Nota: Antes de que lean esto, quiero que sepan que no llena mis expectativas en lo más mínimo, para nada. Estoy absolutamente molesta porque no quedó lo que yo quería que quedara, y no sé si es lo que ustedes esperaban. Prometo compensarlo - mis expecativas y las de ustedes - en el capítulo 61, lo prometo. Odio este capítulo, honestamente me parece de los peores de todos hasta ahora, no es para nada lo que me hubiera gustado que sea.


Cómo me apena verte llorar,

Toma mi mano,

Siéntela.

Sentías su dolor en carne propia, te dolía tanto como le dolía a él, como si estuvieran arrancándote el alma, como si estuvieran cavando un agujero en tu corazón, como si estuvieran dejándote vacía mediante un proceso largo e insoportable. Sentías su desesperación, su agonía, sus ganas de gritar.

Secaste sus lágrimas con las yemas de tus dedos, una por una, acariciando despacio y con ternura sus facciones, repasando la piel de su rostro, que estaba húmeda, enrojecida e hirviendo, mientras lo mirabas con compasión. Lo acunaste en tus brazos y besaste sus párpados cerrados, le hablaste al oído aunque no sabías con certeza si estaba o no escuchando tus palabras de consuelo.

Podés leerlo mejor que nadie, por eso cuando su cuerpo se tensó y su tono de voz cambió junto con la expresión en su cara supiste que algo andaba mal. La sospecha se confirmó cuando viste el llanto formándose para luego caer sin que él hiciera nada para detenerlo. Viste su corazón partirse, abrirse en dos, y al mismo tiempo sentiste dentro tuyo, en tu pecho, tu propio corazón deshaciéndose, resquebrajándose, hasta quedar tan hecho añicos como el suyo.

Estaban los dos agazapados en un rincón de la cocina, sentados en el suelo, y mientras él sollozaba en silencio con su rostro escondido en tu regazo y sus manos aferrándose a tus brazos como si su vida dependiera enteramente de tu presencia allí para salvarlo (algo te decía que así era) y mantenerlo cuerdo, recordaste algo que él te había dicho una tarde en la que estabas triste, cuando llevaban apenas exactamente una semana oficialmente juntos, dos frases que quedaron gravadas a fuego en tu alma:

"No me preguntes cómo: simplemente puedo sentirlo, como si lo que te duele a vos me doliera a mí. Es como si ese sufrimiento que está envolviéndote estuviera clavándose en mi propia carne"

Y ese puñado de palabras que para vos en su momento habían significado el mundo, ese puñado de palabras que él había elegido para susurrarte y tratar de hacerte entender que cuando vos sufrís él también sufre inmensamente hasta el punto de la locura, esas palabras describían a la perfección el estado en que te encontrabas.

Te dolía. Te dolía tanto como a él. Él estaba desconsolado y herido, y vos te sentías igual. Igual de desconsolada. Igual de herida.

Recordabas muy bien cómo te habías sentido durante ese último año y medio de vida de tu abuela: el cáncer la había atacado de golpe, sin dar tiempo a mucho, sin dar tiempo a nada. Aguantó tanto como pudo, testaruda como siempre y dispuesta a pelear, soportó todo lo que pudo, pero llegado un momento se deterioró tanto que ya ni podía ni abrir los ojos. Estuviste a su lado hasta el final, la cuidaste como ella te había cuidado a vos durante toda tu vida, y con solo dieciocho años la tomaste de la mano esa última noche.

Recordás aún cómo te sentiste, recordás lo dolida que estabas, lo desesperada que estabas, cuánto necesitabas abrazar a alguien, cuánto necesitabas que te abrazaran, cuánto te angustió darte cuenta que te habías quedado completamente sola.

Lo recordás, y verlo a él ahí de rodillas en el suelo llorando en tus brazos hizo que revivieras todo de nuevo como si hubieran pasado nada más seis minutos y no casi siete años, sólo que en esa ocasión se sintió un millón de veces peor porque la persona sobre la faz de la Tierra que más te importa, aquella que es tu otra mitad, aquella que es dueña de tu corazón y de tu alma, estaba destrozada, abatida.

Vos estabas destrozada y abatida, porque verlo así a él te partía el alma en dos brutalmente, tan brutalmente que como a él te costaba respirar.

El aire tampoco pasaba con facilidad hacia tus pulmones porque tenías en la garganta un terrible y apretado nudo que parecía jamás se aflojaría debido al esfuerzo que estabas haciendo para contener las lágrimas que se formaban en tus ojos y amenazaban con caer. No podías quebrarte, no podías largarte a llorar, no podías darte el lujo de poner tus necesidades primero y dejar que tus emociones corrieran libremente. Tenías que ser fuerte, por él, mantenerte fuerte y compuesta para él, para cuidarlo, para curarlo, para soportar su peso sobre tus hombros y guiarlo hasta que pudiera estar bien otra vez, costase lo que costase e hiciera falta el tiempo que hiciera falta.

Hubieras querido mecerlo en tus brazos por horas y horas, dejarlo desahogarse y desquitarse por horas y horas, pero no podías. Eso podría parecer lo que él necesitaba en ese momento, pero no era lo mejor. A largo plazo, no sería lo mejor. Necesitabas calmarlo, tranquilizarlo, devolverle la capacidad de funcionar, y ayudarlo a levantarse. Había cosas por hacer, cosas que aunque en ese momento en su dolor le parecieran ínfimas, él en el futuro se hubiera arrepentido de no hacerlas si vos no lo obligabas a dejar de llorar y recomponerse un poco.

Tu conversación con Martina había sido breve. La misma joven de casi veinte años que sacó a tu hermano de una situación con la policía haciendo uso de su talento como abogada, la misma joven de aspecto decidido y seguro, la misma joven de voz y tono firmes, sonaba sombría, triste, pero también como alguien con toda la intención de mantener la entereza mientras los otros alrededor suyo pierden el control y la calma, lo cual encontrás admirable (frío, sí, pero admirable). Te habló de los detalles del funeral, que sería el domingo 11 en la comunidad religiosa a la que asistía la abuela de Tony. Te habló de un avión que salía del aeropuerto de Los Angeles a Chicago a las siete y media de la tarde para el cual ella y su novio ya tenían asientos reservados, y te dijo que otro vuelo despegaba a las nueve de la noche y que en caso de preferir abordar ése podía conseguirte los boletos mediante un contacto en la aerolínea.

Si la situación no fuera de esta gravedad, un viaje imprevisto a Chicago, para ir a casa de sus padres, donde van a estar todas sus hermanas, sus cuñados y cada miembro de su familia, te hubiera causado un ataque de nervios. Honestamente, una parte tuya querría esconderse en el baño y encerrarse ahí, o meterse debajo de la cama y no salir nunca más. Pero eso sería si el contexto fuera otro, y la verdad es que – seamos sinceros - tampoco harías ninguna de esas dos cosas (esconderte bajo la cama o encerrarte en el baño) como si fueras una criaturita asustada, porque por él serías capaz de pasar por el infierno de punta a punta caminando, con los ojos vendados y una decena de cuervos picándote la piel.

Es por él, porque lo amás tanto, porque necesitás tanto hacerle bien como él te hace a vos, que no te interesa tener que empacar y subirte a un avión con destino a la casa de tus suegros (quienes ni siquiera sospechan de tu existencia en la vida de su hijo). No te interesan ni tu vergüenza ni tu timidez ni tus miedos ni tus nervios ni tus inseguridades. Irías con él hasta el fin del mundo, a cualquier parte, morirías por él, harías lo que fuera por él, y si en este momento él necesita que hagas ese sacrificio (acompañarlo hasta Chicago para el funeral de su abuela), vas a hacerlo. Y ya tenías firmemente decidido que en caso de que él presentara alguna oposición no le prestarías atención en lo más mínimo, harías oídos sordos.

Ignorarías tus miedos para poder sanar sus heridas. Ignorarías cualquier cosa que él te dijera para poder sanar sus heridas. Lo tomarías de la mano y no lo soltarías nunca más, así como sabés que él no te soltaría nunca.

Besaste su cabeza varias veces y pasaste tu mano por su nuca para darle calor y relajarlo. Estaba tenso, demasiado tenso, todo lleno de contracturas; por la clase de trabajo que tienen es de esperar que los dos tengan la espalda llena de nudos y los músculos endurecidos, pero él estaba tieso por otros motivos, y un masaje no iba a ayudarlo.

"Sé que, donde está, tu abuela se siente orgullosa de vos" murmuraste en su oído "Muy, muy orgullosa de vos" le aseguraste, escuchando sus sollozos intensificarse un poco para luego suavizarse otra vez "Y yo también estoy orgullosa de vos, mi amor" murmuraste, aún meciéndolo en tus brazos.

Después de eso, no sabés cuánto tiempo pasó. Quizá fueron dos segundos. Quizá fueron diez minutos. Quizá fue una eternidad. Lo siguiente que escuchaste después de su llanto y de su corazón latiendo descontrolado contra tu corazón, fue su voz. Áspera. Ahogada. Ronca. Rasposa. Le faltaba el aire y le costaba armar bien las oraciones, pero vos lo entendiste a la perfección, porque la atención que estabas prestándole era desmesurada. Levantó la cabeza, te miró con esos ojos cargados de angustia y pena, y mientras acariciabas el costado de su rostro empapado dijo, como si acabara de darse cuenta de ello, como si la realidad lo hubiera golpeado de pronto sacándolo de esa conmoción y ese entumecimiento en el que había caído:

"Tengo que ir a Chicago"

Te quedaste en silencio, simplemente mirándolo, esperando a que dijera algo más.

"Mi hermana" comenzó, tratando de aclararse la garganta para que su voz sonara mejor, pero fallando "… Martina me dijo" no podía completar la frase "… ¿Qué hora es?" preguntó de pronto, desorientado, y antes de darte tiempo a contestar, en un movimiento casi frenético, miró el reloj de pulsera que le habías regalado dos días atrás, pero al ver la posición de las agujas no dijo nada.

Vos no sabías qué hora era. También habías perdido la noción del tiempo. Hiciste el amague de mirar tu propia muñeca pero luego recordaste que te habías quitado el reloj esa mañana al darte una ducha y lo habías dejado sobre el estante del mueble del baño.

"Son las seis de la tarde" dijo "Necesito ir a Chicago, Michelle" repitió, mucho más resuelto que antes, como obsesionado con eso, con su necesidad de llegar junto a su familia para despedirse de su abuela por última vez "Martina dijo… dijo que había un vuelo…"

"Podemos tomar el vuelo de las nueve" lo interrumpiste, hablando con vos suave y tranquilizadora, tomándolo del brazo con ternura pero con firmeza para evitar que se alterara o que perdiera el hilo de las cosas otra vez.

Honestamente, en el fondo tampoco querías darle oportunidad de hablar mucho, porque deseabas hacerte cargo vos de los preparativos: sabías que él no te obligaría a ir a ninguna parte, y si bien lo que ibas a hacer era un acto completo y total de amor que nunca hubieras pensando en no llevar acabo, no deseabas tener que enfrentarte a una discusión respecto a si estabas o no yendo a Chicago en contra de tus deseos. Querías ahorrarle tanto estrés, nervios y angustia como fuera posible.

"Tu hermana me dijo que podía conseguirnos boletos" te apresuraste, aún con tu mano sobre su brazo, mientras con el dorso de la otra acariciabas su rostro despacio de arriba a abajo "Eso nos da tiempo para empacar, y también te da algo de tiempo para dormir un poco" te animaste a sugerir tímidamente.

Cuando tu abuela falleció lloraste hasta quedarte vacía, y luego dormiste veintiséis horas corridas, durante las cuales sentiste absolutamente nada. Nada. Estabas entumecida. Como si fueras de plástico con venas llenadas con agua en lugar de tener carne, huesos y sangre. Fue como si hubieras apagado tu cabeza, como si hubieras desconectado el cerebro; todo se volvió negrura alrededor tuyo, y caíste sumida en un pozo dentro del cual no hacía frío, un pozo dentro del cual no había dolor, un pozo dentro del cual tus emociones estaban domadas y hechas a un lado y no podían herirte. Durante esas veintiséis horas descansaste todo lo que no habías descansado durante los últimos meses de vida de tu abuela, pero no solo descansaste de la fatiga física, si no también de la emocional, que era aún más terrible y abrumadora. Cuando despertaste todo volvió a vos con una fuerza increíble y abrasadora que te quemó por dentro, pero al menos estabas lo suficientemente despejada como para saber qué hacer de ahí en más (claro, la diferencia es que vos estabas absolutamente solita en el mundo, y él no lo está: te tiene a vos, tiene a sus padres, a sus hermanas, a toda su familia).

Pero quizá él no quería dormir. Quizá necesitaba mantenerse despierto. Quizá dormir sólo haría que surgieran memorias que traerían dolor, quizá dormir le traería pesadillas. Para algunos dormir no es un alivio, si no una tortura. Quizá lo mejor sería mantenerlo despierto. Vos en esa misma situación hubieras dado cualquier cosa con tal de tener a alguien que te amara abrazándote mientras dormías, prometiéndote que todo estaría bien, que te cuidarían y que se encargarían de ayudarte a superar eso.

Él te tiene a vos, no está solo, y nunca lo estará. Pero tal vez no precisaba echarse en la cama y dormir mientras lo abrazas.

Tal vez precisaba gritar.

Tal vez precisaba romper cosas.

Tal vez precisaba darle un puñetazo a la pared para descargar su ira.

Tal vez precisaba quedarse en silencio.

Fuera lo que fuera que precisaba, vos ibas a estar ahí, escuchándolo, ayudándolo, consolándolo, y nada haría que te fueras de su lado.

Su voz aún quebrada y rasposa debido al llanto, su voz ahogada, te sustrajo de tus pensamientos, arrancándote de ellos y devolviéndote a una realidad en la que ambos seguían arrodillados en el suelo frío de la cocina, él con lágrimas aún cayendo de sus ojos y rodando por sus mejillas enrojecidas y vos conteniendo las emociones que pugnaban por salir pero que debías mantener controladas porque si te quebrabas, entonces él no tendría de dónde sostenerse, a qué aferrarse, de quién agarrarse para no sucumbir y derrumbarse bajo el peso que había en sus hombros.

"Quiero irme cuanto antes, Michelle. Quiero llegar a Chicago cuanto antes" sonaba desesperado, casi obsesionado.

Te diste cuenta, lo leíste en sus facciones, en su mirada, en la forma en que hablaba, de que lo que a él le hacía falta en ese momento era irse del departamento al aeropuerto, subirse al avión y viajar a su casa. Para estar con su papá. Para estar con su mamá. Para estar con su familia. Para sentir que – a pesar de que no puede hacerse nada porque su abuela falleció y no hay forma de devolverla a la vida o de cambiar las cosas – estaba haciendo algo, lo que fuera, por más mínimo o insignificante que fuera o pareciera. Entendés bien lo que siente, entendés bien por qué quiere llegar a Chicago cuanto antes, lo entendés bien, lo comprendés.

Sin embargo, iban a tener que irse en el vuelo de las nueve. No había forma de que llegaran a tiempo para el de las siete, por lo cual tendrías que pasar las siguientes horas calmándolo, tranquilizándolo.

"Está bien… Está bien" repetiste ", voy a ocuparme de todo"

Hiciste el amague de levantarte. Ibas a ponerte de pie, a buscar el teléfono y fijarte en el listado de llamadas recientes para comunicarte con Martina y ver si lograba mover sus contactos para conseguirles un lugar en el vuelo que partía a las nueve. Sin embargo, sus brazos se enredaron en tu cintura, y con toda la fuerza de la que era capaz de hacer uso en ese momento (que era mucha), te retuvo en el suelo a su lado, aferrándose a vos, abrazándote como si su existencia dependiera puramente de eso, enterrando su cabeza otra vez en tu regazo y llorando como una criatura, rogándote en voz muy baja mientras tus manos instintivamente acariciaban su espalda para darle seguridad y consuelo:

"Michelle, por favor no me dejes" te pidió, y sentiste tu corazón romperse un poquitito más cuando lo oíste decir eso, desesperado "Sé que es mucho pedir, pero…"

Tenías que interrumpirlo, porque así sólo estaba haciéndose más daño él, y estaba haciéndote daño a vos.

"Tony, nunca te dejaría" juraste ", muchos menos en este momento" te inclinaste hacia adelante, doblándote tanto como podías para besar su nuca repetidas veces.

Levantó la vista, y te observó con los ojos nuevamente nublados, no sólo por las lágrimas si no también por el dolor terrible que estaba comiéndose su alma. Te miró con aspecto desahuciado, temblando. Nunca lo habías visto tan frágil. Nunca lo habías visto tan débil. Nunca lo habías visto reducido a un manojo de nervios. Él – tu héroe, tu Dios, el hombre a quien amás y en quien más confiás, el que te cuida, el que es tu protector – era humano, de carne y hueso, y sufría, así como sufrís vos, con esa misma intensidad cruda y tremenda. Y eso, ver al Dios vuelto mortal, no te decepcionó, más bien todo lo contrario: hizo que lo amarás aún más, millones de veces más si era eso posible a esa altura.

"¿Vas a quedarte conmigo?" preguntó en voz baja.

Aunque la respuesta estaba escrita en tu mirada, contestaste con palabras:

"Siempre, mi amor" le aseguraste.

Por supuesto que no vas a dejarlo solo, nunca. Y luego de la seguridad y firmeza con las que se lo dijiste, luego de que vio la resolución plasmada en tu rostro, no hay más preguntas que hacer, no quedan preguntas para las que pueda desearse una contestación. No querés que ni tu timidez ni tu vergüenza ni tus inseguridades personales ni tus problemas de autoestima sean mencionados en el contexto de que te verías forzada a conocer a su familia en una situación tan poco deseada. Eso no te interesaba, lo afrontarías sobre la marcha como pudieras, eso no era lo importante, realmente.

Te importaba él, sólo te importaba él. Te importaba darle apoyo, te importaba cuidarlo, te importaba sanar sus heridas profundas y recientes, y también aquellas heridas viejas que habían sido reabiertas con aquello que acababa de suceder y que lo había golpeado salvajemente, tan de pronto, de forma tan inesperada…

No querías que además de su dolor tuviera que cargar con la innecesaria preocupación de obsesionarse con cuestionamientos tales sobre cómo iba a afectarte que sus padres se enteraran de tu existencia en su vida tan súbitamente y en medio de ese caos y que tuvieras que interactuar con ellos y con el resto de su familia en el funeral y en los días sucesivos a ése.

Es verdad: es la situación menos apropiada, es una situación horrible e incómoda, es lo peor que podría haber ocurrido, el que lo viera desde afuera pensaría que el destino te lo está haciendo a propósito y que tu suerte no podría ser peor ni más rebuscada, pero vas a atravesar esto con la cabeza en alto y de la mejor manera posible porque es la realidad que te tocó y no se puede cambiar. Él te necesita, le hacés falta, y no podés dejarlo caer, así que vas a mantenerte fuerte para sostenerlo.

Y vos vas a ignorar absolutamente todo lo demás, vas a ignorar tus miedos e inseguridades, para poder sanar sus heridas.

Lo ayudaste a levantarse, y de pronto los dos estaban de pie en la cocina, sumidos en silencio, porque no hacía falta que se dijera nada, nada de nada.

Tomándolo de la mano lo guiaste hasta la sala de estar. Parecía un nene pequeño y perdido, dejándose conducir por vos con confianza ciega en que no lo harías tropezar. Era como si él no estuviera realmente ahí, como si solamente estuviera su cuerpo, pero no su alma o su corazón, como si fuera una cáscara vacía con la cabeza en blanco.

Eso te partía en dos, esa visión era suficiente para quitarte el aire y hacer que quisieras llorar, pero no ibas a permitirlo. Ibas a ocuparte de mantener tus emociones apartadas del camino, ibas a ignorarlas. Eran sus heridas las que tenías que sanar, lo que pasara dentro de vos no importaba.

Se sentaron los dos en el sofá, o más bien vos lo ayudaste a él a sentarse y él se dejó caer como si fuera un peso muerto, como si no tuviera voluntad; luego de su súbito momento de lucidez absoluta en el que te había dicho que tenía que ir a Chicago cuanto antes, había vuelto a meterse dentro de sí mismo, y si bien no estaba sollozando y sólo caían de sus ojos lágrimas silenciosas, no lucía más calmado o más sereno, si no todo lo contrario: lucía como si estuviera librándose una batalla dentro suyo, una batalla mucho más enorme, mucho más inmensa y mucho más dañina de lo que podías imaginar. Tenía el rostro contorsionado de dolor.

Con manos temblorosas buscaste el número desde el cual Martina había llamado en la memoria del teléfono y pulsaste el botón verde.

Las únicas veces que habías hablado con ella, se te ocurrió de repente, había sido en situaciones trágicas o problemáticas, y eso en el fondo de tu cabeza te llevaba a preguntarte si alguna vez podrían tener la oportunidad de entablar una relación de cuñadas más o menos normal y no signada por las urgencias, como aquella en la que tu hermano había caído preso por un malentendido, o esta ocasión en la que había fallecido su abuela.

En quince minutos lograste ultimar detalles. La hermana de Tony se había apresurado a reservarles dos lugares en un vuelo que salía a las tres y media de la mañana, porque cuando logró comunicarse con su contacto otra vez el de las siete de la tarde y el de las nueve de la noche ya estaban llenos. De esa forma habría más tiempo para que empacaran y dejaran todo resuelto en Los Angeles antes de volar a Chicago. Tendrían que recoger los boletos en un sector específico del aeropuerto, por lo cual deberían estar allí con bastante anticipación y luego esperar hasta embarcar. Luego, si todo salía como previsto, aterrizarían en Illinois a las siete de la mañana; Martina estaría allí pare recogerlos, y llegarían a casa de los padres de Tony cerca de las ocho.

En teoría, el plan sonaba sencillo: empacar suficiente ropa y accesorios necesarios para pasar un puñado de días en otra ciudad (seis o siete, como máximo, porque el lunes diecinueve de noviembre debían presentarse en la CTU), comer algo (o intentar que él comiera algo, porque vos tenías la garganta cerrada), ir al aeropuerto, retirar los pasajes, esperar, subir al avión, dormir durante lo que durase el vuelo y luego… Bueno, ahí se acababa la parte sencilla de aquel plan sencillo que en realidad, pensándolo mejor, no lo era tanto, pero tenías decidido mantenerte absoluta y completamente compuesta por él, para él, para hacerle bien, para cuidar de él. No querías nada más que eso, no te importaba nada más que eso, y quizá esa necesidad terrible de cuidarlo y contenerlo como él te cuida y contiene a vos entumecía tus nervios o preocupaciones respecto a entrar en el circuito íntimo y privado de su familia en un momento igual de íntimo y privado, en un momento de dolor.

Sólo podías pensar en ocuparte de él y en llevarlo a Chicago, no estabas pensando en vos, en tus sentimientos, en tus emociones. Sólo pensabas en él. No estabas pensando en tu timidez, en tu vergüenza, en tus inseguridades, estabas pensando en hacerle bien a él.

Lo dejaste recostado en el sillón, con los ojos cerrados, la cara enterrada en un almohadón, llorando de nuevo y temblando un poco debido a los convulsivos sollozos. Le quitaste los zapatos y lo arropaste con la gruesa manta que siempre tiene doblada a los pies del sofá para abrigarlo.

Hubieras deseado poder detener los relojes, impedir que las agujas siguieran moviéndose, y poder echarte ahí con él, consolarlo, darle calor para matar el frío interno que sabías estaba sintiendo. Pero manejar el tiempo y hacerlo parar es una capacidad que no corresponde a ningún ser humano, por lo cual tuviste que conformarte con prometerle al oído que no tardarías en preparar todo y después llenarle las mejillas de besos antes de dejarlo solo en la sala de estar.

Empacar tus cosas fue sencillo: tenías bastante ropa limpia, perfumada y prolijamente doblada dentro del bolso que habías armado el viernes anterior para llevar parte de tus prendas de vestir a su casa y tener suficiente de ellas durante las dos semanas libres que pasarían allí.

Ahora restaba ir a su habitación – dentro de la cual nunca habías estado – para armar una valija con sus cosas.

La posibilidad de que al entrar a su habitación y abrir su placar estarías violando su privacidad de alguna forma nunca se te cruzó por la cabeza, así como tampoco te sentiste compungida por tener que arruinar tu fantasía casi adolescente de conocer su cuarto por primera vez cuando decidieran finalmente intimar; en momentos como aquél debías ir y encargarte de preparar todo para poder partir a tiempo y llegar a un estado en la otra punta del país a la mañana siguiente, y no podías dejar que pensamientos tontos interfirieran con ello (además, cuando le habías hablado de tus celos hacia todas esas mujeres con las que él había admitido alguna vez tuvo relaciones sexuales, te había prometido que nunca te abrazaría o besaría en la misma cama donde había estado con todas esas otras que jamás le habían importado, por las que jamás había sentido nada).

Una parte tuya invadida por la curiosidad natural que tiene el ser humano hizo que – una vez abierta la puerta del final del amplio y largo pasillo – te quedaras quieta durante algunos segundos para observar y absorber algunos detalles básicos (en una persona detallista como vos, los detalles básicos que pueden observarse a simple vista son muchos y muy variados).

Las paredes estaban pintadas del mismo blanco inmaculado que las del resto del apartamento. Una alfombra mullida color claro estaba bajo tus pies. Su cama (la cual por algún motivo no quisiste mirar mucho) era enorme, una de esas muy lujosas sin ser ostentosa, exagerada o ridícula, si no más bien imponente; estaba cubierta por un acolchado de plumas de color negro. En la pared de la izquierda había empotrado un placar con puertas de madera oscura lustrada y brillante. Había una mesita de noche a cada costado de la cama, pero solamente en una de ellas reposaba un pequeño velador. Su habitación era prolija, limpia y ordenada como él, sin llegar al grado de histeria y obsesión que hay en tu departamento (todavía recordabas la sonrisa que él te había regalado cuando le informaste con la cara roja de vergüenza y una sonrisa tímida que antes de apoyar cualquier cosa sobre alguna de las superficies tenía que usar un posavasos). Es una habitación cálida que da cierta sensación de confort y abrigo, cierta sensación de seguridad; la misma sensación de calidez, abrigo y seguridad que encontrás en él, en sus brazos.

Si no supieras que una colección de mujeres pasó por esa cama y si no hubieras estado corriendo contra el reloj para atender asuntos mucho más importantes, te hubieras echado en ella para abrazar una de sus enormes almohadas e intoxicarte con su perfume, con su esencia.

Escasos segundos luego volviste a enfocarte por completo en lo que habías ido a hacer.

Abriste las puertas del placar (que por dentro era enorme y espacioso), y encontraste a un costado una valija de viaje de esas que tiene rueditas. La ropa que colgaba de las perchas y la guardada en los cajones estaba bien planchada y cuidada, pero del modo en que una persona normal plancha y cuida su ropa (vos, por otro lado… Bueno, digamos que tu ropero es un culto al trastorno obsesivo compulsivo del orden y la perfección).

No sabías bien qué elegir, a decir verdad: no creciste con un papá, y Danny siempre fue más bien desaliñado y poco cuidadoso de las prendas. ¿Qué ropa necesitaría Tony?, ¿cuántas camisas?, ¿qué clase de camisetas? Te tomó al menos un minuto empezar a revisar los cajones y a descolgar cosas de las perchas, pero cuando terminaste un cuarto de hora luego y todo estaba acomodado en la valija no sentías que faltara algo o que te hubieras olvidado de algo que él pudiera llegar a precisar.

Haciendo el menor ruido posible para no perturbarlo en caso de que hubiera logrado quedarse dormido, llevaste tu bolso y su valija a la entrada y los dejaste junto a la puerta.

También habías empacado cosas como los cepillos de diente, tu cepillo de cabello y otros artículos de higiene, y por un momento dudaste acerca de si debías o no llevar cosas como champú, crema de enjuague y acondicionador, pero lo descartaste rápidamente con un movimiento brusco de la cabeza porque te pareció demasiado frívolo estar dándole espacio en tu mente a ese tipo de cosas en ese momento. Tu cabello es desastroso, es verdad, y tus rulos requieren muchos cuidados para ser apenas domables y lucir medianamente bien, y sin todas tus cremas y productos especiales probablemente se vuelvan una calamidad, pero estabas yendo a un funeral, no de vacaciones a la playa o en plan de visita social, así que decidiste que te lavarías la cabeza con cualquier producto que tuvieran en casa de los padres de Tony.

Dios, la casa de los padres de Tony. La familia de Tony. Los conocerías a todos ellos en ese momento tan triste de sus vidas. Y ellos de vos no sabían nada. Sería todo demasiado de golpe, demasiado junto, demasiado rápido, demasiado forzado… Estabas empezando a entrar en pánico, estaba empezando a darte miedo, estabas llenándote de dudas, de inseguridades e incertidumbres, pero todo aquello no duró más que un suspiro porque antes de que pudieras ponerte a agonizar sobre las muchas posibilidades de que tus primeros pasos como la novia oficial de Anthony Almeida entre su círculo íntimo fueran estrepitosos te recordaste a vos misma que tu tarea era estar ahí, con el hombre que amás, cuidándolo y apoyándolo como él te cuidaría y apoyaría a vos.

Te recordaste a vos misma que debías ignorar absolutamente todo y enfocarte sólo en cuidar de él.

Una calma y una serenidad tremendas te invadieron de pronto, acobijada por el pensamiento de que cuando sus padres y hermanas te conocieran en esa situación de dolor y duelo verían simplemente a una mujer enamorada acompañando fielmente al amor de su vida, verían a una mujer perdidamente enamorada y devota a su hombre brindándole consuelo en ese instante de tristeza. Todo el tema de las presentaciones, conocerse, integrarse, demostrarles que no sos como Nina, que lo adorás, que vas a hacerlo feliz…, todo eso vendría luego, y ya habría tiempo de preocuparse por ello.

Eso pensaste en tu súbito arranque de optimismo en medio del caos y la negrura.

Claro, lejos estabas de imaginarte el infierno que serían tus días en Chicago. Lejos estabas de imaginarte que el hombre perfecto que te ama más que a su propia vida no viene de una familia perfecta. Lejos estabas de imaginarte que sufrirías desgarros emocionales como nunca antes. Lejos estabas de imaginar las emociones contradictorias, las contradicciones emocionales, que se apoderarían de tu cabeza, queriendo fundir tus neuronas y cocinarte el cerebro a fuego lento hasta matarte de dolor, queriendo arrancarte el alma, queriendo hacerte agujeros en el corazón. Lejos estabas de imaginarte cómo sufrirías. Lejos estabas de imaginarte cuánto esfuerzo te costaría no quebrarte, mantenerte entera y compuesta para darle fuerzas a él. Lejos estabas de imaginarte lo poco que algunos de los miembros de su familia te querrían.

Sí, lejos estabas de imaginar todo aquello, por eso cuando a las siete de la tarde te recostaste a su lado y te quedaste escuchando los sonidos de su respiración lenta y pausada mientras le acariciabas la espalda, sentías paz y calma, una paz y calma que te servirían para mantenerte fuerte a su lado y ayudarlo a no caer, a no derrumbarse, a sostenerse.

Una paz y calma que perderías dentro de un par de horas, pero que tendrías que fingir aún tener en tu poder, sólo para poder mantenerte cuerda, cuidarlo a él y sanar sus heridas.


A las diez de la noche se despertó envuelto en tus brazos, con su cabeza enterrada en tu pecho y sus propios brazos alrededor de tu cintura, aferrándose a vos. Habías pasado las últimas tres horas adormecida, acurrucada junto a él, haciéndole mimos para mantenerlo relajado y sin pesadillas, atenta por si alguna de ellas invadía su descanso, lista para hacer que se fueran. Él se había amoldado a tu cuerpo y sus abrazos habían acabado acercándote aún más, aprisionándote, aferrándose a vos como si así estuviera inconscientemente aferrándose a la vida, a la cordura, a la seguridad, a la calma, a todos esos sentimientos tranquilizadores que sólo vos podías brindarle.

El gesto de confusión que surcó su rostro cuando empezó a abrir los ojos y la mirada de dolor profundo que hallaste cuando miraste dentro de ellos te dijeron que había pasado por esos segundos previos al despertarse del todo y poner el cerebro en pleno funcionamiento durante el cual los humanos no saben qué es verdad y qué fue un sueño, dónde están o qué pasó, qué pertenece a la realidad y qué a las pesadillas. Evidentemente a él le había tomado escaso medio minuto darse cuenta que la angustia que sentía, los restos de lágrimas en su rostro, su corazón compungido no eran producto de un mal sueño, no eran producto de una pesadilla, si no que eran parte de lo real.

"Shhh" lo arrullaste, besando su frente y meciéndolo como a una criatura "No hace falta que te levantes ahora; todavía podés dormir un poquitito más"

Haciendo caso omiso a lo que decías, se incorporó lentamente.

"Creo que voy a tomar una ducha" susurró con aspecto perdido, con los ojos enfocados en un punto desconocido, con aspecto de tener la cabeza o en blanco o muy embotada como para poder sentir algo que no fuera presión entumeciéndolo, con aspecto de estar funcionando mecánicamente.

Aún era como si él no estuviera ahí, como si en su lugar hubiera un fantasma o una cáscara vacía, y sabés por experiencia propia que probablemente no vuelva a ser el mismo hasta dentro de unas cuantas semanas, porque la sensación de vacío y todas esas emociones que estaban devorándolo tardarían en marcharse, pues habían echado raíces muy profundas en su alma como para que las fuerte ramas que aprisionaban a su corazón pudieran ser cortadas así nomás.

Volviste a echarte en el sofá y a dejar que tu cuerpo se hundiera en los mullidos cojines, apoyando la cabeza otra vez en la almohada.

"Ya preparé las valijas" murmuraste antes de que sus pies, como de plomo, se arrastraran desde la sala de estar hacia el cuarto de baño.

Se detuvo al escuchar tu voz dirigiéndose a él, como si ese sonido fuera suficiente para arrancarlo un ratito de las tinieblas en que estaba envuelto y devolverlo un poco a la vida.

"Gracias, mi vida" se puso en cuclillas lo suficiente para que sus labios pudieran rozar tu frente.

No esperabas ninguna respuesta, pero el hecho de que te hubiera contestado cariñosamente y te hubiera dado un beso para mostrarte su afecto te daba esperanzas y te tranquilizaba: no estaba encerrándose en sí mismo al punto tal de cegarse al resto del mundo, no estaba escondiéndose en su angustia o haciéndote a un lado, no estaba empujándote a un costado para que lo dejaras sufrir en paz, más bien estaba abriéndose a vos, apoyándose en vos, buscando en vos a su fuente de consuelo y tranquilidad, estaba mostrándote que en ese instante era una criaturita frágil que dependía de vos.

Y vos no ibas a defraudarlo o a fallarle.

Él dependía de vos, y vos no ibas a dejarlo caer.

Una vez en la soledad de la ahora en penumbras sala de estar, encendiste la lámpara de pie para iluminar un poco la habitación, pero te arrepentiste enseguida: la tenue luz anaranjada que arrojaba hacía que el cuarto pareciera un tanto tétrico (o quizá eran simplemente ideas en tu cabeza). Apagaste la lámpara y encendiste todas las luces, iluminando el ambiente en su totalidad.

Tu inutilidad en la cocina te impedía hacer algo decente de cenar, y esos sándwiches que él había estado preparando para merendar no eran suficientes para dejarlo con el estómago lleno hasta el arribo a Chicago, por lo cual tendrían que ir a alguno de los sitios del aeropuerto. Probablemente él al igual que vos no tenía ni hambre ni la garganta lo suficientemente abierta como para forzar comida por ella, pero tenías que hacer el intento. No ibas a obligarlo, pero ibas a apelar a su razonamiento y explicarle que no podía aguantar más tiempo sin tener alimentos en el estómago; después de todo, habían pasado horas desde que habían almorzado, y no era sano tener la panza vacía durante tanto tiempo (ja, si sabrías vos lo que le hace a uno tener la panza vacía mucho tiempo).

Durante media hora escuchaste el sonido del agua caer en el cuarto de baño. Por momentos pensabas que hubieras dado todo con tal de no ser una idiota, tímida y vergonzosa y poder meterte ahí dentro con él, abrazarlo, secar sus lágrimas y acurrucarte con él bajo las gotas de agua hirviendo en lugar de dejarlo solo; luego pensabas que lo mejor sería darle espacio para estar solo, para procesarlo todo, para meditar, reflexionar, analizar sus sentimientos, o simplemente dejar las cosas fluir, lo que fuera que él necesitara, sin presionarlo, y estar siempre ahí dispuesta a escucharlo y consolarlo cuando él pidiera ser escuchado y consolado.

Dios, qué contradictorios todos tus pensamientos y sentimientos; sos, definitivamente Michelle, una mujer de contradicciones. Pero una sola cosa dentro de vos carecía de un opuesto que la contradijera: ignorarías absolutamente todo para poder ocuparte de él, para poder cuidarlo, para sanarlo. Pasase lo que pasase, te mantendrías fuerte para darle a él fuerzas.

Para matar el tiempo decidiste enviar un mensaje de texto a Danny explicándole que estarías fuera de la ciudad. Aún no le decías sobre tu relación con Tony – a quien había visto por escasos dos minutos esa fatídica madrugada en la que apareció en la CTU muerto de miedo y alterado y había terminado siendo sedado porque en su locura se le fue la mano y atacó a Carrie -, por lo cual decirle la verdad no era realmente una opción; no tenías ganas de tener que aguantar los cuestionamientos y preguntas de tu hermano, tampoco querías dar explicaciones, porque estabas agotada mental y físicamente y cada gramo de energía que te quedara debía ser para Tony, y para nadie más. Simplemente le escribiste que irías a otro estado durante una semana a una convención sobre seguridad nacional, a un curso necesario que impartía el gobierno, y que lo llamarías al regresar.

Él estaba muchísimo mejor, estaba tomando los medicamentos, estaba contento porque Haylie lo dejaba ver a sus hijos durante la semana de vez en cuando, había dejado de tomar, estaba yendo a terapia, estaba haciendo las cosas bien; no tenías por qué preocuparte, sabías que tenía toda la buena voluntad del mundo para no arruinar esa oportunidad de encaminarse, y que durante unos días podría valerse por sí solo sin precisar de tu ayuda.

Luego de recibir su contestación deseándote buen viaje y diciéndote que te cuidaras, apagaste el celular.

Cuando Tony emergió finalmente de entre la oscuridad del pasillo cerca de las once de la noche tenía la misma mirada perdida y los ojos aún más rojos e irritados, probablemente porque había pasado la última hora llorando desesperadamente otra vez mientras el agua hirviendo caía sobre su espalda, intentando lavar un dolor que no puede ser lavado, intentando borrar marcas que no pueden ser borradas.

Como impulsada por una fuerza mayor a vos misma, lo abrazaste y enterraste el rostro en el hueco entre su cuello y su hombro, inhalando su perfume mezclado con el del jabón. Sus manos se enterraron en tus rulos y tus manos se aferraron a su espalda como si fueras la única cosa manteniéndolo en pie. Los dos inhalaron y exhalaron varias veces, los dos se estrecharon tan fuerte como humanamente posible, los dos se acurrucaron uno contra el otro, los dos se mecieron lentamente, como hacían siempre que necesitaban relajarse y calmarse.

Pasada una cantidad de tiempo que no habrías podido adivinar porque estabas absolutamente sumergida en transmitirle sin hablar cuánto lo amabas y cuánto lo entendías, escuchaste su voz en tu oído, sentiste su respiración en tu cuello y sus labios rozaron tu piel cuando dijo, con un tono desgarrador y una necesidad cruda que podías sentir arañando tu alma agridulcemente del mismo modo en que arañaban su alma:

"Vos no vas a dejarme nunca, ¿no, Michelle?"

Esa clase de cosas no está a tu alcance, ni al alcance de ningún ser humano.

Esa clase de cosas no pueden prometerse.

Esa es una pregunta de doble filo que no se puede contestar. No hay ser humano sobre la tierra que pueda contestarla.

Por voluntad propia jamás lo dejarías, nunca. Nunca, nunca, nunca. Pasase lo que pasase, sucediese lo que sucediese, por voluntad propia no lo dejarías jamás. No permitirías nunca que nada ni nadie los separase, sólo a la muerte le corresponde decidir quién va a abandonar a quién primero – a la muerte y a nadie más que a la muerte -, y con la clase de trabajo que ustedes tienen la vida no está asegurada; de hecho, ponen en riesgo la vida cada día, con cada cosa que hacen, cada mañana cuando se levantan y van a la CTU están poniendo su existencia en manos del destino, pues nunca se sabe cuándo habrá un ataque, un atentad, cuándo habrá que salir al campo de batalla.

Y él lo sabe, él sabe que sólo vas a separarte de él el día en que uno de los dos muera, y lo que está pidiéndote en ese instante de dolor, desesperación y terrible angustia es que le prometas eso, que no vas a morirte, que no vas a dejarlo, que vas a quedarte con él eternamente, que van a existir juntos eternamente, que ni siquiera la muerte va a ser más fuerte que el amor que sienten, que ni siquiera la muerte va a poder arrancarte de sus brazos, esos brazos que en ese momento te envolvían con una fuerza que casi te ahogaba, que casi te sofocaba.

Esas cosas no pueden prometerse, y su parte racional lo sabía, pero la tristeza obnubilaba su juicio, y probablemente tenerlo así de destrozado en tus brazos obnubilaba el tuyo también y hacía que pasaras por alto la ley de la vida (y ésa es que desde el día en que nacemos hay una única cosa que sabemos con certeza, y ésa es que al final del camino que empezamos a transitar la muerte nos espera), porque murmuraste en su oído con toda la convicción del mundo:

"Nunca, mi amor. Nunca, nunca, nunca. Ni la muerte nos va a separar"

Acababas de prometer algo que no ibas a poder cumplir, pero en ese momento ni vos ni él lo sabían, y tu respuesta los dejó a ambos satisfechos y mitigó un poco la pena que a los dos los devoraba.

La muerte se había llevado a su abuela, y eso a él le había partido el corazón en dos.

La muerte se había llevado a su abuela, y eso a él lo tenía destrozado.

La muerte se había llevado a su abuela, y eso había sido como una bofetada que le estaba dando la vida, diciéndole 'puedo sacarte lo que quiera cuando quiera, puedo sacarte a quien quiera cuando quiera, puedo causarte dolor cuando quiera'.

La muerte de su abuela había hecho, de pronto, que tomara conciencia de tu mortalidad, y eso probablemente lo había asustado. La idea de que alguna vez lo dejaras como su abuela acababa de dejarlo lo había asustado terriblemente, estrujándole el alma y el corazón en un puño.

Y vos, en respuesta a sus susurros desesperados, habías prometido algo que nadie debería prometer, porque esa promesa no se puede cumplir. Esa promesa nadie puede cumplirla.

Acababas de hacerle una promesa que no podrías cumplir, pero en ese momento no reparaste en ello, y tampoco él.

En ese momento el dolor era tan grande y tan abrumador, que ninguno podía actuar o pensar con racionalidad. Era una locura esa promesa, pero era una promesa de amor.

Una promesa que no podrías cumplir.


La primera mitad del viaje al aeropuerto fue silenciosa. Mientras vos conducías, él, recostado en el asiento del acompañante, acariciaba tu brazo de arriba a abajo una y otra y otra vez, como queriendo asegurarse de que eras real, de que estabas ahí, de que estabas con él, de que no estaba solo.

"Gracias" murmuró en determinado momento con voz ronca y rasposa debido a todo lo que había llorado durante las últimas horas "por venir conmigo" agregó luego, como si hiciera falta explicación.

Es que en realidad tampoco hacía falta ninguna clase de agradecimiento, así como no hacía falta explicación alguna.

"Tony, iría con vos hasta el fin del mundo" le aseguraste, tratando de contener las lágrimas que desde hacía horas pugnaban por salir "Iría con vos a cualquier sitio"

No me importa tener que conocer a tu familia de golpe y en estas circunstancias, eso es lo de menos. Solamente me importás vos.

Pero no verbalizaste esos pensamientos, simplemente lo miraste con adoración y esperaste que su capacidad para leerte como a un libro abierto lo ayudara a comprender que estabas diciendo la verdad, que no existe cosa que no harías por él ni lugar al que no irías con él.

"Aún no puedo creer que se fue…" susurró más para sí mismo que para vos, con la vista clavada en el suelo del coche "Había empezado a hablar con ella otra vez" dijo con un hilo de voz que se sintió como una cuchillada en el alma de tanto dolor que encerraba "… Ella" levantó la cabeza "… Ella estaba empezando a recordarme" completó la oración con visible esfuerzo y sus ojos se llenaron de lágrimas otra vez.

Te contó entrecortadamente lo que su abuela le había dicho el martes pasado antes de que él colgara luego de haber estado hablándole durante casi una hora sin recibir respuesta alguna. Finalmente entendiste su pregunta sobre qué harías si pudieras ser un pájaro, y entendiste por qué le había costado contestarte cuando esa tarde tu curiosidad te había llevado a formularle el interrogante vos a él. También tendiste la emoción pesada y profunda en su voz cuando te dijo que de poder ser un pájaro volaría al cielo para decirle a su abuela que la quiere una vez más, por última vez.

Realmente estaba costándote mucho mantener el llanto acumulándose en tu pecho, estaba costándote mantenerte compuesta, pero de algún modo lo estabas logrando.

"Tu abuela sabe que la querés, Tony" susurraste, totalmente convencida de que lo que estabas diciendo era cierto, totalmente convencida de que él se daría cuenta que no estabas usando excusas o mentiras trilladas para consolarlo, si no que estabas diciéndole la verdad "Y está orgullosa de vos" repetiste lo que ya le habías dicho cuando estaban los dos arrodillados en el suelo de la cocina "Ella nunca te olvidó, Tony" agregaste luego, mirándolo de soslayo con ternura "Quizá en su memoria las imágenes se volvieron borrosas, pero siempre viviste en su corazón, y eso es lo más importante. Su corazón nunca te olvidó. El corazón nunca olvida a las personas que ama"

Oíste el sollozo que dejó escapar, y sentiste el nudo en tu garganta volverse un poco más apretado. Pero de tus labios no se escapó sollozo alguno ni rodó por tus mejillas lágrima alguna, porque estabas decidida a que tu entereza sería su sostén. No te derrumbarías, no perderías la calma, no te harías añicos contra el suelo y agonizarías sintiendo en carne propia lo que él sentía. Serías su fuerza, su refugio, y lo cuidarías en todo momento, dejando cualquier emoción que a vos te afectara de lado.

Ignorarías tus propias emociones para tener la fuerza necesaria para sanar sus heridas.

Entonces simplemente seguiste conduciendo.


Acababan de retirar los pasajes y todavía tenían bastante tiempo de espera antes de embarcar. El aeropuerto estaba lleno de ruidos, movimiento, risas, voces, personas que iban de un lado a otro, pero ustedes dos estaban inmersos en el pequeño espacio que ocupaban sus cuerpos, por lo cual eran ajenos al resto de las personas que en las primeras horas de la madrugada mientras aguardaban para tomar sus vuelos se comportaban como si fueran las dos de la tarde.

"Creo que deberíamos comer algo, Tony" sugeriste tímidamente.

Quizá fue la preocupación gravada en tu rostro, quizá fue el brillo de consternación en tus ojos, pero algo lo llevó a aceptar sin chistar o sin quejarse, sin resistirse. Dejó que lo guiaras otra vez, con el mismo aspecto de criaturita perdida, así como había dejado que te encargaras de retirar los pasajes y averiguar los detalles generales del vuelo que abordarían, así como había dejado que te ocuparas de todo. Él simplemente se dejaba llevar por vos, confiando en vos ciegamente, demasiado sumido en su sufrimiento y en su dolor como para tomar sus propias decisiones, demasiado obnubilado por el sufrimiento como para no depender de vos.

Y a vos no te molestaba en lo absoluto que él tuviera esa dependencia. Porque vos eras igual: vos dependías de él, habías dependido de él y de su fuerza miles de veces en sólo dos meses. Él te había cuidado miles de veces, y ahora vos tenías que cuidarlo a él, guiarlo a él, hacerle bien para que curaran las marcas en su alma.

A pesar de que era de madrugada, el sector donde había distintos locales de comida estaba bastante lleno (no repleto, pero sí había una buena cantidad de gente); muchos de los viajeros debían estar con horarios desfasados, o quizá venían de otro vuelo y estaban esperando para hacer una conexión, o quizá venían de otro país y estaban haciendo una escala en Los Angeles antes de continuar, o quizá… Bueno, tu mente estaba trabajando demasiado rápido en muchas cosas tontas e inverosímiles al mismo tiempo, tal vez para tratar de tranquilizar el nerviosismo que pugnaba por salir, ser expresado y tomar el control que habías ganado, por lo cual tenías que entretenerte con pensamientos misceláneos y absolutamente frívolos para no perder la compostura.

Ordenaron algo sencillo y se sentaron en una de las mesas, uno al lado del otro. Durante los primeros diez minutos no hicieron más que comer papas fritas en silencio, una mano tuya y otra de él entrelazadas sobre la superficie de fórmica color crema, tus dedos aprisionados por los suyos, tu pulgar dibujando lentamente círculos en la palma de su mano.

Era, aún en esa circunstancia, un silencio cómodo. No era uno de esos silencios penosos que causan una especie de dolor punzante en el estómago, no era uno de esos silencios que hacen que a uno le pique la nuca o que provocan imperceptibles ataques de ansiedad internos, no era uno de esos silencioso insoportables que le zumban a uno en los oídos mientras se busca qué decir para romperlos. Era un silencio que los envolvía a ambos, apartándolos del resto, separándolos del resto, creando una invisible burbuja cálida que amortiguaba cualquier sonido, cualquier distracción, cualquier cosa mundana perteneciente al mundo exterior, cualquier cosa que no fuera parte de ese mundo íntimo que compartís con él, que es sólo de los dos.

"Habría muerto de dolor si no te tuviera acá conmigo" confesó de pronto, acariciando tu mejilla, tu frente, todo el contorno de tu cara con las yemas de sus dedos, como si quisiera memorizar cada palmo para luego dibujarlo; viste brillando en sus ojos algo así como el fantasma de ese hombre alegre, gracioso y sonriente que horas atrás estaba besándote, arrancándote carcajadas, sacando cientos de fotos y jugando con vos al Tetrix en su computadora. Viste en sus ojos ese brillo otra vez durante una fracción de segundo, pero luego volvió a apagarse, dejándolos opacos y nublados "Me moriría de dolor si no te tuviera acá conmigo"

"No voy a dejar que eso pase" prometiste en un susurro, aún sintiendo las caricias en tu rostro y mimándolo a él de la misma forma con el dorso de tu mano, acariciando su frente y sus mejillas aún hirviendo "Sería incapaz de dejar que eso sucediera"

Se inclinaron hacia delante al mismo tiempo, casi como si tu cuerpo y su cuerpo estuvieran coordinados, biológicamente vinculados, y supieran exactamente cuándo uno necesita del otro, del contacto físico, para recobrar fuerzas y ser reconfortado. El beso fue suave, dulce e inocente: apenas un roce de labios. Sin embargo, la proximidad, su perfume, la forma en que sus dedos se enredaron en tus rulos para atraerte hacia él, la punta de su nariz acariciando despacio el puente de la tuya, la sensación de estar respirando el mismo aire, todo eso fue suficiente para renovar tus energías, para hacer que el cansancio físico y emocional se ablandaran un poco.

Él, incluso en un momento plagado de oscuridad y angustia en el que estaban aún frescas las heridas provocadas por el inesperado fallecimiento de su abuela, estaba cuidándote a vos, estaba tranquilizándote con su tacto, con su presencia, con el amor que emanaba de cada uno de sus poros.

Nunca encontrarías las palabras correctas, exactas, perfectas para describir a ese hombre. Definitivamente esas palabras aún no existían, era obvio, y nunca existirían, porque no había manera de explicar ese lazo invisible entre ambos que a pesar de no poder ser visto lo sentían constantemente, con cada latido de sus corazones, con cada respiro. Incluso mientras sufría, incluso sumido en la tristeza, él sabía exactamente qué hacer para aliviarte, para demostrarte que sos lo más importante, que sos lo que lo sostiene, lo que lo mantiene respirando, y que sin vos se sentiría perdido y aislado, que sin vos desfallecería.

"Te dije que iría con vos a cualquier parte" le recordaste, presionando su frente contra la suya "Nunca te voy a dejar" volviste a prometer "Nunca, nunca, nunca"

Terminaron de comer en el mismo silencio que había reinado antes entre los dos. Sus ojos estaban cargados de lágrimas otra vez, pero estaba conteniéndolas, estaba luchando desesperadamente por evitar que se desbordara el océano de su tristeza y cayeran.

Te hubiera gustado decirle que estaba bien aflojarse, descargarse, desquitarse, llorar, pero luego te diste cuenta que aunque ustedes no prestaran atención a los demás eso no quería decir que no estuvieran un lugar público; lo conocés bien, conocés el tamaño desproporcional de su ego masculino, sabés que llorar en público, delante de extraños, lo haría sentir débil, lo haría sentir menos hombre. Sabés que vos sos la única delante de la cual va a derrumbarse, sospechás que delante de su familia también va a intentar fingir, intuís que una vez pasados los primeros espasmos de dolor, amarga sorpresa e incredulidad podría arrepentirse de haberte dejado ver un costado suyo tan marcado y vulnerable, de haberte dejado ver al Anthony Almeida que no puede cuidarse por sí mismo y que cae de rodillas en el suelo hecho una ruina. No querés que eso suceda, querés que entienda que con vos no tiene que pretender nada, que no vas a dejar de considerarlo tu héroe o tu protector porque haya expresado emociones tan crudas y hondas al ser golpeado por la noticia de la muerte de alguien a quien adoraba, alguien que en su vida había sido importante. Te hubiera gustado explicárselo en ese momento, pero luego decidiste que esa clase de conversación no le haría bien, y que hay cosas que es mejor transmitir a través de los gestos y las caricias en lugar de intentar usar palabras.

El siguiente tramo de tiempo hasta que subieron al avión fue bastante borroso. Se sentaron a esperar, y por momentos parecía que las agujas del reloj eran de plomo, en otros instantes era como si alguien a propósito estuviera haciéndolas retroceder (pensamiento tonto, ¿no? Como si alguien pudiera manejar al tiempo, uno de los misterios más grandes y ancestrales de todos, algo que escapa de las manos de cualquiera). Nunca soltaste su mano, dejaste sus dedos firmemente entrelazados con los tuyos, nunca dejaron de acariciarse tiernamente, y de tanto en tanto susurrabas alguna frase en su oído para recordarle que estabas ahí, que estabas cuidándolo, que todo iba a estar bien. De tanto en tanto él también murmuraba algo en tu oído, con su voz pesada y profunda cargada de emoción contenida.

Las frases, ésas las recordás bien, las que te susurró al oído esquivando tu mirada, con vergüenza, porque quizá no quería que notaras lo terriblemente derrotado que se sentía, o cuán destruido estaba realmente por dentro. Aunque vos lo sabías, claro que ya lo sabías. Ese dolor que a él lo devoraba vos lo sentías también en carne propia, vos lo percibías.

No me preguntes cómo: simplemente puedo sentirlo, como si lo que te duele a vos me doliera a mí. Es como si ese sufrimiento que está envolviéndote estuviera clavándose en mi propia carne.

Las frases, ésas las recordás bien, especialmente un pedazo de una conversación que surgió entre ustedes cuando estaban sentados en una de esas sillas de plástico gris clavadas en un caño negro empotrado a la pared (típica silla de aeropuerto, de esas incómodas que te dejan el cuerpo adolorido si pasás mucho tiempo sentado en una de ellas), justo antes de meterse por el larguísimo pasillo que los conduciría hacia el avión:

"Me arrepiento de no haber mantenido el contacto con mi abuela más seguido" confesó, ahogando un sollozo que se quedó atrapado en la mitad de su garganta, haciendo que su voz saliera ronca y entrecortada de nuevo "Me arrepiento de no haberla llamado, de no haberle hablado, de no haber seguido actuando como solía actuar antes, cuando conversábamos siempre, día por medio sin falta… Aunque no me entendiera, aunque no contestara, debería haberla llamado más seguido, como hacía antes" se lamentó en tu oído; su cabeza estaba reposando en tu hombro, mientras vos acariciabas su cabello negro aún húmedo por la ducha que había tomado antes de que abandonaran su departamento, enredando sus buclecitos oscuros en tus dedos, masajeando la base de su nuca para relajarlo.

"Ella sabe que la amás" hiciste una pausa; no estabas segura de si debías o no decir lo que tenías en la punta de la lengua, listo para ser deslizado por entre tus labios mojados de tanto besar su cabeza. Justo antes de levantarse para formar fila delante de la entrada del túnel, decidiste dejar que tu corazón hablara en lugar de permitir que tu cerebro juzgara tanto y separara tus sentimientos en aquellos que deben ser verbalizados y aquellos que tenés que tragarte "Ahora es un ángel que te cuida desde el cielo, y va a cuidarte siempre, como te cuidó cuando eras chiquitito, como siguió cuidándote incluso cuando eras grande"


Los aviones no son tu medio de transporte favorito (no es que tengas pánico, ni nada de eso, simplemente no te gustan mucho, no sos una gran fan de ellos), pero esa madrugada estabas demasiado concentrada en Tony, por lo cual tus habituales pensamientos nefastos sobre todas las cosas que pueden salir mal cuando vas en un avión (desde desperfectos técnicos hasta tormentas pasando por terroristas internacionales) se amoldaban mucho mejor en la lista de 'cosas que no me interesan en este instante' junto con tus nervios, ansiedades y demás sensaciones despertadas por la proximidad del momento en que conocieras a tus suegros, y no encajaba realmente junto con esa otra lista de 'cosas que me interesan ahora' (formada por un único ítem: - ayudar a Tony a que se sienta mejor).

La fila de asientos era de tres, pero por suerte aquél que hubiera correspondido a la tercera persona estaba vacío, ya que el vuelo no iba lleno en su total capacidad. Estarían solos, en el fondo de la fila, tendrían tanta intimidad como quisieran.

"Deberías dormir, Michelle" sugirió en tono preocupado minutos luego del despegue.

Aún tenían los dedos entrelazados, brindando el uno al otro una calidez que era relajante aún en medio del caos en el que flotaban. Aún estaban tomados de la mano, llevaban horas sin soltarse las manos, sintiéndose así el uno al otro, a través del tacto, sintiendo a través de ese gesto inocente todo el amor y comprensión que existe entre los dos.

"Son casi las cuatro de la madrugada" señaló; notaste que su voz sonaba mucho menos ronca, más suave, más como suena habitualmente, menos quebrada, pero bastante monótona.

Debía estar juntando fuerzas para armarse de entereza y mostrarse compuesto delante de sus padres y hermanas, para no volver a hacerse añicos contra el suelo, para no volver a partirse al medio como sucedió horas antes en su departamento después de recibir esa llamada.

"Unas horas de sueño no van a venirte mal" siguió "Voy a estar bien" prometió luego, intuyendo que no querías dormirte porque deseabas estar ahí para él, en caso de que quisiera hablar, en caso de que quisiera compañía silenciosa o en caso de que al quedarse él dormido las pesadillas o malos recuerdos lo asaltaran y precisara que lo despertaras y acunaras hasta que se sintiera mejor y se librara de ellas.

"No tengo sueño, Tony" mentiste.

Estabas exhausta, física y emocionalmente. El tiempo pasado dormitando en sus brazos en el sofá no había hecho mucho, te había cansado aún más, porque habías estado alerta a cambios que pudieran indicar que se había largado a llorar otra vez o que estaba teniendo un sueño inquieto.

Pero no podías simplemente hundirte en el mullido asiento, cerrar los ojos y descansar como si nada. No podías. No conciliarías el sueño con facilidad, probablemente tendrías un buen manojo de pesadillas aguardando para atacarte, no podrías estar tranquila sabiendo que él estaba solo, sin tu presencia para apaciguarlo, sin tus caricias, sin tus besos, sin tu apoyo constante e incondicional. Necesitabas estar despierta, necesitabas poder mirarlo a los ojos, poder transmitirle todo tu amor y todo tu consuelo, poder mimarlo con ternura, poder secar esas lágrimas solitarias que de tanto en tanto se le escapaban, atraparlas antes de que terminaran el recorrido por sus mejillas y llegaran a la comisura de sus labios.

"Cuando aterricemos al amanecer vas a estar reventada si no dormís ahora" insistió.

Sí, estarías reventada y eso significaría que sus padres te verían con ojeras, toda despeinada con tus rulos salvajes saliéndose por todas partes, conteniendo bostezos cada dos segundos, con la piel amarillenta más pálida y cetrina de lo habitual. Pero no te importaba qué aspecto tuvieras. El aspecto en ese marco era lo de menos, ¿no? En un duelo, en una situación en la cual una vida se había perdido y la familia estaba tratando de manejar ese dolor, nadie se fijaría en vos, en tu aspecto. Pero en caso de que lo hicieran, en caso de que alguien lo hiciera, realmente distaba de encontrarse entre lo que considerabas prioridades. Tu prioridad era Tony, cuidarlo a él como él te cuida a vos, protegerlo, hacer que se sintiera tan cómodo como posible, tan contenido como posible.

No, no ibas a permitir que te convenciera con el argumento (válido, por cierto) de que al aterrizar estarías reventada. No te importaba si al aterrizar estabas reventada.

Sin embargo, lo siguiente que te dijo sí te conmovió, sí te movió el alma, sí tocó tu corazón como si él estuviera sosteniéndolo en tus manos.

"Michelle, en este momento lo que más necesito es verte dormir" al escucharlo decir eso arqueaste una ceja, escéptica, y con tu mirada lo invitaste a seguir explicándose "Me siento tranquilo cuando te tengo dormida en mis brazos, me distraigo observándote, y eso me hace bien. Me ayuda a exorcizar mis demonios, me causa una sensación de paz. Verte a vos dormir va a ayudarme a conciliar el sueño"

Estaba diciendo la verdad. Lo escuchabas en su voz, lo veías en sus ojos, lo sentías en su tacto mientras acomodaba algunos de tus bucles detrás de tus (horribles) orejas. Estaba diciendo la verdad. No quería que te durmieras sólo porque estabas cansada, porque estabas agotada, porque necesitabas darle un respiro a tu cuerpo: quería que te quedaras dormida en sus brazos porque eso lo haría sentir bien, porque eso lo serenaría, porque eso le traería calma, porque así podría relajarse: viéndote dormir, escuchando tu respiración calma, abrazándote mientras descansás, como lo venía haciendo casi todas las noches desde hacía dos meses.

Tus labios se curvaron en el fantasma de una sonrisa triste. Lo besaste muy despacio otra vez, lentamente, dejando que tus labios apenas rocen los suyos en una caricia.

Lo miraste a los ojos durante un largo rato, estudiando sus facciones, sus expresiones, recorriendo cada palmo de su rostro con las yemas de tus dedos, viéndolo relajarse bajo tu tacto. El dolor era evidente. Estaba sufriendo, estaba sufriendo muchísimo, probablemente como pocas veces en la vida había sufrido. Seguía, en tu opinión, asemejándose a una criaturita perdida, sólo que él no es una criaturita: es un hombre adulto que ha visto lo peor que el mundo tiene para ofrecer, que convive a diario con situaciones que involucran la muerte de inocentes, la muerte de compañeros de trabajo, la muerte de ciudadanos honestos que prometieron proteger a su país y a sus compatriotas, es un hombre que arriesga su vida todos los días, es un hombre que conoce la maldad de la que el ser humano es capaz, es un hombre que conoce las atrocidades que algunos son capaces de hacer en el nombre de sus religiones o defendiendo una causa cuyo único sentido es crear enemistades y destruir. Sin embargo, nunca antes lo habías visto así, tan frágil, tan débil, tan expuesto, tan vulnerable, tan herido por dentro, nunca.

Y cuando ese hombre destrozado, desgarrado, hecho pedazos te decía que necesitaba verte dormir para poder calmarse, sabías que te decía la verdad. Porque en los mismos ojos donde veías su angustia, su dolor, su necesidad de mantener aprisionados en su garganta los gritos que pugnaban por salir, también veías el amor que siente por vos, la devoción, la ternura, la dulzura, la necesidad que tiene de vos, así como vos tenés una necesidad de él que es más grande de lo que las palabras serían capaces de describir.

Aún en su peor estado, aún sumido en la oscuridad, aún con el alma hecho añicos, aún cuando algo dentro de él se ha quebrado, aún cuando ha perdido algo que jamás recuperará, él es capaz de seguir demostrándote exactamente cuánto significás en su vida, cuánto le hacés falta para poder seguir adelante, para no desmoronarse, para no caerse en el suelo hecho jirones.

Levantaste la barra que separaba ambos asientos para poder acurrucarte a su lado, dejando que tu cabeza se posara sobre su regazo. Sus manos instintivamente empezaron a acariciarte: una de ellas frotaba tu espalda dibujando círculos e infundiéndote calor, mientras que la otra te rascaba detrás de la oreja afectuosamente. Tus párpados se volvieron pesados y se cerraron lentamente, quedando envuelta en una oscuridad total que te absorbió y llevó a un sitio en el cual no oías, veías o sentías nada, solamente lo sentías a él, sentías sus manos mimándote, oías su respiración que como la tuya empezaba a relajarse, e inhalabas la reconfortante y familiar esencia de su perfume mezclado con el tuyo.


Cuando volviste a abrir los ojos te sentías muchísimo mejor, mucho más repuesta; el cansancio emocional estaba ahí, pero el físico había sido aliviado un poco. No tardaste en enfocar la vista y no sufriste la típica desorientación que tienen algunos cuando recién se despiertan: sabías dónde estabas, sabías por qué estabas ahí, sabía lo que sucedería cuando llegaran a Chicago, sabías que tu tarea principal era la de cuidar a Tony.

Te incorporaste despacio hasta quedar en posición sentada. Él estaba recostado en su asiento, con el rostro surcado por los restos de las lágrimas que debió haber llorado en sueños, pero profundamente dormido, respirando pausada y rítmicamente y con un aspecto de paz en sus facciones que te conmovió. Por un instante sentiste culpa, sentiste que quizá deberías haberte quedado despierta para ir secando todas esas lágrimas, pero luego te diste cuenta que si él había logrado relajarse lo suficiente hasta llegar a tener ese aspecto de serenidad en la cara era gracias a la calma que le provocaba verte dormir, tenerte en sus brazos, sentir tu piel bajo sus caricias.

Besaste sus mejillas repetidas veces hasta que abrió los ojos, los cuales estaban rojos e irritados, pero no tanto como lo habían estado horas atrás.

"Ya vamos a llegar, amor" susurraste una vez que él estaba completamente despierto y despejado.

"¿Ahora?" inquirió confundido, mirando a su alrededor.

"En un ratito. Son las seis y veinte" señalaste su reloj pulsera.

Aún adormecido, enterró su cara en tu cuello e inhaló; te estremeciste, como hacés siempre, y sentiste un cosquilleo recorriendo tu columna vertebral.

"Te amo, Michelle" lo oíste decir contra la piel de tu hombro "Nada puede cambiar eso, nadie va a cambiar eso"

Antes de que pudieras abrir la boca para replicar algo a esa súbita e inesperada declaración, había vuelto a quedarse dormido, esta vez anidado en el hueco entre tu cuello y tu hombro, como tantas otras veces vos te habías anidado en ese punto exacto de su anatomía.

Durante los cuarenta minutos siguientes trataste de mantener la mente en blanco para no pensar en nada, para no sentir ninguna emoción. Acariciaste su espalda, pasaste los dedos por sus rulos negro azabache, susurraste cosas tiernas en su oído y lo estrechaste para transmitirle el calor de tu cuerpo.

No le diste mucho pensamiento a eso que te había dicho. Siempre te lo decía, te lo repetía todo el tiempo, siempre estaba abrazándote y derritiéndote con ese tipo de muestras de afecto. ¿Por qué esta vez tendría que significar algo distinto?, ¿por qué deberías haberte sentido sorprendida o anonadada o preocupada?

Lejos estabas de saber, ni siquiera sospechabas que te había dicho eso porque en el fondo intuía que al –egoístamente, porque no hubiera podido aguantar todo ese dolor solo sin tenerte con él – haber permitido que fueras a Chicago te expondría a una situación para nada agradable con su familia.

Lejos estabas de saber que los siguientes días serían difíciles para vos.

Lejos estabas de saberlo.

Por eso cuando lo despertaste suavemente para que se pusiera el cinturón antes de que el avión aterrizara todo lo que podías experimentar por dentro era paz. Paz porque no había puesto objetivos para que lo acompañaras allí, paz porque habías logrado que descansara durante el vuelo, paz porque vos también estabas bastante más descansada, y paz porque podrías seguir curándole todas las heridas hasta hacer que se sintiera mejor, demostrándole lo que ya él sabe: que tu amor es tan grande que puede ser la medicina perfecta.

Lejos estabas de saber que esa medicina perfecta para algunos sería interpretada como veneno.


Era una mañana despejada; algunas nubes blancas estaban desparramadas por el cielo color azul pálido y el sol de un amarillo frío brillaba entre ellas. El clima de Chicago es, por supuesto, muy diferente al de Los Angeles, porque la temperatura es muchísimo más baja. De pronto te agarró una especie de nostalgia hacia el verano eterno de California, pero sacudiste la cabeza como si estuvieras tratando de ahuyentar a un insecto: no podías, en ese momento, estar pensando en algo tan estúpido como el clima. Estabas allí porque su abuela había muerto, porque él estaba destrozado y necesitaba aferrarse a vos más que a nada, y en menos de dos horas probablemente conocerías a su familia por primera vez (los cuales seguían sin saber absolutamente nada de tu existencia).

Tony estaba ausente, sumergido en sus pensamientos y reflexiones, pero sus dedos seguían firmemente entrelazados con tus dedos, y los dos se mantenían uno muy cerca del otro. A pesar de su ensimismamiento, luego de pasar un rato esperando para retirar el equipaje se dio cuenta de que tenías muchísimo frío (algo que habías estado tratando de disimular), te envolvió en sus brazos y preguntó con vos monótona:

"¿Es la primera vez que venís a Chicago?" a lo que asentiste con la cabeza "Debería haberte advertido de que necesitarías ropa de más abrigo…"

No era su culpa. Sí sabías que necesitarías ropa de más abrigo. Sí sabías que la ropa típica que se usa en California en el otoño o invierno en Chicago no sirve de mucho. Pero no tenías tiempo de ir a tu casa para armar una valija como correspondía (bueno, sí, en realidad tiempo sí tuviste, pero no querías dejarlo solo), así que te conformaste con el bolsito que habías armado para pasar esas dos semanas con él, el cual no incluía más que jeans, camisitas, camisetas y sweaters de hilo.

"No te preocupes, Tony; un poco de aire fresco no va a hacerme mal"

"La casa de mis padres tiene un buen sistema de calefacción, pero de todos modos cuando lleguemos quiero que te abrigues. Alguna de mis hermanas puede prestarte algo"

La casa de sus padres. Cuando dijo eso sentiste el estómago darte un vuelco y un poco de bilis te subió a la garganta. La casa de sus padres. Dios, los conocerías pronto… Habías prometido no dejar que tus emociones, tus nervios, tu vergüenza, tu timidez, tus inseguridades y tu baja autoestima se metieran en el camino esta vez, te habías prometido a vos misma que te mantendrías de piedra para no sucumbir ante ningún sentimiento que pudiera debilitarte y seguir estando fuerte y compuesta para él, para ser su sostén. Habías prometido ignorar todo eso y concentrarte en sanar sus heridas. Pero la realidad es que sos un ser humano de carne y hueso, y si bien ya venías aguantando bastante, en determinado momento sabías – en el fondo, una partecita tuya lo sabía – que los nervios te iban a atacar, y que ibas a tener que esforzarte por mantenerlos dominados y a raya.

Y los nervios te atacaron justo en ese momento, todos juntos y de golpe, luego de que él hiciera ese inocente comentario que para tus oídos fue como un disparo. Uno a uno aparecieron y se hicieron una bola de nieve gigantesca que en escasos treinta segundos creció y creció y creció sin parar, sin que pudieras controlarla, tensándote por completo, haciendo que sintieras en el estómago un cosquilleo desagradable, provocándote un escalofrío que nada tenía que ver con la baja temperatura y el hecho de que estabas poco abrigada.

Ibas a conocerlos, un día después del fallecimiento de un miembro de la familia.

Ibas a conocerlos, y ellos no sabían nada de vos, ni siquiera sabían que Tony estaba en pareja con alguien.

La primera y única vez que Tony había llevado una mujer para presentarle a su familia, esa mujer había sido Nina, y las cosas no habían salido bien en esa ocasión y de acuerdo a lo poco que él te contó del tema, no se habían quedado con una buena impresión.

Nina, Nina era la única que él había llevado a casa de sus padres, para presentarle a su familia. No porque estuviera perdidamente enamorado o tuviera planes serios con ella, te había dicho, si no porque sentía que estaba llegando a una edad en la que debía presentarle a alguien a sus padres, porque tenía ilusiones falsas y vacías de que tal vez esa relación podría llegar a un buen puerto (sí, bien falsas y bien vacías eran esas ilusiones; hasta idiotas, casi), porque su madre lo había presionado a tal punto al escuchar que estaba involucrado con alguien que tuvo que darle el gusto de viajar a Chicago con ella para Acción de Gracias, si bien Nina no tenía ni pizca de ganas.

Nina. Nina. Vos eras la segunda mujer que sus padres iban a conocer. La primera había sido Nina.

Nina, quien resultó ser una mentirosa, una víbora, una arpía, una asesina despiadada, una loca, una psicópata, una traidora.

Nina, quien lo había herido profundamente.

Nina, quien lo apuñaló por la espalda.

Nina, quien mermó su confianza en otros a tal grado que construyó paredes alrededor de su corazón y su alma para impedir que alguien más lo hiriera de nuevo y lo hiciera pasar por ese sufrimiento, paredes que solamente vos supiste como derribar.

Nina, quien simplemente lo había estado utilizando para su beneficio.

Nina, que lo usaba como reemplazo – según escuchaste – porque no podía tener a Jack ya bajo sus sábanas y necesitaba desquitarse con alguien.

Nina, quien se había burlado de él abiertamente.

Nina, quien nunca lo había respetado.

Nina, quien era fría como un témpano.

Nina, quien no tenía corazón, sólo una roca negra donde ése debería haber estado.

Nina, quien probablemente hubiera vendido el alma al Diablo en caso de haber tenido cosa tal como un alma.

Sus padres, tan sobre protectores, ¿cuánto más sobre protectores se habían vuelto luego de que esa mujer arrancara el corazón de su hijo y lo hiciera pedazos despiadadamente?, ¿cuánto más sobre protectores se habían vuelto luego de ver en qué estado él había quedado?, ¿cuánto más sobre protectores se habían vuelto luego de que Tony regresara como perro lastimado lamiéndose las heridas?

Sus padres,… ¿podrían ellos confiar en vos?, ¿podrían ellos confiar en que no eras como Nina, en que no iba a ser lo mismo, en que eras distinta, en que no eras otra loca que iba a hacer pedazos a su hijo, acuchillando su auto estima y su confianza?, ¿podrían ellos creer que vos lo amás más que a nada en el mundo y que lo único que querés es estar con él para siempre, hasta el último segundo de tu vida, haciéndolo feliz?, ¿podrían entender que el hecho de que fueras una mujer a la que conoció en la CTU no significa que estés designada a ser una traidora como lo fue Nina?

¿Se darán cuenta que querés sanarlo y cuidarlo o pensarán que solamente vas a hacerle más daño del que ya le hicieron?

¿Y si se disgustan porque Tony te llevó sin avisar?, ¿y si te tildan de entrometida por haber ido a Chicago a interrumpir un momento estrictamente familiar, un momento tan delicado?, ¿y si les molesta tu presencia?, ¿y si se enfadan con Tony por no haberles hablado de vos antes y te culpan por ello, aludiendo que probablemente vos le llenaste la cabeza para que los mantuviera al margen de los recientes acontecimientos en su vida?

El pánico te recorrió de arriba a abajo tan repentina y violentamente que te sentiste mareada por unos instantes. Las voces en tu cabeza hablaban todas al mismo tiempo, diciéndote todas juntas las dudas que habías logrado mantener enfrascadas hasta ese entonces, despertando los sentimientos que te habías esforzado por mantener entumecidos.

Respiraste hondo varias veces, rogando para que él no se diera cuenta de que los nervios estaban comiéndote viva por dentro sin dar muestra de piedad alguna. Trataste de alejar esa nube negra hecha de comentarios filosos y venenosos sobre la terrible cantidad de cosas que podrían salir mal y sobre las posibilidades de que no le agradaras a su familia por un motivo u otro, y te concentraste en él, en la única persona que tiene que importarte, aquella a la que tenés que cuidar.

Querías ignorarlo todo y sólo concentrarte en él.

Apretaste su mano un poquitito más fuerte.

Cualquiera hubiera pensado que si él no hubiera estado tan absorto en su propio dolor probablemente hubiera notado la palidez que por unos segundos se adueñó de tu rostro, hubiera notado una ráfaga de temor cruzar tus ojos, hubiera notado la batalla interna y silenciosa que estaban librando tus nervios. Hubiera notado que algo en vos estabas distinto, que estabas de pronto preocupada.

Vos pensabas que él no notaría nada, y eso te tranquilizaba, porque no querías cargar sus hombros con otro peso. No querías generarle a él otras preocupaciones. Eso era lo último que querías y tenías que hacer. Preferías sufrirlo todo en silencio, lidiar vos misma con ello, y permitirle a él realizar su duelo en paz, sabiendo que estabas incondicionalmente a su lado, protegiéndolo de todo, defendiéndolo de todo, ayudándolo a caminar por ese tramo filoso lleno de sensaciones tristes y recuerdos agridulces, manteniéndote en pie para poder sostenerlo a él sin que se cayera.

Además, él lucía tan distante, tan encerrado en sí mismo, tan absorto, con la cabeza gacha para que nadie notara sus ojos rojos, llorosos e irritados, tomando tu mano y dejando que lo guiaras, muy cerca de vos para no perder el calor que le trasmitías, su piel color bronce más pálida de lo normal, sus hermosos ojos color chocolate sin brillo, opacos, nublados…

No creíste que fuera a notar nada, como si su mirada estuviera vuelta hacia dentro, hacia su corazón roto por la muerte de su abuela, hacia sus sentimientos resquebrajados, como si su mirada estuviera desconectada de cualquier cosa perteneciente al exterior, vos incluida, porque a vos no necesitaba mirarte para saber que estabas ahí, sólo necesitaba sentirte.

Sin embargo, te sorprendió cuando, minutos después de haber recuperado sus valijas, mientras se aproximaban hacia la salida del aeropuerto donde esperarían a que Martina los recogiera, tomó tu brazo con suavidad para detenerte y mirándote con una intensidad inmensa, como si fueras lo único existente sobre la faz de la Tierra, te dijo:

"Michelle" la mano que no estaba sujetando la tuya soltó la manija de la valija-carrito dejándola a un lado, para poder acariciar tu frente, tus mejillas y luego enredar entre sus dedos un par de bucles demasiado cortos para quedar aprisionados por el broche de plástico con el que recogiste tu cabello ", sos la mujer a la que amo, la única mujer a la que alguna vez amé de verdad, y en lo que a mi concierne no hay otra persona con la que preferiría pasar el resto de mis días" su voz era pausada, pesada, cargada de emoción y devoción, y por un momento sentiste tus ojos humedecerse "Sé que no es la mejor forma de que conozcas a mi familia…"

Acababa de sacar a relucir el tema que los dos habían estado evitando tocar, el tema sobre el cual los dos habían andado en puntas de pie durante las últimas horas sin comentar nada, como si tal no existiera, como si estuviera protegido por una gigantesca e impenetrable burbuja de plástico que lo aislaba y hacía invisible.

Acababa de sacar a relucir el tema que vos habías preferido ignorar y apartar de tu mente porque no querías cargarlo a él de problemas, no querías que él además de todo tuviera que ocuparse de aliviar tus nervios, tus inseguridades, tus ataques de timidez y vergüenza; no correspondía, no en ese momento, no cuando él estaba con el corazón roto y sangrando.

Respiraste hondo. Estabas a punto de interrumpirlo, pero cuando abriste la boca no salió sonido alguno, por lo cual él siguió hablando, su mano entonces en tu hombro, sus ojos aún clavados en tus ojos transmitiéndote una dulzura que obviamente era mucho más enorme que su tristeza, incluso si su tristeza era avasalladora:

"…, pero la única explicación que le encuentro a esto en este momento es que son cosas que suceden. Desearía que para nosotros no hubiera sucedido así" un breve instante de silencio se formó entre ambos, durante el cual presionaste tus labios contra la comisura de los suyos; luego continuó: "… La única razón por la cual no te obligué a quedarte en Los Angeles es porque sabía que ibas a insistir en venir conmigo de todos modos, y porque si no te tengo conmigo ahora el dolor va a ser tan insoportable que voy a estallar. Vos sos lo único sosteniéndome"

Soltaste su mano para poder enredar tus brazos alrededor de su cintura. Estaban en un aeropuerto, rodeados de gente que entraba y salía, rodeados de ruido y bullicio y risas y teléfonos celulares sonando y voces monótonas que a través de megáfonos anunciaban datos sobre los vuelos que llegaban o que debían ser abordados, pero no te interesaba: no ibas a mantener a raya los niveles de muestras de afecto. Apoyaste la cabeza sobre su pecho para escuchar los latidos de su corazón, y sentiste sus propios brazos envolviéndote, provocando que una oleada de tranquilidad barriera tu alma hasta dejarla limpia de cualquier preocupación.

"Sé que es una actitud egoísta" musitó "Estoy siendo injusto con mis padres porque mantuve lo nuestro oculto por más tiempo del debido, pero más injusto estoy siendo con vos… Sé que es una actitud egoísta" repitió ", lo sé, pero te necesito conmigo como nunca creí llegar a necesitar a alguien. Te necesito acá, curándome. Si no me derrumbé de dolor es por vos" dijo de nuevo, levantando con suavidad tu cabeza para poder mirar dentro de tus ojos y luego besarte los párpados mientras frotaba la punta de su nariz contra la punta de tu nariz "Tenerte acá es mi mejor remedio, me hacés todo el bien que nadie más podría hacerme en un momento como este. Creéme que forzarte a pasa por esto – conocer a mi familia así" aclaró, como si aclaración alguna hiciera falta, como si no hubieras sabido desde el principio hacia dónde se dirigía con sus palabras " – es lo último que hubiera querido, y sé que vas a decirme que no debo, pero me siento culpable… por ponerte en esta situación… Sé que es difícil, sé que sos tímida y vergonzosa" estaba perdiendo la coherencia otra vez "… Michelle, te necesito tanto ahora, necesitaba tenerte acá conmigo… Ayer me hubiera muerto sin vos…"

"Tony, está bien…" trataste de calmarlo, acariciando sus mejillas y frotando su espalda.

Pero él te interrumpió otra vez, casi con desesperación.

"Michelle, digan lo que digan sobre nosotros" estaba mirándote a los ojos tan profundamente que podías sentirlo penetrar en tu alma con esos dos océanos de color chocolate ", reaccionen como sea que reaccionen, opinen lo que opinen" hizo una pausa, tomó aire; era como si dentro de su cerebro, en medio del dolor, la rabia y la confusión por la súbita muerte de su abuela, estuviera buscando las palabras indicadas para expresarse, como si estuviera tratando de tomar un sentimiento muy complejo y transformarlo en una oración hablada "… Michelle, yo voy a amarte siempre y nada puede cambiar eso, ni nadie. Si ellos no saben ver lo maravillosa y hermosa que sos, si no saben ver que gracias a vos volví a creer en las cosas buenas que tiene la vida…"

"Tony, ¿por qué estás hablando así?" le preguntaste de golpe compungida, antes de poder contener el interrogante que se precipitó por tu lengua y salió de tu boca sin que pudieras controlarla.

No sabías si estaba cegado de angustia y por eso tenía la cabeza tan nublada como los ojos llenos de lágrimas, no sabías si él estaba asustado y confundido ante la perspectiva de presentarte a su familia, no sabías si te hablaba en serio o si hablaba desde un dolor que estaba haciendo que perdiera la razón, pero lo que estaba diciéndote no era para nada alentador. Más bien la forma en que insistía que siempre iba a amarte, que siempre iba a cuidarte y que nunca nadie cambiaría eso – pensara lo que pensara su familia, reaccionaran como reaccionaran, dijeran lo que dijeran – estaba haciendo que te sintiera aterrorizada. Comenzabas a sospechar de que había algo que él no estaba diciéndote, hasta casi podías tocarlo en el aire de tan palpable que era el presentimiento, pero no era el momento de exigirle que te lo dijera o de hacerle preguntas al respecto.

"¿Por qué estás diciendo esto?" la angustia que querías ocultar, sin embargo, era evidente en tu tono de voz, y te hubiera gustado patearte por haber dejado que saliera a la luz una partecita de tu sufrimiento, ese sufrimiento que se suponía debías ignorar y disimular para poder cuidar de él.

"Sólo para que lo sepas" quiso tranquilizarte, tomando tu rostro entre sus manos "Solamente quiero aliviar los nervios que sé estás sintiendo, mi vida" dijo, frotando sus manos en tu espalda.

Suspiraste, dejando escapar el aire que habías estado conteniendo. No le creías, pero tampoco podías cuestionarlo. Pero no le creías. Algo andaba mal, era como si lo presintieras; aunque él tratara de ocultarlo, sabías que algo andaba mal.

Y te dolía la cabeza, te dolía la cabeza y eso te provocaba oleadas de náuseas subiendo y bajando por tu garganta. De golpe te había agarrado un horrible e intenso dolor de cabeza que te martillaba las sienes. Quizá era porque aunque te habías levantado más repuesta, la realidad era que habías dormido poco. Quizá era porque todavía no habías desayunado nada y las papas fritas de la madrugada anterior te habían caído como un puñetazo al hígado. Quizá era simplemente porque estabas emocional y físicamente exhausta, y aunque quisieras disimularlo tu cuerpo estaba pasándote el reclamo.

No querías más que abrazarlo y pasar el resto de tu existencia perdida en esos brazos, escondiéndote de todo, de su familia incluso. Pero eso hubiera sido una actitud egoísta. Querías salir corriendo con él y escaparte, pero, ¿cómo ibas a hacer eso? Sus necesidades estaban antes que las tuyas, y él necesitaba ir y ver a sus padres, a sus hermanas, despedirse de su abuela por última vez, concretar como correspondía el proceso de duelo. Que de repente el pánico hubiera empezado a darte todas las cuchilladas que habías logrado esquivar durante las horas anteriores, que él hubiera sacado el tema y hubiera dicho eso que te había descolocado por completo, no te daba derecho a pensar que estaba justificado comportarte como la típica novia histérica y demandante. Lo que tenías que hacer era cuidarlo a él, debías mantener eso en mente, pero no ibas a poder hacerlo si los pensamientos que tenías en la cabeza se basaban en que – para evitar cualquier situación incómoda o desagradable con su familia – tenías que esconderte en sus brazos del resto del mundo o salir corriendo y nunca más mirar atrás.

Sí, los malos presentimientos te devoraban, y de pronto ya no estabas segura de que todo fuera a salir bien (si es que en una circunstancia como aquella hay algo a lo que pueda etiquetárselo con el rótulo de 'salió bien'). No sabías qué hacer, ni qué decir ni cómo reaccionar a eso que con mirada desesperada él te había dicho mientras acunaba tu rostro en sus manos, como si estuviera seguro de que su familia iba a poner alguna clase de objeción o que no serías bien recibida.

Estaban asaltándote las dudas, una peor que la otra: ¿y si él ya te había mencionado a sus padres y ellos se habían mostrado desconfiados?, ¿y si te estaba ocultando algo para protegerte?, ¿y si…?

Dios, había tantos '¿y sí?' devorándote por dentro, haciendo que te sintieras débil y floja. Pero no podía sucumbir, no podías derribarte. Eras vos su sostén, lo que estaba manteniéndolo a él apenas funcionando, lo que estaba dándole fuerzas. ¿Cómo ibas vos a quebrarte y a ceder al ataque de nervios que hubieras tenido en otro contexto ante la perspectiva de conocer a tus suegros improvisadamente y sin que ellos supieran que vos estabas yendo?

Querías besarlo apasionadamente para calmarte un poco (besarlo siempre te ayuda a relajarte), pero estaban en un lugar público (y aunque sintieras que sobre la faz de la Tierra existían sólo ustedes dos, tampoco podías comerle la boca de un beso en medio de un aeropuerto como si estuvieran los dos solos). Estabas de repente tan confundida, con los pensamientos tan mezclados y tan dados vuelta, ni siquiera vos entendías lo que estaba pasando en tu cabeza, ni siquiera vos podías comprender las oleadas de pánico que te recorrían de arriba a abajo.

Si estabas nerviosa (y librando una batalla interna para disimularlo) antes, ahora que él te había detenido para decirte eso, ahora que él te había mirado con esa locura y esa intensidad, ahora que él te había jurado prácticamente que nada que dijeran, opinaran, acotaran o pensaran cambiaría su amor por vos… Bueno, ahora más que nervios sentías pavor, y si no hubieras sabido que él dependía de vos literalmente para mantenerse en pie, entonces hubieras rogado para que la tierra se partiera en dos debajo de ti y te hiciera el favor de tragarte entera sin dejar rastros.

Pero a él lo amás tanto, lo adorás tanto… Por él soportarías cualquier cosa.

Por él recorrerías el infierno ida y vuelta varias veces.

Por él harías el intento de caminar sobre el agua, y morirías ahogada con gusto.

Por él moverías el cielo y la tierra.

Por él cruzarías los mares, sólo por abrazarlo.

Por él harías cualquier cosa.

Por él sacrificarías cualquier cosa.

Por él no hay nada que no harías.

Si resulta que su familia está compuesta por fieras que por algún motivo están dispuestas a atacarte, vas a aguantar los ataques sin chistar, vas a soportar todo, sólo por él.

Solamente por él.

"Va a estar todo bien, amor" te prometió una vez más, frotando sus manos en tus hombros para darte calor, del mismo modo en que vos habías estado las últimas horas tratando de darle calor a él "Solamente quería tratar de quitarte un poco de presión de los hombros; perdón si algo de lo que dije te asustó" trata de sonreírte a pesar de su pena creciente y honda, y vos le devolvés la sonrisa con el mismo esfuerzo. No eran sonrisas, en realidad, ninguno de los dos había logrado más que formar una mueca cargada de angustia proveniente de diferentes fuentes, pero al menos estaban tratando.

Estaban tratando por el otro. Eso hace al amor que sienten tan grande y tan invencible, tan profundo como el más profundo océano: los dos harían lo que fuera por el otro, los dos valoran el bienestar del otro más que el propio bienestar. Él, a pesar de que estaba muriéndose de un desgarro emocional, trataba de cuidarte, trataba de juntar las fuerzas necesarias para poder despojarte de tus miedos, incluso si en ese momento dentro suyo no había fuerza alguna.

Esa vez falló, sin embargo, porque luego de que tuviera ese pequeño arrebato en el cual había salido del ensimismamiento en que estaba sumergido para decirte que te amaría pasara lo que pasara y dijera su familia lo que dijera, tus nervios en lugar de aliviarse empeoraron, empeoraron tanto que los sentías quemándote viva por dentro. Empeoraron tanto tus nervios, que hasta podías degustar el sabor amargo en la boca, en la lengua y en los labios, esos mismos labios que él acarició con los suyos suavemente una vez más.

"Está bien" musitaste, y te generó cierta satisfacción darte cuenta que habías sonado bastante convincente.

Lo tomaste de la mano otra vez y ambos reanudaron la marcha camino a la salida del aeropuerto, abriéndose paso entre el gentío. Él había vuelto a caer presa de sus reflexiones internas, y otra vez parecía un fantasma, un cuerpo que caminaba guiado por vos, sin voluntad, casi inerte, que se mantenía de pie porque vos estabas ahí para llevarlo, para guiarlo. Sus ojos estaban opacos otra vez, ya no brillaba en ellos esa luz casi febril que se había apoderado de su mirada cuando te había dicho todas esas cosas minutos atrás; estaban otra vez nublados, sombríos, abarrotados de lágrimas que él se negaba a dejar caer.

Vos también habías pasado por esos cambios bruscos emocionales varias veces, así que eso no te preocupaba. Te partía el alma, sí, porque verlo sufrir a él era terrible, peor que cualquier castigo, pero no te preocupaba, porque en los procesos de duelo es normal. Luego de situaciones traumáticas, pérdidas, abandonos o circunstancias muy difíciles y demoledoras, durante las primeras semanas vos has pasado de limpiar el departamento frenéticamente y trabajar como una loca sin parar ni darle tiempo al cerebro de descansar, a dormir un fin de semana entero sin siquiera comer; de los ojos vidriosos y secos y sentirte vacía, a querer encerrarte en el baño y llorar; de meterte bajo la ducha vestida para sentir la ropa pegándose sobre la piel y el agua caliente quemándote, a gritar en silencio durante la noche mordiendo la almohada para amortiguar el ruido.

Hace mucho que no pasás por ninguna de esas etapas, y ahora que lo tenés a Tony en tu vida creés que probablemente nunca más tengas que sobrellevar el dolor de ése modo, pero tu experiencia previa permite que entiendas la clase de montaña rusa emocional en la que él va subido (parecida a muchas montañas rusas emocionales a las que te has subido vos en tus cortos pero llenos de trabas, obstáculos y demasiados problemas veinticuatro años de vida).

Había momentos en los que parecía volver a conectarse con la realidad y te hablaba, te acariciaba, pero luego volvía a meterse hacia adentro, aislándose, encerrándose dentro de sí mismo, convirtiéndose en un fantasma, en una sombra.

Compraron dos vasos descartables de capuchino con leche en un Mc Café y aguardaron la llegada de Martina, quien le había mandado un mensaje avisándole que iba con retraso; necesitaban hacer tiempo, y vos sugeriste tomar algo para desayunar, aunque si bien sus estómagos necesitaban comida ninguno de los dos tenía hambre en realidad. Durante esos veinte minutos entró y salió intermitentemente de esos estados, pasando de uno a otro: un instante estaba besándote como si su vida dependiera de ello y susurrándote al oído que no sabía cómo agradecerte por todo lo que estabas haciendo por él, y luego simplemente cerraba sus brazos flojos alrededor tuyo y recostaba su cabeza en tu hombro, buscando ser reconfortado, hundiéndose dentro de su alma.

Estaban sumidos en silencio cuando su celular volvió a sonar.

"Es Martina" anunció luego de volver a guardar el aparatito en el bolsillo de su pantalón "Nos está esperando"

Tu estómago se tensó en un nudo muy fuerte. A Martina ya la conocías, ése no era el problema: el problema era que encontrarse con Martina, subirse al auto con ella, emprender camino… todos esos eran pasos que guiaban directamente ni más ni menos que al punto en que conocerías a la familia de Tony, el punto en el que ellos te conocerían a vos y – aún más importante – descubrirían que él está enamorado y prácticamente comprometido con una mujer de la que no saben nada, luego del infierno por el que pasó con la anterior persona con quien había entablado una relación.

Dios, toda esa maquinación, todo ese proceso que estaba haciendo tu cabeza empeoraba tu jaqueca.

Respiraste hondo por la que parecía ser la décima vez en lo que iba del día, y te esforzaste por relajarte. De verdad te esforzaste por relajarte, te esforzaste por dejar de pensar, te esforzaste por dejar que las cosas fluyeran, te esforzaste por él, por tu amor. Besaste la palma de su mano y sus nudillos, y le pediste a Dios en silencio que te diera fuerzas en caso de que las cosas – por algún motivo – salieran como tus presentimientos te decían que iban a salir: mal.

No tenías ni idea de lo mal que saldrían.

Ni te imaginabas.


Estaba de pie frente a un espectacular Lamborghini negro reluciente muy cuidado. No tenía ojeras, pero tampoco llevaba maquillaje puesto. Su aspecto difería mucho al que tenía la última vez que la habías visto, pero seguía transmitiendo su presencia ese mismo aire cargado, imponente, casi intimidante. Vestía un pantalón de jean color azul claro, botas y un abrigo grueso color crema, todo lo cual destacaba su figura naturalmente delgada y esbelta. El cabello negro y lacio estaba recogido en una cola de caballo ni muy alta ni muy floja, y sus manos estaban enfundadas en guantes color blanco manteca (al verlos te percataste de lo frías que estaban tus manos, por no mencionar lo helados que tenías los pies). La piel de su rostro tenía un tono un poco amarillento, probablemente porque no llevaba rubor o base ni ningún maquillaje, y las pequitas desparramadas por las mejillas y la frente resaltaban un poco más.

Sin embargo, debías admitirlo, aún en ese marco, en esa situación, te cruzó como una flecha una sensación de envidia que te duró menos de una milésima de segundo, una sensación de envidia que pasó antes de que llegaras a registrarla completamente: Martina Almeida era hermosa sin esfuerzo, era delgada como una sílfide, tenía clase, tenía estilo, tenía glamur, tenía presencia, emanaba una fuerza impresionante, incluso en un momento de evidente duelo.

Vos nunca serías así. Nunca sería tan flaca. Nunca tendrías un rostro tan delgado y esculpido (solamente pómulos altos muy sonrosados y una cara regordeta, además de tus horribles orejas de elfo, tus ojos orientales y tus pecas). Nunca tendrías ese aire de seguridad natural en todo momento, sólo el aire de seguridad que te envuelve en el ambiente laboral, donde sos otra totalmente distinta a la verdadera Michelle Dessler. En tu vida personal, sin embargo, siempre serías tímida y vergonzosa.

Sólo una estúpida, insegura, con la autoestima pisoteada cientos de veces como vos tendría esos idiotas pensamientos fugaces. Y si Martina te hacía sentir así de fea, así de gorda aún cuando esa no era su intención y sin necesidad de que hiciera o dijera algo, entonces es mejor que en ese momento estuvieras lejos de intuir cómo te sentirías al conocer a sus otras hermanas, lo gorda, fea e inútil que casi todas ellas te harían sentir a propósito.

"Anthony, qué bueno verte" fueron las palabras que, en español, Martina dijo a su hermano al tiempo que le echaba los brazos al cuello y lo estrechaba brevemente antes de soltarlo. Luego se volvió a vos "Perdón" se disculpó, mirándolos a ambos alternativamente "Llevo tan sólo unas horas con mamá y ya me olvidé completamente que el resto de las personas fuera de mi casa hablan en Inglés" por el resto de las personas se refería a vos, obviamente, y eso hacía que te sintieras un poquito mal, como dejada de lado, peor no te hundiste en eso.

"Está bien" musitaste "Martina, siento mucho lo de tu abuela" expresaste de todo corazón.

Vos habías pasado por lo mismo, también, y sabías lo que se sentía. Sabías muy bien lo que se sentía, lo habías atravesado en carne propia.

"Gracias" respondió, regalándote una sonrisa débil pero sincera "Mi abuela llevaba meses sufriendo" notaste de soslayo como Tony bajaba la cabeza; podrías haber jurado que viste una lágrima caer contra el pavimento y dejar su marca redonda y húmeda allí "Fue una batalla larga contra una enfermedad complicada que ni siquiera la ciencia aún puede entender"

Esa oración significaba: 'si la ciencia no puedo explicarlo, ¿cómo vamos a pretender entenderlo nosotros?'. Era un pensamiento que guiaba a la aceptación: el problema del que sufría la pobre anciana ni siquiera era claro para aquellos que se suponía contaban con todas las herramientas para comprenderlo a fondo, ¿entonces por qué darse la cabeza contra la pared intentando buscar una explicación a algo que carece de ella?

Ojalá con el tiempo Tony lo entendiera así también. Ojalá pudiera empezar a comprender que lo que había sucedido no era culpa de nadie, que son cosas que simplemente suceden, y que cada uno lo maneja como puede. Sabías que él estaba triste porque durante los últimos años la comunicación con su abuela se había cortado y él había dejado de llamar porque lo frustraba que ella no pudiera recordarlo, porque lo hería, porque el dolor lo destrozaba. Sabías que se arrepentía de no haberla llamado o visitado más seguido, como su mamá le aconsejaba constantemente que hiciera. Esperabas que pudiera perdonarse a sí mismo y no quedarse con eso clavado en el corazón, con esa espina atravesándole el alma. Esperabas que pudiera aceptar que cuando una enfermedad así ataca a un ser querido, cada miembro de la familia reacciona como puede y lleva la circunstancia como puede. Esperabas que pudiera tener la misma sabiduría que Martina, a pesar de su corta edad, mostraba en sus palabras, porque eso sería lo mejor para él, para su propio bien, para que su duelo resultara más llevadero y menos doloroso y no le quedara para siempre el sabor amargo y la sensación de haberle fallado a su abuela o de haberla abandonado.

Quizá a él le llevaría más tiempo hacer las paces con lo sucedido. Quizá a él le deparaba un duelo más largo y más profundo. Quizá esa tristeza iba a acompañarlo hasta el día en que muriera. Quizá necesitara pasar por un proceso más complejo. Quizá necesitara esperar hasta poder darse permiso para descargarse completamente y expresar todas sus emociones de golpe y enteramente en lugar de liberar pequeñas dosis de a ratos. Quizá a él le costaría un poco más.

Lo sabías por experiencia propia también: cada uno maneja sus propios tiempos y hace sus razonamientos a distintos ritmos en estas situaciones. Seis años habían pasado desde el fallecimiento de tu abuela, y si bien la herida en tu alma había cerrado no estaba del todo cicatrizada: a veces se abría, a veces te agarraba nostalgia, a veces te arrepentías de ciertas actitudes que deberían haber sido diferentes, a veces los recuerdos te inundaban hasta hacer que te sintieras ahogada, a veces soñabas con ella y te despertabas llorando, a veces la extrañabas muchísimo sin saber por qué, a veces te preguntabas cómo hubiera sido todo si ella no hubiera muerto cuando eras tan joven, a veces te agarraban ataques de culpa porque no podías evitar cuestionarte si todo el esfuerzo que había puesto para cuidarte y criarte bien no la había conducido a una muerte prematura.

Esas marcas, esas heridas, se quedan hasta el momento en que respirás por última vez. No se van. No se olvidan. No se borran. Se aprende a vivir con ellas, nada más, a aceptarlo y a dejarlo ir, a comprender que la vida es un ciclo que en un momento se acaba, y que mientras uno sigue con su ciclo, muchos otros concluyen el suyo, pero no desaparecen. Probablemente cuando él tenga sesenta años, el dolor siga estando, ese mismo dolor que siente ahora, sólo que mitigado y atenuado una vez que aprenda a vivir con él. Así te pasó a vos, con todas las pérdidas y abandonos que sufriste: aprendiste a vivir con el dolor, quizá no expertamente, pero sos joven y seguís aprendiendo. Y sabés que él va a aprender. Vos ibas a estar ahí, cada segundo, cada minuto, cada hora, cada día, durante el tiempo que hiciera falta, para cuidarlo y acompañarlo.

"Estoy agradecida de que haya fallecido en sueños, tranquila, sin dolor"

La voz de Martina - calma y con un pequeño dejo de emoción – te apartó de tus reflexiones; a medida que las palabras salían de su boca vos sentías la tristeza fluyendo por las venas del hombre de tu vida, que estaba de pie a tu lado con la cabeza semi gacha y esquivando el contacto visual con su hermana, y no pudiste evitar apretar un poco más fuerte su mano para recordarle que estabas ahí y que ahí ibas a estar siempre, hasta el final.

"Ahora está con mi abuelo, y con mis hermanos" casi escuchaste el 'crack' que hizo el corazón de Tony al romperse y estallar de dolor dentro de su pecho ante la mención de su abuelo y de sus dos hermanos fallecidos "y con muchas otras personas a las que amaba" concluyó, y podrías haber jurado que los ojos de la abogada estaban un poco húmedos, no precisamente por el clima frío y ventoso.

Martina también, la igual que vos, estaba conteniendo sus emociones, sólo que ella lo hacía para no mostrar debilidad, para mostrarse entera. Ella tenía todo el derecho del mundo a llorar, a quebrarse, a sufrir abiertamente, y sin embargo elegía como vos tragarse todo, guardarse todo.

Un instante de silencio se formó entre los tres por un breve par de segundos, hasta que Tony – con la vista aún clavada en el suelo – soltó una pregunta en forma de murmullo apenas audible:

"¿No sufrió?"

"No, Anthony" Martina extendió su mano para cerrarla alrededor del brazo de Tony, y lo miró con una dulzura que materializaba el fuerte y estrecho vínculo que unía a ambos hermanos "Fue más el sufrimiento que atravesó en estos últimos años a medida que" dudó antes de continuar, por tan solo una fracción de segundo "... se deterioraba, que lo que sufrió ayer cuando finalmente partió. Creéme: cuando murió, estaba en paz"

"¿Cómo está papá?" levantó la cabeza despacio, y sus ojos color chocolate oscuro se encontraron con los de su hermana "Quise llamarlo pero… Estaba destrozado" admitió, con vergüenza, apretando tu mano "No hubiera sabido qué decir… Además no quería que me escuchara así de destruido"

"Papá está bien" lo tranquilizó ella enseguida "Él está bien, Tony, en serio" insistió para disipar cualquier duda "Está aliviado. Él y mamá, los dos. La abuela no merecía seguir consumiéndose así, y ella ahora está en un lugar mejor. Mamá y papá están tranquilos porque saben que la cuidaron hasta el final, y que ella ahora puede descansar de verdad. Lo único que quieren ahora es que estemos todos unidos como una familia para despedir a la abuela y que pasemos algunos días juntos, aunque la mayoría de nosotros vamos a volver a nuestras respectivas ciudades mañana por la noche, porque tenemos que trabajar"

Sentiste una oleada de bienestar recorrerte por dentro al escuchar que sus padres estaban calmados y no en medio de un oscuro, profundo y hondo duelo plagado de dolor y desesperación como el que Tony estaba atravesando, no sólo porque eso sería lo mejor para él, para ayudarlo a lidiar con su propia angustia, si no porque parte de lo que te aterrorizaba era irrumpir en un momento tan íntimo y tan privado. No te hubiera gustado llegar como una infiltrada en una situación de tristeza incontenible e inentendible. Si bien no es la circunstancia ideal y una partecita tuya sigue gritando que sería genial que bajo tus pies se abriera la tierra y te tragara enterita, uno de los muchos nudos que tenés en la garganta y en el estómago se aflojó un poco, permitiéndote respirar mejor.

"Creo que deberíamos ir yendo" propuso Martina, bajando los lentes de sol ahumados color caramelo – de Chanel, notaste – que llevaba sobre la cabeza "Mamá está preparando el desayuno para todos" añadió al tiempo que destrababa las puertas y el baúl del Lamborghini negro presionando un pequeño botón adherido a la llave del coche "No va a estar hasta dentro de un largo rato porque cuando me fui recién había empezado a preparar la masa para los panqueques y la mayoría seguían durmiendo, pero cuanto antes lleguemos mejor"

Tenías planeando, naturalmente, sentarte en el asiento de atrás con Tony, o dejar que Tony se sentara delante con su hermana si así lo quería, pero antes de que pudieras mover un músculo, Martina se dirigió a vos:

"Sentate adelante conmigo, Michelle" te pidió, aunque en realidad más que una petición o sugerencia sonaba como algo parecido a una orden dada con amabilidad "Es un viaje de casi cuarenta y cinco minutos, y mi hermano va a quedarse dormido en cuanto pise el acelerador. A menos que vos también quieras descansar, claro" agregó luego, pero aunque no pudieras ver sus ojos porque estaban escondidos detrás de ese carísimo par de lentes, la forma en que había hablado y algo en su lenguaje corporal te decían que quería aprovechar el recorrido hasta la casa de sus padres para hablar con vos.

El solo pensar en que Martina Almeida tuviera cosas que advertirte, consejos para darte o alguna acotación para hacer antes de que conocieras a tus suegros hizo que te diera un vuelco el estómago, y te sentiste otra vez como una nena chiquita a la que mandan a la oficina del director por mala conducta (aunque tu conducta siempre fue impecable y nunca te castigaron, así que no sabés cómo es que te manden a la oficina del director, pero la comparación te pareció apropiada de todos modos).

Buscaste la mirada de Tony con tu mirada mientras Martina abría el maletero para poner tu bolso y su valija dentro, como preguntándole qué prefería que hicieras, a lo que él contestó en voz bajita:

"Creo que dormir un poco me haría bien" admitió. Luego te acercó hacia sí cariñosamente, besó tu frente y susurró sólo para que vos lo oyeras "Y creo que a mi hermana le haría bien hablar con alguien que no sea de mi familia, alguien que pueda escucharla. No me parece algo que Martina haría, a decir verdad, pero en estos casos nunca se sabe"

Así que Tony también había leído en Martina las intenciones de conversar con vos, sólo que él lo había interpretado como que ella necesitaba despejarse, distraerse o descargarse con alguien ajeno al circuito familiar, con alguien imparcial, por llamarlo de algún modo, mientras que vos lo interpretabas como que quería darte una lista de mandamientos a seguir para hacer las cosas bien (lo cual si bien te hubiera prendido fuego los nervios hubieras agradecido), o darte advertencias sobre temas que deberías evitar mencionar, temas de los que sí debés hablar, cómo actuar, cómo comportarte, como si tuvieras que seguir un protocolo.

Trataste de forzar a tu cerebro a dejar de pensar y trabajar tanto y a tantos decibeles. Simplemente le regalaste a Tony una sonrisa reconfortante, besaste su frente y sin usar palabras – sólo con la mirada – le dijiste que no se preocupara, que descasara tranquilo, que vos te ocuparías de mantener acompañada a su hermanita.


Tal como Martina había previsto, Tony se quedó dormido en cinco minutos. Por el espejo retrovisor lo observaste, y notaste que sus facciones estaban relajadas. No había lágrimas frescas en su rostro y su semblante no estaba tenso. Los mismos labios que en incontables ocasiones te habían regalado las sonrisas más hermosas estaban rectos y sin expresión alguna, pero al menos su cara no estaba contorsionada en una mueca de tristeza que indicara que estaba teniendo una pesadilla o que su sueño era intranquilo.

"¿Cómo fue el vuelo?" preguntó cuando llegaron al primer semáforo en un tono de voz no muy distinto a un susurro para no despertarlo.

Estuviste a punto de contestar con un seco y reservado 'bien', pero te arrepentiste: iba a sonar demasiado frío.

"La mayor parte del tiempo dormimos. Muchas gracias por habernos conseguido los pasajes" agregaste.

"No hay de qué. A mi mamá le hubiera dado un ataque si Anthony no hubiera venido cuanto antes"

¿No va a agarrarle un ataque cuando sepa que 'Anthony' viene con una novia de la que ni siquiera han oído hablar?

La pregunta sarcástica había sido disparada por una vocecita en tu cerebro, y en reacción a ella estuviste a punto de dejar escapar por entre tus labios el eco de una risa amarga. Podrías haberle hecho esa pregunta, pero hubiera estado demasiado fuera de lugar y además hubiera sonado egocéntrico: la familia Almeida en este momento – estén llevando un duelo terrible o estén en paz y rezando por el alma de su abuela – tiene preocupaciones mayores que vos.

O eso creías. Eso creías vos: que iban a estar ocupados dándose apoyo los unos a los otros, unidos como familia, recordando los buenos tiempos vividos con la abuela y contando anécdotas, que en realidad no van a tener tiempo de mirarte, de estudiarte, de juzgarte.

Qué equivocada que estabas.

"¿Cómo están tus hermanas?" preguntaste con simpatía.

"Estamos todos muy tranquilos" repitió "A decir verdad" bajó la voz aún más "creo que Anthony es quien peor se lo ha tomado" lo señaló con un gesto de la cabeza, sin voltearse, sin desviar los ojos de la carretera "Tiene muy mal aspecto" señaló, destacando lo que era obvio "Siempre fue el favorito de la abuela – junto conmigo – pero cuando su enfermedad se agravó al punto tal que dejó de reconocernos el contacto entre ellos se rompió. A Anthony le hacía mucho daño, le traía recuerdos" relajó los hombros y exhalo largamente "Bueno, mi hermano ya debe haberte hablado de ello" dijo.

Asentiste levemente, sintiendo una oleada de pena otra vez recorrerte, pensando en lo terrible que debe ser todo esto para él, y en cuán desgarrado debe estar por dentro, pensando en que – aunque cuando él sufre vos sufrís lo mismo – tal vez su dolor es aún mayor, mucho más grande de lo que podrías imaginar.

"Me alegra que mi hermano te tenga, Michelle" Martina comentó, y el corazón te dio un vuelco al tiempo que la panza se te llenaba de mariposas, lo cual luego de tantas lágrimas que venías acumulando en tu pecho era una sensación bastante agradable "Si no te hubiera tenido a vos para, literalmente, mantenerlo en pie, estaría tirado en la cama llorando como una criatura y habría tenido que ir yo a buscarlo y arrastrarlo hasta el aeropuerto"

Quizá la manera de decirlo había sido brusca, pero empezabas a darte cuenta que a la hora de decir la verdad, para Martina Almeida la brusquedad no era más que un hecho.

"Tu hermano me mantuvo a mi en pie muchas más veces de las que yo a él" confesaste, con la vista clavada en tu regazo y la cabeza un poco gacha para que no viera el terrible rojo intenso del que se habían teñido tus mejillas cuando dijiste eso.

"Mi hermano tiene una debilidad con vos" prosiguió "Cuando llegué estaba tomándote de la mano y abrazándote contra él como si fueras esencial cual oxigeno para él" vos sentías la cara ardiendo, y debe haberse dado cuenta, porque luego se disculpó ": No quiero incomodarte con nada de esto, Michelle" aclaró "Sé que sos el eje del universo de mi hermano, y que tratar de separarlo de vos sería la locura más grande que podría cometerse contra él"

¿Tratar de separarlo de vos?, ¿por qué tenía que mencionar eso?, ¿por qué usar esas palabras?, ¿por qué alguien habría de tratar de separarlo de vos?

¿Por qué?

Te entró un pánico súbito, como si dentro de vos hubieran encendido muchas alarmas con luces de color rojo y sirenas ensordecedoras.

Esa vez no pudiste contenerte, y antes de que tu cerebro siquiera las procesara, las palabras estaban saliéndote de la boca:

"Martina, ¿por qué alguien habría de tratar de cometer la locura de separarme de tu hermano?" usaste prácticamente lo que ella misma había dicho, para que no quedaran dudas de que las dos estaban hablando de la misma cosa, que las dos estaban apuntando a lo mismo, que vos habías escuchado perfectamente lo que ella había dicho.

Suspiró, miró por el espejo retrovisor para asegurarse de que Tony seguía dormido (lo cual provocó que vos instintivamente desviaras la mirada para cerciorarte también de que seguía sumergido en un sueño tranquilo), pero no dijo nada hasta que llegaron al siguiente semáforo.

Su expresión, notaste, era la de quien tiene en la punta de la lengua y casi saliéndosele de los labios algo que sabe que no tiene que decir, algo que sabe se supone no tiene que decir, pero que quiere decir igual. Casi podías ver – como si en lugar de piel su frente fuera transparente – los engranajes de su cerebro trabajando, maquinando, decidiendo qué hacer.

Lo siguiente que te dijo luego de un segundo parecido a una eternidad fue:

"Michelle, sé que no debería haberlo hecho…"

Sonaba como que estaba a punto de confesar algo.

Sus ojos buscaron los tuyos, y no pudiste hacer más que sostenerle la mirada, mientras tu estómago quemaba por dentro debido a los nervios: no te gustaba el tono que estaba usando, empático o condescendiente (no sabrías bien cómo describirlo, era más bien una sensación punzante y picosa que te daba en la columna vertebral). Eso sólo podía indicar problemas

"… Pero mi mamá empezó a hacer muchas preguntas anoche, y siguió haciendo otras mil preguntas esta mañana… Me retrasé porque estaba lidiando con mi madre histérica indagando sobre por qué Anthony no había venido con Kiefer y conmigo anoche, por qué tenía que ir a buscarlo yo al aeropuerto en la mañana, me acusaba de estar ocultándole algo" casi pudiste escuchar las palabras que siguieron antes de que las dijera, antes de que finalizara su confesión "… Puedo distorsionar la verdad en mi trabajo si hace falta para armarme de una mano de cartas a mi favor, puedo mentir, puedo mantener las expresiones laxas, puedo ser una arpía despiadada a la hora de atacar a un acusado, puedo ser una muy buena actriz y amoldarme a lo que sea, puedo jugar a cara de póquer, puedo pretender que nada me afecta, pero voy a ser brutalmente honesta ahora" se tomó un segundo, como si estuviera intentando juntar el valor para decir algo que nunca antes había compartido con otro ser humano, como si estuviera armándose de valor para admitir una terrible debilidad ": no puedo mentirle a mi mamá cuando me increpa de ese modo. Es mi mamá" se excusó rápidamente.

Se notaba que sentía culpa, aunque no dejaba que sus facciones se desfiguraran en un gesto de ruego ni nada por el estilo. Seguía tan blanca, perfecta y de semblante serio como siempre. Sin embargo, sabías que lamentaba haber hablado de algo que le correspondía abordar a Tony y a nadie más que Tony. No lo hizo a propósito, te diste cuenta, lo sabés, y además, no es tu hermana, así que aunque quisieras tampoco te corresponde señalarla y culparla. Tampoco pensabas, realmente, que Tony fuera a culparla o a enojarse con ella por haber tenido un segundo de debilidad.

"Le dijiste a tu mamá que Tony iba a venir conmigo" no estabas formulando una pregunta, estabas afirmando lo que creías haber entendido para que te confirmara que habías entendido bien o – si tenías mucha suerte – que habías entendido mal.

Pero no habías entendido mal, y lo sabías. La expresión de Martina, aunque laxa, la forma en que había elegido las palabras, la forma en que había justificado su incapacidad para mentirle a una madre que – por lo que te cuenta Tony – sabés puede ser muy persuasiva e insistente, todo ello hace que no necesites más explicación.

"Lo lamento muchísimo, Michelle" se disculpó con sinceridad de nuevo, aunque no estaba rogando o suplicando perdón (porque probablemente ése no sea su estilo; si tiene diecinueve años, un coeficiente intelectual terriblemente alto y ya es abogada egresada en Harvard, no creés que su estilo sea el de rebajarse a suplicar disculpas cuando se equivoca) ", pero cuando puedas conocer mejor a mi mamá vas a notar que es una persona muy especial: sabe cuando uno está ocultando algo, y es una hostigadora bajo cualquier circunstancia. Ni siquiera yo puedo mantenerme firme a veces"

Respiraste hondo varias veces, sin que se notara que tus nervios estaban llevándote al punto en que – si no hubieras estado en presencia de alguien con quien no tenés confianza y si no hubieras sabido que era fundamental que te mantuvieras fuerte para cuidar de Tony – te estaban entrando ganas de hiperventilar. Pero no podías aflojarte.

La madre de Tony (y quizá el padre, y quizá sus otras hermanas) sabía que estabas yendo. Sabía. Sabían. ¿Cuánto más sabría sobre tu relación con su hijo?, ¿cómo se habría tomado enterarse a través de Martina?

Dios, te estaba agarrando otra vez una de esas jaquecas que hacen que sientas martillos dándote con todo desde adentro, directo en las sienes inflamadas e hirviendo.

"¿Cuánto exactamente sabe sobre mi relación con tu hermano?" trataste de sonar tan calmada como fuera posible, y te sorprendió que fingir te saliera tan bien, aunque no estabas segura de poder engañar a Martina, pero tampoco creías que fuera a usar tus preocupaciones o nervios en tu contra para ponerte aún más histérica.

"Sólo un par de cosas básicas; ya estaba llegando tarde para recogerlos en el aeropuerto, no podía demorarme aún más dándole todos los pormenores, y además no me corresponde, así como tampoco me correspondía ceder a los caprichos de mi mamá y contestar sus preguntas. Pero estaba cansada y estresada, y… bueno, es mi mamá" agregó como para sí misma, casi con vergüenza de tener una debilidad que la hubiera llevado a quebrar algo que había prometido a su hermano "Le dije que Anthony estaba bien, que su novia lo estaba cuidando, y eso es verdad. Pensé que mi mamá iba a pegar el grito en el cielo, sin embargo se quedó con la boca abierta, sorprendida. Antes de que pudiera empezar a acribillarme a interrogantes le dije que las cosas entre él y vos van en serio, que se aman, que sos la mujer de su vida sin lugar a dudas y que él necesitaba que lo acompañaras en este momento porque sos la única de la que puede dar fuerzas" sentías el corazón latiendo desaforado en tu pecho, contras las costillas, al escuchar a alguien más describir tus sentimientos por Tony "Luego me fui" terminó de resumir "Ya me había hecho perder demasiado tiempo tratando de quebrarme como si yo fuera una delincuente con información sobre quién hizo el boquete para robar el banco"

A la última parte no le prestaste demasiada atención: estabas debatiéndote entre si era mejor un 'se quedó con la boca abierta', o si hubieras preferido un 'pegó el grito en el cielo'.

No lo sabías.

¿Era mejor que simplemente se hubiera quedado boquiabierta, o hubiera sido preferible que armara un escándalo antes de que ustedes llegaran? ¿Tendría – en la circunstancia de la muerte de su suegra – valor o ganas para armar un escándalo? ¿Quizá no había dicho nada porque en el contexto del funeral de la abuela no tenía energías suficientes para reaccionar como lo hubiera hecho en cualquier otro contexto?

Te iba a estallar la cabeza si no le pedías a Martina su opinión. Era verdad que estabas ahí pura y exclusivamente para acompañar a Tony y ayudarlo a atravesar ese momento de dolor, pero necesitabas algo de alivio, necesitabas consejo. Y aparentemente Martina lo sabía, porque ella había iniciado la conversación, ¿con qué otro motivo hubiera sido si no el de advertirte o encaminarte un poco hacia la dirección correcta?

"Martina, honestamente, me siento una intrusa irrumpiendo en tu familia en este momento" confesaste con voz pausada "Pero Tony me necesita…"

"Ya lo sé" interrumpió tus excusas y explicaciones, sacando una mano del volante por un segundo para hacer un ademán que indicaba que no era necesario, que ella comprendía "Lo sé, Michelle, sé que ni vos ni Anthony querían que las cosas salieran así con mis papás y con mis hermanas. Mi mamá debe estar caminando por las paredes en este momento" el estómago te dio otro vuelco ", pero no va a decir nada al respecto y va actuar como si no supiera nada, va a dejar que Anthony le explique"

¿Era aquello una especie de castigo morboso?, ¿hacer pasar a Tony por eso de tener que presentarte y explicarle algo que su madre ya sabía? ¿O acaso era para cubrir a Martina y que Tony no se enojara con ella por haber cedido cuando su mamá insistió e insistió?

"Michelle" te extrajo otra vez de tus pensamientos, llamándote por tu nombre para que le prestaras de nuevo toda tu atención ", mis padres son buenas personas"

"Lo sé" te apresuraste a replicar "Criaron a un hijo maravilloso, y Tony me habla muy bien de ellos, de lo mucho que lucharon para construir la familia que tienen…"

"Mis padres son buenas personas" repitió, con mayor seriedad y un poco más sombría "Lo son" recalcó ", y los amo, pero debo reconocer que tienen defectos" estaba hablando con más rapidez – no mucha, pero el cambio sí era notable – "Uno de sus defectos es que son demasiado conservadores" siguió hablando antes de que tuvieras tiempo de procesar y analizar toda esa información nueva ", mi mamá sobre todo, y después de lo que pasó con Nina, quizá les tome trabajo dejar que te integres a nuestro círculo íntimo…" apreciaste la delicadeza y tacto que estaba tratando de emplear, incluso si tenés la sensación de que la delicadeza y el tacto generalmente no son lo suyo.

Círculo íntimo. Te está diciendo que va a costarte que dejen que entres a su círculo íntimo. O sea que podías ir despidiéndote de esa última esperanza a la que una partecita chiquitita tuya se aferraba, aquella de ser recibida con abrazos, una sonrisa y muchas frases del estilo 'qué bueno que Tony encontró una mujer que lo adora y lo hace feliz', 'qué bueno que los dos están enamorados', 'no, Michelle, no estás gorda ni sos fea, sos preciosa, exactamente lo que nuestro hijo varón se merece'. Eso hubiera pasado en una situación ideal, totalmente ideal, pero al parecer no va a suceder así.

Porque tal situación ideal es inexistente.

"Lo sé: probablemente les cueste aceptar a una nueva mujer en la vida de su hijo y probablemente desconfíen luego de lo que sucedió la última vez" completaste lo que Martina trataba de decir, queriendo oírlo salir de tu boca para comprenderlo y procesarlo mejor, y además porque pensaste que si hablabas se te iría la sensación de náuseas generada por los nervios (sin embargo, sólo empeoró) ", pero yo voy a luchar hasta que entiendan que lo amo y que moriría antes de dañarlo de cualquier forma" juraste, con la voz tomada por la emoción, aunque no querías que tus palabras se embriagaran con las lágrimas que llevabas horas conteniendo dentro tuyo, esas lágrimas que pugnaban por salir "Con el tiempo van a ver que soy distinta, y que estoy con él porque lo amo como a nada, que no estoy usándolo ni quiero lastimarlo. Que es verdad que él es el hombre de mi vida y que quiero pasar mi eternidad con él"

Wow, realmente estabas confesándole a tu cuñada cosas que solamente le habías dicho a él en la intimidad. Cosas que nunca le hubieras contado a otras personas. Pero si para que te crean hace falta que las grites, entonces tu vergüenza y tu timidez pueden ir despidiéndose, porque las vas a gritar. Si su familia necesita que las grites al mundo para creerte, lo vas a hacer.

Harías cualquier cosa por él.

Harías cualquier cosa para demostrar lo verdadero, puro y profundo que es tu amor.

Absolutamente cualquier cosa, harías absolutamente cualquier cosa para disipar las dudas que puedan albergar.

"Se nota muchísimo que lo amás, Michelle" contestó con un suspiro, y te dio una puntada de esperanza darte cuenta que estaba convencida de lo que decía: ella sabe que lo adorás, lo sabe, se da cuenta de esa devoción que tenés hacia él ", y si mis papás no pueden percatarse de ello, entonces no los juzgué bien" concluyó, más para sí misma que para vos "Va a costarles, no voy a decirte que no: Tony es como su bebé, es el único hijo varón que les queda, y tienen em… expectativas que quieren que él cumpla"

No te gustó eso que dijo de 'expectativas', no te gustó en lo absoluto. ¿Expectativas?, ¿qué expectativas tenía Tony que llenar? Eso te daba mala espina, la palabra expectativas. No te gusta esa palabra, nunca te gustó.

"¿Expectativas?" se te escapó en voz alta, sin entender, como si tu cerebro hubiera jalado de tu lengua a propósito.

¿Expectativas? Bueno, sí, él te había dicho que sus padres eran exigentes (muy exigentes) y que no estaban muy contentos con su trabajo, con que él no haya elegido la medicina o la música como profesión, pero también te dijo que a pesar de todo estaban orgullosos de él, aunque insistieran en que lo que hacía era demasiado peligroso y no era exactamente lo que hubieran esperado que acabara eligiendo.

¿Había más expectativas que esperaban que fueran llenadas por el único hijo varón que les quedaba?

Martina prosiguió, ignorando lo que habías dicho, y eso no hizo más que acentuar la punzada que tenías en la boca del estómago, que para nada se debía al café demasiado fuerte que te habían servido en McDonald's una hora antes.

"Pero tengo el presentimiento de que con el tiempo van a aceptar que Tony está loco de amor por vos, y que sos la mujer de su vida" concluyó rotundamente "Michelle, sé que sos la mujer de la vida de mi hermano. Sé que sin vos él ayer se hubiera muerto de dolor. Sé que mis papás pueden tener un carácter complicado y, como Anthony te habrá dicho, son sobre protectores en exceso. Pero vos sos una buena persona, estoy segura, y la forma en que lo mirás a mi hermano no deja lugar a dudas de que es verdad lo que Anthony dice: que se moriría antes de perderte, y que antes de perderlo a él vos te morirías. No hay forma de ignorar eso"

¿Perderlo? ¿Por qué estaba hablándote de perderlo? ¿Por qué te hablaba casi en acertijos? ¿Por qué no te daba todas las piezas del rompecabezas completas y encastradas unas con las otras en lugar de ir tirándote pedazos para que vos trates de armar algo que en tu estado mental y emocional no podés armar?

Dios, la jaqueca estaba partiéndote la cabeza.

Dios, lo que hubieras dado por hacer que Martina detuviera el auto y te explicara en detalle exactamente a qué ibas a enfrentarte (¿sabés por qué no lo hiciste?: porque una gran parte de vos estaba tan aterrada y petrificada que prefería no saber; una partecita tuya quería seguir sumida en la ignorancia, abrazada a la posibilidad de que tal vez sí seas bien recibida).

Dios, se te estaba partiendo la cabeza.

Te quedaste desconcertada, en silencio, por el resto del viaje, echando miradas hacia atrás para percatarte de que Tony siguiera profundamente dormido y en paz. Estabas nerviosa, ansiosa y tenías la adrenalina corriéndote por el cuerpo, y no podías dejar de pensar y pensar y pensar en las palabras dichas entre Martina y vos, sin poder procesarlas y comprenderlas del todo, sin encontrar la manera de hacerlas encajar bien y que tuvieran un sentido más firme.

"Creo que deberías despertar a Anthony, estamos por llegar" te anunció a medida que iba disminuyendo la velocidad.

No dijo nada más.

No dijo un textual 'mi familia podrá parecerte un hueso duro de roer al principio pero luego todo se pondrá mejor'. Todo lo que te había dicho, que verían que él te ama, que verían que lo amás una vez pasado el tiempo… sonaba a como si su familia estuviera destinada a tener que aceptarte forzados por el terrible hecho de que su hijo se había enamorado de vos, y que no había más remedio que tragárselo a la fuerza. Eso, sumado al uso de la palabra 'expectativas', te hacía intuir que quizá tu familia iba a considerarte poca cosa para él, que quizá no te creerían merecedora de un hombre tan perfecto, pero que – de acuerdo a lo que dijo Martina – deberían aguantársela y conformarse.

¿Eso estaba queriéndote decir?, ¿que te prepararas para que te menospreciaran o miraran desde arriba y que albergaras la esperanza de que al final aceptarían que Tony se enamoró de vos y vos de él con labios fruncidos y tratando de no chistar?

No, te rehúsas a creerlo. Tony, ese hombre perfecto, cuyos padres lucharon para concretar su historia de amor, que fue criado en una familia unida… No, ¿cómo sus padres van a tener exigencias con la clase de mujer que él elija para amar?

Y sin embargo, desde que Martina había mencionado esa palabra horrible, no se te iba de la cabeza…

Pero no, te negabas a creerlo. Que tardaran en aceptarte, en confiar en vos, en dejar de mirarte con recelo, lo comprendías; luego de la 'experiencia Nina' todos estarían histéricos cuidando a Tony para que no le rompan el corazón otra vez, lo usen o lo dejen hecho pedazos como había sucedido casi dos años atrás. Eso lo entendés. Entendés de dónde nace esa sensación de inseguridad, de dónde nace esa desconfianza, hasta te suena normal y natural porque probablemente vos como madre o hermana reaccionarías así. Ahora, nunca te hubieras animado a suponer que el problema pasaría por otro lado, que el problema tendría que ver con expectativas a cumplir…

Le habías preguntado a Martina qué había querido decir con eso de 'expectativas', y ella había pasado la pregunta olímpicamente por alto. Trabajás atrapando terroristas, recibiste cursos de cómo interrogar a sospechosos y a criminales, y ella es abogada, por lo cual también debe tener sus trucos bajo la manga al respecto, por lo cual sabés que el hecho de que haya evadido esa pregunta no significa nada bueno.

Significa que no quiere tocar el tema porque es uno delicado que no le corresponde.

Significa que es verdad eso de que 'el que caya otorga': ella callándote no hizo más que aumentar tu creencia de que los padres de Tony tenían expectativas en la clase de mujer que él eligiera, expectativas que iban más allá de que no resultara ser otra víbora venenosa traidora y asesina como lo había sido Nina (lo cual obviamente, no había sido en lo absoluto culpa de Tony: él había sido otra víctima más de ese juego perverso de marionetas y titiritero).

¿Sabría Tony de esas expectativas?, ¿había decidido no hablarte de ellas?, ¿o quizá él era sincero cuando te decía que sus padres te conocerían y te adorarían y verían que sos una criatura hermosa que le robó el corazón?, ¿o eran falsas ilusiones suyas?

Dios, estabas arrepintiéndote de no haber elegido ir al asiento de atrás y dormir un rato más abrazada a él.

Martina no dijo nada más durante el resto del trayecto, y podías notar en su lenguaje corporal que estaba empezando a pensar que quizá había hablado de más, que quizá se había salido de lugar, que quizá queriendo hacer algo bueno se había equivocado, que quizá el cansancio y la angustia que venía arrastrando tan estoicamente le habían jugado una mala pasada y la habían llevado a jugar una ficha que debería haberse guardado, tanto como cuando se fue de lengua con su madre como cuando entabló esa conversación con vos, esa conversación que te había dejado más desconcertada y más nerviosa que cuando habías subido al auto, a pesar de que la chica te hubiera dado a entender que en ella tenés una aliada.

No dijo una frase que te aliviara o tranquilizara antes de que te inmiscuyeras en ese mundo desconocido.

No dijo nada más de lo que ya había dicho.

Y vos te quedaste con una sensación de vacío adentro que dolía, sumado al dolor que sentías por saber que Tony sufría. Ya te estaba costando mantener tus emociones controladas y separadas, ya te estaba costando mantenerte compuesta y firme para cuidarlo, pero ibas a luchar hasta recuperar el control y volver a la fase en la que sos de piedra y solamente lo cuidás y mimás a él para que se sienta mejor, sin que te importe lo que pasa por dentro en tu corazón y tu alma torturados al compás de las voces de tus inseguridades, esas voces que querés ahogar.

Sabías que en Martina tenías una aliada, pero de repente estabas llena de muchas otras dudas respecto a qué clase de batalla iba a ser esa entre vos y los padres de tu novio como para que necesitaras considerar a alguien un 'aliado'.

Tenías miedo, estabas nerviosa.

Pero por él, por él tenías que aguantar, por él tenías que resistir. Por él resistirías absolutamente cualquier cosa. Por él te tragarías todas las dudas, miedos, cuestionamientos, preguntas e inseguridades. Por él, solamente por él.

Por él ibas a mantenerte compuesta.

Por él ibas a mantenerte en pie.

Por él ibas a soportar lo que fuera.

Por él caminarías sobre el agua o juntarías la lluvia con el fuego.

Sólo para no verlo llorar. Sólo para sanarle las heridas. Sólo para hacer que se sintiera acompañado. Sólo para curarlo.


Cuando Martina aparcó el auto frente a la casa, notaste que durante el viaje habías estado tan concentrada en tu cansancio físico y emocional y en la conversación con tu cuñada que habías prestado escasa atención al mundo exterior, a ese que podía verse a través de las ventanillas relucientes del Lamborghini que, según podrías darte cuenta por las iniciales gravadas en la guantera, debía ser de su padre.

La casa de los Almeida estaba ubicada en un barrio residencial precioso alejado del centro de Chicago lo suficiente para no estar contaminado por el ruido, las luces, los transeúntes apurados, los locales famosos y el bullicio general, pero lo suficientemente cerca de todo aquello para que comprar una barra de pan o un cartón de leche no sean un suplicio para el cual hay que perder una hora yendo y viniendo en auto.

La residencia Almeida estaba ubicada cerca del final de una calle tranquila a esas horas de la mañana del sábado. Ostentaba un jardín que se notaba era cuidado con asiduidad, lleno de arbustos con enormes rosas amarillas y un césped podado color verde intenso. Incluso a pesar del frío de Illinois que anunciaba la proximidad de la llegada del invierno, se notaba que mantenían la fachada impecable, pulcra, con orgullo.

No era una mansión monumental digna de un hombre rico, tampoco el palacio de un rey, pero era una casa enorme, de al menos tres pisos, y se notaba que había sido ganada y construida con trabajo duro y esfuerzo. Era la casa de una familia que había llegado a Estados Unidos sin nada, y que estudiando y sacrificándose habían logrado poner un ladrillo sobre el otro hasta realizar el sueño de un hogar propio.

Un hogar. Esa casa era un hogar, la clase de hogar que hubieras amado tener. Nunca viviste en casa, siempre viviste en departamento, por lo cual nunca tuviste el lujo de disfrutar de un lugar así, en una zona residencial, con un jardín amplio para jugar. Era un hogar hermoso, de aspecto cálido, la clase de hogar en el que evidentemente un hombre como Tony había sido criado para convertirse en el caballero honesto que es en su adultez.

¿Cómo esas personas que habían sido capaces de levantar un hogar que desde afuera invitada a entrar para ser bañado por su calidez podrían no tratarte bien? Sí, bueno, llegabas en un momento poco oportuno, había ocurrido una muerte en la familia, todo había sucedido muy rápido, la madre de Tony se había enterado de tu existencia de la peor manera posible, y ahora tendría que fingir delante de su hijo… Pero bueno, a pesar de que tenías toda la mala suerte del mundo jugando de tu lado de la cancha, ¿cómo podrías tener miedo de que te trataran mal? Era ridículo, ¿no? Es su familia, la familia del hombre que te adora, el hombre que siempre te trató bien, desde el primer día en que te conoció, antes de que se involucraran sentimentalmente. ¿Cómo ellos van a ser menos que eso?

Hay una parte tuya que contradice a todos tus nervios prendidos fuego, e insiste en que van a recibirte bien. Quizá no con abrazos, quizá no con aceptación, pero sí como recibirían a cualquier otro ser humano. Tenía que ser así, ¿no? Era su familia, después de todo, tenían que ser buenas personas como él.

Mis papás son buenas personas te había dicho Martina, como excusándolos.

También había dicho que eran tradicionales, y que tenían expectativas, pero que sabrían ver que vos lo amás… Dios, te iba a estallar el cerebro.

Ah, y claro, sólo lo que faltaba, como cereza del postre, porque el peso que llevabas sobre tus hombros y tratabas de disimular no estaba completo: recordaste lo que Tony te había dicho horas antes, resonó en tus oídos como si te lo estuviera diciendo en ese preciso instante, resonó fuerte como nunca.

"Te amo, Michelle. Nada puede cambiar eso, nadie va a cambiar eso"

¿Qué había querido decir con eso, realmente? ¿Lo había dicho para tranquilizarte? ¿Se escondía algo más detrás de eso?

Respiraste hondo varias veces, inhalando, exhalando, queriendo olvidar, queriendo vaciarte, queriendo poner la mente en blanco, repitiéndote que las cosas saldrían bien, que probablemente estabas mortificada por nada, que probablemente no sería nada, que probablemente eran todas invenciones tuyas, de tus nervios y tus inseguridades.

Te bajaste del Lamborghini, con los ojos puestos en la hermosa casa, en ese hermoso hogar parecido al hogar con el que siempre soñaste, el hogar que esperabas Tony y vos pudieran construir juntos para sus hijos. Ese era el hogar del que él te había hablado tanto, su hogar.

Mientras Martina habría el maletero para sacar el bolso y la valija, vos abriste la puerta del asiento trasero para despertar a Tony con mucha suavidad.

El corazón te latía contra las costillas, pero lucías calma y serena y estabas lista para seguir ahogando y echando hacia abajo tus emociones para mantenerte compuesta y de pie, para mantenerlo a él de pie, más allá de la batalla de contradicciones que estaba librándose en tu cabeza.

"Mi amor, ya llegamos" susurraste con dulzura.

Cuando abrió los ojos, ya no estaban tan irritados o rojizos como antes, pero sí seguían nublados, plagados de dolor y de angustia. Pero al menos no estaban húmedos. Al menos no estaba llorando. Al menos te regaló una sonrisa débil y tomó tu mano al salir del coche, apretándola fuertemente, queriendo transmitirte algo de seguridad y tranquilidad, queriendo que vos le transmitieras a él calor y cariño.

"Mi vida" dijo en tu oído, abrazándote, deteniéndote ahí en el lugar antes de que empezaran a caminar por el sendero de cemento hacia la casa ", te amo muchísimo" repitió "Sos lo mejor que me pasó en la vida y sos mi salvación de todo" podías oír su tono cargado de emoción "Yo te amo, eso tiene que ser más importante que cualquier otra cosa"

¿Pero más importante que qué? querías gritar, querías preguntar.

"Tony…" susurraste, pero no te atreviste a decir nada más.

"No te preocupes, princesa" te apretujó contra él aún más fuerte "No tenés que impresionarlos, no tenés que hacer nada para que te quieran, porque él que te ama soy yo. Ellos van a ver en tus ojos cuánto me amás" prometió.

Eran palabras similares a las de Martina, y si no hubieras sabido que estaba tan exhausto que cayó en un sueño pesado, hubieras sospechado que había estado escuchando todo.

"Yo me voy a encargar de explicarles a todos, yo te voy a cuidar" murmuró en tu oído, aún abrazándote.

No, no tenía que ser así.

Él estaba sufriendo.

Él estaba destrozado.

Él estaba hecho pedazos.

Él estaba de duelo por la muerte de su abuela.

Él estaba dando los primeros pasos para aceptarlo y aprender a vivir con ello.

Él estaba muy afectado por los acontecimientos recientes.

Vos tenías que cuidarlo a él, que estaba debilitado y triste.

No tenía que ser al revés, no tenías que estar vos a su cuidado en ese momento en el que era él el que necesitaba todos los mimos.

Vos tenías que armarte de valor, fuerza y afrontar lo que fuera que hubiera que afrontar. Vos tenías que mantener la cabeza en alto e ir y demostrarle a tus miedos, a tu timidez, a tu baja autoestima, a tus inseguridades, a tus contradicciones, a tus quizá ridículas ideas que eras una tonta que se había hecho problemas por algo que no era tan grave.

Pero ay, Michelle, si supieras lo grave que en realidad es.

Si supieras que no todo lo que brilla es oro.

Si supieras que el hecho de que él sea para vos perfecto no significa que venga de una familia perfecta.

"Yo te cuido a vos" le susurraste "Va a estar todo bien" le prometiste, y sentiste sus labios en tu hombro, dulces y delicados como siempre que encuentran tu piel, y su rostro enterrándose en el hueco en tu cuello, inhalando tu perfume ya tenue, queriendo intoxicarse en vos, que sos su antídoto ideal para cualquier mal que lo aqueje.

"¿Entramos?" propuso Martina, acercándose a ustedes y rompiendo ese momento robado de intimidad al tenderle a cada uno su respectivo bolso o valija para que lo llevaran "Hace mucho frío, y mamá estaba por empezar a preparar el desayuno cuando me fui. A todos nos vendría bien tener la panza llena, ¿no?"

Vos tenías un nudo en la garganta, y no sabías cuándo se te iba a aflojar, pero con tal de que Tony desayunara y se alimentara bien ibas a hacer un esfuerzo descomunal por comer, como muchas veces habías hecho esfuerzos inhumanos para nutrirte, todo para mantener el peso necesario para ser óptima para tu trabajo, como muchas otras veces habías hecho el esfuerzo de almorzar o cenar delante de tu abuela para no preocuparla.

Tomada de su mano, transitaste el pequeño camino de piedra que cruzaba el hermoso jardín delantero y conducía al porche de la casa.

Las ventanas tenían las cortinas de hilo grueso color azul cerradas, por lo cual no podía verse el interior.

Martina introdujo la pequeña llave en la cerradura, y la hizo girar dos veces. Antes de empujar para que la puerta se abriera te dedicó una rápida sonrisa – quizá porque tus nervios eran tan agudos que se podían percibir -, y Tony apretó tu mano; en el contacto de su piel con tu piel pudiste sentir que quería infundirte seguridad y que también quería calmarse él: después de todo, cuando cruzara esa puerta se encontraría con el resto de su familia en una situación similar a la suya, y eso sería un golpe, porque haría que la muerte de su abuela se volviera total y absolutamente real, más palpable. Palpable, así como tu ataque de nervios interno y silencioso que estabas disimulando, que estaba llegando ya a un punto de ebullición en el cual no podías pensar, discutir con vos misma, contradecirte o escuchar a las diversas partes en que estaba dividida tu mente, porque el colapso era tal que estabas entumecida.

Quizá era mejor, que te sintieras entumecida.

O quizá era peor, porque significa que cuando llegaran los golpes el entumecimiento se te iría de repente y el dolor sería más intenso.

Apretaste su mano mucho más fuerte, y ese segundo previo a que Martina se hiciera a un lado para dejarlos pasar primero se te hizo eterno. Largo y eterno.

Los tres entraron al enorme y amplio recibidor. Cuando la puerta se cerró detrás de ustedes, diste apenas un paso adelante, y te quedaste de pie con Tony a tu lado, agarrada de su mano, sobre el bonito felpudo en el que se leía 'Bienvenidos' en castellano y en inglés. Él no se movió, simplemente se quedó observando un desconocido punto fijo, por lo que vos tampoco te moviste, si no que dejaste a tus ojos pasear por el ambiente, con una pizca de curiosidad natural brillando en ellos.

Las paredes estaban empapeladas de un color durazno claro muy delicado y había dos cuadros pintados al oleo como adorno, la alfombra mullida que cubría el piso era de un color crema impecable y el cambio de temperatura era apreciable: del frío crudo de la mañana de Chicago de pronto había pasado a un ambiente cálido. Al costado había una puerta de madera lustrada y bien pulida que debía comunicar al resto de la casa, a un costado había una escalera cubierta por la misma alfombra mullida que el resto del suelo, y luego otra puerta más pequeña pintada de blanco.

Martina abrió esa última puerta, revelando un armario de buen tamaño con varias perchas para colgar abrigos. Se sacó el suyo, revelando de bajo una pulóver de lana de cuello alto marrón claro haciendo juego con sus botas.

"Esto está lleno" comentó más bien entre dientes con lo que podría haberse entendido por un dejo de irritabilidad, y tomando una de las pocas perchas vacías que quedaban "Voy a decirle a mamá que debe comprar más perchas…"

Martina comenzó a acomodar con movimientos ágiles y rápidos el contenido del armario, organizando todo y haciendo espacio (es, te das cuenta, mucho más obsesiva del orden y de la prolijidad que vos, y eso es decir mucho); siguió hablando, de qué nunca te enteraste, porque estabas demasiado concentrada en la que es la persona más importante para vos sobre la faz de la Tierra, más importante que vos misma incluso: él.

Tony seguía como ausente, como si no estuviera ahí. Sin poder contenerte besaste su mejilla afectuosamente, y eso lo despertó del trance en el que había caído desde que habían entrado a esa casa llena de recuerdos. Él y vos se miraron a los ojos, y pudiste verlos nublados otra vez por lágrimas que habían aparecido debido a las memorias de su abuela que supusiste lo asaltaron de golpe en cuanto ingresó al que había sido su hogar. Con uno de tus pulgares limpiaste una lágrima solitaria que había comenzado el recorrido por su mejillas en dirección a sus labios, y al sentir el dolor que emanaba de él te olvidaste por completo de tus nervios, miedos o inseguridades, te olvidaste de que estabas a punto de conocer a su familia, te olvidaste de todo. Simplemente querías calmarlo, aliviarlo, acariciarle el alma para que sanara, sanar sus heridas así como él había sanado muchas de las tuyas. Sin pensarlo dos veces y guiada por un impulso, por una necesidad más grande que tu voluntad, rozaste sus labios con los tuyos despacio formando un beso inocente y corto.

De pronto los comentarios de Martina – a los cuales ni vos ni él habían prestado atención - fueron ahogados por una voz proveniente del piso de arriba, causando que dejara de hablar.

"Martina, ¿sos ustedes?"

Debía ser la voz de una de las hermanas de Tony, sonaba como la voz de una mujer joven.

El estómago te dio un vuelco, pero respiraste hondo para calmarte.

Vamos, Michelle, qué tan grave puede ser.

"Sí, Fiona, ya llegamos"

"Ya bajo" respondieron también en castellano, y escuchaste una serie de pasos amortiguados por la alfombra que también cubría el suelo del pasillo del piso de arriba, antes de ver aparecer una figura femenina en el rellano de la escalera.

Fiona Almeida tenía una estatura similar a la tuya, tendría que ser apenas unos pocos centímetros más alta que vos, notaste, al verla descender por la veintena de escalones. Era, al igual que Martina, sencillamente hermosa, con el cabello negro azabache brillante y lacio largo hasta la mitad de la espalda, delgada sin serlo en exceso, con un color de piel lustroso que dejaba entrever su herencia latina. Tenía las mejillas sonrosadas y los pómulos altos, pero a diferencia tuya, si bien su rostro era redondo, no era regordeta. Llevaba puesto un par de jeans de diseñador y un sweater de lana gruesa color rojo con cierre plateado hasta arriba, además de botas negras. Sin embargo, se podía ver en su mirada, en sus expresiones, que estaba triste, apenada, al igual que Tony, al igual que Martina. Había como un aire que la envolvía que denotaba su infinita y profunda tristeza, y sentiste compasión por ella y por lo que debía estar viviendo, porque vos también lo habías pasado cuando tu abuela había fallecido.

"Tony, qué bueno verte" dijo en inglés en cuanto lo vio, con ojos húmedos y nublados por esa mezcla de emociones que uno siente cuando un ser querido se va, cuando alguien que estaba sufriendo deja la Tierra para ir a un lugar mejor, pero a su vez deja a aquellos que amó extrañándolos.

Podías leer en los ojos de esa mujer, a la que no conocías bien, en esos ojos color chocolate oscuro parecidos a los de Tony, que – a diferencia de Martina – ella no tiene problemas en dejar ver la pena que siente, esa pena que es igual a la que vos sentiste seis años atrás cuando tu abuela te dejó al fallecer.

Podés leer en esos dos ojos que parecen copias idénticas de los de tu amor, que ella es muy parecida a él, quizá más de lo que los dos creen.

Y eso te hace sentir un poquitito mejor, porque en sus ojos ves las mismas emociones, la misma calidez siempre presente.

Cuando llegó al pie de la escalera, dando dos grandes zancadas acortó la distancia entre ellos, e instintivamente él soltó tu mano por un segundo para poder abrazar a su hermana en cuanto ella le echó los brazos al cuello y lo estrechó afectuosamente, del modo en que una hermana estrecha a su hermano para compartir el dolor y llevar un mismo peso juntos.

Te sentías como una extraña, una intrusa, en ese momento familiar que no te pertenecía, ese momento familiar al que no pertenecías. Te quedaste de pie en el felpudo, sin mover un músculo, mientras Tony y Fiona se abrazaban, sin saber bien qué hacer o qué decir. Fiona sabía sobre vos, es verdad, y habían hablado por teléfono una vez, pero de todos modos te sentías incómoda y a la espera de que el momento entre ambos hermanos acabara y alguien te presentara o dijera algo. Martina estaba de pie detrás de vos, contemplando a sus dos hermanos, pero ningún sonido salía de ella.

Segundos después, Tony y ella se separaron y él volvió a dejar que su mano encontrara la tuya para que entrelazaran los dedos. Con los ojitos brillantes y la misma voz cargada de emoción, mirándote a vos con intensidad y luego dirigiendo la vista otra vez a su hermana, dijo:

"Fiona, ella es Michelle"

No hacía falta que agregara un 'mi novia' o un 'el amor de mi vida' o un 'la persona a la que adoro como a nada en el mundo'. Fiona sabía quién eras. Fiona había oído de tu propia boca la locura que sentías por tu hermano. Tony había hablado con ella una vez, él le había dicho que en vos había encontrado a su felicidad, a la persona indicada, le había dicho lo que a pocos: que empezó a amarte dos segundos después de conocerte.

Durante unos segundos te observó con especial atención, lo cual hizo que los nudos en tu estómago se tensara muchísimo más. Sentiste a Tony dándote un beso en la sien para tranquilizarte, pero si bien eso te gustó (porque siempre te gustan todas sus muestras de afecto, sin importar la circunstancia), no te sentiste muy aliviada: sentías como si Fiona estuviera estudiándote, escudriñándote.

"Es un placer conocerte, Michelle" dijo luego de lo que pareció la eternidad más terrible de todas, pero que en realidad había sido un puñado de segundos.

Y luego hizo algo que no esperabas, algo que te sorprendió muchísimo: se inclinó para darte un beso en la mejilla, y luego te abrazó brevemente. No era un abrazo como el que le había dado a su hermano, por supuesto; entre ellos dos existe una conexión que se tiene sólo con las personas con las que se comparte la sangre, los recuerdos, la infancia. Pero era un abrazo de bienvenida, y la sonrisa que le regalaste cuando te soltó fue genuina.

Ella también estaba sonriendo.

Y el nudo en tu panza, de momento, se aflojó.

"Es un placer poder finalmente conocer a la mujer que cambió la vida de mi hermano… aunque las circunstancias no sean las ideales" agregó luego, con la voz un poquito quebrada.

"Lamento mucho lo de tu abuela, Fiona" dijiste con sinceridad y empatía "Sé lo que estás sintiendo, y lo lamento muchísimo"

La respuesta que te dio – por algún motivo con sus ojos fijos en Tony, que tenía la cabeza gacha otra vez – fue similar a lo que Martina había dicho:

"Los últimos años de la vida de mi abuela fueron muy sufridos. Ella ya no se merecía seguir siendo consumida por su enfermedad. Voy a extrañarla, pero me alegra que ya esté descansando en paz, con su marido y sus nietos"

Un minuto de silencio denso cayó entre los cuatro, que seguían de pie en el recibidor. Acababa de mencionar no sólo a la abuela de Tony, si no también a su abuelo y a sus hermanos. A Tony lo pone mal hablar de ellos; de hecho, evita mencionarlos y fueron pocas las veces que te habló de ellos. Es un tema que para él revive viejas heridas, que abre marcas muy profundas que nunca cicatrizaron (y que vos esperás, de alguna manera, alguna vez ayudar a cicatrizar, con el transcurso de los años), es un tema que revuelve dentro suyo un sinfín de emociones que lo debilitan.

Un minuto de silencio denso cayó entre los cuatro, hasta que Martina – siempre tan despierta y perspicaz, siempre en esa posición de querer conducir el carro – propuso:

"¿Qué tal si pasamos? Michelle y Tony tuvieron un viaje largo, deben querer bañarse, dormir o desayunar"

¿Bañarte? Sí, te encantaría, y ponerte algo de ropa mejor que ese pantalón de jean y ese sweater de hilo rosa (que, te diste cuenta, es el mismo que usabas el día en que conociste a Martina, cuando a Danny lo llevaron preso; extrañas las cosas en las que el cerebro repara a veces cuando por dentro uno está desmoronándose en el intento de no sucumbir a las ganas de echarse a llorar y hacerse un ovillo y esconderse, ¿no? Extraño cómo el cerebro en las situaciones más raras repara en cosas tan sencillas, triviales e insignificantes). ¿Dormir?

Honestamente, estás exhausta, pero no sabés si te haría bien dormir, pero definitivamente te haría bien recostarte en brazos de Tony al menos un ratito y tratar de ayudarlo a descargarse, a desquitarse, a expresarse, tratar de ayudarlo a llorar otra vez como lloró en el suelo de la cocina para vaciarse de todas las emociones que se acumularon en las últimas horas y que no pudo canalizar. Te gustaría algo de tiempo a solas con él, meramente porque sabés que sólo estando con vos en la intimidad que se genera cuando están juntos se mostraría débil y herido, sólo estando con vos dejaría de fingir, de aparentar estar dentro de todo compuesto cuando la realidad es que por dentro se muere y da manotazos como ahogado en el mar de sus lágrimas.

¿Desayunar? Bueno, desde que decidiste que tu trabajo es más importante que ser delgada y que privarte de comer sólo te traería problemas y te llevaría a perder la oportunidad de escalar en una carrera que amás y te apasiona dejaste el hábito de aniquilar a tu estómago con sólo una taza de café, y empezaste a desayunar cosas más suntuosas. Entre el día de ayer y ese sábado, honestamente, habías comido poco y mal, con los nervios cerrándote la garganta, y el café de McDonald's que habías tomado una hora antes mientras esperabas a Martina no podía contarse como desayuno. Desayunar te haría bien, te daría energías para seguir fingiendo, pretendiendo, aguantando, escondiendo tus inseguridades y miedos, manteniéndote fuerte para darle fuerzas a él. El problema es que 'desayunar' implicaría salir del recibidor y pasar al resto de la casa, la casa de sus padres, su hogar, ése al que llegaste sin que supieran de vos, ese en el que no sabés si vas a ser bien recibida por todos.

"¿Mamá está preparando el desayuno?" Tony preguntó.

"Está cocinando panqueques para un centenar de personas. Sólo vamos a ser nosotros cinco" estaba refiriéndose a ellos, a los cinco hermanos ", mi marido, Fernando, John, Kiefer, papá, mamá y Michelle" Fiona te sorprendió al incluirte en la oración con tanta naturalidad como si llevaras años siendo parte del círculo íntimo "Los nenes están arriba, durmiendo; quedaron agotados luego del viaje, así que vamos a dejar que descansen hasta por lo menos la hora del almuerzo. Pero mamá sigue pensando que la comida no va a alcanzar. Incluso recién mandó a Eva y a Gabrielle al supermercado con una lista interminable"

"Cocinar y dar órdenes es la terapia de mamá, ¿no?" comentó Martina "Además de aporrear el piano, claro, pero con los nenes durmiendo no puede darse el gusto" luego se volvió a Tony, que estaba prestando una atención vaga y lejana a la conversación entre sus dos hermanas "Deberías haberla oído anoche, Anthony: nunca la había visto pegarle a las teclas de esa manera" se encogió de hombros "Supongo que esa fue su manera de desquitarse y sacar el dolor de su sistema antes de seguir"

Sacarse el dolor del sistema y seguir adelante. Eso no se puede, pensaste. Hay dolores que te quedan para siempre. Hay dolores que sabés vas a tenerlos para siempre, la diferencia es que aprendiste a – de alguna manera – funcionar sin tener la constante necesidad de gritar y retorcerte de angustia como alguna vez lo hiciste.

La voz de Tony –ronca, ahogada, pesada, profunda – te desvió de tus reflexiones, resumiendo perfectamente en palabras lo mismo que vos estabas pensando:

"El dolor no se va nunca, lo único que está haciendo es canalizarlo"

Martina se encogió de hombros.

"Cada uno lo lleva como se puede, ¿no? Lo importante es que ayudemos al otro en la manera en que elija llevarlo"

Los tres hermanos se miraron, y de pronto deseaste haber tenido con Danny un entendimiento como el que veías ahí, entre ellos. Los tres eran distintos, los tres entendían y veían la vida seguramente desde una perspectiva diferente, los tres eran seres humanos con maneras de pensar y sentir singulares y únicas, pero sin embargo se veía que estaban conectados. Que se amaban, como hermanos, y que harían lo que fuera por el otro. Vos nunca tuviste algo así. Aunque las cosas con Danny mejoraron y están mucho mejor que antes, nunca tuviste lo que Tony tiene con sus hermanas, nunca tuviste ese sentimiento de pertenecer de verdad a una familia.

"Tony, voy a subir tu valija y el bolso de Michelle a tu cuarto" propuso Fiona, queriendo avivar los ánimos y romper con ese ambiente denso y tenso cargado de angustia que estaba tratando de ser contenida "Ustedes vayan a la cocina. Papá y mamá están ahí, se mueren por verte"

Papá y mamá, papá y mamá se morían por ver a su hijo.

Su hijo que acababa de llegar desde Los Angeles con su nueva novia para el funeral de su abuela, destrozado, hecho pedazos, aguantando las lágrimas, con las capacidades justas para mantenerse en pie.

Y luego como si fuera poco, Fiona agregó:

"No vamos a desayunar hasta que Eva y Gabrielle con John y Fernando, así que tienen al menos media hora para conversar mientras mamá termina de preparar lo que deben ser al menos cien panqueques"

No habías notado malicia o sarcasmo en su voz, no estaba tomándole el pelo a su hermano diciéndole indirectamente que se preparara para el interrogatorio de su vida, no estaba queriendo meterte miedo con ese 'vas a estar sola en la cocina con tus suegros y tu novio y lo vas a pasar muy mal', para nada. Estaba siendo natural y sincera, pero no tenía ni idea de lo mucho que sus simples palabras habían hecho que su estómago se cerrara como si fuera un puño.

Y antes de que una vocecita en tu cabeza tratara de consolarte con un 'al menos Martina va a estar ahí', ésta dijo:

"Yo voy a bañarme y a despertar a Kiefer. No me gusta que duerma hasta tan tarde, debería estar revisando unos papeles que tenemos que mandar por fax"

"Nunca dejás de pensar en el trabajo, ¿no, Martina?" Tony rió con una risa amarga.

Bueno, era una risa amarga y sarcástica, pero al menos era una risa, ¿no? Al menos era una risa. Ojalá vos tuvieras en esos momentos la capacidad de reír, aunque fuera amargamente y con sarcasmo o ironía. Pero no podías, no hubieras podido, porque todas tus capacidades, absolutamente todas ellas, estaban concentradas profundamente en mantenerte estable y compuesta para él, para cuidarlo, para sanarle las heridas. Estabas ignorando cada nervio tuyo que gritaba, cada voz que te recordaba tus inseguridades, cada pedacito tuyo que quería llorar porque él estaba triste, estabas ignorándolo todo, todo, y estabas manteniéndote firme, tan firme como podías.

Sólo por él.

Martina, sintiéndose acusada por estar pensando en cosas tan mundanas como el trabajo en ese momento de duelo, se defendió con alteza:

"Cada uno lo lleva como puede" le recordó "Avísenme cuando sea la hora del desayuno" dijo antes de perderse escaleras arriba.

Luego de dedicarles a ambos otra sonrisa débil pero genuina, Fiona tomó la valija de Tony y tu bolso dispuesta a ir al piso superior también.

"¿No querés que te ayude a llevar eso?" Tony ofreció con el mismo rostro laxo y carente de expresión que no fuera la de perrito perdido bajo la lluvia.

"No, Tony, no hay problema. Ustedes vayan. Mamá muere por verte" repitió.

Respiraste hondo, sintiendo el estómago y la garganta anudados.

Pasó su brazo por alrededor de tu cintura, estrechándote contra él, y acercó su boca hasta tu oído.

Cuando habló, un espasmo te recorrió la columna vertebral, y la sinceridad y emoción que embargaban su tono de voz hicieron que casi perdieras la compostura y te echaras a llorar como una criatura:

"¿Ves por qué te necesito como a nadie, Michelle?" era una pregunta retórica claro "Nadie me entiende como vos" siguió, acomodándote mejor en sus brazos hasta que quedaste anidada contra su pecho, tu cabeza reposando justo donde podían escucharse los latidos de su lastimado y adolorido corazón "Todos ellos" sentiste como se quebraba, casi, sentiste el esfuerzo que hacía por seguir hablando "… ellos están aliviados porque el sufrimiento de mi abuela acabó" estaba refiriéndose a su familia, claro ", mi papá, inclusive, que era su hijo. Ellos no van a poder entender la manera en que yo sufro" siguió, abrazándote más fuerte mientras vos frotabas su espalda con tus manos ", sé que no. Pero vos sí me entendés. Vos sentís lo que yo siento, porque estamos conectados de una manera especial" separó su cuerpo del tuyo dejando apenas un espacio suficiente para poder tomar tu cara entre sus manos y acariciar tus facciones con su pulgar "Con vos no tengo que fingir" susurró ", a vos puedo decirte que estoy muriéndome de dolor" frotó la punta de tu nariz con la suya "Si ellos" ¿ése ellos hacía referencia a tus padres? "por algún motivo, sea el que sea, no pueden entender que vos sos mi otra mitad, mi mejor mitad, la mitad que me completa, entonces los juzgué mal"

Martina te había dicho lo mismo, más o menos, pero oírlo de boca de Tony era muchísimo mejor. Oírlo de boca de Tony, verlo en sus ojos que brillaban más por amor que por las lágrimas, te relajaba, te tranquilizaba, te aflojaba, te daba fuerzas para seguir.

Su amor, su convicción de que nada ni nadie nunca los separaría y que nadie podría discutir que vos sos la mujer de su vida y él el hombre de tu vida (el único, a decir verdad), te daban las fuerzas que necesitabas para vos seguir dándole fuerzas a él en esa situación triste de pérdida.

Vos sos su fuerza, y él es tu fuerza. Se completan, se complementan. Son una misma cosa. Son una misma alma dividida en dos cuerpos distintos, no te cabe la menor duda.

"Tus papás están esperándonos" dijiste luego de unos segundos, decidida a dejar de darle vueltas a tus miedos, nervios e inseguridades "Deben querer verte" entrelázate tus dedos con sus dedos otra vez.

Te dio un beso en la punta de la nariz.

"Y yo quiero que te vean a vos, quiero que vean al ángel que está cuidándome" dijo, y viste otra lágrima rodar por su mejilla, que enseguida limpiaste con tus labios.

Abrió la puerta de madera que conducía a la habitación contigua, y te dejó pasar.

Respiraste hondo de nuevo, sin saber que en realidad las cosas no se parecían en nada a como esa parte de tu cabeza muerta de miedo pensaba que serían.

No, no se parecerían en nada.

Serían mucho peor.


Te encontrás en la amplia, inmensa, impecable, inmaculada sala de estar de la casa de la familia Almeida. El tono de las paredes es de un color crema, el papel con el que están cubiertas es de esos finos y de buen gusto. Hay algunos cuadros muy bonitos, la mayoría podés ver de paisajes sencillos, a modo de decoración. Cuatro silloncitos de aspecto cómodo y mullido con fundas de tela color damasco y otro sillón más grande de dos plazas se ciernen en el medio en torno a una mesita de café, y hay a un costado contra la pared del lado izquierdo un mueble de madera hermoso, bien lustrado, con muchos cajones, similar al que tu abuela veía siempre en una tienda cercana a tu casa y decía que usaría para guardar la vajilla y los juegos de porcelana cara si tuviera el dinero para comprarlo y el espacio para ubicarlo. Es un ambiente muy cálido y acogedor, como el recibidor.

Quizá la señora Almeida y yo tengamos en común la obsesión por la prolijidad pensás.

Pero lo que más te llama la atención es que, en la mitad derecha de la habitación, hay un espacio bastante grande destinado a un piano precioso, uno de esos pianos caros que usan los profesionales, uno de esos pianos que tienen un sonido tal que al escucharlos te tiembla el alma dentro de los confines del cuerpo. Ese es, sin lugar a duda, el piano de la mamá de Tony, que es una apasionada de la música, según él te ha contado.

Tony se detiene a mitad de camino hacia la puerta blanca que se halla en la otra punta y que conduce a la cocina, tu mano aún en su mano y sus dedos entrelazados con tus dedos, al ver que mirás el piano con notable curiosidad.

"Puedo enseñarte a tocar más tarde" ofrece, abrazando tu cintura de nuevo "Me hace bien, me distrae" confiesa luego, sonrojándose un poco, los ojos húmedos de emoción otra vez "Me gustaría pensar que mi abuela va a poder oírme la próxima vez que me siente al piano" levantás una mano para acariciar su frente despacio "Si pudiera enseñarte alguna melodía, sería mil veces más lindo"

Besás su mejilla.

"Me encantaría"

Si su mamá no pone objeción alguna, claro una voz agrega en tu cabeza, pero tratás de hacerla desaparecer.

Te morís de ganas por aprender a tocar un instrumento, aunque sea una escala de notas simple y tonta. Te encantaría ayudarlo a descargarse, a canalizar sus emociones, a desquitarse, a expresarse, a aliviar el dolor, a aligerar la carga. Te encantaría sentarte entre el piano y él y que sus dedos muevan tus dedos sobre las teclas y arranquen melodías. Te encantaría, lo sentirías como algo tan íntimo, como un proceso de curación tan dulce… Pero el piano no es suyo, es de su mamá. ¿Y si tu mamá tiene un problema con que vos lo uses?, ¿y si el piano sólo está reservado para miembros de la familia y a vos no te consideran enseguida un miembro de la familia?, ¿y si no te aceptaba con la misma naturalidad y sonrisa amable que Fiona?, ¿y si estaba enojadísima con Tony por no haberle contado enseguida sobre ese gran cambio en su vida dos meses atrás cuando empezó su relación con vos?

Están ahí, de pie en medio de la sala de estar, abrazados, mirando al piano, sin moverse, aunque hace rato que deberían haber dado esos últimos escasos pasos que los separan de la puerta que comunica con la cocina. Los dos necesitan esos segundos, ese tiempo juntos, a solas, ese instante de intimidad robada, para sentirse conectados emocionalmente, para recobrar energías, antes de que él vaya a ver a sus padres (no sabe aún que Martina sucumbió a la presión de su madre y le dijo sobre vos), antes de que vos conozcas a tus suegros.

Pasado casi un minuto, los dos se sobresaltan cuando la puerta blanca se abre despacio. Antes de que puedan desenredarse de los brazos del otro, ves a un hombre alto entrar en la habitación, cuyos ojos color marrón chocolate tienen esas mismas nubes de tristeza, esas mismas nubes de desconsuelo, aunque su semblante es mucho más calmo y mucho menos afligido que el de Tony.

Es su padre, no hay duda alguna.

Ese que acaba de entrar a la sala de estar y los encontró abrazándose es su papá, tu suegro.

Sentís todo tu cuerpo tensarse, el estómago te da mil vuelcos y te ponés colorada como una frutilla, tan colorada que literalmente te arde el rostro. Tus manos pierden sensibilidad y se vuelven débiles, por lo cual seguís aferrada a él pero no con la misma fuerza de antes. Es como si fueras una adolescente a la que un adulto acaba de encontrar acurrucada en el sillón besándose apasionadamente con su novio y en vías de pasar a otra cosa, con la diferencia de que no sabrías en realidad como se siente estar en esa situación porque cuando eras adolescente nunca lo pasaste, y también porque ustedes no estaban besándose apasionadamente ni demasiado cariñosos, simplemente estaban compartiendo un abrazo tierno y dulce.

Sin embargo, sigue incomodándote que su padre haya entrado y los haya encontrado así. Te incomoda que la primera vez que te vio con su hijo fuera en un momento así de íntimo como lo es para vos cada abrazo que él te da. Te da tanta vergüenza que tus niveles de timidez se disparan hasta el techo, te da tanta vergüenza que si pusieran un tomate al lado de tu cara, el tomate sería más pálido que vos.

Pero juzgando por la falta de expresión que denote sorpresa en su rostro, suponés que la madre de Tony ya debe haberle contado a su marido que su hijo varón estaba enamorado y en pareja. No te presta atención a vos, es como si no estuvieras, como si fueras invisible, como si fueras una parte más del mobiliario.

"Anthony, hijo" susurra en esa otra lengua que vos no entendés, mientras sus ojos color chocolate se conectan con los de su hijo.

La voz del pobre hombre estaba cargada de emoción. Sus labios se quiebran en una sonrisa débil que Tony devuelve con esfuerzo, y luego se contorsionan en esa mueca que precede al llanto.

Con lágrimas corriendo por su rostro, abre los brazos y Tony se aparta de vos un momento para ir a estrechar a su padre.

Los oís murmurar cosas el uno al otro en español, lo que creés deben ser palabras de consuelo entre un hombre que perdió a su madre luego de una larga batalla con una enfermedad difícil de comprender y que acarrea cambios difíciles de asimilar, y otro hombre que perdió a su abuela, su única abuela, aquella a la que adoraba, la que había sido durante años su amiga, su fiel confidente, su consejera.

"Papá, lo siento tanto"

"Lo sé, hijo. Pero ahora la abuela está mejor, ya no está sufriendo. Ella finalmente está bien. No tenemos que estar mal, no hubiera querido que estuviéramos mal"

"Hubiera querido venir antes, llamarte…"

"Está bien, hijo, sé que fue un golpe difícil para vos… Ya está, ya estás en casa, ya todos mis hijos están en casa"

Te quedás de pie, con la espalda levemente arqueada por los nervios. Siempre arqueás un poco la espalda cuando estás nerviosa; cuando se dieron su primer beso dos meses atrás en ese pasillo oscuro y desierto de la CTU en medio del desastre y la desesperación, también tenías la espalda arqueada, como si estuvieras en alerta.

Sentís que no te corresponde estar ahí en ese momento privado entre padre e hijo, por lo cual tu mirada se desvía otra vez al enorme y majestuoso piano, e instintivamente mordisqueás tu labio inferior.

Segundos más tarde, por el rabillo del ojo ves a padre e hijo romper el abrazo y escuchás la voz de Tony – pesada y cargada de emoción, embriagada, profunda, ahogada -, esa voz que amás, lo cual hace que vuelvas a mirarlos a ambos, quienes se encuentran a escasos pasos de distancia de vos. Hay un brillo especial en sus ojos que reluce entre las lágrimas acumuladas cuando dice en una mezcla de inglés y castellano, mirando alternativamente a su papá y luego a vos:

"Papá, ella es Michelle" notás que está nervioso, que debe tener en el estómago las mismas cosquillas y en la garganta el mismo nudo que tenés vos ", mi ángel" oís un suspiro escaparse de los labios de tu novio "Es mi novia, papá" sigue Tony explicando, y te da un poco de bronca que esté hablándole en castellano, porque no podés entender; desearías que estuviera hablando en un idioma que vos comprendieras "Estaba buscando el momento indicado para hablarles a mamá y a vos de ella"

Haciendo caso omiso a tu presencia, Alejandro Almeida se dirige a su hijo con semblante serio, y casi sentís el suelo abriéndose bajo tus pies para tragarte:

"¿Estás enamorado de ella, hijo?"

Si no interpretaste mal el tono, es una pregunta.

"Sí, papá. Perdidamente enamorado"

Dios, ¿por qué toda la maldita conversación tenía que ser en castellano?, ¿por qué estabas ahí luciendo y sintiéndote como una idiota? ¿Por qué de pronto estabas tan nerviosa que querías olvidarte de las promesas echas y largarte a llorar como una nena chiquita?

"Ella me salva todos los días, hizo que creyera en el amor otra vez"

El señor Almeida se toma un momento para fruncir el entrecejo levemente, y luego volvió a mirarte, estudiándote con un detenimiento similar al de Fiona. Vos – con el mayor tacto y disimulo posible, claro está – examinaste sus facciones, sorprendida por el increíble parecido entre él y su hijo.

Es un poco más alto que Tony, pero no mucho más, menos que media cabeza. Tiene su mismo corte de cabello y el pelo de color marrón, sólo que sin esos buclecitos cortos, y sus labios son igual de gruesos y de un rosa oscuro. Su piel denota muchísimo más el origen latino de su apellido, y no está tan arrugada como se esperaría para un hombre de su edad, aunque sí se ven las marcas que ha ido dejando el paso del tiempo, la vida, los golpes, las enseñanzas, la experiencia. Sus ojos color chocolate son el calco fiel de los de Tony, pero los de tu enamorado son mucho más profundos y mucho más cálidos cuando mirás dentro de ellos, y hoy los del señor Almeida están nublados por las lágrimas y por una sombra de nostalgia y tristeza debido al fallecimiento de su mamá.

Se nota que es un hombre trabajador, honesto, honrado: esas cosas emanan de él, es fácil darse cuenta que es una buena persona. Y también tiene la apariencia de un hombre jovial, sano, vital, activo. Estás segura de que así va a ser Tony cuando llegue a los sesenta años después de toda una vida recorrida de tu mano. Estás segura de que así va a ser él luego de haber envejecido a tu lado.

La expresión en el rostro del señor Almeida no denota sorpresa, así que es evidente que su esposa le habló sobre vos, sobre lo que fuera que Martina le dijo sobre Tony y vos.

"Mi nombre es Alejandro Almeida" dice con un inglés prolijo e impecable pero con un poco de acento "Soy el padre de Anthony"

Te extiende una mano, que tomás enseguida. Su apretón es fuerte, seguro, cortés, pero el recibimiento que está dándote no es como el de Fiona: lo sentís como una formalidad más que como una genuina bienvenida, es un poco más frío del que hubieras esperado por parte de la cabeza de una familia latina. Bueno, en realidad, que sean latinos no tiene por qué significar que son más cálidos que los americanos o los europeos, o los asiáticos; asumir eso sería estereotipar, y no te gustan los estereotipos. Además, tenés que tener en cuenta que acaba de sufrir la que debe haber sido la pérdida más grande, honda e inmensa de su vida sin contar la muerte de sus dos hijos, por lo cual tampoco cabe esperar que dé un brinco de felicidad al verte. No podés pretender que te acepten y adoren enseguida y confíen en vos sin más.

Simplemente respirás hondo y una voz interna musita a tu cerebro que deje de pensar y sobrecargarse tanto y te ayude a relajarte.

"Es un placer conocerlo, señor Almeida" expresás con voz clara y mucho menos temblorosa de lo que hubiera cabido esperar juzgando por cómo te sentís por dentro "Lamento profundamente que sea en estas circunstancias" decís de todo corazón y con honestidad pura "Siento mucho lo de su mamá" mientras hablás Tony rodea tu cintura con sus brazos, atrayéndote hacia sí hasta que tu espalda queda contra su pecho. Agradecés que se muestra cariñoso y afectuoso con vos frente a su padre, porque eso te infunde mucha más confianza "Tony me contó cosas hermosas sobre ella, estoy segura de que era una mujer maravillosa"

"Gracias" se hace una pequeña pausa "Pasemos a la cocina, por favor" los invita, señalando la puerta blanca y comenzando a caminar en dirección a ella "Tu mamá se muere por verte, Anthony"

Él toma tu mano y entrelazan los dedos otra vez. No hay sensación más linda que la que te provoca saber que estás ahí con él, que están los dos juntos, y que pase lo que pase siempre va a amarte. Piensen lo que piensen sus padres, opinen lo que opinen, él va a amarte siempre.

Tiene que ser eso lo que único que te importe, eso y nada más.


Lo primero que te llama la atención cuando la puerta se abre y el padre de Tony los deja pasar a ambos primero es lo espaciosa y luminosa que es la cocina, mucho más grande que cualquier otra que hayas visto. Es incluso un poco más grande que la amplia sala de estar, te animarías a decir.

Las paredes están pintadas de un blanco inmaculado, los pisos tienen relucientes baldosas grandes de un gris claro, tan limpias que parecían espejos. Había muchas alacenas de madera, grandes y espaciosas con puertas de vidrio que no tenían ni una sola marca. La mesada de mármol es larguísima y da vuelta en ele, ocupando dos paredes, y podés ver al menos tres lavabos grandes ubicados en ella, y debajo hay muchas otras puertas que suponés deben contener espacios con estantes para guardar cosas. El horno, el lavaplatos, el secador de platos, la heladera de dos puertas, todos lucen de última generación. En el centro hay una mesa cubierta por un mantel a cuadros rojo y blanco con toda la vajilla preparada para el desayuno y al menos una veintena de sillas también de madera de campo, y aún así sobra espacio para caminar con comodidad. Algunos portarretratos con fotos familiares cuelga de las paredes, pero no demasiados, por lo cual la decoración no resulta abrumadora.

Es la clase de cocina de lujo que a tu abuela le hubiera encantado tener. Es la clase de cocina en la que vos nunca te sentirías cómoda por miedo a romper algo o a arruinar algo. Es la clase de cocina en la que serías una completa inútil. Es la clase de cocina con la que toda mujer que ama preparar pasteles, postres y cenas suntuosas sueña.

Ana María Almeida estaba de espaldas a ustedes cuando entraron, parada delante de las hornallas encendidas, haciendo panqueques que una vez listos iba poniendo sobre dos enormes platos. En cuanto escuchó la puerta cerrarse detrás de su marido, se dio la vuelta, y su rostro se iluminó de golpe al ver a su hijo varón de pie ahí.

"¡Anthony, hijo mío!"

Con un rápido movimiento apaga el fuego y deja a un lado la espátula, y se apresura a recorrer el tramo de baldosas entre ella y su hijo. Le echa los brazos al cuello, ignorando tu presencia por completo. Te hacés a un lado dándoles espacio a madre e hijo. El padre de Tony sonríe tiernamente al ver a su esposa y a su hijo.

Es, para su edad, una mujer muy hermosa y que aún conserva una belleza fresca. No tiene más que un par de arrugas en su piel, que no es tan oscura como la de su marido pero que sí tiene un tinte latino. Sus ojos son negros como el carbón y redondos, distintos a los de Tony y a los de Alejandro. Tiene el cabello lacio como Martina y Fiona, sólo que largo hasta los hombros y de un castaño oscuro con algunas mechas un poco más claras que otras. Es más baja que su hijo y su marido, y apenas un poquitito más baja que vos. Muy delgada, esbelta, con una figura admirable para una mujer de su edad que dio a luz a siete hijos y fue una luchadora toda la vida. Sus manos, notás, tienen dedos largos de pianista y están perfectamente cuidadas, al igual que sus uñas cortas y barnizadas con prolijidad.

"Hijo, qué bueno que ya estés acá. Tu padre y yo te extrañábamos tanto"

"Yo también, mamá. Tengo tanto que contarte"

"Apuesto que sí"

Se separa de él apenas lo suficiente para poder examinarlo con ojos llorosos. Sus manos recorren las facciones de su hijo, y sus labios se curvan en una sonrisa que se parece más a una mueca que denota los esfuerzos que está haciendo por no lanzarse a llorar.

"Estás triste, Anthony. Lo veo en tu mirada. No quiero que estés triste. La abuela murió en paz. Ella está mejor ahora, ella no querría que vos estuvieras triste"

"Lo sé, mamá. Es que pasó tan de golpe… Me duele tanto…"

Lo emotivo en sus voces y ver la expresión en sus rostros, ver cómo Alejandro da palmadas en la espalda de su hijo para infundirle ánimo y confort, te hace pensar que probablemente están hablando de su abuela, pero no podrías estar segura, porque de español entendés lo básico, y ellos modulan demasiado rápido y con demasiada naturalidad como para que llegues a comprender o captar una palabra o dos.

"Ella hubiera querido que este fin de semana estemos unidos como familia" siguió su madre ", que estemos juntos y recordando los momentos felices, no llorando. Aunque duela, hay que encontrar maneras mejor para expresarlo en lugar de llorar"

"Lo sé, mamá" otra pequeña pausa "Mamá" comienza Tony cambiando de su lengua materna al inglés, mirándote a vos, tal como lo había hecho con su padre ", hay alguien que quiero que conozcás"

Tony se separa de los brazos de su mamá y vuelve a tomarte de la mano otra vez, acercándote a él otra vez. Es como un deja vú, porque algo parecido había pasado en la sala de estar momentos atrás.

"Mamá, ella es Michelle" Ana Almeida vuelve la vista hacia vos, y de pronto sus ojos oscuros se tornan fríos, de pronto pierden la calidez que los había invadido al ver a su hijo.

Sentís inevitablemente una punzada de dolor en el estómago, una punzada muy fuerte.

No te gusta cómo ella está mirándote.

Como si ya te odiara.

Como si ya le cayeras mal.

Como si ya hubiera decidido que no sos merecedora de su hijo.

Como si ya hubiera decidido que su hijo merece algo mejor que vos.

Como si ya hubiera decidido que no te va a aceptar.

Como si ya hubiera decidido que no vale la pena darte una oportunidad.

Tony también debe haber notado ese cambio en el rostro y la expresión de su madre, porque lo siguiente que dice es, casi en tono de disculpa:

"Quise hablarles a papá y a vos sobre ella antes, pero estaba aguardando al momento indicado. Supongo que aguardé demasiado" baja la cabeza un segundo, luego sus ojos y los de su mamá se encuentran otra vez "Estamos juntos hace dos meses, y estoy perdidamente enamorado de ella" sonríe, con un esfuerzo gigante porque aun sigue lidiando con el dolor por la muerte de su abuela, porque aún está destrozado y con el alma astillada, porque aun siente esas incontenibles ganas de gritar y desquitarse pero no puede hacer ninguna de las dos cosas. Pero sonríe con sinceridad. Sonríe de verdad. Es una sonrisa genuina "Es el amor de mi vida" sigue, dirigiéndose a sus padres "Es la cura de todos mis males y es gracias a ella que tengo ganas de vivir otra vez, es gracias a ella que creó en el amor" sentís sus labios besando tu sien despacio, y luchás por controlarte para no sonrojarte y terminar con la cara roja de vergüenza y timidez.

"Es un gusto conocerla, señora Almeida" extendés tu mano y la mirás a los ojos, rezando porque la mirada que te echa cambie, porque vea cuánto amás a Tony, porque vea en su hijo cuánto te ama él a vos.

Estrecha tu mano, pero apenas, casi por compromiso, porque probablemente sea educada antes que cualquier cosa, porque probablemente sepa lo que le causaría a su hijo si ignorara tu saludo. Casi sentís que le da asco tocarte, y eso por dentro te parte el alma. Sentís el desprecio que surge de ella hacia vos, y eso es como una cuchillada directo en el estómago. De hecho, tu estómago se siente como si acabaran de darle no una, sino varias cuchilladas.

Cuando habla, su voz no es para nada cariñosa como la que estaba utilizando con Tony. Ni siquiera es un tono de voz cortés como el de su marido. Es un tono frío, y su acento marcado lo hace aún más aspeto:

"Hola Michelle"

Dos palabras, nada más.

Dos palabras son suficientes para que te des cuenta de que a ésa mujer no le gustás.

"Lamento mucho lo de su suegra…" decís débilmente, con el corazón latiéndote en un puño.

"Gracias"

Una contestación breve, escueta.

Tony se da cuenta de lo denso que es el ambiente, porque interviene enseguida:

"Si ayer no me morí de dolor cuando escuché la noticia sobre… sobre la abuela fue por Michelle. Ella me cuidó y me ayudó a llegar acá entero" vuelve a depositar un beso en tu cabeza "No sé qué hubiera sido de mí en estas horas si ella no me hubiera cuidado"

"Nosotros te hubiéramos cuidado. Nosotros siempre te cuidamos. Nosotros siempre te escuchamos. Nosotros, tu familia. ¿Hacía falta que fueras a buscar consuelo en los brazos de una japonesa? ¿Hacía falta que me ocultaras esta relación? Soy tu madre, Anthony, me hiere profundamente que me hayas mantenido al margen de todo esto, cuando yo soy en quien más deberías confiar. ¿No aprendiste nada de lo que sucedió la última vez, cuando te quedaste con el corazón roto?" su voz se mantiene calma, pero hay algo en su tono que es duro como el mármol, cortante, filoso.

Casi te atreverías a decir que en ese tono de voz está tratando de pasar desapercibida algo más que una pizca de enojo.

No sabés qué dijo, pero debe haber sido algo grave o algo muy fuerte, porque el padre de Tony le echó una mirada que daba a entender claramente que estaba pasándose de la raya, y el rostro de Tony fue surcado por una expresión de dolor y decepción que nada tenía que ver con el fallecimiento de Rosa.

No sabés qué dijo, pero sea lo que haya sido, no fue algo bueno.

"Ana…" comienza Alejandro.

Pero Tony lo interrumpe.

"Mamá, es la mujer que amo" sigue dirigiéndose a ella respetuosamente, calmado, con la angustia y la emoción embargándolo, tomándolo por completo, con su tono un poco más debilitado, casi rogando entre dientes apretados.

"Vamos a hablar de esto luego, Anthony" Ana dice, y por la forma en que las palabras dejan su boca intuís que está queriendo dar por zanjado un asunto que estás segura cuando sepas de qué se trata no va a gustarte "Vamos a hablar de esto luego, los tres: tu padre, vos y yo, en privado" cambió al inglés de un latigazo "Ahora, por favor, si me disculpan, voy a seguir preparando el desayuno. Eva y Gabrielle deben estar por regresar" se vuelve a su marido "Alejandro, por favor andá al piso de arriba y encargarte de decirle a los muchachos y a Fiona y a Martina que pueden bajar en veinte minutos"

Alejandro asiente con la cabeza. Se acerca a su esposa antes de abandonar la cocina, y le da un beso en la frente, probablemente con ánimos de calmarla y de calmarse, porque es evidente que tu presencia ahí la alteró bastante.

Cuando los tres – Ana, Tony y vos – se quedan solos, el ambiente se carga otra vez con tensión y densidad.

"Supongo que deben querer cambiarse y darse un baño después del vuelo" sugiere con frialdad "Tony, en el baño de tu cuarto hay toallas limpias, jabón, todo lo que necesitás. Ella puede usar el baño de las visitas. O puede pedirle a Martina que la deje usar el de su cuarto"

Sentís las lágrimas acumulándose en tus ojos, agolpándose, queriendo caer, provocándote un fuerte dolor de cabeza, pero no podés dejarlas caer, no podés mostrarte débil, no podés quebrarte, porque él te necesita, él te necesita como a nada, y vos tenés que estar fuerte, tenés que estar ahí, ignorando absolutamente todo para poder sanar sus heridas.

"Mamá…" Tony empieza, pero Ana, que ya había regresado a seguir preparando los panqueques, le da la espalda y no le presta atención.

"Anthony, es mejor que salgas de mi vista, por favor. El disgusto que acabás de darme es muy grande… Tu abuela acaba de fallecer, y vos caes con esto Primero no me decís nada sobre esta chica, lo mantenés oculto, como si no hubieras aprendido nada de lo que pasó la última vez, y de repente sin previo aviso llegás a casa con ella. Con una japonesa como novia. En nuestra casa. En nuestra familia. Pensé que te había educado mejor Anthony" está hablando en un español rápido y cortante, y cada vez que ves a Tony abrir la boca para replicar algo, ella sigue, sin darle tiempo "Vamos a hablar tu padre, vos y yo después, cuando las aguas estén más calmadas. Ahora por favor vayan a alistarse, no quiero que tomemos el desayuno con retraso"

Tony te toma de la mano. Está a punto de irse con vos de la cocina, cuando se da la vuelta para decir una última cosa a tu mamá:

"Estás hiriéndome y decepcionándome profundamente, mamá. En esta familia me criaron para seguir a mi corazón, como ustedes lo siguieron. No me criaron para fijarme en las razas de las personas"

No le da tiempo a darse vuelta y replicar.

Cuando la puerta se cierra detrás de ustedes y vuelven a estar en la sala de estar, él no tarde en tomar tu rostro entre sus manos y atraerlo hacia el suyo. Te besa los labios despacio, y sentís las lágrimas que caen de sus ojos mojando tus mejillas. La sensación que provocan en tu piel sofocada y sonrosada hace que te cueste mucho más contener tu propio llanto nervioso, ese llanto que no sólo se origina en el dolor interno que sentís bien profundo dentro de tu alma porque sus padres evidentemente están rechazándote sin siquiera darte una oportunidad, si no que también se debe a la angustia de saber que él también está angustiado, que todo eso también está haciendo que él sufra.

Te sentís culpable, muy.

Quizá no deberías haber ido.

Quizá no deberías haberle agregado al duelo por la muerte de su abuela la presión que significó tener que recibir esa respuesta fría por parte de su madre, se haya significado lo que se haya significado.

Quizá deberías haberte quedado en Los Angeles…

No. No. Él te necesita ahí. Te necesita a vos en sus brazos. Él te necesita, y vos nunca lo hubieras dejado solo, nunca. No, es ridículo pensar que no deberías haberlo acompañado.

Querés llorar, querés gritar de dolor, de angustia, querés que él te abrace y te cuide, querés que te diga cosas lindas, querés que te consuele.

Pero esto no se trata de vos.

Se trata de sanarlo a él.

Se trata de curarlo a él.

Vos tenés que abrazarlo, besarlo, cuidarlo, decirle cosas lindas, consolarlo, darle calor, ayudarlo, sanarle las heridas. De tus heridas, de tus problemas, pueden ocuparse más tarde. Lo principal ahora es él.

"Perdón, Michelle" comienza, con lágrimas aún cayendo por sus mejillas "… Ya van a entender. Creo que están sorprendidos, y esto los tomó con la guardia baja… Ya van a entender que vos no sos como ella" se refiere a Nina, por supuesto "Van a ver que sos un ángel en mi vida, y que sos todo para mí… De todos modos me siento horrible por lo que pasó recién…"

Posás tu índice sobre su boca para que haga silencio.

"No me pidas perdón" seguís conteniendo las lágrimas, seguís sin largarte a llorar "Yo por vos voy a soportar cualquiera cosa. No sé qué habrá pasado recién" escuchás tu voz tomada por la emoción, por el dolor, por la angustia, y luchás por ganar de vuelta el control y manejar tu tono, para volverlo calmo otra vez ", no sé qué dijo tu mamá, no sé bien qué motivos habrá tenido para rechazarme así de golpe… Sólo sé que voy a luchar por vos, si hace falta voy a morirme luchando por vos. Y ahora lo único que quiero es sanarte y hacerte bien, no cargarte con preocupaciones. Ignoremos todo esto ahora, no necesitás nada de eso. Yo voy a estar bien"

Mentirosa. Te estás desgarrando por dentro, desangrando. Estás confundida, porque no entendés realmente qué pasó, no entendés realmente por qué su madre reaccionó así, y algo te dice que los motivos van más allá del hecho de que se haya enterado tan de golpe de tu existencia en la vida de su hijo. La confusión es lo peor de todo, la confusión es como un veneno que se te metió en el sistema y que está intoxicándote.

Pero vas a fingir.

Vas a aguantar lo que sea que venga.

Que te traten mal, que sean fríos con vos, que digan lo que quieran, que te desprecien, que te rechacen, no te importa.

Estoicamente, vas a ignorarlo todo y vas a concentrarte en él. En él y en nada más. Porque él es aquél al que amás, aquél al que adorás, y sabés que él te ama y te adora, sabés que él te necesita, sabés que si su familia lo hiere con esa actitud hacia vos, él va a necesitarte para que le limpies las heridas, para que lo acunes hasta que se quede dormido, para que le prometas que no vas a irte, que vas a quedarte para siempre a su lado, luchando contra todo, luchando por el amor que se tienen.

Suspira, toma tu mano, y comienza a guiarte de vuelta hacia el vestíbulo, donde está la escalera que comunica con el piso de arriba, en el que deben encontrarse las habitaciones. Cuando llegan al pie de dicha escalera, vuelve a abrazarte como si nada le importara, y susurra en su oído lo único que te interesa saber, lo único que te interesa escuchar, lo único que necesitás para aguantar todo, para soportar todo:

"Yo también voy a luchar por vos hasta que me muera. Nunca, Michelle, digan lo que digan, voy a dejar de luchar por vos"

Cuando aún con sus dedos y tus dedos entrelazados subís el primer peldaño, y decidís que esa es una única lágrima cae, la única lágrima que vas a derramar por el desprecio y el rechazo de su familia.

Vas a luchar hasta cansarte para que te acepten.

No sabés aún por qué su madre reaccionó así, pero vas a demostrarle que vos sos la mujer con la que su hijo va a pasar el resto de la eternidad, cueste lo que cueste.

Por él soportarías todo.

Por él vas a ignorarlo todo, y vas a concentrarte en sanar sus heridas, y en nada más que eso.

Que los demás te traten como quieran, que digan lo que quieran, que piensen lo que quieran, que reaccionen como quieran, no te interesa.

Ya dejó de interesarte lo que piensen los demás, al menos de momento, al menos en este súbito arrebato.

Ahora que ya todo comenzó a dar vueltas en espiral y a salir mal, acabás de tomar la decisión de que nada va a impedirte que luches por él, ni siquiera tus miedos e inseguridades, ni los ataques que vengan de su familia.

Y qué bueno que tengas eso en claro, Michelle, porque su familia te va a atacar.

No tenés idea de cómo te van a atacar, pensando que así le hacen un bien a él.

No tenés idea.

Ay, Michelle, si supieras cómo vas a tener que luchar.


Segunda nota: ¿Ahora entienden por qué odié este capítulo? Es malísimo, es decepcionante, los sentimientos de Michelle están mal explicados, las descripciones están mal hechas, deja cabos sueltos. Prometo mejorarlo todo la próxima vez.