas dos voces en tu cabeza que se contradicen la una a la otra.
Pero de lo que más tenés ganas es de estar con él. Lo necesitás a él. Lo necesitás de muchas formas, necesitás que te abrace, que te bese, que te diga cosas lindas, pero principalmente sabés que necesitás tener con él esa conexión íntima que nunca tuviste con nadie, esa conexión íntima que solamente podría formarse entre los dos. Necesitás, hoy más que nunca, hacerlo feliz, dejar que los besos y las caricias lleguen tan lejos como posible, morirte de amor en sus brazos y volver a nacer otra vez en un segundo. Eso lo tenés en claro, lo tenés más claro que nada en medio de toda tu confusión interna, en medio de todo el lío que se te armó adentro, en medio de tus mil y un contradicciones. Eso lo tenés más claro que nada: querés estar con él, por sobre todos tus miedos, nervios, angustias, complejos y problemas de autoestima. Querés demostrarle con el lenguaje de la piel y no con el lenguaje hablado cuánto lo amás, reemplazar las palabras con otras sensaciones que todavía no conocés pero que te morís por experimentar. Los miedos, nervios, angustias, complejos y problemas de autoestima valientemente vas a dejarlos de lado, y vas a probarte a vos misma que no sos una virgen estúpida enamorada de un Dios experimentado, si no que sos una mujer merecedora de ese hombre perfecto que te ama desmedidamente.
Es simple y sencillo: por sobre todas las cosas, sabés que querés hacer el amor con él. Más allá de tus nervios. Más allá de las tradiciones que te enseñaron. Más allá de tu baja autoestima. Más allá de los problemas de aceptación que tenés con tu cuerpo. Más allá de tus miedos. Más allá de tus inseguridades. Más allá de absolutamente todo. Morís porque llegue esa primera vez, incluso si no es tal cual la soñás, con la habitación iluminada por velas y pétalos de rosas desparramados por todas partes. Morís porque llegue esa primera vez con él, tu primera vez. Y ya no querés esperar otro segundo.
Estás decidida, de pronto, de golpe, se te mete la idea en la cabeza, cala hondo y profundo hasta penetrar tanto que no podés quitártela y no se te antoja ni remotamente ridícula en lo absoluto, más bien la considerás brillante: va a suceder esta noche.
Tu virginidad, que en menos de veinticuatro horas y debido a emociones que llevás dentro desde hace mucho y que fueron desencadenadas por una conversación de quince minutos, se convirtió en un gigantesco estorbo que debe ser sacado del paso cuanto antes, vas a perderla esta noche.
Con él.
Con el hombre ideal.
El hombre perfecto.
El hombre de tu vida.
El amor de tu vida.
Tu único amor.
Tu gran amor.
El hombre perfecto.
En un arrebato de euforia que nunca vas a terminar de entender, en un segundo de locura, en medio del enredo la parte a favor de dejar de esperar y empezar a cambiar la inexperiencia por experiencia gana por sobre aquella que insistía en que no debías apresurar las cosas, precipitarlo todo, forzarlo todo, que debías aguardar un poquitito más antes de desprenderte de tu inocencia, antes de entregarte a él por completo, antes de hacer la locura que vas a hacer esta noche.
El amor puede llevarte a hacer locuras, un arranque de euforia como el que tenés puede llevarte a hacer locuras, la necesidad de probarte a vos misma que sí sos una mujer puede llevarte a hacer locuras, la desesperación por mostrarle que su felicidad siempre está por encima de la tuya puede llevarte a hacer locuras, arpías manipuladoras como Carrie con sus palabras empapadas en veneno pueden llevarte a hacer locuras, desequilibrios emocionales pueden llevarte a hacer locuras, las hormonas pueden llevarte a hacer locuras. Todas las cosas anteriormente mencionadas forman la base en la cual se construyó tu plan, son la base de la locura que vas a cometer en un rato.
Esa que al principio esa locura te parece ideal: ignorar cualquier miedo, inseguridad, ataque nervioso y demás que puedas llegar a tener, acallar las voces con las que empiece a llenarse tu cabeza diciéndote que sos demasiado gorda o demasiado fea o demasiado poco atractiva, sorprenderlo, seducirlo, guiarlo hasta tu habitación, besarlo más apasionadamente que nunca, dejar que las cosas fluyan… y adiós virginidad, hola experiencia. Adiós virginidad, hola intimidad dulce, compleja y profunda. Adiós estúpida Michelle Dessler marcada por todos los demonios de su pasado, tímida, vergonzosa, inocente e ingenua, hola mujer segura, decidida, confidente que pretende tener una alta autoestima.
Sí, parece una locura perfecta, ¿no? Perfecta y hasta romántica, entregarte a él de pronto, ofrecerle tu cuerpo del mismo modo en que ya le ofreciste tu corazón y tu alma y cada uno de los días que te queden por vivir. Sí, en tu estado total de euforia y ansiedad esta locura parece perfecta de cometer.
Dentro de unas horas, va a parecerte una locura estúpida, vas a sentirte una tonta, una idiota por haberte dejado influenciar así por tus miedos, por tus inseguridades y por tus nervios y por tu necesidad de probarte a vos misma que sos merecedora de él (¿acaso no te alcanza con que él te diga todo el tiempo que lo sos?), vas a sentirte como una idiota por haber dejado que Carrie y su veneno dispararan esta euforia que ahora corre por venas y va consumiendo tu inocencia.
Dentro de unas horas te vas a dar cuenta que esa locura no era ni romántica ni perfecta, si no más bien una enorme estupidez de la que arrepentirse.
Dentro de unas horas no vas a poder creer cómo fue que llegaste a desestimar y desvalorizar esa inocencia que tanto cuidaste y a la que tanto te aferraste, esa inocencia que era tan importante para vos y que tanto te enorgullecía y que en tu mapa de expectativas, sueños y deseos ibas a perder en una noche mágica, sencilla pero especial.
Dentro de un par de horas vas a estar llorando convulsamente y temblando como una hoja de otoño expuesta al crudo frío del invierno como consecuencia de esta locura que en tu estado de euforia te parece tan brillante.
2 horas después
Para arruinar el resto de tu viernes y empeorar tu dolor de cabeza, simplemente porque así de perverso es el destino y así de mucho se divierte complicando las cosas a aquellos que empezaron teniendo un bien día y terminaron envueltos en una jornada horrible, tuvieron que quedarse en el trabajo más de lo previsto por órdenes de División y Distrito, terminando informes que supuestamente no tenían que enviar hasta el lunes pero que de repente se convirtieron en una prioridad que debía ser entregada cuanto antes a Seguridad Nacional.
Se te erizaba la piel y temblabas por dentro con solo pensar lo que sucedería esta noche, pero aún en tu estado de euforia lograste cumplir con tu trabajo igual de bien que siempre. Ignoraste a Carrie olímpicamente y no tuviste que hablar con ella más de lo estrictamente necesario; durante esos pequeños diálogos breves, sin embargo, notaste el brilloso destello de malicia en sus ojos refulgir, y se te ocurrió que probablemente en el fondo supiera la potencia similar a la de un huracán que tuvieron sus palabras perversas, aunque dudás que se imagine exactamente cuán demoledora esa potencia fue. Sin embargo, tenías en claro que tu decisión de finalmente (y precipitada y prematuramente) perder la virginidad esta noche no nacía del deseo de probar a Carrie que podés ser tan mujer como ella, si no que surgía de una necesidad mucho más compleja y más profunda: la de entregarte a él tan humanamente como es posible, estar unida a él tanto como humanamente posible, derribar de una vez por todas tus miedos e inseguridades, pasar por encima de lo acomplejada que estás con respecto a tu cuerpo, quitarte de la cabeza la ridícula idea de que no vas a poder dejarlo satisfecho y con una sonrisa simplemente porque nunca antes hiciste nada parecido.
Lo miraste durante todo el viaje en auto de camino a tu departamento, sentada en el asiento del acompañante, con él a escasos centímetros tuyos manejando, contento porque ha llegado el fin de semana (te alegró que no mencionara ningún plan específico, como ir al cine o a la playa o a cenar a algún sitio, porque vos definitivamente tenés otros planes). Lo miraste con la misma ternura y obsesión con que lo mirás siempre, perdiéndote en cada gesto y en cada detalle, amando cada gesto y cada detalle, enamorándote más y más de cada gesto y cada detalle. Lo mirabas y no podías dejar de pensar en tu estado de euforia y emoción que esa noche, así como durante estos dos últimos meses lo hiciste con tu alma, desnudarías cada rincón de tu cuerpo sólo para él. Lo mirabas y no podías dejar de sentir estremecimientos corriendo por tu espalda, por tu columna vertebral, por tu espina dorsal.
Durante el viaje en auto, no sentiste nervios, en lo absoluto, solamente ganas eternas, infinitas e incontrolables de llegar a tu departamento y guiarlo hasta tu habitación sin decir palabra alguna, callando las eventuales palabras que a él se le puedan ocurrir con tus besos. En tu fantasía ideal - esa que implicaba velas encendidas iluminando la penumbra y pétalos de rosa en el suelo - tu primera vez ocurría en su habitación, esa que todavía no conocés, pero ya que hiciste cambios tan apresurados, precipitados, súbitos e inesperados en el guión, ¿qué más da si ocurre en tu cuarto y no en el suyo? Además, de repente la idea de estar en su cama – donde quien sabe cuántas mujeres habrán hecho de todo menos dormir – ya no te resulta atractiva. En tu cama, sin embargo, solamente estuvo él, él y ningún otro, él y nadie más, lo cual convierte a ése en un lugar que es únicamente de los dos.
No, durante el viaje en auto hasta tu departamento no sentiste una gota de nervios, en lo absoluto. No sentiste más que euforia, euforia empezando a consumir la inocencia de la que habías decidido ibas a deshacerte, no del modo en que habías pensado lo harías inicialmente y con un anillo en tu dedo anular, pero sí con el hombre que adorás y sabés un día va a ser tu esposo. Con eso tenía que bastarte, ¿no? Porque, ¿quién necesita esperar más tiempo cuando tenés en tus brazos a un hombre que considerás un Dios y al que le ofrecerías absolutamente cualquier cosa que te pidiera?, ¿quién necesita esperar más tiempo cuando ya tenés veinticuatro años, una edad que, lamentablemente, para la sociedad en la que vivís indica que sos una estúpida por seguir siendo virgen?
No, durante el viaje en auto hasta tu departamento no estabas nerviosa.
El ataque de nervios empezó a expandirse dentro tuyo cuando con dedos ligeramente temblorosos introdujiste la llave en el ojo de la cerradura y la hiciste girar para abrir la puerta. Fue ahí cuando sentiste el primer espasmo nervioso en el estómago, algo así como un cosquilleo similar al que te provocan las mariposas que aletean allí cuando él te besa, pero un poco más ácido.
Él estaba diciendo algo acerca de cocinar demás esta noche para poder dormir toda la mañana del sábado y no tener que preocuparse por el almuerzo al día siguiente. Vos estabas escuchando a medias, mientras lo seguías camino a la cocina como de costumbre, sumergida en otros pensamientos.
No puede ser muy difícil, ¿no? ¿Qué tan difícil puede ser?
En teoría, sabés cómo es. Es decir, sabés los cambios por los que pasa el cuerpo, las reacciones biológicas y anatómicas, sabés cada cómo, cada porqué y cada cuándo. Tiene bastantes componentes parecidos a la algebra, y en esa materia sos una experta: un cuerpo más un cuerpo son dos cuerpos que se unen y fusionan dando como resultado un solo cuerpo funcionando y moviéndose siguiendo un ritmo acompasado, para lo cual antes se necesita sustraer la ropa y después dividir las piernas. Podrá ser un tanto brusca la analogía, pero es totalmente verdadera.
No puede ser muy difícil.
Respiraste hondo, lista para comenzar a poner en marcha tu loco pero aparentemente brillante plan, pero te detuviste, y en lugar de en su cuello tus labios acabaron en su espalda, mientras que tus brazos frágiles y pequeñitos rodearon su cintura por detrás mientras él seguía hablando de algo a lo que no estabas prestando atención mientras pelaba un kilo de papas.
Te quedaste abrazándolo con la misma inocencia de siempre, y un solo pensamiento llenando tu cabeza, entumeciendo por un momento tu estado de euforia: la teoría también dice – además de explicar los cómo, cuándo y porqué del asunto – que la primera vez duele bastante.
No te vas a esconder detrás de la excusa de que duele, porque va a dolerte hoy, mañana, dentro de seis meses o la noche después de que te cases. Es ridículo que estés preocupándote por esto. Son apenas escasos cinco minutos de dolor totalmente necesarios, no te vas a morir a causa de ello.
"Estás muy callada, Michelle" su voz interrumpió tus reflexiones "¿Te pasa algo?" preguntó con genuina preocupación.
Ahí fue cuando respiraste hondo otra vez, sintiendo el aire llenar tus pulmones, y decidiste, en tu estado de euforia, perder el control definitivamente, y no pensar en absolutamente nada más.
En lugar de contestar a su pregunta con palabras desparramaste besos por toda su espalda, por sus hombros, en su cuello, en su nuca, y en su espalda otra vez. Esa clase de besos, aquellos capaces de dejarlo reducido a nada, aquellos capaces de aflojar cualquier nudo o tensión, aquellos capaces de hacer que sus ojos se cierren y de sus labios se escapen suspiros a duras penas contenidos, aquellos capaces de iniciar horas enteras e interminables de caricias apasionadas y miradas que dicen todo.
Lo obvio sucedió y cedió al juego enseguida, lejos de imaginarse a donde querías llegar, y antes de que te dieras cuenta estaban en medio de tu pequeña cocina, con los planes para la cena totalmente olvidados, completamente atrapados vos en él y él en vos, besándose muy profunda y lentamente como si el resto del Universo no existiera, como si sólo los dos habitaran la faz de la Tierra.
"Hoy no quiero hablar" susurraste contra su boca, en respuesta al interrogante anteriormente formulado unos veinte minutos atrás "Solamente sentir" empezaste a caminar hacia atrás, guiándolo de memoria fuera de la cocina, luego por la sala de estar hacia el pasillo, todo el tiempo sin dejar de besarlo, luego por el pasillo, así hasta llegar a tu habitación.
Por un momento en el cual tu cabeza flotó vacía y en blanco te sentiste tranquila, relajada, convencida, perfecta y consumida en deseo, un deseo que iba creciendo y creciendo y creciendo incontrolablemente, expandiéndose de una punta a la otra de tu cuerpo, devorándote, comiéndote desde adentro hacia afuera, mientras sus manos recorrían tu espalda de arriba a abajo haciéndote temblar y su lengua se perdía e cada rincón de tu boca.
"Te extrañé todo el día" la frase susurrada contra tu cuello hizo que tus manos – una sobre su cabeza y otra en su espalda – se detuvieran en seco por un instante "Todo el día" repite en tu oído con voz pesada.
Las palabras dulces y las frases románticas son un arma de doble filo, porque pueden llevarte a recapacitar, pueden llevarte a calmar la euforia y entender la clase de locura que estás cometiendo, pueden llevarte a que tus miedos, inseguridades y complejos ataquen otra vez y se apoderen de todo, por lo cual preferías solamente el silencio, roto de vez en cuando por sus suspiros y gemidos.
No querés palabras dulces ni frases románticas esta noche, porque además son también el modo que él tiene de marcar una línea divisoria entre el momento apasionado y el 'después' de esos besos y caricias, donde usualmente ambos se calman, se tranquilizan, se acurrucan y se quedan un largo rato simplemente escuchando la respiración del otro, sintiendo los latidos del corazón del otro.
Cuando enterró su rostro en tu cuello y te abrazó con ternura fue cuando notaste que quería detenerse.
El problema es que vos no querías detenerte.
Querías que las cosas siguieran su curso natural.
Querías seguir víctima de tu estado eufórico.
"Hoy no quiero parar" murmuraste con una sonrisa, capturando sus labios entre los tuyos y desabrochando uno a uno los botones de su camisa – ante su sorpresa – para quitársela, pero sus manos te detuvieron antes de que pudieras lograr tu cometido.
"Michelle, creo que deberíamos parar" insistió con mayor firmeza, evidentemente confundido.
No dejes que te convezca.
"Besáme" ¿rogaste?, ¿pediste?, ¿ordenaste?, ¿suplicaste? Un poco de cada cosa, tal vez. Todas, definitivamente "No pensemos en nada y dejémonos llevar"
Cuando su cuerpo se destensó y volvió a enredarse con el tuyo en medio de besos apasionados, creíste que habías dejado en claro el punto al que querías llegar, que él había entendido lo que iba a suceder, lo que esperabas que sucediera, lo que querías que sucediera, por eso en un momento absoluto de debilidad suya empujaste su camisa por sus hombros para que se deslizara por sus brazos y se saliera, arrojándola luego fuera del camino sin importarte que cayera al suelo. Tuviste que contener un pequeño gemido de frustración al darte cuenta que debajo de su camisa tenía una camiseta, y otro más cuando quisiste quitársela también y se resistió.
Sin embargo, no dejó de besarte o acariciarte, y estar cerca de él, pérdida en él, fundida en él, intoxicándote en él, respirando su perfume, sintiendo sus manos en tu cuerpo, era todo lo que necesitabas, no más que eso.
Inconscientemente habías dejado las luces apagadas: se suponía que tus miedos, nervios, complejos, baja autoestima e inseguridades iban a quedar fueran de la ecuación, pero en el fondo tu subconsciente es bastante consciente de la vergüenza que sentirías si te viera desnuda, lo rojas que se pondrían tus mejillas y cuánto temblarías. Más de lo que estabas temblando mientras te incorporabas – obligándolo a él a incorporarse también porque estaban pegados el uno al otro, hasta quedar los dos arrodillados en el medio de la cama – y sin pensarlo dos veces rompías la conexión de tus labios y los suyos durante los escasos segundos que tardaste en quitarte la blusa que llevás puesta, quedando semidesnuda.
Las palabras cargadas de preocupación, desconcierto, asombro, sorpresa y deseo (un deseo tan potente que corta la piel, rasga el alma y causa dolor de tan poderoso que es cuando no se lo libera, cuando no se lo deja ser, cuando se trata de suprimirlo o ahogarlo, cuando no se lo satisface) llegaron a tus oídos sofocadas porque tu boca y su boca seguían mordiéndose sin control como si tuvieran vida propia, mientras tus manos sostenían su cabeza y tus dedos jugaban a enredar y desenredar sus cortos bucles negro azabache y las suyas recorrían tu espalda acariciando tu espina dorsal causando que se arqueara más y más, especialmente después de haber sacado a tu blusa del juego arrojándola para que cayera en el suelo junto a su camisa: el contacto era piel con piel, sus manos desnudas sobre tu espalda desnuda, haciéndote temblar de placer y expectativa, tratando de memorizar cada hueso de tu columna vertebral a través del tacto.
"Michelle, ¿estás segura de lo que estás haciendo?"
"¿Qué pasa?, ¿no te gusto?" arremetiste desafiante y provocadora, sorprendiéndote a vos misma cuando las palabras salieron sin que siquiera las pensaras, buscando convencerlo de que se relajara y siguiera la corriente, que dejara las cosas fluir de manera natural, que dejara a las cosas pasar.
"No es eso, Michelle" respondió, con su frente presionando contra tu frente, la punta de su nariz acariciando el puente de tu nariz, sus manos tomándote de los codos para frenarte "No creo que damos hacer esto" le costaba respirar, obviamente, como consecuencia de los besos asfixiantes que habían estado dándose.
Muy despacio, en silencio, sin decir palabra, te bajaste de la cama, hasta quedar parada frente a ella, frente a él, que seguía ahí arrodillado, mirándote desconcertado y sin entender, sin comprender, buscando respuestas para sus múltiples preguntas, evidentemente sorprendido y preocupado. Estabas de pie a escasos centímetros de donde tu blusa había caído sobre su camisa, ambas suaves telas en el piso representando una parte de la euforia descontrolada que va corriendo por tus venas y que te pide a gritos que lo hagas, que te entregues a él, que le entregues tu inocencia, que lo convenzas de que te deje amarlo, que lo convenzas de que te ame como un hombre ama a una mujer, que lo convenzas de dejar fluir libremente el deseo.
"Los dos somos humanos" susurraste, mirándolo a los ojos en medio de la oscuridad de tu habitación "Y estamos enamorados. Y nos deseamos. Yo sé que te deseo muchísimo" esperabas que tu argumento bastara, porque no querías que hubieran más palabras en el medio, solamente sensaciones "No quiero seguir esperando para hacer el amor con vos, los dos ya esperamos demasiado"
Al parecer tu argumento al principio funcionó, porque segundos más tarde estabas de vuelta en sus brazos, con su cuerpo sobre tu cuerpo, sus besos dejándote sin respiración otra vez, y en algún momento entre todas esas caricias y mordidas el pantalón de tela negra que llevabas puesto había desaparecido, sumándose a la ropa que se acumulaba en el piso a medida que la euforia iba in crescendo, dejándote a vos en ropa interior mientras él seguía completamente vestido (lo cual resultaba un poco frustrante).
Perdieron conciencia del tiempo, del espacio, del Universo, de todo, siendo sólo conscientes de sus propios cuerpos, como si estuvieran flotando.
Estás en sus brazos, en tu cama, semidesnuda, y él te acaricia y te besa como si fueras una muñeca de porcelana frágil, sin atreverse a ir más lejos e impidiendo que vos vayas más lejos, porque tiene miedo de romper tu inocencia, porque tiene miedo de lastimarte, porque lo único que quiere es cuidarte. Lo ves claro en sus ojos y lo sentís en la forma en que te toca: se muere de ganas, el deseo lo consume, pero tiene miedo de ir un paso más allá, tiene miedo de hacerte mal, tiene miedo de que te arrepientas. No quiere que tu primera vez, la primera vez de los dos, sea así de espontánea, y sin embargo vos lo llevaste literalmente contra la espada y la pared.
Y en lugar de detenerte, en lugar de frenar, abrazarlo, acunarte contra su pecho, cerrar los ojos y pedirle perdón por estar poniéndolo en esta posición, contarle las cosas horribles que Carrie te dijo, compartir con él tus miedos e inseguridades, compartir con él tus pensamientos, abrir tu alma y tu corazón para que cure todas tus heridas y te haga sentir mejor, dejás que la euforia te domine, que te descontrole más, logrando que los besos dulces y lentos vuelvan a transformarse en apasionados y sofocantes, porque si te detuvieras, si te calmaras, si decidieras seguir esperando, si admitieras que quizá te equivocaste, si admitieras que quizá esto es un error, si admitieras que en el fondo en realidad estás siendo víctima de un ataque de euforia y que en realidad si no estuvieras obnubilada por ello seguirías abrazada a la idea de seguir esperando y hacer que todo sea especial, romántico y mágico, si largaras todas las lágrimas que de repente se acumularon en tus ojos y pugnan por salir pero que no dejás caer, significaría admitir que no sos una mujer merecedora de un hombre como él, si no lo que Carrie dijo que sos: una virgen estúpida, ingenua, tonta, inútil, naïve.
Por eso seguís besándolo cada vez más apasionadamente, con más fuerza, con más locura, cada vez más poseída, mientras tu corazón se acelera y comienza a latir rapidísimo, y tus pulsaciones se descontrolan, y de repente querés llorar sin saber por qué pero a la vez querés impedir que esas lágrimas caigan, y empiezan a dolerte las sienes, y no podés respirar porque siguen besándose, mordiéndose, descontrolándose, y tratás de desnudarlo porque querés terminar con esto de una buena vez por todas, porque la euforia que te consume te dice a gritos que lo hagas de una buena vez, y él no te deja (lo cual es frustrante), y tus brazos lo rodean pidiéndole que no se vaya, atrayéndolo imposiblemente más cerca, aprisionando su cuerpo contra el tuyo, y en medio de la inmensa, inentendible, inexplicable, desordenada confusión escuchás su voz que en susurros y entre besos te pide que te tranquilices, que lo mires a los ojos, que te calmes, que frenes, que te detengas, que los dos saben que no deberían seguir adelante, todas esas palabras mezclándose con sus respiraciones pesadas y sus jadeos.
"Michelle, por favor…" prácticamente suplica.
Pero vos no lo escuchás, porque estás presa en un estado de euforia, esos estados de euforia parecidos a los que le agarraban a tu mamá en su bipolaridad.
Estás con el hombre que amás, el hombre con el que querés pasar el resto de tu vida, en tu habitación, en tu cama,semidesnuda, temblando como una hoja, besándolo - tan profundamente que estás asfixiándote y asfixiándolo, tan violentamente que sentís dolor en los labios, tan furiosamente que hace rato los besos se confunden con mordidas -, a punto de perder la virginidad, pero ni la situación ni el escenario son como alguna vez los imaginaste.
Y tendrías que detenerte, sabés que tendrías que detenerte, sabés que ninguno de los dos quiere que sea así la pérdida de tu inocencia, sabés que los dos van a arrepentirse si las cosas suceden así, pero por algún motivo no querés parar, no sabés cómo parar, por eso seguís negándote a soltarlo, por eso seguís besándolo, por eso seguís queriendo fundirte en él, intoxicarte en él, consumirte con él, del mismo modo en que la euforia está queriendo consumir tu inocencia.
Perdiste el control de tu cuerpo, de tus acciones y de tus sentimientos, hasta caer en el círculo vicioso de besos y caricias desesperados en el que estás ahora, con tu piel y tu cuerpo expuestos por primera vez, muerta de frío, en la oscuridad, buscando una forma de tranquilizarte y simplemente hacerlo cuando en realidad sabés que no la hay, muriéndote de ganas de llorar pero conteniendo las lágrimas, negándote a calmarte aunque él te pide repetidamente que desistas, que te relajes, que lo escuches, negándote a desacelerarte aunque el esté tratando de que te detengas, forcejeando los dos, vos en completa frustración porque ya te deshiciste de casi toda la ropa que tenías puesta pero él no deja que lo desnudes.
"Michelle, por favor" vuelve a susurras contra tu boca, con su frente presionando contra tu frente, y todo el peso de su anatomía derrumbado sobre el peso de tu anatomía "Por favor, Michelle" te ruega, enterrando su rostro en tu cuello y aprisionándote él a vos exitosamente, tomando tus brazos y sosteniéndolos con firmeza pero cuidándose de no lastimarte para impedir que sigas luchando contra él, que sigas insistiendo, que sigas saliéndote de control "No sé qué es lo que pasa, no sé qué te llevó a reaccionar así" escuchás su voz, suave, ronca, profunda, sexy, cargada de preocupación, de amor, de ternura, de angustia, de deseo contenido, y tus ojos se llenan de lágrimas aún más, se abarrotan de lágrimas aún más ", pero esto no es forma de solucionar nada" levanta la cabeza, llevando su mirada a clavarse sobre tu mirada.
Y cuando te ves reflejada en el espejo que son sus ojos negros, te largás a llorar, sin importar que las lágrimas rueden libres por tus mejillas.
Y te das cuenta de la locura que en tu estado eufórico estuviste a punto de cometer, como casi perdés tu inocencia y tu virginidad – que sí son importantes – en un arrebato, y cómo todo se hubiera arruinado, cuánto daño te habría causado toda la situación, si el hombre perfecto del que estás enamorada no hubiera puesto tus necesidades antes de las tuyas, si no hubiera dejado en ningún momento de cuidarte, si no hubiera decidido detenerte para evitar que incurras en un error.
Te largás a llorar, en sus brazos, temblando, semidesnuda, muerta de frío, en medio de la oscuridad, de pronto muriéndote de vergüenza ahora que el efecto de la euforia pasó, sintiéndote como una tonta, como una estúpida.
Sollozás en sus brazos, y sentís sus manos acariciando tu espalda desnuda, pero ya no de esa manera, si no simplemente para reconfortarte, para tranquilizarte, para calmarte, para hacerte bien.
"Si hubiera seguido" susurra en tu oído, lento, despacio, con los dientes apretados debido a la bronca que debe estar sintiendo contra sí mismo, debido a la impotencia, debido a las emociones que la situación entera causó en él ", si me hubiera perdido en mi deseo de estar con vos y no me hubiera dado cuenta de que lo que íbamos a hacer si no parábamos iba a ser una locura, podría haberte lastimado. Podría haberte lastima física y emocionalmente" sentís sus pulgares dibujando el contorno de tu cara, borrando los rastros frescos de las lágrimas, y escuchás su tono de voz suavizarse "Michelle, si hubiera tenido una pizca menos de autocontrol, si no hubiera estado pendiente de vos todo el tiempo, hubiéramos llegado bastante lejos, y creéme: te habría hecho mucho daño, física y emocionalmente" repite, desesperado porque entiendas por qué tuvo que detenerte tan bruscamente "Y si te hubiera lastimado, en cualquier forma, no habría sido capaz de seguir viviendo conmigo mismo"
Aflojás tu cuerpo y dejas que se derrita contra el suyo, relajándote, entendiendo lo terriblemente equivocada que estabas al pensar que necesitabas demostrarle cuánto lo amabas y adorabas entregándote de esa manera, dándole ese grado de intimidad tan profundo y tan especial. Te das cuenta de lo terriblemente equivocada que estabas cuando dejaste que ese estado de euforia casi bipolar se apoderara de vos y te diera vuelta la cabeza.
"Amo tu inocencia" oís su murmullo tranquilizador mientras te acuna en tus brazos "Si no te deseara tanto, no permitiría que la perdieras nunca. Me molesta no haber sabido controlarme y haberte dejado llegar tan lejos, pero no puedo entender por qué…"
Está tratando de preguntarte el motivo por el cual te comportaste de ese modo, en cierto punto aprovechándote de una debilidad básica e infaltable en cualquier hombre, en cierto punto casi obligándolo a que hiciera el amor con vos.
Te das la vuelta en sus brazos y lo mirás en silencio, diciéndole sin usar sonido alguno que vas a explicarle todo, que vas a contarle todo, como siempre que algo te molesta, como tendrías que haber hecho desde un principio en lugar de actuar como actuaste. Te incorporás temblando de frío, y dejás que él te alcance de entre las telas desparramadas en el suelo su camisa para que te abrigues con ella. Sin embargo, seguís estremeciéndote, quizá porque estás teniendo descargas nerviosas, quizá porque estás emocionalmente impactada por la estupidez que casi cometés.
Volvés a sumergirte en sus brazos, el lugar más seguro del mundo, respirás hondo, y sentís una punzada en el estómago al pensar lo que podría haber pasado, cómo tu inocencia podría haberse esfumado tan innecesariamente, si él no te amara tanto como para detenerse y pensar en tu bienestar antes que en cualquier otra cosa.
"Cuando fui a almorzar hoy, entró Carrie a la sala de descanso…" comenzás a explicar en una voz tan baja que solamente alguien que te presta atención desmesurada como él puede oír.
Pasás el resto de la noche hablando con él sobre absolutamente cada cosa que sentiste hoy, desde la más pequeña hasta la más grande, desde la más impactante hasta la más simple, desde la más chocante hasta la más inverosímil. Incluso mencionás que no te gusta tu cuerpo en lo más mínimo, aunque evitás entrar en detalles sobre el leve trastorno alimenticio que tuviste y ocultaste de todos. Incluso te animás a referirte a vos misma usando las palabras 'virgen' y 'estúpida' en la misma oración. Y él te escucha. Como siempre, él te escucha, sin juzgarte, sin objetar nada, conteniéndote, cuidándote, preocupándose por encontrar la forma exacta de hacerte bien.
Cuando te quedás dormida – agotada, exhausta, en todos los sentidos – ya no tenés frío, porque él se encargó de envolverte en el cobertor. Su camisa te queda enorme y – como el resto de su ropa – tiene su perfume, lo cual te encanta, y la tela de algodón es muchísimo más cálida que cualquiera de sus sweaters. Tus piernas siguen desnudas, pero están enredadas entre las suyas.
Lo último que cruza tu cabeza embotada pero finalmente en paz luego de haberte descargado y de haberlo escuchado decirte todo lo que necesitabas oír para sentirte bien otra vez, es la reflexión de que ningún ataque de euforia podría consumir tu inocencia el único dueño de tu inocencia es él.
Y el día que esa inocencia se consuma, va a ser tal cual lo imaginaste: romántico, especial, mágico, sencillo, y en los brazos del hombre de tu vida, de tu gran amor, tu primer y único amor, ese hombre que antes de cantarte al oído para que te quedaras dormida te prometió que siempre va a cuidarte y que por más que pienses lo contrario sí sos perfecta: sos perfecta para él, porque Dios te hizo a su medida.
