Nota de la autora: Escribí esto como me salió, y no lo revisé. Creo que no tiene errores de coherencia, porque cuidé mucho los detalles. Tampoco creo que haya errores de ortografía o gramática, pero si los hay me disculpo; no quise revisar esto para no borrar nada o para que no me agarrara el ataque de empezar a escribir sobre lo escrito y agregar detalles que no quiero que se sepan ahora. Quería que esto fuera sencillo, corto y que cumpliera la función no de dar respuestas, si no de generar más preguntas y dudas. El fin de este capítulo es que ustedes piensen que yo me volví loca y que estoy escribiendo cualquier cosa (bueno, convengamos que soy de 'escribir cualquier cosa', pero me parece que loca todavía no me volví). Espero que les guste, espero que llene sus expectativas, espero que las deje queriendo la siguiente parte, espero que entiendan todo lo que quise insinuar y que se queden preguntándose todo lo que yo quiero que se estén preguntando. Habrá respuestas en el capítulo siguiente, lo prometo. Ojalá este capítulo les guste, en serio; en lo personal, es uno de los que más disfruté a la hora de escribir, incluso si tengo la sensación de que me apuré con el final y dejé todo desordenado a propósito, incluso si tuve que obligarme a parar de escribir para no revelar tantos datos sobre la trama.
Dios escribe derecho sobre líneas torcidas.
Lo había descubierto por casualidad, por una de esas casualidades que sólo parecen posibles en las películas y en los libros, esas casualidades que son el resultado de una sucesión de hechos que se entrelazan los unos con los otros de tal manera que forman una cadena que para la mente humana ordinaria sólo puede existir si es creada por la imaginación de un autor muy inventivo.
Bueno, Dios es un autor muy inventivo y no hay mejores historias que las que él escribe. Y ella cree en Dios, cree en Dios más que en cualquier otra cosa y con una fe fuerte que jamás ha flaqueado, ni siquiera luego de las trágicas, injustas muertes de dos de sus hijos. A pesar de los giros inesperados del destino, a pesar de cada golpe del destino, a pesar de cada tropieza, a pesar de cada piedra puesta a lo largo del tramo, Dios sigue siendo su autor favorito, y estaba segura de que su mano todopoderosa había escrito esa casualidad entre los renglones de la historia de su vida, luego de haber jalado los hilos y movido las fichas para preparar los personajes, el escenario, los diálogos, y el retorcido, sorprendente giro que debe acompañar a cada historia para dejar boquiabierto al lector.
Podemos decir que todo comenzó con Myrtle Lambert.
Myrtle Lambert y ella eran amigas desde hacía mucho tiempo. Se habían conocido en un grupo de apoyo para padres cuyos hijos habían fallecido víctimas de un accidente causado por exceso de alcohol. Myrtle había perdido a su hija de diez años en un trágico choque cuando el auto familiar fue embestido por un conductor ebrio. Ella y su esposo, Joseph, habían encontrado consuelo en las reuniones del grupo de apoyo, en las largas y emotivas charlas en las que uno podía llorar y expresar su angustia, dolor y enojo sin temor a ser juzgado o examinado minuciosamente bajo una lupa, rodeados de personas que comprenden exactamente lo que es estar bajo su piel porque ellos afrontan a diario lo mismo, el mismo pesar, el mismo duelo, los mismos fantasmas, la misma depresión, esa depresión que no conoce fondo, ese agujero vacío que no se llena con nada.
En esas reuniones fue que Myrtle conoció a la mujer que se convertiría en su guía, en su soporte, en su sostén, en su pilar, en su mejor amiga. Y en ella encontró las fuerzas para seguir cada día, las ganas de continuar, el deseo de erradicar ese odio intenso que estaba devorándola viva y consumiéndola como el tiempo marchita a una flor. Y el proceso de autodestrucción en el que podría haber caído la esquivó, porque justo a tiempo encontró a alguien que le enseñó a canalizar todas esas emociones en un propósito noble, un propósito firme, algo que la llenara – aunque fuera a medias -, algo que le diera la energía necesaria para seguir adelante, para seguir arrancando hojas de los almanaques, para seguir viendo a la primavera llegar y pasar e irse, para no perder la cordura. Y así fue como Myrtle comenzó a ayudar al prójimo para ayudarse a sí misma, precisamente a alcohólicos en recuperación, alcohólicos como ése que estaba detrás del volante el día en que su hija falleció; decidió ayudarlos como alguien debería haber ayudado a ese joven que perdió el control del coche, ayudarlos para que ninguna otra familia acabara sufriendo por culpa de los estragos que puede causar el abuso de la botella.
Así fue cómo las visitas a centros de asistencia, psiquiátricos y hospicios para hacer compañía a ebrios en recuperación se convirtieron en parte de la rutina de la señora Myrtle Lambert. Muchos de esos ebrios no tienen amigos; muchos de esos ebrios están desesperados; muchos de esos ebrios piensan que jamás aparecerá solución para sus problemas; muchos de esos ebrios se sienten terriblemente solos; muchos de esos ebrios jamás han tenido a alguien que los comprenda, incluso algunos de ellos probablemente jamás hayan tenido a alguien dispuesto a siquiera hacer el esfuerzo y tratar de empezar a comprender.
Y así fue, gracias a las horas pasadas prestando su oído para que le contaran historias y experiencias y su hombro para que lloraran y se descargaran y sus manos para frotar sus espaldas y darles algo de confort a través del contacto humano, que Myrtle conoció a Lilibeth, la señora de la habitación 210 de uno de los hospitales psiquiátricos públicos más importantes de Chicago.
Myrtle es una de las pocas personas con las que Lilibeth siente una conexión verdadera, una de las pocas personas para la que abre su corazón y le cuenta realmente lo que pasa en las sombras y en la oscuridad de su mente trastornada, una de las pocas personas que puede hacer que se mantenga en sus momentos de cordura por bastante tiempo, una de las pocas personas que le provoca sensación de comprensión y seguridad. Al principio sus visitas eran semanales, pero luego había comenzado a ir a pasar la tarde con ella dos o tres veces en una misma semana, y tomaban el té en el bonito juego de porcelana que Myrtle le había regalado, escuchaban música en la radio de segunda mano que le había conseguido en un bazar, pero principalmente conversaban.
Conversaban sobre el pasado.
Conversaban sobre la enfermedad de Lilibeth.
Conversaban sobre los fantasmas que las perseguían a ambas.
Conversaban sobre sus arrepentimientos.
Conversaban sobre sus sueños perdidos.
Conversaban sobre el futuro.
Conversaban sobre lo que se siente la pérdida de un hijo.
Conversaban sobre las malas decisiones, las terribles decisiones que a medida que son tomadas van marcando el rumbo que a cada uno le toca transitar.
Conversaban sobre la vida.
Conversaban sobre la muerte.
Conversaban sobre sus maridos.
Y eran esas conversaciones, era la capacidad que tenían para escucharse la una a la otra (capacidad que en Lilibeth sólo se despertaba cuando su interlocutora era Myrtle, porque a nadie más quería escuchar y con nadie más quería hablar con tal fluidez y sinceridad y sin alterarse y comenzar a gritar y a romper todo lo que sus manos pudieran asir y arroja al suelo), lo que servía a las dos mujeres como terapia: ningún narcótico, ningún antidepresivo, ninguna pastilla tenía en ellas el efecto que una charla larga y profunda a corazón abierto les causaba.
Myrtle ayudaba a Lilibeth, la ayudaba mucho, y la mujer había llegado a depender de las visitas de su única amiga para funcionar, para seguir, para mantener su escasa cordura, para no perder el control, para no dejarse ir del todo, para mantenerse a flote, para no empeorar, pero también de alguna manera ella llevaba ya cuatro años ayudando a Myrtle con lo mismo. Por eso ambas esperaban ansiosas las tardes en las que sentadas cerca de la ventana compartían una taza de té mientras volcaban sus sentimientos o simplemente se sumergían en el silencio para evadirse de la realidad.
Esta historia comienza con este vínculo, con esta amistad, la de Myrtle y Lilibeth. Pero no se centra en ninguna de esas dos cosas, así como realmente tampoco se centra en Myrtle, si vamos al caso. Myrtle es el nexo, es el puente, es lo que conecta a las dos protagonistas de esta casualidad que si uno cuenta no se cree, que si uno cuenta parece sacada de un libro o del guión de una telenovela, que si uno cuenta parece ideada por la macabra y retorcida mente de un original autor.
Bueno, resulta que existe un autor con el extraordinario don de escribir derecho sobre renglones torcidos, y esta historia tiene las líneas terriblemente desparejas. Sin embargo, está escrita. Fue escrita. Existe. Está ahí, con sus renglones todos desprolijos y desacomodados, pero la letra es perfecta, es clara, la caligrafía es impecable, porque ese autor extraordinario que tiene toda la inventiva y originalidad, es Dios, y si hay algo que le gusta es entremezclar, enredar, dar giros inesperados, meter casualidades que no se pueden creer porque no caben en el intelecto del ser humano, casualidades que el ser humano sólo puede aceptar si forman parte de la trama de lo que ellos llaman 'ficción', porque no se dan cuenta que la ficción más grande y mejor planeada es la vida misma, la que Dios va llevando, moviendo las fichas y jalando los hilos para que cada personaje esté en el lugar indicado, en el momento indicado, en la escena indicada, con el diálogo indicado saliendo de su boca, libre albedrío y todo en el medio, porque el hombre no es su marioneta, el hombre dispone, el hombre elige, pero al final siempre va a acabar donde sea que Dios haya determinado que tiene que acabar.
Myrtle Lambert es una mujer que goza de buena salud y raramente se agarra un resfriado, pero ese jueves había amanecido congestionada, con dolor de garganta, temperatura y estornudos ininterrumpidos, además de dolores musculares fuertes y ojos llorosos. No era nada que una buena taza de té, unas cuantas aspirinas y dos días acurrucada en la cama con un libro interesante y una caja de pañuelos a mano en la mesita de noche no pudieran arreglar; lo que más la apenaba era que no podría ir al hospital a visitar a Lilibeth como tenía pensado. Le había prometido llevar un casete de música clásica (la pequeña radio tenía reproductora de casetes, y Lilibeth había mencionado que a su esposo le gustaba mucho Tchaikovski y que solía poner sus obras los sábados por la mañana) para que escucharan juntas un rato. Lilibeth se sentiría muy triste cuando Myrtle no apareciera, ella lo sabía; se sentiría también abandonada, decepcionada, olvidada… Myrtle nunca había dejado de ir a verla, al menos durante una hora, para hacerle compañía y distraerla de sus dolores físicos y emocionales, de la oscuridad que la envuelve permanentemente y de la que no puede salir.
Había estado toda la mañana pensando en ello, angustiada, incapaz de concentrarse en el libro que su esposo le había llevado a la cama antes de marcharse al trabajo, con su mente divagando un poco por allí y otro poco por allá, pero siempre regresando a la pobre Lilibeth. Sabía que Maggie sería la enfermera a cargo esa tarde y se le había ocurrido llamarla y pedirle que le avisara a Lilibeth que no podría ir a verla, pero aquella opción no la convencía mucho, o, mejor dicho, estaba segura de que esa explicación no convencería a Lilibeth: se alteraría, se sentiría traicionada… No era su culpa, por supuesto, ella no había elegido la locura, la paranoia, el miedo, la angustia, todos esos fantasmas que la rodeaban y ahogaban y poseían: lamentablemente, así estaban conectados los cables en su cabeza, todos pelados y desordenados, tocándose los unos con los otros, haciendo falso contacto, siempre a punto de estallar, siempre las chispas destellando.
Pero luego le vino una idea, una bastante obvia, probablemente, que, de no haber sido por la fiebre alta, tal vez hubiera acudido a ella antes del mediodía, que fue cuando tomó el teléfono y discó un número que conocía de memoria.
"Hola" una voz amable había saludado del otro lado del auricular.
Había tosido un poco antes de contestar, incapaz de contener el catarro que le hacía escocer la garganta:
"Hola Annie"
Su amiga Myrtle Lambert la había llamado aquél mediodía para pedirle que le hiciera el favor de ir a visitar a la señora ciega con la que ella iba siempre a tomar el té una o dos veces por semana, y ella había estado feliz de tener una excusa para poder despejar un poco su mente, demasiado embotada con reflexiones y pensamientos y suposiciones girando en torno a su suegra cada vez más enferma, cada vez más deteriorada, cada vez más consumida por esa enfermedad terrible que le había ido robando la memoria de a poco. Amanda, la enfermera que la ayudaba algunas horas por día a cuidar de Rosa, estaría allí, por lo cual podría salir de la casa sin problemas, dejándola con la jovencita.
Y así fue que Ana conoció a Lilibeth esa tarde, con los débiles rayos del sol asomando entre unas nubes densas y grises que cubrían el cielo teñido de un blanco ceniciento.
La más joven de las dos señoras se sintió a gusto y relajada inmediatamente después de que le dijera que Myrtle la enviaba a hacerle compañía porque ella no podría ir debido a un resfriado fuerte. Era raro que a Lilibeth un desconocido le cayera bien, mucho más raro aun que se prestara a conversar con uno, pero si había algo de lo que Ana siempre se había orgullecido era de su don para agradar al prójimo y hacer que se encontraran bien en su presencia, como si estuvieran charlando con una amiga de toda la vida y no con un desconocido.
Lilibeth le había pedido permiso para tocarle la cara; examinando cuidadosamente las facciones de una persona con las yemas de sus dedos es cómo los ciegos conocen a la gente, y dado que Lilibeth no había sido ciega toda su vida eso le permitiría tratar de imaginar a Ana.
"Ana. Me gusta el nombre Ana" le había dicho.
"Algunos de mis amigos me llaman Annie. Myrtle me llama Annie"
"¿Puedo llamarte Annie yo también?" le había preguntado.
"Por supuesto" había contestado ella, sirviéndole a Lilibeth una segunda taza de té.
"Me gusta el ruido que hace la cucharita, ese tintineo, al golpear contra la porcelana o la cerámica cuando uno revuelve para que se disuelva el azúcar"
Y luego de contarle ese pequeño detalle sobre ella, le había contado que también le gustaba el sonido de la lluvia sobre el tejado, el olor de la hierba húmeda cuando Maggie o alguna otra enfermera amable la llevaba a pasear por los jardines de la institución cuando ella tenía un 'día bueno' (léase: cuando estaba calmada y la medicación funcionaba y no corría el riesgo de lastimar a otros o lastimarse ella misma), el ruido de los casetes cuando se los rebobina, el roce de las yemas de los dedos contra el papel cuando lee en braille…
Hablaron, y hablaron, y hablaron, durante dos horas. A Lilibeth Ana le recordaba mucho a Myrtle, excepto que su voz era distinta, tenía un acento raro. Cuando se lo mencionó, descubrió que al igual que ella también era extranjera, sólo que no venía de Europa sino de Sudamérica, y no se había mudado a los Estados Unidos siendo pequeña, sino a los dieciocho años para casarse con el amor de su vida, un hombre mexicano muy trabajador que a raíz de un gran esfuerzo se había recibido de médico.
Al final de esa visita Lilibeth le preguntó a Ana si le gustaría volver a visitarla algún otro día, y Ana le dijo que sí.
Y ahí comenzó el efecto dominó, el efecto dominó que acabaría cuando la última pieza impactara, cuando la última pieza cayera, cuando se llegara al momento en el que se devela ese giro retorcido, ese giro inesperado, ese giro sorprendente que debe acompañar a toda buena historia.
Diversos adornos navideños en tonos rojos y verdes hechos en los talleres de terapia ocupacional decoraban los pasillos del hospital, y ella se detuvo a contemplarlos antes de llamar a la puerta de la habitación 210 como lo había hecho muchas otras veces en los últimos tres meses. Había sido asistente voluntaria en varios de esos talleres en el psiquiátrico al que solía ir regularmente a visitar pacientes que sufrieron de alcoholismo, y sabía bien que para muchos trabajas en manualidades les brindaba la oportunidad de relajarse, de encontrarse consigo mismos, de alcanzar cierta paz, cierto equilibrio, como un cable a tierra, algo similar a lo que ella sentía al sentarse frente al piano y permitir a sus dedos golpear las teclas y arrancarles sonidos.
Cuando despertó esa mañana, Ana no tenía planes concretos; odiaba disponer de tanto tiempo libre durante las épocas festivas, cuando la mayoría de sus alumnos cancelaban las clases de piano porque sus familias viajaban a otras ciudades por el receso de invierno. Mientras desayunaba mate con tostadas se le había ocurrido ir al hospicio a visitar a Lilibeth antes de Año Nuevo; necesitaba salir de esa casa que estaría vacía hasta que su esposo regresara del trabajo por la noche; desde que su suegra había muerto el silencio era demasiado intenso para ella, acostumbrada como había estado siempre a disfrutar de los días con algún miembro de su numerosa familia.
Ana y Lilibeth se habían hecho buenas amigas durante aquellas tardes tomando té o escuchando música. La amistad de Ana le hacía a Lilibeth tanto bien como la de Myrtle, y estaba feliz de haber encontrado a otra persona que la comprendiera y escuchara de todo corazón, incluso en sus días difíciles, incluso en sus momentos más oscuros. Ana se había ganado la confianza de Lilibeth y estaba orgullosa de ello, porque realmente se sentía bien ayudando al prójimo, y Lilibeth era un alma que precisaba mucha ayuda, mucho amor, mucho apoyo, mucha compasión, pero por sobre todo una mano firme y segura de la que tomarse y paciencia, toda la paciencia de la que uno pudiera armarse.
Sosteniéndose de esa confianza que iba creciendo y creciendo, Lilibeth había comenzado a contarle a Ana pedacitos de su vida, tal como en su momento le había contado a Myrtle esos mismos pedacitos, a veces de a uno a la vez, otras veces todos juntos y enredados y formando una madeja gigantesca imposible de desentrañar, difícil de interpretar.
Así fue como, entre desordenados y a veces muy poco coherentes pasajes y pasajes de una historia que a Ana intrigaba y causaba una profunda pena al mismo tiempo, esa tarde de diciembre Lilibeth le habló sobre los álbumes de fotos guardados debajo de la cama.
A Ana, la vida de Lilibeth, los hechos que la habían conducido hasta allí, cómo todo había acabado convirtiéndose en esa inmensa bola de nieve que no paraba de crecer y que la tenía hecha su prisionera, cómo las cosas se habían vuelto tan terriblemente enredadas al punto tal que tuvo que abandonar a sus hijos, todo eso le causaba curiosidad, curiosidad y pena, porque esa pobre mujer que estaba allí, ciega y con problemas en el hígado y los riñones debido a su abuso del alcohol y de las drogas, estaba completamente sola en el mundo, no tenía a nadie, no tenía familia, lo poco que alguna vez había conseguido le había sido cruelmente arrebatado por el destino en uno de esos golpes que lo sacuden todo y quiebran las bases y destrozan las raíces, no tenía nada que no fuera la compasión de dos extrañas que algunas tardes a la semana compartían con ella una taza de té y le prestaban verdadera atención. A Ana le daba curiosidad la retorcida, triste, horrible historia de vida de la desgraciada Lilibeth, porque sabía que a través de la comprensión uno puede ayudar a las personas, que sólo entendiendo profundamente de dónde surge cada cosa se puede ser de ayuda a aquél que sufre y pasa necesidades. Por eso Ana quería saber más sobre ese pasado oscuro del que ya había vislumbrado pedazos; por eso a Ana le interesaba escuchar lo que Lilibeth tuviera para decir sobre los hijos a los que se había visto obligada a abandonar para no seguirles haciendo daño, lo que esas fotografías tomadas hacía mucho tiempo pudieran mostrar, lo que esa cámara hubiera capturado en las miradas y expresiones de los que involuntariamente habían acabado siendo parte de la historia de Lilibeth, porque ella les había dado la vida, porque ella había intentado compartir su vida con ellos, incluso si su locura no le permitió ser una buena madre.
Ana esperaba encontrar en las páginas de esos álbumes respuestas a las preguntas que Lilibeth despertaba en ella, esas preguntas que la misma Lilibeth iba creando a medida que le daba más detalles sobre su vida, esos interrogantes que se habrían y que Lilibeth iba cerrando de a poco, de a medias, con coherencia a veces y otras veces sin ninguna coherencia, en sus momentos de calma pero también en sus momentos de profunda desesperación, cuando de golpe soltaba todo y se descargaba como si hubieran abierto un grifo dentro de ella y las emociones no pudieran dejar de surgir. Ana esperaba encontrar esos momentos felices junto a su marido de los que Lilibeth hablaba con esa nostalgia abrumadora retratados allí, y también esperaba encontrar ese 'después', el después de la tragedia, las ruinas de lo que alguna vez había sido una felicidad que duró demasiado poco porque la muerte se presentó prematuramente para llevarse de su lado a la única persona que se había preocupado por ella, la única persona que le había dado un hogar, la única persona que la había cuidado, respetado y amado.
Ana esperaba encontrar muchas cosas en esos álbumes de fotos que Lilibeth le dijo guardaba debajo de su cama para abrazar o acariciar de tanto en tanto, para aferrarse a ellos, para llorar sobre ellos, para destrozar a veces en sus arrebatos de furia, porque ya no podía verlos, porque sólo podía tocarlos, porque sólo podía imaginar lo que estaba allí, perpetuado para siempre.
Lo que encontró fue otra cosa. Lo que encontró fue totalmente distinto. Lo que encontró la dejó sin palabras. Lo que encontró cambió el curso de muchos carriles drásticamente, inesperadamente, casi podría decirse que violentamente. Lo que encontró dio vuelta el tablero. Lo que encontró la dejó con todos los ases en la mano, todos, uno al lado del otro, listos para que ellas los jugara.
Encontró respuestas a preguntas que ella se había formulado en otro contexto, preguntas que en apariencia nada tenían que ver con Lilibeth, pero para las cuales Lilibeth acabó siendo la solución. Encontró información que no esperaba encontrar, información que la dejó con el corazón latiendo a toda velocidad, la boca seca y el cerebro maquinando a mil por hora, sus pensamientos revolviéndose violentamente, arremolinándose, levantando viento, girando y girando fuera de control, desordenados e imposibles de organizar, pero a la vez tan claros y tan fáciles de entender.
Encontró pedazos de la historia de alguien más. Encontró pedazos de la vida de alguien más. Encontró pedazos del pasado de alguien más.
Luego de recuperarse del shock inicial que le causó su descubrimiento, debió cuidarse al hacer preguntas a Lilibeth. La mujer no contestó todas, al menos no coherentemente, y pronto se puso inquieta y nerviosa como en muchas ocasiones y la enfermera debió sedarla para que pudiera descansar, viéndose Ana obligada a regresar a su casa, pero lo que había obtenido era más que suficiente, le alcanzaba y le sobraba, y en caso de que hiciera falta, se había dicho a sí misma, siempre habría tiempo de obtener más.
Por una de esas casualidades que parecen sólo posibles en los libros y en las películas Ana conoció a Lilibeth. Y por otra casualidad aun más rara y extraordinaria e inexplicable Lilibeth y Ana se hicieron amigas, tan amigas que Lilibeth confió en ella lo suficiente para compartir el contenido de esos álbumes, esos álbumes donde estaba retratada su vida, o al menos las partes de su vida en las que había tratado de ser madre.
Fue de casualidad que Ana hizo aquél descubrimiento esa tarde de diciembre, luego de que a lo largo del camino hubieran acontecido muchas otras casualidades que entrelazadas las unas con las otras habían ido formando una cadena que la llevó hasta allí, hasta ese momento, hasta ese diciembre, hasta esa información valiosa por el oro.
Esa noche Ana no durmió. No podía. No podía porque su cerebro seguía maquinando a todo vapor, no podía porque seguía tratando de entender, de comprender, de asimilar, de digerir, seguía sorprendida, seguía en shock, en shock por cómo todo se había dado, en shock por los caminos que se habían entrecruzado y cómo habían sido dibujados, en shock por todas esas casualidades, en shock porque de la nada se habían estrellado dos historias que ella desconocía estaban tan íntimamente relacionadas.
En shock, Ana estaba en shock, es cierto. Pero ese shock no duraría mucho, y el asombro no impediría que ella supiera cómo aprovechar esa enorme, tremenda casualidades que para muchos solamente sería posible en un libro, en una novela, en una pieza de ficción, pero nunca en la realidad.
En la realidad esas casualidades se dan, porque Dios es el mejor autor, porque nadie escribe como Dios, porque nadie tiene la capacidad de narrar en renglones torcidos con una letra tan recta, tan perfecta, tan prolija. A la hora de crear relatos, a Dios nadie le gana en inventiva, talento y capacidad.
Eso Ana lo sabía, porque Dios, a pesar de todo, siempre había sido su autor favorito.
Y en esta historia a ella estaba favoreciéndola.
En esa historia, ella era el personaje que no tenía un as bajo la manga, sino los cuatro.
