La vida de a dos es más fácil.

El lunes habías despertado a las seis de la mañana para ir a trabajar, sin sospechar que no volverías a respirar tranquilo hasta casi la una de la madrugada, cuando los autorizaran a ser relevados por el turno siguiente, luego de que pasara el temporal. Michelle se había quedado dormida inmediatamente después de reposar su cansada anatomía contra el respaldo del coche y no volvió a abrir los ojos hasta pasadas las tres de la madrugada. Vos, sin embargo, con toda esa adrenalina aún corriendo salvajemente por tus venas, enviando descargas eléctricas, agudizando tus sentidos y manteniéndote alerta como si un terrorista fuera a salir de detrás del sillón con la intención de tomarte por sorpresa y atacarte, no podías simplemente acurrucarte a su lado y sumergirte en el mundo de los sueños. Necesitabas esperar hasta llegar al punto en que tu sistema estuviera agotado y comenzara a apagarse solo, por eso te quedaste en la sala de estar con tu computadora portátil, y te concentraste en arreglar algunos detalles en relación a tus planes para cada día de Diciembre que precisaban ser atendidos, tarea que fue interrumpida luego de un rato cuando escuchaste a Michelle llamándote desde su cuarto con una mezcla de desesperación y angustia en la voz que paralizó tu corazón durante los treinta segundos que tardaste en llegar a su lado y asegurarte de que estaba bien, de que no había tenido una pesadilla.

El resto – las palabras que se dijeron, su sonrisa cuando le diste la cajita de música de tu abuela, lo que expresaron sin necesidad de hablar, sólo mirándose – logró que tu cuerpo finalmente se relajara, que tus músculos se destensaran, que la adrenalina se diluyera para ser reemplazada por una sensación de paz, calma y seguridad muy grandes y muy cálidas, hasta que tus músculos duros como el acero se ablandaron y acabaste dejando que tu peso se hundiera en el colchón, a su lado, con tus brazos rodeándola para transmitirle esa paz, esa calma, esa seguridad y esa calidez que un hombre como vos solamente puede sentir gracias a una chica como ella.

Los rápidos cálculos que tu mente había sacado antes de que te cayeras en el plano de la inconsciencia con una sonrisa de oreja a oreja, arrojaban como resultado que podrías dormir hasta el mediodía, levantarte justo a tiempo para preparar el almuerzo, y después pasar la tarde de ese inesperado día libre, fruto de haber pasado dieciocho horas caminando en puntitas de pie por el borde del abismo para impedir la detonación de una bomba en la UCLA y luego capturar a la célula terrorista responsable de planear el atentado.

El día anterior habías tenido una dosis de muestra de cómo a veces a la vida se le ocurre decirnos en la cara que por muchos planes que hagamos, por mucho que pensemos las cosas, las diagramemos y armemos en detalle en nuestras cabezas hasta elevarlas a un grado de perfección absoluto, hay ocasiones en las que aparecen piedras (o piedrazos, a veces) que cortan todo y nos obligan a modificar sobre nuestros propios trazos. ¿Ejemplo extendido? el lunes amaneciste creyendo que estarías en la CTU hasta las cinco o seis de la tarde, que sería una jornada laboral tan tranquila como cabe esperarse en una Unidad que combate el terrorismo organizado, y que luego te irías a casa con Michelle, le prepararías una cena especial y después muy románticamente, a la luz de las velas, y sorprenderla dándole otro pedacito de tu corazón materializado en algo tangible. ¿Cómo terminó el lunes?: llegaste cansado, desecho, destrozado físicamente a su departamento a la una de la madrugada, y si ella no se hubiera despertado y desvelado con vos, probablemente habrías tenido que modificar tu plan y darle dos sorpresas en un día, dejando a ese lunes 3 de Diciembre en la memoria de ambos como un recuerdo amargo sin nada que lo hiciera mágico o especial.

Entonces, si el día anterior habías tenido una dosis de muestra de cómo a veces a la vida se le ocurre decirnos en la cara que por muchos planes que hagamos, por mucho que pensemos las cosas, las diagramemos y armemos en detalle en nuestras cabezas hasta elevarlas a un grado de perfección absoluto, ¿por qué creíste que tu idea de dormir toda la mañana del martes se realizaría sin que te arrojaran una piedra que hiciera que cambiara el camino?

El reloj anunciaba con números grandes las diez de la mañana cuando tu teléfono celular – que habías dejado a un costado, junto al de ella, sobre una de las mesitas de noche que se encuentran a cada costado de la cama – comenzó a sonar. Al principio creíste que se trataba de un sonido producto de tu imaginación, un sonido que llegaba desde el fondo de tu subconsciente para mezclarse en tus sueños, un sonido parecido a aquél real pero en realidad existente sólo dentro de tu mente. Pasado un rato, sin embargo, tus sentidos se activaron y sobresaltado buscaste a tientas el aparato para apagarlo antes de que el timbre estridente y molesto disturbara a Michelle, quien seguía plácidamente dormida, con sus labios aún curvados en una sonrisa y sus facciones relajadas, calma y serena como si ninguna preocupación o angustia estuviera atormentándola.

Tan rápido como pudiste saliste del cuarto, sosteniendo el teléfono celular en tu mano como si fuera una bomba a punto de estallar mientras seguía sonando. Aún adormecido y desconcertado (después de todo, aún tenías, como se dice, 'la almohada pegada a la cara'). El identificador mostraba el nombre de tu hermana menor, y si no hubiera sido porque le habías enviado un correo electrónico muy importante horas atrás en tu desvelo y supusiste naturalmente que estaba tratando de comunicarse con vos para hablar al respecto del contenido de tu e-mail, probablemente hubieras optado por apagar el móvil y regresar a la cama para seguir durmiendo.

"Hola, Martina" saludaste al atender.

"¿Estabas durmiendo?" inquirió extrañada, sin siquiera decir 'buenos días' o cualquier otro saludo similar, al notar la ronquez de tu voz y tu tono un poco pastoso.

"Sí, hoy no fui a trabajar" explicaste, ahogando un bostezo "Ayer estuve dieciocho horas en servicio, así que hoy me corresponde un día libre para reponerme"

"Sí, lo supuse cuando escuché lo que pasó en la UCLA. Pero pensé que a esta hora ya estarías despierto, dado que no te gusta dormir hasta muy tarde"

Por un momento pensaste en contarle que, a diferencia de otras veces, ayer en lugar de caer totalmente hecho trizas en el sofá dos segundos después de cruzar la puerta te quedaste usando la computadora hasta las tres de la mañana, y luego con Michelle hasta las seis, pero te mordiste la lengua justo antes de que tu cansancio te llevara a hablar demás; amás a tu hermana, confiás en ella, la considerás una amiga, una confidente, pero hay detalles de tu vida romántica que no tiene por qué saber, porque son demasiado íntimos, porque son demasiado profundos, porque te pertenecen solamente a vos y a Michelle.

"Supongo que ayer me excedí en esfuerzos" contestaste simplemente, rascándote el costado derecho de la cara con la mano izquierda, al tiempo que entrabas en la pequeña cocina, desesperado por una taza de café. Estabas seguro de que tu hermana no se disculparía con un 'Bueno, entonces mejor te llamo más tarde', porque ése no es su estilo, mucho menos si en su horario complicado encontró diez minutos para comunicarse con vos y decidió dedicarlos a eso en lugar de a otra cosa, así que ibas a necesitar algo de cafeína para empezar a despejarte, o para, al menos, mantenerte en pie hasta poder volver a la cama.

"¿Estuviste en alguna situación de riesgo?" preguntó con una mezcla de preocupación y curiosidad impregnando su voz.

"No, estuve trabajando con Michelle y con el equipo del área de Inteligencia, y un grupo de agentes del área de Operaciones de Campo lideró la misión mientras nosotros controlábamos todo"

"El intento de atentado a la convención de energía nuclear salió en las noticias, en cadena nacional" sabías a qué estaba refiriéndose Martina, por dónde iban sus palabras, el camino que estaban tomando, y sentiste por un breve segundo una punzada de culpa cortándote al medio por dentro, acribillando tu estómago como una cuchillada limpia, incluso antes de que dijera, confirmando tus sospechas respecto a cuál sería la siguiente línea que saldría por entre sus labios y llegaría a tus oídos a través del auricular ": Deberías llamar a mamá, o enviarle un e-mail, o dejarle un mensaje, lo que sea, para avisarle que estás bien y que ayer no estuviste expuesto de primera mano a ninguna circunstancia peligrosa"

Tragaste con dificultad. Duele hablar de tu mamá. Duele hablar de toda la situación en general. Y estabas exhausto, tan exhausto. Estabas agotado. Tu cuerpo recién estaba empezando a reaccionar después de haber permanecido unas cinco horas en suspensión, tratando de recuperarse de todo el peso que había tenido que sostener el día anterior. No querías que te hablaran de tus 'deberes como hijo', incluso si Martina estaba simplemente tratando de aconsejarte, ofreciéndote su punto de vista, y no intentando encajarte a la fuerza un sermón con la intención de provocarte culpa (¿entonces por qué sentís culpa? ¿De dónde venía esa culpa que sentías? ¿Tu cabeza misma, tu mismísimo inconsciente estaba provocando esa sensación que te cortaba el aire y te revolvía el estómago?).

"¿Hablaste con mamá?" te interesaste en saber, palpando el terreno.

"No había vuelto a hablar con ella desde su último llamado para convencerme de que viajara a Chicago para pasar el Día de Acción de Gracias con ellos en lugar de quedarme en Los Angeles" confesó "Pero ayer me llamó en cuanto se enteró de lo que estaba sucediendo"

Te quedaste en silencio, observando la cafetera trabajando, haciendo maravillas para mezclar los granos con el agua y formar ese líquido que para vos tiene propiedades casi curativas y del que sos adicto. Tratabas de no pensar en nada, y es que en tu estado tampoco podías pensar en mucho. Simplemente sentías emociones crudas golpeando tu corazón, nada más que eso, pero la experiencia en sí – estar en la cocina de Michelle, esperando a que la cafetera concluyera su proceso, viendo el líquido caliente color oscuro cayendo dentro de la jarra de vidrio, con el teléfono en una mano mientras la otra rasca el costado derecho de tu cara como hacés cada vez que estás nervioso o preocupado – se te antojó como extracorpórea, como si estuvieras contemplando desde la puerta a otro hombre hablando por teléfono con su hermana sobre su madre, con quien su relación se ha vuelto complicada y llena de piedras y problemas porque ésta lo forzó a elegir entre su familia y el amor de su vida.

Dios, algunas cosas son tan, tan difíciles, especialmente cuando esas cosas implican a las personas amadas.

La voz de Martina te sustrajo de tu abstracción segundos después:

"Me preguntó por vos" una pequeña pausa flotó entre ambos, casi palpable, y fue rota cuando Martina hizo una sugerencia que no te agradó mucho ": Creo que deberías llamarla. Yo le dije que hasta donde tenía entendido nadie había muerto en la operación realizada para detener a la célula terrorista, y le prometí que me comunicaría con vos en cuanto pudiera, pero me parece que se sentiría muchísimo mejor si te contactaras para avisarle que estás bien. Ella me dijo que iba a llamarte hoy por la noche o mañana, no quería molestarte si estabas tapado de trabajo o reponiéndote luego de una misión, pero creo que deberías llamarla" repitió.

Estuviste tentando de – en tu terrible, enorme, inmensa frustración, que mezclada con el cansancio parecía una bomba de tiempo que podría estallar en cualquier instante – arrojar un cortante '¿por qué no la llamás vos en lugar de decirme a mí lo que tengo que hacer?', pero te calmaste y contuviste a tiempo; después de todo, tu hermana no es la culpable del giro que dieron las cosas con tus padres debido a la forma que tienen ellos de ver tu relación con Michelle, más bien todo lo contrario: ella te defendió con uñas y dientes y se metió en problemas para respaldarte a vos, cuando podrías haber optado por quedarse a un costado y no meterse en el medio de un asunto que podría haber esquivado.

Respiraste hondo una o dos veces antes de decir, conciliadoramente, una mentira que luego te arrepentiste de haber dejado salir de tu boca, porque, ¿a quién pretendías engañar?: a Martina Almeida no se le pueden decir mentiras, porque es una máquina humana de detectarlas.

"Voy a llamarla esta noche"

A ella no podías emboscarla así como así, con una mentira piadosa: después de todo, por hablar metafóricamente, si vos vas a comprar chicle, en el tiempo que tardás en ir y volver del quiosco, ella fue, volvió, mascó el chicle y ya hizo diez globos.

"Anthony, ambos sabemos que estás demasiado herido por lo que dijo sobre Michelle, y si tuviéramos que armar una escala del 0 al 10 respecto a las posibilidades que existen de que levantes el tubo y la llames esta noche, probablemente tendríamos que optar por el 0" su voz no había tomado forma de reproche, ni mucho menos "Sólo estaba dándote un consejo" te aclaró "No pretendo que me prometas que vas a llamarla, o que vas a considerar llamarla, ni nada por el estilo" otro suspiro se coló por entre tus labios "Mamá y yo nos habíamos dicho algunas cosas bastante fuertes en nuestra anterior conversación – o mejor expresado, la última vez que discutimos -, y ayer estuve entre la espada y la pared, debatiendo si debía llamarla o esperar a que me llame. Ella me llamó primero, antes de que yo pudiera tomar una decisión, pero creo que si el teléfono no hubiera sonado cuando sonó, es muy factible que yo hubiera acabado optando por romper el silencio"

Estaba empezando a dolerte la cabeza, como si dos martillos estuvieran dándote en las sienes con toda su potencia, incansablemente, sin piedad. El cerebro de tu hermana funciona demasiado rápido, a velocidades que difieren mucho de aquellas que puede calibrar un cerebro normal, común y corriente como el tuyo, pero sumado eso al hecho de que acababas de despertarte, sumado eso al hecho de que el día anterior habías estado dieciocho horas caminando por sobre la cornisa, sumado a eso al hecho de que te estaba soltando una letanía de palabras, pensamientos y reflexiones sobre tu mamá y lo complicadas que las cosas se habían vuelto (tan complicadas que hasta efectuar una llamada telefónica parece calificar como motivo digno de examen, análisis y estudio profundo), da como resultado que apenas puedas contener dentro de tu cabeza toda la información que ella trata de meter allí con cada palabra que dice.

"Martina" la interrumpiste "… En este momento, cada vez que pienso en mamá, mi corazón duele demasiado" decidiste sincerarte "Sé que no puedo prometerte que voy a llamarla, sé que no pretendés ninguna promesa. Entiendo tu punto, lo entiendo de verdad, y creo que tenés razón en todo lo que dijiste" no estabas contentándola, estabas permitiendo que tu parte razonable se alzara por sobre tu parte emocional "Quisiera poder llamarla, porque es lo que corresponde, pero no sé si podría" tus pensamientos estaban empezando a mezclarse dentro de tu mente, como si se tratara de una batidora y alguien hubiera presionado el botón de 'comenzar' "… Pasaron demasiadas cosas, demasiado rápido… Estoy tratando de lidiar con ello como puedo…" tratabas de excusarte, aunque no entendías muy bien por qué.

La muerte de tu abuela, tu cargo de director en la CTU, tus padres… Demasiadas cosas, demasiado rápido. Demasiado peso para llevar sobre dos hombros. Demasiadas emociones fuertes para un hombre que hasta hacía unos meses tenía poco de ser humano y mucho de robot.

Llamar a tu mamá significaría meterte en un círculo vicioso cuya salida es posible pero trae dolor. Llamar a tu mamá significaría exponerte a que te diga cosas sobre Michelle que no querés escuchar, porque te lastima y te entristece que sea tan difícil entender que el amor no conoce sobre razas u orígenes. Llamar a tu mamá significaría arriesgarte a comenzar una discusión. Llamar a tu mamá significaría angustiarte, y cuando vos te angustiás, Michelle lo nota y se angustia, y se supone que este Diciembre tiene que ser perfecto, tan lleno de luz como ella, sin problemas, sin complicaciones, con sonrisas, besos, abrazos y nada más.

"Mamá se preocupa por mí" comenzaste nuevamente, buscando aclarar tus ideas "Y yo me preocupo por mamá" quisiste dejar bien en claro "Me preocupo muchísimo por ella, y aunque me haya decepcionado y desilusionado, nunca va a dejar de ser la mujer que me llevó nueve meses en su panza, me dio la vida y me crió. Es sólo que las cosas se han tornado tan difíciles que esto es como un tren que no puedo manejar, y tengo miedo de pisar el acelerador en el momento incorrecto y terminar descarrilando la máquina"

Qué poética analogía.

"Debo reconocer que tu forma de ver las cosas es acertada. Mamá tiene la costumbre de comenzar a hablar de una cosa, pero luego la charla da un giro de ciento ochenta grados y de algún modo termina logrando que te sientas culpable de algo: haber elegido una carrera que ella no aprobaba, haber decidido vivir en otra ciudad, haber decidido profesar otra religión…"

¿Estaba hablando de vos, o estaba hablando de ella?

La oíste suspirar otra vez, y luego chasqueó la lengua:

"En fin, Anthony, queda en tus manos elegir atender la llamada o comunicarte vos primero con ella. Sé que esto es muy difícil, sé que mamá fue injusta cuando te puso entre la espada y la pared al exigirte que eligieras entre Michelle y tu familia, sé que esta situación no es la ideal. Lo sé"

"No, no lo es" coincidiste, y esa vez el suspiro se coló por entre tus labios. Te tomaste unos segundos antes de pedir, casi en un ruego ": ¿Podemos cambiar de tema, Martina? Se me parte el cráneo en dos, tengo una jaqueca fuertísima y…"

"Anthony, no son necesarias las excusas" te interrumpió "Contás conmigo si querés hablar acerca de cómo se desarrollen las cosas con mamá a medida que el tiempo pase, contás con mi apoyo, contás con mis consejos, pero yo no voy a presionarte. Sólo quise avisarte que mamá te va a llamar, y te sugerí que la llamaras vos primero porque tal vez eso alivie las cosas entre ustedes y las tensiones aflojen. Pero fue sólo una sugerencia" se apresuró a repetir.

En parte, lo que Martina estaba diciendo tenía mucho sentido: tal vez si llamaras a tu mamá y hablaras con ella unos minutos, sólo para decirle que ayer tuviste un día difícil pero que no estuviste expuesto a ninguna situación peligrosa y mantuviste todo bajo control durante el transcurso de la misión (en la cual participaste desde la CTU y ayudando a comandar al equipo de Inteligencia), puedan comenzar a conectar otra vez, a arreglar lo que está roto, a construir sobre los cimientos que quedaron destruidos luego de tu visita a Chicago, a recomponer lo que se descompuso.

Sin embargo, por otro lado, te duele en el alma que te haya decepcionado de ese modo, que no te haya entendido, que no haya sabido interpretar el amor que brillaba en tus ojos cuando le hablaste de Michelle, que no haya sido capaz de dejar de lado sus prejuicios e ideas preconcebidas y aceptado que tu corazón se había enamorado ciegamente.

Dios, es tan complicado: si antes estabas convencidísimo de que llamarla traería solamente cosas malas, más discusiones y más angustias, de pronto Martina te había presentado otra cara de la moneda, otro abanico de posibilidades, y te encontrabas entonces preguntándote si quizá llamarla no demostraría buena predisposición de tu parte para reconciliar las diferencias. Pero claro, sos un hombre orgulloso, y te lastimaron donde más duele: tu mamá te desilusionó, te decepcionó, te rompió el alma en dos con las cosas que dijo, y te forzó a elegir entre la familia a la que adorás y la mujer sin la cual no podrías vivir.

Dios, es tan complicado.

"Voy a pensarlo" prometiste a Martina "Quizá llamarla sí sea una buena idea, quizá debería llamarla…"

"En fin, eso queda en tus manos, la pelota está en tu tejado" tu hermana zanjó el asunto "El motivo por el cual quería hablar con vos es otro" comenzó, con un tono mucho menos serio, mucho más relajado, mucho más distendido.

"¿Leíste el e-mail que te envié?" preguntaste, sintiendo tus músculos menos tensos, al tiempo que comenzabas a servir café caliente en tu taza de los Cubs.

"Sí, lo leí. Si esto fuera una causa penal, en el juicio lo que escribiste en ese e-mail sería la prueba fehaciente 'A' de que estás perdida y locamente enamorado de esa chica, a tal punto que corrés el riesgo de cometer locuras como algunas de las que detallaste en ese correo electrónico"

No pudiste evitar ponerte rojo como un tomate, pero trataste de ignorar eso y mantener la voz en el mismo tono que siempre, para que tu hermana no se percatara de que te habías sonrojado (sí, tu hermana puede darse cuenta de eso con sólo escucharle la voz a una persona; no sabés cómo lo hace, pero lo hace).

"Algunas partes de tu plan me parecieron muy románticas, pero otras las encontré descabelladas" hizo una pausa antes de lanzarte una pregunta retórica ": ¿No te parece que deberías consultarlo con ella antes de comprarle una mascota? Después de todo, es un ser vivo el sujeto en cuestión, no un mueble o un adorno"

"Estoy absoluta y positivamente seguro de que Michelle va a amar el cachorrito que voy a regalarle" dijiste en un susurro (no fuera cosa que Michelle te escuchara y se enterara de lo que considerás una de las mejores partes de todo el esquema que armaste para convertir al mes de Diciembre en una sucesión de días mágicos) "Pero necesito que me ayudes a decidirme por una raza"

"¿Qué te hace pensar que yo sé del tema más que vos?"

Casi escupís el café en tu intento de ahogar una risotada.

"Martina, vos sabés más que yo y más que cualquier persona que conozca sobre cualquier tópico"

"Anthony, por supuesto que yo sé más que vos sobre cualquier tópico" dijo, con un chasquido de exasperación, y a quien no esté acostumbrado a tu hermana eso podría haberle sonado arrogante y engreído, pero vos tenés demasiado entendimiento de su persona como para pretender que sea humilde, por lo cual no te molesta "Quizá me equivoqué al formular la pregunta. Me refería a que vos conocés a Michelle más que yo, vos debés saber qué clase de raza le gustaría más. Entonces, ¿por qué habrías de necesitar mi ayuda para elegir una mascota para tu novia?"

Cuando hablás con Martina, a veces te sentís como si estuvieras siendo sometido al juego mayéutico contra tu voluntad: las preguntas que ella te hace y que vos contestás, luego se topan con otras preguntas para contestar, y así sucesivamente, y cada cosa que decís es cuestionada, y cada refutación vuelve a ser cuestionada, y así van los dos en un círculo, en el que ella trata de hacerte entender las cosas por tus propios medios con tu mentalidad de 'persona normal' en lugar de darte la solución a la ecuación.

"Estuve haciendo averiguaciones en internet" le contaste en voz baja, mientras tomabas sorbos de tu café negro, sin azúcar, como a vos te gusta "y encontré un criadero en las afueras de Pasadena que vende cachorritos de varias razas. Vi las fotos, y son todos muy bonitos, pero no sé cuál escoger. Y puede que suene tonto, pero es una decisión importante para mí" volviste a ponerte rojo como una ciruela, y por un momento temiste que Martina encontrara tu comportamiento, tus palabras, demasiado típicos de una mala película romántica de Hollywood y acabara por dejar de tomarte en serio, pero enseguida desechaste aquél pensamiento: es tu hermana menor, tu amiga, tu confidente, y ella jamás se reiría de vos o se burlaría de este costado tan dulce y sensible que desarrollaste "Quiero elegir al cachorrito perfecto, pero no puedo preguntarle a Michelle cuál le gustaría más a ella porque me muero de ganas de que sea sorpresa, y no quiero que sospeche absolutamente nada"

"Te entiendo" dijo Martina, con total sinceridad "Personalmente, si Kiefer apareciera con un cachorrito sin consultarme primero, lo mato"

Era evidente que estaba hablando en sentido figurado, pero comprendiste a qué se refería: tu hermana, tan terriblemente organizada, tan terriblemente obsesionada con controlarlo todo y llevar las riendas de cualquier asunto, no se desharía en besos y abrazos para agradecer un regalo como aquél, hecho sin haberle pedido primero su expreso permiso y autorización. Pero Michelle es distinta. Michelle se parece a tu hermana en algunas cosas, pero en otras las dos son polos opuestos en el más estricto sentido del término.

Michelle tiene esa necesidad terrible, honda, profunda de dar y recibir afecto, de sentirse querida, y aunque tu amor sea todo lo que ella precisa para ser feliz, a vos no te alcanza con eso, no te alcanza con sólo darle amor: todo lo que alguna vez haya deseado y nunca tuvo, todo lo que alguna vez le haya sido negado, cada sueño que no haya podido realizar, vos querés convertirlo en realidad. Por eso cuando se te ocurrió la idea de regalarle un cachorrito, no te pareció descabellada o arriesgada, más bien te pareció algo brillante, tan brillante como estás seguro será su sonrisa cuando sostenga al perrito o perrita que elijas en brazos por primera vez.

"Michelle va a adorar esta sorpresa" le aseguraste a tu hermana, y no pudiste evitar la sonrisa que se formó en tus labios, curvándolos ligeramente hacia arriba, dándole a tu expresión un toque casi soñador "Siempre quiso tener un animalito, pero su abuela nunca la dejó. Cada vez que vamos a caminar a algún parque o a la playa y ve un perro, se le ilumina la mirada. El otro día le conté sobre las mascotas que tuve cuando era chico, y no dejaba de decirme cuánto le hubiera gustado a ella tener una mascota que le hiciera compañía…"

Te detuviste. No tenías por qué compartir con Martina cosas sobre la infancia de Michelle que ella te cuenta a vos y a nadie más, cosas que ella te confiesa a vos y a nadie más, cosas de las que ella te habla a vos y a nadie más. Son detalles demasiado profundos; algunos pensaran que no, pero para vos sí lo son. No tenías por qué decirle a tu hermana que Michelle de chica carecía de amigos, que la discriminaban en el colegio, que su abuela pasaba por dificultades económicas y apenas lograba llegar a fin de mes con el dinero justo, que sus compañeritos se burlaban de ella porque era japonesa y de condición humilde, que lloraba todos los domingos a la noche porque el calendario marcaba la proximidad del lunes. No tenías por qué compartir con Martina tu reflexión acerca de lo diferente que podría haber sido la infancia de Michelle, y lo mucho que podés hacer vos para sanar cualquier herida que desde esa época haya estado lastimando su corazón.

"El viernes es nuestro tercer aniversario" continuaste "Esa mañana tengo un turno con el kinesiólogo por el tema de mi pierna, pero luego en lugar de regresar directamente a la CTU voy a ir al criadero, elegir al cachorrito más lindo de todos, regresar a casa, y dejarlo con mi vecina para que lo cuide hasta la noche"

Tu vecina, la señora Dean, tiene ochenta años, pero una lucidez envidiable. Es autora de varias novelas policiales y guiones de televisión que han tenido mucho éxito, y en la actualidad pasa sus días en su departamento, escribiendo columnas semanales para distintas revistas y diarios del país, y del mundo. Tiene un estado físico propio de una mujer de cuarenta años, y está siempre activa, y además es muy curiosa: en cuanto tuvo oportunidad, se te acercó para preguntarte sobre 'la chica oriental con la que se te ve tan seguido', y juzgando por las técnicas que usó para interrogarte al respecto con tanto tacto y sacarte toda la información que pudo, a la Unidad le vendría bien tener una mujer así para presionar a los terroristas hasta hacerlos delatar a su propia abuelita.

De tanto en tanto, la señora Dean y vos comparten algún viaje en ascensor, o se encuentran en el pasillo, o ella te llama para preguntarte 'cómo va todo con la chica japonesa'. La entendés: es una mujer sola, sus dos hijos se radicaron en países extranjeros, su marido falleció… Tuvo una vida difícil, y aún así sigue viviendo cada día como si fuera el último. No sos la persona más sociable, pero tampoco sos tan antipático como para tratar fríamente a una pobre anciana sin familia, adicta al trabajo y carente de afecto, por eso no te molesta conversar con ella de tanto en tanto. Últimamente lo único de lo que le hablás es de Michelle, y cuando le comentaste brevemente que estabas pensando en comprarle una mascota, ella se ofreció a ocuparse del cachorrito si alguna vez ustedes dos tenían que irse de viaje por motivos de trabajo.

De viaje por cuestiones relacionadas al trabajo todavía no planeás irte a ninguna parte (y si Dios quiere la próxima vez que tengas que subirte a un avión será cuando te vayas de luna de miel después de casarte, para lo que aún faltan algunos meses), pero decidiste aceptar el ofrecimiento de la señora Dean, le enviaste un mensaje pidiéndole que cuide al cachorrito el viernes, y te respondió que lo haría gustosa.

"Según mis cálculos, voy a estar de vuelta en la oficina un poco después del mediodía…"

"Tenés absolutamente todo concebido" Martina rió suavemente.

"Lo único que necesitaría sería que me acompañaras a elegir al cachorrito. De verdad me sentiría más seguro si a la hora de tomar la decisión cuento con tu punto de vista"

Sabías que lo que estabas pidiendo, probablemente tu hermana no pudiera hacerlo: tiene demasiadas cosas de las que ocuparse, demasiado trabajo, la agenda llena de compromisos. Pero no perdías nada con preguntarle: siempre existía la posibilidad de que el viernes por la mañana tuviera algo que pudiera aplazar, o que simplemente diera la casualidad de que justo en la mañana del 7 tiene tiempo libre.

"Tengo un espacio entre las 9 y las 12. Puedo pasar a buscarte al consultorio del kinesiólogo" propuso.

Sonriendo ante tu buena suerte (es raro que Martina tenga espacios en blanco), le dijiste:

"Creo que va a convenir que nos encontremos directamente en el criadero, va a ser mucho más práctico para ambos"

"Está bien" coincidió "Voy a necesitar que me envíes la dirección en un e-mail"

"Te la envío esta misma tarde en un mensaje de texto" prometiste. Luego preguntaste, esperando que la respuesta fuera positiva, como en tu petición anterior "Respecto a las otras cosas de la lista, ¿hay algo que puedas hacer para ayudarme?"

"Lo más difícil va a ser conseguir la mantita, pero no te preocupes, porque cuando hable con papá y le explique, va a aceptar enviármela enseguida; yo te la llevo en cuanto la reciba. También puedo contactarte con el dueño de la pista de patinaje para arreglar una suma de dinero por la cual estaría dispuesto a cerrarla por una noche para que la uses vos solo, y puedo llamar a Phil con respecto a lo del Viernes 14, pero no puedo prometerte que me diga que sí a todo"

"No te preocupes" la tranquilizaste, ya contento simplemente de que tu hermana haya aceptado molestar a su amigo Phil por vos (el resto es cuestión de suerte, a decir verdad, y aunque te morirías de ganas de que las cosas salieran según tu plan, te conformás con poder concretar una partecita de lo que imaginaste haría al Viernes 14 de Diciembre perfecto como ningún otro viernes) "No te das una idea de lo mucho que aprecio tu ayuda con todo esto" le agradeciste "Sé que tenés horarios complicados, que tu vida está llena de actividades y cosas relacionadas a t trabajo a las que tendés a darles prioridad, pero es un favor enorme el que me estás haciendo al acompañarme el viernes…"

"Anthony" te interrumpió, casi divertida, podría decirse "No exageres" rió "Probablemente estás dándole al asunto del cachorrito una importancia mucho más profunda que la que le daría cualquier otro hombre. Después de todo, estás tomándotelo como si se fuera el anillo de compromiso lo que vas a elegir, y no una mascota"

Fue tu turno de reír suavemente ante el comentario de tu hermana.

"¿Te cuento un secreto?" preguntaste en voz baja, pero no aguardaste una respuesta antes de continuar ": Tengo el anillo en el cajón de mi mesita de noche, y ya compré las dos alianzas y las mandé a gravar con mi nombre y el de ella" no podías evitar que tus labios se curvaran en una sonrisa enorme que se ensanchaba más y más a medida que cada palabra dejaba tu boca, empapando tu lengua de un sabor demasiado dulce para ser descripto, más dulce que cualquier otra cosa "Dentro de muy poquitito tiempo voy a pedirle que se case conmigo" hiciste una pequeña pausa antes de agregar, en un susurro cargado de la ternura que hinchaba tu corazón y aceleraba tus palpitaciones "Y ese va a ser el día más feliz de mi vida, porque va a decirme que sí"

"Wow" Martina sonaba verdaderamente sorprendida, casi anonadada, y tratándose de tu hermana, utilizar 'anonadada' en la misma oración junto a su nombre es mucho "No me malinterpretes, Anthony, pero no puedo evitar preguntártelo: ¿no creés que es demasiado pronto para proponerle matrimonio? Después de todo, llevan juntos sólo tres meses" pero se corrigió enseguida, antes de que pudieras exponer tu argumentos acerca de cómo el tiempo se vuelve algo efímero, insignificante y sin valor cuando el amor verdadero obnubila la razón de los seres humanos "Fue muy estúpido de mi parte haber hecho esa pregunta" se disculpa "Supongo que todos los genios tenemos derecho a un acto de estupidez de tanto en tanto" volvió a reír, la oíste suspirar "Realmente sólo alguien demasiado cegado te diría que es pronto para dar el siguiente paso; si hay algo que no puede negarse es que, por la forma en que la mirás, es probable que hubieras aceptado casarte con ella dos segundos después de haberla conocido" sentiste tus mejillas rojas, ardiendo

"Precisamente porque me costó muchísimo dejar caer por completo los muros que había construido alrededor de mi corazón y admitir que estoy perdidamente enamorado de ella, creo que no deberíamos perder más tiempo" tomaste otro sorbo de café, tratando de ignorar tus palpitaciones descontroladas de alegría por el hecho de haber compartido con otro ser humano la inmensa felicidad que te invade cada vez que pensás en el momento en que le preguntes a Michelle si quiere ser tu esposa y ella te diga que sí sin dudarlo ni un milisegundo "Nunca estuve tan seguro de algo como lo estoy ahora de querer casarme con ella. No me importa absolutamente nada más. No me importa lo que piensen en Distrito y División cuando se enteren de nuestro compromiso, no me importa que me echen por haberme involucrado sentimentalmente con una empleada, no me importa terminar trabajando en McDonald's sirviendo gaseosas" tu corazón se aceleraba a medida que la emoción impregnaba las frases que se formaban en el fondo de tu alma y que de algún modo se convertían en susurros que expresaban aquello que en realidad con palabras es difícil de expresar, porque sólo puede entenderse si se siente tan intensamente como vos lo sentís a cada segundo de cada minuto de cada hora de cada día "Todo lo que me muero por hacer es casarme con ella, formar una familia con ella, construir mi futuro con ella. El resto es ruido de fondo"

La sonrisa que seguramente se había dibujado en el rostro de tu hermana podía escucharse en su tono de voz, mucho más suave y dulce que de costumbre:

"Durante mucho tiempo dudaba de la existencia de una mujer sobre la faz de la Tierra que fuera capaz de hechizarte así, pero supongo que eso reafirma que incluso los genios también se equivocan" rió, y vos también reíste "Si no hubiera presenciado con mis propios ojos esa conexión prácticamente palpable que hay entre ustedes, honestamente te diría desde el fondo de mi corazón y haciendo uso de cada neurona en mi cabeza de superdotada que estás loco de remate y que deberías ir corriendo urgentemente a ver a un psicólogo para que te sacuda las ideas, a ver si se te acomodan un poco, o a un oculista para que te recete un par de lentes, así podés ver el error gigantesco que estarías arriesgándote a cometer" la oíste suspirar "Pero por algún motivo, aunque lleven menos de medio año juntos, aunque esto no se lo diría a ninguna otra persona que me contara que planea proponerle matrimonio a su novia cuando la relación ni siquiera cumplió tres meses, no me parece descabellado; es evidente que ustedes dos morirían el uno por la otra. Y la vida es corta" se te formó un nudo en la garganta; esa frase te recordó demasiado a tu abuela, y la forma brutal en la que su fallecimiento te había afectado "Michelle te hace feliz, feliz como nunca antes te había visto, y creéme, Anthony, vos hacés muy feliz a esa chica. Es adoración pura lo que tiene por vos"

"Es adoración pura lo que yo siento por ella" confesaste con un grado de timidez tan grande que tu rostro hervía.

"Dormir poco te hace decir cosas tan sobrepasadas de dulzura que si un diabético te escuchara correría riesgo de entrar en coma" se burló tu hermana, cariñosamente "Va a ser mejor que vayas a descansar" agregó luego, y vos tuviste que contener otro bostezo "Envíame la dirección del criadero, y nos encontramos el viernes ahí a las 9:30, ¿te parece bien?"

"Sí. Muchísimas gracias" volviste a decirle "Por todo" agregaste luego "Sé que te molesta que la gente quiera sacar provecho de tu amistad con Phil…"

"Anthony, vos sos mi hermano, le hablo a Phil de vos todo el tiempo, sabe que me importás y que por vos haría cualquier cosa" te conmovió la sinceridad en su voz "Además, Phil nos debe a mí y a Kiefer uno o dos favores, así que estoy segura de que la mayoría de tu plan va a poder llevarse a cabo sin inconvenientes"

"Gracias otra vez, Martina" le dijiste, sonriendo.

"Dejá de agradecerme, Anthony: estás volviéndote repetitivo, y la gente repetitiva me aburre a sobremanera" te retó "Ahora tengo que volver a concentrarme en el trabajo. Nos vemos el viernes, ¿sí?"

"Nos vemos el viernes"

Y colgó, sin volver a mencionar el tema de tu mamá.

La sonrisa que surcaba tu rostro aflojó un poco cuando te diste cuenta de eso: no había vuelto a mencionarte que consideraras llamar a tu madre para decirle que estabas bien, que no sufriste ninguna herida el día anterior durante las horas que pasaron tratando de impedir el ataque a la UCLA, que todo está en orden. Creíste que, a pesar de que le habías dicho que preferías no tocar el tema, volvería a hacerlo surgir al final del llamado, pero aparentemente tu hermana respetó lo que le dijiste al pie de la letra e hizo como si jamás se hubiera mencionado la cuestión.

¿Entonces por qué sentías un ardor en el estómago y un nudo en la garganta? ¿Por qué la felicidad en estado puro que te había invadido al ver que de a poco tus ideas y planes para hacer feliz a Michelle iban concretándose y encajando unos con otros cual piezas de un rompecabezas perfecto estaba mezclándose con un terrible vacío? ¿Por qué no podías respirar hondo y disfrutar del hecho de que tu hermana había accedido a ayudarte a ajustar detalles importantes, que tenías la mañana libre y que podías volver a dormir en los brazos de la mujer que amás hasta las dos de la tarde sin que nadie te molestara?

Quizá porque una vocecita tuya, una vocecita alojada en tu subconsciente, tenía muchas ganas de cantar en susurros claros, que a pesar del enojo, la angustia, las discusiones, las opiniones diferentes, la frustración, la decepción, la desilusión, tu madre es tu madre, la mujer que te dio la vida, la mujer que te crio, la mujer que contribuyó a que te hayas convertido en el hombre que sos ahora, y – más allá de que te haya roto el corazón a golpes cuando te condujo al borde del precipicio y te obligó a elegir entre tu familia y tu alma gemela – le debés el trato que merecería cualquier madre, y eso implica ahorrarle tener que llamarte ella a vos para asegurarse de que estás bien, cuando – conociendo los riesgos de tu trabajo – vos deberías ser su fuente de consuelo, vos deberías ayudarla a confiar en que la CTU no va a convertirse en una bomba de tiempo que va a explotar y a destruirte, vos deberías tranquilizarla cuando situaciones como la que aconteció ayer se presentan, para que ella aprenda a aceptar que tu vida como agente federal es una parte más de vos que no puede ignorarse o suprimirse, por mucho miedo que le cause la posibilidad de que algo malo te pase.

Estás decepcionado y enojado con ella, te duele que no pueda comprender lo mucho que amás a Michelle, te molestan sus prejuicios e ideas preconcebidas, y eso es entendible, pero en el fondo sabés, en el fondo tenés una voz que te dice que sabe, que deberías llamarla en lugar de esperar a que ella levante el tubo y se comunique con vos para entablar una conversación fría que podría acabar en discusión fácilmente.

Sin embargo, en lugar de marcar los dígitos del número de la casa de tus padres en Chicago, dejaste tu teléfono celular sobre la mesada de la cocina, lavaste tu taza de los Cubs, la guardaste en la alacena junto a la impecable vajilla blanca, y dirigiste tus pasos de vuelta a la habitación, donde la persona que más te importa sobre la faz de la Tierra dormía plácidamente, abrazada a la almohada, con una sonrisa curvando sus hermosos labios.

Te recostaste a su lado, rodeaste su cuerpo con tus brazos, y volviste a quedarte dormido, respirando su perfume, sintiendo sus pulsaciones, escuchando los latidos de su corazón, concentrándote en el cosquilleo que provocan las mariposas que aletean en tu panza cada vez que la tocás, tratando de acallar a esa voz que te repetía una y otra y otra vez que tenés que llamar a tu mamá, que tenés que empezar a dar los pasos que podrían llevar a una reconciliación, que tenés que demostrarle que tu relación con Michelle no debe cambiar las cosas entre ustedes, que tu amor por Michelle no va a hacer que la ames a ella menos, que siempre va a ser tu mamá y que siempre va a importarte, que estás dispuesto a perdonarla, que estás dispuesto a volver a construir sobre lo que fue derribado cuando te dijo que debías elegir entre tu familia o tu futura esposa.

Deberías haberte levantado otra vez, deberías haber dirigido tus pasos a la cocina otra vez, tomado tu celular y llamado a tu mamá, para poder después regresar a la cama en paz, sin esa voz torturándote, sin esa mezcla de culpa revolviéndose dentro tuyo, llenándote la boca de un sabor amargo.

Sin embargo, no lo hiciste.

Simplemente te quedaste acurrucado con Michelle en tus brazos, y dejaste que tu mente exhausta y agotada le diera a tu agotado y exhausto cuerpo la orden de apagarse de a poco, hasta que caíste sumido en un sueño superficial plagado de sobresaltos.

Cuando despertaste varias horas más tarde, el nudo en la garganta estaba aún más apretado y la sensación de ardor en la boca del estómago era peor.

Pero todo se alivió segundos más tarde, cuando ella abrió sus ojos e iluminó absolutamente cada rincón de tu alma con su mirada, volviendo tu vida más fácil.


El reloj marca las cuatro de la tarde. El sol brilla en la ciudad de Los Angeles, y aunque las temperaturas no son tan altas como de costumbre, sigue el clima siendo de verano eterno. Del almuerzo tardío que preparaste hace un rato, después de que se despertaran, sólo quedan los recuerdos (y las dos porciones que sobraron guardadas en un recipiente de plástico en la heladera).

"¿Ya puedo abrir los ojos?"

La pregunta nace de los labios de Michelle, quien sentada en el sofá de la pequeña sala de estar de su departamento, mantiene sus ojos orientales cerrados, tal como se lo pediste momentos atrás, cuando le dijiste que era necesario que se quedara muy quieta, con sus hermosos párpados caídos, mientras vos buscabas la sorpresa correspondiente a este día en el lugar en que la habías escondido (cómo, dónde, cuándo, eso no pensás decírselo, porque su curiosidad es tan grande, tan inmensa, que correrías el riesgo de provocar una reacción en cadena, algo así como un efecto dominó psicológico, llevándola a dar vuelta los contenidos de cada caja, cajón, armario, ropero, gabinete en búsqueda de pistas o indicios sobre las sorpresas que vendrán. Sin embargo, dudás que ella, a pesar de su terrible intriga, hiciera algo como eso, especialmente porque le dijiste muchas veces lo importante que es para vos verla sonreír feliz y asombrada).

Vos estás sentado a su lado, tu cuerpo a escaso centímetro del de ella, un espacio insignificante y apenas notable entre sus dos anatomías. Sobre la pequeña mesita ratona reposan un sobre color rojo con un corazón blanco dibujado (por vos) en tiza, una rosa roja de pétalos perfectos y tallo corto (sus favoritas), y un estuche largo, rectangular, forrado en terciopelo negro.

"Sí" susurrás en su oído, y una sonrisa se dibuja en tu rostro, una sonrisa que espeja la suya, esa sonrisa que hace a sus rasgos aún más luminosos y exóticos.

Entonces sus ojos se abren, muy despacio, para revelar aquellos dos pedazos de océano negros que encierran más emociones, sentimientos y sensaciones de las que podrían ser alguna vez descriptas. Sus ojos se abren y se posan en la rosa, en aquella rosa casi tan preciosa como lo es ella, y la sonrisa que forman sus labios sobre su rostro de muñeca de porcelana se acentúa, sus mejillas sonrosadas se vuelven un poquitito más rojas (casi tan rojas como lo es rosa), y en esos mismos ojos que ahora abiertos reflejan cual espejos la flor que yace sobre la superficie de pulido mármol oscuro de la mesita ratona, en esos mismos ojos refulge con más fuerza el brillo que ilumina cada rincón de tu alma, cada rincón de tu mundo, ese brillo que se convirtió sin que te dieras cuenta en una luz sin la cual jamás podrías vivir, porque sin esa luz todo quedaría reducido a la oscuridad más honda, perversa y dañina que cualquier ser humano podría imaginar; sin esa luz todo quedaría reducido a un infierno demasiado horrible para explicar, un infierno sin escapatoria, un infierno en vida, donde no hay ni sol, ni luna, ni estrellas ni el sonido del mar para quedarte dormido arrullado por él.

No podrías vivir sin esa luz. Vivís para ver esa luz, despertás cada día con las fuerzas necesarias para ir y enfrentarte a una realidad injusta, violenta, signada por la tragedia y echada a perder por la maldad que habita en el hombre y lo corrompe, sólo porque sabés que esa luz va a estar llenándote de calidez. No hay nada que no harías para mantener esa luz viva, brillando más que cualquier astro, opacando todo lo que a su alrededor existe. Mientras la Tierra continúe girando sobre su eje, mientras el amanecer y el ocaso sigan ocurriendo, mientras la luna aparezca en el firmamento cada noche acompañando a un sinfín de incontables estrellas, no va a tragarse el reloj segundo alguno durante el cual no hayas estado abocado a encontrar magia – en las cosas más sencillas a veces, en otras más complejas quizá presentada la oportunidad – para hacer que esa luz siga brillando, para hacer que esa luz no se apague nunca. No va a alimentarse el reloj jamás de minutos que no te encuentren pensando cómo hacerla feliz, incluso si esa felicidad la encierran una rosa, una poesía, una sonrisa, un beso.

Toma la rosa entre sus dedos y la observa con concentración, una concentración empapada de dulzura.

"Me gusta que me regales rosas con espinas" comenta en un murmullo que es apenas audible para tus oídos, porque tus sentidos están entrenados para prestarle atención absoluta a cada movimiento suyo, no sólo a las palabras que nacen de sus labios, sino también al movimiento de esos labios, al movimiento que hacen sus párpados al caer y volver a abrirse en un milisegundo cuando inconscientemente parpadea, al sonido de sus larguísimas pestañas dando latigazos al aire en cada abrir y cerrar de ojos.

Ante tu mirada de curiosidad, continúa:

"Las espinas pueden lastimar, pueden hacer mucho daño, pueden provocar desgarros. Sin embargo son necesarias porque protegen a la flor, y cuando se llega al final del tallo están los pétalos, perfectos, únicos, hermosos y enteros porque las espinas cumplieron su función" suspira "Nuestra historia de amor tiene espinas por todas partes, el camino siempre estuvo lleno de obstáculos para los dos y probablemente lo esté siempre porque en la vida no hay nada que sea naturalmente fácil"

Instintivamente extendés una de tus manos para acariciar su mejilla con tus nudillos, y la otra para entrelazar tus dedos con los suyos; duele un poco escucharla decir que sabe que la vida tiene de todo menos cosas fáciles, porque sabés cómo ella aprendió eso: de golpe, desde muy chiquitita, con pérdidas, con abandono, con discriminación, con problemas de autoestima, luchando sola, cargando ella sola el peso del Universos sobre sus hombros, defendiéndose sola de la angustia, sin que nadie la cuidara, sin que nadie la protegiera. En su camino los obstáculos estuvieron presentes desde el comienzo, desde antes que ella pudiera tomar conciencia de la clase de vida que le esperaba, sin un padre, con una madre alcohólica, con un medio hermano desamorado, con una abuela exigente, sin amigos, sin amor, sola.

"Las espinas pueden lastimarte si no sabés cómo agarrar una rosa" con la yema de su dedo índice acaricia el tallo despacio, apenas rozándolo, esquivando las espinas "Pero la rosa no sería perfecta si no tuviera a las espinas protegiéndola" sus ojos se funden en tus ojos, y tu alma se estremece casi de la misma forma en que se estremeció la primera vez que, once meses atrás, tu mirada y su mirada se encontraron "Los pétalos son perfectos porque las espinas los protegen" pequeña pausa "¿Sabés lo que significa eso para mí?" la pregunta retórica es seguida de una analogía "Nuestro amor es perfecto porque los obstáculos, las espinas, lo hacen mucho más fuerte. Duelen a veces si nos pinchamos con una espina, así como duele a veces superar esos obstáculos, pero las espinas están precisamente en la rosa para cuidar a los pétalos y que éstos se mantengan perfectos, y los obstáculos están en nuestro camino para hacernos más fuertes, y para protegernos de cualquiera que quiera hacernos daño demostrándoles que es imposible destruir un amor tan perfecto como el nuestro"

Se reproducen en la pantalla de cine que tenés en la cabeza los recuerdos mezclados, en tono sepia, de esos días en Chicago, de la muerte de tu abuela, de tus padres y la decepción que te provocó su reacción y su obstinación, tus hermanas, el dolor, la angustia, la pérdida, las ganas de gritar, el alma hecha jirones. Costó pasar por ese tramo empedrado, y sin embargo al final en vez de destrozados, salieron muchísimo más fuertes. Y las heridas todavía duelen, todavía están frescas, todavía lastima, pero nada quita el hecho de que esos agujeros negros puestos en el medio del camino por el destino les enseñaron que juntos pueden superar cualquier cosa, que no hay montaña que pueda alzarse por sobre ustedes y aplastarlos, ni fuerza humana o sobrehumana capaz de separarlos.

"Es una analogía preciosa" decís con voz queda y empañada de emoción.

"No sé si es una analogía con sentido" ríe suavemente "Pero prefiero las rosas con espinas porque simbolizan mucho más de lo que podría explicarse. Si lo que no nos mata nos hace más fuertes, entonces sangrar un poco cuando la vida arroja espadas no hace más que volver a nuestro amor más perfecto"

Trazás con la yema de tu propio dedo el recorrido desde la punta del tallo hasta el conjunto de pétalos que forman la flor, también esquivando cuidadosamente las espinas, pero apreciándolas desde otra perspectiva, bajo otro punto de vista, con otra mirada, porque ahora entendés que una rosa es más que una flor, que una rosa puede encerrar otros significados, que una rosa puede servir de inspiración para analogías románticas y profundas, que una rosa puede contener mucho más que un tallo con espinas y pétalos.

¿Cómo fue que viviste treinta y cuatro años sin la persona que le da sentido a absolutamente cada cosa, desde lo más simple a lo más complejo, desde lo más pequeño hasta lo más inmenso? ¿Cómo fue que pudiste vivir treinta y cuatro años sin entender lo que es el amor, la fidelidad, la pasión, el compromiso, la entrega total y absoluta, la dulzura, la ternura, la belleza, la profundidad de los sentimientos, lo hermoso de lo abstracto? ¿Cómo fue que pudiste vivir treinta y cuatro años sin detenerte a pensar en lo mucho que puede abarcar algo tan sencillo como una flor? ¿Cómo fue que pudiste vivir treinta y cuatro años sin ella?

No lo sabés. Quizá es cierto eso de que no puede extrañarse lo que no se ha tenido. Quizá es cierto eso de que no puede necesitarse lo que no se conoce, lo que uno piensa no existe, lo que uno considera mito, cuento, fantasía, o algo demasiado inusual reservado para unos pocos afortunados. Lo que sí sabés es que no podrías imaginar tu vida sin Michelle, no podrías pasar ni un solo día sin ella, porque perecerías en el intento (tampoco te interesa intentar).

¿Cómo pudiste vivir si te faltaba quien te enseñara e verdadero significado de una rosa, el verdadero significado de las espinas? ¿Cómo pudiste vivir sin quien te iluminara incluso en la más terrible, honda, profunda, punzante oscuridad? ¿Cómo pudiste vivir sin ella sorprendiéndote día a día con una magia muchísimo más hermosa y pura de la que alguna vez pudieras haber imaginado experimentarías?

No hay forma ahora – ni humana ni sobrenatural – de que concibas la vida sin ella, sin todo lo que ella significa. Enamorarse es un viaje de idea, la vuelta es imposible. Enamorarse es un círculo al que se entra, pero de ese círculo no se sale por ningún medio, ni siquiera después de la muerte. No cambiarías su presencia en tu vida por nada del mundo, por ninguna de las cosas que forman el vasto Universo, ni por toda la riqueza, oro, sabiduría o fortuna que pudieran ofrecerte.

No hay forma ahora – ni humana ni sobrenatural – de que concibas la vida sin ella, porque ella hace tu vida muchísimo más fácil, le otorga un sentido más profundo que el de salvar vidas y defender a tu país, hace que todo lo malo pierda peso comparado con las cosas buenas que te suceden, hace que todo lo oscuro se extinga con el brillo de su mirada, es el antídoto perfecto para cualquier angustia o dolor, es la cura para cualquier herida.

Sin ella estarías perdido, en todos los sentidos posibles e imaginables.

"No pensé que existieran formas tan poéticas de analizar lo que puede significar una rosa" confesás, causando que ella se sonroje un poco más.

"Nunca hubiera conocido el significado de una rosa de no haber sido por vos" confiesa ella, sonrojándose aún más, y desviando sus ojos al sobre rojo, que sigue sobre la mesa ratona, aún sin abrir, con su contenido intacto, sin revelar.

"Michelle" llamás su nombre para que su mirada vuelva a fundirse en la tuya, en lugar de estar esquiva y posada en cualquier otra cosa porque le da vergüenza que la veas ruborizarse tanto "¿Te dije alguna vez que la vida con vos es muchísimo más fácil?" preguntás, acunando el costado de su rostro con una de tus manos, y acercando sus labios a tus labios para besarla.

"¿Mis analogías tontas hacen tu vida más fácil?" inquiere riendo "Porque en ese caso tengo muchas más"

"Vos volvés mi vida más fácil, y eso implica cualquier cosa que digas, pienses o hagas"

El silencio cae entre ambos por un breve instante, roto luego por tus palabras:

"¿Sabés por qué elegí una rosa con espinas?"

"No" sonríe con dulzura.

"Para que sepas que si alguna vez una espina te hace daño, yo voy a estar para intentar curarte y cuidarte. Además" continuás, acariciando sus mejillas con el dorso de tu mano "hay otro motivo por el que esta rosa tiene espinas, pero para que te lo explique vas a tener que esperar hasta mañana" ahora vos le regalás a ella una sonrisa enigmática.

"Tiene que ver con la sorpresa de mañana, entonces, supongo" dice con aire intuitivo.

"Puede ser" te limitás a contestar, acentuando aún más la sonrisa, y muriéndote de ternura al ver la intriga que reflejan sus ojos.

"¿El sobre y la cajita son parte de la sorpresa de hoy?" pregunta, señalando con un gesto de la cabeza el hermoso estuche de oscuro terciopelo y el sobre rojo "¿O también tengo que esperar hasta mañana?"

"El sobre podés abrirlo ahora" lo tomás y se lo das, aún cerrado, y cuando sus manos lo abren muy despacio, con mucho cuidado, con mucha delicadez (la misma delicadeza que pone en cada cosa que hace) tu corazón empieza a latir mucho más rápido, mezcla de la emoción, de los nervios y – por qué no admitirlo, si a esta altura ya has admitido tantas otras cosas – un poquitito de timidez, como si fueras un nene de ocho años entregándole su primera notita de amor a una compañerita del colegio.

Lo que se halla doblado dentro de ese sobre es una hoja de papel muy vieja, amarillenta, arrancada de la última página de un tomo muy antiguo de un compilado de poesías. La hoja estaba vacía, sin palabras que la adornaran, sin nada que le otorgara valor o sentido, pero vos con mucho cuidado y precisión, con tu caligrafía que dista de ser perfecta como la de ella pero que tiene 'encanto propio' (o al menos eso dice Michelle cada vez que le escribís una carta y te disculpas por tu 'horrible letra') llenaste el espacio carente de magia transcribiendo el trabajo de alguien mucho más sabio y mucho más inteligente que vos, al que Dios le dio el don de poner en versos lo que hombres como vos sienten dentro, sacudiendo sus almas y sus corazones, cuando observan a la mujer que adoran.

La contemplás callado, absorbiendo detalle a detalle, mientras en sus manos la hoja vieja y amarillenta que usaste como pergamino descansa con sus dedos sosteniéndola como si valiera oro, mientras sus ojos orientales repasan una y otra y otra vez la poesía allí escrita de tu puño y letra, como si buscara empaparse del significado, de las palabras, de las frases, de las emociones, de todo lo que se encuentra resumido en aquellos renglones.

Pasaste un largo día la semana pasada tratando de hallar la poesía correcta, y cuando ésta que tu abuela solía leer seguido resucitó de entre tus recuerdos, no podías creer que no se te había ocurrido antes recurrir a la genialidad de Neruda para escarbar entre sus trabajos más románticos y rescatar del olvido y del tiempo una colección de gotitas de inspiración convertidas en magia. Esperaste a la noche, a que ella se quedara dormida, y rescataste el viejo tomo de entre los estantes de tu variada biblioteca, arrancaste la última hoja – que en las ediciones antiguas, y en las de ahora también, siempre queda en blanco con el propósito de que allí se escriban dedicatorias – y copiaste trazo por trazo un soneto casi tan perfecto como la persona que ahora está leyéndolo por vez número cinco, en susurros, para que a vos también te envuelva el significado de cada pedacito de literatura que Neruda creó y que vos con tu caligrafía volcaste en un pedazo de papel muy amarillento y muy viejo.

Me gustas cuando callas porque estás como ausente,
y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca.
Parece que los ojos se te hubieran volado
y parece que un beso te cerrara la boca.

Como todas las cosas están llenas de mi alma,
emerges de las cosas llenas del alma mía.
Mariposa de sueño, te pareces a mi alma,
y te pareces a la palabra melancolía.

Me gustas cuando callas y estás como distante.
Y estás como quejándote, mariposa en arrullo.
Y me oyes desde lejos, y mi voz no te alcanza.
Déjame que me calle con el silencio tuyo.

Déjame que te hable también con tu silencio
claro como una lámpara, simple como un anillo.
Eres como la noche, callada y constelada.
Tu silencio es de estrella, tan lejano y sencillo.

Me gustas cuando callas porque estás como ausente.
Distante y dolorosa como si hubieras muerto.
Una palabra entonces, una sonrisa bastan.
Y estoy alegre, alegre de que no sea cierto.

"Es hermosa" murmura, justo al tiempo en que una lágrima nace en sus ojos y cae directo en la hoja, empapando la tinta oscura con la que escribiste la fecha al pie, en el margen, para que dentro de muchos, muchos años cuando encuentre guardada en alguna caja llena de recuerdos la poesía que copiaste para regalarle, venga a su mente la memoria de esta tarde de Diciembre en la que sentados en el sofá de la salita de estar de su departamento, ella te contó con una analogía por qué le encantaba que le regalaras rosas con espinas "Es muy, muy, muy hermosa" repite, acariciando el papel con la yema de su dedo índice.

"Me hubiera gustado poder regalarte una poesía escrita por mí" le contás, con la voz cargada de emoción, y dejando que tus manos acomoden sus rulos detrás de sus orejas, mientras sus ojos orientales siguen completamente hundidos en la poesía que Neruda escribió sin saber que un día, muchísimos años después, un hombre perdidamente enamorado de una chica por la que sería capaz de dar la vida la elegiría para regalársela a la única mujer a la que llamaría su mariposa "pero a veces hay que recurrir a las palabras de otros, más sabios y más inteligentes, para describir sentimientos que no podrían ser expresados de ninguna otra manera. Elegí esta obra de Pablo Neruda porque describe exactamente lo que siento abrumándome por dentro cada vez que te observo dormir, o cuando estás ensimismada o concentrada tanto en algo que pareciera te encontraras muy lejos, cuando te miro desde lejos sin que te des cuenta de que estoy haciéndolo, o cuando te miro desde cerca y te sonrojás" reís con suavidad al ver el tinte rojizo que toman sus mejillas cuando decís eso.

"Es hermosa" repite, desviando la mirada de la hoja amarillenta y fundiendo sus ojos en los tuyos "Podría releerla cien veces por día, durante todos los días que me queden por vivir, y nunca me cansaría, y estoy segura de que cada vez sería como la primera vez" volvió a acariciar las palabras con las yemas de sus dedos "Es preciosísima. Nunca nadie me había regalado una poesía" confiesa, sonrojándose terriblemente.

"Ojalá yo pudiera escribir algo así, algo tan perfecto, algo de esta magnitud, para explicar lo que me pasa por dentro cada vez que te observo, cuando mis ojos se quedan fijos en cada pequeña cosita que hacés, cuando me quedo totalmente hipnotizado simplemente viéndote existir, cuando me quedo totalmente hipnotizado por tu belleza, cuando me despierto en la noche y paso horas recostado a tu lado contemplándote con los ojos cerrados, escuchándote respirar, preguntándome cómo es posible que alguien como yo merezca tener en su vida a alguien como vos"

Sentís sus labios besando tu frente, luego tus párpados, y por último sus dos bocas se encuentran por un breve par de segundos, durante los cuales todo lo que podés hacer es sentir tu corazón latiendo desaforado y al mismo ritmo que el de ella, sus manos acunando tu cabeza para acercarte más y más, sus dedos enredándose en tus bucles.

"No necesito un hombre que me escriba poesías. Te quiero a vos, te necesito a vos. Siempre va a ser así, nada puede cambiarlo"

"¿De verdad te gustó la poesía?" preguntás con una sonrisa que va de oreja a oreja.

"Muchísimo. Y la rosa también"

"¿De verdad te gustó la sorpresa?" repetís, asombrado ante lo maravilloso que es que una personita que merecería tener todo el oro del mundo, todas las joyas, todos los diamantes, todas las riquezas, sea feliz con simplemente un poema de amor y una rosa.

"Amo la poesía, amo la rosa, y te amo a vos" te asegura.

"Entonces creo que vas a amar lo que hay en el estuche" decís, y acto seguido, extendés la mano para tomar la caja alargada y rectangular forrada en terciopelo, y la posás en sus manos.

Al abrirla con sumo cuidado, revela que dentro del interior forrado en seda del mismo color, descansa una lapicera, una pluma, también negra, con algo gravado en dorado con letras muy pequeñitas, pero legibles.

"7 de Septiembre – Toda mi vida" murmura, pasando la yema de su dedo sobre la brillante, reluciente inscripción "Qué casualidad" comenta con una risita y un dejo de ironía cargado de dulzura ": el 7 de Septiembre es mi día favorito"

"El mío también" tomás la lapicera entre dos de tus dedos, sacándola del estuche aterciopelado "¿Querés adivinar lo que significa la inscripción, o puedo decírtelo yo?"

"Decímelo vos"

"Compré esta pluma unos días después de que se me ocurriera la idea de preparar una sorpresa para cada día de Diciembre" le contás "Con esta pluma escribí la poesía" añadís luego, señalando la hoja de papel, que ella ha doblado prolijamente otra vez y guardado dentro del sobre rojo "Y con esta misma pluma escribí muchas otras notitas que vas a ir encontrando a lo largo de Diciembre" no podés evitar darle a esa frase un tono de misterio: te encanta provocarla, llenar el asunto con una buena dosis de enigma, aumentar su curiosidad hasta límites insospechados "Sé cuánto amás escribir, sé cuánto amás subrayas en los libros los pasajes que más te gustan, sé cuánto amás anotar tus pensamientos" decís, y luego agregás, besándole la punta de la nariz "Sé cuánto amás escribir cartas para mí, sé cuánto amás escribir nuestra historia de amor en cuadernos. Quiero que mientras escribas, tengas entre tus dedos una pluma que te recuerde con cada gota de tinta lo mucho que te adoro. Te lo dije por primera vez el 7 de Septiembre" señalás el número y el mes en el grabado de la pluma "y voy a seguir diciéndotelo por el resto de mi vida. Eso es lo que significa la inscripción: sos la dueña de todos los septiembres que me queden por vivir"

Eso es lo que querías que significara el regalo del día de hoy: cada 7 de Septiembre que te quede por vivir, es suyo. Cada día, cada semana, cada mes, cada año que te queden sobre esta Tierra, todos esos segundos resumidos en hojas y hojas y hojas de almanaque, son suyos, para siempre. Necesitabas gravarlo en alguna parte, y se te ocurrió gravar esa promesa en una pluma con la que ella pudiera escribirte cartas de amor por el resto de su vida, notitas dulces, cartelitos llenos de ternura, una pluma con la que llene los renglones que quedan por completa de la historia que están escribiendo juntos. Una pluma que encuentre dentro de muchos, muchos años, cuando sea viejita, junto al poema y a los pétalos marchitos de esa rosa que es perfecta porque la protegen sus espinas, y recuerde que se la regalaste como símbolo tangible de tu entera devoción por ella.

"Cada vez que pienso que no hay forma alguna de que seas más perfecto" murmura, acariciando tu cabeza "me sorprendés con cosas tan dulces como esta"

Un beso te sella los labios antes de que puedas contestar, antes de que siquiera puedas formar palabra o frase coherente alguna con la que responder. Más besos te sellan los labios, y la rosa, la poesía escrita sobre la vieja hoja de papel amarillento, y la pluma quedan reposando sobre la mesa de oscuro mármol, mientras el mundo se desdibuja a tu alrededor y alrededor de ella, y el último pensamiento que habita tu cabeza antes de que te pierdas en la dulzura extrema que te invade cuando la abrazás y la besás, es que definitivamente vivir es más fácil cuando vivís por amor.


El reloj marcaba las siete de la tarde, y vos seguías acurrucado con ella en el sillón, como si el mundo no existiera, como si al día siguiente no tuvieras que ir a trabajar, como si al día siguiente no tuvieras que reanudar esa sucesión de rutinas complicadas que cual tren con los frenos rotos siempre corren el riesgo de salirse de control y estrellarse contra la pared de ladrillos más cercana.

Acababas de contarle sobre tu conversación con Martina aquella mañana (omitiendo, por supuesto, las partes referentes a sus sorpresas). Necesitabas compartir con Michelle tus dudas acerca de si deberías o no llamar a tu mamá, de si sería lo mejor o si simplemente tendrías que aguardar a que ella te llamara, de si con esa actitud estarías o no demostrando tus deseos de mejorar las cosas, de empezar a pavimentar el camino hacia la reconciliación, de mostrarle que estás dispuesto a que las cosas vuelvan a ser como antes, a limar las asperezas y a acabar con la hostilidad.

Michelle fue tajante con su respuesta, y hasta te pareció que se enojó un poco, pero cuando te reprimió, lo hizo con ternura, aunque sin perder firmeza:

"Tony, por supuesto que tenés que llamar a tu mamá" te dijo, como si no pudiera creer el planteo que acababas de hacerle "Pensé que ya la habías llamado" agregó luego "De haber sabido que no era así, creéme que te habría dicho que lo hicieras inmediatamente" remarcó las palabras con énfasis "Es tu mamá, y debe estar terriblemente preocupada si escuchó la mitad de todo lo que pasó ayer con el intento de atentado a la UCLA: el tiroteo, las dos bombas que desarmaron, los terroristas que tuvimos que perseguir…"

"Pero yo no estaba en el equipo de Operaciones de Campo" le recordaste "Lo único que hice fue coordinar, no se me rompió ni una uña"

"Pero eso ella no lo sabe" ahí estaba otra vez, el énfasis "Las condiciones en las que trabajamos la angustian mucho, y sumado al hecho de que se pelearon…" exhaló, frustrada. Probablemente estaba culpándose a sí misma de la forma en que las cosas se complicaron con tu mamá, pero vos no ibas a permitir eso.

"Chelle, los problemas que yo tengo con mi mamá, son entre ella y yo, no son tu culpa" le aseguraste al oído, con suavidad y con ternura, mientras tu mano frotaba su espalda "Nada de esto es culpa tuya" repetiste, queriendo dejarlo en claro "Y tenés razón" reconociste luego ": debería haberla llamado, no debería haber actuado con esta indiferencia fría. Es mi mamá" murmuraste más para vos mismo que para ella, con un nudo muy fuerte en el estómago, un nudo similar al que tenías en la garganta, un nudo similar al que se había formado en esos dos sitios en la mañana cuando habías estado pensando en el asunto "Voy a llamarla ahora" dijiste, y te pusiste de pie para ir a buscar tu teléfono móvil.

La conversación con tu madre fue breve: no duró más de diez minutos, no duró más de lo estrictamente necesario. Sentiste un gran alivio cuando percibiste el alivio que empapaba su voz al escuchar de tu propia boca que estabas bien, que no habías sido expuesto a ningún peligro, que te habías quedado en la CTU y dejado que agentes mejor preparados se encargaran del asunto, que no habías estado cerca ni de las bombas, ni de las áreas con radiación, ni de nada que hubiera significado la posibilidad de que te hicieran daño. Te disculpaste por no haberte comunicado antes, le explicaste que estabas molido, que habías necesitado dormir tanto como posible para reponerte después de haber pasado dieciocho largas horas en servicio; ella te aseguró que te entendía, y te agradeció por haberla llamado para tranquilizarla, lo cual indirectamente confirmaba que había pasado todo el martes caminando por las paredes.

"Te quiero, hijo" te había dicho en determinado punto del llamado.

Y vos te habías sentido terriblemente mal, porque no podías evitar cuestionarte cómo una madre que dice quererte puede negarse a aceptar a la mujer que amás, desilusionándote y decepcionándote, rompiéndote el corazón en pedazos con su obstinación y con su dureza.

Sin embargo, contestaste con la verdad:

"Yo también te quiero"

Y luego colgaste antes de que las cosas se desvirtuaran y acabaran discutiendo por culpa del odio irracional y desmedido que siente por Michelle, por culpa de su rechazo hacia ella simplemente porque no es latina. Así era mejor, pensaste.

Dejás el teléfono de nuevo sobre la mesada de la cocina, junto al cargador, y tomás nota mental de ir luego a fijarte si hace falta que le cargues o no batería. Regresás a la salita de estar, y volvés a acurrucarte junto a Michelle.

"Gracias por convencerme de que debía llamar a mi mamá. Me siento mejor ahora" admitís con sinceridad.

Tu hermana podría habértelo dicho de mil formas, cualquiera podría habértelo dicho de mil formas, tu cerebro lo procesó y analizó de mil formas, pero sólo lo comprendiste cuando hablaste con Michelle, tu corazón se ablandó cuando compartiste esa inquietud con Michelle, las dudas se disiparon con lo que te dijo Michelle, cualquier dejo de enojo o bronca cedió por un instante cuando viste en los ojos de Michelle que ella quería que llamaras a tu mamá. Todo ese entramado de cosas complicadas, se resolvió en un segundo, volviéndose estúpidamente fácil, en cuanto lo hablaste con Michelle.

Porque ella hace tu vida mucho más fácil. Ella, el angelito que sonríe y se emociona cuando le regalás poemas de amor, rosas, y la prometés tu vida entera.

"No tenés por qué agradecerme" susurra, besando la comisura de tus labios y acariciando tus sienes con sus manos tibias.

Pasados unos minutos de silencio durante los cuales no hacés más que relajarte bajo su tacto, bajo el hechizo de sus mimos, volvés a hablar:

"Chelle, ¿ya te dije que hacés mi vida mucho más fácil?" repetís la misma pregunta que había nacido de tus labios esa tarde, esos labios que ahora están curvados en una sonrisa tierna, esos labios que espejan la misma ternura que hay en la sonrisa que cruza sus facciones angelicales.

"La vida de a dos siempre es más fácil" murmura mientras desparrama besos cortos por tus mejillas "Siempre que vamos tomados de la mano con la persona que amamos, la vida se vuelve mucho más fácil"

"Yo no sabía eso" confesás, besando su frente y dejando que tus dedos jueguen con algunos de sus bucles "Me lo enseñaste vos"

"Yo tampoco lo sabía" confiesa ella, con una sonrisa gigante y dulce, como todas sus sonrisas.

Y mirándote a los ojos, agrega:

"Lo aprendí cuando llegaste vos a mi vida y la hiciste más fácil. Lo aprendí cuando llegaste vos a mi vida y me prometiste cada 7 de Septiembre que te quede"