Capítulo 8: Milo

Soterios no estaba seguro de si quería a su hijo o no. No es que no lo hubiera intentado, por supuesto. Podía afirmar sin temor a dudas que el día de su nacimiento fue el más feliz de toda su vida. Con el paso de los años, Soterios se maravilló al percatarse de que los rasgos del pequeño se asemejaban cada día más a los suyos. Pensó que los ojos azules que tan certeramente reflejaban los propios no tardarían en llenarse de respeto y amor, que su primogénito tendría una vida feliz en donde no le faltaría nada y que su sonrisa pronto iluminaría la pequeña casa en la que vivían.

Desafortunadamente, los azulados ojos de su hijo poco a poco comenzaron a diferenciarse de los suyos. Había algo en su penetrante e incisiva mirada que le inquietaba en extremo y, lo que era peor, el niño parecía estar totalmente consciente de lo que le provocaba. Le gustaba retarle con la mirada, invitándolo a reprenderle a sabiendas de que Soterios únicamente se atrevería a suspirar y a dejar el asunto en manos de su madre. Aún sin verlo podía sentir la victoriosa sonrisa de su rostro cada que se salía con la suya y escapaba airoso de alguna de sus travesuras.

A pesar de ser sólo un niño, Milo le parecía temible y lo único que le daba fuerzas para seguir considerándolo como su hijo era la tenacidad de su mujer.

Altea llegó al pueblo de Patrikia hacía algunos años atrás, cuando era una desertora del Santuario que buscaba refugio en las Cícladas. Como buena extranjera, Altea le pareció exótica y diferente, pero si terminó enamorándose de ella fue por su carácter, algo de lo que él carecía por completo. De cierta forma se complementaban. Él le ofrecía una vida tranquila y serena y ella le contagiaba de la energía que tanto necesitaba.

Su esposa estaba totalmente consciente de que su hijo era diferente a los demás. Sin embargo, optó por mantener sus sospechas al margen, dedicándose únicamente a criarlo, amarlo y disciplinarlo cada que fuese necesario.

No era una tarea fácil. Lo que más sacaba a Altea de sus casillas era el modo en el que Milo burlaba su atenta vigilancia. Desde muy pequeño aprendió a escabullirse hacia una playa cercana en donde entrenaba un pequeño grupo de aspirantes a Santos comandado por Orión. Soterios ignoraba si el niño tenía o no contacto con los forasteros, pero había algo en ese campamento que le llamaba insistentemente. Fuese de día o entrada la noche, Milo se amañaba en llegar hasta la costa y cuando, después de algunas horas, se decidía a regresar no se molestaba en ocultar lo que había hecho.

—¿Cuántas veces te he dicho que no vayas a ese lugar? —le preguntaba Altea cuando le veía llegar con los zapatos llenos de arena—. ¿Qué tengo que hacer para que me hagas caso?

Milo solía responder a sus preguntas con un rodar de ojos y un largo silencio que frustraba aún más a su madre.

Soterios tenía que admitir que él estaba igual cansado de la terquedad de su mujer. Milo le ponía nervioso y prefería tenerlo lo más lejos posible. Muchas veces se preguntó por qué Altea se aferraba a él con tanta vehemencia. Era claro que el niño buscaba un futuro lejos de Patrikia y que difícilmente encontraría la felicidad atrapado en una isla que lo único que podía ofrecerle era una escueta educación y un futuro como pescador.

Pese a esto, Altea se asía al niño con necia desesperación. Parecía no entender que ellos tenían poco que decir o hacer en contra de las aspiraciones de su hijo. Soterios sospechaba que no pasaría mucho tiempo antes de que el niño encontrara el camino que lo llevaría al Santuario.

El día en el que Milo eligió su destino coincidió con la muerte del Santo de Orión. Uno de sus aprendices le asesinó por accidente y en lugar de enfrentarse al Santuario decidió aprovechar la oportunidad para escapar. Para mala suerte de Altea, el lugar que eligió para esconderse fue un pequeño cobertizo en su jardín. Por supuesto que el escondrijo resultó ser inservible en contra del enviado del Santuario: un joven aprendiz de nombre Saga.

Soterios no se sorprendió al enterarse de que, alertado por la energía de los extraños, Milo escapó de su recámara y no sólo presenció el fugaz asesinato del traidor, sino que tuvo un breve encuentro con el aprendiz de Géminis. Aquel contacto fue suficiente para que el joven intuyera los talentos del niño —estaba en sus ojos aseguraba, toda esa malicia no podía pertenecerle a una persona normal—, y le invitara a reunirse con él en el transcurso de un año. Entonces lo llevaría consigo al Santuario y lo alejaría de la isla que tanto odiaba.

La actitud del muchacho cambió drásticamente desde ese momento. Comenzó a sonreír más y, sabiendo que sería lo último que tendría aguantar de sus padres, su carácter se apaciguó hasta el punto que Soterios lo consideró casi tolerable. Mucho ayudó que Altea, en un vano intento de retenerlo, comenzó a enseñarle lo básico del cosmo.

—No necesitará irse si le enseño todo lo que sé —le dijo una tarde—. Estuve cerca de obtener una Armadura y aún recuerdo mucho de lo que aprendí en aquel entonces. Si tengo éxito sentirá que no hay nada más que el Santuario pueda ofrecerle y se quedará aquí.

Tristemente, tal y como Soterios se imaginaba que ocurriría, lo único que logró fue avivar la curiosidad del niño. El Santuario se convirtió en algo tangible, algo a lo que realmente podía aspirar, y su corazón se llenó por vez primera de esperanza.

Soterios suponía que todo estaba en manos del joven llamado Saga y mientras más se acercaba la fecha prometida, más inquieto se sentía. ¿Realmente regresaría por él? ¿Qué alternativas tendrían si no aparecía? Su hijo tenía poco más de cinco años y no estaba seguro de hasta qué edad lo recibirían. Sabía por su esposa que Saga ya era peligroso a los seis. ¿Sería él la norma o la excepción?

Aunque con motivos muy diferentes, los nervios de Altea también comenzaron a crisparse. El ambiente en la casa se tornó tan insoportable que Milo prefería pasar las mañanas lejos de ella, incluso si eso significaba tener que madrugar y acompañar a su padre a pescar.

Uno de esos días, mientras su hijo jugaba con los cangrejos que se escurrían por la arena y él se encargaba de revisar las redes que usaría, Soterios se atrevió a hacer algo que nunca antes había hecho: hablar con el niño.

—Pronto se cumplirá el año —Milo asintió mientras clavaba una ramita en uno de los agujeros en la arena—. Debes estar emocionado.

El niño alzó el rostro y le contempló por varios segundos antes de enfocarse nuevamente en los cangrejos.

—¿Realmente crees que venga por ti?

—Dijo que lo haría —su respuesta fue tan rotunda que Soterios no tuvo motivos para cuestionarle.

—¿Qué clase de hombre es?

La pregunta atrapó la atención del niño, quien dejó a un lado su pequeña varita y se sentó desgarbadamente sobre el suelo.

—Es grande, fuerte y rápido —sonrió tenuemente—. ¡Muy rápido! Mamá dice que siempre fue de los mejores.

—Y era sólo un aprendiz —murmuró el hombre—. Seguramente ahora es todavía más poderoso.

Milo asintió con entusiasmo.

—Debe ser alguien muy especial —continuó Soterios—. Pocos niños que llegan al Santuario sobreviven.

Abandonando repentinamente su infantil alegría, el ceño de Milo se frunció de un modo tan desdeñoso que Soterios tuvo que desviar la mirada.

—Yo no moriré —aseguró.

De nueva cuenta Soterios careció de motivos para dudar de su palabra.

—Sólo asegúrate de despedirte de tu madre cuando llegue el momento, ¿quieres?

El niño asintió y decidió que había tenido suficiente de aquella conversación. Recuperó su ramita y continuó con su cacería de cangrejos.

Un par de meses después, Saga regresó a la Cíclada portando el manto de Géminis. Milo no tuvo dificultades para reencontrarse con él. Aunque a última hora, Altea aceptó que aquello era lo mejor para su hijo y, fuese consciente o inconscientemente, olvidó sellar la ventana por la que Milo siempre se escapaba.

El único pesar en el corazón de Soterios fue causado por las muchas lágrimas que Altea vertió por su primogénito; un pesar fácilmente olvidado al darse cuenta de que los ojos de Milo no volverían a quitarle el sueño por las noches.

~~~~~~~~~~~oOo~~~~~~~~~~~

El modo en el que Camus conoció a Milo fue vergonzoso por no decir más. Durante una de sus prácticas el aprendiz de Acuario tuvo la desgracia de perder el control de su cosmo y atrapó sus propias manos en un enorme bloque de hielo. Aunque intentó varias veces liberarse por sí mismo, ya fuese por los nervios o por su propia debilidad, le fue imposible romper el trozo de hielo que tan cruelmente amenazaba su porvenir.

Camus no estaba seguro de si podía catalogar lo que siguió como una fortuna o no; el caso fue que el recién llegado al Santuario le encontró en el peor de sus momentos y, haciendo buen uso de su cálido cosmo, le ayudó a fracturar el hielo que lo confinaba. Si bien a Camus le irritó la arrogante sonrisa del desconocido, la verdad era que estaba muy agradecido con él. No sólo le evitó el bochorno de solicitar la ayuda de los adultos, sino que manejó el asunto con inesperada discreción. Por lo que sabía, únicamente su maestro se enteró de lo ocurrido y eso sólo porque Camus confesó a sabiendas de que sería inútil mentirle.

Los niños siguieron encontrándose después de eso. Solían entrenar juntos —Camus sospechaba que Milo lo utilizaba como excusa para escaparse de Aioria— y, cuando tenían oportunidad, se tomaban algunos minutos para descansar a la sombra de un olivo.

A Camus le era muy difícil catalogar a Milo. Generalmente era un niño mal encarado que prefería ignorar a los demás antes de entablar alguna conversación. Sin embargo, cuando se encontraban solos parecía relajarse y se hacía mucho más comunicativo, llegando al punto de atosigarlo con todas las palabrerías que espetaba.

Afortunadamente, sus largas conversaciones eran ocasionales y solían esconderse entre largos silencios que parecían satisfacerlos a ambos.

Camus no estaba seguro de si lo que había entre ellos podía llamarse amistad, pero lo cierto era que confiaba en él. Era difícil no hacerlo, sobre todo después de aquella tarde en la que se accidentó nuevamente.

—¿Estás bien? —preguntó Milo una vez que logró deshacerse del trozo de hielo que aprisionaba los brazos de Camus.

—No es nada.

—Tus manos están muy rojas —insistió.

—Sólo están un poco hinchadas. Mañana estarán bien.

—La otra vez…

Una grave voz que llamó el nombre de Milo interrumpió sus pensamientos y al instante se puso en alerta en espera de su maestro, Saga de Géminis. Anteriormente Camus creía que el hombre era amable y atento, pero su cercanía con Milo le permitió conocer una faceta diferente de Saga. Le daba la impresión de que era irritable e innecesariamente estricto, y lo peor era que ni siquiera le dedicaba a Milo el tiempo que se merecía. Saga era uno de los candidatos a Patriarca y solía pasar sus días entre misiones y visitas a Rhodorio. Con tantas ocupaciones era normal que su compañero tuviese que pasar muchos de sus días entrenando por su cuenta o perdido en algún lugar del Santuario haciendo vaya uno a saber qué. Con el entrenamiento adecuado Milo podría llegar a ser tan fuerte como Camus y no comprendía por qué Saga insistía en mantener a un alumno que poco parecía interesarle.

—¿Qué haces aquí? —preguntó el mayor mientras miraba de reojo al aprendiz de Acuario.

—Practico con Camus.

Satisfecho con la respuesta, posó su amplia mano sobre la cabeza de Milo, concediéndole una rápida caricia. Parecía ser que el Santo de Géminis se encontraba de buen humor. Camus sentía que aquello era algo que ocurría cada vez con menos frecuencia.

—Me temo que tendré que salir del Santuario por un par de días. ¿Estarás bien solo?

Milo asintió con entusiasmo y, tras una breve despedida, el Santo de Géminis se perdió en la distancia.

—Tengo hambre —dijo mientras sujetaba las manos de Camus—. ¿Me acompañas a robar algo de leche?

Hacía algunos meses el aprendiz de Acuario habría rechazado fehacientemente la proposición, sin embargo, la verdad era que aquellas aventuras le divertían demasiado como para dejarlas pasar. Además, juraba, el evitar ser capturados funcionaba como un buen entrenamiento.

—Ojalá también haya jugo.

Tras asegurarse de que no hubiese nadie a su alrededor, los niños iniciaron su larga carrera hacia el comedor de los soldados.

—¿Camus? —murmuró Milo poco antes de que iniciaran el asalto—. La otra vez fue más fácil romper el hielo. Ya eres más fuerte.

El francés rascó su cabeza y se alzó de hombros.

—Entonces tú también tendrás que hacerte más fuerte; si no ya no me podrás ayudar.

Milo le aseguró que entrenaría arduamente y segundos después se escabulló por una de las ventanas de la cocina. Después de recibir la señal adecuada, Camus le siguió.

~~~~~~~~~~~oOo~~~~~~~~~~~

Ewan de Escorpio buscó al aprendiz adecuado por muchos años. De ningún modo podía decir que su búsqueda fue exhaustiva y tampoco mentiría al decir que el asunto hubiese sido su prioridad. Sin embargo, la guerra que se avecinaba y las predicciones del Patriarca le pesaron durante todo el tiempo que buscó a aquel que habría de ser su sucesor. Las palabras de Shion solían ser severas. Sugería que Ewan tomaba el asunto a la ligera y le preocupaba que la Octava Casa careciera de dueño una vez que las estrellas malignas despertaran (como si Ewan fuese a desaparecer de la noche a la mañana, ¿tan poca fe le tenía?). Pasó el tiempo y pronto se dio cuenta de que, a excepción de Libra y Escorpio, las Doce Casas contaban ya con un aspirante. Afortunadamente, Saga de Géminis llegó con la solución a todos sus problemas antes de que tuviese que tomarse las cosas en serio.

Por azares del destino, Saga dio con un mocoso que tenía la edad y el talento suficiente para convertirse en aspirante a Santo Dorado. En un principio no prestó demasiada atención a los rumores que rondaban al muchacho, pero su innata capacidad para controlar su cosmo fue suficiente para comprender que había algo especial en él.

Ewan disfrutaba sentir su punzante energía aparecer y desaparecer a su gusto, rondando por el Santuario como un espíritu chocarrero en búsqueda de aventuras o de gente a la cual molestar. No lo pensó por mucho tiempo antes de exigirle a Saga que le entregara al niño.

Géminis aceptó a regañadientes. El joven disfrutaba las atenciones que le dirigían al ser maestro del pequeño. Obtuvo su Armadura sólo un par de años atrás y era inusual que el Patriarca accediera a que un Santo tan joven se dedicara a la instrucción de un aprendiz. Ewan suponía que le otorgaron tal oportunidad sólo porque ya antes lo habían hecho con Aioros; sería poco congruente negarle una petición tan sensata a un joven que sobresalía en todo y ante todos. Por si fuera poco, el misterio que rondaba al niño convertía la situación en algo aún más inusual. La gente se preguntaba por qué rango aspiraría y no tardaron en suponer que el niño fue elegido para reemplazar a Saga una vez que éste se convirtiera en Patriarca.

No obstante, la verdad era clara para el Santo de Escorpio. Sólo con sentir el cosmo del pequeño sabía que se trataba de un entusiasta cazador que buscaba alguna presa que le ofreciera un poco de diversión. El pequeño era un Adh seidh, un alborozado demonio capaz de fascinar tanto como aterrorizar. Le era claro que el joven era un elegido de Antares.

Aunque le pesó cambiar su estilo de vida, Ewan tenía que admitir que eso de ser maestro no era tan terrible como se lo había imaginado. Aun así, odiaba levantarse temprano y mantenerse sobrio la mayor parte de la semana, cosa especialmente difícil de hacer cuando el niño sacaba alguno de sus comentarios francamente macabros.

La primera vez que perdió el sueño por causa de Milo se debió a que éste le encontró en el cementerio del Santuario. Creyó que el niño se entretendría con su nueva mascota y quiso aprovechar el tiempo para visitar a dos de sus compañeros caídos. Desafortunadamente, Milo pareció cansarse pronto de sus juegos y dio con él poco antes de que cayera la noche.

—¿Qué es este lugar? —preguntó mientras leía los nombres grabados en las lápidas.

—El cementerio; es donde descansan los Santos que murieron en batalla.

—¿Y por qué los ponen aquí?

Ewan arqueó la ceja ante la obviedad de la respuesta.

—Es un modo de honrar su sacrificio. Además, así podemos venir a visitarlos.

—Pero están muertos.

—Sus cuerpos descansan aquí. Ese es suficiente motivo para venir a verlos.

El niño emitió un quejido de extrañeza mientras acariciaba el lomo del escorpión que dormitaba en su hombro.

—¿Y están todos amontonados aquí? ¿Por qué no los queman como a Patroclo?

Escorpio admitió que esa era una buena pregunta.

—Supongo que tienen miedo de desforestar el Santuario por tantas piras que tendrían que construir.

El niño no pareció entender lo que decía, pero tampoco se preocupó mucho por ello.

—¿Y qué harán cuando ya no quepan más tumbas? ¿Sacarán los cuerpos viejos? ¿Saldrían como momias? ¿O como huesos? ¿Se enojarían los fantasmas?

En otra situación el Santo de Escorpio se habría reído de aquellas palabras y se habría asegurado de responderle con más creatividad que veracidad. No obstante, la muerte de sus compañeros era un tema delicado para él y no se sentía con ánimos de hablar más del asunto.

—Ven, Adh seidh. Se hace de noche y no queremos que los revenant nos encuentren en este lugar.

—Si lo hicieran, ¿nos comerían vivos? ¿Si comen mucha sangre tienen que ir al baño después?

Mientras regresaban al Octavo Templo, Ewan pensó que debería ser más cauteloso al contarle al niño historias de fantasmas. Su desinteresada postura hacia la muerte le inquietaba y temía que reaccionase negativamente cuando llegase el momento de enfrentarse a ella. Si Milo quería convertirse en un buen Santo de Atena tendría que aprender a respetar la muerte tanto como la vida.

El sol se ocultó mientras cruzaban el Templo de Aries. El niño miró hacia atrás por unos segundos e Ewan adivinó que se aseguraba de que ningún espíritu los hubiese seguido hasta ese lugar.

Comentario de la Autora: Ufff! Ahora sí que los hice sufrir con la actualización... supongo... quizá. XD Tal vez. Ustedes díganme que si. Una disculpa por eso. Estuve fuera del país por varias semanas y apenas me ando poniendo al corriente con todo. Ahora sí, sobre el capie.

Esto me costó mucho trabajo y, aunque estoy satisfecha con el resultado, realmente no estoy segura de si lo escribí del modo más adecuado. Con Milo más que con nadie tengo el problema de que ya conté toda esta historia en el fic que lo inició todo (sutilmente titulado 'Milo'). Obviamente es el personaje del que tengo más headcanons y con cuya historia he trabajado más y tenía que resumir en un capítulo lo que pasa en 15 de la trama original. No solo eso, tenía que hallar el modo de hacerlo lo más originalmente posible para no aburrir a los que ya conocen esa historia. Dado el caso, decidí irme por 2 personajes cuyos puntos de vista casi no manejé: el padre de Milo y chibi Camus. Sobre todo para el segundo quise ir un poco más allá de lo que ya lo había hecho. En 'Milo' la amistad de estos dos se da de un modo sumamente natural y sencillo y, aunque no quise complicarlo demasiado, decidí enfocarme más en los pensamientos de Camus hacia Milo.

Sobre la última parte, POR SUPUESTO que tenía que poner a mi OC favorito: Ewan de Escorpio. Quizá no se note mucho aquí, pero es encantador. Generalmente él es el más raro y el que más ñáñaras provoca, pero esta escena me sirvió para demostrar lo loquito que estaba Milo. Tengo mi headcanon de que Milo es callado y muy mal encarado cuando está con gente que no le agrada. No es fácil que las personas se ganen su confianza, pero una vez que lo logra saca su locuaz modo de ser. Sin embargo, en ambas facetas demuestra algo muy peculiar en él: su malicia. A pesar de que Scarlet Needle es una técnica ultimadamente generosa y justa, ¿realmente había necesidad de que hubiese tanta sangre y dolor de por medio? Milo dirá que sí. Es un personaje que claramente disfruta de intimidar a sus adversarios, es orgulloso y le gusta estar en el campo de batalla. Si, es mucho más mesurado que otros goldies, sí aunque le guste aparentar lo contrario tiene buenas intenciones, pero hay cierta oscuridad en su ser que es precisamente lo que más me llama la atención de él. Me gusta describirlo como un hombre elegantemente salvaje. Kardia muestra toda esa locura abiertamente, es en Milo que esto se perfecciona y logra darle un balance muy interesante.

Soterios únicamente conoció el lado negativo de Milo. Camus está acostumbrado a lidiar con el positivo. Ewan conoció ambas facetas y ambas le agradaban, pero una que otra vez le sacaba comentarios raros que le ponían nervioso. De cualquier forma, mucho de eso fue su culpa, ya que Ewan está lejos de ser el más cuerdo de los Goldies de la pasada generación. El nombre que le da a Milo, Adh seidh, viene de una criatura de origen irlandés que se encarga de castigar a la gente maligna. Según algunas tradiciones puede transformarse en un demonio espantoso o bien en un hombre o mujer hermoso para atraer a los incautos.

Ejem... ya me emocioné, pero no lo puedo evitar. Milo es mi personaje más favorito de todo el mundo y de cierta forma fue el personaje que inició todo esto. Espero que este capítulo no haya quedado tan mal y si sí... XD pues pueden ir a leer el fic de 'Milo' para compensar. Requiere una severa reedición, pero eso lo haré una vez que termine con esta saga.

Es todo por ahora. ¡Gracias por la lectura y llegar hasta acá! También quiero agradecer enormemente sus reviews. Me hacen muy feliz. Tan feliz como Death Mask cuando mata a alguien.