Capítulo 4: Death Mask

Larga era la lista de desventuras que el joven Alfonso tuvo que enfrentar una vez que salió de su humilde pueblo natal para probar suerte en la turística ciudad de Taormina. Llegó ahí pensando que encontraría un trabajo fácil y bien remunerado y que no tardaría en hacerse de un patrimonio. Desafortunadamente, pronto descubrió que tenía pocas ventajas en una renaciente tierra repleta de gente tan necesitada como él y mucho más talentosa.

Alfonso carecía tanto de fuerza física como de preparación, y después de deambular de trabajillos en trabajillos durante más de un año, perdió todas las ilusiones con las que había iniciado. Estuvo a punto de rendirse y de regresar a su pueblo hasta que se dio la brillante oportunidad de un trabajo estable: cuidador del cementerio municipal.

Aunque mal pagada, la noble profesión probó ser perfecta para Alfonso. El lugar estaba alejado de los tumultuosos extranjeros, era seguro y no requería de grandes esfuerzos físicos. Únicamente tenía que limpiar las tumbas de cuando en cuando y alejar a los niños curiosos que se atrevían a cruzar las demacradas puertas de hierro forjado. Esas eran labores sencillas que bien merecían las largas horas de aburrimiento con tal de tener algo de dinero al finalizar la semana. A la larga tuvo un gran aprecio por los cadáveres a quienes acompañaba todos los días. Ellos le daban de comer y le permitieron por primera vez dormir sin la preocupación de si tendría algo para comer al día siguiente.

Pasaron algunos años y Alfonso se sintió lo suficientemente satisfecho consigo mismo como para elegir a una sencilla mujer con quien casarse. En poco tiempo tuvo un sano hijo varón que, pensaba, algún día lo sucedería en sus nobles deberes en el cementerio.

Alfonso vivió una niñez y juventud sumamente complicada y deseaba con todas sus fuerzas ahorrarle a su hijo los problemas con los que se enfrentó. Aunque conforme con su propia vida, Alfonso aún miraba con añoranza las grandes casas de la colina y los bellos coches de los acaudalados. Ni siquiera la tranquilidad pudo borrar de su cabeza los vanos deseos por algo mejor y pensaba que si desde pequeño le cortaba las alas a su niño, nunca tendría que verlo sufrir por ser incapaz de alzar el vuelo. ¿Para qué llenarle la cabeza con falsas promesas de una vida mejor? Eso sólo le causaría problemas; le haría esperar por un futuro imposible. Lo indicado para él sería seguir sus pasos con una vida tranquila y sin pretensiones. Una vida dedicada a los muertos.

Con eso en mente, a los pocos meses de que su hijo aprendiera a caminar por su cuenta, decidió que le acompañaría en su trabajo diariamente. Le enseñaría a amar aquellas tumbas y a ser feliz con lo poco que tenían. La humildad era lo único que necesitaba para alcanzar la paz y sólo con constante supervisión podría asegurarse de que su mente no divagaría hacia terrenos inalcanzables.

Conforme su hijo fue creciendo, Alfonso se percató de que sus planes no se realizarían con tanta facilidad. Como cualquier otro niño, su pequeño era curioso y testarudo. Los viajes al cementerio comenzaron a hacerse más y más problemáticos, pues el niño pedía con insistencia que le cargara en sus hombros o, peor aún, que lo dejara a pie de la colina para jugar con el resto de los niños de su edad. Alfonso rechazaba ambas súplicas. Temía que la elevada vista desde sus hombros le permitiera divisar los lujosos cruceros anclados en la bahía y que las amistades contaminaran su cabeza con sueños de grandeza.

No expondría a su hijo a riesgos tan innecesarios. Prefería arrastrarlo con fuerza por las empinadas calles e ignorar sus torpes palabras que repetían lo mucho que quería ver el mar. Alfonso creyó que con un poco de disciplina el niño se olvidaría de sus berrinches. Desgraciadamente, la situación sólo empeoró con el paso de los meses. Se percató de que comenzaba a perder control sobre él cuando el niño cumplió cuatro años.

—¿Por qué no puedo jugar en la playa?

—Porque eso es para niños flojos que no tienen nada mejor que hacer —respondió ásperamente—. Tú tienes que ayudarme a cuidar el cementerio.

—¿Cuidar de qué? Todos están muertos. No se van a ir a ningún lado.

Por cada respuesta burlona que se le ocurriera, el niño recibía un fuerte tirón en sus patillas, pero ni así dejó de cuestionar la situación que desde hacía rato quería cambiar.

—Ya quiero crecer para ir a la escuela —le dijo una mañana.

—Eso no pasará. Ya te he dicho que es mejor que te quedes aquí y que me ayudes en el trabajo. Todo lo que necesitarás aprender lo aprenderás de mí.

—Usted no sabe escribir —respondió con el ceño fruncido—. Eso no me lo puede enseñar.

Su padre se sintió casi culpable por castigar su imprudencia con una bofetada. El niño tenía razón, él nunca aprendió a escribir y nunca se interesó en hacerlo. De cualquier forma consideró que el golpe era necesario; su hijo necesitaba aprender a respetarle.

El muchacho no era para nada tonto y supo a partir de entonces que tenía que cuidar sus palabras. Aunque nunca borró su insolente mirada, decidió limitarse a juguetear entre las derruidas lápidas y a ignorar a su padre. Alfonso creyó que finalmente había encontrado el modo para aplacar al niño y que no tendría que aguantar sus molestas preguntas nunca más y, de hecho, la última pregunta que le dirigió ocurrió poco después en una brumosa noche de invierno.

—¡Padre!

El niño le interrumpió mientras amarraba las flores viejas que descartó en la mañana.

—¿Qué pasa ahora? —dijo sin prestarle mucha atención—. Deja ya de corretear que pronto será hora de regresar a casa.

—¡Venga, venga! —insistió mientras le tomaba de la mano— ¿Qué son esas cosas? ¡¿Qué son?!

Alfonso pensó que podía tratarse de algún jovenzuelo envalentonado que se había colado sin permiso al lugar, por lo que siguió al niño. Extrañamente, lo único que encontró fue la angosta lápida de una tumba recién hecha.

—¿Qué es qué?

—¡Las lucecitas! —obvió— ¿Qué son?

Por más que entrecerró los ojos, Alfonso falló en ver aquellas luces y en darle una respuesta a su hijo.

—¿Qué son? —el pequeño insistió jalando de su brazo—. ¿Qué son, padre?

—Hace un frío de los mil demonios —dijo finalmente—. Regresemos a casa temprano.

—¿Y las lucecitas?

—Espero que tu madre ya tenga lista la cena.

El cuidador pensó en las palabras de su hijo hasta sus últimos días, los cuales no vinieron mucho después, cuando un vecino descuidó las brasas de su estufa y ocasionó un incendio que acabó con la vida de Alfonso y de su mujer.


La doctora Brucato era una de las pocas psiquiatras encargadas de atender los varios orfanatos de la costa este de Sicilia. Usualmente su trabajo consistía en revisar los expedientes, recolectar información y atender a los adolescentes problemáticos. En algunas ocasiones, los orientadores requerían su ayuda para controlar a los más pequeños, sobre todo a aquellos que fueron víctimas de algún tipo de abuso o que surgían de zonas de pobreza extrema. El tratamiento a seguir era casi siempre el mismo: algunas entrevistas, un par de exámenes, un diagnóstico rápido y una larga lista de recomendaciones que, Brucato sabía, sería muy difícil de seguir al pie de la letra debido al poco personal de los albergues.

Al inicio, Matteo prometía ser un paciente más. Lo encontraron en la ciudad de Taormina mientras vaciaba los bolcillos de los despistados transeúntes. El reporte de la policía indicaba la posibilidad de que se tratara de uno de los varios niños que quedaron huérfanos después del incendio en la ladera norte de la ciudad. Aquel lugar era base de un asentamiento irregular en el que cada año había complicaciones con gente intoxicada por el monóxido de carbono de los braseros que utilizaban para calentarse en las frías noches invernales. Desgraciadamente, en esa ocasión las pérdidas humanas fueron bastante más considerables. Uno de los braseros inició un incendio que no fue controlado sino hasta entrada la madrugada y los habitantes de las frágiles casas de cartón tuvieron poco tiempo para ponerse a salvo. Más de una docena de niños y adultos fallecieron calcinados. Algunos días después del incendio, el orfanato de Taormina recibió a cuatro niños y, aunque hubiera llegado un mes después, parecía ser que Matteo era el quinto.

Al menos esa era la teoría aceptada por todos, puesto que el niño no tuvo interés en confirmarla o desmentirla. Matteo se rehusaba a responder cualquier pregunta que se le hiciera, desde las más complicadas como la identidad de sus padres, como las más sencillas como su nombre y su edad. Tanta fue su renuencia a cooperar que fue necesario darle un nuevo nombre, al cual apenas y respondía, con el fin de crear su expediente y poder comunicarse con él.

Brucato fue llamada debido al difícil carácter del niño. Además del mutismo selectivo, Matteo era irritable y mostraba un alto grado de agresividad contra sus compañeros. El único modo con el que lograban tranquilizarlo era con amenazas físicas, las cuales neutralizaban su violencia sólo momentáneamente, puesto que ésta regresaba pocas horas después.

Por sólo leer el expediente, la señora Brucato supuso que sus problemas de conducta se debían a un trastorno de estrés postraumático. Ignoraba si el estrés era causado por los recuerdos del incendio o si el niño había sufrido de abusos previamente, por lo que decidió tomarlo como su paciente con el fin de descubrir la raíz del problema.

Fuera de lo que esperaba, al conocerlo se dio cuenta de que diagnosticarlo no sería tan fácil como cruzar un par de palabras con él y guardar el expediente en un archivo separado. La agresividad y problemas con la autoridad eran sólo una muestra de los problemas de Matteo. El niño mostraba varios síntomas de un desorden de conducta y, de no ser por su tierna edad, Brucato le hubiera diagnosticado con desorden de personalidad antisocial.

Matteo no parecía conocer el significado de remordimiento ni de empatía; se frustraba con facilidad e intentaba, torpemente, manipular a sus superiores con el fin de salirse siempre con la suya. Aunado a eso, el niño sufría de constantes alucinaciones en forma de lucecillas azuladas. El modo con el cual interactuaba con ellas era clara señal de que éstas eran completamente reales para el niño y no una extraña forma de amigos imaginarios. Brucato supo que, de no ser tratado adecuadamente, Matteo podía hacerse sumamente peligroso. Lo mejor para él sería enviarlo al orfanato de Palermo donde habría mayores recursos para su cuidado.

Casi se cumplía el año de haberlo conocido cuando fue llamada de urgencia debido a un fuerte incidente. Matteo riñó con uno de sus compañeros, fracturándole el brazo y prometiéndole que le rompería el resto de sus huesos si se atrevía a acercarse a él nuevamente.

La noticia le sorprendió no sólo por la suma violencia del acto, sino porque no podía entender cómo un niño tan pequeño tuvo la fuerza suficiente como para lastimar así a alguien.

Le recibió en su consultorio improvisado —un angosto cuarto que en alguna ocasión fue utilizado como bodega—, indicándole que se sentara a su lado en un desgastadísimo sillón de piel.

—Buenos días, Matteo. ¿Cómo estás? —como de costumbre no recibió una respuesta—. ¿Sabes por qué vine el día de hoy?

Debido a lo ocurrido el día anterior, Brucato se vio forzada a cambiar la consulta del jueves para el día lunes. El niño miró de reojo a la mujer y, aunque se mantuvo en silencio, una extraña sonrisa cruzó su rostro.

—¿Podrías decirme qué fue lo que pasó? ¿Qué fue lo que sentiste cuando decidiste golpear así a tu compañero?

Sonriente, Matteo negó un par de veces con la cabeza y se recostó en el respaldo del sillón, otorgándole una lastimera mirada condescendiente.

—El chico está en el hospital, Matteo. Tardará varias semanas en recuperarse. ¿Qué piensas al respecto?

Matteo decidió que su mano abierta era más interesante que la mujer y dejó de prestarle atención en ese momento. Brucato le vio mover sus dedos delicadamente, como si tocara un invisible instrumento de cuerda.

—¿Son las luces otra vez?

—Siempre —declaró con desgane, como si estuviese cansado de repetirlo—, siempre están conmigo. Nadie las ve, pero son reales.

—Sé que son reales para ti, Matteo.

El niño frunció el ceño y cerró el puño con fuerza.

—Me dijo que estaba loco y que por eso veía cosas que no existen.

—¿Quién? ¿Tu compañerito?

—Aunque esté loco, ellas sí existen.

—Tú no estás loco, Matteo.

Éste sonrió tan ampliamente que Brucato, desconcertada, apretó fuertemente la pluma y el cuaderno sobre el cual escribía.

—Estoy loco —remarcó con rostro burlón—, por eso tengo que verla cada semana, ¿no?

—Te equivocas. Vengo cada semana porque me preocupas y quiero ayudarte.

—Entonces ayúdeme a salir de aquí.

—Sabes que no puedo hacer eso.

—No me gusta este lugar —admitió.

Esa fue la primera vez que Brucato identificó verdadera tristeza en sus ojos. En esos momentos deseó acariciar los cabellos del muchacho, mas se contuvo a sabiendas de que Matteo estaba menos que acostumbrado a las muestras de cariño y que solía responder a ellas con violencia. Aun así, decidió que haría todo lo posible para ayudarle. Ese mismo día redactó y firmó el documento en el que sugería el traslado de Matteo a Palermo.

Por algún motivo no se sorprendió cuando escuchó que el niño se escapó de su cuidador durante el traslado. A pesar de que se abrió una investigación, Matteo nunca fue encontrado. Brucato temía tanto el destino del niño como el de los que tuviesen que lidiar con él. Lo único que le quedó fue confiar en que Matteo encontrara a alguien que le diera el cariño y la atención que tanto necesitaba.

Si bien ella falló en ayudarle, alguien más podría tener mejor suerte


Desde la noche en la que las estrellas predijeron el nacimiento del próximo guardián de Cáncer, Shion escuchó con atención cualquier noticia que viniera de la región sur de Italia. De no ser por sus muchos deberes —y por la insistencia de Arles—, habría viajado a aquella zona frecuentemente con el fin de encontrarle.

Y aun así, a pesar de su espera, a pesar de sus muchos años como el líder de impetuosos jóvenes con fuerza sobrehumana, logró sorprenderse cuando le llegaron los rumores de un fantasma que asediaba la ciudad de Palermo, robándoles a los incautos sus billeteras y, en ocasiones, sus vidas.

Rechazó fehacientemente la ayuda de Arles y no dudó en dirigirse a la ciudad siciliana. Debido a su poderosa energía le fue fácil encontrarlo esa misma noche a un costado de la catedral. El niño aprovechaba la amarillenta luz de las farolas para contar a sus anchas un gran botín de billetes extranjeros. Aunque joven —no parecía tener más de seis años—, su rostro no era muy diferente al de un avaricioso adulto que se regodeaba con la falsa idea de opulencia. A diferencia de lo que solía encontrarse, el niño estaba limpio y bien vestido; ciertamente el joven sacaba buen provecho de su experiencia como ladronzuelo. Mostraba tanta confianza en sí mismo que ni siquiera borró su sonrisa al verse descubierto.

—Robar no es un estilo de vida decente, jovencito.

—Es más indecente comer de basureros, ¿no cree?

Entonces, el niño invocó a un séquito de lucecillas azules para que le rodearan y Shion tensó sus músculos en espera de que las lanzara en su contra.

—¿Cómo te llamas, muchacho?

—No tengo nombre —se alzó de hombros y guardó los billetes entre sus ropas—, así que puede llamarme como quiera.

Una de las luces se posó sobre su dedo índice, el cual apuntaba discretamente hacia abajo.

—Te llamaré como quieras que te llame.

Los ojos de Shion recorrieron la escena, inquieto por la gran cantidad de almas que rodeaban al muchacho. ¿Cómo era posible que tantas le acompañaran?

—Usted puede verlas —frunció el ceño sin borrar su sonrisa—. Pocos pueden.

—¿Sabes qué son estas luces?

—Trofeos —escuchó a Shion gruñir quedamente—. Aparecen cuando la gente muere. Son lo más valioso que tienen y yo los colecciono, ¿ve? Son mis trofeos.

—Estos trofeos —murmuró con cautela—, ¿los obtienes del mismo modo que obtienes tu dinero?

—Algunos los encuentro en el camino. Otros los consigo yo mismo —con el dedo índice señaló hacia el cielo nocturno—. Le mostraré.

Una espiral de fuegos fatuos se creó ante Shion; el viento chocó contra su espalda y comenzó a perder el aliento. Por supuesto que aquello sólo duró unos instantes, los suficientes para que Shion elevara su cosmo y repeliera la tosca aunque poderosa técnica.

En contra de lo que esperaba, el niño reaccionó ante su poder con una sonora carcajada.

—¡Vaya! ¡No está mal para un viejo que viste ropa de mujer!

Shion sonrió de medio lado y se acercó a él.

—Ese ataque fue bastante burdo —el niño bufó—. Si quieres explotar todo tu potencial ven conmigo. Ven y usa tus habilidades para pelear por la justicia.

El pequeño rio nuevamente.

—Me quedaré con mi justicia, gracias —rascó su nariz con el dedo índice—, pero repítame eso de explotar cosas.

En ese momento Shion creyó haber ganado la batalla. Llevó al niño consigo al Santuario y, por un tiempo, le enseñó a controlar su cosmo y a hacerse aún más poderoso. Le insistía constantemente en lo mal que había hecho al recolectar trofeos, que lo mejor era recolectar hazañas que lo convertirían en un gran héroe lleno de nobleza. Le repetía que, a diferencia de lo que le habían hecho creer, era alguien valioso y que, con el tiempo, se volvería imprescindible en el ejército de la Diosa.

Quizá, si el niño hubiese escuchado aquellas palabras por el tiempo suficiente, habría comenzado a creerlas. Quizá, si los años no le hubiesen pesado tanto a Shion, habría podido conciliar de un mejor modo su rol como Patriarca y como maestro. Quizá, si no hubiese sido tan orgulloso, se habría atrevido a aceptar la ayuda del Santo de Altar.

Desafortunadamente, poco antes de que el italiano cumpliera el año en Atenas, Shion volcó todo su interés en un niño de nombre extraño que vivía del otro lado del mundo. El Patriarca preparaba con emoción la llegada de su nuevo aprendiz y no se percató de lo mucho que había descuidado al anterior hasta el día en el que éste le comunicó que regresaría a Italia para entrenar por su cuenta. Shion no tuvo el valor para retenerle.

Arles visitaba al niño con frecuencia, pero nunca logró convencerlo de regresar a Grecia. A pesar de esto, Altar constantemente le reportaba a Shion de sus grandes avances. Definitivamente el niño sería el indicado para portar la Armadura de Cáncer.

Quizá, si Arles y Shion no hubiesen muerto antes de tiempo, el muchacho no habría tardado tanto en volverse alguien digno de Ella.

Comentario de la Autora: Esto quedó bastante largo... no se acostumbren jeje. ¡Ah! ¡Death Mask! ¡Death Mask! Es uno de mis personajes favoritos, pero al cual no le suelo dar la atención que se merece. Ya había contado algo de su historia en el fic Mio per Sempre, pero nunca antes había tenido la oportunidad de detallarla a este punto.

Definitivamente creo que Masky tenía cierto grado de desorden de conducta antisocial. No creo que llegase al extremo de la psicopatía, pero de que el pequeño necesitaba atención, la necesitaba. Desafortunadamente, ni en el orfanato ni en el Santuario le pudieron ofrecer el cariño que tanto necesitaba. He de admitir que en un principio fue Arles quien encontraría a Death Mask (su contacto con él habría de provocar varios años después de que sospechara que el Arles de Saga no fuese el Arles real). Sin embargo, no pude evitar el guiño al Lost Canvas en el que Shion es cercano a Manigoldo. Shion debió haber querido ver nuevamente a su amigo, pero le falló al enfocarse demasiado en la llegada del pequeño Mü. Cometió un error y aún así no se atrevió a hacer algo para enmendarlo. En mi headcanon Shion es muy terco y por esa terquedad DM acabó aún peor de lo que pudo haber acabado.

Otro cambio que no tiene nada que ver con nada: originalmente DM se encontraba con Shion en el Vaticano, pero cuando escribía me pareció muy forzado el llevar al niño hasta Roma. No estaba TAN loco.

No creo que DM sea una persona completamente mala (si la armadura le eligió no podía serlo). Simplemente creo que es una persona que carece de empatía y eso le hace cometer actos terribles sin sentir remordimiento después.

Antes de empezar con este fic la idea de un multichap con DM me parecía muy lejana, pero ahora que hice esto me di cuenta de que no sería tan complicado después de todo. Lo merecería. XD Pero si algún día lo hago creo que será en un futuro lejano, porque aún tengo que acabar este fic.

¿Notaron cómo eludí el nombre real de DM? Me rehúso a darle un nombre. Death Mask es demasiado chévere para quitárselo jaja! ¡Espero no lo hayan odiado! ¡Mil gracias a todos por sus reviews! A Lizzy le dejo su respuesta en mi profile.¡Kissu!