NOTA: Algo cortito y (me gusta pensar a mí) dulce para la mitad de la semana. Espero que les guste. No tuve tiempo de revisar la ortografía y gramática, así que debe estar lleno de errores, pero de todos modos me parece que es un capítulo mucho más lindo que el anterior. Espero que les parezca lo mismo.


Caí en tus brazos

Y de ahí no me fui.

La barra recién cortada se hunde en la leche caliente casi provocando que rebalse. Se funde poco a poco hasta derretirse por completo, tiñiendo el blanco de tentador color chocolate e inundando la cocina con una fragancia exquisita que agua la boca. A un costado de la mesada de mármol yacen una bolsa de suaves malvaviscos que parecen pedacitos de nube recién arrancados del cielo y una bandeja con galletitas de vainilla y jengibre, crujientes y doradas.

Cuando eras chiquitito, una de tus cosas favoritas de la época navideña era sentarte frente al televisor con tus hermanos, enfundados en los abrigados pijamas de gruesa lana que tu abuela tejía cada año en sus colores favoritos (el tuyo siempre era azul), un tazón gigantesco de chocolate caliente en sus manos con un malvavisco flotando dentro y un piloncito de galletitas de vainilla y jengibre para disfrutar mientras miraban dibujitos animados apiñados en el suelo de la sala de estar de la pequeña, humilde casita en la que vivían mientras allí afuera las tormentas de nieve cubrían los techos de los autos, los tejados de las otras casas y las ventanas, cuyos vidrios siempre estaban helados y empañados, listos para que ustedes fueran con sus deditos a dibujar sobre ellos.

Los años pasaron, la criaturita que solías ser fue dejada atrás, y te convertiste en un hombre que en el transcurso de su adultez ha visto cosas que ningún ser humano debería presenciar, escuchar o siquiera saber: muertes salvajes y violentas; atentados terroristas; secuestros; células que contrabandean drogas, armas y sustancias peligrosas porque todo lo que les interesa es llenar sus cuentas bancarias con millones de dólares y no les importa que vidas inocentes corran riesgo; masacres indiscriminadas; compañeros que salen al campo de batalla para defender a la ciudad y vuelven en bolsas negras rumbo a la morgue. Ya no sos un nene inocente que vive seguro resguardado por sus padres, protegido de todo lo que pueda hacerle daño e ignorando lo peligrosas, amargas, decepcionantes, tristes y terribles que pueden ser a veces las circunstancias que el destino arroja en la vida de una persona.

Antes pensabas que ser parte del 'mundo real', ese mundo complicado hecho por adultos y para adultos al que todos deben incorporarse cuando la niñez se desvanece y se levanta una pared que forzosamente separa la existencia de los seres humanos en dos mitades, simbolizaba que nunca más podrías volver a disfrutar del placer inocente de acurrucarte en Navidad con un tazón de chocolate caliente y una bolsa de malvaviscos anticipándote a la Noche Buena porque 'la gente seria se ocupa de asuntos serios' (que hayas leído El Principito muchísimas veces no significa que siempre hayas recordado y puesto en práctica sus valiosas lecciones, porque si no estuvieras sujeto a cometer errores entonces no serías un ser humano). Pero ahora gracias a Michelle estás recuperando muchos de esos pequeños detalles que amabas pero que hiciste a un lado cuando tu vida empezó a complicarse y te transformaste en un robot para refugiarte e impedir que te dañaran (y así y todo, sufriste daños inmensos que solamente empezaron a repararse cuando la conociste a ella).

Tomás por el asa tu taza de Chicago Cubs – que ahora rebasa de chocolate caliente –y con cuidado la posás sobre la bandeja, a un costado del plato con galletitas, junto a otra taza, ésta de cerámica blanca, sencilla, sin ningún dibujo que la distinga de otras comunes y corrientes, sin ninguna historia que contar sobre un nieto y su abuelo fanático del baseball. Con la bolsa de malvaviscos haciendo equilibrio entre tus dedos índice y mayor, te dirigís entonces a la sala de estar, donde Michelle está acurrucada en el sillón mimando a Bonnie, quieren lleva bastante rato entretenida mordisqueando cariñosamente la manga del sweater color verde inglés que su dueña se puso después de darse una ducha al regresar del trabajo.

Te sentás a su lado y dejás la bandeja sobre la mesita ratona; luego, sin pensarlo dos veces y reaccionando automáticamente y por costumbre, le pasás a ella aquella taza que durante años no dejaste tocar a nadie por miedo a que la rompieran, mancharan o dañaran, esa taza que llevás todos los días al trabajo y luego de vuelta a tu departamento porque prácticamente es parte de lo que sos (algo así como una extensión de tu personalidad, por muy raro que suene). Desde aquella madrugada en la que después de besarla la llamaste a tu despacho porque querías estar un rato a solas con ella antes de que llegara la gente de División y las cosas se volvieran complicadísimas, esa taza pasó a ser tan suya como lo ha sido tuya desde que tu abuelo te la regaló. Es un pedacito de vos que podrías compartir con ella y con nadie más, así como hay un sinfín de cosas que solías pensar dejarías guardadas dentro tuyo para siempre y ahora sentís la necesidad de compartirlas con Michelle.

Ella bebe un sorbo de chocolate y luego te sonríe, sus ojos iluminándose, sus mejillas tiñéndose levemente de rojo.

Nunca va a dejar de fascinarte que pueda encontrar razones para sonreír así en cositas tan sencillas como usar tu taza favorita.

Nunca va a dejar de fascinarte que vos puedas encontrar razones para que tu panza se llene de mariposas en cosas tan simples como dejarla usar tu taza favorita, tu taza de Chicago Cubs.

Sostenés su mirada hasta que llega un punto en el que su sonrisa es tan ancha y sus mejillas están tan coloradas que te imaginás no hay músculo de su cara que no le duela. Decidiendo darle un respiro, suspendés tu escrudiño y desviás los ojos hacia lo que ocupa la mitad de la mesita ratona opuesta a aquella donde dejaste la bandeja con el tentempié navideño.

"¿Lista para perder por primera vez, Dessler?" preguntás, con fingidos aires de grandeza y en tono de broma.

Su risa llena el aire y la sentís como una caricia, como si el sonido estuviera dentro tuyo y no apenas rodeándote, como si aquella fuera la única música existente sobre la Tierra, la melodía que querés escuchar hasta el final de tus días, hasta hacerte muy, muy viejito y tener la piel llena de arrugas.

"¿Creés que me vas a ganar, Almeida?" te provoca apropósito, mordiendo su labio inferior seductoramente y perforándote con esos dos ojos en los que podrías ahogarte.

Están hablando de un juego en el que Michelle es experta, mientras que en tu caso… digamos que sería justo afirmar que te defendés bastante bien y que has tenido tu buena cantidad de victorias (excepto cuando jugás contra Martina: en ese caso, siempre sos derrotado patéticamente por la genio de tu hermana). Estás hablando de un juego que a ella le fascina, un juego sobre el que ha leído libros y estudiado épicos movimientos de campeones internacionales, mientras que vos apenas sabés las reglas y estrategias básicas para ser un digno oponente para la mayoría de las personas, pero no para alguien tan capaz como Michelle.

Están hablando, por supuesto, del ajedrez.

Sabés bien que a Michelle le encanta el ajedrez hasta el extremo de que lo disfruta como vos disfrutás del futbol o el baseball (con la diferencia de que el 'deporte' que le gusta a ella – antes no entendías por qué había gente que consideraba al ajedrez un deporte, pero ahora que estás enamorado de una fanática ni te atreverías a cuestionarlo – es uno para practicar en silencio y desplegando todas las funciones del cerebro, mientras que los que te gustan a vos son ruidosos y consisten de un montón de tipos corriendo atrás de una pelota, con o sin un bate en la mano dependiendo de cuál sea) pero también sabés que lleva bastante tiempo sin jugar con otra persona: más precisamente desde que la enfermedad que mató a su abuela la consumió hasta tal punto que ya no podía siquiera abrir los ojos ni hablar con coherencia, mucho menos compartir una partida de ajedrez con su nieta.

Por eso se te ocurrió sorprenderla comprándole un juego de ajedrez nuevo, con un tablero de madera artesanal ribeteado en dorado y piezas exquisitamente esculpidas por las finas manos de una artista belga en mármol negro y blanco. Es una verdadera obra maestra, y en cuanto viste la fotografía en el sitio de internet donde lo encontraste, supiste inmediatamente que Michelle adoraría tener uno así.

Y estás dispuesto a jugar con ella. Estás dispuesto a sentarte allí y dejar que tu futura esposa y futura madre de tus hijos te dé una paliza intelectual y haga un jaque mate espectacular en dos movidas, porque sos totalmente consciente de que debe conocer mil formas de destrozar a un oponente en diez segundos, formas que a vos jamás se te ocurrirían. Generalmente odiás perder y tenés un ego tan grande que no te pasa por la puerta y que se irrita con facilidad, pero estás tan enamorado que no te molestaría perder contra ella (estás segurísimo de que vas a perder, no porque vayas a poner esfuerzo y jugar lo mejor posible, sino porque Michelle es mucho más inteligente que vos, y no tenés problemas en admitirlo).

Lo único que querés es verla sonreír, y si un partido de ajedrez puede lograr que esos labios a los que sos adicto se curven en una sonrisa, entonces podrías pasar cada día que te queda jugando con ella, tratando de defender tus peones de sus ataques certeros y buscando la manera de llegar hasta sus dos reyes aun sabiendo que ella va a dejarte fuera de combate primero.

Solamente querés verla feliz. Solamente querés darle la oportunidad de distenderse luego de pasar largas horas trabajando tanto, distenderse haciendo algo que realmente disfruta mucho. Y cada moneda que pagaste por ese juego de ajedrez lo vale, porque nunca vas a olvidarte – ni cuando seas muy, muy viejito y estés lleno de canas – de cómo le brillaron los ojos ni del gritito de sorpresa que dio cuando abrió la caja que le diste después de la cena y vio lo que había dentro de ella.

"Las piezas son perfectas" comenta, examinándolas otra vez con mucho cuidado, cual si fueran valiosas reliquias "Y todavía no contestaste mi pregunta" agrega luego con tonito acusador, hundiendo la punta de una galletita de vainilla y jengibre dentro de su taza de chocolate ": ¿creés que vas a ganar, Almeida?" te provoca otra vez.

"Confío en que puedo llegar a obtener el segundo lugar…" bromeás.

Tu comentario arranca de ella una carcajada.

"Tony, este juego es de a dos: el que obtiene el segundo lugar es el que pierde" te explica con fingida dulzura, como si fueras una criaturita de seis años a la que está tratando de hacer entender que dos y dos son cuatro.

El primer partido que juegan dura casi media hora, y tenés la sospecha de que Michelle cometió muchos errores y perdió oportunidades de hacer movimientos buenos a propósito, para no humillarte terriblemente ganándote en cinco minutos. Llega un punto en el que el jaque que podría hacer es tan evidente que hasta tu sobrina de tres años podría darse cuenta; sin embargo, ella lo ignora, eligiendo sacrificar un peón sin motivo aparente y pretendiendo fruncir el ceño como si estuviera concentrándose amargada ante la pérdida de aquella pieza.

"Michelle" llamás su atención, riendo con dulzura y partiendo en dos pedazos la última galletita que queda en el plato "no tiene gracia si me dejás ganar" extendés una de las mitades de la galletita para que ella la tome, y tus ojos y sus ojos se encuentran, y podés ver en su mirada todas las cosas que podrían decirse en palabras pero que no hará falta tomen forma de frases porque ustedes dos se entienden sin necesidad de usar otro lenguaje que el propio.

"No estoy dejándote ganar" miente descaradamente, sonrojándose con ferocidad, sin poder contener una sonrisa de oreja a oreja que te derrite.

"Michelle, estás dejándome ganar" la contradecís, señalando con un gesto de la cabeza el tablero "Podrías haberme derrotado varias jugadas atrás"

"No, no estoy dejando que ganes" insiste, pero esta vez es aun más evidente que lo que está diciendo no puede ser creíble bajo ningún concepto.

Chasqueás la lengua. Que hayas bromeado sobre que ibas a ganarle, no significa que alguna vez hayas pensado que existía la remota posibilidad de que lo lograras. No te molestaría perder contra ella, no heriría tu ego de modo alguno, y sin embargo ella, pensando que así está protegiendo tus sentimientos de ser lastimados, está jugando mal a propósito.

Chasqueás la lengua otra vez, y antes de que puedas pensar las palabras que están saliendo de tu boca decís:

"Sos demasiado adorable para tu propio bien, Michelle Almeida"

Su reacción a tu acto fallido no se hace esperar: su rostro entero, no sólo sus mejillas, se tiñe de rojo fuerte; sus labios se ensanchan en una sonrisa mucho más hermosa que cualquier otra que hayas visto antes (y hay que tener en cuenta que todas, todas sus sonrisas son hermosas), su mirada se ilumina, una carcajada dulce se escapa de su garganta.

Tu reacción a tu acto fallido tampoco se hace esperar: sería mentir dice que no estás sonrojado, porque lo estás. También sería mentir dice que tu corazón no está latiendo tan rápido que lo sentís lastimando tus costillas, llenándote por completo, golpeando contra tu pecho con una fuerza increíble, haciendo que la sangre en tus venas fluya salvajemente.

Mordés tu labio inferior suavemente, y tu boca se contorsiona en una sonrisa similar a aquella que apareció en tu cara cuando esa mañana, después de haber salvado cientos de vidas e impedido un conflicto bélico basado en información falsa, Michelle fue a despedirse de vos antes de irse a su casa, y vos le prometiste que se verían al otro día (de hecho, acabaron viéndose esa misma noche, porque hubiera sido ridículo pretender que alguno de los dos podría aguantar más que unas cuantas horas lejos del otro, especialmente después de haber estado al borde de morir tantas veces en tan poco tiempo).

¿Cuándo fue que comenzaste a pensar en ella como en 'Michelle Almeida' y no simplemente 'Michelle Dessler'? Quizá cuando compraste las alianzas de oro; o quizá incluso antes, cuando elegiste el anillo de compromiso que vas a darle dentro de poquitito. Tal vez tu corazón se dio cuenta de que aquella chica terminaría convirtiéndose en tu esposa cuando tu cabeza ni siquiera había terminado de procesar el hecho de que te habías enamorado por primera vez. No sabés cómo, exactamente, simplemente sucedió, y de pronto en tus pensamientos ella ya es - aunque no hayan firmado todavía ningún papel legal, aunque no haya una sortija en sus dedos materializando una unión espiritual que no precisa certificado para existir, aunque ni siquiera le hayas preguntado oficialmente si quiere casarse con vos – tuya, completamente, en todos los aspectos imaginables, desde lo más grande hasta lo más pequeño, desde lo más simple hasta lo más complejo, desde lo tangible hasta lo intangible.

Su voz cargada de dulzura te distrae de tus pensamientos y reflexiones, rompiendo esa burbuja invisible en la que parecían haber caído los dos luego de tu 'acto fallido':

"Todavía no soy Michelle Almeida" señala sonriendo.

"Todavía" repetís aquella palabra dándole un énfasis especial "O, mejor dicho, todavía no lo sos legalmente"

"Pero mi instinto me dice que voy a serlo pronto…" sugiere, sin dejar de sonreírte, con sus ojitos brillando tanto que no creés exista estrella cuya luz sea más fuerte que la que irradia su mirada cuando se fija en la tuya con tremenda adoración.

Te encantaría romper la distancia entre los dos y decirle que su instinto no se equivoca, que faltan apenas días para que estén oficialmente comprometidos, que no podés aguantar más y que si no fuera porque planeaste todo cuidadosamente al punto de rayar la histeria casi hace rato habrías sucumbido al impulso de pedirle que se case con vos, que si no fuera porque querés darle todo lo mejor no tendrías problemas en ir mañana mismo al registro civil.

Sin embargo, decidís contenerte y contestar con tono misterioso y encogiéndote de hombros como si el asunto no fuera importante:

"Quizá el tiempo te muestre si tu instinto está equivocado o si tiene razón"

"Sólo por atreverte a poner a mi instinto en duda, Almeida, voy a dejar de tenerte misericordia" dice riendo.

Y luego procede a, finalmente, hacer la jugada correcta, dejándote en jaque y en una posición de la que no vas a poder salir, garantizando su victoria y, por ende, tu derrota.

Preparás más leche con chocolate para los dos, volvés a cargar el plato con galletitas, y siguen jugando un rato más. Michelle te explica algunas tácticas y estrategias útiles, por lo que la segunda vez perdés con dignidad y sin que ella tenga que saltearse jugadas buenas para darle a tu cerebro la chance de pensar y hacer algún movimiento glorioso para que tu ego salga sin tantos rasguños (ella puede rasguñar, golpear, morder y maltratar a tu ego tanto como se le antoje, pero que pueda no significa que vaya a hacerlo: te admira y te respeta demasiado como para valerse de sus capacidades extraordinarias en el ajedrez para humillarte).

Cerca de las once de la noche – varias tazas de chocolate y muchas galletitas de vainilla y jengibre más tarde – Michelle comienza a bostezar, por lo que ambos deciden irse a dormir.

"Me divertí mucho jugando al ajedrez con vos, Tony" murmura en tu oído, rodeándote con sus brazos con un poquitito más de fuerza, como si quisiera asegurarse de que estás ahí de verdad, de que no sos una ilusión o un sueño del que va a despertar, que sos real. Entendés perfectamente esa necesidad que aparece de tanto en tanto, porque vos la tenés también, porque hay ocasiones en las que vos precisás abrazarla muy fuerte para quedarte tranquilo de que no va a esfumarse de pronto cuando menos lo pienses.

Ella cae enseguida en un sueño profundo, con su rostro anidado en ese huequito cálido entre tu hombro y tu cuello, sus manos en tu espalda y su respiración acompasada haciéndole cosquillas a tu piel, totalmente relajada y sonriente, como más te gusta verla, como siempre deseás que esté.

Vos, sin embargo, tenés dificultades para llegar al punto en el que los bordes se desdibujan y caés en la negrura, donde tu inconsciente es el que toma el mando. Este insomnio no se debe a una preocupación o a un pensamiento angustiante, todo lo contrario: no podés dormir porque no podés parar de reproducir en tu cabeza, una y otra y otra vez, el momento en el que su nombre combinado con tu apellido dejó sus labios, sonando más dulce que cualquier otras dos palabras que alguna vez hayas dicho, sonando más dulce que cualquier frase romántica.

Besás su cabeza y sonreís inconteniblemente. En tus reflexiones se te ocurre que no hay lugar alguno en el que preferirías estar: estás donde debés, en sus brazos, donde caíste mucho antes de estar listo para admitir que te enamoraste de ella a primera vista, donde caíste en el segundo exacto en el que sus ojos y tus ojos se encontraron y tu alma y su alma reconocieron que estaban frente a frente con aquella mitad que siempre les faltó.

Caíste en sus brazos mucho antes de que tu cabeza procesara lo que tu corazón no tardó en entender, porque el corazón siempre entiende más que la cabeza (es algo que no vas a volver a negar jamás, es algo que no te atreverías a negar ahora que sabés lo que es el amor verdadero y el efecto que tiene en los seres humanos).

Emocionalmente, sos suyo desde el principio, desde el día en el que sus caminos finalmente se cruzaron, mucho antes de la madrugada en la que se besaron por primera vez, mucho antes del primer 'te amo', mucho antes de la primera noche durmiendo juntos en ese mismo sillón mientras la lluvia azotaba la ciudad. Emocionalmente, estás prisionero de sus brazos desde mucho antes del 4 de septiembre.

Caíste en sus brazos y de ahí no te fuiste, física y emocionalmente no hay otro lugar en el que quieras o debas estar.

Y ella cayó en tus brazos y de ahí no se fue, porque es con vos en donde debe y quiere estar, porque pertenecen el uno al otro, porque no hay necesidad de papeles legales o anillos o cambios oficiales para que los dos sepan (con la cabeza, con el alma y con el corazón) que están unidos, entrelazados, que son dos mitades de una misma pieza, que son los dos del otro, que son los dos la propiedad del otro.

Caíste en sus brazos y de ahí no te fuiste, y tampoco planeás irte.

Jamás.

Y aunque no haga falta, aunque sea un detalle, aunque sea algo material, aunque no sea necesario porque los dos tienen en claro absolutamente todo, dentro de poquititos días vas a preguntarle si quiere casarse con vos, y cuando ella te diga que sí y te haga el hombre más feliz y afortunado sobre la faz de la Tierra, vas a poner en su dedo el anillo que le muestre al mundo entero y a todos sus habitantes que Michelle Dessler, dentro de muy poquitito, legalmente va a pasar a ser lo que ya es emocionalmente prácticamente desde el día en que se conocieron, desde la primera mirada, desde el primer encuentro, desde mucho antes del primer beso, desde que las estrellas existen y el sol sale y se esconde cada día, desde que cayeron uno en brazos del otro y decidieron no irse de allí jamás: tu Michelle, tu esposa, Michelle Almeida.

Tal vez hagan falta trámites en el registro civil, tal vez haga falta que firmen papeles, tal vez hagan falta ciertas formalidades típicas, pero esas son cosas mundanas. Lo que realmente importa es cómo te sentís vos y cómo se siente ella. Lo que realmente importa es que están unidos de una forma tan profunda y tan compleja que jamás podría ser explicada. Lo que realmente importa es que son uno propiedad del otro. Lo que realmente importa es que caíste en sus brazos y nunca vas a irte de ahí.

Te vas quedando dormido, entonces, sonriendo, escuchando su respiración mezclándose con tu respiración, contento porque el reloj da las doce marcando que ya es miércoles 19 de diciembre, marcando que faltan solamente cinco días para que le pidas, finalmente, que se case con vos, para que hagas esa pregunta que ya sabés va a contestar con un sí, esa pregunta cuya respuesta va a hacerte el hombre más feliz del mundo (aunque ya lo sos, porque ya tenés la seguridad de que es tuya, porque ya tenés la seguridad de que nacieron para estar juntos, porque ya tenés la seguridad de que es tu alma gemela, porque ella ya es Michelle Almeida aunque sea necesario aun hacer trámites engorrosos para que el cambio se vuelva oficial).

"Te amo, Michelle Almeida" murmurás en su oído, ya medio dormido, segundos antes de caer consumido por tu cansancio "Voy a ser siempre el hombre más feliz del mundo por haber caído en tus brazos"

Si estuviera despierta, ella te diría que también es la mujer más feliz del mundo por haber caído en tus brazos.