Muy Feliz Navidad y muchas bendiciones. Gracias por haberme acompañado durante este 2010 leyendo mis historias. Espero que sigan acompañándome también en el 2011.
Pensando en ti me siento bien
El jueves te despertaste sobre las seis de la mañana medio sobresaltado, en el sillón de la sala de estar, enredado en mantas, sin saber exactamente cómo habías llegado ahí (tu cerebro aún cansado tardó un poco en recordar que en medio de la madrugada habías cargado a una Michelle profundamente dormida en tus brazos para llevarla de nuevo a tu departamento, donde estaría mucho más cómoda que sobre un cobertor en la terraza). Te dolía la cabeza, llevabas días sin dormir 'como Dios manda', pero aun si tu cuello, músculos y neuronas estaban desestabilizados y magullados por tanto esfuerzo, no te arrepentías de haber cambiado horas de sueño por horas dedicadas a ella. Nada puede compararse a lo que sentiste leyéndole al oído uno de los libros más hermosos del mundo, o a lo que sentís cada vez que algo hecho o dicho por vos logra que su rostro se ilumine, sus labios se curven en una sonrisa y las que son lágrimas de tristeza se conviertan en lágrimas de felicidad.
Michelle seguía dormida, su rostro reflejaba paz y serenidad, el fantasma de una sonrisa embelleciendo aún más sus exóticas facciones. No querías despertarla, hubieras preferido buscar un block de hojas, tus lápices y pasar todo el día capturando cada pequeño detalle de aquél cuadro angelical, pero, lamentablemente, ambos debían ir a trabajar. Sabiendo que al día siguiente te ausentarías durante toda la mañana debido a tu turno con el kinesiólogo (cortesía de Jack y de lo que le hizo a tu pierna cuando trataste de impedir que escapara de la CTU llevándose a Kate Warner consigo) y la visita que planeabas hacer con Martina al criadero de cachorros antes de regresar a la Unidad, era necesario que aquél jueves llegaras temprano y te ocuparas de dejar varias cosas en orden: el fin de semana que tenías en mente sólo sería perfecto si lograbas tener la oficina marchando cual reloj suizo, para asegurarte de que no te llamarían ni viernes por la noche, ni sábado ni domingo para hacerte consultas o pedirte que vayas a arreglar inconvenientes, y así poder disfrutar con ella de cada segundo.
Te tomaste apenas un par de minutos más, sin embargo, para delinear el contorno de su rostro con la yema de tu dedo índice, luego sus labios, luego alrededor de sus párpados, y luego el contorno de su rostro otra vez, totalmente embelesado por su belleza.
El Miércoles había sido un día difícil para los dos (para Michelle, especialmente). Si por vos fuera, ella no volvería a sufrir nunca más en la vida, y dispuesto estarías a soportar cualquier golpe que el destino le tenga preparado, sentir vos el dolor y que ella no tenga nunca más que cargar siquiera un gramo de pena en su corazón, pero sos consciente de que, lamentablemente, aquello no es posible; pero tomaste la firme resolución de hacer lo imposible para que ni una sola lágrima amarga vuelva a nacer en sus ojos en lo que restaba de Diciembre. Tomaste la firme resolución de esforzarte aún más para llenar cada día de magia. Y en eso pensabas mientras acariciabas su rostro color marfil.
No hay segundo del día en el que no estés pensando en ella. No hay nada que hagas sin pensar en ella. Pensando en ella te sentís bien. Hasta que la conociste, eras egoísta, egocéntrico, engreído, arrogante, temperamental (bueno, seguís siendo temperamental) y sólo te preocupaba tu propio beneficio; ahora lo único que te preocupa es Michelle, y va a ser lo único que te preocupe por el resto de tu existencia.
Miraste la posición de las agujas en el reloj pulsera de plata que te regaló el mes pasado: eran las seis de la mañana con diez minutos. Suspiraste, y, reluctante, llamaste su nombre, con un susurro tierno y dulce:
"Michelle"
Restregó uno de sus ojos, reprimió un bostezo, se dio vuelta y enterró la cara en la almohada.
Reíste suavemente, preguntándote cómo alguien puede ingeniárselas para ser tan terriblemente adorable incluso cuando duerme.
"Michelle" repetiste, besando el costado de su cabeza.
Un '¿Mmmh…?' ahogado por la almohada fue todo lo que obtuviste por respuesta.
"Hora de levantarse" le avisaste, con el mismo tono de voz tierno y dulce.
"Está bien" otro bostezo, otro más, y luego finalmente comenzó a incorporarse, bostezando una tercera vez y desperezándose.
"Sos muy adorable cuando bostezás" dijiste, inclinándote apenas para poder besar la punta de su nariz.
"Ya me lo dijiste ayer" replicó somnolienta, restregándose los ojos, sonriendo con dulzura "Pero me encanta que me lo digas"
"Voy a prepararte el desayuno" anunciaste, esperando que, a diferencia de la noche anterior, tuviera apetito.
El brillo refulgiendo en sus ojos y la amplia sonrisa en la que se ensancharon sus labios confirmaban que aquella mañana sí tenía ganas de que la consintieras cocinando para ella, y un rato más tarde mientras pelabas fruta, escuchabas el leve zumbido de la cafetera y cortabas rebanadas de pan para tostar, inevitable te fue tararear una alegre melodía sin nombre o autor conocido, contento ante la perspectiva de que el jueves probablemente sería muchísimo mejor que el miércoles.
"¿Es un viaje a la luna?"
"No"
"¿Tulipanes de Holanda?"
"No"
"¿Nieve de Suiza en un frasquito de vidrio?"
"No"
"¿La Torre Eiffel capturada en una esfera de cristal?"
"Tampoco"
"¿Un pedacito de estrella?"
"Mmmh… No"
"¿Un elefante bebé?"
"Dios, Michelle, ¿cómo se te ocurren tantas cosas?" reíste.
Michelle había pasado todo el viaje en coche desde la CTU hasta tu departamento tratando de adivinar cuál sería la sorpresa de aquél día. Al principio sus suposiciones, si bien incorrectas, habían sido dentro de todo coherentes; luego, cansada y un tanto exasperada por no poder adivinar qué era el regalo aguardándola, había empezado a sugerir cosas extravagantes, extrañas, imposibles, como polvo de un anillo de Saturno, los legendarios lentes de sol de Elvis Presley, un caldero de oro puro para enseñarle a cocinar sopa en él, una caja llena de besos y abrazos y hasta un unicornio.
"¿Es una tetera que habla como la de la película La bella y la bestia?"
Volviste a reír.
"Tiene una imaginación muy activa, señorita Dessler" le dijiste en el ascensor, besando su frente al tiempo que presionabas el número 6 en el panel de botones del elevador.
"Tengo un novio al que le gusta demasiado darme sorpresas" respondió, y luego depositó en tu mejilla un fugaz beso.
Habían tenido un día laboral muchísimo mejor que el anterior: Chappelle había llamado apenas media docena de veces (tratándose de Chappelle, media docena de llamados es poco), Chloe y Elliot no habían tenido siquiera un cruce de miradas (lo cual podía considerarse un milagro navideño llegado antes de tiempo), los sistemas habían funcionado bien, los servidores no habían mostrado fallas, y Jack y su gente no habían tenido entredichos con ninguno de los empleados del área de Inteligencia. Aunque habían tenido cosas de las que ocuparse, por primera vez en lo que iba de la semana no habían estado ni esclavizados ni con la soga al cuello. Michelle lucía más tranquila, más relajada, y ese era motivo suficiente para que vos te sintieras también más tranquilo y relajado.
"¿Y si el regalo fuera simplemente una sesión de cosquillas?" sugeriste un minuto después, abriendo la puerta de tu departamento y sosteniéndola para que ella pasara primero.
"Me encanta que me hagas cosquillas"
"Voy a recordar eso" dijiste, haciendo de cuenta que ese pequeño detalle te era desconocido, mientras ella seguía tus pasos en dirección a la cocina.
Te distrajiste un momento buscando en la alacena una lata de arvejas; ella se hallaba detrás de vos, podías sentir su perfume reemplazando el oxígeno, podías escuchar los latidos de su corazón (muchos te dirían que estás loco, pero a vos no te importa: cuando ella está cerca, escuchás los latidos de su corazón), pero hiciste de cuenta que su presencia allí era ajena a tu conocimiento, y seguiste revisando con fingido interés las distintas latas apiladas prolijamente una sobre otra. Sin embargo, aun sospechando cuál sería su siguiente movimiento, no pudiste evitar que un suspiro de sorpresa escapara por entre tus labios cuando de pronto sus brazos te envolvieron y sus manos atacaron tu panza.
Cayeron al suelo los dos, Michelle encima tuyo, tu risa haciendo eco por toda la habitación, su risa tan contagiosa como siempre mezclándose con ella, las dos creando la melodía perfecta. Minutos después sus respiraciones agitadas llenaban el aire, te dolían las costillas a causa de tantas carcajadas, y las mejillas de Michelle estaban rojas como dos manzanas, una sonrisa incontrolable aun surcando su rostro de muñequita de porcelana.
"Aparentemente a vos también te gustan las cosquillas" comentó, sus labios a centímetros de los tuyos, sus pestañas rozando tus pestañas con cada parpadeo.
Tu respuesta tomó la forma de un jadeo:
"Sí"
"Voy a recordar eso" usó tus mismas palabras.
Su boca se estrelló contra tu boca, dibujando besos y desdibujando el mundo.
"Ya sé cuál es la sorpresa" anunció triunfante, pinchando en su tenedor un último trocito de buñuelo.
Dudabas fuera a dar en el blanco, pero sólo por lo adorable que te resultaba escuchar sus locas ideas sobre qué era el regalo sonreíste y le diste tu aprobación para que tomara su última chance y tratara de adivinar.
"¿Es un reno?" preguntó en un susurro, como si estuviera compartiendo con vos un secreto.
Lanzaste una carcajada, y no pudiste evitar robarle un beso; es difícil contener tus ganas de besarla cuando es tan adorable.
"Michelle, ¿dónde se te ocurre que puedo esconder un reno?" inquiriste, aun riendo "Y supongamos que pudiera esconder un reno en este departamento, o en algún sitio de este edificio… Luego de dártelo, ¿qué haríamos con el reno?" preguntaste hipotéticamente, con tus labios aun ensanchados en una sonrisa.
"No sé" contestó, sonrojándose muchísimo. La razón por la cual de pronto su rostro se parecía a un tomate quedó develada cuando procedió a explicar ": Simplemente se me ocurrió sugerir un reno, porque cuando era chiquitita…" hizo una pausa, y luego, totalmente avergonzada, completó la frase ": … cuando era chiquitita mi mascota imaginaria era un reno"
La confesión te pareció muy dulce, muy tierna, pero también muy triste: hay días en los que cambiarías todas las cosas maravillosas que viviste de pequeño y soportarías cualquier infierno con tal de darle a la nena que Michelle fue alguna vez la chance de vivir una niñez feliz, con sus papás, con un hermano mayor comprensivo y compañero, con una abuela que no tuviera que trabajar tanto para llevar el pan a la mesa todos los días, con amigos, con una mascota, con fines de semana acampando en el bosque, y una autoestima sana.
"¿Tenías una mascota imaginaria cuando eras chiquitita?" preguntaste, interesado en escuchar aquel pedacito de su historia.
"Sí" se puso aun más roja "Era un reno" siguió contándote "Me encantan los animales, los pandas especialmente, pero también me gustan muchísimo los renos; pensaba que había algunos que eran mágicos y que podían volar de verdad, como los que llevan el trineo de Santa Claus en los cuentos infantiles" su cara se había puesto aun más roja "El mío se llamaba Blinky"
"Lo siento mucho, preciosa, pero no es un reno" te disculpaste. Y luego, sólo para que la sorpresa del día siguiente la impactara aún más, agregaste ": Cuando tengamos nuestra propia casa, una casa con jardín, podemos tener un cachorrito, ¿sí?" tomaste su mano entre las tuyas y besaste cada uno de sus dedos, deteniéndote algunos segundos extra en el anular.
"¿Un cachorrito de reno?" bromeó, con sus ojos orientales brillando.
"No, mi vida, pero sí un perrito" prometiste, sabiendo muy bien que al día siguiente, a esa hora, Michelle tendría a su tan ansiado cachorrito en brazos, lamiéndole la nariz y pidiéndole mimitos en la panza, seguramente, porque pensabas elegir a la criaturita más cariñosa que pudieras encontrar para regalársela a la criaturita más cariñosa que conocés. La idea de obsequiarle a Michelle un amiguito de cuatro patas que mueva alegremente la cola cada vez que la vea y se acurruque en el sillón a ver dibujitos animados con ustedes cada vez que ella esté teniendo un mal día te entusiasma muchísimo, y no podías creer que finalmente al día siguiente cumplirías uno de sus más lindos sueños.
Terminaron de comer entre bromas, y luego compartieron un tarro de helado de chocolate y crema (siempre tenés en tu refrigerador helado, porque a Michelle le encanta; últimamente cada vez que vas al supermercado tu carrito de compras termina repleto de cosas que Michelle ama y que antes no habituabas comprar, pero que ahora de repente las considerás una necesidad. Así funciona tu cabeza desde que estás enamorado: Michelle es el único pensamiento en ella y el único motivo en cada acción que emprendés). Te alegró verla comer con apetito, especialmente después de lo mal que la habías notado la noche anterior al sugerir que estabas tratando de solucionar sus problemas con comida.
"¿Por qué me mirás así?" quiso saber de pronto, ruborizándose.
Dejaste la cucharada de helado que estabas a punto de llevarte a la boca a un lado.
"Porque sos bonita" te encogiste de hombros como restándole importancia al asunto. Era, en parte, verdad, aunque también existían otros motivos, pero no ibas a sacar a colación la discusión mantenida el día anterior diciéndole que la expresión embelesada en tu rostro se debía un poco a la fascinación que ella te despierta y otro poco a la alegría de verla zambullir la cuchara en el helado y comer con ganas.
"¿Sólo porque soy 'bonita'?" inquirió, enarcando una ceja, poco convencida de que aquella fuera la respuesta correspondiente a la pregunta formulada.
"Perdón, me equivoqué" admitiste con total humildad "No sos bonita, sos preciosa"
"¿No pensás que soy tonta porque cuando era chiquitita mi mascota imaginaria era un reno?" cuestionó quince minutos más tarde, mientras te ayudaba a lavar y a secar la vajilla usada en la cena.
"No. Cuando era chiquito me gustaba imaginar que era un astronauta, y tenía un amigo imaginario que también era un astronauta, y jugaba a que juntos íbamos al espacio en expediciones complicadas y peligrosas"
Hay videos tuyos disfrazado de astronauta, con un colador en la cabeza haciendo las veces de casco y papel aluminio envolviendo tu cuerpo: tu mamá los tiene todos guardados, pero vos preferís pretender que tales momentos no han sido documentados, porque ahora que tenés casi treinta y cinco años sería embarazoso mirarlos. Sin embargo, se te ocurre que quizá algún día puedas mostrárselos a Michelle (sólo a Michelle): sabés que a ella le encantaría verlos. Aquél recuerdo de tu infancia, sólo con ella podrías compartirlo, con nadie más que ella. Ninguna otra mujer sobre la Tierra tendría el poder suficiente para lograr que hablaras sobre esos pequeños detalles de tu niñez, mucho menos considerar desenterrar esos videos de las cajas en las que tu mamá conserva todo en el desván. Pero Michelle tiene en vos un efecto diferente al que cualquier otra persona haya surtido en tu mente, cuerpo y alma, y si ella te lo pidiera, se los mostrarías.
"¿Cómo se llamaba tu amigo imaginario?" se interesó en saber.
"Neil" contestaste, poniéndote rojo de vergüenza. Estabas seguro de que a Michelle no se le escaparía el pequeño detalle concerniente al nombre del amigo imaginario que tenías a los cinco años.
"¿Como Neil Armstrong, el primer hombre que pisó la luna?" la sonrisa más dulce que pudieras imaginar se dibujó en su rostro angelical. Tu silencio confirmó su deducción "Tony, eso es muy tierno" dijo, tomándote del brazo para atraerte suavemente hacia ella y besarte "Siempre y cuando no quieras llamar Neil a nuestro hijo" agregó rápidamente y con tono serio, arrancándote así una carcajada.
"Me parece bien, pero espero que no pretendas que lo llamemos Blinky" el comentario chistoso te costó un pellizcón cariñoso en el hombro.
Pero un segundo más tarde te abrazó, reposó su cabeza sobre tu pecho, y pensativa se quedó allí un rato, los dos de pie frente al fregadero, tus manos acariciando su espalda y meciendo su cuerpo de izquierda a derecha muy despacito. Minutos más tarde, te sustrajo repentinamente de tus pensamientos acerca de lo afortunado que sos de tener a una mujer tan perfecta en tus brazos al final de cada día, diciendo con aire reflexivo:
"Estaba pensando en el principito" una sensación tibia te recorrió desde la cabeza hasta las puntas de los dedos de los pies: quedó enamoradísima del libro, fascinada con cada detalle, con cada metáfora, con la magia que encierra cada párrafo, con el mensaje que da el autor a través de sus tan bien escogidas maravillosas palabras. Un día había pasado desde que le habías leído la historia del aviador que se encuentra con el muchachito de cabellos rubios que buscaba un amigo, y ella ya estaba incorporando pedacitos de ese cuento que conocés de memoria a su vida cotidiana, como hace con muchos otros libros que ama ": él era feliz mirando las estrellas porque sabía que en una de ellas, en su asteroide, estaba su rosa. Y al final, él le dice al aviador que cuando mire el cielo y vea todas las estrellas, va a ser como si todas rieran con él, como si todas fueran pequeños cascabeles, porque va a tener la certeza de que, en una de ellas, el principito, su amigo, está riendo con él"
Guardó silencio de pronto, pero vos no quisiste decir nada porque sabías que no había terminado de hablar, que probablemente estaba tratando de elegir la forma correcta de expresar sus sentimientos, sus emociones, sus pensamientos. Simplemente te limitaste a guardar silencio también, seguiste acariciando su espalda con las yemas de tus dedos, concentrado en el sonido que hacían tu corazón y su corazón al latir juntos, sincronizados.
Luego levantó la cabeza, llevó sus ojos hasta el nivel de los tuyos, y dejó que tu mirada y su mirada se conectaran. En un susurro te contó otro secreto:
"Si fueras un astronauta y tuvieras que pasar mucho tiempo en el espacio, lejos de mí, sería feliz mirando las estrellas, porque sabría que rondando cerca de alguna de ellas está el amor de mi vida. Y al mirar por la ventana oiría a todas las estrellas riendo conmigo, porque sabría que cerca de alguna de ellas la persona que me ama está sonriéndome"
Acunaste su rostro con tus manos, acariciando cada palmo de piel con tus pulgares.
"Lo que acabás de decir es muy hermoso, Michelle" murmuraste, rozando sus labios con los tuyos "Pero aunque tuviera la oportunidad, ya no me interesa viajar a las estrellas. Prefiero quedarme en la Tierra con mi estrellita"
Tu sueño de la infancia era convertirte en astronauta, y a veces, de tanto en tanto, solías preguntarte qué hubiera sucedido de haber optado por ir a Cabo Cañaveral en lugar de enlistarte con los marines. Ahora ya no te hacés esa pregunta, o al menos ya no te interesa tanto la respuesta, no sólo porque amás tu trabajo y entendés que ésta es tu verdadera vocación, aquello para lo que naciste, sino porque casi cualquier sueño que hayas tenido antes de conocer a Michelle se volvió insignificante. Porque todas las noches soñás con una sola cosa: ella. Y todas las mañanas despertás feliz, porque en tus brazos tenés todo con lo que soñás.
Le pediste que esperara sentada en el sofá con los ojos cerrados mientras ibas a buscar el regalo. Lo habías encargado hacía algunos días, y el portero del edificio lo recibió y lo guardó en su despacho hasta que pudiste ir a buscarlo para meterlo en tu departamento a espaldas de ella. Lo escondiste en el estante más alto de tu placar, detrás de un baúl donde conservás tus cosas de la época en la que estabas en la Marina. Una par de madrugadas – luego de chequear que Michelle estuviera profundamente dormida – te dedicaste a ajustar los detalles principales, cuando terminaste finalmente de alistar todo envolviste el paquete, y luego lo guardaste otra vez detrás del baúl, donde permaneció hasta la noche del jueves.
Intentando hacer el menor ruido posible, te escabulliste dentro de la sala de estar otra vez, cargando el regalo en tus brazos. Michelle estaba acurrucada a un costado del sillón, sus ojos fuertemente cerrados, sonriendo en anticipación. Verla sonreír provocó en vos automáticamente las ganas de sonreír también.
"Podés abrir los ojos" anunciaste.
Al levantar sus párpados y develar aquellos dos ojos de forma asiática que te tienen perdidamente enamorado desde el instante en que la conociste, te vio de pie a escasos pasos de distancia, sosteniendo una caja de tamaño rectangular envuelta en brillante papel color rojo adornado con un moño verde esmeralda gigantesco (no lo hiciste vos, por supuesto, porque no sos bueno con las manualidades, pero tu vecina, la señora Dean, es una experta en esas cosas, y cuando se lo pediste aceptó amablemente envolverlo).
"Me encanta, Tony" dijo, sonriente.
"¡Michelle, ni siquiera sabés que es!" contestaste, riendo, al tiempo que te sentabas a su lado en el sofá y depositabas la caja sobre sus rodillas, dándole permiso con una mirada para que comenzara a desenvolverlo y descubriera qué había en su interior.
"Me encanta el esmero con el que está envuelto" comentó; Michelle es muy detallista, algo fácil de deducir si uno tiene la oportunidad de verla desenvolviendo un paquete con absoluto cuidado y prolijidad en lugar de abalanzarse sobre él y prácticamente arrancar el papel con los dientes, como hace la mayoría de la gente impaciente al recibir un presente.
Una caja blanca, de forma rectangular, de unos treinta centímetros de ancho y otros veinte de largo, era lo que el papel rojo brillante ocultaba. Te dedicó otra de sus hermosísimas sonrisas antes de quitarle la tapa a la caja, revelando finalmente el obsequio contenido en ella.
"Tony…" jadeó, sorprendida. Un gesto de asombro y felicidad se apoderó de sus facciones, y sus ojos brillaron más que cualquier estrella que pudiera encontrarse en el firmamento. Evidentemente no estaba esperando un regalo como aquél.
"¿Te gusta?" preguntaste, acariciando su mejilla y acomodando un rulo rebelde detrás de su oreja.
"Me encanta" fue su respuesta "Me encanta, me encanta" repitió, besando tus mejillas y luego tus labios, cuidando que el paquete no se resbalara de sus rodillas temblorosas.
Y luego, aun sonriendo, aun con expresión de infinita sorpresa, se dispuso a sacar de la caja su nueva laptop.
"¿Cómo supiste que quería una nueva laptop?" preguntó, acariciando con la yema de un dedo el borde de la reluciente superficie color rosa.
"¿Recordás esos días en los que tuvimos que trabajar en casa?" asintió con la cabeza "Me dijiste que te encantaría tener una computadora nueva, no para trabajar, sino una que fuera exclusivamente tuya, sin cosas del trabajo dando vueltas por ahí, una computadora nueva que fuera de 'Michelle Dessler / la persona detrás de la agente que salva vidas' no de 'Michelle Dessler / la segunda en comando de la CTU', porque tu laptop personal ya está un poco vieja"
"No puedo creer que recordaras eso" dijo, luego de besarte una vez más.
"Presto atención a todo lo que decís" señalaste, ruborizándote súbitamente "Encendela" le pediste luego, indicando a la computadora con un gesto de la cabeza.
Levantó la tapa, pulsó suavemente el botón de 'encender', y enseguida la máquina comenzó con el proceso de inicio.
Habías instalado todos los programas que pensaste a Michelle le interesaría tener, te habías encargado de todas las configuraciones y de la protección del sistema con los métodos más avanzados. Michelle es un genio con las computadoras, es la persona más habilidosa que conocés (bueno, Chloe es un poquitito más habilidosa, pero no estás enamorado de Chloe, así que en tus ojos Michelle es la mejor ingeniera en sistemas y analista que existe); tus conocimientos son excelentes, pero sabés bien que ella te supera en todos, y esperás no haberte olvidado de ningún detalle en tu intento de hacer a aquella la laptop ideal.
Segundos después, en la reluciente pantalla apareció una foto de los dos (ése era el fondo de escritorio que habías elegido).
"Está lista para que empieces a usarla" dijiste, mientras ella con curiosidad y aun perpleja examinaba los iconos que aparecían en el escritorio.
Pasado un minuto te miró, sus ojos hundiéndose en los tuyos, mostrando tu reflejo cual si fueran dos pedazos de espejo sumergidos en el oscuro océano.
"Tony" se había quedado sin palabras otra vez; de pronto parecía un poco angustiada "… Esto debe haberte costado muchísimo. No deberías… No deberías gastar tanto en mí…"
Posaste tu índice sobre sus labios para impedir que siguiera hablando.
"¿Te gusta?" volviste a preguntar, incluso si sabías la respuesta.
"Sí, es exactamente lo que quería, pero…"
"Sin peros" la interrumpiste otra vez, volviendo a presionar suavemente tu índice sobre sus labios "Amo regalarte cosas, amo hacerte feliz, amo verte sonreír, amo darte todo lo que querés, en la medida en que puedo"
Porque no puedo darte una familia, no puedo darte una tarde para que juegues con tus sobrinos, no puedo darte un hermano sano, no puedo darte una niñez linda, no puedo darte una mamá que te quiera y cuide.
"El dinero no es problema" le aseguraste "Prefiero utilizarlo para hacer inmensamente feliz a la mujer que adoro en lugar de tenerlo acumulando polvo en una bóveda del banco. Tu sonrisa vale para mí más que todo el oro del mundo" con tus pulgares acariciaste las comisuras de sus labios, provocando que allí apareciera una de sus hermosas sonrisas "Quiero verte sonreír todo el tiempo"
"No hace falta que me compres cosas para hacerme sonreír" suspiró "Tony, amo todos tus regalos, pero necesito que entiendas que no son necesarios: sería feliz viviendo con vos debajo de un puente, sin absolutamente nada, sin un centavo, sin ninguna posesión material. Necesito que entiendas eso"
"Lo entiendo, Michelle" le aseguraste, enredando algunos de sus bucles en tus dedos "El dinero no compra la felicidad, lo sé: mis padres y mi abuela ganaron muchísimo dinero, pero sé que al final de cada día preferirían volver a escuchar las voces de mis hermanos o abrazarlos por última vez antes que tener una situación económica holgada. Lo entiendo" le aseguraste "Pero mientras pueda consentirte, voy a estar contento de hacerlo. Vas a tener que acostumbrarte a que te mime excesivamente" le avisaste, besando primero su frente y luego la punta de su nariz.
Con sumo cuidado dejó la computadora reposando sobre la mesita ratona, para poder acunar tu rostro entre sus manos. Llevó sus labios a los tuyos y comenzó a besarte, al principio con dulzura y delicadeza, luego con una pasión que llenó tu estómago de mariposas.
"Gracias, Tony" murmuró, sonriendo de oreja a oreja otra vez.
"Instalé una versión del tetrix" comentaste, señalando la computadora con un gesto de la cabeza "Quizá si practicás mucho alguna vez logres ganarme" bromeaste.
Michelle chasqueó la lengua y fingió ofenderse, apartándose un poco de vos y centrando su atención de nuevo en la laptop.
"Tené cuidado con lo que decís, Almeida, o pronto vas a descubrir que cambié el protector de pantalla por una foto de un panda bebé"
"Nunca harías eso" dijiste convencido, acercándote a ella para envolverla otra vez en tus brazos ": soy mucho más tierno que un panda bebé"
"Definitivamente sos mucho más tierno que un panda bebé, pero seguí burlándote de mi carencia de aptitudes para el tetrix y vamos a tener problemas" coincidió, sin apartar los ojos de la pantalla.
Estaba examinando hipnotizada el programa para reproducir música que habías configurado para ella; lo habías dividido en secciones, clasificando las bandas y artistas por género, año y álbumes, creando una línea de tiempo donde ubicar todo cronológicamente acompañado por fotos y videos. Sabés que Michelle ama la música, sabés que es ordenada y prolija hasta la histeria, e imaginaste que una 'biblioteca musical virtual' tan organizada la fascinaría.
Te miró a los ojos, embelesada, y dijo:
"A veces no puedo creer que seas tan perfecto. ¿Ves? Son estas las cosas que necesito para ser feliz: cosas simples, como que hayas encontrado tiempo – vaya uno a saber cómo" rió " – para esforzarte en diseñar esto para mí porque sabías que iba a amar absolutamente cada detalle" volviste a ponerte rojo como una frutilla cuando beso la punta de tu nariz "¿En qué momento te dedicás a preparar mis sorpresas sin que yo me dé cuenta?" preguntó, sonriendo, con sus ojitos brillando, sus manos otra vez contorneando tus facciones y acariciando tu cabeza.
"Un mago nunca debe revelar sus trucos, Michelle" contestaste enigmáticamente.
Pasaron un rato escuchando música en su nueva laptop, mientras ella examinaba todos los programas y aplicaciones que habías instalado, hasta que le dio sueño y propuso que fueran a dormir.
"Mañana tenés que ir al kinesiólogo y yo tengo que hacerme cargo de la CTU por unas horas: los dos necesitamos estar bien descansados" te dijo, y al parecer más que una sugerencia aquello era una orden comunicada en tono amistoso.
"Tiene razón, Agente Dessler" coincidiste, poniéndote de pie para ir a tu cuarto a reemplazar tu ropa por algo más cómodo que hiciera las veces de pijama, al tiempo que ella guardaba con cuidado la computadora en la nueva funda protectora (una color lila con dibujos de Hello Kitty) que habías agregado dentro de la caja junto a la máquina, como parte del regalo "Mañana es un día importante porque yo tengo un turno con el kinesiólogo y usted tiene que dirigir sola la Unidad" pusiste especial énfasis en aquellas palabras, y el efecto logrado fue el que esperabas.
"Mañana no es sólo un día importante por eso, Agente Almeida, y lo sabe" te dijo, sonriendo de una manera que podría haber sido descripta como terriblemente seductora. Ante tu silencio, siguió ": Es un día importante porque es el 7 de Diciembre"
Fingiste pretender no comprender lo que aquello significaba:
"Siete… Siete" entornaste los ojos y frunciste el seño como si estuvieras tratando de recordar algo "… Siete... Siete… Ese número me resulta familiar…" estaba refiriéndose a su tercer aniversario: el 7 de Diciembre se cumplirían tres meses desde el primer día que pasaron juntos lejos de la CTU, lejos de bombas, amenazas, terroristas, guerras mundiales y todo aquello que forma parte del mundo en el que trabajan, pero – sólo para molestarla un poquitito – estabas haciendo de cuenta que no tenías la mínima idea de lo que estaba hablando, como si aquella fecha careciera de importancia.
Tomó uno de los almohadoncitos y te lo arrojó. Lo atrapaste en tus brazos justo antes de que impactara de lleno en tu rostro.
"Estás ganándote que no te dé tu regalo" dijo burlonamente, tratando de que aquello sonara como una amenaza; tomó un segundo almohadón y lo arrojó con suavidad, dando en el blanco esta vez, porque, efectivamente, impactó contra tu cara.
Sonreíste, simplemente sonreíste. Dejaste ambos almohadones a un costado del sofá, y sin decir palabra algunas te perdiste por el pasillo en dirección a tu cuarto, pensando en que el mejor regalo que podrías recibir sería ver el brillo en sus ojos cuando jugara y mimara a su mascota por primera vez.
Te dormiste aquella noche pensando en ella, pensando en la mañana siguiente, pensando en cómo sería el cachorrito que elegirías, pensando en cómo sería el momento en el que Michelle y el perrito se conocieran y su mirada se iluminara llena de amor y cariño por una criaturita apenas más grande que las palmas de su mano puestas juntas.
Te dormiste aquella noche pensando en ella, en ella y en cada pequeño detalle que la hace tan especial.
Te dormiste pensando en ella, recordando sus palabras, que en tu cabeza se reproducían una y otra vez, su respiración llenando el aire y ellas formando la melodía perfecta para arrullarte hasta que cayeras presa del sueño: "Son estas las cosas que necesito para ser feliz: cosas simples"
Pero no te alcanza con lo simple.
A ella quisieras regalarle el Universo entero, porque no merece menos que eso.
Te quedaste dormido pensando en lo hermoso que sería tener el poder de obsequiarle la Torre Eiffel en una esfera de cristal, nieve de Suiza en un frasquito de vidrio, o tulipanes cortados de un campo en Holanda.
Te quedaste dormido sonriendo, porque pensar en ella te hace bien.
Pensar en ella y en lo afortunado que sos de tener una mujer a la que quisieras darle todo aunque ella no te pida nada a cambio de su amor incondicional te hace bien, por eso te quedaste dormido con una sonrisa en tu rostro, tus brazos enredados en su cintura, tu cabeza descansando en su hombro, su corazón y tu corazón comunicándose el uno con el otro incluso mientras los dos estaban sumidos en sus sueños, sueños que son, obviamente, sobre el otro.
Lo primero que tus ojos vieron en la mañana del viernes 7 de Diciembre fue la sonrisa de Michelle, quien seguía aún plácidamente dormida en tus brazos, su cabello enrulado enmarcando su cara, su parecido con un ángel más acentuado que nunca. Besaste la punta de su nariz, su frente, sus mejillas y sus labios repetidas veces, sacándola lentamente del país de los sueños con tus muestras de afecto. Un rato después sus párpados comenzaron a levantarse lentamente, develando aquellos ojos asiáticos en los que se resume tu universo.
"Buen día" susurró, reprimiendo un bostezo. Sentiste luego sus manos perdiéndose en tu cabello, jugando con los buclecitos que se forman en tu nuca, acariciando despacio la piel de tu cuello con las yemas de sus dedos.
"Buen día" murmuraste, sin dejar de besar cada palmo de piel en su rostro.
"Tres meses" apenas dos palabras que sintetizaban todo a la perfección, dos palabras acompañadas por la calidez de sus manos dibujando círculos en tu espalda, dos palabras que decían mucho más de lo que una letanía de frases podría explicar, porque una historia como la que tenés con ella es tan compleja que sólo puede explicarse a través de lo simple, y lo simple son las caricias, los besos y las palpitaciones sincronizadas de dos corazones que funcionan como uno a pesar de hallarse encerrados en cuerpos separados.
Tres meses habían bastado para que sintieras todo lo que nunca antes hubieras imaginado llegarías alguna vez a sentir: amor en estado puro, recorriendo tus venas, comandando tus movimientos, dictando tus pensamientos, guiando tus pasos, llevándote a tomar decisiones y a hacer cosas que nunca creíste decidirías o harías. En tres meses lloraste, reíste y amaste con más intensidad que en casi treinta y cinco años, todo gracias a ella, a esa personita que encaja a la perfección en tus brazos, como si Dios la hubiera hecho a tu medida, esa personita que no puede conciliar el sueño a menos que cada noche la abraces y le cantes al oído.
Tres meses habían bastado para que el significado de tu vida cambiara. Tres meses habían bastado para que entendieras todo aquello que antes no podías entender. Tres meses habían bastado para que creyeras en los milagros, en la magia, en los sueños que se convierten en realidad, en los ángeles, en todo aquello que antes mirabas con escepticismo porque no lograbas encontrarle sentido.
Ahora todo tiene sentido.
Todo tiene sentido gracias a ella.
"Tres meses" repetiste aquellas dos palabras, aquellas dos palabras en las cuales se hallaban comprendidos miles de momentos, buenos y malos, tristes y alegres.
"Prometeme que todavía nos quedan muchos más" pidió, su boca pegada a tu oído, su voz llenando tu alma y sus manos acariciándola, a pesar de los límites de la piel.
No deberías prometer lo que no podés cumplir…
Pero a ella, te es imposible negarle algo a Michelle, no cuando lo pide así, no cuando tu único objetivo en esta vida es hacerla inmensamente feliz.
Estás dispuesto a lo que sea con tal de mantener tus promesas a ella, y no se te ocurre que exista algo sobre la faz de la Tierra que pudiera separarlos, alejarlos, distanciarlos. Estás convencido de que ella es tu destino, tu eternidad, la única. Morirías sin ella, y ella moriría sin vos. No soportarías un solo día sin escuchar su risa y besar sus labios, no soportarías una sola noche sin ella en tus brazos. Jamás la dejarías, jamás permitirías que algo le hiciera daño, jamás permitirías que la alejaran de vos. Elegirías la muerte antes que perderla.
Entonces, ¿por qué no habrías de prometerle una eternidad juntos si ella estaba pidiéndotelo?
"Te lo prometo" susurraste, besando el punto exacto en el que su hombro y su cuello se encuentran, inhalando su perfume "Vamos a estar juntos siempre, siempre, siempre"
"¿Te acordás lo que nos dijo la señora con la que conversamos esa noche en la que te llevé al dentista?"
El recuerdo resurgió en tu memoria, provocando que una sonrisa apareciera en tu rostro, una sonrisa como aquella en el suyo.
"Nos dijo que un mes era una fracción mínima del tiempo que pasaríamos juntos" susurraste en su oído, enredando algunos de sus rulos en tus dedos.
"Tres meses también es una fracción mínima del tiempo que vamos a pasar juntos…"
Completaste la frase que estaba abandonando sus labios:
"… porque tengo planeado pasar toda mi vida con vos"
Sus ojos oscuros escondidos tras lentes ahumados de diseñador, vistiendo una finísima blusa de seda blanca de Lacoste y un pantalón de jean negro que probablemente le haya costado una fortuna, con un sweater color salmó anudado al cuello, el cabello sujeto en una cola de caballo al estilo Audrey Hepburn en la película Sabrina, Martina Almeida está de pie junto a su coche, una botella de Coca Cola en una mano y las asas de uno de sus bolsos Luis Vuitton en la otra. Son las nueve de la mañana con veintiocho minutos y a pesar de tus esfuerzos sobrehumanos por llegar de una punta de la ciudad a la otra desde el consultorio del kinesiólogo al criadero en tiempo record para estar allí antes que tu hermana, ella llegó primero. Como siempre sucede.
"¿Cómo es que te las ingeniás para llegar siempre antes que yo a cualquier sitio?" preguntás, estupefacto, quitándote tus lentes de sol y guardándolos en el bolsillo delantero de la camisa negra que llevás puesta.
"Buen día para vos también, hermanito" responde, con los labios curvados en una sonrisa.
"Técnicamente vos sos mi hermanita. Yo soy tu hermano mayor" la corregís, al tiempo que ambos comienzan a caminar en dirección a la entrada del criadero.
"Técnicamente mi cociente intelectual es al menos el doble del tuyo; mi cerebro es el abuelo de tu cerebro" contraataca Martina, quitándose los lentes también y guardándolos dentro de su bolso, sin dejar de sonreír con ese aire de superioridad tan característico suyo.
Empezó a decir otra cosa que no llegaste a escuchar, porque se interrumpió de repente en cuanto cruzaron el umbral de la puerta:
"Anthony, ¿qué clase de criadero es éste?" pregunta, asombrada.
En la recepción, sentada detrás de un mostrador, se halla una mujer que no debe tener más de cincuenta años, de cabello rubio corto y enrulado; probablemente es la secretaria con la que hablaste por teléfono cuando llamaste para pedir información sobre el lugar luego de leer acerca de él en internet.
"El mejor criadero de toda la ciudad de Los Angeles" murmurás en el oído de tu hermana la respuesta a la pregunta que obviamente formuló ante la sorpresa de hallarse en un criadero de perros con un hall de entrada y una recepción más propio para una empresa que para un lugar donde tienen animales "También es un centro veterinario de primera categoría" aclarás, para explicar porqué el sitio tiene aspecto similar al de una clínica.
Martina y vos se acercan a la mujer detrás del mostrador, quien enseguida desvía sus ojos de la pantalla del ordenador y les regala una sonrisa cordial.
"Buenos días"
"Buenos días" respondés "Mi nombre es Anthony Almeida, hablamos por teléfono hace unos dos días…" comenzás a explicar.
"Sí, señor Almeida, lo recuerdo: usted es quien estuvo haciendo preguntas sobre un cachorrito para su novia. Es difícil olvidar eso: muy pocos hombres son tan románticos como para llevar adelante un gesto tan dulce" te sonríe cálidamente, el brillo en su mirada prueba de que considera adorable que hayas decidido sorprender a la mujer de tu vida con 'un gesto tan dulce', como acaba de denominarlo.
Sentís tus mejillas ardiendo, y juzgando por la sonrisita en el rostro de Martina que divisás por el rabillo del ojo das por sentado que estás rojo como un tomate; no estás acostumbrado a que el resto del mundo te considere 'romántico', 'dulce', 'tierno', 'cariñoso': ese costado de tu personalidad es sólo para Michelle, y nadie más que ella debería verlo, aunque, claro, es natural que quede expuesto a veces cuando – en momentos de debilidad como el del otro día – le comentás a la empleada del criadero durante tu conversación telefónica con ella que el perro es una sorpresa para el amor de tu vida, lo cual obviamente es razón para que cualquier mujer reaccione con un "Awwwwn" ante tanta ternura.
Martina interviene:
"Sí, mi hermano y yo venimos a elegir un cachorrito para llevarle a su novia"
"El doctor Booth, veterinario y director del criadero, va a atenderlos enseguida"
Martina y vos se quedan a un lado, esperando al doctor Booth para que los lleve a ver a los cachorritos, mientras que la mujer regresa su atención a la pantalla de la computadora.
"¿Cómo te fue con el kinesiólogo?" tu hermana pregunta.
"Bien, era sólo un chequeo de rutina, para controlar que todo marche como corresponde con el tobillo que me dañé hace unos meses"
La misma noche que Michelle me besó agrega una vocecita en tu cabeza. Una sonrisa incontenible se forma automáticamente en tus labios; se ha vuelto típico de vos sonreír cada vez que pensás en ella, no podés contenerlo. Es casi un acto reflejo.
"¿Se puede saber por qué sonreís, Anthony?" Martina inquiere divertida, tomando pequeños sorbos de su Coca Cola.
"Por nada" decís rápidamente.
Pero tu hermana es mucho más inteligente.
"¿Se puede saber por qué sonreís, Anthony?" vuelve a repetir la pregunta, puntuando cada palabra especialmente, dándote a entender que te conviene contestar con la verdad ahora en lugar de darle motivos para seguir insistiendo y, llegado el caso, utilizar sus técnicas de interrogación.
"Sonreí porque estaba pensando en Michelle" admitís. Sentís tus mejillas ardiendo otra vez, como si la sangre en tus venas estuviera hirviendo "Siempre sonrío cuando pienso en Michelle" agregás en voz baja, más para vos que para Martina.
Unos segundos de silencio caen entre ustedes, pero luego rompés con la quietud – interrumpida sólo por el ruido que hacen los dedos regordetes de la recepcionista rápida y ágilmente al moverse sobre el teclado – diciendo:
"Muchísimas gracias por acompañarme, Martina"
"No me lo agradezcas. Definitivamente necesito salir un poco más" comenta luego ": no sé por qué tenía la impresión de que el criadero luciría como una vieja granja de Phoenix de los años '50" ambos ríen suavemente "No sabía que ahora los centros veterinarios de primera categoría también funcionaban como criadero"
"Por lo que estuve leyendo, este es un lugar exclusivo. Creo que Demi Moore trae a su perro acá para los chequeos rutinarios" bromeás.
"Estoy segura de que fuiste al buscador de Google y escribiste las palabras 'mejor criadero en la ciudad de Los Angeles', ¿no es cierto?" volvés a ruborizarte, lo cual contesta a la pregunta de tu hermana mejor de lo que lo hubiera hecho una explicación de cien mil palabas "Te conozco demasiado, Anthony" dice, sonriendo y mordiéndose el labio "Si Michelle quisiera un elefante africano de mascota, probablemente me hubieras pedido que te acompañara a la selva a buscar uno" suspira "Sos arcilla en los dedos de esa chica" otro suspiro "Y lo más tierno es que ella también es arcilla en los tuyos"
Buscando cambiar de tema antes de que tu rostro se tornara del color de un rabanito que ha pasado demasiado tiempo expuesto a los rayos del sol, dirigiste la conversación hacia otro lado:
"Fiona me envió un correo electrónico contándome acerca de tu entrevista con el New York Times"
"Sí, voy a reunirme con un corresponsal suyo la semana que viene" contesta, con el tono de voz de quien anuncia que tiene en el futuro inmediato algo muy aburrido, tedioso y con todas las características necesarias para clasificar como 'suplicio' esperándolo.
"Pensé que tenías una política estricta respecto a dar entrevistas"
Martina odia hablar con la prensa, y lo sabés. Aunque a veces parezca engreída y arrogante, a tu hermana no le gusta que los medios de comunicación la pongan debajo de una lupa e insistan en examinarla y escrudiñar aspectos de su vida privada y profesional como si fuera un bicho raro digno de tener en un laboratorio para hacer experimentos por el simple hecho de que es superdotada.
"Es un caso especial" larga un suspiro.
"¿De qué quieren hablar?" te interesás en saber.
"De mis episodios favoritos de Lois & Clark" el sarcasmo en su voz es evidente, también lo es un dejo de irritación. Definitivamente no le gusta tener que dar entrevistas.
"¿A vos también te gusta ese programa de televisión?" preguntás sorprendido "A Michelle le encanta" comentás luego.
Otra vez, la simple mención de algo te había llevado a pensar en Michelle. Todo te lleva a pensar en ella, y aunque algunos no dudarían en tildarte de obsesivo, a vos te encanta eso, te encanta que hasta los más pequeños detalles estén embebidos de ella en algún punto.
"Sí, Anthony, es una de las mejores versiones que se ha hecho sobre la historia de Superman, si no la mejor" dice, con cierto dejo de impaciencia.
"¿Por qué quieren entrevistarte, entonces?" volvés a preguntar, regresando al punto en el que estaban antes de que comentaras que a Michelle le gusta el programa de televisión que tu hermana mencionó.
"Quizá porque soy la única abogada de diecinueve años en Estados Unidos" el sarcasmo está presente otra vez, también lo está aquél dejo de irritación "Sólo acepté dar la entrevista porque no soy la única que va a figurar en el artículo" aclara "y porque estaba harta de pedirle a mi asistente que mintiera e inventara excusas cada vez que llamaban. Llevan meses insistiendo" dice, apretando los dientes ligeramente.
"¿Quiénes más van a aparecer?" preguntás con curiosidad.
"Otros genios contemporáneos" contesta, sin darle mucha importancia al asunto, aparentemente muy concretada en observar el logo en la etiqueta de la botella de gaseosa como si fuera lo más fascinante que hubiera visto en toda su vida.
"¿El New York Times te considera un genio contemporáneo?" no podés evitar tu asombro, y te preguntás si tu mamá ya habrá ido a comprar un marco de oro para poner en un cuadrito el artículo en el cual uno de los mejores diarios del país va a referirse a su hija menor como a un 'genio contemporáneo'.
"No sólo consideran genios a tipos como Einstein o Madame Curie, Anthony. No soy la autora de la teoría de la relatividad, pero aparentemente califico como una de las veinte personas más inteligentes del planeta Tierra" otro suspiro cargado de exasperación "Mamá estuvo encantada de oír la noticia, pero a mi no me gusta esta clase de atención. Me ofrecieron un contrato para escribir un libro sobre mi experiencia en Harvard con tan sólo trece años" devela luego, sin quitarle los ojos de encima a la botella "Dije que no, por supuesto"
"Pensé que una de tus ambiciones consistía en convertirte en autora antes de cumplir los veinticinco…" reís. Sabés bien que a Martina no le interesa escribir sobre sus años en la Universidad o sobre detalles de su vida personal.
"Anthony, sabés bien que me gustaría escribir novelas policiales o libros sobre Derecho, no una especie de diario íntimo explicando lo exasperante que era ver a mis compañeros devanándose los sesos para comprender un texto que yo podía aprender de memoria con leerlo sólo una vez, o lo incómodas que me resultaban las miradas que me echaban porque medía apenas un metro con cincuenta centímetros"
"Podrías escribir un libro usando como base la frase que venís repitiendo desde los tres años" sugerís, en tono de broma ": 'Soy un adulto encerrado en el cuerpo de un niño'"
Qué palabras acompañarían la mirada de desaprobación que Martina te echó cuando dijiste eso, nunca vas a saberlo, porque el doctor Booth eligió ese preciso momento para ingresar al hall de entrada.
Luego de rápidas presentaciones, el doctor Booth - un hombre de unos sesenta años, de cabello entrecano, ojos grises y apretón de manos firme – los conduce por un pasillo que desemboca en lo que verás dentro de dos segundos es una habitación enorme. Ya antes de que abra la puerta podés escuchar ladridos alegres y voces provenientes del cuarto al que están a punto de ingresar.
Jaulas grandes cubren las cuatro paredes revestidas de madera de punta a punta, a excepción del hueco donde está la puerta, y otro hueco en el extremo contrario de la habitación en el que se hallan dos muebles muy anchos con estantes repletos de cosas para el cuidado canino. Cada jaula está ocupada por un cachorrito – cuántas razas hay ahí jamás podrías determinar: son muchísimas, a simple vista dirías que al menos unas quince -; algunos de ellos dormitan hechos un ovillo, otros ladran y mueven la cola con gozo, otros juegan con una pelota o hueso de goma, otros dan vueltas en círculos tratando de morder su propia cola. Todos lucen adorables, ávidos de mimos y cariño, todos son hermosos, y no tenés la menor idea de cómo vas a hacer para elegir uno, pero, lo más importante, no tenés idea de cómo vas a hacer para elegir al cachorro correcto, aquel que nació para ser de Michelle, para hacerla feliz, para arrancarle sonrisas, para robarle cosquillas en la panza y detrás de las orejas, para ayudarte a alegrarla cuando está triste.
"En este momento contamos con crías de veinte razas distintas" el doctor Booth les informa; su voz profunda y gruesa interrumpe tus pensamientos - o, mejor dicho, tu silencioso ataque de pánico - respecto a cómo vas a hacer para escoger la mascota correcta "Pueden dar una vuelta y observar a los cachorritos. Si uno en particular les interesa, siéntanse libres de hacer todas las preguntas que quieran sobre él o ella" les dedica una amable sonrisa "¿Hay alguna característica especial que esté buscando en su mascota, señor Almeida? Quizá pueda ayudarlo" ofrece, al notar la expresión de asombro y perplejidad que cruza tu rostro: nunca pensaste que tendrías que elegir de entre tantas razas tan diferentes.
"Creo que… creo que vamos a dar una vuelta, y a echar un vistazo" decidís, observando con interés a un cachorrito de labrador.
Durante media hora recorrieron el lugar, deteniéndose de tanto en tanto frente a alguna jaula para observar mejor a algún animalito o acariciarle la cabecita a los que lucían especialmente desesperados por atención. Los cachorritos te dedicaban miradas tiernas y cargadas de dulzura, como si estuvieran rogándote que los escogieras. Notaste que todos estaban muy bien cuidados, todos tenían sus jaulas limpias y recipientes con abundante cantidad de comida y agua, todos con algún juguete de goma con el cual entretenerse. Todos son hermosos, todos lucen sanos, todos lucen deseosos de ser llevado a un hogar... pero a vos te costaba decidirte.
Cada tanto chequeabas tu celular para fijarte si tenías mensajes o llamados de la oficina, pero al parecer en la CTU estaban teniendo una mañana tranquila; habías hablado con Michelle luego de salir del consultorio del kinesiólogo y le habías dicho que necesitabas hacer un trámite antes de ir a la Unidad (no ibas a mentirle, pero tampoco tenías planeado darle más detalles de los que eran estrictamente necesarios. Además, ella no es tonta: sabe que cuando te ponés misterioso es porque estás planeando algo relacionado a sus sorpresas) pero que no dudara en llamarte si precisaba algo.
"Si fuera un perro, definitivamente querría vivir acá" Martina comenta, agachándose para acariciar a través de las barras de la jaula a un caniche "El lugar es limpio, ordenado, seguramente comen a horario… Se está mejor en un sitio como éste que en casa de muchos humanos que son descuidados con sus mascotas" agrega luego.
"Martina, son demasiados, no sé cómo voy a hacer para elegir el correcto" murmurás, avanzando algunos pasos, mirando con atención a cada cachorrito; quizá una parte de vos está esperando que caiga una señal divina del cielo y te indique cuál es la mascota ideal para Michelle. De hecho, no te molestaría en lo mínimo que apareciera de pronto una flecha luminosa señalando al perrito o perrita que debés comprar, sería verdaderamente muy útil, porque estás totalmente perdido. Si tuvieras espacio en tu casa, si vivieras en una granja de ocho hectáreas, te los llevarías todos.
"Podrías pedirle al doctor Booth que te aconseje. Él debe saber cuáles razas son más cariñosas" sugiere tu hermana.
"Como si vos no lo supieras…"
"Anthony, si te digo cuál perro elegiría yo, y luego resulta que a Michelle no le gusta tanto como le hubiera gustado otro, entonces la culpa caería sobre mis hombros, y no quiero meterme en un embrollo como ése" te contesta, sonriendo "Mejor va a ser que lo consultes con un experto en lugar de guiarte por la opinión de tu hermana"
Unos minutos después se encuentran con el doctor Booth en el otro extremo de la habitación, quien está mostrándole a un matrimonio un precioso ovejero alemán.
"Difícil decidir, ¿no es cierto?" comenta sonriente, volviéndose a ustedes, dejando al joven matrimonio jugando con el pequeñito mientras tratan de decidir si lo llevarán o no.
"Realmente difícil" coincidís, mirando a tu alrededor por vez número cien, secretamente esperando lo imposible: que de repente una jaula se ilumine con un brillo dorado, o que el instinto te guíe hacia el animalito indicado. Te vendría bien cualquier clase de señal, cualquier clase de indicio. Quizá Martina estaba en lo cierto cuando señaló que estabas dándole demasiada importancia a un asunto que otros hombres considerarían más bien un 'trámite' o sobre el cual no se devanarían los sesos pensando, pero para vos esto tiene un peso muy grande: Michelle nunca tuvo una mascota, la pobre criaturita tenía un reno imaginario con el que jugaba de chiquita de tan sola que estaba... Necesitás hacer realidad este sueño, y todo tiene que ser perfecto, porque tu Michelle no merece menos que perfección.
Antes de que puedan seguir hablando, una mujer vestida con una bata blanca – probablemente también veterinaria – se acercó al doctor Booth llevando en sus manos algo envuelto en una manta color verde manzana. Parada a una distancia de un metro y medio, le hace una seña con la cabeza para que se acerque.
"Disculpen, vuelvo enseguida" dice, acortando en dos grandes zancadas el espacio que lo separa de la joven doctora.
"No hubo caso, doctor Booth" la escuchan decir ": la hembra sigue sin querer alimentarla. Siquiera se acerca a ella, y cuando intentamos ponerlas en la misma jaula le gruñó e intentó atacarla otra vez. No la reconoce como propia" la mujer suena evidentemente frustrada. Acto seguido, deposita lo que sea que se halla envuelto en la manta color verde en manos del doctor Booth, quien lo sostiene como si se tratara de algo realmente frágil.
"Gracias, doctora Williams"
La mujer de cabello rubio le sonríe, y luego se dirige nuevamente hacia la puerta.
El doctor Booth vuelve a acercarse a ustedes.
"Disculpen…" comienza, pero de pronto no estás escuchando sus palabras: lo que llama tu atención es que, ahora que se encuentra nuevamente frente a ustedes, podés ver lo que está envuelto en la mantita: es un cachorrito apenas más grande que la palma de tu mano, de brillante pelaje color chocolate, cuerpito alargado, orejas enormes que tapan sus ojitos entreabiertos.
Y por alguna razón, un impulso te lleva a preguntar, sin siquiera pensar las palabras antes de que suban por tu garganta y dejen tu boca:
"¿Cuál es el problema con este perrito?"
"Es una perrita" explica el doctor Booth, sonriendo, y haciendo la mantita a un lado lo suficiente para que puedan ver mejor al animalito.
"Es un Dachshund" Martina señala, como si fuera lo más evidente del mundo.
"Es correcto" el doctor Booth aprobó el comentario con un gesto de la cabeza.
Sin embargo, de lo que acababa de decir Martina, vos no entendiste ni una sílaba.
"¿Un qué?" preguntás, sin quitar los ojos del animalito.
"Éstos son popularmente conocidos como 'perros salchicha', pero el nombre de la raza es otro: Dachshund" Martina explica antes de que el doctor Booth tenga oportunidad de siquiera despegar los labios.
"Eso también es correcto" afirma, con otro gesto de la cabeza "Ésta es una Dachshund miniatura. La particularidad de los razas miniatura es que su línea de crecimiento se extiende hasta que cumplen el año de edad, año y medio en algunos casos, y luego se detiene"
"Son perros extremadamente pequeños" Martina aporta otro dato "Una de mis vecinas tiene un Dachshund miniatura de unos cuatro años, pero es tan pequeño que cualquier lo confundiría fácilmente con un cachorrito de apenas meses de edad"
Te gustaría extender la mano y acariciar el suave pelaje color chocolate del animalito, pero tenés miedo de hacerle daño: luce tan frágil, tan débil, tan pequeñito, mucho más pequeñito que los otros…
Decidís interrumpir la conversación entre tu hermana y el veterinario:
"¿Por qué esta perrita está separada de los otros cachorros?" preguntás, observándola con mayor detenimiento.
"Luego de su nacimiento los perritos deben pasar cuarenta y cinco días con su mamá" comienza Booth, acariciando el lomo de la cachorrita con la yema de uno de sus dedos "Los animalitos que no tienen edad suficiente para ser llevados a casas de familia son mantenidos en otro sitio junto con la perra que los dio a luz" explica "La hembra los cuida, los alimenta, y cuando el cachorro cumple cuarenta y cinco días está listo para valerse por sí solo, ocupar su propia jaula, comer alimentos sólidos y beber otra leche que no sea la materna"
Asentís en señal de entendimiento, y por el rabillo del ojo ves a Martina haciendo lo mismo, aunque generalmente cuando Martina hace un gesto afirmativo ante la explicación de otra persona sobre algún tema es para validar que los conocimientos de aquella coinciden con los suyos, que son, por supuesto, siempre correctos (sí: tu hermana llegó temprano a la repartición de materia gris, pero se retrasó para la de la humildad y modestia, y le de esas dos cosas le tocó muy poco. A veces te preguntás si directamente no le tocó una tarjeta de cartón con el lema "Seguí participando" o "Mejor suerte la próxima vez").
"Esta perrita tiene una historia particular: su mamá la rechazó desde el principio, no la reconoce como propia, se niega a alimentarla, incluso ha intentado atacar a la cría en reiteradas ocasiones en las que hemos tratado de acercarlas"
Sentís un nudo formándose en su garganta y una sensación extraña en el estómago. Pero, más extraordinario aún, sentís algo que podrías describir como una patada... una patada de de tu instinto, por muy tonto que parezca llamarlo así, algo como una descarga eléctrica, una lamparita encendiéndose dentro de tu cerebro… No sabrías cómo explicarlo bien, pero algo te dice que es ésta la mascota indicada, que es ésta la mascota a la que debés elegir, la mascota ideal para Michelle, el cachorrito que va a adorar y que va a adorarla a ella.
Volvés a poner tu atención en las palabras que está diciendo el doctor Booth:
"A veces la naturaleza funciona de ese modo" se encoje de hombros, una mueca de lástima cruza sus facciones "En estos casos especiales, nos ocupamos de extraer la leche materna y dársela al cachorro con un cuentagotas, y nos aseguramos de que reciba de nuestros médicos todos los cuidados que en circunstancias normales la madre le daría"
Y más hablaba Booth, más te convencías de que tu instinto no podía estar equivocado:
"Esta cachorrita hoy cumple cincuenta días, lo cual significa que ya está lista para valerse por sí misma. De hecho, deberíamos haberla puesto en una jaula como al resto de sus hermanos hace ya cinco días, para que las personas que vienen en búsqueda de mascotas puedan verla" hace una pequeña pausa antes de seguir "Sin embargo, aunque a muchos les cueste creerlo, los animales tienen sentimientos, como los tenemos las personas, y tienen memoria" asegura con convicción "Así como un animal que ha sido víctima de violencia se asusta con ruidos fuertes o cuando ve ciertos objetos - como un palo de escoba, por ejemplo, en caso de que ése haya sido el elemento con el que lo golpeaban -, hay animalitos que sufren de carencias emocionales porque sus madres los han rechazado, como en este caso" señala con un gesto de la cabeza a la cachorrita, quien al parecer está disfrutando mucho de los mimos del doctor, juzgando por como restriega su hocico contra la mano del doctor Booth "Llevamos varios días intentando que esta perrita reciba algo de atención de su mamá, pero la hembra se niega a cooperar" suspira, y un dejo de pena cruza sus ojos por un momento; verdaderamente deben gustarle mucho los animales, es evidente que se preocupa mucho por ellos "Lamentablemente, es evidente que nuestros esfuerzos no darán frutos, porque la hembra no muestra interés alguno e incluso es agresiva con ella"
"¿Qué va a sucederle, entonces?" inquirís.
"No creo que esté lista para pasar todo el día encerrada en una jaula esperando hasta que alguien quiera llevársela, a decir verdad, y tengo varios motivos para ello" confiesa el doctor Booth "Se acostumbró demasiado a estar con humanos, se acostumbró demasiado a que los otros veterinarios de la clínica y yo le demos de comer, juguemos con ella y la atendamos. Supongo que la llevaré a casa" continúa "Mi esposa y yo podemos ocuparnos de ella. Tengo varios perros y gatos ya, y aunque no era mi intención agregar un nuevo miembro a la familia" se encoje de hombros, suspira "creo que la circunstancias lo ameritan, y no veo otra opción. Honestamente, si la dejara en una jaula todo el día, aguardando a que alguien la elija, es probable que el animalito se enferme de tristeza y ansiedad: esta perrita tiene, lo consideren posible o no, la sensación de que van a abandonarla y a rechazarla, tal como lo hizo la hembra que la dio a luz, por eso no quiero que tenga que pasar sus días sola en una jaula, pensando que nosotros" dice, refiriéndose a él y a los otros veterinarios que se ocuparon de darle de comer y cuidarla durante sus primeros cuarenta y cinco días "también la abandonamos. Además, ello significaría arriesgarme a que cualquier familia se la lleve y luego - arrepentidos por algún motivos, como sucede en muchos casos - luego la devuelvan"
Martina está a punto de abrir la boca para decir algo, pero la interrumpís:
"¿Podría llevármela yo?" preguntás.
Por algún peculiar motivo tu corazón late más fuerte, como si esta decisión que estás tomando fuera a marcar un antes y un después, como si fuera un paso crucial, sumamente importante. Y es que para vos lo es: estás eligiendo una mascota para regalarle a Michelle, una mascota con la que pueda jugar, una mascota a la que pueda darle afecto, una mascota de la que pueda recibir afecto. A Michelle le faltó cariño cuando era chiquitita, su mamá la abandonó… Que te llame loco el que así lo quiera, pero creés que esa cachorrita y Michelle podrían ser una la cura de la otra: el perrito necesita cariño, Dios y vos saben que Michelle necesita el cariño de un animalito como éste… Michelle también teme al abandono, también teme al rechazo. No creés que sea una locura eso que dijo Booth acerca de que los animales tienen sentimientos; quizá no sean racionales como los de los humanos, pero apostarías lo que sea a que sí pueden sentir. Para vos es lógico, muy lógico.
También es lógica la idea que con más y más fuerza se gesta dentro tuyo: esa cachorrita tiene que ser de Michelle. Incluso podés imaginarlas jugando juntas en el parque, acurrucadas juntas en el sofá frente al televisor, la perrita moviendo la cola de alegría al ver llegar a Michelle del trabajo cada día...
La mirada que los ojos del doctor Booth te dedican es bastante difícil de describir, pero si tuvieras que hacerlo, definitivamente dirías que es una que mezcla sorpresa y escepticismo.
"Si le gustaría un Dachshund miniatura, puedo mostrarle a los otros cachorritos de la misma camada" ofrece.
"No" negás con la cabeza "Quisiera llevarme a esta cachorrita" anunciás, más convencido que nunca, animándote finalmente a extender la mano para acariciar a la perrita detrás de las orejas.
"Dijo que puede valerse por sí misma, ¿verdad?" interviene Martina; si conocés bien a tu hermana – y la conocés bien – ella entiende perfectamente por qué te interesa tanto ese cachorrito y no querés ver a ningún otro "Es decir, ya sabe caminar, desarrolló adecuadamente el sentido del olfato, el de la vista y el del oído, ¿no es cierto?"
"Así es" el doctor Booth confirma "Pero de todos modos requiere cuidados especiales, mucha atención… Llora de noche, por ejemplo, y no se duerme a menos que le acaricien la espalda, le gusta mucho que la mimen… Le he tomado un gran cariño a este animalito, y me gustaría asegurarme de que se va con la familia indicada. No quisiera que sufriera el trauma de otro abandono, de otro rechazo, si resulta ser mucho trabajo y deciden devolverla" repite.
"Le aseguro que eso no va a suceder. Esta perrita tiene algo especial" lo que acabás de decir en otro momento te hubiera sonado ridículo, pero en este instante no te parece que lo sea "Y la persona a la que voy a regalársela… ella es muy especial. Va a cuidarla y a mimarla mucho, va a enamorarse de esta cachorrita en cuanto la vea" comentás, visiblemente entusiasmado, sin dejar de acariciarla detrás de las orejas.
Aparentemente tu actitud convence a Booth.
"¿Qué tal si juegan un ratito con ella mientras chequeo a los otros cachorros?" ofrece.
Y tal como había hecho hacía un rato con el ovejero alemán en el que estaba interesado el matrimonio joven, deposita a la cachorrita en tus manos, un gesto que no esperabas y que te toma por sorpresa.
"Vuelvo enseguida" anuncia, y luego escuchás el sonido de sus pasos perdiéndose en el aire al dirigirse hacia las jaulas del fondo.
"Es fascinante, sencillamente fascinante, la teoría de que los animales tienen sentimientos. He leído sobre ella y debo decir que no podría estar más de acuerdo con…" Martina se lanza a hablar.
Pero vos no estabas escuchando, estás demasiado ocupado observando al cachorrito que estás sosteniendo en tus brazos. No debe pesar más de dos kilos (dos kilos y medio, quizá, y eso sería decir mucho), su pelaje es suave y lustroso, y su color chocolate te recuerda al de los ojos de Michelle.
"Martina, ¿no creés que esta perrita es perfecta?" le preguntás, interrumpiendo lo que sea que estuviera diciendo.
"Te recuerda mucho a la historia de Michelle, ¿no es cierto?" la voz de tu hermana es de pronto un susurro suave, casi tan suave como el movimiento de tu mano sobre el lomo del animalito, y está cargada de compasión y comprensión. Martina sabe algunas cosas – no muchas, no le diste demasiados detalles – sobre la familia de Michelle o, mejor dicho, la gran necesidad que tiene de una familia que la quiera y la cuide, porque la suya nunca fue del todo funcional "Ella y esta cachorrita tienen eso en común: a las dos les hizo falta el cariño de una mamá" apunta.
Te quedás en silencio, pensando, sintiendo el calor que emana el cuerpito de la que, has decidido, será la mascota perfecta para tu Michelle.
"¿Estás seguro de que Michelle y vos van a poder darle toda la atención que requiere? Es un cachorro, los cachorros precisan que sus amos les pisen los talones, que los eduquen, que les tengan paciencia… Michelle y vos pasan mucho tiempo trabajando"
Lo que Martina está señalando es cierto, pero honestamente no te preocupa, porque ya reparaste en esos detalles, y ya pensaste en modos de solucionarlos:
"Tengo todo bajo control, Martina" asegurás "Mi departamento es lo suficientemente grande para tener al cachorro con comodidad hasta que Michelle y yo nos mudemos a nuestra propia casa" una casa que sea de los dos agrega una voz en tu cabeza, y una sonrisa se dibuja en tus labios "La señora Dean, mi vecina, se ofreció a ir por la mañana y por la tarde para asegurarse de que el perrito tenga comida y agua suficientes. En cuanto al cariño y la atención, no creo que haya de que preocuparse, porque Michelle va a enamorarse de esta cosita en cuanto la vea. Probablemente te haga más mimos a vos que a mi" susurrás en el oído del animalito.
Martina se acerca un poco, y comienza a rascar al animal detrás de las orejas también, lo cual la perrita parece disfrutar muchísimo.
"Es un ejemplar precioso" comenta.
"No la llamés 'ejemplar'" la retás "; es la mascota de Michelle"
"Al parecer estás convencidísimo" dice, sonriendo.
"Muy convencido" no sabés si deberías explicarle que tu instinto prácticamente está gritándote que encontraste entre todos esos perros al correcto, porque Martina creería que tu obsesión por hacer feliz a Michelle en cada aspecto posible está enloqueciéndote y apoderándose de tu antes tan cínico, frío y robótico cerebro "¿Podrías ir a buscar al doctor Booth?" le pedís "Quiero hablar con él, asegurarle que esta perrita va a tener el hogar que se merece y que vamos a cuidarla bien, y luego llevármela a casa para que vos y yo podamos regresar al trabajo"
Martina asiente con la cabeza, pero antes de irse hacia el fondo te dice:
"Anthony, Michelle es muy afortunada de tenerte" sonreís, y ella sonríe también "Y vos sos muy afortunado de tenerla a ella: nunca antes te había visto tan inmensamente feliz"
Sin dejar de sonreír, ves a tu hermana alejarse. Luego, alzás al cachorrito para mirar su carita: tiene unas enormes orejas que son realmente bonitas, pero lo más expresivo del animal son sus ojos oscuros, tan brillantes, tiernos, tan dulces... Brillantes, tiernos y dulces, como los de Michelle, ojitos que muestran una clara necesidad de afecto. Que lo llamen sugestión los que quieran, pero no podés dejar de pensar que esos dos ojos son tan hermosos y tan tiernos como los de Michelle; incluso su forma es ovalada.
"Ey" llamás en voz baja "Ey" repetís, y lográs que los ojos del animal se fijen en los tuyos en lugar de estar moviéndose de un punto a otro, observando todo con curiosidad "Voy a llevarte a casa conmigo" volvés a sostenerla boca abajo en tus brazos, y acariciás su lomo dibujando círculos con la palma de tu mano durante un rato. Luego te detenés por un momento, y no pasan dos segundos sin que la perrita mueva su diminuta pata contra tu pecho para llamar su atención, algo que sólo deja de hacer cuando volvés a mimarla "Voy a llevarte a casa conmigo, y hoy a la noche vas a conocer a Michelle. Michelle va a ser tu amiga y va a adorarte con locura, te lo prometo"
Tony Almeida, director de la CTU, treinta y cuatro años, agente federal, quien cumplió servicio en la Marina de los Estados Unidos de América, hablando con un perro. Estas son las cosas que surgen de tu costado más tierno, dulce y sensible, ese costado que Michelle despierta en vos, ese costado que sólo querés mostrarle a ella, ese costado que hace te asemejes más a un osito de felpa gigante y no tanto a un robot. Estas son las cosas que surgen como resultado de lo mucho que amás pensar en Michelle, pensar en ella, en lo que necesita, en sus sueños, en cómo hacerla feliz, en cómo arrancarle sonrisas, en cómo hacerla reír, en cómo demostrarle que la adorás y que serías capaz de todo por ella.
Amás pensar en ella. Amás pensar en Michelle, pensando en ella te sentís bien. Pensando en ella, imaginando cómo va a reaccionar cuando conozca a esta perrita tan cariñosa, esta perrita que parece haber sido hecha para Michelle, te sentís bien. Te hace bien. Pensar en ella es lo que mejor te hace, y dejar que tu amor por ella guíe tus acciones y te lleve a hacer locuras así de románticas es una de las cosas que más te gusta de estar perdidamente enamorado.
Ya no sos egoísta, ya no sos engreído, no te interesa solamente tu propio beneficio: ahora vivís para alguien más, vivís por alguien más, tu felicidad se resume en la felicidad de otra personita, y es una sensación muchísimo más dulce y placentera que la de vivir solo y sin nadie a quien amar, sin nadie en que pensar. Ya no pensás sólo en vos, ya no se centra todo sólo en vos: ahora pensás en ella, soñás con ella, sos feliz por ella. Y das gracias cada día por tener la oportunidad de experimentar lo hermoso que es que tu alma y tu corazón enteros pertenezcan a una sola persona, que tus pensamientos pertenezcan a una sola persona.
Y es que no querés pensar en nada más o en nadie más que no sea ella, pensamientos sobre ella son los que te consumen, y te encanta.
Pensando en ella te sentís bien.
Te distraes de tus reflexiones cuando sentís al animalito restregando su hocico, húmedo y frío, contra la piel de una de tus manos cariñosamente, pidiéndote con este gesto que sigas mimándola. Al parecer, estás empezando a caerle bien, lo cual es genial, dado que ahora va a ser parte de tu familia, esa familia que Michelle y vos forman y que decidiste agrandar cuando se te ocurrió hacer realidad su sueño de tener una mascota.
"Sos muy afortunada, cachorrita, porque la persona más especial del mundo va a mimarte todos los días, y yo soy muy afortunado de haberte encontrado, porque vas a ayudarme a arrancarle sonrisas hermosas a esa personita que yo amo tanto"
NOTA: Aquí hay una foto de la perrita. Para poder verla, tienen que juntar todo el link, ya que voy a escribirlo separado en partes dado que Fanfiction Net no deja que links sean posteados. Es ésta: http :/ es. tinypic. com/ r/ wu2fbm/ 7 Unan los pedazos separados y van a poder ver la foto del cachorrito.
