Si a veces duele la vida,

No duele si voy a encontrarte.

"Anthony…"

Martina.

Es la indiscutible, imposible de confundir autoritaria voz de tu hermana menor, la que lo sabe todo, la que es terriblemente segura de sí misma (el 99,9% de las veces, con alguna que otra de las excepciones que hacen a la regla metida por ahí para equilibrar la balanza), la que jamás falla, la que puede contestar a casi cualquier pregunta que se le formule y que también contesta a las preguntas que nadie formula en voz alta pero que pueden ser leídas en los ojos de aquellos que las tienen gestándose en sus mentes.

Martina.

Es tu hermana la persona del otro lado del teléfono, no Michelle. Y eso basta para que el alma se te vaya del cuerpo en un milisegundo, dejándote vacío, desorientado y adolorido, aun más que antes. Vos necesitás a Michelle, necesitás escuchar su voz, necesitás saber dónde está para correr a su lado y salvarla de sí misma, necesitás ayudarla, necesitás abrazarla tanto como precisás oxígeno en los pulmones y sangre irrigando tu cerebro. No querés hablar con tu hermana, no querés que trate de convencerte para que te calmes, no querés que te ataque con su lógica fría para resolver circunstancias desesperadas, no querés que te quite tiempo precioso que podrías estar empleando en hallar a Michelle…

Estás a punto de colgar sin decir nada, de pura furia nada más, para desquitarte, para sacarte un poco de esa bronca tremenda que se acumula en tu pecho y te presiona impidiendo que respires bien. Te hace falta descargarte de alguna manera pero no sabés cómo, y tampoco podés, porque debés mantener el control y la calma tanto como posible (aunque la verdad es que no te quedan ninguna de las dos cosas), por eso en este momento apretar el botón de 'finalizar llamado' y arrojar el teléfono por la ventanilla del coche y después dar marcha atrás para hacerlo trizas suena como una buena manera de canalizar la adrenalina mezclada con angustia y dolor que corre por tus venas con la misma fluidez con la que lo hace la sangre que las llena.

Sin embargo, quizá porque te conoce demasiado bien, tu hermana se apresura a hablar para evitar que cometas la locura caprichosa e infantil que estás pensando en cometer; a veces te maravilla la capacidad extraordinaria que Martina parece poseer para leer la mente de los otros, incluso a la distancia, incluso durante una conversación telefónica, incluso si esa conversación telefónica está siendo mantenida en una noche signada por la locura, con un diluvio cayendo sobre la ciudad como si el fin del mundo se acercara, en medio del caos, con una persona fuera de sus cabales y al borde de un ataque de nervios (ese rol vendrías a interpretarlo vos).

Y así como escuchar su voz pronunciando tu nombre segundos atrás resultó un golpe certero que te arrebató el alma porque no era la de la mujer que amás llamándote para que fueras a ayudarla, lo que dice ahora es la dosis justa del remedio perfecto para devolvértela en una pieza, ni sana ni libre de marcas y rasguños y arañazos y abolladuras y moretones, pero entera, entera para que vos la cures, entera para que puedas seguir viviendo, entera para que pueda seguir vibrando con cada latido de tu corazón junto con la de Michelle, que es su otra pieza, su otra mitad.

"Encontré a Michelle"

El impacto de esa frase es tan grande que por poco te desmaya; el alivio es tal y te abruma con una fuerza indescriptible que podrías jurar te da vueltas la cabeza, como si te hubieran subido a un carrusel fuera de control que lleva horas girando sin intención de detenerse. Tus palpitaciones se disparan y son cada vez más rápidas, tus oídos se llenan de sangre y tus tímpanos bien podrían estar por reventar.

No importa cómo, no importa qué hilos fueron jalados o qué fichas reacomodadas, ya no importa que Dios haya tardado nueve horas en contestar a tus plegarias desesperadas, no importa cuáles fuerzas del destino complotaron a tu favor para que el Universo se moviera y te concediera el milagro de que la angustiosa y tortuosa espera acabase. Ya no importaba nada de nada, sólo te importa ella, llegar a ella, ir a su lado tan rápido como humanamente posible, desafiar todas las leyes de la física y la gravedad para poder ir a donde sea que ella esté y abrazarla y prometerle que todo va a estar bien y que vas a hacer que el dolor desaparezca y que vas a solucionar todo y que vas a reponer los pedazos de su corazón que están rotos y que vas a explicarle todo y que vas a asegurarte de que las cosas caigan en su sitio y encajen cueste lo que cueste.

Una parte de vos quiere reír de alivio, y sentís tus labios curvándose en una sonrisa enorme que hace doler tus músculos, pero es la clase de dolor que uno disfruta. Otra parte de vos quiere llorar de alivio, y sentís las lágrimas rodando por tus mejillas, naciendo en tus ya empapados ojos, humedeciendo tu piel, pero estas lágrimas son distintas a las anteriores, estas lágrimas son dulces y da placer llorarlas.

Martina encontró a Michelle.

Martina encontró a Michelle.

Eso repite tu corazón con cada latido que da desaforado contra tu pecho.

No tenés idea de cómo fue que tu hermana logró hacer lo que vos llevás nueve horas tratando de conseguir; quizá pudo hallarla porque tiene el don de resolver problemas, de conservar la cabeza fría en situaciones como ésta mientras todos los demás se queman en su desesperación, quizá porque posee un sexto sentido que ningún otro ser humano que conozcas tiene, quizá porque Dios decidió responder a tus ruegos enviando a Martina a llenar los zapatos del ángel de la guarda. No te importa realmente enterarte ahora de qué pasó, cómo pasó, cuándo pasó, de qué forma se dieron las cosas; todo eso podés preguntarlo después, cuando se vaya la neblina que envuelve tu cerebro y puedas conectar con coherencia tus palabras y acciones, de averiguar esos detalles podés ocuparte una vez que te hayas asegurado de que Michelle está bien.

Tu respiración pesada llena el aire y se mezcla con el sonido de la lluvia que azota la ciudad, con el diluvio que crece con cada segundo, en el cielo negro y en tus ojos oscuros, que antes estaban teñidos de un dolor lacerante insoportable e invasivo, y ahora están brillando con la esperanza e que, aunque la tormenta no haya pasado, han dado un paso hacia adelante, avanzado un casillero, en dirección al momento en el que todo vuelva a estar bien, por más que cueste, por más que lleve tiempo, por más que el esfuerzo te deje vacío y cansado y se te vaya el alma en el intento de curar la de ella.

Tu respiración pesada y arrítmica y fuera de tono y fuera de tiempo llena el aire, llena el aire en lugar de las palabras que no sabés cómo decir porque seguís en shock, porque el alivio causa tanta conmoción como el dolor que estaba carcomiéndote antes, el dolor que te carcomió durante las nueve horas que pasaste enterrado vivo en una pesadilla de la que no ibas a despertar, porque era real, porque estaba sucediendo, porque no era solamente una sucesión de imágenes horribles ideadas por tu fantasía aconteciendo en los confines de tu cabeza.

"Tony…"

La voz de tu hermana te llega desde lejos, rompiendo la burbuja en la que parecés haber caído encapsulado junto con las emociones que están recorriéndote como descargas eléctricas. Son raras las ocasiones en las que te llama Tony, rarísimas, y si tuvieras en este momento la capacidad de recordarlas, probablemente las contarías con menos de los dedos que tiene una mano; es probable que no haya usado el habitual y acostumbrando 'Anthony' que tanto le gusta desde que aprendió a hablar a propósito, para llamar tu atención y obligarte a concentrarte en sus palabras, para enfriarte la cabeza, para apaciguar un poco los efectos de las últimas nueve horas, que te tienen completamente fuera de vos mismo.

"Tony" repite, dirigiéndose a vos como una madre preocupada a una criatura de cinco años a la que quiere convencer de que no hay monstruos debajo de la cama o de que el Hombre de la Bolsa no está escondiéndose en el armario "encontré a Michelle. Encontré a Michelle y está bien"

Tu instinto te dice que Michelle no está bien. No, por supuesto que Michelle no está bien. Michelle está lastimada, adolorida, destrozada, con el corazón roto, el alma hecha jirones, sus sentimientos revueltos, sus recuerdos al rojo vivo torturándola como hierros incandescentes, profundamente herida. No, claro que Michelle no está bien, por supuesto que no. Vos no estás bien, eso quiere decir que ella tampoco lo está, porque lo que hace agonizar al amor de tu vida te hace agonizar a vos, porque comparten el dolor con la misma intensidad con la que comparten todo lo demás, siendo ambos las mitades de un entero que late y respira al unísono con los músculos que llevan en sus pechos.

No, Michelle no está bien, por supuesto que no. Si Michelle estuviera bien, entonces no seguirías sintiendo la presión sobre los hombros, el ardor en el estómago, el nudo en la garganta, la necesidad de gritar en medio de la noche hasta desgarrarte las cuerdas vocales, el hambre de tus brazos por envolverse alrededor de ella y protegerla y ampararla y ser su fuerte y el lugar seguro donde puede derrumbarse antes de que empieces a construirla otra vez.

Martina te dice en el teléfono que Michelle está bien, y tu instinto y tu cuerpo y el sexto sentido que se activa cuando se trata de la mujer con la que naciste para estar te dicen otra cosa, te dicen que te necesita más que nunca, que sigue hundida, que sigue ahogándose, que sigue desangrándose, que sigue muriéndose, destrozada, despedazada.

Vos le creés a tu instinto, obviamente.

No es que pienses que Martina te está mintiendo, no, por supuesto que no, porque la realidad es que no te está mintiendo. Ese "bien" tiene otro significado, o al menos vos le das cierto significado: quiere decir que Michelle no cometió ninguna locura, quiere decir que no se accidentó con el coche, quiere decir que no se lastimó a sí misma (al menos no de gravedad), quiere decir que tiene todavía todos los huesos sanos, que está consciente, que físicamente está entera.

Emocionalmente no. Emocionalmente no está entera. Emocionalmente está toda rota.

Emocionalmente no está bien.

Pero va a estarlo. Tenés fe en que va a estarlo, una fe que comienza en el centro de tu ser y que brilla con una luz que de a poco va consumiendo toda la oscuridad que durante nueve horas te tuvo esclavo. Una fe cuya base es el amor incondicional, enorme, profundo, indescriptible e incomparable que vive en vos desde que sus miradas se cruzaron por primera vez y tu corazón se salteó un latido, como si se hubiera reiniciado para comenzar de cero, para de allí en adelante palpitar sólo por ella. Una fe a la que debés agarrarte, porque de algo tenés que ir agarrado para hacerle frente al desastre emocional en el que sabés vas a encontrarla, porque a algo tenés que sujetarte, porque a algo tenés que clavar las uñas si no querés que te trague el hoyo negro del que debés sacarla.

Ahora duele, es inevitable, y ese dolor va a ser difícil de erradicar, ese dolor va a ser difícil de quitar, ese dolor que ha calado hasta sus huesos y se ha metido debajo de su piel (sabés que es así porque ha calado hasta llegar a tus huesos, porque se ha metido debajo de tu piel, porque lo que a ella le hace mal te hace a vos el mismo mal o incluso más), ese dolor que es una mezcla de tantas cosas a las que es imposible darles un nombre y una descripción porque no tienen forma, porque existen solamente dentro de los humanos, porque existen solamente en el alma.

Pero ese dolor, las marcas dejadas, las heridas abiertas y sangrantes, los rasguños, todo eso va a desaparecer poco a poco. Las cicatrices van a quedar, por supuesto, pero el dolor va a irse. El amor es la cura de todo, la solución para todo, y aunque antes no creías en eso, ahora sí lo creés; creés en eso más que en nada, creés en eso más que en muchas otras cosas, creés en eso por sobre todas las cosas. Tu amor va a ser suficiente para sanar a Michelle, de eso no tenés duda. Podrás haber fallado en tu misión de impedir que la lastimaran, pero no vas a fallar ahora, no vas a fallarle otra vez, nunca más. Vas a quitarle todo el dolor, vas a absorberlo vos en caso de ser necesario, vas a soportar lo que haya que soportar, vas a dejar que te arrojen todas las piedras que quieran, que sacudan el suelo otra vez para hacerlo temblar y prueben si en esta ocasión sos tan estúpido como para caerte. El dolor será fuerte, pero no puede ser más fuerte que el amor. El dolor nunca va a ser más fuerte que un amor como el de ustedes dos, por eso tenés la certeza de que esto va a pasar, de que este diluvio va a parar, de que hay un arcoíris esperando para ser dibujado en el suelo después de que el temporal se aleje.

Ahora duele, duele como todos los golpes que se reciben a lo largo de la existencia sobre esta Tierra plagada de cosas tan maravillosas y de cosas tan terribles y de alegrías y de tragedias y de aciertos y desilusiones y la lista podría seguir, porque en esta Tierra hay de todo. Duele más porque es un golpe bajo proveniente de alguien que odiás pensar ha hecho algo como lo que hizo, alguien que odiás pensar ha llegado a tal extremo, alguien que amás demasiado porque te dio la vida pero a quien no sabés si podrás volver a admirar o a mirar de la misma manera después de esto. Duele muchísimo y lastima y hiere y deja marcas y abre heridas que sangran y es terrible e insoportable, pero la fe que tenés te dice que va a pasar, que el amor va a hacer que esto pase, aunque ella ahora no esté bien, aunque vos ahora tampoco estés bien porque no lo está ella.

"Tony, ¿me estás escuchando?" Martina reclama tu atención impaciente, su voz una octava más alta, estridente y colmada de esa ansiedad que le agarra cada vez que siente que alguien no está concentrado en lo que ella está diciendo.

"Sí, sí" lográs contestar, intentando componerte, intentando recuperar la calma, intentando organizar tu mente y rogando para que tus palpitaciones se sucedieran unas a las otras con un poco más de lentitud y tus patrones de respiración se regularizaran "… Te estoy escuchando…"

"Kiefer y yo decidimos llevar a Michelle a mi departamento" te explica "Nos encontramos en camino hacia allá. Estamos a veinte minutos de distancia, media hora como máximo. ¿Vos dónde estás?"

Te cuesta un minuto entero tomar consciencia de dónde te encontrás, porque todavía estás abrumado por tus emociones, como envuelto en una esfera, separado del resto del mundo por una capa fina pero de todos modos difícil de penetrar, regresando de a poco a la realidad que se extiende más allá de tu ataque de nervios y tu preocupación y todo lo que te tocó vivir en las últimas nueve horas.

"Estoy a cuarenta minutos de distancia, una hora como máximo por el diluvio" decís finalmente.

"Ni se te ocurra venir con el auto a más de ciento ochenta" te advierte tu hermana, en un tono que te recuerda tanto a tu mamá que instintivamente cerrás la mano que no sostiene el teléfono en un puño y te clavás las uñas en la palma de pura bronca, de puro enojo, porque tu mamá fue la que lastimó a Michelle así, tu mamá fue la que le contó una verdad que ella no estaba preparada para escuchar, tu mamá fue la que generó todo este caos, hiriéndote a vos también en su equivocado pensamiento de que te estaba 'haciendo un bien' que apreciarías en el futuro… "Te conozco, Anthony" la voz de tu hermana otra vez te sustrae de tus pensamientos ": vas a querer llegar cuanto antes y vas a ir a toda velocidad. Pero pensá que lo que menos necesita Michelle en este momento es que vos te sumes a la lista de accidentados en la calle durante el diluvio…"

Martina tiene razón, por supuesto, porque, como ella bien dijo, te conoce demasiado: tu necesidad de llegar junto a Michelle cuanto antes bien podría llevarte a ser imprudente y pisar el acelerador a fondo sin pensar en las consecuencias, sin pensar en la lluvia que cae con violencia y furia sobre la ciudad y que podría hacer que las ruedas de tu coche se patinaran y perdieras el control del vehículo. Ese era uno de tus mayores miedos menos de diez minutos atrás: que Michelle sufriera un accidente de tránsito en medio de la tormenta. Y por mucho que te carcoma la urgencia de llegar a su lado y abrazarla y contenerla y prometerle que vas a encontrar el modo de solucionar todo y que nunca más vas a fallarle y permitir que la lastimen, no vas a arriesgarte a causarle más dolor estrellándote contra el pavimento y acabando en la unidad de terapia intensiva de un hospital.

"Ya lo sé, Martina" tratás de tranquilizarla, aunque lo cierto es que si no podés tranquilizarte a vos mismo mucho menos vas a ser capaz de tranquilizar a otros.

"Por favor, Anthony" te lo pide otra vez ": manejá con cuidado"

"Lo prometo"

"Y tratá de calmarte, te lo pido encarecidamente. Michelle te necesita tan entero como puedas estar"

"¿Puedo hablar con ella, Martina?" le pedís casi en un susurro, hambriento de escuchar esa voz que tiene en tu ser un efecto que no te genera ninguna otra cosa, esa voz que llena tus sueños y que corre por tus venas porque ya es parte de lo que sos, de lo que te forma, de lo que te hace el ser humano en el que te convertiste gracias a la presencia de ella en tu vida.

"Está dormida en el asiento trasero del coche. Está física y emocionalmente exhausta" Martina suspira "En cuanto Kiefer arrancó el auto cayó en un sueño profundo, sin decir una sola palabra, sin que llegáramos a darnos cuenta… Cerró los ojos y se quedó dormida en cuestión de segundos, como desmayada"

"Michelle suele hacer eso cuando está triste…" comentás más para vos mismo que para tu hermana.

"Anthony, antes de que ella despierte nosotros dos tenemos que hablar de todo lo que pasó" Martina te dice con cautela, avisándote que van a hacerlo más que preguntándote si estás de acuerdo.

"Martina, tengo la cabeza y el corazón demasiado pesados en este momento como para sentarme a hacer terapia con vos…" comenzás a quejarte.

"Anthony, ¿te pensás que quiero jugar a la psicóloga con vos en estas circunstancias?" te acusa, ligeramente ofendida "Es preciso que hablemos porque tengo que explicarte cómo fue que encontré a Michelle y en dónde"

No te importa cómo la encontró o en dónde o cuándo, no ahora; esos detalles pueden discutirlos después, no son urgentes, no son indispensables. O al menos así lo ves vos, así pensás vos. Lo que te importa es Michelle, estar con ella, abrazarla, calmarla, curarla, hacerle bien, devolverle las ganas de sonreír, arreglar este desastre al que fue arrojada, compensar no haber podido cumplir con tu promesa de protegerla de todo y de todos… ¿Es importante cómo fue que Martina la halló? ¿Es más importante que empezar a ayudarla a superar todo esto que apareció de la nada y de golpe y la despedazó?

"Martina" exhalás con fuerza; estás comenzando a impacientarte, y de repente todo lo que querés hacer es cortar la comunicación para poder iniciar el trayecto hasta el departamento de tu hermana cuanto antes, para llegar allí tan rápido como posible (sin excederte en la velocidad ni cometer estupideces, por supuesto), por lo que decidís conformarla "necesito estar con Michelle. No me cabe ningún otro pensamiento en este momento" confesás con total honestidad "Estoy abrumado…, estoy… No sé ni cómo explicarlo" volvés a exhalar "Las últimas nueve horas fueron la peor pesadilla, necesito estar con ella" repetís "Por favor no me pidas que piense en ninguna otra cosa" le rogás encarecidamente.

"Está bien" te conforma, chasqueando la lengua con resignación, aunque sabés que no va a dejar esto de lado así nomás, porque Martina no es así "Está bien" repite, suspira, inhala, exhala "Nos vemos en un rato, Anthony. Manejá con cuidado" vuelve a insistir.

Y luego la comunicación acaba, dejándote a solas con un silencio ensordecedor que suena con muchísima más claridad que la tormenta que azota a Los Angeles.

Respirás hondo antes de comenzar a conducir en dirección a la casa de tu hermana, con el corazón aun rebotando contra tu pecho y lastimándote las costillas, y la sangre alterada en las venas, y un dolor punzante por todas partes que sólo es mitigado un poco ante la perspectiva de comenzar ya mismo a sanarla, a curarle las heridas.

Vas a hacer que el dolor desaparezca, eso te repetís durante todo el trayecto. Tu amor va a ser más fuerte que el dolor, mucho más fuerte, y con tu amor lo vas a aniquilar, porque no hay nada que el amor no logre, no hay herida imposible de curar si hay amor que sirva de remedio, porque el amor en dosis exactas es el antídoto perfecto para todo, para absolutamente todo.

Duele, duele ahora como duelen todos los golpes en la vida, especialmente si vienen del puño de alguien en quien confiábamos, alguien que nos decepcionó… Pero el dolor va a pasar, tenés fe en que va a ser así, tenés fe en que con tu amor podés lograr que todo este dolor acabe y que se halle una solución para que las cosas se acomoden en su sitio y los manchones que aparecieron en estas páginas puedan limpiarse para que en los renglones nuevas palabras, nuevos pasajes puedan ser escritos.

Duele, duele como todo a veces duele en la vida.

Pero duele menos ahora porque sabés que estás yendo a su encuentro, para abrazarla, para contenerla, para recordarle lo mucho que la amás, para cuidarla, para curarla, para darle todo el amor que sentís por ella y hacer desaparecer ese dolor.

Una vez se dijeron que la vida de a dos es más fácil, y vos creés en eso.

Es más fácil porque cada vez que duele (y es que a veces la vida duele, duele de verdad, y para prueba bastan las últimas nueve horas de tu existencia, en las que sentiste una agonía tremenda) el dolor disminuye y es menor si tenés la certeza de que vas a pasar los tragos amargos con ella, los dos juntos, de la mano, transitando el mismo camino, inseparables, cuidándose el uno al otro.

Conducís con cuidado en medio del temporal recordando que Napoleón una vez dijo algo así como 'vísteme despacio que estoy apurado' (no sabés por qué a tu cerebro atiborrado de cosas se le vino esa frase de repente, pero bueno, la mente humana es así de extraña), y con la seguridad de que estás yendo al encuentro de la persona más importante sobre esta Tierra para vos, la persona que depende de vos para que le quites su dolor, la persona de la que dependés para que te quiten el dolor.

Duele menos, el infierno de las últimas nueve horas duele menos porque estás yendo camino a encontrarla.

Duele menos ahora, va a doler más después.

Pero ahora duele menos.

Viví el momento y pensá en eso, aliviate con la disminución del dolor.

Para sufrir tenés el futuro inmediato, a la espera de atraparte como una garra y de tender sobre ustedes sus problemas entretejidos como una gigantesca telaraña.

Duele menos ahora, va a doler más después. Viví en el hora, ignorado lo que va a pasar más tarde.

Duele menos ahora, va a doler más después.

Pero ahora duele menos.

Dios te está dando un descanso antes de que duela más.

Porque va a doler más.

Pero con el amor no hay dolor que resista.

No hay dolor que resista si ese amor es más fuerte que el dolor.

Pero el amor de ustedes es tan grande que no hay dolor que se le asemeje.

Eso no significa que el dolor no vaya a intentar asemejársele a ese amor.

Pero ahora duele menos, un poco menos.

Y al menos vas a tener el consuelo de poder estar abrazado a ella cuando duela más.


Nota de la autora: Ya sé que estoy cada vez más loca, y sé que esta historia va mutando, cambiando, creciendo y transformándose a media que muta, cambia, crece y se transforma mi locura. Gracias por seguir leyendo después de casi dos años. Y les prometo que todo este caos va a tener sentido pronto. Que tengan una muy buena semana.