Nada ni nadie puede hacer que me derrumbe.
Hoy que tiemble el suelo que allí voy,
Pisando fuerte
Y sin reloj.
Tengo una sonrisa para regalarte,
Tengo mil cartas de amor.
Michelle está nerviosa, demasiado nerviosa.
Por eso los músculos de su espalda están tensos, duros como el acero.
Por eso su respiración no suena dulce y relajada como todas las noches, suave como los sonidos del mar cuando está calmo y se mece de un lado al otro.
Por eso no deja de moverse, inquieta, frotando muy despacito la planta de un pie contra el empeine del otro, como si a través de ese pequeño acto físico estuviera tratando de sacarse de encima la horrible sensación de inestabilidad e intranquilidad que le eriza la piel y le quema la boca del estómago.
Por eso tiene los labios fuertemente apretados uno contra otro y- tal vez sea sólo idea tuya, tal vez estés imaginando cosas debido al terrible cansancio que pesa sobre tus hombros –podrías jurar que es visible el nudo que le aprieta la garganta como si un puño estuviera estrujándola, cortándole la respiración, un nudo que no se disuelve por mucha fuerza que ella use cada vez que traga con dificultad.
Por eso está callada, sumida en el silencio, en un silencio distante, como hundida dentro de su cabeza y lo que sea que esté proyectándose en la pantalla de cine de su mente. El brillo en sus ojos – un poco más apagado que de costumbre – dice todo lo que no sube por su garganta, expresa lo que ella no pone en palabras porque sabe que las palabras no hacen falta, sabe bien que la comprendés, sabe bien que entendés qué es lo que la tiene así de angustiada, hecha un manojo de nervios a tal punto que no pudo cenar por un ataque de náuseas y ahora no puede conciliar el sueño, aunque el reloj muestre que son casi las tres de la madrugada.
Vos sabés por qué Michelle está nerviosa, demasiado nerviosa.
Vos sabés por qué sus músculos están tensos, por qué su respiración suena distinto, por qué está tan inquieta, por qué está con los labios como si se los hubieran sellado con pegamento, callada, hecha un ovillo a tu lado, cuando las manecillas del reloj se acercan poco a poco al tres para marcar la mitad de la noche.
Mañana por la mañana van a encontrarse con tus padres para desayunar, y luego van a pasar el resto del sábado con ellos. Ese es el plan, esa es la teoría. Pero conocer y aprobar la teoría no garantiza que todo salga bien a la hora de llevar las cosas a la práctica. Estarías mintiendo descaradamente si negaras que a vos también te están carcomiendo los nervios y la ansiedad a tal extremo que el insomnio te afecta; no lográs dormirte por mucho que tus párpados pesen como si estuvieran cargados con plomo, por mucho que tu sistema esté pidiéndote que le des un receso para reponer energías, por mucho que tu mente esté llorando a gritos para que tomes el control y la pongas en blanco en lugar de permitir a los pensamientos y emociones y sugestiones y suposiciones e ideas reproducirse como una bola de nieve que sigue, y sigue, y sigue, y crece, y crece, y crece, y va rodando cuesta abajo sin intención de detenerse, convirtiéndose centímetro a centímetro en un monstruo frío.
Reposás la cabeza en la almohada, junto a la de Michelle, y trazás el contorno de su rostro con las yemas de tus dedos, deteniéndote en cada palmo con cuidado y dedicación, acariciando con tu pulgar sus labios, en un intento de reconfortarla (y reconfortarte). Pero en tu cabeza se reproduce una conversación que tuviste hoy con Martina, una conversación que dista de ser lo que uno llamaría 'confortante'.
"El horno no está para bollos" le había dicho, ni una gota de sarcasmo en su voz. Después había pasado a contarte sobre el almuerzo que había compartido con tus padres, Fiona y Andrés este mediodía cuando fueron a buscarlos al aeropuerto: aparentemente había sido un mediodía tranquilo, sin mayores contratiempos…
"¿Entonces por qué decís que el horno no está para bollos?" habías preguntado.
"Hubo un par de comentarios filosos envueltos en piel de cordero, probablemente hechos con la intención de convencernos a mí y a Fiona para que estemos de su lado como Eva y Gabrielle"
No te gusta pensarte en el medio de tu familia con un bando aliado a un costado y un bando enemigo en el otro; así se lo dijiste a Martina, y te contestó que tanto Fiona como ella estaban dispuestas a permanecer neutrales para no darle a tu mamá el gusto de meterse en la pelea, el gusto de notar a las partes divididas como si todo este asunto fuera alguna especie de guerra.
"Me parece bien" habías manifestado tu acuerdo, suspirando cansado y sintiéndote ansioso de pronto ante la perspectiva del día siguiente, la cual hasta ese punto habías estado manejando bastante bien (al menos bastante mejor que Michelle, quien lleva los últimos tres días vomitando todo lo que come de puros nervios).
Martina había hecho una pausa en ese momento, y habrías podido jurar allí mismo que incluso a través del auricular del teléfono podías escuchar los engranajes de su cerebro trabajando a toda máquina; tuviste la sensación de que estaba debatiéndose entre contarte algo o no, lo cual confirmaste cuando finalmente se lanzó a hablar:
"Mi intuición me dice que mamá se trae algo entre manos" su tono había sido casi de advertencia.
"¿Algo cómo qué…?" un nudo se había formado en tu garganta y parecía que una mano invisible estaba estrujando tus tripas, retorciéndolas cruelmente.
"No lo sé, Tony" te había contestado tu hermana, impaciente y exasperada, chasqueando la lengua como dando un latigazo al aire "Ya soy lo suficientemente rara sin tener el don de leer las mentes de las personas" había comentado luego, con su típico sarcasmo agridulce.
"Teniendo en cuenta todas tus otras excentricidades, leer mentes no te haría más rara; sería sólo otra cualidad extraordinaria para la lista"
"Tony, aprecio mucho a Michelle, de verdad; además, sería estúpido negar que estás enloquecido con ella no porque capricho sino porque la amás. Sería una pena que los dos tuvieran que sufrir el fin de semana por causa de mamá y estos brotes que le agarran cuando piensa que el apellido de tu novia no es Rodríguez o Gómez…"
"La última vez que hablamos… me dio la impresión de que mamá haría un esfuerzo" habías confesado, pero inmediatamente a medida que cada palabra se colaba por entre tus labios te habías dado cuenta de lo infantiles, ilusas e inocentes que sonaban.
"Tony" había suspirado "toda esta historia con Michelle ha llevado a mamá a mostrar un costado que nunca antes habíamos visto" era evidente que Martina estaba haciendo el esfuerzo extra de escoger cuidadosamente cada palabra para no alterarte o herir tus sentimientos o susceptibilidades o pinchar violentamente ese globo que se había inflado dentro tuyo con la estúpida esperanza de que tu mamá va a cooperar y van a tener una segunda oportunidad para comenzar desde cero "No dijo nada desubicado o hiriente, se encargó de que todos los comentarios filosos vinieran envueltos en piel de cordero" repitió "… Y aunque es mi mamá y la amo y sé que es una buena persona, mi instinto no deja de decirme que algo se trae entre manos. La situación la sobrepasa, está asustada como un animal acorralado, y no sabe realmente qué hacer: no puede ceder por 'orgullo y principios', pero tampoco es que tenga muchas ganas de agachar la cabeza…"
Si el instinto de tu hermana estaba jalándola por dentro y la predisposición de tu madre había durado lo que tardó en sentarse a la mesa y empezar a lanzar indirectas azucaradas a diestra y siniestra, te diste cuenta, entonces, de que sería mejor que desinflaras vos mismo el globo, lo tiraras a la basura como a la porquería inútil e inservible que es, y te armaras de paciencia hasta los dientes para que el sábado y el domingo no terminaran figurativamente cubiertos de sangre y literalmente salpicados por las lágrimas de angustia de Michelle; aquello era la último que querías que sucediera, bajo ningún concepto permitirías que Michelle terminara amargada, bajo ningún concepto permitirías que le hicieran daño. Ya bastante estaba sufriendo de los nervios, y ni siquiera se habían visto con tus padres.
Por supuesto, a ella no le dirías nada. No le dijiste nada; de hecho, habías hablado con Martina mientras Michelle se daba una ducha. Tampoco tenés intención alguna de hacer comentarios que le causen angustia o agreguen otro peso sobre sus hombros.
Quisieras poder desestimar el instinto de tu brillante hermana, quisieras remendar el globo con un parche y volver a inflarlo, pero mintiéndote a vos mismo y vendiéndote un paquete de estupideces no vas a solucionar nada. Tenés que tomar en cuenta las palabras de Martina y prepararte para lidiar con lo que sea que te espere mañana – bueno o malo, satisfactorio o insatisfactorio -, ocupándote de mantener el control todo el tiempo, algo que no pudiste hacer cuando viajaron a Chicago para el funeral de tu abuela porque te encontrabas emocionalmente inestable e incapaz de hilar dos pensamientos juntos, pero que estás (casi) seguro podrás hacer ahora. Proteger a Michelle es tu trabajo, es algo que vos debés hacer, es algo que estás dispuesto a hacer sean cuales sean las consecuencias, es algo que harías incluso si significara morir en el intento, y nada ni nadie, ni tu propia sangre ni tu propia carne, van a detenerte y a impedir que la cuides como si fuera aquello con más valor sobre la faz de la Tierra (para vos lo es, siempre va a serlo). Le prometiste resguardarla de todo cuando le pediste que se casara con vos, y no hay fuerza humana, sobrenatural o de ninguna índole que pueda llevarte a quebrar esa promesa.
Salís de tus pensamientos de pronto, regresando a la realidad en la que te encontrás, acurrucado con Michelle en el sofá, los dos arropados bajo su manta favorita, desvelados, ansiosos.
"Voy a prepararte otra taza de té" le decís, frotando cariñosamente su mejilla con tus nudillos.
"Ya no tengo náuseas" miente porque no quiere que dejes el confort de sus brazos para ir a la cocina a poner el agua a hervir.
"Michelle, no me mientas, no te sale bien" reís suavemente, y te alegra escuchar que ella te contesta con una risita dulce y suave. Besás la punta de su nariz con delicadeza "Llevás casi tres días con náuseas" no podés evitar que tu voz se tiña de preocupación "Tantos nervios y alimentarte poco van a hacerte mal"
La convence tu consternación, por supuesto, y afloja la presión de sus brazos alrededor tuyo para dejarte ir.
Cuando regresás un cuarto de hora después con tu taza de Chicago Cubs echando humo y la cerámica caliente entibiando tus manos destempladas, Michelle no está en la sala de estar; sólo quedan la manta echa a un lado, mitad en el sillón y mitad en el suelo, y Bonnie acurrucada a un costado, dormitando, la oreja tapándole el ojo derecho.
Sin preocuparte por derramar té sobre la alfombra dejás la taza sobre la mesa ratona y te apresurás a ir al baño como si fuera una cuestión de vida o muerte.
Cuando abrís la puerta la encontrás sentada en el suelo, recostada contra la bañera, con los ojos llorosos, el rostro enrojecido, las manos blancas como el papel.
Estuvo vomitando otra vez, y eso despierta en vos una punzada de culpa: todos estos son síntomas de un ataque de nervios producto de la perspectiva de tener que pasar el fin de semana con tus padres, con esa parte de tu familia que todavía no la ha 'recibido con los brazos abiertos', por ponerlo de algún modo, y que no termina de tragar tu decisión de casarte con una mujer oriental, diez años menor, agente de la CTU.
"Odio vomitar" se queja, tratando de forzar el esbozo de una sonrisa, pero sus músculos cansados se mueven apenas y no le sale bien.
Te sentás a su lado, acomodás con tus dedos un par de sus rulos despeinados, y luego besás su frente y sus sienes repetidas veces, tratando de callar las voces en tu cabeza que te recuerdan que odia vomitar porque se siente estúpida y vulnerable como cuando era una adolescente angustiada y solitaria que no podía controlar las reacciones de su cuerpo después de cada comida y acababa arrodillada sobre las baldosas frías del suelo del baño.
Esa época ya pasó otra voz dice con fiereza, interrumpiendo a las demás y haciéndolas callar. Esa época ya pasó. Ahora está bien, ahora está conmigo, ahora me tiene a mí, yo estoy para cuidarla.
"Yo odio verte tan mal, Michelle" susurrás, frotando su espalda con tus manos.
"Siempre me pongo así cuando estoy nerviosa" se encoge de hombros restándole importancia.
"La opinión de mis papás no va a cambiar nada, Michelle" le recordás, acariciando su dedo anular, donde brilla el anillo de compromiso "Lo que suceda mañana va a acercarme de nuevo a ellos o a alejarme más, pero bajo ningún concepto va a separarme de vos"
"Ya lo sé, Tony. Pero realmente quiero que la situación con tus papás se solucione" te conmueve profundamente la sinceridad que empaña sus ojos negros.
"Yo también" susurrás, acunándola en tus brazos "Podemos suspender lo de mañana si no te sentís bien…" proponés, pero ella te interrumpe antes de que puedas acabar de formular tu sugerencia.
"No, Tony" responde convencida ": voy a estar bien, no te preocupes" promete, besando tu mejilla con dulzura "Voy a estar bien"
Luego caen en silencio, un silencio calmo y sereno que los envuelve a los dos. Y se va quedando dormida, poco a poco, allí, en el suelo del baño, en tus brazos, porque su organismo ya no puede seguirle la corriente a los nervios y finalmente sucumbe.
Temés que se despierte si te movés o si hacés el amague de llevarla en brazos de vuelta hasta el sofá; Michelle necesita dormir, necesita reposo, y no podés arriesgarte a que se desvele otra vez. Resolvés quedarte ahí, a pesar de lo incómodo de la posición, porque lo único que te importa es que ella reponga sus energías, y sabés bien que no hay mejor lugar para ella que tus brazos, estén donde estén.
Los ojos se te cierran como si estuvieran cargados de plomo cuando tu sistema tampoco soporta más y precisa urgentemente apagarse, las imágenes se disuelven lentamente, y quedás sumido en la oscuridad, con los latidos de su corazón y su respiración acompasada acariciando tus oídos, el calor de su cuerpo contra el tuyo abrigándote.
Michelle te retó por haber pasado toda la noche dormitando en el suelo del baño para no despertarla a ella, pero luego te besó para agradecerte por un gesto tan dulce. Amás esos besos, los besos que te da porque hacés algo muy loco, o muy tierno, o muy romántico, incluso si es algo sencillo, algo simple, algo que no excede de lo cotidiano (igual, pensándolo bien, dormir en un baño no es una actividad muy cotidiana…)
Le preguntaste si quería tomar una taza de té antes de que fueran a desayunar con tus padres, más que nada para que no estuviera con el estómago vacío. Aceptó, probablemente para contentarte y darte el gusto. La notabas un poco más relajada, y aunque era evidente que los nervios y la tensión no la habían dejado del todo, al menos no estaba crispada, tiritado como una hoja o con náuseas.
La contemplás desde tu sitio junto a las banquetas mientras ella acaba de beberse el té.
"Estás preciosa" susurrás.
Nunca vas a cansarte de verla sonrojarse cada vez que le decís que es muy linda, jamás, ni siquiera dentro de veinte, treinta o cuarenta años. Y esta mañana su belleza resalta más, la envuelve con un brillo diferente… No hay nada extraño en su apariencia, nada fuera de lo normal, pero incluso después de haber pasado la noche durmiendo en tus brazos en el suelo frío del baño, incluso si está inquieta y ansiosa y preocupada, incluso si tuvieron una semana atareadísima en el trabajo y como a vos debe dolerle cada hueso, incluso si está vistiendo simplemente un jean y un sweater, para vos es la cosita más maravillosa que existe sobre la Tierra, en esta mañana de sábado más que nunca.
Es desgarradoramente angelical, con los bucles negros sueltos cayendo alrededor de su cabeza y enmarcando su carita de muñeca de porcelana, sus labios naturalmente rosados, sus pestañas largas, su sonrisa deslumbrante y cálida como los rayos del sol.
"Lo decís porque estás enamorado de mí" te acusa en tono de broma.
Te acercás a ella despacio, tus ojos fijos en una determinada cosa, las palabras ya preparándose para salir de tu boca, escritas directamente por tu corazón.
"Te amo tanto y estoy tan enamorado de vos que quiero que todo el mundo lo vea y lo sepa" señalás su dedo anular desnudo: seguramente se quitó el anillo antes de darse una rápida ducha y decidió guardarlo para no despertar preguntas incómodas por parte de tus padres o ponerte bajo presión y en la posición de explicarles que ahora su compromiso es oficial "Mis padres saben que vamos a casarnos en Marzo, Michelle. No hay motivos por los cuales no puedas usar el anillo, mi vida"
Su sonrisa se intensifica, el color de sus mejillas sube, y antes de que puedas empaparte de ella y de su dulzura se va de la cocina a buscar el anillo para devolverlo al sitio al que pertenece. Sabés que ama usarlo y que le cuesta bastante quitárselo cada mañana antes de ir a la CTU y tener que esperar a que concluya el día laboral para poder ponérselo otra vez, no porque sea vanidosa o materialista o porque le guste llamar la atención o despertar curiosidad y admiración en otros: el anillo es el símbolo material de su amor, es ese símbolo visible y tangible que muestra la promesa que se hicieron el uno al otro de estar juntos para siempre, de compartir el resto de sus vidas, sus sueños, sus proyectos, porque son legítimamente el uno del otro y no hay nada ni nadie que pueda separarlos o impedir que estén unidos por toda la eternidad. El valor del anillo va mucho más allá de su costo en dólares; daría lo mismo que fuera una chapita de gaseosa pintada con témpera. Para Michelle lo que tiene valor, lo que tiene valor para ustedes dos, es el significa que le den a esa piedra preciosa, el mismo significado que le darían a un anillo común y corriente, el mismo significado que le darían a un pedazo de metal.
Cuando regresa, la sonrisa sigue allí, iluminando sus exóticas facciones, disipando un poco los nervios, ayudando a que se vea algo más relajada.
"Sos incluso mucho más hermosa cuando llevás el anillo puesto, mi vida" murmurás, besando el dorso de su mano.
"Creo que siempre soy un poco más linda cuando estoy con vos" se anima a admitir desde su bajo autoestima. Pero para vos incluso una frase como esa debe ser tomada como un progreso, porque significa que poco a poco estás sanándola, convenciéndola de que vale, convenciéndola de que su belleza es real, de que existe, y que no es algo que vos imaginás porque el amor te hace enloquecer.
"Michelle" de repente tu tono es un poco más serio. La envolvés en tus brazos, la apretás contra vos fuertemente y te derretís con los efectos de sus manos acariciando suavemente tu espalda adolorida "Nada ni nadie puede hacer que nos derrumbemos" susurrás en su oído, enterrando tus dedos en sus bucles "Nadie de mi familia, nadie del trabajo, absolutamente nadie" enfatizás "Que hagan temblar el suelo bajo nuestros pies, si quieren, pero no vamos a caernos"
Es algo bastante derrotista para decir, teniendo en cuenta que todavía ni vieron a tus padres y que el sábado apenas comienza; probablemente también sea injusto para tu mamá que vos ya estés dando por sentado que cualquier esperanza o ilusión que hayas llegado a tener va a estar mejor guardada en un cajón, probablemente deberías tratar de darle al lado optimista la oportunidad de volver a tomar el control, pero creés que estas son palabras que Michelle necesita escuchar por si acaso y sabés que éstas son palabras que vos precisás decir.
"No voy a cansarme de explicar millones de veces que te adoro. Me sobran el tiempo y la paciencia para hablar de vos y de nuestro amor, no corren los relojes cuando se trata de decirle al mundo lo importante que sos para mí y cuán inmensamente feliz me hacés. Por cada palabra fuera de lugar que ellos puedan llegar a decir, yo tengo mil sonrisas para regalarte y hacer que te sientas mejor" prometés, besando las comisuras de su boca "yo podría escribirte mil cartas llenas de todas las cosas que me enamoran y enorgullecen de vos"
Sonreís ampliamente cuando Michelle en respuesta sonríe. En sus ojos brillantes y en la forma en la que sus labios están curvados podés ver el efecto tranquilizante que han tenido en ella tus frases llenas de ternura y sinceridad.
No sabés qué les espera hoy. Tenés ideas, tenés teorías, tenés expectativas, tenés suposiciones, pero no poseés certeza alguna. Hay algunas cosas que te suenan más reales, otras menos, otras más posibles, otras menos probables; por ejemplo, casi te animarías a decir que pondrías las manos en el fuego porque tu papá no va a ser el causante de ningún problema en caso de que llegara a haberlos, y eso te da una mezcla de alivio y esperanza por un lado, pero por el otro te carga con el miedo a que te decepcione, a que te deje caer otra vez, a que se deshaga la imagen de él que tenés. Pero realmente no sabés qué va a suceder este sábado, y si hay algo que debés hacer por vos y por Michelle es permitir que el lado optimista gane y tratar de pensar que todo va a salir bien, que este va a ser un nuevo comienzo, una oportunidad de empezar a escribir en una hoja en blanco, sin cerrar los ojos o nublar tu juicio, listo para defenderla o clavar los frenos si llegara a ser necesario.
Suspirás, besás la frente de Michelle otra vez, acunás su rostro de muñequita con tus manos grandes y tibias, y mientras los dos se sumergen uno en la mirada del otro, repetís mentalmente esas frases que acabás de regalarle y que tanto bien le hicieron, esas frases a las que debés agarrarte el día de hoy y durante todo el fin de semana: nada ni nadie puede derrumbarlos, el suelo puede temblar pero ustedes no van a caerse, te sobra el tiempo para hablar y explicar millones de veces cuánto la adorás y lo imposible que es separarlos, y nunca van a faltarte las sonrisas o las cartas de amor para curarla a ella de cualquier daño.
Que hagan temblar el suelo si quieren, pero tu postura no va a cambiar. Que te decepcionen de nuevo si quieren, vos vas a soportar cada golpe, pero nada va a impedir que la protejas a ella con cada onza de tu cuerpo.
Que hagan temblar el suelo si quieren, vos sabés bien dónde estás parada, y es imposible que te derrumben. Es imposible que los derrumben.
Eso pensás.
Porque sos un iluso.
