Capítulo 3: Saga

Desde el día en el que nacieron, la señora Tsamis supo que los gemelos estaban destinados a la grandeza. Hijos de una madre débil y enfermiza, los saludables niños crecían semana a semana, y los firmes agarres de sus manitas les auguraban una vida repleta de salud. Considerando el hecho de que su madre falleció debido a una infección postparto mal tratada, aquella era una gran noticia tanto para la señora Tsamis como para el resto de las mujeres que habitaban uno de los muchos burdeles cercanos al puerto del Pireo.

Veinte años antes la señora no hubiese admitido que los niños se quedaran a vivir en el viejo edificio donde laboraban sus muchachas. Sin embargo, tanto la avanzada edad como los hermosos ojos de los pequeños terminaron por convencerla de que lo mejor era que se quedaran ahí. En un principio delegó su crianza a la afanosa tía de los niños; desafortunadamente, conforme pasaron los meses, éstos resultaron ser insuficientes para mantenerlos al margen.

Sumamente despiertos e inteligentes, los gemelos apenas y cedían tregua a las mujeres que noche tras noche trataban de mantenerlos lejos de los clientes. De los dos, Kanon siempre fue el más travieso. Podía escapar de cualquier puerta cerrada y en poco tiempo aprendió a oponerse a las débiles manos que en vano trataban de contenerle. Saga, por el contrario, era mucho más obediente y gentil. Aunque inquieto, siempre era un gusto estar con él después de pasar por el infierno de corretear a su hermano por todo el edificio.

Cuando los niños cumplieron tres años, la anciana decidió que era el momento de que empezaran a proveer para la casa. El trabajo les resultaría sencillo: vagabundearían por las calles cercanas al puerto mientras suplicaban caridades con elocuentes miradas. Los niños eran lo suficientemente lindos como para llamar la atención y nadie podría rechazarles después de un par de guiñitos conquistadores con sus largas pestañas negras. En verano, pensaba, enviaría a una de sus chicas a acompañarlos hasta el malecón. ¡Sacarían el doble de dinero de los incautos turistas!

Un día antes de dejarlos salir por primera vez, Tsamis pensó que tal vez sí eran demasiado jóvenes para pasearse por su cuenta por la ciudad. Tuvo que fingir fortaleza la mañana siguiente mientras ensuciaba el rostro de los niños con tierra y les daba consejos sobre cómo generar más lástima a sus víctimas. Afortunadamente, todos sus temores desaparecieron al verlos regresar sanos, alegres y con un par de puñados de monedas sueltas. ¡Los gemelos eran tan listos, tan rápidos! No había modo en el que alguien los pudiese atrapar. En definitiva, esa fue una de las mejores ideas de toda su vida.

Con el tiempo los gemelos recolectaban más y más dinero. Quizá no era mucho —ciertamente no el suficiente para solventar sus gastos—, pero así se mantenían ocupados y lejos de los clientes. Saga siempre fue el más hábil trayendo consigo la mayor cantidad de dinero. No era una gran sorpresa. La señora Tsamis sabía bien de las astutas lisonjas del niño. Era como si Saga supiese exactamente qué decir enfrente de uno; casi como si fuese capaz de leer la mente. El niño piropeaba la sonrisa de las turistas, trataba con gran respeto a los hombres jóvenes y sujetaba tiernamente de la mano a los ancianos. Con un simple gesto era capaz de conquistar a cualquiera y, por supuesto, ella no era una excepción. Saga se volvió su favorito porque fue el que se esforzó más en serlo.

Kanon siempre fue más independiente, más huraño. A la señora Tsamis se le complicaba el estar con él puesto que, en lugar de dedicarle coquetas sonrisas, el niño prefería sacarle la lengua y jalarle la pañoleta con la que se cubría el cabello.

Saga, por el contrario, siempre tenía algo lindo que decirle y algún motivo por el cual abrazarle. A pesar de que la mujer había visto pasar a muchos niños, él fue el primero que le hizo despertar algo semejante al instinto maternal. Saga le manipulaba con sus bellas palabras y ella se dejaba hacer porque le encantaba ver su alegre rostro cuando le compraba una gran rebanada de pastel o un paquetito de soldados de plástico. Saga siempre obtenía lo que quería no por ser chantajista, sino porque su personalidad era tan afable que era un gusto complacerlo. ¡No cabía duda que ese niño lograría grandes cosas en la vida!

Si, la señora Tsamis supo que Saga estaba destinado a la grandeza desde el día en el que nació. Fue por eso que, la mañana que escuchó a las muchachas cuchichear sobre las extrañas habilidades de los niños, salió inmediatamente a comunicárselo al sacerdote. Ya antes había sospechado algo, sin embargo, hasta ese momento se convenció a sí misma que exageraba en la gran rapidez y fuerza de los gemelos. Sus ojos le engañaron, se repetía, cuando les encontró alzando una esquina de su cama para sacar un viejo trompo perdido. Sus piernas se habían hecho débiles, insistía, cada que los niños le dejaban atrás cuando los perseguía para meterlos a bañar.

El escuchar testimonios de terceros le permitió finalmente aceptar que, en efecto, esos niños eran más que especiales; tan especiales como aquellos cuyas leyendas aún circulaban entre los barrios honestos —y no tan honestos— de Grecia.

¡Los gemelos tenían potencial para ser Santos de Atena! La idea le llenó de orgullo y de emoción. Conseguiría que alguien los llevara al Santuario para que pudieran desarrollar todo su potencial. Extrañaría al pequeño Saga, por supuesto, pero de ningún modo podía interponerse entre su brillante futuro, sobre todo cuando éste le auguraba tan buena suerte. Después de todo, ¿qué mejor señal de fortuna que el hecho de que dos pequeñas estrellas nacieran en un recóndito burdelcito portuario? ¡Aquello sólo podía significar lo mejor para su negocio!

Estaba tan entusiasmada con la idea que no le importó adentrarse a la parroquia más cercana y pedirle una cita al mismísimo sacerdote. Había escuchado rumores de que el hombre tenía contactos en el Santuario y confiaba en que podía ayudarle. Ignoró la cara de pocos amigos que le dirigieron tanto él como sus ayudantes y, cuando la reunión terminó en un "veré lo que puedo hacer", supo que no tardaría en salirse con la suya.

Aun así, la reacción del Santuario fue mucho más rápida de lo que esperaba y se vio gratamente sorprendida cuando el sacerdote le devolvió la visita esa misma tarde.

—Vendrán por ellos esta noche —el hombre agachó la mirada para evitar que alguien lo reconociera—. Parece ser que los estaban esperando.

Las palabras del sacerdote se cumplieron y unas horas más tarde un alto hombre cubierto se llevó a los gemelos. Aunque la señora Tsamis dejó escapar un par de lágrimas al despedirse de los niños, cuando éstos se perdieron de vista, disimuló como pudo su tristeza y ordenó a sus muchachas que se pusieran a trabajar.

A final de cuentas, para alcanzar la fortuna a veces era necesario correr tras ella.

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El pequeño Saga no tardó mucho tiempo en acostumbrarse a la rutina del Santuario. Más que molestarle, parecía disfrutar madrugar y entrenar durante todo el día. Era, además, bastante atento e inteligente. El Santo de Géminis estaba seguro de que el niño había nacido con buena estrella y que pronto se convertiría en el mejor aprendiz que hubiese tenido.

Su hermano, por otra parte, solía causarle más de un dolor de cabeza. El niño era un cínico desvergonzado y ni siquiera al principio pretendió prestarle atención. De no haber sido por Saga, Feneo de Géminis le hubiera dedicado más tiempo a Kanon y le hubiera disciplinado con más constancia. No obstante, el hombre prefirió enfocar su interés en quien, sabía, sacaría provecho de todas sus lecciones. Aquel era un trato justo para ambos; al mantenerse alejado, Kanon no lo importunaba demasiado con sus fechorías y él no le molestaba exigiéndole actitudes que no le interesaban en lo más mínimo.

El potencial de Kanon quedó totalmente opacado por el brillante futuro que se le auguraba al buen Saga. Si bien el niño no era perfecto, se acercaba, e irónicamente su mayor defecto era la consciencia de su propia grandeza. Feneo sabía que si su ego no era controlado a esa temprana edad, el niño se haría soberbio y antipático, por lo que muchas de sus enseñanzas procuraban inculcarle aunque fuese un poco de humildad.

Desafortunadamente, en muchas ocasiones las supuestas enseñanzas resultaban saliéndole por la culata. Era difícil que el niño se hiciera consiente de sus propios defectos cuando había una larga lista de personas dispuestas a halagarlo y, con el paso del tiempo, Feneo casi dejó de intentarlo.

Uno de sus últimos intentos ocurrió en las zonas privadas del Templo de Géminis. Feneo había pasado gran parte del día ocupado en una misión fuera del Santuario y, una vez que regresó a él, encontró a su aprendiz en el salón en el que solía guardar su manto.

—¿Saga?

El niño alzó la mirada con tranquilidad. Giró lentamente y le mostró que entre sus manos llevaba el casco de Géminis.

—Dejó esto.

Feneo asintió y extendió sus manos hacia Saga quien le entregó la pesada pieza dorada.

—¿Qué haces aquí?

—Siempre lo deja.

—No me gusta mucho usarlo —admitió—, es algo estorboso.

Con el fin de demostrar la verdad en sus palabras, dejó caer el casco sobre la pequeña cabeza del niño. Saga rio y palpó con sus manos el yelmo con la esperanza de encontrar alguna abertura lo suficientemente amplia como para que le permitiese ver. Al no encontrarla, tuvo que quitarse el casco y dejarlo en el suelo.

—Quería verlo de cerca.

—Si entrenas arduamente, un día tendrás la oportunidad de examinarlo de cerca cada que quieras.

Saga movió su cabeza de arriba a abajo con entusiasmo. Feneo, cansado por el largo día de trabajo, decidió cederse unos momentos de tranquilidad y se sentó en la base de piedra que generalmente sostenía a la Armadura.

—¿Por qué tiene dos caras?

El Santo de Géminis sonrió de medio lado, extrañado de que apenas entonces el niño se atreviera a formular esa pregunta. Saga hacía tantas y con tanta frecuencia que el mayor supuso que la había guardado para el momento oportuno.

—Porque representa la naturaleza de Géminis.

Saga frunció el ceño sin entender del todo las palabras de su maestro.

—¿Por qué una sonríe y la otra no?

—Ningún ser humano es completamente bueno o completamente malo; vamos de un lado a otro dependiendo de las circunstancias. Esto es más verdad para nosotros que nacimos bajo el signo de los Gemelos.

—Usted es bueno. Todos los Santos de Atena lo son.

Feneo apretó los labios en una sardónica sonrisa. ¡Los niños podían ser tan ingenuos!

—Ni yo ni mis compañeros somos completamente buenos. Por más que tratemos de serlo muchas veces llegamos a ser egoístas o incluso crueles. Nadie es tan bueno que no tenga un mal.

Saga se mantuvo en silencio por un largo rato, entrecerró los ojos y, después de casi un minuto, aceptó que no comprendía lo que Feneo le explicaba.

—¿Ni Atena?

Feneo alzó las cejas, sorprendido por haber caído tan fácilmente en un error. Ciertamente no la había contemplado a Ella. Afortunadamente, fue lo suficientemente rápido como para salir del problema.

—Ella es diferente. Ella es una Diosa y nosotros sólo somos mortales.

—¿Y el Patriarca?

—Él sí es un buen ejemplo. Aunque sea el ser humano más cercano a los Dioses y aunque tenga muchos años de experiencia es mortal e imperfecto.

El niño hizo un irritado mohín y se hincó frente al casco para examinar nuevamente el rostro de la maliciosa sonrisa.

—Sería bueno que todos fuésemos buenos. El mundo siempre estaría a salvo.

—Me temo que algo así sería imposible.

—¡Yo seré tan bueno como Atena! —declaró mientras se abrazaba del casco—. ¡Me haré un gran Santo, mejor que el Patriarca, y entonces Géminis ya sólo tendrá una cara!

La imprudencia de Saga irritó a Feneo.

—Es inútil que pienses esas cosas. Nunca podrás borrar el mal en el corazón de los humanos; ni siquiera del tuyo.

—¡Lo haré! —repitió con el mismo entusiasmo.

—No mientras seas mortal.

—¡Entonces me convertiré en un Dios!

Aquella declaración descolocó a Feneo, quien se puso inmediatamente de pie y reclamó su casco para sí.

—Eso es absurdo.

—Heracles lo hizo, también Asclepio.

—Saga —suspiró tratando de controlar su creciente enojo—, no pienses en esas cosas. No necesitas borrar un lado de tu ser; necesitas balancearlo, simplemente eso. Son ambas caras quienes forman a Géminis y no pueden vivir la una sin la otra. Es el balance lo que da fortaleza y lo que te permitirá proteger al mundo. Eres un mortal y son tus fallas las que hacen tu vida tan valiosa.

Muy a su pesar, el niño dejó de prestarle atención después de la primera oración. Se le había metido una extraña idea en la cabeza y Feneo sospechaba que tomarían varios años antes de que pudiese quitársela de encima.

—Eres muy pequeño para entender estas cosas —le dio una queda palmada en la espalda para guiarlo hacia el comedor—. Ven, es hora de cenar. Para todo esto, ¿en dónde se metió tu hermano?

Saga alzó sus hombros y Feneo no pensó nuevamente en Kanon; seguramente regresaría a las Doce Casas entrada la noche. Siempre lo hacía.

Aunque los ambiciosos planes de Saga le pusieron nervioso en un momento, le bastó con ver su cálida sonrisa para convencerse de que aquellos eran simples sueños infantiles que no tardarían en desaparecer.

Saga se convertiría en un gran hombre y, cuando llegase el tiempo, portaría a Géminis con mayor nobleza y mesura que él mismo.

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Como ya se le había hecho costumbre, Kanon regresó al Templo de Géminis a altas horas de la noche. Incluso así, se tomó tiempo para robar algo para cenar antes de irse a descansar en la habitación que compartía con su hermano. No se molestó en ser silencioso. Sabía que Saga estaría esperándolo para recriminarle alguna estupidez antes de dejarlo dormir tranquilamente.

—¿En dónde estabas? —preguntó el gemelo mayor mientras Kanon deshacía su cama—. Feneo preguntó por ti.

—¡Seguro! —bromeó Kanon mientras se zampaba un dolmade de una sentada—. ¡Apuesto que se moría de la preocupación!

Saga le mostró un gesto de puro desagrado y se cruzó de brazos.

—¡No comas en cama! ¡Llegan las hormigas!

—Tengo hambre —respondió con simpleza mientras masticaba un segundo rollito.

Kanon sonrió al ver que su hermano comenzaba a molestarse. Éste siempre procuraba mantenerse sereno frente a los demás, pero frente a Kanon no se molestaba en fingir apariencias. Le gustaba verlo desquitarse con él porque le permitía confirmar su ya muy afianzada teoría de que ambos eran más parecidos de lo que Saga quería aceptar.

Aunque no tan parecidos, claro. Kanon era el único honesto en su deshonestidad y eso lo hacía mejor que Saga.

—¿Ya me dirás dónde estabas?

Kanon se chupó los dedos y se acomodó en la cama. Ya era tarde para andar escuchando los reproches de su hermano.

—Por ahí. Cerca de la Fuente de Atena.

—Ese lugar es peligroso.

—Me gusta, siempre está vacío.

—¿Por qué no entrenas con nosotros?

El menor ladeó su cabeza para ver a su hermano con mayor atención. Buscó en él algún rastro de sarcasmo y al no encontrarlo aceptó responderle.

—Prefiero hacerlo solo. Feneo no me quiere y yo a él tampoco.

—Eres fuerte —murmuró para sí—. Si entrenaras más, serías casi tan fuerte como yo.

Molesto, Kanon se sentó de golpe en la cama.

—¡¿Casi?!

—No te preocupes, Kanon. Ya decidí lo que voy a hacer: voy a ser el nuevo Patriarca.

—¿Cómo dices?

—Y cuando yo sea el Patriarca tú podrás ser el Santo de Géminis.

—¡Eres un bobo! ¡Si acaso yo sería el Patriarca y tú Géminis!

—Si tú fueras Patriarca entonces yo sería un Dios.

—¡Si tú fueras un Dios yo sería un Dios de Dioses!

—¡Eso no existe!

—¡Yo haría que existiera!

—¡Que no!

—¡A que sí!

La animada discusión fue interrumpida por su maestro quien, medio adormilado, les mandó a callar desde el otro lado de la puerta.

—Que no —murmuró Saga antes de envolverse nuevamente entre sus cobijas.

Kanon exhaló tendidamente y decidió que si un día su hermano se convertía en el Patriarca, ese mismo día se largaría del Santuario para siempre.

Comentario de la Autora: Ungh... tuve un día terrible. -.- ¡Por favor déjenme reviews y háganme feliz! XD Bueh, si quieren.

Y bien, después de Milo y Death Mask, es de Saga y Kanon cuyos pasados tenía ya más en forma en mi retorcida cabecita. De hecho, ya había escrito un sidestory de ellos en el fanfic Logos (capítulo 3: Aprendizaje), en el que conté más a detalle sus primeros años en el burdel.

Con respecto a sus años posteriores, creo que Feneo falló terriblemente a la hora de darle una oportunidad a Kanon. Sí, los niños eran diferentes, pero no por eso debió haberlo dejado hacer lo que quisiera. Sobre Saga, creo que en el punto en el que transcurre la historia, la idea de ser un dios es realmente sólo un sueño infantil. El pequeño Saga era ambicioso, pero no había despertado ese lado malvado que ocasionaría todos esos pesares. Creo que eso no comenzaría a despertar sino hasta tiempo después, casi a punto de que Shion eligiera a un nuevo Patriarca.

Es curioso que el Saga post-12 Casas sea tan serio. Pienso que Saga debió haber sido especialmente encantador antes de... que se volviera loco. ¿Por qué otro motivo lo querían tanto? Él era respetado en Rhodorio como un dios, y ciertamente era uno de los candidatos a suceder a Shion. En un mejor tiempo Saga debió haber sido no solo noble y fuerte, sino que también mucho más afable. Es una pena que haya permitido que el mal entrara a su corazón. Hubiese sido un patriarca excelente de no ser por ese pequeño detalle de haber intentado matar a Atena.

Antes de que me digan: sí, sí habrá capítulo de Kanon. Sin embargo, será hasta que termine con los goldies oficiales. Estaba pensando también hacer uno para Shion, pero creo que primero voy a ver cómo me va con Dohko jaja! Por favor tengan paciencia para el próximo capie. Creo que tardará aún más que lo usual. ¡Respuestas a reviews en anon en mi profile! ¡Mil gracias por sus lecturas!