Muy feliz cumpleaños para Milce y María, espero que pasen dos días hermosos junto a sus seres queridos, y también espero que les guste este capítulo (es bastante corto, lo sé, pero creo que es uno de mis favoritos hasta ahora). Ojalá todo vaya bien con la mudanza y estén terminando muy bien la semana. Gracias por seguir leyendo y dejando los comentarios que tanto me animan a seguir escribiendo y que son lo que me incentiva a continuar con esta historia, que creció mucho más de lo que yo esperaba debido a todas las cosas geniales que ustedes siempre tienen para decir. Muchos besos y feliz fin de semana.


Me hipnotiza tu sonrisa,

Me desarma tu mirada,

Y de mí no queda nada,

Me derrito como hielo al sol.

Cuando pensás que ya no deben quedarle muchos trucos guardados en el bolsillo para dejarte maravillada, fascinada y profundamente sorprendida, él se las arregla para en un segundo demostrarte cuán equivocada estás en un abrir y cerrar de ojos (literalmente).

Su sorpresa para este último viernes antes de Navidad es fruto de la atención desmesurada que te presta cada vez que comentás algo que te interesa, te gusta o te da curiosidad: durante ese primer día que pasaron juntos hace casi cuatro meses atrás le habías comentado que te encantaría aprender a andar en patines sobre hielo pero que nunca te animaste a hacerlo por miedo a caerte y convertirte en la risa de todos los presentes (algo estúpido e infantil, lo sabés, pero ser consciente de ello no lo hace desaparecer como por arte de magia). Él guardó esa información en algún cajoncito de los muchos que tiene en su mente para usarla en el futuro para arrancarte una de esas sonrisas de oreja a oreja que tanto lo enamoran y llenar tu panza de mariposas hiperactivas que no dejan de mover sus alas haciéndote cosquillas.

No sabés cómo lo hizo, no sabés a cuántos tuvo que contactar o cuántos hilos debió jalar, ni querés pensar en cuánto dinero debe haberle costado, pero de alguna manera el hombre con el que vas a casarte mucho más pronto de lo que pensás y que ayer te emocionó hasta las lágrimas cuando mirándote a los ojos y con un par de escarpines blancos te dijo que desea ser el padre de tus hijos consiguió tener por una noche una pista de patinaje sobre hielo exclusivamente para los dos.

Tu primera reacción al abrir los ojos (te había pedido que te los vendaras antes de que te llevara allí - sin darte pista alguna sobre el sitio al que estaban yendo, por supuesto - como lo ha hecho otras veces) fue la de contener un gritito mezcla de alegría y asombro que de todos modos pudo subir por tu garganta y se coló por entre tus labios en forma de una hermosa carcajada que inundó el aire y los envolvió a ambos.

La pista es lo suficientemente grande para que unas cien personas se desplacen de un punto al otro con comodidad, pero totalmente vacía y en el medio del silencio de la noche parece diez veces más inmensa, casi un océano de hielo abriéndose delante de ustedes. La temperatura considerablemente baja causó que un escalofrío te recorriera la espalda, y cuando él inmediatamente te rodeó con sus brazos para infundirte calor sentiste la sonrisa dibujada en su rostro presionando contra la piel de tu cuello al tiempo que sus labios desparramaban besos.

"Tenemos toda la noche para que te enseñe a patinar" había murmurado en tu oído.

Nunca sabés exactamente qué esperar de sus sorpresas y de sus 'planes secretos', pero esto es algo que jamás hubiera estado en una lista de posibilidades (aunque generalmente las cosas que enlistás como posibilidades no son ni un cuarto de lo creativas, maravillosas, imaginativas y originales que son las que él convierte en realidad). La capacidad para hablar parecía haberte abandonado, porque a pesar de que eran miles las cosas que querías decirle no lograbas formar palabra alguna. Estabas demasiado sumergida tratando de embeberte de la situación para convencerte de que no era un sueño como para recordar cómo articular.

Seguías anonadada y sonriendo incontrolablemente (tanto que te dolían los músculos de la cara y casi podías sentir físicamente el brillo que irradiaba de tus ojos, sentirlo tanto como aquél que emanaba de los suyos) cuando te llevó hacia la otra punta de aquél lugar enorme, al lugar donde la gente generalmente alquila los patines y deja sus zapatos y efectos personales en unos casilleros.

Te condujo hasta uno de los largos bancos de madera pulida para que te sentaras en él mientras buscaba un par de patines detrás del mostrador donde está el encargado del local cuando éste está abierto para el público. La naturalidad con la que se movía como si el sitio le perteneciera te hizo pensar que probablemente tuviera confianza con el dueño, aunque, por otro lado, Tony tiene la capacidad de moverse con naturalidad en cualquier lado, especialmente si está a solas con vos.

"Michelle" había llamado tu nombre, rompiendo con el silencio ensordecedor que parecía llenar el espacio físicamente, posándose como si fuera un manto cubriéndolo todo, un silencio tan profundo que, paradójicamente, podría haber sido descripto como ensordecedor "¿por qué tenés esa sonrisa tan linda?"

La pregunta no hizo más que provocar que esa sonrisa se volviera más grande si aquello era posible. Y tus ojos centellaron como dos estrellas fugaces. Y tu corazón latió mucho más rápido. Y saliste de ese hechizo en el que habías caído envuelta y recuperaste la capacidad de hablarle, no porque la sorpresa y todo lo despertado por ella se hubieran disipado, sino porque las ganas de expresar cuánto bien te hace son enormes.

"Porque las locuras que hacés por mí me dejan sin palabras"

Eso fue suficiente para que se derritiera de amor allí mismo (otra paradoja: vos lográs derretirlo como hielo al sol, a pesar de aquél frío penetrante, a pesar de la bajísima temperatura, porque vos sos su sol, brillando constantemente, irradiando luz y calidez todo el tiempo); estaba tan entusiasmado que parecía una criatura a la que le habían anunciado que la Navidad se adelantaría y que no tendría que esperar hasta la mañana del 25 de diciembre para abrir los regalos dejados por Santa Claus.

Luego se lanzó a hablar con una alegría contagiosa que contribuía a que no pudieras dejar de sonreír como si dos hilos estuvieran jalando constantemente de las comisuras de tus labios.

"Probate estos" te alcanzó un par de patines cuya bota de cuero era de un color blanco inmaculado, con letras de una marca suiza grabadas en fino hilo dorado, los cordones en perfecto estado y la cuchilla afilada tan limpia que destellaba "Son dos números más grandes que tu talla" explicó "porque de ese modo el pie está más cómodo; los patines deben ser siempre dos números más grande que la talla que usás normalmente"

También te extendió otro par de medias de gruesa lana para que te pusieras sobre las que ya llevabas para que no tuvieras frío en los pies, y luego un par de guantes y un gorrito que llevaba en el bolsillo de su saco negro.

"¿Winnie Pooh?" preguntaste arqueando las cejas y reprimiendo una carcajada que de todos modos se te escapó e hizo eco en el recinto vacío, retumbando contra las paredes y regresando hasta ustedes, pero no para impactarlos con fuerza y noquearlos sino para acariciarlos con dulzura como sólo la risa de dos personas que se aman puede acariciar la piel.

Los guantes y el gorrito de lana que te tendió son muy coloridos y tienen dibujados las caras de los personajes de Disney de la serie animada Winnie the Pooh: el osito y sus amigos el conejo, el burrito, el chanchito y el tigre. Y a vos te derritió ese pequeño gesto, porque muestra que él nota todo, él se fija en todo, toma en cuenta hasta los detalles más chiquititos, y como sabe que amás esas cositas que a otros les parecían inmaduras o infantiles, en vez de traer guantes y un gorro comunes y corrientes consiguió unos que te harían sonreír y sentir miles de mariposas revoloteando en tu panza.

"Quería conseguir unos de un osito panda, pero no encontré ningunos" dijo sonrojándose.

"Sos adorable, Almeida"

"Solamente con vos"

Son frases como ésa las que te derriten, las que te dejan con el corazón palpitando a mil por hora y un sabor dulce en la boca, las que provocan que esas chispas mágicas salten entre los dos bañándolos como una invisible pero perceptible lluvia de estrellas fugaces, las que provocan que se hipnoticen el uno al otro con la mirada.

Antes de ir allí habían regresado a tu departamento para que él te prepara la cena, y te había dicho que luego de ducharte te pusieras ropa cómoda, consejo que agradecés te haya dado porque no te imaginarías haciendo esto vistiendo otra cosa que no sean unos jeans, un confortable sweater y un saquito (¿cómo no te diste cuenta qué se traía entre manos cuando insistió con eso de que debías llevar una bufanda y un abrigo porque 'había escuchado que la temperatura iba a bajar'?), pero eso no impide que tengas miedo a moverte con una torpeza absoluta incluso si estás vestida adecuadamente.

"No vas a reírte si hago el ridículo, ¿cierto?" le habías preguntado con un dejo de ansiedad en la voz mientras él terminaba de atarse sus patines, muchísimo más grandes que los tuyos.

"No voy a reírme de vos, Michelle" te tranquilizó.

"Pero si me tropiezo y resulta muy gracioso tenés permiso para reírte conmigo" le aseguraste, en tono de broma pero con una seriedad implícita en las palabras: ésta tiene que ser una experiencia relajada y divertida, y aunque esperás no hacer el ridículo tampoco sos ilusa como para creer que en dos o tres horas te vas a convertir en una profesional; las caídas van a ocurrir, y si pueden estallar a carcajadas los dos, mejor. Lo único que te daría vergüenza sería resultar una malísima patinadora, patética en todo sentido, pero incluso antes de preguntarle ya sabías que él sería incapaz de reírse de vos si ése fuera el caso: simplemente seguiría intentando enseñarte, con su buen humor y sus chistes y su dulzura, tratando de buscar un método para que progreses y te diviertas.

Durante los primeros cinco minutos las piernas te temblaron tanto que bien podrían haber estado moldeadas en gelatina, pero no sentiste miedo porque él estaba ahí, una de sus manos sujetando la tuya, uno de sus brazos firmemente alrededor de tu cintura, sus ojos en tus ojos todo el tiempo para tranquilizarte e infundirte confianza, prometiéndote silenciosamente que no te dejaría caer.

"Si seguís mirándome así voy a derretirme" le advertiste, con las mejillas teñidas de un fuerte color carmesí y la piel del rostro ardiendo, tus labios aun curvados en una sonrisa, el temblor de tus piernas un poco más ligero y los dedos de tu mano entrelazados con los suyos como si tu vida entera dependiera de eso, como si estuvieras aferrándote a la cosa más importante sobre la faz de la Tierra.

"¿Cómo podrías derretirte rodeada de tanto hielo?" inquirió escéptico, frunciendo el ceño y tratando de contener lo que podías ver era una sonrisa que estaba tratando de surgir.

"Hasta el hielo se derrite al sol" te limitaste a contestar, tus rodillas a punto de flaquear por sensaciones que tenían más que ver con las mariposas en tu estómago y su hipnótica mirada cargada de dulzura que con tus nervios ante la ansiedad por aprender a patinar.

Él no dijo nada, solamente siguió perforándote con esos dos ojos inundados de la más profunda ternura, calando hondo, como si pudiera ver más allá de tu cuerpo y observar detenidamente el alma encerrada dentro. Vos tampoco agregaste cosa alguna, porque de pronto sentiste que las palabras hubieran sobrado, que no habrían encajado en un momento tan íntimo y tan puro pero a la vez tan sencillo, uno de esos momentos en lo que se dicen todo sin decir nada y sus corazones laten desaforados.

Fuiste vos la que rompió con la quietud, levantando muy despacio una de tus manos para rozar la piel de su rostro con las yemas de tus dedos cubiertas por los guantes de lana, preguntando en lo que sonó parecido a un susurro:

"Mis rodillas ya no tiemblan tanto"

Y luego de ese comentario te ayudó a dar tus primeros pasos con los patines puestos, la cuchilla sobre el hielo, tu cuerpo mucho menos tenso y tranquilo porque él estaba agarrándote con firmeza, su sonrisa y tu sonrisa una el espejo de la otra.

Acaba resultándote mucho más sencillo de lo que alguna vez creíste resultaría si llegaba el día en el que te animaras a ponerte un par de patines y tratar de aprender a deslizarte, quizá porque tenés la confianza absoluta de que Tony está ahí para cuidarte segundo a segundo e impedir que caigas, listo para atajarte en caso de que flaquees. Su facilidad para andar en patines es realmente impresionante, y debido a tu peso liviano como el de una pluma no le cuesta esfuerzo alguno conducirte, moviéndote con el impulso de sus propios movimientos, llevándote despacio de una punta de la pista a la otra, sus manos y tus manos fuertemente entrelazadas y sus ojos y tus ojos fijos un par en el otro.

No podés evitar que la risa brote de vos a borbotones a medida que va tomando un poquitito más de velocidad: toda tu vida quisiste subirte a un par de patines, pero tu abuela nunca te dejó porque decía que era peligroso y que podrías lastimarte y que, dado que no eras precisamente brillante en las clases de gimnasia en la escuela, era probable que no estuvieras hecha para nada que exigiera mantener el equilibrio; y eso te provocó un irracional miedo a hacer el ridículo si alguna vez se te ocurría a tratar, a caerte y quedar como una tonta (graciosa la forma en la que funciona la mente humana: tenés un trabajo que implica correr muchísimos riesgos para salvar vidas, pero te daba miedo andar en patines). Pero con Tony todos tus miedos se diluyen y no hay peso alguno sobre los hombros que te hunda, ni recuerdo que te atormente, ni opinión que valga.

"Me encanta escucharte reír, Michelle" las palabras hacen eco en el enorme recinto donde sólo están ustedes dos, rebotando contra las frías paredes y llegando de vuelta a vos para envolverte con una calidez que se siente a pesar de que la temperatura allí es bajísima.

Cuando concluyen la cuarta vuelta a la pista, te animás a soltarte y a tratar de mantenerte de pie vos sola; saber que él está ahí para agarrarte e impedir que caigas y te hagas daño es toda la seguridad que precisás. Y durante un minuto entero lográs mantenerte erguida sin agarrarte de nada, las cuchillas filosas y brillantes clavadas en el hielo lo único sosteniendo tu preciosa anatomía, su sonrisa orgullosa brillando más que cualquier estrella y derritiéndote con la fuerza de los rayos del sol.

En cuanto sentís que empezás a tambalearte instintivamente te sujetás de él.

"Vamos de a poquito, Michelle" murmura, besando la punta de tu nariz y tomándote de las manos otra vez "Para vos tengo todo el tiempo y toda la paciencia del mundo"

Una hora y muchas risas más tarde, ya podés deslizarte sola bastante bien (tal vez no con mucha gracia, pero eso es algo que se adquiere a través de la práctica), con él a escasos centímetros de distancia listo para agarrarte si perdés el equilibrio. Pero no tenés miedo ni te carcome la ansiedad, porque patinar no es tan difícil como pensabas, quizá porque estar con él te infunde una seguridad tan grande que cualquier desafío se vuelve pequeñito como un grano de arena, quizá porque cuando estás con él te animás a hacer todas esas cosas a las que no te atreverías sola o en compañía de otros, quizá porque Tony tiene la capacidad de sacar lo mejor de vos en todo sentido.

"Ya casi diste una vuelta completa a la pista sola" te comenta orgulloso, sonriendo ampliamente y con su mirada embebida en ese brillo especial al que estás acostumbrada porque aparece muy seguido cuando él te mira "Sabía que no ibas a tardar en aprender…"

"Tengo un muy buen profesor" contestás, haciendo desaparecer la distancia entre los dos para atraparlo en un abrazo.

"Darle un beso al profesor suma puntos" comenta sugestivamente, envolviéndote en sus brazos y capturando tus labios con sus labios.

Una sensación cálida te recorre desde la cabeza hasta la punta de los pies, bañándote por dentro. Es la sensación más dulce del mundo, y sólo la sentís cuando él te besa. Difícilmente cualquier droga o sustancia pueda tener en vos ese efecto adictivo o la capacidad de hacerte creer que el mundo desaparece, los límites se desdibujan y solamente existen ustedes dos flotando en el medio del éxtasis. La sangre corriendo por tus venas estalla en hervor y el frío que un rato atrás calaba hasta los huesos a pesar de tu ropa de abrigo, los guantes y el gorro de repente es reemplazado por una oleada de calor que te envuelve, te ahoga, te absorbe, te abruma. Te perdés en el roce de sus manos acariciando tu espalda sobre la gruesa lana del saquito que llevás puesto, te perdés en su perfume, te perdés en el sonido de su corazón latiendo a mil por hora, te perdés en sus caricias y en el millón de cosas inexplicables e indescriptibles que te dice mediante el lenguaje de la piel. Y las piernas te tiemblan como si estuvieran hechas de gelatina, tanto que precisás que él sostenga todo tu peso para que no caigas, pero no se debe a que estás parada sobre un par de cuchillas: siempre que te besa el cuerpo te falla, siempre que te besa empezás a tiritar, siempre que te besa te derretís como un simple cubito de hielo bajo los abrasadores rayos del sol.

Y a él le sucede lo mismo. A él lo hacés sentir cosas tan intensas como las que él te hace sentir a vos. A él también se le doblan las rodillas y su cuerpo amenaza con fallarle cuando tus labios capturan sus labios para devorarlo. Él también pierde noción de todo, él también queda sedado bajo los efectos de tu amor expresado en forma de caricias. Él también queda desprovisto de toda cordura cuando tu boca y su boca se encuentran y colapsan.

"Michelle, si seguís besándome así voy a derretirme" susurra contra tus labios, reprimiendo una sonrisa y logrando que te sonrojes ferozmente.

Robás sus palabras, ya que él robó las tuyas primero:

"¿Cómo podrías derretirte rodeado de tanto hielo?" inquirís con fingidas curiosidad e incredulidad.

"Hasta el hielo se derrite al sol" murmura él, causando que un millar de mariposas se mueva dentro de tu panza haciéndote cosquillas con sus alitas.

Son apenas palabras combinadas de tal modo que forman una frase en apariencia sencilla, una frase que en apariencia no dice mucho, pero que en realidad está diciendo todo: si su mirada puede derretirte como los rayos del sol derretirían a un hielo, entonces eso significa que él es tu sol; y si tus besos pueden causar en él lo mismo y con la misma intensidad, eso es porque vos sos su sol. Y no necesitan armar elaboradas y rebuscadas frases poéticas para expresarlo: basta simplemente con las miradas cargadas de dulzura que intercambian y los besos adictivos que se dan.

Su sonrisa es hipnótica, su mirada te desarma, te puede en todo sentido, y a vos te encanta. Te fascina la capacidad que tiene para envolverte con sus palabras, con su tacto, con sus besos, con la cruda sinceridad con la que te dice que te ama, con sus ganas de hacerte feliz a través de sus pequeños grandes planes para sorprenderte.

Y se lo decís. No con el lenguaje común y corriente, sino con el brillo que centella en tus ojos y que te convierte en la única luz brillando en su mundo, su luna, su estrella favorita de entre las millones que salpican el firmamento, su sol. Es el mismo brillo con el que él contesta a tus silenciosas declaraciones de amor, el brillo que embebe esos dos pedacitos de océano negro y que te recuerda por qué tu alma lo eligió a él para ser en tu mundo la luna, la estrella más hermosa, la luz más fuerte y cálida, tu sol.

Las horas que le quedan a la noche transcurren en esa pista de hielo que él consiguió quedara vacía para poder usarla con vos, para que pudieras aprender a patinar sin sentir las presiones extras que te hubiera generado la perspectiva de caerte ridículamente y morirte de vergüenza delante de un centenar de espectadores.

Cuando las agujas del reloj marcan las seis de la mañana, están los dos exhaustos pero felices. Ya otras veces han estado toda una noche sin dormir por motivos mucho menos placenteros, como situaciones de alto riesgo en el trabajo, misiones especiales, protocolos activos, emergencias que requieren de su inmediata atención; es hermoso poder decir que vas a necesitar dormir durante todo el sábado para reponer energías porque estuviste despierta toda la noche del viernes aprendiendo a patinar sobre hielo con el amor de tu vida, tan hermoso como lo es saber que él sacrificaría todas sus horas de descanso para verte a vos feliz y contenta como una criatura. Te duelen los músculos, tenés frío, estás cansada, estás agotada, pero estás feliz, y él también está feliz.

"Resultaste ser muy buena aprendiz, Dessler" te dice con una sonrisa de oreja a oreja cuando los dos salen finalmente de la pista y se sientan en uno de los largos bancos de madera para quitarse los patines.

Sí, es cierto, resultaste ser mejor de lo que te hubieras imaginado: no tenés la gracia, agilidad y facilidad que él muestra para moverse, pero ya te explicó que eso se adquiere con práctica y tiempo. No te caíste ni una sola vez, lo cual te llena de orgullo, y las veces que te tambaleaste un poco él estuvo ahí, listo para sujetarte y ayudar a que te enderezaras otra vez. Te divertiste muchísimo (siempre que estás con él te divertís más que con nadie) y disfrutaste cada segundo, desde los primeros veinte minutos en los que no podías moverte dos centímetros sin aferrarte a sus manos como si tu vida dependiera de ello, hasta cuando cerca de las cuatro de la madrugada pudiste dar una vuelta completa a la pista sin agarrarte de nada y con una velocidad bastante buena para considerar que nunca antes te habías puesto un par de patines en toda tu vida.

"Podemos volver cuando quieras, Michelle, para que sigas aprendiendo"

"Me encantaría" contestás, devolviéndole la sonrisa "Tony, no tengo palabras para agradecerte todas las cosas que hacés por mí" suspirás, acariciando sus labios con los tuyos.

"Si seguís besándome así y diciéndome esas cosas, vas a terminar derritiéndome" murmura, dibujando el contorno de tu rostro con las yemas de sus dedos.

Las risas de ambos llenan el silencio; es tu sonido favorito y nunca te cansarías de escucharlo, así como jamás te cansarías de escuchar su voz o los latidos de su corazón cuando está dormido en tus brazos, totalmente relajado y libre de toda preocupación.

Su risa, su sonrisa, su mirada, son hipnóticas y te derriten, porque él es tu sol, la luz más fuerte brillando en tu mundo, y vos bajo los efectos de su amor te volvés tan insignificante como un cubito de hielo.

Una de las cosas más lindas es saber que a él le pasa lo mismo y que cada vez que reís, cada vez que sonreís, cada vez que lo mirás, lo dejás hipnotizado, derritiéndose, porque vos sos su sol, la luz más fuerte brillando en su mundo, la única que bajo los efectos de su amor puede volverlo tan insignificante como un cúbito de hielo.