Nota: Mi intención al escribir esto fue lograr algo que al ser leído las haga pensar que me volví loca, que perdí la cordura, que me equivoqué de historia, que posteé el archivo equivocado, que me fui totalmente de tema, llamenlo como lo quieran llamar. Si al leer esto piensan o sienten alguna de esas cosas mencionadas, doy mi objetivo por cumplido. Es un capítulo raro, rarísimo. Pero me gusta. Y espero que a ustedes les guste también. Y les prometo que en el futuro este capítulo tendrá su explicación; ahora no parece encajar en la historia, pero sí va a encajar. Tiene su lugar en la trama, se los prometo. y una última cosa: estoy posteándolo sin revisarlo en lo mínimo, porque creo que si lo revisara acabaría borrándolo, o modificándolo demasiado, y quiero que sea posteado tal cual salió de mí, sin que se lo corrija o edite, así que les pido perdón por los posibles errores.
Álbumes de fotos,
Recuerdos que se vuelven locos.
Lilibeth se sienta siempre junto a la ventana en las tardes lluviosas. En esas ocasiones no enciende la pequeña radio que la señora Lambert le regaló, porque le gusta escuchar el impacto de las gotas de lluvia al golpear los techos y el suelo; tampoco lee porque el roce de las yemas de sus dedos contra el papel la distrae. Con una humeante taza de té se sienta sobre el ancho alfeizar, reposa la sien sobre el vidrio empañado y se sumerge de lleno en la quietud interrumpida por la madre naturaleza.
Hay otros sonidos que le gustan a Lilibeth al punto que detiene su pequeño mundo por completo sólo para escuchar con atención cómo cada nota rompe con el silencio, no sólo el de la lluvia. Por ejemplo, le encanta el ruido que hace el agua hirviendo cuando es vertida por la tetera dentro de las tazas; el de las cucharitas cuando se mueven rítmicamente para disolver los terroncitos de azúcar, formando con el líquido un pequeño torbellino; el de las cortinas de hilo siendo sacudidas por la brisa de primavera; el de las páginas de los libros al pasar cuando los hojea, buscando a tientas un pasaje favorito para releer.
También hay sonidos que odia profundamente, sonidos que erizan su piel y estrujan su corazón como si una mano invisible pero fuerte estuviera abollándolo como a una inservible hoja de papel. Son sonidos que despiertan dentro de ella los peores recuerdos, recuerdos que desearía poder borrar pero que se quedan en su cabeza como si la vida con una aguja los hubiera tatuado, a propósito, para impedir que desaparezcan, para que los lleve siempre a donde quiera que el destino decida conducirla, clavados bien profundo como una estaca que debido a un maléfico conjuro no puede ser removida del pecho.
A Lilibeth no le gusta, por ejemplo, el ruido que hace el carrito cuando las enfermeras lo arrastran por los pasillos; las ruedas se deslizan por el suelo de baldosas avisando que se acercan, guiados por las manos que deberían consolar y aliviar pero en realidad castigan y reprimen, las manos que suministran esas cápsulas detestables que se supone deberían mejorar su estado pero sólo lo empeoran, porque la hacen consciente de una realidad cruda y siniestra que preferiría ignorar.
A Lilibeth tampoco le gusta el sonido que emite su pequeña radio cuando pasan una canción de The Beatles. Lilibeth odia The Beatles. Los odia muchísimo. Las canciones de The Beatles le dan ganas de llorar, y a Lilibeth los ataques de llanto le cuestan caro, siempre, porque un ataque de llanto da como resultado inevitable una dosis de calmantes.
La lista sigue. Y sigue. Y sigue. Esas tres cosas son sólo pedacitos aislados, pequeños ejemplos. La lista completa es larguísima, demasiado larga, y nunca acaba, porque siempre un nuevo renglón se va agregando, algo se suma. Aquellos que más pánico le causan, prefiere no pensarlos, prefiere empujarlos bajo su mente, esconderlos, tenerlos lejos, porque son sonidos mucho peores que una canción de The Beatles o el ruido que hacen las ruedas del carrito en la que llevan la medicación.
Son muchos los sonidos y los ruidos que a Lilibeth angustia, son muchos los sonidos y los ruidos que alteran sus delicados nervios. Hay sonidos, ruidos, que cuando los escucha le dan ganas de llorar hasta que su garganta se desgarre y las lágrimas se agoten (aunque la verdad es que sus lágrimas jamás se van a agotar; no existe tal cosa como un cuerpo al que se le agoten las lágrimas, y eso Lilibeth lo sabe, porque si hay algo que a ella no le falta es la constante, terrible, imperiosa necesidad de expresar su dolor sollozando) incluso si eso significa que luego recibirá una inyección para que sus músculos se relajen y su mente se ponga en blanco durante unas cuantas horas.
Los sonidos son importantes para Lilibeth: su desvencijado mundo, ese mundo venido a abajo y reconstruido a los golpes, se basa en ellos, se sostiene en ellos, está hecho de ellos. Al Universo en el que Lilibeth vive, le dan cuerda los sonidos, porque todo lo que puede hacer Lilibeth desde que despierta cerca del alba para que le suministren la primera tanda de medicación hasta que luego de la cena le sirven de postre un somnífero para 'ayudarla a descansar mejor' y permitir a su mente agitada reposar un rato, es escuchar.
Su oído experto capta matices que otros en desiguales condiciones no perciben. Lilibeth conoce, por ejemplo, los pasos de cada médico, de cada enfermera, de cada paciente, y también de los familiares que los visitan con asiduidad. Para otros esto sonaría absurdo, no lo entenderían, pero para Lilibeth la forma de caminar de cada persona es distinta y fácil de distinguir, como se distingue una voz a la que uno está acostumbrado; ella sabe a quién pertenece cada pisada.
Conoce los pasos de la señora Lambert, quien la visita una vez por semana; los aguarda ansiosa porque anuncian que durante dos horas tendrá a alguien para hablar de verdad, alguien que la escuchará con atención y conversará con ella no por compromiso o con la intención de desentrañar el contenido de su cerebro, sino por gusto, por interés en lo que pueda ser dicho, mientras escuchan la radio y toman té.
Conoce los pasos de Maggie, la enfermera cincuentona que siempre se muestra amable con ella, incluso en esos días en los que Lilibeth está agresiva, violenta, histérica y adolorida, esos días en los que sería mejor ignorarla, esos días en los que toda su furia, su depresión, sus demonios, sus fantasmas, sus ganas de darse la cabeza contra la pared, corren libres por sus venas y la envuelven, la asfixian, la ahogan, le nublan el juicio y la llevan a perder el control, a hacer y decir cosas que no debería hacer y decir. Maggie siempre la trata bien, sea cual sea el humor de Lilibeth, sea cual sea su estado mental de ese día.
Antes ella no tenía esta capacidad de moverse por la vida escuchando, prestando atención a cada nota, a cada acorde; porque el Universo está hecho de eso, de notas y acordes, que forman canciones con su propio ritmo, las canciones que escuchamos formarse en lo cotidiano y a las que no prestamos atención porque no suenan como la música a la que estamos acostumbrados. Cada nota, cada acorde, son únicos, como los pasos, pero ella antes no tenía esa facilidad para percibir matices, ese oído agudizado al extremo de que nada pasa desapercibido.
Hay días en los que desearía poder recordar sus pasos; intenta, intenta, intenta, pero no puede. Qué tonta que fue, ella piensa, porque no prestó atención a esas cosas a las que no les es dada importancia pero que algunos darían todo por tener cuando no les queda nada, cuando lo que amaron queda reducido a cenizas, cuando el destino les arrebata de golpe lo que le da sentido a existir y quedan vagando, boyando, sin rumbo fijo, sin compás. Hay días – son los menos, pero que aparecen, aparecen – en los que agradece no poder recordarlos, porque una partecita de ella sabe que su locura encontraría la forma de tomar ese recuerdo y transformarlo en otro instrumento de tortura, haciendo que en su imaginación se reproduzca ese sonido, engañándola para que crea que él regresa, que él está yendo a buscarla, que él no la ha olvidado, que él vuelve para llevarle a donde sea que esté ahora.
No recuerda sus pasos. En un mundo construido básicamente con sonidos, ella no puede recordar los pasos de la persona a la que más amó.
En un mundo construido básicamente con sonidos, ella no puede recordar tampoco su respiración. Sí recuerda que le gustaba mucho escucharla, escucharlo a él simplemente existir a su lado cada noche antes de que se quedaran dormidos, escucharlos relajado y tranquilo y contento y en paz. Y no tiene ese sonido para reproducirlo en el tocadiscos que todo ser humano tiene en la cabeza para reproducir esas voces y canciones y frases y palabras que le dan forma al Universo de cada individuo, pero al menos tiene el consuelo de saber que, cuando él estaba a su lado, ella apreciaba algo tan común y corriente como el ruido del aire llenando sus pulmones como para quedarse despierta permitiendo a sus oídos absorberlo.
El de Lilibeth es un mundo construido de sonidos, un mundo contenido entre cuatro paredes, en una habitación, la habitación 210. Ahí todos son un número más, o al menos así es como ella se siente la mayoría de las veces; todos son locos, todos son iguales, todos son lo mismo, lo único diferente que los médicos y enfermeras ven en ellos es el número pegado en la puerta, el número que indica que allí adentro está tal o cual persona, una persona que tiene una historia, una historia que a ellos realmente no les importa, un número para diferenciar a un loco del otro, un número con el cual guiarse para no darle la pastilla incorrecta al paciente incorrecto, no porque les preocupe el bienestar de los enfermos si no porque no quieren perder su morboso trabajo.
En la habitación 210 está contenido el mundo de Lilibeth, un mundo de sonidos y texturas, pero principalmente de sonidos. Sonidos que le llegan desde afuera y la tocan y la afectan y despiertan cosas dentro suyo que no podría explicar aunque tratara; sonidos que surgen dentro suyo y permiten que el afuera vea en sus reacciones el grado terrible de su locura, a tal punto que el recuerdo de un ruido puede disparar el gatillo, trabarlo y dejar al arma lanzando balas a diestra y siniestra, balas que – en última instancia – nunca hieren a otros, sólo están direccionadas a ella misma, sólo cortan su piel, sólo rasgan su tejido, sólo la perforan a ella.
Lilibeth es – ella misma se ha puesto el apodo, y lo usa aunque su psiquiatra le diga que no debe y la señora Lambert le pida que no lo haga – la loca de la habitación 210.
"Acá todos estamos locos" le había dicho una vez al doctor Carpenter, en uno de sus ataques de risa nerviosa y melancólica mezclada con lágrimas que no dejan de caer por sus mejillas llenas de pecas "Acá estamos todos locos" había repetido, meciéndose de adelante hacia atrás rítmicamente, como es costumbre en ella cuando la ansiedad la carcome "Lo único que nos diferencia, para ustedes, es el número pegado en la puerta de cada cuarto"
Está la loca de la 208, la que despierta a todo el pabellón en el medio de la madrugada con sus gritos desgarradores cuando tiene terrores nocturnos.
Está la loca de la 209, la que se da la cabeza contra la pared cuando se pone nerviosa y llama a gritos a su hijo, que murió hace muchos años en la guerra de Vietman.
Está la loca de la 211, la que nunca ha hablado una palabra, la que parece tener los labios sellados firmemente con pegamento.
Está la loca de la 212, la que no puede parar de murmura incoherencias y nunca sabe exactamente dónde está, qué día es, qué año es, qué es lo que está pasando, cuál es el escenario en el que está desarrollándose la escena a su alrededor, porque ha perdido consciencia de todo, porque su mente es un revuelto de verbos y adjetivos y sustantivos que forma frases que no tienen realmente un principio o un fin, porque no son nada en realidad, porque son una mezcla de cosas que por separado no contienen razón de ser realmente.
También, por supuesto, están la loca de la 200, y la de la 201, y la de la 202, y la de la 203, y la de la 204… En esa ala del hospital hay muchas puertas con números gravados en ellas, detrás de cada puerta hay un paciente, en cada paciente hay una historia que a nadie le interesa, una historia que ellos quieren contar a su manera pero que no logran que otros entiendan – porque esos que pretenden entender o que parecen esforzarse por hacerlo, en realidad están mintiendo, en realidad están fingiendo, en realidad no tienen intención de ayudarlos, Lilibeth lo sabe, sabe que son todos unos farsantes -, una historia que tratan de mostrar a través de sus actos, esos actos que la sociedad juzga equivocados, esos actos que no encajan con lo que una persona 'normal' y 'en sus cabales' haría. Todos los locos son vistos como números, no como individuos, así lo siente Lilibeth: ella es otra más, un número más, la loca de la habitación 210.
La loca de la 210, la que tiene cabello enrulado que enmarca su rostro pálido y lleno de pecas, la que es tan flaca que hasta podría describírsela como raquítica, la que es pura piel cubriendo finos y frágiles huesos; la que todas las noches fabrica pesadillas de las que no puede escapar; la que es perseguida por fantasmas; la que arrastra las cadenas que fue forjando a lo largo de los años con sus acciones y decisiones, eslabón a eslabón, y que ahora le pesan.
Lilibeth es la loca de la 210, la que cuando llora también grita hasta desgarrarse la garganta porque no conoce otro modo de expresar su angustia; es la que se golpea contra la pared cuando le agarra uno de sus ataques de nervios y en sus arranques de angustia y furia busca objetos filosos para mutilarse, para hacerse daño, porque llega al punto de no soportar su propia existencia, su propia carne, su propia piel, esa cáscara maltratada que acobija un alma demasiado destrozada que ya no sabe cómo seguir aguantando este suplicio que ha comenzado hace mucho tiempo y sólo ha ido empeorando y empeorando hasta volverse un agujero negro.
Lilibeth es la loca de la 210, la que tiene debajo de su cama álbumes de fotos que cada tanto toma entre sus brazos y acuna como a una criatura, álbumes de fotos que contienen muestras tangibles de una felicidad breve que se hizo humo y a la que ella aun trata de aferrarse con uñas y dientes porque a veces se da cuenta de que ese pedacito hermoso de su pasado es mejor que dejarse caer al vacío finalmente. Lilibeth es la loca de la 210, la que acaricia con sus dedos amarillentos y prematuramente arrugados y callosos fotografías que ya no puede ver, fotografías que al tacto son todas iguales, fotografías que no se diferencian mucho las unas de las otras cuando se las toca, y que perpetúan imágenes que en un tiempo le resultaban tortuosas pero que ahora añora, porque es la condena del ser humano tener la mala costumbre de desear con fervor lo que antes rechazaba cuando ya no lo puede tener y sabe es imposible más allá de toda razón vuelva a ser suyo.
La frustración que despiertan en Lilibeth esos álbumes es terrible. Le pertenecen a ella, los tiene al alcance de la mano, pero sólo puede tocarlos, y las imágenes a través de las yemas de los dedos no envían ningún mensaje, no comunican nada, no dicen nada; tampoco emiten sonidos que uno pueda escuchar, porque las fotografías son mudas, las fotografías le hablan a los ojos, sólo a los ojos. Todo lo que puede hacer la loca de la 210 es escuchar y tocar, y las fotos no sirven de nada en esos casos, porque las fotos son para ver, Y ella percibe el mundo a través del oído y el tacto, porque ella no puede ver.
La loca de la 210 es ciega. No puede ver. Sólo toca. Sólo escucha. Nada más. Vive en un Universo a oscuras, vive en un Universo al que la luz no llega, vive en un Universo donde rige la ausencia de color, vive en una negrura casi igual a la que la envuelve por dentro, una oscuridad similar a la que gobierna su corazón, su mente, su alma.
Todo lo tangible y material que le queda a Lilibeth de esa época buena, todo lo que se llevó consigo, son esos álbumes, esas fotos, y no sirven, nada de eso sirven, solamente son algo que ocupa espacio debajo de su cama, algo que junta polvo. Es inútil que los conserve, porque jamás volverá a pasear su mirada por esa colección de capturas. Sin embargo ella las conserva, insiste en conservarlas, y los abraza como una madre a un hijo, y llora aferrada a ellos, y clava sus uñas en el cuero con el que están forrados, e incluso hasta a veces los muerde cuando quiere calmar los gritos que pugnan por salir de su garganta cuando ya no puede controlarse, y los empapa con esas lágrimas húmedas que enchastran su rostro, y se evade acariciándolos, como si supiera cuál recuerdo es el que yace frío en papel fotográfico bajo sus manos.
Lilibeth es la loca de la 210. La que se basa y guía a través de los sonidos (y a veces también a través de las texturas).
Lilibeth es la loca de la 210; podría ser la loca de la 211, la de la 213, la de la 214, pero le tocó en suerte la habitación en cuya puerta figura el número '210' en una chapita de bronce gastado que ella jamás ha visto, y por lo tanto no puede imaginar, aunque le ha pedido varias veces a la señora Lambert que le describiera en detalle su cuarto.
Lilibeth es la loca de la 210, la que vive sumergida en un mar carente de color, encerrada entre cuatro paredes dentro de las cuales transcurre su existencia, su locura, su depresión, su bipolaridad, esas cuatro paredes que contienen su pequeño infierno personal, ese infierno que siempre está a punto de alterarse, siempre a punto de explotar, siempre como un volcán salvaje al borde de la erupción, siempre haciéndola sentir como un trapecista que va caminando en puntitas de pie por el finísimo, débil hilo, sin red de seguridad abajo.
Lilibeth es la loca de la 210, la que aun no muere incluso si la muerte muchas veces ha venido a mirarla a la cara, a la que aun no le han cortado el hilo de la vida con esas tijeras que marcan el punto exacto en el que el juego se acaba y es tiempo de volver al polvo del que el humano viene, la que todavía sigue viva, todavía existencia, subsistiendo, sobreviviendo, en su miseria, en su pena, en su dolor, en su locura, en su constante castigo, ese castigo que no sabe porqué le ha tocado, en ese laberinto al que se metió sin darse cuenta y del que no tiene idea de cómo salir (sabe, lo sabe bien, que nunca va a salir).
Lilibeth es la loca de la 210, la que guarda debajo de su cama álbumes de fotos en los que encuentra un consuelo vacío, un consuelo poco ortodoxo, un consuelo extraño y retorcido, pero consuelo al final, y es siempre mejor tener un poco de consuelo que absolutamente nada, incluso si a veces el consuelo más que nutrir envenena y mata lentamente, la medicina casi tan cruel como la enfermedad.
Lilibeth es la loca de la 210, la que sigue perdiendo la cordura cada día un poco más (siempre les queda a los humanos algo de cordura para seguir perdiendo, nunca se agota); la que no puede ver; la que está sumergida en la negrura, tanto figurativa como literalmente.
Lilibeth es la loca de la 210, la que está tan trastornada que hasta esos recuerdos plasmados en fotografías que no puede ver pero a las que sigue aferrándose con su escasa, raquítica fuerza han sido trastocados también, perturbados, han enloquecido, se han vuelto (los ha vuelto) tan inestables, tan frágiles, tan volátiles, tan bipolares, tan ambiguos, tan inconsistentes, tan flojos y tan rotos como ella misma.
