Nota:

Para empezar, muy felices Pascuas para todos ustedes :) Espero que pasen un hermoso domingo mañana y que hayan pasado tenido un muy buen jueves, un excelente viernes y un gran sábado.

En cuanto al capítulo: Dejé un par de cabos sueltos y dos o tres contradicciones a propósito. Lo que parezca fuera de lugar ahora o no tenga mucho sentido o suene a una equivocación o a falta de coherencia y continuidad está hecho con la intención de generar dudas y va a ser explicado pronto. Espero que este nuevo pedacito de la historia les guste.


El barrio se ilumina y

La noche se hace día,

Brilla como un árbol de Navidad

Despertás el sábado cuando el reloj marca que ya pasan de las tres y media de la tarde, aunque aquello escapa a tu conocimiento. Durante un minuto entero te quedás como estás, tumbado boca abajo, con el rostro enterrado en la almohada impregnada con esa mezcla exquisita de tu perfume y el suyo, sin abrir los ojos, completamente quieto, los últimos destellos del sueño que estabas teniendo brillando tenuemente en la pantalla de cine de tu cabeza antes de que ésta se apague hasta la próxima vez que caigas hundido en el mundo del subconsciente y le toque una nueva función. Los recuerdos de la noche anterior comienzan a surgir, envolviéndote, y tus labios se curvan automáticamente en una sonrisa.

Sin embargo, cuando esos sesenta segundos embriagados de dulzura se diluyen, te das cuenta de que algo está mal, algo está fuera de lugar: estás cómodo, no tenés frío porque te envuelve una de tus mantas favoritas (nunca se te hubiera ocurrido tener una 'manta favorita', pero como es una de las mantas favoritas de Michelle, entonces también es la tuya), el agotamiento acumulado luego de una larga jornada de trabajo seguida de toda una noche en la pista de patinaje ha desaparecido gracias a ocho horas de descanso, no estás tenso, no te duele nada…

Es la falta de Michelle lo que hace que sientas que algo no encaja. No está ahí, acurrucada a tu lado, hecha un bollito diminuto, con la cara enterrada en el hueco entre tu cuello y hombro, sus brazos envolviéndote con fuerza, los latidos de su corazón firmes acariciando tus oídos e intercalándose con los tuyos en perfecta sincronía.

No escuchás el agua de la ducha ni movimientos en la cocina, por lo que una milésima de segundo después de haber procesado la información que reciben tus sentidos, completamente despierto te levantás, con el ceño fruncido y las pulsaciones un poco aceleradas, preguntándote dónde está Michelle, por qué no está ahí con vos y cómo es que te las arreglaste para seguir durmiendo profundamente sin ella anidada en tus brazos.

La respuesta la encontrás antes de tener tiempo de dar un paso hacia un lado u otro, antes de que alguno de los muchos pensamientos arremolinándose en tu mente acabe de tomar forma definida: hay una hoja de papel cuidadosamente doblada por la mitad sobre la mesita ratona, tu nombre escrito con marcador rojo en letra cursiva y rodeado de pequeños corazoncitos, a la espera de que la abras para encontrar en su interior lo que intuís debe ser una notita de Michelle.

Su caligrafía prolija es preciosa y podrías distinguirla con facilidad en cualquier sitio, entre miles y millones de papeles, porque la conocés de memoria. Es una nota de pocos renglones, escrita también en marcador rojo, y la releés al menos una docena de veces.

Me escabullí mientras dormías para ir a comprar tu regalo de Navidad. No te preocupes por mí, no me fui con el estómago vacío: tomé una taza de café con leche y comí un paquete de Oreos (no te enojes). Son las tres menos cuarto de la tarde, probablemente no vuelva hasta las seis y media o siete. No me llames al celular aunque te mueras de ganas: no puedo arriesgarme a que descubras cuál es tu sorpresa.

Ya le di de comer a Bonnie, no dejes que te engañe con su carita tan tierna y sus ojitos de cachorrito abandonado bajo la lluvia.

Te amo y voy a extrañarte todo el día, pero te prometo que en cuanto llegue voy a abrazarte y no te voy a soltar hasta que el jueves tengamos que volver al trabajo.

Muchos besos,

Michelle.

Suspirás. Así que Michelle, tu Michelle, se escabulló mientras dormías para ir a comprarte una sorpresa para Navidad. Como si necesitaras algo más que su risa, su sonrisa, sus besos y el 'sí' que va a darte cuando le pidas que se case con vos. Como si necesitaras algo más que ver sus ojitos brillantes y su carita cuando le des aquél otro regalo que tenés tan bien guardado y que ella ni debe imaginarse.

El tiempo libre del que dispones ahora te da la oportunidad de chequear detalles de tu otro plan, el que vas a llevar a cabo hoy, el que forma parte de una cadena que venís construyendo de a poquito con pequeños eslabones y que estará completa el 24 de diciembre cerca de la medianoche. Es un plan al que le dedicaste horas y horas de pensamiento y análisis, repasando detalle por detalle para asegurarte de que no hay fallas ni la posibilidad de que surjan inconvenientes que echen todo a perder. Forma parte del último tramo del plan general, y es tan, tan importante que fue, de hecho, una de las primeras cosas que organizaste, junto a la compra de otras dos cosas que Michelle ni se imagina son para ella.

Hacés uno o dos llamados para confirmar algo con Martina (jamás se lo dirías porque la pondría incómoda, pero ella ha sido tu gran cómplice desde que le contaste lo que habías ideado para cada día de Diciembre) mientras calentás un poco del café que Michelle dejó preparado. Tu taza con el logo de Chicago Cubs está en su lugar habitual, tan limpia que reluce y parece nueva, perfectamente cuidada como se merece por ser un tesoro que encierra tanta importancia para vos, pero sabés que ella la usó. A ella le encanta usar tu taza de Chicago Cubs, esa taza que jamás habías dejado fuera usada por otra persona pero que no te molesta compartir con ella, porque con ella compartís todo, con ella querés compartir cada pedacito de tu vida, cada pedacito de tu corazón.

Las agujas del reloj corren demasiado despacio para tu gusto y la forma en la que los segundos parecen burlarse de vos volviéndose pesados como el plomo te resulta exasperante. Cuando no estás con Michelle no sabés qué hacer, sentís que te falta el rumbo, sentís que nada es suficiente, sentís la necesidad de salir corriendo a donde ella esté. Dependés de ella, y no te da vergüenza reconocerlo, y aunque algunos puedan decir que estás loco tampoco te interesa escuchar opiniones ajenas. Solo en tu departamento por primera vez en mucho tiempo todo te resulta vacío, desabrido, aburrido, carente de sentido, frío. Falta su luz, su calidez, su risa inundando el ambiente, su perfume intoxicándote.

No quiero imaginarme lo que sería pasar todo un día sin ella si así me hacen sentir un par de horas reflexionás mientras jugás al Solitario en tu computadora, mirando las cartas sin interés alguno y moviéndolas de un lado al otro con desgano y de forma casi autómata.

El reloj marca las cinco menos cuarto de la tarde y vos estás tumbado boca abajo en el sofá, otra vez, respirando su perfume impregnado en la almohada. Cualquiera pensaría que estás sufriendo, con el corazón roto, abandonado, destrozado, cuando la realidad es que simplemente estás condenado a esperar dos horas más – dos horas y media como mucho – hasta que Michelle vuelva. Pero no podés. La espera se te hace eterna, la separación se te hace insoportable, las ganas de abrazarla provocan que te duela el cuerpo, sentís cosquillas en los labios porque te morís por besarla. Así de enamorado estás, así de desesperado estás, así de loco te tiene, así de dependiente sos.

En otras circunstancias podrías tratar de ocupar tu cabeza y tus pensamientos con algo de trabajo, pero el viernes tanto Michelle como vos comenzaron oficialmente sus vacaciones de Navidad y no se espera que regresen a la CTU hasta el jueves 27. Evitaste decirle a Chappelle que este año te quedarías en Los Angeles para no correr el riesgo de ser llamado en caso de emergencia, y te limitaste a desearle a él un buen viaje (te había comentado que visitaría a unos primos de su esposa en Colorado); Michelle también omitió decir que ella tampoco tenía planeado abandonar California: después de todo, el que calla otorga, y ustedes dos otorgaron a los demás el derecho a pensar que ambos van a pasar las fiestas con sus respectivas familias. Pero no tienen de qué preocuparse porque absolutamente nadie sospecha que los dos van a pasar Navidad juntos, ya que por ninguna cabeza cruzaría la idea de que hay entre ustedes algo más que una amistosa relación de colegas, gracias a todo el cuidado que ustedes ponen para mantener a salvo ese secreto al que le falta muy poquito para ver la luz.

De tanto dar vueltas y vueltas tratando de hallar una posición cómoda, acabás tumbado boca arriba en el sofá, Bonnie hecha un ovillo a tu lado, la mirada perdida en un punto indefinido del cielo raso, tus pensamientos vagando en contemplaciones profundas de cómo en casi cuatro meses las cosas cambiaron tanto y en tan variados aspectos, no sólo para vos y para Michelle, no sólo con tu familia, sino en general.

Jack, por ejemplo…, está tan distinto. Mucho más tranquilo, mucho más contento, mucho más relajado. Algo le falta, se nota: le falta Teri, le falta eso que lo completa, le falta el amor de su vida, su otra mitad. Pero ha empezado a tomar del suelo esos pedazos que quedaron desperdigados cuando Nina lo rompió con una fuerza increíble, y está volviendo a reconstruirse, o al menos está reconstruyendo lo que se puede arreglar. Tu intuición te dice que está enamorándose de alguien o incluso quizá empezando una relación con alguien, que esa alegría visible en sus ojos quiera él o no esté ahí embebiendo su mirada azul no se debe solamente a que las cosas con Kim han progresado muchísimo y que ambos han vuelto a hallar cierta estabilidad. No le hiciste ningún comentario porque sabés que es un tipo privado que no discute esos asuntos con cualquiera, pero notaste los cambios en su actitud, en su forma de ser, en su forma de hablar. Notaste la manera en la que te dijo que con Kim visitarían a Carol (hermana de Teri) en Año Nuevo porque habían sido invitados por una 'amiga' y su familia a pasar la Navidad con ellos, y no pudiste evitar distinguir eso especial que aparece en la voz y en la mirada de cualquier hombre ilusionado, así como tampoco escapó a tu instinto el cariño con el que había pronunciado la palabra 'amiga', casi con ternura. Y estás contento por él, verdaderamente contento por él; te alegra saber que él y Kim están, finalmente, saliendo adelante.

Esto te lleva a pensar, inevitablemente, en qué harías vos si estuvieras en los zapatos de Jack. La sola suposición es suficiente para que la sangre te hierva en las venas, te dé vueltas la cabeza y las náuseas suban por tu garganta quemándote con su acidez; tu corazón se contrae dolorosamente y podrías jurar que dentro de los confines de tu cuerpo escuchás a tu alma sollozar. No podés soportar siquiera imaginar por un segundo cómo sería la vida sin ella. No podrías vivir sin tu Michelle, ni hoy, ni mañana, ni dentro de veinte años, ni dentro de cincuenta ni dentro de cien. Admirás que Jack esté intentando retomar el rumbo y dar pasos hacia el futuro con la cabeza en alto a pesar de su terrible pérdida, pero vos no podrías. Si a Michelle le pasara lo que le pasó a Teri, si a Michelle le pasara cualquier cosa, vos te morirías con ella, en alma y en cuerpo. No habría para vos un 'después de Michelle'.

Instintivamente abrazás la almohada con tanta fuerza que acabás estrujándola, enterrando el rostro en ella para embriagarte con su perfume. Más sensible que de costumbre, te reprendés mentalmente por haber dejado que tus pensamientos te llevaran a un lugar tan oscuro como aquél plagado del insoportable miedo a perder a Michelle, y permitís que las lágrimas que se han acumulado de golpe en tus ojos y que están quemando tus órbitas caigan, empapando tu cara, tus mejillas, y la funda de la almohada. Tratás de concentrarte en todas las sorpresas lindas que tenés preparadas, tratás de imaginar su sonrisa y su mirada brillante cargada de ternura, tratás de perderte en el recuerdo del roce de sus labios sobre los tuyos dibujando besos.

Estar lejos de Michelle definitivamente me hace mal, incluso si son apenas unas horas pensás, esa sensación desagradable en el estómago aun torturándote, la angustia pesada sobre tus hombros como si estuvieras llevando sobre ellos todos los problemas del mundo.

Buscás tu celular y decidís enviarle un mensaje de texto; te pidió que no la llamaras, pero la notita no especificaba nada acerca de mensajitos. Necesitás un 'te amo' o un 'estoy por volver a casa' o un 'cuando llegue voy a abrazarte y no voy a soltarte más' (de verdad precisarías abrazarla, abrazarla para que ese pánico súbito que te agarró porque tus pensamientos te llevaron de un lado a otro en una fracción de segundo desaparezca, para calmarte, para fundirte en la promesa de que van a estar juntos para siempre y de que nada es lo suficientemente fuerte para separarlos).

'Te extraño. Olvidate de mi regalo; vos sos el mejor regalo que podría pedir. Volvé a casa, necesito un abrazo'

Estás a punto de agregar una carita triste, pero no querés que Michelle sepa que te angustiaste tan terriblemente porque a tu mente se le ocurrió empezar a sembrar suposiciones oscuras y posibles escenarios en los que ella no está y vos te morís de dolor porque te falta esa otra mitad, esa persona fundamental para que puedas existir. Enviás el mensaje sin poner ninguna otra cosa, y te quedás con el aparato en la mano esperando su respuesta, que llega escasos minutos después:

'Vuelvo en un ratito. No me extrañes demasiado'

No podés evitar reír al ver esa última frase, pero no es una risa que surge porque te causa gracia, sino más bien una risa que te nace desde el fondo del corazón ante lo utópico de aquello que te pide: 'no me extrañes demasiado'. Sabés que te lo dice a propósito. También sabés que lo dice en serio y poniéndole peso a cada palabra. Es absurdo que te pida que no la extrañes, así como sería absurdo que vos le pidieras a ella que no te extrañara. Y probablemente cualquiera no tardaría en juzgarlos a ambos como locos y dependientes a un extremo que dudás sea sano, pero no te importa en lo mínimo. Michelle se ha convertido en el equivalente del aire que tus pulmones necesitan para alimentar al cerebro para éste dé a tu corazón la orden de bombear sangre. Michelle es tu droga, y cuando no podés estar con ella te agarra enseguida un síndrome de abstinencia tan grande que sentís su ausencia físicamente, como estás sintiéndola ahora, devorándote, causando que tu cabeza se llene de golpe de esos pensamientos que te provocan miedos y pánico súbitos que no podés controlar y que sólo se van y vuelven a esconderse en los confines más recónditos de tu mente cuando ella llega y te acuna en sus brazos y te promete en silencio que jamás te dejaría y te reafirma que no hay fuerza humana o sobrenatural que pueda arrancarlos al uno del otro.

'¿Cómo hago para no extrañarte demasiado?' contestás, necesitado de seguir mandándole mensajitos y leyendo los que ella envía como respuesta. Esté donde esté y haciendo lo que sea que esté haciendo, no tenés dudas de que le encanta que le mandes mensajitos; a veces incluso los fines de semana cuando ella está distraída haciendo otra cosa escondés su teléfono móvil en algún lugar de la casa y empezás a mandarle mensajes cargados de palabras tiernas para que ella encuentre el aparato siguiendo el sonido.

'¿Sabés por qué no apagué el celular? Porque sabía que ibas a extrañarme tanto que terminarías mandándome un mensajito de todos modos'

No podés evitar la risita que se te escapa al leer aquellas dos líneas. Te conoce demasiado bien, mucho mejor de lo que cualquier otra persona podría llegar a conocerte.

Media hora y muchos mensajitos de texto después, te avisa que ya tiene tu regalo y que está por emprender el regreso a tu departamento. La idea de ver a Michelle dentro de un ratito te resulta reconfortante, y mucho. Tenés ganas de abrazarla y besarla como si el mundo fuera a acabarse esta misma noche, y también tenés muchas ganas de poner en marcha una de las partecitas finales de tu plan, esos últimos eslabones que falta agregar a la gran cadena de cosas que ideaste para cada día de diciembre.

'Te espero' contestás, la sonrisa en tus labios ensanchándose un poco más, tu estómago lleno de mariposas. No te parece infantil o loco extrañarla tanto porque tuvieron que estar separados un par de horas: en tu estado de enamoramiento este tipo de locura es normal (y si no lo fuera, tampoco te interesaría mucho, porque no cambiarías nada sobre la intensidad de las cosas que ella te hace sentir). Cualquier regalo que te haya comprado no puede compararse con la felicidad que te invade, esa felicidad tan enorme que no puede ser explicada y tan compleja que no hay palabras que la describan, cuando pasás tiempo con ella, perdido en sus brazos, mirándola a los ojos, escuchando el sonido de su voz y su risa, mirando dibujitos animados en la televisión o tumbados en el césped de cara al cielo tratando de hallarle formas a las nubes, o simplemente haciendo nada. Ella es el mejor regalo que Dios podría haberte hecho, y ahora que la tenés y sabés que van a estar juntos para siempre no te animarías a pedir nada de nada, porque no querés ni necesitás nada más, no te interesa tener nada más.

Sin esperar una respuesta de su parte, vas a la cocina a hervir un jarrito de leche para preparar chocolate caliente con malvaviscos. Estás pensando en bromear con Michelle diciéndole que no se merece chocolate caliente por haberte dejado durmiendo solo pero que vas a tener misericordia y perdonarla por esta vez, cuando tu teléfono vibra y suena avisándote que hay un nuevo mensaje en tu buzón de entrada.

'Si yo te esperé toda mi vida, vos podés esperarme un raro más'

Son mensajitos como ése los que te llenan de ternura y provocan que tu corazón lata tan fuerte que podés sentirlo tratando de escaparse de tu pecho, retumbando contra tus costillas y bombeando la sangre que corre rápido por tus venas. Son mensajitos como ése los que alborotan a las mariposas en tu estómago. Son mensajitos como ése los que podrías leer y releer miles de veces y no cansarte nunca de sentir las palabras empapándote.

Son mensajes como ése los que te emocionan porque prueban que tu corazón está guiándote hacia el lugar correcto, hacia el instante en el que, dentro de dos días, traces una línea, un 'antes' y un 'después' en tu historia con ella y comiencen a escribir los dos juntos un nuevo capítulo de sus vidas convertidas en una sola.


Un abrazo mucho más largo que cualquier otro que se hayan dado y dos tazas de chocolate caliente después, totalmente resignado a que no lograrías sonsacarle siquiera la más pequeñita pista sobre qué es tu regalo de Navidad y decidido a ser obediente y esperar hasta el 25 de diciembre para descubrir qué eligió ella para sorprenderte, pusiste en marcha los engranajes y comenzaste una de las últimas etapas de tu plan.

Primero la convenciste de ir a cenar a aquella pizzería a la que fueron el primer día que pasaron juntos. Toda la comida transcurrió con sus manos entrelazadas sobre la mesa y sus ojos fijos en lo que podría describirse como una mirada de adoración absoluta, de esas que penetran el alma. Conversaron de todo un poco pero también compartieron silencios de esos en los que podrían sumergirse y quedarse allí envueltos en la calidez que emana de sus cuerpos cuando hablan sin utilizar palabras.

Luego le propusiste dar un paseo, y ella te siguió, sus dedos aun entrelazados con los tuyos, sin hacer preguntas ni comentar nada, permitiendo que la guiaras hacia donde vos quisieras, su cabeza descansando sobre tu brazo y sus pasos coordinados con los tuyos.

Caminaron durante cuarenta y cinco minutos hasta acercarse a destino. Faltando escasas cuadras para entrar en la zona residencial, tus nervios aparecieron de golpe, embistieron contra vos con la fuerza de un ejército y te abrumaron de tal modo que de pronto en tu cabeza se desdibujó el plan hasta convertirse en un borrón al cual devolverle algo de coherencia parecía tarea imposible de llevar, una mancha, un enchastre, algo imposible de realizar. Todas las dudas, planteos y cuestionamientos en los que no habías reparado porque creías tener la situación bajo control aparecieron de la nada, con sus dientes filosos y hambre de tu tranquilidad, poniendo en movimiento tus nervios, carcomiéndote con velocidad y crueldad: ¿y si algo sale mal?, ¿y si no resulta?, ¿y si Michelle se enoja?

Pero como si estuvieras tratando de ahuyentar a una mosca especialmente molesta sacudiste todo eso de tu cabeza, haciéndolo a un lado, y te concentraste en el calor que se formaba entre la palma de su mano y la palma de tu mano, su perfume mezclándose con el aire de la noche, el sonido del mar meciéndose de un lado al otro, el brillo de la luna y las estrellas que adornaban aquél cielo color tinta que se cernía sobre ustedes como un gigantesco manto, su respiración relajada, su carita de muñeca de porcelana, y la certeza de que Michelle es la personita más dulce y menos egoísta del mundo, por lo cual cuando le explicaras por qué estaban allí y para qué no se enfadaría con vos ni se disgustaría ni mostraría reparos.

'Va a estar todo bien' una voz firme y optimista susurra en tu oído, ayudándote a recobrar la compostura, convirtiendo en volutas de polvo cualquier cuestionamiento o duda, reconstruyendo el plan hasta que vuelve a tomar forma en la pantalla gigante que tenés en la mente, prolijo como lo estuvo desde que lo trazaste semanas atrás.

Cuando llegan frente a la casa te detenés, para indicarle a Michelle que la caminata ha alcanzado su fin. Ella te mira desconcertada y con el ceño fruncido, sin entender dónde están o por qué están allí. Es la clase de reacción que deseabas, la clase de reacción que esperabas: no es la primera vez que traes a Michelle a este lugar, pero la primera vez te habías encargado de que tuviera los ojos vendados.

No decís nada, y ella no dice nada. Tus dedos y sus dedos siguen entrelazados, y ninguno de los dos tiene intención de soltar al otro. Ella no hace preguntas porque confía ciegamente en vos, y vos no das respuestas a interrogantes que no han sido verbalizados. Simplemente la conducís hacia el interior de la propiedad con total naturalidad; cualquiera que contemplara la escena fácilmente podría creer que aquella a la que están entrando es su casa, cualquiera pensaría que son una pareja que regresa a su hogar después de haber pasado la velada del viernes cenando fuera y dando un paseo a la luz de la luna.

"Es la casa donde van a vivir tu hermana y su familia" comenta segundos después de cruzar el umbral, una media sonrisa en su rostro al tiempo que toma noción de dónde se encuentran.

"Sí" te limitás a contestar.

"¿Vamos a seguir con las lecciones de piano?" su sonrisa se acentúa al sugerir esto, y el brillo que empapa sus ojos es tan fuerte que dudás haya alguna estrella en el firmamento que pueda opacarlo. Te encanta verla de pronto tan contenta y entusiasmada, casi ansiosa, tanto que la emoción parece irradiar de ella y envolver el ambiente, envolverte a vos.

"No" respondés, besando su frente y luego la punta de su nariz "Estamos acá por otro motivo"

"¿Otro motivo?" cuestiona ella arqueando las cejas y con un fuerte dejo de curiosidad en su voz.

"Sí, de hecho" bajás la vista, tus ojos quedan clavados en el suelo, una oleada de nervios te recorre otra vez de pies a cabeza, tus manos tiemblan ligeramente "… Bueno" volvés a titubear. Inhalás, exhalás, pero lo que finalmente te relaja es sentir los dedos de Michelle trazando el contorno de tu rostro, acariciando tu piel suavemente con sus yemas tibias "… El motivo por el que estamos acá tiene que ver con mis sobrinas" empezás a explicar "Mi hermana y mi cuñado cambiaron la fecha de su vuelo porque necesitan que Andrés se presente a su nuevo trabajo el martes a primera hora sin falta, así que van a llegar el 24 entrada la noche, gracias a un primo de Andrés con contactos en la aerolínea que pudo conseguirles pasajes de última hora a pesar de la fecha en la que estamos. Fiona me llamó hace dos días para avisarme, y nos pidió a Martina y a mí que le hiciéramos un favor. Martina sólo podía ocuparse de una parte de ese favor esta tarde, entonces yo le prometí que iba a encargarme de la otra, y se me ocurrió que te gustaría ayudarme"

Si tu intensión era la de confundir a Michelle y llenarla de intriga hasta lograr que tuviera el ceño fruncido y su rostro contorsionado en una de sus expresiones más adorables, lo lograste. Todo lo que acabás de decirle no forma más que una madeja de información anudada y enredada, y vos sos el que tiene que aflojar los nudos y desenredarla.

Esta es la parte difícil pensás.

Tomás aire y seguís hablando:

"Fiona no esperaba pasar el 25 de diciembre en Los Angeles. Los muebles van a llegar desde la otra punta del país recién entre el miércoles y el jueves; los primeros días van a tener que arreglárselas como puedan. Lo que más angustia a mi hermana es que cuando las nenas despierten la mañana de Navidad no van a tener un árbol decorado. Éste es el primer año en el que Lara entiende más o menos de qué se trata la Navidad, y está tan entusiasmada, tanto que incluso cuando le hablan del tema contesta con frases más o menos largas" suspirás "… Martina y yo le prometimos a mi hermana que compraríamos un árbol y adornos nuevos y que lo decoraríamos para que nuestras sobrinitas se despertaran el 25 y, a pesar de las circunstancias y de la mudanza repentina, pudieran tener una linda mañana de Navidad, como la que mi hermana hubiera preparado para ellas de no haberle llovido tantos imprevistos de golpe" volvés a tomar aire "Pero surgió otro inconveniente…"

Esta es la parte en la que todo puede arruinarse no podés evitar pensar, no podés evitar la voz aguda que te lo recuerda, susurrando en tu cabeza y queriéndote envolver con sus palabras envenenadas para causar que tus nervios hiervan y que falles.

"… Martina no pudo encontrar un árbol de la medida adecuada; es casi imposible comprar un árbol en estas fechas, a decir verdad, mucho menos si uno tiene pretensiones en cuanto a las medidas y la calidad" se te escapa otro suspiro mezclado con un poquitito de frustración "… Yo ya había encargado uno para nosotros" bajás la mirada hacia el suelo otra vez, pero alzás la mano para acariciar su mejilla "Iban a traerlo hoy a la tarde a casa, mi idea era que lo decoráramos juntos… Pero ayer cuando Martina me llamó y me dijo que no había podido conseguir un buen árbol para las nenas…, pensé en mis sobrinas y… decidí actuar egoístamente" largás tu confesión ": llamé para cambiar la dirección de la entrega, le pedí a mi hermana que viniera esta tarde a recibirlo y le dije que trajera las cajas con los adornos nuevos. Pensé que…, bueno, pensé que podríamos decorarlo los dos, para mis sobrinas… nuestras sobrinas" te corregís "para que ellas puedan tener un árbol de Navidad… Sé que es una actitud egoísta…" comenzás a disculparte.

Pero tus disculpas quedan ahogadas.

Michelle te interrumpe posando sus labios sobre tus labios y acunando tu rostro con sus dos manos, tibias y suaves. Aparentemente no es necesario que sigas dando explicaciones (explicaciones que acabaron saliendo de tu boca mucho más enredadas y entrecortadas de lo que te hubiera gustado) porque ella te entiende con sólo mirarte, ella puede ver escrito en tus ojos todas las cosas que con palabras no sabés cómo decir, todas las cosas que en palabras se vuelven más complicadas de explicar.

"No me parece un gesto egoísta en lo absoluto" murmura "Me parece un gesto muy, muy dulce de tu parte" cerrás los ojos al sentir la punta de su nariz rozando la punta de tu nariz en forma de beso esquimal "Son gestos como ése los que me enamoran de vos todos los días un poco más"

"Michelle, prometo compensarte por esto" le asegurás, aun un poquitito nervioso "Te prometo que el año que viene nada va a impedir que tengamos un árbol de Navidad enorme"

"Tony, para mí tiene más valor que te preocupes por tus sobrinas y por ser de ayuda para que a pesar de la mudanza aun puedan pasar una linda Navidad que cualquier otra cosa. No tenés que compensarme nada"

"Pero de todos modos voy a compensártelo" susurrás, mucho más tranquilo y relajado.

"Conociéndote, estoy segura de que el año que viene vas a aparecer con un árbol gigantesco" dice ella riendo, sus manos aun acunando tu rostro.

Pensás en el árbol que ya elegiste y compraste, aquél que fue entregado unas horas atrás y que Martina recibió porque vos le pediste que ocupara su tarde de sábado haciéndote ese favor: es enorme, uno de los más grandes que había disponibles, un pino hermoso de hojas perennes de un verde vivo y brillante. Imaginás la sonrisa de Michelle mientras los dos arman juntos por primera vez un árbol de Navidad; imaginás sus ojitos brillantes, iluminados por esa lucecita tan característica que los embebe cuando te mira con esa mezcla de adoración y locura que solamente vos le provocás. Pensás en todo eso y tu panza se llena de mariposas, tu corazón late rápido, los nervios desaparecen totalmente, la sangre en las venas te corre como río revuelto, su voz diciéndote que tu actitud no le parecía egoísta sino muy dulce resuenan en tu cabeza y te enamorás un poquitito más de ella.

"Vamos, Tony" interrumpe tus reflexiones jalando de tu mano "Vamos, armemos un árbol de Navidad hermoso para tus sobrinitas"

Deja que la guíes hacia la habitación principal. La casa no es enorme como la de tus padres, pero sí es bastante amplia y cómoda para un matrimonio con tres o cuatro hijos. La sala de estar, donde se encuentra el árbol, es espaciosa, por eso le pediste a Martina que le dijera a los que hicieron la entrega que lo pusieran allí, en una esquina, porque se te ocurrió que allí se luciría mejor.

Al abrir la puerta y traspasar el umbral te das cuenta de que, evidentemente, no te equivocaste: en aquella esquina el árbol luce precioso, imponente, se destaca, muchísimo más que en la fotografía que viste antes de encargarlo. No sabés si el hecho de que vas a decorarlo con Michelle le otorga una belleza que va más allá de lo que es como espécimen en sí, pero es el árbol de Navidad más hermoso que viste en toda tu vida, sus hojas de ese verde vivo e intenso las más perfectas en las que hayas posado tus ojos alguna vez. Quizá para otros éste sería un árbol más, un árbol que no se diferencia en nada a los demás árboles, pero para vos es especial, es especial porque es el primero de los muchos árboles que a lo largo de lo que te queda de existencia vas a decorar con Michelle, tu Michelle.

Juzgando por el suspiro que se escapa por entre los labios de Michelle, ella se siente igual: deslumbrada. Y no hay nada que te haga mejor que verla sonreír así, no hay nada que te haga mejor que ese brillo en sus ojos. Esa luz que irradia su mirada, esa sonrisa de oreja a oreja, son mucho más fuertes y te causan un impacto mucho más profundo que cualquier otra emoción que puedas imaginar, comprender o concebir. Siempre sus reacciones se sienten como caricias al alma, siempre superan cualquier cosa que puedas soñar cuando planeás los detalles de cada sorpresa.

"Es" hace una pausa como si estuviera buscando las palabras indicadas "… Es magnífico" murmura "Es perfecto. Tony, me encanta. Y estoy segura de que a tus sobrinas también va a encantarles"

Un nudo se forma en tu garganta y tragás con dificultad al tiempo que lágrimas de emoción empapan tus ojos negros. Michelle te maravilla cada día un poquitito más con sus actitudes, con su amabilidad, con sus gestos tan humanos, te maravilla porque es la personita menos egoísta que conocés, la más dulce, la más buena. A ella no le importa renunciar a tener un árbol esta Navidad para dárselo a tus sobrinas; ella da a otros desinteresadamente y nunca espera nada a cambio, porque tiene un corazón enorme lleno de amor, porque siempre pone a los otros antes que a ella misma, porque a ella le importa ver a tres criaturitas felices más de lo que le importa su propia felicidad.

Acunás su rostro entre tus manos y la atraés hacia vos, hasta que sus labios y tus labios quedan a apenas milímetros. Susurrás dulcemente cuán perfecta es, cuánto la amás, cómo te enamorás de ella cada segundo con más y más locura, cómo te resultaría imposible continuar con tu vida si ella – tu razón de ser, tu razón para funcionar, tu fuerza, tu principio, tu fin – te faltara; cada palabra nace de tu boca mientras tus ojos se ahogan en sus ojos, su alma y tu alma reflejándose una a la otra. Y luego la besás, muy, muy despacio, saboreando cada segundo.

"Nunca cambies, Michelle" le pedís, recorriendo lentamente el puente de su nariz con la punta de la tuya "Nunca dejes de ser esta personita tan tierna, dulce y generosa a la que amo tanto. Nunca dejes de enamorarme todos los días con tu personalidad"

Qué hiciste para merecer a una mujer así de perfecta, nunca vas a saberlo, pero estás agradecido porque Dios te bendijo con ella.

Tanto como ella está agradecida porque Dios la bendijo con vos.


Examinás con cuidado los adornos rojos y dorados; son sencillos porque no te gustan las cosas sobrecargadas y sabés que a Michelle tampoco, pero tienen clase, estilo, y te hacen sentir orgulloso de tu buen gusto y ojo crítico a la hora de hacer compras por internet (algo que jamás confesarías porque eso y una puñalada a tu ego masculino serían más o menos la misma cosa). Lo único que brilla más que los ornamentos en forma de esfera son los ojitos orientales de tu princesa, quien no deja de admirar la belleza del árbol, ahora desde cerca, y cuya voz cargada de ternura inunda tus oídos con comentarios sobre lo felices que Lara, Catalina y Udine van a estar cuando se despierten la mañana del 25 de diciembre y vean un árbol tan grande y tan hermoso esperándolas.

No hacen las cosas a las apuradas porque en este instante no hay ningún otro sitio en el que preferirían estar; en realidad, siempre que están juntos, sin importar cuán simple o cuán complejo sea el momento, no hay otro lugar sobre la faz de la Tierra en el que podrían sentirse mejor. Se toman su tiempo para colocar cada cosa en su lugar, siguiendo un patrón para que las pelotas doradas queden intercaladas con las escarlatas. Entre que cuelgan una borla y luego la otra transcurren minutos enteros, minutos durante los cuales Michelle te muestra otros costados de su alma contándote sus mejores recuerdos de las Navidades pasadas con su familia; se te ocurre que, como son tan pocos, los atesora muchísimo y les da un valor verdaderamente profundo y especial.

"Mi mamá era la única a la que yo dejaba peinarme a veces" los dos ríen "Ella era la única capaz de domar mis rulos" te explica con un dejo de nostalgia y una sonrisa empapada en las memorias que pasan por su cabeza cruzando su rostro de muñequita de porcelana "Cuando era chiquitita, para una de mis primeras Navidades mi abuela me compró un juego de hebillas con forma de mariposas. Era precioso. Mi mamá se sentó en el sofá y yo me acurruqué en su regazo, y ella me cepilló el cabello durante un largo rato, después me hizo una trenza y la adornó con las hebillitas en forma de mariposas" baja la cabeza y sus ojos se clavan en el suelo por unos segundos "Ese día estuvo sobria desde que yo me desperté hasta que me fui a dormir después de cenar" murmura.

Juzgando por las historias que Michelle te cuenta, cuando Ellie Dessler estaba sobria y cuerda, cuando la locura no la hacía su prisionera, cuando no enloquecía súbitamente y atacaba a su hija sin razón alguna, cuando no le ganaba la terrible angustia de haber perdido a su marido, cuando no permitía que su enfermedad la atrapara, era una buena mamá, una mamá atenta y cariñosa. Lamentablemente, esos momentos eran los menos porque su alcoholismo y su bipolaridad eran demasiado fuertes, tanto que acabaron tragándosela entera, consumiéndola, destruyéndola, y junto a ella todo lo que se encontraba a su paso, Michelle incluida. Los pocos momentos buenos que Michelle compartió con su mamá en sus primeros diez años de vida están guardados muy, muy cerca de su corazón, porque ella, a pesar de todo, ama a su mamá, la extraña, la necesita. Lo admita en voz alta o no, es así, aun después de casi quince años, aun después de su abandono, aun después de los ataques y las golpizas porque sí, aun después de la tortuosa experiencia de haber convivio con una alcohólica violenta y depresiva: Michelle sigue amando a su mamá, no le guarda rencor, no permite que la desilusión y la angustia la lleven a caer en el círculo irrompible que es el odio, no permite que los escasos buenos recuerdos sean nublados por el sinfín de situaciones amargas que tuvo que afrontar cuando era apenas una criaturita. Michelle sigue necesitando a su mamá, sigue extrañándola, y no la aborrece como muchos otros lo harían en una situación similar, sino que hasta incluso intenta justificarla, sino que se aferra a las cosas buenas, como al recuerdo de esa mañana de Navidad en la que su mamá se acurrucó con ella en el sofá y le trenzó el cabello.

Pero a pesar de su infancia difícil Michelle no es resentida. Michelle tiene un corazón enorme y esa necesidad tan grande de dar y recibir afecto que te conmueve. Michelle es la clase de personita hermosa por fuera y por dentro que sacrificaría todo por la gente que ama. Ella es la clase de personita hermosa que es más feliz dando que recibiendo, y eso, en tu opinión, la hace merecedora de toda la magia que vos puedas darle.

No le decís nada, simplemente tomás su rostro entre tus manos y besás la punta de su nariz con dulzura, hablando sin hablar, susurrando todo lo que pensás sin que haga falta que esos susurros sean sonidos porque ella puede sentirlos en el roce de tu piel sobre su piel.

Michelle sabe que estás orgulloso de ella, sabe que jamás la abandonarías, sabe que la admirás como a nadie, sabe que la adorás, sabe que vas a cuidarla y a hacer hasta lo imposible para que nunca más la lastimen, sabe que vas a escucharla con paciencia cada vez que necesite desahogarse, sabe que la entendés aunque a vos no te haya tocado vivir las mismas cosas, sabe que vas a curar todas sus heridas, sabe que con vos puede compartir todo. Por eso entre ustedes sobran las palabras.

Y vos podés compartir todo con ella. Todas esas cosas que llevás años guardándote muy, muy adentro y escondiendo porque no querés mostrárselas a nadie más. Todas esas cosas que al ser expuestas dejan a la luz tu costado más frágil y vulnerable. Todos esos recuerdos que de tan agridulces se vuelven tóxicos. Todo eso podés compartirlo con Michelle, con tu Michelle, sin que duela, sin que hiera, sin que la nostalgia y el dolor te consuman, sin que el peso de la muerte de tus hermanos y el calvario por el que tu familia pasó después de cada pérdida sea lo suficientemente fuerte para hundirte y dejarte tirado en el suelo, aplastado como una cucaracha. Con Michelle podés revivir las memorias más lindas de tus Navidades en Chicago cuando eras una criatura, podés volver a practicar las tradiciones que se habían convertido en rituales pesados de cumplir porque sólo traían la sensación de vacío que queda cuando los que amamos se marchan, podés volver a sonreír cuando las anécdotas en las que nunca más volviste a pensar como parte de tu mecanismo de autodefensa surgen naturalmente, podés permitirte un paseo por tu memoria sin temer a que las sombras te arrastren y te traguen.

Por eso vos también, mientras decoran el árbol, abrís tu corazón, le mostrás rincones de tu alma que nadie más ha visto, te relajás y te permitís revivir a tus hermanos a través de tus recuerdos, sentir sus corazones latiendo en tu voz y en tu risa, en tus pulsaciones y en tu sangre que corre por tus venas cargada no de un veneno agridulce, sino simplemente de una dulzura que nunca creíste posible poder experimentar al pensar en ellos, mucho menos al contarle sobre ellos a otra persona.

"Christian y Eva siempre ideaban los planes más alocados para tratar de encontrar los regalos que papá y mamá escondían"

"¿Alguna vez encontraron algo?"

"Vivíamos en un departamento muy chiquito en esa época, así que en teoría tendríamos que haber logrado hallar al menos un paquete" reflexionás "pero mis padres eran demasiado ingeniosos y se las arreglaban para ocultar los regalos en los lugares más inimaginables, así que nunca pudimos dar con ninguno" colocás una borla dorada junto a la roja que Michelle está terminando de acomodar "Ahora que lo veo en perspectiva, me alegra que esos planes infantiles y descabellados jamás hayan tenido éxito" ante su mirada inquisitiva explicás ": Económicamente hablando aun éramos una familia muy humilde, y mis padres sólo podían comprar uno o dos regalos para cada uno. Si los hubiéramos hallado, habríamos arruinado la sorpresa para la que ellos trabajaron tanto; costaba un gran esfuerzo de su parte que nosotros pudiéramos tener una Navidad tan tradicional como posible, con un árbol, galletitas de jengibre, chocolate caliente y paquetes para abrir" no te das cuenta de la lágrima que rueda por tu mejilla hasta que el pulgar de Michelle la captura impidiendo que siga cayendo rumbo a tus labios "Siempre hicieron sacrificios muy grandes por nosotros, para darnos lo mejor, incluso si eso significaba que para ellos no quedaba nada"

"Gracias a todos sus sacrificios criaron al hombre maravilloso que sos, Tony" Michelle susurra, acariciando tus mejillas.

Sus palabras provocan en vos emociones abrumadores y por un momento te quedás callado, absorto en esa sensación cálida que despertó Michelle con lo que dijo, permitiendo que te recorra de una punta a la otra inundando tu cuerpo con su dulzura. Ella no dice nada, simplemente permanece de pie junto a vos, mirándote con esa adoración que podés encontrar siempre en esos dos ojos oscuros en los que se encuentra tu Universo entero.

"Mi abuela nunca entendió mucho las costumbres estadounidenses – y occidentales en general, para el caso – a la hora de celebrar la Navidad y siempre fue un poco reacia a la hora de gastar dinero en regalos porque sí, pero hacía el esfuerzo de tratar de comprender y adaptarse a nuestras tradiciones, principalmente por mí" explica, rompiendo el silencio luego de un tiempo indefinido transcurrido en la más absoluta quietud "Le costaba bastante" los dos ríen "pero al menos hacía el intento. Sin embargo, nunca entendió muy bien eso de que los regalos tienen que esconderse y luego ser puestos en el árbol la mañana del 25 antes de que los chicos se despierten, así que hallar los regalos en mi casa no era una tarea muy difícil: bastaba con abrir la puerta del ropero y revolver un poco hasta encontrar algún paquete semioculto entre los abrigos"

"Algo me dice que vos nunca hiciste eso" murmurás.

"Me conocés demasiado bien" admite, sonriendo con una mezcla de timidez y picardía y arrancándote a vos una sonrisa "Para mí había algo mágico en esperar hasta la mañana de Navidad para abrir los regalos. Además, sabía muy bien cuánto le costaba a mi abuela tratar de seguir las costumbres de un país que no era el suyo y cuánto le costaba ahorrar el poco dinero que sobraba cada mes… Hubiera sido injusto de mi parte dejar que la curiosidad arruinara la sorpresa. Ninguna de las Navidades de mi infancia hubiera sido espectacular vista desde los ojos de otras criaturas, pero para mí eran importantes porque yo veía el amor en los gestos de mi abuela. Lo que otros hubieran considerado mezquino o tacaño de su parte para mí era especial porque yo sabía que lo poco que hacía, era hecho con buena intención"

Michelle nunca va a dejar de sorprenderte: lo que vos entendés ahora que sos mayor, ella ya lo entendía cuando era chiquitita. La sabiduría que ya mostraba desde temprana edad jamás cesa de asombrarte, tampoco su capacidad para aceptar lo que la vida le da sin quejarse y sin comparar su suerte con la de los demás, sentirse desafortunada o guardar resentimiento.

Presionás tus labios contra su frente y susurrás:

"Tu abuela con sus sacrificios también crió a una mujer maravillosa"


Mirás al árbol casi terminado y no podés evitar sonreír: cada una de esas borlas rojas y doradas que lo decoran, cada una de ellas fue puesta ahí entre historias, recuerdos, anécdotas, vivencias y reflexiones que nunca antes habían compartido con nadie porque con nadie más tienen tal nivel de confianza y la seguridad de ser escuchados con el corazón y no con los oídos y encontrar comprensión. Se te ocurre, entonces, que ese primer árbol de Navidad no fue hecho por ustedes, sino que está hecho con pedazos de ustedes.

"Ahora viene mi parte favorita" anunciás con un dejo de sarcasmo en la voz, sosteniendo en tu mano un paquete cerrado no mucho más grande que un libro ": el momento de poner las luces de colores y no morir en el intento"

Ella ríe, y su risa, que para vos es como música, te llena el alma.

"Seguro siempre terminás enredando todo porque sos un atolondrado y hacés las cosas a las apuradas" te acusa, sin dejar de reír.

"Si lográs poner las luces sin que el cable se enrede, te dejo colocar la estrella en la punta del árbol" ofrecés, tratando de sonar como si estuvieras proponiéndole un desafío irrealizable a cambio de darle algo fascinante, costoso o extravagante.

Michelle acepta tu propuesta con una sonrisa, y vos te preguntás si de verdad cree que serías capaz de quitarle el gusto de ser ella la que coloque la estrella en la punta del árbol, pueda poner las luces sin que el cable se enrede o no. Sin embargo, se las arregla para concretar la tarea en cuestión en apenas diez minutos, dejándote boquiabierto y matando la teoría que venís sosteniendo desde hace años sobre lo imposible de adornar un árbol de Navidad con luces sin acabar enredando todos los cables y perdiendo la cordura y la paciencia en el proceso.

"El secreto está en no desesperarse y no ir deprisa" explica ante tu expresión anonadada "algo en lo que tu género siempre falla porque son demasiado impacientes y no pueden tomarse dos segundos extra para hacer las cosas bien" comenta en tono burlón.

"Dessler, no tientes a la suerte" advertís, reprimiendo la sonrisa en la que tus labios quieren curvarse ": aunque hayas colocado bien las luces, aun puedo arrepentirme y poner yo la estrella en la punta del árbol si seguís haciendo esos comentarios…"

"No te creo, Almeida: serías incapaz de romper una promesa"

Chasqueás la lengua en señal de derrota y sellás su boca con un beso, no para impedir que siga haciendo chistes sobre lo fácil que resultó para ella hacer algo que a vos nunca te salió bien, sino porque es tu forma de decirle que tiene razón en todo: serías incapaz de romper una promesa, especialmente si esa promesa la hiciste a ella.

Michelle toma la estrella de cinco puntas en sus manos con especial cuidado y la observa durante un minuto entero, absorbiendo la belleza de aquella pequeña obra de arte como vos absorbes su belleza cada vez que te quedas inmerso contemplándola.

"Es una estrella preciosa" susurra, acariciando el borde con la yema de su dedo.

"No tiene nada que envidiarte a vos" murmurás en su oído, envolviéndola con tus brazos y respirando su perfume hasta que los pulmones se llenan de aquello que para vos es más importante y esencial que el oxígeno mismo.

"¿Me ayudás a colocarla?" te pide "El árbol es tan alto que no podría llegar ni en puntitas de pie"

Cuando la alzás para que pueda agregar el último adorno al árbol, te das cuenta de que es demasiado liviana, tanto que apenas tenés que hacer fuerza para levantarla. Te preocupa que sea tan flaquita, pero te tiene a vos para que la cuides y te ocupes de que se alimente bien y no se saltee ninguna comida ni tenga que recurrir nunca más a esas cenas pre-cocidas para recalentar en el microondas.

"Ahora hay que encender las luces" dice entusiasmada cuando vuelve a tener ambos pies en el suelo.

Con el pulgar apretás el pequeño interruptor y una fracción de segundo después un estallido de color acontece frente a sus ojitos brillantes y maravillados. El árbol queda precioso iluminado, las borlas doradas y escarlata resplandecen, la estrella es mucho más hermosa que todas aquellas que distantes los miran desde el firmamento. La decoración es sencilla y les llevó un largo rato porque se tomaron su tiempo para disfrutar de cada segundo, para compartir pedacitos de sí mismos con el otro, para desempolvar recuerdos que jamás le contaron a otra persona pero que les gusta ahora sean de los dos. Es, para vos, el árbol de Navidad más lindo del mundo, y sabés que para ella lo es también. Es el primero de muchos árboles de Navidad que van a decorar juntos, porque cada diciembre que te quede por vivir pensás vivirlo con ella, con tu Michelle, con la mujer que se adueñó de tu corazón y que tiene dentro suyo la mitad que le falta a tu alma para estar completa, la mujer con la que querés pasar toda una eternidad, tu razón principal para sonreír cada mañana al despertar y darle las gracias a Dios cada noche antes de irte a dormir.

"Es bellísimo" susurra, abrazándote y reposando la cabeza sobre tu hombro mientras los dos se quedan muy quietos de pie frente al árbol, admirándolo "A tus sobrinas va a encantarles" murmura, emocionada y sonriente.

"Quisiera que al regresar a casa pudiéramos tener un árbol como éste, Michelle" le decís con un dejo de angustia en la voz "No tengo palabras para decirte cuánto te amo y cuánto te agradezco que no te enojes porque decidí darle a mi sobrina el árbol que había comprado para nosotros dos"

"Tony, no tenés nada que agradecerme" cerrás los ojos y te relajás bajo el tacto de sus caricias en tus mejillas.

"Tengo muchísimo que agradecerte, más de lo que podrías imaginar" decís, besando la palma de su mano.

"Todo lo que necesito en Navidad es a vos. Ya me hiciste demasiados regalos y me diste demasiadas sorpresas, más de lo que merezco. Mi Navidad va a ser hermoso, tengamos un árbol en la sala de estar de tu departamento o no, porque voy a pasarla con vos, y eso es todo lo que quiero. Fue hermoso decorar este árbol juntos, y soy muy feliz sabiendo que hicimos esto para tus sobrinitas"

"Un día no muy lejano vamos a tener una casa como ésta y a decorar un árbol como éste para nuestros hijos" prometés "¿Te gusta esa idea?" le preguntás al oído.

"Me encanta"

Contemplan un rato más el árbol, las borlas color rojo y oro, las luces que centellan, la estrella de cristal que casi roza el techo, los dos permitiendo que el silencio los envuelva y acaricia en el alma. Luego se sientan en el suelo de madera y pasan el resto de la noche hablando de todo y de nada, riendo como dos criaturas, compartiendo pedacitos del pasado y planeando el futuro que van a dibujar juntos.


Cuando ninguno de los dos puede reprimir los bostezos que se les escapan constantemente, decidís que es hora de regresar a tu departamento para tomar un desayuno abundante y después dormir hasta entrada la tarde. Es la segunda noche consecutiva que se quedan despiertos hasta el alba y fue tan maravillosa como la anterior, pero los dos necesitan descansar y reponer energías, sobre todo porque tenés planeado algo muy especial para sorprenderla este domingo y para eso los dos tienen que estar relajados y con fuerzas renovadas.

Al salir de la casa, notan que el cielo está tiñéndose de color claro, la luna está desdibujándose, convirtiéndose en más y más efímera con cada segundo que pasa, el sol resurgiendo después de haber visitado el otro lado del mundo, saliendo de su escondite para posarse sobre la ciudad de Los Angeles y cubrirla con sus cálidos rayos dorados. El barrio se ilumina, la noche se hace día, brilla como un árbol de Navidad, como aquél árbol de Navidad que los dos decoraron juntos entre besos, promesas, risas, anécdotas, secretos y miradas cargadas de amor y ternura.

Con la salida del sol el barrio se ilumina y la noche se hace día, brilla como un árbol de Navidad. Como el primer árbol de Navidad que armaron juntos, el primero de muchos, porque hace tiempo que decidiste que vas a pasar cada minuto de vida que te quede con ella.

Querés envejecer con ella, quizá en una casa como la que están dejando atrás, cómoda, amplia, acogedora, ideal para que dos personas que se aman con locura y quieren perpetuar todo ese amor teniendo hijos y formando una familia la conviertan en su hogar.

Querés envejecer con ella, quizá en un barrio como ése, tranquilo, sereno, cerca de la playa para que el ruido de las olas meciéndose cuando el mar está revuelto los acune cada noche al mezclarse con el sonido de sus respiraciones y pulsaciones acompasadas.

Querés envejecer con ella, transitar cada tramo de camino que quede por delante los dos tomados de la mano, contar sus arruguitas como ahora contás sus lunares y darte cuenta que forman un mapa que cuenta la historia de su vida y que de esa historia vos también sos protagonista, despertar cada mañana sabiendo que dedicaste tu paso sobre la Tierra a hacer feliz a la mujer que le otorgó significado a todo y te convirtió en una mejor persona, esa chica dulce y para nada egoísta que no dudaría ni un segundo a la hora de dar su árbol de Navidad a tus sobrinitas para que ellas estén contentas.

"Michelle…" llamás su nombre con dulzura mientras caminan calle abajo para regresar a donde dejaste el auto estacionado la noche anterior cuando la llevaste a cenar y a comer helado.

"¿Mmmh?"

"Amo saber que cada diciembre que nos quede voy a ser el que te alce en brazos para que pongas la estrella en la punta de nuestro árbol de Navidad"

Es una nueva manera de decirle que amás saber que van a envejecer juntos.

"Y yo amo saber que cada diciembre que nos quede voy a ser la que te demuestre que no es imposible poner las luces sin terminar enredando los cables"

Y esa es su nueva forma de decirte que ama saber que van a envejecer juntos.