Nota de la autora: Este capítulo fue una decepción para mí. No pude expresar con palabras nada de lo que tenía en la cabeza, por lo cual es confuso, está mal escrito y deben abundar las contradicciones o confusiones. Es desastrozo. Es un desastre, esa es la palabra. No es el capítulo 90 que tenía en mente, tampoco es el capítulo que ustedes se merecen por ser tan buenas lectoras y esperar siempre con tanta paciencia y con comentarios tan lindos para incentivarme. Estoy desilusionada conmigo misma y con mis capacidades para escribir; si pudiera simplemente pasar las cosas a la computadora tal cual las veo en mi cabeza, esto sería muchísimo mejor que el resutaldo que obtuve armando párrafo tras párrafo. Muchas de las emociones que traté de describir volverán a ser explicadas más adelante, lo prometo, en mayor profundidad, explorando cada una de ellas en un grado más complejo. Ojalá esto no resulte para ustedes la desilusión que resultó para mí, y espero que perdonen los doscientos mil errores que debe tener cada renglón.
Enfocándome en otro tema: una de ustedes escribió que creía saber qué era el tatuaje de Michelle. Me encantaría que me dijera qué pensó que era y si lo que acabó siendo resultó satisfactorio, ingenioso, interesante, original. Aprecio mucho toda clase de críticas constructivas.
También quiero agradecer a todas mis amigas de tumblr que me ayudaron con las cuestiones idiomáticas (cuando lean el capítulo, si es que aguantan hasta el final, van a entender por qué estoy diciendo esto).
Todos los temas que parezcan haber sido explicados pobremente o muy por arriba, van a ser retomados, nada va a quedar sin recibir su merecida atención, lo prometo.
¿Qué vas a hacer por el resto de tu vida?
¿Qué vas a hacer desde ahora y para siempre?
Despertás antes del amanecer porque tu mundo es mucho más hermoso que cualquier sueño que pueda fabricar tu cabeza.
Despertás antes del amanecer porque la adrenalina, la expectativa y los nervios que recorren tu cuerpo provocan un cosquilleo en tu estómago que se mezcla con aquél producto del batir de alas de las mariposas que se agitan traviesas a la espera del momento en que tu vida y su vida cambien para siempre.
Despertás antes del amanecer porque literalmente te carcomen las ganas de empezar a transitar ese último tramo que queda hasta que llegue el instante de pedirle que se case con vos y sorprenderla con un regalo que ella no se imagina, un regalo que esperás la haga sentir una alegría inmensa y cause que esos labios a los que sos adicto se curven en una de sus sonrisas capaces de derretirte como si fueras un insignificante cubito de hielo abandonado bajo el sol.
Podrías volver a dormirte, descansar un par de horas antes de que la alarma que programaste comience a aturdir tus oídos con una potencia similar a la que imaginás tendrán las trompetas del Juicio Final, pero preferís permanecer tumbado boca arriba en el sofá, contemplando a Michelle en su estado más puro, dulce y vulnerable, acurrucada en tus brazos y envuelta en la cálida sensación de hallarse anidada contra tu cuerpo. No podés evitar la sonrisa en la que se curvan tus labios cuando te abruma la maravillosa certeza de que todas las mañanas que te queden por vivir van a estar empapadas en la magia de escuchar su respiración acompasada y los latidos de su corazón combinados formados tu melodía favorita, sentir el calor de su cuerpo abrigándote, observar sus ojos abrirse despacito para develar ese brillo hermoso que refulge más que cualquier estrella.
Ves los minutos escurrirse por tu reloj pulsera, cada segundo que se desliza para perderse en el infinito y no regresar jamás representando un paso hacia adelante en dirección al instante que va a marcar el comienzo de un nuevo capítulo en el cuento de hadas que línea a línea escriben juntos. Te cuesta creer que ya llegó el día, que ya alcanzaste el punto culminante del almanaque, que Diciembre ya se te escapa por entre los dedos como agua de mar, que esta noche se agrega el último eslabón a esa larga cadena que con tus planes fuiste construyendo de a poquito. Te cuesta creer que apenas faltan horas que tenga lugar uno de los acontecimientos más grandes, importantes y románticos de toda tu vida.
Me alegra tener tantas cosas que hacer hoy pensás porque de otro modo la espera se me haría insoportable, sería una tortura. Llevás semanas queriendo pedirle a Michelle formalmente que sea tu esposa, llevás semanas queriendo darle el anillo de compromiso que elegiste especialmente para ella porque combina con su belleza natural exterior e interior, llevás semanas queriendo escuchar ese 'sí' que va a colarse por entre sus labios antes de que los beses con esa mezcla de dulzura y pasión que se apodera de vos cuando tu boca se halla a milímetros de su boca. Ya hablaron mucho del tema, ya discutieron sus planes a futuro, incluso la llamaste varias veces Michelle Almeida, los dos tienen en claro los proyectos que desean emprender juntos… El paso que resta es hacerlo 'oficial', y vos ya no aguantás más, ya no podés contener las ganas, y te parece que el tiempo te hace burla y se estira como chicle a propósito, para jugar con tus nervios, para aumentar tu ansiedad, para burlarse de vos. Estás seguro de que tenés por delante horas que van a durar el doble y van a sentirse pesadas como el plomo, pero confiás en que los preparativos que requerirán toda tu atención van a distraerte lo suficiente y a servirte de alivio.
Enredás tus dedos en sus rulos y con las yemas acariciás su cabeza con suavidad; ella responde a tu tacto instintivamente abrazándote más fuerte, pero continúa sumida en sus sueños, con expresión pacífica en sus exóticas facciones orientales. Con la seguridad de que no vas a perturbar su descanso, permitís que tus yemas repasen el contorno de su cara y luego dibujen círculos en sus mejillas y alrededor de sus párpados, tu piel besando su piel con delicadeza extrema porque sabés bien que la mujer que amás es delicada como una muñequita de porcelana, y por ende debe ser tratada como tal.
"No podría imaginar un amanecer mejor que éste, princesa" susurrás en su oído.
Si pudieras ver el futuro, sabrías que las mejores mañanas de tu vida todavía no llegaron, que aun están esperando a suceder, esperando a llegar para tocar tu corazón y tu alma y grabarse para siempre en el lugar donde guardás tus recuerdos más preciados. Si pudieras ver el futuro, sabrías que aunque éste amanecer es hermoso, el de mañana va a ser mucho más especial.
Pero es bueno que no puedas ver el futuro, porque entonces sabrías que en los siguientes años no sólo habrá mañanas como ésta en la que no podés contener las sensaciones que jalan las comisuras de tus labios hacia arriba formando una sonrisa ni tampoco controlar las mariposas que se mueven por todo tu estómago haciéndote cosquillas, sino también mañanas mucho más oscuras, mañanas negras, mañanas regadas con lágrimas y alcohol, mañanas encerrado en una celda, mañanas deseando estar muerto, mañanas sin Michelle, mañanas con síndrome de abstinencia, mañanas con la persona equivocada, mañanas jugando a la ruleta rusa, mañanas con tu cabeza a punto de estallar.
Qué bueno que no puedas ver el futuro, qué afortunado que sos por no saber lo que viene. Qué bueno que en tu inocencia e ignorancia pienses que los dos van a vivir juntos y felices para siempre, que el resto de tus días van a ser tan mágicos como lo fue éste Diciembre, que en este cuento de hadas solamente habrá pasajes brillantes y nada de oscuridad, angustia o dolor. Qué bueno que no puedas ni imaginarte lo terrible que van a ser tu existencia y la de ella dentro de tres años, qué afortunado que sos por no tener ni la menor idea del daño que van a causarse el uno al otro. Qué bueno que desconozcás que llegado un punto van a estar tan alto que la caída va a destruirlos hasta convertirlos en astillas fracturadas de lo que solían ser.
No saber el futuro te permite concentrarte en el presente, en lo que están viviendo ahora, en sus sueños y esperanzas, en las cosas sencillas que lo iluminan todo como estrellas, sumergido de lleno en el mundo que construyeron los dos para compartir el uno con el otro. No saber el futuro te permite apreciar aun más cada segundo a su lado, cada beso, cada caricia, cada sonrisa, cada carcajada, cada promesa, cada palabra, cada mirada, cada abrazo.
Los recuerdos que forjes hoy van a ser tu sustento mañana, cuando no quede nada, cuando estés solo y abandonado como un perro a un costado de la carretera en una noche de tormenta, cuando en el fondo de una botella te pierdas en tu intento de encontrar algo que no existe, cuando seas privado de la libertad, cuando tengas que sacrificarte para impedir que se corte el finísimo hilo del que pende tu razón de ser, cuando estés ahogándote, cuando la oscuridad te absorba y te escupa para devolverte a un mundo totalmente diferente a éste en el que vivís hoy. Los recuerdos que forjes hoy van a ser todo aquello a lo que puedas aferrarte cuando el barco se hunda y te conviertas en náufrago. Los recuerdos que forjes hoy van a ser lo único manteniéndote con vida después de que la tragedia los golpee hasta desangrarlos.
Qué bueno que no sepas lo que va a sucederles cuando menos lo esperen.
Qué bueno que no sepas que el cuento de hadas va a durar poco.
Qué bueno que ignores lo que vas a tener que afrontar en carne propia.
Qué bueno que en tu inocencia pienses que todas tus mañanas van a ser como ésta.
Qué bueno que no puedas ver todo lo bueno que les tiene preparado el futuro inmediato, porque entonces cada amanecer con ella va a ser una experiencia nueva, única e irrepetible, cada vez más linda, más íntima, más dulce.
Qué bueno que no puedas ver todo lo malo con lo que van a encontrarse dentro de tres años, porque si pudieras, entonces sabrías todo el daño que vas a causarla, entonces sabrías cómo vas a arrastrarla hasta llevarla al borde del precipicio, y no te quedaría otra salida que buscar tu arma y pegarte un tiro en la cabeza, porque preferirías morirte antes que vivir lo suficiente para destruir a Michelle del modo en que vas a hacerlo con tus palabras, con tus acciones, con tu indiferencia.
Pero por suerte no sabés nada de eso. Por suerte no podés ver más allá de lo que sucederá en un par de horas.
En un par de horas vas a pedirle que se case con vos.
En un par de horas ella va a decirte que sí.
En un par de horas vas a darle la sorpresa más importante de todas.
Cerrás los ojos y te relajás, pero no volvés a dormirte; simplemente repasás mentalmente cada momento del plan, cada pequeño detalle. Es perfecto en teoría, y en la ejecución no podés fallar; miles de veces revisaste cada paso a dar en busca de falencias o de trabas que pudieran provocar un desenlace que no fuera el imaginado, pero a pesar de no haber encontrado nada te es inevitable sentir nervios y ansiedad.
Apenas horas una voz te recuerda en susurros. Apenas horas. Apenas horas.
Son las diez de la mañana y estás terminando de lavar las cosas del desayuno. Mientras enjuagás tu taza de Chicago Cubs se te ocurre por vez número un millón desde que Michelle se fue a su departamento que pasar unas cuantas horas sin ella va a ser una tortura. No te gusta estar sin Michelle, te acostumbraste demasiado a compartir cada segundo de tu tiempo libre con ella, te volviste demasiado dependiente. Sin embargo, para que tu plan maestro cobre vida y esta Noche Buena sea especial, única, mágica e inolvidable, precisás encargarte de varios ajustes y eso va a llevarte un par de horas.
Michelle te avisó anoche - mientras comían una sopa ligera en lugar de una cena abundante porque estaban atracados de galletitas - que al día siguiente (refiriéndose a hoy, lunes 24 de Diciembre) se iría temprano a su departamento porque necesitaba ocuparse de un par de asuntos (no hizo falta que explicitara que esos asuntos tiene que ver con la sorpresa que preparó para vos: el brillo en sus ojos era evidencia suficiente y no dejaba lugar a dudas). Y en efecto, se marchó hace un rato, después de acabar con la última tostada que quedaba en el platito de porcelana azul, después de darte un beso larguísimo cuyos efectos deben durarte hasta que vuelvan a encontrarse por la noche y puedas aprisionarla en tus brazos para no soltarla hasta que tengan que regresar el jueves al trabajo; sabés bien que ese único beso no va a ser suficiente para calmar tu necesidad de ella, para satisfacer tu adicción, pero no te queda más opción que sobrevivir con el recuerdo de esa pequeña dosis y el sabor dulce que sus labios dejaron empapando los tuyos.
Durante algunos minutos te quedás hundido en tus pensamientos y reflexiones, con la vista fija en algún punto desconocido, repasando con la esponja el mismo cuchillo para untar manteca una y otra vez, con expresión casi ausente en el rostro. Te preguntás qué es aquello qué Michelle planeó para sorprenderte, y en respuesta a tu curiosidad un millar de mariposas se despiertan en tu panza y los latidos de tu corazón se aceleran. Ya le dijiste que no necesitás nada, que solamente la querés a ella, que es el mejor regalo que podrías haber recibido y que no se te ocurriría pedir nada más, pero por supuesto no te hizo caso. La intriga está devorándote con ferocidad; así suponés que se sintió ella durante los últimos veinticuatro días, razonás, chasqueando la lengua y sonriendo.
"¡Bonnie!" llamás a la perrita cuando salís de tu trance y acabás de guardar los cubiertos y platos en sus respectivos cajones. La cachorrita llega a tu lado enseguida, agitando la cola con alegría y entusiasmo "Hora de dar un paseo antes de que me vaya" anunciás, tomando la correa.
Regresás al departamento cerca de las once, luego de haber dado unas cuantas vueltas a la manzana con tu hiperactiva mascota (tuya y de Michelle, por supuesto), tiempo que aprovechaste para repasar el plan de cabo a rabo, parte por parte, por lo que debe haber sido la vez número cincuenta desde que despertaste esta mañana cuando pasaban apenas minutos de las cinco y tu entusiasmo no permitió que volvieras a dormirte.
La aguja grande del reloj pulsera que Michelle te regaló y que vos llevás siempre indica que ha transcurrido un cuarto de hora desde que la manecilla más pequeña se movió del diez para posarse en el siguiente número cuando encendés el motor de tu auto y, sin dejar de sonreír porque tenés la panza llena de mariposas y con tu imaginación trabajando activamente conjurando distintas escenas que podrían acontecer esta noche, te dirigís al primero de los sitios que figura en la lista de lugares a los que debés ir.
Ya terminaste de encargarte de todas las cosas que debías hacer: hiciste esas compras de última hora que habían quedado pendientes, preparaste una cena espectacular con los platos típicos que se sirven en Navidad, dejaste todo listo para cuando llegue el momento de darle esa última gran sorpresa, e incluso compraste un juego de luces navideñas para decorar tu departamento y darle un aspecto más íntimo; lo único que resta es arreglarte antes de pasar a buscarla por su departamento a las cinco y treinta en punto (ni una milésima de segundo más ni una milésima de segundo menos, porque casi sentís dolor en los labios y en las manos de tanta falta que te hace una dosis de sus besos y caricias). De allí en adelante es cuando comienza la segunda y última fase del plan, la más importante, la más complicada, y también la más linda, la que va a demostrarte que todo tu esfuerzo y dedicación valieron la pena.
Exhausto pero satisfecho te metés en la ducha a las cuatro de la tarde. El agua caliente impacta contra tu cuerpo desnudo y se desliza como cascada por tu amplia espalda, pero eso no evita que tirites incontrolablemente como un animal abandonado a la intemperie, no porque tengas frío sino porque tu sistema nervioso está sufriendo un ataque de ansiedad.
Horas, apenas horas una vocecita no deja de cantar en tu cabeza, provocando que ese cosquilleo que no te abandonó en todo el día se intensifique hasta alcanzar incluso la punta de tus dedos.
Envuelto de la cintura para abajo en un toallón y con el cabello húmedo pegándose a tu frente, dejás que tus pies descalzos se hundan en el mullido felpudo color crema frente al lavabo y pasás una mano por el espejo empañado para poder observar tu rostro mientras te afeitás. El brillo de tus ojos es deslumbrante, casi podrías describirlo como mágico; es el reflejo de tu alma, que se revuelve inquieta y tiembla con cada segundo que se desvanece. Sonreís y mordés tu labio inferior como lo hiciste esa mañana cuatro meses atrás después de prometerle a Michelle que la verías al día siguiente (qué ingenuo que fuiste al pensar que podrías pasar veinticuatro horas sin ella; recordar aquella noche de tormenta en la que dormiste con ella en brazos por primera vez provoca que tu sonrisa se acentúe aun más); tanto ha acontecido en un puñado de semanas, tantas cosas tan distintas, tan intensas y profundas que no te alcanzaría una vida para analizarlas, separarlas, clasificarlas y tratar de explicarlas. Todo lo que sabés es que cada una de esas cosas contribuyeron a construir el sendero que te condujo a donde estás en este momento: a apenas horas de pedirle al amor de tu vida que se case con vos.
Tu mirada cae distraída sobre su cepillo de dientes junto al tuyo. Mirás a tu alrededor y observás otras cosas que pertenecen a ella, como su champú y acondicionador favoritos, su 'crema para domar rulos' como ella la llama, un juego de peine muy finos, algunos cosméticos básicos como un delineador y un rímel. En el resto de los cuartos también están regadas varias de sus pertenencias, como libros, revistas o discos, e incluso en la cocina puede encontrarse evidencia de su presencia en tu vida porque llenan los estantes de la heladera y de las alacenas los ingredientes para preparar sus comidas y postres predilectos y nunca faltan los paquetes de galletitas Oreo. En su departamento, obviamente, cosas tuyas se hallan por todas partes en igual medida, especialmente prendas de vestir que luego terminan prolijamente dobladas en los cajones de su placar porque a ella le encanta que el perfume impregnado en tu ropa se mezcle con el suyo, tanto como a vos te gusta que su perfume empape todas las almohadas y almohadones y que puedas sentirlo en cada rincón. Pedazos de ella y pedazos de vos desperdigados por ahí, mezclándose unos con otros, eso es lo que convierte a cualquier sitio en un hogar. Y te entusiasma pensar que dentro de poquitito todo lo que poseés y todo lo que ella posee no va a estar dividido sino todo junto bajo un mismo techo, el techo que van a compartir, el techo bajo el cual esperás puedan criar tres o cuatro hijos, el techo bajo el cual vas a formar un familia con ella.
Esos pensamientos siguen aun flotando en tu cabeza cuando te sentás en el borde de la cama, ya vestido, con dos cajitas forradas en terciopelo. Ambas son tan pequeñas que caben en un puño, pero esa es la única similitud que puede señalarse, ya que son diferentes por dentro y por fuera: una está forrada en terciopelo azul oscuro y la otra en terciopelo rojo; una contiene un anillo de compromiso, y la otra una llave. Observándolas se te ocurre algo más que tienen en común: representan el futuro de los dos, representan todo lo hermoso que está por venir, representan todas tus esperanzas y sueños.
Horas, apenas horas aquella voz cargada de ansiedad repite en susurros cuando mirás la ubicación de las manecillas del reloj. Apenas horas para comenzar un capítulo nuevo con ella.
Son las cinco menos cuarto cuando tomás tu celular con la intención de enviarle un mensaje a Michelle; durante todo el día estuvieron enviándose mensajes de texto, tratando de compensar con palabras dulces la falta de mimos y contacto físico. En la pantalla figura que tenés una llamada perdida, y cuando revisás el registro el que aparece es el número de la casa de tus padres en Chicago. Probablemente llamó mientras estabas en la ducha y por eso no escuchaste el teléfono.
Con el pulgar pulsás suavemente el botón de 'devolver llamada' y aguardás a que alguno de los dos conteste; te percatás de una sensación extraña en tu estómago que podría describirse como una manifestación de nervios, aunque estos nervios son diferentes a los que te hacen sentir como si tuvieras mariposas en la panza. Nunca pensaste que la perspectiva de hablar con tus padres provocaría que un nudo se formara en tu garganta, pero aparentemente a eso han llegado las cosas.
"Hola"
La voz de la mujer que te trajo al mundo hablando en su lengua materna debería ser un sonido tranquilizador, fuente de consuelo, sinónimo del hogar en el que creciste y en el que te formaste como persona, disparador de recuerdos de tu infancia. Sin embargo, en vista de la conversación que creés está por tener lugar, esa voz te causa inquietud, desasosiego, necesidad de protegerte en caso de que te topes otra vez con la desilusión, e instintivamente te pones a la defensiva.
"Hola, mamá" contestás en Inglés.
"Hola, hijo. Te llamé hace un rato…"
"Lo sé. No pude contestar"
Te sentís incómodo, te sentís raro, te sentís tenso. ¿Desde cuándo una conversación telefónica con tu mamá te pone así? ¿Por qué las cosas alcanzaron este extremo? ¿Por qué te parece que el ambiente podría cortarse con un cuchillo?
"Supuse que estarías ocupado… o que quizá no podías atenderme…"
Ese 'quizá no podías atenderme' tu cerebro lo traduce fácil y rápidamente a 'quizá no querías atenderme'; es la forma 'amable' de tu madre de sugerir que ignoraste deliberadamente su llamada y que si ahora estás devolviéndosela es porque recapacitaste o te ganó la culpa, lo cual a ella debe resultarle genial y la mar de interesante porque agrega peso a su ridícula teoría que tiene como base que 'Michelle va a arrancarte de tu familia y a construir un muro entre ustedes y a dividir para reinar y así alejarte de los seres que te aman para que seas de su completa propiedad sin que deba compartirte con nadie'.
"Estaba duchándome, por eso no pude atender. Recién regresé a la cocina para preparar una taza de café, y cuando chequeé mi móvil vi que tenía una llamada pérdida".
Es la verdad pensás. Queda en vos creerme o no, mamá la voz en tu cabeza agrega amargamente.
Durante algunos segundos el silencio se forma entre ambos; tratás de que surja alguna idea, alguna frase, algo con lo que romperlo, algo para reanudar la conversación, pero honestamente no se te ocurre nada útil. Todo este argumento con tu familia te entristece y confunde, y si hay algo que lastima mucho es no saber qué decir a una de las personas que más te importan en este mundo (porque pase lo que pase, ella siempre te va a importar, a ella siempre la vas a querer, aunque no esté de acuerdo, aunque ponga trabas, aunque te tenga entre la espada y la pared, aunque te decepcione y desilusione). ¿Qué podés decirle a tu madre, a la que amás y respetás, pero hacia la cual a su vez sentís una honda desilusión porque ella no acepta a la mujer con la que vas a casarte? ¿Qué podés decirle a tu madre, la que sabés ha estado llorando angustiada porque no viajaste a Chicago para las fiestas pero que insiste en mantenerse firme en su postura y por culpa de su orgullo no da el brazo a torcer?
Es tu mamá la que vuelve a hablar, con un tono monocorde, como si hubiera ensayado las palabras mil veces antes de decirlas, como si hubiera pasado días pensándolas hasta formar oraciones y luego memorizarlas. No es su tono de voz natural, y una partecita tuya se pregunta si está haciendo esto a propósito para fastidiarte o si es su manera de controlarse para no acabar soltando alguna frase hiriente u ofensiva.
"Anthony, tu padre me dijo que habló con vos el jueves, si no me equivoco"
Ese 'si no me equivoco' que agregó al final, intuís que fue puesto en la oración con el propósito de hacerte creer que no le preguntó a tu padre exactamente qué dijeron y cómo, en qué tono y en qué términos, qué preguntas se hicieron el uno al otro y cuáles fueron las respuestas. Tu mamá es meticulosa hasta la histeria supina con los asuntos que le interesan, y éste asunto sabés bien que debe mantenerla en vela y con el cerebro maquinando desde que cometiste el garrafal error de arrastrar a tu familia por el fango enamorándote de una japonesa; que ella intente hacerte creer lo contrario simulando no haberle prestado mucha atención a los 'comentarios' de tu papá sobre la conversación que mantuvieron un par de días atrás es una técnica para agarrarte con la guardia baja y desconcertarte. Pero vos te ganás la vida interrogando gente, leyendo su lenguaje corporal, escuchando en sus voces lo que otros no podrían escuchar, revisando entre línea, traduciendo signos que pasan desapercibidos por el común de la personas. No estás comparando a tu mamá con un terrorista, un delincuente o un criminal como los que son arrojados en las salas de detención de la CTU para que ustedes los torturen hasta extraerles toda la información que posean, pero eso no quita que esté preparado para reconocer cuando alguien miente o, mejor dicho, cuando alguien disfraza las cosas para dar vuelta el tablero y poner el puntaje a su favor.
"Me dijo que tu decisión final era no viajar a Chicago para pasar las fiestas con nosotros" su tono sigue siendo totalmente neutro, y es en esa falta de emoción que percibís la ira, el enojo, la decepción, la furia, las ganas de gritarte y de llorar que debe tener encerradas dentro, embotelladas, haciendo presión "También me dijo que va a visitarte durante los primeros días de enero"
"¿Te dijo papá por qué quiere viajar a California para verme?"
No tenés certeza de que tu padre le haya contado o no que Michelle y vos tienen planes de casarse inmediatamente, en apenas un par de meses, incluso antes de siquiera cumplir medio año juntos. De todos modos, se haya enterado ya por él o esté a punto de escucharlo por primera vez ahora, te parece importante que lo sepa, te parece importante que tenga en claro que vas en serio, que no tenés dudas, que estás determinado, que es a Michelle a quien vas a elegir para construir un futuro y para envejecer a su lado, y que nada va a lograr que cambies de opinión o te sientes a 'recapacitar' o a 'reconsiderar', básicamente porque no hay cosa alguna que necesite ser recapacitada o reconsiderada.
"No"
Lo sabe una voz grita en tu cabeza. Lo sabe, pero miente porque quiere que se lo diga yo, quiere escucharlo de mí.
Y vos decidís darle el gusto.
"Mamá, hay algo que le conté a papá cuando hablé por teléfono con él el jueves, y ahora me gustaría compartirlo con vos" inhalás, permitís que el aire llegue a tus pulmones, exhalás; tu corazón late tan fuerte que podés sentirlo rebotando contra tus costillas ": Michelle y yo vamos a casarnos en Marzo" una parte de vos quiere hacer una pausa y darle lugar para que reaccione, mientras otra parte quiere seguir hablando rápidamente para impedir interrupciones de cualquier tipo; de esa pequeña encrucijada que dura apenas segundos, sale ganadora la idea de continuar sin puntos muertos ni cortes "Voy a darle un anillo de compromiso esta medianoche" decir las palabras en voz alta, escucharlas envolviéndote, sentirlas vibrando dentro de vos, provocan que te estremezcas; un cosquilleo que comienza en tu columna vertebral recorre cada centímetro de tu cuerpo, alcanzando incluso las puntas de tus dedos "Quiero formar un hogar con Michelle, formar mi propia familia, construir mi futuro con ella, hacer realidad todos los proyectos que tenemos, y quiero hacerlo bien. Ella es la otra mitad que siempre me hizo falta para sentirme completo, es la persona con la que quiero pasar cada segundo de vida que me quede, es lo único que necesito; no le veo mucho sentido a seguir perdiendo el tiempo, no le veo mucho sentido a esperar"
El silencio vuelve a caer entre ambos; lo único que podés escuchar son los latidos acelerados de tu corazón, la sangre corriendo rápido por tus venas, tu pulso inquieto latiendo como si las emociones estuvieran acumulándose allí en tus muñecas. Cada segundo que transcurre se siente largo como un siglo y pesado como el plomo, por lo que no sabrías decir si pasan diez, veinte, o incluso sesenta antes de que decidas quebrar aquella quietud ensordecedora:
"Mamá, es una decisión tomada" aclarás, como si estuvieras respondiendo a un interrogante o a un planteo que nadie hizo pero que aun así pudo escucharse siendo manifestado a gritos en el silencio "Estoy tan seguro de esto como jamás voy a estarlo respecto de ninguna otra cosa" es sinceridad pura lo que empapa tu voz, y desearías que tu madre también pudiera apreciar esa honestidad brillando en tus ojos, consumiéndote "Cuando veo a Michelle no veo a alguien de otra raza: veo lo que le da significado a mis casi treinta y cinco años, veo lo que le da significado a todo lo que alguna vez me pasó y a todo lo que el destino tiene preparado para mí" suspirás, tu voz se vuelve aun más suave "Mamá, la amo tanto que no podría imaginar existir sin ella" confesás.
La pregunta que tu madre lanza a continuación te desconcierta completamente, sacándote de esa burbuja aterciopelada y reconfortante en la que te sumergiste al empezar a hablar de tus más profundos sentimientos, como si le hubiera dado un pinchazo con un alfiler con el propósito de hacerla explotar y devolverte a una realidad que dista mucho del cuento de hadas que acontece en ese mundo privado que sólo les pertenece a vos y a Michelle y en el que todo pierde importancia:
"¿Podrías imaginar existir sin tu familia?"
No es una amenaza, tampoco se halla teñido en sarcasmo o ironía lo que se encuentra acurrucado entre esos dos signos de interrogación, y dudás haya retoricismo alguno. Tu mamá está preguntándote esto porque espera escuchar una respuesta, porque no sabe qué dirías, porque no sabe si podrías imaginar tu existencia sin tu familia, porque tiene sus dudas.
¿Por qué las cosas con tu mamá tuvieron que volverse tan horriblemente complicadas? ¿Por qué han llegado al punto en el que ella está tan cegada y tan encaprichada en ver las cosas desde su perspectiva que te piensa capaz de empujar a tu familia fuera de los límites de tu vida por Michelle? ¿Por qué tu mamá tiene que asociar a alguien 'diferente' a ustedes con un intruso que va a destruirlos? ¿Por qué tu mamá tiene que ser tan drástica y tan exagerada? ¿Por qué no puede aceptar que el hecho de que tengas una relación profunda y comprometida con alguien que no conoce las costumbres de tu etnia va a alejarte y a transformarte, a cambiar lo que sos, a cambiar tus raíces y lo arraigado que estás a ellas?
"Mamá, yo los amo" decís con voz firme y clara "Ustedes son importantes para mí, ustedes son mi familia, y eso nadie puede cambiarlo" ponés especial énfasis en aquél último tramo de la frase "Yo soy tu hijo y de papá, soy el hermano menor de Eva y el hermano mayor de Fiona, Gaby y Martina, soy el tío de los sobrinos más maravillosos, y siempre voy a serlo"
"No estás respondiendo a mi pregunta, Anthony" notás un dejo de nervios e impaciencia apenas perceptible.
"No podría imaginar mi existencia sin ustedes, mamá, pero tampoco podría imaginar mi vida sin Michelle" sentís tu temperamento alterándose, saliéndose de control, tu impotencia, tu bronca, tu dolor, tu decepción, todas esas emociones agolpándose en tu pecho y latiendo al ritmo de tu desbocado corazón "Desearía que no te costara tanto entender que Michelle no desea separarme de ustedes ni de nuestra cultura. Desearía que no te costara tanto entender que no se trata de que yo los elija a ustedes o la elija a ella, no se trata de ponerme entre la espada y la pared, no se trata de acorralarme sobre el borde del precipicio. Nunca se trató de nada de eso" suspirás "No es Michelle la que está posicionándome contra las cuerdas, sino vos, mamá. Todo lo que ella anhela es mi felicidad, y sabe muy bien que mi felicidad los incluye a ustedes" volvés a suspirar "Desearía profundamente que aceptaras que mi felicidad la incluye a ella también. Yo no podría existir si la mujer que amo y la familia que me crió me hicieran falta; absolutamente nada valdría la pena o tendría sentido. Te ruego que entiendas, mamá" suplicás ": esto no va a solucionarse restando, esto puede solucionarse sumando. Michelle es japonesa, no es la clase de nuera que tenías en mente, no llena las expectativas que construiste, pero es la mujer a la que adoro. Ella nunca me haría elegir entre ustedes o nuestra relación… No me hagas eso, por favor. Dale una oportunidad, mamá" susurrás en español, sin darte cuenta que has pasado de un idioma al otro.
"Anthony" la voz de tu mamá pretende ser calma y serena, pero hay un cierto temblor allí agitando las palabras que tus oídos captan enseguida "quizá nosotros no hayamos sido muy comprensivos" reconoce por pura cortesía y quizá para evitarse la angustia de enfrascarse en una discusión fuerte con vos la víspera de Navidad "pero debés reconocer que tu decisión es verdaderamente precipitada" señala.
"Sí, sé que lo es" admitís "Pero también sé que es la decisión correcta y sé que nunca voy a arrepentirme, ni tampoco Michelle. No estoy cometiendo una locura, mamá" prometés "No estoy entregando mi corazón para que lo destrocen otra vez. No tenés de qué preocuparte: ella no va a apuñalarme por la espalda"
Suspira dos o tres veces, y luego vuelve a hablar, su voz sonando nuevamente monocorde, como si hubiera ensayado qué decir y cómo decirlo, como si hubiera armado las frases en su cabeza mil veces hasta darles forma.
"¿Te molestaría que me uniera a tu padre en su viaje a Los Angeles?"
Tu respuesta es automática, ni siquiera tenés que pensarlo dos veces, simplemente permitís que el monosílabo se cuele por entre tus labios
"No"
No te molestaría que tu mamá viajara a California con el propósito de hablar las cosas, de repasarlas tranquilos, de arreglar todo este desastre y empezar otra vez, hacer borrón y cuenta nueva. No te molestaría que te visitara si fuera en 'son de paz', por usar alguna denominación. Pasar tiempo con tus padres es siempre bienvenido, porque los amás y los extrañás; pero también te gustaría que tuvieran oportunidad de ver lo feliz que sos, lo feliz que Michelle te hace, que pudieran conocerla fuera de ese ámbito tan cargado de nervios, angustia y dolor que fue el funeral de tu abuela, para de ese modo poder apreciar lo hermosa que es por dentro y por fuera, lo dulce y adorable que es, lo mucho que te hace sonreír, cómo te cuida y cómo te mira con los ojos empapados en ternura. Lo que no querés es que el viaje se convierta en una excusa para seguir tratando de disuadirte, para seguir agregando peso sobre tus hombros y volviendo el conflicto más enroscado. Lo que no vas a permitir es que resulte una nueva oportunidad para herir a Michelle y hacerla sentir mal ni tampoco una ocasión para aumentar tu desilusión y decepción tratando una vez más de convencerte para que cambies de opinión, demostrándote que su postura continúa siendo la misma y que siguen sin entenderte, sin escucharte, sin respetar tus decisiones.
Te parece necesario aclararlo, incluso si para eso debés endulzar un poco lo que vas a decir para impedir que suene fuerte y que se inicie una discusión que no querés suceda en vísperas de Navidad (en realidad, no querés discutir con tu mamá nunca; no te gusta pelear con ella más allá de la fecha que indique el calendario).
"Me encantaría que nos visitaras, mamá" la oración es en plural a propósito, para implicar indirectamente que cuando viajen a Los Angeles para verte no vas a excluir a Michelle de tu vida durante la duración de la visita de tus padres, como si ella fuera un accesorio que puede quitarse a gusto o una omisión a realizar según convengan las circunstancias. Querés que eso quede establecido desde un principio "Pero espero que sea una oportunidad para hacer las paces, solucionar cualquier conflicto y empezar de cero, como corresponde. La situación en la que tuvieron que conocer a Michelle no fue la mejor, especialmente porque ni siquiera sabían que yo estaba en una relación comprometida, por eso quiero que esta vez las cosas sean distintas. Te digo lo mismo que le dije a papá: si la intención de ustedes es tratar de convencerme otra vez, si lo que desean es hablar conmigo y exponer todo eso de que estaría mejor con una mujer de mi mismo origen, si lo que van a hacer es poner en duda mis sentimientos y tratar de lavarme el cerebro, si lo que van a hacer es repetir innumerables veces que estoy precipitándome al casarme en Marzo, ahórrense el pasaje de avión" es un poco duro, pero debe ser expresado; además, si algo vale, no estás diciéndoselo a los gritos o con ánimos de pleito, sino tranquilo, calmado y con las ideas frescas y organizadas "Una visita de ustedes de verdad me alegraría mucho, mamá" aclarás "y sé que a Michelle también, porque significaría una segunda chance de demostrarles lo felices que somos y lo importante que es nuestro amor para nosotros"
Esperás que tu madre te prometa no hacer ningún comentario fuera de lugar ni herir a Michelle de ningún modo, esperás que manifieste alguna opinión, esperás incuso que proteste, esperás que reaccione a lo que acabás de decirle, pero lo que escuchás del otro lado de la línea no es más que otra frase monótona, como si tus palabras anteriores no hubieran existido, como si estuviera continuando una conversación diferente.
"A tu padre se le ocurrió la idea de viajar en la madrugada del 11, para llegar temprano el viernes por la mañana y aprovechar el día para visitar a Fiona en su nueva casa y quizá a Martina si tiene algún blanco en su agenda. Vamos a quedarnos en un hotel, pero nuestra intención es para sábado y domingo con vos, y tomar un vuelo a Illinois el lunes por la noche"
Suspirás, y decidís interpretar aquello como un acuerdo silencioso, una aceptación no verbal e indirecta de los términos y condiciones que pusiste y que esperás tu mamá esté dispuesta a cumplir. Te gustaría que te dijera con todas las letras que entiende lo que esperás de esta visita y que promete no volver a desilusionarte, decepcionarte o empezar otra vez a tratar de venderte el gigantesco paquete que ella armó con todo eso de que los latinos deben casarse con latinos para preservas el origen, la pureza de la sangre y las costumbres. Sin embargo, no te animás a presionarla porque eso podría conducir a lo que ambos han estado tratado de evitar: discutir. Preferís confiar en ella, en tu madre, en la mujer que te trajo al mundo, te educó y crió; preferís confiar en que no va a hacer que te choques de nuevo contra una pared de ladrillos, preferís confiar en que entiende que su viaje a Los Angeles debe ser pura y exclusivamente para pasar tiempo con vos y compartir la alegría de esta nueva etapa de tu vida y que no debe esconder segundas intenciones de ninguna índole. Preferís confiar en que una Navidad separados, lejos de vos, va a ayudarla a ver la importancia de aceptar a Michelle y de dejar de lado sus pretensiones, sus prejuicios y sus preconceptos porque todo lo que traerán como resultado es dolor; preferís confiar en que esto va a servirle para recapacitar y ver que siempre es mejor sumar a la familia, porque la operación contraria a las adhesiones es la resta, y muchas veces al sustraer termina habiendo pérdidas graves.
"Anthony, de verdad quiero que seas feliz" tu mamá susurra.
"Michelle me hace feliz, mamá"
Otra vez se posiciona entre los dos el silencio, pero querés pensar que es uno diferente: menos tenso, más… ¿esperanzador?
Que tu mamá no mencione sus ataques de angustia y llanto y lo que le causa que hayas tomado la decisión de quedarte en California durante las fiestas te parece es un primer paso: no está victimizándose, culpándote, echándote algo en cara o tratando de presionarte corriéndote con todo el cuentito de que 'tu ausencia va a arruinar la Navidad para la familia'. Querés creer que eso muestra un símbolo de madurez y comprensión, un casillero más que han avanzado en el tablero, una gota menos de orgullo, lo que sea que signifique que las cosas van a ir mejorando de a poco.
"Espero que pases una bendecida Navidad, hijo" tu mamá murmura, con una sinceridad y una ternura que en toda la conversación no se escuchó con tal intensidad.
"Gracias, mamá. Yo también te deseo lo mismo"
"Te voy a extrañar esta noche y mañana…" la voz le tiembla apenas, pero debés darle crédito y reconocer que está tratando de contenerse.
"Yo también voy a extrañarte, mamá. Pero si Dios quiere y nosotros nos esforzamos, el año que viene vamos a estar juntos en Navidad"
Colgás cinco minutos más tarde, sintiéndote extrañamente más aliviado de lo que hubieras apostado en el momento en que pulsaste el botón para devolver la llamada. Imaginás que tu padre habrá hablado largo y tendido con tu mamá y que eso habrá surtido algún efecto. Estás entusiasmado por la perspectiva de que te visiten durante un fin de semana entero: lejos del caos emocional que fue el funeral de tu abuela y pasado el shock inicial que les provocó que aparecieras en Chicago con Michelle cuando ni siquiera la habías mencionado, podrán ver lo perdidamente enamorados que están uno del otro y cómo Michelle te ha vuelto una mejor persona en tantos y tan variados aspectos, y entonces va a quedar más claro que nunca que las diferencias culturales, sociales o étnicas no tienen peso alguno y no valen nada cuando dos personas están tan locas de amor una por la otra y fueron hechas para pasar el resto de sus vidas juntas y que por eso sería un desperdicio seguir perdiendo tiempo en lugar de casarse y empezar a construir un hogar cuanto antes.
Al menos esto es lo que vos pensás, que la visita de tus padres va a arreglar las cosas y a marcar un nuevo comienzo, empezar a escribir en una hoja en blanco y hacer un bollo todas las demás, olvidarlas, dejar el pasado en el pasado, concentrarse en ir hacia adelante.
Al menos vas a pasar la Navidad sintiéndote esperanzado, contento, y un poquitito menos decepcionado y desilusionado, con la carga sobre tus hombros menos pesada.
Si supieras lo que tu mamá va a causar durante ese par de días, harías hasta lo imposible para impedir que viaje. Pero como sos un simple ser humano que no tiene capacidad alguna para ver hacia el futuro, en este momento estás contento y con una sonrisa en los labios, pensando que todo va a ir solucionándose, que todo va a ir cayendo de a poco en su lugar correcto.
Qué iluso que sos.
Su belleza te deja sin respiración, con el corazón palpitando casi dolorosamente contra tu pecho y un cosquilleo tortuoso en la punta de tus dedos y en los labios que arden en deseos de pasear por cada palmo de piel color marfil suave como la seda y adictivamente dulce.
Se sonroja violentamente bajo tu mirada cargada de ternura y una pizca de inevitable lujuria, sus mejillas tiñéndose de carmín e incrementando ese aire de inocencia que siempre la envuelve y que te resulta terriblemente irresistible. Es como una muñeca de la más exquisita, delicada, frágil porcelana, una muñeca de ojos negros y profundos que brillan más que cualquier estrella en el firmamento y en los que podrías ahogarte.
El síndrome de abstinencia que soportaste durante todo el día está enloqueciéndote, literalmente, provocando que tus latidos sean erráticos y que tus venas se hinchen con la sangre a punto de entrar en hervor. No podés contenerte y la besás antes de siquiera musitar palabra alguna, enterrando tus manos en sus bucles y devorándola como si tu vida dependiera de sus besos, como si tuvieras un mal que solamente ella puede sanar, como si estuvieras desesperado por llenar ese vacío que se forma en tu alma cuando al tenés lejos y no podés fundirte en su presencia.
Sentís sus caricias en la base de tu cuello, quemándote, sus mordidas enviando descargas eléctricas a tu columna vertebral, tus sentidos agudizándose con cada segundo que pasa, su perfume invadiendo tus pulmones y reemplazando gota a gota el oxígeno. No les importa estar en el medio de la acera, porque el tiempo, el espacio, la realidad, no existen en este preciso instante en el que están suspendidos en su propio universo. Todo lo que necesitan es al otro, el resto es simplemente ruido de fondo.
"Estás preciosa, Michelle" murmurás contra su boca y entre besos, contorneando su rostro con dulzura y permitiendo que las yemas de tus dedos repasen cada centímetro de esa carita angelical que invade tus sueños y pensamientos desde que se conocieron casi un año atrás y te enamoraste perdidamente de ella a primera vista.
"¿De verdad creés eso?" susurra insegura.
"Michelle, sos un ángel" suspirás "Nunca vi nada tan desgarradoramente hermoso como vos"
Casi te causa dolor mirarla. Nunca antes habías entendido ninguna de las expresiones que implican que la belleza puede lastimar, hasta que te cruzaste con ella. Hay algo exótico y atrapante en esa mezcla de rasgos finos: los ojos almendrados oscuros, cálidos y profundos, sus mejillas siempre sonrosadas, su sonrisa enigmática, esas pequitas microscópicas que sólo pueden verse si se presta desmesurada atención, sus pestañas larguísimas, sus pómulos altos, esa combinación de genes asiáticos y europeos que da como resultado una belleza única e irrepetible que despierta en vos sensaciones demasiado intensas que nunca habías experimentado con ninguna otra mujer. Sencillamente te quita la respiración, anula todos tus pensamientos, duele tener frente a tus ojos tanta perfección, duele tener frente a tus ojos lo más parecido a un ángel que camina sobre la Tierra. No sabrías cómo explicarlo, no sabrías cómo distinguirlo, pero es un dolor placentero que te ataca dulcemente, tan adictivo como se ha vuelto besarla, abrazarla y acariciarla.
Y esta noche está tan desgarradoramente preciosa que – por más absurdo o ridículo que parezca –algo se mueve dentro de tu alma y serías capaz de jurar que en los ojos te arden lágrimas. Y esas lágrimas hablan, hablan mucho más fuerte y mucho más claro de lo que alguna vez lo harán las palabras que puedan subir por tu garganta y salir por tu boca. Esas lágrimas dicen que no podés creer que Dios haya hecho a alguien tan a tu medida para que tu camino y el de ella se cruzaran y así empezara a escribirse una historia de amor que jamás habrías imaginado te tocaría protagonizar; esas lágrimas dicen que la adorás tanto que serías capaz de dar la vida por ella y de sacrificar hasta la última gota de sangre en tus venas; esas lágrimas dicen que ella va a seguir siendo tu princesa incluso cuando los dos sean viejitos y tengan la piel llena de arrugas y el cabello teñido de blanco; esas lágrimas dicen que vas a dedicar cada segundo de existencia que te quede a protegerla y a cuidarla; esas lágrimas dicen que no hay nada que te haga más feliz que saber que Michelle está loca de amor por vos y que quiere dedicar cada segundo de su existencia a ser tu mujer; esas lágrimas dicen que gracias a ella te esforzás día a día para ser una mejor persona; esas lágrimas dicen que no podrías vivir si te hiciera falta esa luz que te ilumina y que acaba con el frío; esas lágrimas dicen que no podés creer que ya ha llegado el día de pedirle oficialmente que sea tu otra mitad para siempre, para toda la vida, incluso después de la muerte, por toda la eternidad.
"Estás preciosa" repetís, delineando muy despacio su rostro y deteniéndote especialmente debajo de sus párpados.
El vestido que lleva puesto pareciera haber sido confeccionado especialmente para ella, hecho para que toda esa belleza se luciera aun más envuelto en él. Es sencillito, como todo lo que compone el guardarropas de Michelle; ella no es ostentosa y no le gusta llamar la atención más de lo necesario (a veces directamente prefiere pasar desapercibida). Es un modelito simple, de seda, de color azul tinta, sin mangas, con un escote en V lo suficientemente pronunciado para mostrar el cuerpo hermoso que se esconde debajo de la tela pero también dejando bastante librado a la imaginación (aunque a esta altura vos ya no tenés que imaginar nada), largo hasta unos cinco o seis centímetros antes de la rodilla. Michelle te parece deslumbrante incluso cuando está vestida con tus sweaters y tus joggings que le quedan enormes, despeinada, sin maquillaje y con una tostada a medio comer en la mano, pero no podés dejar de reconocer que este vestido le hace mucha justicia a su exótica, indescriptible belleza.
"Parecés un ángel" murmurás, permitiendo que tus manos se pierdan en esos rulos que tanto te enloquecen y que ella lleva sueltos porque sabe lo mucho que te gustan. Mordiéndote el labio inconscientemente expresando todo ese deseo que te quema por dentro y que lamiéndote despacio va consumiéndote intensamente, rodeás su cintura con tu brazo y la acercás a vos hasta que tu cuerpo y el suyo quedan pegados. Con tu boca a escaso medio centímetro de su oído, susurrás con voz grave y profunda "Sos todo lo que quiero para Navidad; no se me podría ocurrir un mejor regalo"
Su risa suena como música y sentís esa melodía vibrando dentro de vos, como si tu alma estuviera escuchándola, atrapándola de alguna manera, enfrascándola para guardarla y poder oírla más tarde, para tener siempre su canción favorita sonando en algún rincón.
"Yo también quiero que vos seas mi regalo de Navidad" es su respuesta, y viene acompañada de una suave mordida en la comisura de tu boca apenas perceptible, apenas rozando la piel.
Cuando entrelazás los dedos de tu mano con los dedos de su mano – esos dedos que encajan perfectamente en el espacio entre los tuyos, como si cada pequeño detalle hubiera sido meticulosamente calculado para que los dos estuvieran hechos literalmente uno para el otro – hay una sonrisa cruzando tu rostro y un brillo en tus ojos sólo opacado por aquél más fuerte que refulge en esos dos de forma oriental en los que se encierra el significado de tu mundo entero, de tu universo, de tu existencia. Sentís en los huesos, en la piel, en el corazón, en el alma, en la sangre que ésta va a ser una noche demasiado hermosa e inolvidable, pero no podés imaginarte cuánto, porque cualquier cosa que tu cabeza pueda conjurar no llega a asemejarse en lo más mínimo a todas las sensaciones mágicas y desconocidas que vas a experimentar.
Cuando planeaste la cena de Navidad tuviste que ocuparte de un montón de cosas, como una decoración sencilla para darle a tu departamento un aire más festivo, la comida, el postre, absolutamente todo, porque querías lograr resultados perfectos para darle a ella la Navidad perfecta. Pero había algo por lo que sabías que no tenías que preocuparte: la música. Lo único que querés escuchar esta noche abrazándote por fuera e inundándote por dentro es la risa de Michelle y su voz; no hay ningún otro sonido en el mundo que te cause lo mismo, no hay nada que se le compare, y todas las canciones que existen simplemente pierden belleza cuando pensás en esas dos melodías hermosas que solamente vos tenés el placer de escuchar, conocer de memoria y apreciar.
"Esta fue la mejor Navidad de mi vida" susurra entrelazando sus dedos con los tuyos sobre la mesa una vez que del postre quedan apenas recuerdos y un par de migajas en los platos.
"Fue la primera de muchas que vamos a compartir juntos" prometés, llevándote su mano a los labios para besarla.
"Gracias a Dios uno de los dos sabe cocinar" comenta con una suave carcajada.
¿Cuándo vas a entender, Michelle, que me parecés perfecta en todas tus imperfecciones?, pensás, reprimiendo las ganas de chasquear la lengua y suspirar.
No podés evitar contestarle con una frase que muchos considerarían cliché, incluso ridícula o sacada directamente del guión de una comedia romántica de bajo presupuesto, pero es lo que sentís, es lo que te nace desde lo más profundo del alma, es lo que ese amor inmenso e indescriptible te inspira, y no podés contenerte, porque el que habla es tu corazón, al que a veces no le bastan el tacto, el gusto y la mirada para expresar tanta pasión y le hace falta recurrir a las palabras del lenguaje hablado para acompañar al lenguaje de la piel:
"Gracias a Dios vos existís en mi vida, así tal y como sos, con todas tus virtudes y todos tus defectos" se sonroja violentamente, sus mejillas tiñéndose enseguida de rojo oscuro, su sonrisa tímida y sus ojos brillantes acaparando toda tu atención "No serías Michelle Keiko Dessler si supieras cocinar. La mujer de la que estoy enamorado piensa que pueden echarse los ingredientes a ojo y que no hace falta usar medidor" los dos vuelven a reírse "Y me encanta que sea así" agregás "Me encanta que seas así, y no cambiaría nada, nada de nada. La mujer a la que amo es absolutamente perfecta en todas sus imperfecciones" susurrás, inclinándote hasta poder rozar la punta de su nariz con la punta de tu nariz "Dame el gusto de cocinar para vos todos los días de mi vida" le pedís, acunando su rostro entre tus manos "Dame el gusto de preparar todas las cenas de Navidad que compartamos desde ahora hasta que seamos viejitos"
"Quiero que dentro de setenta años estemos así: tomados de la mano después de la cena de Navidad. No me importan el lugar ni las circunstancias, simplemente quiero llegar al final de mi vida con vos. Quiero que esa Noche Buena recordemos el día de hoy, lo jóvenes que éramos y lo enamorados que estábamos, y que podamos mirarnos y darnos cuenta de que todo valió la pena y de que nos amamos mil millones de veces más"
"¿Así nos imaginás cuando seamos viejitos?" preguntás, con los ojos húmedos y ardiendo debido a las muchas lágrimas que sus frases cargadas de ternura provocaron.
"Sí" contesta con una honestidad tan cruda que sentís el alma temblar dentro de los confines de tu cuerpo.
"Prometé seguir amándome cuando seamos viejitos" te pide, apretando tu mano ligeramente más fuerte "y yo te prometo, mi vida, que nunca voy a aprender a cocinar sólo para darte el gusto de mimarme con tus comidas"
La sonrisa en sus labios es empapada por sus propias lágrimas, esas que ruedan por su rostro y luego algunas mueren en la comisura de su boca, mientras que otras son capturadas por tus pulgares y por tus propios labios desparramando besos por todas partes.
"Voy a amarte hasta el último segundo de mi vida" prometés, y no hacés nada por detener aquella única lágrima que sentís deslizándose rápidamente por tu mejilla "Y cuando seamos viejitos, después de haber pasado muchas, muchas Navidades juntos, voy a amarte mil millones de veces más"
Sellan el pacto con uno de esos besos que te hacen perder noción de todo y agudizan tus sentidos hasta que el placer se vuelve insoportable, uno de esos besos larguísimos que se vuelven más y más lentos con cada segundo a propósito porque quieren que nunca terminen. Y es en este momento que te volvés terriblemente consciente de lo que va a suceder en apenas un par de horas, el paso que vas a dar, el futuro que van a empezar a forjar, los proyectos que van a emprender juntos, todas las cosas hermosas que están esperándolos. No podrías sentirte más feliz, no podrías sentirte más decidido, no podrías sentirte más afortunado.
Es mejor que no sepas cuánto van a sufrir. Es mejor que no sepas cómo tu alma y corazón van a terminar desgarrados y cómo los de ella van a acabar marchitos. Es mejor que estés perdido en esa locura del primer amor y que creas que desde esta noche en adelante el cuento de hadas solamente va a estar compuesto por párrafos cargados de ternura.
En este preciso instante los dos piensan que cada Navidad que les reste por vivir van a pasarla así, tomados de la mano y sellando promesas con besos, completamente enamorados, felices y sumergidos en su propio Universo.
Las próximas dos Navidades serán como ésta, detalles más, detalles menos.
Luego vendrá una Noche Buena en la que vos vas a considerar seriamente darte la cabeza contra la pared hasta lograr partir tu cráneo en dos y morir desangrado, mientras ella en la otra punta del país juega con una navaja a hacerse tajos en los muslos porque necesita sentir algo, lo que sea, incluso si eso es dolor físico, para recordarse que sigue viva, que sigue teniendo un cuerpo hecho de carne y de huesos, que sigue teniendo sangre corriendo por las venas.
Pero como ninguno de los dos puede ver el futuro, aquello lo desconocen. Y como si hay algo que a los enamorados les sobra es esperanza, jamás se les ocurriría pensar, en este momento tan romántico y hermoso, que existe cosa alguna que pueda separarlos, desgarrarlos, destruirlos, destrozarlos, matarlos.
Es bueno que los seres humanos no puedan ver más allá del presente.
Es bueno que hoy los dos puedan sentir esta felicidad intensa devorándolos, consumiéndolos, irradiando una luz cálida que los envuelve y abriga.
Es bueno que todavía les queden tres años más de felicidad antes de que la catástrofe sacuda las bases que están construyendo hoy.
El silencio sería ensordecedor si no lo quebrara el ruido de las olas al romper contra la orilla, meciéndose suavemente a veces, otras agitándose, violentas y revueltas, para luego volver a calmarse. El cielo oscuro, negrísimo, está salpicado de estrellas brillantes que podés ver espejadas en los ojos de Michelle, mezclándose su luz con aquella mucho más fuerte y cálida. El viento que sopla delicadamente, como si estuviera suspirando, te da la excusa perfecta para envolverla en tus brazos y acunarla allí, protegida de cualquier cosa que pueda hacerle mal, anidada contra tu pecho, mientras de pie a escasos metros de la orilla contemplan al mar, que no sabe distinguir una fecha de la otra y desconoce que quedan apenas tres cuartos de hora para que el reloj dé las doce.
La costumbre en Estados Unidos es irse a dormir temprano en Noche Buena luego de una abundante taza de chocolate caliente y esperar a la mañana siguiente para abrir los regalos, dando vueltas en la cama inquietos, echando un vistazo al reloj a cada rato, con la expectativa y la ansiedad a flor de piel. En muchos países de Latinoamérica, sin embargo, es distinto: los regalos se abren a la medianoche, cuando las campanas de alguna iglesia cercana anuncian que ya son las doce, mientras se saluda a la familia entre besos y abrazos y los chicos dan saltitos de alegría con sus juguetes nuevos. De las dos tradiciones, la segunda es la que te gusta más, por eso cerca de las once le pediste a Michelle que te acompañara a la playa, al punto exacto donde le dijiste que la amabas por primera vez. No se te ocurre sitio más romántico para susurrarle al oído todas las cosas que querés decirle, prometerle y jurarle antes de pedirle que se case con vos.
Cuando las manecillas de tu reloj pulsera muestran que quedan sólo cinco minutos más antes de que a los ruidos del mar penetrando en el silencio se sume el sonido de tu voz cargada de emociones imposibles de describir, tu cuerpo entero reacciona ante el peso y la importancia de lo que está a punto a suceder, de aquello que va a marcar un antes y un después en tu vida, trazando una línea divisoria, indicando el inicio de un nuevo capítulo en su historia de amor.
Tu corazón late desaforadamente, con tal fuerza que jurarías puede escucharse su retumbar cual si estuviera amplificado; te provoca un dolor dulce que se confunde con placer al rebotar con tanta violencia contra tus costillas, un dolor al que ya estás habituado y que te encanta experimentar, porque te recuerda que estás vivo y que amás. No es sólo un músculo que bombea la sangre que fluye por tus venas para que tus órganos, no es sólo el músculo que ayuda a irrigar el cerebro, no es sólo un músculo que debe latir para no reventar; es mucho más que eso, muchísimo más que eso. Tu corazón está tan lleno de amor y locura por ella como lo está cada célula de tu cuerpo. Tu corazón con la misma convicción y claridad que tus ojos; tu corazón dice las mismas frases suaves y románticas que pueden traducirse si se presta extrema atención a la conversaciones entre tus caricias y su piel, que se comunican en un lenguaje propio, único e indescifrable. Tu corazón sabe que ya no pertenece al hombre en cuyo cuerpo lo alberga, sino a la mujer que tenés en tus brazos. Tu corazón sabe que lo entregaste en el momento en que la conociste y te quitó la respiración, y sabe también que faltan apenas segundos para que hagas esa pregunta y le entregues el símbolo material de todas tus promesas. Por eso late descontrolado, por eso está totalmente fuera de sí, por eso podés sentirlo en cada rinconcito de tu anatomía, expectante, ansioso, devorándote con sus palpitaciones con la misma ferocidad con la que tus emociones te consumen.
Tu panza está llena de mariposas, mariposas hiperactivas que viajan de un costado a otro a una velocidad increíble y que te hacen cosquillas con sus alitas. Nunca antes habías sentido mariposas por una mujer; la primera vez que tu estómago fue invadido por ellas fue casi un año atrás, cuando esa jovencita oriental que pronto va a convertirse en tu esposa te miró a los ojos y te desarmó, sacudiéndote el piso, partiéndote la cabeza al medio, quebrando todas tus bases, dejándote sin argumentos y metodologías. Y te volviste adicto a esas mariposas, así como te volviste adicto a los escalofríos electrizantes recorriendo de punta a punta tu columna vertebral, escalofríos electrizantes como los que te recorren ahora mismo porque todo tu sistema nervioso completo está alterado, al borde.
No aguantás un minuto más, necesitás dejar que todo ese amor salga, necesitás expresarlo, necesitás que ella escuche todas esas cosas que ya le dijiste con cada beso, con cada abrazo, con cada caricia, con cada mirada, necesitás pedirle que sea tuya para siempre y escuchar esa respuesta que estás seguro va a darte pero que de todos modos va a sonar como música en tus oídos y va a estremecer tu alma hasta deshacerla, esa respuesta que va a significar el comienzo de una nueva etapa, esa respuesta que vas a guardar para siempre dentro tuyo en una cajita de cristal para atesorarla hasta el instante de tu último respiro. Tu corazón literalmente quiere subir por tu garganta y escaparse por tu boca en forma de palabras susurradas con dulzura, dictadas no por tu intelecto sino por esa locura de la que jamás vas a recuperarte y de la que te encanta ser prisionero porque ya no podrías imaginarte la vida sin sentirte así.
Respirás y disfrutás la sensación del aire llenándote los pulmones, el oxígeno mezclado con esa dosis justa de su perfume calmándote, relajándote. Respirás una vez más, sólo por el puro gusto de tomar un poco más de tu droga favorita. Respirás una tercera vez, enterrando tu rostro en ese mar de rulos negros y sedosos, concentrando todos tus sentidos y todos tus pensamientos en esa personita pequeñita y frágil que te pertenece, a la cual vas a cuidar y defender siempre, la cual le da sentido a tu existencia, la cual te ha cambiado de mil modos y te ha vuelto un mejor hombre, la mujer maravillosa a la que querés convertir en tu mujer, la madre de tus hijos, tu compañera hasta incluso después de la muerte, tu alma gemela, tu otra mitad.
Y luego, completamente lleno de ella, con tus pulsaciones más o menos normales y su perfume corriendo por tu torrente sanguíneo, con imágenes del futuro que deseás armen juntos reproduciéndose en esa pantalla de cine enorme que tenés en la cabeza para proyectar tus sueños y tus reflexiones, permitís a tu boca y a tus labios el gusto de empaparse con tu palabra favorita, mimando a sus oídos con el sonido de tu voz.
"Michelle…"
Llamás su nombre con delicadeza extrema, como si temieras romperla, porque ella es frágil como una muñequita de porcelana, porque ella es tu muñequita de porcelana, porque ella pende de vos así como vos sentís que tu existencia completa está colgando de un finísimo hilo que sólo se mantiene entero gracias a Michelle. Llamás su nombre saboreando cada letra, cada sílaba, porque su nombre es el resumen de todas las cosas que amás y que te hacen bien, todas las cosas sin las cuales no aguantarías medio segundo porque te derrumbarías y caerías hecho añicos.
Llamás su nombre y ella contesta, con los párpados caídos, adormecida, acurrucada en tus brazos, con la espalda anidada contra tu pecho, de pie porque estás sosteniéndola y porque ella confía que no vas a dejarla caer, totalmente relajada, sumergida en su mundo, en sus pensamientos, en las mismas sensaciones que a vos te devoran y enloquecen y provocan que mil millones de mariposas se paseen por tu estómago y que te estremezcas.
"¿Mmmh?" es apenas un murmullo que se cuela como puede por entre sus labios sellados pero que alcanza tus oídos porque está total y absolutamente pendiente de ella, de cada movimiento, de cada partícula de aire que inhala y exhala, cada latido de su corazón.
Con un movimiento suave la girás en tus brazos, sin dejar de envolverla con firmeza, hasta poder tenerla de frente, su rostro a escasos centímetros de tu rostro. Ella sigue con los ojos cerrados, disfrutando de la cercanía de ambos cuerpos, permitiendo que sostengas su peso entero, segura de que jamás permitirías que se derrumbara.
"Abrí los ojos, Michelle" le pedís en un susurro tierno, acunando el costado de su cara con una de tus manos y acariciando su espalda con las yemas de los dedos de la otra.
Necesitás mirar dentro de esos dos ojos, necesitás perderte en ellos, hundirte en ellos, fundirte en ellos, sumergirte, necesitás que te empapen, que te iluminen, que te inunden con su calidez. Necesitás mirar dentro de esos dos ojos porque allí está tu mundo, porque son tus espejos favoritos, porque allí lo que ves reflejándose es a un hombre mejor, un hombre perdidamente enamorado de una mujer hermosa por dentro y por fuera. Necesitás mirar dentro de esos ojos mientras vacías tu corazón y tu alma y volcás todas esas emociones y sentimientos, necesitás mirar dentro de esos dos ojos cuando le pidas que sea tu princesa hasta que el Universo se extinga e incluso después del fin del mundo, cuando ella te diga que sí y te convierta en el ser humano más feliz sobre la faz de la Tierra.
Esos dos ojos, su rasgo más distintivo, esos ojos exóticos que resaltan claramente las diferencias étnicas entre ustedes, esos dos ojos que definen su herencia oriental, esos dos ojos de los que estás enamorado, se abren despacito y se conectan con los tuyos, tu mirada y su mirada sosteniendo una conversación larguísima en ese otro idioma que nadie más podría entender.
Y mirando dentro de sus ojos negros comenzás a hablar; dejás que las frases broten, sin pensar, sólo sintiendo. Tu voz cargada de ternura y amor de pronto es el único sonido que escuchás, como si el mar y la brisa se hubieran apagado, como si ustedes dos estuvieran aislados del resto del mundo, asilados de todo. Tu voz, su respiración, tu corazón y su corazón latiendo sincronizados, eso es todo lo que martillea en tus oídos como una canción de cuna, como una melodía de fondo para esta instante romántico.
Son dos preguntas las que primero nacen desde el fondo de tu ser y toman forma al abandonar tus labios luego de haber endulzado tu boca:
"¿Qué vas a hacer por el resto de tu vida? ¿Qué vas a hacer desde ahora y para siempre?"
Quiero que seas mía por el resto e tu vida. Quiero que seas mía siempre.
Sin embargo no permitís que te conteste. Seguís hablando, repasando sus facciones con ternura, abrazándola con fuerza, respirándola, mirándola embelesado, exponiendo cada pedacito tuyo delante suyo para que sepa que le pertenecen, que le pertenecés, que sos enteramente de su propiedad, que no te imaginás otro destino que no sea aquél al que ella se dirige, que no podrías vivir sin ella, que ella es tu vida, que ella es tu todo, que ella es tu mejor mitad.
"Porque si no tenés planes, a mí se me ocurren muchos" proponés, sonriéndole con una mezcla de nervios y timidez que puede sentirse en tu pulso acelerado y en cada célula de tu anatomía "¿Puedo decirte que te amo todos los días? ¿Puedo darte los abrazos más largos? ¿Puedo abrazarte todas las noches hasta que te quedes dormida?"
Le decís que la amás con palabras, con besos, con caricias, con miradas, con gestos, con regalos, con sorpresas, con mimos; se lo decís en todas las formas posibles y en cada ocasión que se presenta. No podrías pasar un solo día sin decirle que la amás con locura.
La abrazás siempre que podés porque necesitás sentirla cerca, porque tu cuerpo necesita de su cuerpo para funcionar, porque te volviste adicto a ese calor que se forma entre sus dos anatomías cuando están completamente pegados uno al otro, susurrándose cosas al oído o simplemente perdidos en el silencio, fundidos en esos abrazos que parecen eternos. No podrías quedarte dormido sin ella en tus brazos, acurrucada a tu lado y con su cabeza enterrada en el huequito entre tu hombro y tu cuello; estarías condenado al insomnio. No podrías sobrevivir una sola noche lejos de Michelle: el síndrome de abstinencia te consumiría, te dejaría marchito.
Y ella lo sabe. Por eso cuando le decís aquello, cuando le preguntás si podés decirle que la amás y abrazarla por las noches hasta que el mundo se termine, sus labios se curvan en una sonrisa que espeja la tuya, lágrimas empañan sus ojos, sus mejillas se sonrojan, y para vos en este instante ella es la mujer más hermosa del mundo, la única luz brillando.
"¿Puedo despertarte con un beso todas las mañanas? ¿Puedo ser el que te haga reír y sonreír siempre?"
Todas tus mañanas son perfectas, sin importar lo que te depare el día que se abre delante de vos, porque amanecés con ella acunada en tus brazos y podés besarla para ir rescatándola de a poquito de sus sueños y devolverla a la realidad, esa realidad en la que con tus comentarios y tus cosquillas y tus frases románticas y tus bromas le arrancás sonrisas y carcajadas que te llenan el alma y que te hacen bien, sonrisas y carcajadas que pueden curarlo todo. No podrías imaginarte el mundo si te faltara esa sensación hermosa que te provocan los primeros besos de cada mañana; no podrías imaginarte con ganas de seguir respirando si no pudieras escuchar sus carcajadas y acariciar con las yemas de tus dedos su sonrisa.
"¿Puedo ser el que ilumine tu mundo?"
Ella ilumina tu mundo. Ella es tu lucecita. Ella es tu estrella favorita. Ella ilumina tu mundo. Y vos querés ser el hombre que ilumine el suyo. Vos sabés que lo sos y que vas a serlo siempre, y eso te hace sentir importante, eso te hace sentir el ser humano más afortunado.
"¿Puedo cuidarte como si fueras la cosita más preciosa sobre la faz de la Tierra? ¿Puedo protegerte de cualquier cosa que te haga daño?"
Harías absolutamente todo para cuidar de Michelle. Ella es la cosita más preciosa que tenés, y no se te ocurre nada que no sacrificarías para protegerla de cualquier mal que pudiera serle causado, por más pequeño que éste fuere. Morirías por ella, matarías por ella, arriesgarías todo, entregarías todo, te quedarías sin nada, venderías tu alma si hiciera falta.
Acariciás su rostro mientras continuás hablando, barriendo despacito las lágrimas que ruedan por sus mejillas, sintiendo la piel estremecerse bajo tu tacto.
"¿Puedo hacer realidad todos tus sueños? ¿Puedo enseñarte a cocinar? ¿Puedo enseñarte a patinar sobre hielo? ¿Puedo enseñarte a tocar el piano?"
Quiero darte un hogar, Michelle. Sé que es lo que más deseás, sé que es lo que más necesitás, sé que es lo que más te hace falta, lo que siempre anhelaste. Quiero construir un hogar para vos, un hogar que sea de los dos.
Pero además de su sueño de tener un hogar y una familia, esperás poder cumplir todos sus otros sueños, por más pequeños, grandes, insignificantes o importantes que sean, los que para ella parezcan menores y los que de lejos resulten imposibles de concebir pero acaben convirtiéndose en tangibles y visibles, incluso si su sueño es algo tan sencillo y mundano como aprender a cocinar, a patinar sobre hielo o a tocar el piano, porque si ella le da importancia, entonces para vos también es importante.
"¿Puedo llenarte de regalos y sorpresas? ¿Puedo usar servilletas para hacerte ramos de rosas de papel? ¿Puedo escribirte canciones y poesías? ¿Puedo quitarle las espinas a todas las rosas rojas del mundo para dártelas a vos? ¿Puedo llevarte el desayuno todas las mañanas? ¿Puedo cocinarte todas tus comidas favoritas? ¿Puedo tumbarme con vos en el césped de cara al cielo y pasar todas las tardes que me queden mirando a las nubes para hallarles forma? ¿Puedo acurrucarme con vos mientras mirás dibujitos animados? ¿Puedo leerte pasajes de tus libros favoritos cuando te cueste dormir? ¿Puedo ser el que se levanta en mitad de la noche para buscar un par de medias porque tenés los piecitos fríos? ¿Puedo ser el que te regala su sweaters y sus joggings porque te ves adorable cuando usás mi ropa?"
Serías feliz si pudieras darle absolutamente todo lo que ella quiera, todo lo que le haga falta, y a eso vas a dedicar tu vida. Cuando hablás de llenarla de regalos y sorpresas no te referís solamente a cosas materiales, cosas que pueden comprarse con dinero, sino también a pequeños gestos, pequeños momentos, pequeños detalles: un desayuno hecho con amor, un masaje después de un día tedioso, dejarla dormir hasta tarde los domingos, mantener todo ordenado porque a ella le gusta la prolijidad, esa clase de acciones consideradas emprendidas con el único propósito de hacerle la vida más fácil y agradable, de regalarle un día lleno de magia que puede hallarse en las cosas más pequeñas, de sorprenderla y hacerla sonreír con lo que otros considerarían nimiedades pero que vos sabés para ella no lo serán.
La felicidad puede hallarse en todas esas cosas, y Michelle lo sabe. Por eso ama tus rosas sin espinas tanto como ama las rosas de papel que intentás hacer usando servilletas; por eso ama que busques medias para ponerle en medio de la noche cuando se le enfrían los pies; por eso ama vestirse con tu ropa, con esos sweaters y joggings que le quedan enormes pero que la hacen lucir adorable y tierna. Para Michelle una tarde de domingo acostada a tu lado mirando dibujitos animados o tumbada en el parque mirando al cielo vale muchísimo más que un anillo de oro o un collar de diamantes. Para Michelle valen más las poesías y las canciones que escribís para susurrarle al oído que cualquier otra sorpresa que el dinero pueda comprar.
"¿Puedo soñar con vos todas las noches después de haber estado todo el día pensándote?"
Michelle está en todos tus pensamientos y en todos tus sueños y te gusta que sea así. Amás pensar en ella, amás que todo te recuerde a ella, amás que todo se relacione con ella, amás sonreírte porque sí en mitad del día cuando te viene a la mente algo que dijo o hizo. Amás soñar con ella, pero más amás despertar y descubrir que la realidad siempre es muchísimo mejor que cualquier sueño que tu inconsciente pueda fabricar, porque en la realidad podés besarla, abrazarla, pensarla.
"¿Puedo secar tus lágrimas cuando llores?" por su rostro desparramás unos cuantos besos para borrar los restos de las lágrimas derramadas con tus labios.
Te parte el alma ver a Michelle llorar, te parte el alma verla triste o angustiada o preocupada o sentir que se está hundiendo bajo el peso que cargan sus hombros. Siempre vas a estar ahí cuando ella necesita llorar, cuando necesite desahogarse, cuando le hagan falta abrazos larguísimos y muchos mimos para sentirse mejor.
"¿Puedo darte besos en la frente cuando estés enojada o triste? ¿Puedo atacarte a cosquillas hasta que estalles en carcajadas?"
Cuando sus ánimos están por el piso, vos sos el que puede rescatarla, vos sos el que puede devolverle la alegría, ya sea con un beso en la frente o iniciando una guerra de cosquillas, ya sea simplemente abrazándola o diciéndole con la mirada cuánto la amás.
"¿Puedo ser el que te preste su hombro cuando necesites una almohada? ¿Puedo cargarte en brazos cuando estés cansada?"
Querés ser su refugio, querés ser aquél al que acuda cuando está exhausta y busque cobijo. Querés ser el que la sostenga cuando sienta que se derrumba y que sepa que no va a correr el riesgo de hacerse añicos contra el suelo porque vos vas a estar ahí, usando hasta el último gramo de tu fuerza para impedir que caiga, manteniéndola firme, soportando su peso, ayudándola a seguir en pie, pase lo que pase, o llevándola en tus brazos cuando sienta que la ha abandonado la voluntad para avanzar.
"¿Puedo convencerte de que sos hermosa? ¿Puedo convencerte de que debés sentirte orgullosa de tus orígenes y de ser lo que sos?"
Ella pasó años creyéndose el patito feo, porque así la hacían sentir los demás, como si fuera menos, como si fuera poca cosa, y ella las creía. Ella pasó años sufriendo rechazo y discriminación por ser diferente. Tiene todas esas heridas en el corazón y en el alma que nunca cerraron, que nunca cicatrizaron bien, que pueden abrirse en cualquier momento y empezar a sangrar otra vez, causándole un dolor insoportable e impidiéndole disfrutar de sus éxitos y de sus logros, hundiéndola bajo el peso de su autoestima dañado. Gracias a Dios, vos tenés como don la capacidad de hacerle bien. Vos tenés dos ojos que son sus espejos favoritos. Vos tenés la fórmula exacta para hacer que se sienta hermosa, aceptada, importante, especial. Todos los días te esforzás para recordarle que es hermosa, por dentro y por fuera, y vas a esforzarte hasta el último día de tu vida para que nunca más vuelva a pensar que es un patito feo.
"¿Puedo ser tu mejor amigo? ¿Puedo ser tu consejero? ¿Puedo ser la persona en la que más confiás?"
Te alivia saber que cuando ella está mal, cuando tiene alguna duda, cuando hay una carga sobre su espalda doblándola en dos, cuando necesita ser escuchada, cuando le hace falta largar todo lo que lleva adentro, cuando no sabe qué hacer, recurre a vos. Va corriendo a tus brazos, se refugia en ellos, y es allí donde se permite quebrarse, hablar de los asuntos más profundos e íntimos, compartir con otro ser humano sus reflexiones, sus miedos, sus preguntas sin respuesta. Vos sos su mejor amigo, su consejero y la persona en la que tiene depositada toda su confianza, y amás que sea así, porque nunca la vas a defraudar, porque siempre vas a estar ahí listo para prestarle tus oídos para que allí caigan las palabras y tu hombro para que allí descanse su cabeza.
"¿Puedo construir un hogar con vos?"
No importan las circunstancias, no importa dónde estén, no importa lo que tengan que afrontar, no importa la cantidad de dinero que tengan en los bolsillos, ni las posesiones materiales, ni las vueltas que dé la vida, ni la ubicación geográfica en la que se encuentren: si estás con ella, estás en tu hogar. Donde ella esté, ahí está el lugar que vos podés llamar hogar, y ahí siempre vas a querer estar. Sólo te hacen falta sus abrazos, sus besos, el sonido de su risa, su corazón latiendo cerca de tu corazón, sus caricias, su voz hablándote al oído, y estás completo. El resto no tiene importancia, el resto va y viene, el resto no pesa nada, el resto se quita o se agrega según la situación, el resto no puede afectarte. El hogar con el que soñás, el hogar ideal, el hogar en el que sos feliz, no es uno que se pueda comprar, por mucho dinero del que se disponga. No serías feliz con todo el oro del mundo convertido en millones de dólares en una cuenta bancaria a tu nombre si te faltara Michelle, seguirías estando incompleto, angustiado, amargado, vacío, casi muerto. Ella es todo lo que precisás para sentirte en tu hogar, así como vos sos todo lo que ella precisa.
"¿Puedo quedarme con vos para siempre? ¿Puedo memorizar la forma de tus arrugas cuando seas viejita? ¿Puedo pasar con vos toda la eternidad?"
Ya no hay forma posible de que imagines la vida sin Michelle. Michelle es lo que le da sentido a estar vivo, lo que hace que cada respiro valga la pena y que todas las cosas sean afrontables. No podrías sobrevivir si no la tuvieras; tampoco te esforzarías mucho por intentar seguir viviendo, simplemente te convertirías en una sombra de lo que sos ahora y luego en cenizas. Querés estar con ella para siempre, pasar absolutamente todos y cada uno de los días que te quedan a su lado, ver correr los años junto a ella, envejecer con ella, observando como el cabello de ambos va volviéndose grisáceo, contando sus arrugas a medida que van apareciendo y amándolas tanto como amás cada pequeña cosita que es parte de la mujer a la que adorás con locura. Querés estar con ella hasta que llegue el momento de dejar este mundo, hasta que debas respirar por última vez y permitir que tu alma abandone el cuerpo que la ha acobijado durante tu paso por la Tierra. Y querés estar con ella incluso después de la muerte. Porque veinte, treinta, cuarenta, cincuenta, sesenta, setenta años, una vida entera recorrida con Michelle no sería suficiente, no te alcanzaría: siempre necesitarías más, siempre te haría falta más, sin ella estarías incompleto, sin ella te faltaría todo y nada sería bueno, no habría luz, no habría razón, no habría motivo. Los cuerpos cumplen un ciclo, pero las almas no, y tu alma y su alma fueron hechas para encajar juntas, para complementarse una a la otra; son las dos mitades de una misma pieza, dos mitades perpetuas y atemporales que no conocen principio o fin. Tu alma y su alma van a pasar toda una eternidad juntas, unidas como lo estaban antes de que fueran separadas para no volver a reencontrarse cuando ustedes dos se conocieron. No creés en mucho, pero sí creés en eso, probablemente más que en cualquier otra cosa. Vas a pasar lo que te quede de vida terrenal con Michelle, envejeciendo con ella, armando tu camino con ella, cumpliendo tus sueños y realizando tus proyectos, y luego tu alma y su alma van a tener una eternidad para estar juntas.
"¿Puedo ser el primer pensamiento en tu cabeza cuando despertás y el último antes de que te duermas?"
Ella es tu primer pensamiento al despertar, el pensamiento más constante durante todo el día, y tu último pensamiento antes de quedarte dormido con su cuerpo firmemente envuelto en tus brazos. Todos tus pensamientos, todos se resuelven alrededor de Michelle: dos segundos después de que tu destino y el de ella se cruzaran se convirtió en lo único ocupando tu cabeza. Y te encanta que sea así, porque es otra de las cosas que te llevan a través de todo, sin importar lo que pase, sin importar lo malo que se mezcle entre lo bueno, sin importar que haya tormentas o tempestades: pensar en Michelle todo el día te hace bien, amanecer pensando en ella te hace bien, quedarte dormida pensando en ella te hace bien. Y saber que vos estás en sus pensamientos todo el tiempo, saber que a ella le pasa lo mismo, eso te provoca sensaciones inexplicables; es como una caricia al alma la certeza de que sos su pensamiento más constante, desde que despierta por las mañanas hasta que cierra los ojos para descansar luego de que se haya escondido el sol.
"¿Puedo ser el primero y el último en amarte?"
Tus pulsaciones vuelven a acelerarse y sentís los latidos de tu corazón en todas partes: el pecho, las muñecas, las puntas de los dedos, las sienes, la garganta. Una descarga eléctrica corre por tus venas y la sangre en ellas entra en hervor; un estremecimiento cruza tu espina dorsal y el cosquilleo en tu estómago se vuelve más intenso, las mariposas hiperactivas alterándose aún más. No sabés cuándo va a suceder y realmente no te importa seguir esperando el tiempo que haga falta porque a ella la esperarías toda la vida si eso quisiera, pero una sensación inigualable e imposible de describir te invade de punta a punta abarcando cada centímetro de tu ser cuando pensás que ella no sólo quiere que seas el dueño de su corazón y de su alma, sino también de su cuerpo, ese cuerpo que aun está abrazado a su inocencia y que ha adquirido la poca experiencia que tiene a través de las caricias que tus manos desparramaron y los besos con los que tus labios lo empaparon. Vas a ser el primero, el último, el único en amarla, en compartir con ella cualquier grado de intimidad, desde el más simple hasta el más profundo que puede existir entre dos seres humanos. Ella te esperó toda la vida, incluso antes de conocerte, incluso antes de conocer tu rostro, el color de tus ojos, el sonido de tu voz, la suavidad de tu tacto; aquella es una certeza que te provoca emociones que no sabrías cómo explicar, emociones demasiado fuertes para ser puestas en palabras.
"¿Puedo ser el padre de tus hijos?"
Muchas noches te quedás despierto pensando en dónde van a estar dentro de diez o quince años y cómo las cosas seguramente habrán cambiado para ese entonces. Te imaginás casado con ella, feliz, con un hogar hermoso lleno de amor, con tres o cuatro hijos que sean una combinación perfecta de ustedes dos, con sus rasgos asiáticos y tu cabello oscuro, tu sentido del humor y su sonrisa que ilumina todo, creciendo sanos y rodeados de cosas buenas, amor, amistad, valores. Antes no hubieras creído posible llegar a desear esto, pero ahora lo hacés, lo visualizás, lo esperás con ansias, gracias a Michelle. Michelle te cambió, te convirtió en otra clase de hombre, te convirtió en una mejor persona, con otros sueños, esperanzas, expectativas y prioridades.
Respirás hondo otra vez, te tomás unos segundos para escuchar el silencio, para acariciar sus mejillas y barrer las lágrimas que no dejan de caer, para inhalar su perfume y llenarte de esa esencia a la que sos completamente adicto. Son pocas las preguntas que te quedan por hacer, es poco lo que tu corazón acelerado y tu alma estremecida no han dicho aun, pero son las preguntas más importantes. Son esas preguntas para las que querés escuchar una respuesta, esa respuesta que va a sonar como música para tus oídos y que vas a guardar en un rinconcito especial de tu ser para recordarla siempre, incluso cuando seas muy viejito, y tu memoria viaje a la noche en la que en la misma playa donde le dijiste que la amabas por primera vez le pediste que se casara con vos.
"¿Puedo ser completamente tuyo, Michelle?"
Ya sos completamente de ella. Lo sos desde el instante en el que esos dos ojos se fundieron en tus ojos y se comunicaron en un lenguaje totalmente desconocido, propio, único. Te entregaste completo antes de siquiera tomar consciencia de que te habías enamorado a primera vista. Siempre le perteneciste, desde que el mundo es mundo; está escrito en las estrellas, lo está desde el comienzo del Universo.
"¿Querés ser mi dueña? ¿Querés ser lo que da sentido a mi existencia? ¿Querés ser mi principio y mi fin? ¿Querés ser mía y de nadie más? ¿Querés ser mi otra mitad?"
Ya lo es. Ya es tu dueña, la que da sentido a tu existencia, tu principio y tu fin. Ya es tuya, ya lo era incluso antes de que se conocieran, cuando estaba esperando a que llegara el hombre ideal, el hombre hecho a su medida para amarla, cuidarla y enseñarle a quererse así misma y a aceptarse, el hombre que pudiera prestarle sus ojos para usarlos como espejos y así ver que nunca fue un patito feo sino un cisne hermoso. Ella te entregó el alma y el corazón en el momento en el que se conocieron, inconscientemente, como vos te entregaste a ella en lo que tu corazón tardó en saltearse un latido y luego volver a galopar. Ella ya es tu otra mitad, ella tiene dentro suyo el pedazo que le falta a tu alma para estar completa, ella es tu complemento perfecto.
"¿Querés ser mi princesa para siempre, Michelle?"
Mientras el susurro se cuela por entre tus labios empapados con sus lágrimas después de haber estado besando su rostro entre palabras, deslizás la mano dentro del bolsillo de la chaqueta que llevás puesta y sacás la pequeña cajita forrada de suave terciopelo azul oscuro y cerrás tu puño izquierdo alrededor de ella, mientras con tu otra mano seguís acariciando sus delicadas facciones, húmedas debido al llanto silencioso que han despertado tus declaraciones de amor, esas promesas y proposiciones acurrucadas entre signos de interrogación que te fluyeron desde lo más profundo de tu ser y cayeron en esos oídos que quedaron sordos a cualquier otro ruido porque tienen toda su atención puesta en tu voz cargada de ternura en estado puro.
Este es el momento. Treinta y cuatro años creyendo que nunca conocerías ese amor desgarrador que quiebra el suelo y parte cabezas, treinta y cuatro años creyendo que nunca sentirías que podrías morir o matar por otro ser humano, treinta y cuatro años creyendo que sólo unos pocos afortunados tienen la suerte de encontrar lo que se llama un alma gemela, treinta y cuatro años sin entender el verdadero significado de la vida, treinta y cuatro años sin comprender para qué Dios te colocó sobre esta Tierra; casi doce meses han pasado desde que la conociste, desde que esos dos ojitos orientales se encontrar con tus ojos, desde que tu corazón y tu alma vibraron dentro de tu cuerpo porque presintieron que aquella pieza que les faltaba para estar completos se hallaba cerca; cuatro meses han transcurrido desde ese primer beso, desde ese primer 'te amo', desde que comenzaron a transitar el resto de sus caminos juntos, tomados de la mano, decididos a avanzar hacia la misma dirección, cuidando el uno del otro y afrontado cada obstáculo con grandeza y apoyándose en ese amor inmenso que se tienen y que crece más y más con cada segundo que se le escapa al reloj. Y este es el momento. Este es el instante preciso: vas a entregarle el símbolo material de todas tus promesas y juramentos para que lo lleve siempre con ella, en su dedo, para mostrarle al mundo que es tu mujer, así como vos vas a llevar tu alianza para mostrarle al mundo que le pertenecés a la personita más especial que existe sobre la faz de la Tierra.
Un minuto entero transcurre, los dos se miran y se acarician sin decir nada, con lágrimas en los ojos, en silencio, totalmente ajenos al resto del Universo, totalmente abstraídos, inmersos en su propio mundo. Las ansias, los nervios y la taquicardia te consumen, tus emociones te devoran, pero lo que sentís más intensamente es todo ese amor, toda esa locura, diciéndote que ya es tiempo de que permitas que esa frase que tanto ansiás decir tome forma y cobre vida.
"¿Querés casarte conmigo, Michelle?" susurrás, abriendo despacio la tapita de la caja para mostrarle el anillo de compromiso que descansa anidado en un cojín de seda negra, delicado y frágil como ella, con un diamante pequeño y sencillo pero aun así imponente incrustado en el centro, cuyo brillo sólo es opacado por esos dos ojos que empapados te miran con tanta adoración que te estremecés por dentro y empezás a temblar.
"Sí" murmura, apenas moviendo los labios, sin quebrar el contacto de tu mirada y su mirada, que están manteniendo una de esas conversaciones silenciosas que nadie más podría entender "Sí" dice en voz un poquitito más fuerte, y esa sílaba tan sencilla se convierte en una de tus palabras favoritas, envolviéndote, acariciándote por dentro, provocándote mil cosas que no podrías explicar, nublando tus pensamientos e intensificando todos tus sentidos "Sí, sí, sí, sí" repite una y otra y otra vez, llenándote la cara de besos, las lágrimas que ruedan por sus mejillas mezclándose con aquellas que ruedan por las tuyas sin que vos hagas algo por detenerlas.
La abrazás con fuerza, la cajita aun en una de tus manos. La estrechás como si tu vida dependiera de la cercanía de tu cuerpo y su cuerpo, y ella te estrecha con la misma pasión desmedida, mientras sigue susurrando en tu oído esa única palabra que pesa más que cualquier otra: sí.
Se quedan abrazados durante un largo rato, sollozando de felicidad uno en los brazos del otro, mientras el reloj se lleva los minutos que restan para que den las doce y el día 24 dé paso a la madrugada del martes 25. Tenés un plan que seguir, y calcular bien todo es parte de él, seguir a las manecillas con meticulosidad es fundamental, pero en este momento te olvidás de todo, tenés la cabeza vacía de cualquier reflexión lógica, y todo lo que te llena es un amor tan grande que te brota por los poros y está hasta en el aire que inhalás y exhalás. Ya un poco más calmado te apartás de ella lo suficiente, tomás su mano y con extrema delicadeza retirás el anillo de la cajita, la guardás otra vez en tu bolsillo y lo colocás con dulzura en su dedo, sin dejar de mirarla a los ojos, sin dejar de decirle cuánto la adorás.
"Te amo, Michelle" susurrás entre caricias y besos, aun observándola embelesado "No sé qué hice para merecerte, no sé por qué Dios me bendijo con un angelito como vos, no sé por qué tuve la suerte de que fueras hecha para mí, pero no lo cambiaría por nada en el mundo. No te cambiaría por nada en el mundo" sonreís, y tus labios espejan esa sonrisa "Lo único que quiero es hacerte feliz, el resto no me importa. Lo único que necesito para estar bien es que vos estés bien, y a eso voy a dedicar mi vida. Te prometo que no va a pasar un solo día sin que te sientas amada, cuidada, protegida y especial; no va a pasar un solo día sin que sonrías; no va a pasar un solo día sin que te sientas como una princesa. Lo poco o mucho que tenga, todo es para vos. Nunca voy a abandonarte, Michelle" jurás "Nunca voy a herirte, a defraudarte o a decepcionarte. Nunca voy a hacerte mal"
"Tony, no necesitás prometerme nada" murmura, aun llorando, su corazón acelerado latiendo contra tu pecho, las yemas de sus dedos recorriendo con devoción las facciones de tu rostro "Yo ya sé todas esas cosas, las sé porque todos los días me las demostrás, las sé porque es imposible no sentirlas cuando me mirás así. Sé que vamos a ser muy felices juntos… No podría ser feliz con nadie más… No podría imaginarme teniendo ganas de vivir si no puedo estar con vos…"
Capturás sus labios entre tus labios y la besás con una pasión desmedida, quitándole el aire y quedándote vos sin oxígeno, buscando transmitir millones de cosas en ese beso, uno más entre los muchos que vas a darle en los siguientes cincuenta, sesenta, setenta años, pero no por eso menos único, no por eso menos importante.
"Nada ni nadie va a separarnos, nunca" murmurás contra su boca mientras ella trata de recuperar la capacidad para respirar correctamente "Cuando seamos viejitos y pensemos en nuestra primera Navidad, quiero que te acuerdes de estas palabras: nacimos para estar juntos, y vamos a estar juntos para siempre, pase lo que pase. Te lo prometo"
Volvés a besarla, una y otra y otra vez, sin prestarle atención al reloj que se supone deberías observar atentamente para poder coordinar los siguientes movimientos y llegar a tiempo para la siguiente sorpresa. Volvés a besarla, una y otra y otra vez, y así podrías seguir el resto de la noche sin agotarte, sin necesitar nada más, sin que nada te frene. Pero al pronunciar tu nombre ella te distrae y te devuelve a la realidad:
"Tony…"
"¿Mmmh?" respondés sin abrir los ojos.
"Preguntámelo otra vez" te pide, acariciando tu mejilla con el dorso de una de sus manos y frotando la punta de su nariz contra la punta de tu nariz.
Inhalás, exhalás, rozás su frente con tus labios y enterrás tus dedos en esos bucles que tanto te fascinan antes de repetir aquellas palabras acurrucadas entre signos de interrogación, esas palabras con las que comenzaste el largo discurso que nació desde el fondo de tu alma y que llevó a que le pidieras que se casara con vos y ella te dijera que sí miles de veces entre besos, caricias y lágrimas:
"¿Qué vas a hacer por el resto de tu vida? ¿Qué vas a hacer desde ahora y para siempre?"
Vuelven a besarse profundamente, los dos convencidos de que el capítulo más hermoso de su historia de amor acaba de comenzar.
Pasan unos pocos minutos de la medianoche cuando llegan a destino, tomados de la mano y con rastros de las lágrimas de felicidad que derramaron aun en sus caras, sonriendo. Te detenés en la esquina de aquella calle desierta poblada de hermosas casas de familia decoradas con motivo de las fiestas, y ella también se detiene; le dijiste que debías llevarla a otro sitio donde aguardaba una sorpresa, por eso te mira con curiosidad.
"Michelle, ¿confiás en mí?"
Sabés la respuesta a esa pregunta, pero te encanta escucharla.
"Con mi vida…" contesta, contorneando tus labios con la yema del dedo anular en el que ahora lleva su anillo de compromiso.
"Cerrá los ojos" le pedís en un murmullo.
Sus párpados caen automáticamente, sin cuestionamientos; permite que la guíes, completamente relajada y sin miedo a tropezar porque sabe bien que vos estás allí para cuidarla. Siempre vas a estar allí para cuidarla y para impedir que caiga y se haga daño, literal y figurativamente hablando.
Con mucho cuidado y rogando que no se dé cuenta de lo que está sucediendo gracias a su increíble instinto, abrís la puerta con tu juego de llaves y la conducís a ella, que aun sigue con los ojos cerrados, al interior de la residencia.
La llevás a una habitación que está completamente vacía, a excepción de un enorme árbol de Navidad decorado con preciosas borlas rojas y doradas, luces que brillan como estrellitas de colores y una hermosa estrella en la punta. Te detenés en el centro del cuarto, delante de ella, y besás sus párpados con dulzura, murmurando en su oído que debe continuar con los ojitos cerrados. Luego sacás del bolsillo de tu chaqueta la otra cajita, aquella forrada en terciopelo rojo, la que contiene un pequeño objeto que representa muchísimas cosas y encierra un significado especial. Lo extraés, cerrás tu puño alrededor de ello, y después volvés a guardar la cajita.
Tomás la mano de Michelle entre tus dos manos; es tan pequeñita, tan frágil, tan delicada, como toda ella. Depositás aquél pequeño objeto de hierro frío en su palma, muy despacito, y aunque ella lo siente allí sobre su piel color marfil, continúa, obediente, sin abrir los ojos siquiera un milímetro.
Con voz suave le pedís que trate de adivinar qué es aquello que acabás de darle, y ella a través del tacto enseguida descubre cuál es la respuesta correcta:
"Una llave" dice triunfante, sonriendo.
"Una llave" repetís para indicar que ha acertado, sonriendo también aunque ella no pueda verte porque sabés que puede sentir tus sonrisas en las palabras que decís y en cómo son dichas.
"¿Representa la llave de tu corazón?" pregunta con infinita dulzura, mordiéndose los labios y sonrojándose casi violentamente, sus mejillas teñidas de un fuerte rojo.
"No. Representa algo mucho más real y tangible, un regalo que llevo semanas deseando darte" explicás "Un regalo que vos merecés más que nadie"
"Te tengo a vos, y eso ya es mucho más de lo que merezco" susurra, buscándote a tientas con su otra mano para pasar sus dedos por tu cabello negro.
"Esta llave representa algo que nunca va a volver a hacerte falta mientras yo esté con vos, princesa" murmurás, reposando tu frente contra su frente y acariciando muy despacio la punta de su nariz con la punta de tu nariz.
"No me hace falta nada si estoy con vos…"
Entre besos esquimales le pedís que abra los ojos muy despacio, y ella así lo hace. Tardá unos segundos en darse cuenta de dónde están; al principio mira a su alrededor incrédula y sorprendida, un poco desorientada. Su cerebro procesa la información rápidamente, pero ella parece seguir sin comprender. Confundida, anonadada, llama tu nombre apenas moviendo los labios:
"Tony…"
Y es ahí cuando te das cuenta que ha entendido dónde están y por qué están allí, que ha atado todos los cabos sueltos, que el impacto ya está hecho. Te das cuenta porque el brillo de sus ojos se intensifica, su sonrisa se vuelve más ancha, sus facciones se transforman, su lenguaje corporal está hablando a gritos, su expresión de sorpresa es la más hermosa del mundo…
Ella comprende sin necesidad de que des muchas explicaciones, lo comprende sin que sea preciso utilizar palabras. Comprende qué significa esa llave y por qué para vos es tan importante. Y si no estuvieras tan compenetrado, tan concentrado observándola con adoración pura, quizá recordarías fijarte dónde están detenidas las manecillas del reloj y sonreirías al darte cuenta de que tu plan ha salido según como fue trazado, porque pasan apenas unos minutos de las doce.
Esa llave es el último de los regalos que forman parte de la lista de cosas que deseabas darle en este Diciembre mágico que vivieron. Es la llave del hogar que querés regalarle, el hogar que querés construyan juntos, el hogar en el que querés criar a los hijos que ella te dé, el hogar en el que esperás se sienta siempre segura y protegida, el hogar en el que querés envejecer con Michelle contenta y sana en tus brazos, el hogar que nunca más va a volver a hacerle falta porque va a ser levantado sobre bases tan fuertes que jamás se derrumbará.
No es la primera vez que visitan esta propiedad; de hecho, ya han estado aquí dos veces: la primera vez que la trajiste fue para darle su primera lección de piano, y en la segunda ocasión para armar el árbol de Navidad cuyas luces están iluminándolos en este preciso momento. En ambas ocasiones hiciste que creyera que estaban en la casa en la que Fiona y su familia vivirán cuando se muden a Los Angeles, pero eso fue una mentirita piadosa que tuviste que decir para convertir en aun más espectacular el momento en que le dieras esta sorpresa.
Porque esta casa en realidad es tuya. La compraste para vos y para Michelle, para convertirla en su hogar, para llenarla de amor, música, magia, risas y crear los mejores recuerdos entre sus paredes. La compraste para convertirla en el hogar en el que van a criar a los hijos que sean fruto de esta historia hermosa que escriben día a día y que deseás seguir escribiendo en un lugar como éste, un lugar que puedan transformar en propio, un lugar en el que puedan dejar su huella, su marca. El piano, el árbol, ambas cosas son regalos para Michelle, siempre lo fueron, sólo que debiste disfrazar la situación para poder guardar el secreto hasta este mismísimo instante. La llave, esa llave que ella sostiene en su mano y que vos tenías guardada en la cajita de terciopelo rojo, es la que corresponde a la puerta principal de esta preciosa casa.
"La propiedad de mi hermana queda a diez manzanas de esta calle y van a mudarse el 5 de enero, como lo programaron desde un principio" explicás, acunando su rostro entre tus manos y sonriendo tiernamente ante su expresión anonadada y sus ojitos brillantes de lágrimas "El piano en el que te enseñé a tocar tus primeras notas hace algunos días y el árbol de Navidad que armamos juntos el sábado no son para mis sobrinas: los dos son tuyos" ya sabés que no hacen falta palabras, realmente, pero necesitás decirlo de todos modos, para ayudarla a entender que esto es real, que no es un sueño, que está sucediendo "Y también lo es esta casa. Entre estas paredes quiero que vos y yo formemos nuestro hogar" besás su frente, sus mejillas, sus labios, y ella apenas responde, porque sigue en estado de shock "Sé que tomé una decisión muy importante sin consultarte y que no debería haber hecho las cosas por mi cuenta, pero la primera vez que vi este lugar algo en mí simplemente me dijo que era el sitio correcto para seguir escribiendo mi historia de amor con vos" le decís con voz suave "Nos imaginé a los dos pintando cada cuarto de un color distinto, eligiendo muebles y cortinas, adornando las paredes con fotos, llenando el ambiente de risas y besos… Nos imaginé siendo muy felices. Me pareció el hogar perfecto para nosotros dos y para los hijos que tengamos en el futuro"
Viste las fotos por primera vez en la página web de la agencia de bienes raíces que Fiona te recomendó, y enseguida tu corazón y tu alma vibraron indicándote que éste lugar valía la pena. Te tomaste una tarde libre inventando una excusa y fuiste a verla con el agente inmobiliario, y en cuanto cruzaste el umbral todos tus sentidos se encendieron y tu instinto te dijo que debías comprarla, que éste es el sitio en el que los dos van a ser felices, el sitio en el que su amor va a seguir creciendo y creciendo a lo largo de los años. Sentiste que ésta era la casa indicada para continuar escribiendo esta historia, sentiste que ella se enamoraría a primera vista así como te enamoraste vos.
Esperás pacientemente a que reaccione, a que salga de su asombro. Esperás durante minutos, mirándola ansioso y nervioso, observándola, desparramando besos y caricias, permitiendo que se tome su tiempo para terminar de procesar la noticia que le diste de golpe. Cuando finalmente habla, su voz está embriagada de emociones imposibles de describir, las lágrimas otra vez empapan esa carita de muñeca de porcelana que te tiene enloquecido, y jurarías que pueden escucharse claramente los latidos de su corazón rebotando contra su pecho.
"Me encanta, Tony" se larga a reír nerviosa, pero sabés bien que es como resultado del shock "Es… Es increíble" dice con honestidad, intentado encontrar la forma indicada de expresar todo lo que en este momento está pasando por su cabeza "… Es… Es… Es… Es mucho más de lo que merezco, mucho más de lo que alguna vez podría haber imaginado tener. Es… No encuentro las palabras…" se disculpa torpemente.
"Shhh" la calmás, abrazándola y meciéndola de un lado a otro "… No llores, Michelle… No llores…" le pedís, trazando círculos en su espalda y besando su cabeza.
"Son lágrimas dulces" te asegura "Son lágrimas de felicidad. No tengo… No sé cómo agradecerte… No sé qué decir…"
"Shhh" seguís meciéndola con dulzura "… Michelle, no hace falta que digas nada. Solamente decime que me amás, sólo necesito escuchar que me amás y que estás feliz" le pedís.
"Te amo, Tony. Te amo, te amo, te amo" repite miles de veces "Quiero casarme con vos. Quiero formar una familia con vos. Quiero construir un hogar con vos. Quiero que vivamos en esta casa" con cada palabra que dice su sonrisa se ensancha más y más.
"Yo también, Michelle. Es todo lo que quiero. El resto no me importa, solamente vos me hacés feliz…"
El silencio cae durante algunos minutos durante los cuales no hacen más que relajarse uno en brazos del otro, permitiendo que todas esas emociones que los empapan sean absorbidas, asimiladas, repasando cada segundo de la última hora para tratar de convencerse de que esto está sucediendo y que no es un sueño del que van a despertar, porque la realidad en la que viven juntos es mejor que cualquier otro sueño que pueda crearse en sus cabezas mientras duermen.
Las coloridas luces del árbol de Navidad llaman tu atención al titilar, y es en ese momento que salís un poco del trance en el que caíste luego de tantos sentimientos fuertes mezclándose. Echás un vistazo a la hora y te percatás de que las doce llegaron y pasaron, los segundos y los minutos escurriéndose sin que ninguno de los dos fuera consciente del paso del tiempo; son casi la una menos cuarto de la mañana.
"Feliz Navidad, Michelle" murmurás en su oído, estrechándola aun con más fuerza y besando su mejilla con dulzura.
"Feliz Navidad, mi vida"
Memorizás este instante con todos sus detalles, exprimiendo al máximo la capacidad de tus cinco sentidos para percibirlo todo y así poder recordarlo con precisión absoluta dentro de muchos años, recordar aquella madrugada del 25 de diciembre en la que los dos se quedaron abrazados frente al primer árbol de Navidad que armaron juntos, ella con un anillo de compromiso en su dedo que materializa el vínculo inexplicable e invisible que los une desde que el mundo es mundo, y vos emocionado hasta las lágrimas – lágrimas que no te avergüenza dejar caer – porque, a pesar de ciertos obstáculos y adversidades, lograste hacer de este diciembre un capítulo mágico que termina para dar comienzo a otro que estás seguro va a ser muchísimo más especial, muchísimo más hermoso.
"Yo también tengo una sorpresa para vos" había murmurado un rato después de que la llevaras a recorrer todos los cuartos de la casa y le contaras las ideas que se te habían ocurrido para cada uno de ellos, borrando los rastros de las lágrimas en tu rostro con sus pulgares tan pequeñitos y suaves si se los comparan con los tuyos. Con esas palabras tu corazón se salteó un latido y la intriga se transformó en un cosquilleo que recorrió cada palmo de tu cuerpo centímetro a centímetro, crepitando con lentitud pero intensamente.
Permitiste que ella te guiara, entrelazando sus dedos con tus dedos, sonriéndote con dulzura y con timidez pero también provocativamente. Te condujo fuera de la casa, usando por primera vez su llave para cerrar la puerta, y luego te llevó caminando entre besos y risas hasta donde habías dejado el auto estacionado antes de bajar a la playa, que queda a escasas cuadras del barrio residencial en el que van a vivir luego de casarse. Ustedes dos eran los únicos caminando en medio de la madrugada del día de Navidad mientras el resto de la ciudad dormía tranquila aguardando la llegada de la mañana para compartir el desayuno en familia y disfrutar viendo a los chicos abriendo regalos, pero ni repararon en lo loco de la situación: estaban simplemente demasiado felices y demasiado eufóricos como para pensar con coherencia, y bien podrían haber sido las tres de la tarde, bien podría haber marcado el calendario un día cualquiera como el 3 de febrero o el 21 de julio, y para ustedes hubiera sido lo mismo.
Dejaste que se colocara detrás del volante en el coche y vos te deslizaste cómodamente en el sitio del acompañante. Antes de arrancar el motor ella te echó una de esas miradas penetrantes que llegan directo al centro de tu alma y te hacen sentir como si pudiera leerla cual si se tratara de un libro abierto de par en par, una de esas miradas que te derriten como si fueras hielo al sol.
"¿Confías en mí?" preguntó con extrema dulzura.
"Con mi vida" contestaste inmediatamente, sonriéndole.
"Cerrá los ojos…" te pidió.
Y vos obedeciste, te relajaste contra el respaldo del asiento y silenciosamente le diste tu permiso para que te llevara a donde quisiera, a donde fuera que deseara, porque vos irías con ella a cualquier sitio, porque nunca te importa el destino si durante el viaje y al final de éste los dos siguen juntos cuidando el uno del otro y amándose.
No levantaste los párpados ni siquiera cuando el coche se detuvo, tampoco cuando ella te ayudó a salir, ni cuando te hizo caminar hasta que llegaron a una puerta, ni cuando hizo que pasaras por la puerta e ingresaras a lo que intuiste enseguida era el hall del edificio donde ella vive; tampoco abriste los ojos durante el viaje en ascensor ni cuando salieron de él. Simplemente permaneciste tomado de su mano, confiando en ella como ella confía en vos, ciegamente, sin dudar, dando pasos firmes convencido de que no te dejaría caer.
"¿Ya puedo abrir los ojos?" preguntás cuando todos tus sentidos te indican que se encuentran ya en el interior de su departamento y que ella acaba de echar el cerrojo luego de conducirte hasta el medio de la pequeña salita de estar.
"No" en su voz hay una mezcla inconfundible de nervios, timidez, picardía y ansiedad, y escuchar esa simple sílaba empapada con todas esas emociones es suficiente para que se te erice la piel y se levanten dentro de tu cabeza cientos de preguntas sobre qué será lo que ella ha planeado para sorprenderte en Navidad.
Y en el fondo sabés cuál es la respuesta, podés sentirlo en los huesos, en la sangre que corre en tus venas, en todo tu cuerpo, podés sentirlo en el alma y en el corazón, podés sentirlo en cada rincón de tu anatomía: te llevó a su departamento en medio de la madrugada porque esta noche quiere darte algo que no puede comprarse, algo único, algo demasiado íntimo que ella sólo desea compartir con vos. Michelle va a entregarte su cuerpo, ese cuerpo inexperto que sólo tus manos y tus labios conocen de memoria y mueren de ganas por seguir explorando recoveco a recoveco.
Esa certeza te provoca un determinado grado de nervios y ansiedad, pero ya no tenés tanto miedo como al principio, cuando temías tocarla por miedo a hacerle daño o a quebrarla porque es demasiado frágil: sabés que los dos están hechos el uno para el otro y que naturalmente van a encajar como dos piezas de un mismo rompecabezas, sabés que el instinto va a ser más fuerte que la pasión y no vas a dejar de prestarle atención y cuidarla ni un solo segundo, sabés que ser suave va a salirte naturalmente porque cuando se trata de Michelle no podría ser de otra manera. Los dos están emocionalmente listos, ella también perdió sus inseguridades y sus miedos, y vos los tuyos.
Sólo pensar en lo que está a punto de suceder causa que te marees; todo te da vuelta. Muchas emociones fuertes en una sola noche van a hacerle mal a tu corazón, que late descontrolado contra tu pecho, pero realmente no te importa, porque estás feliz, más feliz que nunca, más feliz de lo que alguna vez imaginaste serías: le pediste que se casara con vos en el exacto sitio en el que le dijiste que la amabas por primera vez aquella medianoche de septiembre, ahora en su dedo está el anillo de compromiso que elegiste especialmente para ella porque combina con su delicada y abrumadora belleza, le mostraste la casa que elegiste para que sea su hogar y el tuyo y quedó fascinada, le confesaste que el piano y el árbol de Navidad que armaron no era para tus sobrinos sino para ella, y ahora van a hacer el amor.
No te sorprendes cuando sin previo aviso comienza a besarte, devorándote con lentitud y calma, como si dispusiera de todo el tiempo del mundo para recorrerte palmo a palmo con su boca. Te relajás bajo las sensaciones que despierta el tacto de sus labios en tu cuello, debajo de tu mandíbula, tus mejillas, tus propios labios, la base de tu garganta. Sus manos mientras tanto desparraman caricias por tu pecho y espalda a través de la fina tela de tu camisa, mientras que tu saco yace convertido en una tela insignificante caída a tus pies luego de que ella te lo quitara.
Tu respiración se vuelve elaborada rápidamente, descargas eléctricas te acuchillan sin cesar y tu control va diluyéndose de a poco a medida que los minutos pasan y los besos se intensifican. Tenés la cabeza totalmente en blanco y no podés pensar en nada; probablemente no sabrías cómo responder a las preguntas más sencillas, ni siquiera sabrías decir tu propio nombre. Dos o tres gemidos se escapan sin que trates de reprimirlos, e instintivamente la envolvés en tus brazos para atraerla más hacia vos hasta que un cuerpo está completamente pegado al otro, sólo la ropa separando tu piel y su piel de rozarse, apenas una finísima barrera impidiendo que se unan y conviertan en uno solo.
Seguís con los párpados caídos, sumergido en tu propio mundo. Perdés la noción del tiempo, la noción de vos mismo, la noción de todo: solamente te importan sus besos y sus caricias y la locura consumiéndote tan despacio que el placer podría estar bordeando los límites de la tortura. En determinado punto – quizá horas después, tal vez solamente han pasado segundos, probablemente sólo le falten al reloj unos cuantos minutos - ella comienza a guiarte otra vez, caminando hacia atrás y sin dejar de besarte, con su boca pegada a tu boca, en dirección a su habitación.
"Abrí los ojos, Tony" susurra en tu oído, permitiendo a sus dedos revolver tu cabello y presionando las yemas contra la piel sensible de tu nuca, provocando que se erice aun más.
Obediente, levantás los párpados y te encontrás en su habitación, aquél cuarto en el que muchas veces durmieron abrazados y en el que otras tantas pasaron noches enteras besándose y acariciándose con inmensa dulzura, llegando hasta el borde del abismo y retrocediendo antes de explotar.
Lo primero que notás es que la luz está apagada, pero el cuarto está iluminado por una decena de velas estratégicamente diseminadas. Ella luce preciosa, más preciosa de lo que estuvo en toda la noche, con los labios ligeramente hinchados después de tantos besos, sus rulos enmarcando aquél rostro angelical, sus mejillas teñidas de rojo. Los otros detalles empezás a asimilarlos después. Por ejemplo, Michelle está descalza; probablemente se haya quitado los zapatos al entrar al departamento, abandonándolos junto a la puerta, o tal vez lo hizo mientras te conducía por el corto pasillo. El acolchado que cubre la cama es nuevo, de seda oscura y brillante, pero aun así pueden apreciarse desperdigados sobre él unos cuantos pétalos de rosas rojas.
"¿Te gusta?" pregunta con timidez, sonriéndote.
Vos no tenés palabras para contestar, se te fue por completo la capacidad de armar oraciones coherentes. Estás embelesado, abrumado, con todas esas emociones acumulándose dentro de vos y haciendo presión, la sangre hirviendo en tus venas, el deseo quemándote. Pero tu mirada habla por vos, dice todo lo que de otro modo no podrías decir, y ella entiende, porque sabe mejor que nadie cómo interpretar el brillo en tus ojos, cómo leerlos cuando se funden en los suyos.
"Pero esta no es mi única sorpresa"
Con un movimiento ágil y suave deja caer el vestido al suelo, revelando su torso desnudo y apenas una última capa de ropa interior. La imagen te deja sin aire, con las pulsaciones aceleradas y cada célula de tu anatomía encendida fuego; cada ocasión en la que podés apreciar su desgarradora, impactante, inocente belleza se te vacía la cabeza y quedás reducido a nada, sin entender cómo es posible que tanta perfección t pertenezca, sin poder entender cómo es posible que tanta hermosura sea sólo tuya y de nadie más.
Ella da el siguiente paso antes de que vos tengas tiempo de reaccionar, besándote el cuello y la garganta otra vez, encontrando todos y cada uno de tus puntos débiles hasta dejarte pidiendo aire y a su merced, víctima del efecto que tiene en vos, en tu alma, en tu corazón, en tu cuerpo, física y espiritualmente, víctima de sus capacidades para reducirte a nada con sólo rozarte con las puntitas de los dedos.
Cuando recuperás la capacidad de coordinar tus funciones motoras y con una de tus manos acariciás su espalda, al llegar a la mitad del recorrido notás un cambio de textura que nunca antes habías percibido, algo rugoso bajo tus dedos, algo… diferente. Sentís a Michelle sonreír contra tu cuello mientras sigue besándote, desconcertado y curioso volvés a acariciar aquella zona esta vez no sólo con las yemas si no también con la palma de la mano, y no tardás en entender de qué se trata esa otra sorpresa que ella mencionó, aquella para complementar la habitación iluminada con velas y los pétalos de rosa sobre la cama.
"Michelle…" llamás su nombre, intrigado y confundido, resumiendo en esas pocas sílabas que forman tu palabra favorita las preguntas que tenés para hacer respecto a lo que pensás ahora será una parte de su vida, de su ser, de ella, de su cuerpo, para siempre.
Un tatuaje. Tiene un tatuaje, definitivamente. ¿Pero de qué?
Ella camina algunos pasos hacia atrás para quedar en una zona mejor iluminada, y luego se da la vuelta para que puedas apreciar esa obra de arte impregnada para siempre en su espalda, esa obra de arte que va a existir mientras ella exista y que sólo desaparecerá cuando su cuerpo se consuma luego de que al alma le llegue el momento de abandonarlo para pasar a otra esfera, pero cuyo significado y recuerdo perdurarán en el tiempo más allá de que el Universo acaba extinguiéndose o no.
Aquél gravado está escrito con su letra, su propia letra; es su caligrafía prolija y distinguida, esa que conocés de memoria y que distinguirías en cualquier parte, tanto en papel como en su propia piel, esa piel que has acariciado miles de veces y que por eso conocés también, esa piel en la que notaste algo diferente enseguida porque tus manos se han paseado por cada centímetro en muchísimas ocasiones y se han vuelto expertas.
Es u tatuaje fino, delicado, digno de una princesa como ella; si tuvieras que describirlo en detalle, lo primero que se te ocurriría decir es que la tinta negra en relieve combina maravillosamente con su piel color marfil y que cada letra – de escasos centímetros de grosor - parece haber sido trazada con la varita de un hada mágica, muy despacio y con mucha precisión, para lograr la sensación de que está hecho de pequeñísimas, diminutos mariposas que podrían echar a volar y desaparecer en el momento menos pensado. Es hermoso, verdaderamente hermoso. Está ubicado justo en el centro de su espalda, la mitad de cada oración escrita en un renglón invisible pasando por el medio de su columna vertebral, en el sitio exacto donde pueden escucharse con claridad absoluta cada una de sus respiraciones y los latidos de su corazoncito; mide apenas unos nueve centímetros de ancho y unos siete centímetros de largo, y está compuesto por ocho líneas: la primera de ellas es tu nombre, las otras están compuestas de una misma frase repitiéndose en diferentes idiomas.
"Ahora te llevo en la piel para siempre"
Cuando aquél murmullo se cuela por entre sus labios podés escuchar en él la sonrisa que cruza su rostro, aunque ella siga dándote la espalda. Te acercás despacio, sin quitar los ojos del tatuaje, y te acercás hasta que quedan a un milímetro uno del otro, para poder repasar una y otra y otra vez las palabras gravadas en su cuerpo con las yemas de tus dedos, absorbiendo el significado de ese acto de amor y locura que dio como fruto aquello que ves ahora embebido con tinta imborrable en la anatomía de la mujer a la que adorás.
Tony,
Te amo mucho, mucho más del 'te amo' que te digo
I love you so much more than all the I love you's I say to you
Je t'aime encore plus que tous les autres je t'aime que j'ai pu te dire dans le passé.
Eu amo-te muito mais do que todos os amo-tes que te digo
Ich liebe dich viel mehr als alle die Ich liebe dich's die ich dir sage
Я люблю тебя больше, чем любые слова могут сказать
すべてよりはるかに多く、1、があなたを愛するように、私はあなたを愛する」私があなたに言うs
"Michelle… Es…"
No sabés qué decir. No sabés cómo expresarte, porque lo que debés expresar es demasiado fuerte, demasiado complejo, demasiado grande como para caber en una simple oración. ¿Cómo expresar lo que te provoca ver semejante declaración de amor perpetuada en su propia piel, en su propio cuerpo, ese cuerpo que te ofrece confiando en que vas a amarla y a cuidarla como ella merece? ¿Existe manera adecuada de transmitir lo que está pasando dentro de vos, lo que está estremeciendo tu alma de tal modo que podrías jurar nunca sentiste algo similar en casi treinta y cinco años de vida?
"… Lo que hiciste es una locura… Una locura demasiado hermosa" con tu pulgar acariciás las cuatro letras que componen tu nombre "… Es… Lo que siento ahora mismo es indescriptible, Michelle" suspirás.
"¿De verdad te gusta?"
"Lo amo. Te amo. Es perfecto, vos sos perfecta"
Con mucha suavidad girás su cuerpo para estar con ella frente a frente, para poder besarla apasionadamente hasta quedarte sin oxígeno y dejarla a ella sin aire, para intoxicarte con tu droga favorita, para mostrarle con el lenguaje de la piel cuánto te gusta saber que es tuya y de nadie más, cuánto te gusta saber que te pertenece tan legítimamente como vos a ella, cuánto te gusta saber que todas las noches antes de quedarte dormido en sus brazos vas a poder besar aquella porción de su espalda donde pueden escucharse los latidos de su corazón y en la que ahora vivirá para siempre una declaración de amor que lleva tu nombre escrito en tinta eterna.
"Es perfecto, Michelle" seguís susurrando entre besos, abrazándola con fuerza y permitiendo que tus manos acaricien el sitio donde la textura de su piel se vuelve diferente porque allí están grabadas esas palabras hermosas, en distintos idiomas pero todas ellas con el mismo significado, un significado tan profundo que podés sentir el efecto que tiene en vos calando hasta los huesos, llegando hondo, mucho más hondo que cualquier otra emoción que hayas experimentado, tan hondo como lo que sentiste cuando le pediste que se casara con vos y te dijo que sí, o como lo que sentiste cuando te agradeció entre lágrimas y sonrisas por haber comprado una casa para que hagan de ella un hogar "Es la sorpresa perfecta… Es" suspirás "… No tengo palabras… Es el gesto más romántico del mundo, es la locura más hermosa que podría imaginar... Amo que lleves mi nombre en tu piel, amo que me ames tanto como para escribirlo en tu cuerpo..." estás tan abrumado que nada de lo que decís tiene mucha coherencia, pero no te importa, porque ella comprende.
"Español, Inglés, Francés, Portugués, Alemán, Japonés, Ruso… Ninguno de esos idiomas tiene suficientes verbos y adjetivos para describir cuánto te adoro, porque es cierto que te amo más, muchísimo más que todos los 'te amo' que te digo puestos juntos" murmura, acunando tu rostro entre sus manos "Pero esas palabras voy a llevarlas para siempre conmigo, en mi cuerpo, con tu nombre, así como las llevo grabadas dentro de mí, en mi alma. Son sólo un complemento de todas las cosas que voy a decirte con el lenguaje de la piel, amándote"
Antes de que puedas responder – aun anonadado, sorprendido, con lágrimas en los ojos, tu corazón latiendo a mil por hora y la ternura corriendo rápido por tu sangre – mientras tus manos siguen acariciando su espalda con devoción absoluta ella captura tus labios entre los suyos otra vez, presionando su cuerpo casi desnudo contra tu cuerpo, empezando a hablar con el lenguaje de la piel.
Y es ese lenguaje, sabés, en el que van a hablar por el resto de la noche.
En el lenguaje de la piel van a hablar todas las noches, desde ahora y para siempre.
¿Qué vas a hacer por el resto de tu vida?: lo que estás haciendo ahora mismo, lo que vas a hacer desde ahora y para siempre, amarla con una locura que puede traducirse a muchos lenguajes pero que siempre va a entenderse mejor cuando se expresa tocándose, besándose, acariciándose, fundiéndose en un solo cuerpo.
NOTA DE LA AUTORA (Parte II): Si leyeron hasta el final, les agradezco. Sé que esto debe haber sido una terrible, enorme decepción (para mí lo fue). En el capítulo 91 me imagino ya saben lo que va a suceder. Va a estar escrito en tercera persona y espero lograr un resultado mucho mejor que el que logré con el 90. Voy a esforzarme para que todas las emociones y toda la situación esté bien escrita. Sé que es algo que vienen esperando prácticamente desde el principio y que en este capítulo el tema fue tocado muy por arriba; prometo ahondar cuando llegue el momento de escribir toda la situación. Espero no decepcionarlas.
Que tengan una hermosa semana.
