Capítulo 9: Aioros

Para quienes no la conocían, el hecho de que Aura se considerase a sí misma una mujer afortunada parecía ser una locura. Nacida en una familia de escasos recursos, tuvo que esforzarse mucho para convencer a sus padres de, al menos, ofrecerle la educación básica. Convencidos de que lo único que tendría que hacer en la vida era esperar a que un hombre la eligiera como su esposa, sus padres aceptaron con renuencia las extrañas expectativas de su hija. El limitado apoyo ofrecido la orilló a buscar su independencia con sólo dieciséis años de edad. Afortunadamente, Aura no sólo demostró ser una ardua trabajadora sino que también contaba con una excelente presentación. No tardó en ser contratada como recepcionista en una pequeña constructora en donde comenzaría un lento, pero satisfactorio camino hacia la estabilidad económica.

Fue en aquella oficina donde conoció al que habría ser el padre de sus hijos. La seguridad y astucia del hombre la conquistaron casi inmediatamente y, a los pocos meses de haberse conocido, ella se embarazó y decidieron mudarse juntos a un modesto departamento al sur de la ciudad de Larisa.

Aura no tardó en darse cuenta de que aquel hombre distaba mucho de ser la pareja ideal. Celoso y mujeriego, el único motivo que tuvo para quedarse a su lado fue el saber que su escueto salario no sería suficiente para darle a su primogénito todo lo que él se merecía. Los infantiles desplantes de su pareja le parecían poco ante la posibilidad de ofrecerle a su hijo más oportunidades de las que ella podía ofrecerle por su cuenta y decidió tolerar a su pareja siempre y cuando la apoyara económicamente.

La situación no comenzó a complicarse sino hasta que Aura se embarazó por segunda ocasión; su pareja desapareció de la noche a la mañana a tan sólo unos meses del feliz anuncio. Días después se enteró de que el hombre había buscado trabajo en Atenas desde hacía semanas y no dudó en abandonar a su familia una vez que consiguió una buena oferta. A pesar de que sus compañeros se rehusaban a confesárselo, Aura sabía que la repentina renuncia de una de las secretarias también tenía algo que ver con la desaparición de su pareja.

A la mujer poco le afectó la pérdida del hombre con el que había compartido siete años de su vida. Su verdadera preocupación era el cómo sacaría adelante a sus hijos por su cuenta. ¿Sería lo suficientemente fuerte? Su escueto cheque quincenal apenas y alcanzaría para pagar la renta del departamento y ni qué decir de los gastos que se avecinaban con el parto. Incluso se vio en la necesidad de retrasar la escuela de Aioros con tal de tener mayor control en sus gastos. Su educación tendría que esperar un año más, cuando su hermano naciera y creciera lo suficiente como para asistir a la guardería.

A pesar de que el arreglo significaba que el niño perdería un año de clases y que gran parte de ese tiempo tendría que pasarlo solo en casa, Aioros le aseguraba que no había problema. Se consideraba un niño lo suficientemente grande como para cuidarse a sí mismo y ni una sola vez le causó problemas a su madre. Aura estaba sumamente orgullosa de la madurez y de la nobleza de su hijo mayor y estaba segura de que si su recién nacido compartía al menos la mitad de sus virtudes, su trabajo como madre soltera se vería increíblemente facilitado.

La esperada fecha llegó y Aura dio a luz a un pequeño al que nombró Aioria. La incapacidad que le dieron en el trabajo le permitiría atender a sus dos pequeños por un par de meses antes de tener que enviarlos a la escuela. Ahora que sabía que podía confiar tanto en Aioros no dudaría en tomar horas extras con el fin de ganar un poco más de dinero. Por supuesto que la simple idea de dejarlos solos en casa le ponía nerviosa, pero Aioros no tardaba en tranquilizarla.

—Cuidaré bien de mi hermanito —le decía—. Pasaré por él después de clases y le daré de comer y lo cuidaré hasta que llegues a casa.

Si bien el plan de Aura era que Aioria asistiera a una guardería de tiempo completo, le reconfortaba saber que quizá en algunos años podría encargarle su cuidado a su hermano mayor. Eso le ahorraría no sólo algo de dinero, sino que la influencia de Aioros sería benéfica para Aioria.

En efecto, las cosas no pintaban del todo bien para Aura y su familia, pero la situación podía ser mucho peor. Su pequeño Aioros era un gran muchacho y le ayudaría en todo lo posible, procurando a su hermano menor y preocupándose por ella cada que lucía triste o cansada —cosa que por algún motivo comenzaba a pasar muy frecuentemente.

—¿Te sientes bien?

Le preguntó Aioros una tarde antes de la cena. De repente se había sentido sumamente cansada y tuvo que sentarse en el sillón para recuperar el aliento. La extenuante sensación no le era desconocida; había tenido varios de esos desmayos durante su primer y segundo embarazo. Le parecía extraño que los sintiera aún a tres semanas del parto, pero se figuraba que no era algo de gran importancia. Confiaba en que los sofocos desaparecerían en algunos cuantos días.

—No es nada, Aioros. Sólo estoy un poco cansada —con esfuerzos logró ponerse de pie—. Tomaré un baño y después les prepararé la cena. Cuida que tu hermanito no se despierte.

La mujer revolvió juguetonamente los cabellos de Aioros y se encaminó a su recámara para alistarse para la ducha. Aún sentía esa extraña presión en su pecho y esperaba que un buen baño de agua caliente aliviara su malestar.

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—Agradezco mucho que hayan venido tan rápido.

Desde su escritorio, el rechoncho director del orfanato entrelazó sus dedos debajo de su grueso mentón.

—¿Acaso ha habido algún problema con el trámite?

El señor Kyrkos miró de reojo a su mujer, quien trataba inútilmente de controlar los temblores de sus manos. Varias arruguitas en su frente demostraban su intensa preocupación, aquella que le atormentó durante toda la noche anterior. Desde hacía años que el matrimonio ansiaba un hijo y, tras varios intentos fallidos, decidieron recurrir a la adopción. Sorprendentemente, el papeleo fluyó mucho más rápido de lo que esperaban y, a tan sólo unos meses de haber alzado su petición, les ofrecieron el cuidado de un par de hermanos.

El tiempo de respuesta fue corto debido a que había pocas parejas dispuestas a adoptar a dos niños, sobre todo cuando uno de ellos tenía ya siete años y, aunque el mismo Kyrkos temía no estar preparado para la doble responsabilidad, sus temores desaparecieron casi por completo tras conocer a los pequeños.

La madre de los niños padecía de una enfermedad cardiaca que no fue tratada adecuadamente. Una fuerte subida de presión arterial durante la ducha provocó que perdiera el conocimiento y que se golpeara fatalmente en la cabeza. El hermano mayor, Aioros, la encontró pocos minutos después sobre un enorme charco de sangre diluida. El niño fue lo suficientemente cabal como para llamar a una ambulancia y cuidar de su hermanito por el resto de la noche hasta que fueron llevados al orfanato más cercano.

Aioros era un niño inteligente y el señor Kyrkos apenas y podía esperar a que los pequeños formasen parte de su nueva familia. Tristemente, una llamada del director del orfelinato fue suficiente para que el hombre se convenciera de que todo había sido demasiado bueno para ser verdad.

—Como le dije por teléfono, todos los papeles están en orden, señora. Desafortunadamente, me temo que ha ocurrido algo inesperado. Ya no será posible que adopten a Aioros.

—¿Por qué? —preguntó el señor Kyrkos—. Si la solicitud fue un éxito, ¿por qué no puede venir con nosotros?

El director exhaló largamente y acarició su brillante calva.

—Me figuro que han escuchado hablar de los Santos de Atena.

La pareja gruñó al unísono. Por supuesto que habían escuchado de ellos. Cualquiera que viviera en Grecia por más de cinco años conocía los rumores de aquellos guerreros que luchaban por la justicia. Si bien el señor Kyrkos estaba seguro de que ellos existían, jamás pensó que los mitológicos seres llegarían alguna vez a entremezclarse con su vida.

—El Santuario nos contactó hace un par de días. La energía de Aioros fue percibida hasta Atenas y su enviado solicitó que preparásemos todo para su partida. He de admitir que yo también estoy sorprendido. Este proceso suele ser mucho más… complicado. El autocontrol de Aioros es tan admirable que apenas ahora nos percatamos de que era diferente. No obstante, con el paso de los años se volverá más fuerte. Sin la instrucción adecuada podría hacerse peligroso.

El director calló por unos segundos y, al ver que el matrimonio permanecía sin palabras, decidió continuar.

—Por supuesto que la adopción de Aioria sigue en pie. Sin embargo, mi recomendación es que vuelvan a iniciar el proceso. En muchas ocasiones la capacidad de los hermanos mayores se refleja en los menores; lo he visto antes. Considero que lo mejor es que se quede en el orfanato por unos años hasta que sepamos si su adopción es viable o no.

—¿Esto es definitivo? —el señor Kyrkos sujetó la mano de su mujer—. ¿No hay nada que podamos hacer?

El hombre negó con la cabeza.

—Las órdenes del Santuario son terminantes.

—¿Entonces tendrán que separarse? —preguntó la mujer después de un largo silencio—. Le prometimos a Aioros que no los separaríamos.

—La situación ha cambiado. Aioria es demasiado joven y será casi imposible que lo admitan.

Una vez que aceptaron el hecho de no podrían hacer más por los niños, la pareja entrelazó sus dedos y se resignó a perderlos.

—¿Podemos despedirnos de ellos?

El director asintió y les guio con paso lento a una pequeña salita de espera. Minutos después apareció una mujer que llevaba a Aioria en brazos, seguida muy de cerca de Aioros. Con sólo ver el compungido rostro del niño, el señor Kyrkos supo que éste ya estaba más que enterado de lo que ocurría.

Mientras su mujer cubría de besos la frente del pequeño Aioria, el hombre volcó su interés en el hermano mayor.

—¿Cómo te sientes?

—Bien, supongo.

—Lamento mucho que tengas que separarte de tu hermano.

—Está bien. No me separaré de él —el señor Kyrkos alzó ambas cejas—. Si me quieren en el Santuario tendrán que llevarse a Aioria también.

Aunque Kyrkos suponía que la necia postura del niño sería fútil, no pudo evitar sonreír ante su fuerte convicción.

—Eres un buen niño, Aioros. Estoy seguro de que algún día te convertirás en un gran Santo.

Aioros asintió mientras sus ojos se humedecían tanto por nerviosismo como por tristeza.

—Siento que no pudiéramos irnos con ustedes, señor Kyrkos.

El hombre apretó los labios y cerró los ojos mientras le ofrecía a Aioros un último abrazo.

—Yo también.

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El aprendiz de Géminis celebraba su segunda Panatenea desde que llegó al Santuario. Su primera experiencia fue bastante airosa, otorgándole la victoria en varios de los pocos juegos a los que su maestro le permitió inscribirse. En esa segunda ocasión, los cuatro años de espera entre festival y festival fueron suficientes para posicionar a Saga como uno de los mejores aprendices.

La Panatenea era una gran ocasión para no sólo rendirle tributo a su Diosa, sino también para demostrarle a todo el Santuario sus avances como aprendiz. En cada una de sus competiciones logró superar a compañeros —casi todos ellos mucho mayores que él—, y la pequeña torre de guirnaldas de olivo incrementaba su altura conforme pasaban los días.

Saga estaba fascinado con la atención que recibía por sus victorias.

—Es tan joven y capaz —decía la gente—. Seguramente se convertirá en el Santo de Atena más poderoso de su generación.

Con tan solo nueve años de edad, Saga recibía la admiración y respeto de gran parte del Santuario. El niño estaba orgulloso de sí mismo. Hacía todo lo posible para cumplir las expectativas de los demás y, se prometía, al terminar la Panatenea se convertiría en el aprendiz con mayor cantidad de trofeos.

Al inicio del festival Saga ni siquiera hubiera pensado en recibir semejante título. Conocía bien las capacidades de su hermano menor y sabía que en más de alguna competencia perdería ante él. Afortunadamente, Kanon no parecía tener mucho interés de participar en los juegos.

—¿Bromeas? —respondió cuando le preguntó en qué eventos participaría—. El festival está lleno de gente y lo único que hacen todos es ensuciarse por unas ramitas y una vasija con aceite. Es estúpido. Si al menos nos regalaran chocolates…

Así pues, Kanon prefirió aprovechar el tiempo libre para ocultarse en algún lugar del Santuario mientras su hermano mayor participaba en más de media docena de eventos. Con su hermano fuera del partido, Saga estuvo seguro de que nadie obtendría tantas victorias como él.

Al menos así fue hasta que comenzó a escuchar el nombre del aprendiz de Sagitario.

Aioros llegó al Santuario hacía algunos meses y no tardó en demostrar que el Patriarca acertó al elegirlo como aspirante a una Armadura Dorada. El tebano parecía agradarles a todos y éste correspondía atentamente a todos aquellos que se le acercaran.

A todos menos a Saga.

Por más que le daba vueltas al asunto, Saga no podía entender qué es lo que había hecho para merecer el desdén del menor. Cada que le veía tenía que aguantar el modo en el que su gentil sonrisa se transformaba en una recelosa mirada y en un ceño fruncido que generalmente venía acompañado por alguna frase recriminatoria oculta entre palabras gentiles.

En un principio intentó granjearse el afecto de su compañero, pero con el paso de los meses decidió que aquello no valía la pena y comenzó a pagar sus desplantes con la misma moneda.

Quizá lo que más le molestaba era que poco a poco Aioros ganaba renombre en el Santuario. La competencia le irritaba y nunca antes como en aquel festival deseó borrar a alguien de la faz de la tierra. A pesar de ser sólo un novato, el tebano logró la misma cantidad de victorias que Saga, hiriendo tanto su orgullo como su amor propio.

Hasta ese momento no se había enfrentado contra él en ningún evento, pero eso cambiaría al día siguiente durante la carrera de ochocientos metros. Esa sería su mejor oportunidad para demostrarle su superioridad.

La víspera de la carrera, el maestro de Saga y el resto de los adultos disfrutaban del banquete que se ofrecía cada noche del festival. Al no hallar diversión entre las líneas de danzantes y las mesas rebosantes de vino que no podía tomar, decidió dejar la fiesta temprano y regresar al Templo de su maestro.

En su camino se encontró a Aioros y, aunque intentó pasarlo de largo, esa noche su compañero parecía tener ganas de sacarle de sus casillas.

—Felicidades por haber ganado en la lucta, Saga —el aludido detuvo sus pasos y giró en torno a él—. Nunca había visto a alguien romper tantos huesos en tan poco tiempo.

Saga torció la boca en una media sonrisa y se cruzó de brazos.

—Y felicidades a ti por haber ganado en el tiro con arco. Nunca había escuchado a una paloma crujir de ese modo.

Aioros frunció el ceño.

—No me dijeron que el blanco que usaríamos estaría vivo.

—Es buen entrenamiento —se alzó de hombros—. Te ha ido bien en los juegos, ¿no?

—Tan bien como a ti.

—Sólo me queda un evento: la carrera de ochocientos metros.

Aioros sonrió tras adivinar sus pensamientos.

—Igual que a mí.

—Sé cuidadoso mañana, Aioros. Lo mejor será que no me estorbes.

—Mientras tú no me estorbes yo no te estorbaré, Saga.

El niño decidió que no sacaría más de aquella discusión y siguió su camino hacia las Doce Casas. De haber sabido en ese momento que la carrera terminaría en empate, le habría sido imposible dormir.

Comentario de la Autora: JAAAAAAAAAAAAAAA! No puedo creer que haya disfrutado escribir este capie. Aioros no es de mis personajes favoritos... igual que su hermano me parece genérico, así que siempre me ha costado trabajar con él. Afortunadamente, el capie de Aioria me dejó mucho para contar sobre la madre de los chicos. Elegí el nombre de Aura porque ésta era la personificación de las brisas. Nombre indicado que -de algún modo- podría explicar por qué le puso Aeolos y Aeolis a sus hijos... y encima en una extraña versión latinizada... *coff*

La enfermedad de la madre era una miocardiopatía periparto, que es una deficiencia cardíaca que suele presentarse en los últimos meses del embarazo. Muy pocas veces es fatal... con el primer embarazo. Sin embargo, tiene la complejidad de que no siempre es fácil de diagnosticar (las mujeres confunden los síntomas con los normales del embarazo). Además, un segundo embarazo se hace más peligroso, puesto que el corazón ya no está al 100%. Claramente la mujer no murió por la enfermedad, sino por algo derivado (o más bien acentuado) por ella. En realidad yo no sé nada de medicina y todo esto lo saqué de MedlinePlus y puede estar totalmente equivocado. *ejem*

Hace muchos años, cuando comencé a trabajar en este universo me puse a buscar un defecto para Aioros. Tenía que tenerlo y concluí que ese sería la desconfianza. En el sidestory de Excálibur demuestra que desconfía de Saga (a pesar de que en ese entonces todos lo querían), además de que... ¿por qué diantres se fue a meter a la torre donde dormía bebé Atena a mitad de la noche? Quiero creer que sospechaba que Arles intentaría lastimarla... y no que haya tenido en mente algo pervertido... pero pensé: "Si este tipo desconfía del representante de Atena en la tierra, seguramente desconfía de todos". Ok, ok... acertó con Saga... pero también sospechaba del Arles real, y eso sí fue un error. Aioros no es perfecto, pero hace lo posible para ser un buen guerrero. Sólo hasta que me convencí de esto, acepté que Aioros era un buen personaje.

Sobre la Panatenea, es una serie de juegos que se realizan en honor a la diosa. Son algo así como las olimpiadas atenienses. La lucta era uno de los juegos y es un tipo de lucha en donde se vale casi de todo. Sobre el tiro con arco, me inspiré en los juegos fúnebres de Patroclo en donde el blanco es una paloma atada a un poste. Creo que alguien como Aioros se traumaría por matar a una paloma en tal desventaja.

JA! Admito que se me salió una lagrimita cuando Aioros se despide de la familia Kyrkos... pero bueno, todo salió bien a final de cuentas. ... Hasta que Saga se volvió loco y los mató a todos.

=D

Eso es todo por ahora. Espero que hayan disfrutado de este capie y que les haya aclarado algunas dudas. ¡Seguimos con mi amado Shuris muris! *0*

Respuesta al review de Guest-sama: La relación entre Milo y Camus es entrañable. Realmente son uña y mugre... o más bien uña y uña porque ninguno es mugre. ¡Suerte con leer todo lo demás! XD la necesitarás. ¡Muchísimas gracias!