Capítulo 6: Shaka

Grandes cosas se han realizado en pos del amor, pero también grandes equivocaciones. La señora Warren aprendió esto de la peor manera, cuando en su primer año de matrimonio accedió a la propuesta de su esposo para mudarse a la India. En aquel entonces la mujer era joven e ingenua y se entusiasmó con la idea de alejarse de la nublada Londres para adentrarse a una exótica aventura que prometía estar llena de templos, henna e incienso.

Todos los días su esposo le contaba historias de aquella tierra lejana, un mundo novísimo que estaba listo para recibirlos con los brazos abiertos. La joven nación estaba necesitada de gente como él, aseguraba, con experiencia en los negocios y con el capital suficiente para echarlos a andar. La señora Warren tenía que admitir que, después del día de su matrimonio, el día en el que su esposo cerró el trato para convertirse en el accionista mayoritario de una mina de carbón en Calcuta fue el mejor de su vida hasta ese momento.

La mudanza tomó varios meses y el viaje un par de semanas más. Fue durante la larga travesía que la señora Warren comenzó a desencantarse y su paradisiaco sueño se rompió a los pocos días de llegar a la ciudad. El calor le parecía insoportable y los insectos que venían con él eran todavía peores. La comida le parecía indigerible y con un terrible sabor a picante. A diferencia de lo que le habían prometido, pocos de los habitantes hablaban inglés; si bien había varios otros británicos en el vecindario, sus rápidas y superficiales visitas poco podían hacer ante su soledad.

¿Abandonó a su familia por eso? ¡Era una locura! En un principio pensó que su marido opinaría igual que ella y que no tardarían en regresar. Desafortunadamente, el señor Warren pareció enamorarse del extraño país y, en su afán de conocer más de él, comenzó a descuidarla.

La noticia de su embarazo le vino como anillo al dedo. Creyó que enfocándose en el pequeño podría distraerse lo suficiente como para olvidar que estaba a miles de kilómetros de su hogar. E incluso si no, podría regresar a Londres con la excusa de que el calor y los mosquitos perjudicaban la salud del bebé. Su alegría fue tanta que incluso dejó pasar el hecho de que su esposo decidiera llamar a su hijo con uno de los nombres de Buda. Es más, una vez que nació, pensó que Shaka era el nombre perfecto para su ángel de delgados cabellos rubios.

Los primeros meses fueron completamente felices para la señora Warren. Su niño era no sólo hermoso, sino que también sereno. La mujer podía pasar tardes enteras conversando con sus vecinas, cotilleando sobre las últimas noticias inglesas mientras su pequeño era admirado como el más hermoso y bien portado de todos.

Tristemente, el padre del pequeño no tardó mucho tiempo en separarlo de su madre. Convencido de que encontraría el país tan emocionante y maravilloso como él lo hacía, decidió alejarlo de las banales conversaciones femeninas, llevándolo consigo a sus largos paseos dominicales en la rivera del Ganges.

La señora Warren poco pudo hacer ante la insistencia de su esposo de que el niño experimentara todos los aspectos de la vida india. Fuese alimentándolo con horrible comida picante, enseñándole a balbucear palabras en bengalí e incluso llevándolo a visitar templos paganos, su esposo parecía estar dispuesto a que su hijo perdiera cualquier rastro de la nacionalidad de sus padres. Se vio incapaz de recuperar a su niño; su esposo era necio y a Shaka no parecía desagradarle el exótico estilo de vida que su padre había elegido para él. Es más, la mujer casi podía apostar que le gustaba aún más que a su torpe esposo.

Cada día tenía menos contacto con su pequeño y poco a poco volvió a sentirse tan sola como cuando recién llegó al país.

—Los Dyson nos han invitado a almorzar con ellos mañana —le comentó a su esposo un día durante el desayuno—. ¿Me acompañarás?

—No puedo. Le prometí a Shaka que lo llevaría al templo budista.

—Ya podrán ir otro día. Además, lo has llevado todos los fines de semana. Es la tercera vez que nos invitan y ya estoy cansada de excusarnos.

—Puedes ir sola, entonces.

—¿Te has vuelto loco? ¿Te imaginas lo que se diría de mí?

—Eso es lo de menos, siempre te quejas de que nunca sales.

—Al menos permite que Shaka me acompañe. Los Dyson tienen niños como de su edad. Jugar con ellos será mejor para su crianza que visitar esos lugares tan extraños.

—¿Qué opinas tú, Shaka? —preguntó al pequeño que tan calladamente se dedicaba a comer—. ¿Quieres visitar el templo o pasar la mañana con unos niños presumidos que ni siquiera conoces?

—Me gusta ir al templo.

—Eres un tramposo —acusó a su marido—. Ni siquiera conoces a esos pequeños y hablas mal de ellos.

—¿Y qué? Tú tampoco conoces el templo e insistes en que es un lugar horrible. A Shaka le gusta; ha hecho amigos ahí.

—¡Apenas tiene cuatro años! Sólo un ingenuo como tú podría creer que un niño tan pequeño haría amistad con un montón de monjes.

La discusión siguió por varios minutos antes de que Shaka fuese retirado de la mesa por su niñera. Los Warren aprovecharon la privacidad para increparse con aún más cizaña, culminando en la pelea más fuerte que habían tenido desde que se casaron.

Al día siguiente, mientras Shaka visitaba el templo, la señora Warren llamó a su abogado. Estaba decidida a alejarse para siempre de ese horrible lugar. Hablaron durante toda la mañana y concluyeron que no podría llevar a su hijo consigo. Shaka poseía la nacionalidad india y no sería posible llevarlo a Inglaterra sin autorización de su marido. Su esposo era influyente y era poco probable que cediera la patria potestad tras el divorcio.

Decidida a no pasar un mes más en la ciudad de Calcuta, la mujer renunció a su hijo. Regresó a Londres dejando atrás sólo algunas de sus pertenencias, un bonche de papeles de divorcio y a un niño que apenas pareció percatarse de su ausencia.

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—Muy buenos días, señor Warren.

El monje Rajesh recibía con ganas al acaudalado hombre que tanto interés tenía en su modesto templo. Sin embargo, no siempre fue así. En un principio las visitas del inglés le parecían molestas; creía que se trataba de un turista que se entretenía con algo que ni siquiera se tomaba la molestia en comprender. Sorpresivamente, el señor Warren no tardó en demostrarle que se equivocaba. Era un buen hombre con sed de conocimiento y gran y sincero interés en el budismo. Claramente aún no estaba listo para adoptar el humilde estilo de vida requerido para alcanzar la iluminación, pero no por eso le negaría la instrucción. Su deber era abrirle las puertas a todo aquél que se lo pidiera.

Incluso si ese alguien traía consigo a un bebé. De hecho, la constante compañía del pequeño fue el principal motivo por el cual receló del inglés en un inicio. El niño era demasiado joven y temía que con sus juegos y llantos irrumpiera la paz del templo. No obstante, casi inmediatamente se percató de que Shaka era un niño no solo bien portado, sino que poseía sabiduría innata difícil de encontrar en jóvenes o en adultos. Los días con Shaka estaban llenos de interesantes preguntas y largos silencios que le fascinaban. No cabía duda de que Shaka era un alma vieja en un cuerpo joven. El viejo Rajesh estaba convencido de que en pocos años el niño se convertiría en alguien mucho más sabio que él.

Tanto así que cuando el señor Warren le pidió cuidar al pequeño mientras él realizaba un rápido viaje a Inglaterra, Rajesh accedió inmediatamente. No sólo porque le pareció un buen gesto para el hombre que buscaba con desesperación recuperar a su esposa, sino también porque disfrutaba enormemente las visitas del pequeño.

—Buenos días, venerable.

El inglés se inclinó levemente hacia él y le dio una palmadita al pequeño que le acompañaba. El monje arqueó la ceja al notar que Shaka mantenía los ojos cerrados.

—Buenos días, venerable —repitió el niño antes de adentrarse con paso lento al templo.

—Por favor discúlpelo. Se le ha metido no sé qué idea en la cabeza y se rehúsa a abrir los ojos desde ayer en la noche.

—¿Qué idea?

El inglés se alzó de hombros.

—Le pregunté y dijo que no comprendería. Quizá usted tenga más suerte; le tiene mucha confianza.

—Haré lo que pueda.

—Me preocupa que tropiece con algo; aunque admito que es bastante hábil a la hora de caminar. Hasta parece que puede ver a través de sus párpados.

El monje sonrió.

—Cuidaremos de él, no se preocupe.

—Se lo agradezco enormemente. Pensaba dejarlo con su niñera, pero estará más cómodo con ustedes. Regresaré en una semana, dos a lo mucho; con o sin Kate.

—Por favor vaya con cuidado. Lo estaremos esperando.

El señor Warren le ofreció una pequeña maleta con las pertenencias del niño, le agradeció nuevamente su ayuda y se despidió. Tras acomodar las cosas, el monje buscó al pequeño y, tal y como esperaba, le encontró en el amplio salón donde meditaban. Se sentó a su lado e imitó su posición de flor de loto.

—¿Cómo estás hoy, Shaka?

—Bien, venerable.

—Tu padre dice que llevas varias horas con los ojos cerrados. ¿Se puede saber por qué?

—Maya.

Rajesh asintió satisfecho al vislumbrar los motivos tras el extravagante comportamiento del niño. El tejido de maya es la ilusión que aturde el cuerpo físico de los humanos y que les impide concentrarse en el camino hacia la iluminación. Parecía ser que el pequeño creía que con cerrar los ojos podría liberarse de ella.

—La ilusión de Maya es muy poderosa y cerrar los ojos no será suficiente para vencerla. Únicamente si controlas tus pensamientos podrás librarte del engaño.

—Usted dijo que el deseo es la fuente del sufrimiento.

—Así es.

—Los humanos se enredan en Maya porque les ofrece todo lo que desean. Maya se aprovecha de los sentidos para conquistarnos y cierro los ojos porque intenta engañarme a través de ellos.

El monje ya estaba acostumbrado a escucharle hablar de ese modo. Realmente era sorprendente que alguien tan joven poseyera tanto discernimiento y, como había pasado con anterioridad, Rajesh apenas y tuvo el valor suficiente para rebatirle. A pesar de sus muchos años de estudio se sentía desarmado ante el pequeño rubio que aparentaba saber tantísimo más que él.

—Maya es una ilusión porque nos hace creer que somos felices, no porque el mundo no sea real. No debes cerrar los ojos para vencer a Maya. Al contrario, debes utilizar tus conocimientos para controlar tus sentidos al máximo. Controlando tus sentidos controlarás a tu cuerpo y controlando a tu cuerpo podrás liberar tu espíritu.

El niño abrió lentamente sus ojos.

—¿Controlar mis sentidos? —frunció levemente el ceño—. Eso es lo que hago. Decido cerrar los ojos y lo hago.

Mostró sus palabras como ciertas al cerrar nuevamente sus párpados.

—¿Y qué harás cuando caigas de bruces por una escalera?

—No necesito abrir mis ojos para verlo todo, para ver aún más que los demás.

—¿Más que los demás? —preguntó con curiosidad.

El niño asintió para luego sumirse en un silencio que duraría por el resto de la tarde. Rajesh sabía que era inútil tratar de hablar con él una vez que iniciaba sus largas sesiones de meditación. Por el resto del día pensó seriamente en las palabras del niño. Aunque sabía que Shaka era especial, apenas entonces comprendía que era aún más especial de lo que creía.

Al suprimir su sentido de la vista demostró tener capacidades para controlar su sexto sentido. Rajesh se preguntaba cuánto más tardaría en descubrir que existía un séptimo.

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Aioria estaba intrigado por las extrañas historias que escuchaba sobre el aprendiz de Virgo. Decían que fue encontrado por un anciano que alguna vez fue el Santo de Pavo Real y que fue capaz de alcanzar el séptimo sentido casi por cuenta propia. Su padre murió en un accidente aéreo y el anciano aprovechó para tomarlo bajo su instrucción en un templo budista al este de la India.

Decían que era un niño sabio y poderoso, que a pesar de tener siempre los ojos cerrados podía ver más que cualquier otra persona y que no tardaría mucho en convertirse en uno de los Doce. Aioria hubiese creído que todos esos rumores eran simples chismeríos sin importancia de no ser porque su hermano solía contarlos con tanta convicción.

—El señor Rajesh dijo que dejará de ser el maestro de Shaka —comentó una vez durante la cena—. Dijo que solamente Buda podría enseñarle más de lo que ya sabe.

—¿Buda?

—El iluminado. Fue un hombre muy sabio y compasivo que vivió hace muchos años y que ahora es adorado como un dios.

—¿Y lo es?

Aioria rio quedamente.

—Eso no lo sé, pero parece ser que Shaka no tardará en seguir sus pasos. Debe ser un muchacho impresionante. Ese es un motivo más por el cual tienes que entrenar mucho, hermano. Sólo haciéndote más fuerte podrás pelear con él hombro a hombro.

Aioria pensaba Shaka tenía que ser verdaderamente espectacular como para despertar tanta admiración en su hermano. Tendría que trabajar mucho para, algún día, hacerse tan poderoso como él.

Shaka nunca visitaba el Santuario y, a pesar de su interés, Aioria no le conoció sino hasta que cumplió los seis años. Era muy temprano y el aprendiz de Leo apenas se preparaba para enfrentarse a un largo día de entrenamiento.

—Buenos días.

Una gentil voz interrumpió la dedicada labor de abrochar sus sandalias en la escalinata del Templo de Sagitario. Apenas alzó el rostro supo que el delgado niño rubio frente a él era el famoso Shaka del que tanto había escuchado. Vestía un ligero quitón y, a pesar de tener los ojos cerrados, parecía mirarle con mucha atención. El niño despedía una intensa aura que le inspiró confianza y tranquilidad.

—Buenos días —respondió después de varios segundos—. Tú debes ser Shaka.

El niño asintió.

—Y tú debes ser el joven aprendiz de Leo, ¿no es así? —a Aioria le pareció gracioso que se dirigiera a él como joven a pesar de que tenían la misma edad—. He escuchado mucho de tu hermano.

De haber sido otra persona, Aioria se hubiera sentido ofendido por la sinceridad del recién llegado. Era obvio que su hermano era mucho más conocido que él, pero no debió habérselo recalcado con tanta naturalidad. Si lo dejó pasar fue únicamente porque se distrajo con el honor que sintió al ser reconocido por alguien tan famoso como Shaka.

—¿Has venido a ver al Patriarca? —el niño asintió—. ¡Ven al coliseo cuando te desocupes! ¡Podemos entrenar juntos!

Los labios de Shaka formaron una sonrisa indescifrable para Aioria.

—Sólo me quedaré por un par de horas —se inclinó levemente hacia él—. Confío en que seguiré escuchando noticias de ti, joven Aioria.

Tras el enigmático encuentro, el rubio siguió su camino hacia el Templo de Atena.

Aioria se sintió feliz de que el misterioso niño cumpliera todas sus expectativas. Desde un principio se lo imaginó como alguien completamente diferente a lo que conocía y ciertamente era eso y más. A excepción de su hermano, sería el único de sus compañeros al que se atrevería a admirar.

Por supuesto, también sería al que con más ahínco trataría de alcanzar.

Comentario de la Autora: Eh... lo admito, no tengo perdón por haberle dejado el nombre de Shaka. Originalmente no lo iba a hacer... XD pero me pareció un buen modo para denotar lo loco que estaba su papá. La mamá habrá tenido sus problemas, pero si mi esposo decidiera llamarle Shaka a mi hijo, también me divorciaba. Y también me alejaba del niño porque qué pena que tu hijo se llame Shaka Warren. lolz Por favor sean indulgentes conmigo, me pareció algo gracioso.

A lo largo de este fic he procurado que los personajes hablen conforme a su edad, pero no me tomé la molestia de hacer esto con Shaka. Digo... el mocoso habla con Buda... yo creo que está lo suficientemente iluminado.

Cuando hice el research para este capie aprendí varias cosas. En primer lugar, que en Calcuta no se habla mucho inglés (eso me pareció raro porque todos los indios que he conocido saben inglés a la perfección [a diferencia de lo que la RAE nos quiere hacer creer, todos los de la india son indios pero no todos los indios son hindúes); que la ciudad de Calcuta ahora se llama Kolkata; que parece ser que el tipo de budismo que Shaka estudió fue el Vajrayana, es decir, uno de los más fumados que hay; en tercer lugar que, a pesar de que la India fue la cuna de esa religión, en realidad hay pocos budistas ahí (menos del 1%); y finalmente, que el Ganges es verdaderamente largo. ._. No lo sé. Nunca había pensado en esto último. Cuando busqué el escenario de este capítulo sabía que tenía que estar cerca del Ganges (debido a que Shaka veía a los muertos que flotaban en el río) así que cuando lo busqué en google maps me sorprendí al ver que se extiende por prácticamente toda la parte norte del país.

Realmente no tenía un headcanon muy fijo de Shaka. Sólo me había convencido de que sus padres eran londinenses. No más. Fue interesante armar este capítulo en base a eso solamente. Espero que no lo hayan odiado. Shaka no es santo de mi devoción, no porque me parezca un mal personaje, sino simplemente porque no me nace el interés hacia él. Sin embargo, es interesante. Tan interesante que Aioria le admira mucho. Creo que el Aioria pre 12 Casas no se atrevería a considerar digno a ningún otro compañero que no fuese Shaka. Esto me lo imagino tanto por sus comentarios en la mencionada saga, como por lo que se vio en Episodio G. No creo que tengan una relación de amistad (Shaka no parece ser muy amiguero), pero hay respeto mutuo y en el Santuario eso ya es un gran logro.

Eh... y ya porque ya me emocioné. ¡Gracias por la lectura!