Nota: Aquí hay un nuevo capítulo; sé que es muchísimo más corto que el anterior, pero tiene un poco de todo, incluso algunas reflexiones filosóficas, recuerdos del pasado y planes a futuro. Pero no voy a develar nada más, para enterarse tendrán que leer. Espero que les guste. Muchos besos y gracias por todos sus comentarios.
Somos la Torre Eiffel
Encendida un 14 de Febrero,
Somos dos inmigrantes
Hablando un idioma extranjero.
"Director Almeida, hay un mensajero con un paquete para usted" anuncia del otro lado del teléfono la voz de una de las secretarias que se halla en el hall de recepción al que acceden las personas ajenas de la CTU luego de pasar por el riguroso chequeo de seguridad hecho por los militares que custodian el edificio, para que sus datos sean tomados y se les otorgue la credencial de visitante que deben llevar prendidas en sus ropas y les pide dejen todos los objetos que lleven consigo.
Contenés un suspiro de alivio que pugna por subir por tu garganta y escaparse por entre tus labios, un suspiro que quiere convertir en sonido audible el alivio que invade cada célula de tu anatomía.
"Muchas gracias por informarme, Gladys. Enseguida bajo a buscarlo"
Echás un vistazo a tu reloj luego de depositar el auricular del teléfono en su lugar. Son las cinco de la tarde con veinte minutos. El paquete llegó justo a tiempo, para tu enorme tranquilidad; lo habías comprado una semana atrás por Internet, vía (entendés algo de francés, y el maravilloso, sublime traductor de Google te ayudó con las palabras difíciles) y habías elegido la opción de 'entrega inmediata', la cual de acuerdo a lo descripto en la página más o menos (aunque las frases utilizadas sonaban pomposas y llenas de términos sofisticados, las letras con aspecto jeroglífico debido a todos esos acentos sobre ellas) consistía en empaquetar rápidamente el producto y pedirle a alguien con la capacidad de correr a la velocidad de la luz al mejor estilo Superman que la lleve hasta Los Angeles o (más acorde a la realidad) endilgarle la caja a algún conductor inescrupuloso dispuesto a romper todas las leyes de tránsito existentes para llegar al aeropuerto en tiempo récord y arrojar el paquete en la bodega del próximo avión con destino a los Estados Unidos, todo por un precio adicional equivalente a los euros que pagaste por tu compra (lo cual no te importó, porque no hay centavo en tu cuenta del banco que no gastarías en Michelle), con la promesa de que en una semana o menos tu encargo arribaría a suelo americano.
Habías desarrollado tu plan en base al arribo de ese regalo antes del lunes 10 de Diciembre o el mismo lunes en caso de que no llegara hasta último momento; estabas convencido de que lo recibirías durante el transcurso de la mañana, pero cuando el reloj había dado las tres y todavía no había novedades, tus nervios habían empezado a crisparse y hasta estabas considerando pedirle a Martina – que habla francés impecablemente, así como habla también otros cinco idiomas con un acento perfecto – que llamara a algún responsable de para que rastrearan el pedido (una cosa es hacer una compra con tarjeta de crédito por internet y usando como ayuda un traductor, otra muy distinta es un llamado telefónico de larga distancia a un país con un idioma totalmente distinto al tuyo; cierto es que seguramente lograrías comunicarte con alguien que hablara Inglés, pero, ¿cómo explicarías a Distrito, a Chappelle a Hammond o eventualmente a los tres la aparición en el control de comunicaciones internacionales una llamada a Europa por cuestiones no relacionadas a la CTU?).
Sin embargo, antes de que encontraras dos segundos libres en tu ajetreado día laboral para contactarte con tu hermana, recibís aquél llamado de Gladys y podés suspirar contento: la sorpresa correspondiente al lunes 10, contrario a los nefastos escenarios que tu cabeza ya se había encargado de maquinar, no está arruinada.
Abandonás por un momento la terrible pila de trabajo que tenés para atender, permitiéndote diez minutos de 'descanso' para escabullirte hacia la recepción, tomar el paquete e ir a guardarlo en el maletero de tu coche. La idea es que Michelle no se dé cuenta, porque, intuitiva como es ella, comprendería enseguida que lo que hay en esa caja tiene que ver con tus planes de convertir cada día de diciembre en perfecto y mágico (algo que venís logrando); por suerte para vos, en el momento crucial en el que cruzás el piso principal de una punta a la otra ella se halla enfrascada en una conversación con dos analistas de datos, probablemente sobre las últimas novedades que surgieron en relación a un protocolo activo en Turquía.
Gladys te saluda con su característica sonrisa; es una mujer amable, de unos cincuenta y cinco años, regordeta, bajita, de cabello rubio rizado largo hasta los hombros, dientes muy blancos y un gusto para vestirse bastante particular (en su guardarropa abundan prendas en gamas como verde lima, amarillo canario, verde loro, turquesa fuerte y fucsia brillante).
No habías notado a Gladys, ni a ninguna de las señoras que trabajan en la mesa de recepción sino hasta después de empezar esa 'amistad' que nació entre Michelle y vos en los meses posteriores a su llegada a la Unidad y previos al comienzo de tu relación con ella; es decir, las conocías de vista, les dabas los buenos días cada mañana, pero nunca te habías fijado en ella como personas hasta que una vez, mientras tomaban una taza de café en la sala de descanso, Michelle mencionó dentro del contexto de la conversación que estaban teniendo la importancia de notar a todos los seres humanos por igual, sea cual sea el trabajo que hagan, sean en apariencia más o menos importantes que otros. A partir de ese día, aunque al principio los cambios fueron pequeños y pasaban desapercibidos hasta por vos, tu naturaleza hacia otros comenzó a evolucionar, y sin darte cuenta de pronto te encontrabas regularmente conversando con gente como Gladys, por ejemplo, con quienes antes jamás habías cruzado palabras más allá de lo estrictamente necesario, interesándote en lo que tuvieran para decir, mirándolos de verdad en lugar de simple y llanamente verlos.
Devolvés a Gladys el saludo y luego ella te da la caja; es bastante pequeña pero mucho más pesada de lo que creías sería.
"Muchas gracias por recibir la entrega, Gladys"
"No hay de qué, señor Almeida"
Desde que quedó expuesta la naturaleza de tu relación con Nina luego de los eventos del día en que Teri Bauer fue brutalmente asesinada en una de las salas de la Unidad, a todo el mundo le gusta hacer comentarios en lo referente a tu persona: al principio giraban en torno a lo mal que lucías y lo mucho que las circunstancias debían haberte afectado; luego comenzaron a preguntarse cuándo volverías a comportarte como el hombre egocéntrico que solías ser y salir a 'cazar' mujeres otra vez, y después se movieron al siguiente casillero con sus divagaciones acerca de si alguna de las analistas jóvenes tendría la buena suerte de ser tu próxima presa. Todos esos murmullos, toda esa atención… Esas cosas no te gustan. No te gusta que todo el mundo sepa que te apuñalaron por la espalda, que quedaste miserablemente hundido en un pozo oscuro del que te costó mucho salir, no te gusta que todos cuchicheen y te señalen cuando creen que no los ven ni que te miren algunos con simpatía y lástima y otras como lobas esperando a saltar sobre el cervatillo que pretenden merendarse. El problema con esas personas es que, por las características de sus trabajos, pasan demasiado tiempo encerrados entre las paredes de la Unidad y no tienen tiempo para ocuparse de sus propias vidas, entonces se entretienen con las de los demás (tu otra teoría es que tienen rotas sus videocaseteras y no pueden grabar las telenovelas latinas que dan por la tarde en el canal hispano para verlas a la noche y luego divertirse al día siguiente comentando el argumento, entonces con las circunstancias privadas de otros construyen una ficción con la cual divertirse a costillas de sentimientos ajenos).
Por todo lo arriba mencionado, si hay algo que te gusta de Gladys es que, a diferencia de Jorja y Winona – las otras dos mujeres que están en el hall de ingreso para personas ajenas a la CTU – y de la mayoría del cuerpo femenino de la Unidad, no está interesada en el chismerío, el cotorreo, el cotilleo, nunca hace preguntas, nunca mira nada con más interés del que los asuntos que no le competen se merecen, nunca muestra curiosidad o se pasa de los límites con interrogantes incómodos. Estás segura de que Gladys no va a ir por ahí contándole a otras empleadas ávidas de chismes que el director de la Unidad recibió un paquete con sellos de la aduana y estampillas francesas, especulando qué podrá ser aquello y para quién, lejos de saber que es un regalo para el amor de tu vida, lejos de sospechar que esa mujer por la que estás enloquecido es Michelle Dessler.
Confiás en la discreción de Gladys; ni hace falta que le pidas que no abra la boca, porque a ella le importa solamente hacer bien su trabajo, no le interesan los paquetes que recibas ni qué hay dentro de ellos, mucho menos le interesaría andar desparramando rumores con otras empleadas sobre tu vida amorosa o sexual. Sabés que para ella ese paquete es uno más entre muchos otros que recibe a diario, y que el hecho de que sea para el director de la Unidad no lo hace distinto de cualquier paquete que tenga por destinatario a un simple analista o a una ingeniera en sistemas o a un agente de campo.
"¿Cómo están sus nietos?" preguntás educadamente, señalando la fotografía en el portaretrato de madera que yace junto al ordenador sobre su escritorio, donde pueden verse tres niños sonrientes de entre seis y cuatro años sentados sobre el banco de un parque.
"Muy bien, gracias, director Almeida"
"Gladys" suspirás, sonriendo (en parte porque necesitás canalizar la alegría inmensa que sentís porque la entrega fue hecha a tiempo) ": ya le dije que prefiero que me llame Tony y no director Almeida"
Como un flash aparece un recuerdo en tu cabeza de una tarde, meses atrás, cuando aun no eras la persona más feliz del mundo (no porque Michelle no estuviera esperando pacientemente a que hicieras algo al respecto de tus sentimientos, sino porque estabas demasiado enceguecido por tus dudas, tus miedos y tu dolor y no te animabas a dar el siguiente paso). Ante lo que tu memoria ha hecho resurgir de ese arcón donde guardás todas las cosas lindas (un 80% de ese contenido está de alguna forma relacionado a Michelle, si no directamente relacionado), te cuesta reprimir una sonrisa de esas cargadas de dulzura y ternura, esas sonrisas que son sólo para ella y que sólo ella te inspira.
Cuando sucedió el episodio que provoca que las comisuras de tus labios se levanten levemente, Michelle y vos ni siquiera habían llegado a la etapa de compartir una taza de café juntos de vez en cuando y conversar sobre cosas triviales como cine o música; tu relación con ella era puramente profesional (o eso te gustaba decirte para calmarte cada vez que te dabas cuenta de la locura que se despertaba dentro de vos cada vez que te respiraba cerca). En esa época te limitabas a ignorarla – ponías absolutamente cada gramo de fuerza de voluntad en ello, porque lo cierto es que ignorar tanta belleza junta no era misión fácil de cumplir - porque los sentimientos abrumadores y casi desgarradores que te sobrecogían cada vez que la mirabas te asustaban muchísimo, te aterrorizaban (no estabas listo para exponer tu frágil corazón otra vez; además, nunca nadie te había atraído con tanta intensidad, no sólo físicamente sino intelectualmente también), y ella se limitaba a mirarte de lejos con una mezcla de dulzura y timidez en los ojos que realmente dificultaba tu plan de hacer de cuenta que 'la chica nueva' no era más que otra compañera de trabajo sin nada que la distinguiera de las demás (cuando, en realidad, todo la distingue de las demás: sus facciones exóticas, sus ojos orientales, sus labios sonrosados, su piel color marfil, el sonido dulce y cálido de su voz, su perfume, sus pequitas microscópicas, su naricita perfecta).
Hacía poquísimo tiempo habías juntado el coraje de mover tus pies al menos dos centímetros en el tablero de juego al llamarla por su nombre por primera vez, dejando atrás tu conducta estúpida y casi infantil de referirte a ella usando su apellido porque pensabas que así estabas contribuyendo a tus intenciones de 'mantener distancia' (como si existiera forma posible de que dos almas que están destinadas a pasar el resto de la eternidad juntas puedan 'mantener distancia'; si algo te enseñó la vida es que eventualmente todo cae en el lugar correcto, en el momento justo, todo acaba encajando – queramos o no, nos esforcemos por evitarlo o respetemos al Universo – en el sitio al que pertenece). Delante de ella no pudieron sobrevivir mucho tus argumentos y tus metodologías, y una tarde simplemente acabaste cediendo y dejaste que ese nombre tan hermoso llenara tu boca y que tu voz alcanzara sus oídos.
Ese día habías pensado – mitad aliviado, mitad asustado por tu avance - "por algo se empieza", y de ahí en adelante tu actitud hacia 'la chica nueva' había cambiado considerablemente, y aunque seguías reprimiendo esos sentimientos que te devoraban y consumían sin piedad alguna y de tanto en tanto tratabas (y fallabas patéticamente) de poner en marcha algunos de tus argumentos y metodologías para 'mantener la distancia', eras consciente de que habías iniciado algo que no podría ser detenido, algo que tomaría – para bien o para mal – su curso natural, más allá de cuál fuera tu voluntad. Su nombre se convirtió en tu palabra favorita (probablemente ya lo era, probablemente siempre lo fue, desde aquella mañana en la que los presentaron, aquella mañana en la que viste a Michelle Dessler por primera vez, aquella mañana en la que tus ojos y sus ojos se ahogaron un par en el otro por primera vez), y desde ese día en adelante decirlo comenzó a resultarte más fácil, hasta placentero, como una caricia en el alma, una sensación dulce y tibia explayándose por cada rincón de tu anatomía.
Y un jueves por la tarde, una semana después, cuando ya te habías vuelto adicto a escuchar tu voz envolviéndose alrededor de ese nombre tan hermoso, ese nombre que representa a la mujer que te cautivó con sólo una mirada, mientras revisaban las imágenes tomadas por un satélite en el operativo de rastreo y captura de un sospechoso, tuvo lugar el siguiente diálogo, que ahora – después de tantos meses, después de que tantas cosas hayan pasado, después de haber dado tantos pasos, después de haber dicho tantas cosas, después de haber afrontado tantos obstáculos juntos, después de haber dejado en claro que van a luchar cueste lo que cueste – recordás, con tus brazos cargando el peso de una caja dentro de la cual se halla evidencia tangible de todas las locuras que serías capaz de cometer por Michelle, una sonrisa queriendo cruzar tus facciones, y tu corazón late contento dentro de tu pecho:
"Realmente estoy impresionado" le habías dicho, luego de que ella recuperara información que se creía había sido eliminada de los servidores por un grupo de americanos rebeldes trabajando para células terroristas, quienes habían accedido a esa información con ayuda de datos comprados a algún traidor (George y vos pensaron lo mismo en ese momento, pero ninguno de los dos había dicho nada al otro, él para respetar tus sentimientos y vos para respetar su ego: probablemente Nina les había vendido información antes de que su máscara se cayera hecha pedazos y acabara en prisión, así como había vendido también información a otros grupos terroristas, como la familia Drazen).
Michelle había hecho un trabajo espectacular solucionando el problema poniendo en uso su impactante, deslumbrante, sorprendente inteligencia, no sólo recuperando la información robada, sino creando un plan para rastrear a los terroristas cuando volvieran a intentar acceder a las redes de la CTU para seguir hurtando planos, planillas de datos y otros documentos valiosos, llevando así a la captura de los diez miembros del grupo, la cual finalizó cuando los agentes de campo atraparon al último de los delincuentes, el cual había intentado escapar en un coche robado. Acababan de presenciar su arresto en vivo y en directo en la gran pantalla de la Unidad gracias a los videos enviados vía satélite.
"Realmente estoy muy impresionado, Michelle"
Estabas esforzándote tanto como humanamente posible para no sonreír como un adolescente de quince años, estabas esforzándote tanto como humanamente posible para que aquél sonara como un halago de un profesional a otro, estabas esforzándote tanto como humanamente posible para que no se notara que – lo reconocieras vos mismo o no – tu panza estaba llena de esas mariposas de las que todo el mundo siempre te había hablado pero en las que vos jamás habías creído, no hasta que viste a Michelle por primera vez y las sentiste invadiéndote.
Sus mejillas se habían teñido de un rojo brillante; ella también lucía como si estuviera tratando de disimular un millar de mariposas haciéndole cosquillas en la panza, pero preferiste no dejar que esa sensación te absorbiera por miedo a estar confundiéndote, por miedo a salir lastimado otra vez, por miedo a arriesgarte a cometer una equivocación (aunque tu corazón y tu alma supieron siempre, desde el principio, que con ella no cometerías ningún error).
"Muchas gracias, Tony" te había dicho, una sonrisa también intentando surcar su rostro. Esas hermosas, fascinantes, exóticas facciones – quizá por efecto del cansancio, quizá porque es la personita más adorable del mundo cuando la ataca la timidez pero trata de ocultarlo – te parecían aun más hermosas, más fascinantes, más exóticas "Pero no podría haberlo hecho si no tuviéramos un equipo de técnicos y analistas tan bien preparado" había agregado luego, humilde como siempre.
"Un trabajo bien hecho es un trabajo bien hecho, y no podríamos haberlo logrado sin tus capacidades. Fuiste de gran utilidad para la Unidad hoy, Michelle" habías contestado, como si estuvieras tratando, con esas palabras, de dejar bien en claro que tu cumplido había sido estrictamente inspirado por admiración profesional.
Pero la respuesta que esa muñequita preciosa a la que solías llamar por su apellido, esa muñequita preciosa que estaba abriéndose camino para dejar de ser 'la chica nueva' y mostrar sus vastas, amplias, maravillosas capacidades no sólo en ingeniería y análisis de datos y sistemas sino también como líder de la Unidad, te tomó por sorpresa, dejándote débil, vulnerable, destruyendo todos tus argumentos y metodologías, otro golpe certero a los altos muros de acero que habías construido a tu alrededor para impedir volver a sufrir un daño, astillando los cristales envolviendo tu alma y tu corazón como si se trataran de dos objetos totalmente frágiles que podrían ser desgarrados con el menor rasguño:
"Me gusta que me llames Michelle, Tony. Me gusta que me llames por mi nombre y no por mi apellido" confesó, con tal timidez en su voz que sentiste tu alma deshaciéndose dentro de tu cuerpo, derritiéndose contra tu voluntad, vibrando, temblando, estremeciéndose de ternura incluso si vos estabas totalmente decidido a negarte a admitir lo que en realidad ya sabías estaba devorándote: amor, amor verdadero, amor puro, ciego, incondicional, amor como el de los cuentos y las películas, amor como el que jamás pensaste llegarías a sentir.
Su cara estaba roja, aquél carmín era un color brillante y abrasador, como si su piel – delicada, perfecta, suave, con esas pequitas y lunares sólo visibles desde muy cerca, esas pequitas y lunares que te encantaría pasar horas contando hasta saber exactamente cuántos son – hubiera pasado varias horas expuesta al sol. Las ganas de sonreír le habían ganado a sus capacidades de control (capacidades que con el tiempo aprenderías son muchas, porque si Michelle Dessler no tuviera tanto autocontrol probablemente no habría tardado nueve meses en juntar el coraje para besarte, y lo hubiera hecho mucho antes; o quizá simplemente estaba aguardando a que vos estuvieras listo, ¿quién sabe?). Sus ojitos orientales brillaban más que nunca, con una luz potente como la de la luna o las estrellas, y ese 'algo' indescriptible e inexplicable que desde el primer segundo flota entre los dos se sentía más palpable y más fuerte que nunca antes.
Luego inmediatamente – aun sonrojada y con los ojos vidriosos -, sin darte tiempo a reaccionar, sin darte tiempo a que las palabras terminaran de surtir efecto, sin darte tiempo a pensar qué decir, sin darle tiempo a tu cerebro para que procesara aquello que acababa de suceder, se dio media vuelta y regresó a su escritorio, con la cabeza gacha y – podrías haber jurado que así era – temblando ligeramente, como esas hojas de otoño que aun no caen de los árboles y que esperan a que el viento las roce por última vez antes de desprenderse y emprender vuelo.
Esa frase quedó gravada en tu cabeza y en tu alma, gravada a fuego. Te había dicho que le gustaba que la llamaras por su nombre y no por su apellido como habías estado haciendo hasta ese entonces, lo cual – según las conclusiones sacadas por tu cerebro que había entrado en un proceso acelerado de análisis exhaustivo de la situación, al tiempo que intentaba controlar tus músculos faciales para que fuera imposible ver el mínimo atisbo todo lo que estaba pasándote dentro - significaba que había notado el cambio, que había notado que ya no te referías a ella con un seco 'Dessler', sino que habías comenzado a dejar que tu boca se empapara con la dulzura de llamarla 'Michelle'.
No habías podido dejar de pensar y volver a pensar acerca de ello, preguntándote si cabía la posibilidad de que ese avance que para vos equivalía a nada, que para vos equivalía a haberte movido apenas dos centímetros hacia adelante en el tablero de juego, sin siquiera abandonar el casillero de salida, tal vez para ella había significado más, muchísimo más, a tal punto que incluso se había animado a confesarte que le gustaba que la llamaras por su nombre en lugar de por su apellido.
"Lo siento mucho, director Almeida" la voz de Gladys te rescata de entre esos pensamientos, de ese recuerdo despertado simplemente – como muchos recuerdos que despiertan porque sí, que se disparan de repente – porque le pediste a Gladys que te llamara por tu nombre y no por tu cargo seguido de tu apellido "… Perdón, Tony" se corrige enseguida "Es la costumbre, ¿sabe? El señor Mason… Bueno, a él le gustaba que lo llamáramos director Mason"
Otra cosa que admirás de Gladys, algo que se ve en pocos miembros de una agencia del gobierno como la CTU, es su capacidad para hablar de aquellos que mueren en servicio, aquellos que se van un día y no regresan de pie, sino dentro de una bolsa de la policía forense. Gladys, te diste cuenta, a diferencia de aquellos que prefieren no volver a mencionar los nombres de esos compañeros que mueren defendiendo al país, tiende a hacer referencia a ellos con frecuencia, recordándolos con respeto y con cariño. George, Paula, Luke, todos los que no sobrevivieron a ese fatídico día (irónicamente, el día en que volviste a nacer cuando se besaron por primera vez en ese pasillo oscuro y desierto en plena madrugada), Gladys los menciona con asiduidad. No hace de cuenta que no existieron, no hace de cuenta que no duelen las ausencias, no hace de cuenta que el silencio es el mejor remedio para las heridas profundas que les quedan a los sobrevivientes. Gladys no evita mencionar a George, o a ninguno de los otros que perecieron ese 4 de septiembre; Gladys no se siente incómoda, como otros, cuando alguno de esos nombres que ahora están gravados en piedra en una lápida aflora en una conversación.
"George era todo un personaje" comentás, chasqueando la lengua y asintiendo levemente con la cabeza, tu mirada suavizándose ante el recuerdo de un hombre con el que no siempre te llevaste bien, con el que tuviste tus roces, tus diferencias, tus discusiones y tus discrepancias pero que, al final, te dio un empujón en la dirección indicada.
"Tony, hay algo que podés hacer por mí, en realidad. Michelle es una buena chica y le tengo mucho aprecio. Es joven, pero tiene un futuro brillante como agente; por sobre todas las cosas, es un excelente ser humano. En el fondo la considero algo así como la hija que me hubiera gustado tener. Como que sigas dando vueltas y lastimándola con tu teoría de hacer las cosas en cámara lenta, voy a maldecirte desde las profundidades del infierno. Dense una oportunidad; podría salirles mejor de lo que esperan. Es muy obvio para un viejo como yo lo locos que están el uno por el otro, y que algo tan lindo les haga mal es una pena"
Sonriendo por dentro con agradecimiento ante el recuerdo de su 'ultimátum', asentís con la cabeza y volvés a chasquear la lengua nostálgicamente.
"George era un buen tipo" te limitás a decir. Luego, dándote cuenta de que es hora de que vuelvas a ocuparte del pilón de trabajo que dejaste abandonado por un rato pero que sigue esperándote en tu oficina para que lidies con ello, anunciás "Bueno, Gladys, tengo que dejar esto en mi coche y luego debo volver a mi oficina"
"Espero que tenga una buena semana" se despide, sonriendo.
"Gracias, Gladys. Espero que usted también tenga una buena semana"
Mientras direccionás tus pasos a la salida que conduce al estacionamiento, conteniendo las ganas de silbar de alegría porque el paquete arribó justo a tiempo, pensás en Gladys, esa señora amable con la que no hubieras empezado a conversar si las palabras de Michelle respecto a la importancia de tener a todos en cuenta, por más sencilla sea su tarea o por muy distintos a nosotros que se nos antojen, y se te ocurre que con cada día que pasa vas dándote cuenta más y más del efecto que Michelle tiene en vos, en tu forma de ser, en tu carácter, en tu temperamento, en tus acciones. Te das cuenta con cada día que pasa que ella puede moldearte como si fueras arcilla en sus manos.
Con ella estás envuelto en un proceso constante de aprendizaje de cosas que no te enseñaron en la escuela, ni en el ejército, ni con los marines, ni en los cursos de entrenamiento de la CTU, algo que tus padres y abuelos sí te habían enseñado pero que fuiste perdiendo de a poco con cada circunstancia que te golpeó, empezando por la muerte de tu hermano menor: Michelle te enseña a apreciar a las personas y a los detalles más simples, te enseña la belleza de 'nimiedades' que los demás dan por sentado, te enseña esas cosas pequeñas que otros pasan por alto, te enseña cómo ser más humano y menos robot, hablándote con ese lenguaje que solamente entienden ustedes dos, ese que consiste de los latidos de tu corazón y los latidos de su corazón susurrando el nombre del otro, tu piel rozando su piel, tu mirada y su mirada encontrándose y reemplazando palabras por esa magia que hay entre ambos y que deja tan en claro lo que se quieren decir, un idioma que es propio del mundo en el que los dos viven, ese mundo ajeno a todo lo demás, ese mundo extraño a aquél mundo real al que se enfrentan en sus trabajos pero del que se olvidan cuando están juntos, cuando se abrazan, cuando se besan.
Regresás al piso principal luego de haber guardado la caja en el baúl del auto. Tu mirada la busca y enseguida la encuentra, sentada detrás de su escritorio, trabajando en tres computadoras al mismo tiempo y hablando por teléfono, con el auricular anidado entre su hombro y su oreja para poder tener las manos libres. Chasqueás la lengua con ternura, rascás un costado de tu cara, tratando de contener la sonrisa que pugna por jalar tus labios cuando otro recuerdo – mucho más reciente, porque el hecho en cuestión sucedió menos de veinticuatro horas atrás – pasa por la pantalla de cine que tenés en la cabeza, como si se tratara de una escena sacada de una película:
"Mañana voy a tener que pasar a mi departamento a la mañana antes de ir a la Unidad" te había dicho.
Estabas acostado boca abajo en el sofá, sobre tu estómago. Ella no dejaba de acariciar tu espalda desnuda mientras te hablaba, dibujando círculos con las yemas de los dedos, su boca de tanto en tanto desparramando besos por todas partes.
"¿Por qué?" habías preguntado, adormecido, tu voz ahogada por la almohada en la que tenías enterrado el rostro.
"Porque necesito buscar un sweater de cuello alto" contestó simplemente.
"¿Por qué?" inquiriste; seguías sin entender.
Michelle había reído, con esa risa tan dulce que llena cada rincón de tu alma cuando la escuchás, esa risa que quisieras poder guardar dentro de una cajita para poder tenerla cerca de vos siempre y escucharla cada vez que tengas ganas de sonreír vos también, esa risa contagiosa de la que estás enamorado.
"Tony, ¿viste todas las marcas que me dejaste en el cuello y en los hombros?" era una pregunta retórica, obviamente, dicha aun entre risas, lo cual significaba que no estaba molesta por tu descuido y descontrol (con bastante esfuerzo habías mantenido un buen nivel de autocontrol; un par de mordidas en lugares visibles son excusables, creés) "Necesito una prenda de vestir que las cubra" continuó explicando.
No sentiste ni un ápice de culpa, en lo mínimo, por el hecho de que tuviera que ir a la mañana siguiente a su casa a buscar la ropa adecuada para evitar que quedaran expuestas a ojos de otros las marcas que son consecuencia de aquél primer encuentro tan apasionado; más bien sentiste tu ego masculino hinchándose considerablemente: ella es tuya, y de nadie más, y solamente vos podés pasearte por su cuerpo a tu antojo, solamente vos podés ver después y acariciar con tus labios y las yemas de tus dedos las marcas dejadas por tu boca en su piel.
"Además" siguió "necesito llevarme mi coche, porque después del trabajo también tengo que pasar por mi departamento para dejar algunas cosas en orden, ocuparme de programar la lavadora y la secadora, revisar mi correspondencia…"
"Está bien" murmuraste, sintiéndote otra vez adormecido bajo sus besos y caricias "Entonces va a ser mejor que nos durmamos pronto si vamos a levantarnos más temprano" sugeriste "Necesito descansar muy bien hoy si quiero pasar toda la noche del lunes dibujándote" murmuraste en su oído, al tiempo que te acomodabas tendido sobre un costado de tu cuerpo para que ella tuviera espacio suficiente y se acostara hecha un ovillo anidada entre tu pecho y el respaldo del sillón, aun vistiendo una de tus camisas, con sus rulos todos desordenados, luciendo irresistiblemente sexy.
Caíste eventualmente en un océano de sueños y fantasías, pero antes de que te hundieras dentro de tu inconsciente, te quedaste un largo rato escuchando el sonido de su respiración, serena y floja – que indicaba que ya se había quedado dormida -, acariciándola y desparramando besos suaves e inocentes en su cuello, deteniéndote especialmente en esas manchitas rojas que tu boca había dejado en esos sitios particularmente hipersensibles.
Volvés a chasquear la lengua; no podés evitarlo, todo el día te encontraste reprimiendo sonrisas mitad dulces, mitad pícaras en cada ocasión en la que hallaste a Michelle dentro de tu campo de visión, sabiendo que el motivo por el cual hoy viste un sweater con cuello alto no es precisamente un dolor de garganta, un inminente resfrío, o un intento de copiar el estilo de Audrey Hepburn.
Subís a tu oficina, inconscientemente (¿inconscientemente?) frotando el costado de tu cuello con una mano. Ella había sido lo suficientemente cuidadosa y evitado dejar marcas en lugares que aun quedaran visibles cuando te vistieras a la mañana siguiente para ir al trabajo, a diferencia tuya, que habías sido un poco más… descuidado. Sin embargo, sabés que sus marcas en tu piel están ahí, aunque ocultas por la tela de la camisa, y sabés bien que tus marcas en su piel están por todas partes en sus hombros y en su cuello, aunque invisibles debido a la lana del sweater color azul claro que eligió esta mañana de entre las muchas perchas de su ordenado placar.
Se te ocurre, mientras la contemplás desde tu oficina en el primer piso, que esas marcas son también parte de aquel lenguaje, aquel idioma que existe solamente en el mundo que compartís con ella y que nadie más podría entender. Cualquiera que viera esas marcas simplemente pensaría o comentaría algo estúpido y desubicado como 'probablemente alguien tuvo una maratón de sexo anoche', o algo por el estilo, algo entre esas líneas más propias del guión de una comedia de bajo presupuesto o una conversación de adolescentes estúpidos con las hormonas demasiado alteradas.
Pero, ¿acaso vos no considerabas 'secuelas de una buena noche de sexo' cualquier marca que una mujer dejara en vos? ¿Acaso vos no solías ser de los que no conciben que puedan mezclarse amor y placer? ¿Acaso vos no solías pensar que esas marcas son signo de deseo y atracción física y nada más que eso?
Cambiaste. Cambiaste cuando te enamoraste perdidamente de ella y empezaste a entender lo que antes no entendías, lo que nunca hubieras creído era posible que entendieras. Cambiaste porque comprendiste lo fuerte que puede ser el amor cuando es amor verdadero. Cambiaste porque conociste lo que es el amor.
Para vos y para Michelle la intimidad tiene que ver con algo que va mucho más allá de la pasión, el deseo, la química, la física y la atracción sexual, algo que es mucho más profundo, tan profundo que es sólo visible al corazón y totalmente invisible a los ojos de los otros, de esos extranjeros que no pertenecen al pequeño mundo que los dos construyen día a día.
En veinte años de experiencia con distintas mujeres, nunca sentiste lo que ella te hace sentir con solamente rozar tu piel desnuda con las yemas de sus dedos. Comenzaste a vivir cuando miraste dentro de sus ojos por primera vez, cuando la conociste, cuando sentiste esas mariposas recorriendo cada rincón de tu estómago. Las marcas que tenés en el cuello no son el resultado de un momento de calentura, no son el resultado de una reacción hormonal, tampoco lo son esas marcas que tus besos dejaron en su piel. Son muchísimo más que eso.
Esas marcas prueban que lo que sucedió anoche no fue un sueño, uno de esos sueños que solías tener cuando fantaseabas con cómo sería besarla, tocarla, acariciarla, abrigar tu cuerpo con su cuerpo, arrancarle suspiros y gemidos.
Esas marcas prueban que la ayudaste a superar su timidez y a empezar a sentirse cómoda con la idea de desnudarse delante de otro (delante de vos, agrega tu ego masculino, hinchándose más que nunca), con la idea de mostrar ese cuerpo que tanto la acompleja (ese cuerpo que es, en tu opinión, perfecto, angelical e infernal al mismo tiempo, una obra de arte, un manantial en el desierto).
Esas marcas prueban que ayer estuvieron por primera vez piel con piel, prácticamente sin barreras de tela entre los dos, más vulnerables y expuestos que nunca.
Esas marcas prueban que ayer comenzaron a enseñarse el uno al otro distintas formas de demostrarse amor.
Esas marcas prueban que ayer experimentaste por primera vez un poco de lo que se siente compartir algo tan puro, tan dulce y tan íntimo con la persona que amás.
Esas marcas prueban que ayer la convenciste de que es hermosa, de que la considerás un ángel, una muñequita de porcelana, la cosita más preciosa sobre la faz de la Tierra, y que su belleza es tal que te abruma, te hipnotiza, te quita el aire, te deja sin palabras.
Esas marcas prueban que ayer quitaste de tus hombros un poco del peso que inflige en vos el miedo a hacerle daño, a lastimarla, a romperla como si estuviera hecha de azúcar, a herirla. Prueban que te diste cuenta de que no quiere darte su cuerpo para satisfacer tus necesidades, poniendo a un costado sus propias necesidades, sus miedos, inseguridades y dudas: esas marcas prueban que finalmente ella te hizo comprender que quiere que la ames, que ya no quiere esperar, no porque piense que tiene que satisfacerte a vos, no porque se sienta presionada. Ella quiere darte su cuerpo para que le enseñes a sentir lo que nunca antes sintió, y para hacerte sentir lo que nunca antes sentiste con ninguna otra.
Esas marcas prueban tantas cosas, tantas cosas que solamente ustedes pueden comprender.
Prueban que se aman con locura, más de lo que nunca pensaron llegarían a amar a otro ser humano.
Prueban lo mucho que se desean.
Prueban que son uno propiedad del otro, y que van a serlo para siempre.
Prueban que ella es la primera mujer a la que adorás en todo sentido.
Prueban que vos sos su primer hombre y que nunca va a haber ningún otro.
Prueban que jamás compartiste ese grado de confianza e intimidad con ninguna otra persona, con ninguna de las mujeres con las que perdiste tanto tiempo entreteniéndote bajo las sábanas sin que hubiera amor, sólo contacto físico sin sentido ni significado.
Prueban que estás dispuesto a esperarla y a ir tan despacio como ella quiera.
Prueban que dependen totalmente del otro.
Prueban que son totalmente adictos el uno del otro.
Prueban que ella confía en vos en cada sentido posible, absoluta y rotundamente: confía en que siempre vas a cuidarla, en que nunca vas a dañar su alma, su corazón, o su cuerpo, en que siempre vas a hacerle bien.
Prueban que los dos pueden comunicarse con el cuerpo, comunicarse sin emitir palabra alguna. Prueban que entre los dos las palabras sobran cuando pueden hablarse sólo tocándose. Prueban que el lenguaje de la piel es mucho más fuerte que cualquier lenguaje.
Prueban que ustedes dos tienen su propio idioma, un idioma que no es ni el Inglés, ni el Español ni el Japonés, un idioma que no usa vocablos, sílabas y reglas ortográficas, un idioma que nadie más puede comprender, un idioma que crearon los dos, un idioma que existe solamente en su pequeño gran mundo.
Sí, ustedes dos tienen su propio idioma, hecho de besos, abrazos, mimos, miradas cargadas de significado, caricias, corazones que laten sincronizados, secretos dichos al oído, noches enteras despierto dibujándola para perpetuar en papel tanta belleza, narices que se frotan una contra otra cuando tienen mucho frío, un idioma hecho de cosas sencillas como desayunos preparados con esmero, rosas de papel, cosquillas en la panza, dedos como los suyos que caben perfectamente en el espacio entre tus dedos…
Es un idioma que escapa por completo al entendimiento de cualquier otro ser humano, quizá porque es un idioma que pueden usar solamente sus almas, que están conectadas en niveles tan profundos que es difícil explicarlo. Es un idioma que no pertenece a este mundo, es un idioma que pertenece al mundo en el que Michelle y vos caen sumergidos cuando están juntos, cuando el Universo se desdibuja y sólo existen el uno para el otro, y sólo existe ese amor tan grande, y sólo existe esa adoración pura que los consume, y sólo existen esa adicción y esa locura.
Los otros no entienden ese idioma, no captan las señales, no se percatan de que te morís de amor cuando la mirás, no se percatan de que ella empieza a temblar por dentro cuando estás cerca, no se percatan de ese magnetismo que los atrae el uno a la otra, no se percatan de la dulzura que empapa tu boca cuando pronunciás su nombre, no se percatan del brillo en sus ojos cuando se encuentran con los tuyos, no se percatan de los latidos de tu corazón comunicándose con los de ella.
Así que no pretenderías que entendieran que esas marcas son los restos de una noche de amor y no una noche de lujuria.
No pretenderías que entendieran que está con vos por amor y no porque le interesa conseguir un aumento de sueldo o avanzar en su carrera satisfaciendo las necesidades sexuales de su jefe (la simple noción de que existe la posibilidad de que las personas que en lugar de cerebro tienen un nido de ratas en la cabeza piensen eso es suficiente para que sientas repulsión, bronca, furia y disgusto ante lo poco que comprenden algunos las emociones verdaderas y lo mucho que les gusta a los chismosos llenarse la boca diciendo estupideces y hablando mal de las personas, juzgándolas sin realmente conocer cómo son las cosas, juzgando por juzgar).
No pretenderías que entendieran que llevan tres meses durmiendo abrazados pero que todavía no tuviste sexo con ella.
No pretenderías que entendieran que cada vez que la besás es como si estuvieran alimentándose uno del otro, y que podrías sobrevivir cualquier cosa excepto un día sin comerla a besos.
No pretenderías que entendieran que serías capaz de cualquier cosa por ella, que darías la vida por ella, que no hay nada que no te arriesgarías a hacer por ella.
No pretenderías que entendieran la conexión que los une, esa conexión mágica, única, tan grande, tan compleja, tan fuerte.
No pretenderías que entendieran que vos creés que tu alma y su alma son dos pedazos de una misma pieza, que tu alma y tu alma fueron hechas para vagar durante años hasta reencontrarse y volver a unirse, que tu alma y su alma son gemelas.
No pretenderías que entendieran que podés escuchar claramente los latidos de su corazón, que los escuchás susurrando tu nombre, diciéndote cosas en ese idioma que solamente ustedes dos hablan.
No pretenderías que entendieran que disfrutás leerle al oído hasta que se quede dormida tanto como las caricias y los besos más íntimos, y que el placer que despiertan en tu cuerpo sus manos cuando lo recorren tímidamente es mayor que cualquier otro que hayas experimentado.
No pretenderías que entendieran que sabés que a pesar de su inexperiencia puede enseñarte muchísimo más de lo que cualquier otra mujer experimentada podría, porque con ella vas a aprender lo que es amar.
No pretendés que los entiendan, porque su amor no es normal. Tu amor por ella excede cualquier límite, excede todos los límites conocidos, es más fuerte que cualquier ley natural, es más fuerte que cualquier otra cosa, es más fuerte que tu propia sangre, tus creencias, tus convicciones. No pretendés que los entiendan, porque tu amor no es como el que existe entre cualquier hombre y cualquier mujer; entre ustedes dos hay algo más, algo que supera todo, algo que se encuentra una vez entre un billón, algo mágico.
No pretendés que los entiendan, porque Michelle y vos, cuando se trata de amor, no hablan el mismo idioma que el común de las personas, sencillamente porque su amor no es común. Ese lenguaje que tan sólo pertenece a ustedes, es un idioma extranjero.
Ustedes en el mundo de los otros son dos inmigrantes hablando un idioma extranjero.
Generalmente, una, dos y hasta tres veces por semana (a veces incluso cuatro) pasan la noche en el pequeño departamento de Michelle, y mientras vos cocinás ella se encarga de las tareas domésticas, como lavar la ropa, ordenar sus placares (aunque no hace falta ordenarlos, en realidad, pero sabés que la tranquiliza y relaja hacerlo; es como un cable a tierra, una distracción), revisar su correspondencia, y ese tipo de cosas. Sin embargo, este lunes ella prefirió encargarse de todo en dos horas (ella sola, para que no la distraigas y terminen en el suelo de la cocina en una guerra de cosquillas, y así poder concluir tan rápido como posible) y luego ir a tu departamento, probablemente porque no quiere que Bonnie se quede sola toda una noche después de haber pasado su primer día sin ustedes, en compañía de la señora Dean; además, sabés, le encanta tu departamento, le encanta estar rodeada de tus cosas, así como a vos naturalmente te encanta estar rodeado de sus cosas, respirando su perfume en cada rincón, hojeando sus libros y revistas, escuchando la música que le gusta a ella.
En ese lapso entre el momento en que terminaste tu turno en la CTU y la llegada de Michelle cerca de las ocho y media de la noche preparaste la cena con especial esmero, mientras escuchabas un disco de Genesis (la proximidad del 14 de diciembre hace crecer tu entusiasmo con cada día que pasa), tarareando distraídamente. Bonnie te mantuvo acompañado, girando en círculos alegremente tratando de atrapar su propia cola entre sus dientes, dando saltitos a veces para llamar tu atención y que le rascaras la cabeza o le hicieras mimos en la panza.
"No seas impaciente, Bones" la retaste, riendo "Tengo que preparar la cena para Chelle, y si me detengo a cada rato para jugar con vos no voy a terminar a tiempo" te disculpaste (sí, acababas de disculparte con un cachorro porque no podés prestarle atención).
Cuando Michelle llega la cena está casi lista, la mesa ya está puesta, y vos y Bonnie están esperándola ansiosos después de haberla extrañado todo el día; Bonnie lleva sin verla desde la mañana, y vos, aunque hayas pasado todas esas horas con ella en la CTU, pasaste el lunes añorándola terriblemente porque no tuviste ninguna oportunidad de hablar con ella a solas, lejos de otros, para poder robarle una mirada de complicidad o decirle con una sonrisa todas esas cosas que las palabras no pueden expresar, pero que ustedes dos han encontrado una manera de transmitir mediante ese idioma único que nadie más podría entender porque no son sino extranjeros en ese pequeño gran mundo que construyen los dos cada día.
Sus ojos brillan cuando se encuentran con tus ojos. Sus ojos negros siempre brillan, con una luz natural que te fascina, pero ese brillo se intensifica cuando se funden en los tuyos.
"¿Me extrañaste?" pregunta con dulzura, besando la comisura de tus labios. La rodeás con tus brazos, atrayéndola hacia vos, necesitando sentir el calor de su cuerpo, respirar el aire que ella exhala, escuchar el sonido de su corazón.
"Muchísimo" contestás, frotando la punta de su nariz con la punta de tu nariz "Bonnie también te extrañó" agregás, señalando a la perrita con un gesto de la cabeza y una sonrisa cruzando tu rostro; la cachorrita está desesperada por la atención de Michelle, deseosa de que le haga upa, la llene de mimos y la resaque la panza y la cabeza. No podés evitar pensar, nuevamente, que elegiste al animalito correcto, a la mascota indicada: Bonnie lleva con ustedes apenas tres días, pero Michelle y ella ya se adoran con locura.
Tomás su cartera y el bolso mediano donde debe haber empacado la ropa necesaria para quedarse toda la semana con vos (perspectiva que te encanta, porque pasar el tiempo con Michelle es tu cielo personal en la Tierra) y los dejás en el sofá.
"Yo también te extrañé, Bonnie" le dice, alzándola en brazos, satisfaciendo así su necesidad de afecto y atención.
"Va a ser mejor que aproveches y le saques ahora todos los mimos que puedas" le decís a la perrita, rascándole la cabeza y luego el huequito detrás de sus enormes, simpáticas orejas largas "porque después quiero tener a Michelle toda para mí"
Los dos ríen, el sonido de sus risas inunda el aire, mucho más dulce y más romántico que cualquier canción que haya alguna vez sido escrita. Es hermoso escucharla reír, saber que podés hacerla feliz con las cosas más pequeñas, con las frases más sencillas.
"¿Ya le diste de comer a Bonnie?" pregunta, siguiéndote a la cocina con la cachorrita aun en brazos.
"Sí, fue lo primero que hice cuando llegué"
"¿Vamos a llevarla a pasear después de cenar?" con esta pregunta su tono de voz es muchísimo más dulce, podría describírselo como un tono de voz esperanzado. No tiene que hacer esfuerzo alguno por convencerte: si ella tiene ganas de ir a pasear con Bonnie después de la cena, no importa lo cansado que estés: sus deseos son órdenes para vos, órdenes que cumplís feliz, porque no hay nada que quieras tanto como hacerla feliz a ella.
"Sí" contestás, acunando su rostro frío con tus manos tibias.
"Está un poco nublado, pero no creo que vaya a llover" comenta, dejando a la perrita otra vez en el suelo para tener los brazos libres y poder rodear tu cintura con ellos.
"En cuanto caiga una gota de lluvia, volvemos a casa" le avisás, acomodando un par de bucles detrás de su oreja ": ayer nos empapamos hasta la médula; todavía no entiendo cómo no terminamos en cama con cuarenta grados de fiebre y estornudando cada cinco minutos"
"Pensé que dijiste que en caso de enfermarnos íbamos a cuidarnos el uno al otro" ella señala, trazando con la yema de su dedo índice tu sonrisa.
"Pero no quiero arriesgarme a que nos enfermemos, Michelle"
Lo que hicieron ayer – estar casi cuarenta minutos en la calle en medio de un diluvio – fue una locura, una inconsciencia; te dejaste llevar por el momento y no mediste las posibles consecuencias, y te alegra muchísimo que ninguno de los dos haya despertado esta mañana con fiebre, tos o estornudos, porque si alguno se hubiera agarrado una pulmonía como resultado de esos besos bajo la tormenta, todas las sorpresas que tenés preparadas para esta semana (especialmente la sorpresa que tenés preparada para el 14 de diciembre) hubiera quedado arruinadas.
"Tengo cosas muy lindas planeadas para los dos esta semana" agregás en tono de misterio, por el simple placer de hacer hervir su curiosidad, mientras desparramás besos por todo su rostro "Mejor esperemos hasta después de Navidad para pasar una semana juntos en cama" le decís sugestivamente, y el sonido de su risa vuelve a llenar el aire, más dulce que nunca, tan dulce como el sabor de sus labios o de su piel.
"Sos terrible, Tony" dice riendo, besándote cariñosamente "Y sos demasiado dulce también"
"Sólo con vos" aclarás "Soy tierno, adorable, y todas esas cosas que te gusta llamarme solamente con vos"
"No te preocupes, no voy a revelarle a nadie que cuando estamos a solas te convertís en un osito de felpa que mira películas de Disney y que te reis como una criatura cuando te hacen cosquillas" te promete, entrelazando sus dedos con los tuyos.
Los dos ríen otra vez. El sonido de sus risas es parte de ese lenguaje único que comparten, ese idioma extranjero que nadie más puede entender porque está hecho solamente para que ustedes se comuniquen sin tener que recurrir a nada más que sus miradas, sus caricias, o abrazos largos y cálidos como el que estás dándole ahora, simplemente porque la extrañaste durante todo el día, simplemente porque te encanta sentir el calor de su cuerpo fundiéndose con el tuyo.
"No me importaría que el mundo supiera que soy capaz de hacer cualquier cosa por vos" murmurás en su oído.
"Incluso mirar películas de Disney y dibujitos animados" dice ella en otro murmullo.
"Incluso mirar películas de Disney y dibujitos animados" confirmás, besando su cabeza y sonriendo más que nunca, inhalando ese perfume al que sos adicto, acariciando su espalda con las palmas de tus manos, hablándote sin hablar, hablándole sólo con el lenguaje de la piel.
Es tan lindo, tan lindo saber que existe sobre esta Tierra alguien con quien podés construir tu propio mundo, un mundo perfecto dentro de otro mundo que dista de acercarse a la perfección y que está lleno de tristeza, angustia, tragedias y dificultades. Es tan lindo, tan lindo saber que de todos los lenguajes que existen en este planeta (seguramente si le preguntaras a Martina ella sabría decirte el número exacto, pero no es un dato que te interese conocer en este momento) el que más te gusta es uno que nadie conoce, un idioma que solamente Michelle y vos entienden, un idioma que para cualquier otro es extranjero, porque nadie pertenece al mundo que compartís con ella.
Es tan lindo sentirte un inmigrante hablando un idioma extranjero. Es tan lindo hablar ese idioma extranjero con ella.
Después de cenar llevaron a Bonnie a dar una vuelta a una plaza cercana. Te gustan los parques y las plazas de noche: iluminados por altos faroles que siempre te recuerdan a aquél en la ilustración de El Principito cuando él visita el planeta que daba vueltas tan rápido que el farolero debía encender y apagar el farol cada un minuto exactamente. Nunca le dirías a otra persona adulta que te gustan los faroles de las plazas, porque probablemente no te comprenderían, así como el aviador de la historia sabía que las personas grandes no comprendían lo que van más allá de los números, el dinero, la matemática, los negocios, lo que es material, visible, 'útil'. Sin embargo, a Michelle podés contarle todo, podés compartir todo con ella, porque ella no es como la mayoría de los adultos (como eras vos antes, porque vos antes de conocerla también te preocupabas por eso que a los adultos les interesa e ignorabas todo lo demás). Ella comprende lo que nadie más puede comprender, lo que nunca pretenderías otros comprendieran.
"Desde que soy chiquitito me gustan los faroles de las plazas y los parques porque me recuerdan al farolero de El Principito" le dijiste, pasando una mano por su cintura para atraerla hacia vos; ella apoyó su cabeza en tu brazo y también pasó su brazo por tu cintura, dejando que la mano que no llevaba la correa de Bonnie acariciara tu espalda a través de la campera de cuero que llevabas puesta.
"Todos los parques son más lindos de noche, con las luces encendidas, las luciérnagas, las flores y las hojas de los árboles cubiertas de gotas de rocío…"
"El Central Park es precioso de noche" comentaste. Y luego, dos segundos después, decidiste – con el corazón dándote un vuelco – aventurarte y comenzar a dibujar despacio el contorno de la sorpresa que le darías más tarde "Dicen que los Campos Elíseos, en París, son hermosos de noche"
"Mi abuela fue a París varias veces; la familia de su marido, mi abuelo, tenía raíces francesas. De ahí viene mi apellido" te explicó, aunque vos ya lo sabías, porque ya antes te lo había contado; pero la dejaste hablar: sabés que en la cultura oriental hablar de los muertos es una manera de honrarlos y mantenerlos vivos en la memoria, y sabés que a ella de tanto en tanto le gusta hablar de su familia, incluso de su abuelo, que falleció antes de que ella naciera pero a quien conoce a través de los relatos que su abuela le contó. Además, adorás el sonido de su voz, así que escucharla hablar es siempre un placer "Tomó muchísimas fotos en sus visitas a Francia" continuó contándote "Las tengo guardadas" prosiguió "Varias veces he pensado en enmarcarlas, o en llevarlas a alguna casa de fotografía para que las compilen todas en un álbum enorme. A mi abuela le encantaba relatar historias sobre sus viajes a París, y recordaba la anécdota detrás de cada foto"
Tu corazón latía desaforadamente, golpeando tu pecho con fuerza; si no lograbas controlarlo y calmar pronto tus palpitaciones, corrías el riesgo de que sucedieran dos cosas: no aguantar las ganas y acabar develando parte de la sorpresa en ese mismo instante, o que Michelle se diera cuenta que el vuelco que la conversación había dado te había puesto nervioso y ansioso.
Respiraste hondo, disimuladamente, y enterraste su rostro en su cabello, pretendiendo besar su cabeza, en un intento por ocultar la sonrisa que no podías contener.
"Me encantaría ver alguna vez esas fotos" murmuraste ", las fotos que tu abuela sacó en sus viajes a Paris"
"Son muchísimas" siguió contándote animadamente "Mis favoritas son las del Museo del Louvre, definitivamente"
Por supuesto pensaste. Sé cuánto amás los museos, las obras de arte, las esculturas.
"Martina viajó a París a los quince años" trataste de sonar tan casual como posible para que no se notara la emoción en tu voz "y volvió fascinada con la Iglesia de Notre Dame"
Michelle te hizo muchísimas preguntas sobre el viaje de tu hermana, interesada en saber todos los detalles que pudieras darle, e incluso te dijo que tenía pensado hacerle algunas preguntas a Martina la próxima vez que se vieran (te encanta que Martina y Michelle se lleven tan bien, especialmente porque eso significa que Michelle está aprendiendo a vencer esa timidez que la ataca cuando se encuentra en cualquier ambiente que no sea el laboral, y que tu hermana está aprendiendo a no ser tan terriblemente antisocial con cualquiera fuera de la familia que no tenga un IQ igual o superior al suyo).
Cambiaste de tema en cuanto pudiste, tan disimuladamente como fue posible para que el giro en la conversación no pareciera forzado. Le contaste sobre los otros países que Martina visitó en Europa y le prometiste pedirle a tu hermana copias de las mejores fotos que sacó en todos los museos, monumentos y edificios históricos a los que fue (Martina es, por supuesto, una brillante fotógrafa; pero obviamente Martina es brillante en todo, así que eso no debería sorprender a nadie. La sorpresa se la van a llevar cuando encuentren algo en lo que Martina no sea brillante, algo que se proponga y no pueda lograr, hay tantas probabilidades de que eso ocurra como de que alguien te separe de Michelle: es decir, cero); también hablaron sobre trabajo (muy poquitito, apenas dos o tres menciones de la nueva discusión entre Chloe y Elliot, asunto que – en lo personal – está empezando a cansarte, principalmente porque Jack no parece dispuesto a esforzarse para que sus empleados traten a Chloe mejor).
En determinado punto hablaron sobre tus dibujos (aun te cuesta creer que te hayas animado a, finalmente, regalarle aquel cuaderno hecho a mano con esas 'pequeñas obras de arte', como Michelle las llama) y ella, volviendo sobre los pasos dados al tema anterior, te preguntó si te animarías a pasar a papel, con tus propias manos, con tus trazos, algunas de sus fotos favoritas tomadas por su abuela en sus viajes a París.
"¿Lo harías por mí?" te preguntó, con la mirada brillante, los labios curvados en una sonrisa hermosa, acariciando tu mejilla con el dorso de su mano.
Cuatro palabras resumiendo lo mucho que ella es consciente de la adoración que despierta en vos y de que serías capaz de hacer cualquier cosa que ella te pidiera, absolutamente cualquier cosa: '¿Lo harías por mí?' Harías todo por ella. Todo.
"Michelle, sabés bien que haría cualquier cosa que me pidieras" habías contestado, espejando su sonrisa "Me encantaría dibujar algunos de los paisajes de las fotos de tu abuela, pero no te prometo que salgan perfectos" aclaraste "porque no sé dibujar muy bien"
No estabas pecando de falsa modestia, ni nada por el estilo: sabés dibujar, tenés cierta habilidad, obviamente tus dibujos son mucho mejores que tus manualidades (esa rosa de papel que hiciste para Michelle realmente es horrible, y ella sólo la guarda por el valor afectivo que le concede, no porque sea una obra maestra), pero no creés que la Torre Eiffel, los Campos Elíseos o algún paisaje parisino – ni hablar de la Iglesia de Notre Dame – puedan ser plasmados en papel por vos y seguir luciendo majestuosos, magníficos, impresionantes.
"Sí sabés dibujar bien" dijo ella "Esos dibujos que hiciste para mí… son perfectos" agregó, sus mejillas ardiendo, teñidas de carmesí, sus ojos brillando más que las estrellas en el firmamento "Son hermosos"
"Ya te expliqué ayer muchas veces" le dijiste, acariciando su espalda y besando sus sienes, atrayéndola más hacia vos, estrechándola en tus brazos "que son hermosos sólo porque vos sos hermosa, no porque yo sea un excelente artista"
"Pensá lo que quieras, Tony" su risa otra vez inundaba tus oídos, llenándote la panza de mariposas y haciendo que tu alma temblara "pero a mi me fascinan tus dibujos, y me encantaría tener más dibujos hechos por vos"
"Prometo regalarte todos los dibujos que haga de ahora en más" susurraste, besándola despacio, con mucha dulzura "Y prometo tratar de hacer justicia a las fotos que tu abuela sacó en París, y tratar de dibujarlas lo mejor posible, sólo para vos, princesa"
Y te prometo que cuando te lleve a París voy a sacarte mil fotos, y luego voy a dibujar cada una de ellas, voy a dibujarlas absolutamente todas, porque estoy seguro de que todas van a salir hermosas, porque vos sos hermosa.
En eso pensabas mientras se alejaban del parque, tomados de la mano, su cabeza reposando contra tu brazo, sus dedos entrelazados con los tuyos, la calidez de su cuerpo y la de tu cuerpo fundiéndose, el sonido de tu respiración y de los latidos de tu corazón mezclándose con el sonido de sus palpitaciones, en silencio hablando con una claridad que a veces ni siquiera es posible encontrar en frases dichas a los gritos.
La Torre Eiffel, los Campos Elíseos, el Museo del Louvre, las iglesias, catedrales y edificios históricos que Michelle sólo conoce a través de las fotos tomadas por su abuela muchos años atrás en sus viajes a Francia, lugares de los que ha leído tanto, lugares de los que ha escuchado tantas anécdotas, están mucho más cerca de su alcance de lo que ella se imagina. Y antes del final de esta noche va a sorprenderse cuando le digas que al álbum que quiere armar con las fotografías de su abuela podrá sumarles todas las que ustedes tomen cuando visiten París.
Michelle está sentada en el sofá, sus ojos cerrados tal como se lo pediste, sus manos sobre su regazo, una expresión serena en su rostro. Podrías ceder a la tentación, pedirle que se quede muy quieta y que no levante los párpados, sentarte a su lado con una hoja en blanco y una caja de lápices y dar rienda suelta a esa necesidad cruda que te devora por dentro y que hace que desees plasmar toda su belleza, perpetuarla con tus propias manos. Pero estás demasiado ansioso, demasiado entusiasmado, demasiado contento, porque en minutos nada más vas a darle otra de esas sorpresas que arrancan sonrisas de oreja a oreja y le llenan la panza de mariposas.
No podés esperar a verla reaccionar. No podés esperar a ver su mirada iluminada, sus ojos brillando. No podés esperar a abrazarla, besarla y luego acostarte en el sillón con ella acurrucada en tus brazos y quedarte despierto hasta las dos o tres de la mañana hablándole al oído, planeando todas las cosas que van a hacer juntos en París.
"¿Ya puedo abrir los ojos?" ella pregunta, impaciente, tan ansiosa como vos.
"Todavía no" decís.
"¿Por qué no?" inquiere, la curiosidad en estado puro empapando cada sílaba.
Chasqueás la lengua ante lo terriblemente adorable que es, rascás el costado de tu cara en un acto reflejo, y luego volvés a chasquear la lengua otra vez.
"Porque tengo que hacer una cosa todavía"
Te arrodillás justo frente a ella, acunás su rostro con tus manos, acercás sus labios a los tuyos y la besás, con dulzura y suavidad primero, pero mucho más apasionadamente después, hasta que los dos se quedan sin respiración, hasta que sentís tu alma vibrar dentro de tu cuerpo (que te tomen por loco si así lo desean, pero no estás hablando metafóricamente cuando decís que sentís el alma vibrar cuando la besás). Sus dedos pasean por tu cabello, desordenándolo, desparramando caricias por toda tu cabeza, atrayéndote más hacia ella. Son, estos besos, parte de ese idioma extranjero para el resto del Universo pero tan natural para ustedes.
"¿Esa era la sorpresa?" pregunta, sin levantar los párpados, acariciando tus mejillas con delicadeza, rozando tus labios con sus labios, inhalando el aire que exhalás, una de esas sonrisas que te derriten y que causan que tu cuerpo entero se vuelva arcilla en sus manos embelleciendo sus facciones orientales.
"No, eso fue simplemente un beso porque te amo" contestás, encogiéndote de hombros aunque ella no te pueda ver, tratando de restarla importancia al asunto, cuando en realidad siempre que le decís que la amás cada palabra que sale de tu boca está cargada de ternura, de dulzura, de significado, y tu voz tiembla y tu corazón se detiene con cada declaración de amor, incluso si llevás tres meses diciéndole todos los días que la adorás.
"Me encanta que me des besos simplemente porque sí" susurra, dejando a sus labios pasear por el puente de tu nariz, aun sin abrir los ojos, porque vos le pediste que los mantuviera cerrados hasta que le dijeras que podía abrirlos.
"A mi también me encanta besarte sin necesitar más motivos que mis ganas"
Te sentás a su lado en el sofá (ella sigue con los ojos cerrados) y antes de decirle que puede levantar los párpados finalmente, te tomás unos segundos más para completar el precioso regalo que yace sobre la mesita ratona, el cual habías desenvuelto al llegar a tu casa para poder admirarlo un rato antes de ponerte a preparar la cena (y también, por supuesto, para cerciorarte de que no habías pasado a engrosar la larga lista de personas que compran algo vía internet y acaban llevándose un fiasco porque les envían el producto equivocado por error).
Es un objeto perfecto, es casi tan perfecto como Michelle (todo lo que habita este Universo es casi tan perfecto como Michelle de acuerdo con lo que vos ves y percibís, porque para vos ella es la cosita más perfecta que existe). Sabés que esta parte de la sorpresa va a encantarle (ni hablar de lo mucho que va a amar esa otra parte que vas a develar después). Sabés que va a sonreír cuando la vea. Sabés que van a llenarse de lágrimas sus ojitos negros cuando le digas qué significado guarda aquello. Sabés que va a comerte a besos para agradecerte, y aunque tenés ganas de que llegue esa parte, más ganas tenés de escuchar su corazón saltearse un latido cuando le develes de qué se trata esta sorpresa.
"Abrí los ojos, Chelle" murmurás en su oído.
Se queda boquiabierta, sorprendida, asombrada al ver la hermosa estatuilla de la Torre Eiffel. Es una réplica exacta de treinta centímetros de alto importada desde Francia, hecha en metal y pintada a mano, parada sobre una base de mármol. Es bellísima e imponente, casi tan bella y tan imponente como la verdadera Torre Eiffel, aquella sobre cuya punta Michelle se pararía si fuera un pájaro, para poder admirar la ciudad de las luces abriéndose debajo de ella.
"Tony, es preciosísima" murmura, tomando la estatuilla en sus manos con extremo cuidado y examinándola embelesada, con ojitos brillantes y esa sonrisa tan dulce que podrías pasar horas enteras contemplando "Es preciosísima" repite, sin aire.
"Me alegra que te guste" besás su mejilla repetidas veces, acariciando la piel con la punta de tu nariz, intoxicándote con su perfume tan dulce "Viene directo de París" le contás, y ante esto ella te mira atónita, pero sin dejar de sonreír.
"¿En serio?" pregunta, sin poder creerlo, acariciando con las yemas de sus dedos cada centímetro de aquella pequeña obra de arte, anonadada, tan sorprendida, mucho más sorprendida de lo que pensabas estaría cuando planeaste esto "¿Compraste esto en Francia?"
"Sí" sos consciente de que tus mejillas están muy rojas, pero dado que llevás tres meses sonrojándote bastante seguido por culpa de ella, podría decirse que estás acostumbrado, o que al menos ya no te da tanta vergüenza como antes reconocer que es sangre lo que corre por tus venas y alimenta a tu corazón en lugar de pretender que sos un robot de metal sin sentimientos "Me hubiera gustado regalarte la verdadera Torre Eiffel" seguís "pero aparentemente los franceses no la tienen en venta"
Los dos ríen. Qué lindo es poder entender la risa de la mujer que amás. Cuando las personas escuchan a alguien reír pueden pensar que su risa es dulce, agradable, contagiosa, molesta, demasiado fuerte, demasiado rara, demasiado fingida, que nace del corazón, que suena como música o como el quejido de una urraca o el berrido de una oveja, y en la mayoría de los casos no pasa de eso. Los que escuchan reír a Michelle, los que tienen la fortuna de escuchar esa risa llenando el aire, seguramente deben pensar que es lo más parecido a escuchar sobre la Tierra la risa de un ángel (al menos eso es lo que pensás vos), pero sabés bien que nadie sería capaz de interpretar su risa. Eso sólo lo hacés vos.
Vos podés interpretar su risa, podés interpretar lo que esa risa transmite, lo que esa risa quiere decir, las palabras que se esconden desdibujadas en esa risa esperando que las tomes en tus manos y de a poquito las dibujes y les des forma. Su risa es parte de ese lenguaje que comparten los dos, pero para cualquier otro no es más que un sonido común y corriente – hermoso, sí, porque todo en ella es hermoso lo reconozcan los demás o no, puedan verlo o no – pero un sonido común y corriente al fin, que nadie puede interpretar porque para todos ellos el de ustedes es un idioma extranjero.
"Gracias, mi amor" suspira, besándote con ganas, con tantas ganas y con tanta ternura como aquella que empapaba el beso que se dieron hace un rato "Gracias, gracias, gracias" sigue murmurando entre besos, acariciando tu cabeza y tus mejillas, creyendo evidentemente que el modelo a escala de la Torre Eiffel importado desde Francia es la única sorpresa que tenés para darle.
Decidís disfrutar de sus besos un rato, perdiéndote en toda esa dulzura casi tóxica que tu organismo necesita para seguir funcionando, esa dulzura a la que sos totalmente adicto, totalmente dependiente, porque no podrías imaginar pasar un solo día sin esos besos de los que te alimentás, esos besos que hacen que tu corazón siga latiendo y que tu alma pese lo mismo que una pluma.
"Sé que uno de tus sueños es conocer la Torre Eiffel…" comenzás, pero ella te interrumpe.
"No quiero la Torre Eiffel" te dice, contemplando la réplica con una sonrisa radiante que alcanza una oreja y luego la otra "porque gracias a vos puedo tener mi Torre Eiffel. No quiero imaginarme la fortuna que te habrá costado…" empieza.
Y esta vez vos la interrumpís a ella.
No le decís 'tenés razón: me costó una fortuna, pero vos valés cada centavo' o 'es verdad, pagué un precio altísimo en euros, pero no me importa porque verte sonreír es lo único que quiero' o un 'te amo tanto que no me interesa tener menos monedas en el bolsillo si vos sos feliz'; simplemente seguís hablando como si ella no te hubiera interrumpido en primer lugar, sonriendo dulcemente y jugando a enredar sus rulos en tus dedos.
"… Sé que querés ir al Museo del Louvre. Sé que querés ir a la catedral de Notre Dame. Sé que querés caminar por las calles de París. Sé que querés ver la ciudad de noche con todas sus luces. Sé que querés sentarte en alguno de esos cafés parisinos a leer un libro. Sé que querés pasear por los Campos Elíseos" enumerás una a una todas las cosas que te gustaría hacer con ella cuando la llevés a Francia "Sé también que París es considerada la ciudad de los enamorados" seguís, repasando con tu pulgar el contorno de sus labios "y que muchas historias de amor hermosas se escribieron en París. Historias de amor como la nuestra" jurarías que podés escuchar y sentir los latidos de su corazón aumentando la velocidad con cada palabra que decís, y tus palpitaciones también se aceleran para combinarse con las suyas "Sé que Francia es un país que te gustaría conocer porque es de donde viene tu apellido, porque en algún punto incierto en tu árbol familiar alguna mujer japonesa se animó a romper con la costumbre y casarse con un francés"
No pueden evitar reír; una vez, en una de esas largas charlas que duran hasta entrada la madrugada, esas charlas que mantienen abrazados, nariz con nariz, salpicadas de mimos, besos y caricias, hablaron profundamente sobre las diferencias étnicas de sus familias, lo distintas que son las culturas de las que vienen. Vos, para hacerla reír, para tranquilizarla, para quitarle de los hombros el peso que carga a veces cuando la invaden pensamientos sobre lo mucho que a tu mamá le disgustó tu decisión de elegirla, le dijiste que evidentemente en algún punto de su árbol genealógico alguien más pensó en colorear fuera de las líneas y que no habría japoneses apellidados Dessler si una de sus antepasados asiáticos y un hombre francés no hubieran decidido ir en contra de todas las probabilidades y vivir su amor más allá de las diversidades de sus etnias, y que seguramente esa historia contada a las generaciones siguientes había tenido un impacto especial en su papá porque, después de todo, había llevado el apellido Dessler con el mismo orgullo con el que practicaba las costumbres de su país y de su cultura, e incluso había bautizado a su hija con un nombre francés.
"Sé que tu abuela te contó lo maravilloso que es París. Sé que compartió con vos muchas anécdotas que quedaron perpetuadas para siempre en esas fotos" besás la punta de su nariz, pensando en lo divertido que va a ser pasar esas fotos a dibujos, sólo para ella, sólo para verla sonreír, sólo para hacerla inmensamente feliz "Sé que es una de las ciudades más bellas de la Tierra…"
Suspirás, buscando las palabras correctas con las que expresarte, pero ya se te están acabando las palabras, porque la realidad es que las palabras nunca son suficientes con ella, nunca alcanzan, siempre faltan, y entonces tienen que recurrir a ese idioma extranjero que sólo ustedes entienden.
"Michelle" seguís, tomando su mano entre tus manos "si fuera dueño de manejar las cosas a mi antojo, hubiera comprado pasajes a París para mañana mismo, te ayudaría a empacar una valija ahora, y al amanecer estaríamos en el aeropuerto y pasaríamos nuestra primera Navidad juntos en Europa"
Y te pediría en Noche Buena que te cases conmigo agrega una vocecita en tu cerebro, pero ese detalle preferís no compartirlo con ella.
Desearías poder hacerlo, desearías poder llevarla a pasar la Navidad en Francia y luego darle en uno de los lugares más románticos del mundo el anillo de compromiso que tenés guardado. No es una cuestión de dinero lo que traba tus planes, porque tus ahorros sumados a la herencia que te dejó tu abuela son suficientes para darte el gusto de llevar a Michelle a París. Lo que impide que armes una valija esta noche y te subas a un avión con destino a Europa mañana es tu trabajo: ¿cómo se lo tomaría Chappelle si le avisaras con poca anticipación que vas a irte del país dos semanas? ¿Cómo se lo tomaría si le pidieras que también le diera en esa fecha a Michelle sus vacaciones? ¿Cómo le sentaría enterarse que están involucrados sentimentalmente?
Definitivamente hubiera sido arriesgado, estúpido, suicida y casi infantil ir a contarle a tu jefe de golpe ese secreto que es de los dos (y que por ende corresponde Michelle decida también cuándo deben develarlo), exponer su relación, y después pedirle que les dé dos semanas libres para irse a pasear por Francia, las cuales es obvio que no les daría, porque darle a Chappelle una noticia tan repentinamente y después pedirle un favor y esperar a que él acepte concederlo es utópico; más bien, furioso, enojado y ofendido porque mantuvieron una relación clandestina bajo sus propias narices y las de Hammond reaccionaría peor que si lo abofetearas o le tiraras un baldazo de agua fría. La misma reacción despertaría en él que le avisaras con menos de dos meses de anticipación que tenés planeado salir del país en febrero del año que está por comenzar y que te llevás a Michelle con vos (incluso, se te ocurre, sería aun más drástico, porque en febrero ocurrirán varios eventos importantes en Los Angeles, y si osaras a pedirle a Chappelle tan sólo una tarde libre para ir al médico, probablemente tampoco te la daría).
Cuando Chappelle y sus superiores se enteren de tu relación con Michelle (lo cual tendrá que ser pronto si planeás casarte con ella en Mayo) deben tener mucho cuidado, mucho tacto, de forma tal que pueda quedar demostrado que es posible para ustedes trabajar juntos aun estando envueltos en una relación íntima y que no serán necesarias medidas drásticas como transferir a alguno de los dos a una Unidad en la otra punta del país. Pedirle a Chappelle dos semanas libres para llevarte a Michelle a París no es una buena manera de revelarle a tu jefe la verdadera naturaleza de tu relación con ella.
Podrías llevarla en Mayo a París, pero ya tenés elegido otro sitio para la luna de miel. Podrías llevarla la Navidad siguiente, pero hay una partecita tuya que espera que para estas fechas el año que viene tus padres hayan aceptado finalmente que el amor de tu vida, la que va a darte hijos, la persona con la que vas a estar hasta que respires por última vez, es Michelle, que eso no va a cambiar, que no hay forma de separarte de ella, y entonces puedan pasar las fiestas en familia, todos juntos, con tus sobrinos, tus hermanas, en Chicago, armando muñecos de nieve, tomando taza tras taza de chocolate caliente con malvaviscos, decorando todos juntos el árbol de Navidad.
¿Por qué el 14 de Febrero entonces? Porque dicen que París es muchísimo más hermosa en el día de los enamorados, dicen que sus luces brillan especialmente, dicen que la música suena mejor, dicen que las calles tienen otro encanto. Y si por distintos motivos que escapan a tu competencia Michelle va a tener que esperar 431 días para conocer la ciudad más romántica del mundo, entonces querés que la vea cuando esté resplandeciendo.
"Lamentablemente no puedo manejar las cosas a mi antojo, no puedo manejar los tiempos, o nuestros trabajos, no puedo manejar el mundo y doblar las barreras y los obstáculos" volvés a suspirar "Mi sorpresa no es un viaje a Francia programado para el futuro inmediato…"
Notás su expresión confundida; abre la boca para hablar, pero se lo impedís, posando tu índice sobre sus labios para sellarlos; es como si las palabras 'viaje' y 'Francia' juntas la hubieran dejado sin respiración.
"… Mi sorpresa es una promesa, una promesa que voy a cumplir pase lo que pase" aclarás "Una promesa que quiero que recuerdes todos los días. Esta miniatura de una de las cosas más hermosas de París es el símbolo material de esta promesa: dentro de 431 días, el 14 de febrero del año siguiente al que está por comenzar, vos y yo vamos a estar en Francia, en París, en la ciudad de las luces, frente a la Torre Eiffel, probablemente besándonos, porque cuando estamos solos nunca podemos aguantar mucho sin besarnos…"
Vuelve a reír, el sonido de su risa se escapa por entre sus labios, y las lágrimas que tus dedos no llegan a detener empapan esa sonrisa. Está anonadada, atónita, sorprendida. Te das cuenta que le cuesta reaccionar, que todo eso es demasiado y que estás diciéndoselo de golpe, sin darle tiempo a procesarlo, a entender que no es un sueño, que es real, que está pasando, pero no podés evitarlo, no podés contenerte: estás demasiado contento, estás demasiado entusiasmado, y las palabras salen de tu boca sin que puedas frenarlas, así como tampoco podés frenar el ritmo acelerado de tu corazón, cada vez más acelerado para ir al compás del suyo.
"De acuerdo con mis planes" le contás, tomando sus manos entre las tuyas y acariciando su dedo anular con tu pulgar "vamos a llevar varios meses casados para ese entonces…"
Ocho meses, pensás, sonriendo por dentro, sintiendo las mariposas expandirse por toda tu anatomía haciéndote cosquillas.
"…, pero no puedo contarte sobre eso porque estaría arruinando otras sorpresas" le decís, haciéndote el misterioso a propósito, como siempre que querés hacerla reír con tus intentos (certeros) de incrementar su curiosidad "Y este viaje a París que quiero regalarte, no va a ser nuestra luna de miel – porque para nuestra luna de miel tengo pensada otra cosa -; va a ser un viaje porque sí, porque te amo, porque me encanta mimarte y consentirte, porque me encanta la idea de pasar tardes enteras recorriendo de punta a punta uno de los lugares más lindos de Europa con vos, porque París va a ser mucho más hermosa si vos estás en ella, porque me encanta la idea de hacer tu sueño realidad, porque quiero que pasemos ese día de los enamorados en la ciudad más romántica del mundo"
Hacés una pausa larga, finalmente, para que todo aquello que estás diciéndole termine de ser procesado por su cerebro y haga efecto, para que controle sus lágrimas y su risa, para que acabe de comprender que le dijiste que dentro de 431 días van a llevar varios meses casados, y van a estar en París, en esa ciudad llena de luces, en esa ciudad donde hablan un idioma que vos no comprendés bien, en esa ciudad donde todos los enamorados que están unidos por esa conexión mágica que se forma solamente cuando el amor es puro y verdadero hablan su propio idioma, un idioma único en cada caso, un idioma que para el resto del Universo es extranjero.
"Desearía tanto poder llevarte a París mañana mismo, para Navidad, o para este 14 de febrero, en lugar de que tengas que esperar más de un año…"
No terminás la frase porque esta vez es su dedo índice el que se posa sobre tus labios, sellándolos para que dejes de hablar.
"Tony, no tenés idea de lo que significa esta sorpresa para mí" murmura, conteniendo las lágrimas de felicidad que pugna por seguir cayendo de sus ojos, la sonrisa intacta, el brillo en su mirada refulgiendo "No me importa tener que esperar 431 días, no me importaría tener que esperar mil días, o diez años, o veinte, o cincuenta, o hasta cumplir noventa" te asegura, acariciando tus mejillas con sus pulgares "Yo creo en todas tus promesas, absolutamente todas, y vos estás prometiéndome viajar a París" hace una pausa; aparentemente a ella también le resulta difícil encontrar las palabras indicadas para expresar todas las emociones que están moviéndose dentro suyo "… No me importa cuándo vayamos, sólo me importa tu promesa de que un día, cualquier día, vamos a ir juntos, sólo me importa que querés ir conmigo, que serías capaz de llevarme a la otra punta del planeta para hacerme feliz" su pulgar acaricia tus labios "Y eso vale más que cualquier otra cosa, eso vale más que dos pasajes fechados para mañana, vale más que todas las obras de arte del Louvre…"
Sabés bien el valor que tienen para ella tus promesas. Sabés bien que las cree todas, que no hay promesa que salga de tu boca en la que ella no crea automáticamente. Sabés bien que nunca romperías una promesa, menos una promesa hecha a ella, porque preferirías morir antes que romper una promesa que le hiciste a la mujer que amás. Dentro de 431 días van a estar en París, y si estás prometiéndoselo es porque estás seguro de que vas a poder cumplirlo. Y ella sabe eso también. Puede que no le importe tener que esperar mil días, diez años, veinte, cincuenta, o hasta su cumpleaños número noventa para conocer la Torre Eiffel y visitar todos esos lugares de los que su abuela le habló, todos esos lugares capturados en las fotos que tiene guardadas probablemente en alguna de las cajas que están prolijamente apiladas en su placar, pero vos no vas a hacerla esperar más que ese tiempo. Querés estar en París el primer 14 de febrero que pasen casados, en la ciudad de las luces con la luz más brillante que existe en tu mundo.
Volvés a interrumpirla, tu índice ahora sobre sus labios, sellándolos.
"431 días" decís, simplemente "Esta miniatura de la Torre Eiffel significa eso" señalás con un gesto de la cabeza la figura a escala ": dentro de 431 días, el 14 de febrero, el día de los enamorados, vos y yo vamos a estar casados, vamos a llevar varios meses casados" le asegurás, y sentís otra vez las mariposas volando libremente dentro de tu estómago, haciéndote cosquillas, desparramando por cada rincón de tu anatomía esa sensación cálida que ya tan bien conocés "y pase lo que pase, suceda lo que suceda, te prometo, Michelle, que dentro de 431 días el destino va a encontrarnos en París, amándonos tanto como hoy, o más"
"Más" ella te asegura, inclinándose hacia adelante para robarte un beso "Mucho, mucho más, porque con cada segundo me enamoro más y más de vos, y no hay forma posible de que dentro de 431 días siga amándote tanto como te amo ahora. Mañana voy a amarte más, y pasado mañana voy a amarte aun más, y la semana que viene voy a amarte aun más, y dentro de un mes, y el día que nos casemos, y dentro de un año… Todos los días despierto amándote más que el día anterior, y todas las noches me voy a dormir amándote más de lo que te amaba ese día al despertar, pero mucho menos de lo que voy a amarte al siguiente"
Entendés perfectamente lo que dice, porque a vos te pasa exactamente lo mismo.
"Tenés razón" decís, acomodando algunos de sus rulos detrás de sus orejas y besando su frente con ternura, dejando que tus labios reposen sobre su piel un ratito, inhalando su perfume para que tus pulmones se llenen de tu droga favorita ": cada día me enamorás más y más"
Pasan las horas previas a quedarse dormidos acurrucados en el sillón, tu espalda contra el respaldo, su espalda contra su pecho, tu cabeza anidada en ese huequito entre su cuello y su hombro, tus brazos envolviéndola protectoramente y tus manos acariciando su estómago por debajo de su ropa, arrancándole algún suspiro de tanto en tanto. Hablan en voz baja, como si estuvieran contándose secretos, usando palabras que complementan lo que sienten con sólo tocarse o compartir el aire que respiran. Hablan de todas las cosas que van a hacer dentro de 431 días cuando estén en París, y no podés evitar las sonrisas que su dulzura, su entusiasmo y la ternura con la que te agradece esporádicamente cada dos minutos te arrancan.
"Sé hablar algo de francés – un poquitito, apenas lo básico -, pero no creo tener vocabulario suficiente para manejarnos en París" confiesa, cuando arriban a determinado punto de la conversación; bien sabido es – y la experiencia de tu hermana en Francia lo confirma, porque te lo contó ella, así como te lo han contado otros que conocés que fueron de vacaciones a aquél país europeo – que a los franceses no le gustan los turistas que se acercan a ellos y tratan de pedirles instrucciones o comunicarse en otra lengua que no sea la oficial de esas tierras.
"Bueno, yo hablo Español, vos hablás Japonés, los dos hablamos Inglés… Creo que los franceses van a entendernos perfectamente" bromeás, y su risa causa que vos también rías.
"Tenemos 431 días para aprender francés" señala.
"Y vamos a tener dos semanas para que los franceses se burlen a nuestras espaldas de lo mal que lo hablamos" replicaste, arrancándole otra sonrisa.
"Sería mucho más fácil si todos habláramos el mismo idioma" comenta "aunque también sería mucho menos interesante. John Lennon quería un mundo sin fronteras, sin países y con una misma lengua, y aunque sé que es utópico e imposible, hay días en los que me pregunto cuántas cosas cambiarían para bien si todos fuéramos ciudadanos de un mismo mundo y no existieran idiomas separándonos o territorios donde algunos sean extranjeros, incluso si sé bien que eso no va a suceder jamás"
Te encanta escucharla hablar así, te encanta que aun habiendo visto todo lo que vio en su trabajo en una partecita de ella siga viva esa llama encendida con ideales, aunque imposibles, irrealizables. Te encanta saber que los horrores que han presenciado no la hayan convertido en una persona fría, cínica y cargada de veneno, demasiado intoxicada por las cosas malas que abundan en este mundo. Te encanta que Michelle sea lo suficientemente adulta para entender que no hay manera de cambiar drásticamente el funcionamiento de un mundo echado a perder, pero que conserve la dulzura necesaria para no caer como caen otros en ese pozo depresivo desde el cual fingiendo ser fuertes culpan a Dios y llaman hipócritas a todos los que, como Lennon, se animaron a soñar sueños irrealizables.
"Nosotros dos nunca vamos a hablar el mismo idioma que los demás" murmurás, tus labios rozando apenas su cuello "Nosotros dos siempre vamos a ser extranjeros, vayamos al lugar al que vayamos; somos extranjeros en nuestro propio país, incluso" elaborás tus reflexiones, cuando ella se da vuelta muy despacio hasta quedar cara a cara con vos, su nariz a centímetros de tu nariz, su boca a centímetros de tu boca, la curiosidad y la intriga sobre por qué estás diciéndole eso reflejadas en su mirada "Mi mundo es el que comparto con vos, el que construimos los dos" decís, acariciando sus mejillas con tus pulgares, repasando despacito con el dedo índice aquella zona de piel ultrasensible debajo de sus párpados "y el mundo al que pertenecen los demás… somos extranjeros en ese mundo. Y los idiomas que hablan los otros – chino, francés, japonés, español, ingles, alemán, cualquiera de esos idiomas -, significan poco y nada para vos y para mí, son idiomas extranjeros. Nosotros tenemos nuestro propio idioma, un idioma único, que no puede hablar nadie más, que no puede entender nadie más"
"Entonces siempre vamos a ser dos inmigrantes hablando un idioma extranjero" susurra, sonriéndote entre besos esquimales "vayamos a donde vayamos"
"Sí" contestás, espejando su sonrisa.
"Excepto cuando estamos en nuestro propio mundo" susurra.
"Excepto cuando estamos en nuestro propio mundo" susurrás.
Media hora después está profundamente dormida, y te gusta pensar que la sonrisa que aun sigue en su rostro se mantiene ahí porque está soñando con París, con aquella Torre Eiffel a cuyo lado la réplica que le regalaste es muy pequeña (cuando se calmó después de que la sorprendieras diciéndole que vas a llevarla a Francia en 431 días, te preguntó – era de esperar que lo hiciera, por supuesto - dónde habías comprado esa réplica, y cómo, y por qué insistís en gastar tanto dinero en ella cuando ella no necesita nada que no puedas darle con tus besos y tus abrazos; a todas esas preguntas respondiste de la manera más simple y sin dar demasiados detalles, y una vez más le aseguraste que cada moneda que tengas en tu poder vas a gastarla en ella, le guste o no, esté de acuerdo o no).
Te gusta saber que Michelle cambió todo en vos. Te gusta saber que ya no sos un hombre robótico que se escuda detrás de altos muros de acero para no ser lastimado. Te gusta haberte vuelto lo suficientemente loco como para creer en algo que de otra forma no hubieras creído: que es posible que dos personas que se aman creen su propio, pequeño mundo dentro de un mundo mucho más grande y mucho más triste, un mundo que les pertenece enteramente y que nadie más puede tocar, un mundo en el que se habla un idioma único que nadie más puede entender, un idioma que nadie puede descifrar, un idioma extranjero, hecho de miradas, besos, abrazos, caricias, secretos, promesas y sueños compartidos.
Te gusta sentir que en todas partes ustedes dos son inmigrantes hablando un idioma extranjero. Te gusta sentir que lo que existe entre Michelle y vos es único en su especie, tan grande, profundo, hondo, indescriptible que no hay forma alguna que los otros puedan percibirlo, porque es invisible a los ojos y sólo puede ser visto con el corazón, así como ese idioma que hablan entre los dos sin musitar palabra alguna es irreconocible para el resto de los habitantes del Universo, totalmente extraño y extranjero, porque solamente puede escucharse y comprenderse si se escucha y se comprende con el corazón.
