Pequeña nota:
1 - Decidí hacer capítulos más cortos, porque los escribo más rápido, ustedes los leen más fácilmente, y la trama es más sencilla de llevar. Probablemente en un futuro haya capítulos mucho más largos, pero por el momento no creo que excedan este tamaño. Además, la situación que estoy describiendo ahora es más fácil de expresar si se cuenta un poquito desde un punto de vista, y otro poquito desde otro punto de vista.
2 - Estuve recibiendo algunos comentarios hirientes de lectores anónimos en mis historias en Inglés. Entonces tomé la decisión de quitar la opción de dejar un comentario anónimo. SIN EMBARGO (y por favor lean esto porque es de suma y profunda importancia para mí), los comentarios que me dejan ustedes son la razón principal por la que estoy abocada a escribir. Honestamente, los comentarios que ustedes dejan sobre las cosas que yo escribo son la mejor terapia que puede haber para mí, junto con la escritura. Me alegran con cada uno de ellos, me inspiran, y me dan ganas de continuar esta historia, que empezó como algo pequeño y se convirtió en un proyecto de dimensiones enormes e inesperadas para mí, todo gracias a ese día en el que dejaron aquél primer comentario que tanto me sorprendió y alegró. Entonces les quiero pedir por favor: ¿podrían hacer una cuenta en el sitio, así pueden seguir dejándome esos comentarios que son realmente muy importantes para mí? Mucha gente que no escribe tiene cuenta sólo para comentar, y se dedican a eso: a leer y comentar, no usando la cuenta para otra cosa. No quiero volver a habilitar la opción de dejar comentarios anónimos porque yo puedo aceptar críticas y sugerencias, pero no comentarios hirientes de personas que se esconden detrás de la pantalla de una computadora. No sé si mi resolución es infantil o no, pero la realidad es que me angustio fácilmente, y para mí escribir y leer comentarios tiene que ser algo que me dé alegría, no algo que me dé angustia o que me ponga mal o desaliente en cuanto a mis ideas o mi 'supuesto' talento (honestamente, yo no creo tener ningún talento, escribo porque es terapéutico). Entonces, ¿podría ser que hagan una cuenta sólo para comentar?, ¿por favor? Encarecidamente. Si deciden no hacerlo, está bien, porque sé que seguirán leyendo de todos modos. Voy a extrañar sus comentarios, pero sé que van a seguir leyendo, y yo voy a seguir escribiendo. No duden que voy a seguir escribiendo.
3 - Si este capítulo tiene HORRORES de ortografía y gramática es porque no lo leí dos veces, estoy posteándolo tal cual salió de mis dedos cuando lo escribí en el teclado. Perdón si es confuso o si está mal hecho, es que no estoy bien de ánimo ahora, pero lo quería postear igual para comunicarles mi decisión de quitar la opción de dejar comentarios anónimos.
4 - Ojalá cuando mañana me despierte encuentre un comentario de ustedes. Significaría muchísimo.
Cada minuto en lo que pienso, eso eres.
Te había dicho que podías acurrucarte y descansar un ratito; te hubiera encantado abrazar su almohada, enterrar tu rostro en ella buscando rastros de su perfume (aunque dudás hubieras encontrado alguno, porque sabés que ha pasado mucho tiempo desde la última vez que durmió allí, y de todos modos probablemente la funda de la almohada fuera nueva… Pero no se trataba de su perfume en sí, más bien tiene que ver con la sensación acogedora que te provoca estar rodeada de sus cosas). No quisiste recostarte, sin embargo, porque en cuanto tu cuerpo se hubiera relajado, en cuanto se hubiera hundido en el colchón, te habrías quedado profundamente dormida, presa del cansancio que venías acumulando y que estaba empezando a enviarte descargas eléctricas involuntarias, como si tu cerebro quisiera avisarte que es hora de que lo dejes descansar un poco. Te entretuviste observando las fotos de equipos de futbol sudamericanos que cuelgan en las paredes, los pósters de Chicago Cubs, los libros pertenecientes a su adolescencia que yacen acomodados ordenadamente sobre los estantes de madera barnizada, con el sonido de la ducha como música de fondo y el oído aguzado, atento a cualquier movimiento en el pasillo que te indicara que alguien se acercaba. Oíste varias veces algunos pasos amortiguados por la mullida alfombra del corredor, pero la mayoría de ellos siguieron de largo al llegar a la puerta de la habitación de Tony.
Cuando salió del cuarto de baño, lucía igual de destruido, entristecido, adolorido y preocupado que minutos atrás. Tenía el mismo aspecto de criaturita perdida, con su mirada nublada por la tristeza y los hombros encorvados como si el peso que lleva en ellos estuviera literalmente tirándolo abajo, llevándolo a hundirse, queriendo hacerlo caer hasta tenerlo de rodillas suplicando por un alivio y consuelo que esperás poder brindarle. Enseguida te acercaste a él y dejaste que los dedos de una de tus manos acariciaran sus mejillas recién afeitadas mientras los de la otra se enredaban en sus rulos húmedos. Llevaba puesto un buzo grueso color azul marino que habías elegido especialmente de entre las prendas que colgaban en el ropero porque sabías que haría frío, sobre dos camisetas de algodón también abrigadas, además de un pantalón de jean.
Te daba la impresión de que se derrumbaría ahí mismo, de que las rodillas estaban amenazando con traicionarlo, de que su propio peso ya estaba volviéndose demasiado para aguantar debido a esa angustia creciente que lleva horas apoderándose de él desde adentro, controlándolo todo, rompiendo todo, destrozando todo. Instintivamente tus manos bajaron hasta cerrarse alrededor de sus antebrazos, queriendo ayudarlo a mantenerse de pie, queriendo darle sostén.
Sus ojos estaban rojizos e irritados, pero no más que antes. Vos habías sido débil, sin embargo, y te habías largado a sollozar en cuanto tu mano logró hacer girar el grifo, aprovechando que los sonidos del agua salpicando en el suelo y en los azulejos blancos que revisten las paredes disimularía tu angustia. Te habías quedado debajo del chorro hirviendo mientras las lágrimas brotaban de tus ojos y empavaban tu rostro, mezclándose con las gotas de agua. Al salir envuelta en una toalla blanca y mirarte en el espejo del tocador habías notado que tenías la cara hinchada y roja, pero al menos habías logrado controlarte y ya no llorabas más (ganas no te faltaban ni te faltan, de todos modos).
"Estás tiritando" observó, con la misma voz pesada por las emociones acumuladas y embotelladas dentro de su pecho, con la misma voz que denotaba el esfuerzo que estaba haciendo por no largarse a llorar ahí en tus brazos como un chiquito asustado en lugar de mantenerse tan fuerte y compuesto como estaba tratando.
"Estoy bien" mentiste.
Necesito un abrazo, eso hubieras querido decir, un abrazo te hubiera gustado pedirle, para aliviarte un poco, para recargar fuerzas, para darle un impulso a tus energías, para no decaer.
Lo único que podría darte algo de calor, algo de confort es un abrazo suyo, reposar tu cabeza sobre su pecho un ratito y escuchar los latidos de su corazón (de ese corazón exhausto y lastimado que se retuerce de dolor con cada pulsación porque están en él clavadas las astillas de esa inesperada pérdida que no puede llorar); sus brazos alrededor de tu cintura, sus manos frotando tu espalda, sólo eso podría aliviar la sensación de estar congelándote como si te hubiera echado a la intemperie en una noche nevada.
"Necesito un abrazo"
Las palabras que vos querías pero no podías decir porque habías decidido mantenerte fuerte e impenetrable (por mucho que eso costara, por mucho que por dentro estuvieras desgarrándote de dolor) para sanar sus heridas se colaron por entre sus labios, y en un susurro alcanzaron tus oídos. En sus ojos brillaba la sinceridad, y pudiste leer en ellos que más que nunca quería estrecharte contra sí y tenerte cerca un largo rato, porque quizá en presencia de su familia no pudieran demostrarse afecto del modo en que están acostumbrados.
"Yo también" confesaste en un murmullo embriagado de emociones contenidas.
El abrazo duró apenas diez segundos, pero fue de los más íntimos, dulces y especiales que te había dado hasta ese entonces. Muchas noches habían pasado abrazados durante horas, muchas tardes en la cocina mientras él preparaba algo para comer y vos observabas, muchas mañanas antes de tener que ir al trabajo donde se verían obligados a actuar profesionalmente para que nadie descubriera ese secreto que es de los dos, pero con ese abrazo breve sentiste vibrar tu alma de tal manera que te estremeciste físicamente: fue como si sus cuerpos no existieran realmente, como si sus almas estuvieran abrazándose.
Frotó tu espalda con sus manos, y vos hiciste lo mismo, queriendo darle un poco de calor humano.
"Va a estar todo bien" prometió, enmarcando tu rostro, dejando que las yemas de sus dedos recorrieran tus facciones y acariciaran cada palmo de piel.
Hubieras deseado más que nada poder creerle.
Creerías que él haría todo en su poder para que las cosas salieran bien, para protegerte, aún si lo que menos querías era cargarlo con preocupaciones innecesarias y circunstancias que sólo abrirían sus heridas en lugar de ayudarlas a sanar. Estabas segura de que él te defendería y de que no permitiría que te lastimaran, la convicción con la que murmuró esas palabras era prueba fehaciente de ello.
Te hubiera gustado poder creer que todo saldría bien.
¿Pero cómo algo puede salir bien cuando la familia del hombre al que amás hasta ahora sólo te ha hecho sentir confundida y desconcertada?, ¿cómo algo puede salir bien si te sentís algo así como una intrusa en esa casa?, ¿cómo algo puede salir bien si él está obviamente decidido a enfrentarse a su propia sangre con tal de protegerte?
No querías que las cosas llegaran a eso, nunca lo quisiste. Ser la causa de un problema en su familia, en esa familia de apariencia tan perfecta a la que él adora… Jamás. Nunca se te cruzó por la cabeza, y la perspectiva de que quizá por culpa tuya, por culpa de tu presencia, habría problemas, era suficiente para hacer que te subiera la bilis a la garganta y quisieras vomitar.
Tu estómago se retorcía de nervios.
"Tony, son tu familia" le recordaste con voz suave pero firme "Yo te amo, ellos te aman. Yo voy a estar con vos para siempre, pase lo que pase. Ellos quieren lo mejor para vos. Puede que lleve tiempo" estabas repitiendo más o menos lo mismo que le habías dicho antes; sabías que la reacción de su madre – hubiera sido cual hubiera sido, realmente no sabés porque todo lo que viste allí petrificada fue como la señora Almeida lanzaba una palabra tras otra en castellano con furia contenida y tono cortante como una daga – lo había molestado y perturbado muchísimo, sabías que estaba enojado con ella o resentido o decepcionado (todas las opciones eran válidas para describir eso que podías ver en él, eso que podías leer como nadie más sabe), pero no querías que en ese momento, el día anterior al funeral de su abuela, al dolor que él sentía se sumara la terrible angustia de pelearse con su mamá, con su papá o con sus hermanas por vos "Puede que lleve tiempo" insististe, sintiendo el nudo en la garganta tensarse más y más hasta casi ahogarte ", pero eventualmente las cosas van a estar bien. No sé si estarán bien hoy" reconociste, y la bilis te subió por la garganta a la boca otra vez, quemándote "o cuándo, pero por favor: no te pelees con ninguno de ellos por mí" ¿estabas suplicando acaso?, ¿era eso suplicar? "No es lo que necesitás ahora, y es lo que menos quiero; de llegar a suceder eso, la culpa sería tal…"
Te interrumpió besándote despacio en los labios. Fue apenas un roce, apenas una caricia. Con él aprendiste que hay besos que pueden ser caricias, y junto con las mariposas que sentís en la panza cuando frota la punta de su nariz con la punta de tu nariz, es la sensación más dulce e inocente del mundo. Pero no dijo nada, no hubo una promesa verbal de que no saltaría como una fiera a defenderte si las cosas se ponían difíciles.
Deberías haberlo obligado a prometerte que se mantendría en el molde e ignoraría a su familia tal como vos tenías planeado ignorarlos. Deberías haberlo obligado a prometerte que simplemente se enfocaría en canalizar su dolor por la muerte de su abuela, en decirle adiós, en desprenderse del pasado y poder reconciliarse con él, en deshacerse de la culpa, en recordarla con alegría y no con nostalgia, en buscar la forma adecuada de empezar a sanar sus profundas y dolorosas heridas.
Deberías haberlo obligado a hacer esa promesa en lugar de conformarte con un beso en los labios.
Estás temblando de frío, a pesar de que el sistema de calefacción de la casa es tan bueno como Tony dijo que sería y de que estás usando las ropas más abrigadas que encontraste en tu bolso. Pero esa sensación helada calando hasta los huesos y causando estremecimientos en tu piel es más bien algo psicológico, una forma que tiene tu cuerpo para expresar la infinita cantidad de cosas que le pasan por dentro, la infinita cantidad de cosas que sacuden tu alma violentamente y sobre las que desearías poder tener algo de control.
Entran a la cocina tomados de la mano (y tomados de la mano salieron de su cuarto, bajaron las escaleras, cruzaron el vestíbulo y atravesaron otra vez la espaciosa sala de estar). El panorama es muy diferente al de veinte minutos atrás. En la enorme y larga mesa cubierta por el limpísimo mantel hay una cantidad de platos, tazas y vasos que no debe ser menor a quince, además de una cafetera y una tetera humeantes, dos lecheritas, jarras con jugo de naranja recién exprimido y otra jarra alta con yogurt de vainilla, y fuentes con panqueques enormes, además de tocino recién hecho, huevos fritos, pan fresco y pan tostado, bagels, varios tarros de mermelada de distintos sabores, queso crema, frutillas, manteca y una pasta espesa color marrón oscuro que nunca antes habías visto.
Nunca en tu vida viste un desayuno tan completo. La impresión que causa en vos es comparable a cómo se sintió Harry Potter la primera noche en el castillo de Hogwarts, cuando aparecieron delante de él por arte de magia las fuentes con todas sus comidas favoritas y él pudo comer todo lo que quiso hasta hartarse, luego de haber pasado diez años en casa de sus tíos siendo matado de hambre. Hay ciertas diferencias, claro: a vos nadie te mató nunca de hambre, simplemente tu abuela era partidaria de la comida natural y de las porciones pequeñas, por lo cual durante el almuerzo o cena no podías servirte dos veces, y el desayuno consistía básicamente de té y alguna galleta cuya receta había sido sacada de un libro japonés. Luego cuando te quedaste sola debido a tu falta total de capacidades para cocinar sin arriesgarte a quemar la casa tuviste que arreglártelas comprando comida congelada para calentar en el microondas o llamando a restaurantes con entrega a domicilio para no morirte de hambre (hubo una época en la que no estabas en contra de morirte de hambre, pero cuando conseguiste entrar siendo tan joven a una agencia en el gobierno te diste cuenta que para poder llegar lejos en tu carrera tendrías que encontrar la forma de controlar esa partecita tuya que se inclinaba a la anorexia). En los últimos dos meses Tony se encargó de que estés bien alimentada, y estás acostumbrándote a ello, pero eso no quita que te sorprenda ver tanta cantidad de comida junta o cómo la señora Almeida fue capaz de preparar un desayuno tan completo y tan suntuoso para más de quince personas en tan poco tiempo.
Recién unos segundos después tu cerebro registra la presencia de dos mujeres y cuatro hombres a los que no conocés, además de Martina y Fiona, cada uno ocupando una silla, conversando sin hacer alboroto, esperando para empezar a desayunar. Ana se mueve de un punto al otro en la cocina, rellenando la azucarera, poniendo sobrecitos de sacarina en un cesto de mimbre, buscando en la alacena una torrecita de madera pintada a mano de esas que tienen una tapita arriba y un hueco abajo para tomar los saquitos de té que hay apilados dentro. Su esposo está sentado a la cabecera.
La entrada de Tony – quien aún sigue tomado de tu mano – provoca que Eva y Gabrielle Almeida se levanten para recibirlo del mismo modo en que Fiona lo hizo hace un rato: abrazándolo. A vos, sin embargo, te pasaron por alto olímpicamente. Tratás de ignorar la punzada de dolor que eso provoca en la boca de tu estómago (no dolor, en realidad, más bien una mezcla de incomodidad y angustia, especialmente porque no querés que Tony tenga problemas además de con su mamá también con ellas dos) y te limitás a observarlas a ambas mientras hablan con él en un idioma que no comprendés.
"Anthony, qué bueno verte"
Las palabras salieron de la boca de Gabrielle Almeida, quien a pesar de rondar los veintisiete o veintiocho años luce como una jovencita de veinte. De hecho, luce mucho más joven que Martina, quien con sus diecinueve años luce mayor que ella (eso es algo que Martina y vos tienen en común: son tan serias y están tan acostumbradas a trabajar y a obsesionarse con sus ataques de perfeccionismo que acaban aparentando seis o siete años más de lo que en realidad tiene. Después de todo, ¿cuántas veces cuando empezaste a trabajar en División como asistente en sistemas pensaban que tenías casi treinta cuando sólo rozabas los veinte?).
Gabrielle es delgada, como el resto de las mujeres en su familia, y apenas media cabeza más baja que Tony. El tono de su piel es un poco más claro que el del resto, similar al de Fiona, y tiene también las mejillas ligeramente sonrosadas (aunque no en exceso como vos, ni tampoco son regordetas como las tuyas). Su nariz respingada es preciosa y le da un aire delicado, y sus ojos son enormes y redondos – aún más enormes y redondos que los de Fiona – del mismo color chocolate que los de tu novio. Tiene el aspecto frágil y dulce de una muñeca de porcelana y algo así como un aire aniñado la envuelve. Según Tony te contó, ama leer novelas románticas de esas que si podrían escurrirse como uno escurre una toalla chorrearían almíbar, le fascinan las comedias con Julia Roberts y Sandra Bullock y cree que el signo bajo el que nace una persona determina cómo ésta se comportará ante tal o cual situación o qué dones y dificultades tendrá. Es, según las propias palabras de Tony, un poco adolescente y una soñadora. Y también es quien tiene una relación de mayor apego con su madre, por lo cual honestamente en tu opinión caben esperarse dos cosas: que por designio divino le caigas bien y eso influencie a Ana para que te dé una oportunidad, o que Ana la influencia a ella y Gabrielle te tome bronca sin siquiera tomarse el trabajo de conocerte mejor (lamentablemente, con cada latido tu corazón te dice que sucederá lo segundo y no lo primero).
"Te extrañé muchísimo, hermanito" es el turno de Eva Almeida de estrechar a su hermano, pero es tan bajita que él tiene que agacharse un poco para que puedan darse un abrazo.
Eva no debe medir más que un metro con escasos cincuenta y cinco centímetros; es evidente que, a diferencia del resto, no heredó la apreciable altura de sus padres, pero definitivamente sí absorbió todas los genes de las raíces latinas de ambos: su color de piel es más oscuro que el de Tony y sus otras hermanas, de un color tostado natural. Tiene el cabello teñido de castaño claro con reflejos rubios, pero no cuesta adivinar que cuando nació probablemente su cabeza estaba cubierta por una mata de cabello negro como el carbón. Sus ojos no son de un chocolate profundo, si no de un azabache brillante. Es muchísimo más delgada que las demás, demasiado delgada, pero no creés que sufra de un desorden alimenticio ni nada por el estilo: así debe ser su estructura, debe tener la maravillosa capacidad de comer lo suficiente y no acumular grasas, debe ser de esas mujeres que tienen siempre un peso bajo. Todo en ella grita que por sus venas corren sangre argentina y mexicana, todo en ella grita que está orgullosa de sus orígenes. Todo en ella la convierte en hermosa.
Sentís una punzada de envidia cortarte el aire.
La mamá de Tony, para su edad, es una mujer preciosa.
Sus hermanas, las cuatro, son preciosas, cada una a su manera, todas con su exótica belleza mezcla de su mexicanidad y argentinidad, delgadas, esbeltas, imponentes, con cuerpos que parecen esculpidos en mármol sin dejar de ser naturales, con estilo, con un aire que las envuelve y las hace imponentes, seguras de sí misma.
Una punzada de envidia te corta el aire, mientras tu mirada se pasea de Eva a Gabrielle, y de ella a la mesa donde Martina y Fiona están sentadas una al lado de la otra.
Todas ellas tienen pelo lacio, mientras vos tenés esos rulos horribles que te cuesta domar, que nunca se quedan en su lugar, que requieren demasiados cuidados y que a pesar de que te esfuerces nunca lucen bien y hacen que parezca que te peinaste por últimas vez hace semanas.
Todas ellas tienen rostros bonitos, proporcionados, con facciones exquisitas. Vos no sos bonita. Vos sos fea, una mezcla entre una europea y un asiático: es como juntar agua con aceite. Tenés esos dos ojos de forma oriental que desentonan por completo con tu piel, cuyo tono es a veces color marfil y otras amarillento, y que además de todo está cubierto por microscópicas pecas. No te gusta tu nariz, y todas ellas tienen narices que parecen haber sido hechas con un cincel. No te gustan tus orejas, y las de ellas son pequeñas y delicadas: las tuyas lucen como las de un gnomo. No te gusta tu cuerpo, porque te ves gorda: sabés que no sos obesa, sabés que tenés un peso normal, el peso necesario para ser una mujer sana y estar en las condiciones físicas que se requieren para poder servir como agente en el gobierno, pero no te sentís bien con vos misma, te sentís fea y si no amaras tanto tu trabajo probablemente empezarías a dejar de comer como cuando eras adolescente y esperabas ser – como todas las chicas populares en la escuela – bonita, delgada, no sólo flacucha y sin forma, sin curvas.
¿Por qué estás de pronto pensando en todo esto? Ah, sí: porque tus cuñadas son preciosas y vos no lo sos. Vos sos menos que ellas. No sos tan linda, no irradias ese algo que ellas irradian. No parecés una muñequita de porcelana, ni tenés tanta seguridad en vos misma que otros la perciben, no sos delgada, no tenés un lindo cuerpo. No tenés la piel de ese color tan lindo y llamativo, no tenés una mezcla de herencias que se combinan perfecta y armoniosamente dando como resultado una belleza exótica y equilibrada.
Basta una voz punzante grita en tu cabeza, obligándote a concentrarte en lo único que debería importarte: él.
"Yo las extrañé mucho a las dos" lo escuchás decir con su voz suave, dulce y profunda embriagada de emoción y nostalgia, con ese acento que incluso en esta circunstancia no dejás de encontrar tremendamente seductor e intrigante.
Una breve pausa se forma en el aire. Sabés que él está a punto de decirles quién sos, a punto de presentarte a sus hermanas, cuando ves sus labios separarse y casi podés oír las palabras subiendo por su garganta para colarse entre ellos, pero tanto Eva como Gabrielle – ignorándote olímpicamente – dan un último y breve abrazo a su hermano y se dirigen con rapidez a la mesa para volver a sentarse junto a sus esposos. Exhalás profundamente tratando que tus nervios se mantengan a raya, rogando para que tu incomodidad no te traicione, buscando en sus ojos aquel brillo de amor que necesitás para poder seguir manteniéndote fuerte, para seguir en pie a pesar de que por dentro estás desmoronándote con cada latido de tu pobre corazón.
Sus cuñados le sonríen con simpatía, y Tony se acerca a ellos para estrecharles la mano a modo de saludo. Sabés que los respeta mucho, que los juzga buenas personas y que se enorgullece de que sus hermanas hayan formado familias tan buenas, pero dudás que lo que existe entre Tony y ellos sea más que una relación cortés y de amabilidad recíproca. Tony te ha contado que algunas veces Kiefer y Martina lo visitan en el escaso tiempo libre que el trabajo les deja a los tres, a veces salen a cenar juntos, hablan sobre deportes, pero no debe ir más allá de eso. Tony no tiene amigos, es más bien solitario como vos; su vida social era mucho más activa antes de lo que sucedió con Nina, pero luego de eso quedó tan destrozado que sencillamente se recluyó dentro de sí mismo y no volvió a querer relacionarse con el mundo exterior más de lo estrictamente necesario, algo como lo que vos sentiste al alcanzar determinado punto en tu vida y darte cuenta que no encajabas en ningún sitio que no fuera en tu trabajo, donde te sentís segura y confiás en vos misma porque sos consciente de tu inteligencia y capacidades. Ahora, sin embargo, Tony y vos se tienen el uno al otro: él es tu mejor amigo, tu novio, tu confidente, tu consejero, el que te escucha, el que soportaría cualquier cosa por vos, todo eso es él envuelto en una sola persona, en una sola alma.
Por eso vos tenés que ser fuerte, porque eso en su vida sos vos, así como él lo es en la tuya: sos su mejor amiga, su novia, su confidente, su consejera, la que lo escucha, la que soportaría cualquier cosa por él.
¿Quieren ignorarte todos? Que te ignoren. Vos vas a aguantar lo que tengas que aguantar. Vas a hacer lo que tengas que hacer para despejarlos de cualquier duda que tengan sobre cuánto lo amás, necesitás, adorás y querés, sobre hasta qué punto sos capaz de llegar si de pasar por el infierno descalza y con todas tus debilidades expuestas se trata con tal de lograr que te acepten, con tal de lograr que vean la locura inmensa con la que tu alma se estremece cada vez que él te mira.
¿Quieren hacerte las cosas difíciles? Súbitamente estás a la defensiva, especialmente luego de notar la forma en que Gabrielle y Eva se comportaron, como si no estuvieras ahí, como si fueras invisible o un mueble más o algo insignificante e indigno de ellas, algo sin importancia. Te preguntás si ellas tienen sus propios pensamientos al respecto y son naturalmente sobre protectoras o si Ana les ha hablado y compartido sus miedos acerca de que el corazón de su hijo se rompa de nuevo.
Ya vas a tener tiempo de averiguar eso.
Ya vas a tener tiempo de averiguar muchas cosas sobre por qué esa familia no te quiere mezclándose con ellos, 'contaminando' al único hijo varón que les queda.
Tony jala un poco tu mano para animarte a acercarte a la mesa, que ocupa el centro de la amplia cocina. Lo seguís lentamente, tratando de no sonrojarte demasiado por la timidez y vergüenza que sentís. Corre la silla junto a la de él para que te sientes, y le agradecés con una pequeña sonrisa al tiempo que se acomoda en la suya.
Dos segundos más tarde su madre termina de lavar los utensilios con los que estuvo cocinando y, luego de cerrar el grifo para que el agua deje de correr, se una a ustedes en su sitio en la otra punta de la mesa, en la cabecera, y ese sólo movimiento es suficiente para que sus yernos e hijas dejen de hablar al instante, como si esperaran que la señora Almeida dijera algo antes de comenzar a llenar sus platos con panqueques, tocino, tostadas, huevos fritos, y beber café, té o jugo de naranja.
El silencio - ¿es impresión tuya o es realmente denso, muy, muy, muy denso? – dura al menos medio minuto. Medio minuto que se te hace larguísimo, eterno, como si en esos treinta segundos cupiera todo el tiempo del mundo encapsulado, comprimido, hecho un bollito, apretado ahí en ese tramo que recorre la aguja para completar la mitad de un minuto, todo apretujado. Temés la cabeza semi gacha; preferirías estar con el rostro escondido, enterrado en tus brazos para que nadie te vea, preferirías encontrar la manera de hacerte un ovillo y volverte invisible (aunque juzgando por la falta de reacción de cualquiera a los que aún no has sido oficialmente presentada, es como si ya fueras invisible, ¿no?), sin embargo tus ojos están fijos en la delicada y perfectamente doblada servilleta de tela blanca con puntillas rojas bordadas a mano, como si ésta fuera la cosa más interesante del mundo, capaz de absorber toda tu atención.
Sentir los dedos de Tony entrelazados con los tuyos te da un poco de calor y seguridad, pero sacando eso seguís muerta de frío, por dentro y por fuera. Esperás que no se note mucho que estás tiritando, aunque cuando ese pensamiento cruza tu cabeza una vocecita filosa te recuerda que nadie está fijándose en vos, por lo cual que estés congelándote o no a nadie le importa mucho. Instintivamente, apretás su mano un poquitito más fuerte.
Oís a Ana aclararse la garganta con un carraspeo apenas audible, lo suficiente para que los presentes se percataran de él pero no muy brusco o sonoro. Fue un carraspeo delicado, digo de una mujer como ella: de apariencia delicada, flaca, esbelta, de pose erguida.
"Muy bien" dice con voz clara, fuerte y firme, pero a la vez suave y serena; por el rabillo del ojo ves una pequeña sonrisa formarse en sus labios, aunque dudás si lo clasificarías como una sonrisa o una mueca de tener tiempo para analizarla "Creo que antes de empezar a comer hay algunas cosas que decir" pensás que está refiriéndose a hablar sobre Rosa, la abuela de sus hijos y madre de su marido, palabras alusivas a lo que ella significó en sus vidas y a lo que su pérdida representa para sus nietos, por lo que cual te sorprendes cuando su mirada se posa en Tony, quien parece estar haciendo un esfuerzo muy grande por mantenerse atento a la situación en lugar de sumergirse otra vez en sus reflexiones cargadas de angustia; de atreverte a escrudiñar con atención dentro de ellos, notarías si demasiado esfuerzo la nube que se ha formado, tiñendo el profundo color chocolate con toda clase de emociones, entre ellas una advertencia a su madre que es muy clara sin perderle el debido respeto, pero Ana Almeida decide ignorar. Vos, por tu parte, sentís tu pecho contraerte, y por mucho que haya tratado tu corazón de convencer a tu cuerpo de que sos capaz de superar todo, te sube la bilis a la garganta provocándote un ardor desagradable al tiempo que tu pecho se contrae tanto que dudás de si podrías tomar con normalidad una bocanada de aire y sentirlo bajando hasta tus pulmones sin que te resulte dificultoso "Lo que trajo a mis hijos de vuelta la nido es un hecho triste" por un momento se enfoca en el fallecimiento de su suegra, desviando durante escasos segundos la mirada hacia su marido antes de volver a posarla sobre Tony ", pero sé que abuela Rosa no hubiera querido que estemos derramando lágrimas y consumiéndonos en angustia: de estar ella acá, nos diría a todos que sonriamos, porque la vida es corta y nos tocan pocos días de sol para disfrutar: hay que aprovechar y ser felices mientras podamos. Eso decía siempre ella. Anthony" sus labios se curvan en una sonrisa, pero no estás segura de que sea la clase de sonrisa reconfortante que te gustaría ver cruzando el rostro de tu suegra ", de estar acá tu abuela querría que compartieras con todos nosotros tu nuevo motivo de felicidad" es sarcasmo, sarcasmo puro lo que como miel pegajosa resbala lentamente por su voz, y es tan evidente, tan evidente que ni su propio hijo puede ignorarlo, malinterpretarlo o hacer de cuenta que sos vos la paranoica que piensa que la 'pobre mujer' ya está en tu contra (además, dudás que Tony sea la clase de hombre capaz de defender a su madre pase lo que pase negándose a creer que es algo menos que perfecta y carente de defectos de cualquier índole): él también se dio cuenta de la forma en que Ana está abordando el tema, como si el asunto más importante fuera el de hacer un escándalo basado en su relación con vos en lugar de concentrarse en el fallecimiento de la madre de su esposo.
De pronto sentís que todos te observan como si fueras un animal de circo enjaulado, o una criatura exótica en un zoológico, y estás segura de que el calor que sentís en tus mejillas significa que estás sonrojándote como una criaturita pequeña, que estás comportándote como una nena asustada y no como una mujer inteligente que se gana la vida luchando contra el terrorismo. Pero, después de todo, tu alma es una hecha de contradicciones, pues sos una agente del gobierno de día y de noche te acurrucás en los brazos de un hombre que puede matarte de dolor con solo dejarte y del que dependés para existir; sabés disparar armas de fuego y estás preparada para defenderte y defender a otros, pero la vida de cualquiera a veinte metros a la redonda corre peligro si vos te acercás a una hornalla. No resulta raro que puedas erguirte con todas tus fuerzas en el trabajo pero que te vuelvas pequeña e insignificante en otro hábitat que no sea ese).
"Como habrán notado hoy se nos ha unido alguien más" aclara, como si aquello realmente hiciera falta, como si no se hubieran dado cuenta ya de que estaba refiriéndose a vos, la extraña, la intrusa, de la que nadie sabía nada, la que llegó y nadie sabe cómo, la que podría ser igual que Nina, la que podría ser otra traidora, la que podría ser otra arpía, la que podría ser otra víbora con la lengua cargada de veneno y lista para dar una mordida fatal en cualquier momento.
Ja, sí se dieron cuenta. Por favor, imposible no darse cuenta: no serás hermosa como todas ellas, pero sos un ser humano. Si te ignoraron, fue porque no les interesaste, o porque eligieron ignorarte, o porque como todo el mundo en todas partes piensan que tienen que hacer que pagues el 'derecho de piso'.
Por favor, no hace falta que te señale como si fueras un par de cortinas nuevo no muy diferente al anterior y el cual hay que destacar para que las visitas puedan percatarse de la más reciente adquisición y admirarla.
Sentís un gusto amargo en la boca, empapándote la lengua, y de pronto el poco hambre que se había despertado dentro de vos cuando viste toda esa comida se va, desaparece, dejándote un vacío gigantesco en el estómago que en tu mente imaginás como un terrible, profundo y carente de fondo agujero negro que en lugar de absorberlo todo lo rechaza, haciendo que las emociones y los sentimientos reboten y te hieran como si de puñetazos se trataran.
Ana y el resto de los presentes (a excepción de Martina, que tiene una expresión seria en el rostro detrás de la cual, de haber prestado más atención, podrías haber vislumbrado vergüenza ante la escena digna de novelita venezolana que estaba preparando su madre) lucen expectantes, aguardando a que Tony o vos digan algo. El señor Almeida tiene la mirada perdida, porque probablemente siga demasiado hundido en su dolor y en su nostalgia como para interesarse por un tema con el que – de tener algún problema – definitivamente puede lidiar más tarde y no ahí, a la hora del desayuno, cuando todos tienen aún frescas las heridas abiertas por el fallecimiento de Rosa (están aliviados, sí, porque la pobre mujer dejó de sufrir, pero eso no quita que estén llevando un duelo, ¿no? No tan profundo como el de Tony, pero supones que cada uno a su manera está llevando un duelo, un proceso de asimilación).
De pronto se te cruza por la cabeza la idea ridícula de que deberías presentarte, y por un fugaz segundo te imaginás diciendo tu nombre a todos como si estuvieras en una reunión de un grupo de ayuda para alguna adicción (tu cerebro evita utilizar el término 'alcohólicos anónimos', quizá para ahorrarte otra punzada de dolor al recordarte a tu madre, esa que te abandonó hace catorce años y que encontraba consuelo en el fondo de una botella).
Tony, quien presentís no le dijo nada a su madre para callarla por el simple hecho de que es su madre y tiene que respetarla sin importar la circunstancia, se aclara la garganta. Habla con una voz que trata de ser tan compuesta y serena como posible, sin dejar entrever el dolor que siente por dentro y que todavía no terminar de decidir cómo manejar.
"Ella es Michelle. No es éste el modo en que quería que la conocieran" continúa, sintiéndose un poco más seguro ", pero las cosas sucedieron de este modo, y no puede obligarse a las agujas del reloj a que retrocedan" le tiembla apenas la voz: sabés que en el fondo, su corazón está penosamente recordándole que no existe fuerza humana capaz de volver el tiempo atrás para que él pueda volver a ver a su abuela, hablar con ella, mantener el contacto en lugar de alejarse a medida que su enfermedad progresaba y la memoria se consumía. Sabés que esa frase esconde otro significado mucho más profundo: no hay fuerza humana capaz de devolver a su abuela a la vida, de regresar al pasado y encontrar la forma de que no fallezca "Llevamos juntos dos meses y nunca fui tan inmensamente feliz como lo soy ahora con ella" concluye, con sus ojos brillando de amor.
"Hola" decís tímidamente, rogando que no se note que estás temblando como una hoja y que si pusieran un tomate al lado tuyo éste parecería descolorido.
Hay un murmullo general devolviéndote el saludo por cortesía. Captás a Martina sonriéndote del otro lado de la mesa, y su novio también te sonríe con un poco más de ganas que el resto, quizá porque ella le ha hablado bien de vos (o al menos tenés la secreta esperanza de que así sea, de que Martina Almeida haya encontrado motivos para hablar bien de vos a alguien).
"Bueno, ya podemos empezar a desayunar" Alejandro Almeida anuncia, queriendo dar el asunto por sentado; en el fondo se lo agradecés, aunque creés que a su esposa eso no le cayó bien: probablemente tenía un par de cosas para decir.
El ruido de los cubiertos pronto llena la atmósfera mientras cada uno se sirve y come panqueques, huevos o tocino; algunas que otras frases mezcla de inglés y castellano se filtran aquí y allá entre sus hermanas y sus cuñados, pero sus padres desayunan en silencio. Tony se apresura a prepararte una taza bien cargada de café con leche, crema y azúcar como a vos te gusta, y sin preguntarte qué querés pone en tu plato dos panqueques de la fuente que se halla más cerca.
Estás a punto de pinchar con el tenedor para llevarte un trozo a la boca cuando Eva se dirige a vos, extendiéndote el recipiente de porcelana color blanco que contiene aquella sustancia espesa color marrón que nunca antes habías visto.
"¿Dulce de leche?" ofrece.
Mirás a Tony enseguida, esperando a que traduzca lo que su hermana acaba de decirte. Él parece haber vuelto a adentrarse en su propio mundo, deseando estar completamente ajeno a todo lo que lo rodea, pero sale enseguida volviendo a la realidad.
"Es dulce de leche" explica, y te alivia la sonrisa que aparece en su rostro exhausto y demacrado luego de tanto llanto y tanto cansancio emocional "Es típico de Argentina, donde mi mamá nació. Lo comemos con panqueques, es muy rico"
Eva deja el pequeño recipiente de porcelana delante de vos para que te sirvas, lo cual hacés con curiosidad. Lo siguiente que escuchás es un español que obviamente no comprendés.
"Te lo dije: no sabe lo que es el dulce de leche. Te dije que en cuanto le ofreciera iba a preguntar qué es" Eva dice a Gabrielle con tono burlón en un susurro bastante audible.
"Lo sabría si fuera latina como nosotros" opina la otra, mirando tanto a Fiona como a Martina, pero ninguna de las dos acota nada, la primera con cierto temor en el rostro y la segunda con absoluta y total indiferencia.
"Apuesto a que no sabe nada de nuestra cultura" se introduce la madre en la conversación "Los educamos a todos para que respeten sus orígenes, para que sean tan mexicanos y argentinos como americanos, para que mantengan nuestras raíces. Pero tu hermano en un acto de rebeldía tiene que traer a casa a una japonesa, en el fin de semana del funeral de tu abuela"
El cuchicheo suena como si estuvieran hablando de trivialidades mientras comen, pero ambos Tony y vos saben que no es así. Todos saben que no es así: ellos porque entienden ese idioma, y vos porque aunque no entendés te das cuenta de que probablemente estén hablando mal de vos, criticándote.
La mirada fulminante que Tony echa a sus hermanas y la forma en que les habla, en tono de advertencia, mientras aprieta tu mano con fuerza, confirma tus sospechas:
"Ustedes tres, no vuelvan a referirse a la mujer que amo como si fuera menos por ser diferente" luego se vuelve hacia su madre, y su tono cortante se transforma en un de respeto, teñido de tristeza y decepción "Mamá, por favor no me hagas esto" creés que está pidiéndola algo, pero no estás segura qué; sentís tanta vergüenza de haber – por el motivo que sea – provocado esta situación entre él y algunos de los miembros de su familia que mantenés la cabeza semi gacha, otra vez concentrada en la servilleta.
"Tu padre, vos y yo vamos a hablar más tarde, Anthony" recibe por toda respuesta, signifique eso lo que signifique "Mañana, luego del funeral" eso sonó como una aclaración, y haya sido lo que haya sido provocó en Tony una reacción como si lo hubieran apuñalado en un lugar donde sabían había yagas frescas, porque lo oís tragar con dificultad "Ahora por favor disfrutemos el desayuno en paz a pesar de las circunstancias.
"Ana, no lo provoques" tercia Alejandro desde la otra punta de la mesa, observando a su mujer como si quisiera comunicarse con ella sin palabras, sólo enviando mensajes con la intensidad de su mirada "Por favor, Ana. No es el momento, no es el contexto. Ya va a haber tiempo"
Y al parecer con eso se da por finalizado el tema, porque el ambiente se relaja y cada uno vuelve a concentrarse en vaciar los platos, sin prestarte demasiada atención. Te aflojás involuntariamente, y te cuesta bastante contener el suspiro que pugna por escaparse de tu garganta.
Tony se dirige a vos para distraerte. Aún cuando él se siente miserablemente, quiere cuidarte, quiere hacer que te pongas mejor, que estés cómoda, que te olvides de toda la incomodidad que te provoca el trato frío y casi burlón que estás recibiendo de las que se suponen son las maravillosas personas que lo aman a él, su maravillosa familia de la que él tan orgulloso parecía estar.
"Voy a ponerle dulce de leche a tus panqueques" unta un poco, y luego lo enrolla, convirtiéndolo en un tubo de masa relleno de esa pasta espesa "Es riquísimo" te asegura, y luego corta un pedacito para que lo pruebes de su propio tenedor.
Sonreís, no podés evitarlo, y no te interesa si los demás notaron o no que ustedes dos parecen enfrascados el uno en el otro: él tratando de escapar un dolor que de tan intenso duele en sí mismo, vos tratando de escapar eso que te invade por dentro y que está haciendo que pierdas las fuerzas que deberías tener absolutamente concentradas en él.
"Es exquisito" coincidís, con una sonrisa genuina, y tomás tu tenedor para seguir comiendo el panqueque.
"Michelle" la voz de Eva te llama otra vez, y el alivio que habías sentido mientras Tony y vos hablaban en voz baja escasos segundos antes se desvanece. Te da un vuelco es estómago, y te preguntás qué vendrá ahora "¿Cómo se conocieron mi hermano y vos? A todos nos interesa saber" Gabrielle asiente con la cabeza a lo que su hermana ha dicho, mientras que Tony les echa a ambas una mirada de advertencia.
No sabés por qué, pero te agarra un cosquilleo en la nunca, como si fueras consciente de que todos están simulado ocuparse de sus propios asuntos, cuando en realidad tienen toda la atención puesta en vos, queriendo escuchar lo que digas y cómo lo digas.
"Trabajamos juntos" resumís simplemente.
Sabés que es un tema difícil de abordar, porque él y Nina trabajaban juntos. Eran compañeros de trabajo y se conocieron en la CTU, ese mundo que a sus padres no les gusta porque es peligroso, porque está lleno de obstáculos que pasar, porque su hijo podría perder la vida en un instante cumpliendo su deber, así como Christian y Ricardo perdieron la vida haciéndoles saber no una si no dos veces lo que se siente el inmenso vacío que aparece en el corazón cuando un hijo fallece. El hecho de que vos también – al igual que Nina – hayas surgido de ese mundo extraño y lleno de terroristas, asesinos en masa, fanáticos y traidores, no creés sume muchos puntos, pero es la verdad. No vas a mentir, porque no tenés motivos: vos y Tony trabajan juntos, Nina trabajaba con él. Vos no sos una arpía que va a apuñalarlo por la espalda, y Nina sí lo era. Ahí está la gran diferencia. Vos lo amás, Nina no lo amaba. Eso tendría que bastar, ¿no?
"¿Él es tu jefe?" Eva continúa el interrogatorio, con cautela, pretendiendo ser simpática, agradable y simplemente curiosa.
"Sí: él es el director de la unidad y yo soy la segunda en comando" confirmás, con la voz extrañamente relajada.
"¿Y se conocen hace mucho?"
"Casi un año" Tony interviene con firmeza, queriendo dar a entender que el juego de las preguntas no va a extenderse por mucho más "Y dos segundos después de conocerla ya estaba perdidamente enamorado de ella"
"¿Cuántos años tenés, Michelle?" inquiere Gabrielle, con sumo interés.
Ya sabés qué viene ahora: lo mismo que pasa cada vez que le decís a alguien tu edad. Vos vas a contestar "veinticuatro". Ellos van a poner los ojos grandes como platos y sus bocas van a formar una pequeña letra 'O' en expresión de sorpresa, y luego van a decir algo así como que lucís mucho más madura, mucho más mayor, como una mujer cercana a los treinta, que nunca se hubieran imaginado que ni siquiera llegabas a los veinticinco, que das la impresión de ser mucho más adulta que la mayoría de las chicas a tu edad... Estás acostumbrada, es la clase de reacción que despertás en todos desde siempre: siempre cargaste en tus hombros las responsabilidades de los adultos, tuviste una vida difícil, no fuiste mimada ni consentida, no tuviste un papá o una mamá de los que depender, te convertiste en independiente siendo muy pequeñita. Eso debe haberte afectado de tal modo que envejeciste por fuera, te transformarte en una mujer adulta demasiado rápido, entonces no puede verse lo realmente joven que sos.
Es que vos querías ser adulta, cuando eras chica. Vos querías pertenecer al mundo de los adultos, cuando eras la nena flacucha de mejillas regordetas y ojos asiáticos a la que nadie quería, con la que nadie jugaba, a la que todos cargaban, la que no tenía amigos y se sentía sola, la que se sentaba en el patio a la hora del recreo y leía libros o dibujaba aguantando las lágrimas para no llorar porque todos la dejaban de lado. Querías ser adulta porque entonces no tendrías que ir a la escuela, donde te hacían sentir menos, inferior, tonta, fea. Querías ser adulta porque pensabas que entonces todo dolería menos, sin imaginarte que hay heridas tan profundas que uno las lleva toda la vida consigo, con las cuales se aprende a lidiar pero que no desaparecen, que son parte de lo que hace al alma para siempre.
Desde chica tu comportamiento fue el de un adulto, y eso sólo se intensificó cuando entraste a la adolescencia y fuiste a la universidad antes de tiempo. Eso sólo se intensificó cuando entraste a trabajar para el gobierno y comenzaste a ascender gracias a tu inteligencia y tus brillantes capacidades (y tu adicción a pasar horas y horas concentrada en eso para evitar caer en pensamientos relacionados a lo sola y triste que estabas). Desde chica tu comportamiento fue el de un adulto: un adulto triste, angustiado y abandonado.
"Tengo veinticuatro años" respondés finalmente.
"Hay una diferencia de edad importante entre mi hermano y vos" comenta Eva, mientras agrega a su taza de humeante café dos cucharadas de azúcar. Sigue hablando, revolviendo despacio con la cuchara de reluciente plata para que el líquido se endulce.
"Diez años" interviene Gabrielle, como si estuviera aportando un descubrimiento impresionante que los demás jamás hubieran podido figurar "Bastante" agrega luego, con los labios fruncidos en una mueca que no sabés (y honestamente tampoco querés) descifrar.
Sí, es verdad, sos diez años menor. Él, obviamente, es diez años mayor. ¿Cuál es el problema? No es por creerte mejor que otros, pero sos muy madura para tu edad. Viviste desde que eras una beba los golpes duros del destino, las trabas que pueden aparecer en el camino, y eso hizo que tuvieras que crecer prematuramente. Con tu trabajo, a diario seguís exponiéndote a la maldad de aquellos que no merecen ser llamados seres humanos, quienes matan a otros para defender una causa o idea en la que creen pero que sólo trae desastres, tragedia, muerte, miseria; entraste a ese mundo siendo joven, y fuiste escalando dentro de él, hasta llegar a la posición en la que estás ahora (que no muchos pueden decir haber alcanzado a los veinticuatro años), y eso definitivamente contribuye de manera significante a que en tus ojos haya otra mirada, tus rasgos están surcados por líneas que fueron dejando las lágrimas derramadas, tu sonrisa tiene ese aire nostálgico y cargado de angustia que nunca va a irse… Sos consciente de ello: no lucís tan joven como en realidad sos. Tu fecha de nacimiento marca una cosa, pero por dentro tu alma es la de alguien que ha visto mucho, oído mucho, luchado mucho, sufrido mucho, sollozado mucho, mucho más de lo que otros en setenta u ochenta largos años de vida. Eso te hace parecer mayor. Y según Tony, eso te convierte en alguien mucho más sabia, pero esa es su opinión, no la tuya.
Entendés la sorpresa que expresa la mayoría cuando les decís tu edad, porque se imaginan que rondás los treinta, incluso una vez tu vecina te dijo que creía tenías entre treinta y dos y treinta y cinco. Y lo entendés perfectamente. Lo que no lográs entender es por qué de pronto es por qué habrían de importar diez años de diferencia entre él y vos. Es un problema de ustedes, no de ellos. Pensás a menudo (bueno, ahora no tanto, pero antes sí, incluso durante el tiempo en el que estar juntos era sólo una fantasía con la que jugabas en tu cabeza) en lo que la diferencia de edad significa, y como dijo él, lo único que cambia es que va a necesitar audífonos antes que vos, y lo cierto es que intentás no reflexionas demasiado sobre detalles estúpidos como que cuando tengas cuarenta él va a tener cincuenta, porque eso está en el futuro, no ahora, y si hay algo que aprendiste con Tony es vivir el momento y disfrutarlo como se presenta en lugar de obsesionarse respecto a lo que vaya a acontecer después. Si a ustedes dos no les molesta la diferencia de edad, si para ustedes no significa más que un número, si se entienden, conectan y sintonizan como si hubieran sido hechos a medida (y es que sospechás que fueron hechos a medida, que vos fuiste hecha para él y que a él lo hicieron para vos, para encajar el uno con el otro, para formar juntos un todo, para sentirse completos y enteros sólo con el otro, para que tus dedos llenen perfectamente el espacio entre los suyos), ¿entonces por qué habría de molestarle a su familia? Diez años es mucho tiempo, es una diferencia grande, lo sabés, pero no te importa, y a él tampoco, porque el amor no conoce sobre edades.
"Cuando vos estabas jugando a la pelota" apunta Gabrielle, señalando a Tony con un leve gesto de la cabeza "Michelle era una bebé".
Otra gran obviedad. No querés tener pensamientos amargos hacia su familia porque él los ama y te gustaría llevarte bien con ellos y demostrarles que vale la pena conocerte, pero no creés que Gabrielle sea tan brillante como Martina o Tony. Y si lo es, entonces lo tiene bien disimulado.
Basta, Michelle, no pienses así. Eso es ser pre juiciosa. Y a vos no te gustan los prejuicios. No hagas lo que no te gusta que te hagan. No les hagas a ellos lo mismo que ellos están haciéndote a vos.
Rápidamente sacudiste esa idea para que se fuera, al tiempo que oías a Tony contestar:
"Michelle es brillante, madura, inteligente, divertida, dulce, y lo más importante es que me hace feliz y le da sentido a mi vida. No importa que yo sea diez o veinte años mayor, así como no me importaría ser diez o veinte años menor" su tono de voz indica que no tiene ganas de ponerse a discutir, que le parece estúpido que lo cuestionen sobre eso, y podés ver en sus ojos por el rabillo de los tuyos que en realidad él no quiere estar ahí, que él quiere estar solo, llorando la muerte de su abuela, desahogándose, descargándose, sacando afuera todo eso que tiene embotellado adentro y que lo lastima, que se acumula en su pecho así como las emociones que a vos te carcomen se acumulan en el tuyo y te impiden respirar.
Sus hermanas captan el mensaje, y casi podés ver en su lenguaje corporal cómo bajan uno o dos o hasta quizá tres decibeles y deciden dejar de hostigarte con preguntas que lejos están de nacer desde el centro de su humana curiosidad. Él no quiere que te molesten, pero no tiene las fuerzas necesarias para defenderte, y pensar en que no puede defenderte lo frustra y lo pone nervioso (vos te sentirías igual de nerviosa y frustrada); es evidente que sus hermanas no tienen interés en conocerte, más bien están picándote como si fueran cuervos (al menos Eva y Gabrielle lo están, porque Fiona y Martina se mantuvieron fuera de la conversación), y él les dejó en claro con la determinación en su voz que les conviene no cruzar ningún límite que no deban. Suponés que eso no va a ser suficiente para mantenerlas a raya, porque deben estar decididas a averiguar todo sobre vos y asegurarse de que no vas a jugar con el corazón de su hermano para luego desecharlo en caso de aburrirte: ya van a agarrarte en otra oportunidad, de eso estás segura. Pero al menos por el momento van a desistir de seguir disecándote a ver qué encuentran (claro, si supieras cómo van a torturarte después, preferirías sin duda alguna unas preguntas más ahora y no otras técnicas de tormento luego).
El resto de las conversaciones acaban convirtiéndose en una sola centrada mayormente en los detalles y arreglos para el funeral de Rosa, que será la mañana del día siguiente, el entierro, y luego una reunión privada en la casa de la familia a la que sólo asistirán amigos íntimos y muy cercanos.
"Elegimos rosas blancas y amarillas para los arreglos florales; eran las favoritas de la abuela" los ojos de Alejandro están abnegados de lágrimas que él se rehúsa a dejar caer. Lágrimas que reflejan su honda, profunda, terrible, infinita tristeza que se mezcla con el alivio de saber que al menos su madre ya no sufre en donde sea que esté ahora, a donde sea que haya ido; no es más una víctima del olvido de los seres que amaba, no es más una víctima del dolor.
Te sentís una intrusa, honestamente, como si sobraras. Como si fueras una molestia. O un escombro. O una sombra. O un fantasma. O un ente invisible. Sentís que estás observando una escena que no te pertenece, una escena a la que no pertenecés, porque no sos parte de esa familia. Sos una parte de Tony, su otra mitad (su mejor mitad, según él), sos tan de él como él es tuyo, pero eso no quiere decir que seas parte de su familia. No te aceptaron todavía, y la verdad es que hubiera sido un milagro que te aceptaran enseguida, hubiera sido un milagro que te recibieran con abrazos y calidez. Hay algo de lo que te diste cuenta, y es que la familia amorosa que imaginabas basándote en las cosas que Tony te decía, sólo es amorosa y amable con aquellos que pertenecen a ella, pero reacciona fría y hostilmente al sentirse invadida por alguien de afuera, por alguien que no debería tratar de entrar al círculo íntimo. Y a vos, obviamente, te ven como una intrusa, una invasora, incluso deben creer que sos otra amenaza para el pobre corazón de Tony que ya tanto sufrió al enterarse de que Nina había estado usándolo para concretar sus macabros planes teñidos de sangre. Lo único que te recuerda que existís, que no sos un fantasma, que no sos un espectador que observa desde afuera, lo único que te recuerda que vos estás dentro de ese cuadro, es el calor que se forma entre la palma de tu mano y la palma de su mano que están agarradas debajo de la mesa, y sus dedos llenando el espacio entre tus dedos, las pulsaciones de su corazón latiendo en su muñeca contra las del tuyo, que responden a las de él como si tuvieran un lenguaje propio, secreto y carente de palabras para comunicarse, para hablarse sin emitir sonido perceptible por los oídos de los otros. Eso te recuerda constantemente que estás ahí, que pertenecés ahí porque él pertenece: quizá para los otros seas una intrusa, pero Tony te necesita con él, a su lado, y no vas a ir a ninguna parte.
Pensás en él cada minuto, él es en lo que pensás cada minuto, en él y en nadie más.
Cerca de la diez de la mañana las fuentes con comida están prácticamente vacías, también lo están las tazas, la cafetera, la tetera y la jarra del jugo de naranja.
Naturalmente el nudo en la garganta y el llanto acumulado en el pecho hubieran impedido que comieras (sobre todo porque también tenías el estómago contraído en un puño), sin embargo Tony se encargó de que te sirvieras al menos dos panqueques y te untó dos tostadas con mermelada y manteca para asegurarse de que a pesar de tus nervios estuvieras con la panza llena y los niveles de azúcar altos. Te encante que te cuide, y no podés creer que te ame tanto como para seguir ocupándose de vos como nunca antes nadie se ocupó, incluso cuando está triste, fulminado, abatido, destrozado, con el alma hecha pedazos, combatiendo contra la hostilidad de su familia hacia vos, pero principalmente combatiendo contra su terrible y hondo dolor.
Su madre, al notar que ya todos estabas satisfechos y que prácticamente quedan las migajas, comienza a levantar la mesa con ayuda de Gabrielle. Te gustaría ayudar, pero tu timidez te impide levantarte y comenzar a juntar la vajilla para llevarla al fregadero.
Respirás hondo y en un arrebato súbito de valentía decís, tan calmada como podés, mientras las hermanas de Tony y sus cuñados están de vuelta conversando entre ellos:
"Señora Almeida, ¿quiere que la ayude con los platos?"
Ana se voltea despacio, y te mira. Es una mirada tan profunda como la de Tony, sólo que no te da la impresión de que esté leyendo tu alma, más bien te da la impresión de que está escudriñándote meticulosamente, con especial cuidado y atención.
"No, querida, gracias, no hace falta" la contestación fue en una tono de voz suave y casi dulce, pero si ese tono de voz hubiera sido miel, probablemente habría estado envenenada. El 'querida' te sonó demasiado forzado, y la sonrisa que te dedicó parecía natural, pero no le brillaban los ojos como cuando uno sonríe con ganas.
Antes de que el silencio se vuelva demasiado incómodo y tenso, uno de los cuñados de Tony, el marido de Eva, John (muy alto, de cabello negro azabache corto, ojos de un verde intenso parecido al de las esmeraldas, piel trigueña que evidencia sus orígenes latinos y dentadura tan blanca que resalta entre sus facciones de piel tostada), pregunta sin dirigirse a nadie en particular:
"¿Cuáles son los planes generales para el día de hoy?"
"Hay algunos detalles que quedan por ultimar. Estaba pensando que quizá podrían ayudarme con los preparativos para el funeral" Alejandro tiene la voz tomada otra vez, embargada de emoción, pero se mantiene compuesto; definitivamente Tony es fuerte porque su padre lo es, incluso cuando destrozado. Y al igual que Tony, su padre se refugia en los que ama para mantenerse en pie "Es decir, nosotros cinco" agrega, mirando a su hijo y a sus cuatro yernos "Tengo que ir a la florería, y a hacer otros trámites" notás que traga con dificultad "Significaría mucho que me acompañaran" mira a John, a Kiefer, a Fernando y a Andrés "Ustedes son como mis hijos"
"Estamos con usted, Alejandro"
Las palabras nacen de Fernando, el marido de Gabrielle, un hombre con físico atlético que debe rondar los cuarenta años, cuya piel tiene un tono dorado, su cabello es de un rubio oscuro similar al de los trigales en la primavera cortado al estilo Beatle, tiene ojos color café y una nariz alargada y sobresaliente que es, sin duda alguna, su rasgo más característico.
"Puede contar con nosotros para lo que necesite" asegura Andrés, el marido de Fiona, un muchacho delgado que no debe pasar los treinta y cinco, alto, de piel blanca y cabello color marrón oscuro prolijamente cortado como el de Tony, ojos castaños y brillantes y labios finos pero largos. No es tan atractivo como Fernando o John, pero la forma en que su brazo rodea la cintura de Fiona – queriendo protegerla, contenerla, darle ánimo y ayudarla a pasar este momento de tristeza luego de la pérdida de su abuela, te resulta dulce. Es una de esas personas en las que podés ver claramente las emociones, y es evidente que está muy enamorado de su esposa, tan enamorado como se nota ella está de él. Si esto fuera un guerra, definitivamente te gustaría tener a Fiona y a Andrés de aliados, porque algo acerca de ellos, la forma en que encajan uno en los brazos del otro, la forma en que parecen estar conectados y sincronizados, te recuerda mucho a Tony y a vos.
"Por supuesto, Alejandro" asiente Kiefer, el novio de Martina, con una mezcla de cariño y respeto "Nosotros lo consideramos a usted como un padre, y considerábamos a Rosa nuestra abuela"
Kiefer te llama especialmente la atención, quizá porque los dos son cercanos en edad, pero no lo parecen en absoluto. Él debe rondar los veinticuatro años, y vos los cumpliste hace tres meses. Si los pusieran a uno al lado del otro y le preguntaran a alguien que no los conoce, a cualquier persona de entre el montón, cuántos años dirían que tienen, estás segura de que a vos te tomarían por una mujer de treinta, y a él por un muchacho de unos veintiséis o veintisiete. Tiene una mirada inteligente detrás de sus ojos de un tono gris, cabello claro, una postura adulta como la de Martina, la apariencia de ser bastante intelectual y maduro para su edad.
Notás que Alejandro está mirando a Tony, esperando a que éste le dé el mismo apoyo que mostraron sus yernos, que le diga que va a acompañarlo y que va a estar ahí con él a todo momento. Sabés que Tony quiere estar con su padre y ayudarlo aún cuando por dentro se muere de dolor, aún cuando lo que más necesita es desaparecer por un rato y llorar hasta sentir un alivio un poco más profundo. Sabés que Tony haría el sobrehumano esfuerzo de aguantar la angustia y mantenerse compuesto por su padre. El motivo por el cual está dubitativo es que no quiere dejarte sola. Irse con su padre y sus cuñados durante el resto de la mañana para ultimar detalles significaría dejarte sola, o – mejor dicho – con sus hermanas y su madre, de las cuales hasta ahora sólo dos parecen haberte aceptado bien.
Martina percibe de inmediato la situación e interviene:
"Lamento tener que hablar de trabajo en este momento" no sabés si finge estar compungida o si realmente lo está, porque lo cierto es que tanto el brillo en sus ojos como su gesto son convincentes ", pero tengo asuntos de trabajo que atender urgentemente antes del lunes. Necesitaría ir al centro a sacar fotocopias y enviar algunos faxes, y necesito a alguien que me dicte unas notas para pasarlas a mi computadora. Ya que Kiefer y Anthony van a salir con papá, ¿quizá quieras acompañarme Michelle?" propone "Me vendría bien alguien ágil para poder terminar rápido, y no quiero molestar a ninguna de mis hermanas. Si no te molesta, por supuesto, ¿podrías ayudarme?"
No te pasa desapercibida la mirada mordaz que le echa su madre porque está siendo amable con vos, aunque es una mirada bastante disimulada. Tampoco te pasa desapercibido que está haciéndolo obviamente porque quiere darle a Tony la tranquilidad de que vas a estar con alguien que va a tratarte bien y que no vas a quedarte sola en esa casa con gente desconocida a la que no le caíste muy en gracia, sin la protección que él te brinda. Martina Almeida no parece de aquellas que piden ayuda para hacer las cosas, es definitivamente como vos: le gusta ocuparse de todo sola para que salga perfecto. Sin embargo, está usándolo de excusa para llevarte a tomar aire fresco, y definitivamente lo necesitás.
"Volveríamos para la hora del almuerzo" se apresura a agregar al ver que vos no decís nada, como para llenar el vacío con palabras e impedir que se asiente otra vez el silencio "No va a llevarnos más que dos horas"
"Yo no… tengo problema" contestás.
"Hija, si tenés asuntos de trabajo, debés atenderlos" Alejandro le dice, comprensivo "Además van a ser sólo unas horas"
Y antes de que alguien pueda agregar algo (mejor dicho: antes de que su madre pueda agregar algo), Martina se pone de pie:
"Bueno, entonces va a ser mejor que me saque los temas de trabajo de encima en cuanto antes. Mañana va a ser un día difícil y no quiero tener que sentarme a revisar papeles y leer apuntes. Nosotras ya nos vamos" agrega, señalándote con un gesto de la cabeza.
No sabés si darle a Tony o no un beso de despedida en la mejilla, porque no te sentirías cómoda con todos mirándolos, y tampoco creés que a su mamá vaya a hacerle gracia, honestamente. Es él quien se levanta al tiempo que vos y deja que sus labios rocen despacio tu mejilla, con sus dedos y los tuyos aún entrelazados, como si se negaran a soltar la mano del otro, como si quisieran seguir conectados.
"No te preocupes, Anthony: tu hermana va a cuidar bien de ella" no sabés qué dijo Ana, pero captás un dejo de sarcasmo, y por la expresión en el rostro de Tony, definitivamente no dijo nada agradable.
Se te tensa el estómago otra vez, y te arrepentís de haber desayunado tan abundantemente, porque no confiás en que los nervios no te traicionen dentro de un rato, y vomitar sería realmente patético y embarazoso, además de que te haría parecer tonta y débil.
"Nos vemos más tarde" susurrás.
"Nos vemos más tarde" te da un beso en la frente. Al parecer no le importa demostrar cuánto te ama delante de su familia, incluso si la mayoría de ellos parece tener un problema con aquello, otros son totalmente indiferentes y sólo dos personas parecen tener cierta estima hacia vos "Te voy a extrañar" agrega en un murmullo.
Sonreís débilmente.
"Mamá, me llevo tu auto" Martina anuncia, tomando un juego de llaves de la mesada de la cocina. ¿Te parece a vos o es una actitud casi desafiante la de la jovencita? "El Lamborghini es precioso, pero prefiero conducir algo más sencillo"
Antes de que puedas decir algo para despedirte de los demás, que al parecer han vuelto cada uno a sumirse en sus conversaciones con los otros, captás los ojos de Tony otra vez, antes de que él voltee la cabeza para contestar a algo que John está comentándole. Ves en sus ojos miles de millones de emociones agridulces, ves en sus ojos brillando las lágrimas que se niegan a caer, ves el cansancio, ves el amor que siente por vos, ves sus ganas de cuidarte, ves absolutamente cada pedacito de su alma.
"Vamos, Michelle" te apremia Martina, tirando apenas de tu manga "Voy a darte un abrigo mío, o te vas a congelar" la escuchás decir mientras las dos entran a la sala, cerrando la puerta de la cocina detrás de ustedes.
En tu boca hay una sensación agridulce, mezcla del sabor que dejó el dulce de leche que comiste con los panqueques y el llanto que venís acumulando.
En el futuro, cuando recuerdes esta mañana, vas a recordarla como una sucesión de momentos agridulces.
Martina condujo en silencio durante unos diez minutos hasta que llegaron a una agradable confitería a escasas cuadras de la casa de los padres de Tony, en el centro del barrio residencial. Ninguna de las dos habló, probablemente porque ambas apreciarían algo de silencio, y además porque no era incómoda estar calladas en la compañía de la otra. Además, estás segura de que Martina no habla por hablar.
"No vamos a ir a la confitería" te advierte cuando ponés un gesto de sorpresa al ver que pasan la puerta "Vamos a ir a la parte de atrás. Hay unas mesitas muy lindas que dan a una zona arbolada, es muy bonito. No hace falta que ordenemos nada, conozco a los dueños. Muchas veces voy y me siento ahí para pensar o reflexionar, o para escribir"
Honestamente, no hubieras podido beber una gota más de café ni comer un bocado más, así que te parece bien simplemente sentarse bajo el sol en esa fría mañana.
Minutos después de acomodarse cada una en una hermosa silla de mimbre en torno a una mesita circular del mismo material, la increpás:
"En realidad no necesitás ayuda"
"No" admite enseguida sin ningún problema.
"No tenés trabajo que hacer"
"Tengo trabajo que hacer, pero puedo hacerlo sola, y de noche. De noche me concentro más. No necesito ayuda. La que necesita ayuda acá sos vos, Michelle" sonríe, y es una sonrisa genuina, agradable.
"Gracias por evitar que tuviera que quedarme en casa con tu mamá y tus hermanas. Al parecer a ellas no les gusto mucho"
"Michelle, a mi mamá ninguna mujer la parece suficiente para Tony. Es el último hijo varón que le queda. Ya perdió a Christian, y a Ricardo, el hermano al que no conocí" te gustaría poder decir algo, pero no sabés qué; de todos modos, la velocidad a la que va Martina te impediría poder agregar algo en el medio sin interrumpirla "A mi mamá nadie va a caerle bien, nunca" sus palabras son como un martillazo en la cabeza, como si estuviera condenándote a ser odiada por siempre por la mujer que le dio vida al hombre al que amás "Mi papá también tiene ciertas em… expectativas…"
Cuando esa palabra aparece la interrumpís.
"¿Qué clase de expectativas?"
"Voy a ser honesta. El problema va más allá de que seas más joven que él, va más allá de que tengan miedo de que vuelva a ocurrir algo similar a lo que ocurrió con Nina, va más allá de que teman que puedas destrozarle el corazón, va más allá de que perteneces al mundo de la CTU, un mundo que a mis padres no les gusta en lo mínimo"
Si ése no es el problema… ¿entonces cuál es?
"Michelle" Martina suspira, y aunque tenés la sensación de que no se siente cómoda diciéndote eso, te sostiene la mirada y te habla con cruda honestidad "La mamá de mi novio es de origen latino. John es hijo de un mexicano y una venezolana. Andrés es hijo de españoles que durante años vivieron en Argentina antes de mudarse a Estados Unidos. Fernando es hijo de un argentino y una mexicana. Teresa, la viuda de Christian, es de origen mexicano. Somos una familia de latinos" aclara, como si hiciera falta.
Y ahí entendés.
Y ahí te golpe, como si te estuvieran dando con una masa en el cerebro.
Y ahí te das cuenta.
Qué tonta que fuiste, cómo no te diste cuenta.
Ahí lo comprendés.
Vos sos mitad japonesa, mitad europea.
Vos no sos latina.
No podrías nunca encajar en esa familia.
Nunca.
No sos latina.
No sos parte de ese círculo íntimo.
No cumplís las condiciones para formar parte de ese círculo íntimo.
No tenés la piel trigueña, los ojos cálidos, no tenés genes latinos corriendo por tus venas.
Sos mitad japonesa, mitad europea, nacida en Estados Unidos. Es imposible que encajes en esa familia, imposible, o al menos así deben verlo ellos.
Martina sigue hablando, pero la escuchás como si su voz viniera de lejos, de muy lejos, como si llegara a vos desde el otro extremo de un túnel muy largo y muy oscuro. El corazón te late desaforado en el pecho, sentís las pulsaciones en las muñecas, te empiezan a zumbar los oídos, y de repente quisieras tener a Tony abrazándote más que nunca, prometiéndote que él no se fija en tu raza, si no en lo que llevás dentro en el alma, que él te ve con los ojos de su alma.
"Mis padres no tienen nada contra los japoneses" se apresura "Ni contra los rusos, o los judíos, o los italianos, en lo absoluto. De hecho, mi mamá tiene amigas de varias nacionalidades, es amiga de muchas otras pianistas de distintas partes del mundo"
¿Por qué te habla de pianistas extranjeras cuando vos sentís el mundo hundiéndose bajo tus pies?
"No tienen nada contra otras razas o culturas. Pero respetan profundamente nuestra cultura, y creen que nosotros los descendientes de latinos debemos casarnos con otros descendientes de latinos, para preservar las raíces y los orígenes" una pequeña pausa. Te mira casi con tristeza, pero tus ojos ya no ven: están dados vuelta hacia adentro, en tu intento por bloquear el mundo y contener el dolor y no largarte a llorar como una estúpida.
Nunca te van a aceptar.
Hagas lo que hagas.
Ellos querían otra cosa.
Ellos esperaban otra cosa para su hijo.
Ellos quieren otra cosa para su hijo.
Algo que vos no sos.
Algo que nunca vas a poder ser.
"A mi hermano esto no le importa, porque él te ama. Honestamente, a mi tampoco me importa. Pero a mis padres va a costar habituarse a la idea de que… Bueno, ellos esto lo sienten como una invasión" está explicándotelo con el mismo tono de voz usarías vos para explicárselo a una criatura de cinco años "Los tomó de sorpresa. Va a costarles habituarse… Michelle, si realmente amás a mi hermano…"
No la dejás terminar.
Pueden cuestionar lo que sea, lo que se les ocurra, todo, menos tu amor por él.
"Tu hermano es el único pensamiento que tengo en la cabeza cada minuto, cada segundo de mi vida. Es lo único en lo que pienso. Cada minuto de mi vida, pienso en él. Estoy tan enamorada de él que caminaría sobre fuego si hace falta con tal de mostrar cuánto lo amo. Me moriría si hace falta" extrañamente largar todos estos sentimientos delante de ella te resulta fácil, quizá porque necesitás probarle que estás hablando en serio y entonces no podés perder el tiempo sonrojándote y sintiéndote nerviosa "No voy a dejarlo simplemente porque no lleno las expectativas de tus padres" le asegurás, con una resolución que de pronto te ataca por dentro y que es terriblemente abrumadora "Voy a luchar hasta que entiendan que nos amamos, y que no pueden cambiar eso. Y sé que tu hermano te contestaría exactamente lo mismo si estuvieras teniendo esta conversación con él"
"Mi hermano ya me contestó eso" es su respuesta.
Las dos se quedan en silencio, sin decir nada.
No sabés qué te espera por delante, pero sea lo que sea, sabés que vas a tener que luchar, muchísimo.
Estás dispuesta a hacerlo.
No hay nada que no harías por él.
El sabor agridulce se convierte en agrio, pero en cuanto pensás en las palabras de Martina, la dulzura vuelve a inundar tu boca:
Mi hermano ya me contestó eso.
Si él está dispuesto a luchar, vos estás dispuesta a luchar. Cada minuto de cada día, él es tu pensamiento más profundo, es en él en lo que pensás, y si él está dispuesto a probarles que se aman más allá de cualquier cosa, más allá de cualquier expectativa, más allá de todo, entonces que te hagan lo que quieran: vos no vas a desistir.
Pasan la siguiente hora y media sumidas en un silencio que con cada segundo que pasa se vuelve más y más calmo. Te sirve para reflexionar muchas cosas, para meditar muchas cosas, para formar muchas ideas, para tranquilizarte, para recobrar fuerzas, para dominar el llanto, para prepararte para enfrentarte a lo que sea. Agradecés la compañía de Martina, quien también parece estar sumida en sus propios pensamientos, agradecés su sinceridad, y el espacio que te da para que puedas procesar lo que te dijo.
"Michelle, deberíamos irnos" anuncia cerca de las doce del mediodía.
Ya de nuevo en el auto, te dirigís a ella:
"Gracias por haber sido honesta conmigo. Ahora sé a lo que me atengo"
No, Michelle, no sabés a lo que te atenés. No te das una idea.
El reloj marca las dos con quince minutos de una mañana agridulce que va llegando a su fin cuando respirás hondo, decidida firmemente a ir hasta el mismísimo infierno a venderle tu alma al diablo, si eso es lo que hace falta para que su familia comprenda que lo amás lo suficiente como para soportar cada maldad que te hagan.
Y es que van a hacerte muchas maldades.
Pero vos llegarías al extremo de venderle el alma al diablo con tal de estar con el hombre en el que pensás cada minuto de cada día de tu vida.
