NOTA: Otro capítulo con el que estoy profundamente disconforme; ya está volviéndose habitual. Espero poder volver a escribir pronto otro capítulo que me deje satisfecha y contenta, un capítulo que pueda leer y sentir ganas de felicitarme a mí misma (modestia aparte). Éste no me gusta por varios motivos; me hubiera encantado escribir y profundizar sobre ciertos temas, pero no me animé en parte, y por otro lado decidí dejar algunos para más tarde. Hubo detalles que dejé se insinuaran. Muchas cosas fueron escritas varias veces; espero haber revisado bien y borrado y modificado cualquier contradicción existente. Hay partes que me dejaron conformes, otras no. Hay cosas que hubiera deseado escribir de otra manera, pero no sé si mi talento alcanza para tanto. Voy a tratar de mejorar. Les dejo un beso grande, buen fin de semana, y mañana a la mañana voy a tratar de escribir algo cortito y lindo para el capítulo 82.

Advertencia: La calificasión es extremadamente M (quizá esté exagerando un poco y no sea para tanto, pero es definitivamente M).


Distante placer de una mirada frente a otra,

Esfumándose.

Él quiso asegurarse de que a un viernes increíblemente hermoso lo siguiera un sábado increíblemente hermoso (en realidad, él siempre se esfuerza y hace hasta lo imposible para que cada día sea mejor que el anterior, para que cada día se distinga por algo, para que cada día suceda algo inolvidable que puedas guardar en tu corazón). Por eso dejó que durmieras toda la mañana mientras él trabajaba en su computadora procurando no hacer ni el menor ruido para no perturbar tu descanso y no te despertó sino hasta cerca del mediodía cuando el almuerzo estaba casi listo; después de consentirte con una de tus comidas favoritas, pasó la mitad de la tarde acurrucado en el sofá con vos mirando dibujitos animados y luego entre besos y mimos te dio otro regalo para agregar a la lista de hermosas sorpresas que están convirtiendo a diciembre en un mes mágico: otra cadenita de oro (sabe que te encantan), esta vez con un dije redondo hecho de pequeños cristales de diamante y un par de pendientes muy pequeñitos haciendo juego.

"Me consentís demasiado" le habías dicho, acusadoramente.

"Te consiento muy poco, mucho menos de lo que me gustaría" había respondido él.

Más tarde te sugirió que aprovecharan el buen tiempo para ir a pasar algunas horas a la playa, a ese rinconcito desierto al que nunca va nadie, aquél que él encontró tiempo atrás cuando buscaba un lugar para desconectarse de la realidad y contemplar el crepúsculo o el amanecer a solas con sus pensamientos y reflexiones, sin nadie que lo molestara, y que se ha convertido ahora en un escondite secreto que comparte con vos.

Estás tumbada en la arena, de cara al cielo azul intenso, los tibios rayos del sol lamiendo tu piel, los mismos rayitos de luz de los cuales tus párpados caídos están protegiendo a tus delicados ojos. Tu cabeza reposa sobre su regazo y las yemas de sus dedos repasan con suavidad y delicadeza el contorno de tu rostro, una y otra vez, esas caricias dulces e inocentes causando de tanto en tanto ligeros estremecimientos de placer. El mar se agita inquieto a escasos metros de donde ustedes se hallan, la espuma de las olas baña la orilla, el efecto de sus mimos te tiene sumergida en un estado de tranquilidad total, y si pudieras pasar cada momento que te quede de vida así, te considerarías la persona más afortunada del mundo.

"¿Estás quedándote dormida, Chelle?" pregunta en un susurro, besando tu frente y frotando la punta de su nariz contra la punta de tu nariz.

"No, solamente estoy un poquitito más vaga que de costumbre para tratarse de un sábado"

Él ríe. Su risa es uno de tus sonidos favoritos, nunca te cansarías de escucharlo reír, especialmente cuando sabés que sos vos la que le arranca esas risitas que te llenan el alma y te acarician por dentro.

"Me encanta tu risa" suspirás, alzando los brazos y tirándolos hacia atrás para que tus manos encuentren su rostro, dejando que las yemas de tus dedos rocen sus labios y sus mejillas, dejando que bese el centro de tu palma y riendo al sentir cosquillas allí.

"A mi me encanta tu risa"

"A mi me encanta hacerte reír" un segundo suspiro llena el aire, mezclándose con el sonido de su respiración y de tu respiración y con los ruidos del mar "Todavía no puedo creer que el día de ayer sucedió, que no fue un sueño"

Ya ambos deben haber perdido la cuenta de cuántas veces repetiste aquella frase (bueno, él quizá no; a veces tenés la sensación de que presta tan desmesurada atención a cada cosita que decís que podría repetir exactamente palabra por palabra, tal como vos podrías repetir las cosas que él te dice palabra por palabra sin excepción porque la atención que le prestás también es desmesurada); los acontecimientos de la noche anterior aun siguen frescos en tu memoria y hay una partecita tuya que todavía espera despertar de golpe y descubrir que todo fue producto de tu imaginación, aunque exista esa otra parte mucho más fuerte que sabe bien que fue real, que sí pasó y que las memorias acuñadas durante esas horas en las cuales el resto del Universo dejó de existir por completo y todo se redujo a esos instantes de magia pura van a durar para siempre.

"Amo verte tan feliz…"

"Vos me hacés feliz"

Nunca vas a cansarte de estos momentos tiernos en los que desaparecen todas las cosas que pueden hacerte mal, todo lo que alguna vez te hizo daño, todo lo que alguna vez te lastimó, todo lo que puede perjudicarte, todo eso de lo que él te protege y va a protegerte siempre, y son solamente ustedes dos, ustedes dos y nadie más, ustedes dos perdidos uno en el otro, ustedes dos hundidos en ese mundo propio que no comparten con nadie, ese mundo propio donde se habla un idioma que ningún otro ser humano sería capaz de entender porque solamente ustedes pueden hablarlo, porque es para que ustedes dos se comuniquen, un lenguaje que nadie más reconoce porque es un idioma extranjero. Nunca vas a cansarte de los sábados pasados acurrucada en sus brazos sin hacer absolutamente nada, viendo como las horas se escurren por entre las manecillas del reloj, relajada y sonriente porque con cada segundo te das cuenta de lo muy afortunada que sos, porque con cada segundo él te recuerda de mil maneras distintas que ahora tenés una familia, que no vas a volver a estar sola, que no vas a volver a sentirte abandonada.

"Se me ocurrió algo" comenta de pronto, y podés percibir el entusiasmo empapando su voz ": Cuando mi hermana se mude, ella y Andrés van a necesitar al menos un par de días para acomodar las cosas más básicas y ordenar un poco antes de convertir su nueva casa en un lugar más o menos habitable…" señala.

"Podríamos ofrecerles quedarnos con tus sobrinitas un fin de semana entero para que ellos puedan acomodarse tranquilos" te adelantás a lo que él iba a proponer, como si pudieras leer su mente, o como si tus pensamientos estuvieran directamente conectados con sus pensamientos.

"En eso mismo estaba pensando yo" sentís su sonrisa sobre tus labios cuando se inclina hacia adelante para besarte con dulzura "Podríamos llevarlas de paseo, cocinar galletitas caseras, ver películas de Disney…" enumera algunas de las actividades con las que podrían entretenerlas dos días enteros.

"¿Almeida, estoy escuchando bien?, ¿estás ofreciéndote como voluntario para ver películas de Disney?" preguntás en son de broma, sin poder contener una suave carcajada pero sintiendo una cálida oleada de ternura invadiéndote por dentro.

Evita dar a tu pregunta una respuesta directa y elige contestar un interrogante con otro interrogante:

"¿Te gustaría que pasáramos un fin de semana entero con ellas? No quería ofrecerle nada a mi hermana sin antes haber hablado con vos" explica "Tres criaturas dan mucho trabajo, y entendería si…"

Te incorporás despacio – incluso antes de que Tony termine de hablar - hasta quedar sentada junto a él; estás toda llena de arena y tus ropas se han arrugado, pero no te importa. Acunás su rostro entre tus manos y lo besás muy despacio, ahogando sus palabras, tomándote tu tiempo para disfrutar la sensación que recorre tu anatomía cuando su boca y tu boca se pegan una a la otra como si fueran dos campos magnéticos (y es que en cierto modo lo son). Luego, entre caricias y besos esquimales finalmente dejás que tu réplica tome la forma de un susurro muy parecido a aquél de las olas del mar:

"Tony, me encantaría que pasáramos un fin de semana con tus sobrinitas"

A decir verdad, su idea te entusiasma muchísimo. Udine, Catalina y Lara (sobre todo Lara) se ganaron tu cariño de inmediato gracias a la dulzura y aceptación que mostraron hacia vos cuando las conociste en Noviembre en ese viaje de emergencia a Chicago. Eso bastó para que naciera en vos una adoración similar a la que te despiertan tus propias sobrinas, Krissy y Allison. Te encantaría pasar tiempo con ellas, dejando que te peinen y maquillen a su antojo, viendo dibujitos animados en la televisión, haciendo de cuenta que toman el té en tacitas de plástico, dibujando con crayones y marcadores, jugando con sus muñecas y sus osos de peluche. Y también – no podés negarlo - te encantaría ver a Tony interactuar con sus sobrinitas otra vez y pensar que un día van a ser los hijos que vos le des las criaturitas a las que les lea un cuento por las noches después de arroparlos, a las que les enseñe a preparar bizcochuelo de chocolate para que se entretengan un fin de semana lluvioso, a las que complazca accediendo a ver Nickelodeon o alguna película de Pixar como Toy Story o Buscando a Nemo.

"Ahora que van a vivir en Los Angeles vamos a tener oportunidad de verlas muy seguido, y la práctica que nos dé el tiempo que pasemos con ellas va a sernos muy útil para el futuro" te dice, con una sonrisa de oreja a oreja que te da a vos ganas de sonreír y un brillo en sus ojos que refulge con fuerza.

Sabés bien de qué está hablando, sabés bien qué quiso decir. A él también le gusta pensar en las cosas hermosas que van a ir llegando con los años, después de que se casen y avancen en sus carreras lo suficiente para permitirse el lujo de trabajar en la CIA o en Washington en posiciones que no les demanden tener que poner el cuello al filo de la navaja constantemente y entonces puedan pensar en traer un hijo al mundo. A él también le gusta pensar en todas las experiencias lindas que van a vivir los dos, de a dos, siendo uno la compañía y el respaldo del otro, aprendiendo paso a paso, descubriendo paso a paso, tomados de la mano, recorriendo el mismo camino, disfrutando de cada pequeño detalle.

"Me encanta que hablemos sobre el futuro que vamos a construir juntos" murmurás, tus labios a milímetros de sus labios, tus manos acariciando su cabeza y revolviendo su cabello oscuro.

Las yemas de sus dedos recorren lentamente el contorno de tu rostro, con extremada delicadeza, deteniéndose de tanto en tanto para que sus pulgares dibuje círculos en tus mejillas. En su mirada un millón de emociones resplandecen, todas ellas complejas, inexplicables e indescriptibles, todas ellas vos las entendés porque también está arremolinándose dentro tuyo, refulgiendo en tu propia mirada, esa mirada que se halla conectada a la de él, esa mirada que es un espejo a tu alma, así como su mirada es el espejo de su alma.

Luego de algunos segundos de quietud que se sienten como una eternidad, su boca roza tu boca al tiempo que las palabras nacen de su corazón y se visten con su voz, convirtiéndose en sonido justo antes de estrellarse uno contra el otro:

"Vos sos mi futuro, Michelle. Sos el único futuro posible para mí, el único futuro que quiero imaginar"

Besos inocentes se transforman en apasionados cuando ya ninguno de los dos puede conformarse con un simple juego de labios acariciándose con dulzura; el hambre, la necesidad de satisfacer esa adicción de la que nunca van a curarse, la ansiedad, las ganas de saciar una sed insoportable, las hormonas revolucionadas, la locura mezclada en la sangre que hierve en sus venas y acelera los latidos de sus corazones, todo ello se concentra convirtiéndose en una bola de fuego cuyas llamas queman sus anatomías sin mostrar piedad alguna. Cada vez son más y más frecuentes estos ataques imposibles de frenar, y a medida que las pocas barreras que quedan entre los dos (tus miedos, sus miedos, sus nervios, tus nervios) van cayendo, desapareciendo, esfumándose, se vuelven mucho más largos, mucho más profundos, mucho más intensos.

Tus brazos se aferran a él como si tu vida dependiera de ello, como si fuera lo único sosteniéndote, como si fuera lo único que necesitás, como si no existiera otra cosa atándote a la Tierra, como si necesitaras una vez más reafirmar que nada de esto es un sueño del que vas a despertar abruptamente en la soledad de tu habitación cuando la alarma comience a martillar en tus oídos indicándote que es hora de levantarte para hacerle frente a otro día de angustia y locura porque el hombre que amás nunca va a verte como a una mujer porque te ve como a una simple compañera de trabajo y no más que eso. Tus manos recorren palmo a palmo su espalda a través de la tela de la camisa que lleva puesta, sintiendo sus músculos contraerse bajo los efectos de tus caricias.

Uno de sus brazos rodea tu cintura para mantener tu cuerpo pegado a su cuerpo. Su otra mano se posa detrás de tu cabeza para evitar que te golpees cuando, en búsqueda de una posición más cómoda, los dos caen lentamente hasta quedar recostados sobre la arena, la exquisita sensación de su cuerpo cubriendo tu cuerpo causando que tu corazón se saltee un latido y que tu respiración se vuelva un poco más elaborada.

Pierden la noción del tiempo y del espacio rápidamente; cualquier pensamiento en sus mentes se deshace, se derrite, desaparece, se borronea, quedando ambas como un lienzo en blanco listo para ser manchado con las salpicaduras que provoquen los estímulos y las sensaciones que el uno en el otro despiertan cuando están bajo el hechizo de ese deseo incontenible cuya fuerza puede devorarlo todo.

Tus cinco sentidos se agudizan terriblemente, cada uno de ellos pendiente de sus reacciones, cada uno de ellos conectado a los suyos; no hay movimiento de su cuerpo que no sientas, no hay gemido que escape por su garganta que no escuches como si el sonido estuviera vibrando dentro de vos y no a tu alrededor, no hay rincón de tu boca que no esté empapado con el dulce néctar de su boca, tus pulmones han sido vaciados de oxígeno y ahora están llenos con su perfume.

No soportás que la ropa impida que la fricción sea piel con piel; te sentís atrapada dentro de ese simple par de jeans y una remera de algodón. Te sentís asfixiada, sofocada. Rastros de cualquier inhibición o complejo de inferioridad no quedan en tu cerebro, no hay registro alguno de ellos, tenés la cabeza embotada, nublada, desconectada, no podés pensar, sólo podés sentir, y lo que sentís es la necesidad arrolladora de desnudarte y desnudarlo y permitir que la naturaleza siga su curso natural, una necesidad honda que está comiéndote viva, incendiándote.

El movimiento de sus manos te causa temblores involuntarios.

El sonido de su respiración pesada y agitada hace que convulsiones en espasmos.

Sus besos te embriagan.

Sus suaves mordidas te obligan a reprimir todos esos gemidos que pugnan por escapar de tu garganta.

Sus labios rozando aquellos puntos hipersensibles en tu cuello vuelven mucho más cálido y húmedo el cosquilleo entre tus piernas.

Su boca devorándote de a pequeños mordiscos te lleva a aquél estado en el que dolor y placer se confunden uno con otro.

La tensión entre ambos cuerpos va creciendo sin que ninguno de los dos pueda hacer nada para frenarse; sus capacidades de autocontrol fueron reduciéndose en esta última semana con cada uno de sus encuentros íntimos hasta prácticamente extinguirse. Ahora mismo, lo que les queda de autocontrol es poco, muy poco, y la misma pasión que está consumiéndolos también acabará por absorberlo.

Tus patrones de respiración se vuelven cada vez más erráticos; estás casi al borde de la hiperventilación. No podrías recordar ni tu propio nombre en este instante, porque cualquier mecanismo de razonamiento que poseas está temporalmente desconectado, como si hubieran desenchufado tu cerebro, como si hubieran vaciado tu cabeza. Ya no tenés consciencia del lugar en el que estás, no recordás si es de día o de noche, no te importa estar echada sobre la arena porque en tu euforia bien podrías estar flotando, suspendida en el aire.

Tu hambre y tu sed de él ya no pueden ser saciados con besos largos y profundos que te llevan al borde del éxtasis. Tu desesperación por tocarlo hasta lograr que se deshaga en temblores bajo los efectos de tu tacto te produce escozor en las manos y sentís las yemas de los dedos hirviendo. Las caricias posesivas, las mordidas en el cuello y en los hombros para marcar al otro como propiedad, la corriente eléctrica que te sacude y hace tiritar de placer cuando se producen roces entre tu cintura y su cadera, ya nada de eso alcanza para mitigar tus ganas. Con cada dosis que probás, tu adicción crece y se descontrola, y como sucede con aquellos que dependen de una droga (en este caso, él es tu droga) y necesitan incrementar el consumo porque llegado un punto ninguna cantidad les parece suficiente y siempre quieren más y más y más, para vos estos instantes de intimidad en los que juegan a caminar en puntitas de pie alrededor de sus miedos y tu inocencia ya no bastan.

No querés simplemente rozar el cielo con la yema de los dedos: querés tocar el cielo con las manos.

No querés simplemente rayar el éxtasis: querés morir extasiada.

No querés simplemente que su boca se pasee por tu rostro, por tu cuello, tu pecho y tu abdomen y se detenga justo un centímetro debajo de tu ombligo para volver sobre sus rastros y repetir una y otra vez el mismo circuito: querés que te bese en todas partes.

No querés simplemente sentir el peso de su cuerpo cuidadosamente distribuido sobre tu cuerpo, su pecho y tu pecho pegados uno al otro para que tu corazón y su corazón estén cerca y puedan hablar en susurros que suenan como palpitaciones desaforadas pero que en realidad son frases dichas en ese lenguaje incomprensible para cualquier oído humano, ese lenguaje que conocen solamente ustedes, ese lenguaje que jamás podrá ser entendido por otros: querés que tu cuerpo y su cuerpo se vuelvan un solo cuerpo.

Tu firme creencia de esperar hasta después de estar casada para tener sexo se esfumó cuando comprendiste que un anillo en tu dedo anular y papeles que prueben que legalmente un hombre y una mujer que se aman están unidos no hacen gran diferencia, cuando comprendiste que lo importante – lo verdaderamente importante – es compartir ese momento tan especial con la persona indicada en el momento indicado.

Luego entendiste que el momento indicado llegaría, quizá dentro de dos meses, seis meses, un año… Era imposible saber cuándo exactamente estarías emocional y físicamente lista, pero él estaba dispuesto a esperar cuanto hiciera falta, no dos meses, seis meses, o un año: la cantidad de tiempo que fuera necesaria hasta que te sintieras segura, sea la que sea. Él pacientemente esperaría, sin obligarte a nada, sin presionarte, sin esperar nada, sin empujarte al borde del precipicio, sin obligarte a complacerlo, sin cuestionamientos ni preguntas ni exigencias.

Entendiste también que tus complejos de inferioridad, tus nervios, tu tendencia a creerte el patito feo y tu incapacidad para aceptar tu cuerpo combinados con su miedo a intencionalmente lastimarte o hacerte daño de alguna forma (física o emocionalmente) constituían la siguiente barrera a superar. Poco a poco las caricias y los besos fueron volviéndose más profundos, más íntimos; poco a poco él fue perdiendo el miedo y vos los nervios.

Finalmente habías decidido que sucedería en Noche Buena. Una idea un poco extraña, ¿cierto?, la de entregarle tu virginidad como si se tratara de un regalo. Pero es que en cierto modo es así: esperaste en soledad y afrontando largas noches oscuras bañadas en llanto y con la desesperación carcomiéndote el alma a que tu príncipe azul llegara; nunca dejaste de esperar, ni siquiera cuando todo indicaba que no llegaría, que los días seguirían escapándose de los almanaques, que irías envejeciendo poco a poco hasta que fuera demasiado tarde, que morirías amargamente, sola, arrepentida por no haber seguido los pasos de la mayoría y simplemente 'dejarte llevar por la corriente'.

Esperaste hasta que el destino cruzó tu camino y el suyo, y luego con paciencia y peleando contra tu timidez, tus inseguridades, tus dudas y tus complejos de inferioridad fuiste, poco a poco, cosechando las semillas de tu encanto en él como él había cosechado las semillas de su encanto en vos, derribando de a uno los altos muros construidos alrededor de su alma y su corazón para esconder sus vulnerabilidades, respirando vida en él para rescatar al humano escondido dentro del robot.

Esperaste, y esperaste, y esperaste y luchaste como nunca antes habías luchado por algo en la vida (y eso es decir mucho, porque en tu vida te ha tocado luchar para conseguir las cosas) y un día en medio de la crisis, el caos, la oscuridad y el descontrol comenzó a florecer una relación hermosa que se hace más y más fuerte con cada uno de sus respiros, con cada latido de sus corazones sincronizados.

No te arrepentís de haber esperado al hombre indicado, no te arrepentís de haber esperado a tu alma gemela, no te arrepentís de haber guardado tu cuerpo para el único hombre al que querés estar unida para siempre, no te arrepentís de haber guardado cada pedacito de vos para una única persona. Tu cuerpo ya era suyo antes de que lo conocieras siquiera, antes de que supieras su nombre, antes de que tus ojos se ahogaran en sus ojos; tu cuerpo siempre fue suyo, nadie más podría tenerlo, porque en nadie más confiarías tan íntimamente como confías en él, con nadie más podrías compartir el vínculo que compartís con él, con nadie más tendrías una conexión como la que existe entre ustedes dos.

Sin embargo, de pronto tus ideas para Noche Buena han caído en el olvido, opacadas por tus incontenibles ganas de estar tan cerca de él como humana y físicamente posible, tan unidos como dos personas pueden estarlo, completamente fundidos en un solo ser, como dos pedazos de un entero que finalmente vuelven a unirse después de haber estado separados durante una eternidad y que terminarían autodestruyéndose si una mitad fuera arrancada de la otra. Tu cabeza había trazado un plan romántico, dulce, perfecto, pero ya no creés poder contenerte nueve días más, ya no creés poder seguir aguantando. Un acto de amor tan hermoso y profundo debería ser natural y espontáneo en lugar de meticulosamente calculado.

Sos adicta a él, y tu organismo está pidiéndote una dosis más alta porque besos y caricias - por mucho que el grado de intimidad haya crecido en profundidad- ya no te sosiegan, ya no te sacian. Querés ahogarte, intoxicarte, extasiarte, embriagarte, fundirte con él hasta perder la noción de quién sos y dónde estás, hasta que tus músculos, huesos y carne se entumezcan y todas las sensaciones placenteras se concentren en tu alma. Querés morir de una sobredosis en sus brazos, y después que esos mismos brazos te acunen hasta que renazcas de tus propias cenizas para volver a permitir que la pasión te consuma como el fuego al Fénix otra vez, repitiendo el círculo vicioso sin cesar.

¿Por qué esperar nueve días más si el deseo está carcomiéndote hoy, ahora? ¿Por qué esperar nueve días más si el hombre en el que confiás íntimamente ya te prometió que va a estar con vos para siempre? ¿Por qué esperar nueve días más si el amor que sentís por él es tan grande y tan fuerte que te desgasta físicamente? ¿Por qué esperar nueve días más si cada una de tus terminaciones nerviosas está tensa y pidiendo alivio a gritos? ¿Por qué esperar nueve días más si estás preparada ahora? ¿Por qué esperar nueve días más si es en este preciso instante que tu alma está muriéndose por reencontrarse con su otra mitad, esa mitad que le falta desde que el Universo existe y los dos pedazos de una misma pieza fueron separados sólo para que el destino volviera a unirlos?

"To-ny…" murmurás su nombre entrecortadamente, una sílaba primero, otra sílaba después, mientras luchás para robar otra bocanada de oxígeno mezclado con su perfume.

Su rostro está enterrado en tu cuello, tus manos enterradas en su cabello color azabache. Al escuchar su voz llamándolo levanta la cabeza para mirarte; sus ojos oscuros empapados de deseo se encuentran con tus ojos, esos dos espejos que reflejan exactamente lo que a él está comiéndolo vivo por dentro, porque vos sos víctima de la misma locura. Una mirada frente a otra, el placer in crescendo, el mundo se esfuma.

Despacio, haciendo uso de la poca fuerza que te queda, temblando como una hoja, tomás envió y girás hacia el costado, tu cuerpo llevando al suyo consigo; ahora él está recostado sobre su espalda y vos estás recostada sobre tu estómago encima suyo. Apoyás tus manos sobre su pecho para mantenerte ligeramente erguida y tratás de normalizar tus patrones de respiración mientras el sonido de sus jadeos se mezcla con el del mar revuelto; deseo puro nubla su mirada y podés sentir su pulso en todas partes y escuchar su corazón latiendo descontroladamente, golpeando su caja torácica.

Sus párpados caen involuntariamente en respuesta automática al movimiento fluido de tus piernas para acomodarse una a cada costado; sentada encima suyo a ahorcajadas, inclinada hacia adelante para que un par de labios estuviera a escasos milímetros del otro, escuchás el sonido que sube por su garganta – mezcla de suspiro, gemido y gruñido - y sentís presionando contra tu abdomen la necesidad y la locura que empiezan a acumularse en él.

"M'chelle…" intenta decir tu nombre entre dientes apretados, pero todo lo que resulta es aquella mezcla de letras apenas descifrable.

Lo interrumpís, acunando su cabeza entre tus manos y capturando su labio inferior entre tus dientes y jalando muy despacio, separándolo del superior, besándolo con dulzura, acariciando cada uno de esos recovecos de su boca que ya conocés de memoria, quitándole poco a poco la respiración, embriagándolo, hechizándolo, enloqueciéndolo con las sensaciones que despiertan los roces de una lengua con la otra, arrancándole gemidos que se pierden y ahogan en su garganta, extinguiendo su cordura gota a gota.

"Vayamos a casa" le pedís en un susurro, mordiendo la línea de su mandíbula y luego besando su cuello hasta sentir su anatomía entera tensarse y aflojarse repetidas veces; su respiración comienza a agitarse, su corazón está latiendo muchísimo más rápido, sus caricias en tu espalda son más y más posesivas con cada segundo que pasa, como si quisiera dejar marcas invisibles con las yemas de sus dedos para probar que sos suya y que nunca perteneciste ni vas a pertenecer a nadie más "… Vayamos a casa" repetís, frotando la punta de tu nariz con la punta de su nariz.

No debés repetir una tercera vez tu deseo de irte a casa para tener más privacidad (la playa está desierta y es un sitio romántico, pero la primera vez te sentirías mucho más cómoda en tu cama). Quizá es el deseo que nubla su juicio y lo tiene atontado, quizá sabe exactamente lo que pretendés hacer y ya no quedan rastros de sus miedos porque lograste borrarlos todos mostrándole cuán lista y decidida estás, quizá simplemente quiera dejarse llevar por la corriente y permitir que las cosas tomen su curso natural.

En tus ojos y en sus ojos brilla el mismo deseo, ese deseo crudo, dulce, incontenible, incontrolable, insoportable, terriblemente hondo, ese deseo profundo que está devorándolos de a pequeños bocados, así como se devoran el uno al otro de a pequeños bocados cuando se besan y acarician.

En tus ojos y en sus ojos brilla ese deseo que está comiéndote viva, dando mordiscos a tu corazón y a tu alma, torturando a tu anatomía con espasmos de placer que te dejan temblando pero no te traen alivio, porque lo único que puede traerte verdadero alivio a esta altura de las circunstancias es la fusión de sus cuerpos hasta que tu alma y su alma se unan.

Tus ojos y sus ojos se encuentran cuando llegan – entre besos y mimos y riendo como dos criaturas – al coche.

Tus ojos y sus ojos se encuentran, los dos se quedan inmóviles junto al auto, los dos en un acto reflejo se muerden el labio (quizá para reprimir las ganas de volver a abalanzarse sobre el otro y comerse a besos), los dos sonríen, los dos hablan sin emitir sonido alguno, los dos usan ese lenguaje único para decir todo lo que en palabras no puede explicarse, los dos saben lo que va a pasar.

Tus ojos y sus ojos se encuentran, una mirada se ahoga en la otra, una mirada se embriaga de la otra.

Ves tu reflejo en esas dos órbitas color chocolate: tus rulos desordenados y enredados están llenos de arena, también hay restos de arena en tus ropas. Tu imagen y su imagen se asemejan, porque él está tan desalineado como vos, con el cabello revuelto y la camisa y el jean arrugados. No podés evitar reír; es una risita suave y cargada de ternura, una risita en la que quizá están escapándose en forma de melodía los pocos nervios que puedan quedar dando vueltas en tu sistema.

Y él ríe también, sin poder evitarlo, porque tu risa es contagiosa y él es adicto a ese sonido que lo acaricia por dentro. Esa risa es el eco de tu risa, esa risa es toda tu música favorita combinada en un solo sonido. Esa risa es, tal vez, también la forma que él tiene de dejar ir un poco esos miedos que lo acorralan e impiden que se permita perder el control y amarte sin ponerse límites.

Tus ojos y sus ojos se encuentran, el silencio los envuelve, ya no prestan atención siquiera a ese mar que se agita y que ahora parece distante y ajeno a esta escena, ya no prestan atención a nada que no sea la necesidad de dar rienda suelta a todo ese amor, toda esa locura, toda esa pasión.

Esto es súbito, inesperado, repentino. Amar es, en realidad, una experiencia súbita, inesperada, repentina, incluso cuando la historia lleva años escrita en las estrellas y esperando su oportunidad para acontecer. Pero no hay nervios ni miedos que puedan hacer que se echen atrás, sólo deseo consumiéndolos lentamente, sólo una adicción que crece y crece y para la que jamás hallarán cura o placebo, sólo la necesidad de estar unidos tan íntimamente como es posible, sólo la necesidad de volver dos cuerpos uno solo.

Su mano busca tu mano, sus dedos se entrelazan con tus dedos, tu corazón y su corazón laten siguiendo un ritmo desenfrenado mientras corrientes eléctricas atraviesan sus anatomías despertando espasmos en todas partes.

Tus ojos y sus ojos se encuentran. Él te promete en silencio cuidarte, y vos en silencio prometés creerle siempre.


No hizo falta que dijeras palabra alguna (nunca hacen falta las palabras, en realidad; ustedes no necesitan hablar para entenderse): él sabía exactamente a dónde querías ir.

No se trata de la necesidad de jugar en tu propio terreno, ni se trata del reconfortante efecto de estar rodeada de tus cosas, en tu hábitat, confort que puede aliviar fácilmente los nervios y esa porción pequeñita de ansiedad que se hace presente en la forma de una sensación ácida y punzante en la boca del estómago; en cualquier lugar te sentirías segura, contenida y cuidada porque él sabe cómo cuidarte, contenerte y darte esa sensación de seguridad que sólo experimentás cuando estás en sus brazos.

Podrías perder la virginidad en el mismo sofá en el que muchas veces te has acurrucado para llorar una noche entera pensando que aquél hombre al que adorás como a un Dios nunca va a fijarse en vos, ese mismo sofá en el que has pasado otras noches – mucho más lindas, por supuesto – anidada en sus brazos, y eso no cambiaría nada; podría suceder en el suelo del baño o en el suelo de la cocina, y no te importaría el frío helado de las baldosas blancas en tu espalda, porque probablemente en mitad del éxtasis perderías consciencia absoluta del lugar en el que se hallan; tampoco te molestarían los raspones que dejaría en tu piel perfecta el suelo alfombrado de la sala de estar como consecuencia de su cuerpo y tu cuerpo vueltos uno meciéndose lentamente con cada impulso apasionado: sentirías la adrenalina, el deseo, el amor y la química que se genera entre los dos comiéndote viva con la misma intensidad, los mismos suspiros se escaparían de tus labios, los mismos temblores poseerían tu cuerpo, los mismos espasmos y estremecimientos subirían y bajarían por tu columna vertebral, el mismo placer nublaría tus pensamientos y haría que creyeras que tu alma está separándose de tu cuerpo.

Cuando los besos y las caricias se profundicen y se vuelvan mucho, mucho más íntimos de lo que han sido hasta ahora, cuando un cuerpo y el otro se unan hasta convertirse en uno solo, cuando el fuego que arde dentro de ambos los haga sentir afiebrados al punto de delirar, cuando la sangre en tus venas hierva, cuando los dos exploten en éxtasis y euforia, tu cerebro va a desconectarse por completo, los pensamientos van a desdibujarse, tu mente va a esfumarse como si hubiera estado hecha de humo y no vas a tener la menor idea sobre quién sos o dónde estás mientras tus cinco sentidos se agudizan hasta tal extremo que el placer y el dolor se chocan porque la línea que los divide se ha hecho bruma también. Estar unida a él, íntimamente conectada, tan cerca uno del otro como es físicamente posible, fundidos uno en el otro, perdidos uno en el otro, consumiéndose uno al otro, va a ser como tocar el cielo con las manos te halles recostada sobre una sábana, sobre una alfombra, sobre baldosas frías, o te encuentres acorralada contra una pared.

Pero, aun si todas aquellas consideraciones son válidas, aun si todas aquellas consideraciones son ciertas, aun si el sitio no tendría realmente importancia alguna porque no hay forma posible de que no te sientas segura, contenida y cuidada cuando estás en sus brazos, eso no quita el hecho de que para vos tu cama no sea un simple colchón sobre un simple somier, como lo sería para cualquiera (aunque técnicamente no sea más que un simple colchón sobre un simple somier): en tu cama nunca hubo otro hombre, dormiste sola en esa cama manchando con tus lágrimas las almohadas a las que te aferrabas cuando sentías que te hundías en tu soledad y en tu tristeza hasta la noche en la que él visitó tu departamento por primera vez y se recostó a tu lado para escucharte hablar de algo que estaba llenando tu corazón de tristeza; miles de veces – cuando te parecía imposible que él te notara, que le resultaras atractiva, que te viera como a algo más que una compañera de trabajo, que se enamorara de vos – fantaseaste con cómo sería sentir sus manos acariciando cada palmo de tu piel y su boca quemándote al desparramar besos en tu cuello y en tu pecho; miles de veces fantaseaste con quedarte dormida en sus brazos en esa cama, su respiración y tu respiración mezclándose, sus corazones latiendo acompasados y tranquilos después de haber palpitado frenéticamente mientras hacían el amor. Tu cama es ése sitio que pertenece pura e íntimamente a ambos, ese sitio que entre los dos pueden convertir en su propio cielo sobre la Tierra, ese sitio donde no existe ningún límite y los miedos e inhibiciones se desdibujan, ese sitio donde solamente se respira amor.

No hizo falta que dijeras palabra alguna (nunca hacen falta las palabras, en realidad; ustedes no necesitan hablar para entenderse): él sabía exactamente a dónde querías ir.

Querés ir a tu casa, arrastrarlo hasta tu cuarto entre besos mientras la ropa que visten es poco a poco dejada en el olvido a medida que cada prenda va cayendo al suelo, colapsar con él en esa cama que es mucho más que un simple colchón sobre un somier, y luego morir de amor consumida por ese fuego que está torturándote tan dulcemente y volver a renacer de tus cenizas acunada en sus brazos.

Y él lo sabe. Lo sabe sin necesidad de que se lo digas explícitamente, lo sabe sin necesidad de que palabra alguna salga de tu boca, lo sabe sin necesidad de que seas específica, lo sabe porque puede leerlo en tus ojos, puede escucharlo en los latidos desbocados de su corazón (esos latidos que van a la misma velocidad que los suyos, porque su corazón está diciendo lo mismo, porque su corazón está muriendo de ganas también, porque su corazón está a punto de colapsar de tanto contener toda esa pasión), puede sentirlo en tus caricias, puede saborearlo en tus besos. Él sabe bien por qué le pediste que regresaran, él sabe bien a dónde es que deseás ir, él sabe bien porqué, él sabe bien qué querés que suceda, él sabe bien que estás decidida y que te sentís preparada y que ya no quedan miedos ni inhibiciones ni inseguridades que pueda derribar tu necesidad de entregarle tu cuerpo para que te demuestre con el suyo cuánto te adora.

Él sabe lo que está por pasar, lo supo desde el momento en que tu mirada y su mirada se conectaron. Y es evidente que ya no tiene miedo a lastimarte, a hacerte daño sin intención; ya no tiene dudas sobre si estás preparada, ya no teme estar dándote de alguna manera la errónea impresión de que ya no quiere o ya no puede esperar más o que está cansándose de ser tan paciente (nunca tuviste esa impresión).

Los dos están listos para descubrir la experiencia fuerte, dulce e intensa de juntar dos cuerpos por amor.

No querrías aprender de ningún otro hombre cómo amar, sólo querés que te enseñe él, y si la vida hubiera decidido que tus sentimientos no fueran correspondidos, habrías muerto sin haber conocido nunca el placer de besarse y acariciarse con deseo porque ningunos labios ni ningunas manos habrían podido tocarte.

Y él no querría aprender de ninguna otra mujer, no podría aprender de ninguna otra mujer cómo amar. Sos la única que logró enamorarlo, sos su otra mitad, sos la única a la que adora con locura, sos la única capaz de quitarle la respiración, sos la única capaz de hacer que sienta un placer casi insoportable a pesar de tu inexperiencia, sos la única que puede moverle el piso, sos la única que puede volarle la cabeza, sos la única que puede hacer que se olvide de sus argumentos y metodologías, sos la única que pudo rescatar al hombre que se ocultaba dentro del robot, sos la única por la que está dispuesto a controlar su temperamento, sos la única que pudo despertar en él ganas de cambiar, sos la única que pudo derribar esas paredes tras las cuales él estaba escondiendo su alma para evitar sufrir más desgarros, sos la única en la que confía ciegamente, sos la única a la que se volvió adicto, sos la única mujer de la que se volvió dependiente, sos la mujer con la que él quiere aprender cómo hacer el amor.

Finalmente, los dos están listos. Ya no hay pensamientos, reflexiones, dudas o preguntas en sus mentes, ya no hay miedos o inhibiciones, ya no hay inseguridades o complejos de inferioridad lo suficientemente fuertes para hacerle frente a ese deseo que se alza envolviéndolos, ya no hay plazos de tiempo que puedan fijarse ni fechas que puedan elegirse porque una pasión tan increíble y un amor tan fuerte se llevan todo por delante y arrollan lo que sea que encuentren a su paso.

Los dos están listos para descubrir en la piel del otro lo que se siente tocar el cielo con las manos.


Siempre permanecerá como un misterio indescifrable la respuesta a cómo lograron contenerse durante todo el viaje en auto desde la playa hasta tu departamento sin perder el control y acabar estacionando en alguna callecita desierta para seguir comiéndose a besos apasionadamente. Cómo fue que no te abalanzaste sobre él en cuanto se cerró la puerta del ascensor, esto tampoco vas a saberlo, así como jamás sabrás exactamente cuánto le costó contenerse y soportar que el único contacto piel con piel entre ambos fuera aquél de sus dedos y tus dedos entrelazados hasta que llegaron al piso correspondiente.

Veinte minutos, veinte minutos habían aguantado sin besarse, sin acariciarse, sin morderse. Veinte minutos habían pasado sólo tomados de la mano. Sabían que el más dulce de los roces encendería un fuego imposible de apagar, por eso habían restringido al mínimo el contacto; el beso más inocente habría desencadenado otra vez esa locura que con tanto esfuerzo estaban conteniendo, la caricia más simple podría haber provocado una explosión.

Veinte minutos de perfecto, impecable autocontrol. Veinte minutos evitando mirarse a los ojos porque ver el deseo allí contenido, concentrado, creciendo, volviéndose más y más potente con cada segundo que se escurría por las manecillas del reloj, habría acabado enloqueciéndolos (tanto deseo es peligroso, pero, ¿acaso un amor como el de ustedes no es también peligroso?).

Veinte minutos peleando contra el instinto, veinte minutos tratando de mantener a sus corazones latiendo a un ritmo más o menos normal, veinte minutos tratando de mantener sus patrones de respiración más o menos estables, veinte minutos tratando de no sucumbir a la necesidad de tomar otra dosis de esa droga que calma la adicción de la que son víctimas, veinte minutos peleando contra ese magnetismo que atrae su cuerpo a tu cuerpo. Veinte minutos en absoluto silencio, porque no había nada que decir: ese lenguaje propio hablaba con claridad sin que palabra alguna tuviera que subir por sus gargantas.

Veinte minutos conteniendo dentro de ustedes una fuerza mucho más grande, mucho más compleja y mucho más difícil de explicar o describir que cualquier otra. Veinte minutos con la cabeza en blanco porque el éxtasis provocado por aquella sesión de mimos en la playa aun no se había diluido. Veinte minutos flotando en tiempo y espacio por los efectos de esos besos y esas caricias. Veinte minutos actuando automáticamente porque si se permitían bajar la guardia acabarían descontrolándose. Veinte minutos con un millón de mariposas recorriendo cada rinconcito de sus cuerpos, haciéndole cosquillas. Veinte minutos anticipando el instante en que estuvieran refugiados en la intimidad de tu departamento.

Tan pronto como él cerró la puerta detrás de sí, el ambiente casi entumecido en el que habían caído en sus intentos (bastante satisfactorios, por cierto) de no atacarse a mordiscos desesperados cambió de golpe, tan rápido que lo sintieron físicamente, como si una oleada de una emoción poderosa los golpeara de lleno en el pecho. El ardor de la llamas lamiéndolos por dentro se incrementó, cada terminación nerviosa en tu anatomía empezó a pedir alivio a gritos, tus labios y tus manos dolían porque llevabas casi media hora sin tocarlo ni besarlo, sus corazones estaban latiendo tan salvajemente que les hacían daño en el pecho, tus músculos se tensaron amenazando con no volver a relajarse hasta que estuvieran bajo los efectos de su suministro de caricias, tu garganta se secó, empezaste a temblar de deseo de la cabeza a los pies, las descargas eléctricas corrían por tu sistema y podías sentirlas en las yemas de los dedos.

Te arrojaste a sus brazos instintivamente, buscando calmar el hambre, buscando calmar la sed, buscando saciar tu necesidad de él, esa adicción cruda que te devora. Y él te abrazó como si su existencia y su supervivencia dependieran enteramente de eso, aferrándose a vos como un moribundo se aferra a la vida, su sed y su hambre clamando también ser mitigados, su dependencia de tu esencia embriagándolo.

Se besaron con lentitud exasperante, de pie en medio de la sala de estar, sus brazos envolviéndote, tus brazos envolviéndolo. Se besaron muy, muy despacio, acompañando el movimiento de una lengua contra la otra con caricias en la espalda y la cabeza. Los gemidos ahogados llenaban el aire; escucharlo a él susurrar palabras indescifrables dentro de tu boca entre besos era suficiente para que se te erizara la piel y esa sensación cálida y húmeda se volviera muchísimo más cálida y húmeda. Se besaron como si tuvieran todo el tiempo del mundo, como si fueran los dueños de cada minuto en los relojes, como si el Universo se hubiera detenido, como si estuvieran suspendidos en una dimensión donde no corren las horas. Se besaron hasta prácticamente intoxicarse y – como dos adictos que no pueden recuperarse y que se sabe tarde o temprano morirán de una sobredosis – siguieron besándose aun mucho después de que todo oxígeno abandonara sus pulmones, aun después de que toda cordura desapareciera y sólo la locura prevaleciera.

Te asaltó, súbitamente, un momento de lucidez. Quizá la ocurrencia no era tuya propia, quizá habías leído algo en alguna parte, quizá habías visto una escena similar en alguna película, pero la idea se metió en tu cabeza y de alguna manera logró hacerse escuchar a pesar de que todos tus sentidos estaban concentrados en él y en nada más. Una idea brillante, te pareció, romántica, dulce, íntima, perfecta.

Nunca antes estuvieron completamente desnudos uno junto al otro, uno frente al otro, simplemente mirándose, acariciándose, aprendiendo de memoria cada palmo del cuerpo del otro, explorando cada centímetro de piel. Durante la última semana habían llegado muy lejos pero siempre habían quedado barreras de tela entre ambos que por un motivo u otro no fueron removidas. Aquello combinado al hecho de que ambos estaban llenos de arena después de haber pasado la mitad de la tarde en la playa te llevó a pensar (increíble que en tu estado de euforia pudieras todavía pensar) que podrían bañarse juntos, simplemente desnudarse el uno al otro para acostumbrarse a la ausencia de cualquier prenda de vestir, sumergirse en el agua caliente, mirarse y acariciarse con dulzura, disfrutar de la primera vez que se hallen los dos totalmente vulnerables y expuestos, tomarse su tiempo para absorber esa imagen, mimarse un largo rato, descubrir y besar cada lunar y marca de nacimiento existentes, y luego finalmente colapsar en la cama y dejar el deseo explotar por completo.

Sin musitar cosa alguna, tus labios y sus labios pegados un par al otro como si un hechizo irrompible los hubiera condenado a ambos a sólo poder satisfacer la necesidad de oxígeno de sus pulmones dándose respiración boca a boca, acariciando su espalda y su cabeza, lo condujiste despacio hacia el baño, poniendo en uso una porción de tus sentidos para caminar hacia allí con pasos lentos y los ojos cerrados sin llevarte nada por delante.

Apenas levantaste los párpados medio milímetro cuando creíste haber alcanzado destino para confirmar que estaban, de hecho, frente a la puerta del baño, contra la cual tu espalda quedó presionada cuando él te arrinconó al súbitamente decidir que sería buena idea acunar tu cuerpo entre el suyo propio y la primera superficie dura a su alcance mientras entre besos y mordiscos descendía desde tu mejilla por todo tu cuello hasta llegar a aquél punto culminante en tu garganta en el que pueden sentirse tus pulsaciones. Tus piernas se aflojaron como si estuvieran hechas de gelatina; no temiste caer, sabés bien que él jamás te dejaría caer, él jamás dejaría de sujetarte protectoramente en sus brazos, soportando todo el peso de tu físico así como soporta el peso de las cargas emocionales que debés llevar sobre los hombros.

Demasiado perdida entre esas oleadas de placer que no dejaban de atacar tu anatomía, por unos instantes no tuviste noción de absolutamente nada y olvidaste dónde estabas o por qué estabas ahí, hasta que, luego de una cantidad de tiempo indefinida (quizá segundos, quizá minutos enteros, quizá media hora, quizá una hora completa), otro destello de lucidez se coló por entre la niebla de éxtasis que envolvía tu cerebro y, con un movimiento fluido gracias a los reflejos obtenidos en tu entrenamiento para trabajar en la CTU, diste una leve patadita a la puerta para que se abriera.

Abrió los ojos al sentir tus manos cerrándose alrededor de su cuello para guiarlo hacia adentro.

"Michelle" murmuró dentro de tu boca; sus ojos estaban entreabiertos, sus palmas acunando tu rostro "ésta no es tu habitación" señaló, besándote despacio y con una dulzura arrolladora que estaba derritiéndote como los rayos del sol a un simple, insignificante cubito de hielo.

"Ya lo sé" susurraste seductoramente, apartando tu boca de su boca y sonriéndole con picardía, mordiendo tus labios hinchados y enrojecidos, saboreando en tu lengua el sabor de sus besos, de esa esencia única que es sólo suya, esa esencia única que se vuelve muchísimo más adictiva cuando se mezcla con lo que sea que hace a tus besos su perdición.

Diste un paso hacia atrás, luego otro; no debías haberte alejado más de cinco centímetros, pero tu cuerpo ya extrañaba su cuerpo, sus manos acariciándote desesperadamente y haciéndote sentir un millón de cosas, sus músculos presionados contra tu figura frágil y delicada. Y lo mismo debe haberle sucedido a él, porque cuatro pasos solamente habías dado cuando enseguida él te tomó del codo y te empujó con suavidad hacia adelante para envolverte otra vez en sus brazos. Volviste a sentir las rodillas como de gelatina, tus piernas volvieron a temblar ligeramente en cuanto él enterró su rostro en tu cuello y empezó a desparramar besos en aquél sitio cercano a tu hombro donde se hallan terminaciones nerviosas hipersensibles.

"No aguanto un segundo sin tocarte" confesó en tu oído, el sonido de su voz afectándote aun más que sus caricias, tu anatomía aflojándose más, otra vez tu mente poniéndose en blanco, otra vez oleadas de placer casi insoportables de tan fuertes que son nublándote, atacándote como su boca te atacaba buscando dejar sus huellas en tu cuerpo, buscando marcarte como suya, buscando saciar ese hambre que por experiencia propia sabés es insaciable "… Vamos a tu habitación…" te pidió, otra vez acercándose peligrosamente a ese sitio en tu garganta donde se escuchan fuertes y claros los latidos de tu corazón, creyendo genuinamente que habías abierto la puerta del baño por equivocación cuando en realidad estabas tratando de llegar a tu cuarto en medio de todos esos besos y caricias.

"Shhh" acallaste sus palabras, sellando sus labios con tus labios, masajeando su cuello con las yemas de tus dedos "… Quiero que vayamos muy despacio" murmuraste seductoramente, tu voz alcanzando sus oídos solamente porque sus sentidos estaban pendientes de cada uno de tus movimientos "… Primero podemos relajarnos" sugerís "…, mimarnos un poco…"

Alejándote de él otra vez dando pasos cortos hacia atrás, te acercaste a la bañera.

Una de las cosas que cualquier mujer apreciaría de tu pequeño departamento (ese pequeño departamento que él convirtió en hogar con su presencia, porque antes no era más que un lugar en el que vivir, un techo bajo el cual resguardarte, una dirección legal para que en los papeles quedara asentado dónde residís) es la bañera: de acrílico blanco (impecable acrílico blanco, porque te encargas de limpiarla histéricamente una vez por semana como si un nene de diez años hubiera estado en ella luego de haber pasado toda la tarde en el parque jugando con barro, aunque lo cierto es que dudás haya habido alguna vez siquiera la más insignificante manchita), es lo suficientemente larga para que una persona de casi dos metros entre recostada con comodidad y lo suficientemente profunda para sumergirse en ella luego de un día largo y difícil y dejar que los pensamientos se diluyan como el vapor y el agua tibia relaje las tensiones, con un buen libro al alcance de la mano o una copa de vino y música suave sonando para completar el cuadro.

Pero vos pocas veces la usaste para darte un baño de inmersión, porque no te surten el mismo efecto que a la mayoría de las mujeres. Lo que realmente te relaja es hacerte un ovillo bajo el chorro hirviendo de la ducha y quedarte allí acurrucada mientras el agua golpea tu espalda y salpica las paredes recubiertas de azulejos y la mampara de vidrio. Nunca le viste mucho atractivo a eso de quedarte recostada con la vista perdida en el techo hasta que la piel se te arrugue como una pasa de uva, permitiendo que el silencio de la habitación provocara que el eco de tus pensamientos, reflexiones, dudas, problemas y recuerdos se volviera mucho más potente, mucho más filoso, mucho más fuerte, mucho más ensordecedor, mucho más desgarrador.

Sin embargo, se te ocurrió, a esa bañera especialmente larga y profunda ahora podrías empezar a darle buen uso con él.

Corriste la mampara, con mano ligeramente temblorosa giraste el grifo y el agua comenzó a manar de la canilla, rompiendo el silencio tenso, casi palpable en que se encontraban sumidas esas cuatro paredes, silencio que se había hecho en cuanto su cuerpo y tu cuerpo se habían separado uno del otro y por sus gargantas habían dejado de subir gemidos, jadeos y suspiros incontenibles.

Te diste vuelta, permitiste a tu mirada toparse con su mirada, y sin que hiciera falta que palabras fuera agregadas a la escena, sin que hiciera falta que convirtieras en frases tus sentimientos (sentimientos tan profundos, tan complejos, tan enredados, tan complicados, tan hondos que hubiera sido imposible separarlos a unos de otros, clasificarlos, describirlos), sólo con permitir que tus ojos penetraran hasta llegar a su alma (algo que podés hacer con facilidad, algo que ya sabías hacer incluso antes de ese 4 de septiembre en el que el tablero se dio vuelta y tu mundo y su mundo cambiaron radicalmente, fusionándose los dos para formar un solo mundo), sólo con permitir que sus ojos penetraran hasta llegar a tu alma bastó para que fuera dicho todo lo que debía ser dicho sin que ninguno de los dos despagara los labios, sin que ninguno de los dos tuviera que esforzarse por hacer a un lado la euforia consumiéndolos para tratar de hablar con coherencia y cohesión.

Esa pausa, esa pequeña pausa que nunca sabrás realmente cuánto duró porque lo cierto es que no hay reloj cuyos efectos los alcancen cuando están juntos, esa pausa era necesaria, esa pausa sirve para probar algo en lo que quizás nadie se fijaría pero que vos notaste: esa pausa prueba que aquello que estaba a punto de ocurrir no era meramente un acto físico, no era meramente una cuestión de hormonas revolucionadas, no era meramente un acto para satisfacer una necesidad fisiológica o para enfriar una calentura.

Esa pausa acurrucaba un interrogante y también acurrucaba tu respuesta a ese interrogante, tu contestación a esa pregunta hecha en medio del silencio, esa pregunta que sabías sería hecha en cierto punto incluso si tenías en claro – tanto como él – que ambos estaban listos para dar ese último paso. Esa pausa no era necesaria, pero fue otra prueba de lo mucho que él te ama y lo mucho que se preocupa por vos, lo mucho que le importa tu bienestar antes que cualquier otra cosa, lo muy dispuesto que estaría a seguir esperando años si se lo pidieras, lo mucho que precisa saber que estás verdaderamente preparada y que no estás a punto de cometer una locura en un momento de debilidad de los dos de la cual vas a arrepentirte después al darte cuenta de que hubiera sido conveniente haber continuado aguardando.

¿Pero aguardando hasta cuándo? No estás legalmente unida a él, de acuerdo a las leyes del Estado de California, pero eso no quiere decir que emocionalmente los dos no estén atados, eso no quiere decir que emocionalmente no estén vinculados para siempre; lo están desde que el mundo es mundo, lo están desde que la Tierra gira, lo están desde que el sol sale todas las mañanas y se pone en cada crepúsculo, lo están desde mucho antes de que sus caminos finalmente se cruzaran uno con el otro, y van a estarlo hasta después de haber vuelto al polvo, van a estarlo por toda la eternidad. La conexión que existe entre ambos tiene mayor fuerza y mayor validez que cualquier papel firmado por un juez, la conexión que existe entre ustedes dos es muchísimo más poderosa que cualquier otra cosa y nunca va a romperse, nadie va a poder romperla, nadie para a poder cambiarla. Contraer matrimonio no va a significar más que una acción para mostrarle al resto de las personas – esas personas que no pueden entender el idioma que ustedes hablan porque es como un idioma extranjero que jamás aprenderán, esas personas totalmente ajenas al mundo que comparten, esas personas que no pueden comprender lo que no pueden explicar, esas personas que no saben ver con el corazón y por querer ver con los ojos se pierden lo esencial – lo mucho que se aman; contraer matrimonio no es más que ponerse en el dedo una alianza para sellar con algo material, algo visible y tangible, un pacto ya sellado.

Estabas más segura que nunca, más lista que nunca, y no habría miedo, pensamiento, reflexión, inhibición, inseguridad, complejo o duda que pudiera detenerte, porque tu deseo y tu necesidad de volver a unir ese pedazo de tu alma que le pertenece a él pero que reside en vos con ese pedazo de su alma que te pertenece a vos pero reside en él podía hacerle frente a absolutamente cualquier cosa y arrollar cualquier obstáculo que pudiera aparecer.

Eso estaba preguntándote él con esa pausa, eso estaba preguntándote él con su mirada, no porque no lo supiera, no porque fuera una incógnita la respuesta, no porque dudara, no porque estuviera arrepintiéndose, no porque estuviera ganándole el miedo otra vez, no porque los nervios estuvieran succionando el deseo y debilitándolo (el deseo que tienen el uno por el otro, ese deseo insaciable, nunca nadie lo podría debilitar), no porque no hubiera interpretado en tus besos y en tus caricias eso que no se puede poner en palabras y que sólo se transmite con el lenguaje de la piel, sino porque simplemente necesitaba que fuera demostrado una vez más que para él siempre vas a ser una prioridad, que para él siempre vas a estar por encima de todo, que para él siempre vas a ser más importante que cualquier otra cosa, incluso más importante que sus propias necesidades.

¿Estás segura?

.

Sí, estabas segura, más segura que nunca, más segura de lo que llegarías a estar jamás.

Sí, estabas segura, estabas decidida, estabas muriéndote de ganas, no sólo físicamente, no sólo porque tu cuerpo pedía a gritos que le dieras una sobredosis de amor, sino también emocionalmente, porque todos esos pedazos desparramados dentro tuyo que alguna vez habían sido parte de un entero querían volver a encontrarse con todos esos pedazos desparramados dentro de él para volver a formar esa pieza completa, esa pieza de la que los dos son cada uno una mitad.

Sí, estoy segura era la respuesta a ese interrogante silencioso, respuesta también silenciosa que podía leerse claramente en el brillo de tus ojos, en tu mirada empapada de deseo, en tu rostro, en el lenguaje en el que tu cuerpo habla con su cuerpo.

Aquella pausa acabó de golpe, tan de golpe como había empezado. Y la quietud antes sólo rota por el agua emanando del grifo y llenando la bañera se resquebrajó cuando te encontraste nuevamente en sus brazos, un cuerpo presionado contra el otro, besos y caricias desesperados, suspiros y gemidos inundando nuevamente sus gargantas y ahogándose allí mismo, mordidas en el cuello y en los hombros, sus respiraciones entrecortadas mezclándose, sus corazones latiendo al mismo ritmo.

"Tengo tantas ganas de estar con vos…" murmuraste, tus labios sobre la piel de su cuello, tu voz apenas audible por el sonido del agua que seguía cayendo.

Él tomó tu rostro entre sus manos – esas manos mucho más grandes, largas y fuertes que las tuyas, que son tan frágiles y delicadas; esas manos con las que deseás te recorra palmo a palmo, milímetro a milímetro causando que se levante tu temperatura, que tiembles, que te retuerzas bajo su peso, que te deshagas en espasmos -, te miró a los ojos durante lo que se sintió como una eternidad, acarició con las yemas de sus pulgares tus mejillas sonrojadas y luego trazó con las yemas de sus índices el contorno de tus labios, deteniéndose especialmente en las comisuras.

Nuevamente no hicieron falta palabras, nuevamente se hablaron utilizando ese lenguaje que nadie más podría captar y que les pertenece enteramente a ustedes, ese lenguaje tan único y especial como el amor puro y profundo que sienten el uno por el otro.

Yo también me muero de ganas de estar con vos.


Entre besos y mordidas apasionadas perdieron noción absoluta del tiempo y del espacio, sus sentidos demasiado concentrados en embriagarse con el perfume, el gusto y el tacto del otro como para preocuparse de lo que fuera que estuviera ocurriendo en ese otro mundo, ese mundo real, ese mundo habitado por cientos de millones de personas, ese mundo que no es el mundo en el que ustedes viven, ese mundo que no es el mundo que ustedes comparten, ese mundo que no es el mundo en el que ustedes dos pueden amarse sin límites ni restricciones.

Entre besos y mordidas comenzás a desvestirlo con dedos un poco temblorosos. Tu memoria de golpe te lleva a un evento ocurrido más de un mes atrás: era de noche, los dos estaban física y emocionalmente exhaustos, los dos estaban sufriendo, los dos tenían la cabeza embotada. Aquella noche fría estaban en Chicago, en la casa de sus padres, y él apenas tenía fuerzas para respirar. Lo habías ayudado a cambiar por un pijama las ropas que había estado vistiendo durante todo el día. En ese momento, en ese instante, entre ustedes había sólo ternura, preocupación por el bienestar del otro y la necesidad de abrazarse, consolarse y cuidarse; no había espacio para que existiera ninguna tensión sexual: simplemente, con mucha delicadeza y dulzura, lo habías desvestido, porque a él no le quedaban ganas ni para tratar de coordinar sus dedos y desabotonar su camisa o para hacer el tremendo, enorme esfuerzo de meterse dentro de una camiseta vieja y un jogging para dormir más cómodo.

Sin embargo, esta situación es totalmente diferente: el escenario, las circunstancias, las emociones, son totalmente diferentes.

Esta vez no estás cuidando de él, no estás reconfortándolo después de un día difícil, no estás calmando sus miedos y su angustia con tus caricias suaves, no estás tratando de sanar heridas profundas. Esta vez ninguno de los dos está conteniendo el llanto que llevan horas y horas acumulando en el pecho. Esta vez sus ojos brillan, pero no porque estén rebosando de lágrimas, sino porque el deseo está quemándolos por dentro, consumiéndolos dulcemente como quieren consumirse el uno al otro.

Esta vez es distinto, muy distinto. Esta vez es parte del juego previo, ese juego previo al momento en el que dos anatomías se chocan y se convierten en una, ese juego previo al instante en el que el Universo se desdibuja y sólo existen tu corazón y su corazón latiendo al unísono y sus respiraciones erráticas acompasadas diciendo lo que en palabras no se puede expresar.

Por eso tus dedos tiemblan ligeramente. Por eso descargas eléctricas corren por tu espina dorsal. Por eso de pronto estás – un poquitito nada más – nerviosa.

Pero son nervios normales, son nervios naturales, nervios como los que cualquier mujer siente ante la perspectiva de un encuentro íntimo con el hombre que aman. No son nervios que puedan detenerte. No son nervios que puedan provocar que cambies de opinión o que decidas ponerle un alto a esto. De hecho, estos nervios son de la clase que se disfrutan porque despiertan cosquillas en tu panza como maripositas que baten sus alas agitadamente porque están contentas.

Con tu rostro enterrado en su cuello y tus dientes rasgando suavemente esa porción de piel hipersensible, desabotonás su jean y - con movimientos un poco torpes que agregan una cuota de dulzura e inocencia al acto de desvestirlo – dejás que el pantalón se deslice hasta quedar alrededor de sus tobillos. Aun temblando debido a los espasmos que causa la sensación de tu boca paseando de un punto de su garganta a otro, se deshace rápidamente de sus jeans, pateándolos a un costado descuidadamente, sin preocuparse por dónde van a caer. Presionando tu cuerpo contra su cuerpo, atrayéndote hacia él posesivamente, acariciando tu espalda con ternura, besándote hambrientamente como si necesitara de vos para alimentarse, sólo para aumentar más y más tus insoportables ganas de sentir su piel rozando tu piel sin que la ropa sea una barrera, te sujeta en tu sitio mientras una boca juega a tentar a la otra con leves mordiscos, impidiendo que puedas seguir con tus planes de cubrir el suelo con el resto de sus prendas de vestir.

Tus jeans, tu blusa, tu ropa interior, están molestándote físicamente, y es frustrante, terriblemente frustrante estar demasiado débil, demasiado intoxicada, demasiado embriagada por sus besos y sus caricias y la forma en la que te toca y no poder reaccionar, no poder moverte, no poder hacer nada, no poder tomar el control, estar totalmente a su merced, con tus piernas temblando como si fueran gelatina, con tu corazón latiendo desaforado como si acabaras de correr miles y miles de millas, con cada terminación nerviosa que poseés pidiéndote a gritos un alivio que sólo va a llegar cuando estés completamente desnuda en sus brazos.

Durante minutos que se hacen eternos, como arcilla en sus manos simplemente dejás que él decida a qué velocidad ir y, empujando a un lado la frustración y tratando de calmar ese deseo que sigue acumulándose en tu pecho, te relajás y disfrutás de sus mimos y de esos besos que se vuelven cada vez más y más lentos, más y más profundos, más y más apasionados.

Hasta que finalmente él decide darte el gusto de aliviar un poco esa sensación de estar atrapada en un chaleco de fuerza: sus dedos, mucho más agiles que los tuyos, aflojan los cuatro botones de tu jean con movimientos fluidos. Sus manos acompañan el suave desliz de la tela por tus piernas, aumentando la frecuencia de tus temblores y estremecimientos, acelerando tus pulsaciones, enloqueciéndote, debilitándote, provocando que tus rodillas amenacen con ceder y dejar de soportar tu peso porque parecen haberse vuelto de gelatina (no vas a caer, no temés caer: él está ahí para impedirlo, él está ahí para sostenerte en sus brazos).

Sin embargo el alivio es pasajero y breve, y la frustración vuelve a crecer hasta alcanzar el límite y empezar a bordear la locura otra vez, porque él no muestra intención alguna de querer seguir desnudándote, mucho menos de permitir que vos te deshagas del resto de su ropa. No sabés si está haciéndolo a propósito, no sabés si está tratando de provocarte, no sabés si es parte de sus ganas de alargar el juego previo tanto como posible; lo que sabés es que sólo es comparable a la tortura esa mezcla de ansiedad, placer e impaciencia, sólo es comparable a la tortura lo que te hacen sentir las ganas de que cualquier barrera entre los dos se desvanezca y todo se reduzca a tu piel y su piel rozándose, enviando al cuerpo del otro descargas eléctricas, produciendo chispazos entre una anatomía y otra.

Él sigue besándote, vos seguís respondiendo como si tu vida dependiera de ello, desesperada por satisfacer tu adicción, desesperada por cada dosis de esa droga que él sólo puede darte, por más pequeña que sea. Él sigue besándote, vos seguís respondiendo con la misma pasión, porque estás totalmente a su merced, y si él quiere someterte a la más larga de todas las torturas antes de finalmente hacerte explotar, entonces así va a ser, porque vos no vas a poner objeción alguna: sos completamente suya, con vos puede hacer lo que le venga en gana, más allá de tu urgencia, más allá de tus deseos, más allá de tu impaciencia, más allá de tu necesidad.


La bañera se llena en su total capacidad y desborda; ninguno de los dos se da cuenta de esto inmediatamente porque están demasiado ocupados jugando a ver quién enloquece más rápido al otro, quién es el primero en perder hasta el último gramo de control, quién es el primero en derretirse en los brazos del otro, quién es el primero en simplemente entrar en erupción y no poder dar vuelta atrás.

Sentir la humedad en sus pies descalzados (habían removido sus zapatos segundos después de cruzar el umbral de la puerta de tu departamento, dejando ambos pares de calzado tirados por ahí en algún sitio indefinido de la sala de estar) los devuelve por un momento a la realidad.

Ambos ríen como criaturas, la mezcla de su risa y tu risa haciendo eco contra las paredes, ese eco rebotando y alcanzándote, provocando que tu piel se erice una vez más y que sientas el alma siendo acariciada como si él con sus propias manos estuviera recorriéndola de punta a punta, las mariposas en tu estómago respondiendo al sonido y agitándose felices, despertando ese cosquilleo agradable que se mueve hacia abajo, hacia el sitio de tu anatomía en el que una bola de fuego se concentra, ardiendo desesperadamente.

Sin dejar de sonreír volvés a acercarte a la bañera para cerrar el grifo, dos de tus dedos distraídamente acariciando tu boca roja e inflamada en un acto reflejo, sintiendo aun sobre tus labios la presión de sus labios, sintiendo aun en tu lengua el sabor único dejado allí por su lengua.

En cuanto el agua deja de correr, el silencio otra vez invade tus oídos, pero no por más de una fracción de segundo, pues lo siguiente que escuchás es un jadeo de sorpresa que nace desde el fondo de tu ser cuando él toma en sus brazos tu anatomía liviana como una pluma y – poniendo muchísimo cuidado para que no te lastimes, resguardando tu cabeza posando una mano tras ella, tratándote con la delicadeza que siempre muestra con vos – te mete dentro de la bañera sin darte aviso previo de que va a hacerlo, y luego, también – aun con su camisa, camiseta y bóxers puestos - , cuidando no aplastarte, él se deja caer encima de vos.

Por alguna ley física que en este momento no podrías recordar ni aunque te amenazaran poniéndote un arma en la sien, obviamente el impacto de ambos cuerpos provocó que la bañera desbordara nuevamente, salpicando una gran cantidad de agua, empapando aun más el piso. Pero no te importa, no te importa en lo mínimo que el suelo de tu baño esté hecho un desastre, no te importa que haya un charco enorme, no va a importarte tener que pasar el lampazo después; tu obsesión por la limpieza, el orden y la pulcritud ha desaparecido de pronto, y no podría interesarte menos. Lo único que te interesa es estar con él, lo único que te interesa es besarlo, acariciarlo, amarlo.

Aquél silencio palpable se materializa otra vez. De pronto todo se vuelve serio, todo se vuelve intenso, todo se vuelve demasiado real, todo se vuelve demasiado crudo, todo se vuelve demasiado fuerte, todo se vuelve demasiado abrumador.

Una sensación tibia te invade, y estás segura de que no tiene nada que ver con el hecho de que estás sumergida del cuello para abajo en agua caliente; más bien tiene su origen en lo delicioso de sentir nuevamente todo su peso sobre vos, sus brazos envolviéndote posesivamente, tus piernas alrededor de su cadera generando una fricción exquisita que convierte en irregulares tus patrones de respiración. Acariciás su espalda a través de la camisa empapada que se le pega a los músculos, acariciás su cabello, lo mirás a los ojos y ves nuevamente en ellos tu reflejo, ves nuevamente ese deseo incontenible que está consumiéndolos a ambos.

Te sentís más viva que nunca, más amada que nunca, más feliz que nunca, nada duele, nada lastima, nada pesa, estás flotando, estás… estás en tu propio cielo. Porque estás con él, porque estás en sus brazos, porque estás besándolo y él está besándote con una necesidad cruda e innegable quemando sus labios y quemando los tuyos, así como por dentro esa pasión incontenible los tiene prendidos fuego.

Perdiendo noción del tiempo y del espacio, perdiendo noción de que se encuentran medio vestidos dentro de una bañera llena, perdiendo la noción de absolutamente todo, recostados en el agua como si estuvieran recostados en el cómodo y espacioso colchón de tu cama, siguen comiéndose a besos como si supieran que mañana ocurrirá el Apocalipsis y que ésta será la única noche que tendrán para amarse antes de que sus vidas culminen (y es que si tuvieran la certeza de que el fin del mundo se acerca, los dos querrían pasar esas pocas horas juntos, lejos de todo, absortos en su propio Universo).

Si pudieras elegir cómo morir, elegirías morir así: en sus brazos, y de placer.

Eventualmente tienen que detenerse para respirar cuando la necesidad de oxígeno acaba convirtiéndose en algo imposible de ignorar y comienzan a ahogarse (eso sería hermoso también: morir ahogada en él); si por ustedes fuera no se detendrían nunca, si por ustedes fuera el perfume del otro sería lo único que sus pulmones precisarían, pero hay ciertas leyes biológicas que no pueden ser dejadas de lado y que, tarde o temprano, aparecen de golpe haciendo fuerza para meterse en medio de situaciones que no deberían ser interrumpidas por nada del mundo (mucho menos por la necesidad de tomar un poco de aire).

Tu boca y su boca se separan. Los dos tratan de estabilizarse lo más rápido posible para volver a hundirse en la dulce, terriblemente tóxica, insoportablemente adictiva sensación de estar segundo a segundo cada vez más cerca de hacer el amor por primera vez.

"Amar debe ser realmente un acto impulsivo" susurra entre jadeos, besando tus mejillas húmedas, tus párpados, tus labios, la punta de tu nariz, tu frente, distrayéndote de tus reflexiones, bajando tu cabeza de las nubes y devolviéndote a la realidad por un ratito "porque nunca se me hubiera ocurrido meterme prácticamente vestido dentro de una bañera llena" señala, sonriendo pícaramente y robándote otro de esos besos que son como suaves mordidas.

"La idea no era meternos vestidos, precisamente" murmurás también con una sonrisa cargada de picardía y seducción, tomando entre tus dientes su labio inferior y jalando despacio, arreglándotelas para separar de su ojal el primero de una larga fila de botones con la intención de empezar a deshacerte de lo que queda de su ropa "; pero no importa, porque sos mío y de nadie más, y no voy a dejar que vayas a ningún lado, y tengo todo el tiempo del mundo para desnudarte"

Quitás su camisa casi sin esfuerzo y dejás que caiga al charco de agua en el suelo, un bollo de tela insignificante al cual luego sigue su camiseta.

Ahora solamente restan sus bóxers (pensar en ello es suficiente para que tu espalda se arquee y un cosquilleo ataque tu columna vertebral).

Antes de que puedas hacer otro movimiento, rompe su pasividad y, sin mucha dificultad debido a su considerable fuerza y a lo ligero de tu peso, tomándote de la cintura se impulsa hacia arriba llevándote consigo, quedando él de rodillas – el nivel del agua apenas alcanzando su ombligo – mientras vos estás sentada en su regazo, uno frente al otro, sus rostros a apenas centímetros de distancia, él prácticamente desnudo y vos medio vestida.

Ese cosquilleo que ya tan bien conocés corre por tus labios, las ganas de besarlo otra vez torturándote, cada terminación nerviosa de tu anatomía ardiendo dulcemente y pidiéndote que les dieras un poco de alivio, que calmaras aquél incendio que sólo él con sus manos y con su mirada cargada de deseo puede provocar en vos.

No llegás a romper ese milímetro de distancia entre su boca y tu boca para arrancarle más gemidos y suspiros, para volverlo arcilla en tus manos con el efecto que tus besos surten en él y en su sistema nervioso, despertando temblores y espasmos tan fuertes como los que te atacan a vos. No llegás a romper ese milímetro de distancia entre su boca y tu boca porque él ha tomado el control otra vez y ahora es tu turno de someterte a sus deseos, es su turno de guiar hacia dónde van a ir las cosas (lo dejarías guiarte a donde él quisiera, lo dejarías hacer con vos lo que él quisiera; gravitás a su voluntad, confiás en él ciegamente, confiás en él íntimamente, confías en su experiencia, confiás en que va a cuidarte y que no va a dejar que nada malo te pase, entonces, ¿cómo podrías negarle un poco de control?).

Con apenas el índice y el pulgar de cada mano agarra los costados de la sencilla blusita que llevás puesta (es una de esas de algodón, sin mangas, color crema, tan simple como el resto de tu guardarropa). Pero antes de quitártela se toma su tiempo – un puñado de segundos que se convierten en una eternidad – para mirarte intensamente, tan intensamente que dejás de respirar, tan intensamente que tu corazón se saltea varios latidos, quedándose detenido en tu pecho. Te mira con una mezcla de pasión, amor, dulzura y deseo tan fuerte que una oleada de placer abrumadora te golpea, provocando que literalmente te desestabilices y pierdas el equilibrio, balanceándote peligrosamente un centímetro hacia atrás antes de que él te envuelva en sus brazos para mantenerte segura y protegida.

"Simplemente sos demasiado hermosa, Michelle" murmura, contestando una pregunta que jamás fue formulada – no con palabras, al menos – pero que él puede leer en el brillo de tus ojos, en la expresión de tu rostro, en tus facciones de pronto serias "; es por eso que no puedo dejar de mirarte" muy despacio frota la punta de su nariz contra el puente de tu nariz, subiendo y bajando varias veces "… Y hoy estás más hermosa que nunca"

Si la euforia no hubiera estado obnubilándote, te habrías sonrojado, te habrías reído, lo habrías tratado de ridículo, de loco, de tonto y luego lo habrías besado tiernamente para agradecerle su intento de levantar tu pobre autoestima con mentiritas piadosas. Porque, ¿qué hombre en su sano juicio diría que estás más hermosa que nunca?: tu cabello está totalmente revuelto y despeinado, tus rulos empapados pegándose a tu cara y a tu nuca, tus ropas mojadas adheridas a tu cuerpo, totalmente desalineada en general, sin una gota de maquillaje en la cara? (bueno, si uno lo piensa con cuidado, es culpa suya que estés desalineada y mojada: él te sumergió dentro de la bañera con toda la ropa puesta, y fueron sus manos las que se enredaron en tu pelo y desacomodaron los rulos que con tanto esmero y dedicación habías peinado antes de ir a la playa).

Pero a él le creés.

Porque él no es cualquier hombre.

Él es el hombre que te ama.

No es una mentirita piadosa. Está diciéndote la verdad. Lo sabés, lo sentís en el cuerpo, lo sentís en el corazón, lo sentís en el alma, y ni tus complejos de inferioridad ni tu baja autoestima podrían convencerte de que no es cierto que en sus ojos sos la cosita más hermosa del mundo, aun toda despeinada, aun toda empapada, aun con tu rompa húmeda y ni una gota de maquillaje, aun desalineada y desarreglada. Para él siempre sos hermosa, para él nunca vas a dejar de serlo, para él siempre vas a brillar mucho más que cualquier otra luz, él nunca va a verse cautivado por otra belleza que no sea la tuya, incluso si a vos a veces te cuesta aceptar que es posible que un hombre te vea como a algo más que un patito feo y abandonado sin atractivo alguno.

El deseo quemando sus ojos está tan vivo como el que quema los tuyos. Ese deseo está en tu mirada y en su mirada, ese deseo indescriptible e inexplicable que quiere transformarse en un placer tan insoportable que raye el dolor, un placer mucho más profundo, mucho más fuerte, mucho más intenso que el que sentiste alguna vez, un placer tan increíble que jamás podrías poner en palabras lo que sucede cuando en oleadas se cobra por víctima a tu anatomía, dejándote temblando y queriendo una dosis más.

Otra vez se pierden en besos y caricias. Otra vez se pierden en la exquisita sensación de sus cuerpos más vulnerables y expuestos que nunca. Podés sentir tus pulsaciones en todas partes, y podés sentir sus pulsaciones en todas partes. Tu corazón y su corazón están hablándose el uno al otro, así como tu anatomía y su anatomía están comunicándose con el lenguaje de la piel, con ese lenguaje que usa los sentidos en lugar de las palabras (esos sentidos tan terriblemente hipersensibles), porque esto va más allá del placer físico, va más allá de un encuentro íntimo, va más allá de cualquier emoción que pueda ser descripta o explicada, va más allá de absolutamente cualquier cosa que pueda ocurrírsele al cerebro humano, que es tan simple y tan cuadrado que no sabe cómo ver todo aquello esencial que es invisible a los ojos.

Finalmente tu blusa se suma a las prendas de vestir hechas un bollo en el húmedo suelo. Un escalofrío te recorre entera y tu respiración se vuelve elaborada otra vez, pero con sus besos él te calma. Él sabe siempre exactamente cómo calmarte, cómo contenerte, estés triste o eufórica; con un ataque de nervios de esos que te destrozan y te dejan hecha un desastre, o simplemente nerviosa; atragantándote con tu propio llanto o sonriendo inconteniblemente mientras sus labios dejan su marca por todo tu cuello.

"A veces me cuesta creer que sos real" susurra en tu oído, abrazándote posesivamente pero con delicadeza, frotando sus manos en tu espalda justo debajo de tu sujetador para generar calor y calmar tus temblores porque piensa que tenés frío, provocando en el intento que tirites aun más, porque es el contacto piel a piel lo que provoca que te deshagas en escalofríos incontenibles "… A veces pienso que sos un sueño del que voy a despertar…" confiesa, enterrando su rostro en tu cuello para inhalar tu perfume hasta intoxicarse, presionándote aun más contra su cuerpo como si quisiera mantenerte allí para siempre, asegurarse de que no vas a esfumarte, asegurarse de que no vas a desvanecerse, asegurarse de que sos de carne y hueso y no una simple fantasía o ilusión, asegurarse de que es cierto que en este preciso momento se encuentra con vos metido dentro de una bañera, semidesnudos los dos, a escasos pasos de concretar finalmente el acto más íntimo que puede ocurrir entre dos personas que se aman.

"No soy un sueño" murmurás, acunando su rostro entre tus manos y besándolo despacio y con ternura, saboreando cada segundo y esperando que eso le demuestre que sos tan real como lo es él, que la situación es tan real como lo fueron todas esas situaciones en las que tuvieron que llorar juntos y secar uno las lágrimas del otro, tan real como cualquier dolor que hayan compartido, tal real como cualquier mala experiencia que hayan tenido que vivir antes de conocerse, tan real como esos años previos a que sus caminos se cruzaran, tan real como la traición de Nina o como el abandono de tu mamá, tan real como la muerte de su abuela o la muerte de tu papá, tan real como el latido desaforado de sus corazones "… y afortunadamente vos tampoco lo sos" agregás, sonriendo "Los dos somos reales" tomás una de sus manos y la posás en tu pecho, donde puede sentir los latidos de tu corazón "Los dos estamos acá" posás tu otra mano en su pecho, para sentir sus pulsaciones debajo de todos esos músculos "No hay ningún otro lugar en el que preferiría estar…"

"Siempre quiero estar donde estés vos" suspira, acariciando tus hombros con sus labios "… No hay ningún otro lugar en el que preferiría estar…" repite las palabras que escasos segundos atrás dejaron tu boca para alcanzar sus oídos, al tiempo que su boca sube por tu cuello lentamente, mezclando besos con mordidas, moviéndose centímetro a centímetro, mientras sus manos viajan por tu espalda hasta llegar a tu cintura.

Cerrás los ojos en anticipación, te estremecés violentamente al sentir las yemas de sus pulgares acariciando tus muslos repetidas veces, dibujando círculos sobre tu piel hipersensible. Un gemido apenas audible sube por tu garganta y el cosquilleo entre tus piernas se agudiza.

Él te mira a los ojos con una intensidad que te deshace, una intensidad tan pura y un amor tan terriblemente profundo que sentís tú alma vibrar contra las paredes del cuerpo de carne y hueso en el que está encerrada. Te mira a los ojos para prometerte un millón de cosas sin necesidad de usar palabras: promete amarte, cuidarte y protegerte siempre; promete jamás dejarte sola; promete poner tus necesidades antes que las suyas; promete tratarte con dulzura y delicadeza, porque sos su muñequita de porcelana; promete que nunca vas a arrepentirte de haberlo esperado; promete que nunca vas a arrepentirte de haberle confiado tu cuerpo; promete que nunca vas a arrepentirte de ser suya y de nadie más.

Y tus ojos le devuelven la mirada, con la misma intensidad cruda y desgarradora, con una intensidad que te devora ferozmente, una intensidad que provoca que todo dé vueltas a tu alrededor. Esa mirada cargada de intensidad responde a sus promesas sin que sonido alguno que no sea el de sus respiraciones agitadas retumbe contra las paredes del cuarto de baño: sabés que todas ellas son ciertas, sabés que va a cumplirlas, sabés que jamás las rompería, sabés que nunca te decepcionaría, sabés que nunca va a hacerte daño, sabés que nunca va a lastimarte, sabés que sería incapaz de hacerte mal, sabés que siempre va a defenderte, sabés que es el indicado, sabés que es el hombre al que debés pertenecer, sabés que es el único hombre con el que querés estar, sabés que es el único hombre del que querés ser propiedad, sabés que él es de tu propiedad tanto como vos sos suya.

Con su índice y pulgar, en dos segundos que se sienten como una eternidad, desabrocha los ganchitos de tu sostén color rosa pálido. Apenas tocándote, apenas rozándose su piel con tu piel, como si fueras la cosita más frágil del mundo, como si temiera que te hicieras añicos en un segundo, con sus pulgares y sus índices desliza las tiras del sujetador por tus brazos hasta quitártelo del todo. Lo deja caer en el piso del baño sin siquiera mirarlo, porque en ningún momento te ha sacado los ojos de encima, en ningún momento ha roto esa conexión entre los dos, esa conversación que están manteniendo en aquél lenguaje que sólo ustedes conocen y que nadie más podría entender.

Te toma en sus brazos otra vez y te ayuda a recostarte con la cabeza reposando en el borde de la bañera. Otro puñado de segundos se le escapa al reloj, y ese minuto se te hace eterno. En el tiempo que tarda la aguja más grande en dar una vuelta completa, con suavidad extrema él termina de desvestirte, deshaciéndose de esa última barrera de tela que estaba cubriendo tu cuerpo y dejándola caer junto al resto de sus ropas.

Estás completamente desnuda bajo su mirada atenta y cargada de deseo, esa mirada que brilla más que cualquier estrella en el cielo, esa mirada en la que podés ver claramente el reflejo de su alma mezclándose con tu propia imagen. Estás recostada en aquella bañera llena de agua, con el cabello revuelto y empapado, sin tela alguna que te cubra, por primera vez totalmente desnuda delante de un hombre, más vulnerable y expuesta que nunca, decidida a entregarle cada pequeño pedacito de tu ser.

Tu estómago se llena de mariposas otra vez (en realidad nunca han dejado tu panza esas mariposas; lo que sucede es que ahora están batiendo sus alas con mucha más fuerza, casi violentamente, con impaciencia); tu temperatura se eleva hasta alcanzar límites insospechados, tus ganas de que él te alivie con sus besos y sus caricias están literalmente consumiéndote, la necesidad de hacer el amor con él está comiéndote viva.

Pero lo que más te afecta – física y emocionalmente – es la intensidad de su mirada, la intensidad con la que te observa, conteniendo la respiración y mordiéndose los labios, como si estuviera memorizando cada detalle, como si estuviera grabando tu imagen en su retina, usando cada onza de voluntad y autocontrol que tiene para contenerse. Está mirándote como si jamás hubiera tenido delante suyo semejante belleza, semejante hermosura, como si fueras única, importante, especial; es que para él lo sos, para él sos única, importante, especial. Está mirándote con una mezcla de amor y locura que puede respirarse en el aire cargado, está mirándote como si fueras un ángel caído del cielo, está mirándote como un sediento a un oasis en el desierto.

"Sos preciosa, Michelle" deja escapar en un jadeo, sonriéndote con ternura, aun mordiendo sus labios "Sos tan preciosa…"

La emoción que te atraviesa, esa madeja de emociones varias y complejas que se forma cuando escuchás sus palabras y cuando sentís su mirada en tu cuerpo despojado de toda ropa, causa que tus ojos se nublen con lágrimas que dudás puedas contener; es abrumador, es totalmente abrumador, abrumador e indescriptible, inexplicable, imposible de poner en frases coherentes, imposible de entender con el cerebro y con las herramientas del raciocinio.

Es imposible entender cómo simplemente con una mirada y con menos de diez palabras él puede sanar todas las heridas que llevás años tratando de cerrar, todas esas heridas que llevan años doliendo, todas esas heridas que pensaste jamás se borrarían, todas esas heridas que han dejado marcas y cicatrices que te recuerdan constantemente que jamás pudiste hacer las paces con tu autoestima.

En este preciso instante, no cruza tu cabeza ningún pensamiento sobre lo fea que sos, lo poco que vales, lo raros que son tus rasgos, lo gorda que estás (porque en tu visión distorsionada de las cosas, pesar poco más de cincuenta kilos es pesar demasiado, y si no fuera porque debés mantenerte dentro de patrones preestablecidos para trabajar en el gobierno, te pondrías a dieta inmediatamente para perder 'esos muchos gramos que tenés demás'), lo muy atormentada que fuiste cuando eras chica y todos te llamaban 'el patito feo' o se referían a vos despectivamente. Nunca un espejo te mostró tan desgarradoramente hermosa como sus ojos te muestran ahora, nunca un espejo te mostró tan perfecta como te ven sus ojos. Por eso sus ojos son tus espejos favoritos: todos esos defectos que creés tener, todas esas imperfecciones, todo eso que odiás, todo eso que pensás te hace un patito feo, todo eso que pensás no vale nada, simplemente desaparece, se esfuma, se disipa, se disuelve, y solamente sos consciente de lo que él ve, piensa, siente y cree.

Si él te ve hermosa, si piensa que sos bonita, si siente que sos preciosa, si cree que sos linda, entonces no tenés razones para dudar, para cuestionarlo, para diferir.

Él te dice que sos preciosa, y vos le creés; no se te ocurriría no creerle. No hay promesa suya que no sepas va a cumplir aunque le cueste la vida lograrlo, no hay palabra que te diga que no nazca desde lo más profundo de su ser, no hay posibilidad de que alguna vez te mienta. Si él piensa que sos perfecta, si él piensa que sos un ángel, vos le creés. A él, vos le creés.

Con sus pulgares barre esas lágrimas que han comenzado a rodar por tus mejillas, esas lágrimas que no podés impedir corran libres, esas lágrimas que no querés impedir que fluyan. No son lágrimas de tristeza, no son lágrimas de angustia: son lágrimas dulces. Y si lloraste tantas veces por dolor, si lloraste tantas veces porque te lastimaron, si lloraste tantas veces porque te abandonaron, si lloraste tantas veces porque estabas sola, si lloraste tantas veces porque estabas desamparada, ahora que tenés motivos para llorar de emoción, ¿vas a contener todo eso tan hermoso que no podés explicar dentro de tu pecho en lugar de dejarlo fluir libremente?

"Si querés que nos detengamos" te dice con voz dulce "sólo tenés que pedírmelo"

"No quiero que nos detengamos" respondés, alzando una de tus manos para acariciar su cabello húmedo, sus mejillas, su cuello, su torso.

Nunca estuviste tan segura de algo como lo estás de esto ahora. Nunca estuviste tan decidida como lo estás ahora. Nunca sentiste tantas ganas de hacer algo ni la necesidad cruda, insoportable, inevitable e inexplicable de simplemente hacerlo. Nunca te sentiste tan cuidada y contenida. Nunca te sentiste tan libre: libre de tus complejos, libre de tus miedos, absolutamente libre de todo, sin nada que te ate, sin nada que te hunda, sin nada que haga peso sobre tus hombros, sin ninguna sombra cerniéndose sobre tu corazón, sin ninguna cadena envolviéndose alrededor de tu alma.

En un silencio absoluto que puede escucharse, sentirse, respirarse, te incorporás para quedar otra vez sentada. Lo empujás hacia atrás lentamente con una de tus manos, y con la otra acunás su cabeza para que no se lastime contra el borde de la bañera. Y luego, lentamente, sin dejar de mirarlo, sin romper la conexión de sus ojos, con los mismos temblorosos dedos inexpertos y un poco torpes con los que desabotonaste su jean - ese jean que ahora no es más que un bollo de tela en el suelo mojado - sonriendo tímidamente sumás al resto de las prendas de vestir desperdigadas en el suelo empapado del baño la última pieza de ropa cubriendo su cuerpo.


La tensión inicial desaparece. El deseo sigue ardiendo dentro de ambos, pero no con ferocidad; más bien el fuego se ha reducido, de momento, a una llama que crepita lenta, dulcemente; es la calma antes de la tormenta o, en este caso particular, la calma antes del incendio.

Inmersos en la bañera llena de agua tibia, están acurrucados uno junto al otro, cara a cara, las puntitas de sus narices casi tocándose, sus miradas conectadas. Llevan casi tres cuartos de hora sin decir palabra alguna; romper ese silencio cómodo en el que han caído, ese silencio que los envuelve formando una cajita de cristal invisible que contiene esta escena de amor, sería realmente innecesario. Comunicarse con los cinco sentidos es muchísimo mejor, porque las palabras no sirven de nada, no expresan ni explican nada, no son relevantes, sobran, bloquean a los oídos impidiéndoles escuchar sonidos mucho más tiernos, como el de sus respiraciones acompasadas o el de los latidos de sus corazones.

En alguna de esas revistas Cosmopolitan que Carrie siempre insistía en prestarte porque decía que necesitabas cambiar un poco tu estilo y ponerte al día con cosas interesantes e instructivas en lugar de perder tu tiempo libre con libros, computadoras, películas y series de televisión (habla mucho de la inteligencia de Carrie el hecho de que ella considere instructiva a la clase de material que contiene una Cosmopolitan) leíste que puede llevar tiempo a dos personas ajustarse, adaptarse y sentirse cómodas al mostrarse total y completamente vulnerables una con la otra, que las pausas y miradas embarazosas son de esperar y que de a poco la química natural va apareciendo sola.

En tu humilde opinión, quien quiera que haya escrito ese artículo evidentemente no sabe lo que es el amor, porque cuando el vínculo entre dos personas va mucho más allá de la atracción física, cuando dos personas quieren simplemente estar juntas y demostrarse lo mucho que se adoran una a la otra y cómo serían capaces de sacrificar y entregar todo para protegerse la una a la otra, cuando quieren unir sus cuerpos no sólo para buscar alivio y satisfacción sino para sentirse totalmente uno propiedad del otro, hasta el ser más tímido del planeta (tomemos como ejemplo tu caso; no conocés, a decir verdad, a alguien a quien la timidez le gane tanto como a vos) deja de sentir presión, porque sabe que en los brazos de la persona que moriría para salvarle la vida todo está bien, nada duele, nada lastima, no hay de qué temer, todo es perfecto y no existen las pausas incómodas o miradas embarazosas, no hace falta 'adaptarse' y 'ajustarse', porque un cuerpo encaja perfectamente junto al otro como dos piezas de un rompecabezas y porque no hay nada tan dulce como mostrarse vulnerable delante de ese ser humano que sabe exactamente dónde está cada marca, cada cicatriza y cada herida y cómo curar cada una de ellas con sus besos y caricias.

Aunque no puedas evitar que tus mejillas estén teñidas de un fuerte color carmesí, aunque no puedas evitar sonreír como una tonta, estás calmada y relajada, mucho más calmada y relajada de lo que creías tu sistema nervioso te permitiría estarlo, mucho más calmada y relajada de lo que pensabas podrías estar debido a la urgencia y ferocidad con la que el deseo estaba consumiéndote como si fueras una simple hoja de papel prendida fuego, destinada a acabar convertida en cenizas en cuestión de minutos.

Sin embargo, una vez sacada del medio la frustración provocada por esas ropas que ahora yacen desperdigadas desprolijamente por el suelo y dentro de las cuales te sentías prisionera y limitada, el roce de las yemas de sus dedos dibujando círculos en tu estómago desnudo y la suavidad de sus caricias te tranquilizaron hasta volverte completamente dócil, casi como si el contacto piel con piel, la calidez del agua y la quietud estuvieran combinándose para actuar en vos como un efectivo sedante.

Podrías pasar el resto de la noche (o el resto del fin de semana, o todos tus días libres, o incluso el resto de los días que le restan a tu existencia también, llegado el caso) recostada junto a él dentro de la bañera, el agua arropándolos como si fuera un manto transparente que los abriga con su calidez pero no los cubre escondiéndolos de la vista del otro, explorando una y otra vez y memorizando cada palmo de piel, acariciándose y besándose con dulzura y delicadeza como si ambos fueran terriblemente frágiles, transmitiéndose mensajes de amor con las puntas de los dedos.

Saboreás cada instante, cada pequeño movimiento, cada encuentro de tu mirada y su mirada, cada suspiro, cada sonrisa. Saboreás cada nuevo descubrimiento que tus manos y labios hacen; por ejemplo, tiene muy pocos lunares y apenas una marca de nacimiento, pero podrías decir la ubicación exacta de cada uno de ellos con los ojos cerrados, valiéndote simplemente del tacto porque tus labios ya pasearon por esos puntos de su anatomía repetidas veces. Te gusta conocer detalles tan íntimos de su cuerpo que otras han pasado por alto porque no les importó detenerse y tomarse su tiempo para admirarlo, estudiarlo, observarlo, prestar atención, absorber todas esas cositas que lo vuelven único e irrepetible, todas esas cositas que vos amás porque son parte de lo que él es, son parte de ese conjunto de millones de átomos y moléculas que forman al hombre que adorás y con el que querés envejecer.

Tony está embelesado por esa belleza que puede ver donde otros no han visto más que a un patito feo triste y solitario; esos dos ojos color chocolate reflejan su locura por vos y te recuerdan que nunca amó a nadie, que aunque muchas otras hayan pasado bajo sus sábanas vos sos la primera que significa el Universo entero para él.

El roce de sus manos sobre tu piel desnuda despierta susurros que te dicen lo mucho que te adora y lo importante que es para él cuidarte. Su boca dejando besos en todas partes te cuenta una historia en la que están juntos durante cada instante que les queda sobre esta Tierra, y luego siguen amándose durante toda la eternidad.

Es un momento tan lindo, tan dulce, tan sencillo, tan íntimo, tan personal, sólo de ustedes dos: respirar sus perfumes mezclándose en el aire, escuchar el sonido de sus corazones y la respiración del otro, simplemente mirarse, besarse y acariciarse con esa mezcla de deseo contenido e inocencia, entre mordidas apasionadas y sonrisas tímidas. Te sentís presa de un hechizo, y no querés ser liberada jamás. Te sentís satisfecha, como un adicto que acaba de inyectarse una dosis alta en las venas, y no te interesa rehabilitarte (en realidad, incluso si intentaras no serviría de mucho, no podrías lograrlo, para esto no hay cura). El fuego todavía arde dentro tuyo, sus llamas lamiéndote, acumulándose en tu pecho y provocando cosquilleos y temblores en todas partes, pero ahora mismo no necesitás nada: querés quedarte suspendida en el tiempo y en el espacio con él, más expuesta y vulnerable que nunca, dos cuerpos anidados uno junto al otro, dos mitades de un entero examinándose una a la otra con dulzura para conocerse en profundidad antes de volver a unirse.

"Te amo, mi Michelle"

Su murmullo rompe el silencio. Sus palabras vibran dentro tuyo, como si el sonido de su voz estuviera en tu interior y no a tu alrededor, como si estuviera tocándote por dentro y no por fuera. En un acto reflejo cerrás los ojos, quizá por el placer de escuchar decir aquello que tan bien sabés y que tus cinco sentidos perciben permanentemente, o tal vez porque tus terminaciones nerviosas reaccionan cuando las yemas de sus dedos acarician tus muslos otra vez, rozando la piel sólo lo suficientemente para provocarte y aumentar ese cosquilleo tan agradable que nace en el centro de tu estómago y va desparramándose hacia abajo, intensificándose.

"Yo también te amo" susurrás, tomando una de sus manos y acercándola a tus labios para besar el espacio entre sus dedos, aquél espacio en el que los tuyos caben perfectamente porque los dos fueron hechos a medida, uno para el otro, para complementarse.

Enterrás tu rostro en su cuello; inhalás su perfume para llenarte los pulmones con esa esencia única y adictiva que sólo pertenece a él y acariciás su torso repetidas veces al tiempo que enredás tus piernas con sus piernas.

"Te amo tanto, Tony" tu voz suena ahogada porque tu boca está yendo de un punto a otro de su garganta, desparramando besos, mordiéndolo suavemente "… Me hacés tanto bien…"

Paseando sus manos por tu espalda, presionando su cuerpo contra tu cuerpo, esforzándose para seguir manteniendo el control, besa tus hombros desnudos y susurra palabras cargadas de deseo y ternura, palabras que traducen al lenguaje cotidiano que habla todo el mundo eso que ya lo sabés porque lleva una hora entera diciéndotelo en el lenguaje de la piel con sus mimos:

"Soy adicto a vos, Michelle" confiesa "Sos mi adicción… Una adicción que me salvó la vida. Una adicción que me salva la vida todos los días"

Ambos levantan la cabeza al mismo tiempo, permitiendo que sus miradas se encuentren, que sus ojos se conecten, hallándose otra vez reflejados en los que son respectivamente sus espejos favoritos, transmitiendo todo eso que no puede ser puesto en frases con tan sólo compartir otro segundo de silencio.

La tensión regresa súbitamente a tus músculos, el fuego se reaviva y comienza a quemarte, la sangre en tus venas hierve, la desesperación crepita otra vez, la locura te consume, tu mente se nubla, tus pulsaciones se aceleran, tu respiración se agita, todo tu autocontrol amenaza con desaparecer. Aquellos instantes de calma antes del incendio están a punto de culminar tan súbitamente como comenzaron.

Podés verlo en sus ojos, porque allí están reflejadas sus emociones, y como sabés leerlo mejor que nadie y lo conocés mejor de lo que se conoce él mismo, no hay forma posible de que te equivoques.

Él siente lo mismo que vos. En este preciso instante, los dos están experimentando la misma urgencia, el mismo deseo, la misma pasión, el mismo amor incontenible, el mismo cosquilleo, el mismo placer descarrilándose hasta rayar el límite con el dolor.

Acunás su rostro con tus manos y, sólo por el gusto de mezclar el lenguaje de la piel con el lenguaje hablado, murmurás con un tono que mezcla seducción, inocencia, nervios, ansiedad y un millón de complejos sentimientos que jamás podrías separar para analizar, describir y clasificar, seis palabras que lo derriten, lo deshacen, lo enloquecen, lo descontrolan.

Y es allí- cuando esas palabras llegan a sus oídos - que sucede.

Es allí cuando se desata el incendio, el incendio aquél que ha sido precedido por una maravillosa hora de calma en la que simplemente existieron juntos, suspendidos en tiempo y espacio, memorizando el cuerpo del otro, haciéndose promesas en forma de besos y caricias, escuchando el silencio, contando sin usar palabras la historia de dos almas destinadas a fundirse y convertirse en una sola, anticipando el instante en el que se fusionen por primera vez, disfrutando del juego previo, aprendiendo el uno del otro cómo amar.

"Quiero hacer el amor con vos, Tony"


Estallás en temblores cuando él posa tu cuerpo tibio sobre el frío edredón que cubre la cama. Tus párpados pesados como el plomo caen al sentir la almohada de plumas bajo tu cabeza; tu cabello húmedo empapa la funda tanto como está empapado el cobertor sobre el que yacés.

Él se recuesta a tu lado, e inmediatamente al sentir el roce de su brazo contra tu brazo un escalofrío recorre tu espina dorsal, tu respiración se acelera y tu corazón comienza a latir tan rápido que al rebotar contra tu pecho también lastima tus costillas. Tus músculos relajados se tensan de golpe, tu estómago se contrae, sentís tu pulso en todas partes (las muñecas, las sienes, la garganta, entre tus piernas, en todas partes). Como si con un alfiler hubieran pinchado aquella burbuja cálida en la que estabas acunada, de pronto tomás consciencia de que, en realidad, tus nervios y tu ansiedad nunca te dejaron, simplemente se debilitaron bajo los efectos de sus caricias y de sus besos; simplemente quedaron opacados, ocultos en la sombra del incontenible, indescriptible deseo que te hizo víctima de su hechizo.

Tus sentidos se agudizan un millón de veces más. Nada parece estar fuera del alcance de tus oídos: la sangre fluyendo como río revuelto por tus venas, cada inhalación suya para alimentar a tus pulmones con el aire que él exhala, el batir de sus pestañas cada vez que parpadea, la quietud que de tan profunda se ha vuelto ensordecedora.

Inundan tu boca el sabor de sus besos y de su piel.

Te duelen las manos y tiemblan las yemas de tus dedos porque las ganas de tocarlo están devorándote salvajemente.

La habitación está en penumbras, la oscuridad absoluta se cierne sobre ambos, pero eso no impide que lo veas: allí está él, junto a vos, recostado boca arriba, su piel color bronce contrastando tu piel color marfil, sus ojos brillantes refulgiendo más que todas las estrellas que salpican el firmamento, una sonrisa tenue curvando los labios de los que están hambrienta.

Hay un milímetro de distancia entre un cuerpo y el otro; el aire electrizado entre ambos les da la sensación de que van a quemarse hasta quedar reducidos a cenizas en cuestión de segundos si se animan a cruzar esa línea invisible. Se te ocurre que así deben sentirse los suicidas antes de dar un paso hacia adelante y caer al vacío después de haber estado contemplando sus errores y aciertos por última vez, cara a cara con la nada, que es lo que creen van a encontrar cuando caigan al precipicio. Se te ocurre que así deben sentirse los locos que caminan por las cornisas buscando experimentar un golpe de adrenalina, jugando con los límites, tentando a la gravedad.

Una punzada aguda cruza tu estómago, y esta vez nada tiene que ver con las mariposas que se pasen por tu interior despertando cosquillas agradables y placenteras. Todos esos nervios que pensabas se habían ido, todos esos nervios que creías habían desaparecido, de repente están volviendo a atacarte, sin previo aviso y con la efectiva rapidez de una puñalada, recordándote que es imposible que se diluyan del todo, es imposible que tu organismo los elimine; sin importar cuán grande sea el deseo, sin importar cuán pequeños parezcan ellos a comparación de tus ganas de estar con él: siempre se sienten nervios cuando se hace algo por primera vez, siempre hay ansiedad, siempre hay expectativa, siempre hay – en dosis mayores o menores – miedo, porque los seres humanos están programados para temer a lo desconocido, incluso a las cosas más hermosas.

Pero no debés dejar que los nervios te dominen, no ahora que lograste controlarlos y no ser controlada vos por ellos una vocecita murmura en tu cabeza. No tenés nada que temer, porque él jamás dejaría que cayeras, él va a cuidarte. Sólo tenés que relajarte, permitir que las cosas fluyan, confiar en él.

Exhalás.

Inhalás.

Exhalás.

Inhalás.

Él comprende enseguida lo que te sucede, y como si pudiera leer tu mente (algo te hace sospechar que la conexión que existe entre los dos le permite saber con sólo observarte exactamente qué estás pensando, qué estás sintiendo, qué pasa por tu cabeza) se atreve a dar el primer paso, a cruzar esa línea invisible entre ambos que no supera el medio milímetro: con un suave, dulce movimiento, un movimiento apenas perceptible, gira despacito hasta quedar yaciendo sobre su costado y se incorpora casi en cámara lenta, apoyando su codo sobre el colchón y reposando la cabeza sobre su mano para tener el nivel suficiente para que tus ojos puedan examinar minuciosamente por vez número un millón cada centímetro de tu cuerpo.

Contenés la respiración esperando el impacto, sea éste en forma de besos, caricias o palabras susurradas con toda la ternura del mundo embebiéndolas.

Con las yemas de sus dedos dibuja círculos alrededor de tu estómago, apenas rozando la piel, tocándote con delicadeza, avivando el fuego. El contacto, en lugar de cumplir con su propósito de relajarte, sólo aumenta la tensión, formando un nudo en tu garganta (encontrás dificultoso tragar) y otro nudo igual de apretado (o quizá más) en tu estómago, provocando que tus brazos y piernas se pongan tiesos. Tus ojos buscan y encuentran sus ojos, tu mirada y su mirada se conectan, y aunque están diciéndose todo sin decir absolutamente nada, él siente la necesidad de transformar esa conversación que están teniendo en ese lenguaje extranjero para cualquier otro habitante de la Tierra en un conjunto de frases en ese otro idioma que es común y corriente y mundano:

"Michelle" murmura tu nombre con adoración "no tenemos por qué ir más lejos" recorre tu mejilla con el dorso de su mano "Podemos seguir yendo de a poquito…"

"Shhh" tu pulgar se pasea por sus labios, sellándolos "… Sentir nervios es natural" murmurás, más para vos misma que para él.

"Yo no quiero que te sientas presionada" susurra, delineando el contorno de tu rostro con sus dedos, los cuales notás han perdido mucha de la agilidad mostrada antes y ahora están tiemblan ligeramente.

"No me siento presionada" asegurás con total sinceridad "Sólo estoy un poco nerviosa" repetís.

"Yo también" admite "Cuando desperté esta mañana no imaginé que mi día iba a terminar así…" susurra, sonriendo sugestivamente.

"Yo tampoco" reconocés, espejando su sonrisa, aliviada al notar que los nervios están disminuyendo otra vez y que ya no estás tan tensa. Y luego elegís utilizar sus propias palabras, aquellas que te ha dicho un rato atrás y que se han grabado a fuego en tu memoria ": Amar debe ser realmente un acto impulsivo…"

"Tengo miedo de que mañana por la mañana te arrepientas de nuestros impulsos"

Allí está otra vez: el miedo. Ese miedo que había empequeñecido ante el deseo, ese miedo que había quedado opacado, hecho a un lado, reducido a nada, escondido en las sombras, minimizado. El miedo está alzándose otra vez, de a poco, enredándose dentro suyo, apretujándolo, quitándole el aire, nublándole el cerebro. Teme que te arrepientas de entregarle tu virginidad antes de que haya un anillo en tu dedo (¿para qué necesitás un anillo? Ah, cierto: para que el resto del mundo pueda entender que le pertenecés a él, pues aparentemente la conexión que los une y que te hace suya desde mucho antes de que se conocieran es inexplicable, por lo tanto no puede ser entendida, por lo tanto no puede ser aceptada porque la mayoría de los componentes de la humanidad tiene la mala costumbre de rechazar y descalificar lo que no puede entender); teme que te arrepientas de dejar la pasión fluir y permitir que las cosas sucedan en la simpleza de tu cuarto y no en un escenario mucho más romántico; teme que te arrepientas de no haber esperado un poquitito más; teme que, detrás de esta seguridad y resolución que mostrás, una partecita tuya no esté lista para desprenderse totalmente de su inocencia.

"El uno al otro nos volvemos impulsivos, es cierto" reconocés, tomando su mano y entrelazando sus dedos con tus dedos "; pero esto va mucho más allá del deseo físico" suspirás "Siempre pensé que la intimidad consiste en expresar con el cuerpo, a través de los besos y las caricias, una conexión emocional que puede sentirse pero que es intangible e invisible y que sólo dos personas entienden" besás uno a uno sus nudillos, tomándote tu tiempo para disfrutar del contacto de su piel tibia bajo tus labios "Ahora creo en eso más que nunca" agregás luego de una larga pausa durante la cual simplemente se miraron a los ojos "Estos no son meramente impulsos" repetís ": esto es amor. Nunca me arrepentiría de amarte, Tony, sin importar el día, la hora, el lugar o las circunstancias" suspirás; cada vez te sentís más y más liviana, cada vez los nervios hacen menos peso, cada vez los nudos en el estómago y en la garganta se aflojan un poquitito más "así como no me arrepiento de haber esperado a que mi camino y tu camino se cruzaran, así como no me arrepiento de haber esperado a que pudieras admitir lo que sentís por mí"

Se toma unos segundos para mirarte, simplemente mirarte, volviendo a observar con minuciosidad el cuerpo que ya conoce de memoria, absorbiendo todos esos detalles que podría describir con los ojos cerrados, grabando nuevamente en su retina aquella imagen que mezcla inocencia y seducción, agregando al silencio palabras que nadie podría escuchar pero que vos podés leer escritas en el aire:

"No es que tenga dudas, Michelle, o que no te desee" comienza a explicar, aunque la realidad es que explicaciones no son necesarias porque todo lo que precisás saber está escrito en las expresiones de su rostro y transmitido a gritos por el lenguaje de su cuerpo "… Solamente quiero cuidarte"

"Siempre me cuidás" susurrás, dibujando círculos en la comisura de su boca con tu pulgar "Confío en vos íntimamente, Tony. Si todavía no morí de un ataque de vergüenza o timidez es porque confío en vos como jamás podría confiar en otra persona" ambos ríen, sus risas suaves jugando a mezclarse hasta transformarse en un único sonido que rebota contra las paredes del cuarto "Estoy nerviosa" repetís por tercera vez "pero no es nada que vos no puedas calmar"

"Me fascina saber que tengo ese efecto en vos" murmura, bajando la cabeza lo suficiente para poder besar tu hombro "Amo que confíes íntimamente en mí"

Acariciando su cabello húmedo, revolviéndolo con tus dedos mientras su boca continúa rozando tu cuello y tu hombro, murmurás una pregunta en su oído, tu tono nuevamente embebido en esa mezcla de inocencia y seducción que para él es letalmente peligrosa:

"¿Querés que te cuento un secreto, mi vida?"

Creés que es el momento adecuado para hablarle de esto por dos motivos: para empezar porque en una relación íntima no deben existir secretos; en segundo lugar, esperás tranquilizar esas dudas que pensabas se habían disipado pero que ahora han vuelto a surgir, demostrándole que llevás mucho tiempo pensando en este momento y que has tomado todas las precauciones necesarias, que no estás simplemente dejándote llevar por tus hormonas y tus impulsos.

"Llevo muchísimo tiempo fantaseando con este momento" sos consciente de que tus mejillas acaban de teñirse de un fuerte color carmín, pero no te importa ", incluso desde antes de darme cuenta que existía la posibilidad de que mis sentimientos fueran correspondidos" suspirás, y continúas "Sos el amor de mi vida, Tony; mi otra mitad, mi complemento, mi alma gemela" al escuchar tus palabras sus labios se detienen y él se queda completamente quieto, su rostro enterrado en tu cuello, su respiración haciendo cosquillas en tu piel "Literalmente me consumen las ganas de amarte" al acariciar su espalda sentís sus músculos tensos "y hace semanas decidí que ya no quiero esperar más tiempo. Por eso fui a ver a una ginecóloga y empecé a tomar anticonceptivos"

No hacés una pausa ni te detenés para observar su reacción de sorpresa, seguís hablando; él simplemente levanta la cabeza y la deja reposando sobre la almohada para poder mirarte.

"Quiero que nuestros hijos sean planeados, y sé bien que ahora no sería un momento conveniente para 'accidentes'; los dos estamos muy concentrados en nuestras carreras y arriesgamos el cuello todos los días, trabajamos demasiado y es una profesión peligrosa. Pero también existe la posibilidad de que avancemos, de que lleguemos muy lejos, de que cumplamos todas nuestras ambiciones laborales, y no me gustaría que perdiéramos la oportunidad de alcanzar esas metas" explicás "… Por eso se me ocurrió que sería una buena idea darle a mi cuerpo tiempo para ajustarse… de este modo no corremos ninguna clase de riesgos…"

Acalla tus palabras besando suavemente la punta de tu nariz, y luego rozando sus labios contra tus labios. La adoración y la ternura que ves brillando en sus ojos no podría ser descripta jamás, porque esas dos emociones se hallan en un estado demasiado puro como para que se encuentran alguna vez palabras que hagan justicia a esa luz refulgiendo y chocando contra la luz de tu propia mirada.

"Tenés razón" murmura contra tus labios ": primero deberíamos practicar mucho antes de empezar a hacer bebés" los dos ríen otra vez "Además – corriendo el riesgo de sonar un poquitito egoísta – durante algunos años quisiera tenerte toda para mí" sus risa se mezclan de nuevo.

El silencio vuelve a caer en la habitación, pero pronto es nuevamente roto:

"¿Estás segura, entonces?" inquiere una vez más, paseando las yemas de sus dedos por todo tu torso, causando que tu espalda se arquee levemente y que las cosquillas regresen a tu estómago en forma de mariposas inquietas.

"Estoy lista, Tony" repetís, frotando sus mejillas con tus manos "Estoy nerviosa, pero supongo que los nervios son algo natural" decís, encogiéndote de hombros "Si voy a esperar a no sentir una sola gota de ansiedad corriendo por mis venas, entonces vamos a vernos condenados a esperar toda la vida"

"Te esperaría toda la vida si hiciera falta…" susurra.

"Lo sé. Pero ya no quiero esperar más"

Habías pensado en sorprenderlo en Navidad, con velas desperdigadas por todo el suelo y su nombre tatuado en tu espalda; es una escenario romántico que aun puede suceder, es un escenario que deseás suceda, pero no tiene por qué ser el escenario de tu primera vez. No necesitás velas iluminando la habitación, no necesitás pétalos de rosas, no necesitás champagne y frutillas, no necesitás nada: solamente necesitás estar con él, en sus brazos, sintiéndote amada, cuidada y protegida, escuchando su respiración agitada, sintiendo sus pulsaciones aceleradas, sus manos acariciándote para recordarte a través del lenguaje de la piel que sos la única mujer a la que adora y que ninguna otra podrá ocupar tu lugar.

Aun es tu plan pasar la noche de Navidad en sus brazos, amándolo una y otra vez hasta el amanecer, pero no será la primera vez; no podrías soportar nueve días más con el deseo concentrándose dentro de tu pecho, las ganas carcomiéndote, tu cuerpo pidiendo a gritos unirse con su cuerpo. Morirías consumida por las llamas que ahora están lamiéndote suavemente amenazado con convertirte en cenizas si no saciás pronto el hambre y la sed que él te provoca con otra dosis de esa droga a la que sos adicta.

"No quiero esperar más…" volvés a murmurar.

Tomás su labio inferior entre tus dientes y jalás despacio, iniciando así un beso lento pero apasionado que te deja rápidamente sin respiración y envía descargas eléctricas por toda tu anatomía, robándole todo el aire a tus pulmones, despertando en vos esa hermosa sensación de estar ahogándote en él.


Sus ojos color chocolate se han vuelto de un negro brillante, remojados en pasión, adoración y deseo puros, dos océanos profundos en los que podrías ahogarte, empapándote de toda esa ternura. Tus ojos orientales están llenos de dulzura, esa dulzura que sentís en la boca después de cada beso, esa dulzura que sentís marcando tu piel cuando su boca rueda otro palmo marcando líneas invisibles en todas partes.

Anidada bajo su cuerpo, tu pecho contra su pecho, escuchás y sentís su corazón golpeando fuertemente contra sus músculos, hablando a tu corazón con susurros disfrazados de latidos y aguardando entre pulsación y pulsación para escuchar la respuesta. Tus manos acarician su espalda, la piel color marfil contrastando contra la suya color bronce, las yemas de tus dedos escribiendo palabras de amor en un lenguaje indescifrable. Sus manos te acarician posesivamente, reduciéndote a espasmos y temblores incontrolables. Los gemidos, suspiros y jadeos se mezclan quebrando el silencio que de otro modo sería absoluto.

Con cada segundo que se le escapa al reloj, te enamorás más y más de él y hacés que él se enamore más y más de vos. Se complementan perfectamente, son uno la pieza faltante del otro, son uno la mitad que le falta al otro para estar enteros, completos.

Le creés cuando susurra en tu oído que nunca sintió por otra mujer lo que siente con vos ahora, y sabés bien que no se refiere sólo a que sos la primera que logra robarle el corazón: sos la primera (y vas a ser la última y la única) que puede provocar en él reacciones que su cuerpo nunca tuvo, la primera que puede hacerlo temblar al murmurar su nombre en su oído, la primera que puede demostrarle de qué se trata amar con locura a otra persona, la primera que puede hechizarlo con una mirada. Creés en esos susurros que repite una y otra y otra vez, el sonido pesado y profundo de su voz mezclándose con las incoherencias que se cuelan por entre tus labios, con aquél ruido que hacen sus dedos al rozar tu piel desnuda y que en medio de la euforia se amplifica hasta volverse ensordecedor, sumándose al batir de las alas de las mariposas que llenan sus estómagos y el murmullo de la conversación carente de palabras que están teniendo los dos a través del tacto.

No hay gramo de placer que hayas sentido alguna vez que se asemeje a lo que sentís ahora. El resto del Universo literalmente no existe para vos, todo se resume a este instante, todo se resume a él, todo se resume a sus mimos y a las palabras que murmura en tu oído, todo se resume a la urgencia de expresar cuánto lo amás y la necesidad de sentir lo mucho que él te ama.

Sin embargo, aunque ambos están a punto de explotar, aunque ambos están al borde de la cornisa, aunque cada segundo creés que al siguiente van a colisionar, siguen ambos enredados en el juego previo, sin salir de ese círculo que se repite y repite sin control: se besan y acarician de pies a cabeza como si el sabor y la textura del otro fuera el antídoto para un veneno que amenaza con matarlos o la dosis justa para salvarse del síndrome de abstinencia, pero nunca se estrellan, nunca se convierten en uno.

Tus músculos están cada vez más rígidos, como si de pronto fueran de acero. Querés relajarte, pero no podés, y – paradójicamente – tus intentos por aflojarte sólo causan que te tenses más. No entendés por qué: estás tranquila, más ansiosa que nerviosa, estás cuidada y protegida, estás con la persona que moriría por vos sin dudarlo ni un segundo, no hay nada que quieras tanto como derretirte en sus brazos, no hay nada que quieras tanto como borrar los pocos límites que quedan dibujados con tinta invisible.

La de sus besos y sus caricias se sienten mejor que cualquier otra sensación que hayas experimentado, la textura del cielo está impresa en su espalda y podés rozarla con las yemas de los dedos cada vez que lo tocás, sos arcillas en sus manos y confiás en él como nunca vas a confiar en nadie más, el deseo te consume y estás hirviendo al punto del delirio, pero esa partecita tuya que aun en la euforia permanece consciente sabe que la sed y el hambre se encuentran lejos de ser aliviados porque él no va a permitir que crucen ninguna línea a menos que esté seguro de que no corre riesgo de lastimarte de ninguna forma.

Mientras sus labios dibujan círculos alrededor de tu abdomen, inhalás, exhalás y tratás de aflojarte, pero no podés. Si así de frustrante es para vos, no querés imaginar lo frustrante que debe ser para él tener que esperar pacientemente a que tu mente y tu cuerpo coordinen y estés físicamente lista como lo estás emocionalmente, contentándose con poco, conteniendo su propia urgencia, conformándose con besarte y acariciarte con suavidad pero sin llegar más lejos, soportando su propia sed y su propia hambre, aguatando simplemente para cumplir su promesa de cuidarte.

Inhalás y exhalás, buscando sacarte de encima tu propia frustración. Cerrás los ojos y mordés tus labios al sentir el rozar de sus pulgares en tus muslos, tu respiración se acelera y te arqueás al sentir las cosquillas crepitando en tu columna. Inhalás y exhalás, un gemido sube por tu garganta, rompés en temblores otra vez, pero en lugar de aflojarte sólo te tensás más; las descargas de placer hacen que te sientas flotando suspendida en el aire, pero tu cuerpo sigue rígido como el hierro, impenetrable.

Siguen así durante un rato más, entre besos y caricias, esperando a que tus músculos se aflojen, esperando a que te relajes, pero tu físico no recibe las órdenes que envía tu cerebro, y cuanto más aumenta el placer más tiesa te pones, dura como si fueras una estatua de mármol y no una mujer de carne y hueso.

Pasados varios minutos, rodea tu cintura con sus brazos, estrechándote con delicadeza para evitar aplastarte; sentir la presión de su cuerpo contra su cuerpo aumenta tu deseo mil millones de veces más. Lo abrazás con fuerza; no querés soltártelo nunca, querés quedarte con él para siempre, lejos de todo, y simplemente amarlo hasta morirse los dos, uno junto al otro.

Tu respiración se acelera, se vuelve errática y superficial, dificultosa, y entre jadeos dejás escapar susurros que sólo él puede escuchar porque aun si el deseo nubla su cabeza y le quita la capacidad de pensar con coherencia, todos sus sentidos están pendientes de vos:

"Te amo"

Acunás su rostro en tus manos, acercás sus labios a tus labios y lo besás apasionadamente, saboreando cada segundo, cada gemido ahogado por tu boca, cada caricia de su lengua contra tu lengua. Presionás tu cuerpo tenso contra su cuerpo, no con intención de torturarlo y volverlo loco, no para tentarlo y después dejarlo muriéndose de ganas, sino que buscás convencerlo de dejar de esperar, de cortar con el juego previo y finalmente hundirse en vos.

"No tengas miedo de lastimarme…" murmurás, frotando tus nudillos en su nuca.

"Michelle" llama tu nombre con el poco aire que le queda en sus pulmones, reposando su frente contra tu frente "los dos estamos emocionalmente listos" señala, y vos asentís con la cabeza "pero quizá físicamente vos no lo estés" dice, verbalizando lo evidente.

Contenés un gruñido de frustración. Una partecita tuya – esa partecita aun consciente del mundo en general, esa partecita que no estaba ahogada en éxtasis y deseo – podría haber jurado de antemano que él diría eso. No está poniendo excusas, no está demorando esto a propósito, no está levantando barreras innecesarias ni jugando con la poca cordura que todavía no te robó a besos: de verdad quiere que la primera vez sea absolutamente especial, y para eso el deseo ardiente e incontenible y la seguridad emocional sencillamente no alcanzan. Que tu cuerpo esté tenso y no logres relajarlo lo suficiente no significa que tengas dudas, que no tengas ganas o que estés apresurándote a hacer algo que no estás del todo confiada deberías hacer; tampoco significa que no disfrutes de sus caricias y sus besos y de la sensación de estar completamente desnuda en sus brazos, piel con piel, sin barreras de tela ni nada que los separe, totalmente expuestos y vulnerables, deshaciéndose en mimos y provocando el uno en el otro incontrolables espasmos de placer; no significa que no lo deseás más allá de los límites de la cordura.

Simplemente significa que ese puñado de nervios que quedan dando vuelta en tu sistema decidió manifestarse en forma de tensión muscular, convirtiendo al tuyo en un cuerpo rígido como si estuviera reforzado con acero y, por ende, dificultando las cosas.

Podrían seguir (cualquier otro hombre no se hubiera detenido y hubiera continuado, estés más o menos relajada), pero él cree – lo ves en su mirada – que sería mejor esperar un poco más, seguir jugando a rozar los límites un poquitito más, seguir tentándose y muriéndose de hambre y de sed un poco más aunque les cueste, seguir calmándose con dosis pequeñas aunque sientan que no alcanza, aumentando la intensidad en cada ocasión, hasta que llegue el momento en el que seas literalmente arcilla en sus manos y puedas fundirte en él y perderte y olvidarte del mundo y simplemente existir en sus brazos y dejar que tu amor por él mezclado con su amor por vos te consuma.

Estás dividida en dos: una parte quiere continuar a pesar de que es evidente que él preferiría seguir esperando; otra parte sabe que él tiene razón y que, aunque estén prácticamente prendidos fuego y al borde de la combustión espontánea, es mejor llegar tan lejos como posible dentro de los límites del juego previo antes de alcanzar el extremo, es mejor dejar a tu cuerpo acostumbrarse hasta que esté listo para aquello para lo que emocional y psíquicamente vos ya estás lista.

Preferís escuchar sus razonamientos e ignorar tu parte instintiva, esa parte que está ardiendo y que necesita una dosis de él antes de morir tratando de sobrevivir al síndrome de abstinencia (¿es posible ser adicta a algo que todavía no experimentaste?, ¿es posible morir luchando contra el síndrome de abstinencia de una droga que todavía no probaste?); preferís escucharlo a él porque su prioridad es cuidarte, porque nunca se arriesgaría a hacerte mal, porque te adora más que a nada en el mundo y sólo quiere hacerte bien, porque si esta anteponiendo sus evidentes ganas de hacer el amor con vos debe estar convencido de que no es el momento y de que no deberías presionarte a vos misma peleando contra tu cuerpo para obligarlo a relajarse. Preferís hacerle caso a él, porque cuando se trata de vos, no piensa basándose en sus propias urgencias, sino que se guía por lo que le dicta su corazón, porque el deseo puede nublar todos sus pensamientos coherentes, pero nada puede hacer que él rompa su promesa de protegerte.

"Tony…" comenzás, pero él no necesita oír palabra alguna.

"No es tu culpa, Michelle, no tenés que sentirte frustrada" susurra, mientras sus labios desparraman besos por todo tu cuello y hombros y sus manos trazan círculos en tu espalda "¿Te cuento un secreto?" murmura, usando las mismas palabras que vos habías utilizado antes, ahora desperdigando besos en el punto exacto donde puede sentirse el latido de tu corazón "Desde el primer beso hasta ahora, poco a poco todo fue volviéndose más lindo, mucho más dulce, mucho más íntimo; cada vez nos acercamos más y más, cada vez es más hermoso. Me gusta que vayamos de a poquito, robándonos pedacitos el uno al otro en lugar de simplemente lanzarnos de lleno" ahora está otra vez cara a cara con vos, sus ojos fijos en tus ojos; besa la punta de tu nariz "No necesitamos llegar más lejos para demostrarnos lo mucho que nos adoramos y nos deseamos… por lo menos no hoy" agrega, capturando tus labios entre sus dientes y mordiendo con suavidad, arrancándote otro gemido "Emocionalmente estás preparada, pero físicamente necesitás un poco más de tiempo" resume con simpleza "Tengo entendido que a muchas mujeres les pasa la primera vez. Sólo debemos esperar a que llegue el momento indicado"

"Gracias por tenerme tanta paciencia, Tony" decís, acariciando su cabeza y su espalda con ternura y dándole besos esquimales.

"Te amo, y mi paciencia con vos es infinita, Michelle. Podría pasar toda mi vida esperándote, no me importaría. Sólo quiero que vos estés bien. Quiero que todo sea perfecto" murmura, enterrando su rostro en tu cuello otra vez "Ya va a llegar el momento perfecto" sentís su respiración haciéndole cosquillas a tu piel.

"Te amo, Tony" decís, acunando su cara entre tus manos otra vez para poder besarlo "Te amo muchísimo"

Los besos y las caricias siguen un largo rato, mucho más dulces y suaves, casi inocentes. Te abraza con fuerza y vos lo abrazás a él, contenta de que sea el calor de su cuerpo el que te envuelve y abriga, estremeciéndote mientras su piel y tu piel se hablan en un lenguaje propio sólo comparable en complejidad al de su mirada cuando se hunde en tu mirada.

La sed, el hambre, el deseo, siguen sin ser saciados del todo. Tu adicción, esa adicción de la que jamás vas a recuperarte, no ha sido satisfecha del todo. Pero no te importa seguir esperando, no te importa seguir aguantando, no te importa seguir yendo de a poquito, porque sabés que cada segundo que pasa es uno menos, porque sabés que pronto va a llegar el instante indicado en el que absolutamente nada les impide unirse y volverse un solo cuerpo.

Ésta no era la noche adecuada, sencillamente, aunque todo indicaba lo contrario, aunque los dos llegaron a estar, en un punto, convencidos de lo contrario. Cruzaron otra línea, se mostraron el uno al otro expuestos y vulnerables en el más puro estado, se besaron y acariciaron como nunca, se dijeron sin hablar miles de cosas, descubrieron que con los gestos más tiernos e inocentes puede demostrarse todo ese amor que llevan dentro y que los devora con cada beso que se roban. Sin embargo, no fueron más lejos porque no era el momento, porque actuar impulsivamente es parte de amar con locura a una persona, pero hay cosas mucho más profundas cuando el amor entre dos seres es verdadero, tan profundas que pueden frenar hasta al más incontrolable, incontenible deseo.

Para Noche Buena voy a estar completamente lista pensás horas más tarde, aun desnuda, acurrucada a su lado, con sus brazos envolviéndote, su cabeza y tu cabeza reposando ambas en la misma almohada, adormecidos los dos.

Soñás con sus besos, sus caricias, sus palabras dulces y su mirada cargada de ternura. Soñás con sus manos recorriendo cada palmo de tu cuerpo, sus labios paseando de rincón en rincón, sus ojos observándote con adoración absoluta. Soñás con él, tu hombre perfecto, aquél que antepone tu bienestar a absolutamente todo (incluso sus propias necesidades), aquél que moriría por vos, aquél que te abraza todas las noches, aquél que podría esperarte una eternidad, aquél al que sólo le importa cuidarte, aquél que sería incapaz de utilizar tus impulsos como excusa perfecta para tener sexo, aquél que te prioriza en todo sentido, aquél que sería incapaz de permitir que tu primera vez fuera menos que perfecta.

A la mañana siguiente te despiertan sus labios recorriendo tu espalda, sus manos entre tu estómago y las sábanas, dibujando círculos alrededor de tu ombligo.

Sonreís inconteniblemente y girás sobre tu propio cuerpo para poder echarle los brazos al cuello, estrecharlo muy fuerte y robarle más besos.

Así empieza el juego previo otra vez. Y esta mañana es muchísimo más hermoso que la noche anterior; en lo físico no van más allá de los límites ya explorados, pero el placer es insoportablemente más dulce, desgarrador, los deja sin aire, porque la profundidad con la que su mirada y tu mirada se hablan mientras se acarician es mucho más grande, porque hoy se aman un millón de veces más de lo que se amaban ayer y tienen un millón de cosas más para decirse de las que se dijeron ayer.

Así empieza el juego previo, y termina con los dos adorándose un millón de veces más que antes, tu mirada y su mirada siempre conectadas, y el placer que provocan uno en otro esfumándose al compás de los latidos rítmicos de sus corazones y sus respiraciones.

Cada segundo es uno menos, cada segundo que se escurre indica que estás más cerca de que el momento preciso, el momento exacto llegue, y tu alma y su alma vuelvan a unirse, convirtiéndose en una sola, no por una cuestión de hambre y sed que deben ser satisfechos o por impulsos dictados por la locura, sino porque las dos están totalmente listas para volver a fundirse y convertirse en ese entero que fue separado hace mucho tiempo.

Sólo unos días más pensás, reprimiendo un bostezo y luchando para quedarte despierta un ratito más, aunque estás exhausta en todo sentido.

Al parecer, tus planes para Noche Buena siguen en pie, tal como los imaginaste desde un principio. Y ya no te molesta tanto, realmente, porque – frustración aparte – quizá no sucedió la noche de ayer porque tiene que acontecer en otro momento, en un momento mágico, especial, lleno de significado, único, calculado hasta cierta medida pero también plagado de los más hermosos impulsos una vez que se desaten y las cosas fluyan.

Sólo unos días más.

Volvés a quedarte dormida, anidada en su pecho, escuchando el tic-tac del reloj.

Cada segundo es uno menos para acabar con el juego previo.