Nota de la autora: Definitivamente esto es lo peor que he escrito, y nada va a convencerme de lo contrario. Odio este capítulo desde el primer renglón hasta el punto final, lo odio profundamente, pero espero poder mejorar para que el siguiente no sea tremenda decepción. Lo que en éste no se entienda, parezca raro, contradictorio o fuera de lugar, va a ser explicado en el futuro, lo prometo, y probablemente escenas que no incluí en este capítulo sean puestas más adelante en forma de recuerdos.
Espero que estén teniendo una muy linda semana. Les prometo que la próxima vez que haya un nuevo capítulo, no va a ser tan malo como éste.
Yo te quiero enseñar un fantástico mundo.
A uno de los mejores fines de semana de toda tu vida lo sigue, inevitablemente, el día lunes, y con él deben llegar – no hay remedio para impedirlo – las largas horas en la CTU, las reuniones de personal, las videoconferencias y teleconferencias, Chappelle y Hammond respirándoles sobre las nucas, la Oficina de Seguridad Nacional llamando cada dos segundos para cuestionar estupideces, Chloe y la mitad del departamento de Jack queriendo arrancarse los ojos los unos a la otra, y – en último lugar pero no por eso menos irritante – la imperiosa necesidad de controlar cualquier impulso y fingir que entre Tony y vos no existe nada más que una cordial relación laboral que a veces raya en una amistad que no va mucho más lejos de los límites de dos colegas que de tanto en tanto comparten el almuerzo o una taza de café mientras hablan de trivialidades.
No te gustan mucho los lunes (no los odiás como a los miércoles, pero si tuvieras que decidir cuáles días de te caen simpáticos y cuáles no, definitivamente no los contarías en el primer grupo), pero gracias a él ahora el punto de arranque de cada semana te resulta menos pesado, menos tedioso y no tenés en la cabeza constantemente esos números grandes y rojos marcando la cuenta regresiva hasta la llegada del viernes para poder disfrutar del fin de semana anidada en sus brazos y con el cerebro desenchufado (bueno, 'desenchufado' es decir mucho; podés desenchufarlo a medias, porque el teléfono móvil debés tenerlo siempre encendido en caso de que en una emergencia se necesite que largues todo y vayas corriendo a la CTU), feliz de hallarte en el que considerás es el lugar más seguro del mundo, donde te sentís contenida y cuidada como en ningún otro sitio.
Este lunes, sin embargo, se sintió un poquitito distinto a cualquiera de los otros que ya viviste, porque por la mañana vislumbraste en su rostro una de esas sonrisas que se quedan grabadas en tu retina y cuyo recuerdo te envuelve susurrando que con algo hermoso va a deslumbrarte sólo por el placer de ver tu mirada iluminándolo más que cualquier estrella, más que la luna en el cielo, y así pasaste todo el día, tu memoria embebida en la característica sonrisa que sólo augura esa magia tan única que él puede producir con la fuerza de su locura por vos.
Todas las mañanas te prepara el desayuno perfecto y te despierta cuando ya está servido (hay, por supuesto, ocasiones en las que amanecés más temprano con tus sentidos alertados por el olor a café recién hecho o tiritando de frío porque te hacen falta sus brazos abrigándote; pero cuando estás cansada y tu cuerpo no reacciona y simplemente seguís durmiendo tan profundamente que ni una orquesta interpretando a Tchaikovski en el medio de la habitación podría perturbarte, él espera hasta tener listo un piloncito de tostadas antes de ir a avisarte que es hora de levantarse). Sabe exactamente cómo te gusta el café y cuál es para vos la temperatura ideal, sabe cuál es tu mermelada favorita, nunca unta sino la cantidad justa de manteca, como una fórmula exacta aprendió sin que nadie le enseñara – sólo observando - cuántas cucharadas de azúcar son necesarias…
Pero aunque se haya vuelto parte de la rutina, todos sus desayunos son especiales. Cada uno tiene algo distinto, algo peculiar que hace que se diferencie, algo que los vuelve únicos, algo que puede presentarse en forma de una sonrisa muy cálida, un abrazo muy largo, rosas que te regala simplemente porque sí, frases extremadamente dulces o besos esquimales. Te encanta empezar tus días sabiendo que vas a tener para siempre alguien que te quiere y protege, alguien que te cuida y se esfuerza por verte feliz llenando tu existencia con cositas que para otros serán tontas o pequeñas pero que para vos significan mucho porque te recuerdan que sos lo que le da sentido a la vida del hombre que amás y por el cual sacrificarías absolutamente todo.
Lo que hizo distinto al desayuno aquél lunes fue su sonrisa. Todas sus sonrisas son distintas, todas dicen algo diferente, todas esconden algo, todas están íntimamente relacionadas a sus emociones, todas podés leerlas como si fueran palabras escritas en su rostro contando pedacitos de su historia. No te extrañó ver en la mañana acompañando el brillo de sus ojos esa clase de sonrisa que aparece cuando él tiene una sorpresa preparada y no puede dejar de contar los segundos que faltan para que llegue el momento en que pueda asombrarte con alguna de sus locas pero adorables ideas.
No hiciste preguntas, fingiste no darte cuenta de su entusiasmo (ese entusiasmo que lo desborda y que a veces sencillamente no puede disimular por mucho que lo intente) y decidiste aguardar pacientemente (tan pacientemente como posible) a que llegara el momento de descubrir aquello que él planeó para este día, iluminando cada instante de tu lunes con el pensamientos de que concluiría en sus brazos, anidada en su pecho, con una sonrisa enorme en tus labios causada por lo que fuera que incluyeran sus planes para teñir otro pedacito de diciembre con la magia y luz que sólo encontrás en su amor, ese amor incondicional que nada podría matar porque es una de esas cosas que van a existir hasta después de que se extinga el mundo, porque son eternas y atemporales, porque nada iguala una fuerza tan grande como para poder alguna vez quebrarlas.
Pensaste en esa sonrisa durante toda la mañana, distrayéndote (un poquitito solamente) de tanto en tanto para tratar de armar en tu cabeza posibles escenarios que podrían acontecer cuando cruzaran la puerta de la CTU al finalizar la tarde y estuvieran de vuelta en su propio mundo, donde no están expuestos a que se devele su secreto, donde no es necesario pretender que son apenas compañeros de trabajo, donde pueden liberarse y ser ustedes mismos sin tener que cuidar constantemente lo que dicen o hacen y en presencia de quién hablan o actúan, pero se te ocurrieron muy pocas cosas; jamás creíste que llegaría un momento de tu vida en el que te sintieras así, pero prácticamente no necesitás nada, porque casi todo lo que alguna vez te hizo falta ya lo tenés: amor, comprensión, contención, alguien que te haga reír cuando más lo precisás y que seque tus lágrimas cuando corrés el riesgo de ahogarte en llanto, mimos, largas conversaciones de corazón a corazón, una luz que sabés siempre va a brillar hasta en la más absoluta oscuridad, la certeza de que nunca más volverás a ser abandonada, la promesa de un futuro hermoso...
¿Qué más puede darte él que ya no te haya dado? Esa sería la pregunta que se encendería en la cabeza de cualquiera, seguida inmediatamente de otra mucho más profunda: ¿cómo es posible que encuentre cada día algo nuevo para darte, por más pequeño que sea?, ¿cómo es posible que encuentre cada día una nueva manera de sorprenderte?
Cada mañana despertás sabiendo que hará algo maravilloso para demostrarte lo que las palabras no pueden decir, lo que en frases no puede explicarse. No te importa qué exactamente, porque ya sea una laptop o una mascota, una rosa roja o una tarde acurrucados en el sofá mirando una película, el amor y la dulzura que mueven sus acciones y lo llevan a esforzarse para hacerte feliz los sentís con la misma intensidad, y esa es la sensación más dulce del mundo, una sensación que nunca deja de volverse más y más profunda.
Cada mañana despertás sabiendo que sos amada y que nunca más vas a volver a sufrir un abandono porque él sería incapaz de dejarte, porque él se moriría de angustia sin vos como vos te morirías de angustia sin él, porque él jamás podría soportar estar un segundo alejado de tu lado… Eso debería ser más que suficiente, y para vos lo es, por supuesto que lo es: es mucho más de lo que pensaste tendrías, es mucho más de lo que te hubieras atrevido a soñar. Y sin embargo, él te da mucho más de lo que merecés, mucho más de lo que cualquiera merece en realidad, y día tras día no sólo renueva su promesa de cuidarte, protegerte y asegurarte que jamás vas a volver a acabar hundida en la desesperación porque él va a atajarte en sus brazos cada vez que caigas, sino que con los más simples gestos convierte a tu mundo en maravilloso.
Son simples los gestos con los que logra transformar lo cotidiano en extraordinario: te prepara el desayuno todas las mañanas, te obsequia rosas sin razón aparente, te habla en susurros al oído cuando te cuesta conciliar el sueño, y en lunes como aquél te regala sonrisas que anticipan instantes mágicos en los que el Universo parece desdibujarse y solamente quedan ustedes dos suspendidos en espacio y tiempo.
En esa sonrisa que te llena de intriga, curiosidad y expectativa, y en esos pequeños gestos estuviste pensando durante todo el día, y así corrieron las horas, y así se extinguió la tarde, y antes de que te dieras cuenta el primer día de una semana que deseás desaparezca pronto para dar paso a la Navidad había llegado casi a su fin, dejándote con algunas horas en las que no hace falta que finjan, pretendan, se escondan o mientan porque les pertenecen a los dos y a nadie más, horas durante las cuales el 'mundo real' desaparece y los dos pueden sumergirse de lleno en su propio mundo.
Él te enseñó un mundo hermoso, un mundo construido de a dos con cada frase, con cada promesa, con cada secreto compartido, con cada confesión, con cada beso, con cada risa que se arrancaron el uno al otro y cada lágrima que el pulgar de uno barrió del rostro del otro. Él te enseñó un mundo precioso del cual sos princesa, un mundo hecho con cosas simples que para los dos tienen un significado tan profundo que jamás podrían explicarlo, y ese es el mundo en el que despertás cada mañana y es ese mundo en el que tus días terminan, ese mundo donde podés dejar que él le enseñe a tu corazón a soñar.
Te encanta verlo cocinar, se volvió parte de esa rutina tan linda que llena tu existencia desde hace poco más de tres meses; no entendés mucho cómo se las arregla para que todo salga bien, nada se queme, nada se pase, nada se arruine y todo parezca preparado por el chef de un restaurante premiado con cinco estrellas, pero disfrutás observando el proceso, a veces sentada a un costado admirando la facilidad que tiene para moverse en un ámbito donde vos te sentís perdida y sos propensa a los desastres, otras veces pegada a él como aquella primera noche que pasaste en su departamento, incapaz de soltarlo porque es más grande que cualquier otra la necesidad de sentir que está ahí con vos. Te gusta el grado de intimidad que se genera a partir de algo tan simple como verlo trabajar en la cena, hace que te sientas enormemente apreciada que después de una larga jornada en la CTU a él le queden ganas de esforzarse para mimarte y consentirte (un plato de tallarines para muchos no es gran cosa, pero para vos tiene valor), es parte de esa sensación cálida y placentera que representa tener un verdadero hogar. Muchas mujeres prefieren salir, ir a los lugares más caros y ostentosos, pero vos te sentís más cómoda cuando están los dos solos y podés permitirte relajarte y ser vos misma, la chica tímida que se sonroja por cualquier cosa y a la que él puede hacer reír con total facilidad, la chica tímida que usa como pijamas sweaters y joggings que le quedan enorme pero que le encantan porque están impregnados del perfume que mejor va con el de su piel. Además, después de haber pasado todo el día rodeada de más de cincuenta personas, obligada a controlar cada pequeño movimiento, cada mirada, cada palabra dicha, cada roce, cada gesto, para que no sea develado que existe entre ustedes una relación íntima, física y emocionalmente necesitás estar a solas con él, necesitan estar a solas el uno con el otro.
Por eso no te sorprendió cuando te dijo que tenía planeado prepararte una cena especial: estás acostumbrada a que se esmere para que tus comidas favoritas le salgan perfectas y te tienten lo suficiente para que ignores el estricto régimen que llevás para no pasar los cincuenta y dos kilos (el peso justo y necesario para que el gobierno te considere en forma y sana para trabajar para ellos) y te sirvas otra porción de tarta u otro plato de espagueti. Lo que sí te sorprendió fue que cambiara el rumbo y se dirigiera hacia tu departamento en lugar de encaminarse hacia el suyo como habían planeado (algunos lunes vas un rato a ocuparte de ciertas cosas y a hacer una – innecesaria, dirían algunos, pero para vos terapéutica – limpieza general, pero ya habías dejado todo ordenado el domingo en la mañana).
"Tengo planeada una cena especial para esta noche" te dijo al aparcar el coche frente a tu edificio. El brillo en sus ojos era mucho más fuerte que el de cualquiera de las estrellas que refulgían en el firmamento, la sonrisa enigmática en la que sus labios habían estado curvados durante todo el desayuno apareciendo otra vez en su rostro, dos cosas que provocan que automáticamente sonrías de oreja a oreja por el simple hecho de que verlo a él feliz genera en vos mariposas hiperactivas que se mueven de una punta de tu anatomía a la otra.
"Todas las cenas que comparto con vos son especiales" murmuraste, acariciando su mejilla con el dorso de tu mano.
En respuesta a tu comentario él chasqueó la lengua con dulzura, como lo hace siempre que te encuentra demasiado adorable como para poder describir exactamente cuánto con palabras más o menos adecuadas.
"Michelle, esta cena, te prometo, va a ser como ninguna otra" allí estaba otra vez esa sonrisa en la que habías estado pensando durante todo el lunes, esa sonrisa que con su mero recuerdo había logrado que las agujas del reloj se movieran más rápido y el día se te escapara de la manos debido a la ansiedad (ya familiar) que te carcome cuando tratás de imaginar de qué modo te sorprenderá, qué hará para agregar otra dosis de magia a un diciembre que es sencillamente maravilloso.
"¿Supongo que vinimos a mi departamento para que pueda cambiar mis ropas por algo más apropiado?" inquiriste, arqueando una ceja y mirándolo con la curiosidad plasmada en tu expresión. Te pareció lo más natural suponer que para ello habían regresado: Tony puede pensar que vos sos hermosa en pijama, sin maquillar, descalza y toda despeinada, pero lo cierto es que él también sabe que te gusta irradiar confianza con tu imagen como un mecanismo de defensa para compensar tu falta de autoestima; si sus planes involucran ir a un sitio público (un restaurante, se te ocurre, aunque con él nunca podés estar segura porque si hay algo que sabe hacer es sorprenderte más allá de los límites de tu imaginación), entonces la blusa y la falda que usaste durante todo el día – por muy formales y apropiadas que sean para el ámbito de la CTU, por mucho que contribuyan a construir a aquella 'Michelle profesional' que tanto se diferencia a la Michelle que mira dibujos animados y lee los libros de J. K. Rowling – no serían lo que vos considerarías 'apropiado', algo que él sabe porque te conoce mejor que nadie.
"Sí" contestó encogiéndose de hombros, como deseando restarle importancia al asunto "Cualquier cosa que elijas ponerte va a estar bien" agregó luego "Pero no te maquilles" te pidió, trazando el contorno de tu cara con las yemas de sus dedos "Sos naturalmente hermosa, Michelle" siguió hablando en susurros, sin dejar de acariciarte con delicadeza "Cuando logre que al mirarte en un espejo veas toda la belleza que yo veo, entonces vas a darte cuenta de que el maquillaje es totalmente innecesario"
Tus mejillas se tiñeron de rojo oscuro sin que pudieras hacer nada para evitarlo. Muchas de tus inseguridades se esconden detrás del maquillaje que aplicás cada mañana antes de ir a trabajar, pero todas esas inseguridades empequeñecen hasta volverse del tamaño de un granito de arena cuando él te mira embelesado y te asegura que le gustás mil millones de veces más sin rímel, sombra o rubor, cuando él te dice que sos mucho más bonita cuando estás al natural y no tratando de disfrazar a esa personita tímida y necesitada de afecto que en realidad sos.
Asentís despacio con la cabeza, haciéndole la promesa silenciosa de no cubrir tu (para él perfecta) piel color marfil con algunos de los pocos productos para maquillar que tenés.
"¿No vas a subir conmigo?"
Ya sabías la respuesta antes de que las palabras abandonaran sus labios.
"No; tengo algunas cosas de las que ocuparme" nuevamente sus labios estaban curvados en esa sonrisa imposible de describir pero que tan bien conocés "Pero voy a pasar a buscarte dentro de una hora y media"
Y antes de que pudieras decir algo más, preguntar algo más o siquiera separar los labios para tratar de emitir sonido alguno, él estaba besándote para silenciar lo que nunca llegaste a decir, convenciéndote de que era necesario que le hicieras caso.
"Te veo en un ratito" susurró con dulzura, su frente reposando contra tu frente y tus manos acunando su rostro.
"Te veo en un ratito" repetiste también en un susurro, sintiendo otro millar de mariposas desplegando sus alitas y haciéndote cosquillas.
Las palabras 'cena especial' despiertan en tu imaginación escenarios comunes y corrientes vistos en series de televisión y películas: restaurantes caros y exclusivos iluminados a la luz de unas cuantas velas estratégicamente diseminadas, música suave sonando, mesitas circulares ocupadas por parejitas demasiado entretenidas comiéndose con los ojos como para prestar atención al resto del Universo.
Hay una parte de vos que sabe que estás subestimando a Tony, porque él jamás prepararía algo tan predecible, algo tan típico, algo tan poco original. Pero dado que precisamente es su particularidad sorprenderte con cosas que jamás podrían cruzar tu mente, no te parece raro que, por mucho que intentes, todo lo que acude a tu cabeza, por mucho que la exprimas, es la típica, trillada imagen de parejitas contentas cenando a la luz de las velas.
De todos modos, sea lo que sea lo que se halla detrás de la sorpresa correspondiente a este lunes 17 de diciembre, querés vestir algo diferente, algo que jamás te haya visto usar, algo para asombrarlo a él, algo (y eso lo agregan tus revolucionadas hormonas) que lo provoque y le dé ganas de quitártelo. Con él te sentís cómoda dentro de tu propio cuerpo, las inhibiciones desaparecen, la vergüenza se esfuma cuando caes bajo su mirada porque él tiene la capacidad de sacarte el peso que te genera considerarte un patito feo cada vez que te devora con los ojos y te dice sin palabras que te desea como jamás deseó a ninguna otra.
Después de haber pasado tu adolescencia escondiéndote detrás de enormes libros para luego llegar a la adultez refugiándote detrás de los monitores de las computadoras con las que trabajás, te gusta muchísimo que él te mire.
No hay mucho en tu guardarropas que pueda ser calificado como sexy, a excepción de una única prenda que jamás usaste y que tenés allí colgada desde hace más de un año: un vestido idéntico a aquél que Marilyn Monroe hizo tan famoso con esa sesión de fotos, sólo que éste no es blanco, sino negro. Carrie insistió en que lo compraras una tarde de domingo en la que la acompañaste a mirar vidrieras, argumentando que precisabas dejar de vestirte como si hubieras salido de las páginas de la revista de modas más aburrida del mundo, y repitiendo una y otra vez que quizá si te esforzabas por lucir un poco más atractiva encontrarías la manera de deshacerte de tu 'pequeño problemita' (ése era el término con el que Carrie siempre se refería a tu virginidad). Sólo para darle el gusto y que se callara de una buena vez por todas la habías dejado arrastrarte dentro de una tienda, donde elegiste el primer vestido que la vendedora te mostró sabiendo que al llegar a tu casa lo colgarías de una percha y allí quedaría hasta que al destino se le ocurriera favorecerte con una buena mano de cartas y encontraras al hombre indicado para quien lucirlo (si mal no recordás, aquél día tu humor no era el mejor y estabas pasando por una etapa de negativismo que te llevaba a quedarte dormida cada noche con el rostro bañado en llanto y la almohada empapada por tus propias lágrimas porque pensabas que estabas destinada a morir sola sin haber sido amada por nadie).
Podrías haberte desecho de ese vestido por varios motivos: para empezar, porque lo compraste bajo la influencia de Carrie (mejor dicho: lo compraste para que Carrie dejara de molestarte zumbándote en los oídos), quien luego acabó apuñalándote por la espalda, destrozando la vida de tu hermano por una calentura sin sentido, haciéndote cada hora de trabajo imposible de soportar con sus actitudes, demostrando que no es más que una arpía, una víbora con la lengua cargada de veneno. Después está también, por supuesto, el hecho de que las probabilidades de que alguna vez lo usaras eran pocas, prácticamente nulas, porque jamás se te cruzaría por la cabeza ir a un bar o a un boliche porque no te divertirías, te sentirías incómoda y fuera de hábitat. Sin embargo, allí en tu placar permaneció, porque cuando unos meses atrás revistaste el contenido de todos los cajones y te fijaste qué colgaba de cada percha para donar lo que ya no te sirviera, al ver aquél vestido se te ocurrió que tal vez, quizá, si tenías suerte un día tu fantasía de que él se fijara en vos se volvería realidad y tendrías motivos para querer usar una prenda provocativa (ése, seguramente, fue un gran momento de optimismo, uno de esos raros momentos que aparecían desperdigados de tanto en tanto en medio de los pensamientos negativos).
Esta noche, te parece, está presentándose una buena ocasión para estrenarlo.
Lo extendés sobre la cama antes de ir a ducharte, aun sonriendo y con muchas mariposas paseando por tu estómago.
Te tomás tu tiempo para mirarte en el espejo, observando cada detalle minuciosamente. El vestido es precioso: no es exageradamente ajustado, sólo lo suficiente para resaltar tus curvas; tampoco es demasiado corto, termina justo a escasos dos centímetros de tus rodillas, lo cual permite que tus piernas se luzcan.
El vestido es hermoso, fino, mezcla seducción e inocencia, sugiere y estimula la imaginación sin perder esa cuota de dulzura e ingenuidad que siempre salpica tu mirada fundiéndose con el deseo cada vez que lo mirás fijo a los ojos.
El vestido es hermoso, realmente lo es.
La que no logra apreciar su propia hermosura sos vos.
Desearías tener acá tu espejo, ese espejo que él te regaló dentro de una caja, ese espejo en el que se refleja su mundo entero, lo que él más ama, lo que él necesita, lo que más feliz lo hace, lo único por lo que estaría dispuesto a sacrificar todo, pero te lo olvidaste en su departamento. En ese espejo te ves distinta, ese espejo devuelve otra imagen, ese espejo te hace tanto bien como bien te hacen sus caricias, sus palabras y la dulzura con la que te mira, la fascinación con la que observa cada pequeño detalle como si quisiera absorberlo y embeberse en ellos. Ese espejo no registra tu falta de autoestima o tus inseguridades o tus complejos de inferioridad. Pero ahora que lo precisás, no lo tenés, porque ha quedado, como buena parte de tus cosas, mezclada entre las suyas.
Estás preciosa, pero tu mente no te permite ver eso, tu mente engaña a tus ojos, y todo lo que vos ves reflejado allí es un patito feo tratando de parecer bonito, una chica demasiado gorda que no puede perder más peso porque el trabajo que ama demanda que se encuentre en lo que ellos llaman 'buena forma', 'saludable'.
Pero tratás de no pensar en eso. Tratás de pensar solamente en lo bien que vas a sentirte cuando él te tome en sus brazos y susurre en tu oído que sos hermosa y vos le creas porque es imposible que lo cuestiones cuando te dice esas cosas.
Suspirás, una parte tuya queriendo alejarse del espejo – ese espejo que no se parece en nada, en absolutamente a nada a aquél que él metió dentro de una caja y te regaló diciéndote que allí dentro estaba contenido su mundo, sólo para que te encontraras con tu propio rostro al abrir la tapa - para evitar que tu cabeza se llene de comentarios negativos y despectivos hacia tu cuerpo hechos por voces que viven dentro tuyo desde hace mucho y que tienen como único fin pisotearte con palabras murmuradas maliciosamente en tu oído, recordarte que vales muy poco y que tenés más de lo que cualquier patito feo merece.
Y otra partecita tuya sabe que si querés arreglar tus rulos indomables necesitás seguir de pie frente a uno de tus peores enemigos, aquél que devuelve una imagen distorsionada.
Sacudiendo la cabeza como si estuvieras tratando de ahuyentar a un mosquito molesto, te concentrás en terminar de arreglarte antes de que los minutos vuelen de golpe y el ruido del portero eléctrico anuncie que ya ha pasado una hora y media y él está abajo esperándote.
Juntás tus bucles húmedos detrás de tu cabeza en una cola de caballo, permitiendo que algunos tirabuzones indomables queden colgando de los costados, enmarcando tu rostro; te gusta que él te despeine, te gusta que cada día cuando están solos luego de haber pasado varias horas trabajando él desate tus rulos porque le encanta verte con el pelo suelto.
Tomás la cajita forrada de terciopelo rojo donde yacen la delicada cadenita de oro de la que cuelga un pequeño dije en forma de círculo con brillantes pedacitos de diamante incrustados y el par de aritos haciendo juego. No necesitás joyas carísimas, y sin dudarlo ni un segundo las cambiarías por un abrazo suyo o una caricia; sin embargo, él insiste en consentirte y en hacerte esta clase de obsequios de todos modos, aunque le hayas dicho ya infinitas veces que lo amarías aunque no tuviera ni un centavo y no pudiera permitirse el lujo de sorprenderte con regalos. 'No existe diamante cuyo valor se compare al que yo le doy a tenerte en mi vida' te había dicho, y para vos, esas palabras y el brillo de su mirada al susurrarlas en tus oídos, importan más que todas las riquezas de la historia de la humanidad puestas a tus pies para que dispongas de ellas.
Suspirás otra vez, apartando los ojos del espejo, en esta ocasión no con angustia por no poder ver más que un patito feo que sólo bajo los ojos del hombre que la ama puede pretender por un rato que es una princesa.
Suspirás con dulzura, y el aire que se cuela por tus labios bien podría estar lleno de esas mariposas invisibles que se sacuden en tu estómago, provocándote cosquillas, porque no importa realmente lo que tu reflejo insista en gritarte, no importa realmente lo que pienses sobre tu cuerpo, no importa realmente la imagen distorsionada que tenés de vos misma, no importa realmente que seas incapaz de verte bonita si no es a través de sus ojos: la promesa de pasar una noche mágica con él – no interesa dónde, no interesa haciendo qué, no interesa si sus planes involucran un paseo en globo aerostático o simplemente sentarse sobre una manta bajo la luz de la luna para mirar el cielo y jugar a escribir palabras uniendo las estrellas – transforma en vacías y estúpidas todas esas inseguridades que te atacan de golpe cuando te encontrás momentáneamente lejos de él y de esas sonrisas que te aseguran que sos la única cosa en su mundo, que sos aquel satélite alrededor del cual orbita su existencia, aquella que para él vale mucho más que cualquier tesoro escondido en el centro de la Tierra.
Sin echar otro vistazo al espejo salís de tu habitación, dándole la espalda al que durante la adolescencia fue uno de tus peores enemigos, dándole la espalda a tu propio reflejo, ese reflejo que aun se divierte torturándote, ese reflejo que sólo podés tolerar cuando lo ves impreso en su mirada empapada de deseo y admiración.
Vos no te ves preciosa, vos no creés valer más que todos los diamantes del mundo, pero él piensa que vos sos hermosa y que nada puede compararse a saber que le pertenecés. Vos muchas veces creíste improbable que acabarías siendo la protagonista de tu propio cuento de hadas por mucho que esperaras y esperaras la llegada del hombre indicado, y sin embargo él todos los días escribe una nueva página con sus gestos cargados de amor, y vos llenás renglones y renglones en esos cuadernos que querés guardar hasta que los dos sean muy viejitos, renglones y renglones con frases que parecen dibujadas en tinta pero que en realidad están dibujadas con la magia que él inyecta a tu existencia.
Sin embargo acá estás, usando un vestido que solamente querés lucir para él, con una cadena de oro puro alrededor de tu cuello y un dije con trocitos de diamante brillando justo a centímetros del punto donde tu escote se hunde en forma de V dejando el resto de tu cuerpo librado a la imaginación (aunque él ya no necesita imaginar nada porque conoce cada centímetro de memoria), esperándolo porque prometió pasar a buscarte para llevarte a vivir otro de esos momentos que idea para vos y para nadie más que vos, otro de esos momentos que parecen sacados de las más lindas fantasías, otro de esos momentos especiales que se quedan grabados en tu corazón y que recordás con cada palpitación, otro de esos momentos que logran que sientas que el Universo a tu alrededor se desdibuja de golpe hasta que quedan ustedes dos.
Y eso, eso te basta para ser feliz.
De hecho, sos mucho, mucho más feliz de lo que alguna vez te atreviste a creer lo serías.
Y no son los diamantes, las cenas románticas, los regalos, los paseos en la playa o la promesa de llevarte a París los ladrillos que construyen la base de tu felicidad.
Es él tu felicidad.
Y no hay complejo de inferioridad que pueda ganarle a lo que él te hace sentir, no hay espejo que pueda angustiarte cuando sabés que estás a escasos minutos de fundirte en sus brazos otra vez, no hay voces que puedan torturarte efectivamente cuando sabés que otra noche inolvidable espera para abrirse delante de ustedes dos.
Te preguntó si confiabas en él, como muchas otras veces lo ha hecho. Como muchas otras veces lo has hecho, respondiste a ese interrogante diciéndole que confiás en él íntimamente y mucho más de lo que alguna vez creíste podrías llegar a confiar en otro ser humano, a tal punto que no te importa que tu existencia entera dependa de él, porque sabés bien que jamás permitiría que algo te hiciera daño, porque sabés bien que te protegería de cualquier mal con su propia vida si hiciera falta.
Te pidió que cerraras los ojos y los mantuvieras así hasta que él te dijera que podías abrirlos nuevamente, como muchas otras veces lo ha hecho. Y, como muchas otras veces lo has hecho, dejaste que tus párpados cayeran cual si fueran pesados como el plomo y te sumiste en la negrura.
No tardaron en llegar a destino; no tenías la menor idea respecto a dónde te había llevado, pero juzgando por el gusto a sal empapando el aire y los inconfundibles ruidos del mar meciéndose, era evidente que se hallaban cerca de la playa.
"¿Estamos yendo a la playa, Tony?"
"No"
"Pero estamos cerca de la playa" habías insistido.
"Estamos cerca de la playa" había confirmado él.
Luego el silencio había caído en el coche, que permanecía estacionado vaya uno a saber dónde.
Fue su voz la que rompió con la quietud.
"Michelle, necesito que mantengas los ojos cerrados" estaba pidiéndote aquello otra vez como si fuera lo más importante del mundo, como si todo dependiera de que tus párpados permanecieran cubriendo esos dos océanos oscuros en los cuales reflejás el mundo, como si todo su plan estuviera colgando de un finísimo hilo que podría romperse si la negrura dejara de envolverte y tu vista entrara en el juego.
"No voy a abrir los ojos, Tony" le prometiste, buscando a tientas su mano para entrelazar sus dedos con tus dedos.
Te ayudó a bajar del coche, y una vez los dos de pie en la acera (o al menos te daba la impresión de que debían estar parados en la acera de una calle muy tranquila y silenciosa), te tomó en sus brazos sin previo aviso, provocando que jadearas en tu asombro antes de estallar en risas.
"No es necesario que me cargues; puedo caminar" comentaste, sin dejar de sonreír y rodeando su cuello con tus brazos, tus ojos fuertemente cerrados.
Por toda respuesta besó tus labios con dulzura, rozándolos apenas con los suyos.
"Lo importante es que mantengas los ojitos cerrados" volvió a susurrar en tu oído.
Experimentando la escena a través de tus otros sentidos, te concentraste en el millar de sensaciones provocadas por la cercanía de su cuerpo y tu cuerpo mientras él caminaba sin dificultad alguna (tu peso es, después de todo, comparable al de una pluma para alguien con un físico como el de él), el sonido del mar el único rompiendo con el silencio hasta que sentiste una de sus manos maniobrar con cuidado y luego escuchaste el ruido de una llave girando en el cerrojo.
La puerta no chirrió al abrirse, pero sí hizo un ruido seco cuando él la cerró detrás de sí después de haber ingresado al sitio al que te había llevado. Y de pronto se te ocurrió que tal vez se encontraban en una casa, una casa a la que Tony tuviera acceso, una casa cerca de la playa… Pero, ¿la casa de quién?
Sin embargo, a pesar de la curiosidad, a pesar de la intriga, mantuviste los ojos cerrados como él te había pedido que lo hicieras. No preguntaste ni dijiste nada, simplemente dejaste que él guiara las cosas, que él marcara el camino, que él siguiera los pasos correspondientes de acuerdo con el plan trazado, fuera éste cual fuera.
Dos minutos más tarde (¿fueron sólo dos minutos?, ¿fue menos o más tiempo del que creíste? Siempre perdés la noción del comportamiento de los relojes cuando estás con él) con extremada suavidad y movimientos tan delicados como si estuvieras hecha de humo y corrieras el riesgo de esfumarte si no te tratara con absoluto cuidado, como si fueras una muñeca de porcelana que debe ser colocada en una repisa resguardada por paneles de cristal para que nada la dañe y todos puedan admirar a lo lejos su belleza, él te dejó sobre lo que indudablemente era el suelo, cubierto por una tela mucho menos gruesa que una frazada pero menos finita que una sábana.
Y antes de que pudiera formarse otro pensamiento en tu cabeza o tomaras cuenta de otro detalle siquiera, escuchaste su voz – cargada de ternura, dulce y suave como sus caricias – susurrar en tu oído:
"Podés abrir los ojos, Michelle"
Si se buscara el concepto de 'cena especial' en el diccionario mental de cualquier hombre, probablemente se encontrarían cosas muy similares – detalles más, detalles menos – a esa escenita típica de comedia romántica escrita y filmada en Hollywood que se te ocurrió a vos a falta de mayor capacidad para imaginar algo más original: un restaurante carísimo, velas arrojando una luz tenue, música romántica, parejitas felices inmersas en su mundo…
Ahora, si se buscara el concepto de 'cena especial' en el diccionario mental de Tony Almeida, se hallaría una definición muy distinta, o al menos eso podría deducirse juzgando por el hecho de que están en el cuarto vacío de una casa vacía, sentados sobre un mantel a cuadros, teniendo lo que podría denominarse como un 'picnic puertas adentro' - por usar un término para describir la situación - y lo único que podría decirse que coincide con lo descripto renglones más arriba es la presencia de velas estratégicamente diseminadas para compensar la falta de luz eléctrica.
No necesitás hacerle preguntas, no hace falta que le lances miradas inquisitivas, tampoco te sentís decepcionada ni pensás su sorpresa no alcanza para cubrir cierta cuota de expectativas (no tenés cuota alguna de expectativas: él es mucho más de lo que alguna vez podrías haberte atrevido a soñar): muchas mujeres pensarían que está loco o que es demasiado extravagante, pero vos confiás en que hay un motivo que te será revelado más tarde por el cual para él esto – una manta extendida sobre el pulido, brillante suelo de madera de un cuarto vacío en una casa vacía acerca de cuyo dueño no tenés dato alguno, los dos acurrucados en silencio desde hace casi media hora, la luz de las velas inundándolo todo y tiñiendo de un suave amarillo las paredes blancas – posee méritos suficientes para ser considerado el sitio perfecto para una cena especial.
Lo que para vos tiene valor, lo que para vos cuenta, lo que para vos significa más que todo el oro en el mundo, lo que a vos te hace feliz, es que él esté eligiendo pasar cada día de su vida a tu lado, haciéndote sonreír, cuidándote, recordándote que sos la única estrella brillando para él. Lo que a vos te hace bien es estar con él, escuchar el sonido de su respiración, escuchar los latidos de su corazón sincronizados con los de tu corazón, sentir sus labios desparramando besos en tus mejillas, arrancarle sonrisas con sólo mirarlo a los ojos profundamente.
No te importa que la cena consista de sándwiches y no de algún plato exótico y elaborado; lo que te importa es que él se haya tomado el trabajo de preparar todas esas cositas sencillas con esmero, recordando cortar los sándwiches en triangulitos y untando el pan con manteca en lugar de mayonesa porque así es como a vos te gusta, evitando la lechuga porque sabe que no sos muy fanática de esa verdura en particular, fijándose en detalles pequeñitos.
Lo que te importa es que, pudiendo estar en cualquier lugar con cualquier otra persona, elija estar con vos, tomando Coca-Cola en lugar de cerveza porque también por experiencia del daño que puede causar el alcohol le provoca rechazo.
Lo que te importa es estar con él. Lo que te importa es saber que él quiere estar con vos. Lo que te importa es que, cuando sus miradas se encuentran, las dos brillan muchísimo, muchísimo más que cualquier estrella en el cielo.
¿Acaso interesan el lugar, las circunstancias, la situación, las razones, cuando estás con la persona que más te ama y a la que adorás más allá de todo límite? ¿Acaso hacen falta explicaciones cuando podés simplemente sumergirte en su presencia y perderte en sus ojos y en la dulzura con la que te mira como si ninguna otra cosa sobre la faz de la Tierra lo fascinara tanto? ¿Acaso no se desdibuja el Universo cada vez que están los dos solos? ¿Acaso no confiás en él como jamás creíste llegarías a confiar en otra persona? ¿Acaso existen diferencias entre un restaurante cinco estrellas y el suelo del cuarto vacío de una casa vacía, acaso existen las diferencias entre sándwiches sencillos y comida exótica, cuando lo fundamental es que estás compartiendo la noche con la persona con la que querés compartir cada día que te quede de vida?
Tiene que existir un motivo por el cual te trajo a esta casa vacía, tiene que existir un motivo por el cual este lugar para él significa algo, y estás segura de que llegará el momento en el que te explique, por eso no te molesta fundirte en el silencio, con la cabeza reposando sobre su hombro, abrigada por el calor de su cuerpo y por aquél que emana del fuego que consume poco a poco las velas.
Cualquier otro hombre podría decir que en su 'diccionario mental' esto jamás clasificaría como 'cena especial'. Para vos, para vos esto es mágico, absolutamente mágico, como todo lo que Tony hace por vos, como todo lo que Tony hace para mimarte. Porque no necesitás diamantes como aquellos que adornan los aritos en tus orejas o como el que cuelga de la cadenita que llevás alrededor del cuello, no necesitás miniaturas de la Torre Eiffel importadas de París ni la promesa de viajar a Europa, no necesitás regalos costosos ni muchos lujos: lo necesitás a él, dispuesto a abrazarte, dispuesto a dedicarse a encender muchas velas y a preparar tus sándwiches favoritos para que coman los dos acurrucados en el suelo sobre una manta, dispuesto a cargarte en brazos, dispuesto a compartir con vos cada noche que le quede, cada cena que le quede, dispuesto a hacerte feliz.
"¿En qué estás pensando?" susurra en tu oído, enredando su dedo en tus bucles ahora sueltos; como sabías que lo haría, no tardó en deshacerse del ganchito de plástico con el que los habías sujetado, y ahora tu cabellera cae hasta la mitad de tu espalda, revuelta, salvaje e indomable (según él resaltando tu parecido con un ángel).
"En nada, en todo…" murmurás, rozando su mejilla con tus labios "Me gusta el silencio" agregás "Me gusta estar en silencio con vos"
"A mi también me gusta estar en silencio con vos. Pero aun sigo esperando a que preguntes"
"¿Qué es lo que se supone que tengo que preguntar?" inquirís, arqueando una ceja seductoramente y trazando el contorno de su rostro con el dorso de tu mano.
"Se me ocurren varias cosas que podrías preguntar"
Sabés qué es lo que él espera que preguntes. Espera que preguntes qué se le cruzó por la cabeza cuando pensó que sería una idea romántica cenar en uno de los cuartos vacíos de una casa vacía. Espera que preguntes por qué están ahí y a quién pertenece esa propiedad. Espera qué cuestiones cuál es la sorpresa o qué es lo que tendría que asombrarte o si acaso pensó que quedarías maravillada por su idea de tener un 'picnic puertas adentro'.
"A mi no se me ocurre ninguna" continuaste provocándolo, tomando otro sorbo de Coca-Cola despreocupadamente, encogiéndote de hombros como si restaras importancia al asunto.
"¿Entonces te parece totalmente normal" comienza él, ahora sus cejas arqueadas y su boca curvada en una sonrisa extraña "que te haya traído a una casa vacía y que la cena especial que te prometí no sea más que un montón de sándwiches y que…?"
"Shhh" lo interrumpís, sellando sus labios con tus labios, acunando su cara entre tus manos "… Cualquier cosa que haga con vos, cualquier cosa que hagas por mí, por más sencilla que parezca a los ojos de otros, por más loca o extraña que pueda resultar, para mí es especial, porque vos sos especial. Confío en que hay un motivo por el que estamos sentados sobre una manta en el cuarto vacío de una casa vacía, a la luz de las velas, en absoluto silencio, y que en el momento que corresponda vas a explicarme ese motivo. Quizá no haya motivo alguno" seguís, encogiéndote de hombros otra vez ", y si es así, tampoco me importa. Para que mis días sean perfectos sólo necesito estar con vos. Ahora estoy con vos" señalás, tu sonrisa expandiéndose hasta convertirse en una de esas de oreja a oreja que pueden derretirlo como si fuera un cubito de hielo expuesto a los rayos del sol "y no hay otro sitio en el que preferiría estar?"
"¿Entonces no te da curiosidad saber por qué te traje acá, a esta casa vacía?" insiste.
"Sí, me da curiosidad" admitís.
"Es la casa en la que van a vivir mi hermana y su familia cuando se muden a Los Angeles luego de las fiestas" te cuenta, acariciando tus mejillas con las yemas de sus dedos "Un amigo de Andrés que invierte en propiedades en todo el país se las vendió. Fiona me pidió que recogiera las llaves y viniera a echar un vistazo, pero también me pidió que le hiciera el favor de ocuparme de otro asunto" la forma en la que menciona ese otro asunto provoca que tu curiosidad se incremente de golpe "Entonces" sigue "se me ocurrió una idea..."
"Debo reconocer que de todos los picnics que hicimos este es el más original" comentás, riendo.
"Esa no fue la idea que se me ocurrió. Esto" con un gesto de la mano señala la situación en general, los dos sentados en el suelo sobre el mantel a cuadros, el platito donde hasta hace un rato había un piloncito de sándwiches ahora vacío a excepción de unas pocas migas, las velas "fue planeado con el propósito de desconcertarte un poquitito" besa la punta de tu nariz rápidamente antes de seguir hablando, sin darte tiempo a interrumpirlo o hacer comentario alguno "Hubiera querido cocinar algo mucho más elaborado" dice en tono de disculpas "pero creo que pronto vas a entender por qué no tuve tiempo"
"¿Tiene que ver con esa idea brillante que se te ocurrió?" preguntás, acariciando su cabeza, revolviendo su pelo color azabache.
"Sí"
"Me muero de curiosidad…" murmurás, acortando poco a poco la distancia entre una boca y la otra.
"Hay algo que todavía no te dije…" acaricia tus labios con su pulgar repetidas veces, provocando que tiembles incontrolablemente bajo su tacto, de repente ignorando por completo esa 'idea brillante' con la que aun tiene que sorprenderte y que develará por qué motivo te llevó a la por el momento vacía casa de su hermana.
De repente ignorando todo, haciendo de cuenta que el mundo alrededor de los dos se ha desdibujado hasta borrarse por completo, te habla sin hablar, porque no hay necesidad de quebrar el silencio cuando entre los dos no existe mejor idioma que ése que nadie más sabría descifrar.
Antes de que las palabras abandonen su boca, antes de que el sonido impacte contra el aire y llegue a tus oídos, antes de que forme aquella frase que sube por su garganta y te alcanza empapada de ternura, podés ver en sus ojos, en esos dos espejos en los que te encanta encontrar tu reflejo brillando como la luna en el firmamento, lo que quiere decirte, cual si hubiera estado allí escrito.
Siempre está todo dicho en sus ojos antes de que las emociones se transformen en oraciones, en un lenguaje que solamente vos comprendés y que nadie más entendería.
"Estás muy hermosa"
Tus párpados caen pesados, tu corazón se saltea un latido, te relajás al sentir una de sus manos acariciando tu rostro con delicadeza, te sumergís en sus palabras y dejás que te empapen. Después de la angustia que sentiste al mirarte en ese espejo de cuerpo entero que devuelve una imagen distorsionada que odiás profundamente, nada te hace tanto bien como escucharlo decirte que le parecés hermosa, nada te hace tanto bien como sentir todo ese amor y esa adoración envolviéndote con la misma pasión con la que te envuelven sus brazos cuando te atrae para sentir tu corazón latiendo junto al suyo.
Cuando horas atrás pasó a buscarte, sonriendo tímidamente y tan sonrojada que tus mejillas estaban teñidas de un fuerte, violento tono carmín, lo miraste a los ojos buscando sosiego para tus miedos e inseguridades, buscando sentirte linda, y allí encontraste esa mezcla de locura, dulzura, admiración y ternura, todas esas emociones complejas puestas en tu sola existencia, abrumándote, haciendo desaparecer todos esos pensamientos oscuros sobre tu apariencia que habían estado torturándote un rato atrás. Sus besos y el roce de sus manos sobre tu piel habían susurrado lo que en palabras no puede explicarse, lo que no puede describirse, esos susurros recordándote que para él no hay criatura más importante sobre la faz de la Tierra, que tu belleza es la única que lo atrae, que es totalmente adicto a vos y que jamás podría enamorarlo ninguna otra porque te pertenece así como vos sos de su propiedad.
Sin embargo, en ese lenguaje común y corriente con el que habla el resto del mundo no había dicho nada; no era necesario, realmente, porque ustedes dos pueden entenderse remplazando frases con miradas y caricias, porque él puede convencerte de que sos preciosa sólo con los suspiros que le arrancás. Pero él sabe que te fascina el sonido de su voz dando forma a frases dulces, él sabe que te reconforta, él sabe que se sanan tus heridas cada vez que te dice en todas las formas posibles que le parecés linda de verdad.
Sonrojándote violentamente otra vez y sonriendo tanto que de hecho los músculos de tu cara duelen un poco, te inclinás hacia adelante para besarlo, muy despacio primero pero luego tan apasionadamente que pronto los dos se quedan sin aire y es necesario que se separen para recuperar un poco del oxígeno que sus pulmones están pidiendo con desesperación.
"Supongo que el vestido y los diamantes ayudan…" susurrás, presionando tu frente contra su frente y masajeando su nuca con las yemas de tus dedos.
"Los diamantes empalidecen e impresionan muy poco cuando vos los usás" murmura, sin romper el contacto entre una mirada y la otra "Nunca van a valer tanto como vos. Nunca nada" se corrige enseguida "va a valer tanto como vos, absolutamente nada. Y en cuanto al vestido" agrega, desplegando esa sonrisa seductora que te hace temblar por dentro y te convierte en un montoncito de arcilla en sus manos ": es cierto, es bellísimo, pero vos lo sos muchísimo más, Michelle, por dentro y por fuera. Tenés que creerme" insiste "No voy a detenerme hasta que me creas cuando te digo que sos hermosa"
Hay una lección que, por muy terriblemente inteligente que seas, te cuesta aprender, y es que los espejos a veces mienten, por lo cual es preciso que tengas cuidado para no caer atrapada en sus mentiras y permitir que te carcoman la cabeza y te lleven a bordear la autodestrucción como cuando eras más joven y pasabas días enteros en ayunas porque sentías que estabas demasiado gorda y que debías bajar de peso urgentemente.
Es una lección que él te repite todos los días para ayudarte a comprenderla, buscando que entiendas que solamente tiene que importarte el reflejo que devuelvan sus ojos - tus dos espejos favoritos - o aquél que vas a encontrar cada vez que levantes la tapa de la caja que te regaló y te halles frente a frente con la imagen de la persona que más ama en el mundo, aquella que es su mundo resumido en una sola alma: vos. Es una lección que solamente él puede enseñarte, él y nadie más, con cada mirada, cada sonrisa, cada suspiro, cada beso y cada segundo que al deslizarse por el reloj los encuentra a los dos perdidos uno en el otro, totalmente absortos, como si nada más importara, como si todo alrededor hubiera quedado reducido a un borrón.
"Te creo, Tony" respondés con sinceridad.
Porque cuando él te mira así, vos le creés. Cuando él te habla así, vos le creés. Cuando él te besa y abraza posesivamente, le creés.
Y no hay espejo que pueda convencerte de lo contrario.
Lo que hace falta es que aprendas la lección de una buena vez por todas y seas capaz de enfrentar cualquier espejo común y corriente sin sentirte un patito feo, pero hasta que finalmente logres eso sabés que contás con él para recordarte a diario, con cada cosita que hace y con cada palabra que susurra y con cada una de sus caricias, que vales la pena, que sos linda por dentro y por fuera.
Para eso va a haber tiempo. Después de todo, tienen el resto de sus vidas para seguir enseñándose cosas el uno al otro, para seguir curando uno las heridas del otro, para seguir aprendiendo uno del otro, para seguir construyendo juntos ese mundo que les pertenece a los dos nada más y que está hecho de las cosas más sencillas pero más mágicas.
"¿Querés que te cuente cuál fue la idea que se me ocurrió?" pregunta, retomando el tema anterior, colocando uno de tus rulos rebeldes detrás de tu oreja "¿Querés que te explique por qué se me ocurrió traerte acá?"
Por toda respuesta sonreís.
Y en su mirada ves escritas las palabras que su alma diría a tu alma si tuviera voz y que de hecho puede decirle porque las dos aprendieron a hablarse la una a la otra sin que sea necesario emitir sonido alguno: esa sonrisa en la que se han curvado tus labios ante la perspectiva de descubrir cuál es la verdadera sorpresa que preparó te vuelve mil millones de veces más hermosa, mucho más hermosa de lo que podrían volverte aritos de diamantes o cualquier vestido.
Honestamente, no podés imaginarte qué clase de sorpresa aguarda en otro de los cuartos de la casa ni cómo es que se vincula con la nueva vivienda de su hermana, pero como confiás en él ciegamente e irías con él a cualquier sitio, entrelazás tus dedos con sus dedos y permitís que te guíe hacia la habitación contigua, obedeciendo otra vez cuando te pide que cierres los ojos y que no los abras hasta que te indique que podés.
Escuchás otra vez una puerta cerrándose, y luego su voz inundando el aire, acariciándote con delicadeza y provocando que te estremezcas como siempre que te susurra al oído:
"Abrí los ojos, Michelle"
Tus párpados se levantan lentamente, pero el cuadro que entra en foco tarda bastantes segundos en ser procesado por tu cerebro, que al principio no comprende lo que significa aquello que tenés delante, a escasos dos metros de distancia.
Es un piano. Un piano. No es enorme como aquellos que usan los grandes músicos en sus conciertos, pero sí es bastante imponente, similar a aquél que viste en casa de la madre de Tony cuando visitaron a su familia en Chicago.
Antes de que puedas decir nada, antes de que salgas de tu asombro, mientras seguís aun boquiabierta admirando aquél instrumento tan terriblemente fascinante, Tony se acerca, con un fósforo entre sus dedos, para encender una vela parecida a aquellas que apagaron cuando recogieron el mantel, los platos y los vasos para guardarlos otra vez en la canasta que usan cuando van de picnic al parque antes de dejar la habitación para venir a ésta, esperando ser encendida para quebrar la oscuridad.
Bañado por la tenue luz amarillenta que arroja la vela, el piano y Tony de pie junto a él quedan iluminados, y tu cerebro procesa finalmente lo que está a punto de suceder, enviando así la orden a tu rostro de quedar invadido inmediatamente por una sonrisa tan grande y tan intensa que hasta provoca que por tu garganta suba una carcajada.
"Mi hermana quiere que mis sobrinitas tomen clases de música" Tony comienza a explicar "Compró este piano por internet la semana pasada y me pidió que estuviera esta tarde después del trabajo cuando vinieran a entregarlo. Entonces se me ocurrió que podría traerte después y…, bueno…"
Hace una pequeña pausa, se sonroja, esquiva tu mirada, pero sus ojos y tus ojos vuelven a encontrarse cuando vos rompés la distancia entre ambos y te acercás a él, acunando su rostro en tus manos y levantándolo lo suficiente hasta que ambos quedan al mismo nivel, inmersos el uno en el otro.
"… No tuve oportunidad de enseñarte a tocar el piano cuando estuvimos en casa de mis padres" se encoge de hombros, pero vos podés ver esa nube cargada de angustia y nostalgia que por unos segundos nubla sus ojos, empapándolos como la lluvia empapa a la acera cuando diluvia en la ciudad "… Sé que te gustaría aprender, y a mi me encantaría enseñarte. El mundo de la música es hermoso, y quiero ser yo el que te lo muestre. Te compraría tu propio piano si alguno de los dos tuviera espacio en su departamento, Michelle" susurra, frotando sus nudillos suavemente sobre tu mejilla "Por el momento no puedo sorprenderte con eso" suspira "pero sí puedo ayudarte con algunas cosas básicas hoy… como una especie de promesa de que un día no muy lejano vamos a tener nuestra casa y voy a poder regalarte un piano que sea tuyo y de nadie más…"
Cualquier otra frase que hubiera planeado decir queda totalmente ahogada cuando estrellás tus labios contra sus labios en un beso, un beso que resume en el roce de una boca contra la otra todo aquello que en palabras no podrías poner porque jamás te alcanzarían los adjetivos para describir lo que estás sintiendo.
Amás sus promesas. A él podrá parecerle que no es suficiente prometerte que va a darte en el futuro lo que moriría por poder entregarte ahora, pero para vos el significado que tienen es tan grande que no cabría en el océano si pudieras convertirlo en agua, simplemente lo desbordaría así como la felicidad a vos te desborda a tal extremo que sentís podrías colapsar en cualquier momento, algo que te pasa desde que los dos están juntos y él se esfuerza por llenar cada día de tu vida con un poquitito de esa magia a la que estás convirtiéndote en adicta, esa magia sin la cual no podrías vivir porque ya te acostumbraste a ser su princesa, la única en su mundo, la primera en todo.
Amás que se le haya ocurrido llevarte en la noche de un lunes a una casa totalmente vacía a excepción de un piano, un piano que no es tuyo pero con el que podés dar tus primeros pasos esta noche en ese Universo maravilloso hecho de música, ese Universo al que siempre quisiste entrar, ese Universo que él va a llevarte a explorar, ese Universo en el que vas a poder zambullirte de lleno cuando, no dentro de mucho, los dos compren una casa, su propia casa, una casa que al principio va a estar desierta como ésta que pronto van a habitar Fiona y su familia, una casa que los dos van a ir llenando de a poco con sus cosas, con memorias, con recuerdos, con instantes especiales y con un piano que te pertenezca a vos.
Amás que haya encontrado la forma de comenzar a cumplir otro de tus muchos sueños: aprender música. Es algo que querés hacer desde siempre, desde que sos chiquitita, y él lo sabe, así como sabe todos tus secretos, todos tus anhelos, todas esas cosas que te harían sentir completa si pudieras realizarlas.
Amás que él quiera ser tu maestro, tanto como estás segura vas a amar ser su aprendiz.
La banqueta forrada en cuero negro no es lo suficientemente grande para que se sienten uno al lado del otro, por lo que acabás anidada en sus brazos, sentada entre sus piernas, tu espalda descansando contra su pecho, de modo que podés sentir sobre tu piel los latidos de su corazón.
"¿Estás seguro que a tu hermana no va a importarle que usemos el piano?" preguntás, girando la cabeza apenitas para mirarlo por sobre tu hombro.
"Segurísimo" te dice sin un ápice de dudas.
Luego durante un rato se quedan en silencio, totalmente sumergidos en la quietud, el de sus respiraciones acompasadas convertidas en una sola el único sonido que puede escucharse. Sus brazos te envuelven y sus manos están entrelazadas con tus manos, que descansan sobre tu regazo; podés sentir el pulso acelerado en sus muñecas, la sangre fluyendo por sus venas. Te das cuenta que está nervioso, ansioso; probablemente nunca haya tocado el piano fuera del círculo familiar, e incluso esas deben haber sido raras ocasiones, sólo cuando su abuela o su mamá insistían demasiado. Por eso significa aun más para vos que esté dispuesto a mostrarte ese costado suyo que muy poquititos conocen y que contrasta tanto con esa imagen de agente robótico que el resto del mundo tiene de él.
"Me contaste que tu hermano te enseñó a tocar Edelweiss en su guitarra cuando eras chiquitito… ¿Cuál fue la primera canción que tu mamá te enseñó en el piano?"
"Una melodía muy sencillita que ella había escrito para ayudar a sus alumnos a aprender cómo mover los dedos con agilidad"
Sin que haga falta que se lo pidas, desenlaza sus manos de tus manos y comienza a tocar, muy despacio, como si llevara bastante tiempo sin hacerlo, sus yemas acariciando las teclas tan delicadamente como cuando pasean por tu piel. Los sonidos que nacen y llenan el aire son hermosos, y sentís la música como si estuviera dentro de vos, embebida en tu alma, y no alrededor tuyo. La canción es muy cortita, dura apenas unos cuarenta segundos, pero él la repita una y otra y otra vez cual disco roto. Y con cada tono te llenás un poquitito de una nostalgia inexplicable que, se te ocurre, quizá está saliendo de él, de él y de los recuerdos que deben estar aflorando en su cabeza en este momento, recuerdos de su infancia, recuerdos de sus hermanos, recuerdos pertenecientes a momentos que acontecieron muchos, muchos años atrás.
Sentís una lágrima caer sobre tu hombro desnudo, una lágrima que se ha formado en sus ojos y que ha recorrido su mejilla hasta llegar a la comisura de sus labios y luego por la fuerza de la gravedad impactó cálida contra tu piel. Instintivamente alzás el brazo y con tu pulgar barres los restos dejados por aquella lágrima que murió en vos, sin decir una palabra y sin hacer otra cosa que simplemente acariciarlo para recordarle que estás allí y que entendés que a veces el pasado es agridulce, que a veces el corazón late con dolor y regocijo, que a veces el corazón ríe y solloza al mismo tiempo.
El silencio vuelve a caer, de golpe, y de golpe vuelve a ser roto cuando comienza a tocar nuevamente, en esta ocasión una canción que conocés muy bien y que dudás alguien en el mundo no conozca: Let it be. Susurra la letra en tu oído, acompañando los acordes con su voz cargada de ternura, mientras vos con los ojos cerrados y recostada contra él te perdés en la situación hasta que los bordes se desdibujan y solamente sos consciente de ese pequeño mundo mágico que está mostrándote, ese pequeño mundo mágico que está compartiendo con vos.
"Enseñáme algo sencillo" le pedís en un murmullo, acariciando sus dos manos, maravillada, fascinada por la música llena de dulzura que puede surgir cuando ellas se mueven presionando la tecla exacta en el momento exacto.
Sus labios desparraman varios besos en tu mejilla antes de que sus manos se posen con suavidad sobre tus manos, mucho más pequeñitas y frágiles, mucho más tiernas, sus colores de piel tan distintos que el contraste se distingue aun si se hallan en una habitación apenas iluminada por la luz que arroja una única vela.
"Éste es el Do" te explica, tomando tu índice izquierdo como si fuera la cosita más delicada del mundo y haciéndote presionar la tecla que acaba de señalar para que arranques al instrumento un sonido que llena el aire y que sentís abrazándote por dentro, como si la música estuviera naciendo del interior de tu alma "Éste es el Re" prosigue, moviendo tu dedo hacia la tecla contigua para que la pulses "Mi" continua, y otra nota estalla, provocando que mariposas inquietas se sacudan dentro de tu estómago "Fa, Sol, La, Si"
Una risita sube por tu garganta. Por más simple y tonto que esto pueda parecer para cualquier persona, a vos te resulta fascinante que esa pequeña escala haya brotado simplemente porque tu dedo se paseó por aquellas siete letras. Y, maravillada, lo hacés otra vez, deseosa de escuchar de nuevo, deseosa de dejar que te empape ese sonido de nuevo. Una, dos, tres, cuatro, cinco escalas más, y la sonrisa en tus labios es tan grande y tan hermosa que ni el poeta más talentoso del mundo podría describirla con exactitud.
"Ahora probemos algo distinto…" propone.
Durante un rato te muestra diferentes combinaciones de notas para que luego las reproduzcas vos misma. No podés evitar reír como una nena chiquita viendo un truco de magia demasiado fácil para alguien que entiende pero inmensamente sorprendente para los ojos inexpertos.
"Me entusiasmo con tan poco…" murmurás, sin dejar de sonreír, girando la cabeza lo suficiente para que tu mirada y su mirada se encuentren, las dos brillando con una fuerza impresionante, tanto que opacarían a la luna y a las estrellas.
Nunca pensaste que cumplirías tu sueño de estar sentada frente a un piano y poder tocarlo, incluso si lo que estás tocando es algo tan sencillito que hasta una criatura de cuatro años podría hacerlo. Tu entusiasmo podría ser catalogado de infantil, pero no te importa, porque cuando estás con él podés permitirte ser vos misma sin tener que esconderte detrás de esa apariencia profesional, fría y reservada que te sirve de escudo para ocultarte de los demás.
"Esa es una de las cosas que más me gustan de vos" susurra, trazando círculos sobre tu estómago con las yemas de sus dedos y provocando que tu espalda se arquee bajo los efectos de sus caricias ": esas sencilleces que todos los demás ignoran pero que son las más maravillosas del mundo, a vos te encantan. Y cuando tengamos nuestra propia casa, con nuestro propio piano, voy a poder enseñarte música todos los días" te promete otra vez, ilusionado, besando la punta de tu nariz.
"¿Y no vas a aburrirte?"
"Nunca"
"¿Ni aunque pasen meses y meses y yo siga con escalas simples?"
"Ni aunque pasen años y años y vos sigas con escalas simples" te promete "El mundo de la música es muy, muy hermoso, y quiero compartirlo con vos. Quisiera poder regalarte todos los secretos del Universo, Michelle, quisiera poder darte absolutamente todo lo que deseás…"
"Te tengo a vos, y eso es todo lo que deseo" murmurás, repasando el contorno de su rostro con las yemas de tus dedos "Y como vas a ser mío para siempre" continuás, tu voz cargada de dulzura "sé que tengo el resto de mi vida para que vos seas mi maestro y yo tu aprendiz. No sólo con la música, sino con tantas otras cosas que no sé y que vos podés enseñarme, tantas otras cosas que me muero por aprender…"
"Qué casualidad" murmura, sonriendo ": hay millones de cosas que yo quiero aprender y que sé vos me podés enseñar"
"Quizá la coincidencia se debe a que fuimos hechos para complementarnos" sugerís, sonriendo.
Te acurrucás en sus brazos y le pedís que toque otra canción. Te gusta escucharlo, te gusta sentir los latidos de su corazón acelerándose, la sangre corriendo rápido por sus venas, la pasión y la energía acumulándose en su pecho, ese algo indescriptible fluyendo de él con cada nota que toma forma y acaricia tus oídos desde adentro, envolviendo tu alma. Y durante un largo rato no hace otra cosa que crear música y susurrar palabras dulces en tu oído para darle carne a ese cuerpo hecho de efímeros huesos que surge de la melodía, mostrándote ese otro costadito que ninguna otra mujer ha visto, mostrándose totalmente expuesto y vulnerable, enseñándote otro mundo en el que los dos pueden sumergirse siempre que quieran alejarse de todo y perderse el uno en el otro, ese mundo que esperás acabar conociendo de memoria con su ayuda.
Poco a poco, día a día, van llenándose más y más renglones en la lista de cosas que siempre quisiste aprender y que él puede enseñarte con sus gestos cargados de dulzura. Te encanta que él sea su maestro, te encanta ser su aprendiz, y te fascina que él te diga que también aprende de vos.
