Notas:
I. Otro capítulo con el que no estoy conforme, honestamente. Me costó muchísimo escribirlo y creo que lo perfeccioné en todos los detalles tanto como me fue posible. Espero haber logrado algo medianamente bueno.
II. La línea de tiempo está desordenada al principio y luego se vuelve una sola. Más de un párrafo va a aparecer una o dos veces más a lo largo del capítulo, con cosas nuevas y más detalles, así que aunque resulte repetitivo (sé que resulta repetitivo en algunos pasajes), es importante que lean porque todo se relaciona con todo.
III. La línea de tiempo es aproximada, no hay horas, minutos y segundos precisos, son cálculos aproximados.
IV. El rating de este capítulo es M, no T; no es sexo precisamente lo que contiene, pero se acerca bastante.
V. El capítulo 75 es muy corto, así que espero tenerlo listo para esta noche o para mañana.
Como las hojas que esperan que el viento las roce.
"Podemos ir despacio" susurrás, las yemas de tus dedos acariciando sus labios, tu boca rozando la comisura de su boca, sus brazos envolviéndote posesivamente, el deseo materializado en sus ojos, más oscuros y más brillantes que nunca, ese mismo deseo que con su fuego húmedo te quema a vos también "No tengas miedo de lastimarme, porque sé que no vas a hacerlo" murmurás, presionando aun más tu cuerpo contra el suyo, animándote a robarle un gemido mordiendo suavemente una porción de piel de su cuello.
No querés parar, al menos no todavía.
No te alcanza solamente con esta dosis. Necesitás más.
Sos adicta al hombre que puede hacer que tiembles como las hojas que esperan a que el viento las roce.
Sos adicta al hombre del que estás enamorada.
Y estás enamorada de un hombre que es adicto a vos.
1 hora después
Una de sus manos recorre tu columna, las yemas de sus dedos presionando suavemente sobre cada vértebra como si fueras un instrumento al que está intentando arrancarle una melodía desgarradoramente hermosa y sutilmente provocativa, pero también dulce y teñida de la inocencia que a fuego lento se consume más y más con cada débil gemido que se cuela por entre tus labios. Con ella se mezcla su respiración entrecortada, esa fusión de amor y pasión volviéndose música, la música llenando el aire, quebrando la quietud absoluta de aquella habitación en penumbras.
Su boca dibuja y desdibuja una y otra vez el mismo recorrido, desde tu antebrazo hasta el punto más sensible de tu cuello, besando con locura desmedida cada centímetro de piel hasta la intoxicación. El placer es tan grande, distinto a cualquier otra cosa que hayas experimentado, tan intenso que cala hasta los huesos; sentís un cosquilleo eléctrico en las siete vértebras cervicales, te estremecés con cada mordida suave en el espacio entre la clavícula y el acromion. Te deshacés en suspiros esporádicos cuando su otra mano acaricia lentamente tu cintura, la parte baja de tu estómago, o cuando las yemas de sus dedos contornean con delicadeza tu pecho, dibujando círculos sobre el sitio exacto en el que pueden percibirse claramente los latidos de tu corazón, enloquecido de amor.
Es una sensación exquisita, la del peso de su cuerpo sobre el tuyo, cubriéndote por completo, abrigándote, poseyéndote. Es una sensación exquisita, la de su piel desnuda contra tu piel desnuda, sus dedos y su boca recorriendo palmo a palmo tú frágil, vulnerable anatomía, devorándote en pequeñas dosis.
Pero más exquisito aun es saber que así como no hay terminación nerviosa tuya que no esté a merced de sus estímulos, no hay terminación nerviosa suya que no esté a tu merced; bajo tus caricias se estremece, tiembla, suspira pesadamente, su respiración se vuelve errática y discontinua, su espalda se arquea, sus palpitaciones se aceleran.
Es una sensación exquisita, la de hacerlo perder el control, hechizarlo, hipnotizarlo, embriagarlo.
Es una sensación exquisita, que el hombre que amás te desee tanto, que su boca te pruebe de a mordiscos inocentes como si fueras una fruta prohibida, que sus manos te recorran milímetro a milímetro en absoluto éxtasis, que su hambre sólo pueda ser satisfecho besándote y acariciándote.
9 horas antes
El silencio era roto sólo por el sonido de tus dedos moviéndose con ritmo rápido y preciso sobre el teclado de tu nueva laptop; las yemas presionaban suavemente y al compás de tus pensamientos las palabras, 'como por arte de magia' (aunque sabés que de magia esto no tiene nada; conocés todo sobre cómo funciona una computadora, y hasta en sueños podrías explicar el proceso mediante el cual al tocar una tecla o una combinación de teclas algo sucede, una reacción se desencadena como consecuencia de los datos ingresados, la máquina interpreta las órdenes que se le dan y luego las cumple), se dibujaban como hormiguitas negras ordenadas prolijamente en fila, tomando la forma de un texto que ya llevaba cerca de diez o quince párrafos (la cantidad exacta sería diecisiete, pero estabas demasiado concentrada volcando tus sentimientos como para reparar en el número que aparecía en el margen inferior izquierdo del documento de Microsoft Word que estaba cumpliendo con la función de especie de 'diario íntimo').
Habías despertado una hora y media atrás, envuelta en sus brazos y con una sonrisa en los labios, las memorias del hermoso sábado que pasaron juntos aun frescas en tu cabeza, provocando que un millar de mariposas diminutas se formaran en tu panza y te hicieran cosquillas con sus alitas, esa sensación tan linda siendo la más parecida a lo que te abrasa por dentro cuando él te mima. Durante un rato habías disfrutado del calor de su cuerpo pegado al tuyo, de su respiración y de los latidos de su corazón endulzando tus oídos con esa música cuyos acordes solamente vos podés entender, con tus párpados aun demasiado pesados para que hicieras el esfuerzo de levantarlos y mantenerlos así, tus manos dibujando círculos en su espalda, tus dedos de tanto en tanto perdiéndose en el mar de buclecitos negros que cubre su cabeza, contenta de poder ser vos, para variar, la que lo mima a él mientras duerme (es siempre él quien te besa y acaricia en las mañanas mientras vos seguís hundida en sueños).
Allí te hubieras quedado el resto del domingo, acariciando dulcemente su piel, besando su cuello en el punto exacto en el que podés sentir sus pulsaciones contra tus labios, intoxicándote con su perfume, pero Bonnie se despertó cerca de las nueve menos veinte y, moviendo su cola alegremente, se escabulló desde el rinconcito en el que se halla su cuna hasta llegar al sillón, al pie del cual se sentó, su cuerpito tan pequeño muy quieto, mirándote con ojos de cachorrito hambriento, esperando a que te levantaras para darle de comer y jugar con ella.
Te llevaste a Bonnie a la cocina, tratando de hacer el menor barullo posible para no despertar a Tony; lucía tan tierno, completamente sumergido en sus sueños, relajado, en paz, feliz, una media sonrisa cruzando su rostro, totalmente sereno. Hay momentos, como aquél, en los que simplemente te lo comerías a besos por ser la cosita más adorable del mundo (algo que nunca le dirías, porque sería equivalente a ahogar su ego en un cubo de agua, llamándolo 'la cosita más adorable del mundo'); te tentó un poco buscar la cámara y fotografiarlo en ese estado tan deliciosamente vulnerable, pero Bonnie te había distraído de tu idea dando vueltas a tu alrededor, esperando ansiosa que la levantaras a upa y le hicieras cosquillas en la panza.
Desde hace tres meses tu desayuno consiste generalmente de tostadas con manteca y mermelada, panqueques, ensalada de frutas o cereales con yogurt de frutilla, además de café con leche o té y jugo de naranja recién exprimido. No siempre fue así, claro, porque cuando vivías sola y no estabas en una relación con el hombre más perfecto del mundo, la primera comida del día se limitaba a una taza de café con leche, acompañada de un durazno o una porción de budín enlatado, dado que el recuerdo de las pocas veces en las que trataste de tostar pan se ha quedado muy vivo en tu memoria como para que alguna vez vuelvas a hacer el intento de usar las hornallas y te arriesgues a prender fuego el edificio. Así que luego de darle a Bonnie algo de comer y mimarla un poco, preparaste una taza de café (tus dotes culinarias son limitadísimas y hasta casi podría denominárselas precarias, pero café y té sabés preparar sin poner en la línea el bienestar de ningún organismo vivo), abriste un paquete de Oreo y enchufaste tu nueva laptop color rosa decidida a distraerte un rato jugando al tetrix hasta que él se despertara y te distrajera por sus propios medios.
Sin embargo, pronto te aburriste, y luego de pasar algunos minutos haciendo absolutamente nada, mirando la pantalla sin realmente ver, una parte considerando salir a dar una vuelta con Bonnie, otra barajando la posibilidad de volver a acurrucarte en los brazos de Tony, taparte con tu manta favorita y seguir durmiendo hasta el mediodía, o hasta que él te despertara con sus besos o con una bandeja llena de cosas ricas (no te hubiera molestado, francamente, tomar un segundo desayuno, uno que consistiera de algo más sano que café con leche y galletitas Oreo; y eso, viniendo de alguien que ha rayado la categoría de 'víctima de desorden alimenticio' siendo adolescente, es decir mucho: no siempre sucede que te apetece comer por placer y no porque es una necesidad básica a satisfacer para estar sana y poder destacarte en tu trabajo. Como con todo, depende mucho de tu estado de ánimo) acabaste haciendo algo que ni siquiera se te había ocurrido considerar.
Al final no saliste de paseo con Bonnie, pero tampoco volviste a recostarte en el sillón. Terminaste quedándote en la cocina, sentada en una de las banquetas altas, frente a la computadora, con un documento de Microsoft Word abierto, la hoja en blanco esperando a que algo saliera de vos, cualquier cosa, algo que pudieras volcar golpeando suavemente el teclado con las delicadas yemas de tus dedos. Al principio te quedaste pensativa, con aspecto perdido, tus ojos asiáticos posados sobre la pantalla, sin entender bien por qué habías decidido abrir – en un accionar casi automático, involuntario e inconsciente, porque lo habías hecho sin siquiera percatarte de que lo estabas haciendo – aquél océano color blanco que te invitaba a inundarlo, decorarlo, dibujarlo, destrozarlo, mancharlo de lágrimas o de risa, poesía y encanto, dolor y pena, recuerdos o ficción, fantasía o realidad.
Sin mucho pensar tampoco, más bien como siguiendo un impulso dictado por tus emociones sobrecargadas debido a las malditas hormonas que seguían alteradas, empezaste a escribir. De a dos palabras, primero, tímidamente, sin saber bien a dónde iría a parar todo aquello. Luego cinco palabras (casi una oración completa). Luego dos renglones, sin detenerte. Luego tres. Luego cuatro. Luego un párrafo entero. Luego dos párrafos. Luego dos párrafos y medios. Luego cuatro. Luego cinco. Seis, siete, ocho, nueve. Llegado un momento, estabas en un punto en el que las oraciones brotaban con total naturalidad, fluían, todas tan apasionadas, tan puras, tan sinceras, tan cargadas de emoción y ternura, que bien podrías haber estado escribiéndolas con tu propia sangre y no virtualmente.
Las agujas del reloj indicaban que eran las diez de la mañana cuando te detuviste, unos cincuenta párrafos, seis páginas y casi seis mil palabras después.
Escribís sobre las cosas hermosas que te pasan con él todos los días en cuadernos que deseás sean el testimonio tangible de la historia de amor más maravillosa del mundo, cuadernos cuyas hojas dentro de setenta años querés repasar, acariciando cada renglón, cuadernos que son como las piezas de un rompecabezas, de ese rompecabezas que están armando los dos juntos.
Pero a veces, como en aquel instante, te asalta de golpe la necesidad de escribir sobre vos: tus miedos, inseguridades, pensamientos, temores, dudas, reflexiones. Escribiendo siempre encontraste desahogo, consuelo, una vía por la cual expresarte, vaciarte, aliviar la carga sobre tus hombros, compartir pedacitos tuyos con cada sílaba, pedacitos que necesitás se desprendan, pedacitos de tu vida, de tus vivencias, de tu experiencia, de lo bueno y de lo malo.
Aquellos párrafos que escribiste en la mañana estaban inspirados por tus expectativas, tus nervios, tus preguntas sin respuesta, las respuestas que habías encontrado a ciertas preguntas pero que no habían hecho más que generar otros cien interrogantes, tus deseos y fantasías, las mariposas que te hacen cosquillas en la panza cuando imaginás su boca y sus manos recorriendo cada centímetro de tu cuerpo. Es, el momento en el que se fundan completamente, algo en lo que no podés dejar de pensar, algo en lo que pensás más y más con cada día que pasa, algo en lo que pensás más y más a medida que el 24 de diciembre se acerca. Necesitabas expresar aquellas emociones que llevan tanto tiempo agolpándose en tu pecho, consumiéndote, devorándote, esas emociones que no podés compartir con nadie más, emociones profundas, íntimas; es como si las llevaras en la sangre, circulando por tu cuerpo, gravadas en el alma, como si se reprodujeran y multiplicaran con cada latido de tu corazón. Necesitabas descargarte, e inconscientemente, inocentemente, 'decidiste' hacerlo en forma de párrafos que se entrelazan unos con otros, compuestos por palabras que lucen como hormiguitas muy negras y muy chiquititas que han formado filas extremadamente prolijas, párrafos que se deshacen en frases casi poéticas, párrafos demasiado dulces, párrafos que hablan del deseo incontrolable que quema dentro tuyo: morís por besarlo, abrazarlo, acariciarlo, y no detenerte, ni detenerlo, deshacerte de todas las barreras entre tu cuerpo y su cuerpo y dejar que las cosas sucedan de manera natural. Así te sentís, y aunque las inseguridades, los nervios y los miedos pesan, el deseo pesa más que todo eso.
Subiste y bajaste con el curso varias veces, deteniéndote al azar para volver a leer algunos pedazos, algunos pasajes, y no pudiste evitar que por entre tus labios se escaparan algunos suspiros. Al rato, te encontraste otra vez mirando fijamente la pantalla del ordenador pero sin realmente ver, tus ojos vueltos hacia adentro, hacia tu alma y tu corazón, un millar de mariposas acariciándote con sus diminutas alitas, más suspiros escapándose por entre tus labios.
Ese momento tan íntimo entre los sentimientos, emociones y sensaciones que aun te recorren el cuerpo y los sentimientos, emociones y sensaciones que habían quedado hermosamente plasmados en aquello que escribiste sin siquiera tomarte un segundo para respirar, fue interrumpido abruptamente, como si alguien se hubiera acercado con un alfiler para pinchar la burbuja cálida y reconfortante en la que estabas acurrucada, cuando a tus oídos llegó un bostezo proveniente de la sala de estar, seguido de una sucesión de pasos dados por pies descalzos y amortiguados por la mullida alfombra. Con un fluido movimiento de la mano sobre el mouse, llevaste la pequeña flecha de una punta de la pantalla a la otra hasta llegar a la crucecita sobre el costado superior derecho para cerrar el archivo.
La puerta se abrió un segundo más tarde, detrás de ella Tony, en pijama y con sus buclecitos negros despeinados, los ojos entrecerrados, el aspecto general de alguien que acaba de despertarse luego de una larga noche de merecido descanso, sus labios curvados en una sonrisa terriblemente seductora y a la vez absolutamente dulce y tierna. No pudiste contener otro suspiro (¿cuántas veces habías suspirado ya en lo que iba del día?), ni tampoco evitar que tus labios también se ensancharan formando una sonrisa que alcanzaba tu mirada, la cual se había iluminado con ese brillo especial que tanto amás el instante en que él había entrado a la cocina.
"¿Decidiste madrugar?" te preguntó, mitad riendo, mitad reprimiendo un bostezo, al tiempo que enredaba sus brazos alrededor de tu cintura, atrayéndote hasta que tu espalda y su pecho quedaron pegados. Tus rodillas se doblaron apenas - de pronto parecían hechas de gelatina – cuando sentiste sus besos en tu cuello y en tu hombro, la piel siendo acariciada suavemente por sus labios, sus manos frotando tu estómago, dibujando círculo sobre la tela del sweater que llevabas puesto.
"Algo así" contestaste, aun sonriendo, contenta de ser siempre el objeto de sus mimos.
"¿Por qué no me despertaste?"
"Para que descansaras un poquitito más. Tuvimos una semana larga y ésta que empieza mañana quizá sea igual de tediosa" exhalaste, deseando más que nunca poder encapsular el domingo y retenerlo para siempre, hacerlo eterno, y así evitar la llegada del lunes (es ilógico, lo sabés, e imposible, lamentablemente, pero mientras desear siga siendo gratis, nada va a impedirte que pienses en lo lindo que sería escaparle al mundo por algunos días y quedarte con él haciendo de cuenta que el fin de semana no acabó) "Además" seguiste, tu sonrisa acentuándose un poco "sos hermoso cuando estás dormido" podías sentir tus mejillas ardiendo, y estabas segura de que se habían teñido de un rojo brillante.
Cuando, sin salirte de su abrazo, te diste vuelta para besar sus mejillas y desordenar su pelo revuelto un poco más, viste que su rostro también se había teñido de color escarlata. Te pusiste en puntas de pie para que tus labios alcanzar su frente (lo cual te requirió mucho más esfuerzo porque sin tacos la diferencia de altura es bastante) y desparramaste besos por todas partes, animada ante la perspectiva de tener el resto del domingo para estar con él haciendo absolutamente nada o entreteniéndote con cosas tan simples como ir al parque a mirar las nubes y tratar de hallarles forma, como habían hecho el día anterior, o mirar dibujos animados acurrucados en una punta del sillón.
"La próxima vez que te levantes antes que yo, no dudes en despertarme: no quiero que tengas que desayunar café con leche con Oreos otra vez" te dijo, mirando de reojo el envoltorio vacío que un rato atrás había estado lleno de galletitas de chocolate rellenas con crema.
"A vos también te encantan las Oreo" lo acusaste, besando la punta de su nariz "Las amás tanto como yo, cuando vemos películas te comés un paquete entero a veces"
"Pero no para el desayuno" señaló, tomando tus manos entre sus manos y alejándose apenitas para que tus labios no pudieran alcanzar ninguna parte de su rostro, algo que hace siempre que quiere dejar en claro su punto de vista y no desea correr el riesgo de que lo disuadas o distraigas ni con caricias ni con besos "El desayuno es la comida más importante del día, Michelle, y tiene que contener frutas, cereales, jugo, tostadas, cosas sanas" te retó cariñosamente.
"Tony, te merecés dormir hasta tarde algún domingo"
Te interrumpió con su voz dulce y suave, antes de que pudieras seguir hablando:
"Lo más lindo de mis mañanas es preparar el desayuno para los dos" te aseguró. Luego miró el reloj en su muñeca, ése que vos le regalaste y que nunca se quita "Juzgando por la hora que es" siguió "hoy vamos a tener que conformarnos con un almuerzayuno"
No pudiste evitar la carcajada que subió por tu garganta y se escapó antes de que lograras hacer algo para impedir tal reacción al escuchar aquella palabra que, claramente, no tiene significado alguno en tu idioma, pero cuyo sonido hizo que te agarrara un ataque de risa que duró un minuto entero y que él observó sonriendo con dulzura, mordiéndose el labio seductoramente, sin quitarte los ojos de encima, comiéndote con la mirada sin disimular, diciendo sin usar palabras que le parecés la criatura más adorable sobre la faz de la Tierra y que cada vez que reís se enamora de vos mil veces más.
"Perdón" te disculpaste en cuanto pudiste calmarte y recobraste la capacidad de respirar, y por ende articular sonidos y hablar coherentemente "Perdón, es que me causó mucha gracia" te volviste a disculpar "Soy una tonta, a veces me rió por cualquier cosa" estabas tan sonrojada que podías sentir el calor que irradiaban tus mejillas, como si acabaras de pasar horas bajo los rayos del sol.
Él seguía mirándote con adoración pura, con esa sonrisa que hace que tiembles y causa que tus piernas se vuelvan de gelatina y tus rodillas amenacen con rendirse y dejar de soportar el peso de tu frágil cuerpo (no tenés miedo de caer, nunca, porque estás segura de que él te agarraría en sus brazos antes de que tocaras el suelo y te hicieras daño). Con su pulgar acarició tu rostro, y luego con su índice y su anular repasó tus labios, dibujando lentamente sobre la sonrisa que aun embellecía tus exóticas facciones.
"¿Por qué me mirás así?" inquiriste, pasados unos minutos durante los cuales estuvieron fundidos en el silencio.
"Ya te lo expliqué mil veces, Michelle" resopló, fingiendo exasperación ": te miro así porque sos muy bonita"
"Perdón por haberme reído con lo que dijiste" repetiste "Pero nunca había escuchado una palabra así, y me causó mucha gracia" te sentías una tonta, conteniendo las carcajadas que todavía se agolpaban en tu pecho y querían seguir subiendo por tu garganta y convertirse en sonido "¿Qué significa?" te interesaste en saber, en cuanto estuviste un poco más compuesta y sabías no corrías el riesgo de volver a romper en carcajadas casi infantiles.
"Técnicamente no significa nada. Es una mezcla de las palabras 'almuerzo' y 'desayuno' que mi papá inventó para cuando en verano nos despertábamos después de las once, y entonces como ya era muy tarde para desayunar pero muy temprano para almorzar, mi mamá preparaba algunos sándwiches, un poco de ensalada de fruta, torta, huevos y jamón, panqueques, esas cosas…"
"Creo que ya entiendo…, y la verdad es que la idea me gusta mucha"
"Si querés" siguió él, acomodando algunos de tus rulos detrás de tus orejas, sin dejar de permitirle a su pulgar recorrer la piel de tu rostro, acariciando cada centímetro, cada diminuta pequita, cada milímetro de piel, deteniéndose siempre cerca de tus labios para que presiones besos en sus dedos "podemos tomar el almuerzayuno en el parque al que fuimos ayer, y ver si hoy encontramos una nube con forma de corazón" propuso "Además, creo que Bonnie tiene ganas de disfrutar otro día al aire libre, y hay que aprovechar el buen clima mientras dure" agregó, como si hiciera falta recurrir a algún método extraordinario para persuadirte.
"No necesitás más argumentos para convencerme, Almeida" susurraste, tomando su cabeza entre tus manos y acercándolo suavemente para poder besarlo "Me fascina la idea de pasar otra tarde con vos echada en el pasto, hallándole formas a las nubes, compartiendo secretos, o simplemente haciendo nada"
Acariciaste sus labios con tus labios, tentándolo para que sucumbiera y te robara uno de esos besos apasionados que te derriten por dentro y hacen que sientas que tu alma está prendida fuego, uno de esos besos que te debilitan hasta tal punto que podrías caer rendida en sus brazos, uno de esos besos hacen que te sientas como si tus pies se levantaran apenas unos centímetros del suelo y flotaras, totalmente perdida en las sensaciones que el contacto con su cuerpo – por más inocente que sea – despierta en tu cuerpo, que queda automáticamente a su merced en cuanto la yema de un dedo suyo se posa sobre tu piel, haciendo que tiembles de deseo incontrolablemente.
Sus besos son una de esas adicciones de las que jamás vas a recuperarte, esas adicciones que se desatan y crecen, crecen y crecen sin control, esas adicciones a las que no hay posibilidad alguna de ponerles un freno porque el punto de retorno es inexistente.
Hay ciertas adicciones que no tienen punto de retorno, y ésta es una de ellas.
Sos adicta a tus besos, no tenés por qué negarlo, totalmente adicta. Sos adicta a esa sensación electrizante que te recorre de punta a punta; sos adicta a lo exquisito de la textura de sus labios, sos adicta a esos besos que desparrama por todas partes y que logran que tu cuerpo se estremezca.
Sos adicta a ese cosquilleo delicioso del que sufre cada vértebra de tu anatomía en el segundo previo a que su boca se estrelle contra tu piel, ese temblor involuntario e incontrolable que hace que te sientas como una hoja esperando a que el viento la roce.
Ya eras adicta a sus besos, a sus caricias, incluso antes de esa madrugada en la que víctima de un impulso eléctrico decidiste acallar a tu cerebro y dejar que te guiaran los latidos de tu corazón, porque incluso antes de haber probado esa primera dosis tan dulce y tan cargada de ternura en estado puro ya te resultaba imposible imaginarte besando a cualquier otro hombre que no fuera él, y antes de que sus manos se movieran por tu cuerpo para marcar que le pertenecés como nunca vas a pertenecer a ningún otro ya eras incapaz de imaginar a cualquiera que no fuera él provocando que te estremezcas con sus caricias.
Si bien no hay día que puedas aguantar sin sentir sus brazos envolviéndote posesivamente, su boca pegándose con tu boca, sus caricias en tu espalda, el deseo y la pasión mezclándose en cada suspiro, hay momentos – como en la mañana de este domingo – en los que simplemente las ganas de comerlo a besos es tan grande que te duele el cuerpo, la necesidad es tan cruda que la sentís corriendo por tus venas, devorándote, consumiéndote, como si realmente estuvieras pasando por un proceso de desintoxicación, como si llevaras meses con síndrome de abstinencia y fuera cuestión de vida o muerte que satisficieras eso que podría definirse como un 'hambre' de sus besos.
Hay momentos – y aquél era uno de esos momentos – en los que para calmar aquello que como fuego concentrado se expande por cada rincón de tu anatomía necesitás sus manos acariciándote, sus brazos aprisionándote, su boca pegada a tu boca, robándote cada gota de oxígeno, sus susurros desesperados llenando tus oídos entre beso y beso…
Hay momentos – como aquél – en los que corrés el riesgo de empezar a besarlo y no parar, totalmente dominada por un deseo arrollador que surge desde lo más hondo de tu ser, un deseo que te convierte en arcilla en sus manos, un deseo que te transforma totalmente, un deseo tan fuerte que no se asemeja a nada que hayas sentido antes.
Un deseo tan placentero, que de tanto placer que provoca, hasta casi duele un poco.
"Me encanta que me mires así" murmuró, distrayéndote de tus pensamientos y reflexiones sobre lo mucho que te morís por comerle la boca.
Sus labios rozaron los tuyos provocadoramente; estaba tentándote él a vos, buscando que perdieras el control, provocándote, jugando a extender un poco más la tortura que te ahoga (casi literalmente) cada vez que estás hambrienta de sus besos, jugando a aumentar tu deseo, negándote esa dosis de tu droga favorita a propósito incitándote para que sea tu boca la que ataque a su boca.
Nunca pensaste que un hombre podría tener tal efecto en vos: dos minutos antes habían estado hablando animadamente sobre lo que harían ese domingo, planeando pasar el resto de la mañana y la tarde en el parque mirando el cielo, y de pronto el ambiente había cambiado, la tensión sexual (porque es eso, tensión sexual, no hay otra manera de llamar a aquello que te devora desde adentro y te enloquece dulcemente) envolviéndolos, su cuerpo y tu cuerpo pegados, su perfume embriagándote, los latidos de su corazón desaforados como los latidos de tu corazón.
"¿Así cómo?" las palabras se mezclaron con un suspiro que no pudiste contener; siempre te resulta difícil contener suspiros cuando sus manos están dibujando círculos en tu espalda, usando apenas las yemas de los dedos para despertar esas cosquillas que te vuelven loca y que se parecen tanto a las que te hacen en la panza las millones de mariposas que aparecen súbitamente cada vez que el aire que él respira es el mismo que vos exhalás y el que él exhala el que vos inhalás.
"Como si estuvieras muriéndote de ganas de besarme" fue su respuesta, en la forma de un susurro que te hizo temblar ligeramente en sus brazos.
No te habías dado cuenta, y no te percataste hasta ese preciso momento, pero durante los minutos que habían pasado comiéndose silenciosamente con los ojos, se habían movido lentamente hasta acabar cerca de la pared más cercana, y ahora contra ella estaba tu espalda, presionado tu cuerpo entre su cuerpo y la pared.
"Muero de ganas de besarte" tomaste su labio inferior entre tus labios y jalaste muy despacio, esperando que aquello pusiera un alto a su juego, queriendo obligarlo a perder el control "Pero me gusta mucho más que me beses vos"
Tu boca y su boca colapsaron, no hubieras sabido decir cuál se estrelló primero contra cuál, pero eso no es de gran importancia. Colapsaron una contra otra. Sus palpitaciones estaban sincronizadas, tu anatomía amoldándose a la suya como si fueran dos piezas como de puzle hechas a medida para encajar una con la otra, para ser una el complemento de la otra. El oxígeno pronto comenzó a escasear, pero en ese instante de puro éxtasis respirar obviamente estaba en los puestos más bajos de tu ranking de prioridades, porque todo lo que querías hacer era besarlo y no parar jamás.
Es como un juego, un juego demasiado dulce y placentero, el de comerse a besos, de a pedacitos, muy despacio, como si estuvieran alimentándose el uno del otro. Es una adicción, no sólo para vos, sino también para él, besarse como si el mundo fuera a extinguirse hoy y no fueran a tener la oportunidad de hacerlo mañana, ni nunca más. Es una adicción, besarse como si tuvieran todo el tiempo en el Universo para perderse y perder el control, reduciéndolo todo a un instante de ternura, pasión e intimidad y desdibujando el resto y todo lo que ello implica.
Durante veinte preciosos minutos se perdieron en aquel juego, aquel juego demasiado dulce y placentero, ese juego que consiste en comerse a besos, de a pedacitos, muy despacio, como si estuvieran alimentándose el uno del otro.
Veinte preciosos minutos durante los cuales sólo pararon cuando respirar se volvía demasiado necesario.
Veinte preciosos minutos durante los cuales temblaste bajo sus caricias, como tiemblan las hojas en las copas de los árboles cuando esperan a que el viento las roce.
Veinte preciosos minutos durante los cuales todo quedó reducido a ese instante de ternura, pasión e intimidad.
Veinte preciosos minutos durante los cuales satisficiste tu adicción.
Veinte preciosos minutos luego de los cuales, una vez recuperadas tus capacidades para funcionar correctamente, aun con el sabor de sus besos en tu boca, los labios hinchados, la respiración entrecortada y ese ardor en el pecho devorándote, no pudiste evitar pensar, casi con ganas de dejar que se escapara de tu garganta otro suspiro – esa vez de frustración e impaciencia -, que esperar quince días más para hacer el amor con él es el equivalente a aguardar una eternidad.
6 horas, treinta minutos después
Están empapados, verdaderamente empapados, tanto que no sería exagerar decir que bien podrían haberse puesto la ropa inmediatamente después de sacarla de la máquina lavadora, así como tampoco sería exagerar compararlos con cómo lucirían si hubieran ido a bañarse a las cataratas del Niágara completamente vestidos.
Gotas de lluvia corren por tu rostro y por el suyo como si fueran lágrimas nacidas de sus ojos, cuando en realidad son lágrimas que han nacido del cielo que dejó caer su llanto con una fuerza arrolladora, ese llanto en forma de diluvio que aun no se apaga, que sigue azotando a la ciudad con violencia, salvajemente, golpeando contra las aceras, los tejados, los techos de los autos, los paraguas de aquellos que bajo ellos encontraron algo de refugio y las cabezas de los desprevenidos que acabaron solos y desprotegidos en medio del temporal.
Los dos sonríen, sonríen incontrolablemente, sonríen mientras se besan, se muerden los labios y sonríen, se acarician y sonríen, sin dejar de sonreír murmuran palabras llenas de ternura que son como música para sus oídos, música que se mezcla con la melodía de la lluvia torrencial que inunda las calles con una fuerza similar a la de las sensaciones que inundan sus cuerpos, dos cuerpos que ya no aguantan la arrolladora necesidad – en parte emocional, en parte física, en parte química – de unirse, hundirse uno en el otro, fundirse, convertirse en uno solo.
Dos cuerpos adictos, uno adicto al otro y el otro adicto al que es adicto a él.
Con el sabor de su piel se mezcló el de la lluvia, transformando en aun más adictiva esa esencia única que te enloquece. La combinación de su perfume y el de la lluvia es todo el oxígeno del que tus pulmones necesitan alimentarse, es todo el oxígeno que tu sistema precisa para funcionar. Y si te ahogaras entre besos, si perdieras la capacidad de mantenerte en pie, si tu cerebro se nublara por culpa del placer, si alcanzaras de pronto un estado que bordea los límites del éxtasis y la agonía, no te preocupan realmente las consecuencias, porque él no va a dejar que caigas, no va a dejar que te hagas daño.
Sus manos acarician tu espalda a través de la tela mojada de la blusita roja que estás vistiendo, con cada caricia diciéndote lo que las palabras nunca serán capaces de expresar porque no hay lenguaje más exacto que el lenguaje que se crea entre dos personas conectadas en tantos niveles, tan profundamente.
Y bajo sus caricias temblás, como las hojas que esperan a que el viento las roce.
Desesperadamente, con un hambre y una sed que no son biológicos sino total y crudamente emocionales, que están devorándote por dentro sin piedad y que requieren ser calmados con una dosis de la única cosa que podría aplacarlos (él), recorrés con tus besos su cuello, una y otra vez, deteniéndote siempre en el que sabés es su punto más sensible, llevándolo hasta el extremo en el que el placer es tan insoportablemente intenso que su cuerpo entero se afloja y su cerebro se desconecte, como si estuviera bajo la influencia de una droga muy fuerte, una droga de la cual depende tanto que jamás podrá dejar de consumirla.
A vos te sucede exactamente lo mismo: él es una droga a la que sos adicta, y esa adicción nunca va a mermar. Él es una droga a la que vos te volviste adicta, y ésa es una adicción que sigue creciendo, crece desmedidamente.
Sos adicta al hombre que amás.
Sos adicta a un hombre que es adicto a la mujer que ama.
30 minutos antes
No les importaba estar en medio de la calle, en medio de un diluvio, en medio de la tormenta; la gente pasando alrededor de ustedes, era como si no estuvieran allí, como si el agua cayendo del cielo hubiera diluido sus imágenes, desdibujándolos, borroneando sus contornos hasta convertirlos en nada más que manchas de colores que se escapaban buscando refugio, buscando cobijo, sus cabezas escondidas bajo paraguas (en el caso de los precavidos que habían tomado uno consigo antes de abandonar sus hogares), sus zapatos empapados por culpa de alguna baldosa floja.
Sus manos acunaron tu rostro, apartando los mechones de cabello húmedo que se habían pegado a él, acomodándolos con dulzura detrás de tus orejas, sus pulgares trazando círculos en tus mejillas sonrosadas, sus ojos hundidos en tus ojos, observándote embelesado, con adoración y con locura, esa adoración y esa locura de las que tu cuerpo y tu corazón se alimentan cada vez que te habla al oído, cada vez que te toca, cada vez que te besa, cada vez que te anida en sus brazos.
"Sos hermosa, Michelle" sus susurros se sentían como caricias en el alma, caricias hechas con las yemas de sus dedos, caricias delicadas porque en sus ojos sos la criaturita más frágil que existe sobre la faz de la Tierra, caricias suaves como sus susurros, porque vos sos su princesa y no puede tratarte sino con extrema, devota suavidad "Sos demasiado hermosa, tanto que hasta a veces mirarte me duele físicamente, porque no sé cómo alguna vez voy a lograr ser suficiente, cómo voy a lograr merecer a una criatura tan angelical como vos"
"No necesitás hacer nada para merecerme. No necesitás ser nada distinto de lo que ya sos" murmuraste, tus manos acunando su cabeza; sentiste bajo tus dedos el pelo mojado pegándose a su cráneo y a su nuca, y no pudiste evitar desordenarlo un poco: así te gusta él, con sus buclecitos color azabache ligeramente desprolijos "Si fueras un gramo diferente de lo que sos, entonces no serías el hombre del que estoy enamorada" agregaste, tu pulgar delineando el contorno de sus labios.
"No sabía que los cambios y diferencias de las personas se pesaban en gramos" susurró, una sonrisa en su rostro y una carcajada subiendo por su garganta por lo adorable que había encontrado tus palabras.
Antes de que pudieras darle una respuesta, volvió a besarte, con la misma pasión desmedida y deseo con los que habían estado besándose durante todo el día, la lluvia cayendo sobre los dos con todas sus fuerzas y mojando sus labios entre beso y beso, los cuerpos de ambos fundidos en un abrazo cálido y posesivo, el calor emanando del otro el mejor abrigo para protegerse del viento.
5 horas antes
Su plan de empacar el almuerzayuno en una canasta e ir a pasar el resto del día al parque jugando con Bonnie, tumbados sobre una manta mirando el cielo lleno de hermosas nubes que parecen dibujadas por duendes y tratando de hallarles forma, acabó viéndose frustrado.
Él se había dado una ducha rápida mientras vos – fanática del orden y la limpieza – acomodabas la sala de estar (no había mucho para acomodar, en realidad, simplemente estaba la frazada con la que habían dormido tapados la noche anterior para doblar y guardar bajo uno de los almohadones, pero vos te entretuviste de todos modos pasando un trapo húmedo sobre lo limpio, simplemente para mantenerte ocupada); luego había sido tu turno de disfrutar unos quince minutos bajo el chorro de agua hirviendo, relajando los músculos de tu espalda y tu cuello, tarareando alguna melodía romántica, usando un tiempo equivalente a una eternidad aplicando los diversos productos que tenés que utilizar a diario obligatoriamente para que tus rulos sean dentro de todo 'domables' y puedas llevarlos prolijamente, mientras Tony en la cocina comenzaba a preparar el almuerzayuno (la palabra causa que te den pequeños, esporádicos estadillos de risa que por ningún medio podés evitar).
Pero cuando saliste del baño, vistiendo una blusita roja, sin mangas y con botoncitos blancos que según él te queda hermosa (por eso tratás de usarla seguido, simplemente para deleitarte con la sonrisa que cruza su rostro cuando te mira intensamente como si fueras la cosita más preciosa sobre la faz de la Tierra) te pareció escuchar un trueno rompiendo con la quietud de la mañana del domingo, y antes de que pudieras aguzar el oído para captar algún otro sonido, él salió de la cocina, secándose las manos con un repasador, su ceño fruncido como una criatura profundamente disconforme con algo:
"El cielo se nubló de pronto y se largó a llover" anunció, claramente decepcionado "Escuché en la radio que probablemente siga lloviendo hasta el martes" sus labios estaban torcidos en una mueca.
"No importa" le aseguraste, acercándote a él, entrelazando sus dedos con los tuyos y guiándolo de vuelta a la cocina. El olor a tocino recién hecho, café fresco, huevos revueltos, pan tostándose al fuego y frutas recién cortadas inundaba cada rincón, y tu apetito se abrió de repente; el café con leche y las galletitas Oreo que habías comido más temprano mientras escribías sobre tus sentimientos, pensamientos y reflexiones parecían muy lejanos ya "Podemos quedarnos en casa todo el día" dijiste, rodeándolo con tus brazos y poniéndote en puntas de pie para besarlo otra vez "y ver películas mientras comemos todas estas cosas ricas"
"Podemos tomar nuestro almuerzayuno y después salir a pasear a pesar de la lluvia" sugirió "Podemos ir a esa librería enorme que tanto te gusta"
"¿Barnes & Noble?" preguntaste, tus labios ya curvados en una sonrisa ante la perspectiva de pasar la tarde de un domingo lluvioso entre larguísimos, altísimos estantes llenos de libros de todos los tamaños, colores y géneros.
"Sí" respondió, besando la punta de tu nariz, sus ojitos resplandeciendo con ese brillo que tanto adorás "Pero primero tenemos que comer" sentó las condiciones.
"Y jugar con Bonnie un ratito" agregaste, mirando a la perrita, que se hallaba a un costado mordiendo su hueso de goma (que es casi tan grande como ella, porque la cachorrita es muy pequeña todavía y su tamaño se asemeja más al de un peluche miniatura que al de un animal).
"Creo entonces que la tormenta no va a arruinar la segunda mitad de nuestro fin de semana" señaló, sonriendo más que antes (la mueca en la que sus labios se habían curvado al tener que suspender sus planes de ir al parque había desaparecido en cuanto te fundiste en sus brazos).
"Nada puede arruinar mi fin de semana si lo paso con vos" fue tu respuesta, al tiempo que te parabas otra vez en puntas de pie para besar su nariz primero, luego sus párpados, luego sus mejillas, y finalmente sus labios otra vez.
Ningún día de tu vida puede quedar completa, total, devastadoramente arruinado, pase lo que pase (y, con un trabajo como el tuyo y arpías como Carrie apareciendo en el camino de tanto en tanto, hay posibilidades de que pasen cosas con potencial para hacerte llorar y manchar de negro cualquier día) porque siempre vas a contar con sus abrazos, sus mimos, y sus besos.
No hay nada, absolutamente nada que sus besos no puedan sanar.
"Michelle" el sonido de su voz llamando tu nombre, murmurándolo contra tu boca en medio de un beso, causó que tus párpados se levantaran lentamente; sus ojos oscuros y tus ojos oscuros se encontraron, las miradas de los dos hablando entre ellas, reemplazando con sensaciones lo que no puede ponerse en palabras.
"¿Mmmh?" susurraste, aun acariciando sus labios con tus labios, restregando muy despacio la punta de tu nariz contra la punta de su nariz.
"¿Te dije alguna vez que sos mi persona favorita en el mundo?"
La sonrisa nació del fondo de tu alma automáticamente. ¿Cómo no sonreír cuando el hombre que adorás te dice que sos su persona favorita en el mundo, incluso si ya lo sabías, incluso si lo sabés desde el día en que te dijo por primera vez que te amaba? ¿Cómo no sonreír cuando él te acuna en sus brazos? ¿Cómo no sonreír cuando te habla con esa voz dulce, casi tímida, tan seductora, que te derrite a tal punto que empiezan a temblarte las rodillas como si estuvieran hechas de gelatina? ¿Cómo no sonreír cada vez que te devora con los ojos? ¿Cómo no sonreír cuando él te sonríe?
"¿Te dije alguna vez que vos sos mi persona favorita en el mundo?" preguntaste entre besos esquimales.
"¿Te dije alguna vez que tu voz es mi sonido favorito?" siguió con el juego.
Y por un rato se olvidaron de sus planes para el domingo, sólo por unos minutos, sus bocas rozándose de vez en cuando, sus manos moviéndose por tu espalda y las yemas de tus dedos dibujando círculos en su cabeza, revolviendo sus buclecitos negros, palabras tiernas encerradas entre signos de interrogación llenando el aire y llenando sus almas.
"¿Te dije alguna vez el ruido de tus palpitaciones es mi melodía favorita?"
"¿Te dije alguna vez que podría pasar horas enteras mirándote mientras dormís?"
"¿Te dije alguna vez que me siento totalmente segura sólo si estoy en tus brazos?"
"¿Te dije alguna vez que moriría por vos?"
"¿Te dije alguna vez que te considero mi ángel de la guarda?"
"¿Te dije alguna vez que yo te considero mí ángel de la guarda?"
"¿Te dije alguna vez que soy adicta a tus besos?"
La respuesta fue en forma de besos, por supuesto, porque hay cosas que tienen que sentirse, cosas que no pueden escucharse, cosas que sólo tienen verdadero significado cuando pueden ser expresadas de un modo mucho más puro, íntimo y personal que un puñado de sílabas combinadas.
Sos tan adicta a él, como él es adicto a vos.
Y ninguno de los dos puede controlarlo.
Ninguno de los dos quiere controlarlo, porque esta adicción – a diferencia de otras que son peligrosas y dañinas – no hace daño. Todo lo contrario: con cada dosis se curan más, con cada dosis tu alma y su alma, tu corazón y su corazón sanan viejas heridas, esas heridas que pensaban eran imposibles de sanar pero que en realidad sí pueden sanarse, porque para el amor verdadero no hay herida imposible de sanar, no cuando una de sus herramientas es una droga tan poderosa como los besos.
Pero aunque esta adicción – a diferencia de otras que son dañinas y peligrosas – no haga daño, aunque cure, aunque sane, aunque alivia, aunque con cada dosis sientan que tocan el cielo con las manos, sí es mortal.
Te morirías sin sus besos, literalmente morirías. Sentirías dolor físico, además de un dolor enorme en el alma, tan grande que nada podría sanarlo. Sus besos son tu medicina perfecta, te calman, te contienen, te curan cuando estás herida. Sus besos son tu droga, una droga exquisita, una droga a la que nunca vas a renunciar, porque de todas las drogas de las que podrías haberte vuelto dependiente, es definitivamente la mejor.
No tenés problema en reconocerlo, no te molesta que él lo sepa, no te molesta decirle, repetirle mil veces, jurarle que no aguantarías sin sentir sus labios sobre tus labios todos los días, todas las mañanas al despertar y todas las noches antes de caer envuelta en sueños.
Y es exquisita, verdaderamente exquisita, esa sensación que recorrió cada rinconcito de tu cuerpo cuando, su boca aun a medio milímetro de tu boca, él murmuró, mirándote a los ojos como si deseara ahogarse en esos dos pedacitos de océano y no ser rescatado jamás:
"¿Te dije alguna vez que yo soy adicto a tus besos?"
Él es tan adicto como vos. Él se moriría sin vos, el dolor físico sería tortuoso y acabaría matándolo, literalmente. Él tampoco sabría cómo aguantar sin tus besos. Él tampoco podría sobrevivir. Él es tan dependiente como vos; necesita tus besos cada mañana al despertar, y cada noche antes de que te quedes dormida anidada en su pecho, escuchándolo cantarte al oído.
Temblaste, como las hojas que esperan a que el viento las roce, cuando volvió a besarte, apasionadamente, con una dulzura y una ternura arrolladoras, conmovedoras, abrumadoras.
Son adictos el uno al otro.
Mientras puedan recibir la dosis justa cada día para no acabar enloqueciendo, no tienen que preocuparse, porque no corren riesgo alguno, no corren el riesgo de sufrir síndrome de abstinencia, no corren el riesgo de perder el control y cometer una locura, como muchos adictos hacen cuando se ven privados de aquello que necesitan para estar satisfechos.
El problema va a aparecer dentro de tres años, cuando te digan que nunca más vas a volver a besarlo, que nunca más va a volver a acariciarte, que nunca más van a dormir abrazados.
Pero como no podés ver el futuro, como no sabés lo que el destino te depara, porque sos un simple ser humano sin capacidades extraordinarias para conocer cómo funciona el tiempo, lo que trae consigo y lo que se lleva, no te preocupa, y sos feliz sabiendo que el hombre que amás y al que sos adicta te ama con igual intensidad, tanto que vos sos su adicción.
6 horas después
Una noche, hace algunos meses, después de un día especialmente difícil, en un estado de inexplicable, dañina euforia, quisiste acelerar las cosas, llevarlo a perder el control, a cruzar la raya, a ir más allá de los límites, a caminar por el borde del precipicio corriendo el riesgo de caer.
Los motivos que te habían conducido a querer deshacerte de tu virginidad como si fuera un escombro, algo molesto, algo que necesitabas 'sacarte de encima' fueron una mezcla de tus propias inseguridades, dudas, cuestionamientos, miedos y problemas de imagen y autoestima. Eso lo sabés ahora, luego de haber podido mesurar tus sentimientos y mirar la situación bajo una luz mucho más clara y con la cabeza despejada.
Aquella noche estabas equivocada en tu visión de las cosas (muy equivocada), pero donde cualquier otro se hubiera aprovechado de tu vulnerabilidad y sacado ventaja de la situación, él antepuso tu bienestar y el de su relación a cualquier necesidad biofísica y al deseo reprimido que venía (viene) acumulando desde que se conocen.
En cuanto pudiste ver las cosas con cierta distancia, perspectiva, lucidez y buen juicio, ya sin todas esas emociones nublándote los sentidos y la capacidad de razonar y mesurar las cosas debidamente, ya sin la euforia corriendo por tus venas y enloqueciéndote (sos, después de todo, hija de una mujer bipolar, y aunque la mayor parte del tiempo evitás pensarlo, considerarlo, teorizar sobre ello, una partecita tuya, una partecita muy pequeña a la que irracionalmente mantenés ahogada, callada, silenciada bajo todos los medios posibles para no romper con el equilibrio y estabilidad que has logrado después de muchos años intentándolo, sabe que existe la posibilidad de que hayas heredado algo de esa bipolaridad, así que los ataques de euforia o depresión súbita no deberían - ¿o sí deberían? – parecerte extraños), comprendiste lo muy equivocada que estabas y cómo un momento tan hermoso, importante y lleno de significado podría haber sido brutalmente arruinado si no hubieras estado con la persona correcta, con alguien que te ama tanto y que haría cualquier cosa por cuidarte, alguien que jamás se aprovecharía de vos.
Recordás, en forma de flashes e imágenes borrosas, que estabas semidesnuda y tiritabas de frío, mientras que él seguía totalmente vestido (no porque vos no hubieras intentado desvestirlo; habías tratado, forcejeado prácticamente, para desnudarlo, pero sabiendo lo que tratabas de hacer y las consecuencias dañinas que aquello acarrearía si él no clavaba los frenos, lo había impedido, si bien durante una fracción de segundo había estado a punto de ir un poco más lejos en un súbito y efímero momento de debilidad que acabó tan rápido como había comenzado); recordás que en determinado punto no aguantaste la presión que tus pensamientos, emociones y acciones estaba haciendo sobre tus adoloridos y cansados hombros, y te largaste a llorar en sus brazos; recordás que te abrigó con su camisa para que dejaras de estremecerte incontrolablemente; recordás las palabras dulces que susurró en tu oído mientras te mecía de un lado a otro como a una criatura para que te tranquilizaras.
Leíste alguna vez que el buen juicio viene con la experiencia, y que la experiencia viene con el mal juicio; entonces, las equivocaciones son necesarias para forjar la experiencia que nos permita tener buen juicio en el futuro y no volver a cometer errores en los que ya incurrimos por culpa del mal juicio.
Tu (escasa) experiencia previa con el sexo consistió en los sucesos que tuvieron lugar esa noche de octubre en la que los besos se asemejaban más a mordidas, temblabas de nervios y no de placer, no cabía un solo pensamiento en tu cabeza porque tu cerebro estaba colapsado, tu sistema emocional estaba seriamente conmocionado e incapaz de funcionar correctamente, no había músculo en tu cuerpo que no estuviera duro como el acero, y estabas tan fuera de vos misma que podrías haber cometido cualquier locura si él no hubiera insistido hasta lograr calmarte y detenerte antes de que llegaran más lejos. Sin embargo, aunque escasa, es experiencia, y eso quiere decir que ha contribuido a aumentar tu buen juicio, como todas las decisiones que los humanos toman y resultan erróneas. Podrá ser limitada, tu experiencia, pero es experiencia al fin.
Y sirve, claro que esa experiencia, por más 'pobre' que sea, sirve: gracias a las equivocaciones cometidas en un pasado no muy lejano (incluso si hay algunas veces en las que sentís que ha transcurrido mucho tiempo entre esa noche y el presente debido a todo lo que aconteció en el medio, debido a todos esos giros de ciento ochenta grados, a todas las vueltas que dieron subidos a esa montaña rusa de emociones) podés diferenciar un momento de locura desmedida como aquél de un momento como éste, en el que tu deseo de estar cerca suyo, besarlo, acariciarlo, sentir los latidos de su corazón, su piel desnuda contra tu piel desnuda, y dejar que él te bese y acaricie a vos tanto como quiera, que sus manos paseen por cada rincón de tu cuerpo, no nace de tus miedos, inseguridades y complejos de inferioridad, ni de tu necesidad de complacerlo sin importar el precio que tengas que pagar, sino del amor desmedido que sentís por él, ese amor que te come desde adentro, que te devora, que te nutre, que te mantiene viva, que significa absolutamente todo para vos.
Esta mañana habías pensado mucho en eso, habías estado reflexionando y mesurando tus sentimientos, tus expectativas, tus fantasías sobre cómo sería la primera vez, las sensaciones que te recorrerían, y habías estado pensando en cómo harías para evitar que tus miedos, inseguridades y complejos se interpusieran y arruinaran todo. Habías estado escribiendo sobre eso, habías estado volcándolo, poniéndolo en palabras, expresándolo en párrafos – algunos cortos y sencillos, otros larguísimos y complejos – que provocaron mariposas en tu panza cuando los releíste. Habías estado contemplándolo todo con buen juicio, sin tus sentidos ofuscados u obnubilados, racionalmente, despejada, con la cabeza fría, y es eso – el tiempo pasado hoy poniéndote en contacto con tus emociones más profundas en lo referente a la situación - lo que te da la seguridad de que no estás cometiendo un error, de que esto no es meramente un ataque de hormonas que se salió de tu control, de que no es una simple calentura que podría arruinar todo, de que no estás actuando irracionalmente o presa de la euforia, que la parte emocional y la parte pensante están combinadas y funcionando juntas, en sincronía.
Nadie dijo que debía ocurrir de golpe, que tendrías que lidiar con todas las emociones juntas, que tendrías que enfrentar todos tus miedos, complejos e inseguridades al mismo tiempo, que tendrías que lidiar con la idea de desnudarte frente a un hombre por primera vez (en cuerpo, en alma, quedando totalmente expuesta y vulnerable) segundos antes de perder tu virginidad.
Nadie dijo que él tendría que aceptar en segundos, como si no fuera gran cosa, que estás lista para entregarte absolutamente, que estás preparada, que estás segura, que es lo que realmente querés y que no te vas a arrepentir, que estás convencida, que morís de ganas, que realmente estás lista para llevar el grado de intimidad muchos niveles más arriba.
Nadie dijo que tenían que saltearse todos los otros niveles que hay entre una relación totalmente inocente y una relación en la que el sexo es un componente regular.
Nadie dijo que no podían ir paso a paso, despacito, de a poco, aumentando cada día la dosis en pequeñas cantidades.
No hay reglas escritas, no hay una única, indiscutible, inalterable manera de hacer las cosas.
Los dos tienen miedo, más allá del deseo, tanto él como vos (y hasta te atreverías a decir que sus nervios y su ansiedad son mayores, por ende sus miedos también lo son); nadie dijo que esos miedos no pueden ir diluyéndose poco a poco antes del momento en que un cuerpo se una con otro hasta convertirse en uno, hasta que sus almas vuelvan a encontrarse y los dos pedazos de una misma pieza vuelvan a unirse, a completarse, a complementarse. Nadie dijo que todo tiene que ser resuelto en los cinco minutos previos a que hagan el amor por primera vez.
Ya demostraste determinación y decisión cuando unas semanas atrás fuiste a ver a una ginecóloga para que te recetara pastillas. Diste el primer paso, el primero de muchos pasos para una chica tan inexperta como vos. ¿Quién dijo que todos los pasos que restaban debían ser dados juntos, a los saltos, en forma de zancadas?
El juego previo, se te ocurre, puede ser tan íntimo, especial y tan lleno de significado como el acto en sí, puede aliviar temores y aligerar la ansiedad, e inútil es negar que los dos están cargados de temores y ansiedad. Las caricias, los besos, el contacto piel con piel, las palabras susurradas al oído pueden ir volviéndose más y más íntimos lentamente. Porque nadie dijo que debían subir la dosis de golpe, nadie dijo que no podían ir aumentando la dosis de a gotas, gota a gota.
Entonces, ¿por qué arriesgarte a sufrir un ataque de vergüenza esa noche ante la perspectiva de que vea tu cuerpo desnudo (con el cual no estás conforme; nunca lo estuviste) si podés ir acostumbrándote, dejando que él con su capacidad casi mágica para hacer que te sientas hermosa te convenza de que realmente sos la criatura más preciosa sobre la que alguna vez poso sus ojos, con o sin ropas cubriéndote? ¿O por qué arriesgarte a que él se niegue esa noche pensando que vos todavía no estás lista y que no deben apresurar las cosas y que es conveniente que sigan esperando, cuando hay mil maneras en las que podés ir mostrándole que estás preparada, convencida y muriéndote de ganas?
Los besos se habían vuelto mucho más apasionados y profundos, mucho más suaves, mucho más lentos, como si tuvieran todo el tiempo del mundo, como si los relojes hubieran dejado de correr, como si fueran los dueños de cada segundo, como si pudieran pasar el resto de sus días suspendidos en el éxtasis, sin que nada más importe. Pero cuando llegan al punto en el que negar que necesitan oxigeno ya es imposible, él separa su boca de tu boca por unos segundos, pero luego de que algo de aire llega a sus pulmones no comienza a besarte otra vez, sino que posa sus labios en tu frente, recorre el puente de tu nariz con lentitud, y luego desparrama besos dulces e inocentes por tus mejillas, tu rostro acunado en sus manos, sus pulgares dibujando caricias en tu piel aun empapada por la tormenta bajo la cual estuvieron casi media hora. Te das cuenta, entonces, que quiere parar, que quiere detenerse, que no quiere ir más lejos, precisamente por esos miedos, por esas inseguridades que vos ya no querés patear debajo de la cama y dejar escondidas ahí, sino que querés lidiar con ellos cuanto antes.
"Michelle, creo que deberíamos parar…"
Y quizá lo más fácil, lo más simple, lo más sencillo a corto plazo sería eso: parar. Quizá lo más simple, lo más sencillo, sería que te fundieras en sus brazos y permitieras que te hablara al oído hasta que te quedes dormida, terminar la noche anidada en su pecho como siempre, contenta y feliz, pero sin haberte atrevido a ir más lejos.
Eso no es lo que tenés ganas de hacer esta noche, no después de haber reflexionado tanto, no después de haber pensado tanto al respecto, no después de haber mesurado tus sentimientos correctamente. Pero eso ya no sería suficiente, no a esta altura; no sería suficiente para ninguno de los dos, aunque él insista diciendo que deben parar, que deben detenerse, que no deben ir más allá de los límites dentro de los cuales han estado jugando hasta ahora.
Por eso tratás de silenciar con más besos sus susurros, tratando de mostrarle sin tener que recurrir al lenguaje hablado que, a diferencia de esa vez en la que estabas a punto de cometer una equivocación gigantesca, esta noche sabés bien lo que querés, y lo que querés no es apresurar las cosas, forzar las cosas, que todo pase de golpe y súbitamente, buscando deshacerte de tu virginidad como si fuera un problema, algo que se interpone entre los dos y que es molesto y estorba; lo que querés esta noche es todo lo contrario: querés ir lento, empezar a perder la timidez, empezar a diluir tus miedos, empezar a anticipar las sensaciones que van a apoderarse de tu cuerpo dentro de quince noches cuando todos los límites se desdibujen. Eso es lo que querés: ir desdibujando los límites de a poco, borrándolos de a poco.
Sin embargo, él no desiste, y aunque sus labios responden a los movimientos de tus labios en perfecta sincronía, como si tuvieran mente propia y supieran exactamente qué hacer para complementarse, sigue susurrando, con su boca pegada sobre tu boca:
"Michelle" tiene ese tono de voz sexy y tranquilizador que te derrite, que te puede, que te vuelve arcilla en sus manos, que hace que tiembles como las hojas esperando a que el viento las roce, que convierte tus piernas en gelatina "… Chelle, creo que deberíamos" no puede respirar, está jadeando debido a la falta de aire "… parar" completa la oración, aun tratando de que sus patrones de respiración se normalicen.
"No quiero parar" le decís, también en un jadeo "… todavía" agregás, decidida a dejar en claro que sabés bien lo que estás haciendo, que este no es otro ataque de locura al que te llevaron los nervios, la presión, las inseguridades, tus complejos o las opiniones de gente con lengua venenosa como Carrie.
Precisás que comprenda que no pretendés que vayan violenta e inesperadamente de 0 a 180 en una noche, precisás que comprenda que simplemente deseás que empiece a enseñarte una de las muchas cosas que los libros no pueden enseñar, por mucha teoría que ellos contenga: cómo amar, no con el corazón solamente, no con el alma solamente, sino con el cuerpo.
"Sigamos un poco más" le pedís, sonriendo sugestivamente, consciente de que tus mejillas se han teñido de rojo y de que a pesar de que la temperatura ha bajado, tu anatomía entera está hirviendo, hirviendo tanto como la suya.
Acariciás su espalda, su cabeza, su nuca, su espalda otra vez, su pecho… Tus manos se mueven como si supieran exactamente dónde y cómo tocarlo para hacerlo temblar de la misma manera en la que él te hace temblar… Morís de ganas de acariciarlo en todas partes, morís de ganas de que él siga acariciándote en todas partes, de sentir sus manos sobre tu piel, su piel sobre tu piel, sin que nada se interponga entre los dos.
"Estás empapado" comentás en un susurro, sin dejar de besarlo, animándote a desabrochar el primero de los botones de su camisa.
Sonreís con una mezcla de dulzura y seducción cuando él no te detiene automáticamente y, quizá porque está demasiado anonadado como para reaccionar o demasiado obnubilado por tus caricias y por ende incapaz de mover un solo músculo, permite que desabotones el segundo también, revelando poco a poco la camiseta blanca que lleva debajo.
Rozando la punta de su nariz con la punta de tu nariz, llegás al cuarto botón, pero es entonces cuando finalmente sentís su mano posándose sobre tu mano, impidiendo que avances.
"Michelle, no quiero que sientas que tenés que apresurar las cosas…" comienza.
Sabías que en cierto punto aquél murmullo subiría por su garganta y encontraría el camino hacia tus oídos. Simplemente lo sabías, porque lo conocés tan bien como nadie más lo conoce, lo conocés mejor que nadie.
"… Michelle, quiero que vayamos despacio…" continua, acunando tu rostro con sus manos "No quiero que suceda de golpe… no así… Con vos quiero que sea especial…"
Podrías jurar que lágrimas comienzan a formarse en tus ojos en el momento en que esas palabras te tocan, te envuelven, te abrazan, calan hondo, hasta llegar a tus huesos. Él quiere cuidarte, quiere que la primera vez sea perfecta, quiere que con vos las cosas sean distintas, y no como él está acostumbrado a que sean porque durante su vida buscó mujeres para divertirse y no para amar, mujeres que habían estado ya bajo las sábanas de muchos otros, mujeres con las que no tenía ninguna conexión emocional, ningún vínculo, mujeres a las cuales no lo unía sentimiento alguno, o al menos no sentimientos tan fuertes como los que lo atan a vos y a vos a él.
Es perfecto, es tan perfecto. Quizá en los ojos de otros no lo sea, pero para vos, para vos sí lo es, porque está hecho a tu medida, para ser tuyo y de nadie más.
Así como vos fuiste hecha para ser de él y de nadie más.
Tu primer impulso es, inmediatamente, el de besarlo, el de pegar tu boca contra su boca otra vez, como si estuvieras muriendo de hambre y esos besos fueran el único alimento que puede nutrirte, salvarte, calmarte. Lo besás apasionadamente, y él responde con la misma pasión y con la misma dulzura, y durante algunos segundos se hablan en ese idioma que expresa lo que no puede decirse con palabras.
"Tony, yo también quiero que sea especial" susurrás un minuto después, acunando su rostro con tus manos "No tiene por qué suceder esta noche" aclarás, con la misma voz suave pero ahogada debido a la maravillosa privación de aire que acabás de sufrir "Pero creo que los dos tenemos muchos miedos que perder antes de que ocurra" continuás, delineando el contorno de su cara con le yema de uno de tus dedos "Sé muy bien que yo necesito perder algunos de mis miedos, y necesito perderlos con vos" seguís, clavando tus ojos en sus ojos, para que vea que hablás en serio, para que vea que estás convencida "Sé que tengo muchas cosas que aprender…"
No podés contener la sonrisa en la que se curvan tus labios cuando él no detiene tus intentos de desabotonar otro botón, el último.
"… y necesito que vos me enseñes"
Sus palabras, esas que suenan como una melodía demasiado romántica y demasiado dulce, siguen haciendo eco en tu cabeza, desmenuzándote por dentro:
Y siento que vuelvo a nacer cada vez que hacés que descubra algo tan lindo... Y pienso en todas las cosas que nos quedan por descubrir todavía, pienso en todas las cosas hermosas que podés enseñarme…
Vos también pensás en todas las cosas que él puede enseñarte, todas las cosas que nada más él puede enseñarte y que no quisieras aprender con nadie más, todas las cosas que querés aprender con él, todas esas cosas que no podés aprender de golpe, que deseás aprender de a poco, de a gotas.
Deslizás las mangas de su camisa muy lentamente por sus brazos, con tus labios aun a medio milímetro de los suyos, tus labios y sus labios rozándose de tanto en tanto cuando los movés para hablar. Finalmente la camisa cae al suelo, y ahí queda, arrugada, un simple bollo de tela.
"Michelle…" sabés que está a punto de argumentar algo, pero vos no vas a dejar que diga una sola palabra más.
"Shhh" lo silenciás posando tu índice sobre su boca "Tony, no creas que están cruzando mi cabeza pensamientos como los que tuve aquella otra noche" sabe muy bien a qué estás haciendo referencia, otra prueba de lo mucho que sobran las palabras entre los dos, porque pueden entenderse sin necesidad de que sean dadas explicaciones "Necesito empezar a sentirme segura de mi cuerpo" confesás de golpe, sin meditarlo dos veces, sin mesurar las palabras antes de que salgan de tu boca, porque cuando le hablás a él no necesitás mesurar nada: confiás en él como en nadie, y a él podés contarle cualquier cosa.
Estás aun mirando dentro de sus ojos, como si desearas ahogarte en esos dos océanos profundos. Estás aun mirando dentro de sus ojos, y ves en ellos tu reflejo, así como él ve dentro de tus ojos su reflejo, ese reflejo que debe lucir exactamente cómo luce él: como un hombre totalmente devoto y adicto a la mujer que ama, observándola con una ternura palpable, como si fuera la única cosa de valor en su vida, como si fuera la piedra más preciosa de toda la tierra, como si no existiera nada más hermoso ni ninguna otra cosa que pudiera acercarlo al éxtasis que siente cuando te besa, abraza o acaricia.
"Necesito empezar a deshacerme de muchísimos complejos que vengo arrastrando desde que tengo memoria" tus párpados caen automáticamente, pesados como el plomo, en cuanto sentís el dorso de una de sus manos acariciando tu rostro y tu cuello repetidas veces, mientras que su otra mano recorrer una y otra vez tu columna dorsal, causando que tu espalda se arquee ligeramente "Necesito encontrar una forma de sentirme bien con mi cuerpo. Necesito empezar a acostumbrarme a la idea de que para vos soy bonita, de que para vos no soy el patito feo"
Sobre todas esas cosas escribiste esta mañana, en ese archivo de cincuenta párrafos que tenés guardado en el disco rígido de tu laptop, ese archivo sobre cuyas páginas blancas (páginas virtuales, pero páginas al fin) volcaste todos esos sentimientos que tenías atrapados en el pecho y que precisabas sacar para poder mesurarlos mejor y observarlos con el cuidado y la delicadeza con los que deben ser observados. Y no te molesta compartir estos detalles íntimos con él, estos secretos, porque con él podés compartir absolutamente todo; él te entiende como nadie, él entiende todos tus motivos, todas tus razones, y sabe las respuestas a todas tus preguntas, así como también sabe esas preguntas que siguen sin respuesta (esas respuestas que con su ayuda sabés en algún rinconcito del Universo vas a encontrar). No te molesta decirle mirándolo a los ojos que necesitás que te guíe, que te enseñe, que te ayude a descubrir, que te muestre otras maneras de decir 'te amo', que te quite los miedos de a uno.
"Necesito deshacerme de mi timidez" tu voz es un susurro tan débil que solamente es audible para sus oídos, que, como todos sus sentidos, están absolutamente pendientes de vos y de cada uno de tus movimientos "De verdad necesito deshacerme de mi timidez" repetís, inclinándote apenas para romper con ese medio milímetro que separa sus labios.
Una de tus manos se escabulle por debajo de su camiseta, y las yemas de tus dedos acarician los músculos de su abdomen, duros y firmes como el acero.
Y él entiende, entiende de qué estás hablando, entiende absolutamente todo, todo lo que le dijiste, y lo que no le dijiste también, y entiende mucho más allá de eso también. Entiende porque tus caricias se lo explican, la forma en la que lo tocás, casi con devoción, como si él fuera un Dios y vos una simple mortal, es lo que lo lleva a terminar de comprender tus intenciones, cuáles son las líneas que querés cruzar hoy y cuáles son las que no estás lista para traspasar todavía.
Vuelven a perderse entre besos otra vez, y por la manera en la que los dos cuerpos se pegan, como si tuvieran vida propia, como si fueran dos campos magnéticos atrayéndose, sabés que esta noche van a llegar un poco más lejos, lo cual causa – es predecible – que tus músculos se tensen apenas en anticipación debido a los nervios que se mezclan con el deseo y con las mariposas que con sus alas parecen estar acariciando no sólo tu panza, sino también cada recoveco de tu anatomía, despertando esporádicas cosquillas en todas partes.
Sin embargo, en cuanto él siente esa tensión que aparece de golpe, aunque desaparezca segundos luego cuando volvés a relajarte, frena otra vez.
"Michelle, ¿estás segura?"
"Estoy segura, muy segura"
Te pones en puntas de pie para alcanzar sus párpados, y los besás, primero uno y luego el otro, para que sus ojos se cierren otra vez.
"Podemos ir despacio" susurrás, las yemas de tus dedos acariciando sus labios, tu boca rozando la comisura de su boca, sus brazos envolviéndote posesivamente, el deseo materializado en sus ojos, más oscuros y más brillantes que nunca, ese mismo deseo que con su fuego húmedo te quema a vos también "No tengas miedo de lastimarme, porque sé que no vas a hacerlo" murmurás, presionando aun más tu cuerpo contra el suyo, animándote a robarle un gemido mordiendo suavemente una porción de piel de su cuello.
No querés parar, al menos no todavía.
No te alcanza solamente con esta dosis. Necesitás más.
Sos adicta al hombre que puede hacer que tiembles como las hojas que esperan a que el viento las roce.
Sos adicta al hombre del que estás enamorada.
Y estás enamorada de un hombre que es adicto a vos.
Por eso tu mordida lo deja totalmente debilitado, debilitado hasta tal punto que no pone objeción alguna cuando tu boca continua desparramando otras inocentes, dulces e inofensivas mordidas en sus hombros, en su cuello otra vez, en sus hombros de vuelta. Tan debilitado está, presa de los efectos que causa en él la droga que vos sos para su sistema, que no pone resistencia alguna cuando quitás su camiseta del medio, dejándola caer también en el suelo, otro bollo de tela que yace en el piso, a unos centímetros de distancia de su camisa.
La lluvia sigue cayendo ferozmente sobre la ciudad de Los Angeles, pero sus sonidos te resultan distantes, ajenos, como si no pertenecieran a esta escena, o como si ustedes no pertenecieran a la realidad en la que una tormenta está devorando de a grandes bocados un pedazo de California. Un trueno parte el cielo al medio, y en ese preciso momento tu espalda vuelve a arquearse, tus músculos se tensan otra vez durante una fracción de segundo para relajarse de inmediato y convertirse otra vez en arcilla en sus manos, cuando él siguiendo tus pasos comienza a desabrochar, uno a uno, los botones de tu blusa.
El diluvio es el culpable de que esté cubierta y fuera del alcance de los ojos de cualquiera que mire al firmamento la preciosa luna que podría ser apreciada en todo su esplendor si las nubes negras no estuvieran rodeándola, una luna cuyo brillo sería sólo comparable a aquél refulgiendo en sus ojos mientras muy lentamente te desnuda por primera vez.
3 horas antes
El cielo era una masa de nubes grises, y no estabas equivocada al pensar que pronto se teñiría del color negro de las plumas de los cuervos anunciando la tormenta que rompería cuando se acercara la noche. Algún relámpago iluminaba el firmamento de tanto en tanto, y desde el mediodía lloviznas que duraban menos de diez minutos habían roto abrupta y esporádicamente de a ratos, empapando los tejados, los techos de los autos, la acera y las cabezas de los transeúntes sin paraguas. Pero nada de eso podría ser comparado con el temporal que se desataría luego, horas más tarde, cuando estuvieran abandonando la librería.
Barnes & Noble es uno de tus lugares favoritos en el mundo; uno de tus sueños es conocer el local de la ciudad de New York y pasar un día entero, desde la mañana hasta la noche (o hasta que te echen del lugar porque necesitan cerrar) recorriéndolo de palmo a palmo, hojeando libro tras libro, empapándote de ese arte expresado en palabras y encerrado entre tapa y contratapa y que cuenta fascinantes historias, algunas ficticias, otras reales, cargadas de drama, pasión, traición, romance, misterio, tragedia; historias que pueden despertar en vos toda clase de sentimientos, hacerte estallar en carcajadas o conducirte a las lágrimas, tocando fibras muy dentro de vos, acariciando tu alma de manera especial, arrancando distintos acordes, porque cada nueva historia es una melodía distinta esperando a ser escuchada.
Los libros fueron tu principal refugio y fuente de consuelo durante mucho tiempo, y representan una parte de lo que sos.
A Tony le gusta mucho leer (es un hábito inculcado por sus padres y por su abuela) y tiene una colección bastante impresionante, pero su pasión por la lectura no es tan desmedida como la tuya. Sin embargo, sabés que disfruta acompañándote en tus paseos por las librerías, tanto como vos lo disfrutás; te encanta que te mire embelesado mientras recorres los larguísimos pasillos de tus secciones favoritas y pasás las yemas de los dedos sobre los lomos de los ejemplares como si estuvieras tocando arte en estado puro, u oro, o algo tan valioso que no hay forma de encontrar la descripción adecuada. Él podría estar en cualquier otro lugar, con cualquier otra mujer, y sin embargo, elige estar en una librería con vos, sonriendo cada vez que una sonrisa aparece en tu rostro, sus ojitos brillando tanto como brillan tus ojitos.
"Elegí todos los libros que quieras, princesa; yo te los regalo" murmuró en tu oído, rodeándote con sus brazos desde atrás, dejando que sus manos reposaran entrelazadas sobre tu panza y descansando su cabeza en tu hombro, mientras vos hojeabas interesada una novela de Mary Higgins Clark.
Negaste con la cabeza.
"Estás malcriándome demasiado, Tony" le dijiste con firmeza, volviendo a guardar el libro en su lugar correspondiente en el estante de madera lustrosa, entre otras dos novelas de la misma autora "Ya me hiciste demasiados regalos" agregaste.
"Amo hacerte regalos" repitió por lo que debió haber sido la centésima vez en menos de un mes.
"Ya lo sé, y no puedo hacer nada para prevenir que me sorprendas todos los días con algo nuevo, pero sí puedo encargarme de evitar que sigas gastando dinero en cosas que claramente no necesito, porque ya tengo demasiados libros" le explicaste.
"Nunca se tienen demasiados libros"
Lo besaste despacio en los labios; fue apenas un roce (estaban en un lugar público, después de todo), y seguiste caminando por el pasillo, tomada de su mano, deteniéndote pocos pasos después cuando el título de una obra llamó tu atención. Te encanta esa frase que había dicho: nunca se tienen demasiados libros. Amás los libros, amás la sensación de tener un libro nuevo listo para que lo devores, amás hundirte en clásicos que ya conocés de memoria y los cuales podrías recitar palabra por palabra sin equivocarte, amás descubrir nuevos autores. Y él sabe eso perfectamente, porque te conoce mejor de lo que jamás otras personas van a conocerte… Te conoce mejor de lo que te conocés a vos misma, probablemente.
Pero estabas determinada a poner un freno a sus intentos por malcriarte, porque sos perfectamente consciente de que, si lo dejaras, te compraría la librería entera, incluso si eso le costaría hasta su último centavo.
Él no se dio por vencido, claro, y siguió insistiendo, tratando de convencerte con esporádicos besos en tus mejillas entre frase y frase:
"Si no elegís vos algunos libros para que te regale, los voy a elegir yo, y vas a terminar viéndote obligada a leer cosas aburridas sobre cocina y deportes" te amenazó, sonriendo con ganas y provocando que sonrieras vos también.
"Qué tonto que sos…" chasqueaste la lengua fingiendo estar irritada por su comportamiento infantil, cuando en realidad lo encontrabas total, absolutamente adorable (algo que no escapaba a su conocimiento, por supuesto).
Probó 'amenazarte' con una técnica diferente:
"Si no dejás que te compre al menos un par de libros no voy a prepararte más almuerzayunos"
"Realmente deberías buscar ayuda profesional, Tony, porque me parece que sos adicto a hacer compras" sugeriste en broma, pero fingiendo seriedad absoluta y poniendo cara de circunstancias.
"Reconozco que soy adicto a hacerle regalos a la mujer que amo"
Tuviste que esforzarte muchísimo para reprimir el impulso de morderte el labio; es tan dulce, las cosas que te dicen son tan dulces, que te derretís. Podrías haberlo besado apasionadamente ahí mismo, y lo hubieras hecho si hubieran estado solos.
"Aceptar un problema es el primer paso para resolverlo. Estoy segura de que pronto va a pasar y vas a mejorarte" seguiste, acariciando su cabeza con dulzura y tratando de que tu voz sonara seria y empática, incluso si obviamente él sabía que estabas bromeando.
"No creo que quiera curarme" dijo, frunciendo la nariz como hace a veces cuando está en desacuerdo con algo o con alguien "Me gusta demasiado consentirla"
"¿A quién?" preguntaste, fingiendo cortés desconcierto, como si no tuvieras ni la menor idea sobre a cuál persona en este vasto planeta él se refería.
"A la mujer de mi vida" susurró la respuesta en tu oído "Amo consentirte, Michelle Dessler, y malcriarte, y mimarte en exceso. Y probablemente mi adicción a hacerte regalos empeore" agregó, en tono de advertencia ", así que vas a tener hallar una forma de lidiar con ello"
"Voy a tener que hallar una forma de lidiar con vos" contestaste, revoleando los ojos y volcando tu atención en otro libro para pretender ignorarlo.
"¿Por qué?, ¿estás aburriéndote de mí, Michelle?" inquirió, arqueando una ceja.
"No, tonto, no estoy aburriéndome de vos" contestaste, sonriendo con timidez, sintiendo tus mejillas tornarse de color rojo bajo la intensidad de su mirada "Nunca voy a aburrirme de vos: sos mi principito"
Por un segundo ambos se quedaron en silencio; él estaba evidentemente conmovido por el impacto de lo que acababas de decirle. Cuando logró recuperar la voz, habló, y sonó como si no hubieras tocado una fibra muy sensible dentro de su alma, pero el brillo en sus ojos, sin embargo, te decía todo lo que necesitabas saber.
"Dejá que te regale al menos un libro" te pidió, acariciando con su pulgar el puente de tu nariz.
Aceptaste, bajo la condición de que él eligiera el libro, sólo por la diversión de ver con qué te sorprendía. Te llevó a la sección infantil, donde escogió un librito precioso sobre un conejo tímido, con ilustraciones bellísimas y una encuadernación en tapa dura con detalles tan trabajados que sería adecuado referirse a ella como a una verdadera obra de arte. Reíste, lo besaste en la mejilla y luego acariciaste muy despacio sus labios con los tuyos, en una muestra de afecto apenas perceptible.
"¿Ves lo que sucede cuando te negás a elegir vos tu regalo y tengo que elegir yo?" preguntó, rascándose el costado derecho de la cara con su mano izquierda "Podrías haber escogido una novela de suspenso, o una de esas novelas futuristas, o un clásico… pero como insististe tanto en negarte a dejar que te consintiera…" señaló el libro infantil con un gesto de la mano, como si todo estuviera dicho con solo mirar aquél cuento titulado El conejo tímido.
"Me encanta" le aseguraste con una sonrisa brillante "Amo los libros infantiles. Y amo que vos me leas al oído, así que esta noche supongo que podemos combinar ambas cosas" agregaste luego, arrancándole a él una sonrisa y haciendo que se sonrojara un poco, para variar.
Pasaron el resto de la tarde paseándose de un lado al otro por la enorme librería, observando todo con curiosidad, compartiendo opiniones sobre autores, géneros, novelas, colecciones de cuentos… El domingo lluvioso se convirtió en un domingo divertidísimo en la compañía de tu persona favorita, en uno de tus lugares favoritos.
"Quiero comprarte un libro de verdad, uno que vayas a leer más de una vez" retomó el asunto un rato después.
"Tony, voy a leer éste más de una vez" le aseguraste "Ya te dije: me enternecen mucho los cuentos infantiles; tienen enseñanzas muy lindas"
"Michelle, debe haber al menos una docena de libros que te encantaría llevarte" protestó "… Dejá que te mime un poco" estaba implorando, casi "El librito del conejo lo elegí como una broma" te aclaró.
"No" lo interrumpiste "Lo elegiste porque me conocés mejor que nadie y sabés que amo esta clase de cosas, que amo esta clase de gestos, y que te amo a vos cuando te comportás como una criatura"
Siguieron la 'discusión' durante otro rato – él insistiendo en comprarte al menos un libro más, vos diciéndole que no hace falta que te malcríe desmedidamente -, y finalmente él terminó 'ganándote por cansancio': volviste a la sección de novelas de suspenso y tomaste uno de los libros de Mary Higgins Clark cuya trama te había intrigado. Casi al mismo tiempo, Tony tomó el libro que estaba junto aquél y que habías hojeado con interés también. Ante tu mirada inquisidora, te dijo:
"Éste es para mí" no sonó convincente, por supuesto, pero de todos modos dejaste que se saliera con la suya y comprara ese libro 'para él', sabiendo bien que probablemente lo dejaría junto a los otros libros que te pertenecen y que tenés en su departamento, para que vos lo leas.
"Sos adorable, Anthony Almeida" le dijiste, besando su mejilla una vez más, tomándolo de la mano para seguir recorriendo los pasillos con sus estantes repletos de ejemplares en dirección a la cafetería anexa al local, donde venden la mejor tarta de frutillas que alguna vez hayas probado "Sos demasiado adorable. Sos el hombre más tierno del mundo"
Y yo soy totalmente adicta a vos.
Es increíble, con que poco uno puede ser feliz, es increíble lo sencillas que son algunas cosas, pero lo mucho que llenan el alma. Como pasar dos horas enteras recorriendo una librería y luego ir a merendar, algo que de elegante y sencillo no tiene mucho, pero que para vos es especial, y convierte en hermoso cualquier domingo de tormenta.
40 minutos después
(Las piezas del rompecabezas se unen, y a ésas piezas se suman otras, desparramadas en el medio, conectándolas entre sí)
Tuvieron que correr hasta el auto para evitar mojarse (él cargando la bolsa con los libros como si protegerlos de cualquier daño que el agua pudiera hacerles fuera una misión especial y ultra secreta, porque sabe con cuánta delicadeza y esmero te esforzás en cuidar todos tus libros), ya que se habían dejado dentro del coche el paraguas que vos habías insistido en llevar como precaución (su culpa, enteramente: había estado distrayéndote tarareando tus canciones favoritas de The Beatles durante todo el trayecto hacia la librería). El viaje de regreso fue tranquilo, los dos riendo, la lluvia golpeando contra las ventanas, los vidrios empañados, algún que otro tueno haciendo temblar la tierra, anunciando que la tormenta pronto llegaría a uno de sus puntos culminantes.
"¿Alguna vez besaste a alguien bajo la lluvia?" le preguntaste de pronto, movida por la curiosidad, cuando estaban a escasas cuadras de llegar a destino, sin quitar tus ojos de la ventanilla salpicada con gotas de agua.
"No" confesó "¿Vos?"
"Tampoco" no pudiste evitar sonrojarte. Las ideas que estaban cruzando tu cabeza eran ridículas, realmente, e infantiles, y peligrosas, porque podrían acabar pescándose una pulmonía, pero por otro lado románticas, dulces, tiernas… Estabas segura de que él te diría que sí si se lo pedías, pero por otro lado te parecía algo así como una locura, algo irracional, algo propio de una criatura y no de una persona adulta y racional…
Pero las personas adultas cuando están enamoradas también se comportan como criaturas, a veces pensaste.
En un arrebato, decidiendo no meditarlo más, antes de que pudieras trabarte o considerar lo que estabas a punto de decir, permitiste que las palabras escaparan de tu boca, acurrucadas entre dos signos de interrogación:
"¿Te gustaría besarme bajo la lluvia?"
Tus mejillas estaban rojas otra vez, y sonreías tímidamente.
Su respuesta no demoró ni un segundo.
"Amaría darte muchos besos bajo la lluvia. ¿Y vos?" notaste su mirada posándose sobre tus ojos, e inmediatamente tu piel se erizó, y él repitió el mismo interrogante que vos habías formulado segundos atrás ", ¿te gustaría besarme bajo la lluvia?"
"Me encantaría besarte bajo la lluvia" contestaste, más roja que nunca, al tiempo que él detenía el coche de pronto, aprovechando uno de los pocos espacios vacíos para estacionar a un costado de la calle "Me encantaría besarte en cualquier sitio, porque soy totalmente adicta a tus besos. Soy totalmente adicta a vos" agregaste en un susurro que sólo él podría escuchar entre todo el barullo hecho por los truenos y el ruido del tráfico.
"Hagámoslo, entonces" decidió "Tenemos el resto del domingo para besarnos bajo la lluvia"
Todavía sin poder creer que te habías animado a sugerir eso y que él estaba totalmente entusiasmado con la idea, preguntaste, un dejo de inseguridad tiñiendo tu voz:
"¿Y si después nos agarramos una neumonía o una pulmonía?"
Era tu parte pensante la que hablaba, por supuesto, porque tu corazón y tu alma estaban temblando, temblando como las hojas que esperan a que el viento las roce, temblando de ganas de comerlo a besos mientras un diluvio los empapa, como sucede en las películas, como sucede en las historias de los libros de amor que llevás años devorando esperando algún día ser la protagonista de un cuento de hadas como esos.
Ahora lo sos. Sos la protagonista de tu propio cuento de hadas, sos su princesa, sos la primera a la que va a besar bajo la lluvia.
"Yo te cuido a vos y vos me cuidás a mí" contestó simplemente, encogiéndose de hombros y sonriendo con calidez, como si fuera el problema más sencillo de resolver.
Su sonrisa te contagió, y soltaste una carcajada suave y dulce.
"Vamos" le dijiste, convencida, extendiendo tu mano para que él la tomara.
Ya fuera del coche, en segundos estaban total y completamente empapados, empapados hasta la médula: sus ropas, sus calzados, sus cabellos, hasta las medias estaban empapadas como si se hubieran metido en la ducha sin molestarse en desvestirse. Empezaste a tiritar de frío, y él enseguida te envolvió en sus brazos, estrechándote con fuerza.
"Me siento como Audrey Hepburn en el final de Desayuno en Tiffany's" murmuraste, mirando dentro de sus ojos y enredando entre tus dedos uno de sus buclecitos húmedos.
Y esas fueron las últimas palabras que escaparon de tus labios antes de que él los cubriera con los suyos y empezara a besarte con tanta pasión que el efecto fue abrumador, arrollador, sobrecogedor, totalmente impactante. Su lengua enseguida encontró espacio para explorar cada rincón de tu boca, y vos decidiste dejarte llevar, disfrutando de la sensación de la lluvia cayendo sobre ustedes y de sus besos quitándote la respiración y haciendo que tu cabeza diera vueltas y el mundo girara mucho más rápido.
No les importaba estar en medio de la calle, en medio de un diluvio, en medio de la tormenta; la gente pasando alrededor de ustedes, era como si no estuvieran allí, como si el agua cayendo del cielo hubiera diluido sus imágenes, desdibujándolos, borroneando sus contornos hasta convertirlos en nada más que manchas de colores que se escapaban buscando refugio, buscando cobijo, sus cabezas escondidas bajo paraguas (en el caso de los precavidos que habían tomado uno consigo antes de abandonar sus hogares), sus zapatos empapados por culpa de alguna baldosa floja.
Sus manos acunaron tu rostro, apartando los mechones de cabello húmedo que se habían pegado a él, acomodándolos con dulzura detrás de tus orejas, sus pulgares trazando círculos en tus mejillas sonrosadas, sus ojos hundidos en tus ojos, observándote embelesado, con adoración y con locura, esa adoración y esa locura de las que tu cuerpo y tu corazón se alimentan cada vez que te habla al oído, cada vez que te toca, cada vez que te besa, cada vez que te anida en sus brazos.
"Sos hermosa, Michelle" sus susurros se sentían como caricias en el alma, caricias hechas con las yemas de sus dedos, caricias delicadas porque en sus ojos sos la criaturita más frágil que existe sobre la faz de la Tierra, caricias suaves como sus susurros, porque vos sos su princesa y no puede tratarte sino con extrema, devota suavidad "Sos demasiado hermosa, tanto que hasta a veces mirarte me duele físicamente, porque no sé cómo alguna vez voy a lograr ser suficiente, cómo voy a lograr merecer a una criatura tan angelical como vos"
"No necesitás hacer nada para merecerme. No necesitás ser nada distinto de lo que ya sos" murmuraste, tus manos acunando su cabeza; sentiste bajo tus dedos el pelo mojado pegándose a su cráneo y a su nuca, y no pudiste evitar desordenarlo un poco: así te gusta él, con sus buclecitos color azabache ligeramente desprolijos "Si fueras un gramo diferente de lo que sos, entonces no serías el hombre del que estoy enamorada" agregaste, tu pulgar delineando el contorno de sus labios.
"No sabía que los cambios y diferencias de las personas se pesaban en gramos" susurró, una sonrisa en su rostro y una carcajada subiendo por su garganta por lo adorable que había encontrado tus palabras.
Antes de que pudieras darle una respuesta, volvió a besarte, con la misma pasión desmedida y deseo con los que habían estado besándose durante todo el día, la lluvia cayendo sobre los dos con todas sus fuerzas y mojando sus labios entre beso y beso, los cuerpos de ambos fundidos en un abrazo cálido y posesivo, el calor emanando del otro el mejor abrigo para protegerse del viento.
Y siguió besándote, como si no importara nada más en el planeta, como si quisiera morirse ahí mismo, en una calle cuyo nombre no recordás, en medio de la vereda, en tus brazos, besándote como si estuviera alimentándose de vos, como si estuviera respirando vida dentro de vos para sanar tu alma y tu corazón, como si estuviera recibiendo una dosis de una droga de la que depende tanto que sin ella no puede vivir.
Vos sos su droga, y él es esa droga a la que vos sos adicta, esa droga de la que vos dependés, así como él depende de vos enteramente. Te das cuenta de eso con cada beso, te das cuenta de eso por la manera en la que se miran, la manera en la que se tocan, la manera en la que tu piel y su piel se erizan cuando se rozan, la manera en la que empezás a temblar incontrolablemente cuando te acaricia con su respiración, la manera en la que él tiembla cuando vos lo acariciás.
El cielo seguía llorando violenta e inconsolablemente minutos más tarde cuando, riendo como dos criaturas, echaron a correr; estaban a pocas cuadras de su departamento, y después de haber experimentado la dulce, tierna y casi tóxica intensidad de comerse a besos en medio de un diluvio estaban demasiado eufóricos como para volver a meterse al coche y seguir camino como si no hubiera sucedido nada, como si no hubieran cedido a sus impulsos, deseos y fantasías casi adolescentes como dos chicos de quince años y pretendido que el Universo entero no existía mientras sus labios se devoraban y la lluvia los empapaba.
Dejaron el auto estacionado ahí y corrieron, corrieron sin dejar de reír, deteniéndose de tanto en tanto para besarse otra vez, ignorando totalmente al resto del mundo. Te sentías más viva que nunca, más feliz que nunca, más eufórica que nunca, como sólo podés sentirte con él, con él y con nadie más.
Al llegar a un cruce de calle en el cual debieron detenerse porque el semáforo estaba en rojo, volviste a besarlo apasionadamente, quitándole la respiración, mordiéndolo suavemente sólo por el placer de escuchar sus suspiros.
"Esta es la locura más linda que cometí en toda mi vida" susurró, sus manos otra vez acariciando tu rostro con devoción, sus ojos mirándote con embelesamiento "Sólo vos podés hacer que me sienta así"
La luz del semáforo había pasado de rojo a amarillo y de amarillo a verde, los coches se habían detenido delante de la línea peatonal, las personas cruzando apuradas de una acera a otra tenían que esquivarlos a ustedes, pero de nada de eso se dieron cuenta, porque estaban completamente perdidos en el otro, en aquel momento tan íntimo, tan romántico, tan mágico, tan sencillo y a la vez tan hermosamente complejo.
"Michelle, empecé a vivir el día en que te conocí" murmuró, sus palabras derritiéndote por dentro, acariciándote con la misma dulzura con la que las yemas de sus dedos estaban acariciando tus mejillas, el contorno de tus párpados, tus labios enrojecidos después de tantos besos y mordidas, limpiando las gotas de lluvia que empapaban tus bellísimas facciones orientales "Y siento que vuelvo a nacer cada vez que hacés que descubra algo tan lindo como besarte bajo la lluvia. Y pienso en todas las cosas que nos quedan por descubrir todavía" siguió, evidentemente haciendo un gran esfuerzo para hallar las palabras indicadas para describir los sentimientos que estaban recorriéndolo, sentimientos que debían ser tan fuertes como los que te recorrían a vos ", pienso en todas las cosas hermosas que podés enseñarme, todas las cosas que nunca antes hice porque no les encontraba sentido y que ahora quiero hacer con vos..."
Sus palabras seguían sonando en tu cabeza mientras se besaban otra vez, como una melodía demasiado conmovedora, demasiado suave, demasiado dulce, una de esas melodías que se gravan para siempre en el corazón y que no desaparecen jamás, una de esas melodías que hacen empalidecer a cualquier otra canción, una de esas melodías que hacen parecer mundana a cualquier joya de la música, porque las melodías que él escribe con sus palabras son tuyas y de nadie más, y son escritas sólo para vos, y es por eso que no puede comparárselas con nada.
Michelle, empecé a vivir el día en que te conocí. Y siento que vuelvo a nacer cada vez que hacés que descubra algo tan lindo como besarte bajo la lluvia. Y pienso en todas las cosas que nos quedan por descubrir todavía, pienso en todas las cosas hermosas que podés enseñarme, todas las cosas que nunca antes hice porque no les encontraba sentido y que ahora quiero hacer con vos...
En esas palabras pensás mientras recorren con paso rápido las pocas cuadras que los separan de la esquina en la que se detuvieron y su departamento. Llegan a destino minutos después, con el cielo sobre sus cabezas convertido en una masa negra y compacta, ya ni rastros del gris plomo del que antes estaban teñidas las nubes; quedarse un segundo más allí afuera sería una verdadera locura, puesto que en cualquier momento el temporal empeorará (probablemente cuando enciendan el televisor para ver el noticiero se enteren de que hay alerta meteorológica); por eso cuando vos – en un acto de inconsciencia, obnubilada por tus ganas de seguir mimándolo mientras las gotas de lluvia los empapan – intentás robarle unos cuantos besos más antes de ingresar al edificio él te detiene.
"Si demoramos un segundo más, podríamos acabar agarrándonos una pulmonía en serio" explica en tu oído, abrazándote mientras caminan en dirección al ascensor.
Sus dedos se enredan en algunos de tus rulos, acomodando mechones sueltos detrás de tus orejas, mientras aguardan a que el elevador llegue a la planta baja.
"No quiero que pasemos nuestra primer Navidad juntos en cama y con nebulizaciones cada media hora" dice, besando la punta de tu nariz.
Yo tampoco quiero que pasemos así nuestra primera Navidad juntos pensás, mordiendo muy despacio la comisura de su boca y envolviendo su cuerpo en tus brazos otra vez.
Estás segura de que en cuanto crucen el umbral de su departamento insistirá en que te des una ducha de agua caliente, te pongas ropa tibia y seca y tomes una taza de té. Pero vos no le das tiempo a que sugiera nada de eso, ni siquiera le das tiempo a encender las luces: en cuanto la puerta se cierra, tu boca vuelve a colapsar contra su boca y los besos vuelven a empezar como si jamás hubieran cesado, y con los besos se reanudan las caricias y las palabras susurradas entre jadeos. La lluvia mientras tanto sigue desencadenando su furia sobre la ciudad de Los Angeles, más fuerte y más intensamente que nunca.
Temblás de frío, sus brazos te estrechan para infundirle calor a tu cuerpo. Volvés a temblar, como las hojas que esperan a que el viento las roce, pero esta vez es por la descarga eléctrica que te recorre de punta a punta cuando sus manos te tocan posesivamente, las ropas húmedas debilitando las barreras entre su piel y tu piel y aumentando la intensidad de las caricias. Te quitás los zapatos, y él se quita los suyos, la diferencia de altura entre los dos volviéndose más considerable.
Están empapados, verdaderamente empapados, tanto que no sería exagerar decir que bien podrían haberse puesto la ropa inmediatamente después de sacarla de la máquina lavadora, así como tampoco sería exagerar compararlos con cómo lucirían si hubieran ido a bañarse a las cataratas del Niágara completamente vestidos.
Gotas de lluvia corren por tu rostro y por el suyo como si fueran lágrimas nacidas de sus ojos, cuando en realidad son lágrimas que han nacido del cielo que dejó caer su llanto con una fuerza arrolladora, ese llanto en forma de diluvio que aun no se apaga, que sigue azotando a la ciudad con violencia, salvajemente, golpeando contra las aceras, los tejados, los techos de los autos, los paraguas de aquellos que bajo ellos encontraron algo de refugio y las cabezas de los desprevenidos que acabaron solos y desprotegidos en medio del temporal.
Los dos sonríen, sonríen incontrolablemente, sonríen mientras se besan, se muerden los labios y sonríen, se acarician y sonríen, sin dejar de sonreír murmuran palabras llenas de ternura que son como música para sus oídos, música que se mezcla con la melodía de la lluvia torrencial que inunda las calles con una fuerza similar a la de las sensaciones que inundan sus cuerpos, dos cuerpos que ya no aguantan la arrolladora necesidad – en parte emocional, en parte física, en parte química – de unirse, hundirse uno en el otro, fundirse, convertirse en uno solo.
Dos cuerpos adictos, uno adicto al otro y el otro adicto al que es adicto a él.
Con el sabor de su piel se mezcló el de la lluvia, transformando en aun más adictiva esa esencia única que te enloquece. La combinación de su perfume y el de la lluvia es todo el oxígeno del que tus pulmones necesitan alimentarse, es todo el oxígeno que tu sistema precisa para funcionar. Y si te ahogaras entre besos, si perdieras la capacidad de mantenerte en pie, si tu cerebro se nublara por culpa del placer, si alcanzaras de pronto un estado que bordea los límites del éxtasis y la agonía, no te preocupan realmente las consecuencias, porque él no va a dejar que caigas, no va a dejar que te hagas daño.
Sus manos acarician tu espalda a través de la tela mojada de la blusita roja que estás vistiendo, con cada caricia diciéndote lo que las palabras nunca serán capaces de expresar porque no hay lenguaje más exacto que el lenguaje que se crea entre dos personas conectadas en tantos niveles, tan profundamente.
Y bajo sus caricias temblás, como las hojas que esperan a que el viento las roce.
Desesperadamente, con un hambre y una sed que no son biológicos sino total y crudamente emocionales, que están devorándote por dentro sin piedad y que requieren ser calmados con una dosis de la única cosa que podría aplacarlos (él), recorrés con tus besos su cuello, una y otra vez, deteniéndote siempre en el que sabés es su punto más sensible, llevándolo hasta el extremo en el que el placer es tan insoportablemente intenso que su cuerpo entero se afloja y su cerebro se desconecte, como si estuviera bajo la influencia de una droga muy fuerte, una droga de la cual depende tanto que jamás podrá dejar de consumirla.
A vos te sucede exactamente lo mismo: él es una droga a la que sos adicta, y esa adicción nunca va a mermar. Él es una droga a la que vos te volviste adicta, y ésa es una adicción que sigue creciendo, crece desmedidamente.
Sos adicta al hombre que amás.
Sos adicta a un hombre que es adicto a la mujer que ama.
"Sos tan hermosa, Michelle" no deja de repetir "… tan hermosa que no puedo creer que sos sólo mía"
Sus besos y sus caricias te hacen sentir como si pudieras tocar el cielo con las manos, como si flotaras, como si fueras liviana como una pluma, pero tus pensamientos no se apagan, tu mente no se nubla víctima del placer y el éxtasis, no todavía; aun suspendida en un estado de embriaguez absoluto, reflexiones y pensamientos sobre aquello acerca de lo cual estuviste escribiendo hoy aparecen, mezclados con flashes de una noche un mes y medio atrás en la que perdiste el control y por poco cometés un error grave por culpa de tu inexperiencia y mal juicio.
Y minutos más tarde esas reflexiones te llevan a una conclusión: nadie dijo que debía ocurrir de golpe, que tendrías que lidiar con todas las emociones juntas, que tendrías que enfrentar todos tus miedos, complejos e inseguridades al mismo tiempo, que tendrías que lidiar con la idea de desnudarte frente a un hombre por primera vez (en cuerpo, en alma, quedando totalmente expuesta y vulnerable) segundos antes de perder tu virginidad.
Nadie dijo que él tendría que aceptar en segundos, como si no fuera gran cosa, que estás lista para entregarte absolutamente, que estás preparada, que estás segura, que es lo que realmente querés y que no te vas a arrepentir, que estás convencida, que morís de ganas, que realmente estás lista para llevar el grado de intimidad muchos niveles más arriba.
Nadie dijo que tenían que saltearse todos los otros niveles que hay entre una relación totalmente inocente y una relación en la que el sexo es un componente regular.
Nadie dijo que no podían ir paso a paso, despacito, de a poco, aumentando cada día la dosis en pequeñas cantidades.
No hay reglas escritas, no hay una única, indiscutible, inalterable manera de hacer las cosas.
El juego previo, se te ocurre, puede ser tan íntimo, especial y tan lleno de significado como el acto en sí, puede aliviar temores y aligerar la ansiedad, e inútil es negar que los dos están cargados de temores y ansiedad. Las caricias, los besos, el contacto piel con piel, las palabras susurradas al oído pueden ir volviéndose más y más íntimos lentamente. Porque nadie dijo que debían subir la dosis de golpe, nadie dijo que no podían ir aumentando la dosis de a gotas, gota a gota.
Entonces, ¿por qué arriesgarte a sufrir un ataque de vergüenza esa noche ante la perspectiva de que vea tu cuerpo desnudo (con el cual no estás conforme; nunca lo estuviste) si podés ir acostumbrándote, dejando que él con su capacidad casi mágica para hacer que te sientas hermosa te convenza de que realmente sos la criatura más preciosa sobre la que alguna vez poso sus ojos, con o sin ropas cubriéndote? ¿O por qué arriesgarte a que él se niegue esa noche pensando que vos todavía no estás lista y que no deben apresurar las cosas y que es conveniente que sigan esperando, cuando hay mil maneras en las que podés ir mostrándole que estás preparada, convencida y muriéndote de ganas?
Los besos se habían vuelto mucho más apasionados y profundos, mucho más suaves, mucho más lentos, como si tuvieran todo el tiempo del mundo, como si los relojes hubieran dejado de correr, como si fueran los dueños de cada segundo, como si pudieran pasar el resto de sus días suspendidos en el éxtasis, sin que nada más importe. Pero cuando llegan al punto en el que negar que necesitan oxigeno ya es imposible, él separa su boca de tu boca por unos segundos, pero luego de que algo de aire llega a sus pulmones no comienza a besarte otra vez, sino que posa sus labios en tu frente, recorre el puente de tu nariz con lentitud, y luego desparrama besos dulces e inocentes por tus mejillas, tu rostro acunado en sus manos, sus pulgares dibujando caricias en tu piel aun empapada por la tormenta bajo la cual estuvieron casi media hora. Te das cuenta, entonces, que quiere parar, que quiere detenerse, que no quiere ir más lejos, precisamente por esos miedos, por esas inseguridades que vos ya no querés patear debajo de la cama y dejar escondidas ahí, sino que querés lidiar con ellos cuanto antes.
"Michelle, creo que deberíamos parar…"
Y quizá lo más fácil, lo más simple, lo más sencillo a corto plazo sería eso: parar. Quizá lo más simple, lo más sencillo, sería que te fundieras en sus brazos y permitieras que te hablara al oído hasta que te quedes dormida, terminar la noche anidada en su pecho como siempre, contenta y feliz, pero sin haberte atrevido a ir más lejos.
Eso no es lo que tenés ganas de hacer esta noche, no después de haber reflexionado tanto, no después de haber pensado tanto al respecto, no después de haber mesurado tus sentimientos correctamente. Pero eso ya no sería suficiente, no a esta altura; no sería suficiente para ninguno de los dos, aunque él insista diciendo que deben parar, que deben detenerse, que no deben ir más allá de los límites dentro de los cuales han estado jugando hasta ahora.
Por eso tratás de silenciar con más besos sus susurros, tratando de mostrarle sin tener que recurrir al lenguaje hablado que, a diferencia de esa vez en la que estabas a punto de cometer una equivocación gigantesca, esta noche sabés bien lo que querés, y lo que querés no es apresurar las cosas, forzar las cosas, que todo pase de golpe y súbitamente, buscando deshacerte de tu virginidad como si fuera un problema, algo que se interpone entre los dos y que es molesto y estorba; lo que querés esta noche es todo lo contrario: querés ir lento, empezar a perder la timidez, empezar a diluir tus miedos, empezar a anticipar las sensaciones que van a apoderarse de tu cuerpo dentro de quince noches cuando todos los límites se desdibujen. Eso es lo que querés: ir desdibujando los límites de a poco, borrándolos de a poco.
Sin embargo, él no desiste, y aunque sus labios responden a los movimientos de tus labios en perfecta sincronía, como si tuvieran mente propia y supieran exactamente qué hacer para complementarse, sigue susurrando, con su boca pegada sobre tu boca:
"Michelle" tiene ese tono de voz sexy y tranquilizador que te derrite, que te puede, que te vuelve arcilla en sus manos, que hace que tiembles como las hojas esperando a que el viento las roce, que convierte tus piernas en gelatina "… Chelle, creo que deberíamos" no puede respirar, está jadeando debido a la falta de aire "… parar" completa la oración, aun tratando de que sus patrones de respiración se normalicen.
"No quiero parar" le decís, también en un jadeo "… todavía" agregás, decidida a dejar en claro que sabés bien lo que estás haciendo, que este no es otro ataque de locura al que te llevaron los nervios, la presión, las inseguridades, tus complejos o las opiniones de gente con lengua venenosa como Carrie.
Precisás que comprenda que no pretendés que vayan violenta e inesperadamente de 0 a 180 en una noche, precisás que comprenda que simplemente deseás que empiece a enseñarte una de las muchas cosas que los libros no pueden enseñar, por mucha teoría que ellos contenga: cómo amar, no con el corazón solamente, no con el alma solamente, sino con el cuerpo.
"Sigamos un poco más" le pedís, sonriendo sugestivamente, consciente de que tus mejillas se han teñido de rojo y de que a pesar de que la temperatura ha bajado, tu anatomía entera está hirviendo, hirviendo tanto como la suya.
Acariciás su espalda, su cabeza, su nuca, su espalda otra vez, su pecho… Tus manos se mueven como si supieran exactamente dónde y cómo tocarlo para hacerlo temblar de la misma manera en la que él te hace temblar… Morís de ganas de acariciarlo en todas partes, morís de ganas de que él siga acariciándote en todas partes, de sentir sus manos sobre tu piel, su piel sobre tu piel, sin que nada se interponga entre los dos.
"Estás empapado" comentás en un susurro, sin dejar de besarlo, animándote a desabrochar el primero de los botones de su camisa.
Sonreís con una mezcla de dulzura y seducción cuando él no te detiene automáticamente y, quizá porque está demasiado anonadado como para reaccionar o demasiado obnubilado por tus caricias y por ende incapaz de mover un solo músculo, permite que desabotones el segundo también, revelando poco a poco la camiseta blanca que lleva debajo.
Rozando la punta de su nariz con la punta de tu nariz, llegás al cuarto botón, pero es entonces cuando finalmente sentís su mano posándose sobre tu mano, impidiendo que avances.
"Michelle, no quiero que sientas que tenés que apresurar las cosas…" comienza.
Sabías que en cierto punto aquél murmullo subiría por su garganta y encontraría el camino hacia tus oídos. Simplemente lo sabías, porque lo conocés tan bien como nadie más lo conoce, lo conocés mejor que nadie.
"… Michelle, quiero que vayamos despacio…" continua, acunando tu rostro con sus manos "No quiero que suceda de golpe… no así… Con vos quiero que sea especial…"
Podrías jurar que lágrimas comienzan a formarse en tus ojos en el momento en que esas palabras te tocan, te envuelven, te abrazan, calan hondo, hasta llegar a tus huesos. Él quiere cuidarte, quiere que la primera vez sea perfecta, quiere que con vos las cosas sean distintas, y no como él está acostumbrado a que sean porque durante su vida buscó mujeres para divertirse y no para amar, mujeres que habían estado ya bajo las sábanas de muchos otros, mujeres con las que no tenía ninguna conexión emocional, ningún vínculo, mujeres a las cuales no lo unía sentimiento alguno, o al menos no sentimientos tan fuertes como los que lo atan a vos y a vos a él.
Es perfecto, es tan perfecto. Quizá en los ojos de otros no lo sea, pero para vos, para vos sí lo es, porque está hecho a tu medida, para ser tuyo y de nadie más.
Así como vos fuiste hecha para ser de él y de nadie más.
Tu primer impulso es, inmediatamente, el de besarlo, el de pegar tu boca contra su boca otra vez, como si estuvieras muriendo de hambre y esos besos fueran el único alimento que puede nutrirte, salvarte, calmarte. Lo besás apasionadamente, y él responde con la misma pasión y con la misma dulzura, y durante algunos segundos se hablan en ese idioma que expresa lo que no puede decirse con palabras.
"Tony, yo también quiero que sea especial" susurrás un minuto después, acunando su rostro con tus manos "No tiene por qué suceder esta noche" aclarás, con la misma voz suave pero ahogada debido a la maravillosa privación de aire que acabás de sufrir "Pero creo que los dos tenemos muchos miedos que perder antes de que ocurra" continuás, delineando el contorno de su cara con le yema de uno de tus dedos "Sé muy bien que yo necesito perder algunos de mis miedos, y necesito perderlos con vos" seguís, clavando tus ojos en sus ojos, para que vea que hablás en serio, para que vea que estás convencida "Sé que tengo muchas cosas que aprender…"
No podés contener la sonrisa en la que se curvan tus labios cuando él no detiene tus intentos de desabotonar otro botón, el último.
"… y necesito que vos me enseñes"
Sus palabras, esas que suenan como una melodía demasiado romántica y demasiado dulce, siguen haciendo eco en tu cabeza, desmenuzándote por dentro:
Y siento que vuelvo a nacer cada vez que hacés que descubra algo tan lindo... Y pienso en todas las cosas que nos quedan por descubrir todavía, pienso en todas las cosas hermosas que podés enseñarme…
Vos también pensás en todas las cosas que él puede enseñarte, todas las cosas que nada más él puede enseñarte y que no quisieras aprender con nadie más, todas las cosas que querés aprender con él, todas esas cosas que no podés aprender de golpe, que deseás aprender de a poco, de a gotas.
Deslizás las mangas de su camisa muy lentamente por sus brazos, con tus labios aun a medio milímetro de los suyos, tus labios y sus labios rozándose de tanto en tanto cuando los movés para hablar. Finalmente la camisa cae al suelo, y ahí queda, arrugada, un simple bollo de tela.
"Michelle…" sabés que está a punto de argumentar algo, pero vos no vas a dejar que diga una sola palabra más.
"Shhh" lo silenciás posando tu índice sobre su boca "Tony, no creas que están cruzando mi cabeza pensamientos como los que tuve aquella otra noche" sabe muy bien a qué estás haciendo referencia, otra prueba de lo mucho que sobran las palabras entre los dos, porque pueden entenderse sin necesidad de que sean dadas explicaciones "Necesito empezar a sentirme segura de mi cuerpo" confesás de golpe, sin meditarlo dos veces, sin mesurar las palabras antes de que salgan de tu boca, porque cuando le hablás a él no necesitás mesurar nada: confiás en él como en nadie, y a él podés contarle cualquier cosa.
Estás aun mirando dentro de sus ojos, como si desearas ahogarte en esos dos océanos profundos. Estás aun mirando dentro de sus ojos, y ves en ellos tu reflejo, así como él ve dentro de tus ojos su reflejo, ese reflejo que debe lucir exactamente cómo luce él: como un hombre totalmente devoto y adicto a la mujer que ama, observándola con una ternura palpable, como si fuera la única cosa de valor en su vida, como si fuera la piedra más preciosa de toda la tierra, como si no existiera nada más hermoso ni ninguna otra cosa que pudiera acercarlo al éxtasis que siente cuando te besa, abraza o acaricia.
"Necesito empezar a deshacerme de muchísimos complejos que vengo arrastrando desde que tengo memoria" tus párpados caen automáticamente, pesados como el plomo, en cuanto sentís el dorso de una de sus manos acariciando tu rostro y tu cuello repetidas veces, mientras que su otra mano recorrer una y otra vez tu columna dorsal, causando que tu espalda se arquee ligeramente "Necesito encontrar una forma de sentirme bien con mi cuerpo. Necesito empezar a acostumbrarme a la idea de que para vos soy bonita, de que para vos no soy el patito feo"
Sobre todas esas cosas escribiste esta mañana, en ese archivo de cincuenta párrafos que tenés guardado en el disco rígido de tu laptop, ese archivo sobre cuyas páginas blancas (páginas virtuales, pero páginas al fin) volcaste todos esos sentimientos que tenías atrapados en el pecho y que precisabas sacar para poder mesurarlos mejor y observarlos con el cuidado y la delicadeza con los que deben ser observados. Y no te molesta compartir estos detalles íntimos con él, estos secretos, porque con él podés compartir absolutamente todo; él te entiende como nadie, él entiende todos tus motivos, todas tus razones, y sabe las respuestas a todas tus preguntas, así como también sabe esas preguntas que siguen sin respuesta (esas respuestas que con su ayuda sabés en algún rinconcito del Universo vas a encontrar). No te molesta decirle mirándolo a los ojos que necesitás que te guíe, que te enseñe, que te ayude a descubrir, que te muestre otras maneras de decir 'te amo', que te quite los miedos de a uno.
"Necesito deshacerme de mi timidez" tu voz es un susurro tan débil que solamente es audible para sus oídos, que, como todos sus sentidos, están absolutamente pendientes de vos y de cada uno de tus movimientos "De verdad necesito deshacerme de mi timidez" repetís, inclinándote apenas para romper con ese medio milímetro que separa sus labios.
Una de tus manos se escabulle por debajo de su camiseta, y las yemas de tus dedos acarician los músculos de su abdomen, duros y firmes como el acero.
Y él entiende, entiende de qué estás hablando, entiende absolutamente todo, todo lo que le dijiste, y lo que no le dijiste también, y entiende mucho más allá de eso también. Entiende porque tus caricias se lo explican, la forma en la que lo tocás, casi con devoción, como si él fuera un Dios y vos una simple mortal, es lo que lo lleva a terminar de comprender tus intenciones, cuáles son las líneas que querés cruzar hoy y cuáles son las que no estás lista para traspasar todavía.
Vuelven a perderse entre besos otra vez, y por la manera en la que los dos cuerpos se pegan, como si tuvieran vida propia, como si fueran dos campos magnéticos atrayéndose, sabés que esta noche van a llegar un poco más lejos, lo cual causa – es predecible – que tus músculos se tensen apenas en anticipación debido a los nervios que se mezclan con el deseo y con las mariposas que con sus alas parecen estar acariciando no sólo tu panza, sino también cada recoveco de tu anatomía, despertando esporádicas cosquillas en todas partes.
Sin embargo, en cuanto él siente esa tensión que aparece de golpe, aunque desaparezca segundos luego cuando volvés a relajarte, frena otra vez.
"Michelle, ¿estás segura?"
"Estoy segura, muy segura"
Te pones en puntas de pie para alcanzar sus párpados, y los besás, primero uno y luego el otro, para que sus ojos se cierren otra vez.
"Podemos ir despacio" susurrás, las yemas de tus dedos acariciando sus labios, tu boca rozando la comisura de su boca, sus brazos envolviéndote posesivamente, el deseo materializado en sus ojos, más oscuros y más brillantes que nunca, ese mismo deseo que con su fuego húmedo te quema a vos también "No tengas miedo de lastimarme, porque sé que no vas a hacerlo" murmurás, presionando aun más tu cuerpo contra el suyo, animándote a robarle un gemido mordiendo suavemente una porción de piel de su cuello.
No querés parar, al menos no todavía.
No te alcanza solamente con esta dosis. Necesitás más.
Sos adicta al hombre que puede hacer que tiembles como las hojas que esperan a que el viento las roce.
Sos adicta al hombre del que estás enamorada.
Y estás enamorada de un hombre que es adicto a vos.
Por eso tu mordida lo deja totalmente debilitado, debilitado hasta tal punto que no pone objeción alguna cuando tu boca continua desparramando otras inocentes, dulces e inofensivas mordidas en sus hombros, en su cuello otra vez, en sus hombros de vuelta. Tan debilitado está, presa de los efectos que causa en él la droga que vos sos para su sistema, que no pone resistencia alguna cuando quitás su camiseta del medio, dejándola caer también en el suelo, otro bollo de tela que yace en el piso, a unos centímetros de distancia de su camisa.
La lluvia sigue cayendo ferozmente sobre la ciudad de Los Angeles, pero sus sonidos te resultan distantes, ajenos, como si no pertenecieran a esta escena, o como si ustedes no pertenecieran a la realidad en la que una tormenta está devorando de a grandes bocados un pedazo de California. Un trueno parte el cielo al medio, y en ese preciso momento tu espalda vuelve a arquearse, tus músculos se tensan otra vez durante una fracción de segundo para relajarse de inmediato y convertirse otra vez en arcilla en sus manos, cuando él siguiendo tus pasos comienza a desabrochar, uno a uno, los botones de tu blusa.
El diluvio es el culpable de que esté cubierta y fuera del alcance de los ojos de cualquiera que mire al firmamento la preciosa luna que podría ser apreciada en todo su esplendor si las nubes negras no estuvieran rodeándola, una luna cuyo brillo sería sólo comparable a aquél refulgiendo en sus ojos mientras muy lentamente te desnuda por primera vez.
Un botón desabrochado (tus párpados se sienten demasiado pesados, tan pesados que se caen solos; es como si la mezcla de nervios y placer estuviera teniendo en vos el efecto de un sedante).
Dos botones desabrochados (tu respiración se acelera un poco, y también se aceleran los latidos de tu corazón, tanto que podés escucharlos claramente golpeando tu pecho, rebotando contra tus costillas).
Tres botones desabrochados (su boca de nuevo recorre tu cuello, mordiéndote suavemente, dibujando con sus besos, escribiendo con sus labios sobre tu piel, diciéndote sin usar palabras que te desea como nunca deseó a ninguna otra mujer).
Cuatro botones desabrochados (te estremecés, tu espalda se arquea, tu corazón se detiene por un segundo antes de comenzar a palpitar otra vez, casi violentamente, cuando con su boca empieza a trazar un camino que va desde tu cuello a tu garganta).
Cinco botones desabrochados (mordés tus labios para ahogar un gemido al sentir las yemas de sus dedos acariciando la piel desnuda de tu abdomen, delineando círculos, causando que tiembles incontrolablemente, como las hojas de otoño que esperan a que el viento las roce).
Dudás tus piernas puedan aguantar el peso de tu cuerpo; con cada segundo que pasa te debilitás más, con cada segundo que pasa te cuesta un poco más contener los suspiros, con cada segundo que pasa te cuesta más no caer totalmente rendida a sus pies.
Escuchás un ruido sordo cuando él cae de rodillas en el suelo, su jean empapado mojando la alfombra, su boca a la altura de tu vientre, desparramando besos en todas partes. Es tal el grado de placer que sentís yendo de un punto a otro en tu cuerpo que ni un atisbo de timidez o vergüenza asoman, dado que no hay ocupando tu mente pensamiento alguno concerniente al hecho de que estás semidesnuda, con los botones de tu blusa (esa blusa roja que a él tanto le gusta) desabrochados, expuesta y vulnerable como jamás lo estuviste delante de ningún otro hombre.
Estremeciéndote bajo su tacto, pasás tus dedos temblorosos por su cabello, húmedo y arremolinado después de tantos mimos, acariciando su cabeza, su cuello, su nuca, sus hombros.
"Sos demasiado hermosa, Michelle" susurra una vez más, poniéndose de pie otra vez, pegando su boca contra tu boca; sus labios se mueven sobre los tuyos, y las palabras salen ahogadas, pero aún si seguís suspendida en el éxtasis, aun si sigue quemando tu piel en los lugares donde dejó un sinfín de besos, las escuchás claramente "... tan perfecta" sus manos se pierden en tus rulos otra vez, y al sentir la intensidad de su mirada clavada en tu rostro, abrís los ojos para encontrarte con los suyos, más negros y más brillantes que nunca, poseídos por el deseo "… Nunca voy a encontrar palabras para describir cuán perfecta sos…"
Sus murmullos acompañan el movimiento de sus manos, que delicadamente comienzan a deslizar la blusa roja por tus brazos, en sus movimientos la misma dulzura que pudo sentir en los tuyos cuando le quitaste su camisa y luego la camiseta que llevaba debajo.
Segundos más tarde allí estás, aun temblando, aun de pie porque milagrosamente tus rodillas no se han vencido, aun consciente a pesar de que por momentos sentiste que el placer despertado por sus besos y caricias era tan grande que te desmayaría o tu corazón estallaría, vistiendo sólo tus jeans favoritos, tu pecho cubierto por un simple sostén de algodón color negro.
Sus besos en tu abdomen y en tu vientre dejaron la piel de esa zona, usualmente de color marfil, enrojecida. Te gusta pensar que de a poco va dejando su marca en tu cuerpo, que le pertenece por completo, que es totalmente de su propiedad. Vos sos de su propiedad, suya y de nadie más, y preferirías morir antes de que vivir lejos de él, preferirías morir antes que ser de cualquier otro.
Reposás tu cabeza en su hombro, lo cubrís con tus besos, mientras él busca y encuentra en tu cuello un punto tan terriblemente sensible que al sentir allí la tibieza de su lengua, la textura de sus labios y el rasgar suave y apenas perceptible de sus dientes soltás un quejido y tus rodillas se doblan bajo el peso de tu anatomía.
"¿Te lastimé?" pregunta en un susurro desesperado, acunando tus mejillas con sus manos, buscando en tu mirada la respuesta a su interrogante, una nota de pánico para nada ligera tiñiendo su voz.
"No" le asegurás en un jadeo, luchando por tomar el control sobre tu respiración cada vez más y más elaborada "Creo que tocaste un nervio hipersensible" le asegurás para tranquilizarlo, riendo tímidamente, recorriendo su espalda con una de tus manos, y su pecho con la otra "Pero no me lastimaste" lo tranquilizás.
El ruido de la lluvia, más potente que antes, sigue llenando sus oídos, pero todo lo que te interesa escuchar es el sonido que tu piel y su piel hacen al rozarse, los latidos de su corazón contra tu corazón, los suspiros y gemidos que arrancás de su garganta con tus mimos…
Tus propios gemidos y suspiros perforan el aire y la quietud que envuelve a la habitación en penumbras cuando su boca vuelve a concentrarse en tu cuello de nuevo, paseando por tus hombros y tus brazos de a ratos con besos ligeros para volver otra vez a atacar aquél nervio especialmente delicado que encontró en la base de tu cuello, justo debajo de una pequeñísima marca de nacimiento del color del té con leche cuya forma se asemeja bastante a un gajo de luna. La sensación tibia y cálida que te recorre de palmo a palmo y se intensifica en ciertas áreas es tan exquisita que apenas podés contener un pensamiento dentro de tu cabeza, apenas podés respirar, apenas podés mantenerte en pie.
Y tus sentidos, agudizados como nunca antes, perciben que a él le sucede lo mismo, que el efecto que su cuerpo tiene en tu cuerpo también lo tiene el tuyo sobre el de él: su respiración ya no es acompasada sino más bien errática, sus músculos están tensos (sabés muy bien que eso se debe al enorme esfuerzo que está poniendo en controlarse), sus palpitaciones veloces, su temperatura en el grado previo a la ebullición, su voz disminuida a un susurro cargado de deseo y dulzura tan profundos que los sentís hasta en los huesos cuando te habla al oído, totalmente enloquecido por la combinación de tu perfume mezclado con el de la lluvia, el sabor y la textura de tu piel, tus caricias y tus besos.
"Me vuelvo más y más adicto a vos con cada segundo que pasa, Michelle… y no creo que me importe volverme loco si me vuelvo loco con vos…"
Escuchás el quejido que emite cuando le das una mordida a su labio inferior, pero estás segura de que fue más por placer que por dolor.
"Si yo estoy volviéndote loco a vos, ¿entonces cómo se llama lo que vos estás haciéndome a mí?" preguntás en un jadeo, sonriendo con una mezcla de timidez y seducción.
Su respuesta te sorprende. Te sorprende, te derrite, te deja rendida a sus pies, te deshace, te abrasa como si fuera fuego consumiendo tu alma, te debilita aun más, te deja sin palabras, te quita definitivamente la respiración, convierte aquella sensación cálida y húmeda en aun más húmeda y cálida. Su respuesta te sorprende, te sorprende porque aquellas cuatro letras combinadas para formar la palabra más mágica y poderosa en todos los idiomas y lenguajes se deslizan por entre sus labios al tiempo que sus ojos encuentran tus ojos y su mirada se clava en tu mirada, al tiempo que sus manos acarician tu espalda tan despacio que los estremecimientos se multiplican.
"Amor" susurra simplemente, y el impacto que tiene en vos es tan grande que por unos segundos la cabeza te da vueltas "Lo que estamos haciendo, es una de las muchas formas que existen de demostrar amor"
"¿Y las otras formas?" inquirís, hundiéndote en esos dos pedazos de océano oscuro que son sus ojos negros ", ¿vas a enseñarme de a poco cuáles son las otras formas que existen para expresar amor?" susurrás, ya no con tono seductor, sino con la voz impregnada en ternura y sinceridad, al borde de las lágrimas, porque las emociones que están carcomiéndote son tan terriblemente hondas y vos estás tan hipersensible que es imposible no cedás un poco y acabes con la mirada nublada, tan nublada como lo está el cielo.
"No puedo enseñarte lo que no sé, Michelle" murmura, sus manos acunando tu rostro, sus pulgares barriendo las lágrimas antes de que éstas tengan oportunidad de correr libres por tus mejillas enrojecidas "Amar no es algo que haya hecho todavía" confiesa, rozando despacio la punta de su nariz con la punta de tu nariz "Sos la única mujer de la que alguna vez me enamoré, la única mujer con la que cualquier grado de intimidad tiene significado; todo lo que sé es sobre contacto físico sin sentido, sin emociones, sin sentimientos. Tengo experiencia en sexo, no en amor. Lo que se siente cuando dos personas se aman, voy a descubrirlo con vos"
Otra vez pesados como el plomo tus párpados se caen; otra vez reposás tu cabeza sobre su hombro, tus labios sobre su piel desnuda, y te relajás completamente escuchando su voz entremezclada con el sonido de la lluvia.
"Podemos aprender juntos, de a poquito" murmurás.
Sus manos otra vez están en tu espalda, sus dedos sobre los dos pequeños broches de tu sostén; un solo movimiento de su índice podría fácilmente desabrocharlos, y con otro suave movimiento de su mano podrías quedar completamente desnuda de la cintura para arriba, vulnerable como jamás lo estuviste en toda tu vida, delante de él.
"Sí, de a poquito" esta vez es de él que nace un murmullo "Muy de a poquito, Michelle, porque lo último que quisiera es hacerte mal alguna vez" susurra en tu oído, liberando uno de los dos broches tan despacio que sentís la escena transcurre en cámara lenta.
"No vas a lastimarme" le asegurás, levantando la mirada hasta que se encuentra con la suya, buscando decirle sin necesidad de ponerlo en el lenguaje hablando que está bien que continúe, que no vas a sentir vergüenza ni a morir de un ataque de timidez porque con él te sentís bien, con él te sentís a salvo, como nunca te sentiste jamás en veinticuatro años.
Con él querés aprender absolutamente todo sobre lo que se siente amar con el cuerpo, y a pesar de tu inexperiencia en lo que respecta a relaciones físicas, estás segura de que en ese juego que es de a dos y que consiste en caminar por el borde de la línea que separa la cordura de la locura vas a poder enseñarle cosas también, porque si hay algo de lo que tenés absoluta certeza es de que nunca nadie lo amó como vas a amarlo vos, ninguna otra mujer. Como lo adorás vos, nunca lo adoró ninguna otra mujer. Todas lo consideraron uno más, un hombre atractivo con el cual tener sexo casual pero nunca más que eso; vos lo considerás un Dios, el único. Nada puede igualarse a eso.
El otro clip es, finalmente, desabrochado, y una fracción de milisegundo después sentís las tiras de tu sostén siendo deslizadas por tus brazos, el roce del material y de sus dedos empujándolo hacia abajo despertando escalofríos en tu piel que causan que tu columna se arquee. En menos de lo que un suspiro tarda en escaparse por tu garganta está en el suelo, junto con tu blusa, su camisa y su camiseta.
Tu primer instinto es, por supuesto, el de cubrirte; no tenés un cuerpo voluptuosa y escultural, y, desde tu punto de vista y por comparación, tus atributos no son realmente deslumbrantes. Ni tenés que perder el tiempo preguntándotelo, porque es obvio que ha visto desprovistas de ropa a mujeres muchísimo más sexys, muchísimo más favorecidas por la naturaleza.
Y sin embargo, aun cuando creés que tu físico es poco impresionante comparado con el de todas las que estuvieron así de expuestas delante suyo antes, es a vos a quien está comiéndose con la mirada, observándote como si tratara de absorber tu belleza, como si no pudiera creer que seas tan preciosa, como si fueras la criatura más hermosa sobre la faz de la Tierra, con un deseo palpable y tan intenso que debe doler, con cada gramo de su fuerza avocado a mantener el control, su rostro contraído en una expresión maravillada y una sonrisa que te derrite como si fueras un ordinario y simple cubo de hielo bajo los efectos de los rayos del sol.
"Michelle, sos demasiado hermosa" repite, estrellando su boca contra tu boca otra vez y retomando aquel juego de besos adictivos, trazando con las yemas de sus dedos – muy despacio, apenas tocándote, como si temiera hacerte daño, o que te quebraras bajo su tacto debido a tu fragilidad – delineando el contorno de tus pechos "… tan hermosa que me intoxicás…"
Temiendo no soportar más sin desvanecerte como consecuencia de los espasmos que provocan sus palabras y la forma en que sus manos trabajan sobre tu cuerpo con la clara intención de llevarte al punto previo al delirio, lo guías despacio hacia el sillón, donde cayeron juntos sobre los mullidos almohadones, sin dejar de besarse, tu pecho desnudo presionado contra su torso, una de sus manos detrás de tu cabeza para evitar que te golpearas.
Entre besos y caricias, palabras dulces y suspiros, pidiéndote permiso con la mirada primero, desbrocha los tres botones de tu jean y luego cuidadosamente lo desliza por tus piernas, desnudándolas también, dejándote casi totalmente expuesta; la única prenda de vestir que aun llevás puesta es un short del mismo color de tu (ahora olvidado en el suelo) sostén, que te cubre apenas hasta la altura de los muslos.
Él te mira, te mira como si no existiera nada más en todo el Universo, como si fueras la última rosa sobre la Tierra, el último diamante, el último rubí, o la última gota de agua que sus labios van a probar por el resto de su vida. Te mira como si quisiera devorarte de un solo bocado, pero también con una dulzura que de tan intensa que es podés sentirla, una dulzura que sólo se encuentra donde se encuentra el amor. Y es que un hombre como él, acostumbrado a tener a la mujer que quiera desnuda en su cama y dispuesta a complacerlo en lo que tarda en chasquear los dedos, sólo estaría dispuesto a esperar, a ir de a poco, paso a paso, mostrándote todos esos secretos que te quedan por descubrir, todas esas sensaciones que nunca experimentaste y que sólo con él querés experimentar, pura y exclusivamente por amor.
El silencio se prolonga, y temiendo que algo ande mal juzgando por su falta de reacción, cuestionás, con un hilo de voz:
"¿Qué pasa?"
"Me dejás sin palabras" responde, acomodando dos mechones de tu húmedo cabello detrás de tu oreja "Me quitás la respiración, me hipnotizás… Podría quedarme toda la noche simplemente mirándote, Michelle" suspira.
"¿De verdad te gusto?" preguntás tímidamente, recorriendo su nuca con la punta de tus dedos, hundiéndote dentro de su mirada color azabache, absorbiendo la intensidad del deseo allí reflejado, un deseo con el que nunca antes nadie te observó "¿De verdad te parezco hermosa?"
Sabe bien que aquello no estás preguntándoselo porque sos de esas mujeres a las que les fascina escuchar a los hombres alabándolas y diciéndoles que todo en ellas es perfección. Sabe bien que aquello estás preguntándoselo porque tenés miles de inseguridades que venís arrastrando con vos desde siempre, porque tu autoestima ha sido mutilada, porque prácticamente tu autoestima no existe, y él es el único que puede sanarlo, él es el único que puede convencerte de que no sos el patito feo, de que vales algo, de que significás algo, de que vos también sos linda, de que no sos la chica oriental fea con sus rulos despeinados, sus rasgos raros y mejillas rechonchas a la que nadie mira y todos ignoran.
Muy despacio, con extremo cuidado para no aplastarte, se recuesta sobre vos, su cabeza reposando en tu hombro para poder hablarte al oído, muy bajito, como si estuviera contándote un secreto:
"Sos preciosa, Michelle, sos lo más parecido a un ángel que hay sobre esta Tierra. Sos una muñequita de porcelana" toma uno de tus brazos delicadamente, y con la misma delicadeza comienza a besarte; los dos cierran los ojos mientras el placer se incrementa "Sos mi princesa, mía y de nadie más" murmura al llegar a tu muñeca, rasgando suavemente con sus dientes el punto exacto donde puede sentirse tu pulso "Sos mi ángel" su boca ahora pasea de nuevo por tu abdomen, alrededor de tu ombligo, luego un poco más arriba, luego incluso un poco más arriba, causando que tu espalda vuelva a arquearse y tengas que morderte la lengua para contener un gemido que de todos modos se escuchó "Sos mi Michelle"
Sonreís, sintiéndote más hermosa que nunca, más convencida que nunca de que, quizá, después de todo, tu cuerpo no sea tan feo como pensabas.
Te relajás aun más, por primera vez cómoda con tu cuerpo, sin ningún complejo de inferioridad o de imagen que te torture mientras están envuelta en sus brazos, tus piernas desnudas enredadas con sus piernas cubiertas por la tela del pantalón que lleva puesto (estás segura de que se rehusaría si insistieras con que se lo quitara, por miedo a que el autocontrol que tan bien domina se vaya de sus manos sin que él pueda hacer nada para prevenirlo), y apenas un cortísimo short de algodón negro cobijando el centro de tu femineidad.
Así debe sentirse tocar el cielo con las manos, pensás, debe ser una sensación similar a la que envían las descargas eléctricas en las que está deshaciéndose tu anatomía ahora, mientras él te besa y acaricia literalmente de la cabeza a los pies, deteniéndose durante minutos enteros cada vez que encuentra alguna zona extra sensible como aquella en la base de tu cuello, o ese punto preciso en el centro de tu antebrazo, o aquél sitio justo al costado de tu rodilla izquierda. El placer te devora con intensidad y no hay sitio en tu mente para pensamiento alguno, reflexión alguna o duda alguna, porque estás totalmente extasiada, tanto que no podrías ni recordar tu propio nombre.
Jamás pensaste que fuera humanamente posible sentir tanto amor todo junto golpeándote en el pecho, quemándote, consumiéndote, acumulándose dentro de vos, abrazando tu alma. Y sin embargo, esta noche él está logrando que descubras miles de sensaciones nuevas, esta noche él está enseñándote de a poco, de a pequeñas dosis, que hay un millón de formas de hacer el amor, y simplemente acariciarse y besarse sin cruzar ningún otro límite es una de ellas.
Nunca antes te sentiste tan cerca de nadie, nunca antes tu alma se sintió tan conectada a otra alma, nunca antes tu corazón latió tan fuerte, nunca antes se te había ocurrido que un suspiro, un gemido o un susurro pudieran contener tanto, significar tanto, expresar tanto.
La locura con la que te besa y acaricia, la devoción con la que lo besás y acariciás, cómo tu cuerpo se amolda a su cuerpo, la certeza de que se pertenecen completamente el uno al otro, la conexión espiritual que comparten… Aunque su anatomía no esté unida a la tuya, aunque no estén uno dentro del otro, aunque no estén totalmente fundidos y convertidos en uno solo, para vos esto es tan intenso, puro e íntimo como el sexo debe ser.
Una de sus manos recorre tu columna, las yemas de sus dedos presionando suavemente sobre cada vértebra como si fueras un instrumento al que está intentando arrancarle una melodía desgarradoramente hermosa y sutilmente provocativa, pero también dulce y teñida de la inocencia que a fuego lento se consume más y más con cada débil gemido que se cuela por entre tus labios. Con ella se mezcla su respiración entrecortada, esa fusión de amor y pasión volviéndose música, la música llenando el aire, quebrando la quietud absoluta de aquella habitación en penumbras.
Su boca dibuja y desdibuja una y otra vez el mismo recorrido, desde tu antebrazo hasta el punto más sensible de tu cuello, besando con locura desmedida cada centímetro de piel hasta la intoxicación. El placer es tan grande, distinto a cualquier otra cosa que hayas experimentado, tan intenso que cala hasta los huesos; sentís un cosquilleo eléctrico en las siete vértebras cervicales, te estremecés con cada mordida suave en el espacio entre la clavícula y el acromion. Te deshacés en suspiros esporádicos cuando su otra mano acaricia lentamente tu cintura, la parte baja de tu estómago, o cuando las yemas de sus dedos contornean con delicadeza tu pecho, dibujando círculos sobre el sitio exacto en el que pueden percibirse claramente los latidos de tu corazón, enloquecido de amor.
Es una sensación exquisita, la del peso de su cuerpo sobre el tuyo, cubriéndote por completo, abrigándote, poseyéndote. Es una sensación exquisita, la de su piel desnuda contra tu piel desnuda, sus dedos y su boca recorriendo palmo a palmo tú frágil, vulnerable anatomía, devorándote en pequeñas dosis.
Pero más exquisito aun es saber que así como no hay terminación nerviosa tuya que no esté a merced de sus estímulos, no hay terminación nerviosa suya que no esté a tu merced; bajo tus caricias se estremece, tiembla, suspira pesadamente, su respiración se vuelve errática y discontinua, su espalda se arquea, sus palpitaciones se aceleran.
Es una sensación exquisita, la de hacerlo perder el control, hechizarlo, hipnotizarlo, embriagarlo.
Es una sensación exquisita, que el hombre que amás te desee tanto, que su boca te pruebe de a mordiscos inocentes como si fueras una fruta prohibida, que sus manos te recorran milímetro a milímetro en absoluto éxtasis, que su hambre sólo pueda ser satisfecho besándote y acariciándote.
Quisieras pasar el resto de tu vida con esa sensación exquisita haciendo que tiembles como las hojas que esperan a que el viento las roce.
"Podría volverme adicta a esto, Tony" susurrás, mordiendo su labio superior, dejando a tus manos vagar otra vez por su ancha, musculosa espalda.
"Yo sé que ya soy adicto a esto, a vos, a tu piel, a tus besos y a tus caricias y a tus mordidas" murmura, anidando su rostro en el hueco entre tu cuello y tu hombro, inhalando profundamente "Michelle, me volvés loco" confiesa, estrechándote con fuerza, un ligero escalofrío atacándolo cuando lo mimás detrás de las orejas (es uno de sus puntos más débiles, especialmente porque si sabés exactamente cómo mover las yemas de tus dedos dibujando en zigzag podés lograr que se quede profundamente dormido en cuestión de minutos incluso contra su voluntad) "Necesito que paremos porque ya no sé si me puedo controlar" confiesa, desparramando un patrón irregular de besos por tu clavícula.
Hubieras querido seguir por horas y horas, toda la noche, ahogándote, extasiándote, saciando esa terrible, hermosa, honda adicción, consumiendo esa droga que es él, esa droga que es su cuerpo, y que tanta falta te hace, esa droga de la que tanto dependés, esa droga que te alimenta, que calma tu sed y tu hambre. Pero sos consciente de lo difícil que debe ser para él mantener el control, evitar que el asunto se escape de sus manos, por lo que te conformás con darle un último beso y luego acurrucarte en sus brazos, los dos esperando a que sus respiraciones vuelvan a normalizarse y sus corazones regresen a un ritmo uniforme.
Con sus cabezas sobre la misma almohada, abrazados, inhalando el aire que el otro exhala, la punta de tu nariz a medio milímetro de la punta de su nariz, envueltos en un abrazo cálido, aun semidesnudos, se pierden en mimos inocentes y palabras dulces.
"Sos hermoso. Me hace bien estar con vos" murmurás, frotando el puente de su nariz con tu pulgar "Me hizo bien besarte bajo la lluvia. Tus caricias me hicieron bien. El sabor de tu piel me hace bien. Escuchar los latidos de tu corazón me hace bien. Las cosas lindas que me decís me hacen bien"
"Saber que puedo lograr que venzas tu timidez me hace bien" responde, también en un murmullo "Tenés un cuerpo es precioso, Michelle" te hace temblar como una simple hoja de otoño que espera a que el viento la roce cuando recorre con la yema de sus dedos, apenas rozando la piel, tu columna con una mano y uno de tus pechos con la otra, a lo que respondés con un quejido muy suave "… un cuerpo que de a poco va a convertirse en mi perdición, en mi debilidad, en mi necesidad. Tu cuerpo es mi adicción"
Besás su pecho y allí te quedás anidada durante un rato, disfrutando del sonido de sus palpitaciones y las memorias aun frescas de aquel acto tan íntimo y tan sencillo que acababan de compartir, pero que para vos tuvo (y siempre va a tener) un significado enorme, mucho más grande lo que podrías llegar a explicar con palabras, un significado que solamente pueden entender los dos, él y vos, incluso si todo lo que hicieron fue ir desnudándose de a poco (ni siquiera por completo) y luego besarse y acariciarse.
Meditás esas palabras con las que se refirió a tu cuerpo (que para sus ojos - esos ojos que brillaban de deseo y te devoraban sin disimulo, esos ojos que te observaban con pasión desmedida - es precioso). Dijo que sería su perdición, su debilidad, su necesidad. Dijo que tu cuerpo es su adicción.
Su cuerpo, aquél bajo cuyo peso te sentís tan exquisitamente bien, también es tu adicción, y también va a convertirse en tu perdición, tu debilidad, tu necesidad, porque él es el único hombre con el que querés estar, el único al que querés entregarle cada pedacito de tu ser, el único que querés recorra y conozca de memoria cada recoveco de tu anatomía, el único con el que vas a hacer el amor (se te llena el estómago de mariposas con sólo pensar que lo que sucedió hace un rato es apenas una gota del océano de pasión en el que van a sumergirse juntos, pero esas mariposas se multiplican por un millón y sus alas baten más fuerte cuando al reflexionar llegás nuevamente a la conclusión de que esos besos y esas caricias son también una forma de hacer el amor).
Adicción. Perdición. Debilidad. Necesidad. Temblás como las hojas que esperan a que el viento las roce, temblás cuando mesurás lo que esas palabras representan, lo que su amor por vos representa, lo que tu amor por él representa.
En cuanto siente aquél estremecimiento pregunta en tu oído, sin dejar de jugar con tus rulos y trazando círculos en tu espalda:
"¿Qué pasa, princesa?"
"Tu cuerpo también es mi adicción, mi perdición, mi debilidad, mi necesidad" confesás con un hilo de voz, tus párpados pesados como el plomo cayéndose contra tu voluntad sin que puedas hacer nada para impedirlo, sin que puedas hacer nada para volver a levantarlos "Vos sos mi adicción, mi perdición, mi debilidad, mi necesidad"
Sin que otra cosa sea dicha – nada más precisa ser dicho, honestamente, porque entre ustedes el lenguaje hablado no es necesario cuando tienen el lenguaje de la piel para comunicarse – los dos comienzan a adormecerse al compás de sus corazones latiendo en sincronía, la tormenta aun empapando la ciudad de Los Angeles, sus ropas húmedas diseminadas por el suelo alfombrado, tu pecho desnudo presionado contra su pecho desnudo, sus manos de tanto en tanto acariciando tu espalda incluso si él está sumido en sueños, causando que tiembles como las hojas de otoño que esperan a que el viento las roce.
Despertás cerca de las diez de la noche con los oídos zumbando, como si un miembro de la Orquesta Sinfónica de Londres acabara de pararse al lado tuyo y hecho sonar un enorme gong, para luego darte cuenta de que lo que perturbó tu descanso fue un potente, estruendoso trueno.
Enseguida te relajás, y una sonrisa se dibuja en tus exóticas facciones orientales al recordar lo que sucedió unas horas atrás.
Tony sigue abrazándote, sólo que sus ojos están abiertos, refulgiendo de amor y observándote como si fueras una obra de arte merecedora de minucioso estudio.
Debe haber despertado hace rato, porque echó una manta sobre ambos mientras dormías. También te percatás con placer de que los dos siguen semidesnudos, sus prendas de vestir aun dispersas por el suelo de la sala de estar, olvidadas. Por primera vez no sentís el impulso enfermizo de guardar todo en su lugar para mantener el departamento en orden, y aunque sea un sentimiento contradictorio a tu obsesión por la pulcritud y la prolijidad, no te molesta en lo absoluto que tu sostén esté tirado en el piso a escasos centímetros del bollo de tela celeste que es su camisa, toda mojada y arrugada.
La sonrisa se transforma en una mueca extraña y adorable cuando fallás en reprimir un bostezo.
"Sos muy linda cuando bostezás" te dice en voz bajita, como si estuviera contándote un secreto; siempre que se te escapa un bostezo te dice lo mismo.
"Tengo los pies muy fríos" comentás, frotando despacio las plantas de tus pies contra el empeine de los suyos, que están tibios.
Él se levanta (no podés evitar morderte el labio; es verdaderamente atractivo, con el cabello negro aun húmedo y revuelto, su piel tostada y ligeramente más oscura que tu piel, el torso desnudo mostrando sus músculos duros como el acero y formidablemente marcados, vistiendo solamente sus jeans), va a su habitación y regresa un minuto más tarde con un grueso par de medias y una camisa seca, y te tiende ambas cosas.
Ya no te da vergüenza estar desnuda con él; te encanta la forma en que te mira, el deseo que brilla en sus ojos, te encanta saber que podés dejarlo sin respiración, te encanta saber que – aunque durante años vos hayas creído firmemente lo contrario – él encuentra tu cuerpo precioso. Le creíste cuando te dijo que le parecés una muñequita de porcelana, le creíste cuando te dijo que le parecés un ángel, le creíste cuando te dijo que nunca antes ninguna otra mujer lo hipnotizó así, le creés cuando te dijo que le hace bien saber que puede ayudarte a vencer tu timidez. Sin embargo, la temperatura ha disminuido considerablemente, y a pesar de la manta en la que estás envuelta, tenés un poco de frío.
Volvés a recostarte, tu cabeza sobre la almohada, abrigada con una de sus camisas, tus pies envueltos en sus medias, sintiéndote más sexy que nunca bajo su mirada penetrante.
"Voy a prepararte un baño caliente y una taza de té; no quiero que te resfríes" dice, luego de un rato transcurrido en silencio, él acariciando tu rostro con las yemas de sus dedos, y vos acariciando sus brazos, sin decir nada de nada.
"Quedate conmigo"
No tenés que pedírselo más de una vez; con aquellas dos palabras bastó para que desistiera de su idea de prepararte un baño caliente y volviera a acurrucarse a tu lado, envolviéndote en sus brazos nuevamente, metiéndose él también debajo de la manta.
Pasados unos minutos, reflexiona en voz alta, con sus labios acariciando tu hombro:
"Todavía no te di tu sorpresa hoy"
Te habías olvidado por completo de aquello. De pronto sentís una punzada de curiosidad.
"Está guardada en mi estudio, ¿querés que vaya a buscarla?" pregunta.
"Me encantaría"
Lo esperás durante unos cinco minutos hecha un ovillo, con el rostro enterrado en la almohada, inhalando esa mezcla exquisita, tóxica, dulce y adictiva de tu perfume combinado con su perfume y con el de la lluvia, del que han quedado impregnados los dos. Aun sus palabras cargadas de ternura, pasión, deseo y sinceridad siguen sonando en tus oídos, aun están frescos los recuerdos de sus caricias y sus besos en cada rincón de tu cuerpo, la sensación de sus manos quemando tu piel, todo su peso sobre vos, toda la dulzura péndula sobre los dos.
Cuando vuelve, trae consigo un paquete rectangular, del tamaño y forma de un libro, envuelto en papel de color lila. Te incorporás otra vez, sonriendo, con otra punzada de curiosidad.
"No lo abrás" te advierte en cuanto lo posa en tus manos; notás en su mirada un brillo extraño, casi tímido, y no pasa desapercibido por vos que sus mejillas han subido de color "Voy a ir a la cocina a darle de comer a Bonnie… podés abrirlo entonces" te dice.
Y antes de que puedas hacer alguna pregunta, antes de que puedas hacer algún cuestionamiento, se levante y se dirige a la cocina, cerrando la puerta detrás de sí, dejándote sola en la sala de estar, ahora tenuemente alumbrada por la luz proveniente de un velador de pie.
Aun más intrigada que antes y deseando saber qué hay cubierto en ese papel de seda lila, segura de que sea lo que sea sólo embellecerá aun más tu día, intrigada sobre por qué habrá querido Tony que lo abrás mientras él está en la cocina, con muchísimo cuidado y delicadeza lo desenvolvés poniendo especial esmero en no rasgar el papel.
Lo que develás es un cuaderno hecho a mano, de apariencia rústica, con tapas de cartón corrugado unidas por un lazo de seda, conteniendo lo que, a simple vista, deben ser unas veinte o treinta hojas. Lo primero que se te ocurre es que quizá te escribió la carta de amor más grande del mundo (un libro de amor en lugar de una carta de amor, pensás, y no podés evitar sonreír y sonrojarte cuando se te llena la panza de mariposas). Sin embargo, al abrirlo, queda expuesto su contenido, que está hecho no de palabras, sino de imágenes que dicen más de lo que cualquier idioma va a poder decir alguna vez.
Te quita la respiración, francamente, y no salís de tu asombro durante los primeros cinco minutos, que pasás sorprendida paseando tus ojos llenos de lágrimas de una página a la otra, sin entender bien qué sucede pero sintiendo dentro de vos esa calidez incomparable e indescriptible que nada más sus gestos tiernos pueden despertar.
En esas hojas blancas, en esas casi treinta hojas blancas numeradas en color dorado, hay dibujos, dibujos suyos… No sabés cuándo, no sabés cómo, él estuvo dibujándote a vos, con una precisión, delicadeza y detallismo exquisitos, capturando cada pequeña cosa, desde la cantidad de pequitas en tu rostro hasta el número y tamaño de tus pestañas, y coloreando luego con los tonos exactos tu piel, tus ojos, todo, desde lo más simple hasta lo más complejo.
No podés respirar, lágrimas ruedan por tus mejillas sin que vos puedas hacer nada por detenerlas. Acariciás sus trazos, esos trazos hechos con tanto cuidado y esmero, los acariciás con las yemas de tus dedos, como si esos dibujos fueran las obras de arte más valiosas y más maravillosas del mundo entero.
Sin que lo notaras él había regresado a la sala de estar; cuánto tiempo lleva sentado a tu lado, mirándote reaccionar, no lo sabés. Cuando la intensidad de sus ojos sobre vos se vuelve tal que te percatarás de su presencia, él te sonríe, aun sonrojado, aun esa timidez palpable emanando de él.
"Tony…" empezás con un hilo de voz, tratando de encontrar las palabras exactas para expresar todo lo que sentís.
Pero no creés que tales palabras existan, y si existieran, realmente no sabrías cómo usarlas, porque lo cierto es que estás perdida: nada en tu mente existe solamente el único y solitario pensamiento de que él es perfecto, de que sus dibujos son perfectos, de que todo lo que hace por vos es perfecto, y la pregunta distante de si alguna vez va a dejar de sorprenderte día a día, demostrándote que aun cuando pensás que no podrías ser más feliz de lo que ya sos las cosas pueden dar otro vuelco y llevarte más alto.
"Sólo decime si te gusta o no" te pide, en un susurro, apartando con sus dedos las lágrimas que ruedan muy despacio por tus mejillas.
"Me encanta" lográs murmurar, con una sonrisa ancha que va de una oreja a la otra "Me encanta" repetís, pasando las páginas otra vez; algunas imágenes, comprendés de pronto a medida que tu cerebro va recuperando sus capacidades de funcionar, fueron fielmente copiadas de muchas de las fotos que él te sacó en estas últimas semanas, mientras que otra – la mayoría de ellas en las es que estás dormida hecha un ovillo en tu cama o en sus sofá – tiene que haberlas dibujado de memoria o en secreto "¿Cuándo…?" comenzás, pero nuevamente encontrás dificultades para hablar, demasiado embelesada mirando esa colección hermosa de dibujos "… ¿Cómo…?"
Entendiendo qué es lo que querés decir como si pudiera leer tu mente, explica:
"Me quedé despierto algunas madrugadas sentado ahí" señala un punto indefinido de la alfombra, a un metro y medio del sillón "dibujándote mientras dormías. No exagero cuando digo que me parecés hermosa, Michelle: sos mi inspiración para todo lo que hago"
Suspirás; querés besarlo, sonreír, llorar, seguir recorriendo esas páginas, todo al mismo tiempo.
"Son preciosos" murmurás, aun sin saber qué decir o, mejor dicho, cómo expresar todas las cosas que te pasan por dentro.
"Porque vos sos preciosa, mucho más que cualquier cosa que yo pueda dibujar con el poco talento que tengo"
Te gustaría decirle que tiene talento para el dibujo, mucho talento, que vos no sos en realidad tan hermosa, que son sus manos las que te dibujaron así, porque sus ojos te ven así… Pero decidís no decir nada, absolutamente nada, porque estás embelesada, porque estás totalmente fascinada, porque estás enamorándote de él mil veces más de lo que ya estabas enamorada antes, porque seguís aun asombrada, sorprendida…
Nunca va a cansarse de demostrarte lo mucho que te ama y lo mucho que significás para él, y saber eso hace que la vida valga la pena, que pase lo que pase cada nuevo día valga la pena, sólo por la perspectiva de que el hombre que te ama, aquél que es adicto a vos y del que sos totalmente adicta, aquél que es tu necesidad, debilidad y perdición, va a hallar una nueva manera de hacerte descubrir otro motivo por el cual el amor que se tienen es el más profundo, el más hondo, el más puro, el más verdadero.
"Tony, son hermosos" no te cansás de repetir, pasando las páginas de nuevo, deteniéndote en cada dibujo para absorber todos los detalles "Son perfectos"
"Porque están inspirados en la persona más perfecta que existe en mi mundo" susurra, besando tu mejilla "Me alegra muchísimo que te gusten, Michelle. Tenía miedo de que te enteraras de que había estado dibujándote mientras vos dormías sin que lo supieras" confiesa "porque sé que sos tan tímida" acaricia tus mejillas con su pulgar "… Pero una parte de mí tenía que mostrártelos" sigue "Una parte de mí moría por decirte que sos mi paisaje más soñado, mi inspiración, no sólo para dibujar: para todo lo que hago. Todo lo que hago está inspirado en vos"
Volvés a temblar, como las hojas que aun no caen de las copas de los árboles y a medida que el otoño se cierne sobre la ciudad aguardan ansiosas a que el viento las roce. Volvés a temblar mientras lo besás con toda la ternura que existe en vos, acunando su cabeza en tus manos para acercarlo aun más, para pegar tu boca a su boca.
"Hoy me di cuenta de algo: mi timidez se desdibuja por completo cuando estoy con vos" murmurás, acariciando la comisura de sus labios con la yema de tu índice "No tengo límites cuando estoy con vos, Tony, porque nuestro amor es la única cosa a la que soy adicta, la única cosa de la que dependo, la única cosa por la que moriría. Es mi necesidad, mi debilidad…"
Te interrumpe, completando la oración como si la conexión existente entre los dos le permitiera leer tu mente:
"… y mi perdición"
Espero que este capítulo les haya gustado y que no haya sido difícil de seguir, especialmente porque, para variar un poco, quise hacer algo raro y mezclar la línea de tiempo (prometo no volver a hacerlo en el futuro inmediato; resultó bastante complicado coordinar todo, pero creo que le dio un toque distinto al de capítulos anteriores).
