Basta ver el reflejo de tus ojos en los míos,
Cómo se va el frío.
Bostezás, cansada, y luego largás un suspiro. Estás exhausta, pero tuviste un buen día (sí, tuviste un muy buen miércoles, porque gracias a él a ese día de la semana que odiás profundamente desde siempre ya no le tenés tanta bronca, porque te ha demostrado que los miércoles también pueden pasar cosas lindas): las dos reuniones programadas para esa mañana marcharon bien, pudieron terminar la presentación oficial del proyecto para mejorar la seguridad en el aeropuerto de Los Angeles, y acabaron de coordinar el esquema a seguir dentro de unas semanas cuando la ciudad reciba la visita de un grupo de embajadores extranjeros para evitar posibles ataques, atentados, amenazas de bomba o cualquier clase de imprevistos o disturbios que pudieran llegar a surgir.
Tuviste un día sumamente productivo y estás muy orgullosa del desempeño del equipo que tenés a cargo (y, modestia aparte, también te satisface saber que vos supiste cómo dirigirlos), pero la parte más especial de este miércoles comenzó cuando llegó la hora de cruzar las enormes puertas de la CTU y pasar de aquél ámbito en el que sos la profesional, inteligente y seria agente Michelle Dessler a ese mundo pequeñito pero tan maravilloso en el que sos simplemente Michelle, la chica tímida y dulce que disfruta de un buen libro o de una tarde lluviosa acurrucada en el sillón viendo dibujitos animados.
Después de pasar por el departamento para que te cambies el 'chaleco de fuerza' (así llama él a tu 'vestuario profesional', aquél compuesto por trajecitos de colores oscuros, blusitas y pantalones de tela fina) por algo más cómodo, te llevó a cenar a un lugar donde preparan una increíble variedad de hamburguesas. El menú era tan largo que les llevó casi quince minutos leerlo desde el principio hasta el fin, y más aun tardaron en decidir qué pedir.
"¿Hay algún motivo perverso por el que quieras hacerme engordar?" preguntaste en tono de broma una vez que ambos tenían sus platos delante, una sonrisa dulce y una incuestionable expresión de impresión en tu rostro.
Ambas hamburguesas eran sencillamente gigantes y tan completas que, a simple vista, parecía increíble que alguien pudiera acabarse una completa, pues ningún estómago humano normal podría aguantar un bocado más de la mitad (o al menos así te pareció a vos; quizá los otros, los que no están obsesionados con su peso y con su aspecto físico, los que no se ven terriblemente gordos cuando la realidad es que son flacos, los que pueden mirarse en cualquier espejo sin que éste les devuelva una imagen tan distorsionada que les da ganas de llorar, no juzguen descomunal a esa cantidad de comida).
Sin embargo, desde que estás con él comés muchísimo mejor. Cuando estás con él tu obsesión por cada gramo de comida que te llevás a la boca, tu manía de contar calorías, las ganas de ir a vomitar inmediatamente después porque te agarra culpa por haber roto tu promesa de hacer todo lo posible para no engordar, desaparecen; o, mejor dicho (porque esos pensamientos filosos y punzantes nunca se van, simplemente puede aprenderse a controlarlos y a mantenerlos a raya para que no terminen ellos controlando la vida de uno hasta, más temprano que tarde, conducirlo a un estado tan hondo y oscuro que es imposible salirse de él) empequeñecen, pierden fuerza, se vuelven tan chiquititos y débiles que, por un rato, no son perceptibles, no pueden alzar la voz, no pueden levantarse feroces con la intención de devorarte.
Esta noche estuviste demasiado absorta en escuchar el sonido de su risa mezclándose con el de tu risa, perdida en el sonido de tu voz y su voz cuando conversan como si estuvieran completamente solos en el mundo y el resto hubiera dejado de existir, encantada con el brillo de sus ojos chocando contra el brillo de tus ojos porque sus miradas estuvieron conectadas todo el tiempo, totalmente ahogada en la sensación de las yemas de sus dedos rozando el dorso de tu mano en forma de caricias. Luego de ese comentario sobre el tamaño descomunal de la hamburguesa y el gigantesco cono repleto hasta el borde de gordísimas papas fritas, no volviste a pensar en ello y comiste todo con gusto (algo que te sucede seguido desde que estás con él), y antes de que te dieras cuenta el plato estaba vacío y solamente quedaban las migas. Incluso aceptaste que te comprara un cucurucho de frutilla a la crema y chocolate para el postre.
"Me hacés reír muchísimo, Tony" habías dicho entre carcajadas mientras él terminaba con su cucurucho de vainilla; durante la media hora había estado contándote con lujo de detalles muchas de las travesuras que él y sus hermanos habían hecho durante su niñez, sin ahorrarse nada y describiendo todo como si hubiera sucedido ayer, la escena probablemente reproduciéndose delante de sus ojos como si estuviera viéndola en una pantalla de cine, escuchando las voces y observando cada movimiento. El tema de conversación había surgido de golpe; cuando él habla de sus hermanos, generalmente siempre el tema nace de repente, de manera natural, quizá disparado por algo tan pequeño que ni siquiera él sabe exactamente qué es, quizá porque su corazón busca todo el tiempo el momento oportuno para descargarse un poco, para aligerarse, para compartir con vos algo del peso que carga.
Por toda respuesta él había besado la punta de tu nariz, y luego los dos se habían quedado callados, disfrutando del silencio entre ambos, escuchando los ruidos de la ciudad como si llegaran distantes, a través de un túnel. Nada tiene que ser dicho, podés ver el reflejo de su alma claro como el agua en su mirada oscura, esa mirada cálida que derrite al frío, esa mirada cálida que te hace tan bien: él precisa desahogarse, descargarse, hablar de sus hermanos, recordarlos, lo necesita porque es parte del proceso de duelo, porque es parte del proceso de sanación. Pero no puede hundirse sólo en los recuerdos, no puede sumergirse él solo en esas épocas más felices, porque correría el riesgo de ahogarse, correría el riesgo de que lo matara la nostalgia, correría el riesgo de deshacerse, de caer roto en mil pedazos y es ése el motivo por el cual durante muchos años había evitado hablar de Christian y Ricardo.
Ahora, sin embargo, te tiene a vos. Te tiene a vos y a tu paciencia infinita para escucharlo durante horas y horas; a vos y a tus manos que acarician sus mejillas con dulzura barriendo las lágrimas que se forman en sus ojos sin que él pueda evitarlo; te tiene a vos y a tu capacidad de cerrar sus heridas con tus besos; te tiene a vos y a la seguridad de que no vas a dejar que se asfixie en el dolor, de que vas a sacarlo del túnel de los recuerdos si de pronto se vuelve terriblemente oscuro y las paredes empiezan a cerrarse y se siente atrapado y no puede respirar porque la angustia le comprime el pecho. Por eso puede hablar de su infancia: con vos puede compartir lo que hasta ahora nunca antes había compartido con alguien, porque la conexión entre tu alma y su alma permite que se entiendan sin tener que poner en palabras sentimientos complejos que no pueden explicarse, porque delante de vos no tiene vergüenza de mostrarse vulnerable.
Te gusta que entre él y vos existan esos instantes en los que sacan de adentro esas cosas que tienen guardadas desde hace años y que vienen tragándose porque nunca supieron cómo expresarlas o nunca tuvieron a alguien en quien confiar plenamente para expresarlas con la certeza de que serían entendidos y contenidos. Te gusta que se abra con vos, te gusta saber que las paredes con las que protege a su corazón y a su alma no existen cuando se trata de vos, te gusta estar íntimamente conectada al hombre que se esconde dentro del robot. Te gusta que el reflejo de tus ojos en los suyos baste para que el frío acumulado en esos rinconcitos de su corazón que han sido tocados por tragedias, pérdidas y muertes desaparezca. Te gusta ser aquella personita a la que él puede contarle todo sabiendo que va a encontrar mimos, consuelo, consejos y alivio. Te gusta ser la única que puede aliviarlo.
"Los extraño todos los días, Michelle, y todos los días me pregunto cómo habrían sido algunas cosas si ellos no hubieran muerto" había susurrado, sus ojos llenos de lágrimas que se rehusaba a dejar caer, una sonrisa agridulce plasmada en su rostro; la mano con la que estaba acariciando tu rostro temblaba ligeramente.
Luego de esa confesión habían caído en silencio, y en silencio había transcurrido el viaje de regreso a su departamento. No era un silencio incómodo o forzado: ambos estaban a gusto, vos reflexionando sobre la confianza que existe entre los dos y la capacidad que tienen de hacer decir al otro lo que jamás pensaron compartirían con otro ser humano, y él probablemente sumido en sus recuerdos y en pensamientos sobre sus hermanos. Sin embargo, en sus ojos no brillaba esa angustia, esa tristeza, esa desesperación que notaste al principio de su relación cuando hablaron por primera vez del tema; parecía tranquilo, como si tuviera menos peso sobre sus hombros, como si su carga se hubiera aligerado, como si se sintiera un poco más liviano, como si cada vez que comparte otro pedacito de su historia con vos ésta ya no fuera una piedra gigantesca atada a su cuello o un recuerdo doloroso, sino simplemente un recuerdo que atesorar para mantener a sus hermanos vivos en la memoria en lugar de tenerlos escondidos en un cajoncito dentro de su cabeza porque pensar en ellos le hace daño.
Ahora estás acurrucada en el sillón, abrigada con el buzo de The Beatles que acaba de regalarte porque, según él, se acerca el invierno y sus sweaters no van a darte suficiente calor cuando la temperatura baje un poquitito más. Exagera, por supuesto: el invierno en Los Angeles nunca es crudo, y aunque algunos días son más frescos que otros, nunca nadie ha corrido el riesgo de morir congelado; de todos modos te parece dulce que él piense todo el tiempo en cuidarte y protegerte de cualquier cosa, incluso del clima.
"Como es una de tus bandas favoritas, cuando lo vi supe que tenía que comprártelo porque iba a encantarte" te había dicho luego de que cortaras prolijamente el papel que lo envolvía para descubrir qué había allí.
El buzo es muy bonito, color gris claro con la emblemática manzana del grupo estampada en el frente y 'The Beatles' escrito de bajo, ambas cosas en un azul tan oscuro que parece negro. Es abrigado, pero nada se compara con sus sweaters: puede que sean de hilo mucho más fino, pero para vos irradian calidez porque son de él, porque son los sweaters que él te da a vos para que los uses como pijama, los sweaters que tienen su perfume, los sweaters que te hacen sentir como si sus brazos estuvieran a tu alrededor todo el tiempo, manteniéndote a salvo. Sin embargo te lo pusiste sobre uno de sus sweaters color bordó, y ahora estás echa un ovillo con Bonnie, acariciándola detrás de las orejas mientras ella mordisquea alegremente su pelotita de goma, esperando a que él termina de darse una ducha para anidarte a su lado y quedarte dormida acunada por el sonido de su respiración y el roce de sus manos dibujando círculos en tu espalda.
Cuando regresa a la sala de estar, con el cabello húmedo y ojos cansados pero una sonrisa en el rostro porque para él también fue un buen día, abrís los brazos y los extendés en un gesto que recuerda al de una criatura que está ávida de deseos de que la abracen.
"¿Tenés frío?" pregunta una vez que su cabeza descansa junto a la tuya sobre la almohada y los dos están nariz con nariz, tus ojos espejando su reflejo y sus ojos espejando el tuyo.
"No" contestás, enterrando el rostro en ese huequito tibio entre su hombro y su cuello "; solamente quiero que me abraces" un momento de silencio sigue a tus palabras. Escuchás los latidos de su corazón, relajados y sincronizados con los tuyos, y se te ocurre la extraña idea de que suena mucho más liviano "Sabés bien que siempre podés hablar conmigo de lo que quieras cuando quieras, ¿cierto?" decís, levantando la cabeza para que quede nuevamente a la altura de la suya, las dos sobre la mullida almohada.
No necesitás explayarte más, no necesitás explicar nada más ni dar cualquier otro detalle, no necesitás hacer obvio a lo que te estás refiriendo, porque él sabe, él te entiende. Cuando se dicen estas cosas el uno al otro siempre es como si estuvieran continuando una conversación profunda que están entablando desde hace horas y en la que jamás ha habido pausas. Sabe que estás diciéndole que vas a escucharlo con paciencia y tanto como haga falta cada vez que precise volcar un poco de las emociones encontradas que tiene respecto de su familia y las tragedias que la han golpeado con tanta dureza en dos puntos diferentes de la vida, primero cuando él era un chico que perdió toda su inocencia al ver morir a su hermano, y luego cuando ya siendo adulto tuvo que soportar que un grupo de asesinos en masa le arrebataran a su otro hermano en nombre de una causa para ellos 'sagrada' pero que no es más que una excusa para desperdigar su locura y hambre de destrucción. Sabe que no hay nada que quieras tanto como ayudarlo a sanar, ayudarlo a cerrar las heridas, a encontrar consuelo, a encontrar la manera de sacarse de encima esos fantasmas que lo rondan y que han atado sus cadenas a su alma, fantasmas tan similares a los que te persiguen a vos y que él siempre trata de ahuyentar para que dejen de torturarte.
"Sí, lo sé" contesta en un susurro, rompiendo con tus reflexiones; sentís el dorso de su mano paseándose por tus mejillas, dejando caricias en tu rostro "Hablar con vos me hace muy bien" murmura "Antes casi nunca los mencionaba" está, obviamente, haciendo referencia a sus dos hermanos "y vivía escapándome de todos los recuerdos que tenía de ellos… Ahora me doy cuenta de lo equivocado que estaba al pensar que podía meter todo adentro de un cajón, cerrarlo con llave y hacer de cuenta que no existe. No es justo para su memoria, ni es justo para mí" suspira "Vengo acumulando mucha angustia y mucho dolor, pero compartir todo esto con vos me alivia. Siento que ese frío que se forma en el pecho cuando perdés a alguien y no sabés cómo vivir con esa pérdida se está yendo. Cada vez que te miro a los ojos siento menos frío; creo que el amor que me hacés sentir está derritiendo ese hielo que me lastima el corazón, ese hielo que se formó porque dejé que mis emociones se congelaran y endurecieran en lugar de compartirlas con alguien más"
Tragás con dificultad, tratando de contener las lágrimas que sentís formándose en tus ojos, tratando de disolver el nudo que el llanto inminente ha hecho aparecer en medio de tu garganta: nunca va a dejar de asombrarte, fascinarte y dejarte sin palabras que puedan explicar tus complejas emociones la capacidad que él tiene para leerte, para decir lo que vos estás pensando, para experimentar lo mismo que vos. Las frases que acaban de nacer de su corazón, esas frases que acaban de llegar a tus oídos acariciándolos con dulzura, son como un espejo que refleja con conmovedora exactitud lo que se mueve dentro tuyo provocando sensaciones que nunca podrías poner en palabras porque son tan fuertes que solamente las entiende el que las siente.
"Amo que me comprendás tanto, amo que siempre sepas lo que estoy pensando y sintiendo" susurrás, repasando el contorno de sus labios con tu pulgar. Frotás tus manos sobre su espalda dibujando círculos y agregás ": Amo poder hacer que ese frío se vaya. Lo único que quiero es ayudarte a estar bien"
Con sus besos recorre toda tu frente, luego tus mejillas, luego posa los labios sobre tus párpados y los deja allí un largo rato, y finalmente acaricia los tuyos con mucha delicadeza.
"Siempre estoy bien si estoy con vos, Michelle" al sentir las yemas de sus dedos rozando la piel de tu cara abrís los ojos para que tu mirada se ahogue en la suya, para comunicarte con él sin usar palabras, para hablarle sin romper el silencio, para decirle todo eso que no puede decirse en ningún idioma conocido por la humanidad porque solamente puede expresarse en ese idioma que existe entre los dos y que nadie más podría descifrar. Tu mirada y su mirada se sostienen y un calor que poco tiene que ver con el abrigo de tu nuevo buzo y su sweater combinados te invade, la tibieza alcanzado cada rinconcito de tu cuerpo "Nunca más mi alma o mi corazón van a estar fríos si te tengo a vos"
Sonreís y suspirás, el cansancio apoderándose de tu cuerpo, tu anatomía pidiendo a gritos que te relajes, te fundas en sus brazos y dejes de luchar para mantenerte despierta.
"Siempre que te miro a los ojos, inmediatamente se va todo el frío. Me pasó la primera vez que nos conocimos, y aunque no me di cuenta enseguida porque estaba cegado, asustado y profundamente marcado por lo que había pasado meses atrás, mi corazón supo entre latido y latido que lo que me hiciste sentir era amor. Es amor" se corrige "Cada vez que pienso en vos, es amor. Cada vez que pienso en vos se me va todo el frío"
Lo último que ves antes de quedarte dormida es el reflejo de tus ojos en sus ojos, irradiando esa luz especial que brilla más que la luna, más que cualquiera de las estrellas desparramadas en el firmamento, más que el sol. Y ves en ese reflejo todas las cosas que amás, ves en ese reflejo todas las cosas que te hacen bien, ves en ese reflejo todas las cosas que adorás. Ves en ese reflejo tanto amor, tanto, tanto amor que no tenés la menor duda de que nunca más vas a volver a sentir frío mientras puedas hundirte en esa mirada llena de dulzura, esa mirada que te refleja más hermosa de lo que alguna vez vas a verte en cualquier otro espejo.
Basta que él busque el reflejo de sus ojos en tus ojos, basta que vos busques el reflejo de tus ojos en los suyos, para que ese frío interno con el que los dos vivían antes de conocerse vaya para siempre.
