Y sé que nunca se me va a olvidar tu voz,

Aunque pierda la memoria.

Ver a tu papá destrozado es nocivo, sobre todo en esta circunstancia en la que vos también estás destrozado, pero sabías lo importante que era para él tener tu compañía mientras acababa de ultimar los detalles para decir adiós a su madre por última vez, sabías lo mucho que valoraría que estuvieras ahí a su lado, incluso si hizo falta que te esforzaras con cada fibra de tu ser para mantenerte compuesto y firme. Acaba de perder a su mamá luego de una larga lucha contra una enfermedad que la destrozó hasta tal punto que dejó de recordarlo a él y a toda su familia, y necesita tanto consuelo como sea posible, especialmente porque no quiere quebrarse, y ese consuelo él lo encuentra en los que ama: en sus hijos, en su esposa, en sus nietos. Consuelo para seguir en pie, fuerzas de las cuales servirse para no desmoronarse, apoyo para no caer hecho añicos y mostrarse débil, vulnerable y desprotegido ante la angustia.

Él, delante de sus yernos, delante de sus nietos, delante de sus hijos, va a mostrarse simplemente nostálgico y con los ojos humedecidos, pero no va a ir más allá de eso. Va a estar muchísimo más callado – lo sabés porque lo conocés: cuando algo lo afecta se vuelve distante -, con el semblante pensativo y reflexivo, con aspecto calmo, con un aire de serenidad envolviéndolo, en paz, como quien cansado y con el cuerpo un poco adolorido después de un largo recorrido contempla un lluvioso día gris disfrutando del silencio.

En eso tú papá y vos se parecen mucho: son pocas las personas delante de las cuales se quebrarían y expresarían todo el dolor que llevan dentro, todo el dolor que los carcome, todo el dolor que los devora, todo el dolor que los araña hasta llegar a los huesos. Son pocas las personas delante de las que dejarían de actuar como hombres que pueden sobreponerse a todo, luchar contra todo, afrontarlo todo, enfrentarse a todo, lidiar con todo, para mostrarse frágiles y asustados.

Sí, en eso tu papá y vos se parecen mucho: son pocos aquellos ante los cual expondrían sus heridas, sus temores, son pocos aquellos ante los cuales sollozarían desesperados, son pocos aquellos ante los que se permitirían aflojar.

También sabés que cuando llore, cuando se quiebre, cuando muestre debilidad y vulnerabilidad, cuando exprese realmente lo que ahora resquebraja su alma, cundo hable de sus miedos y temores, cuando ya no sea nostalgia lo que tiñe los recuerdos sino ése sabor amargo que uno piensa jamás se irá de la boca, cuando exponga a la luz sus heridas, será estando a solas con tu mamá, con la mujer que ama; la que mejor lo conoce; la que comparte con él cada aspecto de su vida desde que los dos eran jovencitos llenos de sueños y aspiraciones; la que lo ha visto pasar por cada obstáculo que el destino le arrojó; la que lo ha visto sortear todas las vallas; aquella en cuyo hombro puede apoyar la cabeza, cerrar los ojos y saber que – a pesar de todo – está y estará siempre a salvo en sus brazos; aquella que conoce cada rincón de su corazón y su alma y puede sanarlos; aquella que va a escucharlo con paciencia y tendrá las palabras correctas para decirle; aquella que por nada del mundo lo abandonaría a su suerte.

Vos, al igual que él, estás luchando por permanecer en pie, por no derrumbarte, por no sucumbir a las ganas de gritar en frustración, angustia y miedo. Porque vos, al igual que él, estás esperando a que llegue la noche para quedarte a solas con ella, con la única que te hace sentir seguro y a salvo incluso cuando el mundo se cae a pedazos a tu alrededor, la única que te entiende como nadie más lo hace, la que pasaría horas enteras secando tus lágrimas con sus caricias, tu alma gemela, tu otra mitad, la que sufre cuando vos sufrís, la que siente en carne propia lo que vos sentís.

Sí, tú papá y vos se parecen mucho: los muros levantados para protegerse del resto del mundo y evitar que los vean sucumbir a emociones fuertes pueden ser sólo derribados por la mujer a la que aman.

Sin embargo, en este caso hay una diferencia entre él y vos: su dolor es enorme, inmenso, infinito e inimaginable, pero lo tiñe el alivio, un alivio que envuelve su alma adolorida y lo tranquiliza. Un alivio que vos no sentís, porque tu dolor está teñido con culpa, remordimiento, arrepentimiento y un miedo incontenible que germina dentro tuyo y se extiende con cada segundo que pasa, un miedo en el que nunca antes habías reparado: miedo al olvido, miedo a olvidar, miedo a que te olviden.

A su dolor lo envuelve el alivio, y ése alivio trae algo de consuelo. Pero en tu caso el alivio ha quedado fuera de la ecuación, y por ende también afuera de la ecuación ha quedado el consuelo.

Tu papá no abandonó a tu abuela, no se alejó de ella para proteger su corazón astillado cuando la memoria se fue de su cabeza abruptamente y olvidó a su hijo, a sus nietos, al que había sido su marido, a su nuera, a sus amigas, a sus seres amados, a los momentos compartidos, a las anécdotas, a los recuerdos hermosos, a las risas, a las miradas, a las promesas, a sus sueños, a sus esperanzas, a todo lo que había formado parte de su vida. Tu papá estuvo con ella, hablándole aun cuando no entendía, explicándole las cosas cuando era necesario hacer un gran esfuerzo para que las comprendiera, conversando con ella aún si recibía frases extrañas o descolocadas o tan solo un sordo silencio como respuesta, recordándole que la amaba, cuidándola, demostrándole que el amor de un hijo por una madre supera todo, incluso el olvido, demostrándole que el corazón y el alma no olvidan aún cuando el cerebro está consumido y no quedan en él rastros de todo lo construido en más de ochenta años, porque lo más importante es lo que se lleva grabado a fuego dentro.

Vos, por otro lado, no hiciste ninguna de esas cosas. Te dolía tanto que ella no te recordara, que no supiera tu nombre, que no supiera quién eras, que te preguntara constantemente por qué decías ser su nieto si ella en realidad no tenía nietos, que no pudiera hablar con vos como solían hablar antes cuando era tu confidente. Te dolía tanto no poder compartir tus cosas con ella, contarle sobre tus malos y largos días, escuchar sus consejos, pedirle que te guiara cuando no sabías qué decisión tomar. Te dolía tanto ver que esa mujer fuerte capaz de luchar contra todo iba consumiéndose poco a poco sin que nadie pudiera hacer nada para detenerlo. Te dolía tanto ver cómo su memoria se deterioraba hasta tal punto que su pasado y todo lo hermoso que a él había pertenecido se desdibujaba a su alrededor, te dolía tanto verla convertida en una cáscara vacía sin recuerdos de la vida que había tenido junto a sus seres queridos… El dolor era tan grande que no podías soportarlo, te quemaba el pecho, te destrozaba, te descuartizaba por dentro silenciosamente cada vez que intentabas hablar con ella, hacerla razonar, hacerla comprender, hacerla recordar. Llamarla, hacer el intento de hablar por teléfono como solían hablar – durante horas y horas – cuando aún estaba sana, y ver que no tenía ni idea de quién eras, escucharla decir incoherencias, todo eso te partía el alma. Te partía el alma de tal modo que preferiste alejarte.

La mujer que habías conocido era decidida, compuesta, amorosa, siempre lograba lo que proponía, siempre estaba dispuesta a trabajar ardua y duramente, daba los consejos más sabios, tenía una forma única de mirar el mundo, había construido un todo desde la nada, era una luchadora, un ejemplo a seguir, una persona maravillosa. Esa era tu abuela: la que te conocía mejor que nadie, con la que no tenías miedo de compartir nada, la que nunca juzgaba a nadie, la que enseñaba las mejores lecciones de vida, la que podía leer en tus ojos tus sentimientos aún si estabas intentando disfrazarlos, la que te apoyaba incondicionalmente, la que no esperaba de vos nada que no fuera que lograras alcanzar la felicidad, la que celebraba tus triunfos, la que te animaba a seguir tratando cuando te topabas con una piedra en el camino, la que era una amiga fiel.

Ésa era tu abuela, a la que adorabas, con la que te sentías seguro y cuidado. Y ella había caído en un pozo sin fondo llamado olvido: su memoria se marchitó, al principio despacio sin que nadie se percatara de ello, y luego con una rapidez asombrosa y aterradora, hasta que llegó un punto en el que no era la misma, en el que cada pedazo de su vida estaba borrado, mezclado, confuso y hundido en la oscuridad.

Y ella sufría.

Y vos sufrías. Saber que ella sufría, que estaba perdida dentro de su mundo, que estaba haciéndose añicos, sola en su olvido, sin poder recordar a los que la amaban y ella amaba, eso te partía en mil pedazos.

Ahora que ya no está, ahora que su camino en esta Tierra acabó, ahora que ya se fue a un lugar que todos dicen es mejor, ahora que ya nada puede lastimarla, ahora que ya no sufre, a vos lo único que te queda es la angustia, el dolor, la tristeza, una sensación amarga, un agujero negro en el alma que no sabés con qué llenar (sabés que nunca podrás llenarlo, porque tu abuela fue algo único en tu vida y no habrá forma de que la reemplaces, no habrá forma de que llegue el día en que no sientas su falta), un vacío emocional inmenso, ganas de gritar, ganas de romper todo lo que se cruce en tu paso, ganas de darte la cabeza contra la pared porque no se te ocurre mejor forma de expresar la frustración que te despierta haberle fallado.

Porque le fallaste. Le fallaste, a esa persona que a vos nunca te falló ni te hubiera fallado, esa persona que nunca te decepcionó ni te hubiera decepcionado, a esa persona le fallaste. Y eso te provoca una culpa y una frustración tan grandes que no caben dentro de vos. Cuando más deberías haberte mantenido firme a su lado, soportándolo todo, cuando más te necesitaba, cuando más precisaba de tu cariño y tu apoyo, cuando más precisaba de vos en ese estado de oscuridad y confusión al que la enfermedad la había arrastrado, cuando deberías haberte quedado a su lado, vos le fallaste.

Ella no te recordaba, ni a vos ni al amor que sentía por vos, pero vos sí la recordabas a ella, sí recordabas cada cosa vivida a su lado, sí recordabas a esa mujer asombrosa que una vez había sido, pero en lugar de quedarte con ella, cuidándola, hablándole a pesar de que no te entendía, siendo el nieto maravilloso que eras cuando ella estaba en condiciones de ser una abuela maravillosa, te alejaste, porque todo dolía demasiado, porque verla de ese modo te dañaba, porque no podías soportarlo, porque ella te había olvidado (esa enfermedad horrible había consumido su memoria y todo lo hermoso que había allí), porque no te recordaba, no sabía quién eras, y eso era equivalente a un millón de puñaladas directo en el corazón. Eso era equivalente a un dolor insoportable que no sabías cómo llevar, un dolor que es ínfimo comparado con el que sentís ahora.

Por eso vos no sentís alivio.

Sentís culpa.

Sentís que le fallaste.

No estuviste ahí cuando más te necesitaba, incluso si no hubiera podido recordar tu rostro o tu voz, incluso si las palabras se hubieran perdido dentro suyo sin nunca encontrar un sentido. Su corazón, su alma, eran los mismos, y ellos te hubieran sentido ahí, hubieran sentido tu amor y tu presencia, tu cariño y tu comprensión. Su corazón, su alma, ellos no te habían olvidado, porque sus mecanismos son distintos a los de la cabeza, porque el alma y el corazón no olvidan a los que aman, porque aun cuando el cerebro se consume lentamente, el corazón y el alma se aferran a los sentimientos y los protegen. No estuviste cuando ella más necesitaba sentir lo que su cabeza se negaba a entender porque la enfermedad la había reducido a cenizas de lo que alguna vez había sido cuando se hallaba en su esplendor.

No estuviste ahí, y eso es algo que nunca te vas a perdonar. Es algo con lo que vas a tener que vivir lo que te quede de existencia, haciendo peso sobre tus hombros, torturándote. Vas a tener que vivir sabiendo que le fallaste.

Deberías haberte quedado con ella, aunque había perdido la memoria.

Deberías haber seguido siendo el mismo nieto que eras antes cuando ella estaba sana, aunque había perdido la memoria.

Deberías haber insistido en hablarle, visitarla, verla, contarle tus cosas, compartir tus cosas con ella, aunque había perdido la memoria.

Pero no lo hiciste.

Te alejaste para protegerte, para no sufrir, para que no doliera, cuando la realidad es que aún habiéndote distanciado, aún habiendo dejado de llamar, aún tratando de no pensar en ello, dolía igual, lastimaba igual, latía igual, te apenaba igual.

Te alejaste para protegerte, para no sufrir, para que no doliera, y ahora que ella no está, te das cuenta que el dolor es peor. Mil veces peor. Es tan grande, tan hondo, tan intenso, tan terrible, tan profundo y tan insoportable. Es difícil de explicar la forma en que duele.

Es difícil de explicar cómo es cuando duele hasta el dolor.

Durante ese par de horas que tuviste que pasar esta mañana ayudando a tu papá a ultimar detalles (ir a buscar las rosas, llevarlas a la iglesia para que unas amigas de tu abuela hicieran los arreglos florales, sacar fotocopias de unos documentos, traer eso, llevar aquello, ir aquí, ir allá, buscar el traje en la tintorería…) la cabeza te zumbaba constantemente, y mientras los demás hablaban, hacían comentarios y se consultaban cosas entre ellos, vos tratabas de mantenerte compuesto, tratabas de no sucumbir a las ganas de llorar, tratabas de mantenerte calmo, tratabas de mantenerte en pie…

Ese par de horas en tu nudo de recuerdos siempre va a permanecer confuso y borroso, como si hubiera pasado en un sueño, como si hubiera pasado demasiado rápido, con partes sueltas e incoherentes que no se conectan entre sí, todas desordenadas, algunas con imágenes pero sin sonido, otras sólo sonoras pero negras como agujeros sin fondo, carentes de imagen.

Cuando quisiste darte cuenta ya habían emprendido el camino de vuelta a la casa para el almuerzo. Estaba sentado otra vez en el asiento del acompañante, uno de tus cuñados iba conduciendo (tenías la vista nublada de tanto aguantar las lágrimas que no recordás cuál), el silencio roto de tanto en tanto por algún comentario reinaba en el ambiente, tu estómago se retorcía nervioso y el corazón te latía demasiado rápido.

Estás a escasas cuadras de arribar ahora, y tu mente embotada recibe con frecuencia entrecortada descargas eléctricas, pensamientos que cruzan fugaces y veloces como flechas, todos ellos sobre una sola persona: Michelle.

Te preguntás cómo estará, qué habrá hecho durante esas dos horas con tu hermana, de qué habrán hablado, qué temas habrán tocado, cómo se sentirá, si ya habrá regresado, si hay algo que en tu estado deplorable puedas hacer para cuidarla y defenderla, si hay forma alguna de 'frenarle el carro' a tu mamá antes de que la pase por arriba, si hay manera de hacerle entender que tu felicidad es tuya y que nadie más puede opinar sobre el tema y que va a tener que aceptar las cosas le gusten o no, así como vos te estás viendo forzado a aceptar una realidad que no te gusta: durante años tuviste una venda en los ojos que te impedía ver muchísimas cosas sobre tu adorada familia que recién estás descubriendo ahora.

Pero sobre todo, no podés dejar de pensar en Michelle porque la extrañás. Para vos es casi una necesidad física estar cerca suyo (por eso hay veces en las que durante las horas de trabajo – en ese ambiente en el que tienen que actuar con tanta profesionalidad – te volvés loco con solo conformarte mirándola desde lejos, robándole algún que otro beso a escondidas y pretendiendo que no son más que compañeros que mantienen una relación amigable). Es una obsesión, es lo único que te mantiene cuerdo.

No podés dejar de pensar en ella porque no hay otra cosa que anheles más que estar acurrucado en sus brazos.

Es tal la confusión que tenés en la cabeza, es tal el dolor, es tal el enredo, que hasta te cuesta reaccionar cuando el coche es aparcado en el garaje de la casa de tus padres, el motor se apaga y los otros comienzan a salir de él. El cambio de paisaje – de calles, árboles, casas, jardines, rosales, a la semioscuridad de paredes grises del garaje – pasó desapercibido por vos, porque estás absolutamente compenetrado en ese mar de sentimientos y pensamientos que te agobian, que hacen que quieras gritar pero que a la vez te llevan a guardarte los gritos, que hacen que quieras golpear todo pero que a la vez te obligan a mantenerte compuesto, que sólo tienen en común un punto, que en un solo punto no son terriblemente contradictorios: necesitás de ella ahora mismo para que te calme con su sola presencia, antes de que explotes.

Con los pies como si fueran de plomo, te dirigís – siguiendo a los demás – hacia la puerta que conduce al interior de la casa. No recordás si en el garaje estaba o no el auto de tu mamá, así que seguís sin saber si Michelle y Martina regresaron.

En la cocina se encuentran tu mamá y seis de tus sobrinos, sentados en torno a la larga mesa que temprano esa mañana había estado llena de platos y fuentes con cosas para el desayuno, y que ahora está repleta de tapas para empanadas y recipientes con diferentes rellenos (jamón y queso, carne, pollo, choclo, cebolla, verdura) mientras ella y sus nietos preparan el almuerzo.

"¡Tío!" la primera en notar tu presencia es Milagros, tu sobrinita de seis años, la hija mayor de Gabrielle. Los ojitos se le iluminan, y su gritito de alegría provoca que sus primitos se percaten de que acabás de entrar.

"¡Tío!" Maggie, de ocho años, la única hija mujer de Eva, se levanta de un salto al verte y corriendo acorta el tramo que hay entre los dos, e inmediatamente después Milagros hace lo mismo. Apenas tenés tiempo de reaccionar cuando sentís sus pequeños bracitos rodeándote, abrazándote.

La siguen su hermanito menor, Rodrigo, de apenas seis años, dos de las hijas de Fiona – Udine y Catalina -, que tienen siete y cinco, y Lucas, el único varón de Gabrielle, de cuatro añitos. Y de pronto te ves rodeado por ellos, apretujándote y saludándote, con sus caritas inocentes brillando de alegría porque ven a su tío al que hacía mucho no veían, sin entender realmente por qué están todos reunidos, sin entender realmente la gravedad de lo que pasó, sin sentir dolor, sin comprender todas esas cosas que uno comprende cuando llega a la adultez, todas esas cosas que a uno lo atacan de golpe y lo mortifican y lo carcomen cuando se pertenece al mundo de los adultos.

Verlos hace que, inevitablemente, tus labios se curven en una sonrisa. Duele sonreír, duele tanto como el dolor, pero hay cosas como éstas (ser recibido con tanto afecto), momentos como estos, personitas como tus sobrinos, que corren para abrazarte y se disputan tu atención, que te entibian un poquito el alma, que traen algo de alivio.

"¡Hola!" los saludás, intentando que ellos no perciban lo destrozado que estás; te sorprende, muchas veces, como las criaturitas pueden darse cuenta de todo, intuirlo todo, y no querés que te hagan preguntas o que piensen que su tío está mal (aun cuando la realidad es que lo estás; estás triste, destrozado, hecho pedazos, extrañando a tu abuela como nunca, con la culpa devorándote de a bocados pequeños pero con efectividad).

Enseguida empiezan a hablar todos juntos, exaltados y desesperados por que los escuches:

"¡Tengo que mostrarte mi nuevo autito de carreras! ¡Es rojo y dice Ferrari!" Rodrigo te cuenta desbordando entusiasmo.

"¡Aprendí a escribir mi nombre! ¡La 'C' me sale un poco chueca, pero lo sé escribir, todas las letras!" Catalina dice orgullosa.

"¡Tío, yo ya escribir en cursiva!" Milagros presume, y sus ojos oscuros llenos de inteligencia perspicaz te recuerdan muchísimo a Martina.

"¡Tío, traje una película para que veamos juntos!" Udine anuncia con una sonrisa de oreja a oreja, y no sabés si sonríe ante la perspectiva de ver una película con su tío favorito, o si sonríe porque sabe que vas a soportar ciento veinte minutos de tortura sólo para complacerla a ella y a sus hermanitas y primitas, como hacés siempre que aparecen con un casete en la mano y la ilusión de que compartás con ellas otra historia de princesas, dragones y brujas malévolas que envenenan manzanas.

"¡Tío, me regalaron el disfraz del Hombre Araña!" grita Lucas, tratando de que su vocecita se escuche por sobre las de los demás.

"¡Tío, tengo una muñeca nueva! ¡Me encanta, es muy linda, me la regaló mamá! ¡Tiene el pelo enrulado y ojos negros muy brillantes, no es como las otras Barbies, es mucho más bonita! ¡Tenés que verla!" dice Maggie.

Todos tironean de vos, pidiendo tu atención, lo cual es gratificante y abrumador al mismo. Levantás a Catalina en brazos al tiempo que John dice, riendo mientras toma de la heladera una jarra con jugo de manzana:

"Dejen respirar al tío, Tony, chicos. Vengan" señala la mesada, donde ha puesto unos vasos de plástico ", tomen algo para refrescarse antes de seguir ayudando a la abuela a cocinar. El tío Tony va a jugar con ustedes después del almuerzo. Ahora denle un poco de espacio"

"¿Lo prometes, tío Tony?" Udine te mira sonriente "Quiero que veamos esa película, eh…" te recuerda, con una actitud un poquitito mandona, cruzándose de brazos y mirándote con cierta severidad que te resulta divertida.

"Eso, tío, lo prometiste" Milagros repite, cruzándose de brazos también, imitando a su primita mayor, y el parecido con Martina se acentúa aún más.

Una sonrisa un poco más acentuada se te dibuja en el rostro. Es una sonrisa agridulce, pero al menos es una sonrisa, ¿no? Y en este momento sonreír cuesta tanto… Con este dolor dentro de vos sonreír parece tan difícil, que sólo existen dos cosas que pueden lograr que te salga natural: Michelle y, te das cuenta ahora que los tenés en frente tuyo abrazándote y saludándote con tanta alegría, tus sobrinitos (aunque el efecto terapéutico de Michelle, nada puede igualarlo).

Todavía te acordás cuando Eva tuvo a Demian con tan solo veinte años: vos tenías apenas diecisiete, Martina había nacido dieciocho meses atrás, y estabas embobado con tu hermanita bebé (lo cual nunca le dijiste a nadie directamente y jamás expresaste a otro ser humano vivo, ni en voz alta ni con palabras ni de ninguna manera posible), pero estabas entusiasmado por convertirte en tío, especialmente en tío de un varón. Ese entusiasmo nunca te abandonó, y jamás vas a olvidar lo que sentiste al sostener en brazos por primera vez a cada uno de tus trece sobrinos – desde el mayor, hasta Sophia, la más chiquitita -.

Sin embargo, no podés decir que cumplís tu rol de tío tanto como te gustaría. Adorás a tus sobrinos, pero debido a tu trabajo y a las distancias no podés verlos mucho, no podés invitarlos a tu casa y cocinarles hamburguesas gigantescas y dejarlos comer helado mientras miran la televisión, no podés llevar a los varones al parque a jugar al baseball o al futbol, no podés ir con ellos a comer pizza y después a los videojuegos, no podés organizar un campeonato de Guitar Hero o de Winning Eleven, ni dejarlos empezar una guerra de almohadones en la sala de estar de tu departamento. Tenés que conformarte con verlos de tanto en tanto, con menos frecuencias de la que quisieras, llamarlos por teléfono y recibir por correo electrónico fotos que te envían tus hermanas.

Cuando ellos crezcan, cuando dejen atrás la niñez, cuando se conviertan en adultos y vos envejezcas, ¿cuán profundo va a ser tu arrepentimiento por no haber pasado con ellos tanto tiempo como posible? La situación escapa de tu control, por supuesto, ¿pero no deberías esforzarte más? ¿No deberías atesorar cada segundo con ellos?, ¿no deberías prestarles más atención y mirar más seguido películas sobre princesas con tus sobrinitas, incluso si son mortalmente aburridas y las bandas sonoras son malísimas?, ¿no deberías invertir un poco más en pasajes de avión e ir algún que otro fin de semana a New York o New Jersey de visita?

Te arrepentís de no haber estado con tu abuela en sus últimos años.

Te arrepentís por cada día en que no la llamaste por teléfono.

Te arrepentís por cada carta no escrita.

Te arrepentís por cada momento en que la empujaste fuera de tus pensamientos para ahorrarte la angustia, para ahorrarte un peso extra en el corazón.

¿Te sirvió de algo? No realmente, porque ahora la angustia, el peso en el corazón y la culpa te carcomen con tanta intensidad que te morís de dolor.

No querés que con tus sobrinos suceda lo mismo, te das cuenta. En realidad, no querés que con nadie más te suceda lo mismo, no querés llegar a un punto en el que todo haga ebullición, el volcán entre en erupción, el suelo se rompa bajo tus pies y la venda se te caiga de los ojos permitiéndote ver errores que cometiste cuando existía un camino alternativo que podrías haber tomado para no cometerlos. No querés perder nunca ni un segundo que pueda aprovecharse para estar cerca de tus seres queridos, para sentir que sos parte importante en las vidas de ellos, para dejarlos saber que son importantes en tu vida. No querés dentro de treinta años arrepentirte de nada, y es algo que recién entendés completamente ahora, horas después de haberte derrumbado, hecho añicos, en el suelo de la cocina de tu departamento, sollozando como una criatura porque tu abuela falleció y vos no la acompañaste hasta el final.

Qué injusto, ¿no? El ser humano sólo piensa en estas cosas, sólo aprende estas cosas después de recibir golpes duros e inesperados que forman dentro de sus almas agujeros negros que no saben si podrán volver a llenar alguna vez.

Qué triste, ¿no? Hace falta sufrir terriblemente, de la manera en que sufrís vos en este preciso instante, para aprender que todo es tan efímero, tan frágil, que todo puede romperse, que debe ser atesorado mientras podamos, mientras tengamos la oportunidad, porque si no luego uno se ve obligado a vivir con los azotes del remordimiento.

Es una sucesión de cosas, ¿no? Primero Michelle aparece en tu vida y te vuelve tan humano a tal punto que tu alma y tu corazón quedan vulnerables como nunca te imaginaste alguna vez serían. Ahora sentís de otra manera, mirás el mundo de otra manera, todas tus perspectivas han cambiado. Michelle era ese pedacito, esa otra mitad que te faltaba para convertirte en un ser humano de verdad. Antes eras unos cuantos huesos, un cerebro y sangre corriendo por tus venas, pero nada más que eso. Ella marcó una diferencia, ella te convirtió en este hombre sensible que sos hoy.

¿Será por eso que todo duele más?

¿Será por eso que reflexionás sobre cosas que antes nunca hubieran llamado mucho tu atención?

¿Será por eso que todo es más intenso?

¿Será por eso que contemplás la vida con otra mirada?

¿Será por eso que le das más importancia a otras cosas que antes no te importaban tanto?

Ella hizo que para vos cualquier beso supiera más dulce, cualquier abrazo trajera más calor, cualquier mirada comunicara más cosas, que cualquier caricia se volviera más suave. Ella hace que quieras ser una mejor persona, y alejándote de tu abuela fallaste.

Sabés que fallaste.

No querés que suceda lo mismo con tus sobrinos, no querés mirar atrás y ver que no estuviste ahí cuando podrías haber hecho un esfuerzo por estar, cuando podrías haberte tomado el tiempo de encontrar la manera de correr el trabajo un poco hacia el costado y ser el tío que ellos merecen.

"Está bien" aceptás finalmente la propuesta de Udine, revolviéndole el cabello castaño claro, que tiene peinado en dos prolijas colitas de caballo sujetadas con enormes moños de seda rosa "Voy a ver una película con ustedes después de almorzar" te volvés a los varones "Y también quiero ver tu autito nuevo, y tu traje del Hombre Araña" les decís a Lucas y a Rodrigo.

Ver un film con tus sobrinas siempre fue penoso, porque la mayoría son de Disney y tratan de princesas, castillos encantados, brujas y príncipes azules, pero pasar tiempo con ellas es lo que cuenta, y si hay algo que estás entendiendo es que hay que estar con los seres amados mientras es posible. Además, a Michelle le encantan ese tipo de películas, así como le gusta mirar dibujos animados en Nickelodeon para distraerse luego de días largos y agotadores; le encantan las historias de príncipes, princesas, hadas madrinas, juguetes que cobran vida cuando los dueños se van, dragones, castillos embrujados, gnomos y zapatitos de cristal, así que ella podría unírseles.

Querés que tus sobrinos se encariñen con Michelle, que queden ajenos a la hostilidad que algunos de los miembros de tu familia tienen hacia ella, querés que la adoren tanto como vos la adorás, y sabés que a ella va a hacerle bien pasar algo de tiempo con ellos, que le digan 'tía' quizá, que insistan en peinarla y ponerle hebillitas (a vos siempre te persiguen para peinarte y ponerte hebillitas, y hasta ahora nunca te agarraron), que le muestren sus peluches, que la inviten a tomar el té con sus muñecas, que le den los mismos abrazos espontáneos que te dan a vos, que la hagan sentir querida y aceptada. Quizá tus sobrinos – tan llenos de luz, risas, inocencia, sonrisas y amor desinteresado para dar – sean en parte lo que necesitan para sobrevivir a este fin de semana, para sentir algo de alivio, para calmar ese dolor que duele tanto, hasta poder quedarse solos y calmarse el uno al otro.

Sabés con certeza, en realidad, que sus sonrisas inocentes, sus carcajadas, su alegría, el brillo en sus ojitos, pueden ser uno de los remedios más efectivos para vos y para ella en mitad de una angustia creciente y abrumadora que en menos de veinticuatro horas se desparramó dentro de ustedes, copándolo todo, invadiéndolo todo, infectando cada rincón.

Ahora la sonrisa agridulce, te das cuenta, se volvió un poquitito más dulce.

"Sigan ayudando a la abuela a hacer las empanadas" escuchás a tu papá decir a sus nietos, mientras él también se sirve un vaso de jugo de manzana. El sonido de su voz te sustrae de tus reflexiones.

El resto de tus cuñados fue a la sala de estar o a sus habitaciones, por lo cual en la cocina sólo están tus sobrinos, tus papás y vos.

"Tengo unas cuantas empanadas ya en el horno. No hice tantas como de costumbre porque después de un desayuno tan abundante supongo que los mayores comeremos un almuerzo liviano; la mayoría van a comérselas los chicos" comenta tu mamá a tu papá cuando él se sienta a su lado; a vos, de pie ahí, te pasa por alto totalmente, ignorándote, y eso te angustia, te pone triste, te pone incómodo.

Ves a tu papá darle un beso a tu mamá en la frente, ves a tu mamá acariciar con el dorso de una de sus manos las mejillas de su esposo mientras se miran a los ojos, con el mismo cariño que se tienen desde que eran dos adolescentes enamorados que se enviaban cartas a escondidas y que planeaban cómo harían para vivir su amor prohibido; con el mismo cariño del que siempre te sentiste orgulloso; con el mismo cariño que siempre admiraste; con el mismo cariño con el que pelearon por sus sueños, criaron siete hijos y construyeron un hogar; con el mismo cariño que siempre los ayudó a sobreponerse de cada cosa mala que tuvieron que enfrentar; con el mismo cariño que van a tenerse hasta el día en que respiren por última vez.

¿Cómo ellos pueden tener algo que decir porque vos caíste 'de sorpresa' – por decirlo burdamente – con una chica que no es latina? ¿Cómo ellos pueden pretender que llenes expectativas tan absurdas como las de casarte con una mujer de tu misma raza sólo por una cuestión de raíces? ¿Cómo puede ser que sin darse cuenta están haciéndote algo parecido a lo que los padres de tu mamá querían hacerles a ellos?

Suspirás. Tus padres comienzan a conversar mientras los nenes siguen animadamente haciéndole el repulgue a las empanadas y hablando entre ellos, riéndose de lo que sea que los chicos se ríen a esa edad, totalmente fuera de ese mundo hecho por y para adultos en el que el dolor a veces es tan terrible que no se puede respirar.

"Le encargué a Gabrielle que hiciera esos últimos llamados que quedaban pendientes, y ya se ocupó de eso. También hablé con Teresa" Teresa es la viuda de tu hermano Christian, quien vive con sus dos hijos en New York "No va a poder venir, tiene guardia en el hospital todo el fin de semana. Hablé con Ekaterina y con Harry, y te mandan un beso enorme"

"Con suerte podrá encontrar algo de tiempo libre en Navidad" desliza tu papá con un dejo de tristeza.

"¿Cómo fue todo con ustedes?" le pregunta ella, posando una de sus manos en su hombro luego de limpiársela en el delantal que lleva puesto, para no mancharle la camisa.

"Tan bien como las cosas pueden salir en estos casos…" contesta él, sentándose a su lado y uniéndose en el trabajo de rellenar la masa para le empanadas, probablemente porque necesita hacer algo, mantenerse en movimiento y ocupado para no pensar, para no sentir, para no hundirse… Te ha pasado muchas veces eso.

Tu papá siempre fue muy habilidoso para todo, y le gusta ayudar a tu mamá con las cosas de la casa. Especialmente, le gusta cocinar. Vos mostraste interés en la cocina y nunca lo consideraste 'cosa de nenas' porque tanto tu papá como tu abuelo disfrutaban cocinando para sus familias. Te invade de golpe la nostalgia al observarlos a los dos haciendo el repulgue de las empanadas, sus nietos sentados junto a ellos contentos de poder ayudarlos. Lleva a tu memoria a las épocas en las que eran Christian, Ricardo, Eva y vos los que se sentaban en una mesa mucho más pequeña en la cocina no tan lujosa, amplia o bien equipada de un apartamento humilde ubicado en un barrio obrero de clase media baja en las afueras de Chicago, mientras tus papás preparaban algo de cenar y ustedes dibujaban con crayones de cera en la parte de atrás de los viejos apuntes fotocopiados de tu papá. Solías levantar la cabeza de la hoja para mirarlos, y admirabas en silencio cuánto se querían y qué tan unidos parecían estar. Y pensabas, también, desde tu inocencia, que si algún día en tu camino se cruzaba un amor así de hermoso y así de grande, a esa mujer la tratarías con la misma delicadeza con la que tu papá trata a tu mamá.

Te invade la nostalgia al observarlos, y tu mente viaja del pasado hacia adelante en segundos.

Cuánto cambió todo económicamente desde entonces, ¿no? La cocina ya no es humilde, ni viven en un departamento pequeño y mal iluminado en un barrio obrero.

Cuánto cambio todo. Ni Christian ni Ricardo están físicamente ahora: los dos fallecieron, ambos en circunstancias distintas, pero igual de trágicas y devastadoras.

Cuánto cambió todo. Ni tu abuelo ni tu abuela están físicamente tampoco, y tanto él, que murió hace más de veinte años, como ella, que falleció hace menos de dos días, te hacen falta terriblemente.

Cómo cambió todo. Pensabas que tus padres eran héroes porque habían luchado para defender ese amor al que los demás se oponían, y ahora de pronto te ves envuelto en una situación que jamás hubieras imaginado, con ellos (tu mamá, especialmente) actuando hoscos y fríos, diciéndote que 'van a hablar con vos más tarde' por una estupidez tan inmensa como puede ser su idea de preservar las raíces y orígenes de su pueblo, como si fuera una vergüenza que se te haya cruzado por la cabeza enamorarte de Michelle.

De pie ahí, observando a tus padres y a tus sobrinos como si fueras un espectador ajeno al cuadro, la boca se te llena de un gusto amargo otra vez, y la sonrisa un poco más dulce que agria en la que tus labios se habían curvado al pensar en lo lindo que sería pasar tiempo con Michelle y tus sobrinos desaparece, formándose en su lugar una mueca angustiada y confusa, similar a la que aparecería en el rostro de una criaturita que está conteniendo el llanto.

Querés irte a buscar a Michelle (aunque ni siquiera sabés si ella y Martina ya llegaron, en realidad), pero por algún motivo tus pies están clavados al impecable suelo de blancas baldosas de la cocina. Te gustaría decir algo. Sentís que tenés que decir algo, pero en realidad no sabés qué. Odiás sentirte así, como te sentís ahora, pero lo que más odiás es no poder abrazar a tu mamá, lo que más odiás es tener de pronto una venda tirada en el piso y los ojos descubiertos, odiás que la realidad cruda implique a tu mamá enojada en un fin de semana como éste simplemente porque tiene la cabeza demasiado dura como para entender algunas cosas, y demasiado llena de expectativas para dar espacio a otras.

Te dijo que iban a hablar los tres, y no sabés cuándo llegará ese momento, porque la verdad es que con un sábado como éste y un domingo como el que tendrán mañana, no se te ocurre que haya un espacio apropiado para algo tan tonto como un sermón de ellos que no vas a escuchar y que – aún si escucharas – tampoco surtiría efecto alguno ni cambiaría tu forma de pensar o tus sentimientos…

Dios, es todo tan complicado.

Tenés un nudo en el cerebro, aprisionándolo, apretujándolo, y eso hace que una jaqueca empiece a gestarse.

"Las flores son hermosas… Van a quedar preciosas en la iglesia. Y sé que mamá hubiera querido que vos tocaras uno de sus himnos favoritos" oís la voz de tu papá dirigiéndose a tu madre, quien sigue preparando más y más empanadas para meter en el horno luego de sacar las primeras tandas.

"Mamá…" te animás a interrumpirlos luego de un minuto o dos, llamando su nombre despacio.

Ella levanta la cabeza, y te habla en un castellano seco y cortante, con un fulgor para nada agradable cruzando sus ojos oscuros y profundos:

"Tu noviecita está arriba en el balcón, conversando con tu hermana, quien parece que ahora aboga por vos. Llegaron hace un rato. Tus otras hermanas están despertando a los que siguen durmiendo, porque vamos a comer en media hora, así que cuando subas a buscarla podés avisarles a las dos que el almuerzo va a estar listo en breve"

El estómago se te contrae en un nudo, como siempre que escuchás a tu mamá enojada, disgustada o amargada.

Tenés ganas de decirle varias cosas, ahí mismo, pero no corresponde. Tenés ganas de decirle que el hecho de que tu abuela hubiera estado mucho tiempo enfermar, sufriendo, y que se esperaba que falleciera pronto (aunque la realidad es que vos no eras consciente de que fallecería pronto: la noticia te calló como un baldazo de agua helada. Pero sabés que ellos no se lo están tomando tan a pecho), no le da derecho a ponerse en una posición así de testaruda. Querés hablarle del dolor que sentís, de cómo su reacción sólo empeora todo. Querés hablarle de Michelle, de lo que significa en tu vida, de cómo tu vida cambió desde que la conocés, de cómo sos feliz gracias a ella, de cuánto la necesitás y de cuánto necesitás que tu familia la acepte. Pero no es el momento oportuno, no.

Por eso simplemente decís, en un inglés educado, con un tono calmo si se lo compara con el fuego que tenés incendiando todo por dentro:

"Se llama Michelle" no te gustó la forma despectiva, casi denigrante en la que dijo 'noviecita', como si fuera poca cosa, como si no valiera nada "Martina no está abogando por mí, Martina simplemente está siendo amable con ella" echás un vistazo a tus sobrinos, quienes están demasiado ocupados jugando entre ellos como para prestar atención a la conversación de los adultos, y luego tus ojos se encuentran con los de tu papá, quienes en silencio están rogándote que no te pelees con tu mamá, que la ignores, que por el momento dejes el tema sin tocar. Tu corazón late fuerte en el pecho y luchás por controlarte, simplemente porque no querés que tu papá se disguste aun más: él no se lo merece, no se merece que su hijo y su esposa peleen de esta manera cuando él está aún lidiando con la pérdida de su mamá, por mucho alivio que sienta ahora que ella está en un lugar mejor y ya no sufre "Apreciaría que ustedes también fueran amables con ella" es lo último que decís, antes de emprender tu camino hacia la puerta para dirigirte a la sala de estar, al recibidor y luego al piso de arriba.

"¿Quién de ustedes quiere ayudarme a limpiar todo y poner la mesa después de terminar con estas empanadas?" escuchás a tu mamá preguntar a sus nietos, haciendo oídos sordos a lo que acabás de pedirles.

Y duele.

Duele mucho.

Pero con ese dolor podés lidiar luego.

Ahora tenés que ir a ver a la única personita capaz de curarte absolutamente cualquier mal con sólo mirarte a los ojos y sonreírte.


El balcón que da a la parte trasera del jardín es amplio, enorme, más parecido a un patio en las alturas que a un balcón. Las baldosas son grandes y de color rojizo, hay una mesa redonda de mimbre pintada de blanco con cuatro sillas haciendo juego, con almohadoncitos mullidos que tu propia abuela hizo (se te cierra la garganta y se te abniegan los ojos de lágrimas al recordarla cociendo, sonriendo, tarareando mientras trabajaba con su máquina de coser), y en esos momentos del mediodía el sol lo baña con todo su esplendor, con su luz cálida y anaranjada.

Michelle y tu hermana están sentadas, inclinadas sobre lo que de lejos parece ser una revista muy grande o un libro.

Abrís la puerta corrediza de vidrio, causando que tu hermana y tu novia levanten la cabeza. Ambas sonríen al verte, pero en los ojos de Michelle ves brillando angustia en estado puro, preocupación, cansancio, nervios… No podés evitar suspirar, con una mezcla de cansancio, que se siente hasta en los huesos, con la frustración y la decepción demasiado frescas: ella sufre porque vos sufrís, porque tu alma y su alma están conectadas y los dos son parte de un mismo todo, pero también está sufriendo porque tu mamá está empecinadas en ponerle piedras en el camino simplemente porque sí, por motivos estúpidos.

No querés pensar en eso. Querés sacártelo de la mente. Es imposible, claro, porque la angustia no es un disco que uno mete y saca de la computadora a antojo, por supuesto que no. Sin embargo, querés hacer el intento de aprovechar lo que queda del día para buscar una forma de tranquilizarte y de tranquilizar a Michelle antes de mañana por la mañana, pasar algo de tiempo con tus sobrinitos y hacerlos interactuar con ella, lidiar con tu familia de la mejor manera posible sin que vuelvan a haber comentarios desagradables o silencios incómodos.

Te sentás al lado de Michelle en la silla que falta ocupar, y ella instintivamente se inclina hacia un costado para que su cabeza repose sobre tu hombro. Presionás tus labios contra su frente, y casi te olvidás – por una milésima de segundo – del universo y de todo lo que hay en él, de cualquier cosa que no sea ella. Cerrás los ojos, respirás profundo para que el oxígeno que tu cuerpo necesita esté lleno de su perfume, y por una milésima de segundo te sentís tranquilo y, a pesar de todo y con todo, en paz.

La voz de Martina interrumpe ese pequeño pedacito de cielo que encontraste en mitad de lo que sin duda alguna describirías como un poco de infierno sobre la faz de la Tierra.

"Pensé que a Michelle y a mí nos vendría bien sonreír un rato"

Traducción: está diciéndote que pensó que a Michelle le vendría bien sonreír un rato, con lo cual estás de acuerdo (lo que darías con tal de poder provocarle una sonrisa ahora mismo, una sonrisa de verdad), pero en lugar de expresarlo de esa manera, para no hacer que Michelle se sienta avergonzada, 'hace de cuenta' que la sonrisa la necesitan las dos (aunque, incluso si ella no lo cree, a Martina tampoco le vendría mal sonreír más seguido).

"Entonces se me ocurrió pasar el tiempo viendo tu álbum de fotos de cuando eras chiquitito. Subí a la biblioteca a buscarlo" señala el álbum que yace abierto de par en par por la mitad sobre la mesa.

Abrís los ojos, y notás que aquello que pensaste era una revista cuando lo viste de lejos es en realidad un compilado de fotos que muestran escenas pertenecientes a tu más tierna infancia. Tu mamá confeccionó álbumes para todos sus hijos, marcando distintas etapas y momentos de sus vidas. Ése probablemente contenga imágenes que van desde la del día de tu nacimiento, cuando eras una pelotita arrugada envuelta en mantas de hospital cuya cabeza estaba cubierta por una mata de espeso cabello negro azabache, pasando por tus épocas de jardín de infantes, llegando a tu primer año de escuela elemental.

Un hombre con un ego y un orgullo masculino del tamaño de los tuyos tomaría esto como algo que su hermana menor le hace a propósito para avergonzarlo, pero vos no. Es decir, si estuviera mostrándole este álbum a cualquier otra mujer, probablemente te enojarías con Martina, te pondrías rojo como un tomate y sentirías la acción como un cuchillazo a la virilidad (en ese álbum hay fotos tuyas que, si pudieras, prenderías fuego para que los ojos de ningún ser vivo se posaran en ellas otra vez, y Martina lo sabe). Pero se trata de Michelle, no de cualquier mujer. Se trata de la persona con la que compartirías cada pedacito de tu vida, sin excepción.

Sabés que tu hermana puede leer a la gente como si ésta fuera un libro abierto (incluso si le cuesta relacionarse con ellas y no es exactamente alguien que considerarías como futura candidata para recibir un premio a 'figura más sociable'), y si te dice – aún disfrazando las palabras para no dejarla en evidencia tan brutamente – que Michelle necesitaba sonreír un poco, entonces te parece bien que haya encontrado una forma de hacerla sonreír. Te trae un poco de alivio en medio de toda esa angustia que tu hermana haya estado esforzándose por tratar de hacer reír a Michelle mientras vos te ausentaste. Martina tendrá una lista de excentricidades que ocuparían un rollo de papel bastante ancho y de varios kilómetros para que ser descriptas, pero no la cambiarías por nada del mundo, porque así como es hasta ahora no te ha decepcionado jamás.

"Ésta me gusta especialmente" Michelle señala con uno de sus dedos una foto bastante vieja; debías tener unos cuatro años – cuatro y medio, como mucho -, y había sido tomada después de una de las obritas de teatro del centro comunitario latino al que ibas todas las tardes después de clases a practicar deportes y 'jugar con otros chicos que también hablaban español' "Eras un chanchito precioso" comenta con una risita dulce "Creo que ya no voy a decirte osito" agrega en tu oído, para que sólo vos la escuches ", ahora voy a decirte chanchito"

Para la obrita te habían vestido con un trajecito color rosa claro, hecho a mano por tu abuela, y tenías en cada costado de la cabeza dos recortadas de cartulina que trataban de imitar las de un chancho. Recordás bien ese día: habías 'actuado' en una obra llamada 'La granja', y te había tocado el papel del cerdito gruñón.

Una sonrisa se dibuja en tus propios labios al ver la que cruza el rostro de Michelle. En sus ojos hay muchas emociones indefinidas acerca de las cuales te gustaría hablar con ella de nuevo, muchas emociones indefinidas parecidas a aquellas de las que vos sos prisionero, demasiado que contener en menos de veinticuatro horas, pero esa sonrisa es el mejor consuelo que puede existir. Y saber que gracias a ella todavía te quedan ganas de sonreír a pesar del dolor que te desgarra, también es el mejor consuelo que puede existir.

Martina se pone de pie, con la obvia intención de dejarlos un ratito en privado, lo cual agradecés porque te morís por robar al menos unos minutos de intimidad con ella antes de tener que bajar para reunirte con tu familia en pleno otra vez.

"Voy a ir a hacer un par de cosas antes del almuerzo" anuncia "Bajen en un ratito para la comida" asentís con la cabeza, y luego ella desaparece por la puerta corrediza, cerrándola detrás de sí.

Una vez solos Michelle y vos, se sumen en el silencio, mientras el sol ilumina el balcón. Ella aún tiene su cabeza reposando sobre tu hombro, y uno de tus brazos ahora rodea su cintura con gesto protector.

Ella está marcando suavemente con la yema de uno de sus dedos tu rostro a los cinco años, con los mismos ojos color chocolate y los mismos labios gruesos curvados en una mueca pícara y divertida; tus facciones eran en ese entonces mucho más relajadas e inocentes, porque todavía no habías visto todo lo malo que habita en el mundo, todo lo terrible que puede suceder, todas las realidades que habitan en una misma tierra plagándola y echando a perder muchas cosas que la naturaleza planeó de manera distinta.

Los dos tienen el mismo trabajo, los dos han visto gente matando en el nombre de sus religiones o creencias, sacrificando sus vidas y las de otros por defender una causa en la que creen; han visto familias destrozadas; han visto terroristas dejando que maten a sus hijos y a sus seres amados (¿seres amados?, ¿aman esas personas?) porque pensaban que así se alcanzaría un bien mayor; los dos han visto a compañeros que luchaban por salvar a los ciudadanos perecer y conocer la muerte de forma rápida, violenta e injusta. Los dos han visto un costado del mundo al que ningún ser humano tendría que ser expuesto, pero al que sin embargo ustedes eligen exponerse cada día para hacer una diferencia, para cambiar las cosas, para tratar de evitar tragedias, accidentes, atentados y ataques, para proteger al suelo que tanto aman y a los que habitan en él, para servir al presidente.

Sin embargo, hay una pequeña diferencia entre los dos: ella – que sufrió desde que era una beba, porque no tuvo una familia rodeándola mientras crecía, no tuvo amigos, siempre se sintió sola, tuvo que madurar de golpe, la abandonaron y nadie nunca la cuidó como se merece que la cuiden – aún conserva la inocencia brillando en sus ojos, a pesar de que sabe que este mundo es más parecido al infierno que al cielo, que las cosas cada vez van más cuesta abajo, a pesar de haber observado de cerca los peores rasgos de la humanidad, a pesar de haber vivido situaciones como ésa que les tocó vivir el 4 de septiembre cuando la CTU fue atacada y tantas buenas personas como Paula o Mason murieron, cuando tuvieron que ir contra todas las reglas y arriesgar su propia libertad para evitar un mal mayor. Ella todavía ríe, todavía le brillan los ojos, todavía tararea mientras escucha una canción que le gusta, todavía se entusiasma cuando tiene un libro nuevo entre las manos, todavía le gusta que le hagan cosquillas, todavía le gusta mirar dibujos animados, todavía cree en que todas las personas tienen algo bueno que ofrecer.

Vos, por otro lado, antes de conocerla habías llegado al punto de no creer más en nada, de no querer tener contacto con nadie, de querer encerrarte dentro de vos mismo, de resguardar tu corazón y tu alma tras muros de aceros para impedir que se acercaran a vos y pudieran lastimarte. No tenías esperanzas en nada, no creías en nada, no buscabas nada en la vida, estabas totalmente dedicado a tu trabajo y dejabas que éste y los pensamientos miserables que surgían luego de cada misión te consumieran. Habías perdido absolutamente toda tu inocencia. Te habías convertido en un robot, y no fue si no hasta que Michelle entró a tu vida que comenzaron a reconectarse tu corazón, tu cuerpo y tu alma, no fue si no hasta que la conociste a ella que empezaste a sentirte otra vez un ser humano, empezó a brillar otra vez en tus ojos un poquito de esa inocencia perdida, empezaste a recuperar un poco de eso que puede verse en la fotografía, empezaste a sonreír otra vez, a tener esperanza y fe otra vez, a creer otra vez, a amar como nunca pensaste que podrías llegar a amar a otra persona.

"No te molesta que tu hermana me haya mostrado tus fotos de cuando eras bebé, ¿no?" pregunta con timidez, arrancándote de tus reflexiones.

"Por supuesto que no, Michelle" respondés con ternura, besando su frente otra vez "En lo absoluto" le asegurás, frotando su espalda con una de tus manos para reconfortarla "Sos la única con la que no me daría vergüenza compartir estas fotos" confesás, y tus mejillas se ponen un poco coloradas.

Es bueno, ¿no?, que pueda hacerte sonrojar: significa que a pesar del dolor que sentís, todavía tenés sangre corriendo por las venas.

Pasás a la página siguiente, y los dos observan las nuevas imágenes. Tu corazón rebosa de nostalgia, y una sensación pesada te invade. Estás ahí, perpetuado a la edad de dos años, en papel ya un poco amarillento por el paso del tiempo; la polaroid te muestra sentado en el suelo jugando con un camión de bomberos que era de Christian. A vos te fascinaba jugar con ese camión, incluso si a tu hermano le molestaba un poco que tocaras sus cosas. Otra polaroid a la derecha te retrata a los ocho meses de edad, vestido con uno pijama celeste claro, hecho un ovillo en el suelo de la pequeña cocina del humilde departamento en que vivían tus padres cuando naciste, durmiendo la siesta tan cómodo como si estuvieras en tu cuna.

"Según mi mamá, cuando me agarraba sueño o me aburría tenía la mala costumbre de echarme a dormir en cualquier parte, indiscriminadamente de cuál fuera ese sitio" le contás a Michelle "Una vez cuando tenía un año y medio me encontraron debajo de la mesa del comedor"

En otra estás muy concentrado, con el ceño fruncido y mordiéndote la comisura del labio mientras dibujás; la siguiente te muestre dormido otra vez, sólo que en esa ocasión estabas en tu cuna y arropado por una mantita azul; en una tercera foto estás sonriendo a la cámara de oreja a oreja, y en la que está al costado de ésa tenés puesto un gorro blanco de cocinero que te queda enorme y te tapa toda la frente, casi cayéndose sobre tus ojos.

"Era de mi abuelo" explicás, señalándolo.

Te encantaba usar ese gorro, por eso tu abuela te hizo el tuyo propio para Halloween cuando tenías cuatro años, con tela negra y naranja, y un delantal que tenía una calabaza enorme estampada en el pecho. Tragás con dificultad al recordar eso, y te preguntás si en este mismo árbol habrá fotos de esa Noche de Brujas en la que te disfrazaste de cocinerito. Te preguntás si era en éste álbum que había alguna que otra foto tuya con tu abuela, y de golpe te da miedo pasar a la página siguiente, porque no sabés si las fotografías que te esperan del otro lado van a provocar que te quiebres emocionalmente, que te quiebres como venís tratando de no quebrarte desde hace horas, desde que llegaste a casa de tus padres y te sumergiste en este caos organizado que parece combinar con el mismo caos y el mismo desorden que dentro tuyo están fusionados expresándose en gritos silenciosos. Te da miedo ver una foto tuya de chiquitito, con tu abuela, y sentir que todo te ataca de golpe, con tanta fuerza que contenerte podría volverse imposible. Te da miedo toparte con sus ojos de mirada dulce y amorosa observándote desde el vacío y el infinito, plasmados en un pedazo de papel que sólo tiene profundo valor sentimental, plasmados en un recuerdo, porque sabés que la culpa te devoraría con intensidad aún mayor. Culpa por no haber estado con ella en su último tiempo, culpa por no haber mantenido el contacto con más frecuencia para ahorrarte un dolor del que sin embargo has terminado sufriendo, culpa por no haberla visitado más seguido, culpa porque la decepcionaste y defraudaste.

No sabés si es porque siente tu cuerpo tensarse contra el suyo o si es simplemente casualidad, pero en lugar de avanzar vuelve unas páginas atrás.

"¿Puedo quedarme con esta foto tuya disfrazado de chanchito?" pregunta, rascando detrás de tu oreja cariñosamente con uno de sus dedos.

Hacés un esfuerzo por no suspirar en señal de… ¿frustración?

Nunca le decís que no a Michelle cuando te pide algo; tampoco podrías pensar en algo que le negarías en caso de que te lo pidiera, y ella, a decir verdad, no es muy pedigüeña ni usa tu debilidad a su favor para sacar provecho o manipularte. Tu relación con ella es balanceada exactamente por eso: vos serías capaz de darle todos los gustos sin pensarlo dos veces, sin dudar ni medio segundo, pero ella no es como esas mujeres que manejan a sus novios como un titiritero dispone de un títere. Nunca te pide nada, y ahora que está pidiéndote algo…

Hacés un esfuerzo por no suspirar.

El álbum de fotos lo confeccionó tu mamá, a quien le encantan las artesanías y manualidades. Tiene muchísimos, todos ordenados prolijamente en el altillo que refaccionó para convertirlo en su 'rincón de trabajo' para cuando quiere dedicarse a hacer ese tipo de cosas, en un mueble altísimo y muy hermoso que compraron en una venta de garaje y que luego tu papá lijó y barnizó. Cada uno de los álbumes está forrado en un color distinto, con una etiqueta en letras doradas o plateadas en el lomo para identificarlos y las fechas gravadas en la tapa. Puede que cualquiera que te escuche lo juzgue obsesivo por parte de ella, pero estás seguro de que tu mamá conoce de principio a fin el contenido de cada uno de esos álbumes, y que si tuviera que buscar una foto específica de un momento específico sabría exactamente en cuál álbum fijarse. Si sacaras tu foto disfrazado de chanchito para dársela a Michelle, a la larga tu mamá se daría cuenta. Quizá no mañana, quizá no dentro de una semana, pero tarde o temprano le agarrarían ganas de ver fotos tuyas de cuando eras un nene chiquito, y se daría cuenta que falta ésa foto (y después tienen el descaro de preguntar a quién salió Martina tan terriblemente obsesiva…)

Ella, que te conoce como nadie y más de lo que cualquier ser humano sobre esta Tierra te conoce, interpreta esos dos segundos de silencio, de algún modo escucha tus suspiros reprimidos.

"Pensándolo mejor, no creo que a tu mamá le gustaría que me llevara la foto" resuelve. Parece arrepentida de haber preguntado en primer lugar si podías regalársela.

"Podemos hacer una copia" ofrecés. Te molesta no poder sacar la fotografía y regalársela, es una sensación un poco frustrante, porque casi nunca te pide nada, y ahora que está pidiéndote algo no podés decirle que sí "Podemos hacer una copia de todas las que quieras" le das un beso en la punta de la nariz.

"También me gusta ésta" va a la primera página del álbum, donde hay una imagen tuya tomada horas después de tu nacimiento: la foto muestra a un bebé muy pequeñito y de aspecto frágil, con su manito cerrada en un puño, arropado con una manta azul, en la cuna del hospital, profundamente dormido y con el ceño fruncido. Tenías una mata de pelo muy negra y muy espesa, y tu piel estaba de un color algo rojizo.

"Era un bebé bastante gruñón" reís con dulzura, señalando tu expresión de enojo en otra foto tomada poquito tiempo después, en la que estás con los ojos abiertos y mirás a la cámara con actitud inquisidora.

Escuchás que ella ríe suavemente. Es una risa que lleva consigo la presión, la angustia, el dolor y el llanto que vienen acumulándose (pensar en eso hace que te sientas culpable, y tragás con dificultad otra vez a pesar del fuerte nudo en tu garganta), pero de todos modos su risa es como una caricia en el alma.

"Tu hermana tenía razón: ver fotos tuyas me arrancó muchas sonrisas" comenta luego de algunos segundos de silencio, pasando más páginas "Tu mamá hizo un trabajo muy lindo armando este álbum"

"Hay muchos otros. Mirá" le mostrás la tapa de color azul oscuro, donde se lee escrito en prolijas letras 'Anthony, 0 meses a 6 años' ", éste tiene algunas fotografías mías de bebé, y llega, si mal no recuerdo, hasta mi último día en el jardín de infantes" vas a la página final, donde un nene sonríe abiertamente sosteniendo un diminuto diploma. Llevabas un birrete de cartulina negra en la cabeza, que, honestamente, te quedaba bastante ridículo y no te gustaba, pero todos tus compañeros lo tenían puesto y tu mamá no dejó que te lo sacaras a pesar de tu insistencia "Hay videos también" notás que tus mejillas están coloradas, pero eso es bueno, ¿no?: a pesar del dolor que te carcome por dentro, al menos te queda sangre en las venas, al menos seguís vivo, al menos seguís siendo humano, porque ella te mantiene entero "Tendría que pedirle a mi mamá que los buscara, aunque probablemente tenga las cintas ordenada por fecha y por orden alfabético" Michelle ríe suevamente: ella también tiene sus películas y series de televisión ordenados por orden alfabético y cronológico "Está grabada esa obrita de teatro en la que hice de chanchito gruñón. Una vez, en una cena de Acción de Gracias mi mamá puso ese video – y otros, por supuesto, porque le encanta ver videos viejos siempre que puede –… Mis cuñados se divirtieron mucho burlándose de mí, y mi sobrino mayor, que tendría unos diez años, tampoco se quedó atrás" te tomás unos minutos para acariciar su rostro con el dorso de tu mano, repasando todas sus facciones, mirándola a los ojos con adoración, la misma adoración que ves en los suyos "En ese momento pensé en robarme la cinta y quemarla" reflexionás.

"Me alegra que no lo hayas hecho, porque me encantaría ver ese video, y otras fotos. También quisiera hacer copias para mostrárselas a nuestros hijos en el futuro" duda un momento antes de continuar "Es lindo que tu mamá haya guardado todo esto con tanto cariño" comenta, bajando la vista al suelo por un momento. La oís suspiras, y luego sentís su espalda contraerse un poco cuando inhala y exhala dos o tres veces.

Entendés de dónde vienen esas palabras, entendés por qué de repente está un poco tensa, por qué de repente la angustia que debe aguantar y contener dentro suyo es un poquitito más grande: su mamá se llevó todas sus fotos, todas sus cosas, su mantita de bebé, sus juguetes, cualquier recuerdo de los primeros diez años de su vida. Sabés que eso le duele muchísimo.

Una vez te dijo que le hubiera gustado mostrarte algunas fotos suyas para que vieras que siempre tuvo el mismo cabello salvaje y enrulado e imposible de domar. En otras ocasiones te dijo que cuando ella era chiquitita sus hoyuelos estaban mucho más marcados, que cuando era bebé sus rulos parecían de verdad pequeños resortes, que sus pestañas siempre fueron así de largas, que siempre tuvo la cara regordeta… Pero nunca vas a poder saber cómo realmente lucía, vas a tener que conformarte con imaginar a versiones de Michelle en distintas etapas de su niñez, porque esas fotos desaparecieron, desaparecieron como su mamá desapareció de su vida luego de prometerle que volvería, luego de prometerle que iría a buscar ayuda para superar su alcoholismo y poder ser mejor para ella y para su hermano, cuando en realidad estaba abandonándola, y llevándose consigo cada recuerdo tangible de su niñez, recuerdos que nunca va a recuperar.

Respirás hondo, queriendo quitarte esos pensamientos de la cabeza por el momento, porque de nada te sirve tenerlos haciendo más peso sobre tus hombros, no ahora cuando ya estás hundiéndote debido a los sentimientos que dentro tuyo se pelean los unos con los otros para tomar control y enloquecerte, logrando que se genere en tu alma y en tu corazón una confusión tan grande y tan inmensa que apenas podés aguantar las ganas de echarte al suelo y esperar hecho un ovillo que todo acabe.

"Siempre supuse que de chiquito habías sido tierno y adorable, pero no me imaginaba que habías sido tan tierno y tan adorable" comenta en un tono un poco más animado, mirando con atención y fijándose en los detalles de cada foto.

"Ésta era mi mantita de bebé" señalás una imagen, y tu rostro es cruzado por una sonrisa nostálgica.

"¿Tu mamá todavía la guarda?" pregunta con curiosidad.

"Sí, junto con otras cosas"

"Quizá algún día pueda ver eso también"

Se forma el silencio otra vez entre ustedes. Ese 'quizá algún día pueda ver eso también' significa en realidad algo así como 'si alguna vez logramos que tu mamá me acepte, tal vez ella quiera compartir esas cosas tuyas que tiene guardadas conmigo, mostrármelas'. Odiás esta situación que lleva sólo horas apenas (después de todo, llegaron a las nueve de la mañana, son probablemente la una de la tarde… Pasaron cuatro horas, cuatro horas y vos ya estás contra la espada y la pared en toda esta situación…), odiás que tu mamá se comporte del modo en que se comporta, odiás que Michelle sienta que sobra y que no la quieren en esa casa, odiás saber que no son impresiones suyas y que es verdad que tu mamá no la quiere, odiás que tu mamá te haya desilusionado de esta forma, odiás que esto haya tenido que ocurrir así, odiás que tu abuela ya no esté para aconsejarte…

Si pudieras estar en control de tus emociones, si el contexto fuera distinto, si tuvieras que estar lidiando sólo con tu familia y el dolor que sus actitudes te provocan en lugar de también tener que estar batallando con la culpa, con la angustia, con el fallecimiento de tu abuela, con todo lo que viene cayéndose encima de vos y aplastándote con su peso… Podrías tranquilizar a Michelle. Podrías calmarla. Podrías mitigar su angustia. Podrías cuidarla. Podrías defenderla de verdad, podrías enfrentarte a cualquiera que tenga algún comentario estúpido que hacer.

Si el contexto fuera distinto, si el dolor no estuviera destrozándote tanto por dentro a tal punto que ese dolor duele hasta en su centro mismo…

Sentís sus labios presionando contra tus sienes, sentís sus pestañas acariciándote despacio cuando abre y cierra los ojos, sentís una de sus manos entrelazando sus dedos con los tuyos, escuchás los latidos de su corazón más claros que nunca en ese silencio.

"No hace falta que digas nada, Tony" susurra en tu oído, como si pudiera leer tu mente y supiera que estás buscando desesperado la manera de ayudarla a ella a lidiar con eso a lo que tiene que enfrentarse ahí en esa casa, lo que tiene que aguantar porque fue a acompañarte, a cuidarte mientras vos te morís de dolor y sólo de ella te podés sostener para no ahogarte en tu tremenda angustia, en tu culpa "Tu mamá no puede aceptarme porque soy distinta, lo entiendo, y está bien"

Tu corazón se contrae en un puño: la realidad es que tu mamá debería aceptarla por ser la mujer que amás sin cuestionar lo que es y lo que no es, y ella no debería rebajarse a 'entender', 'comprender', 'permitir' que no la acepten.

"Ella tenía ideas, expectativas, esperaba que eligieras a un cierto tipo de mujer para compartir tu vida, alguien que encaje más con las costumbres de tu familia"

Definitivamente estuvo hablando con Martina de esto pensás, y no sabés si estás contento porque tu hermana la aconsejó y le dio un panorama claro de las cosas, o si lamentás que lo haya hecho por miedo a que haya sido demasiado brusca o directa y haya hecho más daño que ayudar.

"Ustedes son una familia latina, con raíces latinas… Yo no tengo esas raíces, ni esa herencia, y eso no se puede cambiar, así como vos tampoco podés cambiar lo que sos. Pero, ¿sabés qué más no se puede cambiar?"

Tus ojos y los suyos se encuentran, y durante una eternidad ninguno de los dos hace más que hundirse en la mirada del otro, hasta que quebrás la quietud contestando aquella pregunta suya que había sido formulada como retórica:

"Nadie ni nada puede cambiar que nos amamos" susurrás con dulzura, repasando el contorno de su rostro con tu pulgar.

"Nada ni nadie puede cambiar mi decisión de enfrentarme a lo que haga falta y aguantar lo que haga falta con tal de estar con vos" estás a punto de abrir la boca para prometerle que vas a defenderla – incluso si en el estado en el que te encontrás apenas podés lidiar con vos mismo -, pero su dedo índice se posa sobre tus labios para silenciarlos "Nada ni nadie puede cambiar el que yo sea capaz de morir por vos. Nada ni nadie puede cambiar que voy a amarte para siempre. Nada ni nadie puede cambiar que te amo más con cada respiro. Nada ni nadie puede cambiar que voy a quedarme al lado tuyo pase lo que pase. Nada ni nadie puede cambiar que tenemos que estar juntos. Tony" levanta un poco la voz, su tono se vuelve más firme ", yo no sé si alguna vez tu familia va a aceptarme, no sé si alguna vez van a aceptar a alguien diferente a ellos en su círculo, no sé si alguna vez van a aceptar que no te enamoraste de la típica chica latina que habla español, sabe lo que es el dulce de leche y comparte las mismas costumbres. No lo sé, no hay manera de tener certeza" se encoje de hombros y sonríe con un dejo de tristeza "Lo que sí sé es que nada de lo que hagan o digan va a separarme de vos. Mientras vos me ames, yo puedo soportar cualquier cosa, puedo soportar lo que sea, estoy dispuesta a soportar lo que sea manteniendo la cabeza tan en alto como posible. Tu mamá quizá nunca me acepte, pero tarde o temprano va a entender que no hay forma humana de separarme de vos. Tarde o temprano va a tener que entender que, le guste o no, cumpla con sus expectativas o no, no hay fuerza capaz de hacer que me aleje de vos" concluye su resolución "Mientras vos y yo sepamos eso acá" señala tu corazón y luego el suyo ", va a estar todo bien" te promete "No te preocupes por mí: yo aguanto todo mientras vos estés conmigo" susurra, con sus labios casi pegados a los tuyos "Mientras tus ojos vean mi alma cuando miren dentro de los míos en lugar de ver rasgos distintos a los tuyos, yo soy capaz de aguantar absolutamente todo, soy capaz de luchar hasta la muerte para demostrarles que te amo de verdad y que no hay forma de que eso cambie alguna vez"

El sol sigue iluminando el balcón, podés ver su luz a través de las lágrimas que te negás a dejar caer, y podés sentir su tibieza en tu piel, así como podés sentir la tibieza de su piel.

"Quisiera prometerte que todo va a salir bien…" decís con la voz quebrada, pero su índice vuelve a sellar tus labios.

"Ya lo sé, y no hace falta que me prometas nada. Si vos estás dispuesto a luchar, yo estoy dispuesta a luchar. Que me hagan lo que quieran, que me digan lo que quieran, yo no voy a desistir. Si nunca me aceptan… Va a doler, pero voy a estar bien con ello. Lo que me importa es que me ames vos, que me quieras vos, que me aceptes vos. Sos el único pensamiento que tengo en mi cabeza cada segundo de mi vida, y lo único que quiero es hacerte feliz, lo único que quiero es hacerte bien. No voy a dejarte simplemente porque no lleno las expectativas de tus padres… Desearía hacerlo, pero lamentablemente no lo hago" suspira "No pretendo separarte de tu familia, nunca pretendería eso, porque sé que los amás, sé lo que significan para vos, sé lo que son en tu vida. Pero que ellos no pretendan separarte a vos de mí, porque no hay fuerza humana capaz de arrancarte de mis brazos. Cuando hablo de luchar, me refiero a eso, Tony, no me refiero a alejarte de ellos o enemistarte con ellos" parece desesperada porque entiendas eso, porque lo comprendas; y por supuesto que lo entendés, por supuesto que lo comprendes, porque jamás se te hubiera cruzado por la cabeza interpretarlo de otro modo "Voy a luchar hasta que entiendan que sos mi otra mitad y que soy tu otra mirad, hasta que entiendan que te amo lo suficiente como para morirme por vos. Si me aceptan o no me aceptan… Bueno, eso lo dirá el tiempo"

A falta de palabras para expresar lo que sentís al escucharla decir eso, tan segura y tan convencida, tan decidida y tan resuelta, besás sus labios despacio, acunando su rostro con tus manos. Sentís sus dedos acariciando tu nuca con ternura, y luego sus brazos rodean tu cuello para atraerte un poco más hacia ella. Encontrás algo de alivio en ese beso dulce e inocente, encontrás la manera de transmitirle todas las emociones que no pueden ser puestas en el lenguaje hablado porque sencillamente en tu estado no sabrías cómo hacerlo, no tendrías ni las fuerzas ni la capacidad. El dolor es mitigado un poco y tus hombros se sienten más livianos aún cuando siguen cargando lo que pareciera ser el peso del mundo, porque ella acaba de decirte que va a luchar hasta el cansancio, que va a aguantar lo que sea, sólo por vos, que va a quedarse con vos para siempre y que no existe fuerza humana que pueda separarlos. Ya lo sabías, ya lo sentías, pero escucharla decírtelo – especialmente luego de esas primeras horas incómodas con tu familia, especialmente en este contexto – es la mejor medicina para la angustia que te cierra el pecho y que te impide respirar. Saber que ella está dispuesta a hacer lo imposible por vos, que no busca hacerte demandas o planteos o enemistarte contra tu propia sangre, que tu felicidad le importa lo suficiente como para estar dispuesta a caminar sobre fuego si hiciera falta es la mejor medicina para tu corazón y tu alma adoloridos. Es lo más firme que existe en tu vida, su amor, y de eso podés sostenerte para no caer ahora que apenas recordás cómo mantenerte en pie.

Dejás tu frente reposando contra la suya, y volvés a fundirte en sus ojos, que son, después de todo y más allá de su forma o color, las ventanas de su alma, un alma que solamente vos conocés de memoria, un alma que solamente vos comprendés, un alma que solamente a vos quiere mostrarte, un alma que es tuya como lo es cada parte de ella.

"Estaba pensando" comenzás después de un rato "…. Mis sobrinas me pidieron que vea una película con ellas después de almorzar"

"Eso es tierno" dice, acariciando tu mejilla.

"Verlas sonreír, reírse" hacés una pausa, queriendo hallar el modo de hablar de tus sentimientos "… Me hace casi tan bien como tenerte a vos acá conmigo" acariciás otra vez el contorno de su rostro con el dorso de tu mano, mientras le hablás suave y pausadamente, mirando dentro de sus ojos oscuros, donde la única luz que importa en el mundo brilla para vos continuamente, brindándote la calidez que necesitás para no morir víctima del dolor frío que congela tu pecho, provocando heridas y cortes profundos que no sabés si alguna vez podrás olvidar están ahí "Y estaba pensando que tal vez te gustaría ver la película con nosotros" proponés, besando su frente con dulzura.

"Me encantaría"

"Mis sobrinos van a adorarte" le asegurás, sonriendo de pronto de oreja a oreja con una naturalidad que te sorprende, porque en las últimas horas tuviste motivos para muchas cosas, pero definitivamente no para esbozar una sonrisa así.

"¿Eso creés?" dice ella con timidez.

"Es imposible no adorarte, en realidad… Pero estoy seguro de que van a quedar absolutamente fascinados con vos, especialmente mis sobrinitas"

Hacés una pausa antes de que nuevas palabras salgan de tu boca, nacidas directo de tu corazón, de ese corazón que duele tanto, que está tan lastimado, que está tan compungido, ese corazón que de pronto tiene un miedo tremendo a que las personas que amás te olviden, ese corazón que de repente tiene un miedo tremendo a olvidar a las personas que te aman, ese corazón que con cada latido despierta una nueva oleada de culpa, una nueva oleada de angustia, una nueva oleada de congoja, una nueva oleada de arrepentimientos, ese corazón que veinticuatro horas antes no estaba tan lleno de agujeros negros como lo está ahora, ese corazón para el que sólo existe una medicina.

Y esa medicina es ella. Michelle. Con sus ojos orientales tan distintos a los tuyos que te miran y te muestran sin que haga falta que se oiga palabra alguna cuánto te ama, cuánto te adora, cuán dispuesta está a morir por vos si hace falta (nunca la dejarías morir por vos, sin embargo: antes morirías vos por ella). Con su voz tan dulce, tan suave, tan tierna, que es música para tus oídos y que te devuelve la esperanza incluso cuando ya pareciera que no queda esperanza alguna. No sólo hoy, no sólo en esta situación, no: cuando la conociste y no eran más que compañeros de trabajo, durante los casi doce meses que llevan juntos en la CTU, durante crisis y tragedias, durante momentos duros en los que vidas inocentes se pierden y los terroristas se salen con la suya al derramar sangre por doquier, ella y su voz te calman, te devuelven la esperanza. Y desde que esa voz te dice las cosas más lindas al oído y te promete una eternidad los dos juntos, se volvió aún muchísimo más hermosa. Esa medicina es ella, con sus besos y sus mimos, con sus manos que siempre saben darle forma a las caricias más tiernas, con sus palabras justas en el momento exacto, con la fuerza que de algún sitio saca para sostenerte cuando no podés mantenerte en pie, con sus dedos que se entrelazan con los tuyos para guiarte cuando tu vista está demasiado nublada – como ahora -, y podrías arriesgarte a tropezar y a hacerte añicos contra el suelo a cada paso que das. Ella, es la medicina perfecta para esas astillas que tenés clavadas adentro. Ella y su sonrisa te recuerdan que los milagros existen, que incluso muchas veces se piensa que todo está perdido cuando en realidad queda mucho por rescatar (¿acaso no creías vos que todo estaba perdido cuando Dios la mandó directo a tus brazos?, ¿ese Dios del que habías empezado a dudar no te envió lo que necesitabas justo en el momento en que más lo necesitabas?). Si ella está con vos, vos aguantás todo, incluso lo que parece inaguantable.

Hacés una pausa, y la mirás, recorriendo con la yema de uno de tus dedos cada centímetro de la piel de su rostro, repasando sus facciones, delineando sus labios y luego sus mejillas, observándola embelesado, pensando. Estos pensamientos no son como cuchillos que se te clavan en el cerebro, pero no por eso son menos agridulces.

Hacés una pausa antes de que nuevas palabras salgan de tu boca, palabras que nacen directo desde el fondo de tu alma, esa alma que para siempre va a estar conectada con la suya, porque las dos son las mitades de un todo.

"Mi abuela te hubiera adorado enseguida, Michelle" la nostalgia otra vez te oprime el pecho, la nostalgia y esa angustia que te provoca saber que tu abuela no está, que la perdiste, que se fue de tu vida, que se te fue de las manos, que no aprovechaste bien sus últimos años, que ya no vas a poder compartir con ella las cosas que te pasan.

Tu abuela hubiera adorado a Michelle, de eso estás seguro. Las dos podrían haberse hecho amigas, podrían haber conversado mucho. Tu abuela hubiera sabido ver de inmediato cuánto se aman los dos y cuánto necesitan estar juntos para ser felices. Se hubiera sentido feliz por vos. Le hubiera regalado una amplia sonrisa y le hubiera dado un abrazo a modo de bienvenida, hubiera hecho que ella se sintiera cómoda el segundo después de traspasar el umbral de la puerta. Tu abuela te hubiera aconsejado, te hubiera acompañado a comprar el anillo que vas a darle cuando le propongas casamiento, se hubiera divertido contándole a Michelle anécdotas de tu infancia. Tu abuela te hubiera llenado de frases sabias, te hubiera insistido para que tuvieran un hijo pronto, hubiera sido la figura materna que a Michelle le falta en su vida y que siempre le faltó.

Pero tu abuela murió.

Tu abuela se fue de esta Tierra.

Y aunque estuviera aquí, ahora, en este preciso momento… ¿de qué serviría, si no podría acordarse de vos? Años atrás su mente comenzó a enfermarse, a deteriorarse despacio, hasta que al final ya no quedaba nada. Sólo caos y confusión. En su mente sólo había fragmentos borrosos, mitad verdaderos y mitad fantasías, fragmentos borrosos y desordenados formando una historia que distaba de ser la real, una historia que distaba de ser la suya, con las fechas mezcladas, con personajes carentes de nombres, con rostros desconocidos, con dudas, con miedos, con preguntas que jamás hallaban respuesta, con los ojos vidriosos de tanto llorar, con los labios secos de tanto repetir una y otra vez las mismas frases. A tu abuela no la perdiste ayer: la perdiste hace años, cuando comenzó a olvidarse de ustedes, de los que la amaban, cuando le hablabas y no sabía quién eras, cuando insistía en que ella no tenía ningún hijo – mucho menos nietos -, cuando intentabas hacerla entrar en razón y te topabas de golpe con la frustración como si se tratara de una alta pared hecha con ladrillos.

A tu abuela la perdiste cuando el Alzheimer decidió comerle el cerebro, y todo lo hermoso, bueno, dulce, importante y maravilloso que habitaba en él. Porque… ¿qué es una persona sin sus recuerdos? ¿Qué hace a la persona lo que ella es si no sus recuerdos? Y a tu abuela los recuerdos se los arrancaron, se esfumaron, se evaporaron, quedando solamente una masa incongruente e incoherente que la torturó con memorias falsas, fantasmas y sombras hasta el final.

A tu abuela la perdiste un poco cuando esa enfermedad empezó a arrancártela, y otro poco cuando vos – en tu angustia y eterna frustración – desististe y te alejaste lentamente, dando cada vez pasos más y más largos hacia atrás, queriendo distanciarte de ese dolor que te provocaba hablarle y no recibir por respuesta más que interrogantes sobre quién eras o qué querías o excusas acerca de que estabas confundiéndola con alguien más.

A tu abuela no la perdiste ayer: ya la habías perdido tiempo atrás.

Pero ahora el dolor te ataca de golpe, ahora la culpa te ataca de golpe, ahora todos los escenarios de lo que podría haber pasado si las cosas hubieran sido distintas te atacan de golpe. Ahora sentís las manos vacías de golpe, porque el martes anterior había hablado con ella, le habías hablado de Michelle, de lo más importante en tu vida, del centro de tu Universo, de la razón por la que respirás… El martes pasado al hablarle de Michelle habías sentido que la conexión con tu abuela estaba allí otra vez, incluso si ella no podía seguirte el hilo, incluso si simplemente se había limitado a guardar silencio mientras vos volcabas tu corazón. Habías sentido que ella era parte de tu existencia de nuevo, habías sentido que quizá te animarías a llamarla con mayor asiduidad, aunque fuera solamente para hablarle durante horas sin contestación alguna.

Pero menos de una semana luego ella se fue, se murió.

Justo cuando empezabas a darte cuenta que en el fondo ella te recordaba…

Justo cuando empezabas a darte cuenta que el cerebro podrá manejar el cuerpo, pero el que corazón es el que domina los sentimientos…

Justo cuando empezabas a abrirte otra vez…

Justo cuando empezabas a tener ganas de hablarle más seguido…

Justo ahí su vida acabó, provocándote este dolor que te parte en dos, este dolor que sólo podrías explicarle a Michelle, este dolor del que solamente ella puede salvarte, este dolor que ha traído tantas dudas, preguntas, miedos que no sabés cómo verbalizar, situaciones colaterales que se encuentran y chocan y colapsan.

Tenés tanto para decir, hay tanto que querés decir, tanto para expresar, tanto se ha acumulado dentro de vos en menos de veinticuatro horas, tanto dentro tuyo se desborda, tanto querrías compartir con ella, tanto querrías poner en palabras, que no sabés por dónde empezar o cómo. No sabés cómo armar oraciones coherentes, no sabés cómo hilar más de tres frases juntas. En este preciso instante, sentado con ella en el balcón, a solas, con la luz del sol dándoles de lleno a los dos, lo único que podés hacer es mirarla y acariciarla repetidas veces, mirarla en silencio embelesado y tratando de decirle con los ojos lo que no sabés cómo verbalizar.

"Michelle, estoy seguro de que esa última vez que le hablé" sentís tu garganta cerrándose otra vez, pero hacés lo posible por seguir hablando a pesar del nudo que se forma debido a tu esfuerzo por no echarte a llorar. Ella te mira, te mira y te acaricia con dulzura mientras espera pacientemente a que hables, escuchándote con atención desmesurada, mirándote con un amor tan palpable que sentís tu alma vibrar "… La última vez que le hablé, le hablé de vos" intentás darle forma a tus pensamientos, buscar una coherencia, armar una oración "… Le conté que desde el día en que te conocí mi vida se convirtió en mucho más hermosa de lo que podría haberme atrevido a imaginar sería alguna vez. Le dije que sos hermosa, brillante, inteligente" sonreís al ver sus mejillas sonrojándose ", que tenés una sonrisa preciosa y que vas a ser la mamá perfecta para mis hijos. Le dije que sos la mejor persona del mundo, y que me das ganas de ser una mejor persona sólo para poder merecerte. Y ella estuvo todo el tiempo en silencio, pero… pero después…"

"Al final de la conversación te hizo la pregunta que te hacía siempre, desde que eras chiquito" Michelle te ayuda cuando volvés a perderte, cuando volvés a sentir todas esas emociones quemándote en carne viva y de pronto se te va la capacidad de hablar porque el dolor es demasiado insoportable.

"Eso significa que una partecita de ella se acordaba de mí" inhalás, exhalás, una o dos lágrimas ruedan por tu cara, y sus pulgares las apartan del camino con delicadez, para que luego sus labios besen el punto exacto por el cual esas lágrimas pasaron "Su memoria se había perdido… pero su corazón y su alma me recordaban. O eso es lo que yo quiero creer" agregaste, desviando la mirada al suelo por un instante.

"Tony, su corazón y su alma nunca te olvidaron" ella te asegura.

No podés hablar, te cuesta. Querés sacarlo todo afuera, querés que ella te escuche y te consuele, pero te cuesta, te cuesta soltarte, te cuesta aflojarte, porque no te molesta mostrarte vulnerable en sus brazos, pero cualquier miembro de tu familia podría aparecer, y no te gustaría que uno de ellos te viera destrozado, llorando como una criatura.

Más tarde.

"Vayamos a almorzar" decís de repente, poniéndote serio y compuesto otra vez, separándote de ella lo suficiente para poder ponerse los dos de pie, aún tomados de la mano "Quiero que conozcas a mis sobrinitos. Y que pruebes las empanadas de mi mamá; son mucho más ricas que las que hago yo" te esforzás por sonreír, buscando así empujar hacia adentro las emociones que casi se te salen segundos atrás, empujarlas hacia adentro y mantenerlas contenidas hasta que puedas estar a solas con ella, hasta que puedas permitirte quebrarte en sus brazos y desahogarte de verdad en lugar de tener que estar usando oraciones entrecortadas, frases mal formadas, pensamientos incoherentes carentes de sentido.

Tomás el álbum de fotos antes de regresar al interior de la casa; no querés dejarlo allí afuera, porque si se larga a llover o comienza una nevada se estropearía. Además, se te ocurre que si se lo mostrás a tu mamá y le preguntás qué detalles recuerda ella de cuándo fueron tomadas las fotografías o a qué anécdota pertenece cada una, tal vez se suavice un poco y se muestre más amigable, menos mordaz.

Es una posibilidad reconocés mentalmente. Las fotos tiernas siempre fueron su punto débil, le encanta mirar fotos y contar anécdotas.

Esperás que el almuerzo sea mucho mejor que el desayuno.

Esperás que el resto del día se pase rápido, porque no podés aguantar hasta tumbarte en la cama, refugiarte en sus brazos, largarte a llorar sin miedo a nada y expresar absolutamente cada cosa que sentís dentro destrozándote, expresarlo todo en sollozos y en susurros, y escucharla a ella calmarte con su voz, con sus palabras, con su amor.

Vos, el que hace unos años no creía en el amor, ahora te das cuenta que es la cura para todo, la salvación para todo.

Vos, el que pensaba que el amor era para unos pocos afortunados, ahora dependés de ese amor para seguir en pie, para mantenerte fuerte cuando ya no sabés de dónde más sacar fuerzas.

A vos lo único que puede aliviarte en este momento es el amor.


La casa está llena de ruidos ahora que todos están despiertos y fuera de la cama, tan llena de ruidos y de movimientos como siempre la recordás cuando pensás en las reuniones familiares, las navidades, las pascuas, las vísperas de año nuevo y las cenas de Acción de Gracias. Muchas imágenes se te vienen a la cabeza, muchas imágenes de momento que han quedado gravados a fuego en tu memoria, como la del primer árbol de Navidad de verdad que pudieron comprar cuando vos tenías unos siete años, las tardes nevadas decorando la chimenea con botitas para llenar de caramelos y golosinas para tus sobrinos, tu abuela jugando con sus bisnietos y tejiéndoles medias y guantes para que fueran abrigados al colegio, así como alguna vez a ustedes les había hecho también sweaters y camperas con su máquina de cocer.

Todas esas cosas – las risas, los juegos, las pisadas sobre la mullida alfombra, el crepitar del fuego en la chimenea, las voces, los chistes, las miradas brillosas, la sensación de estar en familia, la mesa llena de comida y todos sentados alrededor de ella intercambiando anécdotas -, todas esas cosas eran hermosas cuando tu abuela estaba viva, porque ella era una parte de aquello. Ahora ella no está, y sólo quedan los recuerdos, las memorias. Sólo queda el sabor agridulce de estar todos reunidos ahí y sentir su falta, porque ella ya no puede ser parte de eso. No va a volver a jugar con sus bisnietos, o a charlar con sus nietos, o a cocinar con su nuera, ni a decirle a su hijo cuánto se parece a su padre. Incluso antes de fallecer ya había dejado de hacer esas cosas, porque la enfermedad la había consumido a un punto tal que estaba retraída, perdida en su propio mundo, un mundo confuso y oscuro hecho de fantasías, retazos del pasado y palabras o expresiones que ustedes no podían comprender. Ni ella podía comprender el mundo desordenado y alterado que se había formado en su mente; no se sentía cómoda en él, pero tampoco pertenecía al mundo real, porque ése ya no le parecía propio, porque desconocía a todo lo que lo formaba. Qué triste y qué terrible que exista una enfermedad capaz de arrancarte de la memoria los rostros, las voces, las sonrisas de las personas que amás; qué triste y qué terrible que exista una enfermedad capaz de arrancarte de la memoria los momentos que alguna vez compartiste con esos seres amados y que te hicieron feliz, los ruidos, las costumbres, los hábitos, las sensaciones que alguna vez te trajeron confort y seguridad.

La casa de tus padres es grande, mucho más grande de lo que los dos alguna vez pensaron sería cuando en su juventud llegaron a los Estados Unidos cargando consigo sus sueños, sus aspiraciones y sus esperanzas, con bolsillos que tenían apenas el dinero suficiente para subsistir y más necesidades que comodidades; sin embargo, no es lo suficientemente grande para que catorce adultos y diez criaturas cuyas edades van desde el año hasta los dieciocho se reúnan cómodamente en un solo ambiente, por eso cuando están todos juntos generalmente tus sobrinos comen primero, luego si el clima lo permite van a jugar al jardín, o a mirar algo de televisión mientras almuerzan ustedes. Las únicas excepciones son Navidad, víspera de Año Nuevo y Acción de Gracias, ocasiones en las que tu mamá prepara una mesa impresionante en el comedor diario, con su mejor vajilla y los mejores adornos.

Cuando entrás otra vez a la cocina, ves a tu mamá sonriendo con dulzura a sus nietos, moviéndose de un lado a otro sirviéndoles jugo de naranja o Coca-Cola, repartiendo servilletas rojas, revolviéndole el cabello a uno, dándole un beso en la cabeza a otro, mezclándose el sonido de sus pasos por el suelo con las risas y las vocecitas de todos ellos mientras atacan dos grandes fuentes repletas de empanadas. Te gusta ver a tu mamá sonreír, es un cambio agradable, pero más agradable aún es ver a tu papá sentado en una banqueta a un costado con Sophia, la menor de todos, en su regazo, dándole de comer pedacitos de queso fresco y jamón mientras la nena gorgoja y aplaude contenta y divertida en brazos de su abuelo; tu padre tiene las facciones mucho más relajadas, los ojos le brillan de manera especial, y ese aspecto sombrío y triste que lo envolvía esta mañana ha sido suavizado. Lara, Catalina y Lucas – los más chiquititos – también están sentados cerca de él, sonriendo con inocencia, con dulzura, contentos de estar en casa de los abuelos, sin entender realmente qué significa esa explicación que probablemente sus mamás les dieron diciéndole que 'la bisabuela se fue al cielo a jugar con lo angelitos'; ellos, tan chiquitos y tan ajenos al mundo de los grandes, es muy seguro que piensen que su bisabuela de verdad se fue al cielo a jugar con ángeles, porque para ellos esa versión suena real, mucho más real que la muerte en sí y lo que morir significa.

"Hola tío" te saluda Demian, tu sobrino mayor, quien está sentado en la cabecera, al notar tu presencia. Él, ya con edad suficiente de comprender, sí tiene un aspecto algo sombrío y cansino, como si la noticia lo hubiera tomado por sorpresa, como si sintiera tristeza porque ya no va a volver a jugar una partida de cartas con la bisabuela Rosa, como si tuviera la nostalgia a flor de piel, como si tuviera imágenes de memorias guardadas muy dentro del corazón desfilando una detrás de la otra por su mente en cuanto baja la guardia. Sin embargo, tiene también ese mismo aspecto de paz y alivio que los demás, que significa: 'hicimos lo que pudimos, la cuidamos hasta el final, y ella ahora ya está mejor, ya no sufre, murió tranquila mientras dormía, y ahora está bien'.

Vos no estuviste hasta el final. Dios, cómo te duele eso, cómo te apuñala eso en el estómago repetidas veces y sin clemencia, cómo te mata saber que no fue si no escasos días antes de su muerte que volviste a llamarla para hablarle desde el corazón, con el alma expuesta, para compartir con ella cosas íntimas y profundas como las que siempre compartiste, para hablarle con la misma sinceridad y la misma soltura con la que le hablabas cuando estaba sana y podía escucharte y aconsejarte. Cómo te destroza saber que en los últimos años te alejaste cuándo viste cuánto dolía verla siendo consumida por una enfermedad que carcomía su memoria hasta dejar pedazos que acababan haciéndose polvo, ceniza. Cómo te destroza saber que le fallaste, que en lugar de seguir demostrándole cuánto la querías (cuánto la querés), te alejaste y te distanciaste porque te angustiaba demasiado que no pudiera recordarte.

Tragás con dificultad, luchando para no desmoronarte. Hace horas que venís luchando para no desmoronarte. Hace horas que venís tragándote los gritos que quisieras dejar salir. Hace horas que venís conteniendo las lágrimas. Hace horas que venís manteniéndote fuerte y compuesto cuando la realidad es que ya no podés más. Si no tuvieras a Michelle ahí, tomada de tu mano, si no pudieras escuchar el sonido de su respiración y sentir los latidos de su corazón, si no la tuvieras a ella demostrándote en esa circunstancia nefasta y teñida de bronca por cómo tu madre y dos de tus hermanas reaccionaron que nunca va a abandonarte y que va a estar con vos para siempre pase lo que pase… Ni querés pensar en lo terriblemente insoportable, lo terriblemente incontenible que sería el dolor si no la tuvieras a ella dándote el apoyo que te hace falta para seguir en pie (mareado, angustiado, confundido, decepcionado, compungido, con el estómago cerrado en un puño y un nudo en la garganta, pero de pie).

"Hola, Demian" devolvés el saludo.

Es el mismo Demian al que le enseñaste a batear cuando tenía cuatro años, el mismo Demian al que hiciste fanático de Chicago Cubs siguiendo la tradición dejada por tu abuelo, el mismo Demian que una vez se disfrazó de doctor con el estetoscopio de su mamá para ir a pedir dulces en Halloween cuando tenía ocho años, el mismo Demian al que le compraste su primera pelota de basquetbol para su cumpleaños de nueve... No sabés si toda esta situación te sensibilizó, pero no podés evitar preguntarte dónde estabas cuando ese nene chiquito al que tuviste en brazos dieciocho años atrás y que te dio el título de 'tío' creció hasta convertirse en un joven atlético, mucho más alto que vos (bueno, no tanto, pero sí al menos una cabeza), piel bronceada, voz gruesa…

Salvando vidas estabas. En la marina, primero, en la Unidad Antiterrorista de Los Angeles después. Combatiendo a la maldad, estabas. Confiando en Nina, que resultó ser la encarnación del diablo, estabas. Recuperándote de tu corazón roto, estabas. Encerrándote dentro de vos mismo y alejándote de todo para que no vieran lo débil y vulnerable que habías quedado, estabas. Obsesionado con tu trabajo, estabas.

¿Y ahora dónde estás? Ahora estás en un punto en el que te sentís más humano que nunca. Ahora estás en un punto en el que te arrepentís de muchas cosas, más que nunca, la primera de ellas haber dejado de comunicarte con tu abuela simplemente porque no soportabas el dolor que se originaba dentro de vos cada vez que te dabas cuenta que no te recordaba, que habías sido borrado de su memoria, que eras un extraño. Ahora estás en un punto en el que creés en el amor más que en ninguna otra cosa. Ahora estás en un punto en el que un montón de cosas están cobrando significados que antes no hubieras sabido darles, o que no hubieras sabido interpretar.

Si esto es ser un humano, entonces duele, y es difícil, y es complicado, y es desgarrador. Pero también tiene cosas lindas, cosas hermosas que hacen que todo valga la pena: si no fueras un humano, no podrías amarla a ella; si no fueras un humano, no podrías hacerla feliz; si no fueras un humano, no sabrías apreciar lo lindo de un abrazo o una sonrisa.

También te preguntás cuándo fue que te volviste tan filosófico… Pero no es momento éste para divagar sobre ello.

"Estás demasiado alto" comentás a Demian, estrechándole la mano como si fuera un igual, un adulto, y ya no un 'nene' (porque la realidad es que no lo es) "Debés medir casi dos metros"

"¿Quién hubiera pensando que un gnomo como mamá podría tener un hijo lo suficientemente alto como para ser basquetbolista?" comenta Pedro – hermano de Demian -, con un dejo de ironía, en tono de broma.

Pedro es el chistoso de la familia, el que siempre hace reír a todos, el comediante, el que siempre tiene un chiste bajo la manga, el que 'zafa' de que lo reten porque se las arregla para aliviar cualquier enojo o tensión provocando la risa de sus padres, el que hace payasadas, el que es el centro de atención en todas las reuniones desde que aprendió a caminar y a hablar. Es parecido a Christian en carácter, muy parecido a Christian, y físicamente también (después de todo, es hijo de Eva, y él y Eva eran hermanos mellizos). Tiene la tez de un color tostado que evidencia su origen latino, el cabello oscuro y finito, ojos negros y profundos, es alto, delgado y algo desgarbado, y tiene un humor divertido y contagioso.

Ves a ambos muchachos intercambiar miradas de intriga el uno con el otro al fijarse en Michelle, antes de ambos dirigirte a vos una mirada entre divertida y cuestionadora. No tenés idea de cuánto saben sobre tu situación con Nina; la conocieron años atrás cuando la llevaste a esa cena de Acción de Gracias pero no se fijaron demasiado en ella, sin embargo dudás que en ninguno de sus oídos hayan caído accidentalmente comentarios hechos por tus hermanas o por tus padres, después de lo que pasó, después de que volviste destrozado, angustiado, con el corazón y la confianza rotos, lamiéndote las heridas, sintiéndote terriblemente culpable, con el puñal todavía clavado en la espalda. Probablemente tanto Pedro como Demian sepan que te traicionaron, que te usaron. No desconocen la naturaleza de tu trabajo – a diferencia de tus sobrinos más chiquitos, que piensan que sos una especie de superhéroe o algo por el estilo -, así como suponés que tampoco desconocen qué acabó siendo Nina: una asesina a sangre fría, una loca, una psicópata, una traidora, una desquiciada. Estás seguro que alguna vez escucharon algún comentario sobre el tema. Pero cuando Pedro te guiña un ojo rápidamente y Demian te sonríe con un dejo de picardía, tomás a ambos como gestos de complicidad; aparentemente no tienen los mismos pensamientos que tu mamá y parte de tus hermanas, las cuales deben estar convencidas que cualquier mujer que se te acerque sin consentimiento y previa aprobación de ellas es otra lunática que sólo tiene como propósito usarte o lastimarte.

"Pedro, no llames gnomo a tu mamá" lo reta su abuela.

"Perdón, abue, fue cariñosamente" se disculpa con su mejor carita de pobre angelito.

La misma carita con la que Christian se salvaba de muchos castigos cuando hacía travesuras.

Tu mamá se seca nuevamente las manos en el delantal que lleva puesto para no mancharse la ropa, te mira y te dice:

"Todavía no vamos a comer nosotros, Anthony; los chicos están almorzando primero" es una voz cordial, no es cortante, pero tampoco es cariñosa, tampoco es la voz a la que tu mamá te tiene acostumbrado.

Es obvio que sigue enojada porque no le contaras sobre Michelle, es obvio que ella también está haciendo todo lo que puede para no desmoronarse y mantenerse compuesta para ser el sostén de su marido y de sus hijos (no es que justifiques su comportamiento, no, pero son cosas a tener en cuenta), es obvio que está cansada como todos pero que tiene que seguir con la cabeza en alto por el bien de la familia, es obvio que sigue disgustada porque la chica de la que afirmás estar perdidamente enamorado tiene apellido francés y ojos orientales en lugar de llamarse 'María Domínguez' y lucir como la ganadora del concurso Miss Latinoamérica o algo por el estilo, y que sumado a todo eso no es ama de casa o médico, si no que se gana la vida como vos: protegiendo al país de ataques terroristas.

Suspirás, buscando las palabras adecuadas, respirando hondo antes de hablar, queriendo hacer el insoportable dolor a un lado y comportarte como un ser humano medianamente funcional.

"Ya lo sé" decís ", pero quería pasar algo de tiempo con mis sobrinos" les sonreís, y ellos levantan la cabeza para devolverte la sonrisa y luego vuelven a dedicarse a atacar las empanadas ", y presentarles a Michelle" agregás.

Tu mamá frunce los labios, y se forma en su rostro una mueca que hubiera sido digna de estar ahí plasmada en el caso de que Michelle fuera una ex convicta, traficante de drogas, con toda la cara perforada, vestida de cuero, con la moto estacionada en la puerta y un cigarrillo entre los dedos, lista para corromper a tus pobres e inocentes sobrinitos. Si tu mamá pudiera entender que Michelle es la persona más dulce del mundo, que es la cosita más tierna que puede existir, si tu madre se sacara de la cabeza sus expectativas y prejuicios, si dejara de pensar que las cosas tienen que ser blancas o negras y que no pueden existir grises, si pudiera entender que no todas las mujeres que trabajan en la CTU son víboras venenosas y arpías traicioneras como Nina, si pudiera respetar tus decisiones y tus sentimientos, si pudiera dejar de tener la mente cerrada… De tu madre este tipo de conducta jamás la hubieras pensado o esperado, pero aparentemente pasaste muchos años de tu vida con una venda en los ojos.

Tus sobrinos, sin embargo, están mirando a Michelle con la curiosidad natural que tiene cualquier criatura ante una persona que no conoce y que es ajena a su entorno.

"Hola" Michelle saluda con timidez, y ellos le devuelven el saludo de la misma manera (incluso Sophia, que sólo sabe un puñado de palabras básicas, trata de saludarla diciendo un 'oa' bajito pero cargado de ternura), a excepción de Pedro y Demian, cuyas voces suenan un poco más fuertes que las del resto.

"¿Y ella quién es?" inquiere Maggie, señalando a Michelle con un gesto de la cabeza.

"Ella es Michelle"

"Es tu novia" deduce Maggie enseguida, quien para su corta edad tiene bastantes capacidades para percibir y darse cuenta de cosas que otros a los ocho años pasan por alto porque están demasiado entretenidos jugando o distrayéndose con cualquier pavada.

"Sí, es mi novia" confirmás, poniéndote un poco colorado como si vos mismo fueras un nene de ocho años contándole a sus compañeritos de colegio que le gusta una chica.

"¿Y los abuelos te dieron permiso para tener novia?" pregunta Milagros desde su inocencia, mirándolos alternativamente a vos y a tu papá.

¿Qué irónico, no? Un comentario hecho desde la inocencia, desde la visión del mundo de una nena de seis años, se siente como si estuvieran clavándote el dedo en la yaga.

¿Tenés que pedirles permiso a tus papás para enamorarte de una mujer que no sea latina? Esa pregunta ha estado colgando en tu cabeza cual espada de Damocles durante algunas semanas, desde que Martina te mencionó que ellos en un principio habían pensado que Nina no era indicada para vos incluso antes de conocerla, porque era americana y no latina, y ellos querían que vos encontraras la felicidad con alguien de 'tu origen' (cómo si uno pudiera elegir con quién encontrar la felicidad, ¿no? Dios, qué ridiculez). Esa espada de Damocles en las últimas horas se ha ido acercando más y más a tu cabeza, a tal punto que casi podés sentir la punta balanceándose encima de vos. Tu mamá te dijo que iban a hablar ella, tu papá y vos más tarde, y asumís que 'más tarde' es después del funeral, el entierro y la pequeña reunión íntima con sus amigos más cercanas y la familia. No tenés ganas de pensar en qué clase de conversación van a tener porque eso sería subirte más peso a los hombros cuando en este preciso instante así como estás apenas podés mantenerte en pie, pero si hay algo que sabés es que definitivamente no necesitás el permiso de tus padres para salir con Michelle.

Abrís la boca para replicar – sin dejar de acariciar el dorso de su mano con los nudillos de la tuya para tranquilizarla -, cuando tu papá contesta la pregunta de Milagros:

"Mili, Tony ya es un adulto, no necesita pedirnos permiso a mí o a tu abuela para tener novia" ríe ante lo inocente de el interrogante de su nieta.

Qué bueno saber eso pensás sarcásticamente, pero lo cierto es que la respuesta de tu papá te trae, de algún modo, alivio, porque te das cuenta que fue una respuesta sincera. La sinceridad siempre se ve en los ojos de tu papá cuando las palabras que dice están impregnadas de ella, y en este caso sabés que está siendo honesto: él, a diferencia de tu mamá, sabe que tenés treinta y cinco años y que no tienen que 'autorizarte' para que tomes decisiones personales en tu vida (en realidad, a esta altura ya no tienen que autorizarte para que tomes ninguna decisión); la diferencia entre tu papá y tu mamá es que – aún si él desearía que el único hijo varón que le queda se casara con una mujer de sus mismos orígenes, de sus mismas raíces, con sus mismas costumbres, con sus mismos genes, con un apellido latino y una familia de la comunidad latina -, él es un poco más comprensivo que ella (bueno, es bastante más comprensivo que ella), y muchísimo menos caprichoso y testarudo. Estás seguro de que a él lo lastimó que durante meses guardaras el secreto, que no le contaras que te habías enamorado, que no le hablaras de Michelle y que hayas dejado tu silencio durar demasiado, pero también estás seguro que a tu papá probablemente le interesa sólo aconsejarte para que no te rompan el corazón otra vez, para que no te lastimen de nuevo, para que no te lleves otra desilusión, para que no vuelvas a quedarte hechos pedazos… por tu propio bien. Si tiene algún problema sobre el origen de Michelle, va a tragarse sus sugerencias u opiniones en lugar de hacer una escenita de telenovela como tu mamá. Es reconfortante la certeza de que, incluso si no va a darte una palmada en la espalda y felicitarte, al menos tiene la sabiduría suficiente para respetar tus decisiones y aceptar que sos un hombre adulto.

"Me gustan tus rulos" expresa Maggie en voz alta, y señala el cabello de Michelle, que está recogido por una hebilla larga de plástico, y le sonríe.

Maggie siempre dice lo que piensa, en el momento en que lo piensa, sin vergüenza ni miramientos, sin morderse la lengua, sin timidez, con absoluta resolución. Le encanta expresar sus ideas y sus opiniones, y no tiene inconveniente en hacerlo, incluso si acaba de conocer a la persona a la que se está dirigiendo, como en este caso. Te gusta eso de Maggie, y te recuerda mucho a su mamá, Eva, porque de chica era igual: iba de frente en todas circunstancias, y tenía un carácter fuerte y bien marcado. También es, como Eva, algo mandona y sabelotodo, pero no por eso menos adorable.

"Gracias. Tu pelo también es muy lindo. Siempre quise tener el pelo así de lacio"

"No, no" Maggie niega con la cabeza, dándose aires de sabiduría "No sabés lo que decís" toma una postura adulta, gesticulando con las manos, haciendo gestos de 'nena grande' "Es horrible, todas las mujeres en mi familia tienen el pelo lacio, no hay personalidad en eso. A mi me encantan los rulos" sigue con su postura adulta, lo cual te causa ternura ", y mamá me dijo que para mi cumpleaños va a regalarme un aparato para hacerme bucles"

"Dijo que iban a regalártelo si te portabas bien y sacabas buenas notas en Matemática" Rodrigo, su hermanito de seis años, interviene, buscando pelea. Y te recuerda un poco a tu niñez, cuando tus hermanos y vos se provocaban los unos a los otros a propósito, se enojaban un ratito, y después como si nada seguían jugando contentos y felices, sin resentimientos, sin rencores.

"A Maggie no le va muy bien en Matemática" comenta Pedro con un bufido.

"Pero la tía Martina va a ayudarme para que me saque mejores notas" se defiende "Además, en todas las otras materias tengo 'excelente felicitado'"

Tu otra sobrinita interrumpe la discusión entre sus dos primitos:

"¿Podemos peinarte después?" inquiere Udine mirando a Michelle, esperando convencerla con una sonrisa.

"Sí, claro" contesta, y te das cuenta por su tono de voz que está contenta porque tus sobrinos parecen haberse interesado en ella enseguida, pero también te das cuenta que está un tanto sorprendida y abrumada, siempre en el buen sentido de la expresión, como si tanta calidez de pronto luego de la frialdad de la mañana la hubiera tomado por sorpresa.

"¿Podemos hacer de cuenta que estamos en una peluquería de verdad?" indaga Milagros.

Michelle ríe y asiente con la cabeza.

"¿Y maquillarte?" agrega Catalina, con una empanda de verdura a medio comer en la mano.

"Sí, también"

"Uff, no sabés en lo que te estás metiendo" Pedro comenta con un silbido, moviendo la cabeza de un lado al otro y mordiéndose el labio en gesto pensativo y sabiondo. Se lleva una mano a la frente y mira a Michelle como si estuviera loca "… Te van a tener como dos horas sentada, poniendo y sacando hebillitas, y después van a querer pintarte con esos cosméticos berreta de las princesas de Disney…" hace un gesto muy gracioso, pasándose un dedo por el cuello y cerrando los ojos fuertemente, como queriendo comparar eso a la muerte o a un castigo muy tortuoso.

"Callate, tonto" le espeta Maggie.

"No se preocupen, estoy segura de que son muy buenas maquilladoras" Michelle las tranquiliza con una sonrisa "Tengo una sobrinita de cinco años, y a ella también le gusta mucho maquillarme. Estoy acostumbrada" le dice a Pedro, manteniendo la misma sonrisa, aunque sabés que debe dolerle recordar las veces que jugó con su sobrina, a la que ya casi no ve porque su ex cuñada es una estúpida que desquita sus frustraciones por su matrimonio fallido en Michelle, impidiéndole ver a sus sobrinitos.

Por eso vos querés compartir a tus sobrinos con ella. Querés que le digan 'tía', que se peleen para ver quién la maquilla y quién la peina, que jueguen con ella, que la abracen como te abrazan a vos, que se pongan contentos de verla como cuando te ven a vos. Querés que la hagan sonreír como te hacen sonreír a vos. Querés que signifiquen tanto para ella como significan para vos. Querés darle la clase de familia que ella se merece tener, pero que nunca tuvo.

"¿Qué hacés con ese álbum, Anthony?" inquiere tu mamá de pronto, como queriendo desviar la atención de Michelle.

Ana Almeida es una de las personas más observadoras que conocés, y es evidente que no necesita preguntar qué estás haciendo con ese álbum o por qué tenés ese álbum, porque debe imaginarse cuál será la respuesta; en realidad, cualquiera se imaginaría la respuesta, es bastante obvia. Sin embargo contestás a su pregunta de todos modos:

"Estuve mostrándole a Michelle fotos de cuando era chiquito" evitás mencionar a Martina; no sería justo que tu mamá se la agarrara con ella simplemente porque está siendo amigable con Michelle "Hay detalles sobre cuándo algunas fueron tomadas que recuerdo, pero otros no. Pensé que quizá después podríamos verlas juntos" sugerís esperanzadamente "Probablemente vos te acuerdes anécdotas sobre cada foto"

"Bueno, ahora estoy ocupada con las cosas del almuerzo" se disculpa educadamente, levantando algunos platos cubiertos de migas para llevarlos al fregadero.

"Quizá más tarde…" empezás, pero Udine te interrumpe.

"Dijiste que después de almorzar ibas a ver una película con nosotras, tío" te recuerda.

"Ya lo sé, pero después de eso" mirás a tu mamá, quien está de espaldas a ustedes, lavando y secando la vajilla que acaba de levantar de la mesa", tal vez abuelita pueda sentarse conmigo y con Michelle y contarme algunas cosas sobre estas fotos" tenés el corazón en un puño y sus latidos son tan fuertes que golpean contra tus costillas "Significaría mucho para mí si lo hicieras" agregás, dirigiéndote directamente a tu mamá.

Ana guarda silencio por unos segundos antes de cerrar el grifo, dejar el repasador a un lado y secarse nuevamente las manos húmedas en el delantal que lleva puesto. Abre la boca para decir algo, pero las palabras nunca se transforman en sonido.

"Sí, quizá más tarde podríamos ver algunas fotos viejas" interviene tu papá, que hasta el momento había estado en silencio, dándole de comer pedacitos de jamón y queso a Sophia. Ves en sus ojos un brillo nostálgico "Tus fotos de chiquito son muy graciosas, Anthony: siempre estabas durmiendo la siesta en algún lugar poco convencional. Ana, ¿te acordás cuando lo encontramos debajo de la mesa?" recuerda casi risueño, y en su rostro se dibuja una expresión como si estuviera viajando en el tiempo al punto exacto de ese momento, el punto exacto de ese recuerdo.

Recuerdos… La cabeza de tu abuela quedó vacía de recuerdos. Recuerdos de su hijo, de sus nietos, de sus bisnietos, de sus salidas con amigas a los salones de té, de su matrimonio y el hombre al que amó, de las mañanas de Navidad abriendo los regalos, de las largas conversaciones que alguna vez tuvo con sus seres queridos, de los domingos a la tarde merendando en familia… A tu abuela la enfermedad le quitó todos esos recuerdos. Esos mismos recuerdos que tu papá tiene y que tu abuela alguna vez también tuvo, recuerdo de todas las cosas lindas y tiernas de la vida... No querés imaginarte si en un futuro te toca pasar por lo mismo: que tu cabeza sea vaciada de esos recuerdos, poco a poco, que te arranquen la memoria, que te consuman la memoria lentamente.

¿Cómo será la vida sin el recuerdo de esos pequeños detalles que la hacen hermosa?

Antes de que tu mamá conteste a lo que dijo tu papá, se abre la puerta de la cocina, y entran tus hermanas y tus cuñados. Los nenes se levantan enseguida – menos Pedro y Demian, que probablemente se queden a comer también con los grandes, como hacen siempre desde que son chiquititos, porque tienen un estómago sin fondo y aprovechan cuanta ocasión se presente para repetir -, y los adultos comienzan a sentarse, conversando entre ellos y con sus hijos o sobrinos, las voces llenando el ambiente, recordándote lo ruidosa y charlatana que tu familia es. Y aunque este sea un día signado por el dolor y la angustia, aunque sea un día en el que no deseás más que esconderte y quedarte a solas con ella para llorar hasta vaciarte, aunque este es un día en el que darías hasta lo que no tenés por poder escapar con ella y hablarle durante horas y horas de tus sentimientos, tu culpa, tus preocupaciones, tus reflexiones, aunque en este día desearías que la única preocupación haciendo peso en tu corazón fuera la de tener que ver una película de ciento veinte minutos sobre ranas que se convierten en príncipes por puro amor a tus sobrinas, aunque en este día te diste cuenta que tu mamá no es tan perfecta como pensabas y la decepción sigue calando hondo y hondo en tus huesos, a pesar de todo eso, esta escena – todos en la cocina: tus hermanas, tus sobrinos, tus padres – te recuerda lo mucho que los amás a todos y lo importantes que son para vos. Son tu familia, la familia que te crió y cuidó, la familia con la que construiste tantas memorias y recuerdos que no querrías perder nunca, que no querrías que ellos perdieran. La familia con la que querés seguir construyendo memorias y recuerdos. La familia de la que querés Michelle forme parte, porque sabés que una vez que puedan conocerla y aceptar que no es bueno apegarse a los estereotipos, van a darse cuenta que ella es un ángel y van a encariñarse con la misma facilidad con la que tus sobrinas se encariñaron en menos de cinco minutos. Ellos son tu familia, la familia que querés llevar en el alma y en el corazón a pesar de todo, a pesar de las distancias, a pesar de tu trabajo, a pesar de las complicaciones, a pesar de lo que vaya a suceder de aquí en adelante.

Son tu familia.

Eran la familia de tu abuela.

Y tu abuela los olvidó cuando perdió la memoria…

Y tu abuela dejó de reconocerlos.

Y cada momento vivido con ellos de su cabeza desapareció.

Y ella vivió sus años finales sin esos recuerdos, sin esas memorias lindas, sin esas sonrisas grabadas en su mente, sin fragmentos de momentos hermosos reproduciéndose de tanto en tanto y arrancándole carcajadas o lágrimas nostálgicas.

¿Y si a vos te pasa lo mismo? una vocecita malvada canta en tu cabeza, volviendo más reales los miedos que vienen acechándote desde hace varias horas, los miedos que vienen gestándose, preparándose para embestir.

¿Y si a vos te pasa lo mismo, y una enfermedad horrible te arranca estos recuerdos?

¿Y si ellos se olvidan de vos? ¿Si tus hermanas o sobrinos el día de mañana también pierden la memoria hasta el punto de no acordarse de sus propios nombres y te desconocen totalmente? ¿Y si llega un día en que tus padres no guardan registro alguno de haber tenido un hijo? ¿Y si llega un día en que tengas que recordarles tu nombre y explicarles quién sos, a cualquiera de ellos, sean tus hermanas, tus padres o – Dios no lo permita – alguno de tus sobrinos?

¿Y si esa misma enfermedad que te robó a tu abuela ataca a Michelle? ¿Si Michelle pierde la memoria y se olvida de la vida que van a construir juntos? ¿Si de pronto en la vejez a ella también la consume el Alzheimer hasta dejarle la cabeza reducida a cenizas?

Intentás sacudirte esos miedos. Si pensás en esas cosas, si dejás que te dominen esas voces que sólo quieren sembrar inquietudes, vas a terminar desmoronándote, vas a terminar perdiendo el control. Sentís el estómago contraerse de nuevo, las rodillas se te aflojan, la mano que sostiene la de ella pierde sensibilidad, y las voces de los que conversan mientras tu mamá prepara todo para almorzar con sus hijos, marido y yernos se apagan hasta volverse ecos distantes y lejanos que pareciera te llegan a los oídos a través de un estrecho túnel.

Lo único que escuchás con claridad son tus miedos, esos miedos que están mordiéndote el alma, lastimándola pedacito a pedacito, esos miedos que quieren controlarte…

Combatís terroristas, manejás armas, te exponés prácticamente a diario, lidiás con lo peor del mundo, con el costado más terrible y oscuro, tratás con la muerte cara a cara, enfrentás el peligro con la frente en alto, estás a cargo de proteger a muchos inocentes, defendés a tu país… Y tu mayor miedo, te estás dando cuenta, bien podría ser el olvido.

Miedo a olvidar.

Miedo a que te olviden.

Lo que Michelle te dijo hace un rato en la terraza, eso de que el alma y el corazón no olvidan… Lo creés, en teoría. Pero no sabés si podrías soportar el olvido de otro ser amado. No sabés si podrías soportar olvidar a un ser amado…

Sentís sus dedos aferrándose a los suyos con fuerza, sentís sus labios depositando un rápido beso en tu mejilla. Luego escuchás la voz de una de tus hermanas, y vas volviendo a la realidad, decidiendo que los miedos e inquietudes podés empujarlos hacia adentro hasta más tarde, hasta cuando puedas hablarlo con Michelle, contárselo a ella para que te ayude a tranquilizarte, para que te calme, para que te sane como sabés que solamente ella puede sanarte.

"¿Ya terminaron de comer las empanadas que hizo la abuela?" pregunta Fiona, acercándose a Lara para alzarla en brazos; la nena es tan tímida que enseguida esconde la cabeza en el cuello de su mamá. Tiene tres años pero no habla mucho, o al menos no tanto como Maggie o Udine hablaban a esa edad. Es tan vergonzosa que tu hermana varias veces te habló de que su marido y ella están pensando en llevarla a una psicopedagoga el año entrante para que la ayude a sociabilizarse mejor con otros antes de que comience el jardín de infantes.

"Sí, mami. Y ahora" Udine va hasta donde estás vos y te toma de la mano, casi arrastrándote "el tío va a venir a ver una película con nosotras"

"El tío tiene que comer primero" les recuerda Fiona a sus hijas y a sus sobrinas.

"Además quizá luego quiera dormir la siesta" señala Eva, sentándose a la mesa entre John y Fernando.

"Tal vez puedan dejar lo de la película para otro día" sugiere Andrés a sus hijas y a sus sobrinas.

Tratás de que tu voz no suene pausada, queda o quebrada, tratás de sonar natural, tratás de que no se noten las horas de cansancio físico y emocional acumuladas, las ganas de llorar, la necesidad de dormir, la decepción que las actitudes de tu mamá te provocan, el dolor, el miedo.

"No, está bien" decís, al tiempo que vas hacia un extremo de la mesa, donde hay dos sillas vacías, y ocupás una de ellas al lado de tu papá, dejando que Michelle ocupe la otra al lado tuyo. Instintivamente tomás una de las manitos de Sophia en tu mano – que a comparación de la suya es enorme – y te ponés a jugar con sus deditos chiquititos y frágiles mientras hablás "Tengo ganas de ver una película con mis sobrinitas, en serio" aclarás.

"Y ella también va a ver la película con nosotras" anuncia Catalina, señalando a Michelle.

"Y después vamos a jugar a la peluquería" agrega Milagros.

"Bueno" interviene tu mamá ", tampoco pueden obligar a esta pobre chica a jugar con ustedes como si fuera una muñeca de trapo a la que pueden llevar de un lado al otro" acota tratando de sonar agradable, pero con un dejo de irritación en la voz que vos sí percibís "Y su tío está cansado: voló toda la noche desde Los Angeles y estuvo toda la mañana ayudando al abuelo con unos trámites. El pobrecito debe querer dormir la siesta ahora"

Estás a punto de decirle que para Michelle y para vos no es un problema pasar algo de tiempo jugando con las nenas, cuando ella te sorprende dirigiéndose directamente a tu mamá.

"Señora Almeida" comienza con una voz tranquila y dulce teñida de timidez ", tengo sobrinitos de esta edad, y estoy acostumbrada a que siempre quieran jugar. No es una molestia para mí"

"Bueno, entonces nosotros vamos a ir a jugar un ratito al jardín, y después cuando terminan de comer ustedes vamos a ver la película, ¿sí?" Udine dice, contenta.

"Trato hecho" Michelle extiende una mano sonriéndole, y la nena la toma, devolviéndole la sonrisa.

"Jueguen con cuidado, no corran, no se resbalen" les advierte John.

"Lucas, no te agites" le dice Fernando a su hijo, protectoramente "Si no después vas a tener bronco espasmo y vas a necesitar una nebulización"

"¿Tenés sobrinos, Michelle?" Fiona pregunta amablemente, luego de que los nenes se hayan ido al jardín, quedando los adultos, tus dos sobrinos mayores, Sophia, ahora en brazos de su papá tomando una botella con leche tibia, y Lara, acurrucada en el regazo de Andrés (es demasiado tímida y no habla mucho, por lo cual generalmente no participa de los juegos con sus primos y hermanas).

"Sí, tres sobrinitos"

"¿Son una familia con muchos hermanos como la nuestra?" se interesa Eva.

Dios, ya empezó el interrogatorio de nuevo pensás, al tiempo que te servís una crocante empanada de carne de las que están en la fuente.

Michelle no tiene una familia convencional. En realidad, la forma correcta de decirlo sería 'Michelle no tuvo una familia convencional', porque la realidad es que Michelle no tiene una familia: su papá murió cuando ella era una beba de once meses, su mamá la abandonó, su abuela falleció seis años atrás, y su hermano recién ahora que está luchando por recuperar la estabilidad, ser un buen padre y encaminarse la tiene en cuenta, porque antes de necesitarla para que le dé apoyo y soporte no hizo más que tratarla mal, ignorarla y hacerla sentir diferente y poco apreciada por ser solamente su medio hermana. Michelle no tuvo la familia que se merece, la familia que esperás poder darle, y no creés que sea bueno que tus hermanas hagan preguntas que puedan hacerla sentir incómoda.

"Tengo un hermano mayor. Vive en Los Angeles, como yo"

Tu hermana menor nuevamente interfiere para evitar que la acribillen a preguntas. Con mucho tacto y disimulo, antes de que siguieran indagando sobre la vida de Michelle, Martina cambia de tema, mencionándole a tu papá dos poesías en castellano que piensa serían lindas para leer mañana por la mañana en el acto religioso.

"Tu abuela hubiera considerado a ése un gesto hermoso, Martina" los ojos de tu papá se humedecen un poco "Eran sus dos poesías favoritas"

"Neruda era su autor favorito. Cuando tenía tres años me leyó muchos de sus trabajos"

"A veces la llamaba por teléfono simplemente para leerle un poco" Gabrielle, de pronto pensativa y con las facciones tensas, como si estuviera aguantando el llanto, comparte ese pedacito de su relación con la abuela "Siento que pasaron años y no un par de días desde la última vez que le hablé…"

La culpa te cierra la garganta, y de pronto no tenés tantas ganas de servirte otra empanada.

Vos no llamabas a tu abuela para leerle fragmentos de sus autores favoritos, pero deberías haberlo hecho. Ella, cuando trabajaba arduamente todo el día para ayudar a tus padres a realizar sus sueños y mantener a la familia, aún estando cansada, de todos modos pasaba una hora leyéndoles cuentos infantiles o conversando con vos y tus hermanos, siempre sentada a los pies de tu cama (en secreto, una vez te dijo que elegía ese sitio porque vos eras su nieto favorito).

"Tu abuela no querría que nos sentáramos a llorar, Gabrielle" tu mamá frota la espalda de su hija por unos segundos, mientras Fernando toma una de sus manos entre las suyas "Tu abuela querría que recordáramos cosas lindas sobre ella, anécdotas divertidas, con una sonrisa en la cara" continúa, mirando a sus hijos y a su marido.

El resto de la comida pasa entre risas que en realidad quieren disfrazar el llanto, ojos humedecidos por las lágrimas que nadie se atreve a dejar caer, y hermosos recuerdos sobre tu abuela: las cosas que hacía, las cosas que decía, las cosas que pensaba, su infinita sabiduría, su bondad, su predisposición para ayudar a todo el que lo necesitara.

Al principio la nostalgia te oprime el pecho y casi no podés respirar, pero de a poco – anécdota tras anécdota – vas relajándote, y de hecho te reís suavemente junto con los demás de algunas de ellas, tratando de contener las lágrimas que pugnan por caer y rodar por tus mejillas. La cabeza de Michelle reposa sobre tu hombro, y su cuerpo contra el tuyo se siente mucho más relajado que antes, escuchándolos hablar, riendo con una suavidad mucho más delicada y exquisita, observándolos en silencio. Instintivamente acariciás sus manos con las yemas de tus dedos, recorres las líneas de su palma, te concentrás en el sonido de su respiración más que en cualquier otra cosa, y por primera vez en tu vida no te importa mostrarle afecto a otro ser humano delante de tus padres, tus hermanas, tus cuñados y dos de tus sobrinos (los cuales sabés van a cargarte en cuanto tengan la posibilidad, porque ésa es su forma de ser. Son una especie de Fred y George Weasley, sólo que tienen el cabello negro en lugar de colorado y sus rostros no están cubiertos de pecas).

Sin embargo de a poco la tristeza toma la forma de un único pensamiento que te nubla la mirada: tu abuela vivió los últimos años de su vida sin tener registro de todo lo anterior, de todo lo vivido, de cada lucha, de cada acierto, de cada logro, de cada sueño, de las sonrisas que alguna vez iluminaron su existencia, de aquellos cuya existencia fue iluminada por su sonrisa. Vivió los últimos años de su vida con una cabeza llena de experiencias maravillosas que fue vaciándose de a poco, lentamente, hasta que perdió su identidad y se convirtió en la dueña de una masa encefálica incapaz de retener todo lo sembrado y cultivado.

¿Y si te pasa lo mismo a vos, alguna vez?

¿Y si le pasa lo mismo a Michelle, alguna vez?

¿Y si le pasa lo mismo a tus padres?

No querés pensar en eso, no querés hundirte en eso, no querés que te trague y arrastre a un agujero negro este miedo que ha aparecido para cernirse sobre vos cual ave de rapiña: el miedo al olvido, el miedo a olvidar, el miedo a que te olviden.

La sobremesa se extiende hasta las tres de la tarde. Tus padres están acostumbrados a desayunar temprano, almorzar temprano, y luego cenar cerca de las ocho o nueve de la noche como se acostumbra en algunas partes de Latinoamérica, en lugar de comer algo liviano a las cinco de la tarde como suelen hacer las familias norteamericanas.

Uno de tus cuñados hace un comentario sobre lo bien que salieron las empanadas, mientras tu mamá y Martina llevan los platos y fuentes vacías al fregadero, donde tu papá está lavando toda la vajilla con ayuda de Demian, y eso da paso a que tu madre le pregunte a Michelle, al tiempo que pasa un repasador sobre el mantel para levantar las migas:

"Nunca antes habías comido empanadas, ¿no es cierto?" está esforzándose por sonar agradable, y si no te hubiera dicho lo que te dijo temprano esta mañana luego de que llegaran, creerías que de verdad intenta llevarse bien con ella, que de verdad está interesada en iniciar una conversación.

"Tony me preparó empanadas una vez, pero no me había imaginado que existiera tanta variedad de rellenos"

"Es una comida tradicional argentina muy popular, y personalmente es una de mis favoritas. ¿Tu familia come platos orientales a menudo?" inquiere luego, tratando de sonar curiosa, pero vos no estás seguro de que las intenciones de tu mamá no sean otras que las de obtener información sobre esta mujer extraña, ajena y de raza diferente de la que le decís estás perdidamente enamorado.

"A mi abuela le gustaba mucho la comida japonesa, y solía cocinarla seguido" se limita a decir, mirando al suelo por un segundo antes de volver a posar sus ojos en los de tu mamá.

"Pensé que eras china" acota Eva.

"No, soy mitad japonesa y mitad europea. Y nací en Estados Unidos"

Ni una gota de sangre latina corriendo por las venas parecen decir las expresiones de Gabrielle, Eva y tu madre.

"¿La rama materna en tu árbol genealógico es japonesa?" Kiefer inquiere, sonando genuinamente interesado.

"No. Mi mamá nació en Europa, pero se mudó a América siendo muy pequeña. Mi papá nació en Japón y vivió ahí hasta su edad adulta, pero por motivos laborales emigró a Estados Unidos. Mi mamá y él se conocieron unos años después de que él llegara desde Japón"

"Es un país con una cultura sumamente interesante" tu papá interviene, y Michelle le sonríe con algo de timidez "Muy interesante" repite.

"Me encantaría viajar a Japón" asegura Pedro, entusiasmado "Estudiamos algunas cosas en la escuela, y toda la tecnología que tienen parece genial. ¿Alguna vez estuviste en Japón?"

"No. Me gustaría ir alguna vez, sin embargo"

"¿Hablás algo de japonés?" tu mamá se interesa en saber.

"Sí, mi abuela me enseñó. Lo domino muy bien"

"Pero no hablás español" la voz de Eva suena suave, y no le da una entonación de pregunta: más bien está afirmándolo, afirmando que – a diferencia de todos ustedes - ella no habla castellano, porque ella no es latina, porque ella es distinta, porque su origen es distinto, porque sus raíces son distintas, porque sus genes son distintos, porque a ella la crió una familia japonesa, mientras que ustedes crecieron comiendo empanadas o tacos y untando galletitas con dulce de leche, jugando al 'truco' y al 'chinchón' (juegos de cartas que ninguno de sus compañeros de colegio conocían o acerca de los cuales jamás habían oído hablar), mirando telenovelas a la tarde mientras hacían los deberes, leyendo sobre historia argentina o mexicana, hablando sobre equipos de futbol de Latinoamérica con la misma pasión con que discutían sobre estadísticas en baseball.

Siempre te sentiste orgulloso de ser hijo de inmigrantes, y sabés que lo mismo sienten tus hermanas. Tus padres tuvieron que dejar sus países de origen y mudarse a Estados Unidos en búsqueda de un futuro mejor, y aunque amen Norteamérica siguen teniendo lazos muy fuertes con las tierras donde nacieron. Entendés todo eso. Ustedes son una familia de latinos, tienen costumbres latinas, fueron educados así. Ahora, ¿tienen que sentirse amenazados o contaminados porque pretendés que alguien diferente entre al círculo de confianza, al círculo íntimo de la familia? ¿Hace falta que reaccionen así, haciéndole preguntas como si se tratara de un animal enjaulado al cual examinar?

"Estoy enseñándole algo de castellano" intervenís.

"¿Algo así como lo básico?" Eva indaga casi divertida "¡'Hola', 'chau', 'gatito', 'perrito', 'te quiero'?"

"Es un idioma difícil de aprender, tiene que empezarse con lo más simple" Martina, quien hasta el momento había estado callada, observándolo todo con interés y ojo crítico (probablemente para luego decirte en detalle lo que piensa, lo que opina, y arrojar en tu camino dos o tres consejos que podrían llegar a serte útiles), se interpone, queriendo zanjar el asunto "A nosotros nos resulta fácil porque nos lo enseñaron como primer idioma. En realidad es muy complicado, casi tanto como el Francés o el Portugués"

"Martina desde muy chica aprendió sola a hablar con fluidez varios idiomas" explica tu papá, orgulloso.

"Sí, ya lo sé. Tony me habló mucho de ella" es la respuesta que Michelle da, al tiempo que le sonríe a Martina.

"Y ustedes dos ya se habían visto una vez antes de hoy, ¿verdad?" Fiona, inocentemente, acaba de meter la pata.

"Accidentalmente, sí; nos vimos una vez por casualidad" Martina trata de restarle importancia al asunto, porque esa vez que se vieron no fue accidentalmente, ni mucho menos: fue esa mañana de sábado en la cual tuvieron que ir a la comisaría a ver a Danny porque lo habían detenido acusado de involucrarse en una pelea de bar que había terminado llevando la carátula de asesinato, y tu hermana ofició de abogada para sacarlo de entre las garras de dos policías estúpidos (o al menos eso te contó Michelle, porque vos no estuviste presente durante el interrogatorio).

Antes de que puedan seguir haciendo preguntas, Udine y Maggie regresan a la cocina para venir a buscarlos, reclamándoles que ya pasó mucho tiempo y que quieren ir a ver la película.

"Te va a encantar, Tony" Gabrielle sonríe burlona "Es un clásico de Disney. La dama y el vagabundo"

"Voy a preparar algo de pochoclo antes de subir a dormir la siesta, así pueden comerlo mientras ven la película" ofrece tu mamá "Y tengo una tableta de chocolate para vos, Tony" agrega "Sé que odiás el pochoclo"

Tu mamá, la que te crió, la que te cuidó cuando eras chiquitito, la que espantaba los monstruos que vivían en los armarios o debajo de tu cama (sí, cuando eras una criaturita tenías miedo a los monstruos que supuestamente habitaban en los recovecos más oscuros y profundos de tu habitación), la que te cantaba canciones de cuna, la que te leía cuentos, la que te preparaba el almuerzo todas las mañanas para que lo llevaras a la escuela, la que sabe qué te gusta y no te gusta, la que piensa en cada detalle, la que sigue mimando a sus hijos incluso si tienen casi cuarenta años (es obvio que el sweater color uva que Eva lleva puesto lo tejió tu mamá con todo el amor del mundo para su 'princesita', que tiene treinta y ocho años)… ¿Cómo podría una madre así no comprender que, como ella luchó para probar que el amor va más allá de las diferencias de clases sociales, vos te enamoraste de Michelle porque es hermosa por dentro, y que la amarías con la misma intensidad si en lugar de asiática fuera latina, rusa o india?

Con un suspiro decís:

"Gracias, mamá"

"Michelle, ¿querés un chocolate?" ofrece, para tu sorpresa y para sorpresa de la propia Michelle, mientras abre la puerta de la alacena de debajo de la pileta de la cocina, de donde saca dos grandes tabletas de chocolate con almendras.

"Muchas gracias, señora Almeida" acepta con una sonrisa.

Esperás que tu madre no esté siendo simplemente educada (tiene tan buenos modales, que le ofrecería café, un chocolate o una taza de té a cualquiera que pisara su casa, fuera esta persona de su agrado o no, porque ésa es la forma en que la criaron, y porque no podría soportar ser una mala anfitriona). Esperás que esté empezando a darse cuenta de esa química entre ustedes dos. Esperás que esté empezando a notar el modo en que se miran, la forma en que los ojos te brillan incluso cuando por dentro todo duele, simplemente porque ella está a tu lado. Esperás que la charla que van a tener tu papá, ella y vos sirva para aclarar las cosas y hacer calmar las aguas en lugar de agregar más presión.

Esperás no tener que enfrentarte a ella por defender a la mujer que amás. Esperás que entienda pronto que Michelle puede ser parte de esta familia aún si su origen es distinto al de ustedes. Esperás no tener que pelearte con tu mamá como ella se peleó con sus padres porque pensaban que tu papá no era merecedor de ella, simplemente porque trabajaba como obrero y no tenía la misma posición económica que ellos. Esperás poder convencerlos de que Michelle te ama de verdad y que jamás te haría daño, traicionaría o usaría. Esperás que comprendan que no todas las mujeres son como Nina, y que definitivamente Michelle es todo lo opuesto a Nina. Esperás que en medio de este caos encuentres la manera de solucionar la inseguridad que tu mamá siente, su rechazo, su temor, su estrechez de mente. Esperás que este peso que cargás en el corazón sabiendo que parte de las personas que te importan están actuando hoscamente hacia Michelle sea pasajero, y que no vaya a quedarse sobre tus hombros hundiéndote, lastimándote. Esperás que esa mamá que tanto te conoce, que siempre te cuida, que se preocupa por vos y que durante casi treinta y cinco años te despertó una profunda admiración y un gran respeto no te decepcione nunca más.

Esperás demasiado, y estás mucho más esperanzado de lo que deberías.

Tu mamá no es perfecta, y no va a faltar oportunidad de que veas claramente todas las imperfecciones que antes no veías. Dicen que los chicos en sus primeros años de vida creen a sus padres todopoderosos, capaces de hacer cualquier cosa, creen que nunca les fallarán, son sus héroes. A medida que van creciendo encuentran los defectos, las incompatibilidades, se topan con desilusiones. Frecuentemente esto ocurre en la adolescencia.

A vos, sin embargo, esto va a ocurrirte en la adultez: vas a darte cuenta de que tu mamá no es una mala persona… pero tampoco es perfecta.

Sin embargo vos estás decidido a seguir esperando, a conservar algo de esperanza en que todo va a resolverse.

Esperanzado estás, más de lo que deberías.


Tu papá, dos o tres años atrás, compró un sofisticado home theater para instalar en la habitación del tercer piso en el cual armó su biblioteca-estudio-espacio de trabajo-eventual consultorio. Allí suele distenderse viendo documentales en Discovery Channel o películas clásicas. A tu mamá, cuando era más joven, le interesaban algunas telenovelas mexicanas que miraba mientras zurcía, cocía, remendaba o planchaba ropa, en el pequeño televisor a color que con tanto esfuerzo y ahorro habían comprado luego de años trabajando y salvando cada centavo, cuando aún vivían en un departamento no tan humilde como aquel en el que vos naciste, pero que distaba de ser tan lujoso y amplio como ésta casa. Cuando la música finalmente se convirtió en su profesión, empezó a tener menos tiempo, y el televisor pasó a pertenecer a tu abuela, en el cual vio sus comedias románticas e historias dramáticas de Venezuela, México y Brasil (hasta que la enfermedad acabó por quitarle también las ganas de disfrutar de eso). Tus padres tienen un televisor de proporciones normales, común y ordinario en su cuarto, donde a veces tu mamá mira algunos de sus films favoritos o la grabación en DVD del concierto de pianistas u orquestas contemporáneos.

A tus sobrinas les encanta ver películas en el escritorio-biblioteca. El home theater, sin embargo, es totalmente imponente, el sonido y la imagen son espectaculares, y si bien el tamaño de la pantalla no es intimidante, para criaturitas de menos de diez años como tus ellas es toda una aventura que su abuelo las deje ver una película en su estudio, en el 'televisor especial'. Tu papá es muy cuidadoso con sus cosas, pero tiene la seguridad de que no van a estropear nada ni a tocar nada que no deban; de hecho, ignoran totalmente los gordísimos tomos, enciclopedias, diccionarios, libros y biografías que llenan los estantes que cubren las paredes, ni tampoco se interesan por ninguno de los delicados adornos que descansan sobre el escritorio de madera oscura prolijamente lustrada, ni la montañita de papeles que apilados se acumulan sobre él. Esa educación es como la que recibieron ustedes: ser cuidadosos, no tocar lo que no es de uno, dejar siempre todo ordenado, no ensuciar, mantener el orden, mantener la limpieza, no desacomodar nada. En un pequeño armario donde tu papá guarda algunas cosas, siempre tiene un par de mantas dobladas en el estante más bajo, para que pongan en el suelo de madera o se abriguen con ellas mientras miran clásicos de Disney o cantan al ritmo de la música de El Mago de Oz, y tiene algunos de los films favoritos de ellas mezclados entre los suyos (es muy gracioso repasar con ojo atento la colección de DVDs de tu papá, y encontrar que a El Padrino le sigue Los Aristogatos, o que a La vida es bella le siguen Blancanieves y los siete enanitos, y que a La decisión de Sofía la precede La bella durmiente.

Maggie, Milagros, Udine y Catalina están sentadas en el suelo, envueltas las cuatro en un grueso cobertor de lana color rosa tejido por las manos de tu abuela, en aquella época en la que su pasión por crear cosas estaba viva y latente antes de que su enfermedad la marchitara hasta hacerla desaparecer, como hizo desaparecer todo lo demás. Michelle y vos están semi recostados en el pequeño sillón que hay a un costado contra la pared, acurrucados bajo otra manta. Su cabeza está sobre tu hombro, tus brazos la rodean estrechándola con tanta fuerza como de la que sos humanamente posible sin lastimarla, su espalda contra tu pecho, sus manos acariciando las tuyas. En la pantalla aparecen los dibujitos de varios cachorritos y otros animales que hablan, piensan y actúan como si fueran seres humanos con sentimientos, pero en realidad no estás prestándole mucha atención a la trama.

Estás relajado, tanto que podés respirar sin dificultad. El dolor sigue presente, tan inmenso y tan hondo que duele en sí mismo, pero no es tan fuerte como antes, o al menos está dándote un descanso, una tregua. Tu cuerpo, anidado junto al de ella, ya no se siente como si te hubieran dado la peor paliza de tu vida (¿hay acaso peor paliza que aquella que implica perder a un ser amado?). Tus ojos se entrecierran de tanto en tanto, cuando llegás al punto de ceder al terrible cansancio físico que se combina con el emocional, pero hacés un esfuerzo por mantenerte despierto.

Por un lado, si bajás la guardia, puede que te invadan pensamientos, pesadillas, voces repitiendo cosas que no querés escuchar y que estuvieron martillándote el cráneo desde adentro durante las últimas horas, voces que podrían asediarte recordándote la culpa punzante que arde en el centro de tu alma. Tenés miedo a hundirte en la negrura de tu mente si bajás la guardia.

Por el otro, prometiste a tus sobrinitas que verías la película con ellas (no estás realmente siguiendo el hilo de la trama, pero bueno…), que pasarías esa tarde con ellas después de meses sin verse, y en el fondo más que nada querés quedarte despierto para no perderte ni un solo detalle de ese momento tan dulce: tus sobrinitas enterrando la cara en el bol de pochoclo, con sus caritas angelicales todas pegoteadas debido al azúcar, disfrutando de la historia de Reinita y el perro vagabundo, con Michelle en tus brazos, ofreciéndole la seguridad que necesita para finalmente relajarse, aflojarse, liberar tensiones, respirar un poco de paz, sin quitar los ojos de la pantalla, como si ella fuera también otra criaturita fascinada con el film.

Con tu trabajo, con los riesgos que corrés cada vez que traspasás las puertas de la CTU, con las carreteras en el medio separando ciudades, con tu vida sacrificada dedicada a salvar a ciudadanos inocentes, con todo el mal que hay en el mundo libre y haciendo estragos las veinticuatro horas del día cada día sin excepción, con todo el dolor que un ser humano puede sentir, ¿cuántas veces se presenta la oportunidad de encontrar un instante de calma en medio del más absoluto caos? ¿Cuántas veces se presenta la oportunidad de que el amor y la dulzura te sirvan como medicina?

Son instantes que deberías guardar en tu alma, en tu corazón, en tu memoria, para llevarlos con vos siempre. Porque, después de todo, de instantes como estos están hechas las cosas lindas de la vida, ¿no? Y en tu vida sólo hace poco comenzaste a descubrir la belleza y la importancia de las cosas sencillas como ésta. Gracias a Michelle empezaste a apreciar cosas simples como ésta: ver dibujitos animados con la persona que amás hecha un ovillo en tus brazos, y tus sobrinas riendo felices en un mundo donde cada vez hay más motivos para llorar y lamentarse, un mundo donde aquellos como vos – que han visto, oído y presenciado cosas que a cualquier ser humano pueden destrozarlo y cambiarlo para siempre – solamente pueden encontrar ganas de reír si saben dónde buscar. Y vos no sabías dónde buscar, hasta que Michelle cayó como enviada del cielo. Ahora que sabés, ahora que aprendiste, ¿vas a dejar pasar la oportunidad?

Y sin embargo, una vocecita cantarina en tu cabeza trata de colarse por entre tus pensamientos, recordándote ese miedo que ha comenzado a germinar dentro de vos y del cual esperás poder hablar con ella cuando estén a solas.

¿Y si todos estos momentos lindos que vas colectando y atesorando un día se borran de tu cabeza y los olvidás? ¿De qué te sirven si existe la posibilidad de que una enfermedad te ataque en tus años de vejez y los destruya, llevándote a pasar tus últimos días de vida con el cerebro consumido e ignorando que alguna vez esos instantes sucedieron? ¿Y si, aún peor, vuelven a olvidarte a vos? ¿Si aquellos que amás el día de mañana se olvidan de vos?

La abrazás más fuerte y enterrás tu rostro en el huequito entre su hombro y su cuello, respirando su perfume y sintiendo el calor de su piel, tratando de alejar esos pensamientos, tratando de quitártelos de la cabeza, ahuyentarlos.

Cerca de la mitad de la película, la puerta se abre, lo cual causa que Maggie haga uso del control remoto (que ella siempre tiene en su poder porque 'es la más grande entre sus primas y lo sabe manejar') para pausar el video, irritada por la interrupción.

"Permiso" es Fiona, con Lara en brazos "… Una personita" dice, señalando con un gesto de la cabeza a su hija menor "no quiere dormir la siesta con su papá y su mamá, y tampoco quiere ver a sus primos jugar a la pelota en el jardín. Así que su tío va a cuidarla un rato mientras yo descanso, ¿sí?" mira a la nena, buscando su aprobación, y ella asiente con la cabeza apenas perceptiblemente.

Cinco minutos más tarde, tu sobrina está acurrucada en el medio del sillón, entre vos y Michelle, tapándose la cara con las manos porque le da vergüenza estar con alguien que no conoce, y mirando las imágenes en la pantalla por el espacio que queda entre sus deditos.

"Es tímida" explicás a Michelle en un susurro "Demasiado diría yo"

Michelle, con cuidado, le quita a la nena las manitos de la cara, hasta que sus ojos orientales se encuentran con los ojitos marrones de Lara.

"¿Cómo te llamás?" le pregunta en un murmullo.

Te enternece su intento, te enternece muchísimo, y tu corazón adolorido se derrite un poquitito al verla queriendo interactuar con tu sobrina, pero no creés que la criatura vaya a contestarle, porque rara vez habla, y las pocas veces en que lo hace, es a su mamá o a su papá a quienes se dirige, con frasecitas cortas y en voz muy bajita.

"Tu nombre es Lara, ¿no es cierto?" sigue con un tono dulce, tratando de que la mirada de la nena no esquive la suya "Es un nombre precioso. El mío es Michelle"

Lara, con sus enormes ojos color chocolate, tan profundos y tan oscuros y cálidos como los de Fiona, observa a Michelle con sumo interés, con un interés que jamás le habías visto poner en otra persona que no fueran su mamá, su papá, sus hermanas y eventualmente alguno de sus primitos o abuelos. Está observándola con curiosidad, y vos las observás a las dos de igual manera, ya sin prestarle atención en lo absoluto a la película, que se ha convertido en ruido de fondo.

"No seas tímida" Michelle insiste con suavidad "Quiero que seamos amigas. ¿Querés ser mi amiga?"

Pero para tu sorpresa, Lara comienza a interactuar con ella, con la misma timidez y vergüenza con la que interactúa con el resto de las personas que forman parte del pequeño mundo que ha construido en sus escasos tres años de vida. Primero asiente lentamente con la cabeza, dejando caer los bracitos a los costados, ya sin taparse el rostro con las manos, y luego, en un intento de pronunciar bien el nombre de su nueva amiga, dice:

"Chelle"

"No, Michelle" la corrige con dulzura.

"Chelle" dice otra vez, negando con la cabeza "Es más lindo" explica con su vocecita tierna, en un susurro, como si estuviera contándole un secreto.

"Bueno" Michelle le responde, susurrando "Vos podés decirme Chelle"

Lara le sonríe abiertamente, con las mejillas coloradas y los ojitos entrecerrados.

Atónito, estás. Tu sobrinita hablando con una persona a la que no conoce, eso no es algo que se vea todos los días. Quizá percibe que Michelle es prácticamente tan tímida y vergonzosa como lo es ella; quizá percibe, como percibís vos, esa enorme, honda y terrible necesidad que Michelle tiene de dar y recibir afecto. Quizá las criaturitas tienen la capacidad de ver más allá de lo que los adultos pueden notar, y se da cuenta que ella extraña a sus sobrinos y que todo ese cariño que no puede darle a ellos, necesita dárselo a alguien más.

No te importa el por qué en realidad: lo único que querés es pasar el resto de la tarde viéndolas a las dos, porque definitivamente no hay mejor medicina para tu alma y tu corazón lastimados.

¿Cuántos momentos como éste puede uno disfrutar en un mundo que está signado a irse al infierno sin posibilidades de salvación? ¿Cuántos instantes como éste podés vos disfrutar, si en tu vida diaria lo que ves es muerte, traición, peligro, amenazas, codicia, odio, fanatismo y miseria? Pocos, es la respuesta.

Te duele hasta el dolor, pero el dolor duele menos cuando podés ver a tu sobrinita – aquella que es tímida, aquella que es vergonzosa, aquella que habla poco, aquella que no es simpática con todo el mundo, aquella que es reservada, aquella que en sus tres años nunca interactuó mucho con nadie – abrazando a la mujer que en un futuro va a ser la mamá de tus hijos, echándole los bracitos al cuello y dejando la cabecita reposar en su hombro, mientras miran la televisión.

"Me gusta el perrito" le dice luego de un rato, señalando animadamente la pantalla con su manito diminuta cuando aparece Reinita, el personaje principal de la película.

"A mi también me gusta"

Las abrazás a las dos, quedando Lara en el medio, su cuerpito acurrucado junto a Michelle, mientras vos las observás, queriendo retener cada detalle, cada segundo, en tu memoria. Porque de momentos hermosos y dulces como éste debería estar construida la memoria. Son momentos como éste los que valen la pena recordar al llegar al ocaso de la vida. Son momentos como éste los que muestran que sí vale la pena vivir – incluso si sólo por las pequeñas cosas -, cuando los seres humanos llegan a viejitos.

Ojalá no te suceda como a tu abuela.

Ojalá yo nunca pierda la memoria pensás en un arrebato de angustia, y un nudo te aprieta la garganta otra vez. Ojalá yo pueda vivir hasta el último día de mi vida recordando instantes como éste. Ojalá Michelle pueda vivir hasta el último día de su vida recordando detalles como éste.

Instantes como éste son aquellos que no se borrarían del alma y del corazón, aunque perdieras la memoria.


Para cuando La dama y el vagabundo ya había llegado a su fin, el bol con pochoclos estaba vacío y no quedaban ni las migas para evidenciar que alguna vez estuvo rebosante de palomitas de maíz, y tenías guardados en el bolsillo del pantalón de jean el papel brillante de los envoltorios de los chocolates que Michelle y vos comieron (ella compartió pedacitos del suyo con Lara, lo cual le había arrancado una sonrisa enorme a la nena, que por se la menor de tres hermanas generalmente no logra que Udine o Catalina le compartan juguetes, ropa o golosinas).

Tus sobrinitas pasaron el resto de la tarde muy entretenidas jugando a la peluquería con Michelle, a quien había hecho sentar en el suelo de la cocina; todas ellas se había reunido a su alrededor formando un semicírculo (excepto Lara, que había decidido quedarse en brazos de ella, lo cual a vos te resultaba la mar de adorable), con hebillas, ganchitos, clips de plástico, moños y cintas, peines y cepillos, y una caja color rosa con dibujos de princesas llena de ese maquillaje infantil no tóxico que viene en colores normales desde el coral y llega a impensables como azul eléctrico. Tus sobrinos y dos de tus cuñados, quienes ya se habían levantado de su siesta reparadora, estaban en el jardín, jugando a la pelota (equipo bastante extraño, ¿no?: dos adultos, dos adolescentes, un nene de seis años y otro de cuatro. A lo sumo se entretendrán pateando penales); en tu estado físico y mental unírteles hubiera sido un poco difícil, ya que apenas podías mantenerte despierto de lo molido que estás, pero aún si hubieras podido, no lo hubieras hecho, porque habría significado perderte de otro momento que querés guardar en tu memoria para siempre:

"Tío" Milagros te miró con el ceño fruncido y vos le devolviste la mirada, desde tu posición sentado a la mesa en una de las sillas, reclinado hacia delante con la cabeza reposando en una de tus manos "Michelle es tu novia, ¿no?"

Maggie contestó antes de que vos pudieras hacerlo, con un chasquido de la lengua en señal de exasperación:

"Ay, sí, Mili, ¡es obvio! Ya te dijo al mediodía que sí"

"Sí, Mili, es mi novia" respondiste, sonriéndole a Michelle y viendo como sus mejillas se teñían de un rojo intenso que nada tenía que ver con el rubor que acababan de ponerle.

"¿Entonces es nuestra tía?" inquiere Catalina "¿Podemos decirle tía?"

"Sí. Pueden decirle tía si quieren" asentís "Michelle, ¿vos qué opinás?" inquirís divertido, como consultándole "¿Pueden decirte tía?"

"Claro que pueden"

Las nenas siguieron jugando, ustedes dos mantuvieron la mirada fija en el otro unos segundos más, diciéndose miles de cosas sin usar palabra, sólo con el silencio como lenguaje. Podías leer el agradecimiento en esos ojos, el agradecimiento por compartir a tu familia con ella, que no tiene en realidad una familia como la que merecería, una familia que la quiera y la haga sentir contenida, no tiene una familia que la llene de afecto, y a sus sobrinitos no puede verlos porque su ex cuñada es una loca (sí, la verdad es que no se te ocurre manera mejor de expresarte: es una loca si priva a sus hijos de una tía como Michelle solamente porque su matrimonio fracasó y no puede lidiar con la frustración). Y vos en silencio le agradecés a ella, sólo con la mirada, por ser tan buena y tan paciente, por iluminar tu vida cuando parecería que la oscuridad quiere cernirse sobre vos hasta enceguecerte y dejarte perdido en las tinieblas, agradeciéndole por ser lo que te sostiene cuando sentís que podrías caer al abismo, por ser lo que te recuerda que vale la pena seguir, por ser aquello a lo que te aferrás cuando el miedo hace temblar la tierra bajo tus pies, aquella persona que sabés siempre va a escucharte y a consolarte (por eso no podés esperar a que llegue la noche para acurrucarte en sus brazos y hablarle de todo lo que se te cruzó por la cabeza en las últimas horas, en estas horas durante las cuales pasaste por tantas emociones que te sentís flojo y alterado al mismo tiempo).

Ese mismo silencio en el que los dos se sumergieron – entrecortado quizá por el sonido de las risas y los cuchicheos de las nenas - fue roto del todo un rato más tarde, cuando Udine anunció:

"Tía, voy a traerte un espejo para que veas qué linda quedaste"

Tía, voy a traerte un espejo para que veas qué linda quedaste, es una frase cortita y sencilla, simple, inocente, pero es suficiente para que tu corazón se hinche, no de dolor si no de ternura. Es suficiente para que esa ternura mitigue el dolor, y es que un dolor como el tuyo, un dolor que se mezcla con miedo, culpa y nostalgia, esa clase de dolor solamente puede aliviarse con amor, y eso es algo que aprendiste cuando Michelle entró en tu vida e hizo que dejaras de ser un robot y te transformaras en un ser humano con un alma y un corazón mucho más profundos, mucho más reflexivos, sin murallas que los protejan y los alejen, como estaban antes cuando te empecinabas en recluirte dentro de vos mismo y esconderte porque tenías la confianza destrozada gracias a lo que te dejó 'la experiencia Nina' (otra cosa de la que Michelle te curó, aunque no es comparable con las heridas que perder a tu abuela ha surcado dentro de vos: esas las vas a llevar para toda la vida, esas heridas no desaparecen, a lo sumo con ayuda de ella vas a lograr que cicatricen, pero las vas a tener con vos para siempre, y vas a tener que aprender a vivir con ellas).

Estos son los instantes que hacen que te asuste que exista la posibilidad de perder la memoria, que exista la posibilidad de que un día de a poco una enfermedad se instale en tu cabeza y comience a comerse pedacitos de ella, para luego atacar con toda la furia y dejarte vacío, confuso y asustado, viviendo dentro de una mente a la que se le ha quitado cada cosita pequeñita que durante años y años uno pone ahí con cada sonrisa que regala y cada sonrisa que le regalan, cada carcajada, cada beso, cada abrazo, cada mimo, cada enseñanza, cada lección. Son instantes como estos por los que de pronto temés llegar a viejito y que te pase lo mismo que a tu abuela: olvidar el nombre de los que amás, olvidar a aquellos que siempre estuvieron con vos, olvidar a los que te hicieron feliz, olvidar tus pasiones, olvidar lo lindo de la vida, olvidar las experiencias. El corazón y el alma no olvidan, al corazón y al alma no los ataca, eso lo sabés, eso lo entendés… pero de todos modos sigue dándote miedo que dentro de muchos, muchos años te toque a vos olvidar, o – peor aún – que te toque ver a aquellos por los que darías la vida olvidarte, luchando desesperados para recordarte, pero incapaces de hacerlo porque sus cabezas han sido vaciadas.

Antes no te hubiera agarrado este terror que ahora germina dentro tuyo. Antes tu vida estaba dedicada exclusivamente a salvar las de otros, a prevenir ataques terroristas, a defender a tu país estando dispuesto a morir en el intento si era necesario. Antes, después de algunos días particularmente infernales, después de lo que pasó con Nina, después de ver a tantos morir por culpa de traidores como ella, después de tener que enfrentarte cada noche a esas pesadillas que te torturaban, no hubieras temido a la posibilidad remota (¿remota?) de que una enfermedad te carcomiera hasta dejarte con la mente en blanco; quizá hasta hubieras llegado a considerarlo un alivio en tu hora más oscura, luego de años enteros sacrificados por el bien de los ciudadanos, siendo testigo de torturas, crímenes, tragedias y atentados, viendo cómo algunos en un segundo pierden todo porque hay otros que creen que detonando una bomba envían un mensaje y tienen algo que ganar. Ahora, sin embargo, en los últimos meses tu vida se volvió hermosa, aparecieron delante de vos oportunidades que antes no hubieras creído posibles, como la de enamorarte de verdad, formar una familia, tener hijos, ser feliz, tener tu propio pedacito de cielo en un mundo que está convirtiéndose en el infierno…

Momentos como aquel, en el que ves a tus sobrinas felices con su nueva tía, haciéndola sentir querida aunque en realidad la conocieron hace escasas horas, jugando con ella… Son momentos como ése los que hacen que todo duela menos, que todo valga la pena, y son momentos como ése los que temés algún día olvides, los que temés algún día ella olvide, si alguno de los dos corre el mismo destino que corrió tu abuela. Son momentos como éste a los que querés aferrarte en los días malos, tristes y llenos de angustia, en los días largos y complicados, en los días grises, en los días negros, en esos días en los que es inevitable preguntarse a dónde está yendo la raza humana (si es que algunos siguen calificando como para ser llamados humanos), en esos días en los que la nostalgia te llena la sangre y te recorre las venas.

Momentos como aquel no soportarías que fueran olvidados. Momentos como aquel, en los que la miraste a ella con los ojos rebosando de amor, pensando en lo hermoso que va a ser cuando un día en el futuro puedas sentarte en la cocina del hogar que quieren construir juntos y la veas jugando con los hijos que te dé, momentos como aquél no entendés cómo pueden ser olvidados. Porque a un momento como aquél – tan simple, tan sencillo, tan inocente, tan parecido a un oasis en el desierto -, a un momento como aquél creés que tu cabeza se agarraría con todas sus fuerzas para no dejarlo diluir, aunque estuvieras perdiendo el resto de tu memoria.

O al menos eso querés creer: que momentos como aquel los recordarías aunque perdieras la memoria.

"¿En qué pensás?" te preguntó con voz suave, mirando tu semblante reflexivo.

Antes de que pudieras responder, la puerta de la cocina se abrió, y entró tu hermana de la mano con su novio (te burlabas de ellos en una época, porque iban de la mano a todas partes, incluso dentro de la casa… Ahora vos si pudieras vivirías tomado de la mano con ella, con tus dedos y los suyos entrelazados).

"Qué bueno que hayan encontrado otra tía con la que jugar a la peluquería" comentó con una sonrisa, mientras tomaba dos vasos de la alacena y Kiefer abría la heladera en búsqueda de una jarra con jugo de naranja "Pero creo que deberían ordenar todo, porque dentro de un ratito la abuela va a despertarse de la siesta y va a querer cocinar o tomar mate tranquila, y con todo esto dando vueltas por acá no va a poder"

"Fue divertido jugar con vos, tía" Catalina comentó sonriendo, y la sorprendió dándole un beso en la mejilla.

Martina te sonrió y te guiñó un ojo con complicidad.

"Ordenen todo, lávense las manos y vengan a pasar un ratito con el tío Kiefer y conmigo, o vamos a ponernos celoso" dijo en son de broma "El tío Anthony no es el único que vive lejos, yo vivo tan lejos como él. Quiero estar tiempo con mis sobrinitas" Luego notó el álbum de fotos, que seguía a un costado sobre la mesada "Anthony, ¿querés que guarde esto en su lugar?" ofreció.

"No. Papá dijo que íbamos a mirarlo más tarde"

"Okay. Lara" miró a la nena, que seguía en brazos de Michelle, jugando con sus rulos, ahora sueltos luego de que las nenas le quitaran todos los ganchitos, hebillitas y adornitos que le habían puesto para volver a guardarlos en la cajita rosa de las princesas de Disney ", ¿venís un rato conmigo?" extendió los brazos.

La nena negó con la cabeza de un lado al otro, sin decir palabra, señalando a Michelle con su diminuto dedo menique.

"Veo que ya tiene una tía favorita…" comentó Martina, señalándolas a las dos con la cabeza, y sonriendo. Martina no es envidiosa, y sabías que lo que acababa de decir salía de su corazón y no tenía ningún doble sentido. Le alegra que alguien haga sentir a Michelle bien recibida y apreciada tanto como a vos, porque sabe que para vos eso es importante.

"Es muy cariñosa" Michelle dijo, tomando a la nena en brazos y sentándose en la silla que estaba al lado de la que vos ocupabas, con Lara contenta en su regazo.

"No es así con todo el mundo" Udine intervino "Es tímida y vergonzosa. Y no es cariñosa con cualquiera. Yo la conozco: es mi hermanita menor" aseguró orgullosa. A Udine le encanta ser hermana mayor, y es muy protectora de Catalina y de Lara. Como diría Fiona 'se toma su trabajo muy en serio'.

"Nunca la había visto así de apegada a alguien que acaba de conocer" agregó Kiefer.

"Es cariñosa con vos porque sabe que sos especial" dijiste en su oído un ratito después, cuando tu hermana, tu cuñado y tus sobrinas ya se habían ido de la cocina, dejándote solo con Michelle y con Lara, quien seguía muy entretenida jugando con sus rulos.

"Tenés ojos raros" comentó la nena de pronto, poniéndose de pie sobre las rodillas de Michelle y agarrándose de sus hombros para no perder el equilibrio, lo cual la llevó a ella instintivamente a sujetarla para asegurarse de que no se cayera, para mirarla más de cerca, con una expresión curiosa plasmada en el rostro que te hizo sonreír de oreja a oreja, olvidándote por un momento del punzante dolor que no dejabas de sentir desde que te enteraste del fallecimiento de tu abuela la tarde anterior.

"Tiene ojos especiales porque es especial" contestaste, y tu sobrinita te miró ceñuda, con una expresión que te recordó mucho a Martina cuando tenía esa edad "Es la persona más especial del mundo" seguiste, y escuchaste a Michelle chasquear la lengua y esquivar la mirada, dirigiéndola al suelo, probablemente para evitar que vieras sus mejillas tiñéndose de rojo "Y tiene el corazón más grande del mundo"

"Mi mamá a veces me presta su etoscopio y me deja escucharle el corazón a mis ositos" reíste ante lo espontáneo del comentario de la nena "¿Tenés ositos, Chelle?" inquirió luego.

"Tengo un osito y una jirafa de peluche"

"¿Y cómo se llaman?"

"Osito y Jirafa"

"Yo tengo un montón de ositos, y un pato grande que tiene a su patito bebé, y un conejo, y dos tortuguitas…"

Comenzó a hablar de todos sus animales de peluche, el nombre de cada uno y a qué le gustaba jugar con ellos. Nunca antes la habías visto tan entusiasmada con una persona ajena a las de su círculo familiar; incluso, algunas veces hasta tiene vergüenza delante de Eva, Gabrielle o Martina, que son sus tías biológicas y a las que está acostumbrada a tener a su alrededor desde que nació. Sin embargo, Michelle y Lara parecen haber conectado enseguida, o más bien Lara – por algún motivo – parece haberse apegado mucho a Michelle. Te encanta ver a tu sobrinita así de entusiasmada, sentada en su regazo, hablando con un poco más de fluidez que la habitual, con una sonrisita en sus facciones.

Ya pasaron quince minutos, y la nena no deja de sonreír, y los ojos 'raros' de Michelle brillan como no los ves brillar desde la tarde del día anterior cuando terminó de rodillas en el suelo con vos, abrazándote mientras llorabas desconsolado. Sus ojos brillan de manera especial.

Estás embobado observándolas a las dos conversar con ese lenguaje tan dulce e inocente que tienen las criaturitas chiquitas, y sentís tu corazón latiendo más despacio, relajado, sin que el dolor o la presión te lastimen el cuerpo, y con un solo pensamiento en tu cabeza: querés recordar este momento hasta el día en que te mueras, hasta que seas muy viejito, aunque pierdas la memoria.

La puerta de la cocina se abre, y entran tu mamá y tu papá, quien luego de lo que probablemente habrán sido un par de horas que aprovechó para descargarse un poco y dormir, luce muchísimo más repuesto, con más color en el rostro y aún más sereno. La conversación en castellano que venían manteniendo se interrumpe al ver a su hijo, su nueva nuera y una de sus nietitas hablando sobre animales de peluche y etoscopios.

A ambos los sorprende la escena, y te das cuenta que incluso a tu papá lo enternece; tu mamá las observa recelosa y de reojo sin dejar de ordenar algunas cosas en la cocina que en realidad no necesitan ser ordenadas, limpiando la mesada que en realidad no necesita que la limpien porque está impecable y reluciente, mientras tu papá espera a que el agua hierva para preparar mate, una bebida tradicional que es muy popular en la Argentina y que tu mamá comenzó a consumir luego de mudarse a Estados Unidos, ya que su familia de clase alta pensaba que sólo los obreros tomaban mate y nunca la habían dejado probarlo.

"Van a caer redondos esta noche, llevan horas jugando a la pelota" comenta tu papá, en relación a sus nietos, a John y a Fernando "Mañana hay que levantarnos temprano" dice luego, y sabés que en su garganta se formó el mismo nudo que sentís en la tuya ", así que es mejor que hoy nos acostemos temprano luego de cenar algo ligero"

Eva, Fiona y su marido, y Gabrielle se unen al rato a ustedes. Lucen también muchísimo más descansadas. Fiona se sorprende al ver a Lara en brazos de Michelle, pero sonríe con la misma dulzura con la que sonrió Martina.

"Definitivamente es especial, Tony, si Lara le tomó tanto cariño" Andrés observa sonriendo, mientras su hija se baja del regazo de Michelle y va corriendo a abrazar a su papá.

Aunque tu mamá está de espaldas, jurarías que debe estar frunciendo los labios.

Dios, por favor, espero que esto cambie, espero que se dé cuenta de que la amo, espero que cambie de parecer, espero que no sea tan testaruda, espero que tenga con ella el mismo corazón blando que tiene con todos los demás, espero que la acepte como la abuela la hubiera aceptado.

"Mamá, voy a preparar la cena yo esta noche, ya te esforzaste demasiado hoy. Es mejor que descanses" ofrece Eva, y antes de que tu mamá tenga tiempo de negarse, sigue tajantemente "Pasá algo de tiempo con papá, con tus nietos, andá a tocar el piano, distráete. Yo voy a hacer algo sencillito, unos sándwiches para todos, así comemos temprano y nos vamos a la cama"

"Voy a ir al jardín a decirle a los chicos que es hora de bañarse antes de la cena" Gabrielle se pone de pie.

"A los chicos y a los grandes, porque tu marido y el mío nunca se pierden la oportunidad si hay una pelota de futbol involucrada" Eva dice mientras busca en la heladera lechuga, tomate, huevos y otros ingredientes para empezar a cocinar.

"Papá, ¿podemos ver las fotos ahora antes de la comida?" preguntás con cierta cautela, sin estar muy seguro de si deberías o no sacar el tema a la superficie. Después de todo, quizá luego de una siesta reparadora no quiera volver a inyectarse una dosis de nostalgia en las venas, especialmente cuando cada vez está más cerca la mañana siguiente, en la que van a darle a tu abuela un último adiós.

"Claro" accede "Mejor vayamos al jardín, dejémosle a Eva espacio para cocinar" propone. Se vuelve hacia su mujer ": Ana, ¿querés venir con nosotros?"

"No, gracias" contesta ella sin mostrarse ni muy fría ni muy seca, pero sin mucha calidez, lo cual hace que la pequeña esperanza que tenías de que se les uniera muera despacio dentro tuyo, como un globo gigantesco de color rojo inflado con expectativas que es pinchado de golpe por un afilado clavo oxidado "Voy a ir a tocar algo de piano"

Tu mirada y la de Michelle se cruzan por un segundo antes de que tu mirada y la de tu madre se encuentren, y vos tratás de decirles a las dos sin usar el lenguaje hablado cuánto, cuán profundamente lo sentís: sentís que Michelle tenga que lidiar con la sensación de que no es bienvenida y que no es aceptada simplemente por ser distinta y por haber llegado a sus vidas de forma repentina en el momento menos esperado, y lo sentís por tu mamá, porque es incapaz de ver lo importante que esto es para vos, cuánto esto significa para vos, porque es incapaz de ver lo especial que Michelle es.


El jardín está iluminado por un par de luces que se prenden automáticamente en un horario programado y se apagan con los primeros rayos del alba. El olor del césped y del aire fresco y puro despeja un poco tu cabeza tan llena de nudos. El cielo, de un color tinta claro, está comenzando a teñirse de oscuridad, y las primeras estrellas lejanas, distantes y efímeras como fantasmas que no quieren dejarse ver se asoman tímidamente. Sentado en el prolijo banco de madera pintado de blanco frente a los rosales que años atrás tu abuela plantó y tu mamá se dedica ahora a cuidar, respirás hondo varias veces, como queriendo lavarte de todo lo que te atrapó, torturó y redujo a cenizas de lo que solés ser en menos de veinticuatro horas.

"A ver qué fotos tenemos aquí…" comienza tu papá con la nostalgia y la curiosidad bailándole en los ojos, mientras se sienta a tu lado en la punta derecha del banco. El álbum, abierto de par en par en la primera página, descansa sobre tus rodillas. Michelle, acurrucada a tu lado en la punta izquierda, reposa la cabeza en tu hombro, y tu brazo instintivamente rodea su espalda, acercándola aún más, reconfortándola, protegiéndola del frío.

La memoria de tu papá resulta hallarse intacta, impecable. Cada fotografía dispara un comentario, un recuerdo, una anécdota, algo que compartir con vos, que hacía mucho tiempo no te interesabas por detalles simples pero profundos como pasar un rato viajando a ciertos puntos del pasado, y con Michelle, quien en silencio y con una sonrisa dulce y suave cruzando sus delicadas facciones de muñequita de porcelana escucha con interés historias sobre el bebé, sobre la criatura que el hombre del que está enamorada alguna vez fue.

Verte ahí, plasmado en papel, capturado eternamente en una foto, perpetuado en un instante preciso, único e irrepetible, resulta raro. ¿Quién hubiera imaginado treinta años atrás que ese nene de mejillas gorditas que podía pasar horas construyendo edificios altos (y un poco deformes, a decir verdad; no tenías mucha percepción de la realidad, a juzgar por esa torre monstruosa y desproporcionada junto a la cual se te puede ver de pie a la edad de tres años, sonriente y satisfecho con tu trabajo a pesar de que era francamente horrible) con sus ladrillitos de plástico acabaría convirtiéndose en teniente de la marina, y luego en agente especial del gobierno? Es casi surrealista, con esa palabra podrías describirlo, ver tus manitos, chiquitas como las de tu sobrina cuyos deditos esta tarde se enredaban en los bucles de Michelle, aferrando tu mantita de bebé mientras dormías hecho un ovillo en un costado del moisés a los cinco días de vida, y saber que muchos años después del día en que la cámara atrapó a esa imagen para siempre esas mismas manos que en tu adolescencia estaban destinadas a dedicarse al baseball, a la guitarra, al piano, a los rompecabezas de más de mil piezas, esas mismas manos que en tu adultez mataron para defender a tu país y a sus habitantes y torturaron para obtener información valiosa de terroristas potencialmente peligrosos, esas mismas manos con las que muchas veces lastimaste a aquellos que querían lastimar a tu tierra, esas mismas manos acabarían encontrando aquellas otras, mucho más delicadas, tan lindas y femeninas, mucho más suaves y mucho más pequeñas, para entrelazar sus dedos con los de ellas y recorrer el resto del camino sin soltarse, guiándose el uno al otro aún en medio de la oscuridad, la tristeza y la desolación.

Tantas cosas sucedieron en tu vida, tan lejos estás de ser ese bebé arropado por una mantita azul que tu mamá aún conserva, con una tupida mata de pelo negro oscuro como la noche, pielcita enrojecida, mejillitas rechonchas y ojitos de un marrón profundo. Esa inocencia la perdiste, muy de a poco y con golpes demasiado fuertes: la muerte de tu hermano, las cosas que viste en tu entrenamiento militar, la muerte de Christian, todas las experiencias cortesía de la CTU, Nina, lo que sucedió el día en que Paula y George murieron junto con muchos otros patriotas… Y ahora tu abuela… Y el medio al olvido… Y la presión porque todo se solucione con tu mamá y que pueda aceptar a Michelle… No estás pidiéndole que acobije y haga formar parte de su familia tan amada y protegida a cualquiera: se trata de tu Michelle.

"Eras un bebé muy lindo, Tony" la voz dulce de Michelle te sustrae de tu maraña de pensamientos.

"Pero durante los primeros meses no nos dejaba dormir de noche" le dice tu papá, chasqueando la lengua en señal de diversión, lo cual causa que ella y vos sonrían (vos, especialmente, porque ver a tu papá y a Michelle conversando – incluso si él debe estar enojado con vos por haberles ocultado de tu relación con ella durante dos meses, incluso si él también tiene miedo de que te hieran otra vez y quedes con el corazón hecho pedazos y la confianza destrozada – renueva tus esperanzas de poder darle a ella la familia que se merece y que nunca tuvo, esa familia que es tuya y que querés compartir con ella, esa familia que querés que la acepte).

"¿Lloraba mucho?" ella se interesa en saber.

"Muchísimo. Toda la noche, cada quince minutos. De hecho, hubo una ocasión en la que…"

Y así siguieron durante casi cuarenta minutos, los tres conversando, tu papá contando anécdotas y distintas travesuras que hiciste durante tu infancia, Michelle escuchando fascinada haciendo algún comentario de tanto en tanto, vos con tu brazo alrededor de su cuerpo estrechándola con fuerza y mirándola con adoración, agradecido de tenerla en circunstancias como aquellas en las que duele hasta el dolor, agradecido de que su luz ilumine tu camino aún cuando ella también sufre, agradecido de que exista una personita en esta Tierra capaz de darte fuerzas para aferrarte a todo mientras el Universo se desploma a tu alrededor.

Fernando asoma la cabeza cerca de las ocho menos cuarto de la noche, interrumpiendo a tu papá en la mitad de su relato sobre aquella vez en la que a los siete años te trepaste al tejado en Noche Buena para 'esperar a Papá Noel' y te rehusabas a bajar porque te habías empecinado en verlo con tus propios ojos.

"Alejandro, es hora de comer" les avisa.

Tu papá se pone de pie, tomando el álbum cerrado en sus manos y observando la portada durante unos segundos.

"Mejor voy a guardar esto en su lugar antes de la cena" dice, y luego se dirige hacia la puerta de vidrio corrediza que comunica con el interior de la casa.

El rocío cubre los pétalos de las rosas rojas y blancas, las estrellas brillan con más fuerza que antes, y Michelle y vos están a solas en el jardín, con el cielo negro cerniéndose sobre ustedes. Sus ojos orientales se encuentra con los tuyos y te sostienen la mirada, toda la dulzura del mundo está atrapada en ellos, y sentís tu alma y tu corazón temblar ligeramente, no de dolor, si no de ternura, la misma ternura en la que te deshacías por dentro al verla jugar con tus sobrinitas, la misma ternura que te provocó ver como Lara la abrazaba, la misma ternura que te provoca saber que ella va a estar a tu lado hasta que des tu último respiro. La mirás a los ojos, queriendo ver más allá, queriendo calar más profundo, queriendo hablar sin emitir sonido alguno que no sea el de tu respiración mezclándose con la suya.

"No hubiera sobrevivido a este día, a este dolor, si no te tuviera a vos" susurrás, tomando su rostro entre tus manos. El calor de sus mejillas arde contra el frío de tus palmas mientras acercás su cara hacia la tuya. Ella se pone en puntas de pie para alcanzar tus labios, y colapsan con los tuyos en un beso lento e inocente que no dura más que medio minuto. Un beso dulce e inocente que querés recordar, como todos y cada uno de sus besos, hasta el día en que te mueras. Un beso dulce e inocente que tenés miedo de olvidar, que temés ella olvide, alguna vez, si alguno de los dos pierde eso que los humanos llaman memoria.

"Vivir sería estúpido, vacío y definitivamente no valdría la pena el esfuerzo y el sufrimiento si no te tuviera a vos" es su respuesta, susurrada contra la comisura de tu boca, mientras sus dedos se enredan en tu cabello, acariciando tu cabeza, relajándote.

Te sentís igual, exactamente igual. Vivir sería estúpido, vacío y definitivamente no valdría el esfuerzo y el sufrimiento si no la tuvieras a ella. Vivir, antes de que ella se convirtiera en el centro de tu Universo, era algo automático, era algo que hacías porque tenías que hacerlo, porque estabas vivo y – como todos los seres humanos – transitando día a día un camino sin mucho sentido que supuestamente llevaba a un lugar (no supiste exactamente a qué lugar llevaba, o mejor dicho a quién te llevaba ese camino, si no hasta que caíste en sus brazos y decidiste no irte jamás de allí porque es a donde pertenecés).

Vivir antes era algo que dedicabas a salvar ciudadanos, proteger vidas, defender a tu país: vivías para otros, para cientos de miles de desconocidos sin nombres ni rostros, que no eran más que números en una pantalla, estadísticas marcando cuántas vidas inocentes se salvarían en caso de llevar a cabo con éxito una misión determinada. Antes de que Michelle se convirtiera en el centro de tu Universo, tu vida era estúpida, vacía, carente de sentido, y el sufrimiento realmente no valía la pena, aunque vos te esforzaras en pensar que sí lo hacía.

Ahora querés tantas cosas de la vida, esperás tantas cosas de la vida, ves la vida con otros ojos, de otra manera, desde otra perspectiva, bajo otra luz, todo gracias a ella, todo gracias al amor que te hace sentir. Ella te volvió humano, ella te cambió, ella te hizo distinto, por ella querés ser una mejor persona, sólo para merecerla a ella que es tan especial. Querés darle la familia que nunca tuvo y tanto precisa, querés darle afecto y cariño, querés darle contención, querés hacerla feliz, sabés que ella tiene todo lo que se necesita para hacerte feliz, querés pasar cada segundo que te quede sobre esta Tierra adorándola y haciendo que se sienta como una princesa (tu princesa). Querés guardar en tu corazón y en tu alma cada instante, querés gravar cada beso, cada caricia, cada palabra, cada conversación íntima, cada instante de dulzura en tu memoria, y abrazarte a ello por el resto de tus días, porque son esas pequeñas cosas las que hacen que todo valga la pena (ésa es otra cosa que aprendiste con Michelle en sólo dos meses, luego de casi treinta y cinco años sin entenderlo realmente, sin comprender de verdad y en profundidad). Y ahora tenés este miedo creciendo dentro de vos, este miedo a que te roben la memoria, a que un día te arranquen la memoria y con eso se lleven cada recuerdo que construyas a su lado… Ese miedo a olvidar, ese miedo a ser olvidado.

"Te amo" murmurás, besando su frente, buscando mantener a raya a tus demonios internos con el simple efecto relajante que tiene el tacto de su piel contra tu piel.

"Yo también te amo"

Dos minutos o una eternidad después – no podías saberlo – la tomás de la mano y regresan al interior de la casa, tu corazón y el suyo latiendo al mismo ritmo, acompasados.


La cena pasa demasiado rápido, casi en un abrir y cerrar de ojos, quizá porque todos están más dispersos – algunos en el living, otros en la cocina, un par en el jardín para tomar aire -, y no necesitan estar sentados porque el menú es sencillo. Tanto tus sobrinos, como tus padres, como tus cuñados están distendidos, como con la cabeza en otra parte, tal vez porque quieren irse a dormir cuanto antes (dormir es, después de todo, una buena manera de evitar pensar, porque para aquellos que tienen la suerte de sentir dolor teñido con alivio, descansar es esa pausa que se le permite al cerebro para recargar energías, para ponerse en blanco), tal vez porque cada vez se acerca más el momento en que tengan que ir a la iglesia, dar un último adiós a tu abuela, y luego llevarla al cementerio, a su morada final, para después tener que reunirse con algunos familiares íntimos para compartir el peso de la pérdida (a vos te parece totalmente ridículo eso: el peso de una pérdida no se puede compartir, no se puede distribuir).

Cada uno parecía estar demasiado concentrado en sus propios asuntos: Martina conversando con Kiefer y con tu papá, Gabrielle dándole de comer su papilla a Sophia, Andrés y Fiona enfrascados en otra conversación con tu mamá mientras Lara, muerta de sueño, dormitaba en brazos de tu hermana con la cabeza apoyada en su hombro. Te ocupaste de que Michelle comiera al menos dos sándwiches porque es importante que se alimente bien; no te gusta controlar lo que come y lo que no come porque sabés que su abuela lo hacía y que probablemente eso haya dejado marcas profundas en su autoestima y la haya conducido a llegar a esos niveles de auto exigencia feroces de los que hoy es víctima, pero no querés que se vaya a la cama con el estómago vacío, y además, que haga las cuatro comidas del día es fundamental para evitar los problemas como la anemia (no sabés si alguna vez tuvo anemia, pero sos tan sobre protector que pensás hasta en esas cosas).

Tu falta de apetito te llevó a mordisquear no mucho más que un sándwich de pan de centeno de jamón, queso y tomate, el cual ni siquiera terminaste y dejaste a medio comer sobre una servilleta. Te entretuviste viendo el nuevo autito de Rodrigo, y su mamá no le dio permiso porque ya se había puesto el pijama, pero Lucas estaba empecinado en ponerse su traje del Hombre Araña para mostrarte que él, como vos, es un 'superhéroe que atrapa a los malos'.

Ayudás a Martina a levantar la mesa y a lavar los platos, tarea que hacen sumidos en un cómodo silencio y con las conversaciones de los demás como ruido de fondo. Lo que querés es que llegue la hora de subir a tu cuarto tan rápido como posible, para estar a solas con Michelle, abrazarla y hacerle mimos mientras le hablás de todo lo que te pesa en el corazón y en los hombros.

Pero a la vez hay un pequeño temita que si bien tu cabeza estuvo tratando de esquivar, pronto será imposible de eludir.

Como son una familia numerosa, y varias veces al año para Acción de Gracias, Navidad o Año Nuevo se reúnen todos en casa de tus padres, ya están acostumbrados y saben ingeniárselas bien para dormir con comodidad. Cada una de tus hermanas duerme con su marido (en el caso de Martina, con su novio, luego de que tu papá convenciera a tu mamá de que no había nada de malo en que Kiefer se tirara en un colchón junto a la cama de Martina aunque no estuvieran casados todavía), y vos en tu habitación. La casa tiene dos cuartos de huéspedes que tus padres se encargaron de equipar para cuando recibieran las visitas de sus nietos: en uno hay dos camas marineras y una cama de una plaza para sus cinco nietos varones, y el otro, similar era ocupado por Christian, su esposa e hijos cuando él vivía; tus sobrinitas iban felices al cuarto de su tía Martina. Ahora ese cuarto es para que lo ocupen Udine, Catalina y Maggie (Lara siempre duerme entre sus padres, lo mismo que Sophia, que es una beba de menos de dos años).

Lo natural sería que Michelle durmiera con vos, pero tu madre no va a permitir eso, no después de lo sucedido con Nina la última vez, pero fundamentalmente porque a tu madre no le agradaría saber que estás en tu habitación durmiendo en los brazos de una mujer con la que no estás casado; tu madre no es tonta, ya han tenido una conversación sobre tu activa vida sexual – conversación que no te gustaría repetir ahora -, pero no va a aceptar que tu novia duerma en el mismo cuarto que vos, en la misma cama, aun si le dijeras que la relación que tenés con ella es la más pura, dulce e inocente en la que alguna vez hayas estado (y lo es). Tu mamá probablemente la ubique en el cuarto de huéspedes con tus sobrinitas, o mande a Kiefer a dormir con tus sobrinos y Michelle termine en la habitación con Martina, durmiendo en un colchón en el suelo. Esa es la idea que tu madre debe tener en mente para poder ella irse a dormir en paz, y en una circunstancia delicada como ésta – la víspera anterior al funeral de tu abuela -, no deberías contradecirla, deberías asentir y hacerle las cosas fáciles.

Pero el problema es que te volviste incapaz de dormir sin tener a Michelle hecha un ovillo en tus brazos, acurrucada en tu pecho, con su rostro enterrado en el hueco entre tu cuello y tu hombro, con su respiración y la tuya mezclándose, con los latidos de su corazón contra los latidos de tu corazón, con sus manos acariciando tu espalda. Te volviste incapaz de conciliar el sueño si antes de rendirte al cansancio y caer preso de la extenuación no le cantás a ella al oído, si no le decís palabras románticas, si no la mecés mientras frotás su espalda para relajarla y ayudarla a quitarse las tensiones. La necesitás para descansar bien, necesitás que ella sea lo primero que ves al abrir los ojos, necesitás quedarte minutos enteros mirando su carita angelical y delineando sus facciones con las yemas de tus dedos. Es algo tan vital, tan básico como respirar. Michelle es para vos como el oxígeno que reciben tus pulmones, es como la sangre que corre por tus venas: sin ella no podés vivir.

El insomnio es aquello que te espera, un insomnio tortuoso y cruel que ya en algunas ocasiones has experimentado, si su cuerpo y tu cuerpo no se anidan uno en el otro, encajando perfectamente como las piezas de un rompecabezas, como los pedazos de un todo. Te volviste tan dependiente, tan hondamente dependiente, que es imposible puedas conciliar un sueño profundo y tranquilo sin tu princesa dándote su calor, sin sus piecitos fríos envueltos en tus medias de lana gruesa buscando esa sensación tibia que sólo logran encontrar cuando los frota contra la planta de los tuyos, sin su cabeza junto a la tuya en la misma almohada.

Cualquier otra noche, en una circunstancia distinta, cederías con esfuerzo al capricho o petición (o como sea que haya que llamarlo de tu mamá), te obligarías a aguantar horas enteras mirando el techo de tu habitación, dando vueltas en la cama buscando una posición relajante que sabés no encontrarás, tratando en vano de descansar un poco, inquieto, incómodo, incompleto, intranquilo, mirando todo el tiempo el reloj para calcular las horas restantes hasta el momento de levantarse, dormitando de a ratos pero no demasiado. Esta noche, sin embargo, no podés, porque necesitás a Michelle más que nunca, con cada fibra de tu ser, con cada célula, con cada pedacito tuyo, con cada palpitar de tu corazón, con cada pulsación de tu alma. Necesitás de Michelle como jamás pensaste que la necesitarías, con una crudeza que cala hasta los huesos. Necesitás de esa contención que sólo ella te puede dar, las palabras que sólo ella sabe decir.

Duele hasta el dolor, estás destrozado, estás destruido, en menos de dos días sucedieron demasiadas cosas, tenés en la cabeza tantos nudos, te cuesta tanto respirar, y ese miedo al olvido que no deja de perseguirte en círculos, sumado a mil cosas más que no podrías explicar aunque intentaras, aunque hicieras el esfuerzo, aunque te desvivieras en ello. Sólo con Michelle podrías hablar de esas emociones encontradas, de esas emociones contradictorias, de la angustia, de la culpa, de la nostalgia..., de tu miedo. Sólo con ella podrías hablar de tu miedo a olvidar, de tu miedo a ser olvidado. Que tu mamá ponga todas las caras de pocos amigos que quiera, pensás súbitamente en un arrojado acto de resolución, pero vos necesitás a Michelle, necesitás esa intimidad que se crea entre los dos cuando están a solas y que te permite abrirte, expresarte, mostrarte frágil y vulnerable, mostrar tus heridas y tus temores, necesitás que ella te sane, que cure los males que parecen incurables con sus caricias. Que te tranquilice prometiéndote que nunca va a olvidarte. Que te tranquilice diciéndote que pase lo que pase, no hay forma humana de que alguna vez la puedas olvidar o de que ella te olvide.

Tus sobrinos más chiquitos son los primeros en irse a la cama, restregándose los ojitos cansados, reprimiendo bostezos y repitiendo la típica frase que vos decías cuando tenías la edad que tienen ellos ahora y querías seguir jugando con tus trencitos o tus ladrillos un ratito más: 'no tengo sueño'. Sin embargo en sus caritas puede verse que están muertos de cansancio, que el viaje en avión del día anterior y el ajetreo en general los dejó agotados, incluso a tus dos sobrinos mayores.

"Yo también estoy cansado, cuñado" comenta Andrés al regresar del piso superior luego de asegurarse que sus hijas están plácidamente dormidas. Te da una palmada en la espalda y luego se deja caer en una silla vacía a tu izquierda, interpretando que el gesto en tu rostro es de mero agotamiento físico, cuando en realidad encierra mil y un motivos que van más allá de el hecho de que cada hueso de tu cuerpo, cada músculos y cada neurona te duelen tanto que los sentís a punto de estallar "Hay días en los que uno quiere irse a la cama para no pensar más" comenta luego.

La casa cae en un ambiente sereno cuando en la planta baja sólo quedan los adultos (y Sophia, dormida en brazos de Gabrielle), y la quietud es tal que casi podés sentirla físicamente, como si fuera corpórea y no solamente una sensación. Michelle, sentada a tu lado está tratando de evitar que sus párpados se cierren; es imposible, aunque ella se esfuerza porque no se note, no darse cuenta que está exhausta, tan exhausta como estás vos.

Tu mamá regresa a la cocina, ya sin llevar el delantal puesto sobre sus ropas, y con un aspecto tan cansino como el que tienen el resto de ustedes, comenta luego de dar un largo resoplido:

"Mañana va a ser un largo día. Sería mejor que todos nos fuéramos a descansar ahora"

"Estoy de acuerdo" dice tu papá "Hay que levantarnos temprano" la voz le tiembla, apenas "… Va a ser un largo día" termina abruptamente su oración, utilizando las mismas palabras dichas por tu mamá.

Un murmullo general de asentimiento es seguido por varios 'buenas noches'.

"Buenas noches, papá" Martina susurra, abrazándolo, y luego le da a tu mamá un beso en la mejilla y le dice, con su prolijo castellano "Espero que pronto cambies de opinión respecto a ella, mamá"

La expresión de tu madre no cambia en lo absoluto con las palabras de tu hermana. Vos ya estás demasiado hecho pedazos a estas horas después de lo vivido en tan solo un día como para que tu cuerpo reaccione de algún modo, sea con una punzada en el estómago, sea con un nudo apretándote la garganta, sea con esa sensación que te agarra a veces como si estuvieran acuchillándote repetidas veces muy despacio con un puñal invisible pero igual de – o más – efectivo. Estás flojo, a decir verdad, te sentís pesado, como si fueras de plomo, y te preguntás si cuando trates de mover los pies para dirigirte a tu cuarto vas a tener que ir arrastrándote. Ya no te queda una gota de fuerza física o de voluntad en las venas: de golpe todos los pesos con los que venís cargando te aplastan, y simplemente deseás irte a tu cuarto y dejar que ella te ayude a encontrar el alivio de todos tus males, que ella te arrulle con sus promesas de que todo va a estar bien hasta quedarte dormido con sus brazos protegiéndote de cualquier emoción que quiera hacerte mal. Si en el medio tenés que pelearte con tu mamá o tener un 'encuentro de opiniones' u argumento… Bueno, a lo sumo te enfrentarás a ello con las pocas fuerzas que puedas juntar improvisadamente.

Tu mamá está otra vez de espaldas a vos – que, junto a Michelle, estás de pie en la cocina, como si a punto de abandonar la habitación hubieran quedado congelados allí sobre esa baldosa -, vertiendo leche en un jarrito de teflón para calentarla en la hornalla.

Es un ritual de ella y de tu papá: un vaso de leche caliente todas las noches antes de dormir, endulzado con una cucharada de miel, para poder relajar el estómago y conciliar el sueño mejor. A vos de chico te hacían tomar ese brebaje que considerás horrible, y te negabas rotundamente, incluso algunas veces pataleando – aunque eras las menos, porque te educaron para obedecer a los adultos (así como luego en tu vida en la Marina aprendiste a obedecer a los superiores… y años más tarde en un curso intensivo de 'experiencias prácticas' con Jack Bauer, George Mason y otros compañeros de la CTU aprendiste a no obedecer y seguir el crudo instinto, pero esa es otra historia); sin embargo, hace unos días cuando tenías acidez, Michelle propuso que tomaras un vaso de leche caliente con miel y no pestañaste ni una vez antes de ir a la cocina a prender la hornalla y calentar la leche en un jarrito (es otro tema también el modo en que esa mujer – tu mujer – te lleva de la nariz para el lado que quiere con solamente mirarte con carita angustiada).

Tu papá, sentado en una silla mirándose las manos fijamente, de pronto alza la cabeza y te interroga con la mirada, como preguntándote sin emitir sonido alguno qué siguen haciendo los dos ahí, aunque sabés que en el fondo conoce la respuesta o se imagina por dónde sopla el viento.

"Mamá…" comenzás, para llamar su atención y que se dé vuelta.

"Oh, perdón" hace un gesto como si acabara de recordar algo importante que hubiera olvidado, y sonríe, aunque la sonrisa no alcanza sus ojos: es más bien una mueca que se dibuja en su rostro, y eso te molesta, porque estás acostumbrado a que tu mamá sonría con franqueza y dulzura, no con incomodidad, frialdad y cierto dejo de desagrado, como si la presencia de Michelle fuera insultante "Michelle, pensé que sólo seríamos nosotros, la familia" debería acostumbrarse a considerar a Michelle su familia, espero que se acostumbre una vocecita dice en tu cabeza ", por eso no tuve tiempo de organizarme mejor en cuanto a la distribución a la hora de dormir. No sabía que ibas a venir porque mi hijo no mencionó nada" agrega luego.

Claro, porque en medio del llanto y la desesperación ibas a tomarte una pausa para avisarle a tu mamá que llevarías a Michelle; eso en realidad fue una patada directa a vos por haber guardado en silencio los detalles sobre tu relación con ella, por no haberla llamado de inmediato para contarle que estabas enamorado y en pareja. Tu mamá para echar indirectas es mandada a hacer, pero jamás pensaste que llegaría el día en que arrojara una contra vos.

Y francamente, no te importa. Que arroje todas las indirectas que quiera: va a doler, sí, que tu propia madre se comporte de ese modo simplemente porque no le gusta la raza de tu novia, porque tiene pretensiones, porque su mente es más estrecha de lo que te hubieras atrevido a suponer, o porque tiene miedos e inseguridades respecto a que te rompan el corazón otra vez – lo cual entendés, por supuesto, porque es tu madre y quiere cuidarte, pero también sabés que Michelle es la última persona que te lastimaría -, pero más te duele el sufrimiento que toda esta situación le causa a tu Michelle, tan dulce y tan buena que no se merece ser pisoteada por una suegra conflictiva como tu mamá parece será (otra cosa que jamás se te hubiera ocurrido: ver a tu madre y pensarla capaz de actuar como una suegra dispuesta a pisotear a su nuera, aunque la realidad es que nunca hubieras creído a tu madre capaz de pisotear a alguien). No se merece ese tonito despectivo.

"Lamento muchísimo que las cosas se hayan dado así, señora Almeida" se disculpa, mirando a tu mamá y a tu papá respectivamente, con los ojitos brillándole y una expresión de angustia que trata de disimular. Pero vos la lees mejor que nadie, como si de un libro abierto se tratara, la conocés como nadie más la conoce, por lo cual sabés que dentro de su pecho su corazón está latiendo con pena "Odio ser un estorbo…"

Instintivamente, y sin que te importe que tus padres estén ahí, rodeás su cintura con sus brazos, abrazándola por detrás, y reposás tu cabeza en su hombro. Es un gesto cariñoso, simple, sólo para recordarle que estás ahí, para mitigar un poco la impotencia que te provoca no tener en estos momentos ni la fuerza ni el coraje necesarios para enfrentarte a tu mamá y pedirle que deje de hacerse 'la exquisita', 'la interesante' (como en su lenguaje porteño ella lo denominaría) y acepte de una buena vez por todas que a la mujer que amás tiene que tratarla como a lo que es: tu princesa. Ni más ni menos. ¿Hacerla sentir culpable por haber llegado 'de improvisto', 'sin avisar', 'complicando las cosas'? Te duele admitirlo, pero te parece caer bajo, y eso te decepciona de una forma que nunca creíste tu mamá te decepcionaría. Si no fuera porque aún arde en carne viva la pérdida de tu abuela, estarías retorciéndote de angustia por lo decepcionante que es la reacción de tu mamá ante todo este asunto de Michelle. Pero dadas las circunstancias, ese dolor pasa a un segundo plano (no por eso duele menos, por supuesto que no).

A decir verdad, esperabas que tu mamá actuara sobre protectoramente, esperabas que quisiera explicaciones, detalles, esperabas que se sintiera ofendida porque durante dos meses guardaste el secreto, esperabas que temiera porque te hicieran daño otra vez, pero no esperabas que fuera cierto lo que Martina te había dicho respecto a que tu mamá quería una nuera latina a toda costa, no esperabas que fuera cierto lo que Martina te había dicho respecto a que en el círculo íntimo de la familia tu mamá sólo quiere gente con la misma herencia y los mismos orígenes, no esperabas que tu mamá no viera de inmediato lo hermosa que es Michelle por dentro y tirara los prejuicios por la ventana, no esperabas que tu mamá no hiciera el esfuerzo por conocerla y directamente decidiera no aceptarla. Esperabas una reacción similar a la que tuvo tu papá, en realidad: él se mostró un tanto receloso al principio, porque obviamente no quiere que te destrocen de nuevo como sucedió con Nina, pero enseguida debe haber percibido ese algo tan lindo que Michelle tiene, eso que inspira confianza, eso mismo que tus sobrinas percibieron y que las llevó a adorarla enseguida.

Tu papá en cuanto salga de toda la conmoción provocada por el fallecimiento de tu mamá va a hablar con vos de hombre a hombre, lo das por sentado eso. Va a querer asegurarse de que estás convencido de tus sentimientos, de que vas en serio, de que no estás siendo engañado, de que no estás confundido, de que tenés absoluta certeza de las cosas que pasan en tu corazón, va a querer aconsejarte y guiarte en todo lo que pueda, y al final va a terminar entendiendo que Michelle es la mujer de tu vida, lo más importante, el eje de tu Universo, aquella sin la cual no podrías vivir, porque ella es lo que hace que cada respiro valga la pena. ¿Hubiera preferido él que la futura madre de sus nietos fuera una chica latina, con costumbres como las de ustedes? Probablemente. Pero él va a aceptar a Michelle. De hecho, que haya pasado ese tiempito con ustedes hoy viendo el álbum de fotos y que haya ido mostrándose más y más cordial con ella durante el día conforme pasaban las horas, es prueba de que presiente que estás realmente loco por ella, y que ella está realmente loco por vos, que no quiere usarte, que no pretende de vos nada, que no quiere lastimarte, que jamás te haría daño. Tu papá es un tipo muy persuasivo, es un hombre muy sabio y reflexivo, es digno hijo de la maravillosa madre que tuvo.

Tu mamá, por otro lado… Dios, te parte el alma reconocerlo, te parte el alma admitir que este pensamiento, que esta resolución cruza tu cabeza, pero tu mamá al final resultó caer en un círculo parecido a aquél en el que cayó su madre, aquella abuela a la que no conociste porque desheredó a su hija cuando ésta decidió irse con el hombre al que amaba y al que creían 'menos' por ser pobre y mexicano. Al final tu mamá está siendo algo similar: está actuando hostil, fría, sarcástica y despectivamente con Michelle porque no es el estereotipo de mujer que ella soñaba para vos (sí, estereotipo, no 'tipo', porque ni siquiera la conoce, ni siquiera se ha tomado el trabajo de conocerla, y por lo que vos, lamentablemente tampoco tiene la intención de darle una oportunidad, al menos no ahora mismo).

"No, querida, por favor no te disculpes" tu papá interviene, y le agradecés su amabilidad hacia Michelle con una breve sonrisa que cruza tu rostro cansado "Las cosas se dieron así, y no hay remedio que se les pueda aplicar: sucedieron del modo en que estaban destinadas a suceder" resuelve con practicidad.

"De todos modos siento muchísimo ser una molestia…"

Suspirás, y no te hubieras extrañado lanzar fuego por la nariz al hacerlo. Esta es tu familia, es el hogar de tu familia, se supone que ella acá siempre tiene que sentirse bienvenida. Querés, incluso, que llegue el día en que pueda considerar a ese también su hogar. Escuchar a Michelle referirse a sí misma como una molestia es como una puñalada más sumándose a todas esas puñaladas que venís sintiendo en tu estómago y en tu pecho desde que la tarde del viernes te enteraste que tu abuela se había ido para siempre luego de años luchando contra el Alzheimer, luego de años lejos de ella porque no te recordaba y vos no podías soportar haberte escurrido de su memoria. Michelle tiene esa mala costumbre de creerse una molestia, quizá porque su mamá la abandonó, quizá porque su abuela sacrificó y dejó de lado muchas cosas para criarla y ayudarla a obtener una beca en la universidad, quizá porque su medio hermano la lastimaba verbalmente diciéndole que había sido una bebé no deseada, que nadie la quería, que su papá no estaba muerto sino que se había ido para no hacerse cargo de ella… De todos los lugares en el mundo, justamente en el que es tu hogar, donde están tus raíces, donde pasaste muchos años, donde te formaste, en ese hogar no querés que ella se sienta una molestia. No pretendías – ni cuando estabas pensando la forma indicada de contarle a tus padres sobre ella, ni cuando esta mañana llegaron a la puerta y Martina introdujo la llave para ingresar a la casa – que la recibieran con bombos y platillos, no sólo por el contexto en el que están (la muerte de tu abuela) si no por lo sucedido con Nina, pero sí debés admitir que una partecita tuya guardaba la ilusión de que vieran de inmediato que Michelle es un ángel y la hicieran sentir a gusto, cosa que hasta ahora solamente lograron tus sobrinitas con todo ese cariño impulsivo que le brindaron.

Suspirás por segunda vez… Dios, ¿por qué todo tiene que ser tan difícil? ¿Por qué todo junto? ¿Por qué todo duele? ¿Por qué tenés que analizar todo? ¿Por qué ser un humano significa sentir cosas tan complejas y tan profundas? ¿Por qué tantas contradicciones?

Lo que darías por ya estar acurrucado con ella en la cama, respirando su perfume, su cabeza y tu cabeza en la misma almohada, sus labios a centímetros de los tuyos, tu voz en susurros hablándole sobre tus miedos, su voz en murmullos tranquilizándote mientras sus manos te llenan de caricias.

Pero antes tenés que resolver este pequeño temita: no querés que tu madre se entere a la mañana siguiente que tu novia y vos durmieron en la misma habitación, en la misma cama, porque le agarraría un ataque, así que preferís que se entere ahora que sin tu Michelle vos no vas a poder pegar un ojo en toda la noche, y que la necesitás en tus brazos para poder conciliar un sueño calmo y no tener pesadillas.

Sí, sos un hombre adulto que tiene pesadillas. ¿Quién no las tendría con un trabajo como el tuyo? ¿Quién no las tendría después de experimentar la pérdida de dos hermanos? ¿Quién no las tendría luego de haber perdido a una abuela veinticuatro horas atrás y en las circunstancias en que vos fuiste perdiendo a la tuya, tan de a poco que ni te diste cuenta que la vida se le escapaba entre los dedos si no hasta que la realidad te dio un golpe cuando falleció? ¿Quién no las tendría sabiendo todo lo que vos sabés, viendo todo lo que vos ves, sobre el mundo cruel plagado de seres crueles que en realidad esta Tierra es? Sí, tenés pesadillas, las tenés desde hace años, y luego de lo sucedido en el día en que Nina se quitó la máscara, el día en que asesinó a Teri prácticamente bajo las narices de todos, se volvieron muy frecuentes, y tu mamá lo sabe, porque ella te escuchó gritar noche tras noche en agonía, ella te vio despertarte empapado en sudor y con los ojos desenfocados durante el tiempo que estuviste en Chicago antes de regresar a lo que podría llamarse 'tu vida normal en Los Angeles'. Michelle es el antídoto perfecto para esas pesadillas, porque, ¿qué mejor forma para alejar al diablo que durmiendo abrazado a un ángel? Cuando tengas con tu mamá y con tu papá esa 'charla' vas a explicarles eso, vas a explicarles cómo desde que ella está con vos dormís mejor, que gracias a ella volviste a soñar a color, que gracias a ella volviste a tener esperanzas, incluso antes de siquiera convertirse en tu novia, porque ya las pesadillas se habían ido para dar paso a los sueños cuando todavía eran compañeros de trabajo y vos sólo fantaseabas con la posibilidad de un futuro a su lado (esperás que una vez que sepa eso, tu mamá deje de lado absolutamente cualquier idea tonta, prejuicio o expectativa y que la acepte por el simple hecho de que te curó de las pesadillas que a diario te acechaban y aquejaban).

"El sofá de la biblioteca es muy cómodo. Espero que no te moleste dormir ahí, Michelle" dice tu mamá, al tiempo que toma dos vasos altos de vidrio de la alacena y la azucarera.

"No se preocupen, no es ningún problema…" comienza a decir ella, pero vos la interrumpís, decidido a ponerle el punto final a este tema antes de que el cansancio físico te gane y caigas derrumbado en el suelo de la cocina.

"Mamá, Michelle puede dormir conmigo" largás tan rápido como podés, dispuesto a terminar con el asunto cuanto antes para poder irte a tu cuarto de una buena vez por todas.

La expresión de tu padre no muestra cambio alguno cuando decís eso, sin embargo las facciones de tu madre se tensan como si acabaras de decir una blasfemia, o como si lo que estuvieras proponiendo fuera ilegal o inmoral (bueno, para tu madre tan estricta y tan tradicional, sí es inmoral dormir en los brazos de una mujer si no estás casado con ella ante Dios y la ley, pero esa es su forma de pensar, no la tuya; si te preguntaran, dirías que dormir todas las noches y amanecer todas las mañanas con la persona que considerás el ser más especial sobre la Tierra es un acto de amor, no un acto inmoral).

"Anthony" comienza con voz extrañamente serena y paciente, con un tono que usaría para explicarle a un nene angustiado y decepcionado que Papá Noel no pudo traerle el juguete que había pedido porque 'son muchos los niños alrededor del mundo a los que tiene que hacerles regalos y no puede darles todo a todo' ", sabés lo que pienso respecto del tema" te recuerda "y sabés que preferiría que vos durmieras en tu cuarto y Michelle en el sillón de la biblioteca"

"O quizá Michelle podría dormir en tu cuarto y vos en la biblioteca, si creés que en tu cuarto va a estar más cómoda" tu padre ofrece, tratando de conciliar y evitar que o tu mamá o vos entren en estado de erupción.

"Ésa es una buena idea" aprueba tu mamá de inmediato, como si tu papá acabara de presentar la solución en bandeja de plata y adornada con un moño rosa "En realidad, como buen caballero que sos, estoy segura de que preferirías que ella duerma en tu cuarto" agrega luego con una sonrisa "Debería haberlo pensando antes. Lo siento, es que tengo la cabeza en todas partes y en ningún lado, como se imaginarán"

Le creés cuando afirma que no se dio cuenta que quizá ella estaría más cómoda en tu habitación; tu madre es, ante todo, una anfitriona excelente, sería ir contra su propia naturaleza no comportarse de ese modo, y si dice que no pensó en eso hasta ahora es porque de verdad no se le ocurrió si no hasta ese momento. Para tu mamá parece ser la solución perfecta, ¿no?: Michelle duerme cómoda en tu cama, vos como buen caballero te vas al sillón de la biblioteca, y todos (léase: ella, tu madre) contentos.

El problema no es si va a estar más cómoda en tu cuarto o si es lo mismo que duerma en el sillón de la biblioteca. El problema no es ese, en lo absoluto. Si tuvieras tu auto, te irías a dormir con ella al asiento de atrás, y aunque a la mañana siguiente te despertarías con una contractura terrible, no te importaría ni un poco: descansarías como un angelito toda la noche, sin pesadillas ni miedos ni pensamientos oscuros persiguiéndote, porque el sólo hecho de tenerla en tus brazos sería suficiente para calmarte, para hacerte bien.

Solo, en el colchón más suave y mullido del mundo, dormirías mal, te atraparía el insomnio, te cazarían las pesadillas, estarías condenado a horas y horas dando vueltas sin sentido sumido en la oscuridad, con una jaqueca destrozándote los nervios, con las sienes latiendo en tu frente, con la desesperación persiguiéndote y el corazón retorciéndose de dolor sin encontrar alivio alguno. En el suelo, sobre la madera o las baldosas, sobre una alfombra cualquiera, sobre el duro cemento, sobre la acera en la calle, si Michelle está con vos, no necesitás absolutamente nada más, sería como recostarte en una nube en el cielo, su simple presencia te haría sentir así: tranquilo, en paz, relajado, aliviado, cuidado, contenido, amado, y caerías en un sueño dulce y profundo, un sueño sin pesadillas, un sueño sin interrupciones, un sueño sin demonios acechándote en las esquinas, listos para punzarte el alma y hacerte daño.

Suspirás otra vez (¿cuántas veces habrás suspirado hoy?, ¿y cuántas emociones te habrán hecho lanzar esos suspiros? No podrías jamás analizarlo, no te alcanzaría un milenio para analizar lo que pasó hoy por tu corazón y por tu cabeza, a veces con la velocidad de flechas fugaces, otras con la lentitud exasperante y dolorosa que se utiliza en la tortura).

Lo mejor va a ser que lo resuelvas mediante el diálogo; después de todo, es la única forma en la que tus padres te enseñaron a resolver las cosas, desde chiquitito, sin hacer caprichos 'porque sí'. Esperás que tu mamá no se empecine en su capricho, aunque últimamente de ciertas personas esperás una cosa, y termina sucediendo otra, así que no podés dar nada por sentado a esta altura.

Separándote de Michelle apenas, hacés que gire sobre sus talones, besás su frente con dulzura y, con tus ojos mirando dentro de los suyos y tus manos acunando sus mejillas tibias, susurrás:

"Subí a mi cuarto y esperáme. Yo voy en un ratito" prometés.

Besás sus párpados – cada vez más pesados debido al agotamiento físico y al emocional que los devora a los dos -, y ves por encima de su cabeza llena de rulitos negros a tu mamá, de pie junto a la hornalla esperando a que la leche hierva para sacar el jarrito del fuego, y evidentemente escuchó con claridad las palabras que le dijiste a Michelle, porque ahora su ceño está fruncido y su expresión es una de incredulidad, como si no diera crédito a sus oídos, como si no se atreviera a creerte que te animarías a desafiarla o contradecirla, a ella, a tu propia madre.

Michelle se muestra dubitativa, sin saber qué hacer. Mira a tus padres por una fracción de segundo, pero luego rápidamente desvía la mirada hasta que sus ojos se posan otra vez en los tuyos, insegura sobre si irse o quedarse.

Ella se queda mirándote con esos ojos enormes y hermosos en los que muchas veces te perdiste, en los que muchas veces te encontraste, en los que muchas veces soñás con hundirte y no salir más de ellos, porque en sus ojos nada puede salir mal, en sus ojos nada duele, en sus ojos lo único que hay es pureza y amor. Ella se queda mirándote con esos dos ojos enormes y hermosos, con esos ojos tan profundos que parecen océanos, esos ojos tan llenos de diversas emociones que resulta abrumador el efecto que te causan.

"Yo subo enseguida" repetís, con ese tono dulce que sólo tenés reservado para ella, acariciando su mejilla con el dorso de tu mano, sintiendo la tibieza de su piel brindarte ese calor que necesitás para matar al frío helado que con el fuego de la angustia se mezcla dentro tuyo provocando sensaciones nociva, ese calor que necesitás para saber que existe la posibilidad de que todo vaya a estar bien, de que todo esté bien.

En eso querés creer desesperadamente: en que todo va a estar bien.

"Quiero hablar con mis papás un momento, y luego subo" repetís, dándole otro beso en la frente, sin dejar de recorrer sus facciones con tus manos.

No te importa que tus padres estén ahí a escasos metros: son muestras de afecto inocentes, tiernas, y no te avergüenza. Es cierto que hubo una época en la que pensabas que tus cuñados eran llevados de las narices por sus mujeres y que ellas los tenían comiendo de su mano, prestándoles atención desmesurada todo el tiempo y mimándoles en exceso, y te reías de ellos por lo bajo, pero ahora que sabés lo que es estar enamorado de una personita que necesita todo el afecto que pueda dársele, no te molesta mostrar a través de pequeños gestos cuánto la adorás, especialmente si te encontrás en una situación como ésta: hundido, perdido, rendido, destrozado, alicaído, con el dolor clavándose en tu pecho, impotente, frustrado, incapaz de hacer algo más por cuidarla, por protegerla.

Michelle da las buenas noches a tus padres, con toda la timidez que la caracteriza cargada en su dulce voz, a lo que ambos responden con sendos cordiales 'hasta mañana'. Cruzás una mirada con ella antes de que abra la puerta y la cierre detrás de sí, y luego te quedás solo con tus papás en la silenciosa cocina.

"Nunca antes te había visto tan cariñoso con una persona" comenta con recelo tu mamá mientras sirve leche caliente en los dos vasos de vidrio. Desearías poder interpretar qué es ese tono que empapa las palabras que dice, desearías saber qué cruza por su cabeza, desearías no haber detectado esa pizca de sarcasmo y de desdén.

"Eso es porque estoy enamorado" confesás en un hilo de voz, rogando que tus emociones, tus sentimientos puedan verse reflejados en tus ojos, que ellos puedan ver lo vulnerable y frágil que sos por Michelle, que se den cuenta que esa mujercita que parece una muñeca de porcelana es tu talón de Aquiles, tu debilidad, lo más importante en tu vida, lo que necesitás para poder aguantar pérdidas como la de tu abuela, lo que hace que valga la pena cada respiro.

Al tiempo que le alcanza a tu papá un vaso con leche caliente, tu mamá chasquea la lengua como si creyera que lo que estás diciendo es una estupidez, algo infantil, necio o tonto. Tu padre, sin embargo, guarda silencio y se limita a observarte con interés, quizá tratando de ver más allá de tus gestos, o quizá simplemente está – como vos – cansado, agotado, y no quiere pelearse en la víspera al entierro de tu abuela, y por eso toma una actitud más bien pasiva.

"Anthony" tu mamá comienza, otra vez con ese tono más apropiado para un nene caprichoso de cuatro años que para un hombre como vos, que ya casi pisa los treinta y cinco "va a ser mejor que hablemos de este tema después de mañana" propone, con voz cansina.

"Sí, Anthony, coincido con tu mamá" tu papá dice, tomando un sorbo de leche caliente "Mañana es… Bueno, va a ser un día difícil…"

"Lo sé, papá. Los tres estamos cansados, los tres deberíamos irnos a dormir" mirás a tu mamá, y con toda la honestidad del mundo, con toda la sinceridad de la que sos capaz, con la voz temblándote en los labios, con los ojos reflejando pedacitos de tu alma, sonás como una criaturita perdida, angustiada y desolada, y no como un valiente y osado agente del gobierno que ha salvado vidas y evitado catástrofes, al confesar ": Mamá, no puedo dormir sin ella. Tengo pesadillas si no duermo con ella" no es una excusa, es la verdad "Michelle logra que me olvide de todas las cosas que me hacen mal. Hoy la necesito más que nunca" rogás que tu madre sea comprensiva, que tus palabras la ablanden, que te conozca tanto como creías te conoce y que pueda entender que esto que estás diciendo es cierto, que estás hablándole desde el corazón, desde el fondo de tu alma "Sé que preferirías que ella durmiera en un cuarto y yo en otro" te adelantás en cuanto ves que abre la boca para replicar "pero la muerte de la abuela" intentás no trabarte, intentás no ceder a las emociones que se arremolinan dentro tuyo "realmente me afectó… y si no caí derrumbado como cuando… como cuando sucedió lo de Nina" es la primera vez que pronunciás ese nombre frente a tus padres, es la primera vez que hablás del tema abiertamente, y no es tan incómodo como hubieras pensado sería "... o incluso en un estado peor, es porque tengo a Michelle cuidándome" admitís sin vergüenza.

Tu padre suspira y está a punto de decir algo, pero tu mamá le gana de mano, hablando con un tono firme y decidido, pero sin levantar la voz. Te mira como si estuvieras loco de remate o muy confundido, como si te hubieran lavado la cabeza o algo por el estilo, y te das cuenta que ese pedacito de alma que acabás de exponer delante de ella no sirvió para hacerla reflexionar y cambiar su opinión.

"Hijo" deja el vaso de leche aún intacto sobre la mesa, y va hacia vos. Una de sus manos se cierra sobre tu brazo, mientras que la otra acaricia tu frente por unos segundos "va a ser mejor que hablemos de esto mañana" repite "Estamos muy cansados, estos últimos dos días han sido duros… No voy a negar que me molestó muchísimo enterarme que durante meses nos ocultaste a mi y a tu padre" intercambia una mirada con su esposo "que estabas enamorado o en una relación" dice la palabra relación con cierto desprecio, desmereciéndola, y ni hablar del tono que le dio a la palabra enamorado: como si fuera un chiste, como si no lo creyera ", pero podemos hablar sobre esto mañana" insiste "o antes de que regreses a Los Angeles… Tenemos tiempo"

No estás seguro de tener tiempo, porque empezaste a cuestionarte cuándo vas a regresar a Los Angeles, con Michelle, a tu casa o a su departamento o a donde sea, al hogar que los dos están construyendo de apoco juntitos, un hogar que no es material, no tiene paredes y techo, no es visible, más bien es la sensación de 'hogar' lo que los dos construyen, esa sensación de estar en el lugar al que pertenecen, esa sensación de poder mostrarse vulnerables sin miedo a ser lastimados, esa sensación de seguridad. Tu hogar es donde Michelle está, sea éste el lugar que sea, pero si te preguntaran qué preferirías, responderías que necesitás volver a California pronto, y ni siquiera llevás un día completo en Chicago.

Hoy extrañaste besarla y abrazarla cuando quieras, algo que necesitabas hacer como nunca pero no pudiste hacer porque fueron escasos los minutos en los que estuvieron a solas. Querés hablar con ella, hablar de muchas cosas muy profundas, hablar tranquilos, ser escuchado, que te mime, pero no podés hacer eso con toda tu familia en el medio y con tu mamá poniendo cara de pocos amigos y lanzando comentarios mordaces que pretenden disfrazarse de amables. Si las cosas no mejoran, si no recibís pronto indicio alguno de que las cosas mejorarán, probablemente el martes por la mañana a más tardar regreses a Los Angeles. Después de todo, el motivo por el cual viajaste a Chicago fue para darle el último adiós a tu abuela, y si te sentís incómodo – o, lo que es peor: si siguen haciendo que ella se sienta incómoda -, vas a subirte al primer vuelvo con destino a California que consigas. No podés atravesar un proceso de duelo tan hondo, tan terrible, sin tu medicina, sin la que te cura de todo, sin la que sana todas tus heridas, sin la que hace que te sientas vivo aún cuando sumergido en la amargura, sin poder satisfacer esa adicción que tenés de ella, esa dependencia.

"Anthony, en esta casa hay ciertas reglas básicas que me gusta que se cumplan…" tu mamá te dice con un dejo de firmeza que no pasa desapercibido, como si estuviera recordándole a su hijo de seis años que tiene que limpiarse los pies en el felpudo antes de entrar a la casa cuando vuelve de jugar a la pelota en el jardín y tiene las zapatillas empapadas y llenas de barro, para no manchar las inmaculadas, impecables, reluciente baldosas del suelo "Sabés de cuáles reglas estoy hablando"

Así debe ver tu mamá a Michelle, debe considerarla el barro que traías en las zapatillas cuando volvías de jugar a la pelota: si ella no te recuerda las reglas a seguir, si no te frena, podés ensuciar su preciosa y reluciente casa que brilla de limpia. La metáfora podría ser traducida o simplificada de la siguiente forma: como Michelle no es la clase de persona que tu mamá quiere para vos (no es latina, también trabaja para el gobierno, etcétera), puede ensuciar, contaminar, machar el tan preciado círculo de confianza que se ha formado entre ustedes como familia, con tus hermanas, sus esposos, tu padre, tu madre y tus sobrinos. Probablemente tu madre hasta piense que Michelle te insistió para que te empecinaras en dormir en el cuarto con ella, desafiándote a enfrentarte a tu mamá, desafiándote a hacerle frente o a romper esas reglas solamente para hacerla enojar, provocarla o mostrarle que hay ahora alguien en tu vida que te domina o maneja a su antojo para el lado que quiere, cuando la realidad es que ni siquiera mencionó el tema, y si vos no lo hubieras hecho, ella se hubiera ido sin decir palabra alguna a dormir a la biblioteca.

Te duele tanto la cabeza… No tenés ganas de ponerte a analizar metáforas.

"No quiero que…" sigue tu mamá, pero duda por unos segundos, probablemente tratando de buscar la forma de hace referencia a lo que pasó aquella vez en la que Nina estuvo ahí y que hizo enojar tanto a tu mamá, pero sin mencionar el nombre de la arpía abiertamente.

"Mamá, Michelle no es como Nina" le asegurás, deseando dejar eso claro desde el principio, aunque porque lo digas simplemente tu mamá no se va a convencer; sin embargo, en tu cansancio, en tu desesperación, en tu necesidad de tratar de hacer que las cosas se arreglen de algún modo (incluso si conscientemente sabés que nada va a arreglarse mágicamente como si tuvieras la varita de Harry Potter) tenés que decirle eso: que Michelle no es como Nina, que Michelle no podría nunca ser como Nina "Es lo opuesto a ella, mamá, te lo aseguro. No podrían ser más distintas una de la otra" respirás hondo "Empezando por el hecho de que Michelle me ama y jamás me haría daño. Me ama como nunca nadie me amó"

"Eso no puedo saberlo, Anthony" es la decepcionante respuesta que tu mamá da a tu argumento, con ojos tristes y un aspecto de preocupación en su rostro que denota lo mucho que teme que te hieran otra vez, que te hagan añicos otra vez, que te dejen con la confianza partida al medio otra vez.

Y lo entendés, claro que lo entendés, porque es tu madre y una madre teme por el bienestar de sus hijos. Lo que no podés permitir, lo que no podés soportar, es lo que te dice a continuación, mirándote con lástima pura.

"Y vos tampoco, podés saberlo, hijo. Lamentablemente, nada te garantiza que esta chica no sea… que no sea otra víbora buscando el momento oportuno para clavarte los colmillos y envenenarte"

Estás empezando a enojarte. Con tu madre, sí, aquella a la que respetás y admirás y considerás una luchadora, un modelo a seguir, un ejemplo, aquella que pensabas siempre defendería el amor antes que cualquier otra cosa, aquella que en un día te ha desilusionado como nunca antes en la vida. Sí, con ella estás empezando a disgustarte, porque te decepciona ver que sigue encasillada en lo mismo, dando vueltas persiguiendo la cola del mismo ratón, negándose a dar brazo a torcer, negándose a entender, negándose a aflojar. Vas a intentarlo una última vez, vas a ser tan directo como puedas sin cruzar la línea de respeto que hay entre una madre y su hijo, pero ya estás demasiado cansado – físicamente, mentalmente, emocionalmente, anímicamente – para seguir dando vueltas arriba de este carrusel.

Ella no puede saber si Michelle es como Nina, porque no la conoce. La vio por primera vez esta mañana, y en un contexto demasiado complicado. No la conoce, y tampoco hizo muchos esfuerzos por conocerla, ni por hacer que se sintiera bienvenida, o al menos bien recibida, más bien se limitó a actuar educadamente, pero dejando en claro que la presencia de Michelle en su casa y su existencia en tu vida no le hacen ni pizca de gracia. ¿Cómo va a juzgar a Michelle, entonces, si no le dio una oportunidad de demostrar que es la mejor persona del mundo, siquiera? ¿Cómo va a llegar a la conclusión de que Michelle es como Nina si no sabe absolutamente nada de ella, ni parece tener deseos de saber? Tu mamá quedó tan destrozada como vos cuando volviste lamiéndote las heridas, con el corazón hecho jirones, y su preocupación es natural, ¿pero entonces debido a lo que pasó todas las mujeres de esta Tierra que te miren van a hacerlo con intención de usarte y lastimarte? ¿Tu mamá de verdad cree que cabe la posibilidad de que hayas cometido el mismo error dos veces, que le hayas entregado tu corazón a cualquiera, que te hayas enamorado de otra loca asesina?

Lo de tu mamá no es sólo miedo a que te den una puñalada por la espalda otra vez. No. Lo de tu mamá es ese miedo sumado a otras cosas. Si hubieras llegado a tu casa con una chica llamada María Gómez, hija de un mexicano y una española, ama de casa o maestra de música en un colegio primario, y hubieras dicho 'ella es la mujer de mi vida, mi ángel, mi Universo, la razón de mi existencia', tu mamá hubiera sonreído de oreja a oreja – sin importar el contexto, que siempre debe ser considerado -, te habría abrazado a vos, la habría abrazado a ella y le hubiera dado la bienvenida a la familia con satisfacción y alegría. Claro, te hubieras tenido que tragar lindo y largo sermón por no haberle dicho que estabas en pareja y mantenerlo oculto dos meses, pero el enojo no hubiera durado más de lo que un suspiro, porque en el fondo tu mamá habría estado encantada de que finalmente el único hijo varón que le queda haya encontrado a la cura perfecta para todos sus males, que finalmente el único hijo varón que le queda haya recuperado la confianza, las esperanzas, los sueños, las ganas de vivir, las ganas de formar una familia, la convicción de que el amor existe y que no es algo que les toca a unos pocos agraciados.

Pero claro, el cuadro arriba descripto hubiera sucedido solamente si a tu casa hubieras llevado a una chica de origen latino, con costumbres latinas, que habla perfectamente Inglés y Castellano y que aspira a pasar los próximos treinta años dando clases a alumnitos de primer grado.

No, vos llevaste a Michelle. Michelle, que no es latina en lo más mínimo, que no tiene una gota de sangre latina corriendo en las venas. Michelle Dessler, con apellido francés, madre hija de europeos provenientes de Gales y de los Países bajos, y padre japonés con ascendencia francesa. Michelle, que no habla castellano. Michelle, que conoce mucho sobre costumbres orientales pero que sobre México y Argentina conoce lo poco que vos le contaste. Michelle que – además de no ser latina, además de ser japonesa, además de no hablar castellano – no es precisamente un ama de casa o una maestra de escuela elemental: trabaja para el gobierno, como vos, trabaja en la CTU, ese lugar que tus padres aborrecen porque es peligroso, porque ahí vas todos los días sin saber si regresás a la noche a tu casa, sin saber si ése día tendrás que enfrentarte a una misión que pueda costarte tu último aliento, ese lugar que ellos aborrecen porque ahí conociste a Nina. Nina, que era, como Michelle, una chica de orígenes y herencia étnica diferentes a los tuyos, y que trabajaba como agente federal en la CTU. ¿Entonces según las brillantes deducciones de tu madre simplemente porque trabaja para la CTU, Michelle está condenada a resultar ser lo que Nina fue? ¿Todas las mujeres que trabajan en la CTU son víboras venenosas esperando para clavarte los colmillos? Eso es una falacia, es un juicio de valor.

Tu mamá hubiera estado feliz de que llevaras a una mujer latina y le dijeras 'mamá, con ella voy a casarme y tener hijos'. Pero claro, vos osaste a llevar a Michelle, que es todo lo contrario a la imagen de cómo sería la esposa ideal que tu madre tenía diseñado en su cabeza.

Vos amás a Michelle. Japonesa, latina, india o rusa, la amarías igual, siempre, porque ves lo hermosa que es por dentro, no ves cómo luce por afuera o cómo está compuesto su árbol genealógico o qué costumbres tiene. La amás tal y como es, con su origen y su herencia, con sus defectos y virtudes, con sus aciertos y sus fallos. La amás como jamás creíste llegar a amar a nadie, y lo más lindo es saber que ella te adora con la misma locura, y que jamás te haría daño. Vos lo sabés, estás seguro de ello; por Michelle pondrías las manos en el fuego, darías la vida, caminarías sobre las aguas de los siete mares, harías lo que fuera, teniendo todo el tiempo la certeza de que ella nunca te haría daño, jamás, nunca te usaría o traicionaría.

Pero eso a tu mamá no vas a explicárselo ahora, porque no tenés fuerzas, porque estás cansado, porque no tenés ganas, porque sería iniciar una conversación demasiado larga que acabaría tornándose en una discusión, y lo que menos necesitás en la víspera del entierro de tu abuela es discutir. Eso en todo caso se lo aclararas a tu madre en otro momento, y te enfrentarás a ella y a sus prejuicios, expectativas y pretensiones cuando estés menos molido y la gravedad del contexto haya aflojado un poco.

Ahora sólo querés resolver este obstáculo inmediato para poder irte a dormir sin tener que cargar en tus hombros la culpa de haber hecho enojar a tu mamá rompiendo una de sus reglas a sus espaldas, o – si el tren se descarrila y no podés volver a tomar el control -, te vas cargando la culpa de haberla hecho enojar y con la angustia de haber discutido con ella pero con el alivio de saber que al menos intentaste ir por las buenas.

"Mamá, no quiero que peleemos" mirás a tu papá buscando apoyo y ayuda, pero te arrepentís automáticamente: él tiene sus propios problemas, su propio dolor, su propia cruz que cargar, y este tema es entre tu mamá y vos, porque la que está comportándose de forma equivocada es ella, no él. Esto es algo que tienen que resolver ella y vos, vos con ella "Sé que no te hace gracia que quiera dormir con ella, en la misma habitación, en la misma cama" una campana suena en tu cerebro, con una voz parecida a la de Martina que dice socarronamente algo así como 'a mamá no le enviaron la tarjeta de invitación al siglo XXI' ", sé lo que pensás al respecto…"

Te interrumpe.

"Anthony, lo que hagas con tu vida privada… yo no puedo controlarlo. Sos hombre, no puedo esperar que te apegues a mis mismos valores…"

La interrumpís vos a ella antes de que pueda decir más.

"Michelle no es como las demás" asegurás indignado, pero tratando de controlar tu temperamento, tratando de no zafarte y terminar descargando en tu mamá todas las emociones que te torturan desde hace horas "No es como las demás en absoluto. La respeto demasiado, jamás se me cruzaría por la cabeza" no llegás a formar las frases con coherencia, te zumban los oídos y sentís la sangra subiendo a tu cabeza, acumulándose, golpeando contra tus sienes "… Jamás se me cruzaría por la cabeza tener sexo con ella ahora, como si fuera una más, una cualquiera, como si no valiera nada, como si fuera descartable" completás la oración con voz un poco más suave "La amo, sería incapaz de presionarla, sería incapaz de pretender nada hasta no haberme casado con ella. Sé que te disgustó mucho que no me casara a los veinte años" ibas a agregar un 'como Christian', pero por suerte te mordiste la lengua a tiempo ", sé que te disgustó mucho enterarte de la cantidad de mujeres con las que estuve por diversión o para distraerme, pero te juro que con Michelle no estoy por eso, ni tampoco está usándome para eso. Ella es distinta"

¿Por qué estás dándole a tu mamá detalles que no le corresponden saber? Ah, sí, porque cuando Nina y vos fueron a casa de tus padres esa vez para Acción de Gracias la susodicha se encargó de que tu madre se enterara qué tan activa era tu vida sexual, y ahora tu mamá piensa que todas las mujeres con las que te juntas son atorrantas, que llevan una vida ligera, que andan de cama en cama y pasaron bajo muchas sábanas, y que ninguna es digna de convertirse en tu mujer ante los ojos de Dios ni de llevar a tus hijos en su panza. No querés que piense eso de Michelle, porque no podría estar más lejos de ser verdad. No querés que piense que ella es otra cualquiera, otra de esas que tienen listas interminables de hombres con los que estuvieron por puro aburrimiento o por experimentar.

"Ana" tu papá interviene, poniéndose de pie también, dejando olvidado su vaso de leche, el cual apenas tocó para dar sólo un par de sorbos ", por favor no discutan" les pide, y te sentís muy culpable al ver el brillo de angustia en sus ojos: tu papá acaba de perder a su madre luego de una larga batalla contra una horrible, penosa enfermedad, y en lugar de apoyarlo tanto como puedan para que esto sea más llevadero, están de pie delante suyo discutiendo. Eso debe destrozarlo "Estamos todos cansados" vuelve a repetir "Deberíamos irnos a dormir"

Coincidís con él, totalmente. Se te parte tanto la cabeza, se te cierran los ojos solos prácticamente, te pesan tanto los párpados, te sentís tan flojo, como si tu cuerpo entero no fuera más que una gran colección de huesos de cartón cubiertos por una lona que hace las veces de piel. Tan alicaído te sentís, tan derrotado, tan destruido. Te laten las sienes y aún te zumban los oídos. Querés terminar con todo esto e irte a la cama de una buena vez por todas. Vas a apelar una vez más al buen corazón de tu madre, y si no cede… Bueno, preferís no pensar en eso, preferís mentirte a vos mismo diciéndote que va a ceder.

"Mamá, aunque esté molido, aunque me duela cada hueso del cuerpo, aunque esté muerto de cansancio, sin ella no puedo dormir. ¿Nunca necesitaste tanto a alguien que sin esa persona no podías respirar? ¿Nunca amaste tanto a alguien que te dolió su ausencia, incluso si era por unas pocas horas?" le preguntás, con la voz suave y cargada de emoción, una emoción que probablemente nunca antes ella haya escuchado en tus palabras, porque jamás te expresaste así, con esta crudeza, con esta sensibilidad, prácticamente exponiendo tu alma para que la viera, con todas sus marcas y sus rasguños, con todas esas heridas que van curándose de a poquito, y aquella otras frescas que aún no empiezan a cicatrizar. Inhalás con dificultad. Tenés un ardor en el pecho "El dolor que tengo ahora es tan inmenso que ni siquiera puedo respirar" tus ojos se llenan de lágrimas, lágrimas que obviamente no vas a dejar caer, lágrimas que brillan en ellos, lágrimas que los empapan, lágrimas que venís conteniendo desde hace horas, lágrimas que te queman "Solamente quiero abrazarla…" te tiembla el labio ligeramente.

Estás como embotado, cada vez más y más al borde del colapso, cada vez más débil, cada vez más alicaído. El mundo a tu alrededor se está apagando de a poco, oscureciendo de a poco, volviéndose menos y menos corpóreo, y vos todo lo que querés es poder arrastrarse hasta tu habitación, tumbarte en la cama con ella en brazos y dejar de fingir, dejar de aguantar, poder derrumbarte tranquilo, con la seguridad de que ella va a estar cuidándote y conteniéndote para que al explotar no te hagas daño, para que no te revienten ni el corazón ni la cabeza.

"Yo tampoco quiero que peleemos" seguís, intentando mantener la coherencia "No quiero que te enojes conmigo…"

"Yo tampoco quiero que peleen, Ana. Y tampoco quiero que termines el día de hoy enojada con Anthony, ni que Anthony termine el día de hoy disgustado con vos por no poder ser más comprensiva" dice tu papá con voz suave, posando una de sus manos en el hombro de su esposa.

Tu mamá exhala. Un largo suspiro se cuela por entre sus labios. Cruza una mirada con tu papá, cuyas facciones tienen una expresión que en tu agotamiento mental no podés descifrar, pero que tu mamá parece entender. Te mira a vos, luego vuelve a mirar a tu papá de soslayo, y al hacer lo mismo ahora sí más o menos interpretás qué significa aquel gesto que cruza su rostro: luce más débil y más cansado de lo que lo has visto en toda tu vida. Es obvio que él también quiere irse a la cama de una buena vez por todas para dar por finalizado este sábado agridulce teñido de lágrimas, recuerdos y nostalgia. Su cabeza merece algo de reposo por unas cuantas horas antes de que la mañana llegue, y con ella el tiempo de enfrentarse a la realidad de que su madre ya no está con él y nunca más volverá a estarlo, con la realidad de que deberá decirle adiós por última vez, con la realidad de que poco a poco a medida que pasen los días tomará más y más forma el concepto de que su madre ya no existe físicamente. Tu papá no se merece que estén cargándolo tu mamá y vos con esta conversación que están manteniendo.

Es obvio que tu papá acepta que ya no puede tener control sobre tu vida privada, es obvio que no le importa si Michelle y vos duermen en la misma cama, porque te conoce y sabe que lo que estás diciendo nace desde lo más profundo de tu corazón, y además porque a diferencia de tu madre él puede aceptar que no compartas las mismas creencias que comparte ella, que tengas tu propio modo de pensar y de manejar las decisiones que tomás. Y si tiene algo que decirte al respecto, va a decírtelo en otro momento (estás seguro de que ya vas a tener una conversación con tu papá sobre este tema), pero no ahora, no en la víspera del entierro de su mamá, no luego de las últimas cuarenta y ocho horas, que fueron una montaña rusa de emociones fuera de control.

Tu papá lo único que quiere es tranquilidad y apoyo, quiere que dejen de tener este argumento pasivo pero tenso para poder irse a la cama a dormir con su mujer a su lado diciéndole que lo ama. Y eso es exactamente lo que vos querés, también: ir a refugiarte en brazos de la persona que amás. Los dos quieren lo mismo, y aunque tu cerebro esté embotado a tal punto que se te nubla la visión, creés interpretar en la forma en que tu papá observa a su esposa y a su hijo que le da lo mismo si tu mamá se enoja o no con vos: solamente quiere que este sábado acabe, solamente quiere algo de paz, solamente quiere irse de una buena vez por todas a dormir para poder desconectarse un poco de la realidad antes de que mañana ésta lo golpee salvajemente con todas sus fuerzas, con su puño de acero.

Y ella, la mujer que te trajo al mundo – siempre testaruda, aquella que rara vez da el brazo a torcer (por no decir 'nunca'), aquella que siempre insiste hasta conseguir su propósito, aquella cuya terquedad y orgullo le pesan mucho más de lo que vos creías –, por amor a su marido, que destruido y hecho pedazos está comenzando a bajar la guardia de a poco y a mostrarse vulnerable luego de haber pasado todo el sábado manteniendo la compostura delante de su familia, simplemente para no seguir sumándole más amarguras continuando su discusión con vos, ella cede. Tu madre, la que nunca cede, por amor a tu papá esta vez sí afloja. Tu madre, por amor a él, se traga el orgullo y da el argumento por terminado.

"Está bien, Anthony" resuelve con una exhalación "Hace lo que quieras" chasquea la lengua, cruzando los brazos delante de su pecho "Hace lo que quieras" repite, antes de ir y dejarse caer otra vez en una de las sillas.

Toma un largo sorbo de leche caliente. Sus ojos están fijos en un punto indeterminado. Está mascando un poco de su enojo, es obvio, mascando todo lo que le hubiera gustado seguir diciéndote, todos los comentarios que hubiera querido agregar, pero que por tu papá se va a tragar.

"Anthony, es mejor que subas y vayas a acostarte" tu padre te aconseja.

"Sí" decís con voz queda, pero no te movés.

Los mirás a ambos, nuevamente sentados a la mesa, uno junto al otro, y ves la mano de tu papá tomando la de tu mamá, acariciando sus nudillos con sus dedos. Así es como querés llegar a los primeros años de tu vejez: con Michelle a tu lado, llevando una vida rutinaria pero feliz con cada cosa que hacen juntos, más enamorados que el primer día, enamorándose todos los días un poquitito más, eligiéndose todos los días nuevamente con la misma convicción que en el principio, apoyándose el uno en el otro para no caerse cada vez que el camino se vuelve angosto y empinado; recordando cada momento, cada desafío, cada lágrima, cada risa, cada carcajada, con algunas arruguitas aquí y allá trazando en sus propias pieles el mapa del viaje que hace poquitito emprendieron juntos pero que sabés que va a durar para siempre.

Así querés llegar a la vejez con Michelle: como tus papás. Y sabés que así van a llegar. Porque el amor que se tienen ustedes dos es tan grande, tan inmenso y tan puro como el amor del que vos naciste, y sospechás que – más allá de lo que haya sucedido antes y después – el amor del que ella nació, el amor de sus padres, si bien fue cortado por la mitad antes de llegar a florecer en toda su grandeza, fue igual de hermoso que el de los tuyos (alguien como Michelle, después de todo, tiene que haber nacido de un amor demasiado profundo). Entonces, es inevitable que te asalte la pregunta: ¿cómo es que tu mamá no puede entender el amor que vos sentís?, ¿cómo es que no puede verlo en tus ojos? Si ella siente por tu papá el mismo amor, si ella también vivió una historia de amor así, ¿cómo es que no puede darse cuenta que ahora a su hijo le pasa lo mismo? ¿O lo que acaso sucede es que sí se da cuenta pero prefiere ignorarlo, no aceptarlo, hacer oídos sordos? ¿Será tiempo lo que va a necesitar para asimilar todo esto y aceptar a Michelle? ¿O es que acaso tanto valen para ella, tanta importancia tienen para ella la étnica, el origen, las raíces, los estereotipos, como para obnubilarla y nublarle el juicio?

Pero de eso podés preocuparte en otro momento, ¿no? Ahora lo que necesitás es descansar. Descanso y desahogo, eso necesitás. Del resto podés ocuparte más tarde, a medida que vayan yendo las balas en tu dirección y tengas que hacer malabares para esquivarlas.

"Buenas noches" murmurás.

"Buenas noches, Anthony" dice tu mamá con algo de sequedad, pero luego agrega con un poco más de dulzura, en un tono mucho menos áspero "Que Dios te bendiga"

"Que Dios te bendiga, hijo" repite tu papá.

Siempre, desde que tenés memoria, tus padres te dan la bendición siempre que tienen oportunidad, sea antes de ir a dormir, antes de que salgas o cuando hablan por teléfono antes de terminar la conversación. Lo hicieron con todos sus hijos desde que eran criaturitas, siguieron haciéndolo durante sus niñeces y sus juventudes, y lo siguen haciendo ahora que ya son todos adultos. Francamente, aunque no seas tan religioso como ellos, es algo a lo que te acostumbraste, es algo con lo que creciste, es parte de tu relación con tus padres, algo que cuando eras niño te hacía sentir seguro y reconfortado.

Tu abuela también solía darte su bendición. Eran sus últimas palabras al terminar cada conversación, fuera ésta en persona o, luego de que te mudaras a otro estado, por teléfono. Se te cierra la garganta al darte cuenta de que no vas a volver a oírla bendecirte otra vez, o que nunca más va a rezar por vos cada noche antes de irse a dormir. Te invade un súbito pánico, una súbita sensación de desamparo; te hacía sentir cuidado y protegido saber que tu abuela rezaba por vos. Obviamente en sus últimos años y a medida que la enfermedad avanzaba perdió la capacidad de rezar porque ya no podía hacer nada con coherencia alguna, pero es recién ahora que te percatás de ello, es recién ahora que te agarra esta angustia al comprender que ya no vas a tener sus oraciones, a sus angelitos de la guarda cuidándote (sí, sos un agente federal de treinta y cuatro años que cree en ángeles de la guarda. Así te educaron, y si bien tu trabajo con sus efectos mató muchas cosas dentro tuyo, esa creencia ha logrado mantenerse de algún modo latente, como un destello de tu destrozada fe infantil que si bien opaco aún brilla un poco, junto con otras que estaban medio muertas, enterradas en el fondo de tu corazón, en un sitio al cual no sabías cómo llegar, y que Michelle logró desenterrar y revivir).

"¿Saben por qué pienso que Dios envió a Michelle a mi vida?" decís de pronto, sin siquiera percibir que las palabras estaban tomando forma en tu mente, subiendo por su garganta para invadir tu boca y colarse por entre tus labios, para convertirse en un sonido sordo.

Tus padres no responden. Tu mamá abre la boca como si quisiera replicar, pero automáticamente vuelve a cerrarla.

"La abuela oraba mucho por mí" seguís, con la mirada clavada en el suelo porque no querés que vean tus ojos húmedos "… La abuela rezaba mucho por mí, y debe haberle pedido a Dios que enviara un ángel a cuidarme" concluís esa motiva reflexión que espontáneamente compartiste con tus padres, tal vez en un intento de hacerlos entender lo que Michelle es para vos, lo que significa para vos, lo bien que te hace, el milagro que ella representa en tu vida, en tu existencia que antes de que la conocieras a ella no era más que una monotonía oscura, no era más que una sucesión de días, semanas, meses y años a la espera de una muerte que estabas seguro llegaría defendiendo a tu país.

Pero todo lo que recibís por respuesta es un manojo de palabras amables de tu padre:

"Vamos a hablar de esto más tarde, Anthony" promete con una voz serena y calma.

Asentís lentamente antes de dar media vuelta. Estás punto de abandonar la cocina, con tu mano cerrada sobre el frío picaporte, cuando tu cuerpo flojo y tu mente aniquilada, ambos hostigados por tanto y tan profundo dolor, responden a otro impulso generado por las descargas eléctricas de tu corazón.

"Los quiero mucho" susurrás, girando la cabeza apenas, en un ángulo que permite que tu mirada y las de ellos se encuentren.

"Nosotros también te queremos, Anthony" contesta tu papá, visiblemente conmocionado y sorprendido por lo que dijiste, porque no sos la clase de persona que va por la vida siendo cariñosa y expresiva, y ellos lo saben, porque son tus padres y te conocen bien (o te gusta pensar que te conocen bien).

Todo esto es por Michelle pensás mientras subís las escaleras, prácticamente arrastrando los pies porque ya no te quedan fuerzas para nada, y caminar escasos metros en este momento para vos es el equivalente a cruzar el desierto del Sahara. Es por Michelle que te volviste más humano, más expresivo, más sensible, más emotivo, más cariñoso. Es por ella que cambiaste tanto, es por ella que seguís atravesando un proceso de constante cambio, es por ella que querés convertirte en una mejor persona.

Y confiás en que cualquier miedo, prejuicio, inseguridad o juicio de valor desaparecerán cuando aquellos en tu familia que tienen dudas sobre ella vean eso: que tu princesita, así de frágil y dulce cuando te pide refugio en sus brazos, pero decidida, valiente y eficiente cuando se encuentra abocada a su trabajo de salvar las vidas de ciudadanos inocentes, salva tu vida todos los días cuando te dice que te ama.

Ella te hizo humano, ella te hizo una mejor persona. Ella todos los días te hace aún mejor persona.

Ella es tu otra mitad, ella es quien te completa, y si tus padres te aman, entonces van a tener que aceptarla a ella, tarde o temprano.

Tarde o temprano…

Tarde…


Ya no aguantás más. Estás destrozado. Destruido. Este día, las últimas quince horas… Este día fue una montaña rusa violenta, con sus subidas y sus bajadas. Y ahora estás hecho pedazos, ahora ya no das más.

Abrís la puerta de tu cuarto, con la cabeza gacha, sintiendo tu cuerpo flojo y pesado. Tus piernas apenas pueden sostener el peso de tu anatomía; tus rodillas están doblándose ligeramente, y te tiemblan las manos y el labio inferior.

La luz está apagada, pero tus ojos no demoran en buscar y encontrar en solamente una fracción de segundo a esa personita que estuvo sosteniéndote durante este momento terrible, la personita que puede hacerte bien cuando alrededor tuyo el mundo se desploma y todo lastima y todo hace mal. La cama está hecha y ella se encuentra acurrucada, con las piernas pegadas al pecho y la cabeza sobre sus rodillas, con los ojos cerrados, dormitando. Sus rulos están sueltos, y cambió la ropa que llevó puesta durante todo el sábado por un jogging color azul y un sweater borgoña, ambos tuyos, por lo cual le quedan enormes y la hacen parecer aún mucho más chiquitita y frágil de lo que en realidad es.

Sus párpados se levantan en cuanto te oye cerrar la puerta. Luce tan cansada, que por un momento te tienta simplemente acurrucarte con ella, abrazarla, y llorar hasta quedarte dormido, dejando que ella a tu lado duerma plácidamente, calmándote sólo con su aspecto de ángel encarnado en mujer.

Pero Michelle entiende enseguida, con sólo observar tu rostro, que necesitás hablar, que necesitás un poco de desahogo. Con sus labios curvados en una sonrisa agridulce que expresa mucho más de lo que el lenguaje hablado podría alguna vez explicar.

Te ayuda a recostarte sin decir palabra alguna. Las primeras lágrimas, esas que llevás horas conteniendo, comienzan a rodar por tus mejillas, empapando tu cara, y vos las dejás caer libremente. Cerrás los ojos cuando sus manos acarician tu frente, y tus músculos se tensan para volver a relajarse cuando besa tus párpados cerrados. Respirar está volviéndose complicado, cada vez más, y todo te da vueltas. Estás mareado. El peso de todo aquello que cargaste en los hombros está derrumbándose encima de vos, de golpe, ahora que de pronto las paredes de hierro altísimas que construiste para protegerte se vinieron abajo y estás con tu vulnerabilidad en su mayor y más pura expresión.

Tumbado de espaldas, con los ojos fuertemente cerrados, la piel enrojecida y la respiración entrecortada, empezás a sollozar, empezás a dejar salir todos esos sollozos reprimidos, y estos se salen de control enseguida, porque todas esas emociones que mantuviste apretujadas en tu pecho durante todo el día quieren salir, y esos nudos que tenés en la garganta y en el estómago quieren aflojarse. Tu cuerpo se tensa y te agarran espasmos, los músculos te duelen más que antes, y tratando de ahogar tus sollozos, llorás, queriendo vaciarte, pero sabiendo que la pena ya ha llegado demasiado hondo como para poder quitártela vertiendo lágrimas.

Michelle acomoda tu cabeza en su regazo, y como muchas veces vos lo hiciste con ella, te arrulla y te tranquiliza mientras dejás que tu corazón y tu alma rotos se desquiten. Sentir sus manos en tu frente, en tus mejillas, secando tus lágrimas, acariciándote, reconfortándote, es la mejor medicina que podrías pedir o recibir. No te avergüenza que te vea así, débil y herido. Solamente querés que te cure, querés que te diga que todo va a estar bien, querés que te prometa que va a quedarse con vos para siempre y que nunca te va a abandonar, querés hablarle de tus miedos para que ella los mitigue del mismo modo en que mitiga tu sed de amor, querés que te calme y te meza hasta que caigas en un sueño sin pesadillas ni demonios o fantasmas que te señalen con dedo acusador o te recuerden tus temores.

Inclinada hacia delante, con su frente presionando contra tu frente, y sus manos tibias dejando caricias sobre la piel que tocan el alma. No hay otra persona con la que preferirías estar ahora mientras llorás tu dolor, no hay otro sitio ni otros brazos en los que preferirías estar ahora. Estás en donde pertenecés, estás con la única persona a la que siempre vas a necesitar para funcionar, para respirar, para vivir.

Veinte minutos después el llanto cesa, de pronto. Las lágrimas ya no caen, y sólo quedan los restos de las que ya has derramado, manchando tu rostro, empapándolo. Todas ellas han dejado marcas en tu piel, así como cada obstáculo, cada circunstancia con la que te has encontrado en la vida te ha marcado por dentro. No estás dormido; seguís entumecido, embotado. La jaqueca que tenés te impide abrir los ojos, y el cansancio te consume pero no podés dormir. Irónico, ¿no? Estás molido, pero no podés dormir, no podés conciliar el sueño. O al menos no habrá sueño pacífico que puedas conciliar hasta que no te quites eso que tenés presionándote el pecho. La taquicardia hace que sientas las costillas siendo golpeadas con cada latido, cada golpe un poco más fuerte que el anterior, los oídos aún te zumban, estás mareado y suponés que si trataras de levantarte el mundo a tu alrededor daría vueltas, se oscurecería y caerías desmayado. Podrías pasar el resto de tu existencia tumbado ahí, con ella acariciándote y susurrando en tu oído palabras dulces cuyo significado no llegás a descifrar pero que de todos modos te hacen bien, porque se mezclan con el sonido de su respiración, porque se mezclan con el tacto de sus manos que son como de porcelana.

"Va a estar todo bien, bebé" murmura, y la frase cobra sentido, la comprendés, tu cerebro la capta.

Hacés un sobrehumano esfuerzo por contestar. Cuando separás los labios para hablar, los sentís secos, al igual que tu boca. Secos y ásperos.

"¿Lo prometés?" preguntás con voz ahogada y ronca, una voz que sólo alguien como ella, que presta desmesurada atención a cada detalle, podría escuchar.

Por toda respuesta se incorpora muy despacio y con cuidado, depositando tu cabeza suavemente sobre la almohada de plumas, que se hunde enseguida bajo su peso. Tus ojos están aún cerrados, pero el resto de tus sentidos, extrañamente agudizados, te permiten percibir sus movimientos delicados. Sentís que te quita los zapatos, dejándote sólo con las medias puestas, y escuchás el ruido sordo que hace la suela al encontrarse con el piso cuando los coloca a un costado (probablemente en una esquina, te imaginás, uno junto a otro, prolijamente acomodados, porque ella es así: prolija y perfeccionista, ordenada hasta la histeria). Luego regresa a la cama y se acurruca a tu lado, hecha un ovillo; es una cama de una plaza, por lo cual hay poquísimo espacio para los dos, pero ella se acomoda enseguida, amoldando su cuerpo al suyo, abrazándote con todas las fuerzas que le quedan. Su cabeza reposa junto a la tuya en la almohada, tu rostro y el suyo están a escaso medio milímetro de distancia, y su perfume es todo lo que podés respirar, su perfume y esa esencia única que es suya y de nadie más, esa esencia única a la que te volviste completamente adicto; el oxígeno podría extinguirse, y a vos te importaría poco y nada.

El silencio cae en la habitación, y los latidos de tu corazón resuenan dentro de vos más que nunca. El sonido de tu respiración dificultada y de la suya, que es tu música favorita, se mezclan formando una sinfonía desacompasada, sin ritmo ni acordes bien escritos, pero que te relaja un poco, que te trae algo de la paz y la tranquilidad que se perdieron cuando casi media hora atrás te largaste a llorar como una criaturita desprotegida y abandonada.

Tus ojos están aún cerrados, y las lágrimas no fluye den ellos. Ella besa tus párpados varias veces.

El silencio sigue siendo, junto a sus respiraciones, la música de fondo.

"Todo va a estar bien" finalmente llega a tus oídos, en su voz dulce y bajita, la promesa que le pediste, aquella que no nació de sus labios de inmediato, pero que sabías en algún momento sería dicha, porque a ella la creés capaz de todo, de cualquier cosa con tal de hacerte feliz, con tal de cuidarte, con tal de estar con vos, con tal de tranquilizarte (no por nada es, después de todo, la mujer con la que vas a pasar lo que te quede por vivir) "A su debido tiempo, todo va a estar bien" repite, acariciando tu mejilla con uno de sus dedos, remarcando el contorno de las manchas dejadas en los sitios que fueron surcados por tus lágrimas.

A su debido tiempo…

A su debido tiempo…

¿Pero cuándo será el debido tiempo? ¿Cuándo llegará el momento en que todo esté bien? No el mundo en general, porque el mundo está perdido y eso lo ves cada día en el trabajo, si no tu mundo. ¿Cuándo todo estará bien en tu mundo? En este momento, lo único que tiene sentido, lo único que no te hace mal es Michelle. Michelle, y tus sobrinitos, y la inocencia que viste en sus sonrisas, y su dulzura y aceptación, hoy gracias a ellos, gracias a esos pequeños instantes que querés tener gravados en la memoria para siempre, pudiste sostenerte en pie. En tu mundo, en este contexto, en este fin de semana teñido de angustia, son las pocas cosas que están bien.

¿Cuándo será el debido tiempo de que lo demás encaje en el rompecabezas?

Reprimís un sollozo repentino.

Y cuando lográs recomponerte lo suficiente para separar los labios y formar palabras, comenzás a hablar, a vaciarte, a descargarte, no con el lenguaje del llanto, si no con el lenguaje que usa las palabras, palabras que murmurás en su oído para que sólo ella las escuche, palabras que apenas existen pero que ella entiende de todos modos, palabras que se forman cuando movés los labios muy despacio.

"Nunca voy a poder agradecerte por cuidarme como me cuidás. Si hoy no te hubiera tenido conmigo… habría muerto de angustia. Había perdido la razón. No hubiera aguantado todas esas horas con el dolor acumulándose en el pecho si no te hubiera tenido conmigo. Sos la única a la que puedo mostrarle mis heridas" tragás con dificultad "Sos la única a la que puedo hablarle de mis miedos"

Finalmente con un esfuerzo sobrehumano abrís los ojos, y te encontrás con los de ella, que brillan de cansancio y probablemente le pesen tanto como los tuyos te pesan a vos. La rodeás con tus brazos atrayéndola aún más cerca de ti si eso es posible, y cambiás de posición hasta quedar sobre tu costado, con tus manos en su espalda. Tiembla apenas, no sabés si es porque tiene frío o porque está tan exhausta que su cuerpo se halla al borde del colapso.

Intuyendo que necesitás ayuda para continuar, para empezar a expresarte (porque después de todo, no sos la persona más expresiva sobre la faz de la Tierra, si bien con ella te mostrás mucho más abierto que con cualquier otro ser que exista en este planeta), te anima a continuar:

"¿De qué tenés miedo, amor?"

Inhalás, y el aire del que se llenan tus pulmones está mezclado con su perfume intoxicante, lo que hace que automáticamente tus párpados pesados se caigan otra vez.

Empezás a hablarle de este miedo que ha estado todo el día germinando, creciendo, echando raíces, enloqueciéndote.

De qué tenés miedo ella había preguntado, acariciando tu rostro con ternura infinita.

Y a ese interrogante contestás, con la voz cargada de emoción, con la voz ahogada y rasposa, con la voz pesada, apenas moviendo los labios, en murmullos y susurros, sollozando un poco más de tanto en tanto.

De olvidarte, algún día, de que algún día una enfermedad horrible me consuma la cabeza y me deje sin memoria.

De que los momentos que construyamos juntos desaparezcan.

De que la vida que construyamos juntos se me deslice como arena entre las manos.

De despertar una mañana y comenzar un proceso irrevertible que solamente va a empeorar, a ir más y más rápido hasta que un día no voy a saber quién sos.

De olvidar que te amo.

De olvidar cómo hablarte.

De olvidar qué decirte para hacerte sonreír.

De olvidar tu sonrisa.

De olvidar tu voz.

De olvidar cómo se sienten tus caricias.

De olvidar tu nombre, que es mi palabra favorita en cualquier idioma.

De olvidar nuestras mañanas juntos.

De olvidar nuestros fines de semana juntos.

De olvidar nuestras tardes juntos.

De olvidar lo hermosa que salís en todas las fotografías que te saco.

De olvidar cuáles son tus cosas favoritas.

De olvidar tu risa.

De olvidar lo lindo que es dormir abrazados.

De olvidar todos los amaneceres que vamos a ver juntos.

De olvidar todas las estrellas que vamos a contar juntos.

De olvidar todos los secretos que compartimos.

De olvidar nuestras promesas: las que vos me hacés a mí, las que yo te hago a vos, las que nos hacemos el uno al otro.

De olvidarme de las personas que quiero.

De olvidarte a vos, Michelle. Mi miedo más grande es olvidarte a vos.

Y luego vienen otros miedos.

El miedo a olvidar a mis padres. Tengo miedo de olvidarme de todos sus esfuerzos, sus sacrificios, sus luchas, sus enseñanzas, todo lo que hicieron por mí, su historia de amor, sus consejos. Tengo miedo de olvidarme de las personas que me dieron la vida y me educaron y criaron.

De olvidar a mis hermanas.

Tengo miedo de olvidar cómo Eva se subía a los tacones de mi mamá, se ponía un collar de perlas alrededor del cuello, se disfrazaba y nos sentaba a mis hermanos y a mí y nos obligaba a verla desfilar, porque cuando era chiquita quería ser modelo.

Tengo miedo de olvidarme de Fiona, de su dulzura, de su sencillez, de los abrazos que me da siempre que me ve, de la admiración con la que me mira, de las conversaciones que tuvimos muchas veces cuando yo era adolescente y que me ayudaron en muchas situaciones que ahora son insignificantes pero que a esa edad no lo eran.

Tengo miedo de olvidarme de Gabrielle, de su personalidad, de los chistes que le hago acerca de las novelas románticas que lee y los programas de televisión que ve y de su adicción por las comedias.

Tengo miedo de olvidarme de Martina y de cada pequeño detalle que la hace única, de las tardes que pasamos juntos en el museo cuando ella tenía cinco años, de sus excentricidades, de sus frases, de sus comentarios, de cómo me obligaba a sentarme durante horas para verla tocar el piano o el violín. Tengo miedo de olvidarme de mi hermana favorita.

Tengo miedo de olvidarme de los dos hermanos que perdí.

Tengo miedo de olvidarme de mis sobrinos. De todos ellos. Tengo miedo de no poder ser el tío que se merecen, de no estar presente en sus vidas tanto como quisiera. Tengo miedo de un día ya no recordarlos.

Tengo miedo de olvidarme de los hijos que tengamos en el futuro, así como mi abuela olvidó a su hijo.

Tengo miedo de olvidarme de los nietos que esos hijos nos den, así como mi abuela me olvidó a mí.

Tengo miedo al olvido, a eso tengo miedo.

¿Y si sucede lo contrario?

¿Si la misma enfermedad que atacó a mi abuela se apodera de la memoria de otra persona que amo?

Mi mamá, mi papá… ¿Y si alguno de ellos pierde la memoria y olvida a sus hijos, a sus nietos, a su familia?

Mis hermanas… ¿Y si alguna de ellas me olvida?

¿Cómo voy a poder vivir con el olvido otra vez, después de lo mucho que me hizo daño ver a mi abuela ser consumida, retrayéndose, encerrándose dentro de sí misma en su confusión, sin reconocer nada a su alrededor, sin tener rastro alguno en su memoria de la vida que tuvo, esa vida construida con momentos que ella hubiera querido recordar hasta su último respiro? ¿Cómo voy a poder vivir si alguien que amo me olvida otra vez? ¿Cómo voy a poder vivir con el olvido otra vez?

¿Y si un día, mi amor, después de cincuenta años juntos, después de haber recorrido todo un camino recorrido juntos, vos empezás a olvidarte de mí? ¿Si te olvidás de nuestra historia de amor? De cada beso, cada abrazo, cada sonrisa, cada logro, cada sueño, cada esperanza, cada mirada, cada caricia. ¿Y si te olvidás de cada cosa que construimos juntos? ¿Si te olvidás de mí? ¿Cómo podría vivir si te olvidás de mí? ¿Si te olvidás de lo mucho que te adoro? ¿Si te olvidás de cada te amo que nos dijimos? ¿Si te olvidás de mi vos? ¿Qué tendría que hacer yo, Michelle, si algún día perdieras la memoria? ¿Qué tendría que hacer yo, Michelle, si te olvidás de mí? Me moriría de dolor, me moriría de angustia, si no pudieras recordar quién soy, si no pudieras recordar mi voz, si no pudieras recordar mi nombre… Si no pudieras recordar que te amo y que por vos daría la vida, me moriría de dolor

Ella te mira con lágrimas brillando en sus ojos almendrados. Sus manos no dejaron ni por un segundo de acariciarte mientras hablabas, y eso fue lo que te ayudó a continuar cuando sentías que el pecho se te cerraba, que te temblaba la voz, que no podías respirar o que el llanto amenazaba con desatarse otra vez.

"Es tonto, ¿no? Temer al olvido…" seguís antes de que pueda replicar "Nunca antes se me había ocurrido que un miedo así pudiera existir, nunca antes me lo había planteado, ni había reflexionado sobre eso. Pero hoy… Bueno" suspirás "… todo lo que pasó me sacudió con mucha fuerza…"

"Ya lo sé…"

"Hoy" volvés a tragar con dificultad, mientras con tu pulgar acariciás sus mejillas, su frente, sus labios, el contorno de sus ojos "cuando viste la película con mis sobrinas y después dejaste que te peinaran y te maquillara… y cuando te vi con Lara en brazos" suspirás "…, y ella te abrazaba y jugaba con vos y te hablaba" una imagen de ese momento se te viene a la cabeza; aunque haya ocurrido horas atrás parece de pronto tan lejano, como si te separaran años de él y no menos de un día, como si estuvieras revisando un recuerdo que acabás de sacar de un arcón lleno de polvo dentro del cual sólo hay fotos en sepia añejadas por el paso de los siglos ", y te contaba sobre sus ositos… Fue un pedacito de cielo en medio del infierno verlas a ellas encariñándose con vos tan rápido, llamándote tía... Vos sos mi pedacito de cielo en medio del infierno" concluís "Esa clase de momentos, incluso si llegan en medio de la locura y la angustia, son los que hacen que la vida valga la pena" tragás con dificultad una vez más "y no quisiera… no quisiera que alguna vez se fueran de mi memoria, de mi cabeza… o de tu memoria… Quiero tenerlos conmigo para siempre, esos y todos los momentos lindos que podamos construir vos y yo juntos. Quiero que lleguemos a viejitos acordándonos de esas cosas que hacen que la vida valga la pena"

Sentís las lágrimas corriendo por tus mejillas otra vez, sentís sus dedos limpiándolas, haciéndolas aún lado, y a pesar de que tus ojos están empañados, ves que ella está también llorando. Con las yemas de los tuyos hacés lo mismo: secás sus lágrimas, con dulzura y delicadeza.

"Michelle" dibujás el contorno de sus labios con tu pulgar. Las palabras que aún no suben por tu garganta y se transforman en sonidos en tu boca te queman el pecho, y hacen que tus pulsaciones se aceleren "vos hacés que me vida valga la pena" empezás a desesperarte. En esos espejos que sus ojos son, podés ver reflejados los tuyos, y en ellos reflejada se ve la desesperación que te hace su prisionero "Y si alguna vez perdiera la memoria" luchás por mantener la coherencia, pero la coherencia se escurre como agua entre tus dedos "… o si vos" no podés respirar "… si perdieras la memoria, yo no, no sé qué haría… No sé qué haría si te olvidaras de mi, y de cuánto te amo y…"

"Shhh" ella re arrulla, acariciando tu nuca con una de sus manos para relajarte, y presionando su frente contra tu frente, la punta de su nariz contra la punta de tu nariz, anidando su cuerpo contra el tuyo hasta que ya nada de espacio queda entre uno y el otro, ni siquiera ese medio milímetro que los separaba antes.

"Es un miedo tonto..., ¿no?" repetís con una risita nerviosa y esporádica, casi convulsiva, que se extingue rápidamente segundos más tarde, cuando el silencio vuelve a caer entre los dos, hasta que ella como siempre encuentra las palabras indicadas para salvarte de tu propia oscuridad.

"No, mi vida, no es un miedo tonto" te tranquiliza "Es un miedo normal"

"¿Sí?"

"Sí. No es un miedo tonto. ¿Sabés a qué le tengo miedo yo?" no espera que contestes la pregunta, por supuesto, porque es retórica. Sin embargo, se te ocurre una respuesta para dar, y lo que ella dice a continuación confirma que, de haberla dicho, hubieras tenido razón "Le tengo miedo al abandono, porque lo viví: mi mamá me abandonó" la abrazás aún más fuerte, si es posible. Presionás tus labios contra su frente, quizá porque necesitás reprimir el llanto que pugna por salir, tal vez porque escucharla hablar de su mamá te parte el corazón en más pedazos aún "Vos temés al olvido porque lo viviste: tu abuela perdió la memoria debido a su enfermedad y ya no pudo recordarte más. Es natural que tengas ese miedo, así como supongo que es explicable mi miedo al abandono"

"Ya no tenés que temer al abandono, Michelle" susurrás "Nunca vas a volver a sufrir por eso, porque yo no voy a abandonarte" prometés "Nadie que te conozca profundamente y vea lo hermosa y especial que sos por dentro podría abandonarte"

"Sin embargo vos pensás que del olvido no se puede escapar" no es una pregunta, es una afirmación.

Y es correcta.

"Nadie elige tener Alzheimer, es algo que lamentablemente sucede, no puede hacerse nada al respecto: una vez que comienza a atacarte no para hasta verte acabado" el nudo en la garganta se tensa otra vez "Y yo tengo miedo de que me suceda a mí, o a alguien que amo… Tengo miedo de que te suceda a vos, Michelle"

"¿Temés que te olvide?"

Acariciás su cabello, siempre tan suave y sedoso, siempre indomable, siempre enrulado. Tu índice se enreda en uno de esos bucles color chocolate. Definitivamente, si en este precios instante todos los relojes del mundo se rompieran y el tiempo dejara de existir, si el tiempo se extinguiera y cada ser humano estuviera condenado a pasar su eternidad en el punto exacto donde se halla ahora, incluso a pesar del dolor y el cansancio, incluso a pesar de la angustia y el agotamiento, no habría mejor lugar para pasar la eternidad que en sus brazos, con el corazón y el alma expuestos, mostrándote vulnerable, débil y honesto, con ella igual de vulnerable, igual de débil, igual de honesta, desnudos uno delante del otro no en cuerpo, si no en esencia.

"Temo que me olvides, o que sufras porque yo no puedo recordarte. Temo ser otra vez al que olvidan, pero también me da miedo ser el que olvida, y hacerte daño" confesás.

Tanto daño como el que a vos te hizo el destino cuando decidió que la suerte de tu abuela era olvidar a todos aquellos que la amaron, a todos aquellos que ella amó. No querés que Michelle tenga que sentir el dolor que estás sintiendo ahora, nunca.

Una de sus manos busca tu mano y sus dedos se entrelazan con los tuyos.

"Tony, el mayor daño de todos podrías hacérmelo si me abandonaras, y sé con certeza que eso no va a pasar, porque me prometiste que vamos a envejecer juntos, y yo creo en esa promesa. Dentro de muchos años, cuando los dos seamos viejitos y estemos llenos de arrugas, vamos a seguir juntos como ahora. Además" sigue "es imposible que me olvides, o que yo te olvide a vos, bebé, porque nuestro amor es mucho más fuerte que cualquier enfermedad. Nuestro amor es mucho más fuerte que el olvido"

El amor es más fuerte que el olvido.

Nuestro amor es más fuerte que el olvido.

Pero duele igual.

Pero lastima igual.

Pero te destroza igual.

Pero te hace daño igual.

Pero te deja hecho pedazos igual.

Pero te deja hecho añicos igual.

Pero te hiere igual.

Pero cala hondo hasta los huesos, con la misma intensidad.

Pero te parte el alma al medio igual.

El amor es más fuerte que el olvido, el amor de ustedes dos es más fuerte que el olvido… pero eso no significa que el olvido sea débil. El olvido es fuerte. El olvido sabe cómo romperte, cómo quebrarte. El amor es más fuerte que el olvido, pero no por eso el olvido pierde fuerza.

Sin embargo ella sigue hablándote, acariciándote, susurrando frases a las que querés aferrarte, a las que querés abrazarte, frases de las que necesitás alimentarte. Frases que deseás recordar hasta el día en que des tu último suspiro, hasta el momento en que respires por última vez. Frases que ojalá recuerdes hasta el día en que tu alma deje a tu cuerpo.

"Tu corazón y mi corazón no pueden olvidarse el uno al otro"

Lleva una de tus manos a reposar sobre su pecho, con la palma abierta, para que puedas sentir ahí sus latidos, y toma la otra para hacerla descansar sobre tu propio pecho, para que también sientas el ritmo de tu corazón.

"El corazón no es solamente un músculo con venas y arterias que lleva sangre y oxígeno al cerebro, donde la mayoría de la gente piensa está la memoria, para que pueda funcionar. El corazón es mucho más que eso" besa la punta de tu nariz "El corazón es el que se acelera cuando amamos, cuando sufrimos, cuando estamos felices, cuando estamos tristes… Amar nos hace humanos" repite las palabras que le dijiste aquella mañana en tu cocina, mientras ella lloraba angustiada porque había intentado prepararte el desayuno y su falta de habilidades culinarias la habían llevado a hacer un desastre "y amamos con el corazón. El corazón puede sentir, puede recordar" sus labios besan una lágrima que rueda por tu rostro "Esos momentos que hacen que la vida valga la pena, como cuando hoy jugamos con tus sobrinitas, o cuando nos besamos, o cuando nos quedamos todo un domingo a la mañana abrazados, o cuando me prometés que vamos a estar juntitos para siempre y que voy a ser la mamá de tus hijos" enumera sólo algunos, porque lo cierto es que con ella cada pequeña cosa, cada pequeño momento, hace que la vida valga la pena, todas las penas con las que puedas cruzarte y con las que te hayas cruzado "… Esos momentos se guardan en el corazón, y aunque lo que hay acá" con el dedo índice señala tu sien, y luego señala la suya, antes de volver a posar su mano en tu rostro para seguir acariciándote "deje de funcionar y se enferme hasta consumirse, un corazón que ama con la profundidad con la que mi corazón y el tuyo se aman, no dejaría que nos olvidáramos del otro, de nuestro amor, aunque perdiéramos la memoria"

Una tarde de sábado viene a tu mente, una de las primeras tardes de sábado que pasaron juntos, un mes y medio atrás más o menos. Estaban acurrucados en el sofá de tu departamento, agotados después de una semana especialmente complicada en la CTU, con todo el asunto del traslado del presidente Palmer a una casa de recuperación para que siguiera su tratamiento fuera del hospital luego del atentado contra su vida. Su cabeza estaba reposando en tu pecho, y mientras vos acariciabas su espalda ella te había dicho su música favorita era la de los latidos de tu corazón, porque es como una canción que le repite constantemente que sos real, que no sos un sueño, que no sos un príncipe azul que ella ideó en sus fantasías, que no vas a desaparecer. Vos habías besado su cabeza, y sin dejar de acariciarla le habías contado al oído que tu corazón tiene un lenguaje especial que consta de una sola palabra, tu palabra favorita, la que elegirías sin tener que pensarlo dos veces ni dudarlo medio segundo si te dijeran que por el resto de tu existencia sólo podés usar una palabra: Michelle. Eso dice tu corazón cada vez que late.

Cuando estás feliz, Michelle es la causa de tu felicidad. Cuando estás triste, Michelle puede curarte de tu tristeza y salvarte de vos mismo. Cuando estás preocupado, Michelle alivia tus preocupaciones con sus caricias, así como está aliviándote ahora, ahora que duele hasta el dolor. Cuando estás esperanzado, es porque Michelle le devolvió a tu vida el significado de la esperanza. Cuando soñás, Michelle es la protagonista de todos tus sueños, porque ella reemplazó las pesadillas por fantasías de un futuro mucho más lindo del que alguna vez te imaginaste llegar a querer.

Tu corazón dejó de ser un músculo con venas y arterias que lleva sangre y oxígeno al cerebro el día en que la conociste a ella y te enamoraste perdidamente, a primera vista, de esa chica inocente de ojos orientales, mejillas sonrosadas y sonrisa dulce, y pasó a ser aquél que cuando late susurra su nombre, el que se abraza a los recuerdos, el que seguiría latiendo aunque perdieras la memoria, el que seguiría llamando su nombre aunque perdieras la memoria.

Como si pudiera leer tu mente, como si pudiera leer tu alma (y es que sabés que puede), como si hubiera ella también recordado esa tarde en la que le dijiste al oído que el lenguaje de tu corazón consta sólo de su nombre, Michelle sigue arrullándote mientras te dice:

"¿Cómo podrías olvidarme mientras estés vivo, mientras tu corazón palpite, si con cada latido dice mi nombre? Sería imposible, Tony. Aunque perdieras la memoria, tu corazón seguiría recordándolo todo. Nunca, mientras tu corazón me ame, vas a olvidarte de mí, incluso si la misma enfermedad que atacó a tu abuela te ataca a vos. Nunca, mientras mi corazón te ame, yo voy a olvidarme de vos, aunque pierda la memoria"

"Pero dolería igual" insistís "Dolería igual, aún sabiendo que seguís recordándome en tu corazón, me dolería igual. Y aun sabiendo que sigo recordándote en tu corazón… No me gusta pensar en que algo pueda hacerte mal"

No querés pensar en lo destrozada que ella estaría si tuviera que pasar por algo así, no querés. No querés.

Pero tu miedo te lleva a esos lugares oscuros de todos modos, arrastrándote contra tu vapuleada voluntad de controlar los sitios en los que tu mente divaga en este estado de vulnerabilidad tan terrible, en este momento en el que tenés el alma llena de agujeros negros.

"Amor, en caso de que pasara, no tendrías que estar triste, y yo tampoco tendría que estarlo" te consuela "Sé que nunca se te va a olvidar mi sonrisa. Sé que nunca te vas a olvidar de mis besos. Sé que nunca te vas a olvidar de cada cosita que hagamos juntos, de cada meta que alcancemos, de cada sueño que cumplamos" frota la punta de tu nariz contra la punta de la tuya otra vez "Y yo tampoco. Tu sonrisa, tus besos, tus abrazos, lo que construyamos en nuestras vidas, van a vivir en mi corazón para siempre. Sé que nunca se me va a olvidar tu voz, aunque pierda la memoria: tengo tu voz grabada en mi corazón. Y sé que nunca se te va a olvidar mi voz, aunque pierdas la memoria, porque está grabada en el tuyo"

Dejás que sus palabras te envuelvan, que lleguen hasta tu alma, que la acaricien así como sus manos tibias acarician tu piel hirviendo. Dejás que sus palabras te consuman, que se vuelvan tan intensas, tan intensas como lo son la angustia, la culpa, el temor, el dolor, la nostalgia, la desesperación que han estado devorándote de a pedazos descomunales durante todo el día, dejás que sus palabras se vuelvan lo suficientemente intensas para mitigarlo todo, para finalmente traerte algo de ese alivio que tanto necesitás, un alivio verdadero, un alivio que te permita respirar otra vez, que te permita relajarte, que te quite el peso de tus hombros, que se fundan dentro tuyo y combatan todo lo que te hace mal.

Sé que nunca se me va a olvidar tu voz, aunque pierda la memoria.

Sé que nunca se te va a olvidar mi voz, aunque pierdas la memoria.

Lo entendés, lo comprendés, en teoría sabés que el alma y el corazón nunca olvidan, que ellos recuerdan, que lo que se va del cerebro se queda para siempre ellos… Y necesitás tanto aferrarte a eso, tanto… Porque no podés pasar los años que te queden recolectando pedacitos de cielo en medio del infierno que es la Tierra para guardarlos en tu memoria, pero temiendo todo el tiempo que un día al despertar comiences, de a poco, a olvidar, o que un día ella comience a olvidar, porque entonces eso no sería vida: eso sería doblegarte a la merced de tus miedos, y un hombre como vos no puede tener miedos, incluso si tu miedo es al olvido.

"¿Entonces vos nunca vas a olvidarme?" preguntás ahogado, con un hilo de voz, con el rostro empapado porque las lágrimas caen otra vez de tus ojos, medio cerrados porque tus párpados te pesan demasiado.

"Nunca, mi vida"

"¿Es una promesa?" el sollozo con el que se mezcla esa frase es casi inaudible.

Vos sos un hombre que siempre mantiene las promesas que hace a otros, y las promesas que se hace a él mismo. Siempre. La única persona sobre la faz de la Tierra que puede llevarte a romper una promesa es Michelle, ella y nadie más. Quizá tu mente cansada y adolorida que recién ahora está encontrando algo de alivio a medida que sus mimos y palabras hacen efecto, piense que si se prometen nunca olvidarse, entonces obligatoriamente van a tener que cumplirlo, que en tu desesperación por no quebrar una promesa hecha a la mujer que amás vas a salvarte de que te toque en suerte un destino como el que sufrió tu abuela. Son cosas que uno piensa en estos estados de vulnerabilidad, cuando se está más cerca de la inconsciencia que de la consciencia, cuando alrededor tuyo todo está oscuro y el cuerpo va aflojándose más y más hasta que sentís que te hundís…

"Te prometo, mi vida, que mi corazón nunca te va a olvidar" susurra ella en tu oído, y la proximidad de su rostro al tuyo es tal que las lágrimas que ella llora se mezclan con las que vos llorás, su perfume se mezcla con tu perfume, su respiración con tu respiración, y podés sentir en tu piel el roce de su boca.

"Te prometo que nunca voy a olvidar tu voz, aunque pierda la memoria"

"Sé que nunca se te va a olvidar mi voz, aunque pierdas la memoria"

"Si mi abuela pudiera verte" comenzás, pero enseguida el nudo en la garganta te impide seguir hablando. De todos modos, hacés el esfuerzo, porque querés decírselo "… pensaría que sos un ángel. Al menos murió sabiendo eso" te tiembla el labio, recordando la última conversación que tuviste con ella el martes. El martes, menos de una semana atrás… Y sin embargo se siente como si hubieran pasado milenios, como si hubiera sucedido en otra vida, o como si le hubiera sucedido a otra persona, o como si fueran retazos de un sueño muy viejo ya tapado por el polvo "… Al menos murió sabiendo que te encontré. Cuando yo le preguntaba cómo podía estar tan segura de que existía en el mundo alguien para mí" reprimís un sollozo ", ella me decía que todas las noches le pedía a Dios que la persona indicara llegara, y que un día ella… ella iba a estar ahí, sonriendo y retándome por no haberle creído antes…"

Pero ahora ya no está.

No llegó a conocer a Michelle, pero al menos pude hablarle de ella, al menos pude decirle que había encontrado a mi otra mitad…

Quiero creer que su alma estaba escuchándome cuando le conté.

Quiero creer que está sonriendo desde el cielo.

"Tu abuela va a seguir cuidándote desde el cielo" dice Michelle, como si pudiera leer tu mente o, más adecuado sería, como si pudiera leer lo que pensás en tus ojos húmedos "El corazón no olvida, y el alma tampoco. El alma es eterna. Los recuerdos de tu abuela, entonces, son eternos, siempre van a serlo"

Durante unos minutos permanecés pensativo, con ella en tus brazos y vos en sus brazos, completamente pegados el uno al otro.

"¿Querés lavarte la cara y cambiarte de ropa antes?" ofrece ella en voz baja y suavecita.

"No tengo fuerzas para nada" susurrás. Y es verdad: toda la fuerza que te queda están usándola tus dedos, para poder acariciar sus mejillas y su pelo; toda la fuerza que te queda está repartida entre tus brazos, para poder estrecharla contra tu pecho y sentir tu corazón y su corazón latiendo uno contra el otro, llevando el mismo ritmo; toda la fuerza que te queda está siendo usada por tus ojos, para no cerrarse, para no caer bajo el peso de tus párpados, para no ceder al cansancio demoledor que te agobia, y poder seguir mirándola a ella.

"Yo tampoco. Pero necesitás refrescarte" insiste.

En cuanto te ponés de pie, la cabeza te da vueltas y todo se ennegrece a tu alrededor; te sentís mareado. Ella, como puede, te lleva de la mano hasta el cuarto de baño. Apenas podés ver, con los ojos así como los tenés, nublados por las lágrimas. Apenas tenés lo que se necesita para mantenerte en pie, y tus extremidades tiemblan un poco; las rodillas amenazan con fallarte y hacerte caer, pues tu peso entero se sostiene sobre ellas, y ellas están tan frágiles y débiles…

Michelle desaparece por un minuto, y cuando vuelve, te encuentra sentado sobre la tapa baja del váter, porque no hubieras aguantado más de pie. Lleva en sus manos tu pijama y un buzo viejito que a veces usás para dormir cuando en Los Angeles se presenta alguna rara noche de temperaturas más bajas que las habituales.

Te desviste con timidez, con cautela casi, y no podés evitar notar cómo le tiemblan las manos. Son gestos muy dulces, muy delicados, casi como si temiera romperte, dañarte, hacerte añicos, cuando en realidad con su tacto y su ternura no hace más que ayudarte a sanar. Te desviste muy despacio, no con la urgencia, pasión y euforia con la que trataba de quitarte la ropa aquella noche en la que por poco los dos cruzan esa línea; hay algo muy inocente en esa escena: los dos de pie en el pequeño cuarto de baño, vos inmóvil, vulnerable y entumecido, y ella ayudándote en algo tan básico como cambiarte de ropa, porque ya ni para eso te quedan fuerzas.

Cuando ya tenés el pijama y el buzo puestos, sus labios dejan besos en tu frente, tus mejillas, debajo de tus ojos, en tus párpados. Volvés a sentarte, esta vez en el suelo, porque ella te indica que lo hagas, y luego la ves – a pesar de tu visión nublada por las lágrimas – abrir el grifo del agua caliente y el del agua fría, y sumergir una toalla de mano. Se arrodilla en el piso, delante de vos, y utiliza el paño empapado para limpiar tu rostro de los restos de las lágrimas que lloraste. Sigue susurrando palabras que no llegás a comprender porque estás demasiado agotado, pero la sensación de sus caricias en tu cara y el sonido de su voz son suficientes para calmarte al menos un poco, para devolverte algo de paz. Sigue resonando en tu cabeza como un eco muy lejano cada cosa dicha por ella, cada promesa, cada analogía… Y te das cuenta que todo es verdad, que todo nació desde el fondo de su corazón, ese mismo corazón que cuando late dice tu nombre, ese mismo corazón que nunca podría olvidar el sonido de tu voz, aunque ella perdiera la memoria.

Con tus dedos y sus dedos aún entrelazados te conduce de vuelta a la cama luego de pasada una cantidad de tiempo que no serías capaz de determinar, porque estás como en un limbo. Su cabeza y tu cabeza reposan sobre la misma almohada, otra vez la rodeás con tus brazos, otra vez ella te rodea con los suyos, otra vez las puntas de sus narices se tocan, otra vez su respiración se mezcla con tu respiración, otra vez su corazón late contra el tuyo.

Y otra vez te largás a llorar, con toda la fuerza de la que sos capaz, descargándote, desahogándote, tratando de limpiarte por dentro y por fuera, en completo silencio, con tu rostro enterrado en ese huequito entre su cuello y su hombro, con sus brazos alrededor tuyo y sus manos acariciando tu espalda. Como una criaturita que no puede contener la angustia, te largás a llorar. La opresión en el pecho no se va enseguida, más bien se vuelve más y más intensa con el llanto, pero al menos sabés que este desahogo sí va a servirte de algo, que este desahogo es exactamente lo que necesitás, y que ella no va a dejar de abrazarte, que no va a irse, que va a quedarse con vos para siempre, que no va a abandonarte.

Va a estar todo bien.

Esa es la frase que llena tus oídos, tu mente, y tu interior mientras vas quedándote dormido, mientras el cansancio va envolviéndote, mientras todo alrededor tuyo se apaga, el llanto cesa de a poco prácticamente sin que te des cuenta, tus sollozos se vuelven más y más débiles, y te sumís en un sueño tranquilo, sin pesadillas, sin culpa, sin fantasmas que te persiguen, sin miedos. Porque sabés que estás durmiendo en sus brazos. Porque sabés que dentro de unas horas vas a despertar con ella aún en tus brazos, y que pase lo que pase, por el resto de tu vida, todas las mañanas que te queden por vivir, sean cuántas sean, ella va a estar ahí, con vos, como lo estuvo hoy en medio de un dolor tan hondo que dolía hasta en su mismísimo centro.

Porque sabés que nunca va a olvidarse de vos, aunque pierda la memoria, y porque ella está convencida de que nunca vas a olvidarla, incluso si como tu abuela estás destinado a perder la memoria.

Nunca se te va a olvidar su voz, aunque pierdas la memoria.