Es que me he dado cuenta

Que el tiempo no regresa.

La última mañana del año despertaste en sus brazos, con las huellas de sus besos y caricias por toda tu piel, cubierta apenas por sus bóxers y su camisa sin abotonar, con tus bucles desparramados por toda la almohada y una sonrisa relajada en tu rostro después de haber pasado toda la noche haciendo el amor con él.

El peso de su cuerpo caía completo en vos, su cabeza reposaba en tu pecho, justo sobre el punto debajo del cual podían escucharse los relajados latidos de tu corazón. Permitiste a tus dedos perderse en su cabello, enterrándose en esos bucles color azabache intenso que se forman en su coronilla y que siempre despeinás. Su respiración lenta y suave indicaba que estaba profundamente dormido; te gusta verlo así, tranquilo, vulnerable como una criatura, sin que nada lo perturbe, sin que nada lo moleste. Una sonrisa dulce curvaba sus labios y no pudiste evitar preguntarte con qué estaría soñando, así como tampoco pudiste evitar suponer que sus sueños estaban construidos con retazos de la noche hermosa que habían compartido.

Ese escenario se había vuelto habitual en el transcurso de los días que pasaron entre Noche Buena y aquél, víspera de Año Nuevo. Cayeron en una rutina que te encanta, y aunque también estabas feliz con la anterior y no cambiarías los primeros tres meses de tu relación con él por nada porque fueron perfectos y encajan con las páginas de tu cuento de hadas como si hubieran sido escritos a medida para llenar esos renglones, no podés negar que las cosas tomaron otro sabor desde que el sexo fue agregado a la ecuación: amás sentirte tan imposiblemente cerca de él, completamente pérdida en él, consumida por las emociones que te atacan cuando se fusionan y dejan de ser dos para ser uno, amás que te cuide tanto, amás que esté pendiente de vos todo el tiempo, amás sentirte suya, suya y de nadie más.

La última mañana del año repasaste en tu mente cada segundo de esa semana, como fotos en flashes los recuerdos frescos desfilaron, uno detrás del otro, destellando en vivos colores. Había sido demasiado bueno para ser real, demasiado perfecto, el cierre ideal para un año lleno de emociones fuertes, un año que se había sentido como una montaña rusa de sensaciones. Él había hecho de diciembre un mes lleno de momentos que jamás olvidarías y que estarían gravados para siempre en tu alma, debajo de tu piel, y después de veinticuatro días increíbles empapados en sonrisas, promesas y toda clase de regalos (desde un espejo en una caja, un libro que te emocionó hasta las lágrimas o una mascota, hasta un anillo de compromiso y una casa), esos siete que quedaban antes de que cambiara el almanaque fueron todavía mejores.

Regresar a trabajar el 27 después de haber pasado casi todo el martes y todo el miércoles haciendo el amor con él no fue tan fácil, pero lo que más te costó fue tener que quitarte el anillo del compromiso; ya lo sentías como parte de vos misma, de tu cuerpo, de tu alma, de todo tu ser, de lo que te compone y hace que seas lo que sos, ya no podías imaginarte sin sentir el frío del metal precioso contra tu piel tibia. Pero no podías arriesgarte a que alguien lo notara y te hiciera preguntas incómodas, por eso decidiste que sería conveniente no poner el cuello cerca del filo de la guillotina y guardarlo en su estuche, donde estaría seguro y lejos de miradas indeseadas.

Decidieron que hablarán con Chappelle para plantearle la situación a mediados de Enero, en búsqueda de una solución que contente a todos y permita que sigan trabajando juntos aun después de casados, apelando a que durante los meses anteriores no surgieron inconvenientes y haciendo hincapié en que los dos funcionan muy bien como equipo dirigiendo la Unidad; tienen fe y están seguros de que no habrá problemas mayores con División y Distrito (tampoco son tan ilusos como para esperar que les den un abrazo y los feliciten, por supuesto), principalmente porque les deben mucho a ustedes por lo que hicieron ese 4 de septiembre para probar que el audio de Chipre era falso e impedir que información falsa llegara a Palmer y lo llevara a declarar la guerra a tres países inocentes. Sin embargo, todavía no están listos para 'salir a la luz', no con sus superiores y mucho menos con sus empleados, por lo que por el momento prefieren disfrutar de su compromiso en la intimidad y sin dedos señalándolos y voces susurrando a sus espaldas (que los habría, los habría, pero ya lidiarían con eso más tarde y de cara al tema; mientras tanto, ese secreto de los dos seguiría siendo eso: un secreto de los dos).

El jueves y el viernes se presentaron tan atareados en cuanto a lo laboral que las horas se escurrieron por el reloj, y en ese espacio de tiempo entre el atardecer y el momento de volver a cruzar el portón y ponerse al mando de la Unidad estuvieron demasiado entretenidos como para tener chance de ponerse a mirar las agujas dar vueltas, por lo cual cuando quisieron acordarse ya había llegado – gracias a Dios – el fin de semana.

El sábado después de desayunar fueron otra vez a la casa, su casa, esa casa que él compró para que los dos la conviertan en un hogar, agregando pedacito a pedacito todo lo que le hace falta para transformarla en parte de su historia, en una casa cuyas paredes parezcan sentir y respirar como las personas que van a vivir en ella. A la luz del día y luego del shock que significó descubrir que la que pensaste era una propiedad adquirida por su hermana para cuando se mudara a Los Angeles con su familia en realidad les pertenece a ustedes, pudiste apreciar todos esos detalles que a simple vista se escapan y que son descubiertos de a poco, como secretos que se esconden a propósito y que van apareciendo cada tanto para seguir sorprendiendo a los que miran y tratan de capturarlos.

Cerraste los ojos y volviste a repetir en tu mente los pasos dados en el recorrido que hicieron cuarto por cuarto; había sido hermoso imaginar cómo irían llenando las habitaciones con distintas cosas, tornándolas en parte de ustedes mismos, en demostraciones exteriores de lo que existe en su interior, dándoles forma hasta lograr aquello de lo que desean ser rodeados, aquello con lo que quieren encontrarse cada día en el momento en el que el sol cae y el almanaque pierde, como los árboles en otoño, otra hoja, una hoja que no va a volver, una hoja irremplazable y única que no va a repetirse en el futuro. Había sido hermoso planear con él qué harían y cuándo y cómo, intercambiando ideas y riendo como dos criaturas, despreocupados de todo, ansiosos por empezar a transitar el resto del camino tomados de la mano. Luego por la tarde habían ido a visitar diferentes mueblerías en el centro comercial, tomados de la mano y sonriendo alrededor de toda esa gente histérica, frenética y ruidosa; los dos sentían lo mismo – podían darse cuenta al mirarse a los ojos y comunicarse silenciosamente -: estaban construyendo de a poco, dibujando trazo a trazo, colocando ladrillo a ladrillo, un futuro increíble, mucho mejor de lo que cualquiera de los dos se hubiera atrevido a imaginar, incluso a través de una acción tan común y corriente como ir a mirar muebles para la casa nueva.

El domingo fue… distinto. Para empezar, no salieron del departamento para nada, y el día transcurrió entre esos increíbles momentos de contacto físico y conversaciones profundas sobre todas las cosas que acontecieron comprendidas entre esos doce meses, no sólo aquellas relacionadas al amor que empezó a gestarse cuando se conocieron y que estalló con toda su fuerza esa madrugada en medio de un pasillo mal iluminado y con una crisis cerrándose sobre ustedes, sino también esas que tienen que ver con sus familias, las vidas que se perdieron en un segundo, las situaciones trágicas que no pudieron evitarse, las situaciones trágicas que gracias a Dios sí pudieron prevenirse, las vueltas que dieron los caminos para llevarlos a estar donde están ahora.

"Lo mejor de este año que acaba definitivamente fuiste vos" había murmurado él contra tu hombro desnudo, permitiendo a sus labios moverse despacio con cada palabra que salía por entre ellos hasta llegar a la base de tu garganta.

"Vos vas a ser siempre lo mejor de todos los años que me queden" habías respondido, recorriendo su espalda con las yemas de tus dedos.

"Hasta que lleguen nuestros hijos" esa frase había sido acompañada por el suave movimiento de una de sus manos sobre tu panza, despertando en vos descargas eléctricas que cruzaron tu columna vertebral y te provocaron cosquillas "y pasen a ser junto a vos lo mejor de todos los años que me queden a mí"

Su comentario había provocado emociones mezcladas en vos: te encantaría tener hijos con él y formar una familia enorme como la que siempre soñaste cuando eras chica, pero definitivamente no en el futuro inmediato; antes era fácil hablar de este tema porque todos los casos que imaginaban eran hipotéticos y sucedían después de que hubieran avanzado en sus carreras y alcanzado muchas metas profesionales, y sobre todo eran casos improbables de darse, imposibles. Ahora, sin embargo, no lo son, y aunque estés tomando las precauciones que considerás necesarias para evitar un 'accidente', te da un poco de miedo – un miedo que tu parte pensante juzga irracional y condena, por supuesto, pero que existe de todos modos porque nadie es enteramente racional, nadie es pura lógica – caer dentro de ese pequeño porcentaje para el cual los métodos anticonceptivos fallan. Un hijo sería bienvenido en cualquier momento, te haría feliz y lo amarías más de lo que alguna vez creíste posible amar a otro ser humano, de eso estás segura, pero en el plan que tenés trazado en tu cabeza y que él comparte los bebés deben llegar – preferentemente - cuando los dos tengan trabajos de inteligencia en alguna agencia del gobierno como el FBI o la CIA donde no tengan que estar poniendo el cuello al filo de la navaja cada día, trabajos que les permitan ser los excelentes padres que cualquier criatura merece.

"No te preocupes, Michelle" él había murmurado en tono tranquilizador, como si hubiera podido leer los pensamientos en tu mente con la misma facilidad con la que uno toma un libro, lo abre por la mitad y se lanza a investigar sus páginas ": va a pasar bastante hasta que se me vayan las ganas de tenerte para mí solo y no compartirte con nadie"

Habías sentido su sonrisa presionando contra tu piel, sus labios dejando marcas, sus brazos envolviéndote, sus manos dibujando el contorno de tu cuerpo con delicadeza, y luego las dudas se esfumaron, se borraron, desaparecieron, se hicieron humo, mientras él te besaba y acariciaba otra vez.

La última mañana del año te concentraste en los recuerdos hermosos de esa última semana, deteniéndote en cada uno de ellos para saborear las sensaciones que iban despertando en vos. El nuevo almanaque que habías comprado y que aguardaba a ser llenado día a día con frases, momentos y sucesos estaba lejos de jugar el papel protagonista en la enorme pantalla de cine que hay en tu cabeza y en la que se proyectan tus fantasías, sueños, ideas y memorias; no querías poner tus energías en el año entrante, porque a pesar de que se hallara a menos de veinticuatro horas de distancia para vos se encontraba 'lejos' o, mejor dicho, para vos se encontraba donde debía estar: en el futuro. Tu presente era ése, ése que transcurría en las primeras horas del 31 de diciembre, y querías disfrutarlo al máximo, querías abrazar ese año que se iba – con todo, con sus cosas buenas y sus cosas malas, las alegrías y las tristezas, los progresos y los pasos dados hacia atrás, los miedos que se quedaban y los que habían sido superados, las angustias y los momentos de felicidad, las personas que te hicieron bien y las personas que te lastimaron, las lecciones aprendidas y las que todavía tenías pendiente, las cuentas saldadas y aquellas por saldar -, querías aprovecharlo hasta el último segundo, no querías desperdiciar nada, no querías ver al reloj correr pensando en lo que vendría después, porque si hay algo que ya entendiste es que no hay nada más valioso que el 'ahora', no hay nada más importante que saber apreciar lo que tenemos cuando lo tenemos en lugar de estar enfocados en lo que podríamos tener o en lo que vamos a tener.

Si hay algo que entendés es que el tiempo no regresa, no vuelve, por eso no debe ser desperdiciado, por eso no hay que perderlo divagando sobre lo más incierto que puede tener un ser humano: el futuro.

Él despertó en algún momento entre las siete y las ocho. Sonrió cuando al levantar la cabeza notó que llevabas largo rato observándolo como él te observa muchas veces cuando dormís. El cansancio acumulado podía verse impreso en sus rasgos, en sus ojitos ligeramente achinados porque no terminaba de despegarlos del todo, en esa carita casi infantil que decía a gritos que quería seguir durmiendo un ratito más.

"Tengo sueño" protestó, tratando de reprimir un bostezo.

"Se nota" le dijiste con una sonrisa, acariciando su frente con las yemas de tus dedos "Pero podés seguir durmiendo un ratito más, tonto: hoy no tenemos que ir a trabajar" le recordaste, frotando tus manos sobre su espalda ancha.

"Gracias a Dios, porque no quiero ver ni a Chloe ni a Chappelle ni a nadie de División por lo menos hasta el año que viene" bromeó, enterrando su rostro en el hueco entre tu hombro y tu cuello e inhalando profundo para llenar sus pulmones con la mezcla de tu perfume y el suyo impregnada en tu piel.

"Yo no tengo ganas de pensar en el año que viene" manifestaste en voz alta.

Ante aquella declaración, él volvió a levantar la cabeza y, ya un poco más despejado, permitió a sus ojos chocolate fundirse dentro de tus ojos negros, preguntándote en silencio por qué, hablándole sin tener que romper con la quietud que se cernía sobre ustedes en aquella mañana de lunes, esa última mañana a la que querías aferrarte para disfrutarla minuto a minuto, momento a momento, recordándolo todo, sin desperdiciar absolutamente nada.

"No quiero pensar en el año que viene porque todavía no llegó, tontito" contestaste, besando la punta de su nariz y revolviendo su cabello azabache "¿Por qué pensar en lo que todavía no tengo cuando podría estar disfrutando lo poco que me queda de algo que se va a acabar?"

"Me encanta tu filosofía, Michelle" te dijo sonriendo de oreja a oreja y delineando despacito el contorno de tu rostro, dibujando cada rasgo con especial cuidado y prácticamente de memoria, como si las yemas de sus dedos fueran pinceles empapados en acuarelas trabajando sobre una hoja de papel en blanco y lista para ser bañada con el arte que nace cuando se inspira en vos "Me encantás vos" agregó, sonriendo contra tu piel y desparramando besos por todas partes, estrechándote en sus brazos hasta que quedaron pegados uno al otro, ambos corazones latiendo sincronizados, el deseo despertando súbitamente y lanzando descargas eléctricas por sus venas, incendiándolos, acumulándose en sus pechos hasta volver el aire pesado y desdibujar el mundo rodeándolos.

Quedaron sus cuerpos pegados, casi piel con piel, y una risa escapó de tus labios, una risa en reacción a sus besos y a las mariposas que estaban empezando a invadir tu estómago, una risa que abrasó la habitación como la cálida luz del sol que brillaba allí afuera y que ninguno de los dos tenía intención de salir a ver porque la única luz que necesitaban era aquella irradiando de sus ojos, de esas dos miradas que se fundían una en la otra.

"Pensé que estabas cansado" murmuraste en su oído, rodeándolo con tus brazos con la fuerza con la que un náufrago se aferra a esa última tabla de madera de la que ha podido agarrarse y que confía será la que lo mantenga a flote hasta poder vislumbrar la orilla que lo llevará de vuelta a casa.

"No estoy tan cansado" contestó, removiendo despacio la camisa desabotonada que apenas te cubría y haciéndola a un lado "No hay cansancio que pueda quitarme las ganas de estar con vos. Siempre tengo ganas de estar con vos… Sos todo lo que necesito" el suspiro que dejaste escapar se mezcló con una especie de gemido cuando acompañando sus frases cargadas de ternura sus manos encontraron el punto más sensible de tu espina dorsal y sus dedos expertos empezaron a contornear las pequeñas letras tatuadas justo en el centro de tu espalda "Sos mucho más hermosa que cualquier sueño que pueda tener…"

Trataste de contestar algo, pero por tu garganta no subieron más que múltiples incoherencias que luego fueron ahogadas por sus labios sobre tus labios. Tu cabeza quedó repentinamente vacía, tu cuerpo se tensó a la espera de ese alivio que ya anticipabas, todo pensamiento te dejó, toda carga fue aligerada y te sentiste liviana como una pluma con su sabor en tu boca y sus manos volviendo a recorrer terreno ya explorado hasta el hartazgo y memorizado con precisión, la adoración y la locura fuertes y puras como la primera vez.

Pero siempre es mejor que la primera vez. Siempre es más y más intenso, siempre es mucho más íntimo, siempre es mucho más impactante, tus emociones se vuelven más y más crudas y más y más profundas, tus sentidos se agudizan y descubren cosas nuevas, sus cuerpos se fusionan tanto que a veces perdés noción de qué es lo que te forma a vos y qué es lo que lo forma a él porque sencillamente sentís que son los dos un todo, que son los dos lo mismo, que no hay diferencia, que los latidos que escuchás son los de un solo corazón, que no hay espacio ni tiempo ni nada que se asemeje a la realidad.

"Cada vez es más lindo" susurraste en su oído tiempo después, cuando todo había acabado y estabas siendo devuelta de a poco a tu estado racional, ése en el que podés hablar y pensar y coordinar tu cerebro con tu lengua para armar frases coherentes. Aun respirabas agitada y los temblores no habían cesado, el mundo parecía estar girando a toda velocidad y al mismo tiempo podrías haber jurado que la Tierra estaba detenida sobre su eje, por tus venas seguía fluyendo la euforia, en tu cuerpo seguían manifestándose las reacciones despertadas por sus caricias.

"Vos sos cada vez más linda" él jadeó, presionando su frente contra tu frente mientras intentaba tranquilizarse y bajar los decibeles. Enmarcó tu rostro con sus manos, tan grandes y tan cálidas, y besó tus labios con dulzura y devoción, mientras seguían aun totalmente unidos, con sus corazones latiendo sincronizados diciéndose las mismas cosas que en palabras no podían ser puestas pero que ambos podían sentir en todas partes, abrumándolos, consumiéndolos, a tal punto que resultaba sofocante.

Pasaron el resto de la última mañana de aquél año haciendo el amor, perdidos en besos, caricias y susurros dulces, aprovechando cada segundo que le quedaba aun al reloj, sin pensar en el día siguiente, sin pensar en lo que vendría, sin pensar en los doce meses en blanco que estaban aguardando a ser llenados a medida que fueran corriendo las semanas y el almanaque fuera quedándose sin hojas, sin detenerse a considerar qué sucedería o cuándo o cómo o que podría suceder, simplemente absortos en el momento, en el presente, en el ahora.

Porque si hay algo que él y vos aprendieron es que el tiempo no regresa, el tiempo no vuelve, el tiempo se extingue, el tiempo no se repite, el tiempo no te da segundas oportunidades, el tiempo no te da una revancha, el mismo día no se repite dos veces, el tiempo es único, el tiempo es algo complicado de entender, el tiempo es uno de los misterios más grandes, el tiempo es impredecible, el tiempo sencillamente viene y transcurre como debe transcurrir y después se va, escurriéndose de nuestras manos cual si estuviera hecho de finísimos granos de arena.

Por eso el tiempo debe ser bien utilizado, el tiempo debe ser atesorado, el tiempo no debe ser gastado en vano, el tiempo no debe ser tomado como algo que siempre va a estar. Cada hora, cada minuto, cada segundo, son verdaderos regalos y sería una pena que se fueran sin que uno se percatara de ello por estar demasiado sumido en pensamientos sobre el mañana, sobre lo que todavía no es, sobre lo que no se sabe si va a ser, sobre lo que todavía no llega, sobre lo que no se sabe si va a llegar.

Cerca del mediodía estás aun tumbada en la cama, aun desnuda, aun enredada con él, aun en sus brazos, aun sonriendo, otra vez respirando entrecortadamente, otra vez con tu corazón latiendo desbocado, otra vez disfrutando de aquella sensación hermosa que te recorre de punta a punta y que no sabrías cómo describir por qué no creés que existan términos que se ajusten a la descripción que le darías al cielo, otra vez acariciando su espalda y escuchando el sonido de su piel contra tu piel mientras sus dedos escriben palabras que no podés descifrar pero cuyo significado de alguna forma entendés de todos modos, otra vez consumida.

Y el único pensamiento que cabe en tu cabeza, el único pensamiento que tiene sentido, el único pensamiento que logra sobresalir en medio de la nebulosa en la que estás sumergida es que si murieras antes de la medianoche, si murieras antes de que llegara el año nuevo, morirías feliz, feliz por haber encontrado al amor de tu vida, feliz por haberle demostrado cuánto lo adorás, feliz porque él te demostró lo que la magia significa, feliz porque comprendiste lo que es ver un sueño hacerse realidad, feliz porque en tu paso por esta Tierra tuviste la oportunidad de ser suya y de nadie más.

El año que viene todavía queda lejos... Aun éste tiene horas que ofrecer, segundos y minutos enteros para que los dos usen haciendo lo que mejor saben hacer, lo que quieren hacer siempre, lo único que necesitan para estar bien: amarse, una y otra y otra vez, sin pensar en ninguna otra cosa, viviendo el presente, sin preocuparse por lo que sea que los aguarde detrás de la puerta que van a cruzar cuando las manecillas anuncien que la Tierra ha completado otra vuelta, que el círculo se ha cerrado, que ya otro ciclo se ha cumplido.

El año que viene todavía queda lejos, y como el tiempo no regresa y no hay humano capaz de controlarlo para que vuelva atrás a su antojo, como no puede volver a disponerse de él, ustedes dos simplemente van a dedicarse a terminar de completar los renglones que aun están vacíos en la hoja que corresponde al 31 de diciembre, llenándolos con besos, con caricias, con miradas cargadas de ternura, con amor.