Capítulo 12: Afrodita
El señor Löfgren siempre odió a su hijo. ¿Cómo no hacerlo? Desde su gestación se convirtió en una amenaza, en un riesgo que nunca debió de haber ocurrido. Si la decisión hubiese estado en sus manos, no habría dudado ni un solo momento en abortar a aquella criatura. Sin embargo, ni siquiera se atrevió a pronunciar aquella palabra frente a su mujer. Él sabía cuánto quería convertirse en madre y nunca tuvo el valor suficiente para desalentar su sueño.
El hombre no tuvo otra opción sino la de hacer lo que estuviese en sus manos para que todo saliera conforme al plan. Cada quince días llevaba a su mujer al hospital y oraba porque todo estuviese en orden por al menos un poco más. Escuchaba y seguía las recomendaciones del médico al pie de la letra, cortando y contando rigurosamente las pequeñas pastillitas para controlar la presión de su mujer. Incluso se mantenía en silencio cuando su esposa le indicaba al médico que en el desafortunado caso de tener que tomar una decisión, se eligiera la vida de su hijo antes que la de ella.
Aunque el médico le aseguraba que respetaría su decisión, no cesaba en insistirle que todo saldría bien siempre y cuando se cuidara y prestara atención a su salud. El señor Löfgren asentía junto con su esposa y le agradecía candorosamente sus palabras; sin embargo, el hombre sabía que la situación era mucho más complicada de lo que el médico se atrevía a decir.
Löfgren sabía que su mujer ya no estaba en edad para tener un hijo. Dejó de estarlo años antes de que dejasen de intentarlo. Sin embargo, el cuerpo humano era una máquina caprichosa e impredecible y de algún modo su esposa se embarazó después de los cincuenta años. La preocupación de la pérdida del bebé o de que éste naciera con algún problema genético le parecía lo de menos. Temía que el desgaste del embarazo afectara irreversiblemente la salud de su mujer o incluso que ésta falleciera en pos de salvar la vida del producto. Aun así trató de dejar a un lado sus preocupaciones; procuraba sonreír mientras decoraba la habitación del niño y atendía afanosamente a su esposa.
Durante meses deseó que el embarazo no llegara a término, pero la criatura estaba decidida en nacer, incluso si para ello tenía que destrozar el cuerpo de su madre. Löfgren vio la blanca piel de su mujer cambiar a un pálido gris y a sus hermosos ojos se marchitarse por el cansancio; vio cómo sus manos y tobillos se hinchaban y a su abultado abdomen aumentar de tamaño con el paso de las semanas. Tuvo que verla morir poco a poco mientras le sonreía alentadoramente y esperaba a que el médico diese luz verde para la cesárea.
De algún modo su esposa sobrevivió por el tiempo suficiente para realizar la cirugía y, sorpresivamente, las primeras horas pareció que todo había salido perfectamente. Su esposa sobrellevó la operación sin problemas e incluso el obstetra se sorprendió por la vivacidad del recién nacido. Por supuesto que tendría que estar en incubadora por un tiempo, pero el médico insistía en que era un bebé fuerte y que no tardaría en ser dado de alta.
Tuvieron que pasar un par de días antes de que el señor Löfgren despertara de su feliz sueño. La avanzada edad de su esposa complicó la recuperación y, por si fuera poco, el estar lejos de su hijo pareció empeorar su salud. La mujer falleció dos semanas después, sólo un día antes de que el bebé fuese dado de alta.
La primer reacción del señor Löfgren fue la de deshacerse del niño que, ante sus ojos, asesinó a su mujer. No obstante, el sentimiento de culpa le impidió siquiera acercarse al orfanato. Casi podía escuchar la suplicante voz de su esposa pidiéndole que velara por el hijo que tanto habían deseado y decidió respetar su decisión llevando al bebé a su modesta casa rural en las afueras de Lund.
En un inicio todo pareció funcionar de maravilla. El pequeño era callado y tranquilo, y si no llegó a amarlo en ese momento fue únicamente porque el dolor de la pérdida de su mujer era demasiado reciente. Desafortunadamente, en lugar de que el tiempo diera tregua a su tristeza, decidió jugarle una muy mala broma que hizo exactamente lo contrario.
Día a día el niño se parecía más a su madre. El señor Löfgren reconoció sus hermosos ojos, tan brillantes y claros que avergonzarían al topacio más fino; lo sentía en la suavidad de su cabello, terso y delicado como los pétalos de las rosas que su mujer solía plantar en el jardín; incluso su voz se le parecía, tan suave y delicada que a veces creía que era su esposa quien le llamaba y no su hijo.
El odio que sentía por el niño regresó con mayor intensidad. Le recordaba demasiado a su mujer, al hecho de que ya no se encontraba a su lado y a que él era el único responsable de su muerte. Aborrecía su hermoso rostro y no perdía la oportunidad para recordárselo.
—Maldito mocoso —le decía—. ¿Qué haces aquí metido? Sal a jugar con el lodo; quizá con él puedas cubrir esa espantosa cara tuya.
Entonces el niño bajaba la mirada, claramente avergonzado de su propia apariencia, y salía de la casa en silencio para no regresar hasta entrada la noche. Algunos días —los más fríos y lluviosos— era un tanto más complicado sacarle de la casa. Sólo en esos momentos el señor Löfgren tomaba su angosto cinturón entre sus manos y marcaba un par de golpes en los brazos del niño. Aunque satisfactorio, era algo que no hacía con frecuencia. La piel de su hijo era tan clara que cualquier pequeña marca se hacía evidente y quería evitarse los cuestionamientos de sus vecinos.
Ellos debían saber algo, juraba. Sólo eso explicaba el por qué una mañana su vecino condujo hasta su casa y le propuso contratar al pequeño para que le apoyara en las labores de su granja. Löfgren sabía que aquello era sólo una estúpida excusa. El niño era demasiado pequeño —acababa de cumplir los cuatro años— y el campo de su vecino demasiado grande. No obstante, aceptó la oferta porque el niño estaría con ellos del alba al anochecer; se encargarían de él y, por si fuese poco, le pagarían algunas cuantas coronas al día.
El arreglo funcionó bien para todos, sobre todo porque en muchas ocasiones el niño se quedaba a dormir con ellos. Löfgren sólo tenía que lidiar con él los domingos, cuando los vecinos se dedicaban a su iglesia y a visitar a sus familiares. Era entonces que mandaba al niño a jugar al campo mientras él se distraía con alguna u otra cosa.
Una cierta mañana de domingo reparaba su viejo tractor y se percató de que el mejor modo de ajustar el espejo lateral sería con un alambre de jardinería. Su esposa tenía varios rollos en el jardín a un costado de su casa y, a pesar de que no había puesto un pie ahí en años, se inspiró con la suficiente fuerza para ir a buscarlo.
El plan se vino abajo al momento en el que dobló la esquina de la casa y se encontró con un amplio manchón rojizo esparcido por la negra tierra. Sintió la sangre pulsar por sus oídos y una intensa furia nubló su mente una vez que enfocó la mirada y encontró a su hijo regando afanosamente un enorme rosal.
¿Cómo se atrevía? Ese era el jardín de su mujer. Esas eran sus flores.
¿Por qué insistía tanto en ocupar su lugar?
Con fuerza sujetó al niño y lo lanzó lo más lejos que pudo.
—¿Qué es esto?
Su hijo tartamudeó varias veces antes de poder responder.
—Rosas. Klara me regaló semillas.
El hombre cerró los puños con fuerza. Debió haberse imaginado que la culpable sería esa maldita mocosa.
—Vete a tu cuarto —ordenó y el niño obedeció con rapidez.
Löfgren observó las flores por varios minutos. Eran altas y sanas y muchísimo más hermosas que las que cultivaba su esposa. Aquel pensamiento desbocó su ira. Con sus manos desnudas comenzó a arrancar grandes pedazos del rosal ignorando tanto los piquetes en sus manos como el escozor en su garganta y nariz.
Un fuerte ataque de tos detuvo sus movimientos, provocándole lagrimeo y un terrible dolor en el pecho. Al perder el aliento dio dos pasos hacia atrás.
La muerte le impidió dar un tercero.
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Klara quedó encantada cuando le dijeron que el pequeño Liam se mudaría con ellos definitivamente. Después de todo, ser hija única solía ser muy aburrido, especialmente cuando se vivía en una enorme y vieja casona en medio de la nada.
Ya desde antes agradecía enormemente las visitas de su vecino y, a pesar de que el niño pasaba más tiempo con ellos que con su propio padre, Klara siempre deseó que Liam nunca más tuviese que alejarse de ellos.
La niña estaba infinitamente feliz de compartir techo con su amiguito de juegos y, mejor aún, de saber que éste ahora se encontraba a salvo. Después de todo, los moretones y rasguños en sus brazos comenzaban a desaparecer y su bella sonrisa —antes tímida y melancólica— comenzaba a hacerse más genuina.
Si bien su conciencia le impedía decirlo en voz alta, la verdad era que se alegraba de que su vecino hubiese muerto. Era un hombre cruel y terrible y de ningún modo se merecía tener a un hijo tan hermoso como Liam. El padre de Klara encontró al hombre un lunes por la mañana justo en medio del jardín. Su rostro y manos estaban hinchadas y aún tenía los ojos abiertos. Según su padre, los médicos determinaron que murió por una reacción alérgica sumamente severa.
Seguramente aterrado por la tétrica visión, Liam se había encerrado en su alcoba y fue necesario que la madre de Klara le calmase con tiernas palabras antes de que se animase a salir. Cuando la policía llegó al lugar y se determinó que el pequeño sería enviado a un orfanato, los padres de Klara se ofrecieron prontamente a adoptarlo. El trámite duró un par de semanas, tras las cuales el pequeño Liam llegó para quedarse y para olvidar el cruento pasado que llevaba a rastras.
Klara amaba tener a su pequeño hermanito en casa. Jugaban todo el día, correteando por la casa y los campos, dando vueltas sobre sí mismos y fingiendo que ayudaban a recolectar la cosecha de trigo.
Uno de los pasatiempos favoritos de la niña era acicalar a su hermanito menor. Solía peinar sus cortos cabellos celestes y coordinar su ropa con colores que resaltaran mejor su clarísima piel. Ya fuese algún adorno en el cabello o una larga mascada robada del ropero de su madre, Klara buscaba los accesorios ideales para perfeccionar la belleza de Liam.
—Eres tan bonito —le repetía constantemente.
—Sí lo soy —respondía cuando se encontraba de buen humor—, pero sólo porque aquí es bonito.
Klara no se molestaba en comprender el significado de aquellas palabras. Se limitaba a asentir y a continuar con el acicalamiento de su hermanito hasta que diese la hora de cenar. Las noches solían terminar con alguno de sus padres leyéndoles un pequeño cuento antes de ir a dormir. Un día su madre eligió un enorme libro naranja sobre los dioses griegos y llegó a una parte que llamó enormemente su atención.
—Afrodita, la hermosa diosa del amor, era la única olímpica que carecía tanto de madre como de padre. Nadie sabía de dónde había llegado. El Viento del Este la encontró por vez primera en el perlado atardecer mientras emergía del mar en un almohadón de espuma de mar. Flotaba ligeramente sobre las gentiles olas y era tan hermosa que incluso el viento estuvo a punto de perder el aliento.
—¡Afrodita! —repitió la niña—. ¡Eres como Afrodita, Liam!
El niño, quien había estado a punto de quedarse dormido, dio un brinquito en su asiento sin comprender una palabra de lo que su hermana le decía.
—¡Eres como la diosa del amor! —insistió—. ¡Hermoso y encantador!
Liam sonrió apenado y ocultó su rostro en el cálido regazo de su madre adoptiva, quien respondió el contacto con una gentil caricia en la cabeza.
Una vez que terminó de leer la historia de Afrodita, su madre mandó a los niños a dormir, pero la inspiración nunca más se fue de la mente de Klara y a partir de ese momento comenzó a llamar a su hermano con el nombre de la olímpica. La extraña manía irritaba un tanto a sus padres, pero nunca lograron desalentarla de su misión de convertir a Liam en la encarnación terrenal de la diosa.
—¡Afrodita! —le llamó una tarde después de acompañar a su madre a ir de compras—. ¡Mira lo que te trajimos!
Le ofreció un paquetito con la fotografía de un campo lleno de rosas rojas. El niño le miró con algo de desconfianza y Klara se vio en la necesidad de explicarse.
—Las rosas son la flor de la diosa. Tú también las cultivas, ¿no? ¡Vamos a sembrar unas!
Aunque era invierno, Liam no tuvo opción sino de seguir a su hermana hasta el campo, donde esparcieron y regaron las semillas durante toda la tarde. Cuando llegó la hora de cenar, su padre comentó que aquellas semillas fueron un desperdicio de dinero y les advirtió que ningún rosal florecería en esa época del año. No obstante, Klara estaba tan convencida de la divinidad de su hermanito que apenas y escuchó la advertencia de su padre. Aquella noche soñó con un enorme campo cubierto de rosas rojas.
La mañana siguiente la pequeña despertó un poco más temprano que lo usual. Salió de su habitación y decidió buscar a su madre para pedirle algo de desayunar. Sin embargo, se quedó a medio camino al encontrar a sus padres en el pórtico de la casa. La curiosidad hizo que decidiera acompañarlos y, al salir de casa, quedó aturdida por el intenso color rojo que reflejaba el campo.
—¡Rosas! —exclamó Klara mientras corría hacia la primera línea de rosales—. ¡Les dije que Liam era Afrodita!
Radiante de felicidad, la niña dio varias vueltas sobre sí misma mientras el fuerte viento revoloteaba sus cabellos y camisón. Entonces un escozor en la nariz le provocó un estornudo, seguido por una fuerte tos. Cuando separó su mano de sus labios, se percató de que había varias gotas de sangre en su palma.
Su alegría fue reemplazada por temor e instintivamente buscó a sus padres para pedirles ayuda. Sólo entonces se percató de que ambos habían caído al suelo. Klara corrió hacia ellos, pero se quedó a mitad del camino.
El viento arreció y miles de pétalos se desprendieron de los rosales. No tomó mucho tiempo antes de que los cuerpos fuesen cubiertos por una aterciopelada manta del color de la sangre.
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Arles apenas y podía creer lo que veía. Un enorme campo de rosas se extendía por todo el horizonte, dejando libre sólo un pequeño círculo dentro del cual se erguía una casona de madera. De repente comprendió por qué el Patriarca fue tan insistente a la hora de querer revisar el incidente por su cuenta. Mucho le costó al Santo de Altar convencerle de que él podría encargarse del asunto. Después de todo —le recordó—, el Patriarca no sólo tenía que lidiar con sus responsabilidades como el representante de Atena en la tierra, sino que también tenía que vigilar al pequeño italiano que llevó al Santuario hacía unas semanas atrás. El viaje a Suecia sólo lo distraería de sus muchos deberes y, como Santo de Altar, era el deber de Arles aligerar la pesada carga sobre sus hombros.
Shion aceptó a regañadientes y no le dejó ir sino hasta que le dio una larga lista de recomendaciones, entre las cuales se encontraba el que no olvidase portar su máscara. En ese momento el consejo le pareció innecesario, después de todo, el Santo de Altar estaba acostumbrado a cubrir su rostro. No obstante, al comprender que aquellas hermosas flores emanaban alguna especie de toxina comprendió el por qué de su insistencia. La delgada máscara fue suficiente para amortiguar los dañinos efectos de las plantas y si pudo cruzar el campo para llegar hasta la casa fue gracias a ella.
El lugar parecía no tener mucho tiempo abandonado, lo que significaba que los reportes que aseguraban que las rosas habían aparecido de un día al otro eran veraces.
Incapaz de sentir algún cosmo, le fue necesario rodear la casa antes de encontrarse con el responsable de aquella maravilla. Se trataba de un niño de cabello celeste que jugueteaba con una rosa negra entre sus dedos. Estaba hincado en la tierra sin preocuparse por el descuidado estado de su pijama y, a pesar de que estaba sorprendido por la inesperada visita, se mantuvo en silencio mientras le miraba con una mezcla de curiosidad y miedo.
—No te asustes —le indicó mientras hablaba a través de su cosmo—. No he venido a lastimarte.
El niño abrió ampliamente los ojos y miró a su alrededor para buscar el origen de la extraña voz que resonaba en su cabeza. Arles lamentaba tener que recurrir a aquel medio, pero el sueco no se encontraba en la larga lista de idiomas que dominaba.
—Estas flores —continuó una vez que el niño aceptó que era él quien le hablaba—, tú las creaste, ¿no es así?
El pequeño respondió con una extraña sonrisa. A Arles le pareció que el niño estaba tan orgulloso como avergonzado por haber creado algo tan excepcional.
—Esto lo has creado gracias al universo que existe en tu interior. Tu poder es grande y necesitarás estudiar mucho para poder controlarlo, para evitar que lastime a gente inocente.
—Ya es tarde para eso.
Arles sonrió tenuemente ante la melancólica respuesta. No esperaba que el niño fuese capaz de responderle a través de la telepatía. Era aún más hábil de lo que esperaba.
—Entonces tienes que hacerte más fuerte. Sólo así podrás controlar tus poderes y usarlos para proteger a las personas —un brillo de interés refulgió en los ojos del niño—. Mi nombre es Arles de Altar. Ven conmigo al sur; juntos evitaremos que algo así vuelva a ocurrir.
—No me iré —su voz se escuchó tal débil que Arles no estuvo seguro de haberla escuchado—. Este lugar es bonito. Me quedaré aquí.
Arles contempló la situación por algunos segundos. Creía comprender los motivos del pequeño para no querer irse de ahí. Seguramente tenía miedo de que alguien más saliese herido por su culpa y sentía que esa casona estaba lo suficientemente alejada de la civilización.
Sólo por unos segundos contempló la opción de llevárselo en contra de su voluntad, y si descartó la idea no fue por respeto al niño, sino porque sabía que llevarlo al Santuario en ese alterado estado sería sumamente peligroso.
—Puedo llevarte a otro lugar, si así lo deseas —le indicó—; a un lugar en donde podrás extender tus rosas por kilómetros sin que dañes a alguien.
El niño alzó el rostro con curiosidad.
—¿Es bonito?
—Tan bello como aquí, aunque más frío.
Después de varios segundos el niño asintió lentamente. Arles dio varios pasos hacia él.
—¿Cuál es tu nombre?
—Afrodita —dijo en voz alta con redondeado acento.
Aquella palabra fue pronunciada con tanta seguridad que Arles no dudó ni un momento de su veracidad. Asintió y le ofreció su mano para ayudarle a ponerse de pie. Antes que nada, debía de asegurarse de que el niño se limpiase y comiese algo. Sólo los Dioses sabían cuánto tiempo tenía sin hacerlo. Ya después se encargaría de prepararlo todo para llevarse al niño a Groenlandia.
En un principio el Santo de Altar visitó al sueco casi diariamente. Sin embargo, al pasar los meses comenzó a notar que el Patriarca requería más y más su apoyo para gobernar al Santuario. Entre su avanzada edad, el testarudo italiano y la promesa del nuevo sucesor de Aries, había poco tiempo para que el hombre cumpliera con todas sus responsabilidades. Arles tuvo que tomar su lugar y comenzó a descuidar a Afrodita. Tanto así que, cuatro años después, el sueco apenas y se percató cuando sus visitas se detuvieron por completo.
El Santo de Arles murió a manos de Saga de Géminis y Afrodita tardó varios años en descubrirlo. Estaba demasiado ocupado con su entrenamiento, enfocándose en hacerse más poderoso y en controlar las hermosas rosas que florecían entre la nieve.
Entrenaría hasta considerarse merecedor de un lugar entre los Doce, donde utilizaría sus habilidades para mantener la paz en el mundo que tanta justicia necesitaba. Aprovecharía aquel universo que latía en su interior y se haría aún más poderoso.
Después de todo, pensaba, lo único más bello que la paz era la fuerza que se utilizaba para mantenerla.
Comentario de la Autora: lol Fue sumamente divertido matar a Klara. Mocosa cursi, se lo merecía. *coff*
Este capítulo ha sido el más difícil de hacer de los doce. No tenía absolutamente nada preparado para este episodio y todo salió como los dioses me dieron a entender. Afortunadamente, creo que el capítulo quedó bien. Algo cliché, pero bien. Jajaja! ¿Qué puedo decir? Afrodita es un personaje muy romántico (en el sentido literal de la palabra) y me fue imposible darle una infancia menos retorcida. Es bien sabido que Afrodita únicamente se interesa en mantener la paz. Quiere proteger a las personas y cree que sólo la fuerza es capaz de hacerlo. Eligió seguir a Saga porque estaba convencido de que él era un líder más adecuado que Saori. Gracias al cielo Afro ha comenzado a recibir más justicia últimamente. Creo que sus motivos han sido bien explicados en el juego Soldier's Soul y en el manga de Saintia Sho. Ok, no es que justifique el haber seguido a Saga... pero al menos lo explica.
Una de las teorías que nos dice por qué los Santos son tan ultra políglotas es que hablan a través del cosmo. Nunca antes había demostrado esto y éste me pareció un momento adecuado. Simplemente no me imaginé a Arles hablando sueco. *se imagina a Arles como el chef sueco de los muppets*
Con respecto a su entrenamiento a Groenlandia... vaya... digo... yo no sé en qué diablos pensaba Kurumada cuando se le ocurrió pasarlo de Suecia a Groenlandia. ¿Qué tiene que ver una cosa con la otra? No encontré mucha relación entre ambos países así que tuve que fumármela al pensar por qué diablos acabaría ahí; sobre todo considerando los botánicos poderes de Afro. Espero que no haya lucido DEMASIADO random. Creo que Afro pudo haber entrenado ahí para evitar que sus rosas mataran a incautos transeúntes. Supongo que era más fácil pensar en que tuvo un maestro de ahí, pero desde el principio planteé a Afro como a Death Mask: sin maestros y, por lo tanto, sin una guía adecuada que les ayudase a discernir el mal del bien.
El libro que le leen a los niños es D'aulaires' Book of Greek Myths. Es un libro precioso que, desafortunadamente, no he conseguido en español. Tengo la edición americana y la recomiendo muchísimo. Aunque sea infantil, es uno de mis libros favoritos de mitología. También hay una versión de los mitos nórdicos.
Creo que Afrodita debe necesitar al menos una semilla para poder generar sus rosas. A partir de sólo un brote podría hacer un enorme campo lleno de ellas, pero no creo que pueda generarlas así como así. Con respecto al ritual de sangre que se presenta en Lost Canvas, decidí volármelo por completo. Shiori ha indicado que los santos de la generación 'actual' son la versión perfeccionada de los suyos. Por lo tanto, seguramente Afrodita posee un control mayor de las toxinas de su cuerpo. Además, Afro no tuvo un maestro loco como Lugonis que pensó que convertir a su alumno en un ermitaño era la mejor idea del mundo. Vamos... ¿no le podía comprar unos guantes y ya? -_-' Lugonis fue exageradamente dramático con ese punto y por su culpa Albafica vivió una vida bastante miserable. *ejem* Pero esa es mi opinión nada más.
Afrodita es un personaje maravilloso. Con todo lo terrible que tuvo Soul of Gold creo que hizo un gran trabajo al demostrar lo mucho que se merece el rango de Santo Dorado. Es un personaje que merece más amor y, sobre todo, más respeto del que recibe.
Con eso concluimos la historia de los 12 goldies originales. Regresaré con los capies de Kanon y Shion en un rato, pero me iré a hiatus por un tiempo debido a traumas existenciales que me impiden concentrarme lo suficiente como para trabajar en este fic. Yo espero publicar el siguiente capie en un par de meses.
¡Muchas gracias a todos por llegar hasta acá!
Elizabetha: Miluchis es un loco pirómano que abusa de quien se deje. XD Por eso mismo le cayó bien a Camus: porque traumó a su profesor. Desafortunadamente, como ya viste no manejé el asunto del ritual de sangre con Afrodita. Es un tema que no me convenció mucho porque le dio mucha debilidad emocional a Albafica, cosa que Afrodita para nada tiene. Aún así espero que no hayas odiado el capie. ¡Muchas gracias como siempre!
