Dame una pista,

Algún rastro para hallarte.

La sangre que hierve en tus venas sube y se acumula en tu cabeza, se agolpa en tus sienes, y bulle, el zumbido en tus oídos aturdiéndote. Tu corazón se ha hinchado de ansiedad hasta alcanzar el doble de su tamaño y late con fuerza contra tu pecho, rebota contra tus costillas, palpita también en tu garganta. En el estómago tenés un nudo apretado que te impide respirar. Te tiemblan las manos y las piernas, como si tu cuerpo entero estuviera hecho no de carne y hueso, sino de gelatina. Tenés náuseas; hacía mucho tiempo que no te agarraban estas ganas de vomitar tan incontrolables, estas ganas de expulsarlo todo, como si tu organismo estuviera tratando de alguna manera de purgarse de todas estas sensaciones que te hacen tanto mal. Tu visión está nublaba y los párpados te pesan como si los hubieran cargado de plomo. Tus músculos adoloridos ya no aguantan más.

Así de destrozada está tu anatomía.

Desde hace horas que tenés al filo de la navaja toda tu anatomía.

Nueve horas.

Nueve largas, interminables, terribles, agonizantes horas son las que llevás buscando a Michelle.

Nueve horas que se han sentido como un siglo.

Nueve horas que se han arrastrado como si las agujas del reloj hubieran estado jugando en tu contra, a propósito, retrocediendo, alterando el tiempo y el espacio, alargando cada minuto, estirando cada segundo.

Nueve horas llevás sumergido en una desesperación como ninguna otra que hayas sentido.

Nueve horas llevás atrapado en las filosas garras de un miedo paralizante, diferente a cualquier otro al que te hayas enfrentado.

La perspectiva de Michelle sola, sufriendo, te aterroriza. Pero la certeza de que la mujer a la que adorás se halla desamparada en un sitio con el que aun no lográs dar, llorando desconsolada, con un ataque de nervios, en shock, sin tus brazos para protegerla y resguardarla, sin tus ojos para mirarse dentro de ellos y sentirse la joya más preciada en el Universo, sin tus palabras correctas para aliviar el dolor y sanar las heridas abiertas y profundas que siguen sangrando…, esa certeza es suficiente para desgarrar cruelmente tu alma.

Estás partido al medio, destrozado, hecho trizas, y no vas a poder juntar los pedazos y reconstruirte hasta que no la tengas a ella acurrucada contra tu pecho y puedas asegurarte de que está bien, de que todo va a estar bien.

Nueve horas.

Nueve horas son las que llevás buscándola desesperado por toda la maldita ciudad, removiendo cielo y tierra, fuera de foco, fuera de vos, fuera de control, con tu cordura pendiendo de un hilo finísimo que siempre parece estar a punto de cortarse.

Nueve horas llevás yendo de una punta de Los Angeles a la otra, siguiendo un rastro inexistente, sin una pista sólida, perdido en una oscuridad absorbente que sólo podrá ser penetrada por la luz de esos dos ojos, esos dos ojos que estaban llenos de lágrimas y perforados por una angustia indescriptible la última vez que los viste, antes de que ella saliera corriendo sin darte oportunidad a que la detuvieras, antes de que se te escapara de los dedos como la arena que se cuela entre el espacio que queda cuando uno hace un cuenco con las manos.

Rumbo desconocido tomó ella al irse, sin dejar pistas, sin dejar rastro, sin dejar algo, la más mínima cosa, que pueda darte un punto de partida para empezar a buscarla, un punto de partida que te impulse y te lleve a hallarla finalmente, antes de que enloquezcas, antes de que mueras de dolor, antes de que la desesperación te queme la cabeza.

Nueve horas se ha llevado el reloj, y no piensa devolverte ninguna, y no piensa acusar recibo por ninguna de ellas.

Nueve horas arrastraron con violencia todo lo que encontraron, con todo lo que se interpuso a su paso, todo lo que estaba allí, todo a lo que podrías haberte aferrado en un intento de mantenerte erguido un poco más, en un intento de mantenerte a flote y no hundirte como si te hubieran arrojado a un foso de arenas movedizas.

Con los dedos torpes y temblorosos de una mano incluso más torpe y temblorosa marcás nuevamente el número de teléfono de su departamento, aun abrazado a la secreta esperanza de que va a contestar, de que vas a escuchar su voz porque volvió allí, porque fue a refugiarse entre esas paredes, a abrazarse a las almohadas que están impregnadas del perfume de los dos, a aferrarse al osito de peluche que le regalaste ese primer día que pasaron juntos. Con la otra mano maniobrás el volante mientras conducís a una velocidad nada prudente teniendo en cuenta que es de noche y que está diluviando con una furia terrible. Pero estás desesperado, desesperado por encontrarla, desesperado por solucionarlo todo, y eso nubla tu juicio.

Necesitás hallar a Michelle antes de que la desgracia te halle a vos. Necesitás hallar a Michelle antes de que se acabe el tiempo. Necesitás hallar a Michelle pronto, antes de que ella o vos cometan una locura, antes de que algo terrible suceda, antes de que la preocupación te trague entero, antes de que te ahogues en tus propias lágrimas, esas que caen por tu rostro, esas que empapan tus mejillas, esas que no podés contener porque no te quedan ni voluntad ni fuerzas ni ganas ni nada.

Llueve en la ciudad, llueve en tus ojos negros, y en tu cabeza hay un tornado salvaje y hambriento de sangre acompaña a ambos temporales destruyendo cuanta neurona puede con una saña increíble. Pero a vos el desastre aconteciendo dentro tuyo no te importa, lejos está de importarte, porque tu torturada mente no te interesa, porque tu prioridad es encontrar a Michelle. Las imágenes, los recuerdos, las voces, la bronca, la decepción, el enojo, la desilusión y ese otro millón de sensaciones devorándote empalidecen patéticamente si vamos a comparar con tu preocupación, tu desesperación, tus nervios, tu necesidad de salvarla de sí misma, tu necesidad de curarla. El resto puede esperar, con el resto vas a lidiar luego, del resto te podés ocupar luego, cuando tengas la tranquilidad de que ella está a salvo, calmada, el dolor mitigado, protegida a pesar de los esfuerzos de otros para hacerle daño (el nudo en tu garganta se vuelve más apretado al pensar que todo esto es tu culpa, que le fallaste, que no pudiste cumplir tu promesa, que la dejaste caer, que en un momento de debilidad y distracción tuyos pudieron darle un flechazo a tu talón de Aquiles para hacerlo trizas).

Como un autómata volvés a marcar el número de teléfono del departamento de Michelle, pero nadie contesta. Ya fuiste a su departamento seis veces en estas nueve horas, esperando hallarla allí, pero todo lo que te recibió en cada ocasión fue un silencio frío y ensordecedor, un vacío hondo y devastador que no hizo sino aumentar tu desesperación, provocando la sensación de que las paredes estaban cerrándose alrededor tuyo, a punto de aplastarte, a punto de ahogarte, la situación volviéndote su esclavo y prisionero.

La taquicardia te está causando un dolor agudo y punzante en el pecho que se extiende hasta tus brazos, esos brazos que han luchado contra terroristas, esos brazos que han herido y matado en defensa de vidas inocentes sin que se les tensara un solo músculo, pero que ahora se sienten débiles y flojos e inútiles e inservibles y vacíos porque te falta ella, porque te falta el calor de su cuerpo, suave y delicado, enredado en ellos.

Nueve horas, nueve largas horas llevás buscando a tu Michelle por toda la ciudad, desesperado, desahuciado, muerto de miedo.

Te sobresaltás cuando suena el teléfono celular al tiempo que el cielo es cruzado al medio por un relámpago seguido de un trueno que sacude la Tierra. Echás un rápido vistazo a la pantalla del móvil: es tu mamá. Nueve horas lleva llamándote cada quince, veinte, treinta minutos; la misma cantidad de horas llevás vos presionando con fuerza el botón rojo para rechazar sus intentos de comunicarse con vos. También estuviste recibiendo constantes llamadas de Martina, de Fiona, de tu papá, y hasta de tus dos cuñados, pero tampoco quisiste atenderlas. No te interesa hablar con nadie, no te interesa escuchar a nadie, no te interesa nada de lo que tengan para decir. El único motivo por el que no apagaste el aparato, el único motivo por el que no lo tiraste por la ventanilla del coche, es porque estás esperando a que Michelle te llame desde donde sea que esté, pidiéndote que vayas a buscarla, pidiéndote que vayas a rescatarla de sí misma, dándote la oportunidad de llegar tan rápidamente como humanamente posible a su lado para solucionar todo esto.

Tu teléfono vuelve a sonar y nuevamente te sobresaltás, pero en esta ocasión es porque el identificador no muestra número conocido. Y la esperanza se levanta feroz como un león que ruge dentro tuyo, y tus tripas se retuercen, y tus nervios se prenden fuego, y de pronto se te ocurre que quizá Dios escuchó las oraciones que estás enviando al cielo desde hace nueve horas y está enviándote una respuesta, porque podría ser Michelle la que te está llamando, porque podría ser Michelle intentando comunicarse con vos, porque podría ser Michelle para darte una pista, un rastro para hallarla y conducirla de nuevo a tus brazos hambrientos del calor de su cuerpo.

"Hola" tu voz tiembla cuando sube por tu garganta, y tiembla cuando se cuela por entre tus labios, y tiembla en los oídos del ser humano que está del otro lado de la línea. Tu voz tiembla con desesperación y angustia y preocupación y otras miles de emociones que están hechas todas una madeja enredada que no podrías desentrañar ni aunque hicieras el esfuerzo y trataras.

Nueve segundos que se parecen a nueva horas que se parecen a una eternidad insoportable es lo que tarda ella en hablar.

Nueve segundos que se parecen a nueve horas que se parecen a una eternidad insoportable es el tiempo durante el cual tu corazón se detiene, la sangre en tus venas deja de correr, tus músculos se tensan y el Universo se queda quieto a la espera de un alivio enorme o de una desilución terrible.