Capítulo 2: Aldebarán
Desde siempre, el Santo de Tauro fue un hombre noble que actuaba según lo que su instinto le dictara. Esto fue claro desde antes de fuese conocido por el nombre de Aldebarán, e incluso antes de que llegara al Santuario, cuando era simplemente un niño de tres años que respondía al apodo de Novilhinho.
Él era uno de los muchos niños que vivían en el orfanato dirigido por el señor Ferreira quien, junto con un reducido grupo de hombres y mujeres, procuraba darles las mejores oportunidades disponibles en el pobre distrito de Paraisópolis. El reciente asentamiento anidado en una de las zonas más ricas de la ciudad de São Paulo, carecía de la mayor parte de los servicios; sin embargo, la cercanía a los comercios ofrecía oportunidades de trabajo a los cientos de personas que se mudaban ahí cada año.
Ostentando su irónico nombre, Paraisópolis era una promesa que nunca se cumplió, con laberínticas calles cubiertas con techos de lámina y muros de ladrillo a medio construir. Aun así, los habitantes de la favela permanecían en ese lugar a sabiendas de que era la mejor opción que tenían en ese momento.
Desafortunadamente, no todos en la favela vivían ahí por convicción propia. También estaban los más pequeños, los más marginados que desde un principio carecieron de opciones y de apoyo. Era a ellos a quien el señor Ferreira ayudaba y era entre ellos que se encontraba el tierno Novilhinho.
A decir verdad, el señor Ferreira no reparó en el avispado niño de ojos oscuros desde un principio. Tenía demasiados muchachos de los cuales preocuparse como para enfocarse en uno solo. Fue por eso que, cuando comenzó a escuchar los extraños rumores referentes a él, los desdeñó como simples fantasías.
Después de todo, ¿cómo un ser humano podía saltar entre los techos de las casas como si se tratasen de rocas en un río? ¿Cómo alguien tan pequeño tendría la capacidad de correr a la par de una motocicleta? ¿Cómo podría ese muchacho tumbar de un cabezazo a niños con tres veces su estatura?
Ciertamente el niño era alto y fuerte para su edad. El señor Ferreira lo sabía y por eso le dio el apodo de pequeño novillo. Eso era lo único que sabía de Novilhinho y lo único que sus múltiples obligaciones le permitieron conocer. Todo lo demás eran exageraciones, simples fantasías generadas por las creativas mentes infantiles.
Pasó un año y cualquier interés que pudo haber tenido Ferreira en Novilhinho se desvaneció con la formación de varias bandas en la favela. El barrio, antes tranquilo, comenzó a ser invadido por zonas de riesgo que crecían día a día. Las balaceras y peleas nocturnas se volvieron una costumbre que amenazaba con extenderse y pronto el buen Ferreira tuvo que restringir las salidas a sus muchachos.
Aquello no era algo sencillo. El orfanato constaba únicamente de algunos cuantos cuartos encaramados en un angosto edificio. Si era difícil contener a los hiperactivos niños durante la noche, hacerlo de día era casi imposible. Decidió pues, dejarlos salir a jugar sólo en grandes grupos y siempre acompañados por alguno de los profesores. Los más pequeños siempre insistían en ser escoltados por Novilhinho, quien a su corta edad ya contaba con la estatura de un muchacho de diez años.
En una ocasión, una pelea entre dos bandas juveniles generó tal caos que el señor Ferreira se negó a dejar salir a los niños por una semana. Esto los volvió inquietos e insistentes y para el octavo día le fue imposible negarles un descanso. Ese fue día en el que Ferreira finalmente dio crédito a los rumores que se decían de Novilhinho y el momento en el que se desencadenó el cambio en la vida de éste.
Apenas pasaba el mediodía y el orfanato se organizaba para servir el almuerzo. Poco antes de que una de las maestras saliera a llamar a los chicos, se escuchó un fuerte estruendo seguido por un fugaz temblor. Con el corazón en la boca, Ferreira y otros profesores salieron en búsqueda de los muchachos. Los encontraron rodeados de varios adolescentes y corrieron hasta ellos temiendo tener que interrumpir una pelea.
Una vez que estuvieron lo suficientemente cerca, se percataron de que los que lucían más asustados eran los desconocidos. El más aterrado era uno que había caído de espaldas ante los pies de Novilhinho. Entre ellos se encontraba una enorme fisura en el pavimento.
Los adolescentes salieron de su trance una vez que los adultos aparecieron y guiaron a los niños al orfanato. El último de ellos, el que había caído, fue el que más tardó en recuperarse antes de levantarse y perderse entre las angostas e inclinadas callejuelas del barrio.
Cuando Ferreira preguntó lo que había pasado, le explicaron que aquellos jóvenes se les habían acercado con el mero afán de intimidarlos. Eran tan solo unos muchachos que se daban más importancia de la que realmente tenían y, quizá conscientes de su exigua fuerza, decidieron molestar a un grupo de niños pequeños. No tardó en iniciar una discusión y, cuando los agresores amenazaron con golpear a los pequeños, Novilhinho dio un paso al frente para defender a sus compañeros. Uno de los jóvenes se enfrentó a él e inició un intercambio de empujones que amenazaba con tornarse en algo peor. Alterado por el llanto de sus amigos y por las estridentes risotadas de los extraños, Novilhinho instintivamente dio una fuerte patada al piso que provocó el temblor y la enorme grieta a los pies de su contrincante.
Por supuesto que la primera reacción de Ferreira fue la de desechar tan loca explicación. No obstante, la insistencia de los niños y del maestro que les había acompañado le hizo reconsiderar no sólo aquel acontecimiento, sino todos aquellos que había escuchado con anterioridad.
Algunos días después, cuando los niños se retiraron a dormir, Ferreira tuvo una larga discusión con uno de sus compañeros.
—Pensé que los Santos de Atena eran sólo un invento.
—¿Los santos de qué? —preguntó Ferreira con el ceño fruncido.
Titubeante, el joven dio largo trago a su taza de café y pensó seriamente en las palabras que pronunciaría a continuación.
—Santos de Atena: hombres y mujeres que con sus puños desgarran el cielo y que con sus patadas quiebran la tierra.
Ferreira quiso reírse de la loca explicación, pero el recuerdo del pavimento cuarteado borró en pocos segundos su incrédula sonrisa.
—Suena a cuento de hadas.
—Eso creía yo también. Mi hermano mayor, el que trabajaba en protección civil, me habló de ellos. Dice que en ocasiones pasaban cosas extrañas: edificios desplomados sin motivo, carreteras arruinadas de un día a otro, ataques misteriosos. Ellos se encargaban de encubrirlo todo para evitar que la gente se asustara y en ocasiones una organización llamada Santuario enviaba a sus hombres a solucionar los problemas. Aunque él tampoco creía mucho en esas cosas, escuchó rumores en varias ocasiones.
—¿Crees que Novilhinho sea uno de ellos?
—No lo sé. Tal vez mi hermano pueda ayudarnos a contactar al Santuario. Tal vez nos puedan explicar lo que pasó.
Ferreira asintió en silencio y se sirvió una segunda taza de café. No estaba muy seguro de si los Santos de Atena podrían ayudar a Novilhinho. Una parte de él temía el futuro que pudiera avecinarle al niño si seguían con el vago plan. Sin embargo, una segunda parte, más egoísta y temerosa, le convencía de que el destino de Novilhinho no era tan importante como el del resto de los niños. Un poder como el suyo podría hacerse peligroso en poco tiempo.
Lo mejor sería deshacerse de él.
~~~~~~~~~~~oOo~~~~~~~~~~~
Para sorpresa de todos, no pasaron muchos días desde el incidente callejero y la llegada de un altísimo hombre que venía en nombre del Santuario.
El hombre llegó sin advertencia y muy temprano en la mañana, tan solo unos cuantos minutos después de que el señor Ferreira se despertara. Cuando éste abrió la puerta, tuvo que dar un par de pasos hacia atrás para contemplar la imponente figura de quien se presentó como Jothan de Tauro. A pesar de que el deficiente portugués del visitante se mezclaba con un pobre español, Ferreira entendió que el hombre planeaba llevarse consigo a Novilhinho. No lo pensó dos veces antes de dirigirse al cuarto en el que el niño dormía, despertarlo y presentárselo a Jothan.
Cuando reconoció el temor y la tristeza en los siempre dulces ojos de Novilhinho, el corazón de Ferreira se llenó de remordimiento, mas se convenció a sí mismo que aquello era lo mejor. Si el Santuario envió por él con tanta rapidez era porque el niño tenía algo especial, algo que podía ser peligroso si se quedaba en Paraisópolis.
Sí, Ferreira tenía suficientes preocupaciones, suficientes niños de los cuales cuidar. Se despidió escuetamente del hombre y de Novilhinho y cerró la puerta antes de que Jothan pudiera agradecer sus atenciones.
~~~~~~~~~~~oOo~~~~~~~~~~~
Jothan se extrañó en demasía cuando el Patriarca le ordenó que fuese a Brasil a recoger a un aprendiz. El proceso que usualmente se seguía era llevar a los niños a campamentos cercanos, donde eran evaluados y posteriormente canalizados a los lugares finales de sus entrenamientos. El Santo de Tauro no comprendía qué podía haber en el muchacho que lo hiciera tan especial, así que cuando lo llevó al Santuario se limitó a tratarlo como a un aprendiz más.
Contra su pronóstico, Novilhinho no tardó en demostrarle su verdadera valía. Una vez que el niño se acostumbró al nuevo ambiente, demostró no sólo ser tierno e inteligente, sino que también sumamente prometedor. Poco importaba que el niño no supiera griego desde un principio, casi sin palabras pudo entender la esencia del cosmo y, quizá más importante, el deber de los Santos.
—Así como defendiste a tus amigos esa mañana, el cosmo te dará la fuerza para cuidar de aquellos que lo necesitan. Podrás utilizar el poder de tu cuerpo y el de tu alma para hacer de este mundo un lugar mejor.
Novilhinho respondió algo en su lengua natal que Jothan falló en descifrar. Sin embargo, la enorme sonrisa en su rostro y el alegre destello en sus ojos le hicieron saber que el pequeño no sólo le había entendido, sino que estaba más que entusiasmado por el futuro que se le ofrecía.
Jothan tuvo que acostumbrarse a entenderle a través de sus gestos. Novilhinho aprendió el griego con la facilidad acostumbrada de todos los jóvenes aprendices, pero parecía preferir su entonado idioma en la mayoría de las ocasiones. El Santo de Tauro se sabía con parte de la culpa: nunca le riñó por responderle en portugués y él mismo disfrutaba de aprender alguna que otra frase nueva.
La sonrisa de Novilhinho alegraba los días de Jothan, y el saber que ésta no desaparecería después de un día de largo entrenamiento le entusiasmaba y llenaba de orgullo. El paulista aprendía cada movimiento con facilidad innata, su rapidez se hacía cada día más impresionante y sus golpes cada vez más temibles. Jothan supo pronto que sería el indicado para portar su Armadura y finalmente entendió por qué el Patriarca le pidió expresamente que lo tomara como su pupilo.
Una mañana después de verle desayunar varios huevos con tocino y media hogaza de pan, a Jothan le surgió una pregunta que, pensó, debió haberle hecho semanas atrás.
—¿Cuál es tu nombre?
—Novilhinho —respondió el niño mientras limpiaba la superficie de su plato con una rebanada de pan.
—No creo que ese sea tu nombre verdadero —dijo entre risas—, es sólo un apodo. Debes tener un nombre. ¿No puedes recordarlo?
Novilhinho miró a Jothan como si éste estuviera loco. Después de todo, ése era el único nombre que conocía y no concebía que pudiese llamarse de otra forma. Unos cuantos segundos después pareció decidir que la rareza de su maestro no era más relevante que el coctel de frutas frente a él y se alzó de hombros antes de seguir comiendo.
—Tal vez ahora seas un novillo, pero algún día serás mucho más que un toro. Tú serás la estrella más brillante de Tauro; tú serás Aldebarán.
El niño interrumpió su desayuno e intentó pronunciar un par de veces el complicado nombre. Al no lograrlo, prefirió embutirse un gran trozo de melón.
A partir de ese momento el aprendiz de Jothan dejó de ser conocido como Novilhinho y se convirtió en Aldebarán. Dos días después, el Santo de Tauro lo presentó ante el Patriarca como su sucesor, dejó el campamento de aprendices y lo instaló como el nuevo habitante del Segundo Templo.
Aldebarán no pareció percatarse de los cambios; siguió siendo tan alegre y afanoso como siempre. De ningún modo Jothan podía catalogar al niño como alguien contemplativo y quizá ésa era su mayor ventaja. El pequeño no perdía el tiempo buscando respuestas que no existían, él seguía adelante mientras obedecía a su impetuoso espíritu.
Jothan pensaba que nunca antes Tauro tuvo un corazón tan poderoso.
~~~~~~~~~~~oOo~~~~~~~~~~~
El aprendiz del Patriarca mataba el tiempo antes de que llegase la hora de la cena. Como casi siempre, decidió descansar en el estudio de su maestro. A veces se sentaba en su antiquísimo escritorio y fingía leer los viejos pergaminos que tenía prohibido tocar. En otras, jugaba con el pequeño globo terráqueo, girándolo en todas direcciones y soñaba que algún día visitaría todos esos lugares. Esa tarde en específico se animó a hacer algo que si bien no tenía prohibido, procuraba evitar con el fin de eludir la desaprobatoria mirada de Arles.
Mü disfrutaba enormemente sentarse en medio del taller de su maestro admirando y escuchando los quedos murmullos de las Armaduras que pudiesen necesitar reparación. Eso no era precisamente lo que a Arles le preocupaba, sino que temía que pudiese hacerle algún daño irreparable a los mantos. Al niño le gustaba sujetar las herramientas entre sus manos como si fuese él el responsable de traerlos de nuevo a la vida y no siempre tenía la paciencia para esperar a que su maestro le acompañara en sus prácticas. Era difícil para Mü contenerse ante las miles de grietas que las Armaduras solían presentar. Su maestro, ya tan cansado, tardaba cada día más en repararlas y Mü deseaba ayudarle en la noble tarea. Arles, tan pesimista como siempre, temía que su impaciencia tuviese fines catastróficos sin la apropiada supervisión.
Afortunadamente, aquella noche tanto Arles como el Patriarca estaban entretenidos con algo más y tuvo la libertad suficiente para adentrarse al taller y desordenar a su gusto las herramientas de su maestro. Tan entretenido estuvo en su tarea que no se percató de que alguien se coló al taller hasta que escuchó un largo y agudo grito de sorpresa.
—Legal!
Sin saber lo que pasaba, Mü vio un alto niño moreno caminar alrededor de la habitación mientras decía un montón de palabras que no pudo comprender.
—¿Qué haces aquí? —preguntó molesto mientras le bloqueaba el paso hacia la Armadura de Aries—. ¿Quién te dio permiso de pasar?
El intruso parpadeó varias veces y después soltó una larga risilla mientras se disculpaba.
—¿Qué es esto? —el niño no tuvo interés en responderle—. Buscaba la cocina y me perdí. ¿Qué es eso que brilla tanto?
—No debes estar aquí —si el extraño no quería responderle, él tampoco resolvería sus dudas—. ¡Fuera!
—¿Por qué? ¿Quién eres? Yo soy Aldebarán.
Mü arrugó la nariz. Ya antes había escuchado ese nombre. Hacía un año que el niño llegó al Santuario como el aprendiz del Santo de Tauro —aquél con quien su maestro estaba ocupado aquella tarde. Mü entrenaba en el Templo de Atena y no solía convivir con el resto de los aprendices; era por eso que apenas conocía al avispado y ruidoso muchacho que tan groseramente interrumpió su paz.
—Soy Mü —dijo con esperanzas de intimidarlo—, alumno del Patriarca.
—¿Mü? ¡Ese es un nombre gracioso!
El niño se vio sinceramente sorprendido de que alguien le dijera algo así. Por extravagante que fuese su nombre, nunca nadie había tenido el valor y el descaro de decírselo a la cara.
—No lo es.
—¡Tienes puntitos en la frente!
¡Ese era el acabose! ¿Quién se creía ese muchacho para burlarse del rasgo más característico de su raza?
—Legal! —repitió Aldebarán—. ¡Son geniales!
—¿Geniales?
El aprendiz de Tauro aprovechó su descuido y continuó su inspección al taller. Mü, todavía confundido, decidió que lo mejor era dejarlo pasar. Sólo intentó detenerle hasta que se acercó a la Armadura de su maestro.
—¡No la toques! —gritó, deteniéndolo de un brazo—. Es Aries y está descansando.
—¿Descansando? ¿De qué? No hace nada.
Mü miró el manto sagrado y tuvo que admitir que la pregunta tenía sentido. Aquella Armadura llevaba medio siglo sin dueño. ¿De qué podría estar descansando?
—De recordar —murmuró finalmente—. A veces recordar cansa, como cuando duele la cabeza de tanto pensar.
Aldebarán rio nuevamente.
—Por eso yo no pienso mucho.
Mü no pudo contener su sonrisa. Si bien el desaliñado niño le sacó de su zona de confort, tenía que admitir que su alegría era contagiosa. Además, aún sin tocarlo podía sentir la felicidad del manto de Aries al tener cerca a Aldebarán y, si a Ella le agradaba, era imposible que el niño fuese una mala persona. De ese modo decidió darse la oportunidad de conocerlo.
Con suerte podrían hacerse buenos amigos.
Comentario de la Autora: Y bien, ya llegamos al capie de mi hermoso Aldebarán. Y con hermoso me refiero a que tiene mucha belleza interior, porque exterior como que no tanto.
Creo que Alde es uno de los Santos Dorados con mejores sentimientos. También es uno de los más fuertes. Desafortunadamente, esa misma fuerza hace que Kuru siempre lo use como "vamos a matarlo para que vean que estos antagonistas son muy poderosos." Ciertamente es un personaje que merece más de lo que le otorgó tanto su creador como el fandom. Éste es de los pocos goldies de los que tenía ya un headcanon muy firme. Tanto su maestro como su lugar de origen los tenía ya listos para la acción y fue lindo plasmarlo por primera vez en palabras.
La amistad de Mü y Alde es de las pocas entre los goldies que son canónicas y por eso tuve que poner el momento de su encuentro. Ciertamente no ha de haber sido fácil para Mü aceptarlo en un principio, pero Alde es tan genial que seguro no tardó en conquistarlo.
Muchas gracias a sus lecturas y a sus reviews. Espero no hayan odiado esta segunda entrega. Como no puedo responder directamente algunas de las reviews, lo haré a través de mi profile.
¿Siguiente capítulo? Por supuesto que el hermoso y maloso Saga. ¡Tachan!
