Espero que estén pasando un hermoso mes de enero, como se merecen, y que todo marche bien en sus vidas (como también se merecen). Les mando un beso enorme, tan grande como la alegría que me genera leer las cosas que me escriben sobre lo que yo escribo.


Como hallarle figuras a las nubes,

Como ir al cine

O no hacer nada.

El reloj marca las tres de la madrugada, sus agujas señalando con precisión que no ha pasado ni un minuto de la muerte de las dos y que aun quedan sesenta segundos antes de que las manecillas empiecen a deslizarse, tocando los números como si fueran varitas mágicas, moviéndose de a centímetros, dando una vuelta que una vez completa marcará el inicio de una nueva hora.

Bonnie y Michelle yacen dormidas en el sillón, la primera hecha un ovillo sobre el pecho de la segunda, que hasta hace un rato, inmersa en un estado de semiinconsciencia, acariciaba su lomo lentamente con la yema de dos dedos, un movimiento automático, involuntario casi, que cesó sólo cuando cayó presa completa del cansancio, ese cansancio que llevaba una semana acumulándose sobre sus hombros, haciendo doler su espalda, su cabeza, sus músculos, su corazón, y que sólo vos pudiste aliviar.

Luce tan hermosa, envuelta en un sweater gigante, ese sweater color negro con rombos grises que en una época fue tuyo, sus rulos despeinados sobre la almohada de plumas, la cachorrita acurrucada en sus brazos, ambas inmersas en la serenidad luego de haber pasado un largo rato jugando, la adoración de una por la otra creciendo con cada segundo, y por ende con cada segundo creciendo tu adoración por las dos; Bonnie no lleva ni un día en tu vida y en la de Michelle, pero ya la aman y ya se las ingenió para arrancarles varias sonrisas y carcajadas con su carácter juguetón y dulce. No podés evitar sentir que, cada vez que late contento, tu corazón te dice que elegiste a la mascota correcta, la mascota indicada, y que nunca vas a arrepentirte de haber hecho realidad el sueño de Michelle de tener una perrita, ni siquiera cuando Bonnie se porte mal o desobedezca y tengas que retarla y llamarla Bones.

Sentado en el suelo, a escaso metro del sillón, sonreís, resistiendo la tentación de deslizar las yemas de tus dedos por sus mejillas, besar sus párpados o posar tus labios sobre su frente por miedo a despertarla. Sonreís, y simplemente continuás observando al amor de tu vida, su carita relajada, el fantasma de una sonrisa cruzando su exótico rostro, su respiración acompasada mezclándose con la del animalito que hecho una bolita descansa en su pecho. La observás con cuidado, sin perderte detalle alguno, queriendo absorber tanta y tan deslumbrante belleza, fascinado con su hermosura, abrumado por el cálido sentimiento que se expande por cada rinconcito de tu cuerpo y que te recuerda – con un cosquilleo placentero en el estómago – que ella es tuya, y de nadie más, y que lo será para siempre, que te pertenece y que vos le pertenecés a ella, que los dos son la causa de la felicidad del otro, y que vas a dedicar el tiempo que te quede de vida a asegurarte de que ella sea un poquitito más feliz cada día.

Si hay algo que aprendiste de la manera más difícil, y que tu trabajo y las circunstancias que el destino va arrojándote mientras andás los caminos que te tocan en suerte te recuerdan gustosos con tragos amargos a veces más o menos difíciles de pasar por la garganta, es que los momentos hay que atesorarlos, por más simples que sean, por más insignificantes que parezcan a los ojos de otros, por mucho que 'los de afuera' no los juzguen relevantes y los consideren mundanos. Embeberte en la dulce sensación de estar una noche entera contemplándola en su estado más tierno y vulnerable después de haber pasado las últimas horas besándola, riendo con ella, perdiéndote en el sonido de su risa, hablándole al oído, susurrando lo mucho que la adorás, vale más que una buena noche de sueño.

Además, querés aprovechar cada ocasión que se te presente para hacer lo que estás a punto de comenzar a hacer ahora: dibujarla, capturarla en papel con tu propia mano, perpetuar al menos un poquito de esa luz que irradia y sin la cual estarías condenado a vivir sumergido en la más horrible, penosa, triste oscuridad.

Ella es tan tímida, tan terriblemente tímida, y lleva sobre sus hombros tantas inseguridades en lo que concierne a su aspecto, que no te animarías a pedirle que posara despierta porque sabés que, aunque te ama, no se sentiría cómoda, le daría mucha vergüenza. Por eso algunas madrugadas cuando está profundamente dormida te sentás en el suelo, con un block de hojas blancas y una caja de lápices, y guardando silencio para no despertarla pasás una o dos horas totalmente hipnotizado, transformando algo tan angelical que no creés existan palabras útiles para describirlo correctamente en una humilde obra de arte.

Es el final perfecto para una semana plagada de emociones fuertes, se te ocurre, estar echado sobre la mullida alfombra, relajado, tranquilo, el sonido de su respiración acariciando tus oídos como música, la melodía de sus palpitaciones – que sólo vos podés escuchar - meciéndote despacio como si la luna que brilla afuera en el oscuro firmamento que pronto se teñirá de naranja con la llegada del alba estuviera acunándote en sus brazos, con la satisfacción de saber que – a pesar de todo y con todo – ella está contenta, gracias a vos. Y eso es suficiente para que te sientas el hombre más afortunado del mundo. Eso es suficiente para que te sientas como si hubieras tocado, al menos por una fracción de segundo, el cielo con las manos.

Movés despacio la punta del lápiz sobre el papel, acariciándolo, casi, con cuidado, con delicadeza, con extrema dulzura, casi como si estuvieras dibujando con tus dedos sobre su piel, porque la ternura con la que pintás es sólo similar a la ternura que puede verse reflejada en tus ojos cuando tus manos recorren su espalda entre besos, escribiendo sin usar palabras, escribiendo en un idioma indescifrable para el resto de la humanidad, pero no para ella.

Te pesan los párpados porque vos también estás exhausto, pero seguís dibujando de todos modos, recordando los momentos más lindos del día: ir con Martina al criadero, conocer a Bonnie (cuando ni siquiera sabías que acabaría llamándose Bonnie), aguantar durante horas que parecieron transcurrir exasperantemente despacio hasta que llegó el momento de dejar atrás la CTU y volver con Michelle a casa, la expresión de Michelle al sostener a la cachorrita en brazos por primera vez, verla jugar con su mascota, escuchar su risa mezclándose con tu risa, sentir el brillo de su mirada opacando cualquier otra luz, sacarle fotos para – dentro de algunos años – mostrarle a tus hijos 'imágenes del día en que Bonnie se unió a nuestra familia', desenvolver su regalo (que resultó ser un libro gordísimo, de casi mil páginas, sobre la historia del baseball - otra muestra de lo mucho que ella te conoce -), narrarle casi con lujo de detalles la historia de cómo llevaste a cabo tu plan de mantener en absoluto secreto que le habías comprado un perro (a propósito obviaste mencionar que lo que te conmovió sobre la historia de la cachorrita fue que su mamá la hubiera abandonado, porque eso hubiera sido angustiarla innecesariamente).

Fue un buen viernes para cerrar una semana demasiado llena de emociones tan complejas, tan raras, tan cambiantes, tan hondas, tan impactantes, tan intensas, y por nada del mundo, por absolutamente nada en el mundo, renunciarías a la paz que sentís – esa paz que, por experiencia propia sabés es efímera y puede desaparecer, puede desvanecerse en un segundo, en lo que dura un suspiro, en lo que tarda una mano más poderosa que cualquier otra en chasquear sus dedos y desatar un caos que sobrevivirá lo que tenga que sobrevivir, que sobrevivirá hasta que la misma mano restaura la calma -, no hay otro sitio en el que quisieras estar, no hay otra cosa que preferirías estar haciendo, no hay otro lugar en el que te sentirías más feliz que sentado en el suelo, a pesar de tu cansancio, convirtiendo en eterno un instante que bien podría ser capturado en una fotografía en el tiempo que lleva al cerebro dar al dedo índice la orden de apretar el botón que dispara el flash, pero que vos pensás puede volverse incluso más hermoso, más íntimo, si lo capturás con tus propias manos, con tu talento (aunque en tu opinión no sea ni mucho ni muy impresionante).

No podés evitar sonreír, no podés evitar la calidez que se expande por tus venas y te recorre de punta a punta, recoveco por recoveco, al imaginar cómo los ojitos de Michelle van a brillar llenos de emoción, amor y dulzura cuando le confieses – dentro de poquito – que has pasado muchas noches contemplándola embelesado, dibujándola, perpetuándola en papel, dejando que tu alma de artista – aquella que muchos jamás sospecharían habita en vos porque tu perfil es el de un hombre robótico abocado a trabajar con máquinas, con lógica, con números, con armas – se volcara en ese estallido de colores y formas que se unen para dar origen a una imagen que es casi tan angelical como lo es la Michelle de carne y hueso que duerme en tu sillón. Cuando le muestres tu colección de dibujos probablemente sus mejillas, que ya de por sí son sonrosadas, se tiñan de rojo, pero estás seguro de que luego sus ojos se llenarán de lágrimas, su corazón va a latir muy fuerte, y va a morirse de amor como cada vez que con un pequeño gesto, con una pequeña acción, le mostrás cuán enloquecido estás, tan enloquecido que nacen dentro tuyo sentimientos demasiado fuertes, tan fuertes que debés expresarlos de alguna forma, y a veces esa forma es, como ahora, dibujando, dibujándola a ella, que es tu paisaje más soñado.


Cuando acabaste de darle los toques finales y perfeccionar hasta los detalles más mínimos, te pusiste de pie con un suspiro, y cuidándote de no hacer ruido alguno regresaste a tu escritorio para guardar las cosas bajo llave en un cajón antes de regresar a la sala de estar, tomar a Bonnie en brazos con extrema delicadeza (es tan pequeña que estás seguro cabría dentro de uno de tus zapatos y hasta sobraría espacio) y envolverla con mucho cuidado en su mantita dentro del canasto de mimbre que será su cuna durante los primeros meses (o hasta que crezca lo bastante para necesitar otra de mayor tamaño, aunque de acuerdo a lo que te explicó Martina la cachorrita no va a desarrollarse mucho más).

Ahora estás recostado en el sofá, con Michelle acurrucada en tus brazos, su rostro enterrado en el hueco entre tu hombro y tu cuello, sus brazos envolviéndote, sus manos en tu espalda, como si estuviera tratando de aferrarse a vos, como si estuviera tratando de asegurarse – incluso en sus sueños – de que sos real, de que no vas a haberte ido en la mañana, de que vas a quedarte con ella, de que no vas a abandonarla, de que no vas a dejarla como todos los que ha amado (su mamá, su papá, su abuela) en cierto punto lo han hecho, voluntariamente o no. Entendés esa necesidad cruda de afecto, entendés esa necesidad cruda de protección, entendés el origen de sus miedos y temores, entendés por qué la asusta tanto la posibilidad de volver a ser alguna vez abandonada, y aunque te angustia saber que los primeros años de su vida han estado teñidos de experiencias que la marcaron tan profundamente, te consuela y te da tranquilidad la certeza de que ahora te tiene a vos para que la protejas y mimes, para que le des todo el cariño que siempre le hizo falta, para hacer que se sienta querida, apreciada, especial. Te desgarra pensar en el tiempo que pasó sola y triste, pero como un bálsamo te devuelve la calma la seguridad de que nunca más volverá a estar en el lugar donde la encontraste cuando se conocieron: con el corazón roto y sumida en la oscuridad porque nunca nadie se había interesado en darle al menos un poco de luz y calidez.

El perfume de su cabello es tan tóxicamente dulce que lo sentís llenando tus venas, mezclándose en tu sangre, cumpliendo las funciones que en cualquier otro organismo le corresponden al oxigeno; no es tu caso, claro, porque tu sistema se ha acostumbrado, se ha vuelto adicto, totalmente dependiente, de ella, y de poco te sirve el oxígeno, porque es a ella que necesitás inhalar, inhalar el aire que ella exhala, inhalar ese perfume único que te hechiza, hipnotiza, enloquece y te lleva a perder la razón.

Tus músculos se relajan poco a poco, tus caricias en su espalda se vuelven más y más débiles a medida que la negrura te envuelve, y tus pensamientos y recuerdos sobre lo maravilloso que fue acabar el viernes con la sonrisa de Michelle iluminándolo todo, brillando más que cualquier luz, más que cualquier estrella, más que la luna y el sol, el sonido de su risa haciendo eco dulcemente en tus oídos, mezclándose con lo que empieza a ser uno de esos sueños de los que despertás con una sonrisa hermosa que se acentúa aún más al darte cuenta que tus sueños sólo sueños son, que tus sueños son solamente pedacitos de tu vida que tu mente elige repetir en la gran pantalla de cine que hay en tu cabeza, porque no hay nada con lo que sueñes que no tengas, no hay nada con lo que sueñes que sea imposible, irrealizable o que te haga falta, porque todo con lo que soñás es ella, cada sueño se resuelve alrededor de ella, cada sueño está basado en ella, ella es la protagonista de todos tus sueños, y ella es lo primero que vez en cada amanecer, hecha un ovillo a tu lado, envuelta en tus brazos, tanta belleza y perfección juntas en sus suaves y exóticas facciones embriagándote hasta tal punto que te cortan la respiración.

El último pensamiento que cruza tu mente antes de que te quedes dormido es que, cuando mañana suene el despertador que programaste para las ocho en punto, vas a tener que levantarte enseguida, porque necesitás ocuparte de tantas cosas para que tu plan para el sábado marche bien que, si querés que todo salga perfecto, ni un solo segundo de tiempo puede ser desperdiciado.


Durante la semana te levantás a las seis menos cuarto a veces, en otras ocasiones a las cinco y media, y a las seis y cuarto en días especiales en los que no tenés que llegar al trabajo con puntualidad excesiva y podés permitirte una demora de veinte minutos. Los fines de semana, obviamente, te gusta dormir tanto como podés, porque sos un ser humano que necesita descansar, pero para vos 'dormir hasta tarde' en realidad significa despertarte a las ocho, a las nueve, a las diez como muy tarde (claro, hay excepciones, por supuesto, en las que tu organismo requiere que no te levantes de la cama hasta después de las dos de la tarde, pero son las circunstancias más raras, especialmente ahora que los sábados y domingos tenés muchos motivos por los que estar despierto). Como tenías pensado pasar el día en el parque con Michelle (algo que a ella no le dijiste, claro, porque es sorpresa) sabías de antemano que – aunque hubieras decidido quedarte hasta tarde dibujando – tendrías que estar como muy tarde a las ocho y treinta ya en la cocina, preparando todo para el picnic.

Lo que no imaginabas era que sería el sonido del teléfono lo que te arrancaría repentinamente del mundo de los sueños, y mucho menos que en ese momento el reloj estaría marcando las siete de la mañana con escasos minutos, tirando por la borda tus planes de dormir un ratito más, al menos hasta las ocho u ocho y media.


Tu hermana debe tener la capacidad de leer la mente (aunque sea lógicamente imposible, a veces sospechás que lo hace), porque cada vez que te ilusiona la perspectiva de dormir a pierna suelta hasta las ocho de la mañana, ella te llama por teléfono a las siete en punto (en una ocasión te llamó a las seis de la mañana un domingo). Es casi una ley de la naturaleza, y como sucede con todas las leyes de la naturaleza (o con casi todas) no podés ir contra ella.

El sonido del teléfono tiene en vos un efecto tan fuerte que te levantás automáticamente como si hubieras estado recostado sobre un resorte, y te abalanzás sobre el aparato – que mantenés siempre a mano – como si el futuro dependiera de ello, porque con un trabajo como el tuyo es fundamental y estrictamente necesario que estés disponible las veinticuatro horas en caso de que División o Distrito te necesiten. En este caso, sin embargo, el identificador te demuestra que, como en muchas otras ocasiones, la persona del otro lado de la línea es tu hermana menor (¿quién más en su sano juicio estaría despierto un sábado a las siete de la mañana cuando podrían estar cómodos, acurrucados bajo una frazada, con la cabeza enterrada en la almohada, aprovechando la oportunidad de reponer energía?).

"¿Qué pasa, Martina?" largás a modo de saludo, entre dientes apretados, al tiempo que te dirigís a la cocina. Cerrás la puerta detrás de vos, porque no querés despertar a Michelle: puede que tu plan de dormir un ratito más esté arruinado, pero ella no tiene por qué pagar las consecuencias de que vos tengas una hermana a la que le encanta despertar al alba y asume que el resto de la humanidad también lo disfruta.

"Buenos días para vos también, hermanito" te contesta, su voz empapada en leve pero perceptible sarcasmo.

"Buenos días" reprimís un bostezo, rascás el costado derecho de tu rostro, y luego te pasás la mano por la cara, tratando de despabilarte lo suficiente para poder ponerte a preparar una taza de café que te despabile por completo sin correr el riesgo de quemarte con agua hirviendo o que por culpa de un movimiento torpe el piso de baldosas blancas termine cubierto de granos de café.

"Siempre tan madrugador" comenta irónica cuando no lográs reprimir un segundo bostezo "Estabas durmiendo, ¿cierto?"

"Sí" te limitás a contestar, esforzándote por tragarte un tercer bostezo, logrando resultados pobres.

"Lamento haberte despertado" comienza, pero luego hace una pausa, chasquea la lengua y reformula la oración "… Bueno, en realidad no lo lamento, y cuando te diga por qué estoy llamándote vas a alegrarte de que lo haya hecho, incluso si interrumpí tus preciadas horas de sueño"

El corazón te da un vuelco cuando tu hermana dice esas palabras, su tono triunfante y complacido indicándote que las noticias que tiene para darte deben ser no bunas sino excelentes. El silencio que se forma entre los dos es tenso, denso, cargado de ansiedad, roto sólo por los latidos de tu corazón, que se han vuelto rápidos y podés sentirlos golpeándote las costillas.

Ayer le contaste de la situación de Michelle y su ex cuñada, la cual está decidida a que sus hijos no vuelvan a tener contacto con su tía y, para evitar que Danny diga una sola palabra respecto a su resolución de mantener a Michelle fuera de sus vidas, lo tiene pendiendo de un hilo, entre la espada y la pared, con la amenaza de alejarlos de él también. Le presentaste a Martina un panorama de la situación tan detallado como posible esperando que pudiera darte una solución legal, un consejo, algo de lo que valerte, y ella, con aire misterioso, simplemente te dijo que le dieras unos días y que ella te llamaría luego.

Nunca te imaginaste que se comunicaría con vos menos de veinticuatro horas después, un sábado a las siete de la mañana.

"¿Se te ocurrió una idea para que Michelle pueda ver a sus sobrinos?" dejás escapar la pregunta cuando ya no soportás ese silencio, que aunque haya durado segundos a vos te pareció eterno.

La respuesta que te da Martina no es la que esperás, y te desilusiona muchísimo, ¿por qué negarlo?

"Aun no"

Esas dos palabras son como un pinchazo, un alfiler clavándose de lleno en el gigantesco globo de color rojo que la esperanza había inflado dentro de tu pecho, un globo al que de golpe se le va todo el aire con una rapidez asombrosa, dejándote con una sensación de vacío demasiado amarga.

Pero claro, sólo a vos se te ocurriría que un asunto tan delicado podría ser resuelto con tanta rapidez. Quizá te dejaste engañar por la idea de que no hay nada que tu hermana no puede hacer con un chasquido de dedos si se lo propone, pero así como Dios no creó el Universo en siete días de veinticuatro horas, es probable que los chasquidos que tu hermana da para conseguir las cosas no duren literalmente una fracción de segundo.

"¿Esperabas que estuviera llamándote por eso?" pregunta Martina, un aire de incredulidad envolviendo lo que se acuna entre dos signos de interrogación.

"Honestamente sí" reconocés, y te alegra que tu hermana no pueda ver que tus mejillas están teñidas de color rojo y que un brillo de decepción abrasa tus ojos.

"Bueno, por el momento no tengo novedades sobre eso, pero Kiefer y yo vamos a ocuparnos, y voy a intentar de que tengamos resultados pronto" te promete "Pero la otra noticia que tengo para darte, creo que va a alegrarte muchísimo y que vas a venir de rodillas hasta mi casa para agradecerme"

Pensando que nada podría haberte arrancado una sonrisa tanto como la certeza de que antes del final de diciembre podrías sorprender a Michelle llevándola a ver a sus sobrinos, decidís hacer de cuenta que la ilusión nunca estuvo ahí (como si eso fuera posible) y buscar consuelo en lo que sea que tu hermana llamó para decirte.

"Anoche hablé con Phil" comienza a explicar…

Y lo que te dice a continuación es tan genial, tan inmensa, tremenda, impresionantemente genial, que el globo enorme y rojo vuelve a inflarse otra vez, tanto que hasta podrías jurar lo sentís dentro de tu pecho, tu corazón latiendo contra él, en medio de tus pobres costillas. Es una sorpresa caída del cielo, realmente, directo del cielo a tus manos, una sorpresa totalmente inesperada, una sorpresa capaz de arrancarte la sonrisa de oreja a oreja que ahora hay en tu rostro, una sonrisa que se acentúa más y más con cada palabra que tu hermana dice, una sonrisa acompañada por múltiples escenarios que van dibujándose en tu imaginación, escenarios sobre los cuales planear cómo vas a hacer que todo encaje para que la noche del 14 de diciembre sea absoluta, total, increíblemente mágica.

Cuando la conversación acaba media hora más tarde, ya no estás disgustado o desilusionado porque el llamado no era para darte una solución a la situación familiar de Michelle, o molesto porque te despertaron a las siete de la mañana cuando tu idea era dormir hasta las ocho. La sonrisa no abandona tu rostro, estás tan contento que hasta te dan ganas de tararear para expresar la indescriptible alegría que sentís.

No podés esperar a que llegue el 14 de diciembre, no podés esperar a que llegue la noche en la que vas a darle una sorpresa tan increíble como inesperada, una sorpresa que va a ser cien veces mejor de lo que vos planeaste.


Michelle está sentada en una de las banquetas de la cocina, aun en pijama, con Bonnie en sus brazos, alimentando a la perrita con un cuentagotas mientras que con su otra mano la acaricia detrás de las orejas para que se quede quieta y no se atragante. Deberías estar vigilando el piloncito de rebanadas de pan tostándose al fuego (aprendiste de tus padres, que en sus primeros años de matrimonio no tenían un centavo en base al cual ahorrar para comprarse una tostadora, que el pan tostado sabe mejor cuando se cocina en una sartén), pero no podés obligar a tus ojos a dejar de mirar a Michelle, así como – incluso si quisieras, incluso si intentaras con cada onza de poder y voluntad – tampoco podés evitar que tus labios estén curvados en una sonrisa que va de oreja a oreja y que no ha dejado tu rostro desde que escuchaste la noticia que Martina tenía para darte y que te dejó deseando con cada partícula de tu ser que llegue el viernes 14.

"¿Qué pasa?" pregunta, desviando su atención de la cachorrita por un momento y sonriéndote también, sus mejillas habitualmente color rosa suave teñidas de rojo "¿Por qué estás mirándome?" inquiere con una mezcla de dulzura y timidez que puede verse reflejada en sus ojos orientales.

Simplemente te encoges de hombros, como si restaras importancia al asunto, pero no dejás de sonreír (por suerte para vos Michelle está acostumbrada a que sonrías como un tonto cuando la mirás; sino, correrías el riesgo de que te acribillara a preguntas sobre el motivo por el cuál estás tan feliz, y se daría cuenta de que hay una sorpresa demasiado grande y demasiado genial – mucho más grande y mucho más genial de lo que te habías imaginado al principio – y tu plan se vería en peligro de ser descubierto). Y, por el sólo gusto de provocar que se sonroje, hacés la siguiente observación:

"Sos más bonita cuando estás despeinada, en pijama y sin maquillar"

Automáticamente se lleva una mano a la cabeza y trata de acomodar sus salvajes, indomables rulos; sus mejillas ahora de un rojo furioso parecido al color de las frutillas brillan tanto como su mirada tímida y tierna.

"Me encantan tus rulos, más cuando están todos desordenados, de verdad"

"Siempre quise tener el pelo lacio como tus hermanas" admite, dejando a un lado el cuentagotas con el que estuvo alimentando a Bonnie hasta recién "Varias veces consideré en alisarme el pelo…"

"Me alegra que no lo hicieras, porque tus rulos son preciosos y son una de las millones de cosas que amo de vos"

"A veces mis rulos pueden ser una pesadilla, y mi abuela siempre dijo que desentonan bastante con mis rasgos orientales"

Suspirás, no podés evitar suspirar, no podés evitar suspirar como cada vez que ella dice algo que deja en evidencia cuánta falta le hace trabajar en mejorar su autoestima, cuánta falta le hace darse cuenta de que es preciosa, cuánta falta le hace entender que es la criatura más angelical de la Tierra (o al menos para vos lo es; si el resto opina lo contrario, es problema de ellos). Su herencia oriental y su herencia europea mezcladas dan por resultado las facciones más exóticas que hayas visto: su piel es perfecta, siempre suave, a veces color durazno, otras veces un poquitito más amarillenta, llena de pequitas apenas visibles que a vos te gusta contar cada noche antes de quedarte dormido; sus ojos son las ventanas de su alma, nunca viste dos ojos así, tan negros, tan brillantes, tan llenos de vida, tan expresivos, ojos que pueden hablar sin usar palabras, comunicarse sin emitir sonido alguno, ojos que reflejan tantas cosas, ojos que parecen piedras preciosas, ojos sin los cuales no podrías vivir porque es de ellos de donde sacás fuerza cuando sentís el mundo entero desmoronándose y la tierra temblando bajo tus pies; y su cabello, estás seguro de que los ángeles deben tener rulos como los de ella, y no te importa que sean salvajes y difíciles de domar, no te importa que cada mañana ella esté despeinada, no te importa que pase casi una hora después de bañarse desenredándolos y tratando de que queden prolijos, porque esos rulos que nunca se quedan quietos te fascinan, tanto como te fascina ella, tanto como te fascina cada partecita de su pequeño ser.

¿Cómo ella no puede ver todo eso? ¿Cómo ella no puede apreciar que es única e irrepetible? ¿Cómo ella no se da cuenta de que nunca fue un patito feo?

"Yo creo que son perfectos, y que tus rasgos europeos y tus rasgos orientales hacen que seas una en millones" asegurás, retirando las tostadas del fuego y pasándolas a un plato "Creéme, si hubiera algo de vos que no me gustara, te lo diría" le prometés, tratando de convencerla "Por ejemplo, tu falta de autoestima no me gusta, y no tengo ningún problema en admitirlo abiertamente" te dejás caer en la banqueta contigua a aquella en la que ella está sentada.

"Si un día te dijera que voy al supermercado pero en realidad voy a la peluquería y vuelvo a casa con el pelo lacio…"

La interrumpís, riendo suavemente, tu corazón latiendo contento como siempre que se refiere a tu departamento o a su departamento (no importa realmente a cuál) como a la casa que comparten los dos, el hogar que comparten los dos.

"Chelle, ese escenario es imposible: no te creería si me dijeras que vas al supermercado, porque dado que sabés de cocina tanto como yo sé de japonés, no tendrías la menor idea de qué comprar ni motivos para hacerlo" besás la punta de su nariz luego de terminar tu explicación sobre por qué sería ilógico lo que plantea su hipótesis "Y si alguna vez tomaras la decisión de alisarte el pelo" continuás, mientras untás una tostada con manteca "… Bueno, amo tus rulos, pero sos libre de elegir deshacerte de ellos si eso querés. Cabello lacio o enrulado, seguirías pareciéndome la cosita más hermosa sobre la Tierra"

"Pero dijiste que si algo de mí no te gustara, lo admitirías abiertamente" señala, pensativa.

Dejás a un lado tu tostada con manteca y mermelada a medio comer.

"Estoy seguro de que vas a encantarme siempre, pelo lacio o enrulado" enredás dos bucles en tu dedo índice, luego acomodás un mechón especialmente largo detrás de su oreja "No hay situación posible en la que yo pudiera imaginarme no adorándote por lo que se ve en el exterior y por lo que yo puedo ver en tu interior. Sos hermosa por dentro y por fuera, Michelle, y aunque estoy enamoradísimo de tus rulos, más enamorado estoy de vos, y seguirías pareciéndome la criatura más preciosa de la Tierra incluso si no quedara un solo cabello sobre tu cabeza, porque lo que más me gusta es lo que está en tu alma"

Acabás de decir algo muy profundo, muy romántico y muy poético, y cada palabra nació directamente de tu corazón.

"No volví a barajar la posibilidad de alisarme el pelo desde el día en que me dijiste que te encantaban mis rulos" confiesa en un susurro, regalándote una de esas sonrisas que te derriten.

"También noté que sólo lo llevás atado cuando estamos en la CTU; el resto del tiempo lo tenés suelto" observás, sonriendo vos también y acariciando el puente de su nariz con la yema de uno de tus dedos.

"Sé que te gusta que lleve el pelo suelto" comenta distraídamente, devolviendo su atención a Bonnie, que se ha quedado dormida en su regazo "Y ahora a mi también me gusta llevarlo suelto. Me gusta llevarlo suelto porque me encanta que acomodes mechones detrás de mis orejas y que enredes tus dedos en mis rulos y que me mires de esa forma" agrega aquella confesión en un murmullo, un murmullo apenas audible, apenas perceptible, que tus oídos captan porque estás pendiente de ella como de ninguna otra cosa, pendiente de ella como nunca antes estuviste pendiente de nadie, pendiente de ella como si tu mundo entero corriera el riesgo de dejar de girar si alguna vez ella desapareciera de tu vida (y sabés que aquello es cierto: tu mundo se detendría y todo perdería sentido si no la tuvieras a ella, que es lo que le da significado).

"¿Cómo te miro?" preguntás, la sonrisa aun en tus labios, tu pulgar ahora dibujando círculos en su mejilla naturalmente sonrosada.

"Así como estás mirándome ahora" contesta con otro murmullo ": como si no existiera nadie más en el Universo"

"Es que no existe nadie más en el Universo" asegurás, poniendo especial énfasis en cada palabra, acompañando cada sílaba con una caricia de tu pulgar sobre su piel, mirando dentro de sus ojos, que son más profundos que el océano, más oscuros que el cielo color azabache del desierto, más hermosos que dos joyas "El mundo común y corriente que habitan los otros acaba donde empezamos vos y yo"

Un comentario sobre lo adorable que te resulta verla descalza, en pijama (su pijama está compuesto de un sweater y un jogging tuyos, lo cual la hace inmensamente más tierna), toda despeinada y sin maquillaje, había llevado a una conversación sobre sus rulos, y eso había derivado en frases profundas, dulces y cargadas de amor con la fuerza suficiente para hacer que tiembles.

Esa es una de las cosas más lindas de tu relación con Michelle: lo simpe, lo sencillo, lo que para otros carecería de importancia o no marcaría instantes cruciales, para ustedes dos significa muchísimo. Esas cosas son la piedra sobre la que se tallan momentos que jamás van a olvidar, ni aunque pierdan la memoria, momentos que les recuerdan lo mucho que se aman y lo muy locos que están el uno por el otro.

Y no cambiarías eso por nada en el mundo, por absolutamente nada, porque así deseás que transcurra el resto de tu existencia: enamorándote cada segundo un poquitito más que el anterior de una mujer con la que compartís algo tan mágico, tan profundo y tan inexplicable que lo sencillo puede volverse complejo, y lo complejo nunca realmente lo es tanto porque pueden entre los dos descifrarlo, y no existen los detalles pequeños, porque hasta lo más pequeño de algún modo acaba cobrando importancia.


Siempre escuchaste decir que los sentidos se agudizan terriblemente, tan terriblemente que hasta es doloroso, cuando el momento de la muerte se acerca, y los humanos se vuelven más conscientes de su cuerpo, de la sangre que corre por sus venas, de su corazón latiendo contra sus costillas, los ruidos, la sensación de la piel que envuelve sus huesos, la naturaleza que se esfuerza por no desaparecer a pesar de los intentos de la humanidad para taparla con cemento, la luz y la oscuridad, los últimos restos de oxígeno que prueban sus pulmones, los colores, los sabores, las pulsaciones.

A vos te sucede exactamente lo contrario: te volvés más consciente de lo maravilloso que es el Universo, de cada pequeño detalle, de cada pequeña cosa, de todo eso que para otros pasa desapercibido, en aquellos momentos en los que te sentís más vivo que nunca, esos momentos en los que te das cuenta de que vale la pena haber pasado por casi treinta y cinco años sumido en diversas luchas y ahogándote en toda clase de penas para llegar al punto en el que estás ahora, este punto en el que ya no te limitás a meramente existir, sino que estás aprendiendo a vivir, esos momentos en los que agradecés todo lo que Dios decidió darte, incluso si no sos merecedor de la mayoría de ello, incluso si no creés vas a ser alguna vez merecedor de alguien tan especial como Michelle.

El cielo esta tarde es de un azul intenso, brillante, vibrante, y quizá sea porque estás con ella (cuando estás con ella todo es mucho más hermoso), pero no recordás haber visto un cielo tan impactante, nunca antes el firmamento lució tan desgarradoramente abrumador, nunca antes de un celeste tan vivo, nunca antes habías sentido al cielo tan cerca, como si bastara con extender tu mano para acariciarlo, para empapar tus dedos al rozar las nubes; algunas de ellas parecen dibujadas en acuarela, otras pedacitos de algodón, otras trazadas con restos de tiza.

Nunca las nubes te parecieron tan cercanas, ni tan lindas, ni tan inmensas, ni tan importantes, ni tan significativas, ni tan esponjosas. Nunca se te ocurrió que las nubes también son obras maestras de la naturaleza. Nunca se te ocurrió que las nubes y el cielo combinarían tan bien.

Pero quizá jamás habías reparado en detalles como esos porque tus ojos estaban cegados, porque mirabas con los ojos de un robot y no con los ojos de un humano, porque hace mucho tiempo cuando te viste obligado a enfrentarte a pérdidas y a dolores inexplicables e inconmensurables perdiste esa inocencia infantil con la que antes apreciabas el mundo.

Quizá hacía mucho que no te tomabas un minuto para admirar la belleza de las nubes porque te traían recuerdos dolorosos, porque preferías ignorar a esas nubes que desde el firmamento observan todo y que a tu hermano le encantaba fotografiar los domingos al atardecer cuando empezaban a tornarse anaranjadas.

Quizá esta es la primera vez en muchos años que te das cuenta de lo infinitamente hermosa e intrigante que una nube puede ser porque desde que te enamoraste de Michelle tu óptica cambió radicalmente. Es imposible no percibir lo que a otros les resulta imperceptible porque están ocupados buscando algo más pero que para aquellos de sensibilidad extrema encierra importancia. Cambiaste tanto desde que la conocés a ella que no te resulta extraño que ahora puedas pasar minutos enteros hipnotizado por las nubes, filosofando sobre su parecido con pedacitos de algodón, trazos hechos en tiza por la mano de una criatura, o el resultado de acuarela blanca volcada accidentalmente sobre cartulina azul.

Quizá te das cuenta de lo lindas que son las nubes porque te sentís más vivo que antes, porque también sos consciente de la sangre que corre en tus venas, de los sonidos, del oxígeno que alimenta a tus pulmones, de tus pulsaciones, de los colores, de las sensaciones, de la piel que envuelve tus huesos, de los huesos que unidos unos a otros se mantiene fuertes para que estés erguido. Y te sentís más vivo que antes porque desde el momento en que tus labios y sus labios colapsaron y se fundieron dejaste de simplemente existir, saliste de un sueño muy largo y muy aburrido, rompiste un trance en el que habías pasado casi treinta y cinco años, y despertaste por primera vez para encontrarte con lo que es el mundo, con lo que es el Universo, no ese Universo en el que habías estado sumergido, si no ese Universo hecho de experiencias maravillosas que solamente valen la pena si Michelle está a tu lado recorriendo el mismo camino, con sus dedos y tus dedos entrelazados, uno junto al otro.

Es un sábado perfecto, y estás disfrutándolo con la personita más perfecta que existe en el mundo (en tu mundo), recostado sobre una manta que extendiste en el pasto húmedo, prolijamente cortado y de un color verde vívido y alegre (no notabas cosas como ésta antes, pero desde que estás con Michelle te es imposible no notarlas, porque ella las señala todo el tiempo; lo simple y sencillo la hace feliz, es impresionante cómo muchos necesitan lo portentoso para estar contentos, pero ella puede encontrar belleza y motivos para sonreír en el color especialmente vibrante del pasto de un parque), un cielo que parece sacado de algún cuadro de Van Gogh devolviéndote la mirada, el tiempo comportándose como debe en lugar de aprovecharse de su poder para apresurarse o arrastrarse con lentitud exasperante según su conveniencia como suele ocurrir durante los ajetreados días de la semana.

Los rayos del sol se sienten como una caricia tibia sobre tu piel, pero su efecto cálido y suave empalidece cuando son sus manos las que dibujan caricias en tu rostro, las yemas de sus dedos delineando el contorno de tus labios, la luz que irradian sus ojos absorbiendo cualquier otra luz, tus oídos capturados por su risa y sordos a cualquier otra, tus sentidos pendientes de ella, de cada gesto, cada movimiento, cada palabra que dice, cada mirada que intercambian, cada sonrisa, cada beso, cada latido de su corazón.

Tu idea de pasar la primera mitad del fin de semana al aire libre surgió cuando te diste cuenta de que Michelle no querría dejar a su mascota sola todo el día, por eso se te ocurrió que podían almorzar en el parque y luego quedarse ahí hasta que empezara a atardecer, hablando de todo y de nada, en silencio a veces y otras riendo como si la Tierra fuera a dejar de girar mañana y necesitaran llenarse los oídos de carcajadas antes de que todo acabara.

"Bonnie está agotada" Michelle comenta, acariciando a la cachorrita detrás de las orejas. Luego de haber estado corriendo y jugando sin parar durante casi una hora y media, la perrita se había echado dentro de su cesto de mimbre, envuelta en su mantita, sus orejas enormes tapándole los ojitos.

"¿Cuántas vueltas dimos al parque?, ¿tres, cuatro? Yo también estoy agotado, y soy un adulto. No puedo ni imaginar lo agotador que debe haber sido para ella, que es sólo un bebé" reís; Bonnie se había divertido corriendo de un lado para el otro, pero más se divirtió Michelle paseando a su mascota, y vos no podés negarlo: fue muy lindo verlas a las dos jugando juntas "Creo que vos también estás agotada" agregás luego, besando la punta de su nariz, al tiempo que ella reprime un bostezo.

Consultás tu reloj y ves que las agujas marcan que ya son casi las tres y cuarto.

Intenta reprimir otro bostezo, pero no puede.

"Perdón. Siempre tengo sueño a todas horas cuando estoy… bueno, cuando estoy en ese momento del mes" explica, la timidez evidente en el color rojo que sus mejillas han tomado.

"¿Querés que volvamos a casa?" le preguntás, acomodando uno de sus rulos detrás de su oreja. Tu idea era quedarte en el parque desde el mediodía hasta el atardecer, pero si Michelle está cansada no vas a poner objeción alguna en levantar todo, guardarlo en el baúl de tu auto y regresar a tu departamento para que pueda dormir cómoda en el sillón, con su almohada y su manta favoritas, envuelta en tus brazos.

"No" reprime otro bostezo "En serio" agrega, respondiendo con una mirada de absoluta seriedad a la mirada de incredulidad que le echan tus ojos ligeramente entornados. Reprime un bostezo más "En serio" repite, pero las dos palabras quedan opacadas por el sonido de tu risa "El cielo está hermoso hoy" comenta luego, señalando el firmamento, que parece tan cercano pero que en realidad está muy lejos.

Te inclinás para darle un beso en la frente por el simple hecho de que necesitás expresar de alguna manera lo mucho que te abruma – placenteramente, por supuesto – cada vez que ella dice lo mismo que vos estás pensando, como si pudiera leer tu mente, como si pudiera sentir las mismas cosas que vos sentís, como si tus ojos y sus ojos pudieran ver y apreciar lo mismo, eso que otros ignoran, pasan por alto o dan por sentado siempre estará allí porque siempre allí ha estado.

"Es verdad: el cielo está precioso hoy"

"Las nubes parecen dibujadas a mano"

Su observación, dicha en un tono de voz tan dulce que podrías jurar tu alma se derritió un poquitito (pero estás acostumbrado, porque su voz tiene siempre el poder de derretirte como si fueras caramelo calentándose a fuego lento), causa que resurja del baúl gigantesco que tenés en la cabeza y en donde guardaste hace mucho tiempo memorias de tu infancia que te gusta pretender no están para no pasar por la dolorosa nostalgia de revivirlas (la mayoría de ellas son memorias que involucran las felices épocas anteriores a la desgarradora muerte de Ricardo) un recuerdo que no podés evitar querer compartir con ella, porque todo causa menos angustia, especialmente retazos del pasado que pertenecen a tiempos en los que ciertos costados de la oscuridad que haber sido dados a luz implica te eran desconocidos, si podés mirar con ella dentro del baúl en el que están ocultos.

"Cuando éramos chicos, los domingos si había buen clima íbamos a pasar la tarde al parque"

El día en que murió Ricardo estábamos todos en el parque una voz cargada de amargura susurra en tu cabeza, pero te esforzás hasta que segundos más tarde se disipa, y devolvés tu atención a Michelle, que con su cabeza reposando sobre tu hombro está mirándote con esa adoración a la que ya estás acostumbrado (no por eso creés merecerla, sin embargo; sabés bien que nunca vas a merecer algo tan perfecto) y sin la cual no podrías vivir, prestándote toda su atención, una media sonrisa en sus labios como siempre que compartís con ella pedacitos de tu infancia.

"Mi papá generalmente se echaba a leer bajo un árbol, y veinte minutos después se quedaba dormido con la nariz enterrada en el libro" ambos ríen "Pero a mi mamá y a mis hermanas les gustaba tumbarse en el pasto, mirar al cielo, y hallarle formas a las nubes. Y a pesar de que mis hermanos se burlaban de mí" suspirás, a punto de reconocer algo que jamás reconociste delante de nadie "a veces en lugar de practicar baseball o futbol con ellos y los otros chicos del vecindario, o acompañar a Ricardo a sacar fotos, yo me tumbaba en el césped junto a ellas y me unía a su juego de hallarle formas a las nubes" sos consciente de que tus mejillas están ardiendo muchísimo, pero no te importa tanto como te hubiera importado en otro momento o con otra persona "Fiona no tendría más de tres años, y mamá y Eva le contaban una historia sobre duendes que se trepan por los árboles para llegar al cielo y dibujar las nubes con un pincel"

"Es una historia muy linda. Tu mamá tiene mucha imaginación; a mi abuela jamás se le hubiera ocurrido inventar un cuento sobre duendes que pintan nubes en el cielo" Michelle reflexiona, entrelazando sus dedos con los tuyos y acomodándose hasta quedar aun más anidada en tus brazos.

"Cuando Martina tenía seis años" seguís con tu anécdota, una sonrisa cruzando tu rostro "traté de contarle la misma historia de los duendes que dibujan nubes en el cielo, pero no me creyó, y me dio una explicación de casi media hora que había leído en alguna enciclopedia sobre cómo se forman las nubes" los dos ríen otra vez, pero el sonido de su risa es muchísimo más suave, y el sonido de tu risa es como el ruido que hace la brisa cuando roza las ramas desnudas en otoño: apenas perceptible.

"Sigo prefiriendo la teoría de que hay duendes que trepan árboles, llegan al cielo y pintan las nubes" ella murmura, presionando un beso en la comisura de tus labios "Además, si lo pensás bien, eso explica por qué algunas nubes tienen formas tan definidas" señala.

En un viaje hacia atrás, un viaje que te lleva rápido como si fueras pasajero de un tren a vapor que se aleja del presente en lugar de acercarse al futuro, retrocedés a esos días de primavera en Chicago, cuando eras una criatura que soñaba con ser astronauta y tu posesión más preciada era un camión de bomberos de juguete. Como cuentas que se deslizan y caen al suelo haciendo mucho ruido, rebotando, perdiéndose debajo de muebles, desparramándose por todas partes cuando un collar se rompe, empiezan a golpearte el cerebro destellos en blanco y negro, frases que susurran voces familiares desde lejos pero que aun así alcanzan tus oídos, una lluvia de fragmentos de tu memoria que regresan luego de un largo tiempo, aflorando a la superficie. Y lo más lindo es que ya no duelen, incluso si pertenecen a esos años de tranquilidad y felicidad en los que carecían de cosas materiales pero estaban todos juntos, sanos, unidos y tus padres no conocían lo que es perder un hijo ni vos lo que es perder a un hermano. Ya no duelen, porque no estás reviviendo todo esto solo. Además, ¿cómo podría algo (lo que sea) doler cuando la sonrisa de Michelle funciona como el antídoto perfecto para cualquier mal?

Luego de salir de esa burbuja de recuerdos en la que habías caído atrapado durante unos breves segundos (a diferencia de otras ocasiones, no te habías sentido asfixiado por la burbuja, desesperado por salir, incapaz de respirar; hasta podrías decir que te resultó agradable ver en la enorme pantalla de cine en tu cabeza imágenes en colores vivos de las tardes pasadas en el parque escuchando a tu mamá contarle a tu hermanita que algunas nubes tienen formas especiales porque son los duendes los que las dibujan), decís:

"Esa era la conclusión a la que llegaba mi mamá al final del cuento"

"¿A tus sobrinitos también les cuenta historias como ésa?"

"Sí" sonreís "Cuando Pedro era chico, tenía una obsesión con los tractores, entonces mi mamá inventaba historias sobre tractores. A Maggie le encantaban las hadas, entonces para ella siempre inventaba historias sobre hadas. Hubo una época en la que Udine estaba pasando por una etapa de 'fanatismo por los osos polares', entonces mi mamá inventaba historias sobre osos polares" los dos ríen otra vez; podrías pasar el resto de la tarde hablando de tus sobrinos, y sabés que Michelle estaría encantada de escucharte "Harry y Ekaterina siempre estuvieron fascinados por los dinosaurios, pero como mi mamá no sabía nada de ellos tuvo que leer unas cuantas páginas de uno de los libros de Martina sobre paleontología para poder crear historias convincentes que contarles a la hora de dormir cuando iban a visitarla. Y la historia favorita de Lucas era la de unos duendes que de noche se metían sin que nadie los viera en los jardines de las casas y pintaban las flores y el pasto cuando estaba por llegar la primera, y luego iban con una goma de borrar gigante y desdibujaban todo cuando era el turno del Señor Invierno"

"Tu mamá suena como la clase de abuela que toda criatura merece tener" Michelle comenta con timidez; debe ser difícil para ella hablar de tu mamá, dado que no fue muy bien recibida cuando viajaron a Chicago hace casi un mes y se encontró de frente con la idea de tus padres de que deberías buscar una mujer que comparta tus orígenes en lugar de perder el tiempo con una asiática "Lo digo en serio, Tony" Michelle agrega enseguida "Tu mamá no reaccionó bien a nuestra relación y eso me dolió, pero no me da derecho a negar que es una madre y una abuela excelente: crió hijos maravillosos, y sé que daría la vida por tu papá, por ustedes, o por sus nietos"

Una oleada de ternura te abruma, abrasando tu alma como si la hubieran expuesto al fuego, entibiando cada rincón de tu cuerpo, provocando que tu corazón salte entre tus costillas, en tus ojos brillando tanto amor como el que jamás podrán expresar palabras en cualquier lengua.

No es que no puedas creerlo, porque conocés a Michelle de palmo a palmo y sabés que no es rencorosa y que no guarda malos sentimientos contra nadie (quizá contra Carrie, pero eso se justifica); simplemente te llena el alma de algo que no podés describir ni sabrías cómo denominar escucharla decir que – incluso si tu mamá te dejó tan en claro como posible que no la quiere en tu vida y que pretende que te des cuenta del error que supuestamente estás cometiendo, la deseches y busques otra persona con la cual construir un futuro, incluso si no es un secreto que a tu mamá no le causa ni pizca de gracia que te hayas enamorado de una chica oriental – más allá de lo tensas que están las cosas entre ellas (por culpa de tu querida mamá, porque Michelle no es culpable de nada) jamás dejaría de reconocer que es una abuela y madre ejemplar, una mujer que crió hijos maravillosos que le dieron asombrosos nietos, y que sería capaz de hacer cualquier sacrificio por su familia.

Otra vez la voz de Michelle te sustrae de tus pensamientos antes de que frase alguna pueda abandonar tus labios, lo cual en el fondo agradecés, porque no se te ocurriría cómo responder a eso, ya que hay circunstancias en las que las emociones son tan fuertes que las palabras te fallan, que no alcanzan, que no existen ni siquiera aquellas que podrías llegar a juzgar meramente apropiadas para poner en tu idioma lo que solamente podría expresar tu corazón; pero eso no tiene importancia, dado que ella te entiende sin necesidad de que la comunicación sea explícita y sonora, mucho menos verbal.

"A tu mamá le gustan mucho los duendes, ¿no es cierto?" te pregunta en un susurro, acariciando tu mejilla con la yema de su pulgar y mirándote con los ojos embebidos en curiosidad.

"Sí, mucho, especialmente por el fragmento de una de sus canciones favoritas en español"

"¿Cuál canción?" se interesa en saber.

"Es una canción infantil muy vieja, de una artista argentina que mi mamá admira mucho"

El silencio se posa entre ambos. Sabés lo que cruza su cabeza, por supuesto: se muere por pedirte que cantes al menos un pedacito de esa canción. Michelle ama que le hables en español, mucho más que le cantes en ese idioma, pero suponés que está mordiéndose la punta de la lengua porque, aun sabiendo que vas a decirle que sí (no existe cosa alguna que serías capaz de negarle) no quiere pedírtelo por miedo a despertar memorias tristes o a tocar algún punto sensible.

"A mi me gustaba también hallarle formas a las nubes cuando era chica. Una vez a los seis años le saqué una foto a una que tenía forma de corazón" dice, regresando la conversación a las nubes y sus formas, haciendo que dejes a un lado tus reflexiones sobre una de las canciones favoritas de tu mamá.

"Me gustaría mucho ver esa foto" comentás, sin dejar de sonreírle.

Pero tu sonrisa se desvanece un poquitito al ver que su sonrisa desaparece, siendo reemplazada por un gesto que mezcla angustia con algo que podría ser… ¿decepción?, ¿tristeza?, ¿desilusión?

"Me gustaría mucho poder mostrártela, pero Danny la hizo trizas poco tiempo después"

"¿Por qué haría eso?" no podés evitar preguntar.

No entendés, realmente, no entendés cómo alguien podría ser tan cruel como para destrozar algo que guarda valor emocional para una nena de seis años. No entendés cómo Danny, que es doce años mayor que Michelle y por ende en esa época ya era casi un adulto, se avocó a mortificarla y molestarla en lugar de protegerla de todo el caos en sus vidas tan complicadas y tan signadas por la tragedia, con la muerte del padre de Michelle primero, y su madre abandonándolos después.

"Se enojó conmigo porque derramé una taza de té hirviendo sin querer y el líquido cayó sobre una de sus revistas y la arruinó, entonces él fue a mi cuarto, arrancó varias cosas que tenía pegadas en la pared, y las hizo pedazos" se encoge de hombros, como restándole importancia "Danny siempre tuvo problemas para manejar la ira, siempre reaccionó mal ante el menor percance, siempre prefirió romper y dañar lo de otros para tratar de aplacar su enojo contra el mundo en lugar de buscar una forma sana de lidiar con él"

Quisieras abrazarla y acunarla hasta que el mundo se extinga, hasta que se acaben los minutos dentro de los relojes, hasta que se seque el mar y nieve en el desierto, pero el abrazo que le das dura apenas un minuto; enseguida ella vuelva a recostarse boca arriba, con la cara al cielo, y con aquella sonrisa otra vez embelleciendo aun más sus exóticas facciones.

Señala una nube pequeñita que se aleja hacia la izquierda.

"Ésa tiene forma de avión"

"Yo creo que tiene forma de una estrella cortada por la mitad" comentás, uniéndote a su juego.

"No, tiene forma de avión"

"Si mirás con la cabeza torcida apenitas hacia la derecha tiene forma de 'T'"

Pasan un largo rato tratando de hallarle formas a las nubes, algo que no hacías desde que eras un nene y no tenías ni idea de lo complicada que puede ser la vida, lo malvados que son algunos, lo cruel y retorcido que a veces resulta el destino, lo atroz que es el desastre que dejan detrás de sí las pérdidas que aparecen como huracanes y devoran cada pequeña cosa que encuentran a su paso. Nunca pensaste que a lo largo del camino te encontrarías con alguien que quisiera compartir con vos momentos tan sencillos, tumbarse sobre una manta en el parque y examinar con cuidado el cielo para develar sus secretos, redescubrir lo divertido que puede ser desenchufarse por completo del resto del mundo y de los cables enredados de la vida cotidiana para poder respirar sin sentir presiones y reír como si nada importara, concentrados en una actividad tan dulce e inocente como la de hallarle formas a las nubes.

Lo que te fascina de tu relación con Michelle es lo poco que necesitan para estar felices y en paz. Basta con tenerse el uno al otro, eso es suficiente para que no les haga falta nada más. Mientras otros buscan el placer en la complejidad, en el dinero, en las posesiones, en el sexo, y en algunos casos en el alcohol o las drogas, vos encontrás la manera de hacer correr felicidad en estado puro por tus venas con las cosas más simples – y hasta infantiles – que alguien pueda imaginarse, como mirar nubes y tratar de adivinar a qué se parecen sus formas, nubes tan bonitas que bien podrían haber sido dibujadas y pintadas a mano por un grupo de duendes artistas que llegaron al cielo trepándose a los árboles. Con ella podrías pasar cada día que te quede de vida tumbado en algún parque de la ciudad, en cualquier ciudad, en cualquier rinconcito del mundo, estudiando las nubes detalladamente, escuchando su risa, arrancándole carcajadas suaves como el terciopelo bajo los dedos, robándole un beso o una caricia de tanto en tanto, respirando el mismo aire que ella exhala. En una tarde como ésta podrías estar por toda la eternidad.

"Ésa parece una pata de pollo" le decís, casi una hora más tarde.

Michelle revolea los ojos y suelta una suave carcajada.

"¿Una pata de pollo? Si tenés hambre y querés volver a casa a merendar, Almeida, no hace falta que recurrás a indirectas" bromea.

Mirás tu reloj, y reconocés que a tu estómago le vendría bien algo de comida.

"¿Te gustaría ir a Starbucks?" proponés.

Ella muestra su acuerdo.

"Muero por un bagel, así que no sería mala idea"

"Tendríamos que pasar primero por casa y dejar a Bonnie" te incorporás para que tu mano alcance a la cachorrita, que sigue dormida dentro de su cesto, y le acariciás la cabeza.

"Es una buena idea" Michelle también se incorpora. Toma a la perrita en brazos, y ésta abre los ojos inmediatamente al sentir sus manos tibias sobre su pelaje "Pero primero deberíamos llevarla a dar otra vuelta al parque" sugiere.

Durante unos segundos fingís estar meditando tu respuesta, con el ceño y los labios fruncidos, la mirada escondida detrás de tus párpados ligeramente entornados.

"Sí, creo que a Bonnie le gustaría ir a espantar a los patitos del estanque" resolvés.

"No vamos a espantar ningún patito" Michelle te aclara, aún más resuelta, mientras vos terminás de recoger todas sus cosas y guardarlas en la canasta de mimbre con todos los recipientes que quedaron vacíos después de que almorzaran "Ni a ninguna ave" agrega, al tiempo que vos te ponés de pie y le extendés una mano para ayudarla a ella a levantarse "Ni a ningún gato…"

La interrumpís:

"Ya entendí, Michelle: amás demasiado a cualquier animal, y no querés que nuestra mascota los asuste" rodeás su cintura con tu brazo y entrelazás los dedos de tu mano con los dedos de la mano en la que no lleva la correa de Bonnie, que ahora camina alegremente delante de ustedes, explorando sus alrededores con la misma curiosidad que mostró horas atrás al llegar al parque "¿Y sabés qué?" presionás tus labios contra su sien ": una de las razones por las que te amo tanto es lo buena que sos con cualquier criatura viviente"

Sus mejillas se tornan otra vez del color de las manzanas en primavera, sus labios muy apretados curvados en una de esas sonrisas tímidas que se sienten como caricias al alma.

Mientras dan la vuelta al parque no podés evitar mirar al cielo; más precisamente estás mirando las nubes, esas nubes esponjosas y de un color blanco inmaculado, algunas de las cuales parecen recortadas en algodón, otras dibujadas desprolijamente por una mano inexperta que se encontró con un pincel y con unas acuarelas viejas, otras pintadas con cuidado y delicadeza usando temperas, otras borrones hechos con tiza por alumnos que no salieron al recreo y se quedaron a jugar en el aula, usando el firmamento como pizarrón.

Hacía mucho tiempo que no reparabas en la belleza de las nubes. Hacía mucho tiempo que no pasabas una tarde entera mirándolas, tratando de hallarles forma. Hacía mucho tiempo que el cielo no te parecía tan inmenso, tan azul, tan profundo, tan cercano. Hacía mucho tiempo que no te hundías por completo en algo tan simple para emerger luego sintiéndote como nuevo. Hacía mucho que las nubes no parecían pintadas por duendes.

Perdiste la capacidad de ver algunas cosas a lo largo del camino, con cada golpe emocional, con cada circunstancia, con cada prueba, con cada desafío, con cada crimen o atrocidad que tuviste que presenciar, con cada persona amada que viste morir, pero recuperaste esa magia que seguía estando ahí pero vos no podías percibir cuando Michelle se convirtió en tu razón para vivir, en tu razón para tener esperanza otra vez, tu razón para creer en la magia otra vez.

Quizá con la llegada de Michelle a tu vida, regresaron los duendes que pintan las nubes en el cielo.


Te imaginabas que a Michelle le costaría un poco dejar a Bonnie por primera vez sola, lo veías venir, por supuesto. Lo que no imaginaste ni remotamente fue que a vos te daría pena que la cachorrita tuviera que quedarse algunas horas sólo en compañía de su pelota de goma, su hueso de juguete y su mantita.

"Va a estar bien" dijiste en voz alta, mientras Michelle y vos terminaban de sacar del camino cualquier cosa que Bonnie pudiera romper o que pudiera lastimarla si deseaba salir a dar una vuelta por el departamento en misión de exploración (aunque muy lejos no llegaría, porque dejaron las puertas que dan a la cocina y al pasillo que conduce a las habitaciones cerradas con llave) "Además, tiene que acostumbrarse, ¿no? Porque los días de semana vamos a estar la mayor parte del tiempo trabajando"

Amaste casi tanto como la amás a ella su gesto de, sin decir nada al respecto, acercarse a vos y besarte en la mejilla, dejando sus labios posados allí un largo rato, transmitiendo tanto sin emitir sonido alguno, diciéndote sólo con el cálido roce de sus labios sobre tu piel tibia que le parecés el hombre más dulce sobre la faz de la Tierra, el más tierno, aquél al que quiere abrazar todas las noches como a un osito de felpa gigante.

Bonnie estaba nuevamente acurrucada bajo su manta cuando se fueron, entretenida mordiendo alegremente el hueso de juguete con sus pequeños dientes de cachorro. Le echaste un último vistazo antes de cerrar la puerta detrás de vos, un único pensamiento cruzando tu cabeza: fue una de tus mejores ideas regalarle a Michelle una mascota, y de haber dejado que Bonnie se vuelva parte de tu existencia y de su existencia nunca vas a arrepentirte (ni siquiera cuando se porte un poquitito mal o desobedezca y para retarla tengas que llamarla Bones).


La mesa junto a aquella a la que se sentaron en Starbucks estaba ocupada por una pareja mayor, de unos ochenta años: una mujer de tez oscura, ojos negros, rasgos latinos bien marcados, y un hombre alto y flacucho, de piel amarillenta y finísimos ojos orientales. Los dos estaban conversando animadamente, sus miradas brillando con una luz especial, sus voces suaves llenando el aire; su aspecto era el de dos almas que han perdido total consciencia de que el mundo está habitado por otros seres, de que existen otros a su alrededor, de que el Universo no se reduce a ellos solos. Estaban embelesados, los dos, él escuchándola hablar mientras le untaba un bagel con manteca, de tanto en tanto tomando entre sus dedos mechones de la larga, lacia y negra cabellera de la mujer para acomodarlos detrás de su oreja, los dos riendo despreocupadamente.

Es como con las nubes, ¿no es cierto? Antes no te hubieras fijado en esos detalles, antes no hubieras reparado en la gente, antes no te hubieras detenido a mirar con cuidado cómo a otros les brillan los ojos cuando están con la persona que aman, antes una mujer latina y un hombre oriental no hubieran llamado mucho tu atención, menos hacer que una sensación cálida te recorra de pies a cabeza inundando cada recoveco de tu cuerpo. Sin embargo ahora notás lo que antes tal vez hubieras ignorado (como las nubes, las cuales no quisiste volver a observar en busca de formas raras que hallar porque te recordaban a esos años de tu infancia que no estaban manchados salvajemente por la muerte de tu hermano a manos de un conductor ebrio).

En voz baja y sonriendo de oreja a oreja, susurraste en el oído de Michelle, señalándolos disimuladamente:

"¿Creés que dentro de setenta años esos seamos nosotros?"

La pregunta murmurada estaba empapada en una ternura casi desgarradora, y podrías haber jurado que tus ojos se habían humedecido ligeramente ante aquella escena tan llena de amor, esa escena que contaba una historia sin necesidad de que páginas fueran llenadas con renglones, con manchones de tinta, borrones, tachaduras y correcciones, porque las imágenes hablan más fuerte y más claro, y los detalles que probablemente llevaría hojas y hojas explicar quedan expuestos con una crudeza y una vulnerabilidad que tocan el alma de manera especial.

O quizá sólo a vos te hace sentir así ver a una pareja de ancianos merendando en Starbucks, porque el hecho de que la mujer tenga raíces como las tuyas y el hombre raíces como las de Michelle y que luzcan tan perdidamente enamorados uno del otro más allá del irreversible e inevitable paso del tiempo acaricia dentro tuyo fibras extremadamente sensibles. Quizá aquello a vos te conmovía tan profundamente porque para tus ojos era como echar un vistazo a un espejo que muestra el futuro, un futuro que esperás tener, el futuro que querés tener, un futuro que sabés vas a tener porque Michelle y vos ya se lo prometieron el uno al otro y ninguno de ustedes va a romper esa promesa, un futuro al que van a llegar juntos, un futuro construido en base a un amor tan grande como nunca lo fue ningún otro amor en la historia de la humanidad: dentro de setenta años querés ser vos el que esté sentado en una mesita en Starbucks, tomado de la mano con el amor de su vida, después de haber recorrido tantos caminos juntos, después de haber hecho realidad tantos sueños, después de haber compartido tantas cosas, después de haber afrontado tantas adversidades, después de haber superado cada obstáculo que el destino les arroje.

"Sí" llegó su respuesta finalmente "Con la diferencia de que yo soy la asiática y vos sos el que tiene genes latinos" lo que estaba señalando era una obviedad grande como una casa, pero vos no reparaste en eso ni un poco, porque estabas demasiado fascinado trazando el contorno de su sonrisa con tu dedo índice, su mirada y tu mirada una fundidas una en la otra, hablando sin hablar, transmitiéndose cosas con el lenguaje de la piel que en ningún otro idioma pueden ser dichas.

"¿Crees que sigamos luciendo tan perdidamente enamorados como esos dos?" fue tu siguiente pregunta, expresada en un murmullo sólo audible para ella porque estaba, como siempre, prestándote desmesurada atención, tan desmesurada atención que incluso las palabras susurradas tan bajito alcanzaban sus oídos.

"Sí, vamos a seguir estando perdidamente enamorados, como esos dos" contestó, sin un atisbo de duda, completamente segura, sin que el mínimo temblor apareciera en su dulce voz, su sonrisa aun más amplia y luminosa.

"Creo que vamos a estar más enamorados que esos dos" dijiste, frotando la punta de su nariz con la punta de tu nariz y acunando su rostro con tus dos manos.

Cuando se levantaron para irse, el señor asiático los retuvo unos segundos para preguntarles la hora.

Le contestaste con una sonrisa luego de consultar el reloj de pulsera que Michelle te regaló.

"Gracias" el hombre te devolvió la sonrisa, y luego les dijo "Me recuerdan mucho a mi y a mi esposa cuando éramos jóvenes" la mujer les sonrió también, al tiempo que su esposo señalaba tu mano y la de Michelle entrelazadas fuertemente, como si temieran que algo fuera a atacarlos de repente y a tratar de separarlos, o como si quisieran simplemente estar en constante contacto con el otro, guiándose, protegiéndose "Llevamos casi sesenta y dos años juntos"

"Nosotros estamos juntos desde hace tres meses" Michelle dijo.

"Algún día van a contarle a otros más jóvenes que llevan más de seis décadas enamorados" la señora señaló, sonriendo aun más que antes.

No pudiste evitar sonreír aun más. Y vos no sos alguien que sonría fácilmente, de verdad, con el corazón, ante algo que acaba de decirte una completa extraña. Pero es evidente que las cosas cambian, que todo cambia, y que las personas, cuando el amor las domina por completo, también pueden cambiar, así como las nubes en el cielo cambian de forma cada día, cada mañana, luego de que los duendes pasen toda la noche trepados en el cielo pintándolas.

Un ratito después, con la cabeza reposando sobre tu hombro mientras vos manejabas, Michelle te preguntó:

"¿Voy a seguir pareciéndote linda cuando sea viejita y esté llena de arrugas?"

Ya sabe la respuesta, porque se lo has dicho otras veces (de hecho, se lo dijiste la noche anterior); simplemente le encanta que se lo repitas, suave y al oído.

"Sí, y todas las noches antes de irme a dormir y cada mañana inmediatamente después de despertar voy a contar tus arrugas. Y vamos a pasar nuestras mañanas de jubilados en el parque, tumbados sobre una manta, hallándole formas a las nubes, o simplemente haciendo nada"

"Me gusta la idea de no hacer nada con vos" Michelle había suspirado "Podría pasar el resto de mi existencia suspendida en la nada y nunca necesitar otra cosa ni quejarme, si estoy con vos"

"Qué bueno que sientas eso" señalaste, tu mirada brillando como si todas las estrellas estuvieran reflejándose en ella "porque yo siento exactamente lo mismo"


La llevaste a dar un paseo a la playa; definitivamente a ella no podés negarle nada que te pida, mucho menos si su idea involucra mojarse los pies con la espuma del mar. Anduvieron un largo rato bordeando la orilla, sintiendo la arena entre los dedos de los pies, con el agua haciéndoles cosquillas, las olas revolviéndose en una danza tranquila y rítmica, el cielo ya oscuro adornado con un manojo de estrellas hermosísimas y una luna que parecía sacada del cuento de hadas más romántico de todos.

"Todavía quedan nubes en el cielo" Michelle comentó, indicando con un gesto de la cabeza algunas nubes solitarias desparramadas en el firmamento "Pero éstas los duendes las pintaron con tinta china" agregó. Los dos compartieron una risita de complicidad, ya que estaban hablando de algo que solamente ustedes entenderían y que sonaría extraño, absurdo, ridículo e infantil para el oído de cualquier otra persona.

"¿Pensás que cuando le cuentes a nuestros hijos que las nubes son pintadas por duendes lo crean?" preguntaste de pronto, muerto de curiosidad por saber cómo se imagina Michelle serán sus vidas como padres.

"Si no son como su tía Martina, sí" contestó ella con una sonrisa enorme.

Nunca antes se te hubiera ocurrido el pensamiento que cruzó tu mente mientras la besabas con el ruido del mar agitándose de fondo, pero en ese momento dentro de tu alma estaba brotando la esperanza de que tus hijos no sean escépticos como tu hermana, sino que puedan creer – al menos durante su tierna infancia – que hay duendes que se trepan a los árboles y pintan nubes, dándoles forma, y que esas formas pueden ser descubiertas si uno pasa un largo rato tumbado boca arriba de cara al cielo, encontrando aviones, corazones, estrellas, triángulos (y hasta una pata pollo si tienen mucha imaginación).


Cerca de las once de la noche regresan a tu departamento, luego de haber ido a cenar a McDonald's (por mucho que Michelle alabe los platos que le cocinás, es imposible que se niegue si la tentás con llevarla a McDonald's; aunque no te parezca el lugar más apropiado para una cita, sabés que a ella le encanta, y si a ella le encanta entonces vos no vas a dejar de satisfacer sus caprichos, que en realidad ni siquiera son caprichos porque vos le das absolutamente todo sin que ella te pida nada) y al cine a ver una película de Disney.

"Sé que te gustó la película" susurra, rodeando tu cuerpo con sus brazos y poniéndose en puntitas de pie para llegar a tu oído "Aunque digas que solamente la viste porque yo quería, sé que te gustó" insiste.

Y tiene razón. No es que prefieras una película animada a una buena película clásica o de acción: simplemente te gusta pasar tiempo con Michelle, con sus dedos y tus dedos entrelazados, robándole besos cada pocos minutos, jugando con sus rulos, escuchando el sonido de su respiración, sintiendo su corazón latir muy cerca del tuyo. No te importa qué película vean siempre y cuando puedas pasar esa hora y media completamente embriagado de su perfume y escuchando el sonido angelical de su risa. Si tuvieras que ver la película completamente solo o con tus sobrinitas probablemente sería una tortura, pero con Michelle a tu lado riendo como una criatura más… la película te resultó completamente adorable, casi tan adorable como ella.

"Me gustó ver la película con vos" admitís.

"Gracias por ver la película conmigo" murmura, besándote en la comisura de los labios, aun en puntitas de pie para que su boca pueda alcanzar tu boca "Gracias por pasar conmigo uno de los sábados más lindos de toda mi vida" agrega luego.

"Fue un lindo sábado para mí también" besás su frente "Y me alegra que lo hayas disfrutado, porque ésa era la idea, ¿sabías?: que este sábado de diciembre fuera hermoso"

"Lo fue" te asegura "Me encanta pasar tiempo con vos, lejos de todo" te dice, enterrando su rostro en ese huequito cálido entre tu hombro y tu cuello, donde puede sentir tu pulso e intoxicarse inhalando tu perfume "Me encanta que me lleves al parque, me encantan nuestros picnics, me encanta que hayas incluido a Bonnie en nuestro día, me encanta tumbarme en el suelo con vos y mirar el cielo tratando de hallarle formas a las nubes, me encantan nuestras meriendas en Starbucks, me encanta cuando caminamos descalzos a orillas del mar, me encanta que me dejes robarte todas las papas fritas cuando comemos en McDonald's, me encanta que me dejes elegir qué película ver en el cine, me encanta que me compres pochoclo aunque a vos no te gusta, me encanta que me digas que podrías pasar el resto de tu existencia haciendo nada conmigo y que aun así serías feliz"

"Me encantaría pasar el resto de mi existencia haciendo nada con vos" decís, mirando directo dentro de sus ojos, acariciando cada palmo de su rostro, delineando con cuidado sus facciones, con las yemas de tus dedos.

¿Lo hubieras creído si un año atrás – cuando seguías aun escondido en un pozo oscuro, lamiendo tus heridas, demasiado lastimado luego de lo sucedido con Nina, siendo carcomido por la culpa, obsesionado con tu trabajo para no pensar en nada más, absolutamente alejado de todo y de todos por miedo a ser lastimado, con altos puros resguardando tu alma y tu corazón para que no volvieran a ser usados y descuajeringados otra vez – si te hubieran dicho que un sábado de diciembre pasarías el día perfecto tumbado de cara al cielo queriendo hallarle formas a las nubes, viendo una película de dibujos animados en el cine o simplemente haciendo nada con la mujer que amás?

No, probablemente no lo hubieras creído. Probablemente te hubieras negado a escuchar palabra alguna, demasiado concentrado como estabas en hundirte más y más en tu miseria, en tu enojo, tu angustia, tu ira, tus pesadillas, tus ganas de correr lejos y no regresar. Probablemente hubieras reído amargamente, probablemente hubieras tratado de loco a cualquiera que se atreviera a sugerir que alguna vez volverías a recordar la historia que les contaba tu mamá sobre los duendes que pintan las nubes en el cielo cuando nadie los ve, que se trepan a los árboles para llegar al firmamento, o la canción que entonaba en susurros tranquilizadores a la hora de dormir antes de darle a sus hijos en la frente el beso de las buenas noches.

Sin embargo, ahora no podés imaginarte siendo feliz de ninguna otra manera, porque la felicidad más pura que conocés es la que experimentás con Michelle en días como hoy: viéndola sonreír, hablándole al oído, mimándola, caminando a orillas del mar con la espuma mojándoles los pies, en el cine viendo una película de dibujos animados, hallándole formas a las nubes, o simplemente haciendo nada.


Estás recostado en el sillón, con ella acurrucada en tus brazos, esperando a que se quede profundamente dormida para escabullirte a tu estudio y terminar de preparar el cuaderno que armaste usando dos trozos de cartón corrugado como tapa y dentro del cual vas a pegar todos tus dibujos de Michelle para regalárselos mañana. Pero aún está despierta, de tanto en tanto presionando besos en tu mejilla o en tu hombro, o acariciando tu cabeza con la yema de sus dedos.

"¿No podés dormir?" murmurás la pregunta en su oído, tratando de que suene tan casual y natural como posible.

"Estoy un poco incómoda y destemplada. Es normal" te avisa enseguida, y sabés que se refiere a que es normal que se sienta así cuando está con sus 'problemas femeninos', como tus hermanas solían llamarlos cuando eran adolescentes.

Frotás su espaldas repetidas veces, pero veinte minutos después aun sigue despierta. Pensás en la canción que recordaste hoy, ésa que es una de las favoritas de tu mamá y que solías escuchar todas las noches antes de que apagara la luz y te quedaras dormido abrazando a tu mono de peluche (sí, en una época tu amiguito inseparable era un mono de peluche, así como en otro momento de tu infancia lo fueron un pingüino y un perro amarillo con lunares azules tan viejo que probablemente perteneció a tu papá antes que a vos), esa que habla de duendes que cuidan las flores y las pintan cuando están tristes y les ponen un cascabel, y de un jardinero que era feliz entre las hojas que cantaban cuando el viento pasaba y jugaba con ellas. Tu mamá ama esa canción, como ama muchas cosas que le recuerdan al país que tuvo que dejar cuando se escapó con tu papá lejos de todos los que querían separarlos, y cuando eras chiquitito a vos también te gustaba mucho esa canción, especialmente cuando tu mamá la ponía en uno de los pocos casetes viejos que guardaba en una caja y la escuchaba mientras cocinaba la cena y tus hermanos y vos hacían los deberes sentados en el suelo de la pequeña cocina.

Algo parecido a la nostalgia te abrasa por dentro, pero a diferencia de otras ocasiones esta vez no te ahoga ni te hiere ni te hace daño. Es la clase de nostalgia que deja un sabor dulce en la boca y que hace que se acumulen en el pecho sentimientos de felicidad y añoranza, pero ninguno de ellos dañino o con esa fuerza punzante que lastima.

"Michelle, ¿querés que te cante hasta que te quedes dormida?" preguntás en un murmullo suave, acomodado algunos de sus rulos detrás de su oreja.

"Sí, eso me ayudaría mucho" es la respuesta que escuchás siendo murmurada contra tu piel, sus labios haciéndote cosquillas cuando te rozan al moverse despacito.

Cerrás los ojos, respirás su perfume, sentís el calor que emana de su cuerpo tan pequeñito comparado con el tuyo, y decidís que, si para ayudara a dormir el remedio perfecto es cantarle al oído en voz muy bajita, para terminar de hacer perfecto este sábado bien podrías cantarle en susurros esa canción que formó parte de tu infancia y que habías olvidado a propósito en tu intento de protegerte desprendiéndote de todos esos recuerdos en los que Ricardo estaba vivo y los corazones de tus padres no estaban rotos por la pérdida de su hijo.

Tenés que aprender a dejar algunas cosas atrás y aceptarlas en lugar de esconderlas en cajones cerrados bajo llave en algún armario viejo de tu memoria. Tenés que aprender a seguir con tu vida sin tus hermanos, por muy difícil que parezca, por mucho que te cueste, por muy doloroso que siempre haya sido. Desde que estás con Michelle muchas heridas profundas sanaron: te animaste a comprar una cámara y a sacar fotografías de momentos que querés tener para siempre materializados en imágenes, te animaste a hablar de temas que preferías no discutir porque te hacían daño, te animaste a mirar otra vez el cielo y jugar a hallarle forma a las nubes… No es justo para tus padres que tanto se esforzaron en hacerte feliz y darte lo mejor dentro de sus limitaciones que vos te esfuerces por reprimir esas memorias y mantenerlas sumergidas; les debés a ellos y le debés a la criatura que fuiste recordarlas, revivirlas, atesorarlas, apreciarlas, cuidarlas, compartirlas con la persona que amás y con la que vas a construir el resto de tu vida. Le debés a tus hermanos recordarlos la infancia que ellos ya no pueden recordar porque se fueron de esta Tierra.

Tu voz no suena quebrada, más bien es un susurro suavecito y dulce, lleno de significado, lleno de ternura. Esa canción que llevabas años sin siquiera recordar de repente está aflorando de tus labios, deslizándose entre ellos y llegando a sus oídos, la letra siendo dibujada en el aire, con trazos invisibles a los ojos pero visibles al corazón, trazos que bien podrían estar hechos – como las nubes que pintan los duendes o las flores a las que les devuelven el color cuando están tristes – con tiza, tempera, acuarelas, lápices, crayones o tinta china. Y a pesar de que es un idioma que ella no entiende, a pesar de que son frases sueltas las que comprende, sabés que entiende la belleza que se encierra en la música, en la melodía, y en lo que está escrito, porque donde hay amor ningún lenguaje es diferente de otro, todos suenan igual, todos dicen lo mismo, todos pueden ser entendidos fácilmente.

"Mírenme, soy feliz entre las hojas que cantan cuando atraviesa el jardín el viento en monopatín.

Cuando voy a dormir cierro los ojos y sueño con el olor de un país florecido para mí.

Yo no soy un bailarín porque me gusta quedarme quieto en la tierra y sentir que mis pies tienen raíz.

Una vez estudié en un librito de yuyos cosas que yo sólo sé y que nunca olvidaré.

Aprendí que una nuez es arrugada y viejita pero que puede ofrecer mucha, mucha, mucha miel.

Del jardín soy duende fiel; cuando una flor está triste la pinto con un pincel y le pongo un cascabel.

Soy guardián y doctor de una pandilla de flores que juegan al dominó y después les da la tos.

Por aquí anda Dios con regadera de lluvia o disfrazado de sol asomando a su balcón.

Yo no soy un gran señor, pero en mi cielo de tierra cuido el tesoro mejor: mucho, mucho, mucho amor"

Para cuando la última sílaba se disuelve en el aire, Michelle ya está profundamente dormida, una sonrisa parecida a la tuya en sus labios, su aspecto relajado y contento prueba de que le regalaste uno de los mejores días de su vida.

Ella también te regaló a vos uno de los mejores días de tu vida, todos los días te regala un poco más de magia de la que tuvo el anterior, todos los días te enseña algo nuevo, todos los días descubrís algo nuevo, todos los días aprendés algo nuevo, todos los días recordás pedacitos de lo que elegiste olvidar cuando eras chico porque estabas tratando de protegerte del dolor.

Sabés que la lógica dice que tu hermana Martina tiene razón y que no hay duendes que se trepan por los árboles para llegar al cielo y pintar nubes, como en el cuento que inventó tu mamá para Fiona; sabés que no existen esos duendes que nombra la canción, que van por los jardines siendo doctores y guardianes de una pandilla de flores, devolviéndoles el color y regalándoles cascabeles cuando están desanimadas. Pero cuando eras chiquitito lo creías. Y esperas que los hijos que tengas dentro de pocos años con Michelle también lo crean, porque cualquier infancia es mucho más hermosa con canciones que hablan de jardineros que son felices escuchando al viento andar en monopatín o con juegos que consisten en hallarles formas a las nubes.


Espero que les haya gustado este capítulo. Hay partes que me encantan, y otras partes que no me gustan tanto, así como hay partes sobre las que no sé bien qué pienso. El último pedacito sobre la canción de María Elena Walsh decidí agregarlo hoy a la mañana mientras corregía el resto del capítulo, porque su fallecimiento me entristeció mucho; a veces la escuchaba cuando era chica - no tanto -, pero tuve la oportunidad de escucharla muchísimo en estos últimos meses gracias a la hijita de mi padrino, que pasa horas y horas escuchando sus canciones. En fin, sentí que necesitaba de alguna manera agregar un pedazo de su música en esta historia. Ojalá les haya gustado y haya encajado bien con el resto de la historia.

Ah, otra cosa: quizá tarde un poquitito (una semana, más o menos) en escribir el capítulo 74 porque va a ser mucho más explícito que los anteriores setenta y tres capítulos, y no decidí todavía cómo voy a escribir la situación que tengo en mente.