Todo está empezando a caer
Un torbellino de pensamientos se agita en tu cabeza, inquieto y revoltoso y con el firme propósito de derrumbar todo lo que encuentre a su paso, con el firme propósito de destruirlo todo, de arrasar hasta no dejar nada o, mejor dicho, de arrasar hasta dejar ruinas y escombros y cosas rotas, porque es más difícil lidiar con el caos resultado de una catástrofe que con la nada, porque la nada no existe, pero el caos sí, el caos existe y lo ocupa todo y lo penetra todo y lo envenena todo.
Las emociones crudas y fuertes y punzantes y terribles se acumulan en tu pecho y te golpean con violencia, con la misma violencia con la que late tu corazón, desbocado y fuera de control, lastimándote las costillas, hinchado hasta alcanzar el doble de su tamaño, pesado como una roca, pesado como la cruz que llevás sobre los hombros. Es una bola gigante lo que tenés dentro, una bola gigante y enredada y llena de nudos e imposible de desenmarañar. Porque tus emociones no tienen sentido, porque están todas mezcladas, porque están todas desordenadas, porque no se les encuentra principio o fin, porque no tienen forma, porque simplemente están ahí, simplemente son, simplemente existen, existen dentro tuyo, existen y te mortifican y están ahogándote y presionándote y son tan terribles y el dolor que las acompaña es tan agudo que tenés miedo de morir ahora mismo.
Sentís el cerebro inflamado. Literalmente inflamado. Ya no entendés nada. Te hallás en un estado de confusión incomparable a cualquier otro que hayas experimentado antes: la confusión te rodea, la confusión te atrapa, la confusión te absorbe, la confusión te traga, la confusión te sofoca, la confusión te devora, la confusión está dentro tuyo, la confusión está en tus huesos, la confusión corre por tus venas diluyéndose con tu sangre, la confusión forma parte de cada célula que compone tu pobre anatomía.
Y vos no entendés nada. Vos ya no podés comprender nada, porque todas tus habilidades para hacerlo simplemente han desaparecido, y todo lo que te queda además de un dolor sobrehumano que está comiéndote viva es esa confusión que te inflama el cerebro.
No tenés conciencia de tu propio cuerpo. Lo único de lo que sos consciente es del dolor y de la desesperación, pero no los sentís en la carne, los sentís en el alma, por eso te angustian tanto, por eso te impactan tanto, por eso te destrozan tan masivamente, tan terriblemente. El cuerpo lo tenés entumecido. Te encontrás desorientada; no sabés dónde estás. Podría ser a dos cuadras del departamento de Tony, podría ser a treinta, a cien, a mil, o bien podrías haber conducido hasta llegar a la siguiente ciudad, y vos no tenés ni la menor idea. Tampoco sabés cuánto tiempo ha pasado desde que saliste corriendo, porque también perdiste la noción de las agujas del reloj y esa danza morbosa que repiten incansablemente alrededor de los números.
Sentada frente al volante de tu auto estacionado en una calle cuyo nombre no sabés, abstraída, hundida dentro de vos misma, sufriendo, llorando incontrolablemente, despeinada y agitada y con taquicardia, partida en dos mitades, arañándote la cara empapada y los brazos y las manos, con la sangre manando de esos rasguños profundos que marcan tu piel, tus oídos sordos a la lluvia torrencial que azota la ciudad de Los Angeles y golpea con fuerza contra los techos de los coches y los tejados de la casa y la acera y el pavimento, temblando de pies a cabeza, meciéndote rítmicamente de atrás para adelante sin siquiera darte cuenta de que lo estás haciendo, hiperventilando, con la visión nublada a causa de las lágrimas que inundan tus ojos, no sabés cuál es el siguiente paso que debés dar, porque lo cierto es que el shock emocional y físico que te tiene atrapada entre sus garras es tal que te has quedado paralizada.
Todos los circuitos de tu cerebro están en corto, como si con esas palabras filosas hubieran despellejado a los cables que lo hacen funcionar como corresponde, dejándolos lanzando chispas y a punto de entrar en combustión espontánea, débiles y frágiles, e inútiles, e inservibles. Por eso las imágenes y las voces se entrecortan, se borronean, pierden sentido, ganan intensidad, se opacan, brillan demasiado, pierden sonido, son demasiado fuertes, son demasiado ruidosas, van en cámara lenta, van demasiado rápido. Son siempre las mismas imágenes, son siempre las mismas palabras las que te taladran la cabeza y cavan un agujero en el centro de tu ya destrozada alma. Es la misma escena que se reproduce una y otra y otra y otra vez desde hace quién sabe cuántas horas, es la misma escena que corta dentro tuyo como un cuchillo, enterrándose más y más, revolviendo dentro de la herida, intensificando el dolor, un dolor que no cesa, un dolor que no afloja.
Y vos seguís sin entender nada. La comprensión es algo que te escapa en este momento. Seguís sin poder procesar, sin poder digerir, sin poder siquiera empezar a asimilarlo… El impacto fue tal que sacudió las bases de tu existencia, y todo comenzó a caerse, todo comenzó a derrumbarse, todo se vino abajo… Y a vos no te quedó otra cosa que no sea esta confusión que mezclada con la angustia está aniquilándote lentamente, de a dosis cada vez mayores, sin que puedas hacer nada para frenar esta bola de nieve que ha sido puesta en movimiento y que viene tomando velocidad a medida que rueda cuesta abajo y se vuelve más y más grande, sin que puedas hacer nada para calmarte, porque perdiste el control sobre vos misma y sobre tus emociones y sobre tus acciones, y lo que te maneja en este momento es la combinación del dolor y la furia y la angustia y el instinto de supervivencia y la necesidad de escapar y correr y alejarte de la situación horrible en la que te sumergieron a la fuerza con la intención a ahogarte; no hay otra cosa que te guíe porque te quitaron el rumbo, te dejaron a la deriva, te desarmaron, te lanzaron frente al tren cuando la máquina venía a toda velocidad y permitieron que se estrellara contra vos, te quitaron las capacidades y te dejaron funcionando a base del shock que te tiene atrapada, envuelta en un chaleco de fuerza invisible.
Llorás desconsoladamente, te arañás la cara, intentás respirar pero no podés porque el aire no llega a tus pulmones, te golpeás la cabeza contra el vidrio empañado del auto tratando de desprenderte de los ecos de esa voz y para tratar de acallar a los pensamientos que se agitan con ferocidad y en contra de tu voluntad. El cuadro se repite, y se repite, y se repite, sin que vos seas consciente de dónde te hallás, sin que vos seas consciente de los minutos que se escurren como arena entre los dedos, sin que vos seas consciente de cualquier otra cosa aparte de todas tus heridas en carne viva.
Todo está cayéndose alrededor de vos. Vos, que estás reducida a nada, a un manojo de nervios, a un organismo que funciona por defecto, a un cuerpo que abriga un alma que está demasiado rota, una mente que ha quedado tan hecha pedazos que no conecta; vos, que estás reducida a una criatura miserable que no para de sollozar, a una autómata; vos, que estás en estado de catatónico y perdiste noción del mundo que te rodea; vos, que te hallás en las ruinas de tu propia existencia, atrapada entre un pasado demasiado doloroso y al que le quedan muchas preguntas que jamás encontraron respuestas y un presente desde el cual vislumbrás ahora un futuro que nunca te imaginaste podría ser parte de las páginas del libro de tu vida en el que quizás vayas a encontrar esas respuestas a esos interrogantes, respuestas que no estás segura quieras descubrir, porque si la premisa te dejó así entonces no podrías imaginarte lo que causaría en vos la historia completa, con todos sus detalles y todas las certezas puestas juntas y desplegadas delante de tus ojos, esos ojos en los que sigue lloviendo torrencialmente, tal y como está lloviendo en la ciudad de Los Angeles.
Todo está cayendo a tu alrededor, y vos estás atrapada en el medio, y vos estás quedando sepultada bajo las ruinas y los escombros, y vos estás muriéndote de pena, y vos estás siendo carcomida por el dolor, y vos estás empezando a caer en un proceso de autodestrucción que evoluciona y evoluciona y cada vez te pone más y más en riesgo de no recuperarte.
Todo está cayendo a tu alrededor.
Todo empezó a caerse ocho horas atrás, cuando todavía reías, cuando todavía sonreías, cuando eras feliz, cuando el cielo estaba despejado y el diluvio aun no se había hecho presente, cuando no había arañazos y marcas y sangre en tu cara, cuando no había células de tu propia piel bajo tus uñas, cuando tu corazón latía relajado y respirabas bien, cuando aun no sabías qué cartas le habían tocado en suerte a tu mamá luego de darte la espalda hace catorce años cuando te abandonó.
Todo empezó a caerse ocho horas atrás. Sobre tu cabeza. Sobre tu cordura. Sobre tu estabilidad. Sobre tu anatomía. Sobre tu salud mental. Sobre tu corazón. Sobre tu alma. Piedras gigantescas en forma de dudas, de palabras, de suposiciones, de reflexiones, de recuerdos, de frases, de imágenes, de certezas, de incertidumbres, todas cayendo sobre vos, todas con el propósito de destruirte, todas con el propósito de herirte de muerte.
Todo empezó a caerse ocho horas atrás.
Y ahora estás sentada en vaya uno a saber qué parte de la ciudad, dentro de un auto cuya atmósfera se siente helada porque te olvidaste de encender la calefacción, con un diluvio impresionante castigando a la ciudad, con tus sentidos alterados, con tu cabeza dada vuelta, con tu cuerpo entumecido, con el dolor devorándote, con la cara y las manos ensangrentadas, con tu sistema entero al borde del colapso, con los cables que hacen funcionar a tu mente mal conectados y a punto de estallar, sola, abandonada, angustiada, fuera de control.
Todo empezó a caerse ocho horas atrás cuando sin que lo pidieras reemplazaron el enorme signo de interrogación que desde que eras pequeña te ha acurrucado por una realidad pintada en colores demasiados vivos, con demasiada crudeza, con demasiado crueldad, sin matices, sin anestesia.
Sábado a la noche, cae agua de las nubes negras como el carbón que se agolpan en el cielo de cierta ciudad de California, pero sobre vos sentís que caen piedras, piedras, piedras.
Y de tantos piedrazos vas a terminar muriéndote, a menos que alguien te salve, al menos que alguien te rescate, al menos que alguien te ayude a tiempo, antes de que el dolor termine con vos.
Alguien tiene que terminar con este dolor inexplicable e insoportable que nubla tu mente y tus sentidos y te enloquece y te aturde y entumece, antes de que el dolor termine con vos.
NOTA DE LA AUTORA (a la que en este preciso momento deben estar odiando):
Me doy por satisfecha si este capítulo logró las siguientes cosas.
1. Que me odien por haber escrito esto.
2. Que no entiendan nada
3. Que tengan más preguntas que respuestas
4. Que no tengan la menor idea de lo que pasó o de lo que va a pasar
5. Que tengan intención de empezar a planear cómo matarme si no les doy explicaciones satisfactorias pronto
Si están sintiendo alguna de estas seis cosas o - incluso mejor - estas seis cosas, entonces doy mi trabajo por hecho, porque estaba apuntando a eso cuando me eché sobre el teclado y empecé a escribir.
Otra cosa: no volví a leer ni corregí nada porque lo que traté de describir fue un momento de angustia, confusión y desesperación, y creo que de haberlo corregido y pulido hasta volverlo perfecto se hubiera perdido el impacto de las palabras, porque los párrafos hubieran sonado demasiado armados, demasiado perfectos, demasiado... fingidos. Espero haber logrado que la desesperación y la confusión se sintieran, que parecieran naturales. No es que no chequeé dos veces por vaga o porque no tenía ganas: prefiero que capítulos como estos queden en crudo.
Tengan un hermoso fin de semana y por favor no me odien por el giro que está tomando la historia. Les prometo que hay un plan.
