Quisiera darte el mundo entero:

La luna,

El cielo,

El sol

Y el mar,

Regalarte las estrellas en una caja de cristal.

Te duele el estómago.

(Otra vez).

Te duele la cabeza.

(Otra vez).

No son siquiera las tres de la tarde y a vos te pesan los párpados como si fueran de plomo.

(Otra vez).

Estás angustiada y no entendés por qué.

(Otra vez).

Tu corazón late dolorosamente rápido.

(Otra vez).

Desearías más que nada en el mundo estar en tu casa, en tu cama, acurrucada bajo tu manta favorita (que es, en realidad, una de las mantas de Tony, pero a vos te gusta tanto que un día la llevó a tu departamento y nunca más la regresó al suyo, porque, de acuerdo con sus palabras, esa manta pasó a ser oficialmente tuya en el segundo inmediato en que él notó lo adorable que lucís hecha un ovillo envuelta en ella), con Tony en tus brazos, lejos del caos, lejos del ruido, lejos del resto del Universo, su voz en tu oído, sus caricias en todas partes, el calor de su cuerpo envolviéndote, el mundo disminuido a nada y reducido sólo a los dos.

7 de diciembre, esa es la fecha que figura en el costado inferior derecho de la pantalla de tu ordenador. A pesar del dolor físico, el cansancio, la jaqueca que ha regresado para comprimir tu cerebro y apretujarlo como si fuera una latita vacía de Coca Cola, y los mareos que van y vienen, no podés evitar sonreír cada vez que tus ojos captan ese costado del monitor, y de hecho te das cuenta de que dirigís tu mirada hacia allí con una frecuencia asombrosa, probablemente de forma inconsciente, sólo para sentir las mariposas que se forman en tu panza y vuelan libres dentro de vos haciéndote cosquillas con sus alitas debido a aquél simple recordatorio de que tres hermosos meses han transcurrido desde la noche que pasaron en la playa, bajo el cielo estrellado, con la luz de la luna iluminándolo todo y el mar agitándose de un lado al otro muy despacio, tu corazón latiendo a un ritmo que solamente el suyo puede seguir, porque ambos corazones están sincronizados.

Desearías más que nada en el mundo tener – sólo por hoy – la capacidad de jugar con el tiempo, ser dueña de los relojes, mover las agujas a tu antojo, quitarles la cuerda, detenerlos, atrasarlos, congelar el minutero. Desearías que todo y todos dejaran de moverse, que se quedaran quietos, suspendidos en la nada, suspendidos en el espacio, que las preocupaciones y obligaciones se pausen. Desearías poder escaparte con él, sólo por hoy, irte muy lejos, donde nada los alcance, donde los problemas se pierdan junto con el lejano horizonte, donde nada los roce, donde no haya interrupciones, donde solamente se respire amor.

Sin embargo, eso es imposible, porque no hay humano capaz de jugar con el tiempo y moverlo entre sus dedos, amoldarlo a gusto como si de arcilla se tratara, decidir dónde se posan las manecillas, dejarlas quietas como si talladas en piedra estuvieran, y finalmente permitir darles vida para que se deslicen otra vez, dejando atrás segundos y minutos para ir formando horas, las horas formando días, los días convirtiéndose en meses, los meses agrupándose para dividir los años a medida que estos pasan.

Y como no hay humano capaz de manejar el tiempo, como no hay humano capaz de jugar el papel que Cronos interpreta en la mitología griega (esa mitología griega que conocés de memoria porque adorás leer, y era – antes de que él llegara a tu vida – en la lectura donde buscabas refugio cuando te invadía la soledad), hay ciertos asuntos que deben ser atendidos primero, y por mucho que hubieras caminado sobre el océano o cruzado un sendero encendido fuego con tal de poder disponer de cada instante del viernes para dedicárselo a él, de tus responsabilidades no podías escapar.

¿Qué no hubieras dado por poder quedarte la mañana entera en sus brazos, con la tibieza de su cuerpo abrigándote, sus manos obrando maravillas en tus músculos tensos, el único sonido audible el de su voz tarareando en tu oído las canciones más románticas del mundo, la promesa de pasar su eternidad haciéndote feliz siendo constantemente repetida entre labios que no pueden saciar su necesidad de dar y recibir besos y narices que rozan sus puntas una contra la otra para sentir ese cosquilleo dulce? ¿Qué no hubieras dado por tenerlo a él para vos todo el día en lugar de contentarte sabiendo que podrías mimarlo tanto como quisieras luego de que cruzaran la puerta que separa sus vidas privadas de sus vidas laborales?

Hubieras dado todo, hubieras hecho cualquier cosa.

No es tanto la jaqueca que te parte el cerebro en dos lo que te molesta, o los calambres en la panza, o las náuseas, o que tu calendario muestra que te quedan al menos cuatro días más para ser torturada por los síntomas del síndrome menstrual antes de que tu organismo vuelva a la normalidad y te dé un descanso de veintiocho días, tanto como esa sensación de inconformismo que se ha asentado en vos. El 7 de octubre y el 7 de noviembre fueron perfectos porque no hubo un solo segundo en el que estuvieras en otro lugar que no fuera a su lado, sus dedos entrelazados con los tuyos, su risa y tu risa haciendo eco, con cada minuto el amor intenso que comparten los dos materializándose en muestras de afecto. Este 7 de diciembre, sin embargo… parte de él iba a irse en imágenes satelitales, videoconferencias, llamados a directores de unidades en la otra punta del país, diagramas, esquemas, bases de datos, tablas, porcentajes y gráficos. Recién luego de terminar de encargarte de todo ello, podrías fundirte en su abrazo, comerlo a besos y derretirte bajo el efecto de sus mimos.

Hay una partecita tuya, esa partecita que es absolutamente racional, que sabe que amarse pasa por otro lado, y que dos personas que están tan perdidamente enamoradas una de la otra se deshacen en gestos de ternura todo el tiempo, cada día, todos los días, cada segundo de cada hora, a cada momento, en lo simple y en lo complejo, en lo grande y en lo pequeño, porque naturalmente nace desde el fondo de sus almas y sus corazones la necesidad de hacer sentir a la otra persona única, especial, extraordinaria, y recordarle que sin ella la vida carecería de sentido, nada sería lo mismo, en el cielo jamás brillaría el sol y no habría una nube que luciera como un pedacito de suave algodón, sino que todas serían tristemente grises. No hay instante en el que con sólo mirarte, acariciarte o besarte él no provoque que una sensación cálida recorra tu cuerpo por dentro y te abrase con fuerza, no hay instante en el que él no pueda arrancarte una sonrisa con facilidad, sin importar la fecha en el calendario, sin importar lo que aparezca en el costado inferior derecho de la pantalla de tu ordenador, sin importar que el número acompañando al mes sea el 7, el 8, el 9, el 20, el 31 o cualquier otro. Es amor puro lo que te consume con sólo pensar en él y el don que tiene para lograr que te sientas la personita más importante del mundo, la más adorada, la más linda, la más especial desde el alba hasta la muerte del ocaso con la llegada de la noche. Te sentís una princesa – su princesa - todos los días y no una vez cada treinta.

Pero hay otra partecita tuya, esa partecita hipersensible, a la que le angustia no poder encapsular el tiempo, volver al resto del mundo un borrón insignificante, y tener un día entero – ese día especial que es un poquitito más especial que todos los otros – sin el mundo profesional interponiéndose. Un día entero con él, en el que el sol brille más, el cielo se vuelva de un color azul más profundo, las estrellas se multipliquen, la luna no parezca tan lejana y el mar no insista en alejarse tanto de la orilla luego de haber llegado a ella, incluso si ya el sólo amarlo significa que cada día el sol brilla más, el azul del cielo es distinto, las estrellas aparecen en el firmamento de a millones, la luna te sonríe con complicidad y el mar te susurra en un idioma que podés entender.

Suspirás, masajeando tu nuca despacio con tu mano derecha, tus dedos presionando en el exacto punto en el que el tacto de sus labios incendiaba tu piel esta mañana provocando que tus rodillas temblaran incontrolablemente y el suelo se moviera bajo tus pies. Las mariposa en tu panza agitan sus alas muchísimo más rápido ante el recuerdo, y las cosquillas se expanden por cada rinconcito de tu anatomía; podrías jurar que tus rodillas están temblando otra vez, y te es inevitable apretar los dientes pensando que todavía quedan unas tres horas y media (como mínimo) antes de poder perderte en sus besos, la sensación su piel contra tu piel, su respiración mezclándose con tu respiración, su corazón latiendo contra el tuyo, al mismo tiempo, siguiendo el mismo ritmo.

Alzás la mirada hacia su oficina, donde lleva unas dos horas trabajando incansablemente; apenas había tenido tiempo para respirar desde que, cerca de las doce menos cuarto, había llegado a la CTU luego de tomarse la mañana libre para ir a su consulta con el kinesiólogo. Habían intercambiado no más de una veintena de palabras, teniendo luego ambos que volver a centrarse en asuntos muy importantes que demandaban toda su concentración, como, por ejemplo, la organización del plan de seguridad extrema a cargo de la CTU para la cumbre de presidentes que se llevará a cabo en enero en la ciudad de Los Angeles, entre otras cosas que requerían el máximo esfuerzo por parte de cada miembro de la Unidad, sin contar los protocolos activos y situaciones que debían estar en constante vigilancia. Al menos cuando George Mason era director, Tony ocupaba el puesto que vos tenés ahora y vos manejabas los protocolos internacionales y el flujo de información de la Unidad (lo cual seguís haciendo además de tus tareas de segunda en comando) tu estación de trabajo estaba a medio metro de la suya, podías escuchar su voz todo el tiempo, sentir su presencia, mirarlo a los ojos, sonreírle tímidamente mil veces, flotar un poco en el aire con cada sonrisa suya… Ahora ni siquiera podés darte ese lujo a diario, porque hay días como éste en los que apenas sí tienen tiempo de cruzar un puñado de palabas relacionadas al trabajo.

Sin embargo, los escasos cinco minutos que habían estado frente a frente antes de que él subiera a su oficina para una videoconferencia habían bastado para que notaras un brillo en sus ojos que sólo vos sos capaz de distinguir porque lo conocés mejor que nadie, porque estás conectada a él como nadie, porque tu alma y su alma se conocen de memoria y pueden ver más allá de los huesos, la piel, lo que es visible a los ojos porque no es esencial. Ese brillo no podía deberse a una visita con el kinesiólogo, pensaste, una sonrisa curvándose tus labios. Ese brillo debía tener relación con aquél otro lugar al que te había dicho iría después: no sos tonta, sabés bien que debe traerse algo entre manos, otra sorpresa, una sorpresa que lo entusiasma, que lo pone contento, una sorpresa que hace brillar sus ojos.

Nunca pensaste que llegaría alguien a quien le brillarían los ojos con sólo pensar en hacerte feliz.

Nunca pensaste que llegaría alguien que te provocaría mariposas en la panza todo el tiempo.

Nunca pensaste que llegaría alguien que te amaría tanto como para querer regalarte un pedacito de cielo cada día, una dosis de magia cada día.

Nunca pensaste que llegaría alguien con quien pudieras comunicarte sin el uso de palabras, sin que haga falta vocabulario alguno, valiéndose sólo de un idioma conocido por los dos, un idioma que no habla nadie más, un idioma que nadie más podría entender, siquiera percibir porque es único, porque es de ustedes.

Nunca pensaste que llegaría alguien con el poder suficiente para enloquecerte a tal punto que estar lejos suyo físicamente duele más que cualquier otro malestar que pueda aquejarte, aunque sepas que se halla a escasos metros de vos, trabajando en su oficina en el piso de arriba. Aunque sepas que al reloj le falta correr sólo unas horas hasta que finalmente puedan estar a solas, abrazarse, robarse sonrisas, desdibujar el resto del Universo.

Nunca imaginaste que llegaría a tu vida alguien que querría darte el mundo entero: la luna, el cielo, el sol y el mar.

Nunca imaginaste que llegaría a tu vida alguien que si pudiera robaría cada estrella en el firmamento y te las regalaría a vos en una cajita de cristal, para que fueran tuyas y de nadie más.

Nunca imaginaste que llegaría a tu vida alguien a quien querrías darle el mundo entero: la luz de la luna, los rayos del sol, cada nube en el cielo, la espuma del mar, sólo para él. Para los dos, porque los dos comparten todo, y lo que es suyo es tuyo, lo que le duele a él te duele a vos, lo que te hace feliz lo hace feliz, y sos feliz cuando él es feliz.

Nunca imaginaste que llegaría a tu vida alguien que te haría sentir la personita más especial sobre la Tierra.

Nunca imaginaste que llegaría a tu vida alguien sin quien no podrías respirar, existir, sonreír, pensar, soñar, creer, tener esperanza, vivir.

Sonreís amargamente, mientras tus dedos sobre el teclado ingresan combinaciones de teclas, números y símbolos para acceder a las ampliaciones de unas imágenes satelitales que deben ser analizadas: desearías más que nada estar en sus brazos, susurrándole al oído tus pensamientos, susurrándole al oído lo que te dicta el corazón, susurrándole al oído que morirías por darle todo, como él te da a vos todo, susurrándole al oído que si estás con él no necesitás nada.

Ahora sonreís dulcemente, la amargura diluyéndose un poco, y te tomás algunos minutos para disfrutar de la sensación cálida que invade cada rinconcito de tu anatomía cuando revivís mentalmente esos momentos que parecen escritos para un cuento de hadas, esos momentos que él escribe para vos (para los dos, porque están totalmente unidos uno al otro en alma y esencia).

Si estás con él todo es especial, porque él es especial, y nunca vas a cansarte de decírselo: los regalos, las sorpresas, los mimos extra, todos esos detalles en los que piensa para consentirte, los adorás, es verdad, pero, como le decís siempre que podés, lo amarías aunque no tuviera un centavo, lo amarías aunque no tuviera más que su amor incondicional y eterno para ofrecerte, porque todo lo que querés de él es su amor, ese amor que va a durar para siempre y que nunca va a dejarte caer.

Sin embargo, él insiste en llenar tu existencia con esas pequeñas cosas que hacen temblar a tu corazón de emoción, que te acarician por dentro, que envuelven tu alma y la llenan de luz y calidez (¿te acordás cuando en tu alma todo estaba oscuro y morías de frío?), esas pequeñas cosas que provocan aparezcan millones de mariposas en tu panza.

"¿No vas a preguntarme por qué me levanté temprano para ir a comprarte las rosas más lindas de todas?"

"¿Por qué te levantaste temprano para ir a comprarme las rosas más lindas de todas?"

"Hoy es 1° de Diciembre"

"Ya lo sé. En veinticuatro días vamos a pasar nuestra primera Noche Buena juntos"

"En eso estaba pensando el otro día. Y se me ocurrió una idea para hacer que la espera hasta nuestra primera Navidad juntos se pase más rápido"

"¿Qué idea?"

"Si te digo deja de ser sorpresa. Sé que te encantan las sorpresas, Chelle. Quiero que el último mes de este año esté lleno de sorpresas"

"Este año la sorpresa más linda fue conocerte a vos…, enamorarme de vos…, empezar una relación con vos…"

"Quiero seguir sorprendiéndote un poquitito cada día… Las rosas son el primer paso de un camino muy largo de sueños que tengo dibujado en la mente y que me muero por hacer realidad. Ya tengo todo planeado para que este sea el Diciembre más especial de toda tu vida"

"Si estoy con vos, todo es especial. Vos sos especial"

"Tengo un secreto para contarte: todas las ideas que pensé para robarte al menos una sonrisa cada día, todas son casi tan especiales como vos"

Te sorprendió con las rosas, esas rosas rojas y perfectas, cuyos pétalos parecían esculpidos en terciopelo. No te sorprendió, sin embargo, escucharlo decir que quería hacer del último mes del año un mes mágico, el mes más hermoso de todos, acortar la espera hasta la primer Noche Buena que van a compartir dibujando una sonrisa en tu rostro cada día, regalándote recuerdos imborrables para que lleves siempre en el fondo de tu corazón.

Te sorprendió con la cadenita de oro que perteneció a su abuela la noche que pasaron mirando las estrellas, esa cadenita que vas a llevar alrededor de tu cuello por primera vez cuando jures ser suya para siempre (¿acaso valdría la pena vivir si no pudieras ser suya, o si fueras de alguien más? Preferirías estar muerta, o incluso ni siquiera haber nacido).

Te sorprendió con la cajita de música; además de su voz, la canción que comienza a sonar y al compás de la cual se mueve la pequeña bailarina es la única melodía que querés escuchar por el resto de tu vida, pues ahora la música se reduce por completo a él y a las notas que esa cajita encierra dentro suyo, esa cajita donde él dice está contenido todo su amor por vos.

Te sorprendió con aquél poema, aquél poema nacido de la cabeza de otro pero copiado de su puño y letra, ese poema rescatado de entre un montón de trabajos de autores que aún no has leído pero que morís por conocer, rescatado de entre el polvo que acumulaban las páginas de ese libro, rescatado por él para vos, para mostrarte con esas palabras lo que se mueve dentro suyo cuando te mira guardar silencio. Te sorprendió con aquella pluma con la que terminaste de escribir las hojas del cuaderno cuyos renglones llenaste con palabras que hablan del amor que te consume más y más con cada segundo que absorbe el reloj, del amor que te enloquece hasta el punto que a veces te preguntás qué va a ser de tu cordura, cómo podrías sobrevivir sin él si alguna vez te obligaran a hacerlo… Pero no querés pensar en eso, no debés pensar en eso (maldito estado de hipersensibilidad).

Te sorprendió con El Principito, ese libro que nunca antes habías leído, y que ahora es definitivamente tu favorito (y eso que libros en tus manos han habido muchos, cientos de ellos, miles te atreverías a decir, porque desde los cuatro años es en los libros donde buscás consuelo, apoyo, compañía, amistad, ese mensaje que te ha salvado la vida en incontables ocasiones: no estás sola). Te sorprendió con la cura perfecta murmurada en tu oído, su voz dando vida a las palabras de otro, que escribió una historia maravillosa que fue para vos una caricia al alma, la enseñanza de que lo esencial es invisible a los ojos y sólo visible al corazón. Te sorprendió regalándote uno de los momentos más lindos de tu vida en uno de los miércoles más tristes.

Te sorprendió con la laptop; habías mencionado que el hardware de tu computadora personal necesitaba urgentemente cambios, pero nunca se te hubiera ocurrido que él viera en ese comentario la oportunidad de hacerte un regalo que te fascinó.

Y va a seguir sorprendiéndote, no sólo durante los días que le quedan a diciembre, sino durante toda tu vida, por el resto de tu vida, con pequeños gestos, pequeñas acciones, sonrisas cómplices, miradas cómplices, abrazos que duran horas y que siempre llegan cuando más los necesitás, frases que se repiten una y otra y otra vez en tu memoria como si fueran una canción hermosa que no podés despegarte, besos inocentes cargados de ternura en la punta de la nariz o en la panza, conversaciones en las que comparten los secretos más simples y también los más complejos, comidas preparadas especialmente para vos, un tarro de tu sabor de helado favorito en la heladera, cosquillas para hacerte reír cuando estás triste, masajes en la espalda sin que se los pidas cuando estás tensa, promesas de estar juntos para siempre.

Aunque vos no esperes nada, él quiere darte todo. Aunque para vos sólo saber que te ama es más que suficiente (mucho más de lo que alguna vez creíste tendrías, mucho más de lo que te hubieras animado a esperar, mucho más de lo que te habrías animado a soñar), él quiere darte todo, absolutamente todo lo que desees, quiere hacer realidad todos tus sueños, quiere transformar tu vida en un cuento de hadas del que puedas ser princesa. Buscaría la manera de romper con todas las leyes de la naturaleza y robarse el cielo entero, con el sol, la luna y las estrellas, para dártelo a vos. Sabés que lo haría. Sabés que su amor por vos es tan grande, tan inmenso, tan profundo, tan inconmensurable, tan difícil de explicar, que incluso lo lograría, porque te cuesta creer cómo un amor tan hondo como el que sienten no podría ir más allá de todo límite y alcanzar lo imposible.

Y aun sintiendo eso en cada célula de tu cuerpo, cada hueso, cada gota de sangre corriendo por tus venas, cada partícula de oxígeno alimentando tu anatomía para que funcione, sos incapaz de hacer justicia a ese amor que te colma centímetro a centímetro, palmo a palmo, tomar los relojes y congelar el tiempo, destruirlo, paralizarlo, lo que sea, para poder pasar el día de hoy a solas con él, lejos del mundo, lejos de todo, perdida en sus brazos, escuchando y diciendo las mismas palabras llenas de significado con las que habían endulzado el oído del otro esta mañana antes de tener que levantarse y prepararse para ir a cumplir con obligaciones a las que no podían escapar:

"Tres meses también es una fracción mínima del tiempo que vamos a pasar juntos…"

"… porque tengo planeado pasar toda mi vida con vos"

Pero como no hay humano capaz de ponerse los zapatos de Cronos, la tarde del viernes 7 de diciembre te encuentra en la CTU, dando órdenes, enviando informes, recolectando datos, escaneando planos, manejando satélites, ayudando a cubrir los rastros de los agentes que están encubiertos en células terroristas, ingresando claves, revisando archivos encriptados, manejando el flujo de datos, comunicándote con Langley y con las oficinas de Seguridad Nacional, chequeando la entrada y salida de personas a y de la ciudad californiana de Los Angeles, controlando los aeropuertos, entre otras cosas, todas tareas esenciales, fundamentales para proteger vidas inocentes de inminentes ataques terroristas, atentados y peligros mucho mayores de los que alguna vez llegarán a imaginar. Todas esas tareas están distribuidas, asignadas a analistas, técnicos y profesionales de acuerdo a sus capacidades y experiencia, pero vos sos la encargada de coordinar que todo salga bien, que la Unidad se mueva como una, que la Unidad sea una sola cosa, un organismo funcionando al ritmo adecuado, marchando derecho, respirando en sincronía, al compás de un ritmo que no cualquiera puede seguir.

Un par de horas más pensás, otra vez fijándote en el reloj. Un par de horas más y después tengo todo el fin de semana para estar con él, y nada ni nadie va a robarnos un segundo.

Suspirás, mirándolo con disimulo por el rabillo del ojo, rogando que nadie se dé cuenta de que estás muriéndote por subir a su oficina y pasar algo de tiempo con él, dos minutos al menos, a solas, en silencio, sin hacer otra cosa que escuchar el sonido de su respiración, los latidos de su corazón comunicándose con los del tuyo…

Definitivamente estás teniendo uno de esos ataques emocionales que se desarrollan en tu interior, en los confines donde el alma que posee tu cuerpo habita, sin que ello se refleje en el exterior, uno de esos ataques emocionales en los que te morís por sus besos, sus abrazos, una caricia, una palabra susurrada en el momento justo, la sensación de que nada existe, de que sólo él importa, de que sólo vos importás.

Pero el trabajo es primero te recordás mentalmente, dando un suspiro (¿cuántos suspiros ya diste hoy, Michelle?) y obligándote a mirar hacia otro lado, a tratar de concentrarte, en lugar de distraerte observándolo a él, con el teléfono acunado entre su oído y su hombro, yendo de un lado a otro en su oficina, tomando notas, acercándose de tanto en tanto a la computadora para ingresar algún dato o chequear alguna cámara de seguridad o imagen satelital.

Es impresionante (y a veces insoportablemente doloroso) la rapidez con la que perdés la capacidad de respirar cuando lo mirás.

"Michelle, necesito que firmes esto, por favor" Elaine, una de las analistas más jóvenes, acaba de acercarse a vos con unos formularios de rutina para que firmes, distrayéndote de tus intentos de no distraerte pensando en Tony, en tu hipersensibilidad, en tu necesidad de abrazarlo y besarlo hasta quedarte sin aire y dejarlo a él sin oxígeno en su sistema, tus ganas de desdibujar el mundo por un rato y quedarte a solas con el amor de tu vida repitiéndole en susurros lo feliz que sos gracias a él y a su promesa de amarte para siempre, promesa que hoy cumple tres meses.

Al tomar la lapicera que Elaine te ofrece, no podés evitar notar el bellísimo anillo de compromiso que luce su dedo anular, detalle que no pasa desapercibido por la muchacha de cabello cobrizo largo hasta la cintura y pestañas increíblemente largas:

"Estoy comprometida" explica, con sus labios gruesos pintados de rojo carmesí curvados en una enorme sonrisa.

Aquello (que está comprometida) resulta obvio, pero suponés que la chica está tan feliz que debe tener ganas de gritarle al mundo entero que va a casarse con el hombre que ama.

A mí también a veces me gustaría gritarle al mundo entero que el hombre que amo me ama.

"Felicitaciones" le sonreís vos también.

"Llevamos cinco años juntos, tenemos la boda planeada para el siguiente octubre" comienza a contarte, sin dejar de sonreír, gesticulando con las manos y con un brillo especial refulgiendo en sus ojos, un brillo similar al que captás vos en los tuyos cuando te mirás al espejo, un brillo que debe estar en los ojos de todas las mujeres felizmente enamoradas de un hombre que las cuida, las protege y las tiene en un pedestal.

Sin embargo, pasados casi cinco minutos Elaine no parece tener intención alguna de regresar a su escritorio (y eso que ya tiene en sus manos todos los papeles firmados y sellados), y sigue contándote sobre cómo ella y Todd (al parecer es el nombre del afortunado muchacho que va a casarse con ella en octubre del año que viene) se conocieron un verano en Palm Beach.

Una vocecita muy, muy, muy parecida a la de Chloe te recuerda lo que ésta te comentó una vez en tono de queja, con las cejas muy juntas, sus facciones igual de fruncidas que su seño: 'Elaine habla todo el tiempo. Habla, habla, habla y habla ante la primera oportunidad que tiene para lastimar los oídos de todos con su voz chillona, y no hay forma de hacer que pare, no hay forma de hacer que se calle. No puedo concentrarme así, Michelle' En esa oportunidad le habías dado a Chloe uno de tus consejos amistosos sobre la necesidad de ser tolerante con otros para beneficiar al conjunto creando un ambiente de trabajo saludable, lo cual no le había hecho ni pizca de gracia. Pero ahora que Elaine y vos están cruzando más que un puñado de palabras relacionadas a cuestiones de la CTU (o mejor dicho: ahora que Elaine se ha soltado a hablar sin parar, sin siquiera hacer una pausa para respirar, porque lo cierto es que no podés ver cómo aquello podría denominarse un cruce de palabras si la única boca de la que salen sonidos es la de la joven analista), empezás a darte cuenta que tal vez la queja de Chloe tenía fundamento.

"… En nuestro segundo aniversario me había propuesto matrimonio, pero yo creía que era demasiado pronto para casarnos: uno no sabe realmente si ama a la persona con la que está como para tomar la decisión de formar una familia luego de sólo un par de años…"

Entonces no es verdadero amor, o al menos no lo era en ese entonces pensás.

Si unos días antes del primer beso, cuando lejos estabas de sospechar que ese 4 de septiembre cambiaría el rumbo de tu existencia por completo, cuando Tony no era más que un hombre con el que fantaseabas, cuando hubieras tomado por loco a cualquiera que te dijera que pronto una madrugada te encontrarías acurrucada en sus brazos en un oscuro pasillo besándolo mientras lágrimas caían de tus ojos sin control, él se hubiera acercado y sin mucho preámbulo te hubiera pedido que te casaras con él, le habrías dicho que sí en un segundo, sin atisbo de duda, sin pensarlo dos veces, en menos de lo que tarda tu corazón en palpitar. Si se hubiera arrodillado para rogarte que le entregaras el resto de tu existencia incluso antes de haber dicho el primer 'te amo', habrías aceptado, porque desde que tus ojos encontraron sus ojos casi un año atrás en la mañana de un lunes de enero, te enamoraste de él perdidamente. Perdidamente y sin retorno posible.

"… volvió a preguntarme hace unos días en mi cumpleaños, y esta vez sabía con certeza que él era el indicado"

Vos sabías que Tony era el indicado diez segundos después de que los presentaran. Quizá racionalmente no eras consciente de ello, pero tu corazón ya lo sabía, tu alma ya lo sabía, y no pasó mucho tiempo hasta que tu cerebro también comprendió que – te correspondiera o no – lo amabas muchísimo más de lo que podrías alguna vez amar a otra persona, porque después de conocerlo a él, después de enamorarte de él, probablemente no pudieras volver a sentir algo así de fuerte por nadie más. Después de conocerlo a él, entendiste pronto, no volverías a sentir nada, absolutamente nada por nadie más.

"Estoy muy contenta por vos, Elaine" tu sonrisa se vuelve más amplia, más ancha, va de una oreja a otra, y tus ojos brillan.

Pero sabés bien que no estás sonriendo como una tonta porque te alegra escuchar que una de tus empleadas va a casarse con un muchacho al que rechazó en una ocasión previa porque no sabía con seguridad si era el hombre correcto o no; honestamente, la vida de tus empleados no es un asunto que te incumba (así como a ellos tu vida personal no les incumbe), y sos de la firme creencia de que, aunque a veces cueste (hay días en los que a vos te cuesta) lo personal debe quedar del otro lado de la puerta de la CTU, incluso las buenas noticias.

En realidad estás sonriendo como una tonta porque en cualquier momento, en cualquier instante, la persona que amás podría preguntarte lo mismo, la persona que amás en cualquier momento va a pedirte que te cases con él, y vos no vas a tardar ni medio segundo en abrazarlo, besarlo y decirle que sí, sin dudas, sin cuestionamientos, sin necesidad de analizarlo, sin planteos.

Estás sonriendo como una tonta porque la seguridad de que lo que vos sentís es amor verdadero recorre cada rincón de tu cuerpo, cada recoveco, inundando tu alma, llenándote de luz y calidez.

Estás sonriendo como una tonta porque llevás exactamente tres meses con él, pero ya sabés que es el único con el que podrías compartir tu eternidad, el único con el que vas a compartir tu eternidad.

Pero tu sonrisa va desapareciendo poco a poco cuando, luego de agradecerte, Elaine se larga a hablar otra vez, contándote sobre sus planes de una boda en la playa o en un crucero (cuando vos te cases definitivamente vas a tener una fiesta muy sencillita: las cosas complicadas y ostentosas te ponen nerviosa y hacen que te sientas fuera de lugar; sos demasiado tímida y demasiado reservada, no podrías disfrutar de una fiesta para quinientas personas en un barco. Sólo querés disfrutar de él, y si por vos fuera te casarías en el lugar más solitario del planeta Tierra, donde nadie pudiera llegar), hasta que es interrumpida por la llegada de Chloe.

Chloe, con sus ropas formales, siempre en tonos marrones más oscuros o más claros, su ceño fruncido – tan fruncido como su rostro, que siempre está arrugada en una expresión de evidente molestia, desagrado, desacuerdo, amargura o enojo (o a veces las cinco cosas juntas) -, su aspecto de pocos amigos ('El término encaja perfecto con ella, Michelle' te dijo una vez Tony 'Su única amiga debe ser Martina; nadie más la soportaría, sólo una persona tan excéntrica como mi hermana'), ese aire hosco envolviéndola.

"Michelle, quisiera hablar con vos en privado, por favor" anuncia, sus ojos yendo de un costado a otro con una rapidez asombrosa como sucede siempre que está nerviosa o se siente incómoda (es decir, como sucede a diario, porque no creés que haya un instante en el que Chloe O'Brian no esté nerviosa o incómoda) "Tiene que ser ahora, no puede esperar" agrega luego, al ver que Elaine no parece muy contenta de que hayan cortado por la mitad su perorata sobre lo feliz que se siente, lo maravillosa que va a ser su vida con Todd, lo entusiasmada que está planeando una boda a la que invitará prácticamente a cada ser vivo con el que se haya cruzado durante el transcurso de su existencia.

"Sí, Chloe, seguro" te ponés de pie, sonreís a Elaine a modo de disculpa, y seguís a Chloe hasta la sala de descanso, que a esa hora está vacía, dispuesta a apostar hasta lo que no tenés (te cuesta imaginar algo que no tengas, porque tenés todo lo que necesitás, todo lo que siempre quisiste: alguien que te ama, cariño, afecto, contención, mimos. ¿Qué más puede tenerse que no sea eso? El resto no importa, es ruido de fondo lisa y llanamente) a que tu jaqueca va a aumentar poderosamente después de escuchar lo que tenés el presentimiento es una montaña de quejas sobre Elliot o sobre alguien del departamento de Jack, sobre el modo en que hacen las cosas sus colegas o sobre alguno de los muchos temas que irritan a Chloe (te resulta difícil pensar en algo que no irrite a Chloe).

"Chloe, ¿qué sucede? ¿Qué querías decirme?" decidís empezar a tirar del hilo para desenredar la madeja, puesto que con tanto trabajo y tantas cosas de las cuales ocuparte la realidad es que no hay tiempo que quepa dentro de un reloj que te alcance, y perder preciosos minutos con alguno de los típicos 'problemas' de Chloe no es una opción hoy (así como realmente tampoco era una opción seguir escuchando a Elaine hablar sobre sus planes para el futuro durante otro cuarto de hora), porque estás cansada, porque te duele cada músculo y sentís cada neurona sobrecargada, porque estás hipersensible, porque estás un poquitito histérica (no tanto como el miércoles, pero tus hormonas siguen revolucionadas), porque estás frustrada por tener que pasar el viernes en la CTU en lugar de pasarlo en algún lugar muy romántico con Tony, y principalmente porque cuando estás en tu período la paciencia no es algo que abunde.

Sin embargo, sos sorprendida cuando la mujer rubia prueba que tu instinto se equivocó mucho al creer que te había pedido un momento de privacidad para soltarte una letanía de quejas contra alguien o contra algo. Chloe no comienza a hablar muy rápido y en el tono de voz habitual que usa cuando algo la indigna o impaciente, o cuando piensa que algo está muy mal y que va contra todo protocolo y por ende debe ser automáticamente erradicado. De hecho, no dice nada. Simplemente se queda allí, de pie, cerca de la puerta de la sala de descanso, a escasos dos metros de vos, luciendo terriblemente incómoda, restregando sus manos y evitando tu mirada.

Algo no encaja te das cuenta.

"Chloe…"

"Elaine habla, y habla, y habla, y nunca para" suelta de repente, evidentemente incómoda, nerviosa, tensa. Tus ojos negros – el rasgo más sobresaliente de tu herencia asiática – y sus ojos azules siguen sin encontrarse "Desde que se comprometió con ese bueno para nada que obviamente está con ella para que lo mantenga, prácticamente acorrala a cualquier cosa que tenga oídos para despacharse a gusto contándole sobre lo maravillosa que va a ser su boda a la que va a invitar a todos menos a los nerds con los que trabaja" sigue evitando el contacto visual, sigue restregándose las manos, sigue, obviamente, incómoda con la situación "Pensé que te vendría bien una excusa para sacártela de encima, especialmente en un día como hoy en el que estás tan ocupada y tenés mejores cosas que hacer que escuchar a esa hueca que aún no entiendo cómo obtuvo su título de analista"

No sabés qué decir, realmente, y aunque buscás las palabras en la punta de tu lengua, no las encontrás. Quizá la manera de Chloe para decir las cosas no es la más indicada (definitivamente no es la más apropiada, ese 'quizá' es sólo cortesía), pero coincidís con ella: realmente tenés asuntos de los cuales encargarte, no te interesa saber sobre la vida privada de tus empleados (casi tanto como no te interesa que ellos sepan sobre tu vida privada), estás cansada, te duele la cabeza, y hay dos cosas que necesitás: o un poco de paz y soledad para concentrarte en tu trabajo, o un abrazo muy largo de Tony (rogás que a Chloe nunca se le ocurra sugerir que necesitás un abrazo de Tony, porque eso significaría que sabe lo que hay entre ustedes y que el secreto ya no es tan secreto; sin embargo, pensás, aunque supiera, Chloe probablemente jamás sugeriría que subieras a su oficina y te sacaras las ganas de abrazarlo como a un oso de peluche gigante, porque las relaciones entre un jefe y su subordinada van contra el protocolo, y Dios prohíba Chloe O'Brian abale algo que no encaje dentro de los apretados límites de las reglas que están hechas para ser seguidas y nunca rotas o violadas). Agradecés la interrupción, porque ya tenías una migraña impresionante antes de que Elaine se lanzara a cotorrear como si fueran amigas íntimas (tenés la impresión de que Elaine es una de esas personas que, a diferencia tuya y definitivamente a diferencia de Chloe, trata a todo el mundo como si fueran amigos íntimos) y compartiera los detalles de su compromiso, pero no sabés qué decir a Chloe: admitir que Elaine habla demasiado y de cosas triviales en horario de trabajo no es una opción, porque sos la jefa de ambas y algo que nunca vas a hacer será hablar mal de una empleada o empleado o hacer una crítica o comentario poco constructivo sobre ella o él delante de otro.

"Michelle, no hace falta que digas nada" oís las palabras dejando la boca de Chloe, que sigue contorsionada en una mueca extraña que muestra exactamente cuán incómoda está "Simplemente… Simplemente pensé que te vendría bien una excusa para sacártela de encima" se encoje de hombros, intenta sonreír… el resultado es desastroso, porque su intento de sonrisa hace que luzca aun más incómoda, más tensa, menos… amigable, por usar algún término.

Recordás otra cosa que te dijo Tony (y que le valió un golpe en el brazo): 'Habría que conseguir una fotografía de Chloe intentando sonreír para amenazar a nuestros hijos con ella cuando se porten mal'.

Si Tony supiera que Chloe va a salvarte la vida en más de una ocasión, no haría esa clase de chistes. Pero, ¿cómo puede saberlo? Los humanos no controlan los relojes (lamentablemente), y eso significa que no hay forma posible de que detengan el tiempo, así como tampoco hay forma posible de que se adelanten en él y vean lo que el futuro les depara. Si vos pudieras ver lo que el futuro te depara – no mañana, o dentro de seis meses, o dentro de un año – probablemente te escaparías con él a un lugar donde nadie pudiera encontrarlos, borrarías todos tus rastros, cambiarías tu identidad, empezarías de nuevo, todo para impedir que lo arranquen de tus brazos, todo para impedir morir de dolor cuando se lo lleven para siempre y te quedes sola.

Pero ninguno de los dos lo sabe. Ninguno de los dos sabe lo que les depara el futuro, por lo que ahora, hoy, Chloe no es más que una analista brillante con problemas para relacionarse con el resto del personal de la Unidad, un malhumor que no parece irse nunca, pocas capacidades para sonreír, y habilidades sociales inversamente proporcionales a sus destrezas intelectuales.

"Va a ser mejor que regresemos a nuestro trabajo" dice, aun restregando sus manos nerviosamente, como si temiera haberse salido de lugar, roto alguna regla o cruzado alguna raya o algún límite al haberse atrevido a mentirte diciendo que necesitaba hablar con vos en privado para que Elaine dejara de hacer que perdieras el tiempo contándote prácticamente la historia de su vida desde que conoció a Todd hasta el segundo en que se levantó de su escritorio y fue al tuyo con los papeles que requerían tu firma.

"Chloe" la llamás, antes de que se dé la vuelta y abandone la habitación "Lo que dijiste sobre Elaine, no sé si es verdad o si no lo es" tampoco me interesa saberlo, porque lo personal va separado de lo profesional, para mí y para el resto "pero, para evitar problemas…"

Chloe te interrumpe, no te deja terminar. Es habitual en ella interrumpirte cuando hablás, algo que creés la costaría mucho no hacer si, por algún motivo, implicara romper el protocolo.

"Ya lo sé: no debo andar diciendo cosas que a otros quizá no les agradaría escuchar" dice, exasperada.

Dudás que exista la posibilidad de que ese 'quizá' encaje, porque definitivamente a nadie le gustaría escuchar a un colega diciendo que el hombre con el que vas a casarte solamente quiere tu dinero o cuestionarse cómo obtuviste tu título. No sabés qué fundamentos tiene Chloe para decir que Elaine es hueca (en tu opinión, hace muy bien su trabajo) o que su pareja está con ella por intereses económicos, y no te interesa saberlo; lo que te interesa es que en la CTU se mantenga un ambiente saludable, sin problemas, sin peleas, sin chismes, sin comentarios a espaldas de otros, sin drama de oficina. Chloe no es precisamente muy ducha en la referente a interactuar con otros y no creés que nadie esté considerándola para votarla como mejor compañera al final del año precisamente porque suele decir cosas que, mientras podrían ser verdad, es siempre mejor callarlas, y no tiene problema en expresar opiniones que no deberían ser expresadas, no de la manera en la que ella las expresa, definitivamente. Ya le explicaste varias veces que ciertos comentarios debe mantenerlos dentro de su boca y evitar que salgan de ella.

"Eso es correcto" coincidís, asintiendo levemente con la cabeza "Debés…"

"… Aprender a llevarme bien con otros y a tolerar sus diferencias para crear un ambiente laboral saludable" te interrumpe repitiendo las palabras que venís diciéndole prácticamente desde que comenzó a trabajar en la CTU, la exasperación y el cansancio evidentes en su voz "Quizá debería haber dejado que Elaine siguiera haciendo que perdieras tu tiempo" suelta amargamente.

Apreciás que Chloe haya intervenido con una excusa para impedir que se te fuera media hora echando indirectas a Elaine para que volviera a trabajar y te dejara trabajar, o evitar tener que pedírselo y sonar brusca o mandona, pero, ¿qué podés decirle desde tu posición de jefa? La diferencia entre Chloe y vos (una de las muchas diferencias) es que sabés cuáles son las cosas que podés pensar pero que nunca podés decir, y claramente 'Gracias Chloe por haberme sacado a Elaine de encima en un día lleno de cosas que hacer además de lidiar con mi migraña, mis calambres estomacales y mis cambios de humor constantes' es una de ellas.

"Chloe, simplemente estaba dándote un consejo amistoso" le decís, tratando de no perder la escasa paciencia que tenés "No estaba reprimiéndote ni nada por el estilo. Quizá en Washington las cosas funcionaban así, pero en Los Angeles no" eso es otra cosa que llevás repitiéndole desde que comenzó a trabajar en la Unidad: esto no es Washington, es distinto al lugar del que viene, Tony y vos manejan las cosas de otra manera, y son probablemente mucho más amables que sus antiguos jefes (no por eso menos exigentes, aunque con Chloe la exigencia y eficiencia no son un problema: es, lejos, la mejor analista que tienen) "Solamente quiero ayudarte a que te integres" agregás "Podés tener tu opinión sobre Elaine, sólo te pido que evites hacerla de común conocimiento, para salvarte de tener problemas que nos afectarían a todos como Unidad en el cumplimiento de nuestras tareas y del protocolo"

Acabás de decir la palabra mágica cuando se trata de Chloe: protocolo.

"Está bien" contesta secamente, sin dejar de fruncir el seño, sin dejar de restregar sus manos, sin dejar de lucir incómoda.

A veces te cuesta no preguntarte cómo es posible que una persona sonría tan poco. Desde que conocés a Chloe, nunca viste una verdadera sonrisa, una sonrisa amplia, inmensa, de oreja a oreja, una sonrisa de verdad, una sonrisa con el corazón, una sonrisa que alcance sus ojos y los haga brillar.

Maldita hipersensibilidad pensás al regresar a tu estación de trabajo, sintiéndote mal por Chloe y por sus dificultad para que la interacción con el resto del entorno le salga bien.

Pero no es tu problema, Michelle escuchás en tu cabeza las palabras que Tony siempre te dice cuando le contás que es el único miembro nuevo de los que conforman el staff que sigue sin adaptarse. Vos hacés lo que podés dentro de los límites del trabajo, no debés hacer más que eso.

Masajeás tus sienes; sigue doliéndote la cabeza, mucho. Te ponés a trabajar arduamente para pasar el tiempo que queda hasta que el reloj alcance el punto exacto en el que marcará el momento en el que él y vos serán libres de irse a casa, de irse juntos, a pasar un fin de semana especial (todos tus días con él son especiales, pero te prometió que este fin de semana va a ser aún más especial, y te agarran cosquillas en la panza con sólo pensar en ello).

Te olvidás rápidamente de Chloe, de lo poco que sonríe, de las cosas inapropiadas que dice y la manera en que las dice, de Elaine, de lo que Chloe dijo de Elaine, hasta casi lográs olvidarte de tu cansancio físico, tu hipersensibilidad y los calambres en el estómago, y te concentrás con cada partícula de tu ser en los datos que aparecen en la enorme pantalla de tu ordenador.

Pasados diez minutos, no hay en tu mente pensamientos empáticos sobre Chloe y lo poco que sonríe, y estás totalmente absorta en tus tareas.

Lejos estás de saber que, dentro de tres años, cuando tu mundo se venga abajo y estés muriéndote de angustia, Chloe va a salvarte la vida más de una vez ayudándote a sonreír, al menos un poquito, cuando sientas la necesidad de darte la cabeza contra la pared hasta simplemente dejar de existir, dejar de funcionar, desfallecer.

Pero eso no lo sabés. ¿Cómo podrías saberlo, si sos una simple humana, sin capacidad alguna para conocer los misterios del tiempo y del destino? ¿Cómo podrías saberlo, si ni siquiera un amor como el tuyo, que es de los más puros y profundos, te concede el poder que se necesita para balancear el tiempo entre los dedos y jugar con él?

Ni se te ocurriría pensar que la misma mujer que hace un rato se te acercó con gesto hosco e inventó una excusa para que Elaine (de quien no te imaginabas hablara tanto) no hiciera explotar tu cabeza con su cotorreo sobre la relación con el que será tu futuro marido, en otras ocasiones, dentro de algunos años, va a sacarte de situaciones menos inocentes y anecdóticas, como un intento de suicidio o una dosis de dolor físico dibujando con un cuchillo líneas en tus antebrazos y en tus muñecas para aplacar el dolor emocional.

¿Pero cómo podrías saberlo?

Por eso simplemente seguís trabajando, muy concentrada, tus ojos fijos en la pantalla de la computadora, tu mente intentando evitar distracción alguna (él incluido, porque realmente necesitás hacer esto bien si querés estar de camino a su casa a las siete de la tarde como planeaste), tus ganas de subir a su oficina para abrazarlo y besarlo contenidas por la perspectiva de que tendrías el fin de semana entero para hablarle el oído durante horas y decirle que estarías dispuesta a todo para regalarle el mundo entero: la luna, el cielo, el sol, el mar, todas las estrellas del firmamento en una caja de cristal.


Estás finalmente en sus brazos, luego de un día entero muriendo de ganas de sentir su cuerpo junto a tu cuerpo, respirar su perfume, oír los latidos de su corazón (que piensen que estás loca, si lo quieren, pero cuando estás con él jurarías que podés escuchar cada palpitación, cada movimiento de su corazón, cada susurro que encierra tu nombre dicho en un lenguaje que entienden solamente ustedes dos y que jamás nadie comprenderá).

Llevaban apenas dos segundos dentro del edificio cuando sentiste sus brazos envolviendo tu cintura, atrayéndote hacia él, y luego sus labios desparramando besos cortos e inocentes por tus hombros y tu cuello, dibujando un camino de mariposas invisibles en tu piel, provocando que te estremezcas, que sientas cosquillas bajando y subiendo por tu columna vertebral, la electricidad moviéndose de una punta a la otra por toda tu anatomía, tus rodillas volviéndose de gelatina, más y más débiles con cada roce.

"Estuve todo el día pensando en vos" murmura entre besos, su boca repasando cada centímetro una y otra vez "Todo el día extrañándote, todo el día queriendo pedirte que nos viéramos un ratito a escondidas"

Sonreís automáticamente, más y más con cada frase que deja su boca, y tus rodillas tiemblan más y más con cada beso (si no estuvieras atrapada en sus brazos, que te sostienen, que nunca te dejarían caer, probablemente hace rato tu anatomía hubiera sucumbido).

Nada te relaja tanto como escucharlo hablar, aunque esté hablándote de cualquier cosa (deportes en general – aunque los dos que más lo apasionan son el futbol y el baseball -, una película, un libro, una anécdota, arte, historia, autos, lo que sea): simplemente dejás que la tensión se vaya de tu sistema y te derretís escuchando su voz en tus oídos. Siempre son palabras dulces las que murmura, palabras cargadas de ternura, palabras que te recuerdan que sos la personita más especial que existe en su mundo, que hay un mundo entero que es suyo y que comparte solamente con vos, un mundo al que nadie más tiene acceso y del que vos sos la única princesa. Siempre sabe exactamente qué decir y cómo decirlo, siempre tiene las palabras justas para hacer que sientas que tus pies se elevan unos centímetros del suelo y flotás.

"Estuve todo el día mirando el reloj, esperando el momento en que pudiera volver a abrazarte"

"Yo también estuve todo el día mirando el reloj" confesás, inclinando tu cabeza un poco hacia atrás, lo justo para poder besar la comisura de sus labios y rozar la punta de su nariz con la punta de tu nariz.

Es entonces cuando notás que el ascensor no se detiene en el sexto piso, sino que sigue subiendo. Observás intrigada el tablero lleno de botones, y notás que en lugar de presionar el número seis él presionó el último botón de todos, el que lleva a la terraza.

Sonreís, imaginando que aquél cambio de rumbo tiene que ver con la sorpresa, y él te sonríe con complicidad.

"¿Adónde estás llevándome?" le preguntás, girando hasta quedar frente a él, ni un centímetro de distancia entre los dos, completamente pegados. Envolvés tus brazos alrededor de su cuello y dejás que tus dedos acaricien su cabeza, su nuca, detrás de sus orejas.

Sus ojos brillan con el mismo brillo intenso que notaste esta tarde cuando él regresó a la oficina después de haber pasado la mañana fuera, ese brillo que sin uso alguno del lenguaje común y corriente con el que se comunican todos te dice que tiene planeado algo especial, que preparó algo tan lindo que no puede disimular la felicidad que lo colma, esa felicidad que siente cuando te hace sonreír, cuando logra que te sientas viva, cuidada, contenida, cuando con cada pequeño gesto te recuerda que haría absolutamente todo para que pudieras tener el cielo, la luna, las estrellas, el mar, todos para vos.

Ese brillo refulge también en tus ojos, que son el reflejo exacto de los suyos. Y si durante el resto de tu vida no tuvieras posesión alguna más que su amor y esos dos ojos en los que mirarte cada mañana, serías feliz lo mismo, sonreirías con las mismas ganas, lo amarías con la misma locura, lucharías por él y lo defenderías de todo lo que quisiera hacerle daño con la misma fuerza, te sentirías la mujer más afortunada del mundo de todos modos, te sentirías una princesa de todos modos. Ningún objeto material, ningún regalo, ninguna sorpresa – por mucho que te encante que te mime y te consienta y te dé todos los gustos – va a compararse jamás con su amor, con la luz de su mirada, que es la luz que iluminó rincones de tu alma que estaban muy oscuros, rincones de tu alma donde ahora hay una calidez que nunca antes habías sentido, porque todo lo que conocían era frío y soledad.

"Estoy llevándote a la terraza" contesta lo obvio, estrellando su boca contra tu boca, capturando tu labio inferior entre sus labios y mordiendo despacio, lo cual provoca que inmediatamente empieces a temblar por dentro y te conviertas en arcilla en sus manos.

No hacés más preguntas, porque sabés que no va a contestarte, porque cuando se trata de darte sorpresas él no afloja ni aunque estén torturándolo: prefiere soportar todas las cosquillas que puedas hacerle antes que dejar escapar algún detalle sobre lo que tiene planeado para arrancarte millones de sonrisas y llenarte la panza de mariposas. Si él quiere llevarte a la terraza, entonces vos vas directo a la terraza, tomada de su mano, dejando que te guíe; no importa si son casi las ocho de la noche y vos estás fulminada, cansada, adolorida, con los músculos en llamas luego de haber pasado tantas horas trabajando, con calambres en el estómago y los nervios alterados por culpa de la revolución hormonal que sufre tu cuerpo cada vez que estás en 'tus días especiales': vos le hacés caso a él, vas con él a donde te lleve, ignorás la necesidad de tu anatomía de estrellarse contra el sillón y dormir diez horas seguidas, ignorás al resto del Universo, desdibujás el mundo, y vas con él, vas a donde él quiera llevarte, dejás que te guíe, porque si hay algo de lo que estás absolutamente segura, si hay algo por lo que apostarías tu vida, es que cualquier sitio al que él quiera llevarte es siempre mejor que el resto del planeta Tierra, cualquier lugar al que él quiera llevarte va a estar lleno de esa luz y ese amor que irradia, en cualquier lugar al que él quiera llevarte vas a estar mejor.

Sus dedos entrelazados con los tuyos, la palma de su mano contra la palma de tu mano, una sonrisa en su rostro y una sonrisa en tu rostro, salen del ascensor y se dirigen a la puerta que conduce a la amplia, enorme terraza.

Desde el cielo color tinta los observan las estrellas, las mismas estrellas que si pudiera él guardaría en una cajita de cristal para regalártelas, las mismas estrellas que vos guardarías para él en una cajita de cristal. La luna hecha un tajo se asemeja a una media sonrisa, a una mueca amistosa; es la medialuna perfecta, un gajo hecho de luz, de inspiración para los que escriben poesías, de miles de historias que han acontecido bajo ella desde que el mundo es mundo y las almas se aman unas a otras y se sacrifican las unas por las otras cuando ese amor es de verdad.

Te tomás unos segundos para respirar bien por primera vez en lo que va del día, aflojar los hombros, relajar tu cuerpo contra su cuerpo, inhalar su perfume, disfrutar de sus manos recorriendo tu espalda y sus labios cubriendo cada trozo de piel que pueden alcanzar. Durante todo el viernes sólo pensaste en cuánto desearías ser capaz de manejar el tiempo a tu gusto para poder detenerlo y así poner un alto a todo – al trabajo, a las obligaciones, a las responsabilidades – y así pasar cada pedacito de ese 7 de diciembre recordándole que les quedan meses y meses por delante, toda una vida juntos, años y años para ir bajando de a poquito las estrellas, guardando de a poquito la espuma del mar, robando retazos de luna, recortando cuadrados del cielo y escondiéndolos donde sólo ustedes puedan verlos. Ahora que están solos, ahora que podés bloquear el resto del Universo y pretender que existen ustedes dos, ahora que podés permitirte el lujo de besarlo y no parar, dejás que tus emociones te controlen, desconectás tu parte pensante y te das permiso para sentir intensamente. No querés hacer más que besarlo, con tanta pasión y dulzura como la primera vez; de hecho, todas las veces se sienten como la primera vez, con la diferencia de que se dicen sin hablar más y más palabras, comparten más secretos, se prometen más cosas.

Pasado un rato sus labios se separan de los tuyos, milímetros apenas, lo suficiente para poder tomar aire. Tus manos acunan su rostro, las yemas de tus dedos acarician sus mejillas. Podrías pasar el resto de la noche mirando tu reflejo en sus ojos oscuros, como aquella primera noche en la playa, esa noche en la que no dormiste sino hasta después de la salida del sol sobre el horizonte, esa noche en la que te sentiste totalmente completa, llena, feliz, con el alma y el corazón sincronizados.

"¿Qué pasa?" pregunta, espejando tu sonrisa y contorneando tu rostro con sus pulgares, imitando el movimiento de las yemas de tus dedos sobre su piel.

"No pasa nada" susurrás "Simplemente sonrío porque me siento completa. Tengo en vos todo lo que siempre quise tener"

"Yo también encuentro en vos todo lo que siempre quise tener" murmura en tu oído, moviendo sus manos – enormes, cálidas, suaves – sobre tu espalda "Pero nada que pueda darte va a ser suficiente, porque vos merecés muchísimo más" acomoda algunos de tus rulos detrás de tu oreja y busca con su mano el gancho de plástico con el que tenés sujeto el cabello para dejar que caiga suelto, libre, sobre tus hombros, enmarcando tus facciones "Si pudiera…"

"Sé que si pudieras me darías el mundo entero" completás la frase que él dejó a medio terminar, demasiado embelesado mirando dentro de tus ojos ": la luna, el sol, las estrellas, el mar, el cielo… Yo haría lo mismo por vos" volvés a rozar sus labios con tus labios, tus párpados cayendo pesadamente, sumergiéndote en una negrura que no se siente fría, una negrura que no está hecha de soledad, sino que es cálida y abrasadora, dulce, porque estás en sus brazos, besándolo, más segura que en cualquier otro sitio, más feliz que en cualquier otro sitio, aunque estés en la terraza a las ocho de la noche luego de haber pasado el día entero trabajando, aunque estés cansada "Sé que si pudieras le darías mi nombre a cada estrella. Sé que si pudieras bajarías para mí todas las estrellas que te pidiera. Y yo haría lo mismo por vos" repetís, dándole besos esquimales.

Se aleja apenas, toma tus manos con las suyas, entrelaza sus dedos con los tuyos, y luego sus manos vuelven a acunar tu rostro, sus ojos vuelven a hundirse en los tuyos, y el silencio los envuelve por unos segundos, un silencio cargado de ternura, un silencio que se asemeja a una caricia. Es un silencio como ese en los que se puede bailar lento aunque no haya música, o besarse muy despacio y elevarse unos centímetros del suelo aunque no se alteren las leyes de la gravedad; es un silencio romántico, relajado, es la clase de silencio en la que podrías pasar el resto de tu existencia, es la clase de silencio en la que podrías hundirte poco a poco, lentamente, sumergirte por completo, y quedarte para siempre, sin escuchar otra palabra, otro sonido, otra canción, otra poesía, ni ninguna otra voz, solamente escuchando atentamente lo que otros no pueden escuchar, lo que para los ojos de otros es invisible pero para tu corazón esencial: sus latidos susurrando tu nombre.

"¿Confiás en mí, Michelle?" pregunta de pronto, rompiendo aquella quietud, con una sonrisa en sus labios y ese tono de voz que te derrite, que te deshace, que afloja tus rodillas y las deja temblando como un flan, esa voz que querés en tu oído cada noche antes de quedarte dormida fundida en su abrazo.

"Claro que confío en vos, Tony"

Jamás se te ocurriría dar a esa pregunta una respuesta que no fuera afirmativa, porque a él le confiarías tu vida, tu cuerpo, tu alma, tu corazón, todo. No hay nada que en él no confiarías, nada. Si él te promete que no vas a ahogarte intentando caminar sobre el océano, vos vas con la seguridad de que vas a llegar paso a paso de una orilla a la otra. Si él te jura que no vas a quemarte si ponés las manos en el fuego, te arrojás a la hoguera sin otro pensamiento. Si él te pide que recorran el mundo a pie, vas enseguida a tu placar en búsqueda del par de zapatos más cómodo que tenés. Si él te promete hacer nevar en California, recuperás de entre el prolijo montón de cajas que guardás en el ropero las viejas revistas de tejido de tu abuela para hacer gorritos y guantes para que los dos no tengan frío mientras arman muñecos de nieve. Confías en él ciegamente, con cada pedacito de tu ser. Confiás en él como en nadie. Confiás en él como jamás confiaste en ninguna otra persona. Confiás en él tan profundamente que lo sentís en la carne. Confiás en él tan profundamente que no hay palabra que deje su boca que no creas inmediatamente. Confiás en él tan profundamente que no hay promesa que él haga que vos no estés segura va a cumplir.

"Claro que confío en vos" repetís, atrayéndolo suavemente para que tu cuerpo y su cuerpo queden pegados otra vez, buscando sus labios para besarlo otra vez, acunando su rostro con tus manos otra vez "Me lo preguntás todo el tiempo, y la respuesta nunca cambia, ni va a cambiar" susurrás, frotando muy lentamente la punta de tu nariz contra la punta de su nariz ": confío en vos con mi vida, sos la persona en la que más confío"

"Te lo pregunto porque me gusta escuchar la respuesta" murmura, besando la comisura de tus labios, tus mejillas, tu frente, tus párpados "Aunque lo sé, me encanta escucharlo"

"Confío en vos como en nadie" murmurás otra vez.

"Entonces, si te pido que te quedes acá un ratito, ¿vos me decís que sí?" inquiere, sin despegar sus labios de la comisura de los tuyos, haciéndole cosquillas a tu piel tan sensible cuando los mueve para hablar.

"¿Tiene que ver con mi sorpresa?" te interesás en saber, tu sonrisa ensanchándose, tus dedos jugando otra vez con mechoncitos cortos de cabello color azabache.

"Sí, tiene que ver con tu sorpresa" es evidente que no quiere agregar detalle alguno, por miedo a que te des cuenta, por miedo a que – sabiendo leerlo como sabés – deduzcas algo.

Pero también es evidente que está feliz, muy feliz, que su corazón está latiendo más rápido (también podés escuchar su corazón cuando se acelera, lo escuchás latir más fuerte, escuchás sus palpitaciones agolpándose contra su pecho. Y que el que quiera hacerlo te considere loca, pero vos sabés que escuchás sus latidos), que está ilusionado. El brillo en sus ojos lo dice todo: se muere de ganas de darte la sorpresa que preparó, así como vos morís de ganas de darle a él la sorpresa que le preparaste, para verlo feliz, para verlo sonreír, para ver ese brillo en sus ojos intensificarse, para sentir tus pies elevarse un poquito otra vez y flotar en el aire por efecto de sus mimos.

"Te espero acá" prometés, separándote apenas de él, de a poquito, porque no querés que se vaya de golpe, no después de haber pasado todo un día extrañándolo, no después de haber pasado todo un día esperando para abrazarlo, para escuchar las cosas lindas que siempre te dice, para besarlo. Quisieras sencillamente quedarte toda la noche en sus brazos, ni un segundo lejos de él, porque en tu estado hipersensible hoy te hizo tanta falta, tanta falta que deseabas controlar los relojes para detener el tiempo, detener el mundo, y poder estar con él "Pero no tardes, porque te extrañé todo el día y no quiero seguir extrañándote más de cinco minutos"

Lo besás una última vez. Sentís su sonrisa contra tus labios. Sonreís antes de intensificar el beso.

Confiás en él, y si te pide que lo esperés un viernes a las ocho y veinte de la noche en la terraza de su edificio mientras va a buscar lo que sea que tiene que buscar, vos lo hacés.

Te llevás una mano al estómago, donde ya no sentís tantos calambres y dolores, sino más bien una sensación cálida y dulce. Con sólo pensar en tu sorpresa – sea ésta lo que sea – se te llena la panza de mariposas; no podés evitar preguntarte si es otro libro que quiere leerte al oído, otro pedacito de historia encerrado en la simpleza y significado de algún objeto perteneciente a su abuela que él desea ahora sea tuyo, otra muestra de lo mucho que te conoce y lo mucho que sabe las cosas que te encantaría tener… Con cada día que Diciembre trae, él te sorprende más y más, y a pesar de todo, logra lo que ningún ser humano ha podido en veinticuatro años, debido a los problemas, las trabas, los obstáculos, las dificultades, los muros, las diversidades: hacerte completamente feliz, no porque valores las cosas materiales y necesites regalos para sentirte apreciada, sino por el amor puro que te muestra con cada uno de sus actos.

Suspirás, levantás la cabeza hacia el firmamento, mirás la cantidad de estrellas desparramadas sobre aquél imponente manto oscuro, e intentás contarlas. El edificio donde vive Tony debe ser uno de los más altos de la ciudad, porque todos los demás lucen pequeñitos, insignificantes, torrecitas construidas por nenes de cinco años con sus bloques de madera, a comparación de aquél. Son, entonces, muchísimas las estrellas que estás tratando de resumir hasta convertir en simplemente un número. Y todas brillan más que nunca, porque estás viéndolas con los ojos de una mujer enamorada, una mujer tan enamorada que no puede pasar más de diez minutos lejos del hombre de su vida sin extrañarlo.

Acariciás tu panza otra vez, y mientras observás las estrellas que él te obsequiaría en una cajita de cristal si pudiera, tratás de pasar el tiempo imaginando qué será la sorpresa.

De todas las ideas que cruzan tu cabecita enrulada, ninguna se acerca siquiera un poco a lo que está esperándote en su departamento.


Te tomó desprevenida al regresar a la terraza con total sigilo, abrazándote desde atrás, reposando su cabeza sobre tu hombro, atacando suavemente tu cuello con sus labios. Soltaste un suspiro enseguida al sentir el contacto de su piel contra tu piel, pero un segundo después estabas totalmente relajada, tu espalda reposando contra su pecho, las yemas de sus dedos acariciando tus antebrazos, luego tu panza.

"Ya preparé tu sorpresa" murmuró en tu oído, y a pesar de que no podías ver su rostro, podías sentir su sonrisa, esa sonrisa de la que estás tan perdidamente enamorada, esa sonrisa que te derrite por dentro como si fueras hielo al sol "Pero antes de que te lleve a casa" sencillamente adorás la palabra casa, porque significa estar con él, estar rodeada de sus cosas, usar su ropa como pijama, acurrucarte en su sillón y dormir en sus brazos hasta entrada la mañana del sábado "tengo que vendarte los ojos"

Sin decir palabra alguna dejaste que lo hiciera, usando un pañuelo de seda color negro. Luego tomó tu mano y te guió despacio, paso a paso, hacia la salida de la terraza. Caminabas segura y sin miedo a tropezar, porque él nunca te dejaría caer, nunca permitiría que te hicieras daño; te ha guiado muchas otras veces cuando estabas totalmente consumida por la oscuridad, sumida en el dolor, en la angustia, en la desesperación, con los recuerdos de épocas peores abriéndose delante de vos como una boca enorme dispuesta a tragarte. Él siempre te rescató. Él siempre te guió hacia la luz. Él siempre te guía hacia la luz. Si lo dejás guiarte cuando tu alma y tu corazón están totalmente oscuros y retorciéndose de dolor, obviamente confiás en él para que te guíe en lo material, así sean solamente unos pasos hasta el ascensor y luego unos pasos fuera del ascensor.

"Te noto demasiado contento" comentás, cuando faltan apenas dos pisos para llegar a destino y que el elevador se detenga suspendido en el aire, con sus puertas abiertas de par en par para que él te conduzca a través de ellas.

Podés leer su lenguaje corporal con los ojos abiertos, con los ojos cerrados, con o sin venda, de espaldas a él o frente a él, y sabés que está irradiando felicidad por los poros, algo así como una emoción demasiado pura, demasiado linda, demasiado difícil de describir con palabras, una emoción que es para sentir, no para explicar utilizando el lenguaje mundano, ese lenguaje que para vos ya no tiene sentido o significado porque te acostumbraste a comunicarte con él en su propio, secreto, privado vocabulario compuesto de algo que aun no terminás de entender qué es, pero que está ahí, siempre ahí, siempre ayudándote a saber cómo se siente él, qué siente, por qué lo siente.

Y lo que siente hoy, este viernes a la noche, mientras viajan en ascensor desde la terraza hasta el sexto piso, vos con los ojos vendados y él envolviéndote en sus brazos, es felicidad. Esta sorpresa que tiene para vos debe ser realmente importante para que su corazón lata con tanta fuerza y su voz esté tan cargada de ternura, alegría y ansiedad, como si se tratara de un nene de cinco años apresurándose para bajar las escaleras a los trompicones la mañana de Navidad para abalanzarse sobre los paquetes que lo esperan debajo del árbol. La diferencia es que este regalo es para vos, pero él se pone feliz como una criatura porque sabe que va a hacerte feliz a vos, sabe que vos vas a sonreír tanto como está sonriendo él, sabe que tu corazón va a latir contento como está latiendo el suyo.

"Estoy contento porque ya pasaron tres meses y todavía no me desperté, lo cual aumenta las posibilidades de que esto no sea un sueño y vos seas real" murmura, acompañando cada palabra con besos en tus mejillas.

"No estamos soñando" es tu respuesta, buscando con tus labios su piel para besarlo también "Y si estuviéramos soñando, no querría despertarme por nada del mundo"

Prefiero mil veces vivir dormida, dentro de mi cabeza, dentro de mi sueño, dentro de mi mundo de fantasía, donde estoy con vos y vos conmigo, donde los dos nos amamos y daríamos la vida por el otro, antes que estar sola, perdida, angustiada, triste y hecha trizas en el mundo real. Si estoy soñando, entonces que no me despierten, porque quiero quedarme a vivir para siempre acá, con vos. Si estoy soñando que no me despierten, que nunca me despierten, porque es más lindo un sueño en el que tengo al hombre perfecto, el hombre que me regalaría la luna, el mar, el cielo, el sol y las estrellas, antes que volver a estar muerta dentro de un caparazón llamado cuerpo.

Un segundo después escuchás el sonido característico que hace el elevador cuando su recorrido se interrumpe al arribar al piso correspondiente, en este caso el sexto. Tony te ayuda a salir. Caminan apenas metro, metro y medio, y se detienen. Lo escuchás introducir la llave en el ojo de la cerradura, hierro girando contra hierro, la puerta abriéndose despacito, y luego sentís su mano otra vez entrelazando sus dedos con los tuyos para llevarte paso a paso hacia el interior del departamento, en dirección al sitio en el que se halla el sofá.

"¿Ya puedo sacarme la venda?" la pregunta deja tus labios al tiempo que él te ayuda a sentarte en el medio del sillón. Los mullidos almohadones se hunden bajo tu peso, y cansada luego de un día entero sufriendo del síndrome menstrual y del estrés propio de la CTU, permitís a tus doloridos músculos relajarse contra el respaldo. Después de sus caricias, lo mejor para tu cuerpo luego de una jornada que te ha dejado exhausta es acurrucarte en aquél sofá; quizá sea sugestión porque allí es donde durmieron la primera noche que pasaron juntos, cuando fue a buscarte en medio de la tormenta para que no tuvieras que lidiar sola con tus pesadillas y tus miedos, pero te reconforta, y rápidamente se convirtió en tu lugar favorito para acostarte hecha un ovillo a leer un buen libro, mirar la televisión, dormir la siesta o trabajar con tu computadora (algo que planeás hacer durante el fin de semana es disfrutar de algo de tiempo libre anidada en tu huequito predilecto del sillón, investigando tu nueva laptop).

"Todavía no" es su respuesta.

Podés sentir en su tono de voz y en la forma en que las palabras dejan su boca que está, con cada minuto que abandona el reloj, más emocionado, más ansioso, y eso provoca que aumente considerablemente tu ansiedad: sea lo que sea, este regalo es importante, esta sorpresa es importante, tiene un significado profundo (las demás sorpresas, especialmente El Principito y la cadenita y cajita de música pertenecientes a su abuela, también tienen un significado importante, pero esta sorpresa, intuís, por algún motivo es inmensamente especial).

"¿Cuándo voy a poder sacarme la venda?" insistís, demasiado deseosa de conocer qué se trae él entre manos como para aguantar un segundo más con los ojos tapados por aquél paño negro. Restregás tus manos, que yacen sobre tu regazo, nerviosamente; quizá pasar tanto tiempo trabajando con Chloe esté contribuyendo a que tomes algunos hábitos suyos, como el de restregarte las manos cuando querés que algo llegue ya o que algo suceda ya y los minutos parecen quedarse atascados entre las manecillas del maldito reloj.

"Dentro de dos minutos" promete él. Sentís sus labios en tu frente, en tus mejillas, luego en tus propios labios, y en tu frente otra vez.

"Te olvidaste de besar mis párpados" decís a propósito, tratando de convencerlo para que deje caer la venda.

Pero, obviamente, él no va a entrar en ese juego.

"Buen intento, Chelle" chasquea la lengua con ternura, y besa tu frente otra vez, acariciando tu cabeza, enredando tus bucles en sus dedos. Te encanta que enrede tus bucles en sus dedos; nunca te gustaron mucho tus rulos, te recuerdan demasiado al cabello de tu mamá (si hay algo que heredaste de ella, definitivamente es el cabello), pero ahora los amás porque él los ama, así como las cosas lindas que te dice contribuyen de a poquito a que día a día no te parezcan tan feos rasgos que solías considerar horribles, como tu sonrisa, tus ojos o tu piel amarillenta.

Alzás tu mano y buscás a tientas su rostro para acariciarlo.

"Me muero de ganas de saber qué es mi sorpresa" confesás, la ansiedad evidente en tu tono de voz y en la sonrisa que se dibuja en tu rostro, una sonrisa que sabés espeja aquella que hay en el suyo, que aunque no puedas ver debido a la venda podés sentir, porque tu cuerpo y su cuerpo se hablan el uno al otro sin necesidad de que haya palabras de por medio.

"Está en mi habitación. Tengo que ir a buscarla. No voy a tardar más que un minuto" te promete, besando tus dedos, deteniéndose como siempre en el anular para mimarlo especialmente, lo cual considerás una muestra de afecto tan dulce y tan hermosa que se siente casi como un recordatorio silencioso de la pregunta que se muere por hacerte y que vas a escuchar pronto de sus labios.

"¿Por qué tengo los ojos vendados, entonces, si la sorpresa no está acá y está en mi habitación?" inquirís, aún más ansiosa que antes, porque presentís que esto – lo que sea que resulte ser – es importante para él, y que será importante para vos (aunque lejos, muy lejos, estás de imaginarte la importancia del regalo que va a darte).

"Porque así es más divertido" contesta él, y podrías jurar que su sonrisa se ha acentuado.

Tus sentidos te indican que acaba de agacharse frente al sillón, y que está en cuclillas delante de vos. Al inhalar, el oxigeno es reemplazado por su perfume. Su cercanía es embriagante, y te morís por seguir besándolo, tan intensamente como lo besaste bajo la luz de la luna en la terraza, pero a la vez no querés demorarlo con besos, porque te morís de ansiedad, te morís por conocer cuál es esa sorpresa que lo ha tenido todo el día con ojitos brillantes y de buen humor, esa sorpresa que lo tiene ahora entusiasmado como una criatura a la que le han dicho que va a tener Navidad dos veces por año.

"Michelle, ¿vos confiás en mí?" pregunta por segunda vez en lo que va de la noche, tomando tus dos manos entre sus manos y acariciando las yemas de tus dedos con las yemas de sus dedos, despertando cosquillas dentro tuyo, provocando una oleada de mariposas en la panza ante lo tierno e inocente de aquél contacto tan puro.

Ese interrogante jamás te cansarías de responder.

"Muchísimo" murmurás.

"Entonces simplemente quedate acá, con los ojitos vendados, y esperá a que yo vuelva. ¿Sí, preciosa?" te pide.

Suspirás, sonreís, te roba un último beso en los labios, sonríe contra tu boca y vos sonreís aún más al sentir su sonrisa sobre tu piel, tan sensible cuando se trata de sus roces y caricias, tan sensible que hasta siente sus sonrisas.

"Más vale que esta sorpresa valga la pena" decís en son de broma.

"Te prometo que va a valer la pena, bonita"

Por supuesto que va a valer la pena. Sabés muy bien que va a valer la pena. Todo lo que él hace por vos vale la pena: cada gesto, cada palabra, cada abrazo, cada mirada, cada consejo, cada minuto que pasa escuchándote, cada muestra de afecto, cada sacrificio por tu felicidad, todo ello vale la pena. Amarlo es lo que vale la pena, y existir para que él te ame. Si no pudieras ser suya para adorar y cuidar, entonces vivir sería bastante inútil e innecesario.

"Voy a ir a mi habitación a buscar eso" pone especial énfasis en el eso, para elevar aun más tus niveles de curiosidad.

El ruido de sus pasos sobre la mullida alfombra indica que se ha alejado por el pasillo en dirección a su habitación.


Pasados dos o tres minutos, volvés a escuchar el ruido sordo que hacen sus zapatos sobre la esponjosa alfombra, esta vez direccionados de regreso a la sala de estar, donde vos los esperás a él y a la sorpresa.

Está cerca de vos, tu cuerpo entero siente su cuerpo, su presencia, tus sentidos hipersensibles no fallan y se conectan enseguida con los suyos, incluso a distancia, con una intensidad arrolladora en casos como éste, en el que se halla a escaso metro y medio del sillón en el que vos estás sentada. Te preguntás por qué no se acerca, por qué no vuelve a tu lado para seguir besándote las mejillas y las yemas de los dedos, por qué no dice nada. Suponés que probablemente quiera tomarse unos segundos – un minuto entero, tal vez – para contemplarte en silencio, como te contempla siempre, como te observa mientras dormís en sus brazos o cuando estás completamente concentrada haciendo algo (leyendo, trabajando en tu computadora, mirando una película, escribiendo); lo fascinás – por algún motivo que aún no entendés -, y devorarte con los ojos es parte de esa fascinación.

De pronto su voz te llama con suavidad, con una suavidad exquisita que solamente aparece tiñiendo las palabras que abandonan su boca cuando esas palabras son para que las escuches vos, y nadie más. Es esa suavidad exquisita que te envuelve como una melodía – la más perfecta melodía -, esa suavidad exquisita que te derrite por dentro cuando empapa tu nombre, ese nombre que jamás te gustó, ese nombre que él adora y que pronuncia con absoluta, entera devoción, ese nombre que amás cada vez que él lo pronuncia como si fuera un mantra, como si fuera una palabra mágica, como si el significado del Universo estuviera reducido en esas siete letras (es que para él lo está, así como para vos el significado del Universo lo encierran las letras que forman su nombre, ese nombre que vos también pronunciás cual si fuera un mantra):

"Michelle"

"¿Sí?" contestás, ansiosa como nunca ante la proximidad de descubrir qué es esa sorpresa tan importante, esa sorpresa que él eligió darte en el día en que cumplen tres meses juntos (tres meses, porción de tiempo mínima comparada a los setenta años que tenés planeado pasar a su lado).

Creías que procedería a quitarte la venda para que pudieras ver el regalo, pero lo siguiente te deja totalmente desconcertada, pues definitivamente no es lo que esperabas escuchar.

"Hay alguien que quiere conocerte"

Si aquél pañuelo de seda negra no estuviera tapando tus ojos, podría ver tu ceño fruncido tanto como tus músculos faciales lo permiten, la expresión en tu rostro reflejo de la confusión que han generado aquellas palabras en vos, una confusión súbita que te ha dejado algo así como desorientada.

¿Alguien quiere conocerte? ¿Escuchaste mal o eso acaba de decir Tony?

Hay alguien que quiere conocerte.

Aquello retumba en tu cabeza; tu cerebro no termina de procesar bien el significado de esa frase.

¿Alguien quiere conocerte? Lo que él dijo transformado en pregunta hace eco durante un minuto entero en el cual el resto de la sala de estar permanece sumida en silencio, un silencio cargado de ansiedad, un silencio que sentís está acurrucado en un enorme signo de interrogación, porque ahora sí que no tenés la más mínima idea de qué se trae Tony entre manos. Es un silencio profundo, muy profundo, una quietud que puede sentirse en el aire, tanto que hasta podría cortarse con un cuchillo, pero no es un silencio denso o incómodo: es aquel silencio que como un manto cubre las cosas hasta que algo mágico, algo especial, algo inolvidable sucede.

Es un silencio como el silencio que reinaba en ese pasillo oscuro la noche en la que lo besaste por primera vez.

Es un silencio como el silencio que durante unos segundos los abrazó antes de que él comenzara a leerte el que ahora es tu libro favorito.

Es un silencio especial, el silencio que antecede a algo especial. Es un silencio construido de intrigas y expectativas, un silencio construido con sus ganas de hacerte feliz y verte sonreír.

Y antes de que tengas tiempo de reaccionar de modo alguno – es que no has tenido otra reacción que no sea la de fruncir el ceño perpleja y confundida, y a eso puede llamárselo un mero acto reflejo, porque fruncir el ceño no va a ser nada comparado a cómo vas a reaccionar cuando veas lo que es la sorpresa -, antes de que tengas tiempo de expresar en voz alta tu curiosidad sobre quién quiere conocerte, antes de que puedas siquiera separar un labio del otro y dejar que los sonidos suban por tu garganta, antes de que llegues a murmurar cosa alguna, él sin previo aviso se acerca, y con un rápido – pero suave, porque cuando él te toca siempre es con extrema suavidad, como si fueras una muñequita de porcelana (para él lo sos), como si estuvieras hecha de azúcar, como si pudieras romperte con el mínimo roce, como si fueras la cosita más frágil del Universo entero – deshace el nudo, aflojándolo usando apenas dos de sus largos, delicados dedos, y desliza hacia un costado el trozo de seda negra.

Y la venda cae, él la deja caer, la deja caer a un costado, y queda allí, olvidada por los dos, en un huequito del sofá. La venda cae, y el segundo que tardan tus párpados en levantarse una vez que el cerebro les da la orden de abrirse al sentir que la seda ya no está tapándolos, se te hace eterno, eterno porque te morís por saber qué es esa sorpresa y quién está deseando conocerte. Eterno se hace ese segundo que tardan tus párpados en levantarse, pero más eterno e insoportable se hace aún esa fracción de segundo que tardan tus pupilas en enviar al cerebro la información que debe comprender para entender la escena delante de ellas, esa escena tan cargada de dulzura y ternura que inmediatamente, incluso antes de que tus neuronas puedan procesarla, tu parte emocional ya ha entendido, y tus ojos están abnegados de lágrimas, lágrimas de felicidad, incredulidad, y sorpresa.

Tony está delante de vos, de pie, como bien tu instinto y tu capacidad de saber cuándo su cuerpo se halla cerca del tuyo te avisaron en cuanto regresó a la habitación después de haber ido a su cuarto; una sonrisa enorme cruza su rostro, alcanzando una oreja y luego la otra. La razón por la cual irradia felicidad se encuentra a sus pies: una canasta de mimbre circular, del tamaño de una cacerola mediana, descansa a medio centímetro de la punta de sus zapatos. Y dentro de la canasta, envuelto en una mantita color celeste, con un moño de raso color rojo atado al cuello, un cachorrito hermoso, tan pequeñito que cabría en tus manos si lo alzaras, de precioso pelaje color caramelo, orejas simpáticas y ojitos marrones que te miran con una mezcla de miedo, timidez, curiosidad e intriga, hecho un ovillo, con la cola entre las patas (evidentemente está asustado y no entiende mucho lo que sucede; no podés culpar al pobre animalito: vos tampoco entendés mucho lo que sucede, si vamos a ser honestos).

Esta sorpresa realmente no estabas esperándola. Jamás, por nada del mundo, hubieras imaginado esto. Cualquier cosa hubieras imaginado, cualquier cosa menos esto. Un canastito de mimbre con un lindísimo ejemplar de Dachshund dentro, un adorable ejemplar de Dachshund con ojitos oscuros y brillantes como los de Tony, con esas orejas encantadoras y ese hocico negro tan bonito… Realmente no se te hubiera ocurrido ni en tus más descabelladas fantasías.

Entumecida por un instante, en estado de shock, las palabras te fallan, te faltan, y todo lo que quisieras decir se pierde, ni siquiera se forma, son pensamientos sueltos que no toman color, que se quedan en tu mente, en un vacío, en un limbo, y nunca encuentran el camino hacia tu garganta. Estás demasiado anonada, incluso no te responden los músculos de la cara, y la sonrisa que tus labios se mueren por regalarle no aparece, no surge, tu expresión no varía, y el único cambio en tu rostro es que ahora hay lágrimas que caen despacio, ruedan lentamente por tus mejillas, al ritmo de los latidos de tu corazón, que late contento y sorprendido, más fuerte que nunca.

Tony y el cachorrito te observan, los dos con la misma dulzura intensa, esperando a que reacciones, que digas algo, que expreses lo que pensás respecto a que el hombre de tu vida – aquél al que amás como a nada, como a nadie, más que a nada, más que a nadie, con locura, al que vas a amar pase lo que pase y venga lo que venga, al que vas a adorar siempre, al que vas a defender en cualquier circunstancia – está a escasos pasos del sillón en el que estás sentada, con un cachorro en una canasta, un cachorro que tiene un moño rojo atado al cuello, un cachorro que te mira con infinita ternura (y un poquitito de miedo; el animalito no debe entender bien qué pasa, pobrecito), un cachorro con el que planeó sorprenderte (y te sorprendió, claro que te sorprendió, te sorprendió de tal manera que perdiste el habla y no sabés bien cómo volver a conectar el cerebro con la boca para articular algo medianamente coherente), un cachorro que es, evidentemente, su regalo por los tres meses que llevan juntos (los primeros tres meses de la eternidad que voy a pasar con él).

"Tony, es… es…" tratás de hablar, tratás de moverte. Ningún músculo te hace caso. Estás realmente anonadada. No esperabas esto, en lo absoluto. Esta sorpresa sí que no la estabas esperando.

Un cachorro. Un cachorro. Lo que siempre quise, lo que quiero desde que soy chiquitita, un cachorrito hermoso.

Morís por levantarte como si te hubieras sentado arriba de un resorte, saltar a sus brazos, llenarlo de besos a él, después alzar al animalito y llenarlo de besos y mimos también, pero tus piernas, que tiemblan cual gelatina, no se mueven, así como tampoco se mueve tu boca, así como tampoco lográs que esa felicidad que está estallando dentro tuyo como si hubieran encendido un millón de fuegos artificiales en tu alma se exprese en una sonrisa. Simplemente estás… entumecida. La sorpresa te dejó como una estatua, como tallada en mármol, aunque por dentro estés temblando de emoción.

"Michelle" llama tu nombre con timidez, y no podés evitar distinguir una nota de pánico tiñiendo esas siete letras que forman lo que describe su Universo entero; probablemente tu falta de reacción esté asustándolo, despertando miles de dudas respecto a si hizo o no lo correcto al comprarte una mascota sin consultarlo previamente con vos "… Chelle, ¿estás…?"

No llega a completar el interrogante, por lo cual jamás sabrás si la palabra en la punta de su lengua sería 'feliz', 'enojada', 'contenta', 'sorprendida', 'disgustada' o alguna otra, porque de pronto tu cuerpo, que durante un minuto entero se quedó como de piedra, recupera sus funciones básicas, salís de tu estado de shock y, con las lágrimas aun cayendo por tu rostro, la sonrisa aparece, esa sonrisa preciosa que va de oreja a oreja y que dice más de lo que alguna vez llegarán a decir doscientas frases, más de lo que alguna vez llegará a encontrarse en la música, en la poesía o en la literatura.

"Tony" la alegría es tanta que podrías echarte a reír, y algo así como una risita nerviosa se cuela por entre tus labios; te llevás las manos a la boca instintivamente, sin poder creer que todo aquello sea real, sin poder creer que el hombre más perfecto del mundo sea tuyo, que ese cachorrito envuelto en una manta en la canasta esté esperando a que le hagas upa y lo mimes y juegues con él "… Tony, es… es" no sabés cómo describir aquello que descripción no necesita, porque el brillo en tu mirada y el rubor en tus mejillas lo dicen todo "… es…" otra risita se te escapa; no lo podés contener, es la alegría que estalla dentro y que no para de brotar.

Una mascota. Un cachorrito.

"¿Te gusta?" pregunta él, aun con timidez, pero con una sonrisa más amplia espejando esa sonrisa que dibujada en tu cara expresa una mínima parte de la alegría arrolladora que sentís tibia y suave en cada rinconcito de tu cuerpo, como una caricia muy esperada o un abrazo muy largo, porque empieza a recorrerlo el alivio que sólo tu risa puede despertar en él.

"Me encanta" lográs articular dos palabras coherentes, una seguida de la otra, lo cual en tu estado de sorpresa supina realmente es mucho "Me encanta, me encanta, me encanta" repetís sin parar, observando a la criaturita en el canasto, pero sin animarte a acercarte a ella porque tu cuerpo sigue temblando y porque no sabrías bien qué hacer.

Él se agacha, hasta quedar otra vez de cuclillas como lo estaba un rato atrás cuando aún tenías los ojos vendados, y toma en sus manos – esas manos tan dulces, cálidas, tiernas y suaves que pueden pasar horas enteras acariciándote, masajeando tu espalda cuando ésta está llena de nudos, acomodando tus bucles rebeldes detrás de tus orejas, haciéndote cosquillas en la panza, acunando tu rostro cuando te besa – con extrema, conmovedora delicadeza al animalito, quien enseguida restriega su hocico cariñosamente contra su piel.

Con el cachorro en sus brazos, se sienta en el sillón a tu lado, su sonrisa y su mirada brillante haciéndolo más atractivo que nunca (podrías comértelo a besos, y probablemente lo hagas más tarde, luego de que te explique algunas cosas que tu parte racional se muere por averiguar), y el perrito enseguida hace un intento desesperado por acercarse más a vos para olfatearte, su curiosidad y su instinto más alertas que nunca ante la cercanía de una desconocida.

Tus ojos y los de Tony se encuentran, y se comunican sin que las palabras hagan falta, porque la verdad es que entre ustedes dos las palabras sobran. Durante unos segundos comparten esa felicidad – la que vos sentís gracias a él y la que él siente gracias a vos, porque él es feliz cuando vos sos feliz -, esa felicidad que puede ser vivida sin que se vuelvan necesarios los vocablos, sin que tengan que hacer más que sentir uno el corazón del otro retumbando, susurrando en aquel idioma que no entiende nadie más porque es una lengua que crearon los dos cuando se conocieron, una lengua propia, única, especial. Es el idioma en el que su corazón le cuenta a tu corazón usando sus latidos que se moría por hacer realidad tu sueño, y tu corazón le contesta que lo amás y que no podrías estarle más agradecida.

Luego ese silencio es roto por su voz, esa voz de terciopelo que te vuelve loca, que te derrite, que te convierte en arcilla en sus manos, que hace que tu parte pensante se desconecte por completo y te deja temblando como una hoja caída de un árbol en otoño expuesta al cruel viento del invierno. Es la voz del hombre que más te ama, el que te regalaría el mundo, el que cortaría un trozo de cielo y lo haría tuyo, el que guardaría estrellas en una caja de cristal, el que encerraría rayos de sol en un frasquito vacío de mermelada, el que contaría uno por uno los granos de arena de la playa a cambio de que el mar le regalara su espuma para dártela a vos, el que por vos inventaría la forma de atrapar gajos de luna dentro de una esfera de cristal.

"¿De verdad te encanta?" pregunta, esperanzado, acariciando el lomo del animal con tanta ternura que te morís de amor.

"Me encanta" repetís, tus ojos aun abnegados con lágrimas, el efecto de la sorpresa aun latente, tus palpitaciones descontroladas, tu cerebro dividido entre el éxtasis y el miedo a que esto sea un sueño como los que tenías cuando eras chica y fantaseabas con cómo sería tener una mascota, miedo a despertar en cualquier momento "Es… Es… No encuentro palabras para…"

Él silencia tu balbuceo posando su largo dedo índice sobre tus labios, sellándolos con la misma dulzura con la que un beso los hubiera sellado.

"Hay cosas que no pueden ser expresadas en palabras"

Tiene razón, toda la razón del mundo: hay cosas que las palabras no pueden expresar. Eso lo aprendiste con él, eso seguís aprendiéndolo con él todos los días en momentos como este, con gestos como este, con sorpresas como ésta, en instantes románticos y dulces como el que están viviendo ahora.

"Sólo me basta con saber que esto te hace feliz" agrega.

Y tus ojos le contestan todo, absolutamente todo lo que necesita saber. Pero porque necesitás verbalizarlo, decís:

"Tony, es... esto es perfecto… Vos sos perfecto…"

Antes de que puedas empezar a balbucear otra vez, él te interrumpe, su índice de nuevo acariciando tus labios.

"¿Te gustaría tenerla en brazos y hacerle mimitos?" ofrece, y como si lo entendiera, el cachorro te mira aun más intensamente, ladeando su cabecita, una de sus orejas enormes (proporcionales a su alargado cuerpo, por supuesto; una hogaza de pan es más grande que el animalito) tapando uno de sus ojos marrones.

Un cachorro. Tony tiene en brazos un cachorro. Una cachorrita, para ser más exactos. Y es tuya. Tu mascota. Tu primera mascota. Lo que siempre soñaste. Lo que siempre quisiste. No puede ser verdad, es demasiado bueno para ser verdad, ¿no? ¿Puede que los sueños se cumplan así, de golpe, inesperadamente? Sí, y vos deberías saberlo mejor que nadie, porque pasaste de la nada, de la soledad, de la oscuridad, del frío, a conocer a un hombre maravilloso que te ama, te cuida y te trata como a una princesa, un hombre dispuesto a encerrar el Universo y todas sus galaxias en una esfera de cristal para que sean tuyos, un hombre tan dulce que te derrite con sólo mirarte así como está mirándote ahora.

Sin embargo, tu parte racional se activa de pronto y no podés evitar inquirir, aun incrédula:

"¿Es mía? ¿Es para mí?"

"Sí, amor, por supuesto" contesta él riendo, acariciando con sus nudillos la cabecita de la perrita, quien al parecer disfruta muchísimo del contacto "Es una cachorrita" explica "Una Dachshund" notás que pronuncia el nombre con dificultad, y eso te resulta la mar de adorable "Es muy, muy, muy mimosa, como habrás notado" te cuenta, dando vuelta a la perrita sobre sus rodillas hasta tenerla boca arriba, para poder frotar su panza cariñosamente "Como vos sos igual de mimosa o más se me ocurrió que las dos se llevarían bien" agrega.

La perrita parece estar muy cómoda en brazos de Tony, feliz con la atención que él le está prestando, por lo cual dudás una fracción de segundo antes de animarte – con manos ligeramente temblorosas, aunque ya no tanto – a tomar al animalito en brazos.

Esta cachorrita es mía, es mi mascota, es para mí es el pensamiento que corre por tu cabeza. Seguís sin poder creerlo, seguís sin registrarlo del todo, seguís anonadada, seguís sorprendida. Realmente fue una sorpresa inesperada, la mejor clase de sorpresa, esas sorpresas que nunca se olvidan, esas sorpresas que traen alegría inmensa y sonrisas a borbotones y risas y esa sensación tibiecita que te envuelve por dentro y que no podrías describir.

Con extremo cuidado levantás a la perrita hasta que sus ojos quedan a la altura de los tuyos. Te olfatea con el hocico, curiosa y ávida de conocerte, y luego como muestra de afecto o como saludo para darte la bienvenida a su existencia lame tu nariz con su fina lengua color rosa, lo cual te causa cosquillas y eso lleva a que Tony y vos se rían.

"Hola" saludás al animalito con una voz parecida a la que usabas para hablarle a tus sobrinitos cuando eran bebés: dulce, tierna, bajita "Hola, bonita" otro lamido en la lengua, más risitas "¿Cómo se llama?" le preguntás a Tony, acomodando al animalito sobre tu falda para que se acurruque allí, y así poder acariciarle el lomo.

"No tiene nombre aún. Pensé que te gustaría elegirlo vos" agrega luego.

"Tony, es perfecta" no podés dejar de repetirlo "Es tan dulce" comentás, muerta de amor (por él y por la cachorrita, que se ganó tu corazón en dos segundos), mientras tu mascota – mi primera mascota – restriega su hocico contra tu mano reclamando que sigas prestándole atención y acariciándola o frotándole el lomo "Sos muy, muy dulce" le decís a la perrita; sabés que los animales no entienden las palabras, pero otra cosa que aprendiste con Tony es que los sentimientos pueden comunicarse con las miradas, los mimos, el tacto, el tono de voz, y estás segura de que esa cachorrita puede sentir cuánto la adorás ya (incluso si hace menos de veinte minutos que la conocés) y cuán feliz estás gracias a ella.

"Estaba seguro de que ibas a adorarla" te dice él, acomodando algunos de tus rulos detrás de tu oreja con un movimiento suave de sus dedos.

"¿Cuánto tiempo tiene?" te interesás en saber, tus manos acariciando la pancita del animal otra vez; podés sentir allí, bajo la piel tibiecita, los latidos fuertes y sanos de su pequeño corazón. Si tuvieras que adivinar, dirías, por su tamaño, que es un cachorro de apenas tres o cuatro semanas, pero dado que sabés que los animalitos no pueden ser destetados hasta después de cumplir cuarenta o cuarenta y cinco días, suponés que nació hace al menos dos meses.

"Nació el 19 de octubre. Hoy cumple cincuenta días"

No tiene siquiera dos meses. Es tan chiquitita, y frágil, e indefensa.

"Es hermosa" no podés parar de repetir esas palabras mientras volvés a dejar que la perrita te olfatee, pegando en lo que considerás un gesto cariñoso su hocico frío y húmedo a tu mejilla, también húmeda a causa de las lágrimas de felicidad que derramaste como primera reacción a la sorpresa "Es muy, muy hermosa"

"Sé que quizá debería haberlo consultado con vos antes de adherir un nuevo integrante a nuestra familia…" él comienza a decir.

Pero vos te perdés, te perdés en las pocas palabras que han dejado sus labios y te perdés mirando dentro de los ojos oscuros del precioso animalito. De tu mascota, tu primera mascota.

Nuevo integrante… Familia… No es extraño que esas sean las palabras que hacen eco en tu cabeza. Porque todo lo que siempre quisiste, más que ninguna otra cosa y fervientemente, fue una familia, gente que te quisiera, que te cuidara, que te protegiera, que te hiciera reír cada vez que tuvieras ganas de llorar, que curara tu tristeza, que te sanara cuando tu alma se encontrara herida, que se preocuparan por vos, que te aceptaran con tus defectos y virtudes, una familia normal (dentro de todo, claro, porque no hay posibilidad alguna en el mundo de que exista una situación familiar perfecta: después de todo, los que componen las familias son seres humanos, seres humanos destinados a equivocarse, a cometer errores, seres humanos con falencias). Siempre soñaste con tener alguien que te amara lo suficiente para desear morir en el intento de darte el mundo entero, las estrellas, el cielo, el sol, las nubes, la luna, el mar, y ahora lo tenés a él, que te daría absolutamente cualquier cosa que le pidas, cualquier cosa que se te ocurra deseás, cualquier cosa con tal de hacerte la mujer más feliz del mundo.

Él te ama tanto que quiere darte una familia – sabe que una familia es la carencia más grande que te ha dejado el fallecimiento de tu padre y el abandono de tu madre como consecuencia -, quiere compartir su familia con vos, quiere que seas la tía de sus sobrinos y amiga de tus hermanas, que llegues a considerarlas a ellas también tus hermanas, que confíes en ellas como si realmente estuvieran unidas por lazos de sangre; no es su culpa que sus padres no te acepten, que piensen que no sos suficiente, que merece algo más, que no debería amarte porque sos distinta, que no debería quedarse con vos porque no comparten la misma herencia o la misma cultura, porque vienen de etnias diferentes. Él quiere darte la familia que llevás años necesitando, la contención que llevás años deseando, ese hogar con el que antes sólo podías soñar. Y es que no conociste el verdadero significado de la palabra hogar hasta la noche en la que Tony fue a buscarte – a pesar de ese diluvio que parecía empaparía las calles de Los Angeles por siempre, a pesar de su cansancio, a pesar del dolor en su pierna, a pesar de todo – porque tenías miedo a las pesadillas que podrían fabricarse en tu mente para perturbar tus sueños, no conociste el verdadero significado de la palabra hogar hasta esa noche en la que él cocinó para vos, dejó que lo abrazaras tanto como quisieras y se quedó despierto hasta el amanecer viéndote dormir, asegurándose de que estuvieras bien, de que nada te hiciera daño, ni siquiera el producto de tus propios pensamientos. Él te ama tanto, que sólo en sus brazos podés entender lo que significa tener un hogar, lo que significa tener una familia de verdad.

Sí, él y vos son una familia. Él es tu familia. Y como te conoce mejor que nadie, como sabe todo de vos, como puede leer tu alma cual si esta fuera un libro abierto de par en par con sus páginas surcadas de explicaciones sobre cómo hacerte feliz y cómo calmar tu dolor (entre otras muchas cosas, por ejemplo cómo besarte, cómo levantar tu autoestima, cómo cuidarte, cómo lograr que te ruborices, dónde hacerte cosquillas, cómo hacer que te sientas hermosa, cómo dejarte sin respiración, por nombrar sólo algunas), como puede ver lo vulnerable que sos, como puede entender todo lo que te pasa, todo lo que se mueve dentro tuyo, sabe siempre exactamente lo que precisás, sabe cómo hacerte feliz, sabe cómo arrancarte las sonrisas más lindas… Sabe que desde chiquitita anhelás el cariño y la compañía de una mascota. No te importa si te consultó o no antes de adherir un nuevo miembro a esta familia que forman los dos (los tres, ahora, porque debés sumar a la perrita): lo que te importa es que él se esforzó hasta el más mínimo detalle para hacer realidad tu sueño, para sorprenderte, para hacerte feliz, para llenarte el corazón de esa sensación cálida y dulce que estás experimentando ahora y que experimentás todos los días desde aquella madrugada en la que se besaron apasionadamente en un oscuro y desierto pasillo.

Lo que importa es que él – que es humano, que tiene defectos como todos, aunque vos lo veas perfecto para vos y hecho por Dios exactamente a tu medida, que no puede ni podrá nunca porque va contra las leyes del Universo bajarte el sol, la luna, pedazos de cielo, nubes o estrellas que puedas guardar en una caja de cristal – está tan enamorado de vos que te conoce de memoria, y como te conoce de memoria y mejor que nadie sabe cuáles son tus sueños, y como te ama con locura sería capaz de ir caminando hasta la China para conseguir aquello que sabe te hará feliz. Él te da lo que puede, y lo que él te da es siempre lo que necesitás. Lo que él puede darte es lo que necesitás, no más que eso. Y lo que por un motivo u otro no puede darte, eso no importa, porque sabés que si existiera la mínima posibilidad de conseguirlo, él se deslomaría hasta poder darte eso también.

"Tony" lo interrumpís, acariciando su mejilla con el dorso de tu mano y desviando tus ojos de la cachorrita para clavarlos dentro de los suyos, y dejar que tus pupilas y sus pupilas se hundan unas en las otras, dos pedazos de océano oscuro brillando uno sobre el otro, siendo uno el reflejo del otro, diciéndose con la mirada cosas que no se pueden decir en palabras porque no han sido inventados en ningún idioma términos que lleguen a resumir o a explicar en un mínimo porcentaje lo que el corazón siente "… Mi amor, es la sorpresa más linda que podrías haberme dado" le asegurás, sin dejar de acariciarlo "Es la mejor sorpresa que me dieron en toda la vida" confesás "Una cachorrita como ella es lo que siempre quise" estás mirándolo con adoración, con una adoración intensa que le permite sentir cuánto le agradecés que haya hecho realidad este sueño que venís acunando entre tus brazos desde que eras una beba de dos años que le preguntaba a su abuela si podía tener un osito panda de verdad para jugar "Todas las cosas hermosas que vos me das, todas son cosas que siempre quise" seguís, en un susurro suave, contorneando sus labios con tu pulgar "Todas las cosas hermosas que vos me das, me hacen sentir la mujer más feliz del mundo. Esta cachorrita…, es la adhesión perfecta a nuestra familia"

Los dos sonríen.

En momentos como estos es imposible contener las ganas de sonreír.

"Sé que esto va a implicar cambios importantes" reconoce "pero, Michelle, tengo todo planeado… Pensé y planeé todo incluso antes de ir al criadero a buscarla"

No te sorprende, en lo absoluto, que haya planeado todo con cuidado, considerando cada aspecto y cada consecuencia de su decisión de tener una mascota (una mascota, tu primera mascota… Seguís sin poder creerlo, seguís sin poder creer que esa perrita mimosa que está restregando su hocico contra tu piel cariñosamente otra vez es de ustedes dos), porque sabe que vos sos terriblemente organizada y, en lo que se refiere a los asuntos que comparten (comparten todo, así que podríamos simplificarlo diciendo 'todo' en lugar de agregar un molesto y formal 'los asuntos que comparten', como si no compartieran absolutamente cada pequeño aspecto de sus vidas, desde lo más simple hasta lo más complejo, lo lindo y lo feo, lo alegre y lo triste) él trata de ser igual de organizado y precavido. Cuando viste a la cachorrita en el canasto, no se te cruzaron por la cabeza doscientas preocupaciones, dudas, preguntas o interrogantes, o la idea de que quizá Tony había sido demasiado impulsivo y que la mascota acabaría siendo más un problema que una bendición: simplemente dejaste que la felicidad y los efectos de su sorpresa en vos te envolvieran por completo y la emoción estallara dentro tuyo como una lluvia de fuegos artificiales, porque tu parte racional asumió inmediatamente que, si la perrita ya estaba ahí, en un canasto y con un moño rojo atado al cuello, entonces Tony ya se había encargado de todos los otros detalles, desde los más tontos y absurdos hasta los verdaderamente fundamentales.

"Eso imaginé" confesás.

Suena tan entusiasmado, tan contento, tan lleno de energía, tan emocionado, que podrías jurar es uno de sus sueños el que acaba de hacerse realidad, y en cierto punto sabés que así es. Lo amás tanto, tanto, por considerar tus sueños sus sueños y encontrar felicidad en las cosas que te hacen feliz, que jamás podrías describir exactamente lo mucho que adorás a Tony Almeida:

"Estoy seguro de que vamos a poder ajustarnos sin inconvenientes. Sé que pasamos bastante tiempo en el trabajo y que odiarías dejar a la perrita sola – a mi tampoco me gustaría dejarla sola tantas horas" ya te imaginás lo mucho que va a adorar a esa cachorrita, tanto como ya la adorás vos (estás segura de que con el correr de los días, meses y años esa adoración no va a hacer más que crecer), y podrías comértelo a besos de sólo pensar lo mimoso y cariñoso que va a ser con el animalito (aunque él insista en decir que sólo es mimoso y cariñoso con vos) "-, por eso le pedí a la señora Dean, y ella aceptó, que viniera una vez a la mañana y otra a la tarde para jugar con ella, darle de comer, cambiar el agua de su tarrito, incluso algunas tardes llevarla a pasear cuando sale a hacer su caminata diaria " habla tan rápido que te es difícil encontrar una pausa donde meter un comentario "Por la noche podemos llevarla de paseo nosotros, al parque, o a la playa, caminar con ella a orillas del mar" dice, refiriéndose a la perrita "Y los sábados y domingos podemos malcriarla todo lo que queramos. No dándole de comer dulces ni nada que no sea apropiado para su organismo" te aclara enseguida "porque el veterinario me explico que debe llevar una dieta sana para tener un buen pelaje y que es importante que cuidemos su salud y…"

Lo detenés sellando sus labios con un beso, un beso que dice tanto que si tuvieras que poner esos sentimientos y emociones que ese beso guarda en palabras, probablemente tendrías que usar una cantidad de adjetivos suficiente para llenar varios tomos gordísimos de aspecto enciclopédico.

"Tony" murmurás contra su boca "sos perfecto. Esta sorpresa" suspirás "… es perfecta. Como vos" no te vas a cansar nunca de repetirlo, cada vez con más énfasis "No creas que voy a aburrirme de decírtelo" le avisás, sonriendo ampliamente y arrancándole a él otra de esas sonrisas de las que estás perdidamente enamorada "Y me hacés tan feliz, con cada pequeño gesto, con cada una de tus acciones… No te das una idea de lo que todo esto significa para mí" lágrimas otra vez se agolpan en tus ojos "No sabés lo mucho que significa que el hombre que amo se haya tomado el trabajo de pensar en cada detalle para poder sorprenderme con esto, que es un sueño hecho realidad. No sabés lo que significa para mí que le hayas pedido a tu vecina" nuestra vecina agrega una voz en tu cabeza, porque aquél departamento es también tu hogar, así como tu departamento es su hogar "que venga a jugar un ratito con la perrita y chequear que esté bien todos los días mientras nosotros estamos en la CTU porque recordaste lo que te dije sobre que no me gusta la idea de que un animalito esté solo, sin mimos ni atención. No sabés lo que significa para mí que hayas pensado en todo. Esto es mucho más de lo que merezco" suspirás, sonreís, cerrás los ojos al sentir su pulgar barriendo algunas de las lágrimas que ruedan por tus mejillas "… Pero voy a ser un poquitito egoísta – un poquitito nada más" te apresurás a aclarar, riendo "- y voy a quedarme con vos. Y con la perrita" agregás con otra risita, rascando al animalito detrás de las orejas "aunque no los merezca"

"Michelle, vos no sabés lo que significa para mí ver cómo te brillan los ojitos ahora; haría cualquier cosa para asegurarme de que sos feliz, para verte sonreír así todos los días sin excepción. Y aunque no lo creas cierto, tenés mucho menos de lo que merecés" las yemas de sus dedos acarician tus mejillas otra vez, luego tus labios, luego la piel extra-sensible debajo de tus párpados "Pero yo voy a cambiar eso" promete.

"En tres meses ya cambiaste mi vida más que cualquier otra persona en veinticuatro años… De hecho, cambiás mi vida un poquitito todos los días con sorpresas como ésta"

"Si hay algo que aprendí a través de todas las experiencias y situaciones tristes que mi familia y yo tuvimos que afrontar" podés oír en su voz el nudo que se le ha formado en la garganta; sin necesidad de que sea más específico entendés que está hablando, entre otras cosas, de la muerte de su hermano aquél 11 de septiembre, el accidente que acabó con la vida de su hermanito cuando eran apenas dos criaturas, la muerte de su abuelo, la muerte de su abuela… "es que el tiempo del que disponemos en esta Tierra es demasiado corto, y no vale la pena desperdiciarlo en estupideces o en asuntos que en realidad carecen de importancia" mentirías si dijeras que no podés ver las lágrimas acumulándose en sus ojos, incluso si tus propias lágrimas de emoción están nublándote la mirada "Uno de mis hermanos nunca tuvo la oportunidad de amar, y el otro falleció demasiado joven, dejando a su esposa y a sus hijos devastados… Vos lo entendés mejor que nadie…" dice luego de una pausa, tragando con dificultad.

Claro que lo entendés mejor que nadie: tu papá también falleció súbita e inesperadamente, once meses después de tu nacimiento, cuando creía que tenía toda la vida por delante para disfrutar con su esposa y su hija, con su familia, con las personas que amaba y que lo amaban. Y tu mamá, cuando parecía que el destino había dejado de arrojarle piedras para derribarla y que podría empezar de nuevo, borrar las heridas del pasado y tener una oportunidad para sentir amor verdadero y llevar una vida normal, quedó sola, deprimida, enloquecida por el dolor, abandonada, sin el único hombre que había significado algo para ella a su lado para protegerla, cuidarla, contenerla.

Sí, lo entendés mejor que nadie: la vida es tan corta, tan efímera, nada te garantiza lo que sucederá en el siguiente minuto, caminan sobre la cuerda floja y hay un precipicio abriéndose bajo ustedes. Así es para todos los humanos: desde el instante en que nacen, están condenados a deslizarse por una cornisa en dirección al momento de su muerte, y todo es tan frágil, tan débil, todo puede cambiar tan de repente, que cualquier corre el riesgo de resbalarse cuando menos se espera, e incluso los que se aferran con todas sus fuerzas para no caer, eventualmente acaban haciéndolo.

"… Quiero vivir cada instante como si fuera el último, y quiero vivirlo con vos. Eso es algo que nunca voy a cansarme de decir: quiero estar con vos hasta el final, y a esta altura no me queda mucha opción" chasquea la lengua con dulzura "porque lo cierto es que me moriría si tuviera que pasar un solo día lejos de vos"

Reís, él ríe. Están los dos tan enamorados de la risa del otro que es el sonido más lindo del mundo, y cuando ambas se combinan simplemente sentís tu alma siendo acariciada con tanta suavidad que es como si estuvieran recorriéndola de punta a punta con una pluma, despertando cosquillas placenteras y estremecimientos por todas partes. Ese es el efecto que tiene en vos el resultado de mezclar su risa con tu risa, y por la forma en la que las palabras que suben por su garganta suenan y el brillo en sus ojos negros, sabés que el mismo efecto tiene en él:

"Quiero que envejezcamos juntos, Michelle. Quiero poder contar tus arrugas antes de irme a dormir hasta conocer exactamente cuántas tenés" murmura suavemente, sin dejar de acariciar tu rostro, y la dulzura que te empapa es tal que hasta resulta abrumadora, lo suficientemente abrumadora para que cada músculo de tu cuerpo se afloje, víctima de tanta ternura.

Vos también querés envejecer con él. No hay nada que quieras tanto como despertar una mañana con noventa y cuatro años a cuestas, sabiendo que setenta de ellos estuvieron llenos de ese amor que nació de golpe y a primera vista y se transformó en la causa esencial de cada respiro que das, y verlo a él, irreconocibles sus facciones quizá debido al paso del tiempo, pero con esos ojos que reconocerías en cualquier parte, entre una multitud de millones, brillando como brillan ahora, la adoración en ellos intacta aún después de décadas enteras, sus dedos recorriendo las arrugas que sabés inevitablemente aparecerán en tu rostro color marfil, arrugas que él jura va a pasar noches dibujando y desdibujando, arrugas que va a conocer de memoria, arrugas que van a contar pedacitos de tu historia. Vos también querés dibujar y desdibujar sus arrugas con tus dedos, conocerlas a todas, conocer la historia detrás de cada una de ella, saber cuántas tiene y por qué las tiene.

Él continúa hablando, con esa voz que te derrite, que te deshace, que te puede, que provoca dentro tuyo espasmos de placer con cada sílaba. Habla como si supiera lo que pasa en tu cabeza, los pensamientos que la cruzan, los sentimientos que te agarran por dentro y te envuelven por completo, esos sentimientos que solamente él y la idea de dedicarle tu futuro pueden despertar.

"Quiero amanecer un día y que hayan pasado ciento cuatro años desde mi nacimiento, y sonreír sabiendo que empecé a vivir y no sólo existir la madrugada en la que me besaste, y que desde ese entonces hice absolutamente todo lo posible para que nunca dejaras de sentirte una princesa, para robarte sonrisas todos los días, para ayudar a que tus sueños se conviertan en realidad"

Cualquiera que lo escuchara lo consideraría romántico, eso es seguro, y creerían que siempre ha sido así con todas, con esas otras que lo besaron antes que vos, las que lo abrazaron antes que vos, y que con todas ellas tuvo gestos como los que tiene con vos. Siendo la persona que mejor y más íntimamente lo conoce, sabés que eso no es cierto, porque todas ellas no fueron más que mujeres con las cuales mantener una conexión física, mientras que con vos mantiene una conexión que va más allá de las leyes del Universo en todos los niveles, una conexión que sienten en cuerpo, alma, corazón y sangre. Sos la única por la que sería capaz de desvivirse para hacer realidad tus sueños, sos la única a la que le lee cuentos al oído, la única para la que compone canciones, la única a la que escribe cartas de amor, la única con la que quiere pasar su eternidad. Sos la única que ha visto ese costado romántico.

Cualquier mujer que lo escuchara hablándote así suspiraría como tonta (que quede claro: vos no sos una tonta cuando suspirás por él. Vos sos la mujer que lo ama, por lo cual es aceptable que suspires por él; y en todo caso, si a alguien se le ocurre llamarte 'tonta' por la cantidad de suspiros que te arranca a diario, que lo hagan, no te interesa). Cualquier mujer lo denominaría un bombón. Y seamos claros también ahora: la idea de otra – sea quien sea – refiriéndose al hombre de tu vida como a un 'bombón' te enfurecería a tal punto que dudás pudieras contener los celos, pero también debés ser realista y no cerrarte a cómo son las cosas: desde tu llegada a la CTU, has escuchado a varis secretarias y analistas jovencitas – y desubicadas, agregarías, porque hablar así de un superior es desubicado – decir cosas como 'Tony Almeida es demasiado sexy para ser real', o 'me encantaría invitarlo a mi casa y preguntarle si le gustan mis nuevas sábanas de algodón egipcio', por lo que sos muy consciente de que la mitad del plantel femenino de la Unidad tiene fantasías con él. Al principio, cuando todavía no estabas segura de si alguna vez tus sentimientos desesperados serían correspondidos y, pusilánime, dabas por sentado que nunca se fijaría en una chica oriental pudiendo tener a sus pies a la mujer que se le antojara, los celos que te agarraban cuando en tus oídos caían esas estupideces dichas entre risitas por entes femeninos con poco cerebro y muchas hormonas alborotadas te carcomían de tal manera que sentías estaban despedazándote por dentro. Hace bastante que no oís por accidente alguno de esos comentarios desagradables, pero supones que, si lo hicieras, ahora que él es legítimamente tuyo los celos serían tales que explotarías.

Cualquiera que lo viera así, comportándose como un osito de peluche gigante, todo mimoso y dulce, cualquiera que los viera en este instante de intimidad, este instante que es para ustedes dos y para nadie más, este instante que hace que hasta los días más largos, tediosos y difíciles valgan la pena, no tendría problemas para darse cuenta que los dos están perdida, loca, obsesivamente enamorados el uno del otro a tal punto que no hay otra persona en el Universo que les importe, pero también verían – desde lo racional – que las promesas que se hacen de pasar setenta años juntos son promesas hechas sin pensar, promesas hechas por dos tontos que están completamente locos de amor, pero que no tienen más fundamento o sustento que sentimientos desesperados e ilógicos fruto de una pasión demasiado honda para ser explicada.

Nadie tiene asegurado su tiempo en esta Tierra – eso vos y Tony lo saben, no sólo por sus experiencias personales, sino por las cosas que ven cada día en la CTU, las tragedias que suceden a personas inocentes que estaban en el lugar equivocado en el momento equivocada -, nadie sabe cuándo se cortará ese hilo del que habla la mitología griega, entonces, lógicamente nadie puede prometer lo que él te promete: que dentro de setenta años vas a seguir amaneciendo en sus brazos como lo hacés ahora, luego de haber construido miles de cosas juntos, luego de haber realizado cientos de proyectos, luego de haber hecho sus sueños realidad, luego de haber formado una familia. Nadie puede garantizar eso, nadie puede garantizar que veinticuatro horas luego de la salida del sol habrá un nuevo amanecer, o que estarán cada tarde presentes para contemplar el ocaso.

Y sin embargo, él te dice todos los días que van a envejecer juntos, y vos le creés. Te promete sesenta y nueve años y nueve meses más para sumar a estos tres, y vos le creés. Si te prometiera el cielo, el mar, la luna, las estrellas, le creerías. Así como le creés cuando te dice que sos hermosa. Así como le creés cuando te dice que sos el centro de su Universo. Así como le creés cuando te dice que nunca amó a nadie tanto como te ama a vos. Así como le creés cuando te dice que no hay fuerza humana o sobrehumana o de ningún tipo que pueda arrancarte de sus brazos.

No te importa la lógica, no te importa la cruel, cruda, terrible certeza de que nadie tiene la vida comprada y de que todo puede acabar en un milisegundo si así está escrito, no te importa que Dios sea más sabio y tenga mayor poder que ustedes (lo cual es un pecado, pero preferís amarlo a él con locura e ir luego al infierno que renunciar a tu convicción de que nada es más fuerte que este amor para llegar al cielo), no te importa ser en realidad no mucho más que una simple mortal a la que los designios del destino podrían aplastar fácilmente como un gigante de siete metros a un insignificante, minúscula cucaracha: si Tony te promete que dentro de setenta años cada noche vas a quedarte dormida en su cálido abrazo mientras él cuenta tus arrugas, vos le creés automáticamente, no importa que suene ilógico, improbable e irracional.

"Cuando eras chiquitita no pudiste tener una mascota porque tu abuela no te dejaba, pero ahora que sos adulta no deberías permitir que el trabajo se interponga entre lo que deseás, lo que te hace bien, lo que te hace feliz"

Tiene mucha razón pensás, dando un suspiro mental que sólo puede ser escuchado tu cabeza, un suspiro que nunca sube por tu garganta, deja tus labios y conoce lo que es convertirse en sonido, ser expulsado fuera de tu cuerpo, ese cuerpo en el que habita tu alma (sos un alma que usa un cuerpo, no un cuerpo con un alma, eso lo tenés en claro desde que te enamoraste de él: tu cuerpo y su cuerpo son apenas un conjunto de órganos sostenidos por huesos y envueltos por piel que da cobijo en el mundo terrenal a dos almas que existen desde antes de la formación del Universo, dos almas que antes eran una pero fueron separadas en dos pedazos distintos para luego encontrarse y unirse otra vez, dos almas que van a seguir entrelazadas durante toda la eternidad, incluso después de que, dentro de setenta años o más, sus corazones latan al unísono por última vez y luego lo que quede de ustedes sea sepultado).

Tu trabajo es complicado y requiere grandes sacrificios, es verdad, y no querías tener una mascota de la cual no pudieras ocuparte, a la que no pudieras dar cariño, a la que tuvieras que dejar sola durante muchas horas, quizá en parte porque en la fantasía extraña ideada en tu cabeza el animalito lo hubiera sentido como un abandono de tu parte, y si hay algo que jamás harías a otra criatura viviente sería obligarla a pasar por esa ansiedad y esa angustia con las que te quedaste después de que tu mamá se fuera para no regresar. Es ridículo, podrán objetar algunos (tu parte racional también sabe que es ridículo, porque de hecho sos consciente de que muchas mascotas se quedan solas durante todo el día hasta que sus dueños llegan por la noche, y están perfectamente bien), pero así de hondo caló en vos lo que te sucedió cuando tenías diez años, así de profundas son las consecuencias de ese abandono.

Pero desde que estás con él esas heridas empezaron a sanar. Él sabe cómo sanarlas. ¿O creés que cualquier otro hombre habría encontrado la manera de balancear perfectamente tu deseo de tener una mascota y tu teoría de que sería injusto y egoísta que el cachorro pasara la mayor parte del tiempo sin compañía? Gracias a él, gracias a cómo se las ingenió para idear el plan perfecto y tener todo organizado de forma satisfactoria antes de sorprenderte con la perrita, ahora uno de los sueños que abrazabas desde chiquitita se hizo realidad, y te das cuenta de lo tonto que fue dejar que tu trabajo se interpusiera o te sirviera para idear excusas. Ningún otro hubiera hecho eso, sólo él, que es el hombre perfecto para vos, moldeado exactamente a tu medida, con la misión de hacerte feliz, de cuidarte, de protegerte, de hacer que te sientas especial.

Ahora que tenés a esa hermosa cachorrita en brazos, lamiendo las lágrimas en tus mejillas y olfateándote con su hocico, moviendo su cola cada vez más alegremente y pidiéndote mimos, te das cuenta que vos misma estabas poniéndote piedras y trabas diciéndote que tener una mascota sería complicado y egoísta porque no dispondrías de tiempo para ocuparte de ella. Tony pudo ver más allá de eso – quizá porque, a diferencia tuya, él no teme terriblemente al abandono como vos lo hacés por motivos relacionados a eventos ocurridos en tu infancia – pero en lugar de considerar estúpido tu punto de vista, ridículo, sin fundamento, infantil, decidió ocuparse de que tu sueño pudiera hacerse realidad bajo tus términos.

No podrías amarlo más, pensarían algunos, no más de lo que lo amás ahora, en este preciso instante, mientras te dice esas frases románticas que te deshacen como si fueras arcilla en sus manos, después de haberte dado una de las sorpresas más lindas de toda tu vida. Pero sabés que mañana vas a adorarlo con una locura aun superior. Cada día lo amás más que el anterior y menos que el siguiente, porque sabés que va a encontrar otra manera de hacer que te enamores de él con más fuerza, ya sea con una acción, un gesto, una sonrisa, una palabra, un consejo, o compartiendo tus silencios cuando eso es lo que necesitás.

"Quiero que, a pesar de todo" sigue él "cada uno de nuestros días juntos – que van a ser muchos – esté lleno de momentos lindos que no podamos olvidar ni aunque perdamos la memoria, quiero morirme sabiendo que hice todo lo posible y hasta lo imposible incluso para darte más que una existencia común y corriente, monótona y repetitiva"

Con él tu existencia jamás podría ser común y corriente, monótona y repetitiva. Con él cada instante parece sacado de un cuento de hadas. Con él la oscuridad se llena de luz, todo duele menos, las lastimaduras cicatrizan pronto. Gracias a él al mirarte al espejo te notás distinta, como si hubiera un brillo a tu alrededor. Gracias a él ahora tenés para el futuro otras aspiraciones además de las que siempre tuviste para tu carrera. Con él renacés constantemente. Con él cada beso se siente como el primero. Con él cada instante es inolvidable, y ninguna mirada, ninguna caricia, ninguna palabra va a borrarse, aunque pierdas la memoria. Con él tu existencia es sencillamente hermosa, a pesar de todo y con todo, más allá de todo y de todos. Tu vida realmente empezó cuando te dejaste guiar por tus instintos y en un impulso, en un arrebato del que jamás te vas a arrepentir, le robaste el primer beso.

"No puedo prometerte un viaje en globo alrededor del mundo, no puedo prometerte escalar el Everest, no puedo prometerte el cielo, no puedo prometerte todos los secretos del Universo – aunque si quisieras alguna de esas dos cosas me esforzaría hasta encontrar la manera de volverlas posibles" te asegura, y vos le creés, claro que le creés "-, pero sí puedo prometerte que nunca más vas a sentirte sola, que nunca más va a hacerte falta amor, que nunca más va hacerte falta cariño, que nunca más vas a tener frío, que nunca más una pesadilla va a perturbarte, que nunca más te vas a sentir el patito feo, que nunca más te vas a sentir dejada de lado, que nunca más te vas a sentir poco importante. No puedo prometerte el mundo Michelle, pero puedo prometerte mi mundo, si eso vale algo, y en mi mundo vos sos la única estrella, no hay océano tan profundo como tus ojos, vos sos mi cielo, brillás más que la luna, irradiás más calor que el sol… Vos sos mi mundo, y puedo prometerte que voy a cuidarte como a nada, porque si algo te sucediera, si alguna vez dejaras de sonreír, si alguna vez dejaras de ser feliz, si alguno de tus sueños muriera, entonces todo para mí acabaría, y terminaría por extinguirme"

La manera más apropiada que encontrás para responder a esa declaración de amor (que junto a todas sus otras declaraciones de amor va a estar para siempre grabada en tu corazón, contada entre los momentos más íntimos y románticos de tu vida) es con un beso, con el lenguaje de la piel. Si el lenguaje es otra piel, entonces por ende la piel es otro lenguaje, de la misma manera en que si dos más dos son cuatro, entonces dos más dos no pueden ser cinco, porque cinco no es cuatro (no podés evitar pensar así; sos, después de todo, un poco nerd – por no decir bastante – y la lógica es algo que disfrutás enormemente, incluso si para el amor no hay lógica probable o aplicable en realidad). El de la piel es tu lenguaje predilecto, aquel en el que hablás sin hablar, aquél en el que le transmitís los pensamientos y sentimientos de tu alma, que no tiene voz que pueda ser captada por el oído humano, pero tiene formas de comunicarse a través de los besos y las caricias.

"Amor, contención, estabilidad, una familia, mimos, confianza, autoestima" enumerás "son las cosas de las que carecí durante veinticuatro años, porque el amor que me dieron nunca me pareció suficiente, tampoco la contención, sobre la estabilidad no conocía mucho, mi familia nunca fue ni convencional ni funcional, nadie quiso hacerme mimos, no recuerdo que nadie me haya hecho nunca mimos, no recuerdo que nadie pusiera confianza en mí fuera del ámbito académica, no recuerdo que nadie haya contribuido a sanar mi autoestima… hasta que llegaste vos" le contás en un susurro, tu boca a un milímetro de su boca "Vos sos todo eso para mí" no es nada que no sepa ya, pero te encanta repetírselo, y a él le encanta escucharlo "Y como si no fuera ya suficiente, ahora la tengo a ella" desviás la mirada hacia la cachorrita, que está hecha un ovillo sobre tu regazo, mirándolos a los dos con sus ojitos oscuros llenos de curiosidad y ternura, como si pudiera sentir gracias a su instinto el amor que de los dos emana "para que también me dé amor, para que sea parte de nuestra familia, para que me pida mimos, para que me arranque sonrisas…"

Él también desvía la mirada hacia el animalito, y la rasca detrás de las orejas con dos de sus dedos.

"¿Sabés cuándo decidí que iba a comprarte una mascota?" es una pregunta retórica, por supuesto.

"No, ¿cuándo?"

"El mismo día que hice la lista"

Conocés este juego, por supuesto: Tony haciéndose el misterioso para despertar en vos intriga, sonriendo enigmáticamente, jurando no poder develar más porque sino miles de sorpresas planeadas para el futuro se arruinarían, insistiendo con que seas paciente y esperes a que las cosas lleguen a su debido tiempo.

Conocés el juego, por supuesto. Y se lo seguís:

"¿Qué lista?"

Te da una respuesta mucho más directa de lo que esperabas:

"Tengo confeccionada una lista, en mi cabeza" se señala la sien ", con cientos de ideas para hacer tu vida mágica"

"¿Vas a llevarme a dar un paseo en un Ford Anglia color turquesa que vuela, como en Harry Potter y la Cámara Secreta?" sugerís en tono de broma, frotando con la punta de tu nariz la punta de su nariz y sonriendo, muerta de amor ante su confesión.

"Muy gracioso, señorita Dessler"

"¿Qué más conforma esa lista, además de esta belleza?" preguntás, frotando ahora tu nariz contra el hocico frío y húmedo de tu mascota (es algo que siempre quisiste hacer, darle besos esquimales a un perrito, y te resulta más dulce de lo que podrías haber imaginado).

"No voy a decírtelo" esa es la respuesta que esperabas para ese interrogante "No quiero arruinar las otras sorpresas"

"Tony, esta es la mejor sorpresa que me dieron en toda la vida, nada puede superar la felicidad que siento ahora mismo" decís, sin poder contener una sonrisa que abarca todo tu rostro, una sonrisa tan ancha que hasta te duelen los músculos de la cara, una sonrisa llena de significado, una sonrisa nacida del corazón, una sonrisa que alcanza también tus ojos, una sonrisa que va de una oreja a la otra, una sonrisa igual a la de él.

"Esperá y vas a ver" te promete, regresando a su tono y postura enigmáticos.

Decidís no insistir, ya que sería imposible arrancarle una sola cosa más al respecto (además, seamos honestos: adorás que te sorprenda, te encanta).

"¿Me ayudás a elegir un nombre para ella?" le pedís, acariciando la panza de la perrita otra vez, que se retuerce contenta sobre tu regazo, feliz de que estés prestándole tu completa atención de nuevo en lugar de tener que conformarse con caricias suaves en el lomo mientras Tony y vos tenían uno de sus momentos de íntima vulnerabilidad emocional.

"Michelle"

"¿Qué?" preguntás, distraída.

"Podríamos llamarla Michelle" explica.

"Tony, ¿me estás hablando en serio?" reprimís una carcajada "¿Estás proponiendo que la perrita se llame Michelle?"

"Tiene sentido" procede a explicar ": ¿viste lo hermosos que son sus ojitos?, ¿y lo terriblemente mimosa que es?, ¿y lo mucho que le gusta que le froten la panza o la espalda?" estás roja como un tomate, obviamente, tan sonrojada que te arden las mejillas.

"Definitivamente no va a llamarse Michelle" dejás en claro.

"Sos muy egoísta, Michelle" dice, fingiendo absoluta seriedad (aunque sabés que en realidad está bromeando), moviendo la cabeza lentamente de un lado al otro y frunciendo los labios en lo que se supone es señal de decepción ": que vos tengas el nombre más lindo del mundo no significa que otras criaturas no puedan tenerlo también"

No podés evitar reír, tampoco podés evitar el tinte rojo que cubre tus mejillas… otra vez. Es increíble su capacidad para hacer que te sonrojes, y dudás alguna vez – incluso dentro de setenta años – logres controlar el efecto que sus palabras tienen en vos, efecto al que vas acostumbrándote poco a poco, efecto que – si debieras ser completamente honesta – te encanta, porque te fascina que haya en tu vida alguien con el poder suficiente para hacer que te ruborices con mirarte, hablarte o tan sólo rozar levemente su piel contra tu piel.

"Qué tonto que sos…" susurrás, la sonrisa aun allí, como diría él, embelleciendo tus exóticas facciones. Es una frase que siempre se escapa por entre tus labios con facilidad cada vez que no sabés responder a uno de sus comentarios graciosos que encontrás dulces.

"¿Qué nombre propone usted, entonces, agente Dessler?" pregunta en un tono formal, como si estuvieran discutiendo la mejor manera de proceder a las puertas de un protocolo activo.

"Mmmh…"

"Me encantan tus gestos pensativos" susurra en tu oído, acomodando algunos de esos bucles rebeldes que nunca se quedan quietos, no sabés si para distraerte con su cercanía o porque simplemente sintió la súbita necesidad de hacer que te sonrojes otra vez. Cuando un segundo más tarde sus labios caen sobre la porción de piel desnuda en la que tu cuello y tu hombro se encuentran y ya no pueden definirse bien los límites sobre dónde comienza uno y dónde acaba el otro, tu cerebro se desconecta momentáneamente, y sentís en el centro de tu estómago una punzada cálida y placentera que nada tiene que ver con los calambres que estuvieron molestándote todo el día.

"No puedo pensar si estás besándome" habría sonado como un reto si no hubieras usado una vocecita acaramelada y acompañado las palabras acariciando su cabeza.

"¿Penny?" su primera sugerencia es seguida por otras en cuanto ve tu nariz fruncida en señal de desacuerdo "¿Polly?, ¿Mili?"

"Mili es el nombre de una de tus sobrinas" le recordás, refiriéndote a Milagros, a quien sus padres y abuelos llaman Mili cariñosamente.

"Le advertí a mi hermana que Mili era nombre de mascota, si ella no me escuchó es su culpa, no la mía" contesta, riendo, y provocando, por supuesto, que vos rías también "Bueno, veamos… ¿Lassie?" esta sugerencia también te hace reír, incluso más que antes.

"¿Sparkles?" es su turno de fruncir la nariz "¿Beethoven?, ¿Skip?"

"Michelle, mirás demasiadas películas infantiles" te acusa, posando sus labios en tu frente por un breve momento, para luego dirigir la atención otra vez a la perrita, que sigue mirándolos a ambos con curiosidad, sentada en tu regazo sobre sus pequeñísimas patas traseras, moviendo la cola alegremente de un lado al otro, prestándoles atención como si de alguna forma supiera que están eligiendo su nombre.

"Vos mirás películas infantiles" devolvés la acusación, y luego, como si hiciera falta, lanzás una prueba concluyente de que tu enunciado es verdadero e irrefutable ": vos fuiste el que sugirió Lassie"

Que ría simplemente y que no te devuelva 'el golpe' refutando que vos sos la que los sábados a la noche mira dibujitos animados en Nickelodeon demuestra la facilidad con la que podés llevarlo de la nariz y lo poco que le importa lo que digas de él siempre y cuando estés contenta y con una sonrisa en el rostro.

"Lassie, Michelle, es un clásico" te aclara, pretendiendo haber sido ofendido por tu comentario, pero sin poder evitar acabar riendo también.

Aunque la semana haya sido larga, difícil y llena de emociones encontradas (la amenaza de bomba a la UCLA el lunes, los recuerdos de tu mamá que te asaltaron de golpe mientras intentabas dormir, las palabras que Carrie te dijo y tu primera discusión con Tony el miércoles, tus jaquecas constantes y molestias físicas en general, por nombrar un par de cosas), no podés evitar pensar que, de hacer un balance, daría positivo. Las cosas malas siempre están presentes, en el camino hay piedras que aparecen de repente para bloquearnos el paso y obstáculos que sortear, pero la clave de la felicidad es, definitivamente, poder apreciar, a pesar del caos, las cosas buenas, las cosas simples, las cosas sencillas, las cosas que tienen la fuerza suficiente para sanar heridas y crear luz que brille incluso en la oscuridad. Esa es otra cosa que aprendiste con Tony: siempre existe la posibilidad de que la persona que amás convierta un día muy, muy malo en un día hermoso para recordar siempre (nunca vas a olvidarte de lo que sentiste acurrucada en sus brazos con él leyéndote al oído, la luna enorme y pálida contemplándolos, el cielo cubierto de estrellas), siempre existe la posibilidad de que la persona que amás te sorprenda y borre así de un plumazo cualquier cosa que haya estado molestándote o haciéndote mal, recordándote que sos especial, que sos importante, y que merecés mucho más de lo que tenés (y que, aunque no lo merecieras, él querría dártelo igual). No fue tu mejor semana, definitivamente, pero alguno de los mejores momentos de tu vida sucedieron en ella: él te regaló la cajita de música de su abuela, la pluma con la que terminaste de escribir en el cuaderno que vas a darle más tarde (y que te parece un regalo muy tonto comparado al que él acaba de hacerte, aunque sabés que le va a encantar de todos modos), te leyó al oído un libro hermoso, y ahora estás sentada a su lado, con la cachorrita con la que siempre soñaste en el regazo, tratando de decidir cómo llamarla, los dos riendo y bromeando.

Su voz te distrae de tus reflexiones sobre cómo alguien tan especial como él puede hacer que todo dé un vuelco de ciento ochenta grados, cómo puede llenar de luz lo que antes era lisa y llana oscuridad, cómo puede transformar las lágrimas de tristeza y lágrimas de felicidad con tan solo una acción, por más pequeña que ésta sea:

"¿Qué tal Bachicha?"

"¿Qué es eso?" preguntás, abriendo los ojos grandes como platos y levantando muchísimo las cejas "¿De dónde sacaste ese nombre?" inquirís, reprimiendo una carcajada.

"De una canción infantil en español que mi mamá solía cantarle a Martina cuando era bebé" trata de sonar casual, tan casual como posible, pero le echás una mirada que logra que, para variar, sea él el que se sonroja. Finalmente, confiesa, rojo como un tomate "Bueno, no sólo le cantaba esa canción a Martina, también nos la cantaba a mí y a mis hermanos"

Volvés a fruncir la nariz, apenas, y él entiende enseguida que definitivamente tu perrita no va a llamarse Bachicha.

Siguen durante un largo rato 'lanzando nombres al aire', algunos muy dulces, otros tiernos, otros originales, otros demasiado típicos, y otros hasta un poco bizarros. La perrita, contenta, pasa de tus brazos a sus brazos, mucho más cómoda en el ambiente y menos tímida ya, moviéndose de una punta del sillón a la otra, sacudiendo su cola con alegría y restregando su hocico contra tus manos o sus manos en busca de más caricias y cosquillas, jugando a esconderse entre los almohadones, de golpe deteniéndose para empezar a escavar con sus patitas diminutas demostrando gran energía, como si esperara poder romper ella sola el material del que está hecho el sillón y encontrar algo 'enterrado' allí.

"¿Angie?"

"Es un nombre de persona, Tony"

"Es una canción de los Rolling Stones" te corrige.

"¿Looney?"

"¿Sweetie?"

"¿Brownie?"

"¿Icy?"

"¿Izzie?"

"¿Winnie Pooh?"

Soltaste una carcajada.

"Creo que estoy empezando a quedarme sin ideas" reconoce.

"¿Piggy?"

"¿Panda?"

"No" decís, frotando otra vez tu nariz contra el hocico del animalito "Ella es mucho más bonita que un osito panda"

"Pensé que los pandas eran tus animales favoritos…"

"Ella es mi animal favorito ahora" contestás "Ella, y después los pandas en general" aclarás "Y después los renos. Pero ella va a ser siempre mi animal favorito" agregás, completamente fascinada con tu nueva mascota, abrazándola para sentir el calor de su cuerpo y la tibieza de su lustroso pelaje color chocolate, que a la luz que arroja la lámpara que se halla a un costado se torna color miel.

"¿Qué tal el nombre Wonki?" propone, retomando su conversación anterior "O Winky. O Wonnie. ¿Willie?"

Se te ocurre de repente una idea genial:

"¿Dobby?"

Dobby es un personaje de la serie de libros escritos por J.K Rowling sobre el mago Harry Potter, y por su dulzura, lealtad, sinceridad, valor e inocencia es uno de tus favoritos.

Aparentemente y juzgando por la expresión en su rostro, el nombre Dobby no le gustó mucho, y aunque sabés que en última instancia va a dejar que llames a la perrita como quieras, es importante para vos que la decisión sea tomada por los dos; después de todo, es la mascota de ambos, porque todo lo que es tuyo también es suyo, así como todo lo que es de él también es tuyo.

"¿Cupcake?" ofrece otra sugerencia "¿Lola?, ¿Kira?, ¿Ava?, ¿Chloe?"

Esa indirecta le cuesta un (suave) golpe de tu parte con un almohadón. Él sabe bien que, aunque no estés de acuerdo con hacer comentarios hirientes o despectivos sobre Chloe, entendés que lo hace con buenas intenciones y que sólo habla así de ella con vos, para hacerte reír (porque lo cierto es que nunca falla en arrancarte una sonrisa).

Inmediatamente recordás una canción de Supertramp que te encanta, que lleva por título el nombre Bonnie. Es una de tus favoritas de esa banda, y cuando tenías unos nueve o diez años la escuchabas muchísimo, junto con otras canciones de ellos que habías grabado de la radio en un viejo casete. Cuando creciste y empezaste a trabajar pudiste comprar todos los discos que siempre habías querido tener (la colección completa de Queen y de The Beatles y absolutamente todo lo que encontraste de Phil Collins y Genesis, para empezar), pero a pesar de que ahora tenés toda la discografía de Supertramp, aun conservás en una caja llena de recuerdos ese casete que escuchabas mientras hacías los deberes. La música de Supertramp es siempre perfecta cuando se trata de levantarte el ánimo, te pone de buen humor, y es de tus bandas favoritas cuando se trata de elegir al ritmo de qué limpiar tu departamento de arriba a abajo hasta dejarlo reluciente (lo cual sucede bastante seguido, porque sos una obsesiva de la limpieza y ordenar compulsivamente lo que ya está ordenado te relaja más de lo que a otros un fin de semana en un spa).

"¿Bonnie?" sugerís, con una sonrisa de oreja a oreja.

Y él te sonríe. Una de las cosas más lindas de su sonrisa es que siempre es el espejo de la tuya, así como el brillo de sus ojos es idéntico al brillo de tus ojos cuando se miran así, como están mirándose ahora, como si nada más importara, como si el resto del Universo hubiera sido lentamente desdibujado hasta convertirse en un borrón color gris.

"Bonnie… Me gusta mucho ese nombre"

La cachorrita está otra vez entretenida moviendo sus patitas rítmicamente y a toda velocidad, 'escarbando' en el sofá.

"Bonnie" repetís, como si estuvieras probando nuevamente qué tal suena "Bonnie" tratás otra vez, y en esta oportunidad acerca su hocico a tu mano para olfatearte otra vez "Creo que a ella también le gusta" comentás, tu sonrisa ensanchándose, acariciándole en el huequito detrás de sus largas, simpáticas orejas.

"Ahora necesitamos un nombre por el cual llamarla cuando se porta mal o cuando no nos presta atención" Tony señala.

Lo mirás confundida.

"¿No podemos simplemente llamarla Bonnie?" preguntás, desconcertada.

Chasquea la lengua de ese modo tan tierno que no sabés bien cómo definir o describir, ese chasquido que resume sin necesidad de palabras un 'Michelle, sos demasiado adorable para tu propio bien'. Luego se inclina apenas hacia adelante, lo suficiente para que sus labios puedan posarse brevemente sobre tu frente.

"Voy a contarte una historia de mi infancia" comienza, y podrías jurar que hay un destello en su mirada que te advierte deberías hacerle el favor de avergonzarlo y evitar reaccionar como si de chico el hubiera sido la cosita más dulce y tierna del mundo (aunque vos sí pensás que lo fue, o al menos esa conclusión sacás valiéndote de las fotos que viste de su niñez cuando visitaste la casa de sus padres en Chicago, y las anécdotas que él te contó) "La primera mascota que nos regalaron a mis hermanos y a mi era una caniche color blanca, hermosa; habíamos pasado meses llorando, literalmente, para que nuestros padres invirtieran sus ahorros y nos sorprendieran con un perro en la mañana de Navidad. Pero una vez que la teníamos ahí, en frente nuestro, sin poder creer que el milagro había ocurrido" reís ante el énfasis que puso en la palabra milagro "elegir el nombre fue complicado, mucho más complicado que esto" gesticula señalando a ambos "Es decir, éramos criaturas, cada uno quería llamar a la perrita de una manera distinta, y acabamos peleando mucho" resume "Al final mi papá se cansó y eligió el nombre: Cleopatra" frunce la nariz y niega con la cabeza lentamente, de un lado a otro "Ninguno de nosotros sabía bien cómo pronunciar eso, así que seguimos el ejemplo de Eva y decidimos llamarla simplemente Cleo, pero cuando desobedecía o se portaba mal, para que supiera que no estábamos jugando la llamábamos Cleopatra, a modo de reto, y ella sabía que estaba metiendo la pata… muchas veces literalmente hablando"

"Ya entiendo" estás poniendo todo tu esfuerzo en reprimir las ganas de decirle que te encantaría ver videos suyos jugando con Cleo (estás segurísima de que su madre tiene videos, dado que, tenés entendido, la señora Almeida tiende a fotografiar y filmar todo) "Pero, ¿no sería confuso para Bonnie…?"

"La mayoría de las personas dan a su perro un nombre, y luego acaban poniéndole toda clase de apodos raros" te interrumpe, interpretando a donde te dirigías con la pregunta que no dejó acabaras de formular "y ellos responden igual, porque lo que los guía es en realidad el tono y la voz de la persona que se dirige a ellos. Amo el nombre Bonnie y es perfecto para ella" vuelve a inclinarse hacia delante, esta vez para darte un beso en la punta de la nariz "pero creo que deberíamos usarlo cariñosamente, y llamarla de otra manera cuando estamos enojados porque, Michelle" te advierte ", aunque ahora te parezca la criaturita más hermosa sobre la Tierra, algunas veces va a portarse mal" te avisa "Lo digo por experiencia propia"

No podés contener la carcajada dulce, suave, que como una caricia al aire se cuela por entre tus labios: te fascina la facilidad con la que lee tus pensamientos, y como puede saber exactamente qué es lo que pasa por tu cabeza, cómo pudo saber que estabas planteándote si realmente alguna vez tendrías que retar a tu mascota simplemente porque estás demasiado obnubilada por la sorpresa y feliz de tenerla como para contemplar que, como todo cachorro, en algún momento va a 'meter la pata' (en algunos casos literalmente hablando).

"¿Qué tal Bonita, entonces, y cariñosamente le decimos Bonnie?" proponés, pasados algunos minutos.

En lugar de contestar a lo que acabás de decir, te roba un beso y murmura contra tu boca:

"Me encanta que intentes hablar en castellano"

Te sonrojás enseguida, automáticamente. Te encanta que note que te esforzás por aprender su otro idioma, incluso si vas aprendiendo de a poco, incluso si hasta ahora sólo conocés palabras sueltas y básicas, incluso si tu acento es tan desastroso que causa gracia.

"Me encanta que sepas que hago lo mejor que puedo para hablar castellano" respondés, aun su boca contra tu boca.

"¿Qué tal Bones?" propone Tony de repente, como si una lamparita se hubiera encendido en su cabeza y una idea genial le hubiera caído de golpe, con la impactante fuerza de un yunque arrojado desde el balcón del veinteavo piso de un edificio.

Bones en Inglés significa huesos. Te resulta tierno, a decir verdad, y cuanto más lo pensás más sentido tiene: Bonnie todos los días, Bones en las escasas ocasiones en las que desobedezca o se porte mal.

"¿Bones? Me gusta" coincidís "Me gusta mucho" sonreís otra vez, él te sonríe otra vez, y la cachorrita vuelve a acercarse a vos para frotar su cuerpo despacio contra el tuyo, pidiéndote que vuelvas a levantarla en brazos y a hacerle mimos.

"Ya está decidido, entonces" anuncia "Bonnie o Bones, dependiendo de la circunstancia"

"Pero estoy segura de que vamos a llamarla Bonnie todo el tiempo, y sólo Bones de tanto en tanto"

Vuelve a chasquear la lengua, es ese chasquido difícil de definir, ese chasquido que sin palabras dice 'Michelle, sos demasiado adorable para tu propio bien'

"¿Qué pasa, agente Almeida?, ¿no tiene fe en que nuestra mascota va a portarse excelente?"

Nuestra mascota. Todavía seguís sin poder creerlo. Si te hubieran dicho esta mañana que al llegar del trabajo a la noche conocerías a esta cachorrita preciosa, a Bonnie (o Bones), no lo hubieras creído. Si te hubieran dicho esta mañana que uno de tus sueños se haría realidad, no hubieras dado crédito a tus oídos.

"Tengo mucha fe en que Bonnie, vos y yo vamos a divertirnos mucho" contesta.

"¿Sabés de qué tengo certeza yo?" no le das tiempo a replicar nada "Tengo la certeza de que hoy me hiciste la mujer más feliz del mundo. Y tengo la seguridad de que Bonnie – o Bones, cuando muy de vez en cuando se porte mal" aclarás "- va a hacernos muy, muy felices a los dos"

Volvés a besarlo, muy despacio primero y apasionadamente después, segura de que lo que queda del viernes y el fin de semana van a ser perfectos, mágicos, especiales, porque, como él te prometió, va a hacerte sonreír todo el tiempo, porque es tu sonrisa lo que da sentido a su mundo, ese mundo que él quiere darte, con su mar, su luna, su sol, sus nubes, su cielo y sus estrellas.