NOTA: Este capítulo es totalmente distinto a cualquier cosa que haya sido previamente escrita en esta historia, tanto por su contenido como por el estilo que utilicé. Es diferente, muy diferente, pero estoy conforme con el resultado, porque creo que llevaba tiempo necesitando agregar esta colección de detalles. Lo que este capítulo contiene esconde datos que serán sumamente relevantes en el futuro, datos necesarios para entender, por ejemplo, el capítulo 79 (el cual comenzaré a escribir mañana). Habrá partes confusas, quizá contradictorias incluso, pero todo lo que parezca no tiene explicación o no encaja será explicado y acabará encajando, sólo que no ahora, porque es bueno dejar a los lectores con una sensación de misterio y ansias de saber más (al menos eso me gusta sentir a mí cuando leo).
Intenté utilizar términos médicos tan acertados como posible; me disculpo si hay algún error.
Espero que esto les guste, que les resulte interesante leer algo distinto, que las ayude a entender muchas cosas previamente comentadas en los capítulos que anteceden a éste, y que genere expectativas para lo que está por venir.
ADVERTENCIA: La calificación es nuevamente M, puesto que se habla de temas como sexo, aborto, depresión, trastornos psiquiátricos, suicidio, daños autoinfligidos, etcétera. Sé que la mayoría de ustedes son mayores de 18, pero de todos modos debo aclarar la naturaleza del contenido.
Voy a esperar ávida sus comentarios, pues realmente me interesa saber qué piensan de esto.
Si lo que no te mata te fortalece,
Nunca nada,
Nunca nada
Me hizo tan fuerte.
Lucía exhausta, agotada; el aspecto en su rostro evidenciaba que, de hecho, acababa de burlar a la muerte cuando apenas milímetros la separaban de lo que sea que se halla del otro lado de la línea que divide el mundo de los vivos del mundo de los que han partido a otro sitio desconocido para los humanos, inentendible para la ciencia, tan hermoso como trágico y misterioso. Yendo en contra de todos los pronósticos que los médicos habían dado a su angustiado, desesperado esposo, la mujer que yacía en aquella cama de hospital se había salvado; aun estaba allí, cansada, adolorida, extremadamente débil y en estado crítico, pero con vida.
Al hombre que hubiera sido capaz de encontrar una manera de llegar al cielo para estar cara a cara con Dios y pedirle que lo arrebatara a él de la Tierra y no le hiciera daño a ella, que se llevara su alma y no la de la mujer a la que adoraba con locura, lo habían enfrentado algunas horas atrás con la responsabilidad de tomar una decisión que acarrearía consecuencias cuyo peso él llevaría sobre los hombros hasta el final de su existencia, el cual dudaba se encontrara lejos si llegara a perder a la persona que le daba sentido a cada uno de sus respiros, la persona por la que valía la pena despertar en cada amanecer. Los médicos habían dejado en claro que, fuera cual fuera su decisión, existía un gran porcentaje de chances de que aquella a la que eligiera salvar no sobreviviera tampoco.
Dos vidas pendían de un hilo, y sobre él reposaba el poder de decidir cuál salvar y cuál entregar a la sepultura, conociendo los riesgos de que algo saliera mal de todos modos y ambos corazones dejaran de latir para siempre.
Dos vidas pendían de un hilo, y él, a pesar del desgarro emocional que sentía haciéndolo pedazos por dentro, a pesar de ese dolor insoportable que lo carcomía, a pesar de su enojo con Dios por obligarlo a sacrificar a su mujer o a su hija no nacida, había tenido que definir en cuestión de minutos qué pasos quería fueran tomados, a cuál de las dos se le daría prioridad, cuál de las dos debía ser protegida, cuál de las dos tendría mayores posibilidades de ser salvada.
Entre la espada y la pared aquél hombre se encontraba, y mientras trataba de no derrumbarse, mientras trataba de ahogar los sollozos que pugnaban por escapar para hacer tangible y audible el dolor visible en sus ojos, en su expresión, en su postura, no había podido evitar recordar lo que ocho meses atrás el obstetra les había recomendado a él y a su esposa: terminar el embarazo de inmediato, precisamente para evitar la trágica, dramática situación en la que habían acabado hundiéndose.
Durante la gravidez de su primogénito – al que había dado a luz en situaciones menos que deseables – habían surgido ciertas complicaciones que, de haber sido tratadas a tiempo, no habrían dejado secuelas, pero en su caso la falta de cuidados médicos adecuados había llevado a que quedara un daño permanente. No podría volver a tener hijos, pues un segundo embarazo sería peligroso para su salud y podría acabar con su muerte y con la de la criatura.
A él aquello no le había importado; la amaba, la amaba como jamás había pensado amaría a alguien, ella era su sol, su luna, todas las estrellas del cielo brillando en un único para de ojos que sólo lo miraban a él, toda la felicidad del Universo contenida dentro de un solo corazón que al latir repetía su nombre. Ella y su hijo eran todo lo que él necesitaba para sentirse completo. Que su esposa no pudiera acunar otra vida en su vientre para él no significaba el fin del mundo, como para otros hombres cuando descubren que no podrán perpetuar su linaje por razones que escapaban de su control; hombre sabio siempre había sido, y sabía que existían otras formas de acariciar la paternidad, como la adopción. La salud de su esposa, su bienestar, para él eso valía todo, mucho más que cualquier otra cosa, y no había nada a lo que él no hubiera estado dispuesto a renunciar por ella, nada que él no hubiera estado dispuesto a sacrificar, sin un ápice de duda, sólo para protegerla. Además, ellos ya tenían un hijo, ambos sentían que su familia estaba completa; ambos eran, finalmente, luego de todo lo que habían tenido que afrontar, felices.
Sin embargo, como bien ambos habían aprendido a través de la experiencia, generalmente el destino toma rumbos que no son los planeados por aquellos cuyos caminos se ven súbitamente distorsionados. A pesar de las precauciones que uno puede tomar, los accidentes ocurren, y eso fue lo que les ocurrió a ellos: un 'accidente', como muchas parejas denominan a los embarazos no deseados.
Ése era, definitivamente, un embarazo no deseado; aquél ser del tamaño de una nuez gestándose en el vientre de su mujer, bien podría ser la muerte creciendo entre sus entrañas, expandiéndose de a poco, para luego arrebatarla de sus brazos súbitamente al final del noveno mes, o incluso antes.
Los médicos recomendaron un aborto legal, como si ese bebé formándose dentro de su panza fuera un cáncer que debía ser extirpado antes de que se expandiera por todo el cuerpo, una infección, una enfermedad. Los dos dijeron que sí inmediatamente, él porque la idea de perder a su mujer lo aterrorizaba, que existiera la mínima posibilidad de que el final de su existencia sobre esta Tierra estuviera aguardándola era suficiente para enloquecerlo; el de ella fue un gesto egoísta, pues el terror en los ojos de su marido la conmovía inmensamente, pero no era tal su efecto como el de su terror propio, aquél temor a la muerte, aquél temor a partir cuando recién acababa de empezar a vivir, cuando recién acababa de empezar a disfrutar, cuando finalmente parecía que todas las adversidades se habían hecho un lado para dar paso a tiempos llenos de luz y calidez, tiempos felices, tiempos de progreso.
Pero luego él había empezado a tener dudas sobre la decisión tomada, justo un día antes de la fecha en que tenían una cita con el médico para que llevara a cabo el procedimiento que pondría fin al embarazo. Quizá porque tomó conciencia de que llevar a cabo ese aborto sería, literalmente, arrancar una vida; quizá porque empezó a darse cuenta de que no se trataba de una enfermedad que su mujer estaba incubando en su organismo, si no otro organismo en sí, un ser humano; quizá porque de pronto comprendió que aquella criatura a la que le negarían el derecho a nacer también tenía un alma, como él; quizá porque comprendió que en su decisión tanto él como su esposa habían sido terriblemente egoístas; quizá porque su corazón hizo que entendiera que no hay amor más grande que el de un padre por un hijo, y que los padres deben sacrificarse por los hijos, y no ser sacrificados los hijos por los padres.
Había hablado con su esposa, con los ojos abnegados de lágrimas le había pedido que considerara que tal vez Dios obraría un milagro con ellos si ellos obraban correctamente. Sollozando le había confesado que se sentía atrapado, que ya no le parecía tan fácil ofrecer una vida a cambio de otra, que de pronto le había entrado un pánico atroz, que imaginar lo que le harían a su bebé – aquél bebé que era de los dos – hacía que se sintiera el ser humano más despreciable del planeta por permitir que a una cosita mitad suya y mitad de su esposa la asesinaran brutalmente. Llorando sin consuelo, le había pedido a su mujer que consideraran elegir el camino más difícil, ése que consistía en tomar muchísimas precauciones y rezar a diario para, tal vez, encontrarse con un final distinto, con un final feliz, un final en el que ni su hijo ni ella tendrían que morir durante o después del alumbramiento.
"Estás loco" ella lo había acusado, luchando contra sus propias lágrimas, pues siempre el dolor que él sentía ella podía sentirlo en carne propia, quemándola, devorándola, destrozándola, porque ambos estaban conectados tan profundamente que las palabras no podrían haber explicado cuán hondo el vínculo que los unía era.
"¿Por qué?"
"La definición de una persona loca es que hace lo mismo una y otra y otra vez esperando un resultado nuevo" ella explicó "Los médicos nos dijeron que en un 90% de los casos continuar con el embarazo es firmar una sentencia de muerte para la madre y para el bebé"
"También nos dijeron que en caso de ir en contra de la idea de abortar, había medidas preventivas que podían ser tomadas, que aunque las chances fueran pocas había esperanzas a las que podíamos aferrarnos…" él había tratado de convencerla, su rostro salpicado de lágrimas, sus labios temblando.
"¡Esa es la opción que eligen las mujeres que luego terminan enterradas dos metros bajo tierra, con el cadáver de sus bebés sepultados en la tumba contigua, y sus maridos con el corazón roto y la carga sobre los hombros de tener que llevarles flores todos los domingos a su esposa e hijo muertos!" había contestado ella con una crudeza violenta "Sería ridículo pensar que si tomáramos el mismo camino nosotros seríamos la excepción"
Habían discutido durante horas, los dos llorando, los dos desesperados, él defendiendo su postura de que era preferible correr un riesgo y rezar para que ocurriera un milagro, ella – asustada – decidida a abortar.
"Quizá no tengamos que acabar con una vida para salvar a otra, quizá puedan salvarse los dos…" él insistía, rogando, suplicando, prácticamente de rodillas "El aborto es la solución fácil, pero nadie nos dijo que no existían armas con las que pudiéramos luchar…"
"¡Qué sencillo debe resultarte decirlo!" ella había estallado de pronto, gritando "¡No sos vos el que tiene que poner el cuerpo, no sos vos el que podría morir desangrado por un desgarro en el útero! ¡No sos vos el que podría acabar en el cementerio!"
Aquella noche ninguno de los dos pudo conciliar el sueño, pues el llanto ahogado del otro llenaba la quietud en la que estaba sumida la habitación y la falta del calor de ambos cuerpos anidados y la sensación de estar recostados en el borde del abismo al que se asemejaba ese espacio que separaba sus dos anatomías, cada una en lados opuestos de la cama, hicieron imposible que descansaran.
La mañana siguiente los encontró a ambos pálidos, ojerosos, cansados, estresados, nerviosos, angustiados.
"Voy a abortar a este bebé" ella le aclaró, sin que su voz temblara, sin sentir otra emoción que no fuera el instinto de auto preservación. Había tomado la decisión egoísta de entregar a su hijo o hija como pago por una cantidad incierta de tiempo sobre esta Tierra para disfrutar con su marido y su primogénito "Te amo, pero nada de lo que digas o hagas va a lograr que cambie de opinión" le había aclarado "Y con un poco de perspectiva" continuó "vas a entender que esta elección es la correcta"
Resignado él la había acompañado al consultorio del doctor; la amaba demasiado como para dejarla ir sola, la amaba demasiado como para abandonarla en un momento como aquél, incuso si él no estaba de acuerdo con lo que ella haría, incluso si él hubiera preferido que tomaran otro camino, incluso si él estaba lleno de dudas.
"No era necesario que vinieras conmigo" ella había susurrado en el coche, mirando fuera de la ventanilla del auto para evitar toparse con sus ojos húmedos y nublados de angustia "Podría haber hecho esto sola"
"No quería que estuvieras sola" había sido su respuesta, murmurada con dificultad debido al apretado nudo que se había formado en su garganta "Esto duele demasiado, pero tal vez tengas razón…, tal vez sea para bien…, tal vez…, tal vez este bebé no deba nacer"
Estaba tratando de convencerse de que el paso que estaban a punto de tomar era el indicado, que su mujer no estaba equivocada, que estaban eligiendo bien, que la opción segura era siempre mejor que una apuesta incierta y arriesgada. Estaba tratando de ser fuerte por ella, para poder cuidarla, para poder protegerla, para mostrarle su apoyo incondicional. Estaba tan perdidamente enamorado de esa mujer, tan enloquecido, tan hipnotizado, que aun si él en el fondo sabía que jamás podría vivir con el peso de no haber hecho más para evitar ese aborto, estaba dispuesto a pasar mil años soportando esa culpa sólo para concederle a ella lo que quería dejándola obrar acorde su voluntad.
"Este bebé no debe nacer. Si este bebé nace, yo voy a morir" la sola mención de ese posible escenario era suficiente para que la sangre se congelara en sus venas y los latidos de su corazón se apagaran por algunos segundos "Yo no puedo morir" sus ojos estaban nublados por las lágrimas que habían empezado a caer, rodando por sus mejillas naturalmente sonrosadas, empapando aquél rostro angelical enmarcado por esos rulos rebeldes que él tanto amaba "No puedo morir, todavía tengo tanto que vivir… Todavía tenemos tanto por lo que vivir. No puedo permitir que nada ni nadie nos quite esa oportunidad, simplemente no puedo… Sé que es egoísta, pero no estoy lista para morir, no estoy lista para dejarte…"
Las palabras de su esposa y la honestidad que las envolvía habían logrado que él también se quebrara y se largara a llorar. Había tenido que detener el automóvil a un costado de la carretera para poder calmarse; fue después de un larguísimo abrazo que ambos recobraron la compostura y pudieron reemprender el camino hacia la clínica.
La clínica, él la recordaba vívidamente. Recordaba haber pensado que su mujer cruzaría el umbral de la puerta acunando en su vientre un pedacito suyo combinado con un pedacito de ella, pero que luego al salir, cuando cruzara ese mismo umbral, su vientre estaría vacío, y aquél pedacito de los dos muerto, sin siquiera haber tenido la oportunidad de ver la luz del sol, escuchar el canto de las aves, sentir la lluvia sobre su piel, reír, llorar.
Aquél pensamiento era suficiente para que el nudo en su garganta se volviera muchísimo más apretado, tan apretado que sentía falta de aire.
Por un breve momento había considerado rezar, rezar por esa criaturita cuyas palpitaciones pronto se apagarían, rezar por una señal de que estaban haciendo lo que debía ser hecho, rezar por un milagro, rezar para despertar y descubrir que todo aquello no había sido más que una horrible pesadilla… Pero tenía la sensación de que rezando en un momento como ése sólo estaría insultando y ofendiendo a Dios, pidiéndole su bendición cuando él y su esposa se hallaban a las puertas de un pecado terrible, pidiéndole su amparo segundos antes de aceptar que las manos de la ciencia interrumpieran el curso natural de la vida en nombre de la medicina y del 'derecho a elegir', ignorando el derecho a nacer de aquél embrión inocente.
Pero a pesar de que ese ruego nunca se formó en su mente, a pesar de que ese ruego nunca alcanzó las puertas del cielo (o eso él pensaba), un milagro ocurrió. O al menos ocurrió un milagro disfrazado de complicación.
El aborto no pudo ser practicado, pues hubiera sido demasiado riesgoso, quizá más riesgoso que continuar con la gestación y enfrentarse a los problemas que sabían de antemano iban a aparecer al momento de dar a luz. El médico les explicó que su caso no era normal, que la situación era muchísimo más delicada de lo que pensaban, y que dar por finalizado el embarazo podría causar daños severos, hemorragia interna, que podría morir desangrada allí mismo sin que ellos pudieran hacer algo para detenerlo. De pronto el aborto y el alumbramiento abrazaban ambos los mismos peligros, ambos podían conducir a un mismo desenlace: la muerte. Abortar definitivamente la mataría porque su útero no podría soportar el procedimiento sin abrirse a la mitad y no tendrían tiempo de actuar antes de que muriera desangrada, y parir también podía matarla por motivos similares. La única diferencia era que existía la mínima chance de que – tomando las medidas necesarias – ella perteneciera al 10% de las mujeres que dan a luz bebés sanos y viven para luego acunar en sus brazos a sus hijos.
"No morí hoy abortando, pero voy a morir dentro de ocho meses cuando llegue el momento de que este bebé nazca" ella había susurrado esa noche en el oído de su esposo; estaba envuelta en sus brazos protectores, su calor acobijándola, sus manos acariciando su espalda, sus labios de tanto en tanto besando sus párpados cerrados.
"No digas eso…" él le había rogado, tratando de consolarla, tratando de darle algo de la esperanza y la fe a las que él estaba aferrándose desesperadamente.
Pero no hubo caso, y sus intentos por tranquilizarla y calmar sus miedos no dieron frutos. Su locura, su inestabilidad emocional, su bipolaridad, sus traumas, el miedo a morir, la frustración, la bronca, la angustia, todo ello se combinó hasta llevar su cordura a extinguirse momentáneamente, creando en su cabeza uno de esos lapsos, esas lagunas mentales durante las cuales ambos bien sabían dejaba de ser ella misma y se transformaba en una persona totalmente distinta, una persona capaz de hacerse daño, capaz de lastimarse a propósito para a través de ello castigarse y castigar a otros. Ese costado oscuro fruto de todos sus traumas y vivencias terribles resurgió, la perspectiva de que existía la chance de que muriera en la sala de partos tal vez había actuado como disparador, o quizá recuerdos enterrados muy dentro suyo que distaban de años atrás, de cuando – en circunstancias muy distintas y, en cierta medida, igual de peligrosas – había estado embarazada de su primogénito habían causado que algo dentro suyo se quebrara, dejando fluir un río de confusión demasiado grande para ser comprendido o siquiera explicado.
Lo cierto es que ella enloqueció. Todos los progresos logrados durante el tiempo pasado bajo los cuidados amorosos y dedicados de su marido, todos los progresos logrados con esfuerzo, todo eso había quedado reducido a nada, porque en un minuto había regresado al primer casillero, donde él la había encontrado, de dónde él la había rescatado, había caído en algunos de los 'viejos hábitos' de los que él la había salvado.
La mañana que siguió al día en el que le dijeron que no era conveniente un aborto y que tendría que esperar al momento de traer al mundo a esa criatura rezando por un milagro, su esposo la encontró dentro de la bañera, aun vestida con su pijama, empapada, temblando de frío, con una navaja en la mano derecha y cortes superficiales en todo su antebrazo izquierdo hasta algunos centímetros antes de la muñeca.
Él se quedó a su lado, la abrazó, limpió sus heridas, puso vendas sobre su piel para que no se infectaran, la envolvió en su manta favorita y se quedó con ella, abrazándola hasta que cayó en un sueño tranquilo, hasta que los demonios que la perseguían en su interior fueron exorcizados por la fuerza de su amor y la voluntad que él siempre había mostrado para ayudarla a sanar.
Él no iba a dejarla, él no iba a abandonarla, él entendía su miedo, él entendía su locura, e iba a quedarse con ella, protegiéndola, teniendo esperanza y fe por los dos, luchando por los dos, sacando fuerza de debajo de las piedras si era necesario para que ella no flaqueara, para que no decayera.
"¿Por qué te cortaste?" había preguntado en un susurro horas más tarde, luego de que ella despertara aun en su cálido abrazo.
"Porque necesitaba expresar de algún modo el dolor que siento por dentro; necesitaba volverlo visible, tangible, sentirlo en la carne" había sido su respuesta "No quiero tener a este bebé" lágrimas caían otra vez de sus ojos, manchando su rostro, borrando las huellas de esas otras que antes habían sido derramadas y que ya se habían secado "No quiero morir…"
Él también lloró, lloró con ella, lloró porque estaba aterrorizado, lloró porque no sabía si su esposa y su hijo o hija sobrevivirían, lloró porque la perspectiva de perderla dentro de nueve meses a manos de complicaciones estaban siendo absorbidas por el pánico a perderla si ella cometía una locura, si sus intentos por 'expresar de algún modo el dolor… volverlo visible, tangible, sentirlo en la carne' iban demasiado lejos, si él no lograba hacer algo para detenerlos y evitar que se repitieran.
Una semana después, en un estúpido momento de distracción, dejó de prestarle atención durante cinco minutos para ir a su despacho a realizar una llamada importante concerniente a su trabajo; ella estaba durmiendo plácidamente, aun no era la hora a la que acostumbraba despertar… O eso él pensaba. Eso pensaba cuando se levantó y la dejó a solas creyendo que regresaría enseguida para volver a yacer a su lado y seguir observándola sumida en sueños más o menos tranquilos (de tanto en tanto se agitaba, de tanto en tanto él debía calmarla con un beso en la frente o con palabras de consuelo si alguna pesadilla la visitaba); nunca hubiera imaginado que en realidad ella estaba fingiendo, que estaba despierta, que llevaba varios días pretendiendo dormir hasta tarde cuando lo cierto era que su cerebro lleno de ideas locas y fantasmas acechándola empezaba a funcionar al alba, las voces susurrándole que debía mantenerse alerta, lista para aprovechar cualquier momento de debilidad de su marido para llevar a cabo su plan…
Se arrojó por la escalera, con la esperanza de que el golpe condujera a un aborto natural, con la esperanza de que su propio cuerpo expulsara antes de tiempo a aquél embrión pequeñito no más grande que una nuez, con la esperanza de impedir que aquél bebé siguiera creciendo dentro de su vientre. Allí él la encontró, acurrucada en el último peldaño, en posición fetal, hiperventilando, las extremidades adoloridas por los golpes y algunos moretones ya formándose allí. Pero no había sangre manchando sus ropas, ni insoportables calambres internos carcomiéndola, succionando esa otra vida fuera de ella para asegurarla que su vida no llegaría a la línea final dentro de nueve meses.
"¡No quiero morirme!, ¡no quiero morirme!" gritaba, gritaba tanto que él temió se desgarraría la garganta, gritaba tanto que él sentía su corazón resquebrajándose dentro de su pecho, despedazándose.
La llevó al hospital, donde le hicieron un ultrasonido para asegurarse de que su 'accidente' no hubiera causado ningún mal al bebé, los nervios y la ansiedad destrozándolo, la preocupación demasiado intensa como un malestar agudo en la boca del estómago.
Se calmó cuando pudieron escuchar los latidos de la criaturita; a él se le llenaron los ojos de lágrimas y sus propias palpitaciones se volvieron mucho más rápidas. Fue un momento agridulce: amaba a ese bebé, pero también amaba a su esposa, sabía bien lo que ese embarazo estaba haciendo a su psiquis, sabía bien lo que podría suceder llegado el momento del nacimiento, sabía bien que corría el riesgo de perderlos a ambos, sabía bien que corría el riesgo de perderlo todo. Pero también tenía fe, esperanza y confianza en Dios; fe, esperanza y confianza en que el motivo por el cual no había podido realizarse el aborto residía en que esa criatura debía nacer, que un milagro se produciría, que sería posible alcanzar un final feliz. Ese bebé seguía vivo, seguía resistiendo, incluso si estaba habitando un cuerpo que no lo quería, incluso si su madre – en un estado de locura, desesperada, asustada, y debido a un millón de justificaciones más que él había estado usando para excusar las acciones de su mujer – no lo deseaba; allí estaba ese corazoncito, latiendo aun, latiendo con fuerza, luchando, sin ánimos de rendirse, dispuesto a pelear sus batallas.
Las lágrimas en los ojos de su esposa eran, sin embargo, amargas y de tristeza, pues escuchar los latidos del corazón de aquella criatura que podía costarle la vida al momento de nacer no causó en ella otro efecto que el de traumarla más, mostrándole cuán real era todo eso, que no era un sueño, una pesadilla o una alucinación, sino que estaba sucediendo, estaba sucediéndole a ella, a ellos.
"Ya no me amás, ¿no es cierto?" le había preguntado en el viaje en coche de regreso a su hogar "Ya no me amás, porque vos querés a este bebé y yo lo odio porque ya está costándome la salud mental que había recuperado, y al final va a costarme la vida"
"Sólo te pido que tengas un poco de fe…"
Pero nada de lo que él le decía parecía dar resultado, nada parecía servir para aliviar sus temores, nada parecía servir para tranquilizarla, para hacer desaparecer su depresión, para hacer regresar esa cordura que con tanto esfuerzo y dedicación ella había vuelto a abrazar. No hacía otra cosa que quedarse ovillada en la cama, durmiendo o llorando histéricamente, golpeándose la cabeza contra la pared o mordiendo la almohada para ahogar sus gritos de furia. Y él estaba allí a su lado, ocupándose de todo, consolándola, cuidando de su hijo, asegurándole que las cosas saldrían bien, hablándole para calmarla, secando sus lágrimas, abrigándola, protegiéndola, ahuyentando las pesadillas cuando éstas aparecían, resguardándola de sí misma y de los fantasmas en su cabeza, ocultándole todo cuanto podía sobre el comportamiento rebelde de Danny y los problemas que éste estaba dando en la escuela y en la casa, e intentando que ella mostrara algo de amor por ese bebé que estaba acunando en su panza.
"Ya te dije: no lo amo" ella había respondido agriamente por décima vez en lo que iba de la tarde, un domingo lluvioso en algún momento del cuarto mes de gestación.
"Sé que lo amás" él contestaba siempre "Sé que todo va a salir bien. Yo tengo esperanza por los dos"
Y así era: él tenía esperanza por los dos. Él se esforzaba por los dos. Él luchaba por los dos. Él resistía por los dos. Él aguantaba todo por los dos. Por los dos y por su familia, esa familia que tanto amaba, esa familia a la que hubiera defendido con su vida sin importar las consecuencias, esa familia pequeña y quizá un poco atípica, pero familia al fin. Y en ningún momento había bajado los brazos, en ningún momento había flaqueado, en ningún momento había abandonado la fe, en ningún momento había dejado de pedirle a Dios que su esposa encontrara en su corazón el amor que aquella criaturita desarrollándose en su vientre necesitaba sentir, ese amor que él juraba existía, pero que estaba siendo brutalmente oprimido y opacado por el miedo, la depresión y sus enfermedades psiquiátricas; ni siquiera cuando en un descuido ella lograba escaparse de su vista y aparecía en el baño con los brazos cortados, llorando histéricamente y gritando que sentía tenía un cáncer terrible en el cuerpo; ni siquiera cuando, las pocas veces que su hijo entraba al cuarto de su madre para mantenerla acompañada un rato (a regañadientes, por supuesto, porque se encontraba en una etapa de rebeldía y desdén que combinada con su historia, su pasado y su carácter lo volvían desamorado e indomable) le decía que su hermano o hermana sería el responsable de que él perdiera a su madre.
Los primeros cinco meses habían sido realmente difíciles, probablemente los cinco meses más difíciles de su vida, más difíciles incluso que aquellos que había pasado tratando de rescatarla de sus adicciones, de su miseria, de su angustia, de su bipolaridad, enseñándole a vivir otra vez, enseñándole a quererse a sí misma, tratando de convencerla de que merecía algo mucho mejor y que él podía darle toda la felicidad que hasta ese entonces los había eludido a ella y a su hijo. Quizá porque en esa oportunidad habían estado trabajando juntos, codo a codo, buscando lo mismo, queriendo lo mismo, rezando por lo mismo, deseando lo mismo.
Y en el sexto mes, la lucha y los esfuerzos comenzaron a dar frutos, la fe y la esperanza comenzaron a dar frutos. Quizá fueron sus incesantes oraciones, quizá fueron sus cuidados esmerados, quizá fue su paciencia, quizá fue todo el amor con el que veló por ella en los peores días, quizá fue Dios moviendo su mano sobre ellos para calmar las aguas de aquél mar embravecido, quizá fue su condición psiquiátrica tan incierta y cambiante que volvía inestable cualquier terreno sobre el que pudieran estar parados… Lo cierto es que sus actitudes comenzaron a mutar, poco a poco, día a día, lenta pero progresivamente. Para bien o para mal, eso sólo podrían saberlo mirando con la perspectiva adecuada.
Con la llegada del séptimo mes, ya no se escabullía en cada ocasión que le era posible para ir a encerrarse al cuarto de baño y darlo vuelta de arriba a abajo buscando algo filoso con lo que cortarse (él se había encargado de sacar del camino cualquier objeto, por más que su apariencia fuera inofensiva, con el que pudiera mutilarse).
Con la llegada del séptimo mes, ya no se rehusaba a comer, ya no había que obligarla a probar un mísero bocado, ya no debía rogarle que se alimentara, ya no debía pedirle de rodillas prácticamente que tomara las vitaminas prenatales. Comía sin hambre, sin ganas, sin apetito, pero al menos comía sin oponer resistencia, sin arrojar la vajilla contra la pared, sin intentar hacerse daño con el tenedor.
Con la llegada del séptimo mes ya no tenía ataques de llanto repentinos, ni se golpeaba la cabeza contra la pared, ni se golpeaba el rostro con el puño hasta hacerse sangrar la nariz para descargar su furia contra sí misma, ni lo golpeaba a él (quien pacientemente soportaba todo, todo, porque la amaba), ni le gritaba que aquél bebé estaba arruinando de a poco la felicidad que tanto les había costado conseguir y que lo odiaba por haberle quitado la vida hermosa que tenía antes de quedar embarazada y que recompensaba la vida horrible que había tenido antes de conocerlo a él, ni tenía pesadillas todas las noches, ni se daba puñetazos en el estómago para hacerle daño a aquella criatura inocente a la que ella – en su locura, en su total delirio, en su bipolaridad, en su enfermedad – odiaba y culpaba por todo lo que había acontecido en ese último tiempo.
Con la llegada del séptimo mes ya no contestaba de mala manera a los psicólogos y psiquiatras que iban a verla todos los días para contenerla, para ayudarla, para tratar de dominar aquellos monstruos en su mente que desde pequeña venían persiguiéndola y que el destino con todo lo que le había arrojado en el trayecto había agravado, dejándola marcada para siempre, tan marcada que probablemente nunca se borrarían las heridas y quedarían siempre a punto de abrirse todas las cicatrices de esas lastimaduras que él con su amor había logrado aliviar.
Con la llegada del séptimo mes, ya no decía cada vez que sentía al bebé moverse y patearla suavemente que era como si estuviera gestando a la muerte dentro de su ya demasiado corrompido cuerpo, ese cuerpo que se suponía finalmente había encontrado los brazos de un hombre que la cuidaría y protegería siempre, sólo para luego chocarse de lleno con la cruda posibilidad de ser arrancada de ellos y arrojada a una fosa dentro de un cajón de madera. Tampoco se apartaba cuando él intentaba posar la mano sobre su vientre para sentir los movimientos de su hijo o hija, simplemente se quedaba quieta y permitía que él acariciara su prominente panza con sus manos cálidas.
"Ya estoy resignada" había murmurado una noche, con la vista fija en el cielo raso y las manos entrelazadas detrás de la cabeza "Esto está pasándome, está pasándonos…"
"Los médicos son optimistas…"
Aquello era, principalmente, lo que lo mantenía a él de pie, fuerte, decidido, aquello y todo el amor que sentía por su mujer y por ese bebé, y todo el amor que sentía por su familia, y sus ganas de pasar treinta, cuarenta, cincuenta años disfrutando de esa felicidad que habían acariciado durante un breve período antes de que el embarazo y las complicaciones aparecieran en el cuadro: los médicos, todos ellos con los que había consultado, mostraban optimismo, un optimismo realista. El estado era delicado, la situación no era la ideal, había riesgos, había peligros, pero existía la posibilidad de que ambos se salvaran; si lograba alcanzar un tiempo de gestación considerablemente bueno sin romper bolsa para que pudiera practicarse una cesárea, la eventualidad de muerte se vería formidablemente reducida, el bebé sobreviviría y los médicos serían capaces de controlar el desgarro del útero, el sangrado y casi cualquier contratiempo que surgiera. Si y sólo si entraba en trabajo de parto súbito las aguas se teñirían de un color turbio, tan turbio que no podrían volver a esclarecerse, y tan revueltas se pondrían que los tragarían a ella y al bebé sin que mucho pudiera hacerse.
Pero él insistía en que no debían pensar en el costado gris, y que debían concentrarse en aquello que les daría energía positiva, y eso era que, si ella hacía reposo, se cuidaba y Dios los bendecía, esa mala, traumática, terrible, horrible experiencia tendría un final mucho mejor que el augurado en un principio.
"Lo sé" ella había murmurado "Siempre y cuando no entre en trabajo de parto de golpe" el tono amargo en su voz había agitado dentro de él sus peores temores, sus más oscuros temores, pero, ya acostumbrado, era fácil ingeniárselas para espantarlos rápidamente.
"Va a estar todo bien…" había empezado a murmura par reconfortarla.
Pero ella lo había interrumpido, sin cambiar el tono de su voz ni su expresión laxa:
"Que esté resignada no significa que no tenga miedo de morir. Tampoco significa que no odie que esto esté sucediéndonos; no significa que no sienta bronca de que lo mejor que me pasó en casi treinta años esté a punto de esfumarse; tampoco significa que, como vos, esté aliviada de que no se haya podido practicar el aborto. Simplemente estoy muy cansada para seguir peleando, para seguir gritando, para seguir mutilándome, para seguir rehusándome a comer o para seguir torturándote a vos a propósito, porque no te lo merecés, porque odiaría pensar que en mis últimos meses de vida te mortifique, cuando la realidad es que, si no acabé muerta de una sobredosis o con un tiro en la cabeza mucho antes fue porque vos me salvaste, nos salvaste a mi y a mi hijo… nuestro hijo"
Ante esto ambos habían sonreído, tal vez por primera vez en mucho, mucho tiempo manchado con sangre, lágrimas y angustia pura. Solía corregirse cuando olvidaba usar el pronombre nuestro y se refería a Danny como a su hijo, porque sabía que él lo amaba como si fuera su padre (hasta su apellido le había dado, hasta lo había adoptado legalmente luego de casarse con ella). Él los amaba a ambos, les había dado a ambos lo que ella nunca creyó sería posible tuvieran, los había rescatado, se había hecho cargo de cuidarla, protegerla y ayudarla a rehabilitarse, a redescubrirse, a darse cuenta de que merecía más y que podía tener más, que su pasado no debía arruinar su presente e impedir que el futuro fuera muchísimo mejor que lo que ella venía arrastrando detrás suyo, cargando sobre sus cansados hombros no tenía porque definirla para siempre e impedir que saliera de la oscuridad en la que había quedado sumergida.
Eso la había hecho recapacitar, en parte, eso la había conducido a resignarse, como ella llamaba a aquél frío que sentía por dentro y que la entumecía, llevándola a quedarse recostada en la cama las veinticuatro horas del día, con la mirada intensa perdida en el cielo raso, los músculos débiles, los susurros dentro de su cabeza indefinidos e inentendibles, como un murmullo imposible de interpretar: si su marido no se hubiera arriesgado por ella, si su marido no hubiera hecho hasta lo imposible para verla sanar – física y emocionalmente -, si él no la hubiera amado lo suficiente y tenido la suficiente paciencia para soportar todo lo que había soportado, ella probablemente hubiera muerto muchos meses atrás, ella probablemente nunca hubiera conocido el verdadero amor y la felicidad, ella probablemente nunca hubiera conocido el poder de una caricia, de un abrazo, de un beso. Ese hombre la había salvado de un destino peor a morir dando a luz, de una muerte muchísimo peor que la que estaba segura encontraría pronto.
No quería morir, tenía miedo a morir, no quería renunciar a todo lo que había encontrado en sus brazos, no quería que su existencia se viera reducida a años de sufrimiento y apenas unos meses de felicidad, no quería que el carrusel se detuviera de golpe, no quería dejar todos esos sueños compartidos con él sin realizar, no quería sacrificarse (era egoísta, por supuesto, era un pensamiento terriblemente egoísta, pero eso era lo que ella sentía), no quería morir sin haber logrado realizar mucho de lo que todavía le faltaba ver realizado... Pero si ese era su destino, si así estaba escrito que sería, si esa era la última piedra que debía ser arrojada contra ella…, no había nada que pudiera hacer. Ilusionarse con esperanzas efímeras no era su estilo, porque generalmente en esos casos acababa siendo horriblemente desilusionada, pero resignarse… eso sí era algo que podía hacer. Podía resignarse, y se había resignado; ¿de qué servía seguir castigándose, torturándose, castigándolo a él por algo que escapaba de su control, castigándolo a él injustamente por algo que no podía manejar? Estaba cansada, exhausta, su propia locura le dictaba al oído que era hora de rendirse ante lo inevitable, incluso si su marido insistía en que lo que ella veía como inminente podría evitar.
"Sé que pensás que todo va a salir bien y que este bebé y yo vamos a sobrevivir" había continuado, sin quitar la vista del techo, sin osar a mirarlo para no tener que ver su reflejo, su rostro moribundo y demacrado, en sus ojos abnegados de lágrimas "Yo creo que debo prepararme para lo peor, después de haber pasado siete meses haciéndome daño y tratando de hacerle daño a la criatura que estoy gestando. Nuestras reacciones fueron distintas: vos te refugiaste en la fe y en la esperanza, yo me refugié en mi locura. Pero ahora creo que es tiempo de resignarme" la forma en la que repetía la palabra 'resignación' constantemente hacía que él se sintiera vacío, como si le faltara un pedazo, una parte fundamental.
"Todavía estamos acá" había murmurado, acariciando su rostro, enredando sus dedos en los bucles de su esposa, esos bucles parecidos a los de un ángel (o al menos él siempre había imaginado que los ángeles tenían la cabellera enrulada) "Todavía podemos luchar, no tenés por qué resignarte… Todo va a salir bien, los médicos van a poder practicar una cesárea, van a salvarte a vos y van a salvar a nuestro hijo… Vamos a volver ser felices, todo esto va a quedar atrás" sus susurros eran reconfortantes… para él mismo, porque en ella no surtían efecto alguno, y los consideraba la necesidad desesperada de su marido de creer en algo, de agarrarse a algo, de aferrarse a algo, a lo que fuera, para mantenerse firme, para no caer.
"Quizá tengamos suerte, ¿quién sabe?" había suspirado, un tono melancólico envolviendo sus palabras "Quizá las cosas sucedan como vos decís que van a suceder, y todo salga bien"
Pero le había dicho aquello sólo para conformarlo, no porque ella lo creyera, no porque ella tuviera esperanza, no porque ella tuviera fe. Simplemente estaba cansada, simplemente estaba… resignada. Era otra faceta de su locura la que había tomado el control, una faceta más pasiva, una faceta melancólica, hasta reflexiva podría describírsela, una faceta distinta a aquella por la que había pasado antes, en la que se lastimaba para sentir el dolor emocional en su físico y se tiraba de las escaleras en cuanto podía escabullirse de la mirada de su suegra y su marido para tratar de que su cuerpo expulsara aquello que como un cáncer podría matarla, matarla a ella y a todos sus sueños.
Las semanas que siguieron a esa habían pasado lentamente, como si alguien hubiera manipulado los relojes a propósito, para que los minutos y segundos se arrastraran, para que las horas se repitieran, para que los días tuvieran principio pero no fin. Él rezaba sin descanso para que nada sucediera, para que Dios mantuviera a su esposa y al bebé a salvo, para que no ocurriera lo peor…, y mientras ella simplemente dormía, jugaba a buscar formas inexistentes en el impecable cielo raso color blanco, guardaba silencios que se expresaban con más fuerza que cualquier letanía de palabras; lucía totalmente desconectada, como si su mente se hubiera ido de paseo, como si su cuerpo se hubiera quedado atrás pero su alma la hubiera abandonado.
Él le hablaba al bebé, cada noche y cada mañana, le pedía que aguantara más tiempo allí en el vientre de su mamá, le contaba sobre las maravillas esperándolo cuando llegara al mundo; ella, por su parte, no mostraba interés alguno, actuaba como si ese ser creciendo dentro suyo fuera un extraño, una enfermedad, cualquier cosa menos un hijo, cualquier cosa menos una vida creada por los dos, cualquier cosa menos una mitad suya y una mitad del hombre al que amaba fundidas y convertidas en una sola alma.
Una mañana de julio, posando una mano sobre el vientre de su esposa para sentir los movimientos de la criaturita, él había comentado, con una sonrisa en los labios y la ilusión de que ella finalmente respondería, de que mostraría señal alguna de interés:
"Está muy inquieto hoy"
Silencio, silencio había llenado los oídos de ambos, un silencio tan grande que podía sentirlo en su interior, con la misma intensidad con la que sentía las pataditas del bebé golpeando sus grandes manos, esas pataditas fuertes e impacientes.
"Reconoce mi voz; siempre que le hablo patea más fuerte, ¿no es cierto, bebé?" había seguido él hablando.
Y, en efecto, la criatura había dado varias patadas, como si estuviera respondiendo a los estímulos auditivos.
"Estoy seguro de que le gustaría escuchar tu voz, Ellie; vos sos su mamá"
Llevaba vario tiempo sugiriéndole a su esposa que le hablara al bebé, que tratara de comunicarse, de conectarse, que dejara de lado el miedo, que sería bueno para su salud mental y para la salud emocional de la criaturita que ella le transmitiera amor, que dejara de fingir que no le importaba ese nuevo hijo o hija en su panza, que se permitiera disfrutar cada segundo conectada al bebé. Pero su mujer lo ignoraba.
"Estaba pensando que deberíamos comenzar a buscar un nombre" había sugerido "… Si es un varón, me encantaría llamarlo Oliver o…"
"No me interesa cómo llamés a esta criatura" había murmurado Ellie, interrumpiéndolo, con mucho esfuerzo girando su cuerpo para quedar sobre su costado y así darle la espalda a su marido "; probablemente sea un nombre que nunca más vuelvas a pronunciar. Probablemente sea un nombre para gravar en piedra y dejar que acumule polvo"
La depresión había comenzado a hacerse presente otra vez; había estado latente, esperando para volver a surgir, escondiéndose en el silencio y en la resignación, pero de golpe había regresado para llenar su alma con veneno y pesimismo y su boca de frases que a él lo lastimaban, que le hacían mal, que se sentían como puñaladas al corazón.
Pero en ningún instante dejó su lado, en ningún instante dejó de cuidarla, en ningún instante dejó de amarla, en ningún instante perdió la fe, en ningún instante dejó de creer que los esperaba luz al final del camino, en ningún instante dudó de que Dios los protegería hasta el final y que ocurriría el milagro al que los médicos apostaban.
Hasta la madrugada del 1° de agosto, cuando un grito desgarrador lo despertó, y se encontró a su esposa despierta, su piel blanca como la tiza, empapada en sudor, su camisón color beige manchado de rojo, y manchadas también las sábanas de seda con la mezcla de sangre y líquido amniótico.
Faltando diez días para la fecha en la que sería seguro practicar una cesárea, Ellie Dessler había entrado en trabajo de parto, súbitamente, sin previo aviso, cuando se hallaban tan cerca de alcanzar la meta propuesta por los médicos para asegurar tanto a la mamá como al bebé buenas posibilidades de sobrevivir.
De pronto, a escasos pasos de la luz, todo se había teñido de negro, repentinamente, sin que pudieran hacer nada para evitarlo. Ese bebé que había luchado para quedarse dentro de la panza de su mamá cada vez que ésta había tratado de causarle un mal para liberarse de él y poder seguir viviendo, no había podido resistir solamente diez días más, por lo cual a la una de la madrugada del 1° de agosto su padre cargó a su madre en brazos para llevarla al hospital, rogando desesperadamente que un milagro ocurriera.
Dos horas después sentía que estaba al borde del precipicio, y que una gigante mano invisible insistía en arrastrarlo más y más cerca de la línea después de la cual no había nada que no fuera un enorme, incierto abismo, los meses anteriores pasando delante de sus ojos como una película borrosa, desordenada, confusa, dramática, triste. Estaba temblando de pies a cabeza, blanco como si la sangre en sus venas se hubiera vuelto hielo, sus pensamientos vueltos una maraña, su corazón latiendo dolorosamente dentro de su comprimido pecho, el miedo y la desesperación consumiéndolo, toda fe y toda esperanza reducidas a nada, porque de pronto todo en lo que había creído, todo a lo que se había aferrado, todo lo que necesitaba, todo ello pendía de un hilo, y ese hilo iba a cortarse en cualquier momento, ese hilo que sostenía a su bebé y a su esposa tenía que ser cortado, y a él prácticamente estaban dándole las tijeras y pidiéndole que decidiera a quién dejarían morir y a quién intentarían salvar.
Lo habían puesto entre la espada y la pared, un sitio en el cual se había habituado a estar, pues desde que había conocido a Ellie y se había enamorado de ella – aceptando por ende su locura, su bipolaridad, su depresión, su pasado, su historia, sus traumas, sus heridas, sus fantasmas, sus demonios, su esquizofrenia, su inestabilidad emocional, sus miedos – muchas veces se había encontrado en esa postura, obligado a tomar decisiones difíciles pensando en cuál sería la que le haría un bien mayor a su mujer. Pero la mayoría de esas decisiones se habían resuelto alrededor de psiquiatras, psicólogos, terapias, tratamientos alternativos, los problemas de comportamiento de Danny, las pesadillas que su esposa tenía en aquellas noches en las que su pasado regresaba para llenar su mente (pesadillas que, desde que lo había conocido a él, habían ido disminuyendo hasta desaparecer; habían reaparecido luego de que se enterara de que estaba embarazada y de que existía la posibilidad de que no sobreviviera al parto).
Esto era distinto.
Él nunca había querido pensar en qué haría si de pronto lo enfrentaban a una realidad cruda y amarga en la que su esposa y el hijo que habían concebido se encontraban literalmente a las puertas de la muerte. Había estado de acuerdo en practicar aquél aborto porque los médicos habían recomendado terminar con el embarazo porque los riesgos eran demasiado altos para Ellie, y él no podía ni quería imaginar su vida sin ella, no cuando había logrado darle algo para disfrutar que ella jamás había tenido: prosperidad y estabilidad emocional (tanta estabilidad emocional como era posible darle a una persona con un pasado tan golpeado, tan lleno de traumas y tantos problemas psiquiátricos torturándola); sin embargo, cuando ésa había dejado de ser una posible solución y lo único que les quedaba por hacer era esperar y rezar para que su útero no se desgarrara ni rompiera bolsa antes de que pudieran practicarle una cesárea, había crecido dentro suyo – junto con la fe y la esperanza – la idea de que ellos serían la excepción dentro de un millón de casos, que ellos tendrían un final distinto, que ellos – Danny, el bebé, Ellie, su mamá y él – lograrían ser una familia feliz. Para él Dios había puesto un alto a ese aborto porque estaba escrito en el destino que esa criatura debía nacer, para él Dios había armado las cosas de forma tal que el desenlace fuera el menos esperado, pero el más deseado. Los meses habían pasado y no había sido fácil en lo absoluto, no había sido para nada sencillo, pero el bebé estaba creciendo sano y fuerte, y tenían buenas chances de llegar a la fecha en la que los doctores creían convenientes practicar una cesárea. Él estaba convencido de que el Universo había acomodado las piezas para que no ocurriera una tragedia; nunca se había detenido a considerar que existía la posibilidad de que sucediera lo que Ellie creía no podría evitarse: que su mujer y su hijo o hija acabaran en el cementerio, dos metros bajo tierra, una placa de mármol el único indicio de la presencia de sus cuerpos dándole de comer a los gusanos.
De golpe, de lleno, una madrugada sacudió su existencia por completo, mucho más de lo que la habían sacudido cualquiera de las locuras cometidas por su esposa, cualquiera de sus acciones para lastimarse o para lastimar al bebé que llevaba en su vientre, cualquiera de sus ataques de pánico y de locura, cualquiera de sus palabras hirientes, cualquiera de sus comentarios nefastos; mucho más de lo que lo había sacudido en primer lugar decidir abortar al bebé o no cuando eso era, aparentemente, una opción viable; mucho más que cualquier otra cosa que hubiera visto o experimentado: su esposa había entrado en trabajo de parto cuando apenas una semana había pasado del comienzo del octavo mes de gestación, cuando apenas faltaban diez días para que la llevaran al quirófano y le practicaran una cesárea; la situación de ambos era comprometida, y él debía tomar la decisión de dar prioridad a uno de los dos.
Su mujer… La amaba tanto, la adoraba como jamás había pensado adoraría a alguien. Ella le había dado significado a su vida, y él le había dado significado a la vida de ella. Él la había salvado. Él le había devuelto las ganas de respirar, de levantarse cada mañana, de luchar, de sonreír, de apreciar las pequeñas cosas que tanta belleza encierran y que generalmente son invisibles a los ojos, las ganas de cambiar, las ganas de olvidar el pasado y esforzarse por un futuro distinto, las ganas de creer en sí misma. Ella estaba perdidamente enamorada de él, y él estaba perdidamente enamorado de ella; ninguno de los dos podría vivir sin el otro, dependían totalmente de estar juntos para poder funcionar. Los últimos meses habían sido difíciles, demasiado difíciles, pero él no la culpaba, él la entendía, él comprendía, él nunca había dejado de amarla, y ella nunca había dejado de amarlo a él. Todavía les quedaba tanto por experimentar juntos, tantos sueños que debían cumplir, él aun tenía tanto que enseñarle y ella tenía tanto que aprender, los dos tenían tantos progresos que hacer… No podía terminar todo súbitamente en el cuarto de un hospital, no podía terminar todo de golpe, no podía terminar muerta y enterrada en un cementerio antes de que hubieran cumplido siquiera tres años de matrimonio.
Por otro lado estaba aquél bebé. Ese bebé había luchado, ese bebé quería nacer, ese bebé se había aferrado a la vida a pesar de que la mujer que lo acunaba en su vientre tenía los ojos y el juicio cegados por su locura e insistía con que quería que aquello que se sentía 'como un cáncer moviéndose en su interior' (de acuerdo con sus propias palabras) desapareciera, que se fuera, que se extinguiera, que la dejara en paz, que dejara de matarla de a poco. Él amaba a ese bebé, y sabía que la postura egoísta de Ellie tenía origen en el miedo, en la desesperación, en la frustración y en la impotencia, y que si todo salía bien, cuando sostuviera a su hijo o hija en brazos por primera vez se permitiría quebrarse, se permitiría entrar en contacto con sus sentimientos y admitir que se había negado a manifestar amor por esa criaturita simplemente porque estaba demasiado asustada y había preferido escudarse detrás de ese supuesto odio para no tener que lidiar con emociones mucho más complejas.
Debía elegir a uno de los dos, y luego sentarse y esperar que ocurriera un milagro, porque sólo un milagro haría posible que el que él escogiera saliera de esa sala con sus signos vitales más o menos estables.
Llorando, sollozando ya inconteniblemente, con el rostro empapado, los músculos temblorosos, su anatomía cansada y derrotada, el pecho oprimido y el corazón estrujado, con el alma hecha jirones, les había rogado que salvaran a ambos, que hicieran todo lo posible…, pero que, si lo peor debía suceder, si no había escapatoria, entonces dieran prioridad a su mujer.
Y luego había caído de rodillas en el suelo, la cabeza acunada entre las manos, su llanto llenando la habitación, nada que alguien pudiera hacer para dar consuelo al hombre que acababa de decirle a los doctores que si debían sacrificar a alguien, sacrificaran a su hijo o hija no nacido. El miedo le ganó, el miedo se apoderó de él, el miedo y el egoísmo: no podía imaginar la vida sin su Ellie, no podía imaginar existir en un mundo en el que ella no estuviera, no podía imaginar seguir caminando sobre la faz de la Tierra mientras ella 'dormía' plácidamente bajo una placa de mármol, no podía imaginarse sobreviviendo a la culpa que lo atormentaría por no haberle dado a ella la posibilidad de recuperar la felicidad y la estabilidad que él le había dado.
Había elegido la felicidad junto a Ellie en lugar de la vida del hijo que ambos habían concebido. Había elegido recuperar (quizá, con suerte, si ocurría el milagro) la tranquilidad y la armonía en la que habían vivido antes de que ese embarazo no deseado complicara las cosas. Había elegido la posibilidad de que su esposa recobrara la salud y estabilidad mental otra vez para poder seguir con su tratamiento, para poder seguir progresando, para poder seguir adelante. Había elegido borrar ese episodio de sus mentes con terapia, antidepresivos y extensas charlas con psicólogos y poder volver a lo conocido, a lo que tan bien funcionaba casi ocho meses y medio atrás, a lo que con tanto esfuerzo y lágrimas de sangre habían logrado él y ella en nombre del amor que se profesaban, ese amor que podía sanar todas las heridas y ayudarlos a levantarse después de cada golpe, después de cada caída.
Le había pedido a su madre que se quedara con Danny en la casa, que no fueran al hospital; en caso de que pasara lo peor, no era necesario que su hijo estuviera presente, ni que su madre tuviera que verlo a él derrumbarse del terrible modo en que lo había hecho. Había preferido estar solo, y no se arrepentía, porque hubiera odiado tener testigo otro que no fueran aquellos extraños con el título de médico en aquél momento de vulnerabilidad extrema. Por eso estaba solo cuando los médicos – luego de que pasara una cantidad de tiempo indefinida de la cual él no tenía noción alguna (podrían haber sido cuarenta minutos, cuarenta horas, cuarenta días o cuarenta años y él no se hubiera inmutado) – salieron, sus semblantes inescrutables, algo extraño en la forma en que lo miraban, algo que sus ojos nublados de llanto podían percibir pero que su cerebro no acababa de procesar correctamente, por ende no podía interpretar qué era ni qué significaba.
"Señor Dessler, no soy creyente, pero lo que acaba de ocurrir allí dentro sólo puedo llamarlo un milagro, porque no hay término médico o científico que encaje adecuadamente"
Aquél Dios en el que había confiado ciegamente pero con el que se había enojado en las últimas horas porque sentía que las paredes estaban cerrándose sobre ellos y que acabarían aplastándolos, había obrado el milagro, y su mujer y su hija estaban vivas.
El alivio que sintió fue tan grande que lo impactó, una oleada tan fuerte que se sintió mareado y por poco sucumbió al agotamiento físico y mental. Los médicos siguieron hablando, dando explicaciones que él realmente no comprendía, las palabras entraban a su cerebro por sus oídos pero no lograba procesarlas correctamente.
"Pudimos detener el trabajo de parto con una inyección… Practicamos una cesárea de emergencia… El peso del bebé es bajo – apenas dos kilos, seiscientos gramos - y tuvimos que llevarla a la unidad de cuidados intensivos de neonatos para controlar que sus pulmones y órganos estén bien desarrollados… Somos optimistas y creemos que en unos días podremos darle el alta… El útero de su esposa se desgarró debido a las contracciones que tuvo antes de que pudiéramos frenarlas… Perdió mucha sangre y hay hemorragia interna, por lo cual la llevamos inmediatamente al quirófano para controlar los daños… No vamos a mentirle, señor Dessler: existe el riesgo de que muera en la mesa de operaciones, pero considerando el cuadro completo sus posibilidades son mucho mejores de lo que podríamos haber esperado y es probable que los cirujanos puedan detener el sangrado, reparar los vasos rotos, parar la hemorragia y extirpar lo que queda del útero… Puedo garantizarla que en cualquier otro caso su esposa hubiera muerto desangrada antes de que tuviéramos tiempo de sacar al bebé con vida…"
Y sin embargo, ambas estaban vivas. Ellie y su hija estaban vivas, habían sobrevivido, había ocurrido el milagro por el que él había rogado incansablemente, había ocurrido el milagro al que él se había aferrado con cada gramo de esperanza y fe que hubiera podido acumular durante esos meses. Ellie era una mujer fuerte, no iba a sucumbir, no después de haber burlado a la muerte en la sala de partos cuando ésta casi la tenía envuelta en su manto… Ellie iba a estar bien, iba a salir del quirófano con vida, iba a recuperarse de la intervención quirúrgica, y luego volverían a su hogar y tendrían la oportunidad de ser una familia feliz otra vez, como lo eran antes de que el embarazo la desequilibrara, con la adhesión de esa criaturita que también había luchado para sobrevivir, para ver la luz, para nacer.
Aun seguía llorando de alivio cuando lo llevaron a ver a su hijita, insistiendo en que le haría bien estar con la beba un rato, que no tenía sentido que se quedara solo en la sala de espera aguardando a que la cirugía concluyera, porque los nervios y la ansiedad acabarían enloqueciéndolo. Además, le habían explicado, ayudaría a la beba escuchar su voz, sentir su calor, sentirse amada.
Nunca olvidaría la calidez que lo invadió de punta a punta cuando la vio por primera vez a través del vidrio de la sala de cuidados intensivos para neonatos; la habían bañado, secado y envuelto en una mantita blanca antes de recostarla en una cunita de plástico. Su cabecita estaba cubierta por una mata de grueso cabello oscuro que, juzgando por la apariencia de su textura, había heredado de su mamá, y que no tardaría en enrularse; Ellie tenía un precioso pelo rizado, y seguramente su pequeñito angelito también lo tendría igual.
Una enfermera le había ofrecido entrar a la habitación para hablarle, cantarle o simplemente dejar que su manito diminuta se cerrara alrededor de su pulgar mientras chequeaban otra vez sus signos vitales, escuchaban su corazón, tomaban su temperatura y se aseguraban de que los pulmones y todos los órganos estuvieran funcionando bien.
Nervioso, temblando como una hoja, había ingresado a aquél cuarto lleno de bebés recién nacidos, muchos de ellos, como su beba, antes de que se cumpliera el ciclo completo de gestación; algunos de ellos no debían pesar más que un kilo, incluso quizá menos de novecientos gramos, y estaban conectados a toda clase de máquinas, cables entrando y saliendo de sus incubadoras. Padres y madres ojerosos, con la preocupación gravada en sus rostros y lágrimas corriendo por sus mejillas estaban al lado de la cuna de su bebé, tomándolo de la mano, acariciándolo suavemente, susurrándole palabras dulces. Una plegaria de agradecimiento había escapado sus labios en ese momento, una plegaria de agradecimiento porque su hija – aunque hubiera sido preferible que se quedara algo más de tiempo en el útero de su madre – estaba sana, fuerte, llena de vida, con un abanico de oportunidades desplegándose delante suyo.
La enfermera lo había guiado hasta la cunita donde ella yacía, los ojitos entreabiertos y uno de sus puñitos metido dentro de su boca. Al observarla de cerca no había podido evitar notar con orgullo sus claramente definidas facciones orientales. Sus mejillas estaban sonrosadas, el color de sus labios también era rosa, lo cual significaba que su temperatura corporal estaba bien. Era hermosa, era tan chiquitita, tan frágil, tan delicada… una princesa. Su princesa y de Ellie.
Las ganas de llorar de emoción eran demasiado grandes, y acabó cediendo a su necesidad de expresar todo lo que dentro suyo estaba sucediendo, todo lo que dentro suyo estaba acumulándose segundo tras segundo desde que le habían dicho que Ellie y la beba estarían bien.
"¿Todo está bien?" en un susurro ahogado por el llanto que aun seguía aprisionado dentro suyo y que no había dejado fluir todavía le había preguntado a la enfermera en cuanto ésta había terminado de chequear el estado de su bebita "¿Ella está bien?"
"Está muy bien" la mujer de cabello rubio y corto había confirmado, dedicándole una sonrisa "¿Ya decidió el nombre con el que debemos anotarla?" había inquirido luego, señalando una etiqueta adhesiva pegada en el frente de la cunita de plástico donde sólo se leía el apellido 'Dessler', con un espacio considerable adelante para agregar luego el nombre de la criatura y en el renglón subsiguiente en números prolijos su hora de nacimiento y su peso.
Ellie y él no habían hablado sobre nombres realmente, a excepción de esa oportunidad en la que él había tratado de hacer una sugerencia y ella había respondido amargamente que era probable el nombre que eligiera acabara teniendo que ser tallado sobre una placa de mármol. En realidad, en lo concerniente al bebé no habían hablado sobre mucho, porque Ellie se negaba a compartir su esperanza y su fe en que las cosas saldrían bien, y estaba demasiado sumida en su depresión, en su angustia y en su locura como para interesarse por cosas como la elección de un nombre. Él había dedicado más tiempo a esos detalles que siempre son de alegría para los padres cuando el cuadro no es aquél al que los Dessler habían tenido que hacer frente, pero la lista de nombres confeccionada en su cabeza apenas hubiera llenado unas pocas líneas, y la mayoría de las opciones eran para un varón, no para una nena.
"Todavía no" había contestado, sin quitarle los ojos de encima a su hermosísima hija.
Con uno de sus dedos había trazado – muy despacio, apenas rozando la piel, con mucho cuidado y delicadeza – el contorno de esa carita que era la mezcla perfecta de sus genes con los genes de la mujer a la que amaba, los genes de su esposa; su hija era una combinación perfecta de Europa y Asia.
Pasados algunos minutos, finalmente se había animado a tomarla en brazos, a sostener entre sus brazos a ese milagrito que Dios había obrado, ese milagrito que con cada respiro y con cada latido de su corazoncito lo llenaba de esperanza, de felicidad, de fe, de alegría, de regocijo. Esa criaturita era una verdadera bendición.
"Te amo, hija" el susurro había llenado el aire y había hecho vibrar su alma dentro de los confines de su cuerpo, causando que otra tanda de lágrimas silenciosas comenzará a caer muy despacio.
Le habló al oído un largo rato – mitad en japonés, mitad en inglés, y otro poco en francés -, meciéndola suavemente, aprovechando cada instante en el que los párpados de la beba se levantaban del todo revelando esos ojitos oscuros para hundirse en ellos y comparar la similitud con los suyos propios.
No podía creer aun lo cerca que había estado de perder aquello, desde el comienzo, desde el segundo en que habían leído en los resultados del análisis de sangre que le habían hecho a Ellie luego de que se desmayara varias veces que estaba llevando en su vientre una criatura, esa criatura que él estaba acunando, esa criatura que por poco habían abortado, esa criatura que su madre en varios arrebatos de locura había intentado expulsar de su cuerpo, esa criatura que él había elegido sacrificar por la vida de su esposa en caso de que los médicos se vieran obligados a priorizar a una de ellas si las cosas empeoraban y no quedaba vía posible por la cual salvar a ambas. Esa criaturita estaba allí, en sus brazos, profundamente dormida en el momento en que su papá besó su frente con cuidado, mientras él estaba sumido en todo tipo de pensamientos que se arremolinaban en su mente, girando rápido, demasiado rápido.
"Señor Dessler" otra enfermera, un poco mayor, con cabello entrecano y simpáticos, brillantes ojos verde esmeralda, se había acercado a él pasado cierta cantidad de tiempo que no habría podido definir exactamente, pues había perdido de nuevo toda noción; él se había dado vuelta instintivamente al sentir la mano de la mujer posarse sobre su hombro para llamar su atención "Su esposa salió de cirugía; fue llevada a una habitación individual…"
"¿Puedo verla?" la pregunta cargada de ansiedad se había escapado de sus labios antes de que la enfermera terminara de hablar.
"… Está bajo los efectos de la anestesia, se encuentra dormida, y es probable que no despierte hasta dentro de dos horas; aun cuando recobre la conciencia, es probable que no esté totalmente lúcida porque van a tener que suministrarle fuertes calmantes para los dolores. Sin embargo, si usted quiere, podríamos llevar la cuna del bebé a la habitación de su esposa para que usted esté con las dos"
"¿Es seguro mover a la bebé de la unidad de terapia intensiva?" el interrogante había surgido instintivamente, manifestando la preocupación de un padre por el bienestar de su hijo, una preocupación que nunca antes había sentido, una preocupación tan grande y tan honda que sabía lo acompañaría siempre, porque siempre se preocuparía por aquella pequeñita, incluso cuando creciera, incluso cuando ella fuera una mujer adulta y él un anciano.
"Sí, señor Dessler" le había asegurado enseguida; para esa mujer era, obviamente, más que habitual tener que lidiar con padres primerizos desesperados como él. El pensamiento provocó que riera suavemente, y el sonido de su risa causó que la beba abriera los ojos y, durante algunos segundos, lo mirara fijamente con interés y curiosidad antes de volver a cerrarlos, sumiéndose otra vez en un tranquilo sueño "Su hija está en perfecto estado de salud, y estoy segura de que su mamá va a ponerse muy contenta si la beba es lo primero que ve al despertar" había agregado la señora de cabello cano con una cálida sonrisa de oreja a oreja.
Esas palabras dichas casualmente por la enfermera habían despertado dentro suyo pensamientos que nublaron un poco la felicidad que lo había invadido al tomar a su hijita en brazos por primera vez, esa felicidad que se mezclaba con la tranquilidad de que ambas habían sobrevivido, de que todo estaría bien, de que aun tenía a su familia sana y salva, de que los médicos no se habían visto forzados a seguir la decisión tomada por él y salvar a una de las dos a costas de la otra.
La fe y esperanza que lo habían sostenido (habían flaqueado en un momento de pánico y desesperación al sentir que el final de la vida de la mujer que amaba se acercaba, pero nunca habían desaparecido, nunca se habían desdibujado, nunca habían sido esfumadas del todo, barridas como por un plumero) habían impedido que durante nueve meses se hundiera en reflexiones sobre lo que sucedería una vez pasada la tempestad, una vez surtidos los obstáculos, una vez burlada la muerte que quería cobrarse esas dos vidas inocentes.
Había hablado con el equipo de psiquiatras que atendía a su esposa, se había informado leyendo libros al respecto, sabía que muchas mujeres con trastornos bipolares caen víctimas de una depresión arrolladora durante su embarazo y que insisten en rechazar a sus propios hijos, que los sienten ajenos, como un 'cáncer' (según las palabras de Ellie, así sentía ella a su beba), que juraban no amarlos, que juraban no los querían, e incluso muchas de ellas tratan de abortar naturalmente (como Ellie lo había hecho al arrojarse por las escaleras o al golpearse el estómago; pero esa criaturita que había acunado en su vientre tenía demasiados deseos de vivir y había resistido todo eso), pero que luego del alumbramiento esos sentimientos cambian, que al sostener a su hijito en brazos el instinto materno entra en acción y todo ese amor que tenían dentro suyo pero la enfermedad les hacía esconder y negar flota hacia la superficie.
Por eso él había estado tranquilo: confiaba ciegamente en que – si las cosas salían bien, si la bendición de Dios los guiaba hasta el final y su bebé y Ellie se salvaban de la muerte – su esposa se llenaría de orgullo y amor cuando viera a su hijo o hija y olvidaría esos nueve meses de depresión, miedo, pánico y amargura al darse cuenta de que su oportunidad de ser feliz y de vivir la vida que él le había prometido, la vida que él quería darle, la vida que ella merecía había sido puesta en riesgo, pero que habían sido recompensados con una bendición muy grande, algo que los haría aun más felices, algo que los llenaría de luz. Su esposa tendría que seguir tratándose con psiquiatras y psicólogos, tendría que seguir tomando medicamentos, tendría que seguir luchando contra su depresión, pero todas aquellas eran cosas que ella quería hacer, cosas que ella estaba dispuesta a hacer, y antes del shock provocado por la noticia de que había quedado accidentalmente embarazada y de que corría el riesgo de morir desangrada si durante el parto se desgarraba el útero y los médicos no lograban detener la hemorragia, la terapia venía dando excelentes resultados y ella estaba progresando.
Sin embargo, de pronto era inevitable que – al poder ver las cosas con más claridad – se preguntara qué sucedería si su esposa no reaccionaba como él pensaba reaccionaría; los psiquiatras y los psicólogos le habían dicho que era factible que Ellie estuviera fingiendo el desdén hacia el bebé como parte de un mecanismo de autodefensa para no conectarse demasiado emocionalmente en caso de que las cosas acabaran saliendo mal, para protegerse del efecto desgarrador de sus sentimientos encontrados al mesurar su deseo de vivir y las posibilidades de morir dando a luz con las probabilidades de que ella fuera salvada y el bebé falleciera, para fingir que la situación no la afectaba tan hondamente que todo dentro suyo estaba desmoronándose, para fingir que no le interesaba lo que le sucediera a la criatura que estaba gestándose en sus entrañas y concentrarse sólo en encontrar la forma de seguir ella viviendo, por su esposo, por Danny, por todo lo que aun le quedaba por conocer, descubrir y alcanzar. El equipo de médicos que llevaba casi dos años tratándola por sus desórdenes múltiples – y con el cual había hecho progresos asombrosos – le había asegurado después de cada charla con Ellie que en realidad ella no odiaba al bebé, que era la locura hablando, que sólo tenía miedo, que sólo estaba demasiado aterrorizada, que sus intentos por hacerle daño habían ocurrido en brotes de pánico en los cuales su mente no podía distinguir al bebé de un organismo cualquiera atacándola y que sus deseos eran los de arrancarse del cuerpo aquello que podía matarla, aquello que podía costarle la vida, pero que en esos instantes su consciencia era incapaz de comprender lo que en realidad estaba haciendo.
Pero, ¿y si Ellie seguía diciendo odiar al bebé? ¿Y si Ellie resentía a la criatura realmente? ¿Y si Ellie de verdad no amaba a aquella bebita? ¿Y si en su locura, como muchas otras madres, todo lo que encontraba dentro suyo para darle a esa nena era desamor? ¿Y si, como muchas otras madres, la rechazaba? ¿Y si su locura le impedía querer al fruto del amor que se tenían los dos y que se había fundido en esa almita?
Sólo pensar en eso, sólo pensar en esos interrogantes había sido suficiente para que lágrimas amargas se mezclaran con las lágrimas de alivio y felicidad que había estado llorando. Sólo pensar en que tal vez los fantasmas y demonios que su esposa tenía dentro, en su cabeza, torturándola, asediándola, agregarían más sufrimiento a sus vidas haciéndola rechazar a su propia hija había sido suficiente para que experimentara otra vez ese pánico en la boca del estómago que había sentido cuando los médicos le habían dicho que necesitaban que tomara una decisión en caso de que la situación llegara a un punto irreversible.
Pero no llegó a un punto irreversible; ocurrió un milagro y las dos se salvaron. Y si Dios nos bendijo cuidándolas a ambas de cualquier mal que podría haberles ocurrido, lo hizo porque sabía que Ellie sería una buena mamá para esta beba, y que ella nos haría mucho más felices de lo que ya éramos antes.
Aferrándose a aquello, buscando consuelo en ello, intentó aliviar la desagradable sensación que sentía creciendo dentro suyo, oprimiendo su corazón, intoxicando su alma, acunando a su hija en brazos mientras seguía por el pasillo del hospital a la enfermera que estaba guiándolo en dirección al cuarto de Ellie.
Cuando la puerta se abrió y vio a su mujer tendida en esa cama de hospital, el peso que había estado cargando sobre sus hombros durante los últimos meses y los eventos acontecidos en las últimas horas, todo ello regresó de golpe, aplastándolo, las memorias corriendo frente a sus ojos como una película borrosa de colores demasiado brillantes y sonidos ensordecedores. Y lo único que se sentía real, lo único que le recordaba que estaba despierto y que esa pesadilla había acabado, era la sensación de estar cargando a su hija recién nacida en brazos, su corazoncito latiendo, su respiración calmada y suave, una de sus manitos pequeña cerrada fuertemente alrededor de su dedo índice, y la otra hecha un puño dentro de su boca.
Ellie Dessler lucía exhausta, agotada; el aspecto en su rostro evidenciaba que, de hecho, acababa de burlar a la muerte cuando apenas milímetros la separaban de lo que sea que se halla del otro lado de la línea que divide el mundo de los vivos del mundo de los que han partido a otro sitio desconocido para los humanos, inentendible para la ciencia, tan hermoso como trágico y misterioso. Yendo en contra de todos los pronósticos que los médicos habían dado a su angustiado, desesperado esposo, la mujer que yacía en aquella cama de hospital se había salvado; aun estaba allí, cansada, adolorida, extremadamente débil y en estado crítico, pero con vida.
La fragilidad que parecía envolverla era enorme, casi palpable, tan profunda que él podía sentirla. Ellie, su Ellie había llegado a estar cara a cara con la muerte, pero Dios en las manos de los médicos la había salvado, y ella seguía allí, aun estaba allí. Los círculos negros alrededor de sus párpados, el color mortecino de su piel, el aspecto desgreñado de su cabello, las máquinas emitiendo distintos sonidos y mostrando en sus monitores números y datos que escapaban a su entendimiento y que sólo los doctores comprendían, todo eso no importaba, porque ella iba a estar bien.
Su marido tomó asiento junto a la cabecera de la cama, la beba aun en sus brazos; la enferma había dejado la cunita plástica a un costado, pero él no quería posarla allí, quería que esa criaturita sintiera calor humano, que se sintiera amada, que sintiera que su papá la adoraba y que estaba feliz por su llegada al mundo.
"Ellie, nuestra hija es preciosa" murmuró; no estaba seguro de que pudiera oírlo, pero valía la pena intentar "Tiene mis ojos, y estoy seguro de que va a tener tus buclecitos. Es un verdadero milagro, una bendición, por eso pensé que podríamos llamarla Keiko"
El nombre japonés Keiko encierra varios significados hermosos: 'criatura bendecida', 'criatura que es una bendición', 'criatura milagrosa', 'criatura adorada', 'criatura que trae alegría'. Su beba era todas esas cosas: era una bendición para ellos y había sido bendecida por Dios, era un milagro, él la adoraba (y confiaba en que Ellie la adoraría también), y estaba seguro de que esa pequeña traería alegría a sus vidas, mucho regocijo y mucha luz.
"Pero ya vamos a tener tiempo para hablar de ello y decidir un nombre que nos guste a los dos. Espero que despiertes pronto, Ellie" siguió hablándole "Tenés que conocer a esta preciosura…"
Espero que la ames una voz agregó en su cabeza. Espero que ames a nuestra beba tanto como yo la amo a ella, tanto como te amo a vos.
Pasada una determinada cantidad de tiempo, doctores empezaron a entrar y a salir de la habitación para chequear sus signos vitales y medir sus reacciones y respuestas a diversos estímulos.
"Señor Dessler, su esposa va a despertar pronto" le informó un médico alto, de cabello corto color arena, ojos oscuros y unos sesenta años "El efecto de la anestesia está desapareciendo"
Efectivamente, veinte minutos después Ellie comenzó a moverse inquieta, una mueca de dolor contorsionando su rostro, visible el esfuerzo que estaba haciendo para levantar los párpados. Su esposo, expectante y lleno de ansiedad, se inclinó para besar su frente y susurrar en su oído que todo estaba bien, que todo había salido bien, y luego se había apresurado para llamar a la enfermera, como el médico le había indicado hiciera en cuanto su mujer empezara a salir de los efectos de la anestesia.
Cuando regresó a la habitación, acompañado por dos de las enfermeras y el doctor alto de pelo claro, su esposa había logrado abrir los ojos a pesar de que sus párpados se sentían como si estuvieran cargados con plomo, y con mucha dificultad también había conseguido moverse hasta acabar tendida sobre su costado (quizá esa posición era más cómoda, haciendo el dolor más soportable); su cabeza estaba hundida en la almohada de plumas, su mirada fija en la cunita a escaso medio metro de distancia, donde su marido había recostado a la beba para que siguiera durmiendo allí mientras él iba en búsqueda de alguien a quien avisarle que su esposa finalmente estaba despertando.
Su primer instinto fue el de acortar con una zancada el espacio que lo separaba de Ellie, abrazarla, besarla, largarse a llorar de emoción y alivio otra vez, pero se contuvo, sabiendo que probablemente estaba confundida, asustada, adolorida y atontada por lo que quedaba de las drogas recorriendo su sistema, y era probable también que sus emociones estuvieran en un grado de susceptibilidad y sensibilidad especial después de la experiencia cercana a la muerte que había tenido y el trauma y el shock provocado por la situación en general. Se contuvo y dejó que el médico actuara, que siguiera los pasos que creía convenientes seguir.
"Señora Dessler, soy el doctor Brian Montgomery" se presentó, acercándose a Ellie, quien no dio signo alguno de haberse percatado de su presencia y continuó mirando intensamente a la criatura que dormía envuelta en una mantita blanca "Necesito hacerle unas preguntas de rutina" el doctor siguió "y es muy importante que las conteste"
Ellie asintió con la cabeza levemente, apenas moviéndola medio milímetro para abajo y otro medio milímetro para arriba. Cuando su marido, con gesto dubitativo, acarició con delicadeza su espalda a través de la tela de la bata de hospital con la que estaba vestida, ni siquiera se inmutó, lo cual causó que en su garganta se formara un nudo apretado y su estómago se retorciera de preocupación, pero no dijo nada.
"Señora Dessler, ¿puede decirme su nombre completo?" el médico le pidió.
Luego de algunos segundos, una voz apenas parecida a aquella que él amaba tanto llenó la quietud de la habitación; no era más que un susurro rasposo y ahogado, un murmullo débil y apenas audible que le demandó un gran trabajo, porque sus fuerzas eran escasas y estaba usándolas todas para mantenerse consciente:
"Elizabeth Christine Dessler" respondió, y luego, para el alivio de su marido, agregó, con el fantasma de una sonrisa tratando de colarse por sus labios secos y resquebrajados "; pero mi esposo me llama Ellie"
"En una escala del 0 al 10, 10 representando el mayor dolor que alguna vez haya sentido y 0 representando ausencia total de dolor, ¿podría decirme cómo se siente?"
Ellie había pasado por demasiado dolor en su vida, demasiado dolor físico, demasiado dolor emocional, tanto auto infligido como infligido por otros: golpizas, abusos, violaciones, maltratos, su adicción a las drogas, su adicción a cortarse, un embarazo durante su adolescencia, todo lo que le sucedió cuando vivió en las calles, su trastorno bipolar, sus delirios suicidas, su depresión… Ellie sabía lo que era el dolor, lo sabía como pocas personas lo saben, conocía al dolor como pocas personas lo conocen.
"Cinco" contestó entre dientes apretados, otra mueca contorsionando su rostro.
El médico hizo una señal a las enfermeras y éstas dejaron la habitación para ir a preparar una dosis de calmantes con los que aliviar a Ellie. Ella, su esposo, la beba y el médico se quedaron solos en el cuarto.
"¿Sabe dónde está, señora Dessler?"
"Hospital" murmuró, mordiendo suavemente la funda de algodón de la almohada para evitar perder el control y gritar debido al malestar que la aquejaba por todas partes, haciéndola sentir como si sus células y terminaciones nerviosas estuvieran prendidas fuego.
"¿Sabe por qué está acá, señora Dessler?"
"Rompí bolsa y di a luz a un bebé" se limitó a musitar.
El doctor Montgomery pasó a explicarle exactamente lo que había sucedido; su esposo escuchaba atentamente también, sin dejar de acariciar con suavidad su espalda, de tanto en tanto enredando uno o dos bucles entre sus dedos, tratando de calmarla con la sensación de su tacto. Ellie no mostró emoción alguna cuando le dijeron que habían logrado detener el desgarro del útero, el sangrado y la hemorragia provisoriamente, que habían detenido las contracciones y sacado al bebé para luego llevarla al quirófano, donde repararon todos los daños internos y le extirparon el útero.
"El equipo de médicos bajo cuyas manos estuvo se quedó impresionado por el desenlace que tuvo su caso, señora Dessler" el doctor Montgomery le dijo antes de marcharse de la habitación, luego de haberle suministrado los calmantes que las enfermeras habían llevado al regresar al cuarto ": usted y su hija realmente fueron bendecidas con un milagro"
La quietud volvió a caer luego de que Montgomery se marchara, fallando al cerrar la puerta tras de sí, por lo cual ésta había quedado ligeramente entreabierta; por ella se colaba el sonido de una radio, seguramente proveniente del cuarto de algún otro paciente, y distante les llegaba la inconfundible voz de Freddie Mercury cantando el estribillo de Killer Queen.
Ninguno de los dos sabía qué decir, realmente, o al menos así se sentía él, no porque no tuviera nada que expresar, sino porque eran demasiadas las cosas acumuladas en su pecho, y todas querían salir de golpe, enredadas en una madeja de sensaciones y reflexiones complejas.
Para su sorpresa, la primera en hablar fue Ellie, rompiendo con el silencio en cuanto se sintió lo suficientemente fuerte como para intentar hilar dos frases seguidas sin que el dolor la partiera al medio. Cuando su voz llegó a oídos de su marido, podían escucharse las últimas notas de la guitarra de Brian May extinguiéndose hasta fundirse con el silencio del pasillo antes de que una nueva canción comenzara:
"El milagro por el que tanto le pedías a Dios… se cumplió"
Los ojos de Kyo Dessler, esos ojos que su hijita había heredado, se llenaron de las lágrimas que había estado conteniendo delante de los médicos y las enfermeras, esas lágrimas cálidas que comenzaron a correr libres por sus mejillas, materializando los indescriptibles, imposibles de explicar sentimientos que dentro suyo se agolpaban, unos mezclándose con otros.
"Tuve tanto miedo de perderte, Ellie" confesó, tomando su mano entre las suyas, una de sus lágrimas cayendo sobre la sábana color celeste claro sobre la cual su esposa estaba acostada "… tanto miedo…" un sollozo escapó sus labios "No puedo creer que casi te pierdo"
"Todavía estamos acá" ella murmuró, acariciando despacio la yema del pulgar de su esposo con su pulgar "Todavía estamos acá" repitió, más para ella misma que para Kyo.
"Ellie, sos la persona más fuerte que conozco. Estoy tan orgulloso de vos…"
Su esposa lo interrumpió:
"No soy fuerte, Kyo. Soy una luchadora, soy una sobreviviente, pero no soy fuerte, simplemente he pasado una gran parte de mi existencia con miedo a morir, por eso desarrollé la capacidad de zafarme de toda clase de situaciones" lágrimas también se habían acumulado en sus ojos, pero ella estaba negándose a dejarlas fluir libremente "Me aferré a la vida por temor a la muerte, como lo vengo haciendo desde que mi papá murió cuando yo era pequeña y por dinero mi mamá se casó con ese tipo horrible que me golpeaba y abusaba de mí. Pero no soy fuerte" repitió "; sólo soy una persona que ha estado siempre al filo de la navaja – figurativa y literalmente - y me acostumbré a escapar de la mano enguantada que en algún momento nos tapa la boca y la nariz a todos y hace que nos olvidemos de respirar para darle de comer al sepulturero"
Era una metáfora agridulce, pero no por eso menos sabia, profunda e interesante. Todas sus metáforas lo eran, porque Ellie Dessler era una mujer agridulce, sabia a pesar de sus trastornos, profunda e interesante a pesar de su locura, a pesar de sus demonios, a pesar de sus fantasmas, a pesar de todo.
"Mi deseo de vivir fue tan grande como egoísta, y nubló mi juicio a tal punto que realmente deseé arrancarme a esa criatura del vientre antes de tener que llegar a estar otra vez mirando a la parca a la cara"
Ellie le había confesado a Kyo que, estando drogada a tal punto que una finísima línea la separaba del coma farmacológico auto inducido, varias veces había visto a la muerte; él creía que tal vez se había tratado de alucinaciones, pero ella insistía en que la había visto en repetidas oportunidades, en distintos escenarios, su mano acercándose para taparle la boca y la nariz para ahogarla, aguardando para llevársela en sus brazos una vez su cuerpo dejara de funcionar.
"Hoy vi a la muerte otra vez, Kyo" murmuró, esquivando su mirada, los ojos fijos en el cielo raso "La muerte que eludió al bebé que di a luz cada vez que intenté extirparlo por mis propios medios…"
La sangre de Kyo se heló en sus venas y sus tripas se retorcieron desagradablemente al escuchar a su mujer referirse a las ocasiones en las que había tratado de provocarse un aborto natural por miedo a que la continuación del embarazo desembocara en una tragedia; aquella beba a la que estaba refiriéndose, esa que había intentando arrancarse del organismo para que no pudiera seguir creciendo, estaba durmiendo a escaso medio metro de la cama donde ella yacía y junto a la cual él estaba de pie, sana y salva gracias a Dios, y aunque no pudiera comprender lo que estaban diciendo, él no quería que se hablara de ese tema delante de su hijita.
"… hoy se presentó ante mí. Fue sólo por unos segundos, pero la vi. No quería llevarme, sólo quería recordarme que ella puede aparecerse cuando lo desea y no cuando nosotros la llamamos. Nadie le dice a la muerte qué tiene que hacer, cuándo debe hacerlo, a quién debe acoger bajo su ala de cuervo…" murmuraba más para sí misma que para que su esposo la escuchara.
Kyo estaba comenzando a pensar que quizá sería una buena idea llamar a sus psiquiatras para que hablaran con ella, a su terapeuta, para que pudiera desahogarse, para que pudiera volcar toda su locura con profesionales que supieran cómo calmarla, cómo contenerla, qué paso dar para protegerla de sí misma. Sin embargo, Ellie no lucía como si estuviera a punto de estallar en un ataque de pánico o de violencia; simplemente lucía agotada, adolorida, cansada, exhausta.
"Cada vez que intenté matar a ese bebé porque equivocadamente pensaba que eso salvaría mi vida, estaba cometiendo un serio error y haciendo enojar a la muerte, llamándola cuando no era su turno" siguió murmurando "Cada vez que decía que lo sentía como una enfermedad, un cáncer, algo que estaba comiéndome viva por dentro, estaba cometiendo un error" ante estas palabras, Kyo sintió una ola de alivio barriendo todos sus miedos y toda su angustia "No estaba en mi poder decidir. Es la muerte la que decide. Y hoy la muerte no nos quiso ni a mi hija ni a mí" agregó con voz suave, tan suave que apenas él, que estaba prestando atención a cada movimiento suyo, pudo percibir ese sonido, casi tan distante como los que emitía aquella radio desde alguna de las otras habitaciones.
"Ellie, no te das una idea de lo que agradezco a Dios por haberte salvado a vos, y por haber salvado a nuestra beba…"
"Dios no decidió nada, Kyo" volvió a interrumpirlo, sus ojos otra vez perdidos en algún punto indefinido del impecable cielo raso color blanco ": la muerte es la dueña de las tijeras, la muerte es la que corta los hilos…"
Quería creer que estaba diciendo incoherencias porque los medicamentos que le habían dado para calmar sus dolores eran demasiado fuertes, y no porque otro brote de locura estuviera gestándose casi silenciosamente, sin dar muchos más síntomas que sus desvaríos sobre la muerte, para luego entrar en erupción de pronto.
"Estoy feliz porque ustedes dos están bien…"
"¿Dónde está Danny?" inquirió, interrumpiéndolo una vez más, su mirada fijándose de nuevo en la cunita donde la recién nacida dormía pero sin mostrar demasiado interés en ella.
"Con mi mamá" respondió rápidamente "No quise que vinieran al hospital conmigo. Preferí lidiar con esto solo. Mañana voy a traerlos para que te visiten" prometió "y para que mi mamá conozca a su nietita y Danny a su hermana menor"
"Es muy pequeñita" Ellie comentó minutos más tarde, refiriéndose por primera vez directamente a la beba, su mirada estudiándola con algo más de curiosidad.
"Pesa un poquitito más de dos kilos y medio"
"Danny pesó casi cuatro kilos…"
"¿Te gustaría cargarla en brazos, Ellie?"
Finalmente se animó a preguntar aquello que estaba danzando desde hacía largo rato en la punta de su lengua, quemándolo, punzándolo con insistencia. Aun no sabía exactamente cómo Ellie se sentía acerca de ese bebé, aun no sabía exactamente dónde estaban parados, y aunque hubiera dicho que había cometido un error al intentar provocarse un aborto natural, seguía teniendo la sensación de que el terreno era aun incierto, inestable, tan incierto e inestable como los pensamientos, reflexiones e impulsos aconteciendo dentro de la cabeza de su esposa.
Tardó algunos segundos en contestar, segundos que se sintieron como una eternidad, segundos que se asemejaron más a horas que a lo que en realidad eran: sólo segundos.
"Más de una vez quise hacerle daño, cuando aun estaba creciendo en mi panza…" comenzó.
Él la interrumpió enseguida:
"Pero ya admitiste que estabas equivocada, Ellie"
"Lo sé" la vio morderse el labio para aguantar las ganas de romper en llanto.
"Ellie, no tengas miedo de hacerle daño si la cargás en brazos" le dijo "No vas a hacerle mal, vas a hacerle bien; ella necesita tener contacto con su mamá"
"Pero, ¿y si ella me odia…?" sus labios estaban temblando, esos labios que habían perdido su natural color sonrosado y estaban blancos, secos y resquebrajados, mientras dos lágrimas caían de sus ojos, finalmente, y rodaban rápidas por sus mejillas para morir luego en las comisuras de su boca.
"Elizabeth" así la llamaba él cuando quería que lo escuchara atentamente, cuando quería que prestara atención a cada palabra que iba a decir, cuando quería dejarle en claro que estaba siendo absolutamente sincero y que, a diferencia de muchos otros que habían entrado en su vida sólo para sembrar angustia y causarle un mal, él siempre sería honesto y nunca le diría mentira alguna, porque la amaba y la respetaba "nuestra hija tiene apenas horas de nacida, es un ser inocente, no conoce lo que es el odio. Tiene mucho amor para darnos y necesita todo el amor que podamos darle. Hay mucho amor en tu corazón, Elizabeth" siguió, tomando otra vez las manos de su mujer entre las suyas propias, deseando infundirle algo de calor a ese cuerpo que estaba tan frío a pesar de que se hallaban en verano "Hay tanto amor dentro de tu corazón que Dios te bendijo con esta hermosa hija para que puedas amarla muchísimo, como ella se merece que la ames"
"Me alegra tanto que no haya muerto, Kyo" comenzó a sollozar, finalmente quebrándose, dejando que sus emociones fluyeran, que fueran expresadas, que salieran de entre lo más profundo de su alma, para quitarse el peso que hacían sobre sus hombros y deshacerse de la opresión en su pecho; en aquél instante, llorando, confesando cosas que sólo a su marido podría confesarle, lucía más cuerda que nunca "… Me alegra tanto que nuestra hija esté… viva" los sollozos estaban saliéndose de control "… Yo no quería morir, quería vivir por vos…, por Danny…, porque me prometí a mi misma que… que mi futuro sería… que sería mejor que mi pasado… y…" otra oleada de sollozos desgarradores subió por su garganta "… Yo quería vivir, quería vivir más que… nada… en el mundo, pero… pero, honestamente, tampoco quería que a ella… que a ella le sucediera algo malo… Te juro que sólo ahora puedo verlo, te juro que antes estaba ciega, tan ciega…"
"Lo sé" Kyo la consoló "Lo sé, Ellie, lo sé. Sé que estabas asustada, aterrorizada. Sé que… sé que estabas confundida" besó su frente repetidas veces, y luego procedió a secar las lágrimas del rostro de su mujer con su propio pañuelo.
"Sólo estaba… tratando de aferrarme a la vida…" seguía excusándose entre sollozos.
"Ya lo sé, sé que sólo querías vivir, sé que temías perder la oportunidad de ser feliz, de disfrutar la familia que formamos, sé que tenías miedo. Pero todo está bien ahora, Ellie. Todavía estamos acá, todavía podemos ser felices, esta beba va a hacernos muy felices…"
"Porque la muerte decidió que ella y yo podíamos quedarnos con vos" murmuró, de pronto calmada, otra vez luciendo ligeramente desorientada, otra vez la mirada vacía vagando por la habitación, deteniéndose en determinados puntos inciertos "Espero que no vuelva por un largo tiempo"
"¿Por qué habría de…?"
Pero su pregunta fue cortada a la mitad.
"Porque la muerte siempre vuelve para cobrar las deudas que tenemos con ella…"
Y otra vez cayó sumida en silencio, su esposo considerando nuevamente si sería o no conveniente llamar a su psiquiatra para que fuera a verla, a dictar cómo debían manejar el tratamiento constante al que debería estar sometida de por vida mientras tuviera que permanecer en el hospital recuperándose de la operación. Estaba calmada, ya no lloraba, pero el cansancio, el agotamiento, parecían estar tatuados en su piel, en su rostro, en su expresión laxa; su cabeza volvió a hundirse en la almohada, sus rulos desordenados y desprolijos enmarcaban su cara, que daba testimonio del infierno por el que había pasado durante los meses que había creído que su vida acabaría abruptamente cuando llegara el momento de alumbrar a la beba que seguía durmiendo tranquilamente en la cuna de plástico.
"¿Escuchás la canción que está sonando?" preguntó de pronto su mujer, refiriéndose a la melodía que llegaba desde la habitación de quien fuera tuviera una radio encendida.
"Es una canción de The Beatles, creo" Kyo había contestado distraídamente, pues estaba concentrado en los movimientos apenas perceptibles que su hija estaba haciendo con sus manitos, los cuales aparentemente indicaban que estaba por despertar.
"Es una canción muy hermosa"
Kyo suspiró, tratando de no dejar que la angustia que le causaba que su mujer nunca hubiera respondido a su pregunta sobre si quería o no sostener a su hija en brazos por primera vez y estuviera actuando como si la beba fuera invisible lo hiciera su prisionero otra vez, envolviéndose alrededor de su alma y de su corazón y asfixiándolo. Ellie había tenido momentos de súbita lucidez en los que había mostrado verdadero arrepentimiento y había hablado sobre sus sentimientos, pero luego había vuelto a caer otra vez en ese estado que él quería pensar era consecuencia de las drogas que le habían dado para calmar sus dolores; parecía estar más entretenida tarareando esa conocida canción de The Beatles que interesada en la pequeñita.
Por eso se sorprendió cuando esos pensamientos agrios fueron interrumpidos por las siguientes palabras que nacieron de los labios de Ellie:
"Quiero que la llamemos Michelle"
Kyo la miró sorprendido, pero enseguida sonrió de oreja a oreja, sus ojos brillando tanto como su expresión.
"Es un nombre precioso para una beba preciosa"
Michelle Dessler, la combinación era hermosa, exquisita, delicada; era ideal para una princesa. Le encantaba, pero más le encantaba que su mujer hubiera tomado la iniciativa al proponer cómo llamar a la recién nacida, incluso si había elegido el nombre de una canción que sonaba lejana desde uno de los otros cuartos, donde algún paciente estaba distrayéndose con algo de música.
"Y es de origen francés, como nuestro apellido" continuó Ellie, sin quitar la vista del techo.
"Su segundo nombre podría ser Keiko" propuso él, tomando a la bebita en brazos al notar que sus ojos estaban abriéndose de a poquito "Significa 'criatura bendecida' o 'criatura que es bendición', y yo creo que ella es ambas cosas"
Michelle Keiko Dessler, era la combinación perfecta de sus orígenes: Asia y Europa, mezclados los dos, los dos haciendo inmensamente bella a esa princesita hermosa fruto de un milagro.
"Michelle Keiko Dessler" murmuró Ellie, y otra vez la locura volvió a dominar su lengua, causando más incoherencias "Con un nombre tan hermoso todos los ángeles van a querer cuidarla, y la muerte no va a poder acercarse a ella"
Esas palabras, susurradas calmadamente, hicieron que a Kyo se le pusieran los pelos de punta, y un estremecimiento recorrió su cuerpo de pies a cabeza. Que su esposa estuviera hablando de la muerte y de su hija en una misma oración era perturbador, y por alguna razón una voz en su cabeza insistía en que debía llamar al psiquiatra para que fuera a hablar con Ellie, para que pudiera decirle exactamente qué estaba pasando dentro de ella y cómo ayudarla.
"Me gustaría sostenerla en brazos, Kyo. No voy a hacerle daño a nuestra hija, ni voy a volver a hacerme daño a mi misma" sonaba a una promesa, y él verdaderamente esperaba que su esposa fuera capaz de cumplirla "Vi a la muerte otra vez, Kyo" le recordó, y la palabra muerte otra vez causó que se le erizara la piel "; cuando decida llevarme, va a hacerlo, nadie la va a detener, pero yo voy a saber que viví bien, que fui feliz, que no dejé que mi pasado nublara mi futuro, y que fui una buena madre para mis hijos" otra vez su voz estaba empapada de cordura, esa cordura que de tanto en tanto volvía, esa cordura a la que ella se había acostumbrado gracias a todos los progresos que había hecho desde que había conocido al hombre que le había otorgado sentido a su existencia "Estoy arrepentida por no haber deseado a este bebé" siguió "pero como bien dijiste, Michelle no conoce el odio. Ella no me odia por los errores que cometí, pero yo quiero enmendar esos errores de todos modos. No la deseaba antes, pero ahora sí la quiero"
Con mucho esfuerzo y haciendo algunas muecas de incomodidad, Ellie logró incorporarse, quedando en una posición sentada. Su esposo depositó a la beba otra vez en la cuna para ayudarla a quedar más o menos erguida, acomodando dos almohadas detrás de su espalda para que pudiera sostenerse.
"Ya no me duele tanto" le dijo, mientras él regresaba junto a la cunita de Michelle para volver a tomarla en sus brazos "La medicina que me dio el médico hizo efecto enseguida" Ellie sonaba lúcida, cuerda y despejada otra vez.
Despacio, con mucho cuidado, posó a la criaturita envuelta en mantas en los brazos de su mamá. La expresión en el rostro de Elizabeth Christine Dessler se suavizó inmediatamente al sentir el calor emanando de ese cuerpito que pesaba apenas doscientos sesenta gramos. Michelle volvió a levantar sus párpados adornados con largas pestañas negras y observó a su madre con curiosidad, reflejando la imagen de esa mujer que juraba haber visto la muerte en sus preciosos ojos orientales tan oscuros y brillantes que recordaban a las hermosas noches estrelladas.
"Hola, Michelle Keiko" saludó a su hijita con voz suave y cargada de dulzura, una dulzura que Kyo había creído, por un momento, nunca escucharía empapando palabras nacidas de su esposa y dirigidas a esa beba que tanto había sufrido desde antes de nacer pero que había soportado todo y había decidido luchar para aferrarse a la vida "Soy tu mamá"
Kyo sintió sus ojos húmedos otra vez. Aquella era una escena que, esa madrugada, había creído nunca llegaría a ver, porque había pensado que Dios los había abandonado y que perdería a su mujer y a su hija. Pero allí estaban las dos, todavía estaban allí, y esa gordita preciosa era la combinación perfecta de ambos, con su cabello que con el correr de los meses se enrularía como el de su madre y sus bellísimos ojos japoneses.
"Sólo quería pedirte perdón" Ellie continuó, sus ojos también nublados "porque incurrí en muchas faltas, hice cosas que no debería haber hecho porque tenía demasiado miedo" suspiró, tragó con dificultad, y luego retomó su monólogo "… Tu papá dice que no conocés lo que es el odio, y espero que nunca tengas que conocerlo. También espero poder ser una buena mamá de ahora en más. Voy a esforzarme y sé que tu papá va a ayudarme" Kyo no pudo evitar sonreír entre lágrimas al escuchar aquello "Voy a tratar de compensar todas las cosas que hice mal, empezando desde ahora"
Luego devolvió la vista a su esposo y se dirigió a él con tono serio, casi sombrío:
"Sabés lo que dicen, ¿no es cierto?"
Él negó leventemente con la cabeza, preguntándose en silencio a qué estaba refiriéndose su esposa.
"Lo que no te mata te fortalece" luego agregó en voz baja, casi como si estuviera contando un secreto "Los médicos pensaban que este bebé iba a matarme, y yo traté de… de matarla a ella, de abortarla" reprimió un sollozo "Pero todavía seguimos acá" agregó luego, la voz más firme, si podía llamarse a algo en ella firme teniendo en cuenta su estado débil y delicado "Michelle va a darme fuerzas, y yo voy a darle fuerzas a ella, porque lo que no te mata te fortalece. Esta beba va a darme fuerzas más que cualquier otra cosa, y yo a ella. De todo lo que no me mató, Michelle va a hacer lo que más me fortalezca…"
Y luego, sin esperar a que su marido – que aun seguía tratando de comprender y procesar esas palabras tan raras, tan profundas, teñidas de locura, agridulces, extrañas – respondiera cosa alguna, le pidió que volviera a dejar a Michelle en la cunita para que ella pudiera descansar, pues estaba adolorida y necesitaba reponerse.
"¿Le diste de comer?" preguntó adormecida un rato después, sus murmullos ahogados por la almohada donde tenía enterrado la mitad del rostro.
"Sí, tomó un biberón entero antes de que despertaras" Kyo le aseguró "Y voy a darle otro biberón dentro de un ratito, cuando muestre signos de tener hambre otra vez"
"Cuando Danny nació" siguió hablando, adormecida "no tenía dinero para darle de comer, y todo lo que podía hacer para alimentarlo era amamantarlo"
Kyo ya conocía aquella triste, dramática historia; él conocía todo sobre Ellie, absolutamente todo, cada uno de los pedazos de su existencia, cada uno de los tramos del camino transitado hasta que sus destinos se cruzaron y él se convirtió en su ángel de la guarda.
"Lo sé, Ellie…"
"Michelle va a tener una vida distinta" continuó "porque ella es especial. La muerte no va a poder tocarla, porque ella es especial… ¿Estás seguro de que no tiene frío?" preguntó luego súbitamente.
"No, Ellie, no te preocupes. Está envuelta en su mantita, está bien" la tranquilizó él, acariciando dulcemente su cabeza.
"Cuando Danny era un recién nacido… tenía que envolverlo en papel de diario… No tenía dinero para comprarle una mantita…"
Kyo sintió el corazón como si una mano invisible estuviera estrujándolo; ¿por qué su mujer debía ser torturada por esas memorias tristes, cuando ya había aprendido a dejarlas atrás, cuando había progresado tanto?, ¿por qué si ya había acabado el infierno que había pasado durante ese embarazo seguía aun estancada varios casilleros atrás de aquél en el que estaba antes de enterarse que estaba encinta?
"… Michelle sí tiene una mantita… Michelle sí tiene un papá…" Ellie siguió murmurando.
"Danny también tiene un papá, Ellie, yo soy el papá adoptivo de Danny, lo amo como si fuera mi hijo biológico" Kyo le recordó "Danny y Michelle tienen una familia, y vos también"
"Lo sé… Y Michelle tiene una mantita… porque Michelle tiene un papá que se preocupa por ella"
Minutos después, sin volver a musitar palabra, se quedó dormida, víctima de un cansancio feroz, del impacto causado por el alivio de seguir viva porque la muerte había decidido no usar las tijeras para cortar el hilo que la ataba a la Tierra, y de los efectos de los medicamentos para evitar que se retorciera de dolor. Cuando él notó que su respiración se había vuelto regular y pesada, casi tan suave como la de la pequeña Michelle, se permitió salir de la habitación por un momento para tomar aire fresco y despejarse durante cinco minutos, tratar de vaciar su cabeza de aquellas palabras preocupantes y perturbadoras que Ellie había estado diciendo en esos instantes en los que la locura parecía cernirse sobre su mente, atrapándola entre esas sus garras peligrosas.
Decidió que, en cuanto tuviera oportunidad, pediría prestado el teléfono de la estación de enfermeras para comunicarse con el jefe del equipo de psiquiatras que trataban a Ellie para que fueran a visitarla el día siguiente y hablaran con ella, para que pudieran interpretar sus referencias constantes a la muerte que decía haber visto o aquello que había estado repitiendo sobre cómo lo que no te mata te fortalece. Quizá su terapeuta podría desenredar esa madeja de pensamientos, emociones, reflexiones y sensaciones que como un nudo apretado estaba haciendo presión sobre su cerebro.
Lo que no te mata te fortalece… Los médicos pensaban que este bebé iba a matarme, y yo traté de… de matarla a ella. Pero todavía seguimos acá. Michelle va a darme fuerzas, y yo voy a darle fuerzas a ella, porque lo que no te mata te fortalece. Esta beba va a darme fuerzas más que cualquier otra cosa, y yo a ella. De todo lo que no me mató, Michelle va a hacer lo que más me fortalezca…
Esas frases resonaban en la cabeza de Kyo, con mucha más fuerza y volumen mayor que las frases que en realidad tenían un significado que merecía ser analizado, un significado que iba más allá de incoherencias varias murmuradas por el efecto de los remedios, frases que hablaban sobre su pasado, sobre marcas que habían quedado gravadas muy en el fondo de su alma, marcas profundas, marcas imborrables, y que encerraban también parte de esa pequeña esperanza que ella tenía porque él le había prometido esforzarse para darle un futuro mejor, el futuro que ella merecía, lleno de todas esas cosas de las que había carecido antes de que él pasara a formar parte de su vida.
Cuando Danny nació no tenía dinero para darle de comer, y todo lo que podía hacer para alimentarlo era amamantarlo.
Michelle va a tener una vida distinta.
Cuando Danny era un recién nacido… tenía que envolverlo en papel de diario… No tenía dinero para comprarle una mantita…
… Michelle sí tiene una mantita… Michelle sí tiene un papá…
Y Michelle tiene una mantita… porque Michelle tiene un papá que se preocupa por ella.
En aquello él había reparado, porque en sus oídos había quedado resonando que si lo que no te mata te fortalece, entonces Michelle y Ellie serían una la fuerza de la otra, porque sus oídos seguían siendo lastimados por el recuerdo filoso, agudo y punzante de la palabra 'muerte' siendo repetida una y otra vez por la mujer a la que adoraba.
Lo que no te mata te fortalece… Los médicos pensaban que este bebé iba a matarme, y yo traté de… de matarla a ella. Pero todavía seguimos acá. Michelle va a darme fuerzas, y yo voy a darle fuerzas a ella, porque lo que no te mata te fortalece. Esta beba va a darme fuerzas más que cualquier otra cosa, y yo a ella. De todo lo que no me mató, Michelle va a hacer lo que más me fortalezca…
Esas palabras eran las que Kyo Dessler repetía una y otra y otra vez como si dentro de su mente hubiera un disco rayado que no se podía pagar, preocupado por la salud mental de su esposa, preocupado por lo que podía estar pasando por su cabeza, preocupado por ayudarla a salir adelante y regresar al punto en el que estaba antes de quedar embarazada, preocupado por ayudarla a ser una buena mamá para Michelle, preocupado por mantener unida y sana a su familia.
De todo lo que Ellie Dessler había dicho y él pensaba había sido dictado por su locura, su depresión, su bipolaridad, había una pequeña parte que había sido murmurada en un arrebato de cordura tan grande que hasta casi había sido doloroso para ella; no habían sido incoherencias, en lo absoluto, no había sido alguno de sus trastornos mentales tomando el control de su lengua, como en los casos anteriores. Lo más cuerdo que Ellie le había dicho desde que había despertado de la anestesia era que Michelle y Danny habían nacido en circunstancias distintas, que Michelle tenía cosas que a Danny le habían faltado (abrigo, alimentos, un padre amoroso), que Michelle tendría una vida distinta.
Para Kyo Dessler, aquello que creía debía recibir más peso, aquello que creía escondía un significado perturbador, era eso de que 'lo que no te mata te fortalece' y que 'la muerte no se acercaría a Michelle porque los ángeles la cuidarían'.
Para Ellie Dessler, lo más impactante – mucho más impactante que admitir que amaba a su hija, mucho más importante que pedirle perdón, mucho más importante que la promesa de intentar ser una buena madre, mucho más importante que reconocer que se había equivocado, mucho más importante que todas sus metáforas y reflexiones sobre la muerte que juraba haber visto otra vez – había sido notar un detalle tan simple como la mantita que envolvía a su hija, cuando doce años atrás a su hijo había tenido que envolverlo en papel de diario para mantener su cuerpito tibio.
Pero los locos y los cuerdos ven el mundo desde perspectivas diferentes, comprenden todo desde perspectivas que distan de ser similares, sus mentes funcionan a otra velocidad, el ritmo es otro, las pulsaciones son otras.
Kyo volvió a entrar al cuarto de hospital en el que su esposa y su hija dormían tranquilas; por primera vez en casi nueve meses Ellie parecía estar sumida en un sueño en verdad calmo, sin pesadillas, sin recuerdos dolorosos, sin nada que la disturbara. Michelle otra vez tenía una manito cerrada en un puño metida dentro de su boca. Sonriendo, su papá se acercó y la besó en la cabeza, sintiendo bajo sus labios la mata de espeso cabello negro.
Tomó asiento en la misma silla que había estado ocupando durante el tiempo que esperó a que Ellie despertara luego de la cirugía para remover su útero, y volvió a agradecer silenciosamente a Dios por haber salvado a su esposa y a su hija.
Las últimas veinticuatro horas habían sido terriblemente intensas, pero cuando había hablado con su madre por teléfono antes de regresar a la habitación, se había limitado a informarle las últimas novedades y a decirle que Danny y ella podrían visitar a Ellie y a Michelle al día siguiente, cuando ambas hubieran descansado bien y Ellie estuviera sintiéndose un poquitito mejor, preferentemente luego de la visita del psiquiatra, con el cual también había hablado para comunicarle que la beba había nacido, que ella y Ellie se encontraban bien y que se habían salvado, pero que temía por la salud mental de Ellie y el efecto que los cambios que la presencia de Michelle traería pudieran surtir, para bien o para mal.
Suspiró y trató de relajarse, pero en cuanto lo hizo, otra vez sintió las lágrimas nublando su mirada, sus ojos empapados, su rostro húmedo. Había estado tan cerca de perderlas a ambas, le parecía increíble que estuvieran las dos allí, dormidas, a salvo. Los últimos meses habían sido verdaderamente intensos, sus emociones habían estado al filo de la navaja, la esperanza y la fe lo habían ayudado a no perder el control, y la pesadilla finalmente había terminado, y el final había sido uno feliz, incluso cuando todo el mundo creía que el desenlace distaría de ser ese.
Su esposa y su hija estaban vivas.
Lo que sucediera después, los pasos a seguir, lo que el camino le deparara, todo ello estaba seguro podría sobrevivirlo, con ayuda de los médicos, de su madre, de Dios, con la misma esperanza y la fe que se había prometido a sí mismo no dejaría volvieran a flaquear en tiempos de adversidad. Lo que el futuro tuviera en la mira para ellos debía ser mejor que los últimos ocho meses, debía ser mejor que lo que Ellie había vivido antes de conocerlo, antes de que él los salvara a ella y a Danny y les diera la oportunidad de tener una vida mejor. Lo que fuera a suceder de ahí en adelante, él le haría frente por los dos, él la defendería, él cuidaría de su mujer, él la ayudaría a ser una buena madre, él la ayudaría a seguir haciendo progresos, a aliviar su depresión, a ahuyentar a los fantasmas y a los demonios que la perseguían en los túneles y laberintos de los que estaba hecha su mente. Lo que fuera a suceder de ahí en adelante, Kyo Dessler podría manejarlo, porque en esas frases perturbadoras dichas por su esposa que no lograba sacarse de la cabeza, se escondía cierta verdad: lo que no te mata te fortalece, y eso significaba entonces que toda esa experiencia que no había logrado derrumbarlo lo había fortalecido, mucho más que cualquier otra vivencia que hubiera tenido.
Se acercó a la cuna de Michelle y la tomó en sus brazos; le encantaba sentir el calorcito del cuerpo de la beba, los latidos de su pequeño corazón en su espalda a través de la mantita que la envolvía, o mirarse dentro de esos dos ojos negros cuando la nena los abría para observar e inspeccionar curiosa ese mundo nuevo en el que llevaba menos de veinticuatro horas.
"Hija, estoy orgulloso de vos" murmuró, besando su frente "Estoy orgulloso de ser tu papá"
Pero inmediatamente después de haber dicho esas palabras, sintió un nudo apretándole la garganta y las tripas se le revolvieron en el estómago al recordar que, cuando los médicos le habían pedido que tomara una decisión para que ellos supieran a quién dar prioridad en caso de que fuera necesario salvar una vida a expensas de la otra, él había actuado egoístamente y escogido a su mujer. Sentimientos encontrados se despertaban dentro suyo cada vez que recordaba el momento en que le había dicho al doctor que diera prioridad a Ellie; las cosas habían salido bien, Dios había amparado a ambas… Pero no podía quitarse de la cabeza una especie de pánico agudo que había sido sembrado allí, pánico a que años después Michelle descubriera todo lo relacionado a lo sucedido antes de que ella naciera, todo lo relacionado a las cosas que su madre había dicho y hecho durante el embarazo, o que su padre había elegido a su esposa y no a su hija, o que habían considerado el aborto cuando los médicos lo habían propuesto, incluso si él después se había arrepentido (aunque su arrepentimiento no había impedido que respetara la decisión de Ellie de seguir adelante de todos modos)…
Michelle nunca va a saber nada de esto se dijo firmemente. Nunca va a saber absolutamente nada. La historia que vamos a contarle va a ser diferente, Danny y mi mamá no van a decir una palabra, y Ellie y yo tampoco se juró a sí mismo, acunando a la beba para ayudarla a volverse a dormir, porque cuando la había levantado de la cunita se había despertado. Michelle nunca va a saber que su vida y la de su mamá estuvieron en riesgo, nunca va a saber que pensamos en practicar ese aborto, nunca va a saber que su mamá trató de provocarse pérdidas, nunca va a saber que elegí que salvaran a mi esposa y no a ella cuando los médicos me preguntaron. Va a creer que su mamá tuvo un embarazo feliz, que la esperamos felices, que fue una beba deseada. Nunca va a saber la verdad. Voy a protegerla, porque la verdad la lastimaría, la verdad tiene que ser enterrada, esta verdad tiene que ser enterrada, porque podría lastimar a Michelle, y lo último que quiero es que mi hijita sufra.
"Te amo, Michelle" repitió, recostándola en la cuna otra vez "Papá y mamá te aman, hija, y vamos a hacer todo lo posible para ser lo que un milagrito como vos merece"
Michelle Keiko Dessler no sabe esa verdad que su padre pidió encarecidamente a su esposa, a su hijastro (aunque él lo consideraba un hijo propio) y a su madre que jamás develaran, esa verdad que fue tapada con mentiras e historias falsas sobre la bendición que sus padres sintieron cuando se enteraron de que ella venía en camino y lo bien que todo estuvo durante los nueve meses de su gestación hasta el día de su nacimiento libre de complicaciones y salpicado de puras lágrimas de felicidad.
Si alguna vez descubriera lo que realmente ocurrió, si alguna vez descubriera esa verdad oculta que su abuela se llevó a la tumba, esa verdad oculta que sólo Danny aun guarda en un rincón oscuro de su mente, dos cosas podrían sucederle a esa beba que nació fruto de un milagro, pero que dista de sospecharlo porque creció escuchando una historia diferente, inventada, modificada: o la verdad alrededor de su concepción, gestación y llegada al mundo la mata, o la fortalece, si es que es cierto eso que su madre dijo de que lo que no te mata sólo te hace más fuerte.
Si lo que no te mata te hace más fuerte, entonces el día en que Michelle descubra esto o se muere de angustia, o sus fuerzas se multiplican por un millón.
La respuesta es una y la sabe sólo el destino, pero no va a develarse hasta dentro de mucho tiempo, cuando llegue el momento de que esa verdad se devele, porque si hay algo que siempre sucede es que la verdad termina resurgiendo de entre las tinieblas.
Y si no te mata, te fortalece.
Si el estilo de este capítulo les gustó y desean que más situaciones pertenecientes al pasado de los personajes y sus familias sean adheridas, no tienen más que pedirlo. El siguiente capítulo regresará al tiempo real, con Tony y Michelle, y estará situado en el jueves 13 de diciembre. Esperaré ansiosa sus comentarios, y voy a escribir a partir de mañana el capítulo 79 con muchas ganas de que quede excelente.
