—No me iré sin mi hermanito.
En la cabeza de Tahiel de Sagitario aún resonaban las palabras que le trajeron más problemas de los que pudo haberse imaginado. Él era un Santo Dorado, uno de los de mayor experiencia y reconocido como uno de los más poderosos. ¿Cómo era posible que un simple niño de siete años se atreviera a hablarle de ese modo? Peor aún, ¿cómo permitió que un pequeño bebé irrumpiera tan groseramente en su vida?
Aún recordaba su sensata decisión de comunicar al Patriarca sobre la condición del que, se suponía, debía ser su nuevo aprendiz. El que hubiese grupos de hermanos en el Santuario no era algo extraño, lo extraño era que uno de ellos fuese tan joven. ¿Qué se supondría que haría Tahiel con un bebé de poco más de un año? El Santuario no era una guardería; muy al contrario, era un lugar extremadamente peligroso para los que no tuvieran ni la vocación ni los talentos necesarios.
Cuando el Patriarca dio luz verde para traer consigo a los dos hermanos, Tahiel pensó que aquella era una decisión apresurada. Decidió, entonces, tratar de convencer al pequeño Aioros de que lo mejor sería dejar a su hermano en el modesto orfanato de Larissa.
—Una vez que entre al Santuario tendrá pocas opciones a seguir —aseguró—. En tres años, quizá dos, tendrá que entrenar con los demás y morirá si no es lo suficientemente fuerte.
La oscura premonición no desalentó a Aioros. Insistió en que él se ocuparía de protegerlo, convirtiéndose en el más fuerte de todos para ocupar su lugar en los combates si es que era necesario. Tahiel quiso explicarle que la situación era mucho más complicada que esa. En el Santuario la gente sólo podía depender de su propia fuerza para sobrevivir.
—¡Entonces yo haré que se haga más fuerte! —declaró—. ¡Le enseñaré todo lo que necesite para cuidarse a sí mismo!
Las nobles intenciones de Aioros conmovieron a Tahiel y supo que de ningún modo podría separar a los niños. De haber sido por él, habría dejado a ambos en el orfanato, lejos del Santuario y de las guerras. Si decidió hacer lo contrario fue únicamente por la insistencia del Patriarca; una insistencia que no podía comprender.
—Es normal que Aioros quiera traer a su hermano consigo. ¿Por qué impedírselo?
—Es demasiado pequeño.
—Ya nos las arreglaremos —respondió el anciano como si el asunto no tuviese la menor importancia—. Antes de que te des cuenta ese pequeño correteará por todo el coliseo. Si las estrellas le sonríen, quizá hasta pueda darle alcance a su hermano.
Aunque Tahiel sabía que la seria máscara del Patriarca ocultaba una cínica sonrisa, optó por convencerse de que su insistencia en aceptar al capricho de Aioros tenía algún otro motivo además del de reírse a costa suya.
Fue así que el pobre hombre acabó con un prometedor aprendiz y un risueño bodoque que apenas y podía mantenerse en pie.
Las cosas fueron complicadas desde un principio. El Patriarca le permitió a Tahiel encomendar el cuidado del bebé a una de las doncellas del Santuario; desafortunadamente, con el tiempo vio que era imposible deslindarse por completo de él. Su aprendiz insistía en atender a su hermano cada que los entrenamientos terminaban y, por mucho entusiasmo que Aioros tuviera, no había mucho que un joven de siete años pudiese hacer por un bebé.
—¡Aioria! —la bien merecida siesta del Santo de Sagitario fue interrumpida una tarde por el agudo grito de su aprendiz— ¡Quédate quieto!
—¡No! ¡No!
Un par de pies descalzos se escurrió de la habitación, corriendo con decisión pero sin rumbo hasta que se encontró de frente con el Noveno Guardián.
El pequeño gritó nuevamente mientras Tahiel le alzaba para llevarlo de regreso al cuarto donde su hermano apenas reaccionaba a su escape.
—¿Qué es lo que pasa aquí?
—¡Lo siento, maestro! —alzó sus brazos tratando de controlar la pataleta de su hermano— ¡Quería cortarle las uñas! No sé por qué se puso así.
Tahiel suspiró y apretó con fuerza al niño para demostrarle que le sería imposible escapar por más que se revolviera entre sus brazos.
—Y a buena hora. Debimos cortarle las uñas hace semanas; él solo se ha llenado de arañazos. Ven. Yo lo sujeto y tú le cortas las uñas.
Aioria lanzó un agudísimo grito mientras Tahiel lo sentaba sobre sus piernas.
—Así se asustará aún más —aseguró el niño—. ¡Yo me encargaré!
—¿Y que te deje más arañazos? Parece que fuiste atacado por un gato salvaje. Si crees que se pondrá nervioso, lo haré yo mismo.
Cuando Tahiel tomó el cortaúñas, Aioria duplicó sus gritos y esfuerzos para escapar. Su actitud terminó por acabar con la paciencia del Santo y, en un acto desesperado, le sujetó suavemente de ambas piernitas y le miró con severidad.
—Es suficiente, Aioria —ordenó con tranquilidad—. Esto no te dolerá.
La grave voz de Tahiel tuvo el efecto deseado, pues Aioria dejó de forcejear en ese mismo instante. A pesar de ser tan pequeño, el niño descubrió hacía no poco que lo mejor era comportarse y seguir las órdenes de Tahiel. No le vería enojado si es que podía evitarlo.
—¿Por qué a usted siempre le hace caso y a mí no?
—Porque me respeta. Si realmente planeas convertirte en su maestro algún día, tendrás que ser más firme con él.
—¿Y si lo lastimo?
—La firmeza no es igual a la dureza ni a la crueldad. La firmeza es saber poner límites y ser congruente con lo que dices y haces.
—¿Con qué?
Tahiel sonrió.
—Congruente. Constante. El mejor modo de educar es con el ejemplo.
Aioros asintió sin comprender del todo las palabras de su maestro. Aun así, Tahiel supo que no tendría que preocuparse por mucho tiempo más del problemático chiquillo. A pesar de que lo dudó en un principio, Aioros no tardaría en tomar las riendas de la instrucción de su hermano.
¡Le deseaba buena suerte!
Aioria prometía ser una verdadera amenaza.
El pequeño Aioria comenzó un escueto entrenamiento apenas cumplió los cuatro años. Tal y como había planeado, Aioros se convirtió en su principal mentor. Si bien Tahiel le daba indicaciones de cuando en cuando, era Aioros quien le dedicaba la mayor cantidad del tiempo. En un principio, el Santo de Sagitario tomó la iniciativa de su aprendiz con buenos ojos. Le agradaba que estuviese dispuesto a aceptar varias responsabilidades desde tan joven y pronto advirtió que sus deseos de ser un maestro adecuado para su hermano le inspiraban a entrenar aún más duro. Sin embargo, aquel punto de vista cambió gradualmente conforme pasó el tiempo y se volvió cada vez más claro que Aioria podría aspirar a un fin mucho más elevado del que se creía inicialmente. Tan elevado, quizá, como el de su hermano.
Al percatarse de esto, Tahiel insistió en tomar por completo el control de la educación de Aioria, no sólo porque pensó que sería lo mejor para el niño, sino también porque temía que Aioros desatendiera su propio entrenamiento. No obstante, poco pudo hacer ante la tozudez de Aioros y lo más que logró fue imponer la condición de que al momento en el que el muchacho descuidara su entrenamiento, Tahiel le reemplazaría como el tutor de Aioria. Aioros aceptó las condiciones con gusto y se afanó en no defraudar a su maestro.
Ciertamente no era cosa fácil. Aioros se despertaba antes que cualquier otro con tal de terminar su entrenamiento al atardecer, momento a partir del cual podía reunirse con su hermano. Aunque la mayoría de los días terminara exhausto, sabía que todo valía la pena con tal de apoyar directamente a Aioria. La decisión de ser el maestro de su hermano se basaba tanto en su orgullo como en el cariño que le tenía al pequeño. Si había la menor posibilidad de hacer su estancia en el Santuario más feliz y segura, Aioros haría hasta lo imposible para lograrlo.
Afortunadamente, Aioria resultó ser un buen aprendiz. Era constante en sus entrenamientos y, una vez que lograba concentrarse, era capaz de canalizar su energía de modo maravilloso. El único asunto que le causaba a Aioros dolores de cabeza era el ponerlo a estudiar. Le era prácticamente imposible convencerlo de sujetar un libro por más de quince minutos, pero no por eso dejó de intentarlo. Tahiel se lo había dicho con claridad: la firmeza y el respeto mutuo eran puntos clave para convertirse en un buen maestro. Estaba seguro de que algún día convertiría a Aioria en un hombre tan sabio como poderoso.
Al menos esa era la idea y es que en ocasiones Aioros dudaba. No temía que su hermano fuese débil, ni que careciera de capacidad para convertirse en un Santo generoso y valiente. Simplemente había ocasiones en las que le veía y se sorprendía de lo joven que era su hermanito. Sus brazos eran tan delgados y sus manos tan pequeñas que sólo cuando le veía combatir podía convencerse, momentáneamente, de que Aioria no era el frágil niño que aparentaba ser.
La alegre actitud del niño chocaba aún más con el complicado destino que le avecinaba. Aioros siempre se preguntó cómo era posible que Aioria fuese un niño tan normal a pesar de haber sido criado por completo en el Santuario. El pequeño no recordaba el orfanato del que procedían y mucho menos a su madre fallecida. Lo más cercano que tuvo a una madre fue la doncella que le cuidó durante los primeros meses y Tahiel se vio imposibilitado por el mismo Aioros de ejercer el rol paternal.
Aun así, Aioria jugueteaba por el Santuario como si se tratase del patio de cualquier escuela, sonreía casi siempre y parloteaba tonterías como cualquier otro niño de su edad. Aioros no podía entender cómo era posible que un niño tan especial fuese al mismo tiempo tan normal. Aioria nunca se quejó de su condición, nunca cuestionó la ausencia de sus padres y tomaba la extraña vida del Santuario como si fuese lo más natural del mundo.
Su hermano parecía haber nacido para vivir en el refugio ateniense. A pesar de que poseía habilidades asombrosas, no era diferente a cualquier otro niño de cuatro años repleto de fantasiosas ideas y candorosas preguntas.
—¿Cómo crees que será Atena?
Le preguntó una vez después del baño, mientras Aioros trataba de desenredar su cabello sin dejarlo calvo en el proceso.
—Amable y generosa. Mi maestro dice que también es muy fuerte. Ni siquiera el poder de todos los Santos Dorados podría compararse con el suyo.
Aioria gruñó de mala gana y no precisamente por los tirones de sus cabellos.
—¿Pero será bonita?
—Eso no tiene importancia, hermano —aseguró con severidad—. Lo único que importa es su sentido de justicia.
—Pues yo creo que sería mejor si fuese bonita.
—Bueno —respondió Aioros después de una larga pausa—. Seguramente también es muy bonita. Ella era una de las tres Diosas que pelearon por la manzana de Eris, ¿recuerdas?
—¿La manzana de quién?
Adrede, Aioros tiró fuertemente de uno de sus mechones.
—Si estudiaras más, sabrías de lo que hablo.
—¡Oye!
—Lo que me recuerda: ayer permití que durmieras temprano a cambio de que hoy estudiaras una hora más.
—¡Hermano!
El niño se separó inmediatamente del mayor y le dirigió una mirada tan suplicante que el mismo Zeus se habría conmovido con ella. Desafortunadamente para el pequeño, Aioros no se sentía con ánimos tan generosos.
—Aioria…
Con solo escuchar el amenazante tono de su hermano, Aioria supo que había perdido la batalla. Espetó una palabra de disgusto y se encaramó frente al viejo escritorio de madera de la habitación.
Firmeza y respeto mutuo, eso es lo que le había dicho su maestro. Aioros estaba convencido de que si trabajaban arduamente, y las estrellas les sonreían como hasta ese momento, algún día lucharían hombro con hombro por la paz del mundo.
A Milo siempre le pesó la compañía de Aioria. Había muchos motivos por los cuales torcía la boca cada que le veía acercarse después de su entrenamiento matutino. En primera instancia, el muchacho le parecía increíblemente tonto. ¿Por qué? El mismo Milo no tenía una respuesta. Suponía que tenía algo que ver con el hecho de que no pudiera mantenerse en silencio por más de dos minutos.
Milo era un muchacho reservado; le molestaba cuando la gente le interrogaba y aquello era algo que Aioria hacía constantemente. Demasiado acostumbrado a la serena personalidad de Camus, la energía que Aioria irradiaba le parecía estruendosa e irritante. Sus conversaciones no solían llegar a ningún lado y eso le frustraba. ¿Para qué escucharle si no tenía nada interesante que decir?
Lo peor del asunto era que a Aioria no parecía importarle ser escuchado o no. Simplemente llegaba, hablaba hasta hartarse y luego se retiraba con la misma alegría con la que había llegado. Milo suponía que Aioria estaba acostumbrado a llamar la atención, y daba por sentado que todo lo que dijera sería escuchado con gran interés. Probablemente la mayoría de los niños en el Santuario reaccionaban de esa forma ante él. El aprendiz de Leo era amigable y su despampanante sonrisa atraía a todos. Además, era casi tan noble y encantador como su hermano mayor.
¡Completamente insoportables!
En algún momento Saga le aconsejó que se alejara tanto del aprendiz de Leo como el de Sagitario y Milo no tuvo reparos en seguir la recomendación. Aioria le aturdía y, peor aún, su orgullo solía salir herido cada que le veía.
No estaba seguro de cuánto tiempo tenía Aioria en el Santuario, pero el chico parecía estar muy bien enterado de cómo funcionaban las cosas ahí. Conocía el territorio como la palma de su mano y sabía de memoria el nombre de todas las doncellas y Santos. Además, claro, el niño era bastante talentoso. Era un sincero placer verle combatir y adquirir nuevas habilidades con el paso de los días. Había pocas dudas de que Aioria algún día portaría el manto de Leo.
La situación de Milo era bastante diferente. Aunque había llegado al Santuario hacía varios meses, aún no se había vuelto oficialmente el aprendiz de Escorpio. Saga insistía en que el asunto era casi un hecho, que sólo era cuestión de tiempo para que se fortaleciera y se hiciera digno de semejante posición. A final de cuentas, llegó al Santuario a una edad relativamente avanzada —cinco años—, y tendría que pulir sus habilidades si es que quería reclamar el camino que las estrellas trazaron para él.
La situación frustraba a Milo, y el saber que alguien como Aioria gozaba de una condición tan privilegiada le encelaba. No tenía problemas para imaginarse a Camus portando una Armadura Dorada. Él más que nadie sabía que sus capacidades estaban muy por encima de las suyas. Aioria, por el contrario…
¡Vaya!
Toda esa situación parecía ser una broma de muy mal gusto. ¿Cómo era posible que un muchacho tan parlanchín y bobo fuese superior a él? Aun así, algo tenía que admitirle al muchacho: sus amplios conocimientos del Santuario. Éstos resultaron ser bastante útiles, no sólo para ayudarle a comprender la ajetreada vida ateniense, sino también para ampliar el campo de sus travesuras.
—¿Milo? —la chillona voz le interrumpió una noche mientras se preparaba para dormir—. ¿Estás despierto?
El niño se asomó por la pequeña ventana de la choza en la que vivía. Se encontraba solo y no se molestó en responderle con murmullos.
—¿Qué quieres ahora?
—Aioros no está y me aburro. ¿Me acompañas a ver a las Koree?
Milo lanzó un cansado gruñido y se cruzó de brazos.
—¿Es lo único que sabes hacer?
Aioria ya estaba acostumbrado al grosero modo de ser de su compañero, así que ignoró completamente su pregunta.
—Entonces ven conmigo al comedor de los soldados. Escuché que les dieron de cenar frutas al horno. ¡Seguro que les sobraron algunas!
Milo pensó por varios segundos en algún buen motivo por el cual rechazar la invitación. Sin embargo, la falta de azúcar en su dieta pudo más y cedió a la tentadora oferta.
Esa noche, ocultos debajo de una amplia mesa de madera y mientras se comían una bandeja repleta de peras con canela, Milo pensó que quizá Aioria no era tan estúpido después de todo.
Comentario de la Autora: *sigh* Me costó muchísimo trabajo hacer este capítulo. Aioria no es un personaje que me parezca muy interesante. Me cae bien, pero es demasiado genérico para mi gusto. Lo más interesante de su personaje es su angst por la supuesta traición de su hermano y su posterior desconfianza hacia el resto de los goldies (como muy acertadamente lo mostró Episodio G). Desafortunadamente, toda esta serie de fics son 'pre-Saga se vuelve loco y mata al patriarca', así que no lo pude utilizar. Siempre me imaginé que Aioria sería encantador y divertido antes de que las cosas se pusieran tan mal en el Santuario. Obviamente no todos comparten el amor hacia el gatito, pero muchos otros sí.
Originalmente, Saga iba a aparecer en lugar de Milo. Sin embargo, me costó tanto trabajo empezar este fic que decidí cambiarlos. Sabía que Milo sería el mejor aliciente para escribir. Ya tendré oportunidad de trabajar con Saga en el fic de Aioros en donde, por supuesto, hablaré un poco más de la madre de los muchachillos.
Agradezco mucho sus comentarios. ^^ Me alegra ver que a la gente le esté gustando esto. Tenía tiempo sin dedicarme a un multichap de este tipo y es reconfortante ver que 'pegó' jaja! Desafortunadamente, me temo que tengo que escribir un par de regalillos en los próximos 2 meses así que puede que tarde un poco para el siguiente capie. ¡Pero no se preocupen! Pronto estaré de regreso con el hombre más cercano a dios. ¡Chan chan chaaaaaaaan!
