Lo más lindo de la noche y las estrellas

Es que tu rostro habita en todas ellas.

Lo más lindo de las sorpresas es que le arrancan sonrisas.

Lo más lindo cuando sonríe es que se iluminan sus ojos.

Lo más lindo de sus ojos cuando brillan es que iluminan tu mundo, llenándolo de luz y calidez.

Lo más lindo de las sorpresas es que la hacen feliz.

Lo más lindo de verla feliz es la felicidad que te invade a vos, abrumándote, abrazándote desde adentro, inundándote.

Lo más lindo de esa felicidad, es que ella la causa y con ella la compartís. Con ella y con nadie más.

Y eso es todo lo que querés en la vida: que ella sea feliz.


Lo más lindo de amarla tanto es la locura que eso conlleva, una locura dulce, profunda, inmensa, honda, indescriptible.

Lo más lindo de esa locura es que te lleva a pensar en las más hermosas utopías, utopías que te mantienen despierto por las noches, mientras ella duerme plácidamente en tus brazos, utopías que son como una caricia para el alma.

Quisieras tomar todo lo bueno del Universo, todo lo puro, lo hermoso, lo mágico, guardarlo en una cajita de cristal rosa, y regalárselo a ella.

Quisieras que fuera la dueña de cada estrella en el cielo, de la luna, del sol, de las nubes, del arcoíris, de la lluvia, de las gotitas de rocío que empapan los pétalos de las rosas, de la risa, del llanto, de la música, de sus colores favoritos (lila, sobre todo, que es el que más le gusta), de la simpleza de una flor, de la belleza de un cielo azul.

Quisieras tomarla en brazos y llevarla más alto de lo que cualquier humano haya llegado alguna vez.

Quisieras dibujar en el firmamento tu nombre y el suyo, uno junto al otro, y encerrarlos en un corazón, para siempre.

Quisieras hacer desaparecer cualquier cosa que pudiera causarle mal.

Quisieras cuidarla de todo aquello que podría causarle daño.

Quisieras prometerle que todos sus sueños van a convertirse en realidad.

Lo más lindo de esa locura, es que te predispone a hacer cualquier cosa con tal de ver sus sueños convertidos en realidad.

Lo más lindo de Diciembre va a ser convertir esos sueños en realidad.


Lo pensaste como un juego, lo ideaste en tu cabeza como una especie de laberinto con veinticuatro casilleros que contienen, cada uno, una sorpresa diferente, un motivo para hacerla sonreír, un motivo para que sus ojos se iluminen y brillen más que el sol, un motivo para que sientas esa calidez que te llena cuando ella te abraza, un motivo para que te dé aún más besos que de costumbre, un motivo para hacerla feliz.

Veinticuatro días, veinticuatro sorpresas, cada una de ellas ideada con cuidado y en detalle, con minuciosidad, para alcanzar una perfección – o una especie de perfección – que al menos se asemejara un poco a cuán perfecta ella es cuando la ven tus ojos.

Veinticuatro días hasta llegar al momento en que el reloj marque las doce y sea Navidad, tu primera Navidad con ella, tu primera Navidad de muchas que esperás pasar acurrucado en sus brazos, viéndola reír y sonreír, llenándola de mimos y regalos. La primera Navidad de muchas que sabés vas a compartir con la mujer que amás, la mujer que en un futuro no muy lejano va a darte hijos a los que puedas contarles historias sobre Santa Claus, el reno de la nariz roja, trineos que vuelan por los cielos, estrellas fugaces a las que pedirles deseos, duendes que fabrican juguetes para los nenes buenos pero envían bolsas de carbón a los que se portan mal…

La Navidad es – a pesar de todo el mal en el mundo, a pesar de tantas cosas que podrían ser de un modo pero son de otro, a pesar de tantos problemas y angustias – una época hermosa, para compartir en familia, para disfrutar, para unirse, para dar, para expresar sentimientos, para renovar la esperanza, para tratar de inundar el mundo con un poquitito más de luz. Suena cursi y sentimental, pero así lo sentís vos, porque así fuiste criado, y así ves a tus hermanas criar a tus sobrinos. Para tu familia la Navidad siempre fue y sigue siendo importante (obviamente te avergonzaría reconocer que el 24 y 25 de Diciembre son tus días favoritos del año y que los esperás con ansias como si fueras una criaturita, pero ese es otro tema que tiene que ver con tu terrible, enorme ego masculino).

No creés que en su infancia Michelle haya tenido todo eso, no creés que en su infancia Michelle haya vivido la Navidad del modo en que se vivía en tu casa, con tantos preparativos y tanta alegría, con un árbol gigantesco decorado con ornamentos coloridos, botitas para llenar de dulces, galletitas con forma de muñequitos, chocolate con malvaviscos, besos debajo del muérdago. Nunca besaste a nadie debajo de un muérdago; para empezar porque nunca se dio la situación. ¿Por qué nunca se dio la situación?: cabría decir que la situación nunca se dio porque en fiestas y eventos sociales donde podría haber sucedido que te encontraras bajo el pedacito de planta verde junto a una dama, te encargaste de evitar que aconteciera cualquier cuadro que implica tu anatomía y la de alguien del sexo opuesto paradas una junto a la otra con las hojitas verdes colgando sobre sus cabezas. Nunca te gustaron mucho esas tradiciones, te resultaban tontas, te resultaban un cliché, te parecían algo sacado de una mala novela romántica de esas que lee tu hermana Gabrielle, o de una comedia protagonizada por Julia Roberts y el galán de turno. Ahora, sin embargo, te morís de ganas de colgar muérdago por todas partes y sentir su sonrisa contra tus labios entre besos.

El Día de Acción de Gracias que pasaron juntos fue hermoso, aunque el dolor que sentiste en el alma cuando tu mamá te puso entre la espada y la pared otra vez al decirte que no quería que Michelle viajara a Chicago porque era una fecha para pasar en familia, es indescriptible. Apenas diste crédito a tus oídos durante la conversación telefónica, que te resultó completamente surrealista, porque en el fondo seguías esperando que tus padres cambiaran de opinión, abriera los ojos y vieran las cosas de otro modo. En el fondo aún te quedaba algo de esperanza, incluso si sólo muy poca, incluso si apenas un ínfimo porcentaje de aquella esperanza que te invadía al principio y que fue brutalmente arrancada de tu alma durante el fin de semana que pasaste en tu hogar paterno.

"Es un día para pasar en familia, Anthony" te había dicho, enfatizando la palabra 'familia' a propósito, como si pensara que con ese argumento falaz podría convencerte de algo.

"Mamá, Michelle es mi familia" habías contestado vos, con dientes apretados, la sangre hirviendo y tu temperamento a punto de estallar, haciendo un esfuerzo casi físico por no explotar de golpe y soltar unas cuantas cosas que tenías dentro oprimiéndote el pecho, causándote dolor, provocándote bronca, decepción y enojo.

"Nosotros somos tu familia" tu mamá no había tardado en reaccionar. No había levantado la voz y su tono se asemejaba más a un ruego por 'hacerte entrar en razón' que a cualquier otra cosa, pero se notaba que ella también estaba esforzándose por no perder el control y entrar en erupción cual volcán "Anthony, por favor…"

"Mamá" a esa altura habías empezado a perder la paciencia de verdad "me angustia mucho que estés forzándome a elegir entre ella y ustedes. Me angustia muchísimo" reiteraste "Pero visto y considerado que no voy a lograr que cambies de opinión, que cedas o que hagas el intento de aceptar a Michelle, entonces mi respuesta es no. No voy a dejarla sola en Los Angeles para viajar a Chicago"

Sin embargo, testaruda, siguió insistiendo con mayor fuerza aún:

"Anthony, ella puede pasar el día con su familia, y vos podés pasar ese día con tu familia"

"Mamá, ella no tiene familia" habías soltado de pronto en un arrebato de furia contenida. No era esa la manera en la que te hubiera gustado contarle a tu madre sobre la vida difícil que le tocó a Michelle, sobre la huerfanidad y abandono que sufrió desde muy chiquitita, sobre el miedo que tiene a que las personas que ama la dejen, sobre su falta de amigos porque es tímida, sobre las muchas heridas que tiene en el alma porque se crió en un ámbito en el que era diferente y la discriminaban por su condición distinta. Pero así se dio la situación, así salieron las palabras, así se escapó la frase de tu boca, cuando ya sentías que tu cuerpo cansado y tus nervios hirviendo tanto como la sangre que corría por tus venas no aguantarían más la presión y aquello que estabas conteniendo acabaría por desmenuzar tu control.

Creíste que tu mamá comentaría algo al respecto, que se quedaría algo así como boquiabierta o sorprendida, o que al menos su curiosidad natural y característica la llevaría a preguntar por qué Michelle no tiene familia, argumentando que es importante que sepas de dónde viene y quiénes fueron sus padres, para evitar mezclarte con la hija de convictos o drogadictos o quizá mafiosos (sí, tu mamá tiene una imaginación muy activa a la que le gusta volar lejos y hacer varias piruetas). Creíste que demostraría algo de simpatía, algo de empatía, que su tono de voz se suavizaría y te preguntaría por qué Michelle está solita en el mundo (incluso si únicamente para ir sonsacándote la información que le interesa).

Pero nada de lo que creías que sucedería sucedió, y nuevamente tu madre te sorprendió con su reacción, demostrándote una vez más en un espacio de tiempo demasiado breve para que te acostumbres, que no la conocés tanto como creías, o que lo que durante casi treinta y cinco años pensaste que era dista mucho de asemejarse a la realidad.

"Anthony, si ella no tiene familia es su problema, no deberías cargarlo vos sobre tus hombros" dijo con sequedad.

Una sequedad que te dejó helado.

Porque tu madre no es así. La madre a la que vos amás no es fría, la madre a la que vos amás se preocupa por la gente, la madre a lo que vos amás predica la piedad, la tolerancia y la ayuda al prójimo.

Bueno, evidentemente la madre a la que vos amás es así de buena y comprensiva de la boca para afuera, porque en cuanto Dios le puso en el camino algo que no es de su agrado (léase: tu relación con Michelle), se volvió una hipócrita.

Y eso duele.

Duele muchísimo.

Sin embargo, entre tu mamá y la mujer de tu vida, siempre vas a elegir defender a Michelle, por lo cual con toda la bronca acumulada que tenías en el pecho golpeándote, dijiste entre dientes apretados:

"Evidentemente todavía no entendiste que la amo más que a nadie, mamá. El amor hace que queramos cargar las angustias de otros para hacerlas más livianas. Vos mejor que nadie deberías saber eso. Pero es obvio que no vamos a ponernos de acuerdo, y seguir hablando sólo lograría que nos lastimáramos más el uno al otro"

No volviste a comentárselo a Michelle para no angustiarla, pero tu madre llamó varias veces más; por supuesto que no iba a quedarse de brazos cruzados y dejar que el asunto se diluyera tan fácilmente, pero vos no te moviste de tu postura, y honestamente no te arrepentís de haberle hecho frente a tu familia y resuelto quedarte en Los Angeles, con la persona que más te importa, con la persona que más querés, con la persona que más necesitás, con la persona que significa tu felicidad, con la persona a la que le estás enteramente agradecido por toda la luz y calidez que irradia en tu vida cada vez que sonríe o cada vez que te dice que sos lo más importante que tiene.

Cuando hablaste con Martina al respecto, estuviste dividido entre sentirte culpable por haber encendido la mecha que hizo arder Troya, o aliviado porque en la lucha no estabas solo y tenías a alguien a tu lado respaldándote. Martina se había metido en serio aprietos con tus padres por saltar en tu defensa, y le vas a estar eternamente agradecido por quedarse con vos en el barco mientras éste se hundía para ayudarte a llegar a la orilla, incluso si eso significó tener que atravesar muchos límites y barreras que en su cabeza probablemente estaban delineados como imposibles de cruzar, más aún teniendo en cuenta la personalidad de tu hermana y el concepto de perfección que su figura acarrea en la familia.

Pero decidiste bien, estás convencido: fue el mejor Día de Acción de Gracias que podrías haber imaginado, y durante ese jueves el dolor por el fallecimiento de tu abuela casi te abandonó por completo, permitiéndote ser feliz otra vez de un modo que sólo lo sos cuando estás con Michelle, haciéndola reír, riéndote con ella, escuchando su voz, escuchando su risa, admirando su belleza y reflejándote en el profundo brillo de sus ojos oscuros.

Entonces así fue cómo se te ocurrió la idea de regalarle no sólo la Navidad perfecta, sino también un mes de Diciembre lleno de pedacitos hermosos para atesorar y recordar, uno cada día. Ella nunca tuvo amor como el que vos le das (noción que a veces te conmueve tanto que una o dos lágrimas toman forma y ruedan por tus mejillas cuando nadie te ve), las cosas nunca se presentaron fáciles en su camino (tampoco se le presentan fáciles ahora, pero al menos te tiene a vos para que la sostengas; te tiene a vos, y eso le da la certeza de que nunca va a caer, porque serías capaz de cualquier cosa con tal de impedir que se estrelle contra el suelo y se haga añicos). Así fue cómo se te ocurrió hacer el intento de escribir un cuento de hadas, sólo para ella. Así fue cómo se te ocurrió convertir el último mes del año en una seguidilla de sueños hechos realidad.

Ideaste todo, paso por paso, día por día, sorpresa por sorpresa, momento por momento, imaginando – sin poder reprimir una enorme sonrisa al ver las imágenes de cómo podrían desarrollarse las cosas en esa pantalla de cine gigante que tenés en la cabeza -, y te ocupaste – en tu escaso tiempo libre, en esos minutos muertos que raramente aparecen durante las horas que pasás entre las cuatro paredes de la CTU – de empezar a preparar todo lo necesario para hacer de este Diciembre el mes más espacial no sólo de este año, si no también de toda su vida.

Y cuando llegó finalmente el 1 de Diciembre, la despertaste con las rosas rojas más hermosas del mundo, rosas rojas perfectas en todo sentido, rosas rojas casi tan perfecta como ella, y le dijiste entre besos que esas flores eran el primer paso de un camino muy largo de sueños que tenés dibujado en la mente y que te morís por hacer suceder.

En el mes de Noviembre viviste golpes duros, fuertes, inesperados, tu alma se llenó de cicatrices, tu alma se llenó de agujeros negros, tu alma se quedó en parte vacía cuando tu abuela partió, la culpa te intoxicó tan potentemente que los daños serán permanentes sin duda alguna, lloraste lágrimas amargas, te decepcionaron personas en las que hubieras confiado ciegamente y a las que admirabas, te peleaste con tu familia para defender a la mujer que amás como nunca imaginaste podrías llegar a amar a otro ser humano, te patearon con palabras hirientes cuando estabas tirado en el suelo y no les importó que estuvieras desangrándote hasta ya no poder más, se abrieron viejas lastimaduras que pensaste estaban cicatrizadas pero que te dolieron tanto como si te hubieran clavado un cuchillo en ellas y empezado a revolver.

Noviembre fue un mes amargo con algunos pedacitos dulces que te ayudaron a afrontar las cosas cuando a tu alrededor todo parecía desmoronarse y el mundo se caía con todo su peso sobre tus pobres hombros; Noviembre tuvo pedacitos dulces iluminados con el brillo de sus ojos, el sonido de su risa siempre contagiosa, el calor de su cuerpo, la suavidad de sus manos, la calidez de su voz. Si no fuera por ella no hubieras sobrevivido Noviembre, si ella no hubiera llenado cada instante que pudo con esa magia natural que tiene propiedades que te alivian y te curan, probablemente habrías acabado muriendo de pena. Noviembre sacudió todas tus estructuras y abrió tus ojos a tal extremo que te encontraste forzado a ver las cosas como realmente son, sin anestesia, sin aviso previo (bueno, Martina te había avisado que a tus padres no les agradaría en lo absoluto que Michelle fuera japonesa, pero vos habías insistido en aferrarte a tus esperanzas… y así de destruido terminaste, tan destruido como esas esperanzas de las que te agarraste con uñas y dientes como el náufrago se agarra a ese tablón de madera húmeda y podrida que podría significar una oportunidad de llegar a la orilla y salvarse de quedar enterrado por la brava marea).

Noviembre fue una pesadilla oscura en la que por momentos pudiste ver luz, momentos en los que ella brillaba más que cualquier estrella que pudiera encontrarse salpicando el firmamento, más que la luna, más que el sol, más que cualquier piedra preciosa. Y de a poco, tomando tu mano, tranquilizándote con sus palabras sinceras y cargadas de ternura, fue sacándote de ese túnel en el que estabas atrapado, fue guiándote hacia el exterior, ayudándote a aliviar el peso que llevabas en el pecho, ayudándote a respirar otra vez, ayudándote primero a mantenerte en pie para no caer, y luego a seguir caminando solo y con la cabeza en alto, como tu abuela lo hubiera querido.

Noviembre significó una prueba muy grande en tu camino y en el de ella, un obstáculo que sortear, una dificultad.

Afrontaron todo, juntos.

Noviembre trajo consigo dolor, pero también durante ese mes viviste algunos de los momentos más dulces de tu historia de amor con ella.

Pero Diciembre va a ser distinto.

Toda la oscuridad que te absorbió en Noviembre, toda esa oscuridad que te envolvió y quiso ahogarte, esa oscuridad demasiado grande y demasiado compleja como para describir, esa oscuridad vas a dejarla atrás. Esa oscuridad fue desapareciendo poco a poco, porque la oscuridad no puede sobrevivir mucho cuando hay luz, y la presencia de Michelle en tu vida es la luz más brillante y cálida del mundo.

Diciembre va a estar lleno de sonrisas, risas, carcajadas, besos, abrazos, miradas cómplices, regalos, mimos, galletitas recién horneadas con forma de muñequito, malvaviscos, chocolate caliente, rosas, sueños cumplidos, poemas susurrados al oído, caricias, secretos compartidos.

Diciembre va a estar lleno de luz y calidez.


Lo más lindo de abrazarla es el calor que se forma entre los dos cuerpos, ese calor que tu anatomía y la suya irradian cuando están juntos y ni un centímetro los separa.

Lo más lindo de esconder la cabeza en el hueco entre su hombro y su cuello es que podés intoxicarte respirando tu perfume; el oxígeno deja de existir, no es tu necesidad primaria para seguir vivo, y su perfume se convierte en aquello de lo que se alimenta tu sangre para seguir circulando por tus venas y hacer latir tu corazón.

Lo más lindo de hablarle en susurros es el grado de intimidad que se genera cuando tu boca está a medio milímetro de su oído, y de tus labios escapan las frases más románticas y dulces. Nunca sentiste ese grado de intimidad con ninguna otra mujer, ni siquiera con aquellas con las que tuviste sexo; es como si tuvieras el alma desnuda, expuesta, descubierta, vulnerable, sin nada que la proteja, porque no es necesaria protección alguna: ella jamás te lastimaría, jamás te haría daño, y es sólo mostrándole realmente cuántas heridas tenés y cuán profundas son que puede curarlas y ayudarte a cicatrizar, es sólo viendo qué tan inmersa está en la oscuridad tu alma que puede arrancarte de entre los brazos de la angustia para envolverte ella con sus brazos y despertar en vos ese sentimiento de seguridad y tranquilidad que sólo encontrás cuando están juntos.

Lo más lindo de sus besos es que todos, cada uno de ellos, sin excepción, te recuerdan al primero, ese beso que te robó en medio de un pasillo oscuro, en una madrugada signada por la tragedia, con lágrimas cayendo por sus mejillas, temblando, sollozando, asustada y cansada, buscando confort y contención en vos. Todos sus besos te recuerdan al primero, sin importar qué tan lentos, profundos o intensos sean, sin importar si es simplemente un roce de labios o un beso tan apasionado que respirar pasa a ser una necesidad secundaria. Todos sus besos te recuerdan al primero, a aquella primera dosis de una droga a la que ya eras adicto antes de siquiera probarla, aquella primera dosis que no hizo más que aumentar tu adicción.

Lo más lindo de que todos sus besos te recuerden al primero, es el millar de mariposas que invaden tu panza, haciéndote cosquillas con sus alitas. Lo más lindo de que todos sus besos te recuerden al primero es la fuerza con la que tu corazón late, más y más rápido con cada segundo, Lo más lindo de que todos sus besos te recuerden al primero, es que con cada beso sentís que están volviendo a empezar, que la esperanza es algo que siempre va a existir en tu vida aunque las circunstancias traten de despedazarla, que hay una luz que nunca se apaga, que hay alguien de quien podés aferrarte, que hay alguien que te ama incondicionalmente y va a amarte hasta el último segundo, que no estás solo, que por fin hallaste a esa otra mitad que te complementa perfectamente.

Lo más lindo de haber encontrado a tu otra mitad es que ahora todo parece más fácil, lo que lastima duele menos, las heridas sanan más rápido, para las pesadillas sus caricias son el antídoto ideal, tus sueños pasaron de blanco y negro a color, tenés planes para el futuro, tenés metas a las que querés llegar, entendés realmente lo que significa ser feliz.

Lo más lindo de entender lo que significa ser feliz, es que eso te permite reconocer qué cosas debés hacer para alcanzar y abrazar esa felicidad.

Lo más lindo de poder reconocer qué cosas debés hacer para alcanzar y abrazar esa felicidad, es que eso te abre una gran abanico de posibilidades para llevar dichas cosas a cabo.

Lo más lindo de llevar a cabo las cosas que guían el camino hacia la felicidad, es que todas esas cosas se reducen a una sola: verla a ella sonreír, hacer realidad sus sueños, hacerla feliz.

Lo más lindo de hacerla feliz, es que eso te hace feliz a vos.

Lo más lindo hacerla feliz, es que su felicidad significa tu felicidad.


Son pocas las cosas que podrías contemplar por horas y horas sin cansarte, sin aburrirte, totalmente absorto, totalmente inmerso, totalmente hipnotizado por su belleza perfecta, natural y absoluta: la luna, las estrellas, el mar y – por supuesto – Michelle.

Tu abuela te había heredado la cajita de música y la cadenita de oro con el dije en forma de rosa, los dos para que se los regalaras a la mujer indicada, y querías que el momento en que le contaras la historia detrás de cada uno de esos objetos fuera mágico y romántico, por eso se te ocurrió combinar en una sola noche las cuatro cosas que considerás son naturalmente maravillosas y hermosas: la luna, las estrellas, el mar y Michelle. Y en tu opinión, nada de la creación de Dios se les asemeja en belleza.

Por eso la medianoche del sábado (o, mejor dicho, los primeros minutos de la madrugada del Domingo 2 de Diciembre) los encuentra acurrucados en la arena, en el exacto punto donde casi tres meses atrás dijiste el primer 'te amo' que luego fue sucedido de muchos, muchos otros. Cuando el reloj marca las doce y el segundo día de Diciembre comienza, los dos están ovillados uno contra el otro, bajo un cielo salpicado de estrellas que brillan de manera especial.

La luna los mira desde lejos, enorme, blanca, hermosa, perfecta, irradiando esa misma luz que para muchos escritores y poetas sirvió de inspiración supina, pero que para vos empalidece y se vuelve un poco opaca porque nada en tu mundo brilla tanto como Michelle. Y es esa luz, la de su mirada, la única a la que prestás atención.

El color rojo del que sus mejillas están teñidas es una reacción directamente proporcional a la intensidad con la que tus ojos la observan, estudiando cada detalle de sus facciones, admirando en silencioso éxtasis sus preciosos, exóticos rasgos asiáticos, maravillado por el hecho de que una personita tan asombrosa te pertenezca enteramente a vos, tan enteramente como vos le pertenecés a ella. Siempre se sonroja cuando la contemplás con tanto detenimiento, y aunque lo hagas con una ternura tan honda que es casi palpable, aún así le gana la timidez y le es imposible no ruborizarse, por eso – porque no querés que se sienta incómoda o que tenga un exceso de vergüenza y su cara termine roja como un tomate – tratás de no quedarte más de cinco minutos embelesado en tu esfuerzo por entender cómo es posible que la mujer sobre la Tierra más parecida a un ángel haya sido hecha sólo para vos.

El sonido de las olas rompiendo contra la orilla – de la que están a escasos dos metros – es la música de fondo perfecta, combinada con sus respiraciones y los latidos de sus corazones, que van acompasados y al mismo ritmo, susurrando los dos el nombre del otro.

"Cuando era chico, mi abuelo me enseñó los nombres de algunas constelaciones y algunas cosas interesantes sobre astronomía" murmurás en su oído, rompiendo la quietud de la noche, y causando con tus palabras que una suave sonrisa se dibuje en sus labios.

Sabés que le encanta escuchar historias y anécdotas sobre tu infancia, y vos adorás compartir esos pedacitos del pasado con ella, especialmente porque te permite hacer algo que desde hacía mucho no hacías con frecuencia: hablar sobre tus hermanos, sobre tus abuelos, sobre aquellos que no están físicamente pero que van a vivir en tu corazón por toda la eternidad.

"Por ejemplo, ¿sabés la distancia de la Tierra a la luna?" preguntaste, moviéndote hasta quedar reposando sobre tu costado, para poder rodear su cintura con tus brazos y prestarle tu hombro para que apoye ahí su cabeza.

"380.000 kilómetros, aproximadamente" responde con exactitud, lo cual no te sorprende, porque Michelle es curiosa, inteligente, una lectora voraz y además, muy culta.

"Al parecer mis conocimientos sobre astronomía no son tan impresionantes…" comentaste en broma, riendo, y atrayéndola más hacia vos para poder besar su frente, sus mejillas, sus labios, sus párpados.

"Si tuvieras que medir cuánto me amás en kilómetros" comienza su planteo en voz baja, suave, dulce, mientras sus manos se pierden en tu cabello y acarician tu cuello "¿dirías que me amás tanto como la distancia que hay de la Tierra a la luna?"

"No" contestás con total seguridad, sin un segundo de dubitación, sin que duda alguna cruce tu cabeza, totalmente convencido y seguro "Te amo muchísimo más. Si tuviera que medir mi amor por vos en kilómetros, 380.000 resultaría muy poco. ¿A vos te alcanzan 380.000 kilómetros para medir cuánto me amás?" inquirís entre besos esquimales.

"Multiplicá esa cantidad por un millón, y creo que el resultado sería más o menos un 1% de lo mucho que te amo"

Todavía no comprendés cómo o cuándo fue que desarrollaste esta capacidad de sentir las cosas con tanta fuerza; todavía no entendés cómo es que Michelle tiene ese don para sacar a relucir tu costado más humano (aunque es, evidentemente, un don que Dios le dio para rescatarte del agujero negro en el que estabas metido cuando te conoció, y al que tenderías a volver cada vez que las cosas salen mal si ella no estuviera a tu lado para respaldarte); todavía no entendés cómo fue que pudiste pasar casi treinta y cinco años viviendo sin saber lo que es el amor. Hay momentos en los que te cuesta creer que el hombre que una vez fuiste no creía en las propiedades curativas de los besos, los abrazos, la ternura, los mimos y las frases románticas.

Lo que acaba de decirte, si lo hubieras escuchado en una película o leído en un libro años atrás, probablemente te habría parecido demasiado cursi, demasiado chiclé, demasiado típico de una novela romántica barata o un guión de cine muy malo. Hoy, sin embargo, cuando Michelle te dice cosas tan tiernas, te das cuenta que nacen de su corazón, de lo más hondo de su alma, te das cuenta que las dice porque las siente y no porque suenen bien, y eso causa que tus palpitaciones se aceleren y tus ojos se abnieguen con lágrimas de emoción (lágrimas que, por supuesto, rara vez dejás caer).

"Te amo demasiado como para que el resultado de 390.000 multiplicado por un millón llegue a representar un 1% de lo locamente enamorado que estoy de vos" susurrás, acunando su rostro entre tus manos.

Este sería el momento preciso, el momento indicado, para sacar la pequeña cajita cubierta en terciopelo que tenés guardada en uno de los bolsillos de tu jean, y mostrarle la cadenita de oro puro (no le mencionaste que la joya y la cajita de música eran parte de la herencia, por lo cual va a ser una verdadera sorpresa; además, con un poco de distancia de los hechos que duelen las cosas se hablan mejor, y probablemente hablarle sobre el deseo de tu abuela de que regalaras esas dos reliquias personales a la mujer de tu vida va a lastimar menos ahora que ya ha pasado casi un mes y las heridas no están tan frescas).

Sin embargo, estás demasiado cómodo con ella en tus brazos, contemplando el mar, la luna y las estrellas, y te gustaría quedarte un ratito más mimándola y diciéndole todas esas cosas lindas que te nacen tan naturalmente desde que están juntos, esas cosas que muchos autores pasan horas tratando de resumir en una oración, pero que a vos te salen con la misma facilidad con la que respirás porque ella es toda la inspiración que tu corazón necesita para expresar sus más puros sentimientos.

Le contaste sobre las noches que tus hermanos mayores, tu hermano menor, tu abuelo y vos pasaron en el jardín de la pequeña casita en la que vivían, aprendiendo sobre planetas, constelaciones, astros y otras cosas que en una época te llevaron a considerar – en secreto – la posibilidad de ser astronauta.

"Me alegra que hayas decidido enlistarte en la Marina en lugar de ir a Cabo Cañaveral para trabajar en la NASA" Michelle comenta entre risas, y luego agrega, para explicar el comentario ": Si hubieras tomado ese camino, no nos hubiéramos conocido, y hoy no estaría acá abrazándote"

"No me gustaría imaginar una vida en la que no te hubiera conocido" reflexionás "Prefiero pensar que de haber tomado un rumbo distinto, el destino se habría encargado de que los dos nos cruzáramos, nos enamoráramos y empezáramos a construir lo que estamos construyendo ahora"

"A veces tengo miedo de despertarme y darme cuenta de que fuiste solamente un sueño…" murmura más para sí misma que para vos, compartiendo un secreto íntimo que probablemente lleve guardado dentro suyo desde hace mucho tiempo, un secreto que es un pedacito de su alma, un secreto que solamente te contaría a vos en una noche como esta, mientras descansan en la playa tumbados sobre la arena, contemplando el firmamento, delante del mismo mar que fue el único testigo aquél 7 de Septiembre en el que todos esos 'te amo' fueron dichos.

"Esto no es un sueño. Esto es real" le asegurás, mirando dentro de sus ojos, queriendo ahogarte en esos dos océanos color chocolate, queriendo transmitir lo que las palabras no pueden resumir, queriendo demostrarle que los dos están ahí, que ninguno está soñando, que esto no es una fantasía de la que van a despertar, que todo lo hermoso que viven juntos no va a desvanecerse de un momento a otro sino que va a seguir creciendo y volviéndose más y más fuerte con cada segundo, porque cada minuto la amás más que el anterior y muchísimo menos que el siguiente.

"Ya lo sé" susurra, acariciando tu mejilla con sus nudillos.

Suspirando, te incorporás despacio, hasta quedar en posición sentada, y luego extendés tu mano para ayudarla a ella a levantarse hasta quedar sentada, uno junto al otro.

Con el corazón latiendo desaforando contra tus costillas, al tiempo que tomás la pequeña cajita forrada en terciopelo rojo entre tus manos, comenzás a hablar con voz pausada y cargada de emoción:

"Ya es 2 de Diciembre" decís, señalando con un gesto de la cabeza el reloj de pulsera de plata que Michelle te regaló, donde las agujas están posicionadas indicando que ya son casi la una de la madrugada "y me encantaría darte la siguiente sorpresa ahora. No es un anillo de compromiso" te apresurás a aclarar, casi como bromeando al respecto, provocando que Michelle ría también.

"Lo supuse" dice, mirando la cajita con curiosidad "Pero estoy segura que de todos modos la sorpresa que tengas para mí, va a ser hermosa, como todo lo que hacés por mí, y también estoy segura de que voy a adorarla"

"Eso espero, porque es algo que para mí tiene especial importancia. Cerrá los ojos" le pedís luego, y ella obedece enseguida, sin cuestionamientos ni preguntas ni miradas inquisidoras. Cierra los ojos tal y como le dijiste que lo hiciera, porque confía en vos ciegamente.

Muy despacio, levantás la tapa del estuche, y el oro del que está hecha la finísima y delicada cadena reluce en la noche. Martina se encargó de llevarla a su joyero para que la limpiara y puliera, por lo que su brillo es similar al de las estrellas, al de la luna, y al de la mirada de Michelle, ahora oculta por sus perfectos y delicados párpados.

Te tomás un segundo para admirar aquél regalo que con tanto esfuerzo tu abuelo le hizo a tu abuela con el fruto de su arduo trabajo, y por un momento creés que vas a ceder a la necesidad de quebrarte y largarte a llorar, porque los recuerdos que te vienen de pronto, resucitando desde los confines más lejanos de tu mente, te atacan sin darte tiempo a levantar muros altos y fuertes que te defiendan, y de pronto tu alma se debilita hasta el extremo tal que podrías sucumbir y permitir que tus emociones tomen el control. Sin embargo, pensando en las ganas que tenés de hacer de aquél un Diciembre lleno de sonrisas y no uno infectado del gusto amargo que casi te mata en Noviembre, inhalás varias veces hasta que el nudo en tu pecho afloja. Ahora, cuando mirás aquella cadenita, no pensás en que perteneció a la abuela que perdiste incluso mucho antes de que su cuerpo dejara de funcionar y su alma se fuera al cielo, no pensás que fue un obsequio que le hizo ese abuelo al que tuviste que decirle adiós antes de que pudiera terminar de enseñarte muchas cosas y permitir que compartieras con él tantas otras; cuando mirás esa cadenita, no te invaden la culpa, el dolor y la nostalgia, sino una calidez enorme que te recorre entero ante la perspectiva de que la historia de ese dije con forma de rosa vuelva a escribirse, esta vez con ustedes dos como protagonistas.

Besás sus párpados antes de decir:

"Podés abrir los ojos, Chelle"

Su primera reacción ante el estuche que sostenés entre dos de tus dedos es ahogar un suspiro o una exclamación de sorpresa. Luego, de sus labios brota la más hermosa sonrisa, sus hoyuelos se acentúan aún más (te encantan sus huellos, demasiado), su rostro se ilumina, y de pronto la luna, las estrellas y el mar pierden toda belleza, porque ella es lo único en lo que podés concentrarte, ella y lo linda que es, tanto por dentro como por fuera.

"¿Te gusta?" preguntás, sólo para escuchar su voz diciendo las palabras que forman la respuesta que puede leerse en sus facciones.

"Es perfecta, Tony. Me encanta, es preciosísima"

"Era de mi abuela. Mi abuelo se la regaló luego de ahorrar durante muchos, muchos meses" una lágrima se desliza por su mejilla, pero tu pulgar la detiene justo antes de que alcance la comisura de sus labios "Me lo dejó en su testamento"

"Tony" comienza, con la voz tomada por la emoción "… ¿Estás seguro de que querés regalarme algo que perteneció a tu abuela?"

"Sí" tu pulgar barre otra lágrima "Sé, porque ella me lo dijo, que mi abuela quería que le diera esto a la mujer de mi vida"

"Es preciosísima" repite, pero sus dedos temblorosos no se animan a tocar la joya, que siga intacta en la pequeña cajita de terciopelo.

"Michelle" acunás un costado de su rostro con una de tus manos; sentís sus labios besando tus dedos y el centro de tu palma, y te detenés un momento para disfrutar del dulce roce de tu piel contra su piel antes de continuar hablando "… esta cadenita de oro es tuya, igual que mi corazón, mi alma, cada día que me quede sobre esta Tierra, mi vida, mi destino, mi futuro, y todo lo que poseo. Es otro objeto material que encierra un significado demasiado profundo para ser puesto en palabras, es otro objeto material que representa lo mucho que te adoro. En realidad" seguís "ningún objeto puede abarcar enteramente lo mucho que te adoro, pero esto" decís, refiriéndote a la joya "es un pedacito de mi corazón"

"Es hermoso lo que acabás de decir…"

"Shhh" suavemente le pedís que haga silencio, porque aún no terminaste de verter el contenido de tu alma "Hay algo más que quisiera decirte… ¿Alguna vez escuchaste que las mujeres en sus casamientos tienen que llevar algo nuevo, algo viejo, algo prestado y algo azul?" asiente con la cabeza afirmativamente "Me encantaría, mi vida, que usaras esto por primera vez el día en que nos casemos"

Lo más lindo de su respuesta es que llega en forma de besos, y no en el lenguaje hablado, ese lenguaje que puede transmitir emociones, pero que no es tan profundo como el lenguaje de la piel.

Con su frente reposando contra tu frente, murmura, mientras trata de recuperar la respiración:

"Voy a cuidar esta cadenita como al tesoro más importante del mundo hasta el día en que la lleve puesta por primera vez, cuando nos casemos" promete, sonriendo al tiempo que lágrimas de emoción siguen empapando sus mejillas, lágrimas que tus pulgares capturan siempre un segundo antes de que humedezcan las comisuras de los labios que un segundo atrás estaban besándote apasionadamente.

"Y yo te prometo que ese día va a llegar dentro de muy poquito" murmurás.

Y luego te perdés en sus besos otra vez.


Lo más lindo de las estrellas es que son muchísimas, y no se pueden contar, y sin embargo cada una es – como los seres humanos, que también son muchísimos y no pueden contarse – única e irrepetible, una en mil millones. Son tantas las estrellas, tantas, tantas… Siempre te maravilló eso, desde que eras chiquitito y tu abuelo te contaba que, como sucede también con los granos de arena o las flores, las estrellas no se pueden contar.

Lo más lindo de Michelle es eso: ella es una en un millón, única e irrepetible. Y es tuya, y de nadie más. Siempre lo ha sido, siempre lo va a ser.

Lo más lindo de un cielo estrellado es ver su reflejo en los ojos de Michelle, que brillan más que cualquiera de las estrellas que salpican el firmamento. Brillan tanto esos ojos que llenan tu vida con su luz y su calidez, una luz y su calidez que nunca antes habías sentido.

Lo más lindo de mirar dentro de los ojos de Michelle, es que cualquier cosa que ellos reflejen se vuelve mil veces más hermosa. Reflejadas en sus ojos, la luna y las estrellas son siempre más hermosas.

Lo más lindo de Michelle es ese brillo que irradia sin darse cuenta, ese brillo que hace empalidecer al de la luna y las estrellas, ese brillo que necesitás para ser feliz, para no tener frío, para conservar las esperanzas, para que tus sueños sean a color, para que el futuro valga la pena, para que tu existencia tenga un propósito.

Lo más lindo de la luna y las estrellas, es que el mundo entero las admira, el mundo entero las observa, el mundo entero las utiliza como inspiración, el mundo entero se maravilla al contemplarlas, el mundo entero se queda sin respiración ante la belleza del firmamento.

Lo más lindo de Michelle es que ella es muchísimo más preciosa y deslumbrante que la luna y las estrellas, pero – a diferencias de ésas – es solamente tuya, y de nadie más.


Aún tumbados sobre la arena, con la vista perdida en el cielo, tus brazos envolviéndola, su cabeza apoyada en tu hombro, tus manos recorriendo su espalda, sus manos acariciando tu torso, hablan en voz baja de todo y de nada, de nada y de todo, de cosas pequeñas y de cosas grandes, de la vida y de lo que la vida implica.

Volviste a guardar el pequeño estuche forrado en terciopelo rojo luego de que ella pasara un rato larguísimo admirando aquél dije de oro, casi sin atreverse a tocarlo, con los ojos abnegados en lágrimas y las emociones a flor de piel, y su voz quebrada agradeciéndote una y otra vez entre besos por haberla sorprendido con aquél regalo que para vos vale tanto como pocas cosas porque perteneció a tu abuela. Y entre besos, también, su voz quebrada repetía la promesa de llevar la cadenita puesta por primera vez el día en que se casen, y no quitársela jamás.

"¿Ves esa estrella?" preguntás, señalando la más brillante de todas, aquella que se destaca, aquella que resplandece más que las otras, aquella que capta rápidamente la atención de cualquiera, aquella que encierra una hermosura casi misteriosa.

"Sí…"

"¿Sabés cómo se llama?"

"No" responde, un tanto adormecida, con su rostro semienterrado en el hueco entre tu hombro y tu cuello "¿Cómo se llama?"

"Michelle" susurrás.

El sonido de su risa inunda tus oídos, tan delicado y frágil como es ella entera, mezclándose con el ruido que hacen las olas al romper contra la orilla, mezclándose con el latido de tu corazón.

"Tony, obviamente esa estrella no lleva mi nombre" te dice, como si estuviera explicándole a un nene de ocho años que Santa Claus en realidad no existe y que son los padres los que ponen los paquetes debajo del árbol.

"Es la más bonita, la más brillante, tiene más luz que cualquier otra. Vos sos la más bonita y la más brillante, y tenés más luz que cualquier otra persona que haya conocido alguna vez o que vaya a conocer. Conclusión" seguís ": esa estrella debería llamarse como vos"

Ves algo en sus ojos que no podés describir, algo que no podés comprender, algo que no sabrías cómo explicar, algo especial, algo distinto, algo parecido al llanto y a la nostalgia, pero no amargo sino todo lo contrario.

"Es muy dulce que pienses que una estrella debería llevar mi nombre…"

La interrumpís.

"Todas las cosas hermosas deberían llevar tu nombre, no sólo esa estrella" susurrás en su oído "Y si pudiera, le daría tu nombre a todas las cosas hermosas"

Más tarde, un instante de silencio cae entre los dos, durante el cual no hacen más que observar el cielo, aún abrazados. Pasados veinte minutos, seguís contemplando esa misma estrella, pero Michelle está adormecida, casi en el plano de la inconsciencia, todavía sonriendo, relajada, feliz. Y vos también estás feliz, demasiado feliz como para que pueda describirse.

No podés dejar de repasar en tu mente una y otra y otra vez las palabras que formaron el diálogo que tuvieron antes de adormecerse bajo el efecto tranquilizante de tus caricias:

"¿Puedo contarte un secreto, Tony?" te había preguntado, con aire reflexivo y pensativo.

"Sí, bebé"

"Cuando tenía cinco años, soñaba con ser una princesa. Eso era lo que más quería en el mundo: ser una princesa. Una vez le conté eso a mi mamá" habías notado su espalda tensarse por un segundo, pero luego sus músculos habían vuelto a relajarse "… - es una de las pocas conversaciones lindas que recuerdo haber tenido con ella" había agregado luego "… - y me prometió que un día, cuando creciera" retomó el relato "iba a conocer a un príncipe que me amara tanto como para querer regalarme todas las estrellas" dándote cuenta del rumbo que la conversación estaba tomando, tu corazón había empezado a latir muy fuerte, y tus emociones habían entrado en ebullición, algo que solamente te pasa cuando compartís momentos como ese con ella, momentos de absoluta sinceridad, momentos en los que quedan totalmente expuestos el uno al otro, con sus vulnerabilidades y cada retazo de sus pasados a la vista del otro "Mi mamá me prometió muchísimas cosas, y la mayoría de ellas no las cumplió" instintivamente la habías abrazado más fuerte, buscando protegerla, buscando que se sintiera segura, contenida, amada, buscando que comprendiera que jamás la abandonarías y que nunca más va a volver a sufrir porque ahora te tiene a vos para impedir que le hagan daño "Me prometió que un día iba a encontrar a un hombre que me adorara lo suficiente como para intentar bajar todas las estrellas del cielo y regalármelas; encontré a un hombre que no quiere robarle al cielo lo que es del cielo, sino que quiere darle mi nombre a las estrellas"

"¿Preferirías que intentara bajar las estrellas del cielo para que puedan ser tuyas, o que te diga que todas deberían llamarse como vos porque son igual de hermosas y brillantes?" habías inquirido, con una media sonrisa cruzando tu rostro.

"Prefiero estar tumbada en la playa con vos, y que señales una estrella y me digas que se llama Michelle porque es igual de hermosa y brillante que yo" fue su respuesta, la cual susurró con las mejillas más coloradas que nunca y una timidez casi palpable.

"Si algún día cambiás de opinión y querés que te baje las estrellas, no tenés más que pedírmelo…"

"No hay hombre capaz de bajar las estrellas del cielo. Pero sí existe uno muy dulce y romántico que me ama tanto como para querer que las estrellas tengan mi nombre" con sus labios rozó tus labios antes de murmurar contra tu boca ": Mi mamá me prometió que un día iba a ser una princesa, y durante mucho tiempo creí que ésa estaba destinada a convertirse en otra promesa vacía, en otra mentira"

"¿Y ahora?" quisiste saber, enredando sus bucles en tus dedos.

"Ahora, cuando estoy con vos, en noches como ésta, me siento la personita más importante del mundo"

"¿Pero te sentís una princesa?" preguntaste, buscando una respuesta directa a la pregunta.

"Mmmh" fingió pensar "… Tengo al hombre más lindo, dulce, romántico y sexy del mundo en mis brazos, diciéndome que quiere casarse conmigo, regalándome un pedacito de su vida que vale muchísimo más de lo que se puede explicar" dijo, en referencia a la cadenita de oro de tu abuela ", prometiéndome que le daría mi nombre a las estrellas si pudiera… Definitivamente me siento una princesa"

Y luego se había acurrucado contra tu pecho hasta que tu anatomía y la suya quedaron perfectamente amoldadas una con la otra, como dos trozos de una misma pieza. Y con tus manos acariciando su espalda y la luna alumbrándolos, de a poco había ido quedándose dormida, cediendo al cansancio, pero feliz.

Vos también estabas feliz.

Con ella, todo el tiempo sos feliz.

Todas aquellas palabras que entre suspiros escapaban de sus labios, esas palabras que nacían directo de lo más hondo de su ser y causaban que sus ojos se humedecieran, esas palabras tan lindas y tan simples, esas palabras que tienen un significado mucho más grande del que cualquier otro que no seas vos podría descubrirles, todas aquellas palabras que escuchaste decir a Michelle prueban que estás haciendo las cosas bien, que estás haciéndola feliz, que estás cumpliendo sus sueños, que estás logrando que se sienta como una princesa.

Con ella, todo el tiempo sos feliz.

Pero más feliz sos cuando te dice con tanta dulzura y sencillez que vos sos la causa de su felicidad.


Al llegar a tu departamento lo primero que hace es pedirte que guardes la cajita de terciopelo que contiene la cadenita de oro con el dije en forma de rosa en un lugar muy, muy especial hasta el día en que se casen. En cuanto va al baño a darse una ducha de agua caliente para sacarse la arena del cabello y de los pies antes de ir a acurrucarse con vos en el sillón, te apresurás a inmiscuirte a tu habitación, abrís el cajón de la mesita de noche y allí dejás el estuche de terciopelo, junto a otro estuche de color negro.

El cajón de la mesita de noche de tu habitación, en tu opinión, es un lugar muy, muy especial, porque ahí es donde escondiste el anillo de compromiso que compraste en cuanto volvieron de Chicago, en el primer momento libre que tuviste para ir a la mejor joyería de Los Angeles.

Junto a la cajita que contiene el anillo que vas a darle cuando le pidas que sea tu mujer, reposa la cajita que contiene la cadenita de oro de tu abuela, esa que va a usar por primera vez el día en que se casen.

Sonreís, porque con cada segundo que pasa falta menos para que le propongas casamiento. Con cada segundo que pasa, falta menos para el día en que veas esa cadenita preciosa alrededor de su delicado cuello. Con cada segundo que pasa, estás más cerca del instante en que se convierta en tuya para siempre.


Lo más lindo de Diciembre es que, poco a poco, día a día, sorpresa a sorpresa, beso a beso, sonrisa a sonrisa, palabra a palabra, vas a ir escribiendo el cuento de hadas más romántico de todos, sólo para ella, para la mujer de la que estás perdida, locamente enamorado prácticamente desde el segundo en que tus ojos y sus ojos se encontraron.

Lo más lindo de estar enamorado es absolutamente todo. No hay manera de explicarlo, solamente los afortunados que sienten emociones tan fuertes, tan inmensas, tan puras, tan profundas pueden comprender lo que significa el amor y todo lo que aquello conlleva.

Lo más lindo de Michelle es absolutamente todo. No hay manera de explicarlo, solamente vos podés ver cada pequeña cosa que la convierte en tu princesita, en la personita más especial y valiosa que habita la faz de la Tierra.

Lo más lindo de la luna y las estrellas es que te recuerdan a Michelle, porque son casi tan hermosas y tan brillantes como ella, e irradian una luz que es casi tan cálida como la que ella irradia.

Lo más lindo de tu vida es que Michelle es parte de ella.

Lo más lindo de tu vida es Michelle.

Y lo más lindo de Michelle es ese don que Dios le dio para hacerte feliz.