Capítulo 11: Camus

Liane nunca se imaginó que cumplir con las horas requeridas de servicio social le llevaría a encariñarse tanto con los niños del modesto orfanato de Saint Orens. Aunque la pasante de Pedagogía claramente tenía interés en trabajar con los pequeños, la estancia ofrecida por la señora Bertolette no prometía ser la más emocionante. Básicamente tendría que dedicarse a trabajo administrativo y, ocasionalmente, a apoyar a los cuidadores fuera de los horarios de clase. Jamás creyó que llegaría a tener tanto contacto con los niños y, sobre todo, jamás pensó que algún día conocería a un pequeño tan interesante como Camus.

Camus llegó al orfanato con sólo algunas semanas de vida y Liane estaba sinceramente sorprendida de que nadie le hubiese adoptado todavía. Era un pequeño sano, fuerte y hermoso. Cualquiera pensaría que sus ojitos azules serían más que suficientes para convencer a cualquiera de adoptarlo. Extrañamente, a pesar de que el niño estaba por cumplir los cuatro años, seguía viviendo en aquella institución.

La señora Bertolette le comentó alguna vez que, de hecho, un par de parejas estuvieron a punto de adoptarlo, pero los trámites nunca llegaron a su fin.

—¿Qué te puedo decir, Liane? —respondió cuando le preguntó el motivo por el cual las parejas cambiaron de idea—. Camus es un niño difícil. Es necio y tiene mal carácter; no todas las parejas están listas para enfrentarse a algo así.

—Rendirse sin siquiera intentarlo me parece horrible. ¿Acaso no habló usted con ellos? ¿No intentó convencerlos?

La mujer frunció el ceño, lo que acentuó aún más las arrugas de su rostro.

—Hablé con ellos y les dije que si no estaban convencidos de dar el último paso, deberían de dejarlo para otro momento —Liane le miró con extrañeza—. Es una decisión muy importante, muchacha. Es mejor esto a cuando regresan a los niños después de dos o tres semanas, créeme.

Liane siguió creyendo que abandonar así a un pequeño era muy injusto. Después de todo, Camus le parecía un niño muy bien portado. Era tranquilo, callado y sumamente inteligente. ¡Incluso había aprendido a leer! Tanto así que cada que le veía lo encontraba con un librito diferente en las manos. Aunque el niño tenía mal carácter, Liane siempre fue capaz de apaciguarlo.

Uno de los momentos más difíciles del día era convencer al niño de que era hora de comer. Ya fuera que estuviese leyendo, dormitando o simplemente mirando a través de la ventana, Camus pocas veces mostraba interés en acompañar a los demás en el comedor. Desde sus primeras semanas Liane se percató de que las maestras temían el momento en el que tuvieran que enfrentarse a él y, cuando era inevitable hacerlo, no tardaban mucho en rendirse y dejar al niño hacer lo que quisiera. Liane no comprendía el por qué Camus parecía ponerlas tan nerviosas y una tarde no contuvo sus deseos de entrometerse.

—Es hora de almorzar, Camus —dijo una de las maestras mientras le daba al niño una ligera palmadita en la espalda—. Ven, ya se han adelantado tus compañeros.

Sin despegar los ojos de su librito de Astérix, Camus se alejó inmediatamente de la gentil mano y se recostó sobre la mullida alfombra del salón de estudios.

—Camus… —insistió la maestra mientras lo sujetaba de los brazos para levantarlo—. Hoy servirán hamburguesas.

—No tengo hambre —aseguró el niño sin permitir que lo pusieran de pie—. Quiero quedarme aquí.

Liane sintió un escalofrío recorrer sus brazos y nuca y, repentinamente, la maestra soltó al niño. Algo parecía haberle puesto muy nerviosa y comenzó a negar con la cabeza mientras se alejaba de Camus.

—Como quieras. Liane, por favor quédate con él.

—No —su respuesta fue tajante y la maestra sólo atinó a cruzarse de brazos con indignación—. Siempre se sale con la suya. Esta vez no será así.

—Déjalo, Liane; no vale la pena.

¿No valía la pena? ¡Claro que lo hacía! ¡Valía toda la pena! Si Camus seguía siendo tan gruñón alejaría a cualquiera que quisiese acercársele. Los niños necesitan límites y ella estaba más que dispuesta a trazarlos.

—Suficiente, Camus —el niño le miró con cansado desdén—. Ya podrás leer más tarde.

Con un rápido movimiento le arrebató el libro de las manos y sólo entonces Camus se tomó la molestia de ponerse de pie.

—Es mío.

—No es tuyo, es de la biblioteca —instintivamente frotó su brazo derecho con su mano izquierda, comenzaba a hacer algo de frío—. Te lo regresaré en cuanto regreses del comedor.

—¡No quiero!

—No tienes que comer si no tienes hambre, pero no te puedes quedar solo y yo no pienso acompañarte.

El niño frunció sus peculiares cejas y por unos instantes Liane creyó ver una ligera brizna de vaho salir por su boca.

—¿Camus? —con lentitud posó su mano sobre el hombro del niño—. Ven, los demás nos esperan.

Un incómodo silencio les cubrió por varios segundos hasta que Camus exhaló un agudo mohín y aceptó que la batalla estaba perdida. Se alzó de hombros y después caminó con desidia hacia la puerta del salón.

—Deberías ser más cuidadosa, Liane —le murmuró la maestra mientras caminaban por el pasillo que llevaba al comedor—. Le agradas a Camus, pero eso puede cambiar si sigues imponiéndote.

—No estoy aquí para agradarle a Camus. Estoy aquí para aprender y no dejaré que alguien tan pequeño me intimide.

La maestra contuvo una apagada risa.

—Ya veremos cuánto dura tu optimismo.

El comentario no le vino muy en gracia y, para evitar futuros conflictos, prefirió cambiar de tema.

—Hace un frío terrible. Ni parece que ya pronto será primavera, ¿no te parece?

La maestra entrecerró los ojos y dirigió su atención hacia Camus, quien caminaba frente a ellas.

—Sí. Éste ha sido un invierno muy largo.

Pasaron los meses y Liane mantuvo su firmeza ante Camus. De cierta forma el niño aprendió a respetar su necedad y comenzó a confiar en ella. La pequeña amistad fue un respiro de tranquilidad para todos los que trabajaban en el orfanato. Para todos a excepción de la señora Bertolette, por supuesto. Liane aseguraba que la directora tenía siempre los ojos posados en Camus, esperando impaciente a que algo ocurriera. No tenía ni idea de qué era lo que la mujer creía que pasaría y no tenía interés en averiguarlo. No obstante, una mañana de primavera acabó por descubrirlo.

Ese día ayudaba a dos de los trabajadores a subir nueva ropa de cama para los niños. Era temprano y los pequeños apenas acababan de desayunar. De repente, un grave grito salió del uno de los salones. La joven y sus compañeros corrieron inmediatamente a ver lo que ocurría y descubrieron a la señora Bertolette sujetando un pesado bloque de hielo que cubría su mano derecha. Camus estaba de pie ante ella, abrazando fuertemente un delgado libro para colorear. La maestra encargada y el resto de los niños miraban la escena con terror y lo único que Liane atinó a hacer fue acercarse protectoramente hacia Camus.

Uno de los hombres sacó a la directora de la habitación para buscar algo que rompiera el nítido hielo que la apresaba.

—¿Qué fue lo que pasó?

La maestra se hincó y acarició los cabellos de uno de los niños que se aferraba con presteza a su pierna.

—Ese niño tiene que irse.

Nadie se tomó la molestia de explicarle lo ocurrido a la joven, al menos no hasta que, días después, recibieron la visita de un desaliñado hombre que afirmaba venir de un lugar llamado Santuario. Se llevaría a Camus consigo ese mismo día y Liane apenas tuvo oportunidad para despedirse de él.

—Está bien, Liane —dijo el pequeño mientras recibía un beso en la frente—. No llores.

—No se preocupe, señorita —el horrible hombre se atrevió a darle una palmadita en la espalda y Liane tuvo que contener una mueca de repulsión—. Esto es por el bien de Camus.

Aunque en ese entonces la pobre chica no entendía lo que ocurría, la serena mirada del niño le reconfortó. Le dio un segundo beso en la frente y le dejó ir con la esperanza de algún día volverlo a ver.

~~~~~~~~~~~oOo~~~~~~~~~~~

Antoine de Acuario no se consideraba un maestro estricto. Por supuesto que le gustaba que su aprendiz siguiera un horario, que entrenase tanto física como mentalmente y que siguiese sus recomendaciones al pie de la letra. Aquello no le parecía excesivo a Antoine y, a decir verdad, en ciertos momentos se consideraba a sí mismo alguien muy permisivo.

Entre sus varias concesiones estaba el permitirle al muchacho entrenar por su cuenta de cuando en cuando. Claramente el niño no disfrutaba mucho de su compañía —o la de cualquier otro—, y Antoine sabía que Camus disfrutaba de esos momentos de soledad que tanto escaseaban en el Santuario. No tenía problemas con que el niño manejase su tiempo libre a su gusto —aunque probablemente eso tenía que ver con el hecho de que solía ocupar ese tiempo para estudiar o entrenar. Tampoco solía reprenderle por las muchas faltas de respeto que le propinaba. ¿A él qué le importaba si el niño le ponía los ojos en blanco? Mientras Camus le obedeciera le importaba poco lo que opinara de él. Claro, tampoco habría estado mal que lo apreciara aunque fuese un poquito, pero el menosprecio de su alumno estaba lejos de quitarle el sueño.

Sin embargo, la licencia más generosa que le había ofrecido era permitirle entrenar en Atenas. Antoine sabía que aquél no era el mejor lugar para un aprendiz que controlaba las bajas temperaturas. El calor veraniego era especialmente severo con ellos y limitaba el alcance de sus entrenamientos. Si bien era un lugar indicado para incrementar la resistencia y el cosmo, Camus aún era demasiado joven y el no poder aprovechar su propio potencial le frustraba. Aun así, Antoine estaba reacio a cambiar su lugar de entrenamiento; al menos por el momento.

Él comprendía perfectamente la situación. Varios años atrás, cuando él mismo fue reclutado por el Santuario, se eligió a Siberia como su lugar de entrenamiento. Aunque Antoine amaba a la congelada región, estaba consciente de lo difícil que era vivir ahí. El intenso frío era lo de menos cuando lo comparaba con la falta de contacto humano y, peor aún, con la escasa comida. Además, deseaba que Camus pasara su infancia en el Santuario. El estar cerca del Templo de la Diosa le inculcaría la devoción necesaria y el compartir el espacio con sus futuros compañeros de armas le permitiría crear un vínculo con ellos.

Con todo y el abrasante calor, Atenas era el lugar adecuado para un niño como Camus y Antoine decidió posponer su reubicación a la Unión Soviética hasta donde fuese posible.

Definitivamente el Santo de Acuario no era tan estricto como los demás creían, y los incisivos comentarios de sus camaradas solían molestarle, sobre todo cuando venían de personas que respetaba, como el joven Aioros o el mismo Patriarca. A veces deseaba convertirse en un maestro verdaderamente severo para demostrarles a todos que aquello era un juego de niños y que si Camus parecía un eterno penitente era porque él mismo lo deseaba.

Particularmente le irritaba cuando la gente juzgaba sus aptitudes como maestro sin fijarse en otros que tenían aún menos capacidades que él. Ni siquiera tenía que irse muy lejos para encontrar un ejemplo claro. Saga de Géminis se había hecho de un aprendiz hacía unas semanas atrás y, si bien el niño entrenaba con ahínco, Antoine sabía que no tenía el mejor ejemplo a seguir.

Después de todo, fue el mismo Saga quien instigó al mocoso a incendiar su capa el mismo día en el que se conocieron. ¡Vaya presentación! Si lo que Saga quería era presumir las pirománticas habilidades de su aprendiz, debió de haber elegido otro blanco; uno que de preferencia no estuviese vivo.

El niño —Milo era que se llamaba— le parecía extraño y un tanto demente, y se sorprendió al percatarse de que su aprendiz congeniaba tan bien con él. Vaya, ver a Camus congeniar con cualquiera que no fuese un libro era por sí mismo algo fuera de la norma, pero el pequeño pirómano le parecía la más peculiar e improbable de sus opciones.

En ocasiones se imaginaba que Camus comenzó a hablar con el niño únicamente para llevarle la contraria. Probablemente se enteró del modo en el que Milo arruinó su capa y comenzó a admirarle por ello. Si bien Antoine estaba feliz de que su alumno finalmente socializara, hubiese preferido que su compañero de juegos no fuese alguien tan travieso y temerario.

—¿Camus? —le preguntó una mañana en la que el niño terminó de desayunar con más rapidez que la usual —¿Por qué tanta prisa? ¿Qué vas a hacer hoy?

—Voy con Milo.

Antoine suspiró y le dio una mordida a su pan con mantequilla.

—Anda, pero no te metas en problemas, ¿quieres? —dijo mientras varias migajas caían por su desarreglada barba—. Ni creas que no sé que les ha dado por meterse al comedor de las barracas para robar comida.

Camus hizo un gesto tan desconcertado que por unos segundos Antoine creyó que su acusación había sido falsa.

—No sé de qué me habla, maestro.

El niño dio media vuelta y salió de la cocina tranquilamente.

—Cínico —murmuró Antoine, preguntándose si Milo le habría contagiado con su insolencia o si Camus apenas comenzaba a mostrar sus verdaderos colores.

Zampó el último trozo de su pan, sacudió los restos que aún estaban anidados en su barba y concluyó que la respuesta se encontraba entre ambas teorías. Definitivamente Milo era un demonio; un demonio que de algún modo logró despertar la verdadera esencia de Camus.

Mientras su alumno no le pidiera a Milo que prendiera fuego a su barba, Antoine estaría satisfecho con aquella amistad. Confiaba en que ésta se fortalecería día a día y, si le daba oportunidad, se haría lo suficientemente fuerte como para sobrevivir a la inminente separación.

~~~~~~~~~~~oOo~~~~~~~~~~~

La señorita Nadezhda se preocupaba mucho por Camus. Poco sabía ella de lo que los Santos de Atena hacían o significaban, y prefería seguir el consejo de su madre de no inmiscuirse demasiado en el asunto. Lo único que sabía era que el maestro del pequeño era primo de su padre y ese era motivo suficiente para que la joven se preocupara por él.

¿Cómo no hacerlo?

Durante las últimas semanas le había visto ir y venir cubierto únicamente con un delgado abrigo de lana. No entendía qué clase de adulto podía obligar a un niño de siete años a caminar por su cuenta a través de kilómetros de permafrost y mucho menos se quería imaginar qué era lo que ocasionaba que Camus apareciera siempre con nuevos moretones en el rostro o en los brazos.

Había veces en las que Nadezhda quería odiar a su tío lejano, sin embargo, la insistencia de sus padres de mantenerse al margen podía más que su propio rencor. Además, no se podían ignorar las paternalistas miradas que Antoine le dirigía a su alumno. Nadezhda suponía que, en ese extraño mundo en el que vivían, su tío era alguien indicado para cuidar del pequeño.

Aunque Nadezhda optó por no hacer preguntas cuyas respuestas no quería conocer, decidió ayudar a Camus en lo que pudiera. La joven comenzó a visitarles cada tercer o cuarto día para llevarles comida preparada. Antoine no era un genio en la cocina y tampoco contaban con muchos ingredientes. Nadezhda esperaba que un ocasional plato de pelmenis o de estofado de res nutriera a Camus lo suficiente como para prepararlo para el invierno que se avecinaba.

Una cierta mañana visitó la vieja cabaña en la que vivían y le entregó a Antoine un pesado paquete con carne de venado.

—Por todos los dioses, muchacha —comentó Antoine mientras dejaba el paquete sobre la mesa—. Una señorita como tú no debería cargar algo tan pesado.

Nadezhda rio socarronamente.

—Esto no es nada para una señorita siberiana, Antoine —sacudió la nieve de su cabello y abrigo—. Buenos días, Camus.

—Buenos días, señorita Nadezhda —respondió Camus desde una esquina del comedor.

—Mi padre la consiguió para ustedes. Pronto comenzarán las tormentas y no será fácil que consigan buena carne.

—Dile a Perchik que se lo agradecemos mucho. A ti también, Nadezhda. No deberías tomarte tantas molestias.

—No es molestia —abrió su abrigo y de uno de sus bolsillos interiores sacó un par de cartas—. También está esto. Ayer fui a la oficina de correos y me las entregaron.

Le ofreció las cartas a Antoine y éste sonrió al leer el remitente de la primera.

—Apenas llegamos hace unas semanas y ya tenemos correspondencia del Santuario. ¿No te sientes querido, Camus? —revisó el segundo sobre y algo en él le hizo arquear la ceja.

—¿Pasa algo malo?

—Al contrario —con un rápido movimiento de manos le indicó al niño que caminase hacia él—. El pirómano es aún más tozudo de lo que creía, Camus.

Le ofreció la segunda carta y el niño, claramente más sorprendido que Antoine, la aceptó en silencio.

—Es de un amigo suyo en el Santuario —explicó Antoine—. Vaya uno a saber de dónde sacó nuestra dirección.

Camus abrió el sobre con torpeza y leyó rápidamente las primeras oraciones. Decidido a leer su correspondencia en privacidad, alzó una implorante mirada a su maestro.

—¿Puedo?

Antoine asintió y, antes de que pudiese decir algo más, el niño salió corriendo de la cocina.

—¡Niño! ¡¿Cómo se dice?!

—¡Gracias señorita Nadezhda!

La joven rio al escuchar a Camus tan entusiasmado. Estaba consciente de los riesgos a los que el pobre niño tendría que enfrentarse en los años venideros y que toda la ayuda que pudiera ofrecerle sería incapaz de prepararle para ellos. Aun así, Nadezhda trabajaría arduamente para poner su granito de arena ya fuese llenando su trineo con comida o con buenas noticias guardadas en arrugados sobres blancos.

Comentario de la Autora: Uy... realmente espero que no hayan odiado esto. Sé que había mucha expectativa con respecto a este capie (definitivamente Camus es de los más populares), pero con Camus tuve el mismo problema que con Milo: ¿cómo contar su infancia de modo conciso y original? Espero no haberlos defraudado demasiado.

Tengo este headcanon de que Camus era un niño terrible y que sus padres lo fueron a botar a un orfanato por molesto. XD Nah! No es cierto. Seguro que lo abandonaron por cuestiones económicas o algo así, pero sí creo que era un niñito bastante chocoso. No aprendió a controlarse sino hasta que llegó al Santuario. Pueden leer algo así como una segunda parte de esta historia en el capítulo 4 de mi fic Logos: Nostalgia. Ahí relato una visita de Camus al orfanato de Toulouse. Es cierto que en los orfanatos llegan a regresar a los niños. A veces era porque están enfermos, otras porque los peques ya estaban entrenados para robar desde entonces y otras porque... pues porque simplemente no es fácil ser padre. Aunque la idea sea algo espeluznante, la verdad es que si uno no está listo para esa responsabilidad, lo mejor es regresarlo al orfanato. Claro, esos tampoco son los mejores ambientes del mundo, pero uno quiere creer que están más preparados para enfrentarse a cosas así.

Sobre Antoine... es curioso. Es mi OC que más me desagrada, pero después de Ewan de Escorpio ha sido al que más tiempo le he dedicado. Incluso hice un fic que relata su infancia (capítulo 17 del fic Logos: Revolución). Yo no sé por qué perdí tanto tiempo con eso en lugar de practicar mi porn... pero es algo que nació por el simple hecho de que mi cerebro necesitaba una justificación para la existencia de Jakov. ¿Por qué diantres Jakov era amigo de Hyoga? Un peque viviendo en medio de la nada difícilmente se juntaría con un Santo de Atena. Así que decidí hacerles un tipo de conexión 'familiar'. De esa forma Jakov resultaría ser el hijo de Nadezdha que a su vez es hija de Perchik que a su vez es primo de Anotine. ¿Confuso? Sí, y me disculpo por eso, pero incluso eso me da más sentido que el hecho de que alguien quisiese ser amigo de Hyoga así como así. =D

El siguiente capie será de mi hermoso Afrodita, y le seguirán los capítulos de Kanon y de Shion. ¡Ya casi se acaba esta saga! ¡Yikes! ¡Muchísimas gracias a todos por sus comentarios! Se irán al cielo con todo y chanclas.

Respuestas a Reviews:

Elizabetha: Shura nació para ser grande y lo sabe. Por eso es tan mala leche jaja! Creo que su imagen en el fanon ha sido afectada negativamente por Lost Canvas. El Cid es muy estoico, pero Shura es bastante abierto con sus emociones. Aunque me gusta mucho Cid, he de admitir que prefiero mil veces a Shura. XD Yo también me lo imagino siendo mal hablado cuando los 'adultos' no lo están viendo. Me imagino a Aioros regañándolo por decir cojones. No estoy familiarizada con el fandom de AoT, pero nomas de ver a Levi me da ñáñaras jaja! Te diría que lo vería para hacer la comparación con Shura... pero eso no va a pasar. Soy demasiado sensible para ese manga. ¡Espero no hayas odiado el capie de Camus! ¡Gracias!

Rinne: Antes que nada, muchas gracias por darle una oportunidad a mi fic. Estoy consciente de que no es un concepto original, pero me decidí a hacerlo tanto como ejercicio literario como para ampliar mi headcanon. No ha sido fácil trabajar con muchos de los goldies. Aioria y Aioros me fueron especialmente problemáticos, pero en general estoy satisfecha con el resultado. Muchas veces el fanon desvirtúa a los personajes. Creen que porque tienen fallas dejan de ser geniales, cuando la verdad es que las fallas los hacen más reales y, por ende, más geniales. XD O será que siempre busco lo malo en las personas jaja! Admito que hubiese deseado traumar aún más a los goldies, pero decidí no hacerlo porque era algo muy cliché y porque realmente no parecen estar muy traumados como adultos (la mayoría). Con respecto al tema de Aioros, definitivamente ese es uno de los muchos detalles que hay en este fic. No me ha sido fácil condensar tantas emociones en tan pocas líneas. El espacio y tiempo que le tengo dedicado me han obligado a recurrir mucho al 'digo' y no 'demuestro'. Con el capie de Aioros es especialmente cierto y lamento no haber proyectado una emoción real y sensata. En 'Milo' manejé mucho la rivalidad entre Aioros y Saga y por eso acabé dándola por sentado en este capie. Es algo que hubiese querido evitar, pero... ^^' no tuve la capacidad de elaborarlo adecuadamente. En general Aioros me cuesta mucho, mucho trabajo. XD ¿Quien sabe? Quizá algún día me anime a hablar más sobre esta atormentada rivalidad. ¡Muchísimas gracias de nuevo! Espero que el resto del fic cumpla tus expectativas... y si no, al menos que no te desanime demasiado. Jaja!