Mi fin de trayecto eres tu.
"Michelle Keiko Dessler, va a ser mejor que retrocedas y te distancies del refrigerador"
No podés evitar desplegar una sonrisa de oreja a oreja al escuchar su voz, la clase de sonrisa que sabés va a provocar que él también ría cuando te des vuelta – dando la espalda a la heladera abierta de par en par - y su mirada y tu mirada se encuentren, una la luz que ilumina a la otra, las dos expertas en comunicarse con un lenguaje propio demasiado íntimo para que otros puedan comprender lo que se esconde tras la forma en la que se devoran con los ojos.
Te volteás despacio, la sonrisa aun en tus labios; tus ojos se encuentran con su sonrisa, su mirada y su mirada se comunican sin que haga falta romper con palabras el silencio que ha caído en la cocina.
"Sabés que no me gusta que me llames por mi nombre completo, Anthony" ponés especial énfasis en su nombre, aquél por el que lo llaman su mamá y su hermana menor y que a él no le gusta mucho.
"Y vos sabés bien que estabas a punto de hacer algo que no debés" él retruca.
No escapa a tu conocimiento aquello a lo que está refiriéndose: tiene relación con la enorme fuente de ensalada de frutas que preparó una hora atrás cuando regresaron de la CTU, y que será el postre luego de la cena de esta noche, a la cual también asistirán Kiefer y Martina (de hecho, Martina va a cocinar sus famosas 'pizzas caseras para nada parecidas a la típica pizza americana', según lo que Tony te dijo en la tarde cuando te llamó con la excusa de pedirte el código de un archivo para informarte sutilmente que su hermana y su cuñado irían de visita). Desde que Tony comenzó a pelar y a cortar toda clase de frutas de los más diversos tamaños, colores, texturas y sabores, vos estás tratando de que te deje probar un pedacito de algo: un gajo de naranja, un trozo de pera, una frutilla minúscula, un poquitito de kiwi, melón o sandía, una rodaja de banana… cualquier cosa, simplemente para sacarte el gusto después de todo un jueves a base de café con leche y azúcar. Sin embargo, él por primera vez te había dicho que no a algo – la negación había estado acompañada de una sonrisa, un beso en la punta de la nariz y unos mimitos detrás de las orejas, pero eso no significaba que no fuera una negación de todos modos – porque no quería que te llenaras el estómago y después no tuvieras hambre a la hora de cenar. Ni siquiera lograste convencerlo con tu mejor carita de perrito abandonado bajo la lluvia.
Habías fingido resignarte a propósito, habías fingido a propósito conformarte con unos cuantos besos cortos y tiernos alrededor de tu boca y por todas tus mejillas, y luego lo habías convencido de que fuera a darse una ducha y a cambiarse de ropa antes de que llegaran Martina y Kiefer, con el único propósito de escabullirte en la cocina y robar algunas uvas o un trocito de ciruela, más por la diversión de cometer una travesura infantil que por otra cosa. Pero Tony, conociéndote mejor de lo que alguna vez vas a llegar a conocerte a vos misma (y definitivamente mucho mejor de lo que alguna vez va a conocerte cualquier otra persona) se dio cuenta de lo que tramabas, encendió la ducha para disimular y luego regresó con pasos sigilosos y sin hacer ruido alguno, justo en el momento en que acababas de abrir la heladera y estabas a punto de pinchar con un tenedor una frutilla de aspecto especialmente delicioso.
"Sos peor que una criaturita, Michelle" comenta riendo, al tiempo que se acerca a vos mientras rasca distraídamente el costado izquierdo de su cara con su mano derecha "No puedo dejarte sola ni dos minutos"
Reís, mordés tu labio apenas; sos consciente de que tus mejillas están terriblemente sonrojadas. Te gusta que te trate como a una nena cuando tenés uno de esos arrebatos en los que te comportás como tal; te parece tierno y dulce que te 'rete' porque trataste de robar un poco de ensalada de frutas antes de cenar. Te gusta que te cuide, que se preocupe porque te alimentes bien y a horario, que te haga bromas y te digas cosas lindas para arrancarte sonrisas hermosas como la que tenés ahora y hacer que te ruborices.
"Reconozco que es más un capricho que otra cosa" admitís, mirándolo otra vez como si fueras un cachorrito al que abandonaron al lado de la carretera en una noche nublada.
"Amo consentir todos tus caprichos" murmura, acomodando un par de bucles sueltos detrás de tus orejas y acariciando tu rostro suavemente con sus pulgares "; el problema esta vez es que no sólo quiero que llegues con apetito a la cena para que puedas probar lo bien que cocina mi hermana, sino que calculé la cantidad justa de fruta, y si te dejo probar un poquito, vas a querer más, y me vas a insistir para que yo pruebe un poquito, y vas a probar otro poquito, y yo otro, y así vamos a caer en un círculo vicioso y dentro de media hora no van a quedar más restos de la ensalada de fruta que las cáscaras en el tacho de basura"
Una carcajada suave se cuela por entre tus labios; lo que está diciendo es verdad.
"Tenés razón, Almeida"
"Me alegra que lo entiendas, Dessler"
"Sólo te pido que no vuelvas a llamarme Michelle Keiko nunca más, por favor" decís, cerrando la puerta de la heladera y dirigiéndote al fregadero para lavar el tenedor que ni siquiera utilizaste (sin embargo, como sos una maniática de la limpieza y el orden, ya el mero hecho de haber sacado el tenedor del cajón amerita que antes de volver a guardarlo te ocupes de desinfectarlo como si lo hubieras enterrado en un charco de lodo).
"¿Por qué no?" inquiere curioso, abriendo el refrigerador nuevamente para tomar el bidón de jugo de naranja.
"Porque es horrible" respondés como si aquello debiera resultar una obviedad, tomando de la alacena dos vasos altos de vidrio y posándolos sobre la mesada de mármol para que él vierta allí el jugo (te encanta lo sencilla, normal, común y corriente que es la rutina cuando dejan a un lado el mundo laboral y están en su hogar, solos, tranquilos, sin preocupaciones, sin que nada los moleste, contentos porque van a tener una cena familiar, riendo, bromeando, conversando; son estos pequeños momentos los que te llenan de luz y calidez y hacen que valga la pena afrontar cualquier cosa. Es que cualquier cosa es afrontable si sabés que la recompensa es regresar al atardecer a esos brazos fuertes y protectores que te envuelven cada amanecer cuando despertás luego de haber dormido toda la noche sumergida en su hechizo).
"No es horrible" expresa su desacuerdo.
"Sí lo es, Tony" insistís "Suena al nombre de una marca de comida para perros" señalás luego.
"¿Quién te dijo eso?" es la siguiente pregunta que abandona su boca.
Te detenés en seco, justo cuando estabas por llevarte el vaso con jugo de naranja a los labios. Nunca va a dejar de maravillarte, sorprenderte y hacer que te sientas totalmente mesmerizada la facilidad con la que Tony puede leer tu rostro, tus expresiones faciales, tu lenguaje corporal, tu tono de voz, la mirada en tus ojos, lo que mostrás y lo que intentás ocultar (no a él, si no al resto del mundo; para él sos siempre un libro abierto, para él siempre estás vulnerable y expuesta); enseguida notó algo que para cualquier otra persona hubiera pasado desapercibido, algo en lo que otros no hubieran reparado: eso que dijiste sobre tu segundo nombre no es un pensamiento que te haya surgido a vos, si no que es meramente la repetición de algo que alguien más te dijo para herirte, para ofenderte, para hacer que te sintieras mal, y el impacto de aquello fue tal que aun años después seguís recordándolo.
"Corey Scott, cuando estábamos en segundo grado" no hay motivos para que le mientes; se daría cuenta enseguida, y además, con él compartís todo y no te molesta contarle esa 'anécdota' "La profesora de Educación Musical nos había pedido que nos presentáramos a ella y al resto de la clase diciendo nuestro nombre completo y nuestro instrumento favorito, y cuando llegó mi turno, Corey Scott dijo que probablemente mis papás habían escuchado mi segundo nombre en un comercial de comida para perros. Todos rieron" concluís la historia.
"A mí no me resulta gracioso en lo absoluto" Tony murmura con total seriedad, pasando la palma de su mano por tu frente.
"De todos modos" seguís, chasqueando la lengua y tratando de restarle importancia al tema "no me gusta mi segundo nombre, y si no fuera porque sé que consta en la base de datos de la CTU y que cualquier con suficiente nivel de acceso – el cual vos tenés – puede ingresar y averiguarlo, probablemente no te lo hubiera dicho a menos que insistieras e insistieras por días y días, incluso hasta meses"
"¿Por qué no?"
"Porque es un nombre feo, no me gusta" decís, encogiéndote de hombros y tomando un sorbo de jugo de naranja "Es muy rico este jugo" comentás, quizá inconscientemente buscado cambiar de tema porque no querés entrar en una conversación emocional sobre las burlas que recibías en el colegio por ser oriental cuando todos los demás eran ingleses o irlandeses, o lo mucho que te afecta saber que todo lo que te queda de ese padre al que no conociste porque la muerte se lo llevó demasiado pronto es tu apellido y el segundo nombre que él eligió para hacer honor a su cultura y a su raza, no cuando en cualquier momento podría sonar el portero eléctrico anunciado la llegada de visitas.
Pero Tony no deja que te escapes, porque él sabe siempre qué decir para hacerte bien, cómo decirlo, cuándo decirlo.
"Tenés un nombre precioso, Michelle, que combina perfectamente con una personita preciosa como vos" sentís sus labios sobre tus labios durante apenas dos segundos, un roce tan solo antes de que vuelva a separar tu boca de su boca "Además" sigue "su significado es hermosísimo"
"¿Cómo sabés el significado de mi horrible" le das a esa palabra especial énfasis, así como lo habías hecho un rato atrás cuando lo habías llamado Anthony "segundo nombre?" concluís el cuestionamiento alzando inquisitivamente una de tus cejas, algo que notaste él encuentra terriblemente sexy.
"Porque lo busqué" confiesa, sonrojándose tanto que tus mejillas lucen pálidas a comparación de las suyas (aunque, en realidad, tu piel color marfil siempre luce pálida en contraste con la suya color bronce).
Una sonrisa jala tus labios.
"¿Cuándo lo buscaste?" te interesás en saber más.
Tu pregunta causa que él se sonroje, para variar. Un brillo especial refulge en sus ojos, y otra vez distraídamente, respondiendo a un hábito inconsciente y automático, vuelve a llevarse la mano izquierda a la cara para rascar su mejilla.
"Poco tiempo después de conocerte" admite, esquivando tu mirada, la vista fija en el suelo como si sus zapatos fueran una rareza atrayente y exótica, todo para evitar que tus ojos encuentren a los suyos "Quería saber" se aclara la garganta "… Quería saber más sobre vos. Sentía curiosidad" comienza a hablar con mayor soltura, pero sigue esquivando tu mirada, lo cual es una lástima, porque si se animara a mirarte, vería que una de las sonrisas más bellas que alguna vez hayas tenido está iluminando tu rostro "; aunque no estuviera aun listo para admitirlo, me costaba contenerme, deseaba conocer esas cosas que no me animaba a preguntarte porque estaba demasiado ocupado comportándome como un idiota e ignorándote y llamándote por tu apellido: tu fecha y lugar de nacimiento, la universidad a la que habías ido, los lugares donde habías trabajado antes… Entonces revisé tu expediente. No es algo que haga naturalmente" se excusa "pero… bueno, para mí te convertiste en alguien especial desde el principio" lo ves morderse el labio, y en un acto reflejo mordés tu labio vos también "No llegué a leer más que los primeros dos renglones, y ni siquiera completos, porque en ese preciso momento a mi estúpido cerebro se le ocurrió enviar todo tipo de alertas diciéndome que estaba cruzando una línea que no me correspondía cruzar y que sería mejor que me esforzara en mantener distancia entre los dos" sacude lentamente la cabeza de un costado al otro, como si por dentro estuviera lamentándose por haber cometido la idiotez de esperar tanto tiempo hasta animarse a enfrentar el amor que había nacido entre los dos inmediatamente después de ser presentados en tu primer día en la CTU "Cerré el archivo sabiendo solamente tu nombre completo y que cumplís años el 1° de agosto; ni siquiera había registrado el año junto al 8 y al 1, por eso tiempo después me sorprendí cuando me dijiste tu edad"
"Gracias, Almeida, por recordarme que luzco más vieja de lo que en realidad soy" comentás con fingido aire ofendido, pero sin que la sonrisa se borre de tus labios o el color de tus mejillas vuelva a su rosado natural.
"Simplemente sos muchísimo más madura que todas las demás" no está poniendo una excusa o tratando de congraciarse (no necesita hacer nada de eso, en realidad); si lo dice, es porque lo siente, porque lo cree, porque lo piensa, y vos sabés muy bien que tu madurez es uno de los rasgos más característicos de tu persona, un rasgo que a él le encanta y que forma gran parte de todo aquello que lo enamora.
"Así que" retomás la conversación "… aunque no leíste el archivo completo porque tu momento de debilidad se esfumó y regresaste a tu metodología de mantener distancia, sí recordaste mi raro segundo nombre y…"
"Y busqué en internet su origen y significado" completa la frase "Es un nombre muy bonito, y quien quiera que lo haya elegido escogió correctamente, porque sos un milagro y una bendición"
Otra vez sube la temperatura de tu rostro, otra vez sentís el calor emanando de tus mejillas como si acabaras de pasar varias horas expuesta a los rayos del sol, otra vez tus pulsaciones se aceleran, otra vez sentís la dulzura expandirse por cada rincón de tu cuerpo despertando a un millón de mariposas para que se paseen libremente por tu estómago, acariciando cada recoveco, provocando una sensación indescriptiblemente placentera que recorre de arriba a abajo tu columna dorsal, como si sus dedos mismos estuvieran jugando a tocar el piano en tu espalda.
Es increíble lo que puede hacer con sólo hablarte, es increíble la facilidad que tiene para afectarte físicamente sin la necesidad de tocarte, sólo con sus palabras, su tono de voz, su lenguaje corporal, diciendo miles de cosas sin que vocablo alguno en idioma conocido por el resto del mundo llene el aire.
"Mi abuela siempre me contaba que mis papás habían pasado los nueve meses del embarazo de mi mamá armando listas interminables con distintos nombres, llenando renglones y renglones, hojas y hojas" la sonrisa se vuelve casi agridulce, melancólica, y agridulce y melancólico se vuelve el brillo en tus ojos negros, esos ojos negros que heredaste del padre al que no recordás porque falleció cuando eras apenas una criatura.
Un recuerdo resurge de entre los confines de tu mente, del fondo del arcón donde están guardadas todas tus memorias, polvoriento y añejado pero por todo lo demás básicamente intacto, extrañamente fresco como si hubieras estado pensando en él ayer y durante cada día de tu vida cuando la realidad es que es un fragmento de tu infancia que despierta espontáneo de golpe, llenando con sus colores y sus sonidos la pantalla de cine que tenés en la cabeza para proyectar ideas, reflexiones, pensamientos y, por supuesto, recuerdos como éste, esos recuerdos que son disparados en el momento menos pensado de la manera menos pensada.
Recordás a tu abuela, sus rasgos asiáticos mucho más definidos que los tuyos, su voz, su ligero acento al hablar en Inglés, su figura delgada y esbelta, su fuerza para trabajar a pesar de su edad. Recordás que no le gustaban mucho los abrazos o las muestras de afecto; su naturaleza era más bien fría, cerrada, reservada. Pero también era una mujer culta, excepcionalmente inteligente, amable, educada, casi protocolar en sus acciones diarias (aquello era, por supuesto, debido a su estricta educación en Japón), y muy observadora, tanto que siempre que algo estaba angustiándote o tu mamá estaba al borde de alguna de sus tardes acurrucada en el sillón acunando una botella de vodka, se encargaba de sacarte enseguida de la casa y llevarte a tomar un helado de frutilla para que te distrajeras, y allí conversaban sobre libros, música, películas o – cuando tenías muchas ganas de sonreír y de imaginar una mamá distinta a aquella que se emborrachaba a diario y sufría de alucinaciones y ataques de pánico, una mamá como la que tenías antes de que tu papá muriera, la clase de mamá que estabas segura hubieras tenido si ella no hubiera tocado fondo al sumirse en una depresión terrible luego de perder al hombre de su vida – te contaba historias que databan de antes de tu nacimiento o anécdotas de cuando eras una beba. La que más te gustaba escuchar era aquella en la que tu abuela describía con ojos brillantes y lujo de detalles cómo tus padres habían pasado nueve largos meses pensando en el nombre perfecto para su princesita, uno que tuviera un significado especial, porque eso te daba la sensación cálida y placentera de que, antes de 'ponerse muy grave' tu mamá te había querido, que le habías importado tanto como tu papá te quería, tanto como a él le importabas.
El nombre Keiko nunca te gustó porque suena raro, porque no es normal en la cultura americana, porque Michelle suena mucho más delicado, más dulce, más lindo. Sin embargo, ese nombre es de origen japonés, como tu papá, como tu abuela, como el abuelo al que no conociste, como todos tus antepasados de la rama paterna. Como vos, porque aunque hayas nacido en suelo estadounidense, tu herencia genética es otra. Siempre sentiste una especie de confort sabiendo que – incluso si no creciste con una familia típica, incluso si el destino se interpuso y decidió que quedaras huérfana de padre a los once meses, que tu mamá acabara convirtiéndose en una alcohólica demasiado torturada por sus propios demonios y fantasmas como para poder ocuparse de vos, incluso si tuviste que ser víctima de su abandono – tus papás te consideraron una bendición, un milagro, un regalo del cielo cuando se enteraron que estabas dentro del vientre de tu mamá, y parte del nombre que escogieron para vos con esmero – más allá de que te guste o no, más allá de que creas o no esa estupidez que Corey Scott te dijo sobre que se parecía más a una marca de comida para perros que a un nombre de persona – es prueba de el amor que sentían por vos cuando eras apenas del tamaño de una nuez.
Rápidamente, con un leve movimiento de cabeza como si estuvieras ahuyentando a un mosquito zumbándote en el oído, te deshacés de esas imágenes viejas (tu abuela y vos en la heladería, sentadas en su rincón favorito junto a la ventana, un cucurucho enorme de helado de frutilla en tu mano, vos escuchando contenta, expectante y con una sonrisa en el rostro esa historia que habías aprendido de memoria la primera vez que te la había contado, tratando de imaginar a tu mamá con una panza enorme y a tu papá sentado a su lado leyéndole una lista interminable con toda clase de nombres, los dos felices); no querés entrar en contacto con emociones profundas y complejas conectadas a tu infancia y a tus padres, al menos no en este momento; sería incómodo que al llegar Martina y Kiefer vos tuvieras los ojos enrojecidos y la cara húmeda, el corazón estrujado porque extrañás a tu papá y a tu mamá, incluso si de él no tenés registro alguno y de ella sólo te quedan experiencias amargas y complicadas vividas a lo largo de tus primeros años de vida antes de que te abandonara.
"Acabaron decidiéndose por los dos nombres más lindos" su susurro dulce atrae tu atención, al tiempo que acuna tu rostro entre sus manos, tibias y suaves.
"Keiko es un nombre espantoso" repetís.
"Para mí no lo es" él insiste, sus labios cada vez más cerca de los tuyos "Te describe perfectamente, Michelle, porque vos sos un milagro"
Te fundís en sus besos, disfrutando de sus caricias paseándose por cada punto de tu espalda aliviando las tensiones que quedan en los músculos luego de un arduo día de trabajo; te deshacés en suspiros complacidos, en la sensación de tener bajo tu tacto su cabello negro que a tus dedos les encanta desordenar, la calidez de su lengua explorando escondites en tu boca que ya conoce demasiado bien, y el tóxico sabor único que sólo tienen sus besos mezclándose con aquél dejado por la última taza de café que tomó (para tu sorpresa, con crema, azúcar y leche).
"No actué en un impulso; llevaba varios años deseando hacer esto, simplemente no había encontrado el momento indicado. Lo considero totalmente liberador, no en un sentido rebelde, sino espiritualmente hablando"
Estás sentada en tu banqueta favorita detrás del desayunador, aquella en la que te sentaste la primera vez que visitaste el departamento de Tony esa noche lluviosa en la que él había ido a rescatarte de tus pesadillas y a darte su contención y su abrigo en esos momentos difíciles que siguieron al día del ataque a la CTU. Martina está moviéndose por la cocina mientras habla, yendo de un lado para el otro, controlando con un termómetro digital la temperatura de los pequeños bollos que dejó reposando a un costado tapados por un repasador grande para que levaran, preparando distintas salsas, cortando tomates, huevos, zanahoria, albahaca, espinaca, ananá, rúcula, queso blanco, mozzarella, jamón, salchichas y hasta zapallitos hervidos y berenjenas, todos ingredientes que va a esparcir en las más de diez pizzas que tiene pensado preparar ("Son pizzas muy pequeñas" te había aclarado "que rinden solamente cuatro porciones - una para cada uno de nosotros - que se devoran en dos o tres bocados; la masa es muy fina, además, son livianas. Las hago así a propósito, para poder preparar distintos estilos y que todos puedan probar un pedazo de todo en lugar de llenarse comiendo mucho de lo mismo"). La hermana menor de Tony se mueve con total naturalidad, con confianza, cómoda; es evidente que le gusta cocinar y que está acostumbrada a hacerlo, como todas las mujeres en su familia (vos a duras penas sabés cómo hervir arroz, y las veces que trataste... bueno, digamos que entendés lo que hay que hacer en teoría, pero no sos realmente muy ducha a la hora de llevar la receta a cabo).
Tony y Kiefer se encuentran en la sala de estar entretenidos con un videojuego para Play Station como si fueran dos adolescentes (ese costado tan infantil de Tony te encanta, especialmente porque vos sos una de las pocas personas delante de las cuales lo despliega), por lo cual Martina y vos pueden aprovechar ese rato en el que ambos cuñados están divirtiéndose con el Guitar Hero para conversar, así como ellos están aprovechando el tiempo que va a tardar ella en cocinar la cena para tener los pulgares clavados en sus respectivos joysticks como si les hubieran puesto pegamento en las yemas de los dedos.
El tema alrededor del cual gira la conversación tiene que ver con algo que Martina se ha animado a hacer dos días atrás, algo que sorprendió a Tony al punto tal de que se quedó boquiabierto al verlo pero que, por algún motivo, no te sorprendió a vos, quizá porque ves que – detrás de su aire de perfección y profesionalismo, su elegancia, su glamur y su postura de intelectual – Martina es muy bohemia. La jovencita se había tomado un día libre, había ido a ver a un artista y se había hecho un tatuaje.
"Es una frase del Réquiem de Mozart" te explica, acercándose a vos para que puedas ver mejor, señalando el conjunto de palabras en latín escritas con tinta negra en una letra cursiva minúscula alrededor de su muñeca izquierda, dando la vuelta, como si estuviera usando una pulsera gravada en su piel que nunca va a poder quitarse.
El tatuaje es delicado, prolijo, hasta casi podría decirse que tiene un aire de fragilidad, como si las palabras estuvieran a punto de esfumarse. El color oscuro de la tinta combina perfectamente con el tono de piel de Martina, y las letras son tan pequeñitas que de lejos parecen hormigas formando fila; hay que acercarse lo suficiente y echar un vistazo con minuciosidad para distinguirlas. Quizá es porque todo en ella es hermoso, porque es perfecta, porque emana una seguridad en sí misma y en todo lo que hace que hace imposible otro la contradiga, pero el tatuaje le sienta bien, especialmente porque no es burdo, grosero, exagerado o llamativo: es algo íntimo, algo cuyo significado sólo ella entiende, algo que probablemente unos pocos puedan entender, algo que la representa, algo que representa a esa mujer encerrada en el cuerpo de una chica con fecha de nacimiento datada diecinueve años atrás pero con un cerebro privilegiado que no la ha dejado comportarse jamás como otra cosa que no sea un genio.
"Realmente me gusta mucho, Martina" le decís, con total sinceridad.
"Cuando mi mamá se entere va a pegar el grito en el cielo" comenta con una sonrisa pícara en los labios y un brillo en los ojos que indica que realmente va a disfrutar dándole a su mamá un dolor de cabeza cuando ésta vea que se tatuó "No me preocupa, realmente" prosigue, regresando su atención a las verduras que debe seguir cortando en rodajas "Decidí no dejar que la opinión de mí mamá sobre mí me limite. Va a decirme que una abogada con tatuajes da una mala primera impresión" continua, encogiéndose de hombros "Pero yo sé bien que a nadie le importa mi imagen, realmente; no quieren mi piel, quieren mi cerebro"
"¿Duele mucho… hacerse un tatuaje?" preguntás tratando de aparentar sana, normal y simple curiosidad, rogando que la mente brillante delante de vos no note que tu interrogante tiene origen en una idea que viene gestándose en tu cabeza desde algunos días y que tendrás que llevar a cabo pronto si decidís hacerlo.
"Se siente algo similar a cuando te caes de la bicicleta y te raspás una rodilla, es como un ardor, un escozor" chasquea la lengua "Pero yo me tatué una frase entera y en un área del cuerpo hipersensible, como lo es la muñeca, porque el punto del pulso se encuentra justo allí y la piel es casi transparente" y luego, para tu sorpresa, agrega, como quien no quiere la cosa pero con un dejo de diversión en la voz que es imposible pasar por alto "; el nombre de mi hermano tiene sólo cuatro letras y dudo que vayas a tatuártelo en la muñeca porque correrías el riesgo de que alguien del trabajo lo viera y atara cabos, así que probablemente en tu caso sólo lleve unos cuarenta minutos y la aguja no te haga sentir más que un leve cosquilleo en la espalda"
Sos consciente de que tu rostro está ardiendo, sos consciente de que tus mejillas tardaron apenas una fracción de segundo en teñirse de un rojo tan furioso que es casi violeta, sos consciente de que tu corazón está latiendo muy rápido dentro de tu pecho y chocando con tus costillas, sos consciente del brillo refulgiendo en tu mirada, sos consciente de tus palmas temblando ligeramente mientras acariciás el lomo de Bonnie, que está recostada sobre tu regazo hecha un ovillo.
Chasqueás la lengua otra vez (una costumbre que probablemente él te haya contagiado) y una sonrisa tímida se despliega en tus labios.
"¿Tan obvia fui?" te interesás en saber, la sonrisa tímida expandiéndose un poco más hasta alcanzar una oreja y luego la otra, el color carmesí en tu rostro volviéndose un poquitito más intenso.
Martina ríe suavemente; es casi como un suspiro hecho carcajada. Por primera vez ante tus ojos se parece a una chica de diecinueve años 'común y corriente' y no una egresada de Harvard que actúa como una mujer de cuarenta años atrapada en el cuerpo de alguien mucho más joven.
"Soy buena leyendo a las personas" se encoje de hombros "Es parte de mi trabajo"
"También es parte del mío, observar e interpretar lo que las personas piensan o siente, si mienten o dicen la verdad, si están ocultando algo o si ya no tienen nada más que confesar. Sin embargo, creo que tus capacidades de lectura cuando se trata de seres humanos van un poco más lejos que las mías" reconocés humildemente "porque más allá de que te diste cuenta de que estaba preguntándote si duele porque tengo intención de hacerme un tatuaje también, dedujiste enseguida qué voy tatuarme y dónde"
"Tu relación con mi hermano es clandestina, por carencia de un término mejor para describirla. Es un secreto bien guardado. Me parece perfecto que mantengan la vida profesional separada de la vida privada; es realmente muy sano, lo sé porque yo también trabajo con mi novio, y aunque la nuestra es una circunstancia distinta, aunque toda la oficina sepa qué relación me une a él, también me gusta que tengan en claro que de la puerta para afuera somos una cosa, pero cuando la puerta se cierra y quedamos dentro somos meramente dos abogados que trabajan para la misma firma. Tony y vos fingen ser sólo compañeros a diario, por una cantidad determinada de horas y en presencia de una cantidad determinada de empleados a los cuales tienen bajo su cargo, y hacerlo debe llevarles un esfuerzo considerable. No creo que una mujer inteligente como vos fuera a arriesgar todo tatuándose en un lugar visible algo que evidencie la verdadera naturaleza de su historia con su jefe"
Su razonamiento tiene lógica, mucha lógica, y es acertado.
"Escribir con tinta imborrable sobre el cuerpo el nombre de la persona que amás encierra un fuerte grado de intimidad; no es sólo un nombre, en realidad, es mucho más que eso: es lo que da significado a tu vida gravado en tu piel para siempre. En opinión de muchos, la historia de las personas, el camino que recorrieron, todo eso puede verse en sus rostros, sus arrugas, sus expresiones, las líneas de la cara. Yo opino distinto: llevamos las cargas en la espalda, nos doblamos bajo el peso de nuestras vivencias, nos erguimos cuando defendemos aquello en lo que creemos; es en la espalda donde las personas en las que confiamos y nos traicionaron clavaron un puñal, en la espalda quedan las marcas de los que nos golpearon cuando menos lo esperábamos, en la espalda se escuchan los sonidos que hace nuestro corazón al latir y los pulmones cuando respiramos. También es el lugar al que dirigen sus manos los que saben exactamente cómo aliviar malestares con sus caricias. Cada circunstancia que afrontamos, todas ellas se dibujan en nuestra espalda de un modo u otro; visibles o invisibles, están ahí. Todos ven nuestro rostro, por eso es tan fácil esconderlo tras máscaras, fingir, disfrazarlo, maquillarlo, tanto en sentido figurado como literal. La espalda es un punto extremadamente vulnerable y sólo puede verla aquél delante del cual nos animamos a deshacernos de la ropa. La espalda es un lienzo que permanece blanco sólo durante el segundo previo al primer llanto; una vez que nacemos, no hay día que pase sin que algo nuevo sea escrito en ella. Tony es tu otra mitad, la conexión con el pasado lleno de heridas que de a poco él va sanando, y la conexión con el futuro que van a construir los dos, uno apilando ladrillo sobre ladrillo con la única esperanza de contribuir a la felicidad del otro. Cualquier peso que Dios ponga sobre vos, ahora es de Tony para cargar también; si estás enamorada de él tanto como pienso que lo estás, entonces tus respiros y tus pulsaciones también son suyos, y también lo es cada pedazo de tu historia ya escrito o por escribir. Probablemente lo hayas decidido inconscientemente sin pensar en ninguna de estas cosas, pero tiene sentido, para mí, que quieras tener su nombre tatuado en tu espalda"
El silencio cae luego de que esas palabras abandonen sus labios, todas ellas dichas mientras seguía concentrada alternando su presencia de un sitio de la cocina a otro para realizar diversas tareas: cortar o picar diferentes ingredientes, controlar las cuatro salsas que están cocinándose al fuego, rayar un pedazo de parmesano, actuando como si estuviera hablando de algo trivial, algo sin importancia, contando una anécdota o haciendo un comentario sobre una película que vio en el cine, cuando la realidad es que aquello que acaba de decir fue una radiografía armada con palabras que captura exacta y precisamente tus sentimientos, sentimientos que llevás muy hondo dentro de vos.
Todo aquello indescifrable que sentís corriendo en tus venas, alimentando tu corazón, nutriendo tu alma, todo eso que simplemente es tan crudo, tan profundo, tan inexacto y tan difícil de definir, eso que sólo vos comprendés porque sólo a vos te envuelve, eso que se parece tanto a una magia blanca desconocida para cualquier experto en hechicería, eso que se parece demasiado a una madeja que solamente tiene sentido para vos pero que no podrías explicar ni aunque lo intentaras, Martina supo traducirlo bellamente, incluso señalando pequeños detalles, pequeñas cosas – con sus analogías, con sus metáforas, con la poesía que naturalmente fluye de su costado bohemio y que se mezcla con su poderosa intuición y capacidad de leer a las personas como si fueran libros abiertos de par en par con todos sus contenidos expuestos – que vos nunca habrías sabido cómo materializar usando tu intelecto y tu voz para darles una forma más real, menos etérea.
"Tu análisis fue… correcto y brillante" admitís pasados unos segundos, aun tratando de recuperarte de las sensaciones que te sacudieron el alma al oír a otra persona hacer una descripción tan puntual de emociones que vos no podrías describir si tuvieras que sentarte con un lápiz y papel e intentar plasmarlas en un lenguaje legible y comprensible para toda la humanidad.
"Gracias" contesta ella, abriendo uno de los cajones para buscar un palo de amasar.
"Pero no me dijiste cómo te diste cuenta de qué iba a tatuarme" señalás, sonriendo cuando se despiertan las mariposas que viven en tu estómago ante la perspectiva de la locura que llevás algunos días pensando en cometer y que pronto vas a llevar a cabo.
"Esa parte fue fácil, Michelle" la joven confiesa encogiéndose de hombros antes de empezar a atacar uno de los bollos con el palo de amasar para dejarlo tan liso, plano y fino como posible "Te tiembla la voz cuando mencionás algo que directa o indirectamente tiene que ver con mi hermano; es un temblor tan ligero que no creo ninguno de los dos lo haya percibido, pero así como puedo leer lo que las personas dicen, también sé leer cómo lo dicen"
Otra vez sentís las mejillas ardiendo. Temblás por dentro cuando te referís a él directa o indirectamente, es cierto, pero nunca se te hubiera ocurrido que ese temblor en tu alma encuentra la manera de colarse en tu voz y envolver las frases que suben por tu garganta, mucho menos que fuera – al menos para un solo par de oídos sobre la faz de la Tierra – meramente perceptible el poder que tiene tu amor por él hasta en el modo en que hablás y te expresás.
Es abrumador, darte cuenta de la fuerza impresionante que reside en tu interior, esa fuerza que en el lenguaje común y corriente se llama 'amor' pero que es mucho más grande, imponente, magnífica y mágica que lo que cuatro letras combinadas podrían alguna vez resumir o lo que miles de poetas, músicos, escritores, artistas y ensayistas han intentado atrapar en sus obras pero no lograron plasmar adecuadamente porque sólo pueden entender lo que es estar esclavo de un sentimiento tan maravilloso que domina por completo cada pequeña acción aquellos que son esclavos y jamás pensarían en volver a recuperar su libertad porque no sabrían cómo vivir de otro modo.
Ese amor es un todo que reside separado en dos mitades, una dentro de vos y otra dentro de él. Y puede que se necesite el ojo clínico de una superdotada para que sea percibido, puede que para el resto de la población mundial sea invisible, pero es cierto que ese amor toma consistencia en cada palabra que decís, cada respiro que das, cada latido de tu corazón, cada pensamiento que fluye en tu cabeza, cada gota de sangre que corre por tus venas, cada mirada, cada reflexión, cada suspiro.
"Serías una gran agente federal, Martina" te limitás a decir, chasqueando la lengua otra vez, agradeciendo en parte que la chica esté de espaldas a vos ahora porque eso significa que no puede ver lo sonrojada que estás y lo terriblemente amplia que es tu sonrisita tonta de enamorada (aunque viniendo de Martina Almeida, te da la sensación de que no te sorprendería si le crecieran ojos en la nuca y pudiera ver sin necesidad de voltearse; además, intuís que sabe muy bien que estás colorada como un tomate, no hace falta que se gire para cerciorarse) "Sos terriblemente observadora"
No te contesta directamente, sino con otro comentario que evidencia sus poderes de observación, su fuerte intuición y extraordinarias dotes deductivas:
"Mi hermano no sabe absolutamente nada de tu idea de tatuarte, ¿cierto?"
"No" admitís "¿Creés que no va a gustarle?" te animás a preguntarle, sabiendo que podés tomar en seria consideración la respuesta que ella te dé desde su punto de vista.
"Mi hermano es el hombre más posesivo que conozco" es todo lo que se limita a decir, antes de sumirse en un silencio pensativo que preferís no interrumpir, porque a veces el silencio cuando es cómodo y se comparte con una persona en la que se confía es bienvenido para pensar y para descansar la mente.
Esas nueve palabras bastan para que crezca en vos la seguridad de que escogiste un complemento perfecto para tu regalo de Navidad.
"Tony…"
El murmullo se cuela por entre tus labios cuando ya han pasado un par de horas de tu conversación con Martina en la cocina; la cena ha sido ya hace rato devorada (nunca antes habías probado pizzas tan extravagantes, todas ellas exquisitas), de la ensalada de frutas que había para el postre no quedan más restos, las visitas ya se fueron temprano luego de tomar rápidamente una última taza de café, y están los dos solos en la quietud del departamento, acurrucados en el sillón, la sala de estar sumida prácticamente en penumbras, la única luz aquella tenue y casi mortecina que arroja la lámpara de pie que se encuentra a un costado.
"¿Qué pasa?" inquiere, su voz suave, tierna y dulce sofocada por tu piel, pues sus labios están reposando sobre ese punto en tu cuello en el que puede sentirse tu pulso, ese sitio hipersensible sobre el que le encanta dejar caer besos inocentes cada noche mientras te acuna para que te quedes dormida protegida por sus cálidos brazos que te envuelven posesivamente, comunicándote con el lenguaje de la piel que jamás va a dejarte ir y que le perteneces legítimamente, como él te pertenece a vos.
"… Me divertí mucho hoy"
Conversar con Martina te hizo bien; de a poco tu relación con ella va transformándose en una amistad, no como las que tuviste a lo largo de tu vida, las cuales eran todas por interés (por interés de los otros, claro, que se acercaban a vos porque eras la mejor alumna, tenías las mejores notas y tus proyectos y trabajos prácticos siempre sobresalían), sino una amistad sana. Y te hizo bien esa sensación de estar en familia, esa sensación antes desconocida de reunirte con personas que se preocupan las unas por las otras y disfrutar de la cena entre chistes, anécdotas, risas, disfrutar del afecto, de poder ser vos misma sin que nadie te juzgue, de sentirte apreciada y tenida en cuenta.
"Yo también" sentís sus labios curvándose en una sonrisa, y automáticamente sonreís vos también.
"Gracias por darme una familia" murmurás, dejando que tus manos se pierdan en su cabeza, acariciándolo despacio, desordenando su cabello oscuro, buscando con la yema de dos de tus dedos ese huequito detrás de su oreja donde le gusta que lo mimes.
"Siempre que me tengas a mí vas a tener una familia, Michelle"
"Una familia es todo lo que siempre quise" confesás "Mi papá se fue, mi mamá también…"
"Tu papá no se fue, Michelle" susurra en tu oído, envolviendo sus brazos alrededor de tu cuerpo con un poquito más de fuerza "Él no te abandonó…"
"Ya lo sé" sentís tus ojos humedecerse, pero estás decidida a no arruinar una noche tan linda poniéndote a llorar por tu papá muerto "Pero en cierto modo se fue" reflexionás en voz alta.
"No porque haya querido, Michelle" él te asegura.
Es algo tan obvio y tan racional que deberías poder entenderlo vos misma, porque sos una mujer adulta e inteligente; sin embargo, lo que tu cerebro entiende no siempre puede ser comprendido por el corazón.
"Tu papá nunca te hubiera dejado si hubiera podido evitarlo; él hubiera preferido quedarse con vos, con tu mamá y tu abuela…"
Tragás con dificultad. No querés ponerte a llorar. No querés que te gane la nostalgia. No querés que te asalten los recuerdos. No querés empezar a pensar en todo lo que podrías haber tenido, lo felices que podrían haber sido si tu papá no hubiera muerto. No querés que te gane la angustia. No querés deshacerte en sollozos. Simplemente querés quedarte acurrucada en sus brazos, respirando su perfume, sintiendo los latidos de su corazón en tu espalda, sus caricias en tu cabeza, sus besos en tu cuello, contenta y orgullosa de vos misma por haber comido pizza sin sentir un gramo de culpa por cada gramo de comida viajando por tu garganta a tu estómago. No deberías haber mencionado la palabra 'familia', porque ahora estás arriesgándote a entrar a terreno emocional altamente comprometido, pero no pudiste impedir que las palabras escaparan de tu boca porque cuando estás con él la honestidad fluye, porque no hay nada que le ocultarías, porque cada pensamiento sostenido dentro de tu cabeza inmediatamente lo compartís con él, porque sentías la necesidad de darle las gracias por permitirte tener un poquitito de todo eso que siempre soñaste.
Sin embargo, los sentimientos siguen moviéndose dentro de vos. Nunca tuviste realmente alguien con quien hablar de esto, y desahogarte conversando con él, mostrándole las distintas marcas y heridas en tu alma te ayuda, es parte del proceso de sanación, es parte de aprender a convivir con el pasado, es parte de la calidez que se expande por cada rincón de tu cuerpo cuando pensás que ya no estás sola, que ya no debés afrontar todo sola, que el peso que Dios pone en tu espalda para cargar ahora también es cargado por el hombre que te ama y que te cuidaría y protegería de cualquier mal con su propia vida si fuera necesario.
Por eso continuás volcando los contenidos de tu corazón, pero aun sin animarte a echarte a llorar; es importante que aprendas a hablar de estas cosas sin romper en llanto, es importante que aprendas a controlar tus emociones, tus nervios.
"A veces me arrepiento de haber sido injusta con mi abuela. Ella me dio la familia que pudo; yo no pude apreciar eso del modo en que debería haberlo apreciado, y sólo cuando crecí pude ver realmente con nitidez todos esos sacrificios que ella hizo por mí, para que yo tuviera un futuro, para que yo tuviera la mejor vida posible, a pesar de las circunstancias" seguís conteniendo las lágrimas; tus ojos están húmedos y arden, pero no vas a dejarlas caer " Nunca fui desagradecida, nunca dije una palabra que pudiera herirla, pero una parte dentro de mí siempre deseaba lo que los otros tenían: un papá, una mamá, cuatro abuelos, hermanos con los que jugar…"
Y yo no tenía nada de eso.
Hacés una pequeña pausa, dejás que el silencio que cae en la habitación te envuelva, te concentrás por un momento en los latidos de su corazón y en el calor que emana de su cuerpo.
"Yo sólo tenía a mi abuela, porque mi mamá y Danny nunca fueron muy constantes y ambos en cuanto pudieron se marcharon, con la diferencia de que Danny regresaba de tanto en tanto cuando se le acababa el dinero" reprimís una risa amarga que danzó por unos segundos en la punta de tu lengua y por poco se escapa "Lo poco que tenía nunca me pareció suficiente" admitís con culpa "… Sólo comprendí todo lo que iba a perder durante los últimos días de su vida…"
Dejás de hablar, porque ya estás dejando de hacerlo con coherencia, porque las palabras ya no tienen mucho sentido, porque en cualquier momento tu voz puede quebrarse, porque estás decidida a no llorar, porque estás cerca de traspasar el punto en el que hablar es un alivio para cruzar al punto en el que cada palabra se convierte en una puñalada en el estómago y cada nueva frase una vuelta al cuchillo dentro de la herida.
Simplemente te sumís en silencio.
"Tu abuela estaría profundamente orgullosa de la nieta que crió" te dice al oído, acariciándote por dentro con cada palabra "Y tu papá estaría orgulloso también, y muy agradecido con su madre por haber contribuido a que te convirtieras en la mujer maravillosa que sos hoy. No creo que hayas sido injusta con tu abuela, Michelle; cualquier criaturita desea tener un papá y una mamá, cualquier criaturita hubiera sentido y pensado lo mismo que vos. No hay reemplazo para un padre y una madre" podés sentir el nudo que se formó en su garganta al decir esas palabras; es el mismo nudo que se forma en tu garganta al escucharlas, y que no lográs disolver por mucho que te esfuerces en tragar "Tu abuela hizo esfuerzos y sacrificios para compensar otras carencias, y eso es algo que merece la gratitud eterna que siempre vas a sentir hacia ella. Pero no debés sentir culpa por haber deseado tener lo que los otros tenían, Michelle; no debés sentir culpa por haber deseado tener un papá y una mamá como los demás chicos, una familia como las demás"
"Siempre sabés exactamente qué decir para hacerme sonreír" la frase es acompañada por una risa tan suave que se siente en el aire como un suspiro, una de esas risas que ayudan a liberar tensiones y que se llevan consigo parte del enorme peso que debe ser cargado sobre hombros demasiado frágiles y vencidos ya, pero que siguen dispuesto a acarrear lo que el destino les arroje.
"No hay nada que quiera tanto como verte sonreír, Michelle" sus labios dibujan desordenadamente besos en le piel desnuda del sitio exacto donde empiezan a confundirse hombro y cuello "No hay nada que quiera tanto como darte una familia" agrega luego en un susurro.
"Me hace bien escucharte decir esas cosas" susurrás, girando despacio hasta quedar cara a cara con él, ambas cabezas reposando sobre la misma almohada, la punta de una nariz rozando despacito la punta de la otra, sus manos acunando tu rostro, sus ojos hundiéndose en tus ojos como si todos los secretos del Universo estuvieran escondidos en tu mirada, vos haciendo lo mismo porque creés que todo lo que necesitás saber está escondido en la suya.
"¿De verdad te divertiste hoy, Michelle?" pregunta, pasados algunos minutos en silencio, acariciando tu cabeza con las yemas de sus dedos, desordenando un poco tu masa de rulos indomables.
"Muchísimo" sonreís, e inmediatamente sus labios espejan tu sonrisa.
"¿Mi hermana no hizo ningún comentario inapropiado mientras estuvieron conversando en la cocina?" se interesa en saber, levantando una ceja en gesto de curiosidad "Tiene cierta tendencia a hablar demás… y a veces sus acotaciones sarcásticas y su aire de superioridad pueden ser molestos y chocantes…"
"En lo absoluto" le asegurás "Tu hermana y yo nos llevamos muy bien, es entretenido hablar con ella, sabe todo sobre todo, tiene una inteligencia aguda, dice cosas interesantes y elocuentes… y es terriblemente observadora…"
"Probablemente haya señalado un millón de pequeñas cosas y hecho un millón de pequeños comentarios…"
"Es cierto" le das la razón "¿Querés saber qué me dijo?" inquirís, sin dejar de acariciar sus mejillas con el dorso de una de tus manos y su cabello con la otra.
Asiente despacio con la cabeza, casi imperceptiblemente; aunque no hubiera notado el leve movimiento hacia abajo y hacia arriba, habrías podido saber la respuesta de todos modos porque está escrita en sus ojos, en su mirada, en su expresión.
"Me dijo que está contenta porque se da cuenta de que te amo tanto como vos me amás a mí y que está tranquila porque sabe que yo haría cualquier cosa para cuidarte y que sería incapaz de lastimarte porque preferiría morirme antes que hacerte daño" dejás que las palabras se deslicen por entre tus labios como un murmullo suave, como si fueran música, una melodía que lo envuelva como sus palabras te envuelven a vos cuando él te habla en momentos tan sencillos pero tan íntimos "Me dijo que nunca antes te había visto tan feliz. Me dijo que cree que te hago mucho bien…"
Te detiene antes de que puedas seguir hablando.
"Todas esas cosas son verdad" acaricia con su pulgar la sonrisa dibujada en tus bellísimas facciones orientales, recordándote sólo con su tacto lo hermosa que le parecés y lo mucho que te adora por sobre todo lo existente en la faz de la Tierra y en el Universo "A veces quisiera gritárselas al mundo entero" confiesa "para que sepan que no me importa absolutamente nada mientras esté con vos"
Entendés que – entre líneas – está hablando sobre sus padres y sus otras dos hermanas. Sabés leerlo muy bien, y te das cuenta de que aunque no los mencione directamente es a ellos que está haciendo referencia cuando dice que le gustaría poder gritar para que comprendan que no le hace falta nada y que nada le importa si te tiene a vos.
"Pero dudo que entendieran" prosigue "y realmente no me interesa intentar explicar lo inexplicable" se encoje de hombros "Tal vez estas cosas tan especiales sólo pueden entenderlas los genios como mi hermana, y me parece que no existen muchos"
"Tu hermana es única en su especie…"
Ambos ríen con ganas, pero luego su mirada se torna seria y más profunda que antes.
"Vos sos única en tu especie, Michelle"
Ese susurro es lo último que escuchás antes de que tu boca quede atrapada por su boca, sus labios mordiendo tus labios, su cuerpo en un rápido movimiento encontrando la forma de acurrucarse encima del tuyo, cuidando siempre no lastimarte, distribuyendo su peso para que no quedes aplastada (aunque realmente morir asfixiada, sofocada debajo de él no te molestaría en lo absoluto). Instintivamente tus manos recorren su espalda, luego suben a su cabeza para desordenar más su pelo oscuro, y luego regresan a vagar por su espalda sin rumbo fijo, simplemente deslizándose de un punto al otro tratando de seguir el ritmo de las caricias que sus manos están desparramando por todo tu cuerpo y que están arrancándote suspiro tras suspiro.
Cualquier motivo de tristeza o recuerdo agridulce se desdibuja rápidamente, dando paso a una sensación que te invade de pies a cabeza, una sensación cálida que entibia cada rincón de tu cuerpo y que viaja por cada recoveco de tu anatomía en forma de mariposas que baten sus alas muy fuerte provocándote cosquilleos, escalofríos placenteros y agradables temblores que se parecen a pequeñas descargas eléctricas subiendo y bajando por tu columna dorsal.
Envuelta en sus brazos y bajo el efecto que su tacto tiene en vos te sentís completa, absolutamente completa, como si nada te faltara, como si tu alma hubiera encontrado una pieza que llevaba tiempo buscando, como si tu corazón de pronto hubiera hallado a su otra mitad. Él es tu otra mitad, su corazón es el complemento de tu corazón, su alma es el complemento de tu alma. Los dos son un todo dividido en dos partes, dos partes que se fusionan una con otra cuando ustedes dos se fusionan en besos que expresan más de lo que cualquier palabra alguna vez podría llegar a resumir.
Son dos mitades que encajan a la perfección, dos mitades que encajan divinamente, porque fueron hechas para complementarse la una a la otra, para formar las dos un entero. Tu cuerpo y su cuerpo están hechos a medida para amoldarse uno al otro como las piezas de un enigma que sólo tiene sentido si ambas mitades se unen.
Él es tu otra mitad, y vos su otra mitad, los dos una sola alma, los dos un solo entero, y todo cobra sentido cuando se pierden en besos y caricias, cuando se hablan con el lenguaje de la piel, cuando sus corazones laten al unísono y sus almas se mezclan en cada suspiro que abandona sus labios.
"¿En qué estás pensando?" murmurás, acariciando su espalda y recordando lo que Martina te dijo unas horas atrás sobre lo vulnerable que es aquella parte del cuerpo que no podemos ver con nuestros propios ojos y en donde se va escribiendo poco a poco nuestra historia, con cada circunstancia vivida, con cada obstáculo, cada victoria, cada situación afrontada.
"En todas las cosas que quisiera poder darte" es su respuesta, susurrada con dulzura mientras las yemas de sus dedos recorren las facciones de tu rostro, esas facciones que ya conocen de memoria, esas facciones que tan bien él ha dibujado con sus propias manos en esas noches pasadas en vela perpetuando en papel lo que él ve como exótica, abrumadora hermosura, esas facciones que se iluminan verdaderamente cuando él recorre tu rostro con sus manos como está haciéndola ahora.
"Tengo absolutamente todo lo que necesito" respondés, enterrando la cabeza en su cuello para besar un punto especialmente sensible, poniendo cuidado para no aplicar demasiada fuerza con los labios y después dejar una marca en algún sitio visible que no pueda ser cubierto por la ropa (por suerte el clima un poco más frío que de costumbre acompaña tus mecanismos para esconder los rastros de sus mordidas, porque si la temperatura fuera un poco más alta te verías realmente ridícula con un sweater de cuello alto).
"Hay pedazos de mi mundo que me gustaría regalarte" murmura, tomando tu cabeza entre sus manos para impulsarte despacito hacia arriba, guiándote hasta que quedan otra vez nariz con nariz, las dos cabeza reposando sobre la misma almohada, tus ojos y sus ojos el espejo favorito del otro, tu boca y su boca a apenas centímetros de distancia.
Notás en su mirada algo nuevo, algo distinto, algo que no tiene nada que ver con el deseo concentrado que brillaba un rato atrás mientras los besos y las caricias los consumían poco a poco. Es algo diferente, algo que no sabrías exactamente cómo describir, algo tan profundo que te mueve por dentro, algo tan profundo que lo sentís abrasándote, quemándote, inundándote, recordándote que podés experimentar esas emociones fuertes que él experimenta porque están unidos, conectados, porque vos sos su mejor mitad y él es tu mejor mitad, porque los dos son uno solo divido en dos partes. No encontrás una palabra que te sirva para expresar esa maraña de sensaciones que ves enredadas en sus ojos, y que sentís enredándose dentro de vos.
"¿Qué pasa, Tony?" inquirís, intuyendo que algo está fuera de lugar.
"Hay un pedacito de mí que quiero darte, pero temo que al hacerlo podría revolver en vos heridas viejas que nunca cerraron, causarte daño, causarte dolor" confiesa "Y eso es lo que menos querría, Michelle" sus manos se entierran en tu cabello otra vez, tus rulos desordenados e indomables enredándose en sus dedos.
Un gesto de confusión es visible en tu rostro, no porque no lo comprendas (sería imposible que no lo comprendieras, porque él es tu otra mitad, tu alma gemela, ese otro pedazo sin el cual te sentís vacía, incompleta, carente de propósito, carente de sentido) sino porque no se te ocurre qué es aquél pedacito suyo que a él le gustaría regalarte pero que teme revuelva dentro de ese montón de lastimaduras que no van a cerrar y que, aunque no duelen porque él sabe exactamente cómo sanarlas, permanecen siempre latentes.
"Ninguna acción tuya puede hacerme daño" murmurás, besando la punta de su nariz "Tu amor es la principal defensa que utiliza mi sistema inmunológico emocional; es imposible que me causes dolor" le asegurás, frotando tus manos en su espalda para infundirle calor y tranquilizarlo "No hay nada en vos que no me haga bien"
"Mi mayor temor respecto a esto es clavar un puñal en la herida que estoy tratando de ayudarte a cerrar…"
"Confío en vos íntimamente, mi amor" prometés.
"¿Hasta el cielo ida y vuelta?" inquiere, una media sonrisa jalando sus labios.
"Hasta el cielo ida y vuelta muchas veces" le asegurás, tomando una de sus manos entre las tuyas y llevándola a tu boca para poder besar la palma y las yemas de los dedos repetidamente "Hasta que seamos viejitos y estemos llenos de arruguitas" seguís "Hasta que te aburras de mí y…"
"Nunca voy a aburrirme de vos" te interrumpe "Nunca"
"Entonces yo nunca voy a dejar de confiar en vos íntimamente"
"Le pedí a Martina que recuperara esto para mí" te explica, luego de haber regresado de su dormitorio con una caja de cartón marrón del tamaño de una donde fácilmente entraría un par de zapatos "Es una de las razones por las que vino hoy, en realidad" distraídamente rasca el costado izquierdo de su rostro ": necesitaba que nos viéramos para que pudiera darme esto. Me escabullí cuando las dos estaban conversando en la cocina para sacarlo del baúl de su auto"
"Sabés que sos demasiado dulce, ¿cierto?" murmurás, rozando sus labios con tus labios muy despacio en forma de un beso totalmente inocente pero igual de significativo que aquellos que son largos, profundos y suceden en medio de arrebatos apasionados.
"Vos me inspirás para actuar así" es el murmullo que encuentra a tus oídos, al tiempo que sus mejillas enrojecen considerablemente y su mirada se desvía hacia el suelo por algunos segundos.
"Me encantaría saber qué pedacito de tu mundo está escondido dentro de esta caja"
La curiosidad está creciendo poco a poco, lentamente, y miles de ideas están cruzando tu cabeza; quizá son copias de todas esas fotos que te mostró cuando estuvieron de visita en Chicago. Te encantaría tener todas esas fotos suyas de cuando era una criaturita que se entretenía jugando con el camión de bomberos de su hermano mayor, disfrazándose de astronauta, construyendo edificios deformes con bloquecitos de plásticos o vistiéndose de cocinerito para ayudar a su abuela a preparar el almuerzo los domingos. O tal vez sean los videos de todas las obritas de teatro en las que participó, o películas caseras en las que él aparece jugando con sus hermanitos o haciendo esas cosas adorables que hacen los nenes cuando todas sus preocupaciones están reducidas a enfrentar cada día desafíos nuevos en su tarea de ir descubriendo de a poquitito lo maravilloso que es el Universo. Sin embargo, aunque hay una parte que está fuertemente convencida de que es alguna de esas dos cosas lo que te aguarda una vez que destapes la caja, otra parte insiste en que no tienen mucho sentido tus especulaciones, porque en ninguna de ellas encaja correctamente lo que te dijo respecto a que tiene miedo de clavar un puñal en la herida que desea sanar.
Posás dos de tus dedos a cada lado de la caja sin que él te diga nada, dispuesta a abrirla para ser sorprendida por lo que sea que se halla dentro. Casi en cámara lenta ocurren tus movimientos, y segundos antes de hacer a un lado la tapa de cartón color marrón claro, sentís sus labios rozando tu mejilla, dibujando besos apenas perceptibles y tan tiernos que tu boca se inunda de un sabor dulce que nace dentro tuyo y parece emanar de las maripositas que van de un lado a otro en tu estómago haciéndote cosquillas con el batir de sus alas.
En el interior de la caja se encuentra una mantita prolijamente doblada. Sería un insignificante pedazo de tela para muchos, pero no para vos. Para vos es todo menos un insignificante pedazo de tela.
Para vos sí tiene un significado, un significado profundo, un significado que va mucho más allá de lo que cualquier persona que echara un vistazo a los contenidos de esa caja podría entender. Sabés exactamente la historia que se esconde detrás de esa mantita, sabés exactamente qué vínculo la une a tu propia historia, y en un súbito arrebato de comprensión finalmente entendés lo que quiso decir cuando expresó su miedo de hacerte mal sin intención.
Emociones encontradas se mezclan en tu pecho y en tu cabeza, un nudo se forma en tu garganta e inmediatamente sentís una tanda de lágrimas frescas agolpándose en tus ojos, incluso si te habías prometido a vos misma que esta noche no permitirías que tu costado emocional saliera a la luz y provocara un ataque de llanto. Tus manos tiemblan ligeramente, también tus labios, y podrías jurar que sentís un estremecimiento en el alma. Demasiadas memorias, demasiados recuerdos, demasiados pensamientos, todos ellos aparecen de golpe ante tus ojos, como fotografías borrosas, películas viejas que se han echado a perder, recortes de diario amarillentos, canciones desafinadas de las que nadie se acuerda la letra. Momentos puntuales, palabras que no han sido olvidadas aunque hayan sido dichas mucho tiempo atrás, miradas, gestos, reviven de golpe en la pantalla de cine que tenés en la cabeza, y empiezan a reproducirse como un compilado de situaciones sueltas a lo largo de los años en las que se repite un mismo tema cual si fuera un vínculo que las une en una larga cadena que se estira como la cinta de un casete en desuso cuyo contenido nadie debe volver a oír y por eso está siendo destruido.
"Lamento no haberla detenido, Michelle" tu abuela te había dicho en una oportunidad, cuando apenas le quedaban días de vida y no podía levantarse de la cama, cuando las horas para ella transcurrían en el mundo de los sueños y sólo por pocos minutos lograba juntar las fuerzas para que su cerebro se reactivara y la llevara de regreso al mundo real, en el que se inmiscuía para hablar con vos desde su lecho de muerte, con su voz antes autoritaria y firme convertida en un susurro suave apenas audible que se volvía más y más frágil a medida que la muerte se cernía sobre ella arrancándole poco a poco cada gramo de vida, su enfermedad consumiéndola como los gusanos se comen los cuerpos que son enterrados una vez que adentro ya no está el alma.
"¿De qué estás hablando, abuela?"
Ya te habías acostumbrado a que divagara, a que - como lo hacía tu madre en sus momentos de delirio o cuando estaba muy borracha - hablara con fantasmas, con personas que residían sólo en su cabeza, consigo misma, con gente que no existía y que eran producto de su imaginación en sus momentos de menor lucidez. Ya te habías acostumbrado a estar con ella en silencio absoluto y de repente escucharla decir algo incomprensible o murmurar entre sueños; la mayoría de las veces, nunca se dirigía a vos directamente, simplemente se perdía en sus incoherencias, en su propio mundo, en la agonía febril de sus últimos días sobre la Tierra. Por eso te sorprendió que direccionara sus palabras a vos, que te llamara por tu nombre, que te reconociera, cuando la última semana apenas si se había percatado de que estabas sentada junto a ella, tomándola de la mano, aplicando paños fríos a su frente cuando la temperatura aumentaba, dándole su medicina a cada hora, consolándola cuando los dolores se volvían tan terribles que empezaba a gritar, cuidándola como ella muchas veces te había cuidado a vos, los papeles invertidos esta vez.
"Estoy hablando… de tu mamá" esa había sido su respuesta, musitada con desgano casi, sin que sus ojos se movieran del punto fijo en el cielo raso en el que estaban posados.
Sus ojos, tan parecidos a los tuyos, habían perdido el brillo, estaban opacos, parecían vacíos, vidriosos, como las ventanas rotas de una casa abandonada; hacía tiempo que todo lo que allí había era oscuridad, ni un rayo de luz se reflejaba en esa mirada que parecía estar más concentrada en lo que sea que se encuentra del otro lado de la línea que separa a los vivos de los muertos y que ella con cada hora que se escurría por el reloj podía vislumbrar más y más, que en cualquier otra cosa perteneciente al mundo en el que vos te quedarías por mucho tiempo más después de que ella lo abandonara.
La pregunta había dejado tus labios inmediatamente, al tiempo que tu corazón saltaba en tu pecho, se detenía por algunos segundos y luego comenzaba a latir otra vez, desaforadamente, lastimándote las costillas, retumbando dentro de vos, subiendo a tu garganta y luego bajando a tu estómago, repitiendo ese movimiento errado una y otra vez:
"¿Qué pasa con mi mamá?"
Llevabas ocho años sin ver a tu mamá; ocho años habían pasado desde esa mañana de sábado en la que se había marchado con la promesa de regresar recuperada de su adicción, cuando la realidad era que tenía la boca llena de mentiras y ninguna intención de volver con ustedes, con sus hijos, con su familia, que quizá no era la familia que ella había esperado (faltaba la parte fundamental, la pieza clave para que su felicidad fuera posible: su papá. Pero no era culpa de nadie que él hubiera muerto prematuramente. ¿No podía ella tratar de ser feliz con sus hijos y con una suegra que la quería muchísimo y que se preocupaba por ella? Te costaba comprenderla, de verdad te costaba), pero era su familia, una familia que deseaba que ella se recobrara de su alcoholismo, una familia que deseaba que ella se pusiera bien pronto.
Ocho largos años habías pasado preguntándote qué habría sido de tu mamá, tratando de entenderla a través de los diarios que había dejado en esas cajas que tu abuela había tratado de esconder, esos diarios que había decidido no llevarse, como si pensara que así estaba dejando detrás de sí un pedazo de ese pasado tan doloroso, tan cruel, tan triste. Ocho largos años sin verla, y aun su mera mención era suficiente para que tu corazón se detuviera y la sangre se congelara en tus venas, porque una partecita tuya aun guardaba la esperanza de que de pronto una señal aparecería, de que alguien te diría algo, de que la explicación que estabas esperando surgiría, que tu abuela develaría algún detalle simple y de apariencia insignificante que te ayudara a comprender por qué la mujer que te trajo al mundo actuó en contra del instinto materno y te abandonó.
"Debería haberla detenido" tu abuela volvió a murmurar "... Se llevó todas tus fotos, todas las fotos de tu padre... Todos los recuerdos que te quedaban de él... Cuando yo me muera no va a quedar nada que te una a él... Nada que te una a él…"
Y luego había regresado a sus habituales divagaciones, aquellas sin sentido, con palabras que no lograbas interpretar, murmullos inaudibles y frases carentes de toda lógica, los ojos vueltos hacia adentro mirando en su interior, ignorando el exterior, su mente vuelta bruma, sus pensamientos llenos de niebla.
Te habías quedado acurrucada en una silla, en posición fetal prácticamente, los brazos alrededor de tus rodillas. Lloraste amargamente, con las escasas oraciones que tu abuela había lograd hilar resonando en tus oídos, repitiéndose una y otra y otra vez, haciendo que sintieras un fuerte dolor en el pecho, como si una mano invisible estuviera aplastándote con todas sus fuerzas, pensando en aquellas cosas de valor sentimental que nunca vas a recuperar, que tu mamá prácticamente te arrancó para llevárselas consigo, dejando dentro tuyo un vacío enorme que jamás podrá ser llenado con nada, como muchos de los vacíos que su abandono provocó se formaran en tu alma y en tu corazón, enormes como cráteres, agujeros de tamaño descomunal que no pueden ser tapados con nada: álbumes con cientos y cientos de fotos documentando momentos felices que no volverán; dibujos, adornos y manualidades que tu papá había hecho especialmente para decorar tu cuarto; un mechón de cabello que tu papá había cortado de tu cabecita el día de tu nacimiento y guardado luego en un sobre; videos que él había filmado para que cuando crecieras pudieras ver lo tierna y adorable que eras en tus primeros meses de vida; tu mantita blanca, esa mantita blanca con la que te habían abrigado cuando eras una beba, la mantita blanca en la que habían envuelto tu cuerpito ese 1° de agosto en el hospital y que te había acompañado de allí en adelante hasta que te la quitaron, como luego te quitarían casi todo lo demás...
Recordabas bien aquella mantita blanca; solías llevarla a todas partes, y eso enojaba a tu mamá, prácticamente la ponía histérica, porque temía que la mancharas, rompieras o perdieras. Por eso cuando cumpliste cuatro años tu abuela te había comprado otra mantita - una muy bonita de color violeta que aun tenés guardada en una caja junto a una muñeca de trapo que tu papá te había regalado para que abrazaras en tu cuna porque cuando eras una beba te encantaba aferrarte a las cosas y siempre estabas buscando algo a lo que abrazar a la hora de dormir -; la 'mantita nueva' como la llamabas vos era para 'uso diario' como decía tu abuela, para que la arrastraras por todas partes, te sentaras sobre ella cada tarde para jugar con tus bloques y puzles o para dibujar con tus crayones, durmieras la siesta enredada en ella, la llevaras al parque e hicieras las cosas que todas las criaturitas hacen y en las cuales siempre son acompañadas por el objeto aquél al que tienen gran apego, el objeto que los hace sentir seguros y calma su ansiedad, en tu caso un cuadrado de tela llamado 'mantita'. Te habían explicado que era necesario que 'la mantita nueva' reemplazara a la mantita blanca, esa en la que te habían envuelto minutos después de que nacieras, esa que para tu mamá tenía un significado especial, esa con la que tu papá te arropaba todas las noches después de cantarte en voz bajita para que pudieras conciliar el sueño, para no correr el riesgo de que algo le sucediera y ese recuerdo quedara perdido, arruinado; te habían explicado que era importante cuidar esas cosas que te vinculaban con tu papá para que pudieras conservarlas para siempre y así tener un pedazo de él en cada lugar al que fueras. Siempre con una mentalidad adulta y madura, aun con tus escasos cuatro añitos habías comprendido y aceptado sin protestar despedirte de tu mantita blanca y guardarla en una caja donde estaría seguro, e inmediatamente la habías reemplazado volviéndote totalmente dependiente de la mantita violeta, aquella que no tenía un lazo invisible pero fuerte que te uniera a tu papá, pero que te gustaba porque era suavecita, porque el violeta siempre fue tu color favorito, porque tu abuela la había escogido para vos especialmente y porque tu mamá estaba más tranquila y te gritaba menos si te veía jugar con la 'mantita nueva' en lugar de la mantita blanca.
Se suponía que la mantita violeta sería para que usaras todos los días, y que la mantita blanca estaría guardada en una caja con otras cosas pertenecientes a tus primeros meses de vida, cosas que eran tuyas y de nadie más, cosas que te vincularían a tu padre aunque él hubiera fallecido, cosas a través de las cuales recordarlo y sentir su presencia, su amor por vos.
Pero no fue así, porque a tu mamá no le interesaba que conservaras la mantita blanca bien cuidada, que no se rompiera, estropeara, manchara o perdiera para que te quedara ese pedacito de tela representando los once meses que tu papá pudo disfrutarte. Tu mamá tenía razones mucho más egoístas, y esas razones eran que ella necesitaba seguir sintiendo a su esposo de alguna manera, sentirlo con cosas más reales que las alucinaciones que tenía cuando bebía demasiado, cosas tangibles, cosas visibles, cosas que él hubiera tocado, cosas por las que él hubiera sentido cariño, cosas que para él hubieran significado algo.
Al llevarse consigo todas esas cosas que se suponía eran tuyas, el día de su partida tu mamá te había arrancado pedazos de tu infancia, de tu historia, de tu pasado, pedazos que pensabas tendrías siempre con vos para recordar a tu papá, como si tuvieras una partecita de él, como si él siguiera vivo en esas fotos, videos y grabaciones, en esa mantita con la que solía abrigarte con tanto amor para que te sintieras protegida y no tuvieras frío. A tu mamá no le había importado el valor emocional que esas cosas encerraban para vos, se las había llevado igual, aun sabiendo que no volvería, aun sabiendo que estaba desapareciendo de tu vida para siempre, aun sabiendo que estaba abandonándote sin intención de mirar atrás.
Lloraste amargamente esa noche, expresando con esas lágrimas también el dolor que sentías porque tu abuela pronto moriría y te dejaría sola, pero mintiéndote a vos misma diciéndote que no era miedo a lo que el futuro podía depararte lo que había provocado ese ataque de llanto, sino nostalgia pura que te había atrapado por completo al encontrarte enfrentada a memorias que nunca más volverías a ver o tocar, las fotos sobre las cuales tus dedos jamás volverían a pasear como solías hacerlo cuando los sábados por la noche te sentabas con tu abuela a repasar hoja tras hojas de esos álbumes que te encantaba ver porque sentías que a través de las imágenes conocías a ese papá que habías tenido pero que te había sido arrebatado; nunca más volverías a mirar los videos en los que con ocho meses intentabas ponerte de pie sosteniéndote con una silla y él te tomaba de las manitos para que dieras tus primeros pasitos con su ayuda, o aquél video en el que aparecía él acunándote, o esa otra filmación poco antes de su fallecimiento en la que él intenta enseñarte a decir 'papá' y 'mamá' en Japonés, u otra en el que te hacía cosquillas en la panza y vos te reías feliz.
Lloraste pensando que, en un momento difícil como aquél, a las puertas de la pérdida de la mujer que te había criado con tantos esfuerzos y sacrificios luego de la muerte de tu padre, la mujer que había soportado durante nueve años a una nuera enferma, alcohólica y suicida, la que te había cuidado y educado, la que había tratado a tu medio hermano como a su propio nieto a pesar de que ningún lazo de sangre los unía y él no era exactamente un adolescente con el que fuera fácil lidiar, te hubiera hecho bien tener esa mantita blanca a la que abrazabas por las noches cuando eras una nena chiquitita y tenías pesadillas, esa mantita que tantas veces te había abrigado y dado confort y consuelo.
Lloraste amargamente esa noche, observando con tus ojos nublados por las lágrimas a tu abuela revolviéndose en un sueño intranquilo, las pocas fuerzas que quedaban en su vencido cuerpo puestas en tratar de despertar de la pesadilla que estaba teniendo.
Lloraste amargamente porque sentías que todo lo que te quedaba estaba escabulléndose por entre tus dedos como el agua acunada en el cuenco de las manos sin que vos pudieras hacer algo para detenerlo.
Lloraste porque sentías que estabas quedándote vacía, sola, desprotegida, desamparada, y que ni tu inteligencia ni tu madurez te servirían de mucho a la hora de hacer otro duelo.
Lloraste porque lo único que te unía a tu papá, a tu infancia, a tus orígenes estaba a punto de abandonarte, como todos lo habían hecho en cierta medida, fuera contra su voluntad o voluntariamente.
Lloraste amargamente porque ya no aguantabas el peso sobre tus hombros, la cruz que debías cargar sobre la espalda, la enorme mochila llena de preocupaciones y angustia que tenías puesta y no podías sacarte porque alguien debía llevarla, y la única en condiciones para hacerlo eras vos.
Lloraste amargamente porque no tenías cosa alguna que te sirviera de consuelo, algo a lo que aferrarte, algo de lo que agarrarte, algo con lo que sostenerte; lloraste porque sentías que te faltaba una vida de tu vida, una mitad de tu vida que tiempo atrás tu mamá se había llevado, y te daba terror pensar en lo incompleta que te quedarías cuando tu abuela se fuera y se llevara la otra mitad.
Lloraste amargamente porque hubieras deseado que tu madre se hubiera limitado a abandonarte simplemente, sin agregar la angustia aguda y punzante de saber que nunca recuperarías nada que tu papá hubiera amado también, nada que te una a él, nada que te vincule a él, nada que te sirva para sentirlo cerca aunque vos estés en un mundo y él en otro, nada que te dé fe, nada que te haga sentir protegida por ese padre que hubiera dado todo por vos pero que murió prematuramente, nada que te diera la contención que tu abuela no podía darte.
La proyección de esa memoria que dista de seis años atrás acaba de golpe, tan rápido como empezó; esa noche de angustia y dolor extremos, esa noche de llanto desesperado, esa noche en la que sentiste más profundos que nunca los agujeros en tu interior, pasó resumida en segundos delante de tus ojos, pero a pesar de que ni un minuto ha transcurrido vos tenés la sensación de que estuviste sumergida en ese hueco de tu memoria durante horas enteras.
Antes de que puedas articular palabra o siquiera registrar en tu cabeza un pensamiento sólido en lugar de la maraña de fantasmas etéreos que se pelean por tomar el control y digitar qué recuerdo saltará a continuación, es desenterrado del fondo del arcón de tus memorias otro pedazo de tu historia que se remonta a más atrás en la fina línea de tiempo en la que ha sido dibujada tu vida:
Tenías siete años y estabas en tu habitación, sola. Tu abuela te había pedido que fueras allí a dibujar o a hacer los deberes (ya habías hecho los deberes inmediatamente después de que la maestra los diera, en el recreo, para ocuparte con algo y no tener que pensar en lo triste que debías lucir sentada sola en un costado del patio porque nadie quería jugar con vos) porque 'tu mamá estaba un poco nerviosa' y sería mejor que le dieran 'algo de espacio' para que se tranquilizara.
Que tuvieras siete años y obedecieras sin chistar y sin hacer preguntas porque habías aprendido que la clave para llevarte bien con tu abuela consistía en obedecer sin quejarse ni cuestionar no significaba que fueras tonta y no comprendieras lo que realmente se escondía detrás de esas palabras que últimamente estabas escuchando bastante seguido, especialmente desde que tu mamá había dejado de asistir a las reuniones para alcohólicos anónimos (habías aprendido el término luego de escuchar a Danny hablando por teléfono con Sheila, su 'novia del mes' como tu abuela llamaba a las distintas chicas con las que salía); lo que fuera que hubiera estado haciendo en ese grupo de apoyo (aquél término lo habías escuchado siendo empleado por tu abuela) había empezado a dar resultado, pero luego de pronto ella había decidido dejar de concurrir y habían vuelto de nuevo al primer casillero: tu mamá ya no conversaba con vos, ya no dedicaba el tiempo libre a pintar y a dibujar, ya no estaba serena, ya no lucía contenta, ya no podías ir a contarla las cosas tristes que sentías en la escuela porque eras diferente y te discriminaban, ya no podías ir y compartir con ella el contenido de lo que volcabas día a día dentro de la caja imaginaria que ella te había dibujado para que llevaras con vos y dejaras allí lo que hacía que sintieras ganas de explotar en llanto. Era la 'antigua mamá', esa que gritaba, lloraba, bebía, dormía todo el tiempo, se ponía ansiosa y alterada si escuchaba ruidos fuertes, se enojaba con frecuencia y estaba histérica todo el tiempo por nimiedades, esa mamá que necesitaba 'espacio' cuando se ponía 'un poco nerviosa'.
Vos siempre eras obediente y hacías lo que tu abuela te pedía, pero Danny era muy desobediente, siempre lo había sido, jamás hacía caso, jamás se comportaba, y eso tendía a hacer que tu mamá se pusiera mal. Tu mamá y él habían vuelto a discutir con asiduidad, y cuando escuchaste los primeros gritos provenientes del comedor imaginaste que una nueva pelea había comenzado, probablemente por alguna razón demasiado estúpida como para que valiera la pena pelear por ella, pero tanto Danny como ella tenían caracteres fuertes y tendían a chocar el uno con la otra, a veces naturalmente, otras veces a propósito porque necesitaban descargar su ira de alguna manera, y usar al otro para jugar al tiro al blanco siempre les resultaba útil para sacudirse sus frustraciones. No era sano, en lo absoluto, ni para ellos, ni para tu abuela y para vos que quedaban en el medio del asunto, pero eso no les impidió convertirlo en una especie de 'deporte' que practicar cuando estaban fastidiados y llenos de bronca.
Eventualmente, cuando el sonido de sus voces llenaba cada rincón de aquél que se suponía debías llamar hogar, cuando el sonido de sus voces se había alzado tanto que podías sentir los gritos y las palabras hirientes retumbando dentro de vos, te largaste a sollozar, suavemente primero, con desconsuelo después, porque estabas asustada, porque los gritos te daban miedo, porque escucharlos pelear siempre era angustiante, porque deseabas un abrazo pero no había nadie que pudiera darte uno y tenías demasiado miedo de salir de tu habitación para ir a buscar a tu abuela porque no querías que tu mamá te viera o escuchara andar por el pasillo y encontrara algún motivo para desquitarse gritándote a vos y haciéndote sentir poco querida y poco valorada, como si sobraras, como si estorbaras. Por eso, dejando olvidadas las hojas blancas, los crayones de colores y los dibujos de mariposas, te tumbaste sobre tu cama abrazada a tu muñeca favorita (una muñeca de trapo que, de acuerdo con la historia que cuenta tu abuela, tu papá te compró cuando tenías apenas tres días de vida porque quería ser él el primero en regalarte una muñeca) y dejaste que todas las lágrimas fluyeran libremente, con la cara enterrada en la almohada.
"Quiero que vuelva mi papá" habías murmurado; las palabras habían salido ahogadas y entrecortadas, los sollozos e hipidos haciéndolas imposibles de comprender, pero estabas segura de que Dios en el cielo las había entendido "Quiero que vuelva mi papá… y… y… le diga a mi mamá que ya no grite más…"
Entonces habías recordado – sin dejar de llorar desesperadamente, con la cabeza partiéndose al medio de dolor, los gritos tan fuertes como antes (o más, quizá), el enojo de Danny y tu mamá y el veneno en las frases que se arrojaban el uno a la otra in crescendo, asustada, sola y triste – lo que tres años atrás tu abuela te había explicado sobre la mantita blanca que sería mejor guardar junto con todas tus otras cosas de cuando eras bebé, para que no se estropeara ni ensuciara: era importante que conservaras siempre esa mantita, porque entonces fueras a donde fueras, hicieras lo que hicieras, pasara lo que pasara, tendrías siempre un pedacito de él al cual aferrarte, un pedacito de él tangible y visible a través del cual recordar lo mucho que te amaba, lo mucho que quería cuidarte, lo mucho que le gustaba arroparte en las noches para que no tuvieras frío y protegerte de cualquier cosa que pudiera hacerte mal.
Se te había ocurrido que tal vez si tomabas la mantita un rato y la abrazabas, si te aferrabas a ella como solías hacerlo cuando tenías tres años y temías a las tormentas, te sentirías mejor, menos sola, más aliviada, cuidada por tu papá que seguramente estaba mirándote desde el cielo. Tu abuela probablemente se enojaría si se enterara (ni hablar de tu mamá), pero valía la pena intentarlo; luego volverías a doblarla prolijamente y a guardarla en la caja en el estante más alto de tu ropero y nadie tendría por qué saber que la habías sacado de allí.
Con mucho esfuerzo te las ingeniaste para alcanzar ese estante alto y bajar la caja. Al abrirla, la mantita fue lo primero que te llamó la atención, y no perdiste el tiempo examinando el resto del contenido (botitas pequeñas, un biberón de vidrio con dibujos en color rosa, saquitos de lana que le quedarían chicos a tu muñeca, un sobrecito con mechoncitos de pelo, una batita blanca con patitos amarillos bordados) con la curiosidad que habrías mostrado en otra circunstancia. Dejaste la caja a un lado (hubiera sido mucho trabajo volver a guardarla en el estante más alto del placar, luego volver a bajarla para guardar la mantita y después por tercera vez volver a depositarla en su sitio), volviste a acurrucarte en tu cama en posición fetal y dejaste que tus manitos se aferraran a la tela tan fuerte que tus nudillos se pusieron blancos como la tiza. Seguiste sollozando, tratando de ignorar la pelea que todavía estaba teniendo lugar entre Danny y tu mamá, prometiéndote que sólo demorarías un minuto más en guardar la mantita otra vez antes de que alguien entrara a tu habitación y descubriera que habías desobedecido.
Aferrarte a la mantita con tus dos manitos como si tu vida dependiera de eso te había ayudado a tranquilizarte. Sin embargo, exhausta, agotada física y emocionalmente, acabaste quedándote dormida, el llanto desapareciendo de a poco sin que te dieras cuenta de que cada vez eran más y más espaciados los temblores, la discusión apagándose lentamente hasta que tus oídos se llenaron de silencio y tu cabeza adolorida se relajó y la inflamación que sentías en el cráneo disminuyó de a poco, permitiendo que cayeras envuelta en un descanso que no podría haber sido descripto como totalmente sereno pero que al menos te permitió desconectarte de la realidad que tanto te había angustiado.
Nunca vas a saber exactamente si dormiste una hora, media hora o menos de diez minutos. Lo que sí vas a recordar siempre es cómo despertaste.
Sentiste dolor cuando tu mamá te agarró del cabello y jaló con fuerza hasta que quedaste en posición sentada (mucha fuerza no debe haber necesitado, en realidad, porque siempre fuiste liviana como una pluma); abriste los ojos de inmediato, y confundida miraste a tu alrededor. Todavía tenías los dedos de las manos cerrados alrededor de la manta, tu rostro estaba rojo, húmedo y lágrimas secas manchaban tus mejillas regordetas. La confusión y sensación de estar desorientada duró apenas una milésima de segundo, porque la bofetada que tu madre te propinó fue suficiente para que te despejaras de golpe.
"¡Te dije mil veces, Michelle, que no debías tocar esto!" gritó, con la mirada cargada de furia, los dientes apretados, lágrimas de rabia contenidas, totalmente fuera de sí, histérica y, al parecer, con deseos de seguir desquitándose con vos ahora que ya no estaba peleando con Danny "¡Te dije mil veces que no tocaras esto, Michelle!" repitió, sus palabras perforando tus oídos.
Tu corazón había comenzado a latir desaforadamente contra tus costillas, haciéndote daño en el pecho. Sentías algo revolviéndose en tu estómago, como si una criatura viva estuviera contorsionándose dentro de vos; eran nervios. Nervios y un poco de miedo, porque podías sentir el olor a alcohol en las ropas de tu mamá, y aunque tenías siete años comprendías que no era bueno que ella bebiera, que le hacía mal, que la ponía triste algunas veces pero muy violenta otras, y en ese momento estaba especialmente violenta.
"Perdón" atinaste a musitar, tartamudeando; tu voz sonó como un susurro seco, áspero "… Perdón…" repetiste, al tiempo que una tanda de lágrimas frescas comenzaba a rodar por tus mejillas; una de ellas te ardía terriblemente, pues ahí tu mamá acababa de golpearte.
"¡No sirve que pidas perdón!" había seguido gritando, aparentemente aun más encolerizada por tus intentos de disculparte "¡No sirve de nada que pidas perdón, criatura inútil!" gritaba, zamarreando tu brazo con fuerza y sacudiéndote, forcejeando para que soltaras la mantita que seguías aferrando "¡Esta es una de las pocas cosas que me quedan de tu papá!" su voz estaba ronca y rasposa, probablemente le doliera muchísimo la garganta después de haber estado discutiendo con Danny, pero eso no impidió que siguiera gritándote "¡Pero a vos no te importa! ¡No te importa!" continuaba zamarreándote, y vos querías pedirle que se detuviera, querías gritar que estaba haciéndote daño, pero no te salían las palabras, estabas demasiado asustada "¡Sos una estúpida, Michelle, una estúpida y una inútil!" repetía sin cesar "¡¿No entendés cuando se te dicen las cosas? ¡¿No entendés que tu papá está muerto y que es muy poco lo que me queda de él como para que vos lo ensucies con tus lágrimas como si no valiera nada, como si fuera un… un pedazo de tela cualquiera? ¡Esto no es un pañuelo para que te limpies la cara, idiota!"
Sin pensarlo, en un acto estúpido tal vez, quizá en un acto reflejo, habías encontrado las palabras que se acumulaban dolorosamente en tu pecho y habías logrado que subieran por tu garganta. Pero inmediatamente después de contestarle a tu mamá te arrepentiste de haberlo hecho, y deseaste más que nunca haberte mordido la lengua y soportado en silencio que te gritara tanto como le viniera en gana, que te zamarreara, que te maltratara, porque cualquier cosa hubiera sido mejor a lo que siguió después de que le dijeras, alzando tu vocecita infantil tanto como pudiste:
"¡La mantita es mía, no tuya!"
La bofetada sonó fuerte, tan fuerte que hasta te dio la sensación de que mucho después de que la palma abierta de su mano se estrellara contra la misma mejilla en la que te había pegado antes aun seguía haciendo eco el ruido sordo. Pero el cachetazo no había sido lo peor. Lo peor fueron las palabras. Las palabras lastiman más que la violencia física, muchísimo más; los golpes duelen más en el alma que en el cuerpo, es cierto, pero el dolor que infligen las palabras es mil millones de veces más dañino, siempre.
"¡Tu papá nunca amó a nadie tanto como me amó a mí, ni siquiera a vos! ¡Todas estas cosas que significaban algo para él… deberían ser mías… no tuyas, porque él me amaba más a mí! ¡Él me hubiera elegido a mí…! ¡Todas estas cosas deberían ser mías…! ¡Vos sos una criatura estúpida que no podría entender…!"
Parte de esas frases eran incoherencias, carecían de sentido, o al menos vos no lograbas encontrarles uno, pero realmente te hizo mal escuchar a tu propia madre vociferando enojada e histérica que tu papá la quería a ella más de lo que alguna vez llegó a quererte a vos. ¿Acaso las personas no pueden tener en su corazón amor para dar a todos los seres que les importan? ¿Por qué tu mamá tenía que hacerte daño mintiéndote, si vos comprendías que tu papá había querido a su familia por igual y que si hubiera podido escoger hubiera preferido quedarse con ustedes, con vos, con tu hermano, con tu abuela, con tu mamá?
"¡¿Tan estúpida sos, Michelle, que no te entra en la cabeza que no tenés que tocar estas cosas porque sos una torpe y las podés arruinar…?"
"¡Elizabeth, basta!"
Aquél grito que había perforado el aire había nacido de tu abuela, quien lucía igual de enojada que tu mamá pero por otros motivos; estaba temblando de pies a cabeza con ira, tenía los ojos entrecerrados y las manos en sendos puños. Una partecita tuya se había preguntado por qué había tardado tanto en aparecer para defenderte, pero lo cierto es que no habían pasado siquiera dos minutos desde que tu mamá había entrado a tu habitación y te había encontrado durmiendo abrazando la mantita blanca que para ella guardaba un significado tan grande que no quería que nadie la tocara.
"Michelle no te hizo nada, Elizabeth" le había dicho calmamente, con el tono que utilizaba siempre que necesitaba tranquilizarla.
"¡No te metas!" había murmurado entre dientes apretados, sin atreverse a mirar a su suegra, sin sacarte los ojos de encima "Es mi hija, yo hago lo que quiero con mi hija… ¡Si quiero pegarle, puedo! ¡Si quiero castigarla, puedo! ¡No te metas, porque es mi hija!..."
"¡También era la hija de Kyo, y él no hubiera querido que la maltrataras cada vez que te agarran unos de tus ataques!"
Tu memoria se vuelve confusa, como si faltaran piezas, como si hubiera partes borradas. Recordás apenas que tu mamá desvió su atención hacia tu abuela y acabó discutiendo largo rato con ella mientras vos llorabas hecha un ovillo en un costado de tu cama, arrepentida por haber desobedecido, dolida por todas esas palabras hirientes. Recordás apenas que en su furia tomó los dibujos que habías estado haciendo esa tarde para romperlos en pedazos antes de salir de tu habitación dando un portazo detrás de sí, tu abuela pisándole los talones para reprenderla por haberse permitido salirse de control otra vez y echado por la borda todos sus esfuerzos para recuperarse.
Sacudís la cabeza casi violentamente, como si estuvieras tratando de ahuyentar memorias, fantasmas, retazos del pasado que se acercan arrastrándose lentamente con sus sombras gigantescas cerniéndose sobre vos con el propósito de envolverte, atacarte, ahogarte, nublarte los sentidos hasta que caigas entumecida e inconsciente.
Hay una lágrima solitaria que traza su camino desde tus ojos hasta tu boca, dejando su rastro en tu mejilla. Una única lágrima, porque con cada onza de fuerza que posees estás tratando de evitar subirte a esa montaña rusa emocional en la que venís dando vueltas y vueltas en los últimos días – por un motivo o por otro -, incluso si sentís el desgarro expandiéndose lentamente de una punta de tu alma a la otra, pero no vas a aflojar, no vas a dejar que te quiebre.
Porque tenés motivos por los cuales convertir las lágrimas tristes en lágrimas de felicidad cuando ya no quepan en tu pecho y sea necesario que las dejes fluir. Porque el significado de aquello que encontraste al abrir la caja – haya sido un segundo o una hora atrás no podrías saberlo porque el tiempo ha dejado de correr con normalidad – es mucho más grande que el que cualquier persona le otorgaría a un trozo de tela, es mucho más grande porque vos sabés que ese trozo de tela tiene una historia, que no es un trozo de tela simple, común y corriente, que es un pedazo de su vida, un pedazo de él, un pedazo que quiere darte a vos para tratar de sanar heridas que le confesaste tenés y que nunca han sanado, heridas que se relacionan a tu infancia, a la muerte de tu papá, al abandono de tu mamá, a la pérdida de todas esas cosas que para vos guardaban un valor emocional enorme y que ella se llevó, dejándote sin aquellos recuerdos a los cuales aferrarte y de los cuales sacar fuerzas.
Porque aunque dentro tuyo se hayan despertado miles de emociones tan fuertes que por algunos segundos te falta el aire, todo el alivio que necesitás se halla en el hecho de que con ese gesto tan dulce él está demostrándote que no importa cuánto hayas llorado en el pasado, no importa cuántas veces te hayas sentido sola e incomprendida, no importa cuántas veces te haya maltratado tu mamá con sus palabras y sus acciones en esos momentos en los que su cordura se diluía aun más y perdía la razón (querés pensar que nunca lo hizo a propósito, que nunca quiso hacerte daño a propósito, querés pensar que simplemente estaba muy enferma y no tenía ni idea de lo que estaba haciendo cuando sus brotes psicóticos aparecían), no importa el daño que cargás sobre tus espaldas, no importa tu temor al abandono: lo único que realmente tiene valor es que hay una persona cuyo pasado, presente y futuro te pertenecen, una persona que daría todo por vos, alguien que movería cielo y tierra para verte feliz, alguien que sacrificaría hasta la última gota de sangre corriendo por sus venas por vos, y estaría dispuesto a entregarte pedacitos enteros de su mundo para iluminar los rincones oscuros que hay todavía en el tuyo.
Porque tiene mayor peso en la balanza de las emociones que él esté regalándote algo tan tierno, algo que tiene un vínculo único con esa infancia por la que siente tanto apego, que cualquier recuerdo que pueda aparecer repentinamente en tu cabeza y que tenga relación con las cosas que tuviste que sufrir, cosas que nunca más vas a tener que pasar porque ya no estás sola, porque ahora tenés quien te proteja de absolutamente todo, porque ya no te sentís vacía, porque ya no te sentís incompleta, porque tenés esa otra mitad que siempre te hizo falta y sin la cual no podrías volver a vivir porque es lo único de lo que dependés, lo único que precisás, lo único que te resulta fundamental para existir, es otra mitad que te complementa, es otra mitad que representa el resto de tu existencia y el final feliz que van a escribir entre los dos.
Sí, emociones agrias se han despertado de golpe dentro tuyo al ver lo que la caja contiene, emociones que han traído consigo como el río que arrastra los cuerpos arrojados después del crimen memorias en las que tratás de no pensar, memorias que llevás dentro de vos pero que intentás ignorar. Pero nada puede compararse con la dulzura que nace desde el fondo de tu alma y que se expande por todo tu cuerpo, inundándote de calidez, sanando el dolor, sanando las heridas, actuando como la cura perfecta, la medicina perfecta, el remedio indicado, calmándote como ninguna otra cosa podría calmarte, transformando en lágrimas de felicidad las que cualquiera creería son lágrimas de tristeza, haciendo que te sientas más amada y apreciada que nunca.
Muchos verían esta escena y no la entenderían, pensarían que es ridícula, estúpida, incluso infantil, que es imposible que un pedazo de tela que tiene más de treinta años de antigüedad despierte estas sensaciones en una mujer adulta, que tu inestabilidad emocional es demasiado grande y demasiado grave si una simple mantita blanca ordinaria como cualquier otra (o eso ellos pensarían) te afecta con esta potencia. No te importaría la opinión de los otros, porque lo que tiene relevancia es que ustedes dos se entienden sin necesidad de usar palabras, ustedes dos comprenden lo que eso significa y por qué tiene el significado que ambos le dan, ustedes dos entienden por qué sienten lo que sienten, ustedes dos comprenden lo que para el resto de la humanidad podría resultar incomprensible, ustedes dos entienden cada párrafo que va agregándose a la historia.
Sentís su pulgar barriendo otras lágrimas que han empezado a deslizarse por tus mejillas sin que vos hagas nada para detenerlas, porque sabés bien que esas lágrimas son la expresión visible y tangible de emociones mucho más hermosas que el dolor provocado por esos recuerdos súbitos que te atacaron de golpe al abrir la caja y mirar en su interior. No estás llorando por nostalgia o por tristeza. Estás llorando porque lo amás con locura y no podés entender cómo es que Dios decidió bendecirte con un amor tan grande y tan maravilloso.
Con dos de tus dedos rozás apenas la tela blanca; se siente suave, a pesar del paso del tiempo. No podés evitar la sonrisa cargada de ternura en la que se curvan tus labios al pensar que esa mantita una vez envolvió al cuerpito inocente e indefenso de la criatura que crecería para transformarse en el mejor hombre que conocés, al que más admirás, aquél al que amás por sobre todas las cosas y que te ama tanto que caminaría sobre agua y pondría las manos en el fuego por vos, el hombre con el que vas a pasar el resto de tus días, el que va a ser el padre de tus hijos, el que te hace feliz con cada mirada y con cada palabra, el que representa el fin de tu trayectoria, porque ya no tenés que seguir buscando o esperando a que llegue un príncipe azul que te haga sentir como una princesa.
"Michelle…" escuchás su voz murmurando tu nombre y la piel de tu cuerpo se eriza automáticamente.
Te gustaría hablar, te gustaría responderle, pero no podés articular palabra alguna, no se te ocurre qué decir o cómo decirlo, e incluso si pudieras hilar tus pensamientos y darles forma para luego hacer que el sonido suba por tu garganta e impacte contra el aire, realmente dudás de tus capacidades para lograrlo.
Sus labios besan aquellos sitios en los que quedaron las marcas de las lágrimas, con una suavidad y una delicadeza que te deshacen; luego de haber recordado la violencia con la que tu mamá – borracha, enloquecida, controlada por sus problemas psiquiátricos, fuera de sí, sin intenciones de hacer daño como te repetís a vos misma – te zamarreó aquella vez, es hermoso sentir que alguien te trata como si fueras la criaturita más frágil y preciosa sobre el Universo, la criaturita más frágil y preciosa de su Universo.
"Cuando me contaste que tu mamá al… irse" agrega esa última palabra casi dubitativo, como si temiera cometer un error al hacer referencia al abandono de la mujer que te trajo al mundo, como si temiera causarte el mismo dolor que una daga clavándose en tu estómago causaría mencionando aquél hecho en tu vida que te marcó casi como ningún otro "se llevó tu mantita de bebé, me angustié mucho" hace una pausa luego de esa confesión tan íntima, tierna y profunda "A nadie debería quitársele el derecho a conservar pedacitos que lo conecten a su infancia" murmura en tu oído, rodeándote con sus brazos "Me hace mal todo lo que te hace mal, por eso pensé que…"
Comienza su explicación, pero las palabras se pierden en su garganta y no logra completar la frase, por eso debe volver a empezar:
"… Pensé que…" retoma, luego de tragar con dificultad, pero las palabras vuelven a perderse mientras él trata de expresar con el lenguaje hablado lo que vos entendés porque lo sentís en el cuerpo sin necesidad de que se lo comuniquen a tu cerebro.
Esa oración tampoco es completada. Esa oración queda suspendida en el aire, inconclusa. Intenta formular una vez más un conjunto de frases hiladas con coherencia, y esta vez lo consigue:
"Michelle, si pudiera tomar cada gramo de dolor que tuviste que sentir, si pudiera quitarte cada experiencia triste por la que hayas tenido que pasar, lo haría. Si pudiera darte todas las cosas de las que careciste, incluso si eso significara quedarme yo sin nada, lo haría. Si hubiera una forma posible mediante la cual pudiera darte una infancia con un papá y una mamá, una mascota, amigos de verdad, sin nada que te lastime, sin nada que te haga daño, lo haría, Michelle. Renunciaría a absolutamente todo si eso bastara para que el tiempo retrocediera y tuvieras una niñez distinta, renunciaría a todo sin pensarlo dos veces…"
"Ya lo sé" murmurás, acariciando su mejilla con el dorso de tu mano "Pero todo lo que viví valió la pena, todo lo que viví valió la pena porque me condujo a vos. Si desde el principio estaba destinada a este final, entonces no me importa, y nunca querría volver atrás…" las palabras se precipitan de tu boca, saliendo a borbotones.
Pero él te silencio acariciando tus labios con su índice para sellarlos y hacer que guardes silencio y lo escuches.
"No puedo cambiar el pasado, no puedo retroceder el tiempo, no porque no quiera, sino porque es ilógico y físicamente imposible" escuchás un suspiro escapar de su boca; tu pulgar roza sus labios muy despacio, apenas tocándolos "Pero algo que sí puedo hacer es darte pedacitos de mi pasado que representen lo mucho que te amo y lo mucho que desearía ser capaz de cambiar todo aquello que alguna vez te hizo daño, de quitarte toda la angustia que debés cargar, de borrar todas las marcas dejadas por las situaciones familiares que tuviste que afrontar vos solita" cerrás los ojos al sentir el tacto de las yemas de sus dedos recorriendo tu frente, tus mejillas, tus párpados "Quiero darte retazos de mi propia historia para que tengas una prueba visible y tangible de que no sólo sos dueña de mi presente y de lo que me depare el futuro, sino que también es tuyo el pasado, que todo lo significante de esos treinta y tres años anteriores al día en que te conocí es de tu propiedad. Quiero devolverte, en la medida que pueda, todo lo que te haya sido arrebatado" otro suspiro escapa de su boca "Sé que no es lo mismo, sé que esto no se compara a las cosas que vos perdiste, no hay pieza que pueda reemplazar las que encajan perfectamente en el rompecabezas que vamos armando con cada día que vivimos… Pero la angustia que no puede diluirse fácilmente, la angustia que no podés arrancarte del todo porque siempre quedan restos, tal vez pueda intentar aplacarla recordándote a través de pequeñas cosas que ya no estás sola, Michelle, que vas a tenerme siempre, que nunca más van a faltarte abrazos o muestras de afecto, que nunca más vas a sentirte como un estorbo o como una molestia… Sé que ésta no es tu mantita, sé que hay vacíos que dejan las cosas más sencillas que son tan grandes que nunca logran llenarse del todo, pero no estoy dándote esto para que juegue el papel de sustituto, Michelle" repite, acomodando algunos de tus bucles detrás de tus orejas, en un gesto que se ha vuelto costumbre.
"Lo sé…" murmurás.
Y luego se quedan ambos en silencio un minuto entero, tus dedos recorriendo suavemente los bordes de la mantita, apenas rozando la tela con las yemas, dejando que tu corazón y tu cabeza procesen todas esas palabras dulces dichas por él, esas palabras que se habían sentido como una caricia al oído y que habían calado muy, muy profundo hasta envolver tu corazón, despertando emociones inexplicables que no guardan ni punto de comparación con la súbita tristeza que te atacó al ver el contenido de la caja pero que se diluyó lentamente – junto con los flashes de esos dos recuerdos que seguían insistiendo en acudir a tu mente – en cuanto él empezó a hablarte, a explicarte quizá con frases que para otros hubieran sonado desordenadas e incoherentes, pero que a vos te tocaron de manera especial, como todo lo que él hace o dice para verte feliz.
"Michelle" otra vez el sonido de tu nombre te sustrae de tus reflexiones, y te estremeces una vez más cuando sus pulgares vuelven a limpiar las lágrimas que humedecen tu rostro "… Perdón si esto despertó recuerdos tristes. No era mi intención…"
Posás tu índice sobre sus labios para sellarlos, para detenerlo antes de que siga hablando, porque no hay motivo alguno por el que debiera estar disculpándose, no hay nada que perdonar, no te ha hecho daño de modo alguno, no tiene por qué estar pidiéndote perdón cuando en realidad ese gesto tan dulce, tan tierno, tan puro acaba de demostrarte una vez más que su amor por vos es sencillamente tan inmenso y tan ilimitado que no habrá jamás manera alguna de describirlo, clasificarlo o calificarlo.
"Dos cosas vinieron a mi memoria cuando abrí la caja" admitís, con voz extrañamente serena teniendo en cuenta que lágrimas siguen cayendo de tus ojos y rodando por tus mejillas como si hubieran abierto dentro de vos un grifo que se quedó atascado y no puede cerrarse "pero cualquier angustia que hayan traído fue inmediatamente opacada por tu dulzura" te inclinás para besar la punta de su nariz, y luego volvés a acariciar sus labios con tus labios "Todos mis vacíos los llenás vos, me completás perfectamente porque sos mi otra mitad" susurrás, acunando su rostro con tus manos, tan pequeñas y tan frágiles a comparación de las suyas, que están dibujando círculos en tu espalda "Pero no necesito que te deshagas de un pedazo de tu historia para demostrarlo" susurrás "No sería justo quitarte esto, porque es tuyo; a mi me arrancaron parte de las cosas que quería conservar para siempre como recuerdo de mi papá y del tiempo que pasé con él - es un tiempo del que no tengo registro en la cabeza, pero sí lo tengo guardado en el corazón" tragás con dificultad " – y por muy tierno que me parezca este gesto, no puedo dejar que me regales…"
Te interrumpe antes de que puedas completar la frase, las palabras perdidas para siempre y reemplazadas por las que él murmura sin dejar de dibujar círculos en tu espalda:
"Es importante para mí que esto sea tuyo…" insiste.
"Tony…"
"En serio, Michelle" sus pulgares otra vez barren las lágrimas que humedecen tu rostro "No trato de reemplazar lo que tu mamá se llevó como una criatura reemplaza con una chapita de gaseosa una pieza perdida en un juego de ajedrez. Este pedazo de tela" acaricia él también con sus dedos, ahora manchados por tu llanto, la mantita que sigue prolijamente doblada dentro de la caja "vale muchísimo para mí, sentimentalmente hablando. Nunca me desprendería de él, Michelle, y lo admito aunque suene ridículo viniendo de un hombre de casi treinta y cinco años" su risa durante algunos segundos llena el aire, y provoca que vos rías también "Esta mantita es mía, pero antes de que esté en Chicago, a cientos de kilómetros de donde ahora yo tengo mi hogar, en el desván de la casa de mis padres junto con una docena de álbumes de fotos y cientos de casetes con filmaciones que sólo mi mamá ve de tanto en tanto, prefiero que esté en nuestra casa, guardada con nuestras cosas"
Besa tus mejillas, tu frente, tus párpados, tu nariz, tu boca, y cada palmo de piel de tu rostro antes de volver a hablar.
"Este pedacito de mí, prefiero que lo tengas vos"
"Tony" te faltan las palabras para expresarte; inhalás y exhalás varias veces pero seguís sin encontrar la manera de transformar en frases los sentimientos "… Sos el hombre más dulce del mundo. Sos mi mejor mitad, lo más lindo que me pasó en toda mi vida, y cada uno de estos gestos tiernos… sencillamente me deshacen por dentro, porque son demasiado hermosos como para poder explicar lo que siento cuando me demostrás que me querés como nunca nadie va a quererme, cuando me das miles de millones de motivos más para quererte como nunca voy a volver a querer a nadie" lográs decir finalmente "… Pero darme esto va a traerte problemas con tu mamá, si ya no te los trajo por llevarte de su casa…"
Te interrumpe otra vez besándote en los labios.
"Son mis cosas" murmura "Son los pedazos de mi historia… Vos sos mí historia, mi mejor mitad, la mitad que se fusiona con el resto y convierte todo lo anterior en un prólogo demasiado largo y aburrido que resume una existencia que se transformó en vida solamente cuando me crucé con vos. Mi existencia empezó acá" señala el trozo de tela ", mis primeras horas las pasé envuelto en esta manta, de ahí es de donde parto, es, por denominarlo de algún modo, mi punto de arranque. A mi me tocó esta mantita; a muchos los espera una cuna de oro cuando nacen, otros tienen muchísimo menos que esto y mueren de hambre antes de siquiera haber podido comenzar a vivir. Estoy agradecido del principio que Dios escribió para mí porque de allí en adelante tuve que afrontar lo malo y disfrutar lo bueno, y no me arrepiento de nada porque todo ello me condujo a vos"
La dulzura con la que está mirando dentro de tus ojos es casi palpable.
"Lo que más agradezco es tenerte a vos, Michelle; vos sos mi final feliz, vos sos el fin de mi trayecto. Si hay algo que aprendí mirando El Rey León con mis sobrinitos" reís y aguantás estoicamente las ganas de besarlo sólo para no interrumpirlo y dejar que termine de hablar, te hundís en el sonido de su risa haciendo el eco de tu risa, y te limitás a simplemente repasar el contorno de su rostro con tus dedos "es que la vida es un círculo, un ciclo. No se sabe cuál es el comienzo de un círculo y tampoco puede discernirse dónde termina, pero lo que es seguro es que en determinado punto, por más que lo desconozcamos, el principio y el final deben tocarse" suspira, acunando tu cara entre sus manos tibias "Éste es el momento en el que mi principio colisiona con mi final. Este es el momento en que las dos mitades de mi vida se encuentran: esta mantita representa todo lo que pasé hasta el día en que nos conocimos, y vos representás todas las cosas hermosas que me quedan por aprender, enseñar y experimentar"
Durante algunos minutos permitís que tu mente se ponga en blanco y que tus sentidos queden totalmente presos bajo el hechizo de sus caricias, sus palabras sonando todavía en tus oídos y haciéndote sentir la persona más especial del mundo.
Éste es el momento en el que mi principio colisiona con mi final. Este es el momento en que las dos mitades de mi vida se encuentran: esta mantita representa todo lo que pasé hasta el día en que nos conocimos, y vos representás todas las cosas hermosas que me quedan por aprender, enseñar y experimentar.
Quizá no haya nacido para ser un poeta, un autor, un músico, un filósofo o un artista, pero es el hombre más tierno que existe y es enteramente tuyo, así como son tuyos su pasado, su presente, su futuro y su eternidad. Es tu poeta, autor, músico, filósofo y artista favorito, porque ya no hay poesía, libro, canción, ensayo u obra de arte que despierten en vos lo que él puede despertar con su sinceridad cruda y su capacidad de causar que te estremezcas, que creas en la magia, en los cuentos de hadas, en los finales felices, en las almas gemelas, en los enteros que fueron divididos cuando Dios sopló y creó el Universo y que están destinados a buscarse para encontrarse nuevamente y volver a unirse, convirtiéndose en uno una vez más, como ustedes dos, que con cada día que pasa van fusionándose poco a poco y que pronto van a volver a ser el alma completa que eran en un principio antes de que fuera partida al medio y metida dentro de dos cuerpos distintos que encajan a la perfección y que por siempre dependerán uno del otro.
"Lamento mucho si esto despertó en vos memorias que preferirías dejar enterradas…"
"Tony, no puedo vivir con todas mis memorias enterradas" murmurás "Tengo que aprender a vivir con la muerte de mi papá, por muy injusto que me parezca haberlo tenido solamente once meses y nunca haber llegado a conocerlo realmente. Tengo que aprender a vivir con lo que mi mamá se convirtió debido a su depresión" inhalás, exhalás. Inhalás otra vez "… Si yo te perdiera" volvés a tragar con dificultad, pero seguís hablando a pesar del nudo que te aprieta la garganta "no sé si no me convertiría en una alcohólica suicida también, no sé si el dolor no me enloquecería también, no sé si no perdería cada onza de cordura también…"
No es un pensamiento agradable, por supuesto, y no querés teorizar sobre escenarios en los que lo perdés, porque no serías capaz de soportarlo, porque te sumirías en una oscuridad de la que no habría retorno, porque perderías la cordura, porque cruzarías todas las barreras y todos los límites y acabarías autodestruyéndote como tu mamá intentaba autodestruirte. Si hay algo de ella que pudiste comprender luego de enamorarte tan perdidamente de otro ser humano, a tal punto que se generó entre ustedes una dependencia que cualquier psicólogo clasificaría peligrosa (no es que te importe ni un poquitito, realmente), es que cuando tu papá murió a tu mamá le arrancaron su otra mitad, un pedazo de su corazón y su alma, a tu mamá le arrebataron lo único que era indispensable para que ella siguiera existiendo. Sería mentir jurar que nunca caerías en el pozo en el que ella quedó sumergida después de perder al hombre de su vida, porque a vos te pasaría exactamente lo mismo, y no te avergüenza reconocerlo. No será el pensamiento más agradable (de hecho, la verdad es que es tu peor pesadilla, tu mayor miedo), pero es un razonamiento realista.
"Michelle…" él intenta interrumpirte, pero posás tu índice en sus labios nuevamente, callándolo con suavidad, pidiéndole con la mirada que deje que termines de hablar, diciéndole que es importante que expreses todo esto que tenés acumulado en el pecho y que necesita ser volcado, eso que necesitás llegue a sus oídos, eso que necesitás compartir con él, porque con él compartís absolutamente todo.
"… Tengo que aprender a vivir con los recuerdos de mi infancia que están manchados con los peores momentos de la mujer que me trajo al mundo, tengo que aprender a aceptar que hizo lo que pudo como pudo y que si falló fue porque estaba enferma y su enfermedad le impedía esforzarse más de lo que lo hizo. Tengo que aprender a aceptar que me quiso a su manera, y que a pesar de los defectos que tuvo como madre, que fueron muchos, no era una mala persona; simplemente era una persona que cargaba desde su niñez una cruz muy grande"
Suspirás; no querés entrar en detalle sobre la penosa vida de tu mamá y todas las cosas que leíste en sus diarios, ya vas a tener tiempo para eso más adelante (después de todo, tenés el resto de tus días en la Tierra para estar con él).
"No es sano que siga metiendo todo eso dentro de cajones cerrados con llave, no es sano que ignore las cosas que me marcaron. Vos estás siendo de gran ayuda para sanar todas estas heridas que siguen abiertas. Ninguna herida es imposible de sanar, y vos sos toda la prueba que necesito para creer que ello es cierto"
"¿Entonces no estás enojada porque…?"
Ni siquiera permitís que acabe de formular la pregunta.
"Ninguna mujer que se llame a sí misma humana podría estar enojada con vos, Tony" frotás tu pulgar sobre su mejilla, dibujando círculos sobre aquél lunar que tiene en el costado izquierdo del rostro y que es apenas perceptible porque su color té con leche se parece demasiado al bronce de su piel "¿Cómo voy a estar enojada con vos, si estás dándome un pedazo de tu vida que vale más de lo que alguna vez voy a poder explicar? ¿Cómo voy a estar enojada con el hombre que me dice que soy el fin de su trayecto? ¿Cómo voy a estar enojada con vos, si con cada día que pasa me enamoro más? ¿Cómo voy a estar enojada con vos, si sos el único final que quiero para mi historia?"
"¿Significa que aceptás quedarte con mi mantita?" acompaña el interrogante una sonrisa.
"Sí" contestás, espejando su sonrisa.
"¿Te convenció el argumento?" pregunta, sus labios a centímetros de los tuyos.
"Me convenció tu hermoso argumento" admitís "y también el amor con el que me mirabas mientras lo decías"
Y luego sos vos la que acorta la distancia, convirtiendo a los centímetros en milímetros y luego extinguiendo a esos últimos.
Son varios los suspiros que se mezclan con los besos, son varias las caricias que acompañan la calidez que inunda tu boca, son muchísimos los pensamientos y reflexiones que se disuelven, son demasiados los susurros que quedan ahogados y deben ser expresados con un lenguaje que no requiere ni palabras ni sílabas ni vocablos.
Sus labios borran de tu rostro los restos de aquellas lágrimas dulces, y cuando tus labios recorren su piel te percatás de que ellos están haciendo lo mismo, absorbiendo la evidencia de que un hombre que para los ojos de todos es egocéntrico y temperamental puede llorar en un momento tan íntimo como fue aquél en el que te dio ese pedacito que representa el principio de su vida jurándote que quiere que lo tengas vos porque sabe que sos su final, ese final que en algún punto del círculo que es la vida siempre va a colisionar con el origen, con el punto de partida, sea éste el que sea.
Se te ocurre, media hora más tarde, acurrucada en sus brazos y adormecida por la sensación del calor de su cuerpo abrigándote y el cosquilleo agradable que provocan sus manos trazando dibujos en tu espalda, que Dios te mando el complemento perfecto, que creó para vos a un hombre que podrá tener muchos defectos pero que definitivamente fue hecho a tu medida, para saber exactamente cómo sanarte, cómo animarte, cómo hacer que veas todas las cosas hermosas que existen, cómo ayudarte a apreciar esos detalles pequeños que el resto pasan por alto, cómo empujarte lentamente para que aprendas a vivir con ese pasado que antes suponías era mejor mantener enterrado. Se te ocurre que Dios decidió que tu camino y su camino se cruzaran para que él pudiera darte todo el afecto, el cariño y los mimos de los que siempre careciste.
Y se te ocurre también que Dios debe tener todos los principios y todos los finales planeados, y que dentro de ese plan está escrito que en determinado punto el comienzo y aquello que marca la coordenada donde la trayectoria acaba deben fundirse, colisionar.
Esa manta representa su comienzo, y vos de su trayectoria sos el final. Y esta noche colisionaron cuando él te la entregó en una caja, cuidadosamente planchada y doblada, y te pidió que la conservaras en el hogar que comparten los dos (no importa realmente de quién es en lo oficial el techo que los cubre: cualquier lugar donde los dos estén juntos, ése es tu hogar, ése es su hogar).
La manta que tu mamá se llevó junto con el resto de los recuerdos que te habían quedado de tu papá representa tu comienzo, y nunca la vas a recuperar para poder dársela a él, que es el final de tu trayectoria. Sin embargo – y este es tu último pensamiento antes de quedarte dormida anidada en su pecho y con una indescriptible paz corriendo por tus venas y haciendo que los latidos de tu corazón sean rítmicos y regulares – como la vida es un círculo en el que en determinado momento el fin y el principio chocan, las heridas infectadas con nostalgia que él sanó hoy con su gesto tan dulce representan el hueco que dejó ese principio que no está en tu posesión para poder dárselo, ese hueco que ya no está vacío porque el hombre que amás y que representa el fin de tu trayectoria llena todos los días con su amor y su ternura.
Ya no te importa tener que aprender a lidiar con todo lo que sucedió desde el principio de tu existencia hasta que lo conociste a él y la oscuridad fue inundada por la luz. De hecho, querés lidiar con ello, querés ir dejándolo todo atrás, querés atar todos los cabos sueltos, querés completar lo que haya quedado incompleto, querés rellenar los espacios en blanco, querés desprenderte de todas las cosas que alguna vez te hicieron mal. No vas a lograrlo en un día, pero con ayuda de Tony vas a conseguirlo.
Podés empezar a lidiar con todo ello de verdad si él está a tu lado, porque tenés la tranquilidad de que lo que viene es mucho mejor, que lo que viene va a compensar la falta de cariño que sufriste, la carencia de afecto, el abandono de tu mamá, las lágrimas derramadas, las preguntas sin respuesta. Porque lo que sigue en esta historia vas a escribirlo con él, y culmine donde culmine, tenés la seguridad de que vos vas a ser su fin, y él el tuyo.
Principio y fin siempre colisionan porque la vida es un círculo, esas fueron las sabias, expertas y profundas palabras de tu persona favorita sobre la faz de la Tierra, aquella de la que dependés para ser feliz, para tener esperanza, para soñar, para sonreír, para sentir.
Principio y fin siempre colisionan, y probablemente sea cierto, porque ustedes dos se encontraron en un principio, no el principio de sus vidas materiales, cuando uno llega al mundo con un cuerpo de carne y hueso que tiene órganos y sistemas que funcionan para mantenerlos con vida. Tu alma y su alma se conocieron en otro principio, un principio ocurrido millones de años atrás cuando el Universo tomó forma y la historia de la humanidad empezó a escribirse despacito, cuando eran un todo antes de ser divididos en dos mitades que en determinado punto de la trayectoria de ese relato interminable volverían a encontrarse.
Tu alma y su alma ya se encontraron, nueve meses atrás cuando ustedes dos se conocieron. Tu alma y su alma ya hallaron a esa pieza que les faltaba, esa pieza que las completa, y lo que les quede a ustedes de vida van a estar una unida a la otra, las dos mitades formando el entero. Ese día, el día en que lo miraste a los ojos por primera vez, descubriste inconscientemente quién sería el fin de tu trayecto, así como a él inconscientemente le había sido revelado quién sería el fin del suyo.
Principio y fin siempre colisionan. Tu alma y su alma destinadas a ser una de la otra desde el principio, vuelven a estar juntas, entrelazadas, y así lo estarán para siempre. El trayecto recorrido solos ya acabó, y ahora lo que les queda es para caminar de a dos.
Principio y fin siempre colisionan, por eso las almas que fueron separadas en dos piezas, en dos mitades, antes de que el mundo fuera mundo, hallan siempre la manera de regresar una a la otra.
