IMPORTANTE: La clasificación de este capítulo es total, absoluta, indiscutiblemente M, desde el principio hasta el final. No quiero cambiar la clasificación de la historia porque cuando pasa a estar bajo clasificación M desaparece de la lista general, por eso estoy aclarando ahora que este capítulo se destaca de los otros por contener escenas no aptas para todo público (estoy exagerando más de lo que debería, pero son aclaraciones que deben ser hechas).

NOTA: Pensé en releerlo todo y editarlo, pero decidí dejarlo así como está, así como salió de mis dedos cuando lo escribí. Me costó mucho escribirlo; hay partes que me gustan mucho, otras partes las odio, otras no sé bien cómo describirlas o qué pensar de ellas. Salió distinto a lo que tenía planeado escribir, mucho más largo y mucho más explícito (tampoco tan, tan, tan explícito; los he leído - y escrito, cuando escribía historias de Mike y Katherine de Desperate Housewives - más explícitos). Espero que no sea chocante y que sea todo lo que esperaban leer, todo lo que vienen esperando leer prácticamente desde el principio.

Ahora mismo comienzo a trabajar en el capítulo 91.


En una gota cabe el Universo.

Uno el complemente perfecto del otro: ella frágil y delicada, su suave piel color marfil bañada por la luz de las velas desparramadas por toda la habitación, sus labios curvados en una sonrisa tímida, el cabello enrulado suelto enmarcando su rostro angelical, sus ojos empapados en un brillo teñido por la locura deslumbrándolo a él. Él, para ella un Dios esculpido en mármol, lo suficientemente fuerte para ayudarla a llevar cualquier carga sobre sus hombros y alzarla en brazos cuando el agotamiento amenazara con derribarla; él, con su piel ligeramente más oscura, sus músculos duros como el acero, sus ojos color chocolate, profundos y cálidos, inmensos como el océano, esos ojos en los que ella al buscar encuentra espejos en los que puede verse hermosa.

Dos partes de una misma alma, encerradas una en cada cuerpo, dos mitades de una pieza perfecta que esperaban ansiosas volver a juntarse cuando las anatomías de aquellos dos seres tan íntimamente conectados se mezclen hasta diluir todo límite y acabar uniéndose tanto como físicamente posible, él dentro de ella, ella alrededor de él.

Si las paredes de aquél cuarto tuviesen sentimientos y características humanas, si fueran dueñas de la extrema sensibilidad de un artista que cuenta historias a través de lo que surge del roce de los pinceles empapados en pintura sobre los lienzos en blanco, o del don de moldear las palabras formando frases hermosas que transmiten aquello que es esencial y por ende invisible a los ojos, hallarían la inspiración para su obra maestra en aquella noche de diciembre en la que las mitades de un alma volvieron a unirse cuando dos cuerpos hechos uno a medida del otro se fusionaron por primera vez, explotando en sincronía, fundiéndose como el metal al fuego.

Si las paredes de aquél cuarto tuviesen oídos, habrían escuchado la conversación que tuvo lugar segundos antes de que todo control se esfumara y los gemidos se mezclaran con las escasas palabras que serían susurradas entre un beso y otro, una caricia y otra, un gemido y otro:

"¿Estás nerviosa?" la pregunta había nacido de los labios de él, sus labios hambrientos de los de ella, expectantes, como cada pequeña porción de su anatomía. Sus manos acunaban esa carita angelical con una ternura sólo comparable a aquella con la que él la miraba, como si estuviera tratando de memorizar cada segundo, cada detalle, cada pequeña cosa para grabarlo todo en su cabeza y guardar aquellas imágenes entre sus recuerdos más amados, aquella que sobreviven al paso del tiempo y que el corazón entre latido y latido jamás olvida.

"Un poco" su confesión no se hizo esperar, susurrada con una mezcla de timidez y ansiedad imposibles de disimular, provocando que él acariciara sus mejillas con infinita dulzura, buscando tranquilizarla "Pero estoy lista" agregó luego, con una firmeza y una convicción tan fuertes que podrían haber derribado cualquier argumento en contra "Y en realidad" continuó en un murmullo sólo audible para él, como siempre pendiente de cada uno de sus movimientos, enredando sus brazos alrededor de su torso y permitiendo a su cabeza reposar sobre su pecho por unos segundos, cerca de su corazón "es más ansiedad que nervios lo que siento"

Si esas paredes pudieran comprender la complejidad de los sentimientos que cargaban el ambiente, habrían percibido el enorme grado de dependencia que uno y el otro tienen, a tal punto que sólo él posee la fórmula secreta para calmar sus nervios y su ansiedad.

Se apartó apenas unos centímetros, los suficientes para poder contemplarla otra vez; nunca se cansaría de observarla, de estudiar cada detalle meticulosamente, jamás. Para él ella es una obra de arte, para él ella es la criatura más hermosa, y sólo con mirarla se embriaga, llegando al punto en el que toda razón se nubla, sus pensamientos se entumecen y no quedan más que sus sentidos degustando cada partícula de ella flotando en el aire. Michelle sintió el oxígeno abandonar su cuerpo, sus pulmones de pronto vacíos, sus piernas aflojándose y amenazando con doblarse bajo su peso muerto; sin embargo, en ningún momento temió caer, porque él estaba allí, mirándola con adoración pura, listo para atajarla, listo para impedir que se hiciera cualquier clase de daño, literal y figurativamente.

El movimiento de su brazo al extenderlo sonó como un susurro que hizo eco en medio del profundo silencio en el que se encontraban inmersos; estaba tendiéndole la mano, pidiéndole sin palabras que la tomara, que entrelazara sus dedos con los de él, esos dedos hechos a medida para encajar perfectamente en el espacio entre los suyos. Ese gesto fue suficiente para desatar una cadena de estremecimientos que se expandieron rápidamente y se concentraron como una bola de fuego en sus zonas más sensibles, quemándola dulcemente, aumentando su urgencia y su deseo hasta bordear el límite de lo que puede soportarse.

Ella tomó su mano sin un atisbo de duda. Una confianza ciega refulgía salvaje en sus ojos, y si esas paredes hubieran sabido cómo, habrían podido leer el significado de una mirada tan profunda como la que transformaba el rostro de Michelle Dessler en ese momento convirtiéndolo en aun más exótico: ella iría con él a cualquier sitio, por él haría cualquier cosa, por él sacrificaría todo, a él le entregaría todo lo que es y todo lo que podría ser, era a él a quien había estado esperando durante todos esos años marcados por la soledad y la tristeza.

No sentía miedo porque si de algo estaba segura era de que él la cuidaría por sobre todas las cosas; sabía que en sus brazos nunca nada malo le sucedería porque él sería capaz de hasta lo imposible con tal de protegerla.

Sin quitarle los ojos de encima, devorándola bocado a bocado con la mirada pero con una ternura casi palpable mezclándose con aquellos destellos de lujuria, la condujo hacia la cama, lentamente, una parte de él inconscientemente deseando alargar la espera, y le pidió que se recostara boca abajo sobre la seda, el color oscuro contra el marfil de su piel creando un contraste exquisito. Con una delicadeza antes desconocida para sus manos cuando se trataba de tocar a una mujer (pero que adquirieron inmediatamente la primera vez que la acariciaron a ella en ese pasillo oscuro) comenzó a masajear su espalda, desparramando besos por todas partes para acompañar el movimiento de sus nudillos al ejercer suave presión en sus músculos para aflojar la tensión.

También él necesitaba relajarse, necesitaba un momento para enfriar su cabeza y asimilar lo que estaba a punto de ocurrir. Precisaba sentir que aquello era real, que no era otro sueño u otra fantasía, que no despertaría de pronto, que eso no era un escenario fabricado por su mente, que ella estaba realmente allí, temblando bajo su tacto, estremeciéndose, suspirando su nombre entre gemidos entrecortados.

El tatuaje, el tatuaje era real, era prueba fehaciente de que ambos estaban semidesnudos, en esa cama, a la luz de las velas, a punto de hacer el amor por primera vez luego de que horas antes él deslizara un anillo de compromiso en su dedo y la llevara a ver la casa que había comprado para que juntos la transformaran en un hogar. Por eso pasó minutos enteros repasando con las yemas de sus dedos y con sus labios el eterno gravado de su piel, disfrutando de la sensación de esa textura ligeramente rugosa en el lugar donde las palabras fueron perpetuadas con tinta imborrable, empapándose en el significado de aquella frase repetida en distintos idiomas porque uno solo no podría contener todo lo que sí es posible expresar con el lenguaje de la piel, sintiendo justo debajo de esa declaración de amor tan inmensa sus pulsaciones aceleradas, escuchando atentamente su respiración, recordándole que su vida depende enteramente de él. Las letras que forman su nombre serán para siempre parte de ella, y esa simple noción era suficiente para enloquecerlo y embriagarlo, para aumentar los espasmos de placer - físicos y emocionales - que estaban sacudiéndolo completo como a un adicto que siempre quiere más y más porque no puede hallar satisfacción en ninguna dosis y por eso necesita seguir incrementando su consumo.

"Te amo, Michelle" susurró en su oído con la voz cargada de pasión y deseo.

Pero ella no contestó, al menos no con una frase coherente. Estaba cerca del colapso, caminando en puntitas de pie por la cornisa, completamente perdida en esas sensaciones intensas que la consumían violentamente. Ni un solo pensamiento podría haber cabido en su cabeza, y la capacidad para hablar parecía habérsele escapado junto con la de hacer prácticamente cualquier otra cosa que no fuera vibrar y gemir mientras él se concentraba en aniquilar cualquier rastro de ansiedad con el más inocente de los roces, arrastrándola al punto previo a perder la consciencia.

Flotando en éxtasis, su cuerpo entero parecía haberse vuelto liviano como una pluma. No había célula en su sistema que no estuviera siendo atacada por esas cosquillas tan placenteras que se intensificaban enormemente en su vientre, entre sus piernas, en su garganta. Sus manos estaban cerradas en puños, sus uñas clavándose en las sábanas, su respiración entrecortada y errática mezclándose con esos 'te amo' que él murmuraba descontroladamente. La fuerza con la que su corazón desaforado rebotaba contra su pecho era tal que, de haber tenido algo de su consciencia aun intacta, se habría detenido a preocuparse sobre qué podría pasar si la velocidad de sus pulsaciones aumentaba hasta sobrepasar los límites, quemando todos los fusiles y llevándolo a detenerse de golpe.

Nunca antes se había sentido así, como si todo a su alrededor pudiera caer sumergido en la negrura de un momento a otro, como si su existencia pudiera acabar súbitamente debido a una sobredosis de ese placer tan agudo que por momentos resultaba casi insoportable. Ya le había quitado la cordura, ya la tenía pendiendo de un finísimo hilo, reducida a un conjunto de células prendidas fuego, temblando expectante, hiperventilando; ya había logrado que germinara en ella el extraño deseo de morir ahí mismo, y no había hecho más que masajear su espalda usando simplemente sus manos y su boca.

Si las paredes de aquél cuarto fueran expertas novelistas, podrían haber descrito con precisión y en detalle el instante en el que de pronto ella se quedó en silencio, completamente quieta, sus cincuenta y dos kilos de piel y huesos hundiendo el colchón apenas, sus músculos flojos, como sedada, entumecida, sus labios ligeramente entreabiertos pero sin que sonido alguno saliera de ellos.

"Michelle…" él llamó su nombre con dulzura, tomándola despacio por los hombros y girándola con delicadeza para que quedara tendida boca arriba, sus rulos desparramados sobre la almohada, la tenue luz de las velas iluminando su rostro.

Sus ojos estaban cerrados, sus mejillas teñidas de rojo brillante, sus facciones exóticas relajadas en una expresión serena similar a la que tendría un ángel dormido, una sonrisa dulce desplegándose a lo ancho de su cara como el sol cuando se hunde en el horizonte listo para desparramar su belleza antes de desaparecer.

Esa belleza mística era todo lo que él podía ver en ese momento, con ella en sus brazos, vulnerable y dispuesta a entregarle cada pedazo de sí misma, expuesta como sólo delante de él lo ha estado. Y esa belleza lo impactó profundamente, desgarrando su alma, su carne, sus huesos.

Fue en ese preciso instante que comprendió finalmente lo que estaba a punto de acontecer en esa habitación, entre esas cuatro paredes que atestiguarían mudas el primer acto de amor absoluto entre los dos. Fue en ese preciso instante que con un golpe inesperado en el pecho que por poco lo hizo perder el equilibrio y caer noqueado lo atacó la realidad de las circunstancias, depositando todo su peso sobre sus hombros y obligándolo a hacer uso de toda su fuerza para impedir ser aplastado: entendió verdaderamente todo aquello que creía haber logrado descifrar tiempo atrás pero que en realidad había permanecido como un enigma resuelto a medias hasta entonces, entendió mucho más de lo que podría haber imaginado la cabeza de un simple ser humano sería capaz de contener.

Y la compresión llevó lágrimas a sus ojos, lágrimas que quemaron sus órbitas con un calor casi tan abrasador como el que emanaba de ambos cuerpos, demasiado cerca pero demasiado lejos a la vez, porque sólo estarían calmados y satisfechos luego de unirse totalmente, deshaciéndose de todas las barreras, sin dejar pliegue alguno. Eran las lágrimas más hermosas que alguna vez hayan humedecido esos dos océanos color chocolate, y eran también las más puras y sinceras.

Nunca había creído en la existencia de tal cosa porque todas sus relaciones anteriores habían estado basadas puramente en la satisfacción física, pero era indudable que estaba teniendo un orgasmo emocional sólo mirándola tumbada allí, debajo de él, prácticamente desnuda, adormecida por el efecto del placer causado por sus caricias y sus besos, sin aire, tratando de lidiar con sensaciones que debían ser tan fuertes como las que estaban consumiéndolo a él pero que quedarían reducidas a nada si se las comparara con aquellas que aun les faltaba experimentar juntos. Estaba abrumado, le faltaban el aire y las palabras, temblaba incontrolablemente, los estremecimientos de su alma los sentía en la carne también, el mundo estaba girando demasiado rápido y al mismo tiempo parecía haberse detenido, todo en lo que podía concentrarse era ella, todo lo que quería era amarla eternamente, abrazar su cuerpo contra el suyo y no soltarla jamás.

Eso haría aquella noche. Iba a amarla hasta que las velas se consumieran y la habitación quedara en penumbras. Iba a amarla hasta que sus huesos se quebraran y sus músculos se desgarraran y él cayera derrumbado en la cama junto a ella. Iba a amarla hasta que sus pulmones se quedaran vacíos de oxígeno. Iba a amarla hasta que sus labios se gastaran y partieran al medio por tanto besar cada palmo de su piel. Iba a amarla hasta agotarse y perder el conocimiento. Iba a amarla hasta que la luna se escondiera y el sol saliera como todas las mañanas y se posara sobre la ciudad bañándola con su luz anaranjada. Y luego seguiría amándola, en cada amanecer y en cada anochecer por el resto de sus vidas, día tras día, todos los días, amándola como jamás se hubiera considerado a sí mismo capaz de amar a una mujer.

Ante la perspectiva de tomar su virginidad algo dentro suyo se sacudió violentamente, algo demasiado complejo como para ser explicado, y él sucumbió, dejando caer una de las lágrimas que nublaban sus ojos. El Universo entero podría haber cabido en esa gota que como el rocío deslizándose por el tallo de una flor rodó por su mejilla para luego impactar contra ella, mojando su piel, el contacto de esas emociones materializadas en una lágrima simple en apariencia pero inexplicable en significado rescatándola de su trance con suavidad extrema, provocando que sus párpados se abrieran lentamente y su mirada se encontrara con la de él, ambas cargadas de deseo, ambas hablándose en su propio idioma, ambas contándose secretos la una a la otra.

"Tony…" murmuró su nombre, haciendo uso del poco oxígeno guardado en su sistema para pronunciar esas dos sílabas que podía sentir tatuadas en su propia carne y contra las que su corazón palpitaba desesperado, gastando sus escasas fuerzas en estirar su brazo lo suficiente para permitir a las yemas de sus dedos acariciar su rostro y borrar el rastro de esas pocas lágrimas que por sí solas transmitían mucho más que cualquier libro o poesía alguna vez escritos, mucho más que cualquier obra de arte alguna vez pintada o esculpida, mucho más que cualquier idea elaborada por la mente de un genio, mucho más que cualquier teoría filosófica gestada en la cabeza del más sabio. Esas lágrimas tiñendo su mirada y transformándola en aun más mística y hermosa, esas lágrimas mostrando con claridad el interior de su alma, valían para ella más que todo el oro en el mundo, pesaban más que cualquier otra cosa mala o buena que le hubiera sucedido en la vida.

"Te amo, Michelle" repitió él con voz ronca, acariciando su rostro con ternura de la misma manera en la que ella estaba haciéndolo, barriendo también unas cuantas lágrimas y luego llevándose las yemas de sus dedos a la boca para que empapasen sus labios antes de embeberse en ella completamente.

"Te amo mucho más del 'te amo' que te digo, Tony" susurró ella.

Y con un suave movimiento lo tiró hacia abajo, para que su cuerpo aun cubierto por esas ropas que no podía esperar a remover quedara encima del de ella, cubriéndola totalmente. Sus bocas colapsaron en una sucesión de besos apasionados y profundos mientras sus manos repasaban con caricias lo que ya conocían de memoria, las de ella el cabello revuelto de él, las de él su espalda ahora marcada para siempre después de que esa aguja hubiera trabajado en ella como el cincel trabaja al mármol, creando aun más belleza en una belleza ya de por sí superior a cualquier otra conocida.

Entre gemidos y gemidos el cosquilleo que como fuego crepitaba en todas partes fue aumentando para ambos, la necesidad y la urgencia de satisfacerse el uno al otro volviéndose prácticamente insoportables, aquella pequeña dosis de placer previa a esa que llegaría cuando los dos explotaran al mismo tiempo confundiéndose con algo que de haber podido ser descripto habría compartido muchas similitudes con lo que sea que encaje en la definición de un dolor dulce y adictivo. Sin embargo, ninguno de los dos se apresuró; lo que se espera siempre es mucho mejor si se disfruta en cámara lenta.

En cámara lenta regó su torso con besos húmedos y electrizantes.

En cámara lenta dibujó el contorno de su pecho.

En cámara lenta dejó a su lengua hacer y deshacer los mismos caminos mil y un veces.

En cámara lenta permitió a sus manos tocarla como si ella fuera arcilla y él un experto escultor.

En cámara lenta quitó del medio ese prenda de algodón en forma de triángulo que aun cubría su cuerpo, haciéndola a un lado y dejándola caer al suelo con descuido e inmediatamente, como si estuviera prendida fuego, quizá para evitar que se debilitara la reserva de autocontrol que todavía le quedaba al sentir la tela humedecida mojando sus dedos.

Recostada ahí, desnuda, embebida en la luz de las velas, respirando entrecortadamente, mordiéndose el labio inferior con fuerza evitando que todos los gemidos acumulados en su garganta se escaparan de golpe, mirándolo con deseo y adoración puros, casi rogando silenciosamente por más besos y caricias, parecía un espejismo, un ángel, una criatura sobrenaturalmente hermosa, demasiado perfecta para ser real, demasiado perfecta para ser completamente de su propiedad, demasiado perfecta para que él mereciera llamarla suya.

Y sin embargo, aun sabiendo injusto que tanta pureza le perteneciera, en un acto de egoísmo extremo ya mucho tiempo atrás había tomado la decisión de no poner reparos al destino y convertirla en su mujer, en su mundo, en su todo.

Para él se sintió como una pequeña eternidad encerrada en una esfera el tiempo que pasó observándola fijamente, pero si las paredes de aquél cuarto hubieran sabido cómo leer un reloj podrían haberle dicho que no fueron sino apenas treinta o cuarenta segundos los que marcaron las manecillas hasta que él volvió a descender sobre su cuerpo.

Separó sus piernas lo suficiente para que quedara entre ellas un espacio en el cual él pudiera caber. Cuando su boca se posó peligrosamente cerca del interior de uno de sus muslos, ella sintió cada músculo y cada terminación nerviosa tensarse. Su corazón frenó de golpe y se quedó muy quieto en su pecho, sus dedos se cerraron instintivamente alrededor de la seda atrapándola en sus puños, sus párpados cayeron de repente cual si hubieran estado cargados de plomo, su respiración se volvió tan elaborada que un hormigueo intenso se expendió por sus brazos y piernas. Él parecía estar disfrutando de esas relaciones involuntarias de las que su sistema estaba siendo víctima por culpa del comportamiento de sus labios a escasos centímetros del punto clave de su anatomía.

Una parte de ella, esa parte de ella que aun no estaba completamente perdida, reducida a nada, esfumada como si sus dedos ágiles hubieran hecho en su cabeza lo mismo que estaban a punto de hacer a su cuerpo hasta conseguir evaporar toda gota de coherencia existente, quería pedirle que detuviera esa tortura deliciosamente exasperante y le diera finalmente un poco de alivio en lugar de continuar divirtiéndose presionándola contra el límite, jugando a aumentar la dosis de placer muy de a poquito pero asegurándose de dejarla siempre desenado más, rogando por al menos una porción mínima de satisfacción.

Otra parte mucho más grande, esa parte salvaje dominada por las hormonas, por el instinto, por las necesidades emocionales y físicas más crudas y difíciles de describir, quería que él siguiera tocándola, provocándola, mostrándole el experto a la inexperta qué tan lejos puede llegarse exactamente, probando cuánto puede ella aguantar antes de sucumbir.

En medio de la discusión entre ambas partes un murmullo inteligible acabó escapándose por entre sus labios luego de haber estado un largo rato atrapado en su garganta, mezclándose con un gemido y dando como resultado un sonido que para él podría haber hecho que la tierra vibrara y se rajara en dos.

"Mmmh…"

"Michelle" él susurró su nombre como un mantra "… ¿te sentís bien?" preguntó con un dejo de preocupación en la voz, dispuesto a detenerse si ella se lo pedía, preguntándose si no estaría a punto de conducirla a un shock físico o emocional, o quizá incluso a una combinación de ambos.

"Mmmh…" fue toda la respuesta que pudo obtener de ella, pues se encontraba en un estado indefinido entre la euforia silenciosa y otra dimensión demasiado placentera como para desear ser devuelta a la realidad "… Mmmh…" gimió otra vez, temblando ligeramente, y luego consiguió hilar un puñado de palabras más o menos entendibles ": Estoy bien"

De hecho, se sentía mejor que nunca. Más viva que nunca. Más deseada que nunca. Más adorada que nunca. Más especial que nunca. Más importante que nunca. Más enamorada que nunca. Él lograba que se sintiera así: hermosa, cuidada, especial, perfecta. Y que Tony estuviera asegurándose de que ella aun deseaba que él continuara yendo más y más lejos, empujando literal y figurativamente todas las barreras (las visibles, las imaginarias, las tangibles, las intangibles) que quedaban, que a él le preocupara más contenerla y protegerla que satisfacer sus propias necesidades, todo eso confirmaba una vez más que estaba en los brazos a los que pertenecía.

Mientras ambos se ahogaban en el cosquilleo producto de la anticipación, milímetro a milímetro él fue moviendo sus labios con tiento hasta llegar al punto con el que su boca buscaba encontrarse. Sus manos – una a cada lado de su cintura, los pulgares dibujando círculos alrededor de sus muslos - la sujetaron firmemente contra el colchón para controlar cualquier temblor involuntario que pudiera embestirla, y poco a poco, prestando atención extrema a los signos de su cuerpo y con todos los sentidos alerta, comenzó a besarla íntimamente, con un ritmo suave, dulce, propio para investigar e ir averiguando uno a uno los secretos de un terreno inexplorado, con un compás tranquilo, la presión casi relajante. Lo aterraba la posibilidad de lastimarla, de hacerle daño, por eso puso cuidado en cada uno de sus movimientos, esperando que ayudaran a su cuerpo a aflojarse y prepararse para lo que vendría después, queriendo asegurarse de que se sintiera satisfecha y su sistema quedara sedado de placer antes de unir su cuerpo al suyo.

Sin embargo, nada podría haberla preparado para el sinfín de reacciones que la atacaron sin previo aviso, todas juntas, moliendo sus huesos, inmovilizándola, haciendo a la sangre hervir en sus venas, descontrolando los latidos de su corazón; su pulso acelerado se intensificaba entre sus piernas, una desconocida sensación cálida y abrumadora la empapaba por dentro y por fuera, su cabeza estaba en blanco y vacía. Flotaba, liviana como una pluma, ajena a todo, sólo consciente de su boca obrando maravillas en su cuerpo y derritiéndola como los rayos del sol al hielo, sólo consciente de las mariposas inquietas en su estómago y de ese placer hasta entonces desconocido que estaba acumulándose dentro suyo y amenazando con hacerla explotar, amenazando con matarla; sabía que él haría que se sintiera bien, pero jamás creyó que fuera humanamente posible sentirse tan bien, como si nada importara, como si no precisara ninguna otra cosa, como si estuviera suspendida en el aire. Desde el primer segundo supo que a ese placer recorriéndola palmo a palmo se volvería terriblemente adicta, pero no le preocupaba, porque sus labios ávidos de consumirla pedacito a pedacito estarían siempre dispuesto a satisfacerla cada vez que quisiera una dosis de eso indescriptible, de esa sensación que se concentraba en sus zonas sensibles húmeda y caliente como una bola de fuego.

Sus labios la devoraron poco a poco, bocado a bocado, disfrutando cada segundo enormemente, descubriendo cuáles puntos específicos la llevaban al mismísimo borde del colapso y cuáles debía estimular para darle a su ego el gusto de escuchar su nuevo sonido favorito: el de su respiración agitada y sus suspiros; jamás se cansaría de esos ruidos que como música llenaban el ambiente, rebotando contra las paredes y regresando a él para envolverlo.

De repente el silencio se posó otra vez entre los dos, más palpable que nunca. Ella había quedado de nuevo como adormecida, con los ojos cerrados y una sonrisa cruzando su rostro, sus pulsaciones haciéndose sentir con fuerza en todas partes y su corazón latiendo justo en el centro de su garganta. Él se detuvo sólo para observarla yacer ahí, consumida, para admirarla, absorberla, intoxicarse de ella. Apenas sí le había dado una muestra efímera de las dosis de placer que el cuerpo humano puede experimentar y aguantar, ni siquiera había logrado que se convulsionara en auténticos espasmos de éxtasis hasta perder el sentido (eso, sabía bien, no lo conseguiría sino hasta después de varios encuentros; el amor, la pasión y la química entre ellos eran suficientes para iniciar un incendio, pero eso no quitaba que el cuerpo de ella, como el de todas las mujeres, necesitaría ajustarse a muchas cosas antes de poder funcionar en su total capacidad), pero Michelle ya estaba temblando e hiperventilando por los efectos de sus besos.

"Mmmh…" volvió a escuchar aquél sonido que de haber tenido oídos las paredes de aquél cuarto no habrían sabido cómo descifrar, pero que él podía entender porque los dos hablaban el mismo idioma, uno único e irrepetible. Estaba preguntándole por qué se había detenido, por qué le había hecho creer que estaba llevándola al cielo y luego la había arrojado de vuelta a la Tierra justo cuando estaba a punto de rozarlo con las yemas de los dedos.

Estaba repentina y dolorosamente consciente de todos los detalles que se habían vuelto difusos mientras él le rendía culto como a una diosa: algunos de sus músculos estaban contraídos y duros como el acero, mientras otros estaban extrañamente relajados; su ritmo cardíaco se hallaba fuera de cualquier parámetro conocido; su pulso era errático, su respiración pesada, y su temperatura elevada, como si hubiera estado delirando de fiebre y no de placer.

Haciendo uso de la poca coherencia de la que pudo agarrarse para armar una oración más o menos comprensible, se quejó con un hilo de voz, moviendo apenas los labios:

"No recuerdo haberte pedido que te detuvieras…"

"Shhh…" la tranquilizó él, permitiendo que su boca fuera hacia arriba, deteniéndose por momentos para prestar atención a áreas sensibles como su abdomen, su pecho "Shhh…" la calmó otra vez al sentirla tensa.

Con mucho cuidado se recostó sobre ella, permitiendo que su cuerpo la cubriera por completo pero impidiendo que todo su peso cayera sobre el de Michelle y la aplastara. Simplemente reposó su cabeza sobre su hombro y enterró la cara en su piel en un intento por controlarse; ella podía sentir la manifestación física de todas sus necesidades presionando contra su muslo, y al moverse instintivamente creó tal fricción que casi lo llevó a él a caer deshecho. Él respiró hondo varias veces, llenándose los pulmones con su perfume, y trató de aflojarse. Sus manos seguían sujetándola firmemente, una a cada costado de su cintura, y estaba considerando dejarlas explorar terreno abajo cuando fue sorprendido por las de ella interponiéndose entre los dos para buscar los botones de su camisa y desabrocharlos.

Un botón menos. Dos botones menos. Tres. Cuatro. Cinco. Seis. Su camisa terminó hecha un bollo en el suelo. Y antes de que él pudiera darse cuenta de lo que estaba sucediendo, un poco más repuesta ella había tomado la iniciativa de girarlo hacia el costado para invertir los roles.

La fricción se transformó en aun más exquisitamente insoportable cuando él quedó recostado boca arriba y con ella presionando todo su cuerpo contra el suyo. Los dos podían sentir el deseo y la urgencia quemándolos en todas partes, y sin embargo seguían jugando a caminar por el borde de la cornisa, dejándose embriagar por la adrenalina, disfrutando cada corriente eléctrica en sus venas. Él la necesitaba y deseaba como ella jamás hubiera creído posible ser deseada y necesitada, y ella lo deseaba y necesitaba tanto que estaba empezando a quedarse sin aire, sin fuerzas, totalmente atrapada en esa locura que parecía estar buscando tragarla entera; sin embargo, ninguno tenía intención de apresurarse, incluso si sus cuerpos estaban ya al límite y no soportaban más la espera.

Su nombre se perdía en su garganta antes de que pudiera juntar las fuerzas necesarias para hacerlo pasar por sus labios, por lo que sólo emitía suspiros ininteligibles y carentes de toda coherencia cada vez que parecía estar a punto de explotar mientras ella besaba cada centímetro de su torso desnudo, sus hombros y su cuello, ahogándose en las sensaciones maravillosas despertadas por el contacto piel con piel. Sus pechos estaban firmemente presionados contra el suyo, sus jadeos se mezclaban en el aire formando una única melodía, sus dedos repasaban lentamente el contorno de sus músculos mientras los suyo dibujaban mariposas en su espalda, se mordían los labios el uno al otro casi como si quisieran comerse literalmente. Los dos se tensaban y rompían en temblores incontrolables cada vez que ella se mecía despacio contra él, haciendo que cada roce se sintiera mitad bendición y mitad tortura, agudizando sus cinco sentidos hasta saturarlos, quemándose como si los hubieran arrojado a las llamas de deseo que estaban lamiéndolos por dentro.

Nunca antes una mujer lo había enloquecido a tal punto que sentía la cabeza nublada y los pensamientos entumecidos. Ella sabía exactamente cómo tocarlo, cómo acariciarlo con la boca y besarlo con los dedos, cuánta presión aplicar, cuándo detenerse, cuándo arquear su espalda y gemir en su oído al sentir sus manos repasando otra vez las palabras tatuadas en su carne y cuándo contenerse y ahogar cualquier ruido para no llevarlo a descontrolarse de golpe. Era por instinto puro y no por experiencia que estaba segura de qué hacer y cómo hacerlo, cómo y cuándo responder a las reacciones arrancadas por sus estímulos, cómo arrastrarlo con lentitud exasperante hasta tenerlo pendiendo de un hilo finísimo, casi sin respirar, sin poder articular palabra.

Habían sido hechos uno a medida del otro, para encajar ella en sus brazos y él en los suyos, un cuerpo sobre el otro, un cuerpo debajo del otro, sus manos por toda su piel y las suyas por toda la de él; sus bocas eran también perfectas una para comerse a besos a la otra. Y estaban tan solo a segundos de comprobar lo que los dos ya sabían, lo que los dos siempre habían sabido, incluso antes de que los encuentros entre ambos se volvieran tan profundos e íntimos, cuando los besos eran tiernos, las mordidas más suaves y las caricias apenas superficiales: los dos son las mitades de una misma pieza, los dos se complementan, los dos se completan; su carne, huesos y piel fueron cuidadosamente esculpidos hasta formar un hombre y una mujer imperfectos en muchos sentidos pero perfectos para estar juntos, para fundirse juntos, física y espiritualmente.

"Mmmh…" gimió involuntariamente contra su cuello mientras sus dientes buscaban ese sitio hipersensible ideal para jugar a tratar de morder sin dejar marcas.

Escuchó inmediatamente el sonido de su risa, tan natural y tan contagiosa, suave como una brisa, demasiado delicada, más parecida a un suspiro que a otra cosa, vibrando dentro suyo como si estuviera sonando en su alma y no a su alrededor. Automáticamente ella contestó en el mismo lenguaje, riendo y sonriendo contra la piel ya enrojecida de ese punto estratégico cerca de la base de su garganta.

"¿Por qué sonreís?" susurró ella, incorporándose lo suficiente para quedar sentada a horcajadas encima suyo, con todo su cuerpo desnudo presionando contra el epicentro de lo que se sentía como un volcán al borde de la erupción, sus manos sobre su pecho para poder mantenerse erguida, sus piernas pegadas una a cada costado de las suyas, sus ojos orientales espejando aquellos color chocolate intensos, las puntas de tus narices casi tocándose.

"Sonrío porque me estás dando muchos más motivos para que la letra 'M' sea mi favorita" respondió con el poco aire que quedaba en sus pulmones.

De pronto esos instantes en los que ambos habían reído como criaturas se habían disipado hasta convertirse otra vez en uno de esos momentos cargados de emociones complejísimas que pueden sentirse llenando el aire, llenando la habitación, pintando las paredes de ese cuarto en el que estaban dejando cada pedazo de su alma movimiento a movimiento.

"Creo que puedo darte todavía más motivos" murmuró ella seductoramente, temblando en anticipación a llevar a cabo la idea conjurada por su cabeza, su espalda arqueándose ligeramente, su piel erizándose.

Sus manos, mucho más ágiles y menos torpes que las primeras veces, no tardaron en deshacerse de sus pantalones y luego de sus bóxers, dejándolos a ambos en igualdad de condiciones: desnudos, vulnerables, sin nada que esconder ni cómo esconderlo, empapados en deseo, expectantes, ansiosos.

Durante varios minutos que se hicieron eternos se quedaron mirándose, muy quietos, sintiendo por todas partes el pulso acelerado del otro, respirando entrecortadamente, reprimiendo gemidos involuntarios que no lograban escapar y morían presionados contra sus labios.

Estaban demasiado embebidos uno en el otro, y aun ni siquiera estaban literalmente uno en el otro; estaban demasiado perdidos, y ni siquiera se habían perdido del todo aun, ni siquiera se habían entregado del todo aun.

Quería prolongar el juego previo un poco más, era evidente. Moría por hacerlo temblar como ella había temblado, suspirar como ella había suspirado; moría por escuchar su nombre susurrado mil veces entre frases incoherentes, moría por torturarlo con los más simples roces, moría por convertirlo en nada y absorberlo todo, moría por verlo sucumbir bajo los efectos de su tacto y de sus besos, moría por dejarlo incapaz de articular palabra. Y él, sin embargo, ya no podía aguantar más: con cada segundo que pasaba la espera se volvía increíblemente insoportable, con cada segundo que pasaba el control se le escapaba por entre los dedos como agua que escurre por el cuenco de las manos. Así como estaban las cosas nada le daba la seguridad de poder durar cinco minutos más y al parecer las intenciones de Michelle no eran precisamente las de bajarle la temperatura, más bien todo lo contrario. Ninguna mujer lo había afectado así, ninguna mujer lo había empujado tan peligrosamente hacia el borde del precipicio, ninguna mujer lo había puesto contra las cuerdas tan rápidamente, ninguna mujer lo había hecho sentirse sofocado de esta manera, ninguna mujer lo había hecho sentirse tan necesitado.

Entonces tomó el control antes de que ella lo hiciera, enterrando sus largos dedos en aquellos rulos sedosos y atrayéndola hacia sí para conducir esos labios directo a los suyos y estrellarlos, haciéndolos colisionar espectacularmente con toda la fuerza y pasión de la que eran capaces. Besarla descontroladamente, como si el mundo estuviera a punto de acabar, como si nada más existiera, como si el Universo se hubiera consumido, a él lo calmaba, le daba la oportunidad de comunicarse con ella sin tener que apelar a su reducida capacidad de expresarse con frases hechas: entre besos le dijo que la adoraba, que ya no podía seguir soportando una centésima de segundo más sin estar dentro de ella, que la espera se había tornado en la más dulce tortura, que estaba acercándose demasiado al instante de explotar y que no podía contenerse, que su necesidad de ella estaba comiéndolo vivo, que sentía dolor físico que solamente podría calmar amándola, que lo abrasaba una sed inhuma que solamente ella podría saciar y lo invadía un hambre atroz de su cuerpo que precisaba ser mitigado.

Y Michelle se aflojó bajo el efecto de esos besos apasionados, perdiéndose en cada sensación, descubriendo y redescubriendo mil veces las mismas cosas, permitiendo que su boca quedara inundada por ese sabor único e incomparable al que era adicta, embriagándose lentamente y disfrutando cada minuto de ello, dejando que la locura tomara el control y olvidándose de absolutamente todo mientras una lengua acariciaba lentamente a la otra. Pasados minutos que podrían haber sido eternos o efímeros - ¿a quién le importaba el tiempo en esa habitación? - quedó de nuevo muy quieta y callada, apenas respirando, con el corazón acelerado y los ojos cerrados porque de pronto sus párpados pesaban demasiado. Estaba recostada encima de él, rendida, tratando de recuperar algo de aire, liviana como una pluma porque no había ni una sola preocupación pesando sobre ella, completamente relajada, como arcilla en sus manos lista para que él la moldeara a gusto e hiciera de ella lo que se le antojara.

Ni un solo pensamiento turbaba su cabeza, ni una sola gota de sangre en sus venas se había librado de ser intoxicada por ese placer mezclado con ansiedad. A fuego lento se consumían sus células y neuronas, ya no había forma de que regresara a ser lo que era una hora atrás, cuando aun conservaba un poco de cordura. Él aprovechó ese momento de debilidad para ponerse en control y cambiar posiciones con un rápido pero suave movimiento y que ella acabara debajo suyo, tendida sobre su espalda, vulnerable como el más inocente e indefenso de los ángeles, con sus rulos negros desparramados sobre la almohada, su pecho subiendo y bajando rítmicamente al compás de su respiración agitada.

Todo su peso cayó sobre ella, distribuido para no aplastarla ni hacerle daño (aquello era lo último que él hubiera querido; habría preferido morir ahí mismo antes que hacerle mal). Estaban ahí, desnudos en lo literal y en lo figurativo, ansiosos, expectantes, violentamente poseídos por un deseo arrollador y una necesidad cruda que ya no podían ser ignorados. Jadeando fuertemente, preso de sus emociones, se dejó vencer por su adicción a simplemente sentirla y enterró su rostro en aquél huequito cálido entre su hombro y su cuello para poder inhalar su perfume y llenarse los pulmones con él. La envolvió con sus brazos y la atrajo hacia sí tanto como pudo; piel con piel, ya sin telas absurdas restringiendo sus ganas de tocarse, envueltos en una bola de fuego, muriendo por fundirse, por mezclarse hasta volverse uno solo, hasta juntar sus almas de nuevo, hasta que esas dos piezas separadas mucho tiempo atrás volvieran a formar un entero.

"Te amo, Tony" Michelle susurró en su oído, acariciando su espalda con infinita ternura, trazando líneas indefinidas con las yemas de sus dedos, revolviendo su cabello negro en remolinos, presionando – involuntariamente, por instinto, respondiendo a necesidades básicas y primitivas que combinadas con las emocionales estaban devorándola de a bocados – su cadera contra la de él, sintiendo la terrible urgencia de tanto deseo acumulado latiendo contra su muslo.

"Yo también te amo, Michelle" escuchó las palabras sofocadas por su piel debajo de sus labios "Te amo demasiado, mucho más que el 'te amo' que te digo"

Un espasmo la recorrió de pies a cabeza, atravesándola como un rayo, partiéndola al medio, perforando su alma. Temblaba otra vez, incontrolablemente, y eran las manos de él – una a cada costado de su cintura – sujetándola contra el colchón las que la mantenían en su lugar, pero no estaba nerviosa. Más bien todo lo contrario: se sentía más preparada y segura que nunca porque sabía que él estaría allí cuidándola todo el tiempo, protegiéndola, amándola por sobre todas las cosas.

"Estoy lista, Tony" murmuró mientras una oleada de excitación la atacaba y la sensación caliente y húmeda entre sus piernas se volvía aun más caliente, aun más húmeda; los brazos de ella se cerraron alrededor de él, estrechándolo tiernamente con sus delicados brazos que, al igual que toda ella, parecían haber sido hechos de porcelana.

En un solo movimiento se impulsó hacia arriba, hasta que los dos estuvieron nariz con nariz, mirada con mirada, una boca tentando a la otra, demasiado cerca pero no lo suficiente para aliviarse, a apenas un roce de perder el control, a apenas un roce de hundirse uno en el otro para siempre.

Sosteniéndose con un codo para erguirse ligeramente sobre ella, con su otra mano acarició su rostro, dibujando sus facciones con cuidado, delineándolas despacio como si estuvieran construidas en el aire con restos de humo y pudieran esfumarse en cualquier momento, dejándolo con la sensación de que nada había sido real, de que todo había sido una ilusión, una fantasía creada por su cabeza para satisfacer a su corazón cansado de no hallar a ese pedazo que le faltaba para estar entero y poder latir libre de dolor. Sin embargo, ella no era nada de eso: ella estaba ahí, y él podía sentirla, podía sentirla viva, respirando, ansiándolo, esperándolo, amándolo, podía sentirla empapada de deseo, podía sentir la locura corriendo por sus venas así como corría también en la sangre que fluía por las de él, podía sentir sus ojos perforándolo y viendo mucho más allá de lo que cualquier otro ser humano alguna vez lo había hecho, podía sentir su alma estremecerse a la espera de reencontrarse con su otra parte cuando los dos se volvieran uno.

Separó los labios como si hubiera estado a punto de decir algo y ella aguardó a que las palabras llenaran el silencio, pero nada de eso sucedió. ¿Qué podía decir con palabras en aquél momento que ella ya no supiera porque se lo habían dicho antes con la piel? ¿Qué podía agregar en ese lenguaje absurdo hecho de consonantes, vocales, verbos, adjetivos y reglas ortográficas que no hubiera sido ya explicado entre besos y caricias? Hubiera sido una pérdida de tiempo intentar hablar, hubiera sido una pérdida de tiempo hacer el esfuerzo de armar frases coherentes que, de todos modos, jamás habrían podido contener todas esas emociones complejas que hacían latir su corazón y dominaban sus actos y pensamientos.

Y al parecer ella pensaba lo mismo, porque volvió a juntar sus labios acariciándolos despacio con su pulgar y dijo en un susurro dulce acompañado por la ternura de sus caricias en su rostro y en su espalda:

"Ya no hace falta que hablemos" murmuró "Todo lo que tengo que saber ya lo sé"

Había demasiadas capas en esa única, sencilla en apariencia, oración. Demasiadas. Y todas ellas él las entendió inmediatamente, porque así funcionaban las cosas para los dos: se entendían con poco, se entendían demasiado cuando nadie más habría sido capaz de desentrañar los misterios de sus corazones y sus almas, se entendían como jamás otra persona llegaría a comprenderlos.

Sé que no vas a lastimarme.

Sé que vas a cuidarme.

Sé que vas a estar conmigo para siempre.

Sé que para vos siempre yo voy a estar primero.

Sé que para vos nada importa más que yo.

Sé que esto significa 'para siempre'.

Sé que nunca vas a hacerme mal.

Sé que me necesitás tanto como yo te necesito a vos.

Sé que vamos a estar juntos eternamente.

Sé que ninguno de los dos quiere seguir esperando.

No había nada más por lo que seguir esperando, no había nada deteniéndolos, no había nada impidiendo que sucediera, no había nada colgando sobre ellos cual espada filosa lista para cortar el aire y recordarles lo frágil que son las emociones y lo difícil que es controlarlas, no había nada poniéndoles un alto abrupto. Estaban allí, solos, sumergidos en su propio mundo, lejos de cualquier realidad. Ninguno de los dos era consciente de otra cosa que no fuera lo que estaba a punto de suceder; ya no sabían si temblaban, si aquello que vibraba eran sus cuerpos o sus almas dentro de ellos, si el cielo estaba arriba, abajo o si ya estaban hundidos en él. Todo lo que sabían era que estaban allí, meramente existiendo, existiendo juntos, a punto de volverse uno.

Los brazos de ella se cerraron con firmeza alrededor de él, los suyos la envolvieron posesivamente, ella rodeó su cintura con sus piernas, y uno contra el otro los dos se relajaron. Y en el momento en el que él se deslizó lentamente dentro de ella y cualquier distancia entre ambos se disolvió hasta quedar reducida a nada, hasta que no había espacio físico entre los dos, hasta que estuvieron absoluta, completa y totalmente piel con piel, unidos, fundidos, un único cuerpo hecho de dos, el mundo se detuvo sobre su eje, la velocidad de la luz y la velocidad del sonido pasaron a estar en cámara lenta, los negros y los grises cobraron vida y todo dejó de importar.

Aquello significaba muchísimo más que un encuentro físico, significaba mucho más que oleadas de placer cayendo como cascadas y tocando cada terminación nerviosa prendiéndolas fuego, significaba mucho más que la satisfacción de las necesidades más primitivas o el alivio de una urgencia causada por un deseo tremendo e incontrolable. Lo que aquello significaba, sin embargo, no podría ser encontrado entre las definiciones de ningún libro, diccionario o enciclopedia, porque era algo único, algo íntimo, algo creado a medida de los dos y para que entendieran sólo ellos.

Si las paredes de aquél cuarto hubieran estado hechas de piel, músculos, terminaciones nerviosas, venas, sangre y huesos, habrían podido tener al menos una leve noción de aquellas sensaciones que a los dos habían atacado de golpe, distintas a cualquier otra cosa que hubieran experimentado antes, tan terriblemente intensas y abrumadoras que durante un minuto entero les faltó el aire a ambos y sus corazones se aceleraron de tal manera que parecían zumbar en lugar de latir.

Son las sensaciones, precisamente las sensaciones aquellas que luego ninguno de los dos sabría cómo describir, aquellas que al principio estaban mezcladas y parecía improbable llegaran a separarlas y definirlas. Eran demasiadas y completamente nuevas para ambos, sucediendo todas juntas y atrayéndolos, devorándolos. Durante los primeros segundos los dos se quedaron terriblemente quietos, absorbiendo todo física y mentalmente, dándose tiempo para ajustarse el uno al otro; finalmente estaban fusionados, tan cerca como posible para dos seres humanos, sumergido él en ella y ella alrededor de él, él embebido en ella y ella aferrándolo como si su vida dependiera de ello. Era un shock para ambos (si algo él hubiera podido asegurar sin duda alguna era que definitivamente estaba teniendo un orgasmo emocional), demasiado fuerte para ser explicado, demasiado personal para ser comprendido.

No eran conscientes de nada, de absolutamente nada, pues todo rastro de consciencia parecía haber sido temporalmente erradicado de ellos; el cielo bien podría haber estado arriba, abajo, o incluso dentro de ellos mismos, y no se habrían dado cuenta. ¿Era de día o de noche? Ya no lo sabían, porque cualquier detalle de esa madrugada se había diluido, tal como lo habían hecho los límites, las líneas, todo. Todo se había convertido en un tumulto borroso del que ellos eran centro, un tumulto borroso en el cual lo único real era el amor fluyendo de ambos, un tumulto borroso en el cual lo único verdaderamente definido era que dos seres que se adoraban el uno al otro estaban finalmente unidos en la manera más íntima en la que se puede estarlo. El escenario se había difuminado, los colores se habían confundido unos con los otros, las formas ya no tenían sentido, sólo quedaba la escena y su esencia, su significado: ellos dos perdidos uno en el otro, encerrados en su propio Universo, ese Universo que cabía entero en una gota, ese Universo que jamás pertenecería a nadie más.

Tenían el gusto, la vista, el tacto, el oído y el olfato sobrecargados. Michelle sentía sobre ella todo el peso de él, la piel de ambos hervía como la sangre que hinchaba sus venas, sus pulsaciones podían sentirse en todas partes, sus perfumes se mezclaban embriagándolos, sus bocas estaban demasiado cerca, bajo sus manos que se habían quedado quietas sobre su espalda latía desaforado el corazón de él, contra su pecho él sentía al de ella palpitar. Los efectos de esa cercanía eran mucho más tóxicos y potentes de lo que cualquiera de los dos se habría atrevido a imaginar antes, tan fuertes y tan potentes que no podían pensar, no podían moverse, no podían respirar, no podían recordar nada, no podían hallarse en tiempo y espacio. No les habría molestado tener que permanecer así por el resto de su existencia, sin necesitar nada más, sin desear nada más, sin moverse, sin volver a probar una gota de oxígeno, sólo sintiéndose, consumiéndose, devorándose, comunicándose sin emitir sonido alguno.

Los dos estaban hipnotizados, concentrados el uno en el otro, adorándose en silencio, mirándose con incontenible locura, sin prestar atención a nada más, sus miradas clavadas una en la otra como si un imán invisible estuviera atrayéndolas, como si fuera imposible apartar a una de la otra, así como hubiera sido imposible separarlos a ellos.

Ella se observaba en sus espejos favoritos, encontrándose más hermosa y más perfecta de lo que alguna vez se hubiera atrevido a pensar otro ser humano la encontraría. Esos espejos a los que se había acostumbrado, esos espejos que sanaban heridas y hacían maravillas en su autoestima lastimado, esos espejos que le habían enseñado a encontrar al cisne detrás de las plumas maltratadas del patito feo, esos espejos en los que podía ver abriéndose el camino que conducía a su futuro, esos espejos que le decían sin que fueran precisas las palabras que para él ella siempre sería una princesa, esos espejos rebosaban de lágrimas al igual que los de ella, en los que él estaba perdido, en los que él estaba ahogándose como ella se ahogaba en los suyos.

Dos de esas lágrimas cayeron, rodando una por cada mejilla. Él se inclinó hacia adelante y con ternura las atrapó con sus labios antes de que pudieran morir en la comisura de esa boca que seguía hambrienta de sus besos, esa boca de la cual salió el sonido que quebró el silencio y rompió esa finísima capa en la que estaban envueltos devolviéndolos a un plano un poco más real en el que sus sentidos podían diferenciar cada sensación y analizarla por separado en lugar de absorberlas todas juntas y sin filtro: un delicado gemido, delicado como ella, mezcla de dolor y placer que perforó sus oídos y causó una cadena de vibraciones en su alma.

Y ese sonido que rebotó contra las paredes, hizo eco y siguió sonando aun después de que se hubiera extinguido en el aire lo asustó y sustrajo del hechizo en el que los dos habían caído. No quería hacerle daño, por eso había sido extremadamente suave en un intento por causarle el menor dolor posible, pero durante ese primer minuto que había parecido transcurrir en lo que dura una eternidad había estado demasiado absorto y demasiado mesmerizado por la belleza del acto en sí, demasiado intoxicado de amor, demasiado paralizado por la locura y quizá había ido muy lejos incluso si todo el tiempo había estado concentrado en minimizar tanto como pudiera el impacto emocional y fundamentalmente el impacto físico que la primera vez tendría en ella.

"¿Estoy lastimándote?" preguntó él enseguida en un susurro cargado de preocupación que denotaba la falta de aire en sus pulmones y el esfuerzo sobrehumano que estaba haciendo para contenerse y no explotar.

Con sus pulgares acarició la piel húmeda de su rostro y luego delineó la sonrisa que cruzó aquella carita angelical cuyas facciones a la luz de las velas resultaban mucho más exóticas y luego besó sus párpados al tiempo que ella respondió:

"No" él supo leer ese monosílabo como lo que era en realidad: un 'No, no duele tanto como pensé que dolería'. Su siguiente confesión confirmó sus sospechas ":… Duele un poquito, pero estoy bien" se apresuró a asegurar, contorneando su semblante con las yemas de sus dedos y luego enterrando su mano en su cabello para poder empujar su cabeza hacia abajo y obligar a sus labios a encontrarse con los suyos "… Estoy bien" repitió en un murmullo, besándolo despacio "… Me siento tan bien" suspiró, su voz un poco más aguada que de costumbre, su capacidad para respirar bien reducida a cero, sus piernas temblando ligeramente, sus pensamientos vueltos humo, su anatomía entera pidiendo más de lo que fuera que él estuviera a punto de hacerla sentir, más de aquello que todavía no conocía pero que de todos modos estaba segura se tornaría adictivo en cuanto probara la primera dosis "… Me siento tan bien" repitió, desparramando besos alrededor de su mandíbula "Hacéme sentir mejor" le pidió en un hilo de voz, estrujándolo con toda la fuerza de la que era capaz "… Demostráme cuánto me amás. Enseñáme cómo amarte"

Nada podría haberlo preparado para escuchar esas palabras siendo dichas en ese tono sofocado y necesitado, deshaciéndolo por dentro como si su interior fuera de algodón de azúcar, calando hondo hasta tocar sus huesos, dejándolo indefenso y derrotado, dispuesto a satisfacer todos sus deseos y a hacer cualquier cosa que ella quisiera sin que tuviera que suplicar demasiado. Michelle estaba debajo de él, alrededor de él, los dos estaban totalmente unidos, ya le había entregado su corazón y su alma, ya le había entregado su cuerpo, y ahora estaba pidiéndole que le demostrara con la piel, con sus besos, con sus caricias cuánto la adoraba, estaba pidiéndole que le enseñara a amarlo.

Él era el primero con el que ella estaba compartiendo algo tan íntimo, y también sería el último, y el único; y aunque con muchas mujeres él se había metido bajo las sábanas por motivos estúpidos en búsqueda de gratificación instantánea, en cierto modo esa también era su primera vez porque no había entendido el concepto de intimidad, el concepto de amar, el concepto de depender de alguien para ser feliz, hasta que sus caminos se cruzaron y los llevaron a acabar donde estaban esa madrugada, enredados, los dos maestros, los dos aprendices, porque así como ella estaba pidiéndole a él que le enseñara a amar, él también iba a aprender de ella.

Enmarcando su rostro con sus manos acercó sus labios a los de ella y comenzó a besarla, muy lentamente al principio, luego con una pasión que fue in crescendo con cada segundo hasta convertirse en desmedida. Y siguiendo el ritmo de esos besos, embriagándose en ese sabor único resultado del duelo de una lengua y otra, empezó a moverse dentro de ella, meciendo ambos cuerpos hacia adelante y hacia atrás con delicadeza, empujando y embistiendo tan despacio que la rotación de su cadera habría sido prácticamente imperceptible para las paredes de aquél cuarto si hubieran tenido ojos con los que mirar atentamente. Ella respondía por instinto, sus movimientos delicados y tímidos siempre en sentido contrario a los de él para aumentar ese cosquilleo que se extendía por cada rincón de su anatomía, sus besos desesperados; disfrutaba de cada roce por más mínimo que fuese y temblaba inconteniblemente cuando él encontraba sus puntos más sensibles.

Encajaban perfectamente, el ángulo y la fricción eran perfectos, el ritmo era perfecto, el tempo era perfecto, lo posesivo de las caricias de ella en la espalda de él era perfecto, el sonido de los gemidos ahogados por aquél juego de mordidas en el que sus labios estaban perdidos era perfecto. Para él, ella toda era perfecta, entonces, ¿cómo no sería perfecto amarla?, ¿cómo no sería perfecto demostrarle así toda esa adoración y esa locura que se apretujaban en su pecho y causaban que su corazón latería desesperado, todo el tiempo a punto de estallar, todo el tiempo a punto de explotar?

Para ella amarlo a él también era perfecto. Las leves punzadas de dolor que había sentido durante uno o dos minutos se habían disuelto hasta ser reemplazadas por un placer tan enorme que no cabía dentro de ella y cuyos restos iban escapándose en forma de suspiros, gemidos y palabras indefinidas y entrecortadas. Había fantaseado con ese momento cientos de veces, más de las que podría recordar, pero jamás se la había ocurrido que sería así: tan mágico, tan especial, tan único, tan dulce. Se sentía como si estuviera a punto de tocar el cielo con las manos, como si no existiera físicamente sino sólo en alma, como si nada importara, como si no hubiera principio ni fin sino sólo un instante tan cargado de emociones como aquél en el que los dos se hallaban sumergidos.

Al reloj se le escaparon los segundos y los minutos, pero no había nadie prestando atención al comportamiento de las manecillas. Todo parecía haber pasado en un parpadeo, todo parecía haber empezado milenios atrás, todo estaba tan confuso… Realmente no tenían noción de nada, solamente de ellos mismos y de lo que estaban despertando el uno en el otro.

Pero la parte pensante que todavía funcionaba (a medias, pero funcionaba) no quería que el tiempo pasara, y los dos hubieran dado todo por poder contenerlo, detenerlo, congelarlo, porque el paso del tiempo arrastra consigo inevitablemente el final de las cosas, y ninguno quería que esa primera vez acabara, tal vez porque temían verse obligados a enfrentar que ahora que habían experimentado lo que es estar completos estaban condenados a transcurrir el resto de sus vidas sintiéndose vacíos y sin sentido en los momentos en los que no estuvieran así, vueltos uno. ¿Estarían de ahora en más destinados a vagar como partidos al medio, esperando ansiosos y poseídos por la locura esos momentos de intimidad para volver a encontrar alivio, para volver a encontrar sentido a sus vidas, para volver a experimentar ese millón de sensaciones hermosas e indescriptibles que estremecían sus almas y rajaban sus cabezas como un terremoto a la tierra cambiando el concepto de todo lo que conocían y de todo lo que creían conocer, haciéndoles entender lo que de otro modo comprender no habrían podido?

No querían separarse nunca, ni figurativa ni literalmente. En ese momento ambos estaban convencidos de que no existía, ni existiría ni podría llegar a existir fuerza humana o inhumana capaz de arrancarlos a uno de los brazos del otro, capaz de apartarlos, capaz de mantenerlos lejos, capaz de romper ese vínculo tan poderoso que los une. En ese momento su amor era el más grande, el más puro, el más especial, el más maravilloso, y nada podría poner punto final a esa historia, nada podría teñir las páginas de negro, nada podría tachar o borronear los renglones prolijamente escritos por la mano del destino, nada podría arruinar ese cuento de hadas en el que ella era su princesa, suya y de nadie más, tan propietaria de él como él lo es de ella.

Y sin embargo, incluso si su corazón y alma sabían bien que él jamás elegiría estar en otro sitio, aunque sabían bien que él se encontraba exactamente en el lugar al que pertenecía, en el lugar donde era más feliz que en cualquier otro, en el sitio donde no necesitaba nada que no fueran sus besos, sus caricias y la sensación que despertaba estar dentro de ella, hundido en ella, derritiéndose con ella, a su boca se le escaparon palabras que formaron una frase que fue murmurada antes de que pudiera contenerse; porque así como su cuerpo se movía contra el de él por impulso e instinto hablando en el lenguaje de la piel, ese otro idioma hecho con verbos, adjetivos, sustantivos, vocales y consonantes también a veces manaba a borbotones sin que ella lo decidiera así voluntariamente:

"Prometéme que no vas a dejarme nunca" le pidió, manifestando una necesidad tan honda como urgente, esperando que él repitiera una promesa hecha y vuelta a hacer mil y un veces pero que a Michelle le encantaba escuchar. Moría por escucharla en ese momento endulzando sus oídos, causando vibraciones dentro suyo como si su voz la acariciara en ese momento en el que estaba rendida en sus brazos, entregada, perdiéndose en sus besos y en la increíble sensación de estar literalmente fundida en él, alrededor de él, absorbiéndolo, empapándolo, amándolo con cada célula, fibra y partícula de su ser.

"No voy a dejarte nunca" le aseguró, hablándole al oído con voz pesada; su respiración era elaborada y se notaba que le faltaba el aire. Los gemidos y los jadeos eran cada vez menos espaciados y era evidente que mantener el control, la cordura y el conocimiento estaban costándole muchísimo "No voy a dejarte nunca, Michelle" volvió a murmurar, presionando las yemas de sus dedos contra su espalda deteniéndose en el relieve sobre su piel que sabía consistía de las cuatro letras que componen su nombre, el mismo nombre que había estado retumbando contra las paredes de aquél cuarto cada vez que ella lo suspiraba "No voy a dejarte nunca, Tony"

La frase dicha en el segundo previo a que todo acabara y la razón se extinguiera de ambos por completo y las luces se apagaran en un estallido como si hubieran sufrido una súbita, inesperada, reversible pequeña muerte podría haber quedado para la posteridad como una murmurada por una mujer enamorada en el medio de un arrebato de pasión incontenible. Lo que cambió su significado dándole un giro de ciento ochenta grados fue aquello que agregó luego al tiempo que la posesividad de sus caricias se intensificaba y sus músculos se contraían rítmicamente alrededor de él, con su voz embebida en la misma ternura con la que estaba amándolo y la misma dulzura que podía saborearse en el choque constante de sus bocas, creyendo en cada sílaba y respaldándola con cada latido que emitía su corazón:

"Te lo prometo, Tony: nunca voy a dejarte. Nunca, nunca, nunca" repitió "Te lo prometo"

En aquél instante él perdió cualquier control que pudiera quedarle dando vueltas por el cuerpo, mezclándose en su sangre con aquella dosis mucho más potente de placer y deseo; no pudo contenerse y simplemente se dejó ir, enterró su rostro en aquel hueco entre su hombro y su cuello y respirándola se dejó llevar lejos, como nunca antes lo había hecho, con su promesa de jamás dejarlo resonando en sus oídos y llenándolo por dentro como él estaba llenándola a ella, con esas palabras golpeándolo con una fuerza similar a la que martillaba contra su pecho y que era la de su corazón desbocado, ese corazón que parecía estar a punto de estallar.

Él explotó, el detonador la voz de ella murmurando en su oído entre gemidos y jadeos entrecortados, diciendo una y otra y otra vez lo mismo, una y otra y otra vez prometiéndole su eternidad mientras hacían el amor.

Él explotó, con los brazos de ella a su alrededor estrechándolo con fuerza, con sus manos recorriendo su espalda, deseando estar aun más cerca incluso si era imposible porque ya estaban tan cerca como dos seres humanos pueden estarlo, calmándolo con sus caricias, conteniéndolo física y emocionalmente, hablando con el lenguaje de la piel.

Él explotó, y su cerebro se apagó momentáneamente; nunca antes le había sucedido eso, nunca antes sus párpados habían caído de repente cual si hubieran estado cargados de plomo, nunca antes la negrura lo había envuelto con su extraña tibieza. No quedaban pensamientos en su mente, ninguno: había sido vaciada, estaba en blanco, totalmente en blanco, como un lienzo listo para que se pinte en él, listo para ser víctima del arte, listo para que se le dé vida, para que se le dé sentido, para que se le otorgue algo único e irrepetible que lo diferencie de todos los demás. Estaba flotando, liviano como una pluma; estaba pero no estaba. Sentía que existía, pero a la vez también sentía que había dejado de existir. Nunca antes le había pasado algo así, algo tan fuerte, algo tan impresionante. Cada célula, fibra y partícula de su ser estaba prendida fuego, ardiendo dulcemente, blancos muy bien predispuestos a los flechazos de inconcebible placer que su sistema nervioso estaba lanzando.

Él explotó, y fue como si algo se rompiera dentro suyo, y de esa rotura comenzaron a manar los sentimientos más uros y profundos que un ser humano puede tener, sentimientos que corrieron dentro suyo quemándolo, un lago de fuego arrasando con todo a su paso y arrastrándolo a él consigo. Un alivio inmenso parecía brotar de su alma quebrada en dos por el impacto de las palabras de Michelle, un alivio relajante que transformó en algodón sus músculos tensos como el acero, aflojándolo de pies a cabeza, como si estuviera yéndosele del cuerpo cada gota de sangre en forma del sudor que lo empapaba.

Él explotó y perdió el conocimiento, quedó pendiendo de un hilo, cerca del límite etéreo que separa a la consciencia de la inconsciencia, vagando entre la nada y el todo, sólo seguro de que estaba con ella, dentro de ella, respirándola a ella, fundido de ella, alimentándose de ella. Los temblores fueron cesando poco a poco hasta extinguirse, hasta que se quedó muy quieto recostado arriba de ella; no podía moverse, pero tampoco hubiera querido hacerlo: deseaba quedarse allí para siempre, con sus corazones latiendo al unísono y sus pulsaciones sincronizadas. Todas sus funciones estaban detenidas, todo su organismo estaba detenido, como si su cuerpo no estuviera realmente ahí, como si sólo estuviera su alma, su alma entrelazada con esa otra alma, con su otra mitad, con su complemente perfecto, los dos cuerpos entumecidos y apagados momentáneamente.

Nunca ninguno de los dos podría olvidar aquél instante, jamás; permanecería dentro de ellos gravado en algún lugar recóndito y desconocido al que jamás nadie podría llegar, un lugar recóndito y desconocido escondido de todo lo demás, un lugar recóndito y desconocido donde ese recuerdo nunca sufriría daño alguno ni quedaría frágil y expuesto al paso de los años y lo que ello ocasiona; nada sería capaz de arrancarles esa memoria, borrarla, esfumarla, convertirla en nada, robárselas.

Los estremecimientos de placer ya no eran visibles; estaban los dos como sedados, adormecidos, sumergidos en el resto de esa euforia tan potente y dulce, aun presos del delirio. La calma contenida entre las cuatro paredes de aquél cuarto sólo podía ser comparada a aquella que sigue a las tormentas que se asemejan a diluvios destructivos. Chispas seguían saltando dentro de los dos, sobre todo dentro de él, reproduciéndose en pequeños estadillos. No tenían ni las fuerzas ni la voluntad para moverse, ni siquiera para respirar o para emitir el más primitivo sonido; todos los gemidos que trataban de subir por su garganta en respuesta a esos espasmos internos morían atrapados allí. Lo único moviéndose parecían ser las mariposas sacudiéndose en sus estómagos, haciéndoles cosquillas con sus alitas, complementándose con las olas de satisfacción que se mecían suavemente cubriendo los puntos más sensibles como la espuma del mar cuando llega a la orilla y moja la arena.

Los ojos de Michelle también estaban cerrados. Le costaba respirar, le costaba muchísimo, pero no podría haberle importado menos: le encantaba estar tumbada allí, desnuda, rodeándolo con sus piernas, estrechándolo, con todo su peso encima de ella, su rostro enterrado en el punto exacto donde su cuello y hombro se encuentran y el principio de uno y final del otro se confunden, terriblemente relajada, dulcemente intoxicada, sin cargas ni preocupaciones, sin pensamientos, sin dudas, sin amarguras, sin complejos de inferioridad, como nueva, curada, sanada, sin cicatrices abiertas, sin heridas sangrando, todo el dolor que alguna vez había sufrido reemplazado por ese alivio placentero que tenía en ella el efecto de una droga de la que ya se había vuelto dependiente a tal extremo que no podía aguantar hasta volver a probar un poco más. Su Universo entero cabía en ese cuarto, en esa cama, en ellos dos recuperándose después de haber hecho el amor por primera vez.

Él había tenido sexo muchas veces, con más mujeres de las que podía contar o recordar, sólo para satisfacer sus necesidades fisiológicas más básicas. Ella se había aferrado a su virginidad porque quería que fuera para alguien especial, para alguien que prometiera amarla y cuidarla siempre, alguien que fuera capaz de sacrificar todo por ella, alguien que la apreciara incluso con sus defectos, alguien que la adorara; lo había encontrado a él, luego de tanto esperar, luego de tanto rogar, luego de tanto buscar, luego de tanto fantasear con esas manos, esa boca, esos ojos.

Eso que acababa de suceder había sido mucho más que cualquier relación anterior que él hubiera tenido y mucho más que cualquier sueño conjurado por la cabeza de ella. Eso, había sido mucho más intenso de lo que cualquiera de los dos podría haber imaginado, había sido mucho más chocante física y emocionalmente, había significado mucho más que eso, y recién en ese momento, mientras los dos sumergidos en el silencio se abrazaban el uno al otro sin decir nada, sin moverse, simplemente existiendo suspendidos en tiempo y espacio, comenzaron a comprender la profundidad de todo lo que había pasado esa noche.

Él le había pedido que fuera su mujer para siempre, que le permitiera cuidarla y amarla hasta el fin del mundo, le había hecho miles de promesas, le había jurado protegerla, y ella le había contestado que sí a todas sus preguntas. El anillo que llevaba en el dedo, aquél que relucía casi tanto como sus ojos, aquél que parecía una pedacito de estrella bajado del firmamento sólo para su Michelle, simbolizaba los años que pasarían adorándose, la familia que formarían, los sueños que cumplirían, el camino que recorrerían juntos.

Después ella lo había sorprendido mostrándole ese tatuaje, esas palabras embebidas con tinta imborrable en su piel marfil, en esa piel suave y perfecta, esas palabras en relieve que él podría besar, tocar y saborear eternamente, esas palabras que sintetizaban todo, esas palabras que espejan lo que estaba gravado a fuego en su ama. Su nombre era parte de ella ahora, su nombre sería parte de ella por toda la eternidad.

Y luego en la madrugada de su primera Navidad juntos habían hecho el amor, él tomando su inocencia, ella confiando en que estaba entregándose a la persona indicada.

Esas tres cosas marcaban el comienzo del resto de sus vidas, la apertura de un nuevo capítulo, otro momento cumbre de su cuento de hadas. Esos tres instantes tan cargados de magia, pasión, devoción y deseo jamás los olvidarían: los llevarían con ellos para siempre, pase lo que pase, vayan a donde vayan, los conduzca el destino a donde sea que el destino deba conducirlos.

Y una vez que pudieron salir de esa voluta de humo en la que estaban envueltos y entrar en contacto con la realidad a la que habían dejado atrás para hundirse en su propio mundo, sus cuerpos empezaron a responder otra vez. Los dos seguían sin creer que finalmente habían cruzado todas las barreras, que la espera había terminado, que ese nuevo paso había sido dado, que ya habían roto con todo lo que estaba en el medio hasta finalmente encontrarse uno en el otro, pero con el paso del tiempo irían dándose cuenta más y más de que eso no había sido otro sueño más.

Ella permitió a las yemas de sus dedos jugar libremente a dibujar en esa espalda ancha que se abría como el cielo bajado a la Tierra para que ella lo tocara; primero hizo un par de garabatos sin sentido, actuando más por instinto que por racionalidad. Pero luego empezó a sacarlo a él de su trance, lentamente, haciéndolo reaccionar y robándole una sonrisa enorme que ella sintió contra su hombro en el sitio donde su cara estaba enterrada: comenzó a escribir palabras cortas en su columna vertebral, poniendo especial cuidado en marcar bien cada letra para que él pudiera descifrar lo que se iba formando. Durante los primeros minutos él seguía demasiado extasiado como para registrar coherentemente qué era lo que estaban formando sus dedos inquietos y suaves, pero después recobró aun más el sentido y aprendió a distinguir el movimiento de sus yemas y a leer ese nuevo lenguaje hecho de 'Amor', 'Siempre', 'Juntos', 'Mágico', 'Dulce', 'Besos'.

La primera frase que logró saliera por entre sus labios y sonara en medio del silencio de ese cuarto apenas alumbrado por las velas ya casi consumidas fue susurrada con timidez y surgió en un tono de voz muy distinto a cualquier otro que a ella se le hubiera escuchado. Quizá porque ella ahora era distinta, quizá porque ahora era una mujer, quizá porque dentro de ella y fuera de ella muchas cosas estaban mutando, quizá porque tanto amor la había transformado:

"Podría quedarme toda la vida acá con vos, escribiendo un diccionario desordenado en tu espalda"

Su confesión le dio a él las fuerzas para volver a moverse después de lo que había sido, sin lugar a dudas, la experiencia emocional más intensa de la que su alma y su cuerpo habían sido presas. Se impulsó hacia arriba lo suficiente para poder apoyar la cabeza en la misma almohada en la que reposaba la de ella, a su lado, para poder mirarla a los ojos y estar nariz con nariz al hablarle bien bajito, casi como si estuviera contándole un secreto, mientras su mano delineaba el contorno de su cara y llenaba sus mejillas de caricias:

Su primer impulso en cuanto se creyó capaz de hablar fue el de preguntarle cómo se sentía, pero luego – después de todo, iba volviendo poco a poco la capacidad de reflexionar – se dio cuenta de que esa noche él había vuelto a nacer, esa noche su vida había dado un vuelco impresionante y era como si estuviera volviendo a comenzar. Las palabras que salieran de su boca en ese instante serían sus primeras palabras, y él quería que esas primeras palabras fueran mágicas, especiales, como ella, como la mujer que yacía a su lado y que acababa de entregarse a él completamente porque lo amaba con locura y quería pasar el resto de su existencia amándolo:

"Michelle… Te amo"

Diciendo su nombre estaba resumiendo en un puñado de letras su futuro, sus sueños, sus esperanzas, su felicidad, su necesidad de cuidarla y protegerla, su adicción, sus ganas de despertar cada día, sus ganas de ser una mejor persona, todos los cambios buenos que ya habían llegado y los que estaría por llegar, todo lo que le importaba, todo lo que precisaba, todo lo que le hacía bien y le daba fuerzas. Ese nombre era su palabra favorita, su verbo favorito, su adjetivo favorito, su sustantivo favorito… Para él era un lenguaje en sí, un lenguaje único, un lenguaje especial hecho para que solamente él lo entendiera.

"Yo también te amo muchísimo, Tony" Michelle susurró, sin dejar de acariciar su espalda, sonriendo y disfrutando de cada segundo de ese 'después'; habría muchos 'después' en los cuales sumergirse, pero esa madrugada ella quería absorber cada detalle y guardarlo en su memoria, encerrarlo dentro de su corazón y conservarlo allí para siempre, durante toda su vida, durante lo que le quedara de juventud, durante la vejez, hasta su último respiro.

Nunca ninguno de los dos podría olvidar aquél instante, jamás; permanecería dentro de ellos gravado en algún lugar recóndito y desconocido al que jamás nadie podría llegar, un lugar recóndito y desconocido escondido de todo lo demás, un lugar recóndito y desconocido donde ese recuerdo nunca sufriría daño alguno ni quedaría frágil y expuesto al paso de los años y lo que ello ocasiona; nada sería capaz de arrancarles esa memoria, borrarla, esfumarla, convertirla en nada, robárselas.

"¿Cómo te sentís?"

La pregunta había nacido de los labios de él, susurrada con dulzura y delicadeza, mientras sus manos desparramaban por sus brazos y su estómago besos de esos que sólo pueden darse piel con piel, despertando cosquillas por todas partes y provocando que su sonrisa se ensanchara aun más.

Él había estado preocupado por ella todo el tiempo, pensado en ella más que en ninguna otra cosa, concentrado en cuidarla y en hacerla sentir bien, totalmente pendiente de sus necesidades y no de las suyas propias, deseando todo el tiempo protegerla de cualquier daño que intencionalmente pudiera causarle. Había querido reducir el impacto emocional y físico al mínimo y opacarlo con placer, por más leves que las dosis fueran, y aunque estaba seguro de que había sido mucho más satisfactorio y mucho menos doloroso para ella gracias a su obsesión con tratarla con una delicadeza extrema como si fuera una muñequita de porcelana demasiado frágil y siempre a punto de romperse, de todos modos necesitaba escuchar su voz dando forma a las palabras que llegarían a sus oídos y le asegurarían que estaba bien, que se sentía bien.

"Perfecta" respondió, su sonrisa acentuándose, las mariposas en su panza inquietándose, sus mejillas tiñéndose de rojo.

"Sos perfecta" murmuró Tony, moviendo sus labios por su cuello, luego por sus hombros y después por su clavícula hasta llegar al puto exacto en su pecho bajo el cual latía su corazón.

"Soy menos que perfecta" ella expresó su desacuerdo en voz baja, sus manos aun mimando su espalda, otra vez trazando garabatos sin sentido "pero amo que me digas que para vos sí lo soy" agregó en un murmullo dulce.

"Sos perfecta incluso con todas esas cosas que vos pensás son imperfecciones" él le dijo, permitiendo a su boca desandar el camino antes regado con besos hasta volver a posar su cabeza junto a la de ella sobre la almohada para poder mirarla a los ojos y contornear con las yemas de sus dedos sus facciones angelicales "Estás hecha a medida justo para mí" susurró, tomando una de sus manos entra las suyas y besando sus nudillos, el dorso, y finalmente la palma.

"¿Cómo te sentís vos?" preguntó ella, mirando dentro de esos brillantes ojos color chocolate y encontrando la respuesta silenciosa a su interrogante, una respuesta que agitó las mariposas en su estómago y le provocó estremecimientos en la columna vertebral, una respuesta que él también puso en palabras que la empaparon y se gravaron en su alma, una respuesta que expresaba justamente lo que ella estaba experimentando física, psíquica y emocionalmente:

"Siento que volví a nacer"

"Yo también siento que volví a nacer. Siento que estoy lista para empezar de nuevo, para descubrir lo mejor de mí misma, para descubrir las cosas más lindas de mi vida con vos" tomó ella las manos de él entre las suyas y las besó despacio "Siento que ya no me duele nada y que ya nada puede hacerme mal"

Ya no le dolían los años que había pasado sola, creyendo que nunca sería suficiente para nadie y que nunca nadie la querría. Ya no le dolían las noches en vela llorando abrazada a la almohada sin poder encontrar consuelo. Ya no le dolían las veces que se había mirado al espejo y había sentido la cruda urgencia de autodestruirse. Ya no le dolían las veces que la habían llamado patito feo. Ya no le dolían las veces que la habían discriminado por ser distinta. Ya no le dolía la autoestima. Ya no le dolían las veces que había sido dejada de lado. Ya no le dolían las palabras hirientes que se habían sentido como balazos en el alma. Ya no le dolía nada, nada de nada.

Unos minutos de silencio siguieron, minutos en los que estuvieron hundidos en su pequeño, maravilloso mundo donde sólo se respiraba amor y los efectos de lo que había sucedido seguían colgando en el aire, inundando la atmósfera, despertando en ellos sensaciones de placer remoto que los sorprendían de tanto en tanto pero que les arrancaban sonrisas y suspiros. Ella rompió con esa quietud cuando volvió a hablar, vaciando lo que todavía quedaba en su corazón antes de caer dormida en sus brazos.

"Gracias por cuidarme" murmuró con dulzura, enterrando sus dedos en su pelo color azabache y masajeando despacio su cabeza "Gracias por tratarme como a una princesa" susurró, inclinándose hacia adelante apenitas para quebrar esos milímetros de distancia y besar la punta de su nariz.

"No merecés menos que eso, Michelle" respondió él con voz ahogada, delineando círculos sobre la piel sensible de su vientre.

"Tony…" llamó su nombre, saboreando cada sílaba y sintiendo cosquillas como una descarga eléctrica en su espalda, justo en el punto donde se hallaba su tatuaje "… Fue mucho más lindo de lo que hubiera podido imaginar" confesó tímidamente, sonriendo, con las mejillas teñidas de carmesí "Fue mucho más íntimo y mucho más intenso de lo que hubiera podido crear en mis fantasías"

"Para mí también" contestó él, trazando el contorno de su boca con su pulgar "Me encanta verte así" le dijo en tono bajo y profundo, como si estuviera contándole un secreto a la tenue, casi extinta luz de las velas "Brillás más que cualquier estrella"

Era cierto: estaba brillando, había algo especial en ella, algo distinto. Estaba diferente, un resplandor extraño la envolvía. Estaba aun más hermosa, más exótica, más dulce y más angelical que de costumbre. Él solía pensar imposible que tanta belleza pudiera superarse y pasar a otro nivel, pero evidentemente se había equivocado porque Michelle estaba más preciosa que nunca, toda su hermosura invadiendo la habitación, hechizándolo a él.

Ella simplemente le sonrió, le sonrió durante un largo rato; incluso su sonrisa había cambiado. Ya no era la sonrisa de una nena... Era la sonrisa de una mujer.

Se quedaron en silencio otra vez, mirándose a los ojos, conversando con los ojos, abrazados. Las emociones seguían recorriéndolos, despertando nuevas sensaciones, raras pero placenteras, que no podían ser descriptas.

Y mientras a ambos los bañaba otra vez ese mar de emociones fuertes y puras que se agitaba revuelto dentro de ellos como si su amor fuera la luna que lo controla, lágrimas llenaron otra vez esos ojos orientales negros y luminosos como el firmamento estrellado, lágrimas que eran el símbolo material de lo que estaba pasando en su corazón, en su alma, esa alma que se sentía completa porque había vuelto a fundirse con su otra mitad, con su gemela, con su complemento.

Dejó caer los párpados despacio, quizá conscientemente, quizá también un poco por inercia, para permitir que esas escasas lágrimas – aquellas que tal vez eran los residuos de la inocencia que acababa de entregarle al hombre que amaba – rodaran libres por sus mejillas, sabiendo que él las capturaría todas con sus labios y con sus dedos, como hacía siempre.

Sin embargo, para su sorpresa, eso no sucedió. Él no se movió siquiera un centímetro; se quedó allí, observándola con intensidad palpable, admirándola como a una obra de arte, contemplándola como a una maravilla que durante años uno fantasea con ver de cerca y encuentra aun más majestuosa, imponente y fascinante cuando cumple el sueño de tenerla frente a frente y al alcance de las yemas de los dedos. Él no secó sus lágrimas a besos; dejó que corrieran, no puso a sus caricias como barreras, permitió que humedecieran su perfecta piel marfil.

Ella abrió sus ojos para toparse con los de él, preguntándole en silencio por qué no había limpiado su cara dulcemente como cada vez que lloraba, absorbiendo las lágrimas hasta convertirlas en parte de él como siempre lo hacía.

Y él le respondió, con esa voz profunda, cruda, sincera, cargada de amor y locura, esa voz que calaba hondo hasta los huesos y la hacía vibrar con cada sílaba.

"No puedo detener tus lágrimas esta noche, porque estaría destruyendo mi propio mundo" y luego, como si hiciera falta explicar lo que ella ya había comprendido muy en su interior, agregó ": El Universo entero cabe en una gota en un momento como éste. Y vos sos mi Universo, Michelle, y todo lo que sos, tu alma, tu corazón, tu dulzura, todo cabe en estas lágrimas"

El Universo entero cabía en sus lágrimas, el Universo entero cabía en la sangre fluyendo como río revuelto por sus venas, el Universo entero cabía en sus besos, el Universo entero cabía en el roce de una piel contra la otra, el Universo entero cabía en sus miradas iluminadas. Ella era su Universo, y él era el Universo de ella, y nada más volvería a importarles, nada más volvería a tener peso, nada más volvería a significar tanto después de esa noche, después de que estuvieran cuerpo con cuerpo, alma con alma, entregados, unidos, rendidos uno a los pies del otro, amándose como si la realidad les perteneciera y pudieran controlarla, como si estuvieran sumergidos en su propia dimensión.

Se quedaron dormidos poco después de que la última vela se consumiera, agotados, sin energía. Sus corazones habían vuelto a la normalidad y latían despacio, sincronizados, hablándose pulsación a pulsación en su propio lenguaje. Sus respiraciones acompasadas eran el único sonido que las paredes de ese cuarto habrían oído de haber tenido la capacidad para escuchar y con la sensibilidad para entender que cada partícula que abandonaba sus sistemas marcaba los segundos que se le escapaban al reloj y que formaban parte del resto de sus vidas, esas dos vidas que ahora eran una sola y que estarían entrelazadas para siempre, las dos escritas en las mismas hojas y sobre los mismos renglones, las dos contando lo mismo, las dos signadas por el mismo destino, las dos compartiendo el mismo sendero.

El Universo cabía en una gota para ellos esa noche, y de haber sabido todo lo que tendrían que afrontar y enfrentar juntos, todo el dolor que vendría, todas las circunstancias que los desgarrarían, acurrucados en esa gota y arropados por la tibieza de sus besos y caricias se habrían quedado para siempre, escondiéndose del mundo real.

El Universo cabía en una gota para ellos esa noche.

Y del tamaño de una gota, de una simple gota de rocío era el ser que, aunque ellos no lo supieran aun, comenzaría a gestarse dentro de ella y cambiaría el curso de sus existencias definitivamente.