Nota: Tardé en escribir este capítulo porque me costó muchísimo, y lamentablemente no creo haber llegado a los resultados que tenía en mente cuando empecé a escribirlo. De todos modos, no es el capítulo que más odio. Voy a tratar de escribir el capítulo 90 rápido, pero en ése van a suceder tantas cosas y van a tratarse tantos temas que no sé realmente cuánto voy a tardar; de todos modos, voy a poner mi esfuerzo para conseguir terminarlo en menos de una semana. Espero que éste les guste y no les resulte tan tedioso y raro como a mi me resultó al releerlo.
Enséñame a quererte
Un poco más.
Sentís el grabado en tu piel quemándote dulcemente, su nombre seguido de una declaración de amor breve pero profunda provocando un cosquilleo placentero en aquél sitio de tu anatomía marcado para siempre por las agujas que con exquisita suavidad rasgaron el tejido hasta crear una obra de arte que desaparecerá sólo cuando el paso del tiempo te consuma y no queden más que tus huesos cubiertos de la carne hecha polvo mezclada con el polvo del que viene la humanidad y al que la humanidad vuelve.
Acero filoso embebido en tinta imborrable recorrió palmo a palmo tu espalda color marfil hecha lienzo extrayendo desde el fondo de tu alma emociones complejas hasta hacerlas surgir en forma de frases cortas y sencillas fruto de uno de uno de los actos más íntimos que cometiste impulsada por tu locura: tatuarte el mantra que tu corazón repite día a día, segundo a segundo, con cada pulsación, cada vez que late, fluyendo como la sangre que corre por tus venas.
Por recomendación de Martina fuiste al estudio de arte de Sky Katic, una joven rusa de cabello corto teñido de púrpura y penetrantes ojos verdes que te explicó en qué consistía el largo proceso mediante el cual con su talento y sus instrumentos daría vida a los prolijos trazos que llevaste escritos en una hoja de papel. Te mostró todos los aparatos que usaría, te contó brevemente sobre la función de cada uno, y luego te preguntó no menos de diez veces si estabas segura de que querías eso, construyendo un argumento fuerte basándose en la cantidad de casos que conoce sobre mujeres que en un arrebato de pasión que las dejó temporariamente ciegas decidieron hacerse tatuajes alusivos a parejas que luego de que el destino diera sus vueltas acabaron despreciando.
No tenías dudas y así se lo dijiste cada vez que te interrogó al respecto; si te creyó o si le ganaste por cansancio, eso escapa a tu conocimiento. No pretendés que todos entiendan que tu amor es demasiado puro, demasiado importante, demasiado mágico, demasiado especial y que nunca va a acabar, que es para siempre, que es de esos amores por los que se mata y se muere, que es el sentimiento más grande y más maravilloso que alguna vez experimentaste y que va a ser eterno; no pretendés que todos comprendan lo que Tony y vos comparten, porque es tan complejo y tan íntimo que escapa a lo que abarca el lenguaje que hablan los demás.
Estarías mintiendo si dijeras que no dolió, porque dolió, pero pudiste soportarlo: cerraste los ojos y te concentraste en imaginar las horas que vas a pasar tumbada boca abajo sumergida en la sensación de sus labios desparramando besos posesivos en aquella zona, devorando cada sílaba, trazando el contorno de cada pequeña letra, memorizando la textura, acariciando con las yemas de sus dedos el sitio exacto en el que el arte salpicó tu piel y las gotas formaron su nombre.
Cuando concluyó, Sky te hizo pasar a una habitación aparte para que pudieras admirar en un espejo el trabajo terminado. En cuanto lo viste tus ojos se abnegaron de lágrimas que comenzaron a rodar por tus mejillas sin que vos pusieras voluntad alguna en tratar de detenerlas; estabas demasiado embelesada contemplando aquello tan hermoso que no sabrías describir en palabras como para preocuparte por tu rostro enchastrado con rímel y delineador. Las emociones que se despertaron dentro tuyo fueron mucho más potentes y abrumadoras de lo que habrías sido capaz de imaginar y no creés existan expresiones adecuadas para explicar lo mucho que te impactó ver el significado de tu existencia entera plasmado en tu espalda, en tu cuerpo, en tu propia carne, en la anatomía que acobija tu alma.
No vas a arrepentirte jamás de lo que hiciste. ¿Cómo podrías?: no hay nada en lo que creas más ni con mayor convicción y devoción que aquello que reza ese párrafo que ahora es tan parte de lo que sos como lo son tu sangre, tus huesos, tus venas, tus arterias, tus músculos. Dentro de veinte años las palabras van a seguir estando ahí, fundidas en vos; dentro de treinta años, dentro de cuarenta años, dentro de cincuenta años van a seguir cinceladas allí, tan verdaderas como lo son hoy, o incluso más… Probablemente mucho más, porque con cada día que pasa él te enseña a amarlo un poco más.
Tendrías que andarte con mucho cuidado hasta que llegara el momento de sorprenderlo; Tony no debía sospechar nada, porque si lo hiciera entonces parte de tu plan se vería arruinado, pero durante el viaje de regreso a su departamento el sábado por la tarde, durante toda la noche, mientras cenaban, mientras daban un paseo a la luz de la luna, mientras decoraban el árbol para sus sobrinas y compartían anécdotas y vivencias, una partecita tuya había estado pensando ansiosa en el momento en el que podrías estar a solas frente a un espejo para seguir perdiéndote maravillada en el resultado de ese acto inspirado por el amor.
Encontraste la oportunidad el mediodía del domingo, luego de haber pasado la mañana durmiendo acunada en sus brazos.
Quizá por ansiedad, nervios, expectativa o una mezcla de las tres cosas el último par de días apenas dormitaste; tu mente está demasiado llena de bullicio como para poder serenarse por largos períodos de tiempo. Despertaste cerca de las doce y media y no pudiste volver a caer en la negrura que te envuelve cuando permitís a tu cabeza descansar y quedar prisionera de tu subconsciente y de los sueños que fabrica para exhibir en esa gran pantalla de cine; pasaste un largo rato anidada contra su pecho, escuchando su respiración acompasada, acariciando su rostro con las yemas de tus dedos y observándolo con dulzura en ese estado tan tierno y vulnerable, y luego cuando ya estabas totalmente despejada decidiste escabullirte al baño porque te morías de ganas de examinar tu tatuaje otra vez, estudiarlo, permitir que su belleza te intoxique dulcemente.
El espejo siempre ha sido tu peor enemigo, al que más le temés, el que alimenta a todos los demás, el que te asusta cuando te muestra un reflejo que dista de ser lo que te gustaría, el que lleva años torturándote, al que solamente podés ganarle si pensás en lo hermosa que sus ojos te hacen sentir cuando te ahogás en ellos o lo hermosa que te sentís cuando te ves en ese espejo que él te regaló (el único que no odiás). Nunca hubieras imaginado posible que llegara el día en que sintieras la imperiosa necesidad de pararte semidesnuda frente a un espejo, pero la belleza impresionante que emana de esos renglones bajo los cuales laten tus músculos y se cruzan las venas por las que corre tu sangre empalidece cualquier grado de fealdad que creas tener.
Observaste durante casi media hora los trazos finos y delicados, el negro resaltando contra el blanco marfil, las letras dibujadas con gracia y sensibilidad, prolijas y exactas imitando tu caligrafía, plasmadas en aquél sitio que escogiste para inmortalizar allí tu promesa eterna de amarlo hasta que el mundo se extinga, ese sitio que elegiste a propósito por motivos que solamente él podría comprender porque te conoce en profundidad y comparte con vos una conexión única e irrompible.
Es perfecto una voz susurraba repetidamente en tu cabeza mientras con la palma abierta de tu mano dibujabas círculos en tu espalda para sentir aquél apenas perceptible cambio de textura surcando tu columna vertebral y pasando justo por el punto exacto en el que pueden escucharse fuertes los latidos de tu corazón y tu respiración. Es perfecto, es perfecto, es perfecto.
El distante sonido de tu teléfono móvil te sustrajo de aquél trance en el que parecías haber caído; no te habías dado cuenta de ello, pero tenías los ojos empapados en lágrimas otra vez, el rostro manchado por ese llanto silencioso y dulce fruto de las emociones arrancadas por la hermosura de esa obra de arte dedicada a él que va a acompañarte hasta el día de tu muerte y que no va a desaparecer sino hasta que tus restos físicos se consuman.
Te apresuraste a echarte el sweater sobre la cabeza otra vez y saliste en búsqueda del aparato tan rápido como te permitieron tus piernas, cruzando de una punta del departamento a la otra tratando de no llevarte nada por delante hasta llegar a la cocina en tiempo récord porque no querías que el timbre del teléfono despertara a Tony. Sin chequear el identificador de llamadas te apresuraste a contestar:
"Dessler"
"Hermanita, finalmente te encuentro"
Era Danny.
Inconscientemente lo primero que hizo tu cerebro fue reproducir otra vez esas cuatro palabras y registrar su tono de voz y su pronunciación para asegurarte de que no estuviera ebrio; siempre que Danny te llama automáticamente buscás señales que puedan indicarte que algo está mal, que está borracho o intoxicado, como aquella noche en la que por poco muere después de haberse tomado todas esas pastillas mezcladas con alcohol en un intento de acabar con su vida. Esta vez sonaba sobrio, no arrastraba las sílabas al hablar ni tampoco parecía estar fuera de sí o desorientado. Inmediatamente respiraste aliviada.
Pero el alivio duró apenas una fracción de segundo.
Estabas en el departamento de Tony, el hombre con el que prácticamente estás comprometida para casarte y del que Danny sabe absolutamente nada porque todavía no le contaste que estás en una relación con tu jefe, el mismo que lo apartó de Carrie tres meses atrás en esa madrugada caótica cuando trató de atacarla en medio de la discusión en la que terminaron envueltos con todos los empleados de la CTU allí presentes.
Llevás bastante tiempo pensando en cómo contarle a Danny sobre Tony y tus planes de casarte, y aunque sabés que deberías haber blanqueado la situación al menos un mes atrás, venís postergándolo y estirando el tema como si fuera chicle porque, lo admitás o no, tenés miedo a la reacción de tu hermano: Danny es una persona inestable, paranoica, con un temperamento horrible, violenta y agresiva cuando pierde la paciencia (y su paciencia tiende a perderse con mucha facilidad), y estás segura de que su reacción primaria e instintiva va a ser la de desconfiar de Tony y tratar de llenarte la cabeza diciéndote que estás cometiendo una locura, que te tiene cegada y engatusada, que vas a arrepentirte en un futuro no muy lejano si te casás con un hombre diez años mayor que además es tu jefe. Conocés a Danny y estás segura de que por mucho tacto y sensibilidad que utilices a la hora de contarle sobre esto, no va a reaccionar bien en lo mínimo, por eso venís esquivando hablar del tema. Sin embargo, cuando tenga que enterarse (porque va a tener que enterarse: es tu hermano, es parte de tu vida, siempre va a serlo) deseás que sea porque vos decidiste decírselo, con tus palabras y a tu manera y no que se dé cuenta porque escuchó la voz de un hombre de fondo mientras ustedes dos hablaban por teléfono o al percatarse de que no estás en tu casa o de que llevás casi cuatro meses ocultándole algo.
Antes de que pudieras musitar cosa alguna, tu hermano te hizo una pregunta:
"¿Estabas durmiendo, Michelle?"
Eso es algo que puedo contestar sin mentir se te ocurrió. Después de todo, que no hubieras dormido en tu casa, que Danny no supiera exactamente dónde te encontrabas no hacía menos cierto que te habías levantado menos de una hora atrás.
"Me desperté hace un ratito" respondiste, tratando de sonar tan natural como posible y rogando que no se impregnara tu voz de los súbitos nervios producto de esa sensación extraña que uno experimenta cuando podría hallarse al borde de ser 'atrapado' contando una mentira o tratando de encubrir algo o de ocultar información.
En un acto reflejo cerraste la puerta de la cocina con mucho cuidado, apenas apoyando el borde sobre el marco, para poder hablar a un volumen normal y no en susurros sin correr el riesgo de despertar a Tony.
"Estuve llamándote varias veces pero nadie contestó" fue el comentario de Danny.
"¿Estuviste llamando a mi móvil?" inquiriste pretendiendo fingir sana curiosidad, casi cruzando los dedos.
Por favor, no quiero tener que contarle a Danny sobre Tony por teléfono y porque se dio cuenta de que estaba mintiéndole y siendo evasiva rogaste en silencio.
"No, estuve llamándote a la línea de tu departamento"
"No está funcionando muy bien últimamente" te apresuraste a mentir y te sorprendió la naturalidad con la que las palabras salieron de tu boca "; voy a tener que comprar un aparato nuevo"
Danny pareció no notar nada, y agradeciste silenciosamente que fuera así, pues temías que te traicionara tu corazón latiendo a toda velocidad, tan cerca de subir a tu garganta que por momentos te daba la sensación de que ibas a escupirlo por la boca, a escupirlo la próxima vez que por ella trataras de pasar palabras.
Tranquilizate, Michelle, es estúpido que te pongas nerviosa intentaste razonar con vos misma, sentándote en una de las banquetas junto al desayunador y respirando hondo.
"Se me ocurrió que quizá habías salido a hacer alguna compra, por eso probé llamando a tu celular" Danny siguió hablando con total normalidad, aparentemente ajeno a las cosas que como flashes se disparaban en tu cabeza, teniéndote alerta y con una punzada de culpa atacándote el estómago por no tener el valor suficiente para haberte sentado a su debido momento con tu hermano para contarle que – le guste o no, esté de acuerdo o no – estás enamorada de tu jefe, un hombre diez años mayor, y que pensás casarte con él cuanto antes, por muy apresurado que algunos piensen que es, por muy loco que algunos puedan llegar a juzgar esta historia de amor que va rápido y en subida y bajada como una montaña rusa.
Habías decidido hablar a tu hermano sin mentirle, pero tuviste un pequeño acto fallido que te llevó a decir sin siquiera procesar la frase antes de darle vida, antes de que el sonido subiera por tu garganta y llegara a los oídos de tu hermano a través del móvil:
"Estoy en casa"
Estoy en casa.
Estoy en casa.
Estoy en casa.
¿Por qué si habías decidido no decir mentiras (tampoco dar muchos datos, pero omitir datos no es igual a mentir) se te escapó decir que estabas 'en casa', con total naturalidad, sin darte cuenta, sin medir ni pesar aquella línea, en un momento de distracción?
Quizá porque solamente sentís que estás en tu hogar si estás con Tony, sea éste su departamento, tu departamento, su casa en Chicago donde la mitad de su familia te mira con hostilidad, la otra punta del mundo, Alaska, la China, o debajo de un puente. Donde sea que esté él, donde sea que puedan pasar la noche durmiendo acurrucados uno junto al otro, donde sea que puedas descansar anidada en su pecho y con tu cabeza enterrada en ese cálido huequito entre su cuello y su hombro, donde sea que sus brazos alrededor de tu cuerpo puedan brindarte abrigo, donde sea que él te susurre al oído que te ama, donde sea que puedas escuchar los latidos de su corazón marchando al ritmo de los tuyos, ése es tu hogar, esa es tu casa, ése es el lugar al que pertenecés, el lugar en el que debés estar, el lugar en el que te sentís segura, amada, contenida, protegida, adorada y apreciada como nunca antes.
Por eso, incluso cuando tenías toda la intención de no mentirle a tu hermano, te nació desde el fondo del alma decir que estabas en casa, en tu hogar, y esa es la verdad: cuando estás con Tony, estás en tu hogar, estás en tu rinconcito del mundo, estás en el sitio exacto en el que tu corazón quiere estar para poder comunicarse con el suyo entre latido y latido.
Al darte cuenta de esto, de estas emociones tan íntimas que en segundos te habían abrumado, te quedaste callada por unos instantes, como absorta, tiesa, quieta, silenciosa, perdida dentro de ese mar de pensamientos y reflexiones que estaba agitándose suavemente en tu interior, moviéndose de un lado al otro, acariciándote despacio.
"Michelle, te noto rara" Danny te quitó de tu ensimismamiento, su voz preocupada y cargada con un dejo de consternación, sus palabras provocando que tus pulsaciones aumentaran al doble, tu corazón latiendo tan fuerte que literalmente estaba rebotando contra tus costillas y causándote dolor en el pecho "…, como si estuvieras tensa… ¿Está todo bien?"
Moviste la cabeza como si hubieras estado tratando de ahuyentar a una mosca especialmente molesta y decidiste concentrarte en la conversación con tu hermano en lugar de divagar.
"Sí, Danny" lo tranquilizaste enseguida "… Me duele un poco la cabeza, no dormí mucho anoche…"
No es mentira eso tampoco una vocecita señaló en tu cabeza con aprobación. Te duele un poco la cabeza, eso es cierto, y también es verdad que no dormiste mucho anoche; en realidad no dormiste nada anoche, porque cuando Tony y vos cayeron fundidos en el sillón ya pasaban de las seis de la madrugada.
"¿Estás comiendo bien, Michelle?"
Aquél interrogante se sintió como una cuchillada en el estómago o como si te hubieran vaciado y de repente estuvieras llena de aire, llena de nada. Siempre te incomoda que te pregunten sobre tu alimentación; tu abuela te perseguía con eso, la misma boca de la que salían palabras de preocupación arrojando también ese discurso que venías escuchando desde que tenías memoria sobre la importancia de mantenerse sana, saludable, delgada y en forma.
A Danny nunca le interesaste mucho cuando eras una criatura y tu relación con él creció por razones de fuerza mayor después de que tu abuela falleciera, cuando él se encontraba yendo de un empleo a otro, sin rumbo fijo, y con su novia embarazada por accidente.
Sin embargo, que Danny no se haya preocupado, que no se haya interesado no quiere decir que no sepa que rayaste los desórdenes alimenticios más conocidos cuando eras una adolescente. Y quizá porque siente que te debe algo, quizá porque ahora que ha llegado a la adultez se siente en falta por no haber jugado el papel de hermano mayor en su momento, quizá porque quiere enmendarse por tantos años de agresiones y de fría indiferencia, se ha tomado la costumbre de preguntarte de tanto en tanto si estás cuidándote, si estás comiendo bien; casi siempre utiliza la excusa de que va a hacerte mal depender tanto del café y de las cenas precongeladas porque nunca aprendiste a cocinar ni una taza de arroz, pero no sos tonta y sabés bien que en el fondo lo que provoca esta inquietud en Danny es su recuerdo de aquellas épocas en las que tu abuela tenía que sentarse al lado tuyo y vigilarte para que desayunaras, almorzaras y cenaras 'como corresponde', aquellas épocas en las que a veces te las arreglabas para engañarla y sobrevivir durante todo un día habiendo ingerido una manzana y algunos sobres de sacarina en polvo, aquellas épocas en las que te quedabas dormida llorando porque te sentías gorda, aquellas épocas en las que te abrigabas a pesar de que no hacía frío porque te daba vergüenza mostrar tus brazos y tus piernas porque pensabas que eras obesa.
Sospechás que Danny sabe de esos fantasmas que te persiguen mucho más de lo que vos te imaginás, que notó mucho más de lo que uno podría esperar viniendo de un hermano en apariencia despreocupado y ausente cuyo único interés era escaparse de las responsabilidades de la vida y sacar a la luz todo su odio y resentimiento acumulados por las difíciles circunstancias que le tocaron pasar cuando era una criatura. Sospechás que Danny de tanto en tanto te hace preguntas sobre tu alimentación y tu salud porque teme que puedas recaer en algún círculo vicioso o empeorar de golpe o volver a quedar víctima de tu obsesión por el peso que muestran las agujas de la balanza.
Apreciás su interés y su preocupación, pero lo considerás innecesario por dos motivos: jamás permitirías que esas voces en tu cabeza que te dicen que sos fea y gorda te dominen otra vez porque eso significaría poner en juego el trabajo que amás y las posibilidades de seguir avanzando meteóricamente en tu carrera; y, además, ahora tenés a Tony para que te cuide, para que te haga sentir bien, para que te haga sentir hermosa, para que te haga olvidar de las calorías cada vez que te llevás el tenedor a la boca, para que te haga sentir la personita más especial del mundo con su sonrisa y te alivie al quitarte ese peso que antes era constante en tus hombros.
"Sí, Danny, estoy comiendo como corresponde" le aseguraste "No tenés de qué preocuparte, estoy bien" decidiste cambiar el foco del tema de conversación ": ¿Cómo estás vos?"
Últimamente los progresos con tu hermano venían siendo continuos y satisfactorios, teniendo en cuenta que se trata de un paciente psiquiátrico que trató de suicidarse y luego debió lidiar con una enfermedad como lo es el alcoholismo (¿acaso hay alguien en tu familia que no esté condenado a llevar el estigma de las enfermedades mentales, la locura, el deseo bajo la piel de auto-destruirse, la necesidad de ahogar las penas en alcohol? Pensar en que tus genes son los mismos genes de Danny y de tu mamá te provoca escalofríos, por eso cuando aquello cruzó tu cabeza lo hiciste a un lado rápidamente, empujándolo, escondiéndolo, tapándolo).
Tu hermano estaba tomando su medicación, respetando las indicaciones del psiquiatra, siguiendo los consejos de su terapeuta… Está avanzando, y te sentís orgullosa de él porque está poniendo todo su esfuerzo en esto, aunque le cuesta muchísimo y hay días más difíciles que otros y situaciones que son más complicadas de afrontar. Está haciendo esto por sus hijos, porque los ama, porque quiere volver a ser parte de sus vidas, porque quiere volver a reconstruir lo que rompió con sus errores y emendar las cosas que hizo mal, y esa es la parte que más te llena de orgullo: está haciendo todo lo contrario a lo que tu mamá hizo, está eligiendo ir por el camino difícil, y aunque es mucho más complicado de lo que cualquier podría imaginarse, al menos está intentando, está dando todo de sí para lograrlo.
Sin embargo, cuando comenzó a formular la respuesta a la pregunta que le habías hecho, te diste cuenta de que algo andaba mal, algo estaba fuera de lugar: de repente su voz cambió, su tono no era el mismo…
"Ese empleo del que te hablé, aquél para el que fui a la entrevista el otro día… no lo conseguí"
Podías sentir su decepción, su angustia, su desilusión, honda y profunda. Tenía esperanzas de conseguir ese empleo, y vos tenías esperanzas de que lo consiguiera. Un empleo le haría mucho bien a Danny, no sólo económicamente (hasta el momento vos pagás todos sus gastos) sino también anímicamente: volvería a sentirse útil, tendría la cabeza y el tiempo ocupados, podría recuperar independencia y control sobre muchos aspectos de su vida, le daría la oportunidad de empezar otra vez, de comenzar a escribir sobre una hoja en blanco, sería un símbolo material de todos los cambios que él quiere ver y por los que está esforzándose, significaría un gran avance.
"Danny, lo lamento mucho…" susurraste, verdaderamente entristecida.
"Sí, yo también" resopló "… Me había hecho la ilusión de que esta vez las cosas saldrían derechas…"
Te dolió en el alma escuchar la angustia empapando aquella frase, y por un segundo temiste que este tropezón pudiera significar una caída en picada para el frágil estado emocional de tu hermano, que este pequeño encontronazo contra una pared de ladrillos pudiera enviarlo de vuelta al hoyo negro del que tanto te costó sacarlo. Danny tiene problemas para lidiar con el fracaso y con las emociones en general, y tiene un temperamento muy fuerte y volátil, por lo cual nunca se sabe qué clase de reacción esperar de su parte; no creíste injustificado tu temor a que acabara viéndose de vuelta sumido en la desesperación o tentado con la idea de probar un poco de alcohol para entumecerse o tirar todo por la borda y regresar al primer casillero del tablero.
"Ya vas a encontrar un trabajo, Danny" te apresuraste a consolarlo ": sólo es necesario que sigas buscando y que continúes obedeciendo las indicaciones del médico" remarcaste "Con un poco de tiempo las cosas van a terminar de acomodarse y va a aparecer un empleo. Lo fundamental es que no pierdas la fe y la voluntad…" intentaste darle apoyo.
Pero él no recibió bien tus intenciones de calmarlo y brindarle un poco de tu empatía. De hecho, fue como si tus palabras hubieran sido como un latigazo para él, una paliza, una cuchillada en la espalda, causando que se retorciera de repente como un animal herido y se pusiera a la defensiva, con un sabor amargo en la boca que inevitablemente puede sentirse en las frases que escupe cual si estuvieran infectadas con veneno:
"Es fácil de decir, Michelle, especialmente para los que como vos tuvieron la chance de ir a la universidad y luego acabaron con puestos importantes y ganando un salario tan abultado que pueden darse el lujo de arrojar migajas a pobres miserables como yo"
Sus ¿acusaciones? (¿es correcto llamarlas acusaciones? No se te ocurrió un mejor término para clasificarlas, y sin embargo no te parecía el indicado tampoco) te perforaron primero los oídos y luego calaron hasta poder perforarte el alma. Danny - el mismo Danny que observó años atrás tu relación de odio hacia tu cuerpo y hacia la comida y lo cerca que estabas caminando del borde que separa a un desorden alimenticio del otro, el mismo Danny que al comienzo de esa conversación se había mostrado preocupado por tu bienestar, el mismo Danny del que estás orgullosa porque tiene la intención de cambiar y enderezarse – conoce muy bien cuáles son las cuerdas que debe jalar si pretende herirte, y lo haya hecho intencionalmente o no, sus palabras te hicieron daño.
Vos tuviste la chance de ir a la universidad porque te esforzarse muchísimo para obtener notas buenas y poder aplicar para una beca, que te concedieron gracias a todo ese trabajo arduo por el que pasaste durante años y las monedas que una sobre otra tu abuela había ahorrado para poder ayudarte a cubrir gastos cuando llegara el momento de pensar en tu educación formal. Danny no fue a la Universidad porque jamás le interesó nada lo suficiente como para hacer sacrificios por ello, jamás se puso una meta, jamás se preocupó por sus estudios, jamás tuvo aspiraciones y ambiciones, sólo un rencor y un resentimiento demasiado grandes como para permitirle ver con claridad. Si él hubiera puesto interés, si él hubiera tratado, si él hubiera hecho todas las cosas que vos hiciste, podría haber ido a la universidad. Fueron las decisiones que él tomó y las elecciones que él hizo las que lo llevaron a apenas terminar de cursar la escuela media; si él hubiera querido, si él lo hubiera puesto en su horizonte, si él hubiera puesto esfuerzo, podría haber seguido una carrera de grado tal como lo hiciste vos. Pero no lo hizo. Y te pareció injusto que en aquél momento te lo restregara en la cara como si vos fueras la culpable de su fracaso (por denominarlo de algún modo), como si por culpa tuya él hubiera perdido la oportunidad de ir a la universidad, como si vos fueras la responsable del camino que él escogió, como si vos fueras responsable de las consecuencias de sus elecciones.
Y respecto a tu puesto de trabajo, a tu 'salario abultado' y a 'las migajas que le arrojas' al 'pobre miserable' de tu hermano (sus palabras, no las tuyas)… No trabajás en la CTU precisamente por la paga. Es cierto que ganás más dinero del que podrías gastar en vos y que llevás una vida cómoda y no te falta nada ni pasás por ninguna necesidad, pero no se trata de eso: para vos se trata de tu vocación, de ayudar a otros, de servir a tu país, de salvar vidas inocentes y prevenir catástrofes, de poner un granito de arena para combatir el terrorismo en todos sus tipos y formas. Amás tu profesión, amás lo que hacés, te define como persona, es una gran parte de lo que sos, es una gran parte de lo que compone a Michelle Keiko Dessler, y seguirías haciéndolo con gusto y pasión aunque te pagaran apenas lo mínimo e indispensable para poder poner pan sobre la mesa y un techo sobre tu cabeza.
Y la ayuda que le das a Danny no nace de la lástima o de un sentimiento de culpabilidad o responsabilidad: nace de tu amor por él. Porque es tu hermano y lo amás. Porque es sangre de tu sangre y carne de tu carne, incluso si técnicamente comparten sólo la mitad del ADN. Danny es tu hermano y harías cualquier cosa para ayudarlo, y lo harías (lo hacés) de todo corazón y con la mejor de las intenciones. No son las 'migajas' de tu 'sueldo abultado' lo que le das a él: porque si ganaras apenas lo mínimo y lo necesario para mantenerte, aun si ganas apenas lo suficiente para tener algo que comer cada noche y un sitio en el cual protegerte de la lluvia y el frío, aun así encontrarías en qué ahorrar y apartarías un poco de plata para dársela a él, sacrificarías algo vos para asegurarte de que a él no le faltara nada, porque eso es lo que hacen los hermanos, porque para eso están los hermanos, para cuidarse en las buenas y en las malas.
Lo que menos te interesa es el dinero. Darías cada centavo en tu cuenta del banco si eso te garantizara que los problemas de tu hermano van a solucionarse, que los problemas con la familia de Tony van a desaparecer, que vas a poder volver a tus sobrinos, que vas a poder abrazar a tu abuela una vez, que vas a poder charlar con tu papá al menos diez minutos, que vas a poder volver a ver a tu mamá tan solo un cuarto de hora para decirle y preguntarle tantas cosas que tenés guardadas en el corazón y que sólo a ella podrías decírselas o preguntárselas.
Por eso te lastimaron tanto esas palabras, por eso sentiste cada una de ellas como una cuchillada, como una perforación lacerante, como si formaran una mano invisible para cerrarse alrededor de tu cuello y quitarte el aire.
"Danny, no digas estas cosas…" le suplicaste, con la voz cargada de angustia y el corazón pesado de dolor, el eco de lo dicho todavía rebotando contra las paredes de tu cráneo y gravándose a fuego junto a las muchas cosas que has escuchado a lo largo de tu vida y que te han afectado a tal punto que años después incluso las heridas siguen sin cerrar del todo, latentes, profundas, abiertas.
"Perdón, Michelle" se disculpó él enseguida, para tu sorpresa; sonaba verdaderamente apenado "… Es que estoy… estoy tan cansado y siento tanta frustración…" confesó, y pudiste darte cuenta que estaba al borde de las lágrimas, y entendiste que para él esto es muchísimo más difícil de lo que vos podrías imaginarte o comprender.
"Te entiendo, Danny…" murmuraste suavemente, agradeciendo que estuviera abriéndose, mostrando sus sentimientos, hablando de ellos, en lugar de encerrarlos y esconderlos como siempre lo hizo.
"No, no entendés" dijo él entre dientes apretados, y no pudiste contradecirlo porque sabías bien que tenía razón "Ese es el problema… No podrías entenderme. Sos inteligente, exitosa, responsable, emprendedora… Sos todo lo que yo no soy" agregó luego en un suspiro cargado de ira.
"Danny, sabés bien que no me gusta que me llames con intenciones de pelear simplemente porque te sentís abrumado y precisás descargarte" decidiste calmarlo antes de que su mal carácter acabara envolviéndolo hasta convertirlo en un huracán fuera de control y la conversación tomara rumbos similares a las que solían tener antes, meses atrás, cuando todo estaba negro y la relación entre ambos estaba tensa y el ambiente podía cortarse con un cuchillo "No conseguiste este empleo y eso te pone mal: lo comprendo. Pero eso no te da derecho a llamarme y a decirme estas cosas. A lo largo del camino nos encontramos con muchas adversidades, pero es imposible solucionarlas refugiándose en comentarios agresivos y en el alcohol…"
Te interrumpió inmediatamente.
"No estuve bebiendo" aseguró, y vos le creíste porque podías percibir la honestidad cruda en su voz "Y estoy tomando los antidepresivos" aclaró luego "Simplemente estoy cansado, Michelle…, tan cansado" otro suspiro se coló por entre sus labios "Desempleado, viviendo en una pensión, mantenido por mi hermana menor…"
Lo interrumpiste vos:
"No estoy manteniéndote, Danny, estoy ayudándote a afrontar tus problemas económicos. Sos mi hermano y te amo; me gusta ayudarte, me gusta estar ahí cuando me necesitás, y voy a estarlo siempre porque para eso son los hermanos, para acompañarse en lo bueno y en lo malo. Cuando consigas un empleo vas a poder mantenerte solo y ya no va a ser necesario que te pase dinero"
"Espero que eso suceda pronto, porque estoy harto de sentirme como un inútil…" murmuró con amargura en la voz.
"Danny, no sos un inútil" le aseguraste "Este último tiempo fue muy difícil para vos… para los dos" fue por tus labios esta vez que se escapó un suspiro "Cometiste un error y tomaste algunas decisiones desacertadas, pero lo que cuenta es que estás intentando emparejar las cosas. Ir a las sesiones con el terapeuta y tomar los remedios recetados por el psiquiatra es fundamental para que te recuperes. El resto va a ir acomodándose solo"
Lo siguiente que musita te llega en forma de una oración apenas inaudible y su tono te recuerda al de una criatura asustada:
"¿Lo prometés?"
"Te prometo ayudarte en todo lo que pueda"
"Eso no es lo mismo que prometerme que todo va a salir bien como vos creés" retrucó él.
Es cierto, pero yo no puedo prometer cosas que no estoy segura van a cumplirse.
"Creo que las cosas van a salir bien en la medida en que vos te esfuerces y pongas voluntad" contestaste "No conseguiste este empleo, pero ya van a aparecer otros; que una puerta se haya cerrado no significa que otras no vayan a abrirse" no estabas recitando una letanía de frases armadas: creés firmemente en las cosas que estabas diciéndole, creés que si pone esfuerzo y voluntad va a conseguir que su situación mejore "En lugar de largarte a llorar, decir que sos un inútil y dejar que la frustración te ahogue deberías tratar de seguir haciendo lo que debés para mantenerte erguido y seguir luchando hasta que todo se estabilice. Pero para que eso suceda, el que tiene que estar estable primero sos vos"
"Hacés que suene tan fácil…" Danny dijo en un suspiro.
"Es fácil Danny, si cooperás" le recordaste.
"Te juro que voy a intentar. Te prometo que voy a intentar…"
"No es a mí a quién tenés que hacer promesas, Danny, mucho menos juramento" exhalaste "Pensá en vos, pensá en lo que querés hacer con el resto de tu vida, y por sobre todas las cosas pensá en tus hijos"
Se hizo un silencio entre los dos, uno durante el cual él probablemente meditó todo lo que acababan de decirse, todos los altos y los bajos de esa charla que se había desarrollado como un paseo en montaña rusa, con picos agudos y depresiones profundas, con momentos más tensos que otros.
La quietud fue rota finalmente cuando Danny volvió a hablar, casi cauteloso, casi como si estuviera caminando en puntas de pie alrededor de lo que estaba diciéndote:
"Voy a verlos esta tarde…"
Se produjo en tu pecho una mezcla de emociones encontradas, como seguramente él habría vaticinado sucedería: estás feliz porque va a poder ver a sus hijos y pasar tiempo con ellos (sea mucho o poco, dadas las circunstancias algo es algo), pero estás triste porque la mención de tus sobrinos te recuerda cuánto tiempo llevás sin jugar con ellos, sin abrazarlos, sin acunarlos y cantarles, sin escuchar sus historias sobre las cosas que experimentan cotidianamente y que para ellos son tan asombrosas, sin que te llamen 'tía'. Por una parte te pusiste feliz por Danny y pos los nenes, ya que sabés que Haylie se muestra muy estricta con los días y horarios de visita, pero por otro lado sentiste que estaban removiendo la espina que llevás clavada en el corazón, retorciéndola hasta hacerte sangrar (obviamente sin quererlo, por supuesto, porque Danny está compartiendo esta noticia con vos no para que te pongas mal, sino porque es algo importante para él).
"Haylie decidió pasar Navidad en casa de sus parientes en Florida" explicó. Luego chasqueó la lengua y casi pudiste imaginar la sonrisa plasmada en su rostro al hablar de su hijo "… Nick está tan entusiasmado con la idea de viajar en avión… Hablé con él por teléfono ayer, está hecho todo un hombrecito" volvió a suspirar "… Haylie me dijo que podía pasar hoy a visitarlos antes de que salieran para el aeropuerto. Le pregunté si podías venir conmigo…"
Tu corazón se detuvo en su sitio, la sangre se te congeló en las venas, por un instante la Tierra dejó de girar y te sentiste suspendida en el aire. Sabías de antemano cuál sería la respuesta, sabías bien que Danny no iba a decirte que podías ir a la tarde a ver a Nick, a Allison y a Kristin, pero eso no evitó que la partecita tuya que vive aferrada a la esperanza inflara de golpe un globo gigantesco que se asentó en tu pecho, pegado a tu alma, y que te imaginabas te haría sentir un dolor tremendo cuando explotara. La esperanza es una cosa tan extraña: crece y se multiplica sin que podamos detenerlo, en los momentos menos pensados y en toda clase de situación, incluso cuando es evidente que la desilusión es el único resultado posible.
Y en tu caso, desilusión fue lo que encontraste del otro lado de la línea, quebrando tu alma en dos. Y que supieras que eso hallarías no sirvió para apaciguar la caída o amortiguar el golpe: escuchar las palabras te lastimó.
"… Lo lamento mucho, Michelle, pero dijo que no otra vez" Danny suspiró; su voz era triste, y sabías que lo sentía de verdad, de todo corazón "Todavía piensa que me presentaste a Carrie a propósito, y si la contradijera o tratara de hacer valer mi postura acabaríamos peleando y eso podría significar no ver a mis hijos por Dios sabe cuánto tiempo…" comenzó a explicar, como siempre hace sin necesidad cuando hablan del tema.
Lo interrumpiste nuevamente:
"Está bien, Danny, entiendo" no hacía falta que te rindiera cuentas, mucho menos vistas y consideradas las cosas "Tu situación con Haylie es complicada y no deberías poner en riesgo su escasa predisposición a dejarte ver a los nenes, al menos hasta que pueda llegarse a un acuerdo razonable"
"De verdad lo siento mucho, Michelle" repitió.
Inhalaste y exhalaste, tratando de convencerte de que lo que estabas diciéndole a tu hermano era lo lógico (porque lo era) y que tenías que dejar tus sentimientos y emociones a parte para no perjudicarlo a él, para no hacerle daño a él, para no agregar más peso a la mochila de ladrillos que carga en la espalda. Pero no pudiste contenerte y antes de que tu parte racional se pusiera a procesar las cosas, se te escapó de la boca una pregunta que llevás tiempo queriendo hacer, una pregunta para la que llevás tiempo precisando una respuesta que pueda llenar el espacio en blanco:
"Cuando… Cuando los visitás..., ¿les hablás de mí?"
"Sí" fue la respuesta automática de tu hermano.
"¿Se acuerdan de mí?" inquiriste, esta vez temiendo la contestación que podrías hallar.
"Sí, Michelle" dejaste escapar un suspiro de alivio "Allison siempre me pregunta por vos, y Nick también"
Tus ojos se llenaron de lágrimas y no hiciste nada por evitarlas. No te importó que comenzaran a rodar por tus mejillas ni que tu cara quedara empapada, roja y manchada con los restos del llanto que fluía como si hubieran abierto dentro tuyo un grifo imposible de llenar, como si estuvieras tratando de lavar parte de las heridas que te provoca la separación de tus sobrinos, sanando aquella infligidas por el pensamiento maldito de que tal vez ni preguntan por vos ni se acordaban de vos, de que tal vez te habían olvidado, de que tal vez habías quedado en el pasado, enterrada en sus pequeñas mentes como un recuerdo vago de algo que nunca sucedió.
"Por favor deciles que los amo y que los extraño" le pediste, haciendo tu mejor esfuerzo para reprimir el sollozo que tenías atravesado en la garganta "Necesito que sepan cuánto"
"Voy a decírselo a los tres" prometió.
Hubo otra pausa, un poco más breve que la anterior, también rota por Danny pasados algunos segundos:
"Hermanita, respecto a las fiestas… Sabés bien que no… Es una época difícil para mí, no le encuentro mucho sentido y…"
Para esto tampoco necesitás que te dé excusas. Conocés a Danny: nunca fue muy partidario de este tipo de celebraciones, ni cuando era adolescente ni en su adultez, y si comenzó a celebrar Navidad unos pocos años atrás fue gracias a la influencia de Haylie. Ahora que está solo, ahora que no puede pasar las fiestas con sus hijos, para él no tiene sentido nada de todo esto y prefiere irse a dormir temprano después de una cena rápida o quedarse mirando televisión hasta tarde (suponés que este año será lo primero, ya que no tiene televisión en el cuarto en el que vive). Comprendés eso y lo aceptás y jamás se te ocurriría obligarlo a cambiar por vos, ni ahora ni nunca.
"Sé que preferís pasar estas fechas solo y que la idea de celebrar no te gusta, y lo comprendo, Danny" le dijiste.
"¿No estás enojada conmigo? ¿No sentís que estoy dándote la espalda o…?"
Te sorprendieron sus preguntas, porque nunca antes las había hecho. Es el primer año en el que Danny se interesa en saber si estás enojada con él, o triste, o si sentís que está dejándote sola o dándote la espalda o rechazándote y forzándote a pasar la Navidad sola porque no tenés otro familiar (esta Navidad no vas a pasarla sola, pero eso él no lo sabe; sí has pasado otras Navidades sola, sin embargo, todas aquellas que siguieron a la muerte de tu abuela). Esa clase de consideración es prueba de lo mucho que Danny ha cambiado, de la óptica con la que ve las cosas ahora, de lo diferente que es si se lo compara con la persona que solía ser, aquél que apenas hubiera reparado en que pasarías las fiestas sola, aquél que apenas hubiera alzado la vista para fijarse en lo que está más allá de su nariz.
"No, Danny" contestaste con total sinceridad y con un dejo de dulzura.
Sin embargo él insistió nuevamente, preocupado:
"¿Estás segura de que vas a estar bien… sola?"
Vas a estar bien, sí. Porque no vas a estar sola; por primera vez en mucho tiempo vas a tener una Navidad especial, una Navidad que ya venís anticipando desde que el 1° de diciembre él te despertó con esas rosas rojas y te prometió convertir cada día en inolvidable. Vas a pasar Navidad con el hombre que amás, con la persona que te ama infinitamente y que daría la vida por vos, con el hombre que va a ser tu marido en un futuro no muy lejano y al que vas a darle hijos. Vas a pasar Navidad con el dueño de tu futuro, con el hombre al que vas a adorar hasta después de la muerte, con aquél al que le pertenece hasta tu eternidad, con aquél que tenés una conexión inexplicable, con aquél que lleva dentro suyo la mitad que le falta a tu alma. Vas a pasar Navidad con el hombre cuyo nombre ahora llevás tatuado en la piel junto a palabras que dibujadas en tu espalda van a permanecer hasta que desaparezcas físicamente pero cuyo significado jamás podría desvanecerse, incluso cuando no queden restos mortales tuyos, incluso cuando tu corazón deje de latir y susurrarlas con cada palpitación.
"Danny, voy a estar bien. No te preocupes por mí" le prometiste, mordiéndote los labios y sonriendo con timidez al imaginar el ataque que le agarraría a tu hermano si supiera que en Noche Buena no vas a estar sola como él piensa, si supiera qué tenés planeado hacer desde pasada la medianoche hasta la salida del sol y con quién "Me parece muy dulce de tu parte que te preocupes" le agradeciste.
"Michelle…, perdón por haber dicho lo que dije antes…" murmuró a modo de disculpas, visiblemente arrepentido y dolido por haber cometido el error de dejarse llevar por sus nervios, su bronca y su temperamento, por haberte lastimado al no medir sus palabras.
"Está bien, Danny" lo tranquilizaste, queriendo restarle importancia al asunto "No tenés que disculparte. Sólo te pido que te cuides, que no bajes los brazos y que no dejes que la bebida vuelva a arrastrarte y a tirarte abajo" le rogaste "Hiciste muchos progresos en estos últimos tres meses y sería una verdadera pena que se vieran desperdiciados en un segundo de estupidez. Ya va a aparecer un empleo, lo importante es que sigas buscando. Y mientras tanto, no debés dudar en aceptar mi ayuda"
"Gracias, Michelle"
Y ese 'gracias' tan sentido, tan honesto, tan cargado de una ternura que tu hermano raras veces muestra, tan puro, tan dulce, se posó en tu corazón con un peso cálido que borró toda marca de lo anteriormente dicho, sanándote: tu hermano cambió, cambió mucho, maduró, creció como persona, está esforzándose para mejorar, está dando lo mejor de sí, y como es un ser humano sujeto a cometer errores va a tropezar varias veces, pero vos vas a estar ahí para asistirlo a la hora de levantarse y seguir caminando hacia adelante, reconstruyendo lo que se pueda reconstruir, construyendo lo que haga falta agregar.
"No tenés nada que agradecerme, Danny. Somos hermanos y los hermanos se ayudan en las buenas y en las malas, ¿está bien? No te olvides de eso"
"No lo voy a olvidar"
Sonreíste, y podrías haber jurado que tu hermano estaba sonriendo también; no podías verlo, pero podías sentirlo de alguna manera, sentir la clase de conexión fraternal que siempre deseaste tener pero que no empezó a crecer entre ustedes sino hasta el momento en el que les tocó afrontar tiempos de adversidad y dificultades.
"Tengo que colgar, Michelle" Danny anunció, interrumpiendo tus reflexiones "Haylie me espera en una hora y media y no quiero llegar tarde" suspiró "Me alegra mucho haber podido hablar con vos sobre… sobre esto. Llevaba días debatiéndome entre llamarte o no… Tenía miedo de que pensaras que soy un fracasado porque tampoco conseguí este trabajo" estabas a punto de decirle que jamás pensarías eso de él, pero no llegaste a hacerlo porque siguió hablando, con un tono más animado, más esperanzado "… Pero tenés razón: las cosas van a ir acomodándose, y el empleo indicado va a aparecer si sigo buscando"
Luego de cortar la comunicación te quedaste meditando, en silencio, con el teléfono móvil a un costado, los ojos fijos en algún punto indefinido, fundida en tus pensamientos sobre la forma en que la conversación recién finalizada se había desarrollado, comparándola a cómo tu relación con Danny se desarrolló: todo es como una montaña rusa, con picos agudos e interrupciones abruptas, con depresiones hondas y a veces con tramos tranquilos. Se te ocurrió que en el resto del trayecto deben quedar algunos picos agudos y un par de interrupciones abruptas, pero algo te dice que en tu relación con tu hermano lo peor ya pasó, lo peor ya fue dejado atrás, y a partir de ahora solamente quedan afrontar los eventuales obstáculos propios de la vida y disfrutar del paseo tranquilos.
Sólo espero que no se enoje cuando le cuente sobre Tony pensaste, suspirando. Espero que entienda que lo amo, que estoy enamorada, que él me va a cuidar y que me ama con locura también. Espero que entienda que la diferencia de edad no significa nada. Espero que entienda que no estoy tomando una decisión apresurada, que estoy escuchando a mi corazón. Espero que entienda que él jamás me haría daño y que no hay necesidad de que me proteja o se ponga a la defensiva o reaccione mal. Espero que comprenda que esperé para contarle sobre mi relación con Tony porque no quería cargar nuestra relación con más discusiones de las que ya veníamos teniendo, con otro 'problema' para resolver además de los que estábamos tratando de solucionar.
Otro suspiro escapó por entre tus labios, te tapaste la cara con las manos y respiraste hondo. No querías pensar en cómo sería el momento en el que le contaras a Danny sobre Tony; querías, sí, creer que el hombre que tu hermano es ahora, este hombre cambiado que sabe pedir perdón, que se fija en cosas que antes no le interesaban, que tiene la intención de cuidar a su hermana y ser considerado con ella, que está tratando de sacar lo mejor de sí y empujar lo malo hacia atrás para que nunca más vuelve a enredarlo, va a sorprenderte mostrándose comprensivo y entendiéndote, o al menos respetando tus elecciones por más que la parezcan una locura o el producto de un enamoramiento fugaz y efímero.
Inhalaste y exhalaste, empujando cualquier preocupación y quedándote solo con lo bueno: tu hermano preocupado por vos; tu hermano disculpándose; tu hermano diciéndote que tus sobrinos preguntan por vos, tu hermano prometiendo decirles que los amás cuando los vea esta tarde; tu hermano calmándose en lugar de ponerse histérico como hubiera sucedido meses atrás cuando se encontraba en su punto más bajo.
Solamente querías concentrarte en la perspectiva de compartir esta Navidad con Tony; la perspectiva de pasar todas las Navidades que te queden sumida en tu propio mundo mágico con el hombre que amás; la perspectiva de mostrarle mañana las palabras que tenés tatuadas en la espalda y que él va a poder leer todas las noches por el resto de su vida, porque cada noche que te quede a partir de la de mañana pensás pasarla acurrucada en sus brazos, desnuda, después de demostrarle con el cuerpo y con el reflejo de tu alma empapando tus ojos lo mucho que lo adorás.
Suspirando nuevamente, te pusiste de pie y en puntitas fuiste a buscar el cuaderno donde estás volcando todo lo que este diciembre significó para vos, todo lo que él te hizo sentir, todo lo que sus sorpresas y sus planes y sus promesas y sus palabras despertaron en vos al acariciarte por dentro con una ternura imposible de explicar, tan honda como la que hallás cada vez te fundís en sus besos.
Con el resto del mundo – Haylie y su negación a que veas a tus sobrinos, Danny y su posible reacción cuando le hables de tu compromiso, tus preocupaciones, tus dudas, todo lo malo – vas a lidiar cuando llegue el debido momento.
En ese preciso instante, faltando poco más de veinticuatro horas para que él te pida que seas suya para siempre y vos le entregues hasta la última gota de tu inocencia, todo lo que querías era ahogarte en tus emociones y en tus sentimientos, dejar que te devoren, plasmarlas en papel para que queden perpetuas así como van a estarlo en tu alma hasta que el Universo en sí deje de existir y se extinga con todo lo que hay en él.
Al escuchar la puerta de la cocina abrirse, instintivamente cerrás el cuaderno en el que pasaste la última hora escribiendo y cuyo contenido pensás leerle al oído el 7 de enero. Es otro cuaderno repleto de largos renglones que vas llenando prolijamente con la historia de amor que van dibujando día a día con cada acción, cada beso, cada mirada, cada promesa. Es otro cuaderno que, una vez completo, va a constituir el cuarto capítulo de un cuento de hadas que esperás jamás termine. Amás poner pedacitos de tu vida con él allí, amás dejar que tu alma y tu corazón vuelquen su contenido en esas hojas que muchos años después querés releer con una sonrisa en los labios y lágrimas de felicidad en los ojos, acariciando con las yemas de tus dedos arrugados esos retacitos del mundo que solamente ustedes dos habitan y que no podría ser comprendido por nadie más ni pertenecer a nadie más.
Dejás tu bolígrafo a un lado (el bolígrafo que él te regaló) y le sonreís, tus ojos empapados de la misma ternura que jala tus labios curvándolos hacia arriba. Él te sostiene la mirada, comunicándote más cosas de las que podrían ponerse en frases en un lenguaje común y corriente, provocando que tus mejillas se tiñan de carmín.
"No puedo dormir sin vos" murmura finalmente, rompiendo el silencio, también él sonrojado y sonriendo ante su confesión.
"Son casi las dos y media de la tarde, Tony" contestás, riendo "Ya era hora de que te despertaras"
Te ponés de pie y caminás hacia él, haciendo desaparecer la escasa distancia entre ambos. Desde que despertaste han pasado al menos dos horas, y aunque mientras estuviste encerrada en el baño contemplando tu tatuaje y luego en la cocina hablando con Danny primero y escribiendo después él se encontró en todo momento a metros tuyos, lo cierto es que por muy tonto o loco que pueda parecer a otros, vos lo extrañaste: extrañaste el sonido de su respiración, el de los latidos de su corazón, el calor de su cuerpo, la sensación de fundirte contra él, la sensación de ser la personita más especial sobre la faz de la Tierra, la más amada y protegida.
Rodeás su cuello con tus brazos y te ponés en puntitas de pie para alcanzarlo y poder desparramar besos por todo su rostro. Instintivamente sus brazos se cierran alrededor de tu figura frágil y delicada, atrapándote, inundándote de calidez. Podrías quedarte el resto del sábado allí, anidada contra su pecho, descalza y en pijama, en medio de la cocina, las horas escurriéndose por el reloj sin que vos te percates de ello, la vida siguiendo su curso y vos refugiada en tu sitio favorito.
"¿Por qué no me levantaste para que te preparara algo de almorzar?" pregunta luego de varios minutos, acariciando tu nuca con sus nudillos y recorriendo distraídamente tu cuello con sus labios, apenas rozando tu piel.
"No quise molestarte"
"Michelle, vos nunca sos una molestia" te asegura, acunando tu cara entre sus manos tibias y permitiendo a sus ojos ahogarse en tus ojos.
Sonreís, no podés evitar sonreír. Y es que esa sonrisa es la respuesta indicada para todas las preguntas, es la contestación indicada para todo lo que él te diga. Esa sonrisa resume mucho más de lo que podrías expresar hablando: esa sonrisa le da las gracias por hacerte sentir cuidada y contenida, por preocuparse por vos, por ocuparse de vos, por hacerte sentir una princesa, por tratarte como a la cosita más importante sobre la faz de la Tierra, por regalarte todos los días nuevos motivos para enamorarte más y más de él. Esa sonrisa lo llena, lo toca en el alma, lo acaricia con la misma dulzura que embebe tus manos cuando recorren su cuerpo, lo calma, lo relaja, lo impacta, lo desarma.
"El día está precioso" comentás luego de un ratito "Se me ocurrió que podríamos ir a caminar al parque o a la playa y llevar a Bonnie con nosotros"
Él chasquea la lengua y sonríe; es esa sonrisa que conocés muy bien, la sonrisa que te deja saber que se trae algo entre manos para sorprenderte, la sonrisa que lo delata, la sonrisa que no puede contener, la sonrisa que dice tantas cosas hermosas como las que la tuya le contesta.
"En realidad, tengo planeado algo para que hagamos hoy…, pero si querés podemos ir al parque con Bonnie después de cenar" ofrece.
"¿Qué tenés planeado exactamente, Almeida?" preguntás, arqueando la ceja y observándolo intrigada.
"Algo muy divertido" se limita a contestar él "Me encanta que seas tan curiosa" agrega luego, besando la punta de tu nariz.
"No lo sería si vos no guardaras tantos secretos…"
"Yo no guardo secretos, simplemente me limito a mantener protegidos mis planes para poder sorprenderte" es su respuesta.
"Y eso es lo que te convierte en el hombre perfecto" susurrás.
"Así que estás conmigo solamente porque te lleno de sorpresas…" dice él, fingiendo un tono serio.
"Puede ser…" contestás vos, pretendiendo indiferencia, desenredándote de entre sus brazos y dando pasos hacia atrás para alejarte de él.
"No tiene nada que ver con el hecho de que estás enamorada de mí, entonces" con cada palabra que dice va dando un paso hacia adelante para acercarse a vos, y con cada palabra que escuchás salir de sus labios vos vas dando pasitos cortos hacia atrás para seguir manteniendo cierta distancia, todo el tiempo sonriendo divertida, todo el tiempo sonrojada, todo el tiempo con el corazón latiendo rápido y las ganas de volver a saltar en sus brazos haciéndote cosquillas.
"En lo absoluto" respondés.
"Entonces cuando se me acaben los trucos para sorprenderte vas a dejarme…" sugiere él.
Tu espalda toca la pared. Aquella espalda tatuada, aquella espalda en la que escribiste una declaración de amor que ha sido embebida allí con tinta imborrable. Aquella espalda que querés que mañana por la noche él acaricie dulcemente mientras absorbe el significado de lo que decidiste perpetuar en tu propio cuerpo, un cuerpo que le pertenece a él así como le pertenece todo lo que es tuyo, un cuerpo que mañana vas a entregarle para que haga con él lo que quiera porque confiás en que va a cuidarte como ningún otro hombre sabría, porque te ama como nadie podría amarte.
Dejás que se acerque, que te acorrale contra la pared, dejás que permanezca expectante a centímetros de donde estás vos, mirándote con esos ojos que te pueden, calculando meticulosamente cuál será el momento adecuado para romper del todo el espacio entre ambos y devorarte a besos como está devorándote con la mirada.
"Por supuesto" musitás finalmente, tragando con dificultad, presa de las emociones que te provoca tenerlo tan, tan cerca "¿O acaso no notaste la cantidad de hombres que están desesperados aguardando a que yo te deje, ansiosos por hacerme regalos y convertir mi vida en un cuento de hadas?" preguntás con la voz empapada en sarcasmo.
"Yo sé que sacrificaría hasta lo que no tengo con tal de que me des el privilegio de seguir sorprendiéndote todos los días de mi vida" murmura él, acariciando tus mejillas con sus manos, provocando que tus rodillas se doblen bajo los efectos de su tacto como si tus piernas estuvieran hechas de pura gelatina.
"Creo que tarde o temprano te aburrirías…" susurrás.
"No" dice él con firmeza.
"Sí" decidís retrucarlo sólo por el placer de llevarle la contra, incluso cuando sabés que él tiene razón.
"No" insiste.
"Sí" insistís vos.
"No. Fin de la discusión"
Luego sus labios capturan los tuyos en un beso apasionado que te deja sin respiración, que agudiza todos tus sentidos y te convierte en arcilla en sus manos, un beso que te deshace como si estuvieras hecha de algodón, un beso tan dulce y tan suave que te derrites literalmente, un beso que podría hacerte caer rendida a sus pies si no fuera porque sus brazos están sosteniendo tu peso firmemente para impedir que te derrumbes. El suelo bien podría haber desaparecido de debajo de tus pies, porque estás flotando, suspendida en tiempo y espacio, totalmente abstraída del mundo real porque estás perdida en tu propio mundo. La dulzura, devoción, adoración y fuerza con la que te besa son tan abrumadoras que te consumen como si fueras una simple cerilla arrojada al fuego. No hay célula de tu cuerpo que no esté afectada por los espasmos de placer que te recorren, haciéndote cosquillas hasta en las puntas de los dedos; nunca vas a encontrar las palabras indicadas para describir cuánto aumenta tu grado de locura cuando te ahoga con sus besos, cuánto aumenta tu adicción, esa adicción de la que nunca vas a curarte y sin la cual podrías vivir, porque preferirías estar muerta a pasar los próximos veinte, treinta, cuarenta, cincuenta años sin poder sentir sus manos aferrándote como si fueras aquello que más valor tiene para él y sus labios alimentándose de los tuyos como si fueran todo lo que le hace falta para subsistir.
Si con sus besos te hace sentir así, no querés imaginar cómo vas a empezar a sentirte a partir de mañana ni qué tan hondo va a llegar a ser tu grado de locura y dependencia, cómo va a incrementarse tu adicción, cómo vas a acabar esperando cada día a que llegue el momento de caer otra vez en sus brazos y poder permitir al resto del Universo desaparecer, evaporarse, mientras vos te hundís por completo en las sensaciones que despierta el hombre al que adorás y que apenas acariciando tus labios con los suyos puede deshacerte como si estuvieras compuesta de algodón de azúcar.
"¿Es así como planeás terminar todos nuestros argumentos?" preguntás jadeando ligeramente, tratando de respirar con normalidad otra vez, presionando tu frente contra su frente y acariciando su rostro con manos temblorosas, repasando aquella piel que tan bien conocés y que las yemas de tus dedos podrían transitar de memoria.
"Ya te dije que sí la primera vez que me hiciste esa misma pregunta casi cuatro meses atrás" susurra él, sus ojos aun cerrados, sus facciones relajadas, su corazón latiendo a mil por hora igual que el tuyo, sus labios hinchados y enrojecidos tanto como tus labios después de ese juego de mordidas inocentes, sus pulmones luchando para recuperarse después de haber sido privados de oxigeno durante minutos enteros porque para funcionar él te necesita a vos más de lo que necesita al aire.
No podés evitar sonreír; tu memoria te lleva a ese primer día que pasaron juntos, solos, alejados de todo, inmersos en su propio mundo, fundidos uno en la presencia del otro, ilusionados ante la perspectiva de empezar a escribir el resto de sus vidas en la misma página, transitando el mismo camino, tomados de la mano con intención de nunca soltarse. No podés evitar esa sonrisa que se dibuja en tu cara, no podés evitar que tus pulsaciones se aceleren aun más, no podés evitar que las mariposas alborotadas por sus besos se inquieten mucho más: casi cuatro meses han pasado desde ese 7 de septiembre, y en todos estos días que llevan juntos, a pesar de cada cosa que debieron afrontar, a pesar de lo malo, a pesar de la tristeza, a pesar de los que se oponen, a pesar de las crisis y las tragedias, el amor que existe entre los dos sigue creciendo, más y más fuerte con cada puesta del sol y con cada amanecer, más y más grande, más y más incorruptible, porque es eterno, y saber eso te hace sentir tan viva, tan feliz, tan absolutamente dichosa, que es imposible que no se dibuje una sonrisa capaz de opacar todas las estrellas.
"Me gusta que me recuerdes la respuesta de vez en cuando" contestás, ardiendo en deseos de volver a besarlo, y besarlo, y seguir besándolo durante horas y horas.
"Si querés puedo recordarte la respuesta todos los días" susurra él, sus párpados levantándose de a poco, sus ojos encontrándose con sus ojos y transmitiéndote emociones que te explican mejor que las palabras lo mucho que él también necesita de tus besos.
"Eso me encantaría" susurrás contra sus labios.
Y luego caés otra vez presa de esa adictiva, dulce, ardiente sensación que se concentra como una bola de fuego en el centro de tu cuerpo y luego se expande por todas partes alcanzando cada pequeña partícula de tu frágil, necesitado ser. Cerrás los ojos, te concentrás en todas esas emociones devorándote pedacito a pedacito, queriendo capturar y saborear cada instante, los pocos pensamientos que tu cabeza puede albergar enfocados en que esos brazos que te apretujan con intención de nunca dejarte ir y esas manos que enmarcan tu rostro con una delicadeza extrema cual si fueras una muñequita de porcelana van a cuidarte y protegerte siempre, mañana cuando entre besos igual de profundos o más te estrechen y acaricien mientras hacen el amor.
Después de un tardío almuerzo que consistió de un tazón de café con leche y sándwiches, Tony te pidió que fueras a jugar con Bonnie a otra parte mientras él preparaba tu sorpresa, por lo que tuviste que irte a la sala de estar a mirar televisión acurrucada con tu perrita bajo tu manta predilecta. Encontraste un especial Navideño de Hey Arnold! y te entretuviste con dibujitos animados hasta que él llamó tu nombre pidiéndote que regresaras a la cocina.
"¿No tengo que vendarme los ojos?" le preguntás en tono risueño, acercándote a la puerta entornada.
"Podés pasar"
Al ingresar a la cocina te encontrás con la mesada repleta de diferentes utensilios e ingredientes: un pan de manteca, una jarra con leche, un pote de leche condensada, una naranja, un cartón de huevos, un paquete de harina y otro de azúcar, un vaso medidor, un bol, una cuchara, un cucharón, un rayador y un palo de amasar.
Te cuesta unos segundos registrar aquello, segundos durante los cuales estás callada, tu cerebro tratando de procesar. Tu rostro se estruja en una expresión mezcla de curiosidad, confusión, intriga… y miedo, porque nada que vos hagas en la cocina puede tener buenos resultados, y eso lo has comprobado a lo largo de los años y es una verdad irrefutable: nada que te acerque a un horno u hornalla puede tener un final feliz. Tony se da cuenta de esto, se da cuenta de ese brillo extraño en sus ojos y en la tensión en tus hombros (tensión estúpida, por supuesto: es estúpido que una mujer adulta que maneja armas e interroga a terroristas se sienta como si la hubieran arrojado al foso de los leones y bajado la tapa ante la perspectiva de cocinar), porque enseguida se las ingenia para calmarte sólo como él sabe: enreda sus brazos alrededor de tu cuerpo y te atrae hacia sí, envolviéndote.
Te ponés roja de vergüenza y sentís ganas de reír cuando te das cuenta de lo afortunada que sos: ¿cuántos hombres podrían entender sin pensar que es tonto o sin catalogarte de loca o de histérica obsesiva que la idea de tratar de cocinar te asusta porque es algo que has intentado lograr toda tu vida y siempre acabaste topándote contra una pared de ladrillos y fracasando estrepitosamente? ¿Cuántos hombres serían capaces de armarse de paciencia para enseñar a la mujer que aman a hacer algo que nunca consiguió porque cada intento dio como fruto un error? ¿Cuántos hombres serían capaces de envolver a la mujer que aman en un abrazo y calmarla hablándole al oído porque entienden que su miedo no es 'a cocinar' sino a equivocarse, a hacer el ridículo, a fracasar, a darse la cabeza otra vez contra esa pared de ladrillos?
No lo merecés, realmente. Nunca vas a entender qué hiciste para merecerlo ni por qué Dios lo hizo a tu medida, por qué te bendijo tanto, pero estás profundamente agradecida. Estás profundamente agradecida por haber encontrado a tu otra mitad, pero sobre todo estás agradecida porque la fuente de tu felicidad y de tu bienestar también es la persona que más te entiende, la que te conoce como nadie, la que puede leer entre líneas, la que puede ver más allá, la que mirando dentro de tus ojos lo que encuentra es un reflejo de tu alma, el que interpreta ese reflejo con tanta exactitud que nunca le falta la palabra indicada o la caricia correcta para tranquilizarte y quitarte las dudas, el que comprende tu locura y la acepta, el que entiende todos esos enredos que tenés en la cabeza, el que está enamorado de vos a pesar del millón de contradicciones que conviven dentro tuyo, el que acepta tu personalidad y la manera en la que tu pasado la afectó hasta moldearla y convertirla en lo que es hoy.
"Quiero enseñarte a cocinar, Michelle" murmura en tu oído, dejando que las yemas de sus dedos acaricien tu nuca "Algo simple, algo sencillo" aclara "Quiero que te diviertas aprendiendo y que entiendas que aunque tengas dificultades para algunas cosas eso no significa que no puedas mejorar si te interesa" cada vez que te dice eso que necesitás escuchar – ni una palabra más, ni una palabra menos – te preguntás si la conexión entre las dos acaso permite que lea tu mente "Y si te equivocás, entonces quiero estar ahí para enseñarte que es bueno reírse de uno mismo y que no ser perfecta en todo es lo que te hace tan perfecta a mis ojos" susurra, acunando tu rostro con sus manos y guiándolo hasta que quedan cara a cara, sus ojos y tus ojos fundidos un par en el otro.
"¿Prometes no reírte si resulto ser un desastre?" inquirís con timidez, aun mordiendo tu labio inferior, tus mejillas teñidas de rojo fuerte.
Ya conocés la respuesta, podés verla escrita en la expresión de adoración con la que está mirándote, totalmente embelesado e hipnotizado por vos, pero de todos modos querés escucharla.
"Lo prometo. Jamás, jamás, jamás me reiría de vos, por nada en el mundo, Michelle"
"¿Y vas a tenerme paciencia también?"
Posa sus labios sobre tu frente, luego deja que se deslicen hacia abajo y recorran todo el puente de tu nariz hasta llegar a tu boca, y luego regresa otra vez desandando el camino andado para posarlos en tu frente de nuevo.
"Tengo toda la paciencia del mundo cuando se trata de vos"
No sabés qué es lo que va a pasar con este nuevo intento de cocinar, pero te tranquiliza saber que estás con él, que él va a explicarte todo lo que tenés que hacer, que su paciencia con vos es infinita, que no va a reírse si te equivocás ni a enojarse ni a pensar que sos una tonta, una inútil o una torpe. Te interesa aprender a cocinar, al menos algo sencillito, algo simple, sólo para tener la satisfacción de haberlo rogado, de haber vencido esa carga que tenés encima desde que eras una criatura y tu abuela intentó repetidas veces – fallando todas, por supuesto – de instruirte, dando como veredicto final que jamás conseguirías hacer algo comestible. Pero que te interese no significa que no estés un poco nerviosa (y esos nervios te hacen sentir tan estúpida); sin embargo, decidís relajarte y disfrutar del domingo con él, disfrutar del momento y que resulte lo que tiene que resultar (al menos tenés la seguridad de que con él ahí no vas a cometer ningún error que desemboque en el edificio prendido en llamas).
"Vamos a hacer galletitas navideñas" te explica "Es muy fácil: tenemos que preparar la masa, cortarlas con estos moldes" te muestra un juego de moldes nuevos de brillante acero; hay uno con forma de arbolito de Navidad, otro con forma de hombre de nieve, otra con forma de Santa Claus, otro con forma de estrella, otro con forma de campana, uno con forma de bastón de dulce, y hasta incluso hay uno con forma de reno, otro con forma de caballito y otro con forma de trencito "y luego las ponemos en el horno para que se cocinen y mientras tanto preparamos el glaseado para pintarlas cuando se hayan enfriado"
"Lo hacés sonar tan fácil" comentás riendo, observando con cuidado todos los utensilios e ingredientes sobre la impecable mesada de mármol sin tener la menor idea sobre cómo debés combinarlos para obtener galletas medianamente comestibles.
"Es fácil" te asegura, desparramando besos en tus mejillas para hacerte sonreír.
"¿Es importante usar el vaso medidor?" preguntás; estás acostumbrada a medir las cantidades 'a ojo', como quien dice. En tu casa ni siquiera tenés un vaso medidor o algo que se le parezca.
"Muy; hay que poner las cantidades exactas, ni más ni menos. Seguir la receta es lo más importante"
Confesás – roja como un tomate, por supuesto - que las pocas veces que trataste de explorar tus capacidades culinarias (que son nulas, aparentemente y hasta que se demuestre lo contrario) no prestaste atención a eso de mesurar las cantidades. Él se ríe nada más, se ríe y te da otro beso porque sabe lo mucho que te gusta que te dé besos porque sí.
En el bol de vidrio echás la manteca, la leche común y la leche condensada y la ralladura de cáscara de naranja (sabés usar un rallador, no sos tan inútil); aunque lo que acabás de hacer es tan básico que probablemente cualquier criatura de seis años podría hacerlo también, te sentís contenta porque pudiste dar los primeros pasos de la receta sin inconvenientes. Sin embargo, tus músculos relajados vuelven a tensarse y tu sonrisa se convierte en una mueca cuando llega el momento de agregar los cuatro huevos que son necesarios para terminar de preparar la mezcla, porque sos malísima cuando se trata de romper la cáscara y verter el contenido en un recipiente y todas las veces que intentaste hacerlo los resultados fueron estrepitosos y acabaste con las manos enchastradas, el suelo hecho un asco y un cartón entero de huevos desperdiciado por no poder acertar en el primer intento (ni en el segundo, ni en el cuarto, ni en el tercero). Por ejemplo, cuando quisiste prepararle esa torta de chocolate a tu sobrinita para su cumpleaños desperdiciaste doce huevos cuando para empezar eran necesarios tres, y tuviste que conformarte con cruzar los dedos a la hora de meter la torta al horno porque de esos doce huevos rompiste diez y adentro del cuenco cayeron solamente dos (y como ésa tenés otras historias que se resuelven alrededor de tu incapacidad de romper un huevo como Dios manda).
Con dedos temblorosos tomás uno del cartón y muy despacio lo golpeás contra el borde del bol de vidrio, apenas tocándolo.
"Usa un poquitito más de fuerza, Michelle" te aconseja Tony.
Y procedés a hacer lo mismo otra vez: golpeás el huevo contra el borde del recipiente, esta vez con fuerza, y sucede lo que ya te imaginabas desde un principio sucedería, por lo que lo que acabas con la cáscara partida al medio y las manos sucias.
Tu primera reacción es la de dejar escapar un suspiro de frustración y contorsionar el rostro en una mueca de enfado, como si fueras una nena chiquitita y no una mujer adulta que vive en una realidad que la lleva a estar en contacto con los costados más crueles de la humanidad en su ámbito laboral y que ha llegado a estar cara a cara con peligros que la mayoría de los ciudadanos piensan solamente existen en las películas.
"Michelle, no importa" Tony se apresura a limpiarte las manos con una servilleta, tomándose su tiempo para acariciar tus dedos, la palma y el dorso con dulzura; sus mimos te calman, pero seguís con la cabeza gacha y los ojos fijos en el suelo porque no querés que vea que te desilusiona ser una estúpida totalmente inútil en la cocina, hasta para las cosas más sencillas, comunes y corrientes.
Él repasa el contorno de tu rostro con la yema de su dedo con un movimiento dulce, y vos te sentís como una criatura otra vez. La diferencia es que cuando eras una nena cada vez que terminabas con la cáscara de huevo estrujada en tu mano y el contenido chorreando por entre tus dedos y empapando tu palma, tu abuela no se había mostrado paciente y comprensiva, sino más bien enfadada y decepcionada por tu evidente falta de talento. La diferencia es que con él no tenés que sentirte avergonzada, la diferencia es que él no piensa que deberías sentirte avergonzada por ser tan torpe, o que sos tonta e inútil. La diferencia es que él solamente quiere enseñarte a cocinar para ayudarte a perderle el miedo, a sacarte de encima esa idea que tenés de que cualquier cosa que intentes preparar va a resultar un desastre digo de terminar en el cesto de basura; él quiere enseñarte a cocinar para que veas que puede ser divertido, para que veas que con dedicación y ayuda podés hacerlo si te lo propones. Él quiere enseñarte a cocinar… y en el proceso está enseñándote a quererlo un poco más de lo que ya lo querías, pero eso no es nada nuevo, porque todos los días sucede lo mismo: amanecés amándolo, y te vas a dormir amándolo muchísimo más.
"Hay dos docenas de huevos en la heladera, y no los necesitamos todos" te anima. Y estás a punto de contarle cómo diez huevos terminaron en el suelo y sólo dos dentro del recipiente cuando quisiste hacer esa torta para tu sobrina, pero él habla primero ": Probá otra vez"
Y probás otra vez, bajo su mirada atenta y cargada de ternura, esa mirada que no hace que te sientas presionada, sino más bien te relaja y tranquiliza. Probás otra vez, pero el resultado acaba siendo el mismo: la mesada hecha un enchastre otra vez, y también tu mano.
"Soy una inútil, Tony" protestás, las palabras saliendo de tu boca antes de que pudieras morderte la lengua, la frustración que sentís y el enojo con vos misma ardiendo dentro de vos como una hoguera.
"No, no sos una inútil" él te asegura, limpiando de nuevo tus dedos con un repasador "Probá otra vez, dale" insiste.
La tercera es la vencida pensás, concentrándote como si estuvieras a punto de emprender una misión especial para la CTU, a punto de hacer algo arriesgado e importante, algo que no puede fallar… Te causa gracia, realmente: podés manejar todo tipo de armas, estás en contacto constante con terroristas que han matado a cientos de miles en lo que se tarda en apretar un botón, le mentiste a tus superiores, te escondiste en un baño para pasar información que no debías pasar, ayudaste a Tony a drogar a Chappelle y a encerrarlo en un cuarto vacío para sacarlo del medio, te arriesgaste a ir a la cárcel por hacer lo que creías justo y correcto, manejás una Unidad llena de gente que debe aunar fuerzas y recursos para proteger a los ciudadanos de Los Angeles, pero sos incapaz de romper un huevo y echar la yema dentro de un bol.
La tercera no es la vencida, al menos no en tu caso. Vuelve a pasar lo mismo que las dos veces anteriores.
"No, cierto, no soy una inútil" comentás sarcásticamente, esta vez agarrando vos el repasador para limpiarte la mano ": directamente soy una estúpida" declarás.
"Si seguís hablando así de vos misma me voy a enojar" Tony te advierte con seriedad, y sabés que habla en serio "Probá otra vez" insiste.
"¿Todavía seguís teniendo paciencia?" preguntás con un suspiro.
"Toda la paciencia del mundo" luego repite ": Probá otra vez"
Pero vos te quedás quieta y callada, cabizbaja, la vista fija en el suelo, enfadada con vos misma porque a veces dejás que tus emociones te dominen y se lleven lo mejor de vos, como ahora. A él no le importa que esto salga bien o mal, no le importa lograr galletitas perfectas, no le importan los detalles, no le importa hacer todo meticulosamente; a él le importa estar con vos, compartir esto con vos, divertirse con vos, hacerte reír, crear un recuerdo que puedan guardar siempre y sobre el cual puedan volver en el futuro con una sonrisa en los labios y una sensación cálida en sus corazones. Entonces: ¿por qué te tomás todo tan a pecho y te amargás y angustiás por cosas que no valen la pena?, ¿por qué te pones presiones cuando él lo que está tratando de hacer es ayudar a que te sientas liviana y sin ese peso constante en los hombros?, ¿por qué tenés que permitir que tu frustración, tu enojo y tu obsesión con hacer todo bien se metan en el medio, arruinando todo y convirtiendo en un drama lo que debería ser una tarde entretenida y llena de risas?
"Tony…" querés comenzar a disculparte, pero él te interrumpe.
"Michelle… No quiero que te sientas obligada a hacer esto" enmarca tu rostro con sus manos "Que a mí me guste cocinar no significa que a vos también tenga que gustarte. Se me ocurrió que sería divertido enseñarte porque vos me dijiste que querías aprender. Puedo hacer yo las galletitas, y vos podés quedarte al lado mío mirando" ofrece "y yo voy a ser feliz teniéndote cerca y cocinando para vos, así como sería feliz si estuviéramos mirando nubes, o caminando por la playa, o en el cine, o haciendo nada. No voy a amarte menos porque no puedas cocinar ni voy a amarte menos porque no te interese aprender. Yo te amo por lo que sos, con todos tus defectos y virtudes. Te amo en lo que puedas hacer, en lo que no puedas hacer, y en lo que intentes hacer, resulte o no. Amo lo que seas y lo que puedas"
Sonreís, besás sus labios muy despacio y dejás que tus dedos corran por su cabello, despeinándolo ligeramente. Lo mirás con esa adoración siempre brillante en tus ojos, sólo que esta vez también se mezcla una cuota muy grande de agradecimiento. Siempre vas a agradecerle que sea tan bueno con vos, que te cuide tanto, que se preocupe tanto por vos, que tenga en cuenta todos los detalles, que te trate como a una princesa, que sea paciente en todo, que te enseñe miles de cosas pero, por sobre todo, que te enseñe día a día a quererlo un poco más a través de sus gestos dulces, sus promesas y ese amor incondicional que te hace sentir.
"Voy a probar una vez más" decidís.
Y esta vez cuando golpeás el huevo contra el borde del recipiente de vidrio no pensás en tus otros fracasos culinarios, no pensás en la decepción que mostraba tu abuela siempre que fallabas, no pensás en que sos una inútil que jamás va a hacer algo medianamente bueno en la cocina, no pensás que sos una estúpida por no poder lograr tener éxito en algo tan sencillo como romper un huevo y echar la yema. Simplemente pensás que es un domingo hermoso, que es una tarde hermosa, pensás en la suerte que tenés porque estás con la persona que amás, pensás en las mariposas que en tu panza son constantes porque no hay segundo del día en que no te sientas cuidada y adorada, pensás en la sonrisa que va a aparecer en su rostro cuando mañana por la noche le muestres el tatuaje, pensás en la pregunta que seguramente va a hacerte mañana y a la que vas a contestar con un sí… Pensás que te queda el resto de tu existencia para compartir con él, y que si esto de cocinar no resulta bien hoy, tenés por delante muchos, muchos años para darte la oportunidad de aprender a su lado, así como aprendés otras cosas, la primera de ellas aquella que él te enseña a diario: amarlo más y más.
Y entonces esta vez resulta.
Tus labios se curvan automáticamente en una sonrisa que va de una oreja a la otra cuando ves el líquido amarillo y el transparente dentro del cuenco con el resto de los ingredientes previamente agregados.
"¿Ves que es posible?"
Es una pregunta retórica, por supuesto; una pregunta retórica acompañada de una de esas sonrisas que te derriten y que te hacen sentir como si tus piernas estuvieran hechas de gelatina; una pregunta retórica acompañada de una mirada de orgullo que te llena el alma y te hace temblar por dentro. Pero a su pregunta retórica contestás de todos modos:
"Solamente es posible lo imposible si estoy con vos"
El siguiente huevo termina como los tres primeros, pero te sorprendés al darte cuenta de que no te importa haber vuelto a fallar; en lugar de enojarte, tomás otro y volvés a intentar, hasta que, finalmente, los cuatro huevos que especifica la receta están incorporados a la leche común y la condensada, la ralladura de naranja y la manteca.
"Gracias por tenerme tanta paciencia, Tony" murmurás, sonriéndole con una mezcla de timidez que puede verse aun mejor plasmada en el tono rojo de tus mejillas y un inconfundible aire de satisfacción y felicidad (vos podrás pensar que sos una tonta, pero muchas personas darían hasta lo que no tienen por poseer la capacidad de sentirse contentos por cosas tan pequeñitas, tan simples, tan sencillas, tan mundanas).
"Ya te lo dije: mi paciencia para vos no conoce límites"
Te explica el siguiente paso, que en teoría es fácil: revolver con una cuchara de madera hasta que quede todo bien mezclado y luego incorporar la harina. La parte de revolver no te causa problemas, pero llegado el momento de agregar la harina, en tu entusiasmo cometés el error de abrir el paquete con las manos en lugar de esperar a que él te alcance una tijera para cortar una puntita, lo cual causa que los dos terminen cubiertos de pequeñas partículas de polvo blanco, tosiendo entre risas. Y aquello desemboca en lo inevitable: todavía mitad riendo, mitad tosiendo, acaba iniciándose una guerra de harina que luego se transforma en una guerra de cosquillas. Para cuando ambos se calman, el piso inmaculado está tan cubierto de harina como ustedes dos, no hay un solo rulo en tu cabeza que esté en su sitio, a los dos les cuesta respirar, y las risas siguen llenando el aire.
"Siempre quise terminar envuelta en una guerra de harina" confesás "pero de chica era demasiado pulcra como para comportarme así. Además" seguís, encogiéndote de hombros "no hubiera tenido con quién hacerlo"
"¿Sabés por qué compré otro paquete cuando fui al supermercado?" te pregunta, sacando de la alacena un segundo paquete de harina mientras vos te lavás la cara y las manos.
Me conoce demasiado bien, mejor d lo que me conozco a mí misma pensás. Me conoce tanto que sabía exactamente que algo así me encantaría porque cuando era una nena nunca tuve oportunidad de comportarme como los otros chicos de mi edad.
"Tenías planeado que pasara esto" es una afirmación, no una pregunta, y decís las palabras haciendo un gesto con las manos para referirte a la situación en general, sintiendo en tu estómago miles de millones de mariposas revoloteando y haciéndote cosquillas con sus alitas.
Él asiente con la cabeza, sonriendo, y vos le devolvés la sonrisa. No te preocupes que la cocina esté toda sucia, no te preocupa que esté todo desordenado y enchastrado, no te preocupa tener toda la ropa pegajosa, no te preocupa nada porque estás demasiado feliz viviendo el momento con él, comportándote como una criatura, libre de tus fantasmas y obsesiones por un rato, liviana como una pluma.
Una vez agregada la harina a los otros ingredientes lograron formar una masa (va a costarte quitarte los restos de debajo de las uñas, pero eso no podría interesarte menos) para después extenderla con el palo de amasar. Mientras Tony precalentaba el horno vos te encargaste de usar los moldes especiales con formas navideñas para cortar las galletitas. Durante los veinte minutos de horneado que especifica la receta, prepararon el glasé para cubrir las galletas cuando estuvieran listas y se hubieran enfriado un poco, mezclando en un vaso azúcar, gotitas de juego de limón y una cucharada de leche.
Dos horas después de haber comenzado, exhaustos y cubiertos de harina los dos se sientan en las banquetas, cada uno con un tazón de leche con chocolate bien caliente, y un plato lleno con las galletitas cubiertas de glasé cuyo aspecto es tan tentador que no creés sobre ninguna para después de la cena.
"No puedo creer que salieron bien" comentás riendo, con tus ojitos brillando y tu corazón latiendo contento, después de haber comido seis o siete galletitas (sin haber sentido culpa alguna, sin haberte preocupado por las calorías, sin haber escuchado esa voz que te mortifica diciéndote que vas a terminar siendo una pelota de grasa si comés tantos dulces).
"Lo más importante no es que hayan salido bien, lo más importante es que te quitaste el miedo a tratar de cocinar y te divertiste"
"Ya lo sé" tomás su mano, entrelazando sus dedos con tus dedos, reflexionando sobre lo que acaba de decir y llegando a la conclusión de que cualquier mala experiencia en la cocina que hayas tenido antes definitivamente pesa muchísimo menos que la experiencia hermosa que viviste hoy, riendo y jugando con harina como una nena de cinco años, cortando la masa con los moldes, haciendo chistes, completamente relajada y feliz "Gracias, Tony" susurrás "Gracias por enseñarme todos los días a quererte un poco más; incluso cuando pienso que no es posible amarte más de lo que ya te amo, hacés algo que me demuestra que mi amor por vos nunca va a dejar de crecer y que jamás va a conocer límites para eso"
No creés que haya adjetivo calificativo adecuado para describir el grado de ternura y dulzura que empapan los besos que siguen a tus palabras. No creés que haya forma alguna de plasmar en frases la mezcla de emociones que se juntaron en tu pecho, latiendo al compás de tu corazón e imitando el sonido de las palpitaciones del suyo.
No hay forma de explicar lo bien que te hace saber que vas a pasar lo que te queda de vida con tu alma gemela, con el hombre que te tiene como su mayor prioridad y solamente quiere cuidarte y protegerte y darte absolutamente todo, con el hombre que es capaz de pasas el domingo ayudándote a cocinar galletitas, riéndose con vos, comportándose como una criatura con vos, enseñándote millones de cosas hermosas que no podrías aprender con nadie más.
No hay forma de explicar lo bien que te hace saber que mañana van a empezar a escribir juntos un nuevo capítulo. Mañana van a trazar una línea que dividirá un 'antes' y un 'después' en su relación, mañana vas a entregarle hasta el último pedacito de tu ser, mañana vas a prometerle ser suya para siempre, mañana vas a sorprenderlo como él te sorprende a vos todos los días.
Y mientras esperás a que llegue ese mañana plagado de cosas que no sos capaz de explicar porque su complejidad es demasiado honda, podés perderte en sus brazos, perderte en sus besos, perderte en su risa, perderte en este momento que vas a recordar siempre, incluso cuando seas viejita y tengas el pelo blanco y la piel llena de arrugas. Porque nunca vas a olvidar, ni aunque pierdas la memoria, la tarde de domingo en la que cocinaste galletitas (comestible, sin que se quemaran, sin tener que tirarlas a la basura después) por primera vez, con él, el día anterior a que la existencia de ambos cambiara para siempre, aprendiendo que en un amor como el de ustedes es imposible que al ponerse el sol cada atardecer no se adoren mucho más de lo que se adoraban al alba y mucho menos de los que se adorarán al siguiente ocaso.
