ALERTA I: Este capítulo toca tema filosos, como religión, sexo, etcétera.

ALERTA II: Debido a la cantidad de cosas que tengo para estudiar, no pude revisarlo, pero tampoco quería pasar más tiempo sin postear. Sé que debe haber quedado desastrozo, así que me disculpo. Los capítulos que vengan serán mejores (eso trataré).


Sólo hay una, sólo hay una.
O tú, o ninguna.
O tú, o ninguna.
No tengo salida,
pues, detrás de ti, mi amor,
tan sólo hay bruma.

El clima de ese domingo de principios de Noviembre reflejaba exactamente la tristeza y la angustia que dominaba tu estado de ánimo en el momento en que el despertador rompió el silencio cuando el reloj marcó las siete de la mañana.

Ciertos detalles nunca vas a poder olvidarlos, mientras que algunos otros ya se te han borrado de la memoria menos de cuarenta y ocho horas después, como si nunca hubieran sucedido, o como si hubieran pertenecido a otra vida, o a la vida de alguien más.

Hubo momentos que viviste y recordás en cámara lenta, porque en el instante en que ocurrían sentías que el mundo se movía más despacio, que la luz y el sonido viajaban a otra velocidad, que tu cuerpo era de plomo; hubo intervalos en los que todo sucedía demasiado rápido, por lo que guardás en tu cabeza imágenes difusas, mezcladas, confusas.

Se dijeron palabras que en tus oídos no cayeron porque estaban sordos, pero en raptos de lucidez captaste algunas otras que tuvieron en vos impacto sólo comparable con el de un camión al impactar de lleno contra otro, o el de una bala al atravesar el corazón sin dejar más rastro que el orificio por el que entró y salió en tan solo una milésima de segundo. Mantuviste una conversación breve con Martina durante la cual casi podría decirse que actuaste como un ser humano medianamente funcional, pero luego volviste a retraerte, a caer en ese pozo sin fondo que es el oscuro dolor.

Lágrimas cayeron, pero no de tus ojos. Sollozos perforaron el aire, pero no salieron de tu boca. Estabas preso de un entumecimiento general, todos tus sentidos estaban adormecidos, y funcionabas apenas lo suficiente para saludar robótica y automáticamente a aquellos que se acercaran con sus condolencias.

Durante el desayuno apenas habías emitido sonido alguno. Todos estaban callados, a decir verdad, y fueron cruzadas las palabras mínimas e indispensables. Tus sobrinos parecían entender la gravedad del asunto, y permanecieron en silencio mientras tu mamá les servía tostadas con manteca, café con leche y tazones con avena o cereal. Lo más lindo de esas horas grises, opacas y apagadas previas a dejar la casa de tus padres y dirigirse a la iglesia fue ver a Michelle y a Lara interactuar otra vez: tu sobrinita corrió a abrazarla en cuanto la vio, se sentó en su regazo y compartieron juntas dos tostadas. Sonreíste de verdad – con la boca, los ojos y el corazón – ante tanta dulzura, y mientras esa sonrisa se mantuvo en tu rostro una sensación tibia y reconfortante te invadió desde la cabeza hasta los pies. Luego alguien mencionó algo relacionado con el funeral, y tu alma volvió a caer presa de una angustia demasiado grande para ser descripta.

"Va a estar todo bien" Michelle susurró en tu oído momentos antes de entrar a la iglesia, tomada de tu brazo y con la cabeza reposando en tu hombro.

Haber convivido con tus cuatro hermanas te dejó una buena cuota de experiencia y enseñanzas que uno a veces no sabe para qué sirven pero que de repente pueden llegar a ser útiles, por lo cual has vivido muy de cerca lo que el ciclo menstrual puede hacer con el estado de ánimo de una mujer, y también has escuchado repetidas veces, doce meses al año, y en cuatro versiones distintas los terribles dolores y malestares que el cuerpo sufre durante esa semana. La palidez de su rostro era mortecina; el maquillaje suave que había aplicado no ayudaba a ocultar el hecho de que se encontraba exhausta, abatida, derrumbada y físicamente hecha trizas. Su aspecto era aún más frágil y delicado. Ligeros temblores y estremecimientos la asaltaban de tanto en tanto.

"Gracias" murmuraste "¿Cómo te sentís?"

"Bien" te diste cuenta que era una mentira, por supuesto: no estaba bien, y cualquier médico le hubiera recomendado quedarse en cama, descansando, con una bolsa de agua caliente en el estómago para apaciguar los calambres, un paño de agua fría en la frente, tomando líquido constantemente y recibiendo muchos mimos. Sin embargo, ella estaba ahí, pálida y tiritando de frío, bajo la lluvia, haciendo un esfuerzo sobrehumano para mantenerse en pie y compuesta, solamente por vos, para que tuvieras de qué sostenerte, a qué aferrarte. En ese momento nada te hubiera gustado más que encontrarte en tu casa, lejos de todo ese dolor y sufrimiento, acurrucado con ella frente al televisor, mimándola y consintiéndola, haciendo cuanta cosa estuviera a tu alcance para aliviar sus molestias.

"Cuando volvamos a casa voy a cuidarte como te merecés"

No se lo habías dicho todavía, pero unas horas antes, sentado en la ducha bajo el chorro de agua hirviendo, habías decidido regresar a Los Angeles cuanto antes. Fiona, Gabrielle, Eva y sus respectivas familias partirían esa noche después de una cena ligera y temprana, ya que tanto ellas como sus maridos debían trabajar el día siguiente y sus hijos no podían perder más días de escuela; el padre de Martina y Kiefer pudo conseguirles boletos para el vuelo de la seis de la mañana del lunes (conociendo a tu hermana, iría directo del aeropuerto al estudio). Quedarte en casa de tus padres no tenía demasiado sentido: allí sólo habría comentarios filosos por parte de tu madre, preguntas incómodas, sermones e insinuaciones, y todas esas cosas no tenías fuerzas para soportarlas, y Michelle tampoco. Querías regresar a tu casa, a tu hogar, donde podés abrazar a Michelle sin que nadie te eche miradas lascivas, dormir con ella sin que nadie te cuestione, despejarte mirándola embobado mientras hace una tarea tan simple y tan básica como doblar la ropa recién planchada, y empezar a quitarte de la cabeza la presión que acumulaste en menos de cuarenta y ocho horas y tratar de volver a convertirte en un ser humano medianamente funcional antes del lunes, fecha en la cual la CTU volvería a operar bajo tu mando, con su nuevo equipo de técnicos y analistas y sus nuevas estructuras jerárquicas.

"Esta vez yo voy a cuidarte a vos" contestó en voz baja, sonriendo débilmente "No te preocupes por mí. Sos vos el que necesita mimos" agregó, dando por finalizado el pequeño diálogo cuando cruzaron los dos enormes portones de lustrado y bello roble.

El primer banco lo ocuparon tus padres y las dos hermanas de tu papá y sus esposos (había llegado desde México esa mañana, y regresarían allí en un vuelo que partía esa misma noche. Sus hijos – es decir, tus primos – no habían podido viajar, dado que los cinco están radicados con sus familias en distintas partes de Centro América por motivos laborales); tus hermanas y tus cuñados se ubicaron en el segundo banco, y como todos no cabían en él, Michelle y vos acabaron sentados en el tercero, en una punta (no te importó demasiado. A decir verdad, hubiera dado lo mismo estar sentado en el último banco del fondo, o en la escalinata de la entrada a la capilla debajo de la lluvia torrencial: tu abuela seguiría estando muerta te ubicaras más o menos cerca de su ataúd).

El servicio religioso fue emotivo, o al menos eso dedujiste en base a lo poco que captaste, porque lo cierto es que no pudiste concentrarte demasiado. Tratabas de enfocarte en lo que el predicador decía, pero tu mente divagaba y flotaba lejos, sumergida en recuerdos, sensaciones, reflexiones y enormes interrogantes cuya respuesta en ninguna parte lograbas hallar. Un nudo en la garganta no te dejaba respirar, y contener las lágrimas y mantener el rostro inexpresivo estaba demandándote un esfuerzo más grande del que te hubieras atrevido a imaginar, pero de alguna forma lograste conservar la compostura y no desmoronarte ahí mismo como una criaturita pequeña.

Había instantes en los que de pronto tus oídos se llenaban con la voz del hombre que parado en el altar leía pasajes bíblicos y hablaba de Dios, pero la mayor parte del tiempo estuviste encerrado dentro de vos mismo, atrapado en tu maraña de pensamientos. Tu padre leyó unas palabras que había escrito el día anterior, una de tus hermanas leyó un poema (honestamente, no podés recordar cuál, porque ese momento ha quedado grabado en tu memoria de forma difusa y borrosa), tu madre interpretó en el piano algunos de los himnos religiosos favoritos de tu abuela, tus tías leyeron algo también… Pero todo lo viviste como si hubieras estado viéndolo a través de un vidrio muy empañado, por lo cual los registros que guardás son confusos; eras más consciente del tacto de las yemas de los dedos de Michelle acariciando la palma de tus manos que de cualquier otra cosa, porque esas caricias dulces e inocentes servían de alivio para el terrible dolor que te carcomía por dentro sin pausa alguna.

Lo que te impactó cuando te levantaste para ayudar a tu padre a cargar el cajón fue ver la iglesia llena. Todos esos bancos de madera estaban repletos. Al menos cien personas se habían reunido esa mañana tormentosa para despedir a la gran mujer que tu abuela fue: familiares que había viajado desde todas partes de México, sus amigos, sus antiguos clientes, amigos de tu abuelo con los que nunca había perdido contacto, vecinos, conocidos, alumnos de tu mamá, colegas de tu papá, médicos que la habían tratado por su enfermedad durante el último tiempo. Prácticamente todo aquel cuyo camino se había cruzado con el de tu abuela estaba allí, todos con ojos llorosos y un profundo y sincero respeto por el recuerdo de esa mujer.

En ese instante una sola lágrimas se deslizó por tu mejilla, pero el pulgar de Michelle la detuvo antes de que terminara su recorrido y llegara a la comisura de tus labios.

Debido a las condiciones climáticas el entierro fue breve y sencillo, pero no por eso más llevadero: tu abuela yacería allí para siempre, junto a la placa en memoria de tu abuelo, dos metros bajo tierra, sus restos mortales en un féretro de su madera favorita. Sabés que su alma está en un lugar mejor, lo comprendés, tu cerebro lo comprende, porque te educaron para creer eso, para creer en la vida después de la muerte; se supone que eso debería traer consuelo, el mismo consuelo que tus padres y hermanas dicen sentir, pero vos no querés consuelo: querés a tu abuela. Infantil, ¿no es cierto? De nada serviría bajar la guardia y permitir que te dé un ataque, empezar a gritar, a llorar y a patalear, porque por mucho capricho que hagas, tu abuela no va a volver. Es imposible que vuelva. Ver la tierra cayendo sobre el cajón tuvo en vos un impacto similar al de una bofetada o un baldazo de agua helada: tu abuela no va a volver. Nunca.


Hubo un espacio entre el momento en que regresaron a casa de tus padres y el horario en que los invitados comenzarían a llegar a la reunión en memoria de tu abuela que se celebraría para amigos y familiares íntimos. Había sido planeado así para que dispusieran de tiempo suficiente para la lectura de la última voluntad de tu abuela, la cual había escrito años atrás cuando se encontraba aún en pleno uso de sus facultades mentales y había dado a tu hermana para que, como abogada, se encargara de que todo se cumpliera en caso de que a ella le sucediera algo.

Se reunieron tus hermanas, tus padres, tus tías, tus tíos y vos en el estudio de tu papá. Te hubiera gustado que Michelle te acompañara, pero no quisiste forzar la situación (después de todo, solamente a los herederos les concernía escuchar el contenido del testamento). Antes de que desaparecieras escaleras arriba ella te dijo que estaría aguardando con tus sobrinitas en la sala de estar, que Maggie, Catalina y Milagros ya la habían invitado a dibujar con ellas (lo cual provocó que algo así como una sonrisa se dibujara en tu triste y cansado rostro).

Apenas prestaste atención a las formalidades legales de las que Martina habló antes de comenzar a leer la forma en que tu abuela había decidido se dispusieran sus bienes una vez acabado su paso por la vida material. Te dolía demasiado la cabeza, simplemente querías que todo aquello acabara, querías volver al lado de Michelle, para que con su sola presencia te tranquilizara e hiciera sentir mejor.

Durante sus últimos años, luego de haber quedado viuda, había comenzado un negocio de confección de ropas de alta costura y trajes especiales que de a poco había ido dejando su carácter de 'emprendimiento humilde' para convertirse en una fructífera mediana empresa, a tal punto que muchas veces diseñó el vestuario de importantes obras de Broadway o los vestidos de boda de personalidades importantes de la alta sociedad. Antes de que su enfermedad se agravara de golpe y acabara resultándole imposible salir de la casa y movilizarse por cuenta propia, ella misma administraba varios locales que llevaban su nombre, los cuales luego quedaron bajo el mando de empleados de su confianza. Sabías que tu abuela había amasado una fortuna importante, que había acumulado muchísimo dinero, y que siempre había sido de la idea de invertir y ahorrar en lugar de despilfarrar, pero no te imaginabas cuánto, por eso te sorprendiste al escuchar las sumas de dinero que repartió entre los miembros de su familia.

Martina, completamente sumergida en su papel de abogada profesional, leía con voz monótona sin que sus facciones se transformaran en expresión alguna, probablemente porque en ese momento estaba desempeñando su función de doctora en leyes y no la de nieta dolorida, y en parte también porque la información que contenía ese documento no era nueva para ella, dado que tu abuela le había pedido que la redactara.

"A mis hijos Alejandro, María Mercedes y María Inés, dejo a cada uno la suma de $500.000 dólares…"

De no haber estado embotado por el sufrimiento y el agotamiento físico y mental, quizá hubieras dado un respingo o esbozado un gesto de sorpresa al escuchar que a sus hijos tu abuela les dejó cantidades de dinero iguales que suman un millón y medio de dólares. Los demás tal vez se sentían igual y por eso tampoco se inmutaron, o quizá no era desconocido para ellos que el emprendimiento laboral de tu abuela había hecho que su patrimonio aumentara tanto. De todos modos, ¿de qué sirven un par de números engrosando la cuenta bancaria cuando se ha perdido a una persona maravillosa que ya no va a regresar?

"… esperando que sepan administrarlo e invertirlo bien, asegurándose así comodidades económicas para el futuro"

Con el futuro se refería, claro está, a la vejez de sus hijos, los cuales aunque se hallen todos sanos, puedan trabajar y valerse por sí mismos y disfruten– sobre todo tu padre – de un buen pasar, siempre se preocuparon por ahorrar mucho e invertir bien para disponer de fondos en sus últimos años de vida, o en caso de – Dios no lo permitiera – contraer una enfermedad. Con este dinero tus padres podrían retirarse ahora y no volver a trabajar, dedicarse a disfrutar de sus nietos, leer, viajar; no van a hacerlo, por supuesto, porque aman sus profesiones, pero te genera una sensación de seguridad muy grande saber que tu abuela se encargó de dejar a sus hijos antes de partir la seguridad de que, en caso de imprevistos, no van a tener que vender todo lo que consiguieron con tanto esfuerzo para pagar cuentas de hospital, remedios o médicos, y que si en el futuro inmediato tu papá tiene la necesidad de jubilarse, podrá hacerlo.

Martina leyó unas líneas más referentes a posesiones con valor más sentimental que material, como el reloj de oro de tu abuelo - el cual heredó a tu papá - o una colección de libros que habían pertenecido a él y una vajilla de cerámica con dibujos aztecas pintados a mano, (ambas cosas heredadas por tu papá). No te extrañó que esas posesione pasaran a ser suyas; tu abuela siempre tuvo cierta preferencia hacia su único hijo varón, quizá porque él le brindó apoyo, la cuidó, se ocupó de ella, se la llevó a vivir con él, se encargó de que jamás le faltara nada, la respaldó cuando decidió empezar su propio negocio. Tuvieron una relación especial, mucho más cercana que la que tuvo con sus hijas mayores, que siempre renegaron de sus orígenes humildes y nunca fueron muy unidas a tu abuela; a decir verdad, luego de que ésta se mudara a los Estados Unidos, la veían sólo un par de veces años, y no se molestaban en llamar seguido (lo cual a tu abuela le partía el corazón al medio).

Formaban parte de esa lista también dos muñecas antiguas que habían pertenecido a tu abuela en su infancia, las cuales heredaron tus tías (tuviste una punzada en el estómago cuando se leyó ese fragmento del testamento, algo así como la desagradable sensación de que tus tías no conservarían las muñecas, que las venderían a una tienda de antigüedades o a un coleccionista, pero trataste de que no te consumiera ese pensamiento).

Martina hizo otra pausa, se aclaró la garganta, y continuó, no sin antes cruzar por una fracción de segundo una mirada con tus padres, que aún tenían los ojos húmedos luego de haber llorado de emoción en el entierro.

"A Christian, mi nieto" pudiste sentir el ambiente tensándose cuando se pronunció el nombre de tu fallecido hermano, y si te hubieras animado a mirar hubieras observado las lágrimas cayendo por el rostro de tu madre, que en un día como ése estaba más sensible que de costumbre "dejo la suma de $200.00 dólares"

Martina cesó la lectura, y dirigiéndose a nadie en particular y a todos en general, explicó:

"Cuando la abuela redactó este testamento, Christian estaba aún con vida. Hay una cláusula en el testamento que estipula que, en caso de muerte de alguno de sus nietos estando ella aun en vida, el monto de la herencia correspondiente pasa automáticamente a sus hijos"

Tu padre asintió con la cabeza antes de preguntar:

"¿Hay algún trámite legal que deba hacerse…?"

Tu hermana lo interrumpió con amabilidad antes de que pudiera finalizar el interrogante:

""Estos $200.000 dólares van a ir directamente a un fideicomiso a nombre de Harry y Ekaterina, para que ellos dispongan de él cuando sean mayores de edad. Yo voy a encargarme de todo, papá, no te preocupes. Voy a comunicarme con Teresa durante la semana para darle los detalles"

Retomó la lectura:

"A mi nieta Eva dejo también la suma de $200.000 dólares, y una antiquísima colección de revistas de moda de los años '50, '60 y '70 que adquirí en mi adultez, y que espero la inspiren para retomar su pasión por la costura, la cual abandonó siendo muy joven antes de poder explorarle totalmente al ingresar a la escuela de Medicina"

¿Se escondía acaso ahí algo así como un reproche a tus padres por haber obligado a Eva a estudiar Medicina sin darle la opción de elegir otra carrera? A todos ustedes los criaron con la idea de que en el mundo existían dos profesiones: la medicina y el arte, más precisamente la música. Ricardo había mostrado grandes aptitudes para la fotografía, y a tus padres eso parecía alegrarlos mucho, pero cuando Eva siendo pre-adolescente había comentado que le gustaría estudiar diseño de indumentaria, le habían recordado que ella había nacido para ser una médica de renombre y salvar vidas, como su papá, por lo cual desde el comienzo de la escuela secundaria hasta que tuvo edad para ingresar a la universidad se obsesionó con ser la mejor, obtener las mejores calificaciones, destacarse, alcanzar todos los objetivos necesarios para ingresar al campo de la Medicina y destacarse tanto como su padre en el área de la obstetricia.

Los únicos dos que rompieron con las reglas y eligieron profesiones totalmente distintas fueron Martina y vos. A tus padres los desilusionó muchísimo que Martina eligiera estudiar leyes, y ni hablar del terrible golpe que sufrieron cuando te enlistaste en la Marina, pero tanto tu hermana menor como vos se mantuvieron fuertes en su postura y no dejaron que les impusieran qué hacer o cómo hacerlo. Martina y vos mostraron desde chicos un carácter fuerte, quizá demasiado, por eso no hubo forma de que los convencieran de acabar eligiendo la Medicina. Tu madre tuvo que conformarse con verlos desarrollar sus dones para la música – que son casi tan impresionantes como los suyos – y consolarse con eso, pero jamás va a tener el gusto de presumirlos como excelentes profesionales en el campo de la medicina, o concertistas o directores de orquesta.

Sin embargo, Eva, Gabrielle y Fiona siempre fueron un poco más influenciables, siempre se esforzaron por buscar la aprobación paterna a toda costa, y quizá tus padres pensando que estaban haciéndoles un bien, les impusieron un camino, un recorrido que seguir para satisfacerlos, matando así otros sueños o aspiraciones.

Tal vez tu abuela se había dado cuenta de eso, y en su última voluntad había querido dejar algo así como un mensaje cifrado a Eva, recordándole que nunca es tarde para perseguir los sueños. Tal vez era su forma de alentarla a no abandonar otras pasiones además de la que siente por la profesión que ejerce.

O quizá vos tenés el cerebro demasiado embotado, la cabeza demasiado inflamada, los sentidos demasiado nublados, y entonces estás más expuesto a que te asalten pensamientos y reflexiones de este tipo, totalmente descolgados, en lugar de simplemente encogerte de hombros y conformarte con la explicación de que puede que tu abuela le haya dejado a Eva esa colección de revistas clásicas por el hecho de que le gusta la moda.

"A mi nieta Fiona, dejo también la suma de $200.000 dólares, además de la colección de estampillas y postales de su abuelo; él la quería muchísimo, era la luz de sus ojos, y dado que los fines de semana pasaban muchas horas sentados observándolas y él le contaba la historia detrás de cada una de ellas, estoy segura de que hubiera querido que las heredera al morir yo"

Fiona, quien estaba sentada a tu lado, trató de ahogar un sollozo. Viste por el rabillo del ojo como se secaba el rostro húmedo con un pañuelo, e instintivamente extendiste la mano para posarla sobre su hombro en señal de apoyo y consuelo.

"A mi nieta Gabrielle, dejo la suma de $200.000 dólares, y mi colección de adornos de porcelana; siempre le gustaron; Gabrielle siempre tuvo una capacidad especial para apreciar la belleza en esas cosas y sé que va a cuidarlos muy bien. También heredo a Gabrielle mi colección de novelas románticas, pues es un género que ama y va a disfrutarlas mucho"

Otra pausa tuvo lugar antes de que prosiguiera. Por un momento creíste que su voz había temblado, pero debió haber sido impresión tuya, porque cuando siguió hablando tenía el mismo tono laxo e impecable de antes, totalmente inexpresivo y profesional.

"A mi nieta Martina dejo la suma de $200.000 dólares, además de mis libros, enciclopedias y el resto de mis novelas, compilados de cuentos y poesías, biografías y manuales, los cuales pienso van a contribuir para que siga alimentando su impecable intelecto y nutrir la maravillosa mente que Dios le dio. A mi nieto Anthony…"

Tus sentidos se despabilaron un poco al escuchar su nombre y pusiste atención, no porque te interesara saber cuánto dinero o qué cosas pasarían a tus manos ahora que ella había fallecido, si no porque querías saber qué había escrito sobre vos. A Eva la había alentado a retomar su sueño de dedicarse a diseñar ropa, en el caso de Fiona había mencionado que era la favorita de tu abuelo, había elogiado la cualidad de Gabrielle para ver belleza en el arte y alabó de Martina su intelecto privilegiado.

¿Qué habría escrito sobre vos?

Esa pregunta resonaba en tu cabeza y te martillaba las sienes, causando que el corazón te latiera más deprisa y la sangre te corriera por las venas como un río revuelto y salvaje en descontrol.

"… A mi nieto Anthony, dejo además de $200.000 dólares, mi cajita de música y mi cadenita de oro con el dije en forma de rosa"

La cajita de música, ésa se la había regalado tu abuelo, lo mismo que la cadenita de oro con el dije en forma de rosa. A vos te fascinaba de chico esa cajita de música, te fascinaba su melodía, te fascinaba observar los movimientos de la pequeña bailarina enchapada en plata que se desliza sobre la superficie espejada al compás del suave ritmo. Era un obsequio que tu abuelo había hecho a tu abuela con el primer dinero que había logrado ahorrar luego de esforzarse trabajando mucho, y ella le tenía un cariño especial, como si fuera un tesoro, como si valiera más que cualquier cosa en el mundo entero. La cadenita de oro con el dije en forma de rosa también había sido un regalo de tu abuelo. De las dos cosas habían hablado en una de sus últimas visitas a Los Angeles, y te había dicho que hacía tiempo había decidido regalártelas para que se las dieras a la mujer indicada.

En ese momento vos no eras un gran fanático de creer en el amor, los cuentos de hadas y los finales felices. O al menos no creías que todos estuviera destinados a eso, a tener un alma gemela a la que estar unidos para siempre, a tener esa otra mitad que completa lo que está vacío y le da sentido a la vida. A tu abuela le contabas todo, confiabas en ella como en nadie y sabías que valoraba mucho la sinceridad, por eso le dijiste lo que pensabas de verdad: que no creías que fueras a hallar pronto al amor de tu vida, que quizá Dios tenía otros planes para vos, que quizá no todos son tan afortunados como lo fue ella al vivir una historia tan linda con tu abuelo. Recordás que besó tu frente y te prometió rezar para que la cajita de música y la cadenita con el dije tuvieran una dueña cuando ella ya no estuviera para ver a la bailarina moverse al compás del ritmo y llevar la joya alrededor de su cuello. Vos habías reído y simplemente le habías regalado una sonrisa, y luego nunca más tocaron el tema.

Ahora tu abuela falleció, luego de pasar los últimos dos años y medio lidiando con esa enfermedad terrible que la dejó consumida, hecha cenizas. Pero al momento de escribir su testamento cuando aún estaba en uso de sus facultades mentales, no olvidó lo que te había dicho sobre la cajita de música y la cadenita con el dije, y te los dejó a vos para que se los dieras en el momento indicado a la persona indicada.

No deja de sorprenderte que tu abuela haya tenido tanta fe hasta el final de su lucidez, fe en que encontrarías alguien a quien amar más que a nada en el mundo, alguien que te completara, alguien por quien estarías dispuesto a dar la vida en una milésima de segundo sin replanteártelo, alguien a quien adoraras por sobre todas las cosas, alguien que le diera a todo un nuevo significado, alguien que te devolviera las ganas de soñar y proyectar, alguien que te inyectara un poco de color en el medio de tu oscuridad, alguien que reemplace el frío por calor antes de que mueras congelado.

Y la encontraste.

Una lástima que tu abuela no haya llegado a ver el pequeño milagro que Dios obró en tu vida luego de que ella pasara gran parte de la suya rezando para que ese alguien especial apareciera en tu camino y te salvara de vos mismo, de un futuro sin amor y sin sueños, metas y proyectos. Pero al menos te dejó esas últimas dos posesiones para recordarte que ella nunca dejó de creer, que siempre conservó la esperanza de que terminarías encontrando a la mujer que te convencería de que el amor no existe sólo para unos pocos.

Sentiste ganas de llorar, muchísimas ganas. Querías largarte a sollozar como una criatura ahí mismo, pero no ibas a hacerlo delante de toda tu familia. Tendrías que seguir aguantando, aguantando hasta que el día acabara y pudieras desahogarte tranquilo. Tendrías que aguantar tu angustia, tu dolor, tu cansancio, mantener una expresión serena en tu rostro y soportar estoicamente las horas que seguirían a esa, hasta que pudieras escabullirte a tu habitación (lejos estabas de sospechar que escabullirte a tu habitación e irte a dormir temprano resultaría mucho más difícil de lo que imaginabas).

La lectura del testamento continuó durante otros quince minutos. Se habló de la administración de sus negocios de ropa, que al parecer quedarían en manos de tus padres, de unas acciones que se dividirían entre sus hijos en partes iguales, y de un fondo de ayuda escolar para sus bisnietos, además de otras donaciones a organismos benéficos, pero vos habías vuelto a caer sumido en una especie de sopor que te impedía prestar atención, algo así como un estado parecido al limbo, en el cual tu mente no hacía más que tratar de procesar cosas que sucedían demasiado rápido, y asimilar otras que parecían suceder en cámara lenta, tomando pedazos del día y tratando de juntarlos para que el rompecabezas tomara forma y tuviera sentido, peor desconectándote de tanto en tanto y perdiéndote en el camino.

Fue un alivio cuando tus familiares comenzaron a levantarse para, despacio y ordenadamente, abandonar el estudio y regresar al piso de abajo. Necesitabas tomar aire fresco, necesitabas despejarte, necesitabas beber algo de agua porque tenías la boca demasiado seca, necesitabas acomodar un poco tus ideas, necesitabas ver a Michelle. Principalmente, necesitabas que te diera un abrazo y te sonriera, y de ahí sacar las fuerzas para seguir en pie por lo que quedaba por transitar aquél día.

Habías dejado pasar primero a tus padres, a tus tíos, luego a tus hermanas, y cuando estabas a punto de cruzar el umbral para perderte detrás de ellos por el pasillo hacia al escalera, sentiste la mano de Martina cerrándose sobre tu hombro, deteniéndote.

"¿Cómo te sentís, Anthony?" la pregunta fue susurrada en voz baja. Era evidente que había esperado a que se quedaran a solas para conversar con vos, probablemente para no exponerte delante del resto de tu familia o avergonzarte haciendo alusión a ese estado emocional tan deplorable que intentabas disimular, o quizá porque sabía que la ausencia de ojos y oídos ajenos mirando y escuchando garantizaría una respuesta mucho más honestas en lugar de una escueta mentira mascullada así nomás a modo de contestación.

"Estoy haciendo lo que puedo" confesaste, largando un pesado suspiro que desde muy temprano en la mañana tenías atravesado en medio del pecho, lastimándote y cortándote la respiración "No veo la hora de regresar a Los Angeles" confesaste luego, posando tu mirada en los relucientes zapatos negros que llevabas calzados, esquivando los ojos de tu hermana.

Te daba vergüenza admitir que querías abandonar tan pronto la casa de tus padres y regresar a tu hogar en lugar de quedarte más tiempo acompañándolos luego de la pérdida de tu abuela. Pero la realidad era esa: querías volver a California tan pronto como fuera posible, ya que el ambiente que se respiraba en Chicago no era precisamente reconfortante como lo había sido otras veces, no te sentías cómoda, la intuición te recomendaba con pequeñas y latentes punzadas irte pronto de allí antes de que el volcán hiciera erupción.

Te alivió escuchar a Martina decir:

"Yo también, no sólo por cuestiones laborales, si no porque con mamá respirándome en la nuca no puedo concentrarme en nada, me siento agobiada. Ayer me hizo un montón de cuestionamientos absurdos sobre la naturaleza de tu relación con Michelle, como si ella fuera la CIA y yo un agente obligado a pasar informes sobre el objetivo"

"Lamento que hayas terminado en esa situación por mí, Martina" te disculpaste.

"No hay nada que lamentar de tu parte, Anthony" hizo un gesto con la mano, restándole importancia al asunto "En todo caso mamá debería lamentar su comportamiento embarazoso. No puedo creer que tenga la mente tan cerrada" comentó más para sí misma que para vos "… Ayer tuve que esconderme en el baño para tomar el anticonceptivo, para que ella no me viera, porque si lo hubiera hecho se hubiera dado cuenta enseguida, y le habría agarrado un ataque. A veces me sorprende que una mujer tan inteligente puede tener una mentalidad tan medieval a comienzos del siglo XXI"

No tenías muchas ganas de demorarte más tiempo en el estudio hablando con tu hermana sobre anticonceptivos, pero lo que dijo luego captó tu atención:

"Todavía me acuerdo el día en que la abuela hizo que redactara su testamento. Hacía muy pocas semanas había obtenido mi licencia como abogada, y ella quería ser mi primer cliente" sonreía nostálgica, lo cual te sorprendió, porque los rasgos nostálgicos raramente se forman en el rostro de tu hermana, mucho menos para acompañar un dejo de sonrisa "Parecía un juego, al principio… ¿Te acordás que cuando tenía tres años me gustaba armar juicios con jurado?" rió tristemente otra vez luego de aquella pregunta retórica, y vos te limitaste a escucharla, intentando reprimir las memorias pertenecientes a la época en la que Martina era una criaturita brillante que enloquecía a todos hablando sin parar, y tu abuela se esforzaba por seguirle el tren y ayudarla a entretenerse con sus juegos tan peculiares y raros para nenas de su edad "Cuando empezó a hablarme de cómo quería que se dispusiera de su negocio, su dinero y sus bienes en general al fallecer ella, me di cuenta de que no era un juego" creíste ver unas pocas lágrimas brillando en sus ojos oscuros "Dejó todo preparado justo a tiempo, antes de que la enfermedad manifestara todos sus síntomas tan fuerte y tan súbitamente que el golpe fue de la noche a la mañana"

"La abuela era una mujer muy sabia" comentaste, conteniendo el impulso de consolar a tu hermana, porque dado que no es precisamente la persona más abierta y cariñosa del mundo, quizá la intimidarías o la harías sentir débil e invadida si trataras de mitigar su dolor con un gesto afectuoso.

"Sí, lo era. Muy capaz, muy inteligente, muy generosa. Construyó mucho en muy poco tiempo, se hizo rica con su talento y con su esfuerzo a una edad en la que muchas mujeres hubieran preferido quedarse en casa viendo la televisión y disfrutando de sus nietos. No te imaginabas que tuviera tanto dinero, ¿no es cierto?" comentó luego, ya volviendo a su posición de abogada y dejando de lado ese momento de debilidad y sensibilidad que la había capturado.

"Honestamente, no" reconociste con cierto desgano; no tenías ganas de hablar de dinero. A decir verdad, el dinero, la herencia monetaria, eso para vos era lo de menos. Estabas aún conmovido y conmocionado por esa otra parte de tu herencia: la cajita de música y la cadenita de oro. Esas dos cosas simbolizaban algo importante, eran el símbolo material y tangible de la fe que tu abuela había mantenido hasta el final en que vos encontrarías a la mujer de tu vida.

Si ella estuviera ahí, si no hubiera enfermado, si no se hubiera deteriorado de a poco… Hubiera estado tan contenta de verte feliz con Michelle. A ella no le hubiera importado ni su raza ni su origen, solamente le hubiera importado que te cuidara y amara de verdad.

La voz de tu hermana te rescató de los pensamientos en los que tu cabeza había vuelto a hundirse:

"Su secreto fue invertir bien, comprar y vender acciones en la bolsa de valores estratégicamente, no despilfarrar, y no presumir de los millones que ahorró en los últimos años" típico de Martina, hablar de temas como Economía o la bolsa de valores en contextos incluso como aquél; así es tu hermana, no la podés cambiar, y si pudieras tampoco la cambiarías "A decir verdad, me confesó que le interesaba juntar mucho dinero para poder dejarles a sus nietos y a sus hijos un buen respaldo" volvió a suspirar "El dinero no lo es todo, lo sé, pero esto" hizo un gesto con las manos, como refiriéndose a la situación en general "es una última muestra de lo generosa que era, y de que nunca sintió ni una gota de egoísmo"

"Daría todo el dinero que me dejó como herencia y muchísimo más a cambio de tenerla de vuelta conmigo un día, sólo un día, para que pueda conocer a Michelle y ver que ella tenía razón, que sí iba a encontrar a mi alma gemela" confesaste en un sorprendente arrojo de honestidad, sintiéndote de pronto muchísimo más lucido que antes, como si el embotamiento del que eras prisionera hubiera aflojado un poco, liberando tus sentidos y permitiendo que afloraran las emociones que dentro tuyo tenías comprimidas.

"Podés mirarlo de este modo, Anthony: quizá este dinero te ayude a comenzar una nueva etapa de tu vida, con Michelle. Sé que no es de mucho consuelo" se apresuró a agregar, al ver que tus labios se habían separado uno del otro y habías abierto la boca otra vez, para replicar que el dinero no te interesa, que vos querés a tu abuela de nuevo para que te escuche y te aconseje como solía hacerlo cuando su mente aún no sufría los destrozos del Alzheimer "pero con esa cantidad podrías poner en marcha muchos proyectos personales en el futuro"

"No, no es consuelo" coincidiste ", pero debo reconocer que tenés razón. Suspiraste, y luego una sonrisa pequeña pero sincera brotó de tus labios "La cajita de música y la cadenita de oro con el dije en forma de rosa, la abuela me los dejó para que se los regalara a Michelle" le contaste.

"Sí, lo sé" ante tu mirada de sorpresa, explicó "Cuando redactamos el testamento, me dijo que quería que la cadenita y la cajita de música fueran tuyas, para que pudieras obsequiárselas a la mujer de la que te enamoraras. Y debo admitir que te enamoraste de la mujer correcta" agregó luego, regalándote una sonrisa suave.

"Es perfecta para mí. No la merezco" confesaste, y otro suspiro se coló por entre tus labios "Solamente una persona tan creyente como la abuela podría haber orado tanto como para convencer a Dios de que cruzara mi camino con el de Michelle, aunque a veces siento que siempre estuvimos destinados a terminar juntos, que estaba escrito desde el principio"

"No pensé que fueras tan filosófico, Anthony" Martina volvió a sonreír, esta vez con más ganas, causando que una sonrisa curvara tus labios.

Vos tampoco te imaginabas que descubrirías un costado filosófico, pero evidentemente en vos existe la capacidad de analizar las cosas desde un lado más sentimental, más puro, más humano, menos frío, menos calculador, menos robótico.

"Es el efecto que Michelle tiene en mí"

El silencio cayó entre ustedes por unos segundos que te sirvieron para reflexionar un poco sobre lo que Martina había dicho antes acerca de los planes y proyectos a futuro que podrías realizar utilizando el dinero. Planes y proyectos que involucran a Michelle, por supuesto. Planes y proyectos que querés convertir en metas cumplidas cuanto antes, planes y proyectos que son parte de sueños que querés ver convertidos en realidad. Planes y proyectos en los que ocuparte de ahora en más, para convertir tu vida tanto como sea posible en un cuento de hadas, para convertir su vida en un cuento de hadas, como le prometiste.

Y de repente un sentimiento parecido a la esperanza te recorrió de arriba a abajo, como si vieras una luz muy fuerte y cálida al final de un túnel oscuro y frío, el cual tenés que cruzar obligatoriamente con todo el estoicismo del que seas capaz para llegar hacia esa luz y dejar que su calor te llene de fuerza. En tu metáfora, el túnel negro es la circunstancia que te toca atravesar, y la luz es lo que representa el futuro brillante que vas a tener con Michelle. Es necesario que pases por el túnel para poder llegar. Ahora duele, ahora lastima, ahora estás destruido, estás agotado, estás emocionalmente hecho pedazos, estás destrozado, las heridas son frescas y profundas, pero eventualmente esto tendrá que pasar, porque del otro lado del túnel hay una luz brillando que augura cosas muchísimo mejor, cosas que tu abuela desde el cielo quiere que disfrutes. El dolor no va a irse de repente como por arte de magia, pero al menos sabés que en el futuro hay cosas lindas que te aguardan, que van a balancear las cosas malas, las angustias, los miedos, las decepciones, los sentimientos mezclados.

Cuando abandonaron el estudio un minuto más tarde, no te sentías cien por ciento mejor, pero al menos el peso que cargabas se había aliviado un poquitito. Mientras los dos caminaban por el pasillo en dirección a la planta baja, dijiste a Martina:

"¿Querés escuchar otro pensamiento filosófico?" no esperaste a que respondiera, simplemente dijiste lo que tenías en mente, sabiendo que a tu hermana le haría bien que compartieras eso con ella "En este momento me muero de dolor, extraño a la abuela más que nunca, tengo muchas emociones mezcladas que me comen vivo, y aunque vos no quieras decirlo o expresarlo, aunque como yo vayas a disimular delante de todos, sé que te sentís igual" no recibiste argumentos de su parte, por lo que seguiste hablando "Pero esto va a pasar" trataste de que se percibiera la convicción en tus palabras, para que tu hermana te creyera, pero también para creerlas vos "Esto tiene que pasar"

"Va a pasar" Martina te aseguró "Ahora duele, pero va a pasar" y como si hubiera sabido lo que habías estado pensando, te sorprendió al agregar "Estamos en un túnel oscuro, pero al menos sabemos que del otro lado nos espera un poco de luz. ¿Puede haber mejor motivación que esa luz para que lo crucemos?"

"Nunca voy a terminar de entender tu infinita inteligencia, Martina" murmuraste al tiempo que bajaban los primeros peldaños de la escalera, y tus oídos eran inundados por las voces de tus sobrinos, padres y cuñados provenientes de la cocina y de la sala de estar.

"No hay que ser demasiado brillante para entender estas cosas, Anthony" resumió con practicidad "Cosas malas suceden, cosas buenas suceden. La abuela se fue, sus últimos años nos dejaron sensaciones amargas con las que lidiar, pero sé que ella – esté donde esté – quiere que seamos felices, que vivamos nuestras vidas al máximo. La abuela, su espíritu, su esencia, sus enseñanzas, eso no lo enterramos hoy en el cementerio. Hoy enterramos un cuerpo, nada más que un cuerpo" se detuvieron en el rellano de la escalera "La abuela está en el cielo. Suena infantil" se apresuró a aclarar ", pero no encuentro mejor manera de ponerlo en palabras, por difícil que parezca creer que yo no encuentro la manera de hacer algo. Retomando lo que decía, la abuela está en el cielo, y no quiere que suframos por ella más de lo necesario. Y si nos dejó ese dinero" continuó "es porque quiere que lo utilicemos de la mejor manera, Anthony, así que si bien ni todos los dólares del mundo pueden compensar su ausencia, no te convierte un mal nieto dar buen uso a su herencia"

Nunca va a dejar de sorprenderme lo bien que me conoce, cómo sabe exactamente qué pasa por mi mente, cómo sabe exactamente qué decir y cuándo decirlo.

"No te preocupes, Martina" suspiraste otra vez "Tengo una princesa para la cual escribir un cuento de hadas, y aunque es cierto que el dinero no compra la felicidad, creo que puede ayudarme con algunas cosas"

"¿Cosas cómo cuáles?" inquirió con curiosidad.

"No es momento para hablar de eso, hermanita" fue tu respuesta.

Ya habría tiempo después, en otro contexto, cuando tuvieras la cabeza menos embotada y el cuerpo menos cansado, cuando el dolor hubiera dado paso a la razón, cuando no sintieras cada hueso como si te lo hubieran triturado pedazo a pedazo, cuando no tuvieras la necesidad tremenda de esconderte en una esquina y seguir llorando por la persona maravillosa que perdiste, cuando no estuvieras totalmente vulnerable tratando de mantener la estabilidad en medio de tu caos mental y emocional, cuando pudieras relajarte y empezar a hacer esas proyecciones a futuro que te conducirían hacia el final del túnel. Ahí recién compartirías con tu hermana los planes que tenés, cuando la niebla se disipara y no estuviera tu mente hecha de una mezcla de recuerdos, disparadores nostálgicos, angustia, culpa, flashes que pasan muy rápido y escenas en cámara lenta que se borronean y pierden en la confusión.

"Es demasiado obvio, de todos modos" Martina lanzó con su habitual tono cortante justo cuando vos abrías la puerta que lleva del vestíbulo a la sala de estar y te hacías a un lado para dejarla pasar primero, y perderse los dos entre el bullicio de sus familiares. No llegaste a escuchar exactamente lo que dijo luego, pero de haber estado prestándole más atención, de no haber vuelto a retraerte a caer con tus sentidos entumecidos otra vez, ocupado en mantener el rostro inexpresivo y una postura impecable mientras por dentro los desgarros seguían, hubieras oído la siguiente frase, una frase que no estaba para nada errada "Apostaría cualquier cosa a que en menos de dos meses le pedís que se case con vos"

Lo dijo en un susurro, con los dientes apretados, vos no lo escuchaste.

Lo dijo en un susurro, un susurro que cayó en oídos de nadie, pero lo dijo convencida.

Apostaría cualquier cosa a que en menos de dos meses le pedís que se case con vos.

Lejos estaba de saber cuán correctas eran sus palabras.


En cuanto la gente comenzó a llegar, empezaste a inhibirte otra vez, a deprimirte; las sensaciones de esperanza y tranquilidad que habías sentido antes se fueron diluyendo, dando paso de nuevo a tu estado anterior. Eras una montaña rusa de emociones, y en ese instantes estabas en el punto más bajo. La conversación con Martina parecía una memoria muy distante, un pedazo perteneciente a un pasado lejano y no algo ocurrido meras horas atrás, y ya no recordabas con mucha claridad la metáfora del túnel, ni tus planes para comenzar a trazar un futuro perfecto con Michelle (regresarían para ocupar tu mente más tarde, por supuesto, pero en ese instante parecían haberla abandonado).

Es natural, cuando uno está llevando un proceso de pérdida, tener emociones inestables, ir de lo más alto a lo más profundo en apenas minutos. Ver tu casa llenándose de gente, de amigos de tu abuela, de familiares, de conocidos, todo aquello revolvió dentro de vos emociones que aplacaron aquellas que habían salido a la luz durante tu conversación con Martina, haciéndolas pasar a un segundo plano, derribándote hasta que quedaste otra vez dominado por la tristeza que podía palparse y percibirse en el ambiente, verse en las caras sombrías y serias de los presentes, y escucharse en sus condolencias.

Durante la pequeña reunión en casa de tus padres, te sentaste con Michelle en un costado de la sala de estar, en una esquina, queriendo pasar desapercibido, rogando que te dejaran en paz, rogando volverte invisible a los ojos de todos y que nadie se te acercara, que te dejaran solo con ella. Si hubieras podido, te hubieras marchado al piso de arriba, acurrucado con ella en tus brazos y llorado por horas y horas, o simplemente dormido, o mirado el techo con la mente en blanco hasta que llegara el anochecer; simplemente querías estar lejos de todo ese bullicio, lejos de todas esas personas que con la mejor intención se habían acercado para ofrecerles consuelo, o compartir anécdotas que resaltaran las cualidades de tu abuela, su condición de excelente ser humano y sus impecables valores. Vos estabas demasiado absorto, demasiado perdido dentro de tu mente y de tu alma como para comprender una sílaba de lo que decían. Tu rostro carente de expresión y tu mirada vacía te hacían parecer distante y perdido, y aunque no había lágrimas en tus ojos el color opaco del que se habían teñido mostraba claramente tu angustia.

Los ojos de Michelle eran el espejo perfecto de los tuyos, y hubieras dado absolutamente cualquier cosa por poder abrazarla y escuchar los latidos de su corazón para oír tu nombre susurrado. Solamente querías sentir el calor de su mano entre tus manos, perderte en la dulzura de su mirada comprensiva, hallar refugio en las inocentes caricias que sus dedos dejaban en tu frente, sumergirte en el dolor de tu pérdida y reflexionar para empezar a sanar, con ella a tu lado, recordándote en silencio sin necesidad de emitir sonido alguno que nunca va a dejarte y que va a cuidarte hasta que el mundo se extinga. Las personas pasaban delante de ustedes y los saludaban con un leve gesto de la cabeza o una sonrisa empática, con frases cortas y básicas, sin esperar por respuesta más que otra frase igual de corta e igual de básica. Sin embargo, en lo que no decían, en lo que callaban, en lo que no expresaban en voz alta, podías oír tan claro como los truenos que rompían en el cielo color plomo las preguntas silenciosas resonando como si hubieran estado profiriéndolas a voces: ¿quién es ella y por qué Tony no se ha separado de su lado ni medio segundo?, ¿desde cuándo hay una mujer importante en la vida de Tony?

Trataban de ser discretos, por supuesto, de ocultar la curiosidad con la que los observaban a ambos desde una prudente distancia, pero aún en tu estado deplorable vos te dabas cuenta del interés que la presencia de Michelle despertó en los conocidos de tus padres, vecinos, familiares, etcétera. Sus caricias en tus nudillos decían sin necesidad de utilizar expresiones pertenecientes al lenguaje hablado que no valía la pena preocuparse por o hacer caso a lo que dijeran, pensaran u opinaran los demás, que ella iba a quedarse con vos para siempre.

"No comiste nada en todo el día" susurró en tu oído cerca de las tres de la tarde.

Tenías la garganta demasiado cerrada como para que comida pasara por ella; suficiente esfuerzo habías hecho en el desayuno para tomar la mitad de la taza de café y mordisquear las puntas de una tostada, fingiendo tener apetito para que tu mamá no te lanzara un sermón sobre lo importante de alimentarse bien y respetar las cuatro comidas.

"Vos tampoco comiste nada en todo el día" le reprochaste en voz baja, con una sonrisa agridulce cruzando tus labios.

"Todavía tengo un poquito de náuseas" confesó luego de unos segundos de dubitación; sabías que se sentía mal, podías verlo en sus facciones demacradas y cansadas, casi podías sentir el esfuerzo físico que estaba haciendo para no caer destruida.

"¿Querés ir a recostarte un ratito en mi pieza?" ofreciste en un murmullo.

"No quiero dejarte solo" fue la respuesta.

"Michelle, tenés un aspecto demasiado débil. Estás muy pálida" señalaste con preocupación "Y sé que tenés muchos dolores en todo el cuerpo" agregaste luego "Necesitás dormir. Estás de pie desde las cinco de la mañana, cuando en realidad deberías haberte quedado en cama haciendo reposo todo el día"

"Tony, no voy a moverme de tu lado" aseguró con firmeza, queriendo dar por finalizada la discusión y buscando cortar cualquier argumento que tuvieras preparado para lanzarle con el objetivo de convencerla de subir a descansar.

A las cuatro de la tarde el círculo íntimo que había asistido a la pequeña reunión en casa de tus padres comenzó a irse luego de presentar sus condolencias o decir algo agradable sobre tu abuela una vez más. Tu papá se ofreció a llevar a sus hermanas y cuñados al aeropuerto en coche para que no tuvieran que sufrir el calvario de viajar en taxi con ese diluvio. Tus cuñados estaban en el piso de arriba terminando de preparar a sus hijos para partir en dos horas rumbo al aeropuerto, y dejando las habitaciones en orden para ahorrarle algo de trabajo a tu mamá. Tus hermanas estaban ayudando a limpiar y ordenar todo, y aunque le dijiste que no lo hiciera, Michelle también se unió a la tarea sin que nadie se lo pidiera. Con muchísimo esfuerzo te levantaste del silloncito en el que habías estado aplomado todo el día, y te dirigiste a la cocina para comenzar a lavar la cantidad inmensa de platos, fuentes, recipientes, tazas, vasos, copas y demás que hubieran quedado sucios.

Antes de abrir la puerta, escuchaste dos voces conversando en castellano, e instintivamente tus sentidos se despabilaron un poco, captando fragmentos de lo que sonaba como una discusión en voz baja y apresurada. Con las habilidades obtenidas gracias a tus años de entrenamiento en la Marina y en la CTU, sin hacer el menor ruido y cuidándote para que no percibieran tu presencia entornaste la puerta lo suficiente para echar un rápido vistazo: estaban Martina y a Eva de pie junto al fregadero, lavando y secando la vajilla, con las cabezas muy juntas, murmurándose cosas la una a la otra entre dientes.

El enojo de Martina era evidente en sus palabras a Eva:

"Oí cuando le dijiste a mamá que te parecía una vergüenza que todos los conocidos de la familia vieran a Anthony tomado de la mano con una asiática"

La sangre te hirvió en las venas, y la cólera recorrió tu cuerpo desde la cabeza a los pies, despertando dentro tuyo una furia enorme; instintivamente cerraste los puños hasta que tus nudillos quedaron blancos como la nieve, y te clavaste las uñas en las palmas para evitar el estadillo que pugnaba por ocurrir. No podías perder el control sobre tu comportamiento, no querías armar un escándalo en el día del último adiós a tu abuela.

Sin embargo, escuchar la contestación de Eva a la acusación de Martina no hizo que contenerte resultara más fácil:

"Todos la observaban con curiosidad, como si fuera un animal en el zoológico. Desentonaba totalmente. Una asiática entre latinos es como un elefante en un bazar: llama la atención"

Martina chasqueó la lengua, mitad en señal de impaciencia y mitad en señal de indignación.

"Eva, lo que estás diciendo es una ridiculez"

"No lo es" Eva se defendió.

"Sí lo es. Es ridículo y racista. Y medieval. Estados Unidos, siglo XXI… No puedo creer que mi propia hermana tenga esos prejuicios raciales…"

"No son prejuicios raciales, Martina. No tengo nada en contra de los japoneses. Mi marido y yo de hecho somos amigos de un matrimonio japonés, en el grupo de amigos de mi hijo hay un muchacho que es japonés, en la clínica tengo colegas asiáticos. No tengo nada en contra de ninguna raza, a decir verdad, ni de ninguna religión. Sólo pienso que no deberían mezclarse las unas con las otras. La diversidad es buena, pero en mi opinión las mezclas no lo son"

Estabas paralizado en el lugar, escuchando sin que ellas supieran detrás de la puerta entornada, dividido entre tus ganas de interrumpir la conversación entre Eva y Martina para decirle a tu hermana mayor unas cuantas cosas, y dejar que ésta siguiera su curso y enterarte de las muchas otras que ambas deben tener para decirse respecto a sus puntos de vista sobre la situación.

"¿Ya te dije que tu postura me parece absolutamente medieval?" Martina disparó con sarcasmo puro empapando su voz "¿Cómo creés que se sentiría nuestro hermano si escuchara lo que vos le dijiste a mamá?, ¿cómo creés que se sentiría nuestro hermano si supiera que consideran vergonzoso que esté enamorado de una chica que no es latina?"

Qué ironía, ¿no? Martina increpando a Eva, preguntándole retóricamente cómo creía ella que vos te sentirías si supieras lo que había dicho, si pudieras escuchar lo que estaba diciendo, y vos detrás de la puerta, aguzando el oído para no perder palabra alguna, con tu corazón latiendo contra tus costillas, con los pies clavados al suelo y cada músculo de tu cuerpo en extrema tensión. Si hubieras podido moverte, probablemente habrías terminado entrando a la cocina y discutiendo con Eva, pero quizá tu cerebro estaba dándole a tu anatomía la orden de quedarse rígida para evitar que perdieras el control.

"No es la mujer de la que está enamorado: es la mujer con la que está involucrado" su tono de voz evidenciaba la desestimación absoluta de su parte hacia tus sentimientos por Michelle.

"Evidentemente no conocés a Anthony tan bien como lo conozco yo, o quizá simplemente te negás a ver lo que es imposible ignorar" Martina chasqueó la lengua una vez más, al tiempo que tomaba una nueva taza para lavarla con la esponja cargada de detergente "Está enamoradísimo de Michelle. Lo tiene totalmente enloquecido"

"Que seas un genio para la mayoría de las cosas no significa que siempre tengas la razón en absolutamente todo"

Martina y Eva no se llevan mal, tienen una relación sana, pero no escapa al conocimiento de ninguno de los miembros de tu familia que siempre ha existido cierta rivalidad intelectual entre ellas.

Martina es brillante, lo fue prácticamente desde el día en que nació; a los nueve meses hablaba bastante bien, al año mantenía conversaciones que la mayoría de los chicos pueden sostener cuanto tienen cinco o seis años, a los tres sabía leer y escribir con una fluidez asombrosa, y de ahí en delante sólo fue cuesta arriba. Habla más de cuatro idiomas, obtuvo una beca en Harvard, tiene facilidad para absolutamente cualquier cosa que se proponga, su coeficiente intelectual es uno de los más altos del mundo, es auténticamente una en millones, es especial.

Eva, por otro lado, también fue siempre más madura que la mayoría de las personas de su edad, siempre fue muy responsable, siempre fue la más hermosa de su clase, la más atlética, la más estudiosa. Pero cada logro que consiguió, tuvo que conseguirlo con horas y horas de estudio, con muchos sacrificios. Es una mujer perseverante y emprendedora, por eso pudo manejar su matrimonio, su temprana maternidad a los veinte años y su carrera como médico. Y fue gracias a su perseverancia y a su espíritu emprendedor que llegó lejos, pero es obvio que no llegó tan lejos como le hubiera gustado, o que no tuvo a su disposición todas las facilidades y comodidades que le hubieran permitido alcanzar metas más complejas, más satisfactorias para su propio ego, para la realización de sus sueños.

Recordaste de pronto las palabras que tu abuela había hecho escribir para su nieta mayor en su testamento. Tal vez es parte de las frustraciones de Eva que a ella la hayan impulsado a estudiar Medicina, que la hayan convencido de convertirse en médico, mientras que Martina – si bien disgustó a tus padres al decidir ser abogada – tuvo la libertad de elegir a qué universidad ir y qué estudiar.

Lo que Eva ha podido y podrá conseguir, todo ello es en base a muchísimo esfuerzo, mientras que Martina lo obtiene sin necesidad alguna de hacer más que poner a trabajar un porción ínfima de sus neuronas. En diecinueve años, Martina acumuló los conocimientos que a una persona normal le lleva al menos cincuenta años acumular. Eva tiene treinta y ocho, y no sabe hablar más de cuatro idiomas, no sabe sobre Literatura Universal en minucioso detalle, no sabe todo lo que hay que saber sobre arte y ciencia, no sabe sobre Psicología y Psiquiatría, no sabe sobre computación. Y si se propusiera aprender algunas de esas cosas, le llevaría demasiado tiempo y demasiado esfuerzo, un tiempo y un esfuerzo imposibles teniendo en cuenta que debe ocuparse de sus hijos, de su marido y de su carrera como médico, que si bien es exitosa y fructífera, no la conforma intelectualmente.

Hay una diferencia de diecinueve años entre Eva y Martina, pero tu hermana mayor siempre ha guardado algo de celos hacia la menor, o una necesidad muy fuerte de probar que a Martina Dios le dio un coeficiente impresionante, pero que a ella le dio las capacidades y la voluntad de ganarse las cosas con esfuerzo, dedicación y trabajo duro, y que vale muchísimo más obtener logros quemándose las pestañas que simplemente obtenerlos porque se tiene una condición mental extraordinaria y sobresaliente.

Nunca quisiste ponerte a pensar o analizar mucho los sentimientos de Eva hacia Martina, porque son cosas en las que preferís no meterte, pero siempre pensaste que sus choques de opiniones y sus diferencias tan marcadas deben tener mucho que ver con el hecho de que para Eva, ver a Martina conseguir todas las cosas que a ella le hubiera gustado lograr es algo así como una frustración que tiene muy enterrada dentro suyo y que le genera cierto rechazo, cierto amor-envidia hacia la menor de sus hermanas.

Investigar esos sentimientos, cavar hondo hasta encontrar el quid de la cuestión, le corresponde a un psicólogo, no a vos. Sin embargo, el tono despectivo con el que Eva acusó a Martina de creer que tiene la razón en todo porque es un genio para algunas cosas, no te sorprendió.

"Mamá, Gabrielle y yo estamos de acuerdo en que Tony no está loco por esta chica, y en que no van a durar más de lo que dura un suspiro"

Estabas haciéndote daño en las palmas de tan profundo que tus uñas se habían clavado allí, y tenías los nudillos blancos como la cal, pero no te importaba: la cólera y el dolor emocional que sentís por dentro, la bronca, las ganas de gritar, la impotencia, eran tan fuertes que cualquier padecimiento físico era reducido a nada.

"Mamá, Gabrielle y vos, aunque quieran pensar lo contrario" arrancó Martina, sin dejar de susurrar entre dientes apretados pero con una firmeza que empapa sus palabras y les da la misma fuerza que tendrían si estuviera hablando en voz bien alta y clara ", no conocen a Anthony ni la mitad de lo que lo conozco yo"

Tu mamá siempre dice que ella conoce a sus hijos mejor que nadie, y nunca realmente tuviste motivos para discutir ello, pero en ese momento no pudiste evitar pensar que Martina tenía toda la razón del mundo: es obvio que tu madre no te conoce, o al menos no conoce todo de vos, o en todo caso conoce solamente algunas cosas pero existen otras que escapan totalmente a su entendimiento, y que Martina comprende muchísimo mejor.

Sin embargo, Eva no es de la misma opinión, y se lo dijo a tu hermana enseguida:

"Evidentemente estás empecinada en mantenerte firme en la idea de que Tony está enamorado de esta chica" el tono despectivo con el que se refirió a Michelle, bien podría haberlo usado para decir 'esta intrusa'. Definitivamente sonó como si considerara a Michelle un estorbo, un escombro, algo que sobra, algo que no debería estar.

Martina reaccionó antes de que vos tuvieras tiempo de entrar a la cocina y decirle a Eva que ella no es quién para juzgar si tus sentimientos son unos u otros, por lo cual permanecés detrás de la puerta, escuchando, y con la espalda arqueada y parte de tus sentidos prestando atención a que nadie se acerque allí y te descubra oyendo la discusión entre tus hermanas.

"No, evidentemente ustedes están empecinadas en cegarse por todos los medios posibles para no ver que el mundo no está estrictamente dividido en razas y religiones que tienen que reproducirse exclusivamente entre sí para preservarse" volvió a chasquear la lengua una vez más, con absoluta indignación "No puedo creer que tengan la mente tan cerrada"

"No tenemos la mente cerrada" Eva se defendió, dando un paso hacia atrás y dejando el plato que estaba fregando olvidado sobre la impecable mesada de mármol "A vos te gusta llevarle la contra a todo el mundo, por eso estás decidida a seguir sosteniendo la ridiculez de que…"

"No es una ridiculez" Martina la interrumpió con mordacidad.

"Sí lo es"

"¿Acabás de llamarme a mí ridícula?" era una pregunta retórica, por supuesto.

Tus hermanas estaban ahora en un ángulo que te permitía verlas bien, pero ellas no te veían a vos. Martina tenía ambas manos en la cintura, mientras que Eva había cruzado los brazos sobre el pecho. El grifo estaba abierto y el agua seguía corriendo, pero a ninguna de las dos parecía importarle demasiado; la tarea de la vara la vajilla había quedado olvidada.

"¿Acabás de llamarme ridícula?" Martina repitió, incrédula, antes de estallar, aún en murmullos apresurados "La que hoy dijo que le parecía una vergüenza que todos los amigos de nuestra familia vieran a uno de nosotros con una chica asiática fuiste vos, no yo. La que anoche le sugirió a mamá que hablara con Michelle para convencerla de dejar a Anthony en paz fue Gabrielle, no yo"

Eso último que dijo no sólo te sorprendió, también te hirió profundamente, como si te hubieran clavado un puñal en el corazón. ¿La misma madre y hermana a las que amás y adorás estuvieron hablando ayer y complotando par asacar a Michelle de tu vida? ¿Es esto real? Nunca lo hubieras esperado. Jamás te hubieras imaginado que de tu propia familia pudiera venir algo como esto. Pero al parecer no son lo que pensabas que eran. Al parecer viviste muchos años equivocado. Al parecer hacía falta que sucediera esto para que tus ojos se abrieran y vieran con claridad y en su esplendor una realidad absolutamente diferente a lo que creías que tu familia era.

Y eso te lastima

Te lastima, te hiere muchísimo.

"Las que tienen una mentalidad propia del siglo XIV" siguió Martina en defensa de tu postura (y también en defensa tuya y de Michelle) "son ustedes, no yo. Las que van a terminar perdiendo un hijo y un hermano respectivamente, son ustedes, no yo"

Ese último comentario causó que un nudo muy apretado se formara en tu garganta y que el estómago se te retorciera como si una mano invisible lo hubiera tomado en su puño y estrujado con fuerza. Porque lo que Martina estaba diciendo encierra una verdad muy fuerte: Dios no lo permita, pero si tuvieras que elegir entre tu familia y Michelle, es evidente a quién elegirías. Te dolería en el alma, te haría pedazos, te destrozaría, significaría un sufrimiento enorme, pero no dudarías en elegirla a ella. Puede que suene egoísta, puede que suene loco, puede que suene extremista, puede que suene obsesivo, pero si tu madre llega a presionarte y a empujarte hasta el borde del risco, si te pone contra la espada y la pared y amenaza con embestir, no demorarías si quiera una milésima de segundo en tomar una decisión.

Eva explotó, sin que su tono de voz dejara de ser apenas más alto que el de un susurro apresurado.

Por favor!" chasqueó la lengua otra vez, desacreditando a Martina "Como si Tony fuera capaz de dejar a nuestra familia por una cualquiera"

Te corrió por el cuerpo el terrible impulso de entrar en escena finalmente, salir de tu rol de espectador oculto entre las sombras e interrumpir la discusión entre tus hermanas para dejarle en claro a Eva que Michelle no es una cualquiera, y que Martina definitivamente te conoce mucho mejor de lo que ella, Gabrielle o tu propia madre pueden decir, porque no te temblaría el pulso ni un poco si te llevaran al punto tal de verte obligado a elegir entre ellas y Michelle.

Sin Michelle no podrías vivir. Literalmente te morirías, te consumirías hasta quedar reducido a una cáscara vacía, a un cuerpo sin pulso, sin aire en los pulmones, sin sangre fluyendo por sus venas. Michelle es la luz que ilumina tu mundo, es la que le da sentido a absolutamente cada cosa que te pasó, la que va a hacer que valga la pena afrontar todo lo difícil que el futuro tenga preparado para vos, la que despierta en vos un amor tan hondo que no creíste posible pudiera existir un sentimiento tan inmensamente puro hasta que la conociste y te enamoraste a primera vista. La amás tanto que la mejor forma de torturarte y luego conducirte a terminar con tu vida sería arrancándola de ella.

La conocés lo suficientemente bien para saber que jamás te obligaría a elegir entre tu familia o ella. También creías conocer a tu familia, por supuesto, pero vistas las cosas como están ahora, te has llevado una de las desilusiones más grandes que alguna vez pudieras haber imaginado, porque las reacciones que han tenido tus hermanas y tu madre te afectan tanto… Simplemente no podías creerlo. Te parecía todo tan surrealista, como si fuera un mal sueño, o como si no estuviera sucediéndote a vos, como si el pobre desdichado escuchando tras la puerta la discusión entre sus hermanas luego de haber despedido a su abuela para siempre fuera otro pobre tipo, y no vos.

Pero sí estaba sucediéndote a vos. El pobre tipo escuchando detrás de la puerta, aquél cansado y herido en el corazón y en el alma, cansado física y mentalmente, con las emociones hechas jirones, eras vos. El que perdió a su abuela y tenía que escuchar a sus hermanas peleando porque una parte de su familia acepta a la mujer que ama y la otra la aborrece por algo tan estúpido como diferencias raciales, eras vos.

"Tené mucho cuidado con lo que decís" Martina la previno; el sonido de su voz llamó tu atención e impidió que entraras hecho una furia a la cocina, dejándote aún de pie, clavado en el mismo sitio, con las palpitaciones fuera de ritmo y la sangre hirviendo en tus venas.

"Martina, con tu inteligencia excepcional" sarcasmo puro empapaba esas palabras "me extraña que no hayas podido conectar todos los cables y resolver la ecuación" Eva continuó "Tony es su jefe" siguió, con un tono que indicaba que consideraba lo que estaba diciendo un enorme obviedad "Es por lo menos unos cinco años mayor que ella, eso se nota a la legua. Si sumás dos más dos, el resultado es que esta chica piensa que acostándose con él va a conseguir algún tipo de ventaja" dijo con su lengua filosa y aires de sabelotodo, como si aquella que ella estaba pregonando fuera la verdad absoluta, indiscutible, irrefutable y científicamente comprobada.

"No te imaginás cuán terrible, total, profunda y absolutamente equivocada estás" Martina resopló con enojo "Para empezar, ella no está con él porque pretende aprovecharse y sacar algún tipo de ventaja. Y él no está con ella porque la ve como otra pieza para su colección de mujeres. Así que con tus prejuicios podés hacer un bollito de papel y tragártelo"

Estabas clavándote las uñas tan fuerte en la palma de la mano que te hacías daño, pero apenas podías sentirlo, porque tu enojo y tu furia eran demasiado grandes. Tus sentidos estaban agudizados, pero tu capacidad de reacción mermada, y tus pies parecían haber echado raíces en el suelo.

Tu hermana bien podría hacer ese bollito de papel con sus prejuicios y tragárselo, porque no son más que eso: prejuicios. Claro que no estás con ella para aprovecharte de que es joven e inocente. Por supuesto que no la consideras otra pieza en tu colección de mujeres. ¿Por qué te juzga así? ¿Por qué tienen que pensar que ella te importa tan poco como te importaron todas las demás? ¿Por qué es Martina la única que puede ver que estás enamorado de verdad y que no estás jugando? ¿Por qué no pueden aceptar que encontraste algo bueno, algo que te hace feliz, algo por lo que vale la pena despertarse todas las mañanas y soportar estoicamente el peso del mundo sobre tus hombros?

Todas esas preguntas te taladraban la cabeza, con una fuerza tan grande que por un instante el dolor de la pérdida de tu abuela aflojó a tal punto que solamente eras consciente de tu corazón latiendo contra tus costillas, tus oídos zumbando y las palabras que caían de boca de tus hermanas llegando a ellos, aumentando tu entumecimiento a la vez que también aumentaba tu terrible cólera hacia la facilidad con la que Eva estaba juzgando algo que desconocía, y una admiración pura hacia Martina por defenderte tan convencida.

"No son prejuicios" Eva contestó a las acusaciones de Martina "Quiero proteger a mi hermano"

¿Protegerte? ¿Protegerte de qué? ¿Con qué derecho se creía ella conocedora de los males que pueden estar esperando ocultos para atacarte? ¿Protegerte? Dios, las palabras sonaron tan ridículas, que te costó unos segundos asimilarlas.

Quiero proteger a mi hermano.

¿Debería haberte conmovido escuchar a tu hermana mayor diciendo que quería protegerte? Pero, ¿de qué? ¿Quiere protegerte porque piensa que va a pasarte lo mismo que la última vez que decidiste meterte en una relación más o menos seria?

Pero Michelle no es Nina. No es para nada lo que Nina era. No es la arpía fría y calculadora que Nina era (es, mejor dicho, porque ahora anda suelta, luego del trato que hizo con el Presidente a cambio de dar información para ayudar a encontrar la bomba que amenazaban con hacer estallar en la ciudad de Los Angeles).

Y también está la pequeña diferencia de que a Nina no la amabas, Nina no significaba tu mundo entero, Nina no era aquél hilo del cual pendía tu existencia, Nina no encerraba todas las claves a tu felicidad, Nina no te tenía totalmente hipnotizado, con Nina nunca pensaste en la posibilidad de casarte y tener hijos. Nina era una víbora venenosa, una arpía, y te arrepentís del momento en que te dejaste dominar por la calentura y terminaste enredado con ella, pero no podés volver el tiempo atrás. Te arrepentís de haberle hablado a tu familia de Nina, de habérselas presentado, de haber ido corriendo a casa de tus padres cuando estabas malherido y destrozado, te arrepentís de haberlos dejado ver el efecto que ese día fatídico manchado de sangre tuvo en vos, pero no sos dueño de dar vuelta las agujas del reloj y retroceder para evitar cometer esos errores que provocaron en tus hermanas y padres una paranoia tan grande que piensan que tienen que protegerte de la mujer a la que de verdad amás, la mujer con la que querés estar hasta el último minuto de tu vida, la mujer con la que querés construir todas las cosas que nunca pensaste encontrarías a alguien con quien construirlas.

Si es eso de lo que tu hermana quiere protegerte, pensaste, entonces ojalá existiera la forma, ojalá existieran las palabras, ojalá existiera el modo de explicarle, de hacer que entienda que Michelle es la personita más tierna del mundo, y que el hecho de que trabaje en la CTU no significa que está destinada a acabar convirtiéndose en otra más que va a apuñalarte por la espalda en cuanto tenga la primer oportunidad. Te gustaría contar con la forma para explicarles que no tienen que temer, no hay de qué temer, porque Michelle no va a lastimarte. Si lo que les preocupa es que te dejen otra vez hecho pedazos, pensaste, entonces ojalá tuvieras la fórmula para hacer que entiendan que eso no va a pasar otra vez.

Sin embargo las palabras que dijo tu hermana luego destrozaron tu teoría de que era eso de lo que quería protegerte, la tiraron abajo como quien sopla con fuerza para hacer caer un castillo de naipes, y tu furia creció hasta alcanzar niveles que rayaban la indignación total:

"Sos tan inteligente, Martina, y sin embargo a veces te comportás como una completa ingenua. ¿No se te ocurre, por ejemplo, que quizá busca embarazarse para después obligarlo a casarse con ella y tener una tajada de la fortuna que acaba de heredar, y de todo lo que va a heredar de nuestros padres? Hasta los hombres más seguros de sí mismo pueden dejarse manejar por una mujer como ella quiere cuando hay sexo de por medio"

Si hubieras tenido capacidad alguna de reacción, entonces esa reacción habría sido una risotada muy fuerte o una corriente de adrenalina tal que te hubiera llevado a darle un puñetazo a la pared.

La mera idea de que Michelle pudiera estar con vos por interés es total y absolutamente ridícula, y que tu hermana lo sugiriera evidenciaba lo poco que la conoce, y reforzaba lo dicho por Martina sobre los prejuicios. Nadie que conozca a Michelle podría decir una bestialidad como aquella. Michelle es la persona menos materialista que conoces (probablemente sea también la más amable, la más humilde, la más trabajadora, la más honrada, la más sincera… Pero teniendo en cuenta que estás enamorado de ella, puede que te cueste ser arbitrario). El amor que tiene por vos es totalmente desinteresado: sabés que te amaría aunque no tuvieras un centavo, aunque tuvieras los bolsillos vacíos, aunque estuvieras endeudado hasta la médula. Es cierto que la posición económica de tus padres es muy buena, pero eso ella no lo sabía, y aunque lo hubiera sabido, no le hubiera dado importancia. Sabés que el dinero no le importa. No es una de ésas que van de hombre en hombre buscando vaciarles la billetera, y luego una vez que los exprimieron los dejan tirados sin donde caerse muertos, pero sin embargo los comentarios e insinuaciones que estaba haciendo tu hermana daban a entender que ella pensaba eso de Michelle, lo cual te resultó indignante, no sólo porque tu hermana estaba difamando sin motivo a la persona que amás, si no porque esa personita también es la más dulce e inocente que conociste en toda tu vida.

¿Y decir que quizá sea una loca que tiene planeado embarazarse para que tengas que casarte con ella y quedarse con tu dinero? Es ridículo. Nunca antes habías escuchado algo tan terriblemente ridículo, y a la vez esas palabras que resonaron en tus oídos con potencia inexplicable eran la prueba más irrefutable de que Eva no tenía en que basarse, que estaba hablando por hablar, y que no tenía (ni tiene, ni tendrá) la menor idea de cómo es tu relación con Michelle, de lo mucho que la amás y lo mucho que la cuidás, de lo mucho que te importa demostrarle que a ella no va a ser una más, que para vos ella no es una cualquiera, que para vos ella significa todo. No es como las otras mujeres con las que alguna vez estuviste por diversión, sin compromisos, sin que hubiera amor; con ella querés tomarte tu tiempo, querés esperar, no querés apurar las cosas, querés ir despacio. Los motivos por los que estás con Michelle van mucho más allá de la atracción física. Y puede que una vez hayas sido lo suficientemente estúpido como para dejar que Nina te manejara a su antojo, puede que hayas sido lo suficientemente estúpido para volverte su esclavo a cambio de sexo (inconscientemente, por supuesto, pues era un contrato no verbal y tácito), pero otra vez: Michelle no es Nina.

Si tu hermana mayor realmente te conociera, si realmente conociera a Michelle, entonces sí hubiera tenido algo de autoridad para hablar, pero no hubiera dicho ninguna de esas estupideces. Si tu hermana mayor realmente supiera cómo son las cosas, sabría que Michelle no necesita embarazarse para tener una excusa con la que obligarte a casarte con ella, porque prácticamente desde el primer beso estás muriéndote de ganas de preguntarle si quiere ser tu esposa.

"No, no se me ocurrió esa exótica idea. ¿Sabés por qué?" Martina contraatacó, y sin esperar respuesta a su pregunta retórica siguió diciendo "Porque yo no tengo mis puntos de vista distorsionados: siempre tuve bien en claro que ustedes se escandalizarían cuando supieran de Michelle, no me cegué y me dije mentiras a mi misma con las cuales contentarme y así evitar ver que no son tan perfectos, comprensivos y tolerantes como les gusta aparentar serlo"

Mentiras, quizá durante mucho tiempo vos te contentaste con mentiras, se te ocurrió. Vos nunca hubieras pensado que las diferencias étnicas entre Michelle y vos serían un problema, hasta que Martina lo señaló como tal cuando le dijiste que era japonesa. Tal vez vos habías preferido estar con una venda en los ojos y tapones en los oídos, negándote a ver y escuchar pequeñas sutilizas que, si bien no pasaban de ser detalles, estuvieron siempre presentes, marcando cosas que vos ignoraste pero que tu hermana supo distinguir, dado que no todo lo que brilla es oro, pero hay que saber exactamente qué mirar y cómo mirarlo para descubrir entre todo el brillo qué es oro y qué no lo es.

Vos pensabas que tu familia era comprensiva y tolerante (nunca pensaste que fueran perfectos, porque pocas cosas sobre la faz de la Tierra sino apenas un puñado lo son), y sin embargo durante el peor fin de semana de tu vida, en una circunstancia que te dejó partido al medio y tambaleándote, luchando por seguir en pie, te diste cuenta que no son tan comprensivos y tolerantes como creías, lo cual es una desilusión enorme, enorme e hiriente.

Sin embargo, mientras que te duele la reacción de Eva, mientras que te duele la reacción de tu mamá, es inevitable tener en cuenta reacciones como la de Martina, que estaba defendiéndote con uñas y dientes, cuando en realidad bien podría haberse callado la boca y evitarse problemas. Pero tu hermana menor no es así. Tu hermana menor nunca se queda callada y deja que las cosas fluyan. Y en ese momento, escuchándola escondido detrás de la puerta, con el corazón latiendo desaforado, no pudiste evitar que junto a la furia, el enojo y la tristeza se mezclara una oleada de orgullo y gratitud.

"Michelle no quiere usar a nuestro hermano para avanzar en su carrera, y tampoco quiere embarazarse para obligarlo a casarse con ella y así conseguir alguna ventaja económica…" chasqueó la lengua con tanta fuerza que sonó como un latigazo dado al aire "¡Por Dios, Eva!" estalló, manteniendo la voz en un susurro cargado de bronca "¡Tus teorías dichas en voz alta suenan tan ridículas como la trama de una telenovela de bajo presupuesto!" la acusó.

"Perdón, hermanita" comenzó Eva "No todos tenemos oportunidad para nutrir nuestro cerebro leyendo a Tolstoi en Ruso o a Aristóteles en Griego" con cada palabra que decía, la ironía, la frustración y la irritabilidad se volvían más evidentes, más palpables, y el ambiente se tensaba a tal punto que daba la impresión podía cortarse con un cuchillo. "Algunos vivimos en el mundo real, donde hay arpías con las garras afiladas listas para clavárselas a personas honestas y decentes como Tony"

Clavaste tus uñas en las palmas de tus manos con tanta fuerza que no te hubiera sorprendido comenzar a sangrar, pero incluso de haberte infligido heridas lo suficientemente profundas como para que brotara algo de sangre, no te hubieras percatado. ¿Dónde estaba tu capacidad de reacción? Tu hermana ya había dicho bastantes cosas, ya había expresado bastantes de sus prejuicios sin fundamentos como para despertar en vos un huracán demoledor y arrollador, y sin embargo si bien dentro tuyo había un torbellino dando vueltas fuera de control, si bien tu corazón latía desaforado haciéndote daño al golpear contra las costillas, si bien tenías los labios muy apretados y la mandíbula desencajada, tus pies seguían atornillados al suelo, y tus músculos tensos y rígidos como el acero parecían haber perdido la capacidad de moverse.

Cuando Eva volvió a hablar, otra vez tuviste esa sensación parecida a una descargara eléctrica agitándote completo, pidiéndote que en un impulso te descargaras dándole un puñetazo a la pared, pero te contuviste.

"Quizá en tu pequeño universo de literatura clásica, existan los cuentos de hadas, pero en el universo real hay mujeres capaces de mucho con tal de conseguir dinero o avanzar un par de puestos"

Inmediatamente memorias volvieron a tu mente, resurgieron del pequeño arcón en el que se guardan aquellos recuerdos que esperás no olvidar nunca, aquellos recuerdos que tu corazón sería incapaz de perder, regresaron como flashes en blanco y negro cuyas imágenes pasaron demasiado rápido por las retinas de los ojos con los que desde adentro mirás tus recuerdos, y el sonido fue apenas audible en los confines de tu cerebro, pero la sensación que te provocaron fue impactante como un golpe directo al pecho.

Nosotros dos vamos a vivir el cuento de hadas más lindo de todos, te lo prometo... te prometo, princesa, que voy a dedicar cada día de mi vida a esforzarme por regalarte el cuento de hadas más lindo de todos.

Eso le dijiste a Michelle una vez, cuando te contó que sus padres no tuvieron el mismo final feliz que los tuyos, mucho antes que aprendieras más detalles sobre esa niñez tan triste en la que tuvo que soportar la ausencia de su papá – fallecido cuando era una criaturita – y los años de alcoholismo y depresión seguidos de abandono por parte de su mamá. No, no se lo dijiste: en realidad se lo prometiste. Y vos nunca rompés una promesa, nunca faltás a tu palabra; es sólo ella quien puede doblar tu razón, sólo ella quien puede llevarte a quebrar una promesa, sólo ella puede darte motivos para que faltes a tu palabra. Ella y nadie más que ella. Ninguna otra mujer sobre la Tierra, ningún otro ser humano sobre la Tierra podría darte motivos suficientes para no cumplir algo que prometiste.

Entonces, si vos, que sos escéptico, que nunca fuiste ni romántico ni cariñoso hasta que te enamoraste de una persona demasiado necesitada de romanticismo y afecto como para no transformarte totalmente en tu locura por darle todo lo que precise para ser feliz, si vos que creías que el amor era para unos pocos afortunados, si vos que pensabas que ibas a pasar el resto de tu vida en la cama de una y en la cama de otra sin buscar nada serio, si vos que te reías en silencio y con algo de pena de los tontos capaces de hacer cualquier cosa por una mujer sin sospechar que un día terminarías igual de obsesionado y enloquecido, si vos que te cuidás como nadie de prometer cosas que sabés vas a poder cumplir porque iría contra tu naturaleza quebrar tu palabra le prometiste a ella transformar la vida cotidiana de los dos en un cuento de hadas mágico con final feliz, ¿entonces qué derecho tiene tu hermana de – además de difamarla y lanzar prejuicios sin fundamento y porque sí – afirmar con tanta seguridad que esas historias de amor existen sólo en la ficción y que en la vida real sólo hay arpías con garras afiladas esperando para desollar a algún pobre estúpido lo suficientemente tonto como para caer bajo sus venenosos hechizos?

¿Por qué en el mundo real no pueden existir los cuentos de hadas? ¿Por qué tienen que pertenecer obligatoriamente a aquél mundo construido por la literatura y la imaginación? La magia no tiene por qué ser elaborada, complicada y plagada de sorpresas y experiencias impactantes. Hay magia como la que vos experimentás todos los días en tu vida cotidiana, esa magia que hace que tus pulsaciones se aceleren y que una sonrisa se dibuje en tus labios. Es esa magia sencilla la que te da fuerzas todos los días, la que te recuerda lo lindo de sonreír, lo dulce que puede ser un beso dado en cámara lenta, lo cálido de quedarse dormido abrazando a la persona a la que amás, lo tierna que puede sonar la risa cuando se ríe de a dos.

Esa es la clase de magia que querés. Esa es la clase de magia con la que se construyen los cuentos de hadas que tienen finales felices. La magia que se esconde en esas pequeñas cosas que aunque ocurran en la vida cotidiana encierran importancia y significado profundos es la que hace que ella se sienta una princesa cada vez que está con vos, y que a vos te nazca el deseo de querer ser una mejor persona cada vez que te das cuenta de cuán perfecta es ella.

Si tú hermana cree que en la realidad los cuentos de hadas no existen, reflexionaste, entonces ella sabe sobre amor mucho menos de lo que sabés vos.

"Esas palabras las repetís porque las escuchaste de boca de mamá, ¿no?" La acusación de Martina devolvió tu atención a la discusión que estaba teniendo lugar entre tus dos hermanas y que vos escuchabas escondido en las sombras, sin tener mucha conciencia de que podría aparecer alguien y sorprenderte detrás de la puerta entornada; confiabas en que tu madre y tus otras hermanas estarían muy ocupadas terminando de limpiar el resto de la casa (con lo histérica que tu madre es, supusiste que probablemente hasta estuviera repasando habitaciones a las que las visitas no fueron, sólo por el puro hábito de limpiar hasta el cansancio físico para despejarse y atenuar el dolor o los nervios).

"No dependo de mamá para formar mis propias ideas y conceptos" Eva se defendió, y luego atacó con otro comentario sarcástico e irónico dirigido para lastimar a Martina "No tengo un coeficiente intelectual extraordinario como el tuyo, pero puedo pensar por mi misma. No soy una marioneta"

"Gabrielle y vos son títeres, y mamá es quien jala de los hilos a su antojo" el comentario de Martina debe haberse sentido como si a tu hermana mayor le hubieran propinado una buena patada en el tobillo para hacerla caer de bruces al suelo, y si bien te dolió reconocerlo, la realidad es que mucha verdad encerraban esas palabras "Si utilizaras tu propio criterio en lugar de seguir a mamá en su descabellada idea de que los latinos sólo deben casarse con latinos para tener hijos con genes puros y preservar intactas las costumbres de generación en generación, como si fuéramos perros de raza o caballos pura sangre en lugar de seres humanos con sentimientos, entonces podría ver que Michelle es una chica muy buena que se preocupa por nuestro hermano y que está profundamente enamorada de él. Con lo mal que la hicieron sentir en menos de dos días, ¿acaso creés que se habría quedado por otro motivo que no sea amor?"

Qué cierto aquello que dijo. Cualquier otra hubiera huido despavorida. Cualquier otra no hubiera soportado todo aquello. Nina estuvo en circunstancias muy distintas en casa de tus padres, por motivos festivos, en lo que se suponía sería un fin de semana relajado y divertido, y se la pasó quejándose por esto, por lo otro y por aquello (sumado a eso, claro, el pequeño incidente del baño, pero ese fue un tema aparte). Michelle se dio cuenta que en esa casa la mayoría de tus familiares considera ella sobra, que creen que va a lastimarte, que es otra arpía, que es otra víbora, que es otra que quiere infectarte con su veneno, que pretende usarte, que es una aprovechadora, que no te conviene porque es asiática y no latina. Michelle llegó a casa de tus padres de improviso, todo pasó de golpe, todo fue de repente, todo fue un shock tremendo, todo se desarrolló tan rápido que apenas tuvieron tiempo para procesarlo, y del contexto se pueden decir muchas cosas menos que es el ideal. Michelle se mantuvo tan calmada como posible, sin flaquear si quiera un poco, haciendo esfuerzos sobrehumanos para seguir en pie y soportar todos los piedrazos que le arrojaran, porque sabía (sabe) cuánto la necesitabas a tu lado, incluso si tan solo para abrazarte y susurrarte al oído que todo va a estar bien, para calmar tu miedo al olvido y prometerte que su corazón y el tuyo siempre van a recordarse sin importar lo que pase con sus mentes a medida que progresen los años. Si Michelle no te adorara como te adora, probablemente ya hubiera salido corriendo, te hubiera dicho que no vale la pena, le hubiera dicho de todo a tu mamá y a tus hermanas y se habría subido al primer vuelo con destino a California.

Pero Michelle no es cualquier mujer. Sabés que si se lo pidieras, caminaría sobre agua por vos. Caminaría sobre fuego por vos. Haría cualquier cosa por vos, absolutamente cualquier cosa, sin importar las consecuencias, sin importar su propio dolor, sin importar lo que el pase a ella. Te duele pensar que tenga que andar sobre vidrios rotos por causa tuya, pero te maravilla a la vez lo poderoso del amor que siente por vos, que le da la fuerza que necesita para soportar cualquier herida sin morir desangrada o abandonar el juego, como cualquier otra haría.

"Mirá" Martina continuó, con practicidad, haciendo con la mano un ademán de impaciencia, probablemente buscando dar por zanjado el tema teniendo ella los treinta y tres de mano, para taparle la boca a Eva y dejarla sin posibilidad de seguir refutando verdades con excusas tontas y carentes de fundamentos "si Michelle estuviera buscando dinero o un ascenso, podría conseguirlo engatusando a otro hombre sin meterse hasta el cuello en tantas complicaciones"

El nombre "Michelle" y las palabras "otro hombre" en la misma oración no te gustaron para nada. No porque pienses que alguna vez eso vaya a suceder (nunca se te cruzaría por la cabeza), no porque pienses que ella podría dejarte por otro, no porque tengas miedos o inseguridades respecto a eso. Sabés que Michelle sería incapaz de abandonarte, sabés que el amor que siente por vos es puro y absolutamente incondicional, sabés que te adora por sobre todas las cosas, sabés que te admira, sabés que sos su héroe, y es un masaje muy grande a tu ego masculino saber que ningún otro la tuvo dormida en sus brazos, que ningún otro pasó horas enteras observándola sumergida en un sueño profundo, que ningún otro recorrió el cuerpo que ella quiere que vos vayas descubriendo de a poco, que nunca hubo besos o caricias que puedan compararse a los tuyos.

Pero simplemente no te gustó que alguien hiciera una teoría como esa, que si ella pretendiera usarte podría conseguir sus propósitos más fácilmente con otro sin meterse en tantos problemas. Sos posesivo y celoso, y cuando se trata de Michelle tus celos y tu posesividad van mucho más allá de la obsesión. Ella es tuya, y de nadie más, y puede sonar demasiado territorial, demasiado machista, pero el mero pensamiento de que alguien – incluso si ese alguien es tu propia hermana, hablando hipotéticamente y en su defensa, ni más ni menos – deje caer de sus labios un conjunto de palabras entre las que se encuentran el nombre de la mujer que considerás tu propiedad absoluta y la mención de cualquier otro hombre que no seas vos – incluso si sólo mencionó el género y no a una persona específica – fue suficiente para que la sangre te hirviera en las venas, te clavaras las uñas con más fuerza en las palmas de las manos, y tu cabeza llena de angustia, cansancio, bronca y mil millones de emociones más golpeándola como si todas juntas formaran un martillo gigante y pesado hubiera estado a punto de estallar.

Pero fue una reacción natural e impulsiva producto de tu enorme, gigante, incontrolable, incontenible ego. Fue una reacción natural e impulsiva de tus celos, de tu desorden de posesividad, de tu obsesión. Cualquiera con los cables bien conectados a la cabeza te consideraría un loco, y es probable que lo estés, porque alguien así de posesivo, que antes una simple hipótesis tiembla de furia de pies a cabeza consumido letalmente por unos celos que no debería sentir, celos que dejan reducido a nada por segundos el resto de sus emociones – que en tu caso eran demasiado fuertes, porque venías de pasar las últimas cuarenta y ocho horas al borde del abismo, con todo dado vuelta por dentro y el alma hecha jirones -, alguien así de posesivo no es precisamente normal. Pero no te preocupa, honestamente, porque Michelle está igual de loca que vos, es igual de celosa que vos, y todavía más posesiva (para cada roto hay un descocido, ¿no? Eso dicen).

"Sin embargo, la pobrecita está aguantando estoicamente desde ayer por la mañana que la desprecien por el simple hecho de que no les gusta que sea asiática" la voz de Martina en susurros furiosos te recordó nuevamente que tenías problemas más importantes que atender, y que tu realidad se hallaba aconteciendo en un marco mucho más caótico y doloroso que lo que puede provocar tu súbita e impulsiva oleada de celos basada en un pensamiento que fugaz cruzó tu cabeza por un comentario hipotético que hizo tu hermana.

La respuesta de Eva fue mordaz y no se hizo esperar:

"Quizá haga falta presionar un poco más para que se dé cuenta de que le conviene alejarse de Tony y dejarlo en paz"

Aquello se sintió como una parada en el estómago, como una puñalada en el pecho. Te dejó sin aire. Esas palabras habían sido dichas con malicia, y te costó creer que la mujer de cuya boca habían salido fuera tu hermana mayor, aquella bonita y graciosa que cuenta chistes en las reuniones familiares, aquella que lleva corriendo en sus venas la misma sangre que corre por las tuyas, aquella con la que jugabas a las damas chinas cuando eras chico, aquella que siempre te hace reír con sus payasadas, aquella que cuando te mira con sus expresivos ojos oscuros te recuerda a su mellizo, a tu hermano.

¿Presionar? Esa era la palabra que retumbaba en los confines de tu pobre cabeza. ¿Presionar a Michelle para que te deje en paz? ¿De repente estabas emparentado con un grupo de mafiosos y recién te dabas cuenta? (lo de la mafia lo pensaste en un arrebato de furioso y salvaje sarcasmo, obviamente, en respuesta a tus emociones encontradas que chocaban unas contra las otras tratando de abrirse paso y llevarte a reaccionar, resultando en que al final no hubiera reacción alguna, porque tus pies siguieron clavados al suelo). ¿De qué estaba hablando Eva? ¿Presionar a Michelle?

Que se animen a intentar hacerle algo pensaste de pronto, enfurecido. Estabas seguro de que no podrías aguantar mucho más sin intervenir, que en cualquier momento tu cuerpo recibiría una descarga eléctrica que lo sacaría de su entumecimiento y lo llevaría a entrar en escena. No querías armar un escándalo, no en el fin de semana de la muerte de tu abuela, no en casa de tus padres. No querías armar un escándalo para no angustiar a Michelle, para que no se pusiera mal, porque sabías que la destrozaría verse envuelta en medio de un problema familiar, y lo que menos deseabas era causarle un daño. Estabas tratando de respirar profundo para calmarte, y sin embargo sentís el pecho lleno de concreto o de plomo, tan pesado que el aire no pasaba, el oxígeno no llegaba a tus pulmones.

Lo que te hubiera gustado decir, sin embargo – palabras más, palabras menos – lo dijo Martina, con un tono bajo y desafiante impregnado de una dulzura sarcástica empalagosa.

"Lastimen a Michelle de alguna forma. Anímense. Dáñenla emocionalmente, digan una palabra para herirla o para causarle mal a propósito, y Anthony no les va a hablar nunca más durante lo que le quede de vida. Le va a importar poco y nada pelearse con ustedes para siempre si eso significa defender a Michelle"

No pudiste evitar sentir orgullo inflándose dentro de vos otra vez. Es impresionante lo bien que Martina te conoce. Es impresionante como cada sílaba salida de su boca reflejaba tus pensamientos más profundos.

A tu familia jamás le perdonarías que le hicieran daño a Michelle, de ninguna manera. Sabías que ella había estado todo el fin de semana tragándose la angustia, aguantando las lágrimas, soportando estoicamente cosas que no cualquiera hubiera soportado, poniendo la otra mejilla, tratando de fingir que todo estaba bien cuando en realidad por dentro estaba hecha pedazos, manteniendo la compostura por vos, ayudándote a estar de pie, cuidándote cuando vos no tenías fuerzas ni para abrir los ojos. Si la hubieras visto llorando desconsoladamente por culpa de un comentario de tu mamá o de una de tus hermanas, honestamente no se te ocurre cómo hubieras reaccionado, pero probablemente como mínimo el resultado de eso habría sido una discusión con un final para nada alejado de la versión de Martina.

Que traten de alejarla de vos. Que traten de separarte de ella. Casi sentías el impulso de ir y desafiarlos, de animarlos a probar, de animarlos a hacer el intento, así como Martina lo había hecho con Eva, con ese tono burlón y una media sonrisa cargada de ironía dibujada en su rostro. Que traten de lastimarla, y no volvés a hablarles nunca más. Que traten de interponerse entre ella y vos, y no volvés a hablarles nunca más tampoco. Te dolería en el alma verte obligado a llegar a ese extremo, te dolería en el alma verlos a ellos con sus acciones obligarte a llegar a ese extremo, empujarte hasta dejarte en el borde del precipicio y colgando de una sola mano, te partiría al medio, te rompería el corazón en dos, pero lo harías. Si ellos la lastiman, vos lo harías, dejarías de hablarles, te alejarías para siempre, no se lo perdonarías nunca más a tu familia que trataran de separarte de ella, que trataran de hacer que 'te deje en paz'.

Se te formaría un hueco enorme en el corazón de tanta angustia, pero lo harías. Que no les quepa ni la menor duda, no te temblaría el pulso a la hora de elegir entre ella y tu familia, la elegirías a ella sin pensarlo dos veces, sin necesidad de meditación previa, sin necesidad de sopesar consecuencias, sin necesidad de reflexionar.

"¿Tan loco pensás que está?" Eva inquirió con una risotada apenas audible, una risa ahogada que hizo se te erizaran los pelos de la nuca. Era evidente que no daba crédito a las palabras de Martina, era evidente que no concebía la idea de que esa chica asiática con rulitos y ojos tiernos fuera capaz de tener sobre vos tanto poder como para conducirte a tomar la resolución de cortar lazos con tu propia sangre si ellos les pusieron piedras en el camino para que tropezaran y se hiciera añicos su relación.

Pero se equivocaba. Qué mal que hacía en no creer a Martina, porque las palabras de la menor de tus hermanas no podrían haber sido presagio más correcto.

"Sí. Muy loco está" Martina confirmó, asintiendo enérgicamente con la cabeza y sonriendo triunfante, convencida de haber ganado el argumento y de haber dejado a Eva sin armas para seguir atacando "Pero te aviso que más locas están ustedes si piensan que existe manera posible de separarlo de Michelle"

Al tiempo que ambas volvían a dirigir su atención a la montaña de platos que aún quedaban por lavar, enjugar, secar y guardar en su lugar (sin mirarse a los ojos ni hablarse, por supuesto, y un cuerpo del otro a considerable distancia, como si chispas salieran de sus anatomías), tu cuerpo recuperó la capacidad de funcionar, a medida que la corriente de adrenalina, enojo y furia iba disminuyendo, hasta convertirse en un dolor que quemaba por dentro.

Necesitabas irte de allí antes de que alguien se percatara de tu presencia.

Caminando como si a tus zapatos los hubieran llenado de plomo (o peor: como si a la sangre en las venas de tus pies la hubieran reemplazado por plomo líquido) volviste a salir por donde habías entrado y te dirigiste al piso de arriba. Precisabas descansar un poco antes de tener que volver a sentarte a la mesa con tu familia para la hora de la cena, antes de tener que volver a fingir que todo está bien cuando la realidad es que todo está mal, antes de tener que mirar a los ojos a tu hermana mayor, quien acaba de desilusionarte muchísimo.

De pie al comienzo del pasillo, escuchaste voces provenientes de todos los cuartos, dado que conociendo lo histérica que tu madre puede ser con la limpieza y la prolijidad, todos se habían ofrecido a ayudarla para alivianar la tarea y que ella no tuviera que ocuparse de dejar impecable cada rincón de la casa. No tuviste que devanarte los sesos ni ir abriendo puerta por puerta para saber dónde estaba Michelle, porque la respuesta era obvia: en tu habitación, limpiando, ordenando, puliendo y volviendo a limpiar cada centímetro de arriba abajo, como si hubiera pasado un tornado y destrozado todo, cuando la realidad es que apenas sí habían arrugado un poco el cobertor de la cama. Pero sabés que limpiar a ella le hace bien; es una obsesiva compulsiva del orden, hasta tal punto que raya la histeria (un sábado mientras vos te ocupabas de algo relacionado al trabajo, sentado con tu ordenador portátil en el sofá, ella limpió la cocina, el baño, el estudio, y todos los pisos de tu departamento hasta que los azulejos, baldosas y superficies de los muebles brillaban porque 'estaba aburrida'). Limpiar la distrae, la relaja, la ayuda a aflojar las tensiones, le da tiempo para meditar. Una noche en la que se quedaron despiertos hasta muy tarde con sus computadoras tratando de resolver algo que necesitaban tener urgente funcionando correctamente en los sistemas de la CTU, en un punto se encontraron en un callejón sin salida en cuanto a un programa que debían (bueno, que debía, porque el genio con las computadoras es ella, vos estabas ayudándole con la parte logística nada más) crear para ayudar a sostener las bases de otros programas, te dijo que para pensar necesitaba limpiar, que eso le aclaraba las ideas y la hacía plantearse las cosas con mayor calma. Lavó toda la vajilla que tenías guardada en los armarios de la cocina, y cuando terminó de secar el último plato, la última taza, el último cubierto, regresó sonriente a la sala de estar diciendo triunfante que ya se le había ocurrido una idea.

Con una media sonrisa en los labios ante el recuerdo fugaz de ese momento, sintiendo que tus propias tensiones se aliviaban un poco durante dos segundos, entraste a tu habitación, y efectivamente la encontraste allí. Estaba repasando la madera de las puertas del placar con una franela embebida y en limpiamuebles, tan concentrada que no notó tu presencia hasta que envolviste tus brazos alrededor de su cintura y reposaste tu cabeza sobre su hombro.

"Hola" te saludó, alzando instintivamente una mano para acariciar tu mejilla.

"Michelle, no tenés que limpiar la puerta del placar" comentaste, estrujándola un poco más fuerte, necesitando sentir algo real, algo bueno, algo constante en medio del absoluto caos en el que estabas sumergido desde el momento en que el viernes (¿había sido el viernes?, ¿sólo habían pasado unas cuarenta y ocho horas? Dios, te daba la impresión de que había ocurrido hacía siglos) te llamaron para decirte que tu abuela había muerto.

Dio media vuelta para quedar frente a vos, y tu cuerpo tenso como el acero se relajó cuando sus brazos se cerraron alrededor de tu cintura. Ya no te quedaban fuerzas ni para respirar, pero necesitabas abrazarla tanto como el cuerpo te lo permitiera. Apenas podías mantenerte en pie, porque estabas emocional y físicamente fulminado, destruido, hecho pedazos, convertido en cenizas, pero no te importaba, porque mientras ella estuviera ahí encontrarías la manera de sostenerte. Tus labios rozaron los suyos apenas, y por acto reflejo al sentir sus manos perdiéndose en tu cabello cerraste los ojos.

Tus brazos estaban sujetándola como si tu vida dependiera de eso, como si tu sanidad mental dependiera enteramente de aquél instante de paz, comunicándole con el cuerpo y sin usar palabras miles de millones de cosas que solamente ella podía comprender, porque los dos hablan el mismo lenguaje, ese lenguaje propio y único que forma parte de la magia que experimentan juntos cada día en las cosas más sencillas de la vida cotidiana.

"Me gusta limpiar" se disculpó en voz baja, mirándote con sus ojos de cachorrito abandonado "Ahora voy a limpiar el baño"

"Michelle" examinaste sus facciones con cuidado y detención "… Estás muy pálida y por el aspecto que tenés me doy cuenta que te sentís mal todavía" buscaste la manera de sonar un poco más cortante, más serio "Te prohíbo terminantemente que sigas limpiando. Una cosa es cambiar las sábanas, tender la cama, quizá repasar la madera de las puertas del placar… Pero no voy a permitir que estés doblada de dolor repasando los azulejos del baño con un cepillo de diente"

Rió con suavidad.

"No iba a repasar los azulejos del baño con un cepillo de dientes. Eso lo hago en casa nada más"

"No quiero que sigas esforzándote" repetiste, con la preocupación brillando en los ojos "¿Por qué no te echás a dormir un ratito?" ofreciste, esperando que aceptara descansar un poco, al menos una hora.

"No, no puedo echarme a dormir" negó con la cabeza "Lara me pidió que jugara con ella un ratito antes de que se fuera" no pudiste evitar la sonrisa que se formó en tus labios reflejado la suya "Quiere que pintemos. Le prometí que iba a enseñarle a dibujar mariposas antes de la cena, así que tengo que poner manos a la obra con eso pronto porque tu mamá dijo que hay que comer temprano para que puedan irse antes de que anochezca"

"¿Mi sobrina te pidió que jugaras con ella?" preguntaste entre sorprendido y enternecido.

"Sí"

"Entonces deberías dejar de limpiar e ir a enseñarle a pintar mariposas. Mientras yo voy a llamar a la aerolínea para conseguir pasajes en el primer vuelo que tengan disponible para mañana" anunciaste, besando la punta de su nariz.

"¿Por qué, Tony?" Michelle preguntó poniéndose de pronto muy seria y tensa.

"Porque quiero regresar a casa, Michelle" explicaste, mirándola directo a los ojos "Quiero que volvamos a casa, quiero estar a solas con vos, quiero dormir abrazándote sin que nadie me cuestione, quiero volver a tener paz y silencio, quiero ir volviendo a la normalidad" enumeraste algunas de las razones por las cuales necesitabas volver a Los Angeles de inmediato "Necesito volver a casa. Acá no puedo respirar" confesaste.

"¿Estás seguro?" preguntó. Evidentemente pensaba que estabas tomando la decisión de volver antes de tiempo por ella, para protegerla a ella, para evitar que siguiera estando expuesta a que todos le sonrieran con amabilidad para después darle la espalda y empezar a hablar mal de ella sin fundamentos.

"Sí, estoy seguro" afirmaste con convicción "Quiero que volvamos a casa. No me hace bien estar acá" luego agregaste, para convencerla "Estoy siendo totalmente honesto. Si necesitara quedarme en Chicago más tiempo, te lo diría. Pero no quiero quedarme, quiero que volvamos a casa" repetiste.

"Iría con vos a cualquier sitio" susurró, mientras con las yemas de sus dedos repasaba tus facciones, que pintaban exactamente el cansancio extenuante que sentías "… siempre y cuando no tenga que cocinar" agrega, para que la leve sonrisa que había sobre tus labios se acentuara un poquitito más, logrando su cometido sin dificultad alguna.

Nunca va a dejar de maravillarte como incluso en tu peor momento, en medio de la oscuridad, perdido en las sombras, víctima de un dolor demasiado profundo y demasiado complejo como para ser descripto, ella sabe exactamente qué decir y cómo decirlo para robarte una sonrisa o hacer que tus ojos brillen un poco.

"Voy a hacer ese llamado a la aerolínea ahora" dijiste, demorándote un segundo con tus labios sobre su frente antes de agregar ": No hagas esperar a mi sobrinita, es una nena muy impaciente" lo dijiste para convencerla de que dejara de limpiar un rato, por supuesto.

"Tu sobrinita es una nena muy dulce"

Y muy inteligente hubieras querido agregar, porque es evidente que con sus escasos tres años pudo ver cosas que tus hermanas y tu mamá prefieren ignorar, o que sencillamente no pueden apreciar porque están demasiado cegadas como para reconocerlas.

Le diste un último beso, que fue apenas un roce muy suave e inocente. El dolor, la bronca y la furia provocados por las palabras que Eva había dicho durante su conversación con Martina se habían aplacado en cuanto habías enredado tus brazos alrededor de su frágil y pequeña figura. Te hubiera gustado pasar el resto del día simplemente estrechándola, escuchando los latidos de su corazón y su respiración pausada, pero no era posible.

Te consolaba pensar que, cuando llegaran a Los Angeles (con suerte al día siguiente), podrías pasar el resto de la semana recuperándote en sus brazos, sanando las heridas dejadas por la muerte de tu abuela, por las actitudes de tu familia, por tu terrible y opresor miedo al olvido.

Lejos estabas de sospechar que había otras heridas que te serían infligidas, provocadas por palabras tan fuertes que sus efectos permanecen para siempre, sobreviviendo al paso del tiempo, grabándose en la memoria con la misma fuerza y la misma profundidad que lo hacen esos momentos mágicos que no querés olvidar, sólo que esas heridas en lugar de recuerdos hermosos son marcas imborrables.


Tuviste la suerte de conseguir pasajes para un vuelo que salía el lunes temprano, a las diez de la mañana. Si salían de casa de tus padres a las siete, estarían en el aeropuerto a las ocho, con el tiempo necesario para recoger los pasajes y abordar el avión. Si no se presentaban contratiempos, de acuerdo a tus cálculos llegarían a Los Angeles pasado el mediodía, y para cuando el reloj marcara con sus agujas las dos y media de la tarde ya estarías en tu casa.

La primera complicación (porque todo plan que suena brillante es demasiado bueno para ser verdad, y uno se da cuenta que las cosas son demasiado buenas para ser verdad cuando surgen las complicaciones) se cruzó en tu camino cuando tuviste que decirle a tus padres que te irías al otro día bien temprano en la mañana. Esperaste a que tu padre hubiera vuelto de llevar a sus hermanas y cuñados al aeropuerto, y deslizaste el comentario tratando de que sonara como un aviso casual mientras tu papá ayudaba a tu mamá a pelar vegetales para la ensalada que serviría en la cena.

A tus padres no les agradó en lo absoluto que tomaras la decisión de volver a California al día siguiente del funeral de tu abuela, y muchas menos gracia les hizo que compraras los pasajes incluso antes de hablar del tema con ellos.

"Hijo, dijiste que tenías dos semanas libres debido a una reestructuración del edificio donde trabajás" tu padre comentó mientras cortaba zanahorias en trocitos. Estaba visiblemente disgustado y triste "Tu madre y yo creímos que te quedarías al menos hasta el viernes" agregó luego.

Te partía el alma verlo así, y hubieras dado lo que fuera por hallar las fuerzas necesarias para soportar a tu madre haciendo caminar a Michelle sobre vidrio cinco días más, pero sabías que no podías. Sencillamente no podías. Necesitabas volver a casa.

Les explicaste, valiéndote de un par de excusas que en tus oídos sonaron bastante convincentes, que debías estar en California por si algo surgía y precisaban que fueras a colaborar al departamento de Seguridad Nacional, a División o a Distrito, y que habías pedido a Chappelle, tu jefe, que te cubriera en caso de emergencia durante dos días, prometiendo regresar el lunes (odiaste mentir a tus padres, pero no viste otra forma de hacerles entender que debías irte). Tu papá acabó aceptándolo y dejando de lado el tema, aunque visiblemente angustiado y decepcionado, ya que – como él mismo te dijo – esperaba poder pasar algo de tiempo con vos durante esos días que pensó te quedarías en Chicago. Tu madre no hizo más que fruncir los labios y entrecerrar los ojos en una mueca mitad de enojo, mitad pensativa, mientras seguía cocinando, pero no musitó palabra alguna, lo cual te pareció extraño.

No tenías idea de todas las palabras que serían dichas entre tu madre y vos más tarde, y luego te arrepentiste de no haber interpretado ese sorprendente silencio como una señal de que se avecinaría pronto una tormenta potente y feroz, tan potente y tan feroz como la que desde la mañana azotaba a Chicago con una furia impresionante que había ido creciendo a medida que las horas se escapaban del reloj.

Durante la cena los adultos permanecieron en silencio, hablando poco y haciendo comentarios sobre el clima o sobre bueyes perdidos; todos habían quedado sensibilizados y tristes luego del funeral y entierro de tu abuela, y haber pasado toda la tarde recibiendo condolencias de las visitas y escuchando historias y anécdotas había cubierto la cuota de nostalgia que podían soportar aquel domingo. De tanto en tanto desde la punta de la mesa observabas a Eva, quien distaba de sospechar que habías escuchado todo lo que había dicho esa tarde mientras Martina y ella lavaban los platos.

Cuando media hora más tarde te despediste de tus hermanas, cuñados y sobrinos, apenas diste a Eva un beso en la mejilla, pero no creés que se haya percatado de tu frialdad, porque en tu familia no te conocen precisamente por ser el más afectuoso, el más cariñoso o el más propenso a dar abrazos. Lara, sin embargo – que tampoco es tierna, cariñosa o propensa a dar abrazos o mostrar afecto abiertamente – no quería soltar a Michelle, y sólo lo hizo después de diez minutos, cuando ella le prometió que la próxima vez que se vieran, iban a pasar más tiempo juntas jugando. Demás está decir que a tu mamá le cayó como un baldazo de agua fría que Lara apenas hablara cuando trató de despedirse de ella, limitándose a mantener la cabeza baja todo el tiempo y mirarla con timidez; ni siquiera sonrió un poco a tu madre, pero cuando Michelle la alzó en brazos y le prometió prestarle su oso de peluche cuando los visitara en Los Angeles, la sonrisa de la nena llegaba de una oreja a la otra.

La casa se sumió en un silencio palpable cuando sólo quedaron en ella tus padres, Michelle, Martina, Kiefer y vos. Presentías que tu madre no te dejaría escabullirte escaleras arriba en dirección a tu cuarto para echarte a dormir, y aunque realmente no había otra cosa que quisieras más que caer rendido sobre la cama, cerrar los ojos y no volver a abrirlos hasta que fuera hora de levantarse a la mañana siguiente para preparar las cosas e irte al aeropuerto, preferiste no hacerte el tonto e intentar escapar. Tu madre te había dicho que hablarían los tres: ella, tu papá y vos. El sermón que iban a soltarte ya podías presentir terminaría haciendo que tu cabeza se convirtiera en una máquina echando humo, pero ibas a tener que aguantarlo, pues oponer resistencia o tratar de escaparte sólo empeorarían las cosas, especialmente dado lo evidente que era que a tu mamá no le había caído nada bien que anunciaras con tan poca anticipación que Michelle y vos regresaban a California a la mañana siguiente (bueno, seguramente en los pensamientos de tu mamá Michelle puede irse a cocer tapioca si quiere; lo que le interesaba era que te quedaras vos).

No te sorprendió, entonces, cuando te tomó del brazo y te dijo en un susurro secreto más propio para una escena de una dramática telenovela mexicana que para el final de un día largo, triste y agotador como aquél que acababas de vivir:

"Anthony, tu padre y yo queremos hablar con vos"

Asentiste con la cabeza, sin decir nada más. Estabas exhausto, tenías la boca seca y estómago revuelto; la cena había sido liviana y nadie había comido mucho, pero vos directamente no deberías haber probado bocado, porque tenías la garganta cerrada. Sin embargo, te forzaste a hacer pasar a la fuerza una cantidad de comida medianamente aceptable por dos motivos: no querías que tu madre te persiguiera diciéndote que se preocupa por tu alimentación y que deberías hacer esto o lo otro para mejorar tu diera, pero principalmente porque notaste en estos dos meses que cuando vos no comes, Michelle opta por no comer tampoco, como si le diera vergüenza ser ella la única comiendo. Sin embargo, así y todo, incluso si te caías a pedazos y no podías esperar a subir a tu cuarto para estrellarte contra la cama y enterrar la cara en la almohada, tomaste la decisión de respirar bien profundo y encarar la conversación con tus padres.

Después de todo, era algo que tenía que suceder. Esquivarlo como si se tratara de balas no haría más que aumentar las posibilidades de salir herido en el tiroteo, así que, ¿para qué escapar? Además, vos no tenías nada de que escapar. Tus padres te darían su opinión, expresarían sus puntos de vista, y vos darías tu opinión también y responderías expresando tus puntos de vista, pero nada cambiaría en tu forma de pensar o sentir. De eso estabas seguro. Nada que ellos pudieran decir sería lo suficientemente poderoso como para darte vuelta la cabeza o, mejor dicho, darte vuelta el corazón. Nada de lo que ellos pudieran decir mermaría de modo alguno tu amor por ella.

Lo que no te imaginabas era que ese sermón que esperabas acabaría desembocando en una discusión bastante desagradable que provocaría en vos heridas hondas e irreparables. No te imaginabas que escucharías caer de la boca de tus padres – de tu madre, sobre todo – frases capaces de formar agujeros negros en tu alma, un alma frágil y sensible de la que no fuiste muy consciente hasta que el amor se apoderó de ella para volverla la de un humano después de que haya estado habitando los confines de un cuerpo que se asemejaba más al de un robot.

Amar siempre lleva un precio, y cuanto más profundo es el amor, más grande el precio es.

Le dijiste a Michelle que fuera a tu cuarto y que no te esperaba despierta; no sabías qué tan larga sería la conversación con tus padres, y no querías que ella se viera obligada a tener que mantener los ojos abiertos cuando era obvio que sus párpados estaban pesados como el plomo y no aguantaban más de medio segundo sin cerrarse solos. Estaba pálida, demacrada y daba la impresión de que – aunque los esfuerzos que hacía para disimularlo debían ser sobrehumanos – le dolía cada hueso del cuerpo; parecía a punto de derrumbarse de un segundo a otro. Cuando le prometiste que subirías en un ratito y le dijiste en voz baja que se quedara tranquila, que tus padres y vos sólo conversarían un rato, no pudiste evitar ver en sus ojos un brillo especial que era, inconfundiblemente, preocupación mezclada con tristeza. No pudiste evitar pensar que el brillo en esos ojos probablemente espejaba el brillo en los tuyos.


Tu padre y vos se sentaron a la mesa, él en la cabecera y vos a su costado izquierdo, dejando libre la silla del costado derecho para que tu mamá la ocupara cuando terminara de hervir agua para hacer café. A tus padres les gusta conversar de cosas placenteras, relajarse, escuchar música y pasar ratos agradables tomando mate, que es una infusión muy popular en Argentina, pero cuando tiene que llevarse a cabo una discusión seria sobre un tema importante, sirven café. Es algo que aprendiste luego de años de observarlos: el mate se asimila a charlas amenas y risas, mientras que el café guarda cierta relación con momentos reflexivos y de mucha seriedad.

Observaste a tu papá, cansado y cabizbajo, con el aspecto de haber sido pasado por encima con una topadora. Vos debías lucir igual, se te ocurrió. Los dos estaban exhaustos, eso se notaba a la legua, y sabías que – de haber podido elegir – él hubiera preferido irse a dormir temprano, para tratar de empezar a dejar atrás los eventos de ese fin de semana, para empezar a poner distancia y poder seguir adelante con la vida cotidiana. Pero claro: tu mamá, siempre con energías de sobra en cualquier circunstancia, tenía ganas de darte un largo sermón antes de que volvieras a California, y de acuerdo con ella era necesario que tu padre estuviera presente. Y él, como no puede decirle que no a nada, allí estaba, obediente, aguardando a que ella sirviera el café y diera por comenzada 'la hora de arrojarle piedras a Tony para ver si así se le aclara la cabeza y se da cuenta que salir con una asiática es un pecado capital'.

Pobre papá una voz susurró en tu cabeza, pero luego otra un poco más fuerte contestó desde el hemisferio opuesto: No, pobre no. Si no pensara como mamá, no estaría acá. Si no tuviera él cosas que decirme, no estaría acá. Que se haya mostrado más amable con Michelle no significa que aplauda tu relación con ella, sólo significa que es mejor que tu mamá cuando se trata de disimular hostilidades, sólo significa que estaba demasiado sumido en el dolor de haber perdido a la mujer que le dio la vida como para ocuparse de alzar la bandera de guerra contra la 'chica de otra raza' que pretende casarse con su hijo.

Trataste de reprimirlo, pero no pudiste evitar que por tus labios se escapara un largo suspiro.

Tu madre acababa de depositar tres tazas de porcelana, la azucarera y la lecherita sobre los mantelitos individuales, cuando la puerta de la cocina se abrió, causando que los tres dirigieran sus miradas a esa dirección para ver a quien acababa de entrar por ella.

"Pensé que habías ido a acostarte, hija" tu padre comentó, sorprendido de verla ahí.

Se había cambiado de ropa. Ya no llevaba el impecable pantalón de vestir negro y la blusa haciendo juego debajo de un saquito de hilo fino; tenía puesto un buzo blanco GAP con las siglas de la marca escritas en color uva, y un pantalón de jean de aspecto cómodo pero caro (si hay algo que tu hermana ama, además de comprar libros y discos, es desquitarse adquiriendo tanta ropas y accesorios como financieramente posible).

Con un fluido movimiento propio de una gacela o una bailarina clásica, se dejó caer en el otro extremo de la mesa, al tiempo que tu madre comenzaba a servir café en las tazas.

"Yo no quiero café, gracias" Martina dijo antes de que tu madre tuviera tiempo de reaccionar.

"¿Qué hacés acá, Martina?" preguntó, mirándola con evidente curiosidad, como si se tratara de un elefante en un bazar.

Tu hermana se encogió de hombros casi con descaro e hizo una mueca de despreocupación, como desmereciendo el asunto, antes de decir:

"Escuché que me acusaste de abogar por mi hermano" un silencio incómodo y denso cayó en la cocina durante algunos segundos "Bueno, vengo a hacer mérito a dichas acusaciones, para que después no tengas que tragarte tus palabras, mamá"

Ese "para que después no tengas que tragarte tus palabras" definitivamente fue como un cachetazo para tu madre, o al menos esa impresión te dio a vos, juzgando por lo pálido que se puso su rostro y su expresión laxa (que en la cara de tu mamá haya una expresión laxa es el equivalente a que empiecen a sonar sirenas a todo volumen y luces rojas y azules empiecen a brillar al compás). A tu padre y a vos también los tomó desprevenidos el súbito cambio de actitud de Martina; la chica tiene su carácter y siempre ha dado muestras de ello, pero nunca la escuchaste hablar así a tus padres, ni comportarse con ese descaro, ni mostrar esa actitud desafiante que pareciera emanarle por los poros.

Cuando tu madre se dirigió a ella, era evidente que estabas tratando de mantener la calma, de no alterarse. Tu madre es una mujer a la que le gusta demasiado la perfección, no le gustan los escándalos, le gusta que las cosas salgan bien, le gusta aparentar que su familia está unida y feliz y que no hay problemas (si uno lo medita, si uno reflexiona sobre ello, se parece mucho a su propia madre, probablemente mucho más de lo que le gustaría admitir, probablemente mucho más de lo que alguna vez admitirá).

"Por favor, Martina" dijo suavemente; sin embargo, su lenguaje corporal daba otro mensaje distinto al de su voz apacible: estaba asiendo la taza de porcelana con tanta fuerza que los nudillos de la mano derecha se le habían puesto blancos como la cal "Esto es un asunto entre tu padre, tu hermano y yo" remarcó especialmente quiénes eran – a su entender – parte del 'conflicto' (por carencia de un mejor término para describirlo).

Por un momento pensaste en morderte la lengua, pero tus impulsos fueron más fuertes que esa parte del cerebro que responde al raciocino, por lo cual no pudiste evitar intervenir. Antes de que pudieras percatarte de lo que decías, las palabras – en un tono respetuoso y tranquilo – estaban saliendo de tu boca:

"No veo por qué mi vida íntima es un asunto que tenga que discutir con ustedes, mamá"

Lo habías dicho. Finalmente lo habías dicho, finalmente le habías dicho a tu madre lo que pensabas, lo que llevabas tiempo pensando. Quizá no habías utilizado las palabras adecuadas para expresar todo lo que tenías latiendo dentro, porque es tu mamá y la respetás por sobre todas las cosas, pero al menos habías – de alguna forma – verbalizado tu opinión: no creés que sea necesario que tus padres te fuercen a hablar de tu vida privada y a tomárselo como si fuera asunto de ellos, cuando en realidad es sólo asunto tuyo, o llegado el caso: asunto tuyo y de Michelle.

"Anthony, tu madre y yo sólo queremos aconsejarte…" tu papá comenzó, con voz cansada y pesada pero con ánimos de conciliación, al tiempo que echaba un terrón de azúcar dentro de su taza de café y empezaba a disolverlo moviendo el humeante líquido con la pequeña cuchara de plata.

Pero Martina lo interrumpió antes de que pudiera completar la oración. Su actitud era tan mordaz y desafiante como la que había usado al dirigirse a tu mamá, sólo que esa vez sarcasmo puro empapaba cada sílaba, mezclado con algo así como pena o condescendencia.

"Papá, tus ganas de estar sentado a esta mesa, envuelto en esta situación, son tantas como las mías o como las de mi hermano" miro alrededor de la habitación, paseando la vista primero por vos, luego por tus padres "Los cuatro estamos cansados"

Aquello que acaba de señalar no podía ser más cierto: a vos se te partía la cabeza, te ardían los ojos, te dolía cada músculo del cuerpo, estabas emocionalmente exhausto, te sentías seco por dentro, tenías ganas de llorar pero las lágrimas parecían haberse quedado atascadas a mitad de camino y el llanto que pugnaba por salir pero no lograba convertirse en agua que nublara tu visión se acumulaba en tu pecho, oprimiéndolo. Tu padre no tenía mejor aspecto, definitivamente: lucía veinte años mayor, las pocas arrugas que tenía se habían multiplicado hasta convertir sus facciones en irreconocibles, era obvio que sobre sus hombros estaba llevando un peso demasiado grande, tenía los ojos vidriosos, de tanto en tanto le temblaban las manos. Las únicas de aspecto compuesto eran Martina y tu madre, y en el caso de ésta última eran visibles los esfuerzos que estaba haciendo por controlarse y no salirse de sus trece y empezar a dejar que las emociones que sentía – imposible saber cuáles – se manifestaran de algún modo.

"No fue precisamente un fin de semana fácil" siguió Martina, y luego volvió a usar su tono acusador y sarcástico mientras se encogía de hombros "y sin embargo mamá insiste en escrudiñar la vida privada de Anthony"

"Martina, tu padre y yo nos preocupamos por tu hermano" tu madre aclaró con firmeza "y dado que él ha decidido irse mañana a primera hora de la mañana" lanzó un reproche en tu dirección, tratando de disfrazarlo de comentario casual cuando en realidad era tan filoso como una espada y destinado a cumplir las mismas funciones "no nos deja otra opción que no sea la de intercambiar unas palabras con él esta noche"

Una parte de vos no podía dejar de preguntarse a qué estaría refiriéndose al decir que 'intercambiarían unas palabras'. ¿Qué clase de palabras serían intercambiadas en esa cocina, con la cafetera y un juego de tazas de porcelana sobre la mesa y Martina como autoproclamada e inesperada moderadora (por carencia de un mejor término)?

La tensión que podía percibirse en el ambiente, esa mezcla del olor de la lluvia con el del café recién hecho inundando el aire, la forma en que tu mamá restregaba las manos cada dos segundos y hacía sonar sus nudillos, el aspecto de tu papá de haber sido pasado por encima con una topadora, la presencia de Martina, tu propia angustia carcomiéndote con una furia y una violencia jamás antes sentidas… Bueno, digamos que lo recién enumerado contribuía a que tuvieras la sensación de que las palabras que intercambiaran no serían amenas. De algo estabas seguro: tus padres no iban a darte su bendición. Eran nulas las posibilidades de que te dijeran que apoyaban tu relación con Michelle, y los motivos que tenías para apoyar la teoría de que no encontraría felicitaciones y buenos deseos eran abundantes: tal vez encontraran la base de su argumentación en el hecho de que proviene del mismo 'nido de víboras' del que sacaste a Nina, tal vez te digan que no te conviene porque es diez años menor que vos y esa diferencia de edad es demasiado grande, tal vez te quieran endilgar el discursito ese que Martina vaticinó en tu futuro con todo el tema de que 'los latinos deberían casarse con los latinos, los japoneses con los japoneses, mejor no nos mezclemos que así empiezan los problemas, cuando la gente quiere jugar a Los tuyos, los míos y los nuestros'.

Sea como sea, estabas preparado para escuchar sus objeciones, estabas preparado para soportar los golpes que trataran de encestarte, estabas preparado para sangrar por dentro si hacía falta, estabas preparado para pelear por tu amor, estabas preparado para defenderla, estabas preparado para ser crudamente honesto, estabas preparado para ponerle el pecho a las balas, estabas preparado para sumar a la lista de cosas horribles que sentías palabras como 'decepción' o 'desilusión', estabas preparado para que tu mamá tratara de psicopatearte y hacerte sentir culpa con mecanismos propios de Sylvia Fine (Michelle es una fanática importante de la comedia The Nanny, por lo cual sabés bastante sobre sus personajes y tramas).

¿Estabas preparado para lo que terminó aconteciendo? No.

Pero cuando arrancó el diálogo entre tus padres y vos – con intervenciones de Martina que hubieran dejado pasmado a cualquiera -, no te imaginabas el curso que tomarían las cosas, no te imaginabas cómo virarían las cosas, no te imaginabas cómo terminaría todo, por lo cual si bien no te hacía gracia la perspectiva de verte envuelto en un desacuerdo con las personas que te dieron la vida y a las que admirás profundamente y cuya voluntad quisieras poder respetar en todo, al menos tenías un poco más de optimismo que el que hubieras tenido si hubieras podido ver en una bola de cristal lo que el futuro inmediato te deparaba mientras estuvieras entre esas cuatro paredes y bajo ese techo.

"Hijo" tu padre comenzó, juntando las manos sobre la mesa frente a su taza de café, mirándote con sus ojos nublados de cansancio "… Tu madre y yo queremos que sepas que podés hablarnos con total honestidad de lo que sea. Estamos acá para ayudarte y para aconsejarte"

Te sentiste como un preadolescente al que sus padres están tratando de instruir sobre sexo, consumo de drogas, alcohol o enfermedades venéreas. Pero no eras un nene de once años al que van a explicarle que en realidad a los bebés no los trae una cigüeña de París: sus un hombre adulto, ya no sos una criatura. ¿Por qué estaban tratándote como a tal? Quizá estabas demasiado susceptible y era idea tuya, pero el discurso de tu padre te sonaba más propio para un púber que para un hombre experimentado de treinta y cuatro años que ha pasado por toda clase de situaciones peligrosas y ha visto desde primera fila las más terribles muestras de maldad de la humanidad.

Además, estaba diciéndote que podías hablarle con total honestidad de lo que fuera, como si esperaban que confesaras haber hecho alguna travesura grave, o haberte pasado de la raya con algo, o haberte metido en un problema del que no podés salir. Otra vez: te parecía un discurso propio para un preadolescente. Y convengamos: vamos a suponer que empezás a hablar con total honestidad, con el corazón en la mano… ¿Eso serviría para convencerlos de que tienen que alegrarse en lugar de preocuparse por la presencia de Michelle en tu vida? ¿Eso serviría para cambiar sus puntos de vista? ¿Eso serviría para que la aceptaran?

Tu parte racional gritaba '¡NO!' con las mismas fuerzas y al mismo volumen con los que hubiera gritado para anunciar un principio de incendio. Pero había otra partecita tuya, más sentimental, que insistió en que trataras de apelar a la buena voluntad de tus padres, que hicieras caso a tu papá y que hablaras con sinceridad, que abrieras el corazón, que les mostraras cuán profundas eran tus emociones, que perdieras el miedo a verbalizar lo que estremece a tu alma.

Dando un largo suspiro, decidiste darle una oportunidad a la partecita sentimental, poniendo tu fe y esperanzas en que tus padres tendrían la habilidad de escuchar en tu voz y ver en tus ojos que hablabas en serio, y que eso sería suficiente prueba para que se quedaran tranquilos y aceptaran a Michelle.

Iba a ser una pérdida de tiempo, por supuesto, pero no perdías nada con tratar. Querías tratar. No querías rendirte tan fácilmente y ceder a iniciar una discusión. Confiabas en que tus padres entenderían, confiabas en que al final no te desilusionarían, en que no te decepcionarían, en que enmendarían los errores que cometieron durante el fin de semana con algunas de sus actitudes (tu madre, sobre todo) admitiendo que estaban errados y pidiéndote disculpas.

Todo eso era tan utópico que a cualquiera le hubiera causado gracia, pero vos estabas dispuesto a aferrarte a tus más locas esperanzas como el náufrago que encuentra en medio del mar embravecido una tabla de la cual agarrarse para flotar hacia la orilla.

"No hay necesidad de que se preocupen" tu voz sonó suave y cargada de emoción; ¿acaso las lágrimas aflojarían justo en ese momento? "Lo digo con total honestidad" seguiste, mirando a tu madre y a tu padre alternativamente "Por primera vez en mi vida sé lo que es amar a alguien…"

Estabas empezando a sentirte cómodo con la idea de hacer algo que nunca antes habías hecho (hablar de tus sentimientos), cuando tu madre no tuvo mejor idea que la de interrumpir lo que estaba tomando forma de confesión:

"Hijo, nuestro mayor temor es que estés confundiendo tus sentimientos. Quizá esto no sea amor"

Te dio muchísima bronca que se creyera con derecho a opinar sobre algo que no entendía. Tus sentimientos son tuyos, y de nadie más. Tu piel, tu alma, tu corazón, atraviesan procesos y tienen mecanismos de funcionamiento que nadie más podría entender, porque por algo son tuyos. ¿Cómo tu mamá va a atreverse a decir que quizá estés confundido, que quizá esto no sea amor? ¿En qué se basa ella para decir eso?

Te invadió la misma cólera que recorrió tu cuerpo de pies a cabeza cuando escuchaste la sarta de pavadas que Eva dijo a Martina unas horas atrás; evidentemente tu hermana mayor tiene de dónde sacar sus ideas, eso quedó fuera de duda después de escuchar esas dos estupideces que tu mamá dijo.

Apretaste los puños debajo de la mesa, pero ni siquiera tus uñas clavándose en las palmas de tus manos sirvieron para que descargaras la tensión acumulada y bajaras algunos decibeles. Poniéndote nervioso y dejando que tu temperamento tomara el control de la situación (o mejor dicho: te quitara el control de la situación) no haría más que empeorar las cosas.

Respiraste hondo, y trataste de contener las ganas de estallar mientras oías a tu mamá decir, con voz cándida y un dejo de algo que podría haberse denominado pena:

"Quizá estás simplemente obnubilado. Quizá estés equivocándote. Quizá estés apresurándote al balancear y definir tus emociones hacia esta chica"

Volviste a respirar hondo; no te hubiera sorprendido echar fuego o humo por la nariz.

"No queremos que te lastimen otra vez, hijo"

Tuviste que reprimir el chasquido de exasperación que tu lengua quería dar. Estabas seguro de que eventualmente tu mamá sacaría la tarjeta de 'no queremos que te lastimen otra vez'. Su preocupación era natural y totalmente entendible, pero no podía evitar pensar que quizá no era más que una pantalla, una cortina de humo cubriendo otra cosa, una excusa más para agregar a la punta de la alta pila que juntaste en menos de setenta y dos horas.

Si hubieras aparecido tomado de la mano de una chica latina, con aspiraciones a ser ama de casa por el resto de sus días, e hija de inmigrantes, probablemente tu mamá hubiera saltado de contenta y empezado a planear la boda para el mes siguiente. Pero dadas las circunstancias, en lugar de alegrarse por vos es más fácil comerse los codos y llenarte la cabeza diciéndote que seguramente esa mujer es otra arpía interesada en sacarte información para después apuñalarte y desecharte cuando ya no le sirvas más, dejándote herido de por vida, con el alma surcada de marcas que nunca cicatrizarán y el corazón destrozado, incapaz de volver a confiar, incapaz de resurgir otra vez de tus cenizas, incapaz de volver a empezar, incapaz de ponerte en pie.

Sí, tu madre, haciendo honor a su herencia latina, es muy dramática, y si se hubiera dedicado a escribir guiones para telenovelas la fortuna de tus padres sería aún más suntuosa que la que amasaron dedicándose a la música y a la medicina.

"No queremos que cometas un error del que después no pueda recuperarte. Tampoco queremos que pierdas el tiempo con una mujer que no vale la pena, cuando deberías estar empezando a buscar tu futuro, a forjar tu camino, a formar una familia"

Ante eso tuviste que estallar. Que 'la experiencia Nina' haya afectado a tu familia de tal modo que ahora piensan que cualquier mujer que pise la CTU es la encarnación de Satanás, vaya y pase, pero que tu mamá ande diciendo alegremente que Michelle es una pérdida de tiempo, eso no lo ibas a tolerar, bajo ningún concepto.

Aquél fue el jalón que pegó más fuerte.

Reaccionaste enseguida, como si te hubieran apuñalado en el pecho o te hubieran dado una trompada en el estómago con la fuerza suficiente para dejarte sin aire.

"No estoy perdiendo el tiempo con Michelle" dijiste con tono claro y firme; tus puños seguían cerrados debajo de la mesa, y tus uñas se clavaban en las palmas de tus manos, causándote un daño físico que se atenuaba debido a los efectos que tus emociones tenían en tu sistema completo "No es una chica cualquiera, es una persona que para mi vale absolutamente todo" tu voz empezó a quebrarse un poco, pero no te importó: en un arrebato de drama se te ocurrió que tal vez si quedabas tirado en el suelo, sufriendo, revocándote en la sangre que emanaba de tus heridas, tus padres comprenderían cuánto te lastimaba que pretendieran hablar con vos para convencerte de que dejaras a Michelle "Ella es mi futuro" hiciste énfasis especial en esas dos palabras "Con ella quiero compartir mi futuro. Cualquier camino que elija, quiero que me lleve a ella. Y ya decidí que voy a formar una familia con ella"

Un silencio denso cayó en la habitación, tan denso que podría haberse palpado, tan denso que podría haberse cortado con un cuchillo, tan denso que enviciaba el aire, tan denso que costaba respirar, tan denso que por un instante pareció como si el tiempo se hubiera detenido en los relojes, como si las agujas estuvieran negándose a seguir caminando, como si el tiempo hubiera decidido estancarse en ese preciso punto y no moverse nunca más. Y mientras duró ese lapsus que no podrías haber medido en minutos porque cada uno de ellos se había vuelto largo como una eternidad y pesado como el plomo, no hicieron más que mirarse entre los cuatro.

Si a alguien se le hubiera ocurrido pintar esa escena en un cuadro, habría tenido mucho con lo que explayarse utilizando sus acuarelas y moviendo sus pinceles mojados sobre el lienzo, perpetrando exactamente las emociones que emanaban de cada uno de esas cuatro almas envueltas en cuerpos hechos con carne y con huesos, incluída la tuya.

Tu mamá parecía visiblemente perturbada, aunque ella intentaba aparentar que todo estaba bien y que aún se hallaba en control de la situación y en calma; probablemente la fuerza y convicción en tus palabras se habían sentido como un mazazo en la cabeza.

Tu papá te observaba con genuino interés, sorpresa y desconcierto. Parecía asombrado de que su hijo – aquél que parecía nunca iba a casarse porque le gustaba demasiado ir de cama en cama con cuanta mujer atractiva se cruzara por su camino, aquél que en lugar de seguir sus pasos y calzarse la bata de médico y el estetoscopio había decidido unirse a la Marina y ahora combatía terroristas internacionales, aquél que siempre había insistido en salirse de los límites, aquél que nunca expresaba sus emociones, aquél que tenía problemas demostrando sus sentimientos, aquél que nunca había sido romántico y cariñoso, aquél que dudaban alguna vez formara una familia estable – acababa de volcar el contenido de su corazón, acababa de dejar expuesta, desnuda, vulnerable su alma, acaba de decir palabras que era evidente nacían desde los más profundos recovecos de su ser.

Vos te sentías como si estuvieras siendo espectador y protagonista al mismo tiempo. Era rara la sensación que tenías. La taquicardia era tal que sentías los golpes del corazón contra el pecho, tus uñas estaban enterradas en las palmas de tus manos, sentías las piernas dormidas, los músculos duros como acero pero entumecidos… Simplemente querías irte de esa cocina, querías ir a tu cuarto, acurrucarte junto a Michelle y ver la noche correr, aguardar pacientemente a la llegada de la mañana para poder irte de regreso a Los Angeles y dejar el dolor atrás, dejar este fin de semana atrás, empezar de nuevo, empezar a reconstruir lo que está roto, empezar a sanar. Estabas indignado, lleno de bronca, enojado, decepcionado, desilusionado, sentías el cuerpo a punto de colapsar, a punto de explotar… Pero seguías ahí, sentado a la mesa, en la cocina de una casa que por algún extraño motivo no se siente un hogar, con las dos personas que te dieron la vida cuestionando sentimientos tan hondos, tan profundos, tan complejos, tan inmensos que sólo vos podés entenderlos.

Y luego estaba Martina, apoyada contra el respaldo de la silla, observando todo con ojo crítico y analítico, como si ustedes fueran actores ensayando una obra de teatro, y ella la directora encargada de señalar errores o apuntalar cosas, con sus manos sobre la mesa, dibujando con desgano sobre la superficie círculos con las puntas cuadradas de sus perfectas uñas esculpidas.

Fue ella quien rompió con ese denso silencio con un comentario sarcástico e irónico que hasta podría haberse considerado gracioso:

"Si esto fuera un juicio y él estuviera en el banco de acusados" empezó, señalando a vos con un gesto de la cabeza "el jurado creería en su testimonio sin ápice alguno de duda. Fue tan emotivo que a nadie le temblaría el pulso a la hora de declararlo culpable del delito de haberse enamorado con locura y perdido la razón en el camino"

Tus padres la miraron durante dos segundos, y ella les devolvió la mirada esperando a que contestaran algo que le diera pie para seguir con sus comentarios sarcásticos y opiniones filosas, pero ambos decidieron ignorarla. Volvieron a dirigir tu atención a vos, siguiendo la conversación como si ese silencio denso nunca se hubiera posado sobre la habitación como un manto invisible pero perceptible, como si tu hermana nunca hubiera hecho esa acotación.

"Anthony" el tono de tu mamá era de súplica, era casi un ruego "no queremos que termines nuevamente con el corazón roto"

Si no hubieras estado dolido por todas las conclusiones que se apresuraron a sacar sobre Michelle sin tener ni siquiera un panorama completo, sin contar con datos, sin contar con pruebas, simplemente basándose en sus caprichos, hubieras sentido pena.

"Michelle no va a romperme el corazón" luchaste por mantener el tono de voz calmo "Yo tenía el corazón roto antes, y no me quedaba ni una gota de esperanza corriendo por mis venas" respiraste hondo. Tus pulsaciones se aceleraron "Pero cuando la conocía ella resucité…"

Nuevamente fuiste interrumpido – esta vez por tu padre -, justo cuando empezabas a extender las alas y a exponer tu alma otra vez, justo cuando empezabas a expresar otra vez esa maraña de emociones indescriptibles que las palabras jamás serán capaces de explicar adecuadamente, esas emociones que pueden entender sólo los que saben leer tus ojos, esas palabras que suenan mejor cuando se las decís a ella con el lenguaje de la piel.

"Hijo, la conocés hace menos de un año" otra vez estaba dirigiéndose a vos como si fueras una criatura caprichosa a la que sus padres no pueden hacer entrar en razón "Están juntos desde hace apenas dos meses" su voz estaba empapada de ese tono condescendiente que resultaba irritante "Eso no puede ser amor, Anthony"

La conociste en enero, es cierto, hace once meses, cuando llegó a la CTU transferida desde División. Están juntos desde hace dos meses nada más, también es cierto; es poco tiempo, es una fracción ínfima del tiempo que pensás pasar con ella, porque sabés que vas a morirte a su lado luego de haber sembrado y cosechado muchas cosas buenas. Pero, ¿quién dijo que no puede ser amor? ¿Por qué dicen que no puede ser amor? ¿Cómo pueden saber ellos si es o no amor, si tu corazón y tu alma son tuyos y de nadie más? ¿Cómo pueden ellos atreverse a decirte que no puede ser amor sólo porque se conocen hace poco tiempo? ¿Desde cuándo es el tiempo un criterio para determinar si uno ama o no?

Era ridículo. Ridículo e indignante, además de ofensivo. Y decepcionante. Y desilusionador.

Las palabras que seguían saliendo de la boca de tu padre llegaban a tus oídos, pero tu estado era tal que las escuchabas como si vinieran desde muy lejos, como si estuvieras vos en un extremo de un largo y oscuro túnel, y él en el otro.

"No queremos que tomes decisiones erróneas, y nos parece que estás dirigiéndote a eso, demasiado rápido y en espiral. No queremos que acabes estrellándote, partiéndote la cabeza contra el suelo. Hay cosas que no pueden hacerse apresuradamente y sin meditar, hay cosas que no pueden precipitarse, y ésta, hijo, es una de ellas"

¿Tienen miedo de que te des la cabeza contra el suelo? Entonces, ¿por qué quieren convencerte para que te alejes de la única persona que estaría ahí para tomarla entre tus manos y amortiguar el golpe? ¿Por qué no podían simplemente dejarte hablar, escucharte, creerte, confiar en tu buen juicio, en lugar de querer atarte piedras al cuello y arrojarte al océano para que te hundas bajo tu propio peso? ¿Por qué no te escuchan cuando tratás de explicarles que lo que sentís es demasiado inmenso y demasiado hermoso como para no ser amor?

"Anthony" siguió tu papá "creemos que estás tomando velocidad, y que cuando intentes alzar vuelo vas a estrellarte de cara al piso. No nos gustaría verte destrozado otra vez. Tampoco nos gustaría que siguieras adelante con algo que no va a dar frutos o que va a hacerte mal, y que acabaras dándote cuenta un día que desperdiciaste mucho tiempo por pensar que sentías de una manera, cuando en realidad estabas siendo manejado por emociones que no tienen nada que ver con lo que es el amor de verdad"

Las frases retumbaban dentro de vos con violencia, repitiéndose una por una, convirtiéndose en ecos que duelen más a medida que los segundos se escurrían por el reloj, que había vuelto a funcionar, aunque seguías teniendo la sensación de que todo pasaba en cámara lenta, que todo acontecía demasiado despacio, como si alguien muy cruel y muy macabro estuviera manipulando el tiempo para divertirse a costa tuya.

Respiraste hondo de nuevo. Intentaste acomodar tus ideas de nuevo, intentaste tranquilizarte, intentas relajarte, intentaste desacelerarte. Tu corazón seguía latiendo desaforadamente, pero no había nada que pudieras hacer para controlar la taquicardia, la adrenalina, la indignación, la bronca, la impotencia. Volviste a respirar hondo, pero el aire se quedó atorado en medio de tu pecho, junto con todo ese llanto que venías acumulando y que probablemente explotaría de un momento a otro, en el instante menos esperado, en el instante menos preciso.

Te aclaraste la garganta y te dispusiste a tratar de disipar todas sus dudas. Esperabas que pudieran ver en tus ojos y escuchar en tu voz la sinceridad con la que estabas hablando, esperabas que no te interrumpieran, que te dejaran explicarles todo aquello que llevabas dentro, que te dejaran mostrarles los rincones más privados de tu alma, esa alma que siempre cuidaste y protegiste envolviéndola para que nadie se le acercara, construyendo altísimos muros de acero a su alrededor para mantener a todos lejos, comportándote robóticamente para impedir que tus costados más humanos entraran en contacto con ella y le hicieran daño o la conmovieran (con un trabajo como el tuyo, hay ciertos lujos, como el del ser un humano normal, común y corriente que llora y sufre, ríe y se angustia, que no podés afrontarlos; sin embargo, Michelle te devolvió esa humanidad que habías perdido, convirtió de nuevo en hombre a ése que mucho tiempo atrás se había transformado en robot).

Esperabas poder explicarles de algún modo el efecto maravilloso que Michelle tuvo (tiene, y tendrá para siempre) en tu vida. Esperabas que comprendieran. Esperabas qué supieras elegir las palabras correctas. Esperabas que tu corazón te guiara. Esperabas que tu corazón pusiera en tu boca las palabras que ellos necesitaban oír para convencerse.

"Mamá, papá" los miraste a ambos, primero a él y luego a ella "… No tienen de qué preocuparse, porque sé que lo que siento por Michelle es amor de verdad; no podría ser otra cosa que amor de verdad" ninguno dijo nada, simplemente siguieron mirándote, por lo cual interpretaste que esa vez no te interrumpirían "No tengan miedo de que me lastime, de que me rompa el corazón, de que me desilusione, de que me estrelle contra el suelo o que me den la cabeza contra la pared. No voy a terminar hecho añicos como la vez pasada, porque esto es distinto" necesitabas tanto que comprendieran las diferencias entre lo sucedido casi dos años atrás y el presente, que sentiste una punzada de desesperación en el estómago "Michelle no es Nina. Ella no está detrás de mí por mi información, no quiere usarme, no es una traidora. Es la persona más buena, dulce, honesta y humilde que conozco" a medida que las palabras salían de tu boca, la tensión en tus hombros se aflojaba, tus uñas ya no se clavaba en las palmas de tus manos, y expresarte te resultaba cada vez más fácil, cada vez más natural "Es inteligente; brillante a decir verdad. Ama su trabajo, ama salvar vidas inocentes, y eso hace que me sienta profundamente orgulloso de ella. Es cariñosa, es tierna, es educada, es muy culta. Y lo más importante de todo es que me hace feliz" volviste a tomar aire "Es perfecta. La única palabra con la que puedo describirla haciéndole justicia realmente es diciendo que es absolutamente perfecta."

No hay otro adjetivo que puedas encontrar para describir a Michelle. Ni en un millón de años, ni revisando todos los diccionarios del mundo, ni aprendiendo todas las lenguas de todos los países del globo, podrías encontrar el adjetivo indicado. Es sencillamente perfecta, la personita más perfecta del mundo. Dijiste también que era brillante, inteligente, hermosa, dedicada a su trabajo, que te enorgullecía su patriotismo, que te enamoran su dulzura y su humildad, que es totalmente honesta… Pero lo cierto es que hubiera alcanzado con decir simplemente que es la mujer perfecta; no la mujer más perfecta sobre la faz de la Tierra, si no la mujer perfecta para vos.

Respiraste hondo por décima vez en lo que iba de la última media hora. Tu corazón seguía latiendo fuertemente contra tus costillas, y te sentías sofocado. Pero no podías detenerte ahora, no ahora que tus padres habían empezado a prestarte atención y te estaban escuchando, no ahora que tenías las emociones a flor de piel y las palabras brotaban de tu boca con una facilidad que hubiera sorprendido a cualquiera que te conociese bien.

"No soy una persona muy expresiva" señalaste "Me cuesta mucho hablar de mis sentimientos, pero si hay algo que puedo decir con total honestidad y sin temor a equivocarme es que Michelle es el amor de mi vida, y que nadie sabe cuidarme o hacerme feliz como ella" tus latidos se detuvieron por una milésima de segundo cuando hiciste esa confesión.

Esperabas que tus padres te interrumpieran, estabas seguro de que tu madre intervendría, que tendría algo que decir, estabas preparado para empezar a esquivar las balas, pero ninguno de los dos habló, por lo cual decidiste tomarlo como una señal de que estaban dándote su permiso para continuar deshaciendo tu alma delante de ellos y exponiendo los pedazos uno a uno, cada uno con sus particularidades, con cada una de sus marcas.

"No va a traicionarme, no va a abandonarme, no va a hacerme daño" necesitabas hacer énfasis en las negaciones, para que a ellos les quedara claro cuán seguro estabas, y cuán seguro vas a estar siempre, de que Michelle jamás te causaría mal alguno "Sé que ella preferiría morirse antes de que sucediera alguna de esas cosas. Puede sonar extremistas" te apresuraste a agregar, al darte cuenta del peso que lo que acababas de decir tenía (no por eso lo considerabas menos cierto, por supuesto que no: vas a llegar al último segundo de tu existencia creyendo a pies juntillas que Michelle sería capaz de sacrificar su vida por vos "Sé que ella se siente así, porque así es como me siento yo" concluiste con otro largo suspiro.

La última línea que se había colado por entre tus labios definitivamente había dejado a tus padres conmocionados, y si hubieras prestado algo más de atención a tu hermana, quizá también habrías podido divisar en sus rasgos algún atisbo de conmoción bien disimulado gracias a su excelente dominio de sus expresiones faciales. Sin embargo, todo en lo que estabas concentrado era en sentir vos tu propia conmoción luego de haber confesado a las personas que te dieron la vida, que estarías dispuesto a perder en un segundo esa vida que ellos te dieron si eso hiciera falta para salvar a la mujer que amás. Esa mujer de la que ellos dudan, esa mujer que no quieren en tu vida, esa mujer cuyos sentimientos hacia vos cuestionan, esa mujer que insisten no es la indicada, esa mujer que quieren convencerte no te conviene, esa mujer que metieron en la misma bolsa en la que iría Nina simplemente porque trabaja en la CTU, esa mujer de raza y costumbres distintas. Esa mujer de la que estabas hablándole con el corazón en la mano y con una sinceridad tan cruda que podías sentir tus palpitaciones en cada músculo del cuerpo, y el fuego quemando en cada célula, y el significado de las frases que salían de tu boca quemándote, abrazándote, envolviéndote, abrumándote.

"La conozco hace casi un año, es verdad" admitiste "Muchos pueden pensar que es poco tiempo, pero aunque antes yo no creía en eso y me burlaba y decía que era típico de la trama de una telenovela barata, yo me enamoré de ella a primera vista" hiciste otra pausa "Sería muy complejo explicar todo el proceso por el cual pasaron mi corazón y mi mente hasta que acepté que eso era amor y que ella es demasiado inocente para alguna vez hacer algo que me lastime, pero cuando finalmente me di cuenta de que la amaba – de que la amo" te ocupaste de remarcar eso "– decidí no separarme de ella nunca más. Llevamos dos meses juntos, es cierto, pero la amé desde el primer segundo. No quiero sonar demasiado dramático o demasiado poético, pero siento que la amo desde antes de nacer" volviste a hacer otra pausa "Me cuesta muchísimo expresar las cosas que llevo dentro, porque no estoy hecho realmente para volcarlas con soltura, con gracia o con naturalidad, pero las palabras que estoy diciendo salen desde el fondo de mi corazón" confesaste "Dos meses es una porción ínfima del tiempo que quiero y voy a pasar con Michelle, es apenas el comienzo de mi historia con ella. Yo sé que no vivimos en un mundo perfecto, este mundo dista de ser el ideal, pero cuando estoy con ella todo deja de existir y soy feliz, me siento más ligero, las preocupaciones y las angustias no son tantas, el dolor desaparece. Michelle hace que mi vida signifique mucho más de lo que las palabras podrían resumir" estabas volviéndote a desesperar otra vez, porque otra vez empezaban a faltarte los medios para poder verbalizar lo que te devoraba por dentro con una pasión y una furia similares a las de un huracán fuera de control.

Tu tono se suavizó cuando dijiste la siguiente oración, que a pesar de que tenías la voz ronca y tomada, y la garganta seca, a pesar de tu cansancio, a pesar de tu desgaste mental y emocional, a pesar de tus problemas para abrir tu pecho al medio y dejar que el mundo viera su contenido, sonó dulce y cargada de ternura:

"Hay seis billones de personas en este mundo, y de todas ellas yo tengo a la mejor. No sé qué hice para merecerla, no sé por qué Dios decidió obrar un milagro así en mi vida, pero lo que sí sé es que ella es un milagro de verdad, sé que me ama como nunca nadie me amó y como nunca creí merecer ser amado, y sé que es gracias a ella que me ilusiona el futuro, las ganas de tener una familia, las ganas de tener hijos"

Lo que acababas de decir, jamás pensaste que se lo dirías en voz alta a otro ser humano que no fuera Michelle, que es la única dueña de tus sentimientos y de tus pensamientos, y por ende la única con la que te gusta compartirlos. Tal vez mencionaste algo en esas líneas cuando tuviste esa larga conversación con Martina aquella mañana en la que se enteró de la existencia de Michelle en tu vida, pero jamás te imaginaste que llegarías al extremo de tener que decirle abiertamente a tus padres lo que sentís en el intento de hacerlos comprender que la mujer de la que intentan separarte, la mujer a la que intentan que renuncies, es para vos un milagro.

Sin embargo, las circunstancias te llevaron a estar al borde del precipicio, y estabas dispuesto a ser tan honesto como humanamente posible para hacer que tus padres entendieran la magnitud de tus sentimientos, la importancia de esta relación, lo mucho que estás dispuesto a pelear por ella, y lo imposible y loco que sería tratar de separarlos al uno del otro, lo similar que eso sería a ponerte un revólver en la sien y disparar, porque ella es para vos tu vida.

"Antes mi existencia giraba en torno a mi trabajo, pero ahora Michelle me dio algo muchísimo más lindo en lo cual basar el curso de mi vida, y ese algo es el amor que ella siente por mí"

Los ojos te ardían debido a las lágrimas que habían empezado a acumularse pero que por algún motivo no caían; quizá tu organismo se había acostumbrado a tus técnicas para evitar romper en llanto delante de cualquiera que no fuera ella, quizá habías perdido la habilidad de llorar delante de otros, quizá había una partecita tuya que seguía siendo robot.

"No estoy apresurándome, no estoy precipitándome, no estoy tomando velocidad para luego acabar cayéndome por el precipicio antes de tener tiempo para frenar: simplemente la amo, no concibo vivir sin ella, no concibo existir sin ella, y sé que mi futuro tiene que ser con ella" sentiste la primera de las lágrimas rodar por tu mejilla, pero no hiciste nada para detenerla: simplemente dejaste que siguiera su curso hasta llegar a la comisura de tus labios, para morir ahí "También sé que ella no va a hacerme daño, no va a hacerme mal. Por eso no tienen que preocuparse: pendo totalmente de sus manos, pero son las manos más seguras del mundo porque sé que preferiría perderlo todo antes que dejarme caer"

Otra vez el silencio cayó sobre la cocina. Era un silencio tan denso como el anterior, pero no duró lo mismo. Tu hermana se apresuró a romperlo. Se dirigió a tu madre, con los ojos levemente entornados y actitud de sabelotodo:

"Mamá, si después de eso no estás convencida de que la ama, entonces no sé qué necesitás que haga para que te demuestre que no hay forma humana de separarlo de esa chica"

Eso fue todo lo que dijo, ese fue su simple resumen de la situación, y aún en ese estado no pudiste evitar sentir una oleada de sorpresa ante lo bien que tu hermana había sido capaz de verbalizar lo que a vos te hubiera gustado verbalizar: si después de esa confesión tan honda que acababas de hacer, si después de haberles mostrado tu corazón y tu alma, si después de haberles hablado con la boca llena de sinceridad, ellos no entendían que separarte de Michelle era una locura humanamente imposible, entonces vos ya no sabías qué hacer, ya no quedaba nada en tus manos que pudiera ser hecho.

Tu papá fue el primero de los dos en reaccionar.

"Anthony… Voy a ser franco" tenía la voz tomada, y hablaba despacio, tratando de medir de antemano qué iba a decir y cómo iba a decirlo "Tus palabras me conmocionaron mucho" no estaba mintiendo: había algo brillante en sus ojos que delataba su conmoción "Nunca pensé que fueras el tipo de hombre que podría hablar desde el corazón con tanta pureza y con tanta sinceridad" confesó "Aparentemente has cambiado mucho…"

No pudiste contenerte y lo interrumpiste, porque su comentario fue como un disparador, como una mano fuerte jalando de una cuerda en tu cabeza que hizo que recordaras que te quedaban algunas cosas en el tintero que aún no habían sido volcado y que eran importantes, que creías que ellos necesitaban escuchar para poder entender eso inexplicable y difícil de expresar que sólo vos comprendés, porque sólo vos lo sentís:

"Michelle me cambió. Es otra cosa que le debó a ella: me volvió más sensible, más humano, menos egoísta. Ella es tan buena persona, que siento que no la merezco, por eso trato de ser mejor cada día, para merecer que una chica tan perfecta como ella me ame"

Sin embargo, esas palabras tuvieron en tu mamá un efecto contrario al que esperabas:

"Si para merecerla es necesario que cambies, entonces evidentemente no te ama" soltó el comentario con tono cortante, punzante, y con una chispa de brillo en sus ojos, como si hubiera acabado de encontrar la fórmula de la felicidad, la Piedra Filosofal (definitivamente convivir con Michelle y sus libros tiene resultados en tu subconsciente) o algo igualmente grandioso.

Por un instante observaste tu taza de café: seguía ahí, intacta; el líquido antes humeante probablemente se hubiera enfriado ya. Luego respiraste hondo, armándote de paciencia. Era preciso que conservaras la calma y que no perdieras los estribos, porque si es sucedía, entonces el tren iba a descarriarse de tal manera que los destrozos serían irreparables (acabaría por descarriarse luego de todos modos, pero no había forma de que supieras eso, así que vos estabas dispuesto a poner tu parte, tu buena voluntad y todo el autocontrol del que fueras capaz).

¿Tan difícil había sido de entender lo que trataste de decir?: sos un ser humano común y corriente con faltas y defectos, y querés convertir esas faltas y esos defectos para poder ser una mejor persona, para poder mejorar, para poder ser la clase de hombre ejemplar que alguien como Michelle merece a su lado. ¿Cómo tu mamá podría pensar que es algo malo que Michelle te influencie a querer ser distinto, a querer corregir tus faltas y tus errores? ¿Acaso está tan decidida a no aceptar a Michelle que va a cegarse a absolutamente cada cosa que digas y a empecinarse con quedarse en su postura? Realmente esperabas que no fuera el caso, porque si lo es, entonces estarías con todos los recursos conocidos agotados para hacer que cambie de opinión. Lo único que tenés son tus palabras, lo único que tenés son tu corazón y tu alma para que hablen por vos, lo único que tenés es tu sinceridad, lo único que tenés es tu amor por ella. Si eso no basta para que tu mamá vea cómo son las cosas, entonces no sabrías a qué más recurrir.

"Mamá, ella me ama tal y como soy" tu voz sonaba tan suave como antes, aunque tenías la garganta tan seca que dolía hablar y tragar "De hecho, tiene el concepto errado de que yo soy perfecto y de que ella nunca va a ser suficiente para mí, de que ella no me merece. No sabe cuánto se equivoca, porque en realidad yo estoy lleno de defectos y faltas. Quiero deshacerme de esos defectos y faltas por ella. Quiero ser una mejor persona por ella. No digo que antes fuera una mala persona" te apresuraste a agregar, haciendo un ademán rápido con la mano como queriendo ahuyentar a cualquier suposición de esa índole como si se tratara de una mosca molesta "pero sí era egoísta, egocéntrico, individualista, testarudo, y la lista sigue y sigue" sí, la lista de tus defectos es interminable, y podrías pasarte horas analizando cada uno de ellos, pero no era necesario, porque todos los allí presentes (incluida tu madre, a la que le gusta considerar a todos sus hijos perfectos) conocían en detalle tus falencias y carencias "No quiero ser así, ya no más, porque ella no se merece eso" hiciste otra pausa, antes de agregar con aire reflexivo, casi romántico ": Nunca nadie me había despertado estas ganas de cambiar"

Tu papá volvió a intervenir, con el mismo tono tranquilo, conciliador y condescendiente más propio para dirigirse a una criatura de diez años que a un hombre madure de treinta y cuatro:

"Anthony, como te estaba diciendo, es aparente que has cambiado mucho. Estos dos últimos años fueron difíciles, hijo, lo sé bien" durante unos segundos se quedó en silencio, con aspecto dubitativo, y cuando volvió a hablar, comprendiste que se había tomado algo de tiempo para medir bien lo que diría porque era algo relacionado con un tema especialmente delicado "Lo que sucedió con Nina, la muerte de la esposa de tu compañero de trabajo" está refiriéndose a Teri Bauer, la esposa de Jack "… Fue demasiado" resumió "Te afectó demasiado. Recuerdo que estabas destruido, y no era para menos"

Sentiste tu estómago tensarse en un nudo: tu pasado es tu pasado y lo aceptás, siempre va a ser una parte tuya, sería estúpido intentar huir de él o hacer de cuenta que jamás aconteció, pero te molesta que tu familia se comporte como si la 'experiencia Nina' estuviera destinada a marcar y condicionar tu vida a fuego, determinando todo lo que suceda en tu futuro, determinando todo lo que hagas de ahora en más, determinando cada una de tus acciones, cada uno de tus movimientos, cada una de tus decisiones, cada una de las circunstancias por las que tengas que pasar, como si tu vida entera estuviera destinada a girar en torno a eso, como si tu vida entera estuviera destinada a gravitar alrededor de eso, como si todo lo bueno o lo malo que suceda después no valga nada o valga menos o empalidezca o forzosamente tenga que ser comparado con lo que Nina te hizo.

"Tu madre y yo nos preocupamos mucho por vos" tu papá siguió "pero el tiempo es sabio y ha sabido sanar las heridas y ayudarte a ponerte en pie…"

"El tiempo no, papá: ella" lo dijiste impulsivamente, sin pensarlo. No sopesaste las palabras antes de que se colaran por tus labios; de hecho, te sorprendiste a vos mismo cuando las palabras subieron por tu garganta adolorida y tu lengua las empujó fuera de tu boca, convirtiéndolas en sonido.

Es que estabas tan exhausto, tan cansado, tan derribado, tan demolido, tan destrozado, que tenías la cabeza, los sentidos y las capacidades nubladas. Apenas sí podías funcionar, apenas sí podías expresarte. Estabas dejando que tus sentimientos te guiaran, que ellos llevaran las riendas, porque eso era lo más fuerte que tenías en ese momento: ni tu cuerpo ni tu físico ni tu inteligencia estaban tan fuertes o en mejores condiciones que tus sentimientos positivos, esos que te mantenían a flote, esos que te mantenían en pie, esos de los que te alimentabas para seguir resistiendo, esos que impidieron que cayeras hecho un manojo de nervios preso de la angustia y murieras consumido en la culpa luego de perder a tu abuela menos de setenta y dos horas atrás. Eran tus sentimientos los que dictaminaban cada cosa que hacías y decías, eran tus sentimientos los que tenían el control absoluto. Quizá por eso estabas respondiendo a actos impulsivos productos de estímulos como las palabras que escuchaste de tu papá, atribuyendo al tiempo un proceso de sanación en el que ella también había participado, del que ella también había sido parte importante, fundamental: porque el tiempo había hecho lo suyo, pero sin la medicina que Michelle es en tu vida el tiempo no hubiera podido hacer nada, y vos seguirías estancado en el primer casillero del tablero.

"Anthony, no lo interrumpas, dejalo hablar" Martina te retó. Luego chasqueó la lengua en señal de exasperación y lanzó un comentario que casi te provocó una sonrisa involuntaria "Ya entendimos que sos un satélite girando alrededor de ella, no hace falta que sigas repitiéndolo como disco rayado"

Nuevamente nadie hizo caso a su acotación – lo cual resultaba extraño y aportaba a lo surrealista de la situación, porque generalmente cuando Martina habla todos le prestan atención desmesurada -, y tu papá siguió exponiendo su punto de vista.

"Tony, esta chica probablemente sea una muy buena persona. Nadie pone en duda eso"

Martina volvió a intervenir, esta vez con el sarcasmo de nuevo en la punta de la lengua.

"Acá viene el 'pero'…"

Fue como si hubiera leído tu pensamiento, a decir verdad: vos también tenías la sensación de que tu papá estaba transitando un camino que terminaría con la frase concluyendo con un 'pero' y derivando en algo que no te gustaría.

"Pero no es como nosotros, Anthony" dijo finalmente.

Y se sintió como si te hubieran dado con un mazo en la cabeza.

Porque ese miedo que sabías existía la posibilidad de que se volviera real (aunque albergabas la esperanza, la pequeña y remota esperanza, de que no) acababa de materializarse, y se te presentaba para que lo enfrentaras.

"¿A qué te referís con que 'no es como nosotros'?" fue lo primero que pudiste soltar, con la voz llena de amargura y de enojo, pero tratando de mantener un tono dentro de los límites del respeto.

Tu madre te miró con muchísima seriedad:

"Anthony, sabés bien a qué se refiere tu padre"

"No, no estoy seguro de saber a qué se refiere" estabas alterándote, podías sentirlo en tus pulsaciones rápidas y erráticas, podías sentirlo en el dolor que te causaba el corazón al golpear fuertemente contra tus costillas, podías sentirlo en tu falta de aire, podías sentirlo en tus uñas que se clavaban otra vez en las palmas de tus manos "El padre que yo conozco – o mejor dicho, que yo creía conocer – jamás diría lo que pienso que va a decir" lo acusaste con mordacidad.

El ambiente se había caldeado, y estaba tan denso que podría haberse cortado en tajadas con un cuchillo. Tu hermana se incorporó apenas en su silla, separándose del respaldo lo suficiente para quedar erguida en una postura que hacía emanara de ella seguridad y confianza. Cuando rompió con el silencio, lo hizo con una voz cándida y sarcástica, como si fueras un nene de dos años al que hay que explicarle que dos más dos son cuatro.

"Anthony, a mamá y a papá no les gusta Michelle porque nosotros tenemos raíces latinoamericanas, comemos empanadas, a todo le untamos dulce de leche y festejamos la Navidad a media noche con fuegos artificiales, mientras que ella tiene raíces japonesas, lo cual para ellos eso significa que probablemente prefiere comer sushi y pescado en lugar de carne, andar descalza por su casa, beber té, y que su flor favorita es la del árbol del cerezo" chasqueó la lengua antes de seguir, ante la mirada estupefacta de tus padres, que no entendían por qué Martina estaba comportándose así o por qué estaba interviniendo en algo que no le incumbía "Todo esto hipotéticamente hablando, por supuesto" siguió "Existe el factor de que tanto ella como vos nacieron en los Estados Unidos y han recibido también la influencia de las costumbres y tradiciones americanas" hizo otra pausa, y volvió la vista a tus padres "Sin embargo, para algunas personas es más sencillo meter a todos en la misma bolsa, cerrarla con un nudo y hacerla a un lado" volvió a mirarte a vos "Nuestros padres quieren nietos con ojos marrones, tez tostada, que hablen en Español con acento perfecto, que miren al El Chavo del Ocho en la televisión a la hora de la merienda, que crean en Papá Noel en lugar de en Santa Claus, que sepan lo que es el mate, que sus comidas favoritas sean los tacos, las enchiladas y las empanadas, y que se peleen por comerse el alfajor con más dulce de leche. Pero obviamente para que eso sucediera, tendrías que casarte con una mexicana, una argentina u otra mujer oriunda de algún país de Latinoamérica, cuya mayor aspiración sea la de quedarse en su casa todo el día amasando, horneando y limpiando, que pueda darte hijos con genes latinos puros y juntos mantener las raíces de nuestra familia intactas y creciendo por los siglos de los siglos" inhaló, exhaló, algo como un suspiro se escapó por sus labios, y luego sonrió contenta, como si expresar todo aquello hubiera sido terapéutica, como si acabara de sacarse una tonelada de ladrillos que venía cargando en la espalda de encima "Aquí es donde se supone que digo 'Amén'" comentó luego (algunos podrían haber pensado que en son de broma, pero vos sabías que lo hacía para molestar a tus padres, que son fanáticos católicos) "pero no me gusta tomar el nombre de Dios en vano" concluyó al frase.

Tus padres estaban visiblemente anonadados; si hubieran tenido las bocas abiertas hubiera lucido como una escena sacada de un cortometraje de dibujos animados, pero la realidad era que en su asombro bien podrían haber terminado con la mandíbula hasta el suelo. Que tu hermana estuviera diciendo esas cosas, que se hubiera dirigido a ellos así… No era propio de ella. Esos cambios de conducta no eran propios de ella. Si creyeras en la existencia de vida extraterrestre, probablemente te hubieras inclinado hacia la teoría de que unos marcianos habían abducido y reemplazado a tu hermana, pero dado que no sos de esos locos que se van al cerro Uritorco a acampar para ver OVNIS, decidiste que probablemente la presión del fin de semana sumada a la presión que viene acumulando silenciosamente desde hace casi veinte años se habían complotado para explotar, pidiendo a gritos que tu hermana se expresara como nunca antes lo había hecho, y tu situación había lucido lo suficientemente buena como para canalizar sus emociones reprimidas por ahí.

"Ahora que les ahorré a los tres el trabajo de poner las cartas sobre la mesa; siéntanse libres de empezar a tirarse con flores" agregó luego, al ver que ninguno de los tres había reaccionado.

Decidiste reaccionar vos, porque tu mamá parecía haberse quedado de piedra en su asiento, observando a Martina con un rostro que evidenciaba los procesos que su mente estaba elaborando, y tu papá estaba igual de absorto que ella observando a su hija menor como si la hubiera visto por primera vez. Las palabras de Martina debían haberles dolido, y una partecita suya se alegraba de que pudieran sentir al menos una décima del dolor que ellos con sus actitudes estaban provocándote.

"Mamá, ¿con total honestidad podés mirarme a los ojos y decirme con una mano en el corazón que no querés que esté con Michelle porque sus orígenes proceden de países distintos que los míos?" preguntaste con un tono de voz calma que te sorprendió, porque no hubieras esperado poder articular las palabras tan claras y sin que temblaran en tus labios.

Clavaste tu mirada en la de tu mamá, casi desafiándola a que se animara a decir sílaba por sílaba esa misma frase: que no quería que estuvieras con Michelle por sus orígenes distintos a los tuyos.

Pero tu mamá no dijo nada, mantuvo sus labios sellados y esquivó tus ojos, posando los suyos sobre el suelo por un instante antes de levantar la cabeza y mirar hacia la luz que emanaba del tubo fluorescente.

Fue tu padre quien intercedió, otra vez tratando de ser la parte conciliadora, o queriendo pretender ser la parte conciliadora:

"Hijo, tu madre y yo creemos que serías mucho más feliz si formaras una familia con una mujer que sea como nosotros"

¿Ellos creían que vos serías más feliz con una mujer de tu misma raza? ¿Te estaban cargando? ¿Estaba en serio tu padre diciéndote que él y la persona que te llevó en su vientre nueve meses y que te cuidó y crió desde antes de que nacieras consideran que una mujer latina es mejor que cualquier otra mujer, simplemente por su descendencia?

Lo esperabas venir, sí, no podés decir que no, porque cientos de señales venían anunciándolo, porque tu mamá ya había manifestado su disconformidad con el hecho de que Michelle fuera asiática, porque Martina ya te había avisado que esto pasaría, porque los indicios habían sido muchos y muy claros como para ignorarlos, pero de todos modos dolía, dolía muchísimo, y era impactante, porque esa conversación que estaban sosteniendo mataba absolutamente cada esperanza que te quedara, y convertía a tu desilusión y decepción en mucho más grandes.

"Michelle es como yo" estabas indignadísimo, tan indignado que ya no podías sentir nada que no fuera furia. Ni siquiera sentías tu corazón desaforado, tu respiración dificultosa o el dolor en las palmas de las manos, donde tus uñas estaban clavadas como estacas "Tiene corazón, alma, siente, es un ser humano. Es como yo" insististe.

"Anthony, sabés bien que no es eso a lo que nos referimos" tu padre comenzó, con un largo suspiro y actitud casi exasperada (por no mencionar exasperante) "Tu hermana no habrá usado las palabras que yo hubiera escogido, ni tampoco el tono que hubiera considerado más apropiado" dijo, mirando a Martina "pero no puedo negar que en gran parte tiene razón" reconoció "Nosotros provenimos de una cultura, tenemos ciertas tradiciones, tenemos costumbres, somos parte de un gran pueblo; aunque vivamos en otro país, aunque ustedes hayan nacido en otras tierras, nosotros somos una familia latina. A tu madre y a mi nos gustaría que esas raíces se conservaran puras, que no se mezclaran con otras"

Seguías tan entumecido que apenas escuchaste a Martina cuando dijo, haciendo uso de todo el sarcasmo existente dentro de sí:

"Claro, Dios nos libre de que tengamos en la familia a una asiática. Dejaría manchas imborrables en nuestro árbol genealógico"

"Martina, por favor" tu mamá finalmente reaccionó, interrumpiéndola con tono cortante e impaciente; daba la impresión de que ya no podía aguantar más, pero te costaba sentir pena por ella "Creo que ya dijiste más que suficiente, hija. Este tema es entre tu padre, tu hermano y yo, y si no estás acá para colaborar…"

Martina estalló:

"¿Para colaborar con qué? ¿A qué llamarías vos 'colaborar', mamá?, ¿a decirle a Anthony que deje al amor de su vida por cuestiones étnicas?"

Sentías que tenías que decir algo. No aguantas más. Sencillamente no aguantas más. Eran demasiadas cosas, todas juntas, todas de golpe, todas demasiado fuertes: la muerte de tu abuela y todo lo que ello acarreó, la visita a Chicago, las peleas, las discusiones, lo que Eva dijo, la imagen de tu familia cayéndose a pedazos, la venda deslizándose para dejarte los ojos descubiertos, el dolor, la incertidumbre, el asombro, la decepción, la desilusión…

Simplemente querías acabar con ese argumento e irte, irte a tu cuarto, irte con Michelle, llevártela lejos, volver a Los Angeles, alejarte de todo eso, esconderte donde la angustia no pueda encontrarte, extirparte la angustia del corazón.

Necesitabas reaccionar vos también, necesitabas expresarte, expresarte de verdad. Si todo lo que habías dicho hasta ahora no había surtido efecto, entonces quizá debías mostrar algo más de actitud.

"Mamá, papá, ¿de verdad esperan que deje a Michelle por cuestiones étnicas? ¿De verdad esperan que renuncie a la persona que amo porque somos hijos de padres que vienen de culturas distintas?" tragaste con dificultad; no querías ponerte a llorar, pero el nudo que tenías en la garganta te hacía difícil, las cosas "¿De verdad esperan que sacrifique a lo mejor que tengo porque ustedes quieren conservar la pureza en la sangre latina de nuestra familia?"

Decirlo sonaba ridículo, absolutamente ridículo. ¿Pureza de la sangre? Dios, están en el silgo XXI, ¿de qué pureza de la sangre hablan? Sonaba demasiado irreal, demasiado tonto, como sacado de una novela de época… No podías creerlo, no podías creer que tus padres estuvieran planteándote eso.

Una parte de vos estaba esperando que todo fuera un mal sueño del que despertarías pronto, pero había otra parte mucho más consciente de las cosas que hacía rato había hecho un bollo cualquier esperanza que quedara.

"Hijo, nosotros no vamos a obligarte a nada" tu padre dijo, y tuviste que contenerte para no soltar una risotada; en tu estado nervioso, estabas empezando a perder ese control del que estabas aferrándote, y tus reacciones corporales estaban volviéndose involuntarias. Por ejemplo, no podías dejar de mover tu pierna derecha, como si tu cuerpo estuviera tratando de descargar la energía acumulada con un movimiento automático en lugar de canalizarla gritando o destrozando cosas en tu enojo y frustración "Tu madre y yo simplemente estamos aconsejándote, guiándote. Sos un hombre maduro, pero eso no significa que tus padres no podamos tratar de arrojar luz sobre algunas cosas en tu vida, tratar de ayudarte a encontrar la dirección"

Bueno, eso está bien: son tus padres, obviamente van a querer ayudarte, obviamente van a querer aconsejarte, obviamente deberías haber sido un poco más abierto con ellos y confiarles lo que estaba pasando en tu vida, hablarles sobre Michelle, en lugar de dejar que se enteraran en las circunstancias para nada deseables en las que les tocó descubrir que había una mujer en tu vida. Te parece bien que tus padres quieran darte sus puntos de vista y opiniones. Lo que no te parece bien es que se empecinen en poner trabas y excusas en tu camino, oponiéndose a tus decisiones y negándose a entender que lo que sentís no va a cambiar, que es verdadero, que te hace bien, que es lo que elegiste y que no hay forma de que te laven el cerebro y te conviertan en lo que ellos quieren que seas.

"Siempre guardamos la esperanza de que te casaras con una buena chica latina, y aún lo hacemos" tu papá siguió.

Querías gritarle que estaba equivocado. Querías gritarle que con su esperanza podía hacer lo mismo que vos hiciste con la tuya cuando ellos sacaron a colación el tema de las razas: un bollito todo estrujado como una hoja de papel vieja e inservible, para luego tirar al tacho de la basura. Querías decirle que mejor se acostumbrara a la idea de que Michelle iba a estar con vos para siempre. Querías decirle que si estaba dispuesto a esperar a que decidieras casarte con una chica latina, que se buscara una silla cómoda para esperar sentado.

Sin embargo, ninguna de esas palabras salió de tu boca. Te quedaste ahí, entumecido, enfurecido, prácticamente temblando de cólera, mientras tu papá seguía hablándote:

"Respetamos el trabajo que elegiste, la profesión a la que te dedicas, pero siempre fuimos muy honestos y muy abiertos al afirmar que no nos gusta ese mundo al que te enfrentás a diario. Sabemos que es para salvar vidas y proteger a este país y sus habitantes, pero no creemos que toda tu existencia tenga que gravitar en torno a la CTU"

Tuviste que luchar mucho para que entendieran que no te interesaba la medicina, que no te interesaba la música como carrera, que querías hacer otra cosa, que tu destino estaba haciendo otra cosa, que no serías feliz escogiendo los mismos caminos que ellos. Tuviste que luchar mucho para hacerte escuchar, y aún después de años tus padres siguen sin acostumbrarse al hecho de que tu trabajo implica riesgos, de que no vas todos los días a cortar margaritas al campo, de que tenés que manejar armas y dispararle a otros para salvar vidas inocentes. Todavía siguen arrastrando cierta decepción porque no te convertiste en músico o en médico.

Solía importante, solías sentir cierta angustia por no haber podido llenar esas expectativas, solías reprenderte a vos mismo por causarle a tu mamá preocupaciones constantes cada vez que te levantás a la mañana para ir a arriesgar tu integridad física en nombre de tu país, pero siempre tuviste en claro que estabas haciendo lo que te gustaba, aquello para lo que naciste, aquello que – si bien te da muchos dolores de cabeza y te trae problemas que definitivamente no tendrías si trabajaras como médico – te apasiona.

Te negaste a seguir una carrera que contentara a tus padres, y no te arrepentís.

También ibas a negarte a casarte con la clase de mujer que a tus padres les gustaría tener de nuera, y sabés que tampoco vas a arrepentirte, porque estás eligiendo lo que te va a hacer feliz por sobre lo que a ellos los haría feliz porque creen que es lo mejor o lo correcto.

Sólo vos podés saber qué es lo mejor y lo correcto para tu vida, vos y nadie más. Lo supiste cuando te enlistaste en la Marina, y lo sabías en ese instante en el que estabas sentado en la cocina de la casa de tus padres, con una taza de café frío sobre la mesa, tu hermana observándolo todo con su ojo clínico y aspecto de estar lista para atacar en cuanto encontrara un hueco para meter tu defensa, tu madre temblando internamente y tratando de disimularlo con su típica expresión laxa, tu pulso más acelerado que nunca y el suelo temblando bajo tus pies (o al menos vos tenías la sensación de que el suelo temblaba bajo tus pies).

"Pensamos que sería mucho más sano que eligieras una mujer que perteneciera al mundo cotidiano, no a ese mundo lleno de muertes y peligros en el que vos tenés que desenvolverte a diario…"

"Yo no elegí a Michelle como uno elige un par de zapatos en una tienda" dijiste, interrumpiendo las palabras de tu papá sobre cómo la CTU no pertenece al 'mundo sano', si no que es algo así como un submundo que te ha abducido y convertido en su vitalicio prisionero "No decidí enamorarme de ella, simplemente me enamoré. ¿Acaso piensan que para mi fue fácil volver a confiar en una mujer después de lo que sucedió con Nina?" te sorprendiste cuando el nombre de Nina se coló por entre tus labios pero no te detuviste "¿Acaso piensan que para mí fue fácil abrir mi corazón otra vez?, ¿acaso piensan que no tuve miedos y dudas?"

Sí, tuviste miedos y dudas. Muchísimos miedos y dudas. Pero los superaste. Los superaste todos. Y esos obstáculos que se interponían entre Michelle y vos pudiste derribarlos.

"La conocí un lunes a las siete de la mañana, ese mismo lunes a las cuatro de la tarde ya estaba loco por ella, y sin embargo tardé bastante tiempo en darme cuenta, tardé tiempo en asumir que me gustaba, tardé tiempo en asumir que me pasaban cosas con ella, tardé tiempo en acercarme" estabas hablando de cosas que jamás pensaste hablarías con ellos, estabas diciendo cosas que tenías muy guardas adentro, cosas muy personales "Al principio la consideraba menos que una compañera de trabajo, trataba de ignorarla, de no pensar en ella, de no hablarle, de no mirarla, pero no podía" casi dolía tanto como todo lo demás recordar esos primeros meses en los que la tratabas como si fuera un fantasma, como si no estuviera ahí, simplemente porque tenías miedo de asumir que te morías por acercarte a ella "Pasaron meses hasta que dejé que se me acercara, hasta que empecé a mostrarle un costado más humano y menos robótico, hasta que empecé a aceptar lo que ella despertaba en mí, y así y todo me costó decidir dejar de ser su amigo y demostrarle lo que de verdad siento" respiraste hondo "A veces me pregunto dónde estaría ahora si ese 4 de Septiembre no hubieran pasado las cosas que pasaron, si no me hubiera golpeado emocionalmente del modo en que me golpeó, si no nos hubiera abierto a los dos los ojos y mostrado que la vida es demasiado corta y que hay pocas chances de ser felices. Si no hubiera sucedido aquello que ocurrió en Septiembre, si eso no me hubiera dado vuelta la cabeza, si eso no me hubiera sacudido de arriba abajo, haciéndome comprender lo frágil que es todo y cómo la vida puede evaporarse en un segundo, si ella no se hubiera acercado a mi para enfrentarme y hablarme de sus sentimientos, quizá todavía seguiría dando vueltas a su alrededor sin animarme a dar un paso más para estar con ella, sin animarme a ser feliz con la persona que amo"

Tus padres estaban escuchándote con atención y curiosidad, pero también estaban escuchándote impactados. No sabías bien cómo tomar las expresiones en sus rostros, no sabías bien cómo leerlas, pero tampoco te importaba demasiado: en el momento en que había dicho eso de la 'pureza de la sangre' sus opiniones sobre esto pasaron a valer absolutamente nada. Estabas simplemente descargándote, desquitándote, y ahora que habías empezado, no ibas a parar. Que ellos pensaran lo que quisieran, que interpretaran lo que les viniera en gana. Francamente ya casi te habías vuelto inmune.

O eso querías pensar.

"¿Acaso piensan que no me planteé cientos de cosas durante esos primeros nueve meses? A Nina la conocí en el marco que rodea a la CTU, en el marco en el que me desenvuelvo en mi trabajo, y sé que es uno lleno de muertes, peligros, tragedias, tristezas, manchado con sangre inocente, pero es la vida real"

Finalmente se los habías dicho con todas las letras y sin rodeos; finalmente te habías sacada del pecho esa estaca que clavan y revuelven cada vez que insisten con que tu trabajo no les gusta, con que podrías hacer otra cosa, con que podrías hacer algo normal. Finalmente les habías dicho lo que pensás al respecto: es un trabajo duro, no cualquiera lo haría, no todos podrían hacerlo, pero es necesario, es necesario y es parte de la vida real. Es el trabajo que te gusta. Es difícil, trae complicaciones (demasiadas), envuelve muchas cosas con las que ningún ser humano debería entrar en contacto por su propia sanidad, pero es tu trabajo.

"El mundo cotidiano que ustedes viven es de una manera, y gracias a Dios no tienen que ver las cosas que yo he visto, pero ignorándolas no van a hacerlas desaparecer: hay un costado oscuro que existe, y es el costado en el que elijo trabajar, para hacer una diferencia, por más mínima que sea" por extraño que pareciera, era como si un peso muy grande estuviera sido levantado de tus hombros, que aún estaban adoloridos, pero al menos por un instante se habían sentido un poquito más livianos "Y Michelle también quiere hacer una diferencia. Ama su trabajo, siente una pasión enorme por ayudar a salvar gente y prevenir catástrofes que destrozan hogares y matan día a día la esperanza de la humanidad. Ella no es Nina" volviste a hacer especial hincapié en ello, a ver si de una buena vez por todas se les grababa en el cráneo "De eso me di cuenta con solo mirarla a los ojos, pero me costó mucho desprenderme de mis miedos, me costó mucho entregarme, me costó mucho escuchar a mi corazón, costó mucho que las paredes en las que lo había envuelto se cayeran, y si volví a confiar, si volví a soñar, si me curé, si las pesadillas se fueron, si volví a tener fe, todo fue gracias a Michelle, y al efecto terapéutico que su presencia tiene en mi vida. Nadie sobre esta Tierra, sin importar su nacionalidad, color, raza, creencias, costumbres, raíces y origen, nadie puede compararse a la mujer que amo"

Viste por el rabillo del ojo que tu hermana estaba abriendo la boca para acotar algo, pero antes de que sonido alguno saliera por ella, vos estabas hablando otra vez. Las palabras no podían dejar de brotar, tus sentimientos estaban hirviendo, tu cuerpo entero era una olla a presión haciendo ebullición. No había forma de que te detuvieras: el tren iba a toda velocidad, y se le habían roto los frenos. Si lograbas frenar a tiempo, bien; si te estrellabas contra una pared de ladrillos, no importaba, porque estabas listo para el impacto.

"Me doy cuenta que no es lo que ustedes esperaban, pero tienen que saber dos cosas: la primera es que no lo hice a propósito o en un acto de rebeldía"

Por mucho tiempo te habían acusado de elegir enlistarte en la Marina porque querías expresar tu costado rebelde, no porque tuvieras vocación, y por las dudas te pareció conveniente mencionarlo, para evitar que trataran de correrte por ese lado más tarde cuando salieran con más excusas baratas.

"Jamás se me hubiera ocurrida pensar que ustedes tenían en mente que yo me casara con una chica latina" confesaste, y sentiste cierto placer al notar que en tu voz se había hecho presenta la decepción, que en tu voz se había hecho presente la desilusión, porque así ellos sabrían lo que sus 'expectativas' provocaban en vos "En segundo lugar, confiaba en que apoyarían mi decisión y que se alegrarían por mi, por la felicidad que encuentro con Michelle todos los días, confiaba en que la aceptarían, incluso si ella es asiática y nosotros somos latinos"

Estabas diciendo la verdad: una partecita tuya no había perdido esa esperanza, porque creías que cuando te vieran con los ojitos brillantes, cariñoso, propenso a dar abrazos, tierno y dulce con ella, se darían cuenta que su raza es lo de menos y que lo que importa es que te haga feliz. Te equivocaste, obviamente: caso contrario no hubieran tenido esa conversación.

Y así se los dijiste:

"No pensé que terminaría teniendo esta conversación con las dos personas que me dieron la vida y me enseñaron a seguir mi corazón, cuestionándome mis sentimientos o mis decisiones, diciéndome que estaría mucho más feliz con una persona de orígenes similares a los míos, sin tener en cuenta que yo estoy confesándoles con el alma y el corazón expuestos como nunca antes que estoy loco de amor y que no me importa ni su raza, ni el pasado de su familia, ni que su trabajo sea igual de peligroso que el mío, ni la diferencia de edad" volviste a respirar hondo "Me importa ella, nada más. Lo que ella provoca en mí, lo que genera en mí, el bien que me hace, eso es todo lo que me importa. El resto es simplemente ruido de fondo. La opinión que ustedes tengan" suavizaste un poco la voz "… no va a cambiar lo que yo siento por ella, no va a cambiar la expectativa que yo tengo de un futuro con ella"

Esperaste en silencio durante dos segundos, creyendo que tal vez querrían aportar algo, pero como tanto tu madre como tu padre siguieron mirándote casi con pena, como si estuvieras muy loco o muy confundido y necesitaras guía espiritual para enderezarte, decidiste seguir disculpándote por algo que sabías no deberías haberte disculpado, pero que de todos modos necesitabas decir, porque precisabas que quedara en claro que los que estaban poniendo las cosas difíciles eran ellos, no vos:

"Lamento mucho si desde su punto de vista me descarrilé al elegir a alguien que no pertenece a nuestra comunidad, pero ustedes me criaron para que fuera libre en mis acciones y en mis pensamientos, para que siguiera siempre a mi corazón y no me dejara influenciar por otros. Ustedes me criaron contándome la historia de los dos adolescentes que tuvieron que escaparse a otro país y dejar absolutamente todo atrás para poder estar juntos" miraste fijo a tu mamá, tu voz se suavizó aún más, pues aunque estuvieras enojado, a ella no podías gritarle "Crecí escuchando la historia de la chica de clase alta que fue educada en los mejores colegios bilingües y tuvo todo servido en bandeja de oro pero eligió enfrentarse a una realidad mucho más difícil por amor, la chica que abandonó todo lo que conocía y escapó de su casa y de su familia para estar con la persona que la hacía feliz. Crecí escuchando la historia de la pareja que luchó incansablemente para realizar sus sueños y alcanzar sus metas"

¿Estaban tus ojos demasiado nublados por ese llanto que nuevamente estaba acumulándose, o de verdad había lágrimas corriendo por el rostro de tu mamá? Evidentemente la recapitulación que acababas de hacer sobre sus primeros años con tu papá la había conmovido, mucho más de lo que tus palabras sobre Michelle y el amor puro que sentís por ella habían logrado conmoverla.

Le hablaste directo a ella, con una tranquilidad en la voz que te sorprendió:

"A vos te dijeron que papá no te convenía, mamá, porque era pobre y mexicano, de condición humilde, no había tenido una educación privilegiada, y no tenía ni un centavo a su nombre, solamente una beca para una universidad común y corriente en el extranjero. Siempre nos contaste que a vos no te importó que sus bolsillos estuvieran vacíos, que a vos no te interesaban ni el dinero ni las comodidades, que nunca dudaste sobre tus sentimientos y que siempre supiste que llegado el momento estarías dispuesta a abandonarlo todo para irte con él, incluso tus lujos, tus ropas caras, tus sueños, tu futuro como pianista. Tus padres te cuestionaron la decisión que tomaste, querían separarlos, cortar todo medio de comunicación, tuviste que planear a escondidas cómo escaparte, y nunca más volviste a verlos porque no aceptaron que te hubieras casado con un mexicano que trabajaba como peón en el campo. Vos no los escuchaste, vos seguiste a tu corazón, no renunciaste a tu felicidad para complacerlos a ellos, no te quedaste en Buenos Aires con tus clases de ballet y piano, tus clases de idiomas, tus vestidos importados de París y tus vacaciones a Europa. Pero por sobre todas las cosas, más allá de lo material, no dejaste que te influenciara la opinión que tenían los demás, no te dejaste convencer por tus padres, no dejaste que te retuvieran, que te cortaran las alas, que te obligaran a casarte con un hombre de clase alta al que no querías, solamente para darles el gusto, solamente para contentarlos" volviste a hacer una pausa, para dejar que a tu mamá la empapara lo que acababas de decir, para que el significado calara tan hondo como posible y tocara fibras de su corazón "No puedo creer que hoy, casi cuarenta años más tarde, esa misma mujer que de joven defendió su amor con uñas y dientes, que le puso el pecho a las balas y soportó todo lo que tuvo que soportar con la frente en alto y dispuesta a luchar incluso en épocas duras, esté tomando esta postura simplemente porque estoy enamorado de una chica asiática"

Y otra vez el silencio, otra vez el silencio era lo único sonando en tus oídos, sonando más fuerte que cualquier ruido, reproduciéndose en ecos que se repetían sin sentido. Tu madre y vos se miraron durante largo rato, como si ni tu padre ni tu hermana estuvieran presentes en la habitación contemplándolos a ambos, y en sus ojos pudiste ver las mismas lágrimas que probablemente ella veía en los tuyos, pero ninguno de los dos sucumbió a la necesidad de llorar. Simplemente se miraron, ella tratando de procesar todo lo que acababas de decirle, y vos tratando de no aferrarte a nuevas esperanzas, porque tu pobre corazón no podría soportar otro golpe.

Y tenías razón: era mejor que las esperanzas no trataran de engatusarte de nuevo. Fue mejor que no te dejaras convencer, tentar por ellas y aferrarte como si fuera esa tabla de la que se agarra el náufrago para no morir ahogado, porque entonces lo que dijo tu madre hubiera dolido mucho más:

"Hijo, el dinero es algo material" hablaba despacio, con voz suave y cargada de emoción, pero clara y firme "El dinero viene y va, no perdura, no deja un legado, no interesa. Se puede tener mucho dinero, se puede tener poco dinero… Hay cosas que el dinero no compra. Ni todo el dinero del mundo podría devolverme a tus hermanos" sentiste aquel comentario como otro cuchillo clavándose en tus viejas heridas, pero trataste de no quedarte enganchado de esa punzada de dolor "Ni todo el dinero del mundo podría evitar tragedias. Ni todo el dinero del mundo podría calmar la tristeza" tu mamá siguió enumerando "El amor no se compra con dinero. Mis padres eran muy materialistas, solamente pensaban en sus riquezas, en sus haciendas, en sus negocios. El dinero es algo tan efímero" suspiró "… Pero las costumbres no lo son. Las costumbres, las raíces, los orígenes, la herencia genética, las tradiciones, eso es demasiado puro, demasiado profundo, dura para siempre, y somos nosotros quienes debemos mantener aquellas cosas vivas enseñándoselas a nuestro hijos" miró a su esposo por un momento "Tu padre y yo jamás discriminaríamos a alguien por su condición social, jamás hubiéramos dicho una palabra al respecto si hubieras traído a casa una novia con dificultades económicas, proveniente de una familia pobre, así como tampoco hubiéramos alegrado especialmente si hubieras traído a casa una novia con una buena posición económica y las cuentas bancarias rebosantes de dólares. A nosotros el dinero jamás nos interesó. Ricos, pobres, a nosotros eso nos da lo mismo" hizo una pequeña pausa "Lo que a nosotros nos interesa es la herencia cultural, preservar las tradiciones, preservar la pureza de la sangre en nuestra familia, preservar nuestro origen latino"

Ahí estaba otra vez, eso de la pureza de la sangre, eso que sencillamente no podías comprender por más que quisieras, eso que te sonaba demasiado extremista, eso que te sonaba propio del siglo pasado, eso que no podías creer tuviera importancia tal para tus padres como para llevarlos a pedirte que dejaras a Michelle por una chica latina solamente para mantener esas raíces de las que tanto se enorgullecen.

"Toda la rama de la familia de tu padre es mexicana, así como toda la rama de mí familia es argentina; somos latinos puros, no hay rastros de sangre europea. Tuvimos que venir a vivir a este país, que nos abrió sus puertas y nos dio la posibilidad de lograr muchas cosas y cumplir muchos sueños y alcanzar nuestras metas, pero nosotros seguimos siendo latinos. Nuestros hijos, aunque nacidos en territorio norteamericano, son latinos, y fueron criados como tales. Queremos que nuestros futuros nietos sean latinos, queremos que absorban desde pequeños nuestras costumbres, nuestras tradiciones, nuestro lenguaje, que tengan sangre pura en las venas. Los maridos de tus hermanas son hijos de latinos, y nosotros esperamos que tu futura esposa tenga nuestra misma herencia cultural"

Lo siguiente que dijo sonó casi como un ruego, una plegaria, una súplica:

"No queremos que esta herencia cultural muera, Anthony, queremos mantenerla viva y pura, queremos que nuestros hijos eduquen a sus hijos como nosotros los educamos a ustedes, y que la tradición continúe aún cuando nosotros ya no estemos físicamente. Yo dejé a mi familia porque no aceptaban a tu padre, yo me fui con el hombre al que amaba, a mi no me importó que él no tuviera un centavo a su nombre, no me importó ir a vivir a una pensión, no me importó tener que trabajar de sol a sombra, no me importó postergar la realización de mis sueños, no me importó tener apenas lo suficiente para comer, no me importó tener que luchar desde abajo. Mi familia se oponía a mi relación con tu padre porque él era un simple peón de campo, y por eso les di la espalda y me fui, para encontrar mi felicidad y forjar mi propio camino" suspiró, abatida "Anthony, nosotros somos mayores, hemos vivido mucho, tenemos experiencia, hemos pasado por muchas cosas, nos embebimos de la sabiduría que llega con los años, con las vivencias, y como tus padres – porque queremos lo mejor para vos – te damos este consejo: deberías buscar la felicidad con una chica de tu edad, con una chica que sea una buena ama de casa, con una chica que pueda darte hijos que tengan tu misma herencia cultural, hijos de sangre pura. No manches el apellido de esta familia ni contamines nuestra sangre y nuestras tradiciones, porque aquello es lo que realmente perdura, aquello es lo que queda para siempre: las costumbres, las tradiciones, la raza. Esas son las cosas verdaderamente profundas, ese es el legado que tu padre y yo queremos dejar, el legado que tu padre y yo queremos estar seguros nuestros nietos van a dejar en un futuro cuando ellos tengan sus hijos"

Cuando tu madre terminó de hablar, todavía sentías el efecto de sus palabras rebotando en tu cabeza como si una mano invisible estuviera dándote martillazos. Frases sueltas, oraciones sueltas daban vueltas por tu cerebro atontado y entumecido, y tu cuerpo se había vuelto otra vez un saco de músculos, huesos y piel entumecido; ya ni siquiera te dolían las palmas de las manos, sólo tenías un hormigueo muy raro en la pierna – que habías dejado de mover compulsivamente – y las costillas reventadas de tanto soportar los golpes de tu corazón.

Todo eso de la sangre pura, la contaminación de la sangre, la herencia cultural… ¿Acababa tu madre de decir eso? ¿O acaso aquello era una pesadilla de la que iban a despertarte pronto?

Estabas tan decepcionado, tan desilusionado, tan herido… Seguías sin poder entenderlo, seguías sin poder comprender que tu honestidad, tu sinceridad, tus confesiones no habían servido de nada, que tus padres no podían alegrarse porque habías encontrado la felicidad, que aún en circunstancias como aquellas – la noche del día del entierro de tu abuela – tenían fuerzas para irte con cuestionamientos como aquellos, y a recomendarte que te casaras con una chica con determinadas condiciones porque así 'su árbol genealógico no sería contaminado"

Era ridículo, era…

"Mamá, lo que estás diciendo es medieval" la voz de Martina, cortante, interrumpió tus desordenados y confusos pensamientos, que ya a esa altura estaban hechos una maraña.

"Martina…" tu padre empezó.

Pero vos lo interrumpiste.

Otra vez necesitabas expresarte, y esperabas que luego de decir un último par de cosas pudieras irte arriba con ella, para abrazarla, para llorar hasta quedarte dormido acurrucado a su lado, para tratar de dejar atrás el dolor, para tratar de comenzar el proceso de sanación de heridas, para aferrarte a la única persona que hace que todo valga la pena y tenga sentido, para escuchar los latidos de su corazón recordándote que nunca va a dejarte. Querías que eso acabara de una buena vez por todas, querías poder volver a trabajar en el duelo por la muerte de tu abuela, querías concentrarte en las cosas que importaban, querías tomar distancia de aquello, antes de que sucediera o se dijera algo que luego haría imposible que perdonaras, que reconstruyeras sobre lo roto, que volvieras a confiar, que volvieras a admirar a tus padres, que acababan de mostrar un costado suyo que no te esperabas, incluso si tu hermana te había advertido que eso sucedería.

Pero vos siempre habías tenido algo de esperanza…

"Mamá, estoy orgulloso de mis raíces, estoy orgulloso de nuestras costumbres, de nuestras tradiciones, de nuestro pueblo, estoy orgulloso de la manera en que me criaron. Lo estoy, de verdad" empezaste "No pienses que no, porque lo estoy, muchísimo, muy profundamente" te parecía importante aclarar eso, para que quedara asentado que vos estás orgulloso de ser latino "Pero la realidad es que estoy enamorado de Michelle, y no me importa que ella tenga otro origen, no me importa que ella sea hija de una europea y un japonés, no me importa que su genética sea diferente de la mía, no me importa que tenga ojos asiáticos y piel amarilla, no me importa que no sepa hablar castellano, no me importa tener que enseñarle sobre nuestras comidas y nuestros hábitos" enumeraste una a una todas las razones que para tus padres hacen a Michelle la clase de mujer con la que no deberías casarte, y luego diste un suspiro largo y cansino "La amo a ella por lo que es, y no hay forma humana alguna que logre que yo deje de amarla. Pensé que eso había quedado claro, pensé que mis palabras habían sido suficientes para demostrarles a ambos que no voy a renunciar ni a ella ni a la felicidad que me da"

De verdad pensabas que había sido suficiente, de verdad pensabas que podrían escucharlo en tu voz con claridad absoluta, y verlo reflejado en tus ojos. De verdad pensaste que si abrías tu corazón y tú alma al medio, si les mostrabas cada recoveco de ellos, si les decías las cosas que les dijiste, recapacitarían y entenderían que tus sentimientos son puros, verdaderos y que jamás cambiarán. De verdad lo pensabas.

"Ustedes forjaron su camino, ustedes escribieron su historia, ustedes trazaron su destino… Yo tengo que forjar mi propio camino, tengo que seguir mis propios pasos. Estoy tomando la decisión de elegir lo que me hace feliz, y lo que me hace feliz es estar con Michelle. No saben cuánto me duele y me decepciona que ustedes valoren más mantener la pureza de la sangre y las raíces de su árbol genealógico intactas que mi felicidad" te tomaste un segundo antes de continuar "Yo no voy a dejar a Michelle, nunca. Van a tener que matarme para separarme físicamente de ella"

¿Sonó eso demasiado drástico? Quizá, pero a vos no te importó: era la verdad. Te habían dicho al principio de esa charla que podías hablarles con sinceridad, y eso estabas haciendo, estabas siendo brutalmente sincero.

Seguiste hablando con tono calmado, decidido a no seguir alterándote, decidido a hacer el mayor esfuerzo posible por tranquilizarte, aferrándote todo el tiempo al pensamiento de que a Michelle no le hubiera gustado que le gritaras a tu mamá (a vos tampoco te hubiera gustado gritarle a tu mamá).

"Voy a casarme con ella, voy a construir un hogar con ella, voy a tener hijos con ella, voy a formar una familia con ella. Aunque les pese, mis hijos van a ser mitad latinos y mitad japoneses, y su mamá y yo vamos a enseñarles a estar sumamente orgullosos de su herencia mixta"

Si tu mamá no se desmayó con eso, entonces probablemente podría soportar lo que vendría a continuación (lo que vendría de vos, al menos).

"Si ustedes ven a eso como contaminación a la sangre, no es mi problema. Si piensan que soy la manzana que se echó a perder y que voy a pudrir al resto del árbol, tampoco es mi problema" largaste otro suspiro "Yo no quiero perderlos a ustedes. No quiero perderte, mamá" en tus ojos brilló un breve atisbo de dulzura "Y sepan que ustedes no van a perderme por culpa de Michelle, porque a ella jamás se le ocurriría intentar separarme de mis padres o de mis hermanas; sabe cuánto significan ustedes para mí, y me ama demasiado como para ponerme entre la espalda y la pared de ese modo" ¿habrían entendido que estabas echándoles la indirecta de que ellos sí estaban poniéndote entre la espada y la pared con sus planteos y sus descabelladas, medievales exigencias? "Michelle estaba muy ilusionada con formar parte de esta familia, a decir verdad" seguiste "Ella nunca tuvo una familia como la nuestra, no tuvo un papá que le enseñara a andar en bicicleta, o una mamá que le preparara galletitas caseras" estabas hablando más para vos mismo, en realidad, reflexionando sobre algunas de las expectativas que vos habías tenido y que ellos no habían cumplido "No tuvo un hogar como el que tuve yo. A mi me hubiera gustado que ella acá encontrara eso que esta casa significa para mi, que esta casa significara lo mismo para ella: un hogar"

"Anthony…" tu padre intentó interrumpirte.

Pero no lo dejaste.

"Nunca pensé que mis propios padres acabarían representando un obstáculo"

Bajaste la cabeza por un momento, y al volver a levantarla, tu voz sonaba aún más debilitada. Es que estabas tan cansado…

"Creí que ustedes querían verme bien, feliz, creí que iban a alegrarse por mí" no querías manejarlos provocándoles culpa, simplemente estabas diciéndoles la verdad "Pero aparentemente cometí el error de no tener en cuenta que para ustedes tiene un peso mayor la preservación de las costumbres y la pureza de la sangre"

"Anthony…"

"No queda nada más para decir, papá" lo cortaste otra vez "Nada que ustedes tengan para agregar puede lograr que yo cambie de opinión, y evidentemente tampoco va a dar resultado que yo siga repitiendo una y otra vez las mismas cosas" admitiste con resignación "Fui absoluta y completamente honesto, expuse mis sentimientos con una sinceridad pura que pocas veces demostré, y sin embargo es obvio que todo lo que dije les entró por un oído y les salió por el otro. Ustedes quieren que yo forme una familia con una chica latina, pero yo quiero formar una familia con la mujer que amo. Siempre escuché los consejos y opiniones que ustedes tuvieron para darme, siempre tuve en cuenta lo que ustedes tuvieran para decir, pero esta vez no puedo, complacerlos, significaría ir en contra de todo lo que siento, sería cavar un hoyo yo mismo, estrujar mis posibilidades de ser feliz, tirarlas dentro del hoyo, echarles tierra y sepultarlas" soltaste una exhalación "Lamento muchísimo que no sea lo que ustedes esperaban, pero no voy a dejarla, no voy a abandonarla, no voy a romperle el corazón, no voy a renunciar a mi felicidad para complacerlos a ustedes y llenar las expectativas que tienen en mi… Lo siento, pero no puedo"

"La elegís a ella, ¿entonces?" tu mamá preguntó con voz temblorosa, pero tratando de mantener una calma que obviamente se le estaba yendo de las manos "¿Te importa más ella que tu familia?" te recriminó.

Trataste de seguir tranquilo, de no mostrarte alterado:

"No se trata de tomar una decisión, mamá" suspírate otra vez "¿Por qué tendría que hacerlo?" te preguntaste en voz alta "Esto no se trata de elegir entre ustedes o ella, mamá. ¿Por qué hay que restar? ¿Por qué no podemos sumar?"

"Hijo, no pueden sumarse números y letras…" empezó tu mamá "Ella es tan diferente… No resultaría…"

"Mamá, ¿cómo podés hablar de diferencias si ni siquiera conocés a Michelle?" estabas sintiendo la indignación prendiéndote fuego por dentro otra vez "Las diferencias de edad o las diferencias étnicas no tienen nada que ver, no modifican en nada lo mucho que la amo. La amaría aunque fuera diez años mayor que yo, la amaría aunque yo fuera treinta años mayor que ella… La amo más allá de su edad, más allá de su profesión, más allá de su origen. Somos diferentes por fuera, es cierto, y se nota mucho que yo soy latino y ella asiática, pero no me importa" te hubiera encantado gritar, te hubiera encantado que la ciudad entera, que el mundo entero escuchara tus gritos diciendo que no te importaba. Pero mantuviste la calma "Lo que importa realmente es lo que uno siente por dentro. El alma no tiene color o raza. Michelle me completa, me complementa, es mi otra mitad. Es mi mejor mitad. Es lo más lindo que pudo haberme pasado" tu corazón empezó a latir más rápido que antes "Siento que nací y viví todos estos años con el único propósito de encontrarme con ella, como si hubiera estado escrito desde antes. No conoce nuestras costumbres o tradiciones, es cierto, pero para mi eso no es importante, porque puedo enseñárselas, puede aprender. Lo que para mí tiene relevancia es que ella sabe exactamente cómo hacerme feliz. En este mundo no hay nadie mejor que ella para mí, en ningún aspecto. O es ella, o ninguna" dijiste finalmente "Dejen de lado su origen, olvídense que no es el nuestro, solamente véanla por lo que es: la mujer que amo" suspiraste otra vez, cansado "Si no pueden ver eso, si no pueden entenderlo, entonces voy a sentir una decepción muy grande, muy honda, voy a desilusionarme y a sufrir muchísimo"

"¿Y acaso mi dolor, mi decepción, mi desilusión no significan nada para vos, Anthony?" tu madre te recriminó, con lágrimas en los ojos y en sus mejillas "Yo te crié de otra manera, para que formaras una familia como la nuestra…" estaba empezando a desesperarse.

Hubieras querido pararte y abrazarla, pero no podías. En ese momento estabas demasiado enojado, demasiado lleno de bronca, demasiado dolido como para tragarte el orgullo. Sin embargo, luego pensaste en Michelle. Michelle no tiene mamá. Michelle no puede abrazar a su mamá. Michelle no tiene una familia. Michelle se merece al mejor hombre que puedas ser. Michelle hubiera querido que abrazaras a tu mamá. Michelle hubiera querido que trataras de poner la otra mejilla…

Te levantaste, caminaste hacia ella, y para su sorpresa – y la de Martina y tu papá – la abrazaste. Al principio se resistió un poco, enojada como estaba, pero luego correspondió al abrazo.

Estabas enojado, estabas lleno de bronca, estabas herido, estabas decepcionado y desilusionado, pero seguía siendo tu mamá. Y aunque te hubiera clavado una puñalada con todo eso que dijo, siempre sería tu mamá, y a Michelle le hubiera gustado saber que la abrazaste cuando se largó a llorar en su frustración e impotencia porque el único hijo varón que le quedaba estaba diciéndole firme y abiertamente que no cumpliría las expectativas que ella tenía puestas en él, porque había decidido seguir otro camino.

"Mamá, yo solamente quiero ser feliz" dijiste en un susurro, para que ella te escuchara "Encontré una persona que me hace feliz. ¿Cuántas veces tengo que repetir las mismas cosas para que entiendas que la amo y que no voy a renunciar a ella simplemente porque vos no estás de acuerdo?" te preguntaste en voz alta, cansado y extenuado a tal punto que literalmente sentías el físico fallándote, las rodillas doblándose bajo tus pies…

Cuando ninguno de los tres lo esperaba, Martina dio un manotazo en la mesa de pronto, haciendo que una de las tazas salpicara un poco de café frío sobre el mantelito individual.

Los tres miraron a tu hermana sorprendidos, y ella no tardó en empezar a hablar una vez obtenida la atención que quería por parte de sus padres y hermano.

Y ahí fue cuando el tren se descarriló. Ahí fue cuando la velocidad aumentó demasiado de golpe y terminaron chocando contra una pared de ladrillos.

Pero al menos vos no ibas al volante.

"Mamá, me parece ridículo que estés arriesgándote a perder tanto por tan poco, por algo tan tonto como esto" empezó lo que sería una larga lista de acusaciones "Tu mentalidad necesita abrirse más. Las herencias mixtas, los matrimonios inter-raciales, son algo muy común. Las mezclas de culturas no son malas. Papá y vos son ambos latinos, pero las costumbres mexicanas y las argentinas tienen algunas diferencias; a nosotros nos criaron enseñándonos las dos e integrando una con la otra, y salimos bastante normales" largó una exhalación "Anthony está enamorado" dijo, señalándote con la mano, y luego agregó con sarcasmo puro "Lindo, muy lindo. Felicitaciones" se interrumpió, fingió pensar algo durante dos segundos, y siguió, haciendo un gesto como si acabara de darse cuenta de algo demasiado obvio como para no haberlo visto antes "Ah, no, esperen, hay un problema: la chica es japonesa" volvió con su ironía "Oh, Dios nos libre, qué tragedia tan horrible. ¿Qué es lo peor que puede pasar? Quizá tus nietos tengan un tono de piel amarillento, quizá tengan ojos achinados. ¿Tan grave sería?" empezó a atacar a tu mamá con preguntas a las que ella no respondió; podías ver que literalmente se había quedado congelada ante la abrupta e inesperada reacción de su hija menor "¿Los amarías menos por eso? No sé cuándo vas a darte cuenta, pero los sentimientos de Anthony no van a cambiar, por mucho que insistás, e insistás, e insistás"

En eso tenía razón: ni toda la insistencia del mundo haría que tus sentimientos cambiaran. Nunca.

"Así que eso te deja dos opciones: aceptás que tu hijo está enamorado de una japonesa, te alegrás porque haya encontrado la felicidad y te olvidás del asunto este de que 'los latinos sólo se reproducen con latinos' – como si fuéramos perros y no seres humanos -…"

Te gustaba esa opción. Esa era la opción que pensabas tu mamá elegiría al escucharte hablar de Michelle, al verte con la ilusión brillando en los ojos, al verte actuar afectuosamente con ella, al oír tus palabras describiendo cómo su amor te había salvado, cómo te había devuelto a la vida luego de que cayeras en ese oscuro pozo que es la depresión.

"… o tu segunda opción es seguir aferrada a tu idea ridícula de que tu mundo debe ser una perfecta comunidad latina, católica, apostólica, romana. Y eso es imposible, mamá"

Apretaste los dientes por reflejo, como y casi hiciste involuntariamente un gesto para pedirle a tu hermana que se callara, que dejara de hablar. Martina estaba metiéndose en terreno que no debería haber tocado al mencionar la religión. No estabas seguro de a dónde quería llegar con todo eso, pero por la mirada de tus padres, tenías la certeza de que probablemente acabarían en mal puerto. La religión no es un tópico del que pueda hablarse con tus padres, no sin meterse en problemas, porque ambos tienen la mente muy cerrada cuando se trata de eso.

"Es utópico pensar que eso se puede sostener, porque tu mundo está dentro de otro mundo mucho más grande, con otras razas y credos dando vueltas por ahí, mezclándose unas con las otras y compartiendo sus culturas. Anthony no va a ser ni el primer ni el último hombre que se case con una mujer de diferente origen étnico. El mundo no va a acabarse porque un hijo tuyo se haya enamorado de una japonesa; el sol va a seguir saliendo por el mismo lugar todas las mañanas, va a ocultarse todas las tardes, la Tierra va a seguir girando sobre su eje, y Gardel va a seguir cantando cada día mejor" cambió el tono de voz por uno mucho más sombrío "La única que va a sufrir, la única que va a amargarse, vas a ser vos, y lo más triste es que como consecuencia vas a amargarnos a todos nosotros. Tenés que entender que hay cosas que escapaban a tu control..."

Estabas de pie junto a tu madre, a escaso medio centímetro tu hombro del de ella, y podías sentir su cuerpo totalmente tenso, podías escuchar su corazón latiendo contra su pecho. El aspecto que tenía era de aturdimiento; jamás hubiera esperado ser atacada así por su hija, tan de golpe, tan de repente, simplemente porque a tu hermana se le ocurrió salir en tu defensa de una manera tan agresiva, simplemente porque tu hermana – la siempre perfecta – tuvo la necesidad de sucumbir a la presión y estallar justo ahora.

"Tu mente cerrada nos causa a tus hijos muchas inseguridades, temores y angustias que una madre no debería generar"

Esa acusación era demasiado fuerte, y por lo blanco que se puso tu papá, te diste cuenta que él la juzgaba tan fuerte como vos.

"La única religión que existe no es la católica; de hecho, creo que es buen momento de que se enteren: yo soy luterana"

Aquello definitivamente les cayó a tus padres como un baldazo de agua helada. No creés que ninguno se hubiera estado esperando una revelación como aquella, especialmente después de haber pasado años educándolos en una determinada fe y con ciertas creencias (no es que vos seas católico fanático también: simplemente creés en Dios, en la Biblia, en Jesús, pero tampoco vas a misa como tu madre todos los días a las siete de la mañana).

No podías comprender por qué a tu hermana se le había ocurrido justo ése de entre todos los momentos para empezar a arrojar piedras, y definitivamente tus papás tampoco.

"Las mujeres no son más o menos dignas y respetables por esperar a perder la virginidad después del matrimonio o decidir hacerlo antes" siguió, y podías percibir por dónde venía la mano ahora, e incluso en tu entumecimiento y cansancio el instinto te recomendó que estuvieras listo para agarrar a tu mamá en caso de que se desmayara (aunque si eso hubiera sucedido, hubiera sido demasiado típico de telenovela muy mal escrita) "Para vos y para mis hermanas quizá eso tenga sentido, pero para mí no. Sin embargo" continuó con la acusación "no pude hablarlo con vos cuando empecé a tener relaciones sexuales por miedo a tu reacción"

Cualquiera que conociera a tu mamá habría dicho que, si no le dio un infarto con eso, entonces su corazón está más fuerte que el de muchos. Tu hermana estaba tirando una 'noticia' tras otra: primero sus preferencias religiosas (que tu madre obviamente no aprobaría, porque para ella la fe católica es indiscutiblemente la única fe que debería profesar sus hijos), y luego semejante bombazo al decirle que no es virgen. Que una hija de tu madre haya perdido la virginidad antes del matrimonio para ella debe ser una deshorna tremenda, una puñalada por la espalda, una traición a los valores y enseñanzas que les inculcó (valores y tradiciones que vos pensaste tu madre solamente seguía defendiendo en este siglo, hasta que conociste a Michelle y vite que hay otras culturas, otras familias que comparten ideas similares sobre el tema).

Tu papá, sin embargo, estaba asombrado por la forma en que Martina había estallado, por cómo estaba dirigiéndose a su madre y el contenido de lo que decía, pero no pareció inmutarse cuando su hija menor mencionó el tema del sexo: él hace rato que se dio cuenta que Martina ya no es ninguna nena, y ha visto tantas cosas en su trabajo en el hospital que dudás algo del tema lo pueda sorprender.

Pero para tu mamá fue definitivamente una revelación fuerte, porque tuvo que dejarse caer en la silla más próxima. Su expresión era indescriptible, pero definitivamente no era laxa.

Tu hermana, sin embargo, siguió hablando como si nada:

"Tus estereotipos y expectativas son tantos y tan específicos que es imposible poder contentarte, y es frustrante. A veces me pregunto si de haber sido normal, común y corriente, con una inteligencia ordinaria, de no haber nacido con una condición especial, hubieras apoyado mi decisión de ir becada a Harvard, o si me hubieras influenciado como hiciste con Gabrielle, Eva y Fiona para que estudiara música o Medicina" no podés negar que varias veces vos te preguntaste lo mismo "¿Por qué te cuesta tanto aceptar que hay diversas formas de vivir la vida, que la verdad absoluta no es tuya?" era una pregunta retórica, claro, no esperaba que tu mamá contestara (dudás que tu mamá hubiera podido contestar: estaba demasiado impactada como para articular palabra alguna) "Los únicos en esta casa que vemos más allá de eso somos Anthony y yo, pero siempre que queremos poner nuestra voluntad sobre la tuya, surgen estas discusiones que nos dejan a todos sintiéndonos mal. No podés decirnos cómo vivir nuestra vida, mamá" bajó el tono de voz, pero siguió hablando con la misma firmeza "No podés decirnos qué religión profesar, a quién amar, qué hacer o cómo hacerlo. Podés aconsejarnos, y bienvenidos sean tus consejos y opiniones, siempre vamos a respetarlos porque sos nuestra madre… Pero cuando Dios hizo el cuarto mandamiento no creo que haya tenido en mente que los padres debían decidir todo por los hijos, y los hijos simplemente limitarse a obedecer sin chistar" Martina dejó escapar un largo suspiro "No sólo los católicos van al cielo, mamá, y a diferencia de lo que vos pensás, yo no creo que el sexo antes del matrimonio sea malo y me condene al infierno. Tampoco creo en toda esa estupidez medieval de que los latinos deben casarse con latinos y tener hijos con sangre latina para preservar su origen y mantener las raíces puras" agregó, echándote a vos un rápido vistazo.

El silencio volvió a situarse sobre la cocina, pero no duró más que unos pocos segundos:

"Bienvenida al siglo XXI, mamá" Martina anunció con tono agridulce ": tu hija aquí presenta hace rato que ya no es virgen, desde los doce años decidí que el catolicismo no es lo mío y adopté otra creencia, y tu hijo – a quien admiro por haberse atrevido a hablar de sus sentimientos tan abierta y honestamente sabiendo que de todos modos no ibas a entrar en razón por muy sincero que fuera – va a casarse con una japonesa, y probablemente dentro de tres o cuatro años te den nietos con facciones asiáticas. Siglo XXI, mamá: los matrimonios inter-raciales son un hecho, y nunca mataron a nadie. La diversidad es realmente algo que debería celebrarse"

Y ante la estupefacción de todos, antes de que alguien pudiera reaccionar ante tan inesperado ataque verbal, mientras tu papá le ponía a tu mamá una mano en el hombro y tu mamá se agarraba la cabeza con las manos como si el Apocalipsis hubiera llegado, Martina se dirigió a la puerta, tomó el pomo, y antes de abrirlo se volteó para mirarlos a los tres una vez más y agregar una última cosa:

"Ah, y ya que estamos siendo todos muy honestos y poniendo las cartas boca arriba sobre la mesa, les voy avisando las noticias de último momento: Kiefer y yo vamos a comprar un departamento para convivir un tiempo antes de casarnos" suspiró; daba la sensación de que acababa de sacarse de encima un peso que venía cargando desde hacía mucho, daba la sensación de que la presión del fin de semana y de la situación en general le habían servidor para hallar el instante propicio para perder el control y desahogarse como nunca antes.

"Martina…" el nombre de su hija apenas abandonó los labios de tu madre, cuando la chica cerró la puerta detrás de sí y desapareció tan súbitamente como había entrado un rato atrás, cuando tu mamá estaba sirviendo el café y vos todavía tenías algo de esperanza de que aceptaran a Michelle a pesar de sus diferencias.

"¿Ves el ejemplo que estás dándole a tu hermana con tu comportamiento, Anthony?" estalló tu madre de pronto, hecha un manojo de nervios, aún impactada, aún en estado de shock, sin poder comprender – al igual que vos – de dónde había venido ese ataque de sinceridad que le dio a tu hermana "Ella no era así antes, nunca se hubiera atrevido a hablarme de esa forma…"

"Martina llevaba tiempo conteniéndose, en algún momento iba a tener que explotar" dijiste cortantemente, con ánimos de terminar con eso de una buena vez por todas "Yo fui sincero con vos, mamá, traté de ser tan honesto como posible sin herirte en ninguna forma. Tal vez Martina se pasó un poco de la raya con algunas de las cosas que dijo" reconociste, porque no reconocerlo hubiera estado mal "pero creo que es preferible la verdad a las mentiras, aunque a veces la verdad duela mucho"

Estabas hablando por experiencia propia, obviamente: a vos te dolía haberte dado cuenta que era verdad que tus padres valorarían más sus raíces y la preservación de las costumbres que tu felicidad.

Abriste la boca para dar las buenas noches, pero tu madre interpretó tus intenciones, y cortó por lo sano antes de que pudieras mover otro músculo:

"¿Adónde vas, Anthony?" increpó "No terminamos de hablar todavía" se notaba visiblemente lo alterada que estaba, se notaba visiblemente que tu papá estaba tratando de mantenerse calmado y en pie, porque sus pobres nervios no aguantaban más después de esos tres días cargados de emociones tan fuertes "Que tu hermana haya tenido ese estallido y yo me haya quedado muda debido a la sorpresa no significa que a vos vaya a permitirte…"

"Mamá" la interrumpiste "ya dije todo lo que querías decirles, y no creo que queda algo que vos puedas agregar que a mi vaya a hacerme bien escuchar" estabas hablándole con calma y con respeto, y con resignación: de nada servía quedarse para discutir sobre lo ya discutido "Quizá tanto vos como yo necesitemos tiempo para pensar y repensar algunas cosas, sopesar otras… No lo sé" admitiste "Sólo sé que mis sentimientos no van a cambiar, y que no voy a dejar a Michelle por ningún motivo. Les guste o no, voy a pedirle que se case tengo dudas de que es el amor de mi vida. Es ella o ninguna. No quiero a nadie más, no quiero a ninguna otra, nunca voy a poder querer a ninguna otra. Es ella o ninguna. Espero que el tiempo los ayude a entender eso. Nunca estuve tan seguro de algo en toda mi vida, nunca estuve tan convencido, tan decidido"

"Anthony…" tu madre llamó tu nombre otra vez.

Pero no ibas a quedarte.

Estabas exhausto. Esos últimos tres días te habían dejado destruido. No podías afrontar otro round,no podías soportar otra discusión.

Ya no quedaba nada que decir.

"Estoy muy cansado, emocional y físicamente" te excusaste "Y sé que ustedes también" agregaste "Lamento mucho toda esta discusión, de verdad, pero ciertas cosas ya no podía callarlas, mamá" te disculpaste, aunque en realidad no lo sentías: estabas más ligero luego de haber podido expresarte.

"¿Vos también pensás que tengo la mente cerrada y que a mis hijos sólo les genero angustia?" inquirió ella casi desafiante, pero con la voz tomada por la emoción y en un tono suave.

"A pesar de este desacuerdo, a pesar de que me duele muchísimo, sigo pensando que sos una madre ejemplar" dijiste con sinceridad "y sé que nunca desearías para nosotros algo que supieras va a hacernos mal" tomaste sus manos entre las tuyas por un instante, y te invadió una sensación agridulce, mezcla de la bronca que te provocaba la situación, la decepción, el dolor, la desilusión y el amor que obviamente no vas a dejar de sentir por tu mamá "Quizá lo que necesitás es poder ver que esto no va a hacerme mal, que esto me hace bien"

Te dirigiste a la puerta. Tus padres de pie uno junto al otro te observaron, y justo antes de asir el picaporte, te diste la vuelta para decirles una última cosa:

"Lo que me hace mal es que no estés feliz por mí"

Cuando saliste buscaste a Martina por la sala de estar o en el descanso de las escaleras, y fue en este último lugar donde la encontraste. Prácticamente habías tenido que arrastrar los pies, que te pesaban como el plomo, y no aguantabas más, pero precisabas cruzar con ella dos o tres palabras antes de irte a la cama, y era evidente que ella pensaba lo mismo, porque se había quedado aguardando.

"Gracias por defenderme, hermanita, aunque no hacía falta" le dijiste, acariciando su cabeza como solías hacer cuando ella era chiquitita y se sentaba al lado tuyo para leerte los cuentos que escribía.

"Desahogarme me vino bien" confesó "Lo necesitaba hacía tiempo, y honestamente esto" estaba refiriéndose a todo en general y a nada en particular "fue la gota que colmó el vaso. Precisaba finalmente soltar mis cadenas. Era eso o que me estallara la cabeza" suspiró "Al menos así les di algo más de que preocuparse en lugar de estar planeando cómo lavarte la cabeza para que dejes a Michelle" rió amargamente, pero a vos el comentario no te hizo mucha gracia.

"Hora de ir a dormir, hermanita" dijiste con las pocas fuerzas que te quedaban.

"Hora de ir a dormir" coincidió.

Un largo fin de semana estaba llegando a su fin.

Y aún ni siquiera estaba cerca de ese fin al que se aproximaba.


Abriste la puerta despacio, procurando no hacer ruido; en caso de que en la espera se hubiera quedado dormida, no querías despertarla. Necesitaba descansar, lo necesitaba tanto como vos, especialmente porque su cuerpo se encontraba adolorido y atravesando una clase de procesos sobre los que has oído hablar lo suficiente como para entender que distan mucho de ser placenteros y guardan cierto parecido con métodos de tortura.

Las luces estaban apagadas, el cuarto sumido en la penumbra. Divisaste su silueta, pequeñita y de aspecto frágil. Estaba acostada en la cama, hecha un ovillo, con las rodillas al pecho y sus brazos rodeando su cuerpo, como si estuviera tratando de infundirse algo de calor para aliviar un frío que debía ser interno, puesto que la calefacción estaba encendida.

Tus ojos la observaron con dulzura, y una oleada de ternura recorrió tu cuerpo, causando que tu corazón se salteara un latido.

¿Cómo podían ellos pretender que renunciaras a la personita más parecida a un ángel que pudiste haber hallado sobre la faz de la Tierra? ¿Cómo pretendían ellos que renunciaras a la mujer que te hace feliz simplemente porque no es de tu misma raza? ¿Cómo pretendían ellos que renunciaras al amor de tu vida por la loca y absurda idea de la necesidad de preservar la sangre pura y las raíces intactas?

Reprimiste un suspiro. Cerraste la puerta tan despacio como la habías abierto, y la habitación quedó en oscuridad total.

Lo único que querías en ese momento era yacer a su lado por el resto de la noche, olvidar todo lo dicho durante ese día, llenar esos silencios que dolieron con el sonido de su corazón latiendo contra el tuyo, aliviar la pena contemplando su rostro de muñequita de porcelana, besar sus párpados cerrados, callar esas palabras hirientes que quieren seguir reproduciéndose en tus oídos como ecos filosos con el sonido de su respiración, imaginar el futuro que pueden construir juntos, hasta finalmente sucumbir al cansancio físico y caer dormido, con su cuerpo anidado en tus brazos.

Querías desconectar la cabeza, querías dejar de pensar, querías ponerte en blanco, querías acallar las voces que seguían martillando tus sienes con retazos de lo que tus padres te habían dicho, que volvían desde los remotos confines de tu mente para atacarte y torturarte, recordándote que tu familia te había desilusionado cuando más necesitabas que ellos te apoyaran y se pusieran felices por vos.

Te acercaste a la cama, y de pie junto a ella acariciaste su frente muy despacio con el dorso de tu mano. Tenía el cabello húmedo, los bucles recogidos con una bandita elástica. Seguramente había tomado una ducha antes de cambiar sus ropas por el pijama (un sweater tuyo y un jogging muy gastado color azul que le queda gigante).

Se te ocurrió que un buen baño de agua caliente te sentaría bien, te ayudaría a relajar tus músculos, a desprenderte de toda la adrenalina, bronca, furia y dolor acumulados. En un fluido movimiento te quitaste los zapatos, los dejaste a un costado junto a los de ella, y tomaste del bolso tu pijama, que Michelle había doblado prolijamente antes de empacar con el resto de las cosas.

Te quedaste bajo el chorro de agua hirviendo durante más de cuarenta minutos, sentado en el suelo blanco de la bañera, con la cabeza echada hacia atrás y la espalda contra la pared cubierta de azulejos. Memorias recientes que se te antojaban lejanas y pertenecientes a otra vida ocurrida siglos atrás te atacaban, y vos te ibas en esfuerzos por quitarlas del camino, por empujarlas lejos, por hacerlas desaparecer. Poner la mente en blanco no estaba dando resultado alguno, porque ese blanco entonces se convertía en el lienzo perfecto para que pinceles cargados de angustia, miedos y decepción se movieran sobre él y dibujaran el retrato de tu amargura. Estabas enloqueciendo, hasta que se te ocurrió que, si el pasado más reciente ya es candidato a convertirse en un pasado amedrentador, entonces quizá lo conveniente sería tratar de empalidecerlo con planes para el futuro.

Planes para el futuro, eso fue lo que impidió que te ahogaras en el dolor punzante que desde el viernes te acompañaba, mientras esa noche de domingo bajo el agua caliente rogabas por deshacerte de los restos de un fin de semana que te había afectado en demasiados niveles.

Durante un largo rato no hiciste más que imaginar ese futuro que te esperaría junto a ella, ese futuro brillante y lleno de pequeñas cosas mágicas salpicando la cotidianeidad de la vida. Un futuro que no se hallaba muy lejano al presente, un futuro que podía comenzar en cualquier momento, todo dependiendo de cuándo y cómo decidieras pedirle que se casara con vos.

De tu cabeza se apoderó ese pensamiento, tomando forma con más y más fuerza a medida que tus heridas comenzaban lo que sería un lento proceso de cicatrización. De tu cabeza se apoderó un único pensamiento: comenzar a trabajar para construir cuanto antes lo que sabías sería lo más lindo de tu vida, lo más lindo de tu futuro, y dejar atrás cualquier cosa que te haya sucedido en el pasado, todo lo que en el pasado te hizo mal.

Nunca pensaste que para el final de este domingo horrible, gris y lluvioso tendrías grabada a fuego en tu mente el día y la hora en la que le propondrías matrimonio, pero cuando tu mano envolvió el reluciente grifo de plata para cerrar el agua que durante casi una hora había estado cayendo sobre tu cuerpo adolorido y cansado, te sentías muchísimo mejor, y tus heridas lastimaban un poquitito menos. La idea del futuro que empezarías a construir pronto había ayudado mucho a que te relajaras, y de hecho una o dos veces habías sonreído genuinamente para vos mismo, cada vez que una idea brillante o romántica cruzaba tu cabeza, reemplazando la tensión y la amargura por algo lindo a lo que aferrarse para seguir contra todo, incluso sin el viento a favor y con la tempestad en su máximo apogeo.

Al salir del baño, tus ojos se fijaron en Michelle, quien seguía acurrucada a un costado de la cama, sólo que despierta. Sonrió con dulzura al verte, y con la misma dulzura devolviste la sonrisa; cuando te recostaste a su lado enseguida un cuerpo se amoldó al otro con total naturalidad, e instintivamente respiraste hondo para inhalar el perfume que el champú y el acondicionador siempre dejan en sus rulos.

"Perdón" susurraste en su oído, al tiempo que tus brazos envolvían su figura, atrayéndola más hacia vos, hasta quedar completamente pegados. Tu cabeza y su cabeza reposaban sobre la misma almohada, que se hundía bajo el peso de ambas, y estaban tan cerca que las puntas de sus narices se tocaban "No me di cuenta que el ruido de la ducha iba a despertarte"

Enterró su rostro en el hueco entre tu hombro y tu cuello por un momento, antes de contestar en un susurro ahogado por tu piel, sobre la que estaban presionando sus labios:

"No estaba dormida en realidad, estaba medio adormecida. Sabés que no puedo dormir sin vos"

"Yo tampoco puedo dormir sin vos" sonreíste débilmente; al menos conservabas la capacidad de sonreír después de toda la tristeza vivida momentos atrás. O quizá su capacidad para hacerte sonreír por cualquier motivo, por el simple hecho de ser ella y de elegir estar ahí con vos cuando podría estar en cualquier otro sitio, es mucho más fuerte que el dolor "¿Cómo te sentís?" preguntaste con el mismo tono de voz dulce y bajo.

"Bien"

Estaba mintiendo. La conocés en tanta profundidad, que podés saber enseguida cuando no está diciendo la verdad; la mayor parte del tiempo sí lo hace, pero algunas veces recurre a mentiritas piadosas para evitarte a vos problemas o preocupaciones, y cuando eso sucede, te das cuenta enseguida, con la misma facilidad con la que ella se dio cuenta que mentías ese día en el que le dijiste que la muela te dolía muy poco, cuando la realidad era que volabas de fiebre.

"No me mientas, Michelle" la retaste con ternura "¿Cómo te sentís?" preguntaste otra vez.

Levantó la cabeza, y sus ojos volvieron a estar a la altura de los tuyos. Estaban vidriosos y en ellos podía verse el mismo cansancio que se dibujaba en sus delicadas facciones.

"Me siento mal" acabó por confesar con timidez.

"¿Qué te duele?" con el dorso de una de tus manos acariciaste sus mejillas y luego sentiste su frente, para cerciorarte de que no tuviera temperatura alta.

"La panza y la cabeza"

"¿Tomaste otro analgésico?"

"Sí. En un ratito va a hacer efecto"

El silencio cayó en la habitación. Aguzaste tus sentidos para escuchar bien el sonido de su respiración y cerciorarte de que no fuera dificultosa o irregular; te concentraste en sentir sus palpitaciones, para asegurarte de que no tuviera taquicardia. No tenía fiebre, su pulso era normal.

Estabas molido, no había músculo de tu anatomía que no se sitiera como si acabaran de pasarlo por encima varias veces con una aplanadora, pero te rehusabas a cerrar los ojos y deslizarte dentro de la negrura de tu consciencia.

Ella se sentía mal, y no querías dejarla sola.

Tus párpados se cerraban bajo su propio peso, pero no querías quedarte dormido hasta que ella no se durmiera primero, y aún así vaticinaste que probablemente te costaría aguantar cuarenta minutos sin despertarte sobresaltado después de conciliado el sueño; pasarías la noche entera adormilado, chequeando a cada rato que no levantara temperatura, listo para contenerla y cuidarla en caso de que le agarran dolores muy fuertes en el estómago o ganas de vomitar.

Pero no parecía que ella fuera a quedarse dormida pronto. Lo exhausta que estaba era evidente, su aspecto no era diferente del tuyo, pero al igual que vos hacía un visible esfuerzo para que sus ojos no se cerraran, para que el cansancio que llevaba encima de sus hombros no terminara de aplastarla bajo su terrible peso. El movimiento de la yema de sus dedos sobre tu cabeza era apenas perceptible, pero podías sentir su mano bajando y subiendo lentamente por tu nuca, provocando un cosquilleo que no hacía más que adormecerte.

Durante un largo rato frotaste su espalda, dibujando círculos con la palma de tu mano, luego cerrando la mano en un puño para masajear suavemente las zonas tensas con tus nudillos, tratando de que sus músculos se aflojaran y ella se relajara. La ternura de la situación al menos ayudaba a que tu mente no fuera invadida por recuerdos de la conversación mantenida por tus padres y a mantener la angustia a raya.

Sin embargo, pasada una media hora, empezaste a preocuparte. Ella seguía recostada a tu lado, su rostro a escaso medio centímetro del tuyo, sus manos acariciando tu cabeza, sus ojos abiertos mirándote con dulzura, el insomnio presentándose con una fuerza mayor al cansancio.

Estaba empezando a preocuparte que, en su estado, aún siguiera despierta. Cualquier ser humano que hubiera tenido que pasar un fin de semana como ese, hubiera caído rendido el segundo después de estrellar el cuerpo contra el colchón. Pero ella no. Sus ojos seguían abiertos, y cada vez que sus párpados se cerraban, hacía el esfuerzo de despabilarse. Quizá el calmante no había hecho efecto, se te ocurrió, y eran los dolores los que la despertaban, pero descartaste esa idea rápidamente. No era algo físico lo que le impedía conciliar el sueño, era algo mucho más profundo, algo que estaba haciéndole daño a su corazón, algo que estaba preocupándola.

"Necesitás dormir, Michelle" susurraste con un tono de voz impregnado de dulzura, sin dejar de mover tu mano sobre su espalda "Mañana tenemos que levantarnos temprano para volver a casa"

"¿Estás seguro de que no querés que nos quedemos unos días más, para que puedas pasar tiempo con tu papá?" preguntó. Su ofrecimiento era sincero, y sabías que en caso de que tu respuesta fuera la de hacer un cambio de planes, ella lo entendería; quería volver a Los Angeles tanto como vos, pero hubieras puesto las manos en el fuego a que, de haberle pedido demorar el viaje hasta el jueves o viernes, ella hubiera hecho gustosa el sacrificio, sólo para poder cuidarte, sólo para acompañarte.

Pero quedarte sólo les causaría más daño, tanto a vos como a ella. Quedarte acabaría haciendo que te estallara la cabeza. Quedarte no hubiera sido una elección sana, y si había algo que necesitabas más que nunca era recuperar tu sanidad antes de que el tiempo corriera por entre tus manos, el lunes siguiente llegara y te vieras obligado a regresar a eso que llaman 'normalidad', ese mundo real donde la magia sigue presente pero se mezcla con una dosis fuerte de responsabilidades, pesos que cargar y un trabajo que realizar sin que lo personal interfiera.

"Sí, bebé, estoy seguro" respondiste, con tus labios presionando contra su frente.

"Tony, si necesitás quedarte más tiempo en Chicago, yo voy a entenderlo" Michelle insistió "Y si para que las cosas sean menos incómodas y más fáciles preferirías que yo me volviera a Los Angeles primero, también voy a entenderlo. Simplemente tenés que pedírmelo, yo no voy a enojarme. Yo quiero lo que sea mejor para vos. Voy a hacer lo que sea mejor para vos"

Su ofrecimiento era sincero, y no hacía más que demostrar que su amor por vos es incondicional y sólido, más incondicional y sólido que cualquier otra cosa en tu vida. Instintivamente la abrazaste un poco más fuerte. Sus palabras te habían conmovido muchísimo, pero no hicieron que cambiaras de opinión en lo absoluto. Ya habías tomado una decisión, a la cual en realidad no te había costado tanto llegar, porque tenías en claro qué era lo mejor para vos, y definitivamente lo mejor para vos no era quedarte en Chicago, con tus padres mirándote como si fueras un traidor a la sangre y hubieras cometido un pecado mortal.

"Quiero volver a casa, Michelle" aseguraste nuevamente, buscando convencerla de que no necesitabas meditar las cosas o tener en cuenta opciones, porque de todas ellas sólo una te interesaba, y era la de subirte a ese avión que partía a California la mañana siguiente "Quiero que volvamos a casa, los dos. Eso va a ser lo mejor para mí: volver a casa con vos"

Algo en tu tono de voz debió haberte delatado. Algo en tus palabras debió haberte delatado. Algo en la forma en que la abrazabas, como si temieras que se fuera, que desapareciera, que se evaporara, o que súbitamente alguien apareciera para arrancarla de tu lado, debe haberte delatado. Algo en tu mirada debe haberte delatado. Algo en la aprehensión con la que afirmaste estar seguro de querer irte debió haberte delatado.

Por eso lo siguiente que se escapó de tus labios fue una afirmación seguida de una pregunta retórica:

"Discutiste con tus papás, ¿no es cierto?"

De pronto sentiste una oleada de bronca recorrerte de arriba a abajo. ¿Acaso era culpa eso que empapaba su voz? ¿Acaso ella se sentía culpable por la situación en la que habían quedado enredados tus padres y vos? Lo que menos querías era que ella pensara que debía cargar ese peso sobre sus hombros; jamás se te hubiera cruzado por la cabeza culparla, o considerarla de modo alguno responsable por nada de lo que aconteció este fin de semana entre tu familia y vos. Son tus padres los que están equivocados. Son tus padres los que te lastiman con sus actitudes y posturas. Ella es la que te salva de morirte ahogado en la decepción. Ella es la que hace que todo valga la pena, y no tenía de qué sentirse culpable, porque ella no era culpable de nada.

Te hubiera gustado poder mentirle, para protegerla. Te hubiera gustado poder decirle que todo estaba bien, que no habían discutido, que todo iba a arreglarse, que todo iba a encaminarse a su debido tiempo. Te hubiera gustado ahorrarle el daño que le causaría saber la verdad. Pero a ella no podías mentirle; te conoce demasiado bien, puede leerte como nunca nadie antes pudo, puede darse cuenta cuando estás ocultando algo. Además, en parte necesitabas decirle lo que había ocurrido, por varios motivos: para empezar, tu relación con Michelle está basada en la honestidad; en segundo lugar, precisabas ayudarla a entender que sin importar lo que sucediera, lo que te dijeran, lo que opinaran, vos serías incapaz de dejarla, de reemplazarla o abandonarla; y en tercer lugar, había una parte de tu alma que estaba llorando a gritos para ser desahogada.

"Sí, Michelle" contestas finalmente, y luego agregaste "Pero no tiene importancia. Yo no puedo cambiar su forma de pensar, y ellos no pueden cambiar lo que yo siento" suspiraste, buscando la forma correcta de resumir en palabras lo acontecido "Discutimos un buen rato y llegamos a un callejón sin salida. Estoy decepcionado y desilusionado, no lo voy a negar, pero no tiene importancia, mi vida"

"Sé que a vos no te importa, pero me angustia mucho que nuestra relación te traiga problemas con tu familia" tragó con dificultad "No puedo evitarlo; me hace mal saber que estoy causando peleas entre ustedes, me hace mal saber que discutiste con tus padres por mí. No quiero que por culpa mía estés en esta posición, entre la espalda y la pared"

Suspiraste otra vez. Te resultaba angustiante que piense que es ella la que estuvo empujándote hacia el precipicio, cuando en realidad si no caíste fue enteramente por su soporte.

"Michelle, para empezar, no es tu culpa que yo esté entre la espalda y la pared; vos nunca me pediste que eligiera entre mi familia o nuestra relación, y sé que jamás me pedirías algo así porque me amás demasiado como para alguna vez causarme daño" hiciste una pausa, dándole tiempo para asimilar las palabras, para que calaran hondo y la envolvieran, para que su significado causara efecto "Mi madre tiene algunos conceptos muy equivocados sobre lo que podría hacerme feliz, y cuando traté de hacerla entrar en razón solamente se negó aún más e insistió en empujarme hacia el borde del precipicio, siguió jalando los hilos hasta que encontró el correcto para hacerme estallar, y tuve que ponerle un punto final a la discusión antes de que se fuera de mis manos. Si hay alguien que está empecinada en verme entre la espada y la pared, es ella, no vos" concluiste "La que me pidió que eligiera entre mi familia y el amor de mi vida fue ella; vos no hiciste más que cuidarme durante estos dos días y probarme que te quedarías conmigo ayudándome a atravesar cualquier dificultad" besaste sus párpados antes de continuar hablando con el mismo tono de voz cargado de todas las emociones que fluían dentro tuyo "Para mi eso vale más que cualquier cosa en el mundo, y tiene muchísimo más peso que cualquier opinión que mi familia tenga" seguiste "Mi mamá está siendo muy injusta con vos, está obligándote a caminar sobre vidrio roto, y vos no te merecés eso"

No, claro que no se merece eso. No se merecía nada de la angustia que tuvo que soportar ese fin de semana. No se merecía que la juzgaran sin siquiera darle una oportunidad, que la catalogaran sin darse la chance de conocerla. No se merecía que la compararan con Nina automáticamente por el simple hecho de que también pertenece al mundo de la CTU, al cual tu familia le gusta hacer principal responsable de todos tus problemas. No se merecía que la discriminaran casi con la misma crueldad que esos nenes cuando ella era una criaturita que solamente quería tener amigos con los que jugar en el recreo, una criaturita que sólo deseaba sentirse integrada. No se merecía tener que cargar ese peso extra sobre los hombros al tiempo que debía luchar para mantenerse ella en pie, y mantenerte en pie a vos, cuando bajo las garras del dolor estabas hundiéndote en un pozo sin fin, enfrentándote a un agujero negro que amenazaba con tragarte.

"Ella no te quiere en mi vida" admitiste con un nudo en la garganta "pero yo no podría imaginar cómo sería vivir sin vos" tu tono se suavizó hasta convertirse en menos que un murmullo "Yo no querría vivir más si no pudiera tenerte. Michelle, no hay cosa sobre esta Tierra que Dios haya creado que pueda separarme de vos, y eso incluye a mi familia" acunaste su rostro entre tus manos, listo para limpiar con tus pulgares las lágrimas que sabías rodarían por sus mejillas al caer de sus ojos cuando escuchara las palabras que tenías para decirle "Ellos son mi propia sangre, pero vos sos la otra mitad de mi alma. Michelle, vos y yo nacimos para acabar juntos; si mi familia esperaba otra cosa, entonces lo lamento mucho por ellos, pero no voy a renunciar a vos"

Rozaste tus labios contra los suyos, pero no pudiste profundizar el beso un poco más porque una sola palabra que escapó de tus labios hizo que te detuvieras:

"Perdón" murmuró. Era visible que estaba tratando de contener un ataque de llanto; sus ojos estaban empapados en lágrimas que se negaba a dejar caer, podías sentir sus manos temblar sobre tu espalda, y ella tiritaba.

Michelle siempre siente que tiene que pedir perdón por todo, y francamente vos odiás escucharla pedir perdón por cosas que no son culpa suya.

La primera vez que se besaron - en ese pasillo oscuro y desierto, a altas horas de la madrugada, en medio de la crisis y el caos -, no pudiste ir tan lento como te hubiera gustado, en parte porque el deseo te llevó a intensificar las cosas, pero también porque escucharla repetir inconteniblemente 'perdón' te hacía mal, te dolía, porque te llevaba a pensar que estabas fallando en demostrarle lo mucho que la amás y lo mucho que te importa, te dolía porque pensabas que pedía perdón por expresar sentimientos no recíprocos (por eso te esforzaste en que ese beso no dejara lugar a más dudas, te esforzaste para que ese beso borrara cualquier duda que pudiera haber llegado a tener dando vueltas en su cabecita; y si Carrie no lo hubiera interrumpido, probablemente habrías seguido esforzándote otro largo rato).

Cuando intentó prepararte el desayuno esa mañana en la que vos dormías profundamente como si te hubieran dado un sedante para caballos porque la medicina para el dolor de muela te había dejado noqueado, no dejaba de disculparse mientras lloraba con el rostro enterrado en tu pecho y repetía una y otra vez que era una falla, una decepción.

En otra oportunidad rompió un plato en tu casa, mientras estaba secando la vajilla después de lavarla. También empezó a balbucear disculpás desesperada, y no se detuvo hasta que la abrazaste y le dijiste que no había por qué angustiarse, que era un plato roto, que había sido un accidente, que lo que más te importaba era que ella no se hubiera cortado con los pedazos de porcelana que saltaron por todas partes. La sentaste sobre la mesada, barriste el piso, y luego revisaste las plantas de sus pies para cerciorarte de que no se hubiera hecho daño. Con una sonrisa agridulce te había pedido perdón por no poder dejar de decir 'perdón', y mientras vos continuabas lavando los vasos y los cubiertos, te contó que de chica se acostumbró a pedir disculpas por todo: cuando sin querer hacía ruido y su mamá se despertaba de una de las largas siestas que tomaba debido a los efectos del alcohol, cuando rompía algo por accidente, cuando a los seis años ponía la radio para bailar y su abuela se enojaba porque le gustaba el silencio… Esa tarde pusiste un CD de Queen a un volumen que no debe haberles causado gracia a los vecinos que querían disfrutar de la paz del domingo, y le enseñaste a bailar Crazy little thing called love en el medio de la cocina de tu departamento, queriendo reparar un poco algunas de esas heridas ondas que lleva desde su infancia, y llenar el vacío que debe haber dejado en su alma crecer en una casa donde reinaba el silencio y no había música.

"¿Por qué me pedís perdón?" preguntaste en un susurro, tratando de hallar la respuesta en tus ojos "Ya te dije que tenés que sacarte esa costumbre, Michelle" tus labios se demoraron en su frente una vez más "¿Por qué tendrías que pedirme perdón?"

"Por no ser lo que ellos esperaban" su respuesta fue murmurada con timidez y voz temblorosa por el esfuerzo que estaba haciendo para impedir que las lágrimas que se acumulaban en sus ojos rebalsaran y empaparan su rostro (y por ende tus manos, que seguían acunándolo) "Lo lamento mucho, Tony…"

La interrumpiste antes de que pudiera seguir hablando:

"Yo no lo lamento, Michelle" aseguraste con voz dulce pero firme "Estoy feliz de que seas exactamente lo que sos: ni un detalle más ni un detalle menos. Mis ojos te ven absolutamente perfecta"

Necesitabas que entendiera eso, necesitabas que comenzara a asimilar de una buena vez por todas que para vos ella es la única, que para vos ella es absolutamente perfecta, con sus errores, sus defectos, sus manías, sus altibajos, con todo lo que lleva en su alma y en su corazón, con su pasado triste, con sus complejos, con su herencia genética. O es ella o es ninguna. Necesitabas que entendiera eso, necesitabas tratar de transmitir con palabras eso que – de no haber estado en casa de tus padres, de no haber estado exhausto, de no haber estado con dolores en todo el cuerpo – hubieras transmitido con besos largos y profundos, con caricias cada vez más hondas, con mimos. Necesitabas expresar tantas cosas con el lenguaje hablado, que dudabas existieran palabras suficientes para explicar todo lo que sentías en el corazón.

"Michelle, lo que ellos esperaban, a mi me tiene sin cuidado, realmente no tiene importancia" repetiste, sin dejar de mirar dentro de sus ojos, queriendo hundirte en esas dos órbitas color chocolate que en ese momento estaban empapadas "Tuve que esperar casi treinta y cinco años para sentir lo que es amor de verdad; y ahora sé que fuera consciente de ello o no, estaba esperándote a vos. Siempre, durante todos esos años, lo supiera o no, estuve esperándote a vos"

"Yo también estaba esperándote…" dijo con un hilo de voz.

"Sos mucho más de lo que podría haberme atrevido a imaginar o pedir, y definitivamente sos muchísimo más de lo que merezco" antes de que pudiera abrir la boca para replicar, la detuviste, sellando tus labios con uno de tus índices "No digas que soy demasiado bueno para vos, o que vos no sos perfecta, porque en mi opinión sí lo sos, en todo sentido. Ellos no pueden decir qué es mejor para mí, no pueden decidir con quién debo formar una familia, porque no les corresponde" seguiste, haciendo obvia referencia a tu familia "Yo ya tomé esa decisión" repasaste con tu pulgar la sonrisa que se dibujó automáticamente en sus facciones, volviéndolas mucho más hermosas "Ellos pueden disgustarse tanto como quieran si no sos lo que esperaban, pero a mi no me interesa. Yo te elegí a vos, te amo a vos, me enamoro de vos cada día un poquitito más, y te considero la personita más perfecta que existe en todo mi mundo" volviste a desparramar besos por sus mejillas "Me encanta que seamos tan distintos, porque podemos aprender mucho los dos. Imagináte qué aburrido sería si no tuviéramos nada que enseñarnos el uno al otro…"

"Sería muy aburrido" coincidió.

"Me gusta que tengamos orígenes diferentes. Si no fuera así, no tendría quien me enseñara a usar los palitos para comer el sushi… ¿Cómo es que se llaman?" fingiste no recordar el nombre para aflojar un poco la tensión y ayudarla a relajarse, y tu idea dio resultado, porque una pequeña carcajada se escapó por entre sus labios.

"Hashi" te dijo.

"Y si no tuviéramos orígenes distintos" seguiste, acomodando un par de buclecitos detrás de sus orejas "vos no conocerías todos los músicos latinos o comidas extranjeras que conocés ahora y que tanto te gustan"

"Es cierto" volvió a reír suavemente, acariciando tu espalda. Te dio gusto notar que sus manos ya no temblaban incontrolablemente como antes.

Decidiste seguir enlistando todas las cosas que te gusta sobre lo diverso de sus herencias culturales_

"Si no tuviéramos orígenes distintos, no habrías aprendido todas las palabras que ahora sabés en Castellano" te demoraste un instante para besarla otra vez antes de agregar ": Y yo no tendría alguien que me enseñe a decir cosas lindas en Japonés"

"Nunca te enseñé a decir cosas lindas en Japonés" no tardó en señalar, sonriendo con más ganas y enarcando una ceja.

"Podrías empezar ahora diciéndome que me amás" propusiste.

Sabés que lo domina casi a la perfección porque su abuela insistió en enseñarle desde pequeña (tal cual como a vos te enseñaron Español desde la cuna), pero nunca antes la escuchaste hablar en Japonés.

"Sólo si querés…" te apresuraste a decirle enseguida. No querías que se sintiera presionada a hacer algo que le diera vergüenza o con lo que no se sintiera cómoda.

Durante el par de segundos que tardó en susurrar las palabras en tu oído, te preocupaste pensando que tal vez no deberías haber mencionado el tema, que tal vez no deberías haberla puesto en esta posición, especialmente sabiendo lo terriblemente tímida que es y todo el tiempo que ha pasado desde que estuvo en contacto con sus raíces (después de todo, su abuela murió seis años atrás, pero hacía bastante tiempo que Michelle le había dicho que no quería seguir aprendiendo cosas sobre la cultura japonesa porque en el colegio se burlaban de ella y de su origen). Temiste haber abierto una vieja herida, temiste haber causado dentro de ella alguna clase de daño, y estabas a punto de disculparte, cuando con una vocecita dulce y cargada de inocencia te regaló ese primer 'te amo' en un idioma que nunca habías escuchado antes.

"Kimi o ai shiteru" permanecieron durante unos segundos en silencio, con sus palabras aún flotando en el aire y el eco de ellas reproduciéndose en tu cabeza una y otra vez, queriendo grabarse a fuego ahí para siempre "Es la mejor forma que existe en Japonés para decirte que te amo muchísimo" explicó.

"Kimi o…" trataste de repetir la expresión, pero te trabaste.

"… ai shiteru" ella te ayudó a completar la frasecita.

"¿Ves?" besaste la punta de su nariz por la que debió ser la décima quinta vez "Si no te tuviera a vos - que fuiste criada con cosas de una cultura tan distinta de la mía -, si estuviera con una chica que creció rodeada de las mismas cosas que me rodearon a mi en mi infancia, me perdería de aprender mucho, sería muy aburrido, no tendríamos nada que enseñarnos el uno al otro. Por ejemplo, vos acabás de enseñarme y yo acabo de aprender que 'te amo' suena mucho mejor en Japonés que en Español"

Los dos rieron. El que dijo que la risa cura muchas cosas, tenía razón, definitivamente, porque de a poco esas heridas que te surcaban el alma y el corazón dolían menos, y podías ver en el brillo de sus ojos que ella también estaba sintiéndose mejor.

"A mi me gusta cómo suena cuando vos me decís a mí que me amás, sin importar el idioma" dijo, rodeando tu cintura con sus bracitos frágiles y enterrando otra vez su rostro en el hueco entre tu hombro y tu cuello para que no la vieras sonrojarse furiosamente cuando dijera: "¿Sabés que fuiste el primero y que sos el único al que alguna vez le dije esas dos palabras?"

"¿Qué dos palabras?" inquiriste a propósito, mientras tus manos subían y bajaban por su espalda, fingiendo aparente inocencia e ignorancia.

"No seas tonto" te retó. Luego reprimió un bostezo "Sabés a lo que me refiero"

"Vos fuiste la primera también, y vas a ser la última y la única" confesaste en su oído, como si estuvieras contándole un secreto muy importante.

Volvió a levantar la cabeza hasta quedar a la altura de la tuya, esta vez para rozar ella sus labios contra tus labios.

"¿Sabés qué se me acaba de ocurrir?" instintivamente llevaste una de tus manos a su panza antes de seguir hablando "Cuando tengamos hijitos, vos podés enseñarles a hablar en Japonés, y yo puedo enseñarles a hablar en Español. Esa es otra cosa positiva respecto a nuestros orígenes distintos: nuestros hijos van a poder enriquecerse con dos culturas completamente diferentes pero una tan interesante como la otra"

Frotaste su estómago, dibujando círculos con la palma de tu mano, mientras que tus ojos estaban fijos en su sonrisa, que se había acentuado muchísimo más cuando mencionaste a los hijos que van a tener en el futuro (de acuerdo con tus planes, en un futuro no muy lejano).

"¿Por qué sonreís tanto?" inquiriste a propósito, sin poder evitar sonreír un poco más vos también.

Su rostro se puso aún más rojo que antes.

"Porque me gusta que hablemos de lo que vamos a hacer cuando tengamos hijitos" contestó con una timidez palpable "Vos podés cocinarles panqueques con dulce de leche, y empanadas" no pudiste evitar enternecerte al escuchar su acento cuando dijo esas palabras en español "… Y yo… bueno, yo no puedo cocinarles nada" dijo de pronto avergonzada.

Bajó la vista un poco para esquivar tu mirada, pero vos volviste a acariciar su mejilla con tu mano, y lentamente moviste su rostro hasta que quedó otra vez a la altura del tuyo.

"Me encantaría enseñarte a cocinar, si querés aprender" ofreciste, esperando que no sonara como una presión o una obligación. Porque si no quiere aprender a cocinar, entonces vos no vas a poner objeción; si así lo desea, puede pasar el resto de su existencia sin saber cómo poner agua a hervir para hacer arroz, y a vos no te va a importar. De hecho, va a ser un placer pasar el resto de tus días cocinado para ella.

"Me encantaría que me enseñaras" volvió a rozar despacio tus labios "Espero que no resulte en un desastre, y que cuando tratemos no se prenda fuego el departamento…"

Respondiste a su comentario con un chiste, lo cual te sorprendió hasta a vos mismo, porque luego de ese sábado y ese domingo amargos y dolorosos tenías dudas sobre cuándo volvería a saltar la chispa de tu habitual sentido del humor:

"¿Cuándo tratemos de hacer qué?, ¿cocinar o tener hijitos?"

Por toda respuesta esbozó otra de sus hermosas sonrisas, su rostro se tiñó de un rojo furioso, y enterró la cabeza otra vez en el hueco entre tu hombro y tu cuello para que no vieras lo sonrojada que se había puesto por tu comentario. Sin poder reprimir otra sonrisa (sonreír parecía costar cada vez menos, incluso si te dolía cada músculo y tenías el corazón estrujado de pena por todo lo sufrido en menos de setenta y dos horas), dejaste que tus brazos la estrecharan más fuerte, y le hablaste al oído con dulzura:

"¿Ves?: tenemos toda la vida por delante para enseñarnos cosas"

El silencio volvió a caer en la habitación. Ninguna luz había sido encendida, por lo que ambos estaban sumergidos en la más absoluta oscuridad. Los únicos ruidos que llegaban a tus oídos eran los de la lluvia azotando Chicago otra vez, la voz mental que dentro de tu cabeza rogaba que el agua no se convirtiera en nieve y eso causara complicaciones en el aeropuerto, su corazón latiendo contra el tuyo, y sus respiraciones acompasadas y rítmicas. Con una de tus manos dibujabas círculos en su espalda, frotando despacio, porque sabés que eso la relaja y la ayuda a quedarse dormida cuando el insomnio trata de hacerla su víctima; sin embargo, esa noche no estaba dando resultado, porque aunque tuviera los ojos cerrados, era evidente que seguía despierta.

Varios minutos después estabas a punto de preguntarle cómo se sentía, cuando – como si hubiera leído en tu pensamiento que estabas preocupado por ella -, llamó tu nombre con tono tímido y acongojado.

Al parecer esas risas que habían servido como remedio para la angustia habían ido perdiendo efecto, y ésta estaba volviendo a atacar otra vez con todas sus fuerzas.

"Tony…"

"¿Qué pasa, bebé?"

Tardó al menos unos sesenta segundos en contestar, y cuando lo hizo, desenterró la cabeza del hueco entre tu hombro y tu cuello y volvió a reposarla sobre la almohada, para que tus ojos y sus ojos estuvieran a la misma altura, una mirada consumiéndose dentro de la otra, todos los sentimientos entre ustedes expresándose con el lenguaje de la piel, sin necesidad de que palabra alguna interviniera para que ella entendiera que vos estabas dispuesto a pasar toda la noche en vela calmando sus angustias y preocupaciones si era necesario, y para que vos entendieras que ella quería compartir otro pedacito de su corazón lastimado con vos, confiando en que sabrías cómo sanar las heridas.

"Tengo miedo de que toda una vida conmigo te cuesta tu familia" su voz tembló un poco, sus labios también temblaron, y temías que los restos de las lágrimas que había llorado quedaran nuevamente empapados si sucumbía al llanto otra vez "Tengo miedo de que tu familia sea el precio que tengas que pagar para que podamos pasar toda una vida juntos"

¿Sería ese el precio que tenías que pagar? No lo sabías. Te habías hecho esa pregunta varias veces, sí, pero no podías saberlo con certeza, no había forma de que supieras qué sucedería en el futuro, no había forma de qué supieras qué te deparaba el destino, qué les deparaba a los dos. No había forma de que supieras si con el tiempo tus padres recapacitarían, si cambiarían de opinión, si empezarían a ver las cosas desde otra perspectiva, desde otro punto de vista. No había forma de que supieras si, dentro de muchos años, al mirar hacia atrás llegarías a la conclusión de que la relación con tu familia fue el (alto) precio que tuviste que pagar a cambio de toda una vida de felicidad con ella.

Lo que sí sabías era que, en caso de verte obligado a llegar ese extremo, no dudarías un segundo en tomar la decisión, no tendrías que replantearte nada, no tendrías que reflexionar nada, no tendrías cuestionamiento alguno nublando tu juicio, no habría espadas de doble filo presionándote, porque escucharías claramente lo que tu corazón diría, y te quedarías con ella.

Necesitabas también que ella tuviera esa seguridad, que ella supiera eso, que supiera que – si el camino sigue empedrado y los obstáculos se apilan unos sobre los otros – vas a quedarte con ella. Necesitabas que tuviera la firme certeza de que no renunciarías jamás a ella, de que aunque se te partiría el alma y te quedarían agujeros imposibles de llenar dentro, preferirías afrontar el dolor que significaría distanciarte de tu familia antes que la terrible, triste agonía de vivir sin ella (terrible y triste agonía que no dudás terminaría en muerte).

Suspiraste, respiraste hondo, y sin dejar de acariciarla empezaste a hablar, con las palpitaciones agitadas otra vez, con la voz cargada de emoción otra vez, buscando la forma correcta de verbalizar aquello que sentías en cada rincón de tu cuerpo invadiéndote con un poder abrumador, aquello que el lenguaje hablado no puede siquiera resumir, porque no hay frase ni expresión que baste para ello.

"No te cambiaría por nadie o por nada en el mundo, Michelle. Creo que Dios te hizo para mí, y así como Él te hizo sos perfecta. Sos mi otra mitad, mi mejor mitad, mi alma gemela, te complementás conmigo perfectamente. Sos única e irrepetible, y mía"

Instintivamente la abrazaste más fuerte en cuanto pronunciaste esa última palabra, dándole énfasis. No la considerás una propiedad material, por supuesto, no la considerás una mercancía, no sos la clase de hombre que piensa que las mujeres son objetos a las cuales utilizar a gusto y placer, pero te gusta saber que es tuya y de nadie más, que te pertenece a vos y a nadie más, que sos su dueño, que sos el único en su vida, que sos el primero en todo. Algunos pensarán que sos obsesivo, pero no te importa: ella es tuya, y de nadie más. Siempre lo fue, incluso antes de que se conocieran, incluso antes de que sus caminos se cruzaran, incluso antes de que ella supiera tu nombre y hubiera visto tu rostro, incluso antes de que el mundo fuera mundo, incluso antes de que la historia comenzara a escribirse, incluso antes de que las estrellas brillaran en el cielo. Podrán llamarte loco (sabés que estás loco), pero no te importa: ella siempre fue tuya y de nadie más. Ella, única e irrepetible, existe para vos, así como vos existís para ella.

"Hay seis billones de personas sobre la faz de la Tierra, y yo soy el más afortunado de todos porque te tengo a vos" susurraste, al tiempo que tus pulgares hacían a un lado las lágrimas que estaban rodando por sus mejillas sonrojadas "Me encantan tus ojitos orientales; son preciosos" besaste sus párpados durante un largo rato "Me encanta el color exótico de tu piel. Me encantan tus rulitos" enredaste uno de tus índices en sus bucles, mientras seguías enumerando todas las cosas especiales que te gustan de ella "Sos hermosa, por dentro y por fuera" concluiste "Tu belleza exterior me enloqueció desde el primer momento en que te vi, pero tu belleza interior es todavía más inmensa"

Hiciste una pequeña pausa para secar más de sus lágrimas con la manga de ti pijama, que pronto quedó empapada. Su sensibilidad es otra de las muchas cosas que te enamoran todos los días un poco más, y saber que tenés la capacidad de jalar emociones dentro de ella, provocar cosas como las que ella provoca dentro de vos, es todavía más abrumador.

"¿Te acordás lo que te dije esa mañana en mi cocina cuando estabas llorando porque habías tratado de prepararme el desayuno y había resultado un desastre?" ella asintió con la cabeza en respuesta a la pregunta que acababas de formular "Hoy se lo dije a mis padres, y quiero decírtelo a vos otra vez, porque necesito que me creas: por fuera somos distintos, porque tenemos orígenes diferentes, pero por dentro somos iguales. El alma no tiene color o raza, y la única costumbre que conoce el alma es la de sentir con intensidad"

Otra pausa. Podías escuchar tu corazón latiendo contra tu pecho, contra tus costillas, y también podías escuchar su corazón, siguiendo el mismo ritmo. Nunca hubieras pensado que llegaría el día en que una persona tendría este efecto en vos, nunca hubieras pensado que serías capaz de volverte en un hombre poético, romántico y afectuoso, y sin embargo ahí estabas, volcando el contenido de los recovecos más profundos de tu existencia, todo por amor.

"Les dije que vos me complementás, Michelle, que vos y yo somos dos pedacitos de una misma pieza, separados desde que el mundo es mundo y destinados a encontrarnos en el camino para volver a estar completos. Vos lográs que yo me sienta completo. Les dije que sos hermosa y brillante en muchísimos aspectos, pero que lo más importante es que sos hermosa y brillante por dentro. Por dentro sos perfecta para mí" agregaste, sonriendo dulcemente y causando que te devolviera la sonrisa "Les dije que aunque no sepas sobre nuestras costumbres, nuestras comidas, nuestras tradiciones, nuestros festejos, nuestras creencias, nuestra historia como pueblo" enumeraste ", hay algo que sabés mejor que nadie, algo que vos sabés y que no sabe nadie más, ninguna otra mujer de ninguna raza: sabés cómo hacerme feliz, sabés cómo curarme cuando estoy destrozado, sabés cómo devolverme a la vida"

Tus labios de posaran sobre los suyos de nuevo. La besaste despacio, esperando poder hacerla sentir con ese roce inocente la profundidad y la ternura de tus palabras, esas palabras que seguían pareciéndote escasas y carentes de significado, porque no llegaban a cubrir ni una milésima parte de lo que en realidad sentís, no llegaban a describir correctamente ese tormento de emociones que se reproducen sin parar en cada célula de tu anatomía.

"Para mí, en este mundo no hay nadie mejor que vos, en ningún aspecto" volviste a acunar su rostro con tus manos; estaba empapado, pero en tu opinión jamás había lucido más hermosa como en aquel momento, incluso si tenía la cara manchada de lágrimas y los ojos nublados "Sos vos, o ninguna. Nunca podría amar a nadie más. Les pedí que dejaran de lado tu origen, les pedí que se olvidaran que sos mitad europea y mitad japonesa, les pedí que solamente vieran una sola cosa: sos la mujer a la que amo. Si no pueden ver eso, si no pueden entenderlo, entonces voy a sentir una decepción muy grande y muy honda, voy a desilusionarme, voy a sufrir mucho" el solo pensarlo, el solo decirlo, el solo elaborarla como hipótesis, era suficiente para que el estómago te quemara y sintieras la angustia multiplicándose, pero seguiste hablando de todos modos, decidido a explicarle lo importante que es para vos que Michelle sepa que es sin ella que no podés vivir "Pero sé que voy a estar bien" hiciste especial énfasis en esa frase "porque mientras te tenga a vos no hay herida imposible de sanar. Puede derrumbarse todo alrededor mío, y no me va a importar; solamente voy a caerme el día en que te pierda"

"No vas a perderme nunca" susurró, estrechándote fuertemente contra su cuerpo, queriendo sentir tu calor protegiéndola del frío, su corazón latiendo junto al tuyo, tu respiración inundando el aire. Seguía llorando, su voz estaba cargada de emoción, pero la atención que le prestabas era tal y tan desmesurada que entendías perfectamente lo que estaba diciendo, incluso si el sonido estaba sofocado "Quisiera poder prometerte que todo va a estar bien con tu familia…"

La interrumpiste antes de que pudiera seguir torturándose con el tema:

"Michelle, vamos a ir solucionando las cosas de a poquito, juntos"

"Vamos a ir solucionando las cosas de a poquito, juntos" repitió, buscando hundirse en tus ojos una vez más, acariciando tu rostro con sus manos tibias y suaves una vez más, besando tus labios muy despacio y de manera muy dulce una vez más "Me hicieron bien todas las cosas que me dijiste" murmuró luego, con su boca a escasos centímetros de la tuya.

"Y a mí me hizo bien decírtelo" aseguraste con toda sinceridad.

Te acomodaste hasta que tu cabeza quedó sobre su hombro, para dejarle toda la almohada; sabías que le dolía el cuello y que necesitaba estar tan cómoda como fuera posible, y una cama de una plaza no está precisamente hecha para que dos personas duerman a pierna suelta toda la noche sin despertarse a la mañana siguiente o en medio de la madrugada con entumecimiento, dolores musculares o calambres. Reposaste tu cuerpo sobre el costado para que ella tuviera más espacio, aunque automáticamente y casi por instinto se amoldó hasta que su espalda quedó presionando contra tu pecho, totalmente anidada en tus brazos, con sus manos acariciando el dorso de las tuyas, que estaban cruzadas sobre su estómago.

"Hora de dormir, Chelle" murmuraste en su oído, restregando la nariz despacio en la piel de su cuello, en el punto exacto en el que podía sentir su pulso, el punto exacto en el que el oxígeno dejaba de existir y era reemplazado por su intoxicante perfume.

"¿Desde cuándo me llamás 'Chelle'?" preguntó ella, también en un susurro. Aunque no podías ver su rostro estabas seguro de que sonreía; podías escuchar la sonrisa en su tono de voz, en la forma en que las palabras habían sido dichas, casi como si el contexto fuera distinto, casi como si no estuvieran lejos de su hogar en Los Angeles, casi como si no hubieran pasado un fin de semana plagado de dolor y altibajos tales que por momentos sentían estaban en una montaña rusa fuera de control que jamás acabaría su recorrido.

La risa es el mejor remedio, eso dicen. Su risa, sus sonrisas, definitivamente tienen un efecto curativo sobre vos. Su risa, sus sonrisas, definitivamente pueden hacer que cualquier herida sane, que todo duela menos, que todo importe menos, que cualquier peso se aligere hasta convertirse en una carga más sencilla de llevar.

"Desde que a mi sobrina se le ocurrió un apodo tan lindo para vos" contestaste finalmente, luego de haber estado durante algunos segundos tratando de capturar en tu memoria el sonido de su voz cuando las palabras se cuelan por entre sus labios curvados en una sonrisa, tratando de grabarlo a fuego para que se quede allí para siempre, grabarlo a prueba de olvido para que ninguna enfermedad te arranque de la cabeza lo bien que se sienten las dosis de tu medicina favorita.

Unos minutos pasaron en silencio; no podrías haber sabido calcular cuántos, porque estabas al borde de esa línea que separa la conciencia de la inconsciencia, siendo acunado por los brazos del cansancio, a punto de ser, a punto de dejar que la negrura te arrastrara para llevarte a esas horas de confort en las que el cuerpo se apaga, o – mejor dicho -, sigue funcionando sin que nos demos cuenta. Sin embargo, parte de tus sentidos se negaban a entregarse al descanso, porque sabías que ella seguía despierta, a pesar del desgaste físico y emocional, a pesar del cansancio, a pesar de los dolores, a pesar de la necesidad de reponer energías para poder levantarse a la mañana siguiente.

Luchaste por salir de ese estado borroso y difuso en el que habías caído.

"¿Qué pasa que no lográs quedarte dormida?" murmuraste adormecido, sin desenterrar tu rostro del hueco entre su hombro y su cuello.

Con los ojos cerrados, sentiste su cuerpo girar hasta que ella quedó con su cara a escasos centímetros de la tuya. Las puntas de sus narices se tocaban, y sus manos no tardaron en viajar a tu cabeza. Sus dedos empezaron a acariciarte, a arremolinar tu cabello, y con esa clase de mimos te resultaba aún más difícil no ceder del todo a la necesidad de caer en un sueño profundo. Pero no podías darte el gusto de quedarte dormido y dejar que ella pasara toda la noche en velo haciéndote mimos mientras por su mente pasaban vaya uno a saber qué pensamientos o preocupaciones; esa actitud hubiera sido egoísta, y además, seamos honestos, probablemente vos tampoco podrías haber conciliado un sueño tranquilo sabiendo que ella estaba teniendo problemas para lidiar con su insomnio.

Volviste a repetir la pregunta.

"Quiero cuidarte para que no tengas pesadillas" fue la respuesta.

Te recorrió una oleada de ternura tan grande que sentiste tu alma entera entibiándose. Nunca antes alguien te había amado tanto como para estar dispuestos a pasar una noche entera en vela cuidándote de posibles pesadillas que pudieran ir a atacarte. En realidad, pensándolo mejor, nunca antes nadie te había amado. Definitivamente, esto es amor de verdad: ella, quien tiene todos los motivos del mundo para dejar que sus párpados se cierren finalmente y no esforzarse por volver a abrirlos, dejando que sus músculos se relajen y su cerebro se desconecte para darle algo de paz, al menos por un ratito, prefiere quedarse cuidándote, más allá de lo exhausta y adolorida que está, más allá de todo lo que tiene dando vueltas por su mente y de lo que podría liberarse yendo al País de los Sueños, donde la realidad se desdibuja y lo que duele deja de doler hasta la mañana siguiente.

"No voy a tener pesadillas" dijiste, sin siquiera abrir los ojos, respirando hondo para volver a intoxicarte con su perfume.

"¿Cómo podés estar seguro?" inquirió, con evidente angustia, sin dejar de mover las yemas de sus dedos por tu cuero cabelludo.

"Porque ya sé con lo que voy a soñar" antes de que pudiera abrir la boca para contestar, agregaste ": Voy a soñar con el momento en que te pida que te cases conmigo"

No era una frase romántica de esas sacadas del guión de una película, no estabas diciéndola para hacerte el romántico, no estabas utilizando un cliché, no estabas poniendo una excusa barata para tranquilizarla. Durante el día en uno de tus breves raptos de mucha lucidez se te había ocurrido una idea que podría catalogarse como locura, pero que te había dado algo sólido a lo que aferrarte, algo con significad similar al de una luz brillando al final de un túnel muy oscuro. Habías decidido cómo y cuándo ibas a pedirle que se casara con vos, y esa noche querías pensar en eso, soñar con eso, imaginar cada detalle, abrazarte a eso para sentir la misma calidez que el toque de sus manos hace que sientas, la misma calidez que te invade cuando te perdés en ella con cada beso, la misma calidez que se apoderó de vos cuando te dijo que quería quedarse despierta para cuidarte de las pesadillas.

"Yo también quiero soñar con eso" suspiró. Podías sentir otra vez la sonrisa en su voz, aunque no podías verla porque tus párpados pesados se negaban a abrirse, y toda la fuerza que te quedaba estabas utilizándola para acariciar su espalda y su cabeza, tratando de que en la forma en que tus manos se movían sobre su piel la hicieran sentir segura, que despejaran todas las dudas que tuviera, que a través del lenguaje del tacto creyera que estabas diciéndole la verdad: que no temías a las pesadillas, porque ibas a soñar con ella, con el momento en el que le pidas que te convierta en el hombre más afortunado del mundo casándose con vos.

"¿Te gustaría que ese sueño se hiciera realidad pronto?" murmuraste en su oído, sin querer revelar nada pero no pudiendo ocultar la alegría que súbitamente hinchaba tu corazón surcado por las heridas infligidas por todo lo sucedido desde el momento en que habías recibido el llamado de Martina para avisarte que tu abuela había fallecido.

"Sí" contestó con timidez.

"¿Qué tan pronto?" trataste de que sonara como una pregunta casual, pero la realidad es que tu corazón había vuelto a acelerarse.

Ella fingió pensar.

"Mmmh…" ¿Mañana? ¿Querés casarte conmigo mañana?"

"¿Es una propuesta?"

Si hubiera sido una propuesta, le hubieras dicho que sí, por supuesto. Pero no creías que lo fuera. No querías que lo fuera, porque en tu mente habías planeado todo durante ese rato largo que pasaste bajo el chorro de agua hirviendo en la ducha, habías planeado cómo sería ese instante. Esa conversación que ustedes estaban teniendo, acurrucados en la pequeña cama de una plaza, en la oscuridad de tu cuarto en casa de tus padres, con la lluvia azotando la ciudad de Chicago, los dos fulminados de cansancio, era romántica y dulce, pero no era el contexto para una propuesta. Esa conversación que estaban teniendo era simplemente para relajarse, para arrancarse sonrisas el uno al otro, para aliviar un poco el dolor, para tratar de aplacar la angustia proyectando hacia el futuro.

Aparentemente Michelle pensaba lo mismo, porque su respuesta fue:

"No, tonto, vos me tenés que preguntar a mí"

"Si te preguntara si querés casarte conmigo mañana" seguiste, necesitando oír cosas lindas saliendo de sus labios y cayendo en tus oídos para endulzarlos ", ¿cuál sería la respuesta?"

"Te diría que sí, que te amo y que quiero casarme con vos"

Tu corazón se salteó un latido. Tu corazón, ese corazón adolorido, herido y lastimado, todavía latía, todavía le quedaban fuerzas, todavía le quedaban ganas, todavía le quedaba vida. Ella hacía que valiera la pena que ese corazón siguiera latiendo. Ella hacía que valiera la pena que ese corazón siguiera haciendo que la sangre circulara por tus venas. Ella y su amor, ella y su dulzura, ella y su comprensión, ella y su ternura, ella y su fidelidad, ella y su inocencia. Sólo ella, ninguna otra, podría haberle dado a tu corazón la medicina perfecta para empezar a lidiar con lo que viene después de la tragedia.

"Yo también quiero casarme con vos mañana" confesaste "Huiría, dejaría todo, te llevaría lejos y me casaría con vos. Pero merecés algo mucho mejor que eso, merecés algo mucho mejor que algo hecho a las apuradas. Merecés una propuesta muy romántica como la de las películas que dan en el cine, y una fiesta en la que puedas sentirte como una princesa. Ahora no, mañana tampoco, pero dentro de muy poquitito tiempo, Michelle, voy a pedirte que te cases conmigo"

"Tony, estaba bromeando. No pretendía apresurar las cosas" te tranquilizó.

"No estás apresurando nada, Michelle. ¿Sabés cuál es mi mayor motivación para superar el dolor por la muerte de mi abuela? Vos sos mi mayor motivación, formar una familia con vos es mi mayor motivación. No por nada hoy quiero soñar con el momento en que te pida que te cases conmigo: hoy decidí cómo y cuándo va a suceder, y de ahora en más voy a pasar cada segundo de mí tiempo imaginando cómo voy a hacer mi sueño realidad" seguiste hablándole en susurros, con los ojos cerrados, sin que tus manos dejaran de acariciarla "Hoy se los dije a mis padres: sos la mujer con la que voy a casarme, sos la mujer que va a darme hijos, sos el milagro que espere durante casi treinta y cinco años. Ya no quiero esperar más" tragaste con dificultad, buscando las fuerzas para poder hablar sin que te embargaran las emociones que seguían demasiado a flor de piel "Sé que nuestras vidas no son fáciles, nuestros trabajos no son fáciles, vivimos en un mundo demasiado complicado, pero si puedo hacerlo un poquitito más mágico para mi y para vos, entonces quiero aferrarme a esa idea, a la idea de escribirte un cuento de hadas de verdad que sea solamente de los dos"

Haciendo un esfuerzo muy grande, separaste tus párpados, y con los ojos nublados con las lágrimas que no querías dejar caer, y la visión borroneada, divisaste su silueta en la oscuridad, sonriendo. Espejaste su sonrisa, al tiempo que tus dedos otra vez limpiaban sus mejillas empapadas.

"Ni te imaginás lo bien que me hace verte sonreír otra vez, aunque sea un poquito" Michelle te dijo, pasando las yemas de sus dedos por sus mejillas, capturando las pocas lágrimas que rodaban por ellas porque no habías sabido cómo contener.

"¿Te acordás lo que una vez me dijiste sobre tus sonrisas?" inquiriste con dulzura.

"Te dije que todas mis sonrisas son tuyas" contestó ella; sus párpados debían estar pesados como el plomo, porque también le costaba mucho mantenerlos abiertos.

"Si todavía me quedan fuerzas para sonreír un poco después de todo lo que pasó, es porque no soportaría siquiera imaginar lo triste que te sentirías si no pudiera regalarte al menos una sonrisa todos los días" murmuraste.

"Esa es otra cosa que podemos hacer por el resto de nuestras vidas: ayudarnos a sonreír"

El silencio volvió a caer entre ustedes. Sentiste su cuerpo relajarse, su respiración se había acompasado, pero estabas seguro de que seguía despierta.

"No te preocupes, Chelle: ya te dije que no voy a tener pesadillas" la tranquilizaste "Prometo soñar con vos toda la noche. ¿Y sabés qué es lo más lindo de todo? Sé que pronto mi sueño va a hacerse realidad"

Esperaste a que ella se quedara profundamente dormida en tus brazos antes de sucumbir a tu propio crudo cansancio. Y esa noche no soñaste con el pasado, no te persiguieron tus miedos, no te persiguieron tus dudas, no te persiguieron tus culpas, no te persiguieron las discusiones. Soñaste con ella y con el futuro que les espera por delante, un futuro que querés empezar a construir cuanto antes, un futuro que querés pasar haciéndola feliz, un futuro que querés pasar agradeciéndole por haberle dado a tu vida un significado mucho más grande que el que pensaste alguna vez llegaría a tener.

Son las cinco de la mañana con cincuenta y nueve minutos.

El despertador está programado para sonar a las seis en punto.

Nadie dijo que lo que viene a continuación es fácil, nadie dijo que no va a haber piedras en el camino, nadie dijo que no habría obstáculos, nadie dijo que va a ser un cuento de hadas sin nudos que disolver para llegar al final desenlace, pero estás seguro de que en ella vas a encontrar el sustento para afrontarlo todo, para superarlo todo, para no bajar los brazos, para no rendirte, para siempre creer en el amor.

Es ella o ninguna. Ninguna otra podría tener este efecto, ninguna otra podría hacerte tanto bien, ninguna otra hubiera soportado todo lo que Michelle tuvo que soportar, ninguna otra te hubiera ayudado a mantenerte en pie, ninguna otra habría caminado sobre vidrios rotos por vos, ninguna otra estaría dispuesta a cualquier cosa con tal de verte feliz.

Es ella o ninguna.

Siempre va a ser así: o ella o ninguna.