Otro capítulo que no me gusta y que me imagino debe estar lleno de errores, más errores de los que un ser humano podría notar al hacer la obligatoria correción de ortografía y gramática. Podrías leerlo otra vez para buscar dónde es que metí la pata hasta el fondo del tarro, pero no quiero dejar pasar más tiempo sin que haya un capítulo nuevo. Éste particularmente no me gusta mucho, aunque cuando empecé a escribirlo hace casi dos semanas creí que iba a ser de esos que terminan estando entre mis predilectos. Al final se volvió demasiado largo, tedioso e incongruente en mi opinión. Suprimí algunas partes para solucionar la longitud y traté de hacerlo un poco menos tedioso; también intenté poner congruencia a lo incongruente, aunque me parece que no logré los resultados que me habría gustado lograr. Espero que disfruten leyéndolo de todos modos. Y espero que sepan pasar por alto todos los errores garrafales que debo haber cometido.

Ojalá estén bien de salud, bien con sus estudios, bien con sus familias, bien en general.


Y es pensar, sentir,

Que eres tú mi último fin.

Hoy es 20 de diciembre, jueves.

Para muchas criaturitas – la mitad de tus sobrinos entre todas ellas, ni más ni menos – esto significa que faltan apenas días para la llegada de Santa Claus, apenas días para despertar y encontrar el hermoso árbol de Navidad que decorarán pronto rodeado con muchísimos regalos envueltos en vistosos colores.

Para muchas familias esto significa que faltan apenas días para verse reunidas alrededor de la mesa, seres queridos que viajan desde lejos para visitar a sus hogares serán recibidos con cálidos abrazos, se intercambiarán buenos deseos y se brindará por la salud, el trabajo y el amor.

Para muchos solitarios que han pasado por determinadas circunstancias que los han llevado a terminar carentes de afecto, carentes de una caricia, carentes de cariño, carentes de una palabra de apoyo, carentes de un amigo, carentes de un techo, carentes de un abrazo, faltan apenas días para que la soledad que los persigue como un fantasma se vuelva más fría, más cruda, más amarga, más insoportable. Muchos de ellos elegirán ponerle un alto y pasarán a engrosar las listas de los que jalaron el gatillo, se pasaron la soga por el cuello o dejaron la llave de gas encendida a propósito porque la perspectiva de otra Navidad sumidos en la angustia era tan negra que prefirieron cerrar los ojos y no volver a abrirlos antes que tener que enfrentarse a ese dolor tan conocido que sienten los que se han quedado absolutamente sin nadie en quien puedan confiar, sin nadie que les preste un hombro sobre el cual reposar la cabeza.

Para muchos empresarios ávidos de amasar fortunas esto significa que en apenas días podrán ver cuánto han subido las ventas en comparación a años anteriores, compitiendo entre ellos por el primer puesto entre las grandes cadenas del que sea su rubro.

Para vos esto significa que faltan apenas días para que mirándola a los ojos y con su rostro acunado entre tus manos le entregues en la forma material de un anillo un símbolo material de la unión indestructible e infinita que existe entre los dos.

Días, apenas días. Ése es el único pensamiento en tu cabeza. Cada segundo que pasa es uno menos, cada minuto que muere en el reloj te lleva más cerca, cada hora es un paso que das hacia adelante en dirección a esa eternidad que querés compartir con ella. Los segundos hacen a los minutos, los minutos a las horas, y de horas están hechos los días, y cada día que transcurre es uno más que vivís con la ilusión de ver sus ojos brillando intensamente cuando la sorprendas dentro de apenas días.

La propuesta no es la sorpresa, no. Ella sabe que va a suceder, lo ha sabido desde hace mucho tiempo. Lo intuye, puede verlo en tu mirada, puede oírlo en tu voz, puede percibirlo. Ella sabe que es tu destino, ella sabe que no aguantás más, ella sabe que en cualquier momento podrías simplemente caer de rodillas y hacer esa pregunta a la que ella no tardará ni media fracción de segundo en contestar.

La sorpresa es otra cosa. Es algo que no se imagina, y de eso estás seguro. Es algo que planeaste cuidadosamente, tan cuidadosamente que apostarías cada gota de sangre en tus venas a que jamás cruzaría por la cabeza de Michelle idea ni un poquitito semejante a la sorpresa que va a acompañar esa pregunta que vos morís por hacer y ella muere por contestar. Te encargaste de convertir en imposibles las probabilidades de que Michelle llegara a sospechar lo que traes entre manos, mucho menos confirmarlo.

Días, apenas días pensás, la ansiedad provocando que tu corazón lata desaforadamente contra tu pecho. No podés controlar las ganas de sonreír, porque hoy ya es 20 de diciembre, porque falta cada vez menos, porque ya sabés cuál es tu fin en la vida, ya sabés por qué naciste: ella es tu último fin. No podés dejar de sonreír porque sentís en la sangre, en los huesos, en los músculos, en la piel, en el oxígeno que alimenta tus pulmones, en tus vértebras, en cada célula de tu cuerpo, en cada terminación nerviosa, que falta cada vez menos para que tu alma vuelva a unirse con su otra mitad, para siempre.

Días, apenas días. No podés contener un suspiro al imaginar nuevamente esa escena que llevás semanas imaginando, esa escena que ya has escrito y reescrito miles de veces hasta lograr que quede perfecta, esa escena que vas a convertir en realidad dentro de tan poquitito.

Menos de una semana, una vocecita repite en tu cabeza con insistencia. Días, apenas días.

Y sonreís. Y así pasás la primera parte de este jueves 20: con una sonrisa en el rostro, tu corazón latiendo contento, vocecitas que susurran juguetonas en tus oídos recordándote que cada segundo que se lleva el reloj es uno menos, recuerdos que te envuelven entibiándote de arriba a abajo como si ella con sus brazos estuviera estrechándote, fotos que aparecen destellando delante de vos como instantáneas y que plasman esa idea tan perfecta que tenés planeada y que vas a llevar a cabo en Navidad.

La segunda mitad de la tarde, sin embargo, es interrumpida por un llamado telefónico.

"Almeida" contestás automáticamente al llevarte el auricular al oído, sin apartar los ojos del papel que estás revisando, una lapicera sostenida entre tus dedos mientras garabateas a los costados de la hoja diversas correcciones a realizar.

Las siguientes dos palabras que llegan del otro lado de la línea provocan que ceses de golpe. El bolígrafo cae inerte a un lado de tu escritorio y aunque tu mirada sigue fija, lo único que tu cerebro distingue son líneas negras borrosas y sin sentido.

"Hola, hijo"

¿Estabas esperando este llamado? Sí. Habías decidido no pensar mucho en la latente posibilidad de que sucediera, pero sí estabas esperándolo, y te hubiera sorprendido más que no sucediera de lo que te sorprende ahora. No es sorpresa lo que provoca que tu corazón esté acelerado, que de pronto el espacio en el que te encontrás se haya desdibujado hasta quedar hecho una mancha gigantesca a tu alrededor; no es desconcierto tampoco. Tus reacciones son, en realidad, fruto del miedo.

Miedo a enfrentarte a tu familia una vez más, no porque no estés seguro de lo que sentís o lo que creés, no porque tengas dudas, no porque puedan ponerte en jaque, sino porque temés que te lastimen hondamente de nuevo.

Miedo a escuchar lo que tengan para decir, no porque puedan llegar a convencerte de que estás equivocándote, no porque puedan moverte la cabeza y confundirte, sino porque últimamente todo lo que viene de ellos te hiere tanto que las heridas sangran hasta que prácticamente llegás a la agonía.

Miedo al daño que puedan infligirte con su incomprensión, con su incapacidad para entenderte, con sus ideas erróneas sobre las culturas que no deben mezclarse para no perder pureza.

Miedo al daño que puedan infligirle a Michelle a través de vos, porque cuando vos estás mal ella lo nota, por mucho que te esfuerces en ocultarlo ella sabe leer más allá, sabe encontrar en tus ojos y en tus expresiones cosas que otros pasarían por alto fácilmente, y no tardaría en darse cuenta de que algo está mal, de que tu corazón tiene nuevas astillas clavadas, de que hay algo que está acongojándote. Y cuando vos sufrís, Michelle sufre, y no hay nada que te destroce tanto como verla sufrir.

Miedo a que te decepcionen nuevamente, como ya vienen decepcionándote repetidas veces desde hace rato, desde que salieron con todas esas estupideces sobre las etnias, las culturas, las herencias genéticas y vaya a saber uno cuántas otras ridiculeces que no tienen peso alguno comparadas con el amor que te consume con una fuerza tan grande que no podrías imaginar tu existencia sobre esta Tierra si no lo tuvieras para dictar los latidos de tu corazón y el flujo de sangre corriendo por tus venas.

Miedo a que aparezcan con esos argumentos que te destrozan, no porque exista la más remota posibilidad de que sean ciertos o escondan algo de verdad, sino porque te hace mal saber que tus padres, los que lucharon para estar juntos, los que se llevaron todo por delante sin preocuparse por las consecuencias porque solamente querían hacerse felices el uno al otro, aquellos que te dieron la vida, aquellos que deberían acompañarte en cada paso que decidas tomar, piensan que Michelle no es la indicada, sin detenerse a considerar que están haciéndote lo mismo que tus abuelos maternos le hicieron a ellos, sin detenerse a considerar que es tu corazón el que debe decidir si Michelle es o no la indicada.

Das un largo suspiro, inhalás, y luego de dos segundos que se sienten como una eternidad lo suficientemente pesada para quebrarte en dos, lo saludás, encontrando tu voz en algún lugar de tu interior y empujando las palabras hacia arriba por tu garganta, hasta que finalmente se convierten en sonido:

"Hola, papá"

"¿Estoy llamando en mal momento?" pregunta al notar algo extraño en tu voz que no sabrías bien cómo describir.

Tragás con dificultad antes de contestar con la verdad:

"No; de hecho, estamos teniendo un día bastante tranquilo"

"Me alegra escuchar eso. Dispones de algo de tiempo para hablar, ¿entonces?"

Volvés a tragar con dificultad antes de contestar, nuevamente, con la verdad:

"Sí"

Escuchás a tu padre inhalar y exhalar pesadamente por el auricular del teléfono. Esas pequeñas moléculas de aire que se cuelan por entre sus labios forman aquél sonido característico suyo cuando está armándose de paciencia para abordar un tema delicado, y sabés que lo que sea que ello signifique en este contexto no puede ser bueno. El único tema delicado del cual se te ocurre tu papá podría querer hablarte es de tu relación con Michelle, teniendo en cuenta que cada vez que lo llamaste durante el pasado mes para hablar sobre el fallecimiento de tu abuela siempre encontró excusas para acabar la conversación antes de echarse a llorar desconsoladamente, dejando bien en claro sin tener que ser explícito que no desea discutir la pérdida de su madre con ninguno de sus hijos.

Y no querés que te hable de Michelle. No querés que nadie de tu familia se meta en tu relación con Michelle. No querés que ninguno de ellos venga a llenarte la cabeza con sus dagas empapadas en veneno. No querés terminar estallando como estallaste cuando Gabrielle te llamó algunos días atrás.

Pero antes de que puedas poner objeción alguna tú papá se lanza a hablar, su voz pesada y cargada de preocupación:

"Tu madre está muy angustiada, Anthony. Estuvo llorando mucho anoche porque no vas a venir a Chicago para pasar Navidad y Año Nuevo con nosotros"

Un nudo se forma en tu garganta, un nudo tan apretado que apenas podés respirar. Tu mamá no tiene razón sobre esto aunque a ella le gusta pensar que sí es dueña de la verdad, tu mamá está profundamente equivocada y está cometiendo un error al grave, pero eso no significa que seas inmune: la sensación que le da a un hijo el llanto de su madre es casi tan terrible y desgarradora como la que la madre siente cuando el llanto de su hijo alcanza sus oídos. No te gusta que tu mamá llore…, sin embargo, eso no significa que con su llanto pueda manipularte (o mejor dicho, mandar a otros a manipularte) para que le des la razón y cedas a sus caprichos.

"Papá" suspirás "…, para ser totalmente honesto, a mi también me angustia el punto al que llegó esta situación…" comenzás.

Y él se da cuenta de que aquella oración quedó con puntos suspensivos y que el silencio que sigue a ella y que parece flotar entre los dos por segundos demasiado densos continuará con un 'pero', un 'pero' que él prefiere decir antes de que lo agregues vos, un 'pero' al que él acurruca entre signos de interrogación:

"¿Pero…?"

"… Las cosas son complicadas" resumís con un resoplido, si a ese puñado de palabras puede considerárselo un buen resumen de una situación demasiado compleja, tan compleja que a veces cuando la pensás y analizás en tus momentos de masoquismo ni vos la entendés.

"Las cosas no tienen porqué ser complicadas, Anthony…"

Las palabras de tu papá te dan ganas de reír amargamente. Las cosas no tendrían por qué ser complicadas, claro que no. Las cosas podrían ser verdaderamente sencillas. Las cosas podrían haberse desarrollado de otro modo. Tus padres podrían haber dejado toda esa ridiculez sobre las razas y las etnias y las costumbres y los genes y la herencia cultural y simplemente aceptar con una sonrisa y con alegría que encontraste a la persona que te complementa, la persona que te hace feliz, la persona a la que querés estar unido por el resto de tu existencia. Las cosas son complicadas porque la mitad de tu familia tiene problemas para aceptar que te enamoraste de una chica asiática y no del estereotipo latino que ellos hubieran preferido.

Las complicaciones no vienen de tu lado, las complicaciones vienen del suyo, algo que no tenés inconveniente en señalar con una voz tan neutra que hasta no parece tuya:

"Lo sé. Son ustedes quienes las complican"

Tu papá inhala y exhala pesadamente otra vez, y te das cuenta de que con esa sola frase colmaste sus reservas de paciencia (lo cual es decir mucho, porque tu padre es verdaderamente un hombre paciente, probablemente uno de los seres humanos más pacientes que conocés) y que debe tomarse un momento antes de hablar otra vez.

"Tony" la forma en la que llama tu nombre te recuerda a tu niñez, cuando debía explicarte porqué algo no era posible o porqué algo que deseabas no podía serte concedido. Te sentís otra vez como si fueras una criatura a la que tienen que hacer entender que dos más dos son cuatro "… Todo el asunto de esta chica…"

Te ves en la obligación de interrumpirlo, respondiendo a lo que podría denominarse un impulso automático que no viste venir pero que no podés controlar, un impulso automático que te ataca de golpe, electrocutándote como una corriente eléctrica, provocando que tu corazón deje de latir por un doloroso segundo y luego se lance otra vez con palpitaciones tan violentas que lastiman el pecho y las costillas.

Todo el asunto de esta chica…

Esas palabras resuenan en tus oídos, martillando con fuerza, perforándote el cráneo con agudeza, punzando y punzando. 'Esta chica', tu papá no pretendió que sonara despectivo ni tampoco fue despectivo su tono, pero te recordó demasiado a cómo otros solían tratar a Michelle cuando casi un año atrás comenzó a trabajar en la CTU, cuando no era más que la chica nueva, aquella que había sido trasladada desde las oficinas de División, aquella chica tímida y callada a la que todos ignoraban.

'La chica nueva', le dicen todos.

Y nadie se fija realmente en ella.

La chica nueva, le decían todos, y nadie se fijaba realmente en ella. 'Esa chica', le decían todos, y nadie se molestaba en aprender su nombre, nadie se molestaba en conocerla, nadie se molestaba en fijarse en su belleza o en su inteligencia, nadie se molestaba en notarla, nadie se molestaba en tenerla en cuenta.

La chica nueva, ésa que demostró enseguida ser eficiente.

La chica nueva, ésa que se enfrentó a su jefe y obró como creía correcto para evitar que su país entrara en una guerra basándose en información falsa, sin preocuparse por las consecuencias que su insubordinación podría provocar, sin preocuparse por lo que pudiera sucederle a ella.

Y miren ahora a dónde llegó la chica nueva: segunda en comando de la Unidad Antiterrorista de la ciudad de Los Angeles, California. 'La chica nueva' es ahora la jefa de todos, y sin embargo es tan humilde y tan buena que jamás usaría su poder para pisar cabezas o para alzarse por sobre los demás, tampoco se considera superior.

Ahora es la agente Michelle Dessler. Ahora es la jefa. Ahora es la analista de datos e ingeniera en sistemas brillante a la que todos recurren porque está al mando. Ahora es una de las figuras más importantes en la CTU. Y sigue siendo humilde, educada, reservada y profesional, pero en el fondo aun es esa nena tímida e inocente que nunca tuvo amigos y que pasó las primeras semanas en la Unidad que ahora codirige sintiéndose tan rechazada como en todos los lugares en los que antes había tratado de encajar, con un jefe incompetente que la llamaba por su apellido porque no se animaba a pronunciar su nombre, un jefe tan perdidamente enamorado de ella que todos sus argumentos y metodologías se volvían humo dejándolo incapaz de defenderla. No vas a permitir que se siente dejada de lado, apartada, insignificante o discriminada otra vez, nunca.

"Esa chica tiene nombre" aclarás cortantemente "No es una cualquiera…"

Es probable que estés exagerando; aquella partecita tuya a la que no domina la pasión, esa partecita muy, muy pequeñita que aun tiene la capacidad de usar el raciocino, sabe que tu papá no quiso referirse a Michelle despectivamente o con malicia: quizá él no acepte que te hayas enamorado de una chica de otra raza, pero tu papá es una buena persona y aprendiste de él cómo ser un caballero. Pero no podés evitar irritarte, no podés evitar ponerte molesto por la más mínima cosa, no podés evitar dar rienda suelta a la necesidad de aflojarte un poco y soltar algo de toda esa presión que tenés en el pecho.

"Tony, estás poniéndote a la defensiva sin motivos" tu papá señala con voz calma "No tengo intenciones de que acabemos discutiendo. Te llamé porque quiero que tengamos la oportunidad de hablar las cosas como dos adultos y encontrar una solución para esto"

Hay sinceridad en su voz, en esa voz que te leía cuentos antes de que te fueras a dormir cuando eras un nene que se negaba a irse a la cama antes de que su papá llegara del trabajo… Esa voz con la que tanta veces te dio consejos… Esa voz que se quiebra cuando le preguntás cómo se siente después de todo lo que pasó y él trata de cambiar de tema porque no quiere ahondar sobre la pérdida de su madre…

Tu papá está siendo sincero. Te lo dice tu instinto, te lo dice tu corazón, te lo dice la intuición. En las palabras de tu papá encontrás la sinceridad que faltaba en Gabrielle cuando te llamó hace casi diez días, probablemente bajo las órdenes de tu mamá. Y es esa sinceridad lo que te desconcierta, porque de repente te ves en el medio de dos preguntas que no podés contestar, dos interrogantes tan grandes que bien podrían aplastarte como a una cucaracha: ¿está llamando porque de verdad le interesa tener la oportunidad de hablar del tema con la cabeza más despejada?, ¿o tu mamá está usando su influencia sobre él para que te sonsaque información o te convenza de algo?

"Si estás tenso o nervioso, preferiría que colgáramos y conversáramos en otro momento" propone ", porque de nada serviría chocarme contra tu temperamento, eso es lo último que deseo"

Suspirás, inhalás, exhalás, volvés a suspirar, tratás de relajar los músculos. Hay sinceridad en esa voz, te recordás, la voz del hombre que te crió, la voz del hombre al que admirás por haber luchado tanto en cada etapa de su vida, la voz del hombre que ya llevó dos hijos a la sepultura y que no quisiera ver sufrir a otro.

Es tu padre. Si quiere hablar con vos, deberías escucharlo, escucharlo como vos deseás ser escuchado. Es tu padre, y aunque tengan opiniones distintas y vean las cosas de diferente manera, aunque vos creás tener la razón y él crea que la verdad es suya, tenés que escucharlo, incluso si te carcome por dentro el miedo a que te hiera o decepcione si demuestra no haber cambiado su postura.

"Papá, lamento muchísimo que mamá esté angustiada, de verdad" tu voz está empapada de sinceridad y tu corazón duele, porque es tu madre y la amás aunque las cosas se hayan vuelto tan complicadas "Yo también estoy angustiado" confesás, mostrando por primera vez en mucho tiempo vulnerabilidad a otra persona que no sea Michelle, mostrando lo mucho que todo esto te afecta, dejando caer aquella máscara que usás siempre, permitiendo que sobresalga tu costado más humano y menos robotizado.

La voz de tu papá se quiebra cuando prácticamente te ruega con un tono conmovedor y cargado de emoción:

"Vení a casa, hijo. Por favor. Vení a casa, vení a pasar Navidad con tu familia…" implora casi con desesperación, desesperación que trata de ocultar pero que de todos modos se cuela y tiñe la frase.

Vení a casa, hijo.

Las palabras retumban en tu cabeza, haciendo eco contra las paredes de tu cráneo, magnificándose en volumen cada vez que tu corazón late, tan rápido que te duele el pecho, no sabés si por la angustia o simplemente porque el músculo que se encarga de que la sangre fluya hacia el cerebro está totalmente acelerado.

Tu padre está rogándote que vayas a casa, que vayas a pasar la Navidad con tu familia. Está rogándote porque quiere que tu mamá esté bien, quiere lograr que deje de llorar, quiere darle la alegría de tenerte allí en víspera de Navidad. Pero eso no va a ser posible. Te parte el alma que esto esté sucediendo, pero no vas a ceder, no vas a cambiar de opinión, no vas a cambiar tu postura, no vas a dejar a Michelle a un lado. El dolor que te provoca saber que tu mamá está sufriendo con todo esto (sufriendo por su incapacidad para ver más allá de sus estereotipos y preconceptos una vocecita agrega en tu cabeza) es intenso, pero no por eso olvidás el dolor que te provocó ella cuando te dijo todas esas cosas aquella noche en la que abriste tu corazón delante de ellos y expusiste tus más profundos sentimientos en búsqueda de comprensión, encontrando sólo decepción.

"Mamá me dijo que no quería que viajara a Chicago con Michelle otra vez" señalás, tratando de mantener un tono de voz tan calmo como posible "Me dejó en claro que las fiestas son para pasar en familia, y que ella no desea que Michelle sea parte de nuestra familia porque no es como nosotros"

Cada vez que una palabra sube por tu garganta, la sentís quemándote. Cada vez que una palabra sale por entre tus labios, escuchás esas mismas frases dichas por tu mamá torturándote como si estuvieran acuchillándote muy despacio, con una dulzura morbosa casi.

La misma mamá que te acunó en su vientre durante nueve meses y luego te dio a luz, la misma mamá que cuando eras chiquitito te leía cuentos hasta que te quedabas dormido, la misma mamá que daría la vida por sus hijos, la misma mamá que les contó cuánto tuvo que luchar para estar con el amor de su vida y lo lejos que tuvo que huir para poder hacer realidad los sueños que sus padres comprendían, la misma mamá que les enseñó lo que es el sacrificio y los frutos que éste rinde cuando se hace de todo corazón, esa misma mamá que te consoló cuando Nina te dejó revolcándote en un charco con tu propia sangre y totalmente hundido en la miseria y creyendo que jamás volverías a ser capaz de confiar en otro ser humano, esa misma mamá que te abrazó mientras llorabas porque te sentías culpable por cómo las cosas habían terminado esa media noche cuando encontraron a Teri Bauer muerta, esa misma mamá no quiere que la mujer que amás sea parte de la familia porque es distinta a ustedes. Esa misma mamá que también es una esposa ejemplar y una abuela excelente, esa misma mamá que tu papá dice está angustiadísima porque no vas a ir a pasar las fiestas con ellos, esa mamá es la que te dejó bien en claro que Michelle no es bienvenida en su casa, no porque sea asiática, porque tu mamá no tiene nada contra ninguna raza; Michelle Dessler no es bienvenida en tu casa porque a tu mamá se le metió en la cabeza el capricho de que es veneno para vos, una enfermedad que está contaminándote, y lo mismo da que sea asiática, rusa, alemana o africana: no es latina y quiere casarse con vos, ambas cosas suficientes para que califique como merecedora de desprecio.

Tu mamá quiere que vos vayas para las fiestas, pero no quiere que Michelle vaya. Eso es ponerte contra la espada y la pared. Eso es arrastrarte hasta el borde del precipicio. Con un arma imaginaria te apunta a la sien y al disparar el gatillo salen de su boca palabras como esas que te dijo, palabras que después hacen eco en lo que otros – como tu papá – te dicen en su misión de tratar que 'entres en razón'.

Tu mamá ya se encargó de que te quedara claro como el agua que contás con dos opciones y que es o blanco o negro porque con ella no habrá grises: o te quedás en Los Angeles con Michelle, o dejás a Michelle en Los Angeles y viajás a Chicago para estar con ellos.

"Papá, vos me conocés bien: ¿me creés capaz de dejar a la mujer que amo sola en Navidad?, ¿me creés capaz de abandonarla e irme con ustedes como si no me dolieran las cosas que me dicen, como si no me doliera que la discriminen?"

Son todas preguntas retóricas, preguntas retóricas dichas casi en un susurro, dichas rápidamente porque las palabras te queman en la lengua como un millar de emociones complejas te queman por dentro.

"Michelle es todo, absolutamente todo para mí" ya se los habías dicho un mes y medio atrás, pero no vas a cansarte de decirlo hasta que lo entiendan, mil millones de veces si es necesario "Si por una diferencia étnica o cultural ustedes no pueden aceptar que es la persona con la que quiero pasar el resto de mi vida, la persona que me hace inmensamente feliz…"

Las frases se pierden en tu garganta, disolviéndose alrededor de ese nudo fuerte y apretado, endureciéndolo, volviéndolo más fuerte, porque todo lo que no decís se vuelve contra vos y se convierte en lo que nutre a las armas con el potencial para destruirte, para hacerte daño, para acabarte.

Chasqueás la lengua en señal de frustración porque te cuesta dar forma a todos tus sentimientos, te cuesta moldear las sensaciones como si fueran arcilla. Te lanzás otra vez, con mayor soltura y sin titubear.

"Papá, todo esto me lastima mucho a mí, no creas que no me hace mal. Mamá está poniéndome entre la espada y la pared: injustamente me obliga a elegir entre ustedes y la mujer que amo, sabiendo bien cuál de las dos opciones voy a escoger. No me da alternativas, no da lugar al diálogo: o las cosas son como ella quiere, o no son, y si uno la contradice se ofende" seguís sin dar lugar a interrupciones; si te detuvieras, si pararas, quizá no podrías retomar después, quizá todo eso que tenés dentro volvería a quedar encerrado bajo llave y tendrías que seguir cargando el peso "Mamá y sus actitudes son los motivos por los cuales no voy a ir a Chicago, y eso nadie lo puede negar"

Sería algo muy hipócrita negarlo pensás con ansiedad. Por favor, papá, vos nunca fuiste un hipócrita, no me decepciones ahora.

El silencio es todo lo que encontrás del otro lado de la línea, lo cual es, de alguna manera, un alivio, quizá hasta un alivio mayor si se lo compara con aquél que te provoca estar expresando mucho de todo esto que tenés embotellado.

"Michelle jamás ha hablado mal de ustedes, más bien todo lo contrario, y si mamá nos hubiera invitado a ambos, si se hubiera tragado su orgullo latino, si hubiera aceptado a Michelle, si se hubiera mostrado comprensiva, si hubiera entendido todo lo que traté de explicarle esa noche en la que prácticamente vacié mi corazón delante de ustedes, esto no estaría pasando"

Y no me lo podés negar, porque negarlo sería algo verdaderamente hipócrita. Por favor, papá, no me decepciones ahora. Vos nunca fuiste hipócrita, no me decepciones… la voz sigue repitiendo en tu oído, dentro de tu cabeza, el sonido abrazándote por dentro y apretujándote con fuerza.

Hacés una pausa para darle derecho a réplica, casi desafiándolo silenciosamente a que se anime a contradecirte, pero no encontrás respuesta alguna.

"Mamá me dijo que no quería que llevara a Michelle a Chicago para el Día de Acción de Gracias, que sólo quería que fuera yo" tomás aire "Ya sabés lo que pasó: le dije que no iba a ir, y no fui" le recordás "Le demostré que no estaba amenazándola ni nada por el estilo, le demostré que mis palabras fueron serias"

Y pensé que iba a aprender. Pensé que iba a comprender. Creí que iba a recapacitar. Creí que así vería cómo son realmente las cosas. Pensé que ése sería el empujón necesario para que aceptara cómo es esto. Pensé que iba a ser el shock eléctrico que le devolvería algo de sentido…

Pero no resultó.

Tu mamá está haciendo lo mismo otra vez.

Exactamente lo mismo.

Quizá porque piensa que va a obtener resultados diferentes.

Quizá porque cree que esta vez vas a ceder.

Quizá porque a pesar de ser una mujer inteligente e instruida nunca entendió que sólo los locos hacen una y otra vez lo mismo esperando que algo diferente surja de ello.

Quizá porque tiene una vena de orgullo más grande de lo que te imaginás.

Quizá porque este no va a hacer el caso que haga la excepción a la regla, por eso va a aferrarse a la esperanza, porque ella siempre ha dicho que la esperanza es lo último que se pierde.

Quizá porque es tan testaruda que preferiría darse la cabeza contra la pared diez millones de veces antes que bajar los brazos, rendirse y dar un paso atrás.

Volvés a respirar antes de hablar, porque no querés decir algo equivocado, no querés descontrolarte, no querés que te gane el mal temperamento y acabar explotando, pero te resulta verdaderamente difícil: antes podías hacer de cuenta que eras un robot, antes podías empaparte en hielo y parecer frío y distante, antes podías darte el lujo de actuar como si nada te importara, pero ahora eso ya no es posible, porque amar a Michelle es lo que te volvió más humano de lo que alguna vez fuiste y cuando se trata de cualquier cosa relacionada a ella sencillamente no podés aguantar mucho en posición 'controlado'.

"Ahora está haciendo lo mismo otra vez: quiere que vaya a casa para Navidad, pero se niega a recibir a Michelle porque 'no encaja en nuestra familia', simplemente porque tiene otro color de piel y raíces asiáticas, simplemente porque no llena las expectativas que mamá tenía"

La última frase es dicha con una fuerte cuota de desprecio, repugnancia y decepción embebiendo tu lengua. Tu papá lo nota, y se ve que es ése el límite de su paciencia, porque entonces hace el intento de interrumpirte llamando tu nombre:

"Anthony…"

Pero vos no te detenés, vos lo pasás por alto. Porque ya te largaste a hablar. Porque ya estás sacando de adentro todo eso que tenés acumulad, presionándote, haciéndote daño, generando veneno que se mezcla con tu sangre e inflige dolor a tu corazón cada vez que late cuando estás sumido en recuerdos y reflexiones sobre lo que tu familia te ha dicho sobre Michelle y lo que ellos opinan o creen que es mejor para vos sin tener en cuenta lo que vos sabés que necesitás, lo que vos sabés que es indispensable para vivir y ser feliz.

"Papá, respondé una sola cosa" le pedís con voz calma pero determinada ": de estar en mi lugar, ¿no harías lo mismo?" planteás el caso hipotético "¿No harías todo por mamá? ¿Ella y vos no hicieron todo el uno por el otro?" no levantás el tono, pero tu voz sí se tiñe de ansiedad e intensidad, desesperado por escuchar la respuesta directa que esperás te dé… Desesperado por escuchar una respuesta directa porque, caso contrario, te sentirías hondamente decepcionado una vez más.

"Sí" contesta con firmeza "Pero las circunstancias…"

Lo interrumpís, tu corazón latiendo con fuerza y demasiado rápido, la sangre martillando tus sienes:

"No me digas que las circunstancias eran distintas, porque no lo son: sus padres no te aceptaban, pensaban que eras menos, que no la merecías, ni siquiera te conocían pero de todos modos te juzgaron cruelmente porque no tenías ni un centavo en los bolsillos. Pero a ustedes dos eso no les importó y se enfrentaron a todos los obstáculos que les arrojaron en el camino"

Escuchaste esta historia mil veces, la sabés de memoria, es – aunque quizá nunca lo hayas admitido delante de ellos – una de tus historias favoritas, es algo que siempre hizo que te sintieras profundamente orgulloso de tus padres… Es la historia que permitió que creyeras en el amor como algo que puede sucederle a algunos afortunados en lugar de quedarte en una postura cínica cuyo manifiesto es 'el amor no existe para nadie, es un mito, una mentira'.

La primera historia de amor que conociste, la única en la que creíste durante treinta y cuatro largos años, fue la de tus padres. Conocés cada detalle. Conocés cada uno de los obstáculos que tuvieron que enfrentar, conocés todos los sacrificios que tuvieron que hacer, sabés bien cuánto sufrieron y cuánto tuvieron que abandonar para poder hacer sus vidas como quisieron hacerlas, cuánto tuvieron que esforzarse para cumplir los sueños forjados juntos y llegar a donde llegaron como pareja, como padres, como abuelos, como profesionales, siempre apoyándose el uno en el otro, siempre buscando refugio en el otro, siempre sacando voluntad del amor entre los dos.

Y en esa historia de amor creíste. Solías pensar que el amor verdadero no iba a llegarte, que tu abuela sólo te decía que un día conocerías a alguien especial simplemente porque ella quería que eso sucediera y tenía fe en que sucedería eventualmente; solías pensar que el amor verdadero estaba reservado para un selecto grupo de almas bendecidas por la posibilidad de encontrar a su otra mitad, aquella por la que darían la vida y arriesgarían hasta la última gota de sangre corriendo en sus venas. Pero nunca dudaste del amor entre tus padres, nunca dudaste de que ellos fueran de esos pocos seres vivos a los que Dios les envía la posibilidad de experimentar sentimientos demasiado fuertes y complejos para el entendimiento general.

Seguís creyendo en esa historia de amor, por supuesto, y es una historia de la que nunca vas a dudar.

Lo que te cuesta comprender, lo que te duele en el alma, lo que te parte al medio, es que esas dos personas tan sabias a las que llamás papá y mamá estén cometiendo el último error que hubieras imaginado ellos podrían cometer: hacer con su hijo lo mismo que tus abuelos maternos hicieron con tu mamá, poniendo trabas y obstáculos y complicándoles el camino, subestimando sus sentimientos, pasando por alto su voluntad en su afán de imponer la suya propia, aferrándose a estereotipos caprichosos para mantener algo de tan poco peso como 'la pureza de la raza'.

Ellos habían hecho frente a todo sin miedo, ¿y ahora están esperando que vos ante lo mismo cedieras, te hicieras un ovillo y quedaras escondido en un rincón? ¿Ellos esperan que te rindieras? ¿Ellos se dan el lujo de llenarse la boca con un discurso demasiado similar al que habían combatido en su juventud? ¿Ellos ahora cometen los mismos errores contra los que habían luchado? ¿Ellos ahora pretenden que te hagas a un lado y no luches por aquello en lo que creés? ¿Ellos piensan que no vas a defender a Michelle como se defenderían el uno al otro?

Es de todas estas reflexiones profundas que corren en tu cabeza a la velocidad de la luz que nace la siguiente frase, lanzada en un arrebato de bronca acumulada

"Lo menos que pueden esperar del hijo que criaron es que actúe igual ante los mismos obstáculos" no levantás la voz pero sí tenés los dientes apretados y estás tan tenso que sentís tus músculos y tus huesos podrían quebrarse en cualquier momento, incapaces de seguir soportando tanto enojo, tanta decepción, tanta angustia, tanta confusión, tantas emociones todas juntas.

El silencio que encuentran tus oídos del otro lado de la línea dura apenas segundos, pero eso es todo lo que necesitás para saber que tuviste en tu padre el impacto deseado.

Cuando vuelve a hablar, titubea ligeramente y lo hace en un susurro al cual le darías colores oscuros si tuvieras que pintarlo en un lienzo:

"¿Tan convencido estás de que ella es…?"

No permitís que acabe de llenar el espacio entre esos dos signos de interrogación, pues lo que acurrucan no vale la pena, no cuando tenés tan en claro cómo son las cosas, no cuando tus sentimientos son tan fuertes que es imposible alguien despierte dudas sobre ellos, no cuando te parece un ultrajo que alguien cuestione la fuerza de ese amor que te consume y sin el cual por la tristeza y la desolación serías brutalmente consumido.

"Cuando se trata de ella no hay nada de lo que no esté convencido"

Otra vez silencio es lo que encontrás del otro lado de la línea, frío como el acero y tan denso que un cuchillo podría penetrarlo.

Cuando la voz de tu papá vuelve a llenar el ambiente, es mucho más calma y serena de lo que hubieras esperado teniendo en cuenta el pequeño estallido con el que lo confrontaste, pero sigue teniendo ese tinte que te hace sentir como si te considerara una criaturita a la que debe explicarle por qué algo absurdo en lo que cree a rajatabla no es real ni jamás lo fue o será.

"Hijo, más allá de que…"

Pausa tensa.

Retoma otra vez, dibujando de nuevo las palabras, queriendo formar una frase:

"… Bueno, debo ser honesto con vos…"

Honestidad. Valorás la honestidad. Buscás la honestidad en las personas. ¿Pero la honestidad no lástima también cuando creemos que alguien es de una manera o que actuaría o reaccionaría de determinado modo y luego acaba demostrándonos lo contrario? ¿La honestidad no puede traer también cierta cuota de decepción? ¿La honestidad no tiene a veces un precio alto? ¿La honestidad no se siente a veces como un puñetazo en el estómago?

En todo eso debe estar pensando tu papá, porque se vuelve a detener, otra pausa llenando esta conversación tan marcada por agujeros silenciosos. Debe tener miedo de herirte, por eso debe medirse, por eso debe cuidarse de lo que va a decir y de cómo va a decirlo, para no frasear las cosas de manera equivocada, para no meter el dedo en la yaga, para no darte otro golpe al pecho como tu mamá cuando quedaron envueltos en esa acalorada discusión un mes y medio atrás.

Apreciás el gesto, pero preferís la verdad pura, cruda y amarga antes que un montoncito de mentiras edulcoradas de la boca de tu padre. No querés que te mienta, vas a elegir siempre la honestidad si te dan la posibilidad de escoger con cuál de las dos opciones te quedás.

"Papá, no te andes con rodeos" le pedís "Nada de lo que puedas decir va a lastimarme más de lo que ya estoy lastimado"

Sin embargo, se te cierra la garganta, el nudo cruzándola más duro y apretado que nunca, la mano que no está sosteniendo el auricular del teléfono se cierra en un puño con tanta fuerza que tus uñas se clavan en la palma, tus músculos se tensan aun más y tus palpitaciones suben hasta el techo.

Que nada vaya a lastimarte más de lo que ya te ha lastimado toda esta situación no quiere decir que las heridas no duelan, que los golpes no te hagan mal, que la sangre corra y viejas lastimaduras se reabran y los procesos de cicatrización se detengan y vuelvas al casillero anterior. Es como con tu trabajo: estás preparado para muchas cosas, pero que estés preparado no implica que no vaya a doler.

"Más allá de que esta chica" comienza, pero se corrige enseguida "… Más allá de que Michelle" vuelve a mostrarse dubitativo "… venga de una familia distinta a la nuestra, de una cultura distinta de la nuestra…, más allá de que yo hubiera preferido que te enamoraras de alguien que perteneciera a nuestra comunidad, lo que más me preocupa a mí, hijo, es que salgas herido otra vez, que termines igual de destrozado que antes…"

No esperás a que termine de hablar.

Tu respuesta es automática e impulsiva y nace directo desde lo más profundo de tu corazón:

"Eso no va a suceder" prometés con firmeza.

"¿Cómo podés estar tan seguro?" aquella pregunta hecha por tu papá se siente casi como un ruego, una imploración: él no está seguro de que vayas a salir ileso esta vez, no tiene garantías de que vas a salir intacto.

Es en este momento que comprendés que su temor más grande es ver a otro hijo ahogarse, hundirse, desaparecer en las tinieblas, otra vez, incapaz de rescatarlo, incapaz de sacarlo del oscuro hoyo de la depresión. Ya sucedió en una ocasión, y a tu papá lo aterroriza la posibilidad de que haya una segunda. Tu papá no quiere verte sufrir, no podría aguantar que la historia se repitiera. Y quizá si pudieras convencerlo de que Michelle va a cuidarte tanto como vos cuidás de ella, si pudieras convencerlo de que es por ella que cambiaste y que tu vida no sería lo mismo si no se hubieran cruzado tus caminos, él la acepte incluso si viene de una cultura distinta y tiene genes distintos a los de ustedes. Quizá todo lo que va a hacer falta para que tu papá esté de tu lado es que lo ayudes a entender que no corrés riesgos, que con ella estás a salvo.

"¿Cómo no estar seguro?" suspirás, tu corazón hinchándose en tu pecho y un millón de mariposas revoloteando en tu estómago, anticipando las palabras dulces que vas a decir, las palabras que ya sentís subiendo por tu garganta y empapando tu boca "Gracias a ella salí de ese agujero en el que me había escondido después de lo de Nina. Gracias a ella dejé de tener pesadillas"

¿Te acordás de tus pesadillas? Parecen tan lejanas ahora, como si hubieran pertenecido a alguien más, como si hubieran ocurrido en otra vida, como si hubieran acontecido en la cabeza de otro hombre, como si un millón de años luz te separaran de la época en la que por las noches temías cerrar los ojos y perderte en los oscuros confines de tu mente porque allí te aguardaban toda clase de escenarios trágicos para espantarte, provocando que te sintieras incómodo e inseguro en tu propia piel. Todo eso empezó a desaparecer gradualmente cuando tus pensamientos se llenaron de Michelle, cuando te obsesionaste con ella a tal punto que tus sueños quedaron invadidos – contra tu voluntad al principio, luego ya no tanto –de su voz, sus ojos y su perfume.

"Gracias a ella me volví menos robot y más humano. Gracias a ella todos los días hago un esfuerzo para ser una mejor persona. Gracias a ella recuperé pedazos de mí que creía perdidos para siempre"

Inhalás y exhalás antes de decir lo siguiente que tu corazón le dicta a tu oído:

"Gracias a ella estoy empezando a lidiar con el impacto que tuvo en mí la muerte de mis hermanos"

Cae el silencio otra vez, demasiado denso, demasiado pesado, casi sofocante, tan grande que te envuelve, tan inmenso que no cabe ni dentro de vos ni en el espacio que te rodea. Es un silencio difícil de interpretar, un silencio que dice demasiadas cosas pero en un lenguaje que no llegás a comprender, un silencio que puede sentirse en la piel y en los huesos, en las venas y en la sangre que corre por ellas. Es un silencio que está hecho de demasiadas cosas. Es un silencio penetrante…

Y este silencio es muchas cosas, pero no es un silencio incómodo, al menos no para vos. Antes nunca hablabas de tus hermanos, con nadie, especialmente no con tus padres; simplemente enterrabas cualquier recuerdo, pensamiento o reflexión sobre ellos en algún lugar recóndito para nunca volver a remover la tierra y tener que enfrentarte con tus miedos, tu angustia, tu dolor, tu duelo, las heridas que no habían cerrado a pesar del paso del tiempo. Sin embargo, ahora ya no tenés ese problema, porque con Michelle aprendiste que hablar de una persona que ya no está físicamente es algo sano, es bueno, hace bien.

Aquél instante pasa, no sabés si contenido en segundos, en un minuto entero o en una eternidad. Lo cierto es que antes de que te des cuenta, estás hablando otra vez, con el corazón expuesto y vulnerable, con la voz embebida en tantas emociones que separarlas, analizarlas, clasificarlas y describirlas sería imposible.

"Gracias a ella ahora creo en muchas cosas que antes consideraba mentiras pero que ahora puedo ver son verdaderas. Porque aunque sea más joven que yo, es mucho más sabia que yo, y puede enseñarme muchísimas cosas que no tendría voluntad de aprender de otro modo. Y podría seguir durante horas y horas hablando de todas las cosas que cambiaron en mí gracias a Michelle, pero creo que todo lo que importa puede resumirse en el hecho de que cada mañana al despertar siento en los huesos, en la sangre, en el corazón y en el alma que nací para estar con ella"

Nací y transité todo lo que me tocó pasar sólo para llegar a este momento, para llegar a hoy, para llegar a estar a apenas días de pedirle que se case conmigo, para llegar a estar a apenas días de entregarle mi eternidad, mi futuro, mi vida, cada instante que me quede materializado en un anillo.

" muy bien cuál es mi fin en esta vida, lo descubrí finalmente luego de años dando vueltas en círculos, lo descubrí cuando me enamoré de ella: mi fin es hacerla feliz, mi fin es dejar que ella me haga feliz" dejás que una oleada de emociones abrumadoras te empape y tomás aire antes de continuar este proceso de volcar todo lo que llevás en el alma "Mi fin es estar con la persona que me completa, con mi otra mitad" la honestidad en tu voz es tan cruda que podés saborearla "Despierto feliz todos los días porque sé que pase lo que pase ella va a estar siempre conmigo. Confío en Michelle más que en nadie" le asegurás, poniendo énfasis en cada sílaba "Michelle nunca va a hacerme daño. Ella sería capaz de todo por mí…, y yo sería capaz de todo por ella"

"¿Serías capaz de abandonar a tu familia por ella?"

No es aquella una pregunta hipotética o sarcástica, no. Tu papá está preguntándolo en serio, porque de verdad quiere saberlo, porque todo eso que acabás de decir ha despertado en él una duda tan grande que se abre delante suyo como la boca del lobo, oscura y profunda, dispuesta a engullirlo. Tu papá te hizo esa pregunta porque ya no está tan firme en la postura que tu mamá mantiene: que esto es un capricho, una pérdida de tiempo, que vas a terminar mal si no corregís tus desviaciones, que estás descarriándote, que necesitás un sacudón para que se te acomoden las ideas y vuelvas a enderezarte.

El miedo a que te hieran ha sido rápidamente reemplazado por el miedo a que te alejen de ellos, el miedo a que te distancies, el miedo a que les des la espalda y los dejes atrás, separándote para siempre, convirtiéndote en inalcanzable e irrecuperable.

El miedo a que te hieran ahora mutó y se transformó en miedo a que Michelle te sustraiga y te convierta en uno de sos hombres que se enajenan de sus padres, hermanos, sobrinos y demás familiares porque quedan presos de una relación enfermiza construida sobre bases carcelarias y sin posibilidades de recuperar la libertad (que las hay, las hay, pero definitivamente no es tu caso ni lo será jamás).

"Papá, las cosas no son así" te apresurás a aclarar, conteniendo un suspiro de frustración "Ya te lo dije: es mamá la que me tiene entre la espada y la pared, es mamá la que me pone en esta posición, no Michelle" le recordás "Ustedes pretenden que yo la abandone a ella" señalás con un leve dejo de acusación "y les recomiendo que no gasten más sus energías buscando que eso suceda, porque no hay fuerza alguna posible que pueda lograr que yo la abandone"

"Tony, estás poniéndote a la defensiva otra vez…" tu papá te advierte.

"Me resulta un poco difícil no reaccionar así si escucho a mi propio padre tratar de dar vuelta el tablero para que parezca que todo es culpa de alguien totalmente inocente" ahora sí dejás escapar un suspiro de frustración, porque te irrita y te molesta que intente hacer lucir la situación como si Michelle te tuviera entre sus garras y se hubiera propuesto el firme objetivo de enredarte en su tela araña y obligarte a cortar vínculos con todos aquellos que son parte de tu vida.

"No quise que sonara como si estuviera culpando a Michelle de nada…" tu papá comienza a disculparse.

Antes de que puedas mascullar el 'Bueno, así sonó' que tenés en la punta de la lengua, el tono de voz de tu papá cambia drásticamente, casi dramáticamente, y las palabras se convierten otra vez en un ruego casi desesperado, una imploración:

"Hijo, por favor, vení a casa para Navidad. No le des a tu madre este disgusto…"

No le des a tu madre este disgusto.

¿Y qué hay de vos? ¿Qué hay del disgusto que ella te dio a vos? ¿Qué hay del enorme disgusto que sentís a diario cuando pensás en lo mucho que te duele que la mujer que te trajo al mundo esté en contra de la persona que amás, la persona que te completa, la persona que te hace feliz? ¿Qué hay de las puñaladas al corazón que recibiste cuando le hablaste de tus sentimientos y ella los desmereció cruelmente?

"¿Qué hay sobre el disgusto que ella me dio a mí – que ustedes me dieron a mí – cuando me decepcionaron subestimando mis sentimientos?"

"Tony, nosotros nunca subestimamos tus sentimientos" se excusa "… Simplemente nos preocupa que puedas salir lastimado otra vez"

"Muchas más cosas fueron dichas en esa 'conversación'" murmurás con amargura "Y me dio la impresión de que a ustedes simplemente les preocupa que el único hijo varón que les queda está rompiendo otro de sus perfectos esquemas preconcebidos: no estudié Medicina ni Música como ustedes esperaban que hiciera, y ahora voy a casarme con una chica japonesa…"

"Insistís en casarte con ella, entonces"

No es un interrogante, es una afirmación. Les habías dicho cuando visitaste Chicago que ibas a casarte con Michelle, y ahora acabás de confirmarle a tu papá que mantenés lo mismo, que no cambiaste de opinión y que tus planes no han variado en lo mínimo.

"No es un capricho, tampoco una locura o un acto de rebeldía" decís en voz extrañamente baja y serena teniendo en cuenta lo acelerado y tenso que estás "Ya elegí una fecha, y si Michelle está de acuerdo, vamos a casarnos el primer sábado de marzo"

"¿Ella ya te dijo que sí?, ¿ya te dijo que quiere casarse con vos?" tu papá inquiere con ansiedad y una gota de preocupación empapando su voz.

Y te das cuenta de que esa preocupación no tiene su origen en el miedo a que le digas que ya le propusiste matrimonio y que ella aceptó, sino en el miedo a que llegado el momento de formular la pregunta ella te rechace y te rompa el corazón en dos, haciendo polvo tus ilusiones.

Sos un tipo jodido de entender, viejo pensás, al chocarte con emociones encontradas. A veces siento que estás de mi lado, de golpe no sé bien en qué lado estás, de repente me parece que estamos los dos en distintos barcos y antes de que me dé cuenta vuelvo a sentir que estás de mí lado otra vez.

"Sí" respondés con seguridad y firmeza "Me lo dice todos los días"

Silencio otra vez.

Silencio que es roto por vos:

"Me hiere que no acepten a Michelle por una estúpida diferencia étnica" volvés a decirle "Me hiere que no comprendan lo mucho que la amo, me hiere que pongan en duda nuestra relación, me hiere que estén decepcionados de mí porque no me enamoré de alguien que ustedes aprobaran" suspirás "pero aprecio que omitas hacer comentarios si no se te ocurre nada bueno que decir"

"Hijo, necesito que comprendás algo: es cierto que yo tenía puestas mis esperanzas en que al igual que tu hermano mayor estudiaras Medicina. Es cierto que esperaba que eligieras un instrumento si no te interesaban los escalpelos y bisturíes. Es cierto que preferiría que los nietos que vas a darme en el futuro tengan una madre que conozca y siga nuestras costumbres, que sea parte de nuestra cultura, de nuestra etnia. Tu madre y yo imaginamos para vos un futuro que nos parecía ideal, pero vos escogiste otras cosas. Escogiste servir a tu país. Escogiste mudarte a California"

Y volvería a escoger esas cosas otra vez pensás. No cambiaría esas elecciones si me dieran la oportunidad de volver el tiempo atrás.

"Tu madre y yo respetamos ambas decisiones" a regañadientes agrega una vocecita en tu cabeza ", aunque no coincidieran con lo que a nosotros nos hubiera gustado. Ahora estás escogiendo casarte con una mujer cuyas raíces tienen origen en una cultura totalmente opuesta a la nuestra. No es lo que yo hubiera deseado para vos, Tony, no es esto lo que yo hubiera querido para tu vida, pero si con el tiempo veo que vos sos feliz, puedo tratar de aceptarlo, puedo aprender a aceptarlo, puedo acostumbrarme a la idea de que mis nietos no van a ser puramente de mi raza, puedo acostumbrarme a la idea de que nuestra herencia va a mezclarse con otra tan distinta"

No sabés si sentirte contento, aliviado o molesto, francamente. En este preciso instante, no tenés ni la menor idea de cómo deberías sentirte ante estas palabras. Para ser francos, todas esas frases te han dejado entumecido, confundido, un poco aturdido.

¿Se supone que acaso es un consuelo que tu papá te diga que si ve que sos feliz podría hacer un esfuerzo y finalmente llegar a hacer las paces con la ida de que elegiste a una mujer distinta a ustedes en cuanto a cuestiones étnicas?

Sin embargo, esos pensamientos son borrados cuando sigue hablando:

"Pero tu mamá no va a ser capaz, Tony. Tu mamá no va a poder concebirlo… ni siquiera puede concebir que estés en una relación con una persona tan distinta a la clase de nuera que ella querría. Tu madre va a ser mucho más difícil de convencer que yo, Anthony…"

Las frases retumban en tu cabeza y resuenan en tus oídos. Te sentís como si estuvieran martillándote el cráneo, como si cada sílaba fuera un golpe bien asestado. El nudo en tu garganta se vuelve diez veces más apretado y respirar te resulta difícil. Que tu papá te recuerde que tu mamá no va a dar el brazo a torcer fácil, que va a seguir siendo testaruda y que es improbable que se mueva del casillero en el que está parada, duele, y mucho.

"Papá, yo no necesito convencer ni conformar a nadie" sentís una inminente jaqueca abrazándote la nuca "Amo a Michelle. El 2 de marzo voy a casarme con ella" decirlo en voz alta te provoca una descarga eléctrica que recorre tu columna vertebral y te estremece "Voy a pasar el resto de mi vida con ella. Voy a tener hijos con ella. Voy a envejecer con ella. La amo, la necesito, me hace feliz, me hace sentir vivo. Comencé a vivir el día en que me enamoré de ella, lo cual sucedió prácticamente en el preciso segundo en que la conocí. Ella es lo que le da significado a mi existencia. Ella es tantas cosas que podría pasar horas y horas, días, semanas, meses, todos los años que me quedan, hablando de lo mucho que la adoro y de cuánto la necesito. Si ustedes no pueden comprender la magnitud del amor que siento por ella, si no pueden entender que hablo desde el fondo de mi corazón cuando juro que no hay fuerza humana o sobrenatural que pueda separarnos, es su problema, no el mío"

"Creo que me equivoqué al pensar que este tema era uno para hablar por teléfono…" es todo lo que tu papá contesta a lo que acabás de decir.

"Sé que no lo es" coincidís "Pero perdés el tiempo si creés que usando eso de excusa vas a lograr que viaje a Chicago la semana que viene" te apresurás a aclarar "Les guste o no, voy a pasar Navidad y Año Nuevo con la mujer a la que amo, y no hay nada que pueda ser dicho o hecho para que cambie de opinión. Sé que te angustia ver a mamá mal: te entiendo mejor que nadie porque la peor angustia que he sentido es la que me agarra cuando veo a Michelle mal. Yo tampoco quiero que mamá esté triste, pero no puedo hacer más que rezar para que aprenda a concebir la idea de que estoy loco de amor por una chica japonesa y que la locura no va a irse de la noche a la mañana, ni nunca"

"Quizá yo podría tomarme un fin de semana libre y viajar a Los Angeles después de las fiestas para que habláramos de esto en persona" tu papá propone para tu sorpresa "Más tranquilos, con todas las cartas sobre la mesa. Vas a comprometerte para casarte, eso no es algo para tomar a la ligera, es algo muy serio, y creo que una conversación de hombre a hombre con tu padre sería necesaria en este caso o en cualquier otro, bajo esta circunstancia o bajo cualquier otra…"

"Me encantaría hablar del tema con vos, papá" le decís con total sinceridad "porque creo que en mis ojos podrías ver mucho más del amor que se escucha en mi voz y probablemente acabarías entendiendo y aceptando lo que yo pensé que ya sabías: que la raza, el color de piel, la etnia, las costumbres, quedan reducidos a nada al lado de un amor tan profundo y tan grande. Si realmente deseás hablar conmigo, entonces me parece bien que te tomes un fin de semana para venir a visitarme" pero enseguida agregás ": Si tus intenciones son las de actuar como el títere de mamá y tratar de lavarme la cabeza para que deje a Michelle, entonces ahorrate tu tiempo y el dinero del boleto de avión" tal vez haya sonado un poco más fuerte y oscuro de lo que hubieras querido, pero no deseás que quede lugar para las dudas o malentendidos.

La respuesta que te da tu papá te sorprende, te desencaja, te da vuelta el tablero de nuevo:

"Tony, de verdad pienso que te subestimé, y si no a vos sí a tus sentimientos, y soy honesto cuando digo que me gustaría que habláramos de esto más tranquilos y en profundidad"

Y esa honestidad que menciona la sentís, la escuchás, la creés, hasta podrías palparla en el aire si extendieras la mano.

De verdad sos un tipo jodido de entender a veces, viejo pensás.

Quizá porque está dividido entre sus ideas de qué sería bueno para vos y las tuyas propias, que acabás de exponer por segunda vez.

Quizá porque está dividido entre lo que tu discurso le provoca y lo que el discurso de tu mamá le provoca.

Quizá porque está en el medio de su esposa y su hijo.

Quizá porque no sabe realmente para qué lado pasarse.

Quizá porque hay dos cuerdas jalándolo y no sabe a cuál debe ceder.

Quizá porque él está confundido también, confundido porque se encuentran de frente y chocan sus ganas de que seas feliz con sus principios e ideas tan conservadoras.

Inhalás y exhalás, y luego un suspiro se cuela por entre tus labios.

"Papá, ¿puedo preguntarte algo?" inquirís.

"Sí, hijo"

"Cuando Martina te llamó para pedirte que le enviaras mi mantita de bebé y esas otras cosas, ¿por qué accediste a hacerlo?"

Ese interrogante lleva bastante tiempo dando vueltas en tu cabeza. Pensaste que tu padre pondría objeciones, por eso Martina te había hecho el favor de ocuparse ella de persuadirlo (después de todo, para persuadir, manipular y lograr objetivos tu hermana es mandada a hacer); sin embargo, de acuerdo con ella tu papá había accedido sin que hiciera falta convencerlo mucho. Eso te había resultado extraño, pero en ese momento habías preferido no indagar y contentarte con tu buena suerte (además, había otras cosas en las que debías concentrarte entre tu trabajo y las otras sorpresas que habías estado planeando).

Ahora, sin embargo, la curiosidad se lleva lo mejor de vos y te ves obligado a preguntar.

"Porque esas cosas son tuyas, hijo" responde "Es tu derecho tenerlas si las querés, y confío en que entendés el valor sentimental que encierran y la importancia de tratarlas como se merecen" agrega luego.

Suspirás, cansado, la jaqueca ya en total dominio de tu cabeza, presionando y apretando para aumentar un dolor que va in crescendo y que sabés va a irse luego de que tomes una gran cantidad de aspirinas.

"Gracias, papá" murmurás simplemente y desde el fondo de tu corazón "Espero que esta situación cambie… Las cosas no tienen que ser tan complicadas…"

"Yo también espero que esta situación cambie, hijo"

Y le creés.

Le creés.

Para el que sabe leer entre líneas y escuchar los silencios, tu papá no es un tipo tan difícil de entender o interpretar. Te parece que sería correcto definirlo como a un hombre demasiado orgulloso de sus raíces como para aceptar que se mezclen con otras, un esposo demasiado protector de su esposa como para aguantar de brazos cruzados que ésta sufra, y un padre que ama a su hijo y ante todo le interesa su bienestar y felicidad. El problema es que estas tres cosas combinadas dan como resultado que le toque jugar un papel ambiguo, extraño, menos definido que el tuyo o el de tu mamá porque, a diferencia de ustedes, él no tiene una sola cosa a la que defender con uñas y dientes y contra viento y marea, sino tres.

Cuando volvés a depositar el auricular del teléfono en su lugar te sentís mucho más confundido que antes, pero al mismo tiempo liviano, como si una carga te hubiera sido quitada de los hombros. Sin embargo, el peso que te toca llevar sobre ellos sigue siendo más del que podrías cargar solo, porque si bien pudiste vislumbrar que tu papá podría entrar en razón, te quedó mucho más en claro que antes que es probable que tu mamá se niegue por un largo tiempo a ver cómo son las cosas y a aceptar que no puede jalar de vos como si tuvieras hilos en la espalda.

La segunda mitad de tu día está marcada por la amargura, reflexiones profundas, dudas, preguntas sin respuestas, respuestas que no se conectan con ninguna pregunta, recuerdos, toda clase de pensamientos, suposiciones, arrebatos de enojo, arrebatos de frustración, arrebatos de pena, y otro millar de emociones complejas que se levantaron gracias a aquella conversación en la que tu papá te desconcertó varias veces y a la que finalmente clasificarías como la clase de charla intensa que no es ni blanca ni negra sino más bien matizada en distintos tonos de grises. Pero si hay algo que podés rescatar de todo aquello es que llegás a comprender algo que antes no se te había ocurrido, al menos no con una forma tan definida y corpórea: ¿cómo podés esperar entender dónde tu papá está parado en este tablero, si ni siquiera él lo sabe bien?

Y en eso pensás durante el resto del día, en esa pregunta, en esos dos signos de interrogación tan gigantes que te absorben completo y que acurrucan aquellas palabras que repiquetean en tus oídos como campanas: ¿cómo podés esperar entender dónde tu papá está parado en este tablero, si ni siquiera él lo sabe bien?


Luego de una cena sencilla te dejaste caer en el sillón, exhausto, con Bonnie recostada sobre tu regazo, también cansada después de haber estado jugando con su pelota de goma y dando vueltas como loca alrededor de Michelle, moviendo la cola con alegría y buscando llamar su atención para que la alzara a upa y le acariciara la panza.

Michelle ahora está en la cocina, preparando té para ambos porque te notó muy tenso y quiere ayudar a que te relajes antes de irte a dormir. Te pidió que esperaras unos minutos y que trataras de poner la mente en blanco para que las tensiones empiecen a irse, pero vos ya no tenés ganas de tratar de alejar los pensamientos cuando tu cuerpo entero está muriéndose de ganas de ir hasta la habitación contigua y estrellarse contra el de ella en búsqueda de calor humano, mimos y contención.

Está de pie junto a la hornalla, de espaldas a vos, aguardando pacientemente a que el agua hierva, dos tazas sobre la mesada de mármol ya listas con sus respectivos saquitos de té y la azucarera acompañándolas. Descalza, con el cabello suelto y húmedo y vestida con un sweater y un jogging parece mucho más débil, inofensiva e inocente de lo que aparenta ser cuando se esconde detrás del maquillaje y los trajecitos formales. Saber que sos el único delante del cual se muestra tan sencilla y vulnerable es una de las muchas cosas que te hacen sentir tan bien que todos los problemas se desdibujan y no hay corriendo por tus venas una gota de sangre que no esté cargada de felicidad.

Llegás sigiloso al centímetro anterior a aquél espacio que ocupa su humanidad y la tomás por sorpresa al rodearla con tus brazos, atrayéndola hacia vos para que su espalda quede pegada a tu pecho, juntando las manos hasta dejarlas entrelazadas sobre su estómago, enterrando el rostro en el hueco donde se encuentran su hombro y su cuello e inhalando su perfume para reemplazar el oxígeno con él.

"¿Qué pasa?" pregunta riendo y alzando una mano para buscar a tientas tu cabeza y enterrar los dedos en tu pelo azabache.

"Necesito abrazarte" murmurás.

Pero ella lee más allá del significado de esas dos palabras.

"Estás triste" susurra.

Dos palabras que contrarrestan a las tuyas, convirtiéndolas en polvo, convirtiéndolas en nada, nada más que cenizas dignas de barrer y esconder bajo la alfombra.

Dos palabras que vuelven inválidos todos tus argumentos.

Dos palabras que te demuestran nuevamente que tiene la capacidad de ver mucho más lejos que cualquier otro ser humano cuando se trata con vos, tan lejos que traspasa todas las barreras y límites conocidos (y los desconocidos también) calando hondo, hondo, demasiado hondo.

La tristeza que te quedó después de esa conversación (porque sí, inevitablemente te quedó algo de tristeza que arrastrar) reluce más fuerte que cualquiera de las otras emociones que tenés aprisionadas en este momento, peleándose por un lugar en el cajón donde las metiste para guardarlas bajo llave, y ella puede notarlo.

Sin embargo, no reconocés enseguida que tiene razón. Porque compartir con Michelle tu tristeza significaría hablar de todo lo que tu papá y vos se dijeron, de todas las conclusiones que sacaste, de todas las reflexiones que pasearon por tu mente como flashes, de todos los recuerdos que afloraron en la superficie, y si hicieras eso entonces Michelle se sentiría culpable, se angustiaría, y si hay algo que no podrías soportar es ver la tristeza tiñiendo esos dos ojos negros, no cuando vos necesitás con urgencia verlos brillando para sentirte vivo.

"Estoy mimoso" no es una mentira…, simplemente estás diciendo la mitad de la verdad.

Pero ella no se deja engañar, porque a ella no le importa arriesgarse a sentir dolor, no le importa compartir las cargas que a vos te toca llevar, no le importa ayudarte a transportar la cruz que estés cargando sobre los hombros, no le importa llorar las lágrimas que a veces tu orgullo te impide dejar caer.

"Y triste" insiste, manteniendo su voz en un susurro suave y delicado.

"Un poquitito" confesás, decidido a no seguir negando lo que no puede ser negado a la persona que más profundamente te conoce.

Gira en el lugar hasta quedar cara a cara con vos, su respiración y tu respiración mezclándose, una de sus manos acariciando tu mejilla y la otra buscando la tuya para entrelazar los dedos.

"¿Confiás en mí?" pregunta en un murmullo, mirándote directo a los ojos y permitiendo que veas en los suyos tu reflejo.

"Más que en nadie" contestás sin dudar, repasando el contorno de su cara con la yema de uno de tus índices "Íntimamente" susurrás, tu boca a centímetros de su boca, tus labios y sus labios rozándose en un beso.

Dejando olvidada la pava sobre el fuego, las tazas con los saquitos de té y cualquier plan que tuviera para la noche, te conduce de vuelta a la salita de estar; vos la seguís como una criaturita perdida en búsqueda de consuelo y alivio.

Acabás recostado boca arriba, con la cabeza reposando sobre su regazo, las yemas de sus dedos masajeando suavemente tu cabeza, tu frente y todos los músculos de tu rostro que están tensos. Te relajás enseguida bajo los efectos milagrosos de su tacto y tu mente se pone en blanco otra vez, como si sus caricias fueran un borrador que se deshace de todas las manchas opacas que quedan rompiendo con la tranquilidad. No te hace preguntas ni espera explicaciones: simplemente está allí, esforzándose para ayudarte a extirpar lo que sea que en tu día dejó marcas profundas.

"Tratá de pensar en cosas lindas…" Michelle murmura luego de un rato pasado en silencio.

"Estoy pensando en vos" contestás.

"Debés haber escuchado mal, entonces, porque te dije que trataras de pensar en cosas lindas" se burla risueña, una carcajada colándose por entre sus labios e inundando tus oídos como música.

"No me causa gracia, Michelle" la retás con dulzura como hacés siempre que se menosprecia, desvaloriza o hace algún comentario hiriente contra sí misma pensando que es una buena broma.

Durante una hora entera no hacen más que compartir el silencio y la quietud, absortos uno en el otro. Te sentís liviano como una pluma, como si pudieras flotar, como si nada te atara. Es mágico lo que ella puede lograr, y esa es la clase de magia en la que antes no creías del todo pero que ahora necesitás para vivir porque tu existencia sería marchita si la echaras en falta. En este preciso instante, no hay sobre la Tierra lugar más seguro que éste, no hay en el Universo otro sitio en el que quisieras estar.

"¿Te sentís mejor?" murmura en tu oído con una dulzura tan inmensa que podés sentirla empapando tu lengua.

"Cuando estoy con vos siempre me siento mejor" murmurás sin abrir los ojos, que has cerrado hace largo rato para poder concentrarte en la forma en la que sus dedos se deslizan sobre tu piel, dibujando y desdibujando, trazando caminos y desandándolos, escribiendo historias de amor en idiomas desconocidos que solamente vos podés interpretar.

"Qué suerte que yo haya decidido que quiero estar siempre con vos, entonces…"

"Me considero muy afortunado. Nada me hace tan feliz como saber que sos mía, Michelle Almeida"

Te encanta llamarla así, definitivamente está volviéndose una adicción. Y pensar que en días, en apenas días, vas a poder pedirle finalmente que se case con vos. Pensar que en apenas días va a comenzar el resto de tu vida. Pensar que en apenas días vas a marcar un antes y un después.

"Todavía no soy Michelle Almeida" señala luego de chasquear la lengua.

"Legalmente" aclarás, y una sonrisa se dibuja en tu rostro al sentir sus labios en tu frente.

"Amo verte sonreír" murmura.

"Vos me das motivos para sonreír, Michelle. Gracias a vos sonrío todo el tiempo, y me encanta. No cambiaría por nada del mundo lo que siento cuando me arrancás una sonrisa" suspirás "En días como hoy te necesito más que nunca" susurrás.

"Acá estoy. Acá voy a estar siempre, hasta que seamos viejitos y estemos llenos de arruguitas"

"Ya lo sé" abrís los ojos al tiempo que decís ": Mi futuro sos vos, y esa es la razón más linda que tengo para vivir"

Te incorporás despacio para quedar sentado a su lado, tu mirada y su mirada se encuentran y se comunican sin que haga falta que sonido alguno sea emitido, sin que sean necesarias más palabras.

"Michelle…" llamás su nombre suavemente, acomodando algunos de sus bucles detrás de sus orejas.

"¿Mmmh?"

"Necesito que me prometas algo" pedís en voz baja y profunda.

"Lo que quieras" contesta ella sin titubear.

"Necesito que me prometas que pase lo que pase nunca vas a dudar de que te elegiría mil veces por sobre todas las cosas y de que nunca, nunca me arrepentiría de ningún sacrificio que tuviera que hacer por vos"

El silencio que cae entre los dos no nace de inseguridades o dudas; podés ver bien en el brillo de sus ojos que te prometería cualquier cosa que le pidieras, no hace falta que lo ponga en palabras para que estés seguro de eso. El silencio que los envuelve es más bien aquél que aparece siempre que conversan con la mirada, reemplazando frases por sensaciones inexplicables, tan complejas que no podrían ser expresadas de ningún otro modo porque ningún idioma conocido por la humanidad las abarcaría.

Minutos después, sin comentar nada más ni hacer preguntas ni cuestionarte, ella entrelaza sus dedos con los tuyos, recuesta su cabeza sobre tu hombro y se anida en tus brazos hecha un ovillo. No podrías animarte a pedir más que esto, y tampoco podrías atreverte a poner en riesgo el pequeño pedacito de cielo que encontrás sobre la Tierra cada vez que sentís los latidos de su corazón tan cerca de los tuyos, ni por nada ni por nadie, bajo ninguna circunstancia.

"Te lo prometo" susurra, rompiendo con la quietud, a pesar de que no hace falta que verbalice lo que podés sentir.

Todos los acontecimientos de tu día de golpe se reducen sólo a este momento en el que los dos comparten el silencio fundidos uno junto al otro, hablando en su propio idioma, prometiendo cosas que muchos pensarían locas, tontas, infantiles o arriesgadas pero que para los dos tienen mucho sentido y son promesas posibles de mantener porque las hacen desde el corazón.

Con una sonrisa tenue en los labios, mucho más tranquilo y relajado que antes, contento porque todo tu futuro está abriéndose como un abanico delante de vos, feliz porque aunque te arrojen cientos de piedras y te pongan miles de obstáculos en el camino tu amor es lo suficientemente fuerte para seguir avanzando y aguantar cualquier cosa, seguro de que todos los sacrificios que tengas que hacer van a valer la pena y que cualquier gramo de dolor que te causen va a ser sanado por ella, te levantás despacio y vas en busca de algo que querés darle a Michelle antes de que se quede dormida, algo que para vos representa muchas cosas y que para ella va a representar lo mismo, algo que representa lo que defendiste hoy y vas a defender hasta el último segundo de tu vida: el futuro que pueden construir juntos, el futuro que pueden dibujar juntos, un futuro que no podrías imaginar sin ella, un futuro que no deseás si ella no está en él.

Ante su mirada curiosa buscás algo en el bolsillo de tu saco; no tardás en encontrar el objeto en cuestión (de hecho, es lo único en ese bolsillo), pero pretendés demorarte solamente para incrementar la intriga de Michelle. Regresás al sillón con la mano cerrada en un puño para que no pueda ver qué es eso que tenés, y te dejás caer de nuevo a su lado.

"Llevé esto en el bolsillo de mi saco todo el día" le decís, antes de abrir el puño para dejar a la vista aquello de lo que estás hablando "Es como llevar un pedacito de mi futuro en el bolsillo" agregás luego, sin dejar de sonreír.

Ella sonríe también, y tu panza se llena de mariposas, y una sensación casi tan cálida como la lana de las dos botitas tejidas que tenés sobre la palma de la mano te recorre el cuerpo de la cabeza a los pies.

"Escarpines" murmura, sus ojos llenándose de lágrimas de emoción, su voz ligeramente ronca.

"Escarpines" repetís aquella palabra que dice tanto en tan poco, aquella palabra sencilla que encierra demasiados significados a pesar de que muchos la considerarían bastante simple.

"Para nuestro primer bebé" susurra, no en forma de pregunta, sino como una afirmación.

Compraste esos escarpines porque querés darle a Michelle algo inocente, dulce y tierno que simbolice todo lo que les aguarda, todo lo que pueden lograr juntos, todas las cosas lindas que pueden conseguir si se apoyan en la fuerza del amor que sienten el uno por el otro.

"Vos y yo somos una familia, una familia chiquitita que va a ir creciendo de a poquito. Pero no somos solamente una familia: somos uno el futuro del otro" decís en susurros "Pase lo que pase, sé que dentro de un año voy a seguir estando con vos. Pase lo que pase, dentro de diez, veinte, treinta, cuarenta, cincuenta, sesenta, setenta años, voy a estar con vos"

El corazón te tiembla cuando hablás y sentís cada sílaba golpearte el pecho al compás de sus latidos. Habías pensado varias veces en qué dirías, cómo lo dirías, qué frases usarías, pero ahora tenés la mente en blanco y todo lo que surge es puro, crudo, viene directo de lo más profundo de tu ser, surge sin que haga falta que lo medites o midas o lo cambies para que suene de un modo u otro, surge desde ese rinconcito de tu cuerpo donde se esconde esa media alma que encaja a la perfección con la suya.

"Es la única cosa de la que tengo certeza, la única cosa de la que tengo absoluta seguridad: nací para conocerte y enamorarme de vos, y voy a morirme enamorado de vos. Quiero que compartamos todo, quiero que hagamos realidad nuestros sueños, quiero que construyamos nuestro camino ladrillo a ladrillo…"

Y nada va a impedírnoslo. Nada ni nadie. No me interesaría el futuro si no supiera que lo tengo para compartirlo con vos.

"…, quiero que seas la mamá de mis hijos" agregás en voz baja y suave, capturando con tu pulgar una lágrima que estaba deslizándose por sus mejillas, recorriendo todo su rostro en camino a sus labios.

No se te ocurre otro lugar en el que debieras estar ahora, ningún otro lugar que no sea éste, con ella, los dos sentados en el sofá de la salita de tu departamento, con apenas días separándolos del instante en el que hagas esa pregunta cuya respuesta ya sabés pero morís por escuchar una vez más. No se te ocurre mejor sitio en el que debieras estar, ningún otro sitio que no sea éste, con Michelle, planeando el futuro que se abre delante de ustedes, contándole en susurros lo que pensás va a ser la vida perfecta que pueden escribir entre los dos sin que nadie se les imponga, demostrándole con la mirada y con el roce de tus dedos sobre su piel que ella te cambió y te dio nuevas metas que querés alcanzar y nuevos sueños, regalándole un pedacito de ese futuro para que pueda anticiparlo desde ahora.

"Cuando me digas que hay un ser humano creciendo en tu panza que es una mitad tuya unida a una mitad mía, quiero que miremos estos dos escarpines y recordemos con lágrimas de felicidad que supimos desde el comienzo que nuestro amor estuvo siempre destinado a quedar perpetuado en una personita que va a cambiarnos la vida cuando llegue" las lágrimas siguen cayendo de sus ojos, y aunque no podés barrer todas con las yemas de tus dedos, la mayoría de ellas son sacadas del camino por tus caricias "Quiero que miremos estos dos escarpines cada día, todos los días, durante los nueve meses previos a conocer a nuestro hijito, porque junto con tu panza que va a ir creciendo hasta volverse enorme, y las pataditas que no te dejen dormir de noche, van a ser la representación visible y tangible de todas las cosas hermosas que van a estar esperándonos. Quiero que estos sean los primeros escarpines de nuestro bebé. Quiero ser el padre de tus hijos, Michelle"

Asiente con la cabeza levemente, tan levemente que quizá no lo habrías notado si no fuera porque a cada gesto suyo prestás desmesurada atención. Tus palabras la dejaron demasiado emocionada como para poder encontrar ella palabras con las que expresarse, y en parte lo agradecés, porque en este momento los únicos sonidos que querés escuchar son los de su corazón, su respiración, las lágrimas que siguen cayendo pero que no detenés, sus labios desparramando besos por tus mejillas, el sonido de las agujas del reloj que se mueven y marcan que faltan días, apenas días para que se marque un 'antes' y un 'después' en tu existencia y su existencia, apenas días para que comiencen a escribir un nuevo capítulo de ese futuro que no querrías planear con ninguna otra.

Que los demás digan lo que quieran, que opinen lo que quieran, que dudan cuanto quieran, que tengan todos los caprichos que se les antoje, que protesten si lo desean, que se peleen entre ellos, que vengan a tratar de convencerte aunque sea en vano, que intenten separarte de tu otra mitad, que pierdan el tiempo maquinando planes para arrancarte del lugar al que pertenecés. A vos no te importa. Realmente no tiene que importante, no cuando tenés todo lo que necesitás, no cuando una sola persona puede hacerte tan feliz, no cuando con ella es tan sencillo sentir el futuro en la piel y sostenerlo en las manos en la forma de dos escarpines.

En el camino vas a encontrarte con momentos dolorosos, angustia, amargura, decepción, discusiones, peleas, y otras cien cosas que en este momento no se te ocurren porque estás demasiado hundido en el mundo que compartís con ella como para ponerte a pensarlas. Vas a tener días malos, eso es seguro. La situación con tu familia seguirá siendo complicada, eso también es seguro. Pero tenés a Michelle. Siempre vas a tener a Michelle, pase lo que pase y sea como sea. Y esa certeza te resulta suficiente para tener fe y esperanza en que las cosas irán cayendo en su lugar adecuado a su debido tiempo, acomodándose como todo lo que anda suelto en el Universo. Tenés la certeza de que ella va a atajarte cada vez que caigas y a sanar tus heridas y a hacer desaparecer el dolor. Tenés la certeza de que estás eligiendo bien, porque ella es la única que puede hacerte feliz, la única que puede completarte, lo más hermoso que te pasó en la vida, tu último fin.

El resto es ruido de fondo.

El resto, todo es solucionable, siempre y cuando ella esté ahí para solucionarlo con vos.