Nota de la autora: Esto es algo pequeño, algo corto para describir los sentimientos y el dolor de Tony, y algunas posturas que él ha tomado respecto a las posibles reacciones de su familia. En el capítulo 62 las cosas van a ponerse difíciles para Michelle otra vez (muy difíciles). Esto más bien es algo corto para el fin de semana mientras trabajo arduamente en lo otro, que es más largo y más elaborado. La artillería pesada viene en el próximo capítulo, se los prometo. Gracias por todos los comentarios lindos que me dejan, me hacen sonreír muchísimo, no tienen ni idea de cuánto.


¿No te pasa que te duele hasta el dolor?

Tenés la vista fija en la pared del que durante años fue tu cuarto, empapelada de un azul oscuro y profundo que te recuerda al del cielo cuando en verano la noche aún no ha caído por completo, tapando la ciudad con su manto negro de majestuosidad, pero en realidad tus ojos no están viendo hacia afuera, si no hacia adentro. No están prestándole atención al entorno que te rodea.

Tu antigua habitación no es enorme (cuando tus padres lograron juntar el dinero para construir una casa, tuvieron que decidir entre dos habitaciones muy grandes o habitaciones pequeñas para que sus hijos estuvieran más cómodos y tuvieran más privacidad), pero es espaciosa, y siempre te gustó. Hay una cama de una sola plaza en el centro - sobre su borde estás sentado -, varios pósters de baseball enmarcados y protegidos por una capa de vidrio representando tu pasión por ese deporte junto con algunas otras fotografías de equipos de futbol importantes de Brasil, España y Argentina (y una del Chivas de México que pertenecía a tu hermano Christian), una alfombra también de color azul oscuro, varios estantes con libros (la mayoría de ellos sobre computación, deportes o sobre las Fuerzas Aéreas y la Marina, temas que te interesaron desde siempre) y un placar de dos puertas (pintadas de blanco) empotrado en la pared, donde en una época tu hermano y vos guardaban sus ropas y que ahora tu mamá usa para guardar cajas que contienen recuerdos y otras de esas cosas que se acumulan y que a ella no le gusta tirar 'por si en el futuro es útil para algo'. En una época en ese mismo cuarto había dos camas gemelas, pero Christian se había llevado la suya cuando su hijo fue lo suficientemente mayor para dejar la cuna y poder dormir en una cama, por lo cual aquél tenía toda la apariencia de haber sido siempre la habitación de un joven fanático de los deportes, seguidor empedernido de Chicago Cubs y lector voraz cuando se trata de los temas que le interesan. Sin embargo, ese cuarto también había sido de tu hermano, pero lo único que quedaba de él ahí era esa foto enmarcada del Chivas de México.

En este momento no estás prestándole atención a eso, en lo más mismo. Bien podrías estar en el desierto, en la cárcel, en una estación de subterráneo neoyorquina abarrotada de gente a las seis de la tarde, en una banca en un parque… No sos consciente – no mucho – de lo que te rodea, sólo sos consciente del dolor.

El dolor, Dios, sos tan consciente de él.

Te duele el corazón, te duele el alma, extrañás a tu abuela, te invade la culpa, te invade la nostalgia, morís por gritar hasta desgarrarte la garganta, morís por descargarte, luchás para contener la angustia que quiere expresarse en un llanto histérico y convulsivo en lugar de en un par de lágrimas que caen de tanto en tanto cuando tu guardia flanquea, sentís una furia inexplicable y una tormentosa bronca (hacia quién no sabés. ¿Hacia Dios tal vez por haberse llevado a tu abuela, por haberla hecho sufrir durante años con esa enfermedad, por haberla arrancado de tu vida justo cuando estaba empezando a recordarte, o a mostrar lo que vos pensabas eran indicios de que te recordaba muy en el fondo de su lastimada mente?). Querés echarte a dormir y no despertarte hasta dentro de muchos días (o semanas, incluso: podrías echarte y dormir por semanas, siempre que la tengas a ella en tus brazos), te gustaría golpear las paredes hasta destrozarte los puños y hacer que tus nudillos sangren, querés rasgarte la piel, querés que las voces aturdiéndote en tu cabeza se callen y te dejen en paz, querés que se alivie ese peso que cargás sobre los hombros, querés que desaparezca la opresión en tu pecho…

Te duele hasta el dolor.

Es insoportable.

No podés seguir fingiendo estar compuesto, no podés seguir fingiendo que – como los demás – estás aliviado porque tu abuela ya no sufre, que estás contento de que su larga batalla contra el Alzheimer haya terminado y que ahora ella esté quién-sabe-dónde con su marido y sus nietos (pensar en tus dos hermanos muertos provoca que el nudo que te aprieta la garganta se vuelva un poco más apretado, tanto que te cuesta respirar con normalidad). Sin embargo fingir es tu única opción. No te atreverías a desmoronarte delante de tus padres, de tus hermanas. Ya una vez te vieron a la miseria, hecho una ruina, hecho pedazos, y no dejaron de revolotear sobre vos tratando – con las mejores intenciones, estás seguro – de hacer que te sintieras mejor, sin lograr más que avergonzarte, provocarte rechazo hacia sus intentos, incomodarte, angustiarte aún más, generar que sintieras desprecio hacia vos mismo por ser tan débil y por haber dejado que Nina – ya fuera de tu vida porque se la habían llevado presa, y porque aún si hubiera quedado libre vos en tu vida no la hubieras querido tener nunca más – siguiera humillándote, pisoteándote salvajemente, como si fueras nada, como si fueras poca cosa.

Pero te duele hasta el dolor. Y es insoportable. Tan, tan, tan insoportable. Ese dolor abrasador y ardiente quema dentro tuyo, te quema el alma, el corazón y el cuerpo, y en su mismo centro quema algo más, otra sensación aún peor, mucho más fuerte, mucho más desagradable, que te hunde, que hace que alrededor tuyo veas todo negro, que hace que todo parezca mil veces peor, que hace que quieras encerrarte dentro de vos mismo y quedarte ahí para siempre, aislado del resto del mundo, aislado de todos los demás, que hace que quieras esconderte para que no te vean sufrir así. Eso que te duele con intensidad superior a la de todo lo demás, eso que te duele en el centro del pecho… Eso que te duele es el dolor.

Te duele hasta el dolor.

Descargarte, desahogarte… No podés. Querías ir a Chicago para darle a tu abuela el último adiós que se merece, y por tu papá, para acompañarlo en su angustia, pero todo lo que viste en los ojos del hombre que te dio la vida fue nostalgia y alivio, nada más. Vos estás más angustiado que él. Vos estás más hecho pedazos que él. A vos te cuesta más que a él aceptar que tu abuela se fue, que le llegó su hora, que su círculo acabó de cerrarse. Durante el tiempo que estés en la casa paterna vas a tener que tragarte ese dolor, vas a tener que contenerlo, vas a tener que aguantarlo, mantenerte en el molde, resistiendo. Ya podrás descargarte luego, te vas a desahogar luego, cuando vuelvas a Los Angeles y estés solo con ella (súbitamente te encontrás rezando para que eso sea pronto, porque no sabés cuánto tiempo más podrás aferrarte sin estallar en agonía).

Y a ese dolor insoportable que sufrís, ese dolor que está carcomiéndote, ese dolor que te invade y que tenés que disimular, ese dolor que se acumula en tus ojos porque te negás a liberar al llanto que pugna por salir, ese dolor que te despedaza pero que no podés expresar con los gritos que se mueren en tu garganta antes de llegar a tu boca, a ese dolor tenés que sumarle otra sensación amarga y triste.

La palabra que falta para describir cómo te sentís en este momento es 'desconcertado'. Sí, desconcertado combina bien para terminar de completar la larga lista de sensaciones que están comiéndote por adentro desde hace horas.

Desconcertado estás, por la reacción de tu madre, esa mamá que cuando eras chico te leía cuentos, te calentaba las medias en invierno para que no tuvieras los pies fríos, esa mamá que les contaba a sus hijos cómo ella había tenido que luchar y dejarlo todo por el hombre que amaba, el hombre con el que quería estar, cómo ella se había enfrentado a su familia para poder estar con la persona que amaba sin importar que sus bolsillos estuvieran vacíos, sin importar que tuviera que dejar de lado los lujos a los que estaba acostumbrada, los lujos de los que podría haber seguido disfrutando.

Desconcertado estás porque esperabas muchas cosas del momento en que le presentaras a Michelle, especialmente porque en los últimos dos meses hablaste con ella en varias ocasiones y nunca por casualidad le mencionaste que estabas en una relación comprometida con una mujer a la que te referís como a la madre de tus hijos, pero si bien Martina te había advertido, si bien había plantado dudas en tu cabeza, si bien esas semillas habían dado frutos que te llevaron a considerar que existía la posibilidad, te quedaste igual de desencajado cuando se disgustó por la raza de tu novia como si nadie te hubiera vaticinado que sucedería, como si tu hermana menor no te hubiera dicho a lo que atenerte.

Esperabas muchas cosas... pero nunca te imaginaste que cuando el momento llegara dolería tanto, tanto, tanto.

Habías esperado que tu mamá reaccionara sorprendida, dolida incluso porque durante dos meses le ocultaste que estabas enamorado, habías esperado que se mostrara fría y sobre protectora al principio, habías esperado que le costara confiar en Michelle enseguida luego de lo ocurrido con Nina la arpía despiadada, pero lo que sucedió… eso sí que no lo estabas esperando. La realidad superó a cualquier cosa que tu cabeza hubiera podido imaginar en cuanto a la reacción de tu mamá, y la realidad acabó siendo algo que no te gustó en lo absoluto. Algo que hace que te sientas decepcionado, defraudado, e incluso hasta indignado.

¿Tan ciego podés haber sido durante casi treinta y cinco años?, ¿tan ciego podés haber sido, que no conocés bien a tu mamá?, ¿tanto podés haberla idealizado como para ignorar miles de señales que podrían haber hecho que supieras de entrada cómo serían las cosas?, ¿tan ciego podés haber sido, que la venda de los ojos tuvo que sacártela tu hermana?, ¿tan tonto e iluso podés haber sido que seguiste albergando una esperanza, aferrándote a la estúpida idea de que tu mamá sonreiría y la recibiría con los brazos abiertos, agradecida por haber salvado la vida de su hijo, por haberle devuelto las ganas de amar?

Dios, te duele hasta el dolor, te duele tanto… Y la desilusión hace que todo duela más.

Tu mamá, la que luchó por su amor, para estar con el hombre que su corazón había elegido, al que su familia despreciaba por ser mexicano y de bajos recursos… Tu mamá, la que abandonó su tierra, sus padres, sus hermanos, todo lo que conocía, la casa en la que la habían criado entre nubes de algodón como a una princesa, para seguir lo que le indicaba su corazón, en vez de complacer y satisfacer las exigencias de sus padres rígidos, conservadores y tradicionalistas que pensaban que la gente con dinero no podía mezclarse con peones de campo e hijos de trabajadores ferroviarios... ¿Tu mamá no podía darse cuenta de que ofreciendo su aceptación sólo si elegís a una mujer latina está haciendo lo mismo que sus padres le hicieron a ella cuando era joven y tuvo que huir a otro país para poder ser feliz porque ella había elegido a un hombre pobre?

Tantos pensamientos juntos van a hacer que estalles.

No lo comprendés.

No terminás de creerlo, de tragarlo, de digerirlo, no lo comprendés. Estás desconcertado. Dolido, ofendido, indignado, decepcionado, y desconcertado.

Dejando de lado el contexto de que su madre falleció ayer luego de años batallando contra un Alzheimer que estaba devorándola viva, tu papá reaccionó cómo pensaste que reaccionaría: fue cortés, educado, no mostró sorpresa evidente porque hubiera quedado mal, te dio una mirada en la que podía leerse con claridad indiscutible que tendrían una charla de hombre a hombre más tarde, se limitó a reservarse su opinión, en lugar de hacer la escena digna de telenovela venezolana que tu mamá lanzó, en castellano y todo. Tu papá no te decepcionó, pero tampoco querés inflar dentro tuyo en medio del dolor, la angustia y las heridas frescas un globo gigantesco cargado de expectativas de que se ponga de tu lado y te defienda; a esta altura no podés esperar nada de nadie ni dar nada por sentado, a esta altura para mitigar el golpe que vas a darte al caer preferís simplemente asumir que tu papá – si bien menos feroz y más abierto a la conversación y al diálogo – va a compartir la postura de tu mamá y va a darte una larga lista de consejos que no van a interesarte. Ya casi podés escuchar su voz retumbando en tus cansados y casi sangrantes oídos, diciéndote que probablemente Michelle no sea la indicada, que eso debe ser un flechazo, que esto no es amor, que estos son los primeros pasos en tu recuperación luego de lo ocurrido con Nina pero que no deberías ilusionarte, que tendrías que buscar a una buena chica destinada a ser ama de casa en lugar de meterte con alguien que viene del mismo mundo que vos (léase: la CTU)… Sí, sabés que tu papá va a soltarte ese sermón en tono amistoso y con ánimos de ayudarte.

También sabés que vas a refutarle cada cosa que diga y que, a fin de cuentas, les guste a ellos o no, los vas a ignorar.

De Michelle no va a separarte nadie, ni tu propia sangre.

Y si las cosas alcanzan tal nivel que tenés que amenazar a tu mamá con hacer lo que ella hizo con tanto orgullo y con la cabeza en alto y dejar a tus orígenes atrás para nunca regresar, entonces que así sea.

De Michelle no va a separarme nadie. Y no va a lastimarla nadie, nunca más, no más de lo que ya la lastimaron.

Dios, te duele tanto todo: el cuerpo, el alma, el corazón, los ojos, la cabeza, te zumban los oídos.

Te duele hasta el dolor.

Sentado al borde de tu cama, te inclinás hacia delante hasta que tu pecho y tus rodillas se tocan, y enterrás la cara en tu regazo, para que te invada la oscuridad, pero así y todo no lográs callar las voces que te traen ecos de recuerdos lejanos, ecos plagados de nostalgia, imágenes que como fotos viejas en blanco y negro o sepia que van tomando color desfilan delante de tus párpados cerrados, cada una de ellas representando una cuchillada más, un gramo más de culpa por no haber seguido pasando tiempo con tu abuela luego de que enfermó. Los retazos de las cosas que tu mamá te dijo en español minutos antes en la cocina se mezclan junto con la voz de Michelle – suave, delicada, tierna, dulce como toda ella – diciéndote que no le importa a qué deba enfrentarse, que por vos aguantaría todo. Intentás poner la mente en blanco, vaciarla de todo menos de Michelle, pero aunque tratás y tratás, aunque tus manos sujetan tu cabello con fuerza y presionás los ojos tan fuerte que te hacés daño, no podés.

Sigue doliendo, con cada segundo duele más.

Todo.

Todo con cada segundo empeora.

Todo con cada segundo duele más.

Y tenés que aguantarlo, tenés que soportarlo, porque no podés desmoronarte. No aún.

No hiciste caso a lo que tu mamá dijo acerca de que Michelle podía usar el baño de las visitas o pedirle a Martina permiso para usar el de su cuarto: aún tomados de la mano, fueron los dos directo a la que en un tiempo era tu habitación y la de Christian (ahí estaba otra vez, el nudo en la garganta apretando un poco más, al pensar en tu fallecido hermano).

La última vez que habías estado ahí, te encontrabas igual de débil, igual de destrozado, con el corazón hecho pedazos, destruido. Lo único que hiciste durante tu estadía en casa de tus padres cuando fuiste a tratar de recomponerte antes de regresar a trabajar a la CTU fue dormir, comer para que tu mamá no se preocupara tanto respecto a que tu salud se deteriorara (¿deteriorarte más? Parecía imposible que eso fuera posible, ¡ja!), dormir, dormir, dormir, soportar a todo el mundo encima de vos tratando de consolarte, tranquilizarte y convencerte de que te abrieras a ellos y les hablaras sobre la miseria interna que experimentabas dentro, dormir, dormir, dormir, dormir.

Sí, los recuerdos de la última vez que estuviste en esa habitación no son agradables, y obviamente no hay muchas razones por las cuales pensar que en esta ocasión vas a forjar recuerdos mejores.

Escuchás el agua caer en la ducha. Darías lo que fuera por poder estar ahí con ella. Abrazarla, nada más. Sentarse los dos – vestidos inclusive, no hace falta que se quiten la ropa – debajo del agua hirviendo, abrazarse y quedarse ahí un largo rato, dejando que el agua limpie todo: memorias, dolor, angustia, recuerdos, culpa, decepción, dudas, miedos, todo. Empaparte con el agua hirviendo y empaparte en sus caricias, en su voz, en sus manos dibujando el contorno de tu rostro como sólo ellas saben, empaparte en su presencia. Y luego acurrucarse juntos en la cama, enterrar tu rostro en sus rulos húmedos, respirar su perfume hasta intoxicarte, y quedarte dormido con sus brazos alrededor de tu cuerpo, con ella cuidándote, mimándote, meciéndote para relajarte, prometiéndote que todo va a salir bien, secado tus lágrimas.

Pero no pueden. No podés echarte ahí por horas y horas con Michelle y simplemente desahogarte, descargarte, sacar afuera el dolor, aflojarte y dejar de reprimir el llanto, liberar las tensiones, y luego descansar hasta que la fatiga física y emocional se vayan y traigan el alivio que todos los otros dicen sentir.

No podés.

Cuando ella salga de la ducha, lo máximo con lo que vas a tener que conformarte es un abrazo, un roce dulce en los labios, y luego vas a tener que ir a darte vos un baño para despejarte un poco, ponerte ropas frescas y bajar a desayunar, donde alrededor de la enorme mesa van a estar sentados tus padres, tus hermanas y tus cuñados, todos ellos comentando el gran alivio que sienten porque finalmente tu abuela dejó de sufrir, todos ellos hablando de anécdotas felices para recordarla con la misma alegría que ella había irradiado antes de enfermarse, mirando fotos y videos para hundirse en la nostalgia y encontrar allí un consuelo que tal vez a ellos les servía, pero que para vos era vacío e inútil.

Ah, y a todo eso además tenés que sumarle el último componente de la enredada y retorcida ecuación: Michelle – la única que te entiende de verdad, la que te conoce a fondo, la que puede leerte como a un libro abierto, la que con su mirada toca tu alma y tu corazón, la que siempre sabe qué palabras precisás escuchar, la que te invade de una ternura que nunca pensaste podrías sentir, la que sigue pensándote su héroe aunque te vea llorar como una criatura, la que te sostiene en pie, la que hace que valga la pena cada respiro – va a estar ahí. Con tu familia. Hasta ahora de ellos dos de tus hermanas la recibieron bien (aunque no estás seguro de qué tan influenciable podrá ser Fiona en el futuro, aunque no estás seguro de qué tanto va a salir Martina a jugar el papel de tu abogada), y tus dos padres la recibieron mal (tu madre, sobre todo). Michelle va a estar ahí, expuesta a las críticas y comentarios. Michelle, tan inocente y vergonzosa, tan tímida, tan delicada, soportando a tu familia sólo por vos, aguantando todo sólo por vos, tragándose la angustia (porque sabés que ella también tiene un nudo apretadísimo en la garganta, sabés bien que ella por dentro está tan desgarrada como vos, sabés bien que ella solamente está en pie porque lo que la mantiene así, lo que evita que se desmorone como una muñequita de porcelana frágil es su objetivo de cuidarte) sólo por vos, resistiendo sólo por vos, pretendiendo sólo por vos, ocultando las heridas que por dentro sangran sin control sólo por vos.

Te sentís pésimo, como la peor basura del mundo, sabiendo que la mujer a la que adorás con locura, a la que juraste nunca más nadie volvería a lastimar, va a pasar los siguientes días siendo constantemente lastimada y fingiendo estar bien para poder cuidarte y darte fuerzas, mientras por dentro se quiebra y despedaza. Te odiás a vos mismo, porque a menos que te enfrentes a todos y los pongas en su lugar, ella va a sufrir, y va a ser tu culpa. A menos que les demuestres a todos que nadie va a menospreciar a la mujer de tu vida, vas a estar rompiendo la promesa que le susurraste al oído cientos de veces: que nunca alguien va a volver a dejarla con arañazos en el alma, que nunca van a hacer otra vez que se siente menos, que nunca va a volver a ser considerada inferior. No querés que piense que son cosas dulces que le decís para hacerla temblar de amor en tus brazos: querés probarle que son promesas hechas desde el corazón, promesas que pretendés cumplir siempre, por el resto de tus días hasta el segundo de tu último respiro. Y si para cumplir esas promesas tenés que enfrentarte a tu propia sangre…

Dios, te ayude.

Suspirás, abatido, devastado, agotado. La contractura en la espalda está matándote (entre otras cosas, claro: ojalá el único de tus dolores fuera una contractura en la espalda). Te pasás una mano por la frente, frotás tus sienes con los dedos queriendo – en vano – liberar tensiones. Tan concentrado estás queriendo poner la mente en blanco, tan adentro de tus pensamientos y reflexiones te metiste, que no te das cuenta cuando el ruido de agua cayendo deja de sonar.

Minutos más tarde sentís un par de manos suaves acariciando tu nuca, y te percatás que hay otro peso además del tuyo sobre el colchón: Michelle está sentada a tu lado, con los rulos empapados aprisionados por un gancho de plástico formando (algunos bucles demasiado cortos, como siempre, lograron escapar, y forman el marco perfecto para su rostro de ángel). Lleva puestos un jean azul claro, un sweater lila sobre una camiseta blanca y un saquito de hilo violeta oscuro sobre el sweater (aún así, está destemplada y tiembla un poco de frío, aunque trata de disimularlo). Su exótica piel amarillo marfil está empalidecida, y podés ver en sus ojos que estuvo llorando.

Te parte el alma saber que estuvo aprovechando esos escasos minutos de intimidad y el sonido del agua cayendo para ahogar los sollozos y así poder dejar salir una pequeña parte de todo lo que en su pecho se acumula, apretando su corazón hasta acelerar sus latidos y cortarle la respiración. Te parte el alma saber que estuvo llorando sola sin tus brazos rodeándola y dándole confort, sin tu voz en sus oídos prometiéndole que todo va a salir bien. Te parte el alma saber que probablemente el poco alivio que encontró en los últimos diez minutos ha sido vacío e inservible, porque la conocés bien, y estás seguro de que no se aflojó del todo por miedo a desatar dentro suyo un océano de llanto y luego no poder detenerlo, y luego no poder contenerse, y luego no poder dejar de llorar hasta quedarse absolutamente seca y vacía, por miedo a que las emociones se le fueran de las manos y no pudiera recuperar el control.

Te parte el alma no poder hacer algo por más mínimo que sea para que se sienta mejor.

¿Cómo vas a poder sanar su dolor si ni siquiera tenés idea de por dónde debés empezar para lidiar con el tuyo?

Te maravilla y sorprende cómo ella es capaz de darte fuerzas y sostén para que te mantengas en pie aún cuando está triste y compungida. Quisieras poder cuidarla de la manera en que ella está cuidándote a vos, prometerle que todo va a estar bien, tranquilizarla, sacarle todo el peso que carga sobre los hombros y cargarlo vos… pero no podés.

Y eso hace que 'frustrado', 'desesperado' e 'impotente' se sumen a la lista de palabras ideales para describir lo horriblemente mal que te sentís en este preciso momento.

Que ella esté sufriendo te mata. Siempre que ella sufre es como si te partieran en dos, te abrieran por el medio y se pusieran a escarbar para provocarte un sufrimiento diez veces mayor. Saber además que la culpa es tuya (indirectamente, bueno, pero ese detalle no es de gran ayuda), es como si te apuñalaran repetidas veces en el corazón y luego revolvieran el cuchillo dentro de la herida.

Sus caricias en tu espalda son relajantes, pero sin embargo en tu cabeza seguís hundiéndote en un pozo más y más oscuro, del que segundos más tarde te sustrae su voz, suave y dulce, tan suave y tan dulce como su tacto.

"Deberías ir a darte un baño. Tu mamá dijo que quería servir el desayuno a tiempo" susurra en tu oído.

Inhalás. Su perfume se mezcló con la fragancia a durazno del jabón, volviéndose mucho más intoxicante, mucho más adictivo. Por un momento tenés la enorme necesidad de ceder a la tentación de enterrar el rostro en si cuello, respirarla hasta ahogarte y desmayarte y dormir por horas y horas…

Suspirás. No querés bajar a la cocina, querés quedarte ahí con ella, en tu antiguo cuarto, llorando desesperado como la última vez que estuviste allí, con la diferencia de que estarías en sus brazos y su sola presencia te haría sentir mejor. No querés exponer a Michelle a toda tu familia de golpe, mucho menos después de ver lo mal que tu mamá está tomándose las cosas y lo complicado que puede ponerse. Te sentís culpable, muy culpable, porque si hubieras sido menos egoísta, si hubieras pensado en ella y no en tu necesidad de tenerla con vos para aliviarte, hubieras logrado que se quedara en Los Angeles en lugar de ir con vos a Chicago (le rogaste que no te abandonara, y te avergonzás un poco de haber hecho eso, porque fallaste en priorizar sus necesidades y diste lugar a las tuyas). En ese momento estabas muriéndote de dolor, el dolor te cegaba, y la necesitabas a ella como nunca necesitaste a nadie, pero ahora te das cuenta de que haberla llevado a Chicago fue un error: tu familia – para tu tristeza, decepción y desconcierto – está empezando a mostrar sus verdaderos colores, y si van a desquitarse con ella… Dios, ni querés pensar en que eso ocurra, porque entonces Michelle se sentiría rechazada otra vez, discriminada otra vez, se sentiría el patito feo otra vez, y vos juraste que nunca más pasaría por eso, que nunca más nadie la lastimaría así. Si juraste eso, si prometiste eso, si sos un hombre que moriría antes de quebrar una promesa, ¿qué demonios tenías en la cabeza cuando le suplicaste que no te abandonara, que no te dejara sola, cuando dejaste que se subiera a ese avión con vos?

Suspirás. Antes de enamorarte de ella no suspirabas tanto. Antes más bien te quedabas callado, masticando tu odio, resentimiento, dolor y angustia, explotando por dentro silenciosamente, con los ojos refulgiendo en agonía pero no con aspecto de niño perdido, si no más bien con el de una persona amarga que se siente vacía. Antes no suspirabas, antes tenías el corazón y el alma endurecidos para evitar que se rompieran, para evitar que alguien se acercara a ellos… y sin embargo no sirvió de mucho, porque bastó con que apareciera la persona correcta para que los muros altos de acero y en apariencia impenetrables se desmoronaran y tu corazón y alma quedaran débiles otra vez, expuestos otra vez, latiendo y sintiendo más fuerte que nunca, demostrándote que sos un ser humano y no un robot, que no podés pasar toda tu vida evitando sentir por miedo a lastimarte, que no podés pasar toda tu vida con angustia y amargura.

Y ahí fue cuando empezaste a suspirar más seguido, en situaciones en las que antes no habrías hecho más que apretar los dientes y hasta quizá gruñir.

Suspirás otra vez. Sentís sus manos en tu espalda, intentando ayudarte a relajar los músculos tensos y llenos de nudos.

Estás pensando en que a la hora del desayuno van a estar también tus otras dos hermanas y tus cuñados, además de tus papás, Martina y Fiona, por lo cual existen dos posibilidades a barajar: que tu madre se mantenga en el molde y no diga nada, ignore a Michelle olímpicamente y tengan el desayuno 'en paz' (¿en paz?, ¿con tu mamá ignorando a tu novia como si no existiera o como si no fuera digna de ustedes por ser diferente? Ja, sí, claro, en paz. Contá otro chiste); la otra posibilidad es que tu mamá en tiempo record les llene la cabeza a tus hermanas (a Gabrielle, sobre todo, siempre tan influenciable, siempre haciendo todo por complacer a tu mamá) y las convenza de actuar fría y hostilmente, lo cual generaría una situación muchísimo más incómoda que en el caso anterior…

"Tony…" la voz de Michelle en tu oído tratando de captar tu atención te sustrae de tus reflexiones.

Despacio volteás la cabeza y dejás que tus ojos se hundan en los suyos, tus ojos de aspecto triste y perdido. Ves en sus ojos el brillo que tanto te gusta, que a pesar de todo se mantiene siendo la única luz que querés ver, la luz más linda del mundo, y por un momento tu alma se inunda de calidez. Sin embargo, es sólo un breve segundo que dura esa sensación, porque luego de vuelta te invade un frío en las tripas que hace doler a tu estómago.

"… Deberías ducharte para que bajemos a desayunar a tiempo" repite con voz suave, rascando con las yemas de dos de sus dedos justo detrás de tu oreja.

"Michelle" querés decir algo pero no sabés cómo, querés asegurarle que vas a cuidarla, pero no sabés bien cómo expresarte. Sentís las emociones embriagándote, reventándote en el pecho, pero estás tan conmocionado que no sabés cómo convertir todo eso en palabras, cómo expresarlo "… Michelle, no voy a dejar que nadie de mi familia te lastime con sus comentarios" le asegurás, con voz temblorosa pero decidido.

En sus ojos ves refulgir un destello de angustia, pero ella rápidamente esquiva tu mirada para que no te des cuenta. Quiere protegerte, quiere cuidarte, sin embargo vos sabés que ella sufre. Lo sabés bien, no habría forma de que no lo supieras, no habría forma de que creyeras que esto no la afecta: la conocés demasiado, y podés leerla a la perfección, incluso cuando está tratando de cerrarse, incluso cuando está tratando de mantenerse fuerte.

"Tony, lo que tu familia diga" hace una pausa, toma aire, sentís sus dedos acariciando tu cabeza dulcemente "… Lo que ellos digan va a doler, pero no va a alejarme de vos" promete, dejando que tus ojos y sus ojos se encuentren otra vez para que veas que lo dice de verdad, desde el corazón "No sé por qué tu mamá reaccionó así… Es decir, sé que es sobre protectora, y luego de lo que pasó la última vez" levantás una de tus manos para acariciar su rostro, en un intento de calmarla a ella y de calmarte vos, en un intento de tranquilizarse ambos "… Sé que ellos quieren cuidarte, impedir que te hieran de nuevo. Sé que van a desconfiar de mí al principio, porque soy otra compañera de trabajo, porque soy más joven, porque sos mi jefe, porque no saben cuáles son mis intenciones con vos… Pero voy a probarles que te amo y que no tienen de qué preocuparse. Ya vamos a hablar de esto cuando sea el momento. Ya vamos a resolverlo juntos, ¿sí? Ellos van a ver que pueden confiar en mí, que yo no soy ella. Yo nunca podría ser ella, porque Nina nunca te amó como yo te amo. Tu familia va a saber ver eso, yo sé que sí, aunque ahora no estén... contentos conmigo, por decirlo de algún modo. Pero no te preocupes por eso, mi vida: lo que importa ahora es sanar las heridas de tu alma y calmar el dolor que sentís por la muerte de tu abuela. Con tu familia podemos entendernos más tarde, ¿sí? Yo soy lo que menos importa: lo que importa sos vos ahora"

No se trata de que tienen miedo de que te hagan pedazos otra vez.

No se trata de que les cueste confiar en cualquier mujer con intenciones de entrar en tu vida.

No se trata de que es – al igual que Nina – una mujer a la que conociste en ese mundo que ellos aborrecen y desprecian, ese mundo del que desearían no fueras parte, ese mundo al que tanto odio le tomaron, ese mundo que tienen miedo te trague en sus fauces oscuras y profundas para nunca más regresarte a los brazos de tus padres, como sucedió con tus hermanos.

No se trata de que sean sobre protectores en extremo.

No se trata de que tu mamá te crea tan perfecto que piensa que ninguna mujer va a ser digna de vos.

Si fuera tan solo eso.

Pero no es eso.

Pasa por otro lado. Y qué estúpido que fuiste, que no lo viste antes. No porque de haberlo sabido hubieras tenido más cuidado o habrías evitado sentirte atraído por una mujer que no fuera latina (a decir verdad, en el curso de tu vida, tu historial sexual está compuesto por mujeres de todas las razas y todos los colores), no: te hubiera gustado tener la cabeza más abierta, los ojos más abiertos, y en lugar de considerar a tus padres un ejemplo, dos luchadores que habían movido cielo y tierra y se habían enfrentado a todo con tal de estar juntos, reconocer que son seres humanos con defectos, con cosas buenas y con cosas malas, capaces de decepcionarte, ver que no son perfectos.

Tu mamá y tu papá fueron los primeros en enseñarte la importancia del amor. Siempre te contaron su historia. Te mostraron las cartas que se enviaron durante un largo tiempo cuando ambos vivían en diferentes países (aunque todo te pareció muy cursi y no quisiste leer ninguna; te preguntás si en el futuro tus hijos leerán alguna de las cartas que le escribís a Michelle y que ella guarda como si valieran oro). Les dijeron que ellos estaban decididos a estar juntos sin importar lo que los demás opinaran, porque lo único que valía era lo que dictaba el corazón. Les enseñaron a defender y hacer respetar sus sentimientos. Han cuestionado muchas decisiones en tu vida, fueron exigentes con vos y te dieron demasiadas expectativas que llenar, pero la lección que se mantuvo firme ante todo fue la de creer en el amor y luchar por él, como ellos lo habían hecho.

Pero ahora no podés evitar preguntarte si lo decían de verdad, o si estaban siendo hipócritas. Si hubieran estado diciéndolo de verdad, tu mamá no se habría alterado de tal manera porque en lugar de llevar a la chica de ojos marrones, cabello oscuro y piel color pardo que ella esperaba, con un apellido de origen latino, llevaste a una chica con ascendencia europea y japonesa.

No sabés qué pensar.

Nunca creíste que el hecho de que Michelle no fuera latina significaría un problema. Jamás se te hubiera cruzado por la cabeza, no hasta que tu hermana te mencionó que eso era parte de las expectativas que tus padres habían puesto en vos. Y hace un rato tu mamá te dijo algo así como que para eso te habían educado… ¿no te habían educado para que sintieras amor y te guiaras por eso?

Estás desconcertado. Y frustrado. Y…

Dios, ya no querés analizar más tus sentimientos.

Deberías ir, darte un baño, dejar que el agua caliente corra por tu cuerpo (aunque es inútil: no vas a relajarte ni vas a sentirte mejor, no va a cesar ese dolor tan fuerte que hasta te atreverías a decir que te duele el dolor), y luego ir con Michelle, orgulloso de decirle a todos en tu familia que ella es tu amor, tu princesa, la única persona con la que querés estar, la única por la que lucharías, la que te hace bien todo el tiempo, la que hizo que creyeras en el amor, con la que querés tener hijos, la que es capaz de sanarte. Y si tienen algún problema, bueno, aunque te parte el alma vas a tener que enfrentarlos y dejarles en claro que no van a hacer que cambies de opinión, y que estás dispuesto a llegar a cualquier extremo con tal de evitar que ella sufra.

En lugar de suspirar exhalás. Estás a punto de rozarle los labios una vez más antes de ir a bañarte y de decirle que puede dormitar un rato abrazada a la almohada, cuando alguien toca la puerta del cuarto.

Contenés la respiración y el corazón se detiene en tu pecho por un segundo, durante el cual la cabeza te maquina a una velocidad digna del record Guines (¿es para tanto?). Dudás que tu mamá haya abandonado la cocina para subir a verte (el tono en que te dijo que hablarían luego había dejado bien en claro que 'luego' sería 'luego' y no dentro de quince minutos y a las apuradas, si no como Dios manda), pero en tu paranoia se te ocurre que puede ser que haya ido a buscarte para avisarte que es hora de bajar a desayunar con el resto de tus hermanas y cuñados. Si llega a ver a Michelle ahí, sentada con vos en la cama, mimándote detrás de las orejas (por más inocente que sea el gesto de cariño), te mata.

Te dijo que Michelle podía usar el baño de las visitas o pedirle a Martina que la dejara entrar al de su cuarto, pero vos por capricho no hiciste caso. Sabés que eso lo dijo por lo que pasó la última vez, cuando fuiste con Nina para aquel día de Acción de Gracias. Nina iba a compartir habitación con una de tus hermanas porque a tu mamá no le parecía correcto que durmieran juntos sin estar casados. De hecho, cuando visitan a tus padres Martina duerme en su cuarto y Kiefer al principio dormía en el tuyo si vos no estabas, o con un colchón al lado de tu cama en caso de que sí estuvieras; ahora tu padre convenció a tu mamá de que estaba bien que el mismo colchón lo echara junto a la cama de Martina, así podían dormirse tomados de la mano (sí, claro, porque tu papá trabajando como obstetra en el hospital no es consciente de cómo funciona el mundo ahora; estás segurísimo de que Martina nunca se atrevería a tener sexo con su novio en la casa de tus padres, pero también estás seguro de que tu papá ya aceptó que Martina tiene de virgen lo mismo que vos tenés de virgen: nada). Sin embargo ese es otro tema.

Larga historia resumida: mientras te dabas una ducha, Nina se inmiscuyó y se metió en la ducha con vos. Y claro, vos sos hombre, y aunque trataste de negarte Nina fue muy em… persuasiva. Claro, además de eso también fue una arpía y una desgraciada, porque (lo sabés ahora, luego de haber tomado la perspectiva necesaria para observar las cosas con claridad) para fastidiar a tu mamá se encargó de 'acordarse' de tomar los anticonceptivos delante de todos a la hora del almuerzo, y dejó el envoltorio roto del profiláctico que usaron bien a la vista para que tu madre lo viera al ir a cambiar las toallas al baño (ah, y a eso hay que sumarle algunos comentarios suyos sobre lo activa que era su vida sexual con vos).

Tu madre probablemente piense lo peor de Michelle, entonces en su fantasía retorcida en la que ella es otra mujer que va a apuñalarte por la espalda, destrozarte, despellejarte, herirte, hacerte añicos, utilizarte y vaya uno a saber cuántas otras cosas más, que encima de todo no es latina si no japonesa, también sea la típica chica fácil que pasó bajo las sábanas de muchos (ay, si supiera…). No querés que se le meta esa idea en la cabeza, no querés darle motivos para que Michelle le desagrade más de lo que le desagrada, no querés verla fruncir los labios en una mueca de rabia y ponerse ceñuda y luego soltarte un sermón sobre el sexo prematrimonial (que ni siquiera estás teniendo). No querés darle excusa alguna para que tenga con qué compararla con Nina, no querés darle a tu madre leña que echar al fuego que arde dentro suyo incluso en ese momento que para tu familia es de duelo, no querés darle a tu madre hilo con el cual jalar de su lengua.

Pero si la que acaba de tocar la puerta es tu mamá, entonces vas a pagar caro el error de haber dejado que Michelle fuera a tu cuarto y se bañara ahí.

"Anthony, soy yo, ¿puedo pasar?"

Es Martina.

Tragás con dificultad en tu alivio, y al tiempo que Michelle se pone de pie decís:

"Pasa"

La puerta se abre y tu hermana entra casi con cautela, cerrándola detrás de sí.

"¿Cómo fueron las cosas con mamá?" pregunta con genuino interés para nada malintencionado.

"No tenés que hablar en castellano" contestás en Inglés.

Sabés que a Michelle le molesta no entender, y no querés que se sienta incómoda o dejada de lado, en lo absoluto.

"Perdón" se disculpa "¿Todavía no te bañaste?" señala tu cabello seco, y el hecho de que llevás puestas las mismas ropas. Negás con la cabeza "Bueno, deberías apresurarte, el desayuno va a estar en diez minutos. Eva acaba de mandar un mensaje, ya están por llegar. Va a ser mejor que hablemos más tarde" concluye, y le agradecés que no haya insistido, porque realmente no querés que Michelle se entere de lo que pasó con tu mamá presenciando una conversación con tu hermana "Nos vemos abajo" se despide con una sonrisa sencilla, pero genuina.

Vuelven a quedarse solos los dos.

"Voy a ducharme" anunciás, poniéndote de pie con gran esfuerzo: sentís cada músculo adolorido, lleno de nudos, pesado, como si te hubieran vaciado el cuerpo de sangre y te hubieran llenado las venas con arena (si no sintieras el corazón y el pulso acelerados haciéndote daño, considerarías posible la teoría de la arena).

Besás su frente y ella roza la comisura de tus labios con los suyos. Te demorás un segundo frotando la punta de tu nariz contra el puente de la suya, causando que ambos cierren los ojos por un momento.

"Acurrucate un ratito en mi cama, yo salgo enseguida" prometés.

Ese va a ser otro tema, pensás al ingresar al pequeño cuarto de baño: a tu mamá no va a gustarle que quieras dormir en la misma cama con Michelle, en lo más mínimo. Oh, no, Dios los libre, no están casados, qué pecado suelta una vocecita en tu interior en sarcasmo puro (no sos de mofarte de lo muy religiosa que tu mamá es, porque vos también creés en Dios, pero estás tan cansado, y frustrado, y decepcionado, y desconcertad e irritado que no sabés bien cómo manejar los pensamientos que fluyen dentro tuyo y aparecen como destellos de luz capaces de enceguecerte y nublarte la mente). No te interesa lo que tu mamá diga: te acostumbraste a dormir con Michelle en tus brazos, y en una noche como esta – la noche previa al funeral de tu abuela – vas a necesitarla más que nunca. Vas a necesitar sus besos en tu frente, sus caricias, sus palabras dulces al oído, su perfume, el sonido de su respiración, sus manos, el calor de su cuerpo. Vas a necesitarla. La necesitás cada noche, y esta noche más que nunca, y que tu mamá se escandalice todo lo que quiera si le parece mal que dos personas que se aman duerman abrazadas para consolarse cuando están tristes.

De eso podés ocuparte más tarde, decidís, cuando llegue el momento: no tenés porque estar maquinándote la cabeza ahora, adelantándote, cargándote con más pesos de los que hace falta llevar (y ya estás llevando demasiados). Sí, cuando llegue el momento te enfrentarás a quien sea que tengas que enfrentarte para explicarles que no hay modo de que pegues un ojo y descanses un poco si no es con ella hecha un ovillo en tus brazos.

Vas a tomar las cosas de a una a la vez, eso va a ser lo mejor: un paso a la vez, paso a paso, los pasos dados de a uno. Puede que no sea la solución perfecta, puede que eso no facilite las cosas, puede que no te traiga ningún alivio, puede que suene a ejercicio de yoga estúpido o a una técnica sacada de un libro de Deepak Chopra, pero se te ocurre que quizá si te aferrás a ese plan (las cosas de a una, ir ocupándote de ellas a medida que es necesario), no pierdas la cabeza, no enloquezcas, no termines más desesperado de lo que estás, con más dolor del que te parte al medio ahora.

Otro suspiro se cuela por entre tus labios al sentir el agua hirviendo caer sobre tu espalda desnuda. Darías lo que fuera por tenerla a ella ahí en ese momento, aliviándote, porque para el dolor que te carcome, esa angustia, esa urgencia, esas ganas de gritar, esas preocupaciones que hacen peso sobre tus maltratados hombros, no se te ocurre remedio mejor que su amor.

En tu vida no hay nada mejor que su amor. Tu vida vale la pena por su amor. Tu vida va a ser como el cuento de hadas que siempre deseaste secretamente pero en el cual tenías miedo de creer, todo gracias a su amor.

Ellos van a tener que entenderlo, no va a quedarles alternativa alguna.

Sea japonesa, sea latina, sea blanca, sea negra, les parezca bien que duerma en tu cuarto con vos, les parezca mal, les caiga bien, les caiga mal, opinen esto, opinen aquello, opinen lo otro, que la comparen con Nina, que desconfíen, que sospechen, que hagan lo que les venga en gana todos ellos, te tiene sin cuidado (en realidad no, en realidad te importa que confíen en vos y en tu juicio, que respeten tus sentimientos y que la respeten a ella, que la acepten, pero honestamente no va a cambiar la forma en que la amás que ellos estén conformes o no, decepcionados o no, contentos o no, porque no son sus expectativas las que tenés que llenar: tenés que esforzarte por satisfacer las tuyas).

No van a tener más opción, no hay negociación, eso está decidido de entrada, nadie va a moverte de esa postura: ella es la mujer que elegiste, así como tu mamá y tu papá se eligieron aunque tenían al mundo en contra y miles señales de que no iba a funcionar, de que saldrían heridos, de que perderían más de lo que ganarían, aunque la familia de ella se oponía rotundamente y no querían saber nada con que se relacionara con alguien pobre cuando ella estaba destinada a casarse con un rico de la alta sociedad.

Tus padres quisieron enseñarles algo a sus hijos con su historia de amor, o al menos eso interpretaste vos, eso te parece a vos. Te hiere en lo más profundo si resulta que ellos no pueden entender que vos estás dispuesto a luchar de la misma manera por la mujer que adorás y que es dueña por completo de tu alma y de tu corazón, vas a sentirte terriblemente decepcionado y va a ser como si te clavaran un cuchillo incandescente en el pecho, pero por ella sos capaz de afrontar eso, por ella sos capaz de enfrentarte a tu familia.

Y es genial que lo tengas en claro, porque vas a tener que enfrentarte a ellos.

Es genial que lo tengas en claro, porque vas a tener que enfrentarte a muchas cosas para defender ese amor con la misma lealtad con la que tus padres defendieron su historia de amor (qué lástima que no entiendan que así como un hombre pobre puede estar con una mujer nacida en cuna de oro, un hombre latino puede enamorarse de una mujer japonesa sin por eso estar desmereciendo su propia herencia, contaminándola, traicionándola o lo que sea que se les ocurra decirte).

Si ellos no lo entienden… Dios, ahí sí que vas a saber lo que es el dolor, un dolor mucho más profundo que éste que sentís ahora, mucho más difícil de imaginar. Te va a doler, te va a doler si no la aceptan, si la rechazan, si la hieren, si hacen algo para lastimarla o para hacerla sentir menos, te va a doler tanto que vas a resquebrajarte por dentro, pero tu postura no va a cambiar.

Ella viene primero, siempre. Antes que todos. Antes que todo.

Suspirás de nuevo, con el agua cayendo sobre tu espalda, pero la sensación no te trae alivio alguno.

Es que hoy te duele hasta el dolor.

Y mejor que te prepares, porque en el futuro va a doler más, especialmente cuando veas cómo es tu familia en realidad, cuando veas la venda que tuviste en los ojos durante toda tu vida, cuando veas que a veces algunos piensan que lo que ellos hicieron está bien por tal y cual motivo pero juzgan incorrecto lo que hacen otros movidos por el mismo sentimiento, simplemente porque son incapaces de empatizar.

Pero no te adelantes, no. ¿Cómo podrías adelantarte, si vos sos humano y no sabés lo que viene en el futuro?

Y es mejor que ignores lo que viene en el futuro, es mejor.

Porque va a doler. Va a doler, muchísimo, más de lo que duele este dolor.

No te das una idea de cuánto más.