Mires donde mires,

Ella está ahí.

Tu vida siempre fue así:

Te da y te quita por nada.


Nueve horas antes.


Deberías haberlo sospechado. Deberías haber sospechado que todo estaba saliendo demasiado bien, que todo estaba resultando a la perfección, que todo era demasiado bueno, demasiado bueno para ser real, demasiado bueno para durar, demasiado bueno para no acabar esfumándose, diluyéndose, disolviéndose, o pinchándose con la misma violencia que un globo al encontrarse con la punta de un alfiler.

Deberías haberlo sospechado, pero ilusa como sos vos, creíste que la amabilidad de tu suegra, la sonrisa, los cumplidos, los comentarios agradables, las observaciones acertadas, la calidez en sus ojos oscuros, eran indicio de que todo empezaría a caer en su lugar, de que las cosas se emparejarían y acomodarían poco a poco, indicio de una nueva oportunidad para empezar a escribir en una hoja en blanco, sin borrones ni manchas ni tachaduras ni enmiendas, una oportunidad de arrancar otra vez, de enderezar los renglones antes torcidos y lograr que los párrafos queden derechos.

Qué equivocada que estabas.

Qué ilusa que sos.

Deberías haber empezado a sospechar cuando te recibió como un abrazo, como si no hubiera corrido una sola gota de agua contaminada bajo el puente. Deberías haber empezado a sospechar inmediatamente cuando tu suegra te saludó con un cálido beso en la mejilla. Deberías haber comenzado a sospechar cuando comentó sonriendo que aquél sweater te quedaba precioso.

Deberías haber empezado a sospechar cuando pasada media hora las sonrisas aun no se habían extinguido ni había caído entre ustedes un silencio incómodo y las palabras amables seguían saliendo de su boca. Deberías haber empezado a sospechar cuando Ana tomó una tostada, la untó con manteca y mermelada de durazno y luego te la ofreció con una sonrisa aun más grande.

Deberías haber empezado a sospechar cuando elogió tu belleza natural, tus pestañas extremadamente largas y negras, tus mejillas siempre sonrosadas.

Deberías haber empezado a sospechar partiendo del punto que la conversación siempre se mantuvo amigable y ligera, cayendo en temas como el clima, deportes, la salud del presidente Palmer y otros temas que encajan perfectamente en la categoría de 'bueyes perdidos', pero jamás se dijo una palabra del anillo brillante que se lucía en tu dedo anular.

Deberías haber sospechado algo, Michelle. Algo.

Pero, no, claro. Vos sos un simple ser humano con un corazón gigantesco, un simple ser humano bondadoso y con la maldita costumbre de dar segundas oportunidades cuando la realidad es que hay algunos que a veces no se merecen ni siquiera la primera oportunidad. Vos sos un simple ser humano que confió con los ojos vendados en la mujer que le dio la vida y crió al hombre que la hace inmensamente feliz, pensando que ella también quería corregir los errores cometidos la primera vez, pensando que sus actitudes también eran bienintencionadas, convencida de tantas cosas que luego acabarían resultando ser mentiras falsas, tan débiles y frágiles como un castillo construido con cartas.

Entonces te dejaste llevar por el momento, te concentraste en disfrutar cada segundo, tus nervios se disiparon, empezaste a sentirte cómoda y a gusto, y bajaste las defensas, terminaste expuesta, perdiste el equilibrio convencida de que debajo de vos había una red gruesa y firme y segura para atajarte, cuando en realidad esa red no existía, nunca había estado ahí, y todo lo que se hallaba allí para recibirte era el vacío, un vacío oscuro y profundo, un vacío demasiado hondo, un vacío que no conoce fin.

El desayuno salió bien, mucho mejor de lo que habías imaginado, a tal punto que llegaste a reprenderte mentalmente por haber estado tan nerviosa los días anteriores, como si te hubieras estado aproximando a la fecha de tu muerte por decapitación. Te reíste mentalmente de esa comparación, te reíste con ganas y sin preocupaciones y por un bendito par de horas el peso que venía acompañándote y hundiéndote se alivió, y llegaste a creer que todo el fin de semana sería así de idílico e ideal.

Qué ilusa que sos.

El desayuno salió bien, pasaron una mañana agradable, tus nervios se disiparon y la seguridad regresó y vos compraste contenta y con los ojos cerrados y totalmente convencida el enorme paquete de mentiras bien contadas y detalladas que Ana Almeida armó y te encajó con moñito y todo, porque sos una tonta, porque sos una ilusa, porque el amor te sega, porque el amor te hace pensar que las personas que se preocupan por Tony (o que deberían preocuparse por él) van a actuar con la misma nobleza y sinceridad que vos, buscando solamente lo que es mejor para él.

El desayuno salió bien, y eso fue suficiente para que tu guardia bajara y quedaras totalmente desprotegida, totalmente vulnerable, demasiado concentrada en regodearte en la alegría de que las primeras horas de ese fin de semana que debías compartir con tus suegros habían marchado muchísimo mejor de lo que podrías haberte atrevido a pedir, demasiado perdida en reflexiones sobre cómo lo que preocupa a los seres humanos y les quita el sueño y les genera pesarse siempre acaba encontrando una solución tarde o temprano…

Qué ilusa que sos. Caíste precisamente en la trampa meticulosamente tendida por Ana Almeida, esa trampa preparada con cuidado y calculando cada paso, esa trampa disfrazada de modo tal que ni siquiera te diste cuenta cuando quedaste mortalmente atrapada entre sus fauces, que te acunaron con delicadeza para que no te percataras del peligro que estaba cerniéndose sobre vos, los dientes afilados y empapados en veneno esperando al momento oportuno para cerrarse, para clavarse en tu piel, para hundirse en tu carne, para llegar hasta tu alma, para hacerte sangrar, para destrozarte, para causarte un daño increíble

Pero como el lobo estaba tranquilo y lucía manso vestido con sus pieles de cordero, ni se te ocurrió sospechar.

Deberías haber sospechado, sí.

Pero como sos una ilusa, aquél pensamiento jamás cruzó tu cabeza.

Porque, ¿a quién se le ocurriría que el vientre del que salió un hombre tan bueno, las manos que lo acunaron de pequeño, los ojos que lo vigilaron para cuidarlo y que nunca se hiciera daño, los labios que besaron su frente cada noche antes de que se fuera a dormir, la voz que le cantó canciones al oído después de que despertara sobresaltado porque una pesadilla lo había asustado, pertenecen a una mujer que si bien no es mala ni diabólica puede convertirse en calculadora y maquiavélica cuando siente que la felicidad del único hijo varón que le queda está siendo amenazada?

A vos no se te ocurrió.

Porque Ana Almeida no es una mala persona. Ana Almeida es una buena persona.

Ana Almeida es un ser humano.

Un ser humano que, como tal, se arriesga a cometer equivocaciones graves, gravísimas.

No sospechaste nada, incluso si deberías haberlo hecho, porque tu suegra no es una mala persona.

Es solamente una persona que se equivocó, una persona que obró mal, una persona que actuó mal, una persona que permitió a un miedo irracional dominarla a tal punto que todos los limites y líneas coherentes y sensatos se desdibujaron hasta perderse, hasta borronearse, hasta desaparecer, dejándola caminando sobre una cuerda floja finísima y débil, tratando de defenderse de una amenaza que nunca fue real pero que para ella sí lo parece, demasiado enfrascada en su orgullo, demasiado enfrascada en sus pensamientos, demasiado ciega para ver el daño que causaría a otros, el daño que se causaría a sí misma.

Ana Almeida y vos tienen algo en común: las dos están ciegas.

A vos te tiene cegada tu negación a creer que la madre del hombre de tu vida, la que va a ser abuela de tus nietos, podría permitir que el orgullo y sus expectativas nublen su juicio y la lleven a cometer una locura cruel de la cual va a arrepentirse por el resto de su existencia (aunque ella aun no lo sepa, aunque ella ahora piense que está actuando de la manera correcta, que el fin justicia los medios, que está haciendo lo mejor para su hijo, que está haciéndole un favor, que está haciendo algo que en el futuro se le agradecerá).

A ella la tienen cegada el orgullo y sus expectativas demasiado limitantes y sus pensamientos tan propios del siglo pasado y su incapacidad para aceptar que el único hijo varón que le queda vivo no está eligiendo el camino que ella habría trazado para él, el camino que ella esperaba verlo transitar, el camino que ella juzga mejor; ella está cegada por su incapacidad para ver que no es Dios para juzgar si un camino es mejor que otro, si una mujer es mejor que otra, si una latina es mejor que una japonesa, que lo que importa es el amor y no la etnia o la raza.

Deberías haber sospechado que todo había salido demasiado bien para mantenerse así.

Y ella debería haber sospechado que lo que estaba a punto de hacer provocaría que su hijo se cuestionara si su madre es o no una buena persona, la excelente persona que él siempre admiró, la excelente persona a la que él siempre quiso parecerse.

Qué ilusa que fuiste vos.

Y qué equivocada que estaba ella.

Pero el ser humano es complejo, demasiado complejo, tanto que a veces sobre sus corazones se cierne una sombra negra que les impide latir libres y los domina y los controla y los lleva a cometer equivocaciones terribles e imperdonables que se pagan caras, equivocaciones que desembocan en consecuencias que a su vez desembocan en tragedias y catástrofes que no se pueden solucionar fácilmente.

Las dos son seres humanos, las dos están destinadas a cometer errores.

Tu error fue confiar, tu error fue no sospechar.

El error de ella fue mucho, mucho más grave.

El error que cometió Ana Almeida puso en tela de juicio su condición de buena madre y buena persona.

Qué ilusa que fuiste vos al caer en la red que ella preparó para atraparte, creyendo que el fin justificaba los medios.

Qué tonta que fue ella al creer que su plan funcionaría y que su hijo un día le daría las gracias por separarlo de vos.

Qué estúpidos que son ustedes los seres humanos, qué complejas que son las emociones que los tienen de esclavos, que difícil es entender los motivos de algunos y las razones de otros, qué cosa tan maravillosa y a la vez tan loca y tan terrible que es el amor.

Porque tu suegra a él lo ama, de eso no cabe la menor duda. Ana Almeida ama a sus hijos.

Pero es un ser humano.

Y los seres humanos, por muy capaces que sean de amar profundamente, se equivocan.


No te pareció extraño que Ana propusiera que regresaran al departamento de Tony para almorzar luego de pasear por los jardines del hotel, admirando el paisaje aun hermoso y fresco como un lienzo recién pintado a pesar de que el invierno desde fines de Diciembre se había cernido sobre Los Angeles. No te pareció extraño porque entendés cómo funciona la curiosidad femenina, y si bien careciste de una durante la adolescencia y los primeros años de la adultez, imaginás que una madre debe querer echar un vistazo al hogar de su hijo, especialmente si son raras y contadas con los dedos de una mano las ocasiones en las que tiene oportunidad de visitarlo.

Tampoco te pareció extraño que le pidiera a Tony que no se tomara la molestia de cocinar y sugiriera comprar la comida hecha en uno de sus restaurantes favoritos en California, uno cuyos dueños son argentinos, al igual que ella, y saben preparar los mejores platos y postres típicos. Ana insistió en que pidieran comida a ese lugar porque no quería abandonar la ciudad sin haberse dado el gusto de probar cordero patagónico asado como Dios manda.

No te pareció extraño que al llamar al restaurante les dijeran que no hacían entregas a domicilio; muchos lugares no hacen entregas a domicilio, es lo normal. No te pareció extraño que Ana insistiera a su hijo para que condujera hacia allí para ir a buscar el almuerzo él mismo, tampoco te pareció extraño que propusiera que Alejandro lo acompañara para que tuvieran oportunidad de pasar algo de tiempo juntos, como cuando Tony era adolescente y le gustaba viajar con él a solas en el auto para conversar sobre fútbol, baseball, autos o cualquier otro de los intereses compartidos por padre e hijo, mientras escuchaban música en el estéreo.

No, no te pareció extraño, para nada.

Ahora, no te pareció extraño, sí, pero tampoco se te curvaron los labios en una sonrisa enorme de oreja a oreja que provocó que te dolieran los músculos de la cara, ni se te llenó la panza de esa sensación tibia que segrega la expectativa de algo agradable, ni te sentiste la persona más dichosa sobre la Tierra, ni pensaste algo entre las líneas de 'buenísimo, voy a poner agua a hervir así tomo café con mi suegra mientras charlamos sobre las cosas de la vida'.

La perspectiva de quedarte por lo menos cuarenta minutos a solas con Ana Almeida, si bien todo venía saliendo de maravillas, hizo que súbitamente esos nervios horribles que habían dejado de retorcerte el estómago después de haberte teñido con náuseas y mareos durante tres días volvieran de golpe, anudándote la garganta con fuerza bestial y generando una acidez para nada placentera.

Era ridículo, realmente, pensaste. No sería normal que vivieras con temor continuo a que se repitiera una situación similar a la que se dio esa mañana ventosa de noviembre cuando bajaste a la cocina por una vaso de agua y terminaste viéndote envuelta en una conversación para nada placentera con tu suegra mientras compartían el té que juró no haber envenenado pero que con esas palabras que te dijo de por medio tenía gusto amargo y bien podría haber causado en tu corazón y en tu alma el mismo efecto que una buena dosis de cianuro causa al cuerpo.

Esa mañana de sábado parecía estar probando que aquello había sido cosa de una sola vez, que las cosas progresarían, que las cosas caerían en su sitio… Entonces era ridículo, pensaste, evitar quedarte a solas con tu suegra, con la mujer que le dio al mundo el hombre maravilloso que se enamoró de vos y quiere amarte para siempre y ser el padre de tus hijos, como si tuviera una plaga, como si tuviera una enfermedad contagiosa…, como si pudiera hacerte daño.

Sos una persona tímida y te cuestan mucho este tipo de cosas, pero no sos estúpida y ya no sos una criatura, definitivamente: sos una mujer. Sos una mujer que va a casarse pronto, sos una mujer que va a empezar a formar su propia familia, sos una mujer que ama con la misma intensidad con la que está dispuesta a sufrir por ese amor, con la misma intensidad con la que está dispuesta a arriesgarse por ese amor, y no podés permitir que el miedo y la timidez te venzan, no podés comportarte como una nena chiquitita y asustada.

En todo eso pensaste en ese milisegundo, en todo eso y en que lo lógico, lo inteligente, lo sensato, lo propio de una mujer adulta, sería tomar las cosas como son y dejar de darle vueltas al asunto como un perro que corre en círculos tratando de morderse la cola, demasiado enfrascado en ese ritual vicioso como para pararlo, pero también demasiado tonto como para darse cuenta de que sus intentos no van a dar resultado: no podés pasar el resto de tu relación con Tony, por ende el resto de tu existencia, escapándote de tu suegra.

En todo eso pensaste en un milisegundo, todo eso razonaste, y en un milisegundo fue que decidiste que estaba bien quedarte sola con ella media hora… ¿Qué podría salir mal? Probablemente hablarían, no mucho, o quizá la conversación fluiría libremente, ¿quién podía garantizártelo? De lo que tenías certeza era de que no ibas a acobardarte o a mostrar debilidad o desconfianza mirándolo a Tony con ojitos de cachorrito abandonado suplicándole silenciosamente que se opusiera porque tenías miedo de pasar como máximo cuarenta minutos socializando con su madre.

Lo que sí le dijiste con la mirada, en silencio, hablando en ese lenguaje único que entienden ustedes dos y que para los demás es incomprensible, como una lengua extranjera aun no descifrada, fue que estabas de acuerdo con que fuera con su padre hasta el restaurante, que no habría problemas, que no te molestaba quedarte en el departamento con su madre mientras ellos disfrutaban de un viaje en coche conversando como cuando él era un adolescente. Se lo dijiste con la mirada, pero sonó tan fuerte y tan claro y tan sincero como si se lo hubieras dicho con palabras, o incluso más, y él te entendió, porque ustedes dos tienen maneras de comunicarse que van más allá de todo y que no dejan lugar a dudas.

Él entendió lo que estabas diciéndole, y vio la honestidad refulgiendo en esos dos océanos oscuros comprendidos en tus ojos orientales. Por eso le dijo a su padre que le parecía bien conducir hasta el restaurante, mientras su madre y vos se quedaban poniendo la mesa y preparando todo para servir el almuerzo en cuanto ellos volvieran.

Tony te besó suavemente en los labios antes de irse, acunando tu rostro entre sus manos tibias, acariciando tus mejillas delicadamente con las yemas de sus pulgares, transmitiendo miles de cosas con sólo ese gesto.

"Te amo" había murmurado contra tu boca.

"Yo también" habías respondido, sonriendo con ganas y sintiendo todo el peso del mundo yéndose de tus hombros, dejándote liviana, sin una gota de preocupación mezclándose en tu torrente sanguíneo, tranquila y serena y con esa seguridad que te inunda por dentro cada vez que él te mira así, prometiéndote protegerte y cuidarte y resguardarte de absolutamente todo.

Pero cuando la puerta se cerró detrás de ellos al marcharse, de repente el aire se volvió cargado. No hubieras sabido cómo describirlo, pero fue como si tu sistema nerviosa se hubiera puesto alerta, a la defensiva, esperando ser atacado, esperando el ataque que no creíste llegara porque estabas convencida de que habían empezado a escribir en una nueva página, con los renglones derechos, en hojas en blanco sin manchas ni tachaduras, otra vez, arrancando de cero, con voluntad puesta por ambas partes para hacer que esto funcione.

Qué ilusa que sos. Qué equivocada que estabas.


La madre de Tony se movía por la cocina como si conociera cada palmo, cada rincón, cada recoveco, cada secreto, como si la cocina fuera la de su propia casa y no la del departamento de su hijo, como si también en ese territorio ella mandara, como si también sobre ese territorio ella tuviera soberanía. Sin invitación se dirigió directamente a la alacena y a los cajones para sacar los platos, los cubiertos y demás utensilios mientras vos observás a una distancia, cerca de las banquetas donde muchas noches te has sentado para hacerle compañía a Tony mientras él te prepara la cena luego de un día agotador, de repente sintiéndote ajena al cuadro, como si sobraras, como si aquél lugar no fuera tu espacio también, como si en aquél departamento no hubieras pasado gran parte de los últimos cuatro meses, convirtiéndolo también en tuyo, dejando tu perfume en las almohadas y en las toallas, dejando tu marca a cada paso, como dejaste tu marca en él, física y emocionalmente.

Habías sacudido la cabeza en un intento de sacarte esos pensamientos de encima, como quien con un gesto brusco, repentino y automático reacciona al molesto zumbido de una mosca para hacerla desaparecer de su alrededor. No podías, después de todo, permitir que tu costado más tonto e infantil te controlara y te devolviera al primer casillero del tablero. Ese era tu hogar, ese espacio era tanto tuyo como de él, entre los dos habían hecho todo lo que ambos poseían también propiedad del otro, entre los dos habían aprendido desde un comienzo a compartirlo todo. Aquél no debía ser pensado como 'territorio', como si aquello fuera una guerra, como si estuvieran disputándose un terreno… Aquél era un hogar. Tu hogar, porque es de Tony y todo lo que es suyo es tuyo y pedazos de tu alma y de tu corazón y de tu ser están regados por todas partes, impregnados en todas partes, embebidos en todas partes.

Un suspiro había escapado por entre tus labios mientras intentabas agarrarte de ese pensamiento, mientras tus músculos se relajaban otra vez y se aflojaban un poco los nudos en tu garganta y en tu estómago, pero habías permanecido con la boca cerrada, la vista fija en las manos de tu suegra mientras doblaba servilletas para colocar sobre la vajilla.

"¿Te comieron la lengua los ratones?"

La pregunta rompiendo con la quietud te había sobresaltado, provocando que dieras un respingo.

Levantaste la mirada y te encontraste con el rostro de Ana, una sonrisa curvando sus labios y cruzando esa mezcla de facciones latinas fuertes en algunos rasgos pero muy delicadas en otros. Sus ojos tenían un brillo especial, que en el momento notaste pero no supiste cómo describir; más tarde, al recordarlo con amargura, la asociarías a la mirada de una víbora con los colmillos cargados de veneno justo antes de enroscar a su presa para aplastarla y después merendársela en un bocado.

No te habían comido la lengua los ratones, no (aunque, por la fuerza con la que dos de tus dientes estaban mordiendo tu lengua como hacés muchas veces cuando estás un poquitito inquieta, bien podría haber empezado a sangrar). No querías hablar porque no sabías realmente qué decir y nada de lo que se te ocurría te parecía lo suficientemente bueno; tu abuela te había enseñado siempre a no romper el silencio a menos que pudieras mejorarlo, y en ese momento era aquella la frase que daba vueltas en tu cabeza, convenciéndote para que mantuvieras los labios sellados.

Sin embargo, Ana parecía creer que el silencio sobraba y que sería conveniente llenarlo con palabras, porque decidió empezar una conversación.

O al menos eso pensaste vos. Pensaste que la mujer doblando servilletas al otro lado de la mesa, con dedos expertos y prolijidad absoluta, intentaba arrancar una charla amigable para romper el hielo, para evitar el silencio incómodo que parecía haberse anidado entre ustedes dos en aquella cocina aquél mediodía de principios de Enero, la densidad que como neblina flotaba en el aire. Ilusa vos, qué ilusa que fuiste, una ilusa sin lugar a dudas; estabas bajo la impresión de que Ana tenía toda la intención de convertir ese fin de semana en una sucesión de actos y hechos amables para compensar todo lo acontecido desde que se enteró de tu existencia en la vida de Tony cuando viajaron a Chicago.

"Estaba sumida en mis pensamientos" te disculpaste, devolviéndole la sonrisa con calidez, creyendo a su sonrisa tan honesta como lo era la tuya "Perdón"

"¿En qué estabas pensando?" inquirió, con una supuesta curiosidad sana e inocente muy bien fingida, con todo el veneno que tenía listo para destilar bien disimulado bajo una cobertura de azúcar empapando su tono de voz y su lenguaje corporal.

"Estaba pensando en que eligió mi juego favorito de servilletas" señalaste con un gesto de la cabeza la suave tela color tostado contrastando el blanco impecable de la vajilla de finísima porcelana.

No era enteramente mentira… Habías estado con la vista fija en las servilletas mientras Ana las doblaba con delicadeza y precisión, con una habilidad propia de las amas de casa de antes… Te preguntaste si aquellas cosas tan protocolares – como armar una mesa tan bien presentada, por ejemplo, cuidando todos los detalles – las aprendió cuando era chica y vivía rodeada de lujos y riquezas, o si esos hábitos los adquirió después, en la adultez.

Hay tantas cosas que te gustaría saber sobre la madre de Tony, tantas cosas de las que te gustaría hablar con ella, cosas que no podrías hablar con nadie más o aprender de nadie más porque a vos te falta tu mamá, porque tu abuela falleció, porque todas las figuras de autoridad que en tu vida deberían haber estado, de un modo u otro, por un motivo u otro, acabaron yéndose prematuramente. Hay tantas cosas que te gustaría compartir con una mamá – aunque no sea la tuya -, tantas cosas que quisieras poder vivir vos como hija antes de tener la oportunidad de vivirlas como madre cuando Tony y vos agranden la pequeña familia que conforman… Te encantaría tener la posibilidad de vivirlas con Ana. Te encantaría tener con ella una relación cercana, una relación de confianza, una relación estrecha… Te gustaría tanto… Te gustaría tanto que pudieran darse así las cosas, a pesar de todo, a pesar del comienzo trunco que tuvo este capítulo de la historia, a pesar de lo que pasó en Chicago y después de Chicago, a pesar de lo que ella haya dicho o pensado sobre vos en el pasado, a pesar de todo.

"Son muy bonitas" coincidió.

Y otra vez el silencio había caído entre ustedes dos.

Pero en esa ocasión tampoco duró mucho.

"Tenés unos bucles preciosos"

El comentario había surgido de sus labios mientras sacaba de la heladera una bolsa de naranjas para exprimir, y había sonado genuino.

"Gracias" habías contestado, tu sonrisa acentuándose un poco, junto con el color naturalmente sonrosado de tus mejillas, que se tiñeron de un tinte carmesí. Siempre los halagos tienen este efecto en vos, quizá porque sos demasiado tímida, quizá porque tenés el autoestima demasiado bajo, quizá porque hasta hacía poco no estabas para nada acostumbrada a que te prestaran cumplidos (todavía no estás del todo acostumbrada, a decir verdad, y cada vez que Tony te dice lo hermosa que le parecés o resalta alguno de tus rasgos o cualidades, tu corazón se echa a galopar tan rápido que se saltea algunos latidos).

"Nunca antes había conocido a una mujer oriental con cabello enrulado" fue lo siguiente que Ana dijo, cortando las naranjas en dos mitades "¿Es tu pelo natural?" había preguntado luego, con curiosidad.

"Sí"

"Tu papá tenía el pelo lacio y fino, ¿cierto?"

Aquél debería haber sonado como otro comentario casual, uno de esos que se hacen para mantener la conversación viva cuando no hay mucho de lo que hablar… Pero había algo extraño en su tono de voz, algo sonaba fuera de lugar, algo no entonaba… Quizá era idea tuya, se te había ocurrido, quizá estabas dejando que los nervios te alteraran otra vez. Estabas imaginando cosas, seguramente, te dijiste a vos misma, reprendiéndote mentalmente por querer leer entre líneas lo que ni siquiera está escrito, por sentirte perseguida o alerta como si estuvieras en una de las salas de interrogación de la CTU cara a cara con un criminal, tratando de encontrarlo en falta, tratando de hallar el hueco exacto para meter la púa y quebrarlo antes de que encuentren tu hueco y te quiebren a vos…

"Sí" respondiste una vez más, sin perder la sonrisa, aunque notabas que los músculos de tu cara al tensarse la habían debilitado un poco, dejándola caer hasta transformarla más bien en una especie de mueca.

"Michelle, podés decir más de dos palabras… No te voy a morder" Ana prometió con una sonrisa casi pícara, ese brillo aun refulgiendo en sus ojos, el cuchillo aun en su mano derecha mientras cortaba más naranjas para exprimirlas y preparar jugo para acompañar el almuerzo. Las palabras habían sonado demasiado similares a aquellas que había utilizado para aclararte que podías beber el té que te había servido tranquila porque no estaba envenenado… y aun te duelen las marcas dejadas por esa conversación ocurrida dos meses atrás (que hayas decidido seguir adelante y abrir un nuevo capítulo y hacer borrón y cuenta nueva porque querés llevarte bien con la familia de Tony es otro tema, y no quita que las heridas no sigan provocándote punzadas agudas).

El tono de voz empleado aquél mediodía de Sábado y la frase dicha en ese tono te recordaron inmediatamente a esas tazas de té compartidas mientras afuera la nieve espesa azotaba a Chicago y todos dormían plácidamente aguardando a que los despertadores sonaran anunciando que era hora de ir a despedir a una abuela, a una madre, a una buena persona, por última vez, ignorando que en la planta baja de la residencia, en la cocina, estaban prácticamente arrancándote el corazón del pecho y buscando punto por punto dónde pincharte para hacerte desangrar…

Basta había dicho una voz en tu cabeza, poniéndole un alto a tus reflexiones, a tus pensamientos, a tus comparaciones, a tu instinto que estaba tratando de advertirte que estabas empezando a caminar por terreno peligroso, no voluntariamente, sino porque estaban guiándote, de a poco, tomándote de la mano con aparente delicadeza pero en gesto firme, conduciéndote hacia adentro de la negrura con palabras que pretenden ser parte de una conversación cualquiera pero que en realidad son…

Basta había dicho una voz en tu cabeza otra vez, y en aquella ocasión había sonado como un latigazo al aire, deteniendo del todo a las ruedas que giraban a toda velocidad maquinando fuera de control, deteniendo del todo el proceso que podría haberte llevado a armarte para defenderte… Aunque aquello que estaba por venir, de aquello que estaba por venir no había mucha defensa posible para utilizar, porque una puñalada dada por la espalda siempre es una sorpresa, una dolorosa, terrible, mortal sorpresa, y por mucho que uno se escude, por mucho que uno se proteja, si el que ha decidido atacarte quiere hacerlo, por algún medio, de un modo u otro, termina logrando su objetivo.

"Perdón" te habías disculpado otra vez "… Soy muy tímida" te excusaste.

Sos muy tímida, sí. No sos tímida para interrogar criminales, no sos tímida para verte cara a cara con terroristas y exprimirlos hasta que delatan al último de sus compañeros, no sos tímida a la hora de enfrentar a la muerte, no sos tímida cuando lo que está en juego es la seguridad del país al que amás y las vidas inocentes de sus habitantes… Pero sí sos tímida para este tipo de cosas, sos tímida con las personas en general, especialmente con las que no conocés bien, sos tímida en el plano social, sos tímida para hacer amigos… Sos tímida. Son dos las personas que conviven dentro de Michelle Dessler: la agente federal a la que no le temblaría el pulso si tiene que dispararle a un delincuente, y la criatura dulce e inocente que se sonroja cuando le dicen que es bonita o cuando le dicen que la ama. La Michelle que acababa de sentarse allí, en una de las banquetas cerca del desayunador, era aquella que cuando se entristece se esconde bajo su manta favorita, recostada sobre un piloncito de almohadas, y acurrucada en el sillón mira dibujos animados para reír en lugar de llorar como una nena asustada. Era la Michelle más débil, la más sensible, la más frágil, la más vulnerable, la más humana, la más propensa a desmoronarse, la huérfana de padre, la hija abandonada, la nieta que a los dieciocho años perdió a su abuela, la hermana ignorada, la que pensó que nunca iba a ser amada hasta que su príncipe llegó para convertir su vida en un cuento de hadas.

Tus reflexiones otra vez fueron interrumpidas por la voz de Ana.

"Heredaste los bucles de tu mamá"

No había sido una pregunta. Eso fue lo primero que te llamó la atención. No era una pregunta, esa frase no había sido acunada entre signos de interrogación, no había sido dicha en un tono empapado de curiosidad. Había sido una afirmación, una afirmación rotunda. Como si lo supiera de antes. Como si lo supiera con certeza. Como si tuviera pruebas de ello. Como si pudiera jurar con las manos en el fuego que es así. Como si estuviera dispuesta a apostar cada centavo en su haber a que esos rulos salvajes, rebeldes e indomables los heredaste de la mujer que te trajo al mundo, de tu mamá.

No había sido una pregunta. Eso fue lo primero que te llamó la atención.

Y esa frase que hubiera sonado más natural y no habría levantado sospechas de haber estado acurrucada entre signos de interrogación fue la que hizo que finalmente empezaras a sospechar que algo estaba fuera de lugar y que no eran ideas tuyas o una cuestión de nervios o sugestión o la timidez extrema jugándote una mala pasada y haciéndote ver cosas que no son como en realidad sí son… Esa frase fue la que sonó tan rara en tus oídos, tan embebida en algo extraño e imposible de describir pero que tensó tus músculos y cerró tu garganta, esa frase que para otros probablemente hubiera sido una frase y nada más fue aquella con la que Ana comenzó lo que sería una conversación larga, empedrada, angustiosa, hecha de palabras filosas como cuchillos y empapadas en veneno, listas para penetrarte, para calar hondo, para llegar hasta tus huesos a través de tu piel, e infectarte, lastimarte, aniquilarte, destrozarte, con algo que generalmente hace mucho más daño que cualquier arma blanca o de fuego que pueda sostenerse entre las manos para usarse sobre la anatomía de otra persona: la verdad. Una verdad que no querés escuchar, una verdad que va a dejarte hecha un trapo de piso, una verdad terrible, una verdad difícil de digerir, una verdad que la mayoría elegiría seguir ignorando, una verdad que empezó a develarse ante vos cuando la madre de Tony con mucha seguridad y un tono que captó tu atención afirmó casi poniendo énfasis a propósito que vos heredaste tus bucles de tu mamá.

A pesar de ese nudo que tus nervios alertados por el instinto habían formado en tu garganta, lograste hablar. Y tu voz salió débil y frágil y casi podría decirse que en un susurro que sólo pudo escucharse porque el silencio en la cocina era demasiado profundo; y tu voz casi se traba, y las palabras casi no salen, pero de alguna manera – no sabés cómo – te las ingeniaste para que salieran, para que se escaparan por entre tus labios súbitamente resecos, para que tomaran forma, para que impactaran contra el aire y lo llenaran, para que alcanzaran los oídos de la otra mujer entre esas paredes, aquella que seguía exprimiendo naranjas a mano mientras sus ojos oscuros y brillantes tan parecidos a los de Tony y tan distintos a la vez, esperando a escuchar lo que fuera que tuvieras para decir en respuesta a algo en apariencia tan sencillo, tan inocente, pero que en realidad distaba de serlo, pero que en realidad no era más que el punto exacto donde poner el pulgar para presionar y jalar el gatillo y disparar un desastre.

"Sí, mi mamá tenía cabello enrulado…"

Heredaste los rulos de tu madre, así como de tu papá heredaste esos ojos exóticos que cambian por completo toda tu fisionomía y te otorgan una belleza increíble e inigualable, rara, diferente a cualquier otra, tóxica, aunque vos no lo reconozcas, aunque vos no lo creas, aunque vos a tu reflejo lo odies porque no sabés cómo apreciarlo.

Recordás el cabello de tu mamá. Recordás sus rulos. Los recordás cada vez que te encontrás frente a un espejo, porque bucles idénticos a los suyos en forma y en textura son los que cubren tu cabeza. Lo recordás constantemente, cada día, día a día, desde que ella se fue, desde que te abandonó, desde que tomaste consciencia de tu parecido con la mujer que te trajo al mundo para luego largarte a tu suerte, dándote la espalda con una mentira en la boca para ya no regresar.

Recordás el cabello de tu mamá, sí. Lo recordás porque lo heredaste. Lo recordás cada vez que te encontrás frente a un espejo. Pero también hay ocasiones en las que lo recordás de repente, cuando te agarran uno de esos ataques de angustia que no ves venir y que te chupan el oxígeno y te dejan débil, esos ataques de angustia que provocan una amargura tremenda que corre por tus venas y aflige a tu pobre corazón, esos ataques de angustia disparados por las cosas más simples o quizá por nada en particular y desembocan en horas sumida en la desesperación terrible que te sofoca cuando extrañás a tu mamá más que a nada en el mundo y terminás con el rostro bañado en lágrimas y el pecho comprimido de pena; recordás la textura de sus rulos cuando enterrabas tus manitos en ellos para hacerle mimos en la cabeza (no siempre aceptaba, no siempre estaba de buen humor, pero cuando sí te abrazaba y te acariciaba la cabeza a vos también, te convertías automáticamente en la criaturita más dichosa del mundo), los recordás suaves y sedosos, los recordás enmarañados y desordenados y despeinados, y perfectos. Para vos esos rulos eran perfectos, y secretamente – aunque costara mucho peinarlos y mantenerlos desenredados y a tu abuela le dieran ganas de rezongar seguido cuando tenía que pasarles el cepillo – te encantaban tus rulos porque eran como los de tu mamá.

Hasta que te abandonó.

Hasta que se fue.

Hasta que ya no tuviste una mamá, ni siquiera una que pasara el día entero alcoholizada durmiendo o llorando o hablando sola o alucinando o gritando o atacándose a sí misma o atacando a otros o dibujando formas sin sentido o golpeándose la cabeza contra la pared o gritándote o culpándote por algo que no hiciste o pegándote sin motivo o ignorándote o mostrando esporádico interés en vos como quien muestra interés súbito en una muñeca con la que no se juega hace mucho.

Es una relación extraña la que tenés con tus rulos, es algo raro, es algo difícil de explicar o de entender, sobre todo para vos. Porque los heredaste de tu mamá, sí, y es tener una parte de ella siendo parte de vos constantemente, es tener una parte de ella todo el tiempo siendo parte de lo que sos… Y realmente, aun después de tantos años, no terminás de definir tu postura con respecto a cómo eso te hace sentir.

Y en ese momento, en el silencio de la cocina, en la quietud del mediodía, en la soledad del departamento que en los últimos cuatro meses se convirtió en tu hogar porque allí compartís con Tony pequeños momentos que te hacen muy feliz y que te dejan vislumbrar lo hermosa que va a ser el resto de tu vida perteneciéndole a él, con la mesa prolijamente arreglada interponiéndose en medio de ustedes dos, mientras realizaba una tarea tan doméstica como la de exprimir naranjas para preparar jugo, tu suegra acababa de sacar a colación ese tema, de la nada, haciendo una afirmación que suena rotunda pero que no sabías por qué estaba tan fuertemente respaldada, haciendo una afirmación desconcertante: vos tenés los bucles de tu mamá, heredaste los bucles de tu mamá.

Fue la voz de Ana lo que te sustrajo de tus arremolinados y surtidos pensamientos.

Sonaba filosa, al mismo tiempo que suave. Sonaba dulce, al mismo tiempo que amarga. Sonaba extraña. Sonaba distinta. Sonaba… No podrías haberlo descripto. Te llegaba como desde lejos, como por un túnel negro y oscuro, como si una larga distancia hubiera estado separándolas, no física, sino más bien mental.

"Es curioso" había comenzado, tomando el cuchillo del sitio en la mesada donde lo había dejado para cortar por la mitad otra naranja, dándole al tema el mismo trato que uno podría darle a un tópico que se resuelve alrededor de los cambios bruscos de clima "… Cuando Anthony me habló de vos… de tu familia… mencionó que tu padre falleció cuando eras una beba…"

Vos la escuchabas callada, mirándola pero sin realmente verla, con los ojos fijos en ella pero sin que las imágenes llegaran nítidas… Estaba hablándote de Tony. Tony aparentemente le había contado sobre tu familia… Eso hizo que tu estómago se cerrara en un apretado nudo: tu infancia, tu pasado, la familia en la que creciste, es todo tan distinto a lo que él vivió, todo tan distinto al hogar que Ana y Alejandro construyeron para sus hijos. Las cosas para vos se dieron así y es estúpido esconderlas y es estúpido pretender que la realidad no es esa, y vos no lo hacés, pero en ese momento te sentiste incómoda. O al menos así lo hubieras descripto, como una incomodidad, esa sensación que te recorre la piel y se acentúa como un escozor en la espina dorsal y te hace temblar como si te hubieran arrojado en una fría mesa de fórmica para observarte bajo una lupa como quien diseca una rana.

¿Tony le había contado sobre tu familia? De repente esa pregunta parecía estar sumándose al remolino de pensamientos cruzando tu cabeza, que cada vez se sentía más y más presionada, como si una mano hubiera estado estrujándote los sesos… ¿Tony le había contado sobre tu familia a su mamá? Te sonó absurdo, porque él sabe lo tímida y reservada que sos, porque él también es muy reservado, porque él jamás hablaría con otro ser humano de cualquier cosa que vos le hayas confiado exclusivamente a él en una conversación íntima…, pero al mismo tiempo tampoco te sonaba ilógico, porque, si Tony no le había hablado sobre tus padres… ¿cómo sabía Ana entonces que quedaste huérfana cuando eras una beba?, ¿o que heredaste los rulos de tu mamá?

Pero no llegaste a procesar aquella línea de pensamiento o a darle mucho más espacio para desarrollarse del todo, porque ella siguió hablando, con esa misma calma, con esa serenidad inconmovible, como si hubieran estado conversando sobre la trama de una película o sobre cualquier otro tema en lo mínimo delicado en lugar de haberse sumido en un monólogo casi enigmático sobre tu familia, como si los conociera realmente, como si los hubiera visto de cerca, o al menos visto de cerca las ruinas de lo que alguna vez fue tu familia, ruinas que siguieron volviéndose ruinas, ruinas que siguieron desintegrándose hasta volverse polvo, cenizas, nada de nada.

"…, pero no ahondó mucho en la historia de tu mamá" aclaró luego.

En ese momento por poco suspiraste de alivio. Quizá la mamá de Tony le había preguntado a su hijo sobre tu situación familiar en alguna de sus conversaciones telefónicas luego de la visita a Chicago, y él para contentar su curiosidad y sacársela de encima y evitar que siguiera haciendo preguntas molestas o picándolo para que aflojara la lengua le había dado datos mínimos: tal vez había mencionado que tu papá había sufrido un paro cardíaco repentino cuando contabas con la escasa edad de once meses, tal vez había mencionado que tu madre se vio de pronto viuda con dos hijos y su suegra como único soporte a la hora de enfrentarse a la maternidad sin su esposo para ayudarla y acompañarla…

Pero ese alivio duró lo mismo que el suspiro que se quedó atorado en tu garganta, el suspiro que nunca llegó a salir y a volverse sonido. Ese alivio que se había inflado de pronto como un globo fue pinchado rápidamente por las palabras que siguieron a las anteriores, las palabras dichas por Ana:

"Luego entendí a qué se debía tanta reserva" había continuado ": sé por experiencia propia que es difícil para los padres y para los hijos vivir con un país entero de por medio, pero me imagino que debe ser aun más complicado en tu caso, ¿no, Michelle?... Con tu mamá enferma…"

Fue en ese preciso instante que tu anatomía entera entró en alerta roja. Alarmas silenciosas se habían prendido dentro de vos, girando fuera de control. Sentiste el color abandonando tu rostro, tu piel empalideciendo, la sangre retirándose rápidamente para ir a acumularse a tu cabeza y a tus sienes y a tus oídos, bullendo, zumbando. Sentiste las uñas clavándose en tu carne cuando tus manos se cerraron en puños, tus nudillos volviéndose blancos como la cal. Sentiste los latidos de tu corazón explotando en tu pecho y reventando contra tus costillas. Sentiste la boca resecándose otra vez, como si de pronto tu lengua se hubiera vuelto de cartón.

Ana sabe por experiencia propia lo que es para los padres y los hijos vivir separados, todos esos kilómetros en el medio, uno en una punta del país y el otro en la otra; lo sabe porque Tony y Martina y ahora Fiona viven en California mientras ella y su marido residen en la otra costa; Ana lo entiende porque lo vive, porque es parte de su realidad, porque la relación con las personas que más ama en este mundo tiene que mantenerla con la ayuda de dispositivos electrónicos como teléfonos celulares y computadoras, y es complicado, y es natural que ella lo comprenda y lo vea así porque es una parte de su día a día… Ese pedazo lo entendiste…

Lo que te sacudió, lo que tuvo en vos un impacto tal que podría haberse interpretado como si un puño invisible te hubiera golpeado de lleno en el estómago arrancándote todo el aire y dejándote con los pulmones vacíos y los intestinos llenos de pesado plomo, fue que mencionara que para vos esa misma situación debe ser aun más difícil porque 'tenés a tu mamá enferma'.

¿Por qué te había dicho eso?, preguntaba desesperada una voz en tu cabeza. Vos no tenés mamá. Tu mamá te abandonó hace catorce años. Vos no tenés mamá desde hace mucho tiempo. No sabés dónde está. No sabés si vive. No sabés nada sobre ella, sobre su paradero, sobre el camino transitado desde aquél día en el que te dio la espalda y se fue, sobre lo que sea que haya acontecido después de que se alejara de ustedes para ya no regresar. En caso de que aun siga con vida, en caso de que no haya vuelto a caer en las drogas, en caso de que no haya quedado prisionera del alcohol, en caso de que la locura no la haya conducido a suicidarse, en caso de que aun exista físicamente y no sólo en los recuerdos de su hija, vos no tenés la más mínima idea sobre dónde puede estar, sea dentro del estado, dentro del país, o en cualquier otro punto del vasto Universo. ¿Por qué entonces ella estaba compadeciéndose de lo que debía ser para alguien en tu situación mantener una relación a larga distancia con una madre enferma? Vos no tenés madre con la que mantener una relación, ni a larga distancia ni a veinte minutos en coche, ni enferma ni sana. Que hayas tenido una madre enferma durante los primeros diez años de tu vida no significa que la sigas teniendo ahora, porque te abandonó, porque se fue, porque te dejó, porque te mintió sin que se le moviera un solo músculo y te dio la espalda y jamás le interesó volver la vista atrás.

"¿Exactamente qué es lo que sabe sobre mi mamá?" habías encontrado la manera de hacer subir tu voz por tu garganta, habías encontrado la manera de conectar cerebro y lengua para que salieran frases coherentes, una única pregunta cargada de una curiosidad tan fuerte que ya no era sana, cargada de una ansiedad pesada que dificultaba tu respiración, cargada de tu sangre espesa moviéndose lentamente por tus venas, cargada de dudas, cargada de demasiadas cosas como para separarlas todas y clasificarlas y describirlas y tratar de entender lo que estaba pasando en ese momento, ese sábado, ese mediodía, en esa cocina, mientras tu suegra exprimía naranjas y vos tratabas de empezar a comprender un poco hacia dónde estaba yendo toda esa conversación que se había descarrilado de repente, pasando de algo tan simple como servilletas a ahondar en temas así de delicados, como tu madre, algo de lo que hablás en raras ocasiones y solamente con Tony, algo que ella había sacado a colación a partir de un comentario de apariencia inocente que en realidad encerraba más, mucho más.

"Sé todo, Michelle"

Tres palabras. Tres palabras fueron suficientes para que te pusieras aun más blanca, para que tu corazón se detuviera en tu pecho antes de reanudar la marcha con palpitaciones agudamente dolorosas. Tres palabras te hicieron temblar por dentro como si un terremoto hubiera resquebrajado tu alma hasta dejarla dividida en dos.

Sabía todo, decía. ¿Qué es todo? ¿Qué significaba aquello? Te hormiguearon las manos y se te retorcían las tripas, tenías la boca seca pero al mismo tiempo las náuseas te quemaban la garganta… Si la madre de Tony estaba diciendo saber todo sobre tu mamá, eso significaba que él había tenido que contarle la historia, porque, ¿de qué otro modo entonces habría ella descubierto lo que decía saber? Tony tenía que haberle contado sobre el alcoholismo de tu mamá, sus enfermedades psiquiátricas, sus desvaríos, sus desequilibrios… O quizá ella creía saber todo pero en realidad él le había dado pedacitos de información básicos… No, no, esa mujer estaba demasiado convencida, demasiado segura de sí misma, y había demasiada intensidad en su mirada como para que no fuera cierto que sabía todo.

"No te preocupes, querida" te había dicho con voz calma y serena, mostrándose comprensiva, casi maternal, irónicamente ": nadie va a juzgarte; tampoco la juzgo a ella" las palabras llegaban a tus oídos como amortiguadas por una pared invisible pero gigantesca y bastante gruesa que parecía haberse levantado entre ustedes dos, porque las escuchabas como desde lejos, como si estuvieras sumergida en el agua… No hubieras sabido cómo explicarlo, porque en ese momento no podrías haber sabido describir nada o poner adjetivos a nada, pero era como si estuvieras ahí y al mismo tiempo no estuvieras, porque estabas desorientada, porque estabas perdida, porque estabas ofuscada, tratando de comprender tanto en tan pocos segundos "… Uno hace lo que puede con lo que Dios le da, y Dios a veces quita, pero también da, da mucho más de lo que podemos apreciar…" ella seguía filosofando, con ciertos aires de sabiduría envolviéndola, como quien despliega toda la experiencia adquirida por los años y a través de las distintas circunstancias enfrentadas "Los caminos que le tocaron transitar a tu madre no estuvieron libres de obstáculos" con cada sílaba que se caía de su boca sentías el corazón latiendo en el pecho, dolorosamente, cada palpitación como una cuchillada a tu estómago y a tus costillas, la sangre corriendo rápido por tus venas hinchadas y a punto de reventar: por cómo hablaba, por cómo formaba las frases, por el brillo en su mirada… era evidente que sabía sobre tu madre, era evidente que sabía más que unos cuantos detalles simples y básicos "Demasiado dolor, demasiada angustia, demasiado sufrimiento" había seguido enumerando, con ese tono empático empalagando su voz "…, una carga muy pesada para que un solo para de hombros la lleve a cuestas… Es entendible que haya terminado así, Michelle. No hay cuerpo ni mente que aguanten tanto mal infligido sobre un solo ser…"

Es entendible que haya terminado así.

Letras puestas todas juntas, combinadas, hechas sonido, vestidas de esa voz aparentemente dulce y suave y comprensiva, una muestra del idioma convertida en oración que repiqueteó en tus oídos como campanas estridentes que le hicieron daño a tus tímpanos y produjeron que tu alma vibrara como la Tierra justo antes de que la raje al medio un terremoto.

Es entendible que haya terminado así.

¿Que haya terminado cómo? Vos no sabés cómo terminó tu mamá. No sabés qué fue de tu mamá. No sabés qué pasó después de que la puerta se cerró detrás de ella aquella mañana, su cabello suelto y enrulado cubriendo su espalda frágil de huesos débiles y dedicados por el consumo excesivo de alcohol y la falta de nutrientes. No sabés qué le tocó en suerte. No sabés a dónde la llevó el destino si es que el destino la llevo a algún lado después de que te abandonara con falsas promesas. No sabés siquiera si está viva, porque jamás volviste a oír de ella, porque desapareció, como si la Tierra se hubiera abierto bajo sus pies y la hubiera tragado sin dejar rastros, como si nunca hubiera existido, como si hubiera sido un espejismo, una ilusión, un conjunto de volutas de humo que se evaporaron. No sabés cómo terminó, porque ese pedazo de tu historia, ese personaje en la historia de tu vida, es uno que carece de final, porque de entre los renglones fue cortado abruptamente, de golpe, sin darle un cierre, arrancado de las páginas de tu existencia, el desgarro dejando heridas que nunca cicatrizaron, que sigue abiertas y sangrando.

Si vos no sabés cómo terminó tu mamá, si vos no sabés qué pasó con ella, ¿cómo puede Ana Almeida saberlo? ¿Estaría refiriéndose a lo triste que es que haya acabado abandonándolo todo, rindiéndose sin luchar, eligiendo su alcoholismo y su depresión antes que esforzarse por lograr salir de ese agujero negro? ¿Estaría diciendo que era una pena que hubiera renunciado a su hija y hubiera optado por el camino más 'fácil', el camino de los cobardes, alejándose de todo lo que le recordaba a la felicidad que una vez había tenido, todo lo que hubiera significado tener que encontrar la manera de dibujar el camino de regreso a la sobriedad?

Esas situaciones hipotéticas pasaron como flashes frente a tus ojos, una detrás de la otra, tu parte más lógica intentando deshacerse de las sogas que parecían haberla atrapado para salir con una respuesta, pero sin lograr realmente mucho, porque tu parte instintiva estaba quemándote, pinchándote, punzándote, susurrándote al oído con una vocecita cantarina desagradable que te erizaba la piel, sugiriendo en murmullos una posibilidad que desde algunos ángulos parecía absurda, totalmente absurda, totalmente improbable, totalmente imposible, pero que desde otros lucía real, peligrosamente real, una locura que podría ser cierta, porque las locuras son ciertas, las locuras lo son.

Y lo que estabas a punto de preguntar era una locura, pero no pudiste contenerte y las palabras se salieron de tu boca de golpe, abriéndose paso entre tus labios resecos. Era una duda, una duda absurda, una duda surgida de golpe, una duda que estaba carcomiéndote con rapidez increíble, una duda que se había asentado en tu estómago llenándolo de plomo, una duda que con sus dedos largos y finos estaba tratando de ahogarte, una duda que debías sacarte de encima antes de que te sofocara. Porque esa duda estaba ahí, esa duda loca y absurda había tomado forma y de repente se había convertido en algo bastante corpóreo, algo con la fuerza suficiente para hacer peso sobre tus hombros y hundir a tus rodillas hasta hacerte caer al suelo derribada por el veneno de la duda misma, porque no hay nada peor que una duda, porque no hay nada peor que la carencia de certezas, porque no hay nada peor que las preguntas dando vueltas y los posibles escenarios escribiéndose en la cabeza de uno, el siguiente peor que el anterior, terribles fantasías torturándote, llenando el hueco cada vez más grande al que le correspondería la verdad. Era loco y absurdo aquello que preguntaste, pero toda esa conversación desde el principio había sido loca y absurda, y necesitabas que esa duda fuera aniquilada, necesitabas deshacerte de ella.

El problema es que cuando se hacen preguntas, uno está exponiéndose, arriesgándose a encontrarse con que esa verdad que desesperadamente busca para llenar los huecos hondos y profundos no es la verdad que se quiere escuchar, porque duele, porque decepciona, porque es difícil de digerir, porque hace daño y cala hasta pegarse en los huesos y degenerarlos, porque rompe el corazón y resquebraja el alma.

Con una verdad como esa te encontraste aquél sábado al mediodía cuando poseída por la súbita necesidad de quitarte una duda absurda sembrada estratégicamente por tu interlocutora te animaste a hacer una pregunta que ella quería escuchar, la pregunta que ella estaba esperando escuchar, para ofrecerte su verdad, su versión de la verdad, una de esas verdades que matan como cuchillos incandescentes pensados para torturar.

La duda había sido plantada, la duda había germinado, la duda absurda y loca pero fuerte al final había aparecido, la duda estaba devorándote con sus dientes puntiagudos y afilados, esa duda que en otro momento y en otra circunstancia te había parecido imposible de llegar a existir pero que en ese momento te tenía con la sangre corriendo rápido y el corazón latiendo desacompasado y los nervios estremeciéndose.

"Ana" habías llamado su nombre, el nombre de la mujer que inteligentemente había ido apilando ladrillo sobre ladrillo para ir construyendo ese castillo de incertidumbres en el que de repente te encontrabas prisionera, la mujer que inteligentemente se había servido de palabras e insinuaciones y tonos de voz acaramelados y comprensivos para llevarte a sospechar sobre cuánto sabe acerca de tu mamá y cómo es exactamente que está en posesión de esa información que parece haber sido obtenida de primera mano y no a través de un posible relato de Tony, por más detallado que este pudiera haber llegado a ser "… ¿Usted conoce a mi mamá?"

La duda expresada, las palabras flotando en el aire, tus oídos abiertos a la espera de una respuesta que pensabas disiparía cualquier idea ridícula formada en tu cabeza, devolviéndote un poco de calma, devolviéndole a la situación un poco de la estabilidad que de repente había perdido, centrando las cosas en el marco, poniéndolo todo en foco…

Nada de eso llegó.

Lo que llegó fue otra pregunta, otra frase acurrucada entre signos de interrogación, aunque teñida de retoricismo. Lo que llegó sacudió los cimientos sobre los que estabas parada, dándote la sensación de que tus piernas caerían pronto y con ellas toda tu anatomía, todo tu cuerpo, todo tu peso. Lo que llegó fue peor, mucho peor que una respuesta directa, porque al menos las respuestas directas pueden ser comparadas a cuchillazos limpios, firmes, de esos que te matan en el acto y no te dan tiempo a sentir el dolor, esos que no te dan tiempo a procesar lo que sucede, esos que son seguidos inmediatamente por la negrura, esos que te consumen en segundos sin que entiendas verdaderamente qué está sucediendo o por qué. Una pregunta que pretender ser respuesta no hace otra cosa que crear más desconcierto, aumentando la ansiedad, revolviendo tus nervios, abriendo un abismo y haciéndote creer que vas a caer, que la oscuridad va a absorberte.

"¿Tony no te lo dijo, querida?"

Tu reacción fue inmediata, automática, espontánea, como si te hubieran pinchado con un alfiler, como si te hubieran dado una descarga eléctrica; se te escaparon las palabras de la boca antes de que siquiera tuvieras oportunidad de procesarlas, antes de que las pensaras o las eligieras o las armaras, como si tu cerebro y tu boca de repente hubieran decidido actuar por su cuenta, sin avisarte, con total autonomía.

"¿Decirme qué…?" se te escapó por entre los labios luego de haber logrado subir por tu garganta, donde sentías latiendo descontrolado y arrítmico tu pobre corazón cargado de nervios, ansiedad y las dudas nacidas de la incertidumbre que había germinado producto de esa otra duda que una vez verbalizada no había traído consuelo o explicaciones o tranquilidad, sino mayor caos en tu cabeza y en tu alma y en tus pensamientos y en tu ser.

A esa pregunta a medias, a esa pregunta incompleta, a esa pregunta seguida de puntos suspensivos que pudieron sentirse en el aire, densos y filosos y consumiendo el oxígeno y llenando la habitación de algo indescriptible que parecía ejercer fuerza sobre vos, presionándote, asfixiándote, a esa pregunta incompleta expresada con una voz un poquitito más aguda, casi con desesperación, para esa pregunta sí hubo respuesta, una respuesta larga y enredada hecha de frases tejidas como con las pinzas que usa la araña para preparar la telaraña en la que caerán las pobres, indefensas, estúpidas moscas. Una respuesta que de a poco fue desarmándote, destrozándote, confundiéndote, reduciéndote a un manojo de nervios, reduciéndote a la auto combustión.

De a poco, de a poco fuiste procesando cada oración, lentamente, como pequeñas dosis de veneno suministradas al momento justo para ir provocando una agonía demasiado larga antes de la muerte. De a poco, de a poco las fuiste procesando una a una, resonaban en tus tímpanos como campanas que repican en silencio y que hacen eco que se multiplica hasta llenarlo todo y no dejar nada sin ser tocado por el sonido, un sonido estridente y molesto y dañino y filoso, si es que el sonido puede serlo.

"Soy voluntaria en el hospital en el que tu mamá está ingresada…"

El primer golpe. La primera cuchillada. El primer puñetazo en el estómago.

Tu mamá… Hospital… Ingresada.

De golpe te mareaste. Todo daba vueltas a tu alrededor, de repente el espacio en el que estabas parecía haberse reducido, las paredes parecían haberse cerrado hacia adentro, las luces eran demasiado brillantes pero tus ojos veían manchas negras en medio de tanta claridad. Por instinto te agarraste del respaldo de una silla, tus nudillos blancos como la cal, la fuerza que estabas poniendo para sostenerte toda la que te quedaba, tus rodillas temblando como si hubieran estado hechas de gelatina, tu estómago enredado en un nudo.

Tu mamá… Hospital… Ingresada.

Tu mamá ingresada en un hospital…

Tu mamá ingresada en un hospital… Tu mente no lograba agarrarse de eso, no lograba procesarlo. Eran tu anatomía y tu sistema nervioso los que estaban absorbiendo todo el impacto.

"… Visito enfermos algunos días de la semana, converso con ellos… Así fue como conocí a tu mamá, de hecho…"

Tu mamá ingresada en un hospital… Ana estaba diciéndote que tu mamá estaba ingresada en un hospital, en el hospital en el que ella era voluntaria, el hospital al que ella iba a visitar a enfermos solitarios para pasar tiempo haciéndoles compañía, leyéndoles…

¿Era eso posible? ¿Era posible que el destino, la vida, Dios, quien fuera que maneja los hilos, hubiera decidido que los caminos de la mujer que te trajo al mundo para luego abandonarte se cruzaran con los caminos de la mujer que trajo al mundo al hombre que amás y que se mostró inicialmente en contra de tu relación con él?

¿Cuáles eran realmente las posibilidades de que los senderos andados por tu madre, hayan sido aquellos los que hayan sido, resultaran en ella y Ana encontrándose en algún punto de la vida? Ella y Ana, tu mamá y la mamá de Tony, entablando una relación totalmente paralela a la que las uniría por medio de ustedes dos si tuvieras que definirlas como consuegras…

¿Cuáles eran realmente las posibilidades de que dos mujeres se conocieran – en un hospital, en este caso, una como voluntaria para ayudar a los más necesitados, la otra como convaleciente – sin saber que el hijo de una y la hija de la otra llevan un año trabajando juntos y están perdidamente enamorados y comprometidos para casarse?

Esas cosas suceden en las películas, en los libros, en las telenovelas, en la ficción… Esas cosas no suceden en la vida real… ¿cierto? Esas cosas son improbables. Esos casos deben darse muy remotamente, uno en un millón… ¿Pero y si este es ese caso en un millón? ¿Era posible que lo fuera?

Suponiendo por un instante que fuera probable, que ese caso se hubiera dado, que esa casualidad enorme propia de una obra de ficción hubiera encontrado la forma de plasmarse en la vida real, en tu vida, en tu realidad, en la realidad de la que formás parte vos y de la que por ende forman parte Tony y su familia y todo lo que tiene que ver con él y consecuentemente también con vos, suponiendo que hubiera sido allí, que tu madre y su madre se hubieran conocido en un plano totalmente alejado de la relación íntima entre sus respectivos hijos, ¿cómo acabaron descubriendo la conexión subyacente entre ambas?

Miles de preguntas y teorías e hipótesis y un montón de otras cosas estaban acumulándose en tu cabeza, presionando, amuchándose, volviéndose una madeja enredada y anudada imposible de desentrañar con los dedos y con delicadeza, una madeja enredada y anudada que solamente podría desarmarse cortando con tijeras y corriendo el riesgo de que salieras herida en el proceso. Estabas concentrándote en el cómo y en el por qué debido a que gran parte de tu ser no quería conocer la verdad detrás de las incógnitas alimentadas durante catorce años: qué pasó con tu mamá, qué fue de ella, cómo está ella, dónde terminó, qué pasó para que terminara donde sea que haya terminado, qué se esconde del otro lado de esa puerta que se cerró tras sus espaldas cuando ella te abandonó, trazando una línea entre su existencia y tu existencia.

"¿Cómo… cómo sabe que… que la mujer que usted visita en el hospital es… mi mamá?" lograste conectar la lengua y el cerebro e impulsar el sonido desde el diafragma hacia arriba, haciéndolo viajar por tu garganta y lanzándolo hacia afuera a través de tus labios.

Qué distintos que pueden ser los humanos puestos en diferentes contextos. No temés a los terroristas ni a los delincuentes y te ganás la vida interrogándolos y presionándolos hasta romperlos, hasta quebrarlos, hasta destrozarlos, pero en el plano personal, cuando sos simplemente Michelle y no la Agente Dessler, te volvés estúpida y poco elocuente y frágil y nerviosa y temblorosa y débil y todo puede contra vos y vos no podés contra nada.

"No sabría cómo explicar con palabras lo sorprendida, lo pasmada que me quedé al darme cuenta de que la mujer a la que había estado visitando durante casi cuatro meses como parte de mi proyecto de caridad resultó ser la madre de la mujer con la que va a casarse mi hijo…"

De la forma en que lo dijo, para cualquier oído hubiera sonado como si estuviera relatando un encuentro inesperado con una vieja amiga de la secundaria en la fila para pagar en el supermercado, y no de algo tan serio como lo que en realidad estaba siendo discutido. De la forma en que lo dijo, para cualquier oído hubiera sonado como si su 'proyecto de caridad' consistiera en alimentar perros callejeros y encontrarles un hogar en lugar de visitar personas enfermas en hospitales. De la forma en que lo dijo, para cualquier oído eso de 'la mujer que va a casarse con mi hijo' hubiera sonado como escepticismo puro, como un adulto alentando a un niño a creer en Santa Claus aun sabiendo que no existe y que la desilusión acabará llegando tarde o temprano cuando sea el momento de que se le revele la cruel verdad.

"El destino es una cosa realmente extraña, Michelle. Las casualidades con las que uno va encontrándose a lo largo de la vida son realmente sorprendentes…"

Casualidades… Tu madre y la madre de Tony se conocieron por casualidad. Tu madre, quien salió de tu vida voluntariamente cuando vos tenías diez años, la que nunca más volvió a aparecer, la que te abandonó sin pensarlo dos veces, la que te mintió prometiéndote esforzarse por mejorar y te dijo que regresaría para que intentaran ser una mejor familia, volvió a entrar en tu existencia de esta manera, de repente, a través de una casualidad, cuando menos lo esperabas, luego de catorce largos años durante los cuales sufriste y lloraste y la extrañaste y la odiaste y la comprendiste y la volviste a odiar y nunca dejaste de amarla, porque es tu madre después de todo y a pesar de todo. Por una casualidad increíble que parece sacada directamente de las páginas de una ficción, sin anestesia te tocó descubrir la suerte corrida por quien te largó a tu suerte, y no lograbas entender, no lograbas digerir, no lograbas procesar, y estabas esperando despertarte de golpe de ese sueño extraño, despertarte con taquicardia y mareada y confundida y blanca como una hoja de papel para darte cuenta que es de madrugada, que estás segura en los brazos de Tony, que todavía no sonó el despertador, que el sábado aun no ha comenzado.

"Tener a un padre ingresado en un hospital psiquiátrico no es motivo de vergüenza, más bien todo lo contrario, porque muestra que te preocupaste por ella lo suficiente para tomar la dura decisión de internarla para que pudiera estar bajo el cuidado de manos expertas, y así mejorar su calidad de vida. Egoísta hubiera sido permitir que esa pobre mujer continuara sin tratamiento, sin medicamentos, aun en el alcohol y las drogas… Fue una decisión muy noble la que tomaste, Michelle; es complicado a veces tener el carácter que se requiere para elegir el camino más difícil, pero por el bien de tu madre vos lo hiciste, y estoy segura de que estarás de acuerdo conmigo en que se encuentra muchísimo mejor ahora. Los progresos que ha hecho son extraordinarios teniendo en cuenta el cuadro con el que entró…"

Allí estaba, el sacudón que aguardabas, el sacudón que va a despertarte y arrancarte de entre las garras de esa pesadilla siniestra en la que todo giraba demasiado rápido y la confusión parecía correr por tus venas mezclándose con tu sangre. La mujer de la que estaba hablando Ana no podía ser tu mamá, porque por la forma en la que estaba expresándose, era evidente que había sido ingresada en el hospital (¿había dicho psiquiátrico?) por sus familiares, y vos a tu mamá no la ingresaste en un hospital, vos a tu mamá no la ves desde que tenías diez años, la última vez que la tuviste frente a frente eras una criaturita. Ana estaba confundida, había un error, un malentendido, todo aquello era un inmenso malentendido, y de alguna forma lo desentrañarían, de algún modo se aclararía, y podrías volver a respirar bien, y tu corazón adolorido volvería a latir con normalidad, y tus pulsaciones disminuirían, y dejarías de sentirte como si te hubieran clavado un puñal en el estómago y estuvieran revolviéndolo dentro de la herida sangrante.

"Lilibeth es una buena mujer que ha tenido una vida difícil…"

"Mi mamá no se llama Lilibeth" reaccionaste inmediatamente, desesperada por aferrarte a cualquier cosa que pudiera probar que aquello era una equivocación, porque no estabas lista para conocer la verdad, no estabas lista para saber, no estabas lista para enterarte qué fue de tu madre, especialmente si lo que sea que haya sido de ella terminó llevándola a estar internada en un hospital psiquiátrico "El nombre de mi mamá es Elizabeth. Elizabeth Christine Dessler"

"Lilibeth es como la llamamos cariñosamente… Supongo que cuando la visitan Danny y vos la llaman 'mamá'…"

Danny y vos no visitan a tu mamá en un psiquiátrico. Danny y vos no saben dónde está la mujer que los trajo al mundo. Danny y vos fueron abandonados por ella. Danny y vos fueron dejados de lado por ella mucho antes de que desapareciera, cada vez que decidía ahogar las penas en alcohol, cada vez que decidía faltar a las reuniones de apoyo para alcohólicos, cada vez que decidía que sumergirse en la miseria con sus fantasmas y su locura era más importante que sus hijos, cada vez que permitía al pasado ennegrecer el presente y robárselo, cada vez que decidía dejar de buscar ayuda y prefería rendirse y entregarse a sus múltiples trastornos para que terminaran de consumirla. Danny y vos llevan catorce años sin saber nada, absolutamente nada de esa mujer.

"Llevo catorce años sin ver a mi mamá…"

Las palabras se te salieron sin que tuvieras tiempo para pensarlas, y cuando las escuchaste flotando en el aire te costó un poco reconocer a aquél tono débil y flojo como tuyo propio; no sonaba como tu voz, no sonaba como si estuviera saliendo de tu interior, subiendo por tu garganta. Sentías las cuerdas vocales rígidas y tensas.

Fue una confesión que no planeabas hacer a otro ser humano pero que dadas las circunstancias acabó surgiendo; dicen que hay que absorber el veneno, chuparlo y escupirlo para evitar que llegue al torrente sanguíneo, para evitar que infecte la sangre, para evitar morir por las heridas infligidas por la picadura de una víbora, y quizá esa confesión fue un acto reflejo, un desesperado último intento de probar que Ana estaba equivocada, que aquello era un malentendido, que esa mujer internada en un psiquiátrico a la que ella había estado visitando durante los últimos cuatro meses era otra alcohólica, pero no tu mamá.

La expresión facial de Ana no cambió mucho en respuesta a lo dicho casi en un susurro que sólo fue audible porque el silencio en la cocina era absoluto a excepción de sus voces y sus respiraciones, la de ella acompasada, la tuya errática y elaborada. Pero te había escuchado. Había escuchado claramente lo que acababas de decir, que llevabas catorce años (casi quince, en realidad, si nos ponemos con tecnicismos) sin ver a tu mamá.

Donde escuchaste el efecto fue en su tono, en la manera en la que salió la siguiente frase de su boca. Donde viste el efecto fue en sus ojos, por un instante al menos, porque un brillo distinto refulgió allí; no habrías podido describirlo, pero en sus ojos algo se puso diferente, algo que duró una milésima de segundo pero que llegaste a ver ahí, empapando ambas lagunas oscuras, tan similares a las de Tony pero a la vez tan lejos de asemejarse realmente a ellas.

"Tu madre jamás me dijo que sus hijos desconocieran su paradero…" dijo con voz seria, grave, y allí pudiste notar que las líneas de su semblante se habían aseverado un poquito, estaban más rígidas, más tensas, más oscuras, como si una sombra hubiera estado cerniéndose sobre ellas.

El silencio se había instalado entre ustedes dos, como un huésped inesperado e indeseado que de todos modos forzó su entrada y decidió quedarse a pesar de no ser bienvenido. Lágrimas que ya no podías retener llenaban tus ojos, nublándolos, pero te negabas a dejarlas caer, por lo cual seguían acumulándose allí como los nubarrones que se agolpan en el cielo justo antes de la tormenta; una parte de vos deseaba profundamente que aparecieran de la nada fundamentos para creer que Ana estaba equivocándose, otra parte hubiera preferido seguir sepultada para siempre en la ignorancia, y sólo una parte muy pequeñita deseaba enterarse, descubrir, develar, resolver ese enigma gigantesco en el que pasaste más de la mitad de tu vida sumida.

Ana tomó la decisión por vos. Ana empezó a hablar, ahondando, cavando profundo, dejando que la catarata de palabras fluyera, libre y cristalina y ruidosa y tan húmeda como tus lágrimas, que finalmente estaban rodando por tus mejillas sin que pudieras hacer algo para poner un alto. Ana tomó la decisión de seguir hablando, de seguir contando, de seguir arrojándote a la cara piezas de un complicado y gigantesco rompecabezas que no sabías cómo armar, que no sabías cómo encastrar, porque te habían atrapado desprevenida, porque estabas demasiado chocada, porque no sabías realmente por dónde empezar.

"Me dijo que su hijo se había ocupado de que el Departamento de Ayuda Social lo asistiera para ubicarla en un buen psiquiátrico… que había elegido llevarla al hospital de Chicago por ser uno de los mejores hospitales públicos del país… Lilibeth siempre habla de lo mucho que los extraña pero que se pone muy contenta cuando ustedes la visitan…"

Tu hermano no volvió a tener contacto con tu mamá. Tu hermano, con su vida llena de problemas y sus propios delirios y todos esos fantasmas dando vueltas en su cabeza y todas las cadenas que tiene atadas a los tobillos y que debe arrastrar y toda la oscuridad que lo envuelve, jamás habría tenido ni la inteligencia ni los medios ni el carácter ni la capacidad de ocuparse de su madre, de tomar la iniciativa, de decidir, de pensar, de actuar, ni a tus espaldas ni de frente. Era imposible, lo que estaba diciendo era imposible… Tu hermano no se había encargado de que llevaran a tu mamá a un buen psiquiátrico para que allí la cuidaran y la trataran y la protegieran de sí misma. Tu hermano no puede cuidarse a sí mismo, mucho menos va a poder cuidar a otros, mucho menos a su madre, mucho menos a la mujer que les dio la espalda y a la que no volvió a ver.

¿Y por qué seguía llamando a esa mujer Lilibeth? El nombre de tu madre era (o es, no sabés si ella existe, no sabés si sigue viva, no sabés si ha muerto, no sabés qué pasó con ella) Elizabeth, y sólo permitía que la llamaran Ellie cariñosamente porque tu padre había elegido ese apodo para ella. A tu madre jamás la llamaron Lilibeth, y juzgando por lo que recordás de ella y su personalidad tan particular (por no usar adjetivos más fuertes, más pesados) no hubiera permitido a cualquier persona apodarla.

"Cuando Anthony me dijo que nunca antes habías estado en Chicago hasta que viajaron en Noviembre para el funeral de Rosa, pensé que había elegido una mentira piadosa a propósito, para no contarme sobre tu mamá en esas circunstancias…"

"Está equivocada" hubieras deseado que tu voz sonara firme, segura, cortante, potente… Pero tu tono no era ninguna de esas cosas. Tu tono era débil, y flojo, y ralo, y delicado, y frágil… Tu tono era el de una persona que estaba empezando a desmoronarse, con muy poco a lo que agarrarse, con muy poco de lo que aferrarse, con el suelo temblando iracundo bajo sus pies y el contorno de su mundo sacudiéndose con peligrosidad "… Esa mujer de la que usted habla no puede ser mi mamá… Yo nunca visité a mi mamá en ningún psiquiátrico" aseguraste "… No sé dónde está mi mamá, llevo años sin verla…" repetiste "Danny y yo… llevamos años sin saber nada de ella… Y mi mamá no se llamaba… llama" te corregiste rápidamente por algún motivo que escapaba a tu comprensión "Lilibeth" el nombre sonó mal en tus labios, ajeno y frío y distante y extraño "… Se llama Elizabeth… Usted está confundida. Esa señora no es… Es imposible que sea mi mamá. Danny y yo llevamos catorce años sin verla…" dijiste una vez más, como quien continua rezando el mismo mantra sin control, sin parar, pero a la vez sin sentido.

"Lilibeth me habló de ustedes, Michelle: de vos, de tu hermano, de tu abuela, de tu padre… Me habló de cómo todo cambió cuando él falleció inesperadamente y ella quedó viuda a tan corta edad" escuchar la historia de tu vida de la boca de Ana siendo relatada con tanta convicción y con tanta seguridad empapando cada frase te resultó demasiado raro, como si estuvieras viendo a dos personajes ensayando la escena de una obra en lugar de estar siendo vos parte de esa conversación en la que tu suegra estaba tratando de convencerte de que la mujer a la que visita en el hospital es tu madre, tratando de convencerte de que es cierto que la realidad puede superar con creces la ficción y convertirla en algo pálido y poco interesante a comparación de los giros insospechados que Dios elige agregar en las páginas de la existencia de cada humano para volverlas más interesantes, para cambiar el curso de cada relato.

Estabas a punto de abrir la boca para replicar… qué exactamente no sabías, ni tampoco llegarías a saberlo, porque Ana se adelantó, sus palabras se adelantaron a las que fuera que saldrían por entre tus labios:

"Estoy segura de que esa mujer es tu madre porque me mostró fotos tuyas, Michelle: fotos de cuando eras una beba, fotos de cuando eras una nena chiquita" seguías sin decir nada, pálida y con lágrimas rodando por tus mejillas, con el estómago hecho un nudo, temblando como una hoja de otoño abandonada a su suerte en una ciudad donde el invierno es cruel y no perdona "Los mismos rulos, los mismos ojos orientales" dijo, fijando su mirada alternativamente en unos y en otros "… La primera foto que me mostró es una de cuando tenías apenas días de nacida, en la que estás vestida con un enterito de tela color rojo, en brazos de tu papá mientras él te da comer"

Y ahí le creíste.

Cuando describió esa fotografía, esa imagen que incluso luego de catorce años sin verla seguía grabada en tu memoria, ahí le creíste.

Recordabas esa foto, la recordabas demasiado bien: tu abuela la tenía enmarcada, en un portaretrato enchapado en oro, sobre su mesita de noche. Era su foto favorita, la primera foto que ella había tomado de tu papá con su hijita recién nacida en brazos mientras le daba de tomar la leche con un biberón. Tu mamá se llevó esa foto junto con todos los otros álbumes, junto con cualquier recuerdo, junto con cualquier prueba tangible de tu infancia y de la vida compartida con tu papá. Tu abuela no había vuelto a poner otra foto en el portaretrato, lo había dejado vacío, en el mismo sitio, jamás lo había cambiado de lugar, como si para ella aun la imagen estuviera ahí, como lo había estado hasta que tu mamá la hurtó, como si siguieran ahí perpetuados para siempre en papel su hijo y su nieta, felices e ignorando lo que el destino tenía preparado para ellos, las vueltas que daría, lo que la vida quitaría con la misma facilidad (y a veces hasta con más) con la que suele dar.

Si Ana conocía esa foto, entonces también conocía a tu madre. Porque esa foto la tenía ella, esa foto se la había llevado ella. Si Ana podía describir esa foto, si podía describir al hombre oriental con la beba en brazos vestida con un enterito de tela roja tomando leche de un biberón, entonces era cierto que esa mujer en el hospital psiquiátrico de tu madre era tu madre, por muy increíble que pareciera, por muy terriblemente abismal que fuera esa casualidad, por mucho que se asemejara a la trama de una novela dramática, por mucho que pareciera sacado de entre las páginas de una obra oscura y deprimente. Era cierto que Ana había conocido a tu madre cuando se encontraba realizando tareas como voluntaria. Era cierto que tu madre estaba ingresada en un hospicio.

Era cierto.

Era cierto.

Era cierto.

Esas dos palabras hacían eco en tu cabeza, rebotando contra tu cráneo y dañándolo con cada golpe, acumulándose en tu pecho y haciéndolo doler, corriendo por tu torrente sanguíneo como veneno aplicado directamente a las venas. Esas dos palabras vibraban contra tu piel, se sentía como trozos de vidrio cortando en tu dermis, calando hondo, profundo.

Era cierto.

Catorce años sin saber nada de ella, catorce años sin verla, catorce años desde que te abandonó, catorce años desde que te dio la espalda, catorce años desde que se fue con mentiras cayéndose de su boca que vos creíste eran verdades porque querías tener fe en ella, catorce años desaparecida, catorce años borrada de las páginas de tu historia, catorce años existiendo dentro tuyo sólo en recuerdo y en necesidad, catorce años aprendiendo a vivir sin ella, catorce años acostumbrándote a la falta de una madre. Catorce años, catorce largos años durante los cuales la nena se transformó en mujer. Catorce largos años conviviendo con fantasmas y con recuerdos y con dudas y con preguntas sin respuestas y respuestas que no encuentran preguntas a las que anexarse y tantas cosas imposibles de describir que solamente le nacen a uno cuando se es víctima del abandono. Catorce años tratando de conocerla, entenderla, comprenderla, justificarla, perdonarla a través de los relatos en sus diarios, a través de su historia contada en esos renglones, a través de lo dejado atrás como si hubiera querido desprenderse de esos años signados de locura y dolor y angustia y adicciones y desesperación.

Se fue de golpe, Dios te la quitó de golpe, sin previo aviso, de un momento a otro, luego de tantas turbulencias, luego de tantos tropezones, luego de tantas subidas y bajadas, luego de tanta inestabilidad. Y ahora de golpe estaba forzándola de vuelta, forzándola otra vez a aparecer en escena, de la manera menos pensada y a través de la persona menos pensada, en una circunstancia increíble que debe darse una vez entre un millón de casos si es que en alguna ocasión se ha producido algo igual. Ahora de golpe estaba entrando otra vez, invadiéndolo todo, sin previo aviso, casi violentamente, de manera chocante, haciendo daño, tanto o más que cuando te dejó.

En sus diarios ella una vez escribió que todo lo que tocaba se destruía, se moría, se marchitaba, perdía color, enfermaba, y acababa dejando de existir. Lo definía como 'pulso de muerte'. Te parecía un término drástico, demasiado drástico, pero de repente ese mediodía de sábado, de pie en esa cocina, temblando, con tus rodillas como gelatina amenazando con dejar de sostener tu peso y provocando que cayeras redonda, con el corazón desquiciado y la angustia y las lágrimas ahogándote y el dolor y toda esa mezcla de sensaciones, se te ocurrió que tu madre tenía razón, al menos en parte sino en su totalidad.

Catorce años luego como un huracán aparece y lo destroza todo, se lleva todo por delante, vuela todo, rompe todo, empuja lo que encuentra a su paso, pulso de muerte tiene, tal pulso de muerte que incluso su sola mención en labios de otra persona es suficiente para envenenar, para pudrir, para secar las raíces y matar los frutos y dejar tras de sí las ruinas y el derrumbe y la sequía y la desolación.

Catorce años, y mires donde mires ella está ahí, su fantasma, su recuerdo, sus palabras, lo dicho, lo no dicho, lo pensado, lo ignorado, lo insinuado, lo que pasó y lo que no pasó, las tristezas y las alegrías, lo bueno que hizo, lo malo que abunda, sus escritos que bebiste a través de tus ojos como alguien que lleva días en el desierto bebe agua al encontrar un pozo, sus miedos, sus dudas, su abandono, el pulso de muerte latiendo y devorando un poco más con cada palpitación, quitando, quitando, quitando más de lo que da, siempre quitando más de lo queda, siempre llevándose, siempre lastimando, siempre desgarrando.

Ana se acercó a vos, las manos húmedas y desprendiendo un fuerte olor a cáscara de naranja. Te ayudó a sentarte en una de las banquetas y luego ella ocupó la contigua. No podías ver sus ojos porque los tuyos estaban nublados por las lágrimas.

"Creí que tu hermano y vos la habían ingresado en el hospital… Eso me dijo ella" su voz seguía llegando desde lejos y no lograbas distinguir un tono de disculpa, ni siquiera uno de lástima, piedad o compasión, pero tampoco estabas esforzándote demasiado por encontrarlo; con demasiadas emociones propias estabas lidiando como para ponerte a hacer un análisis de las de Ana "Ella habla de ustedes como si la visitaran y llamaran con regularidad. Habla de ustedes como si todavía fueran parte de su vida"

No lo somos. No lo somos porque se fue, nos abandonó. Ella se fue de nuestras vidas. Ella me abandonó. Ella salió de mi vida. Ella eligió dejarme. Ella me arrancó de su existencia, no yo a ella.

Y parecía que ahora en su locura te había vuelto a meter ahí. Parecía que ahora en su locura estaba creando un mundo ficticio y vendiéndoselo a otros también, un mundo ficticio en el que está internada porque su hijo mayor la metió ahí, un mundo ficticio en el que sus hijos la visitan y la llaman por teléfono y se ocupan de ella y se preocupan por ella. En su locura volvió a ponerlos en el cuadro, en su locura los inventó, con memorias y recuerdos, como quien modela figuras en barro o en arcilla y luego sumergido en un complejo de Dios las sopla pensando que así va a darles vida y mete en sus bocas carentes de voz palabras y mete en sus cuerpos inertes acciones y mete en sus cráneos vacíos pensamientos y mete en sus pechos sin corazón latidos, y se convence de que existen, de que son reales, de que no son una fantasía, de que son de verdad.

"No… Nosotros" tragaste con dificultad; tenías un nudo gigantesco imposible de diluir "… Llevamos catorce años sin ver a nuestra madre" repetiste por lo que sentías era la vez número un millón.

"No puedo creerlo, Michelle" escuchabas a Ana decir, al tiempo que movía la cabeza de un lado al otro en señal de negación ante su sorpresa "No puedo creerlo…"

Vos tampoco podías creerlo.

Vos tampoco podías creer que eso estuviera sucediendo, que tamaña casualidad fuera posible, que las cosas estuvieran acomodadas así, que las fichas hubieran quedado ubicadas en esta posición. Vos tampoco podías creer que tu madre resurgiera de entre los escombros de esta manera, por este medio.

Y tampoco pudiste creer las siguientes palabras que se te escaparon antes de que pudieras retenerlas, antes de que pudieras agarrarlas y hacerlas un bollo y metértelas de nuevo en la boca y tragártelas y dejar que se pudran en tu estómago, sin medirlas, sin pensarlas, por instinto, porque tu cerebro y tu lengua estaban otra vez complotando contra vos, poniéndose en tu contra, tomando decisiones sin pedirte permiso y haciendo lo que les viene en gana, dominados por la curiosidad.

"Ana… dígame todo lo que sabe sobre mi mamá…, por favor"

¿Pero querías realmente saber? ¿Podías realmente soportarlo? ¿Podías realmente aguantar? ¿No sería demasiado fuerte el golpe? ¿No sería demasiada información toda junta? ¿Estabas lista para llenar los baches? ¿Estabas lista para reemplazar las dudas y las suposiciones con certezas? ¿Estabas lista para escuchar lo que fuera que Ana tuviera para decir? ¿Aguantarías el peso que implicaría descubrir finalmente qué sucedió luego de que se cerrara la puerta tras de ella y siguiera camino dejándote atrás y desapareciendo como si la Tierra se hubiera abierto bajo sus pies y la hubiera tragado?

No estabas segura, no estabas convencida. ¿Era saber mejor que no saber? ¿Era no saber mejor que saber? ¿Podrías seguir viviendo con el conocimiento de que alguien tiene información sobre tu madre pero eligiendo ignorarla? Definitivamente no, por eso la pregunta se había salido de tu boca antes de que pudieras contenerla, la curiosidad dominándote. Era una sensación muy rara: desear escuchar, pero a la vez tener miedo de hacerlo; desear saber, pero a la vez tener terror de lo que pudieras descubrir, y a la vez abrazar la certeza de que vivir con la duda sería imposible, porque siempre estaría haciendo peso sobre tus hombros, siempre estaría carcomiéndote.

"Está ingresada en un instituto psiquiátrico desde hace unos cuatro o cinco años" Ana comenzó a contar, interrumpiendo el debate interno que estaba librándose en tu cerebro aplastado por la presión.

Cuatro o cinco años internada… Eso cubría apenas una pequeña parte del tiempo que llevaba fuera de tu vida, deambulando por el mundo, lejos de vos, sin contacto, desaparecida, absorbida por su propia locura. Cuatro, cinco años como mucho, ingresada en un psiquiátrico en Chicago… ¿Y los diez o nueve años anteriores? ¿Quién sabe qué llena esos espacios en blanco? ¿Quién sabe cómo fue que acabó donde está ahora?

"Tiene múltiples trastornos… Bipolar, de la personalidad, depresión crónica, alucinaciones, esquizofrenia…" continuó Ana.

"Ya sé, ya sé…" dijiste automáticamente, asintiendo con la cabeza casi con violencia. Conocías bien los problemas de tu mamá, conocías bien las diversas ramas en las que se abría su locura como un árbol que echa raíces.

Viste de muy cerca lo que puede hacerle a un ser humano la locura, experimentaste de primera mano lo que sus enfermedades provocan en su cuerpo y en su mente. No necesitabas que te describieran esos trastornos, no necesitabas que te dijeran que probablemente se fueron agravando con el correr de los años, no necesitabas que te hablaran de lo difícil que es aguantar todos esos fantasmas viviendo dentro de uno, dominando cada acción, las voces susurrando, la tristeza debajo de la piel y calando hasta los huesos, las imágenes y sonidos que en realidad no existen pero que parecen existir…

"Está demasiado delgada, le cuesta mucho comer… También tiene serios problemas para recuperarse de su adicción al alcohol y a las drogas…"

Qué gracioso, ¿no? Las drogas había logrado dejarlas gracias a tu papá y a todos sus esfuerzos para ayudarla a recuperarse de sus adicciones. Al alcohol había regresado luego de la muerte de su esposo, buscando allí consuelo, queriendo ahogarse en el fondo de una botella, hundiéndose trago tras trago, intoxicándose para aplacar el dolor. Se marchó diciéndote que iría a tratarse, que iría a intentar convertirse en una mejor persona para ser una mejor mamá, para darte una mejor familia… Y ahora te enterás que casi quince años después sigue con problemas para recobrarse de los estragos que las drogas y el alcohol han hecho en ella.

Eso significa que volvió a consumir. Eso significa que nunca se despegó de la botella. Y si lo hizo, entonces duró poco, porque regresó a los malos hábitos, porque se metió otra vez en ese pozo sin fondo, se dejó caer de nuevo. No la juzgás, no la odiás… Pero en ese momento sentiste bronca, mucha bronca, bronca acumulándose en tu pecho, ganas de gritar, ganas de darte la cabeza contra la pared, ganas de arrancarte la piel, de hacer cualquier cosa que implicara provocarte un dolor que tratara de superar al que te causaba enterarte que tu madre seguía siendo una drogadicta, una alcohólica, que prefirió la satisfacción enfermiza que le proveían tomar o inyectarse antes que sus hijos.

"… y le cuesta adaptarse a su condición de ciega…"

"¿Está ciega?"

Nunca vas a entender cómo fue posible que pudiste articular palabra alguna, mucho menos juntar dos, una de ellas un verbo bien conjugado, y meterlas entre signos de interrogación para formular ese interrogante, no en tu estado de sorpresa, no en ese estado que casi bordeaba el shock.

Tu madre, en un psiquiátrico, con problemas para recuperarse de su adicción al alcohol y a las drogas, enferma, consumida por sus terribles trastornos, ciega, luego de haber pasado una vida plagada de pérdidas, dolor, abuso, abandono, tristeza y decepción. Eso no justifica que te haya abandonado, o quizá sí, no sabés si tenés la autoridad o la objetividad o el derecho para juzgar, pero lo que sí sabés es que nadie se merece terminar así, nadie se merece que sus caminos transitados desemboquen en esto, nadie se merece ese final, nadie se merece que en sus venas lata un pulso de muerte.

"Desde hace algunos años, sí" Ana respondió "… No puedo creer que no lo supieras, Michelle…" repitió por lo que se sintió como la vez número un millón.

Pero para vos sus palabras no transmitían nada, su disculpa si es que era eso aquello no tenía mucho sentido, no te llegaba, no penetraba, te resbalaba… Estabas demasiado hundida en vos misma, en tus sentimientos, en tu caos, en tus emociones, en ese torbellino girando fuera de control, como para poder aceptar empatía de otros. Lo hecho ya estaba hecho, Ana había hablado pensando que vos sabías el paradero de tu mamá, convencida de que la historia contada por esa mujer a la que llamaba Lilibeth era cierta, ignorando que entre la última vez que oíste sobre ella y ese sábado al mediodía había transcurrido casi quince largos años.

Ana siguió hablando, pero vos no estabas escuchando. Estabas aturdida, entumecida, procesando todo. En tu pecho algo que no sabías bien qué era ni hubieras encontrado forma de describir estaba acumulándose, agolpándose, latiendo con fuerza, expandiéndose por todas partes, amenazando con explotar. Era demasiada información, era un golpe demasiado fuerte, eran demasiadas emociones, era demasiada presión, tu corazón y tu alma y tu mente no aguantaban más. Catorce años habían pasado, catorce años y tantas cosas, catorce años de abandono, catorce años sin tu mamá, y de repente con la misma facilidad con la que Dios te la quitó volvía a meterla de este modo en medio de la historia, forzándola entre las páginas, manchando todos los renglones con esa salpicadura de tinta que parecía estar infectada con veneno, que parecía pudrir todo lo que había a su alrededor, porque tu mamá tiene la desgracia de ser de esas personas que tienen 'pulso de muerte' y que arruinan todo lo que tocan.

Necesitabas tiempo para pensar.

Necesitabas tiempo para digerir esto.

Necesitabas tiempo para acomodar tus sentimientos.

Necesitabas tiempo para explotar.

Necesitabas… No sabías exactamente qué necesitabas, no sabías bien qué te hacía falta en ese momento, pero si de algo estabas segura era que debías irte, que debías encontrar tu propio espacio, que en el momento de comenzar el proceso de autodestrucción que sentías gestándose bajo tu piel sería esencial que te hallaras lejos de cualquier mirada. Porque no querías ojo alguno escudriñándote, ni palabras vacías llegando a tus oídos, ni actos inspirados por buenas intenciones, ni compasión ni misericordia ni nadie pretendiendo comprender.

Querías estar sola, alejada del mundo, alejada de todo.

Sentiste la desgarradora, terrible, incontrolable necesidad de echarte a correr. De poner distancia. Necesitabas espacio, necesitabas respirar… Te faltaba el aire. Literalmente te faltaba el aire. Era como si te hubieran pegado una patada de lleno en el estómago hasta colapsarte los pulmones y cortarte la respiración (y si todo eso no podía ser descripto como una patada al estómago, entonces no se te ocurre término mejor para aplicarle).

Tenías la horrible sensación de que las paredes estaban cerrándose alrededor tuyo, encimándose, la habitación convirtiéndose cada vez en más pequeña con cada segundo que se le escapa al reloj, atrapándote, aprisionándote, con la intención de aplastarte, con la intención de ahogarte…

Necesitabas respirar, necesitabas aire… Por mucho que hicieras el intento, el oxígeno no llegaba a tus pulmones y las consecuencias físicas del ataque de nervios gestándose dentro tuyo y a punto de entrar en erupción violentamente estaban manifestándose: visión borrosa, el cuarto daba vueltas a tu alrededor, podías sentir la sangre subiendo a tu cabeza y zumbando en tus oídos, tus piernas temblaban como si hubieran estado modeladas en gelatina, el nudo en la garganta estaba demasiado apretado, te dolía el pecho, el corazón latía fuerte contra tus frágiles costillas…

Y no podías respirar.

No podías pensar.

Estabas entumecida, pero al mismo tiempo todos tus sentidos estaban prendidos fuego y no había terminación nerviosa que no doliera o emoción en tu alma que no estuviera herida, como si la hubieran acuchillado sin piedad y con saña hasta dejarlas sin color ni forma, despellejadas. Fue un segundo que pareció una eternidad aquél que tardaste en reaccionar y responder a tu instinto más básico, aquél disparado por el miedo que lleva a los humanos a actuar impulsivamente, sin medir las consecuencias, empujados por la adrenalina y la necesidad primitiva de sobrevivir, sin raciocinio que lo respalde, sin detenerse a medir en la balanza: echaste a correr, porque necesitabas espacio, porque necesitabas distancia, porque debías escapar antes de que las paredes se cerraran sobre vos, porque debías resguardarte antes de que te siguieran lastimando, antes de que Ana pudiera decir algo más sobre tu mamá que te provocara un dolor peor.

Ya no querías saber.

No creías poder soportar otra dosis de conocimiento.

Ana llamó tu nombre, trató de agarrarte del brazo y casi lo logra. No pudo, sin embargo, porque la agente federal en vos tuvo reflejos rápidos y se soltó (tampoco es que se haya esforzado mucho por retenerte). Estaba tratando de calmarte con sus palabras (que no podías escuchar porque el zumbido en tus oídos se había intensificado), pero a vos no te interesaba que te detuvieran. A vos te interesaba correr, escaparte, esconderte, hundirte en tu dolor y en tu miseria y en tu confusión y en tus pensamientos sin que nadie hiciera el intento de salvarte (porque claro, ilusa vos, pensabas que Ana estaba intentando ayudarte, cuando todo lo que estaba haciendo era cargar el salvavidas con plomo para que llegaras al fondo del océano más rápido).

Dos segundos te quedaste de pie en medio de la sala de estar, desorientada, sin saber a dónde ir, sin saber cuál sería el siguiente paso. Si hubieras ido directo a la puerta, al abrirla te hubieras chocado de lleno con Tony y con su padre, que cargados con dos bolsas de comida entraron justo en ese momento, al caos, a la locura, a tu pequeño infierno individual.

No podías hablar, no lograbas articular, no lograbas conectar cerebro con lengua y tampoco tenías mucha intención de hacerlo, realmente. Estabas fuera de vos, funcionando como una autómata, totalmente desencajada… Por eso no respondiste a Tony cuando te preguntó qué pasaba, cuando desesperado y preocupado y con los ojos teñidos de miedo y sus manos grandes y tibias temblando al tratar de acunar tu rostro entre ellas te preguntó por qué estabas llorando.

Presa del shock reaccionaste de manera impensada, como jamás hubieras reaccionado de haber estado realmente consciente de tus acciones: lo apartaste, lo hiciste a un lado.

Rechazaste el confort de los brazos en los que más segura te sentís; rechazaste el alivio que él podría haberte dado con sus caricias y sus palabras y su capacidad de decir lo justo en el momento apropiado; rechazaste desplomarte junto a él, llorar hasta quedarte sin lágrimas, mostrarle el desgarro en tu corazón y esperar que él lo repare; rechazaste permitir que él te curara, que él prometiera que todo estaría bien, que él cuidara de vos como te prometió hacer hasta el último día de su vida.

Reaccionaste como jamás ninguno de los dos hubiera imaginado reaccionarías, porque estabas fuera de sí, porque estabas lejos de encontrarte cuerda, porque estabas sumida en una angustia que nublaba todos tus sentidos y te impedía pensar, razonar.

Te escapaste, como un animal que sentía acorralado, te escapaste tan rápido como pudiste, dejándolo a él atrás, preocupado y confundido y sin entender, incapaz de comprender qué estaba sucediendo, muriéndose de un dolor parecido al tuyo, porque el dolor que vos sentís él también lo siente, porque lo que a vos te causa agonía a él también lo hace agonizar.

Nunca vas a recordar esos dos minutos en los que luchaste para liberarte de sus brazos mientras él intentaba calmarte, mientras él intentaba impedir que no te fueras corriendo, mientras él intentaba poner todas las piezas de ese acertijo juntas para conseguir que algo de aquél cuadro cobrara sentido; ni su mirada compungida; ni el contacto de su piel al rozar con tu piel; ni las lágrimas formándose en sus ojos bañados de preocupación; ni su voz afligida; ni la manera desgarradora en la que llamaba tu nombre. Porque en ese momento tu mente estaba apagada, haciendo cortocircuito, incapaz de llevar a cabo sus funciones, y eras solamente un cuerpo corriendo por el impulso, tratando de sobrevivir, tratando de resguardarte antes de estallar, antes de explotar, antes de entrar en combustión.

Todo lo que podías percibir a tu alrededor en ese momento era el recuerdo de tu mamá, su fantasma, su memoria… No sabrías cómo clasificarlo. Era ella, miraras donde miraras, la que estaba ahí, absorbiéndote, hundiéndote, asechándote, de vuelta tan rápido y tan inesperadamente como una vez se había ido.

Tu vida siempre es así: te quita y te da por nada.

Te quitó a tu papá, te quitó a tu mamá, te quitó a tu abuela… Luego te dio algo tan maravilloso como el amor de Tony y la perspectiva de pasar toda una eternidad unida a él, feliz de pertenecerle y de que te pertenezca…

Y luego de vuelta mete a tu madre entre las páginas de tu historia, de golpe, sin avisarte, con violencia casi, inesperadamente, a través de una casualidad, cargándolo todo con su pulso de muerte, porque Elizabeth Dessler tiene la desgracia de destruir todo lo que toca.

Precisabas tiempo a solas, precisabas respirar, precisabas escapar, precisabas alejarte de todo, precisabas huir del fantasma de tu madre, incluso si una partecita tuya sabía bien que fueras a donde fueras ella iba a seguirte, que miraras a donde miraras ella estaría ahí, en tu mente, llenando tus pensamientos y tu alma y tu corazón.

Pero tenías que correr de todos modos.

Tenías que seguir a tu instinto de todos modos.


Tenías las llaves de tu coche en el bolsillo de ese pantalón de casualidad, quizá porque las habías metido allí aquella mañana por pura inercia o tal vez las habías tomado a último momento sin darte cuenta, antes de salir corriendo.

Pero las tenías. Las sentías en el bolsillo. Duras. Frías. Filosas.
Nunca vas a recordar cómo, porque esas primeras horas quedarán para siempre en tu mente como una laguna profunda que jamás será llenada, porque el espacio de tiempo que corresponde a ese bache hondo como un cráter se convirtió en un borrón gigantesco, una mancha negra, una salpicadura de tinta que vuelve ilegible cualquier cosa que se haya escrito allí durante ese lapso, pero cuando saliste de tu estado catatónico y tomaste otra vez consciencia de vos misma, de tu cuerpo, de tus pensamientos, del dolor emocional que lacerante te partía al medio como si estuvieran abriendo tu carne con un hierro incandescente, te diste cuenta de dónde estabas.

Recordabas apenas haber luchado para liberarte de los brazos de Tony, lo recordabas como quien tiene grabada en la retina la escena de una película que le impactó mucho, algo presenciado en carácter de espectador en lugar de vivido como protagonista, como parte del cuadro. Recordabas apenas haber bajado todos esos pisos corriendo por la escalera, tropezándote varias veces, agarrándote a tientas de los barandales para no caer de boca al suelo, porque cuando las personas están totalmente fuera de sí generalmente no tienen la ocurrencia de utilizar el ascensor. Recordabas con algo más de nitidez haber visto tu coche estacionado en la esquina a través del mar de lágrimas que nublaba tus ojos. Recordabas haber sentido el filo de la llave clavándose contra tu piel a través de la tela del bolsillo; probablemente tu sentido de la vista y el del tacto habían hecho la conexión y eso te había llevado a ir corriendo hasta allí, disparada como una flecha. Recordabas con menos nitidez haberte desplomado en el asiento del conductor, recordabas con menos nitidez aun el rugido del motor cuando hizo contacto, recordabas con muchísima menos nitidez la presión de tu pie sobre el acelerador o el cuero tibio de la palanca de cambios en tu mano que sobre ella se cerraba, casi no recordabas haber escuchado como desde muy lejos la voz de Tony llamando tu nombre con desesperación, casi no recordabas haberlo visto corriendo hacia vos por el espejo retrovisor, y luego no recordabas nada, absolutamente nada.

Y luego la nada. Luego no sabés. Luego perdiste consciencia, te perdiste dentro de vos misma, te perdiste en la negrura, te perdiste vaya a saberse dónde, y cuando resurgiste, cuando regresaste, cuando volviste otra vez a tomar contacto con el mundo real y con lo que se percibe a través de los sentidos, las agujas del reloj se habían movido, y el tiempo había pasado, y los minutos y los segundos se habían escurrido sin que te dieras cuenta de ello, pero para vos era como si acabaras de salir corriendo del departamento, como si acabaras de subirte al auto, como si el cielo siguiera de color azul y despejado, como si no hubieras hecho más de unos pocos metros con el coche.

Lo primero que notaste al salir del shock fue la fuerza casi sobrehumana con la que estabas aferrándote al volante con ambas manos, a tal punto que tus nudillos estaban blancos como la cal. Luego, poco a poco, a medida que ibas saliendo de tu aletargamiento, tan de golpe como habías entrado en él, como si estuvieras siendo despertada violentamente de un sueño muy largo y profundo, comenzaste a percatarte de otras cosas, absorbiéndolas una a una, comprendiéndolas con retraso, como si una anestesia potente aun hubiera estado dando vueltas en tu sistema, sin diluirse del todo.

Tu rostro empapado, salpicado de lágrimas, rojo, caliente como si hubiera estado expuesto a brasas ardiendo, bañado en el llanto que fluía sin que vos pudieras hacer algo para detenerlo, como si dentro tuyo se hubiera roto algo que no tiene manera de ser reparado y todas tus emociones estuvieran escapándose por entre las grietas, escurriéndose como arena que se escapa por el espacio entre los dedos.

Tus ojos hinchados, amoratados, tus párpados pesados. Tus músculos tensos y adoloridos, como si te hubieran dado una golpiza física en lugar de una paliza emocional.

Tu garganta hecha un nudo, tus tripas retorciéndose, tus brazos temblando. Tu corazón galopando desaforado, con fuerza, contra tu pecho, haciéndole daño a tus costillas.

Tu cabeza daba vueltas, y vueltas, y vueltas… Por momentos no hubieras sido capaz de definir con seguridad dónde apoyabas los pies y dónde estaba el cielo raso del coche. La sangre que corría veloz por tus venas estaba acumulándose en tus sienes y en tus oídos, que no paraban de zumbar, como un motor mal calibrado, como una máquina cuyos engranajes están por fallar.

Y luego tomaste consciencia del cuadro, de la situación, incluso antes de percatarte del lugar en el que te encontrabas, incluso antes de darte cuenta de cuál era el edificio frente al cual habías aparcado el coche.

Como quien despierta de un sueño largo y profundo y permanece entumecido y flotando en el limbo durante esos primeros gloriosos minutos donde nada es real y todo está envuelto en neblina blanca, te estrellaste de lleno contra las circunstancias, regresó todo junto, todo de golpe, cayendo sobre vos y aplastándote bajo su peso.

Te viste abrumada por el motivo por el que estabas destrozada, desgarrada; te viste abrumada por el motivo por el cual un sábado a las cuatro de la tarde (eso marcaba la fecha que en luminosos números naranjas brillaba en el tablero interactivo del auto) estabas muriéndote de angustia, desorientada, desangrándote lentamente, llorando sin consuelo, sintiéndote sola, abandonada, desprotegida, lejos de los brazos de Tony, lejos de cualquier fuente de alivio, lejos de cualquier sitio al que pudieras llamar hogar.

Esa última reflexión te sacudió lo suficiente para que te dieras cuenta de dónde te hallabas, hasta dónde habías conducido cuando caíste en estado de shock y colapsaste y tu organismo invadido de pena acudió a todos los mecanismos de defensa de los que pudo valerse y se puso en autopiloto para impedir que cometieras una locura.

Estabas frente al edificio donde tu abuela, tu mamá, tu hermano y vos habían vivido durante tus primeros años de vida, antes de que ella te abandonara, cuando todavía tenías una mamá, a pesar de todo y con todo tenías una mamá, que te pegaba y te gritaba y se enojaba y te ignoraba y su humor cambiaba constantemente, que tenía de vez en cuando actos espontáneos de ternura así como también los tenía de furia, a la que le agarraban ataques de nostalgia y de llanto y se hacía daño a sí misma, a la que perseguían fantasmas que existían solamente en su cabeza, una mamá que en sus momentos de sobriedad de repente te abrazaba o te escuchaba o te leía un cuento o te daba un consejo, y en sus peores momentos decía las cosas más hirientes o te miraba con odio y desprecio, como si deseara que la muerte te hubiera llevado a vos y no a tu papá. No era una madre convencional, no era una madre normal, no era una madre sana, pero al menos tenías una mamá, al menos no te había abandonado aun.

Estabas frente a ese primer hogar… No había sido un hogar convencional tampoco, ni había sido un hogar del todo ni se había sentido como tal, pero aquél fue el primero que conociste, y el único, hasta que apareció Tony en tu vida para llenarla con todas las cosas hermosas y fundamentales de las que habías carecido durante tanto tiempo.

Te quedaste allí, con el auto estacionado, hecha un ovillo en el asiento del conductor, las manos aun aferradas al volante como si estuvieras agarrándote a algo para asegurarte que eras real, que no habías perdido la cordura, que no habías caído atrapada en una locura o en una pesadilla. Los pensamientos que llenaban tu cabeza eran demasiados y se mezclaban con las memorias, con las palabras dichas, con las que no se dijeron… Tenías una maraña, una bola enredada y llena de nudos, y la presión que estaba haciendo contra tu cráneo tratando de liberarse, de estallar, de explotar, causaba dolor.

Todo provocaba dolor. Nada tenía forma, nada era concreto, nada podía hilarse, todo estaba desparramado, nada estaba definido. Todo provocaba un terrible, enorme, inmensurable dolor, distinto a cualquier otro, sin punto de comparación, imposible de explicar, aliviar, o siquiera describir.

Las horas corrieron por el reloj y vos te encontraste yendo de un sitio a otro por el vecindario, manejando cuando la quietud parecía a punto de acabarse, cuando te sentías a punto de explotar de golpe si no hacías algo con tu destrozada anatomía, deteniéndote otra vez cuando tus oídos zumbaban demasiado, cuando te hormigueaban las manos, cuando tus sienes latían hasta hervir y tu visión nublada se volvía aun más borrosa, deteniéndote para llorar hasta desgarrarte la garganta, para arañarte la cara hasta sentir la sangre manchándote debajo de las uñas, deteniéndote durante períodos indeterminados de tiempo para darte la oportunidad de dejarte ir, para sentir el dolor partiéndote en pedazos, antes de entumecerte de nuevo, antes de quedar adormecida, aletargada, hundida en tu estado catatónico, hasta que llegara el momento de estallar otra vez, acurrucada en el asiento del conductor de tu coche, a la espera de una calma que llega de golpe y de golpe se acaba, repitiendo el círculo vicioso.

Esperando secretamente que te encuentren y te rescaten e impidan que sigas dañándote.

Esperando secretamente a que vengan a darte la ayuda que en tu shock no podés pedir, porque no sabés cómo pedirla, porque como no sabés de qué manera explicar lo que te pasa te parece imposible que ayuda alguna exista.

Mientras la lluvia cae, mientras el tiempo pasa, mientras los minutos se consumen como se consume tu salud mental, mientras el reloj corre, mientras tu sangre fluye por tus venas, mientras tus pensamientos se agolpan y alborotan, mientras el dolor te destroza.

Hundiéndote, sangrando, destrozada, como todo lo que Elizabeth Dessler toca, como todo lo que con Elizabeth Dessler tiene que ver, porque esa mujer que ahora se hace llamar Lilibeth, esa mujer que está ciega, esa mujer internada en un psiquiátrico, esa alcohólica y drogadicta que te abandonó, tiene pulso de muerte.


NOTA DE LA AUTORA: Bueno, llegamos al tan esperado capítulo 100. A mi - para variar - no me gusta, me parece demasiado flojo e incompleto. Creo que no hice justicia a la complejidad que hubiera merecido, ni a Michelle como personaje, ni a Ana tampoco. Espero poder ahondar más adelante y mejorarlo. Ojalá que el caos emocional que trate de escribir se haya visto traducido en la confusión general que reina a lo largo de todos los párrafos. Y espero que haya podido explicar también los motivos de Ana y lo que la lleva a comportarse así. Ojalá no las haya decepcionado; esto no es lo que me hubiera gustado hacer, pero está hecho, así me salió. Gracias por esperar pacientemente y espero no haberlas defraudado. Ah, y si ven que algo no se entiende o carece de sentido o coherencia, por favor señalénlo así puedo corregirlo en capítulos siguientes.