Nota de la autora: Para comenzar, quiero que le digan a Isa que la felicito muchísimo, y que le mando un gran abrazo a ella y a María Julia (me encanta el nombre, es precioso). Díganle que siempre me acuerdo de ella, y que extraño muchísimo sus comentarios, y que espero que algún día tenga la oportunidad de seguir leyendo, incluso si eso ocurre dentro de muchos años.

Luego, para seguir: este es, de todos los capítulos, el que menos me gusta. Honestamente, creo que le falta algo, que es confuso, que está incompleto, que no termina de tomar forma. El capítulo 69 va a ser mucho mejor, lo prometo. Haré mi esfuerzo. También trataré de que sea corto, así puede estar posteado el día sábado, si el tiempo y la inspiración me lo permiten.

La historia situada antes de la segunda temporada voy a empezar a publicarla en Diciembre, cuando haya comenzado el receso de verano y pueda dedicarle el tiempo que se merece. Pero prometo que no me olvidé de ella, les prometo que la van a tener pronto.

Espero que estén pasando una linda semana.

Gracias por ser siempre tan buenas lectoras, y tan buenas amigas.


Estoy enamorada de tu voz y tu ternura.

Tú eres mi color, mi poesía y mi música.

El agotamiento que te devoraba sin piedad alguna y con violencia el lunes por la noche cuando finalmente llegaron a tu departamento después de haber pasado las últimas dieciocho horas en el loquero que a veces es la CTU, era tal que te sentías como si una aplanadora te hubiera pasado por encima varias veces hasta dejarte hecha una miserable muñeca de trapo, con cada hueso y músculo de tu cuerpo doliendo horriblemente.

Durante el viaje en coche desde la Unidad hasta tu hogar (qué lindo es poder referirte a aquél sitio en el que en una época no hubo más que silencio, soledad, frialdad y a angustia como a tu hogar ahora que tenés a Tony para iluminarlo con su presencia, sus chistes, su risa, sus besos, sus abrazos, sus comidas y el amor incondicional que tiene por vos) te dejaste caer contra el respaldo del asiento del acompañante, y cediste a la necesidad de tu cuerpo de desconectarse por un rato y te sumiste tan profundamente en la negrura de tu inconsciencia que tus sentidos dejaron de percibir por completo el resto del mundo.

Al despertar tu cuerpo está igual de adolorido, cansado, tenso y vapuleado que antes, con la diferencia de que no te encontrás derrumbada en el asiento del auto, sino que estás en tu cama, acurrucada entre dos almohadones grandes, con tu cabeza reposando sobre la suave y cómoda almohada de plumas. La migraña que desde las cuatro de la tarde ha estado martillando tus sienes y tú frente todavía no se ha dignado a ceder al efecto de ninguno de los analgésicos que tomaste en un intento de relajarte un poco. Te cuesta mantener los ojos abiertos y te sentís un poco afiebrada; te molesta la tenue luz proveniente del pequeño velador que yace sobre la mesita de noche, tenés la boca seca y no hay nervio en tu cuerpo que no esté prendido fuego como si te hubieran suministrado una de esas drogas que se utilizan para interrogar a terroristas peligrosos que necesitan 'persuasión' para 'colaborar'.

Lo que menos necesito en este momento es que me ataque un brote de gripe pensás, al tiempo que hacés un esfuerzo por levantarte de la cama; fallás estrepitosamente, sin embargo, y volvés a caer sobre el mullido colchón. Tragás varias veces y comprobás que no te duele la garganta, aunque sí la tenés un poco irritada; con una de tus manos tocás tu frente y tus mejillas (siempre te arden las mejillas cuando levantás temperatura mayor a 37 grados), pero la piel de tu rostro está apenas tibia.

Probablemente no te hayas contagiado ningún virus. Probablemente sólo estés demasiado agotada – física y mentalmente – luego del larguísimo lunes que pasaste yendo de un lado para el otro por todo el piso de la CTU debido a una amenaza de bomba en una convención sobre energía nuclear que estaba llevándose a cabo en la UCLA y que mantuvo a la Unidad entera en vilo durante dieciocho horas, tiempo que les llevó evacuar a todos los que se encontraban en un radio de veinte cuadras a la redonda, encontrar a aquellos que estaban trasladando los explosivos al campus de la Universidad, arrestarlos, desmantelar la bomba, interrogar a los detenidos, quebrarlos y conseguir que les dijeran quién era el responsable detrás del intento de ataque, para luego abocarse a encontrar a los jefes de la pequeña célula terrorista responsable de planear el atentado, que resultó ser un grupo de americanos anarquistas que creen que haciendo explotar edificios y aniquilando inocentes están probando su 'patriotismo'.

Chappelle los felicitó a todos con su habitual frase 'Bueno trabajo', e incluso dijo haber recibido una llamada del Presidente Palmer desde Oregón enviándoles su agradecimiento por haber evitado que se produjera una tragedia. Y luego, cerca de la una de la madrugada, finalmente habían sido relevados con la llegada del siguiente turno.

"Aquellos que hayan estado más de quince horas en servicio, tienen derecho a tomarse libre el día de mañana" Chappelle les había avisado, y nadie había puesto objeciones o hecho comentarios al respecto, ya que todos estaban fulminados y necesitaban reponerse.

No podías manejar en el estado en que te encontrabas, porque apenas te quedaban fuerzas para mantenerte en pie, por lo cual comentaste 'casualmente' a un par de personas que ibas a llamar a un taxi, y declinaste el ofrecimiento de Jack de llevarte con su coche hasta tu departamento. Cuando todos se fueron y sólo quedaron los miembros del nuevo turno, Tony y vos se dirigieron al estacionamiento – por separado – tratando de no llamar la atención de nadie, él se subió a su auto, vos saliste del edificio, caminaste dos cuadras, y lo esperaste en la tercera esquina, como hacen todas las noches en las que estás tan demolida que no tenés ganas de manejar, y preferís dejar el auto en el estacionamiento de la CTU y 'tomar un taxi', lo cual suele pasar bastante seguido por el hecho de que te gusta recorrer el camino de vuelta a casa – sea su departamento o el tuyo – conversando con él, o simplemente compartiendo el reconfortante silencio que se forma entre los dos cuando las palabras sobran y no hay sonido capaz de expresar lo que expresan sus miradas.

Hay ocasiones, como esta madrugada, en las que caes presa de Morfeo en cuanto el coche arranca, pero generalmente despertás al arribar a destino. Bueno, es obvio que la combinación de estrés de ese primer lunes de Diciembre agotó todas tus fuerzas y energías, porque ni siquiera te despabilaste un poco cuando él te sacó del coche en brazos, mucho menos cuando te recostó en la cama, te quitó los zapatos y te arropó.

Los grandes números del radio reloj marcan que son las tres con veintisiete minutos, pero vos apenas prestás atención a ese detalle, porque lo que más te intriga es que Tony no está acostado a tu lado, abrazándote, como todas las noches, sacrificando horas de sueño para observarte a vos cuando te encontrás en tu estado más tierno y vulnerable (de acuerdo a palabras suyas), cuidándote para que no tengas pesadillas.

"¿Tony?" llamás despacio y con voz suave, aún un poco adormecida, y con los ojos entornados debido al ardor que te causa la luz tenue que arroja la pequeña lámpara. Su nombre al escaparse por entre tus labios suena débil, tan débil como se siente tu cuerpo, que de tan pesado da la sensación de que te hubieran extraído toda la sangre de las venas para reemplazarla por plomo líquido.

Durante los escasos treinta segundos que demora en ir desde la sala de estar hasta tu habitación, cruzan por tu cabeza distintos sentimientos mezclados con recuerdos, emociones, un dejo de nostalgia y memorias desenterradas de lo más profundo de tu mente, como si algo en el contexto de la situación hubiera jalado el gatillo, disparando una secuencia de fotografías en sepia que pasan por la pantalla de cine que tenés dentro tan rápido que apenas llegás a reconocer algunas.

Hay cosas del pasado que no van a dejar de perseguirte, nunca. Hay cosas del pasado que siempre encuentran la manera de diluirse dentro del presente. Hay cosas del pasado que dejan marcas eternas, y esas marcas pueden empezar a doler aguda y punzantemente en el momento menos pensado, por la razón menos esperada, incluso cuando uno cree que ya no van a volver a atacar.

Eso está pasándote a vos ahora, eso te pasa durante los treinta segundos que él tarda en llegar a tu lado luego de escuchar tu voz llamándolo casi con desesperación: los recuerdos están regurgitando, recuerdos tristes y solitarios pertenecientes a la nena sola y asustada que solías ser, esa nena que tenía por única familia a una abuela muy estricta que confundía el amor con exigencia, y a un medio hermano que disfrutaba mortificándola con comentarios racistas e hirientes, porque su mamá la había abandonado y su papá había muerto siendo ella apenas una beba.

Cuando eras chiquitita, dormías en una habitación pequeña, con un velador encendido porque te daba miedo la oscuridad (tu abuela se quejaba porque eso significaba gastar energía demás, y no les sobraba el dinero para pagar las cuentas, pero el brillo cálido de la luz te ayudaba a descansar mejor, te sentías protegida). Tu abuela te leía antes de que te quedaras dormida (generalmente cuentos de la mitología japonesa, o relatos infantiles de autores japoneses). Te gustaba escuchar aquellas historias – aunque no fueran las mismas que les leían a tus compañeritos del colegio -, pero lo que adorabas y esperabas con ansias de verdad eran las ocasiones en las que tu mamá se quedaba con vos hasta que te durmieras; la mayoría de las noches estaba demasiado 'cansada' como para siquiera compartir la cena con vos (léase: estaba totalmente ebria, por lo cual se quedaba llorando en su habitación, o durmiendo luego de haber llegado al fondo de la botella), pero de tanto en tanto, cuando se sentía bien y no le dolía la cabeza, cuando estaba en uno de sus raros períodos de abstinencia, te cepillaba el cabello, te ayudaba a elegir cuál de tus dos pijamas favoritos usarías (eran muy parecidos, los dos blancos, con la diferencia de que el estampado de uno tenía gatitos, y el otro ositos), y luego se quedaba con vos hasta que te dormías. Despertarte en medio de la noche y encontrarte sola, sin tu mamá a tu lado, era siempre angustiante, y te largabas a llorar, pero nunca te animabas a llamarla, porque a tu abuela le gustaba el silencio, le molestara que lloraras sin motivo, y te tenía prohibido molestar a tu mamá cuando ésta descansaba; simplemente te ovillabas en el centro de la cama, abrazabas la almohada y tratabas de volver a conciliar el sueño.

Luego llegó el día en que tu mamá se fue.

"Voy a volver pronto, Michelle, lo prometo. Y cuando vuelva, voy a estar mejor. Todo va a estar mejor, ¿sí, Michelle? Las cosas van a cambiar, te lo prometo. Tengo que irme lejos para ponerme bien, para curarme. Y cuando me haya curado, voy a volver. Mamá va a volver, y vamos a hacer juntas un montón de cosas. Mientras tanto, Danny y la abuela van a cuidarte, ¿sí, hija?"

Llegó el día en que tu mamá se fue, cuando eras una criaturita de diez años. Pero jamás llegó el día de su regresó. Desapareció, como si se la hubiera tragado la Tierra, y nunca más volviste a verla, nunca más volviste a saber de ella.

Durante las primeras semanas la extrañabas muchísimo, pero te consolaba saber que había prometido regresar, y vos no creías a tu mamá capaz de romper una promesa; no era una mamá perfecta, tenía muchos defectos, pero vos confiabas en que de verdad quería convertirse en una mejor mamá, de verdad creías que iba a volver, y vos estabas dispuesta a esperarla con tus pequeños bracitos abiertos.

Pasado un tiempo comprendiste sin necesidad de que nadie te explicara que tu mamá te había abandonado. Y eso te marcó para siempre. Te marcó tanto, tanto, tanto, que ahora el abandono es tu mayor miedo. Sí, en un mundo donde pasan las peores cosas, en un mundo plagado de angustia, muerte, asesinatos, atentados terroristas, inocencias que son robadas en un segundo, bombas que explotan y matan familias enteras, hambre, miseria, xenofobia, matanzas, y todo aquello que hace del planta Tierra el infierno que hoy es, tu mayor temor, aquello a lo que le tenés un pavor descomunal, es al abandono.

Pero para ese miedo encontraste la cura perfecta, el antídoto perfecto, algo que te calma, algo que te tranquiliza, algo que te devuelve la paz, algo que mantiene las pesadillas y los miedos a raya, algo que hace que olvides lo mucho que venís sufriendo prácticamente desde que eras una pobre criaturita inocente condenada por la tragedia y los designios del destino a crecer sin recordar a un papá que pudo disfrutar muy poco tiempo: él.

Una de las razones por las que dormir con él te trae seguridad, confort y una sensación muy grande de bienestar, es que sentís que le importás a alguien, que alguien te quiere, que alguien se desvive por cuidarte, por hacer que estés contenida y protegida de cualquier cosa que pueda hacerte mal, inclusive las pesadillas que eventualmente se fabrican en tu cabeza y se exhiben mientras descansás luego de largos, tediosos, frustrantes y dramáticos días en la CTU. Y lo más lindo es despertarte y saber que él está ahí, con vos, que no se fue, que se quedó toda la noche, que no te dejó sola, que no te abandonó. Sabés que él no va a abandonarte, él no va a irse, nunca. Sabés que él moriría antes que dejarte. Él moriría si se viera forzado a abandonarte, él jamás permitiría que eso sucediera.

Pero (siempre, siempre, siempre hay un 'pero', para todo hay un 'pero', el mundo no puede concebirse sin la existencia de la palabra 'pero' metiéndose en el medio, en todas partes, cortando oraciones, cortando explicaciones, haciendo bifurcaciones, sembrando problemas ) es tan grande, tan hondo, tan inmenso, tan profundo, tan terrible tu miedo al abandono, que se manifiesta hasta en las cosas más absurdas, se manifiesta hasta en las cosas más ínfimas y de apariencia insignificante, pero que para vos significan mucho.

Estás acostumbrada a sus brazos envolviendo tu cintura, al calor de su cuerpo abrigándote, sus manos acariciando tu espalda, su respiración mezclándose con tu respiración. Estás acostumbrada a despertarte con su rostro pegado al tuyo, sus dedos enredándose en tus rulos desordenados, su corazón latiendo contra el tuyo. Estás acostumbrada a que él note en cuanto te despabilás en mitad de la madrugada y se asegure de que estás bien, de que no tuviste ninguna pesadilla; estás acostumbrada a que luego se quede cantándote al oído hasta que te relajes de nuevo, acunada por el sonido de su voz.

Despertarte en medio de la madrugada y encontrar el lado izquierdo de la cama vacío es una de esas pequeñas cosas que desatan dentro tuyo esa angustia que sólo te agarra con sus invisibles manos y te estruja el alma como si quisiera estrangularte, dejarte sin aire, cada vez que por tu garganta sube el desconocido y desagradable cosquilleo que se extiende hasta la boca de tu estómago, quemándote, cuando el pánico súbito al abandono se dispara en tu sistema de golpe y sin previo aviso. Te recuerda a esas noches en las que te despertabas de golpe, deseando llamar a tu mamá para que fuera a consolarte, para – antes de siquiera poder emitir quejido alguno – darte cuenta de que tu mamá no iría a arroparte, porque ya no estaba, porque se había ido, porque te había abandonado, porque te había dejado solita. A veces te sobresaltabas luego de una pesadilla y sin control sobre tus acciones – aún sumida en el plano de la inconsciencia – gritabas 'mamá' como si tu vida dependiera de ello; nunca se lo contaste a nadie (tampoco a Tony, aunque sabés que eventualmente vas a contárselo), pero la última vez que te sucedió eso, fue hace tan solo cuatro meses, la víspera de tu cumpleaños.

Hay heridas que tardan en cerrar, hay heridas que tardan en sanar. Las heridas que te dejó el abandono entran en la categoría de aquellas que lastiman para siempre, sin importar cuánto tiempo pase.

Tenés veinticuatro años, pero aún hay noches en las que soñás con la última vez que viste a tu mamá, el día en el que te dejó con falsas promesas a las cuales te aferraste hasta que se te cayó la venda de los ojos y comprendiste que no volvería a abrazarte, que no regresaría curada, que nunca compartirían un día juntas en la plaza, que nunca volverías a escuchar su voz, o a conversar con ella.

Tenés veinticuatro años, pero aún hay noches en las que llorás abrazada a la almohada recordando los pocos momentos felices que viviste con tu mamá, momentos que durante años trataste de mantener enterrados bien en el fondo de tu mente porque le tenías bronca, furia, resentimiento, y no querías ningún recuerdo suyo latiendo al compás de tu corazón.

Tenés veinticuatro años, y en medio de una madrugada un poco más fría de lo que es normal para la ciudad californiana de Los Angeles, te quita el aire como una cuchillada encontrar el costado izquierdo de la cama vacío, donde debería estar la única persona que te ama incondicionalmente y que moriría protegiéndote hasta de tus pesadillas y miedos.

"¿Tony?" llamás por segunda vez, menos de medio minuto más tarde, justo al tiempo que entra a la habitación, con una leve sonrisa cruzando su rostro de aspecto cansado pero feliz.

Una oleada de alivio te recorre en cuanto lo ves, y una sonrisa que espeja la suya se dibuja en tu cara cuando se recuesta a tu lado, con su cabeza junto a la tuya en la almohada, y te rodea con sus brazos, atrayendo tu cuerpo hacia el tuyo.

"Perdón por quedarme dormida y dejarte solo" te disculpás, acariciando su cabello con una de tus manos, y empezando a plantearte cuán idiota fue haberte entristecido – aunque haya sido por menos de dos minutos – por su simple ausencia, como si te hubiera dejado para siempre, cuando en realidad era más que obvio que se debía hallarse en alguna de las otras habitaciones del pequeño departamento.

"Dormías tan profundamente que ni te diste cuenta cuando te traje en brazos hasta acá. Tuviste un día agotador, es comprensible que hayas quedado fulminada" dice en voz baja, recorriendo tus facciones con las yemas de sus dedos.

"Vos también tuviste un día agotador" susurrás "¿Por qué no te acostaste a descansar conmigo?"

Podés sentir su sonrisa crecer contra tu piel mientras desparrama besos cortos por tu mejilla.

"Aproveché este par de horas para ocuparme de muchos detalles referentes a las muchas sorpresas que estoy preparando para vos" contesta, haciéndose el enigmático y el misterioso.

"¿A las tres de la madrugada?" inquirís divertida, arqueando una ceja.

"Eso es lo bueno del maravilloso invento del siglo XX llamado internet: podés hacer comprás a cualquier hora desde la comodidad del sillón de la sala de estar del departamento de la mujer que adorás"

Su comentario te causa gracia – después de todo, fue hecho para arrancarte una sonrisa -, pero luego le decís con seriedad, para que sepa que tus palabras son en serio:

"No hace falta que gastes dinero en mí, Tony: ya tengo todo lo que necesito para ser feliz" le asegurás, besando la punta de su nariz "¿Y vos?, ¿tenés todo lo que necesitás para ser feliz?" preguntás entre besos esquimales.

"Tengo más de lo que merezco, creo. Pero voy a ser un poquitito egoísta y a quedarme con vos de todos modos"

"Más te vale. No voy a dejar que te vayas a ningún lado sin mi" suspirás.

Estás muchísimo más despejada y – si bien el cansancio sigue haciendo pesar tu cuerpo – ya no te cuesta mantener los ojos abiertos y la sensación de angustia que se apoderó de vos al encontrarte sola en tu cuarto ya se fue, reemplaza por la calidez de su abrazo.

Se quedan un ratito en silencio, y luego la quietud es rota por una pregunta que esconde su preocupación por vos.

"¿Querés que te prepare algo para comer? Hoy no cenaste"

Sonreís porque te encanta que te demuestre en cada pequeño aspecto que le importás más que nada en el mundo entero; te hace sentir aún más contenida, porque no es una preocupación abrumadora y exigente, no hace que te sientas controlada o vigilada, por denominarlo de algún modo. Él solamente quiere que desayunes, almuerces y cenes como una princesa; quizá pone tanto énfasis en encargarse de que no te saltees comidas porque percibe que tuviste un problema de alimentación, o tal vez es que le gusta mimarte en exceso en todos los ámbitos, hasta en los más sencillos.

"Tony, son casi las cuatro de la madrugada, no es horario de cenar" contestás con una risita.

"Puedo improvisar un 'desayuno temprano'" propone.

"No hace falta. Los dos estamos exhaustos, necesitamos descansar. Podemos desayunar en la mañana a horarios normales" agregás luego, abrazándolo más fuerte y escondiendo la cabeza en el hueco entre su cuello y su hombro.

Los párpados te pesan otra vez, por lo cual te es imposible abrirlos de nuevo cuando se caen solos. El calor de su cuerpo anidado contra el tuyo, sus brazos rodeándote, su respiración, su corazón latiendo junto al tuyo, el sonido de su voz y sus caricias son todo lo que necesitás para estar tranquila, contenta, y lista para dormir como un bebé mientras él te arrulla. Te cuesta creer que diez minutos atrás te hayas alterado sin razón, asustada como una criatura al encontrarte sola; te cuesta comprender tus propios miedos y su existencia dentro de los confines de tu alma cada vez que él está con vos para calmarte, incluso en ocasiones como éstas, en las que ni siquiera sabe que su presencia está actuando como remedio para dolores muy viejos que de tanto en tanto vuelven punzantes y desgarradores cuando menos esperás que resurjan.

Las siguientes palabras que susurra en tu oído te llevan a pensar que, sin necesidad de que lo verbalices o lo hagas expreso, él siempre sabe cuando hay algo en tu corazón doliendo, cuando hay algún miedo latente, cuando hay alguna herida que de pronto arde lo suficiente para causarte angustia.

"¿Por qué te despertaste, Michelle?" pregunta con voz suave y dulce, sin que sus manos dejen de trazar círculos sobre tu estómago "Estabas tan exhausta física y mentalmente que pensé que ibas a dormir como un angelito hasta mañana al mediodía. Y cuando llamaste mi nombre sonabas angustiada" agrega luego, tratando de contener una preocupación que para vos es evidente, porque sabés leerlo mejor que nadie.

Y es que él sabe, él tiene el don de darse cuenta, él tiene el don de comprender aquello que no es puesto en palabras y que queda flotando en el aire. Se da cuenta de que algo te tiene mal, de que algo te estrujó por dentro hasta causarte dolor, se da cuenta de que necesitás tanta atención como sea posible – aunque no estés pidiéndola abiertamente – para calmar eso que te envuelve con intención de asfixiarte cada vez que una situación, por más simple o tonta que sea, te recuerda a tu mamá, o al abandono que sufriste cuando eras apenas una nena.

Por un momento (tan breve como el suspiro cansino que se cuela por entre tus labios) considerás contarle que cuando abriste los ojos y tomaste conciencia de que estabas sola en tu habitación, con el velador encendido, con tu departamento sumergido en un silencio sepulcral, muchos recuerdos de tu mamá (algunos lindos, otros tristes de la época posterior a que te abandonara) volvieron de golpe para azotarte con la impactante fuerza de un latigazo. Pero decidís no hacerlo, decidís no mencionar el tema; querés pasar el resto de la madrugada tranquila, en sus brazos, con tu corazón latiendo despacito y al compás del suyo como ahora y no víctima de la taquicardia producto de la angustia, sin lágrimas empapando tu rostro, escuchándolo cantarte al oído tus melodías favoritas en lugar de tus sollozos mientras compartís con él otro de los pedazos de tu alma que está machacado y lleno de agujeritos.

Esa parte de tu historia no es relevante ahora, en el contexto de esta madrugada fría de principios de Diciembre. Tu miedo al abandono ya no está apretujándote desde adentro para dejarte sin aire y hacerte daño, porque cuando estás con él no hay miedo capaz de vencerte, todos los miedos empequeñecen a la sombra del amor que sentís cuando te abraza. No querés hablar de ello ahora, no querés hablar de ese pánico que tan súbitamente como te invadió durante escaso medio minuto te dejó cuando él entró por la puerta sonriendo y con esa expresión dulce y enamorada en su rostro.

"Me preocupé cuando desperté y vi que no estabas durmiendo conmigo" te limitás a confesar "Creí que quizá habías tenido una pesadilla…"

No hubiera sido raro, no, no hubiera sido nada raro; luego de días largos en los que pasan diez, quince, casi veinte horas trabajando sin parar, tratando de atrapar a 'los malos' (léase: terroristas peligrosos dispuestos a matar a miles de inocentes –a veces a millones de inocentes – para defender una 'causa') quedan secuelas fuertes, secuelas que se manifiestan en cuanto el cansancio físico y emocional comienzan a cernirse sobre el cuerpo, a expandirse por cada extremidad, volviendo la sangre en las venas y los músculos como si fueran de plomo, hasta que las pobres anatomías caen rendidas y el sueño llega, envolviendo las conciencias como un manto negro que al principio parece calmo y silencioso, pero que luego se deforma y se transforma hasta convertirse en una mancha gigantesca de imágenes, recuerdos, pensamientos, sonidos y terrores que se configuran hasta lograr que nazca una pesadilla. Tony en tu opinión es un héroe, pero es un héroe de carne y hueso, no es ficticio como Superman: es un hombre que llora, ama, siente, sufre, y no está exento de que las pesadillas lo tomen por presa, especialmente teniendo en cuenta su 'historial', por denominarlo de algún modo, que sospechás data desde que se enlistó en la Marina y comenzó a lidiar con la vida, la muerte, la catástrofe y la tragedia, y que fue engrosándose a medida que el destino iba arrojándole distintas piedras: la muerte de su hermano en el atentado del 11 de Septiembre, recuerdos del accidente en el que murió su otro hermano cuando los dos eran criaturas, misiones que salen mal y que terminan con familias destrozadas y agentes caídos en servicio, locos, sádicos, terroristas desquiciados, bombas que explotan, compañeros que salen al campo de pelea para regresar luego en una bolsa negra.

Tener pesadillas es, usualmente, lo que uno espera luego de un día como aquél. Está en la naturaleza del ser humano que su inconsciente reaccione de ese modo luego de situaciones traumáticas, conflictivas y con mucho estrés, y aunque ustedes están acostumbrados a ser parte de ese mundo en el que todo pende de un hilo y – literalmente – una explosión puede ocurrir en cualquier segundo, siguen siendo de carne y hueso, siguen estando expuestos y vulnerables a la hora de cerrar los ojos y echarse a navegar en el mar de los sueños, un mar que a veces tiene olas embravecidas que amenazan con devorarlo todo: las pesadillas.

"Perdón si te asusté" te disculpás.

"Está bien, hermosa, no te preocupes. No me asustaste, simplemente me preocupé porque te noté angustiada"

Casi cedés a la tentación de hablar sobre tu mamá, de contarle por qué te angustiaste, de contarle que te despertaste porque te dolía (te duele, en realidad, bastante) la cabeza y que de golpe empezaste a recordar retazos de tu infancia, de esa infancia que estuvo signada con igual profundidad por la presencia errática de una madre alcohólica que sólo podía mostrar afecto en sus raras etapas de sobriedad, y la ausencia de esa madre luego de que se marchara como una cobarde prometiendo cosas que desde un principio sabía no iba a cumplir.

Pero volvés a decidir – en lo que tarda otro suspiro en escapar tus labios mientras - que lo único que querés en ese momento es quedarte en la cama hasta el mediodía, acurrucada en sus brazos, completamente despreocupada del resto del mundo por unas horas, sintiéndote la mujer más amada y contenida sobre la faz de la Tierra.

"Estoy bien. Solamente me duele un poco la cabeza, pero ya se me va a pasar"

"Tuvimos un día complicado" resume, acomodando un par de tus rulos detrás de tu oreja "Pero todo salió bien" te reconforta.

Probablemente piensa que tu esa angustia que percibió momentos atrás al entrar al cuarto se debe a los recuerdos frescos de los peligros que se corrieron hoy, la sensación de que muchas vidas podrían haberse perdido si hubieran hecho una cosa diferente, tomado una decisión distinta, hecho un movimiento un segundo demasiado tarde.

"Estoy orgulloso de vos, hiciste un trabajo brillante"

No necesitás que te reafirmen en el terreno profesional; es decir, tenés problemas con la comida, con tu peso, con tu etnia, con tu raza, con tu aspecto, con tu cuerpo, con tu personalidad, tenés el autoestima por el suelo en esos campos, pero cuando se trata de moverte dentro de la CTU, ahí sí que confías en tu inteligencia, en tus capacidades, y en la gente que está ahí para actuar como un equipo. Sin embargo, que él te diga que está orgulloso de vos hace que tu panza se llene de millones de mariposas.

"Nuestro equipo hizo un trabajo brillante" decís, remarcando con especial énfasis esas dos palabras.

"Lo sé, pero a nuestro equipo lo estabas conduciendo vos. E hiciste un trabajo impecable como segunda en comando"

"Eso es porque tengo respaldándome a un impecable director" contestás sonriendo suavemente, segura de que un cumplido a él tampoco va a venirle mal.

Otra vez se quedan en silencio, y el sueño está empezando a atraparte entre sus redes de nuevo. Ves en el radio reloj que son las cuatro de la mañana con cinco minutos, y una sensación cálida te invade al pensar que te quedan al menos ocho horas más para estar en sus brazos descansando, segura, contenta, protegida y con la certeza de que jamás te abandonaría.

"¿Estás segura de que no querés nada?, ¿un poco de leche tibia?, ¿una aspirina?, ¿jugo de naranja?, ¿galletitas?" ofrece luego de un rato, y el sonido de su voz hace que te despabiles "No me gusta que te vayas a dormir con la panza vacía"

"Mi panza no está vacía; está llena de mariposas" murmurás medio adormecida.

El sonido de su risa te despabila un poco más, pero no te importa: te encanta oírlo reír, su risa es tu música favorita, tu poesía favorita, es como si todos los colores del mundo se resumieran en una caricia a tus oídos, como si toda la magia existente sobre la Tierra estuviera atrapada en una sola cosa, en algo que es tuyo, que te pertenece, como cada pequeña partecita de él.

"Siempre decías las cosas más dulces cuando estás por quedarte dormida"

"En respuesta a tu pregunta" reprimís un bostezo "… En respuesta a tu pregunta" retomás la frase "no tengo hambre. Tengo mucho sueño" reprimís otro bostezo.

"Sí, me doy cuenta" dice mientras se incorpora hasta quedar sentado junto a vos. Luego sentís sus labios besando tu frente, y sus manos - que ya no están acariciando tu espalda o tu estómago o dejando que sus dedos se enreden en tus bucles – toman la manta para volver a arroparte bien.

Tu reacción es inmediata, es casi un sobresalto. Abrís los ojos, y aunque la luz del velador sigue molestándote debido a la terrible jaqueca que produce un dolor latiente en tus sienes, lográs que tus párpados pesados como el plomo se mantengan abiertos en lugar de caer como consecuencia de los efectos de la gravedad.

"¿A dónde vas?" preguntás en voz bajita ante su evidente intención de regresar a la sala de estar y dejarte sola.

"A seguir preparando tus sorpresas" es su respuesta, acompañada de otra sonrisa enigmática y misteriosa.

Debés confesar que 'el juego de las sorpresas' (así lo llamás vos en tu mente), te encanta, y que el simple hecho de que a él se le haya ocurrido planear algo como eso para convertir al mes de Diciembre en el más mágico de todos y hacer que el último 'capítulo' de este año se parezca al cuento de hadas más lindo de todos, hace que lo ames con una locura aún mayor. Las rosas fueron el comienzo perfecto para lo que promete ser una larga sucesión de pequeñas cosas que van a arrancarte las sonrisas más grandes y a hacerte tan feliz como nunca lo fuiste.

La cadenita de oro que te dio en la madrugada del domingo mientras miraban las estrellas en la playa… Eso te dejó sin palabras, totalmente desarmada, totalmente vulnerable bajo su mirada, como si fueras arcilla en sus manos, como si tu vida pendiera de él, como si tu existencia se resumiera en él (y es que es así: tu existencia se resumen en él). Que alguien te ame tanto como para ir a esos extremos con tal de contribuir a tu felicidad y hacer que te sientas una princesa, es algo que nunca creíste sucedería, pero ahora que está sucediendo es muchísimo más hermoso de lo que alguna vez te hubieras atrevido a imaginar.

Por mucho que insististe durante todo el sábado y el domingo (a veces en son de broma, otras veces no tan en broma, pero todo el tiempo con la curiosidad a flor de piel y una necesidad terrible de saber qué se trae entre manos), no te dijo absolutamente nada acerca de sus ideas, planes y maquinaciones para convertir a éste en el mejor Diciembre de todos. No es que no seas paciente, no es que no sepas esperar, no es que seas caprichosa como una criatura de cinco años: simplemente la perspectiva de él sorprendiéndote un poquito todos los días te ilusiona tanto, te enamora tanto, te hace tan feliz, que no podés contenerte, no podés evitarlo; es como si un globo rojo gigantesco hubiera sido inflado dentro tuyo, es como si ese globo estuviera conteniendo toda la dicha que te genera pensar que el hombre al que amás desmedidamente te ama con la misma profundidad, y que tiene como misión llenar tu vida de las cosas hermosas que hasta hace poco te hacían tanta falta.

Te dijo que tendrías que ir descubriendo de a poco, día a día, de a una sorpresa por día, y que esperaba que todas ellas te gustaran tanto como él cree que te van a gustar (podrías fácilmente haberte derretido con la mirada esperanzadora, tímida y adorable que cruzaba sus ojos cuando te dijo eso), y vos accediste, aunque – con una seriedad similar a la de hace un rato – le pediste que no gastara dinero en vos, le aseguraste que no hacía falta que gastara todos sus ahorros en vos, porque sos feliz con lo que tenés, sos feliz con él, y serías feliz si en cada día te deparara por sorpresa una única rosa, un beso suyo y una noche entera durmiendo en sus brazos.

Sin embargo, es evidente que él se trae otro tipo de cosas entre manos. Cosas que requieren que se quede despierto hasta las cuatro de la madrugada después de haber pasado un día entero tratando de capturar a una célula terrorista.

"Tony, son las cuatro de la madrugada" le decís "Estuvimos trabajando casi veinte horas, los dos estamos fulminados… No hace falta que te quedes despierto para preparar ninguna sorpresa. Necesitás dormir" es casi un ruego tu insistencia, porque no querés que en su locura por hacerte feliz exija a su cuerpo más de lo que su cuerpo puede dar.

"Tengo toda esta adrenalina después del día de hoy" comienza a explicar, volviendo a sentarse a tu lado y acariciando tu cabeza y tu frente "Estoy cansado, tengo la espalda endurecida, los músculos a la miseria, me duele un poco la cabeza, pero no puedo ir a dormir. Necesito relajarme, necesito que la adrenalina se vaya de mi sistema naturalmente. Si me acostara con la intención de dormir, no podría conciliar el sueño, mi migraña empeoraría, y mañana por la mañana sería como el chanchito gruñón del cuento. Pensé en esperar a que la necesidad de caer exhausto en la cama llegara naturalmente, en lugar de forzarla, y se me ocurrió encargarme de algunos detalles, de un montón de cosas lindas que tengo planeadas para los dos"

Algo en su tono tierno disfrazaba el hecho de que más que 'planeando' está haciendo compras por internet, pero no quiere decírtelo abiertamente para no exponerse a que – con toda la dulzura del mundo – lo regañes otra vez por gastar dinero en vos. Obviamente lo conocés mejor que nadie y mejor que a nadie, por lo cual sabés que es testarudo y que cuando algo se le mete en la cabeza no hay forma humana de que se le quite, y que es obstinado como pocos. No pretendías cambiar su opinión (en el fondo, amás que te mime y te consienta), solamente querías que supiera que no te interesan las cosas materiales, que puede malcriarte tanto como se le antoje, pero que tiene que mantener en claro que vos lo adorarías y lo considerarías tu Universo entero incluso si no tuviera un centavo sobre el cual comenzar a ahorrar para comprarte una flor.

"Dormí, bebé, yo voy a estar bien" vuelve a inclinarse para besar su frente, y tus manos responden a un acto reflejo automático de tu inconsciente, tomándolo de la cabeza para empujarlo un poco más hacia delante, hasta que su nariz y tu nariz quedan a escaso medio milímetro una de la otra, y sus bocas están tan cercas que el aire que él respira es el que vos exhalás.

"¿Y si te quedas cantándome hasta que me duerma?"

No querés que se vaya. No querés que te deje sola. Lo necesitás. Necesitás que te abrace. Necesitás que te cante al oído. Necesitás sus manos trazando círculos en tu espalda. Necesitás el calor de su cuerpo abrigándote. Necesitás su piel rozando tu piel. Necesitás su corazón latiendo junto a tu corazón. Necesitás que él te haga sentir en el sitio más seguro del mundo entero. Necesitás ese confort que sólo experimentás en sus brazos. Necesitás que con cada beso te prometa no abandonarte nunca.

Quizá es infantil, quizá es obsesivo, quizá es tu manera de expresar lo estresante que fue este día y descargar todo lo que acumulaste en el pecho durante las horas que pasaste trabajando incansablemente, quizá estás más mimosa de lo habitual… Simplemente no querés que se vaya.

Y él se da cuenta de eso. Se da cuenta de eso como se da cuenta de todo, porque te conoce mejor que nadie y mejor que a nadie, porque puede leerte como si fueras un libro abierto, porque tus ojos son las ventanas que dan a tu alma, y no hay nadie que sepa entender tu alma como él la entiende.

"Michelle, ¿estás segura de que te sentís bien?" vuelve a preguntarte, con evidente preocupación "¿Estás segura de que no tuviste una pesadilla, o de que no tenés miedo a que aparezcan las pesadillas? Sabés que podés hablar conmigo de lo que quieras" sigue "Yo siempre te voy a escuchar" promete con dulzura "Podés compartir conmigo lo que sea que esté haciéndote mal"

"Tony, no se trata de las pesadillas" contestás con sinceridad, pero sin entrar en el terreno referente a lo que en realidad te amargó un poco: el recuerdo de tu mamá, tan fresco y tan súbito, apareciendo de golpe en la pantalla de cine que tenés en la cabeza, donde de tanto en tanto se proyectan memorias como aquella "Simplemente estoy agotada, y aunque corro el riesgo de sonar dependiente, lo cierto es que no me gusta dormir sin vos. No puedo dormir sin vos. Solamente quiero que te quedes y me abraces y durmamos juntos"

Su sonrisa se acentúa un poco más. Amás esa sonrisa. Estás perdidamente enamorada de esa sonrisa. Es esa sonrisa que te dice que por vos sería capaz de absolutamente cualquier cosa, que no puede negarse a nada que le pidas.

Sin embargo, en lugar de volver a acurrucarse con vos, en lugar de recostarse a tu lado para que te anides junto a él, vuelve a besarte en la punta de la nariz, y dice:

"Hoy no pude darte la sorpresa que tenía preparada"

Vos también habías reparado en eso (apenas) en medio del caos que fue este lunes. Recordás que cruzó tu mente una o dos veces y de manera fugaz – a medida que se acercaba la noche y ustedes seguían aún atrapados en la CTU tratando de encontrar a los responsables del intento de atentado, en esos momentos en los que, en mitad de una misión complicada, el cerebro necesita distraerse por un segundo con cualquier otra cosa, como si pretendiera desconectarse un breve instante antes de volver a concentrarse en el asunto a atender, para evitar explotar o entrar en cortocircuito por sobrecarga – que si el asunto seguía otro par de horas y el trabajo los tenía cautivos, encadenados y abocados a finalizar la misión con éxito sin que nadie saliera herido y sin arriesgarse a que tomaran represalias planeando un golpe aún mayor a alguna otra parte de la ciudad, era probable que no pudieran pasar la velada tranquila que habían planeado, y durante la cual (estabas segura) él pretendía darte la siguiente sorpresa, la tercera sorpresa, la que se sumaría a las rosas y a la cadenita de oro, la que sería predecesora de las sorpresas por venir durante los días que le quedan a Diciembre (que son muchos).

"Es cierto" coincidís, pasando el dorso de tu mano por su frente a modo de caricia.

Cuando estás a punto de decirle que no tiene que preocuparse, que a veces (sobre todo con el trabajo que ustedes tienen) las cosas están simplemente signadas a no salir como fueron planeadas, que los giros en el camino son normales, que las vueltas que cambian las idealizaciones que ustedes hacen de un momento determinado muchas veces vienen así, de golpe, él interrumpe lo que pensaste pero nunca empezaste a decir con voz casi soñadora y ese tono tierno del que tan enamorada estás:

"Pensaba cocinar algo especial, y encender velas, y poner tus canciones románticas favoritas…"

"Ya no me gusta más escuchar música" el comentario es dicho somnolientamente, como una mezcla de broma y verdad, mientras tus labios se curvan en una sonrisa suave que resalta tu aspecto cansado pero causa que sus ojos brillen de manera especial porque le resultás mil veces más adorable "Las únicas canciones que quiero escuchar son las que vos me cantás a mí"

"Creo que hay otra canción que va a gustarte escuchar" comienza, enigmático, y demasiado lúcido para una persona que lleva casi veinticuatro horas despierta, en pie, con la cabeza maquinando sin parar, y que seis horas atrás estaba ayudando a detener a un terrorista en potencia que intentaba escapar del país.

"¿Tiene que ver con esa sorpresa que habías preparado para hoy pero no pudiste darme?" inquirís, reprimiendo otro bostezo (al parecer tu cerebro insiste en enviarle a tu cuerpo señales de que deberías irte a dormir de una buena vez por todas).

"Sí. Dormías como un angelito, y me hubiera dado mucha pena despertarte. Además, ya eran pasadas las doce de la noche, así que el 3 de Diciembre hacía rato había acabado" te explica "Entonces se me ocurrió darte la sorpresa de ayer cuando te trajera el desayuno en la mañana de hoy, y dejar la sorpresa de hoy para la tarde. Pero ya que estamos los dos desvelados" reprimís otro bostezo justo cuando él dice esa frase, lo cual causa que ambos rían "… Bueno, yo estoy desvelado" se corrige, sin dejar de sonreírte "pero me gustaría distraerte un ratito más y darte algo que yo considero muy, muy especial y sé que a vos va a hacerte sonreír mucho más de lo que estás sonriendo ahora" agrega, delineando con su dedo índice la leve curva que forman tus labios.

Notás la emoción en su voz, el entusiasmo en su mirada, esas ganas incontenibles de arrancarte una sonrisa de oreja a oreja porque se da cuenta que algo estaba angustiándote cuando entró a la habitación luego de que lo llamaras después de despertarte; y puede que vos no quieras compartir ese algo, porque fue una emoción súbita y breve que te atacó de repente y que se diluyó junto con los recuerdos que volvieron a quedar enterrados en el cajón de tu memoria tan de golpe como habían llegado, porque no querés cargarlo con preocupaciones tontas, porque no querés mantenerlo despierto hasta las seis de la mañana llorando y hablando de lo que en tu niñez te marcó profundamente cuando comprendiste que tu mamá te había abandonado y que no regresaría, pero él se da cuenta de que no sólo necesitás que te anide en sus brazos para que puedas dormir tranquila: también se da cuenta de que necesitás que esa angustia que te oprime – producto del día estresante que tuvieron que afrontar o, como en realidad es, producto de cualquier otra cosa – sea remplazada con las sensaciones cálidas que despierta cada pequeña acción emprendida por él con el objetivo de hacerte feliz. Él no hace preguntas, no te fuerza a hablar más de lo que querés hablar, no te fuerza a compartir más de lo que querés compartir: simplemente está ahí, desviviéndose para llenar los agujeros que hay en tu corazón, esos agujeros que se formaron en el pasado, esos agujeros que como túneles negros conducen a los pasadizos más profundos de tu miedo al abandono, al núcleo central de aquel terror que te acompaña desde pequeña, porque la persona más importante en la vida de una criaturita (tu mamá) te dejó.

Él comprende que, si bien tu cuerpo, tu anatomía, está pidiéndote que te rindas, cierres los ojos y vuelvas a caer atrapada en el país de los sueños, tu alma y tu corazón precisan una dosis de dulzura.

Y aunque estés tan cansada que hasta duele respirar, aunque la luz del velador te moleste y haga arder tus ojos, aunque tus párpados pesados como el plomo insistan en caerse y tengas que esforzarte para volver a abrirlos cada vez que se cierran, aunque ya reprimiste como cinco bostezos en menos de diez minutos, aunque estás exhausta, no podrías imaginar un pedacito de este Diciembre que no estuviera empapado por esa dulzura. Puede que técnicamente ya sea el 4 de este mes, puede que el 3 ya haya llegado, pasado (en medio del caos), y acabado, pero no importa; no importa lo que indiquen los relojes, no importa lo que diga el almanaque, no importa la fecha que señalen las computadoras: no podrías volver a dormirte sin antes haberle dado a él la oportunidad de llenar ese día con un poquitito de magia.

"Si estás muy cansada" se apresura a aclarar, antes de que hayas podido responderle "entonces podemos optar por el plan B: irnos a dormir ahora, reponer energías y mañana…"

"Shhh" lo interrumpís, posando tu índice sobre sus labios para sellarlos y evitar que siga hablando "Tengo muchas ganas de que me hagas sonreír. No importa cuán cansada esté, no importa cuánto sueño tenga: siempre voy a preferir mil veces más una sorpresa tuya que unos minutos extra soñando con vos"

"¿Me esperás un ratito? Tengo que ir a buscar eso al maletero del auto; no pude sacarlo cuando llegamos porque tenía los brazos ocupados cargándote a vos" no sólo reís suavemente, también te ruborizás desde la raíz del pelo hasta el cuello; si tuvieras un espejo, podrías ver que tus mejillas se han teñido de un rojo ardiente t furioso "No voy a tardar más de diez minutos" promete, besando tu frente y luego la punta de tu nariz.

"Está bien" comenzás a incorporarte; ya estás mucho más despabilada (convengamos que la curiosidad despertada por esta nueva sorpresa y la intriga que te generó la frase "creo que hay otra canción que va a gustarte escuchar" tienen mucho que ver con el súbito fin al embotamiento de tus sentidos), y no te duele tanto la cabeza "Necesito tomar una ducha y cambiarme de ropa, de todos modos" señalás el atuendo que aún llevás puesto (una falda negra cuyo corte se detiene centímetros antes de llegar a tus rodillas, una blusa del mismo color y medias largas de nylon); es el mismo conjunto que elegiste de entre las perchas de tu ropero ordenado y pulcro hasta la histeria casi veinticuatro horas atrás, mientras él preparaba el desayuno, sin sospechar que tendrían por delante un día complicadísimo "No hay nada tan incómodo como dormir con pollera y medias de lycra" comentás con una risita.

"No quise desvestirte porque no me pareció… em…" ahora es él quien tiene las mejillas de un color rojo furioso "Simplemente te quité los zapatos y te arropé porque…"

"Porque me conocés mejor que nadie y sabés que soy demasiado tímida para mi propio bien" completás la frase "Son detalles como esos los que hacen que te ame cada día mucho más que el anterior" susurrás, besando la comisura de su boca.

"¿Estás segura de que te encontrás lo suficientemente despierta para ducharte? ¿Si te dejo sola un rato no estoy corriendo el riesgo de llegar y encontrarte desmallada en la ducha?"

"No te preocupes, ya estoy despierta" le asegurás "Solamente necesito ducharme y cambiarme. No voy a tardar más de quince minutos"

"Está bien" toma una de tus manos para ayudarte a ponerte de pie "Deberías estar descalza todo el tiempo" comenta, mirando tu anatomía entera, reparando en lo pequeñita que sos a su lado, en la diferencia de estatura, en lo chiquitito que es tu cuerpo a comparación del suyo "Sos mucho más linda sin tacos y con todos los rulos despeinados"

"No creo que División apreciara que fuera a trabajar descalza y toda despeinada" comentás, moviendo el cuello de un lado al otro para relajar los músculos todavía tensos.

"Tu jefe lo apreciaría mucho" bromea, rodeando tu cintura con sus brazos y reposando su frente contra tu frente.

No podés creer que él – que podría tener a la mujer que se le antojase, a cualquier otra mujer que se le antojase, con tan solo mirarla fijo – piense que sos hermosa en un momento como este, a las cuatro y media de la madrugada, con todos tus rulos desprolijos y desparramados, el maquillaje algo corrido y seco en tu rostro, lanzando bostezo tras bostezo, pálida, ojerosa, cansada, luego de haber pasado dieciocho horas seguidas deslomándote en el trabajo, descalza, con la ropa arrugada.

"¿De verdad pensás que soy bonita cuando estoy así?" la pregunta es dicha con una sonrisa y en voz suave, pero el dejo de seriedad es perceptible, y él lo nota. Lo nota así como percibe que tus mejillas están ardiendo y teñidas de rojo otra vez.

En lugar de contestar con el lenguaje hablado, decide transmitir lo que en palabras no puede expresarse valiéndose del lenguaje de la piel. Una de sus manos acaricia tu espina dorsal, y te estremecés involuntariamente. Tus rodillas se doblan bajo tu peso, y estás segura que no se debe al cansancio físico, ni mucho menos. Ese es el efecto de sus caricias: basta con que te toque apenas para que te derritas bajo su tacto, totalmente vulnerable, totalmente entregada, totalmente a su merced. Si no fuera la clase de hombre que es, probablemente hace rato se hubiera aprovechad de la debilidad que provoca en vos con tan solo deslizar la yema de un dedo por tu espalda.

"Ya te dije que siempre sos bonita" murmura en tu oído.

Con la sonrisa aún dibujada en el rostro, acariciás sus labios despacio con tus labios a modo de despedida antes de que vaya al garaje a buscar tu sorpresa, que dejó en el coche, y vos te metas en el baño.

"No tardes, porque te extrañé durante todo el día, y no quiero extrañarte más" le pedís al llegar al rellano de la puerta, deteniéndote bajo el umbral.

"Quince minutos" promete "Y si querés, a la sorpresa le agrego una taza de café con leche con mucha azúcar"

Echás un vistazo al reloj que te devuelve la mirada desde la mesita de noche. Sus números grandes anuncian que son casi las cinco menos cuarto de la mañana.

"Tené cuidado, Almeida: si me despabilo más, voy a arrastrarte hasta la terraza para que veas el amanecer conmigo" lo amenazás, riendo.

Pero su respuesta es expresada con una mezcla de seriedad, ternura y devoción palpables, legibles en sus ojos, tan hondas que otra vez sentís el peso de tu cuerpo queriendo derrumbarse por lo que te causan las cosas que te dice:

"Iría a cualquier lugar con vos. Te llevaría a cualquier lugar que me pidieras"

No suena como una frase extraída de una comedia romántica de Hollywood. No suena como una frase encontrada entre las páginas de un libro viejo que narra un 'intento de cuento de hadas contemporáneo'. Es una frase genuina, nacida desde el fondo de su corazón.

Es otra frase para agregar a esa larga lista de cosas lindas que él te dice y que se quedan dando vueltas en tu cabeza hasta gravarse a fuego en tu alma.

"Yo también iría con vos a cualquier parte" susurrás.

El brillo que ves en sus ojos, similar al brillo que empapa los tuyos, es la prueba fehaciente de que esas palabras que vos le decís, también se gravan en su alma, también se quedan dando vueltas en su cabeza, también hacen que tiemble por dentro.

Es como si los dos fueran las dos mitades de una misma pieza.

Somos las dos mitades de una misma pieza.

"¿Querés que tomemos el desayuno mirado el amanecer?" ofrece, interrumpiendo tus pensamientos.

"No" contestás sonriendo "Cuando amanezca planeo estar durmiendo en tus brazos"


Siempre te sorprendieron las propiedades curativas del agua sobre tu cuerpo agotado. Basta con que te sientes un largo rato bajo el chorro hirviendo, acurrucada, con las rodillas al pecho, en posición fetal, y comenzás a relajarte.

Varias veces, luego de días particularmente difíciles, te has quedado durante horas en la ducha, pensando, meditando, escuchando el sonido que hacen las gotitas de agua al golpear tu piel desnuda, escondida del mundo, refugiada de todo. Tu 'record' personal dentro de la ducha es de cuatro horas y media, el día después del intento de suicidio de Danny, cuando ya sabías que estaba fuera de peligro y regresaste a tu casa a cambiarte de ropa y descansar antes de que estallara tu cabeza.

En algún lugar leíste que este comportamiento es propio de personas con una gran carencia de afecto materno, y que de acuerdo con los psicólogos sentarse en la ducha en posición fetal, empapados, les brinda confort porque inconscientemente les recuerda al útero. No te parece una teoría extraña, pero en su momento sí te resultó bastante chocante: algo que hacías sin inocentemente, sin otorgarle un sentido, sin pensar demasiado en ello, sin encontrarle una razón, de pronto cobró significado, y pasó a ser otro síntoma del trauma generado por el abandono, pasó a engrosar la lista de las secuelas que te dejó el abandono de tu mamá, pasó a ser un punto más entre todos los puntos débiles que tenés, pasó a ser otro recordatorio de lo mucho que te afectó que ella se marchara cuando eras una criaturita que la necesitaba muchísimo.

Esta madrugada, sin embargo, no te tomó más de diez minutos poner la blusa y la falda en el canasto de la ropa para lavar, bañarte, aplicar champú y acondicionador a tus (indomables) rulos y envolverte en una toalla. No hizo falta que buscaras tranquilidad, paz y espacio para reconectarte con vos misma hecha un ovillo bajo el agua hirviendo, porque lo que tu cuerpo y tu mente necesitaban para distenderse, para relajarse, para aflojar, era estar con él.

Con la panza llena de mariposas ante la perspectiva de la sorpresa, con la intriga despertando cosquillas dentro de vos y ganándole a la fatiga física, con la migraña cediendo de a poco, abrigada con uno de sus sweaters y un jogging demasiado enorme para una mujer de contextura chiquitita como vos, regresás a tu habitación.

Él está sentado en el borde de la cama, y la luz que el velador arroja sobre sus facciones resalta que está verdaderamente cansado, agotado, pero la sonrisa en la que se curvan sus labios (muy parecida a la sonrisa en la que se curvan los tuyos) habla más alto y más claro que el resto: podría pasar mil horas más sin pegar un ojo, podría pasar mil horas más despierto, probablemente pase las siguientes horas despierto cuidándote, pero no podría simplemente irse a dormir sin antes haber teñido tu vida con un poquitito más de magia, no sin antes haberle agregado unos renglones más a su historia de amor con vos, una historia que pueden escribir sólo ustedes dos, una historia que incluye pasajes en los que están aún de pie a las cinco de la madrugada después de haber salvado a la ciudad de Los Angeles otra vez porque se extrañaron terriblemente durante todo el tiempo que tuvieron que pasar fingiendo ser sólo jefe y empleada, porque él te prometió un pedacito de cielo cada día de Diciembre, y preferiría cualquier cosa a romper su promesa.

Tus ojos escanean rápidamente el cuarto: no ves nada raro, nada fuera de lugar, todo parece estar tal cual estaba cuando fuiste a ducharte…

"¿Y mi sorpresa?" inquirís al tiempo que te sentás a su lado, señalando con un gesto de la cabeza sus manos vacías.

"Primero recostate" te pide con voz suave.

Y vos obedecés. Porque confiás en él más que en nadie. Porque harías cualquier cosa que él te dijera. Porque si te prometiera que podés caminar sobre el agua sin correr el riesgo de ahogarte, lo harías. Porque si te prometiera que podés caminar sobre fuego sin quemarte, lo harías.

Te anidás otra vez en el centro de la cama, hecha un ovillo, reposás la cabeza sobre la mullida almohada, y enseguida él te arropa otra vez. Te da un beso en la frente, en los párpados, en la punta de la nariz, en las mejillas, y para terminar con los mimos, sus labios acarician apenas los tuyos.

Luego repite en tu oído lo mismo que susurró esa noche en la playa mientras tendidos sobre la arena observaban el cielo y escuchaban el sonido del mar:

"Cerrá los ojos, Chelle"

Y tus párpados caen, pesados como el plomo, y todo ese cansancio que se había alivianado súbitamente ante la perspectiva y curiosidad de la tercera sorpresa vuelve de golpe, se estrella contra vos, se estrella aplastándote, recordándote que fueron sólo un par de horas las que dormiste, que todavía tenés los músculos, huesos y nervios cansados y a la miseria, que sos de carne y no de acero, que estás molida, como si te hubieran pasado por encima con una aplanadora hasta dejarte destrozada.

"No abrás los ojos" Tony te pide, y vos hacés un intento inhumano por mantenerlos cerrados y mantenerte despierta en lugar de ceder a tu exhausto sistema que te pide desconectarse urgentemente.

Lo escuchás moverse por la habitación, pero menos de un minuto después sentís su cuerpo junto al tuyo, su pecho contra tu espalda, sus brazos rodeado tu cintura, su calor abrigándote, su respiración convertida en el único sonido audible en todo el departamento, que ha caído sumido en un silencio profundo.

En eso reparás más que en nada: en el silencio. Sus dedos juegan con tus rulos, su corazón late imitando al tuyo, sus pulsaciones y tus pulsaciones van al mismo ritmo, pero en lo que reparás especialmente es en el silencio que ha caído de pronto entre ustedes.

Sin embargo, no abrís los ojos. Simplemente te quedás ahí, en sus brazos, contenta de saber que estás en el lugar más seguro, en tu hogar, con el hombre más dulce del mundo mimándote. Si la sorpresa es esa, si la sorpresa es sencillamente acunarte hasta que cualquier herida que te quede en el alma sane totalmente, entonces estarías feliz. No necesitás oro, no necesitás joyas, no necesitás regalos costosos, no necesitás nada más que a él. Necesitás el sonido de su voz diciéndote que te ama, que sos hermosa, que sos su princesa; necesitás la ternura que encierra su mirada cada vez que tus ojos y sus ojos se encuentran y se hablan sin usar palabras; necesitás la poesía de esas frases que le nacen de lo más hondo de su ser, esas frases que inspirás vos, esas frases que sólo te dice a vos, esas frases que resumen la adoración pura que provocás en él; necesitás su música en tus oídos, las melodías que tararea sólo para vos.

La mejor sorpresa que la vida podría haberte dado, la mejor sorpresa que la vida te dio, es él. No te hace falta nada, nada, nada más.

Pero la sorpresa de esta noche (o mejor dicho mañana, porque ya son las cinco, y probablemente el cielo allí afuera esté empezando a aclararse y a teñirse de color lila para dar paso al amanecer que incipiente se asoma) es otra.

Y la descubrís cuando se rompe ese silencio que los envolvió a ambos mientras él te abrazaba.

Instintivamente tus ojos se abren, respondiendo a un acto reflejo, cuando el aire se llena de una melodía parecida a una canción de cuna. Lo primero a lo que te recuerda es a esos muñecos con los que juegan tus sobrinos, que tienen un hilo en un extremo para que lo jalen, y al hacerlo comienza a sonar una canción. Pero lo que tenés justo delante de vos no es un juguete. Es algo mucho más hermoso, algo mucho más delicado, algo cuyo valor sentimental reluce a primera vista por sobre el valor material.

Es una cajita de música, de madera oscura muy lustrada, dentro de la cual la miniatura de una bailarina enchapada en oro se mueve de un lado al otro muy despacio, casi en cámara lenta.

Como hipnotizada la observás, sin animarte a tocarla, tal como había sucedido con la cadenita de oro, porque te das cuenta que este objeto también es especial.

"Era de mi abuela" Tony susurra en tu oído pasado no sabés cuánto tiempo, porque desde el momento en que tus ojos se posaron sobre la bailarina perdiste noción de todo, y sólo te concentraste en absorber la belleza de esa auténtica reliquia, de esa antigua cajita de música que él había dejado sobre la cama frente a vos, a una pulgada de distancia, y luego había abierto para que la melodía comenzara a llenar el aire con su tinte nostálgico "También me lo heredó para que se lo obsequiara a la mujer que amo"

"¿Fue otro regalo de tu abuelo?"

Te interesa saber la historia detrás de ella, pero hacés la pregunta en voz baja, como si temieras que tus palabras dichas más fuerte rompieran el encanto de la música que sale de la cajita y al compás de la cual la bailarina se desliza en círculos, sin detenerse.

"Sí" Tony contesta en un murmullo "Ahorró muchísimo para poder comprársela a un vendedor de antigüedades en el centro de Chicago. Todas las mañanas camino a su trabajo en la estación ferroviaria, mi abuelo pasaba por aquél negocio, y sobre el escaparate estaba esta cajita de música" te cuenta, sin dejar de acariciar tu cuello con la yema de sus dedos, sin dejar de acariciar tu cabeza, sin dejar de acariciar tu panza con su otra mano, pero con los ojos fijos – como los tuyos – en la pequeña figura de la bailarina "Y cada mañana, un único pensamiento cruzaba su cabeza: que mi abuela adoraría tenerla. Por eso juntó una moneda sobre la otra hasta que consiguió los dólares que costaba, y la compró"

Un segundo después, al notar que seguías embelesada escuchando la melodía, continuó, con un tono muchísimo más serio:

"Sabés que yo haría lo mismo por vos, ¿no, Michelle?: me esforzaría cada día de mi vida, día tras día, año tras año, para hacerte feliz, y para asegurarme de que no te falte nada. Sacrificaría absolutamente todo para que nunca dejes de sentirte una princesa"

"Sí" contestás, con la voz embargada de la emoción que te provocan sus palabras y la historia de amor entre sus dos abuelos, una historia de la que poco a poco vas aprendiendo detalles que sólo te maravillan más y más "Pero todo lo que necesito es a vos. La música, la poesía, los colores, para mí todo se resume en vos, en tu voz, en tu ternura. Si estamos juntos, no preciso otra cosa"

"Pero de todos modos yo te daría el Universo entero si pudiera" él insiste.

"Y yo seguiría diciéndote que solamente necesito de vos para ser feliz"

Otra vez el silencio cae. Es un silencio conformado sólo por la ausencia de palabras, porque la melodía sigue sonando.

No sabés cuántos son los minutos que pasan así, abrazados, contemplando a la bailarina moverse sobre la superficie espejada; podría ser una eternidad, podría ser una cantidad ínfima de segundos. Nunca vas a saberlo, porque no estás prestando atención a eso. Los relojes y lo que en ellos se esconde van más allá de lo que tu cuerpo, alma y corazón perciben.

"La cajita de música es hermosa, Tony" decís luego, animándote a trazar los bordes con la yema de tu dedo índice "Voy a cuidarla siempre, siempre, siempre, como todo lo que vos me das" le prometés "Quiero que tu abuela desde el cielo sepa que elegiste a la mujer correcta" continuás, al tiempo que tus ojos se humedecen.

Estás de espaldas a él, pero no hace falta que volteés para afirmar esto: podrías jurar – por más raro que parezca, por más extraño que a otros podría resultarle – que podés escuchar las lágrimas cayendo por sus mejillas a medida que las palabras van naciendo de tu boca.

"Creo que en el fondo mi abuela siempre supo que acabaría encontrando a la mujer correcta" confiesa "Nunca perdió la fe en que alguna vez mi camino y el tuyo se iban a cruzar. Y no hay segundo en el que no agradezca por eso" susurra, besando tu mejilla.

"Algún día, si tenemos una hijita, esta cajita puede ser de ella. Podemos dársela como recuerdo de su bisabuela" proponés, soñando despierta, y compartiendo ese sueño con él, porque de él también forma parte "Podemos dejar la cajita en su habitación y levantar la tapa todas las noches para que escuche la melodía hasta que se quede dormida"

"Me encanta esa idea" murmura "Hasta que nazca nuestra hijita, quiero que cada noche que tengamos que pasar separados por algún motivo, te duermas escuchando esta melodía. Siempre que no pueda estar para abrazarte, tenés a Osito, y cuando no pueda estar para cantarte al oído, no tenés que hacer más que abrir la cajita de música. Todo el amor que siento por vos está guardado acá dentro"

Los dos comienzan a quedarse dormidos, víctimas de un cansancio demasiado grande como para seguir ignorándolo por más tiempo, pero justo antes de que tu cerebro se apague y se suma nuevamente en la negrura, musitás moviendo los labios apenas:

"Tenías razón: además de tu voz, esta es la única música que quiero escuchar por el resto de mi vida"

El reloj marca con sus números enormes las seis de la mañana cuando tus sentidos se desconectan. Estás en paz, tranquila, no temés que las pesadillas – de ninguna índole – te acechen, el miedo al abandono se ha diluido hasta quedar nuevamente enterrado bien en el fondo de tu cabeza, y todo lo que te colma por dentro es una sensación abrasadora, muy fuerte, muy cálida, que dice sin palabras lo que solamente se expresa con actos: estás en el mejor lugar del mundo, el lugar más seguro, con la persona que sacrificaría absolutamente todo por vos, la persona que nunca te abandonaría, la persona que moriría por darte todo, la persona que le da significado a tu existencia, la persona que poco a poco está convirtiendo a Diciembre en un mes mágico.

Es el único con el que querés pasar el resto de tu vida.

Y si lo tenés a él, sos feliz.

Sos feliz con el sonido de su voz, con su ternura, con su dulzura.

No te hace falta la poesía si lo tenés a él.

El mundo podría volverse de pronto una película en blanco y negro y ni lo notarías, porque él pinta cada rinconcito de colores con su sola presencia, con cada cosa que hace para arrancarte las sonrisas más amplias y más lindas.

Y la música, realmente no te hace falta. Él es tu música, su voz es tu música.

Y esa melodía que sale cuando se abre la cajita… Es como si todo el amor que te hace sentir, es como si todo el amor que te demuestra en cada segundo de cada día, hubiera sido llevado al pentagrama muchos, muchos años atrás y traducido en los sonidos más hermosos de todos, para que puedas escuchar ese amor materializado llenando el aire cada vez que tu corazón así lo quiera.