Y me acuerdo de aquel día en que decías:
'Si pudieras ser un pájaro, ¿qué harías?'
El día siguiente a aquella noche en la que casi perdés el control y te dejás llevar por el deseo que estaba quemándote vivo como si te hubieran prendido fuego por dentro, lo primero que tus ojos desenfocados enfocaron al despertar fue el hermoso reloj de pared ribeteado en color oro, cuyas agujas estaban posicionadas marcando las once de la mañana con escasos cinco minutos.
Tu cerebro embotado tardó apenas segundos en notar el ligero peso que yacía sobre tu cuerpo: ella estaba durmiendo encima tuyo, con su rostro completamente anidado en tu cuello, sus manos envolviendo tu cintura y apretándote muy fuerte como si quisiera asegurarse de que no ibas a ir a ninguna parte, sus dos piernas desnudas enredadas con una de las tuyas, y el resto de su anatomía cubierta por la camisa que usaste para abrigarla cuando pasado su feroz estado de euforia se había largado a llorar y empezado a temblar descontroladamente.
Con cuidado dejaste que tus manos tibias se colaran en el espacio entre la tela y su piel, acariciando y contornando su columna vertebral con las yemas de tus dedos, pensando en todo lo que había sucedido horas antes, escuchando su respiración relajada romper con el silencio, dejando que tu mente fuera llenándose poco a poco de reflexiones sobre cada palabra dicha, cada beso, cada gesto, cada mirada, cada lágrima que tus pulgares barrieron de su rostro antes de que pudieran terminar de deslizarse por sus mejillas, cada promesa.
Con solo saber que habías estado tan cerca de perderte embriagado en ella y ceder a tus más profundos, crudos instintos dejándola guiarte a hacer algo que en ese momento de confusión ella creía era necesario para probarte cuánto te ama y probarse a sí misma que no es una estúpida, sentiste tu corazón latir dos veces dolorosamente y luego saltearse un latido: podrías haberla lastimado. Si no te hubieras detenido, si al sentir su cuerpo entero tensarse y ver brillando en la oscuridad absoluta sus ojos empapados, si al escuchar su respiración volviéndose cada vez más y más elaborada no te hubieras detenido, si no hubieras logrado que se calmara, si no la hubieras hecho entrar en razón, podrías haberla lastimado, física y emocionalmente. Y como le habías dicho esa misma noche mientras la abrazabas para tranquilizarla, de haber cruzado esa línea en un momento de debilidad absoluta y obnubilación no hubiera habido vuelta atrás, indefectible e inevitablemente le hubieras hecho muchísimo daño.
Quizá en un estado de confusión debido a que acababas de regresar al mundo de la conciencia luego de haber pasado el último par de horas durmiendo profundamente los cables en tu cerebro estaban revueltos y las conexiones un poco mezcladas, pero no podías quitarte de encima la sensación de que – de haber llegado sólo un poquito más lejos de lo debido – podrías haberla lastimado, que podrías haber roto la promesa que te hiciste a vos mismo pero – aún más importante – también la promesa que le hiciste a ella de siempre protegerla, lo cual causaba que un nudo se formara en tu garganta apretando lo suficientemente fuerte para cortarte la respiración, no porque sos un hombre que odia romper promesas sino porque la mera suposición de lo que hubiera acontecido, de lo que podría haber ocurrido si no hubieras recuperado el control tan rápido como lo perdiste… Podrías haberle hecho mucho daño de verdad, y por muy drástico, trágico y digno de una obra de Shakespeare que suene, la realidad es que preferirías morir antes que hacerle daño a ella.
Un segundo menos de control, un segundo más dejándote guiar por el instinto… Bueno, sos un ser humano después de todo, es sangre y no agua lo que corre por tus venas. Te ahogaste, te perdiste por un segundo, te embriagaste demasiado y la realidad alrededor tuyo se nubló, pero al menos pudiste reaccionar antes de que el tren se descarrilara aún más, antes de que en su estado de euforia absoluta ella te condujera a hacer algo de lo que luego te arrepentirías hasta el último día de tu vida, algo de lo que seguramente ella se hubiera arrepentido terriblemente también, algo que podría haberla destrozado, algo que podría haber arañado su autoestima aún más.
La noche anterior habían hablado durante horas y horas de temas íntimos y profundos nunca antes tocados, al menos no tan directamente, al menos no con tanta crudeza, al menos no con tanta honestidad. Pudiste leer e interpretar miles de cosas distintas en lo dicho y en lo no dicho, en lo verbalizado y en lo que quedó sin conocer el mundo del sonido, en lo que calló y oculto, en lo que eligió confesar.
Descubriste que sus miedos e inseguridades, sus heridas y sus marcas, sus complejos, todos ellos duelen mucho más de lo que podrías haberte atrevido a imaginar. Todos ellos ejercen sobre ella una presión muchísimo más terrible de lo que te hubieras atrevido a suponer.
Es tu trabajo salvar su alma herida, sanarla, hacerla feliz, pero evidentemente sus heridas son demasiado hondas, sanarla es una tarea difícil que llevará tiempo, mucho tiempo, y no será completamente feliz hasta que no estar absolutamente curada de todos y cada uno de los crueles rasguños que el pasado ha dejado en su interior.
¿Vas a echarte atrás porque las cosas son mucho más complejas de lo que pensabas? Por supuesto que no. Ni se te ocurriría. Nunca cruzaría tu cabeza. Nunca.
Si fuera posible, como en una novela de ciencia ficción del gran H. G. Wells, volver el tiempo atrás, retroceder, cambiar el pasado para repercutir en el futuro, tomar una decisión en lugar de otra para evitar un desenlace y desembocar en otro fin para la historia, si fuera posible regresar al punto exacto en el que casi un año atrás te encontrabas cuando la conociste, cuando tus ojos color chocolate se posaron en sus ojos asiáticos por primera vez y sabiendo todo lo que sabés ahora decidir seguir un camino distinto al suyo, no lo harías.
Jamás.
Es la mujer más intrigante, hermosa, compleja, profunda, inteligente y sabia que conocés – aunque ella no crea que lo es cada vez que se lo decís y le cueste entender cuánto vale – y la amás tanto que no podrías imaginar tu existencia sin estar fuertemente entrelazada con la suya, no podrías imaginar otra cosa que quieras hacer más que cuidarla, sanarla, hacerla feliz, cuesta lo que cueste, por muy lleno de piedras y obstáculos que el camino vaya a estar, por mucho que tengas que esforzarte.
Porque vos también – aunque en apariencia seas fuerte y seguro, tengas un ego desmedido y a veces en tu hombría pienses que podés llevarte el mundo por delante – tenés miedos e inseguridades, todos ellos relacionados con sus miedos e inseguridades.
Muy despacio, con la mayor delicadeza posible para no despertarla ni lastimarla, la tomaste entre tus brazos para recostarla sobre el colchón, a tu lado, boca arriba. Querías observarla dormir, en paz y relajada como un ángel, completamente distinta a la personita que horas antes se deshacía en llanto y te confesaba todas las cosas que habían cruzado por su cabeza, todos los pensamientos confusos, todas las reflexiones contradictorias que la torturaron hasta el punto en que dentro suyo todo se desdibujó y se volvió una maraña enredada e inentendible. Te acomodaste a su lado, permaneciendo de costado para no aplastarla o hacerle daño, rodeaste su cintura con tus brazos atrayéndola imposiblemente más cerca de vos y enterraste tu rostro en su cuello. Intentaste relajarte y volver a quedarte dormido, pero obviamente no pudiste, porque tu cabeza ya había arrancado a funcionar, y esa máquina de pensar y sentir con la que convivís a diario estaba trabajando a mil por hora, desaforadamente, torturándote del mismo modo en que el día anterior su mente debía haberla torturado a ella.
El primer foco de reflexión en que caíste resultó ser Carrie. No podías creer que se hubiera atrevido a decirle todas esas cosas, que son mentiras desde la mayúscula hasta el punto final pasando por todas las comas y puntos que puedan hallarse en el medio. Carrie es diabólica, no se te ocurre un término mejor para poner en palabras lo que es. Hay personas malintencionadas, personas complicadas con las cuales trabajar, personas que viven con bronca hacia otros, personas que disfrutan poniendo trabas a otros, pero lo de Carrie va más allá de todo eso: lo de Carrie es maldad pura. Odia a Michelle tanto que sería capaz de cualquier cosa con tal de destrozarla, y se aprovecha de sus puntos débiles para golpearla donde más duele.
Carrie se iría pronto, sin embargo, volvería a División, y no tendrían que volver a verla nunca más. Por otro lado, esos casi dos meses que pasó en la CTU 'ayudando debido a la falta de personal' no hizo más que entorpecer las cosas y lastimar a Michelle, y eso (lo segundo especialmente) te despertó una bronca incontenible que no podía ser calmada pensando que una vez comenzado el receso de dos semanas durante el cual la CTU sería refaccionada no volvería a molestarlos más. Te hubiera encantado llamar a Chappelle y – sin entrar en detalles – relevar una queja bastante extensa sobre Carrie, pero a Michelle eso no le hubiera gustado: eso sólo la habría hecho sentirse incapaz de manejar las cosas, incapaz de controlar sus emociones en el trabajo e impedir que se mezclen con la profesional que hay en ella y que está acostumbrándose a su nuevo puesto, a sus nuevas responsabilidades, a llevar un peso tan grande sobre sus hombros. A Michelle la consolaba la certeza de que cuando regresaran en la tercer semana de Noviembre para empezar a instruir al nuevo equipo y poner la unidad en marcha como corresponde Carrie la arpía ya no estaría ahí cual molesto montículo de escombros o ave de rapiña esperando para devorar a su presa, y concluiste que eso debía bastarte a vos también. Por eso respiraste hondo, inhalando su perfume, e intentaste tranquilizarte.
La tranquilidad duró literalmente lo que un suspiro, claro, porque tu cerebro no iba a ser tan considerado como para apagarse y dejar que volvieras a dormirte y disfrutaras de esa mañana de sábado haciendo nada, simplemente relajándote y descansando.
No, tu cerebro tenía otros planes para esa mañana de sábado.
Mientras acariciabas el contorno de su rostro muy despacio y escuchabas el sonido pausado de su respiración llenar el aire, pensabas en lo hermosa, delicada y frágil que es, a la vez que también esconde dentro de sí una fuerza interna enorme y una devoción por lo que hace que pocas veces es vista. Es una en el mundo profesional y otra fuera de él. Es una mujer llena de contradicciones, que puede enfrentarse al terrorismo sin sentir una gota de miedo corriendo por su sangre, pero que se desmorona fácilmente porque la angustia pensar en el abandono, porque tiene una necesidad constante de afecto que la consume. Todas las personas que alguna vez amó, todas las que fueron importantes, todas las que deberían haberse quedado a su lado, por algún motivo se fueron, dejándola sola, a su suerte, no pudieron cuidarla, no pudieron defenderla, no pudieron enseñarle a quererse a sí misma.
La noche anterior te había dicho que te amaba mucho más de lo que alguna vez sería capaz de quererse a sí misma, y que te daría absolutamente cualquier cosa que le pidieras: su alma, su corazón, su cuerpo, absolutamente cualquier cosa, sólo para hacerte feliz. El problema es que ambos en su obsesión por el otro están metidos en un círculo vicioso y compulsivo en el cual tu felicidad depende de su felicidad, y su felicidad depende completamente de vos. Si no la amaras con la misma locura, si no estuvieras tan terriblemente enamorado de ella, si no fuera que tu vida vale la pena simplemente por ella, si no la adoraras desmedidamente, si no fuera que preferirías morir antes que sufrir la tortura de pasar un día alejado de ella, probablemente eso te hubiera asustado. Probablemente te hubiera aterrizado pensar que la felicidad de una persona, de un ser humano, está pendiendo en tus manos. Te aterrorizaría la certeza de que una acción tuya tiene el poder de hacerle daño, de destruirla, si se tratara de cualquier otra. Con cualquier otra mujer, confesiones así de íntimas y profundas te habrían asustado a tal punto que te habrías alejado, la habrías dejado, antes de que fuera demasiado tarde, antes de terminar envuelto en una relación dispareja en la que uno de los dos ama con devoción y el otro sólo puede concentrarse en hallar la manera más propicia para distanciarse y desaparecer.
Pero con ella es distinto. Es tan distinto. Ella es el amor de tu vida. Ella es, literalmente, tu alfa y tu omega, tu principio y tu fin. Ella es todas las razones, los motivos, las respuestas a las preguntas difíciles, todo ello resumido en una sola persona, en un solo cuerpo, un solo corazón, una sola alma. Ella es tu vida, tan simple como eso: no hay respiro que no tomes pensando en ella, no hay gota de sangre circulando en tus venas cuya función no sea la de llegar a tu corazón y mantenerlo latiendo para que ella pueda quedarse dormida acurrucada en tu pecho escuchando tus pulsaciones, no hay amanecer en el que no abras los ojos sabiendo que vale la pena existir simplemente porque ella existe y es tuya.
No podrías, ni siquiera osarías a atreverte a meterte por una milésima de segundo en el tormento que significaría imaginarte sin ella a tu lado, iluminando tus días, construyendo planes para construir un futuro y hacerse viejitos juntos. Imaginar un mundo sin Michelle es sencillamente tu peor pesadilla, por lo cual jamás se te cruzaría por la cabeza dejarla. No la abandonarías, nunca. Por nada. No hay cosa que pueda hacer o decir, no hay cosa que pueda suceder, es imposible desde el ángulo que se lo mire que alguna vez algo te conduzca a alejarte de ella, a dejar de amarla, a dejar de desearla, a dejar de cuidarla. En la salud o en la enfermedad, en la tristeza o en la pobreza, llueva o brille el sol, esté hecha un manojo de nervios o haya finalmente encontrado la paz interior que necesita, vos vas a estar ahí, a su lado, protegiéndola de todo, demostrándole que el amor es más fuerte que cualquier contratiempo, demostrándole que cada promesa que alguna vez le hiciste fue verdadera.
¿Renunciar a ella porque está llena de heridas que necesitan curar?, ¿renunciar a ella porque a diferencia de las muchas mujeres con las que a lo largo de la última veintena de años tuviste sexo carece de experiencia?, ¿abandonarla porque su personalidad está llena de contradicciones producto de la difícil vida que ha tenido?, ¿abandonarla porque además de arrancarle las sonrisas más hermosas también tenés que secar sus lágrimas cuando llora?, ¿renunciar a ella porque tiene el 'síndrome del patito feo' y algunos hombres estúpidos considerarían eso histeria?, ¿renunciar a ella porque su mente es mucho más compleja que la de cualquier rubia superficial e insípida o chica de ciudad criada entre algodones de colores?
Jamás.
Jamás, jamás, jamás.
Ella es absolutamente todo para vos. Es tu mundo. Es tu pedacito de cielo en medio de toda la maldad, en medio de todo el caos, en medio del descontrol, en medio de la muerte, en medio del temor, en medio del enojo, en medio de la bronca, en medio de los problemas a los que te enfrentás día a día, ella es tu pedacito de cielo en medio de este infierno existente en la Tierra, ese infierno que los dos ven tan de cerca cuando se dedican a salvar vidas y proteger a los ciudadanos. Tu Universo se reduce a una sola cosa, y eso es ella. Sos como un satélite que orbita a su alrededor. Vivís para ella, vivís por ella, existís para estar con ella, dependés de ella para ser feliz, sos adicto a ella, pensás en ella las veinticuatro horas de cada día, todo lo que hacés lo hacés considerándola a ella, querés estar con ella para siempre, preferirías morirte e ir al infierno antes que pasar toda una vida en soledad para luego ir al cielo.
Ella es – por muy cursi que suene, por mucho que se parezca a algo sacado del guión de una película romántica, por mucho que se parezca a una línea extraída de uno de esos libros lleno de historias color rosa – la primera mujer de la que te enamorás. Cualquier cosa que hayas sentido antes no es ni un 0,1% de lo que sentís ahora. La devoción, la locura, el nivel de entendimiento que comparten, la forma en que se conectan intelectual y espiritualmente, lo que se mueve dentro tuyo cada vez que se miran a los ojos, lo que te deshace el alma con cada beso, con cada abrazo, con cada caricia, esa obsesión por protegerla, esa desmedida atracción, nunca nadie despertó todo eso en vos.
Nunca. Nunca lo creíste posible.
No creías posible que existiera eso de lo que hablan los libros y las películas. Sencillamente no concebías que fuera posible adorar tanto a alguien como para estar dispuesto a entregar la vida por esa persona, a mover el cielo y la Tierra y el mismísimo infierno sólo por esa persona (ni hablar de escuchar sobre 'amor a primera vista'; hubo una época en la que esas palabras, el concepto, el significado, la importancia y peso que se les dan hacía que te rieras mentalmente de forma casi histérica de los que decían que era posible).
Honestamente, sin dar más vueltas, durante años y años no hiciste más que ver a las mujeres como objetos. No es que las despreciaras o las trataras mal, porque eso hubiera ido contra todas las cosas que tus padres te enseñaron, y además siempre tuviste la costumbre de ser uno de esos hombres caballeros, pero realmente no te interesaba conectarte con una mujer más allá de lo físico. No te interesaba escuchar sobre sus esperanzas, emociones, sueños y sentimientos. No te interesaba relacionarte con mujeres que buscaran algo más, con mujeres que quisieran una relación seria, con mujeres que tuvieran planes a futuro, con mujeres que buscaran algo más que sexo y diversión sin compromisos. No se puede considerarte un mujeriego porque jamás tuviste un vínculo serio con ninguna, por ende ninguna hubiera tenido el derecho a sentirse engañada o decepcionada porque no había sentimientos involucrados.
Esa es la palabra correcta: no había sentimientos involucrados. Nunca compartiste intimidad con una mujer por amor.
Ni siquiera con Nina.
Nina fue importante, sí. De Nina no vas a olvidarte nunca, desgraciadamente no. Nina te marcó, sí. Pero no porque la hayas amado. No. A Nina nunca la amaste. Lo que había entre Nina y vos era lujuria, necesidad de sacarse las ganas, pero no había amor. No había una relación. No eran 'novios', aunque en una época querías creer que sí. No había futuro, y siempre lo supiste eso, aunque en momentos de estupidez decidiste ignorarlo.
Nina fue, en realidad, un quiebre en tu vida, algo distinto, es cierto, pero por motivos que lejos estaban de tener algo que ver con el amor. Nina tenía una personalidad fuerte, segura, decidida. Lo que Nina aparentaba ser te gustaba. Nadie podía manejarla, nadie podía decidir por ella, nadie tenía posibilidad de meter una palabra en su boca que ella no quisiera que estuviera ahí, nadie podía domesticarla, nadie podía darle vuelta la cabeza. Ni siquiera Jack Bauer. Él la había dejado, y ella había decidido seguir adelante, y para darle celos a un hombre que estaba fuera de su alcance te había elegido a vos (eso también lo supiste desde el principio). Y fue eso lo que te atrajo: ella era prohibida. Jack quería tenerla, pero no podía tenerla. Jack la había perdido, y no había sabido conservarla. Entonces vos ibas a aprovechar la oportunidad para enrostrarle felizmente que poseías algo que él quería pero que no debía tocar. Nina fue un masaje al ego (que después las cosas hayan salido mal y te hayas quedado con un agujero dentro, ése es otro tema).
Pero lo que hubo entre Nina y vos no fue amor.
La presión de tus padres porque conocieras pronto a una buena mujer y te casaras para poder formar una familia como el resto de tus hermanos llevó a que sintieras que con Nina había algo más serio de lo que en realidad existía, que podía ser que acabaran compartiendo cierto nivel de intimidad más allá de lo que ocurría entre las sábanas, la intimidad suficiente como para llegar a formalizar. Viéndolo de lejos, incluso la Nina que no era monstruo, aquella que fingía ser la agente perfecta, dedicada, patriota y buena compañera – de haber sido real, de no haber estado la psicópata, sociópata, terrorista, asesina en el medio – tampoco hubiera funcionado como esposa, ni siquiera hubiera funcionado como pareja o concubina (y mucho menos después del fiasco vivido cuando la llevaste a casa de tus padres para Acción de Gracias). Pasado ese instante de euforia, cuando viste que Nina quería divertirse y nada más, decidiste que vos también te divertirías y nada más, y volviste a donde estabas cuando arrancó el juego, al primer casillero: sexo y sólo sexo, nada de sentimientos, nada de expectativas.
Luego todo se derrumbó.
Y el resto es historia conocida, por supuesto.
Qué hacías ese sábado por la mañana reflexionando y analizando tu historia con Nina, bueno, no era realmente un misterio. Estaba reflexionando y analizando tu vida sexual (no podía llamarse vida sentimental a lo que tenías antes de conocer a Michelle, porque el porcentaje de sentimientos iba de totalmente nulo a nulo, sin pasar por grises).
Solías pensar que nunca cumplirías el deseo de tus padres de verte casado y con hijos. Solías pensar que no formarías una familia. Solías pensar que serías soltero por el resto de tus días. Y no te molestaba esa perspectiva. Después llegó Michelle, y en dos minutos cambiaste todo el panorama y empezaste – incluso antes de que tu relación con ella se volviera oficial – a fantasear con verla vestida de blanco caminando hacia el altar, una casa con jardín en lugar de un departamento enorme, una mascota, hijos tan hermosos como ella con sus rulitos y sus ojos asiáticos.
Michelle cambió tu vida de tal manera desde el segundo en que tu mirada y su mirada se encontraron por primera vez… ¿Cómo entonces no se convertiría en tu vida entera si el significado de vivir sólo puede dártelo ella? Después de ella no habría nada más, nada de nada. Sin ella dejarías de comer, de soñar, de respirar. Te limitarías a existir hasta encontrar la muerte, o que la muerte te encuentre. Así de grande, profunda, honda y terrible es la obsesión que sentís por ella.
Y no lo cambiarías por nada.
No la cambiarías por nada.
Jamás.
Cambiaste tanto desde que la conociste, que si compararas al hombre que solías ser con el hombre en que te convertiste sencillamente encontrarías poquísimas cosas en común.
El que eras antes nunca hubiera salido más de dos veces con la misma mujer si las cosas se mantenían platónicas por más de veinte minutos durante la primera cita. ¿Egoísta, no? Muy. Claro que sí.
Ahora podrías pasar el resto de tu vida ignorando tus necesidades físicas, y simplemente mirándola, abrazándola, tomándola de la mano, sin hacer nada más que eso, sin esperar nada más, sin pretender nada más. De hecho, tenés miedo a lastimarla. La noche anterior tu falta de reacción inmediata en parte se debió a que te tomó por sorpresa, en parte se debió a que te dejaste llevar por la sensación de estar tan cerca de la mujer que amás, pero cuando finalmente reaccionaste y pusiste un alto a toda esa locura fue porque te invadió el miedo de tocarla porque no sabías si la lastimarías, porque tenías terror a hacerle daño.
Si no hubieras recuperado el control a tiempo, si el tren hubiera seguido descarrilándose… Dios, con sólo pensar en el resultado que eso podría haber tenido se te erizaba la piel del cuello y de la espalda, y no podías evitar abrazarla aún más fuerte, tan fuerte que por un momento también se te cruzó por la cabeza la idea de que la sofocarías.
Si la hubieras lastimado la noche anterior a esa mañana en la que te perdiste en tus pensamientos y reflexiones, no hubieras podido seguir viviendo sin una culpa terrible, sin odiarte a vos mismo por haber dejado que tu antiguo ser – aquel egoísta y ególatra que sólo pensaba en sí mismo y no le importaban los demás – te nublara, obnubilara y confundiera, llevándote a ceder al impulso, al deseo, a la pasión y como consecuencia de ello hiriéndola, no sólo emocionalmente si no también físicamente.
Le habías repetido eso mil veces, con una mezcla de alivio por haberte detenido antes de que las cosas se les fueran de las manos, con bronca por no haberle puesto un freno a todo eso antes, con enojo por no haber notado a tiempo que algo andaba mal para poder solucionarlo sin que ella tuviera que llegar al borde de la histeria y humillarse de esa manera, angustiado por verla así de nerviosa y alterada, rogando poder contenerla. Estabas furioso con vos mismo por haber dejado que las cosas llegaran tan lejos. Estabas furioso con vos mismo porque sabías que no eran mucho los pasos que te faltaban dar antes de fundirte totalmente en el momento, olvidarte de todo, permitir al cuerpo dominar la mente y hacer algo de lo que los dos hubieran acabado arrepintiéndose.
A pesar de los diez años que le llevás, a pesar de toda la experiencia que tenés, hay miedos e inseguridades que te atacan. Uno pensaría que no, pero la realidad es que sí existen. Hay, por supuesto, algunas cosas que te causan ansiedad extrema. No serías humano si ante determinadas circunstancias no te sintieras temeroso, confundido. Pero esas emociones, esos miedos, esas inseguridades esas ansiedades, en vos solamente ella puede despertarlos. Ella, su mirada, el brillo en sus ojos, la forma en que su piel se estremece bajo tu tacto, sus caricias, sus besos, sólo esas muestras de afecto, devoción y cariño pueden tocarte por dentro tan profunda e íntimamente y hacer que veas las cosas de otra manera, desde otras perspectiva, bajo otra luz.
Esa mañana tu cabeza se negaba a apagarse y darte un descanso, no encontrabas – por mucho esfuerzo que pusieras en ello – capacidad alguna para vaciar la mente, ponerla en blanco, relajarte y pasar las siguientes horas observándola, completamente inocente y ajena al resto del mundo, besando sus párpados, contando las perfectas pequitas de su rostro, enredando sus bucles en tus dedos una y otra vez.
Esa mañana de tan hermosa ella parecía una muñeca esculpida en mármol, pero aunque la mirabas con intensidad palpable no podías disfrutar del paisaje exótico que tenías frente a tus ojos, en tus brazos. No podías sumergirte en ella, embriagarte de ella; en lugar de pasar cada segundo contemplándola extasiado estabas ocupado escuchando un sinfín de voces reflexivas que martillaban tus sienes desde adentro de tu cabeza, presionando tu cerebro hasta hacerlo doler, repitiendo los mismos ecos cientos de veces.
La noche anterior habías confirmado lo que sospechabas desde un principio – incluso desde mucho antes de que se cayeran las paredes que envolvían tu corazón y tu alma y te animaras a dar el siguiente paso y entablar una relación seria con ella, cuando eran solamente compañeros de trabajo que estaban de a poco volviéndose amigos mientras por dentro se morían sin poder controlar un amor que crecía sin medidas o límites -, lo que sospechabas por su aspecto tan dulce, frágil, delicado, y esa mirada de absoluta, pura inocencia.
¿Te sorprendió que todavía sea virgen a pesar de su edad? Honestamente, sí.
No te sorprendió en el momento en que te lo dijo porque ya lo sabías sin necesidad de que hubiera una conversación explícita para aclararlo, más bien fuiste dándote cuenta a medida que los meses pasaban e ibas conociéndola más, como persona y como compañera de trabajo, dentro del ambiente laboral, a medida que ibas aprendiendo a leerla.
Al principio, cuando la conociste, pensaste que tenía treinta años o un poco más, nunca hubieras adivinado que es diez años menor que vos: su aspecto era el de una mujer demasiado responsable, demasiado segura de sí misma, demasiado entregada a su vocación, demasiado entregada a salvar vidas, demasiado seria, demasiado reservada. Con el tiempo no sólo descubriste que tenía escasos veinte y pocos años, si no que en estos últimos dos meses entendiste varias cosas, entre ellas que los golpes que le dio la vida la hicieron madurar demasiado rápido, que hubo muchas cosas típicas de cualquier infancia que no vivió, que tuvo que llevar un peso enorme sobre sus hombros prácticamente desde que era una beba, que siempre tuvo que valerse ella sola, que nunca tuvo nadie cuidándola, que siempre tuvo que aferrarse a su independencia y nunca pudo depender de otro.
Por muy poético que suene, aprendiste que aparenta más edad porque de tanto dolor su alma envejeció.
Por otro lado está el hecho de que viven en el siglo XXI. En el siglo XXI las mujeres tienen una mentalidad mucho más abierta y liberal que la que solían tener en la época de tu abuela o en la época de tu mamá, una mentalidad muy distinta a la que tiene tu familia tan conservadora, una mentalidad muy distinta a la que le inculcaron a tus hermanas. Tenés prueba fehaciente de lo 'fáciles' que son muchas mujeres. No todas decidirían esperar al hombre indicado, tarde el tiempo que tarde.
Sin embargo, ella no es 'cualquier' mujer, ella es especial. Viene de una familia conservadora, como vos (aunque su familia en realidad se reduce a su fallecida abuela, mientras que la tuya es un poco más extensa, si no demasiado extensa), y es tan inteligente que después de que las circunstancias la obligaran a chocarse la cabeza contra la pared tantas veces escogió cuidarse para no tener que sufrir también por amor, cuidarse para que no la utilizaran y luego desecharan como si fuera sólo un cuerpo sin alma, sin sentimientos.
Quizá fue el instinto, no estás seguro, pero siempre supiste que ella era especial, que ella era distinta. Siempre al abrazarla, besarla o tocarla lo hacés con delicadeza extrema, como si temieras romperla, como si temieras cruzar una línea que no debe ser cruzada. Siempre lo supiste, que ella no era como las otras, que para realmente merecerla a ella tendrías que cambiar, mejorar muchísimo, volverte una persona con más valores, menos egocéntrica, menos egoísta, menos impulsiva, con un temperamento más controlado, una persona capaz de hacerla feliz y cuidarla bien.
La mayor parte del tiempo Michelle se deshace en repeticiones de cuán perfecto sos vos y cuán imperfecta es ella, cuán increíble sos vos y cuán normal y simple es ella, la mayor parte del tiempo insiste en que no entiende cómo te enamoraste de ella cuando podrías haber aspirado a alguien muchísimo más interesante, una mujer más hermosa o menos complicada o sin tantas contradicciones en su personalidad. Y vos no estás de acuerdo con nada de eso, en lo absoluto, porque sabés que distás de ser perfecto.
Ella es demasiado perfecta para vos, no al revés, pero su baja autoestima le impide ver eso, le impide entender eso.
Antes de conocerla no eras perfecto, ahora no sos perfecto, pero sí sos una mejor persona, porque cambiaste para merecerla. Empezaste a esforzarte cada día más y más para ser la clase de persona de la que ella pueda sentirse orgullosa con verdaderos motivos, para ser más paciente, más atento, más comprensivo, más cariñoso (aunque eso con ella te sale natural), menos egocéntrico, menos temperamental, con un carácter más apacible. Son muchos los casilleros que te faltan por cubrir y estás lejos de ser lo que te gustaría ser, pero estrás tratando muchísimo.
Ella, sin embargo, sin pedirte que cambies, sin pedirte que seas distinto, sin pedirte nada, desde que te conoce te considera el hombre perfecto, ignorando absolutamente todos tus defectos (que son muchos y forman una lista bastante larga). Que ella los ignore no quiere decir que no los tengas, no quiere decir que no estás trabajando en ellos para que desaparezcan; en el curso de dos meses te transformaste en una máquina de dar abrazos y besos, un oso de peluche gigante, las frases lindas y románticas que antes considerabas demasiado armadas como para un guión de Hollywood ahora te brotan solas del fondo de tu corazón.
No sos precisamente un príncipe azul salido de las páginas de un cuento de hadas, y en realidad eso es lo que ella debería tener en su vida, pero en un acto total de egoísmo vas a quedarte con ella de todos modos. Nunca podrías dejarla, porque antes te morirías. Solamente te alejarías de ella si fuera por su propio bien, para cuidarla, para protegerla, pero nunca por ningún otro motivo. Además, sabiendo lo perdidamente enamorada de vos que está y cuánto te adora estás seguro de que tampoco sobreviviría demasiado tiempo lejos de vos.
Ese es otro problema grave de los dos, te diste cuenta esa mañana mientras presionabas tus labios contra sus hombros: están demasiado embelesados el uno con el otro, demasiado obsesionados el uno con el otro, y ambos consideran al otro perfecto más allá de cualquier falta o defecto, los dos ven en sí mismos defectos que el otro es incapaz de ver.
La noche anterior a esa mañana le habías dicho cosas que sólo podrías decirle a ella, a la mujer que amás. Cosas que jamás le hubieras dicho a ninguna otra, sólo a ella, porque es la dueña de toda tu confianza y sabés que con ella podés hablar de todo.
Cuando te confesó que le daba miedo que su inexperiencia y tu experiencia no fueran compatibles, que le daba miedo no poder satisfacerte como estaba segura muchas otras lo habían hecho.
No la tranquilizaste con excusas baratas de telenovela mexicana o con mentiras: la tranquilizaste con la verdad. Le dijiste que era cierto, que luego de tu primera vez a los quince años con una compañera del colegio secundario cuya reputación no era muy destacable, tuviste relaciones con muchísimas mujeres, con un sinfín de ellas y (te atreviste a decírselo con todas las letras, porque no hay nada que a ella no le dirías) todas esas mujeres con las que estuviste eran propensas a acabar un día en la cama de uno, y otro día en la cama de otro, sin interesarse mucho en formalizar con nadie, simplemente buscando distraerse y divertirse. Le dijiste otra verdad, que pocas veces tuviste relaciones con la misma chica en más de dos o tres oportunidades y que solamente tuviste relaciones apenas un poquito más comprometidas con una cantidad de ellas que puede contarse con los dedos de una sola mano, pero nunca nada tan profundo ni tan hermoso como lo que comparten ustedes.
Confesaste que te hubiera gustado tener algo tan especial para darle como lo que ella guardó sólo para vos antes de siquiera conocerte, antes de siquiera saber quién eras o cuándo y cómo llegarías a su vida, pero sí le juraste que ella sería la primera con la que cualquier grado de intimidad significaría algo importante, porque la diferencia entre ella y otras mujeres es que estás perdidamente enamorado. La diferencia entre ella y todas las anteriores es que esas no significaron nada, y ella va a significar todo. No va a ser la primera, pero sí va a ser la última y la única hasta el día en que te mueras.
Esa es otra cosa que te causa muchísima ansiedad, a tal punto que tus nervios podrían ser igual de intensos que los nervios que ella debe sentir. Nunca probaste la combinación de amor y sexo. Sabés que ser cariñoso con ella va a nacer de vos naturalmente, tan naturalmente como te sale respirar; besarla, abrazarla, acariciarla, hablarle al oído, no necesitás instrucciones sobre cómo hacerlo porque lo hacés todos los días, con auténtica y genuina devoción, con pasión y dulzura. Poder demostrarle exactamente cuánto la adorás, cuánto la necesitás mediante el contacto físico estás seguro va a ser una experiencia hermosa que vas a querer repetir millones de veces, volviéndose con cada vez más y más intensa y tierna. Le prometiste que su falta de experiencia no sería un problema, que tendrías muchísima paciencia, que irías despacio y tan suavemente como humanamente posible, que ibas a cuidarla. Y todas esas promesas son ciertas.
Pero omitiste un pequeño detalle: vos también estás nervioso. Toda la experiencia previa que tenés realmente no te sirve, porque nunca estuviste con ninguna chica que fuera virgen (de hecho, con total sinceridad, le huías a todas porque no querías ser ese 'alguien especial' en la vida de ninguna de ellas, solamente querías ser uno más). Y sos consciente de que tenés mucha fuerza, y eso sumado a tu volumen corporal y a todos tus músculos… no tenías ganas de sacar cuentas, pero según tus cálculos aproximados hechos en el aire debe haber entre vos y ella una diferencia de quince o veinte kilos, sin exagerar, aunque no se note tanto. Es decir, sacando conclusiones rápidas: podrías lastimarla con facilidad por accidente. No estás para nada acostumbrado a la suavidad, y aún así sabiendo que a ella instintivamente vas a tratarla como a la muñequita de porcelana que es te mortifica pensar que podrías perder el control sin proponértelo, lastimarla de alguna forma, hacerle daño.
Ese pensamiento fue suficiente para que quisieras abrazarla aún más fuerte. Deseabas sentir los latidos de su corazón, escucharlos; cada uno de ellos, sabés, repite tu nombre, despacio pero con firmeza. Probablemente desde el día en que ambos nacieron sus corazones pertenezcan al otro sin siquiera ser conscientes de ello. Probablemente con cada pulsación simplemente estaban acercándose más al destino que les esperaba, juntos, como si todo lo vivido hasta el día en que se conocieron no hubiera sido más que una búsqueda triste e intensiva de esa otra mitad que les estaba faltando para sentirse completos.
Respiraste su esencia única mezclada con el perfume que usa, embriagándote de ella, y una sonrisa apareció en tu rostro. Por unos segundos tu cuerpo se relajó completamente.
Una sensación increíble te invadió por dentro, como lavándolo todo, toda preocupación, duda, angustia, todas esas cosas en las que – sin darte cuenta de que el tiempo se te escapa de las manos como agua que se escurre entre los dedos – habías estado pensando y sobre las cuales habías estado meditando durante dos largas horas. Esa sensación que corría por dentro tuyo era sólo comparable a la que sentís cuando la ves: es una sensación que te dice inconfundiblemente que ella es la mujer de tu vida, tu futuro, que ella es lo único que necesitás para ser feliz.
Ahí, acostado a su lado, abrazándola, podrías haberte quedado por el resto de tus días, sin precisar de nada más.
La siguiente ocurrencia que cruzó tu cabeza inflamada de tanto darle vueltas al asunto ocurrido la noche anterior y a todos los asuntos relacionados con ello en general fue que Dios definitivamente eligió ponerla en tu camino por motivos fuertes. Aunque no seas tan fanático religioso como tu mamá sí sos creyente, y no hay espacio para dudas: Dios no le manda un ángel a cualquiera porque sí.
Ella llegó para cambiar todas las cosas que estaban mal. Llegó para devolverte las ganas de sonreír. Llegó para invadir tus sueños. Llegó para cambiar tus prioridades. Llegó para hacerte una mejor persona. Llegó para enseñarte lo que es el amor. Llegó para derribar las paredes que habías construido alrededor de tu alma y de tu corazón y que probablemente hubieran servido para mantenerte alejado del resto del mundo para siempre, conduciéndote a una triste existencia en soledad. Llegó para mostrarte lo lindos y necesarios que son los abrazos. Llegó para iluminarte, para ser la luz de tus ojos, para brillar más que cualquier otra estrella. Para eso está ella en tu vida, para eso y para doscientas cincuenta mil millones de cosas más que probablemente nunca terminarías de enlistar si te lo propusieras.
¿Y vos? ¿Para qué estás en su vida? ¿Por qué Dios permitió que ella fuera solamente tuya y vos solamente de ella?
Para que seas su protector. Para que seas su héroe. Para hacer que se sienta una princesa. Para que pases cada segundo que te quede sobre esta Tierra arrancándole sonrisas, haciéndole cosquillas para que se ría, enseñándole a quererse a sí misma tanto como vos la querés. Para convencerla de que es hermosa, brillante, inteligente, especial, importante, irremplazable. Para convencerla de que ninguna mujer podría igualar la belleza que ves en ella con tus ojos. Para curarla. Para cuidarla. Para llenarla con la misma luz con que ella te llena a vos. Para resguardarla de todo. Para mostrarle todas las cosas lindas que tiene la vida. Para hacerla feliz. Para secar sus lágrimas.
De repente, con todas esas frases dando vueltas en tu mente, tu sábado por la mañana había pasado de ser gris y pesado como el plomo sobre tus hombros a sentirse como una caricia en el alma. En lugar de cerrar los ojos y tratar de dormir un rato más hasta que ella despertara, decidiste seguir mirándola.
Tuvo una infancia triste.
Una adolescencia triste.
Una vida triste.
La discriminaron.
La dejaron de lado.
La hicieron sentir poco valorada, poco querida.
Hicieron que se sintiera distinta.
La ignoraron.
La lastimaron.
Dejaron hecho pedazos su autoestima.
Le dejaron marcas en el alma.
Llenaron de agujeros su corazón.
Su hermano no se preocupó por ella sino hasta que se vio envuelto en toda clase de apuros y necesitó de su ayuda porque tenía la soga al cuello literalmente, y ella sin egoísmo ni resentimiento estuvo ahí para él, soportándolo, tendiéndole una mano cuando estaba sola, a pesar de que a ella nunca nadie le tendió una mano.
Su abuela fue demasiado exigente durante los primeros dieciocho años de su vida, y eso probablemente le haya dado muchas de las herramientas para ser una trabajadora destacada, aprovechar las oportunidades, exprimir al máximo sus capacidades, sacar provecho de su potencial, pero eso también la convirtió en una perfeccionista obsesionada con el orden y la prolijidad, siempre llevándose a extremos en la línea de niveles de exigencia, nunca conforme con nada de lo que hace, siempre subestimándose constantemente, nunca disfrutando de sus logros porque en su cabeza hay voces martillando recriminándole que lo que hizo podría haberlo hecho mejor.
Le faltó amor.
Le faltó cariño.
Le faltaron abrazos y mimos.
Le faltó una mascota con la que jugar.
Le faltaron tardes cocinando galletitas y comiéndose la masa que queda pegada en la espátula.
Le faltaron manchas en la ropa por haber estado jugando en el barro.
Le faltó la experiencia de construir una casita del árbol a la cual ir a tomar el té con sus amigas.
Le faltó la libertad que se siente al bailar bajo la lluvia.
No tuvo un papá.
Tuvo una mamá con muchos problemas que la abandonó luego de pasar diez años luchando con su alcoholismo y su depresión.
Y aún con esa enorme carga sobre sus hombros, aun con tanto dolor, aun con tantas carencias, ella creció para convertirse en la hermosa, maravillosa, inteligente, brillante, cariñosa y solidaria mujer de la que estás enamorado.
Definitivamente Dios te puso en su camino para llenar todos esos vacíos.
¿La cambiarías por una chica con una familia convencional, padres presentes y amorosos que gozan de buena salud, hermanos divertidos que son como amigos y una abuela que cocina pastel de calabaza y la deja comerse el relleno que queda pegado en la cuchara? No.
¿Y la cambiarías por una chica más experimentada en el terreno sexual, con una autoestima sana, sin problemas profundos, sin inseguridades, sin preocupaciones, sin contradicciones y con dotes para cocinar? No, tampoco.
Desearías que existiera la posibilidad de entregarle a alguien todo lo que tenés a cambio de volver el tiempo atrás y encontrar la forma de darle a Michelle una infancia hermosa, con un papá y una mamá, y una familia cariñosa y un hermano que la quiera, y amigos, y una mascota, y muchos abrazos y cuentos de hadas a la hora de dormir, además de un centenar de tardes jugando al sol o caminando por la orilla del mar mojándose los pies con la espuma que arrastran las olas. Pero no podés. Es imposible, y aunque lo desees con todas tus fuerzas, con cada fibra de tu ser, no sucederá.
Lo que sí podés hacer es cumplir la misión principal para la que naciste y encargarte de que el resto de su vida sea maravillosa, con días regados de cosas lindas, sonrisas, cosquillas, besos y todo lo que le hace bien a una persona.
Sonreíste ante la perspectiva de dedicarte durante los siguientes setenta años a construir un mundo para los dos, que sea sólo de los dos, donde puedan escaparse cada vez que sientan tristeza, nostalgia o angustia, cada vez que las cosas se pongan mal, cada vez que el resto del mundo empiece a desmoronarse, cada vez que la realidad los agote.
Con las energías súbitamente renovadas, te levantaste de la cama intentando despacio para no despertarla. Habías dormido vestido, con la camiseta y el pantalón que habías llevado a la CTU el día anterior, y la camisa que tenías puesta y que ella se había encargado de (prácticamente sería hablar en el sentido literal) arrancarte cubría su cuerpo.
Te quedaste quieto, parado en el medio de la habitación en mitad de camino hacia el baño, mirándola otra vez, hipnotizado. La noche anterior ella – tan tímida y vergonzosa, tan terriblemente tímida y vergonzosa – había estado sumida en las penumbras de esa habitación ahora iluminada por la luz del día, en ropa interior, temblando como una hoja y dispuesta a ofrecerte absolutamente cualquier cosa que quisieras. No pudiste evitar sentir una leve oleada de orgullo recorriéndote por dentro, en lugar de dejar que la culpa siguiera carcomiéndote por no haberla detenido enseguida: al menos tuviste el control necesario para frenar en cierto punto.
Suspirando, ingresaste en el cuarto de baño, dispuesto a tomar una ducha antes de ir a preparar algo para almorzar (después de todo, eran casi la una de la tarde). Te encanta ver cosas tuyas en cualquier parte de su casa, así como amás que haya cosas de ella diseminadas por todo tu departamento, pero lo que más te hace sonreír es ver su cepillo de dientes junto al tuyo, y la pasta dental que vos usás junto al tubo de dentífrico con sabor a frutilla que le gusta a ella (el envase tiene dibujitos de los Rugrats); te encanta ver sus múltiples cremas de enjuague, acondicionador, crema para los rulos y otros productos para domar su cabello junto a tu solitaria botella de champú normal, común y corriente sin propiedades mágicas ni ingredientes raros. Todo eso da a su relación un cierto grado de intimidad dulce que te fascina, porque nunca lo compartiste con nadie.
Mientras el agua caliente caía sobre tu cabeza, sobre tu cuerpo y empapaba tu espalda, tarareabas una melodía de The Beatles que lleva meses siendo tu preferida, y mentalmente elaborabas una larguísima lista de tareas a realizar cuanto antes posible (preferentemente durante las dos semanas libres que Ryan Chappelle les había concedido sin sospechar que las pasarían juntos) que en tu mente lucía algo como esto:
- Llevar a Michelle de picnic a algún parte.
- Llevar a Michelle a ver las estrellas.
- Empezar una guerra de almohadas.
- Cocinar galletitas y dejar que se coma la masa que quede pegada en la cuchara.
- Preparar un bizcochuelo y dejar que raspe el molde.
- Bailar bajo la lluvia.
- Leerle todas las noches hasta que se quede dormida.
- Hacerla reír tanto como humanamente posible.
- Hablarle en castellano mucho más seguido.
- Comprarle a Michelle una mascota.
- Jugar con ella en el barro.
- Enseñarle a patinar sobre hielo.
- Hacer un castillo de arena en la playa.
- Ir a la plaza y hamacarla un largo rato.
- Comprarle mucho algodón de azúcar.
- Enseñarle a cocinar algo sencillo.
- Comprarle más peluches.
- Enseñarle algún juego en la Play Station.
- Ir de paseo a un parque de diversiones.
La lista seguía y seguía y seguía. Era inmensa. Interminable. Cuando luego de ponerte uno de los jeans y camisas que guardás en su (prolijo hasta la histeria) armario en lugar de ir a la cocina como habías planeado antes te dejaste caer otra vez en la cama – suavemente para no perturbar su sueño -, la envolviste en tus brazos y dejaste tu cabeza descansar sobre su estómago, y antes de que lo notaras la negrura te había absorbido.
Cuando los dos despertaron eran casi las cuatro de la tarde. No les molestó haber pasado todo el sábado durmiendo; después de todo, la noche anterior habían terminado de hablar cerca de las cinco de la mañana. Ninguno de los dos recordaba la última vez que habían estado casi un día entero en la cama.
Ella lucía mucho más relajada, mucho más contenta, en paz consigo misma, descansada, como si lo ocurrido el viernes hubiera quedado atrás gracias a tus palabras y a la forma en que la tranquilizaste.
Esa tarde salieron a caminar por el centro de la ciudad y vos hiciste algo que nunca pensaste harías, algo que significaba que una herida inmensa dentro de vos estaba sanando casi por completo, algo que significaba que la presencia de ella en tu vida había logrado que esa herida se cerrara y cicatrizara finalmente después de tantos años: compraste una cámara fotográfica, de esas carísimas que capturan el momento exacto con una definición impresionante sin que se pierda detalle alguno, una Nikon color negro hermosa.
No habías vuelto a interesarte en la fotografía desde la muerte de tu hermano Ricardo. Nunca más habías sacado fotos, nunca más te habías acercado a ese mundo tan lleno de recuerdos tristes, angustia y dolor porque las memorias que quedaban dando vueltas en tu sistema estaban demasiado frescas aún décadas después.
Sin embargo, esa tarde cuando pasaron frente al negocio de artículos electrónicos sentiste el impulso de comprar la cámara para poder empezar a completar uno de los ítems que forma parte de la lista:
- Sacarle cientos y cientos de fotos para llenar las paredes del departamento con ellas.
Luego de una incontable cantidad de flashes, risas, más flashes, más risas, bromas, más risas, muchos flashes y algunos problemas para encontrar la forma de elegir la opción 'disparador automático' cargaron las imágenes a su computadora. Ella salía hermosa en todas, y cuando se lo dijiste se sonrojó hasta que todo su rostro quedó teñido de colorado, pero no lo negó.
"Me gusta que tengamos fotos juntos" te dijo "Puedo imprimirlas y pegarlas en el cuaderno de nuestro segundo mes. Va a quedar precioso"
"Son las primeras que saco en mucho tiempo" confesaste en voz baja, en un susurro.
Sin embargo no agregaste más, porque no hacía falta agregar nada, eso lo confirmaste cuando sentiste sus labios presionando sobre los tuyos para silenciarte y decirte sin tener que usar palabras que no fueran las del lenguaje de la piel que no hacía falta que dieras más explicaciones, que ella te esperaría hasta que quisieras ahondar en esos pedazos de tu historia, que tenían todo el tiempo del mundo para tomarse.
"Podemos sacar más fotos mañana cuando hagamos nuestro picnic en el parque" comentaste horas más tarde, retomando el tema, mientras veían una de sus películas favoritas acurrucados en el sofá de su sala de estar.
"¿Mañana vamos a hacer un picnic en el parque?" preguntó curiosa, sonriendo.
"Mañana y todos los días que vos quieras" fue tu respuesta, devolviéndole la sonrisa, feliz de ver que estabas haciéndola feliz, tanto como ella te hace a vos.
El 2 de Noviembre fue el último día en que la CTU operó ante de que la cerraran por dos semanas para encargarse del sinfín de refacciones y cambios necesarios. Carrie intentó acercarse a vos varias veces, probablemente para llenarte de veneno a modo de despedida con algunas de sus palabras cargadas de malas intenciones, pero no la dejaste, y a Michelle tampoco la molestó porque te mantuviste lo suficientemente cerca y con todos los radares prendidos para prevenir cualquier situación desagradable. Afortunadamente no volverían a verla nunca más, y una vez que la CTU volviera a funcionar con el nuevo personal, la nueva jerarquía y la nueva división las cosas se agilizarían aún más, facilitando tu trabajo y ayudándote en el proceso de adaptación que aún estabas atravesando en tu camino a convertirte en un director útil, rápido y eficaz.
Decidieron pasar las dos semanas en tu departamento, para lo que ella empacó un bolso con todas las cosas que necesitaría, incluida su computadora portátil.
Le mostraste todas las fotos de tus sobrinos disfrazados para Noche de Brujas que tus hermanas te habían enviado. Danny también le había enviado a Michelle algunas fotos, ya que su ex esposa lo había dejado visitar a sus hijos antes de que salieran a pedir dulces. La situación en general tiene a Michelle bastante sensibilizada, pero antes de que pudiera ponerse a llorar le prometiste que harías todo lo que estuviera a tu alcance para que en octubre del año siguiente ella pudiera salir a pedir golosinas con sus sobrinitos.
Luego de un fin de semana bastante similar a cualquier otro, llegado el lunes fue todo un gran y placentero cambio no tener que levantarse de golpe al sonar el despertador. Sin embargo, por costumbre, se levantaron temprano, pero con la agradable sensación de no tener que apurarse para llegar a tiempo a ningún lugar.
Propusiste ir a desayunar al aire libre, a un parque, por lo cual en lugar de comer la habitual montaña de tostadas con manteca y mermelada que siempre preparás fueron a un Starbucks, compraron café en vasos descartables, dos bagels y se acurrucaron bajo un árbol sobre una manta que tenías en el maletero del coche.
"Si no tuviéramos que trabajar podríamos hacer esto todos los días" comentaste mientras las yemas de tus dedos acariciaban su cabeza.
"No podría vivir sin trabajar; amo mi trabajo. Y sé que vos tampoco podrías vivir sin trabajar porque lo amás tanto como yo" fue su respuesta.
"Pero tenés que reconocer que aunque amemos nuestro trabajo es agradable tener tiempo libre, un poco de normalidad arrojada de vez en cuando en medio del caos" reflexionaste en voz alta luego de tomar el último sorbo de café.
"Podríamos hacer esto siempre que dispongamos de días libres" sugirió, y cuando dijo eso no pudiste evitar sonreír ante la perspectiva de tener las siguientes dos semanas enteras para hacer absolutamente todo lo que quisieras con ella, sin la presión de la CTU en el medio "Me gusta que pasemos tiempo fuera de nuestros departamentos" siguió, y de pronto un gesto burlón apareció en su rostro, haciendo que sus ojos brillaran de manera especial ": amo que todas las mujeres te vean y te deseen pero en el fondo sepan que no pueden tenerte porque sos mío"
Sin poder contenerte besaste sus sienes, párpados, mejillas y frente muy despacio.
"¿Por eso siempre me tomás de la mano cuando vamos por la calle?" preguntaste divertido, frotando el puente de su nariz con el nudillo de tu pulgar ", ¿para presumirme?"
"Y porque cuando vamos de la mano me siento segura y sé que nada ni nadie puede hacerme sentir mejor"
Entrelazaste sus dedos con los tuyos, y antes de que te dieras cuenta que estaban subiendo por tu garganta, tus labios empezaron a moverse y escuchaste a tu propia voz dando vida a un puñado de palabras dichas improvistamente, de golpe, sin meditación previa, nacidas directo de tu corazón, palabras que sólo le dirías a ella y a nadie más que ella:
"Mi abuela y mi abuelo siempre estaban tomados de la mano"
"Eso es tierno"
"Nunca pensé que pudiera existir sobre la Tierra otro amor como el de ellos" te explayaste ", pero es obvio que me equivoqué"
El silencio apareció en escena tan rápido como lo había hecho el tema de conversación. Habías nombrado a tu abuela, y no sabías bien por qué; simplemente el pensamiento había entrado a tu cabeza y lo habías verbalizado antes de tener tiempo de siquiera procesarlo. Lo habías compartido con ella, que es la persona con la cual compartís todo, cada pedacito de tu vida.
"Estoy nerviosa ante la perspectiva de conocer a tu familia" confesó de pronto, rompiendo la inmensa quietud entre ambos.
Todavía no llamaste a tus padres para contarles sobre el pequeño milagrito obrado en tu vida por Dios llamado Michelle Dessler, ni para informarles que iban a tener el placer de que se las presentaras cuando fueran a Chicago a fines de Noviembre para la cena de Acción de Gracias.
Con total y absoluta franqueza, la situación te asusta un poquito. Cuando llevaste a Nina – por insistencia exclusiva de tu madre, que juró iría a buscarlos a los dos y los arrastraría de las orejas todo el camino si hiciera falta, entusiasmada ante la idea de conocer a su nuera (¿nuera?, Dios, Nina y vos no tenían futuro, ni siquiera cuando pensabas que era una buena persona dedicada a proteger a su país) – las cosas salieron mal, muy mal. La culpa, claro está, no fue de nadie más que de Nina (ni querés acordarte de eso), y sabés que Michelle no es Nina. Lo que te da miedo, lo que te asusta, no es la posibilidad de que se repita el fiasco de algunos años atrás, ni en lo más mínimo.
Tus miedos pasan por otro lado.
Michelle es la clase de persona adorable, dulce, educada, inteligente y tierna que tus padres adorarían… si no fuera por el pequeño detalle de que es asiática, mientras que vos sos latino. Una estupidez, ¿no? Pero Martina – que es mil millones de veces más brillante que vos, más observadora que vos, y se fija en absolutamente todo y lo analiza desde perspectivas que jamás vas a llegar a comprender – plantó en tu cabeza la teoría de que tus padres están empecinados en que – siguiendo la tradición familiar – te cases con una chica latina, y desde que tu hermana te hablo de eso, no sabés si es paranoia o qué, no podés dejar de pensar que vas a tener problemas, muchos problemas para que la acepten del modo en que merece ser aceptada.
Darías absolutamente lo que fuera por poder tener la certeza de que estás equivocándote, que tus padres (tu mamá, sobre todo) van a estar inmensamente felices por vos, que van a saber ver la clase de persona que ella es, que van a saber ver lo mucho que cambió tu vida y cómo influye en vos en cada pequeño aspecto, hasta en aquellos aspectos que uno pensaría insignificantes. Darías absolutamente lo que fuera por tener la certeza de que tu familia va a pasar a ser su familia también, la familia que tanto le hace falta.
Pero es imposible tener certeza alguna cuando se trata de esas cosas.
Siempre supiste que cuando le dijeras a tu mamá que estás en una relación muy comprometida lo primero que haría sería reaccionar histéricamente, luego acribillarte a preguntas de todo tipo, luego contarle a absolutamente cada ser viviente con el que se cruce y tenga oídos que 'Tony está enamorado'. Y después de todo eso, no podías evitar sospechar que vendría la reacción temida, aquella en la cual a veces pensás y hace que se te erice la piel de la nuca y se te retuerza el estómago: el grito en el cielo al enterarse que tu novia es de otra raza, signifique eso lo que signifique para ellos (porque para vos no significa nada).
La exigencia por parte de tus padres siempre la sentiste. Quizá no fueron (o mejor dicho, son) tan exigentes como la abuela de Michelle, o quizá vos y tus otras hermanas (sacando a Martina, que es una loca obsesiva perfeccionista prácticamente desde que salió del útero) se tomaron las cosas de una manera más ligera y no quedaron tan afectados, pero vos sabés bien de primera mano lo que son las exigencias, sabés bien lo que es tener expectativas que satisfacer. A tus padres no les gusta que trabajes para el gobierno, se sintieron decepcionados porque no fuiste a la escuela de medicina, muchas decisiones que tomaste no les agradaron, pero dentro de todo lo respetaron sin chistar (bueno, tu mamá sí chistó bastante, a decir verdad). Sin embargo que haya expectativas en cuanto a cómo tiene que ser la mujer que amás te hace sentir mal, hasta hace que vos te sientas decepcionado por tu familia.
Por eso no querés pensar en el tema, por eso evitás pensar en el tema. Obviamente en algún momento, más tarde que temprano, vas a tener que decirles a tus padres sobre Michelle, pero estabas dispuesto a esperar hasta que fuera estrictamente necesario.
Y no es porque no quieras gritarle al mundo bien fuerte que la mujer más linda del mundo está enamorada de vos. No es porque no quieras que cada ser humano sepa lo felices que son juntos y todos los planes y proyectos que tienen para construir en el futuro (bueno, no 'todos los seres humanos', en realidad: la gente de División, de Distrito, los de la CTU y cualquier agente o empleado del gobierno… mejor que ellos no se enteren); lo que sucede es que temés la reacción que vas a recibir de tu familia en general, sea demasiado fuerte, demasiado imprevista, demasiado decepcionante, demasiado dolorosa, demasiado invasiva. No querés poner a Michelle a través de toda esa presión: es tan tímida y tan vergonzosa que no lo soportaría. No querés que Michelle sienta que tiene que probarle a tu familia que te merece o que vale la pena, no querés que se sienta exigida, observada, cuestionada o vigilada: lo que querés es que alrededor de ellos pueda relajarse, que se sienta querida, que sienta que tiene un hogar, una familia que no es solamente tuya si no también de ella. Querés que tus sobrinos le digan 'tía', querés que trabe amistad con tus hermanas. En un universo perfecto sin complicaciones ni contratiempos las cosas sucederían así, pero sabés que vivís en un universo que no es perfecto y donde abundan las complicaciones y los contratiempos.
Su voz te devolvió nuevamente a la realidad.
"Pero tengo muchísimas ganas de conocer a tu abuela" se miraron a los ojos, y pudiste ver en los suyos cuán cierto era todo lo que estaba cayéndose de sus labios "No me malinterpretes" se apresuró a aclarar, aunque no hacía falta ": quiero conocer a tus padres y a tus otras hermanas, no es que no quiera, pero… Bueno, cuando los conozca voy a estar hecha un manojo de nervios y probablemente no sepa qué decir" se sonrojó tan furiosamente que podías sentir el calor emanando de su piel "Pero cuando conozca a tu abuela, sí voy a saber qué decir" hizo una pausa, respiró hondo y continuó ": voy a decirle que no tiene de qué preocuparse, que voy a cuidarte muy bien"
En eso coincidías con Michelle. No tenías ni la más mínima idea de cómo o cuándo abordarías a tus padres, pero sí querías hablar con tu abuela. Aunque no entendiera nada de lo que le dijeras. Aunque no supiera con quién estaba hablando. Aunque en lugar de conversación no fuera más que un monólogo tuyo mientras ella se distrae con otra cosa. De pronto te habían invadido muchísimas ganas de hablar con ella, contarle todo sobre tu princesa, hablarle de la persona con la que vas a pasar el resto de tu vida, de lo bien que te hace despertar sabiendo que estás completo, decirle que ahora sí creés en el amor porque estás casi idiota de lo enamorado que te tiene.
Por primera vez en mucho tiempo, aunque no fuera a entenderte, morías de ansiedad por hablar con tu abuela. Ella, de haber estado en sus facultades mentales, te hubiera entendido perfectamente. A ella podrías haberle contado todas tus dudas, todos tus miedos, todas tus inseguridades, y te habría aconsejado con paciencia y sabiduría. Te habría dicho la forma correcta de hablarle a tus padres de Michelle, ella misma habría hablado con tus padres para hacerlos ver que algunas de sus ideas sí son racistas y un poco ridículas. Ella hubiera adorado a Michelle, la hubiera tratado como a su propia nieta.
Por primera vez en mucho tiempo, aunque no pudiera ser tu amiga y confidente como lo había sido en incontables oportunidades en el pasado, tuviste ganas de tratar a tu abuela como a tal, más allá de tu angustia y tu pesar por su condición tan triste y delicada.
"Mi abuela siempre rezaba por mí" tu voz estaba quebrándose, sonaba algo temblorosa, pero no ibas a desmoronarte ahí, no ibas a derrumbarte "Estoy seguro de que los dos estamos juntos por toda la fe que puso en que yo encontraría a la persona indicada"
"Quisiera agradecerle por eso también" hubieras jurado que estabas reteniendo las lágrimas que se habían formado y acumulado en tus ojos, pero cuando sentiste sus pulgares apartándolas de tu rostro antes de que llegaran a la comisura de tus labios te volviste consciente de que estaban deslizándose por tus mejillas libremente.
Nunca antes habías llorado delante de una persona. Nunca. Ni siquiera después de lo que pasó con Nina, ni siquiera cuando te sentiste traicionado y usado, ni siquiera cuando te dolía el corazón debido a la culpa que te carcomía por no haber podido hacer algo para evitar la muerte de Teri y esas muchas otras muertes, ni siquiera en tus momentos más oscuros permitiste que alguien te viera llorar, puramente por una cuestión de básico ego masculino.
Bueno, Michelle es la excepción, ella es distinta, y en alguna que otra ocasión te dijo qué podías hacer con tu ego, así que delante de ella podías aflojarte tranquilo.
Sin embargo, en lugar de enterrarte en sus brazos y sollozar como una criatura de cinco años asustada y entristecida te mantuviste fuerte y compuesto, y ninguna otra lágrima rodó por tu cara.
Un silencio cómodo y reconfortante había caído entre ustedes. Ella apoyó su cabeza en tu regazo y se hizo un ovillo a tu lado, quizá con la intención de darte espacio para llorar tranquilo sin estar bajo su mirada. Lo apreciaste mucho, y aprovechaste para respirar hondo varias veces y controlar el llanto que repentinamente se había acumulado en tu pecho, causándote un dolor físico desagradable, y pugnaba por salir.
Durante los minutos que pasaste sin hablar, te convertiste en un ser completamente ajeno al mundo que te rodeaba. No escuchabas ruido alguno ni tuviste distracción alguna porque estabas muy ocupado mirando dentro tuyo, recapacitando sobre millones de cosas, mientras tus dedos instintivamente jugaban con sus rulos.
"Tengo ganas de llamar a mi abuela" pusiste tus emociones en voz alta un rato después, murmurando más para vos mismo como una forma de aceptar la decisión que habías tomado que para Michelle.
Mientras se besaban segundos más tarde sentiste una lágrima entre tus labios y sus labios, y aunque hubieras tratado no podrías haber estado seguro de a quién pertenecía: si a ella o a vos.
El martes por la mañana finalmente tomaste el teléfono en tus manos y luego de darle vueltas varias veces y mirarlo con tal atención que cualquiera que te hubiera observado hubiera pensado que era el objeto más interesante y extraordinario del mundo, te animaste a presionar el botón de 'discado automático' y a llevarte el aparato al oído.
Michelle había ido a visitar a su hermano Danny (quien, al igual que tu familia, no sabía absolutamente nada sobre la relación sentimental entre su hermana y vos), y tenías la sospecha de que había elegido hacer planes con él ese día para darte el espacio que necesitabas, dejarte solo para que lloraras si sentías que hacía falta sin tener que contenerte para no mostrarte débil delante de ella. Ese acto no era más que otra prueba fehaciente de lo mucho que te conoce y lo bien que puede leerte, como si fueras un libro abierto cuyas páginas están llenas de frases que ella ya se sabe de memoria.
Te quedaste solo en tu departamento, sentado en el sillón en la sala de estar. Durante casi cuarenta minutos no hiciste más que permanecer muy quieto, en silencio, sumido en la quietud, demasiado enfocado en tus propios pensamientos y emociones, preparándote para lo que fuera que pudiera llegar a suceder.
El día siguiente a ese (7 de noviembre) era su aniversario de dos meses. Sabías que después de ver a su hermano Michelle probablemente aprovechara para comprarte un regalo, y si no fuera porque ya te habías encargado de su regalo y tenías el paquete escondido en uno de los placares listo para dárselo, hubieras utilizado eso como excusa para salir a comprarle algo.
Pero no querías toparte con una excusa puesta en el camino por vos mismo, cual piedra enorme para trabarte e impedir que avanzaras. No querías. Querías hablar con tu abuela, de verdad querías hacerlo, e ibas a hacerlo.
Sin embargo, tu buena predisposición no facilitaba las cosas, y por eso mientras esperabas a que contestaran el teléfono tu corazón latía desbocado.
Atendió tu mamá, como pensaste sucedería. Te preguntabas si estaría sorprendida cuando le pidieras que pusiera a tu abuela al teléfono, te preguntabas cómo reaccionaría, pero no querías hundirte en esas preguntas demasiado.
"Hola"
Debe haber visto mi número en el identificador de llamadas, por eso contestó en castellano pensaste.
"Hola, mamá" respondiste en el mismo idioma, porque sabés que odia cuando ella inicia una conversación en su lengua materna y cualquiera de sus hijos responde en Inglés.
Además, el español te gusta muchísimo más, y expresarte en él te resulta más fácil, probablemente porque cuando eras chico en tu casa te enseñaron ambos idiomas al mismo tiempo, pero dándole una importancia mayor al español para que lo aprendieran a la perfección.
"Hijo, qué alegría me da escucharte"
"Igualmente" le dijiste con sinceridad, y algo de culpa por no llamarla con más frecuencia.
"¿Cómo estás?, ¿cómo está tu trabajo?, ¿cómo están tus cosas?, ¿novedades?" comenzó el interrogatorio.
"Yo estoy bien. Estoy adaptándome a mi nuevo puesto como director, hay muchas cosas para hacer y organizar, pero de a poco todo va acomodándose. Mis cosas están bien"
Evitaste decir algo así como 'no tengo ninguna novedad para contarte', porque eso sería mentir, y no te gusta mentirle a tu mamá.
Decidiste ir al quid de la cuestión.
"Mamá, llamé porque quiero hablar con la abuela"
El silencio se escuchó entre ustedes solamente por un segundo.
"Me pone muy feliz escuchar eso, Anthony" la oíste suspirar, y una sonrisa se dibujó en tus facciones, una sonrisa suave y melancólica.
Pero no ibas a llorar, no. Habías decidido que no ibas a llorar.
"A tu abuela va a hacerle mucho bien escuchar tu voz, Anthony. No quise llamarte y decírtelo porque Martina me dijo que no te molestara, que estabas ocupado" escuchaste la duda en su voz, la hesitación, y eso provocó que se formara un nudo apretado en tu garganta "pero últimamente habla poco, llora mucho, está confundida… Tu papá y yo tratamos de hablarle, mostrarle fotos, para que nos reconozca, para que recuerde… Sabemos que es imposible, tu papá es médico y sabe que eso es imposible, pero de todos modos seguimos intentando. Creo que aunque su mente no entienda, en su corazón va a sentir tu cariño, y eso la va a ayudar"
Tu mamá estaba poniéndote en aprietos para cumplir lo que te habías prometido respecto a no derramar más lágrimas.
Minutos más tarde, le había dado el teléfono a tu abuela Rosita, y ella estaba del otro lado. Esperaste durante segundos enteros, sin saber qué decir o cómo decirlo, sin saber cómo arrancar. Sabías que tu mamá no estaría escuchando la conversación porque te había dicho que tenía que volver al piso de abajo para dar una clase de piano a un alumno que llegaría en breve, así que tenías la libertad de decirle absolutamente todo lo que quisieras en total y absoluta confidencia, pero no te salían las frases.
Respiraste hondo varias veces, largaste el aire, volviste a respirar hondo… Y luego de lo que pareció una eternidad te largaste a hablar.
Hablaste durante cuarenta minutos, sin saber si te estaba escuchando, sin recibir respuesta alguna, sólo de vez en cuando algún que otro sonido que te indicaba que ella seguía ahí. Oías a lo lejos como música de fondo y proveniente de la planta baja a tu mamá aporreando el piano, haciendo nacer de sus teclas una melodía triste, y eso te daba más ganas de partirte en dos y derrumbarte, pero no te lo permitiste. Le hablaste con voz calma y serena, despacio, con palabras fáciles, en castellano (después de todo, olvidó el Inglés), sin esperar reacción alguna – lo cual dolía, porque significaba desesperanza – pero contento y en paz porque estabas contándole que tu vida iba a ser mucho más hermosa de lo que te hubieras atrevido a imaginar alguna vez sería.
"Voy a llevarla a casa pronto para que la conozcas, abuela. Es hermosa, y brillante, e inteligente, y tiene una sonrisa preciosa, y va a ser una mamá excelente para mis hijos. Es la mejor persona del mundo y me hizo a mí una mejor persona…"
Tenías un nudo en la garganta que amenazaba con aflojarse y hacerte largar todas las emociones juntas, pero te mantuviste fuerte.
"Abuela, desearía que pudieras entender lo feliz que soy"
Cuando estabas a punto de despedirte de ella porque no sabías cuánto más podrías soportar sin llorar debido a las sensaciones de nostalgia, angustia, tristeza, destellos de memoria haciendo flashes en tu mente, todo ello recorriendo tus venas y llegando a tu corazón, murmuraste en una voz dulce que solamente usás cuando te dirigís a Michelle:
"Gracias por escucharme, abuelita. Te quiero"
Tu susurro quedó suspendido en el aire por un minuto entero que se hizo largo como una eternidad. Ibas a presionar la tecla de 'finalizar llamado' cuando, por primera vez en muchísimo tiempo, tus oídos encontraron el sonido de su voz, esa voz que tantas veces te había calmado, esa voz que tantas veces te había dado consejos, esa voz que tantas veces te había brindado palabras de apoyo y coraje, palabras de consuelo.
Fue una oración simple la que te dijo, usando esa voz que recordabas fuerte, decidida, firme pero tierna y amorosa, que debido al paso de los años y a su enfermedad se había vuelto frágil, débil, apenas perceptible, pero no por eso menos de ella. La hubieras reconocido en cualquier parte esa voz, la voz de tu abuela, bajo cualquier circunstancia, incluso si sonaba un poco distinta. Tu corazón hubiera reconocido esa voz en cualquier lugar, así como también reconocería en cualquier parte la voz de Michelle o la voz de tu mamá.
Fue una oración simple, eso fue todo lo que recibiste por respuesta luego de pasar casi una hora hablándole de cómo es tu vida, de los planes que tenés, de cuánto cambiaste, de las cosas que vas a hacer en el futuro, de cómo aprendiste a creer en el amor, de lo maravillado que estás porque Dios puso en tu camino lo mejor que te pasó.
Una sola frase te dijo tu abuela cuando acabaste de despedirte de ella y estabas a punto de colgar.
"Si pudieras ser un pájaro, ¿qué harías?"
Eso bastó para que dejaras el aparatito a un lado sobre la mesita auxiliar, te acurrucas en el sillón como una criatura y te largaras a llorar sin control, como probablemente nunca antes habías llorado, como si fueras un nene de seis años y no un hombre adulto de casi treinta y cinco que lleva sobre sus hombros el peso que significa la responsabilidad de salvar vidas y proteger ciudadanos.
Ver lo peor que existe sobre esta Tierra cuando grupos religiosos, traidores, corruptos, terroristas y fanáticos obsesivos matan a miles sin razón te destruye un poquito cada vez, es verdad, pero luego acaba haciéndote más fuerte, dándote las armas para luchar y lograr poner tu granito de arena y hacer una diferencia. Te afectan esas cosas, te llegan, te tocan, te sacuden por dentro, pero no así, nunca te partiste al medio así, nunca te derrumbaste así como cuando escuchaste a tu abuela formar esa oración, con esas palabras, destinadas a tus oídos.
Cuando volviste a abrir los ojos, los sentiste húmedos y pegajosos, como si tuvieras lagañas. No sabías la hora que era, habías perdido noción del tiempo y del espacio. Seguís recostado en el sillón, pero había una manta alrededor tuyo, alguien había puesto una almohada bajo tu cabeza y también te habían sacado los zapatos. Tu espalda tocaba el respaldo del sofá, y ella estaba recostada al lado tuyo, ovillada contra tu pecho, con sus brazos envolviendo tu cintura y su cabeza reposando a la altura de tu corazón.
No hicieron falta las palabras, no hacía falta comunicarse con el lenguaje hablado entre ustedes, podían entenderse mirándose, sin decir nada.
"Pensé que podríamos pasar el resto de la tarde comiendo M&M's y mirando Los Simpsons" propuso luego de que le dieras varios besos en la frente.
No mencionó nada respecto a si habías llamado a tu abuela o no. No preguntó por qué te encontró dormido en el sillón con rastros de lágrimas en el rostro. O porque tenías en la mirada un aspecto triste. Simplemente llevó en una bandeja una bolsa gigantesca de confites de chocolate, una botella de Coca-Cola, dos vasos, y tus temporadas favoritas de Los Simpsons (las primeras, las que te hacían reír de verdad, esas que tienen los mejores episodios de los años '90) en DVD.
Cuando el reloj dio las siete de la tarde, seguían acurrucados en el sillón, envueltos en la misma manta, empachados de comer tantos confites, con la botella de gaseosa vacía, y tu programa de dibujos animados favorito en la pantalla.
"Me encanta tener la libertad de hacer absolutamente nada con vos" susurró en tu oído luego de horas enteras durante las cuales se habían limitado a mirar episodio tras episodio sin comentar nada.
"Sí que estamos haciendo algo" contestaste con el mismo tono bajito, y te diste cuenta que esas eran las primeras palabras que decías desde que esa mañana habías hablado con tu abuela. Antes de que pudiera acotar algo, agregaste ": estás demostrándome lo mucho que me amás y cuánto me conocés y cómo sabés lo que necesito sin que haga falta que te lo diga, sin que haga falta que te explique"
El miércoles cuando te despertaste te sentías en paz. En paz porque habías hablado con tu abuela y ella sabía que eras feliz, y que ibas a ser feliz hasta el día de tu último respiro; te hubiera entendido o no, sabías que lo sabía.
En paz porque estabas cumpliendo con tu misión de hacer feliz a Michelle.
En paz porque cuando pensaste en todas las fotografías que ibas a sacarle a Michelle no te angustiaste ante el recuerdo de tu hermano Ricardo, que murió tan joven y sin poder realizar ninguno de sus sueños, como víctima de un estúpido y repentino accidente que podría haberse evitado. No pensaste en la tarde en la que lo viste respirar por última vez, con su cámara destrozada a un costado de la carretera. No pensaste en las lágrimas de desesperación de tus padres, en tu mamá gritando histérica consumida por el dolor y la desesperación, en tus hermanas llorando sin entender bien qué sucedía. Pensaste solamente en lo lindo que iba a ser sacarle muchas fotos, sólo en eso.
Pasaron un día perfecto, tan perfecto como debería haber sido ese primer aniversario que se vio arruinado porque tuvieron que ir a la guardia del hospital debido a la infección en tu muela. Desde que la despertaste con el desayuno hasta que se quedaron dormidos bien entrada la madrugada los dos sonrieron como nunca antes (la mejor prueba de ello son las casi doscientas fotos que sacaste).
Quizá habías quedado sensibilizado por la conversación (bueno, no fue una conversación, pero no te parece correcto referirte a ello como 'monólogo') con tu abuela, o quizá simplemente estás destinado a ir volviéndote más y más emotivo a medida que pasan tus días junto a Michelle, pero ver con su letra pequeñito, prolijita, perfecta y pareja todo un resumen de los treinta días anteriores te conmovió. Te gusta la idea de tener un cuaderno que contenga todos los recuerdos de cada mes, te gusta pensar que todas las noches antes de irse a dormir o durante momentos aislados del día ella encuentra el tiempo suficiente para escribir un poquito, para perpetrar un poquito de los dos en esas hojas de renglones color azul.
Fueron a desayunar a la playa, caminaron durante horas tomados de la mano, hablaron de mil cosas y por momentos simplemente guardaron silencio. Después de almorzar le compraste un algodón de azúcar tan grande que no pudo terminarlo sola, y a la tarde la llevaste al museo Huntington Gardens & Library cerca de Pasadena, donde hay jardines botánicos y una colección de arte impresionante.
Nunca te gustaron mucho los museos, pero cuando Martina era chica te arrastraba a cuanta exhibición fuera posible, y vos ibas con ella porque a pesar de que fuera tan inteligente no te gustaba que anduviera por la calle sola, tomando autobuses o el subterráneo. Siempre te aburrías cuando ibas, aunque terminabas aprendiendo algo o descubriendo algo interesante, pero nunca lo disfrutaste tanto como para querer regresar. Sin embargo, tu paseo con Michelle esa tarde fue tan hermoso que lo hubieras repetido de vuelta al día siguiente sin meditarlo dos veces.
Recorrieron todo el lugar durante cinco horas (que a vos se te pasaron volando, como si hubieran sido diez minutos), y cuando al final de la tarde se sentaron a tomar el té en los jardines le diste su regalo.; la cantidad de libros que le compraste en la tienda del museo fue simplemente porque viste la expresión de embelesamiento que tomó su rostro cuando entraron y se encontró con todos esos tomos; ella no te pidió nada, por supuesto, y tuviste que insistir para que aceptara elegir lo que quisiera y dejarte que pagaras por ello (gastaste una fortuna, pero no te arrepentís en lo más mínimo). Su verdadero regalo, ése que tenías escondido en uno de los placares de tu departamento, era un colgante de oro fino con un dije en forma de mariposa, tan delicado como ella.
Se deshizo en suspiros y besos para agradecerte. Vos te deshiciste en más besos y abrazos para agradecerle a ella por el reloj de plata, el cual te pusiste enseguida en tu muñeca izquierda.
Pero lo más lindo de todo fue recostarte con ella sobre un cobertor en un parque que a esas horas de la noche estaba desierto y observarla atentamente mientras miraba las estrellas.
"Michelle" llamaste su nombre en un susurro, acercándote a su oído y envolviéndola en tus brazos ", estos fueron los dos mejores meses de mi vida"
"Fueron los dos mejores meses de mi vida también. Y sé que los meses que vengan van a ser aún más hermosos. El resto de mi vida va a ser más hermosa que cualquier otro escenario que haya podido soñar o imaginar, porque voy a pasarla con vos"
Después de media hora entre besos y caricias estabas a punto de contarle sobre lo que tu abuela te había dicho antes de colgar cuando hablaste con ella el día anterior, estabas a punto de contarle que eso era lo te había llevado a reaccionar tan emotivamente, ibas a explicarle el por qué, pero notaste que su respiración estaba suavizándose, volviéndose cada vez más y más pausada, y sentiste su cuerpo entero relajarse contra el tuyo, indicando que se había quedado profundamente dormida como el angelito que es.
"¿Michelle?"
"¿Mmmh?"
Sin pensarlo dos veces, respirando hondo, te animaste a indagar, tratando de que sonara como algo nacido de tu curiosidad:
"Si pudieras ser un pájaro, ¿qué harías?"
Necesitabas saber. Querías saber su respuesta, querías saber qué haría ella si pudiera ser un pájaro.
"No sé, Tony" adormecida contestó a la rara pregunta que estabas haciéndole en la madrugada del viernes, mientras se acomodaba mejor hasta quedar con su rostro enterrado en el huequito entre tu cuello y tu hombro "Supongo que iría volando hasta París y vería toda la ciudad desde la punta Torre Eiffel" agregó luego en mitad de un bostezo "¿Y vos?" inquirió, frotando la punta de su nariz contra tu piel cariñosamente ", ¿si pudieras ser un pájaro que harías?"
No contestaste. No sabías que contestar, en realidad.
Durante años te hicieron esa pregunta y nunca supiste qué contestar.
Tu abuela solía hacerte esa pregunta, siempre. Empezó como un juego cuando tenías dos años, y siguió hasta que fuiste un hombre adulto, insistiendo en que algún día encontrarías algo que hacer si fuera un pájaro, insistiendo en que algún día se te ocurriría algo. Nunca se te ocurrió nada. Nunca pudiste contestar.
Michelle cayó profundamente dormida antes de que pudieras decir algo más, lo cual agradeciste, porque si se hubiera despejado hubiera querido que le contestaras, o que le explicaras por qué de pronto te interesaba saber qué haría ella si pudiera ser un pájaro.
Pasaste las horas que restaban hasta el arribo de la madrugada acariciándole la espalda y la cabeza sin parar, pensando en qué harías si pudieras ser un pájaro. La idea ir a París y mirar todo desde la punta de la Torre Eiffel es hermosa, pero le pertenece a Michelle, no a vos. Se le ocurrió a ella, no a vos, así que aunque si los dos fueran pájaros la acompañarías a Francia (o a cualquier parte del mundo que escogiera) para mirarlo todo desde lo alto, no te sirve como respuesta.
Tu abuela, el pasado martes, justo antes de que colgaras después de hablarle sin recibir respuesta alguna volvió a hacerte la pregunta que siempre te había hecho: si pudieras ser un pájaro, ¿qué harías?
No recordaba su nombre, no recordaba cómo hablar su segundo idioma, no recordaba a su hijo, no recordaba a sus nietos, no te recordaba a vos, no recordaba nada y sólo se comunicaba con frases sueltas y espontáneas sin sentido, pero de todas las frases sueltas y espontáneas sin sentido que podría haber elegido para decirte escogió esa. Por algún motivo, algo se activó en su mente, en su corazón, dentro de ella, y te hizo la pregunta que siempre te hacía, esa a la que jamás pudiste contestar, provocando que te largaras a llorar como un nene, porque eso significaba que en el fondo, en su alma, ella se acordaba de vos, de vos y de todo lo que representaste en su vida, de vos y de la relación hermosa que tuvieron hasta que ella enfermó y se desdibujo su mundo.
Si pudieras ser un pájaro, ¿qué harías?
Hoy, viernes, por la mañana mientras Michelle se duchaba le enviaste un mensaje de texto a Martina que decía así: Hermanita, si pudieras ser un pájaro, ¿qué harías?
A lo que al rato ella contestó (y casi podías escuchar su tono exasperado en tus oídos):
Lo obvio, Anthony: volar.
"¿Tony?"
"¿Mmmh?"
Cae la tarde del 9 de noviembre, viernes. Pensar que la semana entrante a esta hora van a estar despidiéndose de sus dos hermosas semanas de descanso te da aún más ganas de hacer los próximos días especiales, inolvidables y eternos. Estás de pie en la cocina, preparando unos sándwiches para merendar, con Michelle de pie detrás de vos, abrazándote y reposando su cabeza sobre tu espalda mientras sus manos dibujan círculos en tu estómago provocándote cosquillas.
"Anoche me hiciste una pregunta, pero cuando yo te pregunté lo mismo no contestaste" te acusa tímidamente, como si intuyera que por muy tonto que para otros pueda sonar para vos sí es un tema delicado o con una importancia relevante.
El silencio cae entre los dos. Mirás el reloj, son las cuatro y veinte de la tarde. No sabés por qué miraste el reloj, será porque desde que ella te lo regaló no hacés más que mirarlo todo el tiempo porque te encanta (si te hubiera regalado una bolsa de arpillera vacía te hubiera encantado igual), pero hasta el día que te mueras vas a recordar el instante en que tus ojos color chocolate se posaron sobre él y vieron las agujas de plata posicionadas marcando las cuatro y veinte.
Hasta el día en que te mueras vas a tener esa imagen gravada en la cabeza, gravada a fuego.
Hasta el día en que des tu último respiro (probablemente en brazos de ella, porque no se te ocurriría lugar mejor para morir), vas a recordar el alivio repentino que te recorrió cuando escuchaste sonar tu teléfono móvil, dándote la excusa perfecta para evitar contestar la pregunta. No era que no quisiera compartir ese pedacito de tu corazón con Michelle, porque de hecho con Michelle compartís todo: sencillamente no querías que te viera llorar. Sabés que te no juzgaría poco hombre por llorar, en lo absoluto, pero hay ciertos temas entre tu ego y vos que te quedan resolver, y llorar delante de la mujer que amás es uno de ellos.
Hasta el día en que te mueras vas a desear que el teléfono no hubiera sonado a las cuatro y veinte de la tarde del viernes 9 de noviembre. Va a perseguirte para siempre la culpa por haber sentido alivio inicial al pensar que un llamado telefónico te ayudaría a evitar tener que desnudar el alma delante de ella y probablemente dejar que viera cómo te quebrabas, incluso si en el fondo sabías que cuando colgaras Michelle volvería a retomar el tema, aunque en el fondo sabías que tarde o temprano la abrazarías y le contarías sobre ese juego que empezó entre tu abuela y vos cuando tenías unos dos años y te preguntó por primera vez que harías si pudieras ser un pájaro.
Hasta el día en que te mueras vas a desear haber llorado en brazos de Michelle ante los recuerdos, la nostalgia, la angustia, las memorias, el no poder entender por qué hay una enfermedad tan horrible que se lleva todo lo que tenés dentro y deja a los que te aman sufriendo. Hubieras preferido desmoronarte por primera vez en sus brazos y después recostarte con ella en el suelo y tratar de decidir – luego de treinta y tres años sin que se te ocurriera nada que valiera la pena – qué harías si pudieras ser un pájaro.
Sin embargo, cuando tomás el teléfono en tus manos, estás lejos de saber que hasta el día en que te mueras vas a recordar este 9 de noviembre como uno de los momentos más tristes de toda tu existencia.
"Hola"
"Anthony, habla Martina"
Tres palabras nacidas de la boca de tu brillante hermana menor fueron suficientes para que te dieras cuenta enseguida de que algo andaba mal. Puede que el instinto te lo haya dicho, puede que conocés a tu hermana demasiado bien cómo para leer a través de lo que dice y descubrir significados ocultos. No te interesa definir eso.
Sabés que algo anda mal.
"¿Qué pasa, Martina?" disparás sin perder el tiempo, sintiendo un nudo en la garganta y en el estómago, sintiendo tu corazón contraerse, atrapado en un mal presentimiento.
El resto, el resto sucede en cámara lenta.
Las frases llegan desordenadas, dadas vuelta, en un idioma que no comprendés, porque de pronto no comprendés nada.
No podés hablar, balbuceás. Y ni siquiera tus balbuceos son claros.
Ni siquiera sabés vos lo que estás balbuceando. Sentís la boca seca, sentís las lágrimas formándose en tus ojos, sentís las lágrimas cayendo por tus mejillas, sentís nada por un segundo que se te hace eterno y luego sentís todo el dolor junto como si estuvieran apuñalándote directo en el centro del alma una y otra vez y te hubieran quitado la voz para gritar en agonía.
Tu hermana, seria y sombría, te habla de detalles que no te interesan, como un vuelo en avión a Chicago que sale dentro de tres horas y media de aeropuerto de Los Angeles, pero tu cerebro dejó de funcionar después de que te confirmara que tu mal presentimiento no había sido uno errado.
Michelle está a tu lado, completamente tensa, estudiando tus expresiones faciales con preocupación, pero tenés los ojos nublados debido a las lágrimas, y aunque esas lágrimas no estuvieran ahí, los tendrías nublados porque tenés la cabeza embotada.
No podés pensar.
No podés respirar.
Es como si no fueras vos, como si no estuvieras dentro de tu cuerpo, como si fueras otro, como si estuvieras contemplando a otro quebrarse y desmoronarse y sufrir y sentir que están matándole un pedazo del corazón que no va a recuperar nunca más.
Sentís el dolor, pero no lo sentís. Estás entumecido, pero a la vez te estás quemando en carne viva.
"Martina…" susurrás, apenas sin fuerza, coordinando como podés, sin saber de dónde estás sacando lo que se necesita para que tu cerebro y lengua se conecten y funcionen.
Pero luego de ese gemido desesperado no podés decir nada más.
Y el resto, el resto sucede sin que te des cuenta de nada.
En algún momento Michelle, completamente desesperada por no saber qué es lo que está pasando, te quita suavemente el aparato de las manos para hablar con tu hermana. Escuchás su voz, que aun en medio del caos trata de mantenerse serena y conservarse calma, pero no tenés ni idea de lo que está diciendo.
Simplemente no tenés idea de nada.
Te dejás caer en el suelo de la cocina. Te golpeás la espalda contra la pared pero apenas sos consciente de ello, o de que después se te va a formar un moretón horrible en el punto exacto en que el cemento y tu cuerpo chocaron. Enterrás la cabeza entre las manos y te largás a sollozar inconteniblemente, sin que te importe nada, porque la realidad es que ya no controlás ni tus emociones, ni tus acciones, ni tus sentimientos. Te largás a sollozar desesperado, con el rostro escondido entre las rodillas, casi aullando debido al sufrimiento emocional que te devora.
En algún momento ella se deja caer a tu lado en el suelo frío, y sentís sus brazos rodeándote, sentís cómo está utilizando toda la energía que tiene para ayudarte a recostarte en el suelo de la cocina, con tu cabeza sobre su regazo, mientras vos seguís sollozando desesperado, con los ojos tan llenos de lágrimas y tan hinchados que no podés abrirlos. Sus manos acariciando tu cabello, sus dedos se enredan en tus rulitos, su voz dice palabras en tu oído que no descifrás pero que estás seguro son las mismas que vos le dirías a ella de encontrarse los roles revertidos, te acuna y te mece para que te tranquilices pero vos seguís llorando como si el mundo hubiera acabado.
Un mundo acabó.
Hay un par de ojos que ya no va a brillar.
Hay una voz que nunca va a volver a expresarse.
Hay sueños que nunca volverán a realizarse.
Hay un ser que ya no está sobre la Tierra.
Y a vos te duele tanto que es como si te estuvieran desgarrando por dentro.
Y a vos te duele tanto que si ella no estuviera ahí abrazándote y consolándote probablemente morirías vos también de angustia.
Ella no te habla de vuelos a Chicago, no te habla de horarios del funeral, no te habla de servicios religiosos en la iglesia, no te habla de sacar pasajes antes de que se vendan todos, no te habla de cosas que en este momento no podés entender.
Ella te dice lo que necesitás escuchar para empezar a sanar, aún si todavía estás lejos de haber terminado de hacerte añicos, aún si recién estás resquebrajándote y todavía no quedaste destrozado, hecho pedazos, todo roto. Ella te promete que cuando eso pase va a encargarse de juntar pieza por pieza para curarte y ayudarte a ser el de antes. Ella te promete, sin usar frases trilladas y sólo con sus caricias, que va a estar ahí a tu lado ayudándote a ponerte de pie otra vez.
Si ella no estuviera ahí, probablemente hoy te hubieras muerto de dolor. Probablemente hubieras perdido otro pedazo de tu alma, amputado sin piedad y con crueldad como cuando falleció tu hermano menor, como cuando falleció tu hermano mayor.
Con sus manos acunando tu cabeza, finalmente una hora después dejás de llorar y lográs incorporarte, de a poco y despacio, hasta quedar en posición sentada a su lado. Abrís los ojos con esfuerzo y la mirás. Debés lucir horrible, con todo el rostro rojo, los ojos colorados e hinchados, la piel húmeda, sofocado, con dificultades para respirar, el cabello pegado a la frente… pero a ella no le importa. Acaricia todas tus facciones, una a una, lentamente, comunicándote sin necesidad del lenguaje hablado que no hace falta que digas nada, que ella entiende, que no estás sola, que no importa si necesitás gritar, romper cosas, desquitarte, descargarte, hacer un hueco en la pared con el puño: ella va a quedarse ahí a tu lado.
Tomás aire y lográs balbucear – haciendo uso de la poquísima energía que te queda disponible – la respuesta a una pregunta que nunca contestaste, la respuesta a una pregunta que te hicieron muchas veces pero que tardaste años en encontrar, la respuesta a una pregunta que tu abuela te hizo el martes pasado otra vez a pesar de su enfermedad y de su olvido, la respuesta a una pregunta que le hiciste a Michelle menos de veinticuatro horas antes mientras los dos estaban quedándose dormidos uno en brazos del otro, la respuesta a una pregunta que ella te hizo exactamente a las cuatro de la tarde con veinte minutos y que no contestaste porque sonó el teléfono.
Finalmente a esa pregunta le habías encontrado la respuesta indicada, la respuesta correcta.
Quién hubiera sabido que para hacerlo tendría que suceder lo que sucedió hoy.
Quién hubiera sabido que para hacerlo tendrías que experimentar este dolor hondo e inmenso.
Te perdés en sus ojos antes de abrir los labios – que sentís extrañamente secos – y hablar. Te perdés en sus ojos y todo lo que ves es amor puro, y sufrimiento. A ella le duele también. Le duele porque a vos te duele. Le duele porque son una sola alma dividida en dos cuerpos. Le duele como a vos te duele cuando ella sufre.
Tu voz sale ronca, entrecortada, ahogada, pero ella entiende igual lo que decís porque está prestándote desmesurada atención.
"Si pudiera ser un pájaro iría hasta el cielo y le diría a mi abuela por última vez que la quiero, y que espero que esté donde esté se sienta orgullosa de mí"
