Las tazas sobre el mantel,

La lluvia derramada.

Un poco de miel,

Un poco de miel no basta.

Abrís los ojos sin siquiera recordar que horas atrás los habías cerrado; más bien es como si hubieras simplemente parpadeado en respuesta a una necesidad biológica natural que se satisface automáticamente, incorporada de tal manera que los humanos la llevan a cabo sin pensar y sin darse cuenta de que está sucediendo. Desconcertada, mirás a tú alrededor, y tu visión no tarda en ajustarse a la oscuridad supina en la que se halla sumergida la habitación.

Tardás unos segundos en reconocer dónde estás y por qué estás ahí, y luego inmediatamente procedés a separar cada sensación de la confusa y enredada madeja de apretados nudos que forman en tu adolorida cabeza, y recuperar la capacidad de funcionar con cierta coherencia, de la cual generalmente carecés durante un minuto o dos después de despertarte, cuando estás atontada, adormecida, entumecida y embotada.

Lo primero que sentís es un peso muerto sobre tu cuerpo, lo cual definitivamente tiene mucho que ver con tus dificultades para respirar con normalidad, en lugar de tener que hacer llegar aire a tus pulmones con jadeos entrecortados que provocan punzadas de dolor en tu caja torácica, como esa molestia que uno siente en el costado luego de haber caminado una distancia muy larga o subir una colina (nunca subiste una colina, pero en tus años de universidad has caminado mucho, especialmente durante las horas de almuerzo, porque la mayor parte de las veces o estabas sola porque no tenías amigos, o no querías estar con tus supuestos 'amigos' porque te hacían sentir usada cada vez que te pedían que los ayudaras con los deberes o los trabajos prácticos). La agradable calidez que emana de ese cuerpo, combinada con la que emana el tuyo propio, probablemente es el motivo por el cual no tenés frío, aunque todo lo que estás vistiendo es un sweater y un jogging, sin un cobertor que te envuelva para protegerte del clima de Chicago, tan diferente al de Los Angeles.

Tony está literalmente recostado encima de vos, con sus noventa y cinco kilos de músculo aplastando tus cincuenta y dos kilos de piel y huesos (a los dieciséis años habías llegado a pesar cuarenta y siete kilos – y aún así te veías gorda -, pero tuviste que aumentar hasta llegar al peso ideal para tu estatura y esforzarte para mantenerlo, porque es totalmente necesario que estés en estado físico adecuado para poder trabajar como agente en el gobierno, ayudando a prevenir catástrofes y salvando vidas, haciendo uso de tu inteligencia en algo que te apasionó con locura desde tu primer día en División). Los cuarenta y tres kilos de diferencia entre ustedes no se notan, porque su peso está muy bien distribuido entre sus trabajados músculos, su espalda ancha, sus huesos grandes y su contextura, pero siempre que las cosas se tornan apasionadas entre los dos él se preocupa todo el tiempo por no aplastarte; es visible en sus ojos el miedo que tiene de hacerte daño físicamente sin querer, es una obsesión, algo de lo que está pendiente casi tanto como lo está de ir despacio y no salirse de control. Es casi tangible la ternura, la delicadeza con la que suele tocarte, como si temiera romperte, como si temiera destrozar – sin proponérselo – tu fragilidad, como si no fueras corpórea y pudieras desaparecer o hacerte añicos si él accidentalmente te lastimara con su fuerza, que es muchísima más que la tuya.

Lo último que recordás de la noche anterior es que estabas tendida en la cama sobre tu costado y él tendido en el suyo, las cabezas de los dos reposando sobre la misma almohada, tu frente y su frente presionando una contra la otra, tus brazos envolviéndolo, la punta de tu nariz tocando la punta de su nariz, tus manos acariciando su espalda y su cabello, su respiración mezclándose con tu respiración. Él había estado llorando durante un largo rato con su rostro – rojo, húmedo y afiebrado – enterrado en el hueco entre tu hombro y tu cuello, mientras vos lo calmabas con tus susurros en su oído. Los sollozos habían ido disminuyendo hasta convertirse en quejidos apenas audibles, hasta extinguirse, hasta que un último sonido ahogado subió por su garganta y salió de sus labios, que él tenía presionados contra tu hombro, y después de eso el silencio fue completo. Recordás haber pasado una cantidad indefinida de tiempo viéndolo dormir, observando sus facciones más relajadas, pasando las yemas de tus dedos sobre la enrojecida e irritada piel de su cara (habías tomado su cabeza muy despacio procurando no despertarlo y la habías posado junto a la tuya en la almohada, para que pudiera respirar y no se sofocara), cuidándolo de las pesadillas que pudieran aparecer para asustarlo y alterarlo. Luego habías parpadeado… y lo que pareció ser un segundo después abriste los ojos para descubrir que habían pasado, por lo menos, unas cuatro o cinco horas durante las cuales estuviste presa de un sueño profundo e ininterrumpido.

Es obvio que durante la noche él debe haber cambiado de posición sin siquiera despertar, por instinto, hasta quedar con su cuerpo encima del tuyo, su cabeza sobre tu pecho, aferrándose a vos como si su vida dependiera de eso, rodeándote con sus brazos con tanta fuerza como la que es posible emplear a los humanos, como si su intención hubiera sido la de asegurarse que no lo dejarías nunca, que al despertar a la mañana siguiente te encontrarías ahí, dándole calor. Como si hubiera querido pasar lo que quedaba de tiempo hasta la llegada del alba escuchando los latidos acompasados de tu corazón, susurrando cada uno de ellos el nombre de su único y absoluto dueño, aquél nombre que jamás podría caer en el olvido: su nombre.

Una de tus manos acaricia su cabello, mientras que la otra recorre su espalda. Él está sumergido en un sueño tan pesado que dudás notaría si los miembros de la Orquesta Sinfónica de Londres se apretujaran en el pequeño espacio que hay entre el centro del cuarto, donde está la cama, y la puerta del pequeño baño, y comenzaran a tocar la Quinta Sinfonía de Beethoven a todo volumen: Tony simplemente seguiría inmutable. No podés culparlo: vos también, después de situaciones agotadoras, extenuantes y demoledoras en lo físico y en lo emocional, necesitás dormir por tiempo indefinido, para que la mente se recupere y distienda un poco, para recobrar lucidez. Por su semblante tranquilo y relajado podés deducir que en su cabeza no está aconteciendo una sucesión de pesadillas angustiosas; después de lo que sucedió la madrugada en que Teri Bauer fue asesinada por Nina, Tony tuvo un período muy largo durante el cual durmió por casi dos semanas, levantándose a regañadientes sólo para comer algo, y luego cuando tuvo que tratar de seguir adelante con lo que podría denominarse 'vida cotidiana', el insomnio y las pesadillas lo persiguieron por meses, impidiéndole caer en un sueño sereno y convirtiéndolo en una persona triste, ansiosa, nerviosa y aterrada de cerrar los ojos por miedo a lo que su subconsciente fabricaría dentro de los confines de su mente para torturarlo (todas cosas que te ha confesado sólo a vos, en una de las escasas ocasiones en las que hablaron – brevemente – sobre aquello ocurrido hace más de un año y medio). Ayer pensaste que quizá el trauma que ha significado perder a su abuela tan súbitamente le causaría insomnio o dificultades para conciliar el sueño y que se pasaría toda la noche dando sobresaltos y llorando, pero tus pensamientos, es obvio, estaban errados: el hombre que tenés dormido en tus brazos luce sosegado, y el gesto en su rostro es uno de inocencia y dulzura muy similar al que tenía en esas fotos que viste, cuando era un bebé de apenas días que descansaba tranquilo en su cunita, envuelto en una manta, ajeno a cualquier dolor o sufrimiento, desconociendo de qué está hecho el mundo al que acababa de llegar.

Te gusta verlo dormir. Es siempre él quien te observa a vos mientras dormís en sus brazos, siempre él quien se despierta en medio de la madrugada o mucho antes del horario en que está programada la alarma que anuncia el momento de empezar el día, sólo para acariciarte y estudiar tus facciones relajadas, como si quisiera memorizarlas para dibujarte después. Casi todas las mañanas abrís los ojos para encontrarte con los suyos cargados de devoción y ternura, diciendo mucho sin emitir sonido alguno; más apropiado sería expresarlo de esta manera: con su mirada él atrapa y condensa el silencio para que no se escuche otra cosa que el lenguaje de su corazón repitiendo tu nombre con cada latido, mientras que el Universo alrededor de los dos desaparece, y con el Universo todo lo que lo forma, para que puedas concentrarte en esas palabras que su corazón dice y que solamente vos entendés, como si se tratara de un idioma muy antiguo y difícil de comprender que hasta ahora ninguna mujer que no seas vos ha sabido descifrar. Y como si el lenguaje de su corazón no alcanzara para decirte cuánto te adora, casi todas las mañanas él rompe el silencio para susurrarte al oído que ama verte sonreír en tus sueños, porque esa sonrisa en la que se curvan tus labios es la única y tangible evidencia de que estás soñando con cosas lindas (cosas lindas léase: soñás con él).

Es él quien siempre te observa dormida, acurrucada contra su pecho, contenta de estar en el lugar más seguro del mundo con la persona que siempre va a protegerte de cualquier cosa que pueda hacerte mal, vulnerable y absolutamente consciente de la terrible dependencia que a él te une, esa dependencia que amás con la misma locura con la que él ama depender de vos.

Es lindo poder verlo dormir a él, relajado y tranquilo, escuchar su respiración acompasada, como si la conversación que tuvieron la noche anterior entre sollozos antes de caer rendidos uno junto al otro hubiera servido para proporcionarle algo de paz, algo de alivio.

Dejás que tus dedos acaricien su frente, su cabello, dejás que tu otra mano recorra su espalda. La posición en la que estás – tumbada boca arriba, con él encima tuyo, aferrándose a vos como si su existencia y sanidad mental dependieran puramente de ello y de nada más – no es precisamente cómoda, pero la verdad es que no te importa mucho. No te importa el leve dolor en una de tus costillas, ni la ligera presión que sentís en el pecho, o la falta de circulación y hormigueo en tu pierna derecha. Podrías jurar con total honestidad que no se te ocurre mejor lugar en el que estar, no se te ocurriría estar en cualquier otro lugar que no fuera éste: con él, los dos juntitos en una cama de una plaza, abrazados, cuidándolo, haciéndole bien, curándole las heridas con la misma dulzura con la que él ha estado curando las que vos llevás en el alma durante estos últimos dos meses.

Hay un pequeño reloj despertador sobre la mesita de noche que se haya a un costado, y ves por el rabillo del ojo los números grandes y rojos devolviéndote la mirada, anunciando que son las cinco de la mañana con un minuto. El aparatito está programado para sonar a las siete, porque ése es el horario en que los padres de Tony dijeron convenía levantarse para prepararse para el servicio religioso que tendrá lugar en la Iglesia antes del entierro en el pequeño cementerio de la capilla. Dormirte otra vez, aunque lo intentaras, resultaría imposible, por lo que tenés dos horas de 'tiempo muerto' antes de que la pequeña alarma comience a hacer barullo y él se despierte sobresaltado para apagarla tan rápido como posible, como suele hacer a diario, para que sean sus besos y mimos los que te den los buenos días y no el martilleo insoportable de un reloj digital. Podés pasar esas dos horas con él en tus brazos, reconfortándolo, cuidándolo, escuchando los sonidos de su respiración y sintiendo los latidos de su corazón contra tu pecho.

Cuando volvés a fijarte en los números rojos y grandes que aparecen en la pantallita del radio reloj, notás que el tiempo está pasando mucho más lento de lo que imaginabas: pensaste que serían a lo sumo las seis menos diez de la mañana, pero solamente era las cinco con diez minutos. Por tus labios se cuela un largo suspiro. El dolor en una de tus costillas es demasiado intenso como para ignorarlo, y la pierna derecha te hormiguea tanto que ya casi perdió toda su sensibilidad. Seguís teniendo problemas para respirar sin dificultad y la molestia en el costado se acentúa, y sin embargo no querés moverte, porque si él está abrazándote así, como si su vida dependiera de ello, como si te necesitara a vos para poder tener alivio y consuelo, como si fueras todo lo que precisa, como si no quisiera que lo dejaras nunca, es porque realmente te necesita, porque su alma malherida realmente necesita sentir esa conexión que tiene con tu alma, sentir ese calor que se genera entre tu cuerpo y su cuerpo, sentir tus pulsaciones, respirar tu perfume, saber que estás ahí mimándolo, saber que estás ahí en caso de que las pesadillas lo ataquen súbitamente (aunque no creés que lo hagan, porque en el fondo sos consciente de que tu presencia es lo que aleja a esas pesadillas).

Mientras con tus manos acariciás su espalda, su cuello, su nuca, su cabeza, tus ojos van del semblante relajado y cargado de paz del hombre que tenés acurrucado encima de vos, al cielo raso pintado de un blanco nacarado que no llegás a vislumbrar por la falta de luz, por lo cual a tus ojos es tan negro como el resto del cuarto y todo lo que forma parte de él, porque la habitación sigue sumida en la más absoluta oscuridad.

Y observando esa oscuridad es que comenzás a recordar un sueño que tuviste anoche, un sueño que por algún motivo te resulta familiar. Al tratar de rescatar y unir los pedazos que van cruzando tu mente y desfilando ante vos como flashes que no llegás a comprender, te da la sensación de que ya habías tenido ese sueño en otra ocasión, pero no podés recordar cuándo, y tampoco podés encontrarle un significado.

Entre esa maraña enredada de pensamientos que quieren surgir a la superficie, más o menos toma forma algo así como un océano gigante, hondo y profundo, de aguas oscuras. En una orilla estás vos, en otra orilla está él, y en el medio el agua negra. A medida que vas acordándote de pequeños detalles, a medida que vas tomando los pedacitos del sueño y uniéndolos unos con otros hasta formar una imagen dentro de todo entendible, te das cuenta que para tu subconsciente ese mar era enorme. Te acordás también de haber visto sus ojos brillando, mirándote con ansias y con necesidad, con la misma locura dulce y descontrolada con la que vos lo mirabas a él, y él con su mirada te pedía que fueras a buscarlo, que fueras a socorrerlo, que te lanzaras dentro de las aguas heladas y comenzaras a nadar para llegar a sus brazos…

No sabés bien qué sucedía luego en el sueño, pero de pronto todo se convertía en una pesadilla, y vos te ahogabas, las aguas oscuras te tragaban, una fuerza mayor que la que vos estabas usando para nadar te tiraba hacia abajo, queriendo hundirte, queriendo hacer que desaparezcas… Después de eso, sos incapaz de captar cualquier otra cosa entre los retazos desordenados y nublados que no terminan de encajar unos con otros, pero el cuadro principal es bastante más claro de lo que lo son las piezas si se las miran por separado: un océano entre los dos, él en una orilla y vos en la otra, la desesperación de no poder llegar consumiéndote, la sensación de ahogarte, de no poder respirar…

No estás segura de haber tenido ese sueño antes, y sin embargo resulta tan familiar lo que recordás de él… El océano entre los dos, Tony mirándote con gesto de súplica, tu desesperación, tu necesidad de llegar a él, la sensación de ahogo, tu pecho cerrándose, tus pulmones sin una gota de oxígeno de la cual alimentarse, una fuerza superior a la que vos tenés para nadar contra la corriente arrastrándote hacia abajo, queriendo impedir que llegues a sus brazos, al lugar al que pertenecés, el lugar en el que debés estar, el lugar en el que él te necesita…

De pronto te falta el aire de verdad y un dolor te perfora por dentro, justo a la altura del estómago, pero nada tiene que ver con el peso de su cuerpo sobre el peso del tuyo; recordar destellos fugaces de ese sueño te ahoga tanto como si una mano invisible de pronto te hubiera tomado de la nuca y obligado a meter la cabeza en un cubo de agua helada, haciendo fuerza para impedir que respires. Jadeás varias veces, cerrás los ojos y mantenés los párpados apretados queriendo que las imágenes de ese océano entre ambos se vayan, que las imágenes del sueño (mejor dicho, de la pesadilla) desaparezcan, que se disuelvan, pero el aire no llega a tus pulmones, y los recuerdos de esa horrible mezcla hecha por tu subconsciente sólo se vuelve más vívida.

Es tonto, ¿no? Asustarte por algo así es tonto. Fue una pesadilla nada más, ¿no? No tiene por qué significar nada específico.

Esos son tus pensamientos mientras seguís acariciando su cuello y su espalda, tratando de concentrarte en el sonido suave y dulce de su respiración relajada (a diferencia de la tuya, que se dificulta cada vez más), y no hacer caso a las voces que se multiplican en tu cabeza, bulliciosas y cargadas de frases que no querés escuchar. No hoy, no ahora, no cuando él te necesita y vos no podés darte el lujo de caer quebrada. No cuando en menos de dos horas él va a tener que despertar para enfrentarse a uno de los peores días de su vida, para decir adiós a su abuela, precisando con cada paso a dar que vos estés sosteniéndolo, susurrando en su oído que todo va a estar bien, que siempre vas a estar con él, cuidándolo.

Ese sueño no tiene por qué significar nada específico.

Fue un sueño, una pesadilla, nada más que eso.

¿Entonces por qué seguís sintiéndote ahogada? ¿Por qué sentís oleadas de desesperación pura corriendo por tus venas, acelerando tu corazón, que mientras dormías con él en tus brazos había latido al mismo ritmo que el suyo?

La taquicardia te provoca náuseas. Tratar de no recordar esa pesadilla que por algún motivo te disgusta tanto sólo logra que pienses más y más en ella, que nuevas imágenes resurjan de entre los confines de tu mente y te ataquen. Sentís la acidez quemándote en la garganta, y la necesidad de vomitar se vuelve más y más intensa a medida que tu cabeza estalla con el sonido de las voces que habitan dentro de ella.

Es obvio por qué soñaste eso, Michelle te dicen. Ya lo habías soñado antes. No lo recordabas, pero lo soñaste antes. Ese océano inmenso que sólo se agranda y que parece cada vez más y más largo, más y más profundo, con sus aguas negras y heladas… Ese océano en medio de los dos que no podés cruzar porque te vence el cansancio, porque no tenés fuerzas suficientes, porque aunque intentes no lo lográs, porque la desesperación que te apabulla te juega en contra y te hunde, porque hay una fuerza superior queriendo ahogarte, ese océano representa a su familia. Su familia no te quiere en su vida, no te quieren en su casa, y así como vos estás dispuesta a luchar hasta morir, ellos seguramente también tengan predisposición para luchar (su madre, sobre todo). Va a hacer todo lo posible por hundirte, por ahogarte. Siempre lo supiste, por eso tuviste este sueño antes, mucho antes de conocer a su familia ayer cuando llegaron desde Los Angeles: siempre, dentro tuyo, tuviste la certeza de que algo iba a salir mal, de que alguien iba a tratar de separarlos, de que no todo sería perfecto, porque no hay cuento de hadas perfecto, porque todo cuento de hadas necesita una bruja. Pensaste que la que complicaría las cosas sería Carrie, ¿no? Pero ahora es evidente que las complicaciones van a venir por otro lado: su madre (¿no viste cómo te mira?) sería capaz de ponerlo a él en una punta del mundo y a vos en otra, cavar un pozo enorme tan profundo como humanamente posible, y obligarte a cruzarlo a nado, con el firme propósito de querer hundirte atándote piedras imaginarias al cuello.

Basta grita otra voz. Basta, basta, basta, basta, basta. Estás negada a seguir oyendo esas interpretaciones de tu sueño (o pesadilla, para ser más específicos), no porque las consideres estúpidas, si no porque pensás que desmereciéndolas van a ser menos ciertas.

No querés pensar en eso hoy.

Fue un sueño, fue solamente un sueño, un sueño del que no te despertaste perturbada, un sueño que no recordaste inmediatamente al despertar si no después mientras mirabas el cielo raso, un sueño solamente, un sueño cuyo significado no tendría que interesarte, un sueño que deberías esforzarte por olvidar, por quitarte de la cabeza, porque hoy tenés que protegerlo a él, protegerlo de su dolor, ayudarlo a mantenerse en pie, ayudarlo a sostenerse, ayudarlo a sanar. No tenés que pensar en su familia, no tenés que pensar en lo que ellos opinan de vos, no tenés que pensar en las brujas que existen forzosamente en todo cuento de hadas. Tenés que pensar en él.

Querés inhalar y exhalar un par de veces para relajar los músculos tensos, pero el peso de su cuerpo sobre el tuyo te lo impide, por lo cual tus intentos resultan en una punzada de dolor abdominal, que luego se convierte en una molestia mucho más fuerte, como si estuvieran estrujándote el estómago. Otra oleada de náuseas te ataca, y esta vez sabés que va a costarte contenerte.

Te laten los oídos y la sangre se te acumula en las sienes, te duele muchísimo la panza, sentís un ardor horrible subiendo por tu garganta, debido a la taquicardia tu corazón late desaforado, los ojos se te nublan y la habitación da vueltas a tu alrededor porque estás súbitamente mareada, el estómago se te contrae en un puño y un sabor ácido te invade la boca…

Necesitás vomitar.

Definitivamente salir de entre sus brazos – que te envuelven con la misma fuerza con la que un náufrago debe aferrarse a la única tabla de la que pudo hacerse antes de que la embarcación se hundiera, dejándolo solo a su suerte en medio del mar – y ponerte de pie es la parte más difícil. Sin embargo, de alguna manera lográs terminar parada junto a la cama. Tus ojos nublados vislumbran una sombra, la de su cuerpo, que sigue tendido boca abajo, aún profundamente dormido, con sus brazos vacíos después de haber estado toda la noche cerrados alrededor de tu figura, pero no son más que sombras lo que ves, porque estás tan mareada que aparecen manchas claras en tu retina. Una sensación abrumadora que has sentido otras veces justo antes de descomponerte sacude tu anatomía de arriba abajo, y las rodillas se te doblan y tiemblan como si fueran de gelatina blanda. La acidez aumenta, las náuseas se acentúan, y la pierna entumecida debido al hormigueo por la falta de circulación durante las horas en las que estuviste anidada bajo el calor de su cuerpo flanquea un poco cuando querés dar un par de pasos en dirección al cuarto de baño, que en tu estado se te antoja está a dos millones de kilómetros y no a escaso metro y medio.

Tratás de hacer el menor ruido posible y rogás no tropezar con nada, mientras con una mano apoyada en la pared vas dando tumbos en dirección a la puerta, procurando no despertarlo (aunque en el fondo, hay una partecita tuya a la que le gustaría que se despertara, que fuera corriendo a cargarte en brazos para que no tengas que caminar, que se arrodillara junto a vos en el suelo y te acariciara y consolara. Es un pensamiento egoísta, por supuesto; él necesita descansar tanto como pueda antes de tener que enfrentar todo lo que tendrá que enfrentar este día, y además, hay otra partecita tuya que no quiere que él te vea así).

Llegás al baño, entonces, y apenas tenés tiempo de cerrar la puerta detrás de vos y abrir el grifo para dejar correr el agua y amortiguar el ruido de las arcadas (algo que aprendiste de tu mamá: cuando ella estaba demasiado destruida por sus excesos con el alcohol y su organismo le pasaba factura, se encerraba en el baño y abría la canilla porque pensaba que así no la escucharían vomitar; ella pensaba que vos no te dabas cuenta, pero que tuvieras siete u ocho años no significaba que fueras estúpida). Vacías el contenido de tu estómago dentro de la taza del váter; te duele muchísimo la panza, tu cabeza sigue dando vueltas, y el mareo alcanza su punto más fuerte antes de ir de a poco disminuyendo, hasta que finalmente podés abrir los ojos y enfocarlos, pero enseguida los volvés a cerrar. Respirás hondo un par de veces, y levantás tus párpados pesados una vez que tu corazón ya ha dejado de latir desaforado contra tus costillas.

No es la angustia lo que hizo que te sintieras así de pronto, ni esas emociones encontradas que despertaron los recuerdos del sueño (de la pesadilla) que tuviste anoche, aquella en la que él se encuentra en una orilla y vos en otra, con un océano separándolos y la desesperación y necesidad consumiéndolos a tal punto que las fuerzas se te agotan y te ahogas. No es la falta de descanso y los nervios acumulados de este fin de semana, no es el terrible dolor que pasás al verlo a él sufriendo, no tiene nada que ver con tu situación emocional. Es algo biológico, fisiológico, que no está relacionada con la maraña de nudos hechos de pensamientos, suposiciones, recuerdos, interpretaciones e impresiones que tenés hecha en la cabeza.

Náuseas, molestias abdominales, mareos… Sabés a qué pertenecen estos síntomas que te atacaron súbitamente. Y francamente, no podés creer tu mala suerte. Sencillamente no podés. Ése es el pensamiento que cruza tu mente mientras te frotás las doloridas sienes con dos dedos y tratás de reponerte, arrodillada en el suelo de baldosas frías, toda despeinada y en pijama, después de haber aliviado el ardor y la acidez en tu garganta al vomitar.

Hay mujeres que son como relojes suizos, que tienen la certeza de que en tal o cual fecha van a estar indispuestas sin excepción alguna. Vos sos parte del porcentaje de irregulares que pueden terminar un ciclo menstrual en enero y no tener el siguiente hasta marzo. Desde que tuviste tu primer ciclo menstrual a los trece años, nunca fuiste regular. A veces pasan dos o tres meses entre período y período, otras veces pasan sólo veinte días. Tu irregularidad se acentuó aún más cuando empezaste a trabajar para el gobierno, con todo el estrés, responsabilidades, peligros y sacrificios que ello implica, por lo cual te acostumbraste a tener períodos menstruales esporádicos, que de acuerdo con todas las ginecólogas que visitaste son más normales y frecuentes que lo que la mayoría piensa. Para una persona ordenada, histérica y controladora como sos vos, el hecho de que a tus ovarios les guste jugar a la ruleta rusa no te causa ni pizca de gracia: quisieras ser de esas que pueden anotar en un almanaque la fecha de su último ciclo sabiendo que tendrán el siguiente dentro de veintiocho días – ni uno más ni uno menos – y estar preparada, que no te agarre de sorpresa y desprevenida.

Cuando sí tenés tus ciclos, los síntomas del síndrome premenstrual son terribles, y te sentís como si una aplanadora te hubiera pasado por encima: te agarran ataques de náuseas y tenés que alimentarte con té y pedacitos de pan tostado, porque tu estómago no puede tolerar más sin vomitarlo; los mareos son constantes, no podés mover la cabeza para arriba o para abajo sin que se te nuble la vista y te dé vuelta todo; los ojos te arden de tanto tenerlos fijos en el monitor de la computadora; las jaquecas te parten el cráneo al medio; el dolor abdominal es tan fuerte que no podés dormir de noche; los calambres que te agarran son de esos que te atraviesan y te impiden respirar. Es un castigo que dura entre cinco y siete días, y si bien no tenés que soportarlo doce veces al año como muchas mujeres, con las seis o siete que te tocan es más que suficiente.

El último ciclo que tuviste terminó justo antes de que tu vida diera un vuelvo como consecuencia de lo ocurrido en ese fatídico 4 de septiembre en el cual ayudaste a prevenir que los Estados Unidos comenzaran una tercera guerra mundial, te arriesgaste a perder tu libertad en el intento y finalmente te animaste a comerle la boca el hombre que desde hacía nueve meses venía moviéndote el piso y arrancándote suspiros, invadiendo tus sueños cada noche y haciendo que la sangre hirviera en tus venas cada vez que te respiraba cerca. Tendrías que haber supuesto que en cualquier momento empezarías con síntomas del síndrome premenstrual después de pasar septiembre y octubre sin que se presentara ninguno de ellos, pero lo pasaste por alto totalmente, ocupada y absorta como estuviste con todo el ajetreo que significó asumir las responsabilidades de tu nuevo puesto de trabajo, cumplir con ellas, ayudar a que la CTU empezara a ponerse en pie otra vez, colaborar con el FBI y el Servicio Secreto luego del atentado contra la vida del Presidente Palmer… Y estuvieron también los cambios en tu vida personal, por supuesto, que si bien la mayoría de ellos fueron buenos (mejores de los que alguna vez te hubieras atrevido a siquiera soñar), también estuvieron acompañados de su cuota de problemas: todo lo relacionado con Carrie, todo lo relacionado con Danny, y ahora el fallecimiento de la abuela de Tony, lo cual te provocó una terrible y devastadora angustia que si bien sólo sentís desde el viernes por la tarde, se ha extendido dentro tuyo y echado raíces como si se tratara de un dolor con el que venís cargando desde hace siglos; es que ha implicado muchas cosas, desde tener que hacer esfuerzos descomunales para mantenerlo a él en pie y curar sus heridas tan profundas e infectadas con culpa, miedos y remordimientos, hasta lidiar con esa parte de su familia que se llevó una sorpresa desagradable al descubrir que ahora hay alguien más que es parte de su vida (especialmente su madre, cuya reacción no podría haber sido más desalentadora y decepcionante para los dos).

Y ahora, como si no tuvieras suficiente que llevar en tus hombros, resulta que a tu cuerpo – ése que es tan irregular, ése que se comporta según le viene en gana, ése que es tan impredecible, ése a cuyas señales tenés que prestar mucha atención para saber bien qué mes sí y cuál mes no vas a tener que soportar una semana de molestias típicas del género femenino – se le ocurrió que es hora de que tengas el ciclo menstrual, y juzgando por los dolores en tu abdomen, las náuseas y ese mareo súbito que te sacudió de arriba abajo, va a ser una de esas veces en las que hasta el calmante más poderoso surte efectos no muy convincentes.

Siempre llevás en tu bolso las pastillas que tomás para aplacar los síntomas. Un solo comprimido – si tenés suerte – disminuye los mareos, las ganas de vomitar y los calambres estomacales durante unas ocho o nueve horas, y las sensaciones se reducen considerablemente a un poco de acidez, y alguna que otra punzada en el abdomen, nada que no pueda permitirte funcionar como un ser humano normal. Si tomás el analgésico ahora, probablemente empieces a sentirte mejor en unos diez o veinte minutos; podés volver a la cama, acurrucarte en sus brazos, cerrar los ojos, respirar hondo un par de veces y dejar que el calor de su cuerpo contra el tuyo junto con los efectos de la medicina ayuden a tus adoloridos y tensos músculos a relajarse. Con suerte, vas a estar compuesta para cuando el despertador suene a las siete en punto.

Aferrándote a los bordes del lavabo con una fuerza tal que tus nudillos se ponen blancos, inhalás y exhalás con los ojos fijos en el espejo, el cual devuelve un reflejo que muestra a una joven de ojos orientales de aspecto cansado, y tez muy pálida y demacrada. Es horrible la forma en que tu cuerpo reacciona a tu ciclo menstrual: estás bien, y de repente al segundo siguiente caes destruida, hecha una ruina, temblando, vomitando, con los músculos rígidos y adoloridos. No sabés qué harías si tuvieras que pasar por esto todos los meses del año, doce veces por año.

Te lavás los dientes, las manos, la cara; el agua tibia es como una caricia relajante (y si no fuera porque estás en una casa ajena, te darías una ducha y quedarías acurrucada bajo el chorro de agua al menos durante una hora; eso siempre te ayuda a sentirte muchísimo mejor, es una terapia a la que recurrís seguido cuando tenés cada músculo y cada hueso triturado).

El dolor de cabeza está transformándose en jaqueca, te das cuenta, y la presión sobre la nuca es cada vez mayor: todo el tejido nervioso en esa zona debe estar endurecido, prendido fuego. Va a ser mejor que tomes ese comprimido pronto, porque si dejás que los síntomas sigan avanzando, en menos de media hora te vas a encontrar de nuevo arrodillada junto al váter, vomitando.

Volvés a la habitación, con la sensación de las náuseas aún presente en la garganta, pero al menos ya no estás mareada y podés ver bien las formas de los objetos que llenan el cuarto oscuro. Distinguís la silueta de Tony, que sigue tendido boca abajo, respirado acompasadamente, profundamente dormido; se ha movido apenas, hasta quedar con el rostro enterrado en la almohada, y tiene los brazos cerrados contra su pecho, como si en sueños siguiera abrazándote. Una sonrisa suave cruza tus facciones, y durante unos segundos lo observás sumida en absoluto silencio.

No te gusta la idea de tener que andar a las cinco de la mañana por la casa de los padres de Tony, bajando y subiendo las escaleras en dirección a la cocina y luego de vuelta al piso de arriba, abriendo la alacena en búsqueda de un vaso, mientras el resto de su familia – él incluido – duerme plácidamente. No es tu casa, no te sentís cómoda porque sabés que muchos de ellos no te quieren ahí, y aún si todos te hubieran recibido ayer con los brazos abiertos, de todos modos seguiría pareciéndote mal andar cerca del alba por una casa que no es la tuya. Pero te cuesta mucho tragar pastillas (porque una vez cuando tenías cuatro años te ahogaste con uno de esos caramelos duros; estuviste sin respirar casi un minuto entero con el pedazo de dulce atravesado en el medio de la garganta, tosiendo desesperada, toda roja, con lágrimas abnegando tus ojos, hasta que tu abuela logró que lo escupieras). Necesitás tomar un vaso de agua entero, no podés pasarlo en seco o conformarte con lo poco que puedas recolectar de la canilla del lavabo del baño haciendo un cuenco con las manos, porque desde ese pequeño incidente que ocurrió cuando eras chica, tomar pastillas te genera cierta impresión, cierta sensación de que va a quedar atascada en medio de tu garganta como sucedió con ese caramelo duro que tragaste sin querer.

Las opciones que se te presentan entonces son: A) ir a la cocina vos, servirte un vaso con agua, tomar el analgésico, volver a la cama; B) despertar a Tony y pedirle que vaya a la cocina a buscarte un vaso con agua (después de todo, ése es su hogar y nadie lo miraría raro si lo encontraran en algún pasillo a las cinco de la madrugada); C) sufrir estoicamente de los dolores abdominales, náuseas, mareos y retorcijones hasta las siete de la mañana, esperando pacientemente a que la alarma suene, él se despierte y puedas contarle que te sentís mal, y te acompañe a la cocina a buscar un vaso de agua.

Obviamente, despertarlo no es una alternativa viable, porque necesita tanto descanso como posible. Si no se despertó él solo cuando saliste de la cama y fuiste al baño a vomitar, entonces eso quiere decir que está tan molido que ni una topadora excavando al lado suyo o un terremoto podrían perturbar su sueño. Además, él necesita descansar, necesita reponer fuerzas y energías después de lo agotado y exhausto – tanto físicamente como emocionalmente – que quedó luego del sábado que tuvieron ayer. Sabés que iría a buscarte un vaso con agua corriendo con tal de ayudarte para que te sientas mejor, pero no te parece que tu síndrome premenstrual sea un problema con el que debés cargarlo cuando él tiene otras cosas mucho peores a las que enfrentarte. Te encantaría que te mimara, pero amar a una persona significa no ser egoísta y anteponer sus necesidades a las propias, y es evidente que Tony necesita descansar para poder afrontar este día tan triste más de lo que vos necesitás que él te cuide porque simplemente te duele la panza y estás mareada.

Aguantar hasta las siete de la mañana tampoco es una opción. Vos sos su sostén, de lo que él se agarra, a lo que él se aferra, y precisa que estés entera para cuidarlo, consolarlo, escucharlo, sanar todas las heridas que tiene surcándole el alma. No vas a poder hacerlo si dejás que los síntomas sigan apoderándose de tu organismo, debilitándote y llevándote a ese estado en el que apenas podés mantenerte despierta y necesitás entrar en hibernación para recuperarte de los vómitos, los dolores y los calambres. No podés estar totalmente dedicada a él si tenés los nervios prendidos fuego y tu anatomía completa a merced de toda clase de malestares que la espera acentuaría. Por experiencia, aprendiste que tenés que empezar a toma analgésicos cada ocho horas en cuanto te agarra el primer mareo para que el cuadro no empeore, y en las dos o tres ocasiones en las que no lo hiciste, terminaste destruida durante una semana, porque ninguna píldora era suficiente para aplacarlos del todo.

Entonces tu única opción es la de salir al pasillo, caminar por él, bajar la escalera, ir a la cocina, servirte agua en un vaso, tomar la pastilla, y luego desandar los pasos andados hasta llegar de vuelta a la habitación, a los brazos de tu osito de peluche en tamaño natural.

Agachándote con cuidado para no volver a sufrir un mareo, buscaste a tientas en tu bolso – que había quedado a un costado contra la puerta del placar – y encontraste el pequeño pastillero de plástico color marfil donde siempre llevás aspirinas, ibuprofeno, antifebril; con un trabajo como el tuyo te acostumbraste a siempre tener analgésicos a mano, porque cuando uno está bajo las órdenes del Presidente de la Nación para proteger a miles de vidas inocentes, no puede darse el lujo de tomarse un día libre porque le duele un poco la cabeza, mucho menos ahora que sos la segunda en comando de la Unidad Antiterrorista.

No va a tomarte más que cinco minutos escabullirte fuera del cuarto, bajar las escaleras procurando hacer el menor ruido posible, ir a la cocina, servirte un vaso con agua, tomar el comprimido y regresar para quedarte con él, viéndolo dormir o relajada a su lado, esperando a que pase el dolor mientras los números en el reloj despertador cambian cada sesenta segundos, acercándose cada vez más a la hora en la que el aparatito está programado para sonar.

En teoría, no debería tomarte más que unos cinco minutos.

Lo primero que percibís al salir del cuarto de Tony y cerrar la puerta detrás de vos, es el olor a lluvia y el ruido de las gotas golpeando furiosamente contra el tejado y la acera, salpicando el vidrio empañado de la pequeña ventana que hay al final del corredor, apenas iluminado por una lámpara de pie, arrojando una cálida luz anaranjada. No habías oído la tormenta en el apogeo de su furia antes, probablemente porque las paredes de las habitaciones deben ser muy gruesas, y en la de Tony no hay ventana. La alfombra se siente suave bajo tus pies y te hace cosquillas en las plantas, pero es una sensación agradable. Bajás la escalera sin que ningún peldaño cruja, y abrís la puerta de la sala de estar sin que rechine (es evidente que la familia Almeida tiene su casa muy bien cuidada).

Sigilosamente, descalza y en pijama, con todos tus rulos desordenados y desprolijamente aprisionados por una bandita elástica, llegás a la puerta de la cocina, que está cerrada, con el pastillero fuertemente sujeto en una de tus manos. Tomás el picaporte con la mano que tenés libre, y lo sentís frío al tacto.

Un segundo antes de girarlo, te das cuenta que vas a lamentar haberte levantado de la cama e ido a la planta baja, que hubiera sido preferible tragarte la píldora ayudada con un poco de agua de la canilla del baño sin chistar, o quedarte en la cama retorciéndote de dolor y pasar el resto del día con tus sienes siendo martilladas por la jaqueca. Podés llamarlo instinto, tal vez sea ese sexto sentido que se activa en los animales (después de todo, los seres humanos son también animales, aún si a diferencia de éstos tienen la capacidad de razonar, pensar y sentir) de reconocer el peligro cuando éste ronda cerca… Hay varias maneras de definirlo, y no te interesa analizarlas todas buscando la indicada, pero justo antes de girar el picaporte y abrir la puerta, ya sabías que lo que encontrarías del otro lado haría que te arrepintieras de haber bajado a la cocina, pastillero en mano, y que te preguntaras si no hubiera sido mucho mejor soportar los calambres en el estómago doblada de dolor hasta las siete de la mañana.

La persona que está allí, de pie frente a las hornallas esperando a que hierva el agua que puso a calentar en una reluciente pava de metal, se sorprende al verte de pie bajo el marco de madera de la puerta, con un sweater y un jogging que te quedan gigantes, tus bucles indomables más salvajes que nunca, la piel de tu rostro de un color mortecino, luciendo como si una topadora te hubiera pasado por encima varias veces o como si acabaras de llegar de cruzar el desierto del Sahara de punta a punta. Lleva puesto un grueso batón rosa, el cabello oscuro recogido en un prolijo rodete, y pantuflas blancas cubren sus pies enfundados en medias de lana del mismo color. Es, quien con auténtico asombro te devuelve la mirada, la madre de Tony, que aparentemente decidió que le apetecía bajar a la cocina a prepararse algo para tomar a las cinco y media de la mañana.

¿Tan rebuscada puede ser tu suerte? Parecería hecho a propósito, como si quien sea que escribe el guión de tu vida estuviera dispuesto a meterte trabas, dificultades y situaciones incómodas por todas partes, simplemente por el macabro y cruel hecho de entretenerse viéndote haciendo malabares y peripecias para no caer de la cuerda floja y acabar en la fosa de los leones hambrientos.

¿Es posible que tu suerte pueda ser tan terriblemente rebuscada? Si esto le estuviera pasando a otra persona, estarías dividida entre sentir pena y lástima por ella, y querer reírte ante lo ridículo, improbable e incómodo de la situación.

Pero no está pasándole a otra persona, está pasándote a vos. Sos vos la que está ahí, de pie en el rellano de la puerta de la cocina de una casa que no es tu casa y en la que no sos más que una extraña de la cual desconfiar, con un sweater y un jogging que te quedan enormes porque son de tu novio, con un aspecto horrible y tu cabello hecho una calamidad, con el rostro pálido y la piel cetrina, y semblante de estar a punto de caer muy enferma.

La voz de Ana Almeida te arranca de esa burbuja en la que tu mente había caído consumida pensando y sopesando tu mala suerte, tu rebuscada, patética, irónica, graciosa, horrible suerte, devolviéndote a una realidad en la que el dolor abdominal es mucho más fuerte de lo que era cinco minutos atrás, tu corazón late otra vez contra tus costillas a un ritmo mayor que el normal, y bajo las plantas de tus pies descalzos el suelo de baldosas blancas se siente helado como si estuviera cubierto por una finísima capa de hielo.

"Michelle, ¿necesitabas algo?"

La pregunta fue hecha con total naturalidad, como si fuera normal verte dando vueltas por la casa a cualquier hora, y el tono podría haber sido descripto como amable. El aspecto de su rostro no ha sido tomado por expresión alguna, ni de enojo, ni de sorpresa, ni de intriga. Ni siquiera ha fruncido las cejas o hecho una mueca con los labios. Tampoco muestra mucho interés en tu aspecto desgreñado. Simplemente te observa, te observa con gesto vacío, y eso es mucho más frustrante y desconcertante que cualquier otra cosa, porque no podés leer sus ojos oscuros con la misma facilidad con la que leés los de Tony, por lo cual te es imposible saber qué está pensando en realidad, porque de algo estás segura: si bien en su cara no se ha dibujado ningún gesto, si bien de su rostro no se ha movido músculo alguno, algo de vos tiene que estar pensando, algún pensamiento tiene que haber cruzado su cabeza cuando la puerta de la cocina se abrió y vos apareciste de pie en el rellano luciendo como un pobre cachorrito abandonado bajo la lluvia. Algo tiene que estar pensando, más allá de que en sus expresiones sea visible o no, más allá de que en sus expresiones pueda ser leído o no.

Querés dar una respuesta a su pregunta, pero tenés la sensación de que si abrís la boca vas a vomitar otra vez. Pero quedándote callada sólo vas a lucir como una idiota. Además, que la pobre mujer tenga problemas para comprender que cuando dos personas se aman las razas, culturas y costumbres no importan, que tenga problemas para confiar en que el corazón de su hijo no va a ser nuevamente roto, que tenga problemas para desprenderse del estereotipo que había formado en su cabeza para su futura nueva, que tenga problemas para aceptarte, no significa que vaya a hacerte daño. Es decir: quizá iniciando una conversación con ella estás arriesgándote a que te diga algo hiriente o que le dé una cuchillada a tu moral y autoestima, pero no creés que vaya a tomar un cuchillo del cajón de la mesada y a clavártelo en el estómago (aunque tal vez una cuchillada sea preferente al dolor que tenés en el abdomen, pensás con un dejo de amargura).

La acidez vuelve a bajar y a subir por tu garganta. A tus oídos llegan lejanos y distintas como por a través de un túnel los ruidos de la tormenta que está azotando a la ciudad de Chicago con furia. Te sentís como Harry Potter cuando tuvo que enfrentarse al dragón gigantesco en uno de los libros de la famosa autora británica, y el hecho de que en este instante cruce tu mente una comparación así casi hace que se te escape una risita ante lo absurdo y ridículo que te resulta que los engranajes de tu cabeza puedan funcionar con la rapidez suficiente como para traer a la superficie el recuerdo de una novela leída ya hace tiempo, un recuerdo tan tonto e infantil que parece inapropiado para el cuadro en el que estás. ¿Acaso tú subconsciente compara a la madre de Tony con un dragón? ¿Puede que tu subconsciente pueda alcanzar niveles tan infantiles y tan estúpidos?

Simplemente bajaste a la cocina para tomar un vaso de agua, le tenés que decir eso, nada más. ¿Tan difícil es, Michelle, decirle eso, que querés un vaso de agua para tomar un calmante? La mamá de Tony no va a negarte un vaso de agua. De hecho, Ana Almeida no parece ser la clase de mujer que le negaría un vaso de agua a nadie, ni siquiera a la mujer de origen distinto de la que su hijo dice estar enamorado. Simplemente tenés que decirle que te sentís mal, que bajaste a tomar un vaso de agua, que no pensabas que habría nadie más a esas horas en la cocina, disculparte, y regresar a la habitación luego de haber tomado el analgésico rápidamente.

Exhalás, te armás de valor. ¿Realmente necesitás armarte de valor para esto? No puede ser tan difícil, ¿por qué estás tomándolo así? Dios, Michelle, a veces sos tan terriblemente estúpida, a veces lo que sos fuera del trabajo se contradice tanto con aquella agente decidida dispuesta a sacrificar sus sueños y su libertad para salvar a los habitantes de su país. Has interrogado terroristas acusados de hacer explotar bombas que mataron a miles de inocentes, has interrogado a personas que ni siquiera pueden ser llamadas seres humanos de tanta maldad que tienen corriendo en las venas, has interrogado a la peor escoria que uno pueda imaginarse… No podés tenerle miedo a la madre de Tony, sencillamente es ridículo que te ponga nerviosa pedirle un vaso con agua.

Y sin embargo, acabás de exhalar para armarte de valor. Y sin embargo, preferirías estar en una sala fría y oscura tratando de sacarle información a un potencial criminal a estar en la cocina de la familia Almeida frente a tu suegra: al menos con el terrorista sabrías a qué te enfrentás, al menos con el terrorista llevarías las de ganar, al menos con el terrorista tendrías el control de la situación.

"Disculpe, señora Almeida…" es lo primero que atinás a balbucear con timidez, sujetando el pastillero hasta sentir dolor en los nudillos "Estaba… Quería…"

Dios, Michelle, ¿acaso tenés cinco años? Tenés veinticuatro, si querés ganarte su respeto, no te comportes como una criatura, compórtate como una mujer.

"¿Puedo tomar un vaso de agua, por favor?" largás finalmente, con un tono tan firme que te sorprendés, porque por dentro estás temblando (aunque eso puede deberse al hecho de que cada músculo de tu cuerpo esté contrayéndose y aflojándose debido a los espasmos típicos del síndrome premenstrual) "No me siento bien, y necesito tomar un analgésico" levantás la mano que sostiene el pastillero para mostrárselo.

"Sí, por supuesto" contesta ella, con el mismo tono neutro, con el mismo dejo de amabilidad que una mujer tan bien educada como ella siempre debe tener impregnado en su voz, incluso cuando está dirigiéndose a alguien como vos, que evidentemente no le agrada del todo (por no crucificarte diciendo que directamente no le agradás para nada).

Se aparta un momento de la pava que se calienta sobre el crepitar de las llamas de la hornalla, y busca en la alacena un vaso de vidrio alto. Vos seguís de pie en el rellano de la puerta, muriéndote de timidez, rogando que no te agarre otro de esos mareos demoledores y abrumadores, rogando que no te haga preguntas, rogando que no te dé otro acceso de náuseas y tengas que vomitar, tratando de apartar de tu cabeza adolorida las imágenes del sueño que tuviste anoche, ese sueño que se empecina en seguir regresando, difuso y desordenado por momentos pero más vívido que nunca en otros. El ruido de la lluvia azotando la ciudad no ayuda mucho, tampoco, porque te recuerda a aquél del océano salvaje de tu pesadilla, agitándose y revolviéndose mientras vos tratabas de cruzarlo a nado, cada vez más débil, cada vez más cerca de sucumbir a la fuerza que hacía presión sobre vos para hundirte, para ahogarte.

La voz de Ana nuevamente te arranca de tus pensamientos sobre pesadillas y océanos que pretenden tragarte para que no llegues a la otra orilla, donde él te espera necesitado, herido y desesperado por abrazarte.

"¿Preferís agua natural o agua fría?"

"Agua natural está bien" respondés con una sonrisa tímida.

Respirás hondo otra vez, inconscientemente; inhalar para relajarte y calmar tus nervios podría estar convirtiéndose en un hábito, en algo que tu cuerpo hace automáticamente porque lo necesita para funcionar, como parpadear, por ejemplo.

Ana te extiende el vaso de agua, y vos lo agarrás con la mano que no está cerrada alrededor del pequeño pastillero. Sentís una nueva punzada en el estómago y otra oleada de náuseas subiendo por tu garganta, lo cual significa que a menos que tomes rápido algo que te calme, a la hora de empezar a prepararte para ir a la iglesia al servicio religioso, vas a estar o desmayada de dolor o doblada en dos vomitando otra vez.

"Gracias" esbozás otra sonrisa tímida.

"No hay de qué"

La pava comienza a silbar, y Ana la retira del fuego enseguida. La mujer parece estar nuevamente ocupada en sus cosas, pensás, mientras la ves buscando en la alacena una tetera de porcelana. Te metés la pastilla en la boca, tomás un largo sorbo de agua, y tirando la cabeza ligeramente hacia atrás tragás el comprimido. Odiás la sensación de la píldora deslizándose por tu garganta, porque siempre tenés la impresión de que el agua ingerida fue poca, que no será suficiente, y que te vas a ahogar. Volvés a inhalar en cuanto tus vías respiratorias se despejan, y luego de a grandes sorbos bebés el resto del contenido del vaso. Una oleada de alivio te recorre, porque sabés que en media hora, una hora como máximo, ya vas a estar sintiéndote muchísimo mejor.

Apenas llegás a separar los labios para agradecerle otra vez antes de regresar al piso de arriba, a la habitación de Tony, para echarte al lado suyo y verlo dormir hasta que el despertador dé las siete, o incluso quizá descansar los ojos durante ese ratito mientras tu organismo recobrar fuerzas, cuando la voz de Ana llega a tus oídos con un ofrecimiento:

"Michelle, ¿te gustaría tomar una taza de té conmigo?"

La mujer está de pie junto a la mesa de la cocina. Ya ha sacado la pava del fuego, y ha vertido el agua hirviendo en la hermosa tetera de porcelana que había tomado de una de las alacenas. Ves el azucarero, varios sacos de té en una cajita, un recipiente de acrílico con varios sobres de sacarina, un tarro de vidrio lleno de miel y dos rodajas de limón sobre un platito color blanco sobre un mantelito bordado que cubre la hermosa mesa.

"Quisiera que conversáramos de algunas cosas" agrega luego, antes de que tengas tiempo para contestar o para siquiera procesar sus palabras anteriores, al tiempo que deposita sobre la mesa dos tacitas hermosas con delicados detalles de florcitas en rosa y dorado, que hacen juego con el diseño de la tetera.

Te sentís súbitamente entumecida, y nada tiene que ver eso con los síntomas del síndrome premenstrual, o con el analgésico que acabás de tomar minutos atrás. Tenés nuevamente esa ya conocida sensación de estar observando cual espectadora una escena a la que no pertenecés, una escena de la que no sos parte, observando a dos personajes interactuar el uno con el otro desde afuera, desde un marco externo.

Pero no estás observando desde un marco externo, y éste no es un cuadro o una obra de teatro que analizar: esta sos vos, en la cocina de la casa de tu suegra, y la susodicha acaba de invitarte a tomar una taza de té porque quiere que 'conversen de algunas cosas'.

La misma mujer que ayer te hizo sentir poco bienvenida, la misma que desea su único hijo varón se case con una mujer de origen latino, la misma que tiene cierto receloso con cualquiera que trabaje en la CTU porque tiene miedo que ése lugar sea un criadero de traidoras todas listas para clavar puñales por la espalda en cuanto se les presenta oportunidad, esa misma mujer está invitándote a tomar una taza de té con ella, en este domingo lluvioso, cuando el reloj está cerca de dar las seis de la mañana, porque quiere conversar con vos de algunas cosas. Y la situación te pone nerviosa, sí, porque además no te sentís cien por ciento bien, porque sos tímida y vergonzosa, porque te cuesta hablar con desconocidos, porque tenés miedo de decir algo incorrecto...

Hay tantos motivos por los que la perspectiva de sentarte a tomar una taza de té con Ana Almeida te pone nerviosa, que podrías pasarte horas y horas enlistándolos y analizándolos con minuciosidad. Pero hay otro motivo, un único motivo que pesa mucho más que todas esas otras razones por las cuales tenés el impulso – aunque suene ridículo, infantil y tonto – de salir corriendo como si te hubieran invitado a bajar a los mismísimos abismos del infierno en lugar de a tomar una taza de té: vos amás a Tony, y si vas a pasar el resto de tu vida con él, si vas a estar con él hasta el día en que des tu último respiro, entonces su madre es un factor con el que vas a tener que lidiar, y vos sos alguien con quien ella va a tener que acostumbrarse a lidiar.

Es entendible que tenga miedo a que le rompan el corazón a su hijo otra vez, a que otra arpía lo lastime, a que otra víbora venenosa le clave los colmillos y lo deje desangrándose y muriéndose intoxicado, a que hagan añicos su confianza, dejándolo incapacitado para volver a abrirse a otro ser humano… Sí, todos sus miedos son entendibles, claro que sí. Por eso quizá esta conversación mientras toman una taza de té sirva para que la ayudes a darse cuenta de que vos amás a Tony, que nunca le harías daño, que nunca lo lastimarías, que nunca lo harías sufrir, que siempre vas a estar para cuidarlo, que lo amás, que no sos una arpía, que no sos una víbora con colmillos cargados de veneno, que no vas a destrozarlo, que vos no sos Nina.

Respirás hondo otra vez, sintiendo algo así como una oleada de calma interior lavándote de arriba a abajo, y luego decís con una voz muchísimo más relajada:

"Con mucho gusto"

"Tomá asiento, por favor" te indica con una sonrisa la silla que se halla a la izquierda de la cabecera, donde están acomodados sobre un mantelito bordado a mano la azucarera, el platito con las dos rodajas de limón, el tarrito de miel y los sobrecitos de sacarina.

Esperás sentada, con las manos entrelazadas sobre el regazo, mientras Ana termina de preparar el té, y lleva la tetera a la mesa. Te sonríe amablemente antes de tomar asiento.

Suena otro trueno, esta vez mucho más potente que los anteriores. El olor a lluvia pareciera penetrar las paredes, porque es lo que se respira en la cocina, junto con el aroma del té recién hecho. Te recuerda un poco a tu infancia, a las mañanas de otoño lluviosas en Los Angeles, cuando antes de ir a la escuela te sentabas en la cocina del departamento en el que vivías con tu abuela y con Danny (y con tu mamá, antes de que los abandonara) y tomabas una taza de té con limón y galletitas caseras para el desayuno (nunca más de dos galletitas, sin embargo, porque la abuela Lee siempre te enseño a no comer en exceso para no engordar y mantenerte delgada, como una geisha).

"Me desperté hace un rato y no pude volver a conciliar el sueño. Cuando llueve me cuesta dormir" Ana te cuenta mientras sirve el humeante líquido marrón oscuro en ambas tazas "Una taza de té es siempre muy reconfortante" continúa ", por eso bajo a tomar un poco cada vez que me cuesta volver a quedarme dormida"

"Muchas gracias" decís, sonriendo con timidez, cuando te alcanza tu taza llena.

"El té siempre ayuda a que uno se sienta mejor" asentís con la cabeza cortésmente "Servíte azúcar o edulcorante" ofrece "¿Querés que ponga a calentar algo de leche caliente? No suelo echarle leche al té" prosigue "y tengo entendido que los orientales tampoco, pero tal vez…"

Hay una partecita tuya - quizá esa partecita violenta, desaforada, salvaje que nunca dejás salir, que tenés bien atada y sujeta con cuerdas firmes y gruesas para que no se descontrole, esa partecita que solamente dejás libre cuando en tu trabajo tenés la adrenalina corriendo por el cuerpo y necesitás tomar decisiones osadas y animarte a arriesgar la vida para salvar la de otros, esa partecita a la que en esas ocasiones tenés que mantener también a raya para que no cometa locuras que puedan costar el éxito de la misión - quiere gritarle que no sos oriental, que sos americana, que naciste en Los Angeles, en los Estados Unidos de América, que la rama paterna de tu familia es oriental y que por eso heredaste los rasgos tan exóticos que tenés. Esa partecita tuya quiere preguntarle por qué tiene que hacer hincapié en que vos sos oriental, por qué tiene que hacer esa clase de comentario. Esa partecita tuya muere por saber por qué para Ana Almeida es tan importante que su hijo se case con una mujer latina, por qué no puede ver que poniéndole condiciones en cuanto a la raza de la persona de la que se enamora está haciendo lo mismo que sus padres le hicieron a ella cuando le dijeron que no podía estar enamorada de un joven de condición humilde y mexicano, por qué no se da cuenta que lo único que tendría que importar es la felicidad de Tony. Hay tantos porqués que esa partecita tuya quiere saber, y que si la dejaras preguntaría a gritos, desesperada por obtener respuestas, por entender, por comprender.

Pero esa partecita tuya no te domina. No estás en la CTU, no estás a punto de evitar la tercera guerra mundial, no estás ayudando a buscar una bomba que debe ser desarmada antes de que los haga volar a todos en pedazos, no estás defendiendo a tu país, no estás bajo las órdenes del presidente. Hoy, domingo a primera hora de la mañana, vestida con un sweater y jogging que te quedan enormes, con todos tus rulitos despeinados, con el síndrome premenstrual latente en todo tu organismo, no sos 'Michelle Dessler, Segunda en Comando de la Unidad Antiterrorista de Los Angeles': sos Michelle Dessler, la chica tímida, vergonzosa, dulce y educada de mejillas sonrosadas y ojitos brillantes, tratando de buscar la manera de lograr que la madre de su novio entienda que ella es buena, que ella no va a hacerle daño, que ella solamente quiere cuidarlo, que ella quiere ser aceptada, que ella no quiere robárselo del nido, que ella quiere una familia también.

Por eso te limitás a decir:

"Así está bien, señora Almeida. Gracias" sonreís con educación "No hace falta que se tome más molestias. Té solo con azúcar está bien" agregás, tomando tres terrones con la pequeña pinza metálica y disolviéndolos luego con la cucharita, viendo el azúcar desintegrarse hasta mezclarse con el humeante líquido.

Sin embargo ella vuelve a ofrecer:

"¿Miel? ¿Limón?" hace un gesto señalando cada cosa "La miel es excelente para estos casos" sigue, antes de que puedas contestar ": alivia las náuseas, abre el apetito" ante tu evidente mirada inquisidora, explica, con una sonrisa comprensiva ": … Tengo cuatro hijas, querida, y soy mujer: puedo reconocer a una joven que sufre síndrome premenstrual con solamente verla: estás pálida, ojerosa, tenés una mano sobre tu estómago…"

Notás que es verdad: una de tus manos reposa ahí; probablemente la hayas llevado a esa zona sin darte cuenta al sentir una punzada.

"Servíte miel, Michelle, por favor" Ana sonríe, señalando nuevamente el jarrito de vidrio "No la envenené" agrega con seriedad.

Sus palabras tienen el efecto de un empujón.

¿Piensa que la considerás de verdad algo así como la bruja que quiere arruinar tu cuento de hadas con miel envenenada? ¿Pienso que creerías a la madre del hombre del que estás enamorada capaz de hacer algo así? ¿Está hablándote en serio?

Es obvio que no le cayó muy bien que Tony te llevara a la casa sin antes haberles hablado a ella y a su padre de tu existencia en su vida, es natural que guarde cierto recelo, que tema por el corazón de su hijo – que ya ha sido una vez mutilado de la peor manera: con la traición -. Va a llevarle tiempo confiar en vos y aceptarte… ¿pero sugerir eso? No te ofende, pero sí te angustia un poco que haga un chiste como aquél.

¿Acaso piensa que la considerás 'el enemigo'? Porque no lo hacés. No creés de verdad que sea un enemigo, simplemente creés que es una madre muy preocupada por su hijo – lo cual te parece bien -, y quizá una persona con una mentalidad que necesita ser un poco más abierta, pero no la ves ni como a un enemigo ni como a una bruja, incluso si hay voces en tu cabeza que te dicen que ella va a hacer ese ingrediente que le falta a tu cuento de hadas. ¿Acaso esa es la impresión que ella tiene de vos: que vas a hacerte la víctima cual Blancanieves (figurativamente hablando, por supuesto)?

"Jamás se me ocurriría pensar algo así, señora Almeida…"

Te interrumpe con una sonrisa y un gesto de la mano.

"Estaba bromeando, querida, no te preocupes. Los argentinos tenemos un sentido del humor muy particular. Quizá una cultura un poco más fría y formal como la tuya lo encuentre difícil de entender…"

Ahí está otra vez: ellos son latinos, y vos no sos latina. Ellos son parte de una cultura, y vos sos parte de otra. Ellos tienen ciertas costumbres, y vos tenés otras. Ellos son de una manera, vos sos de otra. Ellos tienen ciertas tradiciones, vos tenés otras.

¿Por qué para ella eso es tan importante? ¿Por qué tiene que remarcarlo tanto? ¿Por qué tiene que resaltarlo tanto, casi como si quisiera marcar con sus palabras visiblemente la diferencia que hay entre el origen de Tony y el tuyo? ¿Por qué tiene que hacer esa clase de comentarios que son como dagas invisibles cortando el aire, acercándose de a poco para lastimarte? Porque puede que no sea una loca, psicópata, desquiciada capaz de envenenar la taza de té que te sirvió simplemente para sacarte del camino de su hijo, pero a veces los que están cuerdos lastiman más que los que están locos con las cosas que dicen, el tono en que las dicen, cómo las dicen, el momento en que las dicen.

Porque ese comentario no fue casual. No, no fue casual. Y el comentario del té tampoco fue casual, eso de que 'los orientales toman el té de tal o cual modo'. Es una manera indirecta de dejarte la cabeza llena de voces que canturrean en tu oído 'vos para ella sos diferente, y no va a aceptarte tan fácil'

¿Cómo una mujer lo suficientemente inteligente para elegir a un hombre por amor en lugar de fijarse en lo que llevaba en sus bolsillos o en su condición humilde no puede entender que, más allá de los orígenes y las costumbres, son seres humanos con un alma y un corazón que no conoce de razas? ¿Cómo una mujer que por amor fue capaz de dejar su país, su familia, sus sueños, absolutamente todo de lo que había crecido rodeada, no entiende que el color de piel o la forma de los ojos o las tradiciones de cada uno no tienen por qué ser un impedimento para que dos personas puedan formar una familia juntas?

Quizá necesita tiempo para comprender, para ver que de un modo u otro acabaría haciéndole a su hijo lo mismo que le hicieron a ella. Quizá quiere conversar con vos hoy para ir limando asperezas, para conocerte, para darte una oportunidad, para ir aliviando sus preocupaciones. Quizá los comentarios que hace son sin querer y no con intención de herirte, o eso querés pensar. Quizá necesita tiempo para ajustarse a la idea de que su único hijo varón está enamorado y que las cosas van en serio. Quizá necesite que la ayudes a que confíe en vos. Quizá sus comentarios son desde la inocencia.

Ojalá que sean esas las respuestas a todos tus interrogantes, ojalá que sean esas, que sean esas y no que en realidad es – si se habla en metáfora – la bruja que le corresponde a todo cuento de hadas.

"Bebé algo de té, Michelle, o va a enfriarse" te anima, con otra sonrisa y otro gesto de la mano, sacándote de la burbuja de reflexiones en la que habías caído.

Le devolvés la sonrisa con esfuerzo, diciéndote a vos misma que debés darle una oportunidad, porque así como vos esperás que ella te dé una chance, que pueda ver que sos una mujer buena y que estás enamorada de su hijo, que solamente querés hacerlo feliz y que el hecho de que vengan de dos familias con culturas distintas no tiene por qué ser algo malo, vos entonces tenés que predicar con el ejemplo, e intentar ser comprensiva.

No lo hace a propósito, pobre mujer pensás, solamente quiere lo mejor para su hijo, es natural que esté con la guardia alta, es natural que sea susceptible… Tengo que ser comprensiva: no es mala, simplemente tiene la mente cerrada, simplemente tiene miedo de que le hagan daño otra vez, quiere protegerlo.

Te llevás la taza a los labios, entonces, per antes de que siquiera puedas hacer un ademán para tomar un sorbo, la voz de Ana capta tu atención, dirigiéndose a vos con su Inglés perfecto pero impregnado por cierto dejo de su acento latino, un dejo apenas perceptible que le da un toque original al tono con el que habla, que es mucho más ameno del que cabría esperar, mucho más ameno que el que usó el sábado por la mañana cuando le dijo a Tony en Español vaya uno a saber qué inmediatamente después de que él te presentara a ella y a su marido.

"Michelle, puede que ayer te haya dado esa impresión, pero no muerdo" esboza un gesto que casi podría describirse como uno de disculpa "Lamento mucho si parecí descortés o demasiado fría, o si en algún momento hice que sintieras que no eras bienvenida en esta casa…"

¿Ves, Michelle? No es una mala persona. Simplemente necesita ayuda para abrir la mente, para aceptar a otros, para aceptar cosas distintas, personas distintas a aquellas que está acostumbrada a tener en su círculo íntimo. Es una madre sobre-protectora que quiere lo mejor para su hijo, nada más. Cuando la ayudes a entender que la felicidad de su hijo es estar con vos, entonces va a hacer un esfuerzo, y probablemente acaben llevándose bien. ¿Ves, Michelle? La pobre mujer no es una bruja, no quiere herirte con sus palabras… Simplemente necesita paciencia, paciencia y una oportunidad.

"No tiene por qué disculparse, señora Almeida" decís con absoluta humildad "Fui yo quien llegó en mal momento, en una circunstancia menos que deseada y para nada convencional"

Lo que Ana dice a continuación parece respaldar el pensamiento que había cruzado tu cabeza:

"Espero que comprendas: descubrir que hay una nueva mujer en la vida de mi hijo, luego de que sucedió la última vez que entregó su corazón y su confianza a esa" hace una pausa, probablemente para morderse la lengua y no decir una barbaridad que no corresponde salir de boca de una dama "… Bueno, debo ser honesta y admitir, Michelle, que me tomó desprevenida, me tomó por sorpresa, especialmente porque como madre, en estos últimos meses, jamás noté nada raro en él" dejás que siga hablando, limitándote a asentir con la cabeza a lo que dice, escuchando con atención, mientras una de tus manos reposa sobre tu estómago, que luego de un par de sorbos de té caliente está mucho más relajado que antes.

La lluvia sigue cayendo, y el ruido de las gotas golpeando contra la acera y salpicando las ventanas se mezcla con el relate de Ana.

"Estaba poniéndose mejor, por supuesto" dice, refiriéndose a Tony y a su evolución durante los meses que siguieron a lo sucedido con Nina "Estaba, de a poco, recuperándose de ese duro golpe que tuvo cuando eso pasó… Pero él no me contó nada acerca de los de ustedes dos"

Otra pequeña pausa, la lluvia sigue cayendo, derramándose con toda su furia sobre la ciudad de Chicago, que está afrontando otro de sus otoños fríos y grises. El líquido caliente abraza tu garganta, y las náuseas ya no son tan fuertes como antes, probablemente porque el analgésico está surtiendo sus efectos. Son segundos los que transcurren nada más, mientras ustedes dos en la quietud de la cocina escuchan desde el confort y abrigo de las paredes de la casa cómo la tormenta tiene lugar afuera, con las tazas de té sobre el prolijo mantel bordado a mano, con tus ojos orientales tan diferentes a los suyos fijos en los de ella, que son redondos, oscuros y brillantes como los de su hijo, pero no tienen la misma calidez que ves reluciendo en los de él cuando te mira.

Y tras la pequeña pausa, su voz vuelve a mezclarse con los sonidos del agua que cae del cielo, y con el de porcelana contra porcelana cada vez que te llevás la taza a la boca, das un sorbo y volvés a depositarla sobre el platito.

Tras esa pequeña pausa, dice casi para sí misma, como si estuviera reprendiéndose por no haber sabido leer mejor entre líneas, por no haber sabido percatarse de que en su hijo había algo nuevo, algo distinto, algo que no solía estar ahí antes y que fue brotando de a poco a medida que su relación con vos iba tomando su curso hasta llegar a ser lo que es ahora:

"Y yo no me di cuenta de nada"

Es como un reproche que se hace ella por no haber sabido detectarlo antes de que todo viniera cayendo cuesta abajo hasta aplastarla cuando el sábado por la mañana se enteró de tu existencia en la vida de Tony.

"Una madre siempre se da cuenta cuando su hijo está experimentando una emoción fuere – sea amor, odio, enojo, angustia, bronca, culpa, arrepentimiento -… Siempre supe lo que Tony sentía, tanto en sus peores como en sus mejores momentos, tanto con la muerte de su abuelo como con la de sus hermanos, o cuando pasó aquello con Nina… Todas sus emociones, yo podía entenderlas, incluso si él se rehusaba a hablar de ellas abiertamente. Siempre supe leer en su tono de voz lo que fuera que estuviera sucediendo en su alma. Una madre siempre sabe" repite, y luego lanza un suspiro que casi podría describirse como cansino "Por eso me sorprendió tanto que Tony llegara ayer con vos tomada de su mano, diciendo que están enamorados"

Por eso me sorprendió tanto que Tony llegara ayer con vos tomada de su mano, diciendo que están enamorados.

Esa última frase fue dicha en casi un hilo de voz, no fue más que un susurro la forma en la que se coló por entre sus labios, compuesta de un puñado de palabras que dentro de tu cabeza hacen eco, resonando, martillando tus sienes, repitiéndose, una y otra y otra vez, desordenadas y confusas.

Por eso me sorprendió tanto que Tony…

Diciendo que están enamorados…

Por eso me sorprendió tanto…

Que Tony llegara ayer con vos tomada de su mano, diciendo que están enamorados.

Enamorados.

Esa última frase fue dicha en casi un hilo de voz, no fue más que un susurro la forma en la que se coló por entre sus labios, compuesta de un puñado de palabras que dentro de tu cabeza hacen eco, resonando, martillando tus sienes, repitiéndose una y otra y otra vez, desordenadas y confusas, porque el tono en que fueron dichas expresa mucho más que lo que expresan las palabras en sí.

Porque las palabras son palabras, simplemente. Las palabras son palabras, y el poder de convertirlas en armas, en cuchillos, en dagas, en zarzas ardiendo en fuego, o en caricias, en consuelo o gestos suaves, es solamente de aquel que hace uso de las palabras, las pone en su boca y les da música.

Y en este caso, la música que Ana Almeida le dio a esas palabras, no podés decir que sea exactamente la que elegirías como canción favorita.

Por eso me sorprendió tanto que Tony llegara ayer con vos tomada de su mano, diciendo que están enamorados.

Enamorados, esa es la palabra que más lastima cuando rebota dentro de los confines de tu mente, reproduciéndose como un disco demasiado viejo o demasiado roto. No la palabra en sí, sino la forma en la que la palabra fue dicha, el tono con el que la palabra fue dicha: como si fuera un chiste, como si no tuviera valor, como si careciera de peso, como si para vos y para Tony esto fuera un juego, como si fueran dos criaturitas que piensan que conocen el amor pero en realidad no saben nada, como si fuera más una ilusión que amor, como si fuera algo infantil, como si fuera algo indigno de ser tomado en serio, algo para ser tomado a la ligera.

Tu amor por él no es un chiste, sí tiene valor, sí tiene peso, para vos y para Tony esto no es un juego, no son dos criaturitas que piensa que conocen el amor pero que en realidad no saben nada, no es simplemente una ilusión, no es algo infantil, no es algo indigno de ser tomado en serio, no es algo para tomar a la ligera.

Tu amor por él es real y mucho más fuerte que cualquier otra cosa que hayas sentido o llegado a imaginar que alguna vez podrías sentir, y sabés que el amor que él siente por vos es igual de inmenso, profundo e importante.

Retumba en tu cabeza esa frase, durante dos segundos que se hacen eternos e insoportables como si se trataran de un milenio en el desierto. Retumba esa frase, y es mucho más poderoso el significado que tomó al salir de la boca de Ana Almeida que el que cualquiera podría darle al leerla escrita en una hoja de papel o al escuchar a otra persona decirla.

Bebés otro sorbo de té, y el sabor de la miel te embriaga, pero no es lo suficientemente dulce para acabar con la amargura que sentís, la amargura provocada por lo que tu mente rápidamente encontró entre líneas en esas palabras de apariencia inocente y bienintencionada.

Por eso me sorprendió tanto que Tony llegara ayer con vos tomada de su mano, diciendo que están enamorados.

Eso que las palabras quieren disfrazar es una insinuación. Una insinuación que exclama todo tipo de cosas, cosas que no son ciertas, pero que estás segura su madre piensa que sí lo son.

'Si a Tony le importaras, mi hubiera contado a mi, que soy su madre'

'Si Tony te considerara importante, no se hubiera callado algo como esto'

'Si Tony te amara de verdad, yo lo notaría en su voz y en sus ojos, me daría cuenta'

'Me percataría si mi hijo estuviera loco de amor por una mujer'

'Si fuera cierto lo que Tony cree sentir por vos, yo podría leerlo en sus gestos, escucharlo en su voz, verlo en sus expresiones'

'Si fuera verdad que te ama, yo lo hubiera sabido, lo hubiera notado, hubiera percibido algo durante todos estos meses'

'Probablemente sólo esté confundido, probablemente no sea amor'

'Probablemente sea una ilusión, pero no verdadero amor'.

Todas esas indirectas están escondidas en una única frase, una única frase que es como un puñal que se te clava en el estómago con dolorosa lentitud. Todas esas indirectas, escondidas en una única frase, hierven en tu cabeza, amenazando con hacer erupción como un volcán. Todas esas indirectas, escondidas en una única frase, se repiten y repiten y repiten millones de veces en una fracción de segundo, hasta hacer que sientas el cerebro al borde del colapso.

Tomás otro sorbo de té, queriendo calmarte antes de hablar, porque no te gustaría que tu voz sonara alterada o temblorosa, incluso si por dentro tenés un torbellino, un huracán buscando soltarse, desatarse y salirse de control para dar paso a todas tus dudas, miedos e inseguridades, a todos tus interrogantes, a toda tu bronca (porque hay un huequito tuyo dentro del cual se acumula bronca. Bronca porque no sos lo que su familia esperaba que fueras, bronca porque no llenas las expectativas que ellos querían que él cumpliera, bronca porque no sos suficiente, bronca porque nunca te aceptaron en ninguna parte, bronca porque siempre te señalaron por ser distinta, bronca porque vos no tenés una familia que te proteja como lo protegen a él, bronca porque todas tus ilusiones de que su familia pasara a ser también tu familia han sido estrujadas como una insignificante hojita de papel, bronca porque en lugar de estar dándole contención a él en este momento hasta ahora solamente le diste más peso para cargar sobre los hombros).

El ruido de porcelana sobre porcelana vuelve a mezclarse con los sonidos de la lluvia cuando dejás la taza semivacía sobre el platito, y tu voz les sigue a ambos cuando decís, con seriedad y absoluta convicción, mientras el corazón te late desaforado contra las costillas:

"Puedo asegurarle, señora Almeida, que estamos enamorados. Yo amo a Tony, y él me ama a mí. Muchísimo"

Ni una pizca de duda, ni un poco de vacilación, ni un gramo de hesitación. Como que el sol va a seguir saliendo todos los días y poniéndose por el horizonte al atardecer, como que las estrellas aunque no se vean están en el firmamento, como que la Tierra gira sobre su eje, como que la luna controla las mareas, estás segura de que Tony te ama, y por supuesto estás segura de que vos lo amás a él, con una locura infinita, profunda y terriblemente honda, una locura imposible de explicar porque no hay lenguaje que pueda resumir siquiera una ínfima parte del amor que te quema por dentro.

Sin embargo, tu afirmación cargada de una emoción casi palpable, tan palpable como el olor a lluvia o como el sabor a miel que empalaga tus labios cada vez que llevás la taza de té a ellos, al parecer en Ana Almeida no ha surtido efecto alguno. Y si lo ha surtido, si ha notado cómo cada palabra brotó de tu alma, cómo le hablaste con el corazón prácticamente latiendo en la mano cuando le dijiste que su hijo y vos están enamorados, entonces está fingiendo absoluta indiferencia. Ni sus gestos o expresiones han cambiado, ni por sus ojos ha cruzado nube alguna de comprensión o empatía, ni sus rasgos latinos se han suavizado.

Tampoco conmovida está su voz cuando te pregunta, con un dejo de curiosidad y despreocupación, como quién pregunta qué hora es o qué temperatura marca el termómetro:

"¿Hace cuánto tiempo se conocen, querida?"

"Once meses" contestás con sinceridad.

Otra punzada ataca tu estómago, pero dudás que tenga que ver con el síndrome premenstrual: son los nervios, los nervios que te provoca estar sentada a la mesa con una mujer que te invitó una taza de té diciendo que quería conversar con vos, cuando su intención no era precisamente la de conocerte o enmendar las cosas, si no la de cuestionar tus sentimientos por Tony, y los sentimientos de Tony también.

"Me transfirieron de División a la Unidad donde Tony ya trabajaba en enero de este año" elaborás, sintiéndote menos nerviosa a medida que las palabras van saliendo de tu boca "Nos enamoramos enseguida, pero Tony actuaba muy reservadamente… Le costaba confiar en mí, después de lo que había pasado con Nina. Por un tiempo sólo fuimos colegas, luego amigos, y hace dos meses estamos en una relación seria" resumís en ese puñado de frases cortas los nueve largos meses que pasaste muriéndote de amor por él y soñándolo en silencio cada noche, y los últimos dos meses en los que fuiste más feliz que nunca gracias a él. Son los detalles básicos, y no vas a darle más que eso, porque tus sentimientos y los de él son privados.

"Dos meses" Ana repite, y luego lanza una risa suave, leve, que para cualquier otro podría haber sonado dulce, pero que para vos es un cuchillazo en los tímpanos "Los jóvenes hoy en día son tan inocentes" te regala una sonrisa que – no puede describírsela de otra manera – es condescendiente, como si fueras una criaturita que acaba de decir algo muy tierno pero demasiado ridículo para ser verdad "Dos meses es muy poco tiempo, querida" su tono es similar al que una madre usaría para explicarle a su hijo que cuatro y cuatro son ocho, o que la luna está demasiado lejos como para construir un cohete y llegar a ella, o que no hay humano capaz de construir una escalera que llegue al cielo "Las relaciones serias no se construyen en dos meses"

"La nuestra es una relación seria que va creciendo. Estamos en pareja hace dos meses, pero llevamos muchísimo tiempo enamorados uno del otro, y con cada día que pasa nos enamoramos más"

Cómo lograste armarte de paciencia y seguridad para decirle eso sin que te temblara el pulso, el tono o los labios, nunca vas a saberlo. Simplemente te salió desde adentro, desde el fondo de tu ser, con una naturalidad sorprendente.

Porque a vos pueden cuestionarte cualquier cosa, absolutamente cualquier cosa, pero que no te cuestionen ni tu amor por él ni lo serio de tu relación con él.

Que no te cuestionen qué tan lejos pensás van a llegar juntos. Que no te cuestionen tu decisión de pasar el resto de tu vida con él, adormeciéndote cada noche en sus brazos y despertándote cada mañana con el sonido de su voz, hasta el último día de tu vida. Que no te cuestionen que vas a envejecer a su lado, que él va a estar ahí para repasar el contorno de cada arruga que aparezca en tu rostro con la yema de sus dedos, tan suavemente como te acaricia ahora cuando dibuja círculos en tus mejillas con sus pulgares. Pueden cuestionar cada cosa que hagas o digas, pero que jamás cuestionen tu amor por él, y que tampoco se atrevan a cuestionar su amor por vos.

La de ustedes es una relación seria, no importa el tiempo que tenga, no importa que sólo lleven juntos dos meses; ya era una relación seria esa noche en la que fue a buscarte en medio de un temporal y te llevó a su casa para que no tuvieras que dormir sola, y se quedó despierto hasta altas horas de la madrugada cuidándote. No están jugando, no están usándose el uno al otro para divertirse, no son dos criaturas inconscientes que piensan que saben lo que es el amor pero en realidad no saben nada.

"Ayer mi hijo me dijo casi llorando que solamente iba a poder dormir sin pesadillas si dormía con vos" comenta como quien dice que el meteorólogo ha anunciado buen tiempo para la semana. Sin embargo, su tono se tiñe de cierta seriedad cuando agrega "Si no fuera porque mi marido está sufriendo y no quería cargarle en los hombros el peso de una discusión entre Anthony y yo, no lo hubiera permitido. Que un hombre y una mujer que no están casados compartan la misma cama, sin importar las circunstancias, no me parece bien. Me parece inmoral. No estoy de acuerdo con el sexo prematrimonial…"

Tenés que interrumpirla. No podés evitarlo, es más fuerte que vos, las palabras se te salen solas de la boca, suben por tu garganta a toda velocidad, se meten en tu lengua y como si reaccionara a un reflejo ésta las empuja:

"Y yo estoy de acuerdo con usted. A mi también me educaron con la idea de esperar hasta después del matrimonio para tener relaciones sexuales"

Te mira con curiosidad, como si no diera crédito a sus oídos, o como si fueras un ejemplar muy raro de una especie exótica que se creía extinta. Debe sorprenderla que a vos también te hayan criado así, como ella crió a sus hijas.

Nina dejó en claro que ella no era una santa, y aunque no te gusta pensar en eso, sos consciente de que todas las mujeres con las que Tony estuvo involucrado probablemente no quisieran más que divertirse con él del mismo modo en que se habían divertido con otro la semana anterior o como planeaban divertirse con su siguiente conquista la semana próxima. Quizá Ana pensaba que vos eras una más, una de esas que lo consideran un acto puramente físico y no emocional, o – peor aún - una de esas tontas enamoradizas que dejan que los hombres se aprovechen de ellas.

Si ese era su concepto, entonces se nota que no te conoce en lo más mínimo: no sabe la clase de educación que te dio tu abuela, ni lo tímida que sos, ni los problemas de autoestima que tenés, ni lo acomplejada que estás con tu cuerpo, ni lo muy convencida que estás de que ahora que lo encontraste a él más que nunca vale la pena esperar.

Enarca una ceja.

"¿Así que mi hijo y vos solamente duermen abrazados?" es sarcástica, la pregunta, es retórica. Evidentemente se niega a creer que lo que acabas de decirle sobre la educación que recibiste es cierto, y no una mentira para quedar bien o comprar su simpatía.

Pero vos respondés con la verdad. No te incomoda en lo absoluto, ¿por qué habría de incomodarte? Siempre respetaste tus creencias, siempre las defendiste y mantuviste con firmeza. Y es verdad: que ella piense lo que quiera, pero vos tenés la certeza de que no estás diciendo una mentira.

"Sí, dormimos abrazados. Nada más que eso"

Ana te mira durante otro par de segundos antes de decidir dejar el tema de lado: probablemente vio en tus ojos que estás diciendo puramente la verdad, y nada más que eso, pero obviamente no lo va a reconocer, no va a felicitarte por tener valores como los de ella y estar de acuerdo en aferrarte a tu virginidad.

Responde con otra pregunta, cambiando de tema; notás que hasta ahora nunca contestó a lo que decís de forma directa, siempre replicó con otro interrogante o – lo que es peor – con una acotación o explicación digna de ser dada a una nenita de cinco años.

"¿Cuántos años tenés, Michelle?"

No aparentás veinticuatro años, por supuesto, porque la vida se encargó de golpearte desde muy chiquita y hacerte madurar de golpe (aunque mentalmente siempre fuiste mucho más madura); durante todos estos años te sacrificaste trabajando duro, escondiéndote detrás de los libros, esforzándote, cuidándote vos sola, ocultándote por miedo al rechazo y al abandono, y eso te curtió: tu rostro es el de una mujer mayor, tus modos son los de una mujer mayor, tu forma de pensar es la de una mujer mayor, tus líneas de expresión son las de una mujer mayor.

Cualquier joven de veinticuatro años está ocupada con otras cosas, concentrada en terminar sus estudios, en la belleza, en salir con distintos hombres, en divertirse, en vivir la vida. Vos estás concentrada en salvar vidas, en dedicarte a una carrera que te apasiona, en seguir cultivando la mente prodigiosa que tenés y que siempre te hizo resaltar entre todos. Vos ves las cosas con otro color, desde otra perspectiva, con otros ojos. Vos viste costados del mundo que no todos han visto, que te han afectado de una forma en que no todos son afectados, y también viste otros costados de la vida que tal vez son más generales, pero que no por eso te afectaron menos: el fallecimiento de tu padre, el alcoholismo de tu madre, el abandono de la mujer que te dio la vida, las falsas promesas, la soledad, la sombra de un trastorno alimenticio, problemas de autoestima, auto exigencia excesiva…

Cuando empezaste a trabajar en División como asistente en el área de tecnología, nadie creía que tenías sólo diecinueve años; todos pensabas que tenías veinticinco o veintiséis, por tu forma de vestir, tu forma de hablar, tu forma de actuar, tu inteligencia, tu madurez, tu seriedad, tu sobriedad. Y si antes parecías de veinticinco, ahora parecés de treinta, sobre todo después de haberte empapado de todas esas experiencias que se viven en la CTU en este año que llevás en tu puesto ahí.

Aún te acordás cuando en una ocasión, conversando con Tony durante uno de sus descansos mientras tomaban una taza de café, le dijiste tu edad. No podía creerlo, y te preguntó varias veces para asegurarse de que no estuvieras bromeando. Te acordás la admiración con la que te miró y la forma en la que dijo que parecías una mujer mucho más madura por tu inteligencia y tus capacidades, recordás lo bien que te sentiste cuando te halagó de esa forma, recordás las mariposas que sentiste en el estómago cuando te llamó 'mujer'.

Y también recordás el alivio que te recorrió cuando durante su primer día juntos hablaron brevemente sobre esos diez años de diferencia que los separan, y llegaron a la conclusión que para ninguno de los dos eso significaba un problema.

No, no aparentás los veinticuatro años que cumpliste el pasado 1° de Agosto. Pero los tenés.

Bebés un último sorbo de té antes de dar tu respuesta.

"Veinticuatro"

Pero para su madre la edad va a ser otro tema filoso, ¿no? Seguro. ¿Qué tendrá para decir Ana Almeida de la edad? Porque no sólo trabajás en la CTU – que forma parte de ese mundo mucho más peligroso que cualquier otro, donde su hijo está expuesto constantemente a riesgos, donde la muerte aguarda al otro lado de la esquina, donde en un segundo todo puede cambiar, donde una explosión basta para dejar todo reducido a cenizas y acabar con las vidas de inocentes y de heroicos patriotas sin siquiera darles tiempo a reaccionar -, no sólo en tu sangre no corre ni una gota de sangre latina porque sos mitad europea y mitad japonesa, si no que además sos diez años menor que Tony.

Cuando vos eras una beba en pañales, él ya sabía leer, escribir, tenía amigos y jugaba al baseball los fines de semana.

Cuando vos eras una nena de cinco años que se pasaba toda la tarde dibujando mariposas para colgar en las paredes de su habitación, tratando de bloquear de alguna manera el sonido del llanto de tu mamá mientras lloraba desesperada en su estado de depresión, él era un adolescente de quince años, deseado por una cantidad infinita de chicas (preferís no pensar cuántas de ellas habrán pasado por sus brazos).

Cuando vos tenías diez años y pasabas tardes enteras encerrada en tu cuarto devorando libro tras libro, él tenía veinte años, era un hombre experimentado en muchísimos aspectos, ya enlistado en la Marina, entrenándose para proteger y defender a su país.

Sí, entre ustedes dos hay una diferencia de diez años (diez años, un mes y tres días, si vamos a ser exactos), pero son solamente números, son solamente sumas y cálculos que no vienen al caso los que llevan a la conclusión de que entre su nacimiento y el tuyo pasaron diez años, un mes y tres días. Y el amor es ciego a esas cosas, completamente ciego.

Para muchos, ésa podría ser considerada una diferencia abismal; tu abuela, por ejemplo, sabés que hubiera fruncido el entrecejo si estuviera viva y supiera que estás enamorada de un hombre de treinta y cuatro años, así como debe haber fruncido el entrecejo y hecho muecas de disconformidad cuando tu papá le dijo que se había enamorado de tu mamá, una mujer bastante menor que él (sin embargo, luego de conocerla, tu abuela le tomó cariño, y en sus peores horas, en sus peores momentos, en su tiempo más oscuro, cuidó de ella y se hizo cargo de todo, días después de haber tenido que sepultar a su único hijo). Quizá si esto no estuviera pasándote a vos, también te habrías puesto del lado de los que opinan que a veces diez años es una diferencia un poco más que abismal.

Y es que en otros casos puede que lo sea, puede que diez años sea un bache de tiempo difícil de alcanzar en intereses, madurez y aspiraciones, pero en este caso no lo es; con Tony vos podés hablar de absolutamente cualquier cosa, y no estás refiriéndote a tus problemas personales, tus preocupaciones, tus angustias o tus tristezas: con él podés hablar de música, libros, cine, política, temas controversiales, religión; tienen proyectos y sueños en común, a pesar de que él está en la mitad de los treinta y vos en la mitad de los veinte, quieren dirigir sus pasos por el mismo camino.

La edad entre ustedes dos no es nada, no significa nada, es simplemente un número. Él mismo te lo dijo en ese primer día que pasaron juntos a solas, lejos del mundo de la CTU y de todo el caos que reina allí donde la vida es tan frágil y efímera y el dolor y desesperación parecer abrazar al miedo: "La edad es un número, nada más. Podré ser mayor, pero eso no significa que sea más inteligente o más maduro; tampoco significa que haya vivido más cosas, o que necesariamente tenga más experiencia" La edad para ustedes dos no es más que un detalle.

Para su madre, sin embargo, estás segura que la diferencia de edad sería otro problema para agregar a la lista, otra razón para sumar a las que ya tiene para no quererte en la vida de su hijo.

"Jamás hubiera adivinado tu edad. Creí que eras unos años mayor" su comentario no te sorprende en lo absoluto, por supuesto, porque es lo que te dicen todos, lo que venís escuchando desde los trece o catorce, más o menos, cada vez que alguien te pregunta cuántos años tenés.

"Muchas personas me lo han dicho" te limitás a contestar.

Ana toma la tetera y vuelve a servir el líquido humeante de color oscuro en ambas tazas. Mientras habla, con su voz dulce y amable cargada de lo que en apariencia uno describiría como ¿comprensión?, hecha dos cucharaditas de miel en tu taza y en la suya.

"Michelle, no tomes esto mal" el hecho de que te pida que no lo tomes mal, evidencia que obviamente lo que tiene para decirte es algo que sabe no existen posibilidades de que te caiga bien ", pero creo que diez años es una diferencia de edad muy grande entre mi hijo y vos"

Te quedás callada, esperando a que siga hablando, porque seguro que lo que tiene para comentar no se reduce a 'creo que diez años es una diferencia de edad muy grande entre mi hijo y yo'.

"Es natural que te interese un hombre como mi hijo" te explica, como si realmente te conociera en profundidad y en detalle, como si esas palabras que intercambiaron hubieran sido suficientes para hacerle una radiografía a tu alma y poder ver cada recoveco, cada huequito, cada marquita, cada cosa que a ella la forma, como si tuviera derecho a analizarte y darte su opinión sobre algo que es evidente no entiende "Es inteligente, atractivo, educado, caballero…"

Pero no te atrae porque sea inteligente, atractivo, educado y caballero. Por supuesto que esas son cuatro de las cualidades que lo hacen perfecto, pero no es todo lo que ves en él. Es inteligente, es atractivo, es educado, es caballero, pero no es por eso que te enamoró. Vos ves más allá de todo eso: ves su dulzura, su ternura, la capacidad que tiene para escucharte y cuidarte, su interés por las personas que ama, su pasión por el trabajo que hace, su fuerte patriotismo, su devoción por cada cosa a la que entrega el alma.

"Es un caballero, es cierto, y me trata como a una princesa, pero estoy enamorada de él por muchas razones, no sólo por esas."

Nótese que vos utilizaste la palabra 'enamorada', mientras que ella dijo que era natural que él te interesara, que te sintieras atraída.

Lo de ustedes implica atracción, por supuesto, pero está lejos de ser solamente eso.

"Lo que yo siento por su hijo es mucho más que eso, va muchísimo más allá de eso" el corazón te palpita, lo sentís en la garganta, y un pedacito de él sale por tu boca cada vez que hablás, con una sinceridad que te refulja en los ojos "Lo admiro profesionalmente, admiro la dedicación con la que hace su trabajo, admiro lo inteligente y capaz que es, admiro absolutamente todo de él, admiro que sea un hombre dispuesto a sacrificar mucho por el país que juró defender, pero hablar de admiración o atracción no es más que mencionar una parte ínfima de todo lo que él me hace sentir"

"Michelle" comienza con tonada condescendiente; daría la sensación de que esta dirigiéndose a una nena de cinco años por como te habla ", no quiero que tomes este comentario a mal, pero muchas veces cuando un hombre tiene una posición jerárquica como la que ahora ocupa mi hijo… muchas mujeres se ven súbitamente obnubiladas"

¿Qué está diciendo? ¿Acaso está insinuando que te interesa Tony porque ahora es tu jefe, porque ahora dirige la CTU? ¿Acaso está diciendo que te interesa él simplemente porque podría abrirte algunas puertas en el mundo laboral, porque podría significar asensos o beneficios?

Eso sí te parece insultante. Porque vos serías incapaz de hacer algo así. Porque vos sos lo suficientemente inteligente y trabajadora para esforzarte hasta obtener recompensas por tus propios medios, como fruto de tus capacidades. Porque tu trabajo te apasiona y nunca aceptarías hacer nada deshonesto para avanzar en él. Porque te sentirías mal consiguiendo un asenso por un método que no fuera el correcto. Porque sencillamente amarías a Tony así trabajara en una hamburguesería, en una oficina, o limpiara pisos en un estadio de futbol.

Si tuvieras que dar rienda suelta al fuego que de pronto se alzó dentro tuyo al escuchar esa insinuación, acabarías perdiendo el control, y sos una persona tan fanática del control que perderlo no es precisamente algo que te guste, si podés evitarlo. Solamente con Tony sos capaz de expresar y mostrar cómo te sentís realmente, pero con su madre vas a tener que guardar la calma, respirar profundo, contar hasta diez, apelar al diálogo, a hacerla entender con palabras que vayan más allá de sus oídos y quizá lleguen a su corazón y la conmuevan, mostrándole que sos sincera, que lo amás de verdad.

"Su hijo no me interesa por el puesto que ocupa en la Unidad, señora" tratás de hablar con tanta calma y serenidad como posible, aunque el corazón te late tan desaforadamente que lo sentís otra vez lastimándote las costillas "Lo amaría con la misma locura si fuera portero, médico o maestro. No me interesa para avanzar en mi carrera, no me interesa para escalar puestos o llegar lejos. Me interesa por lo que él es como persona, por cómo me hace sentir, por el amor incondicional que me da" te tiembla el labio, apenas "Lo amaba antes de que lo nombraran director, y lo seguiría amando si no lo fuera. No estoy obnubilada por su posición en la CTU, no pretendo construir mi carrera a costas suyas, tener beneficios o tratos especiales, porque yo no soy esa clase de mujer, en lo absoluto"

"Perdón, querida" se disculpa apresuradamente "No quise ofenderte, desde luego. Es que una madre tiende a pensar en todas estas cosas. Hoy en día no se puede ser confiado"

"La entiendo" realmente no querés oír sus excusas o explicaciones, y preferirías olvidar que la madre del hombre que amás se atrevió a insinuar que tal vez lo que te atrae de él es el poder que lleva sobre sus hombros al dirige la CTU "Y nosotros dos, Tony y yo, ya hablamos al respecto de la diferencia de edad" seguís, expresándote con una seguridad que hace se te infle el pecho y el corazón te lata rápido "y no creemos que sea un problema" repetís palabras similares a las que Tony usó para tranquilizarte a vos cuando le preguntaste qué opinaba él de los diez años que los separan ": La edad es un número, nada más. Y la cantidad de meses que llevamos juntos, tampoco es otra cosa más que un número" agregás "Que él sea diez años mayor o que hayamos empezado nuestra relación hace dos meses no significa que no nos amemos tanto como dos personas que están juntas desde hace cuarenta años"

Ana da unos sorbos a su taza de té, y luego lanza un suspiro. Te observa con una profundidad que hasta ahora no habías visto en sus ojos, y algo te dice que la conversación 'suave' ha terminado, y que las cosas van a ponerse más serias que antes.

Tu estómago se tensa un poco en anticipación. Es evidente que Ana y vos ven las cosas de distinta manera o, mejor dicho, que ella está empecinada en ver las cosas a su manera y no querer cambiar un poco la perspectiva para entender que las historias tienen dos campanas, que no siempre la campana que uno hace sonar o que uno elige escuchar es la correcta, que a veces se necesita abrir la mente un poco más y aceptar cosas que antes no habríamos considerado aceptar. Pensaste que esta conversación entre ustedes sería fructífera de algún modo – más allá de tus nervios, más allá de las circunstancias, más allá del marco en el que este fin de semana que parece interminable acontece – pero hasta ahora no ha hecho más que traerte una sensación de inseguridad más fuerte que la que tenías antes sobre tus posibilidades de tener una relación buena con tu suegra, y confirmarte que esta mujer está decidida a no aceptar que Tony y vos están enamorados, que está decidida a poner cuantas excusas sean necesarias para fortalecer las bases en las que se fundan su idea de que los dos no son el uno para el otro, que esto no es amor, que esto no va a durar, que vos no sos la mujer con la que él va a pasar lo que le quede de vida.

"Señora Almeida" empezás, frotándote despacio el estómago con la palma de una de tus manos, para aliviar las molestias leves que sentís ahí "de verdad amo a su hijo, lo amo con locura, como nunca antes creí que podría llegar a amar a otro ser humano. Y él me ama a mí, sé que me ama" confesás, con los ojos brillantes, las pulsaciones aceleradas, tu voz cargada de emoción.

Porque ya no se te ocurre que hacer para que entienda, para convencerla, de que lo amás, de que es verdad que se aman, que no es un juego, que no hay forma humana de que te separen de él, que no hay quinta pata para buscarle al gato.

"Michelle, me gustaría explicarte algunas cosas, para que no pienses que soy una bruja queriendo arruinar tu cuento de hadas" comienza Ana, ya no con tanta amabilidad. Su tono sigue siendo suave y calmado, pero ahora también es serio y decidido, su acento latino notándose aún más que antes ": Soy una mujer que a lo largo de su vida ha perdido muchas cosas y ha enfrentado toda clase de obstáculos, haciendo esfuerzos sobrehumanos para volver a ponerse en pie y seguir adelante, ya sea empezando desde cero o retomando desde el punto en que todo se vino abajo"

"Lo sé" murmurás.

"Las dos pérdidas más grandes por las que tuve que pasar, y que no le deseo a nadie, fueron las de mis hijos"

Eso también lo sabés. No conocés todos los detalles, pero Tony te contó algunas cosas sobre la muerte de Christian, por ejemplo, apenas un puñado de días después de que empezaran su relación, pero esa es toda la información con la que contás. No es un tema del que le preguntes, por supuesto, pero sabés que sus dos hermanos varones fallecieron. Esas deben ser pérdidas que dejan a uno destrozado, esas deben ser pérdidas que dejan a una madre con el alma rota y sin posibilidades de sanarla; vos tampoco le desearías eso a nadie, y probablemente te morirías de dolor si – Dios no lo quiera – alguna vez tuvieras que afrontar un desgarro así.

"Uno nunca se recupera de la pérdida de un hijo, jamás"

Los ojos de Ana siguen fijos en los tuyos, y debés reconocer que admirás la entereza con la que está hablándote de esto, a vos, que sos prácticamente una completa extraña. Tu abuela también perdió un hijo prematuramente, y el golpe fue tan fuerte que incluso años después podían verse los estragos que eso causó en ella; años después, aún podían verse las marcas del dolor, aún podía leerse en su mirada que cada día luchaba por seguir adelante. Nunca conociste a la mujer que tu abuela era antes de la muerte de tu papá, porque eras una beba cuando él falleció, pero la abuela que conociste era una persona que se esforzaba cada día por no desmoronarse, por no ser comida viva por la depresión que consumió a tu mamá hasta marchitarla y empujarla a abandonarte a vos y a tu hermano para alejarse de las memorias que la impulsaban a beber, las memorias que la torturaban sin descanso. La abuela que conociste estaba obsesionada con cuidar de vos y darte la mejor vida posible, y esa obsesión era lo que la mantenía cuerda, lo que conservaba su cabeza sana e impedía que se hundiera en un agujero negro. No sabés cómo era tu abuela cuando tu papá vivía, pero siempre, desde pequeña, pensaste que esa mujer que aún no había pasado por la pérdida de un hijo seguramente reía más, tenía ojos más brillantes y voz más dulce, era menos exigente, quizá hasta contaba chistes. La abuela que conociste tenía las marcas que deja la muerte de un hijo, esas marcas que son imborrables.

"Tener que atravesar en carne propia el castigo que significa ver a un hijo morir, enterrarlo, llevarle flores los domingos, rezar por su alma... Es injusto, y es tortuoso, y duele más que cualquier castigo físico que se le pueda aplicar a una persona. Ninguna madre tendría que experimentar lo desgarrador de arrodillarse junto a la sepultura del hijo que llevó en el vientre nueve meses"

Con cada palabra que dice, Ana te recuerda más y más a tu abuela, y al mismo tiempo se marcan más y más las diferencias entre estas dos mujeres que tuvieron que atravesar por tragedias igual de hondas.

Tu abuela también pasó por el castigo que significa ver a un hijo morir y tener que enterrarlo. Tu abuela también le llevaba flores a tu papá, y rezaba por su alma. Pero nunca hablaba de ello. Nunca te habló sobre ello. Era obvio que sufría, era obvio que la muerte de su hijo le pesaba en el alma, pero palabras al respecto jamás fueron dichas. Hablaba de tu papá, pero no de su muerte. Hablaba de memorias, recuerdos, momentos, pero nunca en tono melancólico; era casi como si esperara que la puerta se abriera y él entrara, o tal vez simplemente prefería recordarlo en vida y no como la sombra de algo que había dejado de existir… Eso no lo podés saber.

Nunca antes habías tomado real consciencia de lo que debe significar que te pase algo así, que un hijo muera y tengas que seguir viviendo sabiendo que él o ella ya no va a tener otra oportunidad de abrir los ojos, de mirar una puesta de sol, de cumplir sus sueños. Pero ahora escuchando el ligero temblor que se apoderó de la voz de Ana al mencionar tan directamente, tan abiertamente que perdió no uno si no dos hijos…

Que Ana siga ahí, viva luego de haber conocido ese infierno, luego de haber tenido que caminar sobre zarzas ardiendo dos veces, eso es prueba de lo fuerte que es. Eso es prueba de todo el apoyo que recibió de su familia. Eso es prueba de lo mucho que ama a su familia, es prueba de que llegaría a cualquier extremo con tal de seguir en pie para protegerlos y defenderlos. Es prueba de que sus otros hijos son su mayor motivación, que fueron su mayor motivación para seguir escalando alto a pesar del dolor que debe llevar en el corazón a cada minuto de cada día. Es admirable, realmente, que luego de haber enterrado dos hijos esa mujer siga ahí, porque muchas otras hubieran enloquecido, hubieran sido despojadas de toda razón, nunca se hubieran levantado después del golpe.

Puede que ella no entienda que no aceptando que Tony te ama está haciendo algo similar a lo que le hicieron a ella sus padres al no aceptar a Alejandro por ser mexicano y de origen humilde; puede que le cueste concebir la idea de que una mujer de origen distinto al suyo vaya a ser la madre de sus futuros nietos; quizá le cueste desprenderse de esa idea de que su familia tiene que estar enteramente compuesta por latinos; quizá le cueste dejar de actuar recelosamente cuando se trata de vos; quizá le cueste ver que amás a Tony… Pero así y todo, no podés odiarla.

Así y todo, tus sentimientos hacia ella son mixtos: una mezcla de pena y admiración.

Porque ves más allá de todo eso, y lo que ves es a una mujer que sufrió muchísimo, a una mujer que pasó por el infierno de perder dos hijos, a una mujer que con todo y después de todo se mantuvo firme y compuesta por el marido y los hijos que le quedaban, una mujer que luchó mucho, que luego de haber tenido que afrontar tantos golpes sin derrumbarse todavía sigue defendiendo a sus crías como lo haría una fiera. Ves más allá de todo eso, y entendés de dónde viene ese instinto de protección que le nace tan fácilmente y que se activa cuando lo desconocido (en este caso: vos) ronda su nido. La entendés, y sentís pena por ella, pero no es esa pena que se siente cuando uno le tiene lástima a alguien: realmente te duele que el pobre ser humano que está sentado frente a vos, repasando el borde de su taza de té con la yema de uno de sus largos dedos, haya tenido que pasar todo lo que tuvo que pasar. Y al mismo tiempo la admirás por haber sabido recomponerse, por haber seguido adelante, luchando y con la cabeza en alto.

Sí, Ana Almeida te despierta sentimientos mixtos y encontrados: admiración y pena.

Cuando comienza a hablar otra vez, te das cuenta que ha contado esta historia muchas veces, y que probablemente cada vez que la cuenta, cada vez que deja que las palabras salgan por entre sus labios, el dolor se incrementa hasta luego ir aflojándose, hasta que luego la invade algo así como ese alivio que uno siente al sacarse un peso de encima, aunque es obvio que el dolor ni se va del todo ni desaparece, porque un dolor así se lleva para siempre. Su voz es calma, serena, no tiembla el tono ni le tiemblan los labios, sus ojos no se llenan de lágrimas como uno pensaría se llenarían los de una madre en estos casos, porque es probable que ya haya llorado hasta quedarse vacía y no pueda llorar más, porque es probable que esta sea una astilla que ya tiene clavada adentro, tan adentro que es una parte de su propio cuerpo:

"Ricardo murió siendo una pobre criaturita... Lo atropelló un coche un domingo por la tarde, cuando estaba con Anthony sacando fotos en una callecita cerca del parque... El conductor iba ebrio..."

El conductor iba ebrio.

La frase resuena en tus oídos como si cada sílaba fuera un martillo que te da directo en la cabeza.

Eso explica muchas, muchísimas cosas: así como vos no tomás alcohol porque te ha quedado profundamente grabado el recuerdo de tu madre ahogando sus penas, buscando algo de consuelo en el fondo de una botella, descuidándose hasta caer en una depresión como un pozo oscuro y sin fondo del que no pudo salir, dejando que la adicción tomara el control y se convirtiera en un arma de doble filo que pretende ser medicina pero que en realidad no hace más que enfermar y destruir, Tony no toma alcohol por un motivo tan fuerte como el tuyo: su hermano murió atropellado por un conductor ebrio.

Eso no lo sabías. Sabías que había ocurrido un accidente, que todo había pasado muy rápido, que él había estado presente, pero nunca quisiste preguntar, y él nunca dio más detalles.

Lo asesinó un conductor que iba manejando ebrio…

Se te forma un apretado nudo en la garganta.

"Ni siquiera se detuvo, se dio a la fuga, simplemente siguió de largo manejando como una bestia. Nosotros estábamos a escasos metros, mi marido y yo, sentados en una banca" pequeña pausa "Uno no se repone jamás de eso. Sé que nunca voy a reponerme de eso, así como tampoco va a dejar de dolerme alguna vez el recuerdo de ese 11 de septiembre cuando mi nuera me llamó para decirme que Christian estaba en el Word Trade Center a la hora de los ataques y que pensaban había quedado sepultado entre los escombros de las torres..." el susurro se pierde entre el ruido de la lluvia que sigue azotando la ciudad.

Sentís el impulso de extender el brazo y tomarla de la mano, darle algo de consuelo, aunque ella no lo ha pedido. Sentís el impulso, y falta poco para que lo hagas, pero te contenés, y te limitás a dejar tus manos sobre la mesa, y a escucharla.

"Te cuento esto, Michelle, con la esperanza de que puedas comprenderme: Anthony es el único hijo varón al que puedo abrazar, el único hijo varón al que puedo escucharle la voz, el único al que puedo cuidar. Cuando me visita, claro" agrega con un dejo de reproche "porque desde que vive lejos, en otra ciudad, en la otra punta del país, son escasas las veces que lo veo" Deja escapar un suspiro frustrado. Luego sigue, con un tono alto, claro y firme "No soportaría perderlo, no soportaría recibir un llamado y escuchar del otro lado del teléfono a un extraño diciéndome que falleció cumpliendo su deber con este país, que no es el mío pero al que amo con la misma profundidad porque me brindó la oportunidad de formar un hogar y darle a mis hijos e hijas un futuro. No soportaría perder a mi Anthony, no soportaría tener que enterrarlo también a él, como tuve que enterrar a Ricardo primero y a Christian después"

Te estremecés, inevitablemente. Ella es una madre que no podría soportar perderlo, que no podría soportar recibir la noticia de que ha muerto – sea protegiendo a su país, o en cualquier otra circunstancia, víctima de un accidente o de una enfermedad: no importa realmente la causa -; ella es una madre que no podría enterrar a otro hijo, que no podría renunciar a abrazar al último hijo que le queda o escuchar el sonido de su voz, incluso si por razones de distancia se ven poco o si no la llama con tanta frecuencia como ella desearía. Y vos sos una mujer que definitivamente perecería si alguna vez tuviera que enterrar al amor de su vida, y conformarse con rezar por él cada noche y llevarle flores al cementerio. Lo que la madre de Tony acaba de decir, te hace tomar consciencia de la mortalidad del hombre al que amás, de manera tal que es como si te clavaran un fierro ardiente en el estómago. No podés evitar estremecerte, porque el solo pensamiento, la sola mención de que él podría quizá algún día fallecer, terminar en un cajón dos metros bajo tierra…

Por supuesto que él no es inmortal, y aunque lo consideres tu héroe, sabés que es tan de carne y tan de hueso como vos, como cualquier otro ser humano: siempre supiste que es tan de carne y hueso como cualquier otro ser humano. Por supuesto que su trabajo – como el tuyo – implica riesgos demasiado grandes: ya lo sentiste en carne propia cuando creíste que había quedado sepultado bajo los escombros de las columnas que se cayeron cuando esa bomba atacó la CTU, y creíste que había muerto, que nunca ibas a tener oportunidad de estar con él, que habías perdido a tu único amor. Pero escuchar a Ana decirlo, hablar de lo mucho que la destruiría perder a Tony para siempre… No podés evitar estremecerte, porque a vos también te destruiría: te morirías si él se muriera, te morirías para estar con él. No concebís que exista la posibilidad de que uno de los dos abandone al otro primero, de que no se mueran abrazados a los noventa años mientras duermen, juntos, para no tener que sufrir nunca la pérdida del otro.

Pero no querés pensar en eso ahora, en su mortalidad o en que cabe la posibilidad de que el destino te lo arranque de los brazos como Ricardo y Christian fueron arrancados de sus seres amados, y porque no es el momento para dejar que a tu mente débil, frágil y cansada la invada una idea así, una idea con la que te obsesionarías hasta la locura. Por eso tratás de sacudirte la sensación que las palabras de Ana te produjeron.

"Sé que soy una madre que protege a sus hijos en exceso, pero luego de lo que sucedió con Ricardo, con Christian…, no puedo ser de otra manera. El instinto maternal no me deja ser de otra manera"

No es una excusa ni una explicación: te está diciendo cómo son las cosas. Claras y sencillas, así son las cosas: ella es una madre sobre protectora, y así lo será siempre, te guste o no. Y después de lo que le ha tocado vivir, ¿acaso alguien la puede culpar? ¿Alguien acaso puede culpar a esa pobre madre a la que ya el destino le ha arrebatado dos hijos de sus brazos?

"Cuando esa mujer, Nina" te mira por un breve momento antes de continuar, desechando la oración que había empezado y armando una frase nueva: "… No me gustó cuando la conocí, había algo en ella que no encajaba. Sus valores no eran los mismos que los nuestros, eso se notaba a la legua, y me daba muy mala espina. Se lo dije a mi hijo" aclara de inmediato, sin querer dejar lugar a duda de que ella obró bien enseguida ", pero él no escuchó, no me hizo caso"

La forma en que revoleó los ojos durante una fracción de segundo fue apenas perceptible, pero claramente expresó un pensamiento que no va a decir en voz alta, pero que sí cruzó su cabeza: 'es típico de Tony no escuchar, es típico de Tony no hacer caso' (y la verdad es que coincidís con ella: cuando vos le dijiste que tenía que ir al dentista, también tardó en dar el brazo a torcer y hacerte caso; tuviste que recurrir a tus ojitos de patito mojado para que aceptara que lo llevaras a la guardia del hospital).

"Estaba molesto, y es de entender, porque yo había insistido con que él la trajera para la cena de Acción de Gracias, y después durante ese par de días no hice otra cosa que quejarme y fruncir el ceño con cada cosa que esa" se nota que la palabra que le gustaría usar es fuerte, que no es propia de una señora educada, por lo cual vuelve a reconstruir la oración, luego de inhalar para calmarse y poder conservarse calma mientras habla de esa psicópata que dejó el corazón de Tony hecho trizas y que tanto daño hizo a muchos "… con cada cosa que ella hacía o decía. Un tiempo después, sucedió lo que asumo sabrás" asentís con la cabeza lentamente, sin quitar tus ojos de los ojos de Ana "Esa víbora resultó no solo ser la clase de mujer que una madre como yo no querría tener por nuera y madre de sus nietos, sino que también era una loca, una psicópata, una asesina, una traidora. Estaba usando a mi hijo, por despecho según tengo entendido, pero principalmente para aprovecharse de él, de su inteligencia y buen corazón, de su dedicación y devoción para con este país, con el único propósito de sacarle información que necesitaba para llevar a cabo sus macabros e inescrupulosos planes"

Yo no soy una víbora, no soy una loca, no soy una psicópata, no soy una asesina, no soy una traidora, no estoy usando a Tony, ni por despecho ni por la información con la que cuenta ni por su cargo en la CTU ni por motivo alguno que pueda existir, no quiero jugar con él, no hay ningún plan macabro que quiera llevar acabo, no soy inescrupulosa. Solamente soy una mujer enamorada.

Todo eso grita una voz dentro de tu mente, una voz que se descontrola y que hace que por tus venas corra por un segundo una descarga eléctrica que podría haberte impulsado a hacer cortocircuito, explotar con chispas y todo y decirle a Ana que vos no podrías ser más distinta de Nina, que vos no te parecés a Nina en nada, que el hecho de que trabajes en la CTU no significa que estés destinada a ser lo que Nina fue. Pero no podés hacer eso, no podés ceder a tus más crudos instintos: tenés que demostrárselo con paciencia, con el diálogo, con acciones, no gritándole como una loca desaforada que tiene que entender que no vas a lastimar a su hijo porque antes que hacerlo sentir un gramo de angustia preferirías morir.

"Anthony quedó destrozado, hecho pedazos" continúa el relato "Volvió a casa lamiéndose las heridas, sin querer hablar del tema… No hacía más que dormir, dormía por horas y horas, a veces profundamente, otras veces sin que pasaran más de veinte minutos hasta que lo atacaran las pesadillas"

Te cruzan fugaces recuerdos de Tony y de sus besos, y de la dulzura y suavidad con la que siempre murmura contra tus labios que las pesadillas se fueron cuando se enamoró de vos, que dejaron de acecharlo entre las sombras cuando sus pensamientos quedaron total y absolutamente consumidos por vos, que empezó a querer dormir porque las pesadillas habían sido reemplazadas con sueños en los que vos eras la protagonista. Te cruzan fugaces pedazos de las noches que han pasado en dos meses, durmiendo juntos, acurrucados en el sillón en su departamento o en tu cama, sin que las pesadillas los molesten a ninguno de los dos, sin fantasmas persiguiéndolos.

Pero no vas a decirle a Ana que gracias a vos las pesadillas dejaron de asediar a su hijo, de torturarlo, de arrastrarlo a la depresión, de llenarle el alma de agujeros negros. No, no vas a decírselo, y los motivos son varios: para empezar, las cosas que se dicen en la intimidad son algo muy privado de los dos; en segundo lugar, no corresponde que le cuentes los pensamientos y sentimientos más hondos de Tony; y en tercer lugar, no vas a rebajarte a restregarle en la cara que es por vos que él duerme como un angelito y ya no se despierta empapado en sudor, gritando, con las imágenes del cuerpo muerto de Teri y los sollozos y alaridos desgarradores de Jack y Kim sofocándolo.

"Se sentía muy culpable" continúa Ana "Creía que si él se hubiera dado cuenta de lo que Nina era en realidad, podría haberla detenido, podría haber evitado muchas de las muertes de sus compañeros, y la de esa pobre mujer, la esposa de su jefe" está refiriéndose a Teri Bauer, por supuesto "Estaba reducido a cenizas, sufría como nunca antes lo había visto sufrir. Se sentía traicionado, sentía que no valía nada, que había fallado. Llegué a pensar que nunca más podría abrirle el corazón a alguien, volver a amar, volver a confiar…"

Vos sos la prueba de que el amor es mucho más fuerte que esas paredes que a veces las personas levantan alrededor de sus corazones para protegerlos y evitar que les hagan daño de nuevo, que el amor puede derribar esos muros altos, que el amor puede sanar las heridas. Vos sos la prueba de los efectos que tiene el amor a la hora de curar esas marcas invisibles que a veces duelen más que las marcas físicas, pero no sólo por lo que tu presencia hizo en la vida de Tony: también por lo que su presencia ha hecho y hace en tu vida. Vos sos la prueba de que siempre hay segundas oportunidades, incluso después de una decepción extrema, incluso cuando se ha dejado de buscar, incluso cuando se ha llegado a pensar que la luz del sol nunca volvería a brillar.

Esperás que Ana entienda que el corazón de Tony ya no está en pedazos, y que vos querés pasar el resto de tu existencia cuidándolo. Esperás que Ana entienda – no hoy, no esta mañana mientras toman el té y escuchan llover, aguardando a que se hagan las siete para empezar a transita el camino marcado para un largo día que va a estar lleno de emociones mixtas y encontradas, pero sí alguna vez – que aunque no sos latina y sos de una cultura diferente a la de ellos, sos un ser humano, con un corazón que siente y ama, y que con cada uno de tus latidos le das a él la fuerza que necesita para seguir, así como él te da a vos las fuerzas que necesitás cuando te dice que su corazón al palpitar dice tu nombre.

Tal vez con algo de suerte, algún día…

"Arpías y víboras venenosas las hay por todas partes, aguardando para aprovecharse de los débiles, y chuparles la sangre como sanguijuelas" sigue "No quiero que a mi hijo le hagan daño otra vez. No quiero que lo dejen hecho pedazos otra vez. No quiero verlo destrozado durante meses otra vez, sin brillo en los ojos, durmiendo poco por las pesadillas, con la culpa devorando cada fibra de su ser"

No vas a hacerle daño. No vas a dejarlo hecho pedazos. No vas a destrozarlo. No vas a quitarle el brillo a esos dos ojos que te iluminan cuando se posan sobre los tuyos y te dicen sin usar el lenguaje hablado cosas que en palabras jamás podrían ser expresadas. No vas a permitir que las pesadillas lo disturben otra vez, nunca más, porque vas a pasar cada noche de vida que te quede durmiendo en sus brazos, lista para despertarlo y calmarlo con tus caricias si algún recuerdo triste u oscuro lo acecha desde los confines de su mente con la intención de herirlo.

Y eso sí tenés que decírselo. Porque Ana Almeida tiene que escuchar de tu boca que a Tony serías incapaz de hacerle mal, que antes de causarle un mal preferirías morirte o hacerte daños a vos misma. Tiene que saberlo, tenés que ser tan honesta como humanamente posible, despojarte de la timidez y lanzar todo lo que tenés dentro, cada emoción que existe en vos.

"Yo sería incapaz de lastimarlo, sería incapaz de hacerle daño" otra vez una descarga eléctrica recorre tu brazo, y casi lo extendés para tomar su mano entre tu mano. Pero te contenés. Sin embargo, no podés contener la emoción que empaña tu voz, y tampoco podés ignorar el temblor que tenés dentro: es el alma que tiembla entre las paredes de tu cuerpo mientras hablás con tus sentimientos expuestos como nunca antes los expusiste a una persona que no fuera él "Estaría dispuesta a sufrir lo que hiciera falta con tal de proteger a Tony. Señora Almeida" tragás con dificultad; una punzada de dolor te ataca la panza, pero ni te inmutás "… Señora Almeida, yo no voy a romperle el corazón a su hijo; preferiría sencillamente morirme antes que arriesgarme a que algo como eso sucediera. Él con su amor me salva la vida todos los días, y eso es algo que nunca me arriesgaría a perder, porque si lo perdiera simplemente me moriría"

"A veces el camino que conduce a equivocaciones drásticas y daños irreparables está plagado de las mejores intenciones…" comienza Ana.

Pero vos la interrumpís.

Porque ya escuchaste sus motivos, sus miedos, sus razones, sus dudas, sus interrogantes, sus inquietudes, y las entendés todas; porque una mujer que ha atravesado la muerte de dos hijos, que ha tenido que irse de su país a uno extranjero para estar con la persona que ama (implicando ello perder sus costumbres para tener que convivir en un contexto donde reinan otras distintas), una persona que ha luchado toda la vida, es natural que se comporte como ella se comporta, es natural que proteja a sus hijos, es natural que esté dispuesta a todo por ellos, es natural que sólo quiera lo mejor para ellos (y a veces, como en este caso, uno piensa que lo mejor está en ciertas cosas, cuando la realidad es que lo mejor dista de parecerse a ellas: Ana cree que lo mejor para Tony sería una chica latina, con sus mismas tradiciones, genes y orígenes, pero Tony sin embargo piensa que lo mejor que hay en su vida sos vos), pero ahora es tiempo de que ella te escuche.

Porque si el camino que conduce a equivocaciones drásticas y daños irreparables está plagado de buenas intenciones, las buenas intenciones de las que estaría plagado el camino que conduciría a una equivocación drástica o daño reparable que afectara a Tony serían puramente suyas, por insistir en cegarse, en no querer ver, en no querer entender, en no querer confiar en que cuando su hijo te eligió, eligió con el corazón, y que su corazón no se equivocó, y que sólo él – y no ella – puede saber con quién quiere pasar el resto de su existencia, dejando de lado cualquier pretensión, exigencia, estereotipo o expectativa.

"Solamente lo dejaría si él me lo pidiera, si me dijera que ya no lo hago feliz"

¿Acaso hay algo así como un dejo de desafío mezclándose con la emoción que te embarga? ¿Acaso es tu manera de decirle que nada va a alejarte de Tony, ni siquiera ella?

"Solamente lo dejaría si su hijo me mirara a los ojos y me dijera que sobro en su vida, eso es lo único que me obligaría a dejarlo. Solamente lo dejaría si él me jurara que sin mí sería más feliz. En ese caso, me iría para siempre sin pensarlo dos veces, aunque se me rompiera el corazón en mil pedazos y acabara muriéndome de dolor, literalmente" se te contrae el estómago en un puño de solo pensarlo "Mientras Tony me ame, mientras él quiera cuidarme y estar conmigo, mientras él me jure todos los días que me necesita y que lo hago feliz, a mi jamás se me cruzaría por la cabeza dejarlo. Yo no voy a hacerle daño" repetís, casi en un murmullo desesperado "Sólo quiero cuidarlo, dedicar mi vida a cuidarlo como él me cuida a mí"

Ana guarda silencio, y por primera vez las expresiones en el rostro de la mujer muestran que lo que le has dicho ha surtido cierto efecto, que ha sido sacudida por ello. Es un silencio distinto a cualquier otro de los que han caído entre ustedes durante el tiempo que llevaban sentadas a la mesa tomando sus sendas tazas de té. Es un silencio que puede sentirse en la piel, es un silencio que pareciera abrazarte desde adentro en lugar de rodearte desde afuera. Tu alma tiembla ligeramente porque acabás de volcar los sentimientos más profundos y puros que alguna vez sentiste; son sentimientos tan puros, tan profundos y tan íntimos que te sorprende haber podido verbalizarlos ante otra persona que no sea aquella que los despierta en vos.

Un trueno se escucha a lo lejos, y la tormenta se desata con una cólera aún mayor.

"Michelle…" comienza Ana luego de un minuto que pareció eterno; es como si estuviera saliendo de un trance, o como si se hubiera tomado ese pequeño espacio de tiempo para pensar en que lo dijiste, analizarlo, escoger cuidadosamente las palabras a usar, medirlas, procesarlas, antes de que se deslicen por entre sus labios.

Su tono es determinado, mucho más firme, pero no eleva la voz: sigue siendo un susurro dulce, casi maternal, empalagado de miel, pero de todos modos a vos te sabe amago. No es con compasión o comprensión que te habla, es como si estuviera preparándose para dar el punto final a una discusión larga, como si estuviera a punto de dictar una sentencia para la cual no puede presentarse apelación alguna.

"No sé cuáles circunstancias tuviste que afrontar durante tus escasos veinticuatro años de vida, pero es evidente que has pasado por mucho: por eso aparentás más edad, por eso tenés las marcas de quien ha sufrido realmente. Son las mismas marcas que tengo yo, las mismas marcas que tenemos muchos seres humanos. El dolor trae madurez y sabiduría, y a medida que pasa el tiempo, esa madurez y sabiduría se fermentan; pero el dolor también trae otras consecuencias, como los miedos y las inseguridades"

Parecen líneas sacadas del diálogo maternal de un libro de Danielle Steel, o de un guión de una película con Julia Roberts y Dakota Fanning, o al menos a eso se asemejarían las palabras si cualquier persona simplemente las leyera, sin tener conocimiento de la persona que las dice o de la situación, el contexto en que son dichas. Pero esto dista de ser una charla maternal: Ana no está hablándote desde su experiencia para que entiendas que a veces hay que pasar por situaciones difíciles, pero que de ellas siempre se obtiene sabiduría y madurez, y que hay que aprender a lidiar con los miedos e inseguridades que quedan como consecuencias. Esto que está diciendo, no es más que el prólogo de algo que – presentís por la forma en que tu estómago se retuerce y la acidez te quema – no te va a gustar.

Siempre que alguien está a punto de decirte algo devastador, demoledor, algo puntiagudo como un simple alfiler y capaz de pinchar ese globo enorme inflado con ilusiones y esperanzas, podés sentirlo: tu estómago se estruja como si un puño estuviera agarrándolo y haciéndolo un bollito como si fuera una hoja de papel vieja e inservible, se forma en tu garganta una desagradable sensación de acidez parecida a aquella que precede a las náuseas, luego llegan las náuseas… Sos una persona intuitiva, y tanto los entrenamientos que has recibido para poder ser eficiente en tu trabajo como la experiencia de primera mano que ha venido con cada situación que te tocó afrontar, esa intuición se desarrolló muchísimo más. La forma en que tus músculos se han tensado, indica claramente que tu cuerpo presiente que el lugar al que se dirige lo que Ana está diciendo no es uno precisamente agradable.

"Comprenderás que los miedos que tengo yo como madre son naturales, y que el instinto de proteger a mis hijos es más fuerte que cualquier otra cosa, es algo que tengo latente dentro de mí y que no se puede controlar" asentís con la cabeza lentamente, de forma automática.

Tu instinto también es incontrolable, y está gritándote a través de cada nervio de tu cuerpo que te prepares para que te acuchillen en el corazón, casi como si Ana hubiera sacado una daga y estuviera blandiéndola sobre vos, lista para clavártela tan profundo como posible.

"También espero que comprendas lo siguiente: indiscutiblemente, una madre es quien mejor conoce a sus hijos, y ninguna otra persona llega a conocerlos tan bien como una madre. Una mujer puede decir amar mucho a un hombre, pero nunca va a llegar a conocerlo como su madre lo conoce"

Definitivamente estás en desacuerdo con eso. No podrías estar más en desacuerdo con eso, en realidad, pero no podés decírselo. Si fueras menos tímida, menos vergonzosa y tuvieras lo que se requiere para comportarse de forma muchísimo más lasciva cual nuera determinada a poner la bandera de guerra en territorio de su suegra, le dirías lo siguiente en respuesta a lo que ella acaba de decir: que ella no conoce a su hijo, porque si realmente lo conociera, sabría que él no se cuestionaría la diferencia de edad entre ustedes dos como un problema, sabría que a él no le importaría el origen o la herencia genética de una mujer, sabría que él escucha a su corazón más que a la razón, sabría que él estaría dispuesto a defenderte de ella si intentara atacarte (no físicamente, claro que no: son los ataques verbales, al parecer – pasivos y cubiertos con miel para que parezcan dulces e inofensivos – en los que se especializa Ana Almeida), sabría que él te ama de verdad con todo lo que tiene y todo lo que es.

"No entiendo qué es lo que quiere decir, señora Almeida…" comenzás, pero ella te interrumpe.

"Michelle, parecés una buena chica. De todo corazón, estoy segura de que sos una buena persona"

Debería aliviarte eso, ¿no? Si está diciéndote que está segura de que sos una buena persona, entonces eso significa que ha entendido que no sos una arpía psicópata y loca como Nina…

Sin embargo no es alivio lo que sentís: el nudo en el estómago se vuelve más tenso, y por la garganta te sube y baja esa conocida sensación acida. El puñal aún ni siquiera te ha rasgado, pero probablemente no falte mucho para que te quedes sin aire y te parta al medio el dolor, un dolor mucho más profundo y mucho más terrible que cualquier otro dolor físico, incluso mucho más insoportable que el dolor físico que significaría que te clavaran un puñal de verdad.

"También creo que sos una jovencita brillante; después de todo, si trabajás con mi hijo, eso quiere decir que debés ser tan inteligente como él, o de otro modo no hubieran puesto a tu cargo la seguridad de los habitantes de una ciudad como Los Angeles. Nina también era inteligente" agrega luego; tratás de ignorar el comentario filoso "Era una zorra, pero era inteligente. Por eso voy a apelar a tus capacidades de raciocino, Michelle" te sentís como una nena tonta de diez años a la que están tratando de hacer razonar para que entienda que tiene que dejar de hacer caprichos "Dijiste que solamente dejarías a mi hijo por su propio bien, que solamente lo dejarías si él te mirara a los ojos y te dijera que ya no lo hacés feliz" la sola mención de eso provoca que se te forme un nudo en la garganta, el nudo más apretado que recordás haber tenido alguna vez.

Y lo que te dice Ana a continuación surte en vos el mismo efecto que hubiera tenido un baldazo de agua fría, una bofetada que te dé vuelta la cara, un puñetazo en el estómago, o incluso una cuchillada de verdad. Te corta el aire, te desgarra, te deshace, te deja partida al medio. No porque creas que la hipótesis que ella presenta pueda alguna vez volverse realidad, si no porque hace que te des cuenta que la madre del hombre al que amás con locura y con el que vas a pasar lo que te quede de vida, probablemente nunca te acepte, probablemente nunca te quiera. Probaste que sos una buena persona, se dio cuenta que obviamente no sos Nina, también debe haberse percatado de que es verdad que estás loca de amor por Tony y que nada puede hacerse para que no lo ames cada día más que el anterior, pero eso no alcanza, no es suficiente para que se resigne.

Lo que te dice es eso: la prueba de que no va a resignarse, de que va a abrazarse tan fuerte como pueda, sujetarse con uñas y dientes, a la idea de que Tony y vos no van a tener un final feliz juntos, y de que vos vas a ser una más en su lista, una más pero no la última y definitiva, no su verdadero amor.

"¿No se te ocurrió, Michelle, que quizá llegue ese día? ¿No se te ocurre pensar en la posibilidad de que mi hijo podría darse cuenta que un hombre como él merece estar con una mujer de su mismo origen, de su misma edad, una mujer que no guarde vínculos con el mundo trágico y manchado de sangre inocente en el que él tiene que actuar todos los días para cumplir con su juramento de defender a este país?"

Respirás hondo. No voy a llorar te repetís a vos misma, una y otra vez, pero esa vocecita que dentro de tu cabeza trata de darte coraje para que los ojos no se te llenen de lágrimas y sucumbas al llanto, se vuelve cada vez más y más efímera, o quizá sigue estando ahí con la misma firmeza, pero tus oídos son sordos a ella, y apenas si la perciben como un eco, como un ruido seco, como ruido de fondo.

No voy a llorar, no voy a llorar, no voy a llorar. De nada sirven esas voces que tratan de calmarte, porque dentro de vos hay un torbellino fuera de control, que te entumece completamente como si te hubieran sacado la sensibilidad, pero que probablemente al perder efecto te deje adolorida y hecha pedazos.

¿Por qué prefiere mentirse a sí misma insistiendo con que Tony podría un día darse cuenta que merece algo mucho más digno de él, en lugar de comprender que su hijo te ama?

¿Tan terrible es para ella que su hijo se haya enamorado de una mujer diferente a la que tenía en mente para nuera y madre de sus futuros nietos?

¿Tan horrible es que no haya elegido a una latina que aspire a ser ama de casa o doctora o maestra?

¿Tan cegada puede estar?

¿Por qué tiene que rechazarte? Ya sufriste tanto rechazo en la vida: en la escuela porque los nenes y nenas eran todos irlandeses, rubiecitos, de ojos azules y piel blanca como la leche, padres adinerados y madres sobrias que se pasaban el día entero mimándolos; en la secundaria porque eras dos años más chica que todos, ibas al Club de Ajedrez, te gustaban las ciencias, te iba bien en Matemática y no te gustaba ir de fiesta o tomar alcohol; en la universidad también eras más chica que todos, y tampoco tuviste muchos amigos: la mayoría sólo se acercaba para pedirte ayuda con sus trabajos y proyectos, y una vez que te utilizaban te dejaban de lado; cuando trabajabas en División, te hiciste amiga de Carrie, pero ella también terminó rechazándote cuando ya no le serviste más y se aburrió de fingir que le caías bien. Ahora la mujer que le dio la vida al hombre que amás te rechaza. ¿Por qué? ¿Acaso es tu karma sufrir el abandono y el rechazo?

Vas a estar bien mientras él nunca te abandone o rechace, y sabés que – aunque ella guarde esperanzas de que eso suceda -, Tony nunca te abandonaría o rechazaría, jamás.

De ese pensamiento tenés que agarrarte. A eso tenés que aferrarte, para mantenerte cuerda, para no caer presa de las ganas de liberar la angustia en forma de llanto, para no explotar.

Te tiembla la voz cuando finalmente lográs hilar un par de palabras juntas y formar una oración:

"No" exhalás; tenés la boca seca, a pesar de que tomaste dos tazas de té con miel. Retomás con firmeza "No, nunca se me ocurriría que Tony pudiera encontrar en esos motivos fundamentos para quererme fuera de su vida"

"Michelle" vuelve a utilizar ese tono símil comprensivo y maternal ", mi hijo es un hombre diez años mayor que vos. Para empezar, aunque ustedes dos estén obnubilados y crean que no, ésa es una gran diferencia, y tarde o temprano va a notarse y va a traerles problemas. Luego, él fue criado con otras costumbres, con otras tradiciones, con otros valores, por una familia de latinos. Tu cultura debe ser muy rica, pero es diferente a la nuestra. Él fue criado para algo distinto. Su padre y yo no estamos de acuerdo con el trabajo al que eligió dedicarse, pero lo respetamos porque Tony no nos dejó otra opción"

¿Entonces por qué no respetan su decisión de querer estar con vos? una voz dentro de tu cabeza grita en un arrebato de furia.

"No es para lo que lo educamos, pero no pudimos hacer nada para evitar que siguiera ese camino. No cambió de idea, su resolución fue inamovible" larga un suspiro "Pero creo que él va a darse cuenta que en este caso se equivocaría también si decidiera seguir con vos" lo dice con absoluta naturalidad, como si estuviera comentando que la lluvia va a seguir por unos días más y que probablemente sus nietos tengan que quedarse jugando adentro porque el jardín va a estar embarrado y sucio.

¿Acaso no se da cuenta que sus palabras te lastiman muchísimo?

¿Acaso no ve los esfuerzos que estás haciendo por no desmoronarte después del fin de semana angustioso que estás viviendo?

¿Acaso tiene que decirte estas cosas?

"Sos una chica muy dulce, Michelle"

¿Piensa que eso es un consuelo?, ¿piensa que diciéndote que sos una jovencita encantadora va a aliviar algo del daño que te hacen sus frases?

"Pronto vas a encontrar a alguien de tu edad, de tu raza, con quien formar una familia que respete las costumbres y tradiciones en las que fuiste educada, alguien con tus mismos intereses y aspiraciones, así como Tony va a encontrar a alguien de su edad, de su raza, que haya sido criada con nuestras tradiciones y costumbres, que tenga las aspiraciones y llene las expectativas de la clase de mujer que mi hijo merece tener por esposa" el entumecimiento que sentís es tal que es como si no estuvieras ahí, porque ya no podés sentir tu cuerpo: solamente sentís tu corazón y tu alma resquebrajándose "Lo que ustedes llaman amor" chasquea la lengua en señal de comprensión "en realidad no lo es. Amor es lo que se siente cuando dos personas están hechas la una para la otra, y Tony y vos claramente no lo están, querida. Quizá en su ilusión los dos piensen que sí, pero mi hijo es un hombre inteligente y pronto va a darse cuenta que no se aman, que no es con vos con quien debe casarse y tener hijos. Las ilusiones son tan efímeras… Se desvanecen cuando uno menos lo piensa, parecen sólidas pero distan de serlo. Yo soy su madre, sé para lo que lo crié, y no quiero ofenderte, pero honestamente no lo crié para que acabara con alguien como vos, y él lo sabe. Tony sabe lo que se espera de él, y cuando esta ilusión se evapore, entonces va a ver que con vos no podría llegar a nada, así como vas a ver que tampoco podrías llegar a cubrir las expectativas que tu familia seguramente tiene puestas en vos si insistieras con que estás enamorada de él. Está en el mejor interés de los dos seguir caminos separados. Sé que tu madre pensaría lo mismo si lo hablaras con ella"

Estás a punto de estallar, estás a punto de romperte, estás a punto de quebrarte. Estás a punto de llegar al máximo de tus capacidades para aguantar pasivamente mientras te desmenuzan sin piedad alguna y fingiendo dulzura y amabilidad, tratando de disimular el gusto de lo amargo con miel.

Estás a punto de gritarle que a vos no te importa que los dos tengan familias que creen (o en tu caso, que creyeron) en culturas, tradiciones y costumbres distintas, que no te importa que el color de su piel sea más oscuro y que el color de tu piel sea amarillento, que no te importa que tus ojos sean distintos a los suyos, que no te importa que los dos hayan aprendido idiomas diferentes desde la cuna, porque los dos son seres humanos, porque los dos se aman, y porque pase lo que pase, contra viento y marea, van a seguir juntos hasta el final, aunque intenten separarlos, aunque quieran convencerlo a él de que vos no le convenís, de que merece algo mejor.

Estás a punto de gritarle que no podés saber lo que tu mamá pensaría de Tony, porque no tenés mamá. Tu mamá te abandonó. Tu mamá era una alcohólica, bipolar, enferma de depresión, que sufrió abusos físicos y sexuales desde chiquita, que vivió en la calle y tuvo que prostituirse para sobrevivir, que quedó embarazada a los cinco años, que fue adicta a las drogas, que no tenía futuro alguno hasta que conoció a tu papá y él la salvó de lo que seguramente hubiera sido un destino horrible, pero cuando él es murió volvió a caer en las adicciones, se descuidó, te descuidó a vos, y si no hubieras tenido a tu abuela para que se ocupara de cuidarte, entonces habrías terminado a cargo de una asistente social, o en hogares adoptivos temporales, o tu mamá te hubiera dejado en la puerta de una iglesia o de un orfanato. No sabés qué te diría tu mamá sobre Tony, no sabés qué opinión tendría, porque se fue cuando tenías diez años, prometiéndote regresar, prometiéndote curarse para poder su una madre mejor, cuando en realidad no estaba haciendo más que mentirte, cuando en realidad no estaba haciendo más que irse para no volver a mirar atrás. Estás a punto de gritarle que a diferencia de Tony vos no tenés una mamá que te quiera y te proteja, que toda la familia que tenés es un hermano con demasiados problemas como para poder escucharte o como para que puedas compartir tus cosas con él. Estás a punto de gritarle que la única que alguna vez tuvo puestas en vos expectativas fue tu abuela, pero que a ella también la perdiste. Estás a punto de gritarle que no tenés memoria de tu papá porque falleció cuando eras una beba de once meses, por lo que tampoco podrías saber qué hubiera esperado él de vos.

Estás a punto de gritarle que no tiene derecho a creer conocer a su hijo y sus sentimientos, a juzgar el amor de ustedes y catalogarlo de ilusión. ¿Cómo puede saber ella lo que Tony siente? ¿Cómo se atreve a decir que no son el uno para el otro y que lo que los domina no es amor, simplemente porque son distintos?

Estás a punto de entrar en ebullición, cuando la puerta de la cocina se abre.

Tu reacción y la de Ana son instintivas, y lo primero que hacen es dirigir la vista a la persona que acaba de interrumpir – sin saberlo – lo que podría haber acabado siendo una discusión envolviéndote a vos llorando desesperada, en un mar de lágrimas e histeria, y a su madre tratando de calmarte con su falso gesto maternal, repitiéndote que pronto Tony va a darse cuenta de que vos no sos el amor de su vida, y que cuando ese día llegue será lo mejor para todos.

Las dos observan al hombre que se encuentra en el marco de la puerta, cuya figura tirita de frío; sus rodillas dan la impresión de estar hechas de gelatina, y parece que en cualquier momento podrían dejar de sostener el peso de su cuerpo. Su aspecto no luce mucho mejor de lo que lucía hace un par de horas cuando se quedó dormido en tus brazos, a decir verdad: está tan molido como en el día de ayer, sus ojos están hinchados y rojos, como si hubiera estado llorando, tiene el rostro empapado, y sus ropas también lo están. Es evidente que acaba de despertar de una horrible pesadilla, porque se nota a la legua que está agitado, aterrado, desorientado y aturdido. Sus ojos buscan los tuyos desesperados, y aunque ellos no han dejado de mirarlo ni un segundo con dulzura, adoración y preocupación, están sus órbitas tan fuera de foco que probablemente no logre ver más que manchas borrosas.

Ana reacciona al ver a su hijo destruido, demolido, desmoronándose en la puerta de la cocina, a escasos metros de donde ustedes están. Se pone de pie como si su asiento hubiera tenido un resorte a propulsión.

"Hijo" lo llama con dulzura; entendés esa palabra, es de las más básicas. Pero no entendés lo que sigue "Hijo, ¿qué pasa? ¿Te sentís bien?"

Pero él no contesta. Es como si no la viera, como si no existiera, como si no fuera más que una forma o una figura sin significado, un mueble, algo que no tiene importancia, como si sus oídos estuvieran cerrados a cualquier sonido ajeno a aquel que reina en sus pensamientos, sea éste cual sea. Su mirada finalmente te encuentra, y su rostro se ilumina al notar tu presencia.

"Michelle…" de pie en el rellano susurra tu nombre, y su voz quebrada suena débil, temblorosa, angustiada.

Sin hacer caso a su madre, vas directo a sus brazos – conteniéndote para no correr, porque quedaría ridículo que corrieras para acortar la distancia de escasos metros entre ambos -, preguntándote por qué no fuiste a abrazarlo dos segundos atrás cuando la puerta se abrió y él entró.

Te toma de la mano y te empuja levemente hacia delante, con toda la suavidad del mundo, hasta que tu cuerpo y su cuerpo quedan pegados. Sus brazos se envuelven alrededor de tu cintura, y te estrecha de tal manera que podés sentir sus palpitaciones contra las tuyas, su respiración acariciando tu oído, su llanto llenando el ambiente, el olor a lluvia mezclándose con su perfume. Vos lo estrechás a él, queriendo decirle sin hablar que lo necesitás más que nunca, que jamás lo dejarías, que nada va a separarlos, que sabés que él nunca te abandonaría, que estás dispuesta a luchar hasta el final para poder escribir un 'vivieron felices para siempre'.

Sentís una punzada en el estómago, pero la ignorás. Levantarte de golpe te produjo un pequeño mareo, pero también ignorás eso. Ana sigue de pie junto a la silla, inmóvil como una estatua, pero también a ella la ignoran: él porque probablemente ni siquiera se haya dado cuenta de la presencia de su madre, porque probablemente sus ojos están cegados a la presencia de cualquier otro ser humano que no seas vos, porque probablemente sus oídos están cerrados a cualquier otro sonido que no sea el de tu voz; y vos, porque honestamente ya no te interesa lo que ella tenga para decir, para opinar, o para pensar: si ya ha dejado en claro que no va a aceptarte, aun cuando prácticamente abriste tu corazón para mostrarle que sos una buena persona y que amás a su hijo, entonces ya no tenés nada que probar ni nada que hacer.

"Tuve una pesadilla" Tony murmura en tu oído, como si estuviera contándote un secreto, algo que quiere que sólo sepas vos, algo que nunca le contaría a nadie más.

Instintivamente lo estrechás con toda la fuerza que tú pequeño, cansado, frágil y adolorido cuerpo es capaz de juntar, y te reprendés a vos misma por haberlo dejado solo. Es absurdo, porque en su momento repasaste todas las opciones con las que contabas, y la mejor era la de bajar a la cocina, servirte un vaso de agua para tomar el analgésico y así deshacerte de los dolores de estómago y las náuseas; tu intención era regresar enseguida a sus brazos, quedarte ahí viéndolo dormir, vigilando para que ninguna pesadilla turbe su descanso, mimándolo mientras su rostro sigue mostrando la misma tranquilidad y paz que mostraba cuando a las cinco de la madrugada despertaste luego de tener ese sueño horrible en el que te ahogabas tratando de llegar a él. Si su madre no hubiera estado en la cocina preparando té, si no te hubiera invitado a sentarte a tomar una taza con ella para 'conversar sobre un par de cosas', podrías haber vuelto enseguida a la habitación, podrías haber evitado que tuviera pesadillas, podrías haberlo despertado antes de que acabara bañado en lágrimas y empapado en sudor, con los ojos hinchados, angustiado y con el corazón latiendo desaforado contra su pecho.

"Shhh, está todo bien" lo tranquilizás en voz baja, acariciando su cabeza y su espalda para calmarlo.

Esconde su rostro en el hueco entre tu hombro y tu cuello, buscando tranquilizarse. Su voz suena áspera y ronca, pero la atención que estás prestando a cada cosa que dice, a cada respiro que da, a cada latido de su corazón, es tan desmesurada que entendés cada palabra, incluso si su boca contra tu piel las sofoca un poco:

"No recuerdo que soñé, pero me desperté agitado" toma una bocanada de aire con visible esfuerzo; tus manos siguen recorriendo su espalda, seguís arrullándolo para que se calme "Te busqué... Te busqué y no estabas, estaba solo… Fue como si hubiera vuelto en el tiempo, después de… después de lo que pasó con Nina... Te busqué y no estabas" cuando repite eso, una punzada de dolor que no tiene que ver con lo físico, si no con lo emocional, te parte al medio: vos le prometiste cuidarlo, quedarte con él, pero cuando él despertó vos no estabas ahí "… Entonces pensé que todo había sido un sueño, un sueño dentro de una pesadilla… Que no eras real, que te había soñado… Me sentí como si… como si hubiera retrocedido casi dos años en el tiempo, y por un momento pensé que era… que era el día después de la noche en que llegue a casa de mis padres luego de que… de que Nina…"

Toma aire, y notás que trata de continuar, pero no puede. No hace falta que continúe, porque lo entendiste: se despertó luego de una pesadilla, probablemente una pesadilla tan angustiosa y desesperante como la que vos tuviste anoche, una pesadilla tan angustiosa y tan desesperante como las que él solía tener cuando aún luchaba por recuperarse luego del fuerte golpe que significó todo lo que pasó cuando Teri Bauer fue asesinada bajo sus narices en un cuarto de la CTU. Te buscó, porque recordaba haberse quedado dormido con vos en sus brazos, pero no estabas: habías desaparecido. Y en su desconcierto, en su zozobra, en su ansiedad, su mente aún adormecida, confundida y estresada luego de las últimas horas, lo desconcertó hasta llevarlo al punto tal que durante minutos enteros creyó estar en una mañana ocurrida casi dos años atrás, cuando él estaba destruido y derrumbado tratando de volver a ponerse en pie solo luego de que Nina le clavara un puñal envenenado en la espalda. Pensó que todo había sido un sueño, que no eras real, que habías sido producto de su imaginación, parte de una de esas fantasías que ocurren cuando uno duerme profundamente, esas fantasías que parecen verdaderas y que al despertar te dejan con un agujero en el corazón y una horrible sensación de vacío.

No querés imaginarte cómo te sentirías vos si despertaras una mañana agitada luego de una pesadilla, y al buscarlo a él descubrieras que nunca fue real, que fue sólo una fantasía, que fue otro sueño, un sueño más, uno de esos sueños que parecen verdaderos pero no lo son, que nunca existió más que en tu mente y en tus deseos, que estás tan sola y tan rota como lo estabas el día anterior, tan abandonada y tan carente de amor como lo estabas la noche previa al quedarte dormida llorando y abrazando a la almohada. Te sentirías devastada, triste, hecha pedazos. En realidad, no se te ocurre manera de describir como te sentirías si por tan solo una fracción de milisegundo algo te llevara a creer que él no está en tu vida, que él no está ahí para secar tus lágrimas, consolarte, escucharte, calmarte y hacerte feliz.

"Shhh" lo arrullás, frotando su espalda y su cabeza, como si pensaras que ese simple movimiento de tus manos contra su cuerpo va a servir para quitar de algún modo la angustia, la desesperación, no sólo de él si no también la tuya, porque vos también estás angustiada "Shhh, fue solamente un sueño. Fue solamente un sueño" repetís esa frase varias veces "Estoy acá con vos y no voy a irme a ninguna parte" le asegurás con voz dulce "Te lo prometo"

Pasado un minuto, durante el cual no hacés más que abrazarlo y tratar de ayudarlo a respirar tan acompasadamente como posible, levanta la cabeza y deja que sus ojos encuentren los tuyos: podés verte reflejada en ellos, podés ver reflejado tu desgaste físico y emocional, tu cansancio. Ayer fue uno de los días más largos de tu vida, y el de hoy no promete ser mejor, porque estás segura que los minutos van a pasar como si fueran de plomo, como si cada uno tuviera el peso de un siglo entero; cada segundo en esta casa pareciera volverse largo, los relojes se detienen dentro de estas paredes, y el tiempo se queda congelado, suspendido en el aire. En sus ojos ves lo mismo que muestran los tuyos: el dolor sigue presente, la culpa sigue presente, todas esas emociones crudas y mezcladas que lo agobian y abruman no se han ido, y él también sabe que este domingo va a costarles esfuerzo y más lágrimas; sin embargo está más calmado, algo de alivio está naciendo, y confiás en que poco a poco las heridas van a cerrarse y comenzarán el proceso de sanación.

Acunás su rostro con tus manos, que están frías como el hielo pero se entibiecen en cuanto entran en contacto con el calor de su piel. La yema de tu dedo índice acaricia sus labios despacio, muy suave y muy lentamente.

"Bebé, está todo bien" repetís en un susurro cargado de dulzura, tanta dulzura que el sabor amargo que te ha dejado la conversación con Ana desaparece cuando te invade el amor que sentís por él, ese amor que te consume, ese amor que está en todo lo que hacés, todo lo que decís, el aire que respirás, la sangre que corre por tus venas alimentando tu corazón "Está todo bien" murmurás una vez más, presionando tus labios contra la comisura de los suyos y cerrando los ojos al tiempo que mecés su cuerpo despacio de un lado al otro, apenas perceptiblemente, para sosegarlo "Estoy acá, y no voy a irme nunca"

Está a punto de estrellar su boca contra la tuya. Te podés dar cuenta de sus intenciones por la forma en que le brillan los ojos y el deseo con que te está mirando: quiere besarte para asegurarse de que sos real, de que existís, de que no sos un sueño o un espejismo, de que despertó de la pesadilla y está en un presente del que vos sos partes y no en un pasado teñido de negro en el que vos no estabas para consolarlo y curarlo. Vos también te morís por besarlo, y si estuvieran a solas te dejarías llevar por ese deseo. Pero aunque con sus brazos rodeándote y su respiración mezclándose con tu respiración sientas que el mundo se ha detenido, que el tiempo se derritió y que son los únicos dos seres sobre el planeta, lo cierto es que su madre sigue estando a escasos pasos de distancia (y a pesar de que no tenés ojos en la espalda, estás segurísima de que por su rostro debe estar cruzando una mueca de disconformidad y disgusto producto de la vergüenza que debe sentir al ver a su hijo abrazando a una mujer de ascendencia asiática).

Frenás el beso reposando tu índice sobre sus labios para impedir que toquen los tuyos, al tiempo que su madre carraspea, para que su hijo note su presencia en la cocina.

Tony reacciona al carraspeo mirando por sobre tu hombro, y en su rostro manchado con los restos de las lágrimas lloradas se forma un gesto de sorpresa al ver a su madre. Te das la vuelta para observar que la mujer está con los brazos cruzados y expresión entre preocupada por su hijo y enfado bien disimulado por la forma en que se perdió en vos ignorando al resto del Universo.

"Mamá, no vi que estabas acá" se disculpa enseguida, con voz queda y cansina, sin dejar de aferrarse a tu cintura, como si temiera que desaparezcas o que te esfumes en el aire si deja de tocarte, como cerciorándose de que no sos una idea creada por su imaginación.

"¿Te sentís bien, hijo?" se acerca a él y posa una de sus manos sobre la frente de Tony, para tomarle la temperatura "Lucís afiebrado, voy a ir a buscar el termómetro"

Él la frena con respeto y con dulzura, un respeto y una dulzura que hacen que te enorgullezcas, porque a pesar de que tiene una madre que pretende que sus expectativas y pretensiones sean cumplidas, a pesar de que tiene una madre exigente, él ve más allá de ello y valora todos los sacrificios que esa mujer ha hecho por su familia (que sabés que son muchos; podrá tener errores, que es evidente que los tiene desde el punto en que no concibe la idea de que su hijo se enamore de una mujer que no sea latina, pero es obvio que Ana Almeida con defectos y con todo es la mejor madre que puede ser).

"Estoy bien, mamá. Sólo tuve una pesadilla" su mirada se desvía al suelo, y se pone rojo de vergüenza antes de admitir "Necesitaba a Michelle para calmarme" te estrecha más contra su cuerpo "Ahora ya estoy bien"

Y claro, ese comentario de que te necesitaba a vos para calmarse, a Ana le cae como un baldazo de agua helada, o como una bofetada, o como un puñetazo directo en el medio del estómago, porque sacude de arriba abajo su teoría de que Tony no te ama, de que va a darse cuenta tarde o temprano de que merece algo mejor, que lo de ustedes no es amor, que ya cada uno va a encontrar a alguien con culturas y costumbres similares y en el mismo rango de edad, que él va a acabar comprendiendo que fue educado para cumplir con ciertas normas internas de su familia. Te lo dijo hace minutos, escasos segundos antes de que Tony las interrumpiera sin saber lo que estaba interrumpiendo, y ahora su propio hijo está haciendo que empiece a tragarse las palabras una por una.

En el fondo te da pena, por supuesto, que su madre piense lo que piensa, que esté así de confundida, que crea que lo mejor para su hijo es una cosa y en esa creencia ignore que él ya eligió algo que nadie más puede instruirle en cómo elegir, porque a nadie debería decírsele a quién amar. No la odiás, porque crió al hombre más maravilloso del mundo (que aunque le pese, terminó siendo tuyo), y porque sabés que a él lo destrozaría que guardaras esa clase de rencor contra su mamá. Por eso no vas a contarle nada, absolutamente nada, ni una palabra de lo que conversaron, de lo que te dijo: sería ponerlo entre la espada y la pared, y no te permitirías lastimarlo de ese modo. Quizá su mamá esté lo suficientemente cegada como para no ver que le va a causar un daño, pero vos no lo estás.

"¿Querés una taza de té, Anthony?" Ana ofrece, gesticulando hacia la tetera, que aún sigue medio llena sobre la mesa, junto a las dos tazas "Vas a sentirte mejor si tomás algo caliente"

"No, mamá, estoy bien" repite nuevamente, rechazando el ofrecimiento con un gesto de la mano. Luce distante, apagado, y conociéndolo como conocés, estás segura que no quiere más que volver a la cama y seguir durmiendo tanto como sea posible, incluso si el reloj ya da casi las seis de la mañana con diez minutos, lo cual significa que dentro de cincuenta la casa entera va a ponerse en movimiento "Necesito volver a la cama y descansar un ratito más antes de… Bueno, antes de que sea hora de empezar a prepararnos" se excusa.

Su madre vacila un segundo antes de depositar un beso sobre su frente. En su castellano perfecto le dice, con un aire de decepción y desilusión:

"Antes nunca hubieras dicho que no a compartir una taza de té conmigo"

A lo que sea que Ana haya dicho, él contesta:

"Tengo muchas cosas lindas para contarte" está haciendo una obvia referencia a vos, por supuesto "y me encantaría compartirlas con vos tomando una taza de té más tarde"

"Definitivamente cuando sea posible tu padre, vos y yo vamos a hablar de algunas cosas mientras tomamos una taza de té" es casi desafiante la forma en que se lo dice, y te encantaría saber qué significa esa frase, aunque en el fondo sabés que es evidente que está echándole bronca por algo relacionado con vos.

Con el mismo tono ronco y ahogado, él agrega:

"Quiero tratar de aclararme la cabeza un poco antes que tener que enfrentarme al funeral de la abuela" te conmueve la honestidad cruda con la que hace esa confesión, e instintivamente tomás su mano entre la tuya, entrelazás sus dedos con los tuyos y frotás su espalda con la mano que te queda libre, reconfortándolo "Te prometo que vamos a tomar una taza de té cuando todo esto haya pasado, mamá"

"Está bien" esboza no muy convincentemente una sonrisa que no dura en sus labios más que medio segundo.

Si su mamá cree o no que lo que él necesita es dormir y no estar con vos a solas un ratito, eso quedará siempre como una duda, porque la expresión de su rostro es ilegible otra vez, laxa. Sus palabras son corteses y amables:

"Yo no voy a poder volver a conciliar el sueño" comienza a levantar de la mesa las tazas vacías, la tetera, el jarrito con la miel, el platito con las dos rodajitas de limón "Así que voy a lavar todo esto y a empezar a preparar el desayuno, así toman algo de café y comen unas tostadas antes de tener que empezar a vestirse. No hay nada mejor para hacer frente a un día largo y triste que un desayuno preparado con amor" agrega luego, mientras abre el grifo del lavabo y toma una pequeña esponja para lavar las tazas de porcelana.

Sus ojos y los tuyos se encuentran una última vez, apenas medio segundo antes de que Tony te guíe fuera de la cocina. Está escrito en ambas miradas lo que las dos piensan: ella te quiere fuera de la vida de su hijo porque cree que él merece algo 'mejor', y vos vas a luchar por el amor que sentís hasta morir, si es necesario, y vas a protegerlo a él para que no sufra, para que no quede entre la espada y la pared.

Sus ojos y los tuyos se encuentran, al tiempo que suena otro trueno, anunciando que la tormenta está lejos de llegar a su fin. El sabor a miel sigue en tu boca, pero te parece tan amargo… Siempre asociaste el té con una pequeña pausa, esa pequeña pausa que hay que tomarse de vez en cuando para tranquilizarse, sentir un gusto familiar y reconfortante en la boca, permitir que el calor se expanda desde la garganta al resto de tu cuerpo y te abrigue, como si estuvieran dándote un abrazo. Esta es la primera vez que una taza de té te da un gusto tan amargo, esta es la primera vez que asociás el olor a lluvia y la miel con algo tan triste como el contenido de la conversación que mantuvieron Ana y vos, en la que ella convencida te dijo que más temprano que tarde su hijo y vos tomarían caminos separados en búsqueda del destino que según ella les corresponde.

Una vez de nuevo en su cuarto, lo primero que él hace es abrazarte como si el mundo fuera a acabarse en este mismo instante y sólo pudiera salvarse aferrándose a vos con cada gramo de fuerza que le queda. De pie en medio de su habitación, que sigue a oscuras, vos también lo abrazás, enterrando tu rostro en su pecho y respirando hondo varias veces, mientras acariciás su espalda y su cabeza con tus manos.

"Cuando me desperté y no estabas… Michelle, pensé que te había soñado, y que estaba otra vez en…"

"Shhh" lo conducís hasta la cama, y los dos vuelven a recostarse sobre el edredón arrugado, tu cabeza al lado de la suya, reposando las dos sobre la misma almohada "No hace falta que digas nada más" acariciás su rostro, besás su frente, y él cierra los ojos "Fue solo una pesadilla, y cuando te despertaste estabas desorientado y te desesperaste por unos minutos, pero ya está" le hablás en voz baja y dulce para calmarlo y evitar que se altere otra vez "No soy un sueño, soy real. Los dos somos reales. Los dos seguimos acá. Todavía estamos acá"

Los números del reloj despertador muestran que son las seis de la mañana con veinte minutos. Poco más de media hora no es mucho tiempo para descansar, pero va a servirle para tranquilizarse y recomponerse.

"Todavía seguimos acá" repetís "Y vamos a estar juntos para siempre" susurrás, sin dejar de acariciarlo.

"Ya lo sé" murmura, con sus labios contra tus labios. Cuando vuelve a hablar, te das cuenta de que está haciendo un esfuerzo sobrehumano por no caer otra vez vencido por el cansancio "Michelle, si las pesadillas vuelven, ¿vas a estar para ahuyentarlas, no?" pregunta, y te recuerda tanto a un nene pequeño y asustado que te enternece en lo más hondo de tu ser.

"Sí, amor, te prometo que nunca más voy a dejar que una pesadilla te atormente"

Antes de que puedas digerir el sentimiento de culpa por haberte levantado de la cama, bajado a la cocina y dejado que su madre te convenciera de quedarte a beber esa taza de té y escuchar sus palabras cargadas de veneno, él inquiere, ya medio dormido:

"¿Qué hacías en la cocina con mi mamá?" es un interrogante movido por una curiosidad inocente y natural.

"Bajé a tomar un analgésico porque sentía nauseas" sus ojos se abren inmediatamente, incluso si siente sus párpados como de plomo, pero no dejás que te interrumpa preguntándote si estás bien, si necesitás algo, y reprochándote que no lo hayas despertado "Estoy por tener mi ciclo" explicás "Es normal que sienta náuseas y mareos; los síntomas se van si tomo un calmante. Bajé a la cocina" retomás el relato "y tu mamá estaba ahí. Me invitó a tomar una taza de té con ella" decidís concluirlo ahí, sin dar más detalles.

"Mi mamá va a terminar adorándote, Michelle, cuando le cuente que sos un ángel en mi vida" murmura, estrechándote más fuerte y enterrando su rostro en tus rulos, inhalando tu perfume "Va a entender por qué me desesperé cuando al despertar creí que el tiempo había vuelto atrás y que vos habías sido solamente un sueño…"

"Shhh" no querés que siga alimentándose de falsas esperanzas, pero tampoco podés decirle que su madre compartió su opinión con vos de que un día él va a darse cuenta de que merece algo mejor que lo que ustedes dos tienen, y que de acuerdo con su hipótesis va a salir a buscar a una buena chica latina con la cual casarse y tener hijos, que aparentemente es 'para lo que fue educado' "Dormí un ratito más" susurrás en su oído, acariciando su espalda "Yo te cuido de las pesadillas"

Sus pesadillas… ¿Se parecerán sus pesadillas a la que vos tuviste? ¿En sus pesadillas también habrá un océano separándolo a los dos, y una fuerza que lo hunde y lo ahoga cuando él trata cruzarlo a nado para llegar a tus brazos y salvarte del dolor que te causa estar lejos de él? ¿También él tendrá esa clase de pesadillas desesperantes?

Intentás empujar esa pregunta fuera de tu cabeza, intentás empujar todo fuera de tu cabeza, dejarla en blanco, pensar solo en él, concentrarse en el calor que emana de su cuerpo, en el sonido de su respiración que ya no es agitada y se ha acompasado, en los latidos de su corazón, en todas las palabras dulces que siempre te dice y que se han quedado grabadas a fuego en tu memoria.

La lluvia sigue cayendo sobre Chicago, el cielo la derrama sobre la ciudad. El sabor a té con miel, tan cargado de amargura, perdura en tu boca, y de tanto en tanto tu estómago siente una leve punzada (cortesía de tu síndrome premenstrual), pero el resto de tu anatomía se ha relajado junto a la suya. Tus ojos permanecen abiertos: amás verlo dormir, porque para vos él también es como un angelito.

El ruido de la tormenta se vuelve tan fuerte que los ecos de las palabras de Ana que quieren colarse en tu mente para invadirla y causarte daño quedan opacados por las gotas de lluvia que azotan la ciudad. Besás sus párpados, sus labios, la punta de su nariz, rozando la piel despacio para no despertarlo, y así poco a poco va desapareciendo el sabor amargo que te dejó ese té con miel y lo que se dijo mientras lo tomabas.

Cuando a las siete en punto el despertador suena, el diluvio sigue en curso cada vez más potente.

Es hora de ponerse en pie otra vez y acompañarlo por el largo y oscuro túnel que tendrá que atravesar este domingo.