Capítulo 13: Kanon

Aidé temió por el futuro de los gemelos desde antes de que éstos nacieran. Incluso su nacimiento fue ominoso: una puerta abierta a los Nósoi que siempre rodeaban a su madre y que finalmente terminaron por arrebatarle la vida. Los gemelos eran sus sobrinos y decidió hacerse responsable de ellos no sólo por respeto a su hermana, sino porque las pequeñas criaturas lograron despertar en ella el poco amor que aún quedaba en su corazón.

Por supuesto que la idea original era llevárselos lejos del deprimente burdelito portuario en el que vivían. Desafortunadamente, pronto se dio cuenta de las pocas posibilidades que tendría de encontrar un trabajo lejos de los brazos de los marineros del Pireo. La relativamente cómoda seguridad que le ofrecía la señora Tsamis acabó por cerrar el trato. Después de todo, había vivido en ese burdel desde hacía más de ocho años, era el único lugar que conocía en Atenas y, sobre todo, la anciana aceptó mantener a los niños bajo su cuidado.

Aidé no estaba segura de si la atenta disposición de la señora Tsamis era una buena o mala fortuna. Por un lado los niños tenían un hogar asegurado y la anciana, sorpresivamente encariñada con ellos, estaba siempre atenta a su bienestar. No obstante, era imposible no ver las desventajas del arreglo. Un burdel difícilmente podría considerarse el mejor ambiente para un par de niños pequeños y, por más que Aidé y sus compañeras cuidasen a los gemelos, les era imposible mantenerlos separados de aquel mundo triste, doloroso y tan cruentamente real. No tardó mucho en convencerse de que aquello era lo mejor para todos y aceptó quedarse con los gemelos en el burdel.

Algo de bueno trajo aquella situación; el ambiente entre las mujeres cambió para bien desde la llegada de los gemelos. Los niños rebosaban de energía y no tardaron en contagiar a las demás con sus sonrisas. Aunque no era fácil seguirles los pasos, las mujeres no perdían oportunidad para acariciar sus pequeñas cabecitas o colocarlos sobre sus piernas mientras les contaban historias sobre tiempos mejores.

Los gemelos eran un par de chispas de alegría que destellaban por todo el edificio y llenaban la lúgubre casa con esperanza y candidez. Era un gusto escuchar sus cortos pasitos mientras subían y bajaban por las escaleras, las agudas risillas que resonaban desde el amanecer hasta pasada la media noche, y las fantásticas y largas historias que inventaban para pasar sus largas horas de encierro.

De los dos, Kanon era quien llevaba más vida a la casa corriendo de un lado a otro, robando los dulces que escondían las mujeres entre sus cajones y gritando a todo pulmón alguna cancioncilla recién inventada por él. Saga siempre fue más tranquilo, más silencioso. Prefería quedarse en su habitación para construir enormes castillos de sábanas y almohadas.

Kanon no tardó en hacerse su favorito porque parecía ser quien más la necesitaba. Y es que, a pesar de que las travesuras de Kanon eran totalmente normales para un niño de tres años, no todos las disfrutaban tanto como Aidé. El contraste en el comportamiento de los gemelos acentuaba la malicia del hermano menor y sus compañeras nunca cesaban de compararlos.

—¡Kanon! —solían gritarle—. ¿Es que no te puedes quedar quieto un segundo? ¿Por qué no puedes ser más como tu hermano mayor?

Ante aquellas acusaciones Kanon sonreía de medio lado, le sacaba la lengua al molesto adulto y salía corriendo en sentido opuesto para buscar una nueva maldad para hacer.

En ocasiones, Aidé hablaba con sus compañeras y les señalaba lo mal que hacían al comparar a los gemelos. Les aseguraba que uno no era mejor que el otro, sino que tenían personalidades diferentes, que ellos como adultos debían reconocer sus diferencias y tratarlos como los individuos que eran.

—¡Claro que son diferentes! —le dijo una compañera una vez—. Kanon es un demonio en miniatura.

Pero Aidé sabía que ambos lo eran, la única diferencia era que Saga se molestaba en disimularlo. ¿Cómo exigirles más a esos pequeños? Eran demasiado jóvenes y, por si fuera poco, estaban eternamente confinados a una vieja casona llena de mujeres demasiado cansadas como para tolerar sus desplantes. Era normal que la energía acumulada les hiciese hiperactivos e irritables.

De cierta forma la señora Tsamis tomó la decisión correcta al mandarlos a mendigar dinero en las calles del Pireo. Les permitió descargar sus energías y por primera vez desde que nacieron fueron capaces de dormir durante toda la noche. Por supuesto que Aidé estaba en contra de que los pequeños vagasen por las peligrosas calles sin supervisión adulta, pero se convenció a sí misma de que aquella era la mejor opción que tenían. Después de todo, mientras los gemelos llevasen dinero a la casa, la señora Tsamis permitiría que se quedasen con ellas.

Sin embargo, un día mientras arreglaba la cama de los gemelos se encontró con seis desgastadas billeteras escondidas debajo del colchón, específicamente del lado en el que Kanon dormía. No le fue difícil deducir qué es lo que hacían aquellos objetos ahí y de repente comprendió por qué las ganancias de Kanon ascendieron repentinamente desde hacía tres días.

—¿Me puedes explicar qué es esto, Kanon? —le llamó aquella misma tarde cuando estaba segura de que nadie más podría escucharles.

El niño infló sus mejillas y desvió la mirada. No lucía arrepentido, si acaso, parecía estar molesto por el sermón que indudablemente recibiría.

—¿Qué te he dicho de tomar cosas que no te pertenecen? Robar está mal —Kanon siguió sin prestarle atención—. Mírame a los ojos.

El niño exhaló largamente y supo que no tenía otra alternativa más que obedecerle.

—Sé que quieres traer dinero a la casa, Kanon, pero éste es dinero sucio. Piensa en las personas a quienes robaste estas billeteras. Quizá era el único dinero que tenían en ese momento, quizá les quitaste el dinero para su comida. Cuando robas, arrebatas más que unas monedas; entristeces a la gente y les quitas una oportunidad para el futuro.

Kanon alzó ambas cejas con incredulidad y por unos segundos Aidé pensó en la ironía de que una prostituta portuaria intentase con tanto ahínco predicar moralidad. Aun así, conocía bien su responsabilidad para con el niño y decidió no darse por vencida.

—Tienes que prometerme que nunca más harás algo así, Kanon. Nada lo justifica.

El niño permaneció en silencio y Aidé supo que debía darle crédito por no haberle engañado con una falsa promesa.

Si bien la mujer nunca volvió a encontrarle una billetera, sospechaba que se debía a que el niño se volvió más cuidadoso con su botín. Sólo eso explicaría por qué nunca confesaba inocencia ni culpabilidad cuando se le cuestionaba sobre el origen de su dinero. Debido a eso, Aidé decidió reiterarle mil y un veces sobre lo malo que era robar y sobre la importancia de la honestidad. Le molestó tanto con aquel tema que un día Kanon no pudo más y decidió cuestionarla.

—¿Qué tiene que sea dinero sucio? —preguntó con una sonrisa de medio lado—. Ustedes lo usan igual.

Aidé se quedó sin palabras. ¿Cómo negar lo que sabía que era cierto? De ser por ella, todo el dinero mal habido de Kanon terminaría como combustible para la caldera, sin embargo, la señora Tsamis era la obvia responsable de las finanzas y a ella poco le importaba el origen de sus ganancias.

Sí, Aidé temió por el futuro de Kanon desde antes de que éste naciera. La clarísima preferencia que le tenían a su hermano, las constantes comparaciones, la indiferencia del mundo hacia él. Todos aquellos factores convertían a Kanon en un chico solitario y rencoroso y había poco que Aidé pudiese hacer al respecto. Su débil voz poco peso tenía ante los gritos que manifestaban lo opuesto a lo que ella creía: que Kanon tenía la capacidad para ser tan dulce como Saga, que lo único que necesitaba era que le diesen una oportunidad para demostrarlo.

Tristemente, aquella oportunidad nunca llegó. Un día la señora Tsamis escuchó a sus compañeras hablar sobre lo fuertes y rápidos que eran los gemelos y decidió que deberían enviarlos al Santuario de Atena. La mera idea le pareció absurda a Aidé. ¡Eran sólo unos bebés! ¡De ningún modo sobrevivirían a semejante lugar! Su amor hacia los niños le impidió ver la realidad en las palabras de sus compañeras. Eran peligrosos, insistían, lo mejor sería que se fueran.

Aidé ni siquiera tuvo tiempo para planear escapar con los gemelos. Nunca pensó que el Santuario reaccionaría tan pronto y mucho menos que el cliente al que tuvo que visitar aquella noche fuese sólo una excusa para mantenerla lejos. Nunca pensó que los gemelos ya no estarían en el burdel una vez que regresara a casa.

Nunca pensó que le sería tan fácil convencerse de que aquello, realmente, era lo mejor para todos.

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En un principio Feneo no ignoraba a Kanon de modo consciente. Hasta ese momento sus muchas responsabilidades en el Santuario le impidieron entrenar a un aprendiz y, cuando el momento llegó de enfrentarse a su deber para formar a una nueva generación, el Santo de Géminis estaba menos que preparado.

Por si fuera poco, el hombre no sólo tuvo que lidiar con un estudiante, sino que el problema le llegó en paquete doble. Los primeros días estuvo a punto de desistir. Se sentía incapaz de guiar adecuadamente a dos niños que nada sabían del mundo ante el cual tendrían que enfrentarse. Empero, su orgullo le impidió aceptar la derrota. Se armó de valor y poco a poco comenzó a acostumbrarse a velar por el futuro de los gemelos.

Con Saga era especialmente fácil. El niño era diligente y tranquilo y a Feneo le bastaba decir sus instrucciones una vez para que Saga las obedeciera. Kanon era una historia muy diferente.

Suponía que el gemelo menor era más como un niño normal tenía que ser: inquieto, necio y egoísta. No obstante, le era difícil aceptar sus berrinches siendo Saga era mil veces más disciplinado. Le era imposible no girar el rostro hacia el hermano mayor y ofrecerle los consejos e instrucción que, sabía, el otro no aceptaría de buena gana. Se repetía a sí mismo que Saga era el más poderoso, que era el más digno de convertirse en su sucesor y que Kanon estaría bien por su cuenta. Después de todo, el menor era más que capaz de entrenar por sí mismo.

Aquello lo descubrió un día al anochecer, cuando los entrenamientos concluyeron y Feneo quiso aprovechar el extraño momento de privacidad para descansar en las ruinas de un templo abandonado. Feneo extrañaba aquella serenidad y disfrutó del cálido silencio y del reposo de los titilantes cosmos en el Santuario. Comenzaba a quedarse dormido cuando una fuerte energía le hizo incorporarse de golpe.

Aquel cosmo era intenso y destructivo y Feneo temió que se tratase de un enemigo. Sin pensarlo dos veces corrió en dirección a la punzante energía y, justo al borde de la Fuente de Atena, se encontró con Kanon y, más sorprendentemente, con un ancho camino de árboles arrancados desde raíz.

—¿Kanon? ¿Tú hiciste eso?

El niño no tuvo que responderle para saber que era así. Un sudor frío cubrió la frente de Feneo al darse cuenta de lo equivocado que estaba al haber considerado a Saga el más poderoso. Kanon apenas y entrenaba con él y aun así logró incendiar su cosmo lo suficiente como para crear un ataque digno de cualquier aspirante a Santo Dorado. Sólo los dioses sabían de lo que sería capaz si tuviese la instrucción adecuada.

Le miró detenidamente, apenas entonces percatándose de las heridas que cubrían sus brazos. Seguramente llevaba entrenando toda la tarde, llevando su cuerpo al extremo para poder alcanzar el nivel que únicamente se le había ofertado a su hermano.

Esa noche se prometió ser más atento con el gemelo menor. Decidió que le dedicaría más tiempo y que no permitiría que la frustración le impidiera adoptar un rol adecuado como su maestro.

Desafortunadamente, su resolución duró poco. Un par de indolentes miradas por parte de Kanon y una sola sonrisa de Saga fueron suficientes para convencerle de que, a final de cuentas, la buena disposición era tan importante como la fuerza para ser un buen Santo de Atena. ¿De qué le servía a Kanon la habilidad si todo lo hacía de mala gana?

Fue cuando decidió aquello que Feneo comenzó a ignorar a Kanon de forma consciente.

Sólo de ese modo evitaba sentirse culpable por dejar pasar una estrella que brillaba con tanta intensidad como la de Saga.

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Saga nunca cuestionó la opinión de los adultos cuando le decían lo inteligente y fuerte que era. Escuchó aquellas palabras desde que recordaba y siempre las tomó como ciertas. Eso sí, el estar consciente de sus propias capacidades no le impedía sentir lástima por su hermano cada que alguien tenía a mal de señalar sus diferencias.

Le parecía extraño que los adultos insistieran tanto en ese tema. Después de todo, era claro el modo en el que esas palabras hacían mellas en el amor propio de su hermano menor. Saga era más tierno, más amable, más merecedor. Las eternas frases irritaban a Kanon del mismo modo que una desentonada melodía y Saga se preguntaba por qué su hermano no cambiaba y le demostraba a los demás que, aunque no fuese tan genial como Saga, al menos podía dejar de ser tan malo.

El gemelo mayor conocía bien el potencial de su hermano. Si se pusiera a entrenar en lugar de vagar sin rumbo por el Santuario podría incluso aspirar a una Armadura Dorada. Claro que eso tendría que esperar unos años, los suficientes para que Saga se convirtiese en el Patriarca. Una vez que eso ocurriera, la Tercer Casa estaría disponible y Kanon podría reemplazarle en su deber como guardián.

Saga sabía que no habría nadie mejor que su hermano para sustituirle mientras él se dedicaba a comandar al Santuario como sólo él sabría hacerlo. Sin embargo, aquello sería imposible hasta que Kanon no comenzase a tomar en serio los entrenamientos. ¿Cómo podría Saga convencer a su hermano de ser más responsable? ¿Cómo hacerle entender que tenía obligaciones que cumplir y que el éxito rotundo de los planes de Saga dependía en parte de él?

El niño solía pensar en aquello durante sus pocos tiempos libres y desde entonces se percató de que el lugar en el que podía concentrarse mejor era en la fosa de agua caliente del Templo de Géminis. Una cierta noche, Saga descansaba en aquel lugar cuando su hermano menor osó interrumpirlo en su lugar favorito.

—¡Kanon! ¡Al menos avisa que vas a entrar!

Su hermano apenas y le dirigió una desdeñosa mirada antes de abrir la llave de la fosa de agua fría.

—¡Hermano! —insistió—. ¡Mi maestro dijo que dejaras de bañarte con agua fría! Te vas a enfermar.

Reproches como esos solían iniciar una larga discusión entre los hermanos, pero aquella ocasión Kanon parecía estar demasiado cansado como para hacer otra cosa que no fuese quitarse la ropa y sumergirse en el agua fría. Sólo entonces, y a pesar del vapor de agua que empañaba su visión, Saga pudo reconocer varios moretones que cubrían los brazos y el pecho de su hermano.

—¿Kanon? ¿Qué te pasó?

—Nada que te importe —murmuró quedamente, su voz confundiéndose con el borbotear del agua.

Saga permaneció en silencio por algunos minutos preguntándose qué fue lo que pudo haber ocasionado aquellas lesiones en su hermano. No conocía a muchas personas capaces de hacerle semejante daño a Kanon e incluso los posibles culpables le parecían poco viables. Al no encontrar una respuesta que satisficiera su curiosidad, Saga insistió.

—¡Kanon!

—¡No me grites, idiota!

—¿Qué fue lo que te pasó?

Su hermano frunció el ceño y torció la boca en una extraña sonrisa.

—¿Me creerías si te dijera que estuve entrenando?

Saga dejó escapar una seca risa y se alzó de hombros.

—¡Como quieras! —espetó—. ¡Si no me quieres decir, no me importa!

Kanon inhaló largamente y se sumergió completamente en el agua.

Irritado por el silencio de su hermano, Saga le imitó.

Comentario de la Autora: Dudes, tuve un problema con la versión revisada y no quedó al 100%. Una disculpa por los errores que puedan encontrar.

lol Kanon tuvo una infancia bastante infeliz, incluso para ser parte de este canon. Siento mucha empatía hacia el hermano menor. Debe de haber sido terrible el vivir tantos años como una sombra de su hermano. Si Saga hubiese manejado el asunto de un modo más noble, quizá Kanon no se habría vuelto tan loco, pero la verdad es que sólo empeoró las cosas y con el paso de los años se fue olvidando de la capacidad de Kanon para hacer el bien. Él mismo se creyó lo que los demás decían y, obviamente, Kanon nunca se tomó la molestia de demostrarle lo contrario. ¿Para qué? Ser malo era más divertido.

A pesar de que Aidé fue una de las pocas personas que de hecho intentó ayudar a Kanon, también es cierto que resultó ser conformista. No digo que sea fácil iniciar una nueva vida con dos bebés que ni son tuyos, pero ni siquiera lo intentó. De todas formas, tarde o temprano hubiese tenido que separarse de los gemelos.

Los Nósoi son dioses de la muerte, encargados de llevarse a aquellos que mueren por infecciones y cosas purulentas. yuc

Kanon no está acostumbrado a que confíen en él, por eso comenzó a llorar como bebé cuando Milo aceptó dejarlo sólo con Atena. Podía esperar el perdón de la diosa; básicamente es como que lo que ella hace. Milo no tenía motivos para perdonarle ni darle una segunda oportunidad, pero decidió hacerlo porque demostró que lo merecía. *sniff*

Ya sólo queda un capie de esta saga y es el de Shion. Me provocó varios dolores de cabeza, pero confío en que podré compartirlo con ustedes en algunas semanas.

¡Muchísimas gracias a todos por sus lecturas! ¡Espero no lo hayan odiado!

Afrodita de Castilla: Realmente si Afro es gay o no, es lo de menos. Lo que importa es que es un personaje que ama la belleza, independientemente de si lo hace como hombre o como mujer. Él es alguien elegante y educado y tuvo a mal de tomar una mala decisión. Afortunadamente se redimió en la Saga de Hades y demostró ser un valeroso santo de Atena por más que Toei y Kurumada lo hayan odiado en un principio. Merece mucho, mucho amor. ¡Muchas gracias por tu lectura y por tu review!