Nota: Este capítulo menciona fragmentos del libro El Principito de Antoine De Saint-Exupéry. El otro libro mencionado es Daddy Long Legs de Jean Webster, cuyo primer capítulo lleva por título 'Miércoles triste'
Y como dice el principito:
'Lo esencial es invisible a los ojos'
Hay un libro de Jean Webster cuyo primer capítulo lleva por título "Miércoles triste". De chica leíste ese libro incontables veces, cientos y cientos de veces, hasta el cansancio, y podría decirse que hasta te sabés algunos pasajes de memoria, palabra por palabra, línea por línea, puntos y comas incluidos. Amás ese libro, amás esa historia, y de tanto en tanto la tomás de los estantes de tu biblioteca y volvés a disfrutar renglón por renglón, como si nunca antes la hubieras leído, como si estuvieras descubriendo nuevamente y de a poco ese mundo maravilloso, esa historia de amor e inocencia tan dulce y tan pura.
Al igual que al personaje principal de aquella novela, a vos también los Miércoles te parecen tristes.
Nunca te gustaron mucho los miércoles. De todos los días de la semana, aquel aprisionado entre el martes y el jueves es el que menos te simpatiza.
Quizá porque cuando eras una nena de ocho años que usaba anteojos para corregir alguna que otra dificultad en la vista, los miércoles tenías clases de gimnasia después del almuerzo, y cuando había que armar equipos para jugar siempre te elegían última, o fingían ignorar tu presencia y la profesora se veía obligada a integrarte en algún grupo 'a la fuerza', para disgusto de tus 'compañeritos', que te miraban despectivamente con sus perfectas naricitas respingadas hacia arriba, discriminándote en silencio porque no eras rubia como ellos, no tenías un apellido irlandés o inglés como el de ellos, tus ojos no eran azules o verdes como los de ellos, no tenías dinero como ellos, y tu abuela era la señora que limpiaba, una japonesa llegada a Estados Unidos menos de veinte años atrás que debía criar a su nieta porque su nuera bipolar y alcohólica no podía ofrecerle estabilidad. Sí, quizá es por eso que odiás los miércoles: las clases de Educación Física eran un constante recordatorio de cuán inferior a ellos te consideraban tus compañeritos.
O quizá porque recordás muy vívidamente aquél Miércoles en el que Danny y tu mamá estaban discutiendo a los gritos, ambos casi rayando la histeria, la agresión... La violencia a flor de piel. No recordás por qué discutían, pero recordás los chillidos, la bronca, la furia que emanaba de ambos, recordás haberte acurrucado en un costado de la habitación abrazando uno de tus ositos, recordás las lágrimas corriendo por tus mejillas porque tenías miedo, recordás que tu abuela no estaba en ese momento para protegerte. Recordás que en determinado punto Danny llamó a tu mamá 'ebria, inútil y bipolar', a lo que ella respondió arrojándole un objeto de porcelana, con tan mala puntería que se estrelló en tu cabeza. Recordás la herida en tu frente, recordás la sangre espesa y roja manchando tu cara, tu ropa, tu osito. Recordás a Danny acusando a tu mamá de ser una loca desquiciada capaz de hacer daño a sus propios hijos en un ataque de demencia, tu mamá completamente fuera de sí y en pánico por lo que acababa de suceder, tu llanto incontrolable provocando que tu cuerpito temblara sin control. Recordás a tu mamá tratando de calmarte y tratando de calmarse, aunque todos sus intentos eran en vano, porque cuanto más intentaba tranquilizarse, más nerviosa te ponías vos, más nerviosa se ponía ella, y más le gritaba Danny que era una alcohólica incompetente y que la policía debería llevarla presa por maltrato infantil. Recordás el cachetazo que tu mamá le pegó a Danny cuando él le dijo eso. Recordás el dolor punzante, el tajo en la frente, la angustia apretando tu pecho como un nudo. Tenías sólo cuatro años, eras una criaturita indefensa, y estabas expuesta a un ambiente donde las peleas, acusaciones, insultos y violencia eran habituales, especialmente cuando tu abuela no estaba en la casa para poner orden y ocuparse de tu mamá y de Danny. No recordás mucho más (y lo que recordás te parece suficiente, francamente; de hecho, desearías no tener memoria de ese suceso en lo más mínimo), pero otra imagen vívida que se ha quedado gravada dentro tuyo y que te marcó para siempre es la de tu mamá abrazándote y pidiéndote disculpas desesperadamente mientras te acunaba en sus brazos, sollozando las dos, la sangre de la herida en tu frente manchando las ropas de ambas.
Cuando tenías seis años, la vecina amable que a veces visitaba a tu abuela y con la que te gustaba jugar al ajedrez, falleció en ese día que queda atrapado entre el Martes y el Jueves. Fue realmente un Miércoles triste, muy triste, aquel en el que te dijeron que no volvería a pasarse por las tardes para leerte un cuento, o para tomar el té con vos y con tus muñecas. Fue muy triste comprender que una persona a la que querías mucho y que se preocupaba de verdad por vos se había ido, y que no regresaría jamás, simplemente porque había dejado de existir.
Fue en la mañana de un Miércoles que tu abuela se descompuso y tuviste que llevarla al hospital, donde luchó incansablemente para reponerse y ganarle a la muerte, para luego acabar rindiéndose y partiendo, dejándote sola, con tu disfuncional hermano mayor como única familia. Fue también un miércoles que los doctores te dijeron que era conveniente esperar a que las cosas tomaran su curso natural, esperar a que su cuerpo se apagara solo después de mucho soportar esa enfermedad que la devoró despacio hasta convertirla en un saco de huesos y piel, aguardar a que la muerte se la llevara consigo, porque ya no se podía hacer nada más para salvarla.
Quizá odiás los Miércoles porque Mark, el noviecito que tuviste durante un año en la Universidad y que luego te confesó que era homosexual, se suicidó faltando unas horas para que el almanaque se situara en el Jueves, luego de que sus padres le dijeran que a menos que corrigiera sus 'conductas desviadas' dejarían de enviarle dinero para que costeara sus estudios.
Quizá odiás los Miércoles porque fue un Miércoles que te enteraste acerca de la relación extramatrimonial que estaban manteniendo Carrie y tu hermano.
Hay muchos otros motivos que podrían agregarse a la lista. Tal vez es idea tuya, tal vez es pura sugestión, pero lo cierto es que los Miércoles no te gustan en lo más mínimo, te traen esa sensación desagradable de que cualquier cosa podría pasarle a cualquiera, en cualquier momento, de que la suerte está echada pero nosotros no sabemos qué rumbo pueden tomar las cosas, en qué dirección pueden bifurcarse inesperadamente los caminos, qué puede suceder que cambiará todo hasta dejar a la realidad transformada en un ámbito irreconocible que es cualquier cosa menos aquello que conocemos y a lo que estamos acostumbrados. Los miércoles te angustian, te angustian muchísimo, es ese día que preferirías no estuviera metido en el almanaque, es ese día que desearías poder saltear, es ese día que te provoca ganas de arrancarte el cerebro, volver tu mente líquido, hacer que los recuerdos desaparezcan, porque por algún extraño motivo, muchos momentos de tu vida que te dejaron destrozada y con el alma partida en dos, ocurrieron en algún punto de ese día llamado Miércoles.
No, no te gustan los Miércoles. No te gustan en lo más mínimo. No te gustan para nada. Nunca te gustaron. Probablemente nunca vayan a gustarte. Como quien diría, 'les tomaste idea'.
Debés reconocer, sin embargo, que desde que Tony es el eje de tu mundo, lo principal de tu vida, el centro de tu Universo, tu razón para respirar, el que da cuerda a tu corazón para que siga latiendo, el que te hace feliz como nunca pensaste llegarías a serlo, todos los días te parecen más lindos, el sol brilla más fuerte, la luna es más grande, las estrellas son más hermosas, la lluvia ya no tiene sabor agrio, y hasta ahora todos los Miércoles que pasaste con él fueron hermosos, porque sus brazos nunca fallaron en hacer que te sintieras segura al envolverse en tu cuerpo, porque no te faltaron ni sus besos ni sus caricias, porque sus sonrisas iluminan todo, porque las palabras que te dice al oído son tan hermosas que cualquier ápice de tristeza se extingue.
Sí, hasta ahora todos los Miércoles que pasaste con Tony fueron perfectos, y su presencia en tu vida, sus chistes, sus frases románticas, sus mimos, te ayudaron a olvidar por qué los Miércoles te parecen el peor día de toda la semana, por qué les tenés bronca, por qué los odiás tanto, por qué te traen tanta tristeza toda junta y de golpe cada vez que – religiosamente – aparecen ahí entre el Martes y el Jueves.
Pero el Miércoles 5 de Diciembre empezó mal. No tuvo oportunidad de ser un día que comenzó normal y luego terminó siendo un fiasco, no tuvo oportunidad de ser un día relativamente bueno que se echó a perder: directamente, el Miércoles 5 de diciembre empezó horriblemente.
El Miércoles 5 de Diciembre fue complicado.
El Miércoles 5 de Diciembre, lo arrancaste con el pie izquierdo de lleno.
El Miércoles 5 de Diciembre fue un Miércoles triste.
Y probablemente si no lo hubieras tenido a él para secar tus lágrimas, cuidarte y abrazarte, probablemente ese Miércoles hubieras muerto de angustia. Probablemente ese miércoles hubiera sido demasiado triste para que tu corazón lo soportara. Probablemente ese Miércoles hubieras sufrido hasta desangrarte por dentro, hasta marchitarte, hasta quedar hecha jirones, hasta quedar vacía de tanto sollozar.
Empezase ese Miércoles con el pie izquierdo y con todo predispuesto para que fuera un mal día, es verdad, pero nunca te imaginaste que en esa montaña rusa de emociones que te dominaron desde que despertaste para ir al trabajo llegarías a un punto tan, tan alto que la bajada sería mortal.
Gracias a Dios estaba él ahí para atajarte en la caída.
A las cuatro de la mañana te despertaste con un dolor punzante que parecía provenir desde los mismísimos confines de tu cráneo, demasiado fuerte para que tu sistema lo ignorara, por lo cual tus ojos se abrieron de golpe para encontrarse con la negrura en la que la habitación estaba sumida. Sus brazos envolvían tu cuerpo como si abrazarte fuera una cuestión de vida o muerte, su cabeza reposaba junto a tu cabeza sobre la mullida almohada de plumas, y su boca seguía a tan sólo medio centímetro de tu oído, evidenciando que como todas las noches se había quedado dormido hablándote o cantando en susurros tus canciones favoritas para ayudarte a conciliar el sueño.
Una de las desventajas de trabajar tantas horas diarias con múltiples computadoras son las súbitas, inesperadas, repentinas jaquecas que te agarran a veces, generalmente en mitad de la noche. Aquella era tan terrible que no pudiste mantener los ojos abiertos por mucho más tiempo; los párpados se te cerraban solos, sentías las sienes hinchadas, el cerebro inflamado, como si hubiera dentro de tu cabeza duendecitos maléficos martillando con fuerza cada rincón con el firme propósito de provocarte una migraña que te causara náuseas y una fuerte sensación de mareo que te impedía levantarte para ir al baño a vomitar (estabas segura de que en cuanto trataras de salirte de la cama tus rodillas se doblarían bajo el peso de tu cuerpo y caerías al suelo).
Respiraste hondo un par de veces, pero el dolor aumentaba. Y aumentaba. Y aumentaba. Y pasada media hora durante la cual no hiciste más que quedarte muy quieta en sus brazos rogando poder volver a dormirte a pesar de la jaqueca, el dolor era tan fuerte que tenías ganas de gritar hasta desgarrarte la garganta, porque tu cabeza parecía haber sido atravesada por un hierro incandescente, tu cabeza parecía hervir en llamas, y cada terminación nerviosa en tu cerebro ardía como si estuvieran sido repetidamente sumergidas en agua hirviendo.
Respiraste hondo un par de veces, tratando de volver a caer presa del sueño, pero no lo lograste, y en tus intentos por ignorar una migraña demasiado potente para ser ignorada, acabaste interrumpiendo el descanso de Tony, quien se despabiló enseguida al escuchar tu respiración entrecortada y laboriosa y al sentir tu cuerpo tenso y rígido como una tabla de madera junto al suyo.
"Michelle, ¿estás bien?" preguntó, preocupado y sobresaltado, con sus facciones formando un gesto confundido, el cansancio aún visible en sus ojos apenas abiertos, sus párpados haciendo un esfuerzo sobrehumano por no volver a caer víctimas de su extenuación extrema; incluso si habían pasado el día anterior reponiéndose de las dieciocho horas en servicio del lunes, seguían ambos mental y físicamente fulminados, porque el organismo no se recupera de tanto estrés, nervios y esfuerzo con un par de horas remoloneando en la cama y una tarde tranquila mirando películas románticas acurrucados en el sillón.
"Estoy bien, amor" lo tranquilizaste, pero aunque trataste de mantener la compostura para disimular lo mal que te sentías, tu voz salió entrecortada y un gemido de pena se mezcló, pues en el momento en que las palabras dejaban tus labios una punzada especialmente fuerte te atacó sin previo aviso.
Ya completamente despierto y con la preocupación a flor de piel, posó una de sus manos en tu frente para chequear tu temperatura.
"Tony" murmuraste, con los ojos abiertos apenas un cuarto de milímetro porque haber tratado de mantener los párpados levantados más que eso hubiera significado un esfuerzo demasiado grande en el estado en el que te encontrabas "… es simplemente un dolor de cabeza"
Pero él ya estaba incorporado.
"Voy a prepararte una taza de té, y voy a traerte un ibuprofeno"
"Tony, no hace falta" murmuraste "Volvé a dormir" con las pocas fuerzas que pudiste juntar trataste de tomarlo del brazo y obligarlo a volver a acurrucarse a tu lado en la cama, pero estabas demasiado debilitada y su cuerpo está hecho de músculos que parecen de acero, por lo cual el leve jalón no logró moverlo ni medio centímetro.
Los esperaba un Miércoles ajetreado en la CTU (¿qué día no es ajetreado en la CTU, sino casi todos?); no querías que se despabilara y estuviera el resto de la madrugada cuidándote, luchando contra el terrible cansancio físico que seguramente sentía en sus huesos y músculos tanto como lo sentías vos en tu propia anatomía, luchando para mantener sus párpados levantados cada vez que ellos insistieran en caerse, sólo para poder asegurarse de que estuvieras bien.
Simplemente tendrías que esperar a que la jaqueca se fuera, como siempre, y lo que necesitabas en ese momento no era que él alterara por completo su patrón de sueño para quedarse mimándote; no sería justo, porque él también es humano, él también es de carne, él también precisa estar bien descansado, él también precisa estar lúcido para poder desarrollar sus tareas como director de la Unidad sin tener que tomar litros y litros de café para mantenerse despabilo, despejado y de buen humor, por no mencionar el hecho de que tiende a estar un poquitito más irritable, intolerante y egocéntrico que de costumbre cuando tiene sueño, – no con vos, si no con el resto del mundo, claro; a vos sigue tratándote como si fueras la persona más importante sobre la faz de la Tierra -. Tony Almeida mal descansado… digamos que se pone muy fastidioso.
"Volvé a acostarte" repetiste en un susurro.
"No" se negó, y antes de que tus frágiles y delgados dedos pudieran cerrarse en la tela de la camiseta que llevaba puesta él ya se había levantado, y estaba de pie junto a la cama "Voy a prepararte una taza de té y a traerte un ibuprofeno" repitió.
La protesta que trataste de formar con palabras nunca llegó a subir por tu garganta y a colarse por entre tus labios para convertirse en sonido, porque él no te dio tiempo a emitir queja alguna, y se dirigió directo hacia la cocina, perdiéndose el ruido de sus pasos sobre la mullida alfombra a medida que se alejaba más del cuarto y se acercaba a la cocina.
Echa un ovillo, tiritando de frío a pesar de que estabas acurrucada bajo tu cobertor favorito, con ambas manos cerradas en puños y las uñas clavándose en las palmas, apretando los ojos debido al intenso dolor de cabeza, esperaste durante lo que pareció una eternidad a que él regresara, mientras tu cuerpo víctima de una jaqueca que había aparecido súbitamente para interrumpir tu sueño y convertir el resto de la madrugada en una incesante sucesión de pulsaciones y punzadas en tus sienes devorándote desde adentro una tras otra, extrañaba la tranquilizadora y terapéutica tibieza de su piel contra tu piel, el relajante sonido de su corazón latiendo junto a tu corazón, su respiración flotando en el aire como notas musicales formando una melodía calma y acompasada, su perfume mezclándose con tu perfume.
Por tu mente divagaban palabras sueltas susurradas por tu inconsciente, formando una especie de auto-reproche por haber dejado que se desvelara por culpa tuya y perdiera preciosos minutos de muy necesitado descanso por el simple hecho de que es demasiado protector y precisa cuidarte las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana, incluso si el reloj marca que son más de las cuatro y sus números rojos, grandes, brillantes, amenazantes recuerdan burlones que antes de las seis en punto la alarma va a sonar con su irritante canturreo electrónico anunciando que es tiempo de prepararse para ir a afrontar otra jornada de trabajo en la Unidad Antiterrorista de Los Angeles, con un personal nuevo tratando de adaptarse, dos departamentos compuestos de gente demasiado diversa intentando convivir pacíficamente bajo un mismo techo, miles de millones de vidas pendiendo en sus manos, y Chappelle, Hammond y 'los muchachos de División, Distrito y Washington' respirándoles en la nuca.
Y por culpa tuya – susurraba esa voz molesta en tu cabeza, una y otra vez, como si aquellos reproches estuvieran grabados en un disco rayado y el botón de 'pausa' de tu cerebro estuviera averiado – él tendría que pasar por todo lo que implica un día como director de la CTU cansado, destemplado, con los nervios y los músculos a la miseria, bebiendo taza de café tras taza de café para mantenerse activo y no caer derrumbado sobre el escritorio a la primera de cambio. Por culpa tuya tendría un Miércoles complicado, simplemente porque te ama tanto que no puede soportar estar sin hacer nada mientras a vos te tortura un dolor de cabeza.
Así de perfecto es el hombre del que estás enamorada: siempre antepone sus necesidades a las tuyas sin que haga falta que se lo pidas, incluso en ocasiones en las que ni siquiera tenés intensión de pedírselo (nunca tenés intensión de pedírselo, en realidad, porque vos hacés exactamente lo mismo: antepones sus necesidades a las tuyas).
Así de perfecto es el hombre del que te enamoraste: no hay modo posible, no existe fuerza sobre la faz de la Tierra capaz de disuadirlo de anteponer tus necesidades a las suyas, ni siquiera en vos reside esa fuerza, y probablemente jamás exista alma caminando en el Universo que tenga la capacidad de impedir que lo guíe su impulso de cuidarte literalmente todo el tiempo.
Así de perfecto es el hombre del que te enamoraste, y no hay fuerza sobre la faz de la Tierra capaz de impedir que tu amor por él crezca más y más con cada día, con cada cosa que hace, con cada cosa que dice, con cada segundo que se escurre entre las manecillas del reloj.
Tan concentrada estabas, tan sumergida en esa mezcla de migraña voraz, pensamientos, reproches y reflexiones, que no escuchaste sus pasos desandando el camino previamente andado, sus pies moviéndose sobre la mullida alfombra en el regreso desde la cocina al cuarto. Por eso te sobresaltaste al sentir una de sus manos otra vez sobre tu frente. Tus ojos se abrieron apenas – más por acto reflejo que por otra cosa – y lo viste de pie junto a la cama, agarrando una humeante taza de té por el asa y con una tableta de ibuprofeno haciendo equilibrio entre dos de sus largos dedos.
"Perdón, ¿te asusté?" se disculpó, al tiempo que se sentaba con cuidado junto a vos. El colchón se hundió bajo el peso de su cuerpo.
Tus párpados volvieron a caer automáticamente, ya sin poder aguantar un segundo más abiertos.
"Está bien" susurraste débilmente "Deberías volver a acostarte, Tony; mañana tenemos que levantarnos temprano, no podés ir al trabajo sin descansar" dijiste, tratando de persuadirlo aún cuando sabías que no iba a hacerte caso.
Y no te hizo caso, por supuesto. No hubiera sido propio de él, no hubiera sido propio de su carácter hacerte caso, volver a meterse bajo las sábanas y entregarse contento y despreocupado a los brazos de Morfeo, dejándote a vos con la cabeza como si enanitos verdes estuvieran dentro de ella martillando cada neurona, cada terminación nerviosa, cada recoveco de tu cerebro, cada fibra. El murmullo que formaron tus palabras cayó en oídos sordos.
Te ayudó a incorporarte hasta que quedaste medio sentada, sostenida por un pilón de almohadas que él armó detrás de vos para que pudieras mantenerte medio erguida, medio acostada; también con su ayuda bebiste algo de té, y luego masticaste el ibuprofeno hasta que el pequeño comprimido anaranjado se convirtió en polvo y pudiste tragarlo junto con el líquido caliente, que al bajar abrasó tu garganta y te provocó una sensación de confort muy grande que alivió un poco las náuseas que sentías.
"Gracias" murmuraste.
"Tomá un poco más de té" te pidió, acercando de nuevo la taza a tus labios con delicadeza "Va a ayudar a que se te pasen las náuseas"
"¿Cómo sabés que tengo náuseas?" preguntaste en un débil susurro, luego de haber bebido algunos sorbos más.
"Siempre que te duele muchísimo la cabeza tenés náuseas" dijo, dejando en claro una vez más lo mucho que te conoce, la profundidad con la que te conoce, la profundidad con la que sabe absolutamente todo de vos, desde lo más simple hasta lo más complejo, desde lo más sencillo hasta lo más complicado, desde lo más irrelevante hasta aquello que encierra infinita relevancia.
"Me encanta que sepas todo de mí" murmuraste con la voz impregnada de ternura, reprimiendo un bostezo somnoliento, y dejando que tus nervios se relajaran bajo el tacto de sus manos, que estaban acariciando tu espalda con la misma suavidad y dulzura con la que siempre te toca.
"Y a mi me encanta saber todo de vos" fue su respuesta, también dicha en voz muy bajita, también dicha con una ternura prácticamente palpable que te recorrió por dentro de arriba a abajo despertando sensaciones placenteras que como mariposas se movieron por todo tu interior haciéndote cosquillas con sus alitas, opacando un poco los terribles efectos de tu migraña, que al parecer no tenía intenciones de ceder inmediatamente al ibuprofeno.
Con su ayuda bebiste el resto de la taza de té de a pequeños sorbos, y después – totalmente dócil bajo su poder – volviste a recostarte, boca abajo, con la cara enterrada en la almohada. Sus manos acariciaban tu espalda, sus dedos ejercían presión sobre tu nuca para relajar los músculos duros como el acero y aliviar las tensiones que – considerando tu trabajo – uno podría suponer eran producto de las horas pasadas frente a la computadora.
Sin embargo, esa hubiera sido una deducción errónea. Sabías bien que aquella migraña no había sido desencadenada por las horas que pasás sentada frente a la computadora, trabajando, procesando información, armando bases de datos, buscando mapas, enviando códigos, descifrando archivos encriptados, ayudando a salvar vidas inocentes. Sabías bien que aquél ataque de migraña que te había dado súbitamente en medio de la noche, despertándote, provocando también náuseas y mareos, encontraba sus causas en motivos que distaban de relacionarse con músculos y cervical contracturados.
Además de las náuseas, el dolor de cabeza y la sensación de que la habitación daba vueltas a tu alrededor como si te hubieran subido a una calesita fuera de control que no para de girar y girar a velocidades dañinas para la anatomía humana, habías empezado a sentir punzadas en el abdomen, punzadas muy parecidas a las que tenés cada vez que se acerca la fecha de tu ciclo mensual.
En circunstancias normales sería extraño que tu cuerpo te castigara con dos períodos seguidos, uno en Noviembre y otro en Diciembre, porque tu organismo es bastante irregular. Sin embargo, desde hace unos días tu organismo ya no está siguiendo su curso natural.
El día después de Acción de Gracias – casi dos semanas atrás –, totalmente decidida y segurísima respecto al paso que habías elegido dar, encontraste en tu agenda un pequeño blanco en mitad de un día menos ajetreado de lo usual, llamaste a la clínica y pediste el turno más próximo que pudieran darte.
A Tony le dijiste que ibas a ir a almorzar con tu hermano, lo cual no era enteramente mentira, porque te citaste con Danny en una cafetería cercana al sitio al que debías ir luego a propósito, para aprovechar aquél huequito libre que habías logrado meter entre tus horas de trabajo y hacer ambas cosas. A tu hermano obviamente no le dijiste a dónde irías tampoco, no sólo porque es un tema totalmente privado que te concierne sólo a vos, sino porque hubiera implicado también hablarle de que estás hace tres meses en una relación muy comprometida, y en este momento de su vida tu hermano está demasiado centrado en sus problemas, demasiado absorto, demasiado ensimismado, como para entender y aceptar que estás enamorada de un hombre diez años mayor, y que ese hombre es tu jefe. Sabés que más pronto que tarde vas a tener que contarle sobre Tony, pero por el momento preferís ahorrarte el drama, la angustia y el estrés que implicaría tener que soportar a Danny con sus prejuicios y cuestionamientos (sabés, por experiencia, que Danny además de paranoico también es prejuicioso, y tiende a cuestionar absolutamente todo, desde lo más grande hasta lo más pequeño, porque le encanta llevarle la contra a todo el mundo).
Después de conversar un rato con Danny (principalmente sobre tus sobrinos, a quienes llevás meses sin ver por capricho de tu ex cuñada) fuiste, con una mezcla de nervios y cosquillas en la panza que no podías explicar, al consultorio de tu ginecóloga para pedirle que te aconsejara sobre métodos anticonceptivos, y esa misma tarde comenzaste a tomar las pastillas.
La decisión de dejar de esperar de una buena vez por todas había tomado una fuerza impresionante, y cualquier otro argumento que pudiera aparecer pasaba a ser automáticamente inválido al encontrarse con tu convicción y decisión de entregarle tu alma, tu corazón y tu cuerpo, de permitir que te dominara el deseo de estar completamente unida a él, tanto como humanamente posible. Durante muchísimos años habías esperado al hombre indicado, a tu príncipe azul, al amor de tu vida, al único al que le entregarías cada pedacito de tu alma, mente, corazón y cuerpo, y ahora tu sueño se hizo realidad y todas las noches dormís en sus brazos. ¿Por qué seguir aguardando? ¿Por qué seguir aguantando? ¿Por qué reprimir el deseo? ¿Por qué privarte de amarlo? Esas preguntabas habían estado dando vueltas en tu cabeza por un largo tiempo, y habías acabado hallando la respuesta: las barreras estabas levantándolas vos, y sólo vos podías hacerlas desaparecer. Tus deseos, vos estás reprimiéndolos, y a ellos no podría dársele rienda suelta a menos que vos así lo decidieras.
Sin embargo, eso no quitaba parte en el juego a tu costado pensante, aquel que obsesionado está con el orden y el control, aquél que quiere que todo (incluso tu cuerpo) marche como un reloj suizo, aquel costado que quiere tener dominio de cada pequeña cosa, de cada pequeño detalle. Sabés que es necesario caminar siempre sobre suelo firme, y que los 'accidentes' pasan, incluso a las mujeres más precavidas, incluso a las parejas más cuidadosas. Un hijo suyo sería una bendición y lo amarías con cada pedacito de tu ser, con la misma intensidad con que lo amás a él, pero en este punto de sus vidas un embarazo no sería realmente conveniente: los dos tienen posibilidades de avanzar en sus carreras y quizá llegar a trabajar para la CIA en Langley, o para el servicio secreto, en cuatro o cinco años; muchas oportunidades laborales podrían abrírseles a ambos. Pero tampoco se trata pura y exclusivamente de temas relacionados con tu trabajo, también tiene que ver con lo personal; no querés saltear procesos y etapas, no querés perder la posibilidad de vivir cada momento, disfrutar las cosas a su debido tiempo (tu casamiento, la luna de miel, viajes, noches enteras despiertos mirando las estrellas, conversaciones íntimas hasta las tres de la madrugada, ahorrar para comprar una casa y decorarla juntos), encontrar cierta estabilidad (no sólo económica) antes de que otra personita arribe para iluminar tu mundo y el de él.
Cuando llegue el punto en que tus emociones te desborden, tu cabeza se apague totalmente, tu raciocinio se extinga y quedes a merced del éxtasis, cuando llegue el punto en que tu alma y su alma vuelvan a encontrarse y se conviertan en una sola, cuando los segundos se detengan suspendidos en el tiempo y queden congelados los relojes, y el Universo entero se reduzca a tu ser y su ser fundidos en uno solo, querés estar preparada, segura de haber tomado todas las precauciones posibles.
Pueden acusarte de ser controladora en exceso (lo sos), pueden acusarte de obsesiva (lo sos), pueden acusarte de analizar todo doscientas cincuenta mil veces (lo hacés), pueden acusarte de procesar todo como si tu cerebro fuera una máquina con mil engranajes (también lo hacés), pero es la forma en que estás acostumbrada a manejar las cosas.
Tu mamá te abandonó cuando todavía eras muy chiquitita, por lo cual nunca hablaste con ella sobre estos temas, y tu abuela no era precisamente accesible y comprensiva en lo referido al sexo; tu mayor fuente de instrucción en la adolescencia fueron los libros, pero ahora que sos una mujer la teoría no alcanza. Por eso hablaste con la doctora durante un largo rato, le hiciste todas las preguntas que creíste convenientes (lo cual te costó bastante, porque sos demasiado tímida y vergonzosa), y escuchaste con atención todas sus explicaciones.
No te sorprendió despertarte en la madrugada con dolor abdominal, jaqueca, mareos y náuseas: la ginecóloga ya te había avisado que probablemente tus problemas de irregularidad se corregirían como parte de los efectos de las pastillas sobre tu organismo, y que comenzarías a tener tus períodos cada treinta o veintiocho días, como la mayoría de las mujeres 'normales'. Y es evidente que estaba en lo cierto, porque el dolor que sentías en el abdomen, la jaqueca, las náuseas, el mareo… todos esos síntomas son típicos tuyos cuando se acerca tu ciclo menstrual, y es común que te ataquen en medio de la noche, como si burlones quisieran decirte: 'no sólo vamos a combinarnos para hacer tu vida miserable durante los siguientes siete días, sino que también vamos a cortar por la mitad tus horas de descanso apareciendo de sorpresa a las cuatro de la mañana'.
Regresando al asunto anterior: Tony no sabe que estás tomando las pastillas, y por el momento no tenés intención de que se entere de que comenzaste a usar métodos anticonceptivos en vistas de que vas a empezar a necesitarlos pronto (más pronto de lo que él piensa, tan pronto que con cada día que se escurre por entre los cuadraditos del calendario aumenta la cantidad de mariposas en tu panza – mezcla de emoción, deseo y también nervios – ante la perspectiva de lo que, según lo planeado por vos, va a suceder antes de que acabe el mes de Diciembre). Confiás en él más que en cualquier otra persona, le contás absolutamente todo, sabe prácticamente todo sobre vos (y lo que aún no sabe, lo va aprendiendo a diario, poco a poco, paso a paso, con cada nueva anécdota que compartís con él, o cada historia vieja desenterrada del arcón de los recuerdos que hay en tu memoria), pero en este caso preferiste guardar silencio al respecto por diversos motivos.
Además del deseo profundo, además de las ganas, además de esa necesidad desbordante de hundirse en vos hasta que los dos cuerpos se fundan y se convierten en uno solo, él tiene miedos, nervios, ansiedad, inseguridades, muchos más miedos, nervios e inseguridades que vos, una ansiedad que lo quema por dentro mucho más fuerte que ese ardor dulce que crepita en tu interior cada vez que imaginás cómo será la primera vez. Aunque se empecine en negarlo, él está mucho más nervioso que vos. Podría describirse casi como tierno el pánico que siente, ese miedo hondo y agudo a lastimarte, a hacerte daño, miedo que sabés carece totalmente de fundamentos, miedo que sabés está sólo en su cabeza, miedo que esperás poder disipar de a poco, miedo que lo lleva a tocarte y a acariciarte con una delicadeza extrema, porque teme que te rompas, que te hagas añicos, que te deshagas en sus manos como si tu anatomía entera fuese de azúcar.
Si le dijeras que comenzaste a tomar anticonceptivos y que ya planeaste en tu cabeza el día, hora y lugar en el que van a hacer el amor, esa ansiedad, esos nervios, esas inseguridades, ese pánico rotundo a hacerte daño, esa necesidad de protegerte todo el tiempo, esa locura indescriptible lo desbordarían. Y ese día querés sorprenderlo, querés que todo salga natural, que las cosas tomen su curso, que el tiempo fluya y se escape por entre sus manos, pero que el reloj quede detenido e inmóvil.
Si le dijeras que comenzaste a tomar pastillas y que tenés armada en tu cabeza una fantasía lista para ser llevada a la realidad, así como vos contás días, horas, minutos y segundos con una sonrisa dibujándose en tus labios y la panza llena de cosquillas, él contaría días, horas, minutos y segundos preguntándose si es lo correcto dar el siguiente paso, si de verdad estás lista o si estás apurándote, si es lo correcto permitir que rompas con la tradición que tu abuela te inculcó, si no significaría aprovecharse de tu vulnerabilidad permitir que le entregaras cada partecita tuya. Le colapsaría el cerebro en un intento de lograr que entendieras que no le importa esperar, que por vos está dispuesto a aguantar el tiempo que haga falta, que no quiere que te sientas presionada, que no es su intención la de apurarte, que no podría soportar la idea de que tal vez te apresuraste y cediste porque te creías obligada a complacerlo…
Lo conocés demasiado bien, lo conocés de memoria, y apostarías tu cabeza a que sería aquella su reacción si le confesaras lo que tenés proyectado para la víspera de Navidad. Y vos tendrías que explicarle de mil maneras y con mil palabras distintas que no te sentís obligada, presionada, apresurada ni nada que se le asemeje, que estás segura, que estás convencida, que te morís de ganas, que no querés seguir esperando ahora que encontraste al hombre de tu vida, que no hay nada que ansíes tanto como hablarle sin usar ese idioma que forman vocales y consonantes, creándose susurros al rozarse piel con piel que expresan mucho más de lo que el lenguaje hablado llegará a expresar alguna vez.
No querés que haya explicaciones. No querés que haya cuestionamientos. No querés que aparezcan las dudas, las preguntas. No querés que él te convenza de seguir esperando. Porque estás lista. Porque estás segura. Porque estás decidida. Porque tu cuerpo frágil e inocente, ese cuerpo de muñequita de porcelana, no va a romperse en sus brazos; es en sus brazos el sitio en el que te sentís segura, contenida, protegida. No querés que él se angustie con planteos acerca de si es lo correcto o no permitir que lo lleves a perder el control, no querés que se angustie pensando que algo en él está conduciendo a que te sientas presionada.
En esos motivos reflexionabas mientras él acariciaba tu espalda y trataba de aliviar con sus masajes las zonas tensas y adoloridas: pensabas en las razones que te llevaron a decidir mantener al margen, por el momento, que empezaste a usar métodos preventivos para que tu organismo se acostumbre a ellos, y no correr riesgos cuando dentro de unos días (días, faltan apenas días para que tu alma y su alma vuelvan a ser una sola) compartan el grado de intimidad más dulce que dos personas pueden compartir.
En eso pensabas, mientras él susurraba en tu oído palabras de confort, mientras sus murmullos se mezclaban con el de las yemas de sus dedos al rozar tu piel o al enredarse en tus bucles: pensabas, en medio de las punzadas de dolor que te acribillaban sin piedad, en lo lindo que sería convencerlo a besos de pasar la Noche Buena totalmente perdidos uno dentro del otro, sin noción del tiempo, sin que nada en el Universo tenga importancia o sentido, nada que no sea la conexión que existe entre los dos.
Se te llenaba la panza de mariposas de sólo imaginarlo, mariposas que viajaban por todo tu cuerpo haciéndote cosquillas con sus alitas diminutas, invadiéndote con una calidez que aliviaba el dolor que sentías. Sumada esa sensación cálida a las caricias que sus manos dibujaban en tu cuello y en tu espalda, el malestar físico – aunque intenso – no eran tan terrible, incluso si cada parte de tu anatomía parecía haber sido molida o pasada por arriba por una aplanadora, incluso si apenas podías respirar sin sentir como una cuchillada molestias en el abdomen, incluso si no podías abrir los ojos debido a la fuerte jaqueca. La perspectiva de hacer el amor con él dentro de apenas días y el poder terapéutico de sus manos eran suficientes para menguar cualquier cosa, incluidos los síntomas de tu síndrome premenstrual.
Y así, con sus caricias como la cura perfecta, con sus caricias como el remedio ideal, y tus pensamientos-sueños (porque estabas algo adormecida y a veces tu mente cruzaba al plano del inconsciente para luego regresar de golpe a la realidad, bailando por el borden entre ambos, en puntitas de pie) se combinaron creando el antídoto perfecto para que de a poco empezaras a mejorar.
Transcurrido un largo rato, cuando pudiste reunir fuerzas suficientes para despegar tus párpados y levantar la cabeza apenas, captaste un borrón rojo proveniente de la mesita de noche, donde descansaba el reloj despertador, y viste que eran casi las cinco menos veinte de la mañana, lo que significaba que faltaba poco menos de una hora y media para que tuvieran que empezar a prepararse para ir a trabajar.
"Tony, deberías dormir un poco" intentaste persuadirlo para que al menos aprovechara esos escasos noventa minutos para reponer algo de energía "Ya me siento mejor" dijiste con honestidad. El dolor no se había ido, pero era mucho más leve, no estabas mareada, las náuseas habían desaparecido finalmente, y si bien de tanto en tanto alguna punzada demasiado fuerte te atacaba, ya la migraña no estaba devorándote sin piedad alguna "Vayamos a dormir. No puedo dormir si no me abrazás" volviste a insistir, casi rogando, con la esperanza de que su propia debilidad por vos terminara siendo un arma de doble filo y lo llevara a complacerte, tironeando un poco de la manga de su camiseta sin obtener demasiados resultados.
No te hizo caso, por supuesto, y prefirió quedarse el resto de la madrugada despierto, sentado a tu lado, por si te agarraban náuseas otra vez y necesitabas otra taza de té para aliviar las arcadas, o te despertabas de nuevo con dolor de cabeza y precisabas tomar otro analgésico. Ni siquiera lograste agarrarlo desprevenido cuando trataste de convencerlo de que volviera a acostarse diciéndole que necesitabas un abrazo.
Te quedaste dormida contra tu voluntad cuando tu sistema perdió toda capacidad de reacción, implorando cada nervio y músculos en tu cuerpo por algo de descanso; por mucho que trataste de mantenerte despierta y seguir insistiendo de tanto en tanto para que él volviera a acostarse y también descasara, caíste presa en los mares de Morfeo sin siquiera darte cuenta de que la negrura estaba empezando a envolverte, a abrazarte, a tomarte entre sus brazos hasta convertir su respiración y los latidos de su corazón en un sonido distante y lejano, hasta que sus manos acariciando tu espalda se convirtieron en un recuerdo con el que soñar.
Te despertaste a las cinco con cuarenta y seis minutos, luego de que el radio reloj sonara durante breves diez segundos antes de que él lo apagara rápidamente.
"¿Te sentís mejor?" preguntó en voz baja luego de ayudarte para que te incorporaras, mientras vos te restregabas los ojos para quitar las lagañas que allí se habían formado.
"Te quedaste despierto toda la noche" largaste a modo de respuesta en cuanto tu cerebro logró recuperar las capacidades de conectar algunos claves y formar una oración más o menos coherente.
No era una pregunta: era una afirmación. Ahí estaba él, con la mirada reflejando claramente cuán exhausta su anatomía estaba; ahí estaba él, con la mirada reflejando cuánto necesitaba darse una ducha de agua fría para despejarse porque la falta de descanso apropiado estaba golpeando cada uno de sus átomos con violencia, vengándose su cuerpo por haberlo hecho trabajar dieciocho largas y terribles horas el lunes, para luego darle tan sólo unas pocas horas de sueño de calidad y pretender que funcionara correctamente el miércoles. Ahí estaba él, contemplándote con la misma ternura con la que siempre te contempla, con una mezcla de preocupación en sus facciones que denotaba lo mucho que necesita asegurarse todo el tiempo de que estás bien, de que nada te duele – sea dolor físico el que te aqueja o dolor emocional -, siempre queriendo asegurarse de hacer hasta lo imposible para sanar cada herida, cada marquita, cada rasguño en tu alma, en tu corazón. Ahí estaba él, después de haberse quedado despierto prestando atención a cada pequeña cosita en caso de que te sintieras mal otra vez.
"Sí" contestó con una sonrisa cargada de dulzura "No me retes" te pidió luego, y así como nació una sonrisa en tus labios, la sonrisa en los suyos se acentuó un poquitito más.
"Sos un tonto" trataste de reprenderlo, pero estabas tan enternecida ante el hecho de que se hubiera quedado despierto mimándote cuando podría simplemente haber seguido durmiendo como para que tus palabras sonaran teñidas de enojo; en realidad, más bien sonaban como si estuvieran remojadas en almíbar "Ahora vas a estar todo el día cansando" dijiste, logrando a duras penas reprimir un bostezo.
"Sos bonita hasta cuando bostezás" fue todo lo que obtuviste por respuesta, y antes de que pudieras volver a intentar reprenderlo convincentemente por no haber descansado bien, sus labios estaban sellando los tuyos para que desistieras de protestar.
"Y vos sos un tonto" dijiste en un murmullo, acunando su cabeza con tus manos y acariciando su cuello con las yemas de tus dedos hasta sentir su piel erizarse, tomándote un segundo antes de seguir hablando para disfrutar del placer que te derrite por dentro cada vez que con un roce conseguís tenerlo a tu merced "porque hoy vas a tener que pasar el día entero atiborrándote de café para no caer dormido en medio de alguna reunión con Chappelle" los dos rieron suavemente "Qué tonto que sos" repetiste, medio adormecida, frotando la punta de tu nariz contra la punta de su nariz "No era necesario que te quedaras despierto toda la noche" volviste a decirle.
"Sí era necesario" te contradijo "¿Te acordás lo que te prometí?: siempre voy a cuidarte. Siempre, siempre, siempre. Y yo nunca rompo mis promesas. No importa si son las tres de la madrugada, o las cinco de la tarde: voy a cuidarte hasta que los dos seamos viejitos, en todo momento, en toda circunstancia" estabas mordiéndote el labio para evitar la sonrisa gigantesca que quería dibujarse en tu rostro, cruzándolo de oreja a oreja "No hay nada que puedas hacer para impedir que cumpla mi misión"
"¿Y cuál es tu misión?" inquiriste.
"Ya sabés cuál es mi misión" dijo tímidamente, esquivando tu mirada; te provocó cierta satisfacción, verlo a él sonrojándose terriblemente, para variar, porque sos siempre vos la que termina con las mejillas rojas como frutillas, terriblemente ruborizada.
"Quiero escucharte decirlo, Almeida" insististe "Y quiero que me lo digas mirándome a los ojos" agregaste luego.
Respiró hondo, dejó que sus ojos se hundieran en tus ojos, dejaste que tus ojos se perdieran hondamente en los suyos hasta alcanzar las ventanas de su alma, y luego lo oíste suspirar:
"Mi misión es hacerte inmensamente feliz"
Una milésima de segundo fue lo que tardaste en capturar sus labios entre los tuyos. Dos milésimas de segundo fue lo que él tardó en intensificar el beso. Y medio minuto después estabas completamente perdida explorando cada recoveco de su boca, y él haciendo lo mismo. Es en momentos como esos que no te alcanza sólo con besarlo hasta que ninguno de los dos pueda respirar, no te alcanza con sentir su corazón latiendo junto al suyo, es en momentos como esos que morís de ganas de sentir el calor de su cuerpo fundiéndose dentro del tuyo.
Falta poquitito pensaste, recordando tus planes para Noche Buena y el frasco de pastillas anticonceptivas que descansa en el fondo de tu bolso. Dentro de muy poquititos días vamos a ser uno parte del otro para siempre.
"Sigo pensando que sos un tonto" susurraste entre besos, jadeando porque te faltaba el aire, casi olvidando por completo las punzadas que de nuevo atacaban tu abdomen, recordándote que te quedaban otros seis o siete días de dolor, náuseas y jaquecas; pero no le diste importancia, porque con sus labios sobre tus labios y sus manos acariciándote cualquier malestar físico es mitigado: su boca y su piel son la cura perfecta para absolutamente cualquier cosa "Pero sos el tonto más dulce del mundo"
Y su respuesta fue dicha también en un susurro mientras luchaba por respirar:
"Es imposible no ser dulce con vos"
Lo mejor de ese Miércoles (lo único bueno de ese Miércoles, a decir verdad) fueron los diez minutos que pasaste besándolo, porque cuando te levantaste de la cama definitivamente fue con el pie izquierdo, y de ahí en adelante las cosas fueron de mal en peor, hasta que llegado un determinado punto tocaste fondo de una manera terrible… Pero mejor es no adelantarse.
Mientras desayunaban sin querer te volcaste la taza de café sobre tus ropas, y tuviste que regresar a tu habitación para cambiarte; cuando volviste a la cocina, con una blusa y falda recién sacadas de tu ropero, quisiste ayudar a Tony a limpiar el charco de líquido oscuro que se había formado en la mesa, y accidentalmente, producto de un movimiento torpe, se te cayó la taza de cerámica y se hizo añicos contra el suelo.
Los dos se agacharon al mismo tiempo para recoger los pedazos rotos, y como evidentemente ese Miércoles estaba destinado a salir mal en cada pequeño aspecto posible, al hacerlo se chocaron sin querer las cabezas, al mejor estilo 'Los tres chiflados'.
"Perdón. ¿Te dolió?" preguntó él, frotando tu frente con sus nudillos, con movimientos delicados, masajeando un poco el área en la que acababan de golpearse.
"Un poquitito" dijiste, tratando de restarle importancia.
"Michelle, te tiemblan las manos" Tony señaló, preocupado, tratando de apartar tus manos del montón de astillas y pedazos de cerámica para que no los agarraras y te cortaras.
Era verdad, las manos te temblaban incontrolablemente, el cuerpo entero te temblaba incontrolablemente. Tenías frío a pesar de que era un día cálido, estabas destemplada, estabas cansada, estabas adolorida, y el efecto dulce y tranquilizador de sus besos y sus mimos parecía haberse evaporado, porque todo lo que podías sentir era angustia y tristeza inexplicables (malditas hormonas), ganas de acurrucarte en la cama y no moverte de ahí por días (malditas hormonas), ganas de gritar sin motivo aparente (malditas hormonas), ganas de llorar sin nada que lo amerite (otra vez: malditas hormonas). Tus manos temblaban, era cierto, y él, que siempre nota todo, que es tan atento, que está pendiente de vos, que te mira con ojos especiales para saber exactamente cuándo estás mal, se da cuenta enseguida de eso, y su primer instinto fue el de alejarte de los pedazos de la taza rota para impedir que te cortes.
"Michelle, yo lo limpio" te dijo, y acto seguido fue a buscar una escoba y una pala.
Vos, sin embargo, te quedaste en cuclillas junto a los trozos de cerámica blanca, mirándolos como si fueran la cosa más interesante del mundo, observando atentamente los restos de lo que dos minutos antes era una perfecta taza para desayuno.
Gracias a Dios era una de mis tazas, pensabas. Una taza blanca, normal, común y corriente, sin el logo de ningún equipo de baseball, sin una historia detrás de ella que involucre al abuelo de nadie o a una pasión como lo es el deporte. Menos mal que hoy no tomé café en su taza de los Cubs.
Respiraste varias veces, sin dejar de fijarte en la taza, o en lo que quedaba de ella. Es normal que en tus 'días especiales' (léase: los días durante los cuales pagás con tu sangre, literalmente, parte del castigo que a la humanidad le toca cumplir porque un día a Eva se le ocurrió desobedecer a Dios y comer la maldita manzana) repares en ese tipo de cosas que para otros son insignificantes, cosas como una taza rota, que cualquiera simplemente recogería del suelo y tiraría a la basura sin perder ni un segundo más dándole vueltas al asunto. Sin embargo, vos no podías evitar analizar casi obsesivamente lo que había ocurrido (el movimiento torpe, la taza cayendo al suelo, haciéndose añicos contra las impecables baldosas del piso, los trozos de cerámica desparramados en el lugar del impacto). No podés dejar de hacer conjeturas respecto a qué hubiera pasado de haber sido esa su taza, su adorada taza de Chicago Cubs, la taza que le regaló su abuelo, la taza que para él es algo así como la materialización del culto fanático que representa ese equipo de baseball.
"Princesa, ¿qué pasa?"
Saliste de tu ensimismamiento al escuchar su voz cargada de desconcierto, y al levantar la vista del suelo encontraste sus ojos oscuros observándote preocupados. Él se había agachado otra vez, pala en mano, para limpiar, pero los pedazos rotos seguían en el exacto punto en el que lo estaban desde que la taza se te había caído por accidente, porque él estaba demasiado ocupado esperando a que contestaras a su pregunta.
"¿Qué pasa, Chelle?" repitió, al no obtener una respuesta enseguida.
Reaccionaste, como si a tu cerebro le hubieran lanzado una descarga eléctrica, y le dijiste, tratando de que tu voz se impregnara más del alivio que sentías que de la angustia inexplicable (cortesía de las hormonas, claro, porque cuando estás en 'esos días especiales' tus hormonas se revolucionan, se salen de control, y eso hace que vayas como en una montaña rusa atravesando picos de extrema euforia o – por el contrario, como en este caso – angustiándote hondamente por cosas absurdas como una taza rota) que estaba provocándote la idea de que podría haber sido esa su taza hecha añicos en el piso de la cocina de tu departamento.
"Estaba pensando que tuvimos suerte: si hubiera estado bebiendo de tu taza de los Cubs…"
Haciendo uso de su habilidad para leer tu mente como si se tratara de un libro abierto, te interrumpió, tomando una de tus manos entre las suyas:
"Chelle, ¿creés que si en lugar de esta taza hubieras roto mi taza me habría enojado con vos?" asentiste con la cabeza tímidamente, rehusando mirarlo a los ojos, porque tu súbita y estúpida vulnerabilidad te daba vergüenza, porque no querías que te considerara una tonta por amargarte la mañana de ese modo en relación a un puñado de pedazos de porcelana rota.
"¿No te alivia que se haya roto una taza común y corriente y no tu taza?" confrontaste su pregunta con otra pregunta. Tu tono de voz, tan bajo y tan frágil, no era más que un murmullo llenando el aire de la cocina, un murmullo que sus oídos pueden captar porque su cuerpo y tu cuerpo están conectados y se entienden perfectamente él uno al otro, pudiendo comunicarse aún en esos momentos en los que prácticamente tus labios no hacen más que moverse y el sonido que se cuela por entre ellos no es más que un finísimo hilo que ningún otro ser humano podría comprender.
"Bueno, sí" confesó "… Pero si hubieras roto mi taza, habría sido un accidente, y no hay accidente que amerite estar enojado con vos"
Besó tu frente antes de incorporarse, con los pedazos rotos de la taza que minutos atrás había quedado reducida a añicos debido a tu torpeza envueltos en una servilleta de tela. La caricia de sus labios sobre tu piel debería haber sido suficiente para arrancarte una sonrisa de oreja a oreja, pero cuando lo que sentiste abrumándote por dentro casi salvajemente fue una necesidad incontenible de abrazarlo y de no moverte de la cocina por el resto del día, de quedarte con él escondiéndote del mundo, aislada de todo, haciendo de cuenta que existen en el Universo sólo ustedes dos y que el resto puede desdibujarse con absoluta facilidad cada vez que te fundís contra él y buscás refugio en el que considerás el lugar más seguro del planeta, deberías haber sabido interpretar eso como algo más que un simple 'ataque de mimos', deberías haber sabido interpretar eso como una señal de que el día que tenías por delante iba a ser uno que, al final, te haría desear haberte quedado en tu departamento, encerrada, alejada de todo lo que puede hacerte mal, con él.
Sin embargo, no lo hiciste. Te levantaste, aun temblando un poquitito, y te acercaste a Tony, que se hallaba de pie frente al fregadero, terminando de lavar un par de cosas del desayuno, y envolviste su cuerpo con tus brazos, buscando algo de paz y confort, aun sabiendo que no tendrías mucho tiempo para hundirte en esa sensación de bienestar porque tendrían que irse pronto rumbo al trabajo.
"Me angustian cosas tontas como haber roto una taza porque estoy 'en mis días'" explicaste, sonrojándote tanto que mentalmente agradeciste que tu rostro estuviera fuera del alcance de sus ojos "Me pongo muy sensible y todo me afecta de manera especial, más de lo normal"
"No te preocupes, Michelle" se dio vuelta sin que tus brazos lo soltaran, para que los dos quedaran frente a frente, y así poder acunar tu rostro entre sus manos y permitir que tus ojos y los suyos se encontraran "El mejor remedio para la angustia son los mimos, y cuando se trata de vos los mimos me sobran"
Volvió a besar tu frente, pero la sonrisa de oreja a oreja que esperabas apareciera en tus labios nunca llegó, y nuevamente lo que sentiste fueron ganas de abrazarlo muy, muy fuerte, de quedarte escondida en sus brazos, con la cara enterrada en el cálido hueco entre su hombro y su cuello, con su corazón latiendo junto a tu corazón, lejos de todo, lejos de todos, anidada en su pecho, sin que el mundo exterior pueda tocarte y herirte.
Esa sensación, deberías haberla considerado un presagio, un presentimiento, un aviso de tu instinto, de que aquél día iba a estar plagado de algo más que movimientos torpes, tazas rotas, angustia inexplicable debido a tus bulliciosas hormonas, dolores de panza, jaquecas y ganas de vomitar. Esa sensación, esa necesidad de no salir del departamento, de quedarte escondida en sus brazos, deberías haberla considerado algo más que uno de los muchos síntomas que tu cuerpo atraviesa cuando estás en tu período, deberías haber entendido que era un presentimiento que indicaba que ese Miércoles tus problemas iban a ser mucho más graves que un dolor de ovarios.
Sin embargo, no fue así.
Cuando salieron rumbo a la CTU diez minutos más tarde, ni te imaginabas que desde ese instante en adelante todo iría de mal en peor.
La taza rota, el café hirviendo que te volcaste en las ropas a la mañana, eso no fue nada comparado al caos que encontraste cuando llegaste a la Unidad ese Miércoles por la mañana, caos suficiente para volver loco a cualquiera, caos suficiente para desquiciar a cualquiera, caos producto de los malos manejos y problemas de comunicación del turno de repuesto que se ocupó de la CTU mientras que todos los agentes que habían estado más de quince horas en servicio el lunes debido a la amenaza de bomba en la UCLA descansaban y trataban de volver a balancear sus organismos antes de regresar al campo de batalla del que forman parte activa cotidianamente. Si hay algo que te molesta a sobremanera es que manden para cubrir puestos a gente de División que está tan ahogada en sus métodos burocráticos que no tienen la menor idea de cómo manejar una Unidad cuyo accionar no se basa en papeles, informes y fichas. Quizá era el hecho de que estabas más sensible e irritable que de costumbre, pero encontrar el desastre que hizo el turno que se quedó el martes en la CTU te puso histérica, algo que odiás, porque no te gusta salirte de control, no te gusta sentir que el tren se descarrilla y va a toda velocidad dirigiéndose hacia una pared de ladrillos contra la cual podría estrellarse si no te calmás y volvés a tomar firmemente el volante en tus manos (sí, además de sensible e irritable, también estabas un poco metafórica, aunque tus metáforas estaban cargadas de bronca y necesidad de agarrar del cuello a los idiotas que habían desestabilizado tu ordenado sistema debido a su incompetencia supina).
Para resumir: pasaste todo el miércoles lidiando con tu dolor de abdomen, tus sienes estallando porque 'los duendecitos malvados de la jaqueca' seguían martillando desde adentro, el cuerpo molido y el cansancio acumulándose, pesando sobre cada nervio de tu anatomía, yendo de un lado a otro de la Unidad, de una punta a la otra, contestando llamadas telefónicas, arreglando errores cometidos por otros, instalando y desinstalando programas, respondiendo preguntas, dando órdenes, actualizando sistemas. Quizá el caos no era tan inmenso como tu mente estresada lo hacía parecer, pero lo cierto es que llegado un punto faltaba poco para que te saliera humo de la cabeza, y estabas tan crispada que hasta Chloe evitaba cargarte demasiado con quejas, cuestionamientos o críticas hacia otros.
Cerca de las dos de la tarde estabas mascando las cosas que te hubiera gustado poder decirles a los idiotas de División que actualizaron mal las redes de Europa y Asia cuando Tony bajó de su oficina luego de haber pasado horas al teléfono, en videoconferencias, o coordinando cosas con Jack y la gente de su equipo. Llevaban horas sin verse, hablarse o mirarse porque los dos habían estado demasiado ocupados, demasiado inmersos cumpliendo sus funciones en la CTU como para poder tomarse dos minutos para aliviar tensiones, relajarse, y robarle al reloj unos cuantos segundos durante los cuales simplemente hundirse uno en la mirada del otro y comunicarse sin emitir sonido alguno todo lo que necesitan saber, todo lo que necesitan para soportar el tiempo que les queda por pasar ahí dentro hasta que llegué el momento de irse a casa.
Se acercó a tu escritorio con aspecto sombrío, una carpeta de papel madera gruesísima llena de hojas A4 prolijamente acomodadas y una sombra opaca nublándole los ojos, la cual evidentemente significaba problemas o malas noticias. Definitivamente no había abandonado su despacho para ir a verte con la excusa de darte algunos informes o hacerte una pregunta, para simplemente quedarse de pie al lado de tu estación, conversando en voz baja y calmándote con su presencia y con la silenciosa promesa de llenarte de besos y abrazos luego. Tu instinto, esa parte profesional que es como una fiera y que te domina cuando te hallás entre las paredes de la Unidad, desempeñándote en tu cargo de segunda en comando, presintió que era algo no muy placentero lo que tu jefe (porque cuando todos esos agentes, analistas, técnicos e ingenieros los rodean él no es más que tu jefe) debía informarte, y eso causó que tu espalda se arqueara instintivamente y tus músculos se tensaran aún más de lo que ya lo estaban antes, lo cual seguramente luego desembocaría en una jaqueca el triple de terrible que la que en ese momento te torturaba sin dar señales de querer retirarse para otorgarle a tu cuerpo un descanso.
"Michelle" comenzó, y su tono de voz confirmó tus sospechas de que algo andaba mal "Molly y Ronald acaban de darme el informe que les pediste que hicieran detallando todos los errores cometidos ayer por la gente de División que vino a ayudar a cubrir los puestos de los que nos tomamos veinticuatro horas después de haber trabajado todo el lunes"
Les habías pedido a Molly y a Ronald que hicieran ese informe en un arrebato de enojo; usualmente te hubieras limitado a solucionarlo todo (estás acostumbrada: cuando trabajas en División vivías solucionando los errores que cometían los demás), pero ese Miércoles estabas especialmente histérica, cansada, harta y angustiada, y de alguna manera tenías que canalizarlo, por lo cual no sólo ibas a encargarte de que los errores fueran corregidos, sino que se te había ocurrido que también podrías hacer que dos analistas se encargaran de especificar esos errores para luego hacerle llegar el informe a Chappelle, en un intento de convencerlo de que por mucho que sea necesario acortar presupuesto utilizando gente de División en lugar de contratar más personal para los turnos de emergencia o para casos especiales, eso genera más inconvenientes que beneficios. No se te había ocurrido consultar la idea con Tony, principalmente porque había sido algo espontáneo, pero también porque no querías interrumpirlo cuando estaba tapadísimo de trabajo. Ibas a contarle al respecto en cuanto pudieras, pero al parecer Molly y Ronald habían tratado de 'congraciarse con el jefe' entregándoselo a él directamente en lugar de hacer que pasara primero por tus manos.
"Lamento mucho haber pedido un informe de esa índole sin consultarlo con vos primero" te disculpaste de manera muy profesional.
"Está bien" con un gesto de la mano y una mirada dejó en claro que las disculpas no hacían falta "Me parece muy bien que lo hayas solicitado, porque quien sea que actualizó mal el INTEL sobre Europa y Asia merece ser despedido, y quien sea que haya asignado una tarea tan importante a un incompetente también" suspiró, y en ese suspiro pudiste sentir el cansancio producto de haber dormido mal por quedarse un par de horas despierto cuidándote, y no pudiste evitar sentir en el estómago una punzada de culpa "Llamé a Chappelle para hablarle al respecto, y le dije que le enviaría una copia del informe. El problema es que lo indignó tanto que dos empleados de División hayan cometido un error de semejante tamaño que decidió enviar a alguien a encargarse de resolver los inconvenientes que nosotros no hayamos resuelto aun, para evitar que sigamos perdiendo tiempo o recursos solucionándolos"
Se acordó un poco tarde de enviar ayuda dijo una voz punzante y ponzoñosa en tu cabeza.
"No creo que sirva de mucho: nosotros tenemos ya casi todo bajo control" fue tu contestación, y aunque sonó profesional estabas segura de que él había sabido leer entre líneas, entendiendo el sarcasmo detrás de ella. Sin embargo, ni sonrió con dulzura ni brilló la complicidad en sus ojos oscuros: su semblante siguió sombrío y adusto, provocando que nuevamente se arqueara tu espalda involuntariamente, reaccionando al presentimiento de que algo andaba mal.
Lo siguiente que te dijo dejó en claro qué era aquello que causaba que sus facciones estuvieran contraídas en lo que podría haberse descripto como una mueca extraña, mezcla de enojo y desaprobación y – por qué no – también preocupación más o menos disimulada.
"La persona que Chappelle va a enviar es Carrie" anunció.
Dios, justo hoy no fue la reacción inmediata que tuvo la voz en tu cabeza, una reacción tan inmediata como si le hubieran dado una potente descarga eléctrica. Era lo que te faltaba: Carrie la arpía dando vueltas por la CTU en el día en que vos estabas tan cansada que no había hueso, músculo o célula de tu cuerpo que no doliera terriblemente, una migraña poderosa abrasaba tu cerebro y estaba apretujándolo con intención de exprimirlo, estabas tapada de cosas de las que ocuparte urgentemente, y tus hormonas y estado de ánimo eran los engranajes de una inestable, poco confiable montaña rusa llena de curvas, subidas y bajadas peligrosas, inesperadas e imprevisibles.
Una partecita dentro de vos pugnaba por tomar control, una partecita que, de haber podido actuar, habría tenido un comportamiento bastante infantil, porque esa partecita hubiera dicho con voz enojada y rezongona algo así como "No es justo, no es justo que venga Carrie". Y luego hubiera seguido, casi implorando: "¿Por qué no mandan a otro? ¿Por qué no puede venir otra persona? ¿Por qué me hacen esto a mi justo hoy que me siento mal en todos los sentidos posibles?".
Sin embargo, no sos una criaturita de cinco años, como tu sobrina, que cuando se encapricha con algo o se pelea con su hermano hace 'pucherito' y se queja, al borde de las lágrimas, diciendo que 'es injusto' (Dios, cómo extraño a mi sobrinita, fue el pensamiento que la comparación hizo surgir de la nada, de entre ese conglomerado de neuronas que se freían a la luz de la jaqueca que estaba matándote desde hacía horas y que distaba de querer ceder a los efectos de cualquier analgésico existente. Pero ese pensamiento no hubiera hecho más que traer otro ladrillo que agregar al alto muro construido de angustia producto de tu desequilibrio hormonal, por lo cual trataste de sacártelo de encima con rapidez, sin darle tiempo a permanecer en tu cerebro un segundo demás; después de todo, tenías un problema que atender urgentemente).
Respiraste hondo, tratando de mantener compostura, tratando de lucir profesional, tratando de evitar que tus razones personales para desear que Carrie estuviera en un iglú en el Polo Norte (o Sur, la verdad es que cualquiera de los dos polos te hubiera venido bien) no se mezclaran con tus razones físicas para desear estar acurrucada en tu cama abrazando a tu osito (al de carne y hueso, preferentemente, aunque a falta de ése con el de peluche te conformarías de todos modos) generando como resultado que explotaras. Respiraste hondo tratando de no salirte de tu papel de 'Michelle Dessler, ingeniera en sistemas, analista, segunda en comando de la Unidad Antiterrorista de la ciudad de Los Angeles'. Respiraste hondo, y te recordaste una vez más que amargándote y enojándote sólo le das a Carrie el gusto de saber que te afectan su presencia y las cosas hirientes que generalmente dice.
"Hoy no es mi día, al parecer" te limitaste a comentar, revoleando los ojos, al tiempo que cerrabas una de las carpetas cuyo contenido habías estado analizando para la confección de un informe "Hoy no es mi día" repetiste entre dientes, y hubieras jurado por un segundo que Tony había estado a punto de cometer el error de ceder a su necesidad de poner una de sus manos en tu hombro para reconfortarte, o enredar uno de sus dedos en tus bucles, o acariciar el puente de tu nariz para hacerte sonreír.
Sin embargo se contuvo, y manteniendo una distancia prudente dijo:
"Quería avisarte para que no te agarrara desprevenida"
Trataste de regalarle una sonrisa cortés, pero ni siquiera eso te salió. Te dolía la panza, te dolía la cabeza, estabas cansada, estabas frustrada, estabas angustiada, estabas tapadísima de trabajo, estabas histérica, te sentías como si te hubieran subido a una montaña rusa de emociones raras, te dolían los músculos de la espalda, tenías los ojos irritados de tanto mirar pantallas de ordenadores para chequear mapas, planos y estadísticas… y ahora te 'llovía' de repente la inminente llegada de Carrie a la CTU para terminar de arruinar el resto de tu Miércoles con su presencia, el resto de aquel Miércoles que había empezado de lleno con el pie izquierdo y que – obviamente – no estaba a punto de mejorar, sino más bien estaba a punto de ponerse peor, porque estabas segura de que Carrie no iba a perderse la oportunidad de hostigarte al menos un poquitito (por el puro gusto de hacerlo, nomás), y en tu estado extra sensible cualquier dosis de hostigamiento sería fatal y suficiente para dejarte con un gusto amargo en la boca por una semana o dos, sobre todo si ese hostigamiento proviene de una persona que pensabas era tu amiga, una persona en la que confiaste, una persona a la que apreciabas, una persona que con su maldad no sólo te lastimó muchísimo a vos sino también a tu hermano, a tu ex cuñada y – por sobre todas las cosas – a las pobres e inocentes criaturitas que son tus sobrinitos.
La sola idea de que Carrie se hallara en camino a la CTU era suficiente para alterarte aún más de lo que ya estabas alterada. La sola idea de que Carrie andaría pavoneándose por ahí, sintiéndose superior por haber sido enviada para arreglar los errores cometidos por algún idiota, era suficiente para que sintieras ganas de estrujar algo (preferentemente el cuello de la susodicha).
"Chelle" el susurro nacido de labios de Tony te distrajo de tus reflexiones encolerizadas y cargadas de bronca sobre lo mala que tu suerte estaba siendo aquel Miércoles. No pudiste evitar tranquilizarte automáticamente al oírlo llamándote así, y enseguida te sentiste un poquitito mejor y tu expresión tensa se suavizó "si te da problemas, me llamás a mí, y yo me ocupo de arreglarlo" murmuró, poniendo cuidado en no actuar sospechosamente para que nadie se diera cuenta de que la conversación que estaban manteniendo se extendía más allá del plano profesional.
Asentiste con la cabeza por inercia, pero la realidad es que no te causaba mucha gracia su ofrecimiento, porque si bien te gusta que te cuide y te consienta y te sentís en el lugar más seguro del mundo cuando estás en sus brazos, en tu batalla con Carrie él no se debe meter, porque Carrie estaría feliz de verlo a él involucrado en tus peleas con ella, tratando de defenderte y protegerte: le daría la excusa perfecta para encontrar la manera de lastimarte a través de Tony, y no vas a permitir que eso suceda, jamás. Carrie ya arruinó muchas vidas, ya trajo demasiados problemas a personas que te importan, a tu familia, y no vas a dejar que hiera a Tony, no vas a dejar que envenene más vidas otra vez, no vas a dejar que se meta con lo que es tuyo (meterse con lo que es de otros definitivamente podría catalogarse como el 'deporte' favorito de Carrie). Tus problemas con Carrie tenés que solucionarlos sola, y a Tony sólo podés recurrir para que seque tus lágrimas y te asegure que todo va a estar bien, para que sane las heridas, para que te cure el alma después de que ella la infecte con su veneno.
Y es que siempre es así, es siempre lo que ella hace: desde que te fuiste de División escapándote de su manía de complicarte la existencia, cada vez que te ves obligada a cruzártela por motivos de trabajo, Carrie se asegura de dejarte una carga bien pesada sobre los hombros, construida con frases y comentarios hirientes que se basan en miedos e inseguridades que alguna vez compartiste con ella cuando pensabas que era tu amiga, que no hace más que provocar la sensación de que te hundís bajo tu propio peso. Carrie es una versión crecida de todas las chicas populares y ricas que alguna vez se burlaron de vos y de tu inteligencia, de tus anteojos, de tu pasión por el ajedrez, de tus buenas notas y de tu abuela 'la empleada doméstica': está ahí, cortándote el paso constantemente, para impedir que te reconcilies con vos misma, para impedir que te aceptes, para impedir que tu autoestima se recomponga, para derribarte, para recordarte que sos menos, que la inteligencia no alcanza, que nunca vas a ser como ellas, que nunca vas a tener seguridad en el plano personal, que siempre vas a ser el patito feo, que siempre vas a ser parte de la minoría.
Antes todo lo que podías hacer era enterrar la cabeza en la almohada y llorar hasta quedarte vacía; ahora, sin embargo, cuando el llanto se acumula en tu pecho y las lágrimas comienzan a fluir lo tenés a él para que te mime, consienta y repita sin cansarse que sos hermosa, que vales muchísimo, que los que se equivocan son los que te menosprecian, que para él sos la única, que para él sos la primera en todo, que está orgulloso de vos y que vos deberías sentirte orgullosa también de todo lo que sos, que cuando puedas mirarte al espejo y ver lo que realmente refleja vas a comprender que sos preciosa y que en lugar de un patito feo siempre fuiste un cisne.
Pero en tu batalla con la arpía que es Carrie él no puede hacer más que volver a juntar los pedazos rotos (lo cual, por supuesto, no es poco). No querés meterlo en el medio de tus encontronazos con ella, porque para muestra de lo que puede pasar cuando Carrie se ensaña con alguien basta ver lo ocurrido el pasado 4 de Septiembre durante las horas que estuvo 'colaborando' en la CTU: a Tony por poco lo transfieren a otra agencia vaya uno a saber en qué parte del país, tuvieron que drogar a Chappelle porque de otro modo no podrían haber ayudado a Jack, Jack enfrentó muchas dificultades, por poco pierden la oportunidad de demostrar que el audio de Chipre era falso, Tony y vos discutieron bastante, los dos terminaron presos y siendo interrogados como dos criminales, y la muy zorra además los amenazó con contar que los encontró besándose en un pasillo a la madrugada. Carrie es una mala persona, y si puede hundirlos a vos y a Tony, lo va a hacer, especialmente ahora que sabe lo mucho que lo adorás y lo mucho que él te importa, especialmente ahora que sabe que él es tu punto débil, tu talón de Aquiles, tu mundo, tu Universo, lo que le da significado a tu vida. La muy desgraciada sería capaz de contarle a Chappelle sobre lo que hay entre ustedes y presionar hasta que el rumor llegue a oídos de Hammond o de algún otro superior, provocando que los dos pierdan sus puestos de trabajo o – lo que sería peor – los transfirieran a ambos a sitios distintos, arruinando sus prometedoras carreras como agentes en el gobierno.
No, a Tony lo querés lejos de Carrie.
Cuanto más lejos, mejor, así evitás que ande por ahí buscando motivos con los cuales ajustarles la soga al cuello y molestarlo.
Cuanto más lejos, mejor, así evitás que ande por ahí buscando motivos para poner al filo de la navaja tu carrera y la de él.
Cuanto más lejos, mejor, así evitás que ande por ahí encontrando pruebas que le sirvan para develar a los ojos de todos un secreto que – por el momento – preferís siga siendo sólo de los dos, de los dos y de nadie más.
"No va a hacer falta" contestaste, rogando que en tu voz no se notara que la bronca, el cansancio, la frustración y las ganas de salir corriendo como lo hubiera hecho una criaturita asustada eran tan grandes que no cabían dentro de vos.
Se supone que sos una mujer adulta, que lleva sobre sus hombros un peso importantísimo al desenvolverse como segunda a cargo de la CTU, una mujer inteligente que no debería haber estado dejando que sus emociones más crudas la dominaran en su estado débil y sensible. No deseabas por nada del mundo que él te viera comportándote como una chiquita, mucho menos en el ámbito laboral, porque si hay un sitio en el que siempre te has destacado, un sitio en el que siempre brillaste, un sitio en el que siempre fuiste la mejor, un sitio en el que aunque traten y traten no logran que te sientas menos o poca cosa, ese sitio es el trabajo, ese sitio es el que contienen los muros del lugar al que vas a diario para llevar a cabo la difícil, extenuante tarea de proteger ciudadanos y salvar vidas inocentes. Podrás ser débil en muchos de tus aspectos personales, podrás seguir siendo por dentro esa criaturita asustada y triste a la que abandonaron, podrás ser esa chica necesitada de afecto y mimos porque precisamente fue de afecto y de mimos que careciste durante la mayor parte de tu existencia, pero existe una separación interna e imaginaria que divide a la mujer que sos en el trabajo y a la mujer que sos en tu 'vida privada' (por denominar de algún modo a aquel otro ámbito en el que en lugar de tacos y trajecito te vestís con sus sweaters y sus joggings viejos y dejás tus rulos sueltos y desordenados). Si en su visita a la CTU a Carrie se le ocurre practicar su 'deporte' favorito y darte palizas verbales (lo cual estabas segura haría), te defenderías sola, y luego llegado el momento, en la intimidad, recurrirías a él para que limpiara las múltiples heridas que el veneno que esa víbora destila es capaz de causar en un alma tan sensible como lo es la tuya.
"Va a estar todo bien" le aseguraste en voz baja, volviendo a posar tus ojos sobre la pantalla del ordenador, deseando dar por terminada la conversación al respecto antes de que tus nervios fueran in crescendo, o antes de que alguien notara que tu jefe y vos estaban discutiendo algo que nada tenía que ver con protocolos, satélites o mapas.
Temías que, de seguir insistiendo, acabaría por derribar las paredes que estabas tratando de construir para mantenerte fuerte y compuesta en caso de que Carrie te atacara verbalmente, y lo que menos necesitabas era encontrarte en un estado aún más sensible si a la arpía se le presentaba la oportunidad de tratar de arruinarte el día (un día, que no está demás decir, ya venía saliendo mal desde sus comienzos). Si él seguía mirándote así, con esa mezcla de preocupación, dulzura y necesidad de cuidarte, tu sistema nervioso y sobrecargado de emociones acabaría colapsando involuntariamente, y no ibas a permitir que eso pasara; ya una vez colapsaste bajo sus efectos y acabaste besándolo en mitad de un pasillo oscuro, y aunque no te arrepentís en lo mínimo de tu arrebato, no podés permitir que vuelva a ocurrir algo similar entre las paredes de la CTU, por el bien de sus carreras y de su relación.
"Va a estar todo bien" repetiste, con un dejo de impaciencia en la voz, y esa vez lo miraste a los ojos, queriendo reemplazar palabras con miradas para comunicarle podrían hablar de lo mal que estaba resultando ese Miércoles, con esa montaña de trabajo que te tapaba, el dolor físico carcomiéndote, hipersensible como nunca antes debido a tu revolución de hormonas, cansada – exhausta, mejor dicho -, angustiada sin razón aparente, y probablemente a las puertas de tener que soportar a Carrie un par de horas, luego.
Con la mirada le comunicaste que ibas a necesitarlo muchísimo luego, que ibas a necesitar sus mimos luego, que ibas a dejar que te consintiera y malcriara luego, pero que por el momento preferías que volviera a ocuparse de los asuntos relacionados a la Unidad que debían ser atendidos, en lugar de volverse loco dejando que lo dominara su obsesión por impedir que te hicieran siquiera un rasguño (tanto física como emocionalmente), arriesgándose a que Carrie los atrapara en una situación comprometedora o encontrara más material para agregar al cuento con el que probablemente amenace con ir a Chappelle para develar la verdadera naturaleza de la relación que hay entre los dos, arriesgándose a que de un solo golpe el castillo de naipes que construyeron se venga abajo abruptamente con un solo chasquido de los dedos de esa desgraciada.
Durante un segundo se quedó de pie junto a tu estación de trabajo, observándote con una intensidad que esperabas nadie hubiera notado en sus ojos, porque de haber estado alguien prestándoles atención probablemente hubiera sabido percibir en el aire eso indescriptible que se forma entre los dos cada vez que están muriéndose por un abrazo pero no pueden cruzar el límite imaginario que los separa en el mundo profesional (precisamente por algo es el mundo profesional y no el personal).
Durante un segundo se quedó de pie mirándote, probablemente con el miedo a tener que recoger los pedazos rotos de tu corazón más tarde si Carrie otra vez se aprovechaba de tus debilidades, inseguridades y temores para mortificarte sólo porque sí, probablemente deseando interponerse entre ella y vos en caso de que se te acercara mostrando los colmillos envenenados (lo que era seguro haría, porque te odia, porque te tiene bronca, porque le encanta aplastarte como si fueras una cucaracha, porque le encanta ningunearte, porque le encanta hacer que te sientas menos, porque le encanta menospreciarte, porque le encanta aniquilar tu autoestima, porque le encanta demostrarte que incluso cuando estás en el trabajo – que es el lugar en el que te sentís segura, confidente y capaz – menciones de tu dolorosa infancia y de tu vida teñida de abandono, discriminación y rayes con desórdenes alimenticios y con serios problemas de imagen pueden dejarte sin aire y hacer que caigas de rodillas y te eches a sollozar como una criaturita).
Volvió a su oficina, a seguir lidiando con sus tareas como director de la Unidad, probablemente con la misma sensación que vos sentías mezclándose con el dolor de estómago que te aquejaba desde temprano en la mañana: en días como estos, en los que los dos están mal descansados, agotados física y mentalmente, con la angustia devorándote en tu caso por razones más allá de tu control (hormonas, malditas hormonas), es lo peor tener que estar conteniéndose y actuando como si nada pasara, cuando la realidad es que precisan salir corriendo, largar todo, y refugiarse en el otro.
Pero así es la vida de los que trabajan en la CTU: no podías salir corriendo y dejar todo a la deriva simplemente porque estabas con tu período, porque estabas hipersensible, porque estabas triste y angustiada (malditas hormonas), porque habías arrancado de lleno con el pie izquierdo, porque tenías sueño, porque querías mimos, porque te dolía la panza, porque te ardían los ojos, porque estabas irritable, porque tenías una montaña de cosas de las que ocuparte que en lugar de disminuir crecía, porque Carrie estaba de camino para ayudar a resolver unos problemas (en teoría) y tenías el presentimiento de que las cosas iban a terminar como terminan siempre (léase: ella buscando y encontrando la oportunidad de clavarte algún puñal con sus comentarios de serpiente malparida).
No podías salir corriendo, no podías escaparte de ese Miércoles triste, no podías ir a tu casa y acurrucarte bajos las mantas hasta que llegara el jueves, no podías esconderte, no podías ir a refugiarte a la oficina de Tony (o mejor dicho, en sus brazos), no podías desmoronarte, no podías dejar caer las paredes que te protegen en el ambiente laboral. Así que te quedaste trabajando, soportando estoicamente que el tiempo se arrastrara sobre el borde del reloj con exasperante lentitud, alargando así a ese Miércoles horrible que deseabas acabara pronto, para dar paso a un nuevo día, para dar paso a la salida del sol, para dar paso a un jueves que probablemente no sería tan insoportable.
Tus presentimientos respecto a lo mal que seguiría desarrollándose el Miércoles lejos estaban de acercarse a lo que en realidad sucedería, porque estabas mucho más sensible de lo que imaginabas, porque Carrie iba a jalar de cuerdas mucho más tensas de las que había jalado hasta ahora, porque en cierto punto de esas veinticuatro horas que hacen al Miércoles tendrías tu primera pelea con él, porque simplemente a Dios o a quien sea que mueve los hilos se le había ocurrido que se le antojaba entretenerse viéndote sufrir.
Suspirando te dispusiste a seguir leyendo informes y actualizando bases de datos, mirando de reojo (con disimulo) a cada rato hacia la enorme puerta a la espera de que Carrie la cruzara en cualquier momento, dándose aires de importancia por el simple hecho de que 'trabaja en División', sin imaginarte que a Carrie se le ocurriría molestarte diciendo justamente algo que desencadenaría un ataque de llanto, un ataque de culpa, un ataque de remordimiento, y tu primera pelea con el hombre más perfecto que haya existido sobre la faz de la Tierra (y que a pesar de su absoluta perfección se enamoró de vos, que sos tan imperfecta y que creés no merecer que te amen así).
Gracias a Dios que a pesar de tus imperfecciones él te adora y sería capaz de soportar cualquier cosa con vos.
Gracias a Dios a él no le importa nada que no sea tu bienestar, gracias a Dios él sería capaz de aguantar absolutamente todo por vos, gracias a Dios él sería capaz de perdonarte cualquier cosa que pudieras hacer o decir, gracias a Dios que sus brazos están dispuestos siempre a rescatarte en cada ocasión que colapses y te hundas, gracias a Dios no hay nada que él se negaría a hacer por vos, gracias a Dios él te ama tan incondicionalmente como nadie nunca te amó, gracias a Dios tiene la capacidad de iluminar hasta el más oscuro y triste Miércoles.
Gracias a Dios él no se siente menos orgulloso de vos porque de tanto en tanto caes y tocás fondo: él todo lo que quiere es curarte las heridas que aparecen luego de cada caída, y ayudar a que tu corazón sane otra vez, cada vez que se haga añicos, cada vez que lo lastimen, cada vez que lo dañen.
Carrie había llegado, altanera, soberbia, egocéntrica, engreída y prepotente como siempre, dándose aires de importancia, caminando con una actitud que dejaba ver claramente qué tan alta está la cumbre de la montaña de sus complejos de superioridad. Nadie le prestó atención (nadie que la conozca le tiene simpatía o aprecio), y eso pareció molestarle, porque está muy acostumbrada a que los estúpidos que tiene bajo su mando en División se le tiren encima y le laman las suelas de las botas en un intento de congraciarse con ella, todos ellos falsos e hipócritas y mentirosos, pensando que si Carrie les toma estima (Dios, que no te hagan reír: Carrie no es capaz de sentir estima por nadie que no sea ella misma) van a recibir un trato preferencial o tendrán más puntos a favor a la hora de solicitar un asenso. Pero en la CTU no son así, en lo absoluto, y te genera cierta satisfacción saber que tenés bajo tu cargo gente que sabe cómo ganarse las cosas con esfuerzo, talento, inteligencia, dedicación y trabajo y que no se desesperan por caerle bien a los idiotas de División.
La saludaste con frialdad y con rostro serio, indicándole con tu lenguaje corporal y tono de voz que no ibas a permitir que hiciera más de lo que había sido enviada a hacer. No le diste ni tiempo ni espacio para comentarios que fueran más allá de lo estrictamente necesario, la ubicaste en una estación de trabajo provisoria para visitantes, y antes de que pudiera separar los labios para hablar, regresaste a la otra punta del piso central, donde se halla tu estación, para seguir ocupándote de cosas que eran mucho más urgentes e importantes que Carrie (además, seamos sinceros: en el fondo, obviamente, querías mantener distancia física, tanta como posible, para no darle excusas u oportunidades para hostigarte silenciosamente mirándote como un ave de rapiña observa a su presa).
Caí la tarde. Tu único pensamiento era que en unas horas más podrías irte a tu casa. Seguías tensa, nerviosa, angustiada, adolorida (malditas hormonas), agotada física y mentalmente, con ganas de escaparle a ese Miércoles, pero al menos tenías el consuelo de que a las siete podrías recoger tus cosas e irte (a menos que, claro, a tu suerte se le ocurriera fallar y coronar ese horrible 5 de diciembre con una tragedia, urgencia o activación de protocolo, obligándote a quedarte toda la noche). Por el momento Carrie no te había dado problemas: tenía tantos embrollos que resolver, que estaba demasiado 'entretenida' con las narices bien hundida en ellos, encargándose de arreglar lo que esos idiotas de División que habían ido a cubrir puestos el día anterior habían hecho mal debido a su terrible, evidente incompetencia. Con suerte acabaría pronto (no podía quedarle mucho más por hacer, ¿no?), y se marcharía.
O eso pensabas vos. Eso querías pensar vos.
Eso deseabas muy dentro tuyo, eso esperaba tu partecita esperanzada, esa partecita que se negaba a dejar ir la ilusión de que fuera posible que salieras de entre las garras de Carrie esta vez, que su visita a la CTU no significara un ataque de llanto u otra puñalada en la espalda encestada por alguien a quien una vez consideraste tu amiga. Y al mismo tiempo, otra parte mucho más grande estaba en guardia, a la defensiva, esperando en cualquier momento una ofensiva de alguna índole.
"Michelle, lucís muy pálida" el comentario de Chloe te sustrajo de tus pensamientos, que nada tenían que ver con la hoja de datos que estabas 'leyendo'. La analista rubia estaba parada junto a tu estación de trabajo, observándote fijamente, con las cejas tan juntas la una a la otra que parecían una sola, enorme y un poco grotesca.
"No me siento muy bien" confesaste.
"Si estás enferma, entonces deberías irte a tu casa" Chloe dijo, con aquella expresión hosca tan típica suya surcando su rostro "Lo que sea que estés incubando, podrías contagiárnoslo a todos"
"Lo que tengo no es contagioso" le contestaste, sin querer entrar en más detalles, porque no te parece que tu período menstrual sea algo que tengas que compartir con Chloe (además, tampoco creés que Chloe se hubiera sentido cómoda si hubieras empezado a hablar con ella de cosas tan personales).
"Quizá deberías tomar algo para lo que sea que está haciendo que no te sientas bien" dijo luego, el ceño aún fruncido, las líneas de expresión en su cara bien marcadas, formando arrugas gruesas, haciéndola parecer mucho más mayor de lo que en realidad es.
Ya habías tomado de todo, y por el momento los síntomas se habían aliviado un poco, pero no habían desaparecido: no estabas doblándote de dolor, pero tampoco te sentías genial; aunque la jaqueca seguía siendo fuerte, no era tan fuerte como lo había sido un rato antes, cuando creías que literalmente se te partiría la cabeza, como si hubieran estado clavándote un hierro incandescente en la frente. Pero el comentario de Chloe te recordó que te habías olvidado de tomar el anticonceptivo en tu horario habitual (tan ocupada habías estado, tan sumergida en tu propio mundo, tan sumergida en tu horrible Miércoles).
"Sí, puede que tengas razón" admitiste.
Luego asiste tu cartera y te levantaste con intención de dirigirte al baño.
"Michelle, quería saber el código de acceso para el archivo 9J22" Chloe dijo, revelando el motivo por el cual se había acercado de su escritorio al suyo "Elliot está rehusándose a cooperar otra vez" dijo luego, frunciendo los labios tanto como su ceño, y mirando con desaprobación a uno de los empleados del sector de Jack con quien Chloe peor se lleva.
"El código es Romeo, Esmeralda, 87, 98, Tango, 72" no necesitás fijarte en ninguna parte: para los códigos tenés una memoria prodigiosa, y sabés todos y cada uno de ellos; podrías recitarlos en sueño, y de acuerdo con Tony una vez hablando medio dormida en medio de la madrugada lo hiciste.
"Gracias"
"Chloe" llamaste, antes de que ella se dirigiera de vuelta a su sitio de trabajo y vos fueras para el pasillo que conduce a los baños "Tony y yo ya hablamos con Jack sobre los problemas que al parecer la gente de su departamento y vos tienen" le informaste "Jack dijo que hablaría con ellos…"
"A Jack no le caigo bien, así que es evidente que cualquier cosa que Tony y vos le hayan dicho le entró por un oído y le salió por el otro, y cualquier cosa que haya prometido hacer al respecto de la hostilidad que recibo de sus empleados no es más que una mentira" te espetó, visiblemente molesta.
En el fondo vos estás de acuerdo con ella, pero no ibas a admitirlo: a Jack no le cae bien Chloe, de hecho sería correcto afirmar rotundamente que le cae muy mal, y las posibilidades de que acepte en el futuro cercano que ella se una a su departamento son escasas, así como son escasas las posibilidades de que haga al respecto algo sobre gente como Elliot. Suspiraste largamente, pensando que tendrías que hablar pronto con Jack para hacerlo entrar en razón sobre algunas cosas, y dijiste:
"Chloe, yo voy a encargarme. De ahora en adelante, cada vez que necesites algo, pedímelo directamente a mi, o pedíselo a Tony"
"Eso es saltearse el rango de jerarquía. Ir al superior absoluto antes de pasar por el superior inmediato va en contra del protocolo" se apresuró a informarte.
"Chloe" estabas empezando a perder un poco la paciencia, pero no querías tratarla mal, por lo cual te obligaste a permanecer tranquila y en tus cabales, sin que las hormonas te dominaran y la histeria que se hinchaba dentro tuyo fuera evacuada contra ella "estás explícitamente autorizada por mí a dirigirte a cualquiera de nosotros dos cada vez que necesites algo"
"Está bien" aceptó, a regañadientes "Pero me sentiría más cómoda al respecto si lo autorizaras por escrito"
"Voy a pedirle a Tony que lo autorice por escrito" le aseguraste.
Y antes de que pudiera agregar algo más, te encaminaste hacia el baño. No estabas escapando de Chloe, no era tu intención que ella pensara que a vos también te molesta con sus preguntas, comentarios o con su forma de ser, del mismo modo en que molesta a todos los demás; no era algo contra ella, era que simplemente aquel Miércoles todo venía saliendo mal, y de pronto la perspectiva de quedarte un ratito más en el baño, a solas, en silencio, con vos misma, al menos unos quince minutos, estaba volviéndose mucho más tentadora que la idea de simplemente ir, tomar la pastilla y regresar luego de vuelta al piso principal.
No veo la hora de irme a casa pensaste al tiempo en que abriste el grifo y dejaste el agua fría correr, mientras buscabas en tu bolso el pastillero redondo. No veo la hora de irme a casa, no veo la hora de abrazarlo, no veo la hora de besarlo, no veo la hora de abrigarme con su ropa, no veo la hora de que me mime, no veo la hora de poder pedirle que me cante al oído, no veo la hora de que me haga sentir mejor. Eso era en todo lo que podías pensar, eso era en todo lo que pensabas mientras inclinabas la cabeza un poco hacia atrás para que la pastilla bajara con tu garganta, ayudada por el sorbo de agua que habías tomado de uno de los vasitos de plástico que se hallan en una mesita auxiliar junto a los lavabos.
No veo la hora de que me arranque una sonrisa de verdad con su sorpresa y convierta a este Miércoles horrible en un Miércoles para recordar. En eso estabas pensando cuando la puerta se abrió y escuchaste ruido de tacos golpeando contra las impecables baldosas blancas del suelo. Antes de que tu cerebro llegara a procesarlo, allí estaba de pie, a escasa distancia tuya, Carrie, tu retina recibiendo la imagen de la persona que más desprecio te genera devolviéndote la mirada con una sonrisa burlona plantada en el rostro, la sonrisa que hubiera tenido una fiera al acorralar a una indefensa presa.
¿Tanto me odia? ¿Puede ser que me odie tanto como para seguirme hasta el baño para hostigarme? ¿Tanta bronca me tiene? ¿Tanta maldad puede tener? ¿Tanto puede disfrutar viéndome sufrir? ¿Por qué está empecinada en lastimarme a mí? ¿Por qué está empecinada en desquitar su resentimiento lastimando a todo el mundo?
Por esa cantidad de preguntas que pasaron por tu mente como flashes a la velocidad de la luz fueron reemplazados tus anteriores pensamientos. Esa partecita tuya que quería quejarse de lo injusto que resultaba que hubieran enviado a Carrie, deseaba ahora soltar un suspiro de frustración y enojo y empezar un berrinche. Sin embargo, tu parte adulta ganó en peso y te mantuviste compuesta.
"Hola, Michelle" había un dejo de diversión en su voz mezclándose con crueldad y veneno, ese veneno que destilan las palabras que dice, incluso las palabras más simples, incluso las palabras que aparentan ser sencillas y que a uno no se le podría ocurrir escondieran algo pero que en realidad para los que la conocen bien conllevan el mensaje 'estoy buscando el momento oportuno para darte un hachazo justo donde más te duele porque soy una resentida que disfruta pateando a los demás mientras están en el suelo'.
"¿Qué querés, Carrie?" espetaste, buscando que tu tono de voz dejara en claro nuevamente que no estabas para rodeos o para comentarios desubicados, para burlas o para que trate de aprovecharse de lo mucho que sabe de vos para herirte recordándote que siempre vas a ser el patito feo.
"Dios, Michelle, ¿por qué estás tan a la defensiva?" preguntó con un tono de voz que podría describirse como sarcástico a la vez que cándido, fingiendo ofenderse, fingiendo no saber el motivo por el cual estabas crispada y tensa en su presencia, como si ella fuera una santa y nunca te hubiera hecho nada, como si jamás te hubiera lastimado, como si no hubiera fingido ser tu amiga para luego traicionarte, como si no hubiera arruinado la vida de tu hermano conduciéndolo prácticamente a un estado deplorable del que dudás saldrá del todo.
"¿Por qué estoy a la defensiva?" la pregunta retórica se coló por entre tus dientes, que mantenías fuertemente apretados.
Sin darte cuenta habías cerrado una de tus manos en un puño y estabas clavándote las uñas de lleno en las palmas, pero no te importaba, y no sentías el dolor, porque estabas demasiado ofuscada, demasiado abrumada tratando de lidiar con el millón de emociones – bronca, histeria, angustia, exasperación, cansancio, y la lista seguía – que te invadían; todas ellas habían estado volviéndote loca desde que había arrancado el día, pero en ese preciso instante, con Carrie mirándote como si vos fueras una cría de cervatillo y ella un puma a punto de merendar, todas se encontraban a punto de hacer ebullición, como si las hubieras metido a la fuerza en una olla a presión. En tu analogía, la tapa de esa olla está cerrada; el problema es lo que puede llegar a pasar si perdés la compostura, si perdés el control, y acabás explotando por una sobredosis de emociones, hormonas alborotadas e hipersensibilidad crónica típica de tu síndrome premenstrual.
"¿No te parece que durante el último tiempo me diste motivos más que suficientes para ponerme a la defensiva cada vez que me acorralás?" no querías subir el tono de voz, no querías desbordar, no querías que te agarrara un ataque, no querías dejar salir todo eso que tenías acumulado en el pecho sofocándote (no en horas de trabajo, no frente Carrie), pero al parecer tu físico y tu mente habían tenido demasiado en menos de veinticuatro horas, y un día que había arrancado mal, al parecer había alcanzado el límite con la llegada de esa víbora venenosa que te había seguido hasta el baño para tener oportunidad de torturarte un poco (lo cual a ella le trae gran satisfacción, de eso no cabe la menor duda).
Respiraste hondo, buscando algo de balance mental, pero ya el simple hecho de que Carrie se hubiera tomado el trabajo de abandonar sus tareas para seguirte hasta el baño y poder jugar a 'agredamos a Michelle' sin la presencia de otros, eso bastaba para que te subiera la sangre a la cabeza, una mezcla de ira, angustia y algo más difícil de describir concentrándose dentro tuyo como una pelota de fuego gigantesca, amenazando con llevarte a derramar lágrimas de cansancio y rabia en cualquier instante.
¿Por qué a vos? ¿Por qué tuviste que buscar amistad en el lugar equivocado? ¿Por qué caíste en las mentiras de Carrie? ¿Por qué pensaste que ella era tu amiga de verdad? ¿Por qué Carrie sigue insistiendo en hacer tu existencia miserable? ¿Por qué? ¿Por qué?
"Michelle, tu problema es que te tomás todo demasiado a pecho, te tomás todo demasiado… personal" siguió jalando hilos con sus palabras, con el mismo tono de voz cándida, con ese tono cargado de veneno, de malicia, empalagoso como la miel pero amargo, muy amargo, ese tono cuasi-burlón que tanto te irrita "Es natural, por supuesto" siguió luego, dándose aires de importancia y sabiduría, chasqueando la lengua en señal de comprensión "Dadas las circunstancias, es justificable"
"¿Qué es, de acuerdo a vos, justificable?" preguntaste secamente, con voz áspera e impaciente, al tiempo que tratabas de serenarte por dentro recordándote que estabas en tu lugar de trabajo, que no podías permitirte el lujo de descontrolarte simplemente porque estabas hipersensible, cansada, acongojada sin razón aparente debido a tus hormonas, adolorida y necesitada de dar rienda suelta a tus ganas de gritarle a ese Miércoles horrible y a todo lo que él implicaba.
"Que me tengas bronca" respondió sin más, como si aquella fuera una obviedad grande como una casa "Es comprensible, Michelle, que busques cargar toda la culpa en otros, cuando en realidad parte de la culpa es tuya"
"¿De qué estás hablando, Carrie?"
Ya estabas perdiendo la paciencia, y el tonito de misterio que ahora impregnaba la voz de Carrie no ayudaba a tus esfuerzos por mantener la calma.
"¿De qué tengo yo la culpa?"
Pero ya sabías lo que iba a decir. Una parte tuya lo sabía, una parte tuya estaba segura de que Carrie iba a propinarte un golpe bajo, de que iba a aprovecharse de un punto extra sensible para causarte un dolor demasiado profundo como para que puedas recuperarte luego con unos mimos y frasecitas dulces dichas al oído.
Las palabras se sintieron como una bofetada, como si te hubieran sacudido de arriba a abajo, como si te hubieran dado una descarga eléctrica, como si te hubieran clavado un cuchillazo en el corazón. Quizá una partecita tuya, esa partecita intuitiva, esa partecita que se guía a través del instinto, había captado enseguida hacia donde Carrie estaba dirigiendo las armas antes de disparar, pero eso no evitó que te doliera como si te hubieran clavado en la carne un hierro incandescente:
"Por culpa tuya, la vida de tus sobrinos está arruinada"
El efecto de esa frase te dejó entumecida, y durante unos segundos fue como si tu cuerpo estuviera esculpido en piedra en lugar de ser de carne, hueso, venas y sangre, conteniendo un alma entre sus paredes, un alma fácil de herir, un alma que ya ha sido herida varias veces, un alma fácil de lastimar, un alma llena de cicatrices y marcas, un alma demasiado sensible, un alma demasiado necesitada, un alma que tiembla cada vez que piensa en lo distinto que hubiera sido todo para la poca familia que tenés si no hubieras cometido el estúpido, terrible, horrible, lamentable error de presentarle a Carrie a tu hermano, pavimentando el camino para que ocurrieran tragedias que jamás te hubieras atrevido a imaginar.
Durante unos segundos tu cerebro se vio dividido en dos partes: una parte quería gritarle a Carrie, decirle todas las cosas que pensás sobre ella, sobre su maldad, sobre su gusto por derribar a las personas y patearlas hasta dejarlas sin aire y con la autoestima hecha jirones, sangrando por dentro. Una parte tuya quería perder el control, zafarse, salirse del molde, perder la compostura, y permitir que te controlaran la angustia, la bronca, la furia, los nervios, permitir que tu costado más humano, tu costado más crudo, se defendiera.
Luego estaba la otra parte, esa parte que puede describirse como una nena chiquitita, asustada, incomprendida, temerosa, que se siente culpable por todo, que se arroja sobre sus hombros el peso y la culpa de todas las cosas malas que han sucedido, que prefiere esconderse en una esquina oscura, hecha un ovillo, y llorar en silencio, soportando sin emitir quejido alguno las acusaciones, porque cree merecerlas. Y es que hay una parte tuya que aun siente culpa; aunque racionalmente sepas que tu hermano se buscó él solo algunas cosas, aunque sepas que Carrie es una arpía y una destruidora de hogares, aunque sepas que vos jamás los presentaste con ninguna doble intensión, aunque sepas que obraste desde tu inocencia, aunque sepas que jamás se te hubiera cruzado por la cabeza que las cosas terminarían del modo en que terminaron, hay una partecita tuya que no puede evitar temblar de culpa cada vez que pensás en tus sobrinitos, en esa pobres criaturitas y – tal cual lo dijo Carrie – sus vidas arruinadas.
Porque tus sobrinos van a ser siempre 'hijos de padres divorciados'. Porque no van a pasar nunca más una Navidad con su familia unida. Porque ya no tienen una tía para que los mime y malcríe. Porque son fruto de un matrimonio que acabó destrozado. Porque su mamá ahora odia a su papá. Porque aunque las cosas estén emparejándose un poco, el hogar de tus sobrinos ya quedó para siempre destrozado, porque nada va a ser lo mismo, nada volverá a ser lo mismo. Porque el hogar y la familia que Danny y vos no tuvieron, ellos tampoco van a tenerlo. Porque van a crecer entre discusiones y peleas. Porque van a crecer (estás segura, apostarías cualquier cosa a ello) oyendo a su mamá decirles que su tía es en parte culpable de que su matrimonio se haya hundido como el Titanic.
Hay una partecita tuya que no deja de pensar en que, quizá, las cosas habrían tomado un curso diferente si jamás hubieras decidido presentarle a tu hermano a tu mejor amiga. Hay una partecita tuya que se siente culpable, que se siente afectada por las cosas que tu ex cuñada dice sobre vos, sobre cómo fuiste parte importante de la causa que llevó su relación con Danny a un punto tan crítico que acabaron separándose, sobre cómo fue culpa tuya que él se convirtiera luego en un alcohólico depresivo y suicida cuando Carrie lo descartó como a un juguete usado y roto.
Y Carrie sabe eso. Carrie sabe bien que no hay un segundo en el que no lamentes haberlos presentado, Carrie sabe que no hay un segundo en el que no te arrepientas de haber pensado que tu hermano y tu amiga podían también hacerse amigos, no hay segundo en el que no sientas una puñalada en el pecho al pensar en el curso que hubieran tomado las cosas para todos (para vos, para Danny, para Haylie, y especialmente para tus sobrinos) si Carrie jamás hubiera entrado en escena para destrozar todo lo que encontró a su paso. Carrie sabe que hay una partecita tuya a la que le duele terrible y hondamente saber que fuiste vos el hilo conductor que llevó al matrimonio de tu hermano la causa de su putrefacción (incluso si el árbol hacía rato había dejado de dar frutos), desembocando eso en sufrimiento para tus sobrinos, las víctimas inocentes de todo este tema.
Y como Carrie es mala, como la maldad de Carrie no conoce límite alguno, como tiene la capacidad de leer a las personas como si fueran libros abiertos de par en par y encontrar exactamente el punto en el que debe hacer presión para lastimar, se está aprovechando de esa culpa sofocante que siente tu corazón (incluso cuando tu cabeza, tu parte racional, tu cerebro le dice a gritos que no es en realidad tu culpa, que vos no sabías, que vos no querías que las cosas resultaran así, que vos sos también inocente), simplemente porque le gusta demostrar que ella es más fuerte, que ella es más cínica, que ella tiene mayor poder, que ella tiene mayor control, que ella puede pisotearte, que ella puede asfixiarte, que ella es un gigante y vos una simple, ordinaria cucaracha.
Ella siguió hablando, y vos la escuchabas, aunque la voz llegaba amortiguada, como si viniera de lejos, como si estuviera llegando a tus oídos a través de un túnel, como si vos estuvieras ahí sólo en cuerpo, un conjunto de huesos, músculos y piel, pero sin alma y corazón, porque tanto la mente como los sentimientos se te habían ido a otra parte, esa parte negra, profunda y fría en la que te come viva la culpa
"Engañar a su esposa fue un error que Danny cometió; nadie le apuntó a la cabeza con un revolver, nadie lo obligó a acostarse conmigo, nadie lo obligó a mentirle a Haylie repetidas veces para que nos viéramos a escondidas, nadie lo obligó a dejarla – aunque esa fue una acción estúpida -, y fue su propia idiotez pensar que teníamos un futuro, que lo nuestro podría funcionar, que yo iba a pasar el resto de mi vida con perdedor que trabajaba como empleado de cuarta vendiendo cocinas y calefones en una tienda de electrodomésticos. Esos fueron errores suyos"
Tenía razón, claro. Nadie obligó a tu hermano a serle infiel a su mujer, es verdad. Carrie se le regaló, seguramente, Carrie lo buscó, Carrie lo engatusó, Carrie lo atrajo a su red, pero tu hermano entró solito en la boca del lobo, tu hermano no tuvo capacidad de discernir entre lo bueno y lo malo, tu hermano se equivocó, tu hermano hizo lo que no debía hacer, tu hermano cometió la infidelidad, tu hermano buscó consuelo y ayuda en los brazos de otra, tu hermano dejó de lado a su esposa y en lugar de arreglar los problemas que tenían o de buscar la manera de acabar la relación en buenos términos se fue a la cama de una cualquiera. Es verdad, nadie forzó a Danny a cometer esa terrible, inmensa equivocación que acabaría haciéndole daño a sus hijos y a la madre de sus hijos, y si bien él ha reconocido eso, si bien ha reconocido que se equivocó muchísimo, si bien a reconocido su error, eso no quita que vos no sientas a veces que, en parte, nada de eso hubiera pasado si vos no le hubieras presentado a Carrie. Tu parte racional sabe que tu hermano y su mujer venían teniendo problemas graves y que, de no haber sido Carrie, probablemente hubiera encontrado a otra mujer con la que satisfacer sus necesidades emocionales, físicas y de venganza, pero el problema es que fue Carrie, tu 'amiga', y vos los presentaste, vos fuiste el nexo entre él y quien acabó siendo el objeto de tentación, aquella con la que concretó el pecado, aquella que terminó llevándolo por un sendero que desembocó en su separación, y que luego lo llevó a un pozo depresivo cuando lo dejó porque se había 'aburrido de él'. Vos sabías que Carrie era una comehombres, sabía que no le interesaba si se metía con tipos casados o tipos solteros, sabías que era más fácil que la tabla de multiplicar por 2, pero en tu inocencia y tremenda estupidez jamás se te ocurrió que cruzaría un límite e iría a clavarle las garras a tu hermano.
Pero así lo hizo, claro que así lo hizo. Y mirá todas las consecuencias que trajo, mirá todas las consecuencias que trajo que vos le presentaras a Danny a tu amiga, mirá todas las consecuencias que trajo que tuvieras los ojos vendados, mirá todas las consecuencias que trajo que no supieras ver antes lo que Carrie era en realidad porque estabas demasiado necesitada de una amistad como para cortar vínculos con tu 'amiga' simplemente porque sus valores eran distintos a los tuyos y no le importaba estar un día desnuda con uno y al siguiente desnuda con otro. Mirá todo el daño que fue hecho. Mirá cómo quedó todo roto, todo derrumbado, no sólo tu fe en tu amistad con ella, sino la vida de tu hermano y la de tus sobrinitos, a quienes llevás meses sin ver, sin oír sus vocecitas, sin abrazarlos, sin jugar con ellos. Mirá qué caro le salió a Danny el error. Mirá qué caro le salió porque vos estabas contenta de tener una amiga, y como Danny era tu única familia, quisiste presentársela.
El estómago te dolía más que antes, tal vez porque al malestar físico se le sumaba esa mezcla de nervios, bronca, incomodidad, angustia y furia quemándote desde adentro. Lo que le faltaba a este Miércoles era precisamente eso que estaba ocurriendo en el desierto baño de mujeres de la planta principal de la CTU; casi paranoicamente ojeaste la puerta, deseando que alguien entrara, que algún grupo de analistas jóvenes y bulliciosas fuera allí para lavarse las manos o retocarse el maquillaje e interrumpiera esa discusión que se estaba gestando, esa discusión en la que no podrías salir ganando jamás, porque Carrie había enfilado para meterse con un tema demasiado delicado para vos: tus sobrinitos. Lo que le faltaba a tu Miércoles para volverse aún peor era eso: ver la sonrisa burlona en el rostro de Carrie al referirse a tres de las personitas que más amás y que más necesitás, tres personitas que fueron arrancadas de tu vida por tu ex cuñada porque cree que así está vengándose de lo que causaste al presentarle a su esposo a la mujer con la que le fue infiel y por la que finalmente la dejó. Lo que le faltaba a tu Miércoles era eso: el nudo en la garganta que estaba cortándote la respiración, esa culpa materializada haciéndose presente en tu carne y en tus huesos, recordándote que muchas cosas habrían sido distintas si vos no hubieras sido una idiota necesitada de amistad.
"Yo nunca quise que las cosas tomaran este giro…" empezaste a decir, con una voz extrañamente ronca que no sonaba para nada como la tuya propia, esa voz firme y decidida que usás para dar órdenes, indicaciones o directivas a tus empleados, para guiar a tu equipo de analistas en momentos de crisis, o esa voz que se vuelve dulce y tierna cuando estas sola con él y podés decirle al oído todo lo que quieras sin miedo a que los encuentren.
Carrie te interrumpió, obviamente. Había visto en tus ojos que, aunque luchabas por mantenerte compuesta y jugar a cara de póker, estaba afectándote, como lo hace siempre que empieza a mostrar la punta filosa y brillante de la daga que usa para destrozar por dentro a las personas sensibles como vos.
"Puede que vos digas eso, pero la historia que Haylie va a contarle a sus hijos cuando crezcan, la historia que seguramente ya está contándoles a esos mocosos, va a tener un argumento muy diferente, Michelle, y que de eso no te quepa la menor duda"
Tomó cada pequeña molécula de voluntad en tu sistema no dar rienda suelta al deseo de zamarrearla en el momento en que llamó 'mocosos' a tus sobrinos, pero realmente poner en riesgo tu puesto de trabajo, tu carrera y todo por lo que trabajaste tanto no valía la pena, no por una persona tan miserable y tan basura como lo es Carrie, a quien nada le gustaría más que verte de patitas en la calle por maltratar a una empleada, con tus sueños destrozados y tus posibilidades de trabajar en Langley o en Washington tan rotos como los pedazos de la taza de porcelana que hiciste añicos en la mañana.
Lo que Carrie estaba diciendo, bueno, no es ninguna mentira. Más bien es una verdad que te ha sido confirmada de primera mano. Te acordás demasiado vívidamente de lo que Danny te dijo respecto a cómo Haylie estaba tomándose las cosas, y la escasez de chances que él veía de que algo cambiara en el futuro: ahora Danny puede ver a sus hijos durante una hora y media dos veces por semana, bajo la supervisión a cara de perro de su ex esposa, pero ella se niega a que sus hijos vean a su tía. Haylie sigue negándose a saber de vos, continúa firme en su postura de no querer cruzar palabra con vos, sigue negándose rotundamente a escuchar tu campana de la historia. No hay manera de que se le quite de la cabeza que vos sos principal responsable de las cosas que salieron mal, probablemente porque necesita culpar a alguien de lleno para exonerarse un poco, y es obvio que es mucho más fácil culparte a vos, convenciendo a todo el mundo de que hiciste que Danny y Carrie se conocieran a propósito, para llevar a la ruina su matrimonio (ahora, claro: ella no reconoce que su matrimonio venía cayéndose a los trompicones de un precipicio desde hacía rato, y tampoco reconoce que vos siempre fuiste amable con ella y que la considerabas tu familia, y que jamás destruirías así el hogar de tus sobrinitos. No, claro, esos datos se pueden ignorar totalmente, y así saltamos a la conclusión de que vos sos la culpable). Cada vez que hablás con Danny de tema, su respuesta respecto a cuándo vas a ver a los nenes es la misma: Haylie se niega a que tengan contacto con vos, y él no puede hacer nada para que ella cambie de opinión porque se halla entre la espada y la pared, temiendo que al primer atisbo de discusión o desacuerdo ella vuelva a cerrarse herméticamente en su burbuja de histeria, rencor y resentimiento, concentrada con todas sus fuerzas en destrozarlo en un juicio por tenencia y llevarse a sus hijos lejos.
Esa noche lloraste demasiado, y cada vez que tu hermano te dice que el corazón de Haylie sigue duro como una piedra y que le salen los colmillos con sólo escuchar tu nombre, sentís como si te clavaran una daga en el estómago: amás a tus sobrinos, los adorás, son de las cosas más lindas que te pasaron en la vida, y te mata no poder verlos, te mata no poder jugar con ellos, te mata no poder mimarlos, te mata saber que van a crecer escuchando a su mamá diciéndoles que vos sos la causa por la cual su matrimonio se fue a pique. Te mata pensar que van a odiarte, simplemente te mata.
Y estaba matándote oír esa verdad cruda y horrible saliendo de los labios de Carrie. Carrie, gran responsable de todo ese embrollo. Carrie, fría, despiadada, mentirosa, venenosa, cruel, malvada, y tantos otros adjetivos que podrían llenar hojas y hojas, todos ellos uno peor que otro. Carrie, claramente disfruta con el sufrimiento ajeno, especialmente con tu sufrimiento; después de todo, por algún motivo te adoptó como 'bolsa de boxeo emocional', entonces siempre que puede desquita sus frustraciones y su complejo maquiavélico con vos.
"Haylie nos odia a ambas por igual, Michelle"
La mamá de tus sobrinos te odia. Te odia tanto como odia a Carrie, la mujer con la que tu hermano tuvo un romance clandestino, la mujer con la que tu hermano se fue, abandonándola a ella y a sus hijitos, la mujer que terminó de pudrir el árbol hasta la raíz del tronco, la mujer que hizo de iceberg para hundir aquél Titanic. El odio que Haylie, con quien te llevabas bien, siente por vos es comparable solamente al que siente por la mujer responsable de arruinarle la vida a ella y a sus hijitos. Eso significa que hay un ser humano sobre esta Tierra que te equipara a la peor basura del mundo. Y ser consciente de eso representa un dolor hondo, enorme; es como si estuvieran cortándote el alma en trozos, arrancándote el alma de a tiras.
"Su marido se metía en mi cama mientras ella hacía reposo por las complicaciones en su embarazo, es verdad, pero la culpa no es enteramente de Danny"
Como un gong resonaron esas palabras en tu cabeza, una y otra y otra vez, amplificándose como por arte de magia, retumbando dentro tuyo, sacudiéndote.
"No fue enteramente culpa de su estupidez, de su debilidad, de su falta de control. La culpa, en ojos de Haylie, es más tuya que de él. La culpa de todo esto para Haylie es tanto tuya como mía, porque fuiste vos la que lo expuso a mí, cuando bien sabías que tratándose de hombres no me gusta desperdiciar el tiempo. No era desconocido para vos que yo tiendo a quitarme las ganas con lo que es de nadie y con lo que es 'propiedad privada' también"
Es verdad, es verdad, es verdad, es verdad una voz molesta, aguda y punzante canturreaba en tu cabeza, agudizando la migraña que envolvía tu cerebro y lo apretaba como si estuviera tratando de exprimir tus neuronas. Vos sabías que Carrie tiende a atraer a cuanto hombre conoce a sus garras, vos lo sabías, pero estabas tan contenta por tener una amistad (aunque en realidad mucho tiempo después se te cayó la venda de los ojos y pudiste ver que aquello distaba mucho de ser una amistad) que no se te ocurrió pensar que haría con tu hermano lo mismo que hacía con cualquier tipo lo suficientemente idiota como para acostarse con ella. Estabas tan desesperada por conservar tu única amistad, que tu inteligencia se vio nublada y dejaste de lado el pequeño detalle de que, a diferencia tuya, la moral de Carrie era de menor tamaño que el granito de arena más pequeño que haya existido sobre la faz del planeta Tierra.
"Yo no creo en príncipes azules, hadas madrinas y finales felices, Michelle" te dijo, el tono burlón aún allí "Y aunque lo niegues, aunque repitas una y otra vez que no querías que esto sucediera y que no tuviste absolutamente nada que ver con lo que pasó entre tu hermano y yo, tu cuñada está tan enojada, tan cargada de resentimiento, se siente tan traicionada, que no va a creerte nunca. Nunca va a entrar en razón. Nunca"
Nunca, nunca, nunca, aquella palabra retumbaba dentro de vos con fuerza.
"Para Haylie siempre vas a ser la desgraciada que se complotó con su mejor amiga para arrojar piedras a su castillito de cristal"
Las palabras 'mejor amiga' y el énfasis con las que las dijo hicieron que te sintieras asqueada de alguna vez haber considerado a Carrie una amiga, una buena persona, alguien con quien conversar, alguien con quien compartir tus cosas. Le forma en la que dijo aquello hizo que te sintieras más estúpida que nunca, y que una vez más quisieras darte la cabeza contra la pared para castigarte por haber sido tremenda ilusa, tremenda idiota.
"Para Haylie siempre vas a ser el perrito faldero de la que jugó el papel de Cruela de Vil en esta historia, y eso es lo que tus sobrinos van a oír durante el resto de sus vidas: que su tía es en parte responsable de que su papá y su mamá se hayan separado"
Primer puñal, justo en el medio del alma. Dolió como si te hubieran acuchillado en serio, y quizá una acuchillada se hubiera sentido mejor; al menos una daga atravesándote la piel habría ameritado proferir el grito desgarrador que te morías por dejar salir, pero que tuviste que reprimir dentro tuyo porque estabas en tu lugar de trabajo, porque no era el momento, porque no debías quebrarte, porque no debías romperte y caer al suelo hecha añicos, porque debías mantenerte compuesta, porque no podías mostrar más debilidad de la que seguramente refulgía en tus ojos, porque no podías permitirte el lujo de estallar en mil pedazos porque Carrie estaba restregándote en la cara algo que durante más de un año había estado haciendo peso sobre tus hombros: la horrible certeza de que tus sobrinitos van a crecer escuchando que sos la peor basura que existe sobre la Tierra.
"Van a resentirte tanto como Haylie te resiente a vos, van a tener tanta bronca contra vos como la que Haylie te tiene, y cuando sean mayores simplemente van a odiarte más, porque van a ver la magnitud de lo que su papá le hizo a su mamá, porque van a entender que su padre no es más que un tipo estúpido y mediocre, un alcohólico igual de bipolar e inestable que tu mamá, tan dependiente del poco consuelo que puede encontrarse en el fondo de una botella como lo era la abuela que tus sobrinos nunca van a conocer porque los abandonó, del mismo modo en que su padre los abandonó a ellos para irse conmigo"
Otra puñalada, y otra, y otra, y otra, y otra. Te faltaba el aire y sentías tu pecho cerrándose. Carrie no sólo estaba metiéndose con tus sobrinos, también estaba tocando heridas muy delicadas que no van a sanar jamás, que vas a llevar en vos para siempre, que vas a tener en tu alma y en tu corazón hasta el día en que mueras, porque por mucho tiempo que pase, el abandono nunca dejará de doler, y siempre vas a cargar el peso de saber que tu mamá era una mujer demasiado inestable, con problemas psiquiátricos, con un alcoholismo que estaba demasiado fuera de control como para que pudiera curarse, que prefirió dejarte en lugar de quedarse con vos para verte crecer. Carrie sabe parte de tu historia familiar, un gran porcentaje de boca de Danny, y está usando esa información como arma para hacer destrozos; eso habla mucho de lo mala persona que es, de lo terriblemente cruel que es, eso evidencia que tiene una piedra negra en lugar de corazón y de que su alma está echada a perder. Pero aún sabiendo que los que está utilizando son golpes bajos, duelen de todos modos, duelen muchísimo.
Así es Carrie: aprovecha cada ocasión que puede para recordarte que nunca te quisieron, que nunca tuviste amigos, que siempre te discriminaron, que tu propia madre prefirió marcharse, que sos demasiado inocente, que sos demasiado naïve, que sos la hija de una alcohólica bipolar, que tu hermano está igual de trastornado que tu mamá… Así es Carrie: una verdadera basura. No podés entender, y quizá nunca lo entiendas, cómo fue que tu necesidad de tener una amistad firme y estable te llevó a pasar por alto cosas que en otro caso hubieras visto enseguida, cosas que te hubieran confirmado que Carrie no es la clase de persona que uno quiere tener en su círculo íntimo, más bien todo lo contrario, porque una arpía como Carrie no puede hacerle bien a nadie, y es siempre preferible tenerla tan lejos como sea posible para evitar que haga estragos como los que hizo en tu familia (o lo que quedaba de ella).
Van a resentirte tanto como Haylie te resiente a vos, van a tener tanta bronca contra vos como la que Haylie te tiene, y cuando sean mayores simplemente van a odiarte más. Esas eran las palabras que resonaban en tu interior, más fuertes que ningunas otras, porque resumen un miedo inmenso que tenés, un miedo que se volvió material al convertirse en sonido cuando Carrie escupió su veneno. Temés que tus sobrinos te odien, temés que te resientan, temés que su mamá les lave el cerebro hasta el punto en que te consideren en parte responsable del divorcio de sus padres, todo porque cometiste el error de presentar a tu amiga y a tu hermano.
"Van a deducir que, como la manzana nunca cae demasiado lejos del árbol, vos tampoco vales la pena. Eso es lo que su mamá va a decirles cada vez que tenga la oportunidad. Tus sobrinos van a crecer con la idea formada de que sos una de las causas por la que sus vidas no son como la de los otros chicos que tienen un papá y una mamá que se quieren. Y una partecita tuya sabe que van a tener toda la razón del mundo en cargarse la lengua de veneno hablando de vos"
Vos no creciste con un papá y una mamá. Las circunstancias eran diferentes, claro, porque tus padres no se divorciaron: tu papá falleció, y eso devastó a tu mamá hasta tal punto que volvió a caer en la depresión y fue consumida por su propia angustia, pero al menos sabés que él la amaba, que la quería, que se ocupaba de ella, que la rescató de un destino horrible, que le devolvió la dignidad y el autoestima, que la hizo feliz, que la cuidó. Creciste sabiendo que hubieras tenido un excelente padre y probablemente una mamá mucho más estable si el destino no hubiera decidido llevárselo demasiado pronto. Pero tus sobrinos van a tener siempre el estigma de que su padre engañó a su madre, van a vivir sabiendo que la engañó y que luego los abandonó sin mirar atrás, y conociendo a Danny y a Haylie estás segurísima de que las pobres criaturitas van a quedar prisioneras en medio de la guerra que va a librarse entre sus padres, la guerra que viene librándose desde hace rato y que no creés vaya a terminar. Es cierto que sus vidas no van a ser como las de otros nenes: van a tener que pasar Navidad en una casa y Año Nuevo en otra, van a tener que escuchar las discusiones entre sus padres cada vez que estos se vean, van a tener que oír muchas mentiras y difamaciones. Odiás pensar en eso, odiás saber que eso es lo que les espera a las tres criaturitas más inocentes del mundo, odiás saber que esa es la clase de vida que van a tener, una vida muy distinta a la que merecen, una vida muy distinta a la que desearías pudieran tener.
Y es inevitable que una partecita tuya arda dolorosamente pensando que, si Danny y Carrie nunca se hubieran conocido, tal vez con algo de tiempo y esfuerzo Haylie y tu hermano hubieran podido resolver sus diferencias y arreglar aquello que estaba mal en su matrimonio, lograr que las cosas funcionaran; siempre habías tenido fe en que encontrarían la manera de salvar aquella relación, en parte quizá porque no querías pensar en lo devastador que sería para tus sobrinitos que sus padres se separaran. Pero luego, Danny y Carrie se conocieron y todo fue cuesta abajo, de mal en peor, con una velocidad impresionante, y el impacto fue demasiado fuerte, y no hay manera de reparar los terribles daños.
¿Cómo hubieran sido las cosas si Carrie jamás hubiera entrado en escena? ¿Habrían Danny y Haylie resuelto sus cuestiones maritales o de todos modos su matrimonio habría acabado destinado a un rotundo fracaso? Eso te lo preguntás siempre, y la conclusión a la que llegás es que, si Carrie no hubiera aparecido para empeorarlo todo y complicar las cosas, si el desenlace de la historia era un divorcio, al menos tu cuñada no te hubiera señalado con su dedo acusador, no te odiaría, no te resentiría, no te consideraría la peor basura del mundo, no pensaría que sos una zorra, y dejaría que sus hijos vieran a su tía. Tal vez si Carrie no hubiera sido parte del embrollo pero hubieran acabado separándose de todos modos, tu hermano se hubiera tomado su fracaso matrimonial de otro modo, hubiera tenido permitido ver a sus hijos con frecuencia, y no habría llegado al punto de perder su empleo, caer en el alcohol, hundirse en un pozo depresivo y tratar de quitarse la vida.
Es una pregunta que hace peso sobre tus hombros como si estuvieras tratando de cargar el mundo, es una pregunta que cuelga sobre tu cabeza como la espada de Damocles: ¿qué hubiera pasado si Carrie nunca hubiera aparecido? ¿Qué hubiera pasado si tus ojos hubieran podido ver que no te convenía presentársela a tu hermano porque a Carrie le encanta meterse con hombres casados?
La respuesta a la que llegás a veces es que al menos tus sobrinos no tendrían que cargar con el hecho de que su padre engañó a su madre, los abandonó para irse con otra y luego intentó matarse. Otras veces hay una partecita tuya un poco más racional interviene diciendo que tu hermano probablemente hubiera encontrado a cualquier otra mujer con la que serle infiel a su esposa, y que el final de la historia habría sido el mismo: un divorcio escandaloso, lleno de drama, odio, resentimiento y más escándalo. Sin embargo siempre agrega otro costado tuyo, ese costado que está profundamente herido y no se recupera del dolor, al menos podría seguir viendo a mis sobrinitos, porque Haylie no me echaría la culpa de esto.
Con sólo pensar que en el futuro, cuando crezcan, cuando sean adultos, tus sobrinos van a odiar a su tía – una tía que, como están vistas las cosas, probablemente nunca pueda mimarlos, malcriarlos, llevarlos de paseo o comprarles regalos como antes – porque su mamá va a llenarles el corazón de rencor hacia vos, sentís que una partecita tuya muere. En ese momento sentiste eso: una partecita tuya muriendo de tristeza, porque estaban recordándote algo que no hace más que generarte angustia.
"No me digas, Michelle, que no hay una partecita tuya que se siente culpable porque esos pobres angelitos" te repulsó la manera en la que se refirió a ellos utilizando esas palabras embebidas en sarcasmo "ahora están condenado a sufrir en un hogar disfuncional, teniendo por padre a un zopenco desocupado que no puede mantenerse sobrio lo suficiente para conservar un empleo medianamente decente"
Te retumbaban los oídos, la sangre corría rápido por tus venas y rápido subía a tu cerebro, la furia te quemaba viva, las palpitaciones golpeaban las venas de tus muñecas, de tus sienes, de tus piernas; el corazón te latía a tal velocidad que lo sentías vibrar dentro tuyo, en tu estómago, como si se hubiera agrandado tres veces su tamaño, y lastimaba tus costillas. Querías respirar pero no podías. Querías llorar, pero no ibas a darle a Carrie el lujo de verte totalmente destrozada por todas las verdades ácidas, crudas y crueles que estaba soltándote con tanta maldad. Tu visión estaba nublada por las lágrimas que se acumulaban en tus ojos pero que no dejarías que rodaran por tus mejillas, por lo cual el baño de paredes y suelo blanco inmaculado se había difuminado un poco; sin embargo, por algún extraño motivo a Carrie seguías viéndola con bastante nitidez. Sus labios estaban curvados en una sonrisa burlona.
"Antes al menos Danny podía llevar algo de pan a la mesa" dijo, divertida, como si la situación le causara gracia "Ahora es un inútil inservible viviendo en un cuartito diminuto" antes de que te dieras cuenta, estaba atacándote por otro lado "Y sus intentos de suicidio y su estado depresivo, ¿qué pensás que fue lo que desencadenó eso, Michelle? El fracaso de nuestra relación, una relación en la que se metió para escapar de su matrimonio en estado de descomposición, pero terminó saliendo todo mucho peor de lo que se hubiera imaginado, y vos también te echás la culpa de eso"
Y vos también te echás la culpa de eso.
Tiene razón, tiene razón, tiene razón una voz en tu cabeza no dejaba de repetir. Hay una parte mía que se culpa de que las cosas se hayan desvirtuado de esa manera.
"Incluso si tu hermano insiste en que no deberías hacerlo, vos sentís culpa de todos modos. ¿Y sabés qué? En medio de nuestras discusiones varias veces me ha dicho que yo arruiné su vida y que maldice el momento en que nos conocimos – probablemente te lo haya dicho a vos también -, pero en todas esas ocasiones, yo lo escuché agregar algo que estoy segura a vos no te diría: que nada de todo esto" hizo un gesto con la mano, como si señalara la situación en general "hubiera pasado si vos no hubieras cometido la estupidez de cruzarme en su camino"
Ahí estaba Carrie, confirmándote otro temor tuyo, otra sospecha tuya: aunque tu hermano diga que ha llegado al punto en el que entiende que se equivocó, que cometió un error, que hizo lo que no debería haber hecho, que perdió todo por algo que no valía la pena, en el fondo también te hace un poco responsable, porque puede que las cosas en su matrimonio anduvieran mal y que estuvieran él y su esposa caminando en terreno empedrado, pero vos fuiste lo suficientemente idiota para ponerle delante una mujer sin escrúpulos acostumbrada a hacer cualquier cosa para tentar a hombres y arrastrarlos a su nido de ratas. Él cayó en la trampa, esa fue su falta…, pero la que puso la trampa ahí fuiste vos, y eso te carcome, te carcome desde siempre, y al parecer a él también le pesa infinitamente saber que quizá todo hubiera resultado un poquitito distinto si no hubieras puesto a Carrie en su camino.
Esa parece ser toda la cuestión, ¿no?: estúpida Michelle, más idiota no podía ser, que presentó a su hermano y a su amiga, arruinando así la vida de éste, de su cuñada, de sus sobrinos y probablemente una partecita importantísima de la suya propia porque ya no puede seguir disfrutando de su papel de tía en la vida de tres de las personitas que más ama.
"Él también te considera responsable, Michelle" las frases que Carrie arrojaba se sentían como piedrazos, y en ese momento más que nunca deseabas que alguien entrara al baño, quien sea, para que Carrie se viera obligada a cerrar la boca de una vez por todas, callarse, guardar esa lengua de víbora, dejar de destilar veneno, dejar de apuñalarte con sus palabras hirientes y cizañeras "Te considera tan responsable de que su vida se haya convertido en una sucesión de fracasos como me considera a mi. Te considera tan responsable de que las vidas de sus hijos estén hechas pedazos como me considera a mí. Puede que aun no te lo haya dicho abiertamente porque en su patético estado depresivo debe pensar que está haciéndole un bien a su medio hermana protegiéndola, pero esperá a que vuelva a emborracharse, esperá a que vuelva a darse una sobredosis de pastillas, esperá a que se salga de control y le agarre otro de sus ataques de ira y violencia, y vas a ver que te suelta uno a uno sus pensamientos sobre vos. Estando sobrio no va a señalarte con el dedo y acusarte de haber ayudado a arruinar su vida y la infancia de sus hijos, en parte tal vez porque no le conviene morder la mano que le da de comer y paga el roñoso techo sobre su piojosa cabeza. Pero no creo que falte mucho para que estalle otra vez, especialmente teniendo en cuenta que es frágil, inestable y bipolar como todos en tu familia"
Todavía tenías las manos cerradas en puños, las uñas clavándose en las palmas, pero no podías sentirlas, porque tu cuerpo estaba entumecido; sólo eras consciente de tu bronca, tu furia, tu angustia y del millón de sentimientos que quemaban dentro tuyo, de tu corazón latiendo desaforado y de tu cabeza a punto de estallar. Ya habías dejado de analizar las palabras dichas por Carrie, de separarlas según cuáles dolían más y cuáles dolían menos, cuáles estaban fundamentadas y cuáles eran solamente mentiras para lastimarte. Te hervía la sangre en las venas y te zumbaban los oídos. Te sentías como un volcán al borde de la erupción.
La furia contenida, la necesidad de poner un alto a aquello, la necesidad de dejar que caiga una última gota y rebalse el vaso, llegó cuando Carrie empezó a meterse en terreno peligroso, hablando de cosas que estás segura Danny le contó en estricta confidencialidad y – pobre iluso – confiando en que quedarían entre Carrie y él, porque sabés que es algo que a Danny lo avergüenza profundamente y de lo que no habla jamás; dudás incluso que Haylie haya llegado a conocer la historia completa, pero por algún motivo tu hermano pensó que podía volcar sus sentimientos y compartir la verdad con Carrie, tan 'enamorado' de ella como estaba (al menos eso creía él: que estaba enamorado).
Aquello que te quebró y te llevó a reaccionar (con Carrie siempre es así: soportás los golpes uno tras otro en silencio y embotada, hasta que de repente algo se quiebra en vos y tu costado masoquista se da por satisfecho, dando paso a aquel costado más racional que entiende que no podés permitir que te den patadas estando tirada en el piso hasta hacerte sangrar por dentro) no fue que hablara sobre el alcoholismo de tu hermano, su depresión, sus intentos de suicidio, su situación económica, el hecho de que no tiene un empleo y que no puede conseguir uno por mucho que se esfuerce y deje todo de sí intentándolo; no te quebraste cuando dijo que tu hermano te culpa de todo lo que sucedió pero que no te lo dice porque quiere protegerte y porque le interesa mantener una buena relación con vos ahora que no tiene un centavo y necesita toda la ayuda posible de tu parte para pagar la renta, las cuentas, y tener qué comer.
Lo que te quebró fue que traspasara un límite tan fuerte como el que traspasó al decir algo que Danny debe haberle confiado esperando que ella jamás hablara del tema, algo que vos nunca supiste sino hasta que a los doce o trece años encontraste los diarios viejos de tu mamá en esas cajas y empezaste a leerlos, enterándote así de cosas sobre su pasado, cosas horribles, cosas traumáticas, cosas que la definieron como persona, cosas que contribuyeron a que su delicada salud mental se volviera aún más frágil, cosas que a Danny lo avergüenzan y que probablemente compartió con Carrie en un momento de extrema debilidad:
"Es hijo de un violador, además…"
Las palabras tuvieron en vos un impacto desgarrador, porque rompieron con tu entumecimiento y te llevaron automáticamente a pensar, como muchas veces en tortuosas noches de desvelo pensaste, en todo lo que tu mamá tuvo que sufrir, el abuso físico y psicológico, y cuánto luchó por poder ponerse de pie y resurgir (con ayuda de tu papá, por supuesto) luego de haber pasado por experiencias tan traumáticas como las que tuvo que pasar, incluso si para ella eran normales.
"Yo tendría cuidado, Michelle, porque la última vez que Danny estuvo en peligro fue cuando tuviste que llevarlo al hospital para que le lavaran el estómago después de que intentara suicidarse, pero si sacó los genes de ese animal que abusaba de tu mamá, puede que un día tengas que ir a visitarlo a la cárcel. Ya vimos de lo que es capaz Danny cuando la furia lo domina" se señaló el cuello, haciendo alusión a lo ocurrido esa madrugada en la CTU, cuando él llegó asustado a verte y reaccionó salvajemente al verla a ella, abalanzándose encima de ella y tratando de acogotarla con sus propias manos en un arrebato de ira "Lo único que le falta a tus sobrinitos es tener un padre convicto…"
Y ahí fue cuando colapsaste.
"¡Basta, Carrie!"
No fue un grito, ni siquiera levantaste la voz, pero hablaste con firmeza, y estabas segura de que la furia que sentías podía verse en tus ojos. El silencio cayó entre las dos, y por un par de segundos que se hicieron eternos todo lo que escuchaste fue el goteo del grifo de alguno de los lavabos; no sabías si era impresión tuya o si de verdad estaban llenando el aire los ecos de los latidos de tu desaforado corazón, pero mezclándose con el zumbido de tus oídos, ahí estaban tus propias palpitaciones, rápidas y desaforadas debido a los nervios, la angustia y el esfuerzo por contenerte y no darle vuelta la cara de un cachetazo.
El ambiente estaba tan tenso que podría haber sido fácilmente cortado con un cuchillo. La incómoda y cargada quietud fue rota por Carrie, una vez más, quien si bien había callado al verte reaccionar finalmente luego de todo el veneno que destiló, al parecer todavía tenía otras cosas en la punta de su lengua de víbora, cosas que no iba a quedarse sin decir, cosas para seguir lastimándote. Porque así es Carrie: a Carrie no le interesa nada que no sea desquitarse con otros, Carrie disfruta haciendo sufrir a otros, disfruta lastimando a otros, disfruta usando lo que sabe sobre gente que ilusamente confía en ella para luego apuñalarlos por la espalda, y una vez que la farsa se acaba y muestra sus verdaderos colores, una vez que se le cae la máscara, una vez que saca a relucir sus colmillos, directamente de ahí en adelante te apuñala de frente, sin problemas, por el simple hecho de regocijarse en el sufrimiento ajeno, llenando vacíos personales con bronca y resentimiento, buscando placer y alivio para sus propios demonios llenando con fantasmas las casas abandonadas que hay en las cabezas de otros, por hablar metafóricamente.
Cuando habló, lo hizo con voz suave y desagradable; era casi un siseo aquello que se colaba por entre sus labios, aún curvados en una sonrisa burlona.
"El problema con vos, Michelle, es que podés aguantar las peores atrocidades, podés aguantar ser testigo de ese costado del mundo que nadie quiere ver porque es demasiado cruel, demasiado crudo, demasiado fuerte, pero lo soportás porque es parte de tu trabajo, porque podés hacer algo para arreglarlo, podés hacer algo para resolverlo, para detenerlo. Sin embargo" un destello de malicia refulgió en sus ojos "no podés aguantar que te pongan cara a cara con tu propia realidad. Es mucho más fácil esconderse bajo la piel de la analista brillante que puede llevar el peso del mundo sobre sus hombros si eso significa salvar vidas inocentes y defender a su país, pero es imposible para vos mirarte en el espejo y admitir cómo son las cosas en verdad cuando se trata del plano personal"
La descripción que acababa de hacer era correcta; Carrie sabe leer a las personas, puede leerlas mejor que nadie, y lo que acababa de decir encajaba perfecto con el proceso con el que lidiás a diario: hay una esfera profesional en la que sos de una manera, y otra esfera íntima y personal en la que sos total y completamente distinta. Hay una Michelle que ven todos, la que es inteligente, aplicada, dedicada, fuerte, segura de sí misma y brillante, y hay otra Michelle que no conoce casi nadie, una Michelle que sólo sos alrededor de los que amás (léase: Tony), que es sensible, dulce, cariñosa, frágil, dependiente y delicada. La Michelle del 'plano profesional' puede soportar lo que sea (o eso aparenta): todo sea por mantener a salvo a ciudadanos inocentes, a posibles víctimas de ataques terroristas, a personas que tienen todo un futuro por delante que podría ser opacado en un segundo por la mano perversa de fanáticos religiosos u hombres ambiciosos y sedientes de poder, codicia. Sin embargo, esa otra Michelle que aparece cuando se desdibuja aquella que es confidente y pareciera llevarse el mundo por delante, es muchísimo más tímida, está llena de heridas de su pasado, necesita afecto constante, no termina de recuperarse de la ausencia de una familia 'convencional', tiene terror extremo al abandono, y puede ser fácilmente lastimada con palabras y actos. El problema ocurre cuando la Michelle profesional se desdibuja dentro de las paredes de la CTU y la Michelle que está íntimamente conectada con su corazón y su alma aparece dentro de límites que no le corresponden, límites en los que se necesita ser fuerte, límites en los que quebrarse no está permitido, límites en los que las lágrimas no pueden caer, límites formados por los altos muros de la Unidad Antiterrorista de Los Angeles.
"Es fácil criticarme porque me gustan demasiado los hombres y voy descartándolos cuando me aburro; es fácil criticarme a mi por 'falta de moral'; es fácil tildarme de 'destructora de hogares'; es fácil señalar con el dedo a tu fracasado, estúpido, depresivo, alcohólico hermano, acusarlo de haber tomado una mala decisión, catalogarlo de mal esposo o mal padre. Todas esas cosas son muchísimo más fáciles que reconocer esa culpa que llevás dentro y admitir abiertamente que sabés cuánta responsabilidad cargás vos en todo esto" hizo una pausa, y luego agregó ": Es mucho más fácil jugar el papel de víctima en lugar de aceptar que cualquier cosa que Haylie les diga a tus sobrinitos sobre vos es verdad y que tienen motivos válidos y justificados para aborrecerte por haberles arruinado la vida"
"¿Te pensás que no me pregunto a diario cómo hubieran sido las cosas si no los hubiera presentado?" finalmente reaccionaste, y el interrogante salió por entre tus dientes fuertemente apretados, en la forma de un susurro apenas audible; no querías levantar la voz, no querías perder el control "¿Te pensás que no me carcome saber que por culpa de quien yo consideraba mi amiga" te encargaste de que la palabra tuviera el énfasis sarcástico que le correspondía "mis sobrinos van a crecer en un hogar distinto al que merecían tener? ¿Pensás que no me angustia no poder verlos desde hace un año porque Haylie me odia?" tu corazón seguía latiendo contra tus costillas, haciéndote daño "¿Pensás que no extraño a mis sobrinos?, ¿pensás que no daría absolutamente todo por volver el tiempo atrás e impedir que se arruinaran sus vidas?" tenías los ojos llenos de lágrimas de rabia, pero no ibas a permitir que cayeran "¿Pensás que no daría absolutamente todo para volver el tiempo atrás e impedir que mi hermano cometiera la estupidez de dejar a su familia por una mujer sin corazón que no vale nada?" le dijiste despectivamente, mirándola con una mezcla de desprecio y asco.
Respirando hondo, te dispusiste a elegir cuidadosamente las palabras que dirías: querías ser tan clara como posible. Tal vez un arrebato de sinceridad, tal vez mostrar un poco del terrible daño que Carrie te hizo y te sigue haciendo, lograra que te dejara en paz de una buena vez por todas, que se diera cuenta de que ya no podría lastimarte más de lo que ya estás lastimada. Tal vez ver lo rota que estás la convenza de ir a buscar a otro a quien molestar. No perdías nada con intentar, y además, ya te habías quedado sin paciencia, ya estabas agotada.
"No necesitás derribarme con las cosas horribles que me decís cada vez que nos vemos, Carrie. No hace falta que malgastes tu energía, tiempo y veneno atacándome, porque el peor daño que podrías haberme hecho ya está infligido, y va a durar para siempre, porque nada que te quede colgando de esa lengua de víbora puede ser peor que la certeza de que no voy a volver a abrazar a mis sobrinos, no a jugar con ellos ni a oírlos reír. Pero no te preocupes, porque voy a tener encima de mí la seguridad de que ellos van a escuchar hablar seguido de su tía, sobre como yo soy en parte la culpable de que sus padres se hayan divorciado después de que su papá los abandonara para irse con una de mis amigas" volviste a llenar la palabra con cada gramo de sarcasmo que tuvieras dentro de vos "El trabajo de arruinarme la vida ya está hecho, Carrie, porque no hay manera de recuperar la familia que perdí"
Quizá no era una familia como la de Tony, pero con todo, era una familia, incluso si sólo estaba formada por tu hermano, su esposa y sus hijos, incluso si era una familia pequeña, incluso si no era realmente tuya, ellos eran tu familia, y por culpa de Carrie perdiste todo eso. Aún estarías sola en el mundo, totalmente abandonada, con solamente un hermano lleno de problemas, si Tony no se hubiera cruzado en tu camino para llenar de luz muchísimos lugares en tu alma que estaba totalmente bajo las garras de la oscuridad.
"No necesito que me refriegues en la cara cómo con un soplido tiraste abajo una familia entera y destruiste un hogar. No necesito que me refriegues que nos dejaste a todos pagando las consecuencias de tu relación con mi hermano después de que te aburriste de él. Así que por favor, en el futuro no me hagas perder el tiempo torturándome y hostigándome para satisfacer tu perverso hambre de maldad: simplemente recordá cada vez que me veas que tenés parte de la culpa de que mis sobrinos nunca vayan a quererme y de que yo nunca pueda disfrutar de ser su tía. Eso debería bastarte, Carrie, ¿no? Debería bastarte con saber que perdí tres personas que me importan muchísimo sólo porque a vos se te ocurrió cruzar los límites con mi hermano. Supongo que eso debería cubrir tu cuota de maldades conmigo"
Y sin darle tiempo a decir nada más, sin darle tiempo replicar, sin darle tiempo siquiera a abrir la boca para volver a atacarte, te dirigiste con paso firme y sin mirar atrás hacia la puerta del baño, que se hallaba a apenas metros de distancia del punto en el que durante minutos que se habían asemejado a una eternidad habías estado parada, frente a frente con Carrie. Caminaste por el largo pasillo que conducía de vuelta al piso principal sin dar vuelta la cabeza tampoco, y no volviste a respirar hasta que – luego de lo que pareció un siglo – llegaste a tu estación de trabajo.
Te dejaste caer en la silla, y soltaste un suspiro larguísimo que habías tenido atrapado en el pecho; así liberaste algo de la tensión que te apretaba la garganta y el estómago en nudos. En tu ausencia varios papeles para que revisaras y firmaras se habían acumulado a un costado de tu computadora, y fingiste escudriñarlos con verdadero interés, enterrando las narices en ellos, cuando en realidad tus ojos no veían más que prolijas manchas negras acomodadas formando renglones sin sentido alguno. Esperaste a que tu respiración volviera a acompasarse y luego con disimulo tomaste un pañuelo descartable y, cuidando no estropear tu maquillaje, secaste tus ojos apenas humedecidos por las lágrimas que no habías permitido cayeran.
No volviste a levantar la mirada hasta pasado un largo rato, cuando estabas segura de que Carrie había ya regresado a la estación de trabajo para visitantes provisorios para seguir ocupándose de lo que se tenía que ocupar.
El resto del día te dedicaste a seguir lidiando con la interminable montaña de cosas que había para hacer, intentando mantener los pensamientos tristes y angustiosos apartados, lejos, encerrados en un cajita y bajo llave, para evitar que te carcomieran el cerebro. Eso hizo que el nudo que te apretaba por dentro se volviera más tenso y más doloroso, tan tenso y tan doloroso que te costaba respirar, pero lo disimulaste tan bien como pudiste. Te comportaste con total naturalidad, y en cuanto volviste a tomar ritmo, las horas corrieron un poquito más rápido; incluso el dolor abdominal y la migraña ya no parecían tan terribles, quizá porque la pena emocional había entumecido los malestares físicos. No creés que nadie haya notado que estabas desgarrándote por dentro, luchando para que retazos de las cosas dichas por Carrie no se reprodujeran cual disco rayado en tu memoria.
Nadie excepto él. Un par de veces hablaron por asuntos relacionados a cuestiones de la CTU, y aunque se mantuvieron compuestos y profesionales como siempre, algo en tu mirada delataba que no estabas bien, y algo en su mirada daba a entender que sabía que algo andaba mal. Ya habías arrancado ese Miércoles con el pie equivocado, y las cosas habían alcanzado su punto máximo con la llegada de Carrie; Tony no es tonto, y probablemente intuía que algo relacionado a la arpía ésa estaba haciéndote daño. Más de una vez al sonar el teléfono de tu estación y ver el número de su interno pensaste que estaba llamando para pedirte que subieras a verlo un ratito y así tener algunos segundos de intimidad, pero al parecer decidió respetar la promesa que te hizo de dejar definitivamente cualquier asunto personal fuera del ámbito profesional, porque no mencionó en ningún momento nada que no estuviera estrictamente vinculado a protocolos activos, mapas, satélites, servidores o informes de inteligencia.
Nadie notó que algo te tenía mal, excepto él. Porque él nota todo, absolutamente todo. Pero esa cualidad que amás con locura, en este caso estabas pensando sería un problema, porque no estabas segura de encontrarte lista para compartir los motivos de tu dolor en este caso. Ni siquiera con él. Morías por fundirte en sus brazos, sentir el calor de su cuerpo, relajarte al compás de su respiración, perderte en sus mimos, pero en el más completo silencio, sin tener que explicar nada, sin tener que hablar de tu familia, de tus sobrinos, de tu hermano. Él conoce la historia, la conoce muy bien, y aunque no le contaste todos los detalles, desde que comenzaron su relación casi tres meses atrás fuiste compartiendo con él pedazos, pedacitos, retazos… Sin embargo, eso fue antes de conocer a su familia.
Tony tiene una familia perfecta. Y vos no.
Y eso, aunque sabés que no debería, te da vergüenza y hace que te sientas menos.
Sí, definitivamente ese Miércoles era un día horrible, y nada en él estaba destinado a salir bien, tanto era así que incluso la perspectiva de que finalmente llegara el momento de irse a casa y dejar que sus mimos te reconfortaran se había convertido en un arma de doble filo: lo que habías estado esperando desde temprano por la mañana implicaba ahora explicar qué había sucedido con Carrie, y no tenías deseos de entrar en detalle sobre eso, en lo más mínimo.
Y la idea de que al llegar la noche podrías buscar refugio en sus besos y abrazos te llenaba de calidez, pero al mismo tiempo alzaba sobre vos una sombra gigantesca que te envolvía por completo, porque aunque ya hayas hablado sobre tu familia disfuncional con él, luego de haber conocido a su familia… algo dentro tuyo duele, sabiendo de dónde él viene, y sabiendo de dónde venís vos, no porque lo envidies, sino porque te da un poco de vergüenza.
Sí, ese Miércoles triste estaba programado para que tu mente no tuviera un segundo de descanso o paz.
Cada músculo de tu cuerpo dolía, cada terminación nerviosa estaba tensa, tu migraña había empeorado de golpe y sentías náuseas otra vez. Tus párpados pesados habían caído sin esfuerzo y contra tu voluntad en cuanto habías permitido a tu anatomía el lujo de hundirse en el mullido asiento del acompañante de su auto. El ruido de la ciudad parecía ajeno y externo a la escena.; la música de fondo era el sonido de sus respiraciones. Estabas fulminada, física y emocionalmente, y la angustia que habías reprimido durante las últimas horas amenazaba con desbordarte y tomar el control ahora que estabas lejos de la CTU, a solas con él, camino a casa. Sin embargo, seguías conteniendo las lágrimas, y eso causaba que un sabor amargo se formara en tu garganta aún anudada y que el llanto reprimido se convirtiera en una masa pesada oprimiéndote el pecho como si todo el peso del mundo estuviera aplastándote.
Respiraste hondo varias veces, en un intento por relajarte y mantenerte calmada, al menos durante el viaje en coche. Necesitabas aclararte las ideas, necesitabas separar las emociones y clasificarlas, como hacés con todo debido a tus ataques de orden, prolijidad y control (porque alguien que ha crecido en el caos emocional en el que vos creciste, es evidente luego desarrollará una obsesión terrible por tener bajo su control y dominio absoluto todas aquellas cosas que pueda agarrar firmemente entre sus dedos y mantenerlas así). Sin embargo, el embrollo que dentro tuyo había, esa madeja de pensamientos y emociones parecía imposible de separar, mucho menos clasificar, analizar y guardar dentro de cajitas en los roperos de tu cerebro; porque los procesos de un ser humano no pueden archivarse como archivás dentro de armarios cuadernos viejos, fotografías, lo que querés ver y lo que no querés ver, los recuerdos que vale la pena abrazar y los que uno quisiera olvidar por completo, como si jamás hubieran ocurrido y sólo fueran retazos de sueños muy parecidos a la realidad. Entonces simplemente permitiste que tu físico desgastado se hundiera más y más en el asiento, buscando que tu mente se desconectara y se pusiera en blanco, pero sin mucho resultado, porque cada vez que estabas a punto de sumirte en un estado de algo similar a la tranquilidad, un pensamiento, un recuerdo, una sensación teñía el lienzo de negro.
Tu jaqueca estaba llegando al punto exacto en el que te dolía tanto la vista que ni siquiera con los párpados cerrados encontrabas alivio, y las sienes te hervían, cuando escuchaste su voz acariciando tus oídos, como proveniente de otro mundo muy distinto a aquél en el que vos estabas, un mundo totalmente ajeno, un mundo muchísimo mejor que aquél en el que transcurría tu Miércoles triste.
"Hoy te extrañé muchísimo"
El susurro era una mezcla de dulzura en estado puro y preocupación; no hay nada que escape a él, a su entendimiento de tu esencia. No hace falta las palabras cuando dos personas están conectadas en un grado tan íntimo, y los dos habían desarrollado un lenguaje carente de sonidos, carente de expresiones, un lenguaje que se habla a través de los sentidos, sentidos que se agudizan cuando están a solas y lejos del escrudiño de los otros, sentidos que siempre están pendientes de cada movimiento, cada gesto del otro. Él sabía que algo andaba mal, claro que lo sabía: desde que esa mañana tus ojos se habían abierto de golpe por el dolor intenso que sentiste en el estómago, todo había salido mal en una medida u otra. Habías tenido un muy mal día y él podía darse cuenta de cuán necesitada estabas de afecto, contención y, sobre todo, tiempo para procesar las cosas en tu cabeza antes de compartirlas con él.
"Yo también te extrañé muchísimo" fue la respuesta que murmuraste aún con los ojos cerrados, buscando a tientas su brazo para acariciarlo delicadamente con el dorso de tu mano.
"¿Qué tenés ganas de comer hoy?" preguntó "Pedí lo que quieras y lo cocino especialmente para vos"
Era un intento para levantar tu ánimo, por supuesto, para que te sintieras mimada y contenida. Nunca te malcriaron en exceso (en realidad nunca te malcriaron en lo más mínimo) y te encanta que él sepa ver tu necesidad de que alguien sí lo haga, incluso si ya no sos una nena, incluso si sos un adulto. Él siempre se esmera en preparar tus comidas favoritas, deja que veas en la televisión los programas y películas que te gustan, siempre elegís qué música escuchar, siempre que tienen tiempo libre te lleva de paseo a los lugares más lindos de Los Angeles. Estaba ofreciéndose a cocinar lo que vos le pidieras después de haber pasado la mitad de la madrugada despierto cuidándote y luego de un agotador día de trabajo que lo había dejado seguramente tan molido como estabas vos. Cualquier otro hombre había pedido una pizza por teléfono o habría puesto agua a hervir para hacer fideos, pero él no es así: sabía que estabas angustiada y triste, y quería hacer lo que fuera necesario para arrancarte una sonrisa.
En otro momento la oferta hubiera sido tentadora, pero la panza te dolía demasiado, estabas mareada, cansada, y tu apetito era inexistente. Cuando estás nerviosa o triste el estómago se te cierra como si una mano invisible lo atrapara en su fuerte puño. No creías poder forzar nada a pasar por tu garganta.
"No tengo mucho hambre hoy" te disculpaste, aun con los ojos cerrados, apenas un hilo de voz colándose por entre tus labios.
"¿Puedo hacer que cambies de opinión con unos ravioles con crema?" él insistió, y aunque no podías verlo, sentías la sonrisa dulce cruzando sus labios; no importa si estás de espaldas a él, con los ojos cerrados o mirando hacia otro lado: siempre lo sentís en su voz cuando sonríe, lo sentís en sus palabras, lo sentís con el cuerpo, como si su sonrisa te envolviera o acariciara por dentro.
"No tengo hambre, Tony" repetiste.
"¿Pollo al horno con papas fritas?, ¿espinacas con salsa blanca?, ¿tallarines con manteca?" volvió a insistir.
"Tony, en serio: no tengo hambre" remarcaste aquellas tres palabras especialmente, con la esperanza de que comprendiera que de verdad no tenías ganas de comer nada. La jaqueca y el cansancio hacían que te sintieras irritada e inestable, y si hay algo que odiás muchísimo es que te insistan con que comas cuando no podrías masticar dos galletitas sin después ir a vomitar.
"¿Y si te prometo que de postre hay frutillas?" nuevamente intentó convencerte.
Tu abuela siempre se mostraba insistente cuando eras adolescente y te negabas a desayunar, almorzar o cenar. Te molestaba que te controlara, te molestaba que midiera cada bocado que pinchabas con el tenedor, te molestaba ese doble discurso que envolvía frases contradictorias como 'es importante que te alimentes' y 'tenés que cuidar tu peso porque si sos un cerdito nadie va a quererte', te molestaba que te persiguiera con sus dietas y recetas orgánicas, te molestaba su fijación con que tuvieras un cuerpo armonioso y perfecto (para vos tu cuerpo nunca fue armonioso, mucho menos perfecto. Odiás tu cuerpo) como el de una geisha.
La preocupación que Tony manifiesta es distinta, sin embargo; cuidarte es una obsesión, su obsesión, y es parte de las muchas cosas que te enamoran de él. No te molesta que te llame al mediodía y te recuerdo que es importante que te tomes una hora de descanso para almorzar, no te molesta que te rete cuando no comes bien, no te molesta que te lleve el desayuno a la cama todas las mañanas, no te molesta que recurra a tácticas a veces infantiles para ayudarte a vaciar el plato. Pero en ese momento estabas tan irritable, tan cansada, tan angustiada, tan llena de cosas haciendo peso dentro tuyo, al borde de las lágrimas, con la cabeza inflamada, con los oídos zumbando… Te sentías a punto de estallar, y cualquier roce sería suficiente para que explotaras.
Y explotaste. Explotaste con él, la persona que sería capaz de soportar todo por vos, la persona que haría cualquier cosa por vos. Explotaste con él, simplemente porque quería cuidarte, pero vos estabas tan cargada de bronca, furia, dolor, desconsuelo e histeria que no supiste controlarte, y todo el veneno del que Carrie te había llenado y que corría libremente por tus venas, intoxicándote, empezó a salir en pequeñas dosis, pero aquél al que estabas atacando era quien menos lo merecía. Sin embargo, fatigada y caminando por la cuerda floja de las emociones, no te diste cuenta.
Simplemente dijiste, con tono seco y cortante, abriendo los ojos de golpe (lo cual causó que tu dolor de cabeza se intensificara y te marearas; todo dio vueltas a tú alrededor como si te hubieran subido a un carrusel fuera de control):
"Tony, no-tengo-hambre" sentiste cada sílaba como un cuchillo clavándose en tu lengua, así como él debe haber sentido cada sílaba como un cuchillo clavándose en sus oídos. No está acostumbrado a que le hables así, y vos obviamente no estás acostumbrada tampoco a dirigirte a él así: no son más que pura miel cuando están solos, pero como lo que le faltaba a ese Miércoles para empeorar en límites insospechados era una pequeña pelea con el amor de tu vida, a tu estado de ánimo enclenque y crispado se le ocurrió sacar todo afuera atacándolo a él, que sólo estaba siendo tan dulce y considerado como lo es con vos siempre.
Te arrepentiste de contestarle mal en el momento en que la frase se escapó de tu boca antes de que pudieras pensarla; fue más bien una reacción nerviosa, una descarga eléctrica e impulsiva, porque jamás elegirías deliberadamente herirlo con tus palabras. Y definitivamente lo que viste en sus facciones, en su expresión, era una mezcla de sorpresa y pena que te recordó a cómo hubiera lucido una criaturita lastimada.
"Está bien, Michelle. Perdón" dijo suavemente, con apenas un hilo de voz, sin quitar los ojos de la carretera, sin quitar las manos del volante.
Un silencio tenso envolvió el ambiente. Más culpa se agregó a la receta que se cocinaba a fuego lento en tu estómago, tensándolo aún más, volviendo el nudo más apretado, intensificando ese ardor ácido que te quemaba la garganta.
Dejaste escapar un largo suspiro y te insultaste mentalmente por haber tenido esa reacción.
"Sólo quiero llegar a casa y dormir un rato; estoy exhausta" murmuraste, exhalando e inhalando.
No era excusa, claro: nada justifica que lo trates mal cuando él siempre te trata como a una princesa. Pero no se te ocurría otra cosa que decir, porque tampoco estabas preparada para empezar a contarle que tu estado se debía en parte a algo fuera de tu control (los efectos que tiene el síndrome menstrual en las emociones de una mujer) y en parte a todo el veneno que Carrie te había inyectado en forma de frasecitas malévolas, sólo por el placer de verte sufrir.
Tony no hizo más que asentir con la cabeza. Te regaló una sonrisa para tranquilizarte y asegurarte que todo estaba bien y en el siguiente semáforo quitó una de sus manos del volante para acomodar un par de rulos rebeldes detrás de tu oreja con gesto afectuoso.
Durante el resto del viaje a su departamento ninguno de los dos volvió a hablar. Los latidos de tu corazón seguían lastimándote las costillas, cada uno de ellos tratando de avisarte con cada movimiento de aquel músculo que ese Miércoles no haría más que empeorar y empeorar y empeorar hasta lograr que te hundieras bajo su peso.
¿Cuántos Miércoles en la historia de tu vida te hundieron bajo su peso?
La respuesta es: muchos.
Pero todos esos Miércoles tristes difieren de éste en algo: antes no lo tenías a él, y ahora sí lo tenés.
¿Cuántos Miércoles en la historia de tu vida te hundieron bajo su peso?
La respuesta es: muchos.
Pero todos esos Miércoles tristes difieren de éste en algo: Tony es capaz de remover una a una las ruinas de tu propia miseria para sacarte de entre los escombros y ayudarte a respirar otra vez.
Lo primero que hiciste al llegar fue darte un baño. Necesitabas muchísimo sentir el agua hirviendo golpeando los músculos de tu anatomía hasta relajarlos, necesitabas hacerte un ovillo bajo el chorro de agua, acurrucarte a un costado de la ducha, pegar las rodillas al pecho, enterrar la cabeza entre tus rodillas, y simplemente dedicarte a ser, a existir, a respirar, sin pensar, totalmente desconectada. Además, siempre que estás en los días de tu período el vapor te ayuda muchísimo a aliviar los peores dolores.
Elegiste tu pijama favorito: su sweater color gris y un jogging azul oscuro que debe ser al menos tres talles más grande. Usar su ropa hace que te sientas como si él estuviera abrazándote todo el tiempo, y usar ese sweater y ese jogging en especial despierta recuerdos de la primera noche que pasaste durmiendo en sus brazos, protegida del viento, el frío, la lluvia y de tus propias, terribles pesadillas.
Al entrar a la sala de estar notaste que él había encendido la lámpara de pie para iluminar la habitación, pero no se encontraba en ella. Dos mantas prolijamente dobladas habían sido depositadas en el grueso brazo del sillón, a la espera de que te arroparas bajo ellas, y la gigantesca almohada de plumas que te encanta porque es mullida y esponjosa como una nube aguardaba en un extremo a que tu cabeza cansada se hundiera en ella para finalmente reposar. Otra punzada de culpa te pinchó como si de una aguja larga, afilada y brillosa se tratara: a pesar de que habías respondido mal a sus intentos por reanimarte, durante el tiempo que habías tardado en bañarte él había preparado el sofá para que pudieras acostarte a dormir luego de la jornada exhaustiva que habías pasado (y eso que sólo podía sospechar qué tan malo había sido tu Miércoles).
El sonido de agua corriendo y música sonando a volumen muy bajo provenientes de dentro de la cocina, cuya puerta estaba cerrada, indicaba que él se hallaba ahí, probablemente preparando algo sencillo para cenar solo (otra vez la culpa te atizó con ferocidad).
Ovillada en una esquina del sofá, te cubriste con las mantas y enterraste el rostro en la almohada. Respiraste hondo varias veces para inhalar el perfume de su piel impregnado en la funda de algodón blanco; nada te calma tanto como su perfume. Estabas a punto de darte por vencida y largarte a llorar, admitiendo derrota ante otro Miércoles triste, cuando justo al tiempo que la humedad empapaba tu rostro sentiste el sillón hundiéndose bajo el peso de su cuerpo, y luego sus manos acariciado tu espalda. Tan sumida habías estado en tu propia maraña de pensamientos que no lo habías escuchado entrar a la habitación ni aproximarse a vos.
Te derretiste bajo lo mágico y terapéutico de su tacto; sus manos pasearon por tu espalda una y otra vez, trazando círculos, dibujando mariposas, recorriendo y desandando mil caminos, las yemas de sus dedos tímidamente presionado sobre los músculos adoloridos, pero también presionando sobre lastimaduras muy profundas e invisibles a los ojos, imposibles de sanar sino por medio de caricias como aquellas, cargadas de dulzura, caricias que hablan más que dos mil palabras, caricias que dicen todo sin hacer más ruido que el del susurro de su piel contra los hilos del sweater que cubre tu piel.
Pasado un rato, se inclinó hacia delante hasta que su boca quedó a medio centímetro de tu oído. Su respiración cálida se mezcló con tu respiración.
"¿Puedo abrazarte?" preguntó con una timidez y una vulnerabilidad que te deshicieron por dentro "No hace falta que me cuentes nada sobre por qué estás triste si preferís no hablar" agregó enseguida, buscando asegurarte que no debías sentirte presionada bajo ningún motivo "Solamente quiero abrazarte" pidió, como si su existencia entera dependiera de ello.
Te sentiste terriblemente mal en ese momento: la persona que más amás y que más te ama, aquél que moriría por vos, aquél que cruzaría los mares y caminaría sobre fuego sin temer a las quemaduras sólo por vos, estaba pidiéndote permiso para abrazarte, todo porque te habías comportado como una chiquilina caprichosa en el coche cuando él sólo trataba de mostrar su preocupación por vos. Él nunca tendría que pedirte permiso para abrazarte, jamás: son sus brazos el único hogar verdadero que conocés, son sus brazos el único sitio donde nada duele y el mundo deja de ser frenético para girar más despacio al tiempo que se desdibuja el Universo a tu alrededor.
"No necesitás permiso para abrazarme" murmuraste, dándote vuelta hasta quedar recostada sobre tu espalda. Lo miraste a través de tus ojos entreabiertos, pues tus párpados no aguantaban mucho tiempo levantados, y extendiste tus manos para empujarlo suavemente hacia abajo, haciendo que se recostara en el sofá con vos, a tu lado. El sonido de su respiración te regaló inmediatamente.
"Lo pido porque no quiero que sientas que estoy invadiendo tu espacio" dijo, envolviendo tu cuerpo con sus brazos, acercando su anatomía a la tuya tanto como humanamente posible, permitiendo que enterraras el rostro en el huequito entre su hombro y su cuello, como hacés siempre.
"Sabés que amo tus abrazos. Sabés que necesito tus abrazos. Necesito tus abrazos más que nada" murmuraste, permitiendo que tus manos divagaran por su cuello y su cabello, las yemas de tus dedos dejando caricias por todas partes, disfrutando de la cercanía de su cuerpo, de su perfume, de su calidez, de sus mimos.
"También amás que cocine para vos, y sin embargo no querés cenar" fue su respuesta.
La frase había estado cargada de preocupación, pero tu cuerpo se tensó de todos modos y las caricias se detuvieron.
"Hoy no tengo hambre" te excusaste escuetamente, con un dejo de irritabilidad bailando en la punta de tu lengua, que estaba infectada con todas las cosas que hubieras querido decirle a Carrie hoy, todos los gritos que hubieras querido dejar salir para aliviarte, toda la frustración que te causan algunas cosas propias del mundo de la CTU.
La comida es un tema delicado para vos, muy delicado. Es cierto que comés sin culpa y con ganas cuando estás con él, porque amás que te cocine, amás que te consienta tanto, amás que sea capaz de ir en medio de una tormenta al supermercado a comprar el ingrediente que falta para preparar algún plato que te fascine y del que tengas antojo, amás que te prometa que cuando estés embarazada va a ir sin chistar a las dos de la mañana a comprar helado. Pero no te gusta asociar la comida con placer o confort, no te gusta llenar agujeros emocionales con comida; sos del erróneo concepto de que la comida es fundamental y necesaria para sobrevivir y mantenerse saludable, pero nada más que eso. Rara vez has comido por placer sin después sentir culpa, y las pocas veces que disfrutaste comiendo fue gracias a él. No querés tapar esos huecos profundos que han ido cavándose en tu corazón y en tu alma desde que la vida de tu hermano cayó en picada y la poca familia que tenías se disolvió en el caos comiendo, no querés que la comida sea la respuesta, no querés recurrir a la comida para calmar la angustia.
"Dijiste que necesitás mis abrazos…" Tony murmuró "¿No creés que también necesitás tener la pancita llena después de haber pasado todo el día trabajando?" nuevamente estaba tratando de convencerte "Hoy no almorzaste bien, Michelle…"
Es verdad, apenas si habías bebido una taza de té tibio a las apuradas (se había enfriado porque te habían distraído consultándote algo sobre los servidores y habías tenido que ir hasta IT a ver cuál era el inconveniente) y mordisqueado unas galletitas de salvado para evitar desmayarte ahí mismo (¿quién se hubiera encargado de la pila de trabajo que tenían si a vos te hubieran llevado descompensada al ala médica de la Unidad?). Tenía razón, en todo el día no habías consumido más que unas pocas calorías, y era muy probablemente que parte de ello fuera causa de tus constantes mareos cada vez que movías los ojos de un punto a otro, pero realmente no tenías ganas de cenar.
Pero en lugar de comportante como un adulto racional, dejaste que esa parte infantil y chiquilina que quería quejarse de lo injusto de la vida cuando te dijeron que Carrie era la enviada de División a la CTU tomara el control, y esa mezcla de nervios, cansancio, angustia, histeria, hormonas y cables mal conectados en tu cerebro dieron como resultado otra descarga eléctrica que hizo que, con un movimiento brusco que hasta podría haber sido descripto como violento, te incorporaras hasta quedar sentada (mala idea, porque te mareaste tanto que se te nubló la vista hasta que todo se convirtió en un manchón borroso y sin forma) y exasperada dijiste:
"¡Tony, no tengo cinco años, no soy una criatura, no necesito que controles cada bocado que como, no necesito que me persigas obligándome a comer!"
¿A quién estabas contestándole así? Estabas desquitándote con él, sí, pero, ¿no estarían esas palabras dirigidas a otros fantasmas que te rodean dese hace años? Fantasmas de tus épocas de jugar a aguantar horas enteras 'alimentándote' poniendo el contenido de sobrecitos de sacarina bajo la lengua, mintiendo para que tu abuela no te obligara a comer, pesándote a escondidas, fantaseando con ser flaca y atractiva, fantaseando con ser como las otras chicas, que eran hermosas y populares y queridas, y nadie se burlaba de ellas. ¿Por qué te desquitaste con él? Él no te hizo nada. Él no es el culpable de que tu hermano haya cometido el error de meterse con quien no debía, no es el culpable de tu cansancio, no es el culpable de los problemas de tu disfuncional familia, no es el culpable de que no puedas ver a tus sobrinos, no es el culpable de que te duela tanto la cabeza que sentís los huesos clavándose en el cerebro, no es el culpable de que la presión emocional infligida por las palabras de Carrie sea tal que te sentís ahogada, no es el culpable de que siendo joven hayas caminado al borde de un desorden alimenticio, no es el culpable de que te sientas ofendida cada vez que alguien ofrece a la comida como solución.
Él no es el culpable de nada.
Él sólo quiere cuidarte.
¿Entonces por qué reaccionaste atacándolo? ¿Por qué estabas descargando todo ese veneno que tenías dando vuelta por dentro en él? ¿Por qué estabas desquitándote con él, con la persona que te ama? ¿Por qué ese Miércoles todo estaba destinado a salir mal?
Porque sos una tonta, porque en el fondo sos una nena que puede ponerse muy histérica y muy caprichosa, porque sos injusta, porque no sabés expresar bien tus emociones, porque no sabés lidiar con lo que te pasa por dentro. Y la lista sigue. Claro que la lista sigue. ¿No será que él tiene que perseguirte para que comas como si fueras una nena de cinco años porque estabas actuando como una nena de cinco años, igual de caprichosa e histérica?
"Está bien" Tony dijo secamente, incorporándose hasta quedar de pie junto al sillón, donde vos seguías sentada, enredada en las mantas, vistiendo su sweater y su jogging que son demasiado grandes para que tu frágil, pequeña y delicada anatomía pueda llenarlos "Perdón" se disculpó, con un tono demasiado parecido al que le escuchás emplear algunas veces cuando discute con Jack por motivos de trabajo "Simplemente me preocupo por vos, eso es todo. Lo que más me gusta hacer es cuidarte, pero aparentemente hoy no tenés ganas de que te cuide" soltó luego.
Y eso dolió. Esas palabras dolieron, mucho. La forma en la que las dijo, el sonido de su voz dándoles forma, el brillo de sus ojos, indicando que estaba preocupado, disgustado, herido…
"Yo no dije eso, Tony…" empezaste, pero él te interrumpió.
"Es lo que das a entender con tu comportamiento…" te acusó, sin levantar la voz, pero visiblemente frustrado.
Y en lugar de calmarte, en lugar de calmarlo (sólo vos podés calmarlo), respondiste reaccionando aún peor.
Y de ahí en adelante se desencadenó una sucesión de frases hirientes que dieron forma a tu primera pelea con él.
"¡Si estar cansado te pone así, no es culpa mía!" argumentaste, dando por sentado que su irritabilidad y su malhumor tenían origen en el hecho de que apenas había dormido por quedarse mimándote y alerta por si necesitabas algo "¡Yo no te pedí que te quedaras despierto la mitad de la noche por mí!" le recriminaste.
"¿Qué esperabas que hiciera?" la pregunta retórica abandona sus labios amargamente "¿Esperabas que me diera media vuelta y siguiera durmiendo, que te dejara cuando te sentías mal?" un brillo de bronca y angustia refulge en sus ojos, resaltando en la negrura de su mirada, antes cálida y dulce, ahora fría y llena de pena "Quizá durante toda tu vida lo único que recibiste de otros fue indiferencia, pero yo no soy así, Michelle. Pensé que a esta altura ya sabrías que me importás demasiado como para simplemente ignorarte según mi conveniencia"
Quizá durante toda tu vida lo único que recibiste de otros fue indiferencia, pero yo no soy así, Michelle. Pensé que a esta altura ya sabrías que me importás demasiado como para simplemente ignorarte según mi conveniencia. Cada sílaba retumbó contra vos como si estuviera dándote con un martillo en la cabeza, y sentiste algo muy dentro tuyo aflojarse, como si te desinflaran, como si te vaciaran las venas y reemplazaran la sangre por agua. Tu corazón empezó a latir más rápido, y pensaste que tus costillas, que tu tórax entero reventaría, porque no podrías contenerlo.
¿Él también tiene que recordarme que nunca tuve una familia de verdad hasta que lo conocí?
" ¿Cómo podría elegir dormir dos horas más antes que ocuparme de vos?" continuó, sin levantar la voz pero visiblemente disgustado por lo que habías dicho "Prefiero un día entero sobreviviendo a base de café y aspirinas que una noche de buen sueño, prefiero un día como el de hoy antes que sacrificar tu bienestar por el mío, por más leve que la situación sea" podría estar visiblemente enfadado, pero aún así era amor lo que brillaba en sus ojos, amor, preocupación y la necesidad de protegerte, de cuidarte, de ayudarte a entender que ya no estás sola y que ya no debés lidiar con todo sin esperar que alguien acuda a tu rescate.
"Pero fijate cómo actuás por estar cansado…" señalaste, con tus labios temblando y luchando por contener las lágrimas que habían estado todo el día pugnando por salir "Cuando estás cansado te ponés nervioso y fastidioso y…" comenzaste, pero él volvió a interrumpirte, visiblemente ofendido.
"Con los demás, no con vos…"
Respondiste con sarcasmo:
"¿Con los demás?, ¿con los demás y no conmigo?" habías logrado ponerte de pie, y aunque seguías mareada, tenías fuerzas suficientes para mantenerte erguida "¿Escuchaste cómo me contestaste simplemente porque te dije que hoy no tengo hambre?" estaba costándote más que nunca mantener las lágrimas acumulándose en tus ojos sin caer, y algunas de ellas estaban deslizándose por tus mejillas, haciendo lentamente el recorrido hacia las comisuras de tus labios.
"¿Escuchaste lo que me contestaste vos a mí?" contraatacó él, aun sin levantar la voz "¿De verdad pensás que te considero una nena de cinco años a la que tengo que estar persiguiendo y controlando para que coma?" preguntó con sinceridad.
Y en lugar de darle una respuesta directa, disparaste otra pregunta para la que realmente no había respuesta, porque era más bien una queja:
"¿Cuántas veces es necesario que te lo diga para que entiendas que no-tengo-hambre? Debo habértelo dicho diez veces, y sin embargo seguías insistiendo…" continuaste, más furiosa a vos misma por haber permitido que los dos acabaran enredados en esta discusión que a él por ser tan testarudo y cabeza dura.
"¿No te das cuenta de que solamente quiero que estés bien?" Tony dio un paso adelante, hasta quedar su cuerpo a dos centímetros del tuyo. Por un segundo cerraste los ojos, esperando a que acunara tu rostro en sus manos, como lo hace siempre, esperando un gesto de afecto de su parte, esperando sentir el tacto de su piel contra tu piel. Sin embargo, simplemente se quedó de pie allí, tu corazón y su corazón demasiado cerca, ambos latiendo muy rápido, tan rápido que creías escuchar las palpitaciones haciendo eco "¿No te das cuenta de que literalmente no soporto saber que estás sufriendo y no tener la más mínima idea de qué puedo hacer para que te sientas mejor?" preguntó, casi rogando, prácticamente suplicando, hablando en un susurro sólo audible para tus oídos "¿No te das cuenta de que me mata ver que estás al borde de las lágrimas pero aguantás para no llorar?"
Deberías haber acabado con la pelea allí mismo. Deberías haberlo abrazado. Deberías haber permitido que te brindara refugio, y luego llorado hasta quedarte seca, hasta vaciarte, hasta sacarte todo el veneno, hasta dejar ir la angustia y la bronca, hasta poder volver a respirar. Deberías haberlo besado. Deberías haberle pedido perdón por haber actuado como una histérica. Deberías haberte quebrado ahí mismo, envuelta en sus brazos.
Pero no lo hiciste, porque sos tonta, porque sos una estúpida. Porque ese Miércoles, al destino se le había ocurrido, tenía que ser el peor de todos, y la frutillita del postre debía ser – obviamente – una pelea con la única persona que te escucha, comprende, entiende, contiene, mima y cuida.
Por eso te contestación fue otra pregunta, aún más irónica:
"¿Y pensás que lo que me pasa se arregla con comida?"
¿Es acaso su culpa que vos no tengas una relación sana con la comida? ¿Es su culpa que te veas gorda? ¿Es su culpa que hayas desistido de pelearte con los espejos y las balanzas porque valorás más tu puesto de trabajo que concretar la meta de ser liviana como una pluma, pero aun así te sentís asqueada cada vez que te encontrás con tu reflejo? ¿Es su culpa que veas a la comida como al enemigo número uno de tu cuerpo? ¿Es su culpa que tu organismo reaccione negándose a alimentarse cuando estás nerviosa y angustiada? ¿Es su culpa que estás histérica?
No.
¿Entonces por qué estabas actuando así?
"No puedo saber cómo arreglar lo que te pasa, porque no querés decirme lo que te pasa… Y es absolutamente frustrante, Michelle, es frustrante ver que hay algo desgarrándote por dentro y no entender qué es o cómo lograr que desaparezca" ahora él estaba al borde de la exasperación; esa frustración de la que hablaba era palpable, tan palpable como las lágrimas que seguían acumulándose en tus ojos "Es tan terriblemente frustrante, Michelle" repitió, con más énfasis aún ", que lo que sea que te duele a vos, me duele también a mí"
Lo que sea que te duele a vos, me duele también a mí. ¿Cuántas veces sentiste eso? ¿No te morías vos de dolor también cuando él perdió a su abuela y estaba hecho un manojo de nervios, llorando desesperado en el suelo de la cocina? ¿Y acaso no sufrió él terriblemente cada vez que vos sufriste? ¿No sufre él terriblemente cada vez que vos sufrís? Es parte fundamental de la conexión existente entre su alma y tu alma: lo que lastima a una lastima a la otra. ¿No te sentirías vos igual de desesperada que él si tuvieras que verlo caminando por la cornisa y no supieras como salvarlo de caer?
"Pensé que entendías eso, pensé que entendías que te amo tanto que no hay nada que te haga daño a vos que no me haga daño a mi también" lo oíste murmurar.
Fue como si hubieran llenado tu estómago con plomo, porque inmediatamente sentiste que te hundías, tu cuerpo demasiado pesado como para soportar su propio peso, tus rodillas flanqueando.
Te ama tanto que, cada vez que cae, el cae con vos, e inevitablemente se hace daño. Cada vez que te derriban, lo derriban a él, y se hace daño. Cada vez que algo amenaza con atacarte, él pone su propia alma como escudo, y termina destrozado. Cada vez que estás triste, esa tristeza cala hondo y hecha raíces en su corazón. Cada vez que estás herida, él también lo está. Él no merece eso. Merece mucho más que una muñeca rota, merece mucho más que los pedazos destrozados de alguien a quien la vida hizo añicos tantas veces que no soportar el mínimo roce emocional sin que miles y miles de pequeñas grietas aparezcan por todas partes. Merece mucho, mucho más que vos. Merece alguien que lo haga feliz. Vos lo hacés feliz, es cierto, ¿pero cuál es el precio a pagar por esa felicidad?: cada vez que tu corazón duele, el suyo sufre con la misma intensidad. ¿Es justo eso para él? ¿Es justo estar condenado a vivir con astillas clavadas por todas partes porque sos emocionalmente inestable y hay cosas que te afectan de manera especial?
No es justo, claro que no lo es. Y desearías poder cambiar eso, desearías poder ser más fuerte, desearías poder evitar que cada vez que tu alma se desgarra se desgarre también su alma. Desearías poder darle algo mucho mejor. Es tu culpa que en la noche de un Miércoles particularmente difícil en el trabajo (que tuvo que pasar a base de café y aspirinas porque durmió mal por quedarse la mitad de la noche cuidándote) en lugar de estar descansando, relajándose, con la mente desenchufada, tenga que estar sufriendo porque vos sufrís, amargado y angustiado porque vos tenés demasiada vergüenza del desastre que es tu familia como para contarle qué es lo que está apenándote.
Merece mucho más que vos, decididamente. Pero sos vos a la que ama, se enamoró de vos, te quiere a vos, te necesita a vos. Y vos lo amás a él, y no podrías imaginar sobrevivir un día si no lo tuvieras, no aguantarías. No es culpa de ninguno de los dos haberse enamorado, fue algo que estuvo más allá de sus manos y de su control, y no cambiarías por nada del mundo el curso que tomó tu historia con él desde que se conocieron hasta ahora. Sólo desearías merecerlo más. Desearías ser menos complicada. Desearías no estar surcada por dentro con heridas y lastimaduras. Desearías no tener tantos miedos. Desearías no cargar con una historia familiar tan llena de baches y pozos oscuros. Desearías tener para ofrecerle todo lo que él puede ofrecerte.
Sólo pensar en eso era suficiente para que te sintieras aún peor. Tus nervios estaban al borde del colapso, prendidos fuego prácticamente, tu cabeza dando vueltas y tu llanto ya incontenible. Estallaste, otra vez, porque al parecer no había forma de que te calmaras, ni siquiera cuando tu parte racional era totalmente consciente de que lo estabas lastimando, ni siquiera cuando tu parte racional estaba pidiéndote a gritos que te tranquilizaras antes de dañarlo aún más.
Pero tu parte emocional no estaba escuchando. Tu parte emocional estaba agotada, herida, frustrada, envenenada, pendiendo de un hilo, con demasiados golpes, con demasiadas magulladuras. Tu parte emocional necesitaba alivio, necesitaba gritar, necesitaba desquitarse, descargarse, largarlo todo.
Por eso lo que dijiste fue:
"Tengo demasiados problemas y soy demasiado sensible como para que de tanto en tanto alguno de ellos no resurja y me afecte" tu tono era tan amargo que hasta podías sentirlo empapando tu boca, un sabor metálico desagradable y tóxico "Así que lamento informarte que entonces probablemente te enamoraste de la persona equivocada"
Así que lamento informarte que entonces probablemente te enamoraste de la persona equivocada.
Te arrepentiste inmediatamente después de sentir la primera palabra colándose por entre tus labios, pero no pudiste detenerte. Desearías haberlo hecho, porque enseguida te diste cuenta del poder que tus palabras habían tenido: fue como si hubieran impactado en él con la fuerza de una bala, dándole directo en el pecho, quitándole por algunos segundos las funciones de pensar y respirar. En su rostro se dibujó una expresión de angustia que tuvo en vos el mismo efecto que había tenido en él lo que dijiste: fue como si te dispararan directo en el pecho, y el oxígeno dejó de llegar a tus pulmones, y tu cabeza quedó vacía de cualquier pensamiento que no fuera cuán arrepentida estabas de haber cometido el error de decir semejante estupidez.
Durante un par de segundos que se sintieron como una eternidad ninguno de los dos dijo o hizo nada, simplemente permanecieron de pie, a escasos centímetros uno del otro, mirándose: tus ojos estaban hundidos dentro de sus ojos, y los suyos completamente inmersos en los tuyos. Quizá era sugestión tuya, no lo sabías, pero creías poder escuchar claramente cada latido de su corazón rebotando contra su pecho, en el punto exacto en el que esas palabras que lamentabas tanto haber dicho lo habían herido. Tus labios temblaban, también temblaba tu cuerpo entero; te sentías como la mísera hoja ennegrecida que cae del árbol cuando llega el otoño y queda a la deriva, a su suerte, a merced del viento.
"¿Escuchás lo que estás diciendo?"
Cuando su voz alcanzó tus oídos, te estremeciste; a cualquiera que se preguntara qué tan lastimado estaba le bastaría con escuchar la forma en que cada sílaba fue pronunciada: el dolor estaba ahí, dolor mezclado con sorpresa, con angustia, con… ¿decepción?, ¿desilusión? Podría ser.
"¿Escuchás lo que acabás de decir?" repitió, anonadado " No me enamoré de la persona equivocada" dijo con firmeza, queriendo despejar cualquier duda que pudiera estar pasando por tu mente (no pasaba ninguna, en realidad, ¿pero cómo podría él saber eso si vos estabas complicando las cosas con tu actitud y haciendo más difícil que nunca una comunicación que siempre ha fluido como si no existieran barreras entre tu cerebro y el de él, entre tu alma y la de él, entre tu corazón y el suyo?) "Nunca se me ocurriría eso, Michelle, y que vos lo digas es como si estuvieras acuchillándome"
Es como si estuvieras acuchillándome.
Es como si estuvieras acuchillándome.
Es como si estuvieras acuchillándome.
Allí, de pie junto al sofá, donde los cobertores que hasta hacía un rato te abrigan yacían revueltos, en la penumbra de la sala de estar, que apenas alumbraba la lámpara de pie, comprendiste que la situación se había salido de las manos. Te sentiste desesperada. Te sentiste la peor basura del mundo por haberlo lastimado. Sentiste que querías abrazarlo, pero tu cuerpo no respondía a las órdenes de tu inflamado, cansado cerebro, que aun era víctima de una de las peores migrañas de toda tu vida. Sentiste tus párpados pesados queriendo caer, más en derrota que por cansancio. Estabas a punto de extender una de tus manos para acariciar su rostro, cuando él volvió a hablar, tan desesperado y frustrado que dolía escucharlo.
"¿Vos pensás eso?, ¿pensás que te enamoraste de la persona equivocada?" te increpó, con impaciencia, muriendo por escuchar la respuesta. Podías ver cuánto estaba costándole mantener la calma, no perder los estribos, controlar su temperamento, un esfuerzo sobrehumano que no haría por nadie, sólo por vos.
"No" contestaste, con labios temblorosos y un nudo en la garganta.
"¿Entonces por qué sugerís que yo sí, Michelle?" preguntó en un murmullo, al borde de la desesperación.
"Tony, estoy cansada, tuve un mal día…" dijiste, tus ojos mostrando cuán agotada estabas, cuán exhaustos estaban tu mente y tu cuerpo, tu anatomía tan frágil cayéndose a pedazos, la sensación de tener el estómago cargado con plomo tirándote hacia abajo otra vez.
Pero no era excusa, por supuesto. Él también tuvo un mal día. ¿Cuántas veces él tiene días peores que los tuyos en el trabajo y sin embargo se las ingenia para hacerte sonreír, mimarte, consentirte, escucharte, compartir con vos esos momentos que pueden ser chiquitos y sencillos pero que hacen que la vida valga la pena?
Sin embargo, volviste a cometer otro error acusándolo de algo que era, en realidad, tu culpa:
"… y vos no estás haciéndome las cosas más fáciles"
Vos no estás haciéndome las cosas más fáciles.
¿Acaso la conexión entre tu lengua, tu cerebro y tu corazón estaba 'fuera de servicio'? En lugar de arreglar las cosas, en lugar de abrazarlo y pedirle perdón, en lugar de dejar que te ayude, seguías poniendo trabas y obstáculos, uno tras otro, para evitar que se acercara lo suficiente hasta lograr que te derritieras en sus brazos y confesaras por qué estabas tan mal, porque te daba vergüenza contarle sobre tus problemas familiares, no porque no sepa ya las cosas que han sucedido (porque las sabe, la mayoría de ellas las sabe), sino porque ahora que sabés de dónde viene él, te morís de angustia al recordar de dónde venís vos. En lugar de escuchar a tu corazón y ceder a la necesidad de acurrucarte a su lado y explotar en sollozos, escuchabas a tu cabeza, a esa partecita tuya que estaba levantando muros para protegerse, esa partecita tuya que insistía en aislarse, en no dejar que él se acercara para curarte las heridas.
Vos no estás haciéndome las cosas más fáciles.
Él siempre hace las cosas más fáciles para vos. La vida es más fácil desde que estás con él, porque la vida de a dos es mucho más fácil que una vida en soledad como la que llevabas antes de que tu camino y su camino se cruzaran hasta convertirse en uno solo. Él hace que todos los días sean más lindos, haya sol o lluvia. Él hace que todas las estrellas brillen más. Él hace cualquier abrazo sea más cálido y cualquier beso mucho más dulce. Él te escucha, te contiene, te aconseja, es tu mejor amigo, seca tus lágrimas, te llena de alivio, te da cada segundo de su tiempo. Y vos, porque estás histérica y llena de veneno después del Miércoles horrible que tuviste, te desquitás con él, diciéndole injustamente que 'no te hace las cosas más fáciles'.
"Vos tampoco estás haciéndome las cosas fáciles a mi, Michelle" fue su respuesta "¿O acaso pensás que sí?" la pregunta retórica no podría haber sonado más amarga "Estoy acostumbrado a que nos contemos todo, estoy acostumbrado a que compartamos todo, estoy acostumbrado a ser el primero al que acudís cuando algo te hace mal…"
Es verdad. Es verdad, cada cosa que dijo es verdad. Ustedes dos se cuentan todo, sin excepción, desde lo más pequeño hasta lo más grande, desde lo más sencillo hasta lo más complejo, lo bueno, lo malo, lo triste, lo lindo, lo feo, todo; no podrías imaginar un día sin compartir con él tus pensamientos, sentimientos, emociones. Vos y él comparten todo, hasta los silencios. Y es él el primero al que acudís cuando algo está mal, cuando el tren empieza a descarrilarse, cuando el mundo gira demasiado rápido y querés bajarte, cuando todo cae en picada, cuando la tierra se abre bajo tus pies y amenaza con tragarte y sepultarte. Y él siempre está ahí cuando lo necesitás, nunca te falla, nunca te ignora, nunca te deja de lado, nunca pone sus necesidades antes que las tuyas, nunca se ocupa de algo si primero no se ocupó de vos. Te encanta que sea así, en tus ojos es el hombre perfecto, hecho a tu medida, hecho para complementarte, para llenarte, para balancearte.
Y quisieras poder cerrar los ojos, refugiarte en sus brazos y esperar a que todo pase, llorar como lloraste otras veces hasta quedar vacía, dormirte arrullada por su voz en tus oídos, pero te da vergüenza sacar a relucir otra vez el tema del alcoholismo de tu mamá, el alcoholismo de tu hermano, su depresión, los problemas con tu ex cuñada, lo mucho que extrañás a tus sobrinos, el desastre que tenés por familia… Él no conoce nada de eso, nunca vivió nada de eso, él se crió en otro ambiente, con dos padres que lo aman, hermanas maravillosas, cenas de Navidad, días de Acción de Gracia, amigos… No querías cargarlo de pena contándole detalles sobre una infancia, una adolescencia y una vida familiar totalmente distintas a la suya. No querías infligirle dolor hablándole sobre tu dolor. No querías… y temías que no pudiera entenderlo, que no pudiera comprenderlo, que no supiera qué decir. Es fácil hablarle de trabajo porque él vive lo mismo, día a día se enfrenta a lo mismo, ven las mismas cosas, llevan el mismo peso, es un mundo que comparten, es un mundo del que ambos son parte. Pero el mundo en el que vos creciste, no es el mundo en el que él creció, y aunque otras veces le has hablado de ello, ahora que conociste su familia, su hogar y escuchaste tantas anécdotas de su infancia…Tus orígenes de pronto te dan vergüenza, mucha vergüenza, y no te gustaría obligarlo a él a comprender algo por lo que, gracias a Dios, no tuvo que pasar.
"¿No se te ocurrió que tal vez hay cosas que me daría vergüenza contarte porque no sé cómo vas a tomarlas?" dejaste escapar, tratando de defenderte, tratando de levantar un nuevo muro, pero sin querer causando que se cayeran todos los demás, quedando vulnerable, expuesta, desprotegida, con el alma desnuda.
"¿Cosas como cuáles?" preguntó él, de pronto asustado y preocupado más allá de cualquier límite imaginable.
"Tony, por favor…" tus manos instintivamente agarraron cada lado de tu cabeza, tus uñas clavándose en tu cuero cabelludo con la misma fuerza con la que se habían clavado en las palmas de tus manos esa tarde en el baño mientras Carrie te hostigaba y vos soportabas los golpes.
"Michelle, no me asuste" dio un paso adelante: prácticamente estaba nariz con nariz "Por favor, hablá conmigo…" rogó. Le temblaban las manos, y tu instinto te decía que estaba controlándose para no tocarte, por miedo a que lo rechazaras, por terror a que lo apartaras, así como estabas apartándolo de tus pensamientos, del motivo de tu sufrimiento, de tus problemas, de tu angustia.
"Tony, no tengo ganas de hablar…" te sentías tan débil, tan cansada, tu voz era apenas un murmullo, audible sólo para él porque prestaba atención desmesurada a cada uno de tus gestos, a cada movimiento.
"Por favor, Michelle… Dejá que te ayude"
Lo que faltaba para que te convirtieras en una saco de huesos y piel totalmente vulnerable sucedió: sus manos se animaron a quebrar ese mínimo espacio que había entre tu piel y su piel, acariciando despacio tus mejillas empapadas por esas lágrimas que habían caído sin que te dieras cuenta, porque tus ojos demasiado cansados habían dejado de luchar para evitar que el llanto desbordara. Sus dedos quedaron humedecidos, pero no pareció importarle, porque no los apartó.
"No podés ayudarme…" murmuraste contra su pulgar, que se movía despacio sobre el contorno de tus labios.
Él ignoró aquello, como si no lo hubieras dicho.
"Es obvio que Carrie se las arregló para volver a atacarte con sus mentiras…" susurró, más para sí mismo que para vos, como si pensara en voz alta "… Por favor, Michelle: hablá conmigo, puedo hacer que te sientas mejor…" volvió a rogar.
"Tony, no tengo ganas de hablar" dijiste, puntuando bien cada palabra.
"No te cierres sobre vos misma, Michelle" rogó, sin dejar de acariciarte con suavidad, logrando que te estremecieras aun más bajo sus manos.
"No estoy cerrándome sobre mí misma: simplemente no tengo ganas de hablar" insististe, irritándote aún más.
"¿Por qué no?"
"Ya te lo dije, Tony: no lo entenderías" repetiste entre dientes apretados.
Y sin pensar en el daño que le harías, te apartaste, dando un paso hacia atrás, sus manos quedando vacías, tu piel sin sus caricias secando las lágrimas que fluían aun de tus ojos.
"Por favor, Michelle, haría cualquier cosa con tal de ayudarte. Lo que sea. Pedime lo que sea, y yo lo hago…" suplicó una vez más, visiblemente herido porque lo habías hecho a un lado, rechazando sus muestras de afecto, su necesidad de cuidarte, de protegerte, de sanarte, de enseñarte una vez más que para el amor ninguna herida carece de cura.
"¡Necesito que dejes de insistir para que te hable sobre algo que no podrías entender!" reaccionaste levantando la voz, con tono cortante, y cada sílaba fue como un latigazo.
"¿Qué es lo que no podría entender?" no levantó la voz, pero la frustración estaba matándolo, y podías ver que sus esfuerzos para no estallar eran ya más de lo que podía soportar. Sus nervios debían estar tan tensos como los tuyos, su boca se había convertido en una línea fina contornada en una mueca parecida a la que tendría alguien a quien estuvieran torturando con cuchillos invisibles.
"Tony, en serio, no podrías…"
Estabas cansada, agotada, querías terminar con esa pelea estúpida (¿estúpida? No lo era tanto, en realidad), querías acabar antes de que terminara llevándote al extremo de explotar y largar todo lo que tenías adentro haciendo peso, hundiéndote, derribándote, manteniéndote boca abajo con la cara al piso y sin poder respirar. Querías simplemente abrazarlo y quedarte dormida acurrucada contra tu espalda, con la cabeza enterrada en ese huequito tan cálido que se forma entre su hombro y su cuello.
Pero él no iba a poder dormir, respirar o pensar si sabía que estabas sufriendo, si sabía que estabas con el corazón roto. No podría volver a sentirse en paz hasta no saber que lo que fuera que estaba haciéndote mal desapareció y fue reemplazado por alivio. Él no iba a dejar de insistir, porque es testarudo y nunca rompe una promesa, y había prometido cuidarte siempre, sin importar las circunstancias, sin importar lo que tuviera que hacer para calmarte y arrancarte una sonrisa en lugar de tener que secar tus lágrimas. Él no iba a darte la espalda, irse a la cama y dormir ocho joras de corrido (por mucho que su cuerpo necesitara descansar y reponer energías), no iba a dejarte sola hundiéndote en tu tristeza, ni tampoco iba a pretender que todo estaba bien, abrazarte y escuchar tus sollozos y abstenerse de calmarte. No podría abrazarte mientras vos yacés despierta, víctima del insomnio, conteniendo el llanto. Va contra sus instintos dejarte sufrir, incluso si sos vos la que le pide que no insista, que desista, que te deje en paz, que no haga preguntas, que no pida que le cuentes lo que no podría entender porque no lo vivió, porque no podría imaginar lo que es tener un hermano como Danny, no podría imaginar a su mamá abandonándolo, no podría imaginar crecer con su padre enterrado dos metros bajo tierra en el cementerio, no podría imaginar ser discriminado en la escuela y víctima de burlas por ser diferente, no podría imaginar carecer de afecto y apoyo.
"Por favor… Quiero tratar de entender" susurró, haciendo el intento de acariciarte una vez más.
Pero volviste a apartarte, y al hacer tropezaste contra el sofá; caíste sentada sobre las mantas revueltas, en el mismo sitio donde un rato antes estaban acurrucados, en silencio, completamente perdidos uno en la presencia del otro, lejos de imaginar que el día empeoraría con una pelea… la primera pelea en casi tres meses. Justo tenía que pasar aquél día, ¿no? Tu histeria y ese comportamiento que raya una bipolaridad que no querés admitir porque te resultaría demasiado penoso reconocer que existe la posibilidad de que hayas heredado el mal que aquejó a tu madre desde su niñez, tenían que estallar justo en aquel Miércoles angustioso que se sintió como un paseo en una montaña rusa fuera de control, y al cual para convertirse oficialmente en uno de los peores días de tu vida le faltaba exactamente aquello que estaba sucediendo: estaban peleando.
"¡Es que no podrías entenderlo!" gritaste, mirando hacia arriba para que tus ojos enrojecidos e irritados encontraran los suyos, que también estaban enrojecidos "¡¿Cuántas veces tengo que decirte que no podrías entenderlo?" sollozaste, tomando tu cabeza entre tus manos otra vez, sintiendo tus sienes hirviendo, tus terminaciones nerviosas temblando.
"¿Por qué no?" siguió insistiendo. Se había arrodillado a tu lado, para que quedaran ambos al mismo nivel, y había tomado tus manos para acunarlas entre las suyas.
Por tercera vez, reaccionaste guiada por la histeria, y al tiempo que una punzada terrible atacaba tu estómago te pusiste de pie otra vez, liberaste tus manos de las suyas y dando dos zancadas llegaste a la otra punta de la habitación, poniendo distancia entre los dos.
Y estallaste.
Había insistido, había insistido tanto que había derribado todos tus muros, había insistido tanto que había logrado que explotaras y que perdieras el control. Y todo aquello que tenías haciendo peso dentro tuyo, comprimiéndose en tu pecho, atorado en medio de tu garganta – que llevaba horas hecha un nudo -, sin dejarte respirar, comenzó a salir en forma de palabras, en forma de frases que se escapaban por entre tus temblorosos labios sin que te dieras cuenta, sin que las pensaras, sin que pudieras medirlas:
"¡Porque compartimos el presente pero tu pasado y mi pasado son totalmente distintos!" los latidos de tu corazón se habían vuelto más violentos, si era eso posible. Tu rostro estaba empapado, las lágrimas habían diluido el maquillaje y ahora tu piel estaba mojada, irritada y enrojecida, con manchas negras surcando los sitios que las lágrimas habían recorrido antes de llegar a tu boca para morir ahí "Tus hermanas son hermosas, inteligentes, fueron a la universidad, se convirtieron en profesionales, son exitosas, se destacan en todo lo que hacen" enumeraste, sintiendo una punzada que nada tenía que ver con los dolores de tu período al recordar lo inferior que te habías sentido entre ellas, lo fea que te habías sentido entre ellas "Mi hermano no es nada de eso" dijiste, sin darle tiempo a él a acotar nada "Tus sobrinitos te adoran; yo no veo a los míos desde hace casi un año porque su mamá me aborrece con cada célula en su cuerpo. Te llevás bien con tus cuñados; mi ex cuñada me odia" al decir eso, el nudo en la garganta se aflojó por unos segundos durante los cuales sentiste una oleada de náuseas "Tenés un papá y una mamá que te educaron, te criaron, te cuidaron, se preocuparon por vos, se ocuparon de vos… Se ocupan de vos. ¿Y yo qué soy?" levantaste los brazos en el aire y luego los dejaste caer al costado de tu agotado cuerpo, en señal de derrota "Soy una huérfana, eso soy" concluiste en un sollozo más fuerte que los otros, un sollozo que te sacudió de pies a cabeza "¿Entonces cómo podrías entender lo que nunca viviste ni vas a vivir porque tu familia es perfecta mientras que mi familia nunca fue otra cosa que disfuncional?"
Estupefacto, sin moverse del lugar en el que sus pies parecían estar clavados, reaccionó a tus palabras como si lo hubieras abofeteado:
"Michelle, mi familia dista de ser perfecta" su voz ya no era un susurro desesperado; no estaba gritando, pero su enojo era más que evidente "¿Llamás perfecta a una familia que no puede aceptar que estoy enamorado de vos porque venimos de culturas diferentes?" preguntó, con una amarga ironía danzando en la punta de su lengua "¿Llamás perfecta a una familia que no respeta lo que siento y que quiere convencerme de que te abandone?"
"Pero estoy segura de que ninguna de tus hermanas trató de suicidarse, ¿no? Estoy segura de que ninguna de tus hermanas vive en medio del caos y el descontrol, sin nada a lo que sujetarse y caminando por la cuerda floja. Estoy segura de que si quisieras ver a tus sobrinos, no te chocarías contra una pared de ladrillos porque tus cuñados te odian"
Estabas perdiendo el control de la situación demasiado rápido, si ya no lo habías perdido del todo. Era tu histeria la que hablaba, tus nervios, tu instinto, no medías lo que decías, no pensabas, tu cerebro estaba desconectado, y tenías la cabeza dada vuelta como para acomodar las ideas que no habías podido acomodar antes, cuando estabas mucho más calmada y no al borde de un ataque de nervios, con el llanto fluyendo libremente y cada átomo temblando dolorosamente.
"Tu mamá no los abandonó. No creciste con una madre alcohólica y depresiva. No creciste sin recordar la voz de tu papá, o sus ojos, o sabiendo que nunca podrías jugar con él, o conversar con él; no creciste sabiendo que nunca tendrías un padre porque lo enterraron dos metros bajo tierra cuando eras un bebé. No te pasó ninguna de esas cosas" no podías parar de sollozar, el llanto era mucho más fuerte que vos, tus emociones eran mucho más fuerte que vos, y aquella parte emocionalmente inestable que vive dentro tuyo había tomado el volante: el problema era que no sabía manejar, y el tren corría el riesgo de descarrilarse.
"Michelle…" Tony intentó acercarse, sus labios susurrando tu nombre como un mantra, buscando tranquilizarte, recordarte que estaba ahí, que quería escucharte, que quería consolarte, que quería hacer que te sintieras mejor, que quería demostrarte que él sí puede entenderte.
"¿Entonces cómo podrías entender lo que es tener un hermano alcohólico y depresivo que ya intentó suicidarse una vez porque su vida es un desastre y no puede tomar el control de nada? ¿Cómo podrías entender lo que es llevar casi un año sin saber nada de tus sobrinos?" tragaste con dificultad "La ex esposa de mi hermano me odia y me usa como chivo expiatorio para culparme porque su matrimonio cayó en picada cuando Danny conoció a Carrie" suspiraste con exasperación "¿Cómo podrías entender lo que es preocuparte todos los días por tu hermano porque ya una vez se tomó un frasco y medio de pastillas para suicidarse y podría volver a hacerlo?"
Estabas fuera de control, ya no te importaba vaciar el contenido de tu corazón lleno de espinas y astillas, ya no te importaba caer desecha, ya no te importaba la vergüenza que sentías porque jamás sabrías lo que es tener una familia como la que tiene él: habías llegado al punto de ebullición, y ya no había vuelta atrás. Temblando, llorando, con el tórax reventado porque tus palpitaciones iban el doble de rápido de lo que deberían y estaban destrozándote las costillas, seguiste desquitándote, arrojando palabras contra él, que te observaba con una mezcla de pena, dolor y sorpresa, sin atreverse a hablar, sin atreverse a acercarse, con un brillo extraño refulgiendo en sus ojos, un brillo que nunca antes habías visto y que no habrías sabido cómo describir.
"¿Cómo podrías entender lo que es contestar el teléfono una madrugada y escuchar al único familiar que te queda diciendo incoherencias y hablando de matarse porque ya tiene nada por lo que valga la pena vivir? ¿Cómo podrías entender lo que es haberte criado sabiendo que nunca vas a conocer a tu papá porque se murió antes de que pudieras formar memorias de él? ¿Cómo podrías entender lo que es pasar los primeros diez años de tu vida con una madre alcohólica y suicida que vive hundida en el pasado? ¿Cómo podrías entender lo que es ser abandonado por tu mamá?"
Con cada cosa que decías, una nueva memoria era desenterrada de ese arcón gigantesco que tenés en la cabeza, donde se guardan como fotografías viejas, en blanco, negro y sepia, momentos de tu vida, pedazos, retazos, que de tanto en tanto regresan, como diapositivas disparadas de golpe en esa pantalla de cine que habita en tu cerebro, donde se han reproducido a veces instantes hermosos, y otras veces, como en la noche de aquel Miércoles triste, instantes que desearías se evaporaran, diluyeran o desaparecieran, para no tener que volver a recorrer nunca más caminos que llevan a circunstancias que te hicieron mal.
"¿Cómo podrías entenderlo si nunca lo viviste?" seguiste; ahora tus sollozos no eran más que convulsiones silenciosas, pues no emitías sonido alguno al llorar, aunque las palabras que salían de tu boca de tanto en tanto se mezclaban con hipidos "¿Cómo podrías entenderlo si tuviste una infancia hermosa? ¿Cómo podrías entenderlo si en tu familia todos se quieren y se llevan bien? ¿Cómo podrías entenderlo si nunca te hicieron falta los abrazos, los consejos, las palabras de consuelo o la amistad? ¿Cómo podrías entender lo que me pasa a mi si nunca vas a escuchar decir que sos en gran parte la causa de que la vida de tus sobrinos esté arruinada?"
El silencio volvió a caer en la sala de estar, apenas iluminada por la lámpara que yacía a un costado, mudo testigo de la escena que estaba teniendo lugar. En algún sitio de la casa los relojes dieron las ocho de la noche, excepto aquél que está roto y atrasa cinco minutos, el cual anunciaría la muerte de las siete un ratito después que sus hermanos. Te dolía tanta la cabeza, tus párpados peleaban otra vez por cerrarse; tenías los ojos reventados de tanto llorar, hinchados, el maquillaje estropeado, las manos manchadas por haberlas pasado furiosamente sobre los restos negros de delineador, intentando barrer las lágrimas, causando un enchastre aún mayor.
"Tu opinión sobre mi familia es una idealización, Michelle" lo escuchaste decir, con voz firme y una mezcla de emociones en su tono que no lograbas separar y analizar (tampoco tenías las fuerzas o la claridad mental para hacerlo) "No todo es lo que parece. No todo lo que brilla es oro" una especie de mueca irónica cruzó su rostro; los labios que siempre te besan, los que susurran las cosas más lindas, los que tus dedos delinean cuando lo acariciás, contornados en una sonrisa muy diferente a cualquier otra que alguna vez te hubiera regalado "La historia de mi familia no es ningún cuento de hadas, Michelle" dijo, moviendo la cabeza de un lado a otro, sus labios ahora fruncidos "No siempre tuvimos dinero; hubo una época en la que vivíamos seis personas en un departamento que apenas si hubiera sido cómodo para dos, y pagar la renta todos los meses no era fácil. Pero dejando de lado eso, parece que te olvidás que mis padres vieron morir a un hijo, y yo vi morir a mi hermano"
Un agujero se abrió en tu estómago, y una sensación dolorosa y desagradable se expandió en todo tu cuerpo, hasta las puntas de los dedos de las manos y las puntas de los dedos de los pies. El ácido subía y bajaba por tu garganta, y tu visión se había nublado otra vez porque tus ojos estaban atiborrados de lágrimas amargas.
Sos una estúpida, una voz dijo en tu cabeza. Sos una estúpida.
Sos una estúpida.
Sos una estúpida.
Sos una estúpida.
Cada vez que la voz lo repetía, era como si desde adentro en las sienes te propinaran un martillazo, tratando de hacerte el mayor daño posible, tratando de partirte el cráneo en dos. De haberte ocurrido eso, creerías merecerlo, porque todas las cosas que habías soltado para deshacerte de la enorme dosis de veneno que te había quedado dando vueltas en la sangre luego de todo lo que Carrie había dicho sobre tus sobrinos, tu hermano y tu familia, todas esas cosas que habías dicho para desquitarte con la persona que menos merecía que la trataras así, lo habían llevado a él a revivir partes de su historia que le hacen mal, partes de sus historia que nunca van a dejar de doler, porque hay heridas que no cicatrizan, hay heridas que pueden volver a ser abiertas.
Sos una estúpida.
Demasiado ocupada estabas ahogándote en tu propia miseria, demasiado ocupada estabas mirando hacia dentro, a tus propias heridas, comparando su maravillosa infancia con tu vida familiar plagada de tragedias, abandono, desconsuelo y soledad, para poder ver que a veces familias unidas como la suya también tienen que pasar por lo peor que a un ser humano podría sucederle. Demasiado sumida dentro de las lagunas de tu propia alma estabas, y lo esencial se escapó a tus ojos. Tony no habrá sufrido las mismas cosas que vos, pero ha sufrido otras, como la muerte de su hermano en su niñez, y luego el fallecimiento de Christian hace unos años. Lo que había brillando en sus ojos eran lágrimas, lágrimas que se habían formado allí por tu culpa, porque sos una estúpida, porque levantaste muros para protegerte en lugar de dejar que te ayudara, porque creíste que la que tuvo que llevar la cruz más pesada fuiste vos, cuando en realidad a él también le tocó llevar su cruz.
Querías decir algo, cualquier cosa, para hacer que se sintiera mejor. Querías pedirle disculpas. Querías abrazarlo, besarlo, pedirle perdón al oído una y otra vez, numerosas veces, hasta el cansancio. Pero tu cuerpo no reaccionaba, las piernas no te respondían, te sentías floja, tu cuerpo pesaba demasiado, tus rodillas estaban doblándose y temías que en cualquier momento caerías el suelo.
Dios, Michelle, sos una estúpida.
"Michelle, sé que tu vida no fue fácil, pero mi vida tampoco lo fue" dijo, pasados unos segundos; su voz estaba aun tomada por la emoción, y en sus ojos brillaban lágrimas que, por orgullo, él no permitiría cayeran. Lágrimas que vos deseabas poder secar con tus propios dedos "Nadie tiene una vida fácil, y no hay tal cosa como una familia perfecta. Nadie está exento de sufrir, y que no nos hayan sucedido las mismas cosas no te da derecho a decir que no puedo entenderte"
Deseabas hablar, deseabas decir algo, pero las señales que enviaba tu cerebro, tu cuerpo no las recibía, y si las recibía no quería obedecerlas.
"Si yo no puedo entenderte a vos, entonces nadie puede, Michelle, porque yo te conozco mejor que nadie, yo te amo más que nadie, y no hay nada que te lastime a vos que no me lastime también a mí"
Es verdad, es verdad, es verdad con cada martillazo la voz que antes te acusaba repetía.
Él te conoce mejor que nadie. Él sabe cómo hacer que sonrías, cómo hacer que rías. Él sabe todo de vos. Él sabe lo que te hace bien, lo que te hace mal. Él sabe interpretar todas tus miradas. Él sabe escuchar tu corazón. Él puede darse cuenta cuando algo te molesta. Él puede arreglarlo todo sólo con un gesto. Él te cuida en las noches de tus pesadillas. Él es el hombre más romántico del mundo. Él es quien ha secado tus lágrimas cada vez que tuviste la necesidad de romper en llanto. Él te mima y consiente como nunca nadie lo hizo. Él antepone tu felicidad a la suya. Él se queda despierto hasta tarde frotando t espalda y cantándote canciones al oído para que concilies el sueño. Él sabe cómo mejorar tu ánimo. Él sería capaz de robar una estrella si se lo pidieras. Él se ocupa de que nada te falte. Él está yendo a extremos que ni te imaginás para hacer del mes de Diciembre una sucesión de días llenos de magia. Él te enseñó lo que es la magia. Él te devolvió las ganas de soñar. Él te llena de esperanza. Él deja que llores en su hombro. Él te ama más que nadie.
Y no hay nada que te lastime a vos que no lo destroce a él también. No importa si él no vivió nada de lo que vos viviste, no importa si los dos provienen de lugares distintos, si sus historias son distintas, si sus familias son polos opuestos, si vos venís de una oscuridad emocional muy grande y él de una luz cálida y esperanzadora. No importa si él nunca fue abandonado por su mamá, sufrió la orfandad o tuvo que ver a sus hermanas tocando fondo hasta el punto de considerar el suicidio como solución. No importa que él nunca haya caminado los senderos que a vos te tocaron recorrer: él puede entenderte, él entendería. Él te entiende, él puede entender todo lo que sucede en tu corazón y en tu cabeza, porque la conexión que los une es tan fuerte que lo que afecta a uno afecta al otro. Cuando murió su abuela te dolió en carne propia, pero no sólo porque vos también perdiste a una abuela, sino porque tu alma y su alma están íntimamente conectadas. Y cuando las pesadillas sobre George, Paula y todos aquellos que fallecieron ese día disturban tu sueño, él te comprende no sólo porque el 4 de Septiembre estuvo ahí y vio fallecer también a sus compañeros, sino porque no hay nada que te haga mal a vos que no le haga mal a él.
Fuiste una estúpida al pensar que él no te comprendería, fuiste una estúpida al sentir vergüenza de contarle lo que estaba haciéndote daño. Al final, acabaste explotando y largando todo de la peor manera y haciéndole daño cuando, si hubieras aceptado enseguida su ofrecimiento de ayudarte, habrías podido desahogarte de una manera muchísimo más sana, y no en medio de un ataque de nervios e histeria.
Fuiste una estúpida.
Realmente fuiste una estúpida, una caprichosa, y acabaste haciéndole daño.
"Decís que no podría entender las cosas que te hacen mal porque mi familia es 'perfecta' y porque jamás viví nada parecido a lo que vos viviste, pero te equivocás: es cierto, tenemos historias de vida distintas, pero eso no significa que no me hayan sucedido cosas que me marcaron" un sollozo se coló por entre tus labios temblorosos "Eso no significa que no tenga pedazos de mi pasado haciendo peso sobre mis hombros, eso no significa que no pueda entender lo que debe ser cargar lo que vos llevás sobre tus hombros" dijo, con voz pesada y una lágrima que se había escapado de sus ojos brillando en su mejilla "La próxima vez que se te ocurra sugerir que no puedo entenderte porque nunca pasé por las cosas que vos tuviste que pasar, antes de decirlo en voz alta reflexioná seriamente acerca de si creés con el corazón o no que soy tu otra mitad, porque nadie que sintiera eso en el alma diría a la persona que la ama no puede comprenderla porque no tuvo que llevar la misma cruz"
Y antes de que pudieras acercarte a él, antes de que pudieras arrojarte a sus brazos para pedirle perdón, antes de que tuvieras tiempo de reaccionar siquiera, se dio media vuelta y se perdió dentro del oscuro pasillo. Dos segundos después, lo oíste cerrar firmemente la puerta de su alcoba.
Estabas sola, completamente sola, en medio de la sala de estar, que se hallaba en penumbras. Hubo un instante en el que te quedaste muy quieta, como si tus pies hubieran sido clavados al suelo, pero antes de que te dieras cuenta algo que podrías haber jurado era tu alma se estremeció horriblemente entre las paredes de tu frágil, delicado, exhausto cuerpo, y de golpe, sin poder contenerte, sin poder evitarlo, te lanzaste a llorar. El primer sollozo fue demasiado fuerte, el grito desgarrador de alguien que ha sido profundamente herido, pero esta herida no la había infligido tu pasado, o Carrie, o la necesidad de recomponer la familia que tenías y que – si bien nunca había sido funcional – extrañabas: esta herida había sido infligida por tu propia estupidez, por tus caprichos, por tu mal carácter, por tu histeria, por las palabras que habías dicho y que habían dañado a la persona que más amás en el mundo.
Tu propio cuerpo, cargado de angustia y desesperación, se volvió demasiado pesado para que tus rodillas pudieran soportarte erguida, y caíste. Caíste en el suelo, con un ruido sordo, con un golpe seco, la mullida alfombra fue lo que sentiste al desmoronarte, hecha pedazos, debido a una sucesión de cosas que habían ocurrido en ese Miércoles triste, pero principalmente porque habías ido al extremo de lastimarlo.
No sabés cuánto tiempo te quedaste llorando, pero fue un largo rato, ahogando tu llanto mordiendo el puño de la camisa que tenías puesta, los ojos atiborrados de la lágrimas, la visión borroso, todo alrededor tuyo dando vueltas, y tu corazón resquebrajándose de a poco.
Las agujas de tu reloj pulsera indicaban que habías estado veinticinco minutos llorando desesperada en el suelo, sofocando tu dolor para que él no te escuchara y corriera a consolarte, dejando de lado su enojo, porque no lo merecías; preferías que pensara que habías decidido dormir sola en el sillón.
Sin embargo, pasado un rato y a medida que ibas ganando algo de compostura, tus ideas empezaron a acomodarse, y la neblina que cubría tus pensamientos se disipó, permitiendo que razonaras con claridad. Te pusiste de pie, fuiste hasta el sillón, te dejaste caer sobre las mantas aun revueltas, y te acurrucaste en un costado con las rodillas al pecho y la cabeza enterrada en medio de tus rodillas. Respiraste hondo varias veces, te mordiste el pulgar tantas otras para evitar que escapara de tu garganta algún sollozo desesperado que hubiera quedado atorado por ahí, y luego de muchos suspiros decidiste que debías ir y pedirle perdón, no porque fuera lo correcto, sino porque ibas a morirte de angustia si tenías que pasar la noche entera en la sala de estar, sola, mientras él estaba encerrado en su habitación, sumido en soledad también, y, por tu culpa, herido.
Necesitabas arreglar el desastre que habías hecho, necesitabas pedirle perdón, necesitabas disculparte. El enorme peso que cargabas encima no se alivianaría hasta que las cosas no estuvieran bien con él otra vez, no te sentirías mejor hasta no estar en sus brazos, y también sabías que él no se sentiría mejor hasta no poder abrazarte. Tu corazón y tu alma estaban tremendamente sofocados, y nada más estando cerca de él podría volver a respirar.
Tenías que curar aquellas heridas que habían infligido.
Aun mareada, fuiste al baño teniendo cuidado de que las rodillas no te fallaran otra vez; no querías terminar en el suelo del pasillo. Te lavaste la cara hasta quitar los restos de maquillaje, y luego tomaste algunos sorbos de agua del grifo; no estaba helada, pero al menos refrescó un poco tu boca tan reseca después de haber llorado tanto.
Con paso tímido te dirigiste a su habitación, en la que habías estado sólo una vez aquella tarde de Noviembre en la que había sido necesario que empacaras su ropa para el imprevisto viaje a Chicago por el fallecimiento de su abuela. Dudaste un segundo, la mano levantada sobre el picaporte pero sin tocar el metal, antes de finalmente cerrar el puño a su alrededor y empujar suavemente.
Estaba sentado en el borde de la cama, muy quieto, la mirada fija en el suelo, las manos una a cada costado de su cuerpo, con las palmas vueltas hacia abajo sobre el mullido cobertor color negro. Tus labios volvieron a temblar ligeramente al darte cuenta del estado deplorable en que lo habías dejado: no estaba llorando, pero estaba visiblemente herido y disgustado, molesto, su ceño fruncido indicaba que sus pensamientos lo habían atrapado en una gruesa red y estaban sofocándolo tanto como te sofocaba a vos la necesidad de pedirle perdón.
Notó tu presencia un instante después de que cruzaras el rellano, sus sentidos entrenados para reaccionar a tu perfume, al sonido de tu respiración y al ruido de tus pies descalzos en cualquier sitio, en cualquier circunstancia, en cualquier lugar. Tu mirada y su mirada no tardaron de enfocarse una en la otra, como si un imán invisible los atrajera. Te gusta pensar que hay un campo magnético entre los dos, y que las leyes de la gravedad rigen sobre los cuerpos de ambos; para alguien como vos que adora la Física, la Química y la Matemática, comparaciones como esa, analogías como esa, son siempre hermosas, profundas, llenas de sentido, mucho más, quizá, que las que pueden encontrarse en novelas románticas o poesías.
Un minuto transcurrió, un minuto durante el cual las agujas del reloj se movieron con exasperante lentitud, como si las hubieran cargado con plomo. Un minuto entero, sesenta segundos mirándose, hablando sin mover los labios, murmurando sin que el aire se llenara de palabras, comunicándose en un lenguaje que entienden sólo los dos y que pueden usar sólo los dos. Un minuto entero, sesenta segundos con la mente en blanco, sin recordar ese otro idioma hecho de verbos, conjugaciones y reglas ortográficas, ese otro idioma con el cual formás frases que después suben por tu garganta y son impulsadas hacia afuera por ese músculo llamado lengua, para convertirse en sonido al encontrarse con los oídos de otro.
Finalmente brotó de tu corazón, directo del fondo de tu alma, una pregunta sencilla, casi infantil, susurrada en un tono de voz frágil y tímido, un murmullo dicho a través de tus labios, que no dejaban de temblar, porque habías empezado a sollozar otra vez:
"¿Me perdonás?"
Se puso de pie enseguida; quizá fuera cosa tuya, pero te parecía que se había puesto de pie en cuanto habías tomado aire para hablar, sin esperar a escuchar lo que tenías que decir, porque ya entendía para qué estabas ahí: para que solucionaran las cosas, juntos, porque juntos hacen todo. Quebró esa distancia de apenas un puñado de pasos dando una zancada, hasta quedar su nariz a medio centímetro de tu nariz, sus ojos al mismo nivel que los tuyos, sus pestañas casi rozándose, sus corazones latiendo otra vez prácticamente uno contra el otro.
"Michelle…"
Con las yemas de sus dedos delineó el contorno de tu rostro, repasando cada palmo de piel empapada por tus lágrimas tibias, deteniéndose en tus labios y en tus párpados. Luego te envolvió en sus brazos, y el frío que sentías comenzó a disiparse. Cediendo a tus instintos te arrojaste en sus brazos. Lo abrazaste más fuerte que nunca, tan intensamente como él estaba abrazándote a vos, como si sus vidas dependieran enteramente de ello y de ninguna otra cosa; abrazarlo era una necesidad más grande que aquella que tus pulmones tenían de oxigeno, no te interesaba sofocarte si podías sentir su cuerpo protegiendo tu cuerpo. Enterraste el rostro en su pecho, humedeciendo su camisa con tu llanto, que no dejaba de fluir, y buscaste desesperadamente escuchar los latidos de su corazón, fuertes y acompasados, rítmicos, susurrando tu nombre en un lenguaje que sólo vos podés entender, ese lenguaje que sólo conoce otro corazón: el tuyo.
"Dije cosas que no debería haber dicho…" sollozaste.
"Yo también, mi vida" sentiste sus manos recorriendo tus rulos enmarañados, sus dedos enredándose en ellos.
"Lo siento tanto…"
"Está bien, Michelle" te tranquilizó, meciéndote despacio de un costado a otro para relajarte "Estás cansada y angustiada…" comenzó.
Pero vos lo interrumpiste.
"Eso no lo justifica"
Levantaste la cabeza y lo miraste a los ojos. En tus dos espejos favoritos viste tu reflejo, y sentiste muchísima vergüenza: estabas otra vez desalineada, con la cara mojada, hinchada e irritada, con la piel enrojecida, toda despeinada.
"Yo también te dije cosas horribles que no debería haberte dicho, y no las dije porque las siento, sino porque me puse demasiado nervioso como para pensar y dejé que me dominara la ira" susurró, acariciando otra vez tus mejillas y contorneando la medialuna sobre tus párpados con sus pulgares "¿Me perdonás?" te pidió en voz baja, mirándote con ternura y dulzura.
Contestaste a su pregunta con otra pregunta:
"¿Vos me perdonás a mí?"
No querías que se sintiera culpable de absolutamente nada, porque la culpa era tuya y no suya. No querías que se hiciera responsable de una situación que había surgido por culpa de tus nervios, tu histeria, tu cansancio y tu necesidad mal canalizada de descargarte. Él simplemente había querido cuidarte, protegerte, hacerte bien, y vos habías reaccionado mal, lo cual había desencadenado en una sucesión de hechos cuyo final había sido una pelea. Vos lo habías atacado, vos habías dicho las cosas hirientes, vos eras la responsable, vos debías pedirle perdón. No querías transformar aquello en una escena donde pareciera que él es culpable de algo, porque nada estaba más alejado que eso de la realidad.
Su respuesta fue, sin embargo, la clase de respuesta que esperabas escuchar cayendo de sus labios, susurrada con esa ternura y esa dulzura tan puras que podías sentirlas derritiéndote por dentro, como una caricia muy larga y muy tibia hecha a tu alma:
"No tengo nada que perdonarte, Michelle, fui yo el que estuvo fuera de lugar: seguí insistiendo cuando habías dejado en claro que necesitabas espacio, en lugar de ayudarte compliqué más las cosas y te hice daño…"
No pudiste evitar largar un suspiro mezcla de frustración y angustia: le habías dicho que él no estaba haciéndote las cosas más fáciles después del día complicado que habías tenido, se lo habías dicho en un arrebato de enojo porque te sentiste acorralada cuando empezó a insistir con que comieras, y él así lo había creído.
"No intentes justificarme, Tony" volviste a respirar hondo, podías sentir más lágrimas formándose en tus ojos, podías sentir otra vez tus latidos perdiendo el control "Yo te lastimé…"
"Shhh" sus labios se posaron sobre los tuyos, sellándolos, silenciando tu disculpa con un beso. Sus manos acunaron y rostro, y las tuyas acunaron el suyo. Tus manos estaban frías, pero su piel cálida las entibió "Ya está, ya pasó" susurró contra tu boca, restregando despacio la punta de su nariz con la punta de tu nariz "No tengo nada que perdonarte, Michelle: te acorralé a preguntas y te asfixié interrogándote; no debería haberlo hecho" estabas a punto de replicar algo, pero él siguió hablando, sin darte espacio para que lo interrumpieras "Sé que no es excusa, pero verte sufrir me angustia tanto que perdí el control, literalmente. No hay nada por lo que tengas que pedirme perdón"
Te miró con sus ojos de cachorrito, pidiéndote que no siguieras disculpándote desesperadamente, que lo ayudaras a empezar a dejar todo atrás, que empezaras vos a dejar todo atrás, por tu propio bien, porque nada bueno resultaría de seguir revolviendo el cuchillo dentro de la herida. Te miró con sus ojos de cachorrito, y eso bastó para que una sonrisa tímida se dibujara en tus labios, que seguían aún pegados a los suyos.
"Yo te perdono a vos por lo que creas que hiciste mal, si vos me perdonás a mí por lo que hice mal" ofreció, como una especie de acuerdo.
Y asentiste con la cabeza. Y tu sonrisa se acentuó. Y sus labios, pegados a los tuyos, espejaron aquella sonrisa. Y volviste a fundirte en sus brazos, escondiendo de nuevo tu rostro en su pecho, pero esta vez ya no llorabas.
"En algún momento teníamos que pelear por primera vez, ¿no?" murmuraste, dejando caer besos cortos en el punto exacto donde su hombro y cuello se unen.
"Lamento muchísimo que nuestra primera pelea te haya hecho llorar" susurró, enterrando nuevamente sus manos entre tus rulos.
"No es culpa tuya que esté llorando… Simplemente tuve un día agotador en todo sentido, y exploté en el momento equivocado, por las razones equivocadas, con la persona equivocada" volviste a levantar la cabeza, encontrando su mirada con tu mirada "Perdón"
"Shhh… Ya pasó" dijo en tu oído, meciéndote de izquierda a derecha otra vez, muy despacio, trazando círculos en tu espalda con los nudillos de una de sus manos para aflojar tus músculos, que estaban duros como el acero. Nunca conociste nadie que tuviera un efecto terapéutico tan grande en vos, hasta que él te acarició por primera vez, y pasaste a depender enteramente del poder de sus manos al moverse sobre tu piel para calmarte y relajarte luego de días difíciles o en circunstancias desesperantes (y aquel Miércoles realmente habías enfrentado de todo).
Cinco minutos enteros los dedicaste a poner la mente en blanco y disfrutar de las propiedades curativas de sus mimos. Te arrepentiste de no haber permitido que te anidara contra su cuerpo antes y te curara sin usar más que su don para hacer que te sientas mejor con su sola presencia. Fuiste demasiado tonta, demasiado histérica e infantil. Pensar en eso llevó consecuentemente a que recordaras la pelea, y para combatir la sensación ácida que se expandió por tu garganta hasta llegar al estómago al hacerlo, decidiste compartir con él una reflexión que se te ocurrió en ese momento y que provocó que tus labios se curvaran un poquitito más hacia arriba como si un dedo invisible hubiera jalado de un hilo.
Te pusiste en puntitas de pie para alcanzar su oído, y comentaste en voz bajita:
"Siempre imaginé que la primera vez que peleáramos sería por algo muy, muy tonto"
"¿Algo muy, muy tonto como qué?" se interesó en saber, acunando tu rostro en sus manos otra vez, y alejándolo apenas dos centímetros para poder mirarte a los ojos.
"Un ataque de celos" confesaste con timidez; tu cara se había puesto roja como un tomate, y en un acto reflejo dejaste caer tus ojos al suelo, pero enseguida volviste a fijarlos en los suyos.
"¿Mío o tuyo?" inquirió divertido, sonriendo abiertamente, con la boca y con la mirada también, como no lo habías visto sonreír en todo lo que iba de ese Miércoles.
La piel de tu cara ardía muchísimo cuando, apenas moviendo los labios, dijiste:
"Mío"
No es que no confíes en él; él sabe que confiás en él como en nadie, y vos le creés cuando te dice que sos hermosa, que sos única, que sos perfecta, y que no necesita a nadie más, que no podría estar con nadie más porque está demasiado enamorado de vos, demasiado obsesionado con vos. Simplemente se trata de que las mujeres lo miran demasiado en todas partes, muchas de ellas probablemente preguntándose qué hace lo más parecido a un Dios esculpido en mármol caminando sobre a Tierra tomado de la mano de una asiática con rulos, flacucha y llena de pequitas, cuando podría tener a su lado a una rubia escultural o a una de esas mujeres capaz de dejar a un centenar de hombres sin respiración. Odiás que lo miren con esos ojos, y al mismo tiempo te despierta cierta satisfacción saber que esas mujeres te envidian, pero no soportarías que ninguna de ellas se le acercara más de cuatro metros.
"Siempre imaginé que la primera vez que peleáramos sería por algo como un partido de tetrix o el poder sobre el control remoto del televisor un sábado lluvioso" confesó él, sin que la sonrisa desapareciera de sus labios, sus manos aún dibujando círculos en tu espalda, sus caricias despertando mariposas en tu panza.
"No creo que alguna vez esos lleguen a ser motivos de pelea: siempre te dejo ganar al tetrix y siempre me dejás elegir a mi lo que vemos en la televisión"
"No me dejás ganar al tetrix: yo te gano en el tetrix porque soy invencible"
Reíste. Tenía razón: sos buena jugando al tetrix, pero no tan buena como para superarlo a él, por mucho que intentes e intentes. Los dos aguantan bastante, pero después de llegar al nivel 90 la velocidad se frenetiza tanto que acabás con tu lado de la pantalla cubierto de fichas que no pudiste acomodar o dominar, mientras que él sigue apilándolas perfectamente, haciéndolas encajar unas con otras. Ya le prometiste que el día en que le ganaras ibas a tratar de dar tus primeros pasos en la cocina y preparar algo de comer, y él te preguntó en broma si aquello sería alguna especie de castigo por haber perdido (otra de sus cualidades: puede hacerte reír siempre, y cuando te hace reír, no para hasta que no estás deshaciéndote en carcajadas).
Un silencio cómodo se situó en la habitación oscura, y la mezcla de su perfume con sus mimos hizo que tu cuerpo se aflojara contra el suyo. Tus rodillas se doblaron otra vez, tu cerebro estaba apagándose poco a poco finalmente. Estabas quedándote dormida de pie, en sus brazos, pero aún te quedaban cosas que querías decir antes de que la noche se les escapara de las manos y comenzara un nuevo día (mucho mejor que el que estaban dejando atrás, esperabas).
"Lamento mucho haberte lastimado…" rompiste el silencio con las pocas fuerzas que te quedaban "Si hay alguien que puede entenderme mejor que nadie, ése sos vos. Y nunca se me ocurriría pensar que no somos la mitad del otro" estabas comenzando a ponerte nerviosa otra vez, las palabras se te enredaban en la lengua y sentías que no tenían sentido alguno "Fui una estúpida, hablé sin pensar…"
"Shhh…" él te calmó, besando tu frente, el puente de tu nariz, y luego otra vez tus labios "Vení…" te tomó de la mano y te condujo hasta la cama para que te recostaras y pudieras descansar, pero en cuanto te diste cuenta de lo que estaba haciendo, tu cuerpo se tensó, se puso rígido como una tabla, y saliste de repente de tu estado somnoliento.
No querés dormir ahí, donde sabés Nina pasó muchas noches, donde sabés infinita cantidad de mujeres hicieron todo lo imaginable.
"Prefiero… Prefiero que durmamos en el sillón" murmuraste.
Dándose cuenta del error que había cometido sin querer, sonrió a modo de disculpas y dijo:
"Tengo una idea mejor" lo miraste intrigada, ladeando la cabeza hacia un costado, devolviéndole la sonrisa "¿Confías en mi?" preguntó.
"Sí" contestaste sin un ápice de duda.
No hace frío en Los Angeles. Nunca hace frío en Los Angeles. Aquella noche de diciembre era cálida, y el cielo estaba cubierto de estrellas que podían ser vislumbradas cómodamente desde la terraza de su edificio, cada una de ellas brillando con su propia magia, devolviéndoles la mirada.
"Me encanta la idea que tuviste" susurraste, besando la comisura de sus labios.
Había tomado varias mantas y un cobertor de plumas color azul (que sabés porque te contó fue un regalo de su madre la Navidad pasada, lo cual te garantiza que ninguna mujer se abrigó con él), te llevó a la terraza y los tendió allí, sobre el suelo de enormes baldosas rojas, para que tu día mejorara con la oportunidad de mirar al cielo, desde donde la luna les regalaba su media sonrisa. Acurrucada con él, tranquila y relajada, respirando sin sentir un peso gigantesco en tu pecho, hace difícil que parezca verdad que antes discutieron, lloraron y se dijeron cosas hirientes sin querer.
"Me recuerda a mi niñez, cuando mis papás nos llevaban a mis hermanos y a mi de campamento" comentó en tu oído, dibujando con las yemas de sus dedos círculos en tu panza.
"Nunca fui de campamento" confesaste con timidez.
"¿Te gustaría que fuéramos de campamento juntos?" propuso, y a podías sentir la sonrisa dibujándose en sus labios mientras besaba tu cuello.
Tus ojos se iluminaron ante la perspectiva de ir de campamento con él, juntar ramitas para prender una fogata, dormir abrazos dentro de una carpa, caminar por horas y horas en medio de la naturaleza, quizá incluso nadar en el río.
"Me encantaría. ¿Podemos ir en nuestra luna de miel?"
"Para nuestra luna de miel tengo una sorpresa mucho más linda" murmuró en tu oído, tiñendo las palabras con un de dejo de misterio "Pero si querés, podemos ir juntos de campamento el primer fin de semana después de que empiece la primavera"
"Falta mucho para la llegada de la primavera"
"No te preocupes, Michelle: tengo planeadas muchas cosas para que hagamos antes de la primavera. Los meses van a pasar volando" dijo.
"¿Me lo prometés?" extendiste tu dedo meñique.
"Te lo prometo" dijo, entrelazando tu meñique con el suyo.
"Imaginá la cara de Chappelle si le dijéramos que necesitamos un día libre porque queremos irnos juntos de campamento" comentaste en voz alta, riendo suavemente ante la imagen de tu jefe que había diagramado tu cerebro.
"Imaginá la cara de Chappelle, de Jack, de toda la CTU, de toda División y de todo Distrito cuando se enteren que estamos comprometidos" dijo Tony.
"¿Estamos comprometidos?" lo miraste con curiosidad, levantando una ceja.
"Sí" contestó, sin que duda alguna brillara en sus ojos o se escuchara en su voz.
"¿Por qué tengo el dedo anular vacío, entonces?" seguiste el juego, señalando el dedo en el que esperás lucir pronto un anillo.
"Porque todavía no te pregunté oficialmente" fue su respuesta.
"¿Cómo sabés que voy a decirte que sí cuando me preguntes oficialmente si quiero casarme con vos?"
Tomó tu rostro entre sus manos, lo acercó al suyo, y con sus ojos y tus ojos tan cerca que sus pestañas se acariciaban, te preguntó con total seriedad y con una voz profunda que caló hondo hasta tocar tu alma:
"¿Querés casarte conmigo?"
Te tomó un minuto entero volver a hablar; estabas demasiado concentrada saboreando la sensación de escuchar al hombre perfecto pidiéndote que seas su mujer para toda la vida.
"¿Estás preguntando oficialmente?" quisiste saber.
"Sólo contestá la pregunta: ¿querés casarte conmigo?" repitió él, ignorando por completo tu cuestionamiento anterior.
"Sí" contestaste sin dudar tampoco, con tono firme y decidido, y cuando esa sílaba se escapó por entre tus labios, podrías haber jurado tu corazón se salteó un latido, para luego comenzar a palpitar muchísimo más rápido.
"Falta poquitito para que te pregunte oficialmente, así que no creo que esa respuesta varíe mucho, ¿no?" comentó, agregando a las palabras ese aire de misterio que sabe te irrita, al tiempo que también te causa gracia.
"Podrías sorprenderte" dijiste, riendo.
Pero los dos sabían que la respuesta no variaría.
Los dos sabían – él porque tenía todo planeado, claro, y vos por intuición – que faltaban escasos diecinueve días y un par de horas para que te preguntara oficialmente y para que le dijeras que sí oficialmente. Con sólo pensar en eso, tu panza se llenaba de mariposas y un cosquilleo te recorría la columna vertebral.
"¿Te sentís mejor?" te preguntó al oído, luego de que pasaran algunos minutos en silencio, simplemente observando cuán inmensamente hermosas pueden ser las estrellas.
El dolor de cabeza seguía ahí, pero no era tan intenso como antes, y estabas segura de que se habría ido a la mañana siguiente, cuando despertaras después de haber pasado una buena noche durmiendo en sus brazos, soñando con cosas lindas. Ya no te dolía tanto el estómago, y los músculos de tu espalda estaban milagrosamente relajados gracias a sus masajes.
"Sí" contestaste, anidándote aun más contra su pecho, reposando tu cabeza en el punto exacto donde puede oírse su corazón.
"¿Estás cómoda?"
"Muy"
"¿Tenés frío?"
Sonreíste. Te encanta que te cuide tanto.
"No" contestaste, con una sonrisa.
"¿Estás segura? Porque puedo volver a buscar otra manta…" ofreció.
"No hace falta" le dijiste, abrazándolo más fuerte para impedir que se escapara de entre tus brazos.
Algunos minutos transcurrieron, hasta que te diste cuenta que, para que ese Miércoles pudiera acabar con tu corazón y alma sintiendo verdadero alivio, precisabas hacer algo más, algo que no habías querido hacer al principio por caprichosa e histérica, pero que ahora necesitabas para desahogarte bien, sanamente, y no a través de un ataque de nervios.
"¿Querés que te cuente lo que pasó?" le preguntaste en voz muy bajita.
"Sólo si vos querés hablar al respecto" fue su respuesta "No quiero que te sientas presionada"
"Me hace bien hablar con vos" dijiste, y, mirándolo a los ojos, con la punta de su nariz tocando la punta de tu nariz, empezaste desde el principio, relatando todo lo que habías sentido durante el transcurso de ese Miércoles triste.
Comenzaste contándole por qué odiás los Miércoles. No te dio vergüenza compartir eso con él. No te dio vergüenza contarle que durante un año saliste con un chico que era homosexual y que acabó suicidándose porque su familia no toleró tan bien como vos que dijera abiertamente lo que era en realidad y durante meses habías tratado de reprimir, y agradeciste infinitamente que no hiciera una escenita de celos o ningún comentario sobre tu novio anterior. Luego le hablaste de las cosas que Carrie había dicho sobre tu familia, y todo lo que sentís cada vez que pensás en tus sobrinitos y en cómo las cosas habrían resultado si Danny y Carrie no se hubieran conocido y él no hubiera engañado a su mujer con la que en ese momento era tu amiga.
Hablaste durante casi una hora. Cuando acabaste, te sentías mucho más tranquila, verdaderamente desahogada, sin rastro alguno de veneno circulando por tu sistema, intoxicándote, haciéndote daño.
"Daría todo, absolutamente todo lo que tengo y estaría dispuesto a hacer cualquier cosa con tal de que pudieras abrazar a tus sobrinitos una vez más" susurró, sin dejar de acariciarte ni un segundo, sin apartar sus ojos de los tuyos.
Y le creíste. Creíste en cada una de sus palabras, porque sabés que, si pudiera, lo haría. Si él supiera cómo, haría lo que fuera necesario para que tuvieras a tus sobrinos a tu lado una vez más, una última vez. Sabés que él iría caminando hasta el mismísimo fin del mundo con tal de hacerte feliz.
"A veces… cuando vamos al parque…, o al supermercado…, o al cine… pienso que" hiciste una pausa antes de seguir; no sabías bien cómo expresar ese sentimiento que te agarra a veces, de repente, cuando menos lo esperás, cuando estás distraída pensando en otra cosa "…Imagino lo lindo que sería encontrarme con ellos de casualidad y al menos poder… al menos poder verlos, aunque sea de lejos…"
"Mañana voy a hablar con Martina, ella va a encontrar una manera de que puedas verlos" prometió "La ex esposa de Danny no puede salirse con la suya: vos sos la tía de esos nenes, sos su familia, y por mucho que ella se oponga, tenés derecho a ver a tus sobrinitos. No tiene fundamentos para negártelo"
"No hace falta que molestes a tu hermana, Tony…"
Te interrumpió:
"Michelle, lo que es importante para vos, es importante para mí. Ya no tenés que lidiar vos solita con todo, ya no tenés que llevar vos solita el peso del mundo. Si estamos juntos, compartimos nuestros problemas y los resolvemos juntos, ¿sí?" besó la punta de tu nariz, y luego agregó, sonriendo "No olvides que la vida de a dos es más fácil"
"Sí" admitiste, espejando su sonrisa "Gracias por hacerme sonreír"
"Tengo una sorpresa que podría hacerte sonreír mucho más"
Te habías olvidado por completo de que para hoy había, por supuesto, una sorpresa preparada. No pudiste evitar que tu sonrisa aumentara tanto hasta llegar de una oreja a la otra.
"¿Después de las cosas feas que te dije sigo mereciendo que me sorprendas, mimes, malcríes y hagas regalos?" le preguntaste en voz bajita, rascando con la yema de tu dedo el huequito entre su oreja y su cabeza.
"Siempre voy a querer mimarte, sorprenderte, malcriarte y llenarte de regalos. Y este regalo es muy, muy especial"
"No necesito regalos: te necesito a vos" dijiste, estrechándolo más fuerte entre tus brazos, negándote a dejarlo ir, demasiado contenta embebida en el calor de su cuerpo como para querer estar en cualquier otro lugar, haciendo cualquier otra cosa.
Sin embargo, te diste cuenta, aquello es importante para él: lleva días planeando una a una cada sorpresa, cada momento, cada pedacito de Diciembre, cada dosis de magia con la que hacer del último mes del año el mejor. Y sus ojitos brillaban tanto, estaba tan ilusionado… Lo que fuera que había preparado para ese Miércoles, definitivamente era importante.
"La versión Tony Almeida 2.0 que instalaste viene con la aplicación regalos, y no se puede desactivar" bromeó, poniéndose de pie "Vas a tener que acostumbrarte"
Se inclinó para darte un último beso en la punta de la nariz, y luego se fue rumbo al departamento, dejándote sola en la terraza, recostada sobre su cobertor azul, mirando las estrellas, preguntándote qué hiciste de bueno para que Dios te haya compensado con un hombre tan maravilloso.
Te incorporaste para abrir el regalo, un rectángulo de unos quince centímetros de largo y diez de ancho. Era un paquete bastante delgado, envuelto en brillante papel color violeta (amás el violeta, y él lo sabe), con un simple y delicado moño de seda rosa. Con curiosidad, y ante su mirada de aprobación, lo abriste con cuidado, delicadamente, sin rasgar el papel; siempre fuiste una obsesiva de la prolijidad, e incluso en un Miércoles por la noche, cansada, abatida y exhausta, tus hábitos no cambian ni un poco.
Al ver la cubierta del libro que el papel de regalo envolvía, tu sonrisa flaqueó un poco, y tus ojos se nublaron, pero no porque estuvieras mareada otra vez. Durante algunos segundos simplemente observaste el ejemplar, con su tapa blanca, el título impreso en letras grandes y negras, el dibujo de un hombrecito de cabellos amarillos y trajecito verde de pie sobre lo que parecía ser un planeta color lila, algunas estrellas y pequeños asteroides amarillos diseminados a su alrededor. Habías visto ese libro otras veces, en los escaparates de las librerías o en las bibliotecas que frecuentas de tanto en tanto cuando tenés ganas de leer un buen clásico 'a la antigua, pero nunca lo leíste. Es, después de la Biblia, el libro más leído en la historia de la humanidad, pero vos, Michelle Dessler, lectora voraz, devoradora de lo que la literatura tiene para ofrecer, no leíste de él siquiera un renglón.
Acariciaste el finísimo lomo despacio con la yema de tu dedo índice. Podías sentir sus ojos sobre vos, observándote con intensidad, expectantes, cargados de dulzura. Siempre que te miran sus ojos están cargados de dulzura.
"Tony…" empezaste a murmurar, pero en realidad no sabías bien qué decir.
Por eso volviste a caer en el silencio, aun acariciando el lomo del libro y examinándolo como si fuera algo fascinante e interesante. Para vos es en realidad algo fascinante e interesante, porque has oído hablar de él muchas veces, pero nunca te atreviste a leerlo, nunca dejaste que fuera satisfecha tu curiosidad, nunca regalaste a tu intelecto la oportunidad de hundirse en el mar de palabras escritas por Antoine De Saint-Exupéry porque tenías miedo de que, como te dijeron sucedería, aquél libro te mostrara costados de la vida demasiado profundos (todos dicen que es así, que quienes lo leen acaban descubriendo pedacitos del mundo que antes no habían notado, pedacitos llenos de significado), tan profundos que entenderías nunca podrías acceder a ellos, y acabarías destrozada, herida por el mismo cuento sencillo a la vez que complejo que a muchos otros iluminó y guió en sus épocas de niñez, adolescencia y adultez.
"Mi abuela me lo leyó muchas veces cuando era chiquitito, y mi mamá también" la voz de Tony te sustrajo de tus pensamientos, y desviaste la atención del libro, que aún sostenías en tus manos, a su rostro, donde te encontraste con una mirada empapada de ternura "Solía leérnoslo a mi y a mis hermanos hasta que nos quedábamos dormidos" continuó, acariciando tu brazo de arriba abajo con las yemas de sus dedos, causándote un cosquilleo agradable en la espina dorsal "Tiene frases hermosas, enseñanzas muy profundas, y es tan sencillo pero al mismo tiempo tan complejo… Sé que no lo leíste" te dijo, y nuevamente te sorprendiste al comprender lo mucho que te endiente, lo mucho que te conoce, cómo puede darse cuenta de detalles que otros notarían, cómo puede leer lo que dicen tus silencios e interpretar las palabras que jamás abandonan tu boca "Es una historia tan pura e inocente como sos vos, y me da mucha pena que de chiquitita no te hayan regalado este libro para que enterraras la carita dentro de él y pasaras horas y horas recorriendo sus hojas. Por eso quiero leértelo yo. Muchas de las cosas escritas en este libro van a hacerte bien, y estoy seguro de que, si lo hubieras leído cuando eras una nena, nunca te hubieras sentido solita"
Lágrimas nuevamente estaban agolpándose en tus ojos negros. Siempre te dice las cosas más hermosas, siempre. La forma en que te habla, la forma en que te mira, las frases que su corazón forma para que su voz les den vida, todo aquello hace que te enamores más y más con cada segundo.
"Cuando era pequeñita, le pedí a mi abuela que me regalara este libro por mi cumpleaños, pero me dijo que era demasiado chiquita para entenderlo y que probablemente me haría llorar" le contaste, dirigiendo tus ojos otra vez a la tapa donde el pequeño muchachito de cabellos rubios observa con gesto pensativo el espacio que se abre delante de él "Entonces le pedí dinero a mi mamá para comprarlo, pero me dijo lo mismo: 'No, Michelle, ese libro va a hacer que llores, mejor no lo leas. Habla de cosas que nunca vas a tener'. Cuando crecí… seguía sintiendo curiosidad, pero nunca quise comprarlo o buscarlo en la biblioteca porque tenía miedo de que me hiciera mal, tenía miedo de que revolviera heridas demasiado profundas dentro de mí" compartiste aquél detalle tan íntimo con él, y no sentiste vergüenza al hacerlo: él sería incapaz de burlarse o de considerar tonto que temás que el contenido de un libro pueda angustiarte o revolver heridas viejas, o mostrarte costados del Universo a los que nunca serías capaz de llegar.
"No voy a negarlo: es un libro para emocionarse, especialmente para una personita tan sensible como vos, pero vale la pena" te dijo él.
Miraste una vez más, dubitativa, el libro. Debía tener poco más de noventa páginas. Su aspecto era enteramente el de un cuento infantil, incluso tenía dibujos (Con ilustraciones del autor' rezaba la portada), pero sabías que era mucho más que eso. Habías escuchado hablar de él, habías leído sobre él, sabías que tocaba temas profundos planteados de manera sencilla, sabías que estaba lleno de metáforas y analogías.
Dudaste sobre si debías abrir el ejemplar para hojearlo o no. Sentías curiosidad, mucha. Además, él te había regalado el libro para que lo leyeras, no para que te quedaras mirando la tapa como una estúpida, recorriendo una y otra vez el lomo con la yema de tu dedo. Pero en tu mente resonaban las palabras de tu mamá y tu abuela, quienes probablemente habían leído el libro y, en su amargura (porque tu mamá y tu abuela eran dos personas demasiado cargadas de amargura) habían preferido catalogarlo como una 'pérdida de tiempo' o un 'texto utópico' en lugar de permitir que sus corazones endurecidos se ablandaran, los muros de acero alrededor de sus almas se cayeran y las palabras llegaran a ellas, abrazándolas como lo han hecho – y lo siguen haciendo – con cientos y cientos de miles de seres humanos de todas las edades.
Otra vez su voz te sustrajo de tus pensamientos.
"Michelle, ¿confías en mí?" te preguntó otra vez, con tono suave, en apenas un susurro que rompió con el silencio de la noche.
"Sí" nuevamente contestaste sin dudar, sin hesitar, sin siquiera pensarlo. Confiás en él más que en nadie.
"¿Creés que yo sería capaz de darte algo que sé podría hacerte mal?" te preguntó, acariciando tu mejilla con el dorso de su mano.
También a ese interrogante contestaste enseguida:
"No, nunca"
"No es necesario que lo leamos ahora" te dijo, sin dejar de acariciarte "… pero si alguna vez tenés ganas de leerlo, me encantaría que lo leyeras conmigo"
Suspiraste, volviste a echarle un rápido vistazo a la portada; te pareció muchísimo más hermosa que antes, quizá porque acababas de decidir que esa noche finalmente leerías El Principito.
"No quiero dejarlo para otro día" susurraste.
"Michelle, no voy a enojarme si…" comenzó.
Pero vos lo interrumpiste, dejando que el dorso de tu mano acariciara su mejilla:
"Tony, confío en vos. Todas las cosas que me decís me hacen bien, siempre tenés las palabras justas para mí, siempre te preocupás por cuidarme. Nadie nunca se preocupó tanto por mí, a nadie le importé tanto, nadie me cuidó tanto" pasaste el dedo por el lomo del libro una vez más "Debe ser la historia más hermosa del mundo, y quiero leerla con vos. Y si me hace llorar, vos podés secar mis lágrimas" le prometiste.
"¿Segura?" preguntó, pero podías adivinar por la sonrisa que cruzaba sus labios que estaba contento de que fueras a dejar que te leyera el que, en su niñez, había sido su libro favorito (¿y cuántos hombres adultos leen a las mujeres que aman el libro que les fascinaba cuando eran pequeñitos? Ninguno, sólo el tuyo, porque es perfecto, hecho justo a tu medida).
Abriste el libro en la primera hoja, donde con letra tan prolija como posible él había escrito una dedicatoria:
Para mí princesita. Cada día me ayudás más a entender que, como le dijeron al principito, lo esencial es invisible a los ojos. Lo esencial sólo es visible al corazón, pero mi corazón estaba ciego hasta que te conoció a vos; fue gracias a vos que entendí el verdadero significado de esta frase. Es gracias a vos que mi corazón puede ver aquello esencial que los ojos no ven.
"Usé la lapicera fuente que te regalé ayer" confesó en tu oído, como si en aquél murmullo estuviera contándote un secreto que no podés compartir con nadie más "Compré el libro el mismo día, y lo escondí muy bien para que no lo encontraras"
Comenzó por leer la dedicatoria. Te gustó ese detalle, porque vos también leés las dedicatorias de los libros, no sos de las personas que simplemente pasan las primeras páginas por alto y saltan directo al capítulo uno.
"A LEÓN WERTH
Pido perdón a los niños por haber dedicado este libro a una persona grande. Tengo una seria excusa: esta persona grande es el mejor amigo que tengo en el mundo. Tengo otra excusa: esta persona grande puede comprender todo; hasta los libros para niños. Tengo una tercera excusa: esta persona grande vive en Francia, donde tiene hambre y frío. Tiene verdadera necesidad de consuelo. Si todas estas excusas no fueran suficientes, quiero dedicar este libro al niño que esta persona grande fue en otro tiempo. Todas las personas grandes han sido niños antes. (Pero pocos lo recuerdan.) Corrijo, pues, mi dedicatoria:
A LEÓN WERTH
CUANDO ERA NIÑO"
No había acabado de leer la dedicatoria siquiera, y las lágrimas ya se habían formado en tus ojos. Sentiste su otra mano, la que no estaba sosteniendo el libro abierto de par en par, acariciando tu espalda, y tus músculos se relajaron. Permitiste que las lágrimas cayeran y rodaran por tus mejillas, porque él había prometido que las secaría una a una. Además, estabas a punto de escuchar una de las historias más lindas del mundo, y, ¿si ya habías llorado por nervios e histeria antes, por qué no dejar que algunas lágrimas de felicidad y emoción borraran el rastro dejado por las que habías derramado sumida en la angustia y la tristeza?
Tu mamá y tu abuela te habían dicho que ese libro te haría llorar. Tony no lo negó, reconoció que una personita sensible como vos se emocionaría, pero también te aseguró que en él se encuentran palabras, frases y enseñanzas hermosas que valían la pena y que te harían bien. Todo lo que él te dice te hace bien, todos sus consejos te hacen bien, sus mimos te hacen bien, y sabías que escucharlo leer El Principito sólo para vos te haría bien.
Si te hubieran dicho que tu Miércoles triste acabaría en la terraza, acurrucada con él sobre un montón de mantas mientras te lee al oído, no lo hubieras creído. Sin embargo, estabas feliz de que lo que había sido un día terrible se hubiera transformado en algo mucho más lindo antes de su final.
Pronto estabas pendiente de cada línea de la historia, y seguías con la mirada las palabras impresas en negro, sin perderte detalle del sonido de su voz; te encanta el sonido de su voz, especialmente cuando te lee al oído, como muchas otras veces te ha leído pasajes de tus libros favoritos para ayudarte a conciliar el sueño después de días agotadores en la CTU.
"Cuando yo era chiquitita amaba dibujar" comentaste, en referencia a lo que el aviador – el personaje principal – cuenta sobre lo mucho que le gustaba dibujar cuando era pequeño, pero que la falta de entendimiento por parte del entorno de adultos que lo rodeaba lo desalentó y lo llevó a abandonar lo que podría haber sido una fabulosa carrera como artista "pero mi abuela insistía en que me ocupara de cosas más útiles, como Matemática, japonés, origami…" Igual que los adultos del libro pensaste que creían que las personas serias se ocupan de cosas serias "Pero lo que realmente me gustaba era dibujar mariposas para pegar en las paredes de mi habitación"
Un ratito después ya estabas absolutamente inmersa en la historia:
"Me gusta mucho el Principito: es persistente y perseverante cuando quiere algo" comentaste, algunas páginas después de la aparición del personaje principal.
"Y nunca renuncia a una pregunta después de formulada" Tony señaló.
Y luego siguió leyendo, con tu cuerpo anidado contra el suyo, besando tus párpados de tanto en tanto.
"Definitivamente me gusta el Principito" anunciaste renglones después, sonriendo ": sólo él podría haberse dado cuenta que el dibujo del aviador era un elefante dentro de una boa y no un sombrero" dijiste, en referencia a lo que el narrador cuenta en la primera hoja sobre cómo los adultos a los que había mostrado su dibujo de una boa gigantesca que se había comido un elefante pensaban que lo que había dibujado en realidad era un sombrero.
A medida que la lectura del libro progresaba, sentías una conexión mayor con la historia, con los personajes, con las frases; más amabas aquél libro, más te enamorabas de él (si era eso acaso posible) por haber hecho que finalmente conocieras toda la magia que El Principito encierra en sus menos de cien páginas, toda la magia que reside en su simpleza para hablar de temas tan inmensamente complejos como el amor, la amistad, las diferencias en la forma en que las criaturas y la gente grande ven el mundo.
En la trama apareció una frase, de pronto, una frase que te llevó a reflexionar sobre tu propia historia, tu propia manera de ver el mundo, la manera en la que el mundo es visto a través de esos dos ojitos asiáticos.
"… Había una vez un principito que habitaba un planeta apenas más grande que él y que tenía necesidad de un amigo…"
Acariciaste las palabras con la yema de tu dedo, lo cual hizo que él se detuviera y dejara de leer. Un instante de silencio se formó entre los dos, y luego te permitiste expresar tus pensamientos en voz alta:
"Así me sentí durante mucho tiempo: habitaba un 'planeta' apenas más grande que yo, compuesto sólo por mi trabajo, mis libros, mi música, mis pensamientos. No había nada más para mí: las horas pasaban divididas en el tiempo que dedicaba a mi profesión y el tiempo que dedicaba a mi soledad. No había nadie más en mi 'planeta' con quien pudiera compartirlo. Necesitaba un amigo, alguien que me quisiera, alguien que me rescatara de ese 'planeta' apenas más grande que yo y me enseñara el resto del mundo"
Tus ojos se hundieron en sus ojos, y los de él se perdieron dentro de los tuyos. Tu mirada y su mirada pueden comunicarse en formas que los demás jamás podrían entender, con un lenguaje propio, reemplazando las palabras. Él entendía perfectamente lo que esa mirada significaba: es mirada encerraba lo que, traducido a un idioma mundano, hubiera significado 'Sos vos la persona con la que quiero compartir mi planeta, sos vos el amigo que tanto necesitaba, sos vos el que día a día me enseña de a poquito el resto del mundo'.
"Ojalá pudiera enseñarte todo el mundo" Tony murmuró, besándote despacio, rozando apenas tu piel con sus labios.
"Con pequeñas cositas como éstas" señalaste el libro, el cielo estrellado, las mantas sobre el suelo de la terraza, sus brazos rodeando tu cuerpo para abrigarte y hacer que te sintieras contenida "me mostrás partecitas de tu mundo, y eso para mi vale muchísimo"
Volviste a señalar con la yema de tu dedo otra frase, tímidamente, al ver las letritas negras formando palabras que calaron hondo dentro tuyo, tan hondo que las sentiste metiéndose dentro de tu corazón, anidándose bajo de él, al abrigo de tus latidos.
"… Es triste olvidar a un amigo. No todos han tenido a un amigo…"
"Es cierto" susurraste, y una lágrima solitaria rodó por tu mejilla, cayendo sobre su mano luego "Yo nunca tuve amigos de verdad" suspiraste, tratando de no pensar en todas las chicas populares que se acercaban a vos por interés, para que las ayudaras con las tareas de las asignaturas más difíciles, o las que pretendían ser tus amigas en la universidad para burlarse de vos a tu espaldas, y luego, finalmente, de Carrie "Me angustia que aquellos que sí los tuvieron los olviden"
"Puedo ser tu mejor amigo si querés" ofreció, con una sonrisa "Prometo no olvidarte nunca"
"Ya sos mi mejor amigo" contestaste, mezclando tus lágrimas con una sonrisa como la suya "Y sé que no me vas a olvidar"
Hojas más tarde otro párrafo llamó tu atención, un párrafo que se convertiría definitivamente en uno de tus favoritos y que en años venideros leerías muchas veces, un párrafo que le pediste releyera sólo para vos, para poder volver a escuchar esas palabras susurradas por él en tu oído:
"… Sobre tu pequeño planeta te bastaba mover tu silla algunos pasos. Y contemplabas el crepúsculo cada vez que lo querías.
Un día vi ponerse el sol cuarenta y tres veces.
Y poco después agregaste:
¿Sabés?... Cuando uno está verdaderamente triste son agradables las puestas del sol.
¿Estabas, pues, verdaderamente triste el día de las cuarenta y tres veces?
El principito no respondió…"
Te quedaste callada otro instante, observando el cielo, preguntándote si existen otros planetas u asteroides desde los cuales pueda verse la puesta del sol, como decía haberlo hecho una vez casi cincuenta veces aquél muchachito de cabellos rubios que había llegado a la Tierra desde el asteroide B 612 y se había encontrado con el aviador en el desierto.
¿Cuántas veces, en cuántos momentos, luego de cuántas batallas perdidas, hubieras deseado poder contemplar durante horas y horas un ocaso? ¿En cuántas ocasiones habrías necesitado ver el sol desaparecer lentamente para no volver hasta el otro día, y así reemplazar lágrimas amargas por sonrisas? ¿Cuántas noche habrías podido dormir sin sentir el pecho cargado de plomo si hubieras podido contemplar una puesta de sol tantas veces como quisieras, con sólo mover una silla apenas unos pasos, como hacía el principito en su pequeño planeta?
"Sería hermoso poder ver mil veces al día la puesta del sol" comentaste, con voz soñadora y reflexiva "Es cierto que cuando uno está muy, muy triste es lindo ver una puesta de sol. Algunos días me hubiera hecho bien contemplar el ocaso cuarenta y tres veces" confesaste. Y luego le preguntaste, dulcemente ": ¿No sería lindo, poder encerrar una puesta de sol en una cajita, y mirarla tantas veces como sea necesario hasta poder sonreír?"
Lo oíste reír suavemente, luego sentiste sus labios besando tu sien, tus mejillas, la punta de tu nariz.
"Voy a guardarte a vos en una cajita para que me hagas sonreír" murmuró.
Y luego reanudó la lectura.
Y así, poco después, llegaron a otro párrafo, un párrafo en el que el Principito habla al aviador sobre su flor, esa flor única en su especie que hay en el planeta del que él viene, esa flor que ha cuidado, regado y amado como nunca a ninguna otra cosa, esa flor vanidosa y orgullosa que tanto daño le hizo al pequeño Principito.
"… Si alguien ama a una flor de la que no existe más que un ejemplar entre los millones y millones de estrellas, es bastante para que sea feliz cuando mira a as estrellas. 'Mi flor está ahí, en alguna parte…' Y si el cordero come la flor, para él es como si, bruscamente, todas las estrellas se apagaran. Y esto, ¿no es importante?"
"Tony… ¿Para vos yo soy una entre millones?" le preguntaste.
"Única en tu especie" dijo él, sin dudarlo.
"¿Si yo no estuviera las estrellas se apagarían?" quisiste saber, mirando hacia el cielo, encontrándote con ese centenar de estrellas y esa luna tan grande.
"Todas" susurró.
Y siguió leyendo.
Hojas más tarde, preguntaste:
"¿Creés que las espinas hubieran protegido a la flor del cordero?"
La flor se jactaba de sus poderosas espinas, diciendo que la protegerían de cualquiera que quisiera hacerle daño. El principito había pedido al aviador que le dibujara un cordero para que comiera las yerbas malas de su planeta y los arbustos que luego se convertirían en enormes baobabs, pero cuando el aviador contestó afirmativamente a su pregunta de si el cordero comía flores, el principito se angustió muchísimo, pues temía que, en un descuido suyo, el cordero comiera a su preciosa, amada flor.
Tony contestó a tu interrogante enseguida; había leído el libro tantas veces desde que era pequeño que probablemente hubiera reflexionado muchas veces sobre cosas como aquella.
"Las espinas no valen nada por sí solas: era la presencia del principito en la vida de la flor, cuidándola, mimándola, amándola, ocupándose de ella, preocupándose por ella, consintiéndola, lo que hacía que las espinas tuvieran valor alguno para la flor. La flor no merecía al principito, pero él de todos modos la amaba con locura, consentía sus caprichos y le prestaba atención desmesurada" hizo una pequeña pausa "Pero un día el principito tuvo que irse, porque se dio cuenta de que amarla tanto le hacía mal, y de que poco a poco había caído en su juego, y ese amor estaba dominándolo. La flor quería sentirse el centro de su universo, era el centro del universo del principito, pero con sus palabras y con sus silencios todo lo que hacía era herirlo. La flor pretendía no necesitar al principito, al tiempo que lo manipulaba por todos los medios posibles para atarlo a ella. Se jactaba de sus cuatro espinas, la flor, pero las espinas no eran lo que hacía que se sintiera segura: era el principito el que le daba esa seguridad. La flor sabía que el principito siempre la cuidaría, por eso no tenía miedo, pero era tan orgullosa que prefería mentir y alabar sus espinas diciendo que ellas le brindaban protección en lugar de reconocer que era a él a quien necesitaba y amaba, y que era él quien la mantenía a salvo, el que la cuidaba, el que la resguardaba de cualquier daño"
Aquello hizo resurgir en tu memoria algo que él te había dicho el día anterior acerca de las rosas y las espinas:
Si alguna vez una espina te hace daño, yo voy a estar para intentar curarte y cuidarte. Además hay otro motivo por el que esta rosa tiene espinas, pero para que te lo explique vas a tener que esperar hasta mañana.
"Tony, ¿recordás lo que me dijiste ayer sobre las rosas y las espinas?" preguntaste, aunque sabías la respuesta.
"Lo recuerdo"
"Me regalaste rosas con espinas como un símbolo de lo que vos sos para mí: soy fuerte solamente si sé que estás conmigo, dispuesto a defenderme, siempre cuidándome para que nada me haga mal" reflexionaste en voz alta, tus labios curvados en una sonrisa, tus ojos abnegados otra vez con lágrimas.
"Sos una de las personitas más fuertes que conozco" susurró "pero al mismo tiempo sos frágil y delicada… y vivo con miedo constante a que te suceda algo" confesó en un hilo de voz "Por eso necesito protegerte, necesito cuidarte. Durante toda tu vida tuviste que defenderte valiéndote sólo de tus espinas, pero ahora ya no hace falta que tengas que enfrentarte al mundo solita: yo voy a cuidarte, siempre. Voy a cuidar de vos como el principito cuidaba de su rosa: nunca vas a tener frío, hambre o miedo mientras yo pueda evitarlo, nunca va a faltarte atención, voy a recordarte constantemente lo hermosa que sos, siempre vas a ser la única, siempre gracias a vos todas las estrellas van a brillar más, siempre voy a amarte. No vas a tener que volver a defenderte con tus espinas, porque de cualquier cosa que pueda atacarte voy a defenderte yo"
Cerraste los ojos por un momento, y sentiste las lágrimas cayendo, rodando por tus mejillas, tibias, recorriendo lentamente su camino hacia la comisura de tus labios, dejando marcas en tu piel. No te molestan esas marcas, las marcas que dejan las lágrimas que llorás cuando te emocionás, cuando algo tan profundo como sus palabras llega al núcleo de tu alma, de tu corazón, envolviéndote, acariciándote. Tu sonrisa se acentúa cuando sus manos empiezan a dibujar otra vez círculos en tu panza y en tu espalda, dejando, por un ratito, el libro olvidado sobre el cobertor azul.
Por primera vez en lo que iba de ese Miércoles triste, te sentías puramente feliz. Habías experimentado alivio al contarle lo que había pasado, habías experimentado alivio cuando te fundiste en sus brazos y permitiste que te calmara por sus propios medios en lugar de volver a cometer el error de sucumbir a tu histeria y a tus nervios crispados, pero en aquél momento, bajo el cielo estrellado, con las palabras que acababa de decirte aun haciendo eco en tu cabeza (no era un eco como el de las palabras de Carrie, que hiere, lastima, penetra hasta causar daños irreparables y deja heridas; era un eco dulce, suave), estabas feliz.
Tu costado profesional puede valerse por sí solo, en ese mundo horrible en el que trabajás para salvar vidas y prevenir tragedias que dejarían saldos de víctimas terribles, podés defenderte, como siempre lo hiciste (aunque ahora te sentís mucho más contenida y segura, porque él también te cuida), pero en el plano personal, nunca dejaste de ser una nena tímida, asustada, con terror al abandono, con una necesidad increíble de dar y recibir afecto, pero miedo de pedirlo por temor a ser lastimada o rechazada.
Pero ya no tenés que defenderte sola, ya no tenés que cargar sola con el peso del mundo, ya no tenés que afrontar todo sola, ya no tenés que lidiar vos sola con tus emociones, ya no tenés que llorar abrazada a la almohada en la soledad de tu habitación, ya no tenés que tener miedo. Ya no tenés que temer al abandono o al rechazo. No debés temer a las pesadillas, a los malos recuerdos, a las memorias teñidas de gris. Lo que tengas que afrontar, lo que el destino te depare, lo que te espere a lo largo del camino, vas a afrontarlo con él, pueden afrontarlo los dos juntos. Y mientras él te proteja, no debés temer a nada, porque nada va a hacerte daño.
"Me decís cosas demasiado hermosas…" murmuraste, sin dejar de sonreír.
"Porque me hacés sentir cosas demasiado hermosas"
"… Entonces apareció el zorro:
Buenos días – dijo el zorro.
Buenos días – respondió cortésmente el principito, que se dio vuelta, pero no vio nada.
Estoy acá – dijo la voz – bajo el manzano…
¿Quién eres? – dijo el principio -. Eres muy lindo…
Soy un zorro – dijo el zorro.
Ven a jugar conmigo – le propuso el principito -. ¡Estoy tan triste!
No puedo jugar contigo – dijo el zorro -. No estoy domesticado.
¡Ah! Perdón – dijo el principito.
Pero después de reflexionar, agregó:
¿Qué significa 'domesticar'?
No eres de aquí – dijo el zorro -. ¿Qué buscás?
Busco a los hombres – dijo el principito -. ¿Qué significa 'domesticar'?
Los hombres – dijo el zorro – tienen fusiles y cazan. Es muy molesto. También crían gallinas. Es su único interés. ¿Buscas gallinas?
No – dijo el principito -. Busco amigos. ¿Qué significa 'domesticar'?
Es una cosa demasiado olvidada – dijo el zorro -. Significa 'crear lazo'
¿Crear lazos?
Sí – dijo el zorro -. Para mí no eres todavía más que un muchachito semejante a cien mil muchachitos. Y no te necesito. Y tú tampoco me necesitas. No soy para ti más que un zorro semejante a cien mil zorros. Pero, si me domesticas, tendremos necesidad el uno del otro. Serás para mí único en el mundo. Seré para ti único en el mundo…
Empiezo a comprender – dijo el principito -. Hay una flor… Creo que me ha domesticado.
Es posible – dijo el zorro -. ¡En la Tierra se ve toda clase de cosas…!
¡Oh! No es en la Tierra – dijo el principito.
El zorro pareció muy intrigado.
¿En otro planeta?
Sí.
¿Hay cazadores en ese planeta?
No.
¡Es interesante eso! ¿Y hay gallinas?
No.
No hay nada perfecto – suspiró el zorro.
Pero el zorro volvió a su idea:
Mi vida es monótona. Cazo gallinas, los hombres me cazan. Todas las gallinas se parecen y todos los hombres se parecen. Me aburro, pues, un poco. Pero, si me domesticas, mi vida se llenará de sol. Conoceré un ruido de pasos que será diferente de todos los otros. Los otros pasos me hacen esconder bajo la tierra. El tuyo me llamará fuera de la madriguera, como una música. Y además, ¡mira! ¿Ves, allá, los campos de trigo? Yo no como pan. Para mí el trigo es inútil. Los campos de trigo no me recuerdan a nada. ¡Es bien triste! Pero tú tienes cabello color de oro. Cuando me hayas domesticado, ¡será maravilloso! El trigo dorado será un recuerdo de ti. Y amaré el ruido del viento en el trigo…
El zorro cayó y miró largo tiempo al principito.
¡Por favor… domestícame! – dijo.
Bien lo quisiera – respondió el principito -, pero no tengo mucho tiempo. Tengo que encontrar amigos y conocer muchas cosas.
Sólo se conocen las cosas que se domestican – dijo el zorro -. Los hombres ya no tienen tiempo de nada. Compran cosas hechas a los mercaderes. Pero como no existen mercaderes de amigos, los hombres ya no tienen amigos. Si quieres un amigo, ¡domestícame!
¿Qué hay que hacer? – dijo el principito.
Hay que ser muy paciente – respondió el zorro -. Te sentarás al principio un poco lejos de mí, así, en la hierba. Te miraré de reojo y no diré nada. La palabra es fuente de malentendidos. Pero, cada día, podrás sentarte un poco más cerca…
Al día siguiente volvió el principito.
Hubiese sido mejor que vinieras a la misma hora – dijo el zorro -. Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde, comenzaré a ser feliz desde las tres. Cuanto más avance la hora, más feliz me sentiré. A las cuatro me sentiré agitado e inquieto; ¡descubriré el precio de la felicidad! Pero si vienes a cualquier hora, nunca sabré a qué hora preparar mi corazón… Los ritos son necesarios.
¿Qué es un rito? – dijo el principito.
Es también algo demasiado olvidado – dijo el zorro -. Es lo que hace que un día sea diferente de los otros días; una hora, de las otras horas. Entre los cazadores, por ejemplo, hay un rito. El jueves bailan con las muchachas del pueblo. El jueves es, pues, un día maravilloso. Voy a pasearme hasta la viña. Si los cazadores no bailaran ese día fijo, todos los días se parecerían y yo no tendría vacaciones.
Así el principito domesticó al zorro. Y cuando se acercó la hora de la partida:
¡Ah!... – dijo el zorro -. Voy a llorar.
Tuya es la culpa – dijo el principito -. No deseaba hacerte mal pero quisiste que te domesticara…
Sí – dijo el zorro.
¡Pero vas a llorar! – dijo el principito.
Sí – dijo el zorro.
Entonces, no ganas nada.
Gano – dijo el zorro -, por el color del trigo.
Luego, agregó:
Ve y mira nuevamente las rosas. Comprenderás que la tuya es única en el mundo. Volverás para decirme adiós y te regalaré un secreto.
El principito se fue a ver nuevamente las rosas:
No sois en absoluto parecidas a mi rosa; no sois nada aun – les dijo -. Nadie os ha domesticado y no habéis domesticado a nadie. Sois como era mi zorro. No era más que un zorro semejante a cien mil otros. Pero yo lo hice mi amigo y ahora es el único en el mundo.
Y las rosas se sintieron bien molestas.
Son bellas, pero estáis vacías – les dijo todavía -. No se puede morir por vosotras. Sin duda que un transeúnte común creerá que mi rosa se os parece. Pero ella sola es más importante que todas vosotras, puesto que es ella la rosa a quien he regado. Puesto que es ella la rosa a quien puse bajo un globo. Puesto que es ella la rosa a quien abrigué con el biombo. Puesto que es ella la rosa cuyas orugas maté (salvo las dos o tres que se hicieron mariposas). Puesto que es ella la rosa a quien escuché quejarse, o alabarse, o aun, algunas veces, callarse. Puesto que ella es mí rosa.
Y volvió hacia el zorro:
Adiós – dijo.
Adiós – dijo el zorro -. He aquí mi secreto. Es muy simple: no se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos.
Lo esencial es invisible a los ojos – repitió el principito, a fin de acordarse…
"La primera vez que me leyeron la historia, cuando apareció el zorro pensé que iba a hacerle daño al principito" confesó, luego de leer aquél pasaje del libro.
Tardaste en contestar, porque estabas demasiado absorta pensando en las palabras del autor, en las metáforas, en el significado que aquellos párrafos encerraban.
"¿Por qué pensaste eso?" respondiste, finalmente.
"Porque en la literatura los zorros siempre son malos" fue lo que te contestó.
"Este zorro no lo es" señalaste, repasando con tu dedo índice el dibujo que el autor había hecho del pequeño zorro, con su suave pelaje anaranjado y sus ojos oscuros, amigables. Era diferente a cualquier zorro sobre el que hubieras leído en otros clásicos de la literatura, es verdad. Y era, definitivamente, tu personaje favorito del libro, porque todo lo que había dicho al principito te había tocado por dentro de manera especial.
"Cuando comprendí el significado de este pasaje, se convirtió en mi favorito" Tony te dijo, como si pudiera leer tus pensamientos "Y no hay líneas en este libro que reflejen lo que siento por vos tanto como éstas" agregó "Yo era uno entre millones antes, uno entre el montón, igual a otros, nada me hacía distinto de los demás, era un hombre entre otros hombres demasiado similares a mi como para distinguirme. Pero un día" sonrió tanto que, instintivamente, sonreíste vos también "cuando menos lo esperaba, llegaste vos. Los primeros dos segundos, simplemente eras una más entre muchas otras, pero menos de un minuto después ya te habías convertido en la única flor importante para mis ojos, y tu risa, tu voz, tu sonrisa, el sonido de tus pasos, se convirtieron en especiales, y bastaba… basta" se corrigió "con sólo contemplar el brillo de tus ojos para que yo sea feliz. Antes estaba vacío, carecía de significado, era uno entre muchos otros, nada me hacía distinto a los demás. Pero ahora ya no me siento así"
"Yo tampoco me siento así. Ya no me siento como si sobrara, ya no siento que nadie notaría si un día desaparezco. Ya no siento que todos se olvidan de mí" dijiste en su oído "Ahora sé que soy especial para alguien, sé que nunca te olvidarías de mí" suspiraste "Siempre pensé que el término 'domesticar' se utilizaba sólo para los animales: sólo los animales pueden domesticarse, eso dice el sentido común. Nunca pensé que pudiera domesticarse el corazón, no para dominarlo, sino para llenar esos agujeros que duelen y encender luces en los lugares oscuros"
"Creo que 'domesticar' a alguien significa que esa persona pasa a depender enteramente de la otra para funcionar, para ser feliz, para estar bien, para estar contenta, para estar sana, para tener paz, para tener esperanza" reflexionó en voz alta. Luego, acunó tu rostro con sus manos y permitió que sus ojos se fundieran en los tuyos, mirando dentro de tu alma como sólo él sabe "Te necesito como a nadie, Michelle, y sin vos no podría ser feliz, no estaría bien, no funcionaría, no tendría sueños o esperanzas, sería un robot. 'Domesticar' a alguien es volverlo más humano. Yo era menos de la mitad de lo que soy ahora, antes de conocerte"
Te quedaste en silencio durante algunos segundos, y luego te animaste a decir lo que pasaba por tu mente:
"Me hace sentir especial, saber que de todas las mujeres que pasaron por tu vida soy la única que pudo domesticarte" confesaste con timidez, tu rostro rojo como una frutilla, tanto que podías sentir el ardor, como si estuvieras parada de pie a una hoguera.
"Es que las otras eran todas iguales, como las rosas que el principito encontró en la Tierra" susurró ": nada las diferenciaba a una de las otras, no había nada importante o realmente hermoso en ellas, sólo belleza exterior. Pero en el interior estaban vacías, y hacían que yo me sintiera aún más vacío" pequeña pausa " Vos me llenaste. Vos sos distinta, no sos como las otras: sos especial. Sos mía. Sos hermosa por fuera" dijo, recorriendo el contorno de tu rostro con la yema de uno de sus largos dedos "pero sos hermosa por dentro también, demasiado hermosa por dentro. Iluminás mi mundo como nunca pensé alguien podría. Vos sos, de todas las rosas, la única para mí. Gracias a vos las estrellas brillan más" otra pequeña pausa; podrías haber jurado que una lágrima brillaba en cada uno de sus ojos, tan oscuros como el color del cielo "Y también tenés el poder de apagar las estrellas: las estrellas se apagarían bruscamente si no existieras en mi vida"
"Ahora que te domestiqué tenés que quedarte conmigo" murmuraste, sonriendo.
"No me imaginaría viviendo de otra manera que no sea con vos"
"Yo tampoco" le aseguraste "Si no te tuviera a vos, creo que ni cuarenta y tres puestas de sol diarias podrían salvarme"
Luego de la conversación entre el principito y el zorro, apenas restaban unas hojas para llegar al final de la historia. Sin embargo, mientras escuchabas el resto del relato, no podías dejar de pensar en el secreto que el animalito había regalado a su amigo: lo esencial es invisible a los ojos. Comprendiste, entonces por qué Tony había elegido escribir aquella frase en la dedicatoria.
Lo esencial es invisible a los ojos. Te encanta esa frase. La habías oído antes, por supuesto, pero su significado ahora es muchísimo más inmenso, muchísimo más hermoso, por qué entendés de dónde surge, entendés realmente lo que significa. Lo esencial es invisible a los ojos.
Cuánto bien te hubiera hecho haber leído ese libro siendo chiquitita; habrías entendido que los que te discriminaban y dejaban de lado no podían ver lo esencial, lo que se ve con los ojos del corazón, lo que él puede ver porque su corazón y tu corazón tienen ojos nada más el uno para el otro. Lo esencial es invisible a los ojos, pero es visible para el corazón, y estás contenta, porque tu corazón tiene dos ojos hermosos para ver las cosas esenciales del mundo, y otros dos ojos igual de profundos que los tuyos le devuelven la mirada, ayudándolo a encontrar aquellos pequeños detalles esenciales que hacen que la vida valga la pena, como estar con la persona que amás recostada bajo las estrellas, con lágrimas rodando por tus mejillas, luego de haber escuchado el final de El Principito, ese final agridulce en el que el pequeño hombrecito de cabellos rubios deja la Tierra para volver a su planeta, al asteroide B 612.
Tu mamá y tu abuela tenían razón: El Principito era un libro que te haría llorar.
Pero eran las lágrimas más dulces del mundo.
Y las cosas de las que habla, no son cosas que no puedas alcanzar (aunque quizá en una época hubieras estado de acuerdo con eso): son cosas que ya alcanzaste. Amor, amistad, comprensión, todo eso lo encontraste en él, y sabés que va a ser tuyo para siempre.
Y la enseñanza más valiosa que encontraste entre sus páginas, es un secreto que gente como Carrie o como Haylie jamás sería capaz de comprender, porque son demasiado egoístas: lo esencial es invisible a los ojos.
Las yemas de sus dedos están otra vez dibujando mariposas en tu espalda, despertando mariposas en tu panza, susurrando suavemente al contacto con tu piel palabras en el mismo idioma que hablan tu corazón y el suyo. Tu alma se siente liviana y tranquila, en paz, ni un ápice queda de toda la tristeza y amargura que te intoxicaron en este Miércoles triste que ni Jean Webster podría haber descripto por cuán complejo fue emocionalmente hablando.
"¿Te sentís mejor?" murmura, sus labios rozando tu oído al moverse.
"Sí" le asegurás, también en un murmullo, dejando que tus dedos se pierdan en sus buclecitos negros "Mucho mejor, gracias a vos y a todas las cosas lindas que me leíste"
"Sabía que ibas a amar El Principito" susurra.
"Y te amo a vos por haberlo leído para mí"
"Me gustaría poder escribir algo así de profundo para vos, y que muchísimas decenas de años después se haya convertido en un clásico, y que gente en todo el mundo lea en distintos idiomas y en distintos alfabetos que existió una princesita japonesa llamada Michelle, que tenía los ojos más hermosos del mundo…"
Dejás escapar una risita suave, y lo interrumpís, sin dejar de sonreír:
"¿No creés que la gente se aburriría leyendo sobre mí?"
"Yo no me aburriría leyendo sobre vos, o escribiendo sobre vos" es su respuesta "Podría pasar el resto de mi vida escribiendo en gran detalle sobre todo lo que me fascina de vos"
"Porque me querés" es lo que le contestás. Luego, besás sus labios, demasiado despacio para el gusto de cualquiera de los dos, rozándolos apenas "Sos demasiado dulce para ser real"
"Todos los días al despertarme, cuando te veo durmiendo en mis brazos, pienso exactamente lo mismo: sos tan perfecta que a veces me pregunto si esto es verdad"
"Si es un sueño, no quiero que termine" confesás.
Pero sabés que no es un sueño.
Es real.
Es tu realidad.
Y, a pesar de los tragos amargos, a pesar de los eventuales Miércoles tristes, no cambiarías nada en tu vida, porque tenés todo lo que necesitás, más de lo que podría haberte atrevido a pedir o a esperar: a él.
"Yo tampoco"
"Cuando despierte mañana vas a estar acá, ¿no es cierto? ¿O vas a haberte ido a otro planeta como el principito?"
Sentís sus labios una vez más en tu frente, luego en la punta de tu nariz, y luego en tus propios labios.
"Estoy con vos, estoy donde quiero estar"
Y eso es lo último que escuchás antes de quedarte dormida en sus brazos, en la terraza, el cielo estrellado reemplazando el cielo raso, un Miércoles demasiado triste – como muchos otros Miércoles en tu vida – convertido en un día que jamás olvidarías, porque ese Miércoles triste por primera vez escuchaste la historia del principito, susurrada en tu oído por la única persona que te ama lo suficiente para atajarte cada vez que caes, perdonar todos tus errores, cuidarte de todo lo que pueda hacerte mal, y transformar las lágrimas amargas en dulces, incluso en Miércoles tan tristes.
Carrie, la culpa, pensar en Danny, en tus sobrinos, en sus vidas arruinadas, en el futuro incierto, en el rumbo que las cosas podrían tomar, sumado a tus nervios y a tu estado de hipersensibilidad, habían hecho de ese un Miércoles muy amargo, pero Tony había reemplazado cada gota de veneno por dulzura al contarte al oído el que, desde ese día, se convertiría en tu cuento favorito, un cuento que tiene la receta exacta para afrontar todo, incluso los Miércoles tristes.
